SEGUNDA PARTE EL PADRE CLAUDIO
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I
Los negocios de la Orden.
Fué bastante cruel en la capital de España el invierno de 1825.
Los temporales sucedíanse con alarmante frecuencia; cuando no llovía, nevaba y un viento frío y huracanado limpiaba las calles de transeúntes, encargándose al mismo tiempo de llenar los cementerios, esparciendo pulmonías a granel.
Parecía que la Naturaleza deseaba imitar con sus furores los actos de la triunfante reacción.
A las cuatro de la tarde de uno de aquellos días, o sea cuando las sombras nocturnas comenzaban ya a invadir las calles cubiertas por espesa capa de nieve, un hombre con sotana, de pie tras los vidrios de un balcón perteneciente a una casa vieja con honores de palacio, contemplaba un grupo de voluntarios realistas que, parados en el centro de la calle, entonaban la “Pitita bonita con el piopom...”, canción insustancial y ridícula que había venido a sustituir al marcial himno de Riego y que era el canto de guerra de los defensores del absolutismo.
Aquellos bravos voluntarios de la reacción no hacían mucho caso del frío, sin duda a causa de la gran cantidad de vino que calentaba su estómago; y con sus ademanes grotescos, sus discusiones incoherentes, su canto monótono y sus movimientos inseguros, parecían causar gran placer al cura, que sonriente les atisbaba tras el balcón.
Era joven el curioso ensotanado, y, sin embargo, al primer golpe de vista tenía el aspecto de un hombre que ha llegado a la decrepitud. Su cabeza enorme, que aún parecía más grande sosteniéndose al extremo de un cuello flaco y prolongado, tenía grandes manchas de calvicie, pues sólo a trechos ostentaba manojos de cabello, áspero e hirsuto, iguales a punzantes brochas de rojo esparto; su rostro estaba surcado de arrugas que, por lo inmóviles y petrificadas, semejaban las huellas que las continuas lluvias dejan en las cariátides de una fachada, y sus ojillos verdosos, hundidos y chispeantes, así como su boca de delgados labios, tenía una expresión que causaba miedo, por lo mismo que era eternamente sonriente.
Adivinábase en aquel cuerpo flacucho, largo y un tanto encorvado, un cúmulo de malos instintos y una gran propensión a encontrar el placer en la contemplación del dolor.
Se veía en él inmediatamente al ser nacido para el mal, que de niño se divierte en atormentar a cuantos le rodean, que de hombre prepara con la fruición de un artista el ataque contra sus semejantes y que, al llegar a la vejez, muere poseído de desesperación por no haber tenido mano suficiente para estrujar el mundo entre los dedos.
Era uno de esos ambiciosos insaciables que sienten la nostalgia de la gloria. Pero su gloria es el triste y fatídico prestigio de los grandes criminales.
Ante la imagen de Nerón, era capaz de sentir el mismo desconsuelo que César delante de la estatua de Alejandro cuando se lamentaba de ser desconocido a la misma edad que el caudillo macedónico era ya célebre.
Gozaba con la degradación humana; le gustaba en extremo que el hombre apareciera al nivel del irracional, y de aquí que sintiera idénticas impresiones que un filarmónico en un concierto, contemplando a los realistas ebrios que en medio de la calle gesticulaban grotescamente como monos.
Era malvado, y por eso aspiraba a la destrucción de todo cuanto de grande y noble había en el mundo; pero era cobarde y por esto había ingresado en la Compañía de Jesús.
Formando parte de la inmensa y misteriosa falange creada para combatir al progreso y a la dignidad humana, podría hacer uso de todas sus infames cualidades sin miedo al castigo. La solidaridad jesuítica le ponía a salvo, y si le atacaban, miles de sotanas negras saldrían inmediatamente en su defensa. Además, en ninguna otra parte como en el mundo creado por Loyola, podían apreciar sus brillantes facultades de bandido.
Detrás del jesuíta, que seguía derecho tras las vidrieras, existía un espacioso salón que apenas si lograba alumbrar la mezquina claridad del crepúsculo que penetraba por el balcón y la luz de una gran lámpara con pantalla verde que estaba en lo más hondo de la habitación, colocada sobre una gran mesa de caoba groseramente tallada y de patas macizas, igual a las que aun hoy se ven en el atrio de las iglesias sirviendo de despacho a las juntas de cofradías.
A lo largo de las paredes y alzándose hasta tocar el techo, estaban puestos en fila grandes armarios repletos de libros encuadernados en pergamino y de ventrudas carpetas, todo clasificado y rotulado escrupulosamente, a juzgar por las pequeñas tarjetas pendientes de libros y legajos con números y letras que formaban jeroglíficos enrevesados, solamente comprensibles para su autor.
Tal era la abundancia de escritos en aquella estancia, que parecía que por ella había pasado una inundación de papeles, dejando su rastro en todas partes.
En el suelo y sobre las sillas, veíanse montones de pliegos y cuadernos cubiertos de renglones apretados, y alrededor de la mesa, la avalancha de papeles aún era mayor, pues se erguía formando gruesas columnas que amenazaban desplomarse sobre la escribanía, cubierta de capas de tinta seca y rematada por un busto de San Ignacio.
El lienzo de pared que se extendía detrás de la mesa era el único desnudo de armarios y legajos; pero estaba ocupado por un gran mapa de España, hecho a mano, y una gran parte del cual quedaba envuelto en la sombra.
El jesuíta, siempre de espaldas a la habitación, con las manos metidas en los bolsillos de la sotana y chupando el residuo de un cigarrillo de papel, seguía contemplando la calle sin que lograran hacerle volver la cabeza las diabluras de un gatazo blanco, gordo y lustroso como un canónigo, que saltaba sobre un ancho brasero cuando no se entretenía en arañar estridentemente los hilos de la alambrera.
De pronto, un hermoso coche, que por su forma moderna y elegante parecía impropio de aquel tiempo en que todavía imperaba la pesada y antigua carroza, penetró en la calle con ligereza, ahogándose el ruido de sus ruedas en la espesa alfombra de nieve.
El jesuíta lo reconoció inmediatamente.
—¡Su reverencia, que llega!—murmuró, e inmediatamente se retiró del balcón para ir a ocupar su asiento junto a la mesa, no sin antes dar una patada al gato por puro gusto de hacer daño.
Púsose inmediatamente a escribir en un papel colocado en el centro de la gran cartera de badana y así estuvo mucho tiempo sin levantar la cabeza, hasta que, por fin, oyó rumor de pasos cerca de la puerta.
Entonces levantó el rostro, fingiendo admirablemente una expresión de sorpresa.
Quien entró fué el padre Claudio. Arrojó su sombrero y manteo sobre una silla, dirigió como saludo al escribiente una sonrisa protectora, propia de un superior distinguido, pero amable, y fué a sentarse al lado del brasero con aire mujeril, subiéndose un poco la sotana y mostrando sus ajustados zapatos con hebillas de oro y sus medias de seda negra, que comprimían las pantorrillas, de líneas correctas y artísticas como las de una dama.
Después de remover las brasas y de acariciar al gato, que fué a frotarse cariñosamente contra sus piernas, fijó su vista en el otro jesuíta, que desde la llegada de su reverencia se había quedado inmóvil y con la cabeza baja, como si esperara para seguir trabajando la orden de su superior.
—¿Has trabajado mucho?
—Así, así, reverendo padre. Mi voluntad es más grande que mis fuerzas.
—¿Despachaste ya el correo?
—En ello estoy, reverendo padre. Tengo ya escritas las contestaciones a las cartas recibidas ayer. No son tantas como en otros días.
—¿Llegó ya el correo de hoy?
—El hermano portero del Seminario lo trajo hace una hora. He examinado todas las cartas y aguardo vuestras órdenes para contestar.
—Bien; procedamos con orden. Primero las contestaciones a las cartas de ayer.
—Aquí están escritas y sólo esperan vuestra firma. Las copias están puestas ya en cifra en el libro de memorias.
—¿Qué le dices al superior de nuestra casa de Zaragoza?
—Lo que vuestra reverencia me indicó. Que es imposible enviarle un ochavo y que él es quien debe procurar lo necesario para que la Orden sea rica y poderosa en Aragón, y enviar además aquí cuanto pueda.
—Esa es la verdad. Los jesuítas, cuando se establecen en un punto, es para sacar de los buenos devotos los medios para proseguir su campaña en bien de Dios y de la Religión, y no para gastar en provecho del pueblo el dinero que la Orden atesora después con tan grandes esfuerzos. Nosotros sólo somos esponjas que chupamos el zumo del país en que nos establecemos para exprimirlo después sobre nuestra caja de Roma. ¡Medrada estaría nuestra Orden si en vez de atesorar derramara su dinero en los países donde está establecida! El que piensa lo contrario no es buen hijo de nuestro santo padre Ignacio.
—Lo mismo creo yo, reverendo padre—apuntó servilmente el amanuense.
—Creo, hermano Antonio, que habrás escrito en tono fuerte al superior de Aragón.
—Así es, reverendo padre.
—Muy bien. Ya pensaremos en reemplazar a ese padre con otro que sea más activo e inteligente y que no nos venga pidiendo auxilios a pretexto de los grandes daños que en nuestras antiguas posesiones causaron los revolucionarios durante su gobierno, y de la pobreza de los devotos para contribuir a su reparación. Adelante. ¿A quién más has escrito?
—Conforme a la lista que vuestra reverencia me entregó y a sus indicaciones, he contestado al alcalde corregidor de Murcia.
—Es un caballero honrado, ferviente defensor de Dios y del rey y digno de nuestra estimación, por el afecto que siempre ha demostrado a la Orden. ¿No nos felicitaba porque el señor don Fernando había decretado nuestro restablecimiento, poniendo las cosas de la Orden tal como se encontraban antes de la maldita revolución del veinte?
—Sí, reverencia. Yo le he contestado dándole gracias por el afecto que demuestra y rogándole cuide de favorecer y dar protección en todas ocasiones a los padres que hemos enviado a dicha provincia.
—Está bien. ¿Cuáles son las otras contestaciones?
—A James Clark, en Gibraltar, excitándole a que vigile cada vez más a los emigrados liberales y que vea el modo de impulsarlos a que intenten un desembarco en las costas de España.
—Sí; eso sería de muy buen efecto. El rey fusilaría unos cuantos de esos miserables que tanto daño nos han hecho, y los que aún piensan ocultamente en el restablecimiento de la libertad, acabarían de desengañarse y se arrojarían en nuestros brazos.
—Clark pide dinero para seguir sus trabajos.
—Di mañana al padre Echarri que le remita diez onzas.
—Al librero Suárez, de Barcelona, le he dicho que puede enviar los dos mil ejemplares de “Triunfos recíprocos de Dios y de Fernando VII”.
—Es una buena obra escrita por un fraile, que, aunque no de nuestra Orden, nos es muy adicto. Conviene hacerla circular, pues de este modo el pueblo odiará cada vez más a los liberales y estará por completo sumiso a la paternal autoridad de Fernando y a nuestra santa dirección. Avisa al padre Echarri para que envíe el importe de los libros y los reparta en las escuelas y entre los voluntarios realistas que sepan leer... Afortunadamente, éstos no son muchos.
—Al superior de Jaén le he excitado para que no deje de la mano el negocio de la condesa de la Fuente y que procure que el testamento se haga cuanto antes.
—Muy bien. Esa buena condesa es vieja y achacosa; su fortuna asciende a cuatro millones, y justo es que nosotros seamos sus herederos, ya que durante muchos años hemos estado encargados de la administración de su casa.
—A don José López, el secretario del obispo de Oviedo, le he escrito recomendándole que vigile bien al deán. Al deán le he encargado que no pierda de vista a don José López.
—Muy bien. ¿Y qué más?
—A don Nazario Ercilla, canónigo de la catedral de Oviedo, le he dicho que siga observando atentamente al deán y al secretario del obispo.
—Perfectamente. Con tres agentes distintos no es posible el engaño ni los informes falsos.
—He incitado a nuestro comisionado en Sevilla a que siga en los cafés y tabernas hablando pestes del Gobierno y haciendo la apología de Riego y la Constitución.
—Eso es lo que conviene, y harás bien en escribir mañana mismo de un modo idéntico a todos nuestros agentes asalariados en las principales capitales. Conviene que, hablando como furibundos revolucionarios, echen el anzuelo: pues tal vez algunos de los que aún son admiradores de la muerta Constitución, en el calor del entusiasmo, se delaten sin conocerlo. Es útil en la actual situación dar trabajo a las comisiones militares permanentes, que no saben ya a quién enviar a la horca.
—Al marqués del Pino, de Córdoba, le he contestado diciendo que vuestra reverencia no olvida su pretensión y que interpondrá en Roma su influencia para que Su Santidad le conceda los honores de camarero secreto de capa y espada.
—Has hecho bien. Nada me cuesta halagar con tales nimiedades la frivolidad de ciertos seres. Además, el marqués es gran amigo nuestro y hace poco decidió a una prima suya a que hiciese testamento en nuestro favor.
—Al “Patilludo” le he escrito al cortijo de Sierra Morena, que ya conoce vuestra reverencia, amenazándole con nuestro desagrado si no es más puntual en enviar la mitad del producto de sus operaciones. Diez coches de posta han sido robados en el pasado mes; en ellos iba gente rica, la mayor parte indianos que habían desembarcado en Cádiz, y sin embargo, ha tenido la desvergüenza de enviarnos solamente cien peluconas.
—¿Le has escrito en tono fuerte?
—No he ido corto en amenazas.
—Así debe hacerse. Ese canalla debe saber que nuestra protección no se vende barata y que, si no envía más dinero, cualquier día haremos que el Superintendente de Policía del reino le envíe a sus guaridas de Sierra Morena una partida de caballería, y entonces no le valdrá el haberse batido contra los liberales a las órdenes del conde de Baselga... ¿Qué más hay?
—He escrito al comandante de los realistas de Haro manifestándole nuestra satisfacción por el acierto con que sabe castigar a los emigrados liberales paseando por las calles a sus esposas emplumadas, montadas en un borrico y con un cencerro al cuello, entre la rechifla y las pedradas de los buenos cristianos; igualmente doy las gracias, en nombre de Dios, al prior de los capuchinos de Castellón por el acierta con que ha sabido conquistar el alma de la esposa de un ex diputado que está en Londres, haciendo que olvide a este maldito, que deje de escribirle y que entre en una casa de religiosas; y he dicho a Antonio Ullastres, zapatero de Barcelona, que ha hecho muy bien en dar informes desfavorables en el expediente de purificación del general Castaños, pues, aunque éste en el año diecisiete fusiló por orden del rey a un general hereje como Lacy, después no se ha mostrado muy obediente a la causa del altar y el trono y transigió, aunque encubiertamente, con el Gobierno de la Revolución.
—¿No hay nada más?
—Nada, reverencia. Aquí tengo apartadas todas las contestaciones que sólo esperan vuestra firma o vuestro nombre de guerra. No son tantas como en otros días.
—Ya habrás hecho en el resumen diario de trabajos el extracto de la correspondencia.
—Sí, reverendo padre. He procurado corregirme de los defectos que en mí había notado y el resumen va tan conciso como claro, sin confusiones ni ambigüedades.
—Haces bien, pues en tal trabajo consiste tu porvenir. Dicho resumen va dirigido a nuestro general en Roma y queda sepultado en nuestros archivos, donde existen las biografías secretas y retratos morales de cuantas personas de alguna significación existen en el mundo. Es un arma invencible que ningún rey ni potestad de la tierra posee, y juzga tú si con su ayuda podemos tener por segura nuestra victoria sobre el universo. Conviene, pues, que el diario informe vaya redactado con claridad y exactitud notables, tanto más cuanto que la mayor parte de las personas que nos escriben envían también a Roma copia de sus documentos y allí unos y otros sufren el consiguiente cotejo. Si logras hacerte notar por tu veracidad y exactitud, tu suerte está ya hecha; pero si en los informes faltas a la verdad, ya sabes cuál será tu castigo. Nunca podrás figurar como un verdadero hijo de Loyola ni pronunciarás el juramento “en cadáver viviente me convierto”.
El hermano Antonio pareció conmoverse un tanto por esta amenaza, y como si quisiera cambiar la conversación, cogió de un extremo de la mesa algunas cartas abiertas.
—Estas son, reverendo padre, las cartas llegadas esta tarde. ¿Quiere su reverencia que le indique el contenido?
—Habla y después me dirás los informes de nuestros agentes en Madrid.
—Esta carta es del superior del colegio de Vitoria. En la ciudad se habla mucho contra un hermano coadjutor que, según dicen, intentó forzar a la hija de un militar desterrado y pendiente de purificación. La familia dice pestes contra el coadjutor y nuestra Orden y el superior pregunta qué es lo que debe hacerse... ¿Qué contestamos?
Reflexionó un breve espacio el padre Claudio y después dijo a su secretario que se preparara a tomar notas de las respuestas:
—Ese escándalo es demasiado importante para dejarlo sin remedio. El prestigio de nuestra Orden exige una inmediata reparación. Al hermano coadjutor que lo envíen al colegio de Sevilla, y allí que esté durante quince días arrodillado a la hora de comer frente a todos sus compañeros, con un cartel al cuello que diga: “Lascivo”. En cuanto a la familia de la muchacha, recomienda a la Comisión militar permanente de Vitoria que la vigile de cerca, y a la primera ocasión oportuna, envíe el padre a presidio o lo ahorque si le parece mejor. Así aprenderán esos impíos a no llevar en lenguas a la Compañía de Jesús.
—El agente de Salamanca escribe que a nuestro amigo, el boticario don Leandro, lo han metido en la cárcel como autor de la muerte de tres domésticas que en diversas épocas han desaparecido de su casa. El boticario solicita la protección de la Orden, y jura que es inocente.
—Nada tendría de particular que fuese verdadero el asesinato de esas muchachas. El tal don Leandro es un tuno redomado, pero hay que confesar que nadie le va a la mano en la confección de venenos. ¡Con qué lentitud y disimulo matan! ¿No es verdad, hermano Antonio?
Y el hermano jesuíta, al decir estas palabras, sonreía tan malignamente que su rostro tenía la misma expresión de esos diablos berroqueños, que, horripilantes y sarcásticos, surgieron en los frisos de las catedrales bajo el cincel de los escultores de la Edad Media. El amanuense le imitó con una de sus más fúnebres sonrisas, y así permanecieron largo rato, como recreándose en el recuerdo de hechos pasados.
—Favoreceremos a don Leandro—dijo, al fin, el padre Claudio—pues no es racional que nos privemos de tan hábil y sumiso proveedor. Mañana recuérdame, cuando vaya a Palacio, que debo hablar con don Tadeo Calomarde, para que, como ministro de Gracia y Justicia, mande al corregidor de Salamanca que ponga en libertad al boticario.
—La casa Gómez, de Cádiz, anuncia que ha vendido a buen precio la partida de café que nos enviaron de Puerto Rico.
—Envía la carta al padre Echarri, nuestro administrador.
—El agente de Jábea dice que el alijo de tabaco se ha llevado a cabo sin otra novedad que la de tender de un trabucazo a un guardia de costa. La ganancia de esta operación pasará en su concepto de seiscientas onzas.
—Avisa también al padre Echarri, que siempre experimenta un santo gozo cuando ve aumentar el tesoro de la Orden.
—El superior del colegio de Granada se queja de la propaganda que unos frailes dominicos hacen en aquella ciudad contra nuestra Orden. La semana pasada predicaron un sermón en el que pintaban a los jesuítas como intrigantes, sin conciencia, más amigos de los negocios que de la religión y deseosos de avasallar al mundo.
El padre Claudio, al oír esto perdió la calma. Su sonrisa desapareció y un relámpago de ira pasó por sus ojos.
—Esos frailuchos—dijo con voz algo temblorosa por la cólera—son una canalla soez y grosera que nos hace cruda guerra y a los que necesitamos amordazar. ¿Por qué nos combaten? ¿No los dejamos tranquilos? Durante largos siglos han estado todos ellos, y especialmente los dominicos, monopolizando un instrumento tan valioso como la Inquisición, y explotando toda Europa. Ya que han tragado bastante, que nos dejen ahora hacer nuestro agosto a los hijos de Loyola, pues lo contrario es ser soberbios, y Dios no quiere más que servidores humildes y pobres como nosotros.
—Esa es la verdad, reverendo padre—dijo el secretario, que no perdía ocasión de adular a su superior—. Vuestra reverencia habla con la elocuencia de un Bossuet.
Ya sabré poner remedio a la osadía frailuna haciendo que toda España odie a esos seres que uno de los malditos escritores de la Revolución definió graciosamente diciendo que eran “groseros animales que asomaban la cabeza por una ventana de paño pardo”.
Quedó el jesuíta pensativo, como combinando un plan contra aquellos competidores que disputaban a la Orden la explotación del fanatismo, y después dijo al secretario con resolución:
—Antonio, mañana llamarás al gacetista Martínez.
—Reverendo padre, ese sujeto es un borracho del que no puede sacarse partido. Aún no ha hecho las letrillas satíricas que le encargamos contra los absolutistas templados que aconsejan al rey la clemencia con los liberales. Y eso que el padre tesorero se las pagó por adelantado.
—Cállate y no repliques—dijo el superior dirigiendo una altanera mirada al amanuense—. Llamarás a Martínez y le encargarás que sin perder tiempo escriba un folleto diciendo que la Compañía de Jesús ha tenido más sabios, oradores y publicistas que todas las Ordenes religiosas juntas, y que los frailes (especialmente los dominicos) son gentecilla borracha, disoluta, avarienta, mujeriega y todo cuanto de malo existe. Martínez es un exclaustrado que abandonó el hábito por su mala conducta, así es que estará bien enterado de las hazañas de sus antiguos colegas.
—Está bien, reverendo padre. Pero ruego a vuestra reverencia que se acuerde de lo que nos ocurrió hace dos años en tiempos de la Revolución, cuando le encargamos aquel folleto en el que, a nombre de la libertad, se pedía la santa guillotina, el amor libre y la comunión de bienes; todo para desacreditar a los liberales. Cobró el folleto por adelantado, se lo bebió en unas cuantas borracheras y ésta es la hora que aún no lo ha escrito.
—En vez de llamarlo a él, avístate con su querida, la Pepa, y dale el importe del escrito. Ella es mujer capaz de acelerar la redacción del libro, dando al autor una paliza diaria hasta que lo acabe. Toma nota del asunto, despáchalo mañana mismo, y a ver si la semana que viene está ya el manuscrito en la imprenta. ¡Lástima que ese perdido tenga una pluma sangrienta, de la que tanto necesitamos! Vamos a otro asunto.
—No queda más que esta carta, que es del arzobispo de Valencia.
—¿Qué quiere su ilustrísima?
—Pregunta qué es lo que debe hacerse con Ripoll, el maestro de escuela de Ruzafa.
—Grande hereje es ese maestro, y no parece sino que el diablo hable dentro de su cuerpo. Figúrate, hermano Antonio, que en todos los tonos y con la firmeza del que asegura una verdad indiscutible, afirma que la Santísima Trinidad es una farsa, que la misa es un sainete, que todas las religiones son falsas y malas, sin exceptuar la católica; que el hombre no debe creer en otra cosa que en su propia razón, y no sé cuántos disparates más, que apoya siempre con testimonios sacados de las endiabladas obras de Voltaire, Rousseau y demás filosofastros que formaron la endiablada Enciclopedia. ¡Bien marcharía la Religión y medrados estaríamos nosotros si el pueblo creyera lo mismo que ese maestro hereje!
—El arzobispo se muestra admirado por el valor y la fuerza de voluntad del preso.
—¿Qué es lo que hace?
—Los presos, en la cárcel de Valencia, están subyugados por la humildad y los buenos sentimientos que demuestra el hereje. A sus perseguidores, los hijos de la Fe, les devuelve palabras cariñosas por insultos; con discursos halagadores anima a los presos a que sepan sobrellevar su suerte y a no encenagarse en el vicio, y varias veces se ha despojado de sus ropas en el rigor del invierno para cubrir las desnudeces de empedernidos criminales.
—En muchas ocasiones he visto, con sorpresa, cómo algunos de esos herejes, enemigos del rey y de la Religión, procedían tan santamente. Misterio es éste que me llama mucho la atención, y aun me hace creer que quien tan meritorias obras hace es el diablo, que se alberga en su cuerpo, y que con tales demostraciones quiere atraerse a los incautos y a los asombrados.
—Así será, reverendo padre. Vuestra sabiduría descubre siempre la verdad.
—¿Y pregunta algo su ilustrísima?
—Sí. Consulta a vuestra reverencia de qué modo ha de proceder para castigar a ese impío. Los buenos católicos de Valencia quieren aprovechar tan buena coyuntura para restablecer la Inquisición, quemando vivo al maestro en medio de la plaza del Mercado, y el arzobispo desea saber si puede hacerse tal fiesta en honor de Dios, sin peligro de que se queje el Gobierno de Su Majestad.
—Difícil es eso. Nuestra aliada, Francia, a quien debemos la caída de la Constitución, no quiere consentir, a pesar de todo su realismo, que vuelvan los felices tiempos de la Inquisición. Un auto de fe en una capital tan importante como Valencia motivaría grandes protestas de las potencias de la Santa Alianza.
—¿Qué es, pues, lo que debo contestar?
—Dile al arzobispo que se contente con ahorcar al impío Ripoll. Lo importante es librar a la sociedad de un monstruo que tan descaradamente blasfema de la religión y atenta contra los derechos de la Iglesia; lo de menos es que muera achicharrado o pendiente de una cuerda. ¿No tiene el arzobispo constituída una especie de Inquisición con el título de Junta de la Fe? Pues que esa Junta se convierta en tribunal, y que juzgue al maestro, condenándolo a muerte. Di a su ilustrísima que no tema las reclamaciones del Gobierno, y que cuente con nuestra valiosa protección. Si los embajadores se quejan ya sabremos arreglar el asunto. Organizaremos otra conspiración como la de aquel Bessieres (que santa gloria haya) y diremos a las potencias extranjeras que es necesario dejar al pueblo amante del Rey y de la Religión que desahogue sus instintos contra los liberales y los impíos, pues de lo contrario se corre el peligro de que se subleven a cada momento los voluntarios realistas.
—Reverendo padre, vuestro inmenso talento se manifiesta en todos los asuntos.
Aquella nueva muestra de adulación rastrera causó grata impresión en el padre Claudio, que permaneció durante algunos minutos silencioso, como gozándose en sus ideas.
—Además—dijo al amanuense, cual si le acometiera súbita inspiración—, los buenos católicos de Valencia pueden cumplir sus deseos. La horca puede compaginarse con la hoguera. Di al arzobispo de Valencia que ahorque a Ripoll primeramente y, después, que arroje su cadáver en un tonel pintado de llamas. Será quemado aparentemente, pues el tal tonel vale tanto como la hoguera del Santo Oficio. Por algo se ha dicho que con la intención basta... Pasemos ahora a los informes de nuestros agentes de Madrid.
II
La policía jesuítica
—¿Qué agentes son los que han venido hoy?—preguntó el padre Claudio a su “alter ego” o, más bien, a su “socius”, como se dice en el lenguaje usado entre los hijos de Loyola.
—Esta tarde sólo he recibido la visita de tres: el camarero de Palacio, el oficial del ministerio de Gracia y Justicia y el empleado de la embajada de Francia.
—Empieza por el último. ¿Cuáles son sus informes?
El amanuense consultó las abiertas páginas de un grueso cuaderno, en el cual anotaba las delaciones de los espías de la Compañía, y después de repasar las últimas notas con una rápida ojeada, contestó:
—El embajador piensa pedir mañana una audiencia al Rey para quejarse en nombre de su Gobierno del carácter brutal que reviste la restauración absolutista. Hoy, a la hora del almuerzo, ha dicho a algunos amigos que le acompañaban que está harto de las barbaridades de los realistas españoles, y que M. Chateaubriand le ha escrito autorizándole para que manifieste al Rey que Francia se cree ya deshonrada por haber favorecido con su ejército una reacción que pone a España, en cultura y humanidad, más abajo que el imperio de Marruecos.
—Eso es una exageración propia de un poeta como el ministro francés—dijo el jesuíta sonriendo con expresión de desprecio.
—El embajador ha dicho, además—continuó el hermano Antonio consultando de vez en cuando las notas—, que aunque su Gobierno no le ordenara tal comisión, él la haría por propia voluntad muy gustoso, pues se conduele de la brutalidad de los victoriosos realistas. Además, ha dicho que de todo cuanto sucede es culpable la Compañía de Jesús, y que no ha de parar hasta que acabe con el prestigio y la influencia que hoy ejerce la Orden.
—¿Eso ha dicho el botarate francés?—exclamó el padre Claudio sonriendo de un modo que causaba miedo—. Ya voy cansándome de sus continuas fanfarronadas y comprendo que es preciso librarnos de él. A ver, Antonio, cómo buscas inmediatamente en el archivo la nota del embajador.
Levantóse el secretario de su asiento, y colocándose casi en el centro de la habitación, paseó su mirada rápidamente por los grandes estantes, agobiados bajo el inmenso peso de papeles y libros.
Después, con la seguridad del can que ha olfateado el rastro, dirigióse a uno de los estantes, y sin consultar las colgantes etiquetas, sacó una abultada carpeta. ¡Ya estaba seguro aquel ratón de archivo de no equivocarse!
Descargó el pesado paquete sobre la mesa, hojeó los diversos cuadernos que contenía, y separó uno, cuya cubierta tenía este lema: “Nota relativa al barón de La Tour-Royal, embajador de Francia”.
—Aquí está—dijo el hermano Antonio enseñando el legajo a su superior.
—Busca la página referente al carácter, y lee.
Pasó el secretario algunas hojas, y encontrando al fin lo que buscaba, comenzó a leer:
—Carácter del anotado. Enérgico, pundonoroso y susceptible. Como en su mocedad se batió en la Vendée contra la Revolución, guarda ciertas costumbres militares y es incapaz de tolerar ninguna ofensa. Se ha batido muchas veces. Es hombre temible. Cree mucho en el rey y poco en Dios. Antes de la Revolución fué de los nobles que aplaudían las impiedades de Voltaire.
—No dice más, reverendo padre—añadió el lector.
—Dice bastante—contestó el padre Claudio—. Ahora mira en la sección de documento útiles; tal vez encontrarás en ella dos cartas adheridas que nos serán de gran provecho en esta ocasión.
El hermano Antonio volvió a buscar, y al poco rato tremolaba en la diestra dos pequeños pliegos.
—Aquí están, reverendo padre.
—Mira la firma, y ve si son de la señora baronesa de “La Tour-Royal”.
—Efectivamente, reverendo padre. A lo que veo, son dos cartas de amor.
—Así es. La esposa del embajador hace más de un año que tiene por amante a un gallardo oficial de la Guardia, y a él van dirigidas las tales cartas. El oficial es antiguo penitente de un padre de la Orden, y éste logró arrancárselas. Mañana las enviarás con persona de confianza y en sobre cerrado a ese embajador tan lenguaraz, para que se convenza de su deshonra.
El secretario miró a su superior con la expresión de un discípulo ante el maestro. Con ser él un malvado sin escrúpulos ni preocupaciones, reconocíase pequeño ante el padre Claudio.
—Ahora veremos—continuó éste—si el embajador de Francia sigue haciéndonos daño. Nuestros informes nunca mienten. Ese hombre tiene un carácter belicoso e incapaz de sufrir la más leve mancha en su honor. Se ha batido en varias ocasiones, y ahora se batirá otra vez con ese militar elegante que posee a su mujer. Si le mata el oficial, nos libramos para siempre de tan enojoso enemigo, y si él mata al amante de su esposa, el suceso causará suficiente escándalo para que el Gobierno francés le releve del cargo y lo llame a París. De un modo o de otro nos libraremos de ese enemigo de los defensores de Dios.
El secretario había quedado como embelesado por la diabólica astucia del superior, pero éste no podía permanecer inactivo mucho tiempo.
—¿No tienes más noticias de la Embajada? Pues a otro asunto. A ver lo que dijo el empleado de Gracia y Justicia.
—No son gran cosa sus revelaciones en comparación con las de otros días.
—¿Qué hace Calomarde?
—Nada entre dos aguas y quiere estar bien con tirios y troyanos para hacer mejor su santa voluntad.
—Obra mal el bueno de don Tadeo siguiendo esa conducta. Eso de halagar al mismo tiempo a unos y a otros para explotarlos mejor a todos, sólo lo podemos hacer los jesuítas, y el que quiera imitarnos corre peligro de que le declaremos la guerra.
—Calomarde se permite ya tener voluntad propia y olvida que fué vuestra reverencia quien lo elevó al ministerio.
—Es un hijo ingrato. Nos sirve de buena voluntad, pero algunas veces olvida su deber. Habrá que echarle una buena reprimenda.
—Hoy mismo ha dado dos excelentes canonicatos a unos paisanos suyos, dejando para otra vacante que se presente a un recomendado de vuestra reverencia. Además, en la confiscación de los bienes de los emigrados liberales se queda la mayor parte de los productos de las ventas y sólo nos envía a nosotros miserables cantidades, y esto a regañadientes. A pesar de portarse mal, se ha hecho tan desvergonzado, que en su despacho ha tenido el atrevimiento de decir que estando bien con el rey, le importa muy poco quedar mal con los jesuítas.
—¿Eso ha dicho?—exclamó con sorpresa el padre Claudio.
—Así lo ha asegurado nuestro agente, que es hombre incapaz de mentir.
—Ya arreglaremos las cuentas al ministro favorito de Su Majestad. Saca del archivo la nota referente a la vida y actos de don Tadeo, y en la sección de documentos útiles encontrarás la carta dirigida al obispo de Sigüenza, acusándole recibo de los tres mil duros a cambio de la mitra. Bien es verdad que don Tadeo destinó de dicha cantidad treinta mil reales para nuestra Orden, por gastos de comisión; pero esto no consta en la carta, y además, el bueno del ministro se guardará mucho de decirlo. ¡Bonita será la cara que haga Su Majestad mañana al enseñarle yo el documento en que el ministro favorito se delata tan claramente! Cuando el rey le eche una filípica que le ponga las orejas coloradas, don Tadeo adivinará de dónde procede el golpe, y en adelante será más cauto y tratará con más respeto a nuestra Orden.
—¿Busco ahora la carta, reverendo padre?
—No; mañana me la darás cuando vaya a Palacio a la hora de la misa. ¿Qué más hay en el ministerio?
—Nada que nos interese.
—Pasemos pues, a las revelaciones del camarero de Palacio. Es buena persona, muy temeroso de Dios y de sus representantes, y estoy por decir que es el mejor de nuestros agentes.
—Soy de la misma opinión.
Y el hermano Antonio, después de halagar otra vez con tales palabras la vanidad de su superior, consultó las notas y comenzó a decir:
—Las noticias de Palacio son, como de costumbre, abundantes, aunque no de gran importancia. ¿Por dónde le parece a vuestra reverencia que comencemos?
—Di primero todo lo referente al rey.
—Su Majestad se muestra algo preocupado por la actitud de Francia y las demás potencias de la Santa Alianza, las cuales no le dejan respirar ni obrar con libertad, pues, como de costumbre, apenas da una ley contra los liberales, llueven sobre él amenazadoras notas diplomáticas, en las que los soberanos le aseguran que van a dejarlo solo si se obstina en extremar la reacción. Aún se preocupa más de la falta de buenos espadas desde que Pedro Romero se retiró del arte a causa de sus achaques y de la decadencia que viene notándose en el ganado que se presenta en la plaza de Madrid.
El hermano Antonio miró de reojo al padre Claudio, y viendo que se sonreía despreciativamente, creyó muy del caso el imitarle.
—Anoche—continuó el amanuense—hablaba en su tertulia de la necesidad de remediar prontamente esa decadencia que deshonra a la nación, y apuntó la idea de establecer en Sevilla una escuela de tauromaquia. Calomarde se atrevió a hacerle algunas objeciones, y el rey consintió en dejar la realización de tal proyecto para más adelante.
—¿No hay nada referente a la vida secreta?
—Sí, reverendo padre. El rey muestra ahora gran afición por una manola que vive cerca de la puerta de Toledo y es hija del tío Quitapellejos, honrado dependiente del Matadero. El duque de Alagón le acompaña muchas noches a la casa de esa rústica beldad. Esta nueva conquista es en Palacio desconocida para todos menos para nuestro agente, que ha logrado descubrirla a fuerza de paciencia y astucia.
—Desconocida es tal aventura, pues ni aun yo tenía noticias de ella. ¿Y qué hace el rey con la condesa de Baselga?
—La baronesa de Carrillo pasa en la corte todavía, para los que se precian de conocer los regios secretos, como la querida predilecta de Su Majestad; pero lo cierto es que don Fernando (que Dios guarde) parece hastiado de ella, pues sólo acude a sus citas de tarde en tarde, y más por la fuerza de la costumbre que por la del amor.
—Mala noticia es ésta—dijo el padre Claudio poniendo la cara seria—. Pepita, gracias a sus relaciones con el rey, nos presta grandes servicios. Nosotros tenemos gran influencia en el ánimo de Su Majestad; pero aquello que éste no nos concede, lo alcanza la baronesa cuando tiene a su regio amante ebrio de lujuria entre sus brazos. ¿Qué hacemos si el rey abandona definitivamente a la hermosa señora de Baselga y va en busca de las manolas del Matadero?
—La noticia es tanto más grave cuanto que nuestro agente asegura que don Fernando está cada vez más enloquecido por la hermosa hija del matarife, y muchos días espera con impaciencia la noche para dirigirse a su casa.
—Lo comprendo; es la pasión senil. El último amor de un viejo, o sea la lujuria más terca y persistente. Será necesario poner en juego toda la linda locura de Pepita, y que invente nuevas gracias para atraerse al rey.
—Será inútil, reverendo padre, pues Pepita, según los informes, está también cansada del soberano y busca distracción a su tedio, llamando a su casa, siempre que su marido está de servicio en Palacio, a un guapo mozo que figura como agregado a la Embajada inglesa y que se llama el “baronet” sir Walace.
El padre Claudio, a pesar del imperio que tenía sobre sus sensaciones, mostró algún asombro ante aquella revelación que no esperaba, y murmuró con enfado:
—Ya hace tiempo que creo, con razón, que con mujeres nada puede hacerse. Esa Pepita es una...
Y el hermoso jesuíta largó una palabra tan castellana y clásica como poco culta. Después dijo con voz más fuerte:
—Hace mucha falta en aquella casa el señor Antonio. Cuando el general de nuestro instituto envió desde Roma la orden para que el viejo volviera a América, donde podría servir mejor nuestros intereses, presentí que pronto nos sería muy necesaria su presencia. Si él estuviera en casa de la baronesa, ni entraría ese inglés ni Pepita hubiera dejado escapar al veleidoso rey; pero está casi sola, su marido es un imbécil que no ve ni oye más que cuanto su mujer quiere, y ya dice el refrán que la cabra apenas se ve suelta siempre tira al monte. Lo vuelvo a repetir: esa Pepita es una perdida, digna de que la abandonemos y aun de que digamos a su marido todo cuanto hace, para que éste, que es un barbarote, la estrangule sin misericordia.
Y al decir esto el padre Claudio, brillaba en sus ojos aquella chispa maligna que transfiguraba su rostro de un modo horrible, poniéndolo en armonía con su oculto pensamiento.
—Nada se pierde—añadió el jesuíta cuando pasó el primer ímpetu de su rabia—en echar un buen sermón a Pepita, que la lleve nuevamente a la buena senda. Es una loca tan inclinada a la devoción como a prostituirse, y tal vez tocando sus aficiones religiosas la arrastremos nuevamente a sufrir pacientemente las caricias del rey, que, en verdad, no deben ser muy gratas para una mujer joven y hermosa.
—Difícil lo veo, reverendo padre. La baronesa está tan entusiasmada con el inglés, que, según las revelaciones de nuestro agente, en el baile que hubo anteanoche en Palacio iban los dos ocultándose tras los cortinajes de los balcones, buscando siempre huecos obscuros y solitarios.
—La baronesa es una mujer caprichosa, nacida para cometer estupendas locuras, pero con una gran dosis de ambición. Mientras fué en Madrid una desconocida, nos obedeció fielmente, cifrando todo su empeño en agradar al rey; pero desde que conoció al conde de Baselga y se casó con él, viéndose al poco tiempo dama de Palacio y uno de los más lindos adornos de la corte, ha dado por satisfecha su ambición y hoy únicamente piensa en satisfacer sus pasiones sin trabas de ninguna especie y a gusto de su variable voluntad. Mañana hablaré con ella y le haré entender que, si por creerse satisfecha no quiere servirnos, nosotros tenemos medios para romper lo que ella considera hoy como felicidad, arrojándola en la desgracia.
—En estas notas, reverendo padre, hay algo muy interesante respecto al marido de la baronesa, o sea el conde de Baselga.
—Habla, hermano Antonio.
—Nuestro agente sorprendió el otro día algunas palabras de la conversación que en la antecámara de la reina sostenía la duquesa de León con otra dama de honor.
—¿Qué tiene que ver en el anterior asunto la duquesa de León?
—Vuestra reverencia olvida, sin duda, que la tal duquesa, antes que el de Baselga conociera a doña Pepita, era su querida y hasta se cree que corría con todos los gastos del gallardo militar, incluyendo la confección de sus uniformes.
—Es verdad; no recordaba tal antecedente, que de seguro figura en nuestra nota acerca de la duquesa de León. ¿Y cuáles eran las palabras de ésta?
—Aunque nuestro agente no escuchó toda la conversación, comprendió inmediatamente que las dos damas trataban del conde de Baselga. La duquesa hablaba de su antiguo amante, que ahora se mostraba frío e indiferente por culpa de su esposa, que le tenía sujeto con sus embelecos y que, en cambio, le hacía traición, no con un amante, ni con dos. Cuando nuestro agente se acercó más, la duquesa hablaba misteriosamente de venganza, de abrir los ojos al mentecato y de terribles pruebas de que podía disponer.
—Eso es muy grave—dijo el padre Claudio—. Pepita puede oír nuestros consejos y volver a atrapar al rey, en cuyo caso sería un tremendo inconveniente el que su marido conociera los deslices de la baronesa, pues el tal Baselga es un gañan algo idiota que no conoce eso que en el mundo llaman honor, pero que por amor propio es capaz de no consentir como amante de su esposa ni aun al mismo rey.
Quedóse reflexionando un buen rato el padre Claudio, y al fin añadió:
—La duquesa de León es un gran peligro. La conozco bien y sé que es una mujer terca capaz de cumplir cuanto diga. Además, esas viejas libidinosas, cuando se enamoran de un hombre, no retroceden ante ningún obstáculo. Si ella ha hablado de pruebas, es porque las tiene o piensa adquirirlas pronto... Afortunadamente, la duquesa es penitente mía y podré dentro de pocos días sondear su conciencia desde el confesonario.
Calló el jesuíta por algún tiempo, y al fin añadió con aire de hombre preocupado:
—Sin embargo, no dejan de interesarme esas pruebas de que habla la duquesa. ¿Adivinas tú cuáles pueden ser, hermano Antonio?
—No, reverendo padre. Doña Pepita no es mujer capaz de haber escrito cartas a sir Walace ni al lindo frailecito de la Merced, que es el amante que tuvo antes del inglés y cuyas relaciones tan hábilmente supo estorbar vuestra reverencia. No existiendo cartas, no sé qué pruebas pueda tener la duquesa de León.
—Hay otra prueba más terrible y concluyente que una persona astuta, como lo es la duquesa, podía aprovechar si nosotros no estuviéramos alerta.
—¿Cuál es, reverendo padre?
—El testimonio de la mujer que asistió a Pepita en su parto, la cual puede citar la fecha cierta en que éste se verificó.
—Reverendo padre, esa mujer ya sabéis que es mi madre. Ella hace cuanto yo quiero y nunca traicionará los intereses de la Compañía.
—En ello confío. Ya sabes que buscamos a tu madre para tan delicada misión confiando en tu palabra, y tampoco debes olvidar que a mí me debes cuanto eres, y que así como puedo encumbrarte más alto de lo que te imaginas, puedo arrojarte al suelo y aniquilarte como un insecto si es que haces traición a la Orden.
—Lo sé, padre mío, lo sé perfectamente—dijo el secretario sonriendo con afectada humildad.
Reflexionó el padre Claudio y añadió con tono imperativo:
—Dirás mañana a nuestro agente en Palacio que vigile de cerca a la duquesa de León, procurando penetrar en sus propósitos. Yo buscaré el medio de que me revele su pensamiento, y al mismo tiempo procuraré extinguir en el conde de Baselga toda sospecha, si es que esa alegre vieja ha intentado ya excitar sus celos y su instinto receloso. Pasemos a otros asuntos. ¿Qué más se dice en Palacio?
—En el cuarto del infante don Carlos se conspira, y tanto su esposa, doña Francisca, como el obispo de León, preparan una sublevación en Cataluña, en la que entrarán todos los realistas descontentos con la política que actualmente sigue don Fernando.
—Me voy convenciendo de que estos realistas son gente más levantisca e ingobernable que los mismos liberales...; pero más vale así, pues hay que reconocer que don Carlos, príncipe piadoso, amante de Dios y obediente en todas ocasiones al clero y a la Compañía de Jesús, sería más buen rey que don Fernando, que, aunque adicto a la religión y sumiso a nuestros consejos, se ve tentado de continuo por el demonio de la carne y deja plantados a lo mejor a los representantes del Altísimo para irse tras la primera falda bien contorneada que encuentra al paso.
—Don Carlos haría la felicidad de España.
—Prohibo, hermano Antonio, que te permitas tener opiniones políticas. Eso es indigno de un hombre que ha prometido dejar a sus superiores que discurran por él. Sin embargo, en esta ocasión, te digo que estás en lo cierto. Don Carlos, rey, sería para nosotros tan ventajoso como tener un individuo de nuestra Orden en el trono, pero su corona es hoy por hoy problemática, y no es caso de que vayamos a exponer lo cierto por lo dudoso. ¿Manda actualmente don Fernando? Pues permanezcamos a su lado y dejemos conspirar a esos furibundos realistas, que si algún día llega su triunfo, tendremos tiempo para ponernos al lado de don Carlos y ser los primeros en recoger mercedes. Hermano Antonio, no olvides nunca esta política, que es la que debe seguir todo buen jesuíta.
El secretario acogió la lección con aire de gratitud y creyó del caso dar a su rostro una expresión de asombro, que interpretaba la admiración producida por las palabras de su maestro.
—Las noticias de Palacio han terminado ya, reverendo padre, y a los trabajos del día sólo hay que añadir la plática que he tenido esta tarde con el brigadier Chaperón, presidente de la Comisión militar permanente de Madrid.
—¿Ha venido aquí ese bárbaro?
—Sí. Quería visitar a vuestra reverencia y saber de propios labios si estabais satisfecho de su conducta, y me ha dicho, con el aire de satisfacción propio del que cumple con su deber, que si en el mes pasado ahorcó siete liberales en la plaza de la Cebada, en el presente piensa que lleguen a una docena, además de que tiene en lista unos doscientos individuos parientes hasta de sexto grado y amigos de vista de los emigrados revolucionarios, los cuales a la mayor brevedad serán enviados a los presidios de Africa.
—Chaperón es un partidario tan decidido de la causa de Dios y del rey, que el Gobierno debía citarlo como modelo digno de imitación a esas comisiones de las provincias que sólo envían cada vez un liberal a la horca. ¡Lástima que tan perfecto campeón de la Fe sea un poco imbécil y no se le pueda confiar otro trabajo que el exterminio de los revolucionarios!
—El brigadier desea que vuestra reverencia le recomiende al rey, y que éste, en vista de sus nobles servicios a la causa del absolutismo, le conceda un ascenso, una gran cruz o cualquiera otra distinción.
—Puede contar con ello. Hoy somos nosotros los dueños de la situación, y cuanto indicamos se realiza inmediatamente.
El jesuíta, al decir esto, inclinó la cabeza sobre el respaldo del sillón, y con los ojos cerrados permaneció algunos instantes sonriendo, como el que paladea risueñas y halagadoras ideas.
—Hermano Antonio—dijo de pronto el jesuíta, estremeciéndose para sacudir el dulce sopor que le había acometido—. A ti te lo digo todo porque tengo confianza en tu discreción y me siento inclinado a tratarte con franqueza. Los asuntos de nuestra Orden en España no pueden ir mejor. Después de la caída de la Constitución, el rey se ha arrojado por completo en nuestros brazos, y esta tarde misma, al volver de su diario paseo, y en uno de los salones de Palacio, ha dicho ante la turba cortesana, en la que figuraban los generales de los dominicos, de los franciscanos y de otros institutos religiosos, que sólo tiene confianza en los jesuítas, que sólo fía en nuestra fidelidad, y que si antes de 1820 hubiéramos sido nosotros sus consejeros de gobierno, seguramente que no hubiera triunfado la revolución. ¿No es esto suficiente motivo para mostrarse satisfecho? ¿No te sientes orgulloso de pertenecer a una Orden que tanta admiración inspira a su rey?
—¡Oh, seguramente, reverendo padre!
Y el secretario, al decir esto, no mentía, pues sus mejillas cadavéricas, coloreadas por un fugaz rubor, demostraban lo caldeada que estaba su soberbia por tales palabras.
—Comienzan ya—continuó el padre Claudio—a brillar para nuestra Orden aquellos felices días del reinado de Carlos II, en que éramos dueños de la nación y movíamos a nuestro gusto los resortes del Estado. Ya no nos veremos obligados a asustar a los reyes como lo hicimos con el impío Carlos III, enemigo de nuestra preponderancia, organizando el motín de Esquilache y enviándole anónimos en que le amenazábamos de muerte. Nadie nos arrojará de aquí; somos los amos y ya no tendremos que esgrimir pistolas ni puñales, como lo hicimos en Portugal con el rey José y en Francia con Enrique III y Enrique IV. ¿Para qué?... Hoy los reyes, en vez de nuestros mortales enemigos, son nuestros lacayos, viven la vida que nosotros les damos y están sujetos a nuestra voluntad. En el régimen absolutista, el rey es un sol cuyos rayos llegan hasta el antro más obscuro de la nación, y, sin embargo, la luz de ese sol nosotros la mantenemos...; nosotros, que trabajamos en la densa sombra.
Y el padre Claudio, al decir esto, reía sarcásticamente. Su secretario le imitaba; pero esta vez no era por adulación, sino porque le producía inmenso placer la completa victoria del aborto de Loyola.
—Nada puede oponerse a nuestro soberano poder—continuó el jesuíta levantándose de su asiento, impulsado por la fiebre del entusiasmo y repeliendo al gatazo que hasta entonces había estado enroscado sobre sus piernas—. ¿Ves a don Tadeo Calomarde, que se cree omnipotente sólo porque el rey le aprecia a causa de su actividad de ardilla? Pues que procure que yo no levante mi omnipotente mano pues de un revés lo arrojaré del ministerio cuando quiera, y se verá pobre y desgraciado, si es que no va a morir en la horca como otros favoritos regios. ¡Y qué digo Calomarde! El mismo don Fernando caería, si alguna vez se mostrara rebelde a nuestros mandatos y no quisiera adoptar las dulces insinuaciones de nuestra Orden. En las arcas de la Compañía hay dinero suficiente para comprar un reino y para armar un ejército ante el cual el de Jerjes parecería miserable pelotón; y en cuanto a gente que nos defendiera, demasiado sabes que en España tenemos hoy más de la que podamos desear. Mira, Antonio; mira una vez más, y podrás convencerte de que España es nuestra.
Al padre Claudio el entusiasmo y la contemplación de la grandeza que su persona representaba, poníanle nervioso y le hacían pasearse por la habitación con la impetuosidad de una fiera que encuentra pequeña su jaula.
Al decir sus últimas palabras, cogió el gran quinqué que estaba sobre la mesa, y levantándolo al nivel de su cráneo, bañó en luz el colosal mapa de España, que ocupaba la pared libre de armarios.
—Pasea bien tus ojos por ese mapa—continuó diciendo a su secretario—, y verás cómo España semeja un pedazo de firmamento en el que las cruces negras brillan tan compactas e innumerables como las estrellas en el cielo.
Efectivamente, sobre aquel mapa destacábanse un sinnúmero de crucecillas negras de varios tamaños, que parecían esparcidas a la ventura, pero que ocupaban los mismos sitios que las ciudades, los pueblos y los lugares sin importancia en los mapas ordinarios. Bajaban serpenteando a lo largo de las costas, saltaban a las cercanas islas, extendíanse sobre las tortuosas cordilleras, enseñoreábanse de las provincias del centro y hasta ocupaban las Canarias y las Antillas, que en cuadro aparte figuraban a un extremo del mapa.
Estaban tan inmediatas las cruces, que sus aspas casi se tocaban unas con otras y formaban como una negra red que envolvía el territorio español, dándole el aspecto de un insecto enredado en fúnebre telaraña.
El padre Claudio, con la cabeza erguida y la soberbia expresión de un general ante su ejército, abarcó de una mirada la colosal obra de su Orden, y sonriendo después con aire satisfecho, continuó:
—Ya sabes tú lo que representan estas cruces. Cada una de ellas equivale a un miembro que desde aquí puedo yo mover a mi voluntad, así como a mí y a todos los vicarios que están al frente de una nación nos maneja el general desde Roma, y cómo a éste lo impulsa Dios. Las cruces más grandes representan ciudades de importancia, donde hay colegios y casas profesas que hacen una continua propaganda en favor de la Orden; las medianas son poblaciones de menor importancia donde tenemos misiones permanentes, y las más pequeñas equivalen a lugares y villorrios, en lo que no nos faltan amigos fieles y obedientes a nuestros mandatos. España entera tiene su centro y su eje en esta habitación. Para moverla y que se alce en éste o en otro sentido, el mismo día y a la misma hora, sólo es necesario que tú tomes la pluma y yo te dicte. ¿Hay alguien que posea tan inmenso poder? ¿Quién es más dueño de España: don Fernando VII o nosotros? ¡Ah! Si todos los reyes comprendieran de lo que la Orden es capaz y los sujetos que los tiene, no nos concederían tanta estimación ni nos protegerían. ¿Ves cuánto se afana el infante don Carlos por quitarle la corona a su hermano? Pues todo cuanto haga será inútil si nosotros permanecemos impasibles, y en cambio dentro de un mes ocuparía el trono si así conviniera a los intereses de la Orden; para esto bastaría que yo hiciese un llamamiento a nuestros innumerables agentes.
La contemplación de su propio poder pareció calmar al padre Claudio, que recobrando su aspecto habitual, frío y sonriente volvió a dejar el quinqué sobre la mesa, y fué a sentarse junto al brasero, mientras su secretario le miraba con admiración.
—Reverendo padre—dijo tras una larga pausa el hermano Antonio—. Cada vez me siento más orgulloso de pertenecer a la Orden de nuestro santo padre San Ignacio, y cuando os oigo hablar con acento tan inspirado me miro con asombro pues me parece que yo, miserable gusanillo, crezco al compás de vuestras palabras hasta convertirme en un gigante.
El padre Claudio se sonrió por aquella lisonja, y dijo a su secretario con tono protector:
—Crecerás, no lo dudes; crecerás, hermano Antonio; pero es preciso, como antes te dije, que permanezcas fiel a nuestra Orden y que jamás me hagas traición a mí, que soy tu superior. Tienes condiciones para brillar en nuestra sociedad. Eres astuto, conoces a los hombres, sabes aprovecharte de sus debilidades, no reparas en los medios y, sobre todo, el bien y el mal son indiferentes a tus ojos, pues uno y otro valen lo mismo y deben emplearse en una empresa siempre que así convenga. Con tales condiciones se puede formar un excelente jesuíta, y tú lo serás. Sólo te falta despojarte de ciertas preocupaciones mundanas. Todavía eres hombre y te falta algo para convertirte en un completo hijo de Loyola, que debe ser máquina inconsciente para los mandatos de los superiores, e inteligencia despierta para cuantos se encuentran a un nivel más bajo.
—Reverendo padre—dijo con humildad el jesuíta—. Yo hago cuanto puedo, y siento no tener más voluntad para aprovecharme de vuestras notables lecciones.
—Si me sigues e imitas en todos mis actos, puedes llegar a ser como mi sombra, y algún día, cuando la Orden me llame a más altos destinos, ocupar tú la dirección de España, que hoy desempeño. Yo siento simpatía por ti, ¿por qué he de ocultarlo? En tus actos veo mi propia personalidad como en un fiel espejo, y reconozco que tus facultades son iguales a las mías para ayudar a la conquista del mundo en nombre de Dios, que es el fin que persigue nuestra Orden. Unicamente hay en ti defectos que afean tu mérito y que yo corregiré.
—Decid, padre mío; os escucho ansioso.
—Eres desordenado hasta el punto de que parezca que has declarado una cruda guerra al método. En esta misma habitación tienes una clara muestra de tu defecto culminante. Los papeles más importantes están archivados con el orden más caprichoso y extravagante, y documentos preciosos ruedan a cada momento sobre sillas y mesas, sin método alguno. Tú te entiendes y sabes guiarte en tal dédalo, pero esto no impide que te agites en un caos incomprensible para los demás, por lo mismo que tú eres su único creador. Te parecerá nimia tal vez esta observación, pero has de saber que en un jesuíta lo más esencial es un orden rígido e inmutable, al cual deben sujetarse su persona y sus actos. Tu vida debe ser semejante al reloj de la alta torre que lo mismo en los días serenos que en medio de la tempestad, deja oír sus horas impasible y con igual indiferencia. El desorden es indicio de carácter propio, y el jesuíta debe perder todo lo que le sea personal y le emancipe de las reglas de la Orden. Mírame, estudia mis actos, y verás cómo la pulcritud y el orden, que siempre acompañan a la verdadera astucia, facilitan mucho el éxito de las empresas.
El hermano Antonio escuchaba atentamente la lección de su superior, quien continuó con su acostumbrado aire de protección:
—Además, tu terrible defecto, al par que te hace desmerecer como buen secretario, te pierde como campeón de nuestra Orden. Como eres desordenado, gustas de los golpes ruidosos y de efecto, y muchas veces atacas antes de hora, lo que facilita la defensa del enemigo. Tu odio es terrible, pero tiene el tremendo inconveniente de que puede ser leído en tu rostro mucho antes de que estalle. Imítame a mí, que me encubro con el contrario bajo la forma más agradable. Si cuantos me rodean me conocieran bien, temblarían en el instante que yo sonriera más placenteramente.
Quedó unos instantes silencioso el lindo padre acariciando con aire distraído al gato, que había vuelto a colocarse sobre sus piernas, y de repente agarró una de las patas delanteras del felino, y extendiéndola, dijo al secretario:
—Aquí tienes la verdadera imagen del perfecto jesuíta. Este animal acaricia con su fina mano, toma un aire humilde que atrae y cuando menos se espera hace valer sus afiladas uñas, que oculta cuidadosamente. Nosotros somos los gatos, que nos tendemos humildemente a los pies de la sociedad, pidiéndola su calor y su protección; el que se deje acariciar por nosotros que tenga por seguro el arañazo.
El secretario púsose a reflexionar sobre la metáfora de su maestro, pero cuando estaba en lo mejor de sus reflexiones fué llamado a la realidad por tres rudos golpes de timbre que sonaron dentro de la casa aunque algo lejanos.
—¡Tres toques!—dijo el padre Claudio—. Una carta es. Antonio, marcha a recogerla inmediatamente, pues, traída a estas horas, debe tratar de asuntos interesantes.
III
El lobo de París al lobo de Madrid
—Carta es, reverendo padre—dijo el secretario al volver a entrar en el salón—. Acaba de traerla el portero de nuestro colegio, y dice que aún no hace un cuarto de hora se la ha entregado el correo de Burgos, el cual ha llegado con retraso a causa de las nieves que obstruyen el paso del Guadarrama.
—¿De dónde viene la carta?
—A juzgar por el sobre, procede de París.
—Ya hacía tiempo que no teníamos noticias de nuestros hermanos de Francia. A ver, hermano Antonio, rompe el sobre y dame su contenido.
El padre Claudio acercó su sillón a la luz y recibiendo el pliego que su secretario le tendía respetuosamente, paseó rápidamente su vista por él.
Estaba escrito en latín, con caracteres menudos y erizados de caprichosos rasgos.
Decía así:
† A. M. D. G.
“El Vicario General de Francia al Vicario General de España; Salud y la bendición de Cristo.
Respetable hermano: Conviene a los intereses de nuestra Orden que a la mayor brevedad enviéis informes completos acerca de la vida de don Ricardo Avellaneda, y una relación detallada de todos los bienes que posee en España, en concepto de administrador legítimo de su hija María, único fruto de su difunta esposa.
El señor Avellaneda fué de los españoles que en 1808 se unieron a Napoleón y su hermano José Bonaparte y a quienes el pueblo llamaba “afrancesados”. Desempeñó altos cargos en la corte del rey intruso, y cuando éste tuvo que huir a Francia, él siguió a su soberano, y desde entonces vive en París, no queriendo volver a España, a pesar de las amnistías, por miedo a los insultos de liberales y reaccionarios.
Su mujer fué patriota y se separó de él por no seguirle en la traición. Como los cuantiosos bienes eran de esta señora, que hizo bastantes donativos para el sostenimiento de las tropas españolas, las llamadas Cortes de Cádiz respetaron su fortuna y no la confiscaron como hicieron con otras familias afrancesadas.
Dichos bienes ascienden a unos quince millones de francos, según nuestros informes.
Enteraos vos por ahí para ver si estamos engañados, y decidnos el resultado de vuestras gestiones.
El asunto es de gran interés para nuestra Orden, pues se trata de que los quince millones ingresen en nuestro tesoro.
Tan gran fortuna sólo tiene derecho a percibirla una niña, que en la actualidad cuenta ocho años de edad y que nació aquí cuando la esposa del señor Avellaneda se decidió a hacer las paces con su marido y vivir con él en París.
La señora de Avellaneda murió hace un año; su esposo está algo resentido en su parte moral, y al paso que va pronto caerá en completa imbecilidad. En cuanto a la niña, tiene aficiones a la vida monástica, que nosotros nos encargaremos de fomentar. Hemos conseguido introducir en la casa a uno de nuestros hermanos, que es español, el cual ejerce gran influencia sobre la hija, y es probable que también logre conquistar al señor Avellaneda.
El día en que la joven sea mayor de edad y pueda disponer, con arreglo a las leyes, de su colosal fortuna, estará ya en un convento, y entonces la Compañía será su heredera, pues María, al abrazar la vida monástica, renunciará antes sus bienes terrenales en favor nuestro.
Vuelvo a recomendaros la urgencia en los informes que os pedimos, pues ya veis que el asunto es de importancia.
Que el corazón de Jesús sea con vos y os conceda largos años de vida.
Fabián Renard (S. J.)”
Cuando el padre Claudio hubo terminado la lectura de la carta, quedóse pensativo y murmuró:
—No es mal golpe el que preparan nuestros hermanos de París. Quince millones de pesetas son un bocado que aquí en España sólo muy de tarde en tarde se ofrece a nuestra voracidad.
El jesuíta dió después la carta a su secretario para que a su vez la leyera, y cuando hubo terminado le dijo:
—Buscarás mañana mismo esos informes que se nos piden de París.
—No es tarea fácil, reverendo padre. En nuestro archivo sólo hay notas muy incompletas sobre el señor Avellaneda, pues éste figuró en España cuando nuestra Orden estaba expulsada, y marchó al extranjero antes de nuestra restauración.
—Irás mañana, en nombre mío, al ministerio de Hacienda, y el señor López Ballesteros nos proporcionará los datos que deseamos acerca del valor y calidad de los bienes de Avellaneda. En cuanto a la carta del vicario de Francia, debes unirla a la nota del señor Avellaneda, pues tal vez algún día tengamos los jesuítas de España relaciones íntimas con dicho señor. Si los sesenta millones de reales llegan a escaparse en Francia de nuestras garras, aquí los buscaremos hasta apoderarnos de ellos.
El secretario se levantó para buscar en el archivo; pero en el mismo instante volvió a sonar la campanilla de antes, sólo que ahora dió cinco toques con diferentes intervalos. Aquello era una especie de telegrafía acústica que comprendieron perfectamente los dos jesuítas.
—Es una visita—murmuró el padre Claudio—. ¿Quién podrá ser a estas horas? Hermano Antonio, sal a recibir al que llega. Debe de ser un amigo, ya que lo deja pasar nuestro portero.
IV
Los pesares de Baselga.
—El señor conde de Baselga—dijo Antonio, volviendo a entrar en el despacho.
Más allá de la puerta sonaban pasos ruidosos y desiguales, que se acercaban rápidamente, acompañados del metálico retintín de unas espuelas. Al fin, don Fernando Baselga entró cojeando en la habitación.
El campeón del 7 de julio estaba algo desfigurado. Tres años habían sido suficientes para robarle mucha de su antigua gallardía, y tanto la cojera como una prematura obesidad encubrían con cierto aire de pesadez su antiguo aspecto marcial.
Atento siempre a presentar un continente interesante, el gallardo soldado del absolutismo, que tanto se distinguía en paradas, ejercicios y guardias, marchando con varonil contoneo al frente de su compañía, no podía ahora conformarse con la necesidad de marchar cojeando a la vista de las damas palaciegas y de sus mismos subordinados; así es que cuando Fernando VII, restablecido en su trono de monarca absoluto, quiso premiar los servicios de tan excelente partidario dándole las charreteras de comandante, Baselga solicitó la merced de pasar a servir en la caballería de la Guardia, con la esperanza de que, puesto su airoso cuerpo sobre un inquieto corcel, nadie notaría aquel tremendo defecto físico, que aún le hacía odiar más encarnizadamente a los liberales.
Cuando el comandante, después de besar reverentemente la mano del padre Claudio y accediendo a las indicaciones de éste, se sentó frente a él al amor del brasero, paseó sus ojos con curiosidad por toda la habitación, demostrando a la vista de tan gran cantidad de papeles el asombro propio del que tiene la lectura y escritura por necesidades de último orden y sólo muy de tarde en tarde hace uso de ellas.
—Ante todo—dijo Baselga, después de satisfacer un poco su curiosidad—, debo pedir a usted, padre mío, mil perdones por la libertad que me tomo al venir a buscarle a este sitio sin su permiso.
—Querido hijo, usted ya sabe el cariño que, tanto yo como toda la Orden, le profesamos, y que puede buscarme en todas partes así como necesite de mi humilde persona.
—He estado en la casa profesa a preguntar por usted, manifestando que tenía alguna urgencia en verle, y el padre Echarri me ha encaminado a esta casa, en la que sólo admite usted las visitas de muy contadas personas; distinción que, en el caso presente, me honra sobremanera.
—Los negocios son muchos, querido conde; el tiempo muy limitado, y hay que aislarse un poco para huir de las estorbosas visitas de los importunos. Por esto ocupo esta casa, antigua mansión de los marqueses de Orduña, personas devotísimas que en el siglo pasado la cedieron a nuestra Orden. Cuando don Carlos III (a quien Dios perdone) nos expulsó de España, esta casa quedó cerrada, guardando el archivo que ahora ve usted y que no lograron descubrir los alcaldes del rey, pues eran pocas las personas que conocían su existencia, así como tampoco que fueran jesuítas los que vivían en el viejo palacio. Aquí han vivido y trabajado mis antecesores en la dirección de la Orden, y aquí estoy yo, que, rodeado de tan preciosos documentos y evocando los pasados recuerdos, trabajo con más fe y me siento más fuerte y hasta con mayor confianza en las bondades de Dios.
Permanecieron silenciosos los dos interlocutores después de tales palabras; Baselga, mirando con atención la parte de los armarios adonde llegaba la luz de la lámpara, y el jesuíta contemplando con aire interrogador al comandante, como esperando que éste manifestase el objeto de la visita.
Por fin el padre Claudio notó que Baselga miraba con cierto recelo al hermano Antonio, el cual había vuelto a sentarse junto a la mesa y escribía con la indiferencia de un autómata.
El jesuíta comprendió que la presencia del secretario estorbaba al conde, y dijo con acento de superioridad benévola:
—Hermano Antonio, retiraos, que ya habéis trabajado hoy bastante.
Salió el secretario, después de saludar con dos reverentes cortesías, y apenas se hubieron perdido sus pasos a lo lejos, Baselga dió un suspiro, que tenía algo de rugido, y con expresión infantil exclamó, inclinando su gigantesco cuerpo sobre el jesuíta:
—¡Padre mío! Soy muy desgraciado.
—¿Desgraciado usted?—dijo el jesuíta con extrañeza—. Señor conde, eso es insultar a Dios, que le concede a usted toda clase de felicidades. Es usted el esposo de una mujer modelo de virtudes; tiene una hija encantadora, que es su propio retrato; la paz del cielo reina en su casa; goza en Palacio de una envidiable posición; ¿qué más puede usted desear?
—No me quejo de mi suerte—contestó Baselga con aire contrito—. Dios me ha dado mucho más de lo que yo merezco. Mi felicidad no consiste en mi mayor o menor fortuna, sino en mi esposa, que parece empeñada en hacerme desgraciado.
—¿Falta acaso a sus deberes la señora condesa?—preguntó el jesuíta con cierta alarma.
—No, padre mío. Pepita es honrada y, aunque alguien quiera hacerme sospechar de su fidelidad, no tengo el menor dato para dudar de ella.
—¿Cuál es, pues, la causa de su pena?
—Pepita no me ama.
—¿No le ama su esposa? ¡Ella, que tantas veces ha asegurado que sentía una loca pasión por usted! ¿Cómo puede ser eso?
—Hace usted muy bien en extrañarse. También experimento yo igual impresión cuando, considerando el pasado, contemplo ese cambio radical que hoy me entristece. Es verdad que Pepita me amaba mucho antes y que correspondía con agrado a mi cariño, pero hoy me acoge en todas ocasiones con el más terrible desvio, y comprendo que ya no soy para ella el mismo que en otros tiempos. Su antiguo amor ha desaparecido.
—Permítame usted, conde, que le indique que muchas veces un exceso de amor puede hacer ver desvio en donde no existe. El amor es pasión desigual que, aunque no se desvanece, se amortigua con el roce, y además la esposa cristiana debe profesar a su marido una pasión tranquila y cercana a la pureza, pues el amor tempestuoso e insaciable sólo es propio de impúdicas cortesanas. Debe usted pensar además que la señora condesa tiene una pequeña hija, la linda Pepita, y que forzosamente el lugar que ésta ocupa en el corazón de la madre priva al esposo de una parte de cariño.
—¡Ay, padre mío! ¡Cuán satisfecho estaría yo con que el desvío que noto en Pepita fuera motivado por su cariño a nuestra hija! Pero desgraciadamente la pequeñuela es víctima igualmente del desvío de mi esposa, y apenas si de vez en cuando logra recibir de ella una mirada. La infeliz niña no tiene otro amor que el mío, y yo soy quien con más asiduidad cuida de ella. Pepita hace más de un año que está preocupada a todas horas con un pensamiento desconocido. No sé cuál pueda ser la causa de tal preocupación, pero de seguro que no somos ni su hija ni yo.
—Esto es grave—murmuró el padre Claudio involuntariamente, mostrándose después como arrepentido de que se le hubieran escapado tales palabras.
—¡Y tan grave, padre mío!—respondió inmediatamente Baselga—. En mi ánimo nunca había arraigado la sospecha, pero hoy me siento inclinado a dudar de la que lleva mi nombre.
—¿No se ha quejado usted nunca a su esposa por tal desvío?
—Más de una vez; pero ella se vale de la superioridad que ejerce sobre mí, y a todas mis palabras responde con burlas que me enardecen la sangre.
—¿Tan escaso dominio ejerce usted sobre la condesa?
—Padre Claudio, es deshonroso para un hombre de mi clase confesar tan vergonzosa debilidad, pero debo manifestarle que Pepita ejerce sobre mí tan completa dominación, que en punto a libre voluntad estoy yo al lado de ella a más bajo nivel que el último de sus criados. Cuando la declaré mi amor me impuso por condición el que abdicara mi voluntad poniéndome por completo a merced de la suya, y desde entonces soy un infeliz esclavo de sus caprichos y carezco de libertad aun para quejarme. No sé cómo es, pero yo, que, como usted sabe muy bien, no tengo miedo a nada y no me atemorizo ante el más grande peligro, en presencia de Pepita enojada tiemblo como un niño y sólo sé hablar para formular excusas y pedir perdón.
El padre Claudio, oyendo las expresiones de aquel infantil gigante, pensaba interiormente en que Pepita era una buena discípula que honraba a sus maestros, y muy digna de vestir la sotana jesuítica por la habilidad con que sabía dominar ajenas voluntades.
Pero otro sentimiento era el que en aquel instante agitaba al discípulo de Loyola.
Consideraba la debilidad de aquel gigantazo, rendido ridículamente cual otro Hércules por el amor, y a la vista de aquella pusilanimidad sonreía soberbiamente, apreciando mejor su propia voluntad, férrea e inquebrantable, que le hacía vivir independientemente de las seducciones mujeriles.
El padre Claudio era incapaz de caer nunca víctima de un amor apasionado. Tenía una castidad casi salvaje, pues en aquel cerebro, ocupado casi por completo por una ambición sin límites, no quedaba el más pequeño rincón para ningún tierno afecto.
Podría el hermoso padre, agitado por el aguijón de la carne, ceder ante las seducciones de elegantes devotas, pero enamorarse hasta abdicar la propia voluntad, era imposible.
Un hombre como él necesitaba para sus fines una completa independencia. Para sostenerse en las alturas a que le empujaba su soberbia, era preciso estar libre de pasiones que con su peso le arrastrasen al abismo del descrédito. Una mujer era un bagaje pesado, que podía causar su perdición.
No amaba el jesuíta, porque con esto tendría que pasar a ser esclavo el que ansiaba llegar a dueño del mundo. De aquí que el padre Claudio considerase con el desprecio que se guarda para los seres ínfimos a los que acudían a él en demanda de consejos, dominados por despótica pasión.
Pero el jesuíta, después de recrearse en la superioridad que le daba su falta de afectos, goce que se transparentó rápidamente en sus ojos con una llamarada de satánica soberbia, creyó del caso acudir a sus intereses, y con acento meloso dijo a aquel campeón del fanatismo, cuya conciencia tenía bajo sus órdenes:
—¡Vamos, hijo mío! Veo que todas sus sospechas carecen de fundamento. Algo hay de cierto en cuanto usted manifiesta, y es que la condesa, a juzgar por las anteriores revelaciones, le trata con algún desvío; pero la mujer es ser caprichoso y variable que muchas veces, sin motivo alguno, cambia inesperadamente de conducta y aborrece las cosas por un momento para quererlas después con más grande pasión. Pepita es algo voluble; la conozco hace mucho tiempo, sé apreciar sus excesos de imaginación, que la arrastran a locos caprichos; pero fundándome en esto mismo, puedo asegurarle que su amor apasionado de otros tiempos renacerá cuando menos lo espere, y entonces usted podrá considerarse nuevamente como un ser feliz. No hay, pues, motivo para que usted sospeche de su fidelidad, de lo que yo me congratulo mucho.
Calló el jesuíta y estudió atentamente el rostro de Baselga para apreciar el efecto que le causaban sus palabras, pero quedóse intranquilo al ver que el conde seguía con el semblante fosco y como preocupado por una dolorosa idea que no se atrevía a exponer.
—¡Cómo, hijo mío!—dijo entonces el jesuíta con acento dulce y atrayente—. ¿No está usted convencido de la inocencia de la condesa? ¿No la cree usted fiel a sus deberes de esposa?
El comandante permaneció silencioso algunos instantes como si dudase en expresar su pensamiento, pero al fin se decidió:
—Padre mío—dijo con voz lenta y como haciendo grandes esfuerzos de voluntad para hablar—. Mucho me cuesta decirle lo que realmente pienso de mi esposa, pero al fin para ello he venido aquí, y debo hablar aunque esto me produzca gran dolor, pues por primera vez me atrevo a tener voluntad y a hablar contra la que lleva mi nombre.
—Hable usted, hijo mío, sin ningún reparo. Para quitarle todo escrúpulo le oiré en confesión, como en otro tiempo hice.
—Sí; así será mejor. Dirigiéndome al sacerdote me será menos difícil el hablar que si lo hiciera al amigo.
Y Baselga, con voz algo temblorosa y poseído del respeto que le inspiraba el joven jesuíta, comenzó a relatar sus relaciones con la duquesa de León desde la época en que comenzaron hasta el mes de julio de 1822, en que los sucesos políticos le hicieron conocer a la que ahora era su esposa.
El padre Claudio le escuchaba con atención, a pesar de que cuanto decía lo tenía por muy sabido, y únicamente de vez en cuando mostraba alguna impaciencia al notar que el conde se separaba de lo importante del relato para hacer digresiones con el solo objeto de justificar sus deslices amorosos a los ojos del sacerdote.
—No veo, señor conde—dijo el jesuíta cuando el comandante hubo terminado de referir sus amores con la duquesa—, qué relación haya entre esa pasión pecadora y la fidelidad de su esposa. Hasta ahora sólo encuentro que ésta es la más indicada para sospechar de la fidelidad de usted.
Bajó Baselga la cabeza como abrumado por el peso de la encubierta recriminación, y dijo humildemente:
—Es verdad, padre mío; mi esposa, si se fija en mi vida pasada, tiene motivos para sospechar y no estar segura de mi fidelidad conyugal; pero también yo, si atiendo a las palabras de personas que dicen quererme bien, puedo convencerme de que Pepita falta a sus deberes.
—¿Quiénes son esas personas? ¿Acaso la citada duquesa?
—La misma, padre mío. Hace pocas horas he hablado con ella en Palacio, y con sus palabras ha logrado encender en mi alma un verdadero infierno.
—¿Le ha dado a usted pruebas de la infidelidad de su esposa?
—¡Ah! ¡Ojalá! Así, al menos, saldría pronto de dudas y no sufriría esta cruel zozobra que me consume.
—¿Qué es, pues, lo que la duquesa ha dicho?
—Hace muchos días que se goza en atormentarme cada vez que me encuentra en las antecámaras de Palacio. La primera vez que nos vimos después de mi casamiento creí que iba a ser víctima de una escandalosa explosión de celos, pues la duquesa es una mujer rara y despreocupada, cuyo carácter varonil creo que usted conocerá; pero muy al contrario de lo que yo esperaba, me acogió con vulgar amabilidad y hasta con un aire de fría indiferencia que... ¿por qué no he de confesarlo?, produjo cierta impresión en mi dignidad de antiguo amante.
Sonrió el padre Claudio al escuchar estas palabras dichas con ingenuidad; le imitó Baselga con risa algo estúpida, y siguió adelante en su revelación.
—Me habló de mi mujer con indiferencia y me aseguró que su deseo era verme feliz, pues ya se había curado de los antiguos amores, dándome expertos consejos para que fuera feliz en mi nuevo estado. Esta bondad me impulsó en adelante a no rehuir su trato, y la duquesa y yo, siempre que nos encontrábamos, hablábamos con el amigable cariño de dos viejos que, fríos y desapasionados, recuerdan las calaveradas de sus buenos tiempos. Poco a poco y casi sin que yo lo notara la duquesa fué cambiando de táctica en sus conversaciones. Yo no recuerdo cómo fué, pero lo cierto es que comenzó a introducir en mi ánimo la sospecha y a hacerme pensar que mi esposa podía muy bien engañarme, siendo como era, joven, hermosa y de carácter alegre. Me habló de la vida un tanto misteriosa que llevaba antes de casarse conmigo, de sus entrevistas políticas con el rey, de cierto fraile que hace algunos meses venía con frecuencia a nuestra casa, y hasta de mi hija, ¡de la pobre niña!, y tal entonación diabólica supo dar a sus palabras, al par inocentes, que la sospecha penetró en mi alma, y tan fuertemente se arraigó en ella, que por más que lucho y me esfuerzo no la puedo arrancar.
—Señor conde. Me parece que es usted víctima de una excitación nerviosa o, más claramente dicho, de una loca preocupación, pues en todo cuanto me manifiesta no hay nada de particular ni que autorice a poner en duda la virtud de Pepita.
—No he terminado aún. Hace dos días, la duquesa se atrevió a decirme claramente que mi esposa me engañaba y que ella tenía razones para creerlo. Calcule usted el efecto que esto causaría en mí, que cada vez estoy más enamorado de mi esposa. Hubiera dado cualquier cosa por que la duquesa se hubiera convertido en hombre para poder arrojarla por una ventana; tal fué la rabia que experimenté; pero debo de estar en las garras del diablo, ya que, después del odio, la curiosidad se apoderó de mi alma y en vez de enfurecerme con mi antigua amante, descendí hasta suplicarla encarecidamente que me diera pruebas para creer en sus palabras.
—¿Y las ha dado?—preguntó con alarma el padre Claudio.
—No, padre mío. Pero hace poco acaba de prometerme que encontrará el medio de que vea yo por mis propios ojos cómo soy un marido infeliz. Dice que tiene en su poder las pruebas y que sólo espera una ocasión propicia para mostrármelas. Esa mujer conoce sin duda esta impaciencia que me devora, y se propone atormentarme haciendo que se prolongue por mucho tiempo. Crea usted, padre mío, que daría parte de mi vida por saber ciertamente esta misma noche si son ciertas las palabras de la duquesa, pues la zozobra me agita hasta el punto de privarme del sueño y tenerme en un estado semejante a la locura. ¿Será cierto lo que dice la duquesa? ¿Qué le parece a usted, padre Claudio? Yo estoy sumido en una confusión que me abruma. En ciertos momentos me siento inclinado a creer en la inocencia de Pepita; pero en otros el recuerdo de su frialdad y del despego con que nos trata a mí y a mi hija, me acomete rápidamente y entonces adquiero el convencimiento de que tiene un amante y lo busco por todas partes. Mire usted si los celos y las dudas me tienen loco, que he llegado a sospechar del mismo rey.
Y el furibundo realista, como si se sintiera súbitamente avergonzado por esta confesión, calló, al mismo tiempo que el jesuíta le decía adoptando un aire paternal:
—No hace usted bien en dudar tan a tontas y a locas de su esposa, pues ésta merece más consideración por parte de su marido, que no tiene ningún motivo para creerla infiel. Y si no, vamos a cuentas, señor conde: ¿qué dato medianamente serio tiene usted para dudar de Pepita? Todas sus sospechas se basan en las pérfidas insinuaciones de una mujer que desea vengarse de pasados desdenes y que para ello agota su ingenio dándose maña en influir sospechas; empresa fácil tratándose de un hombre tan crédulo y susceptible como lo es usted.
Y a este tenor siguió hablando el jesuíta, aguzando su ingenio para probar a Baselga cuán desacertadamente obraba al creer en las palabras de su antigua amante.
Todo cuanto iba encaminado a desvanecer las sospechas en el ánimo del conde no parecía causar a éste gran efecto; así es que el padre Claudio prefirió halagar la tendencia a creer en su desgracia que mostraba aquél, y le pareció salir mejor del asunto terminando su discurso de este modo:
—En fin, señor conde, usted ha venido a buscarme y a consultarme sus penas, y esto basta para que yo me interese en ellas y procure con toda mi alma que usted salga cuanto antes de ese estado anormal en que se encuentra. ¿Qué es lo que usted desea? ¿Saber con certeza si su mujer le es infiel? Pues solamente le ruego que en adelante no dé más oídos a las pérfidas insinuaciones de la duquesa, que yo me encargo de averiguar lo que haya de verdad en el asunto, y demasiado sabe usted que a mí me sobran medios para esta clase de negocios. Restablecer la paz en los hogares de las buenas familias cristianas es mi deber, y si me ayuda la bondad de Dios, es muy posible que dentro de muy poco pueda decirle con entera franqueza lo que haya de verdad en el asunto, aunque confío que de todas las pesquisas, la virtud de la condesa, groseramente calumniada, saldrá pura y sin mancha.
—¡Gracias! ¡Muchas gracias!—dijo Baselga estrechando una mano al jesuíta—. Eso es lo que yo deseaba de usted, y ahora me siento más tranquilo, pues confío en que pronto podré saber la verdad.
Permanecieron los dos hombres por algún tiempo hablando de cosas indiferentes, tales como de la salud del rey, de la persecución de los liberales y de las disposiciones de Calomarde, y al fin Baselga se levantó, comprendiendo que con su presencia estorbaba al padre Claudio en sus importantes trabajos.
—¡Que Dios sea con usted, señor conde!—dijo el jesuíta levantándose y dando su mano a besar—. Confíe en que muy pronto cumpliré sus deseos y le pagaré esta visita yendo a su propia casa a revelarle cuanto sepa.
El padre Claudio tiró del viejo cordón de una campanilla y a su cascado timbre, que sonó en lejana habitación, acudió el hermano Antonio, el cual apareció en la puerta, no sin antes anunciar su llegada con fuertes pasos, como para borrar toda sospecha en el ánimo de su superior de que hubiera podido estar oyendo la conversación.
—Hermano, acompañad al señor conde.
Salieron de la estancia el militar y el lego, y volvió a sentarse el padre Claudio, quedando profundamente pensativo.
Algunos minutos después, los pasos del secretario, que volvía, le sacaron de su meditación.
—¿Quiere algo su reverencia?—preguntó con humildad el jesuíta desde la puerta.
—Antonio—dijo el padre Claudio con voz algo fosca—. No sé por qué me temo que en el asunto que lleva entre manos la duquesa de León nos va a traicionar tu madre.
—¿Por qué dice eso vuestra reverencia?
—La duquesa asegura que ya tiene pruebas para advertir a Baselga de su deshonra, y como ya sabes, tu madre es en este asunto el testigo de mayor fuerza.
—Eso no prueba que mi madre vaya a hacernos traición.
—¡Bah! Tú conoces perfectamente el afecto y la adhesión sin límites que ella profesa a la duquesa. Fué doncella de ésta y la tercera en todas las escandalosas aventuras que la dicha dama corrió en su juventud, y además debe estarle agradecida por la protección que tanto a ti como a ella os dispensó. Recuerda que aun no hace diez años tu madre era casi una ramera vagabunda que arrastraba por las calles de Madrid a un pillete repugnante y sarnoso, hijo de padre desconocido, que eras tú, y que la señora duquesa, en un arranque de su carácter caprichoso, que tan pronto la arrastra al bien como al mal, dió a tu madre los medios para que pudiera ejercer de partera, y a ti te hizo ingresar en nuestra santa casa, no parando hasta lograr que yo fijara en tu persona la atención. Tu madre está profundamente agradecida, y de seguro que la menor indicación de la duquesa la recibirá como una orden. Cree que estoy grandemente arrepentido de que el secreto del parto de Pepita lo confiásemos a una mujer como tu madre.
—Reverendo padre, mi madre no hablará. Me quiere demasiado para comprometer con tal imprudencia mi porvenir dentro de la Orden.
—Que así sea es lo que yo deseo. De todos modos, nada perderás en verla mañana mismo y aconsejarla que haga por creerse ella misma que la hija de los condes de Baselga nació en el mes de abril de 1823, y no en el de junio. Si revelara la verdad, el conde de Baselga sabría que esa niña que considera como a hija no tiene nada de su sangre.
—Mañana mismo veré a mi madre y lograré que ésta sea muda hasta para la duquesa. Entre ésta y el hijo, a mí es a quien prefiere.
—Yo veré también a primera hora a Pepita. Tiempo es ya de que vuelva a sentar la cabeza y se convenza de que yo no consiento por mucho tiempo que se emancipe de la Orden. El que entra en nuestra familia y goza los beneficios del jesuitismo, nunca podrá ya recobrar su libertad. Acuérdate siempre de esto, hermano Antonio. Los lazos con que el hijo de San Ignacio se une a la Orden, sólo pueden desligarse con la pérdida de la vida.
V
La víbora y el lobo
Estaba Pepita Carrillo, en las primeras horas de la mañana siguiente, leyendo en aquel gabinete donde se habían desarrollado las primeras escenas de sus amores con Baselga, cuando uno de los dos negros que la servían de criados entró a anunciar la visita del padre Claudio.
Como en aquella época la chimenea francesa era un mueble desconocido, y hasta en el Real Palacio se empleaban los más vulgares medios de calefacción, la condesa de Baselga se calentaba junto a un gran brasero, leyendo al mismo tiempo la vida del santo del día en un tomo del “Flos Sanctorum”, mientras que de vez en cuando, con aire distraído, mojaba un bizcocho en una jícara de chocolate puesta sobre la inmediata mesilla, y lentamente lo llevaba a la boca.
Cuando el criado iba a retirarse después de anunciar la visita, la condesa cesó de leer, y con el rostro contraído por furibunda expresión, preguntó al negro:
—¿Todavía no ha vuelto?
—No, ama mía. Desde ayer por la mañana, en que desapareció, nada hemos podido averiguar sobre su paradero.
—¿Habéis avisado a la Policía?
—Hace un momento he llevado la carta de la señora condesa a la Comisaría, y me han dicho que harán cuanto puedan por atrapar al negro Juan.
—Ese bergante debe de haberse emborrachado en alguna taberna y allí estará durmiendo la mona. ¡Flojos serán los latigazos que va a llevarse apenas lo encuentren! Los de ayer le parecerán delicias comparados con los que le dé apenas lo traigan. Sois todos unos canallas dignos de la horca.
Y la baronesa, después de desahogar de tal modo su malhumor con el negro Pablo y el fugitivo, dió orden para que pasara adelante el jesuíta, e instintivamente fué a mirarse en un espejo, arreglando rápidamente su peinado, bastante descuidado a aquellas horas.
Puesta aún frente al espejo, vió entrar al padre Claudio, que dejó su sombrero sobre una silla y sonriente, como de costumbre, fué a sentarse junto al brasero.
—¡Gracias a Dios!—dijo Pepita riendo graciosamente—que vuestra reverencia se digna visitar esta casa.
—Mis negocios son muchos, hija mía, para que yo pueda dedicar ni una sola hora a visitar las personas a quienes quiero bien. Y por cierto que me conduelo mucho de no poder ser más asiduo en venir a esta casa, pues de lo contrario evitaría algunos males.
—¿Qué quiere decir vuestra reverencia?
El jesuíta, en vez de contestar, miró a la puerta con cierta zozobra, y después dijo en voz baja:
—¿Está el conde en casa?
—Salió hace más de una hora. Según me han dicho los criados, vinieron a buscarlo muy temprano. Sin duda le ocupan mucho los asuntos de la Guardia. Puede vuestra reverencia hablar con entera confianza.
Pepita, interesada por el aspecto un tanto misterioso del jesuíta, experimentaba grandes deseos de que hablara, y había ido a sentarse frente a él.
—Puesto que estamos solos—dijo el padre Claudio—, hablemos con entera franqueza. Hace tiempo que nos conocemos, Pepita, y, por tanto, inútil es todo fingimiento.
La condesa asintió a estas palabras con movimientos afirmativos de cabeza, y el padre Claudio continuó hablando:
—Vamos a ver: ¿cuánto tiempo hace que el rey no ha venido a visitarla?
La hermosa quedóse algo pensativa y después dijo con un gracioso acento de indiferencia:
—Pues... la verdad: no lo recuerdo ciertamente. Creo que hace más de un mes que el señor don Fernando no se acuerda de mí, y yo, por mi parte, si he de hablar con franqueza, debo decir que me place mucho tal ausencia, pues el rey, a pesar de toda su majestad, es un hombre que cada vez me resulta más antipático.
Y Pepita, al decir las últimas palabras, reía como una loca, sin parar mientes en la seriedad del jesuíta.
Este lanzó una severa mirada a la alegre condesa, y dijo con voz lenta, como para que ésta le entendiera mejor:
—No son ésas las instrucciones que yo tuve a bien el dar a usted, atendiendo a los intereses de la Orden. Usted debía tener al rey sujeto a su voluntad y no dejar que fuera a ponerse a los pies de otras mujeres.
—Pero ¿qué he de hacer yo, reverendo padre? ¿He de ir acaso como una ramera a mendigar sus caricias y a decirle: “Amame, porque así le conviene al padre Claudio”? No, reverendo padre; han pasado ya aquellos tiempos en que podía hacer sin deshonra cuanto la Orden me exigía; pues hoy la dignidad me impide obrar como en pasadas épocas, cuando no tenía una hija, ni llevaba un nombre tan limpio y honroso cual es el de Baselga.
Pepita, al decir esto, miraba descaradamente al jesuíta, como retándole a que arguyera algo contra sus palabras; pero éste se limitó a mirarla con desprecio y decir en voz baja:
—¡Siempre farsanta! ¡Siempre amiga de mentir!
Quedó un tanto desconcertada la condesa con estas palabras, pero rápidamente recobró su aplomo, y dijo con tono compungido, como de una niña a quien regañan injustamente:
—¿Por qué dice usted eso, padre mío? ¿Cree usted acaso que no debo velar por el buen nombre de mi esposo? Imposible parece que sea usted quien me aconseje lo contrario.