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La araña negra, t. 1/9

SEGUNDA PARTE EL PADRE CLAUDIO (continued 2)

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—Lo que parece imposible—dijo el jesuíta con voz algo temblona por la ira—es que sea usted embustera hasta el punto de venir alardeando de virtud con una persona que ha tanto tiempo la conoce. ¿A qué hablarme de su hija? ¿Acaso no sé yo tan bien como usted que su padre no es Baselga, sino el señor don Fernando? ¿Y a qué decirme que no puede seguir faltando al hombre que le ha dado su mano, si yo sé perfectamente que después del rey han sido ya varios los que han sostenido con usted adúlteras relaciones? Tales excusas son inútiles para librarse de los santos compromisos que con nosotros tiene usted contraídos.

La condesa pareció quedar anonadada por estas palabras, y sólo supo disculparse con voz temblorosa:

—No es verdad, padre mío. A usted le han informado mal. Mi único amante ha sido el rey.

—¡Embustera, como de costumbre! ¿No recuerda usted al lindo frailecillo que yo alejé de esta casa y que compartía con usted locos placeres mezclados con actos de devoción? ¿Cree usted acaso que yo no conozco a un “baronet” agregado a la Embajada inglesa que se llama sir Walace?

El jesuíta vió que estas últimas palabras producían en la condesa un tremendo efecto y continuó diciendo con acento cada vez más severo:

—Nuestra Orden lo sabe todo, y desde mi despacho tengo yo noticia exacta de cuanto hace la señora de Baselga, mujer ingrata que paga los beneficios con desaires, olvidando, sin duda, que los mismos que la encumbraron tienen poder para arrojarla al precipicio. Tiene usted amantes, falta a cada momento a sus deberes de esposa, ¿y aún se atreve usted a hablarme de honor para eludir el cumplimiento de las dulces obligaciones que le ha impuesto la Orden? ¿Dónde están aquellas promesas de eterna adhesión que usted nos hacía en otro tiempo? ¿Qué se ha hecho del agradecimiento que demostraba cuando gracias a nuestros esfuerzos la baronesa aventurera Pepita Carrillo se convirtió primero en poderosa manceba del rey y después en esposa del conde de Baselga?

Cada una de las palabras del jesuíta, dichas lenta e intencionadamente, causaban tal impresión en el ánimo de la hermosa, que ésta quedó mucho tiempo cabizbaja y pensativa, no atreviéndose a mirar de frente al airado acusador. Por fin pareció adoptar una resolución, y levantando el rostro, fijó sus ojos en los del padre Claudio, diciéndole con aspereza:

—¿Qué es lo que desea usted de mí?

—Así la quiero ver a usted: franca y resuelta, sin apelar a escandalosas mentiras. La Orden necesita que usted vuelva a atraer al rey para que no perdamos nuestra antigua influencia. A usted le sobran medios para ello; estoy convencido de que el rey la ama, y que si la abandona momentáneamente, es sólo porque nota desvío y frialdad. Hoy don Fernando, en busca de una mujer sumisa a sus caprichos, desciende hasta los barrios más bajos, y de seguro que volverá al lado de usted en cuanto sepa que no encontrará una mujer fría e indiferente que se entrega por deber y no sabe fingir pasión. ¿Está usted dispuesta a obedecer a la Orden siendo para el rey lo que era en otros tiempos?

—No—contestó resueltamente la condesa.

En el rostro del jesuíta pintóse una mezcla de asombro y de rabia, pero esto sólo fué momentáneamente, pues sus labios volvieron a mostrar la acostumbrada sonrisa.

—¿Dice usted que no?... ¿Y por qué?

—Porque yo amo a un hombre y he jurado con toda mi alma serle fiel y no mentir con otro la pasión que por él siento.

—De seguro que ese hombre no será su esposo.

—Es verdad. Pero el que no sea mi esposo no impide que yo esté loca por él.

—¿Ese afortunado mortal será sin duda sir Walace?

—El mismo. Le amo hasta el punto de que yo misma me asusto ante la inmensidad de mi pasión.

—¡Hermosa frase!—dijo irónicamente el jesuíta—. Sin duda usted decía lo mismo hace pocos meses y también se asustaba ante la inmensidad del amor que profesaba al frailecito.

Pepita acogió estas palabras con una graciosa sonrisa, y en tono de broma contestó:

—Tal vez. Debo confesar que al hombre que nombra vuestra reverencia también lo amé mucho.

—Lo mismo dirá usted dentro de poco de ese inglés a quien tanto cariño profesa, y que no tardará en ser sustituído.

—Todo puede ser. Conozco bien mi carácter, y sé que mis pensamientos son tan mudables, que ni yo misma mando en ellos.

El padre Claudio, a pesar de su sangre fría, mostróse un tanto asombrado ante la cínica franqueza de Pepita.

—Acabemos pronto, hija mía—dijo adoptando aquel tonillo dulce, insinuante y familiar que guardaba para las grandes ocasiones—. ¿Cuándo le digo al rey que lo esperas impaciente y que piensas en él a todas horas? ¿Cuándo quieres recibirle?

—Nunca—contestó Pepita, haciendo un mohín de desprecio—. El tal don Fernando es un ente repugnante y, por añadidura, algo viejo. Yo estoy ya en los treinta, y a mi edad sólo se siente simpatía por la juventud hermosa y robusta.

—¡Franca confesión de prostituta!—murmuró el padre Claudio.

El jesuíta quedóse perplejo buscando el medio mejor para vencer a la terca condesa, que contestaba a todas sus indicaciones con cinismos, y sonriendo cada vez más placenteramente, la preguntó:

—¿Cree usted que su marido cuando se enfada es terrible?

—Ya lo creo; mi marido...

—Dígalo usted con franqueza. El señor conde es un bruto.

—Eso es. Le conoce usted muy bien.

—El la ama a usted cada vez con pasión más fogosa.

—Así es, y debo confesar a vuestra reverencia que me incomoda con sus caricias. Es un infeliz digno de que se le quiera, yo soy la primera en reconocerlo; pero tiene la desgracia de estar unido a una mujer loca como yo lo soy, y a quien gustan todos los hombres menos el legítimo. Sus caricias me causan náuseas, y hay momentos en que me aburre, hasta el punto en que me dan tentaciones de revelárselo todo y gritarle: “¡Márchate, animal! En otro tiempo creí que te amaba, pero hoy estoy convencida de que puedo querer a todos, menos a ti... y al rey”. Cada vez que le veo acariciar a mi hija, me escarabajea en la lengua el deseo de decirle que es tan hija suya como del Gran Turco, sólo por el placer de ver la cara de idiota que pondría.

—Muy bien, hija mía. ¿Y qué le parece a usted que haría el conde si se convenciera de que su mujer le engaña? ¿Hasta dónde llegaría su cólera cuando supiera que sus compañeros se burlan a sus espaldas y le tienen por un marido digno de lástima?

La condesa se estremeció, y por su rostro extendióse momentáneamente una gran palidez, mientras que el jesuíta, cada vez más sonriente, decía con acento melifluo:

—¿Cómo le parece a la señora condesa que su marido procederá cuando lo sepa todo? ¿Dando de puñaladas, como los protagonistas de las comedias, o estrangulando, como un gañán?

Pepita era cobarde y además impresionable a causa de su temperamento nervioso. Las palabras del padre Claudio, dichas con una calma que aterraba, lograban desvanecer su afectada serenidad, y su imaginación reproducía con exactitud las amenazas que el jesuíta apenas si indicaba. La condesa se vió ya lívida y estrangulada, con el rostro golpeado y la amoratada lengua asomando entre los dientes, o tendida sobre un charco de sangre y destrozado el pecho a puñaladas, teniendo al lado, como imagen de la venganza, al iracundo Baselga, poseído de un furor gigantesco.

Estos fantasmas, que pasaron rápidamente por su imaginación, le produjeron un terror que el jesuíta adivinaba mientras permanecía silencioso y atento, deseando prolongar la agitación de la rebelde adepta.

Esta no tardó en ir recobrando su serenidad, y deseosa de tranquilizarse a sí misma, dijo al jesuíta con tono triunfante:

—Afortunadamente, no hay pruebas que demuestren a mi esposo cuál es mi conducta.

—Las hay, Pepita, y la persona que las posee tiene interés en mostrárselas al conde.

—¿No será usted esa persona?

—No; pero algún ascendiente tengo sobre ella y puedo hacer o evitar que el conde sepa toda la verdad.

Sonrió la condesa al oír estas palabras, y el jesuíta adivinó que aquella mujer experta dudaba de la veracidad de sus amenazas.

—¿Cree usted acaso que lo que digo es una mentira inventada por mí para lograr mi objeto?

—Todo pudiera ser; ya sabe vuestra reverencia que nos conocemos hace tiempo.

—Pues bien; hagamos la prueba, si a usted le parece bien. Niéguese usted a obedecer mis indicaciones, que yo permaneceré inactivo, dejando que la persona que posee las pruebas las entregue al conde, y antes de veinticuatro horas tal vez éste se convencerá de hasta dónde llega su deshonra.

Dijo esto el padre Claudio con tanta firmeza, que Pepita se persuadió de que sus amenazas eran ciertas, y reflexionó largo rato sobre la resolución que le convenía adoptar.

Estaba Pepita demasiado ligada a la tenebrosa Orden, y había tomado gran parte en sus tramas para dudar del poder de los jesuítas. El padre Claudio era la cabeza visible de la Orden, y desobedecerle era lo mismo que ponerse en pugna con la Institución más poderosa de su época, que sabría vengarse de un modo tan oculto como seguro.

La hermosa condesa tembló ante la perspectiva de crearse tan tremendos enemigos, y de tal modo perdió la serenidad, que mirando al impasible padre Claudio con aire propio de quien pide compasión, le dijo humildemente:

—Estoy dispuesta a cumplir las órdenes de vuestra reverencia.

—Así la quiero ver, hija mía. Permanezca usted siempre fiel a nuestro glorioso Instituto, y no dude que Dios y nosotros nos encargaremos de darla toda clase de felicidades. ¿Está usted dispuesta a recibir al rey?

—Le recibiré cuando quiera vuestra reverencia.

—Bueno. Ya avisaré oportunamente a la señora condesa. Por de pronto, anuncio a usted que he de poder poco, o el conde no sabrá nada de los deslices de su esposa.

Pepita inclinó la cabeza, y ocultándola entre sus manos, comenzó a llorar. El padre Claudio la contempló con la indiferencia del que está acostumbrado a tal clase de arranques, y únicamente preguntó al poco rato por pura cortesía:

—¿Qué le ocurre a usted, Pepita?

—Soy muy desgraciada, padre mío.

—¡Desgraciada!... Todos lo somos en este mundo; pero usted es de las que menos derecho tienen a quejarse, pues las felicidades de la tierra le sonríen y alcanza honores que le envidian otras mujeres.

—¡Vaya un honor! ¡Ser la querida de un rey gotoso, feo y de carácter antipático! ¡Ay, Jesús mío!... ¡Soy muy desgraciada!... ¡Y pensar que yo he nacido para amar a un hombre que nunca se fija en mí!...

Y al decir esto, Pepita levantó la hermosa cabeza, que bañada por las lágrimas resultaba más interesante, y con sus ojazos empañados por el llanto, lanzó una diabólica mirada al bello jesuíta.

No se necesitaba ser tan sagaz como el padre Claudio para comprender la significación de aquello. Además, no era la primera vez que la hermosa condesa pretendía inflamar con tan claras indirectas al almibarado padre.

La esclava del jesuíta quería convertirse en dominante señora, y para ello pretendía encender en él una pasión. Apoderándose de la parte de hombre que encerraba aquel negro hábito, podría dominar la parte de autómata teocrático que ocultaba.

Pero el jesuíta comprendía la importancia de las amorosas demostraciones; sabía que aquello no significaba más que el deseo de arrojarse en brazos de un hombre joven, que era dueño de su voluntad, para librarse de las caricias de un ser que le repugnaba, a pesar de su condición regia; y como esto no convenía a los planes del padre Claudio, de aquí que éste, para librarse de la tentación que le ofrecía aquel cuerpo hermoso, al par que exuberante de robustez y vida, se apresuraba a desaparecer.

Púsose en pie, tomó el sombrero y se despidió de Pepita, diciéndola con un tonillo jovial, aunque algo autoritario:

—Conque quedamos en que usted será obediente y buena hija de nuestra Orden. ¡Buenos días y que el Sagrado Corazón le guarde!

Salió el jesuíta rápidamente de la habitación, y Pepita, secándose las lágrimas con dos rudos restregones, fijó su centelleante mirada en la puerta, y dijo con voz colérica:

—¡Imbécil! Huye, como el casto José, de una mujer hermosa. No quiere comprometerse por miedo a que dominen su voluntad. ¡Monstruo! Sin duda en los novicios de la Orden encontrará consuelo para sus pasiones.

FIN DEL TOMO PRIMERO

Los errores corregidos por el transcriptor:

pertenciente=> perteneciente {pg 11}

Palacio=> Palaico {pg 32}

dificios=> edificios {pg 43}

quenes=> quienes {pg 54}

fracmasones=> francmasones {pg 55}

Méiico=> Méjico {pg 59}

covoyes marítimos=> convoyes marítimos {pg 60}

distiguida=> distinguida {pg 62}

tiene utsed=> tiene usted {pg 70}

pemitía=> permitía {pg 78}

pemitía=> permitía {pg 79}

salidad=> salida {pg 85}

hemosa=> hermosa {pg 86}

deseperación=> desesperación {pg 86}

fueza=> fuerza {pg 87}

contamplaba=> contemplaba {pg 95}

odivinado=> adivinado {pg 99}

Hemano=> Hermano {pg 100}

deculpas=> de culpas {pg 100}

pemita=> permita {pg 101}

hemosa=> hermosa {pg 105}

quellos=> aquellos {pg 113}

Superitendente=> Superintendente {pg 119}

únicamete=> únicamente {pg 131}

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