LA ALDEA PERDIDA (continued 3)
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Los maridos, sentados alrededor del fuego y picando sus cigarros en espera de la cena, rebatían tales argumentos. «Era necesario beneficiar lo que Dios había puesto debajo de la tierra. Si en aquel valle había leña en otras partes no, y necesitaban el carbón para calentarse y guisar su comida. Además, pasar toda la vida con borona, leche y judías era bien duro. Puesto que debajo de los pies tenían el dinero necesario para procurarse algunas comodidades, ¿por qué no recogerlo? En otras partes los jornaleros comían pan blanco, tomaban café, bebían vino y en vez de aquellas camisas de hilo gordo que ellos gastaban se ponían á raíz de la carne unas camisetas de punto suaves, suaves, como la pura manteca.»
Los niños estaban de parte de sus padres. Éstos les prometían comprarles un tapabocas y unas botas altas como gastaban los mozalbetes en Langreo, así que ganasen por sí mismos algunos cuartos. Con tal perspectiva no les arredraba bajar á la mina. Hasta preferían esto á la escuela, orgullosos de la precoz independencia que su calidad de obreros les proporcionaba.
En Canzana y en Carrio, parajes donde se habían hecho las primeras excavaciones y donde se proyectaba trazar el ferrocarril para mejor beneficiarlas, el viento de la ambición había levantado los cerebros. Fuera del tío Goro, que por su cualidad de hombre letrado se creía en el caso de opinar siempre como el párroco y el capitán de Entralgo, apenas quedaba un individuo del sexo masculino que no se hallase excitado por la idea de enriquecerse. Y como de Carrio y Canzana eran los cinco ó seis paisanos que en el lagar quedaban rezagados, no es maravilla que todos estuviesen conformes en celebrar los nuevos acontecimientos y en vaticinar enormes prosperidades para el concejo.
Martinán, que por la mañana pensaba lo mismo y quiso discutir con D. Félix, ahora había dado la vuelta. Espíritu dialéctico ante todo y aficionado á las batallas intelectuales por el placer que esto le producía y los triunfos que alcanzaba, jamás veía aparecer en el horizonte una idea, una opinión cualquiera, que no desprendiese de su carcaj una saeta para encajársela. Todos contra él. Él contra todos. Los labriegos, bien cargados ya de sidra, voceaban, se descomponían, mientras el tabernero, con la cabeza siempre despejada y bien repleta de argumentos (quizá también de sofismas) sonreía con desdén.
—Dices, Juan, que las minas serán nuestra felicidad.
—¡Eso! ¡eso digo!—exclamaba el paisano con furor.
—Pues yo te digo que acaso, acaso serán nuestra desgracia.
—¡Martinán, eres un burro!—gritó otro paisano que allá en un rincón libaba silenciosamente el jugo de la manzana.
—Te digo que acaso sean nuestra desgracia y voy á probártelo—expresó Martinán con calma sin hacer caso de la interrupción.—Tú bien sabes que en las minas se matan algunas veces los hombres... ¿no me lo negarás?...
—¿Y eso qué importa?—profirió Juan más enfurecido.—Porque un pelafustán se muera ¿va á dejar el concejo de aprovechar la riqueza que tiene bajo tierra?
—¿Pero me lo niegas?
—No te lo niego.
—Pues bien, por la muerte de un hombre se pierde una familia. Ya sabes que cuando falta el padre se marcha el pan; la mujer y los hijos perecen. ¿No me lo negarás?
—No te lo niego: ¡adelante!
—Por la ruina de una familia se pierde un caserío; tampoco me lo negarás. Ya ves lo que sucedió en las Llanas. En cuanto el tío Roque cerró el ojo, los rapaces vendieron al capitán los prados y las tierras y embarcaron en Gijón para la Habana: las rapazas se fueron á servir á Oviedo: el tío Meregildo, que mientras vivió su hermano fué buen paisano, comenzó á dormir en las tabernas hasta que hundió lo que tenía... En fin, ya lo sabes; allí ya no hay más que unos cuantos establos.
—Bien, bien, ¿qué quieres decir con eso? Arrea un poco.
—¡Ten paciencia, hombre, ten paciencia! Verás qué pronto todo lo que tú has dicho se lo lleva el viento.
—¡Martinán, eres un burro!—volvió á gritar el borracho recalcitrante desde su rincón.
Martinán se volvió tranquilamente hacia él y le dijo:
—Si soy un burro, mándame mañana una fanega de cebada y te daré las gracias.
Los paisanos rieron á carcajadas. Todos le abrazan hechizados por tan espiritual salida.
Martinán, henchido de orgullo y regodeándose anticipadamente con la derrota de aquellos bobalicones, iba á proseguir y cerrar su victorioso sorites, cuando de pronto se abre con estrépito la puerta que daba á la Bolera y aparece Bartolo, el hijo belicoso de la tía Jeroma, con el rostro espantosamente pálido, sin garrote en las manos y sin montera en la cabeza. Echó una mirada torva y ansiosa por el recinto, y antes que los presentes pudiesen decirle una palabra, corrió á un tonel vacío y se metió de cabeza por la pequeña compuerta, desapareciendo como un relámpago. No habían pasado cinco segundos cuando se dibujó en la puerta la silueta de Firmo de Rivota.
—Buenas noches, amigos.
—Buenas las tengas, Firmo.
—¿No ha entrado aquí hace un momento Bartolo el de la tía Jeroma?
Martinán, dando prueba brillante de diplomacia y corazón, le respondió:
—Sí; acaba de entrar, pero ha salido sin detenerse por la otra puerta y se ha metido en la pomarada.
Firmo quiso seguirle. Martinán le dijo:
—Es inútil que le busques. La pomarada está más oscura que una cueva y tú no la conoces como él. Antes que dieras muchos pasos en ella ya él la habrá saltado y estará en su casa.
El mozo de Rivota se encogió de hombros con cólera y desdén y profirió sordamente:
—Bueno... otro día será. Échame un vaso de sidra, Martinán.
El tabernero se apresuró á cumplir la orden. Firmo se arrimó para beberlo al tonel mismo en que estaba escondido Bartolo. Al cabo de unos momentos de silencio uno de los paisanos le preguntó sonriendo:
—¿Querías decir un recado á Bartolo?
—Sí, una palabrita al oído nada más—respondió el mozo fijando sus ojos airados en el techo.
Nuevo silencio. Todos le contemplan con atención y curiosidad.
—Si tienes mucha prisa, esta misma noche antes de retirarme pasaré por su casa y se lo diré—manifestó con sorna Martinán.
—No—replicó Firmo,—es menester que yo le vea.—Y después de vacilar un poco añadió:—Es que quiero que me enseñe los pedazos de un garrote...
—Toma, ¿y por eso tienes tanta prisa?—exclamó Martinán riendo.—De noche se ve mal. Déjalo para cuando haga día claro... Además, ¿para qué diablos quieres ver un palo roto?
—Es que dice que lo ha roto ayer en mis espaldas y anda por ahí enseñando los cachos á todo el mundo.
—¿Á todo el mundo menos á ti?
—¡Claro!... Y ya ves tú, ¿quién ha de tener más gusto que yo en ver cómo ha quedado ese vardasco?
Los paisanos celebraron la ocurrencia. El mozo se humanizó y bebió sonriendo otro vaso.
—Acaso te habrán engañado, Firmo—manifestó uno de ellos.—Bartolo es un infeliz, incapaz de hacer daño á nadie.
—¡Bartolo es un burro!—profirió el mozo volviendo á encresparse.—Y más cobarde que una liebre. Entre todos los mozos de Entralgo no hay ningún zampatortas más que él. Por eso es el único que chilla. Siempre relatando hazañas y en cuanto tocan á repartir leña ya se está escondiendo...
—¿Cómo escondiendo?—exclamó Martinán.—Estás equivocado, Firmo. Nunca supe yo que Bartolo se haya escondido.
Los paisanos prorrumpieron en grandes carcajadas.
—¡Siempre, siempre!—dijo Firmo con ímpetu.—En la romería del Obellayo se acurrucó en una mata de zarza y allí se estuvo mientras hubo palos. Ayer noche, al comenzar la gresca, buscó la puerta de su casa y se trancó. Y hoy, antes que le alcanzara ningún vardascazo, se echó por el castañar arriba, camino de las Llanas, para venir ahora.
—¿Y cómo diste con él?
—Llegábamos unos cuantos amigos de correr á los de Villoria, cuando vimos un mozo saltar al camino delante de nosotros. «Así Dios me salve si aquél no es Bartolo», dije yo en seguida. Le conocí, aunque la noche no está muy clara, por lo derrengado. Me echo á correr detrás y le grito: «¡Aguarda, aguarda un poco, Bartolo!» ¡Ay, amigos! ¡Quién le veía escapar por el prado del señor cura abajo!... Bien podéis creerme que perdía el culo.
—Todo no, pero un poco no le vendría mal perderlo—aseguró un paisano.
—Sí; aún le quedaría bastante—replicó Firmo.
—Pero yo no puedo creer que Bartolo se esconda, ¡vamos!—dijo otro, recalcando el chiste de Martinán.
—Pues que se esconda ó no se esconda—profirió Firmo,—en cuanto le vea le salto todas las muelas. Podéis decírselo á ese zote. Y adiós, que me esperan.
Pagó los dos vasos y terciando la montera para dar testimonio visible de aquella resolución, tomó el garrote que tenía arrimado al tonel y traspuso majestuosamente la puerta.
Los tertulios esperaron á que Bartolo saliese de su escondite; pero viendo que no daba cuenta de sí y temiendo que le hubiera ocurrido algo malo, uno de los labriegos llamó con el garrote sobre el tonel.
—Bartolo, Bartolo.
El rostro del hijo belicoso de la tía Jeroma apareció en la compuerta.
—¿Ya escapó ese cerdo?—preguntó paseando una mirada siniestra por el lagar. Y como le respondiesen que sí, se apresuró á desempaquetarse. Una vez en pie, bramando de ira, se arroja sobre el garrote de uno de los paisanos, se lo arranca de las manos, lo empuña con las suyas indomables y se lanza á la puerta rugiendo:
—¡Puño! ¡repuño! Tanto insulto no lo aguanta el hijo de mi madre. ¡Aunque se esconda debajo de la tierra he de atrapar hoy á ese puerco y le he de abrir la cabeza!
Los tertulios, claro está, se apresuran á detenerle. Le sujetan. Forcejea él desesperadamente, soltando espumarajos de cólera por la boca. Al cabo logran que se siente y después que beba un vaso de sidra y se calme, evitando de esta suerte una noche aciaga para Rivota.


VII Ninfas y sátiros.
A Aurora dejaba el lecho del bello Titón para esclarecer el frondoso valle de Laviana cuando Regalado dejó el de su esposa D.ª Robustiana, la más noble de las mujeres. Inmediatamente anuncia su propósito de marchar á Langreo, donde tiene que perseguir algunos deudores morosos de su principal. Va á la cuadra, hace limpiar al Gallardo, su caballo tordo, preside al acto solemne de enjaezarlo, y después entra de nuevo en casa y prepara con gran cuidado las alforjas.

En el corazón magnánimo de D.ª Robustiana se cuela de rondón una extraña inquietud que le quita el aliento para tomar el chocolate habitual. Pregunta con voz trémula á su marido si necesita alguna vitualla. Responde él negativamente: se propone pasar allí dos ó tres días y alojará en la célebre posada de la Garduña. Ella duda. El día anterior le vió en la romería hablando quedo y aparte con Celedonia, una viuda hermosa del valle de Bimenes. Y se alarma pensando si su esposo correría como otras veces á olvidar el lecho nupcial en los brazos de aquella sirena engañadora. Aprovechando un instante en que el mayordomo sale de casa para dar otra vuelta por la cuadra, examina las alforjas, que ya tenía preparadas, mete la mano en ellas y tropieza con algunas libras de chocolate, dos botellas de vino de Jerez y un tarro de cabello de ángel, lo más exquisito que ella misma había fabricado aquel año. Su alarma crece. Mete la mano más adentro y tropieza con el estuche de la flauta. D.ª Robustiana palidece, queda consternada. Un torrente de lágrimas se desprende al fin de sus ojos. Aquel pormenor musical acaba de aniquilarla.
En esta triste situación la sorprendió Flora al entrar para darle los buenos días. Vuela hacia ella, la abraza y le pregunta anhelante qué le sucede. D.ª Robustiana, temiendo que llegue su marido, la toma de la mano y la conduce al cuartito que ocupaba la zagala, y allí desahoga en ella su pecho. «¡Un tarro de dulce! ¡tres libras de chocolate! ¡botellas de Jerez!»
—Señora, ya sabe usted que el chocolate es malo en las posadas.
—¿Y para qué quiere tres libras?
—No sabrá el tiempo que necesite permanecer en Langreo.
—¡Y la flauta! ¿la flauta? ¿Para qué necesita la flauta? ¿Les va á tocar á los colonos alguna polka para hacerles pagar la renta?—exclama la buena señora con desesperación.
D.ª Robustiana no conocía la mitología; no estaba por lo tanto enterada de que el tracio Orfeo había llevado á cabo empresas mayores con su lira. Como tampoco lo estaba Flora, no pudo tranquilizar su espíritu con esta cita histórica. Quedó, pues, silenciosa y perpleja mientras la atribulada señora se entregaba cada vez más reciamente al llanto. Pero al cabo nació una idea en su frentecita morena, debajo de sus ricitos negros. Y sin comunicarla á su protectora sale de la estancia, baja las escaleras de la casa, se detiene delante de la habitación de D. Félix y llama suavemente con la mano. Nadie responde. Vuelve á llamar más fuerte.
—¿Quién es?—pregunta con aspereza una voz.
—Soy yo, D. Félix... Si no le molestase...
—¡Ah! ¿Eres tú, hija mía?...—responde otra voz mucho más suave.
Inmediatamente se escuchan unos pasos; suenan cerrojos y cadenas; se abre la puerta y aparece el capitán envuelto en una bata que había sido verde esmeralda, luego fué verde malva y ahora era gris plomo. En los pies babuchas y en la cabeza un gorro de terciopelo negro con borla de seda.
—¿Qué te ocurre, hija mía?
Antes de responder Flora pasea una mirada de infantil curiosidad por la estancia, cosa que al capitán le hace poca gracia. En vez de ocupar una de las grandes habitaciones del piso principal el señor Ramírez del Valle dormía, se lavaba y leía y hacía sus cuentas en un pequeño cuarto de la planta baja que tenía su entrada por el portal y una ventana enrejada á la calle. Si no comía allí también era porque las migajas atraían los ratones. En este cuarto había una cama de madera con cortinas de damasco de lana, un lavabo de hierro, una mesa y una pequeña librería. Lo demás todo armas; armas en los rincones, armas colgadas de las paredes, armas sobre la mesa, armas en la librería y hasta armas debajo de la cama y entre sus colchones. Trabucos, carabinas de chispa, carabinas de pistón, de un cañón, de dos cañones, pistolas de arzón, cachorrillos, sables, puñales, navajas. ¿Sería que el capitán, á pesar de su pregonado amor á la paz y sus instintos bucólicos, guardase allá en los repliegues del corazón grato recuerdo de su vida de guerrero? No por cierto. Aquel repleto arsenal respondía tan sólo al constante temor en que vivía de los ladrones. ¿Los había en Laviana? Tampoco, pero los había en Castilla, desde donde habían llegado cierta noche formando una partida montada y salvando la cadena de montañas á robar á su pariente D. Zacarías de Bello en el concejo limítrofe de Aller. Como D. Zacarías él también ahuchaba doblones de oro en botes de hoja de lata y los escondía en el desván. Nada tendría de extraño que aquellos bandidos se tomasen la molestia de andar un poco más para recogerlos. Antes que esto acaeciese, D. Félix estaba resuelto á defenderse hasta quemar el último cartucho. En este caso, duraría el fuego lo menos quince días. Había pensado también fortificarse más colocando un cañón en la azotea de la casa; pero los albañiles le dijeron que se quebrarían las paredes si alguna vez lo disparase y desistió. De todos modos, aquel cuarto con rejas de hierro en la ventana y triple cerrojo en la puerta era una fortaleza inexpugnable. Á menos que el capitán hiciese una salida temeraria, no lograría el enemigo apoderarse de ella.
—Si no le molestase...—volvió á decir Flora.
—No, no me molestas—respondió con dulzura y sonriendo el capitán.
—Regalado se va ahora mismo á Langreo. ¿Le envía usted allá?
El capitán se puso serio repentinamente. Á pesar de la predilección que sentía por aquella chiquilla, no pudo menos de reconocer que la pregunta era atrevida é indiscreta.
—¡Pchs! Negocios... negocios de hombres—murmuró sordamente.—Anda, vé á decir en la cocina que me hagan el chocolate.
—Es que D.ª Robustiana está llorando y dice que su marido no va á Langreo, sino á Bimenes en busca de una viuda que se llama Celedonia—manifestó con graciosa entereza la chica.
D. Félix abrió los ojos sorprendido y al instante brilló en ellos una sonrisa maliciosa.
—¡Este Regalado!—exclamó sacudiendo la cabeza con amable condescendencia.
Las flaquezas amorosas de su mayordomo le causaban más gracia que disgusto. Se las perdonaba de buen grado porque él mismo había caído en ellas y aún parecía dispuesto á caer si la ocasión se ofreciese. En cambio ya se guardaría de equivocarse en dos pesetas al rendir cuentas: le habría arrojado el tintero á la cabeza.
—Bueno, bueno—añadió sin dejar de sonreir;—vé á tranquilizar al ama. Ya arreglaremos eso.
Y en efecto, hizo llamar al mayordomo y le dijo que aquella tarde era preciso ir á Villoria á ver un castañar que le proponían en venta. Con esto se deshizo por entonces la maquinación seductora de Regalado, quien se fué á la cocina con las orejas gachas. Sospechando en seguida por ciertos signos de dónde procedía el obstáculo, mientras engullía el almuerzo silenciosamente, arrojaba miradas furiosas sobre su esposa y Flora. En cuanto terminó se levantó con violencia del escaño, sacó la flauta de las alforjas y se fué camino del molino, donde había una molinera obesa con quien también daba celos á D.ª Robustiana. Pero ésta, adivinando que aquellos amoríos no interesaban ya su corazón inconstante, quedó sosegada y tardó poco en recuperar su buen humor habitual.
Flora quería ir á lavar al río. Así lo había convenido con Demetria para juntarse las dos y pasar algunas horas de charla. Sin manifestar lo último á D.ª Robustiana, le propuso lo primero. Cedió en seguida la mayordoma: la ropa blanca era su dulce manía. Subieron al piso alto, amontonaron la ropa sucia en una gran cesta, pero antes de colocarla sobre la cabeza de la doncellita, D.ª Robustiana tuvo la condescendencia, para ella siempre sabrosa, de mostrarle una vez más los armarios de la ropa. La emoción con que un sacerdote místico abre el sagrario donde se guarda el Sacramento no es comparable al gozo inefable y al respeto con que D.ª Robustiana abría las puertas de aquellos grandes, vetustos armatostes de nogal, donde se guardaba la ropa blanca de la noble casa de Ramírez del Valle. En cuanto daba la vuelta á las llaves y los goznes rechinaban, el resto del mundo desaparecía no sólo para sus ojos, sino para su memoria. Ya podían allá abajo morir los reyes y desquiciarse los imperios, hundirse las islas y abrirse los volcanes, D.ª Robustiana, arrobada en la contemplación de tantas y tantas docenas de sábanas bordadas y manteles adamascados, no saldría, bien seguro, de su éxtasis feliz. ¿Por ventura allá en Madrid la reina tendría en sus armarios tanta ropa? Quizá. D.ª Robustiana, sin embargo, se autorizaba el dudarlo.
Luego que con mano trémula hubo expuesto á la vista de la joven aquellos mágicos tesoros de hilo y la obligara por medio de un silencioso recogimiento á penetrarse de su grandeza, la ayudó por fin á colocarse la cesta sobre la cabeza y la despidió dándole un sonoro beso en la mejilla.
—Anda, hija mía... No te mojes mucho... No te pongas al sol... No batas demasiado la ropa contra la piedra... No gastes mucho jabón.
Y allá va Flora camino del río con mucho más peso en la cabeza que las damas que pasean sus sombreros dernière creation por el Retiro, pero acaso con menos en el corazón. El sol bañaba por completo la aldea; se derramaba por el césped ocupándose en deshacer las gotas de rocío; brillaba rojo en los tejados; penetraba en las copas de los árboles trasformándolos en enormes globos de trasparente esmeralda. ¡Allá va Flora! El camino estrecho que conduce desde la casa de D. Félix á la Bolera, tapizado por entrambos lados de zarzamora, está solitario. Mas una legión de ninfas y de amores que retozan en aquel instante por la pomarada de D. Félix asoman su cabeza por encima de las paredillas y de las zarzas que la recubren para contemplar á la gentil aldeana, señalan con el dedo sus labios de cereza, sus ojos negros brillantes, su marcha airosa, cuchichean y sonríen. ¡Allá va Flora! El Céfiro, recordando los encantos de su esposa inmortal que llevaba el mismo nombre, cree verlos reproducidos y se estremece de gozo, tiembla en sus labios, acaricia con suavidad sus mejillas tersas, se introduce entre sus rizos negros y los agita blandamente sobre la frente.
Al desembocar en el Campo de la Bolera, cuyo borde lame el riachuelo de Villoria, tiene un encuentro. El capellán D. Lesmes venía de este pueblo caballero en una jaca torda, linda y briosa. Era D. Lesmes, como ya sabemos, hombre apuesto, se hallaba en la flor de la edad y era además fachendoso, y sobre todo galán y enamorado. No es maravilla, pues, que al ver á la aldeana hiciese parar en firme á su caballo y pusiera cara de pascua.
—Buenos días, Florita, buenos días. No esperaba yo antes de llegar á casa tan feliz encuentro. Pero Dios es muy bueno y cuando menos se piensa favorece á sus criaturas.
—¡Qué criaturita de Dios!—exclamó Flora riendo con malicia.
—De Dios soy, hija mía, pero también quisiera ser tuyo.
—¡Virgen! ¿Y qué iba á hacer yo con usted si fuese mío?
—Cuanto quisieras, hermosa. Ningún corderito de ocho días sigue á su madre con más afán que yo te seguiría.
—¿Balando y todo?
—Balando también—respondió el tonsurado después de titubear un instante.
—Pues principie usted ahora, á ver cómo lo hace.
—¡Oh, qué mala! ¡qué mala eres, Florita!—exclamó acariciando al mismo tiempo con la punta de su látigo la mejilla de la joven.—¿Vas al río?
—Al río voy.
—¡Quién fuera trucha para morderte una pantorrilla y chupar esa sangrecita dulce! ¡Quién fuera anguila para deslizarme entre tu ropa y registrar tus secretos!... Pero no... ¡Quién fuera ratón para ir ahora mismo á tu cuarto y esperarte allí y salir por la noche para soplarte al oído!
—¡Madre mía!—dijo la aldeana riendo.—¡Pues no quería usted ser pocos animales: cordero, trucha, anguila, ratón!... ¡ni el arca de Noé!
Es posible que Flora no supiera todo lo linda que era. Es posible igualmente que lo supiese demasiado bien. Pero lo que no puede dudarse es que D. Lesmes quedó en aquel instante tan profundamente convencido de ello que se puso serio de repente, dejó escapar un suspiro y acariciando con su mano temblorosa el cuello de la jaca exclamó:
—¡Ay, Florita, qué hermosa... qué hermosa eres!... ¿Estarás muchos días en Entralgo?
—Algunos todavía.
—Pues cuando menos lo pienses vendré por la noche á llamar á tu ventana... Adiós, Florita; adiós, botón de rosa... adiós, clavel de Italia, ¡adiós! ¡adiós!
Y D. Lesmes descargó su emoción hincando las espuelas á la jaca, que botó como una pelota y se alejó brincando con fragor por la calzada pedregosa.
Flora permaneció un instante inmóvil contemplándole con ojos risueños y triunfantes. Luego, haciendo un gracioso mohín de desdén, se volvió y emprendió de nuevo su camino.
Cuando se hubo acercado al riachuelo tendió la vista á ver si había llegado Demetria. No la vió por allí. Entonces siguió un instante por sus orillas, sombreadas de avellanos, hasta el paraje más oculto y umbrío, donde solían lavar las doncellas de Entralgo cuando en el verano los rayos del sol quemaban demasiado. Allí la encontró. Acababa de llegar y tenía depositado en tierra su cesto de ropa sin haberlo tocado todavía. Flora hizo lo mismo con el suyo, y después de haber cambiado algunos besos cariñosos, charlando alegremente, comenzaron su tarea. Sacan todo aquel lienzo, lo sueltan en el remanso que el arroyuelo hacía, se despojan de la falda, de los zapatos y las medias, del pañuelo; se quedan medio desnudas con el blanco seno y los brazos al descubierto. Y tomando de aquel montón de ropa flotante cada cual una prenda empiezan á sacudirla, á frotarla, á estrujarla y también por intervalos á azotarla contra la piedra lisa que cada una tenía delante. La charla no se interrumpe ni cuando oprimen la ropa, ni cuando la empapan en jabón ni cuando la sueltan para que el agua la bañe. Pero cuando se hace más íntima, más discreta es en los cortos momentos de respiro, cuando las nobles doncellas se yerguen para hacer descansar sus brazos y sus piernas entumecidas. Entonces se hablan al oído y sonríen mientras el arroyo cristalino besa con placer sus pies desnudos.
Mas he aquí que Demetria se va quedando grave sin saber por qué, grave y pensativa. Flora lo advierte y le pregunta el motivo. Tarda en responder la zagala. Al cabo desahoga su pecho y le cuenta sus inquietudes, sus tristezas engendradas por las palabras que se le escaparon á su hermano Pepín el día del Carmen. Verdad que estas palabras llovían sobre mojado. Por eso sin duda le habían causado impresión tan honda.
Flora se apresuró á tranquilizarla. Todo aquello no era más que envidia, cuentos y chismes que debía despreciar. Y en último resultado, aunque fuese, verdad ¿por qué se apuraba tanto? Lo de la Inclusa no tenía visos de ser cierto por ningún lado que se mirase. El tío Goro y la tía Felicia, siendo jóvenes y esperando todavía familia, no estaban necesitados en aquélla época á sacar de la Inclusa una niña para adoptarla. En todo caso lo probable sería que fuese la hija de algunos señores que la hubieran dado á criar á personas de su confianza.
Decía esto Flora porque hacía ya tiempo que tenía sospechas vehementes del origen de su amiga. Á ésta no la consolaban, sin embargo, tales palabras. Amaba tanto á los que siempre había llamado padres que la idea de que no lo fuesen la llenaba de dolor.
Flora también quedó silenciosa al cabo. Ambas prosiguieron un buen rato su tarea sin decirse palabra. Al cabo aquella levantó la cabeza y sonriendo maliciosamente exclamó:
—¡Si será verdad lo que dijo la tía Rosenda, la noche de la lumbrada!
Demetria ya no se acordaba; la miró sorprendida.
—Sí, que tú y yo nos parecemos en la historia... Porque yo también sospecho que no soy lo que parezco—añadió ruborizándose.
Demetria, profundamente interesada, olvidándose en un punto de sí misma, la instó para que se explicase. La gentil morenita se hizo de rogar. Le daba mucha vergüenza manifestar quién sospechaba que fuese su padre.
—¡Aciértalo, aciértalo!—le decía á su amiga riendo.
—¿Pero cómo?—exclamaba ésta.
—Verás... voy á darte las señas... Es un caballero, no es un aldeano... guapo... rico... Tú le conoces.
Demetria permaneció un instante pensativa.
—¿D. Antero?—preguntó al cabo inocentemente.
Flora soltó una carcajada.
—¡Pero, niña, tú no estás sana de la cabeza! Si don Antero tendrá unos treinta años y yo voy á cumplir diez y ocho... ¿Me había de tener á los doce?
Demetria se puso colorada.
—Es más viejo que D. Antero—prosiguió Flora—y es más rico también... y más llano... y más campechano y amigo de los pobres...
—¿Es de Laviana?
—Sí, de Laviana.
—¿Es de la Pola?
—¡Anda! Si te digo eso ya lo tienes acertado... Pero, en fin, te lo diré, pues de otro modo llevas traza de no acertarlo en la vida... No, no es de la Pola.
Demetria volvió á quedar pensativa. Dibujándose al cabo una sonrisa en sus labios de coral, preguntó tímidamente:
—¿El capitán?
Flora bajó la cabeza sin responder y se puso á restregar con furia la prenda que tenía entre las manos. Ambas permanecieron silenciosas. Al fin Flora, sin levantar su rostro y con voz un poco temblorosa, dió cuenta á su amiga de los motivos que tenía para sospechar que era hija de D. Félix. Jamás había oído el nombre de su padre. Sabía que su madre la había dado á luz en Castilla, pero había ido allá en cinta ya. Era soltera. Si algún labrador fuese su padre, tendría que ser de Laviana y no dejaría de saberse... Luego, una vez, siendo niña, estando en la cama, oyó hablar á sus abuelos, que la creían dormida, y por ciertas palabras vino á sospechar que recibían dinero del capitán á causa de la niña. La niña no podía ser más que ella... Luego, D. Félix la trataba con tal afecto...
La linda morenita se entretuvo largo tiempo á contar pormenores, la mayor parte de ellos pueriles. Mas no por eso los escuchaba Demetria con menos atención.
Cuando más embebidas se hallaban en su plática novelesca suena fuertemente el emparrado de avellanas que las resguardaba. Aparecen de improviso en aquel recinto dos negras y siniestras figuras, las de aquellos dos mineros que ya conocemos, Plutón y Joyana. Flora da un grito penetrante y corre desalada por la margen del riachuelo. Demetria queda inmóvil y pálida y clavándoles una mirada colérica les pregunta:
—¿Quiénes sois y qué venís á hacer aquí?
—Somos dos lobos y venimos al olor de la carne—responde cínicamente Plutón clavando una mirada codiciosa en el alto pecho de la doncella.
Ésta se apresuró á abrochar la camisa y respondió con acento de soberbio desdén:
—Si no sois lobos, no parecéis hombres con esas caras negras de infierno.
En efecto, los dos compadres acababan de salir de la mina y venían embadurnados de carbón.
Flora, avergonzada de su cobardía, viendo á Demetria hablar con ellos, volvió sobre sus pasos.
—¡Qué diablo de hombres!—exclamó riendo.—Me habéis asustado.
—De poco te asustas, morena—dijo Joyana acercándose á ella para saciar mejor sus ojos lúbricos. Y poniéndose almibarado, añadió:—Tú sí que me tienes á mí asustado y encogido y muerto con esa carita de cielo y ese garbo y esa sal que derramas...
—¿Que derramo sal?... Prueba esta agua y verás cómo no está salada—repuso la traviesa niña tomando un poco del río con el hueco de la mano.
Joyana quiso probarla, en efecto, pero antes que lo efectuase Flora se la arrojó á la cara. Con esto el minero se alegró mucho más y sonreía haciendo muecas de mono.
—Oye, Plutón: ¿no es verdad que apetece comerse esta manzanita colorada sin mondarla siquiera?
—¡Ay, Plutón!—exclamó Flora soltando una estrepitosa carcajada—¡Ay, Plutón! ¡qué gracia!... ¡Toma, Plutón!... ¡aquí, Plutón!
Y se retorcía de risa, dándose en las rodillas con las palmas de las manos.
—¡De qué te ríes tú, bestia!—profirió el designado por aquel nombre mirándola iracundo.
Flora no hizo caso alguno de su cólera y siguió riendo á boca llena. Por fin dijo:
—Me río porque D. Félix tuvo hace algunos años un perro que se llamaba como tú... Por cierto que rabió y Regalado le mató de un tiro.
—Pues yo, sin rabiar, si te descuidas te voy á clavar los dientes—manifestó Plutón echándole una mirada torva.
—No seas tan valiente—respondió la niña sin perder un punto de su alegría.—¿Y por qué te llaman Plutón? Ese no es nombre de cristiano.
—Porque les da la gana—respondió el minero secamente.
La verdad que él mismo no sabía el origen mitológico de su mote. Su padre, que era guarda de herramientas en la mina de Arnao, cerca de Avilés, tenía en el fondo de ella una caseta de madera donde solía dormir. Allí sorprendieron los dolores de parto á su madre y allí le echó al mundo. Mr. Jacobi, ingeniero alemán, director de la explotación, hombre letrado y no poco bromista, comenzó á llamarle Plutón por haber nacido debajo de tierra, y Plutón le quedó.
—Parece—siguió después el minero, mirándolas á entrambas con sus ojos de fiera traidora—que no os gustan las caras manchadas de carbón... Os alegran más las que están salpicadas de leche y borona como las de aquellos zotes que os acompañaban en la lumbrada del Carmen...
—¡Podían no gustarnos más!—exclamó con desenfado Flora.—Aquéllos son hombres... y vosotros unos micos.
—Pues á ese zángano que te corteja—profirió Plutón dirigiéndose bruscamente á Demetria—nadie le corta el pescuezo más que yo.
Demetria le miró estupefacta con más sorpresa que indignación. Flora volvió á dar suelta á su risa.
—¿Sabes lo que digo?—manifestó al cabo encarándose con Plutón.—Que si Nolo te coge con un dedo te manda dando volteretas por encima de aquel monte que allí ves y se llama Peña-Mea.
—¡Lo veremos!—profirió el minero con voz ronca.
—Sí, te veremos por el aire y te verán los paisanos del concejo de Aller cuando allá caigas—replicó la traviesa zagala con la misma risa burlona.
Joyana se acercó á su compañero y le habló unas palabras al oído. Los ojos sangrientos de Plutón brillaron con gozo malicioso. Luego se acercaron un poco más á las jóvenes, Joyana hacia Flora, Plutón hacia Demetria. Y haciéndose una seña se arrojaron de improviso sobre ellas sujetándolas fuertemente y aplicando al mismo tiempo sonoros y lúbricos besos en sus mejillas. Á pesar de los rabiosos esfuerzos de las zagalas para desasirse, de sus gritos y de sus insultos, los infames sátiros las estuvieron besando hasta que se saciaron. Y cuando se hubieron saciado las soltaron y se alejaron riendo, mientras ellas, sacudidas por una violenta cólera, agarraban del río enormes pedruscos y se los lanzaban con una fuerza que sólo la indignación y la vergüenza pueden prestar.
Desaparecieron al cabo de su vista por detrás del espeso matorral de mimbreras y avellanos. Quedaron las zagalas un momento inmóviles. Al encontrarse después sus ojos, se dejaron caer una en brazos de otra sollozando amargamente. Desahogada por el llanto su aflicción, notaron que tenían el rostro manchado. Y por un movimiento simultáneo comenzaron á tomar apresuradamente agua del río y á frotarse con tal ahinco que al poco tiempo sus cándidas mejillas quedaron más rojas que las cerezas.


VIII El capitán.
ON Félix Cantalicio Ramírez del Valle descansaba en la fortaleza blindada que tenía por dormitorio pocos días después del suceso que acabamos de narrar. Habían sonado ya las dos de la noche en el reloj con música del salón de arriba, se hallaba en la cama desde las once; y sin embargo sólo había logrado echar un sueñecito de media hora. Le acaecía esto muchas veces. El capitán era hombre de poco dormir, al menos de noche. De día solía echar siestas repentinas y fantásticas donde menos pudiera imaginarse, en el establo cuando iba á inspeccionar el ganado, en la iglesia oyendo misa, y hasta montado á caballo cuando recorría los caminos pedregosos del concejo. Tal molesto trastorno en las horas del reposo le enfadaba mucho consigo mismo, pero infinitamente más con cualquiera que osase ponérselo de manifiesto. Aunque se le viese dormido por el día no había que hacer de ello mención. D. Félix tomaba cualquier advertencia acerca de este punto como un insulto.

Había encendido la luz ya tres ó cuatro veces y tomado entre las manos un tomo de la Historia sagrada; había creído conciliar el sueño otras tantas; pero en cuanto daba un soplo al velón volvía á quedar despabilado. Al fin se resignó á permanecer en esta forma con los ojos abiertos dejando vagar su pensamiento por aquellos asuntos que más le interesaban. Lo que más le interesaba por el momento eran las indemnizaciones que iba á tomar pronto por los terrenos expropiados en Carrio. Al fin no había tenido más remedio que ceder ante la fuerza mayor. Las tierras iban á ser partidas por el ferrocarril minero, y un puñado de oro iba á caer en sus manos. Lo agrio con lo dulce. Porque si D. Félix amaba apasionadamente sus tierras, no amaba con menos pasión el oro. Bastante de este precioso metal tenía escondido dentro de las paredes del desván y en los ángulos oscuros de sus vigas.
También le preocupaba en aquel instante Flora que debía partir por la mañana para Lorío. Aquella aldeanita risueña, cariñosa, traviesa se le iba metiendo por el corazón adentro; le costaba cada vez más trabajo prescindir de ella. ¿Sería cierta la sospecha que la zagala había osado comunicar con su amiga orilla del río? Sí; era cierta. D. Félix, poco después de quedar viudo, había tenido por criada á una muchacha hija de unos arrendatarios de Lorío. Y aunque embargado todavía por el dolor de la pérdida de una joven esposa y adorando su memoria, su temperamento ardiente y exuberante le arrastró á seducir á aquella doméstica. Quedó en cinta. D. Félix, para evitarle la vergüenza envióla á Castilla facilitándole todo lo necesario. Murió allá. El capitán hizo que se trasportase la criatura á Lorío, donde fué criada por los abuelos, á quienes desde entonces protegió con eficacia si no muy ostensiblemente.
Mientras sus hijos legítimos fueron niños, el fruto de su desliz le preocupó poco: lo veía rara vez, porque el amor de ellos llenaba su corazón. Mas al fallecer su hijo Gregorio en Oviedo y al partirse para allá María, la imagen de Flora fué adquiriendo mayores proporciones en el círculo de sus pensamientos. Ya no se limitaba á asentir cuando D.ª Robustiana le proponía llamarla á pasar unos días en Entralgo: él mismo se arrojaba á proponerlo ó buscaba ocasión para ello. El ama de llaves fomentaba esta inclinación porque Flora era con ella tan tierna como respetuosa.
Á D. Félix le pesaba, pues, de su marcha; tanto, que ya buscaba en su cerebro algún pretexto para llamarla de nuevo así que trascurriesen algunos días. Embebido en estas imaginaciones se hallaba cuando sonaron en la puerta dos golpecitos discretos. Dió un salto en la cama y preguntó despavorido:
—¿Quién va?
El capitán era bravo, pero vivía con la perpetua pesadilla de los ladrones. Un día ú otro esperaba el asalto.
—Soy yo, señor, soy yo—dijo una voz de falsete al través de la cerradura.
—¡Ah! eres tú, Robustiana. ¿Qué hay?
—¡Señor, hay ladrones en casa!
El capitán dió un salto mucho mayor y quedó de pie sobre el pavimento. Al fin había llegado el momento supremo; había sonado la hora del combate.
Sin encender luz introdujo la mano por entre los colchones y sacó un enorme fusil de pistón. Después se acercó á la puerta y posando los labios sobre la cerradura preguntó en voz de falsete también:
—¿Dónde están?
—Un hombre saltó la tapia de la huerta; le sentí caer sobre el montón de leña que hay allí arrimado. Me asomé y le vi acercarse á la casa y escalar la pared—respondió D.ª Robustiana por el mismo procedimiento.
—¿Despertaste á Regalado?
—Sí señor, y espera armado con su escopeta á que usted le ordene qué ha de hacer.
D. Félix meditó algunos momentos el plan de batalla. Sentía en aquel momento una viva emoción que acaso no fuera enteramente desagradable. La perspectiva de un combate después de tantos años de paz despertaba sus dormidas energías de soldado. Se creyó, pues, en el caso de apelar á sus conocimientos militares. Hallólos un poco polvorientos allá en un rincón de su cabeza. De buena gana hubiera abierto el antiguo tratado de estrategia que tenía en su librería más polvorienta aún: pero no había tiempo.
—Dí á tu marido—manifestó al cabo con autoridad militar como si se dirigiera á un ayudante de órdenes—que suba al corredor de la parra por si se intenta el asalto por entrambas fachadas. Despierta inmediatamente á Manolete y le das este fusil y que suba al corredor de la cocina de arriba para que, en todo caso, sus fuegos se crucen con los de Regalado. Despierta también á Linón y dale este trabuco y que me siga á la huerta. Yo voy en descubierta para ver si flanqueo al enemigo y le tomo por retaguardia.
—¡Ay, madre mía del Carmen, amparadnos!—exclamó D.ª Robustiana temblando fuertemente con las dos armas en la mano.
—¡Silencio!... Tú y Flora y la criada os encerraréis en el gabinete de atrás y arrimad los colchones al balcón por si alguna bala atraviesa la madera.
—¡Ay, santo Cristo de Candás!
—¡Silencio, te digo!... Despierta á Linón sin hacer ruido... No le chilles... sacúdelo.
D.ª Robustiana se alejó en la oscuridad. El capitán se dirigió á tientas á uno de los rincones, tomó otro fusil y salió al portal. De allí penetró en la gran cocina de los jornaleros, abrió con sigilo la puerta de la huerta y entró en ella. En cuanto dió unos pasos y echó una mirada á la casa, pudo ver á la escasa claridad de las estrellas el bulto de un hombre encaramado en el balcón del cuarto que ocupaba Flora. Acercóse solapadamente hasta ponerse debajo de él y oyó que llamaba suavemente y decía muy quedo: Flora... Florita...
—¡Así Dios me mate si no es D. Lesmes!—dijo para sí D. Félix reconociendo, en el colmo de la sorpresa y la indignación, al capellán de Iguanzo.
Tan inesperado desenlace le llenó de despecho; porque en aquel momento no le hubiera pesado de andar á tiros. Se creyó en ridículo y desairado. Además encontraba altamente ofensiva para él la conducta de aquel sujeto. Así que, sin vacilar, sacó la baqueta del fusil y aproximándose y empinándose cuanto pudo le aplicó un par de palos en las piernas con toda su fuerza. D. Lesmes reprimió un grito y se dejó caer al suelo. El capitán le atizó con igual rabia otros tres estacazos en las espaldas sin proferir una voz. Sin quejarse tampoco los recibió el capellán, y en cuanto pudo se dió á correr como un gamo hacia la tapia y la saltó con agilidad increíble.
En aquel momento llegó Linón con su trabuco y en calzoncillos. D. Félix le metió la boca por el oído para decirle:
—Es un mozo que venía á galantear á Flora.
El adusto Linón sonrió en la oscuridad.
—Ya sé quién es: el hijo de la tía Javiera de Fresnedo—manifestó con su habitual sagacidad.
D. Félix no quiso desengañarle, ni tampoco á Regalado y su mujer, con quienes inmediatamente se reunió. No le pareció bien divulgar la calaverada de un personaje eclesiástico, por más que sólo de un pelo estuviese colgado de la santa madre Iglesia. Así, el pobre Jacinto de Fresnedo cargó de modo real con la culpa de D. Lesmes y de un modo ideal con los palos. Florita se prometió hacerle pagar cara la vergüenza y la molestia que le hizo experimentar.
Terminada de tal modo feliz aquella aventura temerosa, cada cual se volvió á la cama.
—¡Zángano! ¡más que zángano! ¡pendejo! ¡rijoso!... ¿Para qué quieres tú á esta niña? ¿Para casarte? No, porque si sueltas las rentas de la capellanía te mueres de hambre. Para seducirla y reirte de ella después como has hecho con otras, ¿verdad?... Yo velaré, ¡yo velaré, tunante!...
Y en estas disposiciones protectoras, el capitán, en vez de velar, se durmió como un santo.
Eran ya bien las ocho de la mañana cuando se despertó. Lo primero que pensó al mirar el reloj fué que Flora pudiera haberse marchado sin despedirse y llamó en alta voz á D.ª Robustiana. No, Flora aún estaba en su cuarto arreglándose. D. Félix, cuando se hubo retirado el ama de gobierno, abrió su armario, acercó á él una silla, se encaramó sobre ella, sacó algunos legajos y tomó un bote de hoja de lata que había detrás de ellos. Lo abrió, y después de contemplar con emoción su contenido, sacó de él una moneda de oro de ocho duros y volvió á colocarlo en su sitio y á cerrar el armario. En seguida silenciosamente subió arriba y fué al cuarto de Flora.
—Pensaba que te habías marchado sin despedirte de mí, niña—dijo suavizando de un modo sorprendente su voz.—Me desperté tarde contra mi costumbre...
—¡Había de marchar sin decirle adiós, señor!... ¿Qué idea tiene de mí?—exclamó la zalamera morenita anudando sobre la cabeza su pañolito de seda encarnada y retocándose los rizos frente á un espejillo mal azogado.
—Bien... bien... me alegro—repuso D. Félix algo acortado (porque empezaba á sentir cierta cortedad frente á esta muchacha).—Has de decirle á tu abuelo que si uno de los molares está casi inútil, como me mandó á decir, puede renovarlo y que me lo ponga en cuenta. Y que no permita al colono de D. Casiano que tome agua de la acequia, que no tiene derecho á ello. Y que si necesita cortar algún roble para arreglar el estanque puede hacerlo... No te olvides, ¿eh?...
No, no se olvidaría. Tampoco se olvidaba de colocarse bien sobre la garganta la triple sarta de corales y colgarse de las orejas los pendientes de perlas regalo del capitán y estirar con la punta de los dedos los cabos del pañuelo á fin de que cayesen con gracia sobre las sienes.
—Mira, Florita... te voy á hacer un regalo, hija mía... pero no se lo digas á nadie—siguió el capitán con voz levemente alterada.
Y al decir esto llevó mano al bolsillo. Pero en el mismo instante echó una mirada á la calle por el balcón medio abierto y vió á la vieja Rosenda que desde lo alto de su hórreo los espiaba.
—¡Ya está aquella bruja fisgando!—exclamó poniéndose serio.—Ven acá, Florita, ven á mi cuarto.
Y enderezando los pasos hacia la escalera la bajó seguido de la joven y se entró en su cuarto.
—Toma esta media onza—dijo sacando al cabo la moneda de oro del bolsillo.—Es para ti... para ti nada más, para que te compres cintas... confites... lo que quieras. No digas nada á tus abuelos, porque ya sabes, llorando miserias te sacarían los cuartos... ¿Verdad que no?...
Flora hacía signos negativos con la cabeza, pero en el fondo de su alma estaba diciendo: «¡Qué cosas tiene este D. Félix! ¡Cómo voy á negar el dinero á mis abuelos si veo que lo necesitan!»
—Bueno, ahora adiós, hija mía. Has de volver pronto, ¿eh?... cuando recojamos el maíz y haya esfoyaza. Ya te avisará Robustiana... Linón te habrá puesto jamugas en el caballo, ¿verdad?... ¿No?... Bien, bien, ya sé que montas perfectamente, pero ten cuidado, hija, no vayas á caerte. Que te acompañe Manolete de espolista para traer luego el caballo... Adiós, hija, adiós... No te des atracones de avellanas; ya sabes que te hacen daño...
El irascible capitán no sólo parecía un padre en aquel momento, sino una madre tierna y cuidadosa. No se atrevió á darla un beso aunque buenas ganas se le pasaron, pero tomó su linda barba entre los dedos y la acarició. Mas como al hacerlo volviese los ojos, por ese secreto instinto que nos advierte el peligro, hacia la ventana, observó que cruzaba por delante Rosenda. La vieja había dado rápidamente la vuelta á la casa, vió lo que quiso ver y sonrió.
—¡Maldita bruja que Dios confunda! ¡Un día la mato! ¡la descerrajo un tiro!—exclamó el capitán pálido y paseando sus ojos airados por la habitación como si buscase el arma homicida. Flora se había puesto como una amapola.
Al fin se partió para Lorío y D. Félix quedó solo y contra su costumbre un poco melancólico. Vino á sacarle de su tristeza la llegada súbita é inesperada del ganado que tenía pastando en los montes de Raigoso. Este ganado no bajaba definitivamente á invernar hasta los primeros días de Octubre y estábamos en los de Agosto, pero solían traerlo á Entralgo una vez durante el verano para que su dueño viese por sus ojos el estado en que se hallaba y si era necesario dejar alguna res en casa ó venderla.
La entrada triunfal de aquel lindo rebaño, compuesto de cuarenta ó cincuenta vacas con sus crías, era siempre un acontecimiento magno en la pequeña aldea. Al oir sonar de lejos ya las grandes esquilas que llevaban las reses colgadas al cuello, la turba infantil de la población se estremecía; dejaba sus juegos ó las faldas de sus madres y corría al encuentro de la vacada. Luego la seguía con gritos de alegría hasta la plazoleta donde se alzaba la casa de D. Félix.
Huyósele á éste por completo la tristeza del alma al escuchar las esquilas y los mugidos de su ganado. Salió á la puerta con faz sonriente y comenzó á examinar sus vacas y á charlar animadamente con los dos zagalones que las conducían, haciéndoles mil preguntas y encargos. En un momento se reunió allí medio pueblo.
—¡Mira la Cereza, qué gorda viene!—exclamaba un chico.
—Mira la Garbosa; ya tiene una cría—decía otro.
—¡Mirad, mirad la Morica, qué grande se ha puesto! Era una becerra y ya parece una novilla—apuntaba un tercero.
Todos conocían á las vacas por sus nombres y sabían sus cualidades y sus defectos como si fuesen propias.
—¡No te acerques á la Parda, que es muy traidora!—¡Veréis, veréis la Garbosa cómo empieza á hacer de las suyas; ya le está metiendo los cuernos por el vientre á la Salia!
Y no sólo los pequeños, sino también los grandes de la aldea rodeaban el rebaño y daban su opinión con voz sorda y ademán recogido y suficiente, no á gritos descompasados como la plebe menuda. El ganado mugía, se agitaba tropezándose á menudo. Las terneras se empeñaban en mamar á sus madres; los criados las arrancaban prontamente de la teta. El capitán, en medio, acariciando el testuz de las vacas, tomándolas por los cuernos ó pasándoles la palma de la mano por el lomo, gozaba más en aquel instante que César en medio de sus legiones victoriosas. Y los dos grandes perros mastines, Manchego y Navarro, traídos cachorros de Castilla, caracoleaban en torno suyo solicitando también una caricia.
Pero era necesario llevar aquellos animalitos á reposarse. D. Félix dió orden á los vaqueros para que los condujesen á Cerezangos y él también marchó con ellos. Cerezangos es una gran pradera distante menos de un kilómetro de la casa. Está asentada en la falda de una de las colinas que aprietan la estrecha garganta por donde corre el riachuelo de Villoria. Por debajo linda con éste y á su orilla tiene un hermoso soto de avellanos y tilos. Por arriba y por ambos lados se extiende la colina vestida de frondosos castañares. Aquel campo abierto, aquella mancha de un verde claro, contrastando con el más negro de su cinturón selvático, espaciaba la vista y la alegraba. Aquel campo era la finca predilecta del capitán, su regocijo y sus amores. En cuanto ponía los pies en él sentía un extraño fresco en el cuerpo y el alma; se le disipaban inquietudes y penas. No se pasaba día alguno en que no le hiciese su visita. Muchas veces dormía allí su siesta debajo de un tilo, arrullado por el glu glu del riachuelo. Otras veces cuando el sol trasponía por encima de la colina solía tenderse de espaldas sobre el césped y pasar largo rato contemplando los abismos azules del cielo. Entonces se acordaba de su joven esposa, de su hijo Gregorio, muerto en la flor de la edad, creía verlos nadar en el éter sonriéndole, y algunas lágrimas resbalaban suavemente por sus mejillas.
Los criados encerraron el ganado en el establo que había en lo cimero del prado y le dieron pienso. D. Félix asistió con el debido respeto á este acto solemne. Luego dió orden para que se retirasen y volviesen poco antes de ponerse el sol á fin de conducir de nuevo el rebaño al monte. Él permaneció todavía un rato en el establo examinando y acariciando á sus vacas, hablándoles como si fuesen personas y no seres irracionales. Cuando se hubo cansado de ellas, salió por la puerta trasera del establo que se alza sobre un estrecho camino de la montaña, saltó la paredilla de un castañar de su propiedad también, y pico arriba ascendió por él lentamente entre los enormes, copudos castaños que le daban sombra. En lo más tupido y frondoso de este bosque había una fuente que manaba del suelo y formaba hoyo. La opinión de D. Félix, explícitamente declarada en público y en privado, era que no había agua más fina, más clara ni de mejor paladar en todo el concejo. ¡Ay del que osase impugnar directa ó indirectamente esta aserción!
Sentóse á su vera; reposó allí el calor un poco. Cuando le pareció conveniente se alzó, y después de sacar del bolsillo su enorme reloj de plata con estuche de concha, comenzó á descender con el mismo sosiego la vuelta de su casa. Era ya muy cerca del mediodía. El sol brillaba en lo alto enfilando el pico de la Peña-Mea. Como su resplandor era demasiado intenso, el capitán en vez de bajar por medio del prado á Entralgo prefirió seguir la calzada estrecha que lo rodeaba sombreada de avellanos y castaños. Por ella caminaba tranquilo y alegre cuando delante de él se apareció de improviso D. Lesmes caballero en su briosa jaca.
—¡Hola, amigo D. Lesmes! ¡Qué encuentro tan feliz! ¿Cómo á estas horas por aquí?—exclamó en tono jovial y un si es no es burlón.
El capellán se puso colorado hasta las orejas.
—Voy á ver al señor cura de Villoria que me han dicho se encuentra un poco enfermo.
—¡Siempre practicando obras de misericordia!... ¿Y qué tiene el señor cura?
—Pues según parece es un enfriamiento. Dice su sobrino que una de estas noches, sintiendo demasiado calor en la cama, se salió al corredor y se estuvo allí un rato en mangas de camisa... ¡Ya ve usted qué imprudencia!—replicó D. Lesmes reponiéndose instantáneamente, porque era hombre avisado y corrido.
—¡Ya, ya!... Ha sido una temeridad... Desengáñese usted, D. Lesmes, hay que andarse con mucho tiento en eso de ponerse á los balcones, aunque sea en estas noches calurosas.
El capellán enrojeció de nuevo. Para disimular su turbación comenzó á dar palmaditas en el cuello á la jaca, narró con cierta incoherencia los pormenores de la enfermedad del párroco, tales como se los había oído á D. Nicolás el médico la tarde anterior en la Pola. La conversación se prolongó algún tiempo. Hablaron también de las minas de Carrio y del ferrocarril, cuyos trabajos estaban comenzando. Mas por muchos esfuerzos que hacía no lograba D. Lesmes adquirir aplomo. Entre ambos interlocutores flotaba como una nube el recuerdo de la paliza de la noche, y este recuerdo alegraba maliciosamente los ojos del capitán y entristecía y avergonzaba los suyos.
Por fin se despidieron. El capitán prosiguió su camino con cara de risa murmurando:
—¡Vaya unos baquetazos lindos que te has ganado esta noche! ¡Vuelve por otros, tunante!
El capellán lo siguió con torvo semblante y rechinando los dientes decía:
—¡Maldita sea tu estampa! ¡Algún día me las pagarás, viejo estúpido!
Al atravesar el puente y entrar en el Campo de la Bolera, tropezó D. Félix con Maripepa que iba con un jarro de barro negro á la fuente. Estaba tan alegre que la detuvo y se puso á charlar con ella. Pero la coja no se hallaba de tan buen humor. Al instante comenzó á llorar hilo á hilo quejándose amarguísimamente de su hermana Pacha, que aquella noche la había castigado con inusitado rigor en su misma cama, sólo porque Regalado había ido á tocar la flauta delante de su casa.
—Unos azotitos, ¿verdad?—preguntó D. Félix pugnando por no reir.
—No; azotes no—respondió inocentemente la coja.—Me ha tirado del pelo, me ha dado de bofetadas y me ha pellizcado los brazos.—Mire usted, mire usted qué verdugón me ha hecho.
Y remangándose la camisa mostró en efecto en su brazo negro y rugoso una mancha morada.
—¡Tanto no; es un exceso!—manifestó D. Félix;—pero unos azotitos de vez en cuando no te vienen mal porque eres una chica muy coquetuela.
—¡Que no, D. Félix, que no!—exclamó la coja rebosando ya de gozo.—Nunca he sido coqueta... Si los hombres vienen detrás de mí, ¿tengo yo la culpa? ¿Cómo voy á impedir que me digan alguna tontería al pasar ó que se planten delante de casa por la noche?
—Pero tú les echas unas ojeadillas muy provocativas, y ¡claro! ellos acuden á la miel.
—Nada de eso. Les miro sin intención ninguna, ¡bien puede usted creerme!
Con la sonrisa de vanidad triunfante que contraía su boca desdentada, Maripepa estaba tan horrible que don Félix necesitó volver la cara y proseguir rápidamente su camino para no soltar la carcajada.
En esta disposición alegrísima llegó á su casa. Delante de ella, sentado bajo el corredor emparrado, con el sombrero en la mano y sudando como lo que era, como un buey, estaba el actuario D. Casiano. Cerca de él Regalado. Alzóse rápidamente al ver al capitán, adelantóse á él y lo estrechó contra su pecho ciclópeo como solía hacer este cíclope con los individuos de la raza humana, más débil que la suya, cuando quería demostrarles su benevolencia. Al mismo tiempo estallaba siempre sin saber por qué en sonoras, bárbaras carcajadas; quizá para dar algún desahogo al aliento todopoderoso de sus pulmones. D. Félix se dejó abrazar con más resignación que otras veces, y antes de enterarse de lo que allí le traía dió orden á Regalado para que hiciese traer unas botellas de sidra. Observó que el rostro de éste, contra su costumbre, no estaba alegre, sino sombrío; pero no hizo alto en ello. Tampoco el de D.ª Robustiana, que acompañó á la criada cuando vino á servir la sidra, expresaba como otras veces un humor jovial y sereno. Entonces sospechó que algún disgusto había ocurrido entre los cónyuges. Pero le llamó la atención el que Manolete, Linón, la criada, todos cuantos por allí andaban se mostrasen serios y hasta airados.
—¿Y qué es lo que le trae á usted por Entralgo con este calor, D. Casiano?—preguntó el capitán cuando hubieron bebido el primer vaso.
—¡Qué diablo! ¡qué diablo!... ¡Vaya con D. Félix! ¡Y qué bueno está! No pasan días ni años por él.
Pronunciando estas palabras, quiso de nuevo abrazarle; pero D. Félix, que empezaba á sentirse vagamente inquieto, rehuyó el abrazo. Ambos estaban en pie. Las botellas y los vasos descansaban sobre el poyo de piedra que rodeaba el nacimiento de la parra.
—Por supuesto á algún negocio lucrativo, ¿eh? ¡Desgraciado el paisano que caiga en poder de tal lupus rapax!
—¡Oh! ¡oh! ¡oh! ¡Qué mala idea tiene usted de nosotros, D. Félix!... No soy lupus, sino agnus Dei...
Y riendo se escanció bonitamente tres ó cuatro vasos de sidra, y uno en pos de otro dándose casi la mano los introdujo en las inmensas oquedades de su vientre, donde apenas se notó su presencia.
El capitán empezó á sentirse más inquieto. Ya sabemos que era hombre de poco aguante. Antes que don Casiano se llevase á la boca el vaso lleno que tenía en la mano le dijo con ímpetu:
—Pero vamos á ver, hombre, acabe usted de una vez, ¿qué diablo le trae á usted por aquí?
El actuario bebió el vaso de sidra con toda calma, lo depositó igualmente en el poyo, sacó el pañuelo y se limpió la boca tres ó cuatro veces con más sosiego aún bajo la mirada impaciente de D. Félix.
—Usted habrá oído hablar de una sociedad establecida en Gijón que se llama Unión Carbonera...
—No señor ni gana—respondió el capitán con su acostumbrada viveza.
—Es una sociedad muy respetable, compuesta de personas de posición, que se dedica á la explotación de minas...
—Sí, de minas y tontos... Todas esas sociedades son pillería.
—¡No! ¡no, D. Félix!—exclamó el actuario inflando los carrillos y abriendo mucho los ojos.—Ésta es muy respetable.
—Bueno, es una pillería respetable. Adelante.
—Pues esa sociedad—prosiguió D. Casiano, no sin sacudir antes con severidad su cabeza de troglodita—tiene denunciados hace años dos cotos mineros en Laviana, uno en Tiraña y otro en la cuenca del río de Villoria... Y es el caso que ahora quiere empezar la explotación de este último ampliando la línea férrea de Carrio hasta Villoria...
D. Casiano se detuvo.
—Adelante, hombre, adelante—exclamó con impaciencia D. Félix.
—Para ello es necesario entenderse con los dueños de las fincas que atraviese, comprarlas... ó indemnizarles de los perjuicios causados...
Otra vez se detuvo.
—¡Adelante! ¡adelante!
—Y al parecer, la línea debe pasar por el medio de su finca de Cerezangos...
El capitán saltó como si le hubiesen clavado un alfiler.
—¿Qué está usted diciendo?
—El ingeniero así lo ha manifestado á la sociedad y ésta me ha comisionado á mí para que me entendiese con usted—expresó el actuario con alguna vacilación—observando el efecto desastroso que sus palabras habían causado á D. Félix.
—¡Pues yo le digo que me río de esa sociedad, de ese ingeniero y de usted que me viene con semejantes embajadas!—exclamó aquél, aunque sin reirse como afirmaba, sino presa de un furor insano.
—Yo no hago más que cumplir un encargo, D. Félix... La sociedad quisiera entenderse con usted en buena armonía...
—¡Le digo á usted que me río de esa sociedad!—gritó D. Félix enteramente descompuesto.
D. Casiano, que estaba en pie, se dejó caer sobre el asiento turbado y abatido.
—Serénese usted, D. Félix... Serénese usted y hablemos en razón—articuló trabajosamente.
—¡Estoy sereno! ¡perfectamente sereno!... ¿Cuándo me ha visto usted perder la serenidad?—vociferó el capitán echando espumarajos por la boca.
—La empresa antes de acudir á la expropiación forzosa... está dispuesta... está dispuesta á dar á usted mucho más de lo que vale.
—¡Dígale usted á la empresa que se meta todo su dinero donde le quepa!...
—Es que...
—¡Es que nada! Hemos hablado ya bastante.
D. Félix hizo un gesto perentorio para imponer silencio y empezó á dar paseos por la plazoleta con la violencia de fiera enjaulada. De vez en cuando salían de su boca temerosas interjecciones y de su nariz resoplidos más temerosos aún. Regalado, los criados y algunos vecinos que por allí cruzaban le contemplaban con asombro y respeto. De vez en cuando dirigían miradas de odio al insolente que le había puesto en tal estado, al mísero D. Casiano. Éste con la cabezota baja maldecía interiormente del instante en que había aceptado semejante comisión.
D. Félix se detuvo repentinamente delante de él y tomándole por la solapa y sacudiéndole le gritó con frenesí:
—¿Sabe usted lo que le digo?... ¡Que antes que un hidepu.. de esos ponga un pie en Cerezangos le meto quince balas de plomo en la cabeza!
Si algún cetáceo supo alguna vez lo que era el miedo, fué D. Casiano en aquella ocasión.


IX Los hidalgos.
UNQUE se sentó á la mesa no pudo comer. La cólera se le trasvertía de tal modo que no había lugar para que pasase el alimento. Á duras penas pudo D.ª Robustiana lograr que sorbiese una taza de caldo. Se alzó de la silla, bajó á su cuarto, atolondrado, confuso, sin saber qué partido tomar ante aquel alud que se le venía encima, aquella gran desgracia. Porque tal consideraba la profanación de su retiro ameno y deleitoso.

El capitán era más expedito de corazón que de inteligencia. Por eso, después de pasar cerca de una hora prensándose la cabeza, no halló arbitrio mejor en aquel aprieto que ir á consultar el caso con su primo César, uno de «los pocos sabios que en el mundo han sido», el octavo de la Grecia, á no haberse retrasado algunos siglos su nacimiento.
Tomó, pues, su bastón, se despojó del gorro sustituyéndolo con un sombrero blanco de fieltro y sin querer que ensillaran el caballo, porque su extrema agitación le impelía á caminar, emprendió el viaje de Villoria seguido del fiel Talín. Este Talín era un perrillo de color canela, nada grande, nada bello, nada inteligente, pero más impetuoso aún y casi tan magnánimo como su amo. Fué siempre su humor caprichoso y fantástico y por él se había dejado arrastrar á simpatías injustificadas y á antipatías más injustificadas aún que ocasionaran no pocos disgustos en la casa. Pero con la edad, pues era ya un viejo can, este humor se había exacerbado de modo increíble. Sus manías se habían convertido en verdaderas chocheces. En el pueblo se murmuraba bastante de él. En realidad no faltaba motivo para ello. Porque si bien jamás había sido confiado y cariñoso, hasta los últimos tiempos no llevó sus recelos al extremo ridículo de no consentir que la persona que hablase con su amo moviese poco ó mucho los pies. Como si meditase que los enemigos declarados no había que temerlos, pues el capitán daría buena cuenta de ellos, pero había que vigilar mucho á los que se presentaban con cara de amigos, así que uno de éstos se acercaba á D. Félix y le estrechaba la mano y se ponía á conversar con él, ya estaba Talín con ojo avizor. Se colocaba cerca de su amo, con la mirada fija en los pies del interlocutor. En cuanto éste descuidadamente los movía, se arrojaba sobre ellos y le hincaba los dientes desgarrándole el calzado y algunas veces la piel. Puede imaginarse el susto del buen hombre y el brinco que daría. D. Félix montaba en cólera, arrimaba un puntapié al indecente perro, le llenaba de denuestos, le arrojaba de su presencia. Todo inútil: á la primera ocasión, Talín se mostraba igualmente suspicaz y grosero.
Pues ahora caminaba delante con las orejas hacia atrás y el rabo tieso, mirando á menudo á su amo con ojos donde á la alegría natural que le producían las excursiones se juntaba cierta extraña inquietud. Lo mismo le acaecía siempre que á su amo se le antojaba ir á Villoria. Y había motivo para ello. El perro del mayordomo del marqués era su enemigo desde hacía largo tiempo. No podía pasar por delante del palacio, fuese de día ó de noche, sin que se arrojara sobre él como un tigre hircano. Talín no pensaba haberle dado pretexto para un odio tan encarnizado. En otro tiempo habían sido amigos. Sin saber por qué, de la noche á la mañana la amistad se trocó en aborrecimiento. Este cambio brusco, inesperado, le llenó de asombro y dolor. Porque si bien entre los hombres es frecuente, entre los perros no lo es tanto. Y no sólo se le declaró enemigo irreconciliable, sino que logró arrastrar á otro sujeto con quien no había tenido en la vida reyerta alguna, el perro de Tomasón el molinero. Tanto le odiaba el uno como el otro. No sorprenderá, pues, que Talín caminase nervioso como su amo, aunque por diferente motivo.
La estrecha cañada por donde corre el riachuelo de Villoria es de una belleza encantadora. Las colinas que la forman verdes, cubiertas á trechos de árboles. El río desciende tan pronto suave como rumoroso, pero siempre límpido. El camino sombreado de avellanos. Algunas veces la cañada se ensancha un poco, y entonces entre el camino que sigue pegado á la falda de la colina y el río queda cierto espacio que se prolonga formando una pradera más larga que ancha. Todas estas praderas pertenecían al marqués de Camposagrado y eran los pedazos de tierra más fértiles de la comarca. D. Félix las admiraba: se le hacía la boca agua cuando pasaba cerca de ellas: hubiera dado tres veces su valor por adquirirlas. Pero aún más las admiraba y las veneraba su criado Manolete. Ninguno más aficionado que él á los prados feraces entre los bípedos y acaso entre los cuadrúpedos. ¡Cuántas veces había insinuado á su amo que tratase de comprar estos prados! Imposible: el marqués no pensaba en venderlos.
Con poco más de media hora de camino dió nuestro capitán en el lugar de Villoria. Á Talín le temblaban las carnes de pasar por delante de la casa del marqués. Pero al fin pasaron y ¡oh dicha! nadie se metió con él. Su enemigo dormía ó no estaba en casa. Cuando salieron por el otro extremo de la aldea comenzó á correr alegremente y dando brincos sin pensar en la vuelta. Mas he aquí que unos cien pasos más allá, al revolver de la colina, divisa en un maizal á sus dos enemigos. Y es lo peor que también ellos le divisaron y en cuanto le divisaron emprendieron hacia él una carrera vertiginosa. Talín por su parte apretó los pies de tal modo que por mucho que corrieron aquellos bandidos no lograron darle alcance. Volviéronse mohinos al cabo de algún tiempo y al tropezar con el capitán su despecho les incitó á gruñirle; pero éste alzó el bastón de modo tan airado que huyeron sin realizar su propósito. ¡Para bromitas estaba nuestro hidalgo!
Un poco más allá de Villoria dejó la orilla del río y tomando un caminito de montaña, capaz sólo para las carretas del país, comenzó á subir la colina en dirección á Arbín. La cuesta era agria, pero no muy larga. Antes de un cuarto de hora tropezó con las tapias de la pomarada de su primo. Siguió pegado á ella algún tiempo y dió pronto con la casa que estaba en lo más alto.
La posesión de D. César no era grande ni feraz. Los terrenos de las colinas no son como los del valle, regados por todas las aguas que de ellas bajan. Pero estaba tan admirablemente cuidada, que alegraba la vista y daba mayores rendimientos que las mejores del llano. Y esto no por otra causa sino porque su dueño era el agricultor más inteligente de Laviana y aun de todo su partido. ¡Quién lo diría de un hombre tan aficionado á los placeres urbanos y á las artes imitadoras! La necesidad hace ley. D. César, nacido para los salones y las academias y los teatros, nunca había poseído medios de vivir en la capital. Su hacienda era corta; la posesión de Arbín y pocas más fincas en Villoria que le rentaban algunas fanegas de trigo. Por eso se aplicó con ahinco al cultivo de sus tierras, alcanzando pericia envidiable. Su pomarada, con ser más pequeña que la del capitán, producía doble cantidad de sidra: su huerta era rica como ninguna en frutas sazonadas, en legumbres y hortalizas. Vendía la sidra á los taberneros de la Pola y Langreo y vendía también los sobrantes de la huerta. Hasta tenía tiempo y humor para cultivar un número crecido de flores que eran el asombro y regocijo de las doncellas de Villoria.
Al poner el pie en la plazoleta que había delante de la casa, dos perros salieron furiosos ladrando.
—¡Quieto, Faón! ¡quieto, Safo!—gritó el capitán.
Los perros helénicos comprendieron que no era un bárbaro quien osaba pisar el suelo sagrado de la Hélade, lo reconocieron y le rindieron acatamiento moviendo el rabo. Al mismo tiempo Talín se acercó á ellos y cambió con Faón un saludo amical rozándole el hocico. Faón jamás había sentido celos de Talín, quizá porque la figura de éste no podía inspirarlos, quizá también porque ya estuviese hastiado de su ardiente amiga y meditase abandonarla.
La casa del señor de las Matas era de piedra amarillenta y carcomida, cuadrada, de un solo piso; grandes balcones de hierro forjado, enorme puerta claveteada formando arco; más antigua y más señorial que la de don Félix, pero también más pobre. En una de sus esquinas tenía el escudo y en el centro sobre la puerta de entrada una hornacina donde en otro tiempo, según los viejos, había estado un guerrero de piedra. D. César lo había sustituído por otra estatua de piedra también que le había regalado su amigo el canónigo de Oviedo. Esta escultura representaba un hombre barbado y vestido de larga túnica con un libro abierto en una mano y un compás en la otra. Era el conocido personaje emblemático que simboliza la Arquitectura; pero nuestro hidalgo quiso que representase á Sócrates y le puso este nombre encima y debajo el siguiente dístico:
Aunque la ingrata patria tus afanes no premie
Al compás de tus obras siempre atiende.
Bien sabía D. César que Sócrates no había escrito obra ninguna, pero se valía de este ardid retórico para expresar la influencia que los altos pensamientos del filósofo habían ejercido, justificando de paso los objetos que tenía en las manos.
Traspuso D. Félix la puerta y no viendo á nadie subió la escalera sin llamar, como quien tiene derecho á ello. Halló á su primo sentado en viejo sillón de cuero con un libro en la mano, esto es, en su posición natural de sabio. En el momento de sorprenderle, sus labios finos se plegaban en una sonrisa irónica. Pero al levantar los ojos y ver á su primo, aquella expresión maliciosa se trocó en otra de cordial alegría. Alzóse vivamente del asiento y vino á abrazarle.
—Salud, primo; soldado valeroso en otro tiempo, hoy rico propietario de esta comarca. Largo tiempo hace que esta humilde morada no ha tenido el honor de cobijarte.
D. Félix correspondió de buen grado á tan cariñoso saludo haciendo esfuerzos por sonreir.
—Estabas leyendo... Te he interrumpido, ¿verdad?
—Un deudo de tu valía no es importuno jamás. El libro que tenía en la mano puedo tomarlo y dejarlo cuando se me antoje; pero á ti, primo querido, sólo te tomo cuando te quieres dar... Leía en este momento los Acarnianos de Aristófanes y me reía viendo de qué modo el poeta pinta á Pericles lanzando como Júpiter rayos y relámpagos que van á trastornar la Grecia. Ya Cratinos le llamaba humorísticamente «el padre de todos los dioses».
—Tú gozas siempre que encuentras alguna palabra contra el Olímpico. Me parece que llevas el odio demasiado lejos. Pericles, aunque disipó los tesoros de Atenas y contribuyó á su corrupción, me ha dicho el cura de la Pola que vivía con modestia y frugalidad, retirado de la sociedad, renunciando á los placeres; y que en los cargos que le confiaron mostró un desinterés y una probidad inalterables.
El capitán era también enemigo de Pericles. D. César había logrado arrastrar en su odio á todos sus parientes y amigos íntimos. Pero la disposición colérica en que ahora se hallaba le impulsó á llevar la contraria á su primo.
—¡Pura comedia!—exclamó éste exaltándose.—Su reserva, su exterior modesto y su andar pausado eran un papel aprendido y bien desempeñado para embaucar al pueblo de Atenas, á ese Demos bobalicón que pinta Aristófanes en los Caballeros, como un viejo irascible y sordo que se deja conducir por los charlatanes... ¡Frugalidad!... ¡desprecio de los placeres!... ¡Que se lo pregunten á la milesiana Aspasia!... Pericles fué un corruptor en todos los órdenes, un tirano que saqueó indignamente á los aliados para recrear á los atenienses y tenerlos propicios... Ya sé... ¡ya sé!—añadió con voz sorda y temblorosa—que se ha dicho por ahí que yo era partidario de los peloponesos... ¡Es una vil calumnia! Jamás he pertenecido á la Liga ni tuve conatos de acercarme á ella. Yo no hubiera firmado la vergonzosa paz de Antálcidas aunque me cortasen la mano derecha... Puedes decírselo así al señor cura de la Pola que de poco tiempo á esta parte encuentra tan admirable á Esparta—añadió sarcásticamente.—Y puedes recordarle también las sangrientas palabras de Plutarco: «Por la batalla de Leuctres había perdido la preponderancia; mas por la paz de Antálcidas perdió el honor».
No quiso D. Félix llevar más adelante la contraria á su primo viéndole irritado. No tenía interés en ello porque era, como se ha dicho, más bien enemigo que amigo de Pericles, aunque sólo de oídas conociese al Olímpico. Sabía medianamente el latín y conocía un poco la historia de Roma, pero la de Grecia ni saludarla siquiera.
—Bueno, dejemos á los griegos y vengamos á los españoles. Yo tenía que consultar contigo un asunto y para eso he subido hasta aquí.
D. César se serenó de pronto. Era el hombre más apacible de la tierra siempre que no se tocase á su enemigo.
—¡Me gusta tu franqueza!—exclamó riendo.—No puedes negar que eres un veterano de la Independencia. Tienes la misma pasta que los vencedores de Maratón y de Platea. Mas por Júpiter, que no te dejo hablar otra palabra si no consientes en reposar un poco el calor y tomar algún corto refrigerio.
Cedió de buen grado D. Félix, porque se hallaba un poco cansado y hambriento. El señor de las Matas llamó con las palmas de la mano. No tardó en presentarse una zagala, ni hermosa ni limpia, que le servía para aderezarle la comida, cuidar y ordeñar su única vaca, llevar el rocín á beber y darle pienso, etc., etc. Porque nuestro hidalgo no tenía otro servidor. La huerta y la pomarada él las cuidaba con sus propias helénicas manos. Cuando necesitaba ayuda se la pedía á algún vecino que por corto estipendio, y á veces sin él, se la prestaba.
Por eso la sala en que ahora estaba leyendo dejaba mucho que desear en cuanto al aseo. Los muebles antiquísimos y polvorientos, el suelo desigual y polvoriento, los libros rugosos y polvorientos también. Poseía D. César un número considerable de volúmenes, aunque ninguno había salido de los tórculos menos de dos siglos antes. Pero nuestro hidalgo los amaba como si se hallasen en la frescura de su juventud.
Tardó poco la mozuela, que no se llamaba Amarilis, ni Mirtale sino Pepa, en traer un tarro de miel, un queso, pan moreno de la tierra y vino de Castilla. La miel era de las colmenas que cerca de la casa poseía D. César. Éste sostenía que era más dulce y más fragante que la del Himeto, cosa que nadie se cuidaba de poner en duda en Laviana.
Cuando el capitán hubo comido según sus deseos, que ya los tenía vivos, su primo le ayudó á beber la botella de vino blanco de la Nava, no sin antes dejar caer algunas gotas al suelo en honor de los dioses. Era su costumbre siempre que libaba. Sorprendía un poco á los que con él se hallaban; pero D. César nunca dió explicación de este proceder, quizá por temor de que lo echasen á broma, quizá también por el desprecio real que sentía hacia los bárbaros.
Salieron por fin de casa y entraron en la huerta. Allí tuvo ocasión una vez más D. Félix de admirar la habilidad y profundos conocimientos de su primo en materia de horticultura. ¡Qué orden! ¡qué cuadros de coles rozagantes y frescos! ¡qué esparraguera deleitosa! ¡qué primor de albaricoqueros y cerezos colocados en espalera! No se hartaba el buen capitán de examinarlo todo y de hacer preguntas y preguntas, aspirando con ansia á penetrarse de aquel arte supremo, pero bien persuadido de que jamás lo lograría. Respondía el señor de las Matas con amable condescendencia y la misma convicción. Porque sabido de antiguo tenía que su primo era un excelente ganadero, pero nada más que mediano hortelano.
De la huerta pasaron á la pomarada y aún fué mayor la alegría y la admiración de D. Félix al verse entre aquellos manzanos tan finos y peinados como elegantes damiselas. No eran como los suyos enormes, frondosos; pero en cambio soportaban en cada rama cuantas manzanas podían, y éstas eran más fragantes y azucaradas. D. César los trataba con una severidad inflexible que pasmaba á su primo. Les exigía siempre la misma ó mayor cantidad de fruto; y si alguno se descuidaba ó se mostraba reacio, concluía por arrancarlo de cuajo y plantar otro en su lugar.
Subieron á lo más alto de la finca. En aquel paraje había construído D. César un templete circular sostenido por columnas. No eran éstas de mármol desgraciadamente porque los recursos del hidalgo no lo consentían, pero estaban enjalbegadas primorosamente y de lejos producían el mismo efecto. Desde aquel templete abierto se disfrutaba una vista deleitosa. Un gran círculo de colinas y montañas. Desparramados sobre sus faldas multitud de caseríos. En lo más alto á la izquierda la gran Peña-Mea. En el fondo á la derecha el pueblecito de Villoria, un grupo de casas blancas donde se destacaba la iglesia y el oscuro palacio medio derruído de los marqueses de Camposagrado.
Cuando se hubieron sentado en los toscos sillones que allí había, el capitán expuso á su primo el objeto de su visita. Quedó pensativo D. César algunos momentos. Al cabo profirió con su majestad acostumbrada:
—Nada hay para el hombre más pesado que advertir cómo le arrebatan cuando menos lo imagina aquellos bienes que constituyen su dicha, el único recreo de sus días. No dudo, primo querido, que será para ti asaz doloroso verte privado de esa hermosa finca donde tenías puestos tus amores, donde jugaste de niño, donde reposas de viejo, donde los árboles que tu mano ha plantado se yerguen soberbios en el espacio, y las reses que tú criaste pacen con sosiego sus hierbas aromáticas... Pero ésta es la ley fatal del Universo. Nada hay estable en él. Un fuego esparcido por la naturaleza lo consume y lo renueva sin cesar. «Todo corre, todo marcha, nada se detiene—dice Heráclito.—No se baja dos veces por el mismo río.» En vano es que nuestras débiles manos quieran detener la rueda de la vida. Pasaron los griegos, pasaron los romanos y pasaremos nosotros... Hace ya tiempo que siento el ruido de la ola que nos ha de arrebatar. Desde que comenzó la explotación de las minas de Langreo comprendí que nuestra vida patriarcal, nuestras costumbres sencillas iban á fenecer. Y en efecto, amado primo, te lo diré con franqueza: ¡Demetria ha muerto!...
—¿Cómo que ha muerto?—exclamó el capitán alzándose con su acostumbrada presteza y dirigiendo á su primo una mirada de consternación.—Ayer la he visto buena y sana...
—No, no es la hermosa zagala de Canzana por quien tú te interesas la que ha muerto—repuso D. César con sonrisa benévola.—Es la gloriosa Demetria, la diosa de la agricultura, la diosa que alimenta, como la llama Homero... ésa que vosotros los latinistas llamáis Ceres—añadió con cierta inflexión desdeñosa. Demetria ha muerto y se prepara el advenimiento de un nuevo reinado, el reinado de Plutón. Saludémosle con respeto, ya que no con amor... ¡Con amor no! Yo no puedo amar á ese dios subterráneo que ennegrece los rostros y no pocas veces también las conciencias. La Arcadia ha concluído. Esta raza sencilla y belicosa de nuestros campos desaparecerá en breve y será sustituída por otra criada en el amor de las riquezas y en el orgullo. ¡Ya conozco esa raza! Las pocas veces que algún negocio me lleva á Oviedo, al atravesar la comarca de Langreo, mi pantalón de trabillas, mi frac, mi sombrero de felpa y el pobre rucio que monto excitan la risa de aquellos ricos mineros. Desde sus viviendas suntuosas unos hombres de la nada, hijos de labriegos y menestrales, me señalan con el dedo á sus vecinos haciendo escarnio de mi figura y mi pobreza. ¡Qué vamos á hacer! La lucha es imposible, amado primo. Á la aristocracia sucede la plutocracia. Pero ésta pasará también, consolémonos con ello. Sufre, pues, con paciencia que profanen tu hermoso asilo. Eurípides lo ha dicho: «Contra el destino y la necesidad no existe refugio».
—¡Pero contra los bandidos y canallas existen los trabucos, y yo tengo en mi casa algunos cargados hasta la boca!—exclamó exasperado el capitán.
No fué posible convencerle. El Sr. de las Matas se esforzó en vano en traerle á la razón representándole la inutilidad y los peligros de cualquier oposición. Á todo respondía con palabras descompuestas y furiosas, agitado por un frenesí de cólera que no le permitía ni ver claro ni hablar con coherencia. Por último, se despidió, dejando á su primo inquieto y melancólico, y emprendió la vuelta de Entralgo en un estado de exaltación que no predecía nada bueno.
El mísero Talín volvió á sus inquietudes no tanto por advertir la excitación de su amo como por la necesidad de pasar nuevamente por Villoria. Y en efecto, aunque procuró refugiarse entre las piernas de aquél al cruzar por delante del palacio del marqués, no le valió. El perro del mayordomo cayó sobre él con tal ímpetu que á poco le descuartiza. Gracias á que D. Félix le socorrió prontamente descargando recios garrotazos en el lomo del pirata, logró escapar de sus garras. Y cuando salieron del pueblo por largo trecho el buen Talín fué resoplando unas veces, otras gimiendo, otras blasfemando en un estado de agitación sólo comparable al de su dueño.
El sol declinaba. El camino, más fresco y más umbrío que antes, el aire embalsamado con los aromas del campo, el dulce murmullo del río no lograban calmar á nuestro hidalgo. Pero al revolver de una de las sinuosidades de la cañada vió de pronto el rostro mofletudo de D. Prisco y súbito descendió la calma á su espíritu. Siempre le acaecía lo mismo. La cara del párroco de Entralgo, sin saber por qué, ejercía un efecto sedante bien definido sobre sus nervios. Venía éste caballero en un rucio matalón enjaezado con albarda.
—¿Hacia dónde caminamos, D. Prisco?—preguntó ya alegremente el capitán teniendo del ramal al burro.
—Villoria—manifestó aquél con su acostumbrado laconismo.
—¿Va usted á dormir allá?
—Sí. El cura está enfermo. Mañana San Roque.
—¡Ah, no recordaba! Cierto, cierto... mañana San Roque... ¿De modo que hoy no podemos echarla?
—Aguardando toda la tarde.
—Sí, sí... lo creo... No me fué posible. Tuve que hacer una visita á mi primo César—manifestó D. Félix poniéndose de nuevo sombrío.
—Si usted quiere... Aquí traigo baraja—gruñó don Prisco llevando la mano con vacilación á las alforjas.
—¡Hombre, bien!—exclamó el capitán tornando á serenarse.—Es una buena idea... Tres jueguecitos nada más, ¿verdad?
—Nada más—masculló el cura.
Echóse un poco hacia atrás éste hasta quedar sentado sobre el trasero del borrico, dejando un buen pedazo de albarda al descubierto. Y sobre este pedazo á guisa de mesa colocaron la baraja y comenzaron su brisca, D. Prisco montado, el capitán en pie con los codos apoyados sobre la montura.
Después de los tres juegos echaron otros tres y después otros tres... Otros tres en seguida... Hasta que la noche los sorprendió en tan interesante situación. Cuando ya no vieron las cartas las soltaron y se despidieron hasta el día siguiente.


X La torga.
N los días siguientes la cólera del capitán en vez de calmarse se fué exacerbando de un modo imponente. No hablaba de otra cosa. El día y la noche se los pasaba vociferando contra los mineros y especuladores, jurando, amenazando. «Que siga, que siga ese expediente de expropiación forzosa. Cuando llegue el momento de que alguno de esos canallas ponga el pie en Cerezangos, ya verá cómo se le recibe.» Y ya tenía formado su plan estratégico y distribuídas las fuerzas: Linón y Celesto en lo cimero del prado; él con Manolete en lo fondero; los dos criados pastores en el centro como fuerza de reserva. Todos los vecinos de Entralgo estaban inquietos, sacudían la cabeza con tristeza vaticinando una catástrofe. Porque todos conocían el carácter violento, arrebatado del capitán. No dudaban que, exasperado como estaba, pudiera cometer una acción que ocasionase su ruina.

La Providencia no quiso que un tan bravo caballero fuese á morir en una cárcel. Se encargó de sacarle aquella espina del corazón con otra mayor. Tres días después de la visita á D. César recibió carta de su cuñada Beatriz en que le noticiaba que su hija María había sufrido un vómito de sangre. El médico no le había concedido gran importancia, pero sí había manifestado que urgía llevarla á Panticosa á tomar sus aguas salutíferas. Esperaban por él para acompañarla. Aquella noticia desgarró su corazón. «¡Sí, sí; como su madre, como su hermano!» El buen hidalgo sollozó cual si ya la hubiese perdido. Arregló su equipaje con presteza, dejó encargo á Regalado para que lo enviase á Oviedo en un mulo, y montando á caballo partió él delante acompañado de su criado Manolete.
La nueva causó en la aldea dolor. Todos amaban á aquella familia y deploraban que D. Félix quedase á su edad enteramente solo y su noble casa sin herederos. Se habían forjado la ilusión de que la señorita María casase con algún caballero de Oviedo ó Gijón y viniese á establecerse á Entralgo y lo alegrase con tertulias y fiestas á que era tan inclinada. Pasados algunos días, el suceso trascendió á todo el concejo y llegó á oídos de Flora que habitaba con sus abuelos un molino apartado un tiro de carabina del pueblo de Lorío. Y así como lo supo quiso hacer una visita á su amiga D.ª Robustiana y enterarse de si era tan grave la enfermedad como la pintaban. Una tarde, después de comer y haber terminado con todos los menesteres de la casa, se encaminó á pie hacia Entralgo. Encontró al ama de gobierno muy afligida y se enteró de que D. Félix había salido ya de Oviedo para Panticosa con la señorita María. La buena de D.ª Robustiana, como los demás vecinos, tampoco concebía grandes esperanzas: pensaba que la señorita estaba herida de muerte. Cuando hubieron charlado largamente, Flora se despidió de ella prodigándole cuantos consuelos pudo. La mayordoma quería que se quedase unos días en Entralgo, pero la joven le hizo presente que el lunes era día de colada ó lavado en su casa y no podía aceptar la invitación. Le prometió, sin embargo, venir pronto á acompañarla.
Al salir Flora tropezó reunidas más allá del Barrero, en el camino que domina la vega, á las tres sabias del lugar, la tía Jeroma, madre del glorioso Bartolo, Elisa y la vieja Rosenda. Departían según su costumbre, fumando cigarrillos envueltos en hojas de maíz y sentadas en el suelo orilla del camino. Al verla se alzaron muy solícitas y le hablaron con agasajo inusitado. Se enteraron de las noticias que había de D. Félix y su hija y las comentaron largamente, con la garrulería bien sabida de las comadres. Flora se despidió al cabo. Cuando se hubo apartado unos pasos Elisa la llamó.
—Florita.
—¿Qué decías?
—¿Ves esa hermosa tierra que tanto produce?—manifestó con sonrisa maliciosa apuntando á la Vega sembrada de maíz que se extendía debajo del camino.—Pues más tarde ó más temprano será tuya.
—¿Mía?
—Sí, tuya... Y cuando lo sea, acuérdate de estas pobrecitas amigas y no les subas la renta.
Las otras dos mujerucas le clavaban igualmente sus ojos sonrientes, maliciosos.
Flora entendió y una ola de sangre le subió al rostro y le apretó la garganta. Ella, tan charlatana, no pudo proferir una palabra. Volvióse rápidamente y se alejó á paso vivo.
El rubor no la dejó en todo el camino. Marchaba en un estado de confusión y vergüenza que la impedía ver el suelo que pisaba. De vez en cuando sus labios se movían murmurando:
—¡Qué brujas, Dios mío, qué brujas!
Pero debajo de aquella vergüenza latía un pensamiento dulce más vergonzoso aún. Y Flora, que era una excelente muchacha, hacía esfuerzos inútiles por sofocarlo, por volverlo al infierno, de donde sin duda había salido.
Era sábado. Á la noche, luego que hubieron cenado, se puso á limpiar y frotar los utensilios de la cocina mientras su abuela devanaba en el argadillo algunas madejas de hilo y su abuelo componía una nasa de mimbre para pescar truchas en la presa del molino. Éste se componía de cuatro estancias separadas por tabiques de varas de avellano entrelazadas y recubiertas de cal y arena; una mucho más grande que las otras, donde rodaban las tres muelas dentro de sendos cajones de madera; la cocina, de menor tamaño, pero también grande, y dos pequeños dormitorios. En la ventanita de uno de ellos, el destinado á Flora, sonó un golpe. Levantaron los tres la cabeza con sorpresa, pero observando que no repetían, la bajaron otra vez. Imaginaron que sería el viento. Al cabo de un rato sonó otro golpe. Entonces Flora se dirigió resuelta á su cuarto y preguntó:
—¿Quién anda ahí?
—Soy yo, Flora—respondió la voz de Jacinto de Fresnedo.—¿Puedes abrir?
La joven tardó unos instantes en contestar como si vacilara.
—Perdona, Jacinto. Nos íbamos en este momento á acostar, porque ya es un poco tarde.
—¡Niña!—exclamó desde la cocina el abuelo.—Eso no está puesto en razón. En mi tiempo nunca se dejó marchar á un mozo que viene de lejos sin convidarle á descansar. Abre á ese muchacho.
Flora atravesó la estancia de los molares y abrió la puerta que se hallaba en el fondo. Jacinto tardó unos segundos en acudir porque tuvo que dar la vuelta al edificio. Flora le condujo sin despegar los labios á la cocina.
—Santas noches, tía Blasa. Dios le guarde, tío Lalo.
Los viejos recibieron con agrado al joven porque les gustaba y tenían en estima á su familia. Se informaron de ella con interés: también del ganado. Jacinto les notició que la Pinta había parido hacía tres días un jato. El tío Lalo torció el hocico: aquella vaca no les daba más que becerros.
—Es verdad—repuso Jacinto,—pero en cambio la Morica ya nos dió tres jatas seguidas y váyase lo uno por lo otro.
El joven se sentó enfrente de los viejos al otro extremo de la cocina en una tajuela dejando en el medio el lar sobre el cual ya no había fuego. Flora después de vacilar un poco vino á sentarse á su lado.
—¿Habéis metido ya toda la yerba en la tenada?—preguntó el tío Lalo.
—Está toda dentro desde el miércoles.
—¿Mucha?
—Poca, poca. Nuestro terreno es de secano y este año ha caído poca agua.
—Verdad. Pero en ese terreno cunde mejor la avellana que en el nuestro. Estoy en fe que tu padre no apañó menos este año de diez ó doce cargas.
—Diga usted quince, tío Lalo, y dirá la verdad—replicó el chico sonriendo triunfalmente.
—¡Lo ves tú!
El tío Lalo se puso á loar las tierras de secano por lo mismo que las suyas eran de regadio.
Al cabo, observando que Jacinto tenía deseos de hablar aparte con Flora, cerró la boca y siguió componiendo la nasa mientras la abuela hacía rodar el argadillo también en silencio.
El mozo de Fresnedo murmuró algunas frases al oído de la joven con su timidez acostumbrada. Flora le respondió con displicencia, con mayor displicencia de la que solía usar con él, aunque siempre había usado bastante. Jacinto quedó confuso. Tornó á hablarle y ella á responderle con igual aspereza. Entonces permaneció silencioso. Al cabo de algunos momentos Flora le interpeló con violencia acerca de su visita nocturna en Entralgo. Aquello estaba muy mal hecho. Debía de comprender que no hallándose en su casa era indecente el ir á llamar de noche al balcón de su cuarto. D. Félix lo había oído y salió pensando que era un ladrón. Todos en la casa se levantaron; un verdadero escándalo. Aquello no se lo perdonaba.
Jacinto oyó la filípica estupefacto. Negó rotundamente que hubiera estado en Entralgo ni menos que se hubiera atrevido á llamar en el balcón de su cuarto. Flora no quiso creerlo. Sin embargo, tanto juró y perjuró y tan sofocado se puso que la irritada zagala no pudo menos de rendirse al calor de sus palabras, aunque quedándole todavía alguna duda. Guardaron silencio prolongado. Jacinto con la cabeza baja y el semblante triste jugaba con su garrote esparciendo las cenizas del lar. Flora con la cabeza baja también y el rostro ceñudo enredaba con su delantal haciéndole pliegues. Al cabo de largo rato, sin levantar los ojos y conmovido, habló el mancebo de este modo:
—Bien lo veo, Flora; bien lo veo hace tiempo. Para ti yo no soy nada; soy menos que una castaña pilonga ó que una cereza negra. Por más que trabajo para darte gusto, para que me mires con algún apego, no puedo, en verdad, lograrlo. Ni te agrada ninguna de mis palabras ni reparas siquiera en las penas que por ti estoy pasando. Si te digo algo de lo que aquí dentro del pecho tengo, sueltas á reir como una loca y cambias en seguida la conversación. Si me ves con claveles prendidos á la montera (que sólo para ti los prendo yo), entornas los ojos á otro lado como si no quisieras verlos porque yo no te los ofrezca. Si te traigo de la romería rosquillas no las quieres; si te doy un puñado de avellanas las tomas por compromiso, cascas una entre los dientes y das las otras á las amigas... En fin, que mi persona te apesta y mis palabras te cansan, más que el chillar de un carro... Si quieres que no venga más por aquí dílo de una vez y no volveré. Ni me verás más en las romerías á tu lado, ni te sacaré á bailar, ni volveré á plantar el ramo delante de tu ventana la noche de San Juan... Y si también lo mandas no volveré á decirte siquiera ¡adiós, Flora! cuando pases á mi vera. Pasaré cerca de ti como si no te conociese, aunque el corazón me quiera salir por la boca. Ni sufrirás tampoco mucho tiempo la pena de encontrarme por esta tierra. Allá en la Habana tengo un tío que es hermano de mi madre y que ya escribió muchas veces para que fuese con él alguno de nosotros. Pues bien, en el mes de Octubre, después que ayude á mi padre á cortar el maíz y sacudir la castaña, me embarcaré en Gijón y no me verás más... ¡nunca más!... El pobre Jacinto allá morirá solo y sin consuelo... Tú cásate, cásate, Flora, cásate con un mozo más guapo, más rico que yo, y que Dios te haga con él muy feliz... Pero cuando vayas á la iglesia y te arrodilles delante del Cristo de la Misericordia, acuérdate del pobre Jacinto que tanto te quiso y reza por su alma un padrenuestro...