← Table of contents
La aldea perdida

LA ALDEA PERDIDA (continued 2)

Reading edition

—¿Qué es esto, chico? ¿Cómo te has hecho esta herida?

—Fué Tomasín—respondió el niño confuso.

—¿Qué Tomasín?

—El de la tía Colasa.

—¿Y por qué te la ha hecho?

—Nos pegamos.

—¿Y por qué os pegasteis?

Pepín bajó la cabeza sin responder.

—Vamos, niño, dí, ¿por qué os pegasteis?—repitió Demetria sacudiéndole por el brazo con impaciencia.

Pepín vaciló todavía algunos instantes: al cabo profirió titubeando:

—Porque... porque... porque dijo que tú no eras mi hermana... que tú eras del hospicio.

Toda la sangre de Demetria fluyó al corazón: quedó pálida como un cirio. No pudo articular palabra. Después de algunos instantes prosiguió en silencio y con mano temblorosa su tarea.

No era la primera vez que había sonado en sus oídos tal noticia. Cuando más niña, alguna compañera maligna le había injuriado de este modo. No le había hecho caso; ni siquiera había pensado en ello. ¿Por qué ahora le producía tan viva impresión? Quizá por ser el día de la Virgen y tener el alma inundada de alegría, quizá porque sólo entonces cruzó por su mente la idea de que pudiera ser cierto.

—Sí, me dijo que tú eras del hospicio—prosiguió Pepín imaginando que el silencio de su hermana significaba aprobación.—Yo entonces... yo entonces le dije: «Eso es mentira». Él entonces dijo: «Es verdad, que lo dijo mi padre». Yo entonces dije: «Pues es mentira». Él entonces quiso pegarme, pero yo con el puño así cerrado le di un golpe en las narices y empezó á sangrar. Entonces él cogió una piedra y me la tiró á la cabeza y echó á correr. Yo corrí tras de él, pero no pude atraparle porque se metió en casa. ¡Recontra, en cuanto le coja solo le voy á dar unas cuantas así por debajo!...

Demetria le dejó explayarse sin despegar los labios. Terminado el aseo principió el de Manolín, que se llevó á cabo con el mismo silencio. Y después que los hubo vestido se bajó á la cocina de nuevo, tomó la leche que había quedado de la noche anterior, la vertió en el odre y salió de casa dirigiéndose á la fuente para mazarla[3].

Estaba la fuente un poco apartada del pueblo. Se iba á ella por estrechos caminos sombreados de avellanos. Al aproximarse hay que subir un senderito labrado en el césped por los pasos de los vecinos. Al pie de una gran peña que la cobija, rodeada por todas partes de zarzas y espinos y madreselva, menos por la estrecha abertura que sirve de entrada, brota de la piedra un chorro de agua límpida, se desparrama sobre ella en hilos de plata, cae formando burbujas en un recipiente de granito, se trasvierte luego y fluye en menudos cristales y resbala por el césped. Cúbrela á modo de bóveda el ramaje que sale de la peña, al cual se enreda la madreselva del suelo formando toldo espeso. Los rayos del sol se filtran por él con trabajo bañándola de una claridad suave y misteriosa.

Demetria se sentó en uno de los bancos de piedra que allí había, aplicó la boca á la abertura del odre y lo infló; lo amarró luego velozmente y lo dejó caer en la taza de la fuente para que la leche se enfriase. Con las manos cruzadas sobre las rodillas y la cabeza inclinada sobre el pecho aguardó. Una tristeza profunda oprimía su corazón. Debajo de aquella frente alta y pura de estatua helénica batallaban la duda, el temor, la esperanza, el despecho. Escrutó con ansia su pasado, recordó algunas insinuaciones malévolas, bastantes palabras sueltas, muchas sonrisas que á ella le indignaban más aún que las palabras. ¡Virgen María! ¿sería cierto aquello? Pero si era efectivamente de la Inclusa y los que tenía por padres no lo eran, ¿por qué la amaban más aún que á los dos niños? No, no podía ser. Todo era una calumnia. Las chicas del pueblo la envidiaban porque sus padres la regalaban y la vestían mejor que á ellas. Habían inventado esta mentira para humillarla... Mas... ¿cómo se les había ocurrido semejante cuento?... ¿Por qué había recaído sobre ella y no sobre alguna otra?

Sacó el odre del agua y se puso á zarandearlo. El ruido de la leche dentro hizo coro al glu glu de la fuente.

¡Dios mío, del hospicio!... Era horrible pensarlo. ¡Y ella que adoraba á aquellos padres!... ¡Y ella que era tan orgullosa!... ¿Qué diría Nolo cuando llegase á saberlo? Por supuesto la dejaría, porque un mozo tan galán y tan rico no podía en ley de Dios casarse con una pobrecita hospiciana...

Aquí los sollozos ahogaron á la cándida doncella. Dejó caer de nuevo el odre, y con la cara entre las manos estuvo llorando largo rato. Al cabo prosiguió su tarea; pero las lágrimas no dejaban de resbalar por sus mejillas escaldándolas. El aleteo y el piar de unos pajaritos la distrajeron un momento. Eran dos jilgueros que tenían allí su nido. Apenas se le veía como un punto negro en la espesura del follaje, pero se oía el débil piar de los polluelos cuando sus padres con agitación iban y venían para cebarlos. ¡Qué alegría la de aquellos animalitos al verles llegar con un mosquito en el pico! ¡Qué gozo triunfal expresaba el trino de los padres luego que depositaban el alimento en la boca de sus pequeños!

Cuando los hubo contemplado un rato, bajó de nuevo los ojos al cristal de la fuente y se dijo llorando otra vez copiosamente: «Ellos tienen padres: yo no los tengo. ¡Yo fuí criada por lástima!»

Al cabo la leche quedó mazada: la pelota de manteca batía ya con fuerza las paredes del odre. Lo desató, extrajo el aire y anudándolo otra vez y lavándose después los ojos para borrar las huellas del llanto, emprendió la vuelta de su casa.

Ya estaba en pie Felicia cuando llegó á ella.

—¿Por qué no me has llamado como siempre, picarona?—le preguntó, dándole una palmadita cariñosa en la mejilla.

—Porque ayer se ha acostado usted tarde y quería que descansase—respondió Demetria besándole la mano.

—¡Has mazado también, hija mía! ¿Para qué te has tomado ese trabajo? Yo lo hubiera hecho mientras te arreglabas.

La tía Felicia, que era una mujer gruesa, mofletuda, sonrosada y tersa como si tuviese veinte años, creyó advertir algo extraño en el rostro de su hija. La miró con fijeza y profirió asustada:

—¡Tú has llorado!

—Llorar, ¿por qué?

Felicia la tomó por la mano, la condujo hasta el corredor y repitió con más fuerza:

—Sí, sí: tú has llorado.

—No, madre, no: se engaña usted—respondió Demetria sonriendo.

—No me lo niegues, hija. ¿Te ha regañado tu padre?

—¿Mi padre?—replicó la zagala con asombro.—Mi padre no me regaña nunca.

—Es verdad... Pues tú has llorado... Algo te pasó entonces en la calle... Cuéntamelo, hija mía... ¿No tienes confianza en tu madre?

Y al mismo tiempo le pasó los brazos al cuello y la besó con efusión. Demetria se sintió enternecida y rompió á llorar perdidamente.

Felicia quedó estupefacta.

—¿Cómo? ¿Qué es esto?... ¿Qué te pasa, hija querida?

Y la buena mujer, con el rostro contraído por el asombro y el dolor, le sacudía la mano para instarla á que hablase. Al fin, con voz entrecortada por los sollozos, Demetria habló:

—Me han dicho que no soy... que no soy hija de usted... que soy del hospicio.

Lo mismo que le había pasado á su hija poco antes, toda la sangre de la buena Felicia fluyó al corazón. Quedó igualmente pálida y sin poder articular palabra.

—¿Quién te ha dicho eso?—logró proferir al cabo.

—Pepín.

—¡Ah pícaro!... ¡Le voy á arrancar las orejas!—exclamó cambiando súbito su emoción en furor. Y ya se disponía á ir en busca del criminal, pero Demetria la retuvo.

—No, madre, no salió de él... Fué Tomás el de la tía Colasa quien se lo dijo y por eso se pegaron.

—¿El hijo de Colasa?... ¡Esa bruja había de ser! Desde que Goro la quitó de pacer su vaca en el castañedo del Regueral no nos puede ver más que al diablo. Ya sabes cómo para vengarse metió sus cerdos entre nuestro maíz. Goro quería llevarla al juzgado y que pagase el daño, pero yo conseguí calmarlo y que la perdonase porque me daba lástima... Pues en vez de agradecerlo la picarona el otro día en la fuente me tiró unas indirectas tan picantes... ¡Qué indirectas, hija mía!... Que si yo era una holgazana, una comedora, que hacía trabajar á mi marido como á un burro, que echaba sobre ti el peso de la casa... que os mataba de hambre mientras yo me comía á solas magras de jamón y torta... ¡No sé cómo me contuve y no la arranqué los pocos pelos que tiene en el moño! Y todo porque uno defiende lo que es suyo. Por mí hubiera pacido su vaca toda la vida en el castañedo, pero Goro me dijo: «Mujer, eso no puede permitirse. Si la vaca se comiera sólo los yerbajos y la maleza, anda con Dios; por un poco más ó un poco menos de rozo no habíamos de reñir; pero se come también la cría de los árboles... ¡ya ves tú, mujer, la cría! La cría hasta los criminales la respetan, cuanto que más los hombres». ¿Yo qué le iba á decir entonces? Entonces le dije: «Goro, tienes razón...»

Trazas llevaba la buena mujer de no terminar en toda la mañana su alegato, pero advirtió que Demetria no parecía escucharla: sollozaba cada vez con más desesperación.

—¿Por qué lloras de ese modo, hija? ¿Por un dicho, por una niñería?... ¡Deja á esa deslenguada que la coma la envidia!

—Es que yo, madre—profirió la niña con trabajo,—yo quisiera saber... si ese dicho era cierto... porque ya lo he oído otras veces, aunque nunca se lo dije hasta ahora.

Felicia en vez de responder rompió á llorar hilo á hilo como su hija, de tal modo que ésta se vió al cabo necesitada á consolarla.

—¡Nunca pensara, Demetria, que me habías de dar un disgusto tan grande!—articulaba entre sollozos que la rompían el pecho.

Demetria atribulada la besaba y la abrazaba con anhelo.

—Perdóneme, madre... yo no quería disgustarla... ¡No llore, madre, no llore!

Felicia se calmó; pero Demetria se quedó sin obtener respuesta satisfactoria á su pregunta.

—Anda, hija mía, vé á lavarte los ojos para que no conozcan que has llorado. Yo voy á hacer lo mismo. Arréglate también, que el tiempo pasa y habrá que vestir el ramo. Tu padre ya bajó á Entralgo... ¿Quién le quita á él su rato de tertulia en el atrio de la iglesia antes de entrar en misa?

Demetria hizo como se le mandaba. Cuando se estaba bañando los ojos con agua fresca llegó á sus oídos el penetrante son de la gaita y el redoble del tambor. Borróse súbita la melancolía de su rostro. Una dulce sonrisa volvió á esparcirse por él, y sin terminar de secarse salió apresuradamente al corredor. El gaitero con su gaita adornada con cintas de colores y el tamborilero desembocaban ya frente á la casa seguidos de un enjambre de niños. Allí se pararon para tocar la alborada. Los vecinos salían á las ventanas y á las puertas pintándose en todos los rostros la alegría.

También salió Celso, el heroico Celso, con la frente vendada para dar testimonio de la descomunal batalla que había librado la noche anterior; fresco, no obstante, y espléndido como una rosa. Avanzó hasta el medio de la calle y despojándose de la montera y agitándola en la mano como si fuese á brindar la muerte de un toro profirió dirigiéndose á Demetria:

—Bendita sea tu sandunga, chiquita, y el cura que te puso la sal y la comadre que te cantó el ro ro y hasta el primero que te dijo ¡por ahí te pudras, serrana! ¡Bendito sea tu salero y esos negros bozales que tienes en la cara que cuando los veo me hace pío pío el alma como si tuviese escondido un ruiseñor aquí dentro!

—¿Qué estás diciendo, Celso? ¡No entiendo una palabra!—exclamó riendo la zagala.

Los demás también reían sin comprender. Iba el flamenco á proseguir en sus piropos exóticos aprendidos allá en la tierra de María Santísima entre tragos de manzanilla y bocados de gazpacho blanco, cuando una voz bronca gritó desde el corredor vecino:

—¡Celso! ¡Celso!

Y apareció el rostro espantable de la tía Basilisa.

—¿Y el verde para el ganado, grandísimo holgazán? ¿Todavía no lo has segado?

—Ahora mismito, abuela.

—Anda listo, zángano, comedor, porque si no voy allá y te estrello en la cabeza la sartén.

El héroe agitó la cabeza con desesperación; rechinó los dientes. Su alma se inundó de amargura. ¡Cruel humillación para un hombre que había corrido tantas juergas á orillas del Guadalquivir!

Miró al corredor y cerciorándose de que la vieja se había ya retirado, exclamó con voz sorda:

—¡Ande allá, abuela, que tiene usted la cara más fea que la papeleta de la contribución!

Y se encaminó á la casa en busca de la guadaña acompañado de la risa y algazara de los espectadores.

Felicia salió con un vaso y una botella en las manos: escanció el rojo licor de Castilla y lo ofreció liberalmente al gaitero y tamborilero.

—Que usted la goce muchos años, tía Felicia, y que esa manzanita encarnada que está al balcón no se la coma ningún pícaro, sino un hombre de bien como el tío Goro... La Virgen del Carmen las proteja... Adiós... adiós...

La gaita y el tambor se perdieron por las retorcidas callejuelas de la aldea.

Demetria, disipada ya por entero la nube de tristeza que sombreaba su alma, corrió á vestirse. Delante de un espejillo fementido peinó su cabellera soberbia; la cubrió después á medias con un pañuelo de seda azul, cuyos flecos le caían graciosamente por la frente: colgó de las orejas los pendientes de aljófar que su padre le había traído recientemente de Oviedo; ciñó su garganta con tres sartas de corales; apretó su talle con el justillo de cien flores y cordones de seda torzal; se puso el dengue de pana, la saya negra de estameña, la media blanca, el zapato de becerro fino... ¡Ea, ya está lista la zagala!

Ahora á casa de Telva á vestir el ramo. De Canzana debían salir tres. Eran unos armatostes de palo á modo de jaulas, alrededor de los cuales se colgaba una razonable cantidad de panes, que vendidos luego servían para el culto de la Virgen. Iban adornados con flores y cintas de colores. Sólo mozos muy robustos y remudándose podían soportarlos hasta la iglesia.

Á las diez se formó la procesión en la más amplia abertura que la aldea tenía. En torno de cada ramo se agruparon las zagalas cuyas familias lo costearan. Todas iban engalanadas como el día de más fiesta del año. Sus pañuelos de cien colores agitándose producían mágico efecto en los ojos; pero sus rostros frescos de nieve y rosas y sus gargantas amasadas con puras natas hacían latir de felicidad el corazón. Colocaron á la novilla delante, la novilla ofrecida á la Virgen por el pueblo de Canzana. Era un hermoso animal de pelo rojo y brillante. Adornaron sus cuernos con papel dorado: ciñeron su cuello con cintas de diversos colores. Un mozo designado por la suerte la llevaba amarrada por los cuernos.

Ya se pone en movimiento la comitiva; ya comienza á descender por el áspero tortuoso sendero de la montaña sombreado de castaños. Las zagalas agitan sus panderos, cantan á coro, y sus voces puras bajan en alas de la brisa hasta el valle. El tambor redobla alegremente; la gaita grita; la novilla ofrecida á la Virgen brinca y juguetea haciendo sonar la esquila que lleva al cuello.

Delante de todos disparando cohetes marcha el valeroso Celso. El humo de la pólvora le embriaga; los cantos le alegran; un vértigo delicioso se apodera de su magullada cabeza y por un momento se borran de su mente las dulces memorias de la Bética.

Illustration from La aldea perdida Novela-poema de costumbres campesinas
barra decorativa
barra decorativa

IV La misa.

O no apruebo las ideas de mi sobrino Antero. Hasta ahora hemos vivido á gusto en este valle sin minas, sin humo de chimeneas ni estruendo de maquinaria. La vega nos ha dado maíz suficiente para comer borona todo el año, judías bien sabrosas, patatas y legumbres no sólo para alimentarnos nosotros, sino para criar esos cerdos que arrastran el vientre por el suelo de puro gordos. El ganado nos da leche y manteca y carne si la necesitamos: tenemos castañas abundantes que alimentan más que la borona y nos la ahorran durante muchos días; y esos avellanos que crecen en los setos de nuestros prados producen una fruta que nosotros apenas comemos, pero que vendida á los ingleses hace caer en nuestros bolsillos todos los años algunos doblones de oro. ¿Para qué buscar debajo de la tierra lo que encima de ella nos concede la Providencia, alimento, vestido, aire puro, luz y leña para cocer nuestro pote y calentarnos en los días rigurosos del invierno?

Y
Y

Así hablaba el capitán D. Félix sentado en el pórtico de la iglesia antes de celebrarse la misa. Se hallaban allí también sentados D. César de las Matas de Arbín, su primo, vecino y propietario de Villoria, quien jamás en su larga vida había dejado un año de oir la misa del Carmen en Entralgo, el tío Goro de Canzana, Martinán el tabernero, Regalado el mayordomo y algunos otros vecinos de la misma gravedad aunque no tan señalados.

—¿Qué antiguallas estás ensartando ahí, querido primo?—exclamó el Sr. de las Matas con sonrisa irónica.—¡Que somos felices con nuestras castañas y nuestro ganado! No sueltes, por Dios, tales ideas delante de esos señores de la Pola que capitanea tu sobrino Antero, porque no concluirán de reirse de ti. ¿Qué valen nuestros tupidos castañares, ni tus rebaños lucidos, ni este aire puro de la montaña, ni esta luz radiosa que el cielo nos envía delante de esas altas chimeneas que tiñen de negro sin cesar la tierra y el firmamento?...

Los tertulios sonrieron. D. Félix dejó escapar un bufido desdeñoso. El Sr. de las Matas quedó pensativo unos instantes. La sonrisa que contraía su boca se extinguió. Al cabo exclamó con voz sorda y tono profético:

—¡Ay de los pueblos que corren presurosos en busca de novedades! ¡Ay de los que, olvidando las pristinas y sencillas costumbres de sus mayores, se entregan á la molicie! ¡Ay de los aqueos! ¡ay de los dorios! El régimen austero, la vida sobria y sencilla que formó á los hombres de Maratón y las Termópilas desaparecerá muy presto. Los productos refinados de la industria, las modas y los deleites corromperán nuestras costumbres, debilitarán luego nuestros cuerpos y no quedarán al cabo más que hombres afeminados y corrompidos, miserables sofistas, despreciables parásitos que escucharán temblando el chasquido del látigo romano.

Esto dijo D. César de las Matas, el hombre más docto que había producido jamás el valle de Laviana. Vestía frac azul con botón dorado, chaleco floreado, pañuelo de seda negro enrollado al cuello, pantalón ceñido con trabillas y el sombrero blanco de copa alta. Contaría setenta años de edad, alto, enjuto, aguileño, rasurado.

Todos guardaron silencio respetuoso y miraron con asombro á aquel varón profundo, honra de la comarca que le vió nacer.

—Sin embargo, aquí el señor capitán va á recibir un buen bocado de indemnización, si como aseguran se abre, para explotar esas minas de Carrio, una vía de hierro. D. Félix tiene ahí muchas propiedades, y no dejarán de cortarle alguna—manifestó Martinán el tabernero, hombre de cuarenta á cincuenta años, espantosamente feo, de ingenio sútil, disputador eterno.

—Aunque me las cubriesen de monedas de plata no quisiera que tocasen en ellas. El día que escuche silbar por los castañares de Carrio los pitos de esas endiabladas máquinas que llaman locomotoras, será uno de los más tristes de mi vida.

—¡Alto allá, D. Félix! Esos señores que abren las minas traen muy bien repleta la bolsa al decir de la gente. Bueno será que repartan un poco entre los pobres que aquí estamos. Porque si usted no necesita de ese dinero, hay por aquí muchos infelices á quienes les vendrá muy bien.

—¿Y piensas tú, botarate—exclamó el capitán con ímpetu,—que esos señores van á traer unos cuantos sacos de doblones y á toque de campana los repartirán como si fuesen avellanas? Ten entendido que cada peseta que aquí dejen os costará bastantes gotas de sudor... Y entre sudar debajo de la tierra ó á la luz del sol, es preferible esto último.

—No estoy conforme, D. Félix; no estoy conforme con eso—exclamó Martinán disponiéndose placenteramente á entablar la discusión.—El trabajo dentro de una mina, lo he oído decir en Langreo, es menos duro que fuera. En el invierno está allá dentro mucho más caliente; en el verano, más fresco. ¿Quién no tiene miedo en los meses crudos del año á salir á la intemperie? ¿Á quién no le da pena ver en este tiempo á esos pobres segadores debajo de un sol abrasador?

—Pero están seguros de que no les cae encima la montaña y los entierra como hormigas, y de que el aire no se encenderá para quemarles la cara y las manos. No serán solamente gotas de sudor lo que derramaréis dentro de poco, sino lágrimas, lágrimas bien amargas. ¡Dichosos los que tranquilamente reposan de su trabajo á la fresca sombra de un árbol y comen un pedazo de borona con alegría!

—En efecto—apuntó gravemente el Sr. de las Matas,—el trabajo expuesto y penoso de las minas no es propio de los hombres libres, tengan ó no derecho de ciudadanía. Pienso que es solamente adecuado para los esclavos tracios y paflagonios, y aun si se quiere, para los periecos, gente ruda por lo regular y cuyas vidas no tienen mucha estimación. Pero tú, amado primo—añadió sonriendo—no eres un hombre de estos tiempos. Debiste nacer en las montañas de la Arcadia feliz, y dejar que tu vida se deslizase lejos del tráfago y estruendo de las ciudades, sonando el dulce caramillo y rindiendo culto á Pan y á las ninfas, coronada la frente de mirto y roble.

—No quiero otras montañas que esas que me han visto nacer, la Peña-Mea, la Peña-Mayor, el pico de la Vara—replicó el capitán extendiendo el brazo y apuntando á todos los puntos del horizonte.—Pensando en ellas mi corazón se apretaba de angustia al comenzar las batallas, pensando en ellas maldecía de los teatros y los cafés cuando me hallaba de guarnición en Madrid. Todavía recuerdo una noche en que sentado en la butaca de un teatro escuchando cantar cierta ópera me preguntaba el amigo que tenía á mi lado:—«¿Te gusta?»—No—le respondí con rabia;—preferiría ahora estar sentado debajo del corredor emparrado de mi casa oyendo ladrar los perros». También recuerdo otra noche en que al salir del café y retirarme á casa tropecé con tres hombres que iban cantando una de nuestras baladas más conocidas, la del galán d'esta villa. No os podéis figurar, amigos, la alegría y la tristeza que sentí al mismo tiempo. Los seguí como un tonto por más de una hora al través de las calles, y cuando acordé en mí tenía las mejillas bañadas de lágrimas.

Un murmullo de aprobación corrió por el pórtico de la pequeña iglesia. Todos se alegran de que el capitán no los haya abandonado por los deleites de la ciudad, como habían hecho otros propietarios de Laviana.

D. Félix Cantalicio Ramírez del Valle vestía en aquel momento su gran uniforme de teniente coronel de la Guardia Real. Es hora ya de decir que el capitán de Entralgo no era capitán. Aquellos sencillos campesinos le apellidaban así porque después de general no había para ellos otra categoría más elevada en el ejército. Ramírez del Valle se había batido como cadete durante la guerra de la Independencia, había caído prisionero; lo trasladaron á Francia; se fugó; ascendió á oficial; sirvió después en la Guardia Real, y á la muerte de Fernando VII y estallar la guerra civil, cuando iba á ser ascendido á coronel, tuvo el capricho de pedir la licencia absoluta. No había cumplido cuarenta años ni representaba más de treinta. ¿Por qué había adoptado semejante determinación? La repugnancia á tomar parte en una lucha fratricida, decía él: el amor entrañable á la tierra y la inclinación á la vida del campo, decía todo el mundo. D. Félix no tenía de militar más que la bravura. Exacto, metódico, económico, aborreciendo las bromas y francachelas de sus compañeros, siempre había hecho entre ellos papel poco airoso. Una vez retirado, se casó con una señorita de Oviedo deuda suya. Murió ésta tres años después, de afección pulmonar, dejándole un niño y una niña. Consagrado á ellos y ahorrando y adquiriendo cuanta tierra podía, vivió sin salir de Entralgo más que tal vez á Oviedo ó León para vigilar la venta de su ganado. Poco más de dos años hacía experimentó el inmenso dolor de ver morir tísico también como la madre á su hijo Gregorio, de edad de diez y ocho años. Era un joven de fisonomía agraciada y claro talento, estudioso, simpático, á quien todo el paisanaje adoraba. Falleció en Oviedo, donde estudiaba la carrera de leyes. Su hija María, que contaba á esta fecha la misma edad, no congeniaba con él. Aborrecía lo que D. Félix amaba, esto es, el campo, el trato de los paisanos, los placeres y los alimentos rústicos; amaba lo que él aborrecía; á saber, la vida de ciudad, el boato, la etiqueta. Por esta razón y por lo endeble y vacilante de su salud pasaba sólo cortas temporadas en Entralgo. La mayor parte del año vivía en Oviedo en compañía de unas tías solteronas hermanas de su madre, cuyo carácter se compadecía á maravilla con el suyo. Pagadas de su linaje, austeras, inflexibles en la etiqueta, con la cabeza atestada de rancias preocupaciones, las dos señoritas de Moscoso habían procurado infundir en la hija de D. Félix sus manías y sus humos aristocráticos y lo habían logrado á la perfección. El capitán unas veces se burlaba de sus cuñadas y de su hija, otras se enfurecía contra ellas. De todos modos, para evitar choques, procuraba estar el menor tiempo posible en su compañía.

—Tu conducta, primo, me hace recordar la del emperador Diocleciano. Después de abdicar voluntariamente la corona del Universo en Maximiano, se retiró tranquilamente á su fundo de Salona y se entregó al cultivo de árboles y plantas. Cuando de nuevo vinieron á rogarle que empuñase el cetro respondió sonriendo: «No hablemos de eso. ¡Si hubieras visto las lechugas que produjo mi huerto este año!»... Mas yo no soy de tu temperamento. Tú eres dado á los goces campestres, te recreas con pastores, ganados, danzas rústicas, zampoñas y labores agrícolas: yo gusto más de los placeres que proporcionan las artes imitadoras, el trato de las personas cultas y estimables, la carátula, los paseos formados por el arte, las bibliotecas y los jardines.

Estas palabras profirió el Sr. de las Matas de Arbín, dejando, como siempre, asombrados y confusos á sus oyentes, que casi nunca medían el alcance de su discurso, concertado y elegante.

«Mi primo César es un pozo de ciencia», solía decir el capitán. Y en efecto, lo era; no hay que dudarlo. Para cerciorarse de ello no hay más que echar una ojeada á su folleto titulado Nuevas luces acerca de las causas generadoras de la guerra del Peloponeso, impreso en los tórculos de Oviedo hacía ya bastantes años. No eran muchos, desgraciadamente, los que lo habían leído por completo. La edición casi entera yacía debajo de tres dedos de polvo en el desván de un canónigo grande amigo y admirador de D. César. En cambio, pocos eran los mozalbetes de la capital que no supiesen de memoria algún párrafo del célebre folleto, no para admirar su entonación severa y su lenguaje profético, sino para tornarlos en irrisión. ¡Á tal punto de vituperable impudencia y frivolidad había llegado la juventud asturiana!

Martinán el tabernero no se daba por vencido. Jamás había llegado el caso. Su espíritu era fértil como ninguno de la parroquia en argumentos. La dialéctica poderosa de que hacía gala le colocaba á gran altura sobre los paisanos, aunque no todos le reconocían de buen grado esta eminente cualidad. Iba á tomar la palabra y rebatir con intrincada y feliz argumentación las ideas de D. Félix; pero en aquel instante por el camino cortado en la colina que domina la iglesia aparecieron Nolo de la Braña y su primo Jacinto de Fresnedo.

—Ahí está el hijo del tío Pacho de la Braña—dijo un vecino.—Esta noche los de Lorío metieron en casa á nuestros rapaces, pero no llegaron á la suya riendo. Nolo y los de Fresnedo los alcanzaron cerca de la peña de Sobeyana y les calentaron bien las espaldas.

Todos levantan la cabeza y admiran el porte gallardo de entrambos jóvenes.

—¡Bravo mozo!—exclamó D. Félix mirándole con complacencia.

—No hay otro más real ni más valiente desde el Condado á los Barreros—manifestó el vecino que había hablado.—Si no estuviese picado con nuestros chicos hace una temporada, ni hubiera pasado lo del Obellayo ni lo de ayer tampoco...¿Te acuerdas, Goro, cuando tú y yo solos al pie del puente de Arco detuvimos á nueve mozos de Rivota, dando tiempo para que los nuestros pasaran el río y los cogieran por la espalda?

El tío Goro de Canzana sonríe, da una chupada á la pipa y responde:

—Era el día de Nuestra Señora de Setiembre. Tú y yo habíamos pasado á Muñera acompañando á unas rapazas. Cuando veníamos ya á casa nos tropezamos en el puente con los de Rivota. Yo te dije: «No corramos, Manuel; los nuestros están cerca; hace poco les oí gritar». Entonces, uno á cada lado del puente, nos meneamos como pudimos. Á ti te dieron un palo en la cabeza y quisiste caer, pero alzándote en seguida empezaste á repartir garrotazos que daba miedo verte. Á mí me molieron también los hombros, pero hice soltar el palo á dos de ellos. «¡Vamos, vamos que aquí nos matan!» dijiste.—Aguarda un poco, te respondí, porque había visto las monteras de los nuestros. ¡Y gracias á Dios llegaron á tiempo!

El tío Goro de Canzana sonríe siempre, pero sus ojos se humedecen al recordar los tiempos heroicos de su juventud.

—Eso está bien—manifestó otro vecino—y no es faltar á la ley el que los rapaces se den alguna vez dos vardascazos; las manos se sueltan y el pellejo se endurece. Pero ¿qué decir de lo que pasa en Langreo, donde por un pique cualquiera echan mano á la navaja barbera, cuando no sacan esas pistolas de seis tiros como la que trajo de Oviedo el señor capitán?

—El que saca una navaja no es mozo leal ni regular. No se degüella á los hombres como á las reses—repuso el tío Goro con la profundidad que le caracterizaba.

El estallido lejano de un cohete les hizo á todos levantarse de sus asientos y salir fuera del pórtico.

—¡Ahí están los ramos!—gritaron los chicos.

La pequeña iglesia de Entralgo se halla situada en la falda de la colina y dista del pueblo dos tiros de piedra. Desde el campo que hay delante se domina bastante bien el valle. Por la falda de la colina opuesta, donde está asentada Canzana, bajaba ya la procesión de los ramos llevando á su frente al valeroso Celso. Sonaban lejos las notas agudas de la gaita y el sordo redoble del tambor. Poco después se escucha el ruido de los panderos y el cántico de las mozas. Por fin, entre los árboles que á modo de bóveda sombrean la calzada pedregosa se divisan los pañuelos de cien colores de las zagalas y los ramos de pan guarnecidos de flores y cintas y la novilla juguetona y empenachada. Los de Entralgo tiran sus monteras al alto saludando con alegría la pintoresca comitiva. Cuando llega salen á recibirla y se cambian entre unos y otros cordiales saludos.

El glorioso Bartolo aprovecha la confusión para acercarse á Nolo y le dice:

—Ya sé que esta noche en la peña de Sobeyana habéis zurrado la piel á esos cerdos de Lorío. Todos te lo agradecemos, Nolo. En este pueblo siempre tendrás guardadas las espaldas.

—Muchas gracias, Bartolo—responde el héroe mientras en sus labios se dibuja una sonrisa altiva.—Nada sé de eso que me dices. Desde aquí nos hemos ido á la cama. Ya sabes que la peña de Sobeyana no está en el camino de Villoria.

—Aunque lo niegues es igual. Hasta los gatos saben en el pueblo lo que habéis hecho: yo mejor que ninguno porque estaba en los maizales de la vega esperando á ver si quedaban algunos pocos rezagados para abollarles los cascos. ¡Á mí no me han metido en casa, puño! Hasta que no pude más estuve arreando leña detrás del palacio del capitán, y cuando ya me vi cercado por más de treinta salté la cerca de la Pedrosa y me metí en la vega. El palo se me había roto en dos cachos sobre la mollera de Firmo de Rivota y tuve que sacar un bárgano de la sebe para defenderme. Esta mañana todavía estaban en el mismo sitio los dos pedazos del palo:... aquí los traigo para que nadie me llame embustero.

Y el glorioso hijo de la tía Jeroma sacó por debajo de la chaqueta que llevaba sobre el hombro los dos cachos del garrote, mudos testigos de su valor indomable. Nolo los contempla con expresión irónica y dice riendo:

—¡Lástima de palo! No volverás á tener otro tan majo, Bartolo. Me alegro de que haya sido mentira lo que me dijeron.

—¿Qué te dijeron?—preguntó un poco turbado el valiente.

—Que la tía Jeroma te había llevado por las orejas á casa antes de comenzar la gresca.

—¿Quién dijo eso, puño? Suéltalo en seguida, porque quiero meterle estos cachos del garrote por los dientes—exclamó hecho una furia el hijo de la tía Jeroma.

Nolo se esquivó riendo y se introdujo entre la muchedumbre á ver si tropezaba con Demetria. Ésta, otras dos mozas de Canzana, Rosaura y Telva, y Eladia de Entralgo habían sido designadas por el señor cura para llevar en procesión la imagen de la Virgen. Tal resolución sirvió para que el festivo Regalado se proporcionase un rato de maligno placer á costa de Maripepa.

—Oyes, chica—exclamó así que acertó á verla.—Á todos nos ha sorprendido y disgustado que el señor cura no te llamase para llevar á la virgen. Porque, á la verdad... eso de haber elegido tres mozas de Canzana y sólo una de Entralgo no está bien.

—¡Ya lo creo, como que las de Canzana le traen los jarritos de leche caliente, la manteca fresca, la morcilla y el queso! ¡Yo como soy una pobrecita no puedo traerle nada!—exclamó con acento de rabia Maripepa.

—Eso será, porque tú eres tan buena como las demás para llevar la Virgen; y aunque no eres rica sabes vestirte como la primera.

La coja con tales lisonjas se esponjó lo indecible. Acometida de un furor orgulloso, soltó por su boca desdentada mil improperios contra el párroco y contra las zagalas de Canzana que la perseguían cruelmente con su envidia. Esto causó el regocijo no sólo de Regalado, sino de cuantos la escuchaban.

Pero ya al son de la gaita y el tambor y con el estampido de los cohetes salía la sagrada imagen de la Virgen del Carmen por la puerta de la iglesia. Rodeábanla las mozas con sus panderos. Delante marchaba el capitán, portador del gran farol tradicional. Su uniforme resplandeciente causaba el asombro de aquellos campesinos, particularmente de los niños que se amontonaban en torno suyo devorándole con los ojos. Todos los años gozaban del mismo espectáculo y cada año les parecía más nuevo y sorprendente. Detrás venían seis ú ocho sacerdotes, casi todos los que contaba el concejo. Dieron la vuelta al templo y sobre el altar portátil levantado á sus espaldas colocaron la imagen. Allí se celebraba la misa al aire libre el día de la fiesta. La pequeña iglesia no podía contener á la muchedumbre de los fieles. Derramados por el frondoso bosque de castaños que en declive se extiende por detrás estaban ahora todos, la mayor parte de Entralgo, pero muchos también de las demás parroquias del valle.

Comienza la misa. Las capas de tisú de oro de los sacerdotes oficiantes resplandecen al sol. Suena la gaita acompañando á los cantores desde una tribuna improvisada. La muchedumbre arrodillada sobre el césped asiste recogida y silenciosa al santo sacrificio mientras la brisa de la montaña agita las hojas de los árboles y refresca suavemente sus sienes.

Demetria, de pie como sus tres compañeras al lado de la Virgen, había encontrado los ojos de Nolo posados sobre ella. En vez de sonreírle como siempre baja los suyos avergonzada; sus frescas mejillas se tiñen de rojo. La fatal palabra de su hermano vuelve á penetrar en su alma y á turbarla. Ella era una pobrecita recogida, una hospiciana; estaba casi segura. Nolo no podía casarse con ella. Tal idea aferrada á su mente la traspasaba de angustia, oprimía su pecho hasta impedirle la respiración. Hubo un instante en que la vista se le turbó y estuvo á punto de caer. Entonces, elevando sus ojos á la sagrada imagen, murmuró con fervor: «¡Virgen María, asísteme!»

La Virgen la asistió. Repentinamente quedó tranquila y se dijo con firme resolución: «Antes de que llegue á descubrirlo dejaré la casa y me iré á servir un amo en Oviedo ó Gijón».

Cuando la misa termina vuelve la procesión en el mismo orden dando la vuelta á la iglesia. Las campanas redoblan alegremente; estallan los cohetes; cantan los clérigos; el anciano capitán se pone en marcha y sus placas de oro, ganadas en el campo de batalla, despiden vivos destellos. Entonces un estremecimiento corre por la multitud. Todos, grandes y niños, volvemos los ojos hacia la Virgen del Carmen, nuestra madre y nuestra protectora, que marcha lentamente sobre los hombros de las cuatro hermosas zagalas.

Dos de estas zagalas son rivales: el apuesto Quino las festeja alternativamente; pero saben disimular sus celos con arte femenino. Eladia sonríe de vez en cuando á Telva. Ésta le devuelve su sonrisa. Ambas se esfuerzan en aparecer serenas y confiadas.

La procesión entra en la iglesia. Poco después la muchedumbre sale y se esparce por el pequeño campo de delante y el castañar de detrás. Quino se acerca á Telva y con frase insinuante la requiebra y la felicita. Arrimados á una columna del pórtico departen en voz baja mientras Eladia, con la muerte en el alma, les dirige miradas fulgurantes. Pero Flora, la gentil zagala de Lorio, se acerca á ella y procura distraer su pena con su charla siempre alegre y graciosa.

—Deja que me esconda detrás de ti. Jacinto me persigue y me sofoca.

—¿Tanto te disgusta que te quiera?—respondió Eladia sonriendo tristemente.

—No me disgusta, pero hace demasiado calor. En vez de miel yo necesitaría ahora un poco de agua de limón.

En efecto, el pobre Jacinto había buscado y había hallado á su adorada Flora, pero ésta le había huído como siempre. También Nolo había querido acercarse á Demetria. Y con gran sorpresa, pues no estaba acostumbrado á ello, observó que la niña rehuía su encuentro. Por algunos instantes permaneció extático, sin saber qué pensar de tal conducta; pero antes de que recobrase su serenidad y se resolviese á seguirla y pedirle una explicación se oye gritar por todas partes: «¡La despedida, la despedida!» Una nube de niños avanza hasta el pórtico de la iglesia. Detrás de ellos vienen los grandes. Todos se colocan en fila á entrambos lados de la puerta, dejando una calle regularmente espaciosa. Por ella marchan las zagalas de Entralgo y Canzana cantando y agitando los panderos y en esta forma penetran en el templo. Se arrodillan al entrar, se levantan después y á los cuatro pasos se arrodillan otra vez y otra vez se levantan. De esta manera llegan hasta los pies de la Virgen y allí se despiden cantando largo rato. Luego, caminando hacia atrás, sin volver la espalda, doblando las rodillas cada pocos pasos y alzándose después, salen de la iglesia sin dejar de cantar y de sonar los panderos.

Fuera se diseminan. Todas llevan colgado al cuello el santo escapulario tocado á la Virgen. Los mozos avanzan hacia ellas y se los piden para besarlos.

Telva y Eladia salían juntas. El bizarro Quino las ve y se encamina hacia ellas. Va á demandar á Telva su escapulario; pero con arranque caprichoso ó tal vez para mostrar su omnipotencia, lo pide á Eladia. Esta enrojece como una amapola y temblando de emoción se lo entrega, mientras la desairada Telva se muerde los labios pálida de cólera.

Nolo se acerca á Demetria y le hace igual petición. La niña se lo tiende con sonrisa melancólica. Luego, emparejados, se alejan departiendo entre los árboles.

¿Qué hacías tú mientras tanto, linda y burlona morenita? El enamorado Jacinto llega á tu presencia y con voz apagada te pide el escapulario. Entonces, empujando á Maripepa que iba á tu lado, le dices: «Dale el tuyo, querida, que el mío ya lleva sobrados besos». Jacinto se ve obligado á besar el escapulario de la horrible coja, mientras tú ríes malignamente.

Illustration from La aldea perdida Novela-poema de costumbres campesinas
barra decorativa
barra decorativa

V La romería del Carmen.

N la pomarada del capitán, debajo de los árboles, se había colocado una mesa á la cual se sentaban hasta una docena de comensales. Procedían casi todos de la Pola. Sin embargo, había un ingeniero de Madrid y un químico belga. Pocos días hacía que habían llegado á Laviana para dirigir los trabajos de las minas recién abiertas sobre la aldea de Carrio. Los había acompañado á Entralgo y los había presentado á D. Félix su sobrino Antero, promovedor incansable de los intereses de aquella región y apóstol elocuente del progreso. Recibiólos el Sr. Ramírez del Valle con afable hospitalidad y les invitó á su mesa, pero no sintió alegría de verlos. Ya sabemos que su corazón no estaba abierto á la influencia de las maravillas industriales.

E
E

Antero era un joven de carácter franco y fisonomía simpática, locuaz, ilustrado, arrogante. Se había recibido de licenciado en Derecho hacía pocos años. No diremos que se creyese un genio, pero sí estaba seguro de que podía competir con los jóvenes más distinguidos de la provincia. En cuanto á su valle natal, ningún otro osaba hablar de política y literatura delante de él. Conocía bien la historia de la revolución francesa, especialmente la de los Girondinos; estaba versado en Economía política, había leído la Profesión de fe del siglo XIX de Pelletan, algunos versos de Víctor Hugo y tres volúmenes de la Historia Universal de César Cantu. Además, cuando se hallaba entre amigos de confianza, osaba poner algunos reparos al texto de las Sagradas Escrituras, en el cual encontraba ciertas contradicciones de bulto. Hasta se decía que en cierta ocasión, de sobremesa con varios sacerdotes, los había puesto en grave aprieto hablando del Génesis. Por estas razones y otras que omito, Antero Ramírez era lo que pudiera llamarse un grande hombre regional.

Sin embargo, D. Félix no le reconocía de buen grado sus cualidades sobresalientes. Entre tío y sobrino existía una disimulada antipatía, que á veces no se disimulaba. Antero pensaba que su tío era una buena persona, un militar valiente, pero algo «arrimado á la cola». D. Félix consideraba á su sobrino, á pesar de los triunfos académicos que ostentaba, como un joven superficial, uno de tantos abogados charlatanes como producía la universidad de Oviedo. ¡Qué diferencia entre estos mocosos que hablaban de todo con impertinente suficiencia y aquellos varones antiguos como su primo César, tan reposados, tan profundos, tan macizos!

Estaban allí también el alcalde, hombre de mediana edad, afable y alegre, que solía decir frases chistosas y reía con ellas hasta toser y tosía hasta reventar. El recaudador, bilioso, taciturno, lleno de prudencia, excepto cuando bebía más de veinte vasos de sidra. Al beber el veintiuno comenzaba á recordar sus triunfos universitarios, los sobresalientes que le habían dado en Derecho canónico y Disciplina eclesiástica, el accésit que había ganado en la Licenciatura con notoria injusticia, pues nadie dudaba que merecía el premio (uno de los jueces se había negado á firmar el acta considerándolo así). Al pasar de treinta venían á su memoria las imágenes flotantes de las mujeres que había seducido y se extasiaba recordando los dulces pormenores de sus amoríos: una de aquellas mujeres abandonadas se hallaba á la hora presente en un convento; otra se había tragado una caja de fósforos. Por último, cuando introducía en su estómago más de cuarenta vasos, se iniciaba el período del heroísmo. El recaudador resultaba entonces, á pesar de su pecho hundido y escuálidas piernas, un hombre terrible, un ser cruel que había pasado su juventud hinchando las narices á sus condiscípulos y apaleando á los serenos; el terror de la ciudad de Oviedo, donde había quedado memoria perdurable de sus proezas. Felizmente para él (porque en tales ocasiones se hacía impertinente y agresivo y solía encontrarse con alguna bofetada), llegaba pocas veces á cifra tan elevada. Una gastralgia crónica le obligaba, mal de su grado, á mantenerse en la sobriedad y moderación.

El escribano D. Casiano no padecía ninguna clase de gastralgia ni aguda ni crónica. Por eso no se creía en el caso de usar de la moderación del recaudador. Bebía como un buey y orinaba como otro buey y tenía un vientre mayor que el de dos bueyes reunidos. Por su complexión ciclópea, por su faz de escarlata, la fuerza de sus jugos digestivos y la eterna risa que brotaba de su pecho como un torrente que se despeña, pertenecía á otra edad remota, no á la presente. Era digno de sentarse en algún festín pelásgico ó cuando menos de asistir á la famosa hecatombe que Nestor, rey de Pylos arenosa, celebró en honor de Neptuno, y comerse uno de aquellos bueyes á medio asar. Sin embargo, este D. Casiano, cuando se encerraba en el cuartucho polvoriento y fementido que le servía de despacho y se colocaba delante de su mesa atestada de expedientes, no resultaba un hombre primitivo, sino bien refinado. Sus narices de ventanas dilatadas no le servían para olfatear el jabalí ó el oso que cruzaban por el bosque, sino las pesetas que podía devengar el proceso que tenía entre las manos. Y vengan providencias, y notificaciones y resmas de papel sellado cuando los procesados eran personas solventes ó poseían al menos un pañuelo de tierra ó una yunta de vacas. La tierra, los establos, las vacas, los enseres de la casa y hasta los pucheros del lar, todo pasaba al instante por el esófago del escribano troglodita. Lo mismo acaecía con las herencias. Muriese testado ó intestado, todo paisano podía estar seguro de que una buena parte de su hacienda, cuando no toda, pasaría irremisiblemente al vientre de D. Casiano.

Acudió igualmente aquella tarde á Entralgo el farmacéutico Teruel, hombre profundo, inventor de ciertas pastillas contra las lombrices que eran el asombro y el orgullo del concejo. De todos los rincones de Asturias solían venir demandas de estas famosas pastillas. En Madrid mismo, donde las importó una señora de Oviedo, adquirieron prosélitos. Habían salvado de la muerte á la esposa de un diputado asturiano, el cual en recompensa había hecho condecorar al benemérito boticario con la cruz de Isabel la Católica. Mas después de este esfuerzo químico tan prodigioso el ingenio de Teruel se había agotado ó había dormido para siempre. Ó considerando tal vez vanas y engañosas las glorias humanas, había decidido renunciar á toda labor científica. Lo cierto es que desde hacía largos años estaba dedicado á pescar truchas con caña en el río y á beber sidra en los lagares. ¿Quién regentaba la botica en su ausencia casi continua? Su digna esposa D.ª Teresa. Ésta hacía los emplastos, molía las drogas y despachaba cuantas recetas llegaban á la oficina. Teruel había resuelto al mismo tiempo varios problemas sabrosos: no trabajar, no pagar dependientes y tener á su mujer ocupada.

Irritaba esto la cólera del médico D. Nicolás, quien consideraba degradante que una hembra interpretase sus prescripciones. Murmuraba agriamente de la holgazanería del boticario; hablaba de poner en conocimiento del subdelegado de farmacia aquella ridícula y ofensiva sustitución. ¿No habría en su indignación una migaja de envidia? Los vecinos decían que sí. Porque D. Nicolás, lejos de poseer una esposa bella, laboriosa, inteligente, como Teruel, tenía por compañera un endriago. Le llevaba diez ó doce años de edad, era fea, achacosa, impertinente, ridícula. Y á cambio de estas cualidades exigía que se la adorase, que el bueno de su marido la mimase todo el día, le prodigase las caricias más subidas y exquisitas. Y se descuidaba de hacerlo, ¡eran de oir sus protestas y recriminaciones! No pasaba día sin que la casa del médico no resonase con voces coléricas, gritos y lamentos. D. Nicolás, para imponer la paz y aplacar la cólera de aquella víbora pisada, se veía necesitado unas veces á emplear medios coercitivos poco compatibles con su educación, otras á humillarse á ciertas condiciones que le repugnaban y fatigaban tristemente. De todos modos, su vida era amarga y contrastaba con la muelle y regalada que llevaba su compañero Teruel.

Aunque más agitada, no dejaba de ser dulce y sabrosa la que llevaba el capellán D. Lesmes. Rasurado con primor, más bien delgado que grueso, de tez sonrosada, nariz aguileña, ojos pequeños y vivos y no poco pícaros, de cuarenta años de edad. No tenía más órdenes que la prima tonsura impuesta para que pudiese disfrutar las pingües rentas de una capellanía de familia. Le estaba vedado por lo tanto contraer justas nupcias. Pero no pensaba que le estuviesen vedadas igualmente las injustas. En todo el valle no existía hombre más enamorado ni que poseyese armas amorosas de más alcance. Sus conquistas se contaban por docenas. Habitaba en el caserío de Iguanzo, del lado de allá del río, frente por frente de Entralgo. Desde este punto estratégico situado en el centro del concejo, D. Lesmes hacía constantes correrías por todo él, dejando á los hombres, pero no perdonando hembra alguna, ni por fea ni por vieja. Nadie conoció jamás un caballo de tan buena boca. Si se pudiesen poner en ristra las víctimas de sus hechizos, impondrían terror por la calidad tanto como por la cantidad. Hay que hacerle justicia, sin embargo: nunca había atacado las plazas de sus pares, esto es, de los hidalgos de Laviana. Solamente á las del paisanaje llevaba la ruina y devastación. Por eso quizá disfrutaba aún de la luz del sol, tan cara á los mortales.

Todos estos señores y los demás que se sentaban á la mesa del capitán compartían las ideas del joven Antero. Todos creían que Laviana, por el número y riqueza de sus minas de carbón, se hallaba destinada á representar pronto un papel importante, no sólo en la provincia, sino en la región cantábrica. Deseaban que aquellos tesoros subterráneos saliesen pronto á luz; estaban ávidos de que en la Pola, capital del concejo y partido judicial, se introdujesen reformas y mejoras que la hiciesen competir dignamente con Sama, capital del vecino concejo de Langreo. En Sama se encendían por las noches faroles de petróleo para alumbrar á los transeuntes. En la Pola ni soñarlo siquiera. En Sama se comía carne fresca todos los días. En la Pola, salada todo el año, excepto cuando á algún vecino se le antojaba sacrificar una res y vender una parte de ella. En Sama había ya un café con mesas de mármol. En la Pola sólo algunas tabernas indecorosas. Por último, y esto era lo que causaba más admiración y envidia entre nosotros, en Sama se había abierto recientemente nada menos que un paseo con docena y media de castaños de Indias puestos en dos filas y ocho ó diez bancos de madera pintados de verde, donde los particulares se repantigaban todos los días para leer las gacetas de Madrid. Para llegar á tal grado de civilización era necesario que los lavianeses aunaran sus esfuerzos. Esto se repetía sin cesar en la Pola.

Los únicos que en aquella tertulia pensaban mal de las minas y no ansiaban las reformas, á más del capitán, eran su primo César, el señor de las Matas de Arbín y el párroco D. Prisco. El primero por su espíritu clásico y temperamento dórico, el segundo porque era un gran filósofo. D. Prisco sólo hallaba dos cosas dignas de atención: el cielo estrellado y la brisca. En consecuencia, ó rezando ó jugando: ésta era su vida. Todo lo demás estaba comprendido en dos palabras, las predilectas, quizá las únicas que salían claras de los labios de aquel hombre memorable. ¡Miseria humana! Éstos eran los dos vocablos que abrazaban la creación entera y sus múltiples relaciones. Unas veces proferidos con admiración, otras con lástima, otras con resignación ó con ironía ó con desdén, según las circunstancias, para todos los casos servían por espinosos que fueran. Cuando algún feligrés venía á contarle una lástima ó á exponerle quejas de su mujer ó de sus hijos, un murmullo ronco salía de las profundidades del pecho del párroco. En aquel murmullo sólo se percibía distinta la profunda sentencia, compendio y resumen de toda la sabiduría de D. Prisco.

Comieron el capón asado, las truchas salmonadas, las olorosas judías con morcilla y lacón, la rica empanada de anguilas, todo aderezado y servido por las manos primorosas de D.ª Robustiana, á quien servía en esta ocasión de azafata la vivaracha Flora. Bebieron el espeso vino de Toro traído en odres desde Castilla al través de las montañas que separan á esta región de las Asturias por el propio Martinán que ahora lo servía loando sin cesar su pureza y sus virtudes. Bebieron aún con más placer la sidra de la pomarada de D. Félix. El lagar estaba allí próximo: una de sus puertas se abría sobre la pomarada; la otra sobre el Campo de la Bolera, donde en aquel instante se celebraba parte de la romería.

Y cuando llegaron los postres, el joven Antero se levantó con la copa en la mano y habló de esta manera:

—Amaneció al cabo el día por nosotros tan ansiado, el día de que nuestro valle salga de su profundo y secular letargo. Aquellos tesoros que nuestros padres pisaron siglos y siglos sin sospechar su existencia, para nosotros los amontonó la naturaleza debajo del suelo: para nosotros y para nuestros hijos. Los desgraciados habitantes de esta región que apenas pueden, á costa de grandes esfuerzos, llevar un pedazo de borona á la boca, dentro de pocos días, gracias á la iniciativa de una poderosa casa francesa que va á sembrar aquí sus capitales, encontrarán medios de emplear sus fuerzas, ganarán jornales jamás soñados por ellos. Y con estos jornales se proporcionarán muy pronto las comodidades y los goces que embellecen la vida. Porque el hombre no está destinado á vegetar como un hongo tomando de la tierra lo estrictamente necesario para no fenecer de hambre; tiene otras necesidades. Dentro de nuestro corazón existe un impulso que nos hace apetecer nuevos y variados elementos de vida, cambios incesantes que nos ofrezcan formas más y más interesantes de existencia. ¿Qué sería el mundo si todos nos limitásemos á recibir los usos de nuestros padres y á guardarlos como un tesoro intangible y precioso? Para que el hombre se eleve, para que exista el progreso es necesario que prescindamos de ese respeto exagerado á la costumbre, que no temamos crearnos necesidades. Las necesidades son acicates que sacuden nuestra indolencia. Es necesario que nos relacionemos con los países extranjeros para hacernos partícipes de sus adelantos, que apetezcamos siempre algo nuevo y mejor y que hagamos esfuerzos incesantes por conseguirlo. Dentro de pocos meses oiréis resonar por estas montañas el agudo silbido de la locomotora. Es la voz del vapor que nos llama á la civilización.

Todos acogen con hurras y palmadas este sensato discurso. Sólo D. Félix, D. César y D. Prisco permanecen silenciosos y taciturnos.

Al sentarse el sobrino del capitán se levantó el ingeniero que había llegado de Madrid. Era un joven de fisonomía inteligente y agraciada.

—Brindo—dijo—por que en breve plazo quede desterrado del hermoso valle de Laviana ese manjar feo, pesado y grosero que se llama borona. No podéis imaginar con qué profunda tristeza he visto á los pobres labradores alimentarse con ese pan miserable. Entonces he comprendido la razón de su atraso intelectual, la lentitud de su marcha, la torpeza de sus movimientos, la rudeza de todo su ser. Quien introduce en su estómago diariamente un par de libras de borona no es posible que tenga la imaginación despierta y el corazón brioso. Procuremos todos en la medida de nuestras fuerzas que pronto desaparezca de aquí ó al menos que se relegue á su verdadero destino, para alimento de las bestias, que pronto se sustituya por el blanco pan del trigo. Con él, no lo dudéis, despertará la inteligencia, se aguzará el ingenio, crecerán los ánimos y por fin entrarán en el concierto de los hombres civilizados los habitantes de este país.

Mucho se rieron y celebraron las palabras del joven ingeniero. El actuario D. Casiano se levantó de su silla y le apretó contra su vientre de tal modo que el ingeniero decía más adelante que por un momento se creyó dentro de él como Jonás dentro de la ballena. ¡Y sin embargo, D. Casiano se comía con rematado placer media borona migada en leche! Pero se guardó bien de confesar esta flaqueza. Hubiera negado á la borona, no tres veces como San Pedro á su maestro, sino trescientas. Todos la negaron, ¡todos! aunque había nutrido la infancia de la mayoría de ellos. Sólo el señor de las Matas de Arbín se levantó de su silla y con reposado y noble ademán avanzó su copa hasta chocar con la del ingeniero y dijo:

—Hubo un tiempo, señor, en que delante de estos rudos campesinos, alimentados con castañas y bellotas como las bestias, corrían desbandadas las águilas romanas enviadas por Augusto. Más tarde las huestes sarracenas que habían paseado en triunfo todo el orbe, vinieron á estrellarse contra los pechos de un puñado de labriegos ahí, un poco más arriba, en la sacra montaña de Covadonga. Pasaron muchos siglos, empezaron á alimentarse con borona, y otras águilas tan brillantes, las del César Napoleón, cayeron sobre nuestro país. Estos campesinos segándolas el cuello por montes y barrancos probaron que con la borona no habían perdido el ardimiento. Y en las luchas de la inteligencia, en los nobles certámenes de las ciencias y de las artes muchos asturianos criados con borona alcanzaron, señor, honra imperecedera. Su voz ha resonado con elocuencia en la tribuna, su pluma ha trazado páginas brillantes que admira el extranjero, su cincel ha dado eterna vida á la piedra y la madera... No me sorprende en verdad que usted haga ascos á este manjar grosero hecho con la harina del maíz. Dionisio de Siracusa también los hizo cuando le dieron á probar aquella sopa negra de los espartanos fabricada con sal y vinagre, manteca de puerco y pedacitos de carne. «¡Es detestable!» exclamó.—«Le falta algo», respondió el cocinero.—«¿Qué le falta?»—«Que te hubieses bañado en el Eurotas y hubieses hecho todos los ejercicios de la palestra.» Del mismo modo, señor, para conocer el gusto de la borona le ha faltado á usted bañarse en el Nalón y haber pasado el día cavando la tierra con la azada.

Tocó á su vez al capitán el levantarse y abrazar estrechamente á su primo. El ingeniero contempló aquella figura estrafalaria y escuchó tales palabras con asombro. Los demás le hicieron disimuladamente señas de que se trataba de un excéntrico.

—Bien está lo que mi venerable amigo el señor de las Matas de Arbín acaba de manifestarnos—dijo Antero levantándose de nuevo.—Los alimentos por groseros que sean no privan al hombre de sus aptitudes, sobre todo de aquellas que le son comunes con las fieras, las de luchar y defenderse. Mas yo pregunto: ¿para qué serviría su actividad si no arrancase á la naturaleza sus secretos si no fuese gustando de todos los recursos que la Providencia puso á su disposición? Si la situación del hombre, si sus alimentos, si sus vestidos no hubieran de cambiar jamás, esas artes, esas ciencias de que nos hablaba D. César serían inútiles y aun me atrevo á decir que imposibles. Comprendo el amor y el respeto que mi querido tío D. Félix y el señor de las Matas de Arbín sienten por el pasado; pero no quisiera que ese amor les arrastrase á privar á este valle de lo que tiene derecho á alcanzar, mayor bienestar para sus hijos y un puesto en la civilización. Por eso en este momento me atrevo á suplicar á mi buen tío que no se oponga á que por sus propiedades de Carrio cruce la vía férrea necesaria para transportar los minerales. Su oposición, aunque fuese vencida por la ley, al cabo dilataría algún tiempo la prosperidad de nuestro país.

—¡Me opongo y me opondré con todas mis fuerzas!—exclamó el capitán airado.—Yo no creo que esa prosperidad traiga á este valle dicha ninguna. El ejemplo de Langreo, que tenemos bien cerca, me lo confirma. Los hombres trabajarán más que antes y no á luz del día y respirando la gracia de Dios como ahora, sino metidos en negros, inmundos agujeros. Las mujeres lavarán más ropa sucia, cuidarán más enfermos, quedarán viudas primero. Los niños escucharán más blasfemias, sufrirán más golpes. Yo me río de esa prosperidad y la maldigo. ¿Qué me importa que traigáis un puñado más de oro si con él llega el vicio, el crimen y la enfermedad?

Quiso Antero discutir con su tío; probarle que estas lacerias no son consecuencia obligada de la industria y las minas, sino perturbaciones accidentales que al cabo quedan suprimidas por sí mismas cuando los obreros se hacen más cultos por la enseñanza y el trato. Pero don Félix se negó á escuchar. Colérico cada vez más y respondiendo á las razones de su sobrino con frases violentas ó desdeñosas, tanto llegó á exaltarse que el alcalde, el boticario y otros comensales creyeron prudente intervenir. Encauzaron la conversación hacia otros asuntos y procuraron alejar al tío del sobrino. Se habían levantado ya todos de la mesa. Se diseminaron por la pomarada formando grupos. La viva disputa de D. Félix con Antero había producido cierto malestar. Se deploraba en voz baja que aquél tuviese un carácter tan violento.

Al cabo renació la calma, terminaron los comentarios, y la alegría y la franqueza volvieron á reinar sobre los convidados. Algunos se acercaron al lagar, penetraron en él y departieron con los labradores que allí estaban; otros pasearon debajo de los árboles hasta los confines de la pomarada. El señor de las Matas fué uno de ellos. Enfrascado en sus meditaciones clásicas y repitiendo en voz baja la hermosa égloga primera de Virgilio caminó paso entre paso por la finca. Y como llegase á una rinconada umbría, se tendió sub tegmine fagi recitando cada vez con más fervor los versos del cisne de Mantua. Se sentía feliz. La sidra le ponía siempre en una disposición poética tan lejana del furor báquico como del grosero sopor de los esclavos. En otro tiempo, cuando esto acaecía, solía ver cruzar por el bosque á Diana cazadora con su cortejo de ninfas medio desnudas y tendía hacia ellas sus brazos anhelantes. Ya hacía años que habían cesado estas imaginaciones eróticas. Ahora en tales ocasiones ya no veía ninfas, sino ánforas llenas hasta el cuello del chispeante vino de Chipre ó de Rodas. Se hallaba, pues, reposando dulcemente como Títiro, cuando acertó á oir cerca y detrás de los árboles rumor de conversación. No hubiera hecho alto en ello si no percibiese bien claro entre aquella charla su nombre. Se alzó, acercóse más y escuchó. Hablaban allí tendidos sobre el césped Antero, el ingeniero español y el químico belga.

—Es un tipo verdaderamente notable—decía Antero.—Deben ustedes estudiarlo. Para él no existe nada digno de aprecio fuera de las Thermópilas y Maratón. Odia á los medos y á los persas más que á los chicos que le roban la fruta.

—¡Es curioso!—exclamaba el ingeniero.

—Pero su enemigo mortal es Pericles.

—¿Cómo?

—Sí, se ha empeñado en destruir su gloria, y busca y rebusca por todas partes algo que pueda socavarla. Le echa la culpa de la ruina de Atenas y de todo lo malo que allí ha pasado, le niega el talento, le niega la elocuencia y le persigue con la misma saña que si le hubiera estafado. No tienen ustedes más que sacarle la conversación del olímpico, como él lo llama con sorna, y le verán ustedes deshecho. Por lo general, es hombre pacífico y comedido; mas en cuanto se le habla de Pericles sale de sus casillas y suelta horrores por la boca. Hace algunos años escribió un folleto fulminante contra él. En todo Asturias se conoce este documento, que es chistosísimo. Oigan ustedes algo:

«Á buena fe, Pericles; á buena fe, don traidor, suspiros y lágrimas asaz engendrará vuestra desbocada ambición. La ley no es bien guardada, la ley positiva de los tiempos heroicos de la Hélade. El gran aparejo y atavío con que ornáis la ciudad de Teseo más le hará tuerto que derecho. Holgados y descansados queréis á vuestros compatriotas, dolientes y cobardes los hallaréis á la hora de la batalla...»

—¡Graciosísimo!—exclamó el ingeniero, riendo á carcajadas.

—C'est étonnant!—profirió el químico, que apenas podía comprender una palabra de aquel lenguaje.

—En otro tiempo se le ocurrió a mi tío y a otros señores hacerle alcalde. Crean ustedes que ha dejado memoria perdurable de su paso por el ayuntamiento. Cuando presidía las sesiones se creía en el Ágora. Una vez en que se trataba de la limpieza de los pozos negros de la Pola comenzó su discurso diciendo: «Setecientos mil dracmas gastaron los dorios en dotar de alcantarillas á Esparta...» Desde entonces le llamamos por aquí el dorio.

—¡Oh, que c'est drôle!

—¡Pero ese caballero es un loco!

—¡De atar!—respondió el joven Antero.

El señor de las Matas sintió al escuchar tales palabras que la sangre se le agolpaba al cerebro. Estuvo por avanzar unos pasos y confundir á aquel mancebo frívolo. Tuvo, sin embargo, fuerzas para dominarse: porque había estudiado en el Pórtico y tenía grabadas en su mente las enseñanzas de Zenón. Con nobleza verdaderamente estoica se alejó, pues, despreciando tanta injuria.

Mientras esto ocurría en la pomarada del capitán, el castañar en declive que casi circunda la pequeña iglesia de Entralgo hervía de gente y regocijo. Al lado de los árboles se habían colocado bastantes tenderetes para vender vino y sidra: en torno de ellos departían bebiendo los hombres maduros. En la parte más llana se había organizado un animado baile al son de la gaita y el tambor. Allí lucía de nuevo su primor y gentileza Quino, el más prudente y astuto de los hijos de Laviana. Su pareja ya no era Telva, como la noche anterior, sino Eladia. Con este arte maligno de tira y afloja tenía á las dos zagalas rendidas, deshechas de amor. Pero en aquel instante más que de su pareja se cuidaba de mirar con recelo la actitud de los de Lorío. Andaban éstos en pandillas retozando por la romería, riendo, gritando, sin querer tomar parte en los bailes, como si otra vez tuviesen gana de gresca.

En medio del campo, en el espacio más abierto, se había formado una gran danza, los hombres á un lado, las mujeres á otro, unos y otros cogidos por el dedo meñique. Cantaban una antigua balada asturiana. Primero las mujeres entonaban un par de versos. Los hombres respondían con otros dos; y así se iba desenvolviendo la historia.

¡Bien presente está en mi memoria! Para que pudiese penetrar en el corro alzabais amablemente vuestros brazos. En medio del círculo seguía con los ojos extáticos vuestros acompasados movimientos. Escuchaba vuestros cantos inocentes, que penetraban en mi corazón infantil, inundándolo de una felicidad que nunca más ¡ay! ha vuelto á sentir.

No toda la gente estaba en el castañar de la iglesia. En las calles de la aldea había también alguna, y en el Campo de la Bolera más todavía. Aquí se ejercitaban los hombres en el juego de bolos, combatiendo seis mozos de la Pola con otros tantos de Entralgo. Los demás, interesados en la partida, miraban sentados en los maderos que por allí había diseminados. Entre ellos estaba una cuadrilla de mineros que de luengas tierras había traído la empresa que comenzaba á beneficiar los ricos veneros de Laviana. Se les reconocía por sus boinas encarnadas que contrastaban con las negras monteras puntiagudas de los hijos del valle: se les reconocía aún más por sus rostros macilentos, donde el agua no había logrado borrar por completo las manchas del carbón. Hablaban entre sí y dirigían miradas insolentes, provocativas á todos los que allí había. Parecían sentir profundo desprecio por aquellos aldeanos y sus juegos. Delante de la puerta del lagar de D. Félix había un numeroso grupo de hombres. Entre ellos estaba Jacinto de Fresnedo rodeado de sus amigos los montañeses de Villoria, que se habían bajado del castañar poco hacía por consejo de Nolo. Temía éste con razón, vista la actitud de los de Lorío, que hubiese pronto riña, y persistiendo en su orgulloso retraimiento no quería tomar parte en ella. Se hallaba sentado al lado de Demetria, debajo de uno de los grandes nogales que circundan el campo. Otras muchas zagalas, unas con sus galanes, otras sin ellos, se habían bajado también de la romería cansadas de bailar, y andaban por allí diseminadas á la sombra de los árboles. Entre ellas se hallaba Flora, la linda y desdeñosa morenita huéspeda de D.ª Robustiana.

El infiel esposo de esta señora, nuestro amigo Regalado, salió del lagar, echó una mirada por el campo y dirigiéndose á los jóvenes que allí había, en el tono zumbón é impertinente que le caracterizaba les habló de esta manera:

—Llegó el momento, mozos valerosos, de que probéis vuestra enjundia delante de las hermosas de Entralgo. Mi amo D. Félix me ha entregado este reloj de plata con su cadena para que lo regale al tirador que más lejos clave la barra de hierro de quince libras. Y como de mis manos no ha de parecerle tan bien el regalo como de las de alguna chavalita, el mozo que gane el premio queda autorizado para elegir la que mejor le parezca entre las presentes para que se lo cuelgue del chaleco.

Instantáneamente se deshizo el juego de bolos. Todos examinan con admiración el grande reloj de plata y su cadena, echando cálculos fantásticos acerca de su valor. Regalado dió orden á Linón de Mardana para que trajera de casa la barra de hierro. No tardó mucho el adusto servidor en presentarse con ella. La gente se separa, dejando espacio libre á los tiradores. De los parajes más lejanos del campo acuden hombres y mujeres á presenciar la lucha. También D. Félix sale por la puerta del lagar con sus comensales. Se les deja el sitio más elevado y cómodo para verla.

El primero que empuña el hierro cilíndrico es Pachón de los Barreros. La barra parte de sus manos, se cierne en el aire y cae á larga distancia de sus pies con admiración del concurso. Inmediatamente sale á la palestra Matías, famoso tirador del valle de Langreo, deja caer la montera, toma la barra, afianza los pies, se revuelve con pausa y maestría y lanza el hierro al alto. Se clavó una cuarta más allá que la del mozo de los Barreros.

—¡Hurra!—gritó la muchedumbre.

Pachón no se da por vencido. Toma de nuevo la barra y consigue ponerla dos pulgadas más allá que Matías. Pero éste la coge con prisa, hace un esfuerzo supremo y la envía media vara lo menos más lejos que su rival. Entonces, henchido de orgullo, desgaja una ramita del nogal más cercano y la planta en aquel sitio donde se hincó su barra, exclamando:

—Este es el tiro que ha hecho Matías de Langreo. Á ver si hay en Laviana un mozo que lo haga cambiar de sitio.

Una tristeza profunda se esparce por el rostro de los lavianeses. Pachón empuña con rabia la barra, pero no logra ponerla más allá que la vez anterior. Otros hijos del valle, los unos de Entralgo, los otros de la Pola, ensayan también sus fuerzas. Nadie consigue acercarse ni con mucho á la orgullosa ramita de nogal. Entonces todos los ojos se vuelven hacia Nolo de la Braña, que allá lejos seguía departiendo con Demetria sin acercarse al teatro de la lucha.

—Nolo—le grita uno,—Matías de Langreo nos ha vencido á todos. ¿Quieres probar tu fuerza?

—Si os ha vencido á todos, ¿por qué no ha de vencerme á mí?—replica con orgullosa malicia el héroe de la Braña.

Todos deploran que no tome parte en el certamen. Porque Nolo pasaba por el mejor tirador de barra de toda la ría del Nalón caudaloso.

Entonces Jacinto de Fresnedo, aguijado por el deseo de honrar al dueño de su albedrío más que de mostrarse vencedor en el juego, sale al medio del corro. Rápidamente se descuelga la chaqueta de paño verde, se despoja del chaleco floreado, tira la montera y agarrando la barra afianza sus pies en el tiro y se yergue. No hay nadie que no admire la gentileza de aquel mozo imberbe. Su musculatura atlética contrasta con las líneas puras, delicadas de su rostro de adolescente.

La barra se escapa de sus manos, vibra en el aire con zumbido temeroso, roza al caer la rama de nogal plantada por Matías y va á clavarse más lejos.

«¡Viva! ¡Viva!» grita la muchedumbre frenética.

El mozo de Langreo se muerde los labios de despecho, toma de nuevo la barra y la hace partir. No logra mejorar su tiro. Segunda vez pide al jurado permiso para probar fortuna y lo obtiene. Mas ahora, agotadas sus fuerzas, la barra se queda más atrás de la rama.

Entonces, de aquella multitud ebria de entusiasmo se eleva un clamoreo inmenso.

«¡Viva Laviana!» «¡Viva Villoria!» Éstos son los gritos que resuenan sin cesar por el Campo de la Bolera. Todos quieren abrazar al gallardo mancebo.

Regalado se aproxima con el reloj en la mano y abandonando su acostumbrada ironía le dice con visible emoción, pues al cabo también él había nacido en Villoria:

—El jurado te declara vencedor, Jacinto. Elige la moza que ha de entregarte el reloj.

Jacinto tarda algunos instantes en responder. Al cabo haciendo un esfuerzo pronuncia muy quedo el nombre de Flora.

—Ven acá, Florita—grita Regalado.—Tú eres la elegida. Toma el reloj y entrégaselo.

—Yo no tengo nada que entregar, puesto que nada es mío—responde con acritud la doncella.

—Pero has sido elegida por el vencedor, niña. Ningún trabajo te cuesta entregarlo.

—Si me cuesta ó no trabajo no lo sabe usted. Lo que le digo es que no quiero.

En vano fué que la instaran muchos de los presentes. Á todos sus ruegos y razones respondía cada vez con mayor energía: «¡no quiero! ¡no quiero!» El mismo capitán fué desairado.

—Perdóneme usted, D. Félix—le respondió con resolución la altiva zagala.—Todo cuanto usted me mande lo haré menos eso.

—¡Dejarla! ¡dejarla!—exclamó Jacinto con voz alterada.—No la molestéis más. Ya no quiero esa prenda de sus manos. Que me la entregue quien no me desprecie.

Y colgándose de nuevo la chaqueta del hombro tomó el reloj que le dió el mismo capitán, volviendo en seguida la cabeza para ocultar las lágrimas que saltaban á sus ojos.

—¡Bendita sea tu sandunga! ¿No te parece, Plutón, que ha hecho bien la morenita en negarse á dar el reloj á ese palurdo?—dijo uno de los mineros de la boina colorada á otro de sus compañeros.

—¡Y que lo digas, Joyana!—respondió el interpelado dirigiendo sus ojos á Nolo y Demetria que allá lejos proseguían su plática amorosa.

—¿No sería lástima que un caramelo tan rico cayese en la boca de este zángano de la cara de pan?—volvió á decir Joyana apoyando su proposición con una blasfemia.

—¡Más lástima que aquella paloma blanca caiga entre las uñas del zote que tiene á su lado!—replicó Plutón devorando con los ojos á la hermosa Demetria y remachando sus palabras con otra blasfemia.

Joyana y Plutón, así llamados el primero por el pueblo en que nació, el segundo por mote que le puso un ingeniero, eran dos mineros hábiles que había traído consigo el director. Llevaban ya bastantes años en el oficio y habían recorrido algunas provincias mineras de España ejerciéndolo. De casi todas habían sido arrojados por su natural díscolo, propenso á bullas y reyertas. Plutón había estado ya dos años en presidio. Joyana unas cuantas veces en la cárcel. Eran temidos por sus compañeros. Los capataces los mimaban por su destreza y acaso también por miedo. Ambos eran bajos de estatura y no muy corpulentos. Sin embargo, Plutón, aunque de piernas flacas, tenía el torso robusto, los brazos largos, la mirada dura, insolente, denotando su estructura de mono bastante agilidad y fuerza.

Nolo de la Braña pagó la mirada agresiva y sarcástica de los mineros con otra de curiosidad no exenta de desprecio. Alzando su arrogante figura de atleta frente á la de aquellos gorilas los estuvo contemplando largo rato sin pestañear. Después, como su oído experto le dijera que allá en la romería había algún tumulto, hizo seña á sus compañeros y despidiéndose de Demetria se alejó con ellos atravesando el puente y dirigiéndose á Villoria por la margen izquierda del riachuelo.

Ya era tiempo de que lo hiciera. Allá en la romería, á espaldas de la iglesia, los de Lorío, después de provocar con pesadas palabras y acciones groseras la cólera de los de Entralgo, habían logrado al cabo despertarla. Sin considerar su inferioridad numérica, pues muchos de los combatientes habían bajado ya á la Bolera, se precipitaron á la lucha. La desesperación les prestó una fuerza incontrastable. Animándose los unos á los otros, lograron contener en los primeros momentos el empuje de los de Lorío. Chasqueaban los palos, arremolinábase la gente, rodaban las cestas de fruta por el castañar abajo, volcábanse las mesas de los confiteros ambulantes, quebrábanse vasos y botellas. Todo era confusión y alarma y gritería y polvo en el campo de la romería. Las mujeres, los niños y los pocos hombres de edad madura que habían quedado buscaban refugio en el pórtico de la iglesia. Desde allí seguían con ojos ansiosos las peripecias del combate. Los niños enardecidos alentábamos con gritos á los nuestros. Costaba gran trabajo á las mujeres sujetarnos para que no volásemos al medio de la pelea.

Prosiguió ésta encendida é indecisa bastante tiempo. Por una y otra parte se peleaba con vivo ardor. Los de Lorío, engreídos por sus victorias pasadas y confiados en sus fuerzas, se lanzaban con impetuoso alarde sobre los de Entralgo. Éstos, con el alma sangrando de coraje y despecho, se defendían sin retroceder una pulgada, inmóviles en su sitio, como si estuviesen clavados á la tierra. Allí vi á Angelín de Canzana repartiendo garrotazos con tanta furia y cólera que nadie se ponía al alcance de su palo que no sintiese pronto sus efectos perniciosos. Este palo era un regalo primoroso que le había hecho un pastor de Sobrescobio. Buscaba éste por los montes de Raigoso una ternera que se le había perdido. Angelín, que allí estaba apacentando sus vacas, le ayudó en la tarea durante largas horas: por este servicio le hizo presente de aquel magnífico garrote pintado y esculpido finamente, con su correa para sujetarlo á la mano, adornado en la porra con lucientes clavos dorados. Allí estaba Simón de María, llamado el Cojo de Mardana que, aunque lisiado de nacimiento, se revolvía mejor que los que estaban bien completos. El garrote pesado de acebuche parecía una paja entre sus manos indomables. No lejos de él combatía furiosamente Tanasio de Entralgo, que en vez de garrote liso empuñaba un cayado enorme con el cual llevaba la ruina y el estrago á las huestes enemigas.

Mas ¿quién fué el bravo que brillaba en la batalla como un astro refulgente que hace empalidecer á los que fulguran á su lado? Celso, el animoso y magnánimo nieto de la tía Basilisa. Celso, anhelando tomar venganza, se lanzaba impetuosamente dando gritos horribles sobre los de Lorío. No consideraba que sus fuerzas estaban mermadas por los estacazos de la noche anterior. Ni su cabeza vendada y dolorida ni sus riñones derrengados podían abatir su coraje. En cada uno de sus asaltos desesperados hacía rodar por el suelo á algún enemigo, de tal modo que Lázaro del Condado, dejando su puesto, se lanzó á toda la carrera hacia aquel más lejano donde peleaba Toribión de Lorío.

—Toribio—le dijo,—¿por qué te entretienes aquí sacudiendo á esta morralla que no vale una castaña asada, cuando allá abajo el nieto de la tía Basilisa, más furioso que un jabalí, está volcando los mozos como si fuesen pucheros de barro?

El grande y fuerte Toribión escucha estas palabras y sin responder abandona prontamente aquel sitio y se precipita al paraje en que Celso peleaba con gloria imperecedera. Delante de él huían los mozos de Entralgo y Villoria como los corzos al aproximarse el cazador. En aquella carrera furiosa sacudió un garrotazo á Gabriel de Arbín que le hizo morder el polvo, machacó las costillas á Pepín de Solano y alcanzó también con un palo en la cabeza al bravo Angelín de Canzana, que se vió necesitado á retirarse del combate. Antes de llegar cerca de Celso éste le salió al encuentro. ¡El insensato! No sabía que Toribión le aventajaba mucho en valor y en fuerzas. El poderoso mozo de Lorío rompe las filas de los suyos y aproximándose á Celso, antes que éste hubiera tenido tiempo á levantar su palo, le sacudió con ambas manos un garrotazo en medio de la cabeza que le hizo venir al suelo sin conocimiento. Cuando el ingenioso Quino pudo verle así extendido por tierra, un violento dolor oscureció sus ojos. Y mezclándose cautelosamente entre los combatientes sin ser percibido por Toribión arrastró á su amigo fuera de la pelea y echándoselo luego sobre los hombros lo condujo hasta el pórtico. Allí las manos piadosas de las mujeres le rociaron la cara con agua fresca hasta volverle al sentido, oprimieron los tolondrones, tamaños como huevos, que tenía en la cabeza con monedas de cobre de dos cuartos y restañaron la sangre de sus arañazos con telarañas que recogieron en la iglesia.

Sin embargo, el valiente y artificioso Quino, después que dejó á su amigo en seguro, se lanzó otra vez á la refriega. Observando que los suyos, antes tan animosos, cedían al empuje poderoso de Toribión y perdían terreno gradualmente, una tristeza profunda le traspasó el corazón. Entendió claramente que no tardarían en darse á la fuga. Entonces se acercó á ellos en cuatro saltos y les gritó con voz penetrante:

—¡Había de daros vergüenza, mastuerzos! Esta mañana tanta ronca en el lagar y que habíais de hacer y acontecer y comeros crudos cada uno á siete mozos de Lorío, y ahora vais á volver el culo delante de un hombre solo. ¿Dónde están vuestros hígados? ¿Es que no servís más que para mascar la torta al pie del lar y asar las castañas?

Así dijo; y dando ejemplo de heroísmo se precipitó como un jabalí lleno de audacia sobre los enemigos. Pero fértil siempre en astucias, en vez de atacarlos por donde combatía Toribión, se lanzó por el sitio en que las filas le parecían más flacas. Y en efecto, las rompió fácilmente. Los de Entralgo, picados del ejemplo y aún más de las palabras de su compañero, redoblaron sus esfuerzos. Combatieron con tanto coraje que en pocos minutos lograron ganar el terreno perdido y aun hicieron retroceder á los de Lorío. Entonces Toribión, viéndoles flaquear, quiso reanimar su valor y les gritó con voz fuerte:

—«¡Amigos, compañeros, mozos del Condado y de Lorío, arread firme á esa canalla! ¿Semos hombres ó no semos hombres? Acordaos de la romería del Obellayo cuando estos pobretes corrían delante de nosotros como una manada de carneros. Acordaos de ayer noche cuando á estacazo limpio los metimos en sus casas y los dejamos acurrucados en la cocina debajo de las sayas de sus madres y hermanas. Si sois hombres y sabéis tener el palo, no tardarán mucho tiempo en volver el culo. ¡Arrea, Lázaro! ¡Arrea, Firmo!

Con estas palabras reanimó el valor de sus amigos. Al cabo lograron rechazar á los de Entralgo hacia el camino de Villoria. Así como un león confiado en sus garras se precipita sobre un rebaño de bueyes y desgarra á uno y á otro y á todos los aterra, del mismo modo Toribión, lleno del sentimiento de su fuerza, se abandona á todo su furor con el palo en la mano. Los de Lorío y Condado á su vista se arrojan con más brío sobre los de Entralgo y Villoria y redoblan su valor y sus esfuerzos. Ni el coraje indomable de Angelín de Canzana, que después de refrescarse un poco la cabeza con agua había vuelto á la pelea con más ardor que antes, ni el esfuerzo heroico del Cojo de Mardana ni el cayado fulminante de Tanasio de Entralgo fueron bastante á detener el retroceso gradual de los suyos.

Sin embargo, allá enmedio del campo, lejos ya de sus amigos, combatía el magnánimo Quino. Delante de su palo asolador caían los mozos de Rivota y Lorío. Pero arrastrado de su ardimiento había ido demasiado lejos. Cuando menos lo pensaba se encontró solo. Entonces, al echar una mirada en torno y verse rodeado enteramente de enemigos, flaqueó su corazón y olvidó su fuerza indomable. Tres veces gritó con voz penetrante demandando socorro á sus amigos. Cinco mozos de Rivota y tres de Lorío le tenían envuelto y acosado como jauría de perros á un jabalí feroz. Quino, rodeando con la chaqueta su brazo izquierdo á modo de escudo, paraba y contestaba con habilidad los garrotazos que le dirigían, pues era diestro esgrimidor de palo. Llegó un instante, sin embargo, en que los golpes menudeaban de tal manera que le fué imposible pararlos.

Entonces hubiera sucumbido ciertamente si Tanasio de Entralgo no oyese sus gritos. Se batía éste en retirada al lado del Cojo de Mardana, pero en buen orden y causando grandes estragos en las filas enemigas, cuando llegó á sus oídos las voces de auxilio de su enemigo.—«Simón—le dijo al Cojo,—oigo la voz de Quino. Me parece que está en mucho aprieto allá arriba. Si pronto no le ayudamos estoy en fe que le van á poner esos cerdos como un higo.» Ambos se lanzan en socorro suyo, animados de un valor intrépido. Llegan al círculo de enemigos que acorralaban al industrioso Quino. Tanasio, para romperlo, se vale de su enorme cayado cortado en el monte Raigoso. Con él tira velozmente de las piernas á tres ó cuatro mozos de Rivota y los hace caer de bruces. Gracias á la confusión que origina con tal estratagema logran romper las filas, arrancan á Quino de las manos de sus adversarios. Unidos los tres se baten con arrojo y cuando ven la ocasión propicia vuelven la espalda y se dan á la fuga.

Los de Lorío quedaron otra vez dueños del campo. Una parte de ellos persigue á los fugitivos por el camino de Villoria; otros siguen á los que huyen por la calzada de Entralgo. Toribio desdeña esta persecución. Con el garrote en alto y dando feroces gritos, que resuenan temerosamente en el valle pasea su furor y su triunfo por todo el campo de la iglesia.

Illustration from La aldea perdida Novela-poema de costumbres campesinas
barra decorativa
barra decorativa

VI Bartolo.

EDIA hora después no quedaba un ser viviente en este campo. La noche había cerrado, y todo el mundo se retiró á sus casas. Los confiteros, las fruteras, los taberneros ambulantes habían levantado y plegado sus bártulos, los habían acomodado sobre sendos borricos y caminaban la vuelta de sus casas comentando la aciaga jornada de los de Entralgo. En la Bolera tampoco había nadie. Sólo dentro del lagar de D. Félix, esclarecido por un candil, departían amigablemente cinco ó seis paisanos apurando vasos de sidra. Martinán les escanciaba. Hacía años que había contratado con el capitán la venta de la sidra, y aunque no tenía la taberna allí, sino en su propia casa, situada en el centro del pueblo, los días festivos solía trasladarse al lagar y hacer en él su comercio; porque la Bolera era el campo acostumbrado para los recreos del vecindario.

M
M

Martinán era un hombre famoso y popular, no sólo en la parroquia, sino en todo el valle de Laviana. Y aun no diríamos mentira si afirmásemos que su fama se extendía á los concejos limítrofes de Sobrescobio y Langreo. Nadie recordaba haberle visto triste jamás. En medio de las mayores tribulaciones, conservaba el humor jovial, los chascarrillos, las grotescas salidas de payaso á las cuales daba realce su cara espantosamente fea, surcada de costurones causados por la viruela. Tampoco le abandonaba su genio filosófico, inclinado á buscar las causas de todos los efectos y escudriñar las ocultas relaciones de las cosas. Su fuerte era la dialéctica. Recoger una idea vertida por cualquiera en la conversación, examinarla en todos sus aspectos, darle vueltas, tirarla al alto, jugar con ella á la pelota y luego arrojarla á las narices del que la había soltado, tal era el mayor, el único placer de su vida. Porque Martinán comía poco y sólo bebía por complacer á algún parroquiano que se empeñase en ello. En cuanto á los goces del hogar, eran nulos para él. No tenía hijos. Estaba casado con una mujercilla fea y vieja y de genio tan desapacible que nadie podría sufrirla si no poseyese la inagotable alegría de su consorte. Pero éste no sólo la sufría, sino que la amaba. Á todos sus regaños y asperezas respondía con alguna salida jocosa, y cuando esto no bastaba, un abrazo. Guardaba para ella las caricias más tiernas, los regalos, los epítetos más apasionados que emplean los amantes. Apellidábala medio en serio medio en broma «estrella», «botón de rosa», «lucero», «clavel». De tal modo que la gente de la parroquia dió en llamar á esta desagradable mujeruca Clavel, y no se la conocía por otro nombre. «¿Cómo va Clavel?» le preguntaban los parroquianos á Martinán al entrar en la taberna. «Tan buena—respondía.—Allá está en la cocina amasando la torta.»

Vivía con este matrimonio una sobrina, aquella Eladia simpática que ya conocemos. No sufría por cierto con tanta paciencia los rigores y asperezas de su tía. Respondía á veces de mal talante; había disputas frecuentes, gritos, amenazas y hasta golpes. Costábale á Martinán mucho trabajo poner paz entre ellas. Cuando después de una de estas reyertas quedaba la pobre Eladia llorosa y con algún rasguño en las mejillas, solía tomarla su tío de la mano y conducirla á un rincón para emplear con ella las fuerzas dialécticas con que Dios le había dotado.

—Vamos á ver, niña, respóndeme. ¿Quién ha hecho á tu tía?

Eladia le miraba estupefacta sin despegar los labios.

—Vamos, respóndeme, ¿quién ha hecho á tu tía?... ¿La has hecho tú?

—Yo no.

—Entonces ¿quién?

—Será Dios—respondía la joven con mal humor.

—¡Ah, Dios!—exclamaba triunfante Martinán.—Y si tú la hubieras hecho, ¿no la habrías dado un genio más suave, más alegre?

—¡Ya lo creo!

—Luego tú eres capaz de hacer las cosas mejor que Dios, ¿no es cierto?

—¡Vaya, vaya, tío, déjeme en paz!—replicaba la chica exasperada y saliendo como un huracán por la puerta.

Esto mismo le acaecía á Martinán con todos los que aprisionaba en las redes de su lógica. En vez de declararse rendidos y confesar que no tenían sentido común, ó se marchaban, ó se mofaban de él, ó le insultaban.

El descrédito de Martinán, como el de los grandes filósofos alemanes, procedía de que no siempre lograba ponerse al alcance de las inteligencias vulgares. Como Kant y Hegel solía abroquelarse detrás de un tecnicismo extraño, incomprensible, bárbaro, que á muchos hacía reir y á otros indignaba. Había, por ejemplo, en sus discursos una fuente hipervertical de la cual manaban rayos convergentes que nadie sabía qué mil diablos significaba ni de dónde la había traído, aunque la emplease como soberano recurso en las disquisiciones más profundas. Había también unas ínsulas metódicas y unas gravitaciones intermitentes que dejaban estupefactos é inquietos á sus oyentes. Pero, en general, se debe confesar que Martinán no se sumía en estas obscuridades de la lógica sino cuando algún paisano tenía la mala ocurrencia de hacerle beber quieras que no unas copas de aguardiente.

Formaban la base de su sistema ciertos axiomas que consideraba fuera de discusión. El primero y principal era éste: «Todo lo justo no puede ser», al cual servía de corolario este otro: «Lo justo no cabe por ninguna parte». Después había otros de menos importancia, pero igualmente inflexibles; por ejemplo: «Con un sí me planto yo en Pekín». «El cuándo no existía al comenzar el mundo». De aquí que Martinán no admitiese en la discusión ni síes ni cuándos, lo cual como debe suponerse hacía extremadamente embarazosa y molesta la posición de sus contrarios. No es maravilla, pues, que éstos llegasen alguna vez á exasperarse y que el filósofo tropezase en más de una ocasión con más de una bofetada de cuello vuelto. Pero no turbaba bofetada más ó menos la admirable serenidad de su espíritu. Seguro de que realizaba una obra de redención persuadiendo á su adversario de que era un asno, proseguía su tarea con nuevo ardor hasta ponerlo por completo en evidencia.

Una cosa sorprendente. Á pesar de su vocación metafísica y de la atención intensa que necesitaba para desenvolver sus intrincados razonamientos, jamás se equivocaba en el número de vasos de sidra ó vino que escanciaba á los parroquianos. Al llegar la hora de retirarse y hacer la cuenta, Martinán decía sin vacilar: «Manuel tiene diez y siete; el tío Goro trece; Pepón treinta y cuatro, etc.» ¡Maravilloso cerebro que aun elevándose á las más altas esferas de la filosofía no abandonaba la inspiración matemática!

En este momento se debatía la cuestión de las minas y del ferrocarril proyectado para extraer sus productos. El asunto preocupaba hondamente á los labradores. Vagamente todos sentían que una transformación inmensa, completa, se iba á operar pronto en Laviana. El mundo antiguo, un mundo silencioso y patriarcal que había durado miles de años, iba á terminar, y otro mundo, un mundo nuevo, ruidoso, industrial y traficante, se posesionaría de aquellas verdes praderas y de aquellas altas montañas. Corría por todo el valle un estremecimiento singular, el ansia y la inquietud que despierta siempre lo desconocido. En los lagares, en las tierras, en los senderos de las montañas y en torno del lar no se hablaba de otra cosa. Los paisanos en general, aunque un poco recelosos, se mostraban satisfechos. Esperaban tomar algún dinero, ya sea de los jornales de sus hijos, pues se aseguraba que admitían en la mina hasta los niños de diez años, ya de la venta de las frutas, huevos, manteca, etc. Pero las mujeres aparecían unánimemente adversas á la reforma. Su espíritu más conservador les hacía repugnar un cambio brusco. Luego aquellos hombres de boina colorada y ojos insolentes, agresivos que tropezaban por las trochas de los castañares les infundían miedo. Luego, y esto era lo principal, temían por sus hijos. La idea de que al padre le acomodase enviarlos á la mina y quedasen sepultados ó quemados dentro, como se decía que pasaba en otras partes, las hacía estremecer.

«¿Todo eso para qué?—decían acercando con mano trémula los pucheros al fuego.—¿No habéis vivido hasta ahora sin necesidad de hurgar la tierra como los topos? ¿Os ha faltado un pedazo de borona y un sorbo de leche? ¿Qué más queréis? ¡Servid á Dios y morid en vuestras camas como cristianos y no como perros en esas cuevas de infierno!»

Notes in this chapter

Explore with AITake your curiosity a little further.

Reading settings