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Juvenilla; Prosa ligera

Ocaso

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París, Enero de 1902.

La primera impresión, al pisar de nuevo el suelo francés, es complicada y compleja: sin embargo, dos rasgos característicos parecen desprenderse sobre el confuso ondear del espíritu, que, curioso, vuela de una sensación a otra, como buscando la clave de un enigma. El primero de esos rasgos, es la persistencia irreductible de los modos y formas que esta mezcla de razas, cuya resultante es el francés, se ha dado para vivir su vida. Todos los pueblos de la Europa, los del Extremo Oriente mismo, el Japón ayer, tal vez mañana la China, modifican su modalidad, incompatible ya con el concepto de la vida actual y la necesidad de luchar por ella; todos se adaptan flexiblemente a las exigencias de un ambiente diverso al que respiraron durante siglos, todos cambian sus métodos de trabajo, sus sistemas de producción, mostrándose así dispuestos a disputar el terreno a todo competidor. La Francia, única, ve que la rutina la está minando como un mal sordo e inflexible; ve que, de la cumbre desde donde, no ha mucho, dominaba a la humanidad, va descendiendo con una rapidez que, medida con la vasta unidad de tiempo con que se computan los movimientos de los pueblos sobre la tierra, es realmente vertiginosa. Su población disminuye; la cifra de su comercio baja anualmente, a medida que sube la de su deuda; los hombres todos del globo que, movidos por esa claustrofobia que echa a los seres humanos fuera de su casa y de su patria—y que otrora no tenían más norte que París,—se sienten hoy atraídos por muchos otros centros que, explotando las afinidades de raza y las facilidades del idioma, hacen esfuerzos de todo género por acaparar una parte de la incomparable clientela de París. La Francia sabe todo eso; pero su concepción de la vida es tan armónica con la estructura de la gente que la habita, que cambiarla en este momento de su vida histórica, le es poco menos que imposible. De ahí se desprende el segundo rasgo característico de que antes hablé: la impresión de decadencia.

Decadencia innegable. Contra la ley de evolución que hace desaparecer naciones enteras, imperios poderosos, ciudades estupendas, hasta no dejar de ellas ni rastros sobre la corteza del globo, algunos pueblos modernos parecen precaverse hasta donde la humana prudencia alcanza a ver. La Inglaterra a la cabeza, ha cubierto el mundo con ramas vigorosas de su tronco robusto; cuando la isla, orgullosa como la Samos de Polícrates y como ella guerrera y rica, haya desaparecido, como desapareció aquella maravilla del mar Egeo, nuevos pueblos de habla y alma inglesas, surgirán triunfantes y enérgicos, como surgen hoy esos Estados Unidos de América, que son la pesadilla de la Europa.

Pero esta dulce Francia, ¿cómo va a revivir en el tiempo y el espacio? ¿Será acaso en su Argelia más irreductible que el acero, tan árabe hoy como el día de la conquista, tan cerrada a todo espíritu que no arranque del Corán y sobre la que han pasado, rozando apenas su epidermis, dos mil años de cultura greco-romana y otros tantos de cristianismo? ¿Será en las vastas regiones de la Indo-China, donde su espíritu lucha, no ya con la tenacidad del semita africano, sino con la flexible y moluscular blandura del ariano asiático, sobre cuya alma ningún sello deja impresión durable? ¿Será en el Africa obscura, tan impenetrable a su espíritu luminoso, como sus bosques centrales al paso del europeo?

No, organismos como estos, a los que un capricho de la historia ha permitido, un momento de su vida, unir la fuerza y la riqueza a la inteligencia y a la más alta cultura, no pueden persistir. Como la madre admirable que la dió vida, como aquella Grecia que, mientras engendraba todo lo grande, todo lo noble, todo lo bello que han conocido los hombres sobre la tierra, sacaba del inagotable fondo de su energía, fuerzas para luchar contra el Bárbaro o para desgarrarse en lucha fratricida, la Francia terminará el corto ciclo de su hegemonía política y guerrera, en la conciencia de perderla para siempre. Sentirá que la atmósfera ha variado por completo para ella—y en la imposibilidad de modificar su organismo, vivirá, como la vieja madre, en la contemplación del pasado. Y a medida que la nueva forma de Barbarie, el modo americano, vaya invadiendo la tierra entera, destruyendo aquí una obra de arte, allí un recuerdo histórico, más allá un monumento consagrado a perpetuar un ridículo acto de sublime desinterés, a medida que el pico demoledor del contratista de casernas de diez pisos en avenidas de cincuenta metros, derribe cuanto a su paso encuentre, de todos los rincones de la tierra habitada, vendrán en peregrinación a esta nueva ciudad de Pallas Athenea, todos los hombres que conservan el alma enamorada del arte. París ni será ya, quizá, el centro sensual de hoy; su epicureísmo se habrá refinado, inmaterializado casi. Y como en el mundo romano, a partir del segundo siglo del imperio, la atracción de Atenas crecía a medida que la conquista se extendía, así París, a medida que el espíritu penetre más y más en los rincones hoy silenciosos del globo, será la luz única que en medio de la opaca atmósfera ambiente, vendrán a buscar todos los asfixiados de ese triste mundo.

Y quién sabe si el francés, de día en día más cómodo en su rica y despoblada tierra y por tanto más sedentario, acabará por ser, en el extranjero, un objeto de curiosidad, al que se hará venir a precio de oro, como los sátrapas persas a los artistas griegos, para levantar un templo a los dioses, para esculpir en mármol la figura de un triunfador en la palestra, para enseñar el arte divino de la música o el no menos olímpico de incrustar en el verso rítmico y cadencioso, el alto pensamiento o el concepto gentil.

Y así la historia, como todo lo creado, continuará renovándose eternamente, bajo la serena indiferencia de la naturaleza, que es lo único inmutable.

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