A las cuchillas
Reading edition
A Eugenio Garzón.
I
La idea de volver a la patria se había presentado al espíritu de Narbal inseparable de la de no vivir en Buenos Aires. ¿Por qué? No lo discutía, no lo analizaba. Era una aprensión nerviosa y tenaz, que le hacía considerar el retorno a la existencia de otro tiempo, como una fuente de amarguras insoportables. Además, el grupo simpático se había disuelto por los azares de la vida y era muy tarde ya para pensar en crearse nuevos cariños. Lorenzo se había casado hacía cinco años y los tres hijos deliciosos que encantaban su hogar, le habían convertido en el burgués pacífico, trabajador y tranquilo, que era a sus ojos, en épocas pasadas, el tipo perfecto del embrutecimiento humano. Muchos, la mayor parte de sus antiguos camaradas, habían seguido el mismo camino, aunque algunos sin transformarse, continuando bajo la cadena conyugal, bien ligera para ellos, sus viejos hábitos de club, de sport, de juego y todo lo que acompaña la vida fácil. A veces, Carlos, solo, por las mañanas, mecido por el paso lento e igual de su caballo, evocaba el recuerdo de los compañeros de juventud y comparaba su vida actual a la que se presentaba ante él. Uno había abrazado con pasión la carrera militar y acallando sus gustos sociales, su amor a los placeres, vivía perdido, pero no olvidado, allá en la remota frontera, batallando obscuramente con los indios, conquistando palmo a palmo comarcas enteras para entregar a la civilización, soldado y explorador, desenvolviéndose en la vida militar moderna, concebida con inteligencia. ¡Feliz él, que veía la ruta recta y luminosa abrirse ante sus pasos! Otro, en un acto de energía, se había arrancado a la patria y la servía con toda la fuerza de su espíritu y el amor de su alma, allá en lejanas tierras americanas, donde el nombre argentino estaba olvidado y que él hacía sonar perseverante y respetuoso. Aquel, joven, brillante, por quien Narbal había sentido siempre una vivísima simpatía, dejaba correr la vida insensiblemente, como algo que le fuera extraño, después de haber bebido también su cáliz y buscado la muerte honrosa del combate... Perdía, recorriendo así el pasado, la noción del tiempo; las figuras se borraban en una penumbra indecisa y le parecía que esos hombres habían vivido largos años atrás y que él mismo sobrevivía a un viejo mundo desvanecido. A veces, una figura delicada, esbelta, cruzaba su memoria e, involuntariamente, detenía su montura y entrecerraba los ojos buscando el nombre de la visión fugaz... ya había pasado y otra la reemplazaba. La asociación de recuerdos bajo la actividad del espíritu le hacía por momentos recorrer su vida entera en un relámpago. Empezaba la evocación sonriendo y concluía en un quejido.
Narbal había buscado la existencia vegetativa y la sentía a cada instante alejarse de él. Los trabajos del campo a que se entregó con vehemencia, le fatigaron al cabo de un mes. Muerta la curiosidad intelectual, los libros no le decían nada, la pluma le inspiraba repulsión, un cansancio mortal le oprimía. Vencido a medio día por el sueño, se preparaba largas noches de insomnio, de las que salía profundamente quebrantado. A la verdad, el corte definitivo estaba ya adquirido, hasta el punto que, si un milagro hubiera hecho desaparecer el pasado, el estado moral de ese hombre no se habría modificado. Más que insoportable, la vida se había hecho indiferente para Narbal: todo le era igual, nada le atraía. No hablaba, cesó de montar a caballo y los interminables días de la campaña corrían lentos sin que se moviera de su cama, en la que, tendido, fumando, dormitando, pasaba las horas muertas.
Quince días después de su llegada había recibido una larga y afectuosa carta de Lorenzo, en la que éste se quejaba con cariño de la conducta de Carlos a su respecto. Narbal contestó, sin disculparse. Una correspondencia seguida se estableció. Lorenzo, que al principio no había querido hablar de su mujer, de sus hijos, por un sentimiento de exquisita delicadeza, abordó el tema con franqueza un día. "Ven, le decía, mi hogar será el tuyo; estoy seguro de que las caricias de mis hijos te calentarán el corazón. Hay entre ellos un personaje de tres años, rubio, alegre, preguntón, con unos ojos llenos de malicia que, si recuerdo bien tu amor a las criaturas, te va a conquistar. Figúrate que te apasiones por ese muchacho; la salud moral no está lejos." Era tarde ya.
Hacía tres meses que Narbal se encontraba en la Quebrada, cuando recibió una carta de Lorenzo que produjo en él la primera impresión violenta desde largo tiempo atrás. ¿La había escrito el amigo en un momento de sincera indignación o ensayaba, bajo esa forma, estremecer las fibras anestesiadas del corazón de Carlos? Tal vez ambas cosas. La carta decía así:
"Mi querido Carlos: Te escribo en un momento, de profunda agitación para todos nosotros. Los diarios adjuntos te impondrán de lo que acaba de pasar en Montevideo. Las instituciones han sido pisoteadas, los poderes constituídos derribados por un motín de cuartel, el degüello, el viejo degüello salvaje, reaparecido en las calles, y, como siempre en ese desgraciado pedazo de tierra, la barbarie ha triunfado de la civilización. Los hombres de pensamiento y de honor, viejos y jóvenes, que no han sido asesinados o metidos en un calabozo, han tomado el camino del destierro. La mayor parte han conseguido pasar a Buenos Aires y se encuentran aquí sin recursos de ningún género y, por todo bagaje, con aquella enorme altivez que les conoces y que les impide aceptar el menor auxilio. Nuestra prensa, felizmente, ha condenado unánime el atentado. Nadie lo dice, porque sería absurdo, pero está en todos los corazones el deseo de que el gobierno, por los mil medios indirectos que tiene a su alcance, intervenga de una manera favorable a la causa de la justicia. No se trata aquí de blancos ni de colorados. La cuestión es entre los herederos de las hordas semibárbaras de un López o un Carrera y los hijos de aquellos que combatieron contra Rosas al lado de nuestros padres. O el año 20 o la marcha adelante!..."
"Anoche reuní algunos amigos en casa; no había sino un oriental, Castellar, con quien, como sabes, me liga una vieja amistad. Llego anteayer, herido. Parece que ha salvado la vida milagrosamente y que el cónsul inglés le embarcó por la noche. No tiene más que un pensamiento: organizar una expedición. Es un carácter entusiasta y generoso, que vive en la obediencia de un espíritu soñador y visionario. Cree y afirma con una convicción profunda que se comunica, que bastará la presencia de 200 hombres bien armados, en un punto cualquiera del litoral oriental, para determinar un levantamiento del país entero. Todos ellos, es decir, unos cincuenta jóvenes, están resueltos a tentar la aventura y Castellar hablaba en su nombre anteanoche. Ellos, que por nada aceptarían una invitación a comer, en la imposibilidad de devolverla, han jurado, si es necesario, ir de puerta en puerta, por las calles de Buenos Aires, para mendigar con el sombrero en la mano, pero la frente levantada, un fusil para sus manos inermes. No tienes idea del efecto que nos produjo la palabra inflamada de Castellar. Al principio, esa declamación, natural a los orientales en el estilo y en la oratoria, que nos parece una falta de gusto, trajo sonrisas sobre muchos labios. Pero cuando se empezó a sentir el calor real que los animaba, cuando Castellar habló de mujeres insultadas, de ancianos asesinados, del porvenir de toda una generación, roto en esa bacanal de sangre y robo; cuando dijo, sencillamente esta vez, que todos ellos preferían morir a la vida con el cuadro constante de esa depresión profunda de la patria; cuando se puso de pie, pidiéndonos armas, a nosotros, los felices, que habíamos salido para siempre del lodo, te aseguro que las sonrisas habían cesado y fué con viril emoción que todos lo estrechamos entre nuestros brazos, como si en ese instante representara su pobre tierra escarnecida."
"Por lo pronto, tenemos por base los cincuenta rémington y que hace tres años reunimos para defendernos del famoso golpe de mano anunciado y que felizmente nunca tomó forma. Cada uno de nosotros va a ponerse en campaña y no dudamos reunir en una semana dos o trescientos fusiles. El embarque puede ofrecer dificultades; pero Jaramillo, que acaba de ser gobernador de La Rioja, que ha llegado hace un mes de senador al Congreso y que asistió a la reunión, nos ha tranquilizado al respecto. Es amigo particular y político de los ministros de Relaciones Exteriores y de Guerra y Marina y no cree difícil obtener de ellos, ayudado por otra parte por el sentimiento público, que no se fijen mucho si los subalternos hacen la vista gorda."
"Pero no es eso todo; hay gastos indispensables y no hay un peso. Se trata de equipar unos cien hombres, y lo más serio, de fletar un vapor por un precio que haga aceptar al armador todos los riesgos de una empresa semejante. Hemos iniciado una lista de subscripción y tenemos ya cerca de dos mil duros reunidos. No dudando que tú me enviarías algo, pero deseando ponerte en guardia contra tí mismo, te he apuntado por 200 duros, que te ruego des orden a tu apoderado para que me los remita."
"No puedo ser más largo, porque tengo la casa llena. Mi mujer está asustada y anoche me ha hecho jurar sobre la cabeza de mis hijos que no pienso tomar parte en la expedición. Me eché a reir, pero la verdad es que respiramos una atmósfera que predispone a todas las locuras imaginables. Por lo pronto, dos o tres de los muchachos (¡los muchachos! ¡si vieras qué mal empieza a sentarnos el nombre!) irán en la expedición, unos por curiosidad, otros por hastío. Hubo un momento en que Jaramillo, ¡un venerable padre de la patria!, casi se compromete a acompañarlos. Me costó un triunfo disuadirlo; quería a toda costa poner un reemplazante, pero Castellar ha declarado que no quieren gente mercenaria y que, por otra parte, lo que va a sobrar son hombres, así que pisen el suelo oriental."
"Excuso decirte que los huéspedes forzados son los leones del día; la mecha de Eugenio está más irresistible que nunca, cubriendo la frente sombría y fatal del proscripto. Ha hecho la conquista de nuestro Vespasiano, a quien las graves ocupaciones curules no impiden, por cierto, mariposear como en los tiempos en que se levantaba una bailarina del Colón como un atleta cien kilos."
"Te escribo a la carrera y nervioso; la expectativa de la acción nos electriza. ¡Puedes figurarte con qué ansiedad vamos a esperar los sucesos!"
"Cariños de mi mujer y un beso de mis hijos."
Lorenzo.
—"P. D. ¿Qué has hecho del Winchester de repetición que tenías antes de tu partida a Europa? Si lo dejaste en Buenos Aires ordena que me lo entreguen. Jamás la sangre que derrame correrá más justamente."
V.
La tarde empezaba a caer cuando Narbal concluyó de leer los diarios que le había remitido Lorenzo. Nacido en Montevideo, conservaba por su cuna casual ese afecto orgánico que liga al hombre como a la bestia al punto en que viene a la vida—y sentía en su alma, ásperamente, la ignominia de ese gentil pedazo de suelo, tan bello, tan atrayente, tan hecho por la naturaleza para ser hogar de un pueblo libre y feliz... Pasó la mano por su frente, hizo ensillar su caballo y se echó a vagar por la llanura. El cielo, de una claridad admirable, empezaba a tachonarse de chispas brillantes y una calma profunda reinaba sobre los campos que se preparaban para el sueño. Y él, con la mirada perdida en ese portento de paz, pensaba en las familias que, a la misma hora, en el duelo y el llanto, temblaban por el hijo perseguido, por el viejo padre prisionero o lloraban sin esperanza el hermano bárbaramente sacrificado. Levantó la frente, una expresión viril se pintó en su rostro, que una ráfaga interior iluminó, y a lento paso volvió a su triste rancho.
II
Lorenzo decía la verdad; los sucesos de Montevideo habían producido una intensa agitación en Buenos Aires. Una fibra del corazón común había sufrido y las otras se estremecían. La política, los partidos, los antagonismos personales, todo había desaparecido ante la brutalidad de los hechos, que hacían revivir, en la memoria de los viejos, los cuadros sangrientos del pasado e inflamaban el espíritu de los jóvenes, ardientes por probar, como los mayores, que también ellos amaban la libertad y eran capaces de sacrificarse por ella.
No se hablaba de otra cosa; los diarios se habían pasado la voz, los corrillos no salían del tema obligado y hasta la rueda de la Bolsa, en los momentos de reposo, parecía moverse como un trípode espiritista, al eco de palabras generosas y maldiciones elocuentes a las que por cierto no estaba acostumbrada. El momento era propicio y convenía batir el fierro mientras estaba caliente. Así lo comprendió Castellar.
Era el tipo completo del oriental, con todas sus aberraciones y sus virtudes. Inteligencia clara, tal vez un poco superficial, pero abarcando con el extraordinario aplomo que da la inmisión prematura en la vida pública, todas las cuestiones susceptibles de determinar una opinión; fogoso, paradojal, armado de juicios hechos, definitivos y casi ásperos en su forma intransigente, bravo, lírico a fuerza de exaltado, girondino en la palabra, digno del cenáculo en el estilo, a tres mil leguas de la evolución positivista del espíritu moderno, leyendo y citando de buena fe los libros de Pelletan, encantado del "París en América" de Laboulaye, que acababa de leer y que hoy huele a moho; entusiasta por Artigas, sobre cuya acción real estaba muy vagamente informado, pero que la tradición de su país le presentaba como la encarnación de la nacionalidad; colorado fanático, pero orgulloso de la noble defensa de Paysandú; adorando a Juan Carlos Gómez, pero atribuyendo a una ofuscación del espíritu de su héroe la concepción de la patria grande, tal era el corte intelectual del joven que probaba por primera vez las amarguras de la proscripción. Entre sus compañeros había, por cierto, hombres de autoridad considerable y de pensamiento reposado; pero ellos mismos habían comprendido que lo que se necesitaba en esos momentos no eran demostraciones lógicas de que asesinar la gente y derrocar gobiernos a lanzadas es una barbaridad, sino corazones calientes que, comunicando la indignación, supieran utilizarla. Por otra parte, viejos aguerridos de la política, diez veces desterrados, diez veces batidos en empresas de reivindicación armada, su preocupación principal era ocultar a los jóvenes, llenos de entusiasmo, su invencible y fundamental desesperanza.
Cómo y por qué la elección de jefe militar de la expedición cayó en el Coronel Galindo, sería cuestión difícil de resolver. En esos momentos de exaltación, el deseo ardiente de encontrar un caudillo favorable, hace que cada uno por una complicidad inconsciente y generosa, adorne al elegido con todas las virtudes ideales a que aspira. Galindo "era un bravo, tenía una inmensa popularidad en los departamentos de la costa del Uruguay, conocía palmo a palmo el terreno de las futuras operaciones, era un hombre seguro, sobre el que nada podrían ni las amenazas ni las promesas de los que mandaban en Montevideo, tenía íntimas relaciones con muchos de los principales jefes del ejército argentino, inspiraba confianza, etc., etc." Tal lo pintaban los diarios que, con la indiscreción propia del oficio y yendo contra los intereses de la causa por la que manifestaban tanta simpatía, daban cuenta diariamente de todos los preparativos de la expedición, poniendo en serios apuros al Ministerio de Relaciones Exteriores y sirviendo de bomberos inconscientes a la gente que en Montevideo tenía la escoba por el mango. Galindo mismo, que al principio leía con asombro todos esos datos que refiriéndose a él, ignoraba por completo, acabó por convencerse de su importancia. En realidad, su vida, si bien confusa, era insignificante. Había servido en la guerra del Paraguay como teniente, se había batido bien, luego, en la patria, en una y otra revolución, había llegado a coronel, hasta que, después de la última, salvado a uñas de buen caballo por la frontera del Brasil, cinco años atrás, vino a caer a Buenos Aires. Naturalmente, al cabo de tres meses, abrió su correspondiente escritorio de comisiones, gestión de asuntos ante los dos gobiernos, despacho de aduana, órdenes de Bolsa, remates, etc., pero cuyo resultado positivo fué embrutecer por completo al joven dependiente que pasaba las horas muertas cebando mate y oyendo, dentro de una intolerable atmósfera de tabaco negro, eternas discusiones políticas en la que tomaban parte cuotidiana, a más del coronel y su socio, un rematador de Buenos Aires fundido, todos los vagos de ambas orillas del Plata que el azar empujaba hacia la calle San Martín, ubicación del famoso escritorio de Galindo y Cía.
A los tres meses, Galindo, agobiado por el peso del alquiler, se vió obligado a sacar las tablillas. Un cobro imposible al gobierno nacional se arrastraba como antes de que la sociedad lo tomara en mano y el jefe de una casa inglesa que, por una recomendación de Montevideo, había ido al escritorio de Galindo a darle una comisión, regresó de la puerta asustado por el tumulto. El bravo coronel fué a aumentar el número de despojos que flotan en las aguas turbias de la Bolsa, pescando aquí y allí, una pequeña comisión, dada por un especulador en ansia de despistar al adversario, practicando la multa con circunspección y asiduidad, atando, en fin, los hilos de fin de mes con tanto esfuerzo como necesitaba Fígaro para vivir. La palabra francesa vivoter explica muy bien ese vaivén instable de la fortuna, esa angustia perenne al principio, pero que pronto degenera (las pacientes dicen se regenera) en una indiferencia mezclada con la confianza indolente en una estrella, de poco brillo, pero que no se extingue nunca. Así vivoteó cinco años el coronel Galindo y en esa situación le encontraron los sucesos de Montevideo. Castellar, que le conocía de larga data, pero que sufría a su respecto la aberración del momento, vió en él al hombre de las circunstancias y le propuso ponerse al frente de la expedición. Galindo, pronto a todas esas aventuras por naturaleza, educación e instintos, aceptó en el acto, poniendo, por la forma, algunas condiciones referentes a la disciplina, a la absoluta independencia en la dirección de las operaciones militares, que acabaron por cimentar la confianza que se había resuelto depositar en él. Originario de Fray Bentos, aprovechó el azar para sostener sus extensas relaciones en la costa. Pidió doscientos hombres bien armados, un vapor a sus órdenes y completa latitud de acción.
A pedido de Castellar, Lorenzo facilitó el salón de su casa, el mismo en que había tenido lugar la reunión de que hablara a Narbal, para celebrar todas las que fueran necesarias. Lo hacía con placer, porque en realidad estaba profundamente indignado. Además, ese movimiento, esa actividad ajena a sus monótonas ocupaciones diarias, le había galvanizado, haciéndolo volver a los viejos tiempos en que andaba siempre por los extremos, pensando en soluciones violentas a todas las cuestiones de la vida. Su casa había tomado el aspecto de un cuartel electoral, para desesperación de su mujer, que veía fusiles en todos los rincones, a los chiquitos jugando con sables o arrastrando cartucheras, al par que la descomponía el olor frío de tabaco, pegado a las cortinas y a los muebles. No comprendía bien ese patriotismo por asuntos de tierra extraña, pero con una confianza absoluta en la nobleza de los sentimientos de su marido, se resignaba poniendo al mal trance la mejor cara posible. Jaramillo, que comía todos los domingos allí y quien tenía la viva simpatía que el abierto riojano inspiraba generalmente, le repetía que los orientales le deberían una buena parte de su libertad y la exhortaba a bordar con sus propias manos la bandera del cuerpo expedicionario. Herminia, desarmada, sonreía.
III
La reunión que se celebraba esa noche tenía una importancia capital, porque, a más de recapitular los elementos de que se disponía, Castellar pensaba proponer la realización inmediata de la empresa. Cada uno debía dar cuenta de la comisión que le fuera encomendada y el coronel Galindo, por primera vez, sometería su plan de campaña.
La reunión tenía lugar en el comedor, más vasto y sobre todo, por la disposición de la casa, más aislado que el salón. Estaban reunidas unas veinte personas, entre las que se encontraban cinco o seis personajes de Montevideo, otros tantos jóvenes, algunos militares y sólo tres argentinos, esto es, Lorenzo, Jaramillo y un amigo del primero, que debía dar cuenta de su trabajo en el sentido de obtener un vapor. Todos estaban más o menos exaltados, pero la expresión era diferente. Lorenzo hablaba poco pero se movía mucho, Jaramillo se movía y hablaba con abundancia, los jóvenes orientales dominaban mal su impaciencia, los viejos procuraban poner cara de palo y Galindo, como los oficiales que le acompañaban, se sentían incómodos.
Castellar habló primero.
—El caballero, dijo, que nos da la hospitalidad y cuyo nombre recordaremos siempre los orientales como el de uno de los más generosos y desinteresados entre los amigos de nuestro país, va a exponer a ustedes el estado de las cosas. Debo declarar, porque así me lo ha repetido con frecuencia, que en todos aquellos de sus compatriotas a quienes ha acudido, ha encontrado una acogida simpática, que se ha traducido en hechos. Eso nos prueba una vez más, añadió,—no sin echar una rápida mirada a un hombre de hermosos cabellos plateados y fisonomía abierta y expresiva, que lo miraba con sus ojos claros y dulces,—eso nos prueba una vez más, que el destino ha hecho a nuestros dos países para marchar y desenvolverse en armonía, cada uno según su índole y las exigencias de su historia, pero unidos por los mil vínculos en que el pasado nos liga y el porvenir estrechará. Como se verá dentro de un momento, podemos pensar ya en la realización inmediata de nuestra empresa. Cada día que pasa es una vergüenza más para nuestra patria y un peligro, porque el tiempo sanciona lentamente los hechos consumados. Los elementos necesarios están reunidos, tenemos confianza en el éxito y estamos dispuestos a dar la vida con júbilo. Por mi parte, si en la empresa la pierdo, estoy recompensado por la confianza que no sólo mis amigos, sino también los hombres venerables que me escuchan, han depositado en mí. Sólo me resta presentar a ustedes a nuestro futuro jefe, el coronel Galindo, un patriota probado, cuyo valor y experiencia son una garantía de éxito.
—A mi vez, agradezco a Castellar sus palabras de gratitud, dijo Lorenzo. No las merecemos, porque es difícil obrar bajo la idea de que los orientales nos son extranjeros. Por lo pronto, declaro que siento los dolores de su patria de ustedes como los de la mía propia. Es un deber recíproco de ayudarnos en las horas amargas, en nombre de la solidaridad de la civilización. Tendámonos la mano, pues, guardemos en el fondo del alma el sentimiento que nuestros actos nos inspiren y obremos.
Luego tomó algunos papeles y continuó:
—He aquí lo que hemos podido reunir hasta este momento: 160 rémington, cuarenta carabinas, éstas como los primeros con su correaje correspondiente, ochenta sables y otras tantas lanzas. Se han adquirido 20.000 cartuchos. Todo está depositado en un corralón de mi propiedad. La suscrición, contando con lo gastado en las municiones, ha producido, por nuestra parte 7.500 pesos fuertes.
Agregue usted 5.000 más que he recibido de una suscrición privada, hecha en Montevideo, dijo uno de los venerables, como les había llamado Castellar.
Hubo un murmullo de satisfacción, Lorenzo iba a continuar, cuando alguien golpeó la puerta del comedor. Lorenzo abrió y un criado le entregó una tarjeta. Apenas echó los ojos sobre ella, sintió una emoción violenta, se puso pálido y dió un paso hacia la puerta. Dos o tres personas corrieron hacia él inquietas. Lorenzo se detuvo y, haciendo un esfuerzo, se serenó rápidamente.
—Pido a Vds. disculpa, señores. Pero un amigo, el mejor de mis amigos, el hombre que más estimo y quiero sobre la tierra y a quien no veía hace cinco años, que para él han sido muy amargos, acaba de llegar y me envía esta tarjeta de al lado de la cuna de uno de mis hijos: "Llego en este momento y sé que tienes una reunión referente al noble propósito sobre el que me escribes. Te ruego pidas en mi nombre a esos caballeros me concedan el honor de combatir en sus filas por la dignidad del país en cuyo suelo nací". ¿Quieren Vds. permitirme, señores, presentar a Carlos Narbal?
Todos asintieron calurosamente y antes que Lorenzo hablara, Jaramillo, que estaba fuera de sí, se precipitó hacia la puerta. El riojano había conservado un culto por Carlos; el alejamiento silencioso de éste, sus propias preocupaciones políticas, le habían impedido mantener correspondencia con Narbal, como lo hubiera deseado. Pero jamás le olvidó y quedó en su recuerdo como la personificación del hombre elegante, generoso, aristocrático de gustos, robusto de ascendiente moral, que era su tipo ideal, realzado aún por la circunstancia de haber sido su introductor en el mundo porteño. Cuando guiado por el sirviente, se halló de pronto frente a Carlos que hablaba con Herminia teniendo en sus rodillas un delicioso muchacho de tres años que acababa de despertarse y que le había tendido los brazos como a un viejo amigo, Jaramillo tuvo que hacer un esfuerzo para ocultar la emoción que el cambio de Carlos le producía. Se echó en sus brazos con un ímpetu de cariño tan sincero, que Narbal lo estrechó con verdadera afección. Un instante después entró Lorenzo. Largo tiempo, en silencio, sus corazones latieron unidos; cuando Lorenzo apartó a Carlos para mirarle, teniéndole de las manos, sus ojos estaban húmedos. Herminia lloraba sencillamente y el niño, con los ojos muy abiertos, miraba la escena con asombro. Un nuevo afecto que echa su noble raíz en el corazón o un viejo cariño que se despierta con energía, aumentan la intensidad de todas nuestras afecciones, como, en el suelo tropical, la soberbia robustez de un árbol, aumenta la lozanía de las plantas que lo rodean, protegiéndolas con su sombra y dando a la tierra un impulso de vida. Lorenzo oprimió las manos de Herminia, besó a su hijo, dió un vigoroso shakehands a Vespasiano, que lloraba como un becerro y tomando a Carlos del brazo, le dijo:
—Vamos; nos esperan.
Narbal comprendió y siguió a su amigo en silencio.
Un momento antes de abrir la puerta del comedor, Lorenzo, casi inconscientemente se detuvo.
—¿Es cosa resuelta? dijo.
Carlos sonrió tristemente. Lorenzo sintió la puerilidad de su pregunta y abrió la puerta con resolución.
Narbal fué acogido con respetuosa simpatía. Los viejos habían conocido a su padre y para los jóvenes tenía ese atractivo curioso que los contrastes serios de la vida dan a los hombres. Respondió a las manifestaciones cariñosas de que era objeto y fué a colocarse silenciosamente en una silla al lado de Jaramillo, que hacía esfuerzos enormes, pero fructuosos, para no hablar de cosas que tenían una conexión sumamente remota con los sucesos orientales.
Lorenzo continuó:
—Reuniendo, pues, las sumas obtenidas hasta hoy, se puede disponer, a más de lo gastado, de diez mil patacones. He declarado ya a mi amigo Castellar que mi intervención no tenía más alcance que la reunión de fondos y elementos y que esperaba que el sentimiento que me dictaba esa línea de conducta fuera bien comprendido. Es necesario no dar a los adversarios la enorme ventaja de acusar a Vds. de apelar al extranjero. Sé que sería un absurdo; pero nada hay más terrible que el absurdo cuando toma una forma definitiva y neta. Sólo me resta, rogar a nuestro amigo Martínez quiera dar cuenta de la comisión que tuvo a bien aceptar.
—El vapor Urano, dijo el interpelado, está a nuestra disposición, mediante cinco mil duros y los gastos de seguro. Es un buen buque, no muy grande, pero que puede fácilmente transportar trescientos hombres. Lo manda un italiano, el capitán Lamberti, que me parece un hombre digno de confianza. Como el seguro ofrece muy serias dificultades, tal vez insuperables, he propuesto, salva ratificación de parte de Vds., que los propietarios mismos se encarguen de asegurarlo. Esto importará un gasto considerable.
—¿Han aceptado?
—Sí, pero piden diez mil duros.
—No será difícil encontrarlos, dijo Lorenzo.
—Bien. Ahora, ocupémonos un poco del plan general, dijo Castellar. ¿Qué piensa el coronel Galindo?
El bravo coronel era un hombre de fisonomía simpática y esencialmente criolla. A primera vista, se notaba la ausencia del golpe de cepillo social, pero en cambio se veía el valor. Algo bajo y grueso, el pelo bastante largo, bigote y pera entrecana, brazos cortos y pies anchos. Se levantó, pero, al hablar, juzgó sin duda que así era más difícil y se volvió a sentar.
—Conozco dos o tres puntos en que el desembarque será fácil, dijo. Escribiendo unos días antes a los amigos de la costa, estoy seguro que nos esperan quinientos hombres con caballada suficiente. Luego se lanza el manifiesto, entramos en campaña y...
—¿Qué manifiesto? dijo uno de los ancianos.
—¡Pues!... ¡el manifiesto... el manifiesto que se lanza siempre! dijo Galindo mirando con asombro al que le interrumpía.
—Es necesario ponernos de acuerdo sobre ese documento, dijo el viejo formulista.
—Cuatro líneas bastarán, señor, contestó Castellar. Una vez presentados los hechos en toda su brutalidad, no creo necesario agregar una palabra más.
—Sí, pero creo conveniente, creo indispensable determinar de una manera fija el objetivo de la expedición y anunciar el uso que se piensa hacer del triunfo.
—Es precisamente lo que pienso que debe evitarse, dijo Castellar con cierta impaciencia. Mi pensamiento es éste: el manifiesto no debe ser ni blanco ni colorado....
—Sin embargo, replicó el tenaz anciano, el atentado inicuo ha sido hecho en nombre del partido colorado....
Castellar iba a replicar, tal vez sin suficiente calma, cuando Narbal le previno.
—Puesto que se juzga necesario un manifiesto ¿no creen Vds., señores, que el llamado a dirigirlo al pueblo oriental, sea el Presidente constitucional de la República, que acaba de ser depuesto de una manera violenta? Nadie puede tener mayor autoridad que él. Una palabra suya pondrá las cosas en su lugar: ellos los revolucionarios, nosotros los defensores del orden legal.
El silencio que siguió no era sólo consideración por Narbal. Dos o tres personas sonrieron irónicamente y la fisonomía de Castellar se obscureció.
—A mí me parece que el señor tiene razón, dijo Galindo con franqueza.
—Conviene que Vd. sepa lo que sucede, señor Narbal, dijo Castellar con tristeza, puesto que tan noblemente nos trae su concurso. El doctor Erauzquin, Presidente de la República Oriental, es un hombre esencialmente inerte, sin ambiciones, sin resolución para ser enérgico, teniendo todos los elementos para conseguirlo y que llevamos al poder haciendo violencia a su voluntad. En su derrocamiento sólo vió su liberación y el medio de volver a la vida privada. Se encuentra actualmente en el Brasil, donde su fortuna le permitirá vivir tranquilamente, si es que no pasa a Europa en breve. Se le ha escrito, se le ha instado, se han tocado todas las cuerdas que suponíamos vibraran aún en él para decidirle a venir a ponerse a nuestro frente. Nos ha contestado ofreciéndonos dinero para ayudar a los compatriotas proscriptos que se encuentran sin recursos, pero añadiendo que por ningún motivo tomaría parte en ningún movimiento político. Es inútil contar con él. Me es doloroso hablar así, no sólo porque comprendo la falta que nos hará su adhesión moral, sino porque soy amigo particular del Dr. Erauzquin.
Había algo de súplica en las últimas palabras de Castellar; todos lo comprendieron.
Un hombre viejo, el último de su grupo, no había abierto aún sus labios. Cuando el coronel Galindo habló, algo como una expresión de ira o de desprecio pasó por su cara. Al concluir Castellar, no pudo contenerse.
—Quieran los jóvenes aquí presentes, dijo, prestar un poco de atención a un hombre cargado de años y de experiencia. He estado encerrado ocho años en Montevideo, durante el sitio que es y será nuestra página de gloria nacional. Desde 1852 hasta la fecha, he tomado parte activa en la política del Río de la Plata, con los vencedores pocas veces, muchas con los vencidos. No es esta la primera vez que me encuentro en una reunión semejante. Como ustedes he sido joven, me he indignado, me he batido, he quedado tendido en los campos de batalla, he evitado el golpe de los asesinos, conozco bien nuestra triste vida nacional. Hoy, ante el derrumbe de todas mis ilusiones, ante la realidad repugnante que destruye en un minuto tantos años de esfuerzo, siento que hablar es un deber, aunque vaya a chocar contra el noble sentimiento que anima a ustedes. Pero ustedes son nuestros hijos, ustedes son la esperanza única del país y no puedo conformarme en silencio al sacrificio estéril que van a imponerse. No, coronel Galindo, no encontrará usted quinientos hombres al desembarcar; encontrará usted mil, dos mil, semibárbaros, guiados por caudillos locales que sostendrán frenéticamente el nuevo régimen de Montevideo, porque importa la derogación de toda ley y sujeción. Aunque no lo quiera, tendrá usted que hacer pie firme y presentar combate, porque sus soldados se lo exigirán. Y este puñado de jóvenes, lo más noble, lo más digno del país, el grano del porvenir, caerán uno a uno, luchando contra gauchos salvajes, cuya existencia sólo tiene importancia vegetativa. Robustecidos por un triunfo fácil e inevitable, los hombres de Montevideo se afirmarán en el poder y toda esperanza de volver a la libertad y al decoro se alejará por muchos años!...
Castellar había oído mordiéndose los labios.
—¡No puedo suponer que usted nos aconseje la aceptación de los hechos consumados!—dijo.
—Lo que propongo a ustedes es el único temperamento que la historia de todos los pueblos que han cruzado épocas análogas señala como eficaz: la expectativa, la perseverancia. Los lobos acaban siempre por devorarse entre ellos, nuestros dictadores crían siempre serpientes en su seno y en ese mundo moral la traición es elemento normal. Esperemos: dentro de seis meses, esos hombres se separarán en dos bandos. ¡Entonces llevaremos nuestra fuerza intelectual, nuestra autoridad, qué digo! toda la autoridad de la sociedad culta, a aquel de ambos que ofrezca probabilidades de reacción contra la barbarie. Y así, lentamente, favoreciendo a unos contra otros, inoculando con paciencia nuestras ideas, hemos de ver, verán ustedes, seguramente, el orden definitivo imperando, porque se basará sobre el cimiento de granito de una evolución pacífica y no sobre la sangre, que en nuestra tierra marea y enloquece...
—¡No!—exclamó con voz vibrante el hombre de ojos claros y largos cabellos plateados a quien Castellar había mirado con intención al hablar de la independencia oriental. ¡No! también soy viejo, también mi vida ha transcurrido en la lucha, también he conocido la proscripción, puesto que vivo en ella hace 20 años. Respeto el móvil de mi digno amigo; pero no puedo consentir en silencio en que nuestras canas nos den derecho para venir a ahogar esa explosión de viril indignación que inflama hoy el alma de los jóvenes orientales. ¿Por qué ese error de la sangre? Es el rocío sagrado sin cuyo riego jamás un pueblo llegó a nada grande. Luchamos contra bárbaros, luchamos contra fieras y la palabra es inútil. Un pueblo que acepta silenciosamente la opresión y que busca la redención en combinaciones bizantinas, es un pueblo que abdica. Ustedes, jóvenes, son hoy el pueblo oriental, llevan en su corazón el depósito de su dignidad y en sus brazos el estandarte de su gloria. El movimiento que les impulsa a la lucha es la obediencia a la voz de la patria que llama e implora. ¿Seréis vencidos? Y bien, queda el ejemplo. No se pierden jamás los rastros de la sangre derramada por una causa santa y como el polvo de los Gracos engendró a Mario, así la sangre vertida en las hecatombes del año 40 clamó al cielo y Caseros fué...
De pie, con su elegante figura, con los ojos chispeantes, todos le contemplaban bajo una atracción misteriosa. Habló largo rato con palabra de fuego, colorida, poco lógica, pero irresistible. El argumento flameaba como una bandera de guerra y él mismo creía sentir el olor del combate.
¿Cómo rebatir esas cosas? ¿Cómo hacer oir la razón cuando el corazón late a reventar? Las manos se estrecharon en un movimiento impetuoso que hizo acallar todas las dudas, y la resolución suprema se adoptó. El porvenir podía ser obscuro, los negros vaticinios del anciano realizarse, el esfuerzo ser inútil, pero, en el fondo, jamás un grupo de hombres tuvo la conciencia más pura en el momento de aceptar el sacrificio. Allá, a lo lejos, en el seno de las sociedades secularmente organizadas, hay una eterna sonrisa para nuestras asonadas americanas, y, sin embargo, ¡cuánta virilidad, cuánta altura de pensamiento importan muchas veces! Esa fatalidad histórica es nuestra cruz; llevémosla sin desesperar, porque, en el fondo del caos aparente, se mueven ya los elementos de la organización definitiva.
1884.