JOSÉ DE LA LUZ Y CABALLERO (continued 2)
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Algo más que aplicar al trabajo de Rodríguez el escalpelo de la crítica hizo también Sanguily; sin empeñarse en componer narración tan abundante y minuciosa, quiso á su vez trazar con sus propios recursos un retrato del maestro, de cuerpo entero; acumular sus vigorosas pinceladas en el centro luminoso de su cuadro, poner el dulce y meditabundo rostro en enérgico relieve y hacer brillantemente resaltar los rasgos esenciales. La obra es digna de todo aplauso; el estilo, lleno de calor, de concentrada energía, revela el hondo interés que el asunto le inspira y el ardiente deseo de no decir más que la verdad.
Las dos biografías, puede decirse, recíprocamente se completan; la de Rodríguez, sin rigor de método en la distribución de la materia, sin plan estrictamente limitado, fuera del orden cronológico naturalmente indicado, semeja esos ríos caudalosos que corren sobre terrenos llanos entre orillas indeterminadas, mientras que la de Sanguily, como un torrente impetuoso que viene de las montañas, no cesa un instante de desplegar la fuerza que exige su ruta entre desfiladeros. Gracias á ellas sabrá la posteridad cubana cual fué el verdadero temple de alma del hombre que tanto influyó allí durante tres generaciones. Ambos trabajos, muy notables, aunque por tan diverso espíritu informados, eran en el presente caso más necesarios, porque Luz, como hemos visto, no escribió nada bastante extenso y meditado para dar hoy cuenta cabal de su valor como educador y como filósofo. Sin las declaraciones de sus discípulos faltaría un elemento esencial, como carecería el mundo—si parva licet componere magnis—de los elementos necesarios para conocer y comprender á Sócrates, si no nos hubiera Jenofonte conservado sus Memorabilia.