ANDRÉS BELLO
Reading edition
Obras completas de Don Andrés Bello.—Quince volúmenes. Santiago de Chile.—1881-1893.
En el año de 1872 votó el Congreso nacional de Chile una ley para que se ordenase é imprimiese á costa del tesoro público la edición completa de las obras tanto publicadas como inéditas de Andrés Bello, en recompensa (dice el texto de la ley) á los servicios por él prestados como escritor, profesor y codificador. La edición, llevada á cabo bajo la dirección del Consejo de Instrucción pública, es sin disputa hermoso monumento elevado en honor del que es gloria reconocida de toda la América que habla la lengua de Cervantes: quince gruesos volúmenes en octavo grande, en condiciones tipográficas bastante buenas, precedidos todos de los datos y noticias necesarias, y acopiando, bien en el cuerpo de los tomos, bien á veces en esas mismas introducciones, cuanto se ha podido encontrar debido á la pluma del ilustre venezolano, tanto entre sus manuscritos como en los más antiguos y olvidados papeles periódicos donde escribió en el curso de su larga vida.
Invitado Bello por el gobierno chileno, fué á establecerse en Santiago el año de 1829; tenía entonces cuarenta y ocho años, una familia numerosa formada en Inglaterra, donde había residido diez y nueve años y se había casado dos veces. Durante esa larga estancia en tierra extranjera había sido secretario de las legaciones de Venezuela, de Chile y de Colombia en varias ocasiones, además periodista, profesor en casas particulares, traductor, descifrador de manuscritos, luchando de mil maneras para ahuyentar la miseria y sostener su familia. Pero el sueldo de diplomático era corto y siempre mal pagado, los otros trabajos inseguros ó mezquinamente retribuídos, y el pobre hombre, á pesar de su instrucción extraordinaria é infatigable laboriosidad, se acercaba en las más precarias condiciones al límite fatal de los cincuenta años, sin recursos de fortuna y agobiado por necesidades domésticas. No le era ya dado pensar en volver á Caracas, su ciudad natal; sobre no estar satisfecho del modo como en su ausencia lo habían tratado ni del aprecio con que sus jefes, Bolívar mismo incluso, habían correspondido á sus servicios, ya en ese año de 1829 se veía venir inevitable la disolución de Colombia y la anarquía propagarse terriblemente en Venezuela.
Aceptó, pues, las proposiciones, salió para Chile y halló aquello de que iba en busca: seguridad de la existencia material y campo donde ejercer sus grandes facultades de literato, periodista, educador del país, maestro de la juventud. Treinta y seis años más debía vivir, residiendo siempre en la ciudad de Santiago hasta su muerte en Octubre de 1865, á la respetable edad de ochenta y cuatro años. El gobierno chileno le confirió desde luego la categoría de empleo que había ofrecido, lo nombró al poco tiempo Oficial mayor del Ministerio de lo Exterior y gradualmente fué otorgándole cargos y honores: Rector de la Universidad, Senador, Comisionado especial de la redacción de códigos, etc. Después de su muerte se le han erigido estatuas, se ha celebrado con entusiasmo en 1881 el centenario de su nacimiento, se ha publicado en fin esta hermosa edición de sus obras, costeada por fondos públicos y regalada en parte á la familia, á los herederos de Bello.
Se ha mostrado, por tanto, la república de Chile noblemente agradecida al ilustre varón venezolano que la hizo su segunda patria. Pero antes de tocar al período de los triunfos tuvo Bello que pasar momentos muy amargos. Desde su llegada, encontrándose el país en situación bastante incierta, en vísperas de sangrientas discordias, se vió forzado por las circunstancias á colocarse, ó parecer colocado, del lado de uno de los dos partidos que se disputaban el porvenir de la república. Afortunadamente salió victorioso el partido á que se inclinó: de ahí que pudiese permanecer tranquilamente y dejar al tiempo traerle los honores y el respeto que sus grandes méritos justificaban; pero de ahí también surgieron enemistades y rencores que en seguida lo expusieron á rudos ataques, durante muchos años después á insultos y alardes enfadosos de desdén. Todavía en 1835, seis años después de su naturalización, un chileno distinguido, justamente llamado "patriota venerable" por Amunátegui en su copiosa é interesante Vida de Don Andrés Bello, calificó de miserable aventurero al insigne autor de la silva á la Zona tórrida.
Recibir cara á cara tal expresión de vilipendio á los cincuenta y cuatro años de edad, después de haber escrito obras inmortales, y en un país, que si no es la patria, es lo más próximo posible, por la identidad de la lengua, de las costumbres, de las tradiciones y hasta de los infortunios, debe exceder al dolor físico más punzante. Huella profunda del efecto que ese y otros ataques le causaron aparecen en varios de sus escritos, á pesar de su calma y moderación ingénitas; señaladamente en una muy sentida octava de un apóstrofe al campo con que comienza el canto tercero del poema El Proscrito, que dice así:
¡Al campo! ¡Al campo! Allí la peregrina Planta, que floreciendo en el destierro Suspira por su valle ó su colina, Simpatiza conmigo; el río, el cerro Me engaña un breve instante y me alucina: Y no me avisa ingrata voz que yerro, Ni disipando el lisonjero hechizo Oigo decir á nadie: ¡advenedizo!
Pero dadas las condiciones en que se encontraba no debe extrañar sobremanera que fuese cruelmente atacado, ni sería justo deducir cargo demasiado severo contra Chile. En cualquiera otra parte probablemente le hubiera sucedido lo mismo, y es seguro que allí por lo menos obtuvo á la postre grandes y justas compensaciones.
Antes de fijar brevemente nuestra atención en la parte poética de la obra de Bello, haremos ligera indicación de los escritos coleccionados en los demás volúmenes, prescindiendo de los cinco últimos tres de los cuales comprenden exclusivamente sus trabajos como jurisconsulto y codificador, y los otros dos artículos ó científicos ó de viajes ó de algún otro asunto, pero todos de importancia mucho menor.
El tomo primero contiene la Filosofía del entendimiento, tratado póstumo de psicología y lógica, que el autor á su muerte tenía copiado en limpio y preparado para la impresión. Su principal importancia consiste en revelarnos las doctrinas que enseñaba Bello á sus discípulos; fuera de eso es materia completamente envejecida. Su larga estancia en Inglaterra lo impulsó á abrazar la filosofía allí entonces imperante, los sistemas de la escuela escocesa, muy en consonancia, además, con sus tendencias espiritualistas y con su modo práctico de considerar los problemas de la ciencia y de la vida. Entre los varios filósofos que escribían ó profesaban en ese tiempo parece haber preferido, aunque á veces refutándolo, á Thomas Brown, poeta también y prosista distinguido. Pero los libros de Brown están ya completamente olvidados aun en Inglaterra misma, y nada ó casi nada queda hoy de sus aplaudidas doctrinas filosóficas. El tratado de Bello se distingue por la claridad de la exposición y la excelente distribución de sus partes; es un libro de enseñanza, del género de los que compuso el presbítero Balmes, y si no escrito con la animación y brillantez que distinguen al polemista catalán, tiene en el fondo más solidez y más sinceridad en la discusión, y la forma es mucho más correcta, á pesar de que Bello distaba mucho de escribir en prosa tan bien como en verso.
El tomo segundo encierra el antiguo poema ó Gesta del Cid, conforme á una nueva versión corregida del texto publicado por Sanchez á fines del siglo XVIII, con más de cien páginas de notas repletas de erudición y muy sagaces conjeturas, dos apéndices sobre la lengua y literatura españolas de la Edad media y un glosario, no tan flaco y desprovisto como el de Sanchez y otros, después del de Sanchez, publicados en España.
Las materias de estos dos primeros volúmenes adolecen del mismo mal. Muy notablemente tratadas para la época de su composición tienen gran valor en la historia de la vida de Andrés Bello, pero menos utilidad é interés directo para filósofos ó eruditos al corriente de la ciencia de nuestros días. La psicología escocesa, aun mirada al través de los universitarios franceses, parece hoy una curiosidad histórica, una antigualla. El texto del poema del Cid descifrado por Sanchez no es ya la base para edificar una nueva edición; el códice del siglo XIV que ese benemérito literato tuvo la suerte de descubrir no ha sido bien transcrito hasta una época posterior, en uno de los últimos tomos de la Biblioteca de Rivadeneyra, y mucho mejor en la edición de Halle publicada por el sabio alemán Volmöller[69]. Careció por tanto Bello de los elementos indispensables, y es muy de admirar por lo mismo que á veces adivinase detrás de las mentiras de la copia del siglo XIV la versión probable del original antiguo. Otras veces sugiere cambios menos aceptables, dando por sentado respecto al metro y otros puntos dudosos soluciones difíciles de justificar. Si el trabajo se hubiese publicado cuando lo proyectó y comenzó á ejecutarlo, cuando acudía diariamente al Museo británico á reunir sus materiales y acopiar el inmenso número de extractos y apuntes que se llevó á Chile, hubiera ocupado inmediatamente ese modesto hijo de Venezuela el primer puesto entre los sabios de Europa dedicados al estudio de la literatura de las naciones latinas durante la Edad media. Ya en 1829 sabía Bello sobre los cantares de gesta, los romances, las crónicas y en general sobre la lengua literaria de España más de lo que llegó nunca á saber Amador de los Ríos, que en esas materias pasaba en su tierra por un pozo de sabiduría.
La Gramática castellana con las excelentes notas de Cuervo llena todo el cuarto; en el quinto están reunidos el compendio de la misma gramática y sus trabajos menores del mismo género: análisis de la conjugación, métrica, etc. En ese terreno no tiene rival. Su utilidad práctica puede ir disminuyendo con el tiempo, pero el nombre del autor, príncipe de los gramáticos españoles en el siglo XIX, no morirá.
El tratado de Derecho internacional, cuya primera edición data de 1832 y unánimemente se considera como un modelo de libro de texto, por otros imitado y no mejorado, ocupa el tomo décimo, así como el noveno los Opúsculos jurídicos. Ambos volúmenes revelan su profundo dominio de las teorías del derecho, tan hábilmente aplicadas luego en los cinco últimos á la redacción de las leyes, que rigen y regirán siempre, más ó menos modificadas, en Chile.
Cuantos documentos son necesarios para seguir su vida literaria se hallan bajo el rótulo de Opúsculos literarios y críticos en los tomos cuarto, séptimo y octavo: ahí reaparecen sus artículos insertos en periódicos de Londres y de Santiago, en la Biblioteca, El Repertorio, Los Anales, El Araucano y varios otros; sus discursos de la Universidad, sus memorias oficiales, y en los prólogos de don Miguel Luis Amunátegui, escritos para cada uno de los tomos, se encuentran hasta fragmentos de artículos no concluídos descubiertos entre sus manuscritos. Todos ellos por desgracia, los conocidos y los inéditos, confusamente amontonados sin orden de materias ni de fechas.
Amunátegui, prologuista infatigable, que antepone á cada uno de los diez primeros volúmenes de esta edición largas introducciones desaliñadamente escritas, pero repletas de datos y rebosantes en amor y admiración hacia el famoso varón que fué su maestro, ha tenido la suerte de extraer de los manuscritos fragmentos interesantes, y aun alguna vez trabajos completos y valiosos. Halló en ellos un verdadero filón, pero no fácil de beneficiar. Bello usaba forma de letra malísima y en los últimos períodos de su vida escribía en caracteres microscópicos, desiguales y borrosos, que ni con fuerte vidrio de aumento se dejan fácilmente descifrar y exigen gran dosis de paciencia y conciencia en el descifrador. Varias de las obras antes inéditas estarán probablemente en esta edición cuajadas de errores nacidos de esa causa, y el mismo Amunátegui lealmente lo advierte y nos facilita armas para atacarlo en su función de lector de los jeroglíficos de Bello.
Figuróse una vez haber encontrado versos en un papel, más cuidadosamente examinado resultó ser un viejo borrador de artículos para el Código civil. Otra vez en cambio tuvo la dicha singular de poner la mano nada menos que sobre el final perdido de la epístola á Olmedo, de los hermosos tercetos que en 1827 dirigió Bello á su amigo con el título de "Carta escrita desde Londres á París por un americano á otro", y de los cuales había publicado hasta completar el número de cincuenta y uno el mismo Amunátegui en su vida de Don Andrés, edición de 1882, deplorando que faltase el final ó no hubiese el autor llegado á escribirlo. Con muy legítima satisfacción, por tanto, procedió á insertar en la introducción al tomo de las poesías en estas Obras Completas nueve estrofas más: ocho tercetos y el cuarteto que definitivamente las cierra.
El primer hallazgo era una fortuna, resolvía una duda bibliográfica, pero nada añadía á la reputación del poeta: antes al contrario parecía bien extraño que en la fuerza de sus años escribiese Bello terceto tan áspero y rocalloso como éste:
Y en todos sus oráculos proclama Que al Magdalena y al Rimac turbioso Ya sobre el Tiber y el Garona ama.
O que poeta tan sobrio y conceptuoso echase á volar este verso insulso y palabrero:
Bella visión de cándidos cristales.
No había semejante cosa, tales adefesios no eran de Bello, eran mala lectura del manuscrito, y por dicha se pudo rectificar el verso.
La epístola acaba con una apoteosis á la antigua moda clásica. Olmedo se sienta en el Parnaso entre las Musas que entonan un himno en su loor; y para hacer más cumplido y delicado el elogio pone Bello en boca de las nueve hermanas versos del mismo Olmedo, versos tomados del magnífico canto á la victoria de Junín, donde se dice:
Que ni Magdalén y al Rimac bullicioso Ya sobre el Tiber y el Eurotas ama.
De esa manera un río clásico, el río de Esparta, viene á sustituir al Garona, el río de Burdeos, que tan impertinentemente se pretendió hacer correr por esa región de pura poesía. Lo mismo acontece con la visión absurda de cándidos cristales, que eran y debían ser cándidas vestales, como había escrito Olmedo. Et sic de caeteris.
Bello no caerá en el olvido ni como gramático ni como filólogo; en Chile es seguro que no se borrará su fama de legislador: pero los timbres indelebles de su gloria estarán siempre en sus obras poéticas. Es por consiguiente el más interesante de los tomos de esta edición el tercero, en el que por primera vez se encuentra completo, reunido cuanto de bueno, de mediano y de insignificante compuso ó tradujo en verso, hasta donde ha sido posible sacarlo de sus casi ilegibles manuscritos. La colección es muy superior á la que en 1881 apareció en Madrid en la Colección de Escritores castellanos, aseméjanse ambas solamente en el número considerable de erratas, pero esto es cosa corriente: el corregir erratas de imprenta parece un arte perdido, ignorado de casi todos los que en Europa y América publican libros en español.
Esa edición de Madrid tiene el mérito de llevar al frente un estudio biográfico y crítico por Don Miguel Antonio Caro, pero comete el crimen de mutilar lastimosamente al poeta suprimiendo hasta cuarenta y seis versos de una de sus mejores obras, la Alocución á la poesía, simplemente porque aluden á España, á las crueldades de la conquista y de la guerra de independencia. El trabajo de Caro es muy notable, elegantemente escrito y de sólida doctrina, salvo en alguno que otro lugar en que el distinguido literato colombiano afirma en forma demasiado concluyente é imperiosa su gusto y su impresión personal. Por ejemplo, cuando en marcado son de vituperio llama intemperante el lirismo de Quintana, como si templanza y lirismo casi siempre no se excluyesen, y como si el lirismo mientras más genuino y más sincero no pudiese correr el riesgo de parecer intemperante, sin perder por eso su valor poético ni aminorar la intensidad de su efecto artístico. En otra parte celebra un poco más de lo justo una oda juvenil de Víctor Hugo, Moisés en el Nilo, para poder mejor dar al traste con todo lo demás que compuso el autor de Las Contemplaciones. Pero el punto de vista en que agrada aquí á Caro colocarse es el más propio y oportuno en un juicio crítico[70] de las poesías de Bello, é indisputablemente las juzga con íntima simpatía y tino singular.
Cuando Bello en 1810, á los veintinueve años de edad, salió de Caracas, su patria, que nunca debía volver á ver, formando parte de la primera misión diplomática que se mandó á Europa, en la que entre otros iba también Simón Bolívar, nada había escrito todavía digno de ser puesto hoy en parangón con sus obras posteriores. En el curso de la segunda mitad del período de su dilatada residencia en Inglaterra publicó en la Biblioteca y el Repertorio, las dos revistas en cuya dirección tomó parte principal, las Silvas Americanas, maravillosa obra maestra de toda la literatura en lengua castellana, pues por su magnífica é intachable dicción se eleva hasta igualar lo mejor que jamás se escribió en España, y por su asunto, sus imágenes y la amplitud de sus ideas lleva el sello profundo de la grandeza y novedad del mundo americano. Esas dos composiciones, los fragmentos que constituyen la Alocución á la Poesía y la silva á la Agricultura de la zona tórrida, exceden á todo lo que escribieron Olmedo y Heredia, sus grandes rivales en América, aunque por otra parte esos dos poetas brillantemente le superen por la espontaneidad, el vigor y la variedad de la inspiración lírica.
Bello es un admirable poeta didáctico, didáctico á la manera del autor de las Geórgicas, y basta á determinar bien la cifra de los quilates de su mérito recordar que la comparación, hecha y repetida infinito número de veces, no es un simple manoseado lugar común, un consorcio vago y caprichoso de nombres ó una indulgente concesión de apasionados; quiérese realmente con ella significar que creó el autor americano, á ejemplo y en libre imitación de Virgilio, algo casi tan bueno como muchos buenos trozos de los cuatro libros de esa célebre producción latina, que la recuerda y á menudo la iguala tanto en la parte puramente descriptiva como en los admirables episodios; salvo por supuesto la enorme desventaja que consigo trae la inferioridad literaria de la lengua moderna al lado de la antigua. Pero Bello, es claro, considerado bajo otro aspecto dista demasiado de Virgilio. Las Geórgicas anuncian, preparan, no en el estilo, ya perfecto, sino en el conjunto de las otras cualidades, al futuro cantor de la Eneida, y Bello, superior igualmente como erudito y como perfecto versificador, no podía aspirar á las alturas de poesía épica desde donde fulgura eternamente el genio del vate famoso de "la alta Roma".
Analizar ahora esas producciones de la época mejor de Bello sería empresa inútil, ya muy bien desempeñada por Amunátegui, Cañete, Pombo y varios otros distinguidos escritores, y en primera línea por Caro y por Menéndez y Pelayo.
En 1829, como va dicho, se estableció Bello en Santiago de Chile; entregado inmediatemente á monótonas y apremiantes ocupaciones cultivó poco la poesía, publicó menos aun de lo que á ratos perdidos escribía para su propio solaz. La necesidad de congraciarse el afecto de la nueva patria lo movió á cantar dos veces, con once años de intervalo, el Diez y ocho de Septiembre, fecha oficial de la independencia de la república; y es bien de admirar que esas dos odas así tituladas y nacidas en condiciones tan de poeta cortesano, sean lo que son: dignas de Fray Luis de León por su tono solemne y elevado. Imitan claramente las producciones del gran lírico castellano y ascienden sin desfallecer al mismo nivel de estilo y entonación. En la primera, la de 1830, es de notarse la siguiente estrofa por la energía de la expresión, aunque la imagen sea conocida, por el mismo Bello y por muchos otros usada ya:
Vano error! Cuando el rápido torrente Que arrastra al mar su propia pesadumbre, En busca de la fuente Retroceda á la cumbre, Volverá el que fué libre á servidumbre.
En la segunda, de 1841, más extensa y variada, hay un hermoso símil magistralmente desenvuelto, aunque abusa ya un poco de la transposición, rasgo característico de su dicción poética:
Pero del rumbo en que te engolfas mira Los aleves bajíos, Que infaman los despojos miserables ¡Ay! ¡de tantos navíos! Aquella que de lejos verde orilla A la vista parece, Es edificio aéreo de celajes Que un soplo desvanece. Oye el bramido de alterados vientos Y de la mar, que un blanco Monte levanta de rizada espuma Sobre el oculto banco. Y de las naves, las amigas naves, Que soltaron á una Contigo al viento las flamantes velas Contempla la fortuna. ¿Las ves, arrebatadas de las olas, Al caso extremo y triste ¿Apercibirse ya? ... Tú misma cerca ¡De zozobrar te viste!
Es perder el tiempo ahora lamentar la interposición de ese largo y estéril espacio de once años en que nada más hizo ó publicó el poeta; en que la dura necesidad de asegurar el sustento lo forzó al silencio, rodeado por una sociedad donde no hallaba ni auditorio ni estímulo ni esperanza para la poesía; y que la inclemencia del destino así lo persiguiese, cuando se acercaba ya al dintel de la ancianidad, para que inútilmente se consumieran las últimas llamaradas de su genio poético sin dar á nadie calor ni luz. Estaba entonces á punto precisamente de operarse en él marcada transformación, un rejuvenecimiento de sus facultades poéticas acompañado de nuevo rumbo impreso á su gusto y aficiones literarias: prueba del grande y raro vigor de su talento, pues iba ya á cumplir sesenta años.
Fueron frutos de ese momento propicio, que comienza en 1841 y dura tres ó cuatro años más, unas siete composiciones que son después de las Silvas sus obras más características. Además de la canción ya citada, de un efecto monótono de propósito buscado, pero algo fría, escribió las bellísimas quintillas de El Incendio de la Compañía, en que sin dejarse dominar demasiado por las melodiosas seducciones del metro imprime al todo el acento de tristeza profunda, sobria, resignada que el asunto requería:
Noche oscura, muerta calma: ¡Solemne melancolía!
La primera parte describe poderosamente, sin exceso, sin inútil exageración de horror el incendio de la antigua y venerada iglesia de los Jesuitas en Santiago: la segunda representa las ruinas del edificio visitadas después de la catástrofe por una procesión de sombras y fantasmas. Para esta pintura no apela á largas enumeraciones como Espronceda en El estudiante de Salamanca ó al vago delirio de Zorrilla en varias de sus leyendas; condensa el efecto en pocas estrofas limadas, correctas, en que ni falta ni sobra una partícula. Sirvan de ejemplo estas dos, en que la precisión de la sobria descripción apenas permite tildar la repetición de los consonantes verbales:
Va á su cabeza un anciano, (Una blanca mitra deja Asomar su pelo cano). Cantan, y el canto semeja Sordo murmullo lejano. Mueven el labio, y después Desmayados ecos gimen; La luna pasa al través De sus cuerpos, y no imprimen Huella en el polvo sus pies.
El vivo color romántico que distingue al Incendio de la Compañía indica ya bien claramente que la musa de Bello tendía á emprender vuelo por regiones nuevas. Dan de ello testimonio decisivo las cinco imitaciones de Víctor Hugo que en seguida publicó; su hermosa dicción, su rico lenguaje se amoldan en ellas sin deterioro á los vastos espacios, á los libres arranques de la nueva escuela de poesía. No se reduce al Víctor Hugo clásico todavía de las Odas en el Moisés salvado de las aguas, sigue el desarrollo de su genio en las resplandecientes Orientales para pedir luego otros dos motivos de inspiración á las Hojas de otoño y á Las Voces Interiores, libros en que ya brilla con todo su vigor el genio lírico del gran vate de Francia. Las cinco son muy buenas, modelo perpetuo de lo que puede ser la verdadera transcripción en verso, de la manera única quizás de verter un poeta á otro gran poeta en idioma diferente, sin que en ninguno se deslustre ó amengüe la inspiración.
Bello escribió poco en verso, un volumen de los quince que forman esta colección; su gloria reposa en unas diez ó doce composiciones todas notables, aunque en grados y cualidades diferentes. La historia de su vida explica por qué le faltó en realidad tiempo para más, á pesar de la crecida cifra de años que alcanzó. Pero aumenta en muchos puntos la admiración que arranca el conjunto de sus obras poéticas, cuando se piensa que el anciano autor de esas quintillas líricas de El Incendio de la Compañía, ó de las caprichosas y elegantísimas estrofas de los Fantasmas, ó del ascenso y descenso habilísimo del metro en Los duendes, es el mismo que en plena madurez compuso la majestuosa y severa silva á La Agricultura de la Zona tórrida Y renovó la inspiración del cantor de las Ruinas de Itálica en el final del primer fragmento de la Alocución á la poesía. Esa feliz y brillante oposición entre los extremos de su carrera de poeta, entre la pureza clásica del principio y el esplendor romántico del fin, constituye su mayor originalidad, la verdadera razón que podría haber para colocarlo encima de Olmedo y Heredia, aunque sea verdad que en poesía subjetiva la palma debe siempre corresponder á la altura del vuelo lírico y á la impetuosidad de los movimientos.
Hubo, además, otra faz en el talento de Bello: de ella hay en esta edición muestras abundantes, póstumas casi todas y quizás por lo tanto mal copiadas de sus manuscritos: una vena jocoseria ó "humorística" que desde el principio se hizo sentir, como lo indica su traducción del Orlando Enamorado conforme á la refundición burlesca de Berni, y que persistió hasta lo último, como se ve por los cinco cantos de El Proscrito, publicados por primera vez ahora tales cual quedaron á la muerte del autor. Era de esperarse también que la elegancia natural de su estilo, la riqueza de su vocabulario y la precisión de su lenguaje condujesen á un alto grado de distinción en este género, y efectivamente hay en los dos poemas numerosas octavas tan buenas como las mejores de La Mosquea de Villaviciosa, aunque ni en facilidad ni en chiste lleguen á las de Batres, el poeta heroico-cómico de Guatemala. Es lástima que no nos haya quedado nada definitivo, bien acabado en este género, pues El Proscrito no es más que un esbozo incompleto, y en el Orlando sólo son originales los exordios de algunos de los cantos. Produce efecto particular en El Proscrito la mezcla de un gran número de chilenismos en la pura trama castellana de su lenguaje.
Quizás se descubra todavía alguna otra composición, algún otro fragmento olvidado, pero nada importante agregarán á lo que ya poseemos, y el monumento literario está para siempre elevado. Débese á la gratitud de la república de Chile, y toca ahora á los hispanoamericanos agradecerlo á nuestra vez.