LEYENDA DE MUHAMAD AL-HAMAR EL NAZARITA
Reading edition
REY DE GRANADA
DIVIDIDA EN CINCO LIBROS
Libro de los Sueños.
INTRODUCCIÓN
En el nombre de Aláh clemente y sumo Que da sombra á la noche, luz al día, Voz á las aves y á las hierbas zumo: Cuya suprema voluntad podría Tornar de un soplo el universo en humo, Y que atesora en mí su poesía, Escrita os doy para su eterna gloria Del príncipe Al-hamar la regia historia. Bálsamo que disipa la amargura, Luz del pesar sombrío ahuyentadora, Es su sabrosa y celestial lectura Risueña como fuente saltadora, Grata como del campo la verdura, Bella como la grana de la aurora, Tierna cual de la tórtola las quejas, Dulce como el panal de las abejas. Destila de sus versos ambrosía Su dulce narración maravillosa: Exhala su fecunda poesía, Grato como la esencia de la rosa, Mágico són de incógnita armonía; Y cual lluvia de Abril, que lenta posa Sus gotas en la flor, vierte en el alma Su amena relación plácida calma. Encierra sus conceptos peregrinos Misteriosa virtud y fuerza varia: Aplacan el rigor de los destinos Elevados á Aláh como plegaria: Regalan á quien lee sueños divinos Leídos en la alcoba solitaria, Cuya influencia y compañía amiga Calman del cuerpo la mortal fatiga. No hay sér bajo el imperio de la luna Que su lección sagrada no comprenda, Ni Aláh produjo criatura alguna Que no sienta placer con su leyenda. El pez á quien abriga la laguna, El ave que del árbol hace tienda, La fiera que entre rocas se sepulta, El reptil que en los céspedes se oculta: Y en su colmena el zumbador insecto, Y en su corteza el röedor gusano, Y el árbol recio en su vigor perfecto, Y el aire inquieto en su vagar liviano, Y el sordo incendio en su humear infecto, Y en su ciego furor el ocëano, Prestan oído respetuoso y grato Al armónico són de su relato. Esculpido en las hojas de sus flores Se guarda en el Edén por altos fines: Y los justos en él habitadores, Los ángeles que velan sus confines, Las hurís que alimentan sus amores Y los genios que pueblan sus jardines, Gozan en descifrar sus caracteres En la paz de sus místicos placeres. Tal es la historia peregrina y bella Que os doy en estas hojas extendida, Para que el pasto y el deleite de ella Os alivien las penas de la vida: Pues la luz que en sus páginas destella Despierta el alma á la virtud dormida, Y eleva el corazón y el pensamiento Á la pura región del firmamento. Y aunque en idioma terrenal y humano Para la humana comprensión la escribo, De espíritu más alto y soberano Su luminosa inspiración recibo. Guía mi corazón, guía mi mano Sér á quien dentro de mi sér percibo, Y el genio ardiente que en mi pecho habita La palabra me da que os doy escrita. Leedla, pues; y el ámbar que perfuma Del Paraíso la mansión divina, Y el resplandor que de la esencia suma Derramando los mundos ilumina, Y el rumor que levantan con su pluma Las alas de Gabriel cuando camina, Embalsame y alumbre y dé contento Á cuantos lean el divino cuento.
Nació Al-hamar y sonrió el destino Contemplándole amigo: la fortuna, Fijando un punto su inconstancia, vino Amorosa á mecer su blanda cuna: Y, el curso de su carro diamantino Parando en el zenit, la casta luna Tendió desde él con maternal cariño Tierna mirada sobre el regio niño. Del ángel que custodia su persona Bajo las alas de perfume llenas, Dió sus primeros pasos en Arjona Sobre el tapiz fragante de azucenas Que dan al pueblo natural corona, Sus vegas en redor ciñendo amenas: Y sin dolencia corporal alguna Llegó á la juventud desde la cuna. Ánimo noble y continente bello, Porque inspirara afecto y simpatía, Dióle el Señor. Espléndido destello Puso en sus ojos de la luz del día: La gracia de el del cisne dió á su cuello Dió á su voz de las auras la armonía: Dió á su talle lo esbelto de la palma, Y el temple de los genios á su alma. Dió el carmín de la aurora y de la nieve La limpieza á su tez; dió á su cintura La grave majestad con que se mueve El león, y del corzo la soltura: Del sabio á su palabra dió lo breve, La paz del niño á su sonrisa pura, Y al corazón sin miedo y sin codicia La fe, la lealtad y la justicia. Diestro en la lid, en el consejo sabio, Seguro en la virtud, fuerte en la ciencia, Modesto en la victoria, en el agravio Perdonador y sobrio en la opulencia: En la mano la dádiva, en el labio El consuelo y la paz, de la violencia Castigador, y hermoso en la persona, Nació digno Al-hamar de la corona. Chispa encendida de la fe en la hoguera Su estrella fué. Su celestial influjo En el erial de la vital carrera Por luminosa senda le condujo. La ventura tras él fué por doquiera, Su presencia doquier el bien produjo; Amigos y enemigos le admiraron Y la historia y el tiempo le afamaron. Luchas civiles de la gente mora Le llamaron urgentes á la guerra, Y lidió con honor desde la aurora Hasta que en sombra se sumió la tierra. Llevó al fin su bandera vencedora Del verde valle á la nevada sierra: Y de un día de Abril en la alborada Aclamado por rey entró en Granada. Pequeña población recién tendida En el seno amenísimo de un valle, Por donde Darro en sonorosa huída Abre á sus hondas perfumada calle, Era entonces Granada, y parecida Á africana gentil de suelto talle, Que fatigada en calurosa siesta Á la sombra durmióse en la floresta. Y cuando digo población pequeña Á la de hoy la imagino comparada: Pues no era entonces cual después fué dueña De dilatados términos Granada. Bella ciudad de situación risueña Y de bizarros Árabes poblada, Era ciudad no grande, no opulenta, Mas ya por su valor tenida en cuenta. Á una orilla del Darro que mojaba De sus labradas puertas los umbrales, (Por bajo de la cádima alcazaba Ceñida de murallas colosales) Un barrio se extendía que habitaba Raza de los egipcios arenales Oriunda: gente audaz, de miedo ajena, De negros ojos y de tez morena. Tribu, como nacida en el desierto, En sus gustos voluble y pareceres, De este jardín á su escasez abierto Doblemente apegada á los placeres. Sus blancas azoteas eran huerto Cuidado con afán por sus mujeres, Y sombreaban sus altos miradores Toldos fragantes de enredadas flores. Gozaban de sabrosos alimentos, Ocio oriental y cómodo vestido; Cercaban sus alegres aposentos Blandos cojines de sutil tejido: Revestía sus limpios pavimentos Mármol de Macäel blanco y pulido, Los muros preciosísimo estucado Y el friso trabajoso alicatado. Sostenían los ricos arquitrabes De sus claros moriscos corredores Columnas ligerísimas. Sus naves Adornaban arábigas labores, Sutiles cual la pluma de las aves, Tan brillantes como ella en sus colores; Frutales desde el huerto á las ventanas Alargando limones y manzanas. Sus patios, que en albercas espaciosas Reciben unas aguas cristalinas Al cuerpo gratas y al beber sabrosas, Pilas eran de baño alabastrinas, Sembrado el borde de arrayán y rosas, Donde las bellas moras granadinas El seco ardor de la mitad del año Ahuyentaban de sí con fresco baño. Y en las serenas noches del estío, Á la luz misteriosa de la luna, Al són del agua del plateado río, Y al compás de una cántiga moruna (Dulce recuerdo del país natío Que no se olvida en la mejor fortuna), Sentábanse á danzar en la ribera La alegre Zambra, y la Jeíz ligera. Tal fué la tribu y las mansiones tales Que á una margen del Darro se extendían, Mirándose en sus líquidos cristales Á cuyo són los dueños se adormían: Y tan gratas sus casas orientales Eran, tal el contento en que vivían, Que con justicia los que en él moraron El barrio del deleite le llamaron. La otra ribera del sonante río Era una verde y desigual colina, Cuya enramada falda daba umbrío Y ancho tapiz al agua cristalina, Y cuyo lomo, seco en el estío, Fundamento á una torre casi en ruina, Que sirviendo á dos términos de raya Era alminar á un tiempo y atalaya. Domínase en la cumbre de esta altura La extensión de la vega granadina, Rica alfombra de flores y verdura Que tendió ante sus plantas la divina Mano de Aláh: tesoro de frescura, Manantial de salud y peregrina Mansión de toda dicha, cuyas suaves Auras encantan con su voz las aves. Ven desde allí los ojos embebidos Cien alegres y blancos lugarejos, Que de palomas asemejan nidos Entre las verdes huertas á lo lejos; Y montes cien que, por el sol heridos, Descomponen su luz con mil reflejos Que lanza el agua y el metal que encierra Pródiga madre su fecunda tierra. Allí anidan al par todas las aves Y se abren á la par todas las flores: Con la rápida alondra águilas graves, Con la murta el clavel de cien colores; Se respiran allí cuantos las naves De oriente traen balsámicos olores, Y allí da el cielo deliciosas frutas, Y encierran minas las silvestres grutas. Allí, bajo aquel cielo transparente Donde vieron su Edén los Africanos, Hállase aún en ideal viviente La mujer de contornos sobrehumanos, De ojos de luz y corazón ardiente, De enano pie y anacaradas manos, Cuya generación guardarán solas Las árabes provincias españolas. Moran allí esas célicas huríes, Que pintan las muslímicas leyendas Reclinadas en frescos alhamíes, Sobre lechos de azahar, bajo albas tiendas; Cuyos labios de rosas y alelíes Guardan, de ardiente amor sabrosas prendas, Palabras que embelesan los oídos Y besos que adormecen los sentidos. Aquellas celestiales hermosuras Que coloca el Korán en su divina Fantástica mansión de las venturas, Cuya mirada el iris ilumina, Cuyo aliento desparce esencias puras, Cuyo seno y espalda alabastrina, Velando mal sus mágicos hechizos, Negros circundan y flotantes rizos. Vense del cerro aquel gigantes cimas Que eternas cubren seculares nieves, Donde por grietas mil sus hondas simas Ríos destilan en arroyos breves: Y allí, cosechas para dar opimas, Refréscanse al pasar las auras leves, Que bajan luego á fecundar la vega De las fuentes al par con que se riega. Vese también por el siniestro lado El valle de Genil, cuyos raudales Bañan la verde amenidad de un prado Cubierto de avellanos y nopales. Gózase allí de un aire perfumado Con el subido olor de los frutales, Del cantueso, tomillo y mejorana, Que el aura mueve al revolar liviana. Y entre este barrio de delicias lleno Y esta florida y desigual colina, Se extiende el valle cuyo fértil seno Fecunda el Darro que por él camina: Y es el lugar más grato y más ameno, La situación más bella y peregrina De cuantos ríos fertiliza y baña En la extensión de nuestra rica España. Aquí, pues, á la margen de este río, En la aromada falda de esta altura, En una noche límpida de estío, Y al són del agua que á sus pies murmura, Arrobado en extraño desvarío La alameda cruzaba á la ventura Al-hamar, que en paseo misterioso Olvidaba las horas del reposo. Único sér con movimiento y vida En la nocturna soledad errando, Sin que la tierra por su pie oprimida Crujir se oyera con el césped blando De que la tierra inculta está mullida, Algún insomne le juzgó temblando Alma que torna á visitar la huesa Del cuerpo en cuya cárcel vivió presa. Flotaba suelto el alquicel nevado, Blanqueaba del turbante el albo lino, Y relucía en piedras engastado El puño del alfanje damasquino: Y este blanquear y relucir callado, Á intervalos oculto del camino Entre los troncos que al pasar cruzaba, Faz de visión á su persona daba. Y tal avanza silenciosa y lenta Del solitario valle en la espesura, Y al verla calla el ruiseñor que cuenta Sus amores al aura, y á la hondura Del río se desliza soñolienta La culebra enroscada en la verdura, Y el vuelo tiende á la contraria orilla Espantada la tímida abubilla. En tanto el noble príncipe, sumido En el mar de sus propios pensamientos, Ni atiende al ave que ahuyentó del nido, Ni al reptil que saltó, ni á los acentos Que el ruiseñor ahogó: y embebecido Continúa avanzando á pasos lentos, Hasta perderse en la arboleda obscura Que se espesa del valle en la angostura. Formaba esta recóndita arboleda Un extendido bosque de avellanos, Guardador de una espesa moraleda Donde sus utilísimos gusanos Daban por fruto delicada seda, Que labrada después por diestras manos Iba en preciosas telas y tejidos Á todos los mercados conocidos. Brotaba una sonora fuentecilla En medio de esta fértil enramada, Vertiendo sus cristales por la orilla De tilos aromáticos orlada. Hallábase en redor, con maravilla De los ojos, la tierra cultivada, Y (obra admirable de cuidosas manos) Hechos jardín los céspedes villanos. Corría allí suavísimo el ambiente Cargado con la esencia de mil flores, Y al respirarle huían de la mente Los pensamientos tristes, sinsabores Y duelos ahuyentando; y la corriente Del manantial remedio á los dolores Era del cuerpo débil, cuyos males Cedían al beber de sus raudales. Lugar divino en la región humana Colocado era aquél: retiro augusto De algún Genio de estirpe soberana Que el sacro Edén abandonó por gusto: Destierro acaso de una hurí que vana Apreció su beldad más que fué justo: Cita acaso de un Silfo en sus amores: Lecho tal vez del Ángel de las flores. Allí á Al-hamar inspiración secreta Á hallar condujo solitario asilo, Y allí, al mirarse en soledad completa, Irguió la frente y respiró tranquilo: Y á la sombra y al són que esparce inquieta La extensa copa de oloroso tilo, Sentóse alzando la real mirada Al cielo azul de su gentil Granada. Y allí á sus hondos sentimientos dando Pábulo y campo en la mansión del pecho, Con la influencia del lugar hallando Á ellos el corazón menos estrecho, Poco á poco la espalda reclinando Fué de la hierba en el mullido lecho, Y poco á poco deleitosa calma Le aquietó el corazón, le arrobó el alma. El canto de las aves anidadas En el ramaje fresco, el campesino Aroma de las hojas, oreadas Con manso són por el errante y fino Aliento de las brisas perfumadas, Y el suave arrullo del raudal vecino, Daban al sitio en que Al-hamar yacía Célica paz y mágica armonía. Ansiaba el rey grandeza venidera, Gloria, poder, celebridad futura: Ansiaba que su corte la primera Fuése en valor, en lustre y en cultura: Ansiaba darla fama duradera Con prodigios de rica arquitectura: Mas veía al par escaso su tesoro Para hacer realidad sus sueños de oro. Gozaba su exaltada fantasía Con la bella ilusión de sus intentos: Sus soberbios alcázares veía Llenar la tierra y dominar los vientos: Admiraba la gala y simetría Que daba á sus labrados aposentos, Y en sus doradas letras africanas Leía ya las suras musulmanas. Pensaba en las mil torres de los muros Que á su noble ciudad dieran confines, Fuerza rëal y límites seguros: Pensaba en la extensión de sus jardines, Asilos del deleite, y en los puros Baños, y en los ocultos camarines Del voluptuoso Harén de las mujeres, Santuario del amor y los placeres. Y embebecido en pensamientos tales, Y embriagado tal vez con la esperanza De hacer un día sus proyectos reales, Si la fortuna amiga en la balanza Su ambición y poder ponía iguales Guiando el porvenir siempre en bonanza, No percibió el dulcísimo beleño Que iba en sus miembros derramando el sueño. Poco á poco sus párpados cedieron Á lenta pesadez, y sus pupilas La claridad y la visión perdieron; De los árboles mil las verdes filas, De las aves y fuentes se le fueron Borrando las imágenes tranquilas: Y su imaginación quedando en calma, De la vigilia al sueño pasó el alma. Dos veces intentó los ojos vagos Echar en rededor y á los sonidos Atender, para alzarse haciendo amagos; Pero cedieron otra vez rendidos Sus párpados y miembros: anchos lagos De sombra cada vez más extendidos Envolvieron su inquieta fantasía, Y un instante después... el rey dormía. En calma universal, en paz completa Quedó el frondoso valle, y la vecina Corriente del arroyo y la aura inquieta Le arrullaron con suave y campesina Música.—Y en tal cláusula el poeta Interrumpe su historia peregrina, De agua y aire los sones halagüeños Poniendo fin al Libro de los Sueños.
Libro de las Perlas.
En el sagrado nombre del que en el orbe impera Oculto del espacio tras la cortina azul, Que arregla de los astros la incógnita carrera, Señor de las tinieblas, origen de la luz, Del Libro de las Perlas comienzo la escritura En verso claro y fácil á comprensión común. Leed; ¡y plegue al cielo que os sea su lectura Raudal de fe sincera, venero de salud! ¡Oh genios invisibles, que erráis en las tinieblas En grupos impalpables, sobre alas sin color! Vosotros, leves hijos del aire y de las nieblas, Que amigos de las sombras aborrecéis al sol: Vosotros cuya ciencia comprende los mil ruidos Que pueblan el espacio con misterioso són, Y comprendéis los cantos, murmullos y gemidos, Con que susurra el árbol y canta el ruiseñor: Vosotros, que asaltando con silencioso vuelo Los áureos miradores del desvelado rey, Llenáis de miedos vagos sus horas de desvelo Con los siniestros ruidos que á su cristal hacéis; Vosotros, que á la reja del camarín estrecho Do la cautiva sueña con su perdido bien, Con vuestro aliento puro enviáis hasta su lecho Mil bellas ilusiones de amor y de placer: Vosotros, favoritos del genio y la armonía, Que á par de las abejas saltáis de flor en flor, La gota estremeciendo titiladora y fría Con que el rocío baña su virginal botón: De vuestra poesía verted en mí el tesoro: Lo armónico prestadme de vuestra vaga voz, Porque mi mano pueda sacar del arpa de oro Las cláusulas que dignas de mi relato son. Cercadme, sostenedme con vuestro influjo santo En la divina empresa que audaz acometí. ¡Oh genios de la noche! divinizad mi canto, Y el libro de las Perlas guiad hasta su fin. Guiad en él mi pluma, Iluminad mi mente, Y á la belleza suma De asunto tan gentil Haced que el pensamiento Se eleve noblemente, Y llegue al firmamento Mi acento varonil. Yo trazo aquí el relato De tan divina historia, Yo pinto aquí el retrato De tan divino sér, Que la palabra humana, Ni la mortal memoria Querrán con ansia vana Contar y comprender. Mi historia es tanto bella Cuanto la lumbre vaga De solitaria estrella En recio temporal: Cual la canción doliente Que caprichosa maga Murmura de una fuente Bajo el fugaz cristal. No hay lengua que la cuente Ni mano que la trace. El cuadro en vuestra mente Fingid más ideal, El tono que á vuestra alma Más predilecto place Dadle, y la luz, la calma Que falta al mundo real. Encima figuraos De secular colina, Cuando el nocturno caos Platea el resplandor De la modesta luna, Que, amante, sin fortuna, Eterna peregrina Del sol tras el amor. Fingíos una extensa Riquísima llanura Cubierta de verdura, Y de caprichos mil Llenadla: figuráosla En la estación viciosa Que abrir hace á la rosa Su pétalo gentil. El céfiro de aromas Cargado nos orea La faz: brotan las lomas Con juvenil vigor Mil hierbas, con que el viento Inquieto juguetea Con manso movimiento Y lánguido rumor. Fingíos una vega, Que parte en cien pedazos De un río que la riega El líquido cristal, Que caprichoso extiende Los transparentes brazos Doquier que el cauce tiende Su lecho desigual: Fingíos esta vega, Cuya cubierta verde Al horizonte llega Y en su extensión se pierde, Poblada de castillos, De caprichosas ruinas, De alegres lugarcillos, De chozas campesinas; De huertos pintorescos, De arroyos cristalinos, De bosquecillos frescos, De móviles molinos, De blancos palomares, Rebaños y yeguadas, Bodegas, colmenares, Establos y toradas: Fingid que en ella alcanza La vista por doquiera La campesina danza, Á que en tranquila holganza Y en amistad sincera, Tras del trabajo ociosa Se entrega bulliciosa La alegre multitud: Fingid este relato Oído al són sencillo (Mas cual ninguno grato) Del tosco caramillo, Y al trémulo y quejoso Balar del cabritillo, Y al canto trabajoso Del soterrado grillo: Fingíos que, lejana, Del monasterio antiguo Doblando la campana Con su clamor despierta Al perro, que está alerta En el redil contiguo Y en demostrar se afana Ladrando su inquietud: Y atento el ojo tiende Al campanario viejo De donde el són se extiende; Y ve el móvil reflejo Del esquilón, que gira, Y el resplandor le admira Del bronce que repele Los rayos de la luz: Fingíos este suelo Tan bello coronado Con un hermoso cielo De transparente azul, En cuyo fondo puro, Quebrando el horizonte, Sobre el perfil obscuro Del apartado monte, Por cima del convento Mansión de la virtud, Pomposas, salutíferas, inmarcesibles ramas Del árbol sacrosanto de la eternal salud, Destácanse en el campo del limpio firmamento Los dos abiertos brazos de la cristiana Cruz. ¿Tenéis en la memoria Tan mágica pintura? ¿Miráis esta llanura Tan bella cual mi pluma pintárosla intentó? Pues es más halagüeña, Más plácida y risueña La celestial historia Que en este libro frágil os voy á contar yo. El Libro de las Perlas Encierra en sus conceptos La historia y los secretos De un Ángel favorito de su inmortal Señor. Venid á recogerlas: Que Dios, que el Paraíso Por cuna darle quiso, Dió á par á sus palabras de perlas el valor. De perlas elegidas En las de más pureza, Más precio y más belleza: Las perlas de la Gracia, las perlas de la Fe: Las perlas que, vertidas Por su divina mano, Harán del sér humano Que recogerlas sepa un ángel como él fué. Todo en silencio duerme En la arboleda umbrosa Donde Al-hamar reposa: En calma universal Yacer parece inerme Naturaleza entera, Cual si á sopor cediera De atmósfera letal. La cuádriga argentina Del carro de la luna Su curso al mar declina: Y de su carro en pos, Sombría, taciturna, Su negro velo tiende La lobreguez nocturna Ante la luz de Dios. La escasa y vacilante Que radian las estrellas Da apenas espirante Su postrimer fulgor: Reflejo moribundo, Que cuando espire en ellas Hará del ciego mundo Un bulto sin color. Ya lo es. Doquier se carga De espesa sombra, y queda Sumida la arboleda En densa obscuridad. Indefinible encanto Doquier la vida embarga; Exhala pavor santo La muda soledad. Y he aquí que en este punto, Del fondo de la fuente Que arrulla mansamente El sueño de Al-hamar, La faz resplandeciente De un Genio, que ilumina La linfa cristalina, Se comenzó á elevar. Tocó en el haz del agua Su cabellera blonda: Quebró la frágil onda Su frente virginal: Dejó el agua mil hebras Entre sus rizos rotas, Y á unirse volvió en gotas Al limpio manantial. Como vapor ligero Del lago se levanta: Cual de aromosa planta Exhálase el olor: Cual del albor primero Del día que amanece Fantástico aparece El vago resplandor. Del agua cristalina Así elevó serena Su aparición divina El Genio celestial, Cuyo contorno aéreo Rodea alba aureola Que el valle tornasola Con luz matutinal. Al fuego repentino Que en torno á sí derrama, Soltó su alegre trino Despierto el ruiseñor: Su voz de rama en rama Las auras extendieron, Y en cánticos rompieron Mil aves en redor. Dió un paso en la pradera, Y al agitar el viento Su rica cabellera, El aire se aromó; Dejó escapar su aliento, Y cuanto allí vivía Su aliento de ambrosía Con ansia respiró. Y entonces la callada Blanca visión llegando, Donde por sueño blando Vencido está Al-hamar, Los céspedes por lecho, La mano perfumada Le puso sobre el pecho, Y así le empezó á hablar: «Ilustre y venturoso Caudillo Nazarita, Tu místico reposo Bendice al despertar. Tu espíritu, que lucha Con mi visión, se agita Medroso en vano: escucha Mi voz, rey Al-hamar. »Mi voz es la armonía Cuando habla á un sér amigo De Dios, y es lo que digo Más dulce que la miel: Mi origen es el cielo, Mi edad es la del día, Mi esencia es el consuelo, Mi nombre es Azäel. »Yo soy un ángel y era El ángel más perfecto, El sér más predilecto Del sabio Criador. Moraba yo en la esfera Más alta y más vecina Á la mansión divina De mi inmortal Señor. »Un día..... ¡día aciago! Cruzóme fugitivo La mente loca un vago Delirio criminal: Pensé, mirando altivo Mi esencia y mi hermosura, Que no era criatura Á las demás igual. »Imaginé que origen Más puro y soberano Me pudo dar la mano Del Hacedor tal vez: Mas ¡ay! los que su mente Por su altivez dirigen, Verán cuán torpemente Soñó su insensatez. »Apenas un momento Tan orgullosa idea Brotó en mi pensamiento Y en él lugar la di, Tiniebla inesperada Cegó mi mente rea, Y ante la faz airada Del Criador me vi. »Desnudo ante la vista Del Dios que le llamaba, Como arrancada arista Mi sér se estremeció; La luz de su presencia Mi nada iluminaba: Juzgóme, y su sentencia Así me fulminó: «Tres siglos es preciso »Que llores por tu yerro: »Sal, pues, del Paraíso: »El globo terrenal »Te doy para destierro: »Tus nobles atributos »Te dejo: nobles frutos »De tu hálito inmortal. »Que broten de tus lágrimas »En el lugar que mores »El germen de las flores »Y el manantial del bien. »Sé allí su luz vivífica, »Sé tú su astro benigno, »Y vuelve al Cielo digno »Del celestial Edén.» »Dijo: y tendí mi vuelo Llorando hacia la tierra: Caí sobre este suelo, Y en este manantial Do tengo mi retiro Mi espíritu se encierra; Yo soy el que suspiro De noche en su raudal. »Yo soy el que velando En esta margen bella Pródigo vierto en ella La vida y la salud. Tú en ella sin respiro Me vienes estrechando, Y yo la fe te inspiro, La ciencia y la virtud. »Tú luchas por la gloria De tu falaz creencia, Y espléndida existencia Preparas á tu grey: Y yo que sé tu historia, Tu origen y tu sino, Arreglo tu destino Por misteriosa ley. »Sí, tú eres una espada Que blande ajena mano: Tú á impulso soberano Obedeciendo vas: Tú siembras la simiente Que encuentras apilada: Mas siembras diligente Para quien va detrás. »De aquí me desalojas Cuando estos sitios pueblas, De aquí conmigo arrojas La gracia y el pudor: Mas yo vi en las tinieblas Resplandecer tus ojos, Te conocí, y de hinojos Di gracias al Señor. »Su vista rutilante, Que el universo abarca, Posada en tu semblante Desde tu cuna está: Y el dedo omnipotente Sobre tu noble frente Grabó la regia marca Que á conocer te da. »Naciste favorito Del genio y de la gloria; Tu nombre es la victoria, Tu voluntad ley es. Tu tiempo es infinito, Tus huellas indelebles; Los montes son endebles Debajo de tus pies. »¿Tú anhelas un tesoro? Mis lágrimas son perlas: El Darro te trae oro: Plata te da el Genil: Cien minas en tu suelo Posees: despierta á verlas, Y haz de este valle un cielo Para tu grey gentil. »Encumbra este hemisferio Con el poder de Oriente..... Yo en él haré á otra gente Plantar su pabellón. Yo te daré un imperio, Mas tú para pagarme Tendrás al fin que darme Tu fe y tu corazón. »Adiós ¡oh Nazarita! Mi aparición recuerda Cuando el pesar te muerda Con aguijón de hiel: No olvides en tu cuita Que abrió sobre este suelo La fuente del consuelo El ángel Azäel.» Tal dijo: y el divino Sér misterioso alzando La mano que posando Tenía en Al-hamar, Al fondo cristalino Volvióse de la fuente, Que su cristal bullente Sobre él volvió á cerrar. El ámbar que exhalaba Su aliento de ambrosía, La luz que derramaba Su forma, la armonía De que su voz llenaba La selva, y el encanto Con que su influjo santo Divinizó el vergel, Como neblina leve Que desvanece el aura Al punto que se mueve, Se disipó con él: Dudar pudiendo en suma La mente deslumbrada Si fué visión soñada El ángel Azäel. Tornó á la antigua calma Y soledad primera El bosque y la pradera: Y el príncipe Al-hamar, Sintiendo libre el alma Del fatigoso ensueño, De su tenaz beleño Se comenzó á librar. Su mente obscurecida Se iluminó: la historia Del sueño en su memoria Se comenzó á aclarar; Y al fin, el cuerpo suelto De su sopor y vuelto Á la razón y vida, Se despertó Al-hamar. La vista echando en torno Del sitio solitario, Reconoció el contorno; Mas como al ángel no, Sonrisa de desdeño Mostrando el juicio vario Que forma de su sueño, En la ciudad pensó. Pensó que de ella ausente Pasó la noche entera: Pensó en su inquieta gente Y se aprestó á partir, Mirando tras el monte Rayar la luz primera Del sol, que al horizonte Comienza ya á subir. Compuso en la cintura La faja tunecina; La suelta capellina Sobre la espalda echó, Y el aura respirando Del bosque y la frescura Del alba, el césped blando Con leve planta holló. Dió un paso en la pradera, Y alzando repentina La brisa matutina Su vuelo en el verjel, Como una mies ligera Dobló el ramaje umbrío, Y sacudió el rocío Depositado en él. Surcaron desprendidas Sus gotas el ambiente, Cual lluvia transparente, Espesa, universal: El aire deshacerlas No pudo, y esparcidas Quedaron como perlas Sobre la hierba igual. Ráfaga, empero, errante La brisa fué: su impulso, Durante un solo instante, Sin fuerzas espiró. Irguióse la arboleda Con rápido repulso, Y todo al punto á leda Tranquilidad volvió. Vertió desde la cumbre Del monte al hora misma El sol su nueva lumbre: Deshizo su arrebol La atmósfera en su prisma De múltiples colores, Y abriéronse las flores Á recibir al sol. Debajo de la tienda De sus plegadas hojas, Las clavellinas rojas, Los rojos alhelís Mostráronle con franca Exposición su ofrenda En otra perla blanca Cercada de rubís. Detuvo la indecisa Planta Al-hamar: su labio Bañó dulce sonrisa Su sueño al recordar, É incrédulo, si sabio, Juzgándolo quimera, Tornó por la ladera El paso á enderezar. Y por mostrar desprecio De sueños infundados, Los céspedes mojados Pisaba sin temor, Con indignado y recio Paso, truncando altivo El tallo inofensivo De una y otra flor. Mas pronto perturbado Su corazón de nuevo Latió desconcertado, Y comenzó á creer La aparición soñada Del celestial mancebo Inspiración enviada Por celestial poder. De cada flor que rota Derriba, ve que intacta La desprendida gota Resbala, y sin perder Su redondez compacta, En la mullida hierba Entera se conserva, Maciza al parecer. Tendió la regia mano Á la que más vecina Halló; mas al cogerla Reconoció Al-hamar Su sino sobrehumano: La gota cristalina Era una gruesa perla, Cual nunca las dió el mar. Su limpia transparencia, Su peso, su tamaño, Su origen, tan extraño Á cuanto oído fué, Aclaman infinita En número, inaudita En precio la opulencia Del rey que las posee. No tiene en las ignotas Minas que avara encierra Tesoro igual la tierra Ni en piedra, ni en metal: Cada una de las gotas Del celestial rocío De plata vale un río En precio á un reino igual. ¡Bendito el que tesoro Tal poseer le cabe! ¡Bendito el que le sabe Empleo digno dar! ¡Dichoso el Nazarita Amir del pueblo moro, En quien está bendita La estirpe de Nazar! Cayó Al-hamar de hinojos, Y alzando al firmamento Las manos y los ojos, Con exaltada fe, «Señor, dijo, yo admito Un dón tan opulento, Y á dón tan infinito Corresponder sabré.» Y así Al-hamar diciendo, Y el dón agradeciendo Que liberal le envía La mano del Señor, Las perlas recogía..... Y acaba al recogerlas El libro de las perlas. ¡De Aláh sea en loor!
Libro de los Alcázares.
¡Granada! Ciudad bendita Reclinada sobre flores, Quien no ha visto tus primores Ni vió luz, ni gozó bien. Quien ha orado en tu mezquita Y habitado tus palacios, Visitado ha los espacios Encantados del Edén. Paraíso de la tierra, Cuyos mágicos jardines Con sus manos de jazmines Cultivó celeste hurí, La salud en ti se encierra, En ti mora la alegría, En tus sierras nace el día, Y arde el sol de amor por ti. Tus fructíferas colinas, Que son nidos de palomas, Embalsaman los aromas De un florido eterno Abril: De tus fuentes cristalinas Surcan cisnes los raudales: Bajan águilas rëales Á bañarse en tu Genil. Gayas aves entretienen Con sus trinos y sus quejas El afán de las abejas Que en tus troncos labran miel: Y en tus sauces se detienen Las cansadas golondrinas Á las playas argelinas Cuando emigran en tropel. En ti como en un espejo Se mira el profeta santo: La luna envidia el encanto Que hay en tu dormida faz: Y al mirarte á su reflejo El arcángel que la guía, Un casto beso te envía Diciéndote:—«Duerme en paz.» El albor de la mañana Se esclarece en tu sonrisa, Y en tus valles va la brisa De la aurora á reposar. ¡Oh Granada, la sultana Del deleite y la ventura! Quien no ha visto tu hermosura Al nacer debió cegar. ¡Aláh salve al Nazarita, Que derrama sus tesoros Para hacerte de los Moros El alcázar imperial! ¡Aláh salve al rey que habita Los palacios que en ti eleva! ¡Aláh salve al rey que lleva Tu destino á gloria tal! Las entrañas de tu sierra Se socavan noche y día; Dan su mármol á porfía Geb-Elvira y Macaël; Ensordécese la tierra Con el són de los martillos, Y aparecen tus castillos, Maravillas del cincel. Ni un momento de reposo Se concede: palmo á palmo, Como á impulso de un ensalmo, Se levanta por doquier El alcázar portentoso Que, mofándose del viento, Será eterno monumento De tu ciencia y tu poder. Reverbera su techumbre Por las noches, á lo lejos. De las teas á la lumbre Que iluminan sin cesar Los trabajos misteriosos, Y á sus cárdenos reflejos Van los Genios sus preciosos Aposentos á labrar. ¿De quién es ese palacio Sostenido en mil pilares, Cuyas torres y alminares De inmortales obras son? ¿Quién habita el regio espacio De sus cámaras abiertas? ¿Quién grabó sobre sus puertas Atrevido su blasón? ¿De quién es aquella corte De galanes Africanos Que le cruzan tan ufanos De su noble Amir en pos? En su alcázar y en su porte Bien se lee su nombre escrito: Al-hamar.—¡Aláh bendito, Es la Alhambra!—¡Gloria á Dios!
ALHAMBRA
¡Salud, favorita bella Del Amir más poderoso! ¡Salud, tienda de reposo De la gloria y el placer! ¡Vele Dios tu buena estrella, Dichosísima señora! ¿Quién de ti no se enamora Si una vez te llega á ver? Al-hamar vertió en tu seno De sus perlas los tesoros, Te hizo perla de los Moros, Puso reinos á tus pies. Noble Reina, de labores Tu real manto arrastras lleno, Y cada una de sus flores Un soberbio alcázar es. Hermosísima Africana, Ríe y danza voluptuosa: Tu albo seno es una rosa En lo fresco y lo gentil. Regocíjate, Sultana, Ríe y danza sin pesares, Que el compás de tus danzares Llevarán Darro y Genil. Ríe y danza: ¿quién descuella Como tú en poder y gala? ¿Quién compite, quién iguala Tu opulenta majestad? Donde tú sientas la huella Van sembrando los amores La semilla de las flores Que perfuman tu beldad. ¿Dónde está la altiva reina Que á la par de ti se ostente? ¿Dónde está la que su frente Se corone como tú? Son jardines tus cabellos, Que aromado el viento peina Cuando Mayo prende en ellos Tocas de verde tisú. Diadema con que se ciñe Tu Granada, son tus brillos Del color en que se tiñe Roja el alba al purpurar; Tus diamantes son palacios Engastados en cintillos De murallas de topacios, Que deslumbran el mirar. Y esas bóvedas ligeras Cual prendidos cortinajes, Y esos muros como encajes, Delicados en labor, De las manos hechiceras De los Genios han salido, Que en secreto ha sometido Á su dueño el Criador. ¡Regia Alhambra! ¡Áureo pebete, Perfumero de Sultanas! Tus arábigas ventanas Son las puertas de la luz. El Oriente se somete Á tus pies como un cautivo, Y hace bien de estar altivo De tenerte el Andaluz.
GENERALIFE Y GRANADA Á VISTA DE PÁJARO
Entre lirios mal velado El galán Generalife Da al ambiente enamorado Dulces besos para ti; Como Ondina que ligera Huyendo desde su esquife, Vuelto el rostro á la ribera, Se los da á quien queda allí. ¿Que Sultán su alcázar tiene De jardines enramado, De una peña así colgado En mitad del aire azul? Con los siervos que mantiene El del Bósforo sonoro No hará nunca á fuerza de oro Otro igual en Estambul. Del peñón en la alta loma Semejando está que vuela, Como rápida paloma Que se lanza de un ciprés: Mas si el ojo se asegura De que inmoble está en la altura, Le parece una gacela Recostada entre una mies. Sus calados peristilos, Sus dorados camarines, Sus balsámicos jardines De salubre aire vital, De los Silfos son asilos, Que, meciéndose en sus flores, Cantan libres sus amores En su lengua celestial. Y en las noches azuladas Del verano, oculta cita Trae amantes á las Hadas Sus caricias á gozar: Y al rayar el alba hermosa Que interrumpe su visita, En sus alas de oro y rosa Tornan vuelo á levantar. Atalaya de Granada, Alminar de excelsa altura De la atmósfera más pura Colocado en la región: ¿Qué no ven de cuanto agrada Tus ventanas por sus ojos? ¿Qué se niega á los antojos Del que asoma á tu balcón? Junto á ti los Alijares Ataviados á lo moro En el río de aguas de oro Ven su gala y brillantez; Más allá, sobre pilares De alabastro, Darlaroca Con su frente al cielo toca, Que la sufre su altivez. Á su par los frescos baños De las Reinas granadinas, Cuyas aguas cristalinas Se perfuman con azahar Y se entoldan con las plumas De mil pájaros extraños, Que se van con grandes sumas Á las Indias á comprar. Á tu izquierda el montecillo Cuyo pie Genil evita, Reflejando en sí la Ermita De los siervos de la Cruz: Á tu diestra el real castillo Sobre el cual voltea inquieta La simbólica veleta Del bizarro Aben-Abuz. Más allá los cerros altos (Cuyo nombre y cuya historia Dejarán dulce memoria) Del Padul y de Alhendín: Y allá más los grandes saltos De las aguas de la sierra, Cuya eterna nieve cierra De tus reinos el confín. Á tus pies Torres-Bermejas Con sus cubos pintorescos, Que avanzadas y parejas Aseguran tu quietud: Y bajo ellas, el espacio Respetando del palacio De su rey, los valles frescos Donde habita la salud. ¡Oh pensil de los hechizos, Bien amado de la luna! ¿Qué echa menos tu fortuna En la gloria en que te ves? Abre, avaro, antojadizos Tus moriscos ajimeces, Y ve qué es lo que apeteces Con Granada ante tus pies. De tu vista caprichosa ¿Qué no alcanzan los deseos? Sus mezquitas, sus paseos, Su opulento Zacatín, Su bib-rambla bulliciosa Con sus cañas y sus toros: De valor y amor tesoros Albunést y el Albaicín: Sus colmados alhoriles, Sus alhóndigas rëales, Sus sagrados hospitales, Regias obras de Al-hamar, Todo está bajo tu sombra ¡Oh florón de los pensiles! De tus plantas siendo alfombra Y encantándote el mirar. ¡Oh palacio de la zambra, Camarín de los festines, Alto rey de los jardines, De aguas vivas saltador, Real hermano de la Alhambra, Pabellón de auras süaves, Favorito de las aves, Y del alba mirador: De los pájaros el trino, De las auras el arrullo, De las fiestas el murmullo Y del agua el manso són, Dan al ámbito divino De tu alcázar noche y día Una incógnita armonía Que embelesa el corazón! Encantado laberinto Consagrado á los placeres, Tú escalón del cielo eres, Tú portada del Edén. En tu mágico recinto Escribió el amor su historia, Y á los justos en la gloria Las huríes se la leen.
AL-HAMAR EN SUS ALCÁZARES
Liberal de sus erarios, Protector del desvalido, Fiel, lëal para el vencido Y del sabio amparador: Por amigos y contrarios Estimado en paz y en guerra, Es la egida de su tierra Al-hamar el vencedor. En la paz, rey justiciero, Oye atento en sus audiencias Y da recto sus sentencias Por las leyes del Korán. En la guerra, compañero Del soldado, buen guerrero, Por valiente va el primero Como va por capitán. Ostentosa en aparato, Costosísima en su porte, Á los ojos de su corte Muestra su alta dignidad: Pero al dar con tal boato Real decoro á la corona, Niega sobrio á su persona Lo que da á su majestad. No dejado, mas modesto En su gala y vestidura, Da á su cuerpo limpia holgura Y elegante sencillez: Y recibe á su presencia, Dondequiera al bien dispuesto, Con cordial benevolencia Al dolor y á la honradez. Franco, afable, igual, sencillo En su vida y ley privada, En su pecho está hospedada La leal cordialidad; Y depuesto el regio brillo, Los amigos de su infancia En el fondo de su estancia Hallan siempre su amistad. Sus más fieros enemigos Los Amires castellanos Le visitan cortesanos Y le piden protección: Y él les trata como á amigos, Con sus nobles les iguala, Les festeja y les regala Sin doblez de corazón. Moderado en sus placeres Cual frugal en sus festines, Da opulento á sus mujeres Mesa opípara en su harén; Pero no entra en sus jardines Tierno amante ó fiel esposo Hasta la hora del reposo, Como á un Príncipe está bien. El Korán cuatro sultanas Le permite, y como tales En sus Cámaras rëales Alojadas cuatro están. Á las cuatro tiene vanas El amor del Nazarita, Mas ninguna es favorita En el alma del Sultán. Las almées y los juglares De más gracia y más destreza Tiene á sueldo, con largueza Atendiendo á su placer: Y en sus fiestas familiares Las prodiga el noble Moro Cuanto pueden amor y oro Por espléndido ofrecer. Es su harén del gozo fuente Y de fiestas laberinto: Estremece su recinto Siempre alegre conmoción, Y resuena eternamente Por los bosques de la Alhambra El compás de libre zambra, De las músicas el són. Al-hamar en tanto, á solas Con sus íntimos cuidados, En el bien de sus estados Piensa inquieto sin cesar; Y sobre las mansas olas De aquel mar de dicha y calma Brilla el faro de su alma, Vela el ojo de Al-hamar. Afanoso, inquieto, activo Mientras dura el día claro, De los débiles amparo, Peso fiel de la igualdad, Sin quitar pie del estribo, Sin dejar puerta, ni torre, Ni mercado, ve y recorre Por sí mismo la ciudad. Por doquier con recta mano La justicia distribuye, Por doquier sagaz se instruye De las faltas de su ley, Y la enmienda soberano Del bien de su pueblo amigo, Porque sirva de castigo Y de amparo de su grey. Así el noble Nazarita, Rey y luz del huerto ameno De Granada, Edén terreno Modelado en el Korán, Sus alcázares habita De virtud siendo rocío, Siendo rayo del impío Y decoro del Islam. Vencedor, nunca vencido, Rey piadoso, juez severo, En la lid buen caballero Y en la paz sol de su fe: De sus pueblos bendecido, De enemigos respetado, Y de fieles rodeado, El excelso Amir se ve. Y así mora el Nazarita Sus alcázares dorados, Misteriosamente alzados Del placer para mansión. Mas ¿quién sabe si él habita Su morada encantadora, Y el pesar oculto mora En su regio corazón? Triste, insomne, solitario, Como sombra taciturna Que á su nicho funerario Un conjuro hace asomar, Á las brechas angulares De su torre de Comares En la lobreguez nocturna Tal vez asoma Al-hamar. Apoyado en una almena De la gigantesca torre, Del río que á sus pies corre Oye distraído el són, Y contempla en los espacios, Que la espesa sombra llena, De su corte y sus palacios El fantástico montón. Pertinaz á veces mira Del fresco valle á la hondura, Sombra, espacio y espesura Anhelando penetrar: Muévese allí el aura mansa No más: de mirar se cansa, Y el rostro vuelve y suspira Melancólico Al-hamar. ¡Cuántas veces en la almena Le sorprende la mañana, Y al afán que le enajena Treguas da su resplandor: Y sin dar un hora al sueño, De Granada vuelve el dueño De sí á echar lo que le afana, De sí mismo vencedor! Mas ¿quién lee sobre su frente El oculto pensamiento Que tras ella turbulento Lleva el alma de él en pos? Sólo Aquél que da igualmente Las venturas y los males, Y las dichas terrenales Con el duelo acota.—Dios. Dios, que tierra y mar divide, La eternidad sonda y mide, Del espacio sabe el límite Y del mundo ve el confín. Dios, cuya grandeza canto, Y con cuyo nombre santo Al libro de los Alcázares Reverente pongo fin.
Libro de los espíritus.
RECUERDOS
¿Qué flor no se marchita? ¿Cuál es el fuerte roble Que el huracán no troncha Ó el tiempo no carcome? ¿Qué dicha no se acaba? ¿Qué hora veloz no corre? ¿Qué estrella no se eclipsa? ¿Qué sol nunca se pone? ¿Adónde está el alcázar En cuyas altas torres La tempestad no ruge Cuando el nublado rompe? ¿Quién es el que ha cruzado El piélago salobre Sin que su nave un punto La tempestad azote? ¿Quién fué por el desierto Pisando siempre flores? ¿Ni quién pasó la vida Sin duelos ni pasiones? ¿Ni quién es el que en calma Durmió todas las noches Sin que el pesar un punto Tenido le haya insomne? Ninguno. El rey altivo, Como el esclavo pobre, Al reclinar cansados Su frente por la noche. Ya en mendigada paja, Ya en ricos almohadones, Perciben que un gusano El corazón les röe. Es el afán secreto Que agita eterno, indócil Al corazón, y gira Con la veleta móvil Del pensamiento vano. ¡Dichoso el que conoce Que Dios tan sólo llena El corazón del hombre! Por eso el Nazarita, Que aunque de Dios favores Sin tregua ha recibido, Á humanas condiciones Sujeto está, va presa De afanes interiores Rumiando pensamientos Que su atención absorben. Va solo, atravesando El enramado bosque Que cubre el fresco valle, Donde al mullido borde De fuente cristalina Que mana entre las flores, Un sueño misterioso Le embelesó una noche. Va solo, meditando Los agrios sinsabores, Que danle de su reino Civiles disensiones. De Dios pesa la mano Sobre su pueblo y torpe Tal vez contra sí mismo Va á dirigir sus golpes. ¿Qué han hecho al fin sus sabios Proyectos creadores? ¿Qué al fin han producido Tesoros tan enormes Como él ha dispendiado Para elevar el nombre De su gentil Granada Sobre el de cien naciones? Cubrió los verdes cerros De gigantescas moles: Tornó en frondosos cármenes Sus valles y sus montes: Mas la soñada dicha De sus intentos nobles ¿Do está si á los humanos No pudo hacer mejores? Riqueza dió á los Moros, Con la riqueza dióles Poder, victoria, fama..... Mas dió á sus corazones Con ella más deseos Y orgullo y vicio dobles: Y al fin ¿qué es lo que logra? Doblar sus ambiciones. Con ellas la discordia Germina al par: mayores Triunfos tal vez alcancen Sus armas: tal vez logren Á empresas más gloriosas Dar cima, y sus pendones Clavar sobre los muros Que á los contrarios tomen. Mas ¡ay cuando su fuerza Contra ellos mismos tomen! Mas ¡ay cuando su ciencia Se emplee en invenciones De pérfida política, De códigos traidores Que, leyes pregonando, Su destrucción pregonen: Y el reino que él fundara De tanto afán á coste, Por él seguro acaso De extrañas invasiones, Tal vez consigo mismo Luchando se destroce, Y abra á un sangriento circo Su alcázar sus balcones! Tal vez un rey cristiano, Sagaz y fuerte entonces, Desde Castilla viendo Los árabes discordes, La hoguera de sus iras Certeramente sople Y al frente de Granada Presente sus legiones. Así Al-hamar discurre, Con cálculos precoces Llorando por Granada, La flor de sus amores; Así Al-hamar se aflige, Y á solas por el bosque Se mete, absorto y triste Con sus cavilaciones. Era una hermosa tarde De Abril: los resplandores Del sol, que á ocaso baja Manchando el horizonte Con tintas de oro y púrpura, Los pardos torreones Alumbra de la Alhambra Con rayos tembladores. Ya la última montaña Á largo andar transpone El sol: ya dora sólo Los altos miradores De los palacios árabes: Cayendo al fin se esconde Tras la montaña entero, Y allá la mar le sorbe. El pálido crepúsculo, Que va tras él, recoge La luz que al día resta; Da un paso más, y el orbe Con cuanto bello abarca En lúgubres crespones Emboza poco á poco La silenciosa noche. Nubló su espesa sombra Los ojos brilladores Del distraído príncipe, Y al mundo real volvióle: Volver quiso él las bridas De su caballo, dócil Á su llamada siempre, Pero rebelde hallóle. Era el caballo de árabe Raza, leal y noble; Mas por la vez mi primera Su origen desmintióse. La voz de su jinete Desconoció: aplicóle La espuela; y, al sentirla, Feroz encabritóse. Mira Al-hamar en torno Si hay algo que le asombre, Y al extender la vista El sitio reconoce; Junto á la fuente se halla Á cuyo són durmióse Años atrás soñando Con célicas visiones. La idea más recóndita De su cerebro entonces Se levantó espantando Su corazón. Las dotes Divinas del espíritu Que allí le habló: los dones Que recibió del Cielo Desque á él aparecióse: Su celestial historia, Sus celestiales órdenes Que obedeció arrastrado De impulsos superiores: De gloria y de opulencia Las altas predicciones, En todo con sus místicos Oráculos conformes, Todo fué cierto; todo Cual lo soñó cumplióse. ¿No será, pues, su raza Quien sus afanes logre? ¿No es, pues, el Dios que adora El Dios de sus mayores, Y él hizo una diadema Con que otro se corone? Su mente obscurecieron Densísimos vapores: Dudó: tembló dudando: El corazón turbósele, Y así exclamó en la sombra Con temerosas voces, Que ahogó el murmullo manso Del manantial y el bosque: «Espíritu, que el fondo »De ese raudal esconde: »Yo obedecí sumiso »Tus misteriosas órdenes, »Y soy la sola víctima »De tu presencia; tórname, »Pues, á la fe primera, »Ó con tu ley abóname.» Dijo: y, como acosado Por invisible golpe, Saltó el caballo fiero Con repentino bote, Por medio de las sombras Lanzándose á galope: Y el rey arrebatado Á su pesar sintióse.
LA CARRERA I
Lanzóse el fiero bruto con ímpetu salvaje Ganando á saltos locos la tierra desigual, Salvando de los brezos el áspero ramaje, Á riesgo de la vida de su jinete real. Él con entrambas manos le recogió el rendaje Hasta que el rudo belfo tocó con el pretal: Mas todo en vano: ciego, gimiendo de coraje, Indómito al escape tendióse el animal. Las matas, los vallados, las peñas, los arroyos. Las zarzas y los troncos que el viento descuajó. Los calvos pedregales, los cenagosos hoyos Que el paso de las aguas del temporal formó. Sin aflojar un punto ni tropezar incierto, Cual si escapara en circo á la carrera abierto, Cual hoja que arrebatan los vientos del desierto. El desbocado potro veloz atravesó. Y matas y peñas, vallados y troncos En rápida, loca, confusa ilusión Del viento á los silbos, ya agudos, ya roncos, Pasaban al lado del suelto bridón. Pasaban huyendo cual vagas quimeras Que forja el delirio, febriles, ligeras, Risueñas ó torvas, mohinas ó fieras, Girando, bullendo, rodando en montón. Del álamo blanco las ramas tendidas, Las copas ligeras de palmas y pinos, Las varas revueltas de zarzas y espinos, Las yedras colgadas del brusco peñón, Medrosas fingiendo visiones perdidas, Gigantes y monstruos de colas torcidas, De crespas melenas al viento tendidas, Pasaban en larga fatal procesión. Pasaban, sueños pálidos, antojos De la ilusión: fantásticos é informes Abortos del pavor: mudas y enormes Masas de sombra sin color ni faz. Pasaban de Al-hamar ante los ojos, Pasaban aturdiendo su cabeza Con diabólico impulso y ligereza, En fatigosa hilera pertinaz. Pasaban y Al-hamar las percibía Pasar, sin concebir su rapidez, En más vertiginosa fantasía, En más confusa y tumultuosa orgía, Más juntas, más veloces cada vez: Y atronado su espíritu cedía Á la impresión fatídica, y corría Frío sudor por su morena tez. Y en su faz estrellándose el viento, La ponía en nerviosa tensión, Y cortaba el camino al aliento, Y prensaba el cansado pulmón; Y, golpeando en sus sienes sin tiento De su sangre el latido violento, Sus oídos zumbaban con lento Y profundo y monótono són. Ya creía que, huyendo el camino Del corcel bajo el cóncavo callo, Galopaba sobre un torbellino, Mantenido en su impulso no más; Ya creía que el negro caballo, Por la ardiente nariz y los ojos Despidiendo metéoros rojos, Rastro impuro dejaba detrás. Ya sorbido por denso nublado, Con la lluvia, el granizo y centellas De que lleva su vientre preñado, Cree que va fermentando á la par; Nubes cruza tras nubes, y en ellas, Del turbión al impulso sujetos, Mira mil nunca vistos objetos Remolinos eternos formar. De este vértigo horrible transido Caminaba á las riendas asido, En los corvos estribos seguro Y entre el uno y el otro borrén Empotrado, dejando abatido Por el bruto llevarse en lo obscuro: Y empezaba á perder el sentido Del escape mareado al vaivén. Rendido y las fuerzas perdiendo Al vértigo intenso cedió; Y loco el cerebro sintiendo, Los ojos cerrar no pudiendo La ciega mirada fijó, Tenaz contracción manteniendo No más su equilibrio, y corriendo Cual otro fantasma siguió. Y espacios inmensos cruzando, Y atrás á la tierra dejando, Las vallas de sombra saltando Que cercan el mundo mortal, Creyóse su mente perdida En tierra jamás conocida, Región de otra luz y otra vida, De atmósfera limpia é igual. Y vió que un alba serena Con blanquísimos reflejos Amanecía á lo lejos En esta nueva región: Y el alma, exenta de pena Cruzando el éter tranquilo, Volaba á un eterno asilo En otra inmortal mansión. Suavísimo arrobamiento, Deliquio dulce invadióle, Y encima del firmamento En el Edén se creyó. Luz vaga alumbró su mente Y ante los ojos pasóle El Paraíso esplendente Que Mahomad visitó. El místico y nocturno Viaje del Profeta Juzgó que iba á su turno Sobre el Borak á hacer: Y la ilusión sujeta Á lo que de él relata La bóveda de plata De un cielo empezó á ver. Los astros vió suspensos De auríferas cadenas Y sus lumbreras llenas De espíritus de luz: Espíritus inmensos En formas de caballos, De corzos y de gallos De enorme magnitud. Vió islas encantadas Flotando en los espacios, Con templos de topacios Y muros de marfil: Y casas fabricadas De nácar, cuyas puertas De ébano dan abiertas Sobre jardines mil. Allí sobre alhamíes De cedro y palo-rosa, Bajo la sombra undosa Del tilo y del moral, Yacer vió á las huríes Que, á mil amores tiernas, Conservarán eternas Su gracia virginal. Y atravesó campiñas Fresquísimas y amenas De bosques de ámbar llenas Y cerros de cristal, Y prodigiosas viñas, Que en frutos dan opimos Las perlas en racimos En tallos de coral. Vió grutas pintorescas Por Sílfides moradas, Cubiertas sus portadas Bajo el flotante tul De mil cascadas frescas Que, atravesando prados De hermoso añil sembrados, Van tintas en su azul. Caer las vió en riberas Donde reposan mansos Los monstruos y las fieras De tierra, viento y mar: Y en plácidos remansos, El sueño entreteniéndolas, Vió cisnes y oropéndolas Bañarse y juguetear. Y vió dorados peces En tumultuoso bando Á flor de el agua á veces Pacíficos nadar, Y á veces, elevando Por cima de las olas Los lomos y las colas, La orilla salpicar. Vió luego estos ríos Crecer sin vallares, Perdiéndose en mares De leche y de miel: Y en ellos navíos Do van los amores Meciéndose en flores De uno á otro bajel. Murmullo tras ellos Levantan sonoro Mil góndolas de oro De concha y marfil, Do van Silfos bellos Vogando con velas De chales y telas De seda sutil. Espuma levantan Inquietos remando Los mil gondoleros Que van tripulando Los barcos veleros; Y danzan ligeros Y armónicos cantan Alegre canción: Y mil gayas aves, Que siguen las naves, Al sol esponjando Sus plumas distintas De mil varias tintas De azul, gualda y oro, Imitan en coro Del cántico el són. Al lejos el viento Responde á su acento Allá en la arboleda Moviendo rumor: Y el eco, que atento En lo alto se queda, Burlón le remeda Cual sabe mejor: El cuadro divino, La paz, la ventura, Perfume, frescura, Y luz celestial De aquel peregrino País, torna pura Al rey granadino La calma vital. Y en rápido vuelo Pacífico y blando Los aires surcando Se siente llevar: Y ve que, sin suelo Do fije el caballo El áspero callo, Cruzando va el mar. Del líquido el fondo Contempla pasando, Y alcanza mirando Del agua al trasluz El álveo redondo, Que puebla radiante Cohorte flotante De peces de luz. Sutiles vapores Le impelen süaves Y costas y naves Se deja detrás: Y espacios mayores Cruzando en su vuelo Aborda del cielo Las costas quizás. Avanza y niebla Pálida ve Que el aire puebla, Según pie á pie Ganando va Aquel extenso Espacio inmenso Do errando está: Y le parece Que se ennegrece Mar, niebla y viento En torno de él, Y que se acrece Cada momento El movimiento De su corcel. Anochece, Y obscurece Más apriesa Cada vez El ambiente, Que se espesa Con creciente Lobreguez. El camino Desparece: Y, sin tino Ni destino Que comprenda, Sobre senda Audazmente Carrilada Por un puente De movible Tirantez, Tan delgada Como el hilo En que se echa Descolgada Una oruga, Como arruga Que en tranquilo Lago tiende Cuando hiende Su agua el pez, Tan estrecha Como el filo De una espada, Como flecha Disparada, Cual centella Desatada, Va sin huella Perceptible El perdido Nazarita, Con horrible É infinita Rapidez. Es el puente De la vida, Que la gente Á luz venida Ha por fuerza De pasar. El que intente Y haga entera Su carrera, Y de frente Sin caída La salida Logre hallar, Por las puertas Celestiales Á las huertas Inmortales Como un ángel Ha de entrar, Las delicias Eternales Y los gustos Perenales De los justos Á gozar. Á este paso Tan estrecho, (Cuyo escaso Corto trecho Es camino Tan dudoso De cruzar, Pero fallo Riguroso Del destino Y ley santa Que acatar), Se adelanta Vigoroso El caballo Misterioso De Al-hamar. Temeroso De mirar, Espumoso, Siempre hirviente, Rebramando Eternamente Y azotando Siempre el puente Con horrísono Bramar, Bajo de él Hierve el mar. Israfel Allí está Para ver El que va Sin caer, Y pasar No dejar Al infiel: Y he aquí Que por él Va á pasar El corcel De Al-hamar: Llega, avanza: Ya se lanza, Ya en él entra. Ya se encuentra Suspendido Sobre el puente Sacudido Por el piélago Bullente, Cuyo cóncavo Rugido Se levanta Sin cesar. Aturdido, Sin mirar Á la indómita Corriente Que le espanta, Sin osar Aspirar El ambiente Que le anuda La garganta, Sin que acuda Tierra ó cielo En su ayuda, Vuela y pasa, Justiciero Rey prudente, Juez severo Y valiente Caballero, El primero De la casa De Nazar. El puente Vacila El Príncipe Oscila, Perdido El sentido, Demente, Transido De horror. Ya toca La opuesta Ribera: Ya poca Carrera Le cuesta. ¡Valor! Ya llega: Le ciega El pavor. ¡Ah! ¡Dadle Favor! ¡Salvadle, Señor! Saltó. Pasó Con bien Y allá Cayó De pie. Salvo Fué, ¡Oh! Ya ¿Quién Ve Do Va?
Libro de las Nieves.
INSPIRACIÓN
No hay más que un solo Dios. Él solo es grande, Solo infinito, omnipotente solo. Nada hay que para ser no le demande Licencia: Él pesa la virtud y el dolo, Y el premio envía ó el azote blande. Todo lo oye y lo ve de uno á otro polo, Y cosa no hay por elevada ú honda Que á su mirada universal se esconda. No hay más que un solo Dios, cuya crëencia Luz es y salvación: doquier la marca Brilla de su poder y de su ciencia. Dios solo es triunfador; solo monarca Del universo es Él: su omnipotencia Con ley universal todo lo abarca: Su presencia inmortal todo lo inunda, Todo lo vivifica y lo fecunda. Él los mundos arregla ó desordena Según su excelsa voluntad divina: Él al tiempo dirige: Él encadena Los elementos á sus pies: domina El huracán: tras el nublado truena: Luce á través del alba purpurina: Entapiza con nieve las montañas, Y abrasa con volcanes sus entrañas. El murmullo del agua, el són del viento, El susurro del bosque estremecido Por sus inquietas ráfagas, el lento Arrullo de la tórtola, el graznido Del cuervo vagabundo, todo acento Por ave, fiera ó eco producido, El nombre santo de su Dios pronuncia, Su gloria canta, su poder anuncia. Él los errantes astros encamina: Él azula la atmósfera serena: Él crea y Él destruye, alza y arruina: Él, infalible juez, salva y condena: Él solo ni envejece, ni declina: Él solo el hueco de los mundos llena: El orbe encima de su palma cabe: Solo Él no yerra nunca: solo Él sabe. No hay más que un solo Dios. Los que le niegan Con altivez blasfema, palidecen Cuando al umbral de su sepulcro llegan: Los que en su ciencia ruin se ensoberbecen Y de Él se mofan, al morir le ruegan. Por Él existen y por Él perecen Todos. No hay más que un Dios. Ante su nombre ¿Qué es el orgullo y el saber del hombre? Siglo, que audaz el de la luz te llamas Y por miles de plumas y de bocas El manantial de tu saber derramas: Siglo de ciencia, que el error derrocas, La virtud premias y el ingenio inflamas: Siglo, que dices que á la cumbre tocas De la dicha, que el mundo civilizas Y tu raza de sabios divinizas: Siglo de prensas y de bolsa y agio, Que, en carros de vapor, hasta la luna Intentas difundir el gran contagio De la ciencia, y parar á la fortuna Con tus empresas mil..... ¡siglo de plagio Que, en solos nueve lustros, en sí aduna Más maestros, artistas y doctores Que hubo en ciento estudiantes y lectores!.... ¿De dónde vienen los que nacen? ¿Dónde Van los que mueren? ¿Dónde, en qué lejano Lugar se acuesta el sol? ¿En cuál se esconde La luna de su luz? ¿Cuál es la mano Que les guía á los dos? Habla, responde, Orgullo necio del saber humano, Hojea el libro de tu ciencia osada: ¿Qué es lo que sabes de tu origen?—Nada. No hay más que un solo Dios, que nada ignora: Él conoce las puertas de la tierra; Abre las de la cuna y de la aurora: Las de la noche y de la tumba cierra. Más allá de las dos Él solo mora, Él solo sabe lo que allá se encierra; De allá viene, allá va quien nace y muere. ¿Por qué? Su voluntad así lo quiere. Mas detente ¡oh Espíritu divino! ¡Oh Arcángel de la Fe! Tú, cuyo paso Buscando un día al corazón camino Ahogó á las Musas y aplanó el Parnaso: Único fuego que del cielo vino, Calma tu inspiración en que me abraso: No ensayes en el arpa del poeta Los cantos del salterio del Profeta. Mi limitada comprensión humana, Mi ruda voz y tosca poesía Eleve, sí, tu inspiración cristiana Y dignas sean de la patria mía. Enaltece mi ingenio, porque ufana Pueda hijo suyo apellidarme un día, Y de mi nombre, si al olvido vence, La tierra en que nací no se avergüence. Mas dejemos al siglo ir desbocado De los pasados siglos tras la herencia, En el carro del oro arrellanado, Ó suspendido en alas de la ciencia. Dejémosle seguir la ley del hado Según su voluntad ó su conciencia, Sin que perturbe su insensata orgía El himno audaz de la creencia mía. Tiéndeme, pues, tu alas de zafiros, Y lejos de él transpórteme tu vuelo Donde sus carcajadas y suspiros No desgarren del aire el puro velo. De él á través con luminosos giros Álzame adonde, con eterno hielo Cubriendo su cerviz, Sierra Nevada Salutíferas auras da á Granada. Llévame á los recónditos asilos De aquellas misteriosas soledades, Cuyos monstruos de nieve ven tranquilos Nacer y perecer razas y edades. Muéstrame las cavernas y los silos Donde van á dormir las tempestades, Por cima del peñón desconocido En que suspende el águila su nido. Del Supremo Hacedor la sabia mano No creó sin destino esos lugares Inaccesibles al orgullo humano: Ni envueltos en sus mantos seculares De nieve espían sin cesar en vano Esos gigantes blancos tierra y mares. Subamos, pues, sobre las auras leves Al misterioso alcázar de las nieves.
LA CARRERA II
En las desiertas cumbres que la sierra Á las legiones de la luz levanta, Paso al cielo tal vez desde la tierra: Allí, donde árbol, animal, ni planta, Ni vegeta, ni vaga, ni se encierra Bajo la eterna nieve, y se quebranta Cuanto vida ó calor toma del suelo Al peso de una atmósfera de hielo, Se abre por las montañas un camino, Más bien un tajo, que sus breñas parte Como una faja de planchado lino, El cual dirige al colosal baluarte De la nieve. Jamás tan peregrino Sendero supo fabricar el arte, Ni inspirarle á la mente más risueño Maga oriental en hechizado sueño. Á ambas orillas de su senda blanca Labra caprichos mil el aire helado, Que el ampo trae que el remolino arranca, Dejándole doquier cristalizado. La agua congela y el vapor estanca Y cincela sutil filigranado Del hielo en el cristal, cuyas labores Descomponen la luz en mil colores. Mas como sus espléndidos reflejos De la nieve se estrellan en la alfombra, Y en el mate cristal de sus espejos Mata al color la blanquecina sombra, Todo es blanco doquiera, cerca y lejos: Todo el país descolorido asombra Con su igualdad la vista: blanco el suelo, Blanco el espacio puro, blanco el cielo. Y allá del peñascal en la estrechura, Por el lugar do empieza este sendero Á blanquear en el fin de la llanura, Comienza á negrear bulto ligero. Crece..... se aclara como va la altura Ganando. Es un mortal: un caballero Moro: y, conforme lo veloz que sube, Parto fué su corcel de alguna nube. El ampo de la nieve no desflora Con el herrado casco en su carrera, Y, al ver la forma aérea y voladora De jinete y corcel, se les tuviera Mejor por ilusión fascinadora Que por seres de vida verdadera: Pues ¿quién sino fantásticas visiones Osaran arribar á estas regiones? Mas ¿quién bajo los pliegues ve espumosos Del mullido tapiz de copos leves? ¿Quién conoce los seres vaporosos Que la región habitan de las nieves? ¿Quién sabe qué destinos misteriosos Les dió Aquél que, con dos palabras breves Cuando hizo el orbe, al hielo cristalino Del sol su destructor puso vecino? Él solo, Dios. Recóndito misterio Envuelve los contornos liminares De aquel helado y silencioso imperio Escondido entre rocas seculares. Solo Él ve lo que encierra este hemisferio, Por entre cuyos blancos valladares La ardua ascensión al último acomete, Cual suelta nube, el Árabe jinete. De peñón en peñón, de risco en risco, El tortuoso camino va siguiendo Sobre su negro potro berberisco, Y á los nublados bajo sí va viendo Fermentar en sus vientres el pedrisco De invisibles torrentes al estruendo, Y según sube hacia la azul esfera Va aflojando el caballo su carrera. ¿Quién es?—Vuela perdido en la distancia: Su forma es vaga sombra todavía. ¿Do va?—¿Y quién su poder ó su arrogancia Sabe? Tal vez á la mansión del día. Genio, tal vez allí tiene su estancia: Mortal, de un filtro acaso se valdría; Mas ya trepa al confín: ya poco á poco Modera su corcel su ímpetu loco. Ya Se Ve Que Dando Se va, Más blando Al freno. Ya no bota De ira lleno, Ni va ajeno De derrota Desbocado, Como mata Que arrebata Desbordado Rapidísimo Turbión. Ya se dilata Su fauce henchida De comprimida Respiración, Y, vïolento, Danza el aliento Que le sofoca De su pulmón, Con resoplido De dolorido Cóncavo són. Doble columna gruesa De fatigoso aliento, Que hace vapor el viento Sutil de esta región, Cual humareda espesa, Por la nariz opresa Vierte tras sí en la atmósfera El árabe bridón. Ya deja la boca herida Más libre al bocado obrar, Y más siente ya la brida Que pudo el señor cobrar. Ya el vértigo loco cediendo Que ciego siguió á su pesar, Va su ímpetu fiero perdiendo Y empieza cansancio á mostrar. Ya su rápido escape acortando Detenerse pretende quizá: Ya se templa, é igual galopando Va en un aire pacífico ya. Y aunque de espuma y de sudor blanquea, Relincha audaz é inquieto cabecea; Y aunque jadeando de fatiga está, Aun piafa y se encabrita y escarcea, Y los ijares con la cola airea, Y corvos saltos de costado da. Ya cambia: ya el trote medido levanta, Y, el cuello engallado, segura la planta, Altivo en la sombra mirándose va. Ya lenta y suavemente su dueño le refrena: Se acorta: ya en el paso su marcha va serena: Recógele: obedece: paró. ¡Loado Aláh! ¡Vertiginoso vuelo! ¡Fantástica carrera! Más rápido su impulso que el de las nubes era: Caballo y caballero volaban á la par En alas de un nublado. La alondra más ligera, Ni el águila más rauda, pujante y altanera, Pudieron un instante su rapidez tomar. Al fin cesó.—Las bridas en el arzón dejando, Los miembros extendiendo, con ansia respirando, Repúsose el jinete sobre la silla al fin: Y absorto, las miradas en derredor tendiendo, Se halló de extensas nieves en un desierto horrendo, Océano de hielo, sin costa ni confín. ¡Ni flor, ni fiera, ni ave por la región extraña Do se contempla aislado!—Sólo hay una montaña Que gruta cristalina taladra por el pie. ¿Y un mar y un paraíso, que ha visto el caballero, De espíritus y genios poblados? ¿Y el sendero Por do hasta allí ha subido?—Delirio, sueño fué. Sobre la nieve intacta ni rastro ve ni huella, Ni marca de camino en rededor sobre ella; Todo es una esplanada inmensa, sola, igual. No hay más que nieve. Es blanca la claridad del cielo: Blanco el espacio: blanca la inmensidad del suelo: Los horizontes blancos. ¿Qué busca allí un mortal? ¿Adónde esta comarca estéril y desierta Da paso? ¿De qué silos recónditos es puerta Su misteriosa gruta? ¿Qué mano la labró? Tal vez en ella moran espíritus dañinos Que á los mortales odian, y los fatales sinos En dirigir se ocupan del que mortal nació. Tal vez es la risueña y espléndida morada De alguna dolorida y encantadora fada, Que el vano amor lamenta que puso en un mortal. Tal vez es la bajada del reino del olvido, Adonde caen las almas después de haber salido De la penosa cárcel del cuerpo terrenal. ¿Quién sabe? El caballero al pie de la montaña Ante esta gruta, que ornan de arquitectura extraña Labores y arabescos de nácar y cristal, Permanecía inmóvil: cuando he aquí que el eco, Hendiendo sonoroso su embovedado hueco, Le trajo estas palabras en canto celestial: «Ilustre y venturoso Caudillo Nazarita, La gloria y el reposo Te aguardan á la par. Tu mente, que no alcanza Misterio tal, se agita Dudosa en vano.—Avanza, Avanza, ¡oh Al-hamar!» Es Al-hamar: el noble monarca granadino. Es él, que arrebatado sobre las auras vino Á dar en esta helada é incógnita región. Es Al-hamar: su nombre retumba por el hondo Cóncavo de la gruta, cuyo vacío fondo Repite de su canto el fugitivo són. Á este eco, en la sonora profundidad perdido, Cual de invisible fuerza magnética impelido El árabe caballo feroz se encabritó. Asir quiso el jinete las bridas, mas fué tarde: Piafando y relinchando con orgulloso alarde Por la sonora gruta el palafrén entró.
ALCÁZAR DE AZAEL
Lanzóse el bruto indómito, Con arrogante empeño Luchando con su dueño, Que cede á su vigor, Por bajo de una bóveda De fábrica divina, Tan pura y cristalina, De tan sutil labor, Que su techumbre cóncava De transparente hielo La claridad del cielo Deja á través gozar, Y, en un inmenso pórtico De regia arquitectura, Más diáfana y más pura La viene á derramar. Mas ¿qué mirada humana Á penetrar se atreve En esta soberana Morada celestial? ¿Qué mano alza profana El pabellón de nieve, Que los misterios debe Velar de un inmortal? El techo, almohadillado Con planchas de diamantes, La lumbre en mil cambiantes Del sol vierte á trasluz. Y el suelo, trabajado Sobre cristal de roca, Su brillantez provoca Volviéndole su luz. Los límpidos pilares, Do asienta la segura Soberbia arquitectura Su peso colosal, En torno, transparentes, Reflejan á millares Los círculos lucientes Del Iris celestial. Y de este centelleante Alcázar encantado, Que en hielo está labrado Y entre la nieve está, Al interior radiante, Do alguna maga habita, El noble Nazarita Adelantando va. Del luminoso pórtico Del diáfano edificio Apena el frontispicio Magnífico pasó, Entró bajo una espléndida Colgada galería, Que á un patio conducía Que á su remate vió. El firme pavimento Retiembla estremecido Bajo el galope unido De su veloz corcel, Su paso y movimiento El eco prolongado Del hueco artesonado Marcando detrás de él. De aquella galería Cruzó la luenga arcada: Pasó de otra portada Por bajo el arco: entró Al patio, que veía De lejos, y el ardiente Caballo de repente Plantóse y relinchó. Cual la espiral flotante Del humo que despide Pebete en que fragante Perfume ardiendo está, Y ráfaga perdida Por bajo la divide, Y la mitad partida Leve á la altura va: Poder así invisible En paso imperceptible Caballo y caballero, Sin fuerza separó; Y el bruto, cual ligero Vapor desvanecido, De él libre y dividido El príncipe se vió. Miró Al-hamar en torno Y, al contemplar de cerca La fábrica y adorno Del patio de cristal Hecho, ó tallado en hielo, Halló que era un modelo Del patio de la alberca De su Palacio real. Aquel es el arranque De su alta torre: aquellos Los ajimeces bellos Que sobre el patio dan: Aquel es el estanque: Los arrayanes éstos Que, por su mano puestos, En su redor están. Aquellos los pilares Del corredor: aquellas Las bóvedas de estrellas De cedro y de marfil; La estancia de Comares Aquella, do su magia Dejó la comarajia En su labor sutil. Los ricos tiene enfrente Calados pabellones Del patio de leones, Con su oriental jardín: Y allí está el mar bullente, Que al Hierosolimita De Salomón imita; Es otra Alhambra en fin. Es otra Alhambra, pero Más que la Granadina Hermosa; una divina Alhambra celestial. Alcázar hechicero, Labrado con vivientes Materias transparentes De germen inmortal. Los muros trabajados Con ricos arabescos Y flores y estucados Prodigios del cincel, Los gabinetes frescos Que adornan escrituras Divinas, miniaturas Del oriental pincel, Son obra misteriosa De soberano artista, Que ni en humana vista Cabrá, ni en comprensión: Y aquellos tan macizos Muros, y quebradizos Calados de su hermosa Y aérea mansión, En su materia mística Encierran una esencia, Que infunde una existencia Á su insondable sér: Y toda aquella fábrica Tan pura y transparente Es creación viviente De incógnito poder. Mirábala embebido El Nazarita príncipe, Cuando llegó á su oído La deliciosa voz Que oyó de la caverna En la extensión interna Sonar, cuando detúvose Su palafrén veloz. Y la escondida música Que en torno de él resuena De júbilo le llena, Le embriaga el corazón, Y la palabra mística De aquel cantar de gloria Le trae á la memoria Antigua aparición. Dibújase en su mente Un valle de Granada Con una fresca fuente De lánguido rumor, En una perfumada Noche, sin nube alguna El Cielo, de la luna Plateada al resplandor. Y cuanto más escucha Su armónico concierto, Un rumbo va más cierto Tomando el corazón. Triunfante de la lucha Con la ilusión pasada Del valle de Granada, Al comprender su són. —«Salud ¡oh Nazarita! Bien llegues á las nieblas Cuya región habita Tu genio protector. Ha visto en las tinieblas Resplandecer tus ojos: Te conoció, y de hinojos Dió gracias al Señor. »Su vista rutilante, Que el universo abarca, Posada en tu semblante Desde tu cuna está, Y el dedo omnipotente Sobre tu noble frente Grabó la regia marca, Que á conocer te da. »Naciste favorito Del genio y de la gloria: Tu nombre fué victoria, Tu voluntad ley fué. Tu tiempo es infinito, Profundas son tus huellas, Propicias las estrellas Son á Nazar: ten fe. »Avanza, Nazarita; Radiante aquí tu estrella Con viva luz destella, Aquí en tu Alhambra estás: Aquí mana infinita La fuente del consuelo. Avanza, aquí del cielo Más cerca reinarás.» De la celeste música La letra así decía, Y, atento á su armonía, El príncipe Al-hamar Permanecía atónito Sin voz ni movimiento, En dulce arrobamiento Gozando sin cesar. El agua, de que llena La alberca está, ondulante Refleja cada instante, Más vario resplandor, Cual si una luz serena Bajo la linfa clara Recóndita radiara Con trémulo fulgor. Debajo de su planta Percibe que el divino Concierto se levanta, Del manantial detrás, Y al borde cristalino De la colmada alborea, Que está á sus pies, se acerca Cada momento más. Y he aquí que en este punto Del fondo transparente Del agua donde siente La música sonar. De un sér resplandeciente El rostro, que ilumina La linfa cristalina, Se comenzó á elevar. Tocó en el haz del agua Su cabellera blonda: Quebró la frágil onda Su frente virginal: Dejó el agua mil hebras Entre sus rizos rotas, Y á unirse volvió en gotas Al limpio manantial. Aéreo, puro, leve, Cual nube vaporosa Que mansa el aura mueve Y transparenta el sol, Ciñendo de oro y rosa Flotante vestidura, Como el del alba pura Suavísimo arrebol: La paz en el semblante, La gloria en la sonrisa, Apareció radiante El ángel Azäel; Y sus mortales ojos Fijando en la improvisa Aparición, de hinojos Cayó Al-hamar ante él. Del agua se alzó fuera Y, al esparcir el viento Su blonda cabellera, El aire perfumó: Dejó escapar su aliento, Y cuanto allí existía Su aliento de ambrosía Con ansia respiró. Del suelo á la techumbre El místico palacio Reverberó la lumbre De su divina faz, Cuya fulgente aureola Purpúrea tornasola El aire del espacio Y de las aguas la haz. Y he aquí que su alba mano El ángel extendiendo Y alzando y atrayendo Al príncipe hacia sí, Con plácida sonrisa Y acento soberano, Que armonizó la brisa Fragante, hablóle así: «Yo visité en un sueño Tu espíritu en la tierra, Mostrándote halagüeño Tu porvenir en él. Tesoros te di y gloria, Tu esclava hice á la guerra, Grabando en tu memoria La imagen de Azäel. »Iluminé tu ciencia, Colmé de sabios planes Tu humana inteligencia Y al logro te ayudé. Cual tu ambición lo quiso Cumpliendo tus afanes, Terreno paraíso Tu rico imperio fué. »Yo inoculé en tu alma El germen de la duda Para turbar la calma De tu crëencia vil: Para que espuela fuera Con cuya lenta ayuda Á la verdad se abriera Tu corazón gentil. »Brotar hice en tu suelo Para calmar tus penas Las aguas del consuelo, Que á conocer te di: Mas de tristeza llenas Cien noches has pasado, Y al agua no has llegado Cuyo raudal te abrí. »Al verte victorioso, Temido y opulento, Tu corazón atento Sólo á la tierra fué. Dudaste, mas dudando No osaste perezoso El rostro á mí tornando Poner en mí tu fe. »Y hacia el fatal destino Á que traidora guía La falsa fe, te vía Adelantar Luzbel: Y el fin de tu camino Mostrándome decía: Caer era su sino: Le pierdes, Azäel. »Lloraba yo abismado En mi amargura, viendo Mi afán tan malogrado, Tan sin valor mi fe: Y, en mi pesar y enojo Postrer esfuerzo haciendo, Con temerario arrojo Entre ambos me lancé. »Luchamos: el Eterno, De mi dolor movido, Caer dejó en su oído Su nombre y dió á mis pies. Sumíle en el infierno: Y en alas de un nublado Te traje arrebatado Adonde en paz te ves. »Los pérfidos espíritus Que en pos de ti traías, Las vanas fantasías De tu crëencia ruin Mostrábante. ¡Quiméricos Esfuerzos! ¡Sueños breves! Aullando, de mis nieves Se quedan al confín. »Mas ¡ay! yo te conquisto Los cielos..... y ¡cuán caro Me cuesta á mí el amparo Que liberal te doy! Dos siglos ha que existo Aquí, expiando un yerro, Y añado á mi destierro Uno, por ti, más hoy. »Á condición tan dura Tu salvación compraba, Nazar; mas yo te amaba Tanto, que la acepté; No supe resignarme Á arrebatar dejarme Tan noble criatura, Y tu alma rescaté. »¡Oh! juzga bien en cuánto Me es cara tu alma buena, Cuando á mi larga pena Cien soles añadí Por ella. Ahora el santo Fallo, inmutable, extremo, Oye que el Juez Supremo Fulmina contra ti. »Hoy mismo, en apariencia, Perecerá á las manos De incógnita dolencia Tu cuerpo terrenal: Más junto á mí existencia Tendrás, hasta que ufanos Habiten los cristianos Tu alcázar oriental. »Yo les haré á Granada Cercar como un enjambre: Con ellos vendrá el hambre, La muerte y el baldón: Y talarán tus tierras, Y en sanguinarias guerras Tu raza aniquilada Será sin compasión. »Tú lo verás: estrella Fatal para tu gente, Tú verterás sobre ella Roja, siniestra luz: Y lidiarás conmigo En pro del enemigo, Sobre el pendón de Oriente Hasta clavar la Cruz. »Ahogado el Islamismo Y desbandada y rota Tu raza, gota á gota Su sangre en ti caerá: Su sangre es tu bautismo, Y este de afán y duelos Misterio, de los Cielos Las puertas te abrirá. »No hay más que un Dios. Justicia En Él no más se encierra. Tu empresa fué en la tierra Dios sólo es vencedor: Por eso te es propicia: Mas nadie entra en su gloria Sin pena expiatoria Hasta del leve error. »Tal es nuestra sentencia: Tal es el purgatorio Que la alta Providencia Nos señaló á los dos. Obra de nuestras manos, En dón propiciatorio Se han de ofrecer, cristianos, Un Rey y un pueblo á Dios. »Tú el Rey: el pueblo el tuyo. Tan sólo dignamente Así me restituyo Al Cielo, que dejé. Apróntate obediente Á dividir conmigo La gloria y el castigo Que para ti acepté. »¡Sús, pues, oh Nazarita! De Dios al pie del trono, Rogándole en tu abono, Le respondí de ti. ¡Sús, pues! Á la bendita Empresa apresta el brío; Mortal, te hice igual mío; Sé digno tú de mí.» Dijo Azäel: estático Á su divino acento, Embebecido, atento, Estúvose Al-hamar: Cedió su noble espíritu Al celestial destino, Y se empezó el divino Misterio á efectuar. «Mira,» le dijo entonces El ángel desterrado: Y (hacia el lugar tornado Que el ángel señaló) El muro en dos partido, Sobre invisibles gonces Girando dividido, El Nazarita vió. Se abrió sobre un espejo En cuyo misterioso Cristal, con el reflejo De un matinal albor, Se alumbra una campiña, Que Mayo lujurioso Con su fecundo aliña Primaveral verdor. Una ciudad, fundada Al pie de una alta sierra, Domina aquella tierra Por donde arroyos mil Serpean: es Granada, Su vega, sus alturas Y las corrientes puras De Darro y de Genil. Espléndida cohorte De Moros atraviesa Por su alameda espesa Llevando un ataúd, Y á la muralla corva De la morisca corte Se agolpa á verles torva Callada multitud. Llegáronse á la puerta De Elvira aquellos fieles Muslimes; allí abierta La turba les dejó Paso, y subiendo á espacio La cuesta de Gomeles, Entrada en el palacio Bib-el-Leujar les dió. La multitud atenta Y silenciosa iba En pos su marcha lenta Siguiendo: y, al tocar La puerta judiciaria, La triste comitiva Paróse voluntaria Dejándose cercar. Entonces, elevando El ataúd en hombros Los que le van llevando, Y puesto junto á él Un Alfakí, inspirando Doquier pavor y asombros, «¡Llorad!—(dijo él llorando) »Con lágrimas de hiel. »¡Llorad toda la vida, »¡Oh huérfanos Muslimes! »¡La flor de los alimes, »¡La palma de Nazar, »¡La gloria del Oriente, »Cayó del rayo herida! »¡Llorad eternamente, »Llorad sobre Al-hamar!» Así con ronco acento El Alfakí clamando, Del ataúd alzando El paño funeral, Al pueblo los despojos Del rey mostró; y al viento El pueblo, al caer de hinojos, Dió un ¡ay! universal. Á este eco de agonía, Que atravesó perdido El aire hasta su oído, Se estremeció Al-hamar. Quitóse del espejo Do escena tal veía, Y se tornó el reflejo Del vidrio á disipar. «¡Ea!—Azäel le dijo— »Monarca de la tierra, »El ataúd encierra »Tu polvo terrenal; »Mas, de los cielos hijo, »Del ataúd te exhalas. »Desplega, pues, tus alas, »Espíritu inmortal.» Entonces el rey árabe Sintióse aéreo, leve, Cual luz que el aire mueve, Cual nube que va en él. Sólo era ya un espíritu, Una visión ligera, Un alma compañera Del Ángel Azäel. El silencioso vuelo Ambos á dos alzando, En el azul del cielo Perdiéronse los dos; Y, entre sus auras leves Su rastro abandonando, El libro de las nieves Concluye. ¡Gloria á Dios!
EPÍLOGO
¡Gloria á Dios!—De Al-hamar el Granadino Así la historia celestial concluye; Llámala el Musulmán cuento divino, Y en libros su relato distribuye. Su sacra inspiración del Cielo vino Y al Cielo desde aquí se restituye; Tradición oriental, es la portada Del oriental poema de Granada. Cual dos cisnes que, al par atravesando El mar azul con encontrado vuelo, Isla apartada en su extensión hallando En ella toman anhelado suelo, Reposan juntos, y á partir tornando Tornan la anchura á dividir del cielo, Y de su voz un punto los sonidos Se elevan en el aire confundidos: Como dos peregrinos que una tienda Dividen del desierto en la desnuda Soledad, de Al-hamar en la leyenda Dos poetas ocúltanse sin duda. Uno á Aláh en sus cantares se encomienda, Otro al Dios de la Cruz demanda ayuda. ¿Quién no percibe en ella confundidos Brotar de sus dos arpas los sonidos? Dióles á ambos el Genio soberano La misma inspiración, el mismo aliento: Mas pasando tal vez de una á otra mano De uno y otro el armónico instrumento, El Árabe poeta y el Cristiano Sacan de él á la par distinto acento, Exhalando mezclada su armonía La Árabe y la Cristiana poesía. Confundidos así sus dos cantares Entonan á una voz los dos cantores, Y de la Cruz divina los altares El poeta oriental orna con flores Que tejen las hurís sus tutelares; Pero de un solo SÉR adoradores, «No hay más que un solo Dios»—dice el Cristiano; «No hay más Dios sino Dios»—el Africano. Tal es la historia peregrina y bella Que os dan sobre estas hojas extendida. Lëedla sin temor: nada hay en ella Que la razón rechace, ó la fe impida; La luz que de sus páginas destella Despierta el alma á la virtud dormida, Y eleva el corazón y el pensamiento Á la pura región del firmamento. Lëedla pues: y el ámbar que perfuma Del paraíso la mansión divina, Y el resplandor que de la Esencia suma Derramado los mundos ilumina, Y el rumor que levantan con su pluma Las alas de Gabriel cuando camina, Embalsame y alumbre y dé contento Á cuantos lean el divino cuento.
FIN DE LA LEYENDA DE AL-HAMAR.