GRANADA POEMA ORIENTAL
Reading edition
Cristiano y español, con fe y sin miedo, Canto mi religión, mi patria canto.
LIBRO PRIMERO EXPOSICIÓN
I INVOCACIÓN
En el nombre de Dios omnipotente, Cuya presencia el universo llena, Cuya mirada brilla en el Oriente, Nutre las plantas y la mar serena, Canto la guerra en que la hispana gente Al África arrojando á la agarena, Selló triunfante con la Cruz divina Las torres de la Alhambra granadina. ¡Espíritu de Dios único y trino, Ángel Custodio de la Fe Cristiana, Único fuego que del Cielo vino, Única fuente que incorrupta mana, Único rayo del fulgor divino, Única inspiración que soberana Eleva al Criador la poesía: Yo invoco tu favor para la mía! Sostén mi voz, mi espíritu aconseja: Mas tolera que en carmen Africano Recoja alguna flor con que entreteja Cairel morisco á mi laúd cristiano: Ni juzgues que mi fe de Ti se aleja, Si algunas veces del harén profano Las alkatifas perfumadas piso, Ó invoco á las hurís del paraíso. Voy la gloria á cantar de dos naciones Por religión é instintos enemigas, Que, fieles á la par á sus pendones, Prodigaron al par sangre y fatigas, Rojas brotar haciendo sus legiones Con la sangre común aguas y espigas: Y cual la de los dos corrió mezclada, Junta debe su gloria ser cantada. Pues no porque en su límpida entereza Conserve yo la fe de los Cristianos Que hicieron del desierto á la aspereza Volver á los vencidos Africanos, Del vencedor loando la grandeza Trataré á los vencidos de villanos. No: siete siglos de su prez testigos Los dan por caballeros si enemigos. Lejos de mí tan sórdida mancilla: Antes selle mi boca una mordaza Que llame yo en la lengua de Castilla Á su raza oriental bárbara raza. Jamás: aún en nuestro suelo brilla De su fecundo pie la extensa traza, ¡Y, honrado y noble aún, su sangre encierra Más de un buen corazón de nuestra tierra! ¡Augusta sombra de Isabel! perdona Si mi ruda canción osa atrevida, Llegando irreverente á tu persona, Del féretro evocarte á nueva vida. Sé que la gloria que inmortal te abona No puede por mi voz enaltecida Ser: mas yo bajo á tu mansión mortuoria No á engrandecer, sino á adorar tu gloria. Díselo así al Católico Fernando, Si en medio de las dichas celestiales Alguna vez, por el Edén vagando, Recordáis vuestras glorias terrenales, La obscura tierra desde el sol mirando: Y al escuchar mis cánticos mortales, Mirad á vuestra gloria, que me inspira, No al rudo canto de mi tosca lira. Y vosotros, guerreros de Castilla, Honor de sus más ínclitos solares, Nobles Condes de Cabra y de Tendilla, Merlos, Téllez, Girones y Aguilares, Cárdenas y Manriques de Sevilla, Fieles Vargas, intrépidos Pulgares, Córdovas generosos de Lucena, Impávidos Clavijos de Baena: Mendozas de alta prez, Portocarreros Y Ponces de León, de cuya historia Sus anales jamás perecederos Henchidos guarda la Española gloria: Y vosotros también, ¡oh caballeros Árabes! dignos de gentil memoria: Muza, postrero campeador del Darro, Indeciso Boabdil, Zagal bizarro, Aly-Athar insepulto, Hamet Rondeño, Lince de las fronteras castellanas, Reduán inalterable y zahareño, Gazul de las doncellas africanas Querido, Hacén tenaz, Ozmín trigueño, Tarfe, horror de las crónicas cristianas; Y vosotras, sultanas granadinas De nombres y leyendas peregrinas: Aija la varonil, matrona osada Jamás rendida á su fatal destino: Zoraya, la cautiva renegada, Por cuyos hijos la discordia vino Á derribar el trono de Granada: Moraima la de Loja, á quien su sino Obligó á encomendar sin esperanza Vida y honor á Castellana lanza; Perdonadme también si mis canciones, Á través de los mármoles tendidos En vuestros solitarios pantëones, Hieren en ronco són vuestros oídos. Sé que merecen más vuestras acciones Que elogios en mi voz mal atendidos: Mas si, en fuerzas escaso, á tal me atrevo, Es porque sé lo que á mi patria debo. Sé que es la empresa donde me he empeñado Dédalo obscuro, inmensurable abismo, Do sólo penetrar han intentado Necia temeridad ó alto heroísmo: Conozco que, en mi orgullo, demasiado Fío en mi corazón, fío en mí mismo: Mas supera la fe mi atrevimiento, Y fío en Dios que abonará mi intento. Deliciosos recuerdos de otros días De honor y de placer, de amor y gloria, Que envuelta en romancescas fantasías Guardáis oculta vuestra bella historia, Exhalada en confusas armonías De himnos de amor y gritos de victoria: Dad á mi corazón, dad á mi aliento Generoso poder, canoro acento. Águilas que os cernéis con corvo vuelo Sobre el Atlas y el Cáucaso; pastores Que sesteáis á la sombra del Carmelo Y bajáis al Jordán los baladores Ganados: y vosotros los que en pelo Montáis salvajes potros voladores, Hijos de los ardientes vendavales Que barren los egipcios arenales; Tribus perdidas y á las de hoy extrañas, Para quienes la Europa no se ha abierto, Que incendiáis al huir vuestras cabañas Y en la Zahara avanzáis el paso incierto; Gacelas de las árabes montañas, Apareadas palmas del desierto; Caravanas errantes á quien ellas Dátiles dan y leche las camellas; Palomas de los cármenes floridos Que bordan las colinas de Granada; Golondrinas leales que los nidos En la Alhambra colgáis; enamorada Raza de ruiseñores que escondidos Gorjeáis de su bosque en la enramada, Arroyos que, á su sombra, bullidores, Laméis su césped y mecéis sus flores; Sierras que cubre el sempiterno hielo Donde Darro y Genil beben su vida; Valles salubres, transparente cielo De la Alpujarra aún mal conocida; De Málaga gentil alegre suelo De la hermosura y del amor guarida; Mar azul cuyo lomo cristalino Á las quillas de Agar prestó camino: Abridme los tesoros encantados De vuestras glorias mil tradicionales; Dadme á beber los que guardáis sagrados De inspiración inmensos manantiales; Germinad en mi mente, no estudiados, Vuestros cantos de amor meridionales, Por que pueda brotar del arpa mía Vuestra oriental y virgen poesía. De sus cuerdas despréndanse sonoras Esas modulaciones nunca oídas Por los pueblos de Europa, y de las moras Tribus por nuestros pueblos aprendidas; Esas notas ardientes, tentadoras, Que aun hoy por tosca mano repetidas Renuevan en los huertos de la Alhambra La de veloz compás morisca zambra. Venid en torno á mí, generaciones Ateridas del Norte, que con pieles Vestís nuestras moriscas tradiciones, Rasgando sus bordados alquiceles: Venid á oirlas en sus propios sones Y lengua original de bocas fieles, Al pobre són de bárbara guitarra Debajo de un peñón de la Alpujarra. Venid, aprenderéis del Mediodía Cuál el origen es de los cantares Que jamás comprendió vuestra alma fría; Sabréis cómo entre bélicos azares Nació la abrasadora poesía De nuestros bellos cantos populares; Y en el lujo oriental de su riqueza, Considerad su bárbara grandeza. Pues por hijos de bárbaros osada Vuestra historia nos da, sea en buen hora: No esa bárbara estirpe renegada Será por mí; mas á admirar ahora Venid el rastro que dejó en Granada La ilustración de nuestra estirpe mora: Y en el lujo oriental de su riqueza Adorad nuestra bárbara grandeza. Sí: yo os voy á contar la historia bella De esos á quien llamáis fieros salvajes, Y fío en Dios que entenderéis por ella Que puede despreciar vuestros ultrajes Quien Alhambras dejó sobre su huella, Quien labró fortalezas como encajes, Y quien colmó por cóncavo arrecife Las albercas del real Generalife. Yo os voy á hablar del mágico recinto De esta por ellos habitada tierra, Y á mostraros lo que este laberinto De jardines y alcázares encierra. En llanto y sangre le dejaron tinto, Pero tan fértil con su amor y guerra, Que la flor más silvestre aromatiza Y el más vulgar recuerdo poetiza. Yo os haré ver, de nácar, concha y oro Sobre arcos, sus balsámicos pensiles, Do brotan junto al cedro el sicomoro, Junto al nudoso abeto las gentiles Palmeras, junto al álamo inodoro El plátano aromado, las sutiles Hebras de la ancha pita entre rosales, Y el fragante limón entre nopales. Yo os haré ver su pueblo primitivo, Mitad rudo pastor, mitad guerrero, Cuyo robusto labrador activo, Cambiado en la ocasión en caballero, Lidió, veloz Numida al golpe esquivo, Con el jinete colosal de acero: Y aplazando con él treguas extrañas, Corrieron toros y jugaron cañas. Yo os haré oir sus cuentos populares Y sus caballerescas tradiciones En torno y al calor de sus hogares; Vendréis á sus nocturnas reuniones Conmigo, sus combates singulares Juzgaréis, sus civiles disensiones Lamentaréis, saldréis á sus campañas Y testigos seréis de sus hazañas. Vendréis á sus palacios construídos Para la guerra á un tiempo y los placeres, Y leeréis en sus muros, revestidos De miniaturas, de oro en caracteres Con sacra fe caballeresca unidos Los nombres de su Dios y sus mujeres: Sin que halléis en la casa que fué suya Nada que en pro de su saber no arguya. De fakíes, de reyes, y vasallos Os contaré los gozos y las cuitas: Os haré penetrar en sus serrallos Y asistir á sus rondas y á sus citas: Y sus muebles, sus armas, sus caballos, Sus bazares, sus baños, sus mezquitas, Desde el hogar hasta la móvil tienda Todo lo váis á ver en mi leyenda. Que es del poeta grande á maravilla El poder, y radiante su mirada, Como un fanal que las disipa, brilla En las tinieblas de la edad pasada. Venid, pues: con las lanzas de Castilla Os voy á conducir hasta Granada: Y, á pesar de sus fieros Africanos, En la Alhambra entraréis con los Cristianos. Tal es, tan grave, tan inmensa y alta La empresa nueva y colosal que intento: Tal es la altura que atrevido asalta Descarriado quizá mi pensamiento; Mas si del vuelo en la mitad me falta Fuerza al impulso ó á las alas viento, Siempre sabré sin deshonor que, en suma, No me faltó el valor, sino la pluma. ¡Tierra oriental, mansión de la alegría, Favorita del sol y de las flores, Santuario del valor, cuna del día, Paraíso del ocio y los amores, Tesoro y manantial de poesía! Voy á cantar tu gloria y tus primores. ¡Tierra de bendición, al Cielo santo Pide la suya tú para mi canto! ¡Salve, ciudad del sol, Granada bella, Amor de Boabdil, huerto florido Que entre nieves estériles descuella, Taza de nardos, de palomas nido, Diamante puro que sin luz destella, Edén entre peñascos escondido, Ilusión de esperanza y sueño de oro Que halaga aún al corazón del Moro! ¡Salve, vergel en donde el alba nace Y donde el sol poniente se reclina, Donde la niebla en perlas se deshace Y las perlas en plata cristalina: Donde el placer sobre laureles yace Y Dios sonríe y la salud domina! Divino objeto de mi canto rudo, Yo al empezar mi canto te saludo. Heme aquí, vueltos hacia ti los ojos, Descubierta al nombrarte la cabeza, Con amoroso afán puesto de hinojos, Rendido adorador de tu belleza, Ofrecerte mis cantos por despojos Si dignos son de tu inmortal grandeza; Tiéndeme, pues, bellísima Granada, Al elevar mi voz una mirada. Y ¡plegue á Dios que mi amoroso acento Por cima de los montes y los mares Lleve á tu Alhambra sonoroso viento Que armonía mejor dé á mis cantares! Y si te dan á ti contentamiento Y algún premio por ellos me buscares, Dame á tu vez ¡oh flor de mis amores! Sepultura al morir entre tus flores.
II NARRACIÓN
Un siglo de desorden y abandono Para mal de Castilla había corrido, Y cinco reyes afirmar su trono Bajo el regio dosel no habían podido; Y todo un siglo, con civil encono En contiendas sacrílegas perdido, Sólo dejaba al pueblo Castellano Ira en el corazón, sangre en la mano. Débil el rey, el prócer insolente, Hecho el soldado á la rapiña, al oro Aficionado el clero irreverente, Rico el Judío y descuidado el Moro, Fué la justicia inútil é impotente: Nadie atendió al honor, nadie al decoro: Nadie seguro en tan infanda tierra Al deber acudió, sino á la guerra. Constituyóse el noble en soberano, Y el soldado en señor: el caballero Se hizo juez, el obispo cortesano, Soldado el labrador, aventurero El holgazán, bandido el artesano: Y, mucha la ambición, poco el dinero, Robó al débil el fuerte, y en la obscura Tienda el judío vil se hartó de usura. Rebelde á su Monarca la nobleza Alzó banderas y allegó parciales: Cada solar cambióse en fortaleza, Cada escudo en pendón: y por leales Todos dándose á par y con fiereza Temeraria batiéndose, á los males Abrieron ancha puerta, y fué la España Confusa lid, universal campaña. Hasta el Rey portugués entró en Castilla Su esposa haciendo á su sobrina Juana, Y dividióse en bandos cada villa En pro ó en contra de la unión profana. Airado el Santo Padre á tal mancilla, La sacrílega unión declaró vana: Mas, al rayo de su ira, el vulgo ciego En lugar de extinguir avivó el fuego. La fe apagada y el honor extinto, Perenne manantial de desconsuelos, Denso caos, confuso laberinto De pasiones, de crímenes y duelos De la España infeliz era el recinto: Y hundiérase su gloria, si los cielos No la enviaran un astro de ventura Que la alumbrara en noche tan obscura. Grande, digna, legítima, valiente Cual repentino el sol tras un nublado Aparece más puro y refulgente, Apareció Isabel. Tronó indignado Sobre el clamor de la confusa gente Su regio acento, y su pendón sagrado Alzando en el tumulto de improviso, Postróse el pueblo y la acató sumiso. De ella en pos el Católico Fernando Al frente apareció de sus legiones, En las banderas de Aragón mostrando Las barras á la par de los leones. Todo el que noble se juzgó á su bando, Por honor ó por miedo, sus pendones Unió: y el porvenir con luz más pura Comenzó á esclarecer la edad futura. Monja en Coimbra la Princesa Juana, Sin fe su causa y sin valor su bando, Vencida la arrogancia Lusitana, Rey de Sicilia y Aragón Fernando, Reina Isabel en tierra castellana, Quietos los nobles y seguro el mando Bajo el doble poder de entrambos reyes, Tornó España á su prez, tornó á sus leyes. Acotó la licencia y el cinismo De las viejas costumbres relajadas La Inquisición severa: el Judaísmo Sepultó su avaricia en las moradas De sus obscuras lonjas: á sí mismo Volvió el honor Hispano sus miradas, Y un siglo entero sin virtud ni gloria Vió que manchaba su cristiana historia. Avergonzada entonces la nobleza, Entregó á los monarcas los castillos Con que á la rebelión dió fortaleza: Y arrancando sus puentes y rastrillos, La plebe licenció que la pobreza Llevó á su bando; y, libre de caudillos Tales, volvió el labriego á sembrar grano Y volvió á su taller el artesano. Vióse libre el erial de bandoleros, De cohechos el foro, de judíos El mercado, la plebe de usureros, La sociedad de vagos, y de impíos La fe: vióse el erario con dineros, Con disciplina la milicia, y, bríos Dando á Castilla el genio de otra era, Tornó á su fuerza y dignidad primera. Generación empero entre el bullicio De eslabonadas y feroces guerras Nacida, y avezada al ejercicio De entrar por muros y trepar por sierras, Llegó en ésta el valor á ser un vicio Y el pelear costumbre: y en sus tierras No hallando ya enemigos á las manos, Pensó al fin en los fieros africanos. Como león que hambriento se despierta Y, al tender la mirada adormecida De la llanura en la extensión desierta, Á lo lejos cruzar mal conducida La lenta caravana á ver acierta, Y avanzado la garra entumecida, Crespa la greña y la mirada fosca, Para asaltarla en el jaral se embosca: Así tendió famélica mirada, Despertando al honor, el castellano Hacia el florido reino de Granada, Embalsamado harén del africano. Así Castilla alerta y emboscada De Isabel bajo el trono soberano, Sólo esperaba su orden impaciente Para caer sobre la mora gente. La Católica Reina, sus enojos Con varonil prudencia refrenando, Fijos tenía los atentos ojos En el redil del agareno bando: Y, resuelta á arrancar sus granos rojos Á Granada uno á uno, con Fernando Esperaba en el Cielo oir la hora Del exterminio de la raza mora. Y tenía ya Dios determinado El desastroso fin de aquella gente, Y al término fatal era llegado El poder de las tribus del Oriente. El trono de Al-hamar había ocupado Su penúltimo rey, y, á su occidente Tocando ya la berberisca luna, Huía hacia Castilla su fortuna. La discordia civil vertido había El licor de su copa envenenada En el alma del árabe, y ardía El cráter de un volcán bajo Granada: Mas oculto en la tierra todavía El fuego asolador, aposentada Parecía en la Alhambra la ventura, Firme su solio, su quietud segura. Reinaba allí Muley Hasán: guerrero Más que rey y político, su mano Nunca el cetro empuñó, sino el acero: No temió nunca, sino odió al cristiano. Ni nunca treguas respetó altanero, Ni manchó su decoro soberano El tributo pagándole rendido Por su padre Ismaël que fué vencido. En diez años de próspero reinado, Al porvenir mirando y al decoro De su trono, Muley había logrado Su ejército doblar y su tesoro. De África con los reyes coligado, Prevenido á la lid se había el Moro: Y de víveres y armas hecho apresto, En pie sus plazas de defensa puesto. Numerosos sacó de Berbería Escuadrones de tropas auxiliares, Del desierto veloz caballería, Saeteros de Fez almogavares: Y un pie de sus fronteras no tenía Sin avanzados puestos militares, Ni un cerro de sus reinos á la raya Sin el ojo sagaz de una atalaya. Seguro como un águila en su nido En Granada Muley, por sus fronteros Guardado, y de sus súbditos temido Por los decretos de su ley severos, Reinaba en celebrar entretenido Con sus enamorados caballeros Justas, zambras, saraos deslumbradores En honor de la hurí de sus amores. Es esta la cautiva seductora Que Isabel de Solís niña y cristiana En Martos se llamó, y á quien ahora, En el serrallo de Muley sultana, Zoraya llaman, en la lengua mora Lucero precursor de la mañana: Astro en verdad de amor y de hermosura, Mas precursor de asolación futura. Por el ardiente amor de esta cautiva Olvidado Muley de Aija su esposa, De su presencia y de su amor la priva: Y Aija, como oriental, fiera y celosa Y, como Reina y afrentada, altiva, Disimula la rabia que la acosa Alentada no más por la esperanza De tomar en los dos feroz venganza. Un hijo tiene, Abú-Abdilá llamado, Del Rey versátil, y por ella propia En odio de Muley amamantado; Mozo gallardo, de su padre copia. Mas contrario á su padre por el hado Fatal en que nació, traidor acopia El odio hacia Muley que Aija respira, Y el que su estrella personal le inspira. Guárdale la sultana con desvelo Y témele el Monarca por instinto: Ódiale la Zoraya, con recelo De que á sus hijos dañe cuando, extinto, Del amor de Muley la prive el Cielo: Y Abú-Abdilá entretanto, en el recinto De Granada parciales allegando, Sagaz se forma poderoso bando. Sospéchalo Muley; la favorita, En el amor del Árabe fiada, Diestra su odio á su rival excita: Pero menos contra ambos osa á nada Cuanto más el Monarca lo medita. Nace así la carcoma de Granada, Y Hasán en el peligro se adormece, Y el tiempo vuela, y el peligro crece. ¡Escrito estaba y del amor fué pena! Perdió Eva al padre de la raza humana, Á Hércules Deyanira, á Troya Elena, Lucrecia al solio y majestad Romana, Florinda á Don Rodrigo; y la Agarena Gente perdióse por la vil cristiana Que, dando impura á Boabdil hermanos, Dió á sus almas rencor, hierro á sus manos. ¡Escrito estaba! comprendiólo luego El postrimer Monarca granadino; Y, según el Korán, el hombre ciego Torcer no puede su fatal destino. ¡Escrito estaba! lágrimas de fuego Vertiendo del Padul sobre el camino Lo dijo Abú-Abdil, hacia Granada Triste volviendo la postrer mirada. Y escrito estando é inmutable siendo El fallo del destino, hacia su ruina Arrastrado por él iba corriendo Sordo y ciego Muley, á la divina É inexcusable voluntad cediendo: Y, esclavo del amor que le domina, En mantener no más piensa á Granada Esclava de su hermosa renegada. Sólo por eso su grandeza estima, Su prez en mantener piensa por eso: Por eso ardor de combatir le anima, Triunfos soñando su amoroso exceso. Por eso de su alcázar desde encima Del muro y agobiado bajo el peso De su amante ambición, se le veía Mirar la vega al transponer el día. Desde el adarve real de su alcazaba De la Alhambra, Muley con complacencia Del granadino reino contemplaba La amenidad y próspera opulencia: Y al cristiano poder desafiaba Con desdeñosa y bárbara insolencia. Al lejos divisando los pajizos Muros de sus castillos fronterizos. Sonreía el infiel con arrogancia, Mirando las montañas guardadoras De su tierra, y en fértil abundancia Las tribus de sus pueblos moradoras. Sonreíase al ver en la distancia Del África arribar las naves moras, Sobre un mar que parece en lejanía Un ceñidor azul de Andalucía. Embriagábase el Árabe de orgullo Contemplando la espléndida hermosura De su vega, y servíale de arrullo El misterioso són con que murmura La soledad, y el singular murmullo Que armoniza doquier el aura pura, Cuando orea con ala sosegada La región por los hombres habitada. Absorto contemplaba el noble Moro La vega granadí, huerta extendida De su corte á los pies, rico tesoro De ocio y placer y manantial de vida: Y el alma de Muley, en sueños de oro Con pereza oriental adormecida, Se gozaba en mirar desde la altura Por milésima vez tanta hermosura. En aquel cielo azul y transparente, Pabellón de cristal sin mancha alguna, Lucen sobre la tierra eternamente Sereno el rojo sol, blanca la luna. Allí Genil su límpida corriente Vierte con Darro y Monachil á una, Brotando á sus regueros creadores En vasta profusión frutos y flores. Allí el cedro fragante y los almeses Amados de los pájaros campean De Jericó á la par con los cipreses; Las vides de Falerno allí se orean Entre pajizas y preñadas mieses. Que magnolias espléndidas sombrean: Y allí las cañas del Jordán sonoras Zumban entre las palmas cimbradoras. Las de la humana ciencia más ignotas Salutíferas plantas allí quiso Dios fecundar, y de las más remotas Tierras los frutos dió á su paraíso: Los sagrados laureles del Eurotas, Los poéticos tilos del Pamiso, De Estambul los ardientes tulipanes, De Cartago los frescos arrayanes. Por sus fragantes y purpúreas rosas Sus rosas la cediera Alejandría: Por sus morenas hijas voluptuosas Sus hijas la Circasia la daría: El zumo de sus vides deliciosas La campiña de Chipre envidiaría, Su frescura los bosques de la Ausonia, Sus árabes pensiles Babilonia. Tal es la vega de Granada: tales Las delicias que encierra, y que el monarca Desde sus ajimeces orientales Con mirada de halcón ufano abarca. Tal es su reino entero; y en sus reales Alientos le parece ofrenda parca Que llevar á los pies de la que adora, De Zoraya, lucero de la aurora. Por eso se extasía contemplando Sus tierras y su corte defendida Por las bravas legiones de su mando, De mil y treinta torres guarnecida: Y al pensar en la corte de Fernando, En sus tierras aun no establecida, «¡Venga á pedir, exclama, si se atreve, El vil tributo que Muley le debe!» Y he aquí que, concluyendo en estos días El plazo de unas treguas especiales Que acotaban las locas correrías Lícitas por las treguas generales, No pasando la empresa de tres días, No batiendo tambor ni alzando reales, Presentóse en la vega una mañana Un escuadrón de gente castellana. Corto, pero á la lid apercibido, Componíanle apenas cien jinetes Que estatuas parecían de bruñido Sonante acero. El rostro en los almetes Bajo de las viseras escondido Traían: sobre malla coseletes De triples pasadores barrëados, Los caballos de hierro encubertados. Mazas de nueve puntas y afiladas Hachas de desarmar en los arzones: Puñales de Milán y anchas espadas De Toledo en la cinta, los lanzones Al brazo y, en lugar de las rizadas Plumas, una cruz de oro en los crestones Y otra al pecho, diciendo en un letrero: Á su luz vivo y á su sombra muero. Del cristiano escuadrón á la cabeza Marchaba un caballero de Santiago Comendador, templando la fiereza De un potro negro, que al continuo halago De su señor responde con nobleza Cabeceando orgulloso, y al amago Del acicate esquivo, á cada instante Quiere escapar con ímpetu pujante. Era este capitán don Juan de Vera Del solar de Mendoza: Castellano De recto juicio y de virtud severa, Celoso asaz del esplendor cristiano, Conoce y teme la morisma entera Su audaz valor y su pesada mano: Y en el tumulto de la lid confusa, Quien valiente no es su encuentro excusa. Con paso grave y continente altivo Por entre el moro pueblo, que le mira Con ojo torvo y ademán esquivo, Llegó Don Juan al torreón de Elvira: Y vuelto á un renegado que cautivo Trae, con voz que majestad respira Y en Español, mirando á su decoro, Dijo, aunque sabe bien la habla del Moro: «Di al capitán del puesto, en Africano, Que de estas puertas al umbral espera Licencia para hablar al soberano, En nombre de su Rey, Don Juan de Vera: Y que para él y su escuadrón cristiano Pide hospitalidad franca y sincera Por una noche; pues, su real mensaje Cumplido, torna á continuar su viaje.» El renegado en árabe tradujo Lo dicho al capitán, el cual, montando Una yegua que Córdoba produjo Y en sus dehesas pació su césped blando, Por la árabe ciudad les introdujo Hasta que, el alto Bib-Leujar pasando, De sus bosques cruzando el laberinto Les dejó de la Alhambra en el recinto. Regia hospitalidad y alojamiento Cómodo el moro rey, de su alcazaba En una de las torres al intento Dispuesta, dióles: muchedumbre esclava Á sus órdenes puso, cuyo atento Cuidado pronto á su obediencia estaba: Y les sirvió en opípara comida Con caliente manjar fresca bebida. De ella al fin un kadí, severo anciano De barba luenga y paternal mirada, Llegó á Don Juan y díjole: «Cristiano, La luz de Aláh te alumbre. Tu embajada Recibirá mañana el soberano. Huéspedes del monarca de Granada Sois tú y los tuyos esta noche; mide Por tu deseo su largueza, y pide.» «Anciano, replicó Don Juan de Vera, Da gracias á tu rey por su hospedaje, Y dile que jamás de otra manera Á caballeros de mi fe y linaje Que tratára esperé: que á la primera Luz del próximo día mi mensaje Que oiga le ruego: pues la misma tarde Debo partir. He dicho: Dios te guarde.» Retiróse Don Juan á su aposento: Mas no sin ver si su cristiana gente Tenía cerca de él alojamiento Á caballeros tales conveniente; Y, con todo el rigor del campamento Guardado el torreón militarmente, Después de haber sus oraciones hecho Tendióse armado en el morisco lecho.
LIBRO SEGUNDO LAS SULTANAS
I EL CAMARÍN DE LINDARAJA
Era una noche azul, pura, serena Del fructífero Mayo, perfumada Con el aroma de sus flores, llena De la armonía mística exhalada Por las auras y fuentes, que en la amena Soledad de los bosques y los huertos Misteriosas susurran, y alumbrada Por la luna creciente con inciertos, Trémulos y argentinos resplandores: Era una noche, en fin, de esas hermosas Noches de paz, inspiración y amores, En que derrama Dios sobre Granada, Africana dormida entre las rosas, Los rayos de sus ojos creadores Y el aura de su aliento embalsamada: La misma noche en que Don Juan de Vera Huésped del Moro en sus palacios era. Y era un regio y magnífico aposento De la oriental Alhambra, donde el oro, El cobalto y el nácar, en labores Mágicas trabajadas á lo moro, Brillaban desde el techo al pavimento, Á los suaves y tímidos fulgores Que una aromada lámpara esparcía Que en una taza de alabastro ardía. Á un lado de esta cámara ostentosa Y por bajo de un arco que cubría Damasquino tapiz, se abría paso Una estrecha y cruzada galería, Formada de esta estancia por el muro Y un balcón, por do entraba misteriosa De los astros la luz, el aire puro Y el són del agua que, en raudal escaso, Vertía Darro por el valle obscuro. El suelo de esta estancia deliciosa Era de blanco mármol, á pedazos Cubierto de alkatifas argelinas Y cojines de raso azul y rosa: Sus puertas se cerraban con cortinas De telas de oro y seda, que con lazos, Broches y trenzas de ámbar y corales, Se recogían en profusos pliegues Al gusto de los pueblos orientales: Y en el segundo cuerpo de los muros Se abrían dos moriscos ajimeces De exquisita labor y árabes, puros, Elegantes contornos Y calados y espléndidos adornos. Tras de sus celosías iba á veces El Rey ocultamente, de sus serios Afanes esquivándose un instante, Á sorprender los íntimos misterios De las mujeres Moras De esta cámara real habitadoras; Gozando así en secreto Desde aquellas arábigas ventanas Las voluptuosas danzas, las moriscas Cántigas y nocturnas diversiones Á que, con sus esclavas y odaliscas, Se entregaban alegres las sultanas. El balcón, que en el fondo De la estancia se abría Más allá de la estrecha galería, Era otra especie de ajimez, labrado Con el más exquisito y rico adorno Por arquitectos Moros inventado: Y un deleitoso camarín fingía, Cuyas ventanas rodëaba en torno De cedro una movible celosía. Era pues el balcón de aquella estancia Regia y maravillosa Un mirador calado, que aspiraba De su ajimez morisco por los huecos, De los vecinos huertos la fragancia, La música del agua rumorosa, Que en la sombra corría, Y el canto de las aves que albergaba La arboleda del río, y cuyos ecos Murmurador el aire allí traía. Entre este camarín y este aposento, Con caracteres de oro (en una faja De púrpura y azul que se tendía Por bajo el circular cornisamento Del ajimez) escrito se veía Un rótulo miniado, que decía: «Mirador de la hermosa Lindaraja:» Y á fe que el mirador es un portento De la elegante arquitectura Mora Y un santuario de amor y poesía: Regalo al fin de un Árabe opulento Á la mujer feliz que le enamora. En esta regia cámara moruna, De aquella hermosa noche en las primeras Horas, al suave claro de la luna Y al rumor de las ráfagas ligeras Que entraban por las árabes ventanas, Yacía, al parecer sin pena alguna, Hada gentil de su mansión divina, La más bella y feliz de las sultanas Que habitaron la Alhambra granadina. Los mullidos cojines, apilados Bajo su cuerpo leve, sostenían Muellemente sus miembros delicados: Sus perezosos brazos se tendían Sobre la pluma sin vigor: caían Sus rizos de la faz por ambos lados Sobre sus blancos hombros: ancho, lleno, Del morisco jubón bajo la seda, Al aspirar con hálitos pausados, Se dibujaba su redondo seno Cual dos montones de apretada nieve Que en la redonda copa de ancho pino El aire cuaja lento y manso mueve: Y á través del calzón, de cuyo lino Los pliegues mil su cuerpo peregrino Ceñían, bien bajo el tejido leve Podíanse admirar, y á pesar de ellos, De su cintura y muslo alabastrino La pura tez y los contornos bellos. Su enano pie calzaban Chinelas de brocado: sus tobillos Ajorcas primorosas adornaban Hechas de gruesas perlas, que horadaban Por su grueso mayor áureos arillos: Sus brazos dobles sartas de corales, Sus orejas riquísimos zarcillos: Y, á usanza de las Moras principales, Ostentaba sus uñas nacaradas Con azul costosísimo miniadas. Era en verdad bellísima la Mora, Y merecía bien tanta riqueza, Y ser de tal estancia moradora, Y mandar con despótica entereza, Y obedecida ser como señora. Una mirada de sus negros ojos Más que un alcázar para el Rey valía: Por solo un beso de sus labios rojos Una ciudad frontera vendería: Por el más infantil de sus antojos La cabeza más noble inmolaría: No tenía su amor precio ni raya En la alma de Muley.—Es la Zoraya. Es ella, la sultana favorita Que á solas en su cámara le espera: Y aunque parece que feliz dormita Y que nada la acosa, ni la altera, Secreto afán su corazón agita Y sueña... ¡Como sueña la pantera Con la sangre caliente En que espera aplacar su sed ardiente! Entoldada la luz de sus pupilas Con los cerrados párpados conserva, Sus facciones inmobles y tranquilas: Grata molicie al parecer la enerva: Pero su corazón guarda un intento Harto feroz, cuya afición proterva Se oculta en su reposo soñoliento Como un áspid letal bajo la hierba. Imagen bella, voluptuosa y pura De las hurís que colocó Mahoma En su eternal Edén, por su hermosura Parecía una cándida paloma En la forma ideal de su figura: Un cuerpo de mujer en que se encierra El puro sér de un ángel, á la obscura Región mortal de nuestra baja tierra Enviado, á perfumarla con su aroma Y á derramar en ella su ventura. Pero la torva luz de su mirada, La cortina de sombra que en su frente Tiende su ceño cuando mira airada, La contracción apenas perceptible Con que el extremo de su labio ardiente Arruga su sonrisa, De la escondida peligrosa hoguera Que arde en su doble corazón avisa, Y en la faz de la Mora Con resplandor siniestro reverbera. Muley por su belleza seductora Luz de la aurora la llamó..... y tal era La luz de este lucero de la aurora: Tal es Zoraya que á Muley espera. Oyóse al cabo en el jardín vecino, Bajo el abierto mirador cercano, El dulce són de un cántico africano Que una morisca guzla acompañaba: Són con que la anunciaba de contino La llegada del Rey atenta esclava. Estremeció los miembros de la Mora Movimiento nervioso: mas tan leve, Que resbalar no hizo Por su cuello, más blanco que la nieve, El más ligero descompuesto rizo: Ni de su blando lecho Un pliegue solamente descompuso: Ni con respiración más presurosa Se hincharon los contornos de su pecho. Inmóvil, silenciosa, Cual si no le sintiera ni aguardara, En su aparente sueño y perezosa É incentiva postura Dejó la hermosa que Muley llegara El veneno á beber de su hermosura. Envuelto en su alquicel, bajo el plegado Pabellón de la azul tapicería, Apareció Muley: tendió callado Una sagaz mirada escrutadora Por sobre cuanto en derredor había, Y dilató su labio desdeñoso Sonrisa de placer, viendo á la Mora Que sobre los cojines en reposo Con abandono tentador yacía. Llegóse á ella y contempló un instante La tranquila expresión de sus facciones, Por milésima vez con ojo amante Recorriendo voraz las perfecciones De aquel cuerpo, velado escasamente Por el leve ropaje transparente Sobre los apilados almohadones. Llegóse y admiró bajo la pura Nívea tez, á través de su blancura, La red sutil de las azules venas, Cuyo tejido transparente indica Que aquella piel purísima y nevada Encubre el alma ardiente y vivifica La complexión fogosa, enamorada, Que á su tez atribuyen las morenas; Y percibió el aroma con que el baño Su cuerpo perfumó, de que las Moras Granadinas usaban todo el año; Y el rumor escuchó, sensible apenas, De su respiración igual y suave, Y sin poder con su amoroso exceso Sobre su boca de coral, que sabe Y trasciende al alöe de Corinto, Depositó Muley un amplio beso Que crujió de la estancia en el recinto. Abrió Zoraya los ardientes ojos, Y al fijar su mirada Sobre la faz del Árabe, cambiada De colérica en tierna, con acento Más grato que el murmullo soñoliento Que levanta la brisa en la enramada, Díjole, disipando los enojos Que acaso al despertar fingió indignada: «Te esperaba, Señor: aunque dormía, »Mi corazón velaba, y en mi sueño »La leve huella de tu pie sentía »Que á mis amantes brazos te traía, »Bizarro Amir, de mi existencia dueño.» «Apenas en los altos alminares (Contestóla Muley)» la voz sonora »Del muezín anunció la última hora »De la oración del día, »Á favor de las sombras tutelares »Vengo á ti, manantial del agua pura »En que templa su sed el alma mía, »Y heme á tus pies, Lucero de la aurora, »Que me alumbras doquier con tu hermosura. »Llamásteme en secreto, »Sol de mi corazón, y aquí me tienes »Á tu absoluta voluntad sujeto. »Habla; ¿Qué quieres de tu esclavo? ¿Bienes? »Mi reino es tuyo: véndele. ¿Deseas »Regocijos y zambras? Mis juglares »Llama, mis nobles Árabes convoca; »Y aquéllos con mil juegos malavares, »Y éstos con toros, cañas y torneos, »En fiesta interminable, libre y loca, »Sacien en Bib-arrambla tus deseos. »¿Ó tal vez algún vil desventurado »Tu enojo excita? Nómbrale, y aunque haya »Mi amigo sido ó su niñez pasado »Junto á mí, y yo partido mi grandeza »Con él, te juro por tu amor, Zoraya, »Que te enviaré mañana su cabeza.» Decía así Muley, en la locura De la pasión que el alma le devora, Y sonreía oyéndole la Mora De la pasión del Árabe segura. Sus dedos de marfil entre la cana Barba de Hasán con infantil cariño Pasó y con complacencia la Sultana, Dejándola aromada con su mano: Y con caricia tal, propia de un niño, Trajo á sus pies sobre el cojín liviano Trémulo de placer al Africano. Zoraya entonces, su gentil cabeza En el hombro del Moro reclinando, Y el fuerte talismán de su belleza Contra el alma del Árabe empleando, Así le empezó á hablar, el suave aliento De su boca balsámica de intento Hasta la boca de Muley enviando, Diálogo tal entre los dos trabando: ZORAYA Sabes cuánto te amé. Niña y cautiva Me crié al lado tuyo entre las flores De los jardines de tu Alhambra: esquiva Después á los halagos tentadores De tus bizarros nobles Granadinos, Negué mi juventud y mi belleza Á cuanto no eras tú con entereza..... ¡Sentía ya ligados nuestros sinos! Hizo en ti de los astros la influencia Su efecto al cabo: me encontraste hermosa, Cediste del destino á la sentencia, Y pagaste mi amor, y fuí dichosa. La tierra en que nací y el amoroso Dulce calor del maternal regazo, El acento del padre cariñoso, Su castillo feudal que, en el ribazo De un cerro, se levanta pintoresco Cercado de alamedas, cuyo arrullo Salud le daban y armonía y fresco De despeñadas aguas al murmullo, Todo lo echó por fin de mi memoria: Y, del nombre y la fe de mis mayores Renegando, las puertas de su gloria Perjura me cerré por tus amores. MULEY HASÁN ¿Y cuándo lo olvidé, luz de la aurora? ¿No comprendí tu abnegación y entero Mi corazón te di? Tú eres señora Dél todavía; lo que quieras quiero. ZORAYA Quiero, Señor, decirte lo que acaso No te deje otro afecto libremente Comprender y juzgar: porque traspaso Los límites tal vez de lo prudente Con tan audaz revelación; empero Más que el respeto y la prudencia fuerte Mi cariño por ti, salvarte quiero Aun á peligro de mi propia muerte. MULEY HASÁN ¡Salvarme! ¿Y de qué riesgo? Habla. ZORAYA Un instante Oye en calma, Señor. Yo, que las horas De tu existencia en vela paso amante, Sé por tu bien lo que imprudente ignoras. Tienes, Señor, un hijo cuya estrella Á Granada es fatal, según los sabios Que su horóscopo hicieron. MULEY HASÁN La luz de ella Pende no más de un soplo de mis labios. ZORAYA Y el soplo de tus labios sólo pende De un acero traidor que en tu garganta Le corte. MULEY HASÁN ¿Abú Abdil....? ZORAYA Señor, atiende. MULEY HASÁN Prosigue. ZORAYA De él y de su madre es tanta Por reinar la impaciencia, que á estas horas, Traidores á su rey y de él parciales, Bajo los techos de las casas moras Se afilan en silencio mil puñales. MULEY HASÁN Sé que Aija..... ZORAYA Me detesta. MULEY HASÁN ¡Ay si te mira Sólo un momento con semblante torvo! ZORAYA ¡Y Hay de ti, si la rabia que la inspira No sofocas, Muley! No será estorbo Ya ni el filial ni el conyugal cariño Para intentar el crimen: la serpiente Da emponzoñados huevos, y el que niño Para su padre fué desobediente. Traidor para su rey será mañana. MULEY HASÁN Desecha tu temor, Zoraya mía: Los conozco á los dos: mas será vana Su obstinada ambición: se les espía. ZORAYA ¿Pero ignoras. Señor, que está plagada Tu corte de los suyos? MULEY HASÁN Sé sus nombres. ZORAYA ¿Y sabes que propalan por Granada Que Dios está por él? MULEY HASÁN Pero los hombres Crédito no les dan. ZORAYA Rey, te equivocas: Aly-Athar el de Loja y la Alpujarra Toda con él, sus esperanzas locas Apoyan con la fe y la cimitarra. MULEY HASÁN La fe y mis cimitarras á sus breñas Les volverán. ZORAYA Te engañas: los villanos Reniegan de su fe, según las señas. Pues pactan contra ti con los cristianos. MULEY HASÁN Zoraya, sus delirios ha venido Á contarte algún loco. Te detestan Y ambicionan reinar: mas nunca han sido Del Nazareno amigos. ZORAYA Pues se aprestan Los Nazarenos á su voz..... MULEY HASÁN ¡Patrañas Por derviches lunáticos vertidas! ZORAYA Empresas ciertas, aunque asaz extrañas: Peligrosas, Muley, mas emprendidas. Yo, por ti en vela, presentí el estrago De este huracán que nubecilla asoma; Sé que es tu hijo y te dirán que lo hago Por amor á los míos: pero toma. Tal diciendo Zoraya, de entre el raso De los blandos cojines tunecinos, Prevenidos sin duda para el caso De antemano, sacó dos pergaminos: Y con aquella singular sonrisa En cuya móvil expresión graciosa Algo tal vez siniestro se divisa, Á Muley presentóselos la hermosa: Y al tomarlos Muley: «Mira, le dijo, »Á través de esta tinta venenosa, «El alma de la madre y la del hijo.» Desplególos Muley, aproximándose Al vaso de alabastro transparente Donde la luz ardía, demudándose Su semblante al lëer: con ojo ardiente La Mora le espió, de su creciente Cólera apercibiéndose, y su flecha, Viendo herir en el blanco, dulcemente En el mullido lecho reclinándose, Tornó á la antigua calma, indiferente. Más torvo, más feroz á cada instante Según adelantaba en su lectura Se tornaba del Árabe el semblante. Fulguraban sus ojos: insegura Plegaba una sonrisa repugnante Su desdeñoso labio, y la amargura De la hiel que el escrito rebosaba En su lívida faz amarilleaba. «¡Traidores!—dijo al fin, el pergamino Con los crispados dedos estrujando.— ¡Traidores! En buen hora, en su destino Con ceguedad estúpida fiando, Abrirse intenten al poder camino Y astutos formen revoltoso bando: ¡Pero poner por escalón del trono Al cristiano!... Jamás se lo perdono. Jamás: jamás.» Y con ahogado acento Repitiendo «jamás,» como una fiera Enjaulada, cruzaba el aposento De uno á otro lado, cual si presa fuera De vértigo infernal. Sagaz, atento Y abierto apenas de la Mora el ojo, Por más que indiferente pareciera, Seguía con afán su movimiento, La progresión pesando de su enojo. De repente Muley frente á la Mora Paróse, y cual si en ella se aprestara La cólera á estrellar que en sí atesora El exaltado corazón, la dijo Con destemplada voz y cara á cara: «¿Y por qué medios, tan sagaz, penetras Los secretos de Aija y de su hijo? ¿Quién te trajo las llaves Del misterio encerrado en estas letras? Si esto es una verdad, ¿cómo la sabes?» —«Señor, dijo Zoraya levantando La cabeza con calma, Desecha tu temor, templa tu ira: Quien vendió á Abú Abdil vendió su alma Al padre del pecado y la mentira. Este secreto de tu raza infando Yace en la tumba ya: libre respira, Muley: la esclava te veló tu sueño Y el mensajero vil de esa escritura, Al descolgarse audaz de tu alcazaba Por la torre del Agua, sepultura Á demandar no más bajó á tu esclava. —¡Á ti, Zoraya!—Á mí; porque yo vivo Tan sólo para ti,—Mas..... no comprendo..... —¿De qué me sirve, pues, tanto cautivo Como me das, Muley? De los traidores Argos les hice yo: de ellos aprendo: Y como ellos también, compro traidores; Me acechan sin cesar, y les acecho: Tus secretos espían, y yo el suyo Bajo á buscar al fondo de su pecho. No tienen mis esclavos otro oficio, Ni Abú Abdil ni Aija un pensamiento Oculto para mí: mi sér, mi vida, Consagrados están á tu servicio. En esos pergaminos te presento La desnuda verdad: está cumplida Mi obligación. Desde hoy nuestra existencia, Señor, está en tu mano. Lee y lee sin pasión: juzga y sentencia: Castiga justo, ó liberal perdona: Tú eres el soberano: Mas escoge entre el hijo y la corona. En cuanto á mí, Señor, yo soy tu esclava; Que en la balanza igual de tu justicia No sea yo jamás peso, ni traba. El noble amor, que abrigo En mi pecho por ti, no es de cristiano Cobarde corazón; yo, pues, contigo Triunfaré ó moriré como sultana Que tu lecho y tu amor no partió en vano, Amir: porque mi sangre es castellana, Pero mi corazón es africano.» Calló Zoraya y se tornó en el lecho Á reclinar tranquila: Y el Rey quedó como de mármol hecho Contemplándola, inmóvil y derecho, Dilatada de asombro la pupila. Jamás la vió ni la creyó dotada De corazón tan varonil y entero, Ni sospechó que su alma apasionada Atesorara amor tan verdadero. Indolente, pasiva, abandonada, Henchida la juzgó de amor sincero Siempre: mas siempre tímida, indecisa, Y á toda intriga al parecer ajena, Con el cariño de su Rey pagada De su dorada esclavitud, precisa Por los preceptos de la fe agarena. Hombre Muley de cabellera cana, Pero de joven corazón y aliento Heroico y viril, halló contento Un alma varonil en la sultana. Absorto de ello en el primer momento En crëer vaciló lo que veía: Bajó á su corazón su pensamiento Y ahogó su voluntad con la alegría: Y cuanto más dudaba, Tanto más en la duda se engreía: Y cuanto más crecía La inacción que su sér paralizaba, El fuego del amor que le hechizaba Más violento en su pecho se encendía. Conocíalo bien la artificiosa Y astuta renegada, y contemplando Llegada la ocasión, que codiciosa Preparó en muchos años con constante Mañoso afán y con prudencia mucha, La máscara arrojó de su semblante Y cara á cara se aprestó á la lucha. Ya era Muley su esclavo: sus antojos Leyes eran para él: sólo tenía Para adorarla corazón, y ojos Sólo para mirar lo que veía Por sus ojos Zoraya. Era ya tarde Para que su razón iluminara Su avasallado corazón: yacía Ciego esclavo á los pies de su señora: Y el Monarca despótico, el guerrero Indomable, el león de las arenas Abrasadas de Zahara, Esclavo de la esclava á quien adora, Era no más que tímido cordero Amarrado de amor con las cadenas. Pero ¡así estaba escrito, y aun lo llora La gente del desierto que en sus venas La sangre guarda de la raza Mora! Por eso fascinado, enloquecido Por su pasión, Muley veía sólo De la Mora el amor apetecido Tanto por él, pero jamás el dolo, Mas nunca la ambición de soberana: Y por eso rendido Á tal fascinación, con ambas manos Tomó los pies enanos De la Mora gentil, y enardecido Por su insana pasión, puso sobre ellos Muchas veces sus labios soberanos. «Sí (exclamó): tú lo has dicho, que conmigo Vencerás ó caerás como sultana: Y has dicho la verdad; tú soberana Conmigo reinarás: yo te lo digo.» Volvió la renegada la cabeza Hacia el Rey otra vez con la sonrisa De un ángel (y la aureola de belleza De una visión que en sueños se divisa Circundaba su faz), y en el sonoro Idioma de los Árabes le dijo: «Amir, tú eres mi dueño y yo te adoro. Te dije la verdad: mas es tu hijo.» Agolpóse la sangre á la mejilla Del Rey á estas palabras, y con rabia Concentrada exclamó: «No es hijo mío Quien favor contra mí pide á Castilla. De la palma jamás la dulce savia Fecundó la mortífera cicuta: No es hijo mío quien mi fe mancilla, Y yo, sin vacilar, contra el impío Alzaré de las leyes la cuchilla. —Piénsalo, Amir.—Mi ley es absoluta. —Muley, en su favor habló el destino. —Yo haré mentir la predicción aciaga, Y su estrella fatal, que nos amaga, Apagaré en mitad de su camino.» Reverberaban de Muley los ojos Y chispeaban los ojos de la Mora Con vívidos destellos: Éstos de la ambición devoradora Con el triunfante resplandor, y aquéllos Con el torvo fulgor de los enojos. Pasaron todavía unos instantes De plática en secreto Uno de otro en los brazos: el objeto De tal conversación le comprendía El corazón no más de ambos amantes: Sólo el susurro de su voz se oía. Á poco, de los brazos de la Mora Desprendiéndose el Árabe, embozóse En su blanco alquicel y hacia el calado Arco del mirador adelantóse. Siguióle hasta el umbral la encantadora Sultana, con un beso regalado Sellando el labio de Muley, quien presto Á desaparecer por la excusada Galería la dijo: «Aláh te guarde, Lucero de la aurora. —Él te acompañe, Amir, dijo Zoraya: Perdona empero al alma enamorada Si duelo te causó.—La llama que arde Inextinguible, inmensa En mi pecho, Zoraya idolatrada, Al amor que en el tuyo se atesora, Digna procurará dar recompensa. —Los destinos, Señor.....—Yo haré que fijos En tu favor los astros permanezcan: Yo te lo juro, luz del alma mía, Tú reinarás y reinarán tus hijos: Deja que el tiempo corra y ellos crezcan.» Dijo el Rey y tomó la galería: Y por verle cruzar el lindo huerto Adonde oculta la escalera baja Y la esclava le espera al entreabierto Postigo, descorrió la celosía Del dorado balcón de Lindaraja Zoraya, y saludóle muchas veces, Mientras en el jardín le distinguía Desde los arabescos ajimeces. Y he aquí que mientras ella contemplaba El jardín, y la espalda al aposento Para mirar á su Señor tornaba, Bajo la celosía que se alzaba De una de las ventanas que en el muro Lateral de la cámara se abrían, Sagaz, osado, atento, Como á la voz secreta de un conjuro Asomó un rostro pálido un momento: Un rostro de mujer en que lucían Dos ojos como rayos en lo obscuro. Clavaron estos ojos en la Mora, Vuelta hacia el huerto aún, una mirada Rencorosa, tenaz, devoradora: Y las palabras lúgubres dejando Una á una á salir con voz ahogada, Cual sin querer la idea formulando En la palabra apenas pronunciada, Murmuró la mujer allí asomada: «¿Tú reinarás y reinarán tus hijos, »Porque hará que los astros permanezcan »En tu favor resplandeciendo fijos?..... »¡Deja que el tiempo corra y ellos crezcan!» Dijo: y, volviendo el rostro la sultana Hacia el rico aposento, Tornó á desaparecer en un momento El rostro de mujer de la ventana.
II EL SALÓN DE COMARES
Amanecía apenas: los reflejos De la rosada luz del sol naciente Á dorar comenzaban á lo lejos De la ancha sierra la arbolada frente: Y empezaba la aurora purpurina Ostentosa á tender su velo de oro Prendido en el Oriente, Sobre la extensa vega granadina, Ceñidor de verdura, Morisco chal que envuelve la cintura De la ciudad en donde reina el Moro. Comenzaba á sus cárdenos fulgores La tierra fértil á tomar colores, Exhalando de sí el aroma suave De la humedad nocturna, y comenzaba La flor á abrirse, á gorjear el ave, Y la brisa del alba revoltosa Á estremecer del bosque, donde erraba, La cabellera verde y rumorosa. Fresca, gentil, risueña, Á la primera luz de la mañana Se despertaba la ciudad sultana, De cien ciudades orgullosa dueña: La ciudad del amor y de las flores: La ardiente y hermosísima africana, Que reclina su frente soberana Sobre el fresco tapiz de mil colores Que á sus pies tiende su florida tierra, Y cuyas orlas por doquier remata Con caireles de lázuli y de plata, Ya el mar que en torno de ella se dilata, Ya la nevada fronteriza sierra. Asomado á un balcón de la alta torre Llamada de Comares, cuyo asiento El Darro besa que á su planta corre Regando huertas mil en curso lento, Esperaba el Rey árabe la hora De recibir al castellano Vera, Quien no quería que en la Corte Mora La venidera aurora Su embajada sin dar le amaneciera. La gente granadina Con la nueva alarmada De aquella ceremonia, aglomerada Ante Bib-el-Leujar, la matutina Luz aguardaba con afán, curiosa De conocer el fin de esta embajada, Más misteriosa cuanto no esperada. Mil interpretaciones Daba á su objeto el vulgo: comentaban Los viejos y santones Las causas y políticas razones Que pudieron mover al Rey cristiano Á enviar á la ciudad del africano La enseña militar de sus legiones: Mas fatigaban el discurso en vano; Ignoraba hasta el Rey las intenciones Con que vino á su Corte el castellano. Este á su vez, y en tanto, prevenido Para cumplir con su misión, oía, Desde la torre que ocupaba, el ruido Que de ella al pie la multitud hacía. Ya antes del alba con atento oído, Ojo sagaz y espíritu mañero, La situación inspeccionado había De la árabe ciudad el caballero. De pechos en la almena De su torre moruna, Al resplandor de la creciente luna La contempló de fortalezas llena, De muros bien cercada, Bajo un clima feliz y en cultivada Campiña, rica, saludable, amena, Por tres ríos á par fecundizada, Y favorita, en fin, sin duda alguna Del amor, de la próspera fortuna: Y el noble castellano, inteligente En el arte y estudios de la guerra, Vió que estaba en su tierra Bien prevenida la africana gente. Comprendió de Don Juan el buen sentido En la quietud de su nocturna vela, Que había el moro Rey, muy entendido, Coronado sus torres y alminares Por uno y otro atento centinela, Y diestra y sabiamente repartido Sus vigías y puestos militares: Concluyendo por fin Don Juan de Vera De la ciudad entera La nocturna revista, Diciéndose á sí mismo sin reparo Cuánto iba á ser al Castellano caro Lograr de aquella tierra la conquista. Hallábase en la torre todavía El buen Comendador, rectificando Á la primera luz del nuevo día El juicio que hecho por la noche había, Cuando vió que á su torre aproximando Un escuadrón de Moros se venía, La plaza del aljibe atravesando. Dejó la almena, convocó su gente Y, á la plaza bajando, La tendió de los Árabes enfrente. Entonces el wazir, que administraba La justicia del reino Y el gobierno interior de la alcazaba Del granadino Rey, ante la fila De los jinetes árabes saliendo, Fuése para Don Juan, con faz tranquila Y sosegada voz así diciendo: «La fe de Aláh te alumbre, castellano. »Has demandado con la luz primera »Al Rey hablar: ven pues, que ya te espera »Del Consejo en presencia el soberano.» Encontrando la arenga algo altanera Y contemplando al Árabe un momento, «Vamos» dijo no más Don Juan de Vera: Y á paso noble, majestuoso y lento, De la ancha plaza atravesó el espacio Que apartaba no más su alojamiento De las doradas puertas del palacio. De la soberbia torre de Comares En la ostentosa cámara, alfombrada Con alkatifas persas, perfumada Con pebeteros de oro y con millares De extrañas, ricas y olorosas flores Que en sus pensiles dan los Alijares, Esperaba Muley al castellano En medio de su Corte y su nobleza, Queriendo ante los ojos del cristiano Hacer ostentación de su grandeza. Con la rosada luz de la mañana Resplandecía en toda su hermosura La labor africana De aquella estancia regia, que figura Un pabellón de rica filigrana, Trabajo de algún Genio por ventura Según la tradición mahometana. En torno de Muley, sobre divanes De púrpura, los viejos consejeros, Los kadís y los nobles capitanes Del ejército, estaban los primeros. De su Rey menos cerca, De pie, con respetuosos ademanes, Los demás cortesanos caballeros Ocupaban el patio de la alberca Á sombra de sus frescos arrayanes. El estanque y las fuentes del palacio, Ornadas con vistosos surtidores, Poblaban el espacio De caños de cruzados saltadores Que, deshechos en gotas en la altura, Doblaban del ambiente la frescura Como perlas cayendo entre las flores, Que al borde crecen de la alberca pura Llena de pececillos de colores. Del wazir precedido Y de diez caballeros Castellanos Por decoro seguido, Armado de los pies hasta las manos, Del manto de Santiago revestido, Con apostura grave y altanera, Por medio de los nobles Africanos El patio atravesó Don Juan de Vera. Torva mirada de los ojos fieros Del círculo de Moros caballeros Pesó sobre Don Juan desde su entrada, Manteniéndose en él tenaz, clavada, Hasta los pies de el granadino trono; Bien revelando el animoso encono Con que su roja Cruz se ve en Granada. Don Juan, empero, en ademán tranquilo, Y mesurado aunque orgulloso porte, Avanzó hasta el marmóreo peristilo Que da entrada al salón do está la corte: Llegó hasta el trono de Muley, y en tierra, Sin humildad, hincando una rodilla, Presentóle una caja en que se encierra Su regia credencial dada en Sevilla. Tomóla sin abrirla el Africano Con altivo desdén, y del prolijo Ceremonial haciendo al castellano Amplia merced, lacónico le dijo: «Ya te escucha Muley: habla, cristiano.» Púsose en pie Don Juan, y con pausada Voz, que pudo entender el más lejano, De esta manera expuso su embajada: «Yo, Don Juan de la Vera, caballero »Comendador del Orden de Santiago, »En nombre de mi Rey vengo: primero, »Á reclamar el atrasado pago »De tu tributo anual íntegro, entero, »Y después, de Castilla con Granada »La tregua á prolongar, que es acabada.» Dijo Don Juan y enrojeció el semblante Del Árabe la cólera: en la estancia Rumor universal cundió al instante De indignación terrible, la arrogancia De tal mensaje oyendo: más de un guante Se alzó en contestación de su jactancia: Más de un Moro dió un paso hacia adelante, Puesta la mano en el alfanje: empero Sus iras atajó Muley severo. «Cristiano (dijo el Rey con voz airada), »Ve á decir á los Reyes castellanos »Que han muerto ya los Reyes de Granada »Que pagaban tributo á los cristianos: »Que la moneda entonces acuñada »No conocemos ya, ni nuestras manos »Labran ya más metales que el acero »De que forja su arnés el caballero. »Oiste: parte, pues. Yo te perdono »La vida y la embajada. Á la frontera »Del reino salvo llegarás: mi encono »No infringirá mi fe: mas la postrera »Colina al transponer donde mi trono »Se respeta y tremola mi bandera, »De mí hablar oirás, yo te lo juro, »Castellano. Ve en paz, que vas seguro.» «Moros, dijo Don Juan con altanero Mas tranquilo ademán: si mi mensaje Os ofendió, ved bien que el mensajero Ni un punto le ha añadido: mi lenguaje Fué exactamente el de mi Rey: y espero Que ninguno por él me hará el ultraje De esquivar con desdén, si es que me halla, El bote de mi lanza en la batalla.» Dijo Don Juan. Los nobles Africanos, De los valientes siempre apreciadores, Abrieron en silencio á los cristianos Paso, ahogando en el pecho los rencores De raza y religión. Los castellanos Volvieron á montar sus piafadores Corceles: y, dejando á rienda suelta La ciudad, dieron á Castilla vuelta. * * * * * Cuando el sol de aquel día en Occidente Irradiaba sus últimos reflejos, Ya transponía la cristiana gente Los cerros fronterizos. Á lo lejos Les vió desde sus torres impaciente El árabe Monarca, cuyos viejos Mas perspicaces ojos todavía Penetran la confusa lejanía. El brillo de las lanzas castellanas Apenas se sumió en el horizonte, Y apenas, embozada en sus livianas Sombras, la noche á descender del monte Comenzó, cuando Hasán sus africanas Armas pidió diciendo: «Que se apronte »Una hueste elegida y numerosa »Á partir en la noche silenciosa.» «Yo la conduciré.» Llamó en seguida Á su wazir Abú-l'Kazín, que era Gobernador de la ciudad, y «cuida »(le dijo) bien de que se cumpla entera »Mi voluntad. Después de mi partida »Pon á Aija en una torre prisionera »Con su hijo, y á habitar manda que vaya »En el Generalife la Zoraya. »Ten á ésta como mi única sultana, »Á Aija y Abú Abdil como traidores. »Yo á tocar á una villa castellana »Una alborada voy con mis tambores, »Y tardaré lo más una semana »En volver á la Alhambra. ¡Ea, señores, »Á caballo y silencio! los soldados »En Bib-arrambla esperan convocados.» Dijo Muley, su intimación postrera Dirigiendo á sus guardias: y, montando En su caballo de batalla, que era Un árabe veloz, partió tomando La cuesta de Gomeles, con guerrera Planta en la plaza real desembocando: Y, al frente de su hueste, de Granada Salió á empresa de todos ignorada.
LIBRO TERCERO ZAHARA
I GONZALO ARIAS DE SAAVEDRA
Está Zahara en una altura Entre montaña y colina, Sentada en la peña dura Que asoma la cresta obscura Por entre Ronda y Medina. Cuando encienden los cristianos De noche hogueras en ella, No distinguen los paisanos Si son sus fuegos lejanos Luz de atalaya ó de estrella; Y cuando el alba naciente Dora la almenada villa, Se confunde fácilmente Con la armadura que brilla El riëlar de la fuente. Sus atalayas pusieron Los moros en ella un día, De fosos la circuyeron, Y apriesa la abastecieron Porque el invierno venía. Tuviéronla muchos años De los cristianos guardada, Con mil ardides extraños, Causándoles muchos daños En guerra tan prolongada. Á la sombra guarecidos De sus breñas y pinares, Bajaban como bandidos Y robaban atrevidos Alquerías y lugares. Toleraban los cristianos En silencio sus desmanes: Pero pensando á las manos Coger á los africanos De aquel peñón gavilanes. Estaban los insolentes, Aunque pocos, confiados, Conociéndose valientes: Los cristianos, más prudentes, Les cogieron descuidados. Todos los de aquella tierra, Procurándose en secreto Mil utensilios de guerra, Atravesaron la sierra De asaltarla con objeto. Y una noche la asaltaron, Y guardarla no supieron Los Moros que la fundaron; Cinco veces la cobraron Y otras cinco la perdieron. Entonces los vencedores Doblaron su alta muralla, Y abrieron fosos mayores Para guardar previsores La prenda de la batalla. Estrecha y sola una senda Dejaron en todo el cerro, Porque mejor se defienda, Si se empeña otra contienda, Su sola puerta de hierro. Por eso en sus torreones Y en sus anchos murallones Guardó la morisca villa, Sobrepuestos, los blasones De los Reyes de Castilla. Tal es Zahara: y en la altura Del cerro en que está fundada, Y por la fragosa hondura De sus barrancos guardada, Siempre estuviera segura. De los Moros, como el nido De un águila suspendido En inaccesible peña, Si menos la hubiera sido Su fortuna zahareña. Pero su alcaide cristiano Nació con estrella aciaga, Y Dios apartó su mano Del infeliz castellano, Y el rayo de Dios la amaga. Porque ¡ay! ¿qué la han de valer Su muro y torres de piedra, Si los ha de mantener, Sin fortuna y sin poder, Gonzalo Arias de Saavedra? ¡Desventurada es la historia De este buen Gobernador, Bravo capitán sin gloria, Blanco de mala memoria Y de fortuna peor! Desdichada fué su raza: No hubo cálculo ni traza Que al revés no le saliera, Ni bando, opinión ó plaza Que, suya, prevaleciera. Siguió su padre Hernán Arias De Enrique el Rey las banderas Á las de Isabel contrarias, Y perdieron las primeras Sus empresas temerarias. Del de Cádiz se allegó Hernán á los partidarios, Y el encono se extinguió De los grandes sus contrarios, Y Hernán Arias se fugó. De los Moros amparóse Y por los Moros mantuvo Á Tarifa; mas tornóse La suerte: capitulóse, Y Arias que entregarse tuvo. Caballeros en Castilla Intercedieron por él, Y, olvidando su mancilla, Le indultó Doña Isabel Confinándole á Sevilla. Bien único hereditario, En su aljarafe tenía Un torreón solitario, Y allí su infortunio varió Fuése á llorar noche y día. Mas he aquí que maltratado Por el tiempo el edificio, Y él imposibilitado De gastar sólo un cornado De su hacienda en beneficio, En un temblor que agitó Las tierras circunvecinas Su torre se desplomó, Y Hernán Arias pereció Sepultado entre sus ruinas. ¡Desventurado Hernán Arias! Las estrellas tan contrarias Le fueron en paz y en guerra, Que hasta se le abrió la tierra Sin exequias funerarias. Su hijo Gonzalo, heredero De su fortuna fatal, Aunque habido por guerrero Valiente y buen caballero, Lo pasó siempre bien mal. De su padre la memoria, Lo siniestro de su historia Y proverbial desventura, Le hicieron, sin prez ni gloria, Pasar una vida obscura. Dotado de alto valor, De ciencia y destreza rara En la guerra, con honor De alcaide gobernador Le enviaron al fin á Zahara. Dióle la reina Isabel Compadecida este cargo: Pero, dándoselo á él, El mejor panal de miel Se le hubiera vuelto amargo. Era Gonzalo un valiente Y entendido capitán, Tan audaz como prudente: Mas ¿qué hará si no le dan Ni bastimentos ni gente? «Tu lealtad y tu bravura »Tendrán á Zahara segura» Le dijeron, y le enviaron Á Zahara: mas no contaron Con su innata desventura. Sin víveres y sin oro Con que pagar sus soldados, No puede ni su decoro Sostener, ni contra el Moro Tenerles subordinados. Su gente se le rebela Y él, sólo, en continua vela, Su fortaleza recorre, Y hace á veces centinela El mismo en alguna torre. «Si no por obligación, »Por vuestro bien ayudadme,» Les dijo en una ocasión: Y su alférez Luis Monzón Contestóle ébrio: «Pagadme.» Y el pobre Gobernador, Sin influencia y sin pan, Se vió inútil capitán De gentes que sin temor Ni amor hacia él están. Pedía al gobierno amparo De víveres ó dinero: Pero el gobierno reparo No ponía, y el frontero Seguía en su desamparo. Dos veces quiso salir Á correr la mora tierra: Mas sus gentes, al oir Que se trataba de guerra, No le quisieron seguir. Tal era la situación De Zahara en esta ocasión; Tal es el afán que arredra El brío del corazón De Gonzalo Arias Saavedra. Por eso sus castellanos Se están mal entretenidos En casa de los villanos, En pensamientos livianos Con las mozas divertidos; Pues por demás licenciosos Son siempre nuestros soldados, Cuando en puestos apartados Les dejan vivir ociosos, Por libres ó mal pagados. El Rey moro, que sondara Su abandono y su pobreza, Se dijo: «Es cosa bien clara Que me da la fortaleza Quien así la desampara: Conque tomarla es razón.» Y Hasán dispuso á este fin Misteriosa expedición, Dándole gente en unión La Alhambra y el Albaicín. Salió, pues, de la ciudad Muley en la obscuridad, Sin decir de esta salida La razón desconocida, Para más seguridad. Y es fama que el Africano, De Bib-arrambla al pasar Bajo el arco, dijo ufano: «Le tengo de festonar Con cabezas de Cristiano.» Era una tarde nublada De tormenta amenazada: El viento ronco mugía, Y en anchas gotas caía Á espacios lluvia pesada. Cerróse en obscuridad El cielo: la tempestad Desgarró las nubes pardas, Y brilló en las alabardas El relámpago fugaz. Entre la enramada espesa De un pinar de que se ampara, Con la gente de su empresa Iba Muley á hacer presa En la descuidada Zahara. Caídos los martinetes Sobre las mojadas telas Revueltas á los almetes, Caminaban los jinetes El lodo hasta las espuelas. Mohino el Rey por demás, De los pasos el compás Oyendo con mal humor, Iba: junto á él un tambor Y los peones detrás. Tras éstos los saeteros Y hasta cien arcabuceros: Luego los escaladores, Luego trompas y atambores, Y luego los ingenieros. Tras ellos, en pelotones Flanqueados por dos alas De jinetes con lanzones, Muchos negros con escalas Para entrar los torreones. La media noche sería, ¡Espantosa noche á fe! Cuando de la roca umbría Sobre que Zahara dormía Se detuvieron al pie. Contó el Rey cuidadosamente Las hogueras y señales, En que convino prudente Con sus guías, y la gente Partió en dos bandos iguales. Guardando el cerro dejó Los jinetes: apostó Los saeteros mejores, Y él con los escaladores Por el peñasco trepó. La obscuridad, la tormenta, Patrocinan su ascensión Ardua, silenciosa y lenta: Todo Muley lo hubo en cuenta Con astuta previsión. El ruido de sus pisadas Sofoca el ruido del viento, Y las aguas despeñadas Por las ásperas quebradas Con estrépito violento. Tal vez descienden rodando De roca en roca chocando Pedazos de las montañas, Pinos, chozas y alimañas Consigo al valle arrastrando. Tal vez una encina añosa, Arraigada en un peñón Todo un siglo, estrepitosa Se rompe con temerosa Y atronadora explosión. Tal vez algún lobo, fuera De su cueva sorprendido, Bajo una peña cogido Invoca á la muerte fiera Con un espantoso aullido. Tal vez por algún torrente Arrastrada una serpiente De un precipicio á la hondura, Rasga la atmósfera obscura Con un silbido estridente. ¡Horrible noche es aquella, En que, mientras contra Zahara Ronca tempestad se estrella, De la tempestad se ampara Muley audaz contra ella! La villa desventurada, Por el viento sacudida, Por el turbión anegada Y en las tinieblas velada, Reposaba adormecida. Apena en un torreón De su vieja ciudadela, Encogido en un rincón Murmura escasa oración Un cristiano centinela. Tal vez duerme sin afán Al calor de su gabán En su garita, al arrullo Que viento y agua le dan Con su continuo murmullo. Y tal vez, sobre la mano La barba y en la rodilla El codo, sueña el cristiano Una aurora de verano En un lugar de Castilla.
II
¡Tremenda noche! La lluvia, Desgajándose á torrentes Por las quebradas vertientes De la sierra, con fragor Á la hondura de sus valles Consigo arrastrando baja Los árboles que descuaja Del vendaval el furor. ¡Tremenda noche! Iracundos Los rebeldes elementos Amagan de sus cimientos Las montañas arrancar: Y, en la cresta de la roca Donde se halla suspendida, Con ímpetu sacudida Tiembla Zahara sin cesar. Á una aspillera asomado De su antigua ciudadela, El buen Arias está en vela, Ocupado en escuchar Los rumores que á su oído En sus alas trae el viento, Y un fatal presentimiento No le deja sosegar. Nada sus tenaces ojos Ven en noche tan cerrada: No percibe ni oye nada En la densa lobreguez, Más que el velo tenebroso Y la voz de la tormenta, Cuya furia se acrecienta Con horrible rapidez. Á sus pies reposa Zahara: Sus tejados ve, á la lumbre Del relámpago, en la cumbre Donde el pueblo se fundó: Mas la roja llamarada Que el relámpago refleja Le deslumbra y no le deja Comprender lo que á ella vió. Al resplandor instantáneo Con que el pueblo se ilumina, Cree tal vez ver la colina Con el pueblo vacilar: Y á veces, en el instante De iluminarse de lleno, Cree ver de Zahara en el seno Vagas visiones errar. Blancos bultos, misteriosas Sombras, móviles reflejos Tras los muros á lo lejos Moverse y lucir cree ver; Cual si, haciendo de ellas vallas, Los espíritus del monte De sus torres y murallas Se quisieran guarecer. ¡Delirios vanos! ¡Quimeras De su débil fantasía! Pasa el pobre noche y día En continua agitación, Y, con fe supersticiosa Creyendo en su fatalismo, Recela hasta de sí mismo, Trastornando su razón. ¡Ilusiones! Arias sólo Oye el vendaval que brama Y el agua que se derrama Por los tejados rodar, Y en los muros del castillo El rumor acelerado De los pasos del soldado Que acaban de relevar. Oye el sordo remolino Con que rueda la tormenta Haciendo girar violenta Las veletas de metal, Y zumbar estremecida La mal sujeta campana, Y temblar en la ventana El desprendido cristal. Todos reposan en Zahara, La atalaya de Castilla: Sólo se oyen por la villa, En la densa obscuridad, El agua de las goteras Y el rumor del vago viento, Que ruge con el acento De la ronca tempestad. Sólo en apartada torre Del mal guardado castillo, Con el fulgor amarillo De una lámpara al morir, Velan algunos soldados Y se siente desde fuera El rumor de una quimera Y jurar y maldecir. Óyense sus carcajadas, Sus apodos insolentes: Pues en esto han tales gentes Contentamiento y placer; Se juntan en borracheras Para acabarlas riñendo, Y vuelven en concluyendo Desde reñir á beber. Y al calor de las orgías Y al vapor de los licores, Disertan de sus amores En obsceno platicar; Pues su lengua irreligiosa, Sin respetos y sin vallas, Sólo de sangre y batallas Ó mujeres ha de hablar. De éstas se miran algunas, Con los soldados más mozos En impúdicos retozos Y deshonesto ademán, Que, osadas y descompuestas, Ó blasfemando ó riñendo, Hasta embriagarse bebiendo Desatinadas están. La trémula llamarada De una hoguera agonizante Presta á su rudo semblante Una expresión más feroz; Y, recibiendo la bóveda La algazara en su ancho hueco, Remeda con largo eco La desentonada voz. Harto de vino y de amores, En dos bancos apoyado, Cantaba un viejo soldado Al són de un roto rabel, É hiriendo á compás la mesa Con plato, jarra ó cuchillo Aullaban el estribillo Ellos y ellas con él. Brindaban, y á cada brindis Insensatos blasfemaban, Y reían y danzaban Completando la embriaguez: Y sus sombras, en silencio, Gigantescas, agitadas, Cual fantasmas convidadas Erraban por la pared. «¡Á ellos!» gritaron voces: Y entraron el aposento, Diez á diez y ciento á ciento, Los moros del Rey Hasán; Y apenas á las espadas Acudieron los cristianos, Les cercenaron las manos En donde tan mal están. Lidiaron acaso algunos: Pero tantos les entraron, Que al fin les acuchillaron Con las hembras á la par. Á los gritos de los Moros Los Cristianos despertaban: ¡Pero los tristes se hallaban Cautivos al despertar! La soñolienta pupila Prestaba crédito apenas Á las cuerdas y cadenas Con que atados dos á dos Por los Árabes se vieron, Á quienes con lengua y ojos Pedían piedad de hinojos En el nombre de su Dios. Las lágrimas de las madres, De los niños los sollozos, Los esfuerzos de los mozos, El dolor de la vejez, Son inútil resistencia: Porque á todos los infieles, Atados como lebreles Les arrastran á la vez. En vano lucha la virgen Desesperada con ellos, Que con sus propios cabellos Mordaza ó cordel la dan: En vano niños y enfermos Yacen sin fuerzas postrados; En tropel como ganados Todos á los hierros van Fueron tristísimas horas Las de noche tan sangrienta. ¡Á quien de ella pidan cuenta, Malas cuentas ha de dar! Mas no Arias, á quien el mundo Con su fe abandona en Zahara, Porque Dios no desampara Á quien de Él se va á amparar. Corazones como el suyo, Almas cual la que le anima, Dios tan sólo las estima En su pristino valor: Aniquilado bien pronto El cuerpo que les encierra, Vuelve su polvo á la tierra Y su esencia al Criador. Creyó al fin Gonzalo Arias, Desde la torre en que vela, Sentir en la ciudadela Un verdadero rumor De voces y de pisadas, Y distinguir en la sombra Muchas gentes agolpadas Á la muralla exterior. Iba el caracol de piedra Á tomar del muro, cuando Por él su escudero entrando Dijo: «¡Los moros, Señor!» Asió al punto Arias Saavedra Un hacha y un triple escudo Que halló á mano, y torvo y mudo Lanzóse hacia el corredor. Por el caracol torcido Se hundió como una callada Sombra, y la puerta ferrada De las almenas abrió. Confuso tropel de moros Llenaba el adarve estrecho: Gonzalo Arias derecho Á los Moros se lanzó. Tendió del primer hachazo Los dos que halló delanteros, Y al querer tirar del brazo La mano de otro segó. Á tan repentino ataque La morisma, acorralada, Abrió círculo espantada Y en el centro le dejó. Mas Arias, que no veía De vergüenza y de ira ciego, Cerróse con ellos luego Con ímpetu asolador: Y, al ver el horrendo estrago Que en ellos su brazo hacía, Ninguno se le atrevía, Embargados de pavor. Pero sobre ellos cargaba Gonzalo Arias con tal brío, Que adelante les llevaba Sin dejarles revolver; Y uno, que frente arrestado Le hizo, entre dos almenas Le derribó atravesado Y en el foso fué á caer. Aquel hombre despechado, De mirada centelleante, De colérico semblante Y de fuerzas de Titán, Sin más que un broquel y un hacha, Pálido y medio desnudo, Peleando solo y mudo Con desesperado afán; Aquel hombre aparecido De repente en medio de ellos, Erizados los cabellos, Cual de un vértigo infernal Poseído, hizo á los Moros Concebir honda pavura, Contemplando en su figura Algo sobrenatural. Un instinto irresistible De temor supersticioso De aquel hombre misterioso En tropel les hizo huir, Cual si vieran, bajo el rostro De aquel hombre temerario, Un espíritu contrario De Mahoma combatir. Abandonó, pues, el muro Todo el pelotón alarbe, Y dejó sobre el adarve Solo á aquel hombre fatal. Crispado, calenturiento, Á las almenas de piedra Asomóse Arias Saavedra Presa de angustia mortal. Allá abajo, en las tinieblas, Por las calles de la villa En la lengua de Castilla Invocar á Dios oyó. «¡Á Dios (dijo con desprecio) Á Dios invocáis ahora! ¡Miserables! Ya no es hora: Sucumbid, pues, como yo.» Y á largos pasos tomando Del castillo la escalera, Fué á dar como una pantera En el patio principal. Un capitán de Granada Allí amarrados tenía Cuantos perdonado había La cimitarra fatal. Arias, de un salto, se puso Delante del africano Y, asiendo con una mano Las bridas de su corcel, Le dió en el frontal de acero Tan descomunal hachazo, Que caballo y caballero Vinieron á tierra de él. Los Árabes que más cerca Del capitán se encontraron, Sobre Gonzalo cargaron Con gritería infernal: Pero dieron con un hombre: Y el primero que imprudente Se llegó á Arias, en la frente Recibió el golpe mortal. El capitán, desenvuelto De su caballo caído, Vino como tigre herido Sobre el alcaide á su vez: Recibió su corvo alfanje El castellano forzudo Dos veces en el escudo, Con serena intrepidez; Y al verle ébrio de coraje Descargarle el tercer tajo, Metióle el hacha por bajo Y el brazo le cercenó. Saltó el pedazo partido Con la cimitarra al suelo, Y el Moro, con un aullido De dolor, se desmayó. Saltó Arias de él por encima Y, del caballo tendido Quedándose guarecido, Volvió la lid á empezar. Acométenle los Moros: Mas ningún golpe le ofende Por delante, y se defiende La espalda con un pilar. Entraba en esto en el patio El viejo Rey de Granada: Mas detúvose á la entrada Á admirar el varonil Aliento de aquel solo hombre Que, sin casco ni armadura, Tiene á raya la bravura De los hijos del Genil. Estaba Gonzalo Arias De sangre y sudor cubierto Tras del caballo, que muerto Á sus plantas derribó, Anhelante de fatiga, Descolorido y rasgado, Como un espectro evocado Del panteón que le guardó. Al ver con cuánta destreza De tantos se defendía, De tan alta bizarría Pagado el viejo Muley: «¡Teneos!» gritó á los Moros; Y, yéndose al Castellano, Le dijo afable: «Cristiano, Ríndete: yo soy el Rey.» No pudo Arias de cansancio Contestar. «Quienquier que fueres (Añadió el Rey), valiente eres: Ríndete á mí y salvo irás.» Arias, ronco de fatiga, Pero con alma serena, Dijo: «Muerto, enhorabuena: Pero rendido, jamás.» «Cristiano, repuso el Moro, Yo soy Muley y rendirte Á mí no será desdoro.» Y Arias dijo: «Y yo, Muley, Soy Gonzalo Arias Saavedra, Y mientras me quede aliento Y en Zahara quede una piedra, La mantendré por mi Rey.» Ahogó la piedad del Moro Respuesta tan arrogante, Y, colérico, «¡Adelante, Saeteros!» exclamó. Atravesado de flechas Hincó Arias una rodilla Gritando «¡Cristo y Castilla Por los Arias!» Y espiró. Cortáronle la cabeza, Y en el arzón delantero La ató un negro de Baeza Por trofeo de valor. Tal fué el fin desventurado Del bravo alcaide de Zahara: La suerte le negó avara Todo, menos el honor. * * * * * Cuando del día siguiente Comenzó á lucir la aurora, Daba á Granada la vuelta La morisma victoriosa. Marchaba Muley delante, Y, en el centro de su tropa, Dos mil cautivos atados Al carro de su victoria. Mandó el Rey que los Cristianos, Guardados por buena escolta, Fueran delante á Granada Por la vereda más corta; Pero prevenido habiéndole Que, por si las tierras próximas Se levantan, con presteza Caminar es lo que importa: «¿En qué está, dijo, el retraso? —En los cautivos que estorban. —Pues bien, dijo con desprecio, Obligadles á que corran, Y lleguen los que llegaren: Los mozos á las mazmorras, Las muchachas al harén Y los viejos á la horca.»
III
Era la noche del siguiente día En que el fiero Muley salió de Zahara, Vencedor insolente. Era una obscura Y nebulosa noche: no lucía En el cielo la luna: venda impura De nubarrones cárdenos cubría La luz serena de su antorcha clara. Ceñían por doquier el horizonte Negros grupos de nubes apiñadas, De vapores eléctricos preñadas, Y alcanzábanse á ver de monte en monte Del frecuente relámpago, azuladas, Arder las repentinas llamaradas. Á un balcón de la torre de Comares Asomada en silencio, la altanera Aija escuchaba con el alma entera Lejano són de gritos populares Que, por la densa atmósfera perdidos, Traía á sus oídos, De cuándo en cuándo, ráfaga ligera. Tras ella Abú Abdilá sobre su hombro El noble rostro juvenil tendía, Como su madre oyendo con asombro La confusa y extraña vocería Que, en las tinieblas de la noche, el viento Con eco sordo resonar hacía Bajo el techo del cóncavo aposento. —«¡Oyes, hijo Abdilá! con ansia dijo La sultana.—Sí, madre, y no comprendo..... Contestó Abú Abdil. ¡Tal vez maldijo Nuestra fortuna Aláh!» Con ojo fijo La espesa sombra penetrar queriendo, Aija le interrumpió:—«Calla: estoy viendo Moverse algo en el bosque..... ¿Oistes, hijo? —¿Un ruiseñor?—Sin duda: mas no canta Tan recio el ruiseñor..... escucha atento. ¿Le oiste?—Sí.—Pues bien, hijo, ese aliento De un pájaro no cabe en la garganta. —Oid, Señora, oid; más cerca el pío Del ave se oyó ahora.—Es una seña Que viene de las márgenes del río. —Sí, y en hacerse comprender se empeña.» Acercáronse más á la calada Barandilla exterior del antepecho: Mas Aija, de repente y sin ser dueña De sí misma, cubriendo con su pecho El pecho de Abú Abdil, gritó: «¡Hijo mío!» Silbando entró por el postigo estrecho Del balcón una flecha disparada Desde el bosque, y, tocando en la labrada Piedra del arco, rechazó, en el lecho De Abú Abdil cayendo despuntada. «¡Traidores!» exclamó Aija, á nuestra vida También atentan!» Mas alegremente La interrumpió Abdilá, teniendo asida La flecha: «Madre (dijo) trae cosida Una carta.—Lee pues.» Rumor de gente Se oyó en el corredor en este instante, Y una esclava, asomándose á la puerta, Dijo: «¡El wazir!» Para la audaz Sultana Fué cosa nada más que de un momento En el pecho ocultar la carta abierta, La flecha devolver por la ventana, Y serena quedar sobre su asiento. Al punto mismo Abú-l'Kazín, ministro De las venganzas de Muley, entraba El nocturno registro Á hacer que en el salón acostumbraba, Desque la torre de Comares era Del Granadino Príncipe y su madre, Por orden de Muley, prisión severa. Saludó Abú-l'Kazín con afectada Ceremonia, mostrando que lo hacía Sin respeto y en pura cortesía: Aija, en sus almohadones recostada, Ni volvió la cabeza desdeñosa, Ni le otorgó siquiera una mirada; Abú Abdilá, imitando á su orgullosa Madre, no contestó tampoco nada. Abú-l'Kazín entonces, en sombrío Silencio y con feroz torvo semblante, La estancia registró con vigilante Y prolija atención. «Es deber mío,» Dijo al fin, dirigiendo á la Sultana Una mirada donde el odio brilla, Y añadió: «Nuestro Rey llega mañana Vencedor de las armas de Castilla.» Aquí, consigo sin poder, la Mora Díjole: «¿Son por ello esos clamores Que turban el reposo?—Sí, Señora: El pueblo aplaude, como siempre, ahora Á los Reyes que vuelven vencedores.» Una mirada le lanzó de fuego La Mora y con desdén le dijo luego: «Tienes razón, Abú-l'Kazín: mañana, Si volvieren vencidos, por traidores Les silbará la multitud villana. —Vele Aláh por el Rey, y no permita Que el pueblo tenga por traidor, Sultana Á quien abrigue sangre Nazarita! —Eso te digo yo. Los hijos tienen La sangre de los padres, y el que incita Al padre contra el hijo, lo previenen Las suras del Korán, á Dios irrita Y su raza por Dios será maldita. —Sultana, tus palabras.....—El anuncio Son del desprecio en que te tengo.—Holgara La razón en saber.—Está muy clara. —Pronúnciala, Sultana.—La pronuncio: Tu padre, Abú-l'Kazin, fué tornadizo Y traidor á su Dios, y yo detesto Á los hijos de padre que tal hizo. No lo olvides jamás.—¡Oh! lo protesto. —Déjanos, pues, en paz.—La vez postrera Volveré nada más, cuando el severo Rey de Granada de su ley el yugo Imponeros me ordene.—Aguarda fuera Sus órdenes en tanto, carcelero, Hasta que hayas de entrar como verdugo.» Salió el wazir, brillando en su pupila El fuego del rencor: y la Sultana, Luego que oyó el rumor de los cerrojos De la postrera cámara lejana, La carta á desplegar volvió tranquila, Devorando lo escrito con los ojos. Mirábala Abdilá con impaciencia, Procurando leer en su semblante Lo que ella en el escrito. En apariencia, Si el wazir la acechara en este instante. No pudiera, al mirar su indiferencia. Sospechar que el papel era importante. Leyó con avidez, pero serena: Y aquella alma viril, que dominaba Del placer el exceso y de la pena. No dejó percibir á quien miraba El gozo inmenso de que estaba llena. ¡Tanto era altiva, perspicaz y brava! «Hijo mío Abdilá, dijo tras breve Pausa, vas á partir. La muerte fiera. De tu padre á la vuelta, aquí te espera, Y abajo espera quien salvarte debe. No el Cielo señaló tu real cabeza Para ceñir una corona en vano; Tu destino de Rey he aquí que empieza; Cumple, pues, tu destino soberano.» Dijo y le dió la carta, que decía: «Vuelve tu esposo vencedor, Sultana, »Y la guadaña de la muerte impía »Su mano trae; no aguardes á mañana: »Cuando oigas luego que en silbar porfía »El ruiseñor al pie de tu ventana, »Descuelga á tu hijo Abú Abdilá por ella. »Y un buen caballo le valdrá y su estrella. »No temas ni vaciles: los verjeles »De este valle, á tu vista tan tranquilo, »Á un escuadrón de Abencerrajes fieles »Dan á estas horas misterioso asilo. »Mi escritura conoces, no receles, »Sultana, una traición: pende de un hilo »Del Príncipe la vida: mas, burlada »La muerte, volverá..... Rey de Granada. »Aunque en firmar sé acaso que aventuro »Mi cabeza, la suya es lo primero: »Sírvate pues mi nombre de seguro »Y alumbre tu razón Aláh infinito.» Al pie de este renglón, claro y entero, De Aly-Macer el nombre estaba escrito. Leía Abú Abdilá, y á la lectura De la carta fatal palidecía: Y, leyendo en su rostro su pavura, La madre el ceño varonil fruncía. «Hijo de Reyes, como Rey procura Obrar, le dijo al fin. ¿Fortuna impía Te acosa? Acosa, pues, á tu fortuna: Mala es mejor tenerla que ninguna.» Tal diciendo, la intrépida Sultana Llamó en voz baja á sus esclavas. Quiso Abú-l'Kazín dejárselas, por vana Demostración de libertad y viso De autoridad y pompa soberana, En la prisión. Entraron al aviso Todas de su señora, y la severa Sultana las habló de esta manera: «Necesito una escala: en el momento Desgarrad vuestras tocas y almaizales; Los tapices que tiene el aposento Trizas haced: mis lienzos y mis chales Rasgad y, hasta que lleguen al cimiento De la torre, anudad los desiguales Pedazos: no os paréis en necias dudas: Rasgadlo todo, aunque os quedéis desnudas.» Hechas á obedecer, sin más demora Rasgaron la oriental tapicería Que la ostentosa cámara decora, El chal con que cada una se ceñía, El rico pabellón de crujidora Seda que el lecho de Abdilá tenía. Cuanto á las manos se las vino asieron, Y, formando un cordón, le retorcieron. La Sultana y el Príncipe, afanosos, En tal ocupación las ayudaron, Y de esta ocupación con los curiosos Incidentes, que alegre la tornaron, Del alma de Abdilá los temerosos Tristes presentimientos se ahuyentaron: Y rebosaba en gozo y osadía Cuando el largo cordón se concluía. Á poco un risueñor en la enramada Los tres largos silbidos de su trino Precursores lanzó. Corrió agitada La Sultana al balcón, y más vecino Volvió á silbar el ruiseñor: callada É inmóvil escuchó: su oído fino Y ojo avaro alcanzaron, en la hondura, De un hombre el movimiento y la figura. Un momento después, en la maleza Que al mismo pie del torreón crecía, El ruiseñor silbó: la fortaleza Y la continuidad con que lo hacía Su voz, de la que dió naturaleza Al ruiseñor un tanto desdecía De cerca oída: pero al libre viento Era bien fácil confundir su acento. Ató Aija á Abú Abdil por la cintura La punta de los lienzos anudados, De su firmeza y solidez segura; Los brazos un momento entrelazados Tuvieron madre é hijo con ternura Cordial: los labios trémulos, rasados De lágrimas los ojos, no encontraron Palabras, mas sus lágrimas hablaron. Deshízose la madre la primera Del cariñoso lazo, y saltó el hijo Por la baranda del balcón afuera, Teniendo el lienzo las mujeres fijo. «Madre, dijo él, ¡adiós por vez postrera! —¡Hijo de mi alma, adiós! ella le dijo, Y, bajando la voz:—honra tu nombre, No vuelvas sino Rey: lucha y sé hombre.» Dijo: y, á una señal, franqueza dando Las esclavas al lienzo, por la obscura Región del aire, suelto, fué bajando El Príncipe Abdilá: justa pavura Le acongojó cuándo se vió colgando Sobre la inmensa tenebrosa hondura; Vaciló su cerebro y, los antojos Del miedo por no ver, cerró los ojos. Un momento después cuatro forzudos Brazos en las tinieblas de él asieron: Una daga cortó junto á los nudos El lienzo, á hombros tomáronle, y huyeron. Los brazos de las Moras, á tan rudos Esfuerzos no hechos, libres se sintieron De repente del peso, y la Sultana Se echó con ansiedad á la ventana. Miró, escuchó, sin voz, sin movimiento, Parando en su atención hasta el latido Del corazón y el curso del aliento: Pero ni gente, ni señal, ni ruido Se percibía: á la merced del viento El lienzo por abajo desprendido Flotaba, y era todo allá en la hondura Silencio, soledad, sombra, pavura. Apartóse en silencio la Sultana Del ajimez: la tela recogida Poco á poco volvió por la ventana: Mas al entrar la punta suspendida Por fuera del balcón, de la Africana El corazón mortal volvió á la vida; La punta trae de salvación un gaje Infalible: el blasón Abencerraje. Besóle la Sultana, y su altanera Tranquilidad cobró: despidió luego Sus esclavas y, sola, dijo, fiera Reverberando en su mirada el fuego Del corazón: «Que venga cuando quiera Muley.» Y en los cojines con sosiego Tendiéndose, al pesar y al miedo ajena Segura de Abú Abdil, durmió serena.
IV
Y he aquí que la Sultana Cual Reina soberana, Y acaso en su ventana Detrás de la persiana Oyó sobrecogida Que por la peña hendida Diez hombres que, en huída Corriendo á toda brida que el real Generalife, en esta noche mora, velaba en esta hora, tendida en un diván, cruzar el arrecife, conduce hacia la sierra, veloz y són de guerra, hacia la sierra van. El rostro peregrino Zoraya hacia el camino De polvo un remolino Sombra el país vecino ¿Quien puede á estos parajes Lanzarse en tan salvajes Tan ásperos pasajes Los diez Abencerrajes llegando á la ventana, miró: mas ¡vana empresa! velaba con espesa al ojo más sutil. (se dijo la Sultana) caballos, audazmente salvando?—Solamente que salvan á Abú Abdil.
FIN DE LOS VERSOS CONTENIDOS EN EL TOMO PRIMERO.
Zorrilla, al publicar este Poema en 1852, ilustró el tomo primero con notas y discursos que, si entonces juzgaba de necesidad para satisfacer á lectores y críticos, hoy parecen excusados, después del casi medio siglo que separa la primitiva de la presente edición. El poeta quiso demostrar que á la factura de los versos había hecho preceder un estudio de la lengua árabe, de la historia del reino de Granada, de las vicisitudes de la conquista y de cuantos personajes iban á figurar en los diversos libros del Poema. Dudaba, tal vez, de que se le tuviese por verídico en las tradiciones, lenguaje, usos y costumbres de los moros; por lo cual puntualizó en multitud de notas la exactitud de los conceptos y hasta la pureza de las palabras. Reconocidas por la crítica estas cualidades en la obra, no es necesario reproducir tan numerosos comprobantes, que, en vez de esclarecer, embarazan la lectura y sonoridad de los versos. Por esto se han suprimido aquí, del mismo modo que una extensa biografía de Mahoma, inserta al final del volumen y que el propio Zorrilla declara ser en su mayor parte traducción de acreditados libros franceses.
Hay, sin embargo, en los discursos y desahogos del autor ciertos pasajes que no deben suprimirse, porque corresponden á la historia literaria del tiempo y al carácter peculiar del poeta, tales como la explicación de la dedicatoria á su amigo Muriel y la sátira con que Zorrilla se revuelve contra los censores anticipados de su obra, émulos, á su juicio, tan impotentes como menguados.
He aquí la manera con que explica la Fantasía dedicada á D. Bartolomé Muriel en las primeras páginas del libro:
«Habiéndome algunos amigos manifestado en París deseos de conocer mi Poema de Granada antes de su publicación, se reunieron una noche en casa del Sr. Muriel para oirme leer algunos de sus libros ó cantos, á pesar de mi propósito de no manifestar su manuscrito. La circunstancia de hallarse presentes á esta lectura D. Fernando de la Vera y D. Cayo Quiñones de León, cuyos antepasados tomaron en la conquista de Granada no poca parte, y á cuyas hazañas consagro en mis versos no pocos recuerdos, me obligaron á continuar en siguientes noches la lectura de mi obra, á cuyo objeto reunió el Sr. Muriel una corta sociedad de amigos en su elegante casa. La amistad cordial que al Sr. Muriel me une, y las agradables horas pasadas en sus aposentos, cubiertos de preciosos cuadros y llenos de artísticas curiosidades, me inspiraron esta fantasía, procurándome la ocasión de darle con ella un público testimonio de mi amistad y de lo caras que son á mi corazón las memorias de la suya.»
Sobre las censuras anticipadas y murmuraciones más ó menos cultas que se hacían del Poema cuando aún no se había publicado, escribe Zorrilla lo siguiente:
«Á los desocupados escritores de anónimos y á los autores rapsodistas, á quienes apesara desdichadamente la reputación ajena, pero que no pueden labrarse la propia sino royendo los talones de los que van delante de ellos, en su incapacidad de abrirse por sí mismos un camino, les aconsejaré que antes dé seguirme á Granada den una vuelta por Toledo, donde hallarán á mi buen amigo el Sr. D. León Carbonero y Sol, quien, con honra suya y provecho de la juventud, explica en aquella ciudad la lengua árabe, y el cual, con su rica erudición oriental y poética, y su excelente método de enseñanza, les pondrá tal vez con el tiempo en estado de caminar conmigo por los senderos montañosos que conducen á la Real alcazaba de la Alhambra.
Á los literatos que, á pesar de lo expuesto, me supongan más ambiciosos intentos ó más vanaglorioso amor propio, dispuestos á no ver de mi obra más que los defectos, hijos naturales de una temeraria osadía ó de una quijotesca vanidad; y á los sabios críticos que quieran aprovechar la ocasión de lucir sobre Granada sus académicas disertaciones y sus artículos enciclopédicos, les contaré solamente un cuento, que estoy sintiendo corrérseme en el papel por los puntos de la pluma, el cual, aunque viejo, espero que les ayude á formar su juicio sobre mi Poema, si lo leen; que sí lo leerán, pues yo procuraré dárselo despacito para que lo rumien y digieran.