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Gloria (segunda parte)

SEGUNDA PARTE (continued 4)

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Don Buenaventura manifestó que para acelerar en lo posible la solución, declarase aquella misma tarde Daniel su propósito en presencia de toda la familia reunida. Mas el virtuoso prelado dijo que no quería privarse de oir el sermón de la Soledad, que D. Silvestre predicaría aquella tarde, y que el día siguiente, Sábado Santo, día señalado por la Iglesia para la admisión solemne de los catecúmenos, era el más propio.

—¿Temes que esa doña Esther contraríe su buen propósito?—añadió.—Si su conversión es sincera, no hay que temer. No hay vigor que se iguale al de un alma iluminada por los destellos de la gracia divina y que se decide á echarse fuera de las tinieblas. Ni madres, ni padres, ni abuelos pueden nada contra un alma que ha visto la salvación y corre hacia ella.

Otras cosas santas y bellas dijo el cardenal; mas no son del caso. D. Buenaventura corrió á casa del hebreo á quien no encontró, ni tampoco á su madre, que había ido con la señorita de compañía á visitar ¡cosa inaudita! al señor de Amarillo y su esposa. El único de la raza que estaba allí era Sansón, preparándose, por más señas, con ayunos y mortificaciones, como muy devoto que era, para la celebración de la Pascua rabínica. A ratos leía el Salterio en alta voz con gestos que hacían reir á todos los de la casa, y como esto gastaba sus poderosas fuerzas, se confortaba al punto con cuatro ó seis chuletas como ruedas de carro y botellas de cerveza.

Después de buscar á Daniel por todo el pueblo, D. Buenaventura le halló en casa de Caifás, circunstancia que no dejó de causarle extrañeza. Informóle del plan de D. Angel, teniendo el gusto de que el hebreo lo creyese acertado por todos conceptos. De nuevo hizo protestas de la firmeza de su propósito, asegurando que la intervención y los halagos de su madre no le harían vacilar.

Con todas estas cosas hallábase el generoso Lantigua muy satisfecho. Pero enturbiaba ligeramente su gozo la idea de la mala salud de Gloria, cuya naturaleza en los últimos días padecía frecuentes accesos febriles, en los cuales alternaba con el agotamiento de las fuerzas una actividad abrasadora y una como acumulación de vida, que se salía á borbotones por los ojos, mirando, y por la boca, hablando. D. Nicomedes, médico titular de Ficóbriga, á quien encontró aquella tarde, le hizo una pintura hipotética, no muy lisonjera, del estado en que á su parecer debían de hallarse el corazón y el cerebro de Gloria. Era el tal hombre excelente y muy sabio, soldado viejo de las batallas contra la muerte, y vivía en pueblo tan obscuro por amor á la soledad y porque se había cansado de ganar dinero en las grandes poblaciones. Tenía vivísimo afecto á los Lantiguas, y era decidor algo extravagante. Pasaba por librepensador, aunque iba á misa, y se le veía en perenne paseo por aquellos campos, ya contemplando la Naturaleza, ya de cabaña en cabaña, sin más compañía que la de dos séres para él muy queridos, un perro negro y un paraguas azul.

Este hombre benéfico se alegró mucho cuando D. Buenaventura le dijo que las cosas iban á buen andar por el camino del casorio, y expresó en breves palabras su pensamiento, asegurando que la dilatación moral salvaría á la enferma; pero que la contracción la mataría. Condenó el misticismo como la más perniciosa congestión espiritual que podía sobrevenir á la enferma, y el descargo de un enorme peso del alma le pareció excelente antiflogístico. La paz, el contento y el amor humano, en su esplendente y natural desarrollo, armonizado con el divino, le parecieron admirables emolientes.

Tranquilizado con este dictamen el buen tío, se dirigió á su casa, no sin prestar antes frívola atención á los rumores que en toda aquella tarde ocuparon á Ficóbriga, robándole hasta la devoción propia de tan luctuoso día... ¡Sí; madama Esther había visitado á D. Juan Amarillo y á su esposa! ¡Y ella y él la habían recibido, á pesar de ser Viernes Santo! ¡Y estaban en la casa las sobrinas de Teresita y la Gobernadora y otras muchas damas de lo más principal y florido de Ficóbriga!... ¡Y la casa parecía un ascua de oro!... ¡Y madama Esther se había mostrado muy amable, muy cariñosa con D. Juan y con Teresita!... ¡Y se decía que madama Esther, quitándose del dedo un anillo con brillante de gran tamaño lo había ofrecido á la señora de Amarillo, que después de rehusarlo cortésmente, se dignó tomarlo!

XXVI Madama Esther.

Esther Spinoza, mujer de Moisés Morton, opulentísimo negociante de Hamburgo, establecido últimamente en Londres, descendía, lo mismo que su esposo, de una familia hebrea española; pero si el linaje de Morton aparecía confuso por los enlaces con castas alemanas y holandesas, el de Spinoza conservábase puro, y siguiendo su clara genealogía, podían los últimos vástagos de él remontarse hasta Daniel Spinoza, judío de Córdoba, comprendido en la proscripción de 1492. Esther Spinoza era española de sangre, si no de nacimiento, española por la gravedad, por la vehemencia contenida, por la fidelidad de los deberes, por la luz y la expresión melancólica de sus ojos negros, su esbelta figura y su gracioso andar.

Era además española por la lengua, pues desde la cuna aprendió á hablar como Nebrija. Es sabido que todas las familias israelitas que proceden de las expulsiones españolas conservan su lengua, aunque adulterada por la falta de renovación, y todo el que viaje hoy por Constantinopla, Salónica, Jerusalén, Venecia, Roma, el Cairo, por todos los puntos en donde buscó refugio aquel miserable polvo humano arrojado de España, oye hablar un castellano arcáico, que produce en el ánimo dulce y melancólica sorpresa, cual si oyera un eco de la patria pasada y muerta, que aun después de cuatro siglos lanza desde el fondo de la tierra su gemido. Los judíos españoles, la mayor parte degenerados, conservan la lengua de sus mayores, y leen sus oraciones en los libros rabínicos impresos en nuestro idioma. Subsiste en ellos el amor al suelo antiguo que no han de volver á ver, y lo lloran como lloraban hace dos mil quinientos años sobre los ríos de Babilonia. En los judíos ricos no se conservó tanto esta costumbre. Los Spinozas amaban, sí, aquella triste memoria de la perdida patria madrastra; pero Esther la aborrecía de todo corazón, exceptuando tan sólo la lengua, que cultivó con esmero y enseñó á todos sus hijos.

No profesaba su religión con entusiasta fervor, pero sí con lealtad, es decir, con un sentimiento dulce y firme que era, más que devoción, respeto á los mayores, amor al nombre y á la historia de una casta desgraciada. Esta era objeto de su pasión más viva, de un fanatismo capáz de reproducir en ella, si los tiempos lo consintieran, las grandes figuras de Débora, la mujer-juez, de Jael la que con un clavo mataba al enemigo, de la trágica Judith y la dulce Esther. La moral la cautivaba; pero el rito no merecía de ella el mismo amor, y si lo practicaba con sus hijos y deudos, hacíalo por creer que convenía perpetuar aquel poderoso lazo de unión, especie de territorio ideal, donde se congregaba por la fe un desventurado pueblo sin patria. Era un modelo de las virtudes domésticas que son comunes en las clases elevadas de aquella raza, y que no deben sorprendernos ni dar motivo á comparaciones inconvenientes. Tampoco entraremos á dilucidar si el secreto de ellas, antes que en la moral intrínseca, está, como suponen muchos, en la superior cultura y educación. Buena esposa y madre amorosa, había dado lugar á que se dijese de ella que merecía ser cristiana.

Esther y su esposo poseían enormes riquezas. De ellos podía decirse que Jehová había prosperado sus caminos. Vivían en paz dichosa, rodeados de los esplendores de las artes. Sus palacios hacían verosímiles las fábulas de la corte de Haroum-al-Raschid. Eran estimados de todo el mundo y distinguidos por los soberanos, que les sentaban á su mesa, porque habiendo adquirido aquella gente un poder financiero, que en cierto modo suplía su falta de existencia política, sacaban de apuros á las Naciones. No tenían patria; pero las patrias más orgullosas doblaban la rodilla ante sus arcas. Títulos, honores, saludos, reverencias, consideración, respeto, adulación, todo lo que es patrimonio de los poderosos, lo tenían ellos. Eran como dioses, á quienes incensaban á porfía los Ministros de Hacienda de todos los países. Hasta el Papa, como Rey de Roma, les dió títulos, cruces, y jamás les llamó deicidas, sino honorables señores. Hallándose en Roma Esther Spinoza, un cardenal le sirvió de cicerone para ver los museos. Otro cardenal le regalaba mosáicos, cameas y cornarinas. Otro le vendió un Cristo de marfil en mil libras, y en quinientas un Talmud español del siglo XIII, manuscrito en vitela.

No reinaban en ninguna parte y reinaban en todas, porque el imperio de Baal es grande, y á él puede decirse que pertenecen la Tierra, el mundo y su plenitud, el Aquilón y el Austro. A la digna familia que nos ocupa nadie osó preguntarle jamás si había dicho: Crucifica á éste y suéltanos á Barrabás.

A pesar de aproximarse á los cincuenta años, Esther conservaba su admirable belleza, fenómeno del cual tenemos aquí no pocos ejemplos, y que se explica por el privilegiado temple de ciertas naturalezas, unido al bienestar social y á las incomparables ventajas de una vida sin agitaciones, sin trabajo físico ni más penas que las indispensables para que no sea realidad el mito de la dicha completa. Usaba pocos artificios de tocador, y éstos, más que para quitarse años, empleábalos para que tuvieran buen ver los suyos, como si le inspirara orgullo aquella maduréz tan primorosa, tan lozana, tan interesante, verdadero homenaje de la juventud á la vejéz. Viéndola se comprendía la larguísima primavera de aquellas mujeres bíblicas, que vivían ciento veinte y ciento treinta años como quien no dice nada.

XXVII La madre y el hijo.

En la noche del Viernes Santo la madre y el hijo hallábanse juntos y solos en la habitación de éste. Sobre la mesa, en la cual apoyaba su codo Daniel, había una lámpara. Esther, sentada en un sofá junto á la pared, miraba á su hijo en silencio. Por la disposición de la pantalla, el rostro de Daniel estaba inundado de luz, el de su madre en la sombra.

—Si tu terquedad—dijo Esther en alemán con serena voz,—no cede, como espero... si la autoridad de tu padre, la mía, tu decoro y la fidelidad que debemos á nuestra Ley no significan nada en tu espíritu, padeceré desde mañana el más grande dolor de mi vida, porque mi querido hijo primogénito habrá muerto.

—No, madre, esto no es morir—dijo Morton lúgubremente.—Quiero resucitar á esa pobre mujer que adoro. Lo he decidido, después de meditarlo mucho. He formado un propósito que ninguna razón, ningún afecto podrán detener.

—Pues yo he venido á impedir ese propósito. Cuando huiste de nuestra casa hace quince días, saliendo de ella sin decirnos nada, comprendí que venías á este horrible pueblo. Al punto tuvimos el presentimiento de que ibas á consumar una gran locura. Tu padre quiso venir... Disputamos, vencí yo. Al partir hice juramento de arrancarte de aquí... Yo volveré quizás sola y llena de luto, volveré tal vez sin tí á nuestra casa; en este caso le diré á tu padre: «Nuestro hijo ha muerto.» No tendré valor para decirle: «Nuestro hijo es cristiano.»

—Ese valor que á tí te falta lo he tenido yo—repuso Daniel mostrando en su semblante desencajado una serenidad heróica.—Hago esto por convicción, no por despecho ni por capricho. He trazado á mis acciones un plan, y este plan se cumplirá, porque debe cumplirse; ¿lo entiendes, lo entiendes, madre?

Esther miró estupefacta á su hijo, como si deseara hallar en el semblante de él la aclaración de tenacidad tan abrumadora.

—Bien—dijo al fin, conociendo que su hijo no cedería atacado de frente;—haz tu gusto; realiza esa gran locura; desprecia el amor de tus padres, de tus hermanos; olvida todas las leyes, la ley santa de Dios y las de la sociedad, el decoro, el deber, la estimación; despréciate á tí mismo y envilécete más. Nosotros, traspasados de dolor por la pérdida del que fué nuestro amado hijo, te lloraremos muerto, no te lloraremos apóstata, porque apóstata no te podemos llorar, porque un renegado no puede ser, no puede haber sido nuestro hijo.

—Siempre lo soy y lo seré. No cambiaréis las leyes de Naturaleza—dijo Morton sobreponiéndose á su amargura.—Aunque no lo queráis, vosotros me amaréis siempre, como yo os amo.

—¡Daniel, Daniel—exclamó Esther con solemne acento, levantándose,—ya no tienes madre! Si la tienes, si la quieres tener, yo no lo soy. Me avergüenzo de haberlo sido. En hora menguada te dí á luz, y de aquella triste hora debe decirse: «Aféanla las tinieblas y sombra de muerte.»

—Cruel, engañas á tu corazón con palabras estudiadas—afirmó el joven con brío.—No podrás, aunque lo quieras, ser dueña de tus sentimientos de madre, y me amarás aunque sea en silencio; me consagrarás todos tus pensamientos, me tendrás siempre en la memoria, aunque sólo sea para orar por mí. Antes que hubiera religiones, hubo Naturaleza...

—No puedo tener serenidad—dijo Esther con grandiosa ira;—no puedo. ¿Por qué te deshonras, por qué te haces cristiano?

—Tú lo sabes bien. Hay aquí una víctima inocente, una mujer dotada de las más altas y bellas cualidades, y adornada con los atributos de los ángeles. Está en mi mano levantar á esa alma superior del lodazal en que yo mismo la arrojé con vileza, y debo hacerlo. El universo entero, el Dios de todos los hombres me ordena que lo haga. Esto es como la luz, madre. Si no lo comprendes, dí que estás ciega; pero no niegues la luz.

Esther, sentándose en su asiento é inclinando la frente, cayó en meditación profunda.

—¿Callas, madre, callas?—dijo Morton después de una pausa.—Te he convencido.

—Mas para abrazar una religión es preciso creer en ella—objetó Esther.—Esto no puede depender de un capricho amoroso. ¿Crees en Jesucristo?

Daniel repuso lúgubremente:

—Debo y quiero ser cristiano.

—Te avergüenzas de decirlo claramente, te avergüenzas de decir creo en Jesucristo, porque tu conciencia te grita más alto que tu flaca razón, clamando contra esta apostasía deshonrosa. Daniel, Daniel, ¿qué has hecho del amor inmenso de tus padres, qué de la santa Ley que te enseñaron desde la cuna, qué del recuerdo de tus venerables antepasados, en cuyo nombre estuvieron vinculados el amor y el prestigio que restan á la raza judía? ¿Qué has hecho de esto, loco? Hemos conservado hasta ahora, al través de tantos siglos, la dignidad de nuestra desgracia, hemos dado á todos los hebreos del mundo un ejemplo de constancia, de firmeza, de rectitud, en medio de las mil desgracias de nuestro pueblo; y ahora, tú, el que parecía nacido para enaltecer más y más todavía nuestro nombre; tú, mi hijo, el amado entre los amados, el predilecto de Dios y de los hombres, todo lo desprecias, todo lo pisoteas, nombre y familia, tu pobre raza sin patria, la Ley santa, tan antigua como el mundo, esa Ley y esa tradición, Daniel, que existen desde que el primer hombre abrió sus ojos á la luz acabada de hacer... No, no te conozco, no eres tú mi hijo. Un hijo mío moriría cien veces antes que arrodillarse delante de un sacerdote cristiano, y español por añadidura, y proclamar al Cristo en la misma tierra que impíamente nos echó de sí, como á séres inmundos. ¡Tú sabes cuánto, cuánto aborrezco á este país! El país que á mis abuelos inspiraba un recuerdo melancólico como de patria perdida, á mí me ha inspirado siempre aversión, horror. ¡Y en él abjuras y nos abandonas!... ¡Inícua traición! Si cuando te tenía en mis entrañas, me hubieran dicho lo que ibas á hacer, en ellas te hubiera ahogado.

Esther hablaba con la inspiración de la ira. Se había levantado. Movida de su primera posición la pantalla, caía de lleno la luz sobre la madre, y su sombra, agrandada por la distancia, gesticulaba en la pared cercana. Las sombras de los dos iracundos brazos, movidos sin cesar, corrían á veces por el techo como grandes aves, á veces se deslizaban por el zócalo entre los muebles, como cuadrúpedos que buscan un rincón. Daniel había quedado en la obscuridad. Desde ella, cual de un abismo á donde se acaba de caer lanzado por el enemigo vencedor, envió estas débiles palabras:

—Madre, me has hablado de honor, de vergüenza, de familia; en fin, me has dado razones sociales, no religiosas. De todo me has hablado, menos del fuego eterno.

—¡También, también!—gritó Esther cayendo sin aliento en el sofá y apoyando en un cojín su frente abrasada.—Te he dicho lo primero que ha brotado de mi corazón de madre, de este corazón antes abrasado en amor por tí, y que yo con mis propias manos apretaré y estrujaré para ahogar la llama... porque no... no puede ser, no puedo amarte ya... Se acabó la idolatría de nuestro hijo querido. Adiós, vete; no existes ya para mí.

Diciendo esto, rompió en amarguísimo llanto. Daniel corrió hacia ella, y poniéndose de rodillas la besó, tratando de levantar su cabeza.

—Madre, madre—murmuró.—Ni de tus labios, incapaces de mentir, puedo creer que no me amas. No lo creeré aunque me lo digas tú, á quien siempre he creído.

—Daniel, hijo mío—dijo la madre incorporándose,—yo no puedo soportar este golpe. Soporté la temprana muerte de mis dos hijas; pero la tuya, esta muerte en la forma más repugnante de la ignominia, no la puedo resistir. Quiero morir antes que caigas, quiero morir. Dame tú mismo la muerte, te lo suplico, perdonándote. El crimen que cometas arrancándome la vida no será tan grande como el de tu apostasía.

—Estás delirando, madre querida—dijo Daniel haciendo fuerza con la cabeza en el seno de su madre.—Tú sí que me matas á mí con tus palabras, con tus fieras amenazas de no quererme.

—¡Ay, hijo de mi corazón!—exclamó Esther en un arrebato de ardiente cariño, oprimiendo contra su pecho forzudamente la incomparable cabeza del joven.—Hemos cometido una falta al quererte á tí más que á nuestros demás hijos, y el Señor nos castiga por esto. Pero no me puedo resignar al castigo, no me puedo resignar á perderte, no quiero; defiendo mi tesoro contra todos los Dioses extraños, contra todos los Nazarenos que me lo quieran quitar... Señor, Dios de Abraham y de Jacob, antes que consentir esto, quita la vida á mi hijo y á mí también, porque no puedo vivir sin él.

Daniel se sentó á los piés de Esther, apoyando sus brazos en las rodillas de ella, le estrechó las manos y contemplándola con amor, le dijo:

—Madre, madre, óyeme lo que voy á decirte.

—¿Qué?

—La exaltación que veo en tí me obliga á revelarte un secreto, mi secreto.

—¿Tu secreto?

—Hice propósito de que ningún nacido, á excepción de mi padre á quien escribí ayer, lo supiese por ahora; pero siento el deseo y aun la necesidad de revelártelo.

Esther oyó con la más viva ansiedad.

—Dímelo pronto.

—Es un secreto de esos que no se dicen más que á Dios, porque sólo Dios puede juzgarlos.

—¿Y yo no?

—No: tú me juzgarás mal cuando lo sepas. No penetrarás fácilmente mis móviles... Pero te confesaré esta idea por el grande amor que te tengo, y confío en que la apoyarás.

—¿Cuál es?

—Yo no soy ni seré nunca cristiano.

XXVIII Delirio. Fanatismo.

Durante breve pausa, la madre y el hijo se contemplaron.

—Pero ¿no me has dicho, no has resuelto...?—manifestó Esther llena de confusión.

—Usaré la palabra propia, aunque á primera vista me desfavorezca. Mi conversión es una impostura.

—Explícamelo bien, porque me vuelves loca.

—Mi conversión es una mentira... ¿no sabes lo que es una mentira?...

—Tú me lo has dicho.

—Es que determiné que este engaño no fuera de nadie conocido. Lo he revelado por escrito á mi padre. A tí te debo revelarlo también.

—¿Luego engañas á esa pobre joven, engañas á una honrada familia?—dijo Esther apartando de sí con ambas manos la cabeza de su hijo.—¡Daniel impostor! Lo que ahora me revelas es tan indigno de tí como la apostasía. Tu corazón se ha corrompido. Tú no eres tú... ¿Sabes lo que es la mentira, una mentira de esa magnitud? Daniel, vuelve en tí.

—Si no sabes aún mi secreto, mujer, ¿para qué hablas?—repuso el joven con cierto enojo.

—Tu secreto es que finges hacerte cristiano para salvar á esa joven de la tiranía de sus parientes, del ascetismo, de la deshonra. Esta conducta es más vituperable que dejarla abandonada á su suerte. Yo correré á casa de esa noble familia, y diré: «Mi hijo os engaña; no le creáis.»

—Me creerán porque los hechos confirmarán mis palabras—dijo Daniel besándole las manos.—Óyeme, madre querida. Ayer por la mañana vagaba yo por la playa, interrogando á mi conciencia. ¡Ay! no puedes tener idea de aquellas terribles horas de duda. Yo tenía dos conciencias igualmente poderosas, ¿comprendes esto?... dos conciencias que daban la más horrenda batalla dentro de mí. ¡Renegar!... ¡Abandonar á un sér querido que me debe su dolor!... Ninguna de estas dos ideas podía aniquilar á la otra, y cuanto más fiero se mostraba uno de los dos dragones, con más rabia le mordía el otro... Imploré á Dios gritando en medio del estruendo del mar: «O la solución ó la muerte...» Entonces una idea iluminó de improviso mi espíritu. Sentí la alegría del que se ve rodeado de claridad celeste después de haber vivido largo tiempo en horribles tinieblas... ¡Ay! madre mía, si es cierto que el Espíritu creador y gobernador de todas las cosas habla alguna vez directamente á la razón del hombre, el Señor, Jehová, ó como quieras llamarle, deslizó su palabra dentro de mí en aquel momento. Yo le sentía, sentía su voz, un divino soplo entrando en mí y llenándome; yo le sentía penetrarme todo en la forma de una convicción consoladora; y mi fatigada conciencia admitía aquel sobrehumano aviso con la emoción grande, con la turbación piadosa que sólo pueden ser producidas por la directa voz de Dios diciendo: «estoy contigo.» La idea de conquistar mi bien perdido, mi esposa, por medio de una fingida conversión al cristianismo se clavó entonces en mi cerebro para no ser arrancada jamás.

—¿Quieres hacerme creer que Dios, que es la verdad, te sugirió esa indigna idea?—dijo Esther, incrédula.—Daniel, tu imaginación delirante es la que te habló.

—¡Ay, si yo pudiera llevar á tu espíritu la convicción que hay en el mío!... Infame es la mentira; pero la situación especial de mi esposa la disculpa. Aun este motivo no sería bastante poderoso; pero hay otro mucho más grande. No te quede duda de que el Ordenador de todas las cosas habló á mi alma. ¡Qué alborozo tan vivo inundó mi corazón! Mi pensamiento gustó las delicias del más puro bien, cuando cruzaba por él esta idea inefable: «Gloria dejará de ser cristiana.»

—¡Extraña y loca idea!

—Madre querida—exclamó Daniel con cierto desvarío,—comprende al fin la grandeza de un plan en que se conciertan el amor más ardiente y la religiosidad más valerosa. Yo traeré al reino de la verdad esa alma que ha debido estar siempre en él, esa alma cuyo único defecto es hallarse ligada al vano sentimentalismo del Crucificado, y á la engañosa filosofía del supuesto Mesías... Tú sabes cuáles son mis ideas y su admirable extensión. Ya comprenderás que mi conquista no ha de reducirse á traer un adepto al rito hebráico, que considero estrecho é insuficiente. No, yo adoro al Dios grande, al Jehová primitivo y augusto, al que dió los mandamientos y desde entonces no dijo más porque no había más que decir; al que en su grandeza nos exige ofrendas de verdad, justicia y bondad, no formas de culto idolátrico; nos exige pensamientos, amor, acciones y esa mirada interna que purifica, no palabras rezadas, ni retahilas dichas de memoria. A ese Dios pienso llevar á la que amo, porque El es digno de ella y ella digna de El. ¡Admirable triunfo y conquista preciosa! Será necesaria una superchería; ¿pero qué importa? ¿qué vale esto en comparación del bien que resulta? La salvo de su familia, del convento, del ascetismo que es la tísis del espíritu; le devuelvo la salud del cuerpo, la arranco de este horrible país, la hago mi esposa, la salvo de la idolatría del Nazareno y de ese fetichismo vacío, indigno de la elevación y pureza de su alma... ¡Sí, tengo inmensa fe, en el éxito de mi empresa! No puedo equivocarme; imposible que me equivoque. Siento el divino acento en mi oído; y el resuello á cuyo influjo existieron los mundos llega á mí y penetra como tempestad en mi corazón.

Esther le miró atentamente y con espanto, diciendo para sí con acento de vivísima amargura:—Señor, Señor, ¿has quitado la razón á mi hijo?

—¿No hallas bastante justificada mi impostura con estas razones de conciencia?

—¡Donosas razones!...

—Tu ironía me mata. ¡Quieres una razón que es de conciencia y además mundana! Estos son los argumentos que á tí te convencen. Oyela. Has de saber que yo tengo un hijo.

Esther movióse sacudida violentamente por el asombro.

—Un hijo que se llama Jesús—añadió Daniel con sarcasmo parecido al de aquellos que decían: Si eres hijo de Dios, baja de esa cruz.

—¡Un hijo!—gritó madama Spinoza.—¡De esa mujer!...

—¿Concibes tú que le abandone? ¿Concibes tú que deje en manos de los católicos á ese infelíz niño, reproducción de mí mismo? El ha encendido en mi corazón los sentimientos más delicados y más puros. Me ha bastado saber que existía para reconocerme otro, creyéndome capáz de los mayores sacrificios. Veo en él al heredero de mi nombre, de mis creencias, de mi persona toda; y la idea de que no ha de vivir al lado mío, de que recibirá de persona extraña el pan de la instrucción, me aterra, madre querida. Supón que cuando yo era niño me hubieran arrancado los papistas de tu seno, cual otro niño Mortara, criándome en el odio de nuestra raza y enseñándome á maldecir tu nombre.

—No digas eso; cállate.

—¿No hace fuerza en tu mente esta razón?

—Alguna—repuso Esther con perplejidad;—pero nada justifica el engaño.

—Dios ve mi conciencia. ¿Qué importa engañar al Nazareno? ¿Acaso él, que se llamó Dios sin serlo, merece la verdad?... Mi conciencia está tranquila. Ha penetrado en mí, dulce y elocuente como cosa del cielo, el convencimiento de que obro bien y de que agrado á mi Dios en esto. El me dice: «Realiza tu engaño; pero me has de traer al reino de la verdad á la madre y al hijo.»

—¡Fanático! ¡fanático incorregible!—exclamó con agitación Esther, clavando los ojos compasivamente en su hijo.—Quieres dar un tinte religioso á tu acción, cuando lo que te mueve es el egoísmo del amor mundano. Es común en todas las religiones que los enamorados se vuelvan místicos ó por astucia ó por candidéz, y que sean arrastrados por su pasión á las mayores locuras, suponiendo que les inspira una idea religiosa. Hacen de la religión un madrigal, engañando á todos y á sí mismos.

—Por tu vida, ¿me crees de esos?

—Sí, porque siempre tuviste demasiado entusiasmo por la Escritura, y has pasado parte de tu vida comentándola y ahondando en ella, buscándole sus más impenetrables misterios, es decir, echándola á perder. Ultimamente, cuando volviste á casa después de tu naufragio, te engolfaste de tal modo en la teología rabínica, que tuvimos que tapiar tu biblioteca, como la del gran caballero español. Vivías exaltado y melancólico... ¡Pobre hijo mío! ¡Cuán cierto fué mi presagio de que tu mente se desquiciaba!... En todo lo que hoy meditas y proyectas noto los extravíos del visionario y los delirios más absurdos. No puedo decir que no haya cierta grandeza en tus concepciones; pero lo que sí aseguro es que no hay en ellas sentido común.

—Yo creí—dijo Morton con desaliento,—que tu superior inteligencia las comprendería y las estimaría.

—A nosotros nos han educado en lo práctico, hijo querido. Esta costumbre de vivir y pensar en lo práctico me hace ver muchos inconvenientes en tu proyecto. El principal es que no podrás quebrantar la firme fe de la que llamas tu esposa. Desengáñate, ningún católico se convierte á nuestra pobre ley, olvidada y sin prestigio, ni tampoco á ese deísmo vago y sin culto, grande si quieres, pero que todo lo dice á la razón y es mudo para la fantasía, para el corazón y para los sentidos. Aun considerando en esa joven el amor más ardiente hacia tí, no concibo que reniegue de la religión de sus padres, de esa religión viva y que salta á la vista, y se oye y se habla. La nuestra y tu deísmo son como el idioma hebreo, una lengua sublime, pero que nadie entiende. ¡Infelíz hijo mío, infelíz mozo, extraviado por los delirios de la mente! No supongas en ese Dios grande, como dices, en ese Dios frío y sencillo como las ideas, una atracción que no tiene. ¡Esperas desencantar á una cristiana, á una mujer que ha nacido enamorada ya del hombre clavado en la cruz! Antes saldrá el sol por Occidente.

—Madre, tú no tienes entusiasmo. Tus ideas religiosas son rutinarias. La rutina no hará maravillas en el orden moral.

—Pasó el tiempo de las predicaciones y de las guerras por la fe. Cada cual debe arreglarse con lo que tiene, sin ir á buscar nada á casa del vecino... ¡Cómo te engaña tu fanatismo! Ya verás cómo te desprecia esa mujer cuando descubra tu taimado plan, obra no sé si de la voluptuosidad ó del misticismo.

—Tú no sabes bien cuánto me ama, ni conoces el fatal encadenamiento de su alma con la mía. La viveza de su inteligencia y de la misma elevación de su espíritu, que propende á las cosas extraordinarias, superiores al criterio del vulgo, la someterán fácilmente á mí. Además, Gloria no es católica.

—¿Que no es católica?

—No, porque no pertenece á esa religión quien no se somete ciegamente á la autoridad, quien de los dogmas escoge el que más le agrada y rechaza los demás. Sus creencias no pueden ser más endebles: lo sé yo, que he recibido los más íntimos secretos de su conciencia, la cual el amor ha transparentado ante mis ojos. Es un alma llena de dudas acerca de lo más fundamental. Me ha confiado las rebeldías de su razón, y oyéndola, ¡cuántas veces he deseado tener coyuntura de sembrar en aquel espíritu una semilla nueva! Toda su doctrina religiosa vendrá abajo de un soplo, madre mía. En ella no existe de sólido y temible más que la fascinación de Cristo, de aquel hombre extraordinario que supo presentar las verdades antiguas con forma encantadora. Tiene aquel sentimiento fervoroso que se deriva de la compasión y de la admiración, porque nada conmueve tanto como el padecimiento, nada conquista los corazones como el espectáculo de una víctima. Esa simpatía por el mártir constituye el nervio de la religión cristiana. Más prosélitos ha hecho la compasión que todos los principios y todas las ideas, porque la humanidad es así: hace muchos siglos que se ha vuelto mujer, dejándose dominar por los llorones.

—Pues yo te digo—replicó Esther con energía,—que antes te beberás todo el mar que arrancar del corazón de una mujer cristiana la fascinación del hombre clavado, la simpatía del mártir, la compasión por la víctima. ¡Ay! los que idearon esa historia ya supieron lo que hacían... conocían el corazón humano y el gran flaco de la humanidad, es decir, lo que ésta tiene de mujer.

—Yo confío en que lo arrancaré, madre—afirmó Daniel con balbuciente voz.—Todo cuanto vive en mí me dice que venceré. Esta idea, madre, es demasiado grande para ser mía. Es de Dios.

La gravedad de su acento y su emoción afligieron á Esther, quien, comprendiendo que la mente de su hijo se hallaba en estado de vivísima sobreexcitación, no quiso contrariarle.

—La revelación de tu secreto—le dijo abrazándole con ternura,—ha modificado un poco mi juicio. Quizás logres convencerme. ¿Por qué no aplazas tu determinación?

—No puede ser, madre, no puede ser—replicó Morton bruscamente levantándose con muestras de agitación.

—Un día, un solo día... Hablaremos.

—Ni un día, ni una hora. Mañana, mañana.

—Pues sea. Yo no he de contrariarte ya—dijo la madre con resignación.—Pero necesitas descanso. Temo por tu salud. ¿Por qué no duermes?

—No puedo dormir.

—¿No te acuestas?

—No... necesito estar en vela... deseo meditar...

—¿Más todavía?

Esther, llena de amargura, contempló á su hijo como se mira un bien próximo á perderse, y estrechándole en sus brazos y cubriéndole de ardientes besos, le dijo:

—Ya que te pierdo mañana, hijo de mi corazón, conságrame esta noche, no te separes de mi lado, inclina tu cabeza sobre mi regazo y descansa; reposa tu cerebro, que hierve como un volcán.

—Quiero meditar—repitió Morton cediendo á la atracción de su madre y sentándose junto á ella.

—Medita aquí sobre mi pecho lleno de amor por tí—dijo Esther obligándole á reclinarse en el sofá y á que recostara su cabeza sobre el regazo de ella.—Sea esta una noche de despedida. Hablemos de nuestra casa, de tus hermanos, de tu padre, de Altona, donde todos hemos nacido... Hijo querido, no me niegues este consuelo.

—No te lo puedo negar. Hablemos de todo eso tan caro á mi corazón. Hablemos toda la noche hasta que venga el día, hasta que llegue la hora.

Largo rato se oyeron las voces de la madre y el hijo en sereno coloquio. Por último, ya muy tarde, se fueron extinguiendo; la voz de Daniel dejó de oirse. Suspiraba la madre y él dormía.

¡Oh, cuánto deploró Isidorita que todos los humanos no hablasen un mismo idioma! ¡Con cuánta rabia vituperó los pecados de los hombres que trajeron la pícara multiplicación de las lenguas!... Porque si Esther y Daniel no hubieran hablado en alemán, inglés, ó lo que fuera, ella, Isidorita la del Rebenque, se habría enterado de todo para contarlo á sus amigas.

XXIX El catecúmeno.

El Sábado Santo ofició Su Eminencia en la Abadía, celebrando las hermosas ceremonias de la bendición del agua y el fuego. Fué luégo á su casa rodeado de inmenso gentío, y comió con toda la familia y con el cura, á quien no cesaba de felicitar por su sermón de la Soledad, predicado en la tarde del día anterior. El buen Romero, empleando las figuras más patéticas, dando realce á las ideas por medio de la expresión, del dramático gesto, de las inflexiones vocales, había hecho llorar á todo el auditorio. Cuando dirigió la palabra á la propia imagen de la Soledad, diciéndole: «Señora, ¿dónde está vuestro amado Hijo?» un estremecimiento de compasión corría por toda la Iglesia de alma en alma, y aquel mar se alborotaba con olas de congojas y vientecillo de suspiros.

Después de la comida, pasó algún tiempo dedicado á conversación grata sobre diferentes asuntos, y D. Silvestre ponderó el buen estado de los campos y la probabilidad de una buena cosecha. Dijo que él había esparcido ya las toperas en sus prados y que los estaba abonando con ceniza y estiércol; que debía anticiparse unos días la siembra del maíz, por estar bien enjugada y rastrada la tierra, y que él (D. Silvestre) no aguardaba para echar el grano sino á que estuvieran arreglados los setos, destruídos por las derrotas. Aseguró que los semilleros que estaba preparando en cama caliente le darían las ensaladas más ricas que había visto hasta entonces la provincia, y que por haber sido Marzo y Abril poco ventosos estaban los frutales que parecían árboles del cielo. Los ingertos de aquel año daban envidia.

Don Angel mandó á su sobrina que se vistiera de ceremonia, y aunque Gloria quiso hacer alguna objeción, no fué oída, y repitióse la orden. También Serafinita se decoró un poco, sin salir de su ordinaria modestia.

Pasó algún tiempo en estas cosas; que aun las monjas, como mujeres que son, no se ponen una toca en cinco minutos. D. Angel dió un paseo por el jardín, quejándose del descuido en que estaba y de la ofensa que su sobrina hacía á Dios, matando de sed á las pobres plantas. Después llamó á Gloria y encerróse con ella en la capilla de la casa, siendo la conferencia de dos horas largas. Al salir de la capilla, la joven tenía los ojos encendidos; pero su apariencia era la de un alma tranquila y confiada. Oraron con Su Eminencia en la capilla durante otro rato no pequeño, Gloria y Serafinita, mientras D. Silvestre y D. Buenaventura, charlando en el jardín, chupaban magníficos puros, concupiscencia que no está literalmente comprendida en las abstinencias propias de la semana de vigilias.

El día no podía ser más placentero. No corría aire, ni la más delicada mata de los árboles se movía: no se oía el ruído del mar. Todo era silencio y quietud, cual si en la Naturaleza hubiera solemne pausa de espectativa, ó el asombro precursor de un gran suceso. Su Eminencia marchó al fin á la sala seguido de las dos mujeres, á punto que del despacho bajaba el doctor Sedeño, después de escribir varias cartas por orden del prelado. Ninguno hablaba, y en la familia toda notábase una actitud de meditación y solemnidad, señal evidente de que para todos los miembros de ella aquel día no era como los demás.

Entró D. Angel en la sala y tomó asiento en el sofá, que era en tal sitio lo que el altar en la Iglesia, y á su sobrina le señaló el asiento de la izquierda, después que su hermana depositó su carne mortal en el de la derecha. Más lejos tomaron asiento el cura y el secretario. D. Buenaventura había salido para volver pronto.

La cara angelical del señor arzobispo revelaba preocupación, pero en muy poca dosis. Estaba como el cielo cuando hay en él una sola nube. A veces sonreía, como queriendo dar á entender su deseo de ver alegres á los demás; pero Serafinita fruncía el ceño, porque las cosas graves exigían, según ella, la mayor compostura. Gloria miraba alternativamente al suelo y á su tío, como el que no tiene más que dos pensamientos, la muerte y Dios. O por llanto reciente ó por una exagerada movilidad de su corazón y de su sangre anhelantes de vida, se habían encendido con vivos colores sus mejillas, tanto tiempo pálidas. Aquel abrir de las rosas de su cara parecía anunciar una primavera tras tantas tempestades, y con ellas había renacido todo el esplendor de su hermosura. Pero ¡qué gran diferencia desde que la vimos por primera vez! La inquietud graciosa y las volubles miradas de entonces se mudaron en una actitud reflexiva y circunspecta, cual si para ella no hubiera ya más motivo de atención que ella misma. Desde entonces, hasta el momento en que ahora la vemos, habían transcurrido esa distancia inmensa y ese largo siglo que median entre el no amar y la maternidad, paso de un planeta á otro, intermedio que equivale á cien vidas, mar entre dos orillas cercanas, pero lleno de dolores, júbilo, palpitaciones, pureza y miserias, gracia, terror, esperanza, desconsuelo, devoción, risa y llanto.

—Si pudiera conservarme serena cuando venga—decía Gloria para sí,—de modo que no se conozca lo que hay en mi alma... Pero así como yo leo en la suya, leerá él en la mía.

El rostro de Gloria que estaba tan encendido, se quedó como el mármol cuando entró D. Buenaventura acompañado de Daniel Morton.

—¡Qué cara!... ¡pobrecito! ¡me muero de pena viéndole!—pensó Gloria, mirando al que entraba.—Parece un reo que va al patíbulo.

Después de contestar afablemente á su saludo, D. Angel rogó á Daniel que se sentase. Hízolo éste, y el cardenal dijo:

—Ha llegado el momento de que mi familia, Sr. Morton, abra á usted los brazos, perdonándole. Ha llegado el momento de que cesen tantos males, y de que un abrazo de paz y las bendiciones de la Iglesia terminen la grandísima consternación en que todos estábamos. ¡Bendita sea la misericordia del Señor! Señores—añadió dirigiéndose á sus amigos y hermanos,—este hombre da lealmente su mano de esposo á mi sobrina en justa reparación de...

Aquí la fácil elocuencia del prelado tuvo un ligero tropiezo, mas al punto se enderezó tomando mejor rumbo.

—Entrará en nuestra familia... Yo le recibo con los brazos abiertos. Doblemente lisonjero es este suceso, porque el matrimonio que tantos bienes traerá consigo irá acompañado de un prodigioso triunfo de nuestra Fe. Señor Morton, ¿persiste usted en su idea de abrazar la religión cristiana, única verdadera?

—Sí señor—repuso Daniel con gravedad, y al mismo tiempo fijó los ojos en un retrato de D. Juan de Lantigua, que le miraba con cierta severidad.

—¡Oh, qué gran júbilo da usted á mi alma, Sr. Morton!—exclamó el obispo.—En el día de hoy, la Iglesia administra el primer Sacramento á los catecúmenos, después de bendecir el agua nueva... Durante el oficio he sentido hoy más emoción que nunca en igual día, y no he dejado de pensar en esta conquista preciosa que acabamos de hacer... Ahora, señor mío, debo decir á usted que va á recibir el Sacramento del bautismo, regenerándose por la virtud del espíritu celestial; que este acto imprimirá á usted el carácter de cristiano, le dará la gracia, y por él se redime todo pecado original y temporal. Jesucristo instituyó el bautismo de agua con el amor del Espíritu Santo, que descendió del cielo en figura de paloma. La ablución establecida por la Iglesia con las palabras sacramentales son el Símbolo bajo el cual está oculto el amor que Dios comunica al alma de la criatura, purificada por la gracia. Es el bautismo un rayo de fuego celeste emanado de la esencia divina. Para recibirlo, amigo mío, es indispensable que usted prepare su entendimiento á la penetración de los dogmas sagrados; necesita usted someterse, aunque por muy poco tiempo, en vista de la urgencia del caso, á las enseñanzas y prácticas que la Iglesia establece.

—Ya lo sé—dijo Morton sombríamente.—Estoy dispuesto á todo.

—En ese caso—prosiguió Su Eminencia revelando en su semblante plácida alegría,—pregunto á usted si no tiene inconveniente en someterse por completo á mi voluntad por un plazo que no pasará de dos días, comprometiéndose antes de que se celebren juntamente bautismo y matrimonio, á recibir de mí la instrucción evangélica, á verificar las prácticas que yo le indique, á...

Don Angel se detuvo, distraído por uno de esos accidentes importunos que turban la solemnidad de las escenas capitales de la vida, como un duelo, la agonía de un moribundo, la celebración de un contrato. Suelen ser comúnmente dichos accidentes importunos un gato que entra metiendo ruído, plato que se rompe, ó sombrero que cae rodando de una silla y suena huecamente al dar en el suelo. Pero en aquel solemnísimo momento no fué nada de esto lo que hizo callar al señor cardenal, sino la aparición inesperada de un humano rostro en la puerta de la sala, suavemente abierta. Era la cara de D. Juan Amarillo.

Reinó silencio en la sala, y con el silencio un estupor profundo al ver que el señor alcalde no venía solo. Con él venía madama Esther. Al entrar la señora, levantáronse todos, incluso el señor arzobispo; pero ninguno decía nada. El primero que habló, turbadísimo, fué D. Juan Amarillo, que dijo:

—Perdóneme Su Eminencia, perdónenme todos, si he entrado... Vengo como autoridad.

—¡Como autoridad!

Serafinita contemplaba aquello con la calma de quien no da importancia á las cosas de la tierra; los demás eran estátuas.

—¡Como autoridad!—repitió D. Juan.—Esta señora...

Esther avanzó gravemente, y sin revelar turbación ni enojo, ni despecho, ni burla, dirigióse á su hijo, y poniéndole la mano en el hombro, exclamó con voz sonora:

—Ya estoy yo también aquí.

—¿Qué quieres, madre?—preguntó Daniel con terror de infierno.

Esther, fijando los ojos en el señor cardenal y abarcando después con una mirada á toda la familia, respondió:

—Quiero impedir un mal diciendo á esta noble familia lo que no sabe.

—¿Qué?... Señora, su hijo de usted nos ha hablado muy claramente—dijo el señor cardenal.—Es natural que usted se oponga... Nosotros nos atenemos al piadoso deseo de este joven, manifestado explícitamente.

—Es que yo debo declarar algo—manifestó Esther con expresión dramática.—Yo debo declarar lo que aquí no sabe nadie, y es... que mi hijo no merece pertenecer á esta familia.

—¡Señora...!

Pálido como un cadáver, Daniel parecía ahogado con su propia voz, que no podía salir del pecho. Al fin, más rugiendo que hablando, se expresó así:

—Mi madre no dice la verdad.

Esther miró á su hijo de tal modo, que con los ojos le apuñaleaba.

—Retírate—dijo Morton con imperioso acento, señalando la puerta.

—Sí, me retiraré después que te conozcan.

Y volviéndose al cardenal, añadió:

—Me es muy doloroso tener que presentarme acompañada de la autoridad. Los móviles que aquí me traen nada tienen que ver con la religión.

—Diga usted... señora... diga...—añadió Su Eminencia con gran ansiedad.

—Es demasiado vergonzoso para que lo revele una madre...—afirmó Esther con desconsuelo.—El alcalde, que sabe cumplir su deber, hablará.

—Tengo el sentimiento de manifestar—dijo D. Juan Amarillo, mostrando á Daniel su bastón,—que me veo precisado á prenderle.

—¡A mí!

—¡Prenderle!

—Sí, señores, sí... y lo siento muchísimo. Le prendo de orden del señor Gobernador de la provincia, el cual ha recibido igual mandato del señor Ministro á petición de la Embajada inglesa.

—Este hombre miente villanamente—gritó Daniel ciego de ira.

—Caballero...—vociferó D. Juan mostrando el puño del bastón con tanta energía, que parecía querer meterlo por los ojos á todos los presentes.

—Paz, paz—dijo el arzobispo corriendo á interponerse.—Sr. Morton, el primer deber del cristiano es la obediencia.

Daniel parecía dispuesto á extrangular al señor alcalde. Cuando oyó la dulce voz del prelado, se detuvo. D. Angel le puso la mano en el hombro, diciendo:

—Se ha sometido usted á mi voluntad, para que yo dirija sus acciones conforme á la doctrina evangélica... Pues bien, yo le mando á usted que no haga resistencia á la autoridad.

—No puedo obedecer—repuso el hebreo sombríamente y con respiración fatigosa.

—Es preciso que el señor parta mañana para Inglaterra—añadió el fiero alcalde,—por cuyo gobierno es reclamado en calidad de reo, que ha cometido un crimen en su país.

—¡Yo!... ¡un crimen yo!

—Crimen horrendo contra la autoridad paterna—prosiguió D. Juan Amarillo.

Morton, cuya alma era un volcán, trató de lanzarse sobre el alcalde. D. Buenaventura y Romero le sujetaron.

—¡Oh, miserable!—gritó.—Eres una víbora; pero el veneno de tu infame picadura no me matará.

—Paz, paz—repitió afligidamente el obispo extendiendo las manos.

Serafinita había acudido á su sobrina, que, incapáz de sostenerse más tiempo en pié, dejóse caer en una silla.

—Será preciso que yo manifieste claramente toda la horrible verdad—dijo D. Juan Amarillo enarbolando el bastón y tomando el aspecto más dictatorial que le fué posible.—Pues la diré; sí, señores, la diré: el Sr. Daniel Morton y Spinoza ha sido condenado por los tribunales de Londres á tres años de prisión por un delito infame, cual es... ¡oh, señores! la lengua se niega á revelarlo... cual es haber defraudado el tesoro paterno falsificando unas letras... por valor de muchos miles de libras; después haber maltratado de palabra y obra al autor de sus días.

Un murmullo de horror resonó en la sala, Esther se había apartado y miraba al suelo hoscamente.

—¡Oh, cuánta vileza!—rugió Daniel accionando como un insensato.—Mónstruo; que se acabe el mundo en este momento si no te arranco la lengua y la vida.

Hizo movimientos desesperados para desasirse de los que le sujetaban.

—Paz, paz—volvió á decir el arzobispo que casi estaba á punto de llorar.

—¿De quién es esta infernal farsa, de quién?—murmuró con la voz de la desesperación Daniel.—¡Quién ha ideado deshonrarme, aquí en este acto solemne, delante de esta familia que respeto, delante de la mujer que adoro más que á mi vida!... Gloria, esposa mía, dejarías de ser quien eres, si creyeras las palabras de este hombre.

Gloria se dirigió lentamente hacia el grupo que los contendientes formaban en el centro de la sala.

—El señor—añadió D. Juan Amarillo con calma imperturbable,—fué condenado á prisión; pero huyó sin que le pudiera alcanzar la policía inglesa. Pero aquí estoy yo, señores...

—¡Madre, madre—dijo Morton clavando la crispada mano en su cabeza,—tú, tú oyes estas infames calumnias y no las desmientes! ¡Oyes deshonrar á tu hijo y callas!...

Todas las miradas se fijaron en Esther. Ella les miró á todos y con flemático acento pronunció lentamente estas palabras:

—¡Lo que el señor alcalde ha dicho... es verdad!

—Basta, basta—dijo el arzobispo haciendo ademán de retirarse escandalizado.

—¡Madre, madre!...—gritó Daniel con airada voz. Sus ojos saltaban del cráneo.

—Mi hijo—añadió Esther, como quien hace un esfuerzo,—tiene el hábito de la mentira y el disimulo. Me es muy doloroso decir que nada debe creérsele. Si esta familia quiere recibirle en su seno, yo no me opongo. No me importa tampoco que cambie de religión quien no tiene ninguna. Pero los tribunales lo reclaman, y la ultrajada autoridad paterna pide castigo.

—¡Madre, madre!—repitió Daniel con desesperación...—¿Pero será posible que crean lo que esta mujer dice?

—Es su madre—murmuró el arzobispo mirando á todos con aflicción.

—Esta no es mi madre, no lo es—dijo Morton.

—No podemos de ningún modo seguir adelante—declaró Su Eminencia mirándola.—Las revelaciones de esta señora...

—Es necesario que eso se pruebe—indicó D. Buenaventura fijando una mirada de enojo en madama Esther.

—Suficientes medios tendrá de probarlo—dijo Serafinita.—Después de lo que hemos oído no se cuente conmigo para nada.

Doña Serafina dió un paso hacia la puerta. Gloria la detuvo.

Corriendo en seguida hacia Morton y poniéndole la mano en el pecho, como quien la pone sobre los Evangelios para jurar, la huérfana de Lantigua, con voz de ángel más que de mujer, dijo así:

—Si para todos eres criminal, para mí eres inocente.

—¡Oh, bendita tú mil veces!—exclamó el israelita abrazándola con violencia, antes que nadie lo pudiera impedir.—¡Y habrá quien pretenda separarme de tí!... Eres mi esposa... Me perteneces... Te reclamo... te llevaré conmigo de grado ó por fuerza, sin consideración á nadie ni á nada... ¡Señor cardenal, señores, repito que quiero ser cristiano... pronto!

El cardenal tomó á Gloria de la mano y la apartó del hebreo.

—Nosotros...—balbució frunciendo el ceño.—Nosotros... Las circunstancias han cambiado.

Todos volvieron á mirar á Esther, que se abalanzó hacia su hijo, diciéndole con violento gesto y tono imperativo:

—Vámonos de aquí. ¿No ves que te arrojan?

Momento de perplejidad. Los Lantiguas se miraban unos á otros consultándose con los ojos.

—Es preciso—ordenó Amarillo desde cierta distancia,—que el señor se embarque hoy mismo para Inglaterra.

—Esto es una farsa—dijo D. Buenaventura enérgicamente.—Señora, ruego á usted que se retire de nuestra casa.

—Es á tí á quien arrojan, madre—gritó Daniel dando algunos pasos hacia ella.

—Y me retiraré. Nos iremos los dos.

—Señora...—balbució el cardenal queriendo ser cortés y al mismo tiempo justo y riguroso y blando, queriendo entender lo ininteligible y resolver lo insoluble.

Dentro de la cabeza de Su Eminencia había una madeja que no se podía desenredar. D. Angel llamaba en su ayuda al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo vino. Hé aquí cómo.

Gloria fué el Verbo que puso fin á la pavorosa contienda de tantos sentimientos, con estas palabras:

—Querido tío, ¿por qué tanto afán? Yo no quiero casarme.

—¡Tú...!

—No señor; Dios no quiere que sigamos ese camino, y hablando á mi interior, me señala el único posible. Deseo retirarme á un convento.

Y al decir esto, fué estrechada por los amantes brazos de doña Serafina, que lanzó una exclamación de júbilo. Había triunfado, después de prueba tan peligrosa, y abrazaba á su víctima cual si temiera que aún se le escapase otra vez. No daremos á aquella santa señora un nombre verdaderamente propio y característico, si no la llamamos el Mefistófeles del Cielo.

Don Angel, D. Buenaventura y los demás presentes se quedaron lelos. Extendiendo su varonil brazo, Esther dejó caer su mano sobre el hombro de Daniel, que sintió encima el peso de una losa. Abrumado y atónito, su espíritu no tenía ya fuerzas ni para sentir ni para razonar.

Gloria tomó el brazo de su tía, y dando la izquierda mano al cardenal, que la estrechaba con cariño, dirigióse lentamente á la puerta. Con su última mirada, semejante al postrer rayo del sol que se pone, dando paso á la noche negra, echó fuera de su alma toda aquella esencia, á la par deliciosa y terrible, que por tanto tiempo la había llenado. Fué como un vaso de perfume que se vacía por completo.

Don Buenaventura siguió á la familia, que se retiraba. D. Juan Amarillo, deseando ponerse á la mayor distancia posible de Daniel Morton, salió de puntillas; hizo señas al cura y á Sedeño, y poco después los tres susurraban en el comedor.

Morton había caído en una silla. Esther puso su blanca mano sobre los cabellos del joven, y con voz trémula y cariñosa dijo así:

—¡Te he salvado... hijo de mi corazón! Al fin eres mío otra vez.

—¡Salvarme!—repuso Morton alzando con violencia el rostro.—Yo probaré la falsedad de tus palabras... Me será muy fácil probarlo... Mañana.

—No será fácil. He tomado mis medidas.

—Me has deshonrado de una manera cruel.

—¿Qué me importa tu deshonra en este lugarón obscuro y vil? En todo el mundo brilla tu honor como el sol... Ya eres mío. Mi ingenio y la súbita resolución de esa excelente joven, que sin duda ha conocido tu impostura, nos han salvado... Eres mío—añadió con alegría,—eres nuestro Daniel; no abjuras, no abandonas nuestra religión... ¡Oh, hijo mío, me parece que te he dado á luz dos veces!

—No cantes victoria todavía... Ya oíste lo que dijo ella. No te creyó, ella no duda de mi inocencia.

—Pero ha renunciado á ser tu mujer. Ha demostrado tener buen juicio y una rectitud que tú no conoces.

—¡Impostora!

—¡Y lo dices tú! Yo he aprendido de tí. También Jehová ha hablado á mi corazón y me ha dicho: «sálvale»... ¿Crees que tú sólo eres capáz de ser iluminado?—agregó con ironía.—O el Señor habla para todos ó para ninguno.

—¡Ella no te ha creído! no, no podía creerte. Entre su pensamiento y el mío, como entre nuestros corazones, existe una cadena misteriosa.

—Ella no me ha creído; pero me han creído los demás. Esta honrada familia no querrá cuentas contigo.

—Probaré mi inocencia.

—Así como es fácil infundir sospechas, es muy difícil destruirlas. El sér humano es así. Te exigirán pruebas que á mí no me han exigido.

—Las daré.

—Tendrás que ir á Inglaterra, volver...

—Iré, volveré.

—Pero en tanto tiempo... Por ahora eres mío. Tengo el apoyo de una autoridad, de cuyo celo podrás tener idea, observando que en mi dedo no existe ya el brillante de gran tamaño que me regalaste.

Esther mostró su mano derecha.

—Ese horrible alcalde—dijo Morton,—no podrá prolongar mucho su indigna farsa venal.

—El cónsul llega esta tarde. También es mío.

—Me presentaré al Gobernador...

—Para eso se necesita tiempo... y yo, una vez conseguido mi principal objeto, que es poner una insuperable barrera de sospechas entre tí y los Lantiguas, no te molestaré más.

—¿Qué barrera es esa?

—Enseñar á esta gente la carta en que manifiestas á tu padre el secreto de tu cristianismo.

—No puedes tener esa carta.

—He telegrafiado á tu padre, diciéndole que me la mande en cuanto la reciba—dijo Esther con la severidad de un juez que sentencia.—Entre tanto mi deseo ha sido aplazar, detener. La comedia de hoy no ha tenido otro objeto.

—¡Aplazar, detener!—murmuró Daniel, meditando en cosa tan sencilla, cual si se hubiera vuelto idiota.

—Sí, el alcalde me ha asegurado que podría detenerte hasta tres días, amparado del desgobierno que hay en España... Dirá después que se equivocó, que estabas predicando el hebraísmo en las calles... dirá cualquier cosa, y no perderá su vara por eso... Además de esto, los Lantiguas, si no están absolutamente convencidos de tus maldades, sospechan, y mientras sospechen no habrá conversión, ni matrimonio, ni nada... En tanto llega la carta que escribiste á tu padre...

—Yo desbarataré tus maquinaciones. Esto no puede ser. Tendrás compasión de mí: soy tu hijo. ¡Y dices que me has dado á luz dos veces!... Yo digo que la única ha estado de más.

—¿Para qué te afanas por lo imposible?—dijo la madre cariñosamente.—Mis estratagemas lo mismo que tu febril desasosiego no tienen objeto ya. Tu esposa te ha despedido. Tu esposa se divorcia y toma otro marido, el hombre clavado. Y todavía dudas, todavía tu alma se apega á ella, que te desprecia.

—Eso no puede ser.

—¿No la oíste?

—Sí; pero será un capricho momentáneo... Pasará, recobrará su buen juicio.

Entró en el mismo instante D. Buenaventura, serio como quien asiste á un funeral, y con voz conmovida dijo:

—La resolución de mi sobrina es irrevocable. Todo concluído.

—¿Verdad que no hay esperanzas?—dijo Esther.

—Ninguna. Mañana partirá Gloria para Valladolid con mi hermana.

En la pieza inmediata habían cesado los susurros del alcalde, Sedeño y Romero; los tres atendían.

—Salgamos de aquí—dijo Esther con impaciencia tomando el brazo de su hijo.

—Todo ha concluído—repitió el banquero abrumado de pena.—Dios no quiere, no quiere, porque en verdad... se ha hecho todo lo que se ha podido.

Daniel se levantó. Parecía que llevaba encima todo el peso del mundo.

Esther y su hijo salieron. Ella iba como quien va á la patria, él como quien marcha al destierro. Al poner el pié en el jardín, el hebreo se estremeció de piés á cabeza sintiendo una voz... Era la voz de Gloria que reía. Nunca había oído Daniel aquella hermosa voz desplegarse en risa semejante.

—Adelante; no te detengas—dijo Esther guiándole como el lazarillo al ciego.—Ya estamos en salvo.

Unos cuantos pasos más, y salieron del jardín en cuya puerta estaba Sansón, como gigante de centinela en el pórtico de un castillo de hadas.

XXX La visión del hombre sobre las aguas.

Gloria y sus tres tíos subieron tan taciturnos, que parecían estátuas movibles. Por la fisonomía de cada uno podía colegirse el estado de su alma. Serafinita y el arzobispo oraban, D. Buenaventura renegaba. Gloria sonreía, y al mismo tiempo su palidéz tomaba un tinte cadavérico. Al entrar en su cuarto se sentó entre Serafinita y el prelado, cada uno de los cuales le tomaba una mano.

—¿Qué tal te encuentras, chiquilla?—preguntóle Su Eminencia tratando de dar un giro festivo á la situación.

—Muy bien, tío.

—Mira tú por dónde ha venido á resultar que escogieras el camino más corto para llegar al Cielo—añadió D. Angel.—Díme la verdad, ¿está tu alma tranquila?

—Sí señor, me parece que tengo tranquilidad, ó una cosa que es como la tranquilidad—dijo Gloria oprimiéndose el pecho.

—¿Estás contenta?

—Sí señor. Cuando dije lo que puso fin á las cuestiones, lo dije... qué sé yo... parecióme que brotaba en mi alma un surtidor, una fuente... El agua de ella fueron mis palabras.

—¡Bendito sea el Señor!—exclamó Su Eminencia juntando las manos en actitud de oración.

Por las mejillas siempre sonrosadas de Serafinita corría una lágrima.

—El Señor es demasiado bueno con nosotros—declaró la dama juntando también las manos como D. Angel.—Nos da satisfacciones y regocijos que no merecemos.

—Querida tía—dijo Gloria mostrando de nuevo aquella lúgubre sonrisa que en su rostro hacía el efecto de las flores de trapo con que se adorna á los niños muertos.—Cuando usted quiera nos iremos á Valladolid.

—Mañana—repuso el Mefistófeles del Cielo con viveza suma, enlazando con ambos brazos el cuerpo de su sobrina.

—¿Para qué tanta prisa?

—Mañana, mañana—repitió Gloria.—Deseo morir.

—¿Qué es eso de morir?—dijo Su Eminencia examinando con recelo el semblante de la joven.

—Llamo yo morir á esto.

—Tiene razón—indicó Serafinita.—Morir para todo y vivir sólo para Dios.

Don Buenaventura salió del cuarto para anunciar al hebreo que la resolución de la huérfana era irrevocable.

—Irás al convento cuando te repongas un poco—dijo el prelado.—Tu salud no es buena ¡pobre y desgraciada niñita! No puedes ocultar que padeces mucho. La resolución heróica que has tomado, esta resolución que bastaría, por la inmensidad del sacrificio que encierra, á aligerar tu alma del peso de las más grandes culpas si las tuvieras; esta grande y meritoria abnegación que con asombro hemos presenciado, no puede menos de producir un gran trastorno en tu ya decaída salud. ¡Oh! ¡qué hermosa y grande me has parecido! Bien conozco el estado de tu alma; bien sé que si no está limpia aún del tenebroso amor que la ha obscurecido, háse purificado de toda intención pecaminosa. Bien sé que en ella todo es rectitud, deseo de enmienda, afán de poseer á Dios, anhelo de humillación y de padecimientos. Y si no lo creyera yo así por la confesión que me has hecho, bastaría el acto que acabamos de presenciar para creerte regenerada. Y si ya no te lo hubiera dicho, ahora te diría con todo mi corazón: «Levántate: todos tus pecados te son perdonados. Yo te bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.»

Gloria humilló su preciosa cabeza, sobre la cual el apóstol puso su santa mano.

—Por una circunstancia estimo meritoria y sublime tu determinación—añadió dejando el tono evangélico.—Tú afirmáste no creer nada de lo que la madre de ese hombre nos dijo.

—¿Cómo he de creerlo? Al punto comprendí que era una farsa.

—Pues si le crees bueno y honrado (y en eso no sé qué decir, pues tengo mis dudas); si al mismo tiempo le veías próximo á abrazar tu religión; si todo se te presentaba propicio, todo lisonjero, ¡qué grande has sido al decir: «renuncio á todo, desprecio todos estos bienes temporales y transitorios, y quiero perderme por salvarme, quiero dejarlo todo por tí, Dios y Señor mío!»

—Antes moriré que poner discordia entre una madre y un hijo—dijo Gloria mirando al cielo.—Además, no creo en la sinceridad de su conversión, y el camino escogido aquí para traer esa alma preciosa al reino de la verdadera luz, no es el más á propósito. Hay otro mejor.

—Sí, hay otro, el único—indicó Serafinita con místico arrebato, tomando una mano de Gloria y estrechándola contra su pecho.

—El será cristiano—afirmó Gloria con emoción.

—Será cristiano—repitió la predicadora.

—Cúmplase la voluntad de Dios—dijo el prelado mirando al suelo.—Ahora, querida niña, procura tranquilizarte. Serénate, irás al convento cuando estés más sosegada.

Gloria volvió á sonreir.

—¿Estás alegre?

—Sí; por delante de mí—repuso la joven con cierto desvarío,—pasan unas cosas que me hacen reir. ¡Son tan graciosas...!

De pronto lanzó la carcajada que Daniel había oído al salir de la casa. D. Angel y su hermana, asombrados y temerosos, la miraron.

—Gloria, hija mía, ¿qué tienes?

—¿Por qué ríes así?

Reclinó la joven su cabeza en el respaldo del sofá, y poco á poco fué extinguiéndose en sus labios la risa y se quedó seria. Tomó su cara la taciturna seriedad de los muertos.

—¡Pobre hija de mi corazón!—exclamó el prelado, contemplándola con lágrimas en los ojos.—Buenaventura, Buenaventura.

El banquero subió con presteza.

—Si no tengo nada...—dijo Gloria apartando á un lado y otro de la frente sus cabellos.—¿Qué hablan ustedes ahí de médicos y de medicinas? Yo no tengo nada. Sólo estoy pensando en que antes moriré que separar á un hijo de la madre que le adora.

Levantándose, dió algunos pasos con agilidad graciosa por la habitación.

—No, no, esa carne mortal no está buena—observó Su Eminencia con disgusto.—Buenaventura, manda llamar á D. Nicomedes.

—Acaba de llegar y abajo está charlando con el cura y con D. Juan Amarillo.

El médico subió, y sus chistes, sus oportunas observaciones, sus cariñosos comentarios acerca del mal de Gloria alegraron por breve rato á toda la familia. Era un hombre que infundía á los enfermos un espíritu de fortaleza tal que no podía menos de influir lisonjeramente en la salud. Curaba como cualquier otro buen médico; pero sus enfermos tenían, mediante él, la fe y la devoción de curarse. En sus diagnósticos empleaba las más gallardas figuras. Según él el corazón de Gloria era un caballo desbocado. Su pensamiento un pájaro que habiendo remontado mucho el vuelo, se había cansado y no hallaba monte en que posarse y tenía que seguir volando ó dejarse caer. Sus nervios eran una casa de fieras, en la cual se hubieran abierto todas las jaulas. Con esto se reía la familia.

Antes de retirarse, D. Nicomedes manifestó confidencialmente al prelado y á su hermano que el estado de Gloria le alarmaba mucho; que el desorden de su naturaleza era completo; que un absoluto reposo físico y moral sin ninguna emoción era indispensable para salvar tan preciosa existencia, y que ésta, sujeta á terribles crisis nerviosas, podía llegar á depender de un cabello.

Con tales advertencias juzgaron conveniente someterla á un régimen de descanso, y después de obligarla á acostarse, acompañáronla todos en la primera parte de la noche, compitiendo en manifestaciones cariñosas y tratando á porfía de dar á la tertulia el tono más alegre. Por consejo de D. Buenaventura no se habló nada absolutamente de religión, ni de la escena de aquella tarde, ni del convento de Valladolid, ni de sacrificios, ni de padecimientos, ni de cruces, ni de calvarios.

Afligidísimo estaba el pobre banquero por ver malogrados sus generosos planes, y sentía la compasión más viva hacia su sobrina. Al anochecer tuvo que habérselas con D. Juan Amarillo, que, sin reparar en conveniencia alguna, abordó el asunto de la compra de la casa. Pero hallándose Lantigua de muy mal talante, el alcalde no pudo obtener tampoco aquella vez una respuesta categórica, por lo cual se retiró triste y mustio, sin tener más consuelo que mirar desde el jardín la fachada del edificio y pensar en las reparaciones que le haría por dentro y por fuera cuando Dios quisiera ponerle en sus manos.

Don Buenaventura dió una vuelta por el pueblo, con objeto de ver á algunas personas. Después volvió á la casa. Era tarde. La familia había cenado ya, y el prelado se retiraba á su cuarto. Gloria aprovechó un instante en que estaba solo con ella en la alcoba su tío D. Buenaventura, y le llamó con la mano.

—Tío—dijo Gloria con voz muy débil,—¿quiere usted decirme una cosa?

—Lo que quieras, queridita—repuso Lantigua con el mayor cariño.—¿Qué deseas saber?

—Una cosa. ¿Se han ido?

—¿Quiénes?

—Esa gente.

—¿Los...?

—Los judíos—dijo Gloria bajando tanto la voz que apenas se oía.

—¿A qué te afanas por lo que no te importa? Duerme en paz.

—Deseo saberlo... Lo deseo mucho.

—Pues bien, niña mía, se van mañana temprano. La madre y el hijo están preparando todo.

—¿Les ha visto usted?...

Los ojos de la huérfana brillaban tristes y curiosos.

—Sí y no... he visto al hijo. Hace un momento entraba en casa de Caifás... A dormir, señorita, á descansar.

Cariñosamente besó sus abrasadas mejillas. El arzobispo y Serafinita entraron. Los tres contemplaron en silencio á la joven, que cerrando los ojos parecía ceder á las primeras caricias del sueño. D. Angel le dijo frases placenteras, graciosas y llenas de caridad, como él sabía hacerlo cuando visitaba enfermos. Tomóle el pulso, encontrólo excitado, mas no alarmante; recomendóle que rezara brevemente sin fatigar mucho la imaginación, y por último manifestó el deseo de que no se quedara sola aquella noche. Quiso velar junto á ella Serafinita; pero Su Eminencia se opuso resueltamente á ello. Instó la dama, opinó Gloria como su tío, estuvo á punto de enfadarse el metropolitano, y entonces Serafinita, cuya ley era la obediencia, cedió el puesto á Francisca. Esta trajo su colchón, encendió la lamparilla, y se dispuso á pasar allí la noche. Retiráronse los demás.

Transcurrieron las horas, y la casa continuaba en profundo silencio. Gloria se sumergía lentamente en las cóncavas honduras de un letargo febril. Su espíritu pugnaba por vencer aquel sopor de muerte, y en sus esfuerzos había la trémula ansiedad del que suspendido sobre un abismo se agarra á la débil rama de un árbol para no caer. Aquel abismo era la muerte. La infelíz se abandonó al fin, y con angustia dijo en su alma: «Me muero.» Y en la vaguedad de sus sensaciones y de sus ideas, figurándose que su persona era simplemente un nombre escrito, decía: «Me borro.»

Al mismo tiempo estrechaba sus dos brazos fuertemente contra el pecho; ademán que era el amoroso y último adiós á dos séres queridos. Gloria les besaba en idea, y dándoles vida y cuerpo en su fantasía poderosa, les prodigaba tiernas caricias y los nombres más dulces del lenguaje del corazón. La pobre enferma seguía descendiendo. Parecióle que venía contra ella un soplo helado, y agitándose y gimiendo como una llama, se apagó. Entonces dijo: «Verdaderamente estoy muerta. Ya no veré más á las prendas de mi corazón.»

La pobre se sintió llorada por su familia, se sintió amortajada por la piadosa mano de su tía, que se le representaba como un ángel blanco y sereno; se consideró puesta en una caja fría y dura, y fué rodeada de silencio y alumbrada de tristes luces. Y sin embargo, en medio de tan lúgubre calma, atendía al fenómeno de su muerte, lo observaba, se miraba en él como en claro espejo, y en él veía reflejarse su hermosura, su amor, sus padecimientos, todo lo que constituía la desgraciada personalidad que en el mundo llevaba el nombre de Gloria.

Se sintió bajada á un antro cavernoso y húmedo y encerrada en estrecho espacio, sin aire, sin luz. Enorme peso había caído sobre ella; junto á sus brazos extendíanse entrelazadas como culebras las raíces de los árboles, de los mismos árboles que más arriba mecían en la clara y tibia atmósfera sus hojas, dando albergue á los pájaros. Desde aquella profundidad percibió los pasos de los que aún vivían, y esto la hizo pensar con más fuerza en las prendas de su corazón. Pensó tanto, que las lágrimas brotaron de sus ojos, corriendo como manantial escondido por aquella obscura entraña de la tierra. De pronto vió la extensión de los cielos, el mar, pero no la tierra ni el sitio donde estaba. Todo era claridad, luz, día infinito. Allá lejos distinguió al fin una especie de ribera mezquina, montes, árboles, una torre, y desde aquel horizonte venía un hombre, marchando á pasos de gigante. Crecía al avanzar, y avanzaba tanto, que al llegar junto á la muerta tocaba el cielo con su cabeza. Pasó sin verla, y entrando en el mar, corrió por encima de él. Se deslizaba como una nube. En sus brazos llevaba un pequeño sér, un niño, cuyos ojos brillaban como astros negros sobre la claridad del día. Gloria vió aquel precioso rostro infantil, tan lindo que el Niño Jesús comparado con él era feo, y al verle su corazón se partió en dos. Observó la hermosa visión y cómo alejándose disminuía. El padre miraba siempre hacia adelante, el niño hacia atrás. Resbalaban sobre las aguas...

Gloria dió un grito, hizo un esfuerzo supremo, uno de esos esfuerzos del alma que son capaces de tornar á infundir la vida en la carne abandonada; rompió sus ligaduras, levantó aquella enorme mole de tierra que tenía encima, y si tuviera por cenotafio la pirámide de Cheops la levantara lo mismo; se incorporó, se puso en pié, corrió...

Francisca soñaba también, mas soñaba cosas placenteras, á saber: que había venido su hermano de América, trayendo mucho dinero. Ambos eran ricos y felices. Y al compás de esta delectación de su espíritu roncaba el cuerpo con estrépito. Pero después tuvo una pesadilla horrible, despertó sobresaltada, miró al lecho de su amita, y á la indecisa luz de la lámpara lo notó vacío... Miró á todos lados... Gloria no estaba en la alcoba. La pobre mujer sintió pavor inmenso. En el primer instante no pudo gritar... Creía tener un dogal al cuello... pero al fin gritó, y saliendo despavorida del cuarto, llamó á D. Buenaventura, á Serafinita, al cardenal. Mayor fué su consternación al ver que despuntaba la aurora. El grito de la buena mujer era:

—La señorita no está. ¡Se ha escapado!

XXXI Mater amabilis.

Había huído á las doce, valiéndose de los mismos medios que empleara algunas noches antes. El profundo sueño de Francisca favoreció su evasión del cuarto, y las llaves que guardaba le abrieron las puertas de la casa. Iba ligeramente vestida y con la cabeza mal cubierta por un pañuelo.

Andaba cautelosamente al recorrer la casa; pero con firmeza, derecha á su objeto, sin vacilar, con marcha y ademán que indicaban enérgica resolución. Al verse en campo libre, murmuró:

—Corre, alma mía, corre.

Y con pié ligero avanzó á la carrera por el camino real. Su vestido claro, flotando al viento, dábale aspecto de una medrosa aparición de la noche. Sofocada por la velocidad de su marcha, tuvo que detenerse diciendo:

—¡Oh qué lejos está ese Villamores!... No es todavía... Yo creí que llegaría de una carrera, pero es más allá... más allá... detrás de aquella piedra.

De nuevo emprendió la marcha, primero despacio, luégo precipitadamente, y se detuvo junto á una pared ruinosa, medio cubierta de hierba.

—No es todavía—murmuró dando un suspiro.—Es más lejos aún... Detrás de aquel chopo que está solo en medio del prado... Por aquí se llega más pronto que por el camino real.

Abandonando el camino real, tomó la vereda que cruzaba un prado y corrió por ella. En la mitad de la senda, detúvose mirando al suelo tapizado de flores, que apenas se distinguían en la obscuridad nocturna, como juguetonas cabecitas agitadas por el viento, todas de un color, diseminadas en infinita muchedumbre, formando misteriosa armonía con las estrellas, que abrían sus corolas de luz en la inmensa concavidad del cielo. Gloria se arrodilló y pensando en alta voz:

—Le llevaremos un ramo.

Con su mano derecha arrancaba rápidamente las flores, juntándolas entre los dedos de la mano izquierda. El ladrido de un perro, intimidándola, la hizo levantarse y seguir á la carrera. Al llegar tras un gran castaño, reconoció con asombro el terreno diciendo:

—Si no he llegado todavía... Es más lejos. Detrás de aquella casa... Un esfuerzo más.

La luna acababa de salir de entre un grupo de nubes, como una belleza que arroja sus tocas, y se lanzaba locamente á la carrera por el azul profundo. Como ella, Gloria no volvía la vista atrás y avanzaba siempre, avivando el paso á cada instante con la esperanza de llegar pronto. Apretaba contra el pecho su ramo, y decía:

—Es mi último regalo... Ya me parece que estoy cerca. Sí, llegaré á tiempo de impedir... Si tardo no les encontraré. Corre, alma mía, corre.

Pasando más allá de la casa, se sentó sin aliento sobre una piedra.

—¡Oh, Dios mío!—exclamó oprimiéndose el pecho.—¡Qué lejos está Villamores!... Parece que huye de mí.

Echóse atrás el pañuelo descubriendo su cabeza.

—No, no faltaba mucho... En subiendo esta cuesta... ¡Qué fatigada estoy!... Se me rompe el corazón... No sé cómo me canso, si no tengo cuerpo... Lo he dejado en la fosa.

Subió la cuesta y sus ojos pudieron abrazar ancho horizonte; el mar á lo lejos, confundiéndose con el cielo; por otro lado elevadísimas sombras brumosas, los montes, las blancas casas, destacándose confusamente sobre la obscuridad de árboles y praderas.

—¡Oh!... aquella torrecita chica que parece un dedo señalando al cielo—dijo la prófuga inundada de alegría,—aquella es. Poco me falta. ¿Qué hay de aquí allá? Cuatro pasos... Llegaré á tiempo.

Faltábale por andar la mitad del camino, tres cuartos de legua. La torre semejante á un dedo se veía durante el día; pero de noche Gloria no podía verla sino en su imaginación.

—Un esfuerzo más. Cuatro pasos me faltan... Los andaré en una carrera, porque tengo miedo de que vengan detrás de mí y me cojan... ¿En dónde está mi ramo?

Miró asombrada alrededor suyo. Había perdido las flores.

—Más adelante cogeré otras. Ahora no me puedo detener. Si llego tarde no veré á las prendas de mi corazón, que huyen corriendo como las nubes sobre el mar... ¡Ay, desgraciada de mí! ¡Estar muerta y no poder seguirles!... ¡Estar en la fosa de Ficóbriga!...

Y se lanzó á la carrera hasta que le faltó la respiración. Oyó cantar á los gallos; vió pasar á dos hombres; ladráronle algunos perros y una cabra saltando sobre las ramas hízola temblar de miedo.

—Adelante, adelante. Ya me falta muy poco. Alas, Dios mío, yo quiero tener alas como esas con que vuelan de mundo en mundo tus ángeles.

Gastadas sus escasas fuerzas en febril carrera, encontróse casi imposibilitada de andar. Sus rodillas se doblaban, su cuerpo desmayado y flojo apenas podía mantenerse derecho. Sólo por un vigoroso esfuerzo de voluntad, que arrancaba del potente sentimiento de su alma, pudo andar con trabajo y lentamente un buen espacio. Cada poco tiempo tenía que sentarse sobre una piedra ó en el suelo.

—¡Oh, Dios mío!—exclamó apoyando su cabeza en las rodillas.—¡Si no podré llegar...! ¡Si me quedaré en este camino solo y frío...!

Abrasadas lágrimas caldearon entonces sus mejillas, y con esta rápida expansión verificóse en su mente como un deshielo, y tuvo ideas claras y exacta conciencia de la realidad.

—¡Me he creído muerta!—dijo cruzando las manos.—Viva estoy, pues que padezco... ¿Por qué he venido aquí?... Es mi corazón el que ha salido, y ha echado á andar en medio de las confusiones de un delirio... congoja horrible, presentimiento. Mi corazón ha gritado: ¡ladrones!... No sé lo que es esto. Sin duda un disparate... Pero yo quiero verle, verle á todo trance esta noche, porque mañana entraré en un convento ó moriré... Yo me creía difunta... ¿Puedo asegurar que no lo estoy? ¡Si parece que mi cuerpo se clava en la tierra; que toda mi vida se paraliza...! Señor, dame aliento y un poco de vida... Es preciso seguir adelante.

Y siguió hasta que pudo ver de cerca la torre semejante á un dedo.

—¡Ya estoy, ya estoy!...—gritó con placentera sonrisa de alegría.—Me arrastraré si no puedo andar.

Un cuarto de hora más tardó; pero al fin, apoyándose en una cerca de piedra y en los troncos de los árboles, pudo llegar á la anhelada ermita de Villamores.

Villamores es una aldea cuyas casas, diseminadas en gran extensión, forman pintorescos grupos entre las verdes mieses. Constituyen el grupo principal la Iglesia, la taberna y dos casas infanzonas de lúgubre aspecto. La Iglesia es una humildísima y caduca construcción con puerta románica, tejavana de podridas maderas y una torre. Junto á la Iglesia, formando como una sola pieza, se ve una casa que parece domicilio del sacristán, y en el vestíbulo existían (ya han sido derribados) enormes y espesos árboles que daban sombra á todo el edificio haciéndole más negro de lo que era. Parecía un anacoreta entapujado con el capuchón.

Aquella noche, veíase claridad en la puerta de la casa, luminosos rayos que salían por las hendiduras de la madera. Acercóse Gloria, y al mismo tiempo oyó voces.

—Están despiertos—pensó.—Es cosa muy rara. ¿Qué hora será?

Acercóse más. Creyó sentir ruído en la Iglesia, y vió también luz al través de la ventana de ella...

—Estarán preparando la misa de alba. Llamaré en casa de María Juana.

En la puerta de la casa había una gran hendidura. Gloria miró por ella y estuvo á punto de perder el conocimiento; tan grande fué su estupor.

¿Qué veía? Primeramente un hombre alto, rubio y grueso, un gigante, un San Cristóbal, que frente á la puerta estaba. Después vió la espalda y la cabeza de otro hombre sentado junto á una mesa. Gloria no daba crédito á sus ojos, porque aquel hombre era Daniel Morton. Sintió un temblor tan vivo que no pudo ni huir, ni llamar, ni hacer movimiento alguno.

También vió una mujer. Era María Juana, infelíz viuda á quien doña Serafina había confiado la lactancia y la crianza del pobre niño; mujer de buena edad, guapa, robusta, honrada y discreta. La elevación de su hijo mayor al sacristanato de Villamores, después que quedó viuda, proporcionóle aquella residencia, que no tenía en verdad nada de fastuosa.

María Juana estaba junto á la mesa, frente al caballero. Sobre la mesa había una luz. El caballero había sacado una cartera del bolsillo, y empezaba á contar monedas de oro. Poníalas en pequeñas pilas delante de María Juana, cuyos ojos devoraban con expresión de ansioso arrobamiento aquel tesoro que surgía delante de ella como los inverosímiles caudales de los cuentos.

En la mente de Gloria vibró como un rayo la idea engendrada por semejante espectáculo. Con hondísima turbación gritó, rasguñando la puerta y dando golpes en ella:

—No me engañé... ¡Está comprando á mi hijo!... Juana, Juana, abre.

XXXII Pascua de Resurrección.

Los dos hombres se levantaron, y Juana, recogiendo con presteza el dinero, dió varias vueltas antes de abrir la puerta, porque su azoramiento y confusión la mareaban.

—¡Señorita Gloria!—exclamó torpemente al abrir.—Usted aquí... sola... ¡Dios nos valga!

—¿En dónde está?—dijo Gloria mirando á todos lados con desvarío.

—En la alcoba... señora—balbució la madre del sacristán.—¿En dónde había de estar?... tan hermoso como siempre... No esperaba esta visita de su mamá.

Gloria voló á la alcoba. Todos fueron tras ella, menos Sansón, á quien su amo mandó que saliese. Juana alumbraba. La madre corrió hacia la cuna, donde se veía la cara de un adormido ángel, sonrosado, cabellos negros, y dos puños de rosa cerrados fuertemente, cual si quisieran apretar el aire.

—¡Hijo mío!—exclamó la madre con desgarrador acento, cayendo de rodillas junto á la cuna.—¿Por cuánto dinero te han comprado?

María Juana murmuró algunas palabras para disculparse.

—Te perdono—afirmó Gloria sin mirarla.

Y volviéndose á Morton, le dijo sin rencor:

—¿Es cierto que le comprabas?

—Es cierto—repuso él gravemente.—Una monja no es una madre. Quiero llevármelo y me lo llevaré.

Quedóse la joven meditabunda junto á la cuna.

—Parece que Dios me ha traído aquí—dijo después de una pausa silenciosa y solemne,—para impedir que roben á mi hijo.

—¡Robar!... ¿eso puede decirse de un padre?

—Es verdad, he dicho mal—repuso ella mirándole con ternura.—Pero no: muerta yo, mi hijo debe quedar al cuidado de mi familia.

—¿Y por qué no al cuidado mío?

—Porque estará demasiado lejos. Yo no le veré más. Pero sabiendo que mi sepultura no está muy distante de la tierra donde él viva, me consolaré con la idea de sentir desde allá abajo sus primeros pasitos... Mas no debo expresarme de este modo, ¿no es verdad? Mi pobre cuerpo será polvo, y nada sentirá. En el Purgatorio, donde padecerá mi alma, tendré el consuelo de suponer á mi hijo en tierra de cristianos.

María Juana salió, dejándoles solos. La alcoba era estrecha, pero aseada. El lecho, la cuna y dos sillas la ocupaban casi toda, y en la pared, además de un Cristo en estampa, veíanse dos ó tres láminas devotas, entre ellas una que representaba, dibujadas con lentejuelas, la planta del pié de Nuestro Señor Jesucristo y la de su Madre.

Daniel y Gloria se sentaron junto á la cuna. Apoyaba ella fatigadamente su busto en el lecho cercano. Envolvía su semblante una sombra lúgubre; á ratos temblaba con frío de enfermedad, y si sus ojos lucían con extraordinaria viveza, su hermosa cabeza apenas podía sostenerse sin el auxilio de la mano.

—Vida mía—dijo el hebreo rodeándole los hombros con su brazo,—estás intranquila. Si es por lo que he intentado esta noche, cálmate. No haré sino tu voluntad.

—Ya no tengo voluntad.

—La has tenido bien firme y bien enérgica—prosiguió Morton en tono de amarga queja,—para rechazarme, para renunciar á ser mi esposa y consagrarte al ascetismo en un convento cristiano... ¡Y qué momento has escogido para abandonarme! El momento en que yo hacía por tí el más grande y el más doloroso de los sacrificios.

—Ya lo sé: el sacrificio de aceptar una religión que aborreces. ¡Terrible cosa es obligar al alma á una impostura semejante!... ¡Cuán claramente he leído en tu corazón! Tú me has dicho que nada de lo que siento se te oculta.

—Es verdad.

—Igual me pasa á mí. Hoy te he visto en espantosa lucha con tu conciencia, y me ha dado miedo.

—¡Miedo!

—Sí; me horroricé de verte haciendo el sobrehumano esfuerzo de jurar un Dios en quien no crees. Admiro el sacrificio y lo agradezco en mi corazón de mujer; pero no puedo aceptarlo. Mis tíos, sabios y todo como son, cayeron en el lazo; pero yo que soy tonta, te miré á los ojos y leí tu intención... Hace tiempo que Dios me ha dado una perspicacia asombrosa. No, no serás cristiano, si mi Dios no te ilumina; y mi Dios no te ha iluminado todavía.

—Es verdad—declaró Morton confuso,—que mi conversión era fingida. ¿A qué negártelo? No podía ser de otra manera. Pero tú me debiste admitir tal cual yo iba en busca tuya: debiste confiar en que tal vez nos entenderíamos después de casados.

—Así lo pensé—repuso, amorosamente la de Lantigua.—Yo decía para mí: «El viene con engaño; pero cuando viva constantemente á mi lado, confundidos nuestros pensamientos como nuestra vida, yo le haré cristiano verdadero. Insensiblemente vendremos á pensar y creer lo mismo.»

—¿Y por qué, por qué no has persistido en esa noble idea?—preguntó el israelita con desesperación.—¿Por qué cuando yo estaba á punto de salvarte has huído, desairándome de un modo incomprensible?

—¡Ah!... Mi conciencia no me permitía privarte de tu madre. Yo la ví como una leona á quien han robado sus hijos. Las terribles injurias que dijo de tí, hiciéronme comprender la grandeza de su amor materno y de su fanatismo religioso.

—No lo tiene: su fanatismo es de raza.

—Lo mismo da. Al momento comprendí que ibas á perder á tu madre por mí. ¡Si vieras qué espantoso eco produjo en mi amor materno la desesperación de tu madre!... Lo que ella sentía lo sentía yo también. Pensé en mi hijo... ¡Ay de mí! Si yo viviera muchos años y le viera grande, y de improviso me abandonara para unirse á una mujer de otra religión... ¡Esta idea me mata!... Esto no se puede imaginar.

Mirando á su hijo, exclamó con terror:

—¡Ay, si yo viviera, si yo te viera grande y huyendo de mí para amar á una mujer enemiga de Jesucristo...!

Horrorizada se cubrió el rostro con ambas manos.

—¡La religión!—dijo Morton sombríamente.—Siempre el mismo fantasma pavoroso que nos persigue para separarnos. Sombra terrible proyectada por nuestra conciencia, en todas partes la encontramos; no nos permite ni una idea libre, ni un sentimiento, ni un paso. Es en verdad tremendo que lo que viene de Dios parezca á veces una maldición.

—No hables así—replicó la joven con pena.—¿Pues qué, hemos de afligirnos por estas contrariedades de la tierra? La tierra es pequeña, el Cielo grande. Aquí todo es esclavitud, allí libertad completa. Las aspiraciones sublimes del alma son aquí esfuerzos que se estrellan contra invencibles muros, allá son un vuelo majestuoso que no tiene fin. ¿Por qué te afanas? ¿Por qué das tanta importancia á lo que he hecho esta tarde? ¿Qué importa eso? Las separaciones de la tierra son las uniones de allá.

—Tu fe es grande.

—Sí. Mi fe es grande, y la tuya lo será también, porque tú serás salvo; Dios hablará en tí, tú serás cristiano. No ha llegado la hora; pero llegará. Esto es en mí más claro que la luz. Además, ¿qué cosa enaltece y glorifica al alma tanto como el sacrificio? Yo quiero y debo hacerlo. Todo lo que aquí sea privación, allá será regalo.

—¡Pobrecita mía! Un exaltado idealismo te trastorna. Por piedad, no violentes la idea del sacrificio haciéndola contraria á las leyes que nos ha dado Dios. Si me amas, ¿á qué esa renuncia cruel?...

—Para salvarte. No hay redención sin víctima.

—Sí, yo aseguro que la puede haber.

—Tú serás salvo.

—Mi salvación es amarte: no quiero otra.

—Entrarás conmigo en el Paraíso.

—Estando á tu lado estoy en él.

—Yo estoy llena de tranquilidad, tú de agitación. Yo confío y espero, tú dudas. Yo abrigo la seguridad de nuestra dicha futura, pero tu alma, incapáz de comprender esto, vacila y lucha con los errores que la poseen. Pero ella saldrá de ese caos; merece la luz y la tendrá. ¡Ay, cuánto hubiera sentido morirme sin decirte estas cosas! Mi pena más grande, aquella á que no podía resignarme, era la de verme al borde del sepulcro y no tener un instante á mi disposición para poder decir esto que te digo. He delirado como los que se mueren; he sentido que la vida se iba acabando en mí... Desesperada y confusa he dicho mil disparates, he reído como los tontos... he notado que cada parte de mi sér se dislocaba con las espantosas contracciones de la muerte... No sé qué idea terrible, qué fuerza misteriosa me arrojó de mi cama y me trajo aquí. Entre tanto desvarío, mi pobre razón vió con claridad una cosa... que me robarías á mi hijo para poseerme en él. Mi tío me dijo que te había visto entrar en casa de Caifás... Sospeché. Yo me moría, pero no estaba muerta, y si hubiera estado muerta, habría resucitado... Salí, corrí, volé... ¡Qué dicha tan grande poderte confiar mis últimos pensamientos antes de morirme! Estos pensamientos me hubieran pesado mucho llevándomelos conmigo.

Inclinó la cabeza sobre el lecho cercano. Daniel acudió á ella.

—¡Oh! ¡qué bien estoy aquí!—murmuró Gloria mirando á los ojos de su amigo á distancia de pocos dedos.—¡Mi hijo! ¡tú!... lo que más quiero en el mundo.

—Esos son los sentimientos más legítimos, más naturales y más caros á tu Dios y á todos los dioses—afirmó Daniel.—¿Por qué no has ajustado tus acciones á ellos, despreciando todo lo demás?

—Amigo querido—dijo ella cerrando los ojos,—Dios me demuestra su bondad, permitiéndome morir así.

—No pienses en muerte—indicó Daniel extraordinariamente alarmado del abatido aspecto de su amiga.—¿Quieres que llame?... ¿Qué tienes?

—Nada, nada—repuso Gloria mirándole más de cerca aún, tan de cerca que los ojos de entrambos cambiaban sus reflejos de pupila á pupila.—No llames á nadie. Si alguno entrara, no estaríamos solos. ¡Qué bien me siento! ¿En dónde está mi hijo?

—Aquí, ¿no le ves?

—¿Quieres hacerme un favor?

—¿Qué?

—¡Ay! no puedo moverme. Parece que todo lo que hay en mí de vida se detiene y sólo queda con movimiento el incansable corazón. Levántame en tus brazos y recuéstame en ese lecho. Pon después al niño junto á mí...

Daniel hizo lo que ella le mandaba.

—Voy á llamar.

—No, te ruego que no llames. No necesito nada. Estoy muy bien. Me siento ahora como nunca. Pero díme, ¿estamos solos?

—Enteramente solos... ¿Por qué no duermes, alma mía?—le dijo el hebreo abrazando con pasión su hermosa cabeza.

—A eso voy, querido—replicó ella con festiva confianza.—Y te aseguro que tardaré un ratito en despertar.

—Espera; llamaré á esa mujer—repitió Morton cada vez más inquieto.

—Si la llamas me voy á dormir á mi casa—dijo Gloria deteniéndole por un brazo.—Para el mal que yo siento, tu compañía sola y la de este niño es la medicina mejor.

—¡Oh, qué benditas palabras estás diciendo!—exclamó Daniel trastornado de júbilo y emoción.—¡Y siendo como eres no puedo llamarte mi esposa! Esto es un crimen, un crimen horrendo, del cual Dios, tu Dios ó el mío, cualquiera de ellos, nos ha de pedir cuenta en la otra vida.

—Ves esto con mirada baja y pequeña. Yo llevo la idea de nuestros desposorios por caminos más altos. Tú lo verás cuando seas salvo, y entonces me darás las gracias, pobre ciego... Pero díme, ¿estamos en efecto solos?

—Solos. ¡Ay, si pudiéramos estar así toda la vida, si pudiéramos huir, romper con todo el mundo, labrarnos un mundo para nosotros...! Si pudiéramos gozar de esta grata soledad perpétuamente, ¡cuán pronto, querida mía, derribaríamos los vanos altares en cuya piedra nos han degollado, y levantaríamos en su lugar otro, uno sólo para los dos!

—Eso sucederá cuando tú vengas á Jesucristo—repuso la joven con alegría.—Yo estaré entonces muy lejos; pero por grande que sea la inmensidad infinita, te reconoceré en ella y te daré la mano.

—¡Jesucristo!... ¡Siempre ese nombre!...

—¡Siempre! Sé que entrarás en su reino, y ese es mi consuelo, la idea que me ha salvado de la desesperación y del infierno, proporcionándome una dulce muerte, la purificación de mi alma, y la seguridad de mi entrada en el Cielo. Por esa idea, la muerte es dulce para mí, y ella basta á llenar de gozo mis últimos momentos.

—Por Dios, no hables de morir... Vivirás y serás mía. Dame la mano.

—El corazón te doy—dijo Gloria con la voz más divina que puede oirse, tomando la mano de su amigo y oprimiéndola contra su pecho.—Desde que al nacer dió el primer latido fué tuyo. Te amó judío lo mismo que te habría amado cristiano, porque te amó en Jesucristo para quien todos los hombres son iguales. Esposo... te doy con la boca el mismo nombre que hace tiempo y á todas horas te doy con mi pensamiento... He vivido en tí y en tí muero.

—Y sin embargo, cruel, tuya es la culpa de nuestra separación, porque siendo sin saberlo cómplice de mi madre, has desbaratado juntamente con ella mi proyecto.

—Lo he desbaratado porque hubiera tenido sobre mi conciencia la desesperación de tu madre. Al verla dije: «antes moriré que poner discordia entre un hijo y una madre.» Además tu conversión no era sincera. Sobre todas las cosas me cautivaba en aquella hora la idea de que este horrible conflicto en que se encuentran nuestras almas no había de concluir sino por un gran sacrificio, y de que ese sacrificio debía hacerlo yo... Y no dará sus frutos en este mundo miserable, sino en otro, allá donde brotan y se alzan, llenas de aromas y bellezas, las flores cuya semilla hemos arrojado aquí.

—Yo admiro tu sacrificio, pero no lo comprendo—afirmó Daniel con amargura.—Esa solución de que hablas, ¿dónde ha de ser realidad?... ¿en ese horrible convento donde te encerrarás desde mañana?

—No... en el Cielo—repuso Gloria con angelical sonrisa.—Me alegro de que la muerte me impida ir al convento. Así es mejor, mucho mejor. En el convento me habría sido imposible convertir el amor que te tengo en la pasión mística que mi tía me recomienda como modelo de perfección cristiana, me habría sido imposible olvidar á mi hijo y dejar de consagrarle todas las horas. De este modo, muriendo después de haber renunciado á todos los goces, creo haber llevado bastante mi cruz, y expiro confiando en que Dios ha de salvarnos á los dos.

—¡No, tú no morirás, Gloria, no morirás todavía!—exclamó Daniel besando su frente;—pero si murieras, tu muerte sería un suicidio, habrías sucumbido á esa insensata mortificación moral, á esa bárbara renuncia de bienes legítimos. ¡Pobre ángel extraviado! Has estado matándote lentamente, día tras día. El padecer será meritorio; pero el padecer por el padecer no puede ser una religión. Sacrificas un porvenir que podría ser risueño, ahogas una familia naciente. Siempre que se puede hacer el bien, debe hacerse en vida, mayormente si se hace también á los demás. Tú, impidiendo que nos entendiéramos, impidiendo que nos uniéramos en vínculo civil, para poder llegar á la reconciliación de nuestras ideas, te has matado á tí propia y me has matado á mí, y difieres nuestra dicha y nuestra unión para la otra vida, pudiendo haberla realizado en esta. Te entrometes en la obra de Dios, querida.

—No eres cristiano: ¿cómo has de comprender esto? ¡Pero ya lo comprenderás!... En este mundo no podía yo ser tu esposa, porque tu conversión era una falsedad. No hay que afligirse: el alma es libre, y su inmortalidad le ofrece tiempo, caminos sin fin para alcanzar el bien que desea... Yo muero con gozo, y muriendo siento inefable regocijo al decirte: «Daniel, tú serás salvo, por mi mediación.» Mi fe en Jesucristo me inspira esta confianza.

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