SEGUNDA PARTE (continued 3)
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Sintió voces en la casa, y Francisca, llegando á su puerta, dijo con voz muy angustiada:
—Señora, señora, levántese usted.
—Francisca... ¿qué?... ¿hay fuego?
—No señora... levántese usted.
—¿Hay fuego, mujer?
—No señora, otra cosa peor.
—¡Jesús, María y José!—exclamó doña Serafinita, invocando con su acostumbrado fervor y piedad á Dios y los santos.
Comenzó á levantarse con mucha presteza; pero las piernas le temblaban, y chocaban sus dientes unos con otros...
—Señora—volvió á decir Francisca,—¿no se levanta usted?
—¿Qué hay?
—La señorita Gloria...
—¿Pero qué le pasa, mujer?
Quiso acelerar más la operación de vestirse, y evocando las fuerzas de su espíritu, que eran grandes, trató de sobreponerse á su pavor. Estaba aún á media tarea cuando sintió los pasos de su hermano que bajaba precipitadamente. Después sintió voces desconocidas en el comedor.
—Esa pobrecita—pensó,—habrá tenido un susto, una pesadilla, habrá alarmado la casa... pero esas voces desconocidas...
Salió al fin, y en el pasillo, Francisca que volvía de la cocina, le dijo:
—No ha sido nada, un desmayo. Ya ha vuelto en sí.
Fácil es comprender el estupor de Serafinita al ver á su sobrinita vestida como si acabara de llegar de la calle, y á dos hombres desconocidos, uno de los cuales la asistía juntamente con D. Buenaventura. La piadosa y noble señora permaneció en pié, aterrada, con los ojos fijos, el labio á punto de soltar la palabra, extendida una mano, todo su cuerpo y fisonomía como estátua labrada en representación del ideal del asombro. Sansón estaba junto á la puerta, serio y estirado como un centinela; mas á una señal de su amo se retiró.
—No es nada—dijo D. Buenaventura lleno de turbación, pareciendo muy disgustado de la presencia de su hermana.—¿Para qué te has levantado, Serafina?
—¡Ha salido!...—exclamó la señora con espanto señalando á su sobrina.—¡Ha salido...! ¡Gloria!
—No... es que—repuso D. Buenaventura pálido y balbuciente.—Sí... en efecto... salió... Ya ves cómo ha regresado. La pobre ha tenido un susto.
—¿Y este hombre quién es?—preguntó Serafinita señalando al hebreo.
—Es... un señor... un amigo mío—replicó Lantigua.
—Daniel Morton—dijo él presentándose con respeto.
Serafinita tembló como si sintiera súbito y abrasador el calofrío de una enfermedad fulminante. Acudió á ella prontamente D. Buenaventura temeroso de que la impresión recibida la trastornase, y afectando tranquilidad que estaba muy lejos de tener, dijo:
—Querida hermana, no te aflijas sin motivo. Aquí no ha pasado nada de particular. Este caballero pasaba casualmente cuando...
—¿Por qué no decir la verdad?—manifestó Daniel interrumpiendo.—Yo detuve su coche cuando volvía...
Gloria, que había recobrado el conocimiento y lloraba en silencio, cayó de rodillas delante de su tía, besóle las manos, y entre ahogados sollozos, bebiéndose las lágrimas, habló así:
—Señora, tía de mi corazón, he faltado, he pecado contra la obediencia, contra la resignación, he faltado á mis votos y al deseo y á las órdenes de usted; pero merezco perdón porque soy madre... Soy madre y he ido á ver á mi hijo, de quien me separa una prohibición justa, pero á la cual no me puedo resignar.
A la declaración de Gloria sucedió tétrico silencio, por lo cual aquella fué más solemne. Creeríase que sus palabras subsistían sonando, y quedaban como grabadas en el silencio mismo.
Don Buenaventura levantó á la joven del suelo, hízola sentar, colocóse á su lado doña Serafina que también lloraba, y los dos hombres permanecieron en pié consternados y mudos.
—No he podido resistir á mi afán—continuó Gloria.—Me he portado, querida madre mía, como los hipócritas, como los ladrones, y he salido en silencio, á deshora, cuando todos dormían, acompañada de un hombre humilde que en todo me obedece... Esta es la verdad. Lo digo porque há tiempo que esto se me sale del corazón y no puedo ocultarlo, porque me dan ganas de salir á la calle y decirlo á gritos... Lo digo también porque no se crea lo que no es, al verme entrar como he entrado...
—Sosiégate, hija mía—dijo Serafinita con ternura.—Creo que tus móviles siempre son buenos y honrados. Esto mismo que me cuentas y que me ha dejado absorta, esta misma desobediencia ha sido impulsada por un sentimiento noble, por el más noble de todos después del amor de Dios, sí, después.
A las palabras de doña Serafina sucedió otro espacio de silencio, que las hizo, como las de Gloria, más solemnes, dejándolas, por decirlo así, esculpidas.
—Por eso—continuó la señora acariciando las manos de su sobrina,—no me atrevo á dirigirte una sola palabra de reconvención... Ahora me explico lo que oí de tus salidas de noche... ¿Por qué has hecho esto?... ¡Qué confusión!... Pero no es oportuno reprender... no... Un preciosísimo sentimiento te ha guiado... No necesito explicaciones respecto á la circunstancia de volver acompañada... Segura estoy de que no es culpa tuya.
Doña Serafina miró al hebreo sin rencor ni curiosidad, como si tratara más bien de pedirle con suplicante modo estrecha cuenta de la perdición de un alma, que de confundirle con anatemas.
—Ahora, á descansar—propuso D. Buenaventura;—estás fatigada, hijita. Vamos arriba... No se piense más en lloros ni sofocones. A descansar.
—Este hombre—balbució Serafinita señalando á Morton,—no necesitará que le demos hospitalidad. Tendrá su casa donde pasar la noche.
—Estoy dispuesto á retirarme—dijo Morton, pálido como un muerto,—pero si la señora me lo permite, antes hablaré un poco con su señor hermano.
—Yo también tengo que hablar. Al momento soy con usted—dijo D. Buenaventura, enlazando con el brazo la cintura de su sobrina para conducirla á lo alto de la casa.
Morton se quedó solo, esperando al banquero que no tardó en volver. El poderoso argumento de ternura que guardaba éste para la ocasión más favorable, habíase enunciado por sí mismo.
En el vestíbulo de la casa, Roque y Francisca entablaron viva disputa con Sansón, intentando convencerle de que debía ponerse inmediatamente en la calle; pero él, haciendo más gestos que un molino de viento, ya que con la lengua no podía explicarse, les decía que mientras su amo estuviese dentro de la casa, él no saldría. Reforzó luégo Francisca sus argumentos con empellones y denuestos terribles. Al fin transigieron, conviniendo en que ni saldría á la calle ni aguardaría á su amo dentro de la casa, quedándose entre infierno y cielo, ó sea en el jardín. Al bajar la pequeña gradería de la puerta principal, decía en alta voz recordando los libros santos:
—«Mejor es que se encuentre un hombre con una osa á quien hayan robado sus cachorros, que con una mujer necia.»
XVIII Pasión, sacrificio, muerte.
—Acuéstate—dijo á Gloria doña Serafina, cuando se quedaron solas en la alcoba de aquélla, después de bajar D. Buenaventura y de salir Francisca, á quien la señora mandó retirarse.—Estás cansada.
—Sí, mucho—murmuró Gloria con desfallecimiento, apoyando su cabeza en la palma de la mano y el codo en el lecho.
—Acuéstate—repitió doña Serafina quitando el mantón á su sobrina.—Ven, te desnudaré.
—No tengo fuerzas para nada—dijo Gloria, dejando caer los brazos después que se incorporó un instante.—Haga usted el favor de llamar á Francisca, no tengo fuerzas para nada.
—Yo estoy aquí—indicó la señora desabrochándole el vestido.
—No, tía, por Dios, yo lo haré.
Después doña Serafina se arrodilló delante de ella, con objeto de descalzarla.
—No... tía, ¡por amor de Dios!—exclamó la joven rechazando con rubor aquel servicio.—¡Usted de rodillas delante de mí, usted como una criada!
—Así comprenderás la humildad—dijo Serafinita.—¿Qué importa que yo sea tu criada? Debemos creernos siempre inferiores á los demás. La mejor manera de conservar la humildad es creer que todos valen más que nosotros.
—No, no lo puedo consentir.
—Me causarás pena si te opones á que te sirva, querida hija. Déjame. Es mi gusto. Tú necesitas de mi auxilio porque estás fatigada, pobre y desgraciada niñita.
—En fin, entre las dos saldremos del paso.
Gloria procuró vencer su cansancio, y al fin reposó en su lecho, del cual había salido tres horas antes. Los gallos cantaban más fuerte, anunciando la proximidad del día.
—¿Quieres tomar algo?
—No, querida tía, gracias.
—¿Tienes sueño?
—Tampoco.
—¿Te molesta mi compañía? ¿Quieres que me vaya ó que me quede?
—Que no se separe usted de mí es lo que deseo; pero no quiero que usted esté en vela por mí.
—¿Te agrada mi compañía?
—Mucho... Me consuela mucho oir su voz... Yo quisiera hablar algo también. Tengo muchas cosas que decir.
—Pues dímelas.
—O mejor será que me calle. Si no está usted muy cansada, querida tía, no me deje sola, porque no dormiré y estaré pensando horribles disparates... Pensaré mucho en el afán que me ha sacado de mi casa á hurtadillas tres noches, y en otras cosas que me turban mucho.
—Te acompañaré si quieres.
—Siéntese usted ahí, junto á mi cama, y repréndame por mi mala conducta. No debí hacer lo que he hecho, ¿verdad?
—Quizá esta falta no sea tan grande como tú crees.
—¿Merece perdón?
—Sí, merece perdón, y yo te lo doy con toda mi alma—repuso amorosamente Serafinita, poniendo su suave y blanca mano sobre el angustiado seno de Gloria.—¿Has podido creer otra cosa en mí? ¿Has visto en mí alguna vez crueldad, violencia ó coacción brutal? ¿He empleado otros medios que la exhortación, el ruego y el natural influjo que los mayores ejercen sobre los pequeñitos, sobre los niños...? Porque tú eres una niña, un tierno arbolito al cual es preciso guiar y poner derecho para que jamás y por ninguna causa se tuerza de nuevo. La prohibición de ver á tu hijo y la dura ley de tenerle alejado de tí en estas circunstancias, no es mía, es de nuestro común padre espiritual, de mi bendito hermano Angel; ya sabes que debemos obediencia ciega al prelado y respeto al hermano.
—Mi tío es muy santo, muy bueno; yo le respeto y le quiero mucho; pero en este caso... no sé... yo creo que su conducta conmigo y con mi pobre hijo desvalido no es la más generosa ni la más humana.
—Por todos los santos, niña mía—dijo doña Serafina con aflicción,—por tu alma, querida, que está en grandísimo peligro, no digas tales cosas. Ese es tu flaco, la soberbia, la independencia de juicio, la crítica, la perversa crítica de actos y de ideas emanadas de la autoridad. Hija de mi corazón, mientras no te sometas por entero, no tendrás paz; mientras no renuncies á ese perverso juicio de las determinaciones superiores, no alcanzará tu espíritu sencilléz ni pureza, ni la humildad que ha de acercarte á Dios.
—No lo puedo remediar, querida madre, por más que trato de sojuzgar mi entendimiento, por más que le pongo ligaduras y le azoto y le pisoteo... sí, todo eso hago... pero aun haciéndolo así no puedo conseguir nada. Todas las fuerzas de mi espíritu no pueden obligar al pensamiento á que se convenza de que un hijo desvalido debe estar separado absolutamente de la madre que le dió el sér, de que eso no es una violación de las leyes más santas, y de que Dios aprueba crueldad tan grande.
—¡Oh, hija mía, expresada de ese modo tu querella parece razonable! ¡Qué horrible cosa! ¡Separar á un hijo de su madre, privarle á él de las caricias y de los cuidados de la que le llevó en sus entrañas!... ¡Quitarle á ella el goce más puro y el afán más legítimo que en humano corazón puede existir, después del amor y del goce de Dios!... ¡Qué barbarie! En efecto, dicho así, parece el caso presente un ejemplo del más fiero y despiadado rigor.
—Es verdad que lo parece, ¡ay!
—Te tengo lástima, la compasión más viva que se puede tener por una criatura—dijo Serafinita apartando su mano del pecho de la joven, como una divinidad que retira su protección.—Hablas y piensas vulgar y torpemente con las vanas ideas de los necios y los soberbios. No penetras el sentido de las cosas, porque no eres sencilla y humilde en tu criterio, porque no tienes el desprecio de tu propio juicio, que es lo que conduce á entender las más elevadas cosas sin trabajo, por la misteriosa luz que se recibe del cielo... Ven acá y díme; ¿acaso mi hermano te ha negado en absoluto las delicias de la maternidad? ¿Acaso ha mostrado saña ó prevención contra ese pobre niño? ¿No te envió su bendición para tí y para él, no te escribió diciéndote que te ama hoy como antes, que te perdona todos tus yerros, que se enternece sólo de pensar en esa inocente criatura que has dado á luz, y que la ama con paternal cariño?...
—Sí, es verdad, es verdad...—repuso Gloria anegada en llanto.—Yo sé que mi tío es el mejor de los hombres... yo también le adoro á él... pero...
—¿Pero qué?... ¡Ay! pobre hija de mi corazón, siento que mis palabras claven otra vez el cuchillo en tu reciente herida no curada; pero es preciso. No, no basta concebir un hijo y darlo á luz para tener derecho á los inefables goces de la maternidad. No ha nacido, no, ese desdichado niño, á quien pusimos por nombre Jesús para que hasta el nombre indique nuestro deseo de criarlo en Jesucristo; no nació, digo, ese infelíz niño de padres unidos por el Sacramento; no nació entre las aclamaciones alegres de una familia, ni entre el regocijo de la Iglesia nuestra madre; no nació rodeado de esa aureola de honra y felicidad que circunda al heredero de una familia ilustre; no nació deseado, sino temido; no nació como una esperanza sino como un horror, y tú misma, al sentir en tu seno las palpitaciones que eran aviso de esa vida nueva que arrancaba de tí, no temblabas de alborozo sino de vergüenza, porque lo que en el orden natural hubiera sido el más dulce consuelo de tu alma y la gala más rica de tu familia y de tu nombre, era en este caso la encarnación de tu infamia. Nació inocente, sí, y sin más culpa que la que todos al nacer traemos; nació digno de ser amado y educado; pero no nació en la sacrosanta ley de la familia cristiana. Lleva en sí el baldón de tu ignominiosa caída, de tu caída, que no vacilo en recordarte, porque tu mayor gloria es padecer, y sólo padeciendo has de regenerarte... ¿Has olvidado que tu caída es la más deshonrosa que se puede imaginar? Jamás el demonio tendió lazo más horrible. Escogió la mejor criatura para víctima, y para cebo... un hombre de raza maldita por Dios, la cual expía el crimen de deicidio con su dispersión y envilecimiento.
Gloria que había oído la anterior arenga con indecible congoja, sintió, al llegar el último punto, que sus cabellos se erizaban, que sus músculos se contraían, que su sangre se paralizaba... Extendió una mano como para imponer silencio á la señora, y con la otra se oprimió la frente.
—Te mortifico—dijo Serafinita.—Callaré, pues, porque no puedo faltar á la caridad. Pero por tu parte debes desear la mortificación, debes buscar el padecimiento y renovar tus dolores y clavarte cien veces estas espinas y estos clavos, pues sólo cuando no te canses de padecer, cuando hayas bebido el cáliz de la pasión, serás salva y regenerada, hija mía querida.
—Pues siga usted, quiero oir.
—No; sólo me resta decirte que mi hermano ha considerado con gran sabiduría que ese niño debía ser reclamado por Jesucristo, puesto en salvo, en seguridad, con garantías de que nunca dejará de pertenecer á nuestra santa fe católica.
—Pues qué—objetó Gloria vivamente,—¿temen que yo sea capáz de apartar á mi hijo de la fe de Jesucristo?
—Tú no... si bien tus ideas no son lo más á propósito para darle una educación verdaderamente cristiana... Y mientras no veamos completa y absolutamente limpio tu corazón de liviandad, de vanidades sentimentales...
—Pues qué, ¿no lo está ya?—dijo Gloria vivamente.
—¡No, querida hija mía, no lo está! Bien conozco que existe aún la levadura del desordenado afecto y de las mundanas imaginaciones que trastornaron tu alma, y sumieron en terribles calamidades á tu familia. Mientras esa levadura exista no podemos esperar nada de provecho para tu perfección moral.
—Si algo me queda—repuso la sobrina con resignación,—yo lo iré arrancando poco á poco, que no he de hacer yo en un día lo que personas muy santas no consiguieron sino á fuerza de paciencia, abstinencias y mortificaciones.
—Tienes mucha razón—dijo Serafinita con complacencia;—pero es la verdad que el estado de tu espíritu no es el más á propósito para que te entreguemos á tu hijo. «Mientras exista sobre la tierra el que la engañó, ha dicho mi hermano, Gloria estará en peligro de caer de nuevo.» Pues bien, desgraciada, ese hombre no sólo existe, sino que te persigue, te ha buscado... ¡está aquí, en Ficóbriga, y anoche...! Con respecto á tu hijo, la voluntad de mi hermano es bien clara. «Puedes concederle, me escribió desde Roma el mes pasado, algún consuelo, permitiéndole ver á esa tierna criatura, aunque no conviene que se exalten demasiado sus sentimientos maternales. Puedes permitirle este desahogo tan natural y de tan buen origen; pero si por acaso el Malo se presentase en Ficóbriga, establece la incomunicación más absoluta; esconde á nuestro buen Jesús, que criamos para el cielo; ponlo donde sus extraviados padres no puedan alcanzarlo, porque temo mucho que perdamos esta tierna alma, ofrenda piadosa de nuestra familia al que hiriéndonos nos ha mostrado su poder, y mortificándonos su misericordia.»
Gloria, al oir esto, cayó en profundo y lúgubre silencio.
XIX Espinas, clavos, azotes, cruz.
—Tú me dijíste que aceptabas esta cruz como expiación.
—Sí la acepté—dijo la infelíz, después de una pausa en que Serafinita aguardó con impaciencia la contestación.—La acepté, pero luégo... luégo, querida tía, sentí que no podía, que no podía resignarme á ella; no tuve valor, mentí, disimulé, engañé á todos los de casa, salí ocultamente, después de sobornar á Mundideo para que me acompañara... Me porté mal, lo reconozco; pero el grito que sale de mis entrañas puede más que todo, y cuando él suena en mí no puedo dominarme, ni ser santa como usted dice, ni resignarme á padecer, ni llevar la cruz, ni clavarme clavos, ni beber cálices, ni ponerme corona de espinas.
—Hija mía, cada vez me causa más alarma y miedo ver en tí ese desasosiego que te aleja de la perfección. Tú no estás curada ni puedes estarlo, mientras no hagas un esfuerzo supremo, el último esfuerzo de tu alma pecadora para coger á Dios que se te escapa. Estás llena de ansiedades incomprensibles, de dudas horrendas. No conoces ese admirable fruto del Espíritu Santo que llamamos paz.
—¡Paz!—dijo Gloria con desaliento.—Temo que nunca jamás vuelva á haberla en mi alma.
—Hablas como el réprobo, hija mía. Te hace falta gracia; pero te advierto que lo primero que ha de hacerse para tener gracia es desearla.
—La deseo.
—Pedirla fervorosamente á Dios.
—La pido.
—Es indispensable ponerte en estado de merecerla, sacrificando á Dios todos tus afectos, todos tus deseos terrenos, todo lo que te liga á este mundo; desprendiéndote de todo, absolutamente de todo, para no poseer más que á Dios; renunciando á tener voluntad propia; convenciéndote de que vivimos desterrados en este mundo, de que nada existe bajo el sol que no sea digno de ser despreciado y trocado por la única ganancia real que es Dios. Es preciso que te rodees de tinieblas para que el Señor se digne rodearte de luz; que te anonades y te humilles y te niegues á tí misma; que te sujetes de todo corazón á Dios para poder obtener la verdadera libertad de espíritu; que vivas constantemente mortificada para que no puedas ser tentada; que te creas vil y despreciable para que tu miseria te redima; que renuncies al deseo de saber cosas ocultas y hondas, y abraces la mejor sabiduría y la filosofía mejor que consisten en no tenerse en nada á sí mismo; que no abrigues vanidad de cosa alguna, porque la mayor vanagloria es el desdén de sí mismo; que apartes tu corazón del amor de las cosas visibles para llenarlo de las invisibles.
Dijo estas palabras doña Serafina con emoción tan profunda y tal acento de convicción, que era imposible oirlas sin asombro.
Gloria cruzó las manos sobre el pecho, y con acento de fe respondió:
—A todo renuncio; pero no acierto á renunciar á mi hijo. Me desprecio como mujer; pero como madre no puedo hacerlo. Arranco de mi corazón todos los sentimientos menos éste que me da vida. Ofrezco á Dios todo lo que hay en mí; pero no puedo ofrecerle como un homenaje piadoso la negación de mis derechos y de mis goces de madre. ¿No es esto noble, no es esto santo, no es esto divino también, tan divino por lo menos como esa perfección que consiste en negarse á sí mismo?
—Sí, noble, santo, divino también es ese sentimiento—dijo Serafinita.—¿Quién lo duda? En la forma de la maternidad fué enaltecida sobre todos los séres humanos la mujer que subió al cielo en cuerpo y alma. Los sentimientos maternales son puros y santos sobre todo encomio, hija mía, aunque jamás, no siendo por gracia especial del cielo, enaltecerán tanto como el estado de perfección infundido por los que llamamos Consejos del Evangelio: «pobreza voluntaria, estado de castidad absoluta y vida de obediencia...» Esta es la luz que he puesto ante tus ojos, adorada hija mía, induciéndote á seguirla...
—Pero yo me hallo en circunstancias excepcionales—dijo Gloria defendiéndose angustiadamente.—Yo soy madre.
Había en su exclamación el ahogado gemido del que en sueños lucha con un mónstruo sin poderlo vencer.
—¡Eres madre!—repuso Serafinita moviendo la cabeza en señal de que esperaba tal argumento.—Sí; pero ¿de qué modo? ¿Qué leyes divinas ó humanas han presidido á tu estado? Gloria, Gloria, por amor de Jesucristo, empapa tu alma en mis ideas. No hables de maternidad. Pues qué ¿á una mujer casada, á una mujer coronada con esa guirnalda divina de los hijos legítimamente habidos y recibidos con júbilo por la Iglesia y la sociedad; á una mujer de estas me atrevería yo á decirle: «deja á tus hijos, renuncia á los afectos terrenos, niégate á tí misma, no te ocupes más que en la meditación, en la abstinencia, en el amor único y exclusivo de las cosas santas?» ¿Me crees loca? Esto sería un absurdo, una falta de caridad, una aberración del sentimiento religioso. Pero á tí, que has caído en la ignominia, á tí que no te hallas atada á ningún varón por los lazos del Sacramento, á tí que has sido madre por el crimen y tu escandaloso y sacrílego amor, te digo, sí, te digo mil veces: «Renuncia á tu hijo, no por dureza de sentimientos, sino por penitencia; no como desnaturalización, sino como castigo. Has cometido grandísima falta, has ofendido á tu Dios. Pues ofrécele el único deleite que existe en tu corazón, el cariño maternal... ¿Ese cariño te sirve de consuelo? Pues no tienes derecho á consuelo ninguno... ¿Quieres ser redimida? Pues no hay redención sin pasión, sin cruz... ¿Adoras á ese niño infelíz que no debió haber nacido? Pues sacrifica á Dios este sentimiento... Necesitas irremisiblemente una cruz, pero una cruz pesada, porque tu culpa ha sido enorme. Pues bien, toma esa que tu mismo Dios te propone, tómala y anda con ella... La maternidad podría hacerte felíz, y tú, si quieres salvarte, no debes ser felíz de ningún modo. Si para tí no debe haber ya más que dolores, ¿por qué te apegas á los goces? Mientras más noble es el sentimiento que te deleita, más grande será el mérito de tu sacrificio, porque se ha dicho: «Y cualquiera que dejare casas ó hermanos ó padres ó hijos por mi nombre, recibirá cien veces tanto y heredará la vida eterna.»
—¡Oh, qué cruz tan pesada, tan espantosa!—exclamó Gloria elevando sus brazos.
—Hija mía, no interpretes mal esto que no es imposición mía, sino simplemente exhortación y consejo—dijo Serafinita tomándole las manos y estrechándoselas con amor;—no creas que yo predico la desnaturalización, no. Pero á la altura de tu falta ha de estar tu purgatorio. Cuando necesitas cargar una cruz muy pesada para ser recibida arriba, no has de llevar una caña. Sacrificando niñerías, caprichos vanos y cosas de poco valor, no se gana la vida eterna. Es preciso arrancar del corazón la fibra más sensible, arrojar la joya de más precio, matar lo grande, lo querido y lo entrañable, meter la espada en lo más hondo, llorar mares de lágrimas, padecer, padecer mucho y siempre padecer. Esta es la clave del cristiano, amor mío. Ya sabes que en el día de hoy celebramos el augusto sacrificio de la víctima del Calvario, del divino cordero. Fija tu pensamiento en este ejemplo sublime, y considera que es necesario que nos crucifiquemos para parecernos á El y entrar en su reino.
—¡Crucificarme! ¿No lo estoy ya?—dijo Gloria extendiendo los brazos en cruz.
—Pero no basta crucificarte como mujer, sino como madre. Viviendo como vives, estás expuesta á mil peligros, y esa maternidad que tanto adoras es un lazo funesto que te une sin quererlo al autor de todas tus desdichas. Vivirás sujeta á horribles tentaciones. Ya sabes que Job lo ha dicho: «La vida del hombre sobre la tierra es una tentación.» Además, el que todo lo sabe ha dicho: «Si tu mano ó tu pié te fuere ocasión de pecar, córtalos y échalos de tí.»
—Es verdad, es verdad.
—Hija mía—añadió la señora besando con cariño á la atribulada joven,—mete la mano en tu corazón, tócalo y observa si el amor de ese niño y la llama infame á cuyo primer fuego debió la vida, no se confunden el uno con la otra.
Gloria callaba. Parecía que en efecto metía la mano en su corazón y tanteaba llamas.
—¿Callas?
—No sé qué responder—dijo la infelíz dejando caer sus brazos con desaliento.—Mi alma está acongojada, y en mi pensamiento todo es confusión, desvarío. No sé lo que pienso ni lo que siento, porque estoy llena de terrores, de angustias, de presagios, de deseos, y no puedo tomar resolución alguna, porque cada esfuerzo de mi voluntad es seguido de un desfallecimiento que me mata.
—Pues yo te ofrezco los medios para salir de ese estado, y los rechazas. Te señalo el amor exclusivo de Dios como término dulcísimo de tus ansias, ¡y dudas todavía!... Desarraiga todo amor criado, y entrará en tí la gracia como un torrente. Retira tus ojos de toda criatura y verás el rostro del Criador. Sepárate de cuanto ves y estarás unida á El eternamente. Cierra tus oídos á la música fascinadora de los afectos pasajeros, y oirás en tu interior el habla del Señor Dios. ¡Bienaventurados los oídos que no escuchan la voz que viene de fuera, sino la verdad que habla y enseña interiormente!... Nadie mejor que yo puede darte estos consejos, porque en mí no sospecharás egoísmo. He hecho voto de pobreza, he repartido mi fortuna entre los pobres y las hijas de mi hermano. Desengañada de las vanidades del mundo, me disponía á entrar en un santo retiro, cuando supe tu desgracia. Esto me detuvo, y sentí en mi conciencia el habla dulcísima de mi Dios que me dijo: «Ve y tráemela»...
»¡Hija de mi corazón! Corrí á tu lado, te asistí en tu enfermedad como pudiera hacerlo la madre más cariñosa; pero mi orgullo no se cifraba en librarte de la muerte física, sino de la muerte moral, que es la condenación eterna. Te exhorté, te puse mil ejemplos ante la vista, lloramos juntas, te he tratado con dulzura, con ardiente cariño y sin dureza ni altanería; que en las conquistas cristianas la humillación trae la victoria. Yo no puedo consentir que tu alma nobilísima arda en los infiernos por un extravío pasajero, y seguiré exhortándote hasta que me arrojes á golpes. Mientras tenga lengua te diré: «Ven, ven, hija mía, ven conmigo á esa morada pacífica y solitaria donde tu alma se purificará por la oración, por la humildad, por la penitencia, recibiendo, al modo de una ablución divina, la gracia que ha de regenerarla.» Allí tu corazón se limpiará de esa escoria tenebrosa por la llama del divino amor, que irá creciendo, creciendo, hasta producirte los más dulces arrobos, y la gratísima previsión del reino de los cielos, sólo concedidos á los que todo lo dejan por el Amado, y al Amado consagran cuanto en la persona humana existe de espiritual y divino...
—¡El convento!—murmuró Gloria dando en su lecho una angustiosa vuelta.—No me asusta el encierro... pero allí no veré á mi hijo.
—El que hizo el mundo, el que se hizo hombre por redimirnos, el que fué sacrificado por nuestro amor es el primero de todos los amores, hija mía—declaró Serafinita, derramando sin cesar lágrimas de emoción y piedad.—¿Es posible, es posible que no te convenzas todavía?
Gloria cerró los ojos, y como el que se hunde en los abismos de un letargo, contestó desde dentro con profunda voz, que apenas hacía mover sus labios:
—Todavía no.
—¡Miserable de mí, mil veces miserable—exclamó doña Serafina con patético dolor,—que no tengo fuerzas, ni elocuencia para salvar á un alma querida!
—Usted es una santa—dijo Gloria abriendo los ojos y ofreciendo sus brazos á su tía para estrecharla en ellos.
—Soy una infelíz que he aspirado á ejercer el ministerio de los apóstoles, y Dios me castiga por mi soberbia.
—Usted es una santa—repitió la joven,—pero... nunca ha sido madre.
La noble señora no contestó. Observaba la creciente desfiguración de las facciones de su sobrina.
—¿Qué tienes?
—Una cosa que sería deseo de morir—repuso Gloria con abatimiento,—si no siguiera viviendo mi hijo.
—¿Tienes sueño?
—La pereza de la muerte; pero con esto se duerme.
—Debes descansar.
—No puedo... No se separe usted de mí. Si me quedo sola pensaré cosas malas. ¿Qué hora es?
—Ya amanece. Jueves Santo, hija mía. ¡El día más hermoso para salvarse!
Gloria trató de decir algo; pero entróle una congoja penosísima; su corazón oprimido latía con fuerza, y era tal la sofocación de su pecho, que Serafinita le retiró las sábanas para que el peso de ellas no le molestase. Movióse la infelíz con febril inquietud en el lecho, y su hermosa cabeza, con los negros cabellos en desorden, echábase violentamente hacia atrás. Por último se llevó ambas manos al pecho y oprimiéndoselo, cual si quisiera detener allí alguna cosa que se le escapaba, gritó con voz ronca:
—Señor, Señor, no puedo.
Su tía procuró tranquilizarla. Al fin iba cayendo la joven en un estado semejante al sopor. Serafinita notó que sus sienes latían violentamente y que su respiración era fatigosa. Pero seguía aletargada, y como esto tranquilizara á la buena señora, arrodillóse junto á la cama y empezó á rezar con el mayor recogimiento.
XX ¿Qué haré?
Daniel Morton y D. Buenaventura hablaron larguísimo rato.
El hebreo salió de la casa cuando todavía era noche obscura, pues la luna, no queriendo esperar al sol, desapareció volviendo atrás el rostro como novia enojada que huye de su amante observando si éste la sigue. Sansón unióse á su amo; pero éste le dijo secamente que se retirase á la casa dejándole solo.
Aparentando obedecer, Sansón le siguió desde lejos. Morton rodeó la casa de Lantigua, y tomando el camino que conduce á la playa, bajó lentamente, con las manos cruzadas á la espalda, la vista fija en el suelo, cuando no la extendía por la negra inmensidad de los cielos apagados ó por la del mar, cuya exclamación grave y mugidora le iba ensordeciendo á medida que á él se acercaba.
Cuando sus piés se hundían en la arena y avanzaba hacia el fino y húmedo suelo, que había pulido la última pleamar arrastrando sobre él sus láminas de agua, sintió una especie de simpatía inexplicable, y como un deseo de expansión y confianza semejante al que se experimenta en presencia de un buen amigo. Morton miró las olas que iban y venían con el más admirable ritmo que existe en lo creado, y mirándolas sacó del caos de su espíritu esta pregunta: «¿qué haré?»
En la playa había una piedra enorme arrancada por las olas á un acantilado cercano. Sobre aquella piedra se sentó Daniel, contemplando el mar grave y cadencioso, especie de péndulo inmenso que determina un secreto equilibrio. En aquel mar, en su voz semejante al zumbar de un cerebro donde hierven las ideas, en el resoplido de sus olas y en aquel latido de su enorme vida corriendo sin cesar del fondo á la playa y de la playa al fondo, vió Morton perfecta imagen de la perplejidad en que se hallaba su espíritu.
A poca distancia y entre las peñas de la derecha, yacían aún los restos del Plantagenet, herrumbroso esqueleto, que se desgastaba lentamente sin que hicieran caso de él ni los hombres ni los peces.
Sentado en la piedra, el codo en la rodilla y la barba sostenida en los dedos; fijo y quieto como una esfinge; centinela en la puerta de lo infinito; mirando siempre hacia adelante, y mirado por el mar cuyas olas son una fisonomía, porque hablan, saludan, escarnecen, injurian, escupen, sonríen, desprecian, se adormecen y braman de coraje; atento al espectáculo de una gran perplejidad, que según él, llenaba el universo todo, Daniel Morton decía:
—Lo que yo sospechaba es cierto. Morirá por mi causa y morirá de pena. No se ha resignado aún á aceptar la solución que su familia la propone, porque espera... pero al perder la esperanza, caerá, caerá en ese horrible lazo, y exaltada por el espíritu de una religión que ordena el padecer, doblará al fin la cabeza ante el ascetismo y arrastrará miserable vida en un convento cristiano... Con buena intención, porque su celo religioso y el entusiasmo por su falsa doctrina son sinceros, esa noble señora y D. Angel, el discípulo del Nazareno, han negado á su corazón el más dulce consuelo, ¡le han prohibido á su hijo!... Esto da horror, y al pensarlo no hay en mi corazón una sola fibra que clamando no proteste...
»¡Y pensar que con una sola palabra podré sacarla de ese infierno, y devolverle su salud, su paz, su felicidad, la estimación del mundo, y que con esta palabra volverá á sus brazos el pobre ángel espúreo, que vive rechazado de todo el mundo, y escondido como la vergüenza ó como un tesoro robado!... ¡Pensar que con una palabra puedo causar tan grandes bienes y que esta palabra no se puede decir!... Pues se dirá. Tengo por corazón una piedra; no soy hombre si no pronuncio esa palabra. Soy un miserable, merezco ser perseguido eternamente por mi conciencia y no tener un solo día de paz si consiento tan gran desdicha: la pobre madre atormentada, el niño encubierto y confiado á manos mercenarias...
Detúvose un instante. Su pensamiento, dando una vuelta, le mostró otro hemisferio, y dijo entonces:
—¿Pero qué es lo que debo hacer? ¿qué debo decir? Una palabra que es la apostasía infame de mi religión, el desprecio de Dios en cuya santa idea crecí y crecieron antes mis honrados padres, y antes mis abuelos, y del mismo modo las generaciones remotas, hasta llegar á los que fueron elegidos para recibir la Ley directamente del mismo Dios y enseñarla á todo el mundo. ¿Puede caber en mi cabeza la idea de negar á Dios y negarle para abrazar otra fe?... ¡y qué fe!... ¡la de un falso profeta, la del Nazareno, en cuyo nombre hemos sido dispersados, perseguidos, quemados é injuriados por espacio de dieciocho siglos!... Y yo he de llegar al Nazareno y decirle: «aquí me tienes á tus piés, aquí está el que se vanagloriaba de no pertenecerte jamás, el que ha tratado de enaltecer á los suyos para apartarles de caer en tí, aquí está el más soberbio de tus enemigos»... Y yo he de decir á mi Jehová: «Ya no te pertenezco. Soy como el siervo á quien su amo ha distinguido poniendo en él toda su confianza; y hé aquí que este ingrato siervo huye de la casa de su Señor, robándole, y después va á casa del enemigo y pide salario y escarnece á su antiguo Señor»... Y todo ¿por qué? por una mujer... por un amor poderoso, irresistible, pero que es cosa terrenal, y por un hijo que adoro, pero que es un pobre gusano, indigno de atención desde el momento en que aparece á su lado la presencia aterradora y sublime del que hizo los cielos y la tierra...
Al llegar aquí, su pensamiento, sin pausa ni intermedio alguno, le puso delante el primer hemisferio.
—Pero es que al considerar la desgracia de la amada de mi corazón, he de recordar que yo soy autor de ella. Yo, yo sólo he causado desdicha tan lastimosa. Ella era pura y felíz, yo turbé la paz de su corazón, arrastrándola á la ignominia; yo la arranqué de aquel cielo hermosísimo en que vivía su alma y la precipité en las tinieblas; ahuyenté de su lado á los ángeles que velaban con misteriosa atención su persona, y llené su corazón de culebras. Era como una flor y la pisoteé. Había nacido para que su sola mirada derramase felicidad, para que hasta su sombra hiciera nacer bienes por todas partes, y yo de aquel claro astro he hecho una noche lóbrega, una obscuridad llena de dolores que hace llorar á cuantos se le acercan... Yo tengo la culpa de todo, yo causé su mal y lo causé con villanía, porque oculté mi religión, que era un estorbo, y siendo enemigo me presenté como amigo. Yo soy el autor de su desgracia. Y no hay remedio, no hay sofisma que valga; esa desgracia debe ser reparada por mí. Si así no es, no tengo idea de la justicia, no tengo noción del deber ni del honor, y siendo extraño á la idea de justicia, no puedo ni aun saber lo que es Dios... Mi deber es reparar esa desgracia y sacar á la pobre mártir del potro en que está. No son sus tíos los que la tuestan viva; soy yo, yo solo. Por consiguiente mi deber es salvarla. Me lo ordena la justicia, que es Dios; el deber, que es Dios; la verdad, que es Dios; la compasión, que es Dios. Me lo ordena también la sociedad, y esta ley de recíproco respeto de la cual no podemos prescindir... Sí... es preciso, es indispensable, fatal, inevitable; y si así no lo hiciera, no habría nombre bastante vil en ninguna lengua para vituperarme. Merezco morir y ser devorado por los perros, sin que jamás mi cuerpo disfrute el descanso del sepulcro... Nadie arrancará de mí esta convicción profunda que mete su raíz hasta lo más hondo de mi pecho. Esto es la evidencia, la verdad pura...
Al llegar aquí, subía la marea y una ola extendió su lengua bordada de espuma sobre la arena, mojando los piés del pensativo. Retiróse entonces, subió al acantilado, y arrojado sobre las peñas, dijo así:
—No, no es posible que Dios y la justicia estén en desacuerdo. No es posible que para ser fiel á un compromiso del corazón necesite ser apóstata. Aquí hay algo que mi inteligencia limitada no puede descubrir; hay sin duda un resorte misterioso, y es preciso que yo lo busque y lo toque, porque esto ha de tener solución, porque lo absurdo no puede prevalecer. ¡Oh! Dios mío, dame luz, díme dónde está la salida de este horrible laberinto; muéstrame un resquicio, pues salida ó hendidura ha de haber. Si no la hubiere, ¡oh, soberano Dios! todo, empezando por tí, debería ser negado, y esto no puede ser...
»¿Pero cuál es en realidad mi pensamiento en religión? ¿Qué pienso, qué creo yo? Conciencia, muéstrame lo que tienes más oculto, tu voz más recóndita; lo que es aún menos que voz, un susurro que apenas oigo yo mismo... ¿Qué creo yo? ¿Creo acaso que mi religión es la única en que los hombres pueden salvarse, la única que contiene las verdades eternas? No, felizmente sé remontar mi espíritu por encima de todos los cultos, y puedo ver á mi Dios, el Dios único, el grande, el terrible, el amoroso, el legislador, extendiéndose sobre todas las almas y presidiéndolas con la sonrisa de su bondad infinita desde el centro de toda substancia. Entonces, miserable, ¿qué te detiene? ¿No hallas en el cristianismo las verdades eternas? Existen, sí; pero desfiguradas y adulteradas... No, no puedo inclinarme á contemporizar con una juxtaposición inútil, con la destrucción de la sencilléz, con una fe que poco ó nada ha enseñado al mundo. Aborrezco esa idea con todas las fuerzas de mi alma; y todo el odio venenoso que esa secta alienta contra mí, se lo devuelvo centuplicado. No lo puedo remediar; lo he mamado con la leche; lo traigo encendido en mis entrañas desde el vientre de mi madre, y mi espíritu lo trajo también desde la nada. Si cuando mi espíritu se eleva á la contemplación de la esencia primera soy tolerante, expansivo, ámplio y generoso, al considerar la idea cristiana, nuestro verdugo y nuestro cadalso, soy fanático y brutal como los inquisidores católicos... y para mi tormento, el sér que idolatro sale del tumulto aborrecido de esa secta, y se me presenta lleno de gracia y luz, único sér á quien puedo absolver de la responsabilidad cristiana, único sér á quien perdono los agravios hechos á mi raza... ¡Oh, Dios, Dios!... ¿qué misterio es este, qué enigma es este terrible y espantoso? Mi cabeza estalla como un volcán... no sé qué pensar. Aquí hay algo, algo que mi limitada razón no comprende. Dios mío, Dios de las inteligencias, ¿por qué has hecho estas contradicciones horrorosas, y estos absurdos que hacen dudar de la bondad de la creación y de la lógica del mundo?
El cielo comenzó á aclararse, la superficie del mar brillaba junto al horizonte, tiñendo de amarillo sus ondas lejanas. Toda la tierra empezó á inundarse de luz. Amanecía; pero Morton no advirtió nada, porque en su mente continuaba la noche y un caos perpétuo.
—Más vale—dijo,—que continúe todo como ahora está, que siga su deshonra, su vergüenza, la bárbara separación de la madre y el hijo, mi soledad, el remordimiento implacable que me tritura las entrañas. Quizás el tiempo nos consuele á todos... Ella entrará en ese aborrecido convento, más triste que la sepultura, porque en él se vive... No la veré más, no veré tampoco á mi hijo, porque será escondido de mí, como se esconde del ladrón la joya. Crecerá y le veré algún día sin conocerle... Le enseñarán á maldecir mi nombre y mi sangre... ¿Y cómo se evita esto, cómo? ¡Si pudiera evitarse dando la vida!... No; no se evitará con cien vidas, sino con una palabra breve, como las que á todas horas pronuncian nuestros labios; pero que encierra una idea, todas las ideas y el universo y la vida futura.
Después de breve pausa, añadió:
—Soy un miserable si no digo esa palabra, si no la digo clara, leal, sin impostura. Lo pide á gritos cuanto hay en mí de sentimiento y piedad. Soy un miserable si no digo esa palabra, si no cierro los ojos á todo, á mi historia, á mi raza, á mi culto, á mi familia, y me arrojo en brazos de la infame secta que aborrezco, de esa secta, que sin duda no es tan mala como yo creo, porque á ella pertenece la que reina en mi corazón.
Oprimióse la frente con ambas manos, como si quisiera sujetar una idea que se le escapaba, y detener aquel remolino horrible de su pensar; pero no pudo sustraerse á un razonamiento que le anonadó:
—¡Mi padre!... No, desde que adopte esta resolución ya no tengo padre, ni madre, ni amigos... No quiero pensar en su enojo, en su soledad. En mi familia se llora al hijo muerto; pero al renegado... al renegado se le mirará como si no hubiera nacido. La imagen de mi madre, que es personificación sublime de la consecuencia israelita, me abruma más que mil razonamientos incontestables... ¡Mi madre, de cuyos brazos escapé en silencio para venir aquí; mi madre que ha de venir en mi seguimiento para detenerme; esa mujer que adora en mí el orgullo de su raza y que morirá de seguro cuando sepa...! No, no mil veces, esto no puede ser, no será. Si es imposible, si es como beberse toda esa agua que tengo delante, si es como decirle á la marea: «no subas más»... ¡Oh, Dios mío! ¿por qué me criáste si sabías que había de llegar esta hora?
Levantóse frenético, y agitando los brazos, vuelta la cara hacia al cielo, gritó desaforadamente:
—¡Oh, Señor, Señor, yo digo que tu obra no está bien así!
El día había avanzado considerablemente sin que él lo notase, y las risueñas horas de la mañana viniendo unas en pos de otras, derramaban claridad y alegría sobre los campos, reverdeciendo las húmedas praderas. El día era tan bello y apacible cual si la Naturaleza, sensible al enigma de la Redención, quisiera también celebrarlo. El aire que mecía los árboles, las nubes que pomposamente discurrían por el cielo con grave paso, dándose unas á otras la mano, el mar sonoro y las flores, que por todas partes presentaban sus lindos rostros á las caricias del sol, todo, todo estaba de fiesta en aquel día.
Bajando á la playa, recorrióla toda lentamente. Parecía que contaba las arenas. Después se arrojó al suelo y contempló el mar que bajaba, recogiendo sus láminas de espuma de minuto en minuto. La perplejidad continuaba, y el péndulo seguía su atormentador movimiento. Pero al fin, ya cerca de medio día, el extranjero se levantó. Dióse un golpe en la frente, y mirando al cielo, dijo con la firmeza propia del que ha tomado una resolución:
—Al fin, al fin, ya sé lo que debo hacer.
XXI Jueves Santo.
Gloria abrió los ojos después de un prolongado letargo, durante el cual su fatigado espíritu logró algún reposo. Había soñado con la pasión de Cristo, con los horribles judíos que le azotaban, había visto elevar el madero con la Divina Persona clavada por piés y manos; y este cuadro lamentable que se le representaba al vivo por el poderoso fingir del sueño, llenó su alma de patética y dolorosa compunción. Al despertar vió á su tía encendiendo algunas velas delante de la efigie del Salvador, hermosa figura de marfil que le representaba en el momento de expirar, cuando, alzados los moribundos ojos al cielo, decía: «Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen.»
Serafinita había dispuesto la mesa como altar, poniéndole preciosas velas de esas que tan bien labran y adornan las monjas. No puso flores en los floreros, por temor de que el olor de ellas molestase á Gloria; pero los llenó de ramas de pino y otras matas verdes y sin aroma.
—¡Qué bien está, qué bien está eso!—dijo Gloria contemplando con gozo el altar.
—Hija mía, ¿qué tal te encuentras?
—No muy bien, pero podré levantarme.
—Más vale que te quedes en la cama. Yo no pienso salir hoy ni ir á la Iglesia, á pesar del gran día en que estamos. Debo acompañarte, querida mía, y juntas rezaremos el oficio del día, que es hermoso sobre toda ponderación.
—Muy bien pensado. Lo leeremos.
—Y nos deleitaremos en su sublimidad, contemplando el amor de aquél que con ser Dios, quiso derramar su sangre por nosotros.
Después que Gloria hizo sus oraciones de la mañana, se levantó y se volvió á acostar vestida sobre el lecho. Francisca arreglaba su cuarto, mientras doña Serafina bajó á preparar algo substancioso para que la enferma se desayunase. Nada más admirable que el celo que ponía aquella noble dama en todas las cosas, lo mismo en las grandes que en las pequeñas. Todo lo hacía conforme á su conciencia, y no se perdonaba cosa alguna, ni jamás dejó de hacer nada que le pareciese justo y conveniente. Era el alma de más rectitud que podía existir, y si hubiera destruído al género humano, Dios se lo perdonaría, porque sin duda habríalo aniquilado por convicción y creyendo que realizaba un bien. En ella no se conoció jamás ni sombra de hipocresía. Todo su espíritu y sus creencias y su voluntad retratábanse claramente en sus acciones; ni existió conciencia más pura, porque en ella eran imposibles las reservas y distingos insidiosos. Y sin embargo, alma tan limpia de perversidad podía ser dañosa... Mas para juzgar á Serafinita y condenarla por esto, sería preciso que Dios recogiese su Decálogo y lo volviese á promulgar con un artículo undécimo que dijese: «No entenderás torcidamente el amor de Mí.»
Y para juzgarla los hombres y condenarla debían á su vez arrojar de los altares á muchos varones y hembras que subieron á ellos por ser como Serafinita.
Estaba preparando el almuerzo de su sobrina y se caía de debilidad á causa de los repetidos ayunos; pero el piadoso esfuerzo de su voluntad vencía al cuerpo, infundiéndole una resistencia poderosa, y gracias al absoluto desprecio de la carne, aparecía triunfante siempre el espíritu y dispuesto á todas las empresas cristianas que exigieran abnegación. ¡Lástima grande que aquella santidad no fuese más humana!
Cuando Gloria almorzó, vino el médico y le ordenó el mayor reposo y que huyera de toda emoción viva. Serafinita rogó á la joven que diese un paseo por la habitación, lo que ella hizo de muy buen grado, admirando desde el balcón la hermosura de la mañana.
—¡Qué bello día!—exclamó.—Parece que en días así no puede menos de pasar algo grande.
—El día, querida sobrina—dijo la señora,—está lleno de la sagrada memoria que hoy celebra la Iglesia. ¿No ves en la Naturaleza una especie de atención solemne, un recogimiento grave y placentero? Hoy celebramos la muerte y la vida, la muerte corporal del que expiró por darnos la vida... Yo leeré.
Serafinita se colocó junto al altar, y poniéndose las antiparras que su fatigada vista exigía, empezó la hermosa lectura, mientras Gloria tomaba asiento en un sofá junto al balcón. Empezando por los Maitines y Nocturnos, que son los oficios llamados Lamentaciones, y que la Iglesia canta en la tarde del día anterior, leyó el Salmo: «Sálvame ¡oh Dios! porque las aguas han entrado hasta el alma. Estoy hundido en cieno profundo y la corriente me ha anegado. Cansado estoy de llamar, mi garganta ha enronquecido. Han desfallecido mis ojos esperando á mi Dios... Dios, tú sabes mi locura y mis delitos no te son ocultos.»
Ambas mujeres tenían su alma absorta en tan sublimes conceptos. Doña Serafina recitó con entera voz la Lamentación: «¿Cómo está sentada sola la ciudad antes populosa? La grande entre las naciones se ha vuelto como viuda... Amargamente llora en la noche. No tiene quien la consuele de todos sus amadores...»
Y así siguió la lectura con edificación de entrambas. Como Serafinita se fatigase, Gloria le rogó que le diese el libro, y con la emoción más viva leyó el Miserere: «Ten piedad de mí, oh Dios, conforme á tu misericordia grande, y conforme á la multitud de tus piedades, borra mis iniquidades... Porque conozco mi iniquidad y mi pecado está siempre delante de mí.»
La misa, la epístola de San Pablo á los Corintios, la Sequentia del Evangelio tocaron á Serafinita, que á su vez reclamó el libro. Después de leer todo lo concerniente á la cena, dijo á su sobrina:
—Hemos llegado al punto más interesante, más patético, más solemne de nuestra doctrina, la institución de la Eucaristía. Si tú, hija mía de mi alma, meditando mucho en esto, lograras penetrarte bien de la idea de sacrificio tan sublime, si consiguieras asimilártela y hacerla tuya, ¡cuán grande facilidad hallarías para dar al problema de tu vida la solución que te propongo! ¿Pero no te dice nada tu corazón, no se enternece contemplando el inmenso amor de la sacratísima víctima del Calvario? Lo que á gritos dicen tu situación social y los acontecimientos, ¿no lo ha de decir tu corazón? Yo veo tan claro esto, niña mía, que no comprendo cómo puedes dudar.
Gloria, los ojos bajos, inclinada la cabeza sobre el pecho, callaba, trenzando los hilos de lana del pañuelo que cubría sus hombros.
—Dada tu situación no veo otro camino—añadió Serafinita.—Mucho habían de cambiar los sucesos, para que la lógica de tu porvenir cambiase. Sería preciso que ese infiel empedernido abriese sus ojos á la luz cristiana, sería preciso que se verificase una de esas conversiones ruidosas que hacen época en el mundo... y esto es difícil, aunque no imposible. Díme, ¿lo crees tú posible? ¿Das crédito á los rumores que han corrido?
—No—repuso lacónicamente Gloria.
—¿Crees tú que abrace nuestra santa fe?... ¡Oh! si así sucediera, yo, viendo en esto los designios de Dios, sería la primera que te diría: «Cásate; tu deber es casarte. El Señor lo manda.» Tu amor quedaría legitimado por el glorioso hecho de traer al rebaño una oveja, que no por venir tan tarde sería mal recibida... En tal caso, no podrías aspirar á la perfección cristiana, que consiste en la negación de todos los afectos humanos, pero podrías acercarte mucho á ella por otros caminos... No hay que pensar en este medio, hija mía. Tú misma has dicho que no tienes esperanza.
—Es verdad—murmuró la joven.—Ninguna tengo.
—Pues debes tenerla.
Gloria alzó vivamente los ojos, fijándolos en su tía con gran curiosidad.
—Debes tenerla—repitió la señora con aplomo.
—¿De qué?
—No de casarte, no—dijo Serafinita sintiendo en su alma la inspiración apostólica más viva que nunca,—no de casarte, sino de traer á ese infiel á nuestra santa fe.
—¿Cómo?
—Por medio de la oración, unida al sacrificio.
—No entiendo bien, tía—repuso Gloria poniendo sumo interés en aquel asunto.
—Por medio de la oración—repitió la dama con entusiasmo,—y mejor aún por medio del sacrificio. ¿Acaso esto necesita explicarse?
—Me parece que lo voy entendiendo.
—Si haces á Dios el inmenso, el doloroso sacrificio que te he propuesto como el mejor camino para salvar tu alma; si haces el sacrificio de consagrarle por entero toda, absolutamente toda tu vida, arrancándote del mundo y de los mundanos afectos; si haces esto, amor mío, y pides á Dios que te conceda la redención de un alma, ciega hasta ahora á la verdadera luz, ¿cómo es posible que Dios te lo niegue?
—¡Oh, Jesús mío!... ¡si eso fuera verdad...!—exclamó Gloria deshaciéndose en lágrimas.—Y parece que ha de ser verdad, que ha de poder suceder como usted lo dice...
En el semblante de Serafinita brillaba un destello de alegría infinita, el júbilo del triunfo evangélico.
—¡Ay—exclamó oprimiendo su pecho,—yo tengo una convicción profunda...! Mi corazón se abre como un abismo lleno de voces, y á gritos clama que ese hombre será salvo por tu mediación.
—¡Señora—dijo Gloria exaltándose como su tía,—yo he orado tanto, tanto, que tal vez...!
—No, desgraciada, no basta la oración. Es necesario el sacrificio, es necesario que llegues, y ante esos piés taladrados por el clavo pongas tu corazón dolorido, tu vida, tu voluntad, tus acciones, tu porvenir, tu universo mundo, tu carne y tu espíritu, diciendo: «Señor, tómalo todo, toma todo lo que recibí de tí. No quiero ya nada que no seas tú, tú solo, ni más amor que el tuyo por entero. Abrásame en tu fuego y hazme temblar noche y día con las dulces ansias de amarte incesantemente, contemplándote, oyéndote en mi interior, magnificándome con tu gloria, padeciendo con tu pasión. Este resto de existencia que conservo mientras no me lleves á tu lado, sólo será para tener voz con que nombrarte á todas horas, labios con que besar tu santa imagen, y si das á mi cuerpo el santo tormento de que me duelan tus heridas, mayor gozo tendrá mi alma. Perezcan los ojos de mi cuerpo, que de nada me sirven, y así te verán mejor los del alma. Perezca mi belleza, que no por ella te he de agradar, sino por la pureza y la violencia de mi amor. Soy toda tuya, Señor, y aun así no creo ofrecer bastante al que murió por redimirme del pecado.»
Doña Serafina se había levantado, y con su majestuoso ademán daba más energía y realce á su admirable elocuencia.
—Lo que usted dice—manifestó Gloria,—resuena en mi corazón como un eco del cielo.
—Dios aceptará tu sacrificio y lo premiará—añadió la mística.—La inagotable bondad del Amado se te revelará bien pronto. Oirás su voz en tu interior; le verás allá en lo profundo y en lo más negro de tu mirar, cuando cierres los ojos en la dulce oración. ¿Cómo no ha de concederte lo que le pides, si le pides un nuevo triunfo para su Iglesia? ¿Qué premio más digno puede ambicionar un alma consagrada á Dios? «Señor, le dirás, trae á tu seno á un sér que me fué querido y que tiene la desgracia de carecer de la verdadera luz.»
—El Señor me oirá—dijo Gloria cruzando las manos.—Tía, querida tía, mi alma se llena repentinamente de fe; en mí ha entrado una luz prodigiosa; siento como una gran lluvia... Soy otra... Suena dentro de mí una voz como el trueno... Me parece que Dios me dice: Sí, sí, sí.
—Sí, sí, sí—repitió la predicadora con exaltación que rayaba en delirio.—Y se salvará, abominará de su execrable secta, y entrará en el Paraíso.
La piadosa señora, que había estado tantos meses predicando á su sobrina las excelencias de la vida ascética, y había agotado todos los argumentos, todas las razones, todos los sofismas sin conseguir nada, lograba al fin su objeto: ¿cómo? tocando una fibra más sensible que todas las fibras del corazón de su sobrina, la fibra del amor humano. Al llegar allí, el espíritu rebelde gimió dolorosamente sucumbiendo; y lo que antes le pareció monstruoso é inútil, parecióle después bello, grande y sublimemente provechoso. Estremecida hasta lo más íntimo de su sér, sintió la bullidora expansión del amor, pidiendo su consecuencia natural, el sacrificio.
—Acepto, acepto...—declaró levantándose, ágil, inquieta, exaltada, cual si recibiera por milagro prodigiosas fuerzas.
Pero extendiendo después un brazo, llevándose la izquierda mano á los ojos, murmuró con súbito desaliento:
—¡Mi pobre hijo...!
—Dios, el Criador de todas las cosas—gritó Serafinita acudiendo velóz á agarrar á su víctima que se le escapaba,—miró á la tierra pervertida por el pecado, y enviando á ella á su Hijo en carne mortal, le vió padecer y morir como un hombre... ¡Y aquél era el Verbo, la razón universal, la justicia, la ley... el Hijo!... Lo que hizo Dios por redimir al género humano, que formó de barro, ¿no lo podrá hacer una miserable criatura por salvar á otra de las eternas llamas del infierno?... ¿y no sería capáz esta criatura de hacer un sacrificio tanto más aceptable cuanto más noble es el afecto sacrificado? ¡Dios infinito, inmenso, más grande que todo lo grandísimo, ve morir á su Hijo!... y tú... ¿Acaso le pierdes? ¿acaso le matan?
—Madre querida—dijo Gloria contestando á las caricias de su tía con otras no menos ardientes,—soy de usted: no vacilo más. Ya no tengo voluntad. Venga la cruz, pronto, pronto. Mi espíritu la acepta... ¡Oh, qué idea! ¡qué sublime idea!
Cayó sin aliento en la silla.
Serafinita permaneció en pié diciendo:
—Partamos esta misma tarde. No debe perderse tiempo.
Sin duda temía volubilidades y arrepentimientos.
—Esta misma tarde—repitió Gloria, pálida, sin aliento, transfigurada, como si tuviera ya marcada la hora para salir de este mundo.
—Nos prepararemos en un instante; arreglaremos todo para ir á tomar el tren en Villamojada.
—Saldremos sin que lo sepa mi tío.
—Eso no: se lo diremos. ¿A qué ese engaño indigno de nosotras?... Es preciso preparar todo—dijo la señora con febril impaciencia.—Es verdad que no necesitamos gran cosa.
—Es verdad... Yo...
Gloria no pudo seguir la frase, porque se sintieron pasos. Abrióse la puerta y apareció D. Buenaventura.
XXII Esperanza de salvación.
—Vengo—dijo el buen caballero algo turbado,—á anunciarte una visita, y no podrás ahora negarte á recibirla, porque se trata de una cosa muy importante, muy grave, muy lisonjera. En resumidas cuentas: ahí está y va á subir á verte, porque lo mando yo... Es cuestión de vida ó muerte.
Gloria no contestó una sola palabra; tan confundida y absorta estaba. Doña Serafina iba á decir algo, pero no pudo porque su hermano se retiró con presteza. No tuvieron tiempo de hacer comentarios sobre aquella visita y el misterioso anuncio, porque al poco rato regresó D. Buenaventura acompañado de Daniel Morton, vestido completamente de negro, la faz hermosa y tétrica. Parecía recién salido de una enfermedad grave, ó que en una noche había vivido diez años. Gloria, al verle, sintió profundo desconcierto en todo su sér y se quedó como muerta. Turbóse de tal modo su espíritu, que creía soñar ó ser presa de un delirio, cuando oyó á su tío pronunciar estas palabras:
—Querida Gloria, querida hermana, tengo el más vivo placer al anunciar á entrambas que nuestra santa religión ha hecho hoy una gran conquista. El Sr. Morton, que está presente, abraza el catolicismo.
El efecto de estas palabras fué tremendo, como la voz de Jehová en las alturas. Gloria y su tía eran dos estátuas.
—Lo que mi ilustre amigo dice—manifestó Daniel,—es verdad. Al tomar esta resolución he creído deber anunciarlo á quien puede vanagloriarse de ser el ángel de mi conversión.
Nada hay más glorioso ni más digno de regocijo para el cristiano que la entrada de un infiel en el reino de Cristo; y sin embargo de esto, Serafinita, que era, como hemos visto, una especie de candidato á la perfección cristiana, experimentó en el primer momento, después de oída la plausible nueva, una contrariedad vivísima. Esta contrariedad, justo es decirlo, pasó como un relámpago, porque la rectitud, que moraba en el espíritu de la buena señora ocupando todo el lugar que le permitía la exaltación mística, estableció el dominio del Verbo, de la razón universal, ó sea de la luz verdadera que alumbra á todo hombre que viene á este mundo, según el Evangelista. Pero aun rindiendo culto á la razón externa, siempre quedó en el espíritu de la señora algo que no era el júbilo de la Iglesia triunfante. Podremos expresar, aunque pálidamente, el estado de su alma, diciendo que se resignó á alegrarse por la salvación del judío. Este sentimiento extraño tomaba la forma de lástima de su sobrina, por la desviación que iba á sufrir una preciosa vida llamada ya á las deliciosas esferas de la perfección.
—Querida hija—dijo D. Buenaventura, acariciando á Gloria;—al fin Dios ha oído tus oraciones y vas á recobrar tu dicha, tu paz, tu dignidad, por el procedimiento más plausible que puede imaginarse. Estás de enhorabuena y tu familia también.
—No quiero—dijo Morton dirigiéndose á Gloria,—que nadie se envanezca de esta resolución mía, sino tú sola.
—Yo más querría—repuso ella animándose,—que tan hermosa acción se debiera antes á la santidad de la doctrina de Jesucristo que á mí.
Serafinita se apresuró á tomar la palabra, diciendo:
—Nosotros no dudamos que esa frase sublime Soy cristiano, haya sido dicha con lealtad; no creemos que puedan los labios pronunciar el dulce nombre de Cristo mientras lo niega el corazón; pero este caballero no extrañará que exijamos alguna garantía. Para entrar en nuestra Iglesia es preciso recibir la instrucción cristiana y el agua del bautismo.
—Sé lo que me corresponde hacer—dijo Morton gravemente,—y á todo estoy dispuesto.
—Tan grande, tan inesperado, tan sorprendente es este suceso—dijo Gloria con emoción,—que necesito esforzarme mucho para creerlo... ¡Tú adorar á Jesucristo!... Vuelve los ojos á esa cruz y júrame por la imagen crucificada que es verdad lo que me dices, que lo haces con el firme propósito de ser cristiano y no por móviles que no son religiosos, que persistirás en tu designio, y que crees firmemente que la doctrina de Nuestro Señor Jesucristo es no sólo la mejor sino la única verdadera.
Blanco como el marfil de aquella hermosa imagen que tanto en el rostro se le parecía, estaba Daniel, cuando extendió la mano hacia la cruz, y con los ojos bajos habló así:
—Lo que dije, dicho está. Por ese... te juro que es verdadero el propósito que he formado.
Más parecía reo convicto á quien el delito se le sale de la conciencia á los labios, que entusiasta neófito proclamando un Dios nuevo.
En el mismo instante de pronunciar su juramento, oyóse un sonido áspero, estridente, desagradable, que de los aires venía. No era tañido de campana, ni rumor de ruedas, ni rechinar de goznes, sino un horrible choque de tablas con piedras, retumbando en hueco. Parecía que andaba por el cielo una legión de séres extraños calzados de almadreñas y bailando sobre guijarros.
—Ya tocan la carraca—dijo D. Buenaventura.—Sale la procesión... En cuanto á los trámites que ha de seguir este acontecimiento, mi hermano Angel los decidirá. ¿No crees tú lo mismo, Serafina? Ayer recibí una carta de Angel en que me decía que si hubiera conversión, él arreglaría todo de modo que en tres días quedase el bautismo celebrado y mi sobrina casada en paz y gracia de Dios. La extrañeza del caso es motivo para abreviar ciertas prácticas, y cuando mi hermano lo cree así, es porque la Iglesia lo permite. Por ahora—añadió dirigiéndose á Gloria,—creo que debemos fiar en su palabra.
—Fiaremos, sí—repuso Gloria mirando al extranjero con amor;—pero es tanto lo que esta idea me cautiva, es tanto el júbilo que siento, no por mi reparación sino por tu conversión, que quiero oirte decir: «Creo en Dios uno y trino, creo en Jesucristo.» Es este un gozo que me hace llorar. Es la compensación de todo lo que he padecido, la prueba visible é innegable de que mi Dios no me ha abandonado, y la promesa del Paraíso... Adora esa cruz, besa esa imagen, representación del que tus ascendientes injuriaron, escupieron, abofetearon y crucificaron, y con una palabra, una voz sola, breve si quieres, pero salida del corazón, pruébame que en tu alma generosa, á la cual no faltaba más que la luz, ha entrado ya esa luz; pruébame, no que abrazas el cristianismo, sino que te sientes cristiano.
Brillaba en los hermosos ojos de Gloria la inspiración divina. Sus palabras, como salidas de un corazón lleno de verdad, no podían oirse sin entusiasmo y devoción. El que ya no debemos llamar hebreo se levantó de su asiento. Estaba su rostro cadavérico, y sus manos temblablan como las del enfermo calenturiento.
—Creo en tu Dios, en el único Dios—exclamó con voz de delincuente,—en...
No pudo decir más. Su brazo cayó como si perdiera la vida, é inclinando la cabeza exhaló un suspiro semejante á aquel inmortal suspiro del Cristo, tan bien expresado en el momento de la agonía por el artístico marfil que estaba sobre la mesa.
—Perdóname, amor y salvación mía—balbució Morton,—perdónenme todos; pero no estoy suficientemente instruído aún en los dogmas cristianos, y temo decir algo que sea resabio del culto que abandono.
Gloria rogó al catecúmeno que se sentase. Le causaba terror su palidéz, su consternación y sobresalto; pero esto tenía explicación satisfactoria por la singularidad de aquel acto, y el trastorno que la presencia de la mujer amada debía producir en el alma del extranjero.
Venía de la plaza de Lantigua un rumor de gente y de religiosos cánticos. Pasaba la procesión de Jueves Santo, y Serafinita corriendo al balcón se arrodilló. Todos la imitaron. Gloria y Daniel estaban juntos á la derecha de la señora, D. Buenaventura á la izquierda.
Tras cuatro guardias civiles que iban despejando, pasó el negro pendón enarbolado por un hombre, pasó la cruz negra, acompañada de los dos ciriales, siguió el primero de los pasos que era la Oración en el Huerto; y los que conducían cruz, pendón, cirios é imagen, se quedaron mirando al balcón de Lantigua, donde había una cosa extraordinaria, inaudita, el judío de rodillas, mirando la procesión.
A la derecha se veía el alambre telegráfico lleno de pájaros en fila, con tanto comedimiento y gravedad atentos á la comitiva, que parecían tocados de la más pura devoción.
Oíanse allá lejos los acordes de fúnebre marcha, tañida por los implacables trombones y cornetines de la banda del pueblo, y la larga masa de gente avanzaba despacio por la calle principal. De las descubiertas cabezas sobresalían los ramos de oliva del primer paso, el flotante vestido de terciopelo bordado de oro, los feroces judíos azotadores, y más atrás una señora vestida de negro, y un palio negro también.
Pasó la primera imagen, pasaron dos filas de individuos que componían la cofradía más numerosa de Ficóbriga, todos con vela en la mano, y ni uno solo dejó de apartar su vista y su mente de los lastimosos cuadros de la Pasión para fijarlas en la casa de Lantigua.
Antes de que acabase la larga fila de los cofrades, vino el grupo de los azotes, y hasta los feroces judíos de sañudo aspecto parecía que se quedaban mirando al balcón de Lantigua, suspendiendo sus impíos golpes. Gran número de mujeres rodeaban aquel grupo, encapotadas con negros mantos las unas, otras con humildes pañuelos, señoras y aldeanas, amas y criadas, niñas y viejas, todas con los ojos encendidos de llorar; pero al llegar á la plaza ni una sola dejó de encontrar más interesante que todos los pasos el balcón de Lantigua, y un rumor de comentarios y una oleada de cuchicheos corrió por la superficie de aquel mar de gente.
Tras el segundo paso iban los penitentes, hombres que habían venido de los pueblos inmediatos á visitar el monumento y á expiar sus culpas mediante el transporte de una grande y pesada cruz. Iban con el santo leño á cuestas, y vestían la tradicional hopa negra con capuchón calado, sin ningún resquicio por donde se violase el incógnito, ni más ventilación que los dos agujeros por donde daban luz á sus ojos. También ellos, á pesar de hallarse acongojados por la memoria de las faltas que expiaban á costa de sus fuerzas físicas, miraron por sus espantables claraboyas al balcón de Lantigua.
Venía después el Crucificado y por fin la Dolorosa, y alrededor de ella estaba lo más notable del pueblo. Los señores alcurniados llevaban las varas del palio, que iba detrás, como de respeto; seguía el clero, y por último el Ayuntamiento con la banda de música y la media compañía de carabineros. Marineros y señores, los del palio y los que cargaban la imagen, clérigos y monaguillos, Sildo con el incensario y Caifás con el piporro, cantores y alguaciles, el soplado alcalde D. Juan y el jefe de los carabineros, los chicos que agitaban en la inquieta mano las carracas, todo lo viviente en fin miraba al balcón de Lantigua. El cura dijo algunas palabras por lo bajo al padre Poquito, y Amarillo frunció el ceño, como enojado de que un gran suceso excitara la curiosidad sin su permiso.
XXIII Los viajeros.
Y como aquel día debía ser notable en la villa de Ficóbriga por la acumulación de acontecimientos imprevistos y sorprendentes, bien pronto la atención del pueblo se fijó en otra novedad.
Y hé aquí que al salir de la plaza de Lantigua al camino real, la Guardia civil divisó un coche, al cual mandó que se detuviera. El del pendón y los conductores del primer paso miraron airados al importuno vehículo, que avanzaba entorpeciendo la vía, cuando por la portezuela izquierda de él apareció el semblante de una hermosa dama desconocida. Comenzaban los murmullos, cuando por la portezuela derecha vióse un sombrero de colores y bajo él la risueña, la seráfica, la angelical cara de D. Angel de Lantigua. El señor arzobispo de X*** gritó al cochero:
—Pare usted, pare usted... no entorpezcamos la procesión.
E incontinenti bajó Su Eminencia, acompañado del doctor Sedeño, y quitándose el sombrero saludó á las santas imágenes. Un clamor inmenso resonó en la cabeza de la procesión, clamor que fué propagándose y retumbando como los ecos del trueno hasta llegar á la cola. El clamor decía:
—¡Viva el cardenal de Lantigua! ¡Viva!
Poco faltó para que los pasos fueran abandonados en medio de la vía, y cogido en brazos y llevado en procesión el glorioso hijo de Ficóbriga, á quien sus paisanos no habían visto desde que fuera elevado al cardenalazgo. D. Angel lloraba de agradecimiento.
Pero el entusiasmo ficobrigense no impidió que todos y cada uno de los acompañantes de la procesión se fijasen en un hecho singularísimo. En el coche de Su Eminencia venían dos señoras, una de ellas muy principal y soberanamente hermosa, la otra con aspecto de subordinación, mas no tan humilde que pareciese criada. Ambas bajaron del carruaje cuando el señor cardenal lo abandonó, y contemplaban la procesión con más curiosidad que recogimiento.
¿Quiénes eran? Esto preguntaban todos los que al pasar las vieron, y en largo trecho no se habló de otra cosa que de las dos damas que exornaban con su belleza el carruaje cardenalicio. D. Juan Amarillo lanzó sobre ellas un rayo de autoridad en forma de mirada altanera, indagadora, terrible; pero las dos señoras, que sin duda no estaban hechas á miradas de alcalde, soltaron la risa. D. Juan, llamando al alguacil, fulminó al punto una orden, diciéndole corriese á ver qué casta de pájaros eran aquellos y por qué estaban allí, y por qué miraban la procesión, y por qué llevaban sombrero, y por qué reían, y en fin, por qué respiraban sin permiso del Ayuntamiento.
A la casa de Lantigua llegó el rumor de los vivas y aclamaciones con que era recibido el cardenal; y pasado el bullicio procesionil y despejada la plazuela, D. Buenaventura salió al encuentro de su hermano, á quien dió estrechísimos abrazos.
—Por un milagro de Dios me tienes vivo—dijo D. Angel sonriendo.—Si aún me asombro de tener brazos y piernas... ¡Ay! hijo, creí que no me había quedado hueso sano.
—¿Ha volcado tu coche?
—En la peligrosísima cuesta de San Lucas. Figúrate qué paso tan malo. No fuímos al río porque Dios nos reserva para dar que hacer un poco todavía. El coche quedó inútil... dos ruedas menos, una ballesta rota. Por fortuna nuestra, esta señora...
El arzobispo señaló á las dos señoras que no lejos de él estaban, mientras D. Buenaventura se apresuraba á saludarlas con hidalga cortesanía.
—Esta buena señora—continuó Su Eminencia,—esta buena alma que á la sazón pasaba, tuvo la bondad de ofrecerme su coche, y yo abusé de su finura aceptándolo. Dios se lo pague... ¿Y qué novedad hay por casa, querido hermano?
El alguacil, no atreviéndose á meterse con las señoras desde que las vió tan mano á mano con los Lantiguas, se ocupó en apartar á los chicos que rodeaban al cardenal besuqueándole la mano y estorbándole el paso.
—Gran novedad en casa—dijo D. Buenaventura.
—¿Hay algún enfermo?
—No: todos buenos. Gloria un poco delicada, bastante delicada; pero es seguro que ahora se repondrá en breve tiempo. Así lo ha dicho el médico.
—Señora—dijo Su Eminencia á la viajera,—ruego á usted que si se detiene en Ficóbriga, acepte un humilde hospedaje en mi casa.
—Gracias—repuso con afabilidad graciosa la dama,—muchas gracias, señor cardenal.
—Pues no quiero que ignores más tiempo este fausto suceso—dijo D. Buenaventura.—Sabrás que Daniel Morton se nos convierte al catolicismo.
Don Angel abría su venerable boca para lanzar exclamaciones de sorpresa ó de júbilo, cuando la señora desconocida dió un paso hacia ellos diciendo:
—Caballeros, si no temiera molestar...
—Señora...
Ambos hermanos sonreían con afabilidad.
—Caballero—dijo después de una pausa la desconocida dama,—ruego á usted que se digne indicarme el alojamiento de mi hijo.
—¿Y quién es su hijo de usted, señora?
—Ese que usted acaba de nombrar.
—Daniel... Precisamente le dejé en nuestra casa. Si usted gusta...
—Gracias—repuso la dama secamente.—Dígnese usted señalarme la casa donde habita mi hijo.
El señor arzobispo, poniendo el semblante más serio del mundo, hizo á la extranjera una cortés reverencia, y acompañado de Sedeño y seguido del inocente enjambre de chiquillos, marchó cojeando hacia la casa de Lantigua, mientras D. Buenaventura, brindándose á acompañar á las señoras, las guiaba por las calles de Ficóbriga.
XXIV Las leñadoras de Ficóbriga.
Cuando Isidorita la del Rebenque vió entrar á aquella señora tan apersonada, tan guapa, tan seria, con tan peregrina elegancia vestida; cuando vió que era seguida de otra mujer menos hermosa, que no parecía ama, pero tampoco criada; cuando vió que tras el coche ocupado por ellas vino un segundo vehículo con equipajes, y que todo esto, mujeres y baules, se aposentaba en su casa, divisó un dorado horizonte de libras esterlinas; y no pudiendo resistir el gozo que de su espíritu se amparaba por aquella razón, mandó llamar á sus amigas para contarles lo que ocurría, y rogarles le prestasen alguna loza y ajuar de camas.
El resto de la tarde del jueves lo pasó disponiendo el alojamiento de las dos señoras, á quienes trató con la más delicada complacencia, multiplicándose para servirlas, ponderándoles las excelentes vistas de la casa (de cuyos balcones se dominaba media Abadía, parte del cementerio y el palo de la bandera del Consistorio), preguntándoles lo que deseaban; confinando á sus chicos á lo más remoto de la casa para que no hiciesen ruído; amenazando con un palo á su esposo para que no osase importunar á las forasteras con sus sandeces; disponiendo comida, transportando muebles...
Al anochecer entró Teresita la Monja, apresurada, jadeante, sin perder por esto el brillo metálico de su faz, y al poco rato vióse llegar el abultado pecho, viéronse las morenas facciones de la Gobernadora de las armas, sudorosa y fatigada por haber seguido á la procesión en todo su trayecto.
—Esta noche no voy á las Lamentaciones—dijo Teresita quitándose el manto.—No me muevo de aquí hasta ver en qué pára esto.
—Es la madre del judío—dijo la Gobernadora.—Esa voz se ha corrido por el pueblo. No se habla de otra cosa. Dicen que viene también á convertirse.
Estaban en el comedor de la casa, y habían mandado á los chicos y al padre á las Lamentaciones para que no alborotasen.
—¿Pero esos Lantiguas, esos Lantiguas en qué están pensando?—dijo Teresita.—No quiero acordarme del escándalo de esta tarde.
—Yo me quedé muerta al verles juntos en el balcón—manifestó la Gobernadora.—Aunque una ha oído decir que se convierte...
—¡Convertirse!—exclamó Teresita en tono de rencor.—¡Qué tontas sois! ¿Creéis tal cosa? Yo no. Por Juan sé que eso de la conversión es una farsa de Venturita. Pues no faltaba más... Eso querría la mimosa, la tonta de encargo, para casarse y recobrar su honor... ¡Oh! no; cuando se han cometido ciertas faltas, es fuerza pagarlas. Si los malos fueran recompensados, ¡qué detestable ejemplo para los buenos! Nadie querría ser bueno, ¿verdad?
—¿Y ha llegado el cardenal?
—Ha llegado junto con la judía... ¡qué cosas se ven! Estos Lantiguas... Parece que se rompió por la mitad el coche de Su Eminencia... Yo digo que aquí va á pasar algo tremendo. Tú, Isidorilla, es la que vas ganando, porque entran libras esterlinas que es una bendición de Dios. ¡Ay, Jesús, que blasfemia he dicho!... El dinero de esa gente...
—Es como el de todo el mundo—dijo Isidorita en defensa de su amor propio.—No hables mal de la judía, porque es una señora muy fina, muy guapa, muy decente. ¡Si vieras qué equipajes!...
—¡Cuántos baules!
—¿Grandes?
—Como hoy y mañana. Imagínate lo más rico, lo más variado en trajes, sombreros, adornos... ¡Jesús, y qué bendición de Dios!
—¿Los has visto tú?
—No, porque no los han abierto... es decir, han abierto un poquito; pero allí deben de venir maravillas. Y la señorita que la acompaña es también muy guapetona.
—Si pudiéramos verlas...—dijo Teresita levantándose con afanosa curiosidad.
—No me comprometas, Teresa. Ahora están encerrados la madre y el hijo en el cuarto de éste. Yo me acerqué y les oí.
—¿Qué decían, qué decían?
—Cosas... así... no sé cómo expresártelo, porque hablaban en alemán ó inglés... no sé. Bartolo dijo que le parecía inglés... Yo no entendía una palabra.
—¿Pero reñían?
—Nada de eso. Hablaban al parecer cariñosamente.
—¿Y el hijo entró...?
—A poco de llegar la madre. ¡Venía el pobre con una cara!... Pasó toda la noche fuera de casa.
—Cuéntamelo á mí que le sentí entrar de madrugada en casa de Lantigua...—dijo Teresita con animación.—Y llevaba en brazos á la joya de los Lantiguas... ¡á las dos de la mañana, señoras!... Vamos, digo que esa familia... ¡pero qué familia! Y óigales usted... ¡Oh! ¡Ah!... La nobilísima, la inmaculada, la celestial familia de Lantigua, la gloria de Ficóbriga... ¡En qué mundo vivimos!
—Pues de la conversión me río yo—dijo la Gobernadora.—Esta mañana volvió él á casa de Lantigua con D. Buenaventura.
—Como que al venir aquí—dijo Isidorita,—después de pasar la noche fuera, escribió una larga carta, fué á echarla al correo, volvió, mandó un recado á D. Buenaventura, vino éste, hablaron los dos un gran rato y después se marcharon juntos á la casa.
—Yo lo que sé es que Gloria estaba mala esta mañana. Me lo dijo la Francisca... La joya de Ficóbriga estaba muy encarnada cuando salió al balcón... Ya se ve... Como anoche se descubrió la tramoya indigna de las salidas nocturnas de la niña con el hebreo... Y vaya usted á decir á estos burros de Ficóbriga que los Lantiguas no son ángeles del cielo... ¡Ah! ¡Oh! Los señores... parece que no hay en el mundo más gente formal que ellos, ni más gente rica que ellos, ni ningún santo de los altares se iguala á D. Angel, ni hay hombre más sabio que el difunto D. Juan.
—Lo mejor que puede hacer la niña es meterse en un convento—dijo la Gobernadora con enérgica convicción.
—Es claro... meterse en un convento, salir de aquí y que no volvamos á oir hablar de ella en lo que nos queda de vida... Es preciso que esa mujer que es el escándalo de Ficóbriga se marche de aquí... ¡Qué ejemplo para la juventud, para las muchachas tiernas y honestas de este honrado pueblo! Yo me horripilo cuando oigo á mis sobrinas hablar de la desgracia de la señorita Gloria, y que es una lástima que la señorita Gloria se haya perdido, de lo guapa que es la señorita Gloria, de las modas que usaba la señorita Gloria, y de las limosnas que hacía la señorita Gloria.
—No hay duda de que es un escándalo.
—Si se casa con el convertido, ¿apostamos á que sigue viviendo en Ficóbriga?
—No lo quiero pensar... Pues qué, ¿no hay más que rehabilitarse?... Esta villa se escandalizará y con razón. Pues no faltaba más. La joya ha tenido un niño. Eso bien lo sabemos todas...
—¿Y dónde está?
—En una aldea. Yo lo he de averiguar. Ya lo tengo medio averiguado. Vaya, que los Lantiguas saben ocultar muy bien sus secretos, es decir, cuando son vergonzosos, porque si se trata de alguna limosna, ya la cacarean bien. Hasta los periódicos de Madrid han de traer un parrafito. Ya sabemos que D. Silvestre es el que manda á los papeles de la Corte esas recetas. No sé por qué no puso: «En la noche del tantos de tal mes la señorita doña Gloria de Lantigua, alias la perla de Ficóbriga, sobrina del Eminentísimo señor Cardenal, dió á luz un niño robusto, aunque sietemesino, hijo de padre desconocido, aunque se supone que será de un judío á quien escupió el mar en Ficóbriga, y fué aposentado en casa de Lantigua para edificación de los cristianos.»
Las dos amigas soltaron la risa.
Siguieron hablando. Sus lenguas eran tres hachas y ellas tres implacables leñadoras. Hallábanse en lo más sabroso de su sabrosísimo chismear, cuando entró Sansón á decir al ama de la casa que la señora de Morton quería hablarle. Partió con oficiosa diligencia Isidorita después de quitarse el delantal de cocina para presentarse decentemente, y halló á la madre, al hijo y á la señorita de compañía sentados alrededor de una mesa en que había periódicos ingleses. La actitud de Daniel era tranquila, si bien conservaba en su fisonomía huellas de profundísimo dolor y tristeza. En cambio, la madre parecía completamente felíz por la presencia de su hijo, y le observaba con interés y amor. La señorita de compañía no decía nada, ni en la casa de la del Rebenque quedó memoria de su metal de voz. Era una figura decorativa que, por lo delicada y vaporosa, hacía contraste con la ruda corpulencia de Sansón.
Isidorita llegó sonriente y deshaciéndose en cumplidos ante la persona majestuosa de Esther, que así se llamaba la madre de nuestro héroe. Esta le rogó amablemente que se sentase (á lo cual no quiso acceder la patrona) y después le dió algunas órdenes relativas á lo que deseaban tomar aquella noche.
—Otro favor espero de usted—añadió con bondad.—Mi hijo está malo. No quiero dejarle solo esta noche. Si usted dispone que me pongan mi cama en este cuarto, se lo agradeceré.
—Con mil amores, señora. Pues no faltaba más. En cuanto venga Bartolomé traeremos la cama... porque es algo pesada. Como que es toda de hierro, inglesa, sí señora, inglesa. ¿Qué más?
—Nada más por ahora. No quiero entretener á usted, que tendrá quehaceres.
—¡Oh! no señora. No hacía nada. Estaba hablando con mis amigas.
Esther sintió gran curiosidad, y de buena gana habría preguntado: «¿Qué amigas son esas?» Felizmente, Isidorita, que entonces como siempre tenía ganas de hablar más de la cuenta, haciendo alarde de sus buenas relaciones, dijo:
—Mis amigas... mi cuñada Teresa, esposa del alcalde de Ficóbriga y persona de elevadísima posición, y la señora del Gobernador de las armas.
—¡Ah—dijo Esther con viveza,—la señora del alcalde!... Mi hijo me ha dicho que al señor alcalde de Ficóbriga debe este alojamiento donde se halla tan bien tratado.
—Gracias, señora...
—Deseo conocer al señor alcalde y á su esposa—añadió Esther.
—Teresa tendrá mucho gusto en ello, señora. Voy á avisarle.
Esther pasó á la sala que cerca estaba, mientras Isidorita corría desalada á avisar á sus amigas y especialmente á Teresita.
—No te importe que no sea cristiana—le dijo hablando con celeridad suma.—Es una señora muy simpática y muy afable... ¡Ya se ve! Llega á esta población, y le gusta tratar con lo mejor. Desde que supo que eras alcaldesa, deseó conocerte... ¡Es natural!... Los extranjeros son muy respetuosos con la autoridad... Puede que haya oído hablar de tí, mujer...
—La veremos—dijo Teresita arreglándose el manto, pasándose la mano por la cara, poniendo orden en sus cabellos con febril presteza.—La religión no nos manda que seamos groseros... Vamos corriendito... Vamos... ¡Ya se ve! Es una señora principal, que gusta de hacerse buenas relaciones en todas partes.
La cara de Teresita brillaba más entonces. Aquel lustre metálico era el síntoma de las agitaciones de su alma, lo mismo que el aumento de palidéz, y un cierto temblor en sus párpados, que se abrían y cerraban semejando las llaves de un figle.
Corrieron á la sala. La Gobernadora y la Monja hicieron á madama Esther (así se la llamó en Ficóbriga desde aquel día) saludos muy reverenciosos. Hallábanse ambas bastante cohibidas y no podían expresarse con desembarazo. La madre de Daniel les dió la mano, sonriendo con exquisita afabilidad, y las tres se sentaron.
—Pido á ustedes mil perdones por esta molestia—dijo Esther.—Soy forastera y siempre que visito una población, procuro relacionarme con las personas más principales de ella, para ofrecerles mis respetos. En ninguna parte ha sido estorbo para esto la diferencia de religión, y espero que aquí no lo será tampoco.
—¡Oh! no señora, de ningún modo. Las creencias son una cosa y la cortesía otra—repuso Teresita recobrando su serenidad y su labia.
La Gobernadora movió la cabeza en señal de asentimiento.
—Al oir á nuestra amiga, la buena Isidorita, que usted era la señora del alcalde, recordé lo que me había dicho poco antes mi hijo... Está muy agradecido á su esposo de usted...
—¡Ah! señora. Mi Juan, al proporcionarle alojamiento—repuso Teresita, haciendo los mayores esfuerzos para aparecer muy fina y dulcificar mucho sus palabras,—no hizo más que cumplir con los deberes de su elevado cargo.
—Yo le agradezco mucho su solicitud—añadió Esther,—y quiero darle las gracias personalmente.
—El vendrá...
—No, espero de usted que me hará el favor de recibirme en su casa, á donde iré mañana mismo.
—Tanto honor...
—El honor será mío al visitarla á usted y á su señor esposo en su propio domicilio. Además, ya he dicho á usted que me gusta relacionarme con las personas principales de una población. Lo mismo he hecho en Roma, Colonia, Munich, San Petersburgo... Esto me ha proporcionado preciosas amistades en todos los países.
—En Ficóbriga, señora mía—afirmó Teresita,—hallará usted una sociedad escogida, aunque modesta.
La Gobernadora demostró con sus movimientos de cabeza que estaba penetrada de aquella verdad; pero no dijo nada. Hablóse luégo de cosas indiferentes, del tiempo, de la primavera; de las cosechas y frutos del país. A los veinte minutos de visita, Teresita y su amiga se levantaron para retirarse, diciendo que no querían molestar, porque madama Esther necesitaría descanso. Esta las convidó á tomar té; pero ellas amablemente se excusaron, y despidiéndose, internáronse en la casa.
La algazara de las tres mujeres cuando se hallaron solas á puerta cerrada en el comedor no puede describirse. Teresita echó atrás su manto, porque la vanidad, tomando forma de incendio en su interior, la sofocaba.
—¡Qué afable y discreta señora!
—¿Quién diría que no es cristiana?
—Mañana irá á mi casa. Necesito preparar á Juan, no sea que cometa una gansada... No se debe llevar el puntillo de religión á tales extremos. ¡Qué tontería! Una persona puede tener sus creencias allá como Dios le da á entender, y ser buena y amable... No vamos á tirar piedras por la fe... Sería una falta de civilización... Bien dicen que este país está muy atrasado.
—Teresa—dijo la Gobernadora.—¿Viste el brillante que lleva en el dedo de la mano derecha?
—Sí, hija, es como una castaña. ¡Y qué luces! Si parece un faro. Así los tendrá ella por docenas y las perlas por almudes.
—Como que dicen que posee esta gente tantos duros como horas han pasado desde que Dios hizo el mundo... De veras te digo que me ha gustado esta señora. Bien dice Bartolomé que en todas las religiones se sirve al Señor... Sabe Dios lo que tendrán ellos en su conciencia... Puede que sean cristianos y no lo quieran decir por no dar su brazo á torcer.
—Yo me lo figuro así.
—También yo.
—Es natural que quiera conocer á las personas principales de todo pueblo que visita—dijo Teresita, cuya cara brillaba ya como un botón de guardia civil en día de gala.—En seguida que oyó hablar de la señora del alcalde... Era natural... Hé aquí una señora inteligente que en cuanto llega á un pueblo, atisba á las personas formales... Vamos, gracias á Dios que llega á Ficóbriga un forastero y no pregunta por la casa de Lantigua, exclamando: «¡Oh! ¡los Lantiguas!...» ¡Gracias á Dios que no se nombra para nada á los virtuosos, á los sabios, á los ilustres Lantiguas!... Voy corriendo á casa... Pensaba alcanzar un pedacito de Lamentaciones; pero ¿quién piensa en eso esta noche? Es preciso preparar todo... Mi casa no es una choza, y esperando yo una visita de importancia... Ya no te puedo prestar la vajilla, Isidora.
—Pues qué ¿vas á darle un convite?
—No; pero bueno es que la loza esté allí, en alguna parte donde se vea... Juan mandará que los dos alguaciles se pongan en la puerta... y la pareja de guardia civil... Adiós, adiós.
—Yo me estaré en tu casa todo el día—dijo la Gobernadora.
—Mandaré á buscar á mis sobrinas... En fin, adiós... Me desespera tener una casa tan vieja. Compre usted buenos muebles... Todo se desluce en aquel caserón. Si yo tuviera el palacio de Lantigua, como es justo y razonable... En fin, adiós, adiós.
XXV Todo marcha á pedir de boca.
No las tenía todas consigo el prudente don Buenaventura con la llegada importunísima de la madre de Daniel.
En cuanto á la aparición del purpurado, si al principio creyó ver en ella un motivo de entorpecimiento, pronto cambió de parecer. Su Eminencia, variando de ideas y propósitos con la estupenda nueva de la conversión, mostrábase en extremo tolerante, contento de aquel desenlace felicísimo, dos veces lisonjero por el triunfo de la Iglesia, y por la regeneración social de su adorada sobrinita. El viernes al medio día, después de la ceremonia de la adoración de la Cruz, á que asistieron el prelado y el pueblo entero con grandísimo recogimiento, D. Angel habló á su hermano de una manera categórica, diciéndole:
—Siendo sincero su propósito de abrazar nuestra religión, como tú aseguras, todo cambia, hermano, todo es ya fácil y llano. El Señor se apiada de nosotros y nos saca súbitamente de nuestras confusiones y zozobras por uno de esos admirables caminos que El solo sabe abrir. Vine con el ánimo preocupado y tenebroso, presagiando nuevas desdichas; pero hé aquí que en vez de obscuridad encuentro luz, en vez de torbellino de dudas, una solución clara y natural... Ahora te diré cuál es el plan que me propongo seguir para que todo quede arreglado en un par de días. Roma, siempre previsora y generosa, ha dispuesto que en casos de conciencia se aceleren las formalidades y prácticas establecidas para dar entrada en la Iglesia á un catecúmeno. Aquí tenemos bien claro el caso de conciencia. Si no hubiera existido la prevaricación, procederíamos con más solemnidad y pausa; pero la conciencia inquieta exige que no se dilate la bendición purificadora. La reparación social y religiosa es urgente, hermano mío, y la Iglesia da una prueba de benignidad apresurándola.
De buena gana habría manifestado don Buenaventura que le parecía inconsecuente, injusto y hasta inmoral este criterio romano que abrevia y dispensa en casos de prevaricación, mientras mortifica con dilaciones y obstáculos de todas clases á los individuos que sin rubor en la cara, piden juntamente bautismo y matrimonio; pero creyendo más prudente no hacer observaciones, calló.
—Yo había previsto este caso—añadió Su Eminencia,—como los había previsto todos, y no me coge desapercibido. Traigo de Roma instrucciones precisas, y sé lo que debo hacer. El primer acto para llegar al fin es que Daniel Morton se presente ante toda la familia reunida, y declare solemnemente su firme propósito de abrazar nuestra santa religión y de dar su mano de esposa á esa pobre joven, víctima de un arrebato de la fantasía. Declarado esto, el catecúmeno se someterá absolutamente á mí, prometiéndome obediencia ciega y poniéndose á mi disposición para recibir la enseñanza cristiana. Renunciando á toda influencia extraña y de familia, no reconocerá más autoridad que la mía, y vivirá por espacio de dos ó tres días en reclusión estrecha y en sitio que yo le designe. Exigiré de él una abdicación absoluta de su voluntad durante este plazo, un propósito firme y claro de recibir la instrucción cristiana, y le pediré pruebas de devoción. Sin esto no adelantaremos nada.
Don Buenaventura frunció ligeramente el ceño; mas su seráfico hermano, sin advertirlo, continuó así:
—Cuando se halle en disposición de recibir el bautismo, á juicio mío, yo se lo administraré; y á continuación, sin aparato ni ceremonias pomposas ni asistencia del público, les daré la bendición matrimonial. Todo podrá quedar terminado el segundo ó tercer día de Pascua... ¡Oh! qué grandísimo favor me hará Dios si permite que sea yo quien diga á ese infelíz réprobo de raza deicida y que tantos trastornos y desgracias ha traído á nuestra familia: «Ven: todas tus faltas te son perdonadas. Si bebes del agua que yo te daré, para siempre no tendrás sed, porque será en tí una fuente de agua que salte para vida eterna...» Admiremos los designios de Dios que nos trajo con ese hombre tantas desgracias, y limpiemos el corazón de todo recelo ó encono. Tengo la íntima seguridad de que nuestro difunto hermano Juan haría en el caso presente lo mismo que hacemos nosotros.