PRIMERA PARTE (continued 3)
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XXIV Una obra de caridad.
Ambos bajaron. En el jardín estaba don Angel, y frente á él un lastimoso terceto de muchachos llorones, los puños en los ojos, los sucios rostros llenos de babas y de tierra, que con las lágrimas se amasaba.
—Vamos á ver, ¿qué es eso?—preguntó don Juan, tirando suavemente de la oreja á la pequeñuela.
La aflicción no les dejaba contestar.
—Que el teniente cura ha despedido á Caifás por orden de D. Silvestre—dijo Su Ilustrísima.—Pero, hijos míos, si vuestro padre es malo, ¿cómo queréis que esté en la Iglesia?
—¡Buena pieza es el tal Mundideo!—exclamó Lantigua.—¿Y qué más le pasa? ¿Que ha perdido toda la ropa por no haber podido pagar á la Cárcaba?
—Sí, se... se... se... ñor—gimió Sildo.
—¿Y que D. Juan Amarillo le ha echado de la casa de Arriba, y le va á llevar á la justicia?
—Sí, se... se... ñor.
—¿Y que os habéis quedado sin casa?
—Sí, se... se... ñor.
—Estos pobres niños están desnudos—dijo D. Angel.—Es preciso darles algo de ropa.
—De eso se encargará mi hija. ¿En dónde está Gloria?
—Ha salido al camino á hablar con Caifás, que no ha querido entrar porque le da vergüenza.
—Y con razón. No pienso hacer nada por él. Estoy cansado de favorecerle. Le daré para comer y ropa para estos niños; pero nada más.
Gloria apareció entonces por la puerta del jardín. Sus ojos encendidos anunciaban la aflicción de su alma.
—Papá—dijo, secando sus lágrimas,—ahí está Caifás. Dice que quiere hablarte, y que te contará lo que le pasa si no te enfadas.
—¡Pobre hombre!—dijo Lantigua mirando á Morton.—Mira, Gloria, prefiero que tú me cuentes lo que le pasa á ese tunante.
—Pues le han echado de la sacristía.
—Bien merecido.
—Y D. Juan Amarillo le ha embargado lo único que le quedaba ya, las herramientas de carpintero.
—Ya se ve. No parece sino que D. Juan Amarillo tiene el dinero para que Caifás lo gaste en beber.
—Y él y sus hijos han andado desde ayer pidiendo limosna por los caminos.
—Basta—dijo D. Juan gravemente.—Aquí entra la caridad. Dales hoy de comer. Puedes decirle que mande á los chicos todos los días.
—Vendrán—dijo Gloria con alegría.
—No, lo que es él no tiene que poner los piés en casa.
—Pero, papá...
—Es un vicioso. Que vengan los chicos.
—Y los vestirás por mi cuenta, Gloria—dijo Su Ilustrísima.—Algo podré darle también á Caifás.
—Pero él quisiera...
—¿Aún pide más?
—Para los desgraciados—indicó D. Angel,—se escribió aquello de pedid y se os dará.
—Darle dinero es fomentar sus vicios—afirmó Lantigua.—¿No lo cree usted así, señor Morton?
—Seguramente.
—Vamos, vamos—murmuró D. Juan, sonriendo con bondad.—Me figuro lo que queréis.
—Sí, papá. La casa de la Cortiguera será, aunque no tiene más que medio techo, un palacio para el pobre Caifás.
—¡Un verdadero palacio!—dijo Su Ilustrísima.—¿Sabe usted dónde es, Sr. Morton? Allí detrás de aquella loma, por donde están los cinco viejísimos castaños que llaman en el país los Cinco Mandamientos.
Morton miraba, y D. Angel hacía indicaciones con el palo.
—Bueno, pues que se meta en la casa.
—Bien, Juan, bien determinado. Vaya, niños, ahora os podéis marchar. La señorita Gloria os dará para cubrir esas carnes.
Gloria salió corriendo á dar la noticia al pobre Mundideo. Los chicos fueron detrás.
Cuando la señorita volvió, D. Angel se había unido al doctor Sedeño, que le mostraba las cartas recién llegadas, y D. Juan se acercó á los albañiles que habían venido para componer la capilla. En el jardín tan sólo estaba Morton. Gloria, al verse sola junto á él se turbó ligeramente. Dudó si seguir ó detenerse, y cuando el extranjero se dirigió á ella en ademán de hablarle, tembló como tiembla el reflejo de la luz en el agua cuando ésta se mueve.
—Gloria—dijo Morton,—¡qué felices son los pobres de Ficóbriga!
—¿Por qué?—preguntó la señorita.
—Porque usted se ocupa de ellos.
—¡Este pobre Caifás es un infelíz!... Tiene fama de vicioso y de malvado, pero es un alma de Dios. Yo no puedo menos de favorecerle. ¡El me quiere tanto!... Se dejaría matar por mí.
—Eso lo comprendo. ¡Morir por usted!... ¡Ah! Gloria, yo haría lo mismo.
—¿Qué?...—dijo la señorita con turbación.
—¡Morir por usted! Es lo único posible después de haberla amado.
—¡Daniel, por Dios!
—¡Gloria!... ¿De qué manera lo diré para ser creído?
El expresivo rostro del extranjero revelaba una emoción grave y honrada.
—Me voy—dijo Gloria de súbito.
Veía claramente la emoción que brillaba con luz singular en los azules ojos del hamburgués. Medía también la inmensidad de la suya, que le alzaba turbulento oleaje en el fondo del alma, y de ambas tuvo miedo.
—¿Se va usted?—dijo Daniel dando un paso hacia ella.
—Sí.
—No sin oir una cosa.
—¿Una cosa?
—Que la adoro á usted.
Ya se lo había dicho Morton dos veces; pero no con las mismas palabras ni con la vehemencia de entonces.
XXV Otra.
A los dos días de esta escena y después de almorzar, Gloria estaba en su cuarto muy atareada. Había salido por la mañana á comprar algunas telas y luégo revolvía sus roperos buscando todo aquello con que pudiera vestir la desnudéz de los hijos de Caifás. El señor obispo entró á la sazón, y le dijo mostrándole un envoltorio de papel:
—Mira, sobrinita, esto es todo lo que poseo. Los tiempos revolucionarios nos tienen á los pobres obispos á la cuarta pregunta.
—¡Oh! ¡tío, qué bueno es usted!... ¿á ver?—dijo Gloria sacando las monedas del papelejo que las aprisionaba.—Esto es un caudal: con esto y con lo que yo tengo le desempeñaremos á Caifás los colchones, parte de la ropa, y las herramientas para que trabaje y sea hombre de bien.
—Has pensado admirablemente. Yo siento no tener más. He rebañado, hija mía, he rebañado mi erario sin poder reunir ni un ochavo más. ¿Pero no ves que estamos sin renta? Este invierno las pobres monjas de *** me han limpiado las arcas. ¡Infelices! yo quisiera tener millones para dárselos.
—¡Bendito sea usted mil veces!—exclamó la joven con piadoso entusiasmo.
—Yo no opino como tu padre—dijo Su Ilustrísima,—que debamos privar en absoluto de dinero á ese desgraciado Mundideo. El dinero es necesario para todo, y si como tú dices y yo lo creo, no es un perverso sino más bien un pobre de espíritu, justo es que le ayudemos á salir de su miserable estado. Convéncele de la necesidad de que sea económico, bien arreglado, precavido.
—Su infame mujer tiene la culpa de todo.
—«¡Infame!...» no des tales epítetos á ningún nacido de madre, sin estar bien segura de que lo merece—dijo el reverendísimo en tono de afable amonestación.
—Es verdad, tío; pero ello es que la Caifasa no es buena. Todo el mundo dice que no es buena.
—¿Vas á mandar esos trapos y ese dinero al pobre desterrado de la Cortiguera?
—Se los llevaré yo misma.
—De buena gana te acompañaría. Una sola felicidad hay en el mundo, hija, y es la que proporcionamos á los demás.
—Venga usted.
—¡Oh! no: tengo que hacer. Primero rezar, luégo despachar el correo para la diócesis. Vete á la dulcísima faena de tus caridades, que yo me quedo aquí.
Un rato después, Gloria tomó su sombrilla y salió. Atravesando la plazoleta y una calleja rodeada de higueras y zarzas, pasó á un grande y hermoso prado que frente á la casa se extendía, y al cual cruzaban dos ó tres veredas. Iba con la vista fija en el suelo, despacio, deteniéndose á ratos, como si los pensamientos que seguramente ocupaban su mente se le pusieran delante para no dejarla pasar. Otras veces alzaba la vista al cielo y miraba cruzar las bandadas de pájaros, volviendo los ojos conforme ellos torcían el raudo vuelo, y siguiéndoles hasta que sólo eran puntos temblorosos que se borraban sobre la inmensidad azul.
Pasó por el sitio en que estaban los cinco castaños llamados Mandamientos, antiguos ejemplares llenos de cicatrices, ya mil veces podados, pero que devolvían las injurias del hacha con bendiciones, es á saber, con castañas. Luégo atravesó una mies, donde los frescos plantones de maíz sostenían en sus primeros pasos á las tiernas alubias, viendo correr por entre sus piés á las holgazanas y rastreras calabazas. En seguida tuvo que descender por una pendiente, desde la cual no se veía ya la casa de Lantigua, ni ningún edificio de Ficóbriga, á excepción de la torre. Allí había tres vacas, que mientras pasó, se quedaron mirándola sin pestañear. Pasando después por un pequeño hueco abierto entre las zarzas, árgomas y helechos de una cerca, Gloria penetró en los dominios de Caifás. Al acercarse sintió la voz de éste que cantaba. La señorita dijo para sí:
—Muy contento está Mundideo.
Los tres chicos corrieron á su encuentro gritando:
—¡La señorita Gloria, la señorita Gloria!
Caifás salió á la puerta de su casa, que más bien era choza, y al ver que era verdad lo que sus pequeños decían, soltó el martillo de la mano, y de la fiera boca, como espuerta, una carcajada de alegría.
—Señorita Gloria, Divina Pastora, ángel del cielo, bien venida sea usted á mi casa... ¡bien venida!
—Alegre estás.
Mundideo, no creyendo que las risas expresaban bien su gozo, dió un brinco en el aire.
—Esas risotadas y esas cabriolas—dijo Gloria sentándose en una piedra que junto á la casa había,—no sientan bien en la persona de un desgraciado que acaba de sufrir tan terribles golpes.
—Si yo no soy desgraciado, si no he recibido golpes, si llueven sobre mí felicidades.
—Vamos, tú has perdido el juicio—dijo la señorita mostrándole el lío de ropa que traía.—Si me prometes ser hombre de bien, ser arreglado y económico, te auxiliaré con un poco de...
Gloria mostró el papel que contenía el dinero.
—¡Dinero!—exclamó Caifás.—Si no necesito nada, si soy rico...
—¡Rico tú!—exclamó la de Lantigua con enojo.—No te burles de mí.
—¿Burlarme yo de mi ángel divino? Es verdad lo que digo, señorita—manifestó Caifás tomando aire de persona formal.—¿Usted creerá que mi ropa y mis colchones están en casa de la Cárcaba? Patraña: ya están aquí. ¿Usted creerá que mis herramientas están embargadas? Patraña: aquí las tengo todas. ¿Usted creerá que yo debo algún dinero á don Juan Amarillo? Patraña: aquí tengo los recibos que me devolvió.
—¿Le has pagado?—preguntó Gloria.
—Cuatrocientos treinta y dos pesos. A esto ascendía mi deuda, que empezó por mil reales, y con los pícaros intereses ha ido subiendo, subiendo como el humo del incienso que no para hasta el techo y llena toda la Iglesia.
—Tú deliras.
—Creí delirar ayer, cuando...
—¿Te has desempeñado, has arreglado tus asuntos?...—dijo Gloria llena de confusión.—Explícame ese milagro.
—¡Ahí está la palabra, señorita de mi alma!—exclamó José con acento de predicador entusiasmado.—Milagro. Yo creía en los milagros; pero tenía cierta comezoncilla por ver alguno, y decía: ¿por qué ahora no hay milagros? Pues bien, señorita de mi alma, ayer he visto un milagro.
—Vamos, te has encontrado un tesoro—dijo Gloria riendo.
—No es eso. El tesoro ha venido en busca mía. Dios...
—¡Dios! No llames Dios á la lotería. ¿Te ha tocado el premio gordo?
—Nunca jugué.
—Entonces...
—¡Dios!...—repitió Mundideo.
—¡Dios!... Dios no da dinero así á lo bóbilis bóbilis.
—Eso mismo creía yo. No me negará usted que Dios da á todos el pan de cada día.
—No lo niego.
—Pues á mí me ha dado de un golpe el pan de un año, el pan de toda mi vida. Yo me puse de rodillas en esa tierra y exclamé: «Señor, tú dijiste: pedid y se os dará, pues bien, Señor: ¿cómo es que yo te pido y te vuelvo á pedir y nunca me das nada?» No habían pasado diez minutos desde que lo dije, cuando... ¡milagro, milagro!
—Me estás engañando. Enséñame tus pagarés devueltos por D. Juan Amarillo.
José penetró corriendo en la casa. Sildo y Paquillo se habían alejado. Gloria se quedó sola con Celinina, cuyo nombre era abreviatura y diminutivo de Marcelina.
—¿Quién ha estado ayer aquí?
—Un babero—repuso la niña.
Gloria, conocedora ya del idioma especial de Celinina, sabía que un babero quería decir un caballero.
—¿Y cómo era ese babero?
—Ito.
Gloria tradujo bonito.
—¿Y cómo venía?
—Balo.
—A caballo, ¿no es eso? ¿Y de dónde venía?
Celinina elevó su manecita, y con expresión religiosa y acento y pronunciación clarísima, dijo:
—Del Cielo.
Mundideo presentó los pagarés á Gloria.
—En resumidas cuentas, José, tú has tenido un protector; una buena alma que te ha socorrido.
—Hay algo más, señorita; esto es un milagro.
—Ya no hay milagros; ha sido una persona, una persona—repuso Gloria.—Ahora has de decirme qué persona es esa que te ha hecho tan gran caridad.
El sacristán miró fijamente á Gloria, y su semblante expresaba contrariedad y pesadumbre.
—¿Pero estás lelo? Habla.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque me lo han prohibido. Sentiré que usted se enfade; pero... yo no puedo decir lo que usted quiere que le diga.
Gloria meditó breve rato.
—Ya comprendo. Jesucristo ha dicho: «Tu mano izquierda...
—No debe ver lo que hace tu mano derecha.» No son todos como el señor cura, que cuando da dos duros á los pobres, ó les reparte el pescado podrido, ó saca á algún mal nadador de la ría, manda un relato retumbante de ello á todos los papeles de Madrid.
—¿Quién, quién ha sido?—preguntó Gloria con verdadera ansiedad.
Oprimió el lío de ropa contra su pecho, cual si sintiese insaciable y vivísimo anhelo de abrazar á alguien.
—No lo puedo decir—repitió Mundideo bajando los ojos.
—Y si yo dijese quién es y acertase, ¿me dirías que sí?
—Entonces...
—Pues ha sido el Sr. Morton.
—¡Ah, señorita Gloria! ¿Por qué lo ha adivinado usted?... El extranjero, el del vapor... Yo no sé su nombre; pero es el que se parece á nuestro Divino Redentor.
—Ningún hombre se parece á nuestro Divino Redentor—objetó la de Lantigua.—No blasfemes.
—Se le parece en la cara. En las acciones le obedece, ¿no es verdad?... ¡Ay! señorita de mi alma, yo he cometido una falta. Me hizo jurar que no lo revelaría á nadie... pero usted no es nadie, señorita Gloria, quiero decir que usted no está comprendida en eso de... nadie, porque usted es la Divina Pastora, un ángel del Cielo.
—Yo no revelaré el secreto—dijo la de Lantigua dominando su emoción, la cual era tan grande, que apenas la dejaba respirar.—Pero díme cómo vino, cuándo, qué habló contigo.
—Hablamos poco. El estaba ya enterado de mi situación. Preguntóme cuánto debía... ¡Ay! yo había cantado muchas veces en el coro: «Alzad, oh príncipes, vuestras cabezas, y alzáos vosotras, puertas eternas y entrará el Rey de gloria...» mas Caifás el feo, Caifás el malo, no había visto que se abrieran las puertas ni que entrara para él ningún Rey de gloria... pero ayer ví eso, ví como se suele decir, abierto de par en par el Cielo, cuando ese hombre me dijo: toma, y me dió de un golpe todo lo que necesitaba.
—Es muy rico—dijo Gloria.
—Más rico debe de ser D. Juan Amarillo, y sin embargo... Cuando mi favorecedor, mi enviado de Dios, alargó su mano y me puso el dinero aquí y cerró el puño con sus propios dedos, yo le miraba creyendo soñar. Me volví tonto: ni siquiera supe darle las gracias. Después me eché de rodillas, y llorando le besé los piés. El me levantó; y abrazándome... ¡porque me abrazó, señorita!... abrazándome, díjome que su acción no tenía nada de particular.
—¿Y no te reprendió tus faltas, no te dijo que fueses bueno?
—Me dijo: «Tú no eres perverso, sino desgraciado. Sé siempre hombre de bien,» y nada más. Yo estaba aturdido. Creí que Dios había entrado en mi casa, y cuando el caballero del vapor partía en su caballo, me volví á poner de rodillas.
—¿Y no te dijo nada más? ¿No te habló?...
Gloria se detuvo, como si no acertara con la palabra más adecuada para expresar su idea.
—¿De que?
—¿No te habló de ninguna otra persona?... Porque podía suceder... Recuerda bien: ¿no te dijo nada de...?
—¿De qué?
—¿No te dijo nada de... de mí?
Esforzábase la señorita en afectar completa naturalidad.
—Tengo todas sus palabras tan presentes como si las estuviera oyendo á todas horas, y nada, nada me dijo de usted.
Gloria se levantó.
—Aunque no lo necesitas—dijo,—yo traje esto para tí, y aquí te lo dejo.
—Aunque no lo necesito, lo tomo por ser de esas divinas manos, y con la condición de darlo á otros pobres más pobres que yo... ¡Ah! ¡Qué felíz soy, señorita mía! Si fuera malo me volvería bueno ahora. Trabajo sin cesar, y el Sr. D. Juan no se arrepentirá de haberme dado esta choza, porque se la estoy componiendo.
Gloria no miró las grandes obras de carpintería que traía entre manos Mundideo.
—Adiós—dijo.—Abrázame.
—¡Señorita Gloria, por Dios!—exclamó Mundideo retrocediendo.
—¿No te abrazó el del vapor?
Y antes que Caifás pudiese impedirlo, Gloria le estrechó entre sus brazos.
—Ahora tienes que ser hombre de bien—gritó alejándose á buen paso de la choza.
Andando hacia su casa, no vió las vacas que al pasar la miraban, ni el verde maizal, ni los cinco castaños mutilados y generosos que se cargaban de fruto en su vejéz, como los patriarcas bíblicos cargados de hijos; ni vió la torre de Ficóbriga, ni los pájaros que volvían del horizonte en vagabundo grupo. No vió nada más que un sol poderoso que había salido há tiempo en su alma, y que subiendo por la inmensa bóveda de ésta, había llegado ya al zénit y la inundaba de esplendorosa luz.
XXVI El ángel rebelde.
Por las noches, después de la cena que recrea y enamora, se rezaba el rosario en el comedor, con la puerta del jardín abierta si el tiempo era bueno. Durante este acto piadoso, Morton salía fuera, pero permanecía sentado en el jardín con la cabeza descubierta.
Tras la cena venía un poco de grata tertulia, y luégo cada cual iba á su cuarto. Gloria subía la última. Poco después, todo era silencio, y envuelta en sombras de sosiego, la casa dormía, tranquila y callada como el justo.
Pero en la habitación de la esquina velaba el pensamiento y seguían abiertos, fijos en la obscuridad, los ojos de Gloria. El ruído de una cercana fuente, el canto de los sapos y á veces el amoroso silbo del viento, formaban en torno al cerebro de la joven despierta un ritmo extraño que favorecía la actividad de su imaginación. De su brazo derecho hacía una aureola, dentro de la cual metía la cabeza, escondiendo el rostro como lo esconde el pájaro bajo el ala; y sola allí, sin más testigo que Dios, abría de par en par las puertas de su corazón para que á borbotones saliese la llama que en él ardía; soltaba los diques al pensamiento para que sin detenerse corriese fuera. Así pasaba largas horas de la noche, primero inmóvil, inquieta después á causa del febril insomnio, hasta que la vencía el sueño ya cercano el amanecer, y sobre el lecho tranquilo, flotaba su respiración.
Una de aquellas noches, cuando mató la luz y se escondió entre sus alas, hablaba así:
—Hoy me dijo: «Yo he nacido con mala estrella, Gloria, y preveo desgracias. El corazón me anuncia que no llegaremos al complemento de nuestro destino. ¿Tienes tú confianza?...» Yo le respondí: «Confío en Dios...» Y él dijo tristemente: «Muchas veces se le llama y no responde, y otras muchas permite que los conflictos del corazón sean resueltos por las maldades de los hombres...» ¿Qué quiso decir? ¡Dios mío, yo dudo; soy felíz y estoy llena de zozobras, espero y temo! No ceso de pensar en las florecillas de los prados, tan bonitas y tan felices, pero que, según me parece á mí, han de estar siempre medrosas y temblando, no sea que las pise la planta del buey que ven acercarse... Yo tiemblo, yo veo llegar el pesado pié del buey...
»Hoy, cuando salió á pasear á caballo, ¡tardaba tanto!... yo creí que no volvería más, y una nube negra se asentó sobre mi corazón, oprimiéndolo. Cuando le ví aparecer, cuando sentí las herraduras del animal sobre las piedras del patio viejo, me parece que todo se iluminaba. Yo no sé lo que es esto. ¡Qué cosa tan extraña! Recuerdo que cuando he tenido épocas de estar muy triste, por ejemplo, cuando murieron mis hermanitos, todo se revestía de mi pena. Los árboles y las casas y el cielo, Francisca, mi padre, mi cuarto, mi vestido, el jardín, la escalera, la vajilla del comedor, la jaula del pájaro, las magnolias, el camino, los palos del telégrafo, el reloj de la Abadía, las nubes, los barcos, Germán, Caifás, el cura, mi dedal, la esfera, los prados, las teclas del piano, todo, todo estaba vestido de mi tristeza. Ahora todo está vestido de él.
»Hace diez días me dijo lo que ya presagiaba mi corazón... Hace seis que me exigió una respuesta. Bien claro debía conocer, al dirigirme la palabra, que el alma se me estaba saliendo por los ojos. Muchos días hemos estado diciendo discreteos que en mí eran verdaderas simplezas. Al fin no hemos podido disimular más, y las palabras, lo mismo que entra la luz por una puerta cuando la abren, se me han arrojado fuera de la boca, y le he dicho que le quiero con toda mi vida. No me avergüenzo de ello, y mi conciencia sigue tranquila. Dios está conmigo, lo siento, lo conozco. Veo la mano inmensa que traza en mi interior la cruz, bendiciéndome.
»Gloria, me ha dicho, maldito sea yo, malditos mi padre y mi madre, si no te adoro. Mi corazón te adivinaba hace tiempo. Cuando te ví no me pareció verte sino hallarte.» ¡Ay! Mi corazón le aguardaba también como al hermano que se ha ido para volver.
»Ni una sola palabra ha salido de sus labios que no sea de mi agrado. Ni un solo movimiento he visto en él que no me enamore más. Su persona es perfecta, su corazón lleno de bondades que nunca se agotan, su entendimiento como el sol que todo lo alumbra, su genio suave y dulce que jamás ofende, sus palabras delicadas. Me adora y le adoro... Pues bien, yo pregunto al cielo y á la tierra, á los hombres y á Dios: «¿Por qué este hombre no ha de ser mi marido? ¿Por qué no ha de estar unido á mí, siendo los dos uno solo en la vida usual, como somos uno en la del espíritu, y lo seremos siempre, sin que nada ni nadie lo pueda impedir?... A ver, ¿por qué? respóndanme, ¿por qué?»
Como nadie le respondía, Gloria se daba á sí misma la contestación diciendo, cual si no estuviera sola: «Mi esposo serás.»
Pero otra noche se expresaba en tono distinto, diciendo:
—Aquello que sólo existe para el bien, aquello que viene de Dios, aquello que es la necesidad primera y la luz del alma, la religión, es hoy para mí fuente de amargura. Entre los dos cae el filo de una espada terrible. Nadie puede resolver esto, nadie puede hacer polvo esta muralla que se nos pone en medio, y en la cual se hieren desgarrados nuestros brazos cuando queremos juntarnos para siempre.
»Conozco á mi padre. Es una roca. Malditos sean Martín Lutero, la Reforma, Felipe II, Guillermo de Orange, el Elector de no sé dónde, la paz de Westfalia, la revolución de no sé cuántos, el Syllabus, todo eso de que ha hablado papá esta noche... Hé aquí que ataja nuestros pasos y corta el hilo de vida que nos une, no Dios, autor de los corazones, de la virtud y el amor, sino los hombres que con sus disputas, sus rencores, sus envidias, sus ambiciones, han dividido las creencias, destruyendo la obra de Jesús, que á todos quiso reunirlos. No sé cómo hay alma honrada que lea un libro de historia, laguna de pestilencia llena de fango, sangre, lágrimas. Quisiera que todo se olvidase, que todos esos libros de caballerías fuesen arrojados al fuego, para que lo pasado no gobernara lo presente, y murieran para siempre diferencias de forma y de palabras.
»Yo pregunto: ¿No es él bueno, no practica la ley de Dios? ¿Le querría yo si así no fuera? ¿No tiene un alma privilegiada? ¿Qué le diferencia de mí? Nada, un nombre vano, una palabrota inventada por los malvados para encubrir sus rencores. ¡Ay! Los que se aman son de una misma religión. Los que se aman no pueden tener religión distinta, y si la tienen, su amor les bautiza en un mismo Jordán. Quédense las sectas distintas para los que se aborrecen. Mirándolo bien, veo dos religiones, la de los buenos y la de los malos. ¡Concebir yo que Daniel no está con Jesús, concebir yo que Daniel no es de la religión de los buenos... eso no puede ser!
»Pero si digo esto mañana á la luz del día se reirán de mí. ¡Oh! ¡Dios poderoso, yo lo veo tan claro como la luz, como tu existencia, como la mía, y no puedo decirlo sin pasar por tonta á los ojos de tanto sabio!»
Y cuando esto pensaba, aquella voz secreta de su alma que otras veces le daba consejos de orgullo, decíale ahora: «Levántate, no temas. Tu entendimiento es grande y poderoso. Abandona esa sumisión embrutecedora, abandona la pusilanimidad que te ha oprimido, y haz cara á las preocupaciones, á los errores, á las ideas falsas donde quiera que se hallen. Tú puedes mucho. Eres grande; no te empeñes en ser chica. Tú puedes volar hasta los astros; no te arrastres por la tierra.»
Gloria, oyendo esto, decía:
—Sí, sí. Yo sé más que mi padre, yo sé más que mi tío. Les oigo hablar, hablar mucho con el sabio lenguaje de los libros, y en mis adentros digo: «Con una frase sola echaría abajo toda esa balumba de palabras.» Ellos son buenos, están llenos de rectitud; pero no sienten el amor, que es el que ata y desata. Se fijan en la superficie; pero no ven el fondo. Yo, iluminada, lo veo y lo toco. No puedo equivocarme, porque una luz divina me acompaña, porque amo, porque las sombras que á ellos les obscurecen la vista, caen delante de mí. ¡Ay, si me atreviera!... Yo he sido hipócrita; yo me dejé cortar las alas y cuando me han vuelto á crecer he hecho como si no las tuviera... He afectado someter mi pensamiento al pensamiento ajeno, y reducir mi alma, encerrándola dentro de una esfera mezquina. Pero no: ¡el cielo no es del tamaño del vidrio con que se mira! Es muy grande. Yo saldré fuera de este capullo en que estoy metida, porque ha sonado la hora de que salga, y Dios me dice: «Sal, porque yo te hice para tener luz propia como el sol y no para reflejar la ajena como un charco de agua.»
Gloria vertía lágrimas ardientes, su cerebro relampagueaba, y en sus sienes vibraban las arterias como los bordones de una arpa heridos por vigorosa mano. Todo en ella gritaba:
—¡Rebélate, rebélate!... ¡Ay de tí si no te rebelas!
Y no pudiendo permanecer en molesta quietud, arrojóse del lecho para ir tentando en el vacío y adivinando con su febril mano los objetos, envueltos en profunda obscuridad.
—¿Dónde estás, Señor y Dios mío?—dijo.
Al fin puso la mano sobre el Cristo de marfil que presidía en su cuarto.
—Señor—murmuró.—¿Es posible que consientas eso? ¿Para esto valía la pena de que expiraras en esa afrentosa cruz? ¿Se ha cumplido tu ley?
Después inclinó la cabeza sobre el pecho, exhalando un gemido, y puesta la mano ante los ojos, lloró al sentir la amargura del cáliz. No tenía más que dos caminos: resignarse ó rebelarse.
Las primeras luces de la mañana, entrando por las rendijas que en las maderas de la ventana había, resbalaron sobre el hermoso cuerpo medio vestido de la enamorada doncella. A un tiempo mismo afectáronla el frío y el pudor, y se acostó temblando. Durmióse al fin.
XXVII Se va.
Una mañana D. Juan de Lantigua dijo á su hermano:
—Veintiséis días hace que el extranjero está en nuestra casa. Ya oiste lo que dijo anoche.
—Sí; aunque nos tiene buena amistad, su delicadeza le ha impulsado á pedirnos la venia para marcharse. Bien se le conoce que no tiene ganas; pero no quiere abusar de nuestra hospitalidad.
—Aunque le dije anoche que se quedara algunos días más, no pienso instarle mucho. Conviene que se marche. ¿Qué te parece?
—Me parece bien.
—¿Y qué tal?—dijo D. Juan con cierta ironía.—¿Estás satisfecho de tu conquista? Estos protestantes, querido hermano, mientras más discretos son, más apegados viven á su herejía. Hay que dejarles.
—No creo lo mismo—objetó Su Ilustrísima.—Debe intentarse atraer al rebaño la oveja extraviada; llamarla, correr tras ella. Si á pesar de eso no quiere venir...
—Ya ves cómo tus esfuerzos no han tenido éxito.
—¿Qué sabes tú? Yo no pierdo la esperanza. He hablado. El me ha oído. Derramé la palabra divina. ¿Puedes tú asegurar que no fructifique algún día?
Don Juan movió la cabeza indicando duda.
—Por de pronto—dijo,—bueno es que se marche. No es nada conveniente que ese hombre esté más tiempo en mi casa. Nos privamos de una excelente compañía; pero es preciso que salga de aquí. No carece de atractivos superficiales. Hay en todo él cierto brillo que fascina y encanta. Tengo una hija bastante impresionable...
—¿Pero qué, temes que Gloria?...
—No, no temo nada... ¿Cómo puedo imaginar que mi hija...? Hay aquí un abismo insuperable, la religión, y ante ese obstáculo creo que, no ya el buen juicio, sino la fantasía misma y la sensibilidad de una muchacha educada en el catolicismo deben detenerse. No puede ser de otro modo... Pero con todo, aunque es grande mi confianza en ella, bueno es alejar hasta la más remota probabilidad.
—Me parece que has hablado cuerdamente—dijo D. Angel.—Por mi parte nunca sospeché que pudiera suceder lo que tú temes. No concibo que, existiendo el obstáculo religioso, pudiera nacer el amor en una mujer de verdadera piedad.
—Querido Angel, no debe olvidarse que el amor es puramente humano.
—Y la religión divina, sí; pero...
Don Angel se confundía.
—Nada que sea humano es imposible—afirmó D. Juan.—Por consiguiente, alejemos las ocasiones.
—Dices bien; nada se pierde en ello.
Después de este breve coloquio, D. Juan se dió la encerrona de costumbre, calentándose la cabeza con lecturas y el contínuo escribir. Por la tarde dijo á su niña:
—Ya sabes que se va el Sr. Morton. Acaba de entregarme una cantidad considerable para los pobres de Ficóbriga. Entre tú, Angel y yo la repartiremos.
Gloria no respondió nada; mas á pesar de sus esfuerzos por aparecer serena, D. Juan creyó ver alguna nube en aquel puro cielo del espíritu de su hija.
—¿Qué tienes?—le preguntó sorprendido y receloso.
—Nada—respondió.—Pensaba que no va á haber pobres para tanto dinero.
—¡Oh! Sí habrá. Ve buscando. También ha dado para las pobres monjas de ***. Ya se ve. El dinero es para este hombre como para nosotros la arena de la playa.
—Pero no es él como el rico avariento.
—Eso no lo sabemos.
—¿Cree usted que no se salvará?
—Pregúntaselo á tu tío—dijo D. Juan riendo, á punto que D. Angel entraba en el despacho.—Oye, Angel, el problema que plantea esta chica. Me pregunta si Morton podrá salvarse. ¿Cuál es su religión? Se me figura que no tiene ninguna.
—¡Salvarse, salvarse!...—indicó el obispo frunciendo el ceño.—Ni siquiera sabemos á punto fijo cuáles son sus creencias. ¡Salvarse! ¿Piensas que esa cuestión puede resolverse con una palabra? Según y conforme se encuentre su alma. ¡Quién sabe las vicisitudes de ésta en el momento de la muerte!... Pero aquí sale el Sr. Morton dispuesto á abandonarnos.
Morton se inclinó respetuosamente para besar el anillo á Su Ilustrísima. Después dió la mano á D. Juan y á Gloria. Estaba ligeramente conmovido, lo cual á los dos hermanos no causó extrañeza, porque también ellos no veían con indiferencia la partida del náufrago. Su caballo le aguardaba en la plazoleta. Dos horas antes había mandado todo su equipaje con Gasparuco.
—¿Vendrá usted por estos barrios alguna vez?...—le dijo Lantigua apretándole de nuevo la mano.
—Sí señor. No pienso partir para Inglaterra hasta el mes que viene.
—¡Tendremos mucho gusto en verle!—dijo D. Angel con voz patética.—¡Cuánto siento no ver en usted más que un amigo!
—Yo veo en usted algo más—repuso Morton con cariño,—veo un buen consejero, un admirable pastor de almas y una hermosa imagen de Dios.
—Mal pastor he sido con usted—manifestó el obispo con sentimiento.—Al ver que tan valiosa res se me escapa, debería romper mi cayado y decir: «Señor, mi inteligencia es limitada, y no sirve para acrecentar tus dominios.»
—El límite de los dominios de El, ¿quién lo sabe?—dijo Morton.
—Es verdad, mucha verdad. Por eso yo espero... yo espero siempre... ¿por qué no decirlo claramente?—repuso D. Angel con enfado de sí mismo.—Yo espero que algún día será usted católico.
—Dios quiera que sea siempre bueno—replicó Daniel bajando los ojos.
Despidióse otra vez, no olvidando al doctor Sedeño, y después partió á caballo.
XXVIII Vuelve.
Al Oeste de Ficóbriga, hay un pinar solitario y abandonado, vecino á la mar, expuesto á todos los vientos, en tal disposición que siempre, por leves que éstos sean, suenan con murmurante música las ramas. Espesísimo en el centro, se clarea en sus extremos formando anchas calles, y algunos pinos se separan del grupo corriendo hacia el arenal ó hacia la montaña, cual si hubieran reñido con sus compañeros. Corre por medio una cerca de rústica arquitectura, donde piedras y hierbas se confunden, formando al parecer una sola familia. Al pié de los pinos crecen mil encantadoras florecillas azules de rara especie, que no son conocidas en los jardines, y parecen que brillan entre los helechos como pedacitos de cielo que las tempestades arrancan de la gran bóveda del mundo, esparciéndolos por la tierra. La Naturaleza está allí sola, atenta á sí misma, regocijándose en su paz nemorosa, y los caminantes creen oir una vibración de aquella música callada de que habló el poeta, y que en tal sitio les dice: «no me turbéis.»
Una tarde de Julio la alfombra de helechos fué hollada por un caballo, y Daniel Morton que lo montaba echó pié á tierra junto á la cerca. No tenía que esperar, porque á dos pasos de allí, fiel y puntual como las horas, estaba Gloria. Toda la hermosura de la tarde templada y serena se había concentrado en su persona, según la veían los ojos del cariñoso amante, y ella era el cielo azul, la mar profunda y llena de armonías patéticas, el suelo fresco y salpicado de sonrisas, la dulce umbría del bosque con su balsámico ambiente, la luz que á trechos entraba por los claros, semejantes á las ventanas de una catedral.
Gloria miró á todos los lados.
—No hay nadie—murmuró Morton.
—Siempre me parece que alguien nos ve—dijo Gloria.—Anteayer, cuando volvía, encontré á Teresita la Monja, la mujer de don Juan Amarillo.
El insecto que aleteaba sobre las flores, la araña que se descolgaba por una cuerda casi ideal, una vela en el horizonte, un escollo, que con el movimiento del agua se tapaba y se descubría como el que acecha, asomando á intervalos la cabeza... estos eran los únicos testigos.
—No hay nadie—repitió Morton.
—Pero algún día habrá alguien—dijo la señorita de Lantigua con tristeza,—y seremos expulsados de aquí como lo fuímos de mi casa, y no habrá playa ni bosque que nos amparen. En las siete veces que hemos venido aquí hemos tenido suerte; pero ¿sucederá otra vez lo mismo? Todo está lleno de ojos suspicaces que miran, Daniel.
—¿Por qué siendo buenos los dos, vivimos como criminales? No hemos faltado á ninguna ley de Dios, y sin embargo, huímos como el incendiario que ha pegado fuego al techo del rico. ¿Por qué es esto?
—Eso pregunto yo, ¿por qué? Dios mío, ¿es posible que Tú hagas esto?
—El no lo hace—dijo Daniel con melancolía.—Estamos tocando la obra de estas sociedades perfeccionadas, que juzgándose dueñas de la verdad absoluta, conservan las leyes de casta como en tiempo de los filisteos.
—Yo he pensado anoche que lo que los hombres han hecho los hombres pueden deshacerlo—repuso Gloria, regocijándose en contemplar el semblante de Morton, cuya hermosa mirada parecía descender de lo alto de la cruz.—No es tan difícil. Estudiemos un medio... ¡Pero es particular que siempre, por más que nos propongamos lo contrario, hemos de hablar de cosas tristes!
—¿No ves que hablamos de religión? Y la religión es hermosa cuando une; horrible y cruel cuando separa.
Morton acercó su rostro, fijando la vista en los ojos de la señorita de Lantigua.
—¿Qué miras?—preguntó ésta retrocediendo un poco.
—En tus pupilas negras—dijo Daniel riendo,—estoy viendo el mar y el cielo. Es admirable lo bien que se reproduce en esa pequeña convexidad todo el paisaje. Cuando pestañeas se borra y luégo vuelve á aparecer.
—No atiendas á tonterías y piensa en lo que te he dicho...—replicó Gloria.—Mira, tienes una cosa en la barba...
—¿Qué?... ¿aquí?—dijo Morton echando mano á la barba.
—No, más hacia la boca. Es un gusanito muy chico que ha caído de las ramas de un pino.
—¿Aquí?
—No tanto... Más hacia la boca. Aquí.
Diciéndolo, arrancó Gloria con los dedos, de la barba de su amado, el extraño objeto y le tiró lo más lejos que pudo.
Como se caza una mariposa al vuelo, Daniel le cazó la mano y se la besó con afán, diciendo:
—Gloria, ¿de qué quieres que hablemos? Si nada podemos decir que no sea triste como los pensamientos del condenado á muerte...
—Nosotros también somos condenados á muerte—dijo la señorita retirando su mano.—Y lo que es peor, condenados inocentes...
—Como del presidio los presidiarios—dijo el hamburgués;—nosotros sacamos de nuestras cunas una marca en la frente. Nadie en el mundo nos la puede quitar.
—¿Nadie? No tanto—observó Gloria.—Pidamos fuerza á Dios, y El nos abrirá camino.
—Pero se necesita valor, un valor muy grande, vida mía.
—¡Un valor muy grande! Por Dios—exclamó la doncella con pena,—no aumentes las dificultades en vez de allanarlas. Si eres valiente, lo seré yo también.
—¿Por qué me respondes así?... Querido amor mío, cuando llegan los conflictos supremos, los grandes sacrificios están cerca.
—Sí, es preciso hacer un gran sacrificio, Daniel; pero ese sacrificio lo debe hacer uno de los dos. ¿A cuál le tocará, á tí ó á mí?
Morton, cayendo en profunda tristeza, fijó los ojos en el suelo.
—A los dos, querida mía.
—¿Los dos?—repitió Gloria algo confusa.—No te entiendo entonces. La cuestión es muy sencilla. Daniel, no la compliques. Somos dos... nos queremos; pero ¡ay! si nuestras almas adoran á Dios, vivimos cada cual en Iglesia distinta: aquí sobra una religión, hijo.
—Es verdad, sobra una religión, y es preciso eliminarla—afirmó Daniel sombríamente.
—Es preciso pagar ese tributo á la sociedad. ¿Tú qué piensas de esto?
—Que la sociedad es terriblemente feróz, y con mucha dificultad se aplaca.
—Eso quiere decir—manifestó Gloria con enojo,—que no hay solución posible. Yo abro las puertas y tú las cierras.
Morton suspiró, mirando al cielo, señal evidente de que no veía puertas abiertas ni cerradas en ninguna parte.
—¿Por qué suspiras así? ¿qué tienes?—preguntó la joven con el impaciente desasosiego de una alma alborotada.
—Nada... pensaba en mi desgracia, que es más grande, infinitamente más grande que la tuya.
—No... no—dijo Gloria, rompiendo á llorar.—Me voy convenciendo de una cosa, de una cosa muy triste... ¡Ah! Daniel, tú no me quieres á mí como yo á tí.
—¡Gloria, vida mía, Gloria! Por Dios—exclamó el extranjero, besando las manos de su amiga,—no me mates con tus quejas... Si supieras cuánto padezco; yo que he estado á punto de despreciarlo todo, nombre, familia, el amor de mis ancianos padres, de perderlo todo por tí... yo que aun en este momento vacilo y tiemblo, igualmente aterrado por la idea de poseerte y por lo terrible del sacrificio que quieres imponerme. Claramente lo has dicho: es preciso quitar de en medio una de las dos religiones.
—Sí.
—Y como si echáramos suertes, le toca á la mía, ¿no es eso lo que piensas?
—Tú eres hombre. El hombre debe sacrificarse por la mujer.
—En este asunto, la sentencia debe caer sobre el que tenga creencias menos firmes. ¿Cuáles son las tuyas?
—Creo en Dios uno, Señor del cielo y de la tierra—declaró Gloria, la mano puesta en el pecho y elevando al cielo los ojos llenos de lágrimas y de la luz divina;—creo en Jesucristo, que murió en la cruz por redimir al género humano; creo en el perdón de los pecados y en la resurrección de la carne, en la vida perdurable... Te desafío á que seas tan explícito como yo. Nunca me has dicho de un modo claro cuáles son tus creencias.
—Gloria, tu fe es tibia en muchas cosas ordenadas por la Iglesia... Me lo has confesado.
—Es firme y ardiente en lo principal.
—Todo es principal. Pregúntalo á tu tío.
—No tengo necesidad de declararme contraria á ciertas cosas.
—Entonces no eres buena católica. Es preciso creerlo todo absolutamente. Ya ves que...
—¿Qué he de ver?
—Que yo soy más religioso que tú, porque creo todo, absolutamente todo lo que mi religión me enseña.
—Eso quiere decir—afirmó Gloria, ahogada por la pena,—que el sacrificio debo hacerlo yo.
Morton no contestaba.
—Esto quiere decir—manifestó al fin,—que moriremos, Gloria, que moriremos, y que Dios hará con nosotros en el otro mundo lo que es imposible alcanzar en éste, porque este mundo, amiga de mi corazón, no es para nosotros.
Gloria se levantó, y con la inspiración sublime de quien pone el pié en la puerta que conduce al martirio, exclamó:
—¡Adiós!
Morton, asiéndole las puntas de los dedos de ambas manos, tiró de ella. La joven cayó de nuevo en su asiento de piedra.
—No hará el sacrificio uno de los dos, sino los dos á un tiempo—afirmó Daniel.
—Jesucristo, que murió en la cruz—dijo ella.—Jesucristo, á quien adoro, me ha enseñado el modo de hacerlos yo sola, si es preciso: pero si me da fuerzas para aceptar el de la vida, no me las da para aceptar el cáliz de un escandaloso cambio de religión, por casarme á disgusto de mi familia. ¡Oh, Dios mío, dichosas las tierras donde la religión está en las conciencias y no en los labios, donde la religión no es una impía ley de razas! Andamos por aquí como las reses marcadas con hierro en su carne.
Concluyendo su ardiente protesta, la señorita de Lantigua se levantó de nuevo repitiendo:
—Adiós, adiós para siempre.
—Has pronunciado la palabra terrible—dijo Morton con amargura;—la palabra que ha venido á ser nuestra única solución. ¡Adiós! No hay otra fórmula, Gloria. Yo sentía en mi alma esta palabra; pero no podía ni debía decirla. Tu la has dicho.
—Porque tú acabas de arrancarme toda esperanza.
—Porque no hallo solución alguna á nuestro conflicto, porque es imposible, porque no hay remedio, porque no puede ser de otra manera.
—Sea, pues—dijo Gloria, cayendo en triste abatimiento.
—Dios lo quiere así.
—Nos separaremos para siempre.
—Mañana.
—No, hoy mismo, ahora mismo—afirmó la señorita con viveza.
—¡Oh, grandeza del sacrificio! No, no es tanto lo que yo pedía—manifestó Morton con energía.—Noble y hermosa es tu alma, Gloria. Si como dices, nos separamos para siempre, déjame que te vea algún tiempo más. Piensa en mi soledad, que va á ser como la de los mares, siempre revueltos en sí mismos, en su lejana inmensidad sin testigo. Gloria, vida mía, sol de mi vida: óyeme, no me dejes así. Si cuando desaparezcas de mis ojos quedo con recelo de haberte ofendido, padeceré mucho...
Gloria se levantó.
—Todavía no, aguarda—dijo él deteniéndola.—Grande es mi fe en quien hizo los cielos y la tierra, en quien á tí te hizo. Poniéndole por testigo, juro que te adoro, que de mi boca no salió expresión que no fuese verdad, que jamás, mientras respire, ningún otro amor más que el tuyo entrará en mi pecho, ni en mi memoria otro recuerdo que el recuerdo de tí.
La infelíz joven sentía temblar las manos de Morton que le oprimía sus manos, y en su rostro sentía el aliento de él y la reverberación de sus ardientes miradas. La doncella se agitó gimiendo, como la espiga devorada por la llama. Su corazón se deshacía.
—Gloria—añadió él con el acento de quien llama al que no ha de responder;—Gloria, yo arrastraré toda mi vida un remordimiento muy pesado, si no te confieso ahora que soy un malvado, porque no debí amarte y te amé, porque no debí mirarte y te miré. Tus ojos, tu gracia, tu hermosura, tu bondad y tu alma toda me cautivaron... Olvidándome de las leyes terribles que nos separan, me acerqué á tí. Reconozco que mi deber entonces era huir, huir antes que el mal fuese irremediable; pero fuí débil, conocí que me amabas, y tu espíritu encadenó al mío. Se necesita ser Dios para no caer en este lazo. Ya viste mi conducta. En vez de abandonar á tiempo tu casa, quedéme en ella. Después creí que un favor especial del Cielo allanaría los obstáculos; pero ha pasado el tiempo, y los obstáculos subsisten más terribles é imponentes cada día. Ha llegado la hora del envilecimiento ó de la retirada, y tú me das el ejemplo. Tú eres grande; sabes hacer lo que yo, miserable, no supe. ¡Maldito sea yo, que ví la felicidad y no la pude poseer! Te devuelvo á tu casa, á tu religión, y te devuelvo pura, inmaculada... Por Dios, ¿no ves, no ves clara y patente la honradéz de mi alma?
—Sí—respondió Gloria entre angustiosos sollozos.
—¿Conservas alguna sombra de recelo con respecto á mí?
—No.
—¿Me creerías digno de tí, si una fatalidad de nacimiento no lo impidiera?
—Sí.
—Pues ahora—dijo resueltamente el extranjero levantándose,—separémonos.
—Para siempre—añadió Gloria levantándose también.
Pálida y grandiosa en su dolor, semejaba el ángel de la muerte cuando viene á llevarse un alma. Daniel la abrazó. La señorita de Lantigua ocultó la frente en el pecho de su amigo, regándolo con lágrimas breve rato.
—Dame un recuerdo tuyo—dijo Morton.
—La memoria fiel no necesita recuerdos materiales.
—Es verdad: yo no los necesitaré; pero si te vas, no te vayas toda. Dame aunque sea un cabello.
Gloria se llevó la mano á la cabeza y separó de ella una mata de pelo.
Sonriendo en medio de su pena, con esas terribles palpitaciones ó vagidos humorísticos que tiene el dolor, dijo:
—No hay tijeras.
—No importa—dijo Morton.—Lo cortaré yo...
Y con los dientes, en medio minuto, cortó el pelo.
—Es casi de noche.
—Para mí ya todo es noche—murmuró el extranjero.
Se separaron algunos pasos; pero volvieron á juntarse. Eran como la playa y la ola, que siempre parece que huyen la una de la otra, y siempre se están abrazando. Por fin, cuando la noche avanzó más, por los cerros lejanos, tierra adentro, se veía un ginete que marchaba despacio, inclinada la cabeza sobre el pecho. Su figura negra no era favorable á la armonía del risueño paisaje, y parecía que después que él pasaba todo volvía á estar alegre.
Hacia Ficóbriga caminaba Gloria arrastrando la pesadumbre de su dolor, como el imitador de Cristo á quien éste ha dicho: «toma tu cruz y sígueme.» Todo en derredor suyo respiraba paz y el dulce reposo de los campos. Volvían los bueyes de las praderas y del trabajo, lentos, paso á paso, cabeceando con las pesadas testas y sus nobles semblantes llenos de gravedad. Las mujeres de la aldea iban en opuesto sentido, llevando sobre la cabeza largos panes de más de media vara, y los pescadores ponían á secar sobre el altozano de la Abadía las húmedas redes, en cuyas mallas brillaban aún como limaduras de plata las escamas de las sardinas.
Todo esto lo vió Gloria, y todo se vestía de aquel fúnebre luto de su alma.
XXIX Se fué.
Al día siguiente muy de mañana, las persianas del cuarto de Gloria se abrieron de par en par, y la luz penetró á punto que ella se asomaba. La doncella esparció su vista por el campo y la villa, y deteniéndola en los árboles del cementerio, pensó así:
—Ahora, hermanitos míos, vosotros sois mis únicos amores.
No lejos de la ventana, corría el camino real, y por él los hilos del telégrafo, que plantaba á lo largo sus escuetos postes á distancias iguales que parecían pasos. En los alambres venían á posarse todas las mañanas algunos pájaros, que habían encontrado muy bueno aquel casi invisible punto de descanso en medio de los aires, y desde allí contemplaban la casa y la ventana abierta, donde la señorita de Lantigua aparecía temprano á saludar el día y bendecir á Dios.
Esta no creía que aquellos graciosos séres fueran las almas de sus hermanos, acompañadas de las de otros niños, porque no podía creer tal cosa; pero en su mente se asociaba aquel espectáculo con el recuerdo de las dos personitas á quienes Caifás había llevado al cementerio en azules cajas. Ello es que uno y otro día solía mirar con amor á los pájaros del alambre, sintiendo no verlos cuando les alejaba la lluvia. A tan rara ilusión contribuía la circunstancia de haber sobre el cementerio de Ficóbriga una gran arboleda, que era el cuartel general de aquellos vagabundos. Gloria les veía salir de allí en bandadas y volver á la caída de la tarde, haciendo gran ruído, hasta que vencidos del sueño, callaban dentro del espeso ramaje, y el cementerio se quedaba sin música.
Pero aquella mañana Gloria proyectaba su tristeza á todo lo creado. Si pudiera existir luz negra, ella sería el sol de ella. El contrasentido de las palabras no está en las ideas, porque el mundo parecíale alumbrado con el negror de su alma. En vez de sonreir ante las avecillas que en el alambre la esperaban como siempre, creyó ver la figura de sus dos hermanos muertos, que se le acercaron tal como estaban en las cajas azules el día del entierro, amarillos como cera los rostros, tan frescas aún las flores de sus coronas como secas las de sus mejillas, cubiertos de blancas vestiduras rizadas y encintadas. Pero venían con los ojos abiertos, dando la mano el mayor al más pequeño y moviendo los piececillos por el aire. Señalando la tierra le decían: «Sólo aquí se está bien.»
Mirando luégo á la torre de la Iglesia, experimentó viva sensación de miedo y antipatía. La torre era una idea, y el espíritu de la joven chocó, rebotando con dolor, en aquella idea, como el ave ciega que tropieza en un muro. De pronto una voz gritó desde el jardín:
—Niña, ¿no bajas? Te espero hace un rato para ir á la Iglesia.
Era D. Angel, que salía para decir su misa en la Abadía. Gloria le acompañaba siempre con gozo; mas en aquel día sintió frío en el corazón y un extraño ímpetu rebelde. Unióse, sin embargo, con sumisión y cariño al bendito prelado; mas al entrar en el templo, renovóse en su alma el terror, porque aquellas piedras bárbaramente blanqueadas no la dejaban respirar, oprimiéndola con su peso.
Cuando D. Angel salió al altar, Gloria evocó todas las fuerzas de su alma, su piedad y su fe, y no en vano, porque siendo D. Angel un santo, la impiedad no era posible en su presencia. La turbada doncella luchaba con las dolorosas repugnancias que surgían en su espíritu, débiles aún, pero que crecían enroscándose, como las culebras al salir del nido; y cuando vió que los dedos del anciano alzaban la hostia, en su pecho se elevó una á manera de ola que fué creciendo, creciendo, hasta caer como catarata, y entonces Gloria se deshizo en lágrimas y dijo:
—Señor, Señor, yo también sabré padecer y morir.
Don Juan de Lantigua, que observaba bien cuando quería observar, y por aquellos días había dado un poco de la mano á sus tareas literarias, notó que en su hija ocurría algo. Meditó en ello, y como la sospecha es hermana de la cavilación, dióse á hacer juicios más ó menos temerarios, pero sin pensar nada contrario á la honestidad de la joven, porque esto, dicho sea en honor de ambos, no le cabía en la cabeza. Sus sospechas y recelo versaban sobre otro orden de cosas.
—Gloria—decía D. Juan á su hermano una mañana en el cuarto de éste,—no está tranquila. Algo pasa en su espíritu. Le he oído frases y reticencias que indican gran trastorno en sus ideas religiosas. Su imaginación es viva, y su entendimiento, inclinado á remontarse sin guía, es susceptible de caer en grandes errores. Además, temo mucho á su sensibilidad.
Gloria entró.
—Hija mía—dijo su padre.—Otros años has recibido á Dios el día de Santiago. ¿Hace mucho que no cumples el precepto?
—Desde Pascua—repuso ella, palideciendo.
—¡Oh! es mucho, mucho tiempo—dijo Su Ilustrísima con bondad, dejando caer ambas manos sobre los brazos del sillón en que estaba sentado.
—¿Por qué no confiesas hoy ó mañana—manifestó D. Juan afectando indiferencia,—para que puedas comulgar el día de Santiago? Mira: se me ocurre que yo debo hacer lo mismo, y esta tarde confesaré. Juntos recibiremos á Su Divina Majestad.
—Mi confesor, el padre Poquito, no está ahora en Ficóbriga—dijo Gloria.
—¿Eso qué importa, tonta? Antes confesabas con tu tío.
—Sí, cuando era niña.
—¿Y ahora, por qué no?
—Ven acá, mansa ovejuela—dijo D. Angel sonriendo.—¿Tienes vergüenza? Ya se ve... con esos pecadazos tan tremendos...
—Pues me retiro—dijo D. Juan, á tiempo que su hermano extendía amorosamente el brazo derecho para agasajar con paternal cariño á la penitente.
Gloria no pudo decir una palabra. Desfallecía. Cayó de rodillas, y D. Angel le rodeó el cuello con su brazo, diciendo:
—Vamos á ver, hija mía.
Silencio: la confesión de un alma ha empezado. Ante acto tan solemne, el más hermoso que existe en religión alguna, el narrador calla. Nadie tiene derecho á inmiscuir su atención irreverente en este diálogo del alma con Dios. Lector, cierra el libro y espera.
XXX Pecadora y hereje.
Lo confesó todo, absolutamente todo; rebañó en su conciencia, sacando de ella hasta las últimas heces, y á medida que iba sacando, respiraba con más desahogo, porque verdaderamente su carga era grande.
Durante la confesión, un indiscreto que se acercase habría oído suspiros y sollozos, y alguna palabra suelta del buen pastor de Cristo. Cuando concluyó, D. Angel no estaba sereno. Su bondadoso rostro, que según la expresión de un entusiasta amigo suyo, era un pedazo de Paraíso, tenía cierta movilidad que no puede definirse; desconsuelo semejante al de los que presencian la desaparición instantánea de una cosa muy bella, sin poderlo evitar ni tampoco enojarse. Se quedó D. Angel como Tobías cuando vió desaparecer para siempre el ángel que le acompañara tanto tiempo.
Después de rezar brevemente, ordenando á su sobrina que hiciese lo mismo, le dijo con voz muy triste:
—Hija mía, no te puedo absolver.
Gloria inclinó la cabeza con sumisión.
—Por ahora—añadió el prelado,—procura serenarte... descansa. Salgamos un momento al jardín ó á paseo, y hablaremos despacio.
La pecadora corrió á tomar el sombrero y el bastón de su tío.
—Por cierto—dijo éste,—que no me gusta que tu padre ignore estas cosas. Yo no le puedo decir una palabra, si no me autorizas para ello, del mismo modo que si no te hubiera oído en confesión.
—Quiero que lo sepa—dijo Gloria;—yo me confieso á los dos.
—Muy bien, me parece muy bien... No te sofoques. Vamos á dar una vuelta.
Saliendo ambos de paseo hacia la Pesqueruela, el prelado se expresó así:
—Te dije que no podía absolverte. Ahora sabrás por qué. No es la causa de mi rigor que hayas amado. Eres muchacha y la ley natural, en esta tu edad florida, despierta inclinación hacia otro sér, la cual, si es honesta y va bien dirigida por el discernimiento, puede producir bienes, conduciendo al servicio de Dios. Bien es verdad que hallo en ese afecto tuyo demasiado ardor, y es de tal suerte, que más parece desasosiego de un alma llagada y enferma, miserablemente ansiosa, como dice San Agustín.
»También es muy vituperable que hayas guardado secreto. Esas entrevistas ocultas son muy impropias de una doncella pudorosa y bien educada. Lo que se esconde no puede ser bueno. Sin embargo, este pecado, con ser tan grande y tal que jamás lo creyera en tí...
A Su Ilustrísima se le turbó un poco la voz por la emoción; mas dominándose, prosiguió:
—Con ser tan grande tu pecado, no es imperdonable, mayormente sí estás dispuesta, como has dicho, á arrojar de tí esa insensata llama, sofocándola con una aspiración firme hacia el único soberano amor, que es el de Dios.
»Para que veas cuán grande es mi tolerancia, te perdono también el que hicieras objeto de tu pasión á un hombre que vive fuera de nuestra santa fe, porque en verdad debiste cerrar prontamente tu herida, negándole al alma toda comunicación y roce con el alma de un hereje. Y reconociendo yo la seducción aparente de las prendas morales de ese joven, á quien estimé mucho, extraño que tú pudieras hallar verdadero encanto amoroso en quien carece de la principal y más valiosa hermosura, que es la de la fe católica... Pero me has manifestado tu firme propósito de renunciar á la inquietud tenebrosa de ese amor, lo que es verdaderamente un mérito en tu flaca edad, y esto basta para obtener mi indulgencia. Hasta aquí vamos bien, hija mía; pero la desconformidad empieza ahora, y voy á manifestártela claramente.
Gloria atendía con toda su alma.
—Pues bien, hija mía—continuó el venerable señor;—la causa de mi enojo contigo es que, según me has confesado, han nacido en tu espíritu y lo han anublado, de la misma manera que los vapores cenagosos obscurecen la claridad y limpieza del sol, ciertas ideas erróneas contrarias de todo en todo á la doctrina cristiana y á las decisiones de la Iglesia. El mal no está precisamente en que te hayas contaminado de esos errores, pues el enemigo, que vigilante acecha el estado de flaqueza para verter en la oreja del hombre la ponzoña, pudo sorprender tu alma é inficionarte de la pestilencia. A estos percances están sujetos todos los hombres, aun los más fuertes; pero viene de improviso la saludable reacción del alma, se aclara el sentido, entra poderosamente la gracia, y el error huye como los demonios arrojados del cuerpo, entre alaridos. Tú no has gozado de este beneficio de la limpieza de tu entendimiento, sino que conservas tus errores, estás encariñada con ellos, según me has dicho, los tienes enclavados en tu espíritu como el rótulo de ignominia que los judíos pusieron en la cruz, y en vez de arrancártelos y arrojarlos al fuego, los acaricias. ¿No es esto lo que me has querido decir?
—Sí señor—repuso la penitente con respeto, pero también con seguridad.
—Pues bien, estás infestada de una pestilencia muy común en nuestros días, y que es la más peligrosa, porque tomando cierto tinte de generosidad, á muchos cautiva. Es lo que llamamos latitudinarismo. Tú dices: «Los hombres pueden encontrar el camino de la eterna salvación y conseguir la gloria eterna en el culto de cualquier religión...» Pues bien, esa proposición está condenada por el Soberano Pontífice en las Encíclicas Qui Pluribus y Singulari quadam, y en la alocución Ubi primum. Tú dices: «Todo hombre tiene libertad para abrazar y profesar aquella religión que, guiado por la luz de la razón, creyera verdadera...» Pues bien, esta proposición está condenada en las Letras Apostólicas Multiplices inter, y en la Alocución Maxima quidem... ¿Qué te parece?
Su Ilustrísima se detuvo, mirando cara á cara á la señorita de Lantigua.
—Ya te explicaré con toda calma esos delicados puntos—prosiguió el reverendo.—Hablaremos largo, porque no dormiré tranquilo mientras no te saque hasta las últimas heces de ese veneno. Pero díme ahora, loquilla de mi corazón, ¿cómo pudiste dar calor en tu entendimiento á esas malditas víboras? Sin duda el hombre, á quien has tenido la desdicha de amar, te inculcó esos principios del latitudinarismo, desgraciadamente esparcidos por el mundo en razón de la aparente benevolencia y generosidad que encierran.
—No ha sido él—dijo con viveza la pecadora,—quien me ha inculcado esas ideas. Daniel sin dejar de entrever á punto fijo cuáles son sus creencias, se ha mostrado siempre poco inficionado de eso que llama usted...
—Latitudinarismo, hija.
—Latitudinarismo... Pues en ese hombre, las creencias parecen muy firmes y hasta intolerantes, señor. Además, siempre ha tenido la delicadeza de no decirme nada que quebrantara en mi alma la religión de mis padres. Hemos hablado de la religión como lazo social y nada más.
—Entonces, tú... Mira, estoy algo cansado, y bueno será que nos sentemos en esta piedra.
—Yo, yo sola—dijo Gloria sentándose también,—soy la culpable. Hace tiempo, desde que le conocí, díme á cavilar en estas cosas noche y día. No podía apartarlas de mi pensamiento y, según mi entender, discurría acertadamente sobre ellas. Me parecía que mis argumentos no tenían réplica, y me vanagloriaba de ellos, pronunciándolos en mis diálogos obscuros conmigo misma.
—Has dicho, «desde que le conocí,» luégo él en cierto modo es responsable...
—No, no, querido tío, yo, yo sola. Si he de hablar á usted con entera lealtad, mostrándole mi alma hasta lo más hondo, aun antes de conocerle pensaba yo en estas tristes cosas, si bien no daba forma clara á mis pensamientos. El trato de Daniel parece que encendió en mi espíritu mil luces, y á su claridad empecé á ver diferentes temas de religión y de las disputas de los hombres sobre ella, así como de la grandeza y lejanos linderos del reino de Jesucristo, á quien yo veía Señor de todas las gentes, de todos los buenos, de todos los limpios de corazón.
Don Angel frunció el ceño.
—Veo—dijo con cierta severidad,—que tu llaga crece, crece que es un primor. ¡Oh! ¡cuando tu padre sepa esto!... ¡él que sobresale por sus estudios ortodoxos y la claridad con que ha sabido deslindar la verdad del error en las abominables luchas de la época presente!...
—Mi padre y usted me convencerán de seguro—dijo Gloria, inclinando con humildad la frente.
—¡Te convenceremos!... y lo dices como si fuera tarea larga... ¿De modo que te encastillas en tu error, y te cercas de la muralla de una terquedad y reincidencia más abominables que el error mismo?... Gloria, Gloria, hija mía, por Dios, vuelve en tí. Mira que no puedo absolverte si no desechas esos pensamientos, si no los arrojas con espanto de tí, como arrojarías un animal inmundo que te mordiese.
—No hay mayor tormento para mí—declaró la señorita de Lantigua,—que estar separada de usted y de mi padre por cosa tan pequeña, tan vana como es un pensamiento que á cualquier hora puede mudarse. Pero si ahora le dijese á usted: «tío, ya he desechado el mónstruo asqueroso, ya estoy limpia de errores,» hablaría con la boca y no con el corazón, porque esas ideas que he dicho no se van de mi cabeza con sólo decirles vete. Están tan arraigadas, que no puedo echarlas fuera. Invoco mi fe en Jesucristo á quien adoro, y mi fe en Jesucristo no me dice nada contra ellas.
—¡Chiquilla, por Dios, por la Virgen María!...
—¿No sería peor que el error mismo, negarlo con los labios, careciendo de fuerza interior contra él?
—Eso sí. ¿Pero estás loca? ¿Has perdido acaso la gracia divina y los preciosos dones del Espíritu Santo?
—No sé, tío de mi corazón, lo que he perdido. Sólo sé que me será muy difícil convencerme de que no son verdaderas las ideas que usted desaprueba. No quiero mentir, no quiero ser hipócrita. Aquí está mi alma abierta hasta lo más recóndito, para que usted mire dentro de ella. No puedo hacer más; no puedo violentar mi conciencia.
—De modo que para tí nada vale la autoridad... ¡Veo que marchas de herejía en herejía!—exclamó D. Angel con verdadero espanto.
—Pues si estoy en error, si estoy tocada de herejía—dijo Gloria,—declaro que deseo no estarlo; que haré todo lo posible para limpiarme de ella, pero entretanto, ¡oh, buen pastor mío!, huyo de la mentira, huyo de confesarme creyente en ciertos puntos que no creo, porque no es capricho lo que me obliga á pensar lo que pienso, sino una fuerza poderosa, una llama tan viva como perdurable que hay en mi entendimiento.
—De modo que te rebelas... ¡Gloria, por amor de Dios, considera bien lo que dices!—exclamó Su Ilustrísima lleno de tribulación.
—Tío, tío mío, si pierdo el amor de usted—dijo Gloria derramando lágrimas,—me parecerá que estoy ya condenada.
—Y lo perderás, lo perderás, lo perderás todo—afirmó D. Angel cada vez más severo.—Esto no puede quedar así. ¿Me autorizas para hablar á tu padre?
—Ya he dicho que sí.
—Pues vamos á casa—dijo el prelado levantándose.
No hablaron más. Por el camino, D. Angel pensó que los ejercicios de piedad, combinados con un saludable sistema de paciencia y de exhortaciones delicadas, cual convenían á la delicadísima alma de Gloria; cierta reclusión y un comercio muy frecuente con las cosas santas, curarían aquella lepra que había tocado el privilegiado espíritu de su sobrina.
Esta, andando hacia la casa, absorta, pensativa, triste, oía zumbar en su oído la funesta voz que há tiempo, en sus desvelos y en sus meditaciones, le decía:
—Rebélate, rebélate. Tu inteligencia es superior. Levántate; alza la frente, limpia tus ojos de ese polvo que los cubre, y mira cara á cara el sol de la verdad.
XXXI Pausa. El conflicto parece resolverse y tan sólo se aplaza.
Por desgracia ó por ventura suya (que esto no lo hemos de dilucidar ahora), Gloria movía con más vigor á cada hora las funestas alas de su latitudinarismo, que debían conducirla Dios sabe á qué regiones de espanto.
Después de meditarlo mucho, D. Angel resolvió no revelar á su hermano la funesta pasión de Gloria. Aquello era ya cosa pasada y resuelta, y mientras más pronto se olvidase mejor. Pero al mismo tiempo juzgó prudente advertirle de los errores de su hija, porque si se les dejaba, tomarían gran crecimiento, como la mala hierba.
No es preciso decir que D. Juan sintió viva pesadumbre al conocer las descarriadas pendientes por donde iba dando tumbos el despeñado pensamiento de su hija. Recordando entonces las atrevidas ideas de Gloria dos años antes, comprendió que el mal era antiguo y que sólo variaba de forma. Amargósele la vida en aquel día, y todo en él era discurrir paliativos, imaginar tratamientos morales que volviesen á su adorada niña al primitivo sér católico que antes tenía.
No pudo adivinar Lantigua lo que había pasado con Morton; pero allá en el fondo de su alma rebullía una sospecha vaga. Sin creer que su hija amara al extranjero, consideraba que el brillo exterior de éste no habían dejado de influir en los desvaríos heterodoxos de la interesante muchacha. Por esta razón deploraba entonces más que nunca el lastimoso naufragio del Plantagenet.
Los dos hermanos emprendieron sin pérdida de tiempo un verdadero asedio de consejos y amonestaciones. Con suavidad el obispo, y el seglar con enojo y rigor trataban de volverla al camino de la salvación; pero estas embestidas no produjeron resultado alguno positivo, ó mejor dicho, diéronlo contrario á las bonísimas intenciones de ambos Lantiguas y al esplendor de la Iglesia.
En aquel mismo día de la confesión, Gloria, de una proposición herética pasó á otra, y en su cabeza iban entrando atropelladamente demonio tras demonio. Del latitudinarismo pasó al racionalismo y á otras execrables pestilencias.
Llegó, sin embargo, un punto en que las relaciones cariñosísimas entre ella y su padre y tío empezaron á quebrantarse, y aquí la sensibilidad de la infelíz muchacha se sobrepuso á todo. Perder el amor de ellos era desgracia irreparable, y resolvió echar en olvido sus errores, ya que no podía estirparlos. Al día siguiente, cuando D. Angel la amonestaba delante de su padre, dijo:
—¡Ay! ¿Quién puede resistir á la autoridad y á la bondad de usted? Me declaro conquistada. Creo todo lo que la Santa Madre Iglesia me manda creer.
Sometióse, sí; pero, allá en el fondo de su espíritu, las proposiciones latitudinarias, aquello que mil veces llamó pestífero la autoridad visible, continuaban vivas en su mente, como raíz que de un año para otro guarda el germen de nueva flor. Gloria hizo lo que hacen las nueve décimas partes de los católicos, es decir, guardarse sus heterodoxias para no lastimar á los viejos. De aquí resultó que era, como la muchedumbre, creyente para los demás y latitudinaria para sí.
Don Juan de Lantigua volvió entonces con nuevo ardor á sus trabajos, y el prelado tornó lentamente á la paz de su espíritu, satisfecho en extremo de haber salvado de espantosa catástrofe la hermosísima alma de su sobrina. El amor que sentía por Gloria no disminuyó con los desvaríos de ella, antes se mezclaba de cierta compasión cariñosa. Aquel varón insigne, que todo quería resolverlo con su bondad angelical, dejábalo todo, no obstante, sin resolución; ejemplo que muy á menudo se repite en el mundo. Quiso convertir un hereje, y su santo empeño no dió fruto. Intentó también desviar el noble espíritu de Gloria de un vulgar error, y su victoria no fué más que aparente. La bondad, la buena voluntad del prelado derramaban su luz; pero la herejía y el error iban sin inmutarse derechos á realizar el fin que una ley inflexible les había marcado.
Cuando los hechos toman una dirección determinada, es inútil querer desviarlos de ella. Así, en esta ocasión, nos hallamos con que á pesar de la aparente serenidad que han tomado las cosas, la tempestad está sólo contenida, mas no aplacada, y la corriente oculta bajo el hielo saldrá fuera y marchará por donde tenía trazado su camino.
Ved de qué singular manera se anudan los sucesos, cómo los pequeños incidentes traen los grandes y de qué suerte se establece la natural consecuencia y la lógica de las cosas. El conflicto de Ficóbriga no estaba más que suspendido; había tomado un respiro para estallar con más fuerza, al modo que el colérico detiene la voz y el brazo antes de descargar el golpe. Aquella pausa enteramente ilusoria era, bien puede decirse así, como el intervalo aparente entre el relámpago y el trueno (á causa de la diversa rapidéz del sonido y la luz), siendo en realidad simultáneos.
Hemos visto ya el relámpago. Pues irremisiblemente sonará el trueno. Dijimos que los acontecimientos traían marcado su curso fatal. ¿Llamaremos á esto fatalidad ó lógica? Ello es difícil de decidir. Corría, pues, la lógica sin que la bondad de los buenos ni la perversidad de los perversos pudieran detenerla.
XXXII Los cazadores de votos.
Llegó la víspera de Santiago, y no eran las nueve de la mañana cuando oyóse gran vocerío en la casa de Lantigua. Echóse fuera de su despacho D. Juan, creyendo que había estallado un motín en su vivienda; mas se tranquilizó viendo que toda aquella algazara la hacía D. Silvestre Romero.
—¡Ganamos las elecciones! ¡Ganamos las elecciones!
Aquella vigorosa y sensual cara de emperador romano despedía fulgores de triunfo y alegría.
Juntamente con Romero venía su amigo Rafael del Horro, candidato triunfante, á quien también le rebosaba el júbilo por los ojos. No les había abrazado aún D. Juan, cuando empezaron á contarle los graciosísimos lances de la lucha, que salpimentados con mil donosas ocurrencias del cura, hacían morir de risa.
—Si no fuera porque es caro, inmoral y pernicioso—decía del Horro desprendiéndose de su abrigo de viaje,—esto que llaman juego parlamentario debiera conservarse.
A poco llegó el doctor Sedeño, que venía de oir misa, y allí fueron las congratulaciones y los plácemes. En un punto Sedeño les enteró de cuanto había eruptado la prensa periódica durante la larga ausencia de los dos amigos, y ellos hicieron un pasmoso recuento de votos y relación de varias protestas, palos, cohechos, bofetadas, etc...
Don Angel no tardó en presentarse.
—Mucho tiempo ha estado usted ausente de sus ovejas, distraído pastor—dijo bondadosamente al cura.
—También se cuida el ganado, Ilustrísimo Señor, persiguiendo á los lobos ó trabajando por confundir á esos pícaros ladrones de ovejas.
—También, también—dijo el obispo.—Si no riño... Pero á nosotros no nos han hecho cazadores, sino pastores. Pase por una vez... ya sé que es preciso, absolutamente preciso. En tales apreturas nos vemos los pastores que, mal de nuestro grado, hemos de coger la honda.
—Y el palo y el cuchillo y cuanto hay que coger. ¡Ó ellos ó nosotros!—vociferó D. Silvestre.
—Justo es—dijo D. Juan mirando á su hermano,—que tomemos las mismas armas que ellos usan contra nosotros. Si sólo se tratara de nuestras vidas, moriríamos; pero la Iglesia está en nuestras manos y no podemos abandonarla.
El abogado, el seglar, se expresaba así, con el tono de la autoridad irrecusable, mientras el sacerdote, el pastor callaba, aceptando su papel de pasiva bondad. El uno tenía la idea, el otro el prestigio exterior; el uno la iniciativa, el otro las bendiciones.
Durante largo rato, el despacho de D. Juan fué un hervidero de planes, de noticias, de amenazas, de religiosidades mezcladas con mundanos ímpetus. Al fin, D. Angel y Rafael pasaron á la sala, donde Gloria recibió á éste. El distinguido joven se empeñó con cierta fatuidad en llevar la conversación al punto para él interesantísimo de su reciente triunfo; pero Gloria, que derramaba su resplandor en las cumbres del espíritu, estaba demasiado alta para deslumbrarse con la débil luz de un fósforo.
Oyéndoles, D. Angel sentía en su alma profunda pena, sabedor, como era, de dos sucesos igualmente deplorables: el desaire que había hecho la pícara á las gracias y perfecciones del soldado de Cristo, y su detestable afecto á un extranjero impío; pero respetando los designios de Dios, bajaba sus párpados orando para sí, y enlazaba los dedos de ambas manos; rozando una con otra la yema de los pulgares.
—Dios lo ha dispuesto así—pensó.
Romero bajó también á saludar á la señorita de la casa.
—Una queja tengo de usted, señor cura—le dijo Gloria, después que le oyó alabarse de sus recientes hazañas.
—¿Cuál, querida niña? ¿Una queja de mí?
—Que mandara usted arrojar de la sacristía al pobre Caifás. ¿No es un dolor...?
—¡Ah, tunante, borracho! Pero no debe quejarse; pues según me han dicho, está hecho un potentado.
—¡Ah, sí!...—murmuró Gloria turbándose.
—Al entrar en Ficóbriga, supe que Mundideo ha pagado todas sus deudas y desempeñado toda su ropa... Vamos, que está rico.
—Mi sobrina y yo—dijo Su Ilustrísima sonriendo,—le dimos algún socorro, pero no era para tanto. Si no se ha repetido el milagro de la multiplicación de los panes...
—Para milagros estamos—añadió el cura.—Aquí no ha habido sino latrocinio. ¡Oh! es mucho pájaro aquel Caifás.
—¡Señor cura, por Dios!—exclamó Gloria con indignación.
—Qué, ¿me equivoco? ¿Pues de dónde saca Caifás tanto dinero?
—Se lo habrá dado alguien.
—¡Oh, sí!... eso dice él. ¿Pues no tiene la poca vergüenza de decir que Daniel Morton se lo dió?
—Y será verdad.
—Yo no lo creo. D. Juan Amarillo, que entiende mucho de estas cosas, me ha dicho que está alarmadísimo... Ha contado su dinero; está seguro de que no le falta nada... sin embargo, no puede desechar cierto recelo...
—Sí—dijo D. Juan, que á la sazón entró.—En todo Ficóbriga no se habla más que de las riquezas de Caifás. Parece que me está componiendo la casa. Vamos, yo no salgo mal.
—Mi opinión—afirmó el cura,—es que no debe levantarse mano hasta averiguar lo que hay en esto. Ya el Juzgado está decidido á intervenir.
—¿Por qué? es una iniquidad—afirmó Gloria con ardor.—Esto no debe consentirse... y no lo consentiremos.
—Ya está mi hija en su elemento—repuso Lantigua,—es decir, ocupándose excesivamente y con gran furor de una frívola cosa, que nada le interesa.
—Me ocupo de salvar de la calumnia á un inocente.
—¿Y cómo sabes tú que es inocente? Vamos á ver... Lo mejor es no hacerte caso y dejarte con tu tema... Con que, señores, vámonos á comer. Hoy es día de alegría.
El cura les detuvo antes de pasar al comedor, y solemnemente habló así:
—Señores, señores...
—¿Tenemos discurso?—preguntó D. Juan viendo que, después del vocativo, el buen párroco alzaba el brazo derecho en la actitud más ciceroniana.
—Señores: espero que mañana todos los presentes, empezando por Su Ilustrísima el reverendo obispo de *** y acabando por nuestro insigne y valeroso diputado Sr. del Horro, me honrarán aceptando mi mesa y una hidalga reunión en mi finca del Soto de Briján. De esta manera sencilla, y por medio de una frugal comida, pienso que celebremos nuestra victoria, sin ruído, sin mundano estrépito, sin pompa, sin jactancia, como se reunían los primitivos cristianos en aquellos piadosos banquetes...
Don Juan vió que el cura iba tomando un tonillo de sermón harto enojoso en hora de grande apetito, y dijo así:
—Aceptado, aceptado. Mas por ahora, vamos á lo que está más cerca. A la mesa, señores.
Bien pronto estuvieron todos reunidos en la mesa de D. Juan, que era suculenta á pesar de ser de vigilia por marcar el Almanaque el 24 de Julio.
—¿Con que aceptan ustedes?—preguntó Romero.
—¡Comilonas!—dijo Su Ilustrísima.—Por mi parte, doy las gracias al señor cura.
—Si Usía Ilustrísima no gusta de este festejo—dijo Romero con sumisión,—renunciamos á él.
—No, hijos míos, ¿por qué? Celébrese el banquete, que ya supongo ha de ser frugal y decoroso. Pero no asistiré; primero, porque no gusto de festines; segundo, porque celebran ustedes con él un acto político, y yo huyo de los actos políticos.
—Siento en el alma que Su Ilustrísima no nos acompañe—dijo el cura.—¿Acaso vamos á celebrar una orgía? El salmista ha dicho: «Banqueteen los justos.» Et justi epulentur.
—Et justi epulentur et exultent in conspectu Dei—añadió vivamente el prelado.—«Y regocíjense en la presencia de Dios.» No violentemos los sagrados textos, señor cura, ni sostengamos que el inspirado David nos recomienda la glotonería.
—¡Oh! Ilustrísimo Señor—exclamó el párroco,—lo que Usía diga esa será mi ley.
—Pues digo que celebren ustedes su banquete profano; pero que no me inviten á él, porque no voy. Por lo tanto, luégo que hayan ustedes comido, alargaré mi paseo hasta allá. No es muy lejos.
—No hay más que bajar á la ría, pasar el puente de Judas, subir los prados de D. Juan Amarillo, y en seguida se llega al Soto.
—Ya, ya sé el camino.
Entró un criado con una carta para don Juan. Este la abrió, y después de recorrerla con la vista, dijo:
—Es de Daniel Morton. Me escribe anunciando que se embarca mañana por la mañana, y se despide de todos.
Don Angel miró con disimulo á su sobrina. Fuerte, animosa, heróica, Gloria recibió el golpe sin dar á conocer las grandes sacudidas de su alma angustiada. Sólo D. Angel, sabedor del caso, creyó distinguir una extraña neblina en el rostro de la joven. D. Juan la miró también. Quizás se hubiera entablado conversación sobre Daniel Morton; pero entró el Sr. de Amarillo, y que quieras que no, tuvo que sentarse á la mesa y tomar un bocado, aunque con prisa, porque el juez le estaba esperando para ver qué resolución se tomaba en el negocio de Caifás. D. Juan de Lantigua, á quien consultó, dijo de este modo su opinión:
—No veo razón alguna para molestar á Mundideo, mientras que no se le pruebe que ese dinero ha sido mal adquirido.
—Es que se le probará.
—¿Le falta á usted algo en su caja?
—No, señor; pero el dinero no sale de la tierra como la hierba. Caifás ha robado á alguien. Propongo que todos los vecinos de Ficóbriga recuenten sus fondos, y mientras tanto que José Mundideo sea puesto á la sombra.
—Pero la ley...
—¿Qué ley, ni ley?...
—Sr. D. Juan—dijo el cura,—¿quiere usted venir á comer mañana á mi casa del Soto?
—Ya sé que han ganado ustedes las elecciones. ¡Bien por el ejército de Cristo!—exclamó Amarillo con entusiasmo.
Y levantándose al instante con una copa de vino en la mano, añadió:
—Propongo un bríndis, señores. Brindo por Su Ilustrísima D. Angel de Lantigua, el glorioso hijo de Ficóbriga, el apóstol más ferviente del apostolado español, el modelo de virtudes, de quien todos debemos tomar ejemplo, el varón piadoso, el justo...
—Por Dios, por Dios—dijo Su Ilustrísima tapándose los oídos y todo confundido y turbado.—Basta de incienso, D. Juan, basta, basta. El mejor bríndis que usted puede dirigirme y el único que le agradeceré, es no molestar al pobre Caifás.
Todos los presentes besaron el anillo al prelado, y cuando éste se retiró, tomaron café.
XXXIII Agape.
El día de Santiago había feria en Ficóbriga, es decir, venta de ganado en la pradera, un novillo corrido en la plaza, diversos puestos de frutas y pastas, vino y licores, algo de teatros, bailes del país, y por la noche gran función de fuegos artificiales. Pero el principal festejo del día debía de ser el banquete con que D. Silvestre Romero, espléndido en todas sus cosas, obsequiaba á sus amigos en el Soto de Briján.
Desde muy temprano, innumerables servidores no daban paz á las manos ni á los piés, apercibiéndolo todo con arreglo á las instrucciones del buen párroco, tan perito en estas materias. Llegaban las provisiones en repletos carros del país, cuyas ruedas sin engrasar gemían al subir la cuesta en cuyo alto término estaba la finca.
Era admirable la diligencia que ponía en tan grande faena la señora Saturnina, á quien podremos llamar archiama, por ser como gobernante de las dos ó tres amas y demás servidumbre del opulento cura. Puede decirse que la excelente mujer no durmió en la noche del 24, porque toda ella se la pasó de claro en claro, ora batiendo huevos, que por centenares fueron vaciados en un desaforado artesón; ora desplumando aves, que al anochecer perecieron en horrorosa hecatombe.
Pero la gran bataola fué por la mañana, cuando, encendida la cocina, dió principio el fuego á su gran obra, y las cacerolas empezaron á murmurar, y el humo y los espesos vapores olorosos, llenando parte de la casa, salían al campo como nuncios benditos de la gran hartazga que se preparaba. Doña Saturnina y cuantas le ayudaban no tenían manos para tomar quién los papelillos de las especias, quién la nuez moscada ó el limón ó la canela; y espumando guisados, ó albardando fritos, ó batiendo ensaladas, ó templando sopas, parecían traer en sus manos el sustento de un ejército.
A hora conveniente, dos jayanes pusieron sobre la mesa del comedor un mediano monte de pan, mientras no lejos de allí se preparaban la vajilla y la mantelería. Cestas ventrudas parían dulces á montones, obra de hábiles monjas; y de un barrigudísimo tonel iban sacando el rico vino añejo de Rioja, el cual, después de hacer buches y remolinos en un embudo de latón amoratado por el uso, se colaba dentro de las botellas, sonándolas como bocinas. Doña Saturnina no olvidaba ninguna de las operaciones, poniendo sus ojos en todo para que nada se retrasase, y hasta dispuso ella misma los ramos de flores que se habían de colocar en la mesa, los palillos, el aguamanil y otras menudencias y accesorios de una buena comida.
Medio día era por filo cuando los convidados salieron de Ficóbriga, con un sol que aun en aquellas frescas tierras abrasaba. Delante venían en el coche de Lantigua, D. Juan, el cura y Rafael. Seguían luégo en otro coche D. Juan Amarillo con el teniente cura y dos beneficiados de las cercanías, y después, en un breck, los demás convidados, que eran amigos venidos para tal solemnidad de la capital de la provincia. Total: once bocas.
Sentados los comensales, bendijo D. Silvestre la comida, y comenzó el stridor dentum.
Había tenido doña Saturnina la felíz idea de poner la mesa fuera de la casa, en medio de la frondosa huerta, y á la sombra de dos ó tres álamos, que con sus ramas la cubrían toda, dejando tan sólo penetrar algunos rayos de sol que caían aquí y acullá, como si hubieran sido salpimentados con luz los manteles. Aquí brillaba un melocotón, allí el cuello de una botella, más allá un salero, más lejos la calva de D. Juan Amarillo.
En cuanto á la parte principal del banquete, que era la comida, todos los elogios que de ella se hagan serán pálidos ante la realidad de su abundancia y el exquisito sabor de toda ella, si bien era más rica que fina, algo á la pata la llana, demasiado suculenta, comida española de esa que más parece hecha para atarugar rústicos cuerpos que para deleitar delicados paladares.
Viérais allí la sopa de arróz calduda, que bastaba por sí sola á dejar ahito al más hambriento, y después los pollos con tomate, precediendo á las magras, también entomatadas, para hacer lugar á los finísimos pescados cantábricos en picantes escabeches ó nadando en ricas salsas. Entre ellos venían las bermejas langostas, mostrando la carne como nieve dentro de la destrozada armadura roja, y los sabrosos percebes, como patas de cabra; y luégo volvía el imperio de la carne representado en piezas adobadas del animal que mira al suelo, siguiendo á esto chuletas con forro de fritura y otras viandas riquísimas y olorosas, acompañadas por delante y por detrás de aceitunas, pepinillos, rajas de queso flamenco ó del país, anchoas y demás aperitivos, sin que faltaran unos calabacines rellenos, en los cuales no se sabía qué admirar más, si el especioso sabor del alma ó la dulzura del cuerpo, y también gran copia de colorados pimientos, que como llamas de fuego iban de boca en boca.
¿Y qué diremos de los vinos, algunos de ellos de las mejores estirpes andaluzas? ¿qué de los dulces y platos de leche, que bastarían para hartar á todos los golosos de la cristiandad? Por último, el generoso olor del tabaco habano se dejó sentir, y una azulada nube flotó sobre la mesa, envolviendo el grupo de convidados en sensual atmósfera.
El anfitrión D. Silvestre Romero (la moda nos obliga á darle aquel nombre) había comido bien; D. Juan no había hecho más que probar los platos, Rafael del Horro estuvo muy parco y D. Juan Amarillo devoraba. Los demás no desairaron á D. Silvestre. Este se desvivía porque todos comieran mucho, y no tenía consuelo al ver que no se atracaban como él, y á cada instante les excitaba echándoles en cara su desgana y presentándoles los platos para que repitiesen.
Fué digno de notarse un incidente de la comida, por la semejanza que ofrecía con casi todos los banquetes políticos que se celebran en Madrid. Rafael del Horro propuso que el ramillete puesto en el centro de la mesa se enviase á la señorita de Lantigua.
Cuando fumaban, D. Silvestre creyó que debía tomar la palabra, y lo peor fué que la tomó.
—Queridos hermanos y amigos míos—dijo:—nos ha reunido aquí la celebración de un triunfo. Porque ha sido un triunfo grande, inmenso, que nos ha de conducir á una victoria aún mayor, á la victoria de la verdad sobre el error, de la virtud sobre el vicio, de Dios sobre Satanás.
—Muy bien—repuso D. Juan Amarillo abriendo los diminutos ojos que había cerrado poco después de la última copa.
—Hemos combatido como buenos—añadió el cura, que gustaba de emplear, hasta en los sermones, símiles guerreros,—y seguiremos combatiendo. En los libros santos se ha dicho: «Y tú Jehová, Dios de los ejércitos, no hayas misericordia de los que se rebelan con iniquidad... Acábalos con furor, acábalos y no sean; y sepan que Dios domina en Jacob hasta los confines de la tierra.» Y en otro pasaje: «Fuego irá delante de él y abrasará en redor sus enemigos.» Nuestra obligación es, pues, combatir, ya que las cosas han llegado al extremo de tener que emplear sus infames armas. ¡Oh! señores, si yo tuviera la elocuencia y la erudición de mi ilustre amigo el gran católico D. Juan de Lantigua, os diría á qué extremos llegan la impiedad y osadía de los revolucionarios, y el aprieto en que quieren poner á los hombres religiosos y píos; si yo tuviera, repito...
Don Silvestre se atragantó ligeramente. Todos le oían con serenidad; en los labios de D. Juan vagaba una sonrisilla que parecía decir:
—Más vale que te calles, pedazo de alcornoque.
—Pero, en fin, no las tengo—añadió el cura atleta,—no tengo ni esa erudición pasmosa, ni esa elocuencia arrebatadora; y así es bien que le ceda la palabra...
—¡Oh! si el Sr. D. Juan nos concediera oir su palabra...—dijo Amarillo cabeceando.
Lantigua se puso la mano en el pecho y tosió.
—Señores, no puedo—dijo con humildad.—Rafael, hable usted, que lo hará mejor que yo.
Del Horro se excusó con frases de modestia; pero al fin, no pudiendo resistir á la sugestión de todos los convidados, que á un tiempo le apretaban para que hablase, se levantó, limpió las gafas, se las puso, y arqueando las cejas, habló de este modo:
—Señores, ninguna voz más desautorizada que la mía para dirigiros la palabra. Joven, sin experiencia, sin conocimientos, me falta autoridad. Válganme por las prendas de que carezco, mi acendrada fe, mi sincero amor al catolicismo, los esfuerzos que he hecho en mi limitada esfera para conseguir el triunfo práctico de la Iglesia, de esa amorosísima madre nuestra, por quien vivimos, por quien alentamos, por quien respiramos. Dios ha querido que el más indigno de sus soldados, el más pequeño de sus servidores alcance hoy un triunfo material en las contiendas que han establecido los inícuos. El me dé fortaleza para defenderle, El dé fuerza á mi labio, energía á mi corazón, vigor á mi espíritu. Estote ergo fortes in bello. «Sed fuertes en la guerra.»
»Inmensa, asquerosa, pestilente lepra cubre el cuerpo social. El llamado espíritu moderno, dragón de cien deformes cabezas, lucha por derribar el estandarte de la cruz. ¿Lo permitiremos? De ninguna manera. ¿Qué valen algunos centenares de inícuos depravados contra la mayoría de una Nación católica? Porque no sólo somos los mejores, sino que somos los más. Alcemos en esta Cruzada el glorioso estandarte, y digamos: «Atrás, impíos, malvados sectarios de Satanás, que contra el reino de Nuestro Señor Jesucristo no prevalecerán las puertas del Infierno.» Y luégo, volviendo mi humilde rostro hacia el Oriente, distingo una venerable y hermosa figura. Al verla llénase mi corazón de intensísima congoja y las lágrimas acuden á mis ojos, considerando el aflictivo estado en que los perversos tienen al que es antorcha esplendorosísima que ilumina el mundo. Lleno de admiración y respeto, exclamo: «Grande eres, ¡oh Pedro! no sólo por tus bondades, sino por tus martirios. También de tí se puede decir que rasgaron tus vestiduras y sobre ellas echaron suertes. ¡Ay de los impíos que después de despojarte te han encarcelado! Ya les arreglarán los demonios en el Infierno. En tanto, ¡oh Pastor Santo! yo te saludo con lágrimas en los ojos, yo canto un hosanna amorosísimo en tu presencia, y te pido la bendición para que se redoblen mis fuerzas, se enardezca mi espíritu y no desmaye en la gran contienda que se prepara.»
Terminado el discurso del valeroso joven, recibió apretados abrazos de todos los concurrentes, y entonces D. Juan de Lantigua, sin dejar su asiento, y con gran atención y religioso silencio de todos, dijo lo siguiente:
—¿Me atreveré, queridos amigos y hermanos míos, á haceros presente que para esta lucha á que la impiedad y malvada desvergüenza de los revolucionarios nos llama, no bastan, no, la finura y temple de las armas, ni el denuedo de los brazos varoniles? La mejor arma es la oración y el más terrible baluarte las virtudes y el buen ejemplo. Seamos buenos, píos, caritativos, fervientes católicos, y tendremos asegurada la mitad del triunfo. Tengo el sentimiento de declarar, porque así lo reconozco, que el espíritu religioso está muy enflaquecido entre nosotros. Se habla mucho de batallar y poco del amor de Dios. Inter vos dormiunt multi, «entre vosotros duermen muchos.» Es preciso que todos despierten, porque la tempestad está encima; es preciso que despierte, no sólo la carne, sino el espíritu. ¿No habéis conocido que entre nosotros cunde desparramada la herejía? ¿No véis que hasta los más fuertes han caído? ¿No véis que el racionalismo y el ateísmo han robado muchas almas al seno de Dios? ¿No véis que disminuye cada día el número de los fervorosos católicos y aumenta el de los indiferentes? Hé aquí un mal demasiado grave para conjurarlo fácilmente. Yo os digo: no sólo es preciso batallar, sino predicar; no sólo ha llegado la hora de la pelea, sino del ejemplo santo. Abnegación, paciencia, martirio. Hé aquí tres palabras mágicas que superan en eficacia á los más cortantes aceros.
—Muy bien, muy bien. ¡Viva el Sr. Lantigua!—exclamó D. Juan Amarillo sin poderse contener.
—Aborrezco las exclamaciones y detesto las apoteosis de hombres. No se debe enaltecer más que á Dios; no se debe glorificar sino á Aquel que era, como dice David, antes que nacieran los montes y desde el siglo y hasta el siglo. Continuando, pues, mis observaciones, diré que los males que he indicado y esta general corrupción y ponzoña provienen de los maleficios extranjeros que han dañado nuestro cuerpo. Gozaba España desde edades remotas el inestimable beneficio de poseer la única fe verdadera, sin mezcla de otra creencia alguna ni de sectas bastardas. Pero los tiempos y la maldad de los hombres han traído un poder civil que, por obedecer á los malvados de fuera, ha dejado sin amparo á la Iglesia, cuando el deber de la potestad civil, como dijo San Félix, es dejar á la Iglesia católica que haga uso de sus leyes, no permitiendo que nadie se oponga á su libertad.
»¿Qué sucede, pues? Que el error ha fundado mil cátedras en nuestro suelo. Espantáos, católicos: según los enemigos de Dios, la preciosísima unidad de nuestra fe es un mal, y para remediarlo, piden que se abra la puerta á los cultos idólatras, á los errores de la Reforma, á los desvaríos del racionalismo, semejantes á despropósitos de hombres borrachos. Ved aquí por qué corren las más asquerosas doctrinas, como arroyos de inmundicia, cuando, desatadas las cataratas del cielo, rompen las aguas el dique de los muladares, y el fango de los campos es arrastrado entre materias putrefactas y miserables cuerpos muertos.
»No, y mil veces no. O España dejará de ser España, ó su suelo se ha de limpiar de esta podredumbre, y en su claro cielo volverá á brillar único y esplendoroso el sol de la fe católica. Yo de mí sé decir que esta idea puede en mi espíritu más que todas las ideas, más que todas las afecciones, más que la vida y que cuanto existe. Por ver realizada esta idea y extirpado el cáncer que empieza á devorarnos, diera mil veces cuanto poseo, la paz de mi familia, mi familia misma, mi persona miserable. Tengo el ardor de los verdaderos creyentes, señores, y mi fe no está en los labios, sino en lo profundo del alma.
»Si no lucháis por tan grandioso fin, más vale que no luchéis; si no trabajáis con todas las fuerzas del espíritu, con la oración, con el ejemplo, con la caridad, más vale que os arrinconéis, cual mujeres, dejando á otra generación más varonil la santa empresa.»
No dijo más porque estaba fatigado, y en verdad había dicho bastante. Todas sus palabras fueron de oro, según la expresión de don Juan Amarillo. Las felicitaciones no podían ser más delirantes. Reinaba gran entusiasmo en la reunión, y quizás, quizás se hubiera atrevido á tomar la palabra el cura, si Rafael, mirando al camino, no viese á Su Ilustrísima D. Angel de Lantigua, que lentamente se acercaba. Entonces dijo con lengua y expresión místicas: