PRIMERA PARTE (continued 2)
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—¡Qué espantoso temporal!—exclamó Gloria entrando en el taller de Caifás.
—Señorita—dijo el sacristán riendo cariñosamente,—¡cómo la ha cogido el agua en la Iglesia! Iré á casa del señor cura por un paraguas.
—No, esperaré á que pase el chaparrón. De casa vendrán por mí—repuso Gloria, buscando con los ojos un sitio donde sentarse.
—¡Ay, niña de mi corazón! Esto es una Babel. No hay sillas para sentarse las personas decentes. Pero acomódese usted en esta tarima de la Virgen. A bien que no está mal en ella quien podría ser puesta en los altares sin que Dios se enfadase por ello.
Gloria se sentó, Caifás, dando el último martillazo, dió por terminada su obra.
—Vamos, ya he concluído—dijo.—Ahora no les entrará aire á los pobrecitos que van á la tierra. La caja estaba desfondada, y anteayer cuando llevaron al cementerio el cuerpo del tío Fulastre, se le salió fuera un brazo por la tabla rota. Como el brazo saliera al pasar por frente á la casa de D. Juan Amarillo, y se movía á modo de insulto, la gente dijo que el tío Fulastre aplazaba á D. Juan Amarillo para el día del Juicio.
Gloria no estaba serena. El desorden de aquella estancia y la vista de la triste caja no eran espectáculo propio para volver el sosiego á un espíritu sobresaltado.
—¡Qué terrible tempestad!—dijo mirando el torvo cielo que por la ventana se veía.—¡Cuántos barquitos habrán perecido hoy!
—El Señor no manda más que calamidades—afirmó Caifás dando un suspiro.—No sé cómo hay quien quiera vivir. ¡Bonito oficio es este de la vida!... Verdad es que como no nos lo dieron á escoger...
—Ten paciencia—le dijo Gloria,—que otros hay más desgraciados que tú.
Caifás, que estaba en el suelo, elevó sus ojos hacia la hermosa doncella sentada en la tarima. No era posible mayor semejanza con los cuadros en que el arte ha puesto una figura mundana orando de rodillas al pié de la Virgen María. Sólo los trajes podían quitar la ilusión. Entre los ojos de topo, la faz angulosa, el estevado cuerpo, la color amarilla de José Mundideo (á quien todos en Ficóbriga conocían por el mote de Caifás), y la seductora hermosura de Gloria, había tanta distancia como de la miseria del mundo á la majestad de los cielos. El sacristán infló el pecho para echar fuera un suspiro tan grande como la Abadía, y acurrucándose en el suelo, dijo:
—¡Paciencia yo!... Pues qué, ¿queda todavía algo de paciencia en el mundo? Creí que yo me la había cogido toda... En verdad que si no fuera por las almas caritativas como la señorita Gloria, ¡qué sería de mí y de mis pobres hijos!
Los tres chicos de Mundideo parecían confirmar esta aseveración del padre, contemplando á la señorita de Lantigua con miradas fervorosas. Eran dos varones y una hembra pequeñuela. Esta, poseída de profunda admiración hacia la señorita, se acercaba tímidamente, y con sus deditos sucios, como hojas de rosa que han caído en el fango, tocaba los guantes de Gloria y los bordes de su sobrefalda, y hubiera tocado algo más, si el respeto no la contuviera. El mayor, Sildo, limpiaba el polvo de la tarima y de todo cuanto á Gloria rodeaba, mientras el segundo, Paco, cuidaba de poner en el mayor orden los hilos de la borla del quitasol que estaban cada uno por su lado.
Gloria sacó su portamonedas, diciendo:
—Esta semana no te he dado nada. Toma.
—¡Bendita sea la mano de Dios!...—exclamó José tomando seis moneditas de plata.—Ya veis, hijos, cómo Dios no nos abandona... ¡Ah! señor cura, señor cura, no todos tienen corazón de hierro como usted.
—¿Qué dices del cura?
—Señorita Gloria—repuso Caifás enjugando una lágrima con la manga de la camisa,—desde el primero de mes ya no comeré el amargo pan de la parroquia. El señor cura me despide.
—¿Te despide?
—Sí, dice que por mis escándalos... porque tengo muchas deudas y no las puedo pagar, porque soy un tramposo, un miserable, un desdichado... Y tiene razón. Yo no debo estar más en estos lugares sagrados. Soy un tramposo, estoy comido de deudas; tengo empeñada hasta la camisa en casa de la Cárcaba y debo á D. Juan Amarillo más de lo que peso... Iré pronto á la cárcel y después á presidio y después á la horca, que es lo que merezco.
—Por Dios, José, me estás asustando—dijo Gloria, acariciando á los chicos, que se habían echado á llorar, viendo llorar al padre.—Si es verdad lo que dices, eres un hombre de muy mala conducta.
—Yo no soy más que Caifás el estúpido, Caifás el feo, Caifás el idiota, como me llaman en Ficóbriga, y Caifás el desgraciado, como me llamo yo.
—Francisca me dijo que el domingo estabas borracho como una cuba en el prado de la Pesqueruela.
—¡Oh! sí, señorita Gloria; es verdad. Me emborraché... ¿cómo lo diré? Estuve dudando si echarme al mar ó emborracharme para dormir algunas horas, para olvidarme de que soy Caifás el horrible. El vino alegra ó adormece... ¡Sueño y alegría! ¡Qué cosas tan divinas para quien no las conoce nunca!
—No, no vengas con disculpas—dijo Gloria en tono de amable amonestación.—Tú no eres bueno; yo no creo que seas tan malo como dicen; pero ello es que tú no eres bueno. Verdad es que estás mal casado y que tu mujer es capáz de hacer pecar á un santo.
—¡Oh Dios mío, oh Virgen mía, oh señorita Gloria!—exclamó Caifás, demostrando en lo lastimero de su tono que la herida de su corazón había sido tocada.—¿Cómo ha de haber virtud al lado de esa mujer? ¡Si usted la viera cuando entra aquí de noche, con el carpancho tan sucio como su cara, y su cara tan dura como el carpancho, pintada toda con la almagre del mineral, que no parece sino que la han echado de sus cavernas los infiernos!... Como en el embarcadero beben que es un primor, siempre viene alegre, me pega, me quita el dinero, azota á los chicos, da gritos, y echa unos cantorrios que escandalizan al señor cura y á todos los vecinos. Ella, señorita Gloria, es la causa de que yo tenga mi casa por los suelos, de que todas mis ropas y alhajas y colchones hayan ido á parar á casa de la Cárcaba, de que jamás tenga un real, de que esté á punto de ser llevado á juicio por don Juan Amarillo, y echado de la sacristía por el señor cura... ¡Esta es mi situación, esta es la situación de Caifás, el dejado de la mano de Dios!... ¡de Caifás, el que se irá al Infierno por culpas ajenas!...
—Eres un majadero—dijo Gloria con enfado,—¿por qué te dejas dominar por esa harpía?
—Yo no me dejo dominar por ella. Anoche reñimos y le pegué. Pero, aunque quiera, ya no puedo salir del infierno en que me he metido. Como no puedo pagar mis trampas, me echan de la sacristía, y como me quedo sin pan, pediré limosna, iré á la cárcel... No, señorita Gloria, yo creo que Caifás el feo no puede seguir viviendo... Me dan unas ganas de echarme al mar... ¡Qué bien se debe estar allá en el fondo, en el fondo!...
—¡Infelíz!—exclamó Gloria conmovida.—Ya se te amparará. No desconfíes de Dios, José; no pienses en el suicidio, que es el mayor de los pecados.
—Cuando usted me dice que tenga confianza, casi la tengo; cuando la veo á usted, parece que me sale de dentro un no sé qué... me siento más fuerte contra la desgracia... Dios debe de ser muy poderoso, cuando la ha hecho á usted, señorita Gloria... Mi vida es negra y obscura como este ataud. Usted pasa, me mira y parece que de esta caja salen flores. Sí, señorita mía, delante de usted yo soy otro... Adoro á la doncella celestial que me ha socorrido tantas, tantísimas veces, á la que me sacó de la enfermedad que tuve el año pasado, á la que no ha permitido que mis hijos anden desnudos, á la que se ha dignado consolarme, honrando mi humilde morada, á la única persona que me ha dicho: «Caifás, tú no eres tan malo como dicen. Confía en Dios y espera.»
—Eres tonto. ¿Eso qué significa?
—Significa que usted es un ángel... ¡Ay! si se me presentara ocasión de mostrarle mi agradecimiento... ¿Pero yo qué puedo si soy como un guijarro de las calles, á quien todo el mundo da con el pié?
—Vamos, no te acuerdes de mis beneficios, que no valen nada—dijo Gloria con impaciencia, mirando al cielo á ver si había concluído de llover.
—¿Que no me acuerde? ¿Que no me acuerde de quien me da el pan de cada día? No la aparto á usted del pensamiento á ninguna hora, y creo que antes que olvidar á mi ángel tutelar, me olvidaré de mí mismo y de la salvación de mi alma. Me parece que veo en todas partes á mi Divina Pastora. Anoche, señorita Gloria, soñé con usted.
—¿Conmigo?—dijo Gloria sonriendo.—¿Qué soñaste?
—Una cosa triste, pero muy triste.
—¿Que me moría?
—No: que me había olvidado usted á mí y á mis pobres hijos y ya no nos hacía caso.
—Es particular. ¿Y por qué os olvidaba yo?
—Porque estaba usted enamorada.
Gloria se sonrojó, poniéndose seria.
—Sí: soñé que había venido un hombre.
—¡Un hombre!
—Es claro. ¿Pues á quién podía querer usted sino á un hombre?... Yo le veía, y me parece que le estoy viendo.
—¿Cómo era?—preguntó Gloria sonriendo.
—Era... ¿cómo decirlo?... un hombre horrible, espantoso...
—¡Jesús!
—No, entendámonos... no era horrible de cara, sino al contrario, tan hermoso, que no hay otro semblante que pueda comparársele sino el de Nuestro Señor Jesucristo.
—Entonces, ¿por qué te espantaba?—preguntó Gloria prestando á aquella trivialidad más atención de la que merecía.
—Porque se la llevaba á usted lejos, muy lejos—dijo Caifás con el énfasis de un artista muy poseído de su asunto.
—Caifás, no me marees con esos novios horribles y guapos y que llevan muy lejos.
—Yo soñé que había venido volando por los aires, y que caía del cielo como un rayo.
—Vamos, calla. Me voy á destemplar otra vez. Esta tarde he estado muy nerviosa en la Iglesia; José, tuve mucho miedo.
Gloria se levantó.
—¿Sabes—dijo después de mirar al cielo,—que la tempestad no cesa? Extraño mucho que de mi casa no me hayan mandado á buscar.
—Es particular—indicó Caifás,—¿quiere la señorita que avise?
—No, ya vendrán. Papá querrá mandarme el coche, y estarán enganchándolo... Pero ahora me acuerdo de que una de las mulas se ha puesto mala ayer... Al menos ha podido venir Roque con un paraguas.
—Yo tengo uno que está roto—dijo Mundideo;—pero algo tapa. ¿Quiérelo la señorita?
—No, esperaré. Han de venir.
Como pasase algún tiempo, Gloria se impacientó mucho.
—Pues estoy con gran cuidado. Anochece, y nadie viene á buscarme. ¿Habrá pasado algo en mi casa?
—¿Quiere la señorita marcharse? Vamos allá. Parece que ahora llueve menos.
—Sí, el temporal cede. Vámonos. Aprovechemos este claro. ¡Cómo estarán esas calles!
—La distancia es corta.
Caifás sacó de detrás de San Pedro un paraguas rojo, y lo abrió dentro de la casa para enterarse de su estado. No era pieza, en verdad, de consolador aspecto para un día de temporal. La tela huía de las puntas de las varillas, dejándolas descubiertas, y los descosidos paños se recogían hacia dentro, plegándose como las hojas de una flor marchita.
XVI Ya llegó.
—Está bueno—dijo animosamente Gloria.—Vamos.
Después de dar á los chicos todos los cuartos que llevaba, la señorita y el sacristán salieron. Gloria se recogía el vestido, Caifás ponía cuidadosamente el paraguas de modo que su Divina Pastora se mojase lo menos posible, y le indicaba los charcos del camino y las piedras salientes donde debía poner el pié.
—Estoy con cuidado—repitió Gloria.—¿Qué sucederá en mi casa?
Cerca de la Abadía y á mayor altura que ella, contenido por grueso muro de mampostería sobre la calle de la Poterna, estaba el cementerio de Ficóbriga. Gloria nunca pasaba por allí sin sentir religiosa emoción.
—¡Qué mala noche para mis pobres hermanitos, Caifás!—dijo.
—Ellos no tendrán frío como nosotros—repuso el sacristán.
—Es verdad; pero somos tan materiales, estamos tan apegados á la tierra, que no podemos pensar nada del alma si no lo referimos al cuerpo.
Sopló de súbito otra racha del Noroeste tan fuerte, que los dos viajeros tuvieron que detenerse. A Caifás se le volvió el paraguas del revés, y tuvo que hacer grandes esfuerzos para defenderlo del viento que quería arrancárselo de las manos. Una rama arrastrada por el huracán pasó rozando el rostro de Gloria. Después la lluvia les azotó á entrambos con furia.
—¡Jesús, Dios nos favorezca!—exclamó.
Lívida claridad iluminó á Ficóbriga, y Gloria vió una cinta de fuego bajar culebreando hasta los techos de la villa, á punto que el trueno retumbaba en los altos cielos llenos de agua.
—¡Un rayo!—gritó con angustia.—Caifás... ¿no te parece que ha caído en mi casa?
Detúvose espantada y sin aliento mirando hacia Oriente; mas en la negrura de la noche no se distinguían con precisión los edificios.
—Por allá parece que cayó... pero mucho más lejos. No tenga la señorita cuidado; ha caído en la ría.
—Corramos, Caifás; me he quedado muerta. ¡Dios mío, qué nerviosa estoy esta noche! Juraría que el rayo cayó sobre mi casa.
—Es el hombre que ha bajado del cielo—dijo Mundideo riendo;—el hombre con quien yo soñé.
—Tú estás borracho... Por Dios, José, ¿querrás callar?... Mira que estoy muy excitada esta noche. Me haces daño.
—Pues callo.
—Aprieta el paso... Vaya, al fin estamos cerca. Veo luz en la ventana del cuarto de papá. Parece que todo está tranquilo.
La noche era obscurísima; mas no tanto que no se viese perfectamente la superficie de un gran charco que las aguas habían formado en la plazoleta frente á la casa de Lantigua.
—Bonito está esto, Caifás. Si es un lago la plaza...
—Yo pasaré á la señorita en brazos—dijo Caifás disponiéndose á hacer lo que decía.
—No, no es preciso. Por aquí, por el callejón se puede pasar á la casa vieja. Me parece que está abierta la portalada.
Ya hemos dicho que el palacio de Lantigua lo componían dos casas, la vieja morada solariega de los primeros Lantiguas y la moderna que fabricó el indiano y que fué heredada por D. Juan. Ambos edificios estaban unidos exterior é interiormente, pero la vieja no tenía sino un par de piezas habitables. Lo demás destinóse á granero y almacén. En la planta baja había un hermoso establo y las cocheras. Por la portalada de la casa antigua entró Gloria, después de dar las gracias á Mundideo por su compañía.
Subió rápidamente la escalera vieja, atravesó el largo corredor desierto y entró en una vasta pieza que servía para conservar frutas en cuelga, y contenía sacos vacíos, arcas y otros objetos. De allí se pasaba á otra pieza amueblada que servía de comunicación con la casa nueva. Gloria empujó la puerta y al pronto sorprendióse mucho de ver luz allí donde no habitaba nadie. Entró y miró á todos lados, quedándose atónita y sin habla por breves momentos. Allí había un hombre.
Estaba tendido en la cama y cubierto con gruesas mantas, á excepción de la cabeza. Sobre la cercana mesa había una luz. La señorita dió algunos pasos hacia el lecho, y vió un rostro lívido y dolorido, con algunas manchas amoratadas como de golpes, entreabierta la boca, cerrados los ojos, ligeramente fruncido el ceño, húmedo el pelo. El perfil de aquella cara era perfecto, la frente hermosísima, entre obscuros cabellos desordenados. De las cejas rectas ligeramente arqueadas hacia la sién, partía la naríz aguileña, fina, intachable, como cortada por diestro cincel. Bigote castaño y barba del mismo color, un poco puntiaguda y ligeramente bifurcada en su extremidad, remataban dignamente un rostro que era de los más acabados que pueden imaginarse. Gloria, en aquel breve instante de observación, hizo un paralelo rápido entre la cabeza que tenía delante y la del Señor que estaba en la Abadía, dentro de la urna de cristal y cubierto con blanquísimas sábanas de la más fina holanda.
Pero no había tenido tiempo de hacer deducción alguna cuando se abrió la puerta que comunicaba con la casa nueva, y aparecieron D. Angel y D. Juan. Andaban con cuidado para no hacer ruído.
—¡Oh! ¿Ya estás aquí?—dijo D. Juan.—¿Por dónde has entrado?
—Por la portalada.
—Hija, no mandé á buscarte porque no hemos tenido un punto de reposo. Ya ves.
Don Juan señalaba al hombre.
—Nos hemos llevado un rato, hija...—dijo el obispo con orgullo.—Pero por bien empleado. Hemos realizado un acto heróico.
Gloria preguntaba con la mirada.
—Ahí lo tienes, ahí tienes á un desgraciado joven á quien acabamos de salvar del furor de las olas. ¡Qué satisfacción tan pura!
—Pero no hagamos ruído—murmuró don Juan.—El médico ha dicho que no hay ya cuidado; pero que se le deje descansar.
—¿Y quién es?—preguntó Gloria.
—Es... el prójimo. ¿Qué nos importa? ¡Bendito sea Dios que nos ha permitido hacer esta obra de caridad!
—Si no es por D. Silvestre...
—¿Don Silvestre le sacó?
—De en medio de las olas, hijita. Todavía estoy conmovido. ¡Qué tarde hemos pasado! Pero triunfamos de los elementos, y todos se salvaron. Los pobres náufragos están repartidos por las casas de Ficóbriga, y á nosotros nos ha tocado éste... Pero estás hecha una sopa, hija. Ve á mudarte de vestido.
El hombre se movió entonces, y dijo algunas palabras en lengua que ninguno de los presentes entendió.
XVII El vapor «Plantagenet.»
Retrocedamos unas cuantas horas.
Después que Su Ilustrísima, bajando de paseo á la playa, dijo aquellas palabras: «¡pobres marineros, pobres navegantes!» siguieron andando á toda prisa para guarecerse en la casilla del resguardo. Todos deploraban el chasco, y aunque D. Angel reía para animar á los demás, antes se oían quejas que felicitaciones en el grupo. El grave doctor López Sedeño tuvo la mala suerte de meter su pié derecho en barro hasta la pantorrilla, con lo que todos recibieron gran disgusto. Por fin llegaron á la casilla del resguardo, que fué como tocar la tierra después de un largo viaje por entre escollos y tormentas.
—Es cosa de cantar un Te Deum—dijo Romero sacudiéndose la ropa.
Don Angel, tomando asiento en un barril vacío que le presentaron, repitió:
—¡Pobres marineros!
En el mismo instante oyóse un cañonazo. Era un buque que pedía auxilio. Miraron todos, y entre la bruma del mar vieron un fantasma que elevaba sus brazos al cielo con desesperación, vomitando humo.
—¡Un vapor, un vapor!—gritaron todos.
En el embarcadero, reuniéronse al punto muchos marinos y pescadores.
—¡Se estrella contra Los Camellos!
A la izquierda de la boca de la ría había una serie de rocas que se mostraban completamente en marea baja, y en la pleamar eran indicadas por movibles espumarajos del agua. Uno de los peñascos tenía forma parecida á un camello, y de aquí vino el nombre dado á todo el arrecife.
—¡Jesucristo les ampare! ¡Pobres marinos!—exclamó el obispo, asomándose también á la puerta. ¿Conocen ustedes ese barco?
—Es inglés—indicó un marinero.
—Ya; es el Plantagenet—dijo un forastero de los que á la sazón se guarecían allí.—Le he visto la semana pasada atracado en los muelles de Manzanedo descargando carriles.
—¿Y se perderá, se perderá?—preguntaron con ansiedad D. Juan, D. Angel y los demás de la partida.
—Debe de haber perdido el timón, y no puede gobernar—dijo un robusto y hermoso marinero, que vestía grueso camisón de lona, pantalones recogidos dejando ver toda la pierna desnuda, y cubría su varonil cabeza de Neptuno con un sueste de hule que por todos sus bordes despedía el agua.
—¡Pero se ahogará esa pobre gente!—exclamó con terror el Sr. de Lantigua.—Germán, es preciso hacer un esfuerzo.
—Señor, es ir á buscar la muerte, señor—repuso Germán llevando la mano á la delantera del sueste.
El Plantagenet, mientras de este modo se discutía sobre su suerte, se acercaba más á Los Camellos. Arrojaba el vapor silbando con verdadera rabia, como lanza su grito el animal herido que presiente la muerte. Era un buque pesado y sin elegancia, como nave de carga. Su casco parecía un almacén negro, y su arboladura sin garbo ni esbeltéz consistía en tres palos con escaso cordaje. Tenía dos vergas en el palo de trinquete, y en el de mesana, que era pequeñísimo, flotaba un girón rojo, ennegrecido por el humo, en cuyas aspas podían reconocerse las insignias de la Gran Bretaña. La proa vertical se alzaba desmesuradamente, mostrando hasta el último número de las medidas de flotación y las planchas rojas de hierro mal pintado. Daba grandes tumbos á babor y estribor, mostrando ora la horrible panza, ora la cubierta en desorden, negra y húmeda, las escotillas, el mamparo de la máquina, el puente y la chimenea negra, con dos anillos blancos y una T, emblema de la casa Taylor and Co, de Swansea, poseedora de treinta y dos buques de carga y pasaje.
El pobre barco inspiraba esa compasión hondamente patética que acompaña al espectáculo de los grandes peligros. Se le veía forcejear con las olas tratando de gobernarse con la hélice para huir de los escollos, y su figura tomaba la especial fisonomía que adquiere todo lo que interesa, personificándose á los ojos de los que están en salvo. No era un buque, sino un hombre, un pobre nadador que luchaba con la resaca; se le veía romper las olas con la dura cabeza, y sacarla fuera para respirar por los dos agujeros llamados escobenes, abiertos á manera de narices. La hélice trabajaba con frenesí, tornillando el agua y sacando hirvientes virutas de espuma. Tragaba el casco inmensos sorbos de agua y al tumbarse los arrojaba en catarata por los portalones, sin cesar de dirigir al cielo su espantosa imprecación en forma de humo densísimo y de rugiente vapor blanco y rabioso como el chorro de la ballena herida.
—A los condenados ingleses—observó Germán,—les pasa esto por borrachos. Sabe Dios los cuartillos de aguardiente que tendrá á estas horas en el buche el capitán.
—No digáis desatinos, hijos míos—manifestó con angustia el señor obispo,—y ved si podéis salvar á esos desgraciados.
Germán puso un gesto que daba miedo.
—Ese buque venía á nuestro puerto—dijo el prelado, buscando todos los medios para interesar á los rudos marineros ficobrigenses,—con el fin de traernos riquezas, mercancías, dinero, trabajo.
—Perdone Su Ilustrísima—gruñó uno de los presentes.—El Plantagenet no puede entrar en esta ría. No es sino que pasaba para Levante, se sintió con averías y quiso guarecerse en el abra de Ficóbriga, aguantándose á máquina. Pero se le rompió el timón, y ya ve Su Ilustrísima... Dentro de dos horas no quedará nada.
—Sí, ya veo que el buque no puede salvarse; pero la tripulación, la tripulación...
En aquel momento el pobre Plantagenet volvió la proa á Noroeste y hundió toda la popa en el agua. Había caído en la trampa. Los agudos escollos, como tenazas de hierro, trincaron la quilla de popa y la hélice: la presa no debía ser soltada ya. Alzaba el buque moribundo la proa, dejando en descubierto toda la roda y á ratos parte de la quilla. Ya no se movió más; y en su convulsión postrera temblaban las rotas jarcias; y el palo de trinquete con la doble cruz formada por las vergas se doblaba como un báculo roto. Entonces las olas avanzaron triunfantes sobre el cadáver de la nave que ya era un cuerpo inmóvil, y se posesionaron de él, ébrias de feróz gozo. Una entraba frenética y se metía hasta las bodegas; otra pasaba por encima de la cubierta arrollando cuanto hallaba al paso; ésta subía, salpicando por las escalas de las jarcias, hasta tocar las cofas; aquélla se estrellaba contra la convexa armadura negra; y otra, la más fatua de todas, daba un salto hasta la chimenea y entraba por la boca para inundar las máquinas.
—¡Hijos míos!—exclamó el obispo en tono grandioso, alzando la mano bendecidora de los pueblos.—No sois cristianos, no sois españoles, si dejáis perecer á esa pobre gente.
Los marineros gruñeron. Se miraron unos á otros, buscando entre ellos al más valiente. Pero el más valiente no parecía.
—No se puede, Ilustrísimo Señor—dijo al fin Germán, encogiéndose de hombros.
—Parece que se aplacan las olas—manifestó D. Juan, que trataba de convencer á dos marineros amigos suyos.
—¡Animo, muchachos!
—En nombre de Nuestro Señor Jesucristo—dijo Su Ilustrísima con exaltación evangélica,—os suplico que salvéis á esos pobres náufragos. ¡En nombre de Nuestro Señor!...
Profundo silencio. Alguno se rascaba la oreja. Alguno se escabulló bonitamente, subiendo á Ficóbriga.
—Señor, que nos vamos á ahogar todos—exclamó Germán.—¿No ve usía esas mares como montañas?
—Fuera de aquí, cobardes—gritó una voz enérgica, terrible, única voz digna de alzarse entre la espantosa música de los mares.
Era la voz del cura.
—¿Qué, se atreverá el señor cura?...
—¿Pues no me he de atrever?—vociferó don Silvestre arrojando manteo, canaleja, paraguas, inútil carga de fastidiosos dengues. Su impetuosa naturaleza, su indómito valor, hecho á los combates con la Naturaleza, mostróse en sublime cuadro.
—¡Bien, bien por el soldado de Cristo! ¡Bien por el sacerdote!... ¡Aprended, hombres sin fe!—exclamó el obispo derramando lágrimas de piedad y admiración.
Don Silvestre se arremangó los brazos, mostrando las musculosas manos de oso, aquellas manos que lo mismo tomaban la hostia que el remo. Quitada también la sotana, se encajó una camisuela de lana.
—¡Venga la trainera[A], un cable, dos!... A ver quiénes son los guapos que me van á acompañar.
—Yo, yo, yo...
Y todos querían ir.
—Tú, tú, tú, tú...—dijo rápidamente el cura, escogiendo su escuadrón.
XVIII El cura de Ficóbriga.
Ha llegado la ocasión. A su hazaña debe preceder su retrato. Era D. Silvestre joven, sanguíneo, fuerte, grandullón de cuerpo, animoso hasta la temeridad, ambicioso de aplausos y ganoso de estar siempre en primera línea; grande amigo de sus amigos, y al propio tiempo muy alegre, muy rumboso, vivísimo de genio, generoso y de trato galán y campechano con grandes y pequeños. En la Iglesia, las hembras le querían mucho, porque predicaba con alta entonación y dramático y pintoresco estilo; los varones también, porque despachaba la misa en un momento. Así es que cuando decía misa el padre Poquito, que era de mucha pesadéz, todos aquellos fieles, abrumados de ocupaciones, se quedaban charlando en la plaza.
—Para una misa corta no hay otro como D. Silvestre—decían.—Bien comprende que no somos holgazanes, que van á desperezarse y á dormir en la Iglesia. Hace todas las ceremonias y dice los latines con una presteza que enamora.
Don Silvestre era hombre rico. Además de que poseía regular hacienda heredada, se había dado mañas para adquirir algunas mieses, prados, y por último, una hermosa finca de bienes nacionales. Vivía con comodidad, y no era tacaño ni apuraba á los pobres caseros para que le pagasen, sin descuidar por esto la administración de sus bienes. Socorría á los menesterosos, se preciaba de hacer muchas limosnas, y por esto, así como por su carácter franco y bondadoso, estaba muy en paz con sus feligreses.
—Don Silvestre no es un santo—decían allí;—pero sí un caballero.
El párroco tenía además una salud de hierro, fortalecida con el frecuente ejercicio de la caza y la pesca, diversiones que ocupaban gran parte de su existencia. Su casa era, pues, un arsenal venatorio y piscatorio, cual no se veía en aquellos contornos. Escopetas, carabinas, cuchillos, trampas, mil artificios ingeniosos, ora aprendidos, ora inventados por su propio genial cacumen, y que tenían por objeto apoderarse de la mitad del reino volátil, ocupaban una regular pieza. En la otra no faltaba ninguna abominable máquina de las que arrancan del seno de las aguas todo lo nadante. Cañas, liñas, aparejos, diversos linajes de anzuelos, garabatos, pinchos y agujas, los unos para la merluza, los otros para el calamar; moscas artificiales para las pobres truchas de los regatos, garfios para los salmones de los ríos, guadañetas para los calamares, y además redes, chinchorros, tramayos, medio-mundos, palangres; todo lo guardaba aquel Nemrod de la tierra y los mares.
Había nacido Romero en aquella región montaráz que llaman Picos de Europa, donde parece que el hombre retrocede á las primeras edades venatorias, y ha de vivir disputando á las bestias el suelo, que aún no se sabe si pertenecerá á la fuerza ó la destreza. Agil, valiente, emprendedor, atrevido, había desafiado los temibles osos, en compañía de otros jóvenes del país. Se familiarizó con el terreno abrupto, quebrado, con los precipicios, las cascadas, las deformidades de un suelo que parece no ha concluído aún de tomar, después del cataclismo, su forma definitiva, y vivía contento en su salvaje y libre estado. Mas como la voz paterna sonara un día en sus orejas, haciéndole ver la conveniencia de no dejar perder ciertas capellanías, Silvestre se atiborró de latín y se hizo cura. No le fué mal. Olvidó muchas cosas, pero no la ingénita afición á la caza.
—Es un vicio—decía,—pero un vicio de reyes.
Don Silvestre era hombre vehemente y algo testarudo. En el desempeño de cuanto tomaba á su cargo ponía siempre mucho ardor. En cierta ocasión le dió por revocar y componer la Iglesia, y se hizo pintor, albañil y arquitecto. Cuando le escribieron para que trabajase en las elecciones, realizó estupendas maravillas. Su regular hacienda, el prestigio de que gozaba en el pueblo, su carácter jovial y caballeroso le hacían á propósito para acaudillar hueste de electores y mangonear eficazmente en la comarca. Ponía con tanto ahinco su voluntad y su influencia al servicio de la causa política, que durante los azarosos días en que los ficobrigenses ejercitaban el más importante de sus derechos, el buen don Silvestre no paraba en el bosque, ni en la playa, ni en la sacristía, ni en su casa, sino que, cual poseído del Demonio ó enamorado, corría de una parte á otra sin descanso. Viéraisle allí emplear doctamente ora la astucia, ora la amenaza, con éste la ruda coacción, con aquél el malicioso soborno, y de este modo someterles á todos á su arbitrio.
Con tales experiencias adquirió Romero acabada maestría en el arte de elegir, que nunca ha sido fácil, que á muchos empequeñece, pero que al cura de Ficóbriga, por su mucho ingenio y sutileza, le ponía en los cuernos de la luna. Montar á caballo, andar seis ó siete leguas con frío y nieve en busca de Fulano para comprometerlo; tomar la delantera á los contrarios acumulando recursos sin aumentar por eso de un modo escandaloso la tarifa de gastos electorales; realizar el portento de la multiplicación de los panes y de los peces aplicado á las cédulas de votar, eran otros tantos arbitrios que aumentaban la valía de D. Silvestre. Como prueba de su enérgica voluntad avasalladora, óigase lo que la misma Ficóbriga refería poco há.
Estaba muy reñida y á punto de perderse la elección. Entre los votantes de última hora había un pastor de aquellos andurriales, hombre zafio y torpe que apenas sabía hablar. Cansado del plantón en las puertas del edificio donde funcionaban los comicios, y maldiciendo las obligaciones políticas que le habían llevado tan fuera de su rústico elemento, volvió la espalda y se marchó. Había junto á la urna electoral un río, por más arriba vadeable, por allí muy hondo. Mi hombre tomó por el vado las de Villadiego.
Aquel voto de menos podía comprometer seriamente la elección. Advirtiólo D. Silvestre, y bramando de furor llamó al campesino, que en salvo ya en la otra orilla y frente por frente de los comicios, con el río de por medio, hacía con ambos brazos gestos de burla y provocación. Exasperado D. Silvestre contra aquel salvaje, que no sólo se escabullía en el momento de votar, sino que con los signos de los dos movibles brazos le insultaba delante de la Nación en el momento de ejercer ésta su soberanía, no reparó en nada, y con presteza suma se arrojó al agua. Como era gran nadador y se había despojado del levitón que le ceñía, bien pronto puso el pié en la otra margen del río. Corrió hacia el fugitivo, le agarró por el cuello, y arrastrándole con hercúlea fuerza, se metió con él nuevamente en el agua, y asido por los cabellos le trajo á la orilla de acá y le entró en la casucha y le puso, chorreando agua, delante de la urna. Este acto de energía, atemorizando á los que se mostraban indecisos, aseguró la elección.
Otras muchas anécdotas podría contar para mayor realce de la valentía de este varón insigne; pero no quiero alargar las dimensiones de su retrato. A fin de que sea, aunque breve, completo, diré que D. Silvestre despuntaba en los juegos de tresillo y ajedréz. El y D. Juan de Lantigua se batían sobre el tablero casi todas las tardes. Como poseía dos ó tres lanchas de pesca, salía á la mar muchas tardes y era más conocedor del terrible elemento que los mejores prácticos de Ficóbriga. También nadaba como un pez, siendo el asombro de todos cuando se ponía á luchar con las olas, y si se ofrecía empuñar el timón ó el remo y dirigir la ciaboga mientras la embarcación pasaba la barra, los marineros más forzudos no le igualaran. Muchos aseguraban que el mar le tenía miedo, y bien se podía decir con el Libro Santo: Draco iste quem formasti ad illudendum ei; «este dragón á quien hiciste para burlarle.»
Cuando le hemos conocido, la ocupación favorita y el sueño dorado de D. Silvestre eran cuidar una huerta primorosa que había formado en un sitio llamado el Soto de Briján, frente á Ficóbriga, á la otra orilla de la ría, pasando el puente de Judas. Allí estaba la mayor parte del tiempo, sin descuidar sus deberes parroquiales (dicho sea en honor suyo). Aunque vivía de ordinario en Ficóbriga, tenía en el Soto hermosa casa, los mejores frutales del país y un amplio corral y establo llenos de animalia pusilla cum magnis, de cuanto Dios crió. Pavos, gansos, gallinas de diversos linajes, vacas de leche, conejos, cerdos gordísimos, á quienes D. Silvestre solía rascar con la punta del bastón, pájaros, cabras exóticas; en suma, nada de cuanto puede hacer placentera la vida del campo faltaba allí.
En los días de nuestra historia no atendía mucho D. Silvestre á su granja, porque le distraían los negocios electorales de su buen amigo Rafael del Horro. Habíase estrechado esta amistad por relaciones periodísticas, y por la virtud de ciertas cartas que D. Silvestre escribió desde Ficóbriga á un periódico de Madrid, firmadas con el pseudónimo de El pastor de la montaña. Rafael del Horro vivía en casa del cura y todas las horas las pasaban en grata conferencia sobre los elementos de que podían disponer y las probabilidades de triunfo. Habían concertado plantarse ambos en el terreno de la lucha y no abandonarlo hasta alcanzar completa victoria sobre los impíos.
Este era el hombre extraordinario y valeroso que dijo: «Yo salvaré á los náufragos.»
Momentos después saltaba á la trainera. Impávido se lanzó á las olas. D. Silvestre tenía fe en su poderoso brazo, en su pericia de marino y de pescador.
La trainera embistió las olas. Subía por la empinada pendiente, desapareciendo después entre revueltos torbellinos de espuma. A veces creeríase que los montes de agua se la tragaban de un sorbo, á veces que la escupían entre salivazos de rabia. Pero avanzaba, débil y valerosa, como la fe en Dios, por entre los embates del mundo.
Don Angel se había quitado el sombrero que era ya una esponja, y arrodillándose en el fango, rezaba en voz alta. D. Juan, Rafael, Sedeño, sentían las vivísimas emociones del sentimiento cristiano en su mayor pureza.
—Llegarán, llegarán y les salvarán—dijo D. Angel con la inefable convicción del creyente.—Dios oirá nuestros ruegos.
Y los atrevidos salvadores lograron acercarse á los costados del buque, recogieron el grueso cable que de éste les fué arrojado, y en menos de una hora toda la tripulación estuvo en tierra. ¡Admirable efecto de la misericordia de Dios! Cuando la trainera volvió á tierra, las olas se aplacaron, como si el mismo Océano, que jamás perdona, se sintiera enternecido. Cuando los infelices tripulantes (eran ocho) pusieron el pié en tierra, D. Angel les abrazó á todos, mezclando sus lágrimas con el agua salada que les empapaba. Habían acudido á la playa el alcalde, el secretario, el alguacil y muchas personas, entre las cuales se contaba D. Juan Amarillo, que era vicecónsul de Francia. En un instante se decidió dar á los desgraciados náufragos el auxilio que necesitaban, conviniéndose en repartirlos en las casas de más viso. Al Sr. de Lantigua le tocó uno con graves contusiones y que había perdido el conocimiento.
XIX El náufrago.
Le asistieron con grande solicitud; le acostaron; vino D. Nicomedes, médico titular de Ficóbriga...
—Golpes en la cabeza, que no parecen tener gravedad—dijo,—y además un poco de asfixia.
Ordenó algunos remedios caseros y que le dejasen reposar después. Hízose todo con presteza, y el enfermo, después de pronunciar algunas palabras á media voz, reposó al parecer tranquilo. Salieron de la pieza un instante y cuando volvieron á entrar, el caballero (pues indudablemente lo era) sacado de las aguas abrió los ojos, mirando á todos lados con curiosidad.
—Tranquilícese usted—dijo D. Juan.—Está usted entre amigos, bien asistido, y no carecerá de nada. El lance ha sido terrible; pero gracias á Dios, usted y sus dignos compañeros están en salvo.
El náufrago dijo algunas palabras en inglés. Miraba á un lado y otro, abriendo con gozo á la luz sus ojos azules, y examinando uno por uno los semblantes de Gloria, D. Juan y D. Angel. Los que resucitan no miran de otro modo.
—Estoy en...—murmuró en español.
—En España, en Ficóbriga, humildísimo puerto de mar, que si tuvo la desgracia de presenciar la pérdida del Plantagenet, también ha tenido la dicha de arrancar ocho hombres á la muerte.
Con acento patético y solemne dijo el náufrago:
—¡Señor, Señor nuestro! ¡cuán maravilloso es tu nombre en toda la tierra!
Y el obispo repitió el salmo en latín:
—¡Domine, Domine noster, quam admirabile est nomen tuum in universa terra!
Hubo un instante de grave silencio, en que todos los presentes sintieron su corazón palpitar con fuerza.
—¿Y qué tal se encuentra usted?
—Bien, bien—respondió el extranjero con seguro tono, poniendo la mano sobre su corazón.—Gracias.
—Aunque habla usted nuestra lengua, se me figura que es usted inglés.
—No señor; yo soy de Altona.
—¿Altona?—dijo Su Ilustrísima, poco fuerte en geografía moderna.—¿Dónde es eso?
Y al instante se acercó á un viejo mapa que de la pared colgaba.
—Es sobre el Elba, cerca de Hamburgo—manifestó D. Juan.
—Soy hamburgués de nacimiento—dijo con entera voz el enfermo,—pero mi familia es de Inglaterra. He vivido seis meses en Sevilla y Córdoba hace tres años, y ahora...
—¿Iba usted para Inglaterra?
—No le conviene mucha conversación por ahora—dijo solícitamente Su Ilustrísima.—Dejémosle descansar.
—Gracias, señores. Puedo hablar. Sí, yo iba á Inglaterra. Dios no ha querido...
Su semblante expresó viva pesadumbre.
—Tranquilidad, amigo—añadió D. Juan.—No hay que apurarse. Irá usted á su casa. ¿Tiene usted familia?
—Padres, hermanos...
—Cuide usted de reponerse. En mi casa no le faltará nada. Mi nombre es Juan de Lantigua; este es mi hermano Angel, obispo de ***, y esta señorita es mi hija Gloria. Le cuidaremos á usted lindamente. Dios nos manda consolar al triste, amparar al desvalido. Todos los días no se presenta ocasión de practicar las obras de misericordia.
El náufrago miró sucesivamente á D. Angel y á Gloria, conforme el Sr. de Lantigua se los presentaba, y después, tomando la mano de éste, la oprimió contra su pecho.
—El que sigue la misericordia—dijo,—hallará vida, justicia y gloria.
Don Angel repitió también en latín esta sentencia de Salomón.
—Ahora—dijo el Sr. de Lantigua,—descanse usted, señor... ¿Cómo es el nombre de usted?
—Daniel.
—¿Y su apellido?
—Morton.
Al decir su nombre, el extranjero añadió las más ardientes y cariñosas expresiones de gratitud. Les devoraba á todos gozosamente con los ojos, como si fueran apariciones celestiales que sucedían al horror y á las tinieblas de la muerte.
—Esto que hemos hecho—dijo D. Juan,—no merece ni alabanza ni agradecimiento. Es lo más sencillo y fácil que nos ha mandado Jesucristo... Pero usted tomará algo. Gloria, haz preparar una buena colación para este caballero. Ya comprenderás que no debe tomar cosas pesadas.
XX El santo proyecto de Su Ilustrísima.
El sol apareció seis veces por encima del gallardo pico de Monteluz, junto al mar; seis veces se hundió tras de la Cotera de Fronilde, vistiendo de púrpura las montañas, y en la casa de Lantigua no ocurría nada digno de ser contado. Unicamente ocuparon los ociosos ratos fervientes elogios de la acción heróica de D. Silvestre, comentándola quier por el lado humano, quier por el divino, y poniéndola todos en las mismas nubes como en realidad merecía; resultado portentoso, al decir de D. Angel, de la fe cristiana y de la hercúlea constitución física que debía el gran Romero á la bondad de Dios.
La noticia corrió por toda la provincia, que tiene el honor sumo de sustentar en su risueño suelo á la excelsa Ficóbriga, y llegó hasta Madrid, llevando camino de pasar después á Londres, como en efecto pasó.
Orgullosísimo estaba D. Silvestre, y aquellos días tenía una cara como el sol resplandeciente, y sin cesar repetían sus labios el trance sublime, pintando en términos tan vivos la furia del borrascoso mar, que los oyentes creían verlo. Daniel Morton gustaba más que ninguno de oir contar al Sr. Romero la historia toda del naufragio y salvamento milagroso, y no sabía de qué manera mostrarle su agradecimiento, pues no bastaban las manifestaciones de una amistad profunda que debía durar tanto como la vida.
El extranjero sacado de en medio de las aguas no había podido aún dejar el cuarto que le fué destinado, pero recibía frecuentes visitas de todos los habitantes de la casa, que le trataban con muchísimo agasajo y cariño. El por su parte merecía bien tantas atenciones, porque era de lo que no hay en punto á caballerosidad y cortesía. Bien pronto conoció D. Juan que había dado albergue á una persona bien nacida, de trato muy afable, de carácter noble y recto, delicadísima y adornada con instrucción tan vasta, que en casa de Lantigua todos estaban atónitos.
—¡Cómo se conoce que es un cumplido caballero!—manifestó D. Juan á su hermano cuando los dos, juntamente con el doctor Sedeño, tomaban chocolate, después de volver de la Abadía, donde el prelado decía misa diariamente.
—Es verdad. Me agrada en extremo—dijo el obispo.—¡Lástima que sea protestante!
—¿Y lo será?
—Debe de serlo—afirmó Sedeño.—Siempre que hablamos de asuntos religiosos parece deseoso de esquivar la conversación.
—¿Pero ha dicho algo ofensivo á nuestra Santa Iglesia?
—Ni una palabra. Se muestra muy deferente con el catolicismo, y no le he oído jamás vocablo ni reticencia que puedan tomarse á vituperio...
—¡Qué ocasión, hermano mío—indicó don Angel con devoto celo,—para hacer una gran conquista, para traer una oveja al rebaño de Jesucristo!
—Es difícil—murmuró Lantigua.—Será hombre de convicciones.
—Pero de convicciones perniciosas. Mira tú, hermano; pues yo lo he de intentar...
—Cuidado, que estos herejes, cuando les tocan á su herejía, son como el puerco espín.
—Nada se pierde con intentarlo, hombre. El estará todavía algún tiempo en tu casa, porque no es justo que le dejemos marchar antes de que se reponga por completo.
—Seguramente.
—Bien, ¿pues qué se pierde? Yo le diré algo que le llegue al alma. Sembraré, hijo. Si la simiente cae en pedregales, no es culpa mía. Habré cumplido con mi deber.
—Caerá en pedregales—afirmó D. Juan con la sequedad del hombre acostumbrado á ver las malicias del mundo, y cansado de arrojar simiente sobre él sin que naciera jamás.
—Pero figúrate que Dios le toca el corazón, figúrate que un rayo de luz... Nada, no me quedaré sin intentarlo.
—Perderás el tiempo, querido hermano.
—O no... Ese caballero me ha demostrado no ser un alma vulgar. Al contrario, posee un entendimiento privilegiado.
—¡Oh, eso sí! ¡qué lástima!...
—Y un gran corazón.
—También.
—Tenemos lo principal, el terreno.
—¿Y las preocupaciones, y la costumbre, y las ideas adquiridas ya, es decir, la mala hierba que ha echado raíces y todo lo invade?
—Hombre, por Dios. ¡La hierba!... me río yo de la hierba. Nuestro Señor Jesucristo nos enseñó el modo de arrancarla y echarla al fuego. Yo no desconfío hasta no probarlo... ¿Me permites que le proponga quedarse unos cuantos días más?
—Como quieras. Veremos qué tal lo toma... Pero no vayamos á perder su buena amistad, y hasta el agradecimiento que nos tiene...
—Pues mira tú, por eso del agradecimiento le voy á meter el diente; esa es la hendidura de su coraza, y por ahí, por ahí...
Don Juan se echó á reir. Después llamó á su hija. Gloria se había desayunado á la hora en que los pájaros saludan el día, porque en aquél tenía muchas ocupaciones la señorita de Lantigua y era preciso empezar pronto.
Cuando por el comedor pasó apresurada como persona que trae muchos negocios entre manos, su padre le dijo:
—¿Te has olvidado del café para ese caballero?
—No señor. Se lo han subido ahora mismo.
—¡Qué mal gusto tienen estos extranjeros en no gustar del chocolate!—dijo el reverendo D. Angel, arramblando lo que en el fondo del cangilón quedaba.—Gloria, sobrina mía, acompáñame á dar una vuelta por el jardín.
Sedeño tomó un periódico que había llegado la noche anterior, y dirigió á él los vidrios de sus anteojos, poniendo cara de gran importancia.
—Vea usted á dónde conduce la irreligiosidad, Sr. D. Juan—dijo, dando un golpe con la siniestra mano en la hoja impresa.—Oiga usted este caso.
Y leyó. D. Juan, apartando el jicarón, ahuecó la palma de la mano y la puso en el oído al modo de trompeta. Era un poco teniente, es decir, sordo de la oreja derecha, sobre todo cuando había variaciones atmosféricas. En tanto, D. Angel salió murmurando una cancioncilla y acompañado de su sobrina.
—Picarona—le dijo,—gracias á Dios que te echo la zarpa. Tu padre quiere hablarte.
Gloria sintió cierta pena, porque recordó que cuando días antes le dijo su tío «tu padre quiere hablarte,» fué para el enojoso asunto de Rafael.
Al pasar al jardín cogió en la puerta una flor de madreselva y se la puso en la boca para mascullarle el palo.
—Juan se queja—indicó el obispo,—de que no le has contestado aún á una pregunta que te hizo.
—¡Ah! ya sé...—dijo Gloria, sintiendo que las palabras de su tío se le clavaban en el corazón como espinas.
—Pero yo no me mezclo en tales asuntos—añadió Su Ilustrísima.—Allá te entiendas con tu padre. No es sino que como hoy se marcha ese joven... Pero hazme el favor de no andar tan á prisa, que mis piernas, hijita, no están para fiestas. Desde el día de la gran mojada...
—Cuando salvaron al Sr. Morton...
—Por bien empleado doy el chapuzón, eso sí. Gran conquista hicimos. Díme una cosa respecto á ese caballero...
Gloria, arrojando la madreselva, oyó con toda su alma.
—¿Has observado—preguntó Su Ilustrísima deteniendo el paso,—si ese caballero...?
—¿El Sr. Morton?
—Justamente: si ha pronunciado alguna palabra referente á nuestra santa religión.
—Le he oído hablar de Dios, de... Aguarde usted.
—No es eso, tonta, de Dios hablan todos. ¡Cuán pocos le conocen! ¿Le has oído pronunciar alguna frase depresiva para nuestra santa religión?
—No, tío...
—Porque, verás; mi hermano y yo, lo mismo que Sedeño, hemos comprendido que ese hombre es protestante.
—¡Protestante!
Gloria se quedó atónita.
—Es decir, que se condenará—dijo Gloria vivísimamente.—Es lástima que teniendo tan buen corazón...
—Sí que es una lástima... Te confieso que estoy verdaderamente afligido, afligidísimo.
—Si da ganas de correr hacia él y gritarle: «¡Caballero, por Dios, sálvese usted, á dónde va usted...! Véngase usted con nosotros.»
—Justo, como cuando miramos á un ciego que, por no ver el camino, se va á caer en un pozo. Has interpretado á maravilla mi pensamiento. Yo estoy desasosegado desde que ese joven está en nuestra casa, y el día en que le vea marchar tendré un disgusto... quiero decir, si se marcha como ha entrado, ciego.
—Protestante.
—Cabal. Y me parece que soy indigno apóstol de Cristo si no consigo...
—¿Convertirle?—preguntó la señorita con incredulidad.
—¿Te parece difícil? Otras cosas más difíciles se han visto realizadas. Es imposible que Dios haya creado un ejemplar tan hermoso de la persona humana para dejarle perder. ¡Quién sabe si su sabiduría infinita encaminó á este hombre á nuestras playas abriéndole con el naufragio el camino de su salvación!
—¡Oh, quién sabe!—exclamó Gloria, elevando sus ojos al cielo como para preguntarle si era verdad la suposición de su tío.—¡Dios dispone tan admirablemente las cosas!
—El es la verdad, la vida, el camino. Nada, estoy decidido á dirigirme á ese caballero, á encararme atrevidamente con él, como ministro que soy de Jesucristo, y decirle: «Morton, tú debes ser católico.»
—Muy bien, tío—exclamó Gloria, aplaudiendo con entusiasmo.
Sus ojos se humedecieron ligeramente.
—Estoy decidido—continuó Su Ilustrísima, sintiendo en sí la inspiración evangélica, que le hacía tan admirable en el púlpito,—á decirle como Jesús á Lázaro: «¡Morton, despierta; Morton, levántate! Tú no has nacido para vivir en la región de las tinieblas. Arroja esa sacrílega venda y mira esta luz que tengo en la mano, esta luz divina que el Señor se ha dignado confiarme para que te guíe, para que te ilumine. Ven y reposa sobre mi corazón, hijo mío; ven á aumentar el reinado de Jesucristo con tu preciosa inteligencia, con tu sensibilidad exquisita, con tu noble aunque extraviado espíritu.» ¡Oh! y si viene, ese día será el más glorioso de mi vida, porque habré arrancado de las manos de Satanás una víctima; habré rescatado un miserable cautivo de las regiones infernales; habré conquistado una oveja al rebaño de Cristo y aumentado los celestes dominios de la Iglesia; y cuando Dios me llame á juicio, podré decirle: «¡Señor, he ganado una batalla al enemigo!»
—¡Oh, tío, tío de mi alma!—exclamó Gloria, besando con frenesí las manos del prelado, trémulas aún por la oración oratoria.—¡Usted es un santo!
—Santo, no; pero al considerar este caso de que ahora hablamos, no se aparta de mi mente el recuerdo de aquel gentil llamado Saulo, que después fué gloriosísimo apóstol. Yo sería felíz desempeñando el papel de Ananías, que por mandato de Dios corrió en busca del perseguidor de la Iglesia, y le dijo: «Saulo hermano, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo.» Y al instante cayeron de sus ojos unas como escamas, y recobró la vista, y levantándose, fué bautizado.
—San Pablo.
—Una de las más gloriosas conquistas de la fe cristiana, sí. Aquel hombre era tan despejado, que Nuestro Señor quiso traerle á su servicio y le trajo. Hace dos ó tres días que no pienso más que en esto, y cuanto más trato á ese joven, y oigo sus palabras, y mido la altura de su discernimiento, más vivos son mis deseos de decirle: Saulo hermano, Jesucristo me ha enviado á devolverte la vista. En las empresas heróicas, más energía y bravura desplega el alma, cuanto más señalado es el mérito de la plaza que se quiere conquistar y más grandes la fama y destreza del enemigo.
—Y como Daniel parece...
—No parece, sino que es una de las más acabadas hechuras de Dios. Cuando veo aquel admirable y soberbio vuelo de su entendimiento, digo: «¡qué lástima, Señor, qué lástima!» ¿Recuerdas qué bellísima explicación hizo de las fuerzas de la Naturaleza, relacionándolas con la previsión divina?
—Sí, sí, lo recuerdo.
—¿Y aquella sencilla y patética figura que trazó de las costumbres de su anciana abuela?
—¡Oh! Sí, sí, lo recuerdo.
—¿Y las consideraciones que hizo sobre la muerte de sus dos hermanas doncellas, contagiadas de la peste por asistir á los enfermos?
—Sí, tío, sí... lo recuerdo bien.
—¡Y qué bien manifestó sus aficiones sencillas, patriarcales, exentas de vicios, su admiración á las obras de Dios!
—También, también lo tengo presente.
—¿Y el cariño que tiene á nuestro pobre país tan desgraciado?...
—Sí, sí, tío, todo lo recuerdo.
—Y yo al oirle y al verle, digo: «¡qué lástima, Señor, qué lástima!»
—¡Qué lástima!—repitió Gloria cruzando las manos y elevándolas hasta apoyar en ellas la barba.
—Hoy mismo, hoy mismo pienso dar principio á mi gran empresa—afirmó el obispo con noble decisión.—Al fin haremos algo grande en nuestra pobre vida.
—¿Hoy mismo?... pero si se marcha pronto—dijo Gloria afectando naturalidad.
—No, porque tu padre y yo hemos convenido en rogarle que se quede en Ficóbriga y en nuestra casa quince días más ó un mes.
—Entonces, entonces, tío—dijo la sobrinita disimulando mal su alegría,—triunfará usted, triunfará la Iglesia de Jesucristo... ¡Oh! ¡qué excelente idea han tenido papá y usted!
—Ahora subiré á decírselo. Aceptará, porque no se halla bien de salud y el sosiego de este país le repondrá. Hoy le hablo de religión y... no me faltarán argumentos. Donde hay un buen corazón, estamos á la mitad del camino... ¿Sabes si se ha levantado?
—Roque nos lo dirá.
El criado pasaba por el jardín.
—¿Se ha levantado el Sr. Morton?
—Sí señor. Voy con un encargo suyo—dijo mostrando un paquete.
—¿Qué es eso?
—Toda la ropa que el Sr. D. Daniel tenía en los baules mojados. La llevo al señor cura para que la reparta á los pobres.
—Apuesto—manifestó Gloria con pena,—á que D. Silvestre no da ninguna pieza á Caifás.
—Voy al instante arriba—dijo el obispo.
Gloria le acompañó hasta la escalera. Después corrió á la cocina. Su alma revoloteaba en el seno del éter más puro, en plena luz celestial, como los ángeles que agitan sus alas junto al Trono del Señor de todas las cosas.
XXI Sepulcro blanqueado.
Y era en verdad contraste singular que mientras su alma, como dice el salmista, escapaba al monte cual ave, estuviese su cuerpo en lugar tan rastrero como una cocina, y arremangándose los lindos brazos y poniéndose un delantal blanco, empezara á batir con ligera mano muchedumbre de claras y yemas de huevo, que en honda cacerola espumarajeaban formando bolas de fragilísimo cristal. La cuchara, que por la rauda agitación apenas se veía, levantaba amarilla nube; hervían las albuminosas claras, simulando graciosas excrecencias de ámbar y mil y mil engarzos de topacios, en cuyas facetas temblaba la luz. Después pasó aquel menjurge de una cacerola á otra, quitó á un limón toda la cáscara, picóla en menudos trocitos, revolvió con harina los huevos, sacó de un cajón unas viejecillas arrugadas y dulcísimas que en su juventud se llamaron uvas, acaparó bizcochos, apoderóse por último de un molde de hoja de lata, todo con gran presteza y pulcritud, hasta que Francisca, no pudiendo tolerar tal invasión en sus dominios, le dijo de muy mal talante:
—¿Qué haces ahí, tonta? ¿Qué comistrajo es ese?
—Tú sí que eres tonta—repuso Gloria riendo.—¡Qué entiendes tú de cocina fina, ni de pudines!
—¿Y eso para quién es?—prosiguió la respetable criada con ironía.—¿Para el perro? Niña, por Dios, que te vas á echar á perder las manos. Vete arriba, que aquí no hacen falta espantajos.
La antigua cocinera trataba á Gloria con la familiaridad de los criados que han visto nacer á todos los niños de una casa. Gloria, después de agitarse mucho, dió por terminada su tarea y abandonó la cocina, subiendo á su cuarto, donde se ocupó en arreglarse y ponerse guapa, porque la hora del almuerzo se acercaba.
Atentos á ella, entraron en la casa D. Rafael del Horro y el cura, que aquel día andaban muy entretenidos con el negocio de su viaje electoral. Subieron á saludar á D. Juan en su despacho; pero como hallaran á éste muy atareado con las cartas que escribía para varios personajes influyentes de la provincia y que nuestros dos expedicionarios habían de llevar; como además vieran al doctor Sedeño abstraído en la lectura de los periódicos políticos, tornaron al jardín.
Gloria, después de pasar revista al comedor y ver qué tal ponía la mesa Robustiana, salió al jardín. Había en éste, por la parte próxima al camino, un bosquecillo formado de altas magnolias, algunos espesos pinos y dos ó tres plátanos, los cuales sobrepujaban á toda la familia vegetal del repuesto jardín, extendiendo sus grandes ramas en tan grande espacio, que por un lado salían sobre la verja hasta fraternizar con los olmos del camino, y por otro acariciaban las ventanas de la casa. En el centro del bosquecillo había una glorieta, á la que rodeaban espesos matorrales hechos de evónymus, retamas olorosas, tamarindos, verónicas, adelfas y otros arbustos, combinados con primoroso arte. Por detrás corría un estrecho camino semicircular, obscuro, húmedo, en el cual solían verse menudos hilos de telaraña tendidos entre las ramas y en los troncos de los árboles grandes. Gloria entró por este camino. Al poco rato oyó voces y se detuvo. Su primera intención fué no hacer caso y seguir adelante. Pero oyó pronunciar su nombre, reconociendo la voz de Rafael. Este y el cura hablaban en la glorieta. No pudiendo refrenar la curiosidad, escuchó:
—Gloria es perfecta, como usted dice—hablaba el cura,—y además de perfecta es hija única de un hombre rico. Mi opinión es, amigo D. Rafael, que todo no debe ser sentimental y te amo y te adoro, sino que debe mirarse mucho al bienestar de ambos cónyuges. La pintura que usted me ha hecho de lo cara que se ha puesto la vida en esa endiablada Corte, me horripila. Dígame usted, ¿qué tal pinta la abogacía?
—Mal—repuso el joven con hastío,—después que Lantigua entregó su bufete á los pasantes, éstos han acaparado todos los negocios eclesiásticos... Sin embargo, algo se hace.
—¿Y el periodismo?
—Eso no se nombre como profesión lucrativa. Es un excelente medio para hacerse lugar en la política, única carrera de provecho para la juventud.
—Y usted la ha hecho buena—dijo hiperbólicamente el cura.—A los treinta y cuatro años... Este nene va á tragarse el mundo.
—Pero usted no sabe, amigo mío, qué compromisos, qué cargas tan atroces trae este maldito oficio en su primera época. La posición que se adquiere impone...
—¡Ajajá! Ya lo sé. Gastos atroces, ¿no es verdad? ¿Pues qué? ¿Quería usted pescar truchas á bragas enjutas?
—No... ya sé cómo se pescan.
—Por eso dicen que en Inglaterra sólo se dedican á la política los ricos—dijo el cura.—Este sistema me parece excelente.
—En España, por el contrario, es la carrera de los pobres. Y es un mal, lo conozco, pero ¡qué se va á hacer! Los pleitos no dan, amigo mío, sino á los que han empollado el bufete con el calor que les dejó en el cuerpo la silla ministerial. Los negocios exigen capital; el comercio menudo es indigno de quien ha estudiado una carrera científica; no quedan, pues, más que las armas y la política, y á mí no me gustan las armas.
—Las armas de la palabra, de la pluma, amigo mío—dijo el cura con entusiasmo.—¿Sabe usted que si alguna cosa envidio en este mundo es la gloria de usted?
—Pues tiene poco de envidiable—replicó Rafael con cierto tonillo de despreocupación que contrastaba con su habitual prosopopeya.—Yo me río á veces de mí mismo, y cuando estoy á solas en mi despacho, me digo: «parece mentira que seas tú mismo ese que pronuncia tales discursos terroríficos y escribe los artículos furiosos que entusiasman al partido.» Yo, que no soy capáz de matar una pulga ni gusto de que se moleste á nadie, predico la ruína de la sociedad actual; yo, que tengo como cada hijo de vecino mis dudillas acerca de muchas cosas que nos enseña el catecismo, aunque no de las principales, parece, según la vehemencia con que lo digo, que me quiero tragar á los que creen poco.
—¡Ah! ¡ah!—exclamó el cura riendo,—ese es mal común á toda la gente de hoy, blancos y negros. Nadie tiene fe. Hace poco hablaba yo con un señor que pasa la vida escribiendo contra los incrédulos y llevando y trayendo recados al Papa. En confianza me decía: «Sr. D. Silvestre, no hay quien me haga creer en el Infierno.» Yo me reía mucho con sus rarezas, y jamás disputábamos, porque aborrezco las disputas. Ibamos á cazar juntos. Yo le enseñaba el cartapacio de mis sermones para que les echara un vistazo... Ya se ve... Es persona de muy buen gusto y estilo, una especie de fray Luis de Granada sin hábitos y sin fe, y por lo demás sujeto apreciabilísimo, persona excelente. Usted también es de los que hablan mucho y creen poco.
—Entendámonos, señor cura. Yo creo que sin religión no hay sociedad posible. ¿A dónde llegaría el frenesí de las masas estúpidas é ignorantes, si el lazo de la religión no enfrenara sus malas pasiones?
A lo cual el cura, riendo, contestó:
—Pero en esto de creer hay algo más que un freno para contener á los ignorantes. Los ilustrados y los sabios deben acrisolar su fe con el estudio.
—Así debiera ser—dijo Rafael.—Conviene que todos contribuyamos á conservar sólida y firme esta base del edificio social. Si la religión desapareciera, los demagogos y petroleros nos declararían una guerra á muerte. Es cosa que espanta.
—Tremendo, sí.
—Por eso yo soy de opinión de que sigan las misas, los sermones, las novenas, las procesiones, las colectas y todos los demás usos y ritos que se han creado para coadyuvar á la gran obra del Estado, y rodear de garantías y seguridades á las clases pudientes é ilustradas.
—Según usted—observó el cura dando rienda suelta á su jovialidad,—las prácticas religiosas no son otra cosa que una especie de instrumento correccional contra los pillos. Pero Sr. D. Rafael de mi alma, desarrollando su sistema de usted debiéramos decir: «suprímase la religión y auméntense los presidios.»
—¡Oh! no bromee usted y tenga presente que aquí hablamos en confianza y que esto no sale de los dos. ¡Bueno andaría el mundo sin religión! ¡Benditas sean mil veces las creencias que nos legaron nuestros padres y la fe en que fuímos criados! ¡Qué dulce es la religión!... ¡Las mujeres tienen en ella tales consuelos...! Se muere una persona de la familia, madre, hermano, niño, y ellas creen que la verán después y que el difunto se está paseando por encima de las nubes, y si es niño, correteando y enredando de estrella en estrella. La religión debe existir siempre, siempre, y existirá. Además hay en ella muchas cosas que consuelan y algunas que son verdades irrecusables.
—Todas; que no algunas, como usted dice, lo son—dijo el cura afectando cierta gravedad.—Si yo tuviera á mano mis libros ó recordara fácilmente lo mucho y bueno que en ellos he leído, le probaría á usted que todo, todo lo que la religión sostiene es verdad, y todo sirve de gran consuelo al ignorante y al sabio, al pobre y al rico. Pero tengo una memoria perversa, y con mis ocupaciones de cada día no me acuerdo de nada.
—¡Oh! yo he leído bastante, y por mi parte no puedo acusarme de haber hecho daño alguno á la Iglesia ni á las personas eclesiásticas. Por el contrario, en mis discursos, en las conversaciones privadas con mis amigos políticos, siempre he dicho: «Señores, la religión antes que todo. No quitemos al pueblo ese freno moral... Conviene, pues, que la Iglesia esté de nuestra parte. Es el gran auxiliar del Estado, y hay que tenerla contenta. ¿Pide seis? pues darle ocho...» Aborrezco á esos que se llaman filósofos y libre pensadores y que se ponen á gritar en las asambleas y en los clubs, haciendo ver que la Iglesia es esto y lo otro. Yo les digo: Señores, en el fondo casi estamos conformes. ¿Cómo puede negarse que muchas de las cosas que nos quieren hacer creer, no andan muy acordes con el sentido común? Pero ¿hay necesidad de subirse encima de una silla y decirlo á todo el mundo? El pueblo ignorante no lo entiende, y al oir á ustedes, cree que le están permitidos el robo y el asesinato. Hay que mirarse bien antes de propagar ciertas doctrinas... Por esto soy enemigo de esos charlatanes, y en mi humilde esfera defiendo con la palabra y con la pluma las creencias religiosas, la doctrina toda de la Iglesia católica, el culto y el clero, venerandas instituciones sobre las cuales descansa el orden social; defiendo la fe de nuestros padres, las prácticas sencillas, las oraciones que nos enseñó nuestra madre en la cuna, todo eso, en fin, tan fácil de aprender y tan bonito... porque la religión es bonita. Yo he estado en Roma, he visto muchas ceremonias en San Pedro. ¡Ah, Sr. D. Silvestre! Es cosa que entusiasma... ¿Pues y las procesiones de Sevilla?... Todo esto debe conservarse.
—Todo esto debe conservarse; pero lo que importa principalmente es la fe, y si ésta no se conserva...
—Sí, también, también. Todos debemos trabajar para que crean los demás, para difundir los dones del Espíritu Santo, para que se mantenga incólume la fe de nuestros padres... ¡Oh, la fe de nuestros padres!
—Usted, Rafael, pertenece á la escuela de los que defienden la religión por egoísmo, es decir, porque les cuida sus intereses. Ven en ella una especie de guardería rural, y dicen: «La religión es muy buena: debe creerse: verdad es que yo no creo; pero crean los demás para que tengan miedo á Dios y no me hagan daño.» En tanto no se cuidan de los altos fines religiosos ni de la vida eterna.
—¡La vida eterna!—dijo D. Rafael del Horro.—Aquí está la gran cuestión. ¡Admirable idea para que la sociedad no se desborde!
—¿No cree usted en ella?
—Sí; forzosamente ha de haber alguna otra cosa después del morir... porque no debe acabarse uno sin más ni más... Pero digo yo: si después que expiremos resulta que no hay nada de lo dicho, y caemos en profundísimo sueño, ¡que chasco, amigo Romero! Y la verdad es que por mucho que uno piense, no puede limpiarse de dudas. Francamente, eso de que lo que no es ni sombra, ni aliento, ni rayo, en suma, lo que no es nada, siga viviendo después del hoyo, y nos manden al Cielo ó al Infierno... ¡Ah! lo que es esto... No hay quien me haga creer en el Infierno. ¿Es posible que usted me sostenga que hay un pozo lleno de fuego donde caen los que han hecho picardías? Vamos, yo creo que la misma Iglesia ha de tener que transigir al fin diciendo que eso del Infierno es... cualquier cosa, nada entre dos platos... ¿Pues y la vida eterna y el paraíso? En fin, se aturde uno al pensar en ello, y más vale dejarlo á un lado.
—Vive Dios—exclamó con vehemencia don Silvestre Romero dándose fuerte porrazo en la rodilla con la palma de su mano de oso,—que si yo recordara lo que he leído en mis libros, le contestaría á usted punto por punto á todas esas cuestiones, dejándole tan convencido de que hay alma, de que hay Infierno, de que hay Cielo, como de que ahora es día; pero tengo una memoria infame; leo hoy una cosa y mañana se me olvida. Luégo mis ocupaciones... figúrese usted que este ir y venir al Soto y á la playa há tiempo que no me permite abrir un libro. ¡Vaya con el don Rafael, qué ideas tiene! Cáspita, no se ha de decir esto á los electores, porque entonces... Al contrario, todo ha de ser religión y más religión. A este son les hemos tocado siempre, y á este son bailan que es una maravilla.
—Bailarán también ahora—dijo del Horro sonriendo;—por cierto, Sr. D. Silvestre, que si no nos vamos hoy, me parece que llegaremos tarde.
—Tenemos tiempo de sobra. Esta noche llegamos á Villamojada, vemos á los amigos; pasado mañana á Medio-Valle, vemos á los amigos... Todo se reduce á pasar de pueblo en pueblo y á ver amigos. Fíese usted de mí, hombre. En todo lo que sea de los Madriles y de la política gorda, puede discurrir y quebrarse la cabeza; pero en esta tierra y en elecciones, déjeme usted á mí y cállese y estése quieto. Cada uno en su elemento.
—No me falta confianza, señor cura Caraculiambro—dijo Rafael dando una gran palmada en el hombro del gigante clérigo.—¡Oh! si todos los negocios que he traído á este Ficóbriga de mil demonios fueran tan bien como el de mi elección...
—¡Ah! ¿Lo dice usted por la señorita de Lantigua? ¡Qué bocado de ángeles!... Usted tiene la culpa de que este pez no haya picado...
—¡Si Gloria no me quiere, ni parece inclinarse á quererme nunca...!
—Ya; después de casada ya la enderezaría yo—afirmó el cura.—Ello es que usted ha puesto su asunto en manos de D. Juan, y éste con las finuras y tiquis-miquis que usa lo habrá echado á perder. Si yo fuera D. Juan, saldría del paso diciendo: «Niña; á casarse, y chitón.»
—A mí nadie me quita de la cabeza que Gloria tiene algún novio en Ficóbriga—dijo Rafael pensativo.
—Lo que es eso... Yo sostengo que esta niña, á pesar de su viveza y de sus ojos que echan lumbre, es un hielo.
—Qué sé yo, qué sé yo...—indicó el joven campeón de Cristo mirando fijamente al suelo y pronunciando con mucha lentitud palabra tras palabra;—le digo á usted que esa niña me tiene ya hasta la corona.
Gloria no quiso oir más y se retiró.
XXII La respuesta de Gloria.
Entró en el despacho de D. Juan al mismo tiempo que el señor obispo, el cual tenía gozoso semblante y se acariciaba una mano con la otra, señal de regocijo que se advierte en todos los que acaban de hacer una cosa buena.
—Querido hermano—dijo Su Ilustrísima,—me parece que no he tocado á la puerta de una casa vacía: alguien responde.
—¿De veras?—exclamó D. Juan metiendo en el sobre la última carta.
—Ha empezado por mostrarse muy agradecido á tus nuevas bondades. Acepta la hospitalidad que le concedes por quince días ó un mes.
—¿Has hablado con él de religión?—preguntó Lantigua pasando por su lengua la parte engomada del sobre.
—Sí; mas él, con habilidad suma, ha eludido entrar en las cosas hondas de doctrina. No habla más que de generalidades, de la Creación, de la bondad de Dios, del perdón de las injurias... nada concreto.
—Teme descubrirse. Esa reserva me agrada, porque no me gusta ver á los herejes hacer alarde de su impiedad y provocarnos con argumentos comunes de los que usan los periódicos.
—No le he oído ni una sola vulgaridad. Mas nada puedo sacar en claro respecto á lo concreto de sus creencias—dijo Su Ilustrísima con lástima.—Lo que sí puedo asegurarte con toda verdad es que...
Don Angel acercó su silla á la silla de su hermano.
—Que es un alma profundamente religiosa, llena de fe...
—Falta saber qué especie de fe...
—Tienes razón—dijo el obispo rectificándose con presteza.—Llámalo predisposición á la fe, íntimo anuncio de la verdadera fe que ha de venir. Al estado de ese noble espíritu le comparo yo á una lámpara perfectamente preparada, llena de aceite hasta los bordes y con su mecha en toda regla. No falta más que encenderla.
—¡Y es nada!
—Basta un fósforo, que es un soplo, una ráfaga, el momento convertido en luz. Lo que no conseguirás por todos los medios del mundo es dar lumbre á una lámpara vacía.
—Seguramente.
—Nuestro Sr. Morton—añadió D. Angel,—podrá estar á obscuras de la verdadera luz, pero bien se conoce que no es por falta de ojos. ¡Cuán distinto es de muchos jóvenes de por acá, que diciéndose cristianos católicos y habiendo aprendido la verdadera doctrina, nos muestran en su frivolidad y corrupción moral, almas vacías, almas obscuras, almas sin fe, los sepulcros blanqueados de que nos habló el Señor!
Gloria se acercó á su padre.
—¡Buena se ha armado en la Asamblea de Francia!—exclamó de súbito el doctor Sedeño, que leía un diario.—Esto es la dispersión de gentes. ¡Oh! ¡Francia, Francia, bien merecido lo tienes! Oiga Usía Ilustrísima y formará idea de cómo se acaba un país por abandonar las vías del catolicismo.
Don Angel miró á su secretario y al periódico que leía.
Gloria puso la mano sobre el hombro de su padre.
—¿Qué quieres, hija mía?—le dijo éste cariñosamente tomando aquella mano.—¡Ah! picarona, ya que estás aquí no te marcharás sin llevar un buen sermón.
—¿Por qué?
—Porque no tienes formalidad. Hace días te hablé de un asunto; me prometiste contestar pronto, y esta es la hora...
—Pues bien, papá—indicó Gloria inclinándose.—Voy á contestar.
Don Juan dejó la pluma.
—Y contesto que no—dijo la señorita sonriendo y reforzando su frase negativa con un vivo movimiento de cabeza.
—¿Rehusas?
—Rehuso... pero de todo corazón.
—¿Lo has pensado bien?
—Lo he pensado bien, y no puedo, no puedo de ningún modo querer...
—¿Podrías darme alguna razón?—dijo don Juan, mostrando un sentimiento extraño que sólo podría llamarse severidad benévola.
—Una no, mil—replicó Gloria con su natural propensión á la hipérbole.
—Con una me contento. ¿Has considerado bien las prendas de ese joven?
—Sí, y he visto que es un sepulcro blanqueado.
—Mira bien lo que dices.
—¡Ah! usted mismo no tardará en reconocerlo. No es oro todo lo que reluce. Verdad es que para mí nunca ha brillado el D. Rafaelito sino como hojalata.
—¡Qué manera de juzgar!—observó don Juan.—¿Acaso tú, una chiquilla, puedes juzgar...? Pero silencio, que viene aquí.
Don Silvestre y Rafael entraron, dirigiéndose ambos á besar el anillo al obispo y preguntarle por su salud. Por un instante no se habló más que del proyectado viaje.
—¡Oh! aquí tenemos un documento importantísimo—dijo el doctor Sedeño señalando otro periódico.—Es una carta de Ficóbriga en que se da cuenta de la portentosa y nunca vista hazaña de D. Silvestre Romero, al sacar á salvo de en medio de las olas á los tripulantes del Plantagenet.
—¿A ver, á ver?—dijo el cura lleno de emoción y con los ojos chispeantes de vanidad.
—Le ponen á usted en las nubes... aquí; lea usted—indicó Sedeño dando el periódico al tonsurado atleta.
Romero leyó en voz alta el articulejo en que se narraba con prolijos detalles el suceso del 23 de Junio, y dijo al concluir:
—No está mal, no está mal.
—El señor cura—agregó Su Ilustrísima con bondad,—se vanagloria demasiado de su acción benéfica y le da publicidad excesiva, presentándola de un modo dramático y teatral, con lo que aquélla pierde un tantico de su gran mérito y espontaneidad evangélica.
Don Silvestre, algo turbado, se inclinó con respeto.
Si esto dijo el obispo al ver la complacencia con que Romero leía las alabanzas de su proeza, ¡cómo le reprendería si hubiera sabido que estaban hechas por él mismo!
—Los amigos—dijo éste reponiéndose,—se empeñan en que todo el mundo ha de saber mi hombrada. Yo no me he vuelto á acordar de lo que hice.
—Y así debe ser, amigo mío—manifestó Su Ilustrísima, estrechándole la mano.—El recuerdo de la limosna incumbe al que la recibe. Oiga usted al Sr. Morton. ¡Qué bien caen en su boca los elogios de la valentía de usted!
—¿Y al fin el Sr. D. Daniel se nos marcha?—preguntó Romero.
—No—repuso el obispo.—Con permiso de mi hermano, acabo de invitarle para que esté aquí quince días más ó un mes.
Don Juan, que meditaba al lado de su hija, alzó la cabeza y dijo:
—¿No te parece que bastará con ocho días?
—Como quieras; pero ya le he dicho que quince días...
—Como quieras tú—indicó D. Juan.—Lo que ahora nos importa más es comer. Gloria, esa comida, por amor de Dios. Mira que estos dos señores tienen que marcharse pronto.
—Ya pueden ustedes bajar—repuso ella con semblante animadísimo, derramando claridad y alegría por sus negros ojos.—Tío, señor doctor, señor cura, Rafael...
Al suave anuncio del comer, Sedeño dejó en paz la prensa periódica.
—¿Baja hoy el Sr. Morton?
—Sí, hoy baja por primera vez—dijo Su Ilustrísima.—Aquí está.
Una sombra se interpuso en la puerta. Era Morton, todo vestido de negro, pálido, hermoso y demacrado, semejante á un mártir de los primeros siglos que, resucitando, se pusiera levita.
—Bien, amigo, bien por ese valor—gritó el cura saliendo al encuentro del extranjero.
El señor obispo salió apoyándose en su bastón. Ofrecióle Daniel el brazo y bajaron ambos delante. Siguiéronle los demás.
Gloria se quedó la última.
XXIII Dos opiniones sobre el país más religioso del mundo.
Daniel Morton no salvó sino una parte muy pequeña de su equipaje, que era considerable; pero sí los fondos que traía en la caja de á bordo á cargo del capitán. Este fué á visitarle el día en que partieron todos los náufragos, y entrególe lo que de él había recibido, descontando una cantidad que Daniel destinó á auxiliar á la tripulación. Púsose luégo éste en relaciones con el cónsul inglés de la capital de la provincia (situada á diez y seis kilómetros de Ficóbriga por camino real), y recibió dos grandes baules con efectos. Al día siguiente de su primera salida de la casa, Morton tuvo la abnegación de confiar su persona á un descuadernado cajoncillo, que usurpando aleve el nombre de coche, iba todos los días á la capital de la provincia, moliendo gente so pretexto de llevarla y traerla. Por la noche Daniel volvió caballero en un gallardo potro negro.
—Fuí con intención de comprar un caballo, aunque sin esperanza de encontrarlo—dijo al llegar junto á la verja de la casa, donde se habían detenido los tres Lantiguas después de su paseo vespertino;—pero he podido conseguir este animal, que no es un prototipo de belleza, pero que anda.
—A mí me parece arrogantísimo y digno de Santiago, si fuera blanco—dijo D. Angel.
—Pues no creí yo que allá encontrara usted tan buena pieza—indicó D. Juan examinando el corcel.—Es de lo poco bueno que se suele encontrar por estas tierras.
Gloria no dijo nada.
Morton, después de dejar su caballo, subió diciendo:
—Ya tengo caballo. No me falta más que escudero.
Y aquella misma noche cerró el trato con Roque, criado de la casa, para que un hijo de éste, nombrado Gasparuco y que parecía bueno, le sirviese de criado.
—Por lo visto se despierta en usted la afición á nuestro país—dijo el Sr. de Lantigua.—¿Y le tendremos á usted mucho tiempo por aquí?
—Es posible que sí—repuso Morton.
En pocos días el caballero hamburgués visitó y conoció prolijamente toda Ficóbriga, en especialidad la Abadía, curiosísima obra del undécimo siglo, que no por estar tan dejada de la mano de los hombres, toda destruída y afeada, carecía de encantos para el artista. También vió el castillo desmantelado, el torreón ó cubo señorial que se alza más arriba de la huerta abacial, ogaño cementerio, y las casas infanzonas de la villa, algunas de las cuales llaman con justicia la atención de los forasteros.
Los habitantes de ésta miraron con simpatía al extranjero, si bien le inundaron de comentarios. Varias personas, como D. Juan Amarillo y dos de los indianos, hicieron amistades con él.
En casa de Lantigua había ganado Morton las simpatías de los dos hermanos, por su trato afabilísimo, y la amenidad de su conversación. Demostraba un entendimiento privilegiado sin pedantería, sensibilidad exquisita sin afectación y acabado conocimiento de todas las reglas sociales.
No se le cocía el pan á D. Angel hasta plantear de lleno la empresa que pensaba acometer, apretándole á ello su tesón de apóstol cristiano y el natural afecto que el extranjero le inspiraba. Un día enunció el tema resueltamente.
Por desgracia para nuestra fe sacratísima, las santas aspiraciones del prelado no tuvieron éxito. Pasaban horas discutiendo sin que Morton revelase deseos de abrazar el catolicismo, y para que la pena del reverendo pastor de almas fuese más honda, ni aun pudo conocer de un modo claro las creencias religiosas del extranjero, que hablaba siempre en términos generales y eludiendo su personalidad. Maravilló ciertamente á D. Angel en estas disputas, estériles por desgracia para el aumento de la grey católica, el conocimiento que Daniel mostraba de todos los libros santos, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. No ignoraba lo más selecto de los Santos Padres, y conocía perfectamente toda la polémica religiosa del presente siglo y de los tiempos más cercanos, con las disposiciones del Santo Padre, el último Concilio y los triunfos y persecuciones recientes de la Iglesia de Cristo.
Mas de tanta erudición, hija de formales estudios y afición á las cosas divinas, nada de provecho sacaba el buen pastor, lo que le causaba amarguísima pena. Ultimamente había pensado desistir de su empeño, considerando que Dios elegiría, sin duda, otros caminos y ocasión distinta para llevar la luz al espíritu de aquel hereje.
En cuanto á D. Juan de Lantigua, si al principio asistió con interés vivo á los diálogos religiosos, pronto se apartó de ellos, por no permitirle perder ningún tiempo los trabajos que entre manos traía. Devorado por una ansia fervorosa, entregábase sin descanso á las lecturas y á la composición literaria, bebiendo en libros y derramando su pensar en cuartillas. Estaba su espíritu tan por entero dado á aquel afán, que no había fuerzas humanas que le arrancaran del despacho durante cuatro horas por la mañana y otras tantas por la noche. Su hermano le reprendía cariñosamente por esta tarea ardorosa y febril, que gastaba sus peregrinas facultades y le iba irritando el cerebro y enflaqueciendo las fuerzas físicas, en términos que D. Juan se desmejoraba más cada día. Pero no hacía caso él de los sermones episcopales, y seguía erre que erre sobre los libros, sacándoles el redaño para escribir después. ¡Admirable aplicación que debía dar por resultado una de las más hermosas obras de la época presente!
Una mañana era tanta su fatiga, que don Juan, sintiendo su cabeza más pesada que el plomo, salió á ver si se le despejaba conversando con Morton. Cuando llegó al gabinete de éste, extrañó que no estuviese allí de visita D. Angel, por ser costumbre tratar las polémicas en aquella hora.
—Vamos—dijo,—veo que mi buen hermano se ha visto obligado á levantar el sitio.
—El señor obispo—dijo Morton,—es tan bueno y tan sabio, que sin duda ganará muchas plazas en el mundo. Las que él no tome sin duda son inexpugnables.
Tomando pié de esto, D. Juan le preguntó si había firmeza en sus creencias, cualesquiera que fuesen. No vaciló en contestarle Daniel que sus creencias no eran superficiales, rutinarias y endebles, como las de la mayor parte de los católicos españoles, sino profundas y fijas; á lo cual contestó D. Juan que más le gustaba ver el tesón y la consecuencia en los sectarios de las falsas religiones, que la tibieza y despreocupación en los que tenían la dicha de haber nacido en la verdadera. Añadió que efectivamente se había debilitado mucho la fe en nuestro católico suelo, pero que este mal, ocasionado por los excesos revolucionarios y la influencia de extranjeros envidiosos de la Nación más religiosa del mundo, tendría fácil remedio en la propaganda, en las oraciones y en los trabajos de la Iglesia, si acertaba á encontrar un Gobierno piadoso que le ayudara.
Morton no pareció muy conforme con esta opinión. Sin embargo, deferente con su generoso amigo, dijo que confiaba en la regeneración religiosa de este país, si abundaban en él pastores tan virtuosos y tan ilustrados como D. Angel de Lantigua, y seglares como D. Juan.
—Yo conozco regularmente el Mediodía y la capital de España—añadió.—Ignoro si el Norte será lo mismo; pero allá, querido señor mío, he visto el sentimiento religioso tan amortiguado, que los españoles inspiran lástima. No se ofenda usted si hablo con franqueza. En ningún país del mundo hay menos creencias, siendo de notar que en ninguno existen tantas pretensiones de poseerlas. No sólo los católicos belgas y franceses, sino los protestantes de todas las confesiones, los judíos y aun los mahometanos practican su doctrina con más ardor que los españoles. Yo he visto lo que pasa aquí en las grandes ciudades, las cuales parece han de ser reguladoras de todo el sentir de la Nación, y me ha causado sorpresa la irreligiosidad de la mayoría de las personas ilustradas. Toda la clase media, con raras excepciones, es indiferente. Se practica el culto, pero más bien como un hábito rutinario, por respeto al público, á las familias y á la tradición que por verdadera fe. Las mujeres se entregan á devociones exageradas, pero los hombres huyen de la Iglesia todo lo posible, y la gran mayoría de ellos deja de practicar los preceptos más elementales del dogma católico. No negaré que muchos acuden á la misa, siempre que sea corta, se entiende, y no falten muchachas bonitas que ver á la salida; pero eso es fácil, amigo mío; ¿no comprende usted que esto no basta para decir: «somos los hombres más religiosos de la tierra?»
—Efectivamente no basta, no—dijo don Juan con voz triste, mirando al suelo.
—Usted conoce muchas, muchísimas personas ilustradas, buenas, leales, que no pueden menos de considerarse virtuosas; personas á quienes usted, que es tan buen católico, no negará su amistad; personas de quienes nadie se aparta con horror, personas amables...
—Ya, ya sé lo que usted me va á decir—indicó D. Juan melancólicamente.
—Pues bien, de esas personas... (y supongo que conocerá usted más de mil) de esas personas, ¿cuántas cree usted que cumplen el precepto fundamental del catolicismo, la penitencia?
—¡Oh! tiene usted razón, tiene usted razón—dijo Lantigua con verdadera angustia.—De cada cien, noventa y cinco no se han confesado en veinte años.
—Con la particularidad—añadió Morton,—de que la Iglesia manda confesar una vez al año á lo menos. Los grandes é intachables católicos, los que se pueden llamar vasos de elección (me refiero á los varones, querido D. Juan), gracias que cumplan esa vez al año, olvidando que la Iglesia aconseja una vez al mes y asegura que los que no lo hacen viven una vida relajada y están en peligro de perderse. Si tienen ustedes conciencia no deben suponerse en peligro, sino completamente perdidos.
—El precepto, el precepto, Sr. Morton—dijo D. Juan con sequedad,—no manda más que una vez al año.
—Hay otro síntoma—prosiguió Daniel,—que he observado muchas veces. Cuando en una casa rezan el rosario, los hombres se echan fuera, sin que por esto se alarme la familia femenina. He oído á algunos niños inocentes hacer esta pregunta: «Díme, mamá, ¿por qué papá no reza?» Muchas veces no se sabe qué contestar; pero en ocasiones se les dice: «Papá reza en su cuarto.» Pero donde reza papá es en el casino ó en el café. Las mujeres aquí, por lo general, creen que siendo ellas rezonas, no importa que sus maridos sean blasfemos. Debo añadir, y no creo que usted se ofenda por esto, que España es el país, no diré más blasfemo del mundo, sino el país blasfemo y sacrílego por excelencia.
—En eso tiene usted razón—afirmó Lantigua con pesadumbre.—También reconozco la irreligiosidad; pero usted parece indicar que las causas de este grave mal están en otra parte que en la filosofía y en las libertades modernas.
—No puedo creer que estas dos cosas hayan arrebatado al pueblo español sus creencias. En otros países hay más, muchísima más filosofía que aquí, más, muchísimas más libertades, y sin embargo, la fe religiosa no muere. ¡Hablan de revoluciones! Si en España no ha habido nada que merezca tal nombre, amigo mío. Si en España todos los trastornos políticos han sido tempestades en un vaso de agua. Por Dios, ¿qué idea hemos de formar del espíritu religioso de un país si es tal que lo echan por tierra esos quince ó veinte movimientos políticos que se han sucedido desde 1812? Comprendo que los grandes edificios caigan en el sacudimiento de un terremoto; pero ¿cómo han de caer con la trepidación que producen las patadas de un regimiento de caballería? Admitiendo, como no puede menos de admitirse, que ustedes no han tenido grandes cataclismos, es preciso deducir que los edificios caídos no pueden haber sido muy grandes. Fuéronlo, sí, en otros tiempos; pero al entrar este siglo todo estaba ya carcomido. España, como la mujer rencillosa de que habla el Eclesiastés, es ahora un tejado con muchas goteras.
—No admito eso de que no hayamos tenido revoluciones—dijo D. Juan.—Las hemos tenido superficiales y profundas en el orden político; pero ¿y la irrupción de libros, y la transformación social, esas oleadas de soberbia, de amor al lujo, de concupiscencia, de materialismo que nos vienen de fuera?
—Veo que muchas cosas que en otras partes hacen poco daño, aquí envenenan. Sin duda el organismo moral de España es tan endeble como el de aquellos séres enfermizos y nerviosos, que se emponzoñan sólo con el olor del veneno.
—¿Con el olor...?
—Sí; porque de los inmensos progresos industriales, del lujo, del colosal aumento de las riquezas, del refinamiento material, ustedes no tienen más que el olor. España, por lo que veo, no puede vivir sino metiéndose dentro del fanal de su catolicismo para que nada la toque ni contamine, para que ni átomos siquiera de lo exterior lleguen hasta ella.
—¿Y qué le recetaría usted?
—El aire libre—dijo Morton con energía,—el aire libre, el andar sin tregua entre toda clase de vientos, arriba y abajo, dejarse llevar y arrastrar por todas las fuerzas que la solicitan; romper su capa de mendigo ó mortaja de difunto y exponerse á la saludable intemperie del siglo. España se parece al enfermo de aprensión, todo lleno de emplastos, vendajes, parches, abrigos mil y precauciones necias. Fuera todo eso, y el cuerpo enfermo recobrará su vigor.
Habían llegado á un punto de la discusión en que D. Juan, creyendo á su huésped totalmente descarriado, le tenía lástima.
—Hace usted un uso poco razonable de la fantasía—le dijo bondadosamente y en tono de maestro.—De esa manera nunca me probará usted que España es el país menos religioso del mundo. ¿Por ventura, amigo Morton, no ha visto usted en él algo que le pruebe lo contrario?
—No significan nada para mí—continuó Daniel,—las manifestaciones teatrales de devoción, que son más bien políticas que religiosas. Yo me río de la piedad de un pueblo que, como Madrid, habla mucho de religión, y sin embargo, jamás supo levantar un solo templo digno, no digo yo de Dios, pero ni aun de los hombres que entran en él. En Madrid, pueblo rico, vemos más teatros que en Londres, una plaza de toros que es un monumento, cafés soberbios, tiendas, paseos y distracciones donde se conciertan el lujo y las artes; pero no hay una sola Iglesia que no sea una pocilga.
—¡Por Dios, Sr. Morton!—dijo Lantigua,—eso es demasiado duro.
—Un poco duro—repuso el extranjero riendo,—pero la idea es exacta. Y lo que pasa en Madrid pasa en toda España. El sentimiento católico, que en este siglo no ha levantado un solo edificio religioso de mediano valor, es tan tibio, que no se manifiesta en cosa alguna de gran valía y lucimiento. El país más piadoso ha venido á ser el más incrédulo. El país más religioso, y que tuvo tiempos en que la piedad se asociaba á todas las grandezas de la vida, al heroísmo, á las artes, á la opulencia, á la guerra misma, ha concluído por formar de la piedad cosa aparte; separada de lo demás. Un hombre devoto que se persigna al pasar por la Iglesia, que confiesa y comulga semanalmente, es en la mayor parte de los círculos un hombre ridículo.
—¡Por Dios, amigo Morton!...
—Señor de Lantigua, por Dios, dispénseme usted; pero es fuerza decirlo. Hábleme usted con su franqueza de hombre honrado y de católico sincero. Dígame usted si hay en España mujer alguna capáz de dar su corazón y su mano á un hombre que pase tres ó cuatro horas todos los días dentro de la Iglesia, que se rompa el pecho á golpes, que tenga su casa llena de agua bendita, y que entone una oración al realizar los actos más insignificantes de la vida, cuales son salir á la calle, entrar en ella, estornudar, etc... Un devoto, tal como lo conciben las congregaciones piadosas del día, es un ente irrisorio: confiéselo usted. Hasta los mismos que defienden á pié firme la religión y se llaman soldados avanzados de las filas de Cristo cuidan mucho, en sociedad, de disimular todo lo posible su ortodoxia, ó mejor dicho de olvidarla, so pena de perder gran parte de las simpatías y de las amistades que por sus prendas, su figura ó sus virtudes hayan logrado alcanzar.
—Algo hay de eso; pero no tanto, amigo mío.
—Quizás los de casa no vean esto tan claramente como los extraños—dijo Morton.—Quizás yo me equivoque; pero he manifestado mi opinión con lealtad. Creo á España el país más irreligioso de la tierra. Y un país como éste, donde tantos estragos ha hecho la incredulidad, un país que tanto tiene que aprender, que tantos esfuerzos debe hacer para nutrirse, para llenar de sangre vigorosa sus venas por donde corre un humor tibio y descolorido, no está en disposición, no, de convertir á nadie.
Breve rato estuvo D. Juan de Lantigua sin dar contestación; pero al fin, con cierta sequedad, muy propia de su carácter, habló así:
—No aseguro yo que mi país sea hoy el más piadoso del mundo. Por desgracia no le falta á usted razón en parte de lo que ha dicho, pero creo que si siguiéramos discutiendo, hallaríamos iguales ó quizás peores señales de descomposición en otras tierras que usted me presentará como modelo. Hay aquí hombres perversos, hay hombres indiferentes en grandísimo número; pero tenemos intacto el tesoro de nuestra doctrina, conservamos la semilla, y un período de protección del cielo puede hacerla fructificar. En medio de la torpeza y frivolidad que por todas partes se ve, existe pura y entera la fe, no dañada ni podrida por los errores, y la fe ha de triunfar, la fe ha de dar resultados de virtud, si no hoy, mañana.
»Deploro los desórdenes de mi patria: pero no los creo irremediables como la muerte, como la podredumbre que constituyen el fondo de otros países bajo engañosa cubierta de prosperidad, de orden, de brillo artístico, industrial, social. Cada raza tiene su organismo propio. No sé si Dios me dejará ver el día de la regeneración total del mundo, pero esta regeneración, no la busque usted, no la busque usted fuera de los principios inmutables de la moral católica. De entre las ruínas no renacerá sino aquello que haya conservado el germen de esa moral, y ese germen, Sr. Morton, lo tenemos nosotros, nosotros, sí, aunque usted no lo vea.
»Quíteme usted las revoluciones chicas ó grandes, las ideas subversivas que vienen de fuera, y que en otros países tienen aplicación transitoria; quíteme usted la propaganda de doctrinas contrarias á nuestra naturaleza social, y entonces podrá ver usted que esta nación, resucitada y puesta en pié después de tantos años de aparente muerte, se hallará de nuevo en disposición de convertir á todas las gentes en uno y otro mundo, de convertirlas, sí, señor, porque la posesión de la verdad, le da derecho á decirlo y á ejecutarlo resueltamente.
Iba á contestar Daniel, cuando se oyeron voces en el jardín de la casa, y con las voces lamentos y lloro de chiquillos.
—¿Qué es esto?—preguntó Lantigua desde la ventana.—Gloria, Gloria...
Morton se asomó también.
—No es nada—dijo Lantigua retirándose.
—Son los hijos de Caifás que vienen pidiendo auxilio en nombre de su padre, un perdido, un borracho, á quien estoy cansado de socorrer.
Su Ilustrísima, desde el jardín, llamaba á D. Juan.
—Vamos—dijo éste.—Mi hermano se ha enternecido y quiere que yo tome bajo mi amparo á ese mal hombre. Es un miserable; pero la caridad cristiana, amigo Daniel, nos manda perdonar y compadecer.