Front matter (continued 3)
Reading edition
¡Oh, los hombres! Lo que ella y su madre decían. El que no era un pillo como Tonet, era un bestia como Pascualo. Por eso los aborrecía, y causaba la admiración de todo el Cabañal, rechazando á los que la proponían noviazgos. No quería nada con los hombres. Y en su memoria retoñaban todas las maldiciones que había oído á su madre en los momentos de desesperación, cuando apostrofaba en la soledad de su barcaza.
En el corro reinaba el silencio. Chillaba el pescado en la sartén, punteaba Tonet vagos arpegios en su guitarra, y la revuelta taifa de chiquillos plantados en mitad del arroyo miraban la luna con el mismo asombro que si la viesen por vez primera y cantaban con monótona tonadilla, sonando sus voces como campanillas de plata:
La lluna, la pruna vestida de dòl...
¡Á ver si callaban! Lo mandaba Tonet, á quien le dolía la cabeza. Pero ¡que si quieres!...
sa mare la crida son pare no vòl.
Y los perros vagabundos uníanse al himno infantil extravagante en honor á Diana, enviándola sus más fieros ladridos.
El Retor seguía hablando de su barca. Nada faltaba para el día 15; hasta el cura estaba apalabrado para ir á media tarde á echarla la bendición. Pero algo faltaba, ¡futro!... ¡y no haberlo pensado! Faltaba el nombre. ¿Cómo iba á llamarse la barca?
Tan inesperado problema conmovió el corro, y hasta Tonet dejó en el suelo la guitarra, quedando en actitud pensativa.
Ya tenía él el nombre. Sus aficiones belicosas, sus recuerdos de marino del Rey se lo habían sugerido. Se llamaría Escupehierro. ¡Eh! ¿qué tal?
Por el Retor no había inconveniente. El pacífico panzudo gallardeábase con fiereza al pensar que su barca iba á llamarse Escupehierro, y la veía ya surcando en el mar con la arrogancia enfática de un falucho portugués.
Pero las mujeres protestaban. ¡Vaya un nombre! ¡Cómo se reirían en el Cabañal! ¿Y qué hierro iba á escupir una barca pescadora? Lo mejor era la proposición de la siñá Tona: que se llamase Ligera, como la otra en que pereció el tío Pascualo y había servido de refugio á toda la familia.
Protesta general. Un título así forzosamente había de tener mala sombra. La suerte de la otra lo demostraba.
El de Dolores era mejor: La rosa del mar... ¡Qué bonito! ¡Qué gusto tenía para todo su mujer! Pero el Retor recordaba que había otra con el mismo título. ¡Era lástima!...
Y Roseta, que había callado, haciendo un mohín de disgusto á cada título, soltó el suyo. Debía llamarse Flor de Mayo. Aquella misma noche lo pensaba ella en la barcaza de la playa, mirando una estampa de las que adornaban las libras de tabaco «Flor de Mayo» que venían de Gibraltar. La seducía el título tan bonito, formando una aureola de colores sobre la marca, que era una señorita vestida como una bailarina, con rosas como tomates sobre la faldilla blanca, y en la mano un manojo de flores que parecían rábanos.
El Retor se entusiasmaba. Sí; ¡recristo! aquello estaba puesto en razón. La barca se llamaría Flor de Mayo, como el tabaco que fabrican en Gibraltar. Era de justicia; la barca se hacía principalmente con el dinero del alijo, y éste se componía en su mayor parte de aquellos paquetes con la alegre señorita. Tenía razón su hermana; Flor de Mayo, nada más que Flor de Mayo.
Todos se entusiasmaban con el título; lo encontraban dulce y bonito; sus rudas imaginaciones agitábanse con un estremecimiento de poesía. Le encontraban algo misterioso y atractivo, sin sospechar que el mismo nombre era el de la histórica barca que, llevando hacia las costas americanas el perseguido éxodo de los puritanos ingleses, presenció la gestación de la mayor república del mundo.
El Retor estaba radiante. ¡Qué talento tenía Roseta! ¡Á cenar, caballeros!... y á los postres se brindaría por Flor de Mayo.
Y Pascualet, al ver que la sartén del pescado se entraba en la casa con toda la familia, abandonó el orfeón de gente menuda, con lo que terminó el monótono concierto de la lluna, la pruna.
Con la facilidad de transmisión de los pueblos pequeños, pronto supo todo el Cabañal que la barca se llamaba Flor de Mayo, y cuando en la víspera de la bendición la arrastraron hasta la orilla, frente á la casa del bòus, llevaba ya en la borda de popa, por la parte interior, pintado con hermoso azul, su dulce título.
Al día siguiente por la tarde, el barrio de las Barracas parecía estar en domingo. Fiestas como aquella se veían pocas. Era padrino de la barca nada menos que el señor Mariano el Callao, un ricachón que, aunque del puño prieto, en obsequio á su sobrino estaba dispuesto á derrochar un dineral. En la playa iban á rodar los confites y á circular las copas como una bendición de Dios.
El Retor sabía hacer bien las cosas. Había ido á la iglesia para escoltar hasta la playa con los hombres de su tripulación á don Santiago el cura. El párroco lo acogió con una sonrisa de las que se guardan para los buenos parroquianos. ¡Qué! ¿Ya era la hora? Pues que llamasen al sacristán para que preparara el calderillo y el hisopo. Él se arreglaba en un momento; cuestión de calarse el roquete y nada más.
Pascual protestó indignado. ¿Qué era aquello de roquete? Capa, y la mejor que tuviera. El bautizo de su barca no era cualquier cosa; además, él estaba allí para pagar lo que fuese.
Don Santiago sonrió. Bueno; la capa no correspondía, pero lo haría por él, que era un buen cristiano y sabía quedar bien con las personas.
Y salieron de la casa rectoral; el sacristán delante con el hisopo y el sagrado cuenco, y detrás, escoltado por el patrón y sus marineros, don Santiago, en una mano el libro de oraciones y levantándose con la otra, para no rozar el barro, la capa vieja y suntuosa, de una blancura mate, con los pesados bordados de oro de un tinte verdoso, mostrando por entre la deshilachada trama el relleno del realce.
Acudían á bandadas los chiquillos á restregar la mocosa nariz en aquella mano santa, que á cada instante había de soltar la capa. Las mujeres saludaban sonrientes al pae capellá, hombre campechano, tolerante, con sus puntos de malicia, sabiendo amoldarse á las costumbres de su ganado, y que muchas veces veíase detenido en medio de la calle por alguna pescadera de las que encargaban misas, pidiéndole que bendijera las cestas y la balanza para que los municipales de Valencia no la pillasen con las pesas cortas.
Al salir á la playa la comitiva, comenzaron á voltear las campanas, confundiendo su parloteo juguetón con los murmullos de las olas. La gente corría por la playa para llegar á tiempo y ver toda la ceremonia, y allá lejos, en un espacio libre de barcas, alzábase sobre la arena la Flor de Mayo, rodeada de negro y bullidor enjambre, brillante, charolada, bañada por el sol que doraba sus costados, y destacando sobre el espacio azul el mástil esbelto y graciosamente inclinado, en cuyo tope agitábase el distintivo de toda barca nueva, un ramillete de gramíneas y flores de trapo que habían de quedar allí hasta que el viento de los temporales fuese arrebatándolas.
El Retor y sus hombres abrían paso al cura entre el gentío que se apelotonaba en torno de la barca. Frente á la popa estaban los padrinos; la siñá Tona con mantilla y falda nueva, y el señor Mariano, puesto de sombrero y bastón, hecho un caballero, ni más ni menos que cuando iba á Valencia para hablar con el gobernador.
Toda la familia ofrecía un aspecto de suntuosidad que alegraba la vista. Dolores, con traje de color rosa, en el cuello un pañuelo de seda de vistosas tintas y los dedos cargados de sortijas; Tonet, pavoneándose en la cubierta con la chaqueta nueva, la gorra flamante caída sobre una oreja y atusándose el bigotillo, muy satisfecho de verse en la altura expuesto á la admiración de las buenas mozas; abajo, al lado de Roseta, su Rosario, que en gracia á la solemnidad había hecho las paces con Dolores y se presentaba con su mejor ropa; y el Retor, deslumbrante, hecho un inglés, con un traje de rica lana azul que le había traído de Glásgow el maquinista de un vapor, y ostentando sobre el chaleco—prenda que usaba por primera vez en su vida—una cadena de doublé tamaña como un cable de su barca.
Sudaba con aquel hermoso traje de invierno; daba codazos y se esforzaba por que no empujase la muchedumbre al capellán y los padrinos. ¡Á ver, señores!... un poco de silencio. Un bautizo no es cosa de risa. Después sería el jaleo.
Y para dar ejemplo á la irrespetuosa masa, puso el gesto compungido y se quitó la gorra, mientras el capellán, no menos sudoroso bajo su pesada capa, ojeaba el libro de oraciones buscando la de «Propitiare Domini supplicationibus nostis et benedic navem istam», etc.
Los padrinos, graves y con la mirada en el suelo, estaban á ambos lados del cura; el sacristán espiaba á éste, pronto á contestar ¡amén! á todo, y la multitud calmábase y quedaba suspensa, con la cabeza descubierta, esperando algo extraordinario.
Don Santiago conocía bien á su público. Leía la sencilla oración con gran calma, deletreando las palabras, abriendo solemnes pausas en el silencio general, y el Retor, á quien la emoción convertía en un pobre mentecato, movía la cabeza á cada frase, como si estuviera empapándose de lo que el cura decía en latín á su Flor de Mayo.
Lo único que pudo pillar fué lo de Arcam Noe ambulantem in diluvio, y se infló de orgullo al adivinar confusamente que su barca era comparada con la embarcación más famosa de la cristiandad, y con esto quedaba él mano á mano con el alegre patriarca, el primer marinero que hubo en el mundo.
La siñá Tona se llevaba el pañuelo á los ojos, apretándolos para impedir que saltasen las lágrimas.
Terminada la oración, el cura empuñó el hisopo:
—Asperges...
Y envió á la popa de la barca un polvo de agua que resbaló en menudas gotas por las pintadas tablas. Después, siempre seguido por el amén del sacristán y precedido por el patrón, que abría paso, dió la vuelta en torno de la barca, repitiendo hisopazos y latines.
El Retor no podía creer que la ceremonia hubiese terminado. Faltaba bendecir lo de arriba, la cubierta, el fondo de la cala; ¡vamos, don Santiago, un esfuerzo; ya sabía que él quedaba bien! Y el cura, sonriendo ante la actitud suplicante del patrón, se aproximó á la escalerilla aplicada al vientre de la barca y comenzó á ascender con su incómoda capa que, bañada por el sol de la tarde, parecía de lejos el caparazón de un insecto trepador y brillante.
Terminó la bendición. Se retiró el cura sin otro acompañamiento que su monago, y arremolinóse la multitud en torno de la barca como si fuese á entrar al asalto.
¡Buena se iba á armar! Toda la pillería del Cabañal estaba allí, ronca, desgreñada, increpando á los padrinos con su chillona canturía.
Armeles, confits...
El señor Mariano sonreía omnipotente desde la cubierta. Ahora verían lo que era bueno. Una onza de oro se había gastado para quedar bien con su sobrino. Y se agachó, metiendo las manos en los cestos que tenía entre las piernas. ¡Allá va! Y el primer metrallazo de confites, duros como balas, cayó sobre la vociferante chusma, que se revolcaba por la arena disputándose las almendras y los canelados, al aire las sucias faldillas ó mostrando por los rotos pantalones sus carnes rojizas y costrosas de pillos de playa.
Tonet destapaba los tarros de Ginebra, llamando á los amigotes con aire protector, como si fuese él quien pagara. La caña blanca medíase á jarros, y todos acudían á beber; los carabineros, fusil al brazo, los viejos patronos, los de las otras barcas, que llegaban descalzos, vestidos de bayeta amarilla, como payasos, y los grumetillos que, sobre los harapos y atravesado en la faja, ostentaban pretenciosamente un cuchillo tan grande como ellos.
Arriba estaba la juerga. La cubierta de Flor de Mayo resonaba con alegre taconeo como el entarimado de un salón de baile; un vaho de taberna esparcíase en torno de la barca, y Dolores, atraída por la alegría de los de arriba, se encaramó por la escalera, increpando en cada peldaño á los grumetillos que se agazapaban con la malsana intención de ver las medias encarnadas de la soberbia moza.
La mujer del Retor estaba en su elemento arriba, entre tanto hombre, rodeada de un ambiente de voraz admiración, pisando fuerte las tablas que eran suyas y muy suyas, contemplada desde abajo por muchas mujeres, y especialmente por su cuñada Rosario, que debía estar muriéndose de envidia.
Pascual no abandonaba á su madre. En aquel día solemne para él y tantas veces ansiado, sentía como un recrudecimiento de su cariño filial, y se olvidaba de su mujer y hasta de su Pascualet, que se atracaba de confites en la barca, para no pensar más que en la siñá Tona.
—¡Amo de barca!... ¡Amo de barca!
Y abrazaba á la vieja, besándola los ojos abotagados, que lloraban también.
Algo renacía en la memoria de Tona. La fiesta en honor de la barca evocaba el pasado, y por encima de la loca aventura con el carabinero y de los largos años de viudez y aborrecimiento á los hombres, resucitaba el tío Pascual joven y vigoroso, tal como le conoció al casarse, y lloraba desconsolada, como si acabase de perderlo en aquel instante.
—¡Fill meu!, ¡fill meu!—gemía abrazando al Retor, en quien veía una asombrosa resurrección de su padre.
Él era la honra de la familia; quien le hacía recobrar su perdida importancia á fuerza de trabajo. Y si ella lloraba era porque sentía remordimiento: se acusaba de no haberle querido todo lo que merecía. Ahora se desbordaba su cariño; sentía prisa de amarle mucho, y temía... sí señor, temía que su Pascualet, su pobre Retor, tuviese igual suerte que su padre. Y al manifestar sus temores con voz entrecortada por el llanto, miraba la vieja tabernilla que se veía desde allí: la barcaza que guardaba en sus entrañas la espantosa tragedia de un mártir del trabajo.
El contraste entre la barca nueva, gallarda, deslumbrante, y aquel ataúd que, falto de parroquianos, iba haciéndose cada vez más tétrico y negruzco, impresionaba á Tona, y hasta creía ver ya á Flor de Mayo rota y tumbada, como vió un día la otra llevando en su seno á su pobre marido.
No; ella no se alegraba. La hacía daño la algazara de la gente. Era burlarse del mar, de aquel hipócrita que ahora susurraba marrulleramente como un gato traidor, pero que se vengaría apenas Flor de Mayo se confiase á él.
Sentía miedo por su hijo, al que amaba de pronto como si le encontrase tras larga ausencia; nada importaba que fuese un gran marinero; también lo era su padre y se burlaba de las olas. ¡Ay! se lo decía el corazón. El mar se la tenía jurada á la familia y se tragaría la nueva barca como destrozó la otra.
No, ¡recristo! eso no. El Retor protestaba indignado. ¡Vaya una conversación oportuna en un día tan alegre! Todo eran escrúpulos de vieja; remordimientos que la acometían por no haberse acordado en tantos años de su primer marido. Lo que debía hacer era encenderle un cirio bien gordo al alma del pobre marinero por si estaba en pena. ¡Afuera tristezas! Á él que no le hablasen mal del mar. Era un buen amigo que se enfadaba algunas veces, pero que se dejaba explotar por los hombres honrados y mantenía á la pobreza. Á ver, una copa, Tonet. Que siguiera la broma; había que bautizar bien á Flor de Mayo.
Bebió, mientras su madre seguía gimoteando con la mirada fija en la trágica barcaza que sirvió de cuna á sus hijos. El Retor púsose serio.
¿Pero no iba á callar? ¡En un día como aquel acordarse de que el mar tiene malas bromas! ¿Y qué? Si no quería verle en peligro, haberlo criado para obispo. Lo importante es ser honrado, trabajar, y venga lo que venga. Ellos nacían allí; no veían más sustento que el mar; se agarraban á sus pechos para siempre y había que tomar buenamente lo que diesen: el agrio de la tempestad ó lo dulce de las grandes pescas. Alguien tenía que exponerse para que la gente comiese pescado; le tocaba á él, y mar adentro se iría como lo estaba haciendo desde chico. ¡Rediel, agüela!... ¡calle ya!... ¡Que viva Flor de Mayo! Otra copa, caballeros. Un día es un día. Él pagaba, y le darían disgusto los que estaban allí si no los recogían a media noche roncando sobre la arena como si talmente fuesen unos cerdos.
VIII
Volvía Pascual á su casa después de pasar la tarde en Valencia, y al llegar á la Glorieta detúvose frente al palacio de la Aduana.
Eran las seis. El sol daba un tinte anaranjado a la crestería del enorme caserón, suavizando la sombra verdinegra que las lluvias depositaban en los respiraderos de las buhardillas. La estatua de Carlos III bañábase en el ambiente azul y diáfano, saturada de luz tibia, y por los enrejados balcones escapábase un rumor de colmena laboriosa, gritos, canciones ahogadas y el ruido metálico de las tijeras, cogidas y abandonadas á cada instante.
Por el ancho portalón comenzaban a salir como rebaño revoltoso las operarias de los primeros talleres; una invasión de rameada indiana, brazos arremangados y robustos con la cesta como eterno apéndice, y menudos e incesantes pasos de gorrión. Era un confuso vocerío de llamamientos y desvergüenzas, extendiéndose ante la puerta, en el espacio donde paseaban los soldados de la guardia y se levantaban algunos aguaduchos.
El Retor quedó parado en la acera de la Glorieta, entre los vendedores de periódicos. Atraíale la algazara de las cigarreras, aquel rebaño revoltoso que, con sus blancos pañuelos avanzados sobre la frente, tenía un aspecto de comunidad rebelde, de monjas impúdicas que con sus negros ojos medían á los hombres de pies á cabeza como si los desnudaran con la desdeñosa mirada.
El Retor vió á Roseta que, apartándose de un grupo, fué en busca de él. Sus compañeras esperaban á otras de diferente taller, que tardarían algunos minutos en salir. ¿Iba él á casa? Bueno; harían el camino juntos: á ella no le gustaba esperar.
Y emprendieron la marcha por el camino del Grao; él, pesado, como marinero patizambo, haciendo esfuerzos por conservarse siempre en la misma línea que aquel diablo de chica que no sabía andar más que de prisa, con garboso contoneo, haciendo ondear su falda como una bandera de regatas.
Su hermano quería descansarla llevándola la cesta. Muchas gracias; pero estaba tan acostumbrada á sentirla en su brazo, que sin ella no sabía moverse.
El patrón, antes de llegar al puente del Mar, hablaba ya de su barca, de aquella Flor de Mayo, por la cual hasta se olvidaba de Dolores y su Pascualet.
Al día siguiente comenzaba la pesca del bòu y salían todas las barcas. Ahora se vería de lo que era capaz la suya. ¡Barca más hermosa!... El día anterior la habían arrastrado los bueyes al agua, y ahora estaba en el puerto confundida con las demás. ¡Pero qué diferencia, chica! Llamaba la atención, lo mismo que una señorita de Valencia metida entre las zaparrastrosas de la playa.
Había estado en la ciudad para comprar lo que le faltaba en su equipo de mar, y apostaba un duro á que todos los ricachos del Cabañal, los amos que se comían lo mejor de la pesca sin exponer la piel, no presentaban una barca tan maja como la suya.
Pero como todo tiene término, á pesar de los entusiasmos del Retor, se agotó el capítulo de las excelencias de la barca, y al llegar frente al horno de Figuetes callaba ya, oyendo á Roseta, que se lamentaba de las perrerías de las maestras de la fábrica.
Abusaban de una y hasta daban motivo para que á la salida se las agarrara del moño. Y menos mal que ella y su madre podían pasar con poca cosa; pero ¡ay de otras infelices! otras que habían de trabajar como negras para mantener á un marido vago y á las polladas de chiquillos que esperaban en la puerta con unas bocas que nunca tragaban bastante pan.
Parecía imposible que con tanta miseria aun tuviesen algunas mujeres ganas de broma. Y siempre grave, con ademán pudoroso, la virgen rubia é inabordable, criada entre la pillería de la playa, contó á su hermano una historia escabrosa, empleando los términos más crudos, como mujer que lo sabe todo, pero con tal pulcritud de acento, que las palabras más duras parecían resbalar por sus rojos labios sin dejar rastro alguno. Tratábase de una compañera de taller, una mala piel que ahora no podía trabajar por tener un brazo roto. Era á consecuencia de una paliza del marido, que la había pillado con uno de sus muchos amigos. ¡Qué escándalo! ¡Y aquella púa tenía cuatro hijos!
El Retor sonreía con ferocidad. ¡Un brazo roto! ¡Redeu! no estaba mal, pero le parecía poco. Duro con las malas hembras. Debía ser una pena insufrible vivir con una mujer así. ¡Cuántas gracias tenían que dar á Dios los que como él gozaban la suerte de tener mujer honrada y casi tranquila!
Sí; él era dichoso y podía dar muchas gracias. Y Roseta, al decir esto, envolvíale en una mirada de compasiva ironía; sus palabras tenían una vibración sardónica demasiado sutil para ser apreciada por el Retor.
Este parecía transfigurarse, indignado por la mala conducta de una mujer á quien no conocía y por la desgracia de un hombre cuyo nombre ignoraba. Es que le enfurecían tales perrerías. Porque eso de que un hombre se mate trabajando para dar pan á la mujer y á los hijos, y cuando vuelva á casa se la encuentre abrazada al querindango, francamente, es cosa para hacer una barbaridad, yendo á presidio para toda la vida. Y lo que decía él: ¿quién tiene la culpa, señores? Pues las mujeres, las maldecidas mujeres, que están en el mundo para que los hombres se pierdan y nada más... Pero arrepentido, rectificábase, haciendo una excepción en favor de su Dolores y de Roseta.
De poco le servía la aclaración, pues su hermana, al ver iniciado el tema favorito de ella y su madre, hablaba con gran apasionamiento y su dulce voz vibraba con tonillo irritado. ¡Los hombres! ¡Vaya una gente! ellos eran los culpables de todo. Lo que decían su madre y ella: el que no era pillo resultaba imbécil. Ellos, solamente ellos tenían la culpa de que las mujeres fuesen como eran. De solteras iban á tentarlas; podía ella asegurarlo, pues á ser tonta y creer á ciertos hombres, estaría Dios sabe cómo. De casadas, si se hacían malas, también era por culpa de los hombres que, ó por pillos las irritaban, arrastrándolas á la imitación, ó por tontos nada veían y no aplicaban á tiempo el remedio. No tenía más que mirar á Tonet. ¿No le sobraba razón á Rosario para hacerse una perdida, aunque nada más fuese que por vengarse de las perrerías de su marido?... Y de los otros no quería presentar ejemplos. En el Cabañal se conocían demasiados maridos que tenían la culpa de que sus mujeres fuesen como eran.
É irreflexiblemente miró de tal modo al Retor, que éste, á pesar de su rudeza, pareció entender, lanzando á su hermana una ojeada interrogante. Pero tranquilizado en seguida por su inmensa confianza, protestó dulcemente de lo que decía su hermana. ¡Bah! Era más lo que hablaba la gente que la verdad. En el pueblo tenían mala lengua. Trataban los asuntos de familia con la mayor ligereza: hacían tema de risa la fidelidad de la mujer y la dignidad del marido; lanzaban los chistes más atroces sobre la tranquilidad de las familias, pero todo junto no pasaba de ser una broma dicha sin intención de ofender. Falta de educación, como aseguraba muy bien don Santiago el cura.
Él mismo, si fuera á hacer caso, ¿no tenía razón para ofenderse? ¿No se habían atrevido á hacer suposiciones maliciosas sobre su Dolores, gastándole bromas a él en la playa? ¡Y con quién, señores!... ¡Con quién dirás tú!... Pues había para asombrarse; con Tonet, con su hermano; ¡vamos, que era para reirse! ¡Creer que á él, con una mujer tan buena, le adornaban la casa y que el encargado de ello era Tonet, que miraba á Dolores con el mismo respeto que á una madre!
Y el Retor, aunque algo molestado por las murmuraciones, se reía al recordarlas con la misma expresión de desprecio y de fe que un labriego á quien negasen los milagros de la Virgen de su lugar.
Roseta le miraba fijamente, deteniendo el paso. Examinaba á su hermano con sus ojazos profundos, como si dudase sobre la espontaneidad de aquella risa. No había duda: era natural. Aquel zopenco estaba á prueba de sospechas.
Por esto se irritó ella, é instintivamente, sin darse cuenta del daño que causaba, soltó lo que parecía escarabajearle en la lengua. Lo dicho: todos los hombres eran unos pillos ó unos brutos. Y con la mirada parecía señalar á su hermano, incluyéndolo en la última categoría.
Por fin adivinó aquel hombre rudo. ¿Quién era el bruto? ¿él? ¿Sabía acaso Roseta algo?... Á ver: que hablase... y clarito.
Estaban entonces en mitad del camino, junto á la cruz, y se detuvieron por algunos instantes. El Retor estaba pálido y se mordía uno de sus dedazos; dedos de marinero, romos, callosos y con las uñas roídas.
Á ver: podía hablar claro. Pero Roseta no hablaba. Veía en su hermano algo que no la gustaba. Temía haber ido demasiado lejos; su conciencia de buena muchacha protestaba y arrepentíase ante la palidez y el duro gesto de aquel rostro siempre bondadoso.
No; ella no sabía nada: las murmuraciones del pueblo y nada más. Pero lo que debía hacer para que la gente no hablase, era obligar á Tonet á que visitara su casa lo menos posible.
El Retor la oía encorvado sobre la fuente cercana á la cruz, engullendo por entero el chorro de agua, como si la reciente impresión hubiese encendido una hoguera en su estómago.
Emprendió de nuevo la marcha con la boca chorreante, enjugándola con sus callosas manos. No; él no procedería nunca feamente con su Tonet. ¿Qué culpa tenía el pobre chico de que la gente fuese tan desvergonzada? Cerrarle la puerta sería perderle; justamente, si su mala cabeza se iba sentando un poco, lo debía á los buenos consejos de Dolores; de aquella pobrecita á la que muchos odiaban por envidia, nada más que por envidia.
Y en su rencor contra las enemigas de su Dolores, subrayaba las palabras con el gesto, como si incluyera entre las envidiosas á Roseta.
¡Que hablasen hasta cansarse! Mientras él estuviera tranquilo, se reía de los demás. Tonet era para él un hijo. Se acordaba como si hubiese ocurrido ayer de cuando le servía de niñera y se acostaba con él en el camarote de la barcaza, haciéndose un ovillo para dejarle la mayor parte de la colchoneta. ¡Qué! ¿unas cosas así, tan fácilmente pueden olvidarse?
Se olvidan las buenas épocas; se borra fácilmente el recuerdo de los amigotes con los que se bebe y se ríe en la taberna; pero cuando se pasa hambre, ¡redeu! no se olvida por nada del mundo al compañero de miseria. ¡Pobre Tonet! se había propuesto sacar á flote á aquel perdido, digno de lástima, y no pararía hasta verle hecho un hombre de pro. ¿Qué se habían figurado?... Él era un animal, pero tenía un corazón que no le cabía dentro... Y se golpeaba el recio pecho, que sonaba como un tambor.
Más de diez minutos marcharon los dos hermanos sin cambiar palabra. Roseta, arrepentida de haber provocado aquella conversación; Pascual, con la cabeza baja, pensativo, frunciendo algunas veces las cejas y cerrando los puños como si le acometiera un mal pensamiento.
Habían llegado al Grao y atravesaban sus calles con dirección al Cabañal.
El Retor habló por fin, mostrando necesidad de desahogar su pensamiento, de echar fuera ideas penosas, cuyo doloroso culebreo se notaba en las contracciones de su frente.
En fin, Roseta, lo conveniente era que todo lo dicho sólo fuese una broma de la gente. Porque si algún día resultara verdad, ¡recristo! á él no le conocía nadie en el pueblo. Se tenía miedo á sí mismo en ciertos momentos. Era hombre de paz y huía las cuestiones; muchas veces perdía su derecho en la playa porque era padre y no aspiraba á pasar por majo; pero que no le tocasen lo que era suyo y muy suyo: el dinero y su mujer. Aun se acordaba con horror de que al venir de Argel, con aquello, tuvo el pensamiento, si le alcanzaba la escampavía, de plantarse junto al mástil faca en mano, y allí matar, matar siempre, hasta que lo tumbaran sobre los fardos que eran su fortuna. Y en cuanto á Dolores, algunas veces al contemplarla tan buena, tan guapa, con el aire de señora que tan bien le sentaba, había pensado, ¡por qué no decirlo! había pensado en que alguien se la podía quitar, y entonces ¡redeu! entonces sentía deseos de apretarla el gaznate y salir por las calles mordiendo como un perro rabioso. Sí; eso es lo que él era; un perro mansote, que si llegaba á rabiar acabaría con el mundo ó tendrían que matarle... Que le dejasen quieto; que nadie turbara su felicidad, adquirida y sostenida á fuerza de trabajos.
Pascual manoteaba mirando fijamente á Roseta, como si ésta fuese la que iba á robarle su Dolores. Pero de pronto hizo un gesto como si despertara y se notó en él el disgusto del que en un momento de excitación teme haber dicho demasiado.
Le molestaba la presencia de su hermana. Ya podían separarse. Ella hacia la barcaza de la playa y ¡espresions á la mare! Él iba á su casa.
Hasta bien entrada la noche le duró al Retor la impresión del encuentro. Pero cuando fueron á verle para tomar órdenes los tripulantes de Flor de Mayo, todo lo había olvidado, todo.
Allí estaba Tonet, en su presencia, y sin embargo, no experimentó la más leve emoción. Esto resultaba la prueba más clara de que todo era mentira. Su corazón estaba mudo; luego nada había.
Todo lo olvidó para hablar de la salida del día siguiente. La Flor de Mayo formaría pareja con una barca que había alquilado. Que Dios le diese buena suerte, y no tardaría en construir otra embarcación como Flor de Mayo.
En la tripulación figuraba un marinero, al que el Retor oía como un vetusto oráculo: el tío Batiste, el pescador más viejo de todo el Cabañal; setenta años de vida de mar, encerrados en un armazón de pergamino curtido, que salían por la negra boca oliendo á tabaco malo, en forma de consejos prácticos y de marítimas profecías. Lo había enganchado el patrón, no por lo que pudiera ayudar á la maniobra con sus débiles brazos, sino por el exacto conocimiento que tenía de la costa.
Desde el cabo de San Antonio hasta el de Canet era el golfo una gran plaza sin bache y agujero que no conociera el tío Batiste. ¡Ah! si él pudiera convertirse en un esparrelló, nadaría por abajo, sabiendo siempre dónde se encontraba. La superficie del mar, muda para otros, leíala con la mayor facilidad, adivinando su fondo.
Sentado sobre la cubierta de la barca, parecía sentir todas las ondulaciones del suelo submarino, y con una ligera ojeada sabía si estaban sobre los profundos algares, sobre el Fanch ó sobre las colinas misteriosas llamadas los Pedrusquets, que evitaban los pescadores por miedo á que se enroscasen las redes y se hicieran trizas. Sabía pescar en los tortuosos callejones de profundo mar abiertos entre los Muralls de Confit, la Barreta de Casaret y Ròca de Espiòca; arrastraba las redes por aquel laberinto sin tropezar con las traidoras puntas ni con los algares que cargan la malla hasta romperla, no sacando nada de provecho, y en las noches obscuras, cuando no se veía á cuatro pasos de la barca y la luz de los faroles la sorbía sin rastro alguno la lobreguez de las aguas, bastábale gustar con la lengua el fango de las redes para decir con matemática certeza el sitio donde estaba. ¡Demonio de hombre! parecía que sus setenta años se los había pasado abajo en compañía de los salmonetes y de los pulpos.
Aparte de esto, sabía muchas cosas no menos útiles; por ejemplo, que el que salía á pescar el día de las Almas, corría el peligro de sacar algún muerto envuelto en las redes, y el que ayudaba todos los años el día de la fiesta á llevar en hombros la Santa Cruz del Grao, no podía ahogarse nunca.
Por eso él se conservaba bien á pesar de sus setenta años, y eso que nunca se había separado del mar. Á los diez años tenía callos en el sobaco, á fuerza de tirar como un toro de las cuerdas del bolich; y no sólo había sido pescador: tenía su docena de viajes á la Habana, pero no como los chicos de ahora, que se creen hombres de mar porque hacen de camareros y mozos de cordel en cualquier trasatlántico como un pueblo, sino á bordo de faluchos de la matrícula, barcos más valientes que Barceló, que iban á Cuba con vino y traían azúcar, mandados por patrones venerables, envueltos en su ranglán, y con sombrero de copa; y antes se acababa el mundo que faltaba á bordo la lamparilla encendida ante el Cristo del Grao y el rosario á la puesta del sol.
Aquellos eran otros tiempos; la gente era mejor. Y el tío Batiste, moviendo las arrugas del rostro y su barbilla de chivo venerable, hablaba contra la impiedad y soberbia del presente, acompañando sus palabras con juramentos de castillo de proa y me caso en esto y en lo de más allá.
El Retor le escuchaba complacido. Encontraba en el viejo á su antiguo maestro el tío Borrasca, y oyéndole pensaba en su padre. La demás gente de la barca, Tonet, los dos marineros y el grumete, reíanse del viejo y le enfurecían asegurándole que ya no estaba para navegar y que el cura le reservaba la plaza de sacristán.
¡Chentòla! Ya verían quién era él cuando saliesen al mar; aun les llamaría cobardes en más de una ocasión.
Al día siguiente todo el barrio de las Barracas estaba en movimiento. Por la noche se hacían á la mar las barcas del bòu, llevando los hombres á la pura conquista del pan.
Todos los años se repetía la emigración viril, pero á pesar de esto las más de las mujeres mostrábanse impresionadas pensando en los muchos meses de sobresalto é inquietud que habían de sufrir hasta la primavera.
Los patrones mostrábanse atareados por los últimos preparativos. Iban al puerto para examinar sus embarcaciones, hacían funcionar las garruchas, correr las maromas, subían y bajaban las velas, tocaban el fondo de la cala, examinaban el repuesto de lona y cables, contaban las cestas y hacían repasar las redes. Después llevaban los papeles á las oficinas para que aquellos señores tan orgullosos y malhumorados se dignasen despacharlos.
Cuando el Retor fué á comer á mediodía, encontró en la cocina de su casa á la siñá Tona, que lloraba hablando con Dolores.
La vieja sostenía sobre sus rodillas un envoltorio, y apenas vió á su hijo, le increpó con ira.
Vamos á ver: aquello era una mala cosa; parecía imposible que fuese padre. Le habían dicho que su nieto Pascualet se embarcaba en la Flor de Mayo para hacer el aprendizaje de gato. ¿Estaba bien aquello? Una criatura de ocho años que aun debía estar mamando, ó cuando más jugando en la tabernilla de la abuela, ir al mar como los hombres, á pasar fatigas y quién sabe si algo peor.
Ella se oponía, sí señor; el chico no debía conformarse con aquel martirio, y puesto que la madre callaba y al padre se le había ocurrido tal barbaridad, ella, como abuela, protestaba. Se llevaría el chico para impedir semejante crimen. ¡Pascualet! ¡tu abuela te llama!
Pero el demonio del muchacho, enfundado en un traje nuevo de franela amarilla, descalzo, para mayor carácter, con una faja que se le enroscaba hasta el pecho, gorra negra sobre la oreja y la blusa hinchada como un globo, pavoneábase imitando el aire desgarbado del tío Batiste y hacía muecas á su abuela en venganza de la ofensa que le infería rogando por él.
No iría á jugar más á la playa; que se guardase la abuela sus meriendas; él era hombre y quería ir al mar como segundo gato de la Flor de Mayo.
Sus padres se reían con las insolencias del muchacho. ¡Demonio de chico! El Retor se lo hubiera comido á besos.
La abuela lloraba como si le viera ya próximo á la muerte. Pero el padre se indignó. ¿Quería callar? Cualquiera creería que mataban al chico. ¿Qué tenía aquello de extraordinario? Pascualet iba al mar como habían ido su padre y todos sus abuelos. ¿Deseaba la agüela que fuese un vago? Él le quería valiente y trabajador, sin miedo al agua, que es donde está la vida. Si cuando él muriera podía dejarle un buen pasar, mejor que mejor. El chico no expondría su vida navegando, pero sabiendo lo que es una barca, no podrían engañarle. Una desgracia á cualquiera le ocurre, y porque su padre, el tío Pascual, había acabado como todos sabían, ya se figuraba su madre que todos los pescadores habían de morir ahogados. ¡Vamos... calle, calle y no haga reir!
Pero la siñá Tona no podía callar. Estaban todos endemoniados. El maldito mar les atraía para acabar con la familia. Ella no descansaba. ¡Si contase los espantosos sueños que tenía por la noche! Ya sufría mucho pensando en los peligros del hijo, y ahora, por si no tiene usted bastante, el nieto también. Vamos, que aquello no podía sufrirse; lo hacían por matarla á pesares; y si no fuera por lo mucho que les quería, no debía mirarles más á la cara.
El Retor, indiferente á los lamentos de su madre, sentábase á la mesa ante la cazuela humeante. Escrúpulos de vieja. ¡Á comer, Pascualet!
Su padre había de hacerle el mejor marinero del Cabañal. Y para extremar sus bromas, quiso saber qué traía su madre en aquel envoltorio.
Volvió á llorar la siñá Tona. Era un obsequio bien triste. El miedo no la dejaba dormir; había reunido la noche anterior todos sus ahorros, bien poca cosa, y quería hacer un regalo á su hijo: un chaleco salvavidas que por mediación de una amiga había comprado al maquinista de un vapor inglés.
Y sacó á luz la coraza voluminosa de forradas escamas de corcho, que se plegaba con gran flexibilidad. El Retor la contemplaba sonriendo. Bien estaba aquello; ¡lo que inventaban los hombres! algo había oído de tales chalecos, y se alegraba de tener uno, por más que él nadaba como un atún y no necesitaba adornos.
Pero entusiasmado como un niño ante el regalo, abandonó la comida y se probó el chaleco, riéndose del grueso envoltorio, que le daba el aspecto de una foca, haciéndole respirar angustiosamente.
Gracias; con aquello no era posible ahogarse, pero moriría de sofocación. Lo metería en la barca. Y arrojó la coraza al suelo, apoderándose de ella Pascualet, quien con gran trabajo se embutió en el salvavidas, asomando la cabeza y las extremidades como una tortuga dentro del caparazón.
Al terminar la comida llegó Tonet. Traía una mano entrapajada. Era un golpe que había recibido aquella mañana; y lo decía de un modo, que su hermano no quiso preguntar más ni le sorprendió la extraña mirada de Dolores. Alguna diablura de aquel loco; alguna riña que habría tenido en la taberna.
Con una mano inútil, para nada servía en la barca. Debía quedarse en tierra, y ya lo tomaría su hermano á bordo de allí á dos días, pues pensaba no tardar más en la primer salida si la pesca era buena.
Mientras hablaba el Retor con gran tranquilidad, lamentándose de que su hermano no fuese á bordo de la Flor de Mayo, Tonet y su cuñada bajaban la cabeza y evitaban mirarse, como si se sintieran avergonzados.
Á media tarde comenzaron los preparativos para la salida del bóu.
Más de un centenar de barcas formadas en doble fila frente á los muelles, inclinaban los mástiles como un escuadrón de lanzas que saluda, moviendo sus cascos con incesante y gracioso contoneo. Las pequeñas embarcaciones, con su rudo perfil de galera antigua, recordaban las numerosas armadas de Aragón, las flotas de barquichuelos con las que Roger de Lauria era el terror de Sicilia. Y los Pescadores presentábanse en grupos con el hatillo á la espalda y el aire resuelto, como las bandas de almogávares llegaron á la playa de Salou para ir en embarcaciones iguales ó peores á la conquista de Mallorca. Tenía aquel embarque en masa y en tan rudos barcos un sabor tradicional, algo que forzosamente hacía recordar la marina de la Edad Media, los bajeles de Aragón, cuya vela triangular lo mismo espantaba al moro de Andalucía que se destacaba sobre el clásico y risueño cielo de la Grecia.
Todo el pueblo acudía al puerto; las mujeres y los niños corrían por los muelles buscando en la confusión de mástiles, cuerdas y cascos incrustados unos en otros, la barca donde iban los suyos. Era la emigración anual á los desiertos del mar; la caída en perpetuo peligro para sacar el pan de las misteriosas profundidades, que unas veces se dejan extraer mansamente sus riquezas y otras se alborotan amenazando de muerte á los audaces argonautas.
Y por las pendientes tablas que unían las barcas con el muelle, pasaban pies descalzos, calzones amarillos, caras tostadas, todo el mísero rebaño que nace y muere en la playa sin conocer más mundo que la extensión azul; gente embrutecida por el peligro, sentenciada á muerte, para que tierra adentro otros seres, sentados ante el adamascado mantel, puedan contemplar como joyeles de coral los rojos langostinos ó se conmuevan con estremecimientos de gula ante la enorme merluza nadando en apetitosa salsa. El hambre iba á lanzarse en el peligro para satisfacer á la opulencia.
Comenzaba á caer la tarde. Los últimos mosquitos del verano, enormes, hinchados, zumbaban en el ambiente impregnado de tibia luz, brillando como un chisporroteo de oro; el mar se extendía tranquilo fuera del puerto hasta juntarse con el horizonte, y allá en la línea divisoria destacábase como una vaga nube la cumbre del Mongó, cual una isla flotante.
Continuaba el embarque. La aglomeración de barcas tragábase hombres y más hombres; las mujeres hablaban con animación del tiempo de la pesca, que esperaban fuese buena; de la temporada que se preparaba, en la cual podría haber pan abundante en sus casas; y los grumetes corrían desolados por el muelle, descalzos y apestando á brea, para hacer los últimos encargos de sus patrones, embarcar la galleta y cargar el tonelillo del vino.
Cerraba la noche; ya estaba toda la gente en las barcas: más de mil hombres. Sólo faltaba para partir que los señores de las oficinas acabasen de despachar los papeles; y la multitud que ocupaba los muelles se impacientaba como ante un espectáculo que se retarda.
Había en el acto de la partida una costumbre que cumplir. Desde tiempo inmemorial, todo el pueblo acudía á la salida del bòu para insultar á los que se iban. Chistes atroces, sangrientas bromas cruzábanse entre las barcas y las escolleras cuando aquéllas salían del puerto; todo á la buena de Dios, sin mala intención, porque así lo marcaba la costumbre y porque tenía gracia decirles algo á los... lanudos que se iban tranquilos á pescar dejando solas á sus mujeres.
Y tan arraigada estaba la costumbre, que algunos pescadores se preparaban con anticipación, metiendo en sus barcas capazos de guijarros para contestar las insultantes despedidas á pedrada limpia.
Era una diversión brutal, propia de las playas levantinas, donde las bromas giran siempre con la mayor inocencia sobre la mansedumbre del marido y la fidelidad de la mujer.
Cerró la noche. Inflamábase como una guirnalda de fuego el rosario de faroles que orlaba los muelles; titilaban los rojos regueros de luz sobre las mansas aguas del puerto, y las linternas de los buques brillaban en lo alto de los palos como estrellas verdes y encarnadas. Cielo y agua tomaban el mismo color ceniciento, destacándose los objetos como manchas negras. El puerto, el caserío y los buques parecían dibujados con tinta china sobre un inmenso papel gris.
¡Ya salían, ya salían!... Izábanse las velas, que en la lobreguez transparentaban las luces del puerto, como piezas extendidas de crespón ó sutiles alas de grandes mariposas negras.
La pillería había ocupado lo más saliente de las escolleras para saludar á los que partían. ¡Cristo! ¡y cómo iban á divertirse! Había que agazaparse bien para que no les llegara alguna piedra.
Ya salía la primer pareja; mansamente, con poco viento aún, cabeceando las dos barcas como toros perezosos antes de tomar carrera. En la obscuridad se reconocía a las parejas y á los que iban en ellas.
—¡Adiós!—gritaban las mujeres de los tripulantes—. ¡Bòn viache!
Pero la pillería había roto ya en espantoso e infamante vocerío. ¡Vaya unas lengüecitas! Hasta las mismas mujeres injuriadas que estaban á espaldas de ellos reían como locas, celebrando las ocurrencias. Era un carnaval con toda su libre franqueza para mezclar verdades y mentiras.
¡Lanudos! ¡más que lanudos! Iban á pescar tan tranquilos, dejando solas sus mujeres. Ya se encargaría el cura de acompañarlas. ¡Muuu! ¡muuu!...
É imitaban el mugido de los bueyes entre las carcajadas del gentío que, por un absurdo de la costumbre, gustaba de despedir con tales insultos á los hombres que marchaban á trabajar y tal vez á morir por el sustento de sus familias. Pero éstos, siguiendo la sarcástica broma, echaban mano á los capazos de piedras y los guijarros silbaban como balas, chocando con los peñascos, tras los cuales se ocultaba la procaz granujería.
Era un aquelarre, una aglomeración de escandalosos duendes que bullían en las dos escolleras y vomitaban injurias cada vez que pasaban barcas por la estrecha garganta de la dársena.
Cuando las voces, ya roncas, enmudecían cansadas de berrear, la provocación partía de las mismas barcas. Molestábales á los pescadores que saliese su pareja en silencio, y partía de ella alguna voz de marinero socarrón preguntando mansamente:
—¡Che! ¿qué no dieu algo?
Vaya si le decían, y recrudecíase otra vez el eterno grito de lanudos, confundiéndose con el rugido de los caracoles que soplaban los grumetes, misteriosa señal para reconocerse las barcas que formaban la pareja y navegar juntas en la obscuridad, sin mezclarse con las otras embarcaciones que seguían el mismo rumbo.
Dolores estaba en una escollera, de pie, sin miedo á las pedradas, casi confundida con la turba vociferante. Sus amigas se habían quedado atrás por temor á un guijarro y ella estaba allí sola: sola no, porque un hombre se aproximaba lentamente, con fingida distracción, hasta quedar casi pegado á sus espaldas.
Era Tonet. La soberbia moza sentía en el cuello la respiración de su cuñado, y los rizados pelillos de la nuca erizábanse con su aliento abrasador. Volvía ella la cabeza buscando en la obscuridad los ojos de Tonet, que fulguraban con hambrienta fiebre, y sonreia satisfecha por la muda adoración.
Sentía deslizarse por su talle una mano ansiosa y ágil, la misma mano entrapajada que, según declaraba Tonet horas antes, no podía mover sin terrible dolor.
Las miradas de los dos expresaban lo mismo. Por fin, tenían una noche de libertad: ya no serían entrevistas rápidas con zozobra y peligro. Solos, completamente solos toda la noche, y la otra y otra más... hasta que volvieran el Retor y su hijo. Tonet iba á acostarse en la cama de su hermano, como si fuese el amo de casa.
Y este placer criminal, este adulterio, al que se unía la traición al hermano, causábales escalofríos de horrible voluptuosidad; les hacía estrechar sus cuerpos, en los que la carne se estremecía con vibraciones puramente animales, como si lo infame de la pasión aumentase la intensidad del placer.
Un grito de la chicallería les sacó de su somnolencia amorosa.
—¡El Retor! ¡Ahí va el Retor! ¡Esta es Flor de Mayo!
Y ¡vive Cristo, que fué buena la que se armó! Para el pobre Pascualo estaba reservado lo más fuerte de la fiesta.
Ya no eran chicuelos los que gritaban. Los pocos hombres que quedaban en tierra y el mujerío que odiaba á Dolores, unían sus voces al ronco gritar de la pillería.
¡Lanudo! Cuando volviera á tierra habría que acercarse a él capa en mano. Y la gente vociferaba estos y peores insultos con verdadera furia, como quien sabe que no da golpes en vago. Con aquél no era broma: le decían la verdad y nada más.
Tonet se estremecía temiendo alguna indiscreción de los bárbaros, pero Dolores, impúdica y audaz, reíase de veras, como si le hiciera mucha gracia la rociada de insultos que recibía su panzudo. ¡Oh! Era legítima hija del tío Paella.
La Flor de Mayo atravesaba mansamente por entre las escolleras, y de su popa salió la alegre voz del patrón, satisfecho de las ovaciones que merecía.
—¡Che! ¡Digau més! ¡Digau més!
Aquella provocación irritó á la muchedumbre. ¿Que dijeran más? Pues allá va. Y cerca, muy cerca de Tonet y Dolores, sonó una voz que contestó á la provocación de un modo que hizo estremecer á los amantes.
Á ver si callaba el muy lanudo. Á pescar sin cuidado. Tonet ya se quedaba con Dolores para consolarla.
El Retor soltó el timón y se puso en pie de un salto.
—¡Morrals!—rugió—; ¡cochinos!...
No; aquello no estaba bien. Bromitas á él, todas las que quisieran; pero eso de meterse con la familia, era muy feo... muy indecente.
IX
Aquel año protegía Dios á los pobres.
Así lo decían las pobres mujeres del Cabañal, agrupándose por la tarde en la playa, dos días después de la salida de las barcas.
Volvían las parejas del bòu rápidamente, viento en popa, y la rígida línea del horizonte aparecía dentellada por las innumerables aletas que se aproximaban á pares como palomas unidas por una cinta á flor de agua.
Hasta las más viejas del pueblo no recordaban una pesca tan afortunada. ¡Señor! ¡si parecía que el pescado estaba allá dentro, en grandes masas, esperando pacientemente las redes para entrar sin resistencia en ellas, aliviando la miseria de los pescadores!...
Sobre la arena de la playa, agitado todavía, dentro de los cestones de caña, estaba toda aquella hermosura: los salmonetes de roca, como palpitantes pétalos de camelia, contrayendo el lomo de suave bermellón con el estertor de la asfixia; los viscosos calamares y los pulpos, moviendo su maraña de patas, apelotonándose y enroscándose en la agonía; los lenguados, planos y delgados como suelas de zapatos; las rayas, estremeciendo su titilante mucosidad, y sobre todo los langostinos, la pesca preciosa, que asombraban aquel año por su cantidad, transparentes como el cristal, erizando sus tentáculos con desesperación y destacando sobre las negruzcas cestas sus dulces tonos de nácar.
Llegaban las barcas plegando las enormes velas y quedaban quietas y balanceantes á pocos metros de la orilla.
Á cada pareja agolpábase la multitud en el límite de las olas, arremolinábanse las faldas de sucio percal, las caras rojas y las cabelleras de Medusa, gritando, increpándose, discutiendo para quién sería el pescado. Arrojábanse de las barcas los gatos con agua á la cintura, formando larga fila, en la que iban interpolados los hombres y los cestos y avanzaban rectamente hacia la orilla, surgiendo poco á poco del manso oleaje, hasta que sus pies descalzos tocaban la arena seca, y las mujeres de los patrones se encargaban de la pesca para venderla.
Poblábase como si fuese un pedazo de tierra el espacio de mar entre la orilla y las barcas. Pasaban los grumetes con el cántaro al hombro, enviados por la tripulación que, cansada del líquido recalentado y sucio de los toneles, anhelaba el agua fresca de la fònt de Gas; las chicuelas de la playa, remangándose impúdicamente las haraposas faldillas, hundían en el mar las piernas de chocolate para ir á curiosear y apropiarse algo de la pesca menuda: y para sacar las barcas que habían de aguardar en seco el día siguiente, entraban olas adentro los bueyes de la comunidad de pescadores, hermosos animales rubios y blancos, enormes como mastodontes, moviéndose con pesada majestad y agitando su enorme papada con la soberana altivez de un senador romano.
Estas yuntas, que hundían la arena bajo sus pezuñas y de un tirón arrastraban las barcas más grandes, guiábalas Chepa, un chicuelo enteco y jiboso con cara de vieja maliciosa, un enjendro que lo mismo podía tener quince años que treinta, enfundado en un chubasquero amarillo, por bajo del cual asomaban dos piernecillas rojas, en las que la piel, siguiendo con fidelidad todas las ondulaciones del esqueleto, marcaba el contorno y los ligamentos de sus huesos.
En torno de las barcas que arrastradas surgían lentamente del mar, agitábase un apretado círculo de pillería haraposa y greñuda, sacando medio cuerpo del agua como el cortejo de nereidas y tritones que escoltan las barcas mitológicas, pidiendo con roncos gritos que les echasen un puñado de cabets.
En la playa organizábase un mercado, donde á fuerza de gritos, manoteos é insultos, se realizaban las ventas.
Las amas de barca regateaban y reñían detrás de sus repletas banastas con todo el rebaño vociferante que había de revender el pescado al día siguiente en Valencia, y cuando llegaba el ajuste por arrobas recrudecíanse los insultos, discutiendo si habían de entrar las piezas gordas ó la morralla. Dos capazos pendientes de cuerdas y unos cuantos guijarros enormes servían de balanza y pesas, y nunca faltaba algún chico del pueblo de la clase de leídos que se prestaba á ser secretario de las amas, llevando en un papel la cuenta de las ventas.
Rodaban empujados por el pie del comprador los repletos capazos, contemplados con codicia por los pillos de la playa. Pieza que caía, evaporábase como tragada por la arena; y los buenos burgueses que venían de Valencia para admirar el pescado fresco, sentíanse empujados, pisoteados por la multitud arremolinada que, como inquieta tromba, mudaba de sitio á la llegada de una nueva barca.
Dolores estaba en sus glorias. Durante muchos años, al comprar en la playa el pescado como una simple vendedora, había deseado ser ama de barca, poder reñir é imponerse al mísero y escandaloso rebaño. Por fin se realizaban sus aspiraciones; y sorbiendo orgullosamente el aire con su graciosa nariz, erguíase entre los cestones recién desembarcados, mientras que Tonet se cuidaba del peso y de registrar las ventas.
Casi encallada en la mar baja, esperaba cabeceando Flor de Mayo á que los bueyes la sacasen á la playa.
El Retor ayudaba á los marineros á plegar la vela, y se detenía algunas veces para mirar á su mujer cómo se peleaba con las compradoras y marcaba los precios que el cuñado tenía que registrar. ¡Miradla; parecía una reina! Y el pobre hombre sentíase satisfecho al pensar que su Dolores debía todo aquello á él, á nadie más que á él.
En la proa erguía su hijo Pascualet la desmedrada é inmóvil figurilla, como si fuese el mascarón de la barca, hecho un lobo de mar, descalzo y sucio, con la camisa fuera del calzón, los faldones revoloteando al viento y al descubierto su panza rojiza como la de una estatuílla de barro cocido. Y frente á la barca lo admiraban un buen golpe de infelices rateros de la playa, casi desnudos, con aspecto de tribu salvaje, rojos, con la pátina que da á los cuerpos el aire del mar y los miembros enjutos, delatando la pobreza nutritiva de la salazón. ¡Pero qué suerte tenía el Retor! Traía la barca atestada de langostinos, que á dos pesetas libra... ¡tira! ¡tira! Y los miserables abrían la boca y entornaban los ojos como si viesen un deslumbrante oleaje de pesetas.
Chepa llegó con su pareja de poderosas bestias, y la Flor de Mayo, chirriando sobre los tarugos en que resbalaba su quilla, comenzó á salir á tierra.
El Retor había abandonado su barca y estaba frente á Dolores, sonriendo como un bendito ante su delantal recogido é hinchado por los enormes puñados de plata que parecían romper la tela. ¡Vaya una jornada! Con pocas así podían redondearse. Y la suerte tal vez se repitiera, pues el viejo que llevaba á bordo adivinaba los sitios donde estaba la mejor pesca.
Pero se interrumpió en su entusiasmo para mirarle las manos á su hermano. Los trapos habían desaparecido. Ya estaba bueno, ¿eh? Se alegraba mucho: así podría embarcarse en la segunda expedición y ya vería lo que era divertirse. Daba gusto pescar sacando las redes llenas con tanta facilidad. Pensaba salir al amanecer. Había que aprovechar la fortuna.
Dolores, viendo terminada la venta, preguntó á su marido si iría á casa. El patrón no podía decirlo. No le gustaba abandonar la barca. La gente de la tripulación era capaz de irse á la taberna así que volviese la espalda, y la embarcación no podía quedar sola en la playa, donde pululaban los raterillos husmeando todo la aprovechable. Tenía ocupación, y si á las nueve de la noche no estaba en casa, podía ella acostarse.
En cuanto á Tonet, que marchara á despedirse de su Rosario y á coger el hatillo; pero antes del amanecer, allí en la playa, pues no quería esperar.
Dolores cambió una rápida ojeada con su cuñado y después se despidió de su marido, intentando llevarse á Pascualet. No; el muchacho quería quedarse en la barca al lado de su padre; y al fin la buena moza tuvo que partir sola, siguiendo los dos hombres con su mirada el garboso contoneo de aquel cuerpo soberbio que se alejaba empequeñeciéndose.
Tonet permaneció en la playa hasta el anochecer, hablando con el tío Batiste y comentando con otros pescadores la inesperada abundancia de pescado. Se fué cuando el grumete comenzaba á preparar la cena á bordo de la Flor de Mayo.
Pascual, al quedar solo, comenzó á pasear por la playa con las manos metidas en la faja, oyendo el fru-fru de sus calzones impermeables, que producían un roce de pergamino seco.
La playa estaba obscura. En las cubiertas de algunas barcas brillaban las fogatas de la cena, pasando ante ellas de vez en cuando las sombras de los tripulantes. El mar, casi invisible, marcándose en ciertos momentos con débil fosforescencia, mugía dulcemente, y á lo lejos salían de la lóbrega playa ladridos de perros y alguna voz de niño entonando una canción amortiguada por la distancia. Eran grumetes que se dirigían al Cabañal.
El Retor miraba la débil faja de la luz rojiza que aun se marcaba en el horizonte tras la línea de lejanos tejados por donde se había ocultado el sol. No le gustaba aquel color: como él decía con su experiencia de marinero, el tiempo no estaba seguro.
Pero esto le preocupó poco, pensando únicamente en sus negocios y en su dicha. No podía quejarse de la suerte. Hogar tranquilo, buena mujer, ganancias para construir antes de un año otra barca que formase pareja con Flor de Mayo y un hijo digno de él, que mostraba gran afición al mar y sería con el tiempo el mejor patrón del Cabañal. ¡Vamos, hombre! que podía tenerse por el más feliz de los mortales, y esto sin carecer de camisa como el hombre dichoso del cuento, pues tenía más de una docena y un pedazo de pan para la vejez.
Pascual, animado por la contemplación de su dicha, avivaba su torpe paso, restregándose las manos alegremente, cuando vió á poca distancia una sombra que se aproximaba con lentitud. Era una mujer; una mendiga tal vez que iría por las barcas pidiendo como limosna el desperdicio de la pesca. ¡Válgame Dios, cuánta miseria hay en el mundo! Y como al sentirse feliz quería hacer partícipe de su dicha á todo el mundo, buscó la punta de su faja, donde llevaba, enrolladas algunas pesetas con mezcla de calderilla.
—Pascualo—murmuró la mujer con voz dulce y tímida—. ¿Eres Pascualo?
¡Cristo! ¡qué chasco!... ¡Si era Rosario, su cuñada! ¿Venía en busca de su marido? Pues perdía el viaje; debía estar ya en casa esperándola para cenar.
Pero el alegre patrón quedó perplejo al saber que no buscaba á Tonet. ¿Qué hacía allí entonces? ¿Quería hablar con él? Esta pretensión le extrañaba. Trataba poco á la mujer de Tonet, y no comprendía para qué podría necesitarle. Pero en fin, podía hablar.
Se cruzó de brazos mirando su barca, en la que Pascualet y el otro gato danzaban en torno de la marmita de la cena. Esperaba las palabras de aquella sombra que permanecía con la cabeza baja, como si se sintiera poseída de invencible timidez.
Vamos, ya podía hablar: él la escuchaba.
Rosario, como quien desea acabar pronto diciéndolo todo de un golpe, irguió su cabeza con energía y clavó sus ojos en los del Retor, brillándole con misteriosa fosforescencia.
Lo que tenía que decirle era que se interesaba por la dignidad de la familia; que ya no podía sufrir más, y que ella y el Retor estaban haciendo reir á todo el Cabañal.
Á ver: ¿quién hacía reir?... ¿Él?... ¿y por qué se divertían á su costa?... Él no creía dar motivo para que se burlaran como si fuese una mona.
—Pascualo—dijo Rosario con lentitud, pero con energía, como quien se resuelve á todo—, Pascualo... Dolores t’engaña.
¡Quién!... ¡su mujer le engañaba!... ¡Cristo, esto sí que era bueno!
Y como un buey que recibe un mazazo, inclinó su cabezota por algunos instantes. Pero pronto sobrevino la reacción. Había en aquel hombre fe suficiente para resistir golpes mayores.
—¡Mentira!... ¡mentira! Vesten, embustera.
Si la obscuridad no hubiese sido tan densa, tal vez Rosario se habría asustado al ver la cara del Retor. Pataleaba como si de la arena hubiese salido la calumnia y quisiera aplastarla; movía sus brazos con expresión amenazante y las palabras se le escapaban barboteando como si se ahogasen en el acceso de rabia.
¡Ah, mala piel! ¿Creía ella que no la conocían?... Envidia, y nada más que envidia... Odiaba á Dolores y mentía para perderla... ¿No le bastaba con no saber dirigir al pobre Tonet, y aun intentaba deshonrar á Dolores, que era una santa?... Sí señor, una santa, y ya quisiera ella llegarle á la suela del zapato.
—¡Vesten!—rugía—; ¡vesten ó te mate!
Pero á pesar de las amenazas con que acompañaba su exigencia de que se fuera, Rosario permanecía inmóvil, como si resuelta á todo no le intimidaran las amenazas del Retor.
—Sí; t’engaña, Pascualo—decía con su desesperante lentitud—. T’engaña, y es en Tonet.
¡Recordons! ¿También metía á su pobre hermano en la danza? La indignación le ahogaba; aquella mentira era insufrible, y en su furor sólo sabía repetir:
—¡Vesten, Rosario; vesten ó te mate!
Pero lo decía de un modo terrible, cogiendo á su cuñada por las muñecas, apretándola con furia, empujándola de un modo tan amenazador, que la pobre mujer, al desasirse, mostraba miedo y comenzó á alejarse.
Había ido allí para hacerle un favor, para que no se rieran más las gentes de él; pero ya que lo quería, podía seguir siendo un bendito.
—¡Bruto... llanut!
Y escupiendo estos dos insultos como despreciativa despedida, huyó Rosario, quedando el Retor inmóvil, con los brazos cruzados.
¡Oh, qué mala piel! ¡Cuán infeliz era su hermano con una mujer así!
Sentíase satisfecho por su arranque de indignación. Buenas cosas se había oído la envidiosa: podía volver otra vez con mentiras.
Y paseaba por la arena, que humedecían las olas, sintiendo alguna vez el agua en sus gruesos zapatones.
Daba bufidos de satisfacción recordando la energía con que había procedido, pero algo le escarabajeaba en el cerebro y en el pecho, algo que crecía por momentos y le apretaba la garganta, causándole mortal angustia.
¿Y por qué no había de ser verdad lo que decía Rosario?...
Tonet había sido novio de Dolores; por el hermano conoció él á su mujer; se veían con frecuencia; hablaban solos horas enteras; ella mostraba gran interés por su cuñado... ¡Cristo! Y él sin sospechar nada, sin adivinar su deshonra... ¡Cómo se habría reído la gente!
Y pateaba con furia, cerrando los puños y profiriendo juramentos espantosos, de los que guardaba para los días de borrasca.
Pero no; no era posible. ¡Cómo gozaría la mala lengua si le viese á él con su rabieta de muchacho crédulo! Y en resumen: ¿qué le había dicho? Nada; la misma broma con que varias veces le habían molestado en la playa; sólo que los pescadores se permitían la injuriosa suposición para enfadarle y reirse de su gesto hosco, mientras que Rosario lanzaba tales calumnias con la venenosa intención de poner en discordia al matrimonio. Pero todo eran mentiras. ¿Faltarle á él Dolores? No era posible: ¡una mujer tan buena, y además con un hijo, con Pascualet, al que quería tanto!...
No podía ser. Y para convencerse mejor, para ahuyentar la angustia que le oprimía, el Retor paseaba aceleradamente y decía con voz tan alterada por la emoción, que á él mismo le parecía que era de otro:
—Mentira; tot mentira.
Esto le tranquilizaba. Con tales palabras aliviábase, como si convenciera al mar, á las sombras, á las barcas que habían presenciado la calumniosa afirmación de Rosario; pero ¡ay! dentro llevaba el enemigo; y mientras la lengua repetía ¡mentira!, los oídos le zumbaban, como si aun vibrasen en ellos las últimas palabras de su cuñada: ¡Bruto!... ¡llanut!
No, ¡recristo! todo antes que eso. Al pensar que podían ser ciertas las palabras de Rosario, sentía el ansia de destrucción de que habló á Roseta días antes en el camino del Grao, y veía á Tonet y á Dolores y hasta á su hijo, como si fuesen terribles enemigos.
¿Y por qué no había de ser verdad todo?... Una mujer como Rosario, para vengarse de Dolores, podía calumniarla por el pueblo, pero ir directamente á su esposo, suponía la desesperación de la que se cree engañada.
Ahora se sentía arrepentido de haber contestado tan brutalmente á su cuñada. Debió oirla, apurar toda la amarga verdad. El mayor dolor con su terrible certeza era preferible á la inquietud.
—¡Pare!... ¡pare!—gritaba una vocecita alegre desde la cubierta de la Flor de Mayo.
Era Pascualet, llamando á su padre para cenar. Él no cenaba. ¿Quién pensaba en cenar con aquella impresión que anudaba su garganta y le oprimía el estómago?
El patrón se aproximó á la barca, hablando á su gente con tono seco é imperioso. Podían cenar; él iba al pueblo, y si no volvía, que durmiesen hasta el amanecer, hora de la salida.
Pascual se alejó sin mirar á su hijo, y como un fantasma atravesó aquella playa negra, en línea recta, tropezando algunas veces con las barcas viejas y hundiendo otras sus gruesos zapatos en las marismas que formaba el oleaje en los días de tempestad.
Ahora se sentía mejor. ¡Qué calma gozaba al ir en busca de Rosario! Ya no sentía el terrible zumbido en que iban envueltos los últimos insultos de su cuñada; ya no se agitaba su pensamiento produciéndole agudas punzadas en el cerebro. Su cráneo parecía hueco, no sufría dentro del pecho pesadez alguna, sentíase con una ligereza asombrosa, como si caminase á saltos, sin tocar apenas el suelo, y únicamente continuaba el obstáculo de la garganta, el nudo asfixiante y un sabor salobre en la lengua, como si estuviera tragando agua del mar.
Iba á saberlo todo, todo. ¡Qué amargo placer! ¡Recristo! Jamás hubiera sospechado que una noche tenía que correr casi como un loco hacia la barraca de su hermano, marchando por la playa y evitando las calles, como si le avergonzara la presencia de gentes.
¡Ay! ¡Qué bien le había sabido clavar el puñal aquella Rosario; qué misterioso poder tenían sus palabras y qué demonio insaciable y furioso habían despertado dentro de él!...
Entró casi corriendo en una calle de míseros pescadores que desembocaba en la playa, con sus olivos enanos, orlando las aceras ribazos de tierra apisonada, y sus dos filas rectas de mezquinas barracas con cercas de tablas viejas.
Empujó con tanta rudeza la puerta de la vivienda de su hermano, que la madera fué á gemir, chocando contra la pared interior. Á la luz rojiza de un candil vió á Rosario sentada en una silla baja, con la cabeza entre las manos. Su aire de desolación ajustábase bien con el interior mísero, escaso en sillas, y las paredes sin otro adorno que dos estampas, una guitarra vieja y algunas redes antiguas.
La barraca, como decían las vecinas, olía á hambre y á palizas.
Rosario, al oir el estrépito, levantó la cabeza, y viendo al Retor que obstruía con su figura cuadrada el hueco de la puerta, sonrió con expresión amarga:
—¡Ah! ¡Eres tú!...
Le esperaba. Estaba segura de que vendría. Podía pasar: no le guardaba rencor por lo de momentos antes en la playa. ¡Ay! á todos les ocurría lo mismo. La primera vez que á ella le hablaron mal de su marido no lo quiso creer, no quiso oir á la mujer que la revelaba sus infidelidades, riñó con ella, y después... después fué en busca de la vecina á pedirle por Dios que hablase, como venía él ahora después que en la playa casi la había pegado.
Así son todas las personas que quieren bien; primero el furor, la rabia ante lo que creen mentira; después el maldito deseo de saber, aunque las noticias desgarren las entrañas.
¡Ay, Pascualo!... ¡Cuán desgraciados eran los dos!
Y Pascual, que había entrado en la barraca cerrando la puerta, estaba de pie ante su cuñada con los brazos cruzados, mirándola con expresión hostil. Al verla, despertábase en él el odio instintivo contra el que mata las propias ilusiones.
—¡Parla... parla!—decía el Retor con voz fosca, como si le molestaran las palabras inútiles de su cuñada—. ¡Digues la veritat!
El infeliz quería saber la verdad, toda la verdad; mostrábase amenazante por la impaciencia, pero en su interior temblaba y hubiera deseado que los segundos fuesen siglos para no llegar nunca á oir las revelaciones de Rosario.
Pero ésta hablaba ya... ¿Tenía fuerzas para oirlo y resistirlo todo? Iba á hacerle mucho daño, pero sólo le pedía que no la odiase. Ella también sufría, y si hablaba era porque no podía resistir más; porque odiaba á Tonet y á su infame cuñada; porque Pascualo la inspiraba la tierna conmiseración de los compañeros de infortunio.
Dolores le engañaba. Y no era asunto de ayer; las criminales relaciones databan de antiguo; comenzaron á los pocos meses de haberse casado ella con Tonet. Aquella perra, al ver que Tonet era de otra mujer, lo había apetecido, y por Dolores cometió él la primera infidelidad después de su boda.
—¡Pròbes... vinguen pròbes!—rugía el patrón con los ojos amarillentos que parecían herir á su cuñada.
Ésta sonreía con expresión de lástima. ¿Pruebas? que fuera á pedirlas á todo el pueblo, que hacía más de un año comentaba alegremente las relaciones. ¿No se enfadaría? ¿quería oir toda la verdad? Pues bien; hasta los gatos y los marineros jóvenes cuando hablaban en la playa de algún marido engañado, decían como exageración que era más lanudo que el Retor.
—¡Recordons!—rugía Pascual cerrando los puños y pateando el suelo—. Rosario... mira lo que parles. Si no es veritat, te mate.
¡Matarla!... ¡Valiente caso hacía ella de la vida! Era hacerla un favor quitarla de en medio. Sin hijos, sola, teniendo que hacer una vida de bestia, muerta de hambre para dar alguna peseta al señor y que no la zurrase, ¿para qué quería estar en el mundo?
—Mira, Pascualo, mira.
Y remangándose un brazo, mostraba sobre la blancuzca y pobre piel que envolvía el hueso y los nervios, algunas huellas amoratadas que delataban la presión dolorosa de una mano como una tenaza. ¡Y si fuese aquello solo!... En todo el cuerpo podía enseñar marcas iguales. Eran caricias del marido cuando ella le echaba en cara sus relaciones con Dolores. Aquella misma tarde le había hecho lo del brazo, antes de ir á la playa á reunirse con su cuñada, ayudándola á la venta del pescado como si fuese su marido... ¡Cuánto se habría burlado la gente del pobre Retor!
¿Quería pruebas? Pruebas tenía. ¿Por qué no se había embarcado Tonet en la primera salida? ¿Qué herida era la de la mano que sólo duró hasta que la Flor de Mayo hubo salido del puerto? Al día siguiente le vieron todos sin los engañosos trapos.
¡Pobre Pascual! Mientras él iba al mar, á dormir poco, sufriendo el agua y el viento, todo por ganarse el pan, su mujer, su Dolores, se burlaba de él. Tonet se acostaba en su cama como un señor, caliente y regalado, burlándose del hermano tonto. Sí; era verdad: podía asegurarlo; mientras él había estado en el mar, Tonet no había dormido en su barraca, y aquella misma noche estaba ausente. Se había llevado poco antes su hatillo de marinero, despidiéndose hasta la vuelta.
¡Llora, Pascualo! Su mujer y su hermano le creían pasando la noche en la playa, y tal vez en aquel momento se preparaban á acostarse en la cómoda cama del patrón.
—¡Recristo!—murmuraba el Retor con acento doloroso, levantando la cabeza como si protestase contra los de arriba, que permitían que á un hombre honrado le ocurrieran tales cosas.
Pero él no se entregaba fácilmente. Su carácter honrado y bondadoso rebelábase ante tanta monstruosidad. Aunque aceptaba en su interior la revelación dolorosa, gritaba con expresión amenazante:
—¡Mentira... mentira!
Rosario enardecíase. ¿Mentira? Con hombres tan ciegos como él no valían pruebas. ¿Á qué tanto gritar? ¿Iba acaso á comérsela? Era un topo, sí señor; un topo digno de lástima que no veía más allá de sus narices. Otro en su situación ya habría adivinado desde mucho tiempo antes lo que ocurría. Pero él... ¡vaya una ceguera! Ni siquiera se había fijado en su hijo para reconocer su semejanza.
¡Esta sí que fué puñalada! El Retor, á pesar de la pátina bronceada que había dado á su tez el ambiente del mar, púsose pálido, con una blancura lívida; vaciló sobre sus robustas piernas como si la verdad le zarandease rudamente, y la sorpresa le hizo tartamudear con angustia.
¡Su hijo!... ¡su Pascualet! ¿Y á quién se parecía? Á ver: que hablase pronto la mala pécora. Su hijo era suyo, muy suyo. Á él únicamente había de parecerse.
¡Pero de qué modo reía la maldita! Parecía un sarcástico demonio. ¡Qué terrible gracia le hacía su paternal afirmación!... Y oyó aterrado las explicaciones de Rosario. Para ser hijo suyo debía parecérsele como él se semejaba á su padre, el difunto tío Pascual. Y no era así, no. Pascualet era igual á su tío: los mismos ojos, la misma esbeltez, idéntico aire de pinturero. ¡Ah, pobre Retor! ¡Ciego lanudo! Que se fijase bien y vería como su hijo era igual á Tonet en la época que vivía en la barca de la madre y correteaba por la playa hecho un pillete.
Ahora el Retor ya no dudó. Aquello lo creía á ojos cerrados. Parecía que acababan de batirle una catarata y todo lo contemplaba con mayor claridad, con nuevas formas y desconocidos relieves, como un ciego que veía al mundo por primera vez. Era verdad. Lo mismo era su hijo que el otro: varias veces, contemplándolo, había adivinado su instinto una vaga semejanza con alguien que no podía definir.
Se llevó las crispadas manos al pecho, como si fuese á desgarrarlo, á sacar de él algo que quemaba, y después se echó un fiero zarpazo á la cabeza.
—¡Recontracordons!—gimoteó con una voz ronca que alarmó á Rosario—. ¡Santo Cristo del Grau!...
Anduvo algunos pasos como si estuviera borracho y desplomóse con tanto ímpetu, que el suelo tembló con el choque de su pecho poderoso, y las piernas se levantaron á impulsos de la caída.
Cuando el Retor despertó estaba tendido de espaldas y sentía en las mejillas un cosquilleo caliente, como si algún bichillo se escurriera escarabajeando sobre su piel con tibio contacto.
Llevóse una mano penosamente á la dolorida cara, y á la luz del candil la vió manchada de sangre. Las narices le dolían; comprendió que al caer, su rostro había chocado con el suelo, produciéndose una fuerte hemorragia.
Rosario estaba arrodillada junto á él é intentaba limpiarle la cara con un trapo húmedo.
El Retor, al ver el rostro despavorido de su cuñada, recordó sus revelaciones y lanzó á Rosario una mirada de odio.
¡Que no le ayudase! Podía levantarse solo. La agradecía todo el mal que le había hecho. No; no eran necesarias excusas. ¡Si él estaba muy satisfecho!... Noticias como aquellas no se olvidan nunca. Y gracias que había tenido la pérdida de sangre, pues de lo contrario era posible que se hubiera quedado muerto en el sitio, víctima de una congestión... ¡Ay, cómo sufría!... Pero también ¡cómo se iba á divertir! Ya se cansaba de ser bueno. ¿De qué servía que un hombre fuese honrado y se quitara la piel para bien de la familia? Ya se encargaban de martirizarle los vagos y las malas pécoras que estaban en el mundo para la perdición de los hombres de bien. ¡Pero cómo iba á divertirse! ¡Cómo se acordaría el Cabañal del Retor, del famoso lanudo!
Y barboteando quejas y amenazas entre suspiros y rugidos, el patrón restregábase con el trapo el dolorido rostro, como sí aquella frescura le aliviase.
Avanzaba hacia la puerta con ademán resuelto y hundiendo sus manazas en la faja. Rosario intentaba cerrarle el paso con expresión de terror, como si acabara de despertarse en ella la loca pasión por Tonet y temiese por su vida.
Debía detenerse; esperar. ¿Quién sabe si todo eran mentiras, visiones de ella, murmuraciones de la gente? Tonet era su hermano.
Pero el Retor sonreía de un modo lúgubre. Que no hablase más; estaba convencido; se lo decía el corazón, y era bastante... El mismo temor de Rosario le confirmaba en su creencia. ¿Tenía miedo por Tonet? ¿Le quería? También él quería á su Dolores á pesar de todo. La llevaba en el pecho; por más que hiciera, no podría sacar de allí dentro á la gran... punta, y sin embargo, ya vería Rosario, ya vería todo el pueblo cómo procedía Pascualo el llanut.
—No, Pascualo—suplicaba Rosario, intentando agarrar sus poderosas manazas—. Espera.. esta nit no...atre día.
¡Oh! Él lo adivinaba. Rosario sabía que aquella noche estaba su marido en su casa junto con Dolores. Pero podía tranquilizarse. Decía bien; aquella nit no. Además, había olvidado la faca y no era cosa de matar á bocados á la infame pareja... ¡Paso libre! ¡Allí se ahogaba!
Y apartando á Rosario de un vigoroso empellón, se echó á la calle.
Su primera sensación al verse en la obscuridad fué de placer. Parecíale que acababa de salir de un horno y aspiraba con deleite la brisa cada vez más fresca.
No lucía estrella alguna; el cielo estaba encapotado, y á pesar de su situación, Pascual, con el instinto de marinero, examinó el espacio y se dijo que al día siguiente sería malo el tiempo.
Después se olvidó del mar y del próximo temporal y anduvo tiempo y más tiempo sin pensar en nada, moviendo las piernas instintivamente, sin voluntad ni rumbo determinado, repercutiéndole los pasos dentro del cráneo, como si estuviera hueco.
Sentíase tan insensible como poco antes, cuando yacía tendido sin conocimiento en la barraca de Tonet. Dormía de pie, abrumado por el dolor, pero su sueño era ambulante; y á pesar de la parálisis de sus sentidos, las piernas movíanse aceleradamente, sin que Pascual notase que pasaba siempre por el mismo sitio.
Su única sensación era de amargo placer. ¡Qué alegría poder caminar amparado por las sombras, pasearse por unas calles que á la luz del sol no tendría el valor de atravesar!
El silencio causábale la dulce sensación que siente el fugitivo al verse en el desierto, lejos de los hombres y al abrigo de la soledad.
Vió á lo lejos, marcada en el suelo la faja de luz de una puerta abierta; alguna taberna tal vez, y huyó tembloroso, agitado, como si acabase de encontrar un peligro.
¡Ay! ¡Si le viese alguien! Tal vez muriera de vergüenza. El más insignificante grumetillo le haría huir.
Obscuridad y silencio era lo que buscaba. Y caminaba sin cansarse, tan pronto por las muertas calles de la población como por la playa, que también parecía intimidarle. ¡Recristo! ¡Cómo se habrían burlado de él en los corrillos! Todas las barcas viejas debían estar en el secreto, y cuando crujían era que celebraban á su modo la ceguera del patrón de la Flor de Mayo.
Varias veces despertó del sopor que inconscientemente le hacía errar sin descanso.
Una vez se encontró cerca de su barca y otra parado ante su casa y con la mano tendida hacia el aldabón... Había que huir de allí; quería sosiego y calma; tiempo le quedaba. Y este raciocinio fué poco á poco sacando el pensamiento de su catalepsia dolorosa.
No se entregaba; ¡nunca! Sabrían todos quién era él, pero esto no impedía que encontrase ciertos motivos para disculpar á Dolores. Al fin no desmentía su casta. Era legítima hija del tío Paella, aquel borrachón que tenía por abonadas á las chicas del barrio de Pescadores, y en su casa hablaba lo mismo que si Dolores fuese otra de la parroquia. ¿Qué había aprendido de su padre? Cochinadas, nada más que cochinadas, y así había salido ella. La culpa era de él, ¡grandísimo bruto! casándose con una mujer que forzosamente había de resultar tal como era.
Ya lo decía su madre... La que mejor conocía á Dolores era la siñá Tona, cuando se oponía á que la hija de Paella fuese su nuera. Dolores era una mala mujer, pero él no podía chillar muy alto, pues resultaba culpable por haberse casado con ella.
Á quien odiaba era á Tonet... ¡Deshonrar á un hermano! ¿Cuándo se había visto tal monstruosidad? Tenía que arrancarle el alma.
Pero apenas formulaba en su interior los horribles deseos de venganza, surgía la protesta de la sangre. Oía la voz de Rosario diciéndole como amarga advertencia que Tonet era su hermano. ¿Cuándo se había visto que un hermano matase á otro? Caín únicamente, aquel hombre perverso, del que había oído hablar con tanta indignación al cura del Cabañal. Además, ¿Tonet era culpable?... No; el culpable era él, nadie más que él. Ahora lo veía con claridad. Le había quitado la novia al pobre Tonet; Dolores y él se amaban antes de que el Retor pensase en decir una palabra á la hija de Paella; y había sido una barbaridad, como todo lo suyo, casarse con una mujer que era de su hermano.
Lo que ahora le afligía era forzoso que ocurriese. ¿Qué culpa tenían los dos si al verse juntos, en continuo trato por el parentesco, había resucitado la antigua pasión?
Se detuvo unos instantes, como abrumado por la culpabilidad que le parecía evidente, y al darse cuenta del lugar donde se hallaba, vióse en la playa, á pocos pasos de la taberna de su madre.
La barcaza vieja y sombría, asomando entre las cercas de cañas, evocó el recuerdo del pasado. Vióse pequeño, correteando por la playa, llevando en brazos á su hermano, al diablejo exigente que le martirizaba con sus caprichos de arrapiezo rabioso. Su vista parecía traspasar las viejas tablas de la barcaza y veía el angosto camarote, sentía la tibia caricia de la colcha que cubría amorosamente á los dos; á él cuidadoso y solícito como una madre, y al otro, á su compañero de miseria, que apoyaba sobre sus mejillas la morena cabecita.
Sí; tenía razón Rosario. Era su hermano; mejor aún: era su hijo, pues él, más que la siñá Tona, había cuidado del encantador pillete, plegándose á todas sus exigencias como esclavo cariñoso.
¿Y le había de matar?... ¡Dios mío!... ¿Quién había imaginado tal monstruosidad? No; perdonaría; por algo era cristiano y creía á ojos cerrados en todas las palabras de su amigo don Santiago.
La calma absoluta de la playa, su obscuridad de caos, la ausencia completa de todo ser humano, infiltraban la dulzura en su indignada rudeza, inclinándole al perdón.
Pascual sentíase nacer á una vida nueva; hasta le parecía que era otro quien pensaba por él. La desgracia aguzaba su inteligencia.
Dios era el único que le veía en aquel momento: á Él solo tenía que dar cuentas. ¿Y qué le importa á Dios que una mujer engañe á su marido? Pequeñeces, miserias de los gusanillos que pueblan este mundo; lo importante era ser bueno y no contestar á la infidelidad con un nuevo crimen.
El Retor regresó lentamente hacia el Cabañal. Experimentaba gran alivio; la frescura del ambiente parecía haber penetrado en su ardoroso interior. Sentíase débil. Desde por la mañana no había comido, y el golpe en la cara le causaba una picazón molesta.
Sonaban á lo lejos relojes dando la hora... ¡Las dos! Parecía imposible la rapidez con que había transcurrido el tiempo. Más pesadas le resultarían las pocas horas que quedaban hasta el amanecer.
Al entrar en la calle oyó una voz de niño que cantaba. Algún grumetillo que iba hacia su barca. El Retor le distinguió en la obscuridad pasando por la acera de enfrente, cargado con dos remos y un lío de redes. Aquel encuentro le trastornó rápidamente.
Dentro de él existían dos seres; ahora lo comprendía. El uno era el de siempre, el bondadoso y cachazudo, penetrado de afecto á todos los suyos; el otro la bestia que él presentía cuando pensaba en la posibilidad de ser engañado, y que ante la traición estremecíase con el delirio de la sangre.
En la obscuridad sonó una risotada fosca y estridente del Retor. ¿Quién hablaba de perdonar? ¡Valiente paparrucha! Reíase él del imbécil que momentos antes se enternecía como un niño ante la barcaza de la siñá Tona. ¡Lanudo!... ¡Cobarde! Todos sus lloriqueos eran excusas de poltrón, pretextos de un hombre sin agallas para vengarse. Que perdonase don Santiago y todos los que sabían decir cosas tan bonitas... Él era un marinero, un hombre con más colgantes que un toro pardo, y el que se la hacía, ¡redeu!, se la pagaba, así se metiera en el vientre de un tiburón. ¡Lanudo!... ¡Cobarde!
Y el patrón, ofendido por el recuerdo de la pasada debilidad, se insultaba, dábase furiosos puñetazos en el pecho, como si quisiera castigar la bondad de su carácter.
¡Perdonar!... Aun podría hacerlo viviendo en un desierto; pero él vivía en un pueblo donde todos se conocían; dentro de pocas horas, así como pasaba aquel chicuelo, irían por las calles centenares de personas que al verle se tocarían con el codo, diciendo entre risas: Ahí va Pascualo el llanut; y eso no, ¡Cristo! antes la muerte. No le había echado su madre al mundo para hacer reír á todo el Cabañal como si fuese un mico. Mataría á Tonet, á Dolores, á medio pueblo si se le ponía delante, y después, ¡venga lo que Dios quiera! El presidio se ha hecho para los hombres que tienen agallas; y si le tocaba lo otro, lo peor, también lo aceptaba. Si había de morir sobre la cubierta de su barca, lo mismo le daba que le apretasen el cuello en alto: todo era caer sobre tablas... ¡Recristo! Ahora verían quién era él.
Y echó á correr con los brazos encogidos, la cabeza baja, rugiendo como si fuese á acometer, dando furiosos encontronazos en las esquinas, guiado por el instinto, por el ansia de destrucción que le llevaba rectamente hacia su casa.
Agarró la aldaba, y aquello fué un repiqueteo feroz é incesante que conmovió la puerta, haciendo crujir las grietas de la madera. Quiso gritar, insultar á los infames para que saliesen; escupirles las tremendas amenazas que le bullían dentro del cráneo, pero no pudo; sentía una parálisis en la cabeza, como si toda la vida se hubiese concentrado en sus manazas, que casi arrancaban el aldabón, y en los pies, que golpeaban la puerta, incrustando en las maderas los clavos de sus zapatos.
Aquello era poco: más aun; para que rabiase el par de canallas. Y agachándose, agarró de en medio de la calle un enorme pedrusco y lo arrojó como una catapulta contra la puerta, que crujió dolorosamente, conmoviendo toda la casa.
En el silencio que se hizo después de este estrépito, el Retor oyó el ruido de algunas ventanas que se abrían cautelosamente. Quería venganza, pero no que se rieran los vecinos.
Adivinó lo ridículo de la situación si le sorprendían golpeando la puerta de su casa, mientras los otros estaban dentro, y aterrado por las nuevas burlas que caerían sobre él, huyó y fué á refugiarse en la esquina inmediata, donde quedó agazapado.
Oyéronse cuchicheos y risas por un rato, pero después se cerraron las ventanas y la calle quedó otra vez en silencio.
El Retor, con sus ojos de buen marinero, acostumbrado á las noches lóbregas, veía desde la esquina la puerta de su casa. Allí permanecería si era preciso hasta que saliera el sol.
Esperaba á su hermano... ¡Á su hermano, no! Al canalla de Tonet; y cuando saliera... Era lástima no tener la faca á mano, pero le mataría de cualquier modo; le apretaría el gaznate ó le machacaría el cráneo con cualquier pedrusco de la calle. En cuanto á ella, entraría después en su casa y la abriría el vientre con el cuchillo de la cocina ó haría otra cosa semejante. ¡Ya veríamos! Puede que al pasar el tiempo se le ocurriera otra barbaridad más chistosa.
Y el Retor, agazapado en la esquina, entreteníase en discurrir tormentos, gozaba recordando cuantas clases de muerte había oído relatar; las aplicaba todas á la infame pareja y hasta regodeábase mentalmente con la esperanza de encender en la playa una pira de barcos viejos, tostándolos á los dos á fuego lento.
¡Qué frío hacía!... ¡Y qué mal iba sintiéndose el pobre Retor! Pasada la locura furiosa que le acometió al encontrarse con el grumete, sentía ahora una laxitud general, una debilidad que le paralizaba. La humedad de la noche parecía penetrar hasta sus huesos, y el estómago le atormentaba con dolorosos estremecimientos. ¡Ay, Dios! No en balde se sufren los pesares. ¡Qué enfermo se sentía!... Por esto tenía que matar á aquellos infames, ó de lo contrario acabarían con él á fuerza de disgustos.
Aquella misma noche había conocido su desgracia, y ya se sentía envejecido, con el robusto corpachón dominado por extraña debilidad.
¡Las tres! Con qué lentitud pasaba el tiempo. Y seguía allí, inmóvil, sintiendo que la parálisis de sus miembros se apoderaba también de su pensamiento.
Ya no imaginaba terribles castigos; no pensaba nada, y más de una vez se preguntó qué hacía allí. Toda su voluntad estaba concentrada en los ojos, que no se apartaban ni un sólo instante de la cerrada puerta.
Hacía ya mucho rato que habían sonado las tres y media, cuando el Retor creyó percibir un ligero chirrido y que se abría el postigo de su casa. Un bulto se despegó de la obscura puerta, y por unos instantes estuvo inmóvil, como si mirase á ambos lados de la calle temiendo ser espiado.
Volvió á percibirse el chirrido, el choque de las maderas cerrándose, al mismo tiempo que el Retor, entumecido por la humedad, se incorporaba trabajosamente.
Por fin, le llegaba su hora buena. Y corrió hacia el bulto, pero éste tenía unas piernas envidiables, y al ver venir un hombre dió un salto prodigioso y emprendió carrera. Los vecinos madrugadores oían desde la cama la ruidosa persecución, aquel galope furioso que hacía temblar las aceras de ladrillos.
Perseguíanse jadeantes é impetuosos en la obscuridad. El Retor se guiaba por una mancha blanca, algo así como un hatillo que aquel hombre llevaba en la espalda, pero á pesar de sus esfuerzos adivinaba que perdería la pista, pues la distancia entre él y el perseguido aumentaba rápidamente. Sus piernas de marinero eran para sostenerse erguido en la borrasca, no para correr; entorpecíale el entumecimiento de la humedad, y además, bien conocía que había de habérselas con su hermano, famoso desde pequeño por su agilidad y ligereza.
En una encrucijada le perdió de vista, como si se hubiera disuelto en la sombra. Huroneó por las calles inmediatas buscando al perseguido, sin encontrar el menor rastro. ¡Buenas piernas tenía el ladrón!
Abríanse algunas puertas dando paso á los madrugadores que tenían trabajo en la playa, y el Retor huyó, dominado por el terror que le inspiraba la presencia de extraños.
Nada le quedaba ya que hacer. Había perdido hasta la esperanza de vengarse. Y se encaminó á la playa, temblando de frío, sin voluntad, sin fuerzas para pensar, resignado con su suerte.
Comenzaba el movimiento en torno de las barcas. Sobre la obscura arena brillaban como luciérnagas los rojos farolillos de la marinería que acababa de despertar.
El Retor vió la luz en la taberna de su madre; Roseta había levantado la hoja de madera que se cerraba sobre el mostrador, y estaba tras éste, arrebujada en su mantón, soñolienta, con la aureola de rubios y encrespados cabellos escapándose por bajo del pañuelo de seda y la naricilla roja por el frío del amanecer.
Esperaba á los primeros parroquianos y tenía sobre el mostrador, pronta á servir, los vasitos y la botella de aguardiente. La madre dormía aún en su camarote.
Cuando Pascual se dió cuenta de lo que hacía, ya estaba plantado ante el mostrador... ¡Una copa! Roseta, en vez de servirle, le miraba fijamente con sus ojos claros y sin expresión, que parecían registrarle hasta el alma. El Retor temblaba... ¡Ah! aquella chiquilla... ¡qué lista era! Todo lo adivinaba, y por esto el patrón, para salir del paso, apeló á la brutalidad.
¡Recordons! ¿No había oído? Quería una copa, y realmente la necesitaba para echar lejos de sí el frío mortal que le congelaba las entrañas. Él, siempre tan sobrio, quería beber, emborracharse, anegar en aguardiente su entorpecimiento de idiota que le dominaba.
Bebió... ¡Otra! ¡y otra después! y mientras tragaba el aguardiente de un sorbo, su hermana no dejaba de servirle, siempre con la mirada fija en él, como si leyese en su rostro todo lo ocurrido.
¡Qué bien se encontraba Pascual! ¡Oh! aquello reanimaba. Parecíale que la fría atmósfera del amanecer se iba caldeando; sentía un tibio cosquilleo bajo la piel y casi se reía de la veloz persecución por las calles que tanto le había fatigado.
Experimentaba la necesidad de ser bueno, de querer á todo el mundo, comenzando por aquella chica, por su hermana, que seguía mirándole. Sí; lo proclamaba él muy alto. Roseta era la honra de la familia; todos los demás unos cochinos, y él el primero. ¡Ah, Roseta! ¡Qué talento tenía! ¡Qué finura! Sabía decir las cosas con diplomacia; bien se acordaba él de lo del camino del Grao; no era como otras locas que daban disgustos de muerte y ponían á un hombre á dos dedos de la perdición. Y además, ¡qué talento! Ella estaba en lo cierto. Los hombres eran todos unos pillos ó unos imbéciles: que pensase así por muchos años. Más valía aborrecer á los hombres que no fingirles cariño como otras, para después engañarlos y perderlos. ¡Ay, Roseta! ¡hija mía!... ¡Cuánto valía aquella chica!