Front matter (continued 2)
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Allí estaba metido el Retor, como si en casa del tartanero se le perdiera algo al gran babieca. ¿No sabía que Dolores era para el otro? ¿No veía las cartas de Tonet y las contestaciones que ella hacía escribir á algún vecino? Pero el muy tonto, sin hacer caso de las burlas de su madre, allí permanecía, usurpando poco á poco el puesto de su hermano, sin que pareciera darse cuenta de sus avances. Dolores tenía con él las mismas atenciones que con Tonet. Le arreglaba la ropa y le guardaba los ahorros, cosa que no le ocurría con el otro despilfarrador.
Un día murió el tío Paella. Lo trajeron á casa destrozado por las ruedas de su tartana. La borrachera le había hecho caer de su asiento, y murió como hombre consecuente, agarrado al látigo, que no abandonaba ni para dormir, sudando aguardiente por todos los poros y con la tartana llena de parroquianas pintarrajeadas, á las que él llamaba su ganado.
Á Dolores no le quedaba otro arrimo que su tía Picores la pescadera, protectora poco envidiable, pues hacía el bien á bofetadas.
Y entonces, á los dos años de estar ausente Tonet, fué cuando circuló la gran noticia. Dolores y el Retor se casaban. ¡Gran Dios! ¡Qué ruido produjo la noticia en el Cabañal! La gente decía que era ella la que se había declarado al novio, añadiendo otros detalles más fuertes que hacían reír.
Á Tona había que oirla. Aquella siñora de la herradura se había empeñado en meterse en la familia, é iba á conseguirlo. Ya sabía lo que se hacía la muy tunanta. Un marido bobalicón que se matase trabajando era lo que le convenía. ¡Ah ladrona! ¡Cómo había sabido coger el único de la familia que ganaba dinero!
Pero la reflexión egoísta hizo callar poco después á la siñá Tona. Mejor era que se casasen. Esto simplificaba la situación y favorecía sus planes. Tonet se casaría con Rosario. Y aunque á regañadientes, se dignó asistir á la boda y llamar filla mehua al hermoso culebrón, que tan fácilmente dejaba á unos para tomar á otros.
Á todos preocupaba lo que diría Tonet al saber la noticia. ¡Bonito genio tenía el marinero! Y por esto la sorpresa fué general al saberse que había contestado dándolo todo por bien hecho. Sin duda, la ausencia y los viajes le habían cambiado, hasta el punto de parecerle muy natural que Dolores se casase, ya que le faltaba arrimo. Además—como él decía—, para que cayese en otro, mejor era que se casara con su hermano, que era un buen muchacho.
Y tan razonable como en sus cartas se mostró el marinero cuando, con la licencia en el bolsillo y el saco del equipaje á cuestas, se presentó en el Cabañal, asombrando á todos con su gallardo porte y el rumbo con que gastaba el puñado de pesetas que le habían entregado como alcances del servicio.
Saludó á Dolores como una buena hermana. ¡Qué demonio! De lo pasado no había que acordarse. Él también había hecho de las suyas en sus viajes. Y no se preocupó gran cosa de ella ni del Retor, atento á gozar el aura de popularidad que le proporcionaba su regreso.
Noches enteras pasaba la gente al fresco, sentada en sillas bajas ó en el suelo, frente á la puerta de la antigua casa de Paella, donde ahora vivía el Retor, oyendo con arrobamiento al marinero la descripción de extraños países, en la cual intercalaba graciosas mentiras para mayor asombro de los papanatas que le admiraban.
Comparado con los pescadores rudos y embrutecidos por el trabajo, ó con sus antiguos compañeros en la descarga, Tonet aparecía ante las muchachas del Cabañal como un aristócrata, con su palidez morena, el bigotillo erizado, las manos limpias y cuidadas y la cabeza aceitosa y bien peinada, con la raya en medio y dos puntitas pegadas á la frente asomando bajo la gorra de seda.
La siñá Tona estaba satisfecha de su hijo. Reconocía que era tan pillo como antes, pero sabía vivir mejor, y bien se conocía que le había aprovechado la dura existencia del barco. Era el mismo; pero la ruda disciplina militar había pulido su exterior de burdas asperezas: si bebía no se emborrachaba; seguía echándola de guapo, aunque sin llegar á ser pendenciero, y ya no buscaba realizar sus caprichos de aturdido, sino satisfacer sus egoísmos de vividor.
Por esto acogió benévolamente todas las proposiciones de su madre. ¿Casarse con Rosario? Conforme; era una buena chica; además, tenía un capitalito que podía hacer mucho en manos de un hombre inteligente, y esto era lo que él deseaba.
Un hombre, después de servir en la marina real, no podía dignamente cargarse sacos en el muelle. Todo antes que eso.
Y con gran alegría de la siñá Tona, se casó con Rosario. Todo iba bien. ¡Qué hermosa pareja! Ella, pequeñita, tímida, sumisa, creyendo en él á ojos cerrados; Tonet, soberbio en su fortuna, tieso, como si bajo la camisa de franela llevase una coraza hecha con los miles de duros de su mujer; dispensando protección á todos y dándose la vida de un prohombre, en el café tarde y noche, fumando la pipa y luciendo altas botas impermeables en los días de lluvia.
Dolores le veía sin mostrar la menor emoción. Únicamente en sus ojos de soberana brillaban puntos de oro, chispas delatoras del ardor de misteriosos deseos.
Pasó un año de felicidad. El dinero, amasado ochavo sobre ochavo en la mísera tiendecita donde nació Rosario, escapábase locamente por entre los dedos de Tonet; pero llegó el momento de verle el fondo al saco, como decía la tabernera de la playa al reprender las prodigalidades de su hijo.
Comenzaron los apuros, y con ellos la discordia, el llanto y hasta las palizas en casa de Tonet. Ella se agarró á la cesta del pescado, como lo hacían todas las vecinas. De su fama de rica descendió á la vida embrutecedora y fatigosa de pescadera de las más pobres. Levantábase poco después de media noche; esperaba en la playa con los pies en los charcos y el cuerpo mal cubierto por el viejo mantón, que muchas veces ondeaba con el viento de tempestad; iba á pie á Valencia, abrumada por el peso de las banastas; volvía por la tarde á su casa desfallecida por el hambre y el cansancio, pero se tenía por feliz si podía mantener al señor en su antiguo boato y evitarle toda humillación que se tradujera en maldiciones y alborotos.
Para que Tonet pasase la noche en el café, en la tertulia de maquinistas de vapor y patrones de barca, ahogaba muchas mañanas en la Pescadería su hambre rabiosa, excitada ante los humeantes chocolates y las chuletas entrepanadas que veía sobre las mesas de sus compañeras.
Lo importante era que nada faltase al ídolo, pronto siempre á enfadarse y á maldecir la perra suerte de su casamiento, y á la pobre mujercita, cada vez más flaca y derrotada, le parecían insignificantes todas sus miserias, siempre que al señor no le faltase la peseta para el café y el dominó, la comida abundante y las camisetas de franela bien vistosas para seguir sosteniendo la antigua fama. Algo caro le costaba; ella envejecía antes de los treinta años, pero podía lucir como propiedad exclusiva el mejor mozo del Cabañal.
El infortunio les aproximaba al Retor, al otro matrimonio que subía y subía por el camino de la prosperidad, mientras ellos rodaban cabeza abajo.
Los hermanos deben ayudarse en los malos trances; nada más natural, y por esto Rosario, aunque á regañadientes, iba á casa de Dolores y consentía que Tonet reanudase una amistad íntima con su cuñada. Esto la atormentaba, pero no había que reñir: se disgustaba el Retor, y él era el que muchas semanas mantenía al matrimonio cuando no había pescado para vender ó el vago de gentil aspecto no lograba ganarse algún duro interviniendo en los pequeños negocios propios de los puertos de mar.
Pero llegó el momento en que las dos mujeres, que se odiaban, cansáronse de fingir.
Después de cuatro años de matrimonio, Dolores resultó encinta. El Retor sonreía como un bendito al dar á todo el mundo la fausta noticia, y las vecinas alegrábanse también, pero de un modo maligno. Era pura sospecha, pero se comentaba la coincidencia de aquel embarazo tardío con la época en que Tonet mostró mayor apego á la casa de su hermano, pasando en ella más tiempo que en el café.
Las dos cuñadas riñeron con toda la franqueza salvaje de sus caracteres; entre ellas marcóse eterna división, y en adelante sólo visitó Tonet la casa del Retor, lo que indignaba á Rosario, haciendo que las riñas conyugales terminasen siempre con bárbaras palizas.
Y de este modo transcurrió el tiempo. Rosario, afirmando que el chiquillo de Dolores tenía la misma cara de Tonet; éste siempre á remolque de su hermano mayor, que sentía por él la debilidad de otros tiempos, y á pesar de su espíritu económico se dejaba saquear por aquel vago; y la hermosa hija del tío Paella burlábase de su cuñada la tísica, la pava, gozándose en insultar su pobreza, su vida trabajosa, y haciendo alarde del poderío que tenía sobre Tonet, el cual, como en otros tiempos, iba tras ella, dominado y sumiso como un perro.
Un hálito de perpetua guerra, de burlona insolencia, parecía ir desde la antigua casa del tío Paella, restaurada y embellecida, á la barraca miserable de techo desvencijado donde Rosario se había refugiado empujada por la miseria. Las buenas vecinas, con la más santa de las intenciones, se encargaban de circular las insolencias é insultos, llevando y trayendo recados.
Cuando Rosario, roja de indignación y con los ojos llorosos, necesitaba desahogo y consuelo, iba á la playa, á la barcaza-taberna, que adquiría un color sombrío y parecía envejecer como su dueña. Allí la oían silenciosamente, moviendo su cabeza, con expresión de desconsuelo, la siñá Tona y Roseta, las cuales, á pesar de su íntimo parentesco, vivian con huraña hostilidad, no coincidiendo más que en su despreciativo odio á los hombres. La barca que les servía de madriguera era como un observatorio, desde el que contemplaban lo que ocurría entre las dos familias.
¡Los hombres! ¡Vaya una gentuza! La siñá Tona lo afirmaba, mirando de soslayo el retrato del carabinero, que parecía presidir la taberna. Todos eran unos granujas, que no valían ni el cordel para ahorcarlos. Y Roseta, con sus ojazos verde mar, límpidos y serenos de virgen que todo lo sabe y está curada de espanto, murmuraba con expresión soñadora:
—Y el que no es granuja, es com el Retor: un bestia.
IV
Aunque el día era de invierno, picaba tanto el sol, que el Retor y Tonet estaban en la playa, agazapados á la sombra de un laúd viejo encallado en la arena. Tiempo les quedaba de tostarse cuando saliesen al mar.
Los dos hablaban lentamente, como adormecidos por el brillo y el calor de la playa. ¡Vaya un día hermoso! Parecíales imposible que estuviesen en vísperas de Semana Santa, época de los aguaceros y de los repentinos temporales.
El cielo, inundado de luz, tenía un tinte blanquecino; como copos de espuma caídos al azar, bogaban por él algunos jirones de vapor plateado, y de la arena caldeada salía un vaho húmedo que envolvía los objetos lejanos, haciendo temblar sus contornos.
La playa estaba en reposo. La casa dels bòus, donde rumiaban en sus establos los enormes bueyes para el arrastre de las barcas, alzaba su cuadrada mole con rojizo tejado y azules cuadrantes en sus paredes sobre las largas filas de barcas puestas en seco, que formaban en la orilla una ciudad nómada con calles y encrucijadas; algo semejante á un campamento griego de la edad heroica, donde las birremes puestas en seco servían de trincheras.
Los mástiles latinos, inclinados graciosamente hacia la proa con sus puntas gruesas y romas, formaban un bosque de lanzas; entrecruzábanse las embreadas cuerdas, como lianas y trepadoras de aquella selva de palos; bajo las gruesas velas caídas en las cubiertas, rebullía toda una población anfibia, al aire las rojizas piernas, con la gorra calada hasta las orejas, repasando las redes ó atizando el fogón, en el que burbujeaba el suculento caldo de pescado, y sobre la ardiente arena descansaban las ventrudas quillas pintadas de blanco ó azul, como panzas de monstruos marinos tendidos voluptuosamente bajo las caricias del sol.
Reinaba en esta población improvisada, tal vez deshecha á la noche para esparcirse por la inmensidad de la faja azul que cerraba el horizonte, el orden y la simetría de una ciudad moderna tirada á cordel.
En primera fila, junto á las olas que se adelgazaban como láminas de cristal sobre los arabescos de arena, estaban las barcas pequeñas, las que pescan al volantí, pequeños y airosos esquifes, que parecían la vistosa pollada de las grandes barcas alineadas detrás, parejas del bòu con idéntica altura é iguales colores.
En la última fila estaban los veteranos de la playa, los barcos viejos, con el vientre abierto, mostrando por los negros rasguños las carcomidas costillas, con el mismo aire de tristeza de los caballos de plaza de toros, como si pensasen en la ingratitud humana, que abandona á la vejez.
Ondeaban izadas en los mástiles las redes rojizas puestas á secar, las camisetas de franela, los calzones de bayeta amarilla, y por encima de este vistoso empavesado pasaban las gaviotas trazando círculos, como si estuvieran borrachas de sol, hasta que se dejaban caer por un instante en el mar azul y tranquilo, agitado por leves estremecimientos é hirviente con burbujas luminosas bajo el calor del mediodía.
El Retor hablaba del tiempo, paseando sus ojos amarillentos de buey manso sobre el mar y la costa.
Seguía con la vista las puntiagudas velas que corrían por la línea verdosa del horizonte como alas de palomas que bebían allá lejos, y después miraba la costa, que se encorvaba formando golfo, con su orla de masas verdes y blancos caseríos: las colinas del Puig, enormes tumefacciones de la playa baja que invadía el mar en sus ratos de cólera; el castillo de Sagunto, enroscando sus ondeados baluartes sobre la larga montaña de un suave color de caramelo, y desde allí, tierra adentro y cerrando el horizonte, la dentellada cordillera, oleaje de rojo granito que, con sus crestas inmóviles, parecía lamer el cielo.
Ya estaban en el buen tiempo. El Retor era quien lo afirmaba, y sabido era en el Cabañal que en estas cuestiones había heredado el acierto de su patrón, el tío Borrasca. Aun quedaban para la próxima semana algunas tormentas, pero serían poca cosa: había que dar gracias á Dios porque el mal tiempo acababa pronto, y los hombres honrados podrían ganarse el pan sin miedo.
Y hablaba con lentitud, mascando la negra tagarnina de contrabando y sumiéndose en el majestuoso silencio de la playa. Algunas veces, sobre el lento susurro del agua tranquila, destacábase la voz lejana de una muchacha, como si saliera de bajo de la tierra, entonando una canción de monótona cadencia; sonaba lentamente el ¡oh... oh, isa! de unos cuantos muchachos que tiraban de un pesado mástil al compás de la soñolienta exclamación; gritaban como pájaros desde las cubiertas de las barcas las mujeres desgreñadas, llamando á comer á los gatos, que estaban en los establos contemplando los bueyes; sonaban los pesados mazos de los calafates con incesante regularidad, y todos los ruídos absorbíanse en la calma majestuosa del ambiente impregnado de luz, que envolvía sonidos y objetos en una vaguedad fantástica.
Tonet miraba á su hermano con expresión interrogante, esperando que su calma cachazuda acabase de formular todo el plan.
Por fin habló el Retor. En una palabra: que estaba ya cansado de ganar el dinero lentamente, y quería dar un golpe como lo habían hecho otros. En el mar está el pan para todos; sólo que unos lo cogen negro y á costa de muchos sudores, mientras que otros lo pillan del más sabroso si tienen pecho para exponerse. ¿Le entendía Tonet?
Y sin esperar contestación púsose en pie y fué hasta la proa de la vieja barca para ver si alguien escuchaba al otro lado.
Nadie. La playa estaba desierta. No se veía una sola persona en la extensión de arena donde en verano se plantan las barraquetes para los bañistas de Valencia. Á lo último veíase el puerto erizado de mástiles con banderas, vergas entrecruzadas, chimeneas encarnadas y negras y grúas que parecían horcas. Avanzaba mar adentro la escollera de Levante como un muro ciclópeo de rojos bloques aglomerados al azar por una trepidación del terreno; amontonábanse en el fondo los edificios del Grao, las grandes casas donde están los almacenes, los consignatarios, los agentes de embarque, la gente de dinero, la aristocracia del puerto, y después, como una larga cola de tejados, la vista encontraba tendidos en línea recta el Cabañal, el Cañamelar, el Cap de Fransa, una masa prolongada de construcciones de mil colores, que decrecían conforme se alejaban del puerto; al principio fincas con muchos pisos y esbeltas torrecillas, y en el lejano extremo, lindante con la vega, blancas barracas con la caperuza de paja torcida por los vendavales.
No temiendo espionajes, el Retor volvió á sentarse al lado de su hermano.
Su mujer le había metido el proyecto en la cabeza, y él, después de pensarlo mucho, había acabado por creerlo aceptable. Se trataba de un viaje á la còsta d’afòra, á Argel; como quien dice á la pared de enfrente de aquella casa azul y mudable que tantas veces recorrían como pescadores. Nada de pescado, que no se deja coger siempre que el hombre quiere; buenos fardos de contrabando; la barca llena hasta los topes de alguilla y Flor de Mayo... ¡Rediel! ese era el negocio; mil veces lo había hecho su pobre padre. ¿Qué le parecía?
Y el honradote Retor, incapaz de faltar á lo que le previniese el alguacil del pueblo ó el cabo de mar, reíase como un bendito al pensar en aquel alijo de tabaco que hacía tiempo le danzaba en la cabeza, y le parecía ver ya sobre la arena los fardos de lona embreada. Como buen hijo de la costa, recordando las hazañas de sus mayores, consideraba el contrabando como la profesión más natural y honrada para un hombre aburrido de la pesca.
Á Tonet le parecía bien. Ya había hecho él dos viajes de tal clase, enganchándose como simple marinero, y ahora que faltaba trabajo en el muelle y el tío Mariano no acababa de sacarle aquel empleo tan codiciado en las obras del puerto, no tenía inconveniente en seguir á su hermano.
Este redondeaba el plan. Tenía lo más importante: barca propia, la Garbosa. Y como Tonet lanzase una exclamación de asombro, el Retor entró en detalles. Ya sabía él que la tal barca estaba casi despanzurrada, con los costillares poco unidos y la cubierta combada hacia abajo; una ruina que al saltar sobre las olas, sonaba como una guitarra vieja; pero no le habían engañado: treinta duros dió por ella; compró la leña y nada más; pero aun sobraba para hombres que conocían el mar y eran capaces de atravesarlo en un zapato.
Además—y guiñaba un ojo con su malicia de muchacho grande—, con una barca así se tenía la ventaja de perder poco si el guardacostas les echaba la zarpa.
Y con este argumento, de una sencillez sublime, convencíase el Retor de la conveniencia de tal temeridad, sin ocurrírsele ni remotamente que exponía su vida.
Con su hermano y dos hombres de confianza quedaba formada la tripulación. Ahora sólo necesitaba hablarle al tío Mariano, que tenía buenos conocimientos en Argel, de la época en que hacía el negocio.
Y como hombre decidido que teme arrepentirse si espera mucho, quiso ir inmediatamente en busca de aquel personaje poderoso, que les honraba siendo su tío.
Á tales horas debía estar fumando su pipa en el café de Carabina, y allá fueron los dos hermanos.
Al pasar por cerca de la casa dels bòus miraron la barcaza-taberna, cada vez más negra y abandonada, y saludaron con un ¡adiós, mare! el rostro lustroso y de colgantes carrillos que, encuadrado por un pañuelo blanco semejante á toca monjil, asomaba por la boca de cueva abierta sobre el mostrador.
Algunas ovejas sucias y flacas rumiaban la hierbecilla de las marismas inmediatas á la población; cantaban las ranas en los charcos confundiendo su monótono rac-rac con la susurrante calma de la playa, y sobre las redes de color de vino, festoneadas de corcho y tendidas sobre la arena, picoteaban los gallos, que irisaban sus luminosas plumas despidiendo reflejos metálicos.
Á la orilla de la acequia del Gas, las mujeres, en cuclillas, moviendo sus inquietas posaderas, lavaban la ropa ó fregaban los platos en un agua infecta que discurría sobre fango negruzco cargado de mortales emanaciones. Los calafates agitábanse mazo en mano en torno de un esqueleto de madera nueva, que parecía de lejos la osamenta de un monstruo prehistórico, y los cordeleros, arrolladas al busto las madejas de cáñamo, andaban de espaldas por la ribera de la acequia, formando entre sus ágiles dedos el hilo que se prolongaba sujeto al incansable torno.
Llegaron al Cabañal, al barrio llamado de las Barracas, donde se albergaba la gente pobre sometida por la miseria á la servidumbre del mar.
Las calles aparecían tan rectas y regulares como desiguales eran los edificios; las aceras de ladrillos rojos se escalonaban á capricho, según la altura de las puertas; y en el arroyo fangoso, negruzco, con profundas carrileras y charcos de la lluvia de semanas antes, dos hileras de olivos enanos golpeaban con las empolvadas ramas á los transeuntes, y veían unidos sus nudosos troncos por cuerdas en que se secaban las ropas, ondeando como banderas con la fresca brisa del mar.
Las barracas blancas aparecían entre casas modernas de pisos altos, pintadas al barniz cual barcos nuevos con la fachada de dos colores, como si sus dueños no pudieran sustraerse en tierra al recuerdo de la línea de flotación. Sobre algunas puertas había adornos de talla semejantes á los mascarones de proa, y en toda la edificación se notaba el recuerdo de la antigua vida del mar, una amalgama de colores y de perfiles que daba á las casas el aspecto de buques en seco.
Ante algunas puertas y subiendo hasta la altura del tejado, estaban plantados fuertes mástiles con garrucha, como signo de que allí vivían los dueños de las parejas del bòu. En lo alto del mástil se secaban los artefactos de pesca más delicados, ondeando con la majestad de un pabellón consular. El Retor miraba estos palitroques con cierta envidia. ¿Cuándo querría el Santo Cristo del Grao que él le pudiese plantar á su Dolores un palo así frente á la puerta?
Pasaron la acequia del Gas, entrando en el Cabañal, donde veranea la gente de Valencia. Las alquerías bajas, de panzudas rejas verdes, estaban cerradas y silenciosas; las anchas aceras repercutían los pasos con la sonoridad de una población abandonada; los copudos plátanos languidecían en la soledad, como si echasen de menos las alegres noches del estío con sus risas, sus correteos y su incesante sonar de alegres pianos. Sólo se veía de vez en cuando algún vecino del pueblo, que con la gorra puntiaguda, las manos en los bolsillos y la pipa en la boca, marchaba perezosamente hacia los cafés, únicos lugares que conservaban animación y vida.
El de Carabina estaba lleno. Bajo el toldo de la puerta veíase una aglomeración de chaquetas azules, rostros bronceados y gorras de seda negra; chocaban con sordo tableteo las fichas del dominó, y á pesar del aire libre, percibíase un fuerte olor de ginebra y tabaco picante.
Bien conocía Tonet aquel sitio, donde había triunfado como hombre generoso en la primera época de su matrimonio. Allí estaba el tío Mariano solo en su mesa, aguardando, sin duda, la llegada del alcalde y otros de su clase, mientras fumaba la enorme pipa, oyendo con desdeñosa superioridad al tío Gòri, un viejo carpintero de ribera que durante veinte años iba al café todas las tardes á deletrear el periódico desde el título á la plana de anuncios ante unos cuantos pescadores que en los días de holganza le oían hasta el anochecer.
—«Se abre... la sisión. El siñor Segasta pide la palabra.»
Y se interrumpía para decir al que estaba más cerca:
—¿Veus? ¡Este Segasta es un pillo!
Y sin más aclaraciones afirmábase las gafas y volvía á deletrear por debajo del blanco y chamuscado bigote:
—«Siñores: contestando á lo que ayer dijo...»
Pero antes de llegar á quién era el que dijo, dejaba el periódico para mirar con superioridad á su embobado auditorio, afirmando con energía:
—¡Este es un embustero!
El Retor, que había pasado tardes enteras admirando la sabiduría de aquel hombre, no se fijó en él, atento y sumiso para su tío, que se dignó quitarse la pipa de los labios para saludarles con un ¡hola, chiquets! permitiéndoles sentarse en las sillas que reservaba á sus ilustres amigos.
Tonet volvió la espalda para mirar á los jugadores de la mesa inmediata, que manejaban con entusiasmo los pedazos de hueso con puntos negros, y algunas veces sondeó con sus ojos el interior del café, lleno de humo, buscando tras el mostrador, bajo los cromos marítimos, á la hija de Carabina, aliciente principal del establecimiento.
El señor Mariano (a) el Callao (aunque todos se guardaban de darle en su presencia tal apodo) estaba ya cerca de los sesenta, á pesar de lo cual se mantenía fuerte y bien plantado, cobrizo, con las córneas de color de tabaco, el mostacho gris erizado como el de un gato cano y en toda su persona el aire de petulancia del necio que ha hecho cuatro cuartos.
Llamábanle el Callao porque cada día hablaba una docena de veces de aquella jornada gloriosa, á la que había asistido de joven como marinero de primera á bordo de la Numancia. Mentaba á cada paso á Méndez Núñez, á quien llamaba siempre don Casto, como si hubiera sido gran amigote del héroe, y los oyentes se entusiasmaban cuando se dignaba relatar lo ocurrido en el Pacífico, imitando el estrépito de las andanadas del glorioso navío: ¡Bum! ¡brurrrum!
Fuera de esto, era un pájaro de cuenta. Había hecho el contrabando en la feliz época en que todos eran ciegos, desde la comandancia al último carabinero; todavía, si se presentaba ocasión, entraba á la parte en algún alijo; su principal industria era hacer obras de caridad, prestando á los pescadores y sus mujeres al cincuenta por ciento mensual, lo que le valía la adhesión forzosa de un rebaño miserable que, después de despojado, hacía cuanto él le mandaba en las luchas políticas del pueblo.
Sus sobrinos le veían con amiración tratarse de tú por tú con todos los alcaldes, y hasta algunas veces, vestido con la mejor ropa, ir á Valencia en comisión de prohombres para hablar con el gobernador.
Avaro y cruel, sabía dar á tiempo una peseta; se familiarizaba con los pescadores, y sus sobrinos, que no le debían más que la esperanza de heredar algo el día en que muriese, teníanle por el hombre más respetable y bondadoso de toda la población, á pesar de que muy contadas veces habían entrado en su hermosa casa de la calle de la Reina, donde vivía sin otra sociedad que la de una criada madura, de buenas carnes, que le tuteaba y se permitía, al decir de la gente, una intimidad tan peligrosa como era saber dónde guardaba encerrado su gato el señor Mariano.
Oía éste á su sobrino con los ojos entornados y el entrecejo unido, ¡Hombre... hombre! No era malo el propósito. Así le gustaba á él la gente, trabajadora y atrevida.
Y aprovechando la ocasión para halagar su propia vanidad de ignorante enriquecido, comenzó á hablar de su juventud, cuando acababa de llegar del servicio del rey sin un cuarto, y para librarse de ser pescador como sus abuelos, habíase lanzado camino de Gibraltar y de Argel para favorecer al comercio y que las gentes no fumasen la porquería del estanco.
Gracias á sus agallas y á Dios, que no le había abandonado, tenía con qué pasar bien la vejez. Pero aquellos tiempos eran otros, la gente iba recta á su negocio; mientras que ahora los guardacostas estaban mandados por oficialetes recién salidos de la escuadra de instrucción, con muchos humos y un palmo de orejas para escuchar las delaciones de los moscas, y no había quien parase la mano para recibir una docena de onzas á cambio de ser ciego por una hora.
El mes pasado habían cogido cerca del cabo de Oropesa tres barcas que venían de Marsella con cargamento de telas; había que ir con cuidado; la gente estaba pervertida... abundaban los músicos de oreja... ¿Pero estaba él decidido? pues adelante; no sería su tío quien le quitase la idea, tanto más cuanto que le gustaba ver que los de la familia se cansaban de ser unos piojosos y deseaban hacer carrera. Mejor le hubiera ido á su padre, el pobre Pascual, siguiendo en el negocio y no volviendo á pescar.
¿Qué necesitaba de él? Podía hablar sin cuidado. Allí tenía un padre para ayudarle. Si fuese para la pesca ni un céntimo; le repugnaba aquel excomulgado oficio, en el que los hombres se mataban para mal comer; pero siendo para lo otro, todo lo que quisiera. No podía remediarlo; le tiraba la afición al fardo prohibido.
Y como el Retor expusiera tímidamente sus pretensiones, balbuceando, como si creyera pedir demasiado, el tío le atajó con resolución.
Ya que tenía barca, lo demás corría de su cuenta. Escribiría á sus amigos del entrepôt de Argel, le darían un buen cargamento poniéndolo á su cuenta, y si era listo y llegaba á echarlo en tierra, le ayudaría á venderlo.
—Grasies, tío—murmuraba el Retor saltándosele las lágrimas—. ¡Qué bò es vosté!...
Bueno; menos palabras. Para eso estaba él en la familia. Además, se acordaba mucho del pobre tío Pascual. ¡Lástima de hombre! ¡Un marinero de tantas agallas!... ¡Ah! y á propósito. De las ganancias del alijo le daría el treinta por ciento, y lo demás para él. Porque ya era sabido. La familia era... la familia, y los negocios... los negocios. Y el Retor, todavía conmovido, aprobaba esta elocuencia convincente con sendas cabezadas.
Quedaron en silencio. Tonet seguía de espaldas mirando á los jugadores, indiferente para aquella conversación que los dos hombres sostenían con la vista fija y sin menear apenas los labios.
¿Y cuándo iba á ser el viaje? ¿En seguida? Lo preguntaba para escribir á los del entrepôt.
Pero el Retor no podía salir hasta el sábado de Gloria. Bien quería él que fuese antes, pero la obligación es lo primero, y el viernes tenía que salir con su hermano en la procesión del Entierro al frente de la côlla de los judíos. No así se abandona un puesto que venía ocupando la familia hacía no sé cuántos años, con gran envidia de muchas gentes. El traje de sayón era de su padre.
El tío Mariano, á quien se tenía en el pueblo por incrédulo, porque jamás daba á ganar al cura una peseta, movía la cabeza con grave expresión. Hacía bien su sobrino: para todo hay tiempo. El Retor y su hermano pusiéronse en pie al ver que se aproximaban los amigos del tío. Quedaban en que él ayudaría. Ya se avistaría de nuevo con su sobrino para ultimar el asunto. ¿Querían tomar algo?... ¿No habían comido aún?
—Bueno; pues á dinar y hasta la vista, chiquets.
Los dos hermanos se alejaron con paso lento por la desierta acera, volviendo al barrio de las Barracas.
—¿Qué t’ha dit el tío?—preguntó Tonet con indiferencia.
Pero al ver que su hermano movía la cabeza afirmativamente, se alegró. ¿De modo que el viaje era cosa hecha? Muy bien. Á ver si su hermano se hacía rico y á él le alcanzaba algo para pasar bien el verano.
El bondadoso Retor se conmovió ante los buenos deseos de su hermano y alegre por la conferencia con el tío, sentía deseos de abrazar á Tonet.
Aquel diablo de muchacho tenía buen corazón. Había que reconocer que le quería mucho á él y también á su Dolores y á Pascualet.
Lástima que sus dos mujeres se llevasen tan mal y hubiesen dado aquel escándalo en la Pescadería, del cual sólo vagas noticias habían llegado hasta él.
V
Tronaba en las calles del Cabañal, á pesar de que el día amaneció sereno.
La gente echábase de la cama aturdida por el ruido sordo é incesante, igual al tableteo de lejanos truenos. Las buenas vecinas, desgreñadas, con los ojos turbios y ligeras de ropas, salían á las puertas para ver á la azulada luz del alba cómo pasaban los fieros judíos, autores de tanto estrépito, golpeando los parches de sus destemplados y fúnebres atabales.
Los más grotescos figurones asomaban en las esquinas, como si, barajándose el almanaque, Carnaval hubiese caído en Viernes Santo.
La chavalería del pueblo echábase á la calle disfrazada con los extraños trajes de una mascarada tradicional, que no otra cosa resultaba la procesión del Encuentro.
Veíase á lo lejos, como pelotón de negras cucarachas, los encapuchados, las vestas, con la aguda y enorme caperuza de astrólogo ó juez inquisitorial, el antifaz de paño arrollado sobre la frente, una larga varilla de ébano en la mano, y caída sobre el brazo la larga cola del fúnebre ropón. Algunos, como suprema coquetería, llevaban enaguas de deslumbrante blancura, rizadas y encañonadas, y asomando por bajo de ellas los recogidos pantalones y las botas con elásticos, dentro de las cuales el enorme pie, acostumbrado á ensancharse con libertad sobre la arena, sufría indecibles angustias.
Pasaban después los judíos, fieros mamarrachos que parecían arrancados de un escenario humilde donde se representasen dramas de la Edad Media con ropería pobre y convencional. Era su indumentaria la que el vulgo conoce con el nombre vago y acomodaticio de traje de guerrero; tonelete cuajado de lentejuelas, bordados y franjas, como la túnica de un apache; casco rematado por un escandaloso penacho de rabo de gallo y los miembros ceñidos por un tejido grueso de algodón que modestamente imitaba la malla de acero. Y como colmo de la caricatura y el despropósito, con las fúnebres vestas y los imponentes judíos, pasaban los granaderos de la Virgen, buenos mozos, con enormes mitras semejantes á las gorras de los soldados del gran Federico y un uniforme negro adornado con galones de plata que parecían arrancados de algún ataúd.
Era caso de reir ante tan extrañas cataduras; pero á ver quién era el guapo que se atrevía á ello ante el fervor profesional que se notaba en todos los rostros atezados y graves. Además, no tan impunemente puede uno reirse de los cuerpos armados; y judíos y granaderos, para la custodia de Jesús crucificado ó de su madre, llevaban desenvainadas todas las armas blancas conocidas de la edad primitiva al presente; desde el enorme sable de caballería hasta el espadín de músico mayor.
Corrían tras ellos los muchachos, embobados por los vistosos uniformes; madres, hermanas y amigas admirábanles desde las puertas, lanzando un ¡Reina y siñora, qué guapos van! y la mascarada piadosa servía para recordar á la humanidad olvidadiza y pecaminosa que antes de una hora Jesús y su madre iban á encontrarse en mitad de la calle de San Antonio, casi á la puerta de la taberna del tío Chulla.
Conforme avanzaba el día y la luz azulada del amanecer tomaba los tintes rosados y calientes de la mañana, aumentaba en las calles el ronquido estrepitoso de los tambores, el toque de cornetas y las marciales marchas de las músicas, como si un ejército invadiese el Cabañal.
Las còllas se habían reunido, y en filas de á cuatro marchaban tiesos, solemnes y admirados como vencedores. Iban á la casa de sus capitanes para recoger las banderas que ondeaban en el tejado, fúnebres estandartes de terciopelo negro que ostentaban bordados los horripilantes atributos de la Pasión.
El Retor era por herencia capitán de los judíos, y todavía de noche saltó de la cama para embutirse en el hermoso traje guardado en el arcón durante el resto del año y considerado por toda la familia como el tesoro de la casa.
¡Válgale Dios y qué angustias pasaba el pobre Retor, cada año más rechoncho y fornido, para embutirse en la apretada malla de algodón!
Su mujer, en ropas menores, al aire la exuberante pechuga, zarandeábale tirando de un lado, apretando por otro, para ajustar dentro del mallón las cortas piernas y el vientre de su Retor, mientras que Pascualet, sentado en la cama, miraba con asombro á su padre, como si no le reconociera con aquel casco de indio bravo erizado de plumajes y el terrible sable de caballería que al menor movimiento chocaba contra los muebles y rincones, produciendo un estrépito de mil diablos.
Por fin terminó el penoso tocado. Algo mal estaba, pero ya era hora de acabar. Las ropas interiores, arrolladas por la opresión de la malla, apelotonábanse, y las piernas del judío parecían plagadas de tumores; apretábale el vientre el maldito calzón hasta hacerle palidecer; la celada, por exceso de engrase, le caía sobre el rostro, lastimándole la nariz; pero ¡la dignidad ante todo! y tirando del sablote é imitando con voz sonora el redoble del tambor, púsose á dar majestuosas zancadas por la habitación, como si su hijo fuese un príncipe á quien hacía guardia.
Dolores le miraba con sus ojos dorados y misteriosos ir de un lado á otro como un oso enjaulado. Tentábanla á la risa las piernas tortuosas; pero no; mejor estaba vestido así que cuando volvía a casa por la noche con el traje alquitranado y el aire de una bestia abrumada por el cansancio.
Ya llegaban; oíase la música de los judíos que venían por su bandera. Dolores se vistió apresuradamente, mientras el capitán salía á la frontera de sus dominios a recibir el ejército.
Sonaban acompasados los tambores, y el vistoso escuadrón agitaba los pies, el cuerpo y la cabeza con rítmico contoneo, sin moverse del sitio, mientras Tonet y dos más, con gravedad imperturbable, subían al balcón por el estandarte.
Dolores vió á su cuñado en la escalera, y fué en ella instantáneo, fulminante el instinto de comparación. Parecía todo un militar, un general... algo que se separaba de la rudeza grotesca de los otros. No; Tonet no tenía las piernas tortuosas y tumefactas, sino esbeltas, ajustadas, elegantes, como aquellos señores tan simpáticos llamados don Juan Tenorio, el rey don Pedro ó Enrique Lagardere, que tanto la habían conmovido recitando quintillas ó dando estocadas en la escena del teatro de la Marina.
Ya iban todas las còllas camino de la iglesia, con la música al frente, ondeante la negra bandera y ofreciendo desde lejos el aspecto de un tropel de brillantes insectos arrastrándose con incesante contoneo.
Comenzaba la ceremonia del encuentro. Marchaban por distintas calles dos procesiones; en la una la Virgen, dolorosa y afligida, escoltada por su guardia de sepulcrales granaderos, y en la otra Jesús, desmelenado y sudoroso, con la túnica morada hueca y cargada de oro, abrumado bajo el peso de la cruz, caído sobre los peñascos de corcho pintado que cubrían la peana, sudando sangre por todos los poros; y en torno de él, para que no se escapara, los inhumanos judíos que, para mayor carácter, ponían un gesto feroz de pocos amigos, y las vestas, con el capuchón calado y la cola arrastrando sobre los charcos, tan tétricas, tan sombrías, que los chicuelos rompían a llorar, refugiándose en los zagalejos de la madre.
Y los sordos parches siempre tronando, las trompetas lanzando sonidos desgarradores, lamentos prolongados de ternerillo en el matadero; y en medio de la chusma armada y feroz, niñas talluditas con los carrillos cargados de colorete, vestidas de odaliscas de ópera cómica, con un cantarillo al brazo para demostrar que eran la bíblica Samaritana, en las orejas y el pecho el brillante aderezo tomado a préstamo por sus madres y al aire las robustas pantorrillas con polonesas y medias rayadas.
Pero estos pequeños detalles no abrían paso a la impiedad.
—¡Siñor!... ¡Ay Siñor, Deu meu!—murmuraban con acento angustiado las viejas pescaderas, contemplando al ensangrentado Jesús en poder de la pillería excolmugada.
Entre los espectadores veíanse caras pálidas y ojerosas, bocas sonrientes, gente alegre que, después de una noche tormentosa, había venido de Valencia para reír un poco; y cuando se burlaban demasiado fuerte de los grotescos figurones, no faltaba algún soldado de Pilatos que agitaba el espadón amenazante, rugiendo con santa indignación:
—¡Morrals!... ¡Morrals! ¿Veniu á burlarse?
¡Á burlarse de una fiesta tan antigua como el mismo Cabañal!... ¡Señor! de Valencia habían de ser para atreverse a tanto.
La gente se agolpaba en el lugar del encuentro: una encrucijada de la calle de San Antonio, frente á los azulejos que marcaban con extrañas figuras las estaciones del Calvario. Allí se aglomeraban, empujándose por colocarse en primera fila, las inquietas pescaderas, rudas, agresivas, envueltas en sus mantones de cuadros y con el pañuelo sobre los ojos.
Rosario estaba en un grupo de viejas, haciendo esfuerzos con codos y rodillas por mantenerse en primera fila sobre la acera, para ver en lugar preferente la procesión.
La pobre mujer hablaba de su Tonet con entusiasmo. ¿Le habían visto?... Judío tan bien portado no se encontraba en toda la procesión. Y á la infeliz, hablando con tanto entusiasmo de su marido, todavía le escocían las bofetadas con que el brutal Tonet había acompañado al amanecer la empresa de su acicalamiento.
Sintió sobre su pecho el rudo encontrón de un cuerpo macizo y poderoso que se colocaba ante ella, empujándola por conquistar su puesto. Miró y ¡habría mayor atrevimiento! era Dolores, su cuñada, con Pascualet de la mano, que se ahogaba en aquella aglomeración. La buena moza tenía el aire de soberana de siempre y avanzaba el desdeñoso labio inferior al mirar á la gente. ¡Ah, la arrastrada!... ¡Y cómo la respetaban y mimaban todos á pesar de su orgullo!
Las dos cuñadas, con gran desesperación de la tía Picores, seguían mirándose hostilmente. Su reconciliación en la horchatería del Mercado había sido una tregua, y únicamente, como memoria de tantas promesas de amistad, saludábanse fríamente, pero con una expresión en los ojos que hacía presentir nuevas explosiones.
Rosario, aturdida por el ímpetu del cuerpo robusto que la empujaba, se limitó á contestar á la mirada de Dolores con un gesto de desprecio. ¡La muy desvergonzada! ¡Venir con tanto aire á tirar á las gentes del sitio en que estaban! ¡Qué humos!... ¡Dejad paso á la reina! Bien se sabía quién era cada una. Las personas sin educación se dan á conocer al momento.
Y la mujercilla débil y pálida iba coloreándose como si la embriagaran sus propias palabras. Reían sus amigas guiñando los ojos para animarla y comenzaba á girar sobre su canoso cuello la soberbia cabeza de Dolores con la expresión de una leona que oye zumbar un moscardón á sus espaldas, cuando la procesión desembocó en la calle por una travesía inmediata, y una ondulación de curiosidad agitó á la muchedumbre.
Avanzaban en opuesta dirección las dos procesiones, moderando su paso, deteniéndose, calculando la distancia para llegar á la vez al lugar del encuentro.
La morada túnica de Jesús centelleaba con los primeros rayos de sol por encima del bosque de plumajes, cascos y espadones en alto, que la luz erizaba de deslumbrantes reflejos, y por el otro lado avanzaba la Virgen, contoneándose al compás del paso de sus portadores, vestida de negro terciopelo y cubierta con una gasa fúnebre, al través de la cual brillaban sobre el rostro de cera las lágrimas, para las cuales llevaba sin duda en las inmóviles manos un pañuelo rizado y encañonado.
Ella era la que atraía la atención de las mujeres. Muchas lloraban. ¡Ay, reina y soberana! Aquel encuentro partía el alma. ¡Ver una madre á su hijo en tal estado! Era lo mismo (aunque la comparación fuese mala) que si ellas encontraran á sus chicos, tan buenos y honradotes, camino del presidio.
Y las pescaderas seguían gimoteando ante la madre dolorosa, lo que no les impedía fijarse en si llevaba algún adorno más que el año anterior.
Llegó el instante del encuentro. Cesaron los tambores en sus destemplados redobles; apagaron las trompetas sus lamentables alaridos; callaron las fúnebres músicas; quedáronse las dos imágenes inmóviles frente á frente y sonó una vocecita quejumbrosa cantando con monótono ritmo unas cancioncillas, en las que se describía lo conmovedor del encuentro.
La gente oía embobada al tío Grancha, un viejo velluter que todos los años venía de Valencia á cantar por entusiasmo piadoso en aquella fiesta. ¡Qué voz! Sus quejidos partían el corazón, y por esto, cuando los bebedores de la inmediata taberna de Chulla reían demasiado fuerte, estallaba una protesta general en la silenciosa muchedumbre, y los devotos clamaban indignados:
—¡Calleu... recordons!
Subieron y bajaron las imágenes, lo que equivalía para la gente á dolorosos y desesperados saludos que se dirigían la madre y el hijo; y mientras se verificaban estas ceremonias y cantaba sus coplas el tío Grancha, Dolores no quitaba los ojos del judío esbelto y arrogante que contrastaba con su capitán patizambo.
Podía estar de espaldas á Rosario, pero ésta la veía, ó más bien adivinaba dónde iban sus ojos. ¿Pero han visto ustedes? Ni que se lo quisiera comer. ¡Qué desvergüenza! Y eso en presencia de su marido; ¡qué sería cuando Tonet iba á su casa con excusa de jugar con el sobrino y la encontraba sola!
Y mientras las dos procesiones se unían volviendo juntas á la iglesia, la celosa é inquieta mujercilla seguía rugiendo á media voz amenazas é insultos sobre aquellas espaldas anchas y rollizas, soberbio pedestal de la hermosa nuca erizada de rizados pelos.
Dolores se volvió, dando una soberbia rabotada. ¿Pero era á ella á quien decía tantas cosas? ¿Cuándo iba a dejarla en paz? ¿No podría mirar donde le diese la gana?
Y los puntitos de oro, con su brillo infernal, destacábanse sobre la pupila de hermoso verde mar.
Sí; para ella iban todas sus palabras; para ella, perra rabiosa, que se comía los hombres con los ojos.
Dolores reía con desprecio. ¡Gracias! Que se guarde el suyo. Vaya una prenda. Ella tenía su hombre y no podía acabárselo. Eso otras que estaban medio locas. Piensa el ladrón que todos, etc.... Ella únicamente se dedicaba á romperles los morros á las insultadoras.
—¡Mare!, ¡mare!—gritaba Pascualet lloriqueando, agarrándose á las faldas de la soberbia moza que, palideciendo bajo su piel morena, se arqueaba ya para acometer, mientras que las amigas de Rosario agarraban á ésta por los flacos y nerviosos brazos.
—¿Qué es asò? ¿Sempre lo mateix?—bramó un vozarrón cascado.
Y la enorme mole de la tía Picores se interpuso entre las combatientes.
Ella lo arreglaría todo. Sabía cómo se manejaba á aquellas locas. Tú Dolores... á casa. Y tú, mala llengua, que no t’oixca.
Y á fuerza de empujones y amenazas las hizo obedecer.
¡Señor, qué gente! Hasta en un día santo, en viernes, y durante la procesión del Encuentro, armaban escándalo las condenadas. ¡Señor mil veces! ¡Qué chicas las de ahora!
Y viendo la fiera vieja que todavía se insultaban de lejos, las amenazó con sus manos de bruja hinchada, logrando al fin que se dejasen llevar por las amigas.
El escándalo trascendió al poco rato por todo el Cabañal.
En la barraca de Tonet hubo gran alboroto. Éste, antes de despojarse del traje de judío, dió una paliza á su mujer para que se curara de celos.
El Retor habló de ello mientras Dolores le sacaba del tormento de la malla á fuerza de tirones y sus carnes martirizadas recobraban la saludable expansión.
Su cuñada estaba loca: lo declaraba con la mayor lástima. Y aunque su hermano era un calavera y le dominaba el maldito aguardiente, no podía menos de compadecerlo al verle unido á una mujer intratable como un puerco espín.
Pero la familia era la familia. Porque Rosario fuese como era, no iba él á cerrarle las puertas á su hermano Tonet, y menos ahora, que si le ayudaba la suerte, tendría ocasión de hacerlo todo un hombre. Dolores, pálida aún por la reciente emoción, aprobaba todas sus palabras con movimientos de cabeza.
En fin, que con tratarse poco ó nada con aquella loca, todo quedaba arreglado.
Y ahora al negocio.
Al día siguiente, cuando las campanas comenzaban á voltear el toque de gloria, cuando se disparaban tiros en las calles y los muchachos aporreaban las puertas con garrotes, la Garbosa, aquella ruina del mar, aparejada como una barca pescadora, extendía su gran vela latina, blanca, fuerte y nueva, y se alejaba de la playa del Cabañal; contoneábase pesadamente sobre las olas como una belleza arruinada que oculta su vetustez, marchando en busca de la última conquista.
VI
Muy entrada la noche navegaba la Garbosa en aguas del cabo de San Antonio.
Coloreaban en torno de la barca como peces de fuego los encendidos reflejos del faro, rotos y arrollados por la incesante movilidad de las aguas.
Destacábase el cabo con su gigantesca cortadura, recta, trabajada y bruñida por las tempestades, y detrás, tierra adentro, erguíase con ascensión interminable el sombrío Mongó como un borrón sobre la inmensidad azul.
El faro brillaba sobre la obscura masa como el inflamado ojo de un cíclope acechando á los navegantes.
Era flojo el viento de la costa, y la Garbosa había pasado todo el día en atravesar el golfo. Ahora tenía ante su proa el mar libre: estaban en la entrada del verdadero camino de Argel.
El Retor, sentado en la popa, junto á la caña del timón, miraba la obscura masa del cabo como orientándose, y al mismo tiempo examinaba un viejo compás de su tío, sobre cuyo empañado vidrio proyectábase la luz del farolillo que iluminaba el barco.
Tonet, sentado junto á él, ayudábale con su experiencia. De todos los de á bordo, él era el único que había estado en Argel.
El camino era fácil; recto como una carretera. Al llegar al cabo, ¡caña al Sudeste! y no había más que dejar á la Garbosa que siguiese su camino si el viento era bueno.
El Retor se agarró con ambas manos á la caña del timón; viró la barca, exhalando quejidos como un enfermo que muda de postura; el manso oleaje que la mecía de lado comenzó á acometerla por la proa, obligándola á dar lentos cabeceos, en los que hervía la espuma, brillando en la obscuridad, y el faro vióse por la popa, confundiéndose su inquieta faja rojiza con el rebullir de la estela.
Ahora á dormir.
Tonet se tendió al pie del mástil con un rollo de cuerdas por almohada y cubierto con un pedazo de lona. Su hermano estaría en el timón hasta media noche, y después le relevaría él hasta la madrugada.
El Retor era el único que velaba á bordo de la Garbosa. Á pesar del rumor del oleaje, oía los ronquidos de la tripulación, dormida casi á sus pies.
Él, que en el mar vivía siempre libre de cuidados y arrojaba las redes hasta en mal tiempo, no podía dominar cierta inquietud al hallarse solo. Los temores de la propiedad comenzaban á dominarle. El negocio por cuenta propia hacíale miedoso. ¿Cómo saldría de aquella aventura? ¿Resistiría la Garbosa si se les echaba encima el mal tiempo? ¿Le pillarían cuando volviese cargado hacia España?
Y con una atención de padre que cuenta las toses y pulsaciones del hijo enfermo, atendía á los crujidos dolorosos de la vieja Garbosa como si los quejidos se los arrancase á él el dolor, y miraba á lo alto, á la punta de la vela, gigantesca sábana cóncava que, vista desde abajo, parecía rasgar con su punta el cielo, aquella bóveda de raso apolillado, por cuyos innumerables agujeros escapábase con vivo parpadeo el resplandor de lo infinito.
Pasó la noche con tranquilidad, y el día amaneció entre nubecillas rojas, con el mismo calor que si hubiera llegado el verano.
Palpitaba la vela con aleteo de ave, hinchada apenas por las tibias ráfagas que cosquilleaban la superficie del mar, bruñida, inmóvil y azulada como espejo veneciano.
La tierra habíase perdido de vista. Á babor, disfuminadas en el horizonte como vapores del amanecer, marcábanse vagamente dos manchas de color de rosa, Tonet las señalaba á sus compañeros. Aquéllo era Ibiza.
La Garbosa avanzaba lentamente por la inmensidad circular, vasto anfiteatro de tranquilas aguas, en cuyos límites, como puntos indecisos, marcábanse las nubecillas de humo de las embarcaciones de vapor.
Tan lenta era la marcha de la barca, que apenas si su proa agitaba las aguas: la vela pendía muchas veces inmóvil del mástil, barriendo la cubierta con su orla.
Desde la cubierta de la Garbosa alcanzaba la vista las hondas profundidades del agua tranquila. Las nubes y la misma barca reflejábanse en el fondo azulado con misterioso espejismo. Coleaban con nerviosa rapidez las bandas de pescado brillantes como pedazos de estaño; jugueteaban como chicuelos traviesos los enormes delfines, sacando á flor de agua su grotesca jeta y el negro lomo matizado de polvo brillante; aleteaban los peces voladores, mariposas del mar, que se hundían en el misterio de las aguas después de algunos instantes de vida atmosférica; y todos los seres extraños, de figuras fantásticas, de colores indefinibles, pintarrajeados unos como tigres, negros y fúnebres otros, gigantescos y fornidos, diminutos y nerviosos, de enormes bocas y cuerpo reducido ó de pequeña cabeza é hinchado vientre, bullían y se agitaban en torno de la vieja barca, como si fuese uno de aquellos esquifes mitológicos á los que daban escolta las divinidades del mar.
Tonet y los dos marineros aprovechaban la calma para echar sedales. El gato de la barca vigilaba el fogón de proa, donde burbujeaba la olla del mediodía, y el Retor, paseando por la estrecha popa y mirando al horizonte, se daba á todos los demonios ante la calma. La Garbosa, aunque no estaba inmóvil, parecía enclavada siempre en el mismo sitio.
Á lo lejos veíase un pailebot con las velas caídas, apresado por la calma, con la proa al Este, tal vez en busca de Malta ó de Suez. Pasaban por la línea del horizonte con marcha veloz grandes vapores de ancha chimenea, hundidos por excesiva carga hasta la línea de flotación; trigueros que venían del Mar Negro é iban hacia el Estrecho, llevando en sus entrañas la inmensa cosecha de la Rusia del Sur.
El sol llegaba á su mayor altura. Brillaban las aguas como inflamadas, burbujeando bajo un resplandor de incendio; caldeábase la atmósfera como si hubiese llegado ya el verano, y en la cubierta de la Garbosa ardían las viejas tablas crepitando con ruido de leña vieja.
La comida estaba á punto, y patrón y marineros sentáronse al pie del mástil á la sombra de la vela, hundiendo todos su cuchara en el mismo plato.
Todos estaban despechugados, sudorosos, anonadados por la calma bochornosa; rodaba sin cesar el porrón de mano en mano para refrescar las secas fauces, y algunas veces miraban con envidia las aves de mar que revoloteaban á ras del agua como si temiesen cruzar la atmósfera caliginosa.
Al terminar la comida, los marineros entornaban los ojos y se movían perezosamente, como si estuvieran borrachos más de sol que de vino.
Iban á dormir en la zorra de aquel carro viejo, y uno tras otro deslizáronse en la cala de la barca, tumbándose sobre las maderas que rezumaban, quejándose al menor vaivén.
Pasó la tarde y la noche sin ningún incidente. Al amanecer refrescó el viento, y la Garbosa, como un caballo viejo de buena casta que siente la espuela, comenzó á encabritarse, cabeceando sobre las rizada olas.
Al mediodía marcáronse en el límite del mar algunas manchas de humo, y poco después todos los tripulantes de la Garbosa vieron salir pausadamente tras la verde faja del horizonte mástiles como campanarios, con plataformas enormes; torres de fortaleza; castillos flotantes pintados de blanco: toda una ciudad cargada de miles de hombres que avanzaba envuelta en humo, trazando caprichosas evoluciones, formando una sola pieza ó disgregándose hasta ocupar todo el horizonte; rebaño de leviatanes que conmovían las aguas agitándolas con sus ocultas aletas.
Era la escuadra francesa del Mediterráneo que marchaba haciendo evoluciones. Ya se aproximaban á Argel. Todos la contemplaban con asombro y temor. ¡Recristo y qué cosas tan grandes hacen los hombres! El más pequeño de tales barcos, el cañonero blanco que empavesado de banderas y bolas negras iba por entre los grandes navíos haciendo señales como un cabo que vigila la formación, no necesitaba más que rozar la barca para convertirla en sémola. Y no se diga nada de las vigas negras y redondas que asomaban por las aberturas de las torres. ¿Adónde irían á parar ellos si á los tales animalotes se les ocurría estornudar?...
Y los contrabandistas contemplaban la escuadra con la inquietud y el respeto del raterillo que viese desfilar un batallón de guardia civil.
Se alejaron los acorazados, borrándose al poco rato en el horizonte, sin dejar más rastro que algunas nubecillas flotantes, absorbidas por el inmenso azul.
Á media tarde comenzó á marcarse vagamente una sombra que parecía el arqueado lomo de un cetáceo. Ya tenían la tierra á la vista. Tonet recordaba aquello; era el centinela avanzado de la costa, el cabo de la Mala Dòna. A babor estaba Argel.
La brisa refrescaba cada vez más; la vela, hinchada, describía una atrevida curva sobre el inclinado mástil; la proa hundíase y se levantaba saludando gentilmente el hervor del agua cortada que la cubría de espumarajos, y toda la Garbosa, crujiente y conmovida, avanzaba veloz, como esas bestias débiles que se esfuerzan al percibir la cuadra y el descanso.
Caía la tarde, y en los flancos de la Mala Dòna, esfumados por la distancia, íbanse marcando nuevas tierras, montañas bajas con manchas blancas de caseríos. La barca navegaba cada vez más veloz, como si la atrajera la tierra, y ésta se alejaba como esos países de los cuentos de hadas que huyen conforme el viandante acelera su marcha.
La Garbosa inclinábase al Sudeste, y al cerrar la noche dejaba á estribor el cabo y seguía de cerca la costa, saltando por encima del pequeño oleaje, que la hacía danzar alegremente.
Sobre el cielo de un hermoso azul turquí destacábase la dentellada crestería de la costa; venía de tierra un aliento cálido, como de misteriosa habitación cargada de extraño perfume, y surgía de la tierra la luna al principio de su creciente; una verdadera luna oriental y delgada, de cuernos encorvados, como la que figura en el estandarte del Profeta y corona la cúpula de los minaretes. Aquello era estar en África.
Percibíase desde la Garbosa el choque del oleaje sobre los acantilados, las lucecillas de los pueblos ribereños, los gritos de los moros del campo; y á lo lejos, al término de la montañosa línea, donde el mar parecía precipitarse tierra adentro, en caprichosa revuelta, brillaban algunos puntos rojos de vivo fulgor.
Allí estaba Argel. Tardaron unas tres horas en llegar. Las luces se multiplicaban, como si por todas partes brotasen del suelo rosarios de luciérnagas; clasificábanse en diverso brillo é intensidad; las había á centenares, en línea serpenteando, como si bordeasen un camino de la costa; al fin, tras una orzada para doblar un pequeño promontorio, apareció la ciudad con todo su resplandor de puerto levantino.
Á excepción de Tonet, todos en la barca se quedaron embobados contemplando el espectáculo. ¡Recristo! ¡Debía hacerse el viaje sólo por ver aquello! Podían ir al infierno el Grao y su puerto.
Estaban en una gran bahía de aguas sombrías é inmóviles, en cuyo fondo abríase el puerto con faroles verdes y rojos en la embocadura. Detrás, la ciudad, escalonándose colina arriba, blanca hasta en las sombras de la noche, moteada por millares de luces, como si se celebrase alguna fiesta con espléndida iluminación. ¡Vaya un derroche de gas! En las aguas del puerto culebreaban las líneas rojas, como si en el fondo se divirtieran los peces disparando cohetes voladores; brillaban las linternas rojas en el bosque de mástiles, unos escuetos con la sobriedad de la marina mercante, otros con cofas y ametralladoras; y arriba, sobre los baluartes, en la ciudad baja puramente europea, destacábanse con resplandor de incendio las fachadas de los cafés cantantes, las grandes tiendas y los bulevares atravesados por negro hormigueo y veloces carruajillos con toldos de lienzo blanco.
Llegaban hasta la barca plegados, confundidos y revueltos por la brisa de la noche, las musiquillas de los cafés, el toque de retreta de los cuarteles, el rumor del gentío en las calles, los gritos de los boteros árabes que atravesaban el puerto: toda la agitada respiración de una ciudad comercial y exótica, que, después de cometer durante el día las mayores felonías por conquistar el franco, se entrega al placer al llegar la noche con el apetito excitado.
El Retor, repuesto de su sorpresa, pensaba en el negocio. Recordaba las instrucciones de su tío, y mientras la tripulación recogía la vela para que darse al pairo, él prendía fuego á un calabrote embreado y agitaba la rojiza antorcha sobre su cabeza, ocultándola por tres veces tras una lona que sostenía el gato de la barca.
Esto lo repitió un sinnúmero de veces, mirando fijamente la parte más obscura de la costa. Tonet y los otros tripulantes seguían con curiosidad tales señales. Por fin vióse brillar en tierra una luz roja. Los del entrepôt contestaban: no tardaría á llegar el cargamento.
El Retor explicaba á los suyos las ventajas de este sistema. No convenía cargar dentro del puerto. El tío Mariano sabía por experiencia que allí habían muchos moscas prontos á telegrafiar á España el nombre y la matrícula de la barca para ganarse una parte de la presa. Lo mejor era recibir la carga fuera, en la sombra de la noche; al amanecer hacerse á la vela antes de que nadie se enterara, llegar á la costa de Valencia sin avisos de ninguna clase, y ¡adivina quién te dió!
Y el bondadoso pescador se reía de su propia malicia, aunque mirando interiormente á su experto tío, que le había dado tan buenos consejos.
Mientras el patrón esperaba la llegada de la carga mirando el punto de la sombría costa donde había brillado la luz, Tonet y los marineros, sentados en la proa con las piernas colgando sobre el mar, contemplaban codiciosos la iluminada ciudad.
Bien se acordaba el marido de Rosario de su estancia allí, y relataba á sus embobados compañeros las alegres correrías por Argel. Les designaba las fachadas con grandes rótulos de gas, por cuyas ardientes ventanas escapábase una música chillona y confuso rumor de avispero. Eran los cafés cantantes. ¡Caballeros, cuánto se había divertido allí! Y el gato de la barca, estirando su desgarrada boca de oreja á oreja, brillándole los ojuelos de muchacho vicioso, creía ver las cantatrices casi desnudas, con enorme sombrero de gasa, que graznaban sobre el tablado moviendo á compás las caderas y el vientre.
Aquella calle recta, tendida sobre el muelle, toda de arcos y en cada hueco una luz como la interminable nave de una iglesia, era el Boulevard de la República, con sus grandes cafés, donde iban los señores oficiales á tomar la absenta, teniendo por vecinos de mesa los morotes ricos de enorme turbante y los negociantes judíos de túnica de seda sucia y vistosa. Detrás estaban otras calles, también con arcos y hermosas tiendas; la plaza del Caballo con la mezquita principal, un gran caserón blanco, donde entraban los bobos descalzos y recién lavados á hacerle cortesías al zancarrón de Mahoma, mientras que arriba, en lo último de la torrecilla que se veía desde la barca, un tío con turbante pateaba y gritaba á ciertas horas como si estuviera loco. Por todas las calles madamas muy bien vestidas que olían á gloria, andando como patitos y diciendo mersi á cada chicoleo; soldados con gorro de datilero y unos pantalonazos dentro de los cuales cabía la familia; gente de todos los países, lo mejorcito de cada casa, que había ido allí huyendo del rey, y cada dos puertas una cantina con sus mesas en la acera, donde se servía la absenta á vasos.
Tonet lo había visto todo y lo describía á los suyos con manoteos y guiños, subrayando muchas veces la palabra con acciones que hacían prorrumpir al grumete en escandalosas carcajadas.
¿Y la ciudad alta donde vivían los moros? ¡Redeu! Aquello sí que era notable. ¿Se acordaban del callejón junto al mercado del Grao? ¡Aquel en que se tocan con los codos las paredes!... Pues era una carretera, comparado con las gargantas de lobo que cruzan la parte alta, siempre cuesta arriba, casi cubiertas por los aleros y con un arroyo de inmundicia bajando por los escalones del empedrado.
Había que tomar fuerza en todos los cafetines del tránsito para subir tales calles y taparse las narices ante las tiendas, miserables tabucos en cuyo umbral fuman en cuclillas los morazos diciéndose Dios sabe qué cosas en su jerga de perros.
Allí se vivía como un hombre, y con poco se sacaba la panza de mal año. El que tuviera buen estómago y no le importara ver comer el alcuzcuz á puñados con las manos después de acariciarse los pies, por un real se zampaba un plato bien colmado, un par de huevos pintados de rojo como los de Pascua, y aun podía tomar café en una tacita como un cascarón, tendido sobre la tarima de cualquier cafetín moruno, y hasta dormirse al son de una flauta y dos panderos.
Había también sus cosas buenas. Moritas caritativas del dominio común, que llamaban desde sus puertas con la cara pintarrajeada, las uñas teñidas de azul y el pecho moteado por extravagantes dibujos; negrotas de los establecimientos de baños que sonreían como perros ofreciendo frotaros con sus manazas, y otras ¡rediel!... otras que eran las señoras, con la cara tapada de tal modo, que sólo se veía la nariz y un ojo, con sus anchos calzones bamboleándose al andar y enseñando por bajo del manto la chaquetilla de oro, los brazos como un mostrador de platería, y sobre el abultado pecho infinitos rosarios de moneditas y medias lunas.
¡Y qué ojos, chiquillos! ¡Qué curvas! Aun se acordaba él de una negrota rica, con la que tropezó en un callejón de allí arriba. Como él era así... no pudo remediarlo; la pellizcó por la espalda en los zaragüelles, que parecían hinchados y estaban duros como la piedra; la negra chilló como una rata, cayeron sobre él tíos y más tíos, todos feos y con enormes trancas; él y sus dos amigotes tiraron de la faca marinera, y aquello se acabó cuando subieron los zuavos y se los llevaron al violón, de donde los sacó el cónsul después de dos días de encierro.
Los marineros le oían ansiosos, admirando su superioridad, y mientras reían comentando el lance de la negra, Tonet murmuraba mirándose los pies con expresión de hombre cansado:
—¡Ay!... Entonses tenía yo més humor.
El patrón dió un grito desde la popa. Alguien se acercaba de tierra. Una luz roja agrandábase por momentos y oíase un sordo chapoteo, como si nadase un perrazo con dirección á la barca.
Era el vaporcito del entrepôt. Saltó á la cubierta de la Garbosa un buen mozo con bigote rubio y gorra azul, y en ese idioma híbrido de los puertos africanos, mezcla de italiano, francés, griego y catalán, dió cuenta al Retor de su comisión.
Habían recibido á tiempo el aviso de mosiú Mariano, de Valencia; les esperaban desde la noche anterior; habían visto la señal y allí estaba el cargamento para transbordarlo cuanto antes, pues aunque las autoridades francesas hacían la vista gorda, convenía en tales negocios despachar pronto.
—¡A la faena!—gritó el Retor á su gente—. Cárrega á bordo.
Y desde el vaporcito, cuya chimenea apenas si asomaba un palmo sobre el montón de la carga, comenzaron á pasar á la barca los gruesos fardos envueltos en lona embreada, impregnados de picante olor.
Las dos embarcaciones estaban amarradas una á otra, y el transbordo de la carga se hacía con facilidad. La abierta escotilla engullíase los fardos, y la Garbosa, conforme avanzaba la operación, iba hundiéndose, lanzando un sordo quejido, como una bestia paciente que se lamenta de la excesiva carga.
El mocetón rubio del vapor examinaba con creciente asombro la barca. ¿Pero era posible que aquel ataúd resistiera tanto? Y el Retor contestaba golpeándose el pecho como para darse una convicción que comenzaba á faltarle. Toda; ni un fardo menos. Y su cuenta, si le ayudaba Dios y el Santo Cristo del Grao, era tirar aquellos bultos de allí á dos noches en la playa del Cabañal.
La cala estaba atestada y los fardos se apilaron sobre la vieja cubierta, colocándose en la borda palitroques y cuerdas para contenerlos y que no cayesen al mar.
—Buona sorte, patrón—chapurreó el rubio quitándose su gorrilla y estrechando con fuerza la mano del Retor.
Se alejó el vaporcillo; la Garbosa extendió su vela, y comenzó á correrse hacia la izquierda la ciudad, con su iluminación cada vez menos brillante.
Al Retor se le encogía el corazón viendo marchar su barca. ¡Ay! ¡Que Dios no se olvidase de ellos y no les enviara un poco de mal tiempo! Aun con buena mar, la barca navegaba milagrosamente, hundida casi hasta la borda, cabeceando torpemente y elevándose con tal lentitud sobre las olas, que éstas, á pesar de ser flojas, le entraban por la proa como si estuviera corriendo un temporal.
Tonet, ajeno á los cuidados que inspiraba la propiedad, se reía de la barca, que, según él, parecía un torpedero navegando con la cubierta á flor de agua.
Cuando amaneció, el cabo de la Mala Dòna veíase por la popa como una vaga silueta, y al poco rato la barca estaba en alta mar.
La carga, hecha con tanta rapidez frente á Argel y en la sombra de la noche, la recordaba el Retor como si fuese un sueño, ahora que se veía de nuevo en medio del Mediterráneo, sin tierras á la vista. Pero para no dudar, allí estaban los fardos, durmiendo sobre ellos la tripulación fatigada por la faena de carga, y como testimonio decisivo, la pobre Garbosa, que navegaba torpemente como una tortuga.
Lo único que tranquilizaba al Retor era el tiempo. Buen viento y mar bella; aun así, á la barca le vendría justo el llegar á Valencia. Ahora comprendía el patrón su temeridad al acometer el negocio con tal zapato. Y á pesar de que no conocía el verdadero miedo, pensó algunas veces en su padre, aquel valiente que se burlaba del mar como de un amigo manso, lo que no impidió que lo recogiesen en la playa deshecho y corrompido como un salivazo de las olas.
La barca navegó sin novedad hasta el amanecer del día siguiente. El cielo estaba encapotado. Un largo estremecimiento agitaba la superficie del agua, y el cabo de San Antonio se mostraba envuelto en brumas, así como el Mongó, cuya cumbre aparecía suspendida en el espacio con la base cortada por dos fajas de nubes.
La Garbosa, inclinada sobre babor de un modo alarmante y con la ventruda vela rozando casi las aguas, avanzaba rápidamente.
El cariz alarmante del tiempo inquietaba al patrón, que debía aguantar hasta la noche para hacer el alijo.
De pronto púsose en pie de un salto y abandonó la caña del timón. Fijábase en una vela que se destacaba sobre el fondo gris del cabo... ¡Futro! No se equivocaba; bien conocía aquella embarcación. Era una escampavía de Valencia que parecía al acecho costeando frente al cabo. Algún mosca había hecho de las suyas en el Cabañal, diciendo que la Garbosa había salido á algo más que á pescar.
Tonet también adivinaba la clase de la embarcación, y miraba á su hermano con inquietud.
Aun era tiempo; á tomar mar. Y la Garbosa, inclinando un poco su proa, se alejó del cabo, huyendo hacia el Nordeste. El viento la favorecía en esta maniobra, y la Garbosa navegaba con gran rapidez hundiendo muchas veces bajo las olas su abrumado casco.
La escampavía al poco rato imitaba la maniobra, dándola caza. Aquella barca era mejor y más ligera, pero la distancia entre las dos resultaba considerable, y el Retor pensaba huir, huir siempre, aunque fuese á dar en el mismísimo puerto de Marsella, si antes no se tragaban las aguas á la guitarra vieja con todo su cargamento.
La persecución duró hasta mediodía, cuando estaban indudablemente á la altura de Valencia. Pero allí la escampavía viró, dirigiéndose á tierra.
El Retor adivinó los propósitos de sus perseguidores. El tiempo no era muy seguro, y la escampavía prefería esperarle costeando, con el convencimiento de que más pronto ó más tarde iría la Garbosa hacia tierra para echar sus fardos.
Puesto que les concedía tal respiro, muchas gracias. Ahora á buscar un refugio, hijos míos, que el tiempo no estaba para permanecer en alta mar en un zapato como la Garbosa. ¡Á las Columbretas, refugio de los hombres honrados que tienen que huir en el mar por ser protectores del comercio!
Y á las nueve de la noche, cuando las aguas se hinchaban con sordas y lívidas tumefacciones que hacían danzar locamente á la cansada Garbosa, ésta, guiada por la roja luz del faro, entró en la Columbreta Mayor, cráter apagado y roído por las olas; herradura de altas rocas, que en uno de sus extremos sustenta la torre con las habitaciones de los fareros, y en cuyo seno ábrese una pequeña bahía de agua tranquila siempre que no sopla el Levante.
La isla es un murallón encorvado, sin un solo palmo de tierra llana; una alta faja de rocas carbonizadas y yermas, suelo maldito roído por el ambiente salitroso, en el que no crece ni un mal arbusto y por donde ruedan las piedras empujadas por los alacranes, junto á los esqueletos de los pescados que las olas arrojan á prodigiosa altura en los días de tempestad. Más allá, esparcidas por el inmenso mar hasta considerable distancia, están las Columbretas menores; la Foradada, surgiendo de las olas como el arco de un templo submarino, y las restantes, mogotes rectos, colosales é inabordables como los dedos de un coloso prehistórico sepultado en las misteriosas profundidades.
La Garbosa quedó anclada en la bahía. Nadie bajó á verla. Los fareros estaban acostumbrados á las misteriosas visitas de gentes que se refugiaban en el solitario archipiélago con el deseo de que no se fijaran en ellos.
Los de la barca veían en el avanzado promontorio las luces de las habitaciones del faro. El viento les traía algunas veces gritos humanos, pero hacían tanto caso de ellos como de los miles de gaviotas que, refugiadas en los peñascos, gemían lastimeramente como niños á quienes estuvieran matando. Fuera de la isla, al otro lado de la barrera escarpada, mugía el mar alborotado, y su oleaje, corriendo á lo largo del promontorio, amortiguábase entrando en la obscura bahía con violenta ondulación.
Al amanecer, Pascual saltó á tierra, y por la tortuosa escalera de peldaños cortados en la roca llegó á la altura, mirando la vasta extensión comprendida entre la isla y la lejana costa, invisible por la cerrazón del tiempo.
No se veía ni una vela; pero el Retor estaba intranquilo, temiendo que sus perseguidores vinieran á buscarle en aquel lugar tan conocido como refugio de contrabandistas.
La inquietud del patrón iba en aumento. Presentía que más ó menos pronto la escampavía vendría á buscarle en las Columbretas, pero á pesar de su audacia temía hacerse á la mar con su barca vieja. La vida era lo de menos; pero ¿y el cargamento en que iba su fortuna?
El egoísmo de la propiedad aceleró su determinación. ¡Á la mar, aunque el cargamento se lo fumasen los tiburones! Todo era preferible á que los ladrones guardacostas se hicieran dueños de lo que no era suyo.
Y después que la tripulación engulló su olla, aparejó la Garbosa y salió de la isla tan misteriosamente como había entrado, sin saludar á nadie, seguida por la mirada curiosa de las familias de los fareros, agrupadas en la plazoleta frente á la torre.
¡Vaya un tiempo! Golpe va y golpe viene, la Garbosa tan pronto se encabritaba casi vertical sobre la cumbre de una ola, como se arrojaba de cabeza en las profundas y sombrías hendiduras, en cuyo fondo agitaban los remolinos sus giratorios centros, que parecían los traidores ojos del abismo. Nubes de agua pulverizada alzábanse de las bordas á cada choque, rociando toda la cubierta; los espumarajos de las olas resbalaban sobre el hule de los fardos, y la tripulación, agachada y atenta para no ser arrastrada por las acometidas del mar, chorreaba de cabeza á pies.
Hasta Tonet estaba pálido y apretaba los dientes. En otra barca... bueno; pero en aquélla resultaba una locura haber abandonado la isla.
Mas el Retor no atendía razones. ¡Diablo de panzudo! ¡y cómo se crecía en el peligro! Su ancha cara de cura sonreía á los golpes de mar más furiosos; estaba rojo, apoplético, como si acabase de levantarse de la mesa de la taberna después de alegre alboroque, y sus manazas no abandonaban la pesada caña ni se agitaba su corpachón con los terribles vaivenes que estremecían la barca de proa á popa, haciéndola lanzar un estertor de agonía.
Se reía el maldito con la carcajada bonachona que tantas burlas le valía allá en el Cabañal.
Aquello no era nada, ¡recordons! No había que apurarse. Y si la zaparrastrosa se cansaba de navegar y daba la voltereta, ¡cómo había de ser! Allí se veía á los hombres y no haciendo el majo en las tabernas... ¡Atención con esa que viene!... ¡Brrum! Ya pasó. Si llegaba la mala, un credo al Cristo del Grao y á cerrar los ojos. De todos modos el infierno está en este mundo, y allá arriba ni se come ni se trabaja. Además, aunque se llegue á viejo, nadie escapa; y para morir, vale más que se lo coman á uno los marrajos y tiburones, que son gente brava, que no ser chupado por los gusanos como estiércol. ¡Atención, que viene otra!...
Y el Retor hablaba á sus compañeros soltando todo el caudal filosófico adquirido en su aprendizaje con el tío Borrasca. Pero el único que le oía era el gato, el muchachuelo que, pálido y verdosillo por la emoción, permanecía en pie agarrado al mástil, mirando á todas partes, como si no quisiera perder nada del espectáculo.
Cerraba la noche. La Garbosa navegaba á media vela, dando espantosas cabezadas y sin luz alguna, como barco á quien importa más pasar desapercibido que evitar un choque.
Una hora después vió el patrón una luz cercana que saltaba sobre las olas. Era una barca navegando en opuesta dirección.
El Retor no pudo verla bien en la obscuridad: pero su instinto reconoció á la escampavía que, cansada de costear, en un arranque de audacia iba á las Columbretas afrontando el mal tiempo, para pillar á los contrabandistas en su refugio. Y por si acertaba, se dió el gusto de soltar el timón y con sus manazas hizo dos ó tres acciones indecentes, en señal de alegre desprecio. ¡Tomad, para el viaje!
Á la una de la madrugada vieron los de á bordo el faro de la iglesia del Rosario.
Tenían enfrente el Cabañal. La noche era á propósito para un alijo. ¿Pero les esperarían?
El Retor, conforme se aproximaban á tierra, perdía su asombrosa serenidad. Demasiado conocía él aquella costa. Permanecer allí aguantando, era ir antes de dos horas, arrastrado por el mar y el viento, á estrellarse contra la escollera de Levante ó á encallar frente á Nazaret. Retroceder mar adentro, era imposible. Ya hacía rato que por ciertos crujidos de la barca, adivinaba el agua en la cala abarrotada de fardos. Si seguía algunas horas más en el mar, los golpes la irían desmenuzando, hasta hacerla astillas.
Había que ir á tierra, aunque esto fuese buscar el peligro. Y la Garbosa marchó recta, empujada más por las olas que por el viento, hacia la obscura playa.
Un punto luminoso brilló por tres veces, y el patrón y Tonet dieron un grito de felicidad.
Allí estaba el tío; les aguardaba. Aquella era la señal. Había encendido tres fósforos, como lo hacen los contrabandistas, agazapado tras una manta tendida á sus espaldas para ser vista únicamente desde el mar.
La Garbosa extendió toda su vela. Aquello era una locura. Volaba, sacando tan pronto la quilla al viento como hundiéndose en las olas; marchaba como un caballo desbocado, cayendo de un costado y encabritándose por otro; crecían espantosamente los mugidos del mar, hasta que por fin, desde lo alto de una ola espumosa, vióse la playa con un enjambre de negras siluetas, y sonó un golpe seco, terrible. La barca se detuvo, lanzando un estallido como si reventase; el viento rompió la vela y el agua invadió con terrible fuerza la cubierta, derribando hombres y arrebatando fardos.
Acababan de encallar á pocos metros de tierra.
Un enjambre de sombras, silenciosas como fantasmas, lanzóse al asalto de la barca, y sin decir palabra á los aturdidos marineros, apoderóse de los fardos, que comenzaron á pasar de mano en mano por la sombría cadena de brazos tendida hasta la playa.
—¡Tío, tío!—gritó el Retor lanzándose al agua, que no le pasó del pecho.
—Presente—contestó una voz desde la playa—. Mutis y á la faena.
Era un espectáculo extraño: una pesadilla.
El mar mugiendo en la densa lobreguez, los cañares de la playa doblándose á impulsos del vendaval como cabelleras de colosos enterrados, las olas avanzando como si quisieran tragarse la tierra, y una legión de sombríos demonios agitándose mudos é incansables, sacando fardos de la barca, que se deshacía por instantes, pescándolos en las espumosas aguas para enviarlos como pelotas á la playa, donde desaparecían cual si se los tragase la tierra, y algunas veces, al calmar por momentos el vendaval, oíase el chirriar de carros que se alejaban. El Retor vió á su tío Mariano que iba de una parte á otra con sus enormes botas de agua, la voz enérgica é imperiosa y un revólver en la mano.
No había cuidado; los carabineros del puesto más próximo estaban untados y vigilaban para avisar si llegaba el jefe. Á los que no había que perder de vista era á la tropa silenciosa que hacía la descarga, gente demasiado lista de manos que gustaba de aprovecharse del barullo, y creía aquello de quien roba á un ladrón, etc. No; pues de él no se reirían, ¡redeu! al primero que escondiera un fardo, le pegaba un tiro.
La descarga fué como un sueño. Cuando el Retor comenzó á reponerse de la impresión sufrida al encallar y le dolieron menos las magulladuras, se alejaba ya el último carro. Los cargadores desaparecieron sin decir palabra, en distintas direcciones, como si se los tragara la arena.
Ni un solo fardo se había perdido: hasta los del fondo de la cala habían sido extraídos de entre las rotas costillas de la barca hundida en la arena.
Tonet y los demás tripulantes se alejaban también cargados con la vela y lo poco que quedaba en la barca de aprovechable. Al gato lo pescaron cuando estaba á punto de ahogarse; había caído de la barca en el momento de encallar.
El Retor, al verse solo con su tío, lo abrazó. ¡Ay, tío Mariano! Por fin lo podía decir. Había pasado muy malos ratos, pero gracias á Dios todo estaba terminado. Ya arreglarían cuentas. Se había portado como un hombre, ¿verdad? Ahora se iba á dormir con su Dolores, que bien ganado lo tenía.
Y se fué con su tío hacia el lejano Cabañal, sin echar una última mirada á la infeliz Garbosa, que se quedaba allí pataleando, prisionera de la arena, recibiendo en su pecho los puñetazos del mar, sintiendo á cada empujón que se le desencuadernaba el cuerpo y salía flotando un pedazo de sus entrañas; muriendo sin gloria, en la obscuridad, tras una larga vida de trabajo, como el caballo viejo, abandonado en medio del camino, cuyo blanco esqueleto atrae el revoloteo de los cuervos.
VII
El producto de la aventura fueron unos doce mil reales, que el tío Mariano entregó al Retor pocos días después.
Algo más ganó el marido de Dolores: el aprecio de su tío, que le consideraba un hombre de pro y estaba satisfecho de haber sacado su parte sin grave riesgo, y el elogio de la gente de playa, que se había enterado del viaje. La salida de las Columbretas resultaba una buena jugada. La escampavía fué allá á riesgo de anegarse y no encontró nada.
El Retor estaba como aturdido por su buena fortuna. El producto del alijo, mas aquellos ahorros amasados peseta sobre peseta, que estaban escondidos donde él y Dolores sabían, formaban una bonita suma, con la que un hombre honrado podía meterse en algo.
Y este algo, ya se sabía, estaba en el mar, pues él no tenía el carácter de su tío para explotar en tierra y descansado la miseria de la pobre gente.
El contrabando no había que pensar. Era bueno para una vez; como el juego, que siempre ayuda al principiante. No había que tentar al diablo: para un hombre como él, lo mejor era la pesca, pero con medios propios, sin dejarse robar por los amos, que se quedan en casa sacando la mejor parte.
Como consecuencia de estos razonamientos que por la noche rumiaba agitándose entre sábanas y molestando á su Dolores, á la que no dejaba de consultar, decidió invertir su capital en una barca; pero no una barca cualquiera, sino la mejor, si era posible, de todas cuantas se daban á la vela frente á la casa del bòus.
Ya era hora, ¡rediel! No le verían más como marinero ni patrón alquilado; sería amo de barca, y como distintivo de su rango plantaría á la puerta de su casa el mástil más alto que encontrase para secar en la punta sus redes.
Señores, sépanlo todos: el Retor hace una barca; Dolores la guapa, si va á la Pescadería ahora que es rica, venderá el pescado propio. Y las vecinas del barrio que comentaban tales noticias, al pasar por la acequia del Gas acercábanse á los tinglados de los calafates para contemplar con cierta envidia al Retor que, mascullando el cigarro, se estaba el día entero vigilando á los carpinteros que aserraban y cortaban maderos amarillos, frescos y jugosos, unos rectos y fuertes, otros encorvados y finos, para la nueva embarcación.
La faena se hacía con calma. Nada de precipitaciones ni de errores; no había prisa. Lo único que deseaba Pascualo es que su barca fuese la mejor del Cabañal.
Y mientras él se dedicaba en cuerpo y alma á la construcción de la barca, su hermano Tonet pasaba una de sus buenas temporadas con la parte que le correspondía del alijo, y que el bueno del Retor procuraba hacer lo mayor posible.
En la vieja barraca donde se albergaban él y Rosario con todo su miserable acompañamiento de rencillas, brutalidades y palizas, no se notaba la menor abundancia después de la afortunada aventura. La infeliz mujer seguía cargando al amanecer con sus cestos de pescado para ir á Valencia, y muchas veces á Torrente ó Bétera, siempre á pie, para mayor economía; y cuando el tiempo no era favorable para la venta, pasábase los días en su agujero, sin más compañía que el fastidio y la miseria. Pero su Tonet estaba más buen mozo que nunca, con trajes nuevos, un puñado de duros en el bolsillo y metido siempre en el café, si es que no iba á Valencia con sus amigotes á arriesgar unas cuantas pesetas en las timbas de cuartos ó á alborotar en el barrio de Pescadores. Á pesar de esto, cuando veía á su tío, por no perder el derecho de la importunidad, le recordaba aquel empleíllo en las obras del puerto que perseguía en su época de penuria.
Bañábase complacido en la abundancia momentánea que le volvía á los felices tiempos de su casamiento, y con su eterna imprevisión, con ligereza cínica que le hacía adorable para las mujeres, no pensaba en que tendría fin lo que su hermano le había dado, pequeña cantidad cuyo término iban prolongando los obsequios de los amigos y las alternativas del juego.
Á altas horas de la noche llegaba á su barraca para acostarse, ceñudo y jurando entre dientes, dispuesto á contestar con bofetadas la menor protesta de Rosario. Ésta pasaba sin verle dos ó tres días muchas veces, pero no así en casa de su hermano, adonde iba con frecuencia, quedándose en la cocina si el Retor estaba fuera, al lado de Dolores, oyendo con la cabeza baja y ademán sumiso las acusaciones de su cuñada por su mala conducta.
Si en una de éstas entraba el Retor, celebraba mucho el buen sentido de su mujer. Sí señor; Dolores le decía todo aquello porque le quería bien, porque era una mujer honrada y no podía consentir que su cuñado fuese tan loco y diera tanto que hablar. Y el panzudo bonachón, ante las reprensiones de su Dolores, una gran mujer, una verdadera madre para aquel hermano loco, llegaba hasta enternecerse... ¡Ira de Dios!
Conforme se acababa el dinero de Tonet, se metía éste cada vez más en casa de su hermano. Bien aprovechaba los consejos maternales. Y para que la gente no tuviese motivo de murmuración, acompañaba algunos días á su hermano al tinglado de los calafates, siguiendo la formación del enorme esqueleto de madera que iba cubriendo sus flancos y marcaba sus gallardos perfiles bajo los mazos, sierras y hachas que lo golpeaban incesantemente.
Así fué llegando el verano.
El trozo de playa entre la acequia del Gas y el puerto, olvidado en el resto del año, presentaba la animación de un campamento. El calor empujaba á toda la ciudad á aquel arenal, del que surgía una verdadera ciudad de quita y pon. Las barraquetas de los bañistas, con sus muros de lienzo pintado y sus techumbres de caña, formaban en correcta fila ante el oleaje, empavesadas con banderas de todos los colores, rotuladas con extravagantes títulos, y ostentando, además, en el vértice, monigotes, miriñaques, barcos, muestras grotescas que distinguían el establecimiento para evitar errores. Detrás, en previsión del apetito que el aire del mar despierta en el gastado estómago, esparcíanse los merenderos, unos con aspecto pretencioso, escalinatas y terrazas, todo frágil, como decoración de teatro, supliendo lo endeble de su construcción y lo misterioso de su cocina con pomposos títulos: Restaurant de París, Fonda del buen gusto; y entre estos pedantes de la gastronomía veraniega, los bodegones indígenas con su sombrajo de esteras, las mesas cojas con porrón en el centro y el fogón al aire libre; establecimientos que ostentaban con aire fiero sus rótulos de regocijada ortografía: El Nap, Salvaor y Neleta, y ofrecían como plato del día desde San Juan á Septiembre, los caracoles en salsa.
Y por entre esta población improvisada, que se desvanecía como humo con las primeras borrascas del otoño, pasaban los tranvías y ferrocarriles pitando antes de aplastar; corrían las tartanas desplegando como banderas de alegre locura sus rojas cortinillas, y hormigueaba la gente hasta bien entrada la noche, con zumbido de avispero, en el que se confundían los gritos de las galleteras, el lamento de los organillos, el puntear de las guitarras, el repiqueteo de castañuelas y el agrio ganguear de los acordeones, á cuyo son bailaban los de tufos y blusa blanca, gente apreciable que, después de tomar un baño interno, y no de agua, volvía á Valencia dispuesta á andar á navajazos ó á dar dos bofetadas al primer municipal.
Los hombres de mar miraban desde el otro lado de la acequia la invasión alegre, sin mezclarse en ella. ¡Que se divirtiera la gente! Aquella temporada era como una vaca gruesa que ordeñaba el Cabañal para el resto del año.
Á principios de Agosto llegó por fin el día en que la barca del Retor pudo darse por terminada. ¡Vaya una joya! Su patrón hablaba de ella como un abuelo que pondera el desarrollo de su nieto. Madera de lo mejor que se había encontrado; el mástil recto, terso, sin una mala grieta; el casco panzudito para que resistiera bien las marejadas, pero con una proa tan fina, que era talmente una navaja de afeitar; pintado de negro charolado y brillante como un zapato de señor, y el vientre blanco, deslumbrante, ni más ni menos que una anguila: lo que era.
Ya no faltaba más que el cordaje, las redes y demás artefactos; pero para eso estaban trabajando los mejores hilanderos de la playa, y antes del 15 la barca estaría completa y podría presentarse tan hermosa como una novia que va á casarse vestida de nuevo de cabeza á pies.
Esto lo decía el Retor una noche, sentado en el corro que se formaba á la puerta de su casa.
Había convidado á cenar á su madre y á su hermana Roseta; Dolores estaba al lado de él, y un poco más allá, con la silleta de cuerda apoyada en el tronco de un olivo y mirando la luna á través del empolvado ramaje con cierta expresión de trovador de cromo, punteaba Tonet una guitarra.
Sobre la acera, á pocos pasos, chirriaba la enorme sartén cargada de pescado sobre un picudo fogón de barro; correteaban los chicuelos de la vecindad por el fangoso arroyo persiguiendo á los perros, y en todas las puertas formábanse corrillos buscando la escasa brisa que venía del mar. ¡Redeu! ¡Cómo estarían asándose en Valencia!
La siñá Tona estaba muy vieja. Acababa de dar el salto, como ella decía. De la obesidad bien conservada había pasado bruscamente á la vejez, y á la luz cruda y azulada de la luna veíase su cabeza escasa de pelos, en la que éstos, tirantes y grises, formaban como un sutil enrejado sobre la sonrosada calvicie; el rostro arrugado, con las mejillas flácidas y colgantes, y los ojos negros, de los que tanto se había hablado en la playa, asomaban apenas tristes y mates por entre las abotagadas carnosidades que pretendían sepultarlos. Aquella decadencia era por los disgustos. ¡Lo que los hombres la habían hecho rabiar! Y aludiendo con esto á su hijo Tonet, pensaba sin duda en el carabinero.
Además, los tiempos empeoraban. La tabernilla de la playa daba una miseria, y la chica, su Roseta, había tenido que meterse en la fábrica de Tabacos, y todas las mañanas, con la cestita al brazo, emprendía el camino de Valencia, formando en las bandas de caras jóvenes, graciosas y procaces que, con airoso taconeo y faldas revoloteantes, iban á estornudar encerradas en el ambiente cargado de rapé de la antigua Aduana.
¡Y qué chica se había hecho la tal Roseta! Bien puesto tenía el nombre: su madre la contemplaba muchas veces á hurtadillas, recordando en ella la gallardía del siñor Martines.
Ahora mismo, al lamentar que su hija tuviera que ir á la fábrica en las mañanas de invierno, mirábala al pie del olivo con la rubia cabellera alborotada, los ojos inmóviles y aquella tez blanca que resistía al sol y á la brisa del mar, jaspeada por las sombras del ramaje, al través del cual pasaba la luna trazando arabescos de luz y sombra sobre el rostro de la muchacha.
Roseta paseaba de Dolores á Tonet sus ojazos fijos y melancólicos de Virgen que todo lo sabe. Al oir á Pascual que elogiaba á su hermano, cada vez más apartado de la vida alegre y aficionado á meterse en aquella casa para gozar de la calma y las buenas palabras que no encontraba en la suya, la hermanastra sonrió sarcásticamente.