INCIDENTES DE VIAJE
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NUEVA YORK
Mis aventuras de viaje en los Estados Unidos no merecen intercalarse entre las reflexiones que el espectáculo de aquel país me ha sugerido, por lo que sólo referiré a usted algunas que creo pueden interesarle. Tomando balance a mi bolsa en París, hallé los últimos días de julio que me quedaban escasos cosa de 600 duros. El viaje a través del istmo sólo cuesta 700, y aún me quedaba por visitar la Inglaterra. Esta quiebra, que defraudaba parte de mis esperanzas, aguzaba como sucede siempre los deseos. ¡No ver la Inglaterra, ni el Támesis, ni aquellas fábricas de Birmingham ni Mánchester! ¡No entrar en aquel océano de casas de Londres, ni ver los bosques de mástiles de los docks de Liverpool!... ¡Maestro de escuela en viaje de exploración por el mundo para examinar el estado de la enseñanza primaria, y regresar a América, sin haber inspeccionado las escuelas de Massachusetts, las más adelantadas del mundo! A caza de datos sobre la emigración, que había querido estudiar en Africa: ¿podría darme cuenta de ella, sin visitar los Estados Unidos, el país a donde se dirigen todos los años doscientos mil emigrantes? Republicano en perspectiva y con la presencia de la resurrección de la república en Francia: ¿volvería sin haber visto la república única, grande y poderosa que existe hoy en la tierra?
Luego, donde la realidad flaquea, la imaginación continúa la obra. Si llegare a la Habana siquiera, allí me ingeniaría, para pasar a Venezuela, donde, por la prensa, la enseñanza y otras trazas, me haría de recursos y de relaciones, para atravesar el continente hasta Bogotá, y de allí hasta Quito a asomar al fin la cabeza en Guayaquil, realizando por economía de medios, el viaje más novedoso y sorprendente que haya hecho americano de nuestros días. Los fenicios que circunnavegaron el Africa, se detenían, al decir de Herodoto, de distancia en distancia, a sembrar trigo y cosecharlo para continuar su viaje. ¿Por qué no me detendría yo en Caracas, por ejemplo, a enseñar mis métodos de lectura, borrajear páginas en la prensa, abrir cursos pedagógicos, y cosechar unos cuantos pesos, para irme arrastrando poco a poco hacia los climas del sur, de donde había partido?
Por otra parte, volver por el Cabo Hornos a Chile era tan prosaico y tan desairado efecto hacía en la carta náutica que tenía abierta por delante, que cogiendo a dos manos mi valor de calavera por reflexión, y bien pesado el pro y el contra, resolví no sólo visitar la Inglaterra, los Estados Unidos, el Canadá, y México, y más si en ello me venía la fantasía, a fin de completar la idea que de largo tiempo halagaba mi codicia, de hacer un viaje en derredor del mundo civilizado. ¿Qué podría objetarse a este plan? Marcharía con el reloj en una mano y la bolsa en la otra, y donde esta antorcha se me apagare... me quedaría a obscuras, y a tientas y con maña buscaría mi camino hasta Chile.
Tranquilizado con estas ideas, paseéme holgadamente en Londres, recorriendo despacio la línea de ferrocarriles, que por Birmingham, Manchester, conduce a Liverpool donde paré ocho días con el joven argentino emigrado D. N. de la Riestra y establecido de muchos años en una casa de comercio. Embarquéme en el Montezuma, buque de gran calado, paquete de vela que hacía once millas a la menor brisa, y que llevaba cuatrocientos ochenta emigrantes irlandeses a Norte América. Mi poco ejercicio en el inglés me hizo tratar de cerca a una familia judía que hablaba el francés. Una vez, al salir de la cámara, como no acertase a abrir la puerta, un pasajero me dijo en español: tire usted que está abierta. Era Mr. Ward, de la casa de Huth Gruning de Valparaíso, y desde entonces pude creerme, gracias a sus deferencias, libre de perderme, desconocido en el nuevo mundo que iba a visitar. Un senador de los Estados Unidos regresaba de Europa, y conocía a Mr. Horace Mann, el célebre secretario del Board de Instrucción Pública de Massachusetts, y como llovida del cielo me venía una carta de introducción para este eminente maestro, pudiendo en ella Mr. Ward responder que conocía la misión y la idoneidad del recomendado. Mi camino se aclaraba, poco a poco, y todo temor, salvo el de flaquearme la bolsa, iba por grados desapareciendo.
La vida de mar es poco contábile. Por las tardes me acercaba a la cubierta, a donde salían como ratas de sus cuevas los infelices irlandeses, desnudos, macilentos, animada su existencia por la esperanza de ver, en la tierra prometida, el término de sus miserias. Emigraban viejas sexagenarias, y un ciego mendigo tocaba por las tardes la zampoña, para que bailasen damas mugrientas, chupadas y desmelenadas, con galopines en cueros o cubiertos de andrajos, lo que no estorbaba que se agrupase en torno de aquellas parejas con figuras de convalecientes de hospital, un público con trazas de turba de casas de corrección. Habíales entrado la gana de morirse y seis u ocho cadáveres se arrojaban al mar algunos días, sin que el baile de la tarde estuviese por eso menos concurrido.
Llegamos al fin a la rada de Nueva York, que por sus ensenadas y profundidad, como por la belleza del paisaje, recuerda, con colores más suaves y formas menos grandiosas, la de Río de Janeiro. La vista de esta naturaleza plácida despierta involuntariamente en el ánimo el recuerdo de los caracteres de Wáshington y de Franklin, prosaicos, comunes, sin brillo, pero grandes en su sencillez, good-natured sublimes a fuerza de buen sentido, de laboriosidad y honradez. Iba preparado al espectáculo, y no me sorprendieron ni las colinas hermosísimas cubiertas de bosques, ni las caletas, canales y ensenadas que rodean la ciudad, llenas de barcas y cruzadas por centenares de vapores. Nueva York es el centro de la actividad norteamericana, el desembarcadero de los emigrantes europeos, y por tanto, la ciudad menos americana en su fisonomía y costumbres de las que presenta la Unión. Barrios enteros tienen calles estrechísimas y desaseadas, alineadas de casas de mezquina apariencia. Los cerdos son personajes obligados de las calles y escondrijos, donde nadie les disputa sus derechos de ciudadanía. Ocupa el centro de la parte más hermosa de la ciudad el Broad-Way, la calle ancha que toca por un extremo en Garden Castle, y en su desenvolvimiento enseña Trinity Church, templo gótico de hermosa arquitectura y de cierta magnificencia, cosa rara en los Estados Unidos. Ha sido construído por acciones, como todas las grandes empresas norteamericanas. Hay en el Broad-Way hermosos edificios particulares, un bazar en mármol blanco, que se cree no tiene rival en Europa, y un teatro en construcción para ópera italiana. En una hora conté en el Broad-Way 480 carruajes entre ómnibus, carros y coches que pasaban frente a la ventana de mi Boarding-house. Por la noche dábase el Hernani en un teatro improvisado en Garden Castle, y allí nos reunimos seis sudamericanos: Osma del Perú; el joven Alvear argentino; el señor Carvallo y su secretario de legación, mi amigo Astaburuaga, y un recién llegado, que a poco se introdujo en la conversación, preguntando: ¿conocen ustedes a un señor Sarmiento, que debe haber llegado de Europa? Era don Santiago Arcos, quien, reconociéndome por el tal, me dijo que venía desde Francia en mi seguimiento, que desde allí seríamos inseparables hasta Chile, y que éramos amigos, muy amigos de mucho tiempo, acompañando estas palabras con aquel reir de buena voluntad que tiene, y que haría desarmar la extrañeza más quisquillosa.
La prima donna cantó por añadidura, el jaleo, dirigiendo a nuestro grupo desde las tablas palabras en español que le fueron contestadas con una cuchufleta de manolo, de manera que estaba, por decirlo así, en país de lengua castellana y de relaciones antiguas, pues que al joven Osma lo había conocido en España, y vuéltolo a encontrar en Londres, si no me engaño. Hasta las antiguas glorias de la patria y sus actuales miserias encontraba allí representadas en el general Alvear, con quien, allanadas ciertas dificultades de etiqueta, y merced a reticencias convencionales, pasé tres días oyéndolo hablarme de los pasados tiempos. El general Flores, del Ecuador, había también recalado por allí, asaz mohino y cariacontecido, de lo que nos divertíamos Osma y yo por los malos ratos que le habíamos dado en Madrid.
Nueva York es la capital del más rico de los Estados americanos. Su municipalidad sería, por su magnificencia, comparable sólo al Senado romano, si no fuese ella misma compuesta de un Senado y una Cámara de Diputados que legislan sobre el bien de medio millón de ciudadanos. Sólo la de Roma le ha precedido en la construcción de gigantescas obras de utilidad pública, si bien de los restos de los famosos acueductos que traían el agua a la ciudad eterna, ninguno ha vencido dificultades tan grandes, ni empleado medios más adelantados. El acueducto de Croton ha costado a la ciudad de Nueva York trece millones de pesos; prodúcele una renta anual de seiscientos mil, y sus habitantes pueden en el cuarto piso de sus casas disponer de cuanta agua necesitan torciendo una llave. El acueducto de Croton comienza en el río Croton, que corre a cinco millas del Hudson en un condado vecino. El dam o depósito de agua, que de él se ha formado para dar igualdad a la masa de aguas, tiene 250 pies de largo, 70 de ancho en el fondo, 7 arriba, y 40 de alto, construído todo de piedra y cemento. Forma un lago dentro de estas paredes de granito, cuya área cubre cuatrocientos acres de terreno, conteniendo 500 millones de galones de agua. Desde este gran depósito parte el acueducto perforando las montañas, o sostenido por arcadas sobre los valles como los acueductos romanos de Segovia y la Sabinia, dejando bajo puentes altísimos paso a los torrentes que atraviesa. Antes de llegar al río Harlem, trae así recorridas treinta y tres millas. El acueducto es de piedra, ladrillo y cemento, abovedado por arriba y por abajo, con 6 pies 3 pulgadas de ancho abajo, y 7 pies 8 pulgadas en lo alto de las murallas del costado, y 8 pies 5 pulgadas de alto. Lleva desde 13 y media pulgadas por milla, y descarga 60 millones de galones de agua cada veinte y cuatro horas. Sobre el río Harlem pasa en un magnífico puente de piedra de 1450 pies de largo con 14 pilares, ocho de los cuales sostienen arcos de ochenta pies de abertura, y otros de cincuenta, con superposiciones de 114 pies sobre el nivel del agua. El canal pasa aquí en tubos de hierro colado que dos hombres alcanzarán apenas a abrazar. El receptáculo que recibe las aguas en la calle 86, a 58 millas del de Croton, cubre 35 acres, y contiene 150 millones de galones. El depósito de distribución sobre el monte Murray, calle 40, cubre cuatro acres, es de piedra y cemento y a cuarenta y cinco pies sobre el nivel de la calle, y contiene veinte millones de galones. Desde allí se distribuye el agua por toda la ciudad en tubos de hierro, colocados en la tierra a suficiente profundidad para que el agua no se hiele en el invierno. Los tubos de 6 a 36 pulgadas de diámetro miden 170 millas; el agua sube a los pisos de las casas, y hay otros tubos para volver a la tierra las aguas sucias. El derecho que la Municipalidad cobra sobre el agua basta para pagar el interés de 13 millones de capital invertido, los salarios de los empleados y dejar una utilidad anual de más de medio millón, ahorrando a los vecinos los millones que gastaban antes en proveerse de agua de calidad menos exquisita que la de Croton.
Hacían más gratas las emociones que el examen de la grande obra del acueducto me causaba, los inteligentes comentarios, y las explicaciones de incidentes prolijos que a medida que recorríamos los hermosos alrededores de Nueva York, me iba haciendo don Manuel Carvallo, enviado extraordinario de Chile en Wáshington. La solicitud de este amigo, pues desde entonces nos hemos dado este nombre, me sacaba de aquella especie de desamparo en que creía encontrarme entre los pueblos del Norte de América, de lo que había sufrido moralmente y mucho en el norte de Europa. Con él visité el Saint-James-College de los Jesuítas, donde estudiaban varios jóvenes chilenos, las fábricas de caotchouc, donde se confeccionaban puentes militares impermeables y equipos completos de campaña, como asimismo todo aquello que en monumentos, construcciones y establecimientos merecía ser conocido del viajero.
Con su simpático secretario Astaburuaga emprendíamos las correrías de detalle, sazonadas por recuerdos de Chile, y animadas por la comunicativa causerie de dos amigos que vuelven a verse después de algunos años. Llevóme a visitar el cementerio Greenwood, separado de Nueva York por un canal.
Abraza el cementerio un espacio inmenso de terreno en el estado de naturaleza. Accidentado por ligeras ondulaciones, ofrece una variedad de aspecto que cambia a medida que se penetra en su solitario recinto. Bosques seculares sombrean los terrenos bajos y aún las aguas de las lluvias se depositan en lagunatos y zanjas. Un camino espacioso para carruajes serpentea sin sujeción a merced de los accidentes del suelo; las yerbas del campo crecen a sus anchas en matorrales y arbustos, y en lo alto de las pequeñas colinas descuellan, ya aislados, ya en grupos, arbolillos graciosos de los que forman la variada flora norteamericana. Allí, en el seno de la Naturaleza, reposan, en sepulcros desparramados a discreción por la vasta superficie, las cenizas de los que quisieron dejar algún rastro sobre la tierra de su efímero pasaje. A la sombra de una encina secular se abriga una tumba de estilo gótico; una linterna de Diógenes corona un montículo, y en el fondo de un vallecito, entre arbolillos vistosos, se muestra un templete griego, depositario de un sarcófago. ¿No es cierto que este sistema de cementerios a la rústica, verdadero campo de los muertos, infunde sentimientos de plácida melancolía, aligerada por la contemplación de la Naturaleza, volviéndole a ella los restos orgánicos de ella recibidos, para que disponga sin sujeción y a su arbitrio nuevas combinaciones y nuevas existencias? Al menos esta impresión me causaba la vista, desde alguna parte elevada del cementerio, apoyado en un sepulcro, de Nueva York coronada de humo, y Brooklyn su vecina, la Bahía hermosa con sus grupos de buques cual bosque de invierno, y los estrechos agitados por la marea que levantan los poderosos vapores, terminando la perspectiva el océano, límite natural de cosas terrenas, frontera de lo infinito e imagen imperfecta de la inmensidad.
El santuario de mi peregrinación era Boston, la reina de las escuelas de enseñanza primaria, si bien cuando objetos de estudio nos llevan a un punto, es permitido hacer un rodeo en busca de sitios pintorescos. Para ir a Boston, pues, porque está al naciente del Hudson, dispuse mi derrotero por Búfalo que está exactamente al Oeste. La cascada de Niágara y los célebres lagos estaban de por medio, y no había que trepidar en más o menos dóllars, no obstante el estado angustiado de la plaza, que no tenía víveres (hablo de mi bolsa), sino para contados días. Embarquéme en Nueva York a las siete de la mañana para Albany (144 millas, un peso) a donde llegué a la tarde, pocos momentos antes de la partida del tren de Búfalo (325 millas, doce pesos), en todo 469 millas en vapor o camino de hierro, y tres días de marcha, con descansos de un cuarto de hora de distancia en distancia para comer y almorzar.
El Hudson es poética, histórica y comercialmente hablando, el centro de vida de los Estados Unidos. Camino de Boston, de Montreal, de Quebec, de Búfalo, del Niágara y de los lagos; arteria principal por donde fluyen los productos del Canadá, Vermont, Massachusetts, Jersey y el estado de Nueva York; sus aguas están de continuo literalmente cubiertas de naves, a punto de hacerse obstrucciones de la vía, como en las calles de las grandes ciudades. Los vapores se cruzan como exhalaciones meteóricas, y los remolques traen consigo una feria de buques amarrados a sus costados que levantan con sus quillas una verdadera marea a su frente. Catorce naves cargadas preceden y siguen al motor, ocupando una ancha superficie del río. Los vapores de transporte asumen en los ríos norteamericanos la forma y la elevación de casas flotantes de dos pisos, con azotea y corredores.
Dan nuevo realce al espectáculo, de suyo grandioso por las formas colosales de estos hoteles ambulantes, la apariencia culta, esmerada y aun ceremoniosa de los pasajeros, pues es práctica general de hombres y de mujeres ponerse vestidos de fiesta para hacer expediciones por agua o ferrocarriles, si bien la fría reserva del carácter yankee y su sociedad imprimen a estas grandes reuniones cierta fisonomía uraña que en Europa sería tachada de aristocrática, siendo considerada en el lugar de la escena por testigos europeos, como selvática, cuando solo es en verdad reserva necesaria. Las damas ocupan la parte anterior de los grandes salones y son el objeto de atenciones oficiales. Dan todavía más animación a estos vapores la colocación de los prácticos y timonel a la proa del buque, en lugar alto y aparente, y a veces debajo de un elegante kiosco, dirigiendo, por cadenas que mueven un torno, el timón del buque, desde donde pueden descubrir a cada instante su ruta, cual si fueran realmente la cabeza y el alma inteligente de aquella máquina. La campana suena a cada momento, anunciando la proximidad de un lugar del tránsito, para que se preparen a desembarcar los que se dirigen a él.
Desde lo alto de la azotea del buque, dominando ambas riberas, el viajero ve desfilar delante de sí, villas risueñas, montículos coronados por edificios y árboles, y a sus costados centenares de buques de todas formas y dimensiones que hacen su camino en sentido opuesto en aquella calle pública, inmensa, resplandeciente y tersa como un espejo. Así pasan revista, desde la salida de Nueva York, al océano, la bahía con su movible panorama de buques, y las pintorescas islas, estrechos y canales. La ciudad de Jersey, en frente del embarcadero, la roca de Weehawken, que sale exabrupto de entre las aguas y sirve de base a una villa edificada en su cumbre, pintoresco término avanzado a la entrada de las Palizadas, que son una muralla perpendicular de rocas acantiladas, que se alzan cuatrocientos y quinientos pies sobre la superficie de las aguas, y costea el río por espacio de veinte millas. Este accidente de la naturaleza da al paisaje una grandiosidad indescriptible, mientras, por el otro lado, la ribera ostenta villas, ciudades, arboledas, colinas y bosques que mantienen la animación y despiertan la curiosidad. Alguna ruina también corona alguna altura, y los nombres de Hamilton y Wáshington son recordados por algunas piedras subsistentes de fuertes tomados y destruídos durante la guerra de la independencia. Monumentos vivos son, empero, Westpoint, la academia militar en cuyo recinto 230 cadetes guardan permanentemente el fuego sagrado de las tradiciones y la ciencia de la guerra. El asilo de los huérfanos, el hospital de locos y otros edificios públicos prestan, desde las alturas, sus formas griegas a la decoración del río que se las disputa al Rhin en belleza, y que no tiene rival sino en la China en actividad y movimiento.
Al fin se presenta Albany, la capital política del estado de Nueva York, porque parece que los congresos yankees huyen del bullicio de las grandes ciudades. Los edificios públicos corresponden al título de capital, aún más que a la extensión de la ciudad la importancia de sus edificios particulares. El camino de hierro recorre desde allí 325 millas al oeste, pasando por Amsterdam, Jonda, Utica, Roma, Verona, Manlius, Siracusa, Camillus, Séneca, Itaca, Waterloo, Génova, Viena, Víctor, Byron, Batavia, Alejandro, Attica y otras muchas ciudades que reunen en una línea los nombres de ciudades, países y hombres de diversos tiempos y lugares.
Búfalo, término del viaje, está en el extremo este del lago Erie, que lo es, a su vez, de la navegación del Hurón, el Michigan y el Superior. La emigración alemana, sobre todo, ataca esta línea de navegación por Chicago, que está al extremo oeste del Michigan y en contacto con las cabeceras del Mississipi; y por Búfalo, que sirve de centro a la navegación del Ohio por el canal de Cleveland y del Hudson por el canal del Erie. La vista de esta ciudad, estrecha para el número de habitantes que contiene, me hizo un efecto singular. Una turba de buques de vapor dejaba escapar de sus chimeneas la gruesa mole de humo del fuego que aún se está encendiendo. La descarga de pieles de búfalo, y otras producciones del comercio con los salvajes, contrariaba el movimiento de la procesión de pasajeros que se dirigen al puerto, mientras que volviendo la vista a la ciudad, descubríanse sobre lo alto de los edificios centenares de hombres ocupados afanosamente en construir edificios nuevos, agrandándose la ciudad de improviso para satisfacer a las necesidades de una población que cada año aumenta de veinte mil almas. Búfalo tiene a su alcance, como todos los centros predestinados de comercio futuro en la Unión, un depósito de carbón en la península que forma el Michigan y el contiguo Huron.
De Búfalo adelante las obras humanas, ferrocarriles, villas nacientes y plantaciones nuevas, deslucen las sublimes obras de la naturaleza. Desde allí al norte principia el pedazo más bello de la tierra. El río Niágara sale del Erie manso y cristalino, reflejando en sus ondas rododendrones y encinas entremezcladas, formando a los lejos lontananzas azuladas de selvas primitivas, bajo cuyas espesuras pueden aún verse los rastros misteriosos del mocasín del indio indómito. Abrese en dos al formar la grande isla, y recoge luego sus aguas para prepararse al sublime juego de aguas que comienza en los Rápidos, y termina en la Cascada. El rumor lejano de este salto portentoso, la neblina que se alza en el cielo de partículas acuáticas, la excitación que causa la proximidad de sensaciones de largo tiempo esperadas y presentidas, traen al viajero desasosegado y acusando de lentitud al tren que lo arrastra. Llégase por fin a Niágara-Falls, villa que alimenta la concurrencia de curiosos, desde donde el redoble pavoroso de la caída atruena los oídos, el torbellino de agua se hace más visible, descollando blanquecino sobre las copas de los árboles; y entre los claros que sus troncos dejan a medida que uno se acerca, divísase contrastando con la opacidad de la enramada sombría, algún pedazo de rápidos, como un fragmento de plata bruñida. Son estos rápidos cascadas subacuáticas en que la enorme masa del Niágara viene despeñándose, sobre un lecho de rocas escarpadas, que no se presentan a la vista, y que dan al agua un blanco marmóreo. Mil trágicas aventuras han ocurrido, desde el cazador indio que distraído un momento por el ardor de la persecución sintióse llevado de la corriente en su frágil piragua, y después de esfuerzos sobrehumanos para resistirla, apuró su calabaza de aguardiente, y de pie con los brazos cruzados se dejó llevar a la catarata, que ni los cadáveres entrega de sus víctimas, hasta los presidiarios que apoderados de un vapor, no supieron gobernar y vieron descender la mal dirigida nave a los rápidos y la catarata, sepultándolos para siempre el abismo sin fondo que ha excavado la caída. Hablábase del reciente fin de un niño caído en los rápidos y que ya tenían de la mano en la isla de la Cabra, que promedia las dos caídas, volvióseles a escapar.
Describir escena tan estupenda sería empeño vano. Lo colosal de las dimensiones atenúa la impresión de pavor, como la distancia de las estrellas nos las hace aparecer pequeñas. Cítanse con elogio los versos que el espectáculo inspiró a una señorita.
Flow on for ever, in thy glorious robe Of terror and beauty. God hath set His rainbow on thy forehead; and the cloud Mantled around thy feet. Awe he doth give Thy voice of thunder, power to speak to Him Eternally—bidding the lip of man Keep silence; and upon thine altar pour Incense of awe-struck praise[5].
Teníame por pasajero pasablemente erudito en punto a cascadas. Había visto la de Tivolí, tan bella, tan artística y tan poéticamente acompañada de recuerdos históricos; la del Rhin, la más grande que ocurre en Europa, y aquellas cien que alegran el paisaje suizo en los Alpes. La de Niágara, empero, sale de los términos de toda comparación; es ella sola en la tierra el más terrífico espectáculo. Sus dimensiones colosales, la enormidad de las masas de agua, y las líneas rectas que describe, le quitan, empero, toda belleza, inspirando sólo sensaciones de terror, admiración y aquel deleite sublime que acusa el espectáculo de los grandes conflictos. Imaginaos un río cristalino, como el Bío-Bío, descendiendo de golpe de un plano superior a otro inferior. Cortado el borde perpendicularmente, el agua describirá un ángulo recto al cambiar del plano horizontal al vertical, y desde allí, después de revolverse sobre sí misma en torbellinos plateados, seguirá el nuevo plano inferior con la misma mansedumbre que antes de caer. La belleza de la cascada la hacen las puntas de rocas salientes, que fuerzan el agua a retroceder, lanzarse en el aire, subdividirse en átomos e impregnarse de luz.
La vista de las otras cascadas me había hecho sonreír de placer; más en la del Niágara sentía que las piernas me temblaban, y aquella sensación fiebrosa que indica que la sangre se retira de la cara. Llegándose a ella por la isla de la Cabra, que la subdivide en dos, el ánimo viene alegremente preparado por la escena menos tumultuosa que presentan los rápidos, en que el Niágara desciende cincuenta pies en una milla. El bosque primitivo que cubre la isla y oculta tras su ramaje la vecina ciudad, la perspectiva aguas arriba en que el río viene caracoleando, presenta uno de esos golpes de vista risueños, virginales, tan comunes en los Estados Unidos. La cascada inglesa tiene la forma de una herradura y cuatro cuadras de desenvolvimiento, sin accidente ni interrupción alguna. La cascada del lado americano tiene doscientas yardas de ancho y esto la hace llamar la chica. En ambas cae el agua desde 165 pies y el canal excavado en la roca que la recibe, tiene cien varas de profundidad y ciento treinta de ancho. Al ver escritas estas cifras averiguadas por mensura, nótase la incompetencia del ojo humano para abrazar las grandes superficies. San Pedro, en Roma, aparece una estructura de dimensiones naturales, y la cascada del Niágara se achica a la simple vista para ponerse al nivel de nuestra pequeñez.
El espesor de la masa de agua es de 21 pies, de manera que no pudiendo atravesarla la luz, conserva su color verde en el centro de la caída. Este accidente, que revela a los ojos la magnitud de la escena, aumenta el pavor que inspira. Vésela desde una linterna o garito construído en la isla de la Cabra; vésela mejor todavía porque se llega al borde de ella desde el lado inglés, desde donde el ojo puede perfilar la línea vertical de la caída y medir el abismo que gruñe como una tormenta de rayos, o un aguacero de cañonazos a sus pies. Vésela en todo su esplendor y magnificencia desde a bordo de un vapor que sube todos los días del lago Ontario, llega cargado de pasajeros hasta cien yardas de distancia de la caída, detiénese allí con su motor listo para contrariar la atracción de los remolinos, tirita el casco sobre aquella agua atormentada, y espumando como si estuviera en delirio, y vuelve atrás con los pasajeros, satisfechos ya de emociones terríficas. Pero, la cascada no se siente, no se palpa, sino descendiendo al abismo que le sirve de base, envolviéndose para ello en capotes de goma elástica y dejándose conducir de la mano por un guía debajo de la caída misma, donde se ha practicado un camino en la roca, con pasamanos de fierro, que garantizan de las caídas ocasionadas por la presencia de centenares de anguilas mucosas y resbaladizas que se acogen entre las sinuosidades de la roca. Colocado en el fondo de esta singular galería, aturdido, anonadado por el ruido, recibiendo sobre su cuerpo la caída de gruesos chorros de agua, ve delante de sí una muralla de cristal, que creyera dura y estable si las filtraciones de goteras no causaran la presencia del líquido elemento. Salido de aquel húmedo infierno, volviendo a ver de nuevo el sol y el cielo, puede decirse que el corazón ha apurado la sensación de lo sublime. Una batalla de doscientos mil combatientes no causará emociones más profundas.
Del lado inglés hay un magnífico hotel y un museo, donde se muestran búfalos vivos y se venden esponjas de mar y coral petrificados, que se desprenden del suelo en que está la cascada. Aquello fué fondo de mar en otro tiempo.
Distínguese esta caída de las otras del mundo en que está situada en el centro de una llanura, sin que a primera vista se descubra la causa de su existencia. Descendiendo, empero, hacia Ontario, el fenómeno se explica fácilmente. El lago Erie está en el centro de una plataforma espaciosísima sin accidente alguno. Este llano es la superficie superior de una meseta, cuyo borde está cerca del Ontario, el cual está situado sobre otra meseta inferior. La diferencia de nivel que hay entre uno y otro lago es de 300 pies; y la caída del río Niágara que los une entre sí, debe hacerse necesariamente en el borde del banco o meseta superior, que está no lejos de las márgenes del Ontario. Pero la caída se encuentra siete millas más arriba, y la roca está excavada en un profundo zanjón de la altura de la caída. La catarata ha ido, pues, cambiando de lugar, o más propiamente hablando, va lentamente en marcha hacia el Erie, adonde llegará un día. Bastaría fijar, por medio de la observación, la distancia que avanza al año la catarata, derrumbando o carcomiendo la roca que le sirve de lecho, para sacar una parte de la cronología del globo. Según el geólogo Lyell, admitiendo que solo un pie retroceda por año, ha necesitado 39.000 años para llegar desde el borde de la escarpa que está cerca de la ciudad de Queenston. Pero modifican este cálculo las diferencias de la altura de la caída en cada uno de los lugares de su estación, y la diversa resistencia que han debido oponerle la mayor o menor adherencia de las rocas que va encontrando. La primera vez que un europeo ha descripto la cascada, ha sido en 1678, que lo fué por unos misioneros franceses que levantaron de ella un diseño. Otra descripción hay de 1751; pero las observaciones geológicas no comienzan sino de una época muy reciente. Desde 1815 adelante las dos caídas han ido alterando su forma por el derrumbe de enormes trozos de rocas, y desde 1840 la isla de la Cabra ha perdido algunos acres de terreno.
Mr. Lyell descubrió hasta cuatro millas más abajo del lugar de la caída, el lecho antiquísimo del río sobre la superficie de la tierra y aun a mayor altura de la que hoy tiene el Niágara. Las conchillas fluviátiles que se encuentran en bancos de residuos en la isla de la Cabra, se hallan perteneciendo a las mismas especies y épocas, en una línea hacia el Ontario que señala la dirección que llevaba el río. Tenemos, dice este geólogo, en el costado de los barrancos que va dejando el Niágara, un cronómetro que mide ruda, pero significativamente, la inmensa magnitud del intervalo de años que separa el tiempo presente de la época en que el Niágara corría por muchas millas más al Norte sobre la superficie de la plataforma. Este cronómetro nos muestra cómo los dos sucesos que creemos coetáneos, la desaparición de los mastodontes y la época de la primera población de la tierra por el hombre, pueden estar a distancias infinitamente remotas una de otra. El geólogo, añade, puede cavilar sobre estos acontecimientos hasta que lleno de espanto y de admiración, olvida la presencia de la catarata misma, y deja de percibir el movimiento de sus aguas, ni oye su estampido al caer en el profundo abismo. Pero, así que sus pensamientos vuelven al momento presente el estado de su espíritu, las sensaciones despertadas en su corazón se hallarán en perfecta armonía con la grandiosidad y belleza de la gloriosa escena que lo rodea.
CANADA
El ferrocarril que corre al costado del zanjón formado por la cascada hasta Queenston, cerca del Ontario, lleva los pasajeros que se dirigen hacia Quebec o el lago de Champlain. Después de haber saboreado aquel magnífico espectáculo, iba yo en mi banco rumiando las emociones pasadas, y dejando escapar, de vez en cuando, alguna exclamación de la admiración que había experimentado. Un yankee, que me escuchaba con la plácida frialdad que distingue a este tipo de hombre, me mostró la cascada bajo un punto de vista nuevo. Beautiful! Beautiful! decía, y para explicarme su manera de sentir la belleza, añadía: esta cascada vale millones. Ya se han puesto algunas máquinas a lo largo de los rápidos, de donde por canales poco costosos se sacan caídas de agua para darles movimiento. Cuando la población de los Estados se aglomere hacia este lado, el inmenso caudal de agua de la cascada americana puede ser subdividido, y desviándolo, por canales que corran sobre el terreno superior, traerlos a descargarlo al cauce inferior del Niágara, a los puntos donde se hallen establecidas máquinas de tejidos y de otras industrias. ¿Se imagina usted—me decía—que pueden usarse motores de agua de la fuerza de cuarenta mil caballos si se necesita? Entonces el Niágara será una calle flanqueada por ambos lados de siete millas de usinas, cada una con su caída de agua del tamaño que la necesite el motor. Los buques vendrán a atracar a la puerta y llevar por el San Lorenzo, el Champlain, o el canal de Oswego, las mercaderías a Europa o a Nueva York. Beautiful! Beautiful! añadía, extasiado en la aplicación útil de aquella mole enorme de agua, que hoy sólo sirve para mostrar el poder de la Naturaleza. Yo creo que los yankees están celosos de la cascada y que la han de ocupar, como ocupan y pueblan los bosques.
Pasando de un ferrocarril a otro, en medio de bosques todavía despoblados, atravesando villorrios apenas diseñados, sin poderse uno dar cuenta cómo pueden andar vagones por aquellas soledades desamparadas, se pasa a uno de Stages, diligencias que remiendan intervalos sin rieles, y en Queenston va a alojarse a bordo del vapor que espera el tren para descender el Ontario, tocando en Oswego, boca del canal que liga este lago con el canal que une el Ontario con el Hudson. Van Buren, el expresidente, promoviendo la abertura de este canal auxiliar, dió valor a unos terrenos que poseía en las inmediaciones, sin que nadie haya criticado su procedimiento de egoísta; pues el canal completaba, realmente, el estupendo sistema de comunicaciones acuáticas de que he hablado en otro lugar.
El país está aún despoblado por esta parte; el vapor del Ontario se acerca a los barrancos, adonde salen los paisanotes de fraque y las mozas envueltas en cachemiras a tomar pasaje. Divísanse a lo lejos aisladas en el bosque aquellas cabañas de troncos de árboles superpuestos, o de tablas descoloridas, que sirven de morada por los primeros años al plantador que recién está descuajando el bosque. El paisaje conserva toda la frescura virginal que Cooper ha pintado en aquellos inimitables cuadros del Ultimo Mohicano. Ya he dicho a Vd. que desde Búfalo hacia esta parte está el pedazo más bello de la tierra. Sin la petulante lozanía de los trópicos y sin la fría severidad de los bosques del Norte de la Europa, mézclanse en la escena ríos como lagos, lagos como mares, rodeados de una vegetación primorosa, artística en sus combinaciones y grandiosa en su conjunto. Traíame arrobado de dos días atrás la contemplación de la Naturaleza, y, a veces, sorprendía en el fondo de mi corazón un sentimiento extraño, que no había experimentado ni en París. Era el deseo secreto de quedarme por ahí a vivir para siempre, hacerme yankee, y ver si podría arrimar a la cascada alguna pobre fábrica para vivir. ¿Fábrica de qué?... Y aquí el deleite de tan bella vida se me tornaba en vergüenza, acordándome de aquellos ostentosos letreros chuecos que había visto en algunas aldeas de España, Fábrica de fósforos. ¡Y qué fósforos! ¿Enseñar o escribir qué con este idioma que nadie necesita saber? Para curarme de estas ilusiones y recuperar mi alegría, no necesitaba más que tomarle el peso a mi descarnada bolsa, y echar una ojeada sobre mi contaduría en general para no volver a pensar más en ello.
Al vaciarse el Ontario en el río San Lorenzo hay un punto que se llama Thousand Islands, las mil islas, que no son menos las que están aglomeradas en un corto espacio. La escena fluvial más bella que la Europa presenta es el Rin desde Maguncia y Colonia abajo. Yo lo había recorrido hasta Harlem, frontera de la Holanda, desde donde por Utrecht va un camino de hierro hasta Amsterdam, y de allí por La Haya se desciende a Rotterdam para tomar el Escalda, que conduce a Amberes y a Bruselas. Embellecen el Rin las tradiciones alemanas, los castillos feudales que aún coronan las alturas; las ciudades renanas que ostentan la estatua de Gutenberg, y la catedral de Colonia. Fluye el río silencioso por entre quebradas sañudas y obscuras, sale a explayadas que espacian la vista y enseñan las agujas de las iglesias de las aldeas, y los viñedos que se esparcen enanos y casi rastreros por los faldeos de las circunvecinas montañas. Más allá, y aproximándose a la Holanda, el terreno baja, el río se ensancha, los molinos de viento se suceden a los castillejos, y los ciénagos holandeses requieren los canales que surcan el país en todas direcciones y los pasmosos diques que oponen su hombro al porfiado y poderoso embate del océano, superior en el nivel.
En el San Lorenzo, la naturaleza, desnuda de todo atavío de arte humano, se presenta a luchar con toda comparación posible. Aquí la escena se dilata hasta donde la vista alcanza, sin encontrar, sin embargo, objeto que introduzca la monotonía. El pasaje por entre las mil islas es un sueño de hadas. Era el otoño, y los árboles de la flora americana estaban ya matizados de colores de ópalo, amarillo y púrpura, que tanto codician los pintores para las escenas rústicas. Hay la encina norteamericana y otros árboles que se tiñen de rojo puro, y tan subido que desde leguas atraen la mirada por su extrañeza. De este ropaje estaban vestidas las islas, grandes algunas como para contener una aldea, y tan pequeñas otras que parecían una canastilla de flores flotando sobre las aguas. El San Lorenzo vuelve a hacer rápidos saltos de distancia en distancia, lo que da a sus aguas cristalinas un blanco esmaltado y sin espuma, por estar a mucha profundidad las rocas que quiebran el agua. La corriente del río se presenta, entonces, como un ancho reguero de plata, accidentado por aquellas cucas islas que traen al espectador alborotado, cambiando la escena a cada paso, agrupándose en formas y en cadencias caprichosas, descubriendo nuevos horizontes a cada paso, hasta no entenderse en el laberinto que forman. Cuando el vapor va a entrar en los rápidos, el maquinista detiene el motor, la corriente de aquel canal de molino arrebata el buque, y el piloto con mano firme lo endilga por entre los escollos y remansos que se forman en aquella catarata continua. No sé si me han engañado; sesenta millas hacemos, díjonos el piloto, mirando sin pestañear un pasaje difícil que teníamos por delante. El tren expreso entre Manchester y Liverpool hacía también 60 millas. Llégase a Kingston, ciudad del Alto Canadá, cómpranse manzanas por hacer alguna cosa, y la noche mediante, llégase a Montreal, la ciudad francesa de esta parte de las colonias británicas.
El hotel Donegana, espacioso como nuestros claustros y arreglado en todo como los grandes hoteles norteamericanos, acoge al pasajero derrengado y mal traído, a merced de vagones, stages complementarios y vapores. El hong-hong no falta para triturarle al infeliz los nervios, si se obstina en dormir una hora más.
¡Montreal, qué joya para figurar en impresiones de viaje! Dumas ignora el tesoro que hay allí sepultado a sólo diez u once días de vapor de Francia. Es la ciudad más adelantada del mundo en cuanto a la aplicación y generalización de los medios más perfectos de construcción civil. Las casas son de piedra de cantería o ladrillo. Las techumbres están cubiertas de un manto de zinc, lo que da a la ciudad un aspecto reluciente. El pavimento de las calles todas es de palo a pique como el que se ha ensayado en París en frente de la Opera Cómica, y construído bajo el mismo principio, y las aceras son de tablones atravesados y montados sobre barrotes que permiten al agua escurrirse por debajo. Bajo este respecto Montreal es la ciudad más altamente civilizada que existe en el globo; pero hay un aspecto moral por donde es una curiosidad fósil digna de observación.
Sábese que el Alto y Bajo Canadá fué cedido a la Inglaterra por Luis XIV, al fin de las desastrosas guerras que amargaron el ocaso de sus días e hicieron pagar caro a la Francia el orgullo de sus reyes y la arrogancia de sus ejércitos; triste y merecido fin que tienen esos triunfos con que la fortuna engalana los primeros pasos de la vida de los tiranos. La vejez trae sus arrugas, la conciencia sus remordimientos, y el cansancio y la extenuación de los pueblos la debilidad que da reparación a los ofendidos. Con Napoleón repitióse el mismo cuento y con nuestro imbécil se reproducirá el mismo hecho, muy a expensas nuestras.
¡Vuelvo siempre a mis carneros! La población francesa de Montreal lloró, como Cartago condenada a la destrucción, el día en que se le anunció que había sido tratada como mercancía, entregada cual vil rebaño a la odiada Inglaterra. Pero, el llorar y el mesarse los cabellos en nada cambiaba la situación que la madre patria les hacía, y hubieron de resignarse a su suerte desamparada. Desde entonces se rompió el vínculo que los ligaba a la madre patria y no oyeron hablar más de la Francia. Sus revoluciones posteriores, la república, el imperio, la restauración y la casi restauración, han pasado sin que el vulgo sepa de tan grandes sucesos, sino de oídas, aquello más notable; pero sin sucesión, sin formar ya parte de la historia nacional.
Los libros franceses dejaron de penetrar en la colonia inglesa, y todo progreso en las ideas, toda novedad literaria o filosófica dejó para los infelices de ser continuación y consecuencia de aquel movimiento de ideas que comenzó en el reinado de Luis XIV y continuó con Rousseau, Voltaire y el siglo XVIII. Para los franceses de Montreal, pues, la Francia, la única Francia posible, es la Francia del gran rey con su corte de Versalles, su etiqueta y su lujo asiático; los únicos poetas, Corneille y Racine; las únicas glorias militares, las del gran Condé, Catinant, Villars y Turena. El canadiense es ceremonioso como un cortesano antiguo, y tan quisquilloso en punto a hidalguía, que la genealogía de las familias es allí espejo que no ha de empañar ni por el contacto mácula alguna. Viviendo bajo la dominación inglesa de un siglo a esta parte, las madres no enseñan a sus hijas el inglés, para ponerlas en la imposibilidad de oír a los odiosos opresores de su raza; cuando en las calles se pregunta a los paseantes algo en inglés, puede desfilar toda la población por delante, sin que haya una persona de origen francés que se dé por entendida de lo que se le pregunta. Hablad en francés y entonces las miradas se vuelven de todas partes, los semblantes sonríen y la buena voluntad y el deseo d’être agréable vese pintado en la blanda ondulación de cada músculo. “¡Ah! ¡señor, me decía un joven, con voz conmovida, viene usted de Francia; qué feliz es Vd.! ¡Oh, la Francia, nuestra patria! ¡Si supiera ella lo que ha hecho, entregándonos a los ingleses! Ya se ha arrepentido, ¿no es así? Porque ni aun en sus reproches querrían ofender a este tipo de la nacionalidad de su raza.
La religión se ha hecho un arma de oposición a los dominadores, y el catolicismo una trinchera adonde se ha acogido toda la vida de este pueblo desmembrado. El catolicismo cuan estable es en sus dogmas, ha marchado, sin embargo, con los siglos, y afectando nuevas formas, para adaptarse a las nuevas instituciones. Si queréis volver una página de un siglo de su historia y verlo tal cual era, después de salido de la Edad Media, id a Montreal y lo encontraréis en todo su primitivo candor, lleno de savia y de fuerza y concentrando en sí, como en España en tiempos de la reina Isabel, el patriotismo, el poder, y la fuente del heroísmo. Hacia la base del monte que da nominación a la ciudad, se levanta una hermosa casilla de ladrillo rodeada de árboles y colocada en una pequeña elevación del terreno que la hace más pintoresca. Esta casa, que me había llamado la atención, tiene tapiadas las puertas y está abandonada. Preguntando a un canadiense el motivo de lo que veía, “¡Que no sabe! me dijo, la casa del Judío. Y bien.—Del alma en pena, le revenant. Un judío (si esta apelación no es, como lo sospecho, todavía una muestra del viejo catolicismo) un judío era el dueño de esa casa. Una noche, tarde de la noche, oyóse un tiro. Al día siguiente los vecinos lo encontraron muerto, suicidado. Sus compatriotas quisieron ocupar la casa; pero el alma del condenado volvía a su habitación todas las noches, revolvía papeles, oíanse gemidos y ruidos de cadenas. En vano han querido después habitar la casa; esto hace ya veinte años, algunos vecinos pobres han intentado ocuparla. El alma del condenado vuelve; las luces se apagan solas, y comienzan los gemidos y el ruido de cadenas. La autoridad ha mandado al fin amurallar las puertas, por miedo que la casa se convierta en guarida de ladrones”.
Yo escuchaba maravillado este cuento, que me traía a la memoria escenas de mi infancia, oyendo horripilado historias de ánimas y aparecidos, y miraba a mi hombre de hito en hito para ver si creía realmente lo que me estaba contando, y si no concluía como algunos clérigos en Roma que le enseñan a uno la mesa con tres patas en que almorzaba Jesucristo con San Pedro y San Juan, y que concluyen por reírse de la conseja cuando uno les pone cierta cara. Esta vez, empero, había en la voz y en lo profundo de los ojos del narrador tal convicción, que mostrar duda siquiera habría sido desmoralizarlo, porque la sencillez de su espíritu, la sanción dada por todos, aun por la autoridad, a esta tradición, no le habrían dejado sospechar que hubiera ningún ser racional que dudase de la posibilidad de tales sucesos.
Sobrevino el domingo y me dirigí a la catedral para visitarla. Jamás había podido imaginarme espectáculo más imponente. Habíame enfriado Roma con su Semana Santa y sus ceremonias. San Pedro es en esos días, como siempre, un suntuoso desierto. Los romanos preguntan: ¿Ha estado Vd. en San Pedro? ¿Ha visto al Papa?—Ellos no van nunca a la gran basílica y pocas veces a las demás iglesias. Si en Roma sucede eso, imagínese lo que sucederá en Francia, España y el resto de la Italia. No recuerdo dónde he encontrado en diversas iglesias tres sacerdotes que decían misa sin un solo oyente o alguna vieja mendiga por todo acompañamiento.
En la gótica catedral de Montreal había ese domingo de quince a veinte mil almas oyendo la misa mayor. La población católica no se desobliga del precepto, sino oyendo la misa episcopal, pontificada con una pompa sencilla, servida por setenta y dos acólitos, monacillos y oficiantes que pude contar por los bonetes en forma de conos truncados y altos de una tercia que llevaban los oficiantes. No ofreciendo suficiente espacio el pavimento de la catedral para tanto concurso, se han adaptado a las naves exteriores dos anchas galerías salientes que hacen dos corridas de palcos por ambos lados de la iglesia; y las cuatro y el piso estaban llenos. Predicaba a la sazón el cura la plática doctrinal; un profundo silencio reinaba en aquella inmensa congregación, y una señora que me veía de pie, con los ojos y con la mano me invitaba cortésmente a tomar asiento a su lado, en las lunetas de madera que cubren toda la superficie del vasto edificio, más ancho que la catedral de Santiago. Esto que veía entonces, sucedía siempre y las acomodaciones de la iglesia me lo decían demasiado.
Al día siguiente encontré en las calles larga procesión de niños en dos filas y precedido por una cruz con paño llevada por un clérigo, que se dirigían a la iglesia cantando en coro las alabanzas, seguidos del cura y sotacuras, a oír la misa diaria, antes de entrar a las clases. El cura, como fué práctica en los antiguos tiempos, es el maestro de escuela de la parroquia, y los sotacuras son sus ayudantes si es numerosa. Adoctrínalos con amor en todas las creencias; fortifícalos contra toda innovación peligrosa y contra toda tibieza que pueda dar entrada en sus almas al odiado protestantismo de sus amos. Así el catolicismo se ha endurecido y reconcentrado para hacer frente a la destitución de la raza y del idioma, y se apega a las añejas prácticas y aun a las supersticiones más frívolas por no dar su brazo a torcer. Todo esto es santo, bello, tierno, patriótico y ortodoxo, sin duda. Pero, ¡ah, que está de Dios que no ha de haber cosa cumplida en este mundo! Los católicos de Montreal poseen y cultivan una ignorancia desesperante. Alejados de la administración, porque temen contaminarse si aceptan empleos, viven ajenos de todo movimiento de la vida pública. Al lado de los yankees, gobernados por la Inglaterra, no poseen ninguna industria, cultivan mal la tierra, y la pobreza, la obscuridad, la nulidad y la miseria los viene cercenando y estrechando de todas partes. Hoy vende una familia patricia su casa que compra un comerciante inglés, y mañana sus hijos están en la indigencia, y como no tienen ni instrucción ni habilidad manual, concluyen sus nietos por ser mozos de cordel o domésticos. Calcúlase que en un siglo más habrá desaparecido este pueblo, incapaz de vivir en la sociedad actual y obstinado por patriotismo en perpetuar un modo de ser que lo aniquila lentamente.
Los ingleses, en tanto, se desenvuelven por el comercio, por el ejercicio del poder, por la inmigración y por la vida británica, tan llena de expansión y actividad. Agitan los ingleses la separación de la metrópoli y maldicen el día que vencieron a Montgomery, que les traía la independencia.
Montreal es un emporio de las peleterías del Norte, y los almacenes están llenos de la variedad infinita de producciones que forman este ramo. Después de haber visto aquella ciudad encantadora y que bajo las formas más modernas encierra la población más vieja, hube de dirigirme a Quebec, donde quería examinar una caserna que el gobierno inglés había establecido para recepción de inmigrantes irlandeses. Dáseles allí ración y ocupación diaria hasta que se les destina a los terrenos que se han señalado para las nuevas plantaciones. A veces creo que no debemos pensar en cosas nuevas, sino buscar dónde está ya realizada la idea que nos embarga. Traía desde Alemania el pensamiento de estas grandes hospederías, para acoger inmigrantes en nuestros países, y hablándole de ello a Astaburuaga en Nueva York, indicóme la existencia de ésta. Al tomar pasaje en San Lázaro abajo, vínome el remordimiento de aquella prodigalidad de dinero con que iba haciendo mis viajes, cual si fuera un príncipe ruso. Siete pesos debía costarme de ida y vuelta la excursión a Quebec, duplicado de Montreal, ciudad menos bella y pueblo menos virgen que el que había visto. ¡Siete pesos! Tomé un vapor para atravesar el San Lorenzo con asiento en el ferrocarril de la Pradera, que lleva a orillas del lago Champlain, camino de Nueva York, tomando a lo largo el larguísimo lago, viendo aproximarse las costas, alejarse o cruzarse puntas de tierra entrantes y ensenadas, variándose el panorama con una movilidad infinita, hasta que llega a Whitehall, donde se toma pasaje por un canal que conduce a Troya, desde donde el camino de hierro lleva a Boston, fin de mi excursión por este lado. Reasumamos la parte económica del viaje. De Búfalo a la cascada, camino de hierro, 1 peso, 22 millas. De Niágara Falls a Lewiston, camino de hierro, stage, 6 pesos, 31 millas. Lago Ontario a Montreal, vapor, 10 pesos. De Montreal a la Prairie, vapor y ferrocarril, 1 peso. De la Prairie, Lago Champlain a Whitehall, 1 peso; diligencia a Troya, 3 pesos; ferrocarril a Greenbush, 3 pesos.
BOSTON
La ciudad puritana, la Menfis de la civilización yankee, tenía 18.000 habitantes en 1790, 33.000 en 1810 y 114.360 en 1845. La ciudad está fundada sobre una península, cuyo istmo de una milla sirve de principal comunicación con el continente, si bien muchos puentes echados sobre la bahía interior establecen nuevas líneas de contacto. Suaves colinas accidentan el suelo y dan a la perspectiva puntos de vista agradables. Vive aún la encina a cuya sombra se reunieron los Peregrinos para darse las leyes fundamentales. En Boston se dictó aquella famosa ley de educación pública general y obligatoria de 1676, que ha preludiado a la habilitación del género humano. En Boston se reunieron en meetings los colonos y resolvieron no pagar el derecho del té, abstenerse del uso de esta infusión y arrojar al mar las cajas de té del estanco. En Boston se disparó el primer fusilazo en la guerra de la Independencia. En Boston están las escuelas públicas convertidas en templos por la magnificencia de su arquitectura, y cada viviente paga un peso anual por educar a los hijos de sus semejantes, y cada niño pobre consume al año siete pesos de renta pública para educarse. En Boston está la sede y el centro del unitarismo religioso, que propende a reunir en un centro común todas las subdivisiones de secta y elevar la creencia al rango de filosofía religiosa y moral. De Boston, en fin, salen esos enjambres de colonizadores que llevan al Far West las instituciones, la ciencia y la práctica del gobierno, el espíritu yankee y las artes manuales que presiden a la toma de posesión de la tierra. Cuatro líneas de vapores lo ligan con la Europa. Un ferrocarril corre la costa hasta Portland en el Maine; otro hasta Concordia lo pone en comunicación con el Estado de Nueva Hampshire; otro con Troya y sus líneas y canales afluentes; tres con Nueva York, completándose con líneas de navegación por mar o por la sonda de Long Island. Sus hoteles son el primor de los Estados Unidos y el Fremont Hotel pasa por superior a todos en elegancia y comfort.
Había llegado de noche y entregádome a ese sueño de ganapán que termina las trasnochadas e incomodidades de un afanoso viaje. A las tres de la mañana me despiertan golpes redoblados a mi puerta, y una risa prolongada y burlona que apenas podía contenerse. Acababa de llegar en la noche; alma nacida podía saber que ya me hallaba en Boston, y sin embargo, el burlón repetía muriéndose de risa: Abra, Sarmiento, soy yo.—¿Quién es yo?—Y creía hacerme desesperar.—Yo, Casaffoust.
Una noche en Nápoles tomaba helados en un café con un joven francés. Como viese entrar a un individuo, dije a mi compañero en francés: Aquel joven es americano, del mediodía, es de Buenos Aires. ¿Hay, realmente, un tipo nacional argentino? Rugendas sabe reproducirlo con el lápiz, y yo esta vez acertaba a conocer por la fisonomía a un compatriota. Acercóse con reserva, miróme con frecuencia y al fin se aventuró a decirme: “Creo, señor, haberle oído que soy americano”. En efecto, era porteño, uno de esos caracteres enérgicos que se abren paso en el mundo por su propio esfuerzo. Salido joven de su país, se había establecido en Río de Janeiro, pasado a Valparaíso, Bolivia y Lima, y últimamente asentádose en la América Central, donde, habiendo engrosado su fortuna, había empezado a creer que el mundo no estaría satisfecho si él no lo recorría. Despedímonos en Nápoles y nos encontramos de nuevo en Roma. Allí tomó él para Trieste y yo debía salir más tarde para Florencia. Al entrar en un café en Venecia, Casaffoust nos tapó la puerta; acababa de desembarcar. No debíamos vernos más. El día que llegué a París lo encontré de manos a boca en el bulevar América. En el hotel donde un mes después fuí a alojarme en Londres, encontré a Casaffoust, que comía a la sazón. ¡Era éste un fantasma que me perseguía! Después de cruzar los brazos uno y otro para contemplarnos con extrañeza, nos echábamos a reír de esta singularidad. Desde Londres partió al fin para Belice en el Istmo, desde donde debía arribar a Costa Rica. No quiso dirigirse, como yo se lo aconsejaba, a los Estados Unidos. La noche que llegaba yo a Boston, partía él del mismo hotel, y mientras pagaba su cuenta, leía en el libro de pasajeros, abierto ante sus ojos, D. F. Sarmiento, entre los últimos llegados. Suspendió su viaje, acompañóme dos días, y nos separamos prometiéndonos con las mayores veras, no volvernos a encontrar más, porque aquella tenacidad me iba ya dando que pensar. Esta vez lo hemos cumplido: no nos hemos visto más.
El principal objeto de mi viaje era ver a Mr. Horace Mann, el secretario del Board de Educación, el gran reformador de la educación primaria, viajero como yo en busca de métodos y sistemas por Europa y hombre que al fondo inagotable de bondad y de filantropía reunía en sus actos y sus escritos una rara prudencia y un profundo saber. Vivía fuera de Boston, y hube de tomar el ferrocarril para dirigirme a Newton East, pequeña aldea de su residencia. Pasamos largas horas de conferencias en dos días consecutivos. Contóme sus tribulaciones y las dificultades con que su grande obra había tenido que luchar, por las preocupaciones populares sobre educación, y los celos locales y de secta, y la mezquindad democrática que deslucía las mejores instituciones. La legislatura misma del Estado había estado a punto de destruirle su trabajo, destituirlo y disolver la comisión de educación, cediendo a los móviles más indignos, la envidia y la rutina. Su trabajo era inmenso y la retribución escasa, enterándola él en su ánimo con los frutos ya cosechados y el porvenir que abría a su país. Creaba allí, a su lado, un plantel de maestras de escuela que visité con su señora, y donde, no sin asombro, vi mujeres que pagaban una pensión para estudiar matemáticas, química, botánica y anatomía, como ramos complementarios de su educación. Eran niñas pobres que tomaban dinero anticipado para costear su educación, debiendo pagarlo cuando se colocasen en las escuelas como maestras; y como los salarios que se pagan son subidos, el negocio era seguro y lucrativo para los prestamistas. Gracias a sus desvelos, el Estado de Massachusetts, de que es Boston la capital, contenía en 1846, en las trescientas nueve ciudades y villas que lo forman, 3475 escuelas públicas, con 2589 maestros hombres y 5000 maestras, asistidas por 174.084 niños. Observe Vd. que el número de maestros de escuelas es mayor en este Estado que el monto total del ejército permanente de Chile, y el tercio del de todos los Estados Unidos.
La población del Estado es de 737.700 habitantes, y los niños en estado de asistir a la escuela, 203.877.
Las rentas destinadas para sostener la educación pública son 650.000 pesos, recolectados por contribución de escuelas[6]. Además de las escuelas hay en Massachusetts 77 colegios públicos incorporados, con 3700 estudiantes y 1091 colegios y escuelas particulares, con 24.318 discípulos, los cuales pagan 277.690 pesos por la enseñanza que reciben.
Además de estas pasmosas sumas, cada localidad posee fondos cuyos productos están especialmente destinados a la enseñanza. Estos fondos producían quince mil pesos de censo, a los que se añadían más de ocho mil pesos de sobrantes de rentas ordinarias que eran aplicadas por la administración a este santo objeto.
Para más ilustración de mi asunto, añadiré a Vd. que este Estado sólo tiene siete mil quinientas millas cuadradas o treinta leguas de ancho sobre sesenta y tres de largo. En este reducido espacio hay, como he dicho, más de setecientos mil habitantes, dueños de trescientos millones de pesos.
Usted ve, mi querido amigo, que estos yankees tienen el derecho de ser impertinentes. Cien habitantes por milla, cuatrocientos pesos de capital por persona, una escuela o colegio para cada doscientos habitantes, cinco pesos de renta anual para cada niño, y además los colegios; esto para preparar el espíritu. Para la materia o la producción tiene Boston una red de caminos de hierro, otra de canales, otra de ríos, y una línea de costas; para el pensamiento tiene la cátedra del evangelio y cuarenta y cinco diarios, periódicos y revistas; y para el buen orden de todo, la educación de todos sus funcionarios, los meetings frecuentes por objeto de utilidad y conveniencia pública y las sociedades religiosas, filantrópicas y otras que dan dirección e impulso a todo. ¿Puede concebirse cosa más bella que la obligación en que está Mr. Mann, secretario del Board de Educación, de viajar una parte del año, convocar a una reunión educacional a la población de cada aldea y ciudad adonde llega, subir a la tribuna y predicar un sermón sobre educación primaria, demostrar las ventajas prácticas que de su difusión resultan, estimular a los pobres, vencer el egoísmo, allanar dificultades, aconsejar a los maestros y hacer las indicaciones, proponer las mejoras en las escuelas que su ciencia, su bondad y su experiencia le sugieren?
En los alrededores de Boston, a distancia de doce millas, unido a la ciudad por un camino de hierro para las personas y por un canal para las materias primas, está Lowell, el Birmingham de la industria norteamericana. Aquí como en todas las cosas, brilla la soberana inteligencia de este pueblo. ¿Cómo luchar con la fabricación inglesa, producto de ingentes capitales empleados en las fábricas, y de salarios ínfimos pagados a un pueblo miserable y andrajoso? Dícese que las fábricas aumentan el capital, en razón de la miseria popular que producen. Lowell es un desmentido a esta teoría. Ningunas ventajas o escasísimas llevan a los ingleses en el costo de la materia prima; pues, tanto vale llevar a Londres o a Boston por mar las balas de algodón de la Florida; pero las diferencias de salarios son enormes, y sin embargo, los tejidos de Lowell sostienen la concurrencia con los ingleses en precio, y les aventajan de ordinario en calidad. ¿Cómo han hecho este prodigio? Apurando todos los medios inteligentes de que el país es tan rico. El obrero, el maquinista son hombres educados; su trabajo, por tanto, es perfecto, sus medios ingeniosos; y pudiendo calcular el tiempo y el producto, producen mayor cantidad de obra y más perfecta.
Las hilanderas y trabajadoras son niñas educadas, sensibles a los estímulos del deber y de la emulación. Vienen de ochenta leguas a la redonda a buscar por sí medios de reunir un pequeño peculio; hijas de labradores, más o menos acomodados, sus costumbres decorosas las ponen a cubierto de la disolución. Buscan plata para establecerse, y en los hombres que las rodean no ven sino un candidato a marido. Visten con decencia, llevan media de seda los domingos, sombrilla y manteleta en la calle; ahorran ciento cincuenta o doscientos pesos en algunos años y se vuelven al seno de su familia, en aptitud de sufragar los gastos de establecimiento de una nueva familia. Para obtener estos resultados hay en Lowell hoteles cómodos y espaciosos que dan de comer y alojamientos económicos a los obreros, disponiendo de bibliotecas, diarios y aun pianos para las niñas que saben su poco de música. De todo el mal que de los Estados Unidos han dicho los europeos, de todas las ventajas de que los americanos se jactan y aquéllos les disputan o afean con defectos que las contrabalancean, Lowell ha escapado a toda crítica y ha quedado como un modelo y un ejemplo de lo que en la industria puede dar el capital combinado con la elevación moral del obrero. Salarios respectivamente subidos producen allí mejor obra y al mismo precio que las fábricas de Londres, que asesinan a las generaciones.
Estos tejidos de Lowell, como los de Pittsburg y de doscientas fábricas que se levantan en diversos puntos del territorio de la Unión, entran por poco todavía en la masa de productos fabriles que inundan los mercados del mundo. Se consumen la mayor parte en el interior del país, y aun en esto los Estados Unidos presentan uno de esos resultados que muestran en cifras luminosas cuánto es el bienestar de que goza la masa de la población. Datos estadísticos de Francia muestran que aquella nación sólo consume al año un metro de tejidos de algodón por persona, y la Irlanda una y media yardas, mientras que los Estados Unidos consumen veintiuna y media yardas por persona, lo que hace suponer que no hay ganapán que no tenga sábanas y varias mudas de camisas. De este dato los publicistas norteamericanos sacan una conclusión que no deja de tener su valor. En lugar—dicen—de buscar mercados en el exterior para nuestras fábricas, traigamos población para nuestros bosques. Si nosotros hubiéramos de proveer de tejidos de algodón a la Irlanda, que tiene cuatro millones de habitantes, habríamos suplido a sus necesidades con seis millones de yardas de tejidos; mientras que para consumir esos mismos seis millones, son bastantes 285.714 inmigrantes, que es poco más o menos la cifra de la inmigración anual. Veinte años de inmigración nos darán colocación para ciento veinte millones de yardas de tejidos de algodón.
El consumo de los otros artículos manufacturados está en igual proporción con los tejidos de algodón. El año 1842 se introdujeron en los Estados once millones de pesos en tejidos de lana, veinte y un millones en 1836, bien que en 1840 y 1842 anduvo de ocho a nueve millones. En 1839 consumieron veinte y un millón de pesos en tejidos de seda, quince millones en 1841, y nueve en 1842. Nueve millones de tejidos de hilo en 1836, cerca de siete millones en 1841, habiendo bajado a tres y medio en 1842. A este enorme consumo de productos europeos corresponden cifras no menos abultadas de producciones nacionales. Calculábase para el año 1843 como producto anual de la agricultura, 65.387.597 dólares; de manufacturas, 239.836.224 dólares, y del comercio, 79.721.086.
Hasta el año de 1825 no se había estampado en los Estados Unidos una sola yarda de calicó (quimon). En 1836 se importaron de Inglaterra ciento cincuenta millones de yardas, lo que según el censo de 1840 que dió diez y siete millones de habitantes, toca a cada mujer (el tercio del número tal) dos vestidos de a diez varas. En 1842 los estampados norteamericanos subieron a la enorme suma de ciento cincuenta y ocho millones de yardas, habiendo descendido la importación inglesa a sólo quince millones. Las manufacturas de los Estados de Nueva Inglaterra proveían en 1845 de mercado a un tercio del algodón que cosechan los Estados del Sur, y los obreros consumían más harina y granos que la cantidad exportada por el puerto de Nueva York.
Mr. Mann me favoreció con muchas cartas de introducción para sabios, pedagogistas y hombres notables. Su nombre solo, era ya por todas partes un pasaporte para mí. Tuve una larga conferencia con uno de los ministros de Estado, quien me proveyó de una orden para que se me entregasen varias colecciones de libros y documentos públicos que me ponían al corriente del estado de la educación en Massachusetts y después de ver cuanto digno encerraba la ciudad de ser visto, púseme en camino para Nueva York, por una serie de ferrocarriles y vapores combinados, que me pusieron no sé cómo, de día y de noche marchando, en el desembarcadero de Nueva York.
BALTIMORE, FILADELFIA
Lleno aún de las emociones de este viaje, el más impresivo que puede hacerse en quince días, viendo aún en mi imaginación la cascada de Niágara, asistí a una representación del genial Tom Puce, el enano de 25 pulgadas de alto.
Don Santiago Arcos me aguardaba con impaciencia para que emprendiéramos el viaje de regreso a Chile. Cada vez que me hablaba de este asunto, poníale yo la cara de un ministro del despacho, cuando no sabe si se acordará o no lo que de él se solicita. Abríamos el mapa, trazábase la ruta, y ya estábamos punto menos que en marcha, sin que yo diese síntomas de convenir en nada. Hubimos al fin de explicarnos. Yo tenía en caja veintidós guineas y como treinta papeles de a un peso, ni un medio más, ni un medio menos. Al fin cogí a dos manos mi resolución y expuse mi situación financiera con toda la dignidad de quien no pide ni acepta auxilio, intimando mi ultimátum de separarme desde la Habana, para seguir mi camino por Caracas. Arcos me había escuchado con interés y aun le tentaba la perspectiva de atravesar las soledades tropicales de la América del Sud, correr aventuras ignoradas, pasar trabajos y no contar sino consigo mismo para sobreponerse a ellos; pero el lado romanesco y varonil de su carácter no es menos aparente que la jovialidad y franqueza que lo distingue. Cuando yo me esperaba ofrecimientos y protestas, salióme con un baile pantomímico y un reir a desternillarse, que me puso en nuevos gestos de dignidad. ¡Qué bueno—decía saltando y riendo—pues si yo no tengo sino cuatrocientos pesos! Hagamos compañía y donde se concluya el capital de ambos, proveeremos según lo aconseje la gravedad del caso.
Dispusimos, pues, que yo continuaría pronto mi ruta a Wáshington por Filadelfia y Baltimore, nos daríamos cita en Filadelfia para emprender la jornada por Harrisburg y Pittsburg, para descender el Ohio y el Mississipi hasta Nueva Orleáns, distante 22.234 millas del lugar donde nos hallábamos; y acercándose la hora de la partida del tren de la mañana para Filadelfia, hice aprisa mi maleta y la entrega de billetes y guineas para que las cambiara, prestándome en cambio treinta o cuarenta dólares para gastos de la excursión. Este pequeño incidente es, sin embargo, el origen del más espantable drama de que he sido víctima en mis viajes.
Lo fatigaría a Vd. si continuase describiéndole ciudades notables: pero Filadelfia y Baltimore son tipos de la construcción civil de los Estados Unidos que, a diferencia de Nueva York, conservan toda su originalidad. Tienen los americanos el don de reducirlo todo a arte, y aplicar el sentido común y los cálculos de la conveniencia a todas las cosas. Conoce Vd. nuestras ciudades sudamericanas cortadas todas por un mismo padrón, en calles a distancia de ciento cincuenta varas, de doce de ancho, y cortándose en líneas rectas. Este damero parécenos el bello ideal de la perfección. Pero propóngase Vd. ir del centro en una dirección oblicua, o para fijar más los términos, si las calles corren de Sur a Norte y de Este a Oeste, ¿cuánto espacio se necesita andar para llegar el extremo Sudeste o Nordeste? Claro está que el doble de la distancia que hay en línea recta, porque es necesario hacer zig-zag de calle en calle, por el ángulo de cada cuadra a fin de buscar la diagonal. La manzana de ciento cincuenta varas da en el centro setenta y cinco de fondo a cada solar; espacio más que suficiente para tener viña, hortaliza y arboleda en el interior de la casa; pero acumulándose la población, este centro de las cuadras es un terreno inútil y que fuerza a tomar a las habitaciones un frente en proporción, y diseminar las casas. Después vienen los tubos de hierro para distribuir el agua potable, los cañones de gas, etc., y se encuentra que los costos para superficies tan grandes exceden a los posibles de los vecinos. Los norteamericanos han inventado su plan de ciudades en atención a todas estas circunstancias. La manzana tiene o puede tener 140 varas de largo, pero sólo le dan 30 ó 50 de fondo, de manera que dos casas pueden dar frente a ambas calles, y poblar bien la ciudad.
Como la calle es materia de comodidad pública y de recreo, tiene de ordinario treinta varas, flanqueada a distancia de cinco o seis de los edificios, de árboles coposos, que esparcen sombra en todas direcciones. Las aceras son por tanto calles separadas e independientes de la central, ancha de veinte varas, que está abandonada a carros, jinetes, ómnibus y aun a ferrocarriles, que todos tienen espacio para moverse. Crúzanse éstas en ángulos rectos; altérnanse en anchas y angostas; intercéptalas de vez en cuando una ancha calle transversal que conduce a los ángulos extremos de la ciudad; cambia de plan y dirección todo el sistema de calles; redúcense más aun las manzanas cerca de los puertos, y por todas partes presentan las calles asonadas un bosque de árboles, que cierran a cierta distancia la perspectiva, y por sobre sus copas las cúpulas de los bancos o de los hoteles, las agujas de los templos y los frontispicios de los edificios del Estado. Nada hay más holgado, aireado ni silvestre que estas calles de árboles y de casas, en que el movimiento de los otros es una cosa que no nos atañe ni interesa.
En Baltimore tomé el ferrocarril de Wáshington, y a poco andar cata que venía en dirección opuesta y por los mismos rieles otro tren de vagones. Grande alboroto adentro. ¡Qué sacar de cabezas por las ventanillas, qué abrir de ojazos, al mirarnos unos a otros, qué agitar de pañuelos, en fin, en ambos trenes, temerosos de que fuesen a darse una topada y quedáramos todos hechos tortilla! Era el caso que con las avenidas, se había desgringolado un puente, y el tren que venía era el que había salido de Baltimore el día anterior. Tuvimos que echar pie a tierra, y entre todos los pasajeros, metidos en el fango, levantar punto menos que en peso la locomotora y el ténder y traerlos a la culata del tren para que desde allí volviéramos a Baltimore.
No se podía ir a Wáshington, porque en los Estados Unidos, si no hay camino de hierro, o canal o río, no se cree viable la tierra de otro modo. Improvisóse en el acto un vapor que debía llevar los pasajeros por un río hasta cierto punto; de allí tomar un fragmento de ferrocarril; pasar a pie una distancia, tomar otro ferrocarril y embarcarse en otro y entrar en Wáshington por la bahía de Chesapeake y el río Potomack. El vapor de la Bahía era un cascarón de formas abominables y de mal talante, lleno de camarotes superpuestos en seis o siete pisos, como las gavetas de un inmenso armario. El steward me señaló el mío en el quinto piso; pasóse el día en mirar el paisaje, sobrevino la noche, solicitóme el sueño, y como las gallinas que miran de hito en hito la rama donde han de posarse, anduve a vueltas un rato, hasta que resolví emprender la jornada de llegar a mi camarote, subiendo por los otros a guisa de lagartija. Iba ya a medio camino, cuando empieza abajo un rumor de voces y de risas, que se convertía por segundos en un crescendo universal. Yo seguía tranquilo mi ascenso, y ya ponía una pierna dentro de mi agujero, cuando alguien me toma de la otra y me dice qué sé yo qué barbaridades en el tono natal del yankee. Vuelvo la vista y veo, ¡oh, rabia! que era yo el objeto de la risa de trescientos gaznápiros. El tal me disputaba el lugar: habíale colocado un pañuelo en señal de posesión, y hacía rato que me estaba haciendo opposition, sin que yo interrumpiese mi ascenso. Imagínese usted, amigo, mi situación en aquella postura incongruente, expuesto a la vergüenza pública, hecho el objeto del ridículo de aquella turbamulta.
No había más remedio que descolgarse, ocultar la cara entre ambas manos, atravesar la muchedumbre y tirarse al agua. Yo hice algo mejor. Bajéme, en efecto, dirigíme rápidamente a una luz que estaba por ahí, y poniéndome en lugar donde los rayos me iluminasen perfectamente la cara, con voz llena y estridente, con semblante contenido, pero severo, dije, dirigiéndome a la multitud que aguardaba alguna nueva peripecia para reirse más: ¡Señores! Si hay entre vosotros alguno que entienda español o francés, hágame la gracia de manifestarse, porque necesito explicarme, dar y pedir inmediatamente una satisfacción. Un profundo silencio se había hecho en el intertanto. Los que no sabían el francés en que hablaba, para no dar materia nueva al ridículo con mi mal inglés, se miraban unos a otros, mientras que allá en el fondo oí quedo repetir mis palabras traducidas al inglés. La escena había cambiado completamente; el yankee es bueno de corazón, y todos sintieron que me había llegado al alma aquella broma, que no tenía malicia de su parte. Acercáronse algunos, dándome cordiales explicaciones, vino el opositor al hueco y me dijo en tono blando lo que sucedía, abandoné yo mi posición de gato acosado, y fuí a dormir en un espacioso camarote que en cambio me dió el steward, que en pública audiencia había declarado que él me había asignado el camarote disputado. El día siguiente pasélo tranquilo mirando las costas de Virginia, llanuras espaciosas, cultivadas en parte, y en parte cubiertas de sotillos, hasta que remontando el Potomack llegamos a un barranco con honores de puerto mayor de Wáshington, la capital de los Estados Unidos.
WASHINGTON
Sobre una eminencia que domina el panorama adyacente se alza el Capitolio Americano, cuya primera piedra colocó Wáshington en 1793. Este monumento es la capital de los Estados Unidos, que no reconocen otra institución madre que el congreso. Reunirse para deliberar sobre todas las cuestiones que afectan al interés de más de uno, es el instinto nacional del pueblo norteamericano. La naciente colonia de Virginia, fundada por una compañía de Londres, a quien el rey había hecho una gran concesión de tierras, había, después de muchas vicisitudes, caído bajo el gobierno provisorio de un tal Argall, hombre violento y rapaz, que para hacerse obedecer de los colonos proclamó la ley marcial. El trabajo de los colonos era confiscado en favor del gobernador, y en castigo de ligeras faltas imponía meses de trabajo forzado en sus haciendas. Las violencias del gobierno, la trasplantación de la tiranía a América contenían la emigración europea, mientras que los colonos, desalentados por los sufrimientos morales de la opresión, empezaban a desmayar en su ruda tarea de descuajar la tierra. Entonces los colonos elevaron su voz para pedir a la compañía de Londres desagravio; y acusaron a Argall de defraudar a la compañía misma, mientras daba rienda suelta a sus pasiones sobre los colonos. Después de acaloradas luchas sus quejas fueron oídas, Argall depuesto y desaprobado, y en su lugar enviado Yeardley, un Wáshington que tomó a su cargo echar los cimientos de la futura organización de los Estados Unidos.
Así, pues, la arbitrariedad de los gobernantes que cual polilla se había introducido en América entre los bagajes de los primeros colonos, fué extirpada antes que lograse fecundar los huevos en la patria americana; y la ocupación constante de los colonos desde entonces, en cada punto de las nacientes plantaciones, fué combatir ya las pretensiones de los gobernadores enviados por la corona; ya negar el exequatur a las pragmáticas y decretos de los reyes mismos de Inglaterra cuando invadían sus libertades; ya, en fin, oponerse a los avances del parlamento inglés, cuya autoridad en materia de impuesto no reconocieron jamás, por no estar las colonias directa y debidamente representadas en el parlamento. La revolución de la independencia fué el último acto del drama principiado en 1618 en Virginia, y que concluyó en 1774, con la última batalla de la guerra de la independencia.
¡Esto sucedía en 1618, a principios del siglo XVII, cuando la Europa, sin exceptuar a la Inglaterra, yacía entregada al desenfreno de la regia autoridad, y la hoguera y el hacha del verdugo, la confiscación y el saqueo, eran el castigo, más que del crimen de la debilidad de las víctimas! Puso Yeardley orden en todas las cosas, libertando al diminuto plantel de colonos de todas las cargas hasta entonces impuestas, y que no fuesen estrictamente necesarias para la conservación y adelanto de la colonia. La autoridad del gobernador fué limitada por un consejo, que tenía el derecho de revocar aquellas disposiciones que juzgase injustas o perjudiciales, y los colonos mismos fueron admitidos a participar en la legislación. En el mes de junio de 1619, fué convocado en Jamestown el primer congreso americano, la primera representación popular, compuesta del gobernador y su consejo, y de los diputados por cada uno de los once miserables villorrios que componían entonces la colonia de Virginia, para discutir en él cuanta materia pudiese ofrecer medios de mejora y progreso para la naciente colonia. La compañía de Londres, y no el rey, debía ratificar las leyes así sancionadas. Aquella nación con congreso y consejo de estado componíase tan sólo de seiscientas personas entre niños, mujeres y hombres, en 1619; y en 1851, en otra parte del suelo americano, las hay de millones de hombres que no habían tenido fuerza ni dignidad suficiente para poner límites racionales al poder inquisitorial y destructor que los domina. Aquella fué, pues, la aurora de la libertad norteamericana; los colonos llenos de entusiasmo y con el ánimo abierto a todas las esperanzas “empiezan a edificar casas, y sembrar trigo”, seguros ya de tener una patria que no había por qué temer abandonarían jamás.
Las legislaturas entran desde los principios en la organización de casi todas las colonias, y se reunen congresos entre varias de ellas, para resistir a las incursiones de los salvajes o mandar expediciones de milicias combinadas para escarmentarlos. Wáshington en una época posterior hizo conocer así a los Estados los talentos militares que más tarde puso al servicio de la libertad de su patria. Cuando aun el pensamiento de separarse de la Inglaterra no había apuntado en cabeza alguna, las diversas colonias enviaban diputados a congresos generales para acordar la marcha que debía seguirse, a fin de resistir las pretensiones del parlamento inglés, como habían resistido al Largo Parlamento, y como era la tradición constante de la tierra. Durante la guerra de la independencia, el congreso emigraba de un punto a otro, y los soldados amotinados, cobrando sus salarios, era al congreso a quien dirigían sus quejas y sus amenazas. Todavía después de asegurada la independencia, el congreso fué asaltado en Annápoles, que le servía de asiento, y entonces Wáshington, dícese que sin otra idea política que la necesidad de fijar el lugar de su residencia, indicó a Wáshington para que reposase aquel tabernáculo de la alianza, como Salomón construyó un templo en Jerusalén para el arca que contenía los libros de la ley del pueblo hebreo.
En los Estados Unidos no hay capital propiamente dicha, o, más bien, según la acepción latina que damos nosotros a esta palabra. Descúbrese esto al contemplar la comparativa soledad de aquel monumento, arrojado como por acaso en el centro de la villa, que no es centro de nada, ni del país, ni de la inteligencia, ni de la riqueza, ni de la cultura, ni de las vías comerciales. Colocada sobre la margen izquierda del Potomack, a 120 millas más arriba de su desembocadura en la bahía Chesapeake, ni el nombre de puerto merece el desierto embarcadero donde atracan algunos buques. El distrito de Columbia es la provincia de sesenta millas cuadradas que le queda, de las cien que originariamente le concedieron los vecinos Estados de Maryland y de Virginia. Esta última retiró el año pasado cuarenta millas que estaban al lado opuesto del río y que la capital germen no puede fecundar; y treinta y cinco mil habitantes es toda la población del Estado, de la cual hay reunida en la capital más de veinticinco mil. Como se sabe, el congreso es el soberano de este territorio.
La ciudad está rodeada de una serie de colinas de aspecto alegre, cubiertas de verdura, y en algunos de sus declives cultivadas. El terreno mismo de la ciudad es elevado, ocupando el centro el capitolio, desde donde parten calles con dirección a los cuatro puntos cardinales, dividiendo la ciudad en manzanas cuadradas como nuestras poblaciones. Las calles llevan el nombre de los diversos Estados de la Unión, y las principales de entre ellas, tienen cuarenta y cinco a cincuenta varas de ancho. La mayor parte de ellas apenas están trazadas, pero la de Pensilvania, que conduce del capitolio a la casa del presidente, tiene aceras de nueve varas de ancho enlozadas y con líneas de árboles de ambos costados. En torno del capitolio se extiende un jardín de veintidós acres de terreno, adornado de gran variedad de árboles, y animado por el bullicio de fuentes cristalinas, de modo que aquel lugar, es también, a más de los altos fines de su existencia, un paseo que atrae a los habitantes y transeuntes por la belleza de la situación.
El edificio pertenece al orden corintio y está construido con la hermosa piedra blanca norteamericana que llaman freestone. Está situado sobre una eminencia y elevado 78 pies sobre la altura de la marea, y se compone de un edificio central, dos alas y una proyección en el costado oeste, presentando un frente de 352 pies, incluyendo las alas. Al este el frontón tiene 65 pies de ancho, sobre el cual se avanza un pórtico de veintidós columnas de 38 pies de alto. La gran cúpula central tiene 120 pies de alto, y la rotonda que forma en el interior 90 de diámetro, adornada con esculturas, y altos relieves. En el ala del sud está la cámara en que se reune la Sala de Representantes, de forma circular de 96 pies de diámetro y 60 de alto, cubierta por una cúpula que sostiene veinticuatro columnas de jaspe americano con capiteles de mármol blanco de Italia. Al lado opuesto, en una rotonda algo semejante, pero de más pequeñas dimensiones, se congrega el Senado; y en un piso inferior y menos ornamentado, tiene sus audiencias la Suprema Corte de los Estados Unidos. Hay, además, sesenta departamentos para reunión de las comisiones, y residencia de empleados del congreso. Una muralla de piedra rodea el edificio; un depósito de gas provee a la iluminación especial de todo el espacioso monumento, pudiendo alimentar seis mil picos que se encienden para las iluminaciones; y en aquellos momentos estaba para terminarse el aparato para colocar sobre la cúpula central, en un mástil de diez y seis varas de alto, una luz eléctrica que debía iluminar la ciudad y acaso el distrito de Columbia entero. ¡Bello símbolo por cierto, de la misión de aquella casa, desde cuyo recinto sale la luz de la inteligencia, iluminando toda la nación! Acordábamonos con Astaburuaga, quien me servía de cicerone en el examen del edificio, de aquella camarilla de diputados que habíamos dejado en Chile, en la que los representantes están ensacados en una especie de vainas laterales, o si pudiese llevarse la comparación a terreno irrespetuoso, cual bostitas de cordero en una tripa, repitiéndonos al oído el viejo adagio: ruín es el que por ruín se tiene. Los locos en Londres, en Génova y otros puntos de Europa, moran en palacios más nobles que el que cubre a nuestros congresos en América.
Pues que ya he empezado a describir edificios, concluiré con los pocos que llaman la atención del viajero en la presunta capital de los Estados Unidos. White House, la casa blanca como la llama el pueblo, es el palacio presidencial, y está colocada en la parte aún desierta de la población, en el punto donde se cruzan las calles de Pensilvania, Virginia, Connecticut, New York y Vermont, rodeada de un parque de veinte acres de terreno, y sobre una elevación de cuarenta y cuatro pies sobre el río. El frontis que sirve de entrada por la plaza de Lafayette hacia el norte, y el que da al sur sobre el jardín, domina el hermoso panorama de la ciudad, el río Potomack, las costas de Maryland y de Virginia. En el frente del norte hay un hermoso pórtico que reposa sobre cuatro columnas jónicas. Una intercolumnación exterior sirve para poner a cubierto los carruajes de los visitantes. El espacio intermediario está destinado para el tránsito a pie, y una elevada plataforma conduce de ambos lados a la puerta de entrada. El interior del palacio está pasablemente ornamentado, aunque no tanto cuanto correspondiera al presidente de los Estados Unidos. El servicio de palacio es modesto, y aun mezquino en las exterioridades. Vese al presidente paseándose solo por las hermosas avenidas del jardín adyacente; uno o dos porteros en librea, únicos servidores que el Estado pone a su servicio, no siendo permitido al presidente tener guardias en torno de su persona. El presidente recibe sin ceremonia a los que desean verlo, y hay un día de la semana, y dos o tres días del año, en que todo estante o habitante tiene derecho de entrarse hasta la habitación del presidente. El 4 de julio la plaza de Lafayette se llena de carruajes de los visitantes en aquel día de felicitaciones; descienden éstos del carruaje, y tras ellos el cochero, que encomienda los caballos a algún muchacho mediante algunos centavos. El presidente está en aquellos días en verdadera exhibición; los cocheros se abren paso por entre la multitud haciendo resonar sobre el pavimento de mármol sus botas herradas, llegan ante el presidente y le tienden una mano callosa que aprieta la suya fuertemente y la sacude mirándole la cara y riéndosele con fisonomía bonaza, provocativa, y satisfecha; tornan a sus caballos, volviendo de vez en cuando la cara para mirar al presidente, a obtener un último piping, de gusto y de felitación. ¡Pobre presidente de la democracia!
Hacia el lado oriente del White House hay extensos edificios, y otros dos hacia el occidente, los cuales están destinados para las oficinas de los ministros de hacienda, guerra y marina. La Posta general es un palacio del orden corintio; y la tesorería ostenta una columnata de 457 pies de largo. La oficina de patentes, depósito de modelos de inventos, con un pórtico imitado en la forma y en la extensión del Partenón de Atenas, tendrá, cuando se terminen las alas, cuatrocientos pies de largo, encerrando en la parte concluída un salón de 275 pies de largo y 65 de ancho.
Hay, además, en Wáshington 30 templos de diversas congregaciones, doce colegios (academias), una universidad, tres bancos, dos asilos para huérfanos, un consistorio municipal, un hospital, una penitenciaria, un teatro y algunos edificios particulares, que dan cierta apariencia a aquel plantel de la ciudad.
Mi residencia en Wáshington fué uno de aquellos oasis de felicidad íntima, doméstica, en que el corazón se lleva la mayor parte, y que tan preciosos son para el que vaga por luengas tierras. El señor Carvallo, enviado extraordinario de Chile, se obstinó en darme hospitalidad en la casa de su embajada; su señora me prodigó cuantas atenciones puede hacer recordar la familia, y si algo faltara para estar a mis anchas, mi amigo Astaburuaga, secretario del agente chileno, me acompañaba a todas partes, poniendo a mi disposición su práctica y conocimiento de Wáshington. Así él podía mostrarme en la avenida de Pensilvania, entre las jóvenes transeuntes que llamaban nuestra atención, cuál era la hija de un senador, la de un banquero, una simple modista u otra persona menos calificable. La sencillez del vestido, sus paseos y trajines por las calles, sin nadie que las acompañe, y el detenerse aun a mirar cualquier cosa que llame la atención, dan una idea del decoro de las costumbres norteamericanas, y de aquella libertad de que goza la mujer soltera entre ellos.
Quería mi amigo Astaburuaga ponerme en contacto con el redactor del Wáshington Intelligencer, diario muy importante de la capital, por tanto, de opposition entonces, pues en aquel momento dominaban en el gobierno con Mr. Taylor los demócratas. Encontrámoslo en campo abierto sobre el terreno destinado a la fundación de un colegio, para cuyo sostén legó un ciudadano millón y medio de pesos, rodeado de siete u ocho jóvenes, y ocupados en discutir las bases, a lo que supe después, de un gran proyecto. Mr. Johnson, el diarista, era el presidente de edad nombrado para presidir a la instalación. Acercámonos nosotros a distancia comedida, esperando que la sesión se levantase, temerosos de ser importunos, como cuando nuestras gentes rezan, que debe esperarse a que se santigüen para saludarlas. Dirigíalas el presidente la palabra; contestaba alguno; replicaba un tercero en tono sentencioso y frío, y oídos los pareceres, el presidente sometía a votación la materia, contando los gangosos yes, yes, nay, yes, nay, y declarando cuál era el punto sancionado. Repitióse varias veces el procedimiento, y el fuego graneado yes, nay, nay, yes, yes, terminó, al fin, el asunto. Entonces, se acercaron a Astaburuaga, sucediéronse las recíprocas presentaciones de costumbre, y supe, andando la conversación, que se habían reunido allí para echar los cimientos de una asociación con el grande objeto de... ¡jugar a la bocha! ¡Oh! ¡los yankees!
Habíase, pues, propuesto, discutido y aprobado con una fuerte mayoría de dos o tres votos.—1.º presidente, que lo fué Mr. Johnson local, aquel donde estaban reunidos; hora de reunión, las cuatro de la tarde; extensión del juego, reglas, arbitración en los casos litigiosos, multas por infracción, etc. Era y es Mr. Johnson[7] un sujeto de cuarenta años, hijo de un general de la independencia del mismo nombre, culto de modales e instruido, cual correspondía al director de un diario trascendental. Pasamos días enteros en discusiones las más acaloradas sobre un punto, en que no habría esperado contradictores en los Estados Unidos, a saber, la democracia y la república. Mr. Johnson estaba bajo la pata del partido demócrata que domina desde la presidencia Polk, y ofendido, desmoralizado por la tiranía de sus opresores, porque en los Estados Unidos la mayoría dominante en el gobierno es implacable e intolerante, maldecía de la república, de la democracia y de aquella licencia ignorante y brutal que se decora con el nombre de libertad. El mérito obscurecido, y eso es cierto; el interés público descuidado, y eso también es cierto en muchos casos; los servicios olvidados o miserablemente retribuidos, cosa que es de regla en los Estados Unidos; en fin, la pasión de partido sirviendo de criterio y de peso y medida para juzgar de todos y de todo; el charlatanismo preferido a la ciencia, y las pasiones menos justificables sirviendo de impulso a la dirección de la opinión pública, todas estas tachas y otras muchas que afean las democracias, las pasaba en revista para hacerme detestar aquella libertad de que yo me mostraba tan apasionado. Cuando yo me empeñaba en contradecirlo, me decía con sinceridad: “lo que yo quiero es que Vd. no se alucine con esta apariencia de orden, de prosperidad y de progreso, y los atribuya a la forma de gobierno. Bajo esta corteza no encontrará sino miserias, pasiones indignas, ignorancia y caprichos. Lo que yo me propongo es que no vaya Vd. a la América del Sud a proponernos por modelo de gobierno”. Otras veces, más aplacado, me confesaba que la exasperación en que lo tenía la tiranía del partido contrario, a él que era hijo de un general ilustre, a él que estaba por la educación preparado para ocupar en la sociedad lugar mejor, ofuscaba, a veces, su razón y le hacía exagerar los inconvenientes muy reales del gobierno popular. Sin embargo, de estas atenuaciones, diferíamos en puntos esenciales. Sostenía él, por ejemplo, que la libertad es en las naciones una de las fases que recorren. La libertad engendra la licencia; la licencia trae la anarquía; la anarquía el despotismo. Aquí hay un momento de alto; mientras el despotismo se consolida, mientras teme, es cruel, sanguinario y desconfiado. Cuando está de todos aceptado, entra en una época de indulgencia y de tolerancia que hace nacer el bienestar, y da lugar al desarrollo de todas las facultades físicas y morales de los hombres. Con la civilización y la seguridad, la libertad se desenvuelve, el pueblo conquista uno a uno sus derechos, discute en seguida el principio de la autoridad que lo gobierna, y de la extrema libertad pasa a la licencia, y de ahí a la anarquía, volviendo a recorrer aquel ciclo fatal en que está encerrada eternamente la vida de las naciones.