INCIDENTES DE VIAJE (continued 2)
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Esta doctrina, que la primera vez que se presentó obtuvo de su autor un pomposo título de la scienza nuova, puede apoyarse con un poco de maña y de sagacidad en la historia de todos los pueblos, desde Grecia y Roma hasta los tiempos modernos; y uno y otro la invocábamos en nuestro apoyo, luchando, a brazo partido, en la polémica y disputándonos, palmo a palmo el terreno en cada hecho de aquellos que, sin poner en duda su autenticidad histórica, traducíamos de diverso modo.
Mi argumentación iba por otro camino. La humanidad, decía yo, que es el conjunto de las sociedades, tiene en la historia su alto, en las épocas su ancho, y su organización íntima en la vida de cada pueblo. Aseméjase el mundo moral al mundo físico. La historia de la tierra se encuentra en las capas geológicas que revelan el mundo monstruoso que ha precedido al nuestro; si se la toma desde los polos hacia el Ecuador, mostrará las graduaciones de temperatura y de vegetación que diversifican su especie; y si la consideramos desde los valles, remontando hacia la cumbre de las montañas, nos ofrecerá el mismo fenómeno de graduación de climas y de producciones.
La historia es, pues, la geología moral. Veamos si sus capas diversas han experimentado mejora y progreso. Supongamos un día antiguo en que la tierra se nos presenta poblada. ¿Qué es lo que vemos? Casi todo el globo sumido en la barbarie; imperios poderosos cuyas facciones, si no es la conquista y la violencia, no alcanzamos a discernir bien. Al fin, la Grecia, una mínima porción de la tierra, brilla por la libertad, la democracia, las bellas artes y la ciencia. No entremos en detalles. Roma se asimila a la Grecia, destruye a Cartago y somete al mundo. Pero Roma desenvuelve la noción del derecho y extiende su práctica por toda la tierra culta, que es, sin embargo, una pequeña fracción del globo. Como los romanos a los griegos y al Egipto, los bárbaros de todos los extremos del imperio romano se los absorben a ellos; esto es, se asimilan a él, se agregan a la masa civilizada. La edad media es la obra de fusión. A fines del siglo XV la Europa entera está en posesión de las conquistas hechas por el pensamiento humano durante cuatro o seis mil años. Con el renacimiento concurren Lutero, Galileo, Colón, Bacón y otros. La América se agrega a la masa de pueblos civilizados, y en esta parte se pone en práctica la noción del derecho que está en todos los espíritus y cuyo desarrollo embarazan aún en Europa las escorias que ha dejado la edad media. Lleguemos de un golpe al siglo XIX, y abramos el mapamundi. ¿Dónde están los bárbaros? Guarecidos en las islas, trabajados por la Rusia en las estepas de la alta Asia o sepultados en el interior inaccesible del Africa. La parte civilizada y en posesión más o menos de la libertad, o en vía de completarla, es la mayoría de la humanidad, mayoría numérica, mayoría moral, de fuerza, de inteligencia y de goces. Tiene hoy en su poder la parte más rica, más templada, más productiva del globo; tiene el cañón, el vapor y la imprenta para someter el resto salvaje del mundo, asimilárselo o aniquilarlo. En vista de este espectáculo, ¿cómo se quiere someter a un ciclo el movimiento social de las naciones, comparándolas con los ejemplos truncos, aislados, que nos han dejado las naciones antiguas? Si hubiera un ciclo tal, es preciso convenir en que, así como se ha agrandado inmensamente la esfera de las naciones que tienen que recorrerlo a un tiempo, así deben ser largas las épocas en que se han de suceder las diversas fases; y yo me río de la general tiranía que ha de pesar sobre el mundo desde la India y los confines de la Rusia hasta los Montes Rocallosos en América dentro de mil millares de años.
Ahora miremos a los pueblos por su espesor o su organización íntima, aunque no sea posible considerarlos sin relación a las épocas históricas. Pero supongamos un pueblo de Italia que se perpetúa en un punto del territorio desde las épocas históricas; la población de Fiézzole, por ejemplo, que es florentina, toscana, y ha sido romana, etrusca, pelasga, autóctona e indígena, si no ha tenido otros nombres intermediarios. ¿Cómo eran estos pueblos y cómo son? ¿Qué transformaciones han experimentado? Primero antropófagos; en seguida haciendo sacrificios humanos en los templos, más tarde haciendo esclavos a los prisioneros en la guerra, y ejerciendo la guerra de pillaje y de devastación como industria y ocupación. Los conquistadores se distribuyen el suelo conquistado y los hombres; nacen las aristocracias y el pueblo siervo, la chusma ignorante y sujeta a la tortura en los tribunales de justicia, a la miseria y la degradación. El cristianismo encontró al mundo organizado así. Pongámonos ahora a contemplarlo desde el siglo XIX, y desde los Estados Unidos, desde el seno de esta comarca que usted maldice como el prototipo del desorden moral y político. No hay guerra, no hay señores ni aristocracia; no hay pueblo en el sentido romano; hay la nación, con igualdad de derechos, con industria personal para vivir, con máquinas auxiliares del trabajo, ferrocarriles, telégrafos, prensas, escuelas primarias, colegios, asilos, hospitales, penitenciarías, etc., etc. Observe la organización íntima de esta parte de la humanidad, de esta Atica moderna que ocupa, sin embargo, medio continente; y cuán atrás supongamos al resto de las naciones, no se necesita mayor esfuerzo de ánimo para suponer que han de llegar a ese grado de habilitación de todos los individuos de la sociedad, porque todas están labradas por las mismas ideas y las mismas instituciones. Desde que haya una escuela en una villa, una prensa en una ciudad, un buque en el mar y un hospicio para enfermos, la democracia y la igualdad comenzarán a existir. El resultado de todo esto es que la masa en elaboración es inmensa, que no hay naciones o pueblos propiamente dichos y que la libertad individual está en cada punto del globo apoyada por la humanidad civilizada entera; y cuando hubiese un pueblo que se inclinase a entrar en el ciclo fatal del despotismo que se les asigna, el espectáculo, la influencia de cien otros que entran en el período de libertad lo retendrían en la fatal pendiente. El primer período del ciclo fué la antropofagia. ¿Qué pueblo ha vuelto a recorrerlo una vez salido de él? El último es la democracia. ¿Qué pueblo ha sido demócrata en el sentido moderno y con los medios organizados hoy de hacerlo efectivo la prensa y la industria y un mundo civilizado en el exterior que le sirva de atmósfera favorable y que haya salido de ese terreno para fundar monarquías aristocráticas? ¿Las repúblicas italianas?
Sobre este tópico nos batíamos sin cesar Mr. Johnson y yo. A veces me decía: “Nada fueran las masas americanas, si no viniesen todos los años trescientos mil salvajes de Europa que echan a perder la fusión y hacen de la mejora de la opinión una cántara de las Danaides”.
—¡Ah, si tuvieran ustedes, como nosotros en Sud América, que luchar con una masa en la cual el europeo, tan atrasado como lo encuentran ustedes, es un elemento precioso y escaso de civilización y de libertad!...
EL ARTE AMERICANO
A quince millas de distancia de Wáshington está Mount-Vernon, la morada y la tumba de aquel grande hombre que la humanidad entera ha aceptado como un santo, grande por la virtud y el más grande de los hombres por haber puesto la piedra angular al edificio de la nación única del mundo que ve claro su porvenir y cuyo porvenir es el bello ideal de la grandeza de las naciones modernas. Tomo una descripción que encuentro a mano del santuario yankee, de aquella Santa Caaba, de plácido recuerdo: “Después de haber cabalgado un corto espacio por medio de bosques, que de vez en cuando se abren en oasis de culturas aisladas, mi amigo me señaló una piedra hundida en el terreno al lado del camino, que, según me dijo, marcaba el principio de la quinta de Mount-Vernon. Todavía marchamos dos millas antes de ver la puerta y la morada del portero. Después de haber entrado, recorrimos una distancia de cerca de media milla; y el camino de carruajes seguía atravesando un terreno muy variado y sombreado por árboles grandes en toda la lozanía de los bosques. Cruzamos un torrente, pasamos un arroyo, sintiéndonos tan en medio de la naturaleza primitiva que la vista de la casa y el huerto que la rodea casi hizo sobre mi ánimo el efecto de un encuentro inesperado. La aproximación a la casa se hace por el frente del oeste. La puerta del gran patio da a una extensa habitación en la cual entramos. No fué el hábito, sino un sentimiento más y más profundo, el que me hizo quitar el sombrero de la cabeza y marchar con precaución como si pisara una tierra sagrada... Las piezas de la casa son espaciosas y campea cierta elegancia en su acomodo; pero el conjunto es notable por su extrema simplicidad. Todo cuanto la mirada abraza parece respirar la santidad de aquellas reliquias públicas, y todas las cosas se conservan casi en el mismo estado en que Wáshington las dejó. Todo americano, y principalmente, los jóvenes que visitan este lugar, experimentan una fuerte impresión que durará toda su vida... A cierta distancia de la casa, en un lugar retirado, está la tumba nueva de la familia, compuesta de una simple estructura de ladrillo con una puerta de hierro, por entre cuyas rejas se divisan dos sarcófagos de mármol blanco, el uno al costado del otro, los cuales contienen los restos de Wáshington y de su mujer. La antigua tumba de familia en que estaba colocado al principio, estuvo en una situación más pintoresca, sobre una colina dominando el panorama de Potomack; pero la presente está más retirada, lo que fué una razón para determinar los deseos del hombre modesto”.
¡Cuánto arte no se descubre en la colocación de esta tumba, cuánta grandeza en su obscuridad, y cuán americano y nacional es aquel acompañamiento de bosques primitivos, torrentes agrestes y arroyuelos en el estado de naturaleza! Esta es la artística morada de Wáshington, el plantador norteamericano, el genio de la democracia apenas posesionada de la naturaleza inculta. Adriano estaba bien en la que hoy es el castillo San Angelo; Rafael en la Rotonda de Agripa, que él puso sobre pilares en San Pedro; Napoleón bajo la cúpula de los Inválidos; pero los manes de Wáshington habrían vagado largo tiempo en rededor de su sepulcro si le hubiese faltado la perspectiva y la sombra de los árboles seculares de los bosques, rodeando el asilo doméstico y combinando la naturaleza inculta con el fruto del trabajo personal del norteamericano.
Y, sin embargo, Wáshington, el héroe de la independencia norteamericana, el fundador del pueblo trabajador y positivo, estaba destinado, también, a inspirar el sentimiento de las bellas artes a los hijos de los puritanos, y volver a esta familia, descarriada por preocupaciones religiosas, el camino en que la humanidad ha marchado siempre, desde el fetiche informe que adora en su infancia, hasta las Pirámides de Egipto, el Coliseo romano, el Partenón, o el moderno San Pedro. Las ruinas de Palenque, las esculturas encontradas por Stephen en Centro América, como las estatuas de Miguel Angel o las pinturas de Rafael, son todas páginas de un mismo libro, que señalan el día en que cada nación tuvo conciencia de sí misma y perpetuando la memoria de lo pasado o endureciendo en piedra o en bronce una idea, empezó a mirarse viva en las edades futuras, legando a las venideras generaciones monumentos, estatuas y obras públicas que demandan siglos de elaboración. A veces me ocurre la idea de que tanto hicieron los egipcios trabajar a los hebreos cautivos en la construcción de pirámides y otros monumentos, que cuando aquella chusma se sublevó y tomó el desierto, juró no permitir que en la tierra de promisión que iban buscando, se levantasen monumentos ni se erigiesen estatuas, acordándose, sin duda, de los palos que les habían dado los sobrestantes egipcios. ¿Cómo explicarse de otro modo el horror a los templos y a las imágenes que muestra Moisés, el discípulo de los sacerdotes egipcios? El arte es la realización del hombre, es el hombre mismo, puesto que, no siendo, al parecer, necesario a su existencia, como lo muestran los demás animales, es, sin embargo, la preocupación más constante desde la vida salvaje hasta el pináculo de la civilización. Tengo para mí que Roma ha muerto sofocada por los monumentos, que éste es el fin de las grandes ciudades de la historia y que París ha de acabar por fin por cuajar su suelo de monumentos públicos, de manera que al final de los siglos la población se acoja a las catacumbas, que minan el suelo, por no haber espacio para ella sobre la superficie de la tierra. Cuando se dice que los primeros cristianos se ocultaban en las catacumbas de Roma, huyendo de la persecución, me parece que se toma un hecho por otro. La exploración de aquellas inmensas cavernas y perforaciones muestra hoy al arqueólogo los restos de tres siglos de arte cristiano primitivo, lo que prueba que durante tres siglos y hasta la destrucción de la ciudad monumental por Atila, la plebe romana vivió alojada en las catacumbas, donde tenía sus templos, plazas subterráneas, mercados y cementerios. Es ridículo pensar que en una ciudad vivan escondidos durante tres siglos cientos de miles de habitantes, que a cada momento necesitan ponerse en contacto con el exterior, para proveer a sus necesidades.
Mahoma y los protestantes no deben citarse en materia de bellas artes como una nueva aberración de la naturaleza humana, puesto que la obra de estas dos reacciones en contra no son más que recrudescencias de la ojeriza de Moisés contra las pirámides, a causa del mal trato dado a los hebreos; gato escaldado, en materia de asentar piedras.
Los norteamericanos creen que no tienen vocación artística, y afectan desdeñar las producciones del arte, como fruto de sociedades viejas y corrompidas por el lujo. Yo he creído, sin embargo, sorprender el sentimiento profundo, exquisito, de lo bello y de lo grande de este pueblo que marcha de carrera en busca del bienestar material, y va dejando a su paso incompletas todas sus obras y a medio hacer. ¿Qué no entra por nada en el sentimiento del bello ideal, la beldad moral? ¿Qué pueblo del mundo ha sentido más hondamente esta necesidad de confort, de decencia, de holgura, de bienestar, de cultura de la inteligencia? ¿Qué pueblo ha sentido más horror por el espectáculo de lo feo, la pobreza, la ignorancia, la borrachera, la degradación física y moral, que es como la corteza y la primera apariencia de las sociedades europeas? En Roma, de entre los monumentos y las basílicas se alargan manos muy cuidadas pidiendo limosna.
No hablaré de los hoteles, bancos, iglesias, embarcaderos y acueductos que en toda la Unión asumen formas monumentales; mucho menos de las columnas, obeliscos de cierta grandeza y elevación que en honor de Wáshington y de Franklin se alzan en Boston, Filadelfia y Nueva York. Todas estas son muestras, o más bien, productos artísticos, pero que no revelan el sentimiento norteamericano del arte. Los europeos emigrados ahora dos siglos, o emigrando actualmente, comunican por fuerza y como necesidad de existencia los medios artísticos que poseen. Pero no es este el arte americano, pues que no doy este nombre sino a la manifestación de aquella constante y seguida aspiración de un pueblo en prosecución de una idea nacional, que existe y se revela en cada hombre, por generaciones sucesivas. Llamóle arte, no a los grados de civilización de los diversos pueblos, sino al genio, al carácter nacional en cuanto reviste formas tangibles y afecta su historia. ¿Cuál era el arte romano? Sin duda que no se dará este nombre a los diversos órdenes de arquitectura, a la estatuaria y demás decoraciones, cuyas formas habían adoptado de los griegos, imitándolas, entremezclándolas, y adaptándolas a sus trabajos. Llamo arte romano a aquel sentimiento grandioso que hacía concebir las Termas, el Coliseo, la tumba de Adriano, los acueductos de Segovia y el anfiteatro de Nimes; al espíritu monumental y dominador de la tierra y de los obstáculos que ella oponía a la continuidad y facilidad de dilatación y permanencia de la grande y perseverante idea artística romana, la incorporación de la tierra conocida bajo el dominio de sus leyes, y la adopción de los cultos, de las civilizaciones y de las costumbres de todos los pueblos. Una revolución interna, la elevación de la plebe, y otra externa, la incorporación de los bárbaros, destruyeron la obra romana, como una plétora a que no pudo resistir aquel cuerpo que tenía que digerir un mundo de un golpe.
Acaso los yankees están amenazados de sucumbir bajo el peso de una elaboración interna tan amenazante como la de la plebe romana. Todos tiemblan hoy porque aquel coloso de una civilización tan completa y tan vasta no vaya a morir en las convulsiones que le prepara la emancipación de la raza negra; incidente de una magnitud amenazante, y sin embargo, tan extraño a la civilización norteamericana en su esencia, como sería extraño a las leyes internas de nuestro globo el que un cometa de los millares que andan errantes por el espacio, se estrellase contra él un día y lo hiciese periclitar.
¿Dónde está, pues, el genio artístico americano? No lejos del Capitolio de Washington en una casita modesta, sobre un bufete de madera de pino sin barnizar, mostráronnos a mí y a mi amigo Astaburuaga, quien me conducía a aquel retrete, un modelo de un monumento que debía erigirse a la memoria del héroe norteamericano. La construcción se compone de un gran edificio de formas jónicas de cuyo centro se eleva una aguja. Según la escala que tiene al pie el diseño, mide en alto todo él, dos metros más que la pirámide de Cheops en Egipto. La arquitectura es una combinación, más o menos feliz, de formas y géneros conocidos, herencia de todos los pueblos civilizados. Lo que en aquel monumento hay del genio yankee es la altura, es decir, el sentimiento nacional de sobrepasar en osadía a la especie humana entera, a todas las civilizaciones y a todos los siglos. Dos metros más alto que el monumento más alto construído por los hombres, he aquí el sentimiento de lo grande, de lo sin rival que caracteriza a aquel pueblo; sentimiento que ha preludiado o seguido a las más grandes épocas que ha alcanzado alguna porción del género humano. A este mismo sentimiento obedeció el pueblo que construyó las pirámides; ese mismo sentimiento aconsejó hacer del monte Athos una estatua de Alejandro, cuya mano tendría las fuentes naturales del río; ese sentimiento, en fin, inspiró la idea del coliseo de Nerón, el coliseo su vecino, y ese sentimiento dirigió la construcción de San Pedro en Roma, el camino del Simplón, etc., etc.
La idea de elevar aquel monumento a Washington, ha sido acogida en la Unión con entusiasmo febril, nada más que porque respondía a la aspiración nacional de sobreponerse a las demás naciones[8]. Vese este espíritu en la arquitectura naval. El buque que no mide dos mil quinientas toneladas no merece llamar la atención ni engreir al pueblo como un trofeo de su gloria. ¿Qué dijera Colón que atravesó el océano en carabelas de ochenta toneladas, si viera flotar sobre las aguas aquellos monstruos que pueden esconder en su seno cincuenta mil quintales de nieve o de granito, porque granito canteado y nieve, son dos mercaderías de exportación de que los norteamericanos hacen un comercio de algunos millones?... Hace cosa de diez años que atormenta a los yankees la idea de atravesar el continente americano con un camino de hierro desde Nueva York hasta el Oregon, uniendo el Atlántico con el Pacífico, e interponiéndose ellos entre la Europa y el Asia, de manera de pasarles con la derecha a los ingleses lo que con la izquierda hubiesen cogido en las costas de la China y del Japón[9]. No han inventado, sin duda, los americanos ni el camino de hierro, ni el buque, ni el orden jónico; pero suyas son las colosales aplicaciones y los perfeccionamientos que introducen diariamente en su construcción; pues si no han podido mejorar los órdenes arquitectónicos, algo de un carácter nacional les han añadido a los conocidos, como la estatua de Franklin sosteniendo el pararrayos en el pináculo de las cúpulas, como ya lo he indicado antes, y la mazorca de maiz como coronación y remate, en lugar del piñón antiguo. El embarcadero de los caminos de hierro, el viaducto, el puente, el hotel y otras construcciones, que reclaman las necesidades de nuestra época, pueden dar en los Estados Unidos formas arquitectónicas desconocidas en los siglos pasados y que estereotipen un carácter peculiar a cada clase de monumento.
La parte económica del monumento de Washington revela otro de los signos del genio artístico de los yankees. Levántase aquella obra colosal, por medio de una suscripción popular de solo algunas monedas de cobre por individuo. Así cada año la nación en masa trae a los pies de la estatua del grande hombre, tipo del bello ideal nacional, un tributo espontáneo de gratitud y alabanza; y en este punto pueden darse por vencidas todas las naciones de la tierra. Todos los monumentos del mundo están amasados con lágrimas e iniquidades; y el mismo San Pedro de Roma, no es gloriam Dei la que enarra, sino la perversidad y las extorsiones de sus ministros. Roma contiene hoy en monumentos, como ahora dos mil años, la sangre y los despojos de la tierra. Versalles, el Escorial, el Arco de l’Etoile, todos los monumentos del mundo protestan contra el despotismo de quien fueron antojo y vanidosa ostentación. Pero el monumento de Washington es tan puro, como la idea inmortal que representa. Las generaciones pueden sucederse embelleciéndolo de año en año por siglos enteros, sin que una idea triste acongoje el ánimo del espectador más complacido que asombrado. Veinte millones de ciudadanos felices hoy, mañana ciento, consagran una ínfima parte de su trabajo a solemnizar el más noble y el más grande de los recuerdos históricos, la personificación de la dignidad moral más alta que se haya ofrecido a la especie humana. ¿Qué es Napoleón mirado desde esa altura? El último y el más sublime de los bandidos que han asolado la tierra y cubiértola de cadáveres, para poner su orgullo en lucha con la obra de la perfección social que destruyó con la república. ¿Qué es Washington sepultado al lado de su mujer en un obscuro y solitario rincón de la casa que habitó? El genio de la humanidad moderna, el principio de una era que asoma, y que ya deja marcado al mundo el camino de justicia, de igualdad y de trabajo laborioso que seguirá.
Deben decorar el interior del monumento de Washington, piedras e inscripciones enviadas por todos los Estados de la Unión, las ciudades y las corporaciones, y sociedades científicas, filantrópicas, y aun industriales[10]. Aquel sistema de contribución popular y espontánea para la realización de un pensamiento nacional, constituye, a mi juicio, la muestra más clara de la existencia de un sentimiento artístico nacional. No sé si hay en Europa pueblos que en masa se apasionen por la realización de una idea, si no son los franceses de cierta clase, y lo que ha hecho en la edad media el catolicismo, por medio de las corporaciones de artesanos. Pero en los Estados Unidos, si este sentimiento no está del todo desenvuelto en la masa de la nación, lejos de morir como el bello espíritu cristiano de la edad media, está en germen apenas, y toma cada día formas más aparentes. No hay ciudad de alguna importancia que no tenga en los Estados Unidos su rudimento de museo, en que están bárbaramente mezcladas obras de arte, curiosidades traídas por los navegantes, objetos de historia natural, y aun representaciones grotescas de escenas ocurridas en los mares u otros puntos y que han preocupado al público. Esas colecciones se enseñan al curioso por una retribución, y aquella retribución forma un capital que se emplea incesantemente en enriquecer, embellecer y completar las colecciones para excitar más y más la curiosidad. Durante mi permanencia en Nueva York, estaba en exhibición una bellísima estatua en mármol de Carrara, ejecutada en Roma por Poper, joven artista norteamericano de rara habilidad. La estatua representaba una cautiva georgiana, no siendo más que una Venus con cadenas. Era, acaso, la vez primera que los puritanos veían expuesta una de esas bellas desnudeces femeniles con que tanto se familiariza uno, ennobleciéndose el pudor, en los museos de Italia y de Francia. Los primeros días hubo grande escándalo; pero concluyeron al fin las gazmoñas por levantar los ojos y habituarse a contemplar la beldad artística en aquel espejo de mármol. El resultado fué que la exposición de la estatua tomó el camino de hierro, y fué de ciudad en ciudad exhibiéndose a los ojos rudos del pueblo, y reuniendo, en cambio de sorpresas, cuchicheos y admiraciones de los espectadores, sendos pesos fuertes; por manera que el artista obtuvo en recompensa de su talento, más de lo que Canova u Horace Vernet obtuvieron nunca por sus más afamados capi d’opera. Estas costumbres y esta ovación popular prometen al arte americano estímulos más poderosos, gloria más retumbante que la que los reyes de la tierra han podido conceder jamás, gastando en fomentar las bellas artes rentas que no son suyas, y que arrancan para sus placeres el sudor de los pueblos. No es esta una paradoja; hase comprobado ya que los gastos que hacen por suscripciones gratuitas en Norte América los ciudadanos y aun las señoras para costear los trabajos de los astrónomos de Cincinnati, exceden en mucho a las rentas acordadas por el gobierno inglés para los mismos fines. No está, pues, lejos el día en que los grandes artistas europeos vengan tras del lucro a pasear por los Estados Unidos sus obras maestras, recogiendo pesos a millares mientras el gusto nacional se educa, y más tarde codiciando la ovación que al talento haga un pueblo, juez competente ya en materia de arte. Las cantatrices y bailarinas célebres empiezan a mostrar el camino que más tarde seguirán los pintores y los estatuarios. Tan genial es aquella ambulancia del arte en Norte América, que no hace muchos años hubo un teatro magnífico, construído sobre un buque que iba dando funciones a ambas márgenes de un río, a medida que llegaba a una villa o ciudad de consideración.
Tienen los norteamericanos costumbres públicas y privadas que se prestarían al desarrollo de las artes. La vida afanosa que llevan y la excitación de los negocios los fuerza a viajar continuamente, mostrando cierta necesidad de emociones, de ver y de agitarse, que los lleva en romería a la cascada del Niágara, a los lagos y a las ciudades de la costa. Esta parte antigua de la Unión ejerce sobre la población del interior una grande influencia moral, como que allí está el centro del movimiento inteligente y mercantil, y la sede del gobierno; y como todas las familias del interior son originarias de los antiguos Estados, los ojos se vuelven siempre hacia la patria primitiva, embelleciendo los recuerdos, la carencia de los goces a que los padres estuvieron habituados.
Washington, la capital nominal de la Unión, aprovechará, sin duda, en un porvenir próximo, de estas disposiciones del espíritu nacional, si el Capitolio, el Museo de Inventos y el monumento elevado a Washington, hubiesen de ser acompañados por otras atracciones que hiciesen al fin de la capital un centro de espectáculos que muevan la curiosidad de los viajeros y despierten el nacionalismo. Residencia de los Senadores, ministros y altos funcionarios, como asimismo, de los representantes de las otras naciones, Washington podría embellecer sus veladas con la ópera, y las artes dramáticas y coreográficas, si las ideas religiosas no opusiesen a ello fuertes obstáculos.
Añádase a esto que el sentimiento de unidad, de centralización, y de dirección, lucha con desventaja contra la energía individual y local, base de la organización política de aquel país, y resultado del espíritu protestante. No conozco hecho en contrario, si no es el Board de Educación de Massachusetts, que ha logrado al fin sobreponerse a las resistencias y espontaneidad local en materia de enseñanza, imprimiendo una impulsión científica y sistemada a la educación general del Estado. ¿Podría extender esta influencia sobre toda la Unión, partiendo de un centro único y oficial? Si tal sucediera, lo que es obra del tiempo, diríase que se obraba una revolución radical en la vida de aquel pueblo. El movimiento de mejora y sistema en la educación primaria principió en Boston, Nueva York, Maine y los demás Estados, hasta los del Oeste, pusiéronse luego en movimiento; pero, cada uno de por sí, adoptando variantes y aplicaciones, según lo aconsejaba la dirección impresa a la opinión. Es posible que aquellos Estados lleguen a tener al fin una legislación idéntica, sin ser por eso común, ni ligada a un centro general. La civilización y el poder de los individuos es igual a la suma de los individuos que la componen; pero no es esa suma, representada por el Estado, como nos lo dictan nuestras ideas latinas en materia de gobierno. La estadística, los monumentos, todo se hace por agregaciones parciales; y tal es la idea de la negación de la personalidad del Estado, que después de una guerra se venden en pública subasta los buques, los fusiles y los cañones que sirvieron para hacer efectiva la fuerza nacional.
En despecho de todo esto, los americanos han tenido la pretensión de honrar un arte nacional, llamando tal a los productos artísticos salidos de ingenios americanos. Idea mezquina para nación tan cosmopolita, y emigrada de los antiguos pueblos europeos. Los norteamericanos debieran, como nación, emprender la conquista de los monumentos de las artes de Europa. A cada momento se anuncia en Venecia, en Génova y en Florencia la venta de Museos particulares que cuentan Ticianos, Españolettos, Carrachos y aun Rafaeles. Los franceses han saqueado la España de Murillos, Zurbaranes y Velázquez, y aun la Irlanda se ha enriquecido de bellezas artísticas, mientras que los cónsules bárbaros de Norte América no sienten siquiera la tentación de Marcelo al ver las estatuas de Corinto. Cien mil pesos anuales destinados a la adquisición de las obras de los maestros antiguos y modernos, echarían en los Estados Unidos la base del futuro arte americano. En Francia, cuán adelantada es aquella nación en las bellas artes, pues lo es más que la Italia, siéntese la necesidad de trasportar en copia al menos todos los grandes modelos del arte extranjero. Washington debiera enseñar las imitaciones perfectas y como para servir de escuela, de la Rotunda de Agripa, del Partenon de Atenas, de la Catedral de Ruan, como modelo del gótico, y de media docena más de edificios célebres. Así se convertiría en capital artística aquella aldea buena para nada y rebelde al tiempo y al progreso, que agranda y embellece a vista de ojo todas las ciudades americanas; pues Washington, no siendo centro comercial ni naciendo el movimiento político de su seno, adonde viene, por el contrario, desde afuera, está condenada a no ser nunca gran cosa, si no se apodera del único principio orgánico que ella puede centralizar, que es la impulsión artística y la concentración monumental que trae a la nación a un centro común de vanidad, de gloria y de veneración.
Hay ya un establecimiento en Washington, que atrae las miradas de toda la nación, el cual es visitado diariamente como escuela nacional. La Oficina de Patentes encierra en un museo de modelos la historia de los progresos que las artes industriales han hecho desde su creación. Trece mil quinientas veinte y tres patentes por invenciones y mejoras se habían otorgado hasta 1844, perteneciendo al año de 1843 quinientas treinta y una. En este ramo de la actividad inteligente del país han procedido, como debieran proceder en todo lo que tiene relación con la cultura, a saber: importando primero, plagiando, saqueando a las otras naciones para enriquecer de datos su espíritu, y obrar después. Los resultados no se han hecho aguardar. De un extracto del informe sobre exportación de máquinas hecho en 1841 ante la Cámara de los Comunes en Inglaterra resulta que preguntado el informante si la Inglaterra debe de una manera notable a los extranjeros invenciones en maquinaria, fué respondido: “podría decir que la mayor parte de los nuevos inventos últimamente introducidos en las fábricas de este país, vienen de afuera; pero necesito hacer comprender que no son mejoras en máquinas, sino inventos enteramente nuevos. Hay ciertamente muchos perfeccionamientos emanados de este país, pero temo que la mayoría de las invenciones realmente nuevas, esto es, ideas nuevas enteramente en la aplicación de ciertos procedimientos, por máquinas nuevas, o por medios nuevos, traen su origen de fuera, y principalmente, de América.”
Esta confesión de la Inglaterra de su esterilidad en la maquinaria, y de la invasora fecundidad de su joven rival, es el grito lúgubre de los náufragos que saben que no hay socorro posible. Norte América invade hoy al mundo, no ya con productos e inventos, sino con ingenieros, artífices y maquinistas que van a enseñar las artes de producir mucho a poca costa, osarlo todo y realizar maravillas.
He insistido en aquel extraño atraso artístico, fruto de preocupaciones heredadas, porque, no sólo en las artes útiles, sino en los trabajos de la inteligencia, los norteamericanos empiezan a tomar una posición propia. Conoce usted a Cooper, a Washington Irving, a Prescott, a Bancroff y Sparks, como historiadores de primer orden de las cosas americanas, osando algunos de ellos emprender la aclaración de algunos episodios de la historia europea; pero aun es más grande el número de escritores de renombre que han tratado las cuestiones especulativas de filosofía, economía, política y teología. Baste decir que en doce años hasta 1842, se han publicado ciento seis obras originales sobre biografía; ciento dieciocho sobre geografía e historia americana; noventa y una sobre lo mismo con respecto a otros países; diez y nueve de filosofía; ciento tres de poesías; y ciento quince novelas, mientras que casi en el mismo tiempo trescientas ochenta y dos obras originales americanas habían sido reimpresas en Inglaterra, y aceptadas por aquel público mismo que veinte años antes preguntaba por boca de una revista: ¿quién lee libros americanos? Oradores y estadistas como Everett, Webster, Calloum, Clay, los poseen iguales solo en la Francia y la Inglaterra, siendo de notar que el brillo en los trabajos históricos y en la elocuencia empieza a ser como en Francia, escalón que conduce al poder y la influencia sobre la opinión pública. Los viajeros, los naturalistas, arqueólogos de cosas americanas, geólogos y astrónomos que emprenden enriquecer, y aun rehacer la ciencia, abundan comparativamente, mostrando por los resultados que obtienen en sus trabajos, que están mucho más adelantados que lo que la Europa hubiera creido, a no tener a cada momento que aceptarlos.
Diráme usted que toda esta reseña de los progresos intelectuales de los americanos no tiene nada de común con Washington, la desierta capital; pero, ¿dónde colocar estas reminiscencias y cómo darles cuerpo y unidad si no se inventa un centro a que referirlas?
Mi permanencia en Washington se prolongó de un día más sobre el tiempo convenido con Arcos, pues nos habíamos dado cita últimamente en Harrisburg en el United-States-Hotel, que yo había señalado como punto de reunión.
Hube de regresarme a Baltimore y de allí tomar el ferrocarril que conduce a aquella cuidad; y no bien hube llegado a la posta, empecé a inquirirme del United-States-Hotel. ¡Cuál fué mi sorpresa al saber que en Harrisburg no había hotel con aquel nombre! Como en toda ciudad norteamericana hay uno que lo lleva, yo había dado a mi futuro compañero de viaje cita al que suponía debía haber en Harrisburg. Con trabajo pude indagar el paradero de Arcos, que había dejado escrito en el libro del hotel de la posta, estas lacónicas palabras, dirigidas a mí: “Le aguardo en Chamberburg.” Asaz mohino y cariacontecido por este contratiempo me dirigí a Chamberburg, donde, después de recorrer las posadas con inquietud creciente, nadie supo darme noticia de la persona por quien preguntaba, tanto más cuanto que hablando Arcos el inglés con una rara perfección, y gangoseándolo por travesura cuando se dirigía a norteamericanos, nadie, ni los mismos que habían hablado con él, me daba noticia del joven español por quien yo preguntaba en un inglés que hacía estremecer las fibras a los pobres yankees. Entreteníame aún la esperanza de que estuviese en los alrededores cazando, pues en nuestro programa de viaje entraba una expedición campestre en los Montes Alleghanies. Al fin supe que había dejado en la posta una esquela, en que me repetía lo de Harrisburg: “Lo aguardo en Pittsburg”. ¡Malheureux! exclamé yo acongojado. ¡Cincuenta leguas de Chamberburg a Pittsburg, los Alleghanies de por medio, diez pesos de pasaje en la diligencia, y no cuento sino con tres o cuatro en el bolsillo, suficientes apenas para pagar el hotel en que estoy alojado! Supe, pidiendo detalles circunstanciados sobre la indiscreta partida de mi intangible precursor, que no habiendo en el saco de heno que lleva encima para proveer a los caballos, y que allí debía viajar dos días y dos noches, impulsado a tanto sacrificio por la inquietud juvenil de una sabandija incapaz de aguardar en un lugar ocho horas, que era la diferencia de tren a tren que nos llevábamos en el camino de hierro. Heme aquí, pues, en el corazón de los Estados Unidos, como quien dice tierra adentro, sin un medio, haciéndome entender a duras penas y rodeado de aquellas caras impasibles y heladas de los americanos. ¡Qué susto y qué aflicciones pasé en Chamberburg! A cada momento llamaba al dueño del hotel y de palabra y por escrito le exponía mi situación.—Un joven que va adelante lleva mi dinero, sin saber que no traigo el necesario para los gastos de camino. Me piden diez pesos de pasaje en la posta y no tengo sino cuatro para pagar el hotel. Pero tengo algunos objetos de valor intrínseco en mi maleta y quiero que la posta los retenga hasta que haya cubierto mi pasaje en Pittsburg.—El posadero, al oir esta lamentable historia, se encogía de hombros por toda respuesta. Contaba mis cuitas al maestre de posta y se quedaba mirándome como si no le hubiese dicho nada. Dos días de continuo suplicio y de desesperación habían pasado ya, y lo peor era que no había asiento en la diligencia, por venir todos contratados desde Filadelfia, como complemento del camino de hierro que termina allí. Al fin me sugirieron escribir a Arcos por el telégrafo eléctrico, lo que hice en cuarenta palabras por valor de cuatro reales, y en los términos más sentidos. No obstante aquel laconismo telegráfico, “no sea usted animal”... era la introducción de mi misiva, y le contaba lo que por su indiscreción me sucedía.—¿Dónde está el sujeto a quien se dirige?—En el United-States-Hotel, contesté yo, dudando ahora si en Pittsburg habría un hotel de aquel nombre; y para no darme un nuevo chasco, indiqué que se le buscase en todos los hoteles más aparentes de la ciudad.
Tardaba la respuesta a mi impaciencia y a mi miedo de no dar con aquel calavera, y no despegaba los ojos de la maquinita que con golpecitos redoblados indicaba a cada momento el paso de misivas a otros puntos, y que no se anotaban allí, por no venir precedidas de la palabra Chamberburg y la señal preventiva y convencional para llamar la atención del oficinista. Voy a preguntar, me dijo; y tocando a su vez su aparato, se sucedieron golpecillos, con cuya mayor o menor duración trazaba el punzón magnetizado a cincuenta leguas la pregunta que se hacía desde Chamberburg.—¿Qué hay del joven Arcos que se mandó buscar?... Y un momento después... señal de atención a Chamberburg... Contestan, me dijo el oficinista, acercándose al aparato; y el punzón de Chamberburg trazaba sus puntos sobre tira de papel que el cilindro va desarrollando poco a poco. ¡Qué hubiera dado por leer yo mismo aquellos carácteres que consisten en puntos y líneas, obrados por la presión en la superficie blanca del papel. Concluída la operación, tomó la tira de papel y leyó: “No se le encuentra en ninguna parte. Se ha mandado de nuevo a buscarlo”.—Dos horas después nueva interrogación, nuevo martirio de aguardar un sí o un no de que dependía el sosiego o la desesperación, y nuevo y definitivo... no hay tal individuo...!
Quedé punto menos que si me hubiese caído un rayo. Entonces, interesándose en mi suerte y haciendo conjeturas el hostelero, nombró a Filadelfia. ¡Cómo Filadelfia! le interrumpí yo; es en Pittsburg donde está Arcos y donde han debido buscarlo.—Acabaremos, me respondió; como es en Filadelfia donde se paga la diligencia, el oficinista del telégrafo ha creído que es allí donde usted recomienda que le tomen pasaje; but no matter, voy a corregir el error; y dirigiéndose a la puerta se detuvo, y señalando a la oficina me dijo: ya cerraron, hasta mañana a las ocho... Las grandes pasiones del ánimo no pueden desahogarse sino en el idioma patrio, y aunque el inglés tiene un pasable goddam para casos especiales, preferí el español que es tan rotundo y sonoro para lanzar un ahullido de rabia. Los yankees están poco habituados a las manifestaciones de las pasiones meridionales, y el huésped, oyéndome maldecir con excitación profunda en idioma extraño, me miró espantado; y haciéndome seña con la mano, como para que me detuviera un momento antes de morderlos a todos o suicidarme, salió corriendo a la calle, en busca sin duda de algún alguacil para que me aprehendiese. ¡Esto sólo me faltaba ya! y aquella idea me volvió repentinamente la compostura que en mi aflicción había perdido por un momento. Minutos después volvió a entrar acompañado de un sujeto que traía la pluma a la oreja y que con frialdad me preguntó en inglés primero, en francés en seguida, y luego alguna palabra en español, la causa de mi turbación, de que lo había instruído el posadero. Contéle en breves palabras lo que me pasaba, indiquéle mi procedencia y destino, suplicándole intercediese en la posta para que se tomase mi reloj y otros objetos en rehenes hasta haber satisfecho en Pittsburg el pasaje. El individuo aquel me escuchó sin que un músculo de su fisonomía impasible se moviese, y cuando hube acabado de hablar, me dijo en francés:—Señor, lo único que puedo hacer... (¡Qué introducción! me dije yo para mi coleto y tragando saliva...) lo único que puedo hacer es pagar el hotel y el pasaje de usted hasta Pittsburg, a condición de que llegado usted a aquella ciudad, haga abonar en el Merchants-Manufactory-bank, en cuenta de Lesley y Cía. de Chamberburg, la cantidad que usted crea necesario anticiparle aquí.—Tuve necesidad de tomar una larga aspiración de aire para responderle: pero, señor, gracias; pero usted no me conoce, y si puedo darle alguna garantía...—No vale la pena; personas en la situación de usted, señor, no engañan nunca; y diciendo estas palabras se despidió de mí hasta más tarde. Comíme en seguida un real de manzanas, pues que hambre era lo que había despertado la serie de emociones por que había pasado durante tres días. Aproveché la tarde en recorrer la ciudad y alrededores; necesitaba caminar, agitar mis miembros para creerme y sentirme dueño de mí mismo. En la primera noche se me apareció mi ángel custodio, cargado de libros; traíame un tomo de Quevedo, otro del Tasso en italiano y uno o dos mamotretos en francés para que me distrajese. Consagróme algunos momentos hablando alternativamente en español y en francés; díjome que conocía el latín y el griego, inquirióse sobre algunos detalles de mi viaje y me deseó buena noche al retirarse.
Al siguiente día volvió y me dió cuatro billetes de a cinco pesos, no obstante mi empeño de devolverle uno por innecesario; y como ya se retirase, regresó diciéndome casi ruborizado: Usted me perdone señor, pero se me ha quedado otro billete en el bolsillo que ruego a usted agregue a los anteriores. Este hombre había excedido más de la suma que yo había indicado, porque en resumidas cuentas yo solo necesitaba diez pesos. Comprendí el sentimiento delicado que lo impulsaba e hice una débil resistencia a recibirlo, aceptándolo con cordialidad. La diligencia partió al fin, y yo volví a mi estado de quietud de ánimo ordinario, complaciéndome de haber tenido ocasión, aunque tan penosa para mí, de dar lugar a manifestación tan noble y simpática como aquella del caballero Lesley. La noche sobrevino, apareció la luna plácida en el horizonte, y la diligencia empezó a remontar, pausadamente, los montes Alleghanies. Cuando habíamos llegado a la parte más elevada, bajaron algunos pasajeros, y una voz de mujer dijo en francés dentro de la diligencia: bajen a ver el paisaje que es bellísimo. Aprovécheme de la indicación, descendí tras los otros, y pude gozar en efecto de uno de los espectáculos más bellos y apacibles de la naturaleza. Los montes Alleghanies están cubiertos hasta la cima de una frondosa y espesa vegetación; las copas de los árboles de las lomadas inferiores, iluminadas de lo alto por los rayos de la luna, presentaban el aspecto de un mar nebuloso y azulado, que por el cambio continuo del espectador iba desarrollando sus olas silenciosas y obscuras, sintiéndose, sin embargo, aquella excitación que causa en el ánimo la vista de objetos que se conocen y comprenden, pero que no pueden discernirse bien, porque el órgano no alcanza o la luz es incierta y vagorosa.
Al llegar a una posada, después de habernos recogido a nuestro vehículo, la misma voz dijo, siempre en francés: aquí se desciende a tomar algo, porque marcharemos toda la noche sin parar. Bajé yo, en consecuencia, y presentándose a la puerta una señora, ofrecíla la mano para que se apoyase. Volvimos a poco a tomar nuestros asientos, continuóse el viaje, y empezaba a sentir somnolencia, cuando la misma voz de antes, y que era la señora aquella, me dijo con timidez: creo, señor, que usted se ha visto en algunas dificultades.—¡Yo! No, señora, contestéle perentoriamente, y la conversación terminó ahí; pero mientras yo recapacitaba sobre esta pregunta, la señora añadió con visibles muestras de turbación: Usted me dispense, señor, si le he hecho una pregunta indiscreta, pero esta mañana en Chamberburg, me hallaba por casualidad en una pieza, desde donde no pude dejar de oír lo que contaba usted a un caballero.—En efecto, señora, pero usted supo, sin duda, que todo quedó allanado.—¿Y qué piensa usted hacer, señor, si no encontrase a su compañero en Pittsburg?—Me asusta usted, señora, con su pregunta. No he pensado en ello, y tiemblo de sospechar que tal cosa sea posible. Me volvería a Nueva York o a Wáshington donde tengo conocidos.—¿Y por qué no continuaría su viaje adelante?—¿Cómo he de engolfarme en un país desconocido, señora, sin fondos?—Le decía a usted esto, porque mi casa está cinco leguas más acá de Nueva Orleans, y deseaba ofrecérsela a usted. Desde allí puede usted tomar noticia de su amigo; y si no lo encontrase, escribir a su país y aguardar a que le manden lo que necesita.—La noble acción de Mr. Lesley había, según lo visto, sido contagiosa. Aquella señora lo había oído todo, y quería a su vez completar la obra. Esta reflexión me vino antes, tocado como estaba por el buen proceder, de otra a que, su sexo podría haber dado pretexto; la señora me dijo en seguida, acaso para responder a la posibilidad de una sospecha, que hacía seis semanas que acababa de perder a su marido, y que iba a poner orden en los negocios de su casa de Orleans. Acompañábala una hijita de nueve años y ambas vestían de luto completo. Era la madre, pues, y no la mujer, la que ofrecía el asilo doméstico a un desconocido que debía también tener madre; y obedeciendo a esta idea que santificaba la oferta y la aceptación, traté en adelante a la señora con menos reserva, seguro, sin embargo, de que no llegaría el caso por ella previsto.
Llegamos a Pittsburg, y la señora me hizo prevenir que partía por un vapor y que si aceptaba su ofrecimiento fuese a tomar pasaje en el mismo vapor. Salí a buscar a Arcos en el United-States-Hotel; porque ¿dónde había de encontrarlo sino allí? Afortunadamente para mí había en efecto en Pittsburg un hotel de los Estados Unidos, donde encontré a mi Arcos, que a la sazón escribía en los diarios un aviso, previniéndome su paradero y justificándose de lo que ya empezaba a sentir por mi demora, que había sido una niñería. Venía dispuesto a reconvenirlo amigable, pero seriamente; mas, me puso una cara tan cómicamente angustiada al verme, que hube de soltar la risa y tenderle la mano. Salimos juntos inmediatamente, y contándole mi historia en el camino nos dirigimos al vapor Martha Wáshington, en que había tomado pasaje la señora, a fin de darla las gracias y prevenirla de mi hallazgo, para que no partiese con el temor de que quedase yo aislado. En efecto, no bien hube puesto el pie en la espaciosa cámara del buque, cuando del extremo opuesto, levantóse la señora que había estado en acecho aguardándome, y dirigiéndose hacia mí con disimulo, fingió darme la mano, para pasarme ocultamente un bolsillo de oro. Presentéle sin aceptarlo la buena pieza que me acompañaba y que había ocasionado todas aquellas tragedias, y ambos la dimos un millón de gracias por su solicitud; y como si la ingratitud fuera la recompensa de tan desinteresado proceder, he olvidado su nombre, habiéndonos separado en Cincinnati para no volvernos a ver más.
CINCINNATI
De Pittsburg, que no tuve tiempo de examinar, el vapor por 5 pesos lleva al viajero a Cincinnati cuatrocientas cincuenta y cinco millas Ohio abajo. El magnífico río da nombre al Estado, si bien principia a ser navegado desde la Pensilvania. Otra vez he hablado de la riqueza de aquel suelo privilegiado, dónde sobre lechos inconmensurables de carbón bituminoso, se extienden llanuras de bosques y de cultivo, accidentadas por montes que esconden el hierro en sus flancos, y de cuyas faldas fluyen canales como el Ohio que se liga al Mississipi y sus afluentes, y somete un mundo al alcance de sus manufacturas.
Para darle noticia del progreso asombroso del estado del Ohio, debo principiar por el sicut erat in principio, es decir, el aspecto del país ayer no más. Este estado se extiende unas 40.000 millas cuadradas desde la margen del Ohio hasta el lago Erie, al norte. La parte sur y este del terreno del Ohio es llano y fertilísimo; el resto, accidentado de montículos, encierra valles hermosos, sabanas, pantanos, y terreno quebrado. La cantidad de tierras arables se reputa en 35.000 millas, el resto es la parte cenagosa, quebrada o estéril. Hasta 1840 la parte labrada no pasaba de 12.000 millas. El primer establecimiento se hizo en 1788 en Marieta. La población cristiana se presentó en el Estado en 1802, en número de 50.000 habitantes. En 1810 había aumentado a 230.760; en 1820, a 937.679; y en 1840, a más de un millón y medio. Hoy tiene más de dos millones. No soy yo ahora quien hace esta comparación. Copio de un librejo. “Dícese que el territorio de los Estados Unidos es un noveno o cuando más un octavo de la parte del continente colonizado por los españoles. Sin embargo, en todas aquellas vastas regiones conquistadas por Cortés y Pizarro no pasan de dos millones de habitantes de sangre pura española, de manera que no sobrepasan en mucho en número a la población del Ohio en medio siglo, y quedan muy atrás en riqueza y civilización”. Si la observación no es del todo exacta el aumento de población de la América española desde aquella época es sin duda infinitamente inferior. Méjico y la República Argentina han disminuído el número de sus habitantes; bien es verdad que es artículo orgánico de la constitución política de los nuevos estados sudamericanos ignorar siempre cuántos bípedos habitan el país. Nuestros gobiernos sabrán un día oficialmente cuántas estrellas hay en el cielo, como los niños traviesos suelen deshojar una rosa para saber cuántos pétalos tiene; pero saber cuál es el número de habitantes de su país, ¡fi donc! ¡Un gobierno descender a tan mezquinos detalles! Toda la organización norteamericana reposa en el censo decenal y en el catastro de la propiedad; y hay reglas para calcular cada día el aumento de población, y sus resultados tienen certeza administrativa. El censo de 1850 está calculado en veinte y dos millones[11]; el de 1860 en veintinueve; el de 70 en treinta y ocho millones; el de 80 en cincuenta millones; el de 1890 en sesenta y tres millones, y el de 1900 en ochenta millones. Habrá error quizá en un pico de diez o veinte millones de más.
El valor de los productos del Ohio ascendió en 1840 a circumcirca de veinte millones de duros, entre los cuales figuraban cinco millones de cecinas y animales domésticos, y cinco millones de artículos manufacturados. Como la población de aquel Estado es aproximadamente la que se le atribuye a Chile (porque la verdad es un secreto que Dios se reserva entre los inexcrutables de su política à lui) juzgará usted que Chile ha debido producir veinte millones, todos los años que hace que está teniendo millón y medio de habitantes. Es verdad que no contentos los habitantes del Ohío con las facilidades que les ofrece su río, han abierto siete canales navegables que penetran en el país, los cuales producían de beneficio ochenta y ocho mil pesos en 1843, y ciento setenta y dos mil seiscientos cincuenta y nueve en 1844, esto es, el doble del año anterior, lo que prueba que la cantidad de productos había doblado de un año a otro.
Este Estado se halla poblado generalmente por los nuevos inmigrantes compuestos de alemanes, irlandeses y otras naciones. Estos labradores aumentan en número todos los días, y forman una mayoría sobre los yankees pur sang, de donde resulta que les ganan siempre las elecciones, unidos los extranjeros de origen al partido demócrata. Esto desespera a los puritanos, pues que siendo por lo general muy ignorantes los europeos, y en gran número católicos de Irlanda, lo que no constituye una patente de sapiencia, se oponen a todas las mejoras útiles, y se niegan a contribuir para escuelas, canales, caminos, mostrando la mayor indiferencia por la llegada de cartas y periódicos, “al mismo tiempo, dice un autor, que están siempre dispuestos a dar sus votos a los demagogos, que estarían prontos a hundir el país en la más violenta carrera de cambios políticos”. Esta coincidencia con ciertos países que nosotros conocemos, me hace creer que cuanto más ignorante y menos dispuesto a promover las mejoras útiles, es un pueblo, más aspira a cambios políticos, como aquellos animales despeados que dejan el camino trillado por mejorar, y se meten en la pedrazón y en los derrumbaderos.
Para azuzar a estos demócratas indisciplinados hay la Stump oratory, así llamada por la ocurrencia de algún candidato popular de treparse a la copa de un árbol para dirigirse a su rudo auditorio. Un viajero inglés refiere en estos términos el discurso que le contó uno de estos personajes. “Un labrador que entró en el coche de Worcester, habló con vehemencia contra la nueva tarifa, que dijo, sacrificaba los agricultores del Oeste a los manufactureros de Nueva Inglaterra, quienes querían forzarlos a comprar sus efectos hechizos, mientras que las materias primeras de Ohio y del Oeste estaban excluídas del mercado de Inglaterra. Elogióme las ventajas de que gozaba en los Estados Unidos, compadeciéndose de la masa del pueblo inglés, privada de sus derechos políticos y expuesta a la opresión y tiranía del rico. Con la mira de distraerlo, le dije que un día antes había visto en la ciudad de Columbus, a un ministro predicando en idioma welche ante una congregación de trescientas personas; que estos y otros pobres labradores irlandeses y alemanes eran ignorantes de las leyes e instituciones norteamericanas, y personas sin educación alguna, y que cómo se les había de permitir influir y dominar en las elecciones como sabía que lo acababan de hacer en Ohio. Sobre este tópico me espetó una oración, cuyo tema fué la igualdad de derechos de todos los hombres, la división que algunos querían establecer entre los antiguos y los nuevos plantadores, la buena política de recibir a los inmigrantes cuando la población era escasa, la ventaja de las escuelas comunales, y últimamente el mal de dotar universidades, que dijo son un nido de aristócratas.
Este odio popular contra las universidades no quita que haya, y muy bien dotada, una universidad en Atenas, otra en Oxford, otra en Willoughly; siete colegios en varias otras ciudades; varios institutos teológicos; setenta y cinco academias, y cinco mil doscientas escuelas.
La ciudad principal de este Estado es Cincinnati, cuya población es de cincuenta mil habitantes, y está situada en la abertura de un valle delicioso formado por colinas que van ascendiendo suavemente hasta la altura de trescientos pies, enseñando en sus flancos grupos de árboles y aun manchas de bosque. La ciudad está situada en dos terraplenes uno más alto que el otro quince a veinte varas. En el desembarcadero la playa está cubierta de losas hasta la parte más baja del río, y hay muelles cuya superficie sube y baja con la marea. Las calles están sombreadas de árboles y muy bien pobladas de edificios. Sus comunicaciones con el interior las facilitan canales que la ligan con el lago Erie y el canal Wabasch. Hay además, ferrocarriles, caminos macadamizados y vecinales. El canal Whitewater se extiende 70 millas al interior. Como es bueno saber lo que puede hacerse en treinta años, recordaré a usted que esta ciudad fué reconocida tal en 1819 y fundada aldea en 1789. De su puerto parte un vapor diario para Pittsburg, y otros para San Luis, Nueva Orleans río abajo, también diariamente. Diligencias hacen la travesía entre las vecinas ciudades en todas direcciones. Hay cuarenta iglesias, un teatro, un museo, una oficina de venta de tierras del Estado, cuatro mercados, y un consistorio. La ciudad se suple de agua del río, levantada por poderosas máquinas de vapor.
Pero lo que más distingue a Cincinnati son el crecido número de sociedades literarias, científicas y filantrópicas, de las cuales haré a usted breve mención, tanto más que en adelante me abstendré de entrar en estos detalles. Me complazco en enumerar los elementos que entran en la composición y en la vida de la sociedad americana, aun en estos Estados de ayer, porque la comparación puede ser para nuestros compatriotas una útil enseñanza. Un viajero inglés, Robertson[12] hablando de Corrientes y Entre Ríos, en la República Argentina, dice: “Me espanta al contemplar estos bellos países, considerar lo que han dejado de hacer los españoles en tres siglos”. La idea es sublime y profunda. ¡Lo que no han hecho en tres siglos! Espanta, en efecto. El colegio de Cincinnati fundado en 1819 tiene excelentes tierras y un hermoso edificio en el centro de la ciudad. El colegio de Woodward y el de San Javier, fundado por los católicos, y el seminario presbiteriano tiene dieciséis mil volúmenes en sus bibliotecas, dotación y profesores correspondientes a los ramos de enseñanza. El colegio de medicina del Ohio, fundado en 1825, posee hermosos edificios y está bajo la dirección de un consejo de directores; tiene dos mil volúmenes y aparatos completos de anatomía, anatomía comparada, cirugía, química y materia médica. El colegio de jurisprudencia está relacionado con el de Cincinnati. El instituto de mecánica fué creado en 1829 para instrucción de mecánicos, y da cursos de artes y ciencias; posee importantes aparatos de física y química, una biblioteca y un salón de lectura. En una de sus salas se reune la Academia Occidental de Ciencias Naturales; en otro salón se tiene una feria anual para fomento de las artes y de las manufacturas. Una escuela normal para instrucción de maestros fué establecida en 1821.
La biblioteca mercantil para jóvenes dependientes tiene un salón de lectura y dos mil volúmenes. La biblioteca de aprendices cuenta mayor número de volúmenes. Hay dos asilos católicos, el asilo para huérfanos y una casa de pobres. Los establecimientos que no son sostenidos por asociaciones espontáneas, costéalos el Estado con rentas especiales cobradas para el objeto. En materia de rentas de escuelas la ley obliga a contribuir al sostén de las que existen, aun a aquellos pobladores que están diseminados entre los bosques. Los poseedores de vastas extensiones de territorio desierto están además obligados a contribuir a todas las cargas del Estado, y cuando están ausentes y atrasados en el pago, el sheriff toma una porción de terreno y la vende en pública subasta. De este modo la ley cuida de que los propietarios ricos no monopolicen la tierra, esperando sin cultivarla aprovechar del valor accesorio y progresivo que le va dando el tiempo. La ocupación de este país empezó desde las márgenes del Ohío hacia el Norte. Cuando se terminó el canal de Erie, que ponía en comunicación el Ohio con lagos, el Hudson, Nueva York y el Atlántico, otro movimiento de población comenzó a invadir desde el lago Erie hasta el Sur, quedando un inmenso bosque en el centro para dar colocación sucesiva a las generaciones venideras, pues la previsión de la ley de hacer pagar su parte de impuesto a los poseedores, hace que pocos quieran hacer la adquisición, si no es con el ánimo de trabajarlas inmediatamente.
Cincinnati es el emporio de la explotación de los cerdos, y hay una clase de sociedad a quien dan el apodo de la aristocracia de los puercos, por haberse enriquecido con esta industria. Anualmente se salan en los saladeros de Cincinnati doscientos mil puercos, y llegada la estación de la cosecha, puéblanse los establos de madera de los alrededores y acuden de toda la Unión los compradores de manteca, jamones, etc. Apenas es posible creer a qué sumas enormes da origen esta industria. Lo más notable es que en Cincinnati los puercos viven por millares en las calles sin propietario particular. Los vecinos toman uno para engordar en sus casas, los niños se montan en ellos si los logran coger, y la policía manda matarlos cuando se propagan demasiado. Cincinnati es, pues, el país donde se amarran los perros con longaniza y no se las comen.
Cuatro o cinco días pasamos con Arcos en Cincinnati dejándonos llevar por el placer de recorrer sus calles y alrededores, visitar su museo, y holgarnos en el far niente del turista. En Cincinnati fué donde Arcos, viendo a un pacífico yankee que leía su Biblia, sentado a la puerta de su tendejón, se paró delante de él, le sacó de la boca el cigarro que fumaba, prendió el suyo, volvió a metérselo, y siguió su camino sin que el buen hombre hubiese levantado la vista, ni hecho otro movimiento que abrir la boca para que le ensartaran el cigarro. Paciencia, hermano, en cambio de alguna impertinencia vuestra.
Embarcámonos en un vapor de grandes dimensiones y el tercero que descendía el Misisipí desde que se tuvo noticias de que habían ya cesado los estragos de la fiebre amarilla, periódica en Nueva Orleans, en el verano. De Cincinnati a aquella ciudad hay 1548 millas, que se hacen en once días de navegación de vapor, marchando de día y de noche sin otros intervalos que los necesarios para cargar leña, o cambiar pasajeros en las ciudades y embarcaderos del litoral. Cuatro comidas abundantes y opíparas se sirven, contando con el lunch; y viaje, comida y servicio de once días cuesta quince pesos, algo menos que lo que se pagaría por vivir el mismo tiempo en un hotel.
Poco diré a usted de las ciudades a cuyos puertos y muelles va sucesivamente atracando el vapor en el trayecto, pues que en ninguna permanecimos lo suficiente para conservar ni aun reminiscencia distinta de ella. Marieta, Luisville, Roma, Cairo, se suceden de día en día, hasta que el país bárbaro, el Far West, empieza, y la escena recobra su carácter agreste y semisalvaje.
El viaje del Misisipí es uno de los más bellos y que más duraderos y más plácidos recuerdos me haya dejado. El majestuoso río desciende ondulando blandamente por el seno del valle más grande que existe en la tierra. La escena cambia a cada ondulación, y un ancho moderado del más grande de los ríos permite que la vista alcance en esta y la otra ribera, a calar por entre la sombría enramada de los bosques, y esparcirse en las sabanas y aberturas que hace la vegetación mayor de vez en cuando. El encuentro de un vapor es un incidente deseado, por la proximidad y rapidez del pasaje, mientras que la vista cae desde lo alto de las galerías del palacio flotante, sobre una escuadra de angadas que descienden a merced de la corriente cargadas de carbón de piedra; se ve más allá un falte o mercachifle que va en su buquecillo de vela, vendiendo al detalle por las vecinas aldeas sus chismes y baratijas. Descender a las ciudades y aldeas adonde el vapor toca, correr por las calles, meternos en una mina, curiosearlo todo, comprar manzanas y bizcochos, con el oído atento a la campana que anuncia la próxima partida, era regalo y codiciada variante que no dejábamos de añadir a nuestras emociones, como nunca dejábamos de saltar sobre un barranco, ganar el bosque y correr un rato, mientras el vapor estaba cargando leña para quemar en sus hogueras.
Arcos, que había principiado nuestra asociación con una niñada, se propuso en aquellos días conquistar mi afecto, haciendo ostentación de cuanto salero y jovialidad hay en su carácter, alimentados por un inagotable repertorio de cuentos absurdos, ridículos, eróticos, tales cuales sólo sabe atesorar la juventud calavera de París o de Madrid. Ibamos con esto de zambra y fiesta permanentes, a punto de ser conocidos y notados por trescientos pasajeros del vapor.
Servíase a bordo la mesa tres veces para dar abasto a tan crecido número de comensales, y como todos se atropellasen para tomar asiento en la primera, nos quedamos el segundo día para la segunda, la que dejamos el tercero para estar a nuestras anchas, hasta que al fin nos arreglamos a comer en la cuarta con los criados, en la que nos iba perfectamente, prolongando la sobremesa los dos solos por horas como lo habríamos hecho en el Astor-Hotel. Gustáronnos las melazas que los primeros días sirviéronnos de postre, y como faltasen al quinto, reclamamos pidiendo la presencia de las melazas; razón por la que un mozo descendía corriendo en los desembarcaderos a comprarla en los bodegones vecinos, “para los señores españoles que se enferman—decía—si no comen melazas”. Hablábamos recio en español en la mesa, y reíamos con tal desenfado que atraíamos en torno nuestro un círculo de huasos ya hartos, a vernos comer, gozándose en nuestro inextinguible buen humor. Una mañana Arcos la emprendió con un bonazo de ministro protestante.—Señor, le decía, ¿de qué profesión es usted?—Presbiteriano, señor.—Dígame, ¿cuáles son los dogmas especiales de esta creencia? Y el padre procedía bondadosamente a satisfacerlo.—Pero Vd., señor, decía Arcos con aire convencido, y como si ambos estuvieran de inteligencia, usted no cree nada de eso por supuesto. Es Vd. demasiado sensato para poner fe en esas bromas.—Las facciones del infeliz sometido a tortura semejante, se contraían como cuando nos pisan un callo. El buen clérigo se ponía de todos colores, y medio indignado, medio suplicante, hacía profesión de fe solemne de su creencia. Pero el implacable y serio burlón le replicaba con un aplomo imperturbable:—¡Comprendo, comprendo! Vd. predica y sostiene ante el público esas doctrinas; vive Vd. de ello y la dignidad de su carácter así lo exige; pero aquí entre nosotros, vamos, yo sé lo que hay en plata.
Otra vez estaba rodeado de un grupo de yankees horripilados de oírlo, y levantando más y más la voz, para que el escándalo fuese mayor.—¡Gobierno, decía, es el del Emperador de Rusia! ¡Eso sí que es un gobierno! Cuando un general delinque o desagrada a su soberano, ¡se le desatan los calzones y se le dan quinientos azotes! ¡Pero estas repúblicas! esto es un escándalo y un desorden. ¿Qué significan vuestras elecciones, y qué sabe Vd. ni Vd., añadía, dirigiéndose a éste o al otro de sus auditores espantados, lo que conviene al Estado, cuándo debe hacerse la guerra y cuándo la paz? Al pueblo sólo le toca pagar los gastos de la corte del soberano, que gobierna por derecho divino...
Y esto dicho con una seriedad y una afectación de estar de ello convencido, que aquellos hombres se hacían cruces de oírlo; y pasada la tormenta se lo señalaban unos a otros, mostrándolo como a un animal extraño, un ruso o un loco peligroso. Todo esto para reír después y alimentar la francachela. ¿No se le antoja una vez persuadir a una cuarentona llena de colgajos y de colorete, que yo era sobrino de Abd-el-Kader que viajaba de incógnito, favoreciendo esta broma la circunstancia de ser el único en aquellos parajes que llevara la barba entera y la birreta griega? Habíala ya medio persuadido, hablábale en español para que ella creyese que era el árabe, exagerando el sonito de la J, y se empeñaba en que me pusiese albornoz para completar el chasco.
Más tarde me mostró este joven la parte seria de su carácter, que no es menos notable por el buen sentido que lo caracteriza, a lo que se añade mucho trato de la sociedad y la rara habilidad de revestir las formas populares en lenguaje y porte, cualidades que con su instrucción en materias económicas, lo harían un joven espectable si supiese dominar las impaciencias de un espíritu impresionable que no contienen ideas fijas y sentimientos de moralidad teórica, aunque su conducta sea regular. Necesito añadir estas rectificaciones por temor de que sin ellas hiciese pasar plaza de truhán en mi narración a un compañero de viaje que me acompañó cuatro meses y me prestó amigables servicios.
La vecindad de Nueva Orleáns se deja presentir por alteraciones visibles en la materia de la cultura y por la forma de los edificios. Divísanse haciendas, y en ellas líneas de casuchas de madera de la misma forma y capacidad todas, mostrando que el libre albedrío no ha presidido a su construcción. La tierra está dividida en lotes más grandes; la población rural aislada desaparece; y las raras habitaciones que de cuando en cuando se presentan, asumen formas y extensión que acusan la presencia de una aristocracia campestre.
Aquellas casitas iguales son, en efecto, las habitaciones de los señores amos. Esta es la aristocracia de las balas de algodón y de las bolsas de azúcar, fruto del sudor de los esclavos. ¡Ah, la esclavitud, la llaga profunda y la fístula incurable que amenaza gangrenar el cuerpo robusto de la Unión! ¡Qué fatal error fué el de Wáshington y de los grandes filósofos que hicieron la declaración de los derechos del hombre, al dejar a los plantadores del Sur sus esclavos; ¿y por qué rara fatalidad los Estados Unidos, que en la práctica han realizado los últimos progresos del sentimiento de igualdad y de caridad, están condenados a dar las postreras batallas contra la injusticia antigua de hombre a hombre, vencida ya en todo el resto de la tierra?
La esclavitud de los Estados Unidos es hoy una cuestión sin solución posible; son cuatro millones de negros, y dentro de veinte años serán ocho. Rescatados, ¿quién paga los mil millones de pesos que valen? Libertos, ¿qué se hace con esta raza negra odiada por la raza blanca? En tiempo de Wáshington y treinta años después, el cinismo de la teoría no venía a justificar en el ánimo de los amos la codicia de la práctica; pero hoy la esclavitud está apoyada en doctrina, porque se ha hecho el alma de la sociedad que la explota. Entonces era más reducido el número de esclavos, y por tanto más cancelable económica y numéricamente. Mientras tanto la esclavitud tiene en los Estados yankees genuinos, y éstos son los más ricos, poblados y numerosos, antagonistas implacables, fanáticos. El espíritu puritano de igualdad y de justicia se eleva en el Norte a la altura de un sentimiento religioso. Abominan de ella como de una lepra y de una mancha que deshonra a la Unión, y en su ardor predican la cruzada contra los réprobos que explotan la abyección de una raza maldecida.
Echámosles en cara a los norteamericanos su perpetuación. ¡Dios mío! vale tanto como afligir y humillar las canas del padre virtuoso, echándole en cara los desmanes de su hijo pródigo. La esclavitud es una vegetación parásita que la colonización inglesa ha dejado pegada al árbol frondoso de las libertades americanas. No se atrevieron a arrancarla de raíz cuando podaron el árbol, dejando al tiempo que la matase, y la parásita ha crecido y amenaza desgajar el árbol entero.
Los estados libres son superiores en número y riqueza a los estados de esclavos. En el Congreso, en las leyes no conquistará la esclavitud un palmo de terreno más al Norte de la línea que el hecho existente se ha trazado. Si la guerra sobreviene, ¿los negros irán a batirse con los blancos para evitar que les quiten sus cadenas? ¿Los amos formarán ejércitos para guardar sus esclavos? La separación en estados libres y en estados esclavos, tan cacareada por los estados del Sur, traería la desaparición de la esclavitud. Pero, ¿adónde irían cuatro millones de libertos? He aquí un nudo gordiano que la espada no puede cortar y que llena de sombras lúgubres el porvenir tan claro y radioso sin eso de la Unión Americana. Ni avanzar ni retroceder pueden; y mientras tanto la raza pulula, se desenvuelve, se civiliza y crece. Una guerra de razas para dentro de un siglo, guerra de exterminio, o una nación negra atrasada y vil, al lado de otra blanca la más poderosa y culta de la tierra.
Desde Pittsburg hasta Nueva Orleáns habíamos atravesado diez estados de los que no entraron en la primitiva federación. La ciudad de Nueva Orleáns es la capital de la Luisiana, originariamente francesa y cuya promiscua población se compone hoy de criollos americanos, españoles y franceses. La apariencia de la ciudad desde el puerto es magnífica, y los vapores sólo, que están de continuo en sus ancladeros por centenares, bastan para revelar la actividad comercial de sus habitantes. Puede decirse que el vapor se inventó para el Mississipí. Antes de su aplicación a la navegación fluvial, echaban meses y meses las raras barcas que remontaban los ríos, como sucede hoy en el Paraná y Uruguay; los buques de alta mar cruzaban muchos días en el golfo de Méjico acechando la ocasión favorable de tomar la difícil entrada del caudaloso río que a muchas leguas de la costa lleva aún su cauce en el fondo del mar flanqueado de bancos peligrosísimos. Inventóse, empero, el vapor, y bandadas de remolques remolinean en la embocadura para lanzarse en el golfo, apenas divisan en el lejano horizonte una vela. Millares de vapores recorren el río arriba, dispersándose hacia todos los rumbos de horizonte, siguiendo las vías acuáticas en que por centenares se subdivide el canal principal a medida que se le incorporan ríos tributarios; y cuando el valle del Mississipí esté ocupado por el hombre, espantará, sin duda, la masa de productos que vendrá a acumularse en Nueva Orleáns, quedando estrecho el canal anchuroso que desde aquella ciudad conduce al golfo para la no interrumpida procesión de buques que han de ir a desparramarse como puñados de granos en la inmensidad del océano, porque el Mississipí es la única salida que ofrece un mundo entero.
Desgraciadamente, Nueva Orleáns está incurablemente enferma; la fiebre amarilla aparece periódicamente en su recinto todos los años desde tal día del año, hasta tal otro, mata a los que no huyen del seno de la ciudad, y vuelve a convalecer y restablecer su salud hasta la misma época del año siguiente. A una legua de la ciudad la salubridad es completa, y ni por contagio alcanza aquel azote periódico. Tenía en 1840 ciento dos mil habitantes, número que no aumenta en grandes proporciones, no obstante ser el desembarcadero de la emigración francesa.
Residimos en Nueva Orleáns diez días hasta contratar pasaje para la Habana en un malísimo y pestilente buquecillo de vela, que como la falúa del Mediterráneo que me condujo de Mallorca a Argel, llevaba su carga de cerdos, con el aditamento de tres o cuatro tísicos moribundos, que partían con nosotros camarotes estrechísimos, calientes y llenos de telarañas. El mundo norteamericano concluía, y principiábamos a sentir con anticipación las colonias españolas adonde nos dirigíamos.