Los pescadores
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Despuntaba el día cuando Pedro llegó frente á la casa de Julia. Acercóse á una de las dos ventanas que daban á la carretera y escuchó atentamente; después llamó con repetidos golpes de los nudillos. Como nadie respondiera, volvió á escuchar y volvió á llamar, esta vez, más fuerte y con mejor fortuna: una voz fresca y juvenil respondió desde dentro con un—«ya voy»—dicho en tono un tanto desabrido.
Pedro, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón, empezó á pasear, con la cabeza baja, por delante de la casa.
Era Pedro un guapo mozo, pescador, como su padre, con quien vivía; alto, robusto, ancho de hombros, de entre los cuales salía un recio cuello delator de no pocas fuerzas.
Mirando su rostro, que aunque curtido por el sol y el aire del mar, bien claramente decía no ser más de diez y ocho ó diez y nueve años los que tenía, sentíase una viva simpatía por aquel muchacho. Los ojos, grandes y azules, tenían un mirar noble y sincero, incapaz de expresar nada que fuera contrario al sentir de su dueño; nariz recta y afilada, boca grande, labios finos y pómulos un poco pronunciados; espesas cejas, abundante y rizada cabellera de color castaño muy obscuro, que, desbordándose por debajo de la boina, encasquetada en la coronilla, servía de juguete al fuerte norte que reinaba. No tenía pelo de barba, lo cual le daba una expresión un poco aniñada, y el bigote apenas se revelaba por una ligerísima sombra que aun no había hecho necesaria la intervención del barbero.
Vestía pantalón y blusilla de lienzo; los pies los llevaba descalzos; las mangas de la blusa, remangadas hasta el codo, dejaban ver las de una camiseta á rayas azules y blancas, que también asomaba por el pecho.
Muy contrariado parecía el mozo, á juzgar por la actitud meditabunda con que paseaba. Detúvose haciendo intención de repetir la llamada, cuando la llave, chirriando en la cerradura, anunció á Pedro que la puerta se abría. Julia, hermosa aldeana, arrogante moza que apenas hacía un mes cumpliera los diez y siete años, apareció en ella pugnando por ahuyentar de sus ojos el perezoso sueño, que heroicamente se defendía para seguir acurrucado bajo aquellos párpados que durante la noche le cobijaran.
—¡Buenos días!—dijo Pedro.
—¡Buenos!...—respondió la muchacha en medio de un bostezo que dejó ver su blanca dentadura.
Retiró con ambas manos algunos rizos de su hermoso pelo negro que acariciaban la tersa frente, y, dando un nuevo bostezo, retiróse al interior de la casa, diciendo con tono seco:
—¡Ahora vuelvo!
—¡Bueno!—replicó Pedro, reanudando su paseo.
Dos años haría para San Juan que Julia y Pedro tenían relaciones. Nada, hasta entonces, había turbado la paz de aquéllas; porque si es cierto que Julia, con su carácter altanero daba lugar á frecuentes disgustillos, Pedro sabía perdonarlos y suavizar las querellas. Pero he aquí que en aquellos últimos tiempos habíase metido el diablo por medio, y esta vez Pedro, por más que hacía, no encontraba forma de dar al olvido ni de disculpar las cosas que estaban pasando, y que muy pronto sabremos.
Julia, en vida de su madre, que del padre nada podemos decir, por desconocerlo, como lo desconocían en la aldea, iba con ella al mercado de la ciudad, que de allí á poco más de una legua se encuentra, á vender leche, manteca y huevos; después, cuando la madre murió, siguió ella sola con el comercio, no por voluntad, sino porque era el único medio de ganar el sustento; medio que á Julia le parecía harto incómodo y molesto.
El rápido desarrollo de su exuberante hermosura hizo que, desde muy niña—catorce años tenía cuando murió la madre—se viera asediada y pretendida por todos los muchachos, en su mayoría pescadores, de la aldea. Tampoco en la ciudad faltaban pretendientes á la bella aldeana; y bien fuera esto, bien que en su predispuesto temperamento germinara demasiado pronto el envanecimiento, ello es que á todos rechazaba, desdeñosa é indiferente. Tan sólo Pedro, al cabo de mucho penar, y de repartir muchos golpes para quitar rivales de en medio, consiguió ser recibido con buena cara; y esto hay quien dice que fué, no porque Julia pensara que aquél llenaba por completo sus deseos y ambiciones, sino por dejar con tres palmos de narices á todas las mozas que en la aldea se pirraban por él; que pescador más bueno, más guapo, honrado y trabajador, no le había en cien leguas á la redonda de Rodaleda, que así se llama la aldea donde nos hallamos.
Decir que Pedro quería á Julia, sería no dar idea de la intensidad de su cariño; Pedro la idolatraba, sentía por ella una verdadera adoración, y su solo deseo era casarse cuanto antes; pero ella siempre daba largas al asunto diciendo que había tiempo.
No tan gustoso como el muchacho era su padre en aquel matrimonio; mas viendo á su hijo tan enamorado, si al principio le hizo algunas observaciones, pronto dejó de sermonear, pensando que lo que fuera ello había de ser.
Pedro, siempre que el trabajo de la pesca, que hacía con su padre, se lo permitía, iba á buscar á Julia para acompañarla al mercado; si no podía hacerlo, salía á esperarla al regreso; y, en fin, cuando ni una ni otra cosa era posible, aguantaba marea hasta el anochecer.
Mostrábase él siempre cariñoso y solícito con ella; Julia, por el contrario, casi siempre aparecía indiferente á estas atenciones. Pedro, no obstante, no se quejaba, y si alguna vez ella se mostraba algo cariñosa, creía haber alcanzado el reino de los cielos.
Salió Julia de la casa llevando en sus manos un cántaro de barro y una cesta, objetos ambos que dejó sobre una gran piedra rectangular que, adosada á la fachada de la casa, hacía las veces de asiento.
Pedro cogió el cántaro y lo puso sobre el hombro; Julia, después de cerrar la puerta con llave, se puso el cesto en la cabeza, sujetándolo con una mano para que el fuerte viento que reinaba no lo derribase.
Operación muy acostumbrada debía ser esta en ellos, por cuanto su ejecución no dió lugar á discusión alguna. Emprendieron la marcha. Julia, desnuda de pie y pierna, caminaba rápidamente con paso menudito; el viento agitaba su falda de percal, ciñéndola unas veces sobre los muslos, levantándola otras lo necesario para que se pudieran ver las soberbias pantorrillas de la muchacha. Completábase el traje de Julia con una chambrilla blanca, y, cruzada sobre el pecho, modelando los turgentes senos, una pañoleta de vivos colores que enlazaba sus puntas sobre la cintura, en la espalda. El pelo, de un negro brillante, con reflejos acerados, caía peinado en dos grandes trenzas que unían sus extremos por una ancha cinta negra.
En su rápido caminar, la pareja iba adelantando á unos y á otros que, ya solos, ya en grupos de dos ó tres, se dirigían también al mercado; ésta, para vender lo que en la aldea sobraba; aquél, para comprar lo que no había. Aquí encontraban una que, cantando, se acompañaba en su camino; más allá, un grupo alegre y contento, del que salían francas risas y frases intencionadas. Julia y Pedro saludaban á todos al pasar.
—Vaya con Dios, Julia y la compaña—dijo una fornida moza, que llevaba sobre la cabeza un cesto con algunas gallinas, cuyas cabecitas asomaban espantadas.
—¿Vas al mercado, Pepa?—preguntó Julia por decir algo.
—Voy á vender media docena de gallinas que ya se van haciendo viejas.
—A ver si tienes suerte y las vendes todas—añadió Pedro.
—¿Quieres venir con nosotros?—interrogó Julia sin detener su rápido andar.
—Gracias. Bien acompañados vais los dos, sin necesidad de estorbos.
—No, mujer; por eso no lo hagas...
—Vosotros vais más de prisa.
—Pues hasta luego, Pepa.
—Id con Dios.
Siguió la pareja su marcha, y pronto dejaron á Pepilla muy atrás.
—Sí que se figuraría la Pepa que nos iba á estorbar la conversación—dijo al fin Julia con tono irónico.
—No será por falta de asunto para sostenerla—contestó Pedro.
—Pues habla, hombre; mira que es malo dejar que las cosas se pudran en el cuerpo.
—Peor es, á veces, hablar de ellas.
—No serán muy buenas.
—Tampoco serán malas, cuando se da lugar á que las haya.
—Vamos, hombre; habla ya de una vez...; aunque de memoria me sé el asunto que, desde ayer, te está recomiendo.
—¡Mira cómo lo sabes!
—¿Cómo no he de saberlo, si desde ayer tienes una cara que parece un libro abierto?
—Porque no soy como otros que ocultan lo que sienten.
—Eso no lo dirás por mí.
—Bien sabes que tú eres la única persona que me trae con cuidado en este mundo.
—¿Y en qué te fundas para pensar de mí de ese modo?
—¡En que dices que me quieres y no es cierto!
—¿Que no es cierto? ¡Pues quién me iba á obligar á decírtelo, si ello no fuera mi voluntad? Si yo no te quisiera, ¿por qué ibas á estar ahora á mi lado?
—¡Bah!... También están á tu lado otros...
—¿Volvemos?
—¡Ya lo creo que volvemos!
—¡Pues sí que es tormento!
—Tormento, el que tú me estás dando, Julia.
—El que tú te proporcionas por cosas que no tienen fundamento.
—¡Que no tienen fundamento!
—¡Ninguno!
—¿De modo que no tiene fundamento el que ese señor que antes pasaba todas las tardes en el automóvil, sin detenerse, de poco tiempo á esta parte se haya parado tres veces frente á tu casa... para verte y para hablarte?
—¡Eso lo dices tú!
—¡Eso lo dice todo el mundo en la aldea!
—En la aldea no se pierde la ocasión de hablar mal del primero que se presenta.
—Difícil es hablar mal de nadie, cuando no hay algún motivo, por pequeño que sea.
Al oir esto, Julia, parándose en seco y encarándose fieramente con Pedro, exclamó:
—¿Y cuál es el motivo que he dado yo, si puede saberse?... ¿Me lo quieres decir?
—Yo no digo que tú hayas dado motivo; pero sí digo que tú ves esas detenciones con agrado, que si así no fuera... ¡ya sabrías evitarlas!
—¿Yo? Ni á mí me preocupan esas visitas, ni yo tengo por qué evitarlas... ni sé cómo podría hacerlo.—Y al decir esto, Julia reanudó la marcha.
—Tampoco yo puedo decirte cómo; pero sí puedo decirte que si tú quisieras, te sería muy fácil evitar esa casualidad de que, siempre que pasa, estés en casa.
—Demasiado sabes que no salgo casi nunca de ella; y, después de todo, no creo que ese señor sea el coco, para que yo tenga miedo de que me coma. Pararon allí el primer día, porque necesitaban agua; me la pidieron y yo se la di. Después, las otras dos ó tres veces, sabiendo que yo vendía leche, paró para pedirme un vaso; se lo di y me lo pagó de modo que con media docena de vasos que vendiera diarios á ese precio, no necesitaría darme esta caminata para ir al mercado. ¿Tengo yo la culpa de esto? ¿Voy á negarme á vender una cosa que es mi comercio?
—¡Porque tú quieres!
—¡Porque yo quiero!—replicó Julia con tono zumbón.
—Ni más ni menos; que si por ti no fuera, ya estaríamos casados hace mucho tiempo.
—¡Ya salió el casorio! ¿Y qué hacemos con eso?
—Que tú no tengas que pensar en otra cosa que en tu marido.
—Y que donde dos lo pasan malamente, seamos tres para empeorarlo.
—¡Julia!... ¡A ti nada ha de faltarte!
La muchacha, comprendiendo que sus palabras habían sido demasiado crueles, trató de suavizarlas, y dulcificando un tanto el tono acre y destemplado que empleara, dijo:
—No he querido yo decir que me vaya á faltar lo más indispensable; pero si porque á mí no me falte, ha de faltarle á los demás, es lo mismo.
—¿Y quién te dice que vaya á faltarnos á los demás? A mi madre nunca le faltó lo necesario; y eso que entonces mi padre era solo á ganarlo.
—Siempre conformándose con lo indispensable—murmuró Julia entre dientes, de modo que Pedro no pudo entenderla.
—¿Qué dices?—preguntó éste.
—Nada, nada; no digo nada, hombre, no digo nada... ¡Que estoy muy cansada es lo que digo!
—Como que ya estamos llegando. Ven, vamos á sentarnos en aquellas piedras; no quiero separarme aún de ti; siento deseos de hablarte, y, sobre todo, de que me hables, Julia; de oirte, de escucharte...
—Se nos hará tarde.
—No. Sin darnos cuenta, hemos traído un paso tan rápido, que seguramente habremos ganado más de quince minutos. Mira: el Sol aparece ahora por la cima del monte Padruco, y otros días ya está más de una cuarta por encima de él. Ven, Julia, vamos á sentarnos un poquito.
Julia, no atreviéndose á contrariar á Pedro, dejóse llevar por él y fueron á sentarse en unas grandes piedras que, algo distantes del camino y próximas al mar, bajo unos árboles estaban.
Desde allí vieron pasar, poco á poco, á todos los que en el camino habían dejado atrás. Pepilla, dándoles una voz, hubo de decirles con semblante risueño:—¡Eh!... ¿Veis cómo no por mucho correr se llega antes?—Y dando una alegre carcajada, siguió adelante.
Pedro, sin hacer caso de nadie, hablaba á Julia.
El viento había calmado, y la mañana se anunciaba tranquila y apacible. El mar, á pocos metros de distancia, saltaba blandamente sobre las rocas formando blancas cascadas de espuma y humedeciendo el ambiente. El Sol, lentamente, con temor, como chico que jugando al escondite asómase tras de una esquina, aparecía por detrás de la cima del monte Padruco, que separa á Rodaleda del valle de Santa Feliciana, y que forma el último eslabón de la cadena de montañas que cubre aquella región.
Pedro hablaba cada vez más apasionadamente; Julia, con la mirada perdida en el espacio, como si contemplara un algo muy lejano que su imaginación forjara, parecía no prestar atención á lo que Pedro le decía.
—Tengo ya ahorrado lo que necesitamos para casarnos y aún más. ¿Por qué retrasar nuestra felicidad?—decía Pedro.
—Porque es cosa que debe pensarse mucho.
—¿Que debe pensarse? ¿Para qué dudar en coger la dicha, cuando sólo depende de nuestra voluntad? No, Julia de mi alma, no esperemos más; no hagas que ahonde en mi corazón la espina que llevo clavada en él, al pensar que no me quieres.
—Pues si esas espinas se te clavan ahora, ¿no son de temer las que se te puedan clavar luego?
—¿Luego?—exclamó Pedro con asombro.—¿Y por qué se me ha de clavar ninguna, siendo ya mi mujer? Si te casas conmigo, ¿á quién vas á querer sino á mí?
—Tampoco quiero á nadie ahora más que á ti..., y sin embargo...
—Ahora aún eres libre para que yo pueda perderte, y la idea de que alguien pueda robarme tu cariño me enloquece hasta el punto de hacerme pensar que el que lo lograra no gozaría mucho tiempo de su robo.
Y tal entonación de fiereza dió Pedro á sus palabras, que Julia, asustada, hubo de exclamar:
—¡Ay! Por Dios, Pedro, no pongas esa cara ni hables de ese modo..., que no viene á cuento.
—Es que tú no sabes lo que te quiero, Julia; es que tú no sabes que por ti ni vivo ni sosiego.
—Pues vaya un modo de querer... ¡Por Dios!
—¡Si vieras, Julia, qué deseos tengo de verte allí, en nuestra casita, en aquella que mi madre llenó de felicidad y de alegría, mientras vivió; en aquella que ahora permanece triste y silenciosa, comunicándonos á mi padre y á mí su tristeza y su silencio! Ven, Julia, ven allí, á nuestra casa, á la que albergó el amor de mis padres y que dará albergue al nuestro; ven á ocupar el puesto que dejó vacío mi madre, á ser el consuelo de mi padre y mi alegría.
Julia, emocionada por las tiernas y cariñosas palabras de su novio, había inclinado la cabeza sobre el pecho.
Pedro rodeó con un brazo la cintura de su novia y la estrechó contra su pecho con amor.
—¿No me respondes nada?—decía acercando su cara á la de ella y acariciándola apasionadamente las manos que cruzadas sobre la falda tenía.
—Qué quieres que te responda, Pedro; ya iré, ya seré tuya..., ya te lo he dicho mil veces; pero ¿qué falta hace precipitarse?
—Pero ¿me quieres?... ¿Verdad que me quieres mucho?
—¡Qué tonto!... ¿Cuántas veces quieres que te lo diga?
—Muchas, Julia querida, muchas; porque cuando te lo oigo, yo no puedo decirte qué es lo que siento, pero me dan ganas de reir, de bailar...
—¡Qué chiquillo eres! Pero vámonos ya, que lo menos hemos estado aquí una hora, y voy á llegar tarde á casa de las parroquianas.
—Espera un momento.
—¿Para qué?
—Para una cosa.
Y Pedro, risueño, contento, alegre como un niño, sacó con gran misterio un pequeño envoltorio del bolsillo del pantalón.
—¿Qué es eso?—preguntó Julia con curiosidad.
—Una cosa que tengo para ti hace varios días.
—¿Hace varios días? ¿Y por qué no me la has dado antes?
—Porque... porque...
—¡Porque ya estarás convencido que eres un solemne tonto! ¿Qué es?
—Mira—dijo Pedro con aire de triunfo, desenvolviendo lentamente el paquetito.
—¡Un collar de corales!—exclamó la bella aldeana dando palmadas con infantil alegría.
—De corales, eso; de corales finos; los mejores que pude encontrar, que por algo eran para ti. Hace tiempo que tenía metido en la cabeza que su color rojo había de sentar muy bien sobre la blancura de tu cuello, y el otro día los compré.
—Trae... trae acá que me lo ponga.
—No; te lo he de poner yo.
—Tú no sabes.
—¿Que no? Vuélvete un poco.
Julia volvióse de espaldas á Pedro y con ambas manos retiró la pañoleta, dejando al descubierto la blanca nuca. Pedro, pasando con una mano el collar por delante de Julia, lo abrochó, ajustando el torneado cuello; al mismo tiempo, temblando de emoción y con sumo cuidado para que ella no lo advirtiese, se inclinó, conteniendo la respiración, y dió un beso en aquellas divinas carnes.
Julia, estremeciéndose, se levantó rápidamente dando un ligero grito: era el primer beso que su novio se había atrevido á darla.
Rojo, como los corales del collar, se puso el muchacho, quedando sin atreverse á levantar la vista hasta Julia, de la que esperaba algún duro reproche; pero ésta nada dijo. Después de un breve silencio cogió la cestita, exclamando con alegre tono:
—¡Vamos, Pedro, vámonos ya!
Pedro, al ver que Julia no le reñía por su atrevimiento, levantóse alegremente, púsose el cántaro de leche al hombro y empezó á caminar junto á su novia.
Al llegar á la ciudad despidiéronse en el sitio acostumbrado. Pedro entregó el cantarillo á Julia, y ésta se fué á recorrer las casas de los clientes, quedando en reunirse en el mercado, donde Julia iba á vender los restos de su mercancías, cuando los había, lo cual no solía suceder.
Pedro, alegre, feliz, sintiendo aún en sus labios el cálido contacto de la carne de Julia, la vió marchar, diciéndola adiós con la mano.
Cualquiera que hubiese estado á mal con su pellejo, no tenía más que haberse puesto delante de Pedro y haberle dicho: «Julia no te quiere.» «¡Que Julia no le quería! ¿Podía habérselo dicho más claro? ¿Podía haberle dado una prueba mayor de su cariño? Ella, que siempre se había mostrado esquiva y despegada; ella, que nunca le había consentido la menor confianza, no se había incomodado, no había protestado al sentirse besar... ¿Qué más prueba de cariño? Es verdad que cuando ella hubiera querido protestar, ya no habría tenido remedio; pero, de todos modos, podía haberse enfadado, podía haber afeado la conducta traidora de su novio, y no lo había hecho; luego señal era esto de que no le había desagradado el atrevimiento de Pedro.
»Bendito collar, que había dado lugar á la realización de aquel deseo, por tanto tiempo anhelado... Si lo hubiera sabido, ¿cuánto tiempo no haría ya que lo llevaría ella puesto? Y no uno, sino veinte; que si por collares era, por eso no había de quedar; ahorrado tenía él para poder estarse besando á Julia una semana entera; y esto siendo pescador, que si fuera banquero, de brillantes como puños los compraría él para ponerlos en aquella garganta que... ¡vamos!... no sabía con qué compararla, porque él no había estudiado ni sabía de esas cosas; pero que apostaba la cabeza á que no había otra más bonita ni más blanca. ¿Es que se podía pensar que el collar fuera la causa de la mansedumbre de Julia en aquel feliz momento?» Ni Pedro lo pensaba, ni quisiera Dios que á nadie se le ocurriera suponerlo; que hacía falta ser todo lo mal pensado del mundo para poder suponer que por él no recibiera con disgusto el beso. «¡Madre de Dios! Pues si tal contento y tanto desasosiego le había producido aquel beso, ¿qué no sería cuando se le diera en la boca, en aquellos labios más rojos que los corales?»
Todo esto, y mucho más, iba diciéndose Pedro mientras se dirigía hacia la tienda en que había de comprar los menesteres de pesca que su padre le encargara el día antes.
Gran sorpresa causó al mercader la actitud alegre y feliz de Pedro; pero cuando su asombro llegó al paroxismo, fué cuando vió que no regateaba y, sobre todo, que encontraba los artículos buenos, cosa inusitada en Pedro, que todo lo encontraba malo, no porque lo fuera, sino porque así procuraba sacarlo más barato.
Aquel día no sólo lo encontraba todo de superior calidad, sino que llegó á interesarse por la marcha del negocio, deseando que éste subiera como la espuma; porque ¿qué menos merecía aquel honrado tendero que se pasaba la vida detrás del mostrador, trabajando sin descanso para mal vivir, sin disfrutar de la vida, sin tener novia—seguramente que no la tenía—y sin saber lo que eran la alegría y la felicidad?
Salió por fin de la tienda, y á pocos pasos, un pobre tullido que por piernas tenía un cajón con cuatro ruedas, le pidió limosna con voz quejumbrosa y lastimera.
Pedro echó mano al bolsillo, y sacando una perra se la dió, lamentando no ser rico para socorrerle con más largueza... «Parece mentira, habiendo gentes tan ricas!... ¡Qué corazones más duros! ¿Y cuánto tiempo llevaba así?... ¿Veinte años?... ¡Qué atrocidad! ¡Veinte años en un cajón!... Y ¿tenía familia?... ¡Claro!... ¡El ser pobre y carecer de piernas no tenía nada que ver para tener familia! Ya... ya... ¡pobrecillo!... No era necesario que le contara sus desdichas, para hacerse cargo de ellas... ¡Cuánto sentía no poderlas remediar! Si fuera banquero en vez de pescador, al mismo tiempo que compraba un collar de brillantes para Julia, le compraría á él un silloncito con ruedas, para que fuera cómodamente á pasear».
Pedro, ya que aquello no era posible, sacó otra moneda, se la dió, y deseándole muchos corazones blandos que se compadecieran de su desgracia, se alejó con paso rápido.
Apenas se había separado del pobre, cuando tropezóse con un marinero, el cual nunca ó casi nunca había cruzado más palabras con él que algún «adiós, Fulano», dicho con el tono de indiferencia propio de un conocimiento que no llega á la categoría de amistad. Verle y pararle, todo fué uno. «¿Cómo van los negocios?... Y ¿quieres refrescar? ¿No?... Bueno, pues adiós, chico; que te conserves tan bueno.»
Y Pedro siguió su camino sin poder explicarse que las gentes puedan pasar unas junto á otras sin saludarse siquiera, por el solo hecho de que no se conocen... ¿Qué falta hace conocerse para saludarse, para abrazarse... para decirse unos á otros si son felices?
A poca distancia suya acertó á pasar una parejita muy acaramelada. «Mira ése qué tonto—pensó Pedro—; lo menos se ha figurado que su novia es guapa... ¡Qué sabrá ése lo que es una mujer bonita!»
Así divagando, Pedro llegó hasta el faro del puerto, que era el paseo que se daba siempre que acompañaba á Julia, para entretener el tiempo y dar lugar á que fuera la hora de ir á recogerla.
Aquel día, al llegar, descendió saltando por las rocas hasta una algo elevada, próxima al mar, y se sentó en ella.
Pedro, encariñado con el mar como si fuera una segunda novia, contemplábalo con arrobamiento, sonreía al ver su obstinada terquedad de combatir á la tierra como á eterna enemiga, que le mantenía encerrado dentro de sus límites. El mar, como si quisiera demostrar á Pedro la alegría que le causaba el verlo, arrojaba hasta él sus espumas, que le mojaban. Largo rato pasaba allí Pedro otros días, que no menos de dos horas tardaba Julia en despachar á sus parroquianas; pero aquél, la impaciencia hacíale tomar por horas los minutos que pasaban, y pronto emprendió el regreso; ni siquiera fijó su atención en una airosa y fina goleta que con las cangrejas de sus dos palos desplegadas, enfilaba la entrada del puerto. En aquellos momentos Pedro no podía fijarse más que en la imagen querida de Julia, que por todas partes se le representaba: reflejada en las aguas, en el ambiente, dibujada por las sombras de los árboles, de las hojas, que los rayos del Sol siluetaban en el suelo. El canto de los pajarillos, Julia decía; Julia, murmuraba el viento, y Julia, susurraba el mar; Julia, en fin, decía la Naturaleza toda, que lucía aquel día sus más bellas galas en honor de la bella aldeana.
Un rayo no hubiera cruzado el espacio con más rapidez que Pedro desanduvo lo andado.
Llegó al punto de cita, jadeante, sin aliento y, claro está, la muchacha no solamente no había llegado, sino que aún tardaría un buen rato, si es que el reloj de una tienda en que Pedro miró la hora, marchaba bien, cosa que á él le pareció muy dudosa.
Pedro empezó á pasear las calles mirando los escaparates de las tiendas, leyendo los letreros de las mismas y sacando mentalmente de ellos las letras que formaban el nombre de su novia; metióse por el muelle, volvió á la población, pasó veinte veces por el lugar de la cita y, al fin, vió á Julia que con el cantarillo y el cesto se dirigía airosa y gallardamente hacia el mencionado lugar. El corazón del pescador dió dos ó tres volteretas en el pecho.
—Creí que no venías nunca—dijo el muchacho haciendo un verdadero esfuerzo para despegar los labios.
—¿He tardado?
—No; pero es que los minutos hoy me han parecido siglos, siglos interminables que he pasado sin verte.
Nada digno de mención ocurrió en el regreso á Rodaleda, si no es la alegría creciente de Pedro al verse nuevamente al lado de ella, y un cierto azoramiento, algo así como inquietud y sobresalto, en Julia. Esto, bien se echaba de ver al primer golpe de vista; pero no se hallaba el enamorado pescador en condiciones de ver nada que pudiera ir en detrimento de su novia.
Poco, ó nada, hablaron por el camino; pero, á juicio de Pedro, esto era lógico: si él sentía todavía la vergüenza de su atrevimiento, ¿qué no le pasaría á ella? No obstante, no sería muy aventurado afirmar que el pensamiento de Julia hallábase muy distante de aquel acontecimiento. Su mirada dirigíase constantemente hacia el mar, por el que vagaba con ensueños ignorados.
Despidiéronse frente á la casa de Julia, situada á la entrada de la aldea entre la carretera y el mar, y Pedro se fué á la suya dando saltos y cabriolas como un chiquillo; actitud que produjo no poco contento á su padre, el señor Jaime, que desde hacía tiempo siempre le veía triste y taciturno.
Sentáronse á comer padre é hijo; durante la comida, Pedro habló sin dar tregua ni descanso á la lengua.—Había que ir pensando en agrandar la casa y en arreglarla un poquillo, porque la boda sería ya pronto, muy pronto; sólo era cuestión de un par de meses el que Julia estuviera allí, entre ellos. Ahora que el tío Roque, el albañil, no tenía nada que hacer, era cosa de aprovechar la ocasión para poner la casa blanca como una paloma que se hubiera posado en lo alto del acantilado en que aquélla se hallaba situada.
Comía el padre lentamente, pensando para sus adentros sabe Dios qué cosas, y dejaba decir á su hijo, asintiendo á todo, gozoso de verle tan alegre y satisfecho.
Aquel día fué para Pedro un día único en su vida; jamás, en sus pocos años, había pasado otro mejor ni más risueño.
Bien hemos hecho en decir que este día fué único en la vida del pobre Pedro; porque es lo cierto que desde el siguiente empezó para él una era de pesares y tormentos, que acabó para siempre con su breve alegría.
Al día siguiente le faltó tiempo al hijo de la Pepona para irle con el cuento á Pedro. El hijo de la Pepona, que aunque había cumplido los once años apenas representaba siete, según lo encogido y raquítico que estaba, era el encargado de dar al pescador las malas noticias.
El pilluelo, dedicado á vagar todo el día por la aldea, sin ocupación de ningún género, enterábase de todo lo que pasaba en ella, y era sabedor de lo que le ocurría á todo bicho viviente. Su madre, dedicada unas veces á lavar ropa, otras á llevar pesadas cargas al mercado de la ciudad, otras, en fin, á pedir limosna, no podía ocuparse gran cosa de él, y, atendiendo al aspecto enfermizo del mucho, mandábale á la carretera á implorar la caridad de los que pasaran; pero Pascualín, que este era el nombre del chico, no se tomaba esta molestia y agradábale más enterarse de todo lo que no le importaba; por eso estaba tan al corriente de los asuntos de Pedro.
El asunto de aquel día era un asunto que se repetía por cuarta ó quinta vez: el automóvil había estado parado frente á la casa de Julia; el señor se había apeado y había estado sentado en la piedra aquella que estaba junto á la casa, hablando con la muchacha y bebiendo un vaso de leche.
Lo peor de todo esto es que ello sucedía siempre cuando Pedro, con su padre, estaba en la mar... ¡Parecía que alguien le avisaba al maldito señorón aquel!
Aquella situación no podía continuar, y Pedro, resuelto á que terminara, se encaminó á casa de su novia. Se hacía indispensable que ella fijara una fecha definitiva para la boda, ó Pedro no respondía de tirarse de cabeza al mar, ya que no lograba echarle la vista encima al bandido que venía á turbar su felicidad.
Resistióse la muchacha cuanto pudo á la pretensión de Pedro; dió evasivas que bien á las claras demostraban la batalla que se libraba en su alma; pero Pedro estaba ciego. Por último, viéndose ya acorralada por la insistencia de su novio y no queriendo, al parecer, dar respuesta alguna categórica, en aquel día, quedó acordado que al siguiente, cuando Pedro regresara de la pesca, resolvería en definitiva.
Inquieto y nervioso durmió Pedro aquella noche; la bella aldeana no pegó los ojos ni un solo momento.
Llegó el nuevo día... y llegó el momento en que padre é hijo regresaran de la pesca. Pedro, no bien puso el pie en tierra, dirigióse precipitadamente á casa de Julia. A pocos pasos de distancia, y sentado en el suelo, vió á Pascualín que con un dedo hacía exploraciones en las narices. Pedro no pudo reprimir el gesto de desagrado que provocara en él la vista de aquel chiquillo que siempre le anunciaba malas nuevas.
Llegó á la casa; la puerta estaba abierta; acercóse á ella y con voz apagada llamó:—«Julia... Julia...»—Nadie le respondió.—«¡Julia... Julia!»—volvió á llamar con voz más recia. Por respuesta obtuvo el mismo anterior silencio. Pedro sintió que el corazón se le paralizaba y que la sangre, al huir de él, se le subía á la cabeza.
De pronto, á sus espaldas, sintió el rezongar de una voz gangosa que le hizo girar rápidamente sobre los talones. Pascual, metiéndose en la boca el mismo dedo con que momentos antes hiciera atrevidas exploraciones en las narices, se hallaba en pie á poca distancia de Pedro.
—¿Qué dices, muchacho?—preguntó el marinero, sintiendo deseos irresistibles de lanzar á Pascual por los aires, con un formidable puntapié.
—Que Julia no está en casa—replicó el muchacho sin sacar el dedo de la boca.
—¿Qué has dicho?—volvió á preguntar Pedro, con voz que aterrorizó al pilluelo.
—Que no está...—repitió éste, dando algunos pasos atrás.
—¿Que no está? ¿Has dicho que no está?
—Sí—contestó Pascual, que, al ver la actitud de Pedro, empezaba á lamentar para sus adentros el haberse metido donde no le llamaban.
—Ven aquí, hombre, ven aquí—dijo Pedro, al ver que Pascualín seguía reculando disimuladamente—; ven aquí y no tengas miedo, que no te como.
Tranquilizóse con esto un poco el chiquillo, y, aunque tímidamente, avanzó hacia Pedro.
—Díme: ¿ha salido á comprar algo?
—Yo no sé...
—¿No iba sola?
—No, señor.
—Pues ¿con quién iba?
—Con el señor ese del automóvil.
—¡¡Eh!!—rugió Pedro.
Pascual, al oir el grito de Pedro, pegó un salto que hubiera envidiado el más consumado mico, y se dispuso á echar á correr; pero no pudo pasar del ademán, porque las garras de Pedro cayeron sobre él y se lo llevaron por el aire á la piedra que servía de asiento; una vez allí, vióse prisionero entre las piernas de Pedro, é imposibilitado de intentar nuevamente la evasión.
—Toma una perra... y no te asustes; me vas á contar todo lo que ha pasado; pero sin que se te olvide ni el más mínimo detalle: si así lo haces, te daré otra perra; de lo contrario, haz cuenta de que te tiro de cabeza al mar, para que no vuelvas á envenenar á nadie con tus historias.
El chico, cobrando algunos ánimos con el aliciente de la otra perra, y limpiándose los mocos con el único pañuelo que tenía, que era la manga de su camisilla, sucia y rota, dijo que sí con la cabeza.
—Vamos á ver: ¿hace mucho tiempo que salió Julia?
—Sí. Vino el señor ese en el automóvil, se sentaron aquí y estuvieron hablando; después, él la abrazó...
—¿Y ella?... ¿ella...?
—Ella no quería que la abrazara.
—¿Y después? Vamos, hombre; acaba ya de una vez...
—Después, él la llevó al automóvil...
—¿Ella, Julia, iba contenta?
—No quería, decía que no...
—Y luego...
—El automóvil echó á correr.
—¿Por qué lado, por qué lado de la carretera?
—Por allí—dijo el muchacho señalando con la mano.
—¡Hacia Madrid!
—Yo no sé...
—Y qué más, qué más... ¿No les oiste hablar nada?
—No. Yo estaba allí—dijo el chico señalando un sitio algo distante.
—¡Ira de Dios!—exclamó Pedro, soltando al muchacho y levantando los puños en alto.
Pascual, al verse suelto, pegó un brinco, y sin aguardar á que le dieran la perra prometida, echó á correr como alma que lleva el diablo, sin parar hasta la tienda de comestibles que había en la aldea, en la que, con la primera perra que le diera Pedro, se compró higos, que era el manjar de su predilección.
Pedro, ni se dió cuenta de la desaparición de Pascual. Sentado en la piedra, con los codos apoyados en las rodillas y la cara hundida entre las manos, lloraba como un chico; vertía lágrimas gordas como puños, como los brillantes de los collares que él hubiera comprado á Julia, si en vez de pescador hubiera sido banquero.
«Se ha ido—gemía el infeliz—; mas ¿qué representa esta ausencia? ¿Se marchó para no volver ó se ausentó momentáneamente? Esta puerta abierta lo mismo puede decir lo uno que lo otro; que si no piensa volver nunca, poco debe importarle la suerte que corra su hogar, al dejarlo así á merced de las gentes. ¡Ah!, pero esto es suponer un disparate. ¿No había dicho bien claro Pascual que ella no quería subir al automóvil? ¿Qué más prueba de que Julia había sido llevada á la fuerza, con engaños, poco menos que robada? ¿Cómo, si no, iba á dejar así su casa, la casa donde naciera?»
Todos estos razonamientos se hacía Pedro, encaminados á demostrar que Julia era una víctima y no una culpable.
«¿Cómo poder suponer culpable á una mujer que el día antes le prometía fijar en aquel en que se hallaban la fecha de su matrimonio? ¿Cómo suponer en ella tamaña infamia como sería la de ofrecer lo que no estaba en su ánimo cumplir? ¿No habría subido al automóvil alucinada por la idea de dar cumplimiento á su harto conocido deseo de saber cómo se iba en un coche de aquellos?»
Claro que, aunque esta fuera la causa de la ausencia de Julia, de nada podía servir para disculpar su conducta, y que no por ello veía Pedro aclararse los negros nubarrones de su alma; pero como buen enamorado, sentía algún consuelo al pensar que todo podía quedar reducido á una ligereza, á una imprudencia, que no tenía disculpa; pero al fin y al cabo, á una imprudencia, y no á otra falta mucho más grave.
Lo cierto y seguro es que lo ocurrido creaba una situación dificilísima entre Julia y Pedro; porque ni él estaba dispuesto á perdonar, ni su padre consentiría ya jamás en aquella boda.—«Pero ¿qué es lo ocurrido, Dios mío, qué es lo ocurrido, si yo no lo sé, ni lo sabe nadie?»—decía quitándose y poniéndose la boina y enmarañando su ensortijado cabello. Nuevamente volvió á hundir la cara entre las manos, como si quisiera recoger las ideas. Largo rato permaneció en aquella actitud. Por fin, levantándose, se acercó lentamente á la puerta de la casa y, tras de alguna vacilación, penetró en ella.
La casuca componíase de dos estancias: Pedro no había pasado nunca de la primera.
Sobre una mesa de pino vió el cantarillo y la cestita en que Julia llevaba sus mercancías al mercado. Sin poderse contener, sintiéndose dominado por un furor repentino, asió el cántaro con ambas manos y con gran violencia lo estrelló contra el suelo. Cuando aquel ataque de ira se hubo calmado, Pedro, sintiendo honda emoción, miró hacia la segunda estancia, oculta por una cortina de percal rameado.
Con religioso respeto se acercó á aquella cortina, que apartó con mano temblorosa, y, por primera vez, pudo contemplar el dormitorio de Julia. En aquella habitación, como en la primera, todo era pobrísimo; pero todo estaba limpio y aseado, revelándose hasta en los detalles más mínimos, no sólo la mano de una mujer, sino la de una mujer pulcra y atildada hasta la exageración.
Una pequeña cama de hierro, con colcha de percal rameado, como la cortina; á los pies, y colgadas de una percha de madera, algunas ropas; debajo, un viejo y antiguo baúl, y en un rincón un lavabo de hierro con jofaina de hojadelata; esto y una silla con asiento de enea constituía todo el ajuar de la alcoba. Después de breves momentos de éxtasis ante aquellos objetos, para Pedro los más ricos y bellos del mundo, fijó su atención en un hilillo rojo que se destacaba sobre la nívea blancura de la almohada; se acercó y lo tomó en sus manos; era su collar, el collar de corales que días antes regalara á Julia. Su primer impulso fué hacerlo añicos, pisotearlo, hacerlo polvo; pensó después llevárselo...; por último, resolvió dejarlo nuevamente donde lo hallara.
El pobre Pedro sentíase desfallecer, la angustia subía poco á poco del corazón á la garganta y allí formaba un nudo que le ahogaba. No pudiendo resistir más salió, lentamente de aquella habitación á la primera; cogió la llave de la puerta de la casa, que sobre la mesa de pino estaba, y salió cerrando con dos vueltas. «Si vuelve—pensó—, no podrá entrar y...»
Andando muy despacio, con la cabeza baja y las manos cruzadas á la espalda, encaminóse hacia su casa, situada al otro extremo de la aldea. ¡Aun buscaba la explicación menos grave á tan desdichado suceso!
Cuando llegó á su casa, el señor Jaime no estaba en ella; miró al fondeadero en que anclaban á la Carlota, la lancha que tenían para la pesca, y lo vió que, sentado en uno de los bancos, se ocupaba en achicarla.
Una vez terminada la operación, el viejo marinero encaramóse de peña en peña hasta llegar á lo alto del acantilado. Al ver á su hijo en tan triste estado, sintió gran inquietud; pero cuando supo lo ocurrido, se limitó á mover la cabeza como si quisiera decir: «Si no era eso, una cosa parecida era lo que yo me estaba esperando hace tiempo.» Después procuró por todos los medios hacer entrar en razón á Pedro; pero todo fué inútil: Pedro estaba desesperado.
Sentáronse á cenar, y la cena quedó intacta; ni el uno ni el otro pudieron atravesar bocado.
Era el señor Jaime de pequeña estatura y muy enjuto de cuerpo. Había cumplido los sesenta y seis; pero los llevaba tan bien, que apenas representaba cincuenta. Su cara, de la cual era fiel reflejo la de Pedro, respiraba simpatía; usaba sotabarba, que, al igual del pelo, había ya encanecido por completo. Vestía pantalón de paño obscuro, camisa de rayas blancas y negras, desabrochada, y una faja azul que le daba múltiples vueltas á la cintura.
A los veintitrés años se había casado con Carlota, chica buena, como pocas, que le dió un hijo todos los años; hijo que, por desgracia, Dios se encargaba de quitárselo al siguiente del nacimiento, causando la desesperación de los padres, que, al fin, y después de mucho rogarlo, lograron conservar el último, que fué Pedro. Al cumplir éste los siete años, murió la madre.
El señor Jaime no vivió desde entonces más que para el chiquitín, y ni siquiera le pasó por la imaginación la idea de darle madrastra.
Cuando el niño fué mayorcito, y después que hubo aprendido á leer y escribir en la escuela, lo asoció á su trabajo; desde aquel día fueron siempre juntos á la pesca, con gran alegría del padre, que sólo se sentía feliz al lado de su pequeño Pedrín.
Pedro, por su parte, no tenía más amigos que su padre, y correspondía á su cariño con otro no menos grande. Solamente Julia había logrado hacerse hueco en el corazón del muchacho, y esto había sido en mal hora, según decía el señor Jaime, porque nunca había visto él en aquella muchacha las condiciones que hubiera querido para la que fuera mujer de su hijo; pero tan enamorado vió al chico, que, al fin, hubo de ceder, pensando que ello había de ser á gusto de Pedro, que era el que se casaría, y no de él.
Tan encariñado lo vió con ella, que llegó el momento en que él mismo creyó haberla tomado cariño.
Lo ocurrido vino á demostrar al pobre viejo que no se había equivocado en su juicio sobre la muchacha; y si no fuera por lo mucho que veía sufrir á Pedro, á buen seguro que se alegrara de lo ocurrido; que esto, al fin y al cabo, era dejarlo en libertad.
Aquella noche, Pedro se obstinó en volver á casa de Julia, por si ésta había regresado.
Inútiles fueron las razones que le dió su padre:
—«Si hubiese vuelto, al ver su casa cerrada, ¿á quien iba á recurrir primeramente, si no era á él?»
Todo fué en balde, y el señor Jaime, no queriendo dejar solo á su hijo, se empeñó en acompañarle.
Nada vieron al llegar; la casa estaba cerrada como la dejara Pedro; envuelta en la negrura de una noche sin luna, la tristeza que causaba era inmensa; ningún ruido se oía, á no ser el sordo murmullo del mar; nadie había en aquellos contornos.
Tristes y apesadumbrados regresaron padre é hijo á su casa, y previas nuevas recomendaciones y cariñosos consejos del viejo, echáronse en sus respectivos camastros, no sin que antes el señor Jaime, quitara disimuladamente la llave de la puerta y la metiera debajo del suyo.
II
Un mes había pasado desde que Julia desapareció de la aldea.
El señor Jaime, sentado en un banquillo ante el hogar, cuidaba de unas patatas que en él se guisaban. Al quedar viudo tomó para sí el cargo de cocinero, y con él siguió en lo sucesivo.
Pedro, sentado en un montón de cuerdas, con los brazos cruzados sobre el pecho, parecía abstraído en sus pensamientos.
El señor Jaime, tan pronto atizaba la lumbre, como revolvía las patatas ó se quedaba mirando á su hijo.
Sólo se oía en la habitación el gorgoteo de la cazuela.
Aquella casuca en que padre é hijo vivían, fué construída por los abuelos de éste. Estaba sola, en el borde de la costa, sobre un alto acantilado; en su mayoría, había sido construída con vigas y tablas, siendo la cal y el ladrillo los elementos que en menos cantidad habían entrado en su construcción.
Se componía de tres habitaciones: la primera, donde se hallaban en aquel momento, servía de cocina, comedor y portal, todo á un tiempo; las otras dos, que juntas ocupaban un espacio de terreno igual al de la primera, la una servía de dormitorio; la otra fué dedicada á servir de almacén.
Lo prolongado de su vida, la débil construcción y los vendavales y tormentas que en aquella altura sufriera con harta frecuencia, desde largos años, la tenían algo deteriorada; pero á palacio sabíales á sus moradores.
No era de los más pequeños el temporal que en aquella ocasión se debía disponer á resistir, á juzgar por la fuerza del viento, lo encrespada que la mar se iba poniendo y lo ennegrecido que por los nubarrones se hallaba el cielo. Aquella tormenta que se echaba encima por momentos, era la primera de aquel otoño; el verano había terminado á poco de ausentarse Julia.
Decíamos que el señor Jaime se ocupaba alternativamente en mirar á Pedro, en revolver las patatas y atizar la lumbre; pero más justos hubiéramos sido diciendo que no quitaba la vista de su hijo, pues que las dos últimas operaciones hacíalas sin dejar de mirarle.
De tal manera le dolía al pobre viejo verle de aquel modo, que, algunas veces, su rostro bondadoso se contraía de ira, y sus ojos miraban á un punto imaginario, como si amenazaran á un ser invisible.
No pudiendo aguantar más, el viejo rompió el silencio:
—De veras te digo, Pedro, que en la vida podías pensar cosa mejor que la que ahora estás pensando... si es que piensas en olvidar á... esa mujer.
—¿Olvidarla?—contestó Pedro como si volviera de un sueño.—¡Vamos, padre, no diga usted eso!
—Pues... ¡coles!... ¿qué quieres que diga?—masculló el señor Jaime quitando con un brusco movimiento la tapa de metal de la cazuela.—¿Es que quieres pasarte la vida así?
Y al mismo tiempo pegó un fuerte porrazo con la susodicha tapadera en la piedra del hogar, á la par que retiraba la cara para huir la nube de vapor que salía de la cazuela.
—No puedo olvidarla, padre; ¿qué quiere usted que haga?
—No puedes olvidarla porque no quieres, porque no te lo propones; probaras á ello y ya verías si lo conseguías.
—Me lo he propuesto, padre, me lo he propuesto muchas veces y no he podido conseguirlo; está muy metida en el corazón...
—Voluntad... voluntad... y ¡voluntad!—El señor Jaime, cogiendo una cuchara de palo, se puso á revolver el guiso, que cada vez despedía mejor olorcillo.—Todo es cuestión de voluntad, créeme á mí, Pedro. A estas horas, mientras tú te estás haciendo los sesos agua, á fuerza de pensar en ella, á buen seguro que la chica estará divirtiéndose de lo lindo.
—¡Padre!...
—Pero ¿es posible que sigas creyendo que á Julia se la llevaron á la fuerza? ¿Es posible que en un mes que llevas de cavilar, más que si fueras para sabio, no te hayan venido razones á la cabeza que te demuestren lo contrario?
—No, padre..., ¡no!
—Pues yo te digo y te repito, y no me pesa el decírtelo, aunque te haga daño el oirlo—que lo que daña cura—, que ella se fué por su gusto. ¿Es que así como así se lleva á una persona á la fuerza y se la tiene oculta un mes sin que nadie sepa de ella? ¡Pues floja voz tiene una mujer para gritar... cuando quiere que la oigan!
—Un señorón como ese tiene medios para todo, padre.
—Ya lo creo que tiene medios para todo; por eso se llevó á Julia sin necesidad de recurrir á la fuerza.
—Pero ¿es que va usted á suponerla tan mala y tan perversa que se fuera con un hombre al que no hacía más de quince ó veinte días que conocía?
—Eso... que tú supieras, que el tiempo que hacía, ellos se lo sabrían. Pero, de todos modos, ¿te parecen pocos quince ó veinte días para convencer á una mujer, cuando se sabe dar en el quid? Bien pronto daría el señor ese con los argumentos que en Julia habían de hacer mella; no era muy difícil encontrarlos.
—¿Qué quiere usted decir, padre?
—Que Julia no había pensado nunca en ser la mujer de un pescador.
—¿No era mi novia?
—Era tu novia porque sabía muy bien que eres el mejor muchacho de la aldea; te guardó para ella, porque si no lograba cosa más de su gusto, tú eras lo mejor de que aquí podía disponer; pero no porque te quisiera; no había más que observar su modo de mirar, siempre á lo lejos... á lo lejos, para comprender que no eras tú el objeto de sus deseos.
—¿Que Julia no me quería?
—No. Julia no quería á nadie; se quería á sí misma. Aún me parece estarla viendo con aquel aire desdeñoso que tenía para todo el mundo; la niña parecía una diosa.
—Y lo era, padre; por algo nació tan hermosa.
—No te lo niego. Pero no es lo malo que lo fuera, sino que llegó á persuadirse de ello. Hermosa era tu madre, como hay pocas, y nunca la oí una palabra que no fuera en alabanza de la hermosura ajena, que nunca reparó en la suya propia; y con ella me casé sin tantos rodeos ni circunloquios como Julia empleaba contigo; y fuí feliz, y á no ser porque á Dios le pareció bien el llevárselos, más de diez hermanos tendrías ahora contigo. Bien es verdad que mujeres de la casta de tu madre, de las que vienen al mundo para hacer la felicidad de aquellos que las rodean, son tan difíciles de hallar como aguja en un pajar; que las más son de la pasta de Julia; de las que se meten por los ojos de un hombre para zambullirse en el corazón y hacer jigote con él; de las que al risueño le vuelven triste, mudo al hablador, pobre al rico; de las que, en fin, truecan y trastornan el mundo de tal manera, que todo lo vuelven patas arriba; y éstas, que, por ser tantas, son casi todas, hablan más que cotorras para decir que son unas esclavas..., y que no hay hombre bueno..., y que ¡quién hubiera nacido con pantalones, en vez de con faldas! Hermosa era Julia; pero estaba demasiado ufana de su hermosura, para que pudiera ser buena; que no hay bueno que de sí mismo se ufane ni envanezca. Bien sabía ella que su cuerpo era gentil y esbelto; que era pequeña su cintura, redondas sus caderas y firme y no escaso su pecho; bien sabía ella que en su cara de virgen había una boca pequeña con labios rojos como cerezas, por entre los cuales asomaban sus dientes iguales, pequeñitos y blancos; que tenía unos ojos grandes y una naricilla bien cortada y fina; que su pelo era negro y tan largo, que las dos trenzas en que lo peinaba le llegaban casi al suelo. No necesitaba ella que nadie le dijera que sus pies eran pequeños como los de una niña, que bien le gustaba bajar á las rocas, para que el mar, acariciándolos mansamente, les quitara la tierra que los manchaba, dejándolos blancos como los copos de la nieve; y por eso que todo lo dicho se lo sabía ella de memoria, algún día hubo de pensar que era mucha su hermosura para entregársela á un pobre pescador.
—Pero ¿qué supone usted, padre, qué supone usted?
—Que ese señorón acertó á ofrecerla lo que ella había soñado, y con él se fué sin tenerle que dar cuentas á nadie; porque, siendo sola en el mundo, nadie tiene que se las tome.
—¿Y yo?
—Tú no eras más que su novio.
—¿No íbamos á casarnos?
—Tanto pensaba ella en casarse contigo, como yo en ser obispo. Desengáñate y piensa que mientras tú estás penando, ellos se estarán divirtiendo.
—¡Porque usted no me ha dejado ir á Madrid!—replicó Pedro apretando los dientes.
—Ni te dejaré... ¡recoles!... ¿Qué ibas á lograr allí?
—Eso... ¡yo me lo sé!
—También lo sé yo; por eso no te dejo. Olvida, Pedro; haz caso de mis consejos, que aunque las mujeres como tu madre sean en el mundo escasas, alguna puede que quede todavía, y tal vez no sea muy difícil encontrarla para ti. Ahí tienes á la Pepita, que es mujer de buena pasta, y es limpia y hacendosa, sin que sea menester mentar lo de que es mujer honrada. Ella cuida de la casa de sus padres, que son viejos, y de sus hermanos, y aún la ves que tiene tiempo para ir al mercado cuando hace falta vender gallinas ó pollos para allegar dineros con que atender á las necesidades de la casa.
—Ya lo sé, padre, ya lo sé; mas para mi ya no hay mujer ninguna en la tierra.
—¡Buena tontería! A los veinte años se olvida todo bien pronto..., y casándote con la Pepilla lo olvidarías mucho antes; conque ánimo y á ello. Tráete tú para acá á la Pepilla, y tráiganos ella después un par de chiquillos; que sea por la costumbre que de ellos tengo ó sea por... lo que sea, seguro estoy que mientras no vengan no saldrá de esta casa la tristeza que la habita desde que murió tu pobre madre.
Dispuesto parecía el señor Jaime á seguir dando consejos; pero abstúvose de hacerlo al ver el poco ó ningún efecto que los anteriores habían causado en Pedro, cuya actitud más parecía de ausente que de presente.
Renunció, pues, el señor Jaime, á seguir predicando en desierto, y dando la última vuelta á las patatas, que ya transcendían á guisadas, las retiró de la lumbre.
—Ponte la mesa, Pedro, que esto ya está, y el comer y el dormir es un gran remedio para toda clase de males.
Sin replicar palabra púsose Pedro á cumplir lo que su padre le había mandado; aunque bien sabía Dios que para él no era de gran necesidad el comer.
Pronto estuvo la mesa dispuesta, porque en ella, que no era mesa sino banco, no había que hacer otra cosa más que poner éste en medio de la habitación, y en él la cazuela con más una libreta, ni muy blanca ni muy tierna; dos cucharas de madera, un cuchillo y un vaso de metal; en el suelo, una botella con vino; por asientos, los dos extremos del banco.
La cena comenzó amenizada por los bramidos del huracán que iba en aumento y que hacía oscilar la luz del candil que alumbraba la habitación, metiéndose dentro por las muchas rendijas que tenía la casuca. Al pie del acantilado, el mar rompía sobre las rocas, escupiendo sobre ellas espumarajos blancos. El cielo, negro, amenazador, empezaba á desplomarse convertido en torrentes de agua; el trueno dejó oir su majestuoso y grandioso retumbar.
—Atranca bien la puerta, Pedro, y acostémonos—dijo el señor Jaime así que hubieron acabado de cenar.
—Mal se nos pone para la pesca...
—Paciencia, hijo, y esperemos; por fortuna, no nos falta con qué.
Aseguró Pedro la puerta con una fuerte tranca, mientras el señor Jaime recorría las ventanas para ver si estaban bien cerradas, y después ambos se recogieron á la habitación que les servía de dormitorio.
Acostados ya, el viejo, haciendo abanico de su boina, apagó el candil que había colgado de un clavo. Un espantoso trueno resonó en el espacio con estridente y prolongado tableteo; al extinguirse éste, se oyó la sirena de un vapor que desesperadamente pedía práctico para ganar el vecino puerto de la capital.
—Muy apurado debe estar ése—dijo el señor Jaime.
—Me parece que no van á poder darle práctico; tendrá que poner proa á la mar y capear el temporal hasta el amanecer—respondió Pedro.
—Dios los ayude.
El señor Jaime, católico ferviente, como buen marinero, dió principio á sus oraciones acostumbradas por el alma de su mujer, item más las que en día de tormenta rezaba por los que estaban en el mar.
Pedro, aunque buen cristiano, como su padre, hacía tiempo que no rezaba por nada ni por nadie; nada había que pudiera apartar su pensamiento de Julia, ni en su imaginación cabía otra idea que la de ir á Madrid.
III
El señor Jaime, con una mano empuñaba la caña del timón y con la otra la escota de la vela. Pedro, sentado á proa, de espaldas á su padre, parecía sumido en hondas preocupaciones.
La Carlota saltaba gallarda y airosamente sobre las pequeñas olas que salían á su encuentro. Ocho días había permanecido anclada en su pequeño puerto á causa del temporal, y, al salir nuevamente á la mar, parecía querer demostrar su alegría en sus jugueteos con las olas. Su casco, bien cuidado y pintado de blanco, se inclinaba coquetonamente á impulsos del viento que ceñía su vela triangular. Amanecía dulce y soñadoramente.
Nada hablaban en alta voz los dos pescadores; pero bien podía decirse que en su interior más hablaban que políticos en la oposición.
—«Diablo de muchacho—decíase el padre—, qué fuerte le ha entrado. En mis tiempos no nos enamorábamos así. ¿Que una muchacha nos decía que no? ¡Pues á otra! Bien enamorado estuve yo de la Gabriela, y, sin embargo, pues cuando me dejó plantado por el Bisojo... pues... ¡na! Pasé unos días malos... después vinieron los buenos, me declaré á Carlota, me casé con ella... y bendita sea la hora en que lo hice; que ésta me salió buena, y hay que ver cómo le salió la Gabriela al Bisojo... Pero anda, que ahora, se enamora un muchacho de una mujer... y ya parece que no hay otra en el mundo; ¡cuando hay más que pescados en la mar!»
—Me parece que debemos dar fondo—dijo Pedro, interrumpiendo el soliloquio de su padre.
El señor Jaime miró hacia tierra para orientarse, y después hizo virar la lancha y soltó la escota de la vela. Pedro recogió ésta sujetándola con la misma escota al palo; después arrojó al agua un pesado pedazo de hierro que, sujeto á un cabo, hacía las veces de ancla.
El viejo, entretanto, sacaba de un cesto las liñas que habían de servir para la pesca del calamar; una vez preparadas, se situaron cada uno en una banda y empezaron la tarea que debía durar hasta el anochecer.
—Parece que hoy se da bien—dijo al cabo de un rato el señor Jaime, tirando rápidamente de su aparejo para que no se desengancharan del anzuelo tres hermosos calamares que inútilmente querían defenderse soltando fuertes chorros de tinta.
—Bien hace falta, si hemos de llevar lo que el tío Juan nos ha encargado—replicó Pedro, tirando á su vez de la liña.
La pesca, que, como el señor Jaime había dicho, se dió bien, continuó hasta las doce, sin que ni el uno ni el otro hablaran más que lo indispensable.
A las doce en punto se suspendió la pesca; recogiéronse los aparejos y se dispuso el almuerzo.
Todos los esfuerzos que el padre hizo, durante aquél, para entrar en conversación con el hijo, fueron inútiles. Pedro no respondía más que á un tema, y precisamente ese tema era el que su padre no quería tocar de ningún modo.
El pobre enamorado, desde hacía días iba volviéndose cada vez más taciturno y más reservado. Mientras comía, sus ojos miraban hacia tierra. No sabía él, á punto fijo, hacia dónde caía Madrid; pero él miraba hacia allá, muy lejos, y seguramente que alguna vez sus miradas pasarían sobre aquella maldita ciudad en la que se encontraba lo que él más quería en el mundo; porque es lo cierto que, aun viéndose traicionado, aun viéndose insultado y ofendido como se veía, él seguía queriendo á Julia... ¿Por qué no había él de ir á Madrid? ¿Por qué su padre se obstinaba en no dejarle? ¿No tenía el dinero que con tanta alegría y tantos afanes ahorrara para casarse? ¿Qué mejor empleo podía darle que en ir á Madrid, buscar á aquel hombre, arrancarle el corazón y hacérselo añicos, como él lo había hecho con el suyo?
Pedro miraba á su padre cuando aquél no le veía, y después tornaba á reconcentrarse en sí mismo.
Concluído que fué el almuerzo, Pedro dijo á su padre:
—Échese usted á dormir un poco, que yo seguiré pescando.
—Echémonos los dos: el mar duerme también, y tiempo nos queda de sobra para pescar lo que nos falta.
—Yo no tengo sueño, padre; échese usted.
—Bueno; pero no me dejes dormir mucho; ya sabes que no me gusta.
—No tenga usted cuidado, que yo le llamaré.
El viejo tumbóse boca arriba en el fondo de la lancha; púsose la boina sobre la cara, y, á los pocos momentos, un rumor sordo, que fué aumentando hasta alcanzar la categoría de formidable ronquido, anunció que dormía como un lirón.
Más de dos horas habían pasado cuando el señor Jaime empezó á rebullir perezosamente. Llamó á su hijo en forma que apenas se le entendía y volvió á quedar inmóvil unos segundos; después incorporóse, como sobresaltado, y, restregándose los ojos, llamó nuevamente:—«Pedro»—dijo pensando que éste se hallaba detrás de él.—«Pedro»—volvió á repetir. Y como Pedro no le contestara ni él oyera ruido alguno á su espalda, volvióse precipitadamente, quedando pálido como el marfil, por la emoción que sufrió: ¡Pedro no estaba en la lancha!
—«¡No está..., no está aquí!»—dijo balbuciendo las palabras.—De pronto, como si un súbito ataque de locura le acometiera, púsose en pie gritando con toda la fuerza de sus pulmones:
—«¡Pedro!... ¡Pedro!... ¡Pedro!»—Nadie le contestó. Los sollozos le ahogaron en la garganta el nombre de su hijo, de su Pedro... ¡de su Pedrín!—«Ah, maldita mujer... ¡maldita, sí!... ¿Quién tenía la culpa de lo que sucedía, sino ella? Pedro no estaba en la lancha... Pedro se había tirado al mar para matarse, como único medio de olvidar á la causante de sus desdichas... ¡Y él que se había echado á dormir tan tranquilo!... Pero, ¡Dios Santo!... ¿Cómo suponer que Pedro abrigara aquellas intenciones? No, no era posible aquello; no era posible que su hijo se hubiera matado así... de aquella manera... estando junto á su padre. El viejo recorrió afanosamente con la vista todos los rincones de la embarcación buscando un objeto... un papel...; algo, en fin, que aclarara sus dudas horribles.» Una ronca exclamación se escapó de su oprimido pecho, al fijarse en la proa de la lancha: allí, hechas un reguño, vió las ropas de Pedro. Un júbilo inmenso, una alegría delirante hizo temblar al señor Jaime, como un azogado. Abalanzóse sobre aquella prendas, y entre risas y sollozos, entre palabras entrecortadas y suspiros ahogados, las estrechó centra su pecho, besándolas con loco frenesí.—«Ya lo decía yo, ya lo decía... ¡No se ha matado, no!... Si se hubiera tirado al mar para ahogarse, no se hubiera preocupado de quitarse la ropa. El dejarla aquí es indicio de que quiso ponerse en condiciones de poder nadar para llegar á... ¿adónde, Dios, adónde? A tierra, sin duda; ¿pero con qué objeto? ¿Qué idea ha podido sugerirle el recuerdo de esa...? ¿Habrá querido poner en práctica su deseo de ir á Madrid, de escaparse, puesto que en tierra sabe que yo lo vigilo?
Lo que sea, no es aquí donde he de averiguarlo; y si es esto último, como me figuro, quizá todavía nada en dirección á tierra, y en ese caso... pronto le alcanzará la Carlota.»
El señor Jaime, para no detenerse en levar el ancla, sacó de la cesta de las provisiones un cuchillo de ancha y afilada hoja, y de un tajo cortó el cabo de aquélla; luego hizo virar la lancha con un remo y la Carlota, cabeceando un momento, como caballo que se impacienta, ciñó el viento con la vela y hendió con su afilada proa las tranquilas aguas.
El viejo, entornando los ojos, miraba con creciente ansiedad; pero nada descubría. La distancia á tierra, poco más de una milla, era poca cosa para un nadador como Pedro, y no tenía miedo de que le hubieran faltado las fuerzas; un calambre... tampoco era de temer.—«Sin duda—pensó—que se tiraría al mar en cuanto yo me quedé dormido... y, en ese caso, es seguro que llegó á tierra hace tiempo; que se puso el traje nuevo; que cogió sus ahorros, y que carretera adelante camina ya en busca del ferrocarril.»
Poco faltaba á la Carlota para ganar la costa, cuando el señor Jaime creyó distinguir un objeto informe que se movía á impulsos del agua.—«¿Qué es aquello que se ve allí, Jaime?»—se dijo sintiendo que el corazón le saltaba del pecho.—«Aquello... aquello es... A ver: orza... orza un poco, Jaime... Así... ¡Qué el diablo me lleve si aquello que sube y baja en el agua no es...!»
Y el pobre viejo, con voz que la alegría hacía parecer desesperada, empezó á gritar:—«¡Pedro!... ¡Pedro!... Sí, sí; es Pedro, es mi Pedro...»
La Carlota, con su rápido andar, acortaba por momentos la distancia que la separaba del objeto que flotaba en las aguas.
El señor Jaime, abandonando el timón y la vela, saltó por encima de los bancos, hasta la proa de la lancha.
La Carlota, falta del impulso del viento, y sólo con la velocidad adquirida, llegó hasta el cuerpo del infortunado Pedro, que, ahogado, era mecido por el agua, dándole suavemente con la roda, como si quisiera acariciarlo.
El desdichado padre, al ver que aquel cadáver era el de su hijo, el de su Pedro... abrió los brazos y, sin proferir ni una exclamación, cayó de espaldas en la lancha.
La Carlota siguió rozando el cuerpo del pobre Pedro, como si quisiera decirle que estaba allí... que subiera á su bordo para reanudar la marcha...
IV
Desde aquella terrible tarde en que, á hombros, había subido á la casuca á su pobre Pedro; desde aquella terrible noche que pasó él solo velando el cadáver de su hijo; desde que, al día siguiente, le hubo dejado enterrado junto á su madre, el señor Jaime no había vuelto á entrar en su casa, á la cual ya miraba como á panteón de su felicidad. Aquella noche espantosa, el pobre viejo creyó volverse loco, y no aseguramos nosotros que su razón quedara muy completa.
Tampoco volvió á embarcarse en la Carlota; la vela, los remos y el timón fueron trasladados á la habitación que hacía las veces de almacén, y ella fué amarrada en su pequeño puerto, al abrigo de unas elevadas rocas.
Flaco, encorvado, perdidas por completo las energías, aniquilado, en suma, pasaba la mayor parte del día en el pequeño cementerio del pueblo, donde su mujer y su hijo estaban enterrados el uno junto al otro. Por las noches dábase á vagar por los acantilados, y cuando el cansancio le rendía, íbase hacia la casuca, se echaba junto á ella y desde allí contemplaba el mar, desde allí miraba á la Carlota, que, amarrada, parecía participar de las tristezas de su dueño. En el bolsillo guardaba la llave de su morada; pero un día que quiso entrar en ella, creyó morir; no pudo atravesar el umbral de aquella puerta, no se atrevió á turbar el silencio de muerte que allí dentro reinaba.
Gastadas las economías de Pedro en su entierro, el señor Jaime carecía de recursos; pero no por eso, al pronto, le faltó lo indispensable: los vecinos, los otros pescadores de la aldea y las mujeres, sobre todo, desvivíanse por atender al pobre viejo... ¡Era tan desgraciado! La una un poco de pan; la otra un pedazo de carne; aquí le hacían entrar hoy para que comiera caliente; allá apartaban un poco de la cena, y Pepina, la chica mayor de la casa, echaba hacia él acantilado en busca del señor Jaime, para que se lo comiera. Pero poco á poco, y á medida que la terrible impresión que causó la muerte de Pedro se fué borrando de la memoria de las gentes, algunos dieron en observar que, unos más, otros menos, todos tenían desgracias que contar; que había que conformarse con ellas, y que ya iba siendo hora de que el señor Jaime se conformara con la suya: ni era el único padre que había perdido á su hijo, ni lo sería. Tenía casa, y si no entraba en ella, era porque no le daba la gana; porque todo aquello de que se moriría de pena allí dentro y demás cosas que decía, no eran más que tonterías; todos tenían casas, y no porque se muriera alguno de la familia se iban los demás á vivir al campo. Tenía una hermosa lancha, que podía vender, ya que él era demasiado viejo para ir solo á pescar; porque todo aquello de no quererse desprender de ella, porque la lancha era como algo suyo, de lo que no podría desprenderse sin perder la vida, no eran más que chocheces de viejo. En el pueblo había muchos que cuando vinieron mal dadas, tuvieron que vender la lancha y todo lo que fué preciso para poder subsistir, y por eso nadie se murió, que precisamente para no morirse es para lo que la vendieron. Y, sobre todo, ¡qué caramba!, ellos eran pobres también y harto hacían con remediarse ellos mismos.
En medio de la indiferencia que por todo sentía, en medio del estado de idiotez en que el viejo cayó, no dejaba de alcanzársele que tenían razón; así, pues, para acabar con las murmuraciones, decidió aceptar el puesto que, para guardar las vacas, le ofreció el alcalde de la aldea, contemporáneo suyo y amigo de la niñez. «Después de todo, ¿qué más podía apetecer? Vivir siempre en el campo, entre aquellos animales, más nobles que la mayoría de las personas.» Empezó su nueva vida; el pescador trocóse en apacentador de vacas. Todas las mañanas, al amanecer, íbase hacia el monte con ellas, llevando en un zurroncillo el modesto yantar del día. Pero es el caso que, dondequiera que se hallaba, el pensamiento del viejo estaba siempre muy lejos, y, por lo tanto, poca ó ninguna atención prestaba al ganado, que campaba por sus respetos; con frecuencia le ocurría que, llegada la noche, no se daba cuenta de que el ganado, cansado de esperar, se echaba á dormir en el campo. Más de una vez tuvo que ir el hijo del alcalde en su busca; y era de oir al muchacho:
—¡Eh, señor Jaime!... ¿Se ha quedado usted dormido ó es que está usted chocho?
Volvía en sí, sobresaltado, el señor Jaime; sonreía dulcemente, por toda respuesta, á las groseras palabras del pilluelo, y recogiendo el ganado volvía á casa, donde aún había de escuchar cosas más desagradables.
Estas y otras causas dieron lugar á que el alcalde le tratara cada vez más áspera y desconsideradamente, diciendo que el abuelo estaba ya chiflado y no servía para nada. No recordaba, al hablar y al proceder como lo hacía, que ambos habían jugado juntos siendo niños; no recordaba que se distinguieron, entre todos los chicos de la aldea, por el gran cariño que se profesaban; por regla general, el corazón del hombre no se acuerda nunca de cuando fué corazón de niño... ¡Qué lástima!
Los pilluelos de la aldea le hacían burla y le tiraban piedras. Él los miraba sin enojo y sonreía, sonreía tiernamente al contemplarlos y no se quejaba de las pedradas que recibía; él también había tenido un niño, un precioso chiquillo, tan guapo como su madre... que sabe Dios si alguna vez habría tirado también piedras contra algún pobre viejo. Pero no; Pedro no había tirado nunca piedras contra un desvalido, que ni su madre ni él le habían permitido nunca tal desmán.
Un día, no pudiendo ya sobreponerse á la angustia que le dominaba, el señor Jaime, después que hubo encerrado el ganado y que hubo escuchado unos cuantos insultos de todos los de la casa, que ya le trataban como á un idiota, salióse sigilosamente de ella y se fué á los acantilados, al lado de su querida casita, junto á la cual durmió. ¡Qué consuelo sintió junto á ella! Momentos hubo en que creyó oir rechinar la puerta y que su Carlota y su Pedro salían á buscarle tendiendo sus amorosos brazos para aprisionarle en ellos. ¡Pero todo fué un sueño! Allá abajo estaba la lancha amarrada en su puertecito.
Al otro día, en toda la mañana se movió del mismo sitio. Sentado en el suelo, con las piernas recogidas, los brazos cruzados sobre las rodillas y apoyada en ellos la cabeza, el señor Jaime parecía madurar algún proyecto, alguna resolución extrema. Por la tarde viósele por el campo recogiendo florecillas silvestres, que, más tarde, fué á depositar sobre las tumbas de los seres queridos, ante las que se le vió orar fervorosamente; al anochecer volvió al acantilado.
V
Serían las doce de la noche, cuando el señor Jaime, con paso vacilante, se acercó á su antigua morada. Con mano temblorosa buscó la llave en uno de los bolsillos de su derrotado pantalón, y no sin gran trabajo, la introdujo en la cerradura, que resistió al primer intento; cedió, por fin, al segundo, y la puerta se abrió, no sin gran escándalo de sus mohosos goznes.
Precipitóse el anciano, más bien por desfallecimiento de sus energías que por mandato de la voluntad, en la primera habitación, y dejándose caer sobre el banco que en otro tiempo sirviera de mesa á él y á su hijo, prorrumpió en convulsivos sollozos.
Largo rato permaneció en aquel estado. Cuando el caudal de sus lágrimas se hubo agotado, incorporóse penosamente y con la vista recorrió la estancia, mirando amorosamente los objetos que en ella había: allí estaba todo, todo lo que había sido testigo de su felicidad.
Un profundo suspiro, un quejido del alma desgarrada resonó en aquel cuartucho.
El señor Jaime, cambiando de aspecto y recobrando, al parecer, sus perdidas energías, dió á entender con su nueva actitud que alguna resolución inquebrantable le había llevado allí. En efecto: empezó á recoger todos cuantos muebles y objetos de madera había en la casa y con ellos formó un montón junto á uno de los tabiques, hecho de tablas; bajo ellos puso la vela de la Carlota, y sobre ella arrojó el alquitrán que contenía un pequeño cubo que en un rincón había; recogió los remos y, arrastrándolos por uno de sus extremos, los sacó fuera de la casa; descansó unos momentos y después los condujo, con no poco trabajo, hasta la embarcación.
¡Pobre Carlota! Despintada completamente, parecía haber envejecido tanto como el amo. Al sentir que aquél volvía á su bordo, mecióse suavemente en el agua, sintiéndose revivir. El señor Jaime sufrió una nueva congoja. Repuesto de ella y una vez embarcados los remos, empezó una nueva tarea; la de lastrar la lancha con gruesos pedazos de roca desprendidos de las peñas. Cuando el calado de la Carlota hubo aumentado, á juicio del señor Jaime, lo necesario, suspendió la operación y regresó á la casuca. A lo lejos se sintió el reloj de la iglesia que daba dos campanadas lentas y solemnes...
Entró el viejo en la casa; pasó una última mirada por su recinto; cogió del hogar un cuchillo de afilada punta, que se puso en la faja, buscó en sus bolsillos una mugrienta caja de fósforos, encendió uno y lo aplicó á la vela impregnada de alquitrán. Cuando vió que las llamas hacían presa en los objetos amontonados encima, salió de la casa, cuya puerta cerró con llave y descendió lo más rápidamente que pudo hasta la Carlota. Una vez en ella, de pie, mirando hacia la casa, esperó.
El semblante fúnebre, amarillo, del señor Jaime había cambiado completamente de expresión: sonreía y parecía el ser más feliz de la tierra; sus ojos habían recobrado el brillo y la viveza de la juventud, y un ligero tinte sonrosado cubría sus mejillas.
Del interior de la casa empezaron á salir por sus muchas grietas y rendijas, hilos de espeso y negro humo; poco después vióse brillar en el tejado un punto rojo.
—¡Ahora!—exclamó el viejo. Con el cuchillo cortó las amarras de la lancha, y con un remo fincó con fuerza para sacar á la Carlota de su puertecito. Cuando ésta salió al mar, el marinero colocó los remos en los toletes y empezó á bogar lentamente. El punto rojo que apareciera en la techumbre de la casa fuése bien pronto agrandando, hasta convertirse en un penacho de llamas.
El señor Jaime, desde el banco en que remaba, veía cómo éstas devoraban el hogar en que nació.
Cuando por la intensidad del fuego comprendió que ya nada ni nadie podría salvarla, el viejo marinero dejó de remar; quitó los remos y los dejó sobre los bancos. La Carlota, que navegaba perezosamente á causa de la gran carga que llevaba y del poco impulso que le dieran los remos... ¡ella, que siempre navegó rápida y gallarda con la vela!, se detuvo casi instantáneamente.
—Ahora nosotros, todos los que quedamos, á un tiempo—murmuró el señor Jaime.
Con un pedazo de cuerda ató los remos fuertemente á uno de los bancos; después, con otra cuerda, ató sus pies al palo de la lancha. Miró nuevamente hacia tierra, y viendo que la intensidad de las llamas empezaba á decrecer por falta de combustible, sacó el cuchillo de la faja, y, arrodillándose, empezó á quitar madera de junto á la quilla, con la afilada punta.
Algunos nubarrones vagaban por el cielo ocultando la luna á su paso. Allá, á lo lejos, se veían las llamas que consumían los restos de la casuca; algunos vecinos se movían junto á ella, como sombras proyectadas por una linterna mágica.
El señor Jaime trabajaba con afán, y, por fin, el agua empezó á penetrar en la lancha: poco á poco, primero; más rápidamente, después.
El viejo, entonces, arrojando el cuchillo, se puso en pie, cruzó las manos sobre el pecho y, mirando al cielo con amor infinito, exclamó con voz entrecortada por los sollozos:—«Al fin vamos á reunirnos de nuevo.»
El agua, precipitándose por encima de las bordas de la Carlota, hundió á ésta rápidamente, ahogando las últimas palabras del infeliz pescador.
Bajo las aguas sintióse al desgraciado agitarse desesperadamente durante unos segundos; después... ¡nada!... El agua recobró su alterada tranquilidad...
El fuego habíase ya extinguido... La luna, horrorizada, negó su luz al terrible cuadro, ocultándose tras un negro nubarrón...
Al amanecer, un vaporcito mercante pasó por aquel lugar, revolviendo con las paletas de su hélice las tranquilas aguas, que amorosas guardaban en su seno al viejo pescador...
Epílogo.
Han pasado quince años. Rodaleda, sintiendo el influjo de la vecina capital, que había llegado á ser uno de los principales puntos de veraneo, había progresado de una manera notable.
El pueblo, en sí, permanecía el mismo; que en esto sucede con los pueblos lo que con las personas: unas se transforman con los años, otras permanecen apegadas á su tiempo y sus ranciedades; pero, en cambio, toda la parte de la costa había variado completamente de aspecto. La carretera había sido arreglada. A lo largo de ésta se habían edificado numerosos hoteles y casas de recreo, con bellos jardines y pequeños muelles, los que estaban en el lado del mar. Numerosos coches y automóviles circulaban por aquel camino; un tranvía eléctrico corría por el lado izquierdo, hasta el monte Padruco, en el que se había edificado un hermoso «Hotel para viajeros» y donde existían algunos restaurants para recreo de los veraneantes que concurrían á ellos para comer, disfrutando de un panorama bellísimo.
Un lujoso faetón, arrastrado por dos hermosos caballos bayos, avanzaba por la carretera en dirección á Rodaleda. Ocupaban el pescante un señor gordo, mofletudo, ya encanecido, que era el que guiaba, y una hermosa mujer que, al parecer, había entrado ya en el otoño de la vida; detrás de ellos un menudo lacayo avisaba con agudas voces á los peatones que se interponían ante el coche.
Al llegar á la entrada de Rodaleda, frente por frente á la casa que habitara Julia, el señor detuvo violentamente los caballos. El lacayo, saltando con ligereza al suelo, corrió á sujetar de las riendas á los fogosos animales.
Descendió el caballero trabajosamente, y dió la mano á la señora para que lo hiciera.
—¿Es aquí?—preguntó el acompañante de la señora.
—¡Sí!—replicó ella, dirigiéndose rápidamente hacia la puerta de la casa.
El señor, acercándose á los caballos, dióles algunas palmadas en el cuello, llamándolos al mismo tiempo por sus nombres; después siguió á la señora, que no era otra que Julia, la bella aldeana de otros tiempos.
Hallábase ésta perpleja é indecisa ante la puerta cuando llegó él.
—¿Qué pasa?—preguntó.
—¡Que la puerta está cerrada!
—¡Bah!
Tanteó el caballero la resistencia que podía ofrecer aquélla, con un empujón, y viendo que ésta no podía ser mucha, le aplicó una fuerte patada; la puerta, medio carcomida por el tiempo, se abrió de par en par.
—¡Ya está abierta!... Ya puedes entrar... y despachar cuanto antes. Mira que es gusto venir á recrearse en cosas viejas, feas... y desagradables. No comprendo que se tenga capricho en ver los lugares donde se han pasado miserias y privaciones.
—Hombre... ¡es la casa donde nací!
—Sí, no digo que no; pero la casa donde naciste se halla en la actualidad con el techo hundido, cayéndose de vieja... y llena de alimañas.
—¡Pues no entres tú!—dijo Julia algo contrariada.
—De eso puedes estar bien segura. Por eso te he dicho que despaches pronto.
Y el caballero volvió hacia el coche, mientras Julia, previo remangamiento de faldas, penetraba vivamente conmovida, en su antigua morada. Lo primero que vieron sus ojos fueron los pedazos del cántaro; el cestito, completamente podrido y negro, estaba sobre la apolillada y derrengada mesa. Julia contempló los objetos de aquella estancia y acto continuo penetró en la alcoba. El primer objeto en que se fijó su vista fué el collar que permanecía sobre la almohada tal y como Pedro lo había dejado. Lo cogió con mano temblorosa y estuvo mirándolo largo rato.
—«Yo creí que lo había perdido aquel día—dijo limpiándolo con su fino pañuelo de batista.—¡Pobre Pedro!... ¡Pobre niño!...—murmuró con emoción.
Julia, sintiendo su corazón angustiado, guardó en el seno el collar y salió á la primera habitación; paseó su mirada por ella nuevamente... y en seguida traspuso la puerta de entrada.
—Vamos, ¿has terminado?—dijo al verla salir el caballero, con tono de aburrimiento.
—Sí, hombre, sí; ya he terminado—respondió Julia maquinalmente y absorbida, al parecer, por un pensamiento.
—¿Qué te ocurre ahora?
—Me ocurre... que hemos podido abrir la puerta, pero no sé cómo podremos cerrarla.
El caballero prorrumpió en ruidosas carcajadas; cuando hubo reído á su gusto, exclamó:
—Ten cuidado no te vayan á robar.
—No tengo cuidado de que me roben, por desgracia; pero es mi casa y no quiero dejarla á merced de nadie.
Nueva explosión de risa en el señor gordo. Julia, encendida como la grana, mirábale con ira... con odio. En aquel momento, un jovenzuelo flaco, sucio y desarrapado, se acercó tímidamente, mirando fijamente á Julia.
—Ahora que esto se está poniendo de moda y que se está construyendo tanto por aquí, pronto harán desaparecer ese adefesio, para levantar en su lugar alguna buena finca.
—Ese adefesio es mío, y nadie podrá hacerlo desaparecer sin mi consentimiento; y el que quiera edificar una buena finca, no lo hará seguramente en este solar.
El caballero, sin parar su atención en el tono agresivo de Julia, se encogió de hombros. Julia habíase fijado en aquel jovenzuelo que, á pocos pasos, estaba mirándola embelesado. Acercóse á él; aquel rostro no le era desconocido.
—¿Cómo se llama usted?—preguntó Julia al individuo en cuestión.
—Pascual—contestó tímidamente el interrogado.
—¿El hijo de la Pepona?
El jovenzuelo contestó que sí con un movimiento de cabeza, sin dejar de mirar á Julia ni un momento.
—¿No te acuerdas de mí?—preguntó ésta.
Movimiento de duda en el aludido.
—Soy Julia... Julia... ¿No te acuerdas?
El muchacho asintió con otro movimiento de cabeza, pues el hablar parecía habérsele bajado á los talones, y siguió mirando como si estuviera hipnotizado.
Pensó Julia un momento y luego, encarándose con Pascual, le dijo:
—Te voy á dar un encargo, ¿lo cumplirás? ¿Sí? Bueno, pues mira: toma este duro para ti, y con este otro te encargas de que arreglen la cerradura de esa puerta; echas la llave y la guardas hasta que yo vuelva dentro de dos ó tres días, ¿me entiendes? No te pesará. He de hablar contigo y has de contarme muchas cosas.
La voz del caballero resonó malhumorada, diciendo:
—A este paso nos tendremos que volver á casa sin llegar al Padruco... ¡Vaya una tardecita!
Separóse Julia de Pascual, después de cambiar con él las últimas palabras, y corrió hacia el hombre gordo.
—¡Qué impaciente eres, hijo mío!—dijo subiendo al carruaje.
—¡Y tú qué pesada!—replicó él ocupando su asiento en el pescante, junto á Julia.—¿Y quién es ese personaje con el que te has mostrado tan generosa?
—Ese personaje era hace quince años un rapacillo—respondió Julia dando un suspiro.
—¿Te vas á poner tierna ahora?
—¿Y por qué no? Recordando aquellos tiempos...
—Bueno; recuerda todo lo que quieras; pero no vuelvas á contar la historia del imbécil del pescador que se mató...
—Tú no te matarías, si yo te abandonara, ¿verdad?
—¡No, por cierto!
—Porque tú no me quieres como me quería aquél.
—No sé si te quiero más ó menos; pero lo que si sé, es que si todos los que has querido y has abandonado... ó te han abandonado, hasta nuestros días... se hubieran matado, excuso decirte.
Julia, al oir las groseras palabras de aquel hombre, dichas con tono despectivo, sintió que la sangre se agolpaba en el corazón; sintió un arrebato de ira que la impulsaba á insultarle; pero la dignidad, maltrecha, aniquilada por el servilismo y la sumisión á los amos, durante tanto tiempo, no tuvo fuerzas para rebelarse.
Los ojos de Julia se llenaron de lágrimas, y al través de ellas vió la dulce imagen de Pedro.
El señor gordo volvió la cabeza para mirar á Julia, y al verla en aquella actitud, exclamó con tono agrio:
—Si vas á tomarlo por lo dramático, más vale que te tires al mar, chiquilla.
Julia comprendió que se la avisaba de que no era aquella su misión; su misión junto al amo era la de sonreir y alegrarle la vida; si tenía penas, allá ella con las que fueran; él no tenía nada que ver con eso.
—Vas llamando la atención... y la cosa no es muy agradable.
Efectivamente: los ocupantes de otros carruajes que se cruzaban con el del señor gordo, fijábanse en Julia.
Esta, comprendiéndolo, hizo un poderoso esfuerzo sobre sí misma, y la sonriente máscara, eterna careta de su vida, volvió á su rostro; tragó su asco, su odio hacia aquel hombre que tan groseramente la había tratado, que tan brutalmente le había recordado su esclavitud, y las palabras alegres y cariñosas volvieron á brotar de sus labios para complacerle.
¿Para qué disgustarle, para qué romper la cadena, si detrás de aquél tendría que venir otro que sería igual?
El señor gordo, para desfogar su disgusto, fustigó fuertemente á los caballos, que, no acostumbrados á un trato semejante, salieron al galope, arrastrando velozmente al carruaje, entre una densa polvareda, hacia el monte Padruco...