Dolores (Segunda parte de «Juan Pacheco».)
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Firme y decidido era el propósito que habíamos hecho de no volver á Cornejilla la Vieja por nada de este mundo; pero tales y tan alarmantes son las noticias que llegan hasta nosotros acerca de nuestro antiguo amigo Juan Pacheco, que nos vemos obligados á quebrantar nuestros propósitos, en gracia á la antigua y buena amistad que con él nos une.
Desesperado, en efecto, anda el bueno de Pelotón. La noche que Dolores le había puesto de patitas en la calle, dándole aquellas tan grandes calabazas, firmemente había creído Juan que aquello no había sido sino hijo del orgullo y de la soberbia, del despecho que había causado en la moza el oir ponderar tanto las excelencias de aquella Doña Amparito, que tan solícita y cariñosamente le había cuidado en el hospital; y por eso Juan, tachando aquel acto de arbitrario y falto de toda razón y fundamento, se había ido á su casa chupándose el dedo que medio le había espachurrado con la ventana, y afirmando, con toda la entereza propia de un varón ofendido, que no sería él quien diera su brazo á torcer, ni fuera á doblar la cabeza en demanda de olvido y reconciliación.
—«¿Que ella había tomado el rábano por las hojas, confundiendo la gratitud con el amor? Bueno; pues mejor. Sí, estaba enamorado como un animal, según ella misma había dicho. ¡Todo lo que quisiera! Pero ir él á doblar la cabeza... ¡congrio!... eso sí que no... ¡Pues estaría bueno! Si eso pasaba de solteros, ¿qué iba á suceder después de casados? ¡No, no... y no! Mas no era ese el motivo por el que Dolores había realizado aquel acto, á todas luces injusto; eso no había sido más que un pretexto como otro cualquiera; Meleno se lo había hecho ver bien claro: el verdadero motivo era su cojera; esa, esa era la verdadera madre del cordero, y no otra. Bien claro se veía que aquella arrogante moza, cuya belleza era famosa, no sólo en el pueblo, sino en todo el contorno, tenía á menos casarse con un cojo... ¡Mala peste en ella y en todas las mujeres guapas! Por el solo hecho de ser bonitas, ya creen que todo se lo merecen.»
Pero es el caso, que como en cosas de amor más entereza suele mostrar la mujer que el hombre, resultó que así como Dolores cada vez se mostraba más firme en su resolución, Juan, por el contrario, cada día flaqueaba más en la suya; y fuera porque al no ver ya á la Doña Amparo, que ojos que no ven, corazón que no siente, el recuerdo de ella y la impresión que le causaron se fuera borrando poco á poco del corazón de Juan; fuera porque nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde, ó fuera porque, en realidad, nunca había dejado de querer á Dolores, es lo cierto que el hombre empezó á sentir unos desfallecimientos y desmayos que bien parecía que la vida se le iba en ellos; que tan delante de los ojos tenía siempre la imagen de ella, que en todo el día veía otra cosa, y que aquellos desmayos que sentía, trocábanse á veces en raptos de furor que le empujaban hacia casa de la moza para ver con qué derecho le había dado aquellas calabazas. Tomaba, en efecto, el camino de la casa; pero es el caso que siempre, al llegar, sentía desfallecer su entereza y se veía asaltado por mil dudas y vacilaciones. Veinte veces avanzaba y otras tantas retrocedía, hasta que, por último, y renegando de todo lo renegable, íbase á su casa y se ponía á trabajar, asegurando que lo menos que debían hacer con él era ahorcarlo, ya que no tenía valor para ponerse enfrente de Dolores.
El estado en que llegó á verse Juan, repercutió en el pueblo, y no faltó quien propusiera ir á ver á Dolores, para rogarla que volviera de su acuerdo; porque lo cierto era que, desde que Juan estaba tan desesperado, no había Cristo que comprara un panecillo con el peso justo ni con el cocido en su punto.
Recurrir al padre de Juan, dueño de la tahona, era cosa inútil: aparte del cariño paternal que profesaba á su hijo, era tal la admiración que sentía por él, desde que volvió de la guerra en calidad de héroe, que se sentía incapaz de reprender á aquel vástago que tanto lustre daba á la dinastía de los Pachecos de Cornejilla la Vieja.
Se pensó en acudir al Alcalde para que llamara al orden al panadero; pero como quiera que aquél era carnicero, y también se quedaba en el peso con lo que podía, resultó que su llamada al orden sólo sirvió para que el padre de Juan lo mandara á paseo; y como no había más panadería en el pueblo que aquélla, el problema del pan llegó á convertirse en un problema sin solución.
Juan pasaba de los períodos de exaltación á los de un decaimiento profundo con la mayor rapidez; y eran tales sus lamentaciones, en estos últimos, que á buen seguro que de ser él un poco más decidido, ya hubiera hecho un disparate gordo.
Siempre que podía, procuraba hacerse el encontradizo con Dolores; pero de nada le servía, porque la chica le huía como si fuera el demonio.
¿Es que Dolores le había dado calabazas efectivamente porque tuviera á menos casarse con un cojo? ¡No! Dolores seguía queriendo á Juan lo mismo que antes, más quizá, porque también ella admiraba un poquitillo el valor de que Pelotón había dado pruebas en la guerra; pero Dolores estaba herida en lo vivo, desde que se dió cuenta de que su novio estaba enamorado, bien que sin saberlo, de aquella Doña Amparo; y no era ella mujer que sufriera esto. Sufría tanto ó más que Juan; pero no se daba á los arrebatos que éste: guardaba sus penas en el corazón, para ella sola, y mostrábase afable y cariñosa con las gentes; al revés que Juan, que no había guapo que se acercara á decirle una palabra.
No pasó inadvertida, ni mucho menos, para la chica, la mudanza que se operaba en su ex novio, y que éste cada vez podía menos vivir sin ella; pero guardábase muy bien de que él encontrara ocasión de hablarla: muy segura tenía que estar de que Juan había vuelto á la realidad para perdonarlo... ¡aunque se estuviera muriendo por hacerlo. ¿Que Juan sufría mucho? ¡Más había sufrido ella oyendo aquellos interminables relatos de lo que le había sucedido con aquella bendita señora!
Al fin, sucedió lo que tenía que suceder, tratándose de una moza tan hermosa como Dolores: los mozos del pueblo, que al principio se habían abstenido de decirla nada, pensando que la riña con Juan sería cosa pasajera, al ver que ésta se prolongaba y que ello parecía cosa seria, empezaron á cortejar á la moza.
Esquiva se mostró ella con todos, y no muy decididos ellos; pero al fin, hubo uno que se aventuró á espetarla su declaración.
Cuando esto llegó á oídos de Juan, creyó que se volvía loco; pero cuando creyó rabiar, fué cuando supo que el atrevido había sido Meleno... ¡su mejor amigo!
Saber esto, y echar á correr hacia una tierra en la que el Meleno se hallaba binando tranquilamente, fué todo uno.
Cuando Meleno se vió venir á Juan, en aquella actitud tan fiera, tembló por sus narices, pues demasiado sabía á lo que venía, y los puños que tenía. «Pero, ¿no era libre la Dolores para hacer lo que quisiera, puesto que habían reñido?»
No pudo seguir adelante en sus razonamientos, porque, lo mismo fué llegar Juan junto á Meleno, y que caer sobre éste una lluvia horrible de puñetazos. Y con tanta fuerza daba Juan, y tan malamente se defendía Meleno, que, á no ser por otro mozo del pueblo que á la sazón pasaba por la carretera, muy próxima al lugar del suceso, seguramente que allí se pusiera el punto final á la historia de Meleno.
Trabajo, y no poco, le costó al otro mozo lograr separarlos; pero pudo conseguirlo, no tanto por la abundancia de sus fuerzas, como por agotamiento de las de Juan, á fuerza de moler á su contrario.
Jadeantes y sudorosos, cada cual por su estilo, quedaron todos tres.
—¡Pero, hombre!... ¡Parece mentira que dos amigos tan... amigos como vosotros, hagáis esto!—dijo el mozo, tercero en la refriega.
—¿Amigo yo de ese... charrán?—replicó Juan despreciativamente, liándose á la cintura la caída faja.
—Bueno. ¿Se puede saber á qué ha venido esto?—preguntó Meleno, arreglándose, á su vez, los desperfectos.
—¡Demasiao sabes tú á lo que viene! Pero, mira, para que lo sepas mejor, te voy á decir, para tu gobierno, que mientras yo viva, ni tú, ni quien valga más que tú, le ha de decir na á la Dolores. ¿Te has enterao?
—¿Es que se va á hacer monja?
—Se hará... lo que le dé la gana; eso te tiene á ti sin cuidao. Lo que no tienes que olvidar es que mientras yo aliente, no habrá quien se acerque á la Dolores pa decirla «buenos ojos tienes»... ¡Por éstas!
Y al decir esto, Juan hizo una cruz con los dedos índice y pulgar de la mano derecha, dando en ella tan fuerte beso, que más parecía besar en fresca boca de mujer que en dedos propios y no muy limpios.
Más ganó Juan con este hecho, para su causa, que con todo lo que hasta entonces había intentado; porque no bien supo Dolores lo ocurrido, cuando sintió que toda su entereza se venía á tierra, y que se le deshacía la capa de hielo con que cubriera su corazón: ella conocía muy bien á Juan, y, por lo tanto, sabía muy bien que aquello no era bravuconería, sino cariño puro y de la mejor ley.
Decidió, pues, la moza, suavizar sus rigores para con Juan y hasta perdonarlo, como ya en su fuero interno lo había hecho; pero antes se propuso hacerle rabiar un poco, y á ello ajustó desde entonces su conducta.
Ya no huía las ocasiones de encontrarse con él; aunque procuraba no dar lugar á que la hablara, porque sabía que esto era lo que más le desesperaba.
La primera vez que se encontraron, que fué en la plaza, Dolores iba acompañada de una amiga. Al ver á Juan, ambas cuchichearon un momento entre risas contenidas, lo cual causó en aquél un azoramiento terrible. Tentado estuvo de volver atrás para no cruzarse con ellas; pero comprendiendo que esto era una retirada vergonzosa, siguió avanzando. Al cruzarse con ellas, sintió decir á Dolores, en voz alta y bien clara:—«La verdad, chica, que hay hombres brutos.»—Y á renglón seguido, dos alegres carcajadas resonaron en sus oídos, haciéndole el efecto de un escopetazo.
Juan, que al oir lo dicho por Dolores se había quedado parado en seco, pensando que aquello de bruto iba por él, al oir las risas de las dos amigas, salió de estampía, poniéndose colorado como un tomate.
—«¡Congrio! ¿Qué duda había de que Dolores le había llamado bruto, y de que se iban riendo de él?»
Pero esto era una señal de que Dolores no le quería, y si Dolores no le quería, aquello era también señal de que él no podía vivir; porque esa era la verdad: él no podía vivir ya sin Dolorcicas.
De tal manera se le metió corazón adentro la idea de que la moza no le quería ni pizca, que el hombre cayó en la melancolía más terrible; y olvidándose del quehacer á que se dirigía, echó carretera adelante, deseoso de hallar algún sitio donde estar pudiera á solas con sus tétricos pensamientos, sin ver ni hablar á nadie; que no hay nada que haga tomar tanto asco á las gentes, como las desgracias amorosas.
Andando, andando, vino á dar con sus huesos en Fuente Nueva, lugar algo distante del pueblo, donde se encuentran los tres únicos árboles que hay en el lugar, y que se mantienen á expensas de la humedad que les presta la fuente que da nombre al sitio.
Sentóse en el suelo, apoyando la espalda en el tronco de uno de aquellos árboles, y sacando un interminable pañuelo de entre los pliegues de la faja, lo pasó repetidamente por sus húmedos ojos.
Después que hubo llorado un buen rato, quedóse mirando á la fuente, y luego á los árboles. Cuando se hubo cansado de mirar á todas partes, cuando hubo ablandado todas las piedras que por allí había con unos suspiros que para sí los hubiera querido D. Quijote en su época de penitencia, soltó una serie de «congrios» interminable, y otra de «recongrios» más larga aún; añadió después que se hacía la tal en Meleno y que se iba á hacer la cual en todo el pueblo; soltó tres bufidos que levantaron una nube de polvo de la carretera, y cayó en honda meditación.
Aquella situación era insostenible, y era preciso ponerle fin. Para lograr esto, lo primero que hacía falta era encontrar ocasión de hablar con Dolores... y Juan creyó haberla encontrado: Dolores se sentaba todas las tardes á coser á la puerta de su casa; iría allí, y quieras que no, tendría que oirle.
Para no demorar tal resolución, decidió ponerla en práctica al siguiente día.
Llegó, aunque muy despacio para Pelotón, el día siguiente, y llegó la tarde. Juan, contoneando la cojera más de lo acostumbrado, y haciendo un acopio de energías inverosímil, llegó hasta la puerta de la casa de su tormento y quedó parado en ella sin decir palabra.
Dolores, en efecto, estaba cosiendo, en la puerta de la casa; Juana, la criada, cosía también, sentada al lado del ama, y ambas charlaban. Dolores, que inclinada sobre la costura vió la sombra de una persona que se paraba en la puerta, levantó la cabeza para ver quién era. Al ver á Juan y, sobre todo, al ver la cara tan compungida, á la par que fiera, que traía, sintió grandes deseos de echarse á reir; pero se contuvo. Quedóse mirándole un momento, y después, con el tono más natural del mundo, dijo á la Juana, á la par que ella lo hacía:
—Recoge la costura, Juana, que vamos á tener visita.
—¿Que vamos á tener visita ha dicho usted?
—Sí, mujer. ¿No sabes que en viendo á un cojo es visita segura?
Juan tosió dos veces seguidas; Dolores, con la mayor seriedad, metióse portal adelante con el cestillo de la labor. Juana, mirando á Pelotón y no comprendiendo lo que pasaba, se encogió de hombros y siguió á su ama.
Al ver cómo le dejaban plantado, Juan soltó un «congrio» formidable; el puño izquierdo lo llevó á las narices, apretando en ellas como si quisiera desgajarlas; con la mano derecha se echó la zarpa á la gorra, y de tal modo comenzó á tirar de ella, que una de dos: ó soltaba la gorra, ó con ella se llevaba la cabeza.
Dolores, desde una puerta entornada, veía á Juan en aquella actitud desesperada, y gozaba en ello; que sabido es lo que agrada á una mujer ver sufrir por ella al hombre á quien quiere, y Dolores quería, y mucho, á Juan.
Al fin éste dejó de tirar de la gorra, no sin que ésta hubiera dado de sí en forma que podía servir para cabeza mucho mayor, y dejó quietas las narices; tosió fuerte varias veces, subióse la faja con ambas manos, y soltando otro «congrio», que hizo desternillarse de risa á Dolores, se ausentó de allí, marcando la cojera de una manera espantosa.
Al día siguiente, cuando el pan se puso á la venta, hubo un motín en el pueblo, porque panecillo había que no llegaba á los cien gramos, ni mucho menos, y es lo que decían las mujerucas:—«¿Por qué no le dará la locura por hacer los panecillos dobles?»
II
Malamente pasó aquella noche Juan Pacheco. Lo mismo fué meterse en la cama que empezar á saltar en ella, como si el colchón estuviera sembrado de alfileres, y es el caso que, con tanto saltar, no hacía más que agitar en su cerebro la idea que aquella tarde había nacido en su pensamiento: matarse. ¿Qué podía esperar de Dolores después de la burla que había hecho de su cojera? ¡Nada! Pues si no podía esperar nada de Dolores, él estaba de más en la vida. Otras muchas cosas pensó; pero á todas renunció, por no encontrarlas viables; porque si en un principio le pareció una buena idea la de ponerle fuego por los cuatro costados al pueblo, luego pensó que era una barbaridad, de la que podía resultar que se achicharraran los buenos y se pusieran en salvo los malos, como Dolores y Meleno.
Sería la una de la madrugada cuando, después de mucho deliberar, resolvió ser él solamente el que se quitara de en medio; lo que no pudo resolver fué el modo de hacerlo, porque se tuvo que levantar para hacer la hornada; pero esta idea se le coció á él en la mollera, mientras el pan se cocía en el horno: se quitaría la vida segándose la garganta con la navaja barbera que tenía su padre para afeitarse. Pero cortarse el cuello así, sin que aquella descastada lo viera, para que no le saliera el susto del cuerpo en toda la vida, era una tontería. ¿Iría á casa de Dolores y se daría el tajo delante de la familia? ¡Bah! ¡No le dejarían! ¿Y cómo hacer?
Estas dudas vino á resolverlas, hacia las ocho de la mañana, un amigote de Juan: «Dolores había ido á Cornejilla la Nueva hacía un momento.»
Dolores, en efecto, iba muchos días á comer con sus tíos, labradores de Cornejilla la Nueva, que distaba de la Vieja cosa de un kilómetro, y regresaba por la tarde. Las dos Cornejillas comunicaban por medio de un camino vecinal, por el que no podían transitar carros, á causa de su angostura; este camino, poco antes de Cornejilla la Vieja, se veía cortado por un pequeño barranco de dos metros de ancho, que se salvaba por medio de unos tablones que no tenían otra sujeción que su propio peso, ni más seguridad que la buena intención de los caminantes; allí mismo resolvió Pelotón hacer la barbaridad.
Cuando Dolores regresara, él, que estaría esperando... ¡zas!... se rebanaría el cuello y se dejaría la cabeza colgando de un pedacillo de carne, para que no hubiera duda en la identificación.
¡Ya vería aquella mujer sin corazón quién era Juan Pacheco!
La impaciencia le tenía de tal modo inquieto, que, no bien hizo que comía, pues no era cosa de atracarse, según su costumbre, estando próximo á morir, cogió la navaja, se la metió en el bolsillo y... ¡hala para el barranco!... que desde aquel día sería célebre. Cuando llegó, miró la hora en un abultado reloj de plata, que bien pudiera hacer el oficio de tartera quitándole la máquina, y vió que aun faltaban dos horas largas para que Dolores regresara, según la que tenía por costumbre. ¡Cuántas veces la había acompañado por aquel camino... cuántas!
Dióse Juan á meditar sobre todo lo ocurrido antes de la guerra, en la guerra y después de la guerra, sacando en consecuencia á qué extremos llegan los hombres por su mala cabeza; porque ahora que lo miraba fríamente, no dejaba de comprender que Dolores tenía razón... hasta cierto punto. Lo cierto es que cuando él vino de la guerra no hablaba de otra cosa más que de Doña Amparo, y, si es verdad que sólo la gratitud era la que movía su lengua, el caso es que él no se había ocupado de decirle á su novia ni una palabrica dulce; y esto, con las cartas tan llenas de cariño y de zozobra por el estado de su salud, que ella le había escrito, la verdad era que no estaba bien, y le parecía natural que Dolores se hubiera enfadado; que mujer era, y, al fin y al cabo, las mujeres no pueden comprender que un hombre piense en otra sin estar enamorado de ella. Pero también aquel engaño de citarle en la ventana, haciendo que él creyera que sería porque ella se estaba muriendo por decirle algo, y salir luego con aquella andanada, aquellos modales, aquel modo de cerrar la ventana dándole con ella en las narices y medio espachurrándole un dedo, que bien negra tuvo la uña días y más días... ¡tampoco aquello estaba bien! ¿Que había dado lugar á ello? Sí, señor; si no lo negaba; pero no estaba bien aquello, ¡congrio!, no estaba bien.
Cuanto más pensaba Juan, más lío se hacía con sus ideas, y á vuelta con ellas, siempre venía á parar al mismo punto: Dolores tenía razón.
«Pero si tenía razón, lo menos que podía, que debía hacer, antes de largarse el tajo, era decírselo y aun pedirle perdón. ¿Y quién era el guapo que lo hacía, si no había un Dios que se acercara á hablarla? ¡Ah! Si él hubiera podido hablarla, no hubieran llegado las cosas al extremo que habían llegado; que moza que á él le dejara hablar, era moza perdida, según las cosas que sabía decirle.»
La idea de hablarle antes de morir se aferró de tal modo á su pensamiento, que ya no pensó en otra cosa que en lograrlo. Cuando ya desesperaba de conseguirlo, se le ocurrió un modo que consideró como infalible: quitaría las tablas que servían de puente y, así, no pudiendo pasar, no tendría más remedio que detenerse y escucharle, bien que ello fuera desde la otra orilla. «¿Y si se volvía para atrás? ¡Congrio! ¡Si se volvía para atrás, de un salto se ponía al otro lado del barranco, la cogía de un brazo, y quieras que no, tendría que oirle!»
En esto estaba Juan, cuando, á lo lejos, vió avanzar una mujer por el camino vecinal: ella era sin duda alguna. Con gran entusiasmo puso Pelotón manos á la obra. Las tablas eran pesadas; pero fuerzas tenía él más que sobradas, y así, cuando Dolores, que ella era, llegó al barranco, se encontró con que no podía pasar.
Juan, haciéndose el desentendido, afilaba un palitroque con la navaja barbera, haciéndose la ilusión de que, de un momento á otro, iba á sentir á Dolores que le llamaba para que hiciera el favor de poner las tablas en su sitio.
Dolores, que desde el primer momento comprendió lo que Juan había hecho, y por qué lo había hecho, sintió una gran alegría y sonrió al pensar en el chasco que se iba á llevar el mozo, si estaba esperando á que ella le pidiera que franqueara el paso. Juan, más nervioso que una damisela, y mirando de reojo á Dolores, sacaba astillas y más astillas del palitroque, de modo que pronto acabara con él, y no acabara con los dedos por milagro.
Dolores, que se había sentado en un montoncillo de tierra, tarareaba, por lo bajo, una canción.
El mozo, que tomaba aquella actitud de Dolores por la más despreciativa que mujer alguna pudiera tomar para despreciar á un hombre, empezó á sudar y trasudar y á pensar que, en vista de que ella no decía nada, debía decirlo de él... pero que no se le ocurría nada.
«Y ¡qué guapa estaba la condenada! ¡También tendría que ver eso de matarse y que viniera otro con sus manos lavadas y se llevara aquel pedazo de gloria! ¡¡Recongrio!!»
Y tal era la cara que Juan ponía, que Dolores, que de hito en hito le miraba, sintió ganas de reir y tuvo lástima del pobre Juan.
No llevaba traza de terminar aquella situación, por cuanto Dolores no tenía intención de despegar los labios, y á él no se le ocurría por donde empezar. Tanto coraje le causó esto, que ello sirvió para desatarle la lengua.
—¿Te vas á estar así hasta la noche?—dijo.
Volvió lentamente la cabeza Dolores, para mirarle, y contestó con la mayor gravedad:
—No sé que te pueda importar mucho el que me esté ó no me esté; pero, de todos modos, bien se comprende que aquí me tengo que estar hasta que venga alguien que vuelva las tablas á su sitio y se pueda pasar.
—¿Y no estoy yo aquí para ponerlas?—replicó Juan con creciente coraje.
—Entonces, ¿para qué te has tomado el trabajo de quitarlas?
—¿Y si no hubiera sido yo?
—No puede ser nadie más que tú, porque no hay otro en el pueblo que tenga más mala sangre.
—¿Que yo tengo mala sangre? Ahora mismo vas á verlo—exclamó Juan, que, como se ve, perdía en seguida los estribos—. Yo he sido el que ha quitado las tablas, sí, señor, yo he sido; pero no te creas que las he quitado para detenerte y estarme recreando en mirarte, que moza con tan mal corazón como el que tú tienes, no es para que la mire nadie: las he quitao pa que no tengas más remedio que ver de lo que es capaz Juan Pacheco.
Levantóse Dolores, un tanto sobresaltada, al ver á Juan esgrimir la navaja, y acercóse al borde del barranco.
—Las he quitao, pa que veas cómo, por tu culpa, me rebano ahora mismo el pescuezo, y pa que veas, de paso, si es mala la sangre que tengo.
—Pero ¿para qué quieres matarte, pedazo de bárbaro?—replicó Dolores muy azorada, al ver la fiera actitud de Juan.
—¡Pa no verte!
—¿Pues tienes más que no mirarme?
—¿No mirarte sabiendo que te puedo ver?
—¿Qué falta te hago yo para nada, si para ti no hay más que una mujer en el mundo?
—Eso, eso que tú has dicho: una na más.
—¡Tu Amparito!
—¡No, congrio: mi Dolores! Y puesto que tú ya no me quieres, ahora vas á ver lo que hago.
Y al decir esto, con tanta furia se llevó la navaja al cuello, que Dolores, espantada, dió un grito horrible y se tapó la cara con las manos.
Al oir el grito dado por Dolores, suspendió Juan la operación del degüello; pero no tan pronto que el filo de la navaja no causara un pequeño corte en la piel. Breves momentos permanecieron en aquella actitud. Descubrió su cara temerosa Dolores, y, con enérgico acento, dijo:
—Tira eso, Juan; tira eso ahora mismo.
Lentamente bajó el brazo Juan.
—¡Que tires eso, te digo!—volvió á repetir la moza.
Juan miró la navaja, miró después á Dolores, y sintiendo sobre sí el influjo del mirar de ella, arrojó violentamente la navaja al fondo del barranco. Cuando Dolores le vió tirarla, dejóse caer en el montoncillo de tierra y rompió á llorar con gran desconsuelo.
Ver Juan que Dolores lloraba y plantarse de un brinco á su lado, fué cosa de un segundo.
Sentóse Juan junto á Dolores, rodeó su cintura con un brazo, y, sacándola el pañuelo, que asomaba en uno de los bolsillos del delantalillo, por no estar muy seguro del suyo, quiso secar aquellas lágrimas que se vertían por su culpa.
—Quita de ahí, bruto; déjame en paz—decía Dolores con entrecortado acento, porque la acción de Juan habíala conmovido muy de veras.
—Dolores... Dolorcicas—decía éste, hecho pura jalea—; no llores ó bajo por la navaja, que bien merecido me tengo, por bruto, quitarme de en medio; no llores, Dolorcicas, y, mírame ya una vez con aquel cariño con que me mirabas antes.
—Como te lo mereces tanto—contestaba la moza sorbiéndose las lágrimas.
—No me lo merezco, ni poco, ni mucho, ni na; pero tú eres muy buena para negarlo. Mira que tú no sabes lo que he penao por ti en este tiempo.
—¿Por mí, ó por la otra?
—No me hables más de la otra, que ni tan siquiera por casualidad me acuerdo de ella.
—Mal hecho—respondió Dolores, ya más serena.
—¡Congrio! ¿Y por qué?
—Porque no debe olvidarse nunca el bien que se nos hace. Yo ni la he olvidado, ni la olvidaré.
—¿Tú?
—¿Cómo olvidar el cariño con que te cuidó y te atendió en el hospital?
—¡Miá que eres buena! Pero, entonces, dejando á un lao lo de mi cojera, que ya me barruntaba yo que era una añagaza del cochino de Meleno, ¿no hiciste lo que hiciste por celos?
—¿Por celos? ¡En tan poco te crees que me tengo yo!
—Tienes razón: ella, en su esfera, es un ángel; tú, en la tuya, eres otro... y cada oveja con su pareja... y Dios con todos, Dolorcicas.
—¿Sabes el placer más grande que yo tendría?
—Cuál.
—Conocer á esa señora. Te aseguro que, como cayera en mis manos, dos besos en los que se llevara toda mi alma no se los quitaba nadie.
—No se los quitaría nadie; pero yo te aseguro que los que yo te voy á dar, tampoco te los quita á ti ni el mismísimo Sursum corda.
Y Juan, abrazándose á Dolores, como náufrago que se ahoga, buscó su fresca boca con afán; huíale Dolores, entre risas sofocadas; lucharon algunos momentos y, al fin, sucumbió la muchacha, que vió ahogadas sus risas por una lluvia de besos.
Hay que hacer constar aquí, que aquella era la primera vez que Dolores consentía á Juan propasarse. Tanto le había visto sufrir al pobrecillo, que no pudo negarle aquella preciada recompensa. En aquel momento Dolores advirtió que en el cuello de Juan había sangre; sobresaltóse al pronto, pero en seguida se convenció de que no era más que un arañazo.
—Merecido tenías que te hubiera dejado matarte—dijo cariñosamente la moza.
—Esta será la señal de mi felicidad, Dolores de mi alma.
La noticia de la boda de Juan con Dolores corrió por el pueblo como un reguero de pólvora; aquélla se celebró á los dos meses de lo ocurrido junto al barranco. ¡Ah! el pueblo recobró la tranquilidad, porque el pan volvió á tener su peso, con gran contentamiento del Alcalde, que más de una vez vió peligrar la vara.
Y nosotros, seguros ya de la felicidad de nuestro buen amigo Juan, salimos de Cornejilla la Vieja para no volver más, con gran satisfacción nuestra; porque la verdad es que la mayoría de los pueblos de España convidan bien poco á visitarlos.