SEGUNDA PARTE (continued 2)
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Lo decía con convicción, vibrando todos los músculos de su cara varonil, ardiendo como brasas sus ojos de moro veteados por la pasión con venillas de sangre. Y Leonora le miraba ahora con apasionamiento, como si viese un hombre nuevo. Estremecíase con una emoción nueva al oír los bárbaros ensueños, las amenazas de muerte. Aquel no se mataba melancólicamente como el poeta italiano viendo perdido su amor: moría matando, destrozaba el ídolo, ya que no atendía sus súplicas.
Y dulcemente conmovida por la expresión trágica de Rafael, se dejaba llevar por éste, que la había cogido un brazo y la atraía lejos de la avenida entre las copas bajas de los naranjos.
Permanecieron los dos en silencio mucho rato. Leonora parecía embriagada por el perfume viril de aquellas amenazas de pasión salvaje.
Rafael, al ver cabizbaja y silenciosa a la artista, creyó que la habían ofendido sus palabras, y se arrepintió de ellas.
Debía perdonarle, estaba loco. Se exasperaba ante su resistencia inexplicable. ¡Leonora! ¡Leonora! ¿A qué empeñarse en estorbar la obra del amor? El no era indiferente para ella, no le inspiraba antipatía ni odio; de lo contrario, no serían amigos ni le permitiría las continuas visitas. ¿Amor?... Estaba seguro de que no lo sentía por él, pobre infeliz, incapaz de inspirar una pasión a una mujer como ella. Pero que no se resistiera; ya le amaría con el tiempo; él lograría conquistarla en fuerza de cariño y de adoración. ¡Ay! con sólo su amor, había para los dos y para todos los amantes famosos en la historia. Sería su esclavo, la alfombra en que pondría sus pies; el perro, siempre tendido ante ella, con la mirada ardiente de la eterna fidelidad, acabaría por quererle, si no por amor, por gratitud y por lástima.
Y al hablar así, acercaba su rostro al de Leonora, buscando su imagen en el fondo de los ojos verdes; oprimía su brazo con la fiebre de la pasión.
—Cuidado, Rafael... me hace usted daño, suélteme usted.
Y como si despertara en pleno peligro después de un dulce sueño, se estremeció, desasiéndose con nervioso impulso.
Después comenzó a hablar con calma, repuesta ya de la embriaguez con que le habían turbado las apasionadas palabras de Rafael.
No, lo que él deseaba era imposible. La suerte estaba echada, no quería amor... La amistad les había llevado algo lejos. Ella tenía la culpa, pero sabría remediarlo. Era ya un barco viejo que no podía cargar con el peso de una nueva pasión. Si le hubiera conocido años antes, tal vez. Reconocía que hubiese llegado a quererle; le creía más digno de su amor que otros hombres a los que había amado. Pero llegaba tarde; ahora sólo quería vivir. ¡Qué horror! ¡las emociones de la pasión en un ambiente mezquino, en aquel mundo pequeño de curiosidades y maledicencias! ¡Ocultarse como criminales para quererse! ¡Ella, que gustaba del amor al aire libre, con el sublime impudor de la estatua que escandaliza a los imbéciles con su desnuda hermosura! ¡Verse roída a todas horas por la murmuración de los tontos, después de haber dado su cuerpo y su alma a un hombre! ¡Sentir en torno el desprecio y la indignación de todo un pueblo que la acusaría de haber corrompido una juventud, separándola de su camino, alejándola para siempre de los suyos! No, Rafael, mil veces no; ella tenía conciencia, ya no era la loca de otros tiempos.
—Pero ¿y yo?—suspiraba el joven agarrando de nuevo su brazo con ansiedad infantil—usted piensa en sí misma y en todos, olvidándome a mi. ¿Qué voy a hacer yo a solas con mi pasión?
—Usted olvidará—dijo gravemente Leonora.—Hoy he visto que es imposible mi estancia aquí. Los dos necesitamos alejarnos. Huiré antes que termine la primavera; iré no sé dónde, volveré al mundo, a cantar, donde no encuentre hombres como usted, y el tiempo y la ausencia se encargarán de curarle.
Leonora se estremeció al ver la llamarada de salvaje pasión que pasó por los ojos de Rafael. Sintió junto a los labios el ardoroso resuello de aquella boca que buscaba la suya, murmurando con apagado rugido:
—No, no te irás; quiero que no te vayas.
Y se sintió enlazada, conmovida de cabeza a pies por unos brazos nerviosos a los que la pasión daba nueva fuerza. Sus pies se despegaron del suelo, se sintió elevada; un impulso brutal la hizo caer de costado al pie de un naranjo, al mismo tiempo que en sus ropas se agitaban unas manos convulsas, estremecidas, que herían las carnes con caricias de fiera.
Fue una lucha brutal, innoble que duró unos instantes. La walkyria reapareció en la mujer vencida. Su cuerpo robusto vibró con un supremo esfuerzo, incorporose sofocando con su peso a Rafael, y al fin Leonora se irguió, poniendo su pie brutalmente, sin misericordia, sobre el pecho del joven, apretando como si quisiera hacer crujir la osamenta de su pecho.
Su aspecto era terrible. Parecía loca, con su rubia cabellera deshecha y sucia de tierra. Sus verdes ojos brillaban con reflejos metálicos como agudos puñales, y su boca, descolorida por la emoción, contraíase, lanzando, por la fuerza de la costumbre, por el instinto del esfuerzo, su grito de guerra, un ¡hojotoho! desgarrado, salvaje, que conmovió la calma del huerto, estremeciendo a las aves de corral, que corrieron asustadas por los senderos.
Blandía con furor la sombrilla cual si fuese la lanza de las hijas de Wotan, y varias veces apuntó con ella a los ojos de Rafael como si quisiera sacárselos.
El joven parecía abatido por su esfuerzo, avergonzado de su brutalidad, inerte en el suelo, sin protesta, como si deseara no levantarse jamás; morir bajo aquel pie que le asfixiaba iracundo.
Leonora se serenó, y lentamente fue retrocediendo algunos pasos, mientras Rafael se incorporaba, recogiendo su sombrero.
Fue una escena penosa. Los dos sentían frío, no veían luz, como si el sol se hubiera apagado y sobre el huerto soplase un viento glacial.
Rafael miraba avergonzado al suelo; tenía miedo de verla, miedo de contemplarse con las ropas en desorden, sucio de tierra, batido y golpeado como un ladrón al que sorprende un amo fuerte.
Oyó la voz de Leonora, hablándole con la despreciativa familiaridad que se usa con los miserables.
—¡Vete!
Levantó los ojos y vio los de Leonora irritados y altivos, fijos en él.
—A mí no se me toma—dijo con frialdad;—me entrego, si es que quiero.
Y en el gesto de desprecio y rabia con que despedía a Rafael, parecía marcarse el recuerdo odioso de Boldini, aquel viejo repugnante, el único en el mundo que la había tomado por la fuerza.
Rafael quiso excusarse, pedir perdón, pero aquel recuerdo de la adolescencia evocado por la escena brutal, la hacía implacable.
—¡Vete, vete, o te abofeteo!... Jamás vuelvas aquí.
Y para dar más fuerza a estas palabras cuando Rafael, humillado y sucio, salió del huerto, Leonora cerró tras él la verja de madera con tan brutal ímpetu, que casi hizo saltar los barrotes.
IV
Doña Bernarda mostrábase contenta de su Rafael. Se acabaron las miradas feroces, los gestos severos, las mudas escenas entre madre e hijo, que presenciaban con temor los íntimos de la casa.
Ya no iba a la casa azul; lo sabía con gran certeza, gracias al espionaje gratuito con que la servían las gentes afectas a la familia. Apenas salía de casa; un rato al casino por las tardes, y el resto del día en el comedor con ella y los amigos, o encerrado en su cuarto, a vueltas sin duda con sus libros, que la austera señora miraba con el respeto supersticioso de su ignorancia.
Don Andrés, el consejero, se mostraba triunfante al comentar aquel cambio. ¿Qué había dicho él, siempre que doña Bernarda, en las íntimas confidencias de aquella amistad que casi tomaba el carácter de una pasión senil, tranquila y respetuosa, se quejaba de la rebeldía del muchacho? Aquello pasaría: era un capricho de la edad; había que dar a la juventud lo suyo. Rafael no había estudiado para cartujo. ¡Otros a su edad y aun con más años eran peores!... Y el viejo señor pensaba sonriendo en sus fáciles conquistas de los almacenes, entre el rebaño despeinado, miserable y de sucios zagalejos que empapela la naranja. La buena doña Bernarda, después de sufrir tanto de su marido era demasiado exigente con su hijo. ¡Que se divirtiera! ¡que gozara! Ya se cansaría de la artista con ser tan hermosa, y entonces sería fácil volverle a la buena senda.
Doña Bernarda admiraba una vez más el talento del consejero, viendo cumplidas sus predicciones, hechas con un cinismo que enrojecía a la devota señora.
Ella también lo creía acabado todo. Su hijo era menos ciego que el padre. Se había cansado del amor de una mujer perdida como aquella; no quería reñir con su madre por tan poca cosa, ni que los enemigos le desacreditasen y volvía a su deber con gran alegría de la buena señora que le rodeaba de solícitas atenciones.
—¿Y de aquello?—le preguntaban misteriosamente sus amigas.
—Nada—respondía con una sonrisa de orgullo.—Han pasado tres semanas, y ni asomos de querer volver allá. Mi Rafael es bueno. Lo ocurrido no fue más que una distracción de muchacho. ¡Si le vierais por las tardes haciéndome compañía en la sala! Un ángel, un verdadero ángel. Se pasa las horas hablando conmigo y con la hija de Matías.
Y añadía, extremando su sonrisa y con ojos maliciosos:
—Creo que hay algo.
Algo había, sí; o por lo menos apariencia de haberlo. Rafael, cansado de vagar por la casa fatigado de los libros ante los cuales pasaba horas enteras volviendo hojas, sin darse cuenta de lo que decían, refugiábase en el salón donde cosía su madre, vigilando un complicado bordado de la hija de don Matías.
Rafael gustaba de la mansa sencillez de aquella muchacha. Su simplicidad producía en él una impresión de frescura y descanso. La veía como una cuevecita angosta y oculta en la cual dormitaba tranquilo después de una tempestad. La sonrisa satisfecha de su madre le animaba a permanecer allí. Jamás la había visto tan bondadosa y comunicativa. El goce de tenerle otra vez seguro y sumiso modificaba su carácter austero hasta la rudeza.
Remedios, con la cabeza inclinada sobre su bordado, enrojecía intensamente cada vez que Rafael alababa su obra o la decía que era la muchacha más bonita de Alcira. La ayudaba a enhebrar las agujas; con las manos extendidas servía de devanadera a las madejas que ovillaba la joven, y más de una vez la pellizcaba por debajo del bastidor, con la confianza de haberla conocido niña, lo que no evitaba sus gritos escandalizados.
—Rafael, no seas loco—decía la madre amenazándole bondadosamente con sus secas manos.—Deja trabajar a Remedios; si te portas tan mal no te permitiré entrar en la sala.
Y por la noche, a solas en el comedor con don Andrés, cuando llegaba la hora de las confidencias, doña Bernarda olvidaba los asuntos de la casa y del partido para decir con satisfacción:
—Eso marcha.
—¿Se enamora Rafaelito?...
—Cada día más. La cosa va a todo vapor. Ese chico es en esto el vivo retrato de su padre. Crea usted que conviene que no les pierda de vista. Si no estuviera yo aquí, ese diablillo sería capaz de una locura que desacreditase la casa.
Y la buena señora, estaba segura de que para Rafael no existía ya la hija del doctor Moreno, criatura abominable, cuya belleza había sido su pesadilla durante algunos meses.
Sabía por sus espías que una mañana de mercado se habían encontrado los dos en las calles de Alcira. Rafael volvió la mirada como si buscase un sitio por donde huir; ella palideció y siguió adelante fingiendo no verle. ¿Qué significaba esto?... La ruptura para siempre. Ella, la buena pieza, palidecía de rabia, tal vez porque no podía atrapar de nuevo a su Rafael, porque éste, cansado de inmundicia, la abandonaba para siempre. ¡Ah, la perdida! ¡la ramera!
¿Pues qué no había más que educar un hijo en las más sanas y virtuosas creencias y hacer de él un personaje, para que después llegase una correntona peor mil veces que las que por dinero hacen porquerías en un callejón para llevársele con sus manos sucias? ¿Qué había creído la hija del descamisado?... ¡Rabia! ¡Palidece de pena, al ver que se te va para siempre!
En la alegría de su triunfo, comenzaba a pensar en la boda de su hijo con Remedios, y levantando una punta de su reserva de gran señora, trataba a don Matías como de la familia, ensalzando el afecto cada vez más vivo que unía a los chicos.
—Pues si se quieren—decía el burdo ricachón,—por mí que sea la boda cuanto antes. Remedios hace mucho papel a mi lado: una mujercita como hay pocas para el gobierno de la casa; pero esto que no sea obstáculo para el casorio. Muy satisfecho, doña Bernarda, de que seamos parientes. Sólo siento que don Ramón no pueda ver estas cosas.
Y era verdad que lo único que empañaba la alegría del rústico millonario, era que no viviese el alto e imponente señor para darse el gusto de tratarle como un igual, coronando así el éxito de su asombrosa fortuna.
Doña Bernarda también veía en aquella unión la cúspide de sus ensueños; el dinero unido al poder; los millones de un comercio cuyos éxitos maravillosos parecían golpes de juego, viniendo a vivificar con savia de oro el árbol de los Brulls, algo resquebrajado y viejo por largos años de lucha.
Comenzaba la primavera. Algunas tardes doña Bernarda llevaba los chicos a sus huertos o a las ricas fincas del padre de Remedios. Había que ver con qué aire de bondad vigilaba a la joven pareja, gritando alarmada si en sus correrías permanecían algunos minutos ocultos tras los naranjos.
—¡Este Rafael!—decía a su consejero con aquella confianza que le había hecho relatar más de una vez las tristezas de la intimidad con su esposo.—¡Qué pillo es! ¡De seguro que la estará besando!
—Déjelos usted, doña Bernarda. Cuanto más se meta en harina, menos peligro de que vuelva a la otra.
¿Volver?... No había cuidado. Bastaba contemplar a Rafael cómo cogía las flores y las colocaba riendo en la cabeza o el pecho de Remedios, que se resistía débilmente, con un rubor de colegiala, conmovida por tales homenajes.
—Quieto, Rafaelito—murmuraba con una voz que parecía un balido suplicante.—No me toques; no seas atrevido.
Y su emoción la traicionaba de tal modo, que parecía estar pidiendo que el joven volviese a poner en su cuerpo aquellas manos que la trastornaba desde los pies a la raíz de los cabellos. Se replegaba por educación, huía de él porque este es el deber de una joven cristiana y bien educada; escapaba como una cabrita con graciosos saltos por entre las filas de naranjos, y el señor diputado salía detrás a todo galope con las narices palpitantes y los ojos ardorosos.
—¡Que te coge, Remedios!—gritaba la mamá, riendo.—¡Corre; que te coge!
Don Andrés contraía su cara arrugada con una sonrisa de viejo fauno. Aquellos juegos le rejuvenecían.
—¡Hum, señora! Sí que va la cosa a todo vapor. Está que arde. Cáselos usted pronto; mire que si no, podemos dar mucho que reír a Alcira.
Y todos se engañaban. Ni la madre ni el amigo veían la expresión de desaliento y tristeza de Rafael cuando quedaba solo, encerrado en un cuarto en cuyos obscuros rincones seguía viendo aquellos ojos verdes y misteriosos de que había hablado a Leonora.
¿Volver a ella? Nunca. Duraba en él la vergüenza y el anonadamiento por lo de aquella mañana. Se veía en toda su trágica ridiculez, apelotonado en el suelo, oprimido por el pie de la viril amazona, manchado de tierra, humilde y confuso como un delincuente que no acierta a disculparse. Y después la palabra terrible como un latigazo: «¡Vete!»; como a un lacayo que osa atreverse a su señora, y la verja, cerrándose a sus espaldas con estrépito cayendo como una losa de tumba entre él y la artista.
No volvería: le faltaba valor para arrostrar su mirada. La mañana en que la encontró casualmente cerca del mercado, creyó morir de vergüenza; le temblaron las piernas, vio que la calle se obscurecía como si repentinamente llegase la noche. Había desaparecido ella, y todavía le zumbaban los oídos y buscaba apoyarse en algo, como si el suelo se balanceara bajo sus pies.
Necesitaba olvidar su vergonzosa torpeza aquel recuerdo tenaz como un remordimiento, y, se aturdía cerca de la protegida de su madre. Era una mujer, y sus manos, que parecían desatadas desde aquella mañana dolorosa, iban a ella; su lengua libre, después de la vehemente confesión de amor a la puerta del huerto, hablaba ahora con ligereza, expresando una adoración que parecía resbalar sin huella alguna por la cara inexpresiva de Remedios, yendo lejos, muy lejos, donde permanecía oculta y ofendida la otra.
Se aturdía cerca de Remedios para caer en una estúpida tristeza apenas se veía sólo. Era una embriaguez de espuma que se evaporaba en la soledad. Remedios le parecía uno de esos frutos sin sazonar, sanos, con la película de la virginidad, limpios de picaduras y manchas, pero sin el sabor que deleita ni el perfume que embriaga.
En su extraña situación, viviendo durante el día de jugueteos infantiles con una muchacha que no despertaba en él más que el regocijo de la camaradería fraternal y durante la noche de tristes recuerdos, lo único que le placía era la confianza de su madre, la tranquilidad de la casa, el poder ir y venir sin sentir fijos en él unos ojos irritados y escuchar palabras de indignación ahogadas entre dientes.
Don Andrés y los amigos del casino le preguntaban cuándo sería la boda; su madre hablaba en presencia de los chicos de las grandes trasformaciones que se tendrían que hacer en la casa. Ella, con las criadas abajo, y todo el primer piso para el matrimonio, con habitaciones nuevas que habían de ser asombro de la ciudad, y para cuyo adorno vendrían los mejores decoradores de Valencia. Don Matías le trataba familiarmente, como cuando se presentaba en el patio a recibir órdenes, y le veía niño, jugueteando en torno del imponente don Ramón.
—Todo cuanto tengo, para vosotros será. Remedios es un ángel, y el día que yo muera tendrá más que el pillo de mi hijo. Sólo te ruego que no te la lleves a Madrid: ya que abandona mi casa, al menos que la pueda ver todos los días.
Y Rafael oía todas estas cosas como en sueños. Realmente él no había manifestado ningún deseo de casarse; pero allí estaba su madre que lo arreglaba todo, que le imponía su voluntad, que aceleraba aquel afecto tenue y ligero, empujándole hacia Remedios. Su boda era cosa decidida, un tema de conversación para toda la ciudad.
Sumido en su tristeza, agarrotado por la tranquilidad que ahora le rodeaba y que temía romper, débil y sin voluntad, encontraba un consuelo pensando que la solución preparada por su madre era la mejor.
Su amistad con Leonora se había roto para siempre. Cualquier día levantaría ella el vuelo; lo había dicho muchas veces, se marcharía pronto, cuando terminase la primavera. ¿Qué le quedaba a él?... Obedecer a su madre; se casaría y tal vez esto le distrajese. Poco a poco iría creciendo su afecto por Remedios y tal vez llegase a amarla con el tiempo.
Estas reflexiones le daban un poco de tranquilidad; le sumían en una inconsciencia agradable. Quería ser como de niño; que su madre se encargase de todo, él se dejaría llevar sin resistencia ni movimiento por la corriente de su destino.
Pero esta resignación se rasgaba a veces con arranques de protesta, con palpitaciones violentas de pasión.
Comenzaban a florecer los naranjos. La primavera hacía densa la atmósfera. El azahar como olorosa nieve, cubría los huertos y esparcía su perfume por los callejones de la ciudad. Al respirar se mascaban flores.
Rafael no podía dormir. Por las rendijas de las ventanas, por debajo de las puertas, al través de las paredes parecía filtrarse el perfume virginal de los inmensos huertos; aquel olor que evocaba la visión de carnales desnudeces, acosaba con agudas punzadas su joven virilidad. Era el aliento embriagador que venía de allá abajo, después de haber pasado tal vez por los pulmones de ella agitando su mórbido pecho.
¡Ah, los terribles recuerdos! Rafael se revolvía en la cama, creyendo sentir todavía en sus manos el contacto sedoso de las misteriosas interioridades tanteadas ávidamente en la fiebre de la lucha; se imaginaba tener ante sus ojos aquella rápida visión de nieve sonrosada, entrevista como a la luz de un relámpago, mientras el iracundo pie le oprimía el pecho... y revolviéndose furioso entre las sábanas rugía de pasión, mordiendo la almohada:
—¡Leonora! ¡Leonora!
Una noche, a fines de Abril, Rafael se detuvo en la puerta de su cuarto con el mismo temor que si fuese a entrar en un horno. Estremecíase al pensar en la noche que le esperaba. La ciudad entera parecía desfallecer en aquel ambiente cargado de perfume. Era un latigazo de la Primavera, acelerando con su excitación la vida, dando mayor potencia a los sentidos.
No soplaba ni la más leve brisa; los huertos impregnaban con su olorosa respiración la atmósfera encalmada; dilatábanse los pulmones como si no encontrasen aire, queriendo aspirar de un golpe todo el espacio. Un estremecimiento voluptuoso agitaba la ciudad, adormecida bajo la luz de la luna.
Rafael, sin darse cuenta de lo que hacía, bajó a la calle y poco después, se vio en el puente, donde algunos noctámbulos, con el sombrero en la mano, respiraban con avidez, contemplando el haz de reflejos sueltos, como fragmentos de espejo, que la luna proyectaba sobre las aguas del río.
Siguió adelante Rafael por las calles del arrabal, solitarias, silenciosas, resonantes bajo sus pasos con una hilera de casas blancas y brillantes bajo la luna, y la otra sumida en la sombra. Se sentía subyugado por el misterioso silencio del campo.
Su madre dormía descuidada; él estaba libre hasta el amanecer y seguía adelante, como atraído por aquellos caminos, serpenteantes entre los huertos, donde tantas veces había soñado y esperado.
Para Rafael no era una novedad el espectáculo. Todos los años presenciaba la germinación primaveral de aquella tierra, cubriéndose de flores, impregnando el espacio de perfume, y, sin embargo, aquella noche, al ver sobre los campos el inmenso manto de nieve del azahar blanqueando a la luz de la luna, sintiose dominado por una dulce emoción.
Los naranjos, cubiertos desde el tronco a la cima de blancas florecillas con la nitidez del marfil, parecían árboles de cristal hilado: recordaban a Rafael esos fantásticos paisajes nevados que tiemblan en la esfera de los pisapapeles. Las ondas de perfume, sin cesar renovadas, extendíanse por el infinito con misterioso estremecimiento, transfigurando el paisaje, dándole una atmósfera sobrenatural, evocando la imagen de un mundo mejor, de un astro lejano donde los hombres se alimentasen con perfumes y vivieran en eterna poesía. Todo esto transfigurado por aquel ambiente de gabinete de amor iluminado por un inmenso fanal de nácar. Los crujidos secos de las ramas sonaban en el profundo silencio como besos; el murmullo del río le parecía a Rafael el eco lejano de una de esas conversaciones sostenidas con voz desfallecida, susurrando junto al oído palabras temblorosas de pasión. En los cañaverales cantaba un ruiseñor débilmente como anonadado por la belleza de la noche.
Se deseaba vivir más que nunca; la sangre parecía correr por el cuerpo más aprisa, los sentidos se afinaban y el paisaje imponía silencio con su belleza pálida, como esas intensas voluptuosidades que se paladean con un recogimiento místico. Rafael seguía el camino de siempre, iba hacia la casa azul.
Aún duraba en él la vergüenza de su torpeza; si hubiese visto a Leonora en medio del camino, habría retrocedido con infantil terror; pero la seguridad de que a aquella hora no podría encontrarla, le daba fuerzas para seguir adelante. A sus espaldas, sobre los tejados de la ciudad, habían sonado las doce. Llegaría hasta las tapias de su huerto, entraría en él si le era posible y permanecería algunos minutos recogido y silencioso al pie de la casa, adorando las ventanas tras las cuales dormía la artista.
Era su despedida. Un capricho de romántico sentimentalismo que se le había ocurrido al salir de la ciudad y ver los primeros naranjos cubiertos de aquella flor cuyo perfume había retenido en paciente espera a la artista durante muchos meses. Leonora no sabría que había estado cerca de ella, en el huerto silencioso inundado de luna, adorándola por última vez, despidiéndose con el dolor mudo con que se dice adiós a la ilusión que se pierde en el horizonte.
Vio ante él la verja de verdes barrotes, aquella que se había cerrado a sus espaldas con el estrépito de una injuriosa despedida. Buscó en la cerca de espinos una brecha que conocía de la época en que rondaba la casa. La pasó, y sus pies se hundieron en la tierra fina y arenisca de las calles de naranjos. Sobre las copas de estos aparecía la casa blanquecina bajo la luna, brillando como plata las canales del tejado y los antepechos de las ventanas. Todas estaban cerradas: la casa dormía.
Al ir a avanzar, saltó de entre dos naranjos un bulto negro, cayendo junto a él con sordo rugido. Era el perro de la alquería, un animal feo y torvo que mordía antes de ladrar.
Rafael dio un paso atrás, sintiendo el vaho de aquella boca anhelante y rabiosa que buscaba hacer presa en sus piernas, pero se tranquilizó al ver que el perro, tras una corta indecisión, movía bondadosamente la cola y se limitaba a husmear los pantalones para convencerse de la identidad de la persona. Le había conocido: agradecía sus caricias; recordaba la mano pasada automáticamente por el lomo, mientras conversaba con Leonora en el banco de la plazoleta.
Le pareció un buen presagio aquel encuentro, y siguió adelante mientras que el perro volvía a agazaparse en la sombra.
Avanzaba tímidamente, al amparo de la ancha faja de obscuridad que proyectaban los naranjos, casi arrastrándose, como un ladrón que teme caer en una emboscada.
Salió a la avenida cerca de la plazoleta, y cuando entró en ella experimentó una impresión de sorpresa al ver la puerta entreabierta, al mismo tiempo que cerca de él sonaba un grito.
Se volvió, y en el banco de azulejos, envuelta en la sombra de las palmeras y los rosales, vio una figura blanca, una mujer que al incorporarse quedó con el rostro en plena luz: Leonora.
El joven hubiera querido desaparecer, que se lo tragara la tierra.
—¡Rafael! ¿Usted aquí?...
Y los dos quedaron silenciosos frente a frente; él avergonzado, mirando al suelo; ella contemplándole con cierta indecisión.
—Me ha dado usted un susto que no se lo perdono—dijo por fin:—¿A qué viene usted aquí?...
Rafael no sabía qué contestar. Balbulceaba con una timidez, que impresionó a Leonora, pero a pesar de su turbación, notó un brillo extraño en los ojos de la artista, una veladura misteriosa en la voz, que la transfiguraba.
—Vamos—dijo Leonora bondadosamente;—no busque usted esas excusas tan raras... ¿Que venía usted a despedirse sin querer verme? ¿Qué galimatías es ese? Diga usted sencillamente que es una víctima de esta noche peligrosa; yo también lo soy.
Y abarcaba con sus ojos de un brillo lacrimoso, la plazoleta blanca por la luna; los nevados naranjos y los rosales y palmeras que parecían negros, destacándose sobre el espacio azul, en el que vibraban los astros como granos de luminosa arena. Su voz temblaba, tenía una opacidad suave; acariciaba como terciopelo.
Rafael, animado por aquella tolerancia, quiso pedir perdón, habló de la locura que le había expulsado de allí; pero la artista le atajó.
—No hablemos de aquella infamia, me hace daño recordarla. Queda usted perdonado, y ya que cae aquí como llovido del cielo, quédese un momento. Pero... nada de audacias. Ya me conoce usted.
Y recobrando su viril apostura de amazona, segura de sí misma, volvió al banco, indicando a Rafael que se sentara al otro extremo.
—¡Qué noche!... Estoy ebria sin haber bebido. Los naranjos me emborrachan con su aliento. Hace una hora sentía que mi habitación daba vueltas, que la cabeza se me iba; la cama me parecía un barco en plena tempestad. He bajado como otras veces y aquí me tiene usted hasta que el sueño pueda más que la hermosura de la noche.
Hablaba con languidez, abandonándose, con temblores de voz y estremecimientos del pecho, como si la angustiase aquel perfume, comprimiendo su poderosa vitalidad. Rafael la veía a corta distancia, blanca, escultural, envuelta en el jaique en que se cubría al pasar de la cama al baño; lo primero que había encontrado a mano al bajar al huerto.
Y bajo la fina lana, delatábanse las tibias redondeces con un perfume de carne sana, fuerte y limpia que, atravesando la tela, se confundía con la virginal respiración del azahar.
—He tenido miedo al verle—continuó con voz lenta y apagada,—un poco de miedo nada más; la natural sorpresa, y, sin embargo, estaba pensando en usted en aquel momento. Se lo confieso. Me decía: «¿Qué hará aquel loco a estas horas?»; y repentinamente se presenta usted aquí como un aparecido. No podría usted dormir excitado por ese ambiente, y ha venido a tentar de nuevo la suerte con la misma esperanza que le guiaba otras veces.
Hablaba sin su ironía habitual, quedamente, como si conversase con ella misma. Descansaba con abandono su busto en el respaldo del banco con un brazo cruzado tras la cabeza.
Rafael quiso hablar otra vez de su arrepentimiento, de aquel deseo de arrodillarse ante la casa para pedir mudamente perdón a la que dormía arriba, pero Leonora le atajó de nuevo.
—Cállese usted; habla muy fuerte y podrían oírle. Mi tía duerme al otro lado de la casa, tiene el sueño ligero... Además, no quiero oír nada de remordimiento y perdón. Eso me trae a la memoria la vergüenza de aquella mañana. ¿No le dice a usted bastante que yo le permita estar aquí? De nada quiero acordarme... ¡A callar, Rafael! En silencio se paladea mejor la belleza de la noche; parece que el campo habla con la luna y el eco de sus palabras son estas olas de perfume que nos envuelven.
Y quedó inmóvil y silenciosa con los ojos en lo alto, reflejándose en sus córneas la luz de la luna con una humedad lacrimosa. Rafael veía de vez en cuando agitarse su cuerpo con misteriosos estremecimientos, extenderse sus brazos, cruzándose tras la dorada cabellera con desperezos que hacían crujir la blanca envoltura, poniendo en voluptuosa tensión todos sus miembros. Parecía trastornada, enferma, su respiración anhelante tomaba a veces el estertor del sollozo; inclinaba la cabeza sobre un hombro y desahogaba su pecho con suspiros interminables.
El joven callaba obediente, temiendo que el recuerdo de su torpe audacia surgiera de nuevo en la conversación, sin ánimo para acortar la distancia que les separaba en el banco. Ella, como si adivinase el pensamiento de Rafael, hablaba con lentitud del estado anormal en que se hallaba.
—No sé qué tengo esta noche. Quiero llorar sin saber por qué; siento en mí una inexplicable felicidad, y sin embargo prorrumpiría en sollozos. Es la primavera; ese maldito perfume que es un latigazo para mis nervios. Creo que estoy loca... ¡La primavera! ¡Mi mejor amiga y no le debo más que rencores! Si alguna locura he hecho en mi vida, ella ha sido la consejera... Es la juventud que renace en nosotros; la locura que nos hace la visita anual... ¡Y yo, fiel siempre a ella; adorándola; aguardando su llegada cerca de un año en este rincón para verla aparecer con su mejor traje, coronada de azahar como una virgen, una virgen malvada que paga mi cariño con golpes!... Mire usted cómo me ha puesto. Estoy enferma no sé de qué: enferma de exceso de vida; me empuja no sé dónde; seguramente donde no debo ir... Si no fuese por mi fuerza de voluntad, caería tendida en este banco. Estoy como los ebrios que hacen esfuerzos por mantenerse sobre las piernas y marchar rectos.
Era verdad, estaba enferma. Cada vez sus ojos aparecían más lacrimosos; su cuerpo, estremecido, parecía encojerse, desplomarse sobre si mismo, como si la vida, cual un fluido dilatado, buscase escape por todos los poros.
Calló de nuevo por mucho rato con la mirada vaga y perdida en el infinito, y de pronto murmuró como contestando a sus recuerdos:
—Nadie como él conoció esto. Lo sabía todo, sentía como nadie el misterio de las ocultas fuerzas de la Naturaleza, y cantó la primavera como un dios. Hans me lo dijo muchas veces y es verdad.
Y añadió sin volver la cabeza, con la voz vaga de una sonámbula.
—Rafael, usted no conoce La Walkyria, ¿verdad?; no ha oído el canto de la primavera.
No; el diputado no sabía lo que le preguntaban. Y Leonora, siempre con los ojos en la luna, la nuca apoyada en sus brazos, que escapaban nacarados, fuertes y redondos de las caídas mangas, hablaba lentamente, evocando sus recuerdos, viendo pasar ante su imaginación la escena de intensa poesía, la glorificación y el triunfo de la Naturaleza y el amor.
La cabaña de Hunding, bárbara, con salvajes trofeos y espantosas pieles, revelando la brutal existencia del hombre apenas posesionado del mundo, en lucha perpetua con los elementos y las fieras. El eterno fugitivo, olvidado de su padre; Sigmundo, que así mismo se da por nombre Desesperación, errante años y años a través de las selvas, acosado por los animales feroces, que le creen una bestia al verle cubierto de pieles, descansa por fin al pie del gigantesco fresno que sostiene la cabaña, y al beber el hidromiel en el cuerno que le ofrece la dulce Siglinda conoce por primera vez la existencia del Amor, mirándose en sus cándidos ojos.
El marido, Hunding, el feroz cazador, se despide de él al terminar la rústica cena «Tu padre era el Lobo y yo soy de la raza de los cazadores. Hasta que apunte el día mi casa te protege, eres mi huésped; pero así que el sol se remonte, serás mi enemigo y combatiremos... Mujer, prepara la bebida de la noche y vámonos al lecho».
Y el desterrado queda solo junto al fuego, pensando en su inmensa soledad. Ni hogar, ni familia, ni la espada milagrosa que le prometió su padre el Lobo. Y cuando apunte el día, de la cabaña que le cobija, saldrá el enemigo que ha de darle muerte. El recuerdo de la mujer que apagó su sed, la chispa de aquellos ojos cándidos, envolviéndole en una mirada de piedad y amor, es lo único que le sostiene... Ella llega, después de dejar dormido al feroz compañero. Le enseña en el fresno la empuñadura de la espada que hundió el dios Wotan: nadie puede arrancarla; sólo obedecerá a la mano de aquel para quien la ha destinado el dios.
Y mientras ella habla, el salvaje errante la contempla extasiado, como blanca aparición que le revela la existencia en el mundo de algo más que la fuerza y la lucha. Es el amor que le habla. Lentamente se aproxima; la abraza, la estrecha contra su pecho, y la puerta se abre a impulsos de la brisa, y aparece la selva verde y olorosa a la luz de la luna, la primavera nocturna, radiante y gloriosa, envuelta en su atmósfera de rumores y perfumes.
Siglinda se estremece, «¿Quién ha entrado?» Nadie, y sin embargo, un nuevo ser acaba de penetrar en la cabaña, abatiendo la puerta con su invisible rodillazo. Y Sigmundo, con la inspiración del amor, adivina quién es el recién llegado. «Es la Primavera que ríe en el aire en torno de tus cabellos. Se acabaron las tempestades; terminó la obscura soledad. El luminoso mes de Mayo, joven guerrero con armadura de flores, se presenta a dar caza al negro invierno, y en medio de la fiesta de la Naturaleza regocijada, busca a su amante: la Juventud. Esta noche, en que te veo por vez primera, es la noche de bodas infinita de la Primavera y de la Juventud».
Y Leonora se estremecía, escuchando internamente el murmullo de la orquesta al acompañar el canto de ternura inspirado por la Primavera; la vibración de la selva agitando sus ramas entumecidas por el invierno, al recibir la nueva savia como torrente de vida; y en medio de la iluminada plazoleta, creía contemplar a Sigmundo y Siglinda, estrechándose en eterno abrazo, formando un solo cuerpo como cuando los veía desde los bastidores, vestida de walkyria, esperando la hora de despertar el entusiasmo del público con su alarido ¡Hojotoho!
Sentía la misma tristeza de Sigmundo en la cabaña de Hunding. Sin familia, sin hogar, errante, buscaba algo en que apoyarse, algo que estrechar cariñosamente, y sin darse cuenta de sus movimientos, era ella la que se aproximaba a Rafael, la que había puesto una mano entre las suyas.
Estaba enferma. Sollozaba quedamente con una timidez suplicante de niña, como si la intensa poesía de aquel recuerdo artístico hubiese quebrantado el débil resto de voluntad que la había mantenido dueña de sí.
—No sé qué tengo... Me siento morir... pero con una muerte ¡tan dulce! ¡tan dulce!... ¡Qué locura Rafael! ¡qué imprudencia haberme visto esta noche!...
Y abarcaba con una mirada suplicante, como pidiendo gracia, la noche majestuosa, en cuyo silencio parecía agitarse la vibración de una nueva vida.
Adivinaba que algo iba a morir en ella. La voluntad yacía inánime en el suelo, sin fuerzas para defenderse.
Rafael también se sentía trastornado. La tenía apoyada en su pecho, una mano entre las suyas; floja, desmayada, sin voluntad, incapaz de resistencia, y, sin embargo, no sentía el ardor brutal de aquella mañana, no osaba moverse por el temor de parecer audaz y bárbaro. Le invadía una inmensa ternura; sólo ambicionaba pasar horas y horas en contacto con aquel cuerpo, estrechándolo fuertemente, cual si quisiera abrirse y encerrar dentro de él a la mujer adorada, como el estuche guarda la joya.
La hablaba misteriosamente al oído, sin saber casi lo que decía; murmuraba en su sonrosada oreja palabras acariciadoras que le parecían dichas por otro y le estremecían al decirlas con escalofríos de pasión.
Sí, era verdad; aquella noche era la soñada por el gran artista: la noche de bodas del arrogante Mayo con su armadura de flores y la sonriente Juventud. El campo se estremecía voluptuosamente bajo la luz de la luna; y ellos, jóvenes, sintiendo el revoloteo del amor en torno de sus cabellos estremecidos hasta la raíz, ¿qué hacían allí, ciegos ante la hermosura de la noche, sordos al infinito beso que resonaba en torno de sus cabezas?
—¡Leonora! ¡Leonora!—gemía Rafael.
Se había deslizado del banco: estaba casi sin saberlo, arrodillado ante ella, agarrado a sus manos y avanzaba el rostro, sin atreverse a llegar hasta su boca.
Y ella, echando atrás el busto con desmayo, murmuraba débilmente con un quejido de niña:
—No, no: me haría daño... me siento morir.
—Los dos en uno—continuaba el joven, con sorda exaltación,—unidos para siempre; mirándose en los ojos como en un espejo; repitiendo sus nombres con la entonación de una estrofa; morir así si era preciso para librarse de la murmuración de la gente. ¿Qué les importaba a ellos el mundo y sus opiniones?
Y Leonora, cada vez más débil, seguía negándose.
—No, no;... tengo vergüenza. Un sentimiento que no puedo definir.
Y así era. El dulce estertor de la naturaleza bajo el beso primaveral, aquel intenso perfume de la flor emblema de la virginidad, la transfiguraba. La loca, la aventurera de accidentada historia, entrada en el placer por el empujón de la violencia, sentía por primera vez rubor en los brazos de un hombre; experimentaba la alarma de la virgen al contacto del macho, la misma agitación que impulsa a la doncella a entregarse entre estremecimientos de miedo a lo desconocido. La naturaleza, al embriagarla abatiendo su resistencia, parecía crear una virginidad extraña en aquel cuerpo fatigado por el placer.
—¡Dios mío! ¿qué es esto?... ¿Qué me pasa? Debe ser el amor; un amor nuevo que no conocía... Rafael... ¡Rafael mío!
Y llorando dulcemente, oprimía entre sus manos la cabeza del joven, apretaba su boca contra la suya, echándose después atrás, con los ojos extraviados, enloquecida por el contacto de los labios.
Estrechamente abrazados habían caído sobre el banco. El jardín rumoroso les servía de cámara nupcial: la luna les dejaba en la discreta sombra.
—¡Por fin!—murmuró ella—lograste tu deseo. Tuya... pero para siempre. Te quería antes, pero ahora te adoro... Por primera vez lo digo con toda mi alma.
Rafael, impulsado por la dicha, tuvo un arranque de generosidad. Necesitaba darlo todo.
—Sí; mía para siempre. No temas entregarte, hacerme feliz... Me casaré contigo.
En medio de su embriaguez vio cómo la artista abría con extrañeza sus ojos, cómo pasaba por su boca una sonrisa triste.
—¡Casarnos! ¿y para qué?... Eso es para otros. Quiéreme mucho, niño mío, ámame cuanto puedas... Yo sólo creo en el Amor.
V
—Pero bebé, ¿cuándo llegamos a la isla?... Me fatiga estar en este banco, lejos de ti, viendo esos bracitos míos, cómo se cansan de tanto darle a los remos. ¡Un beso!... ¡aunque te enfades! Eso te refrescará.
Y poniéndose en pie, Leonora dio dos pasos en la blanca barca, imprimiéndola un fuerte balanceo, y besó varias veces a Rafael, que soltando los remos se defendía entre risas.
—¡Loca! Así no llegaremos nunca. Con descansos como estos se hace poco camino, y yo te he prometido llevarte a la isla.
Volvió a encorvarse sobre los remos bogando por el centro del río, sobre las aguas que temblaban reflejando la luna, como si quisiera que la arboleda de ambas orillas gozase por igual en la contemplación de la amorosa escapatoria.
Había sido un capricho de la artista, un deseo repetido en sus visitas a la casa azul, unas veces por la tarde en presencia de doña Pepa y la doncella, y todas las noches pasando por la brecha de la cerca, donde ya le esperaban en la obscuridad los desnudos brazos de Leonora, aquella boca fresca que se adhería con furor a la suya como si quisiera absorberle.
Llevaba más de una semana de dulce embriaguez. Jamás había creído que la vida fuese tan hermosa. Vivía en una dulce inconsciencia. La ciudad no existía para él. Le parecían fantasmas todos los que le rodeaban; su madre y Remedios eran como seres invisibles a cuyas palabras contestaba sin tomarse el trabajo de levantar la cabeza para verlas.
Pasaba los días agitado por el vehemente deseo de que llegase pronto la noche, que terminase la cena en familia, para subir a su cuarto y salir después cautelosamente, apenas quedaba silenciosa la casa, con la calma del sueño.
No adivinaba la extrañeza que esta conducta debía producir en su madre, al ver cerrado su cuarto toda la mañana mientras él dormía con la fatiga de una noche de amor. No se fijaba en el rostro ceñudo de doña Bernarda, cansada ya de preguntarle si estaba enfermo y de oír la misma respuesta:
—No, mamá; es que trabajo de noche; un estudio importante.
La madre tenía que contenerse para no gritar: ¡Mentira! por dos noches había subido a su cuarto, encontrando cerrada la puerta y obscuro el ojo de la cerradura. Su hijo no estaba allí. Le vigilaba, y todos los días poco antes del amanecer, escuchaba cómo abría suavemente la puerta de la calle y subía las escaleras quedamente, tal vez descalzo.
La austera señora callaba amontonando en silencio su indignación, lamentándose ante don Andrés de aquel retoñamiento de locura que trastornaba sus planes. El consejero vigilaba al joven por medio de sus numerosos devotos que le seguían cautelosamente por la noche hasta la casa azul.
—¡Qué escándalo!—exclamaba doña Bernarda.—¡De noche también! ¡Acabará por traerla a esta casa! ¿Pero es que esa boba de doña Pepita no ve nada de esto?
Y Rafael, insensible al ambiente de indignación que se formaba en torno de él; sin dignarse siquiera dirigir una palabra, una mirada a la pobre Remedios que, cabizbaja como una cabrita enfurruñada, parecía llorar el recuerdo de aquellos paseos regocijados bajo la vigilancia de doña Bernarda.
El diputado no veía nada fuera de la casa azul; le cegaba su felicidad. Lo único que le molestaba era tener que ocultarla, no poder hacer pública su dicha para que se enterasen de ella todos sus admiradores.
Hubiera querido transportarse de un golpe a la decadencia romana, donde los amores de los poderosos tomaban la majestad de la pública adoración.
—¡Qué me importa lo que murmuren!—decía una noche en el dormitorio de Leonora a donde subía cautelosamente todas las noches.—Mira si te quiero, que desearía ver a toda esa gente prestándote adoración. Quisiera poder cogerte en brazos así como estás, casi desnuda, y en pleno mediodía presentarme en el puente del Arrabal ante la muchedumbre embobada por tu belleza: «¿Soy o no soy vuestro jefe? Pues si lo soy, adorad a esta mujer que es mi alma y sin la cual no puedo vivir. El afecto que me tengáis a mí, partidlo para que también sea de ella». Y lo haría, a ser posible, tal como lo digo.
—Loco... nene adorable—decía ella cubriéndole la cara de besos, acariciando la negra barba con su boca suave y estremecedora.
Y en una de estas entrevistas, donde las palabras se interrumpían con repentinos impulsos de pasión y las frases se cortaban con un salto de bestia en celo, ahogándose entre las bocas juntas y los pechos oprimidos por el abrazo, fue cuando Leonora manifestó su capricho.
—Me ahogo aquí dentro. Me repugna acariciarte entre cuatro paredes, junto a una cama vulgar, como un amante de momentáneo capricho. Esto es indigno de ti. Eres el amor que vino a buscarme en la más hermosa de las noches. Al aire libre me gusta más; el amor es fresco y puro en medio del campo. Te veo más hermoso y yo me siento más joven.
Y recordando las expediciones río abajo que tantas veces le había relatado Rafael en sus conversaciones de amigo, aquella isleta con sus cortinas de juncos, los sauces inclinándose sobre el agua y el ruiseñor cantando oculto, le preguntaba, ansiosa:
—¿Qué noche me llevas? Es un capricho, una locura; pero ¿para qué existe el Amor, sino para hacer alegres disparates que endulcen la vida?... Llévame en tu barca; ella que te condujo aquí nos trasladará a esa isla encantada; nos amaremos toda una noche al aire libre.
Y Rafael, que se sentía halagado por la idea de pasear su amor río abajo, al través de la campiña dormida, desamarró su barca a media noche bajo el puente del Arrabal, llevándola hasta un cañar inmediato al huerto de Leonora.
Una hora después atravesaban la brecha, cogidos del brazo, riendo de aquella escapatoria de colegiales traviesos, estrechándose el uno contra otro, turbando con besos ruidosos e insolentes el majestuoso silencio del campo.
Se embarcaron, y la lancha, impulsada por la corriente, guiada por los remos de Rafael, comenzó a descender el Júcar arrullada por el susurro de las aguas al deslizarse por las altas riberas de barro, cubiertas de cañaverales que se inclinaban formando misteriosos escondrijos.
Leonora palmoteaba de alegría. Se echaba sobre la nuca la blonda con que había cubierto su cabeza, desabrochaba su ligero gabán de viaje y aspiraba con delicia el airecillo húmedo y algo pegajoso que rizaba la superficie del río. Su mano se estremecía acariciando el agua.
¡Qué hermosa resultaba la escapatoria! Solos y errantes, como si el mundo no existiera; como si toda la naturaleza fuese para ellos; pasando por cerca de las alquerías dormidas, dejando atrás la ciudad, sin que nadie se diera cuenta de aquel amor que, en su entusiasmo, se desbordaba, saliendo del misterioso escondrijo para tener por testigos el cielo y el campo. Leonora hubiese querido que la noche no terminase nunca; que aquella luna menguante, que parecía partida de un sablazo, se detuviera eternamente en el cielo para envolverles en su luz difusa y mortecina; que el río no tuviese fin y la barca flotase y flotase hasta que anonadados ellos de tanto amar, exhalasen el resto de su vida en un beso tenue como un suspiro.
—¡Si supieras cuánto te agradezco este paseo!... Rafael, estoy contenta. Nunca he tenido una noche como esta. ¿Pero dónde está tu isla? ¿Nos hemos extraviado como en la noche de la inundación?
No; llegaban a la isla donde muchas veces había pasado las tardes Rafael, oculto en los matorrales, aislado por el agua, soñando con ser uno de aquellos aventureros de las praderas vírgenes o de los inmensos ríos americanos, cuyas peripecias seguía en las novelas de Fenimore Cooper y Maine Reid.
Un pequeño río tributario se unía al Júcar desembocando mansamente bajo una aglomeración de cañas y árboles; un arco triunfal de follaje. Y en la confluencia de las dos corrientes emergía la isla, una pequeña extensión de terreno casi al ras del agua, pero fresca, verde y perfumada como un ramillete acuático, con espesos haces de juncos sobre los cuales zumbaban de día los insectos de oro, y unos cuantos sauces que inclinaban sobre el agua sus finas cabelleras formando bóvedas sombrías, bajo las cuales se deslizaba la barca.
Los dos amantes entraron en la obscuridad. La cortina de ramas les ocultaba el río; la luna apenas si podía filtrar alguna lágrima de luz por entre el ramaje de los sauces.
Leonora se sintió intimidada por aquel ambiente de cueva lóbrego y húmedo. Invisibles animales caían en el agua con sordo chapoteo al sentir la proa de la barca cabeceando sobre el barro de la ribera. La artista se agarraba nerviosamente al brazo de su amante.
—No tengas miedo—murmuró Rafael.—Apóyate y salta... Poco a poco. ¿No querías oír al ruiseñor? Ahí le tenemos, escucha.
Era verdad. En uno de los sauces, al otro lado de la isla, el misterioso pájaro oculto lanzaba sus trinos, sus vertiginosas cascadas de notas, deteniéndose en lo más vehemente del torbellino musical, para filar un quejido dulce e interminable como un hilo de oro que se extendía en el silencio de la noche sobre el río que parecía aplaudirle con su sordo murmullo.
Los amantes avanzaban entre los juncos, encorvándose, titubeando antes de dar un paso, temiendo el chasquido de las ramas bajo sus pies. La continua humedad había cubierto la isla de una vegetación exuberante. Leonora hacía esfuerzos por contener su risa de niña, al sentirse con los pies apresados por las marañas de juncos y recibir las duras caricias de las ramas que se encorvaban al paso de Rafael, y recobrando su elasticidad la golpeaban el rostro.
Pedía auxilio con apagada voz, y Rafael, riendo también, la tendía la mano, arrastrándola hasta el pie del árbol donde cantaba el ruiseñor.
Calló el pájaro adivinando la presencia de los amantes. Oyó sin duda el ruido de sus cuerpos al caer al pie del árbol, las palabras tenues murmuradas al oído.
Reinaba el gran silencio de la naturaleza dormida, ese silencio compuesto de mil ruidos que se armonizan y funden en la majestuosa calma: susurro del agua, rumor de las hojas, misteriosas vibraciones de seres ocultos, imperceptibles, que se arrastran bajo el follaje o abren pacientemente tortuosas galerías en el tronco que cruje.
El ruiseñor volvió a cantar con timidez, como un artista que teme ser interrumpido. Lanzó algunas notas sueltas con angustiosos intervalos, como entrecortados suspiros de amor; después fue enardeciéndose poco a poco, adquiriendo confianza, y comenzó a cantar, acompañado por el murmullo de las hojas agitadas por la blanda brisa.
Embriagábase a sí mismo con su voz; sentíase arrastrado por el vértigo de sus trinos; parecía vérsele en la obscuridad hinchado, jadeante, ardiente, con la fiebre de su entusiasmo musical. Entregado a sí mismo; arrebatado por la propia belleza de su voz, no oía nada, no percibía el incesante crujir de la maleza, como si en la sombra se desarrollara una lucha, los bruscos movimientos de los juncos, agitados por misterioso espasmo, hasta que un doble gemido brutal, profundo, como arrancado de las entrañas de alguien que se sintiera morir, hizo enmudecer asustado al pobre pájaro.
Un largo espacio de silencio. Abajo despertaban los dos amantes estrechamente abrazados en el éxtasis todavía de aquel canto de amor.
Leonora apoyaba su despeinada cabeza en el hombro de Rafael. Acariciaba su cuello con la anhelante y fatigada respiración que agitaba su pecho. Murmuraba junto a su oído frases incoherentes, en las que aún vibraba la emoción.
¡Qué feliz se sentía allí! Todo llega para el amor. Muchas veces en su época de resistencia, al contemplar por la noche desde su balcón aquel río que serpenteaba a través de la campiña dormida, había pensado con delicia en un paseo por el inmenso jardín del brazo de Rafael, en deslizarse por el Júcar, llegando hasta la isla.
—Mi amor es ya antiguo—murmuraba al oído de Rafael.—¿Crees tú que sólo te quiero desde la otra noche? Te adoro desde hace mucho tiempo, mucho... ¡Pero no vaya usted a ponerse por esto orgulloso, señorito mío!... No sé como comenzó: creo que fue cuando estabas en Madrid. Al verte de nuevo comprendí que estaba perdida. Si me resistí, es porque estaba en mi sana razón; porque veía claro. Ahora estoy loca y lo he echado todo a rodar. Dios sea con nosotros... Pero aunque venga lo que venga, quiéreme mucho, Rafael; júrame que me querrás. Sería una crueldad huir después de haberme despertado.
Y se apretaba con cierto terror contra el pecho de Rafael, hundía las manos en el cabello del joven, echaba atrás su cabeza para pasear su boca ávida por toda la cara, besándole en los ojos, en la frente, en la boca, mordiéndole la nariz y la barba suavemente, pero con una vehemencia cariñosa que arrancaba ligeros gritos a Rafael.
—¡Loca!—murmuraba sonriendo.—¡Que me haces daño!
Leonora le miraba fijamente con aquellos ojazos que brillaban en la sombra con el fulgor de una fiera en celo.
—Te devoraría—murmuraba con voz grave que parecía un rugido lejano.—Siento impulsos de comerte, mi cielo, mi rey, mi dios... ¿Qué me has dado, di, niño? ¿cómo has podido enloquecerme, haciéndome sentir lo que nunca había sentido?
Y de nuevo caía sobre él agarrando su cabeza, oprimiéndola con furia sobre su robusto y firme pecho, en cuyas desnudeces se perdía la anhelante boca de Rafael, poseído también de avidez rabiosa.
—Ya no canta el ruiseñor—murmuraba el joven.
—¡Ambicioso!—decía riendo quedamente la artista.—¿Ya quieres oírle de nuevo?...
Callaban los dos, estrechamente abrazados, formando un solo cuerpo, trastornados por el ambiente de poesía con que les rodeaba la noche.
Otra vez comenzaron a resonar entre las altas ramas las notas sueltas, los lamentos tiernos del solitario pájaro, llamando al amor invisible. Y familiarizado con los extraños rumores que aquella noche poblaban la isla y que llegaban de nuevo hasta él como bocanadas de lejano incendio, se lanzó en una carrera loca de trinos, cual si se sintiera espoleado por la voluptuosidad de la noche y fuese a reventar de fatiga, cayendo del árbol su envoltura de pluma como un saco vacío después de haber derramado su tesoro de notas.
Rafael se estremeció en los brazos de su amante como si despertase.
—Debe ser tarde. ¿Cuántas horas estamos aquí?
—Sí, muy tarde—contestó Leonora con tristeza.—Las horas de placer van siempre al galope.
La obscuridad era densa: había desaparecido la luna. Cogidos de la mano, guiándose a tientas, llegaron a la barca y el chapoteo de los remos comenzó a sonar río arriba sobre la negra corriente.
El ruiseñor cantaba en el sauce melancólicamente, como saludando una ilusión que se aleja.
—Mira, mi vida—dijo Leonora.—El pobrecito nos despide. Oye como nos dice adiós.
Y súbitamente, en su fatigado desaliento, anonadada y muelle por la noche de amor, sintió la llama del arte, estremeciéndola de pies a cabeza.
Venía a su memoria el himno que en Los Maestros Cantores entona el buen pueblo de Nuremberg viendo en el estrado del certamen a Hans Sachs, su cantor popular, bondadoso y dulce como el Padre Eterno. Era la canción que el poeta menestral, el amigo de Alberto Durero, escribió en honor de Lutero al iniciarse la gran revolución: y la artista, puesta de pie en la popa, saludando con su sonrisa al ruiseñor, comenzó a cantar:
Sorgiam, che spunta il dolce albor, Cantar ascolto in mezzo ai fior Voluttuoso un usignuol Spiegando a noi l’amante vol!...
Su voz ardorosa y fuerte parecía hacer temblar la negra superficie del río; se extendía en ondas armoniosas por los campos, perdíase en la frondosidad de la lejana isla, desde donde contestaba como un suspiro lejano el trino del ruiseñor. Imitaba, esforzándose, la majestuosa sonoridad del coro wagneriano; remedaba con murmullos a flor de labio el rumoroso acompañamiento de la orquesta, y Rafael batía el agua con sus remos al compás de la melodía piadosa y entusiasta con que el gran maestro había impetrado el favor de la poesía popular, saludando la aparición de la Reforma.
Iban río arriba, luchando contra la corriente. Rafael se doblaba sobre los remos, moviendo sus brazos nerviosos como resortes de acero. Llevaba la barca por cerca de la orilla, donde la corriente era menos viva y las ramas rozaban las cabezas de los amantes, mojando la cara de la artista con el rocío depositado en sus hojas. Muchas veces se hundía la barca en una de aquellas bóvedas de verdura, abriéndose paso lentamente entre las plantas acuáticas, y el follaje temblaba con el impulso armonioso de aquella voz vibrante y poderosa como gigantesca campana de plata.
Aún no llegaba el día, no spuntaba il dolce albor de la canción de Hans Sachs, pero se adivinaba que de un momento a otro comenzaría a clarear en el cielo la faja sonrosada del amanecer.
Rafael hacía esfuerzos para llegar cuanto antes, animado por la voz de Leonora, que marcaba el compás a los remos. Su canto sonoro parecía despertar la campiña. En una alquería se iluminaba una ventana. Rafael creyó varias veces oír en la ribera, a lo largo de los cañaverales, ruido de cañas tronchadas, pasos cautelosos de gente que les seguía.
—Calla, alma mía. No cantes; te van a conocer. Adivinarán quién eres.
Llegaron al ribazo donde habían embarcado. Leonora saltó a tierra; quería ir sola hasta casa; se separarían allí. Y la despedida fue dulce, lenta, interminable.
—Adiós, amor; un beso. Hasta mañana... no, hasta luego.
Se alejaba algunos pasos ribazo arriba, y volvía de repente buscando los brazos de su amante.
—Otro, príncipe mío... el último.
Era la eterna despedida de amor; arrancarse con nervioso impulso de los brazos para volver al momento con la angustia de la separación.
Comenzaba a clarear el día. No cantaba la alondra, como en el jardín de Verona anunciando el alba a los amantes de Shakespeare; pero comenzaba a oírse el chirrido lejano de los carros en los caminos de la campiña, y una canción perezosa y soñolienta entonada por una voz infantil.
—Adiós, Rafael... Ahora sí que es el último. Nos van a sorprender.
Y recogiéndose el abrigo subió de un salto al ribazo, saludándole por última vez con el pañuelo.
Rafael remó río arriba hacia la ciudad. Aquel viaje a solas, cansado y luchando contra la corriente, fue lo peor de la noche.
Cuando amarró su barca cerca del puente era ya de día. Se abrían las ventanas de las casas vecinas al río; pasaban por el puente los carros cargados de vituallas para el mercado y las filas de hortelanas con grandes cestas en la cabeza. Toda aquella gente miraba con interés al diputado. Vendría de pasar la noche pescando. Se lo decían unos a otros, a pesar de que en la barca no se veía ningún útil de pesca. Envidiaban a la gente rica que puede dormir de día y entretener su tiempo como mejor le parece.
Rafael saltó a tierra molestado por la curiosidad de los grupos. Pronto estaría enterada su madre.
Al subir al puente con paso tardo y perezoso, muertos los brazos por sus esfuerzos de remero, oyó que le llamaban.
Don Andrés estaba allí mirándole con sus ojillos de color de aceite que brillaban entre las arrugas con una expresión de autoridad.
—Me has dado la gran noche, Rafael. Sé dónde has estado. Vi anoche cómo te embarcaste con esa mujer, y no han faltado amigos que os han seguido para saber dónde ibais. Habéis estado en la isla toda la noche; esa mujer cantaba sus cosas como una loca... Pero ¡rediós! ¿es que no hay casas en el mundo? ¿es que os divertís así más, paseando a cielo abierto vuestro enredo para que todo Cristo se entere?
Y el viejo se indignaba de veras, como libertino rústico y ducho que adoptaba toda clase de precauciones para no comprometerse en sus debilidades con la chiquillería de los almacenes de naranja. Sentía furor y tal vez envidia al ver aquella pareja sin miedo a la murmuración, inconsciente ante el peligro, burlándose de toda prudencia, ostentando su pasión con la insolencia de la dicha.
—Además, tu madre lo sabe todo. Estas noches ha sorprendido tus escapatorias, ha visto que no estabas en tu cuarto. La vas a matar de un disgusto.
Y con la severidad de un padre, hablaba de la desesperación de doña Bernarda; el porvenir de la casa en peligro, el compromiso con Don Matías, la palabra dada, la hija esperando la prometida boda.
Rafael callaba, caminando como un autómata, irritado por aquella charla que le traía a la memoria todas las obligaciones molestas de su vida. Sentía el enojo del que se ve despertado por un criado torpe en mitad de un dulce ensueño. Aún llevaba en sus labios la huella de los besos de Leonora; todo su cuerpo estaba impregnado de su dulce calor; ¡y aquel viejo venía a hablarle del deber, de la familia, del qué dirán, sin acordarse para nada del amor! ¡como si el amor no fuese nada en la vida! Aquello era un complot contra su dicha, y sentía que un impulso de lucha y de revuelta agitaba su voluntad.
Habían llegado frente a la gran casa de Brull. Rafael buscaba con su llave la cerradura.
—Y bien—dijo el viejo irritado,—¿qué dices tú a todo esto? ¿Qué piensas hacer? Contesta; pareces mudo.
—Yo—repuso el joven con energía—yo haré lo que mejor me parezca.
Don Andrés se estremeció. ¡Ay, cómo le habían cambiado a su Rafael!... Aquella chispa agresiva, arrogante, belicosa, que brillaba en sus ojos, no la había visto nunca.
—Rafael, ¿así me contestas? ¡A mí, que te he visto nacer! ¡A mí, que te quiero como te quería tu padre!
—Soy ya mayor de edad. No quiero tolerar más esta comedia de ser personaje en la calle y un chiquillo en casa. Guárdese los consejos para cuando los pida. Buenos días.
Al subir la escalera vio en el primer rellano en la penumbra de la casa cerrada, sin otra luz que la de las rendijas de las ventanas, a su madre, erguida, ceñuda, tempestuosa, como una imagen de la justicia.
Pero Rafael no vaciló. Siguió subiendo los peldaños, sin recatarse, sin temblar cual otras veces; como el señor que ha estado ausente mucho tiempo y entra arrogante en la casa que es suya.
VI
—Dice usted bien, Andrés. Rafael no es mi hijo; me lo han cambiado. Esa perdida ha hecho de él otro hombre. Peor, mil veces peor que su padre. Loco por esa mujer; capaz de pasar por encima de mí si le separo de ella. Usted se queja de su falta de respeto; ¿pues y yo?... Se hubiera avergonzado usted viéndole. La otra mañana al entrar en casa me trató igual que a usted. Pocas palabras, pero buenas. El hará lo que quiera, o lo que es lo mismo, seguirá con esa mujer hasta que se canse o reviente de una indigestión de pecados como su padre... ¡Dios mío! ¿y para esto he sufrido yo? ¿para esto me he sacrificado años y más años queriendo hacer de él un grande hombre?
La austera doña Bernarda, vencida en su autoridad por la rebeldía tenaz del hijo, lloraba hablando con su íntimo confidente. En sus lágrimas de dolor maternal había también algo del despecho de mujer autoritaria, al ver en la propia casa una voluntad que se rebelaba, colocándose por encima de la suya.
Relataba a don Andrés entre suspiros la vida de su hijo en aquellos días, desde que había adquirido su independencia. Ya no se recataba para pasar la noche fuera de casa. Volvía después de amanecer, y por la tarde con el bocado en la boca, como ella decía, emprendía de nuevo el camino de la casa azul apresuradamente, como si le faltase el tiempo para ver a aquella condenada.
La misma fiebre de su padre, el mismo ardor loco que consumiría rápidamente su cuerpo. No había más que verle, descolorido, con una palidez amarillenta, tirante la piel de la cara como si fuese a marcar con fidelidad enfermiza los relieves del hueso; sin más animación que aquel fuego que brillaba en sus ojos como una chispa de loca alegría. ¡Oh familia desgraciada! ¡todos iguales!...
La madre hacía esfuerzos para ocultar la verdad a Remedios. ¡Pobre muchacha! Triste, cabizbaja, sin poder explicarse el repentino alejamiento de Rafael.
Convenía ocultar el suceso, y esto es lo que limitaba la cólera de doña Bernarda en sus rápidas entrevistas con el hijo.
Tal vez podría sobrevenir un arreglo, algo inesperado que deshiciese aquella maléfica influencia sobre Rafael, y con esta esperanza hacía esfuerzos para que Remedios y su padre no se dieran cuenta de lo que ocurría; fingía contento en presencia de ellos, inventaba mil pretextos de estudios, preocupaciones y hasta enfermedades para justificar la conducta de su hijo.
Pero la desconsolada señora temía a la gente que la rodeaba; aquella curiosidad de ciudad pequeña, aburrida en su monotonía, siempre alerta, a la caza de un nuevo suceso para gozar el placer de la murmuración.
Se esparcía rápidamente la noticia de aquellos amores: circulaba de boca en boca, considerablemente aumentado, el relato de la expedición por el río, los paseos por entre los naranjos; las noches que pasaba Rafael en la casa de doña Pepita, entrando a obscuras y descalzo como un ladrón; las siluetas de los amantes, destacándose en la ventana del dormitorio, abrazados por el talle, contemplando la noche: todo visto por gentes dedicadas por voluntad al espionaje, para poder decir «yo lo he presenciado» y que pasaban la noche ocultos en un ribazo, emboscados tras una cerca para sorprender al diputado, a la ida o la vuelta de sus citas de amor.
Los hombres, en los cafés o en el casino envidiaban a Rafael, comentando con ojos brillantes su buena suerte. Aquel chico había nacido de pie. Pero luego en sus casas unían su voz severa al coro de mujeres indignadas. ¡Qué escándalo! ¡Un diputado, un personaje que debía dar ejemplo! Aquello era burlarse de la ciudad. Y cuando el general rumor de protesta llegaba hasta doña Bernarda, ésta elevaba las manos con desesperación. ¿Dónde irían a parar? Su hijo quería perderse.
Don Matías, el rústico millonario, callaba, y en presencia de doña Bernarda fingía ignorarlo todo. Su interés por emparentar con la familia Brull le hacía ser prudente. El también esperaba que pasaría aquello, una ceguera de joven, y creyéndose investido de la autoridad de padre, intentó dar algunos consejos a Rafael al encontrarle en la calle. Pero tuvo que desistir a las pocas palabras, intimidado por la mirada altiva del joven. Creyó por un momento que aún era el pobre cultivador de naranjos de otro tiempo y que se hallaba en presencia de aquel Don Ramón majestuoso como un gran señor.
Rafael se defendía con el silencio y la altivez. No necesitaba consejos, pero ¡ay! cuando llegaba por la noche a la casa de su amada, cuando se veía en aquel dormitorio que parecía exhalar el mismo perfume de Leonora, como si hubiera absorbido en sus muebles y cortinas la esencia de su cuerpo, sentía los efectos de aquella murmuración encarnizada, de la curiosidad de toda una población fija en ellos.
Eran solos los dos contra mucha gente; se abandonaban con el plácido impudor de los antiguos idilios en medio de la monotonía de una vida estrecha, en la que la murmuración era el más apreciado de los talentos.
Leonora estaba triste. Sonreía como siempre, le halagaba con la misma adoración que si fuese un ídolo, se mostraba juguetona y alegre, pero en los momentos de calma, cuando creía no ser observada, sorprendía Rafael en su boca una contracción de amargura, veía pasar por sus ojos obscuros relámpagos, como reflejo de penosos pensamientos.
Una noche le habló con regocijo de lo que la gente decía de ellos. Todo se sabía en aquella ciudad. Hasta la casa azul llegaba el eco de las murmuraciones. La hortelana la había recomendado bondadosamente que no pasease mucho por el río: podía pillar unas tercianas. En el mercado sólo se hablaba de aquel paseo nocturno por el Júcar; el diputado, sudoroso, encorvado sobre los remos, y ella despertando con sus canciones extrañas a la gente de las alquerías. ¡Lo que decían aquellos maldicientes!... Y ella reía, pero con risa ruidosa, agitada por estremecimientos nerviosos; con una risa que sonaba a falsa; sin una palabra de queja.
Rafael sufría recordando que ya había adivinado ella esta situación cuando se resistía a su amor. Admiraba su resignación viendo que no profería ninguna palabra de queja, que fingía regocijo, ocultando lo que la gente decía. ¡Ah, los miserables! ¿Qué mal les había hecho aquella mujer? Amarle, entregarse a él haciéndole la regia limosna de su cuerpo. Y el diputado comenzaba a odiar su ciudad, viendo que devolvía con infames insultos el bien y la felicidad que él gozaba.
Otra noche Leonora le recibió con una sonrisa que daba miedo. Se esforzaba por parecer alegre, intentaba aturdirse, abrumando a su amante con una charla graciosa y ligera; pero de repente se abandonó, no pudo más, y en mitad de una caricia rompió a llorar, cayó en un diván agitada por los sollozos.
—¿Qué tienes? ¿Qué ocurre?...
Pero ella no podía contestar, sofocada por el llanto, hasta que por fin, con las palabras sacudidas por un hipo doloroso, comenzó a hablar, abatida, inerte, ocultando en un hombro de su amante su rostro bañado en lágrimas.
No podía más; el martirio resultaba abrumador, le era imposible fingir por más tiempo. Conocía como él lo que hablaban en la ciudad de aquellas entrevistas. Les espiaban tal vez a todas horas; en los caminos inmediatos al huerto había gente emboscada con la esperanza de ver algo nuevo. Su amor, tan dulce, tan joven, era motivo de risa, tema de diversión para las malas lenguas que la escarnecían como a una mujerzuela de la acera, porque había sido buena con él, porque la había faltado crueldad para presenciar impasible las torturas de una juventud apasionada... Pero con ser tan molesto este odio de la gran masa escandalizada, ella no sentía miedo ni indignación: lo despreciaba. ¡Ay!, pero quedaban los otros, los íntimos de Rafael, sus amigos, su familia... su madre.
Leonora calló un momento, como esperando el efecto de sus últimas palabras, intimidada un poco al hablar a Rafael de su familia, mezclándola en sus lamentaciones. El joven temblaba, presintiendo algo terrible. Doña Bernarda no era capaz de permanecer inactiva y resignada ante la rebeldía de su hijo.
—Sí; mi madre—dijo sordamente.—Adivino que algo habrá hecho contra nosotros. Habla, no temas. Tú estás para mí por encima de todo el mundo.
Leonora habló de su tía, aquella pobre señora resignada y casi imbécil, que al ver a Rafael en su casa con tanta asiduidad, creía en el probable casamiento de su sobrina. Por la tarde una escena dolorosa entre Leonora y ella. Doña Pepa había ido a la ciudad por sus devociones, y a la salida de la iglesia encontró a doña Bernarda. ¡Pobre vieja! Sus ojos aterrados, su cabeza temblorosa, delataban la intensa emoción que en su alma simple había sabido despertar la madre de Rafael, a quien ella respetaba mucho. Su sobrina, su ídolo yacía por el suelo, despojada de aquella fe entusiasta y cariñosa que hasta entonces la había inspirado. Todas las historias pasadas, los ecos de su vida de aventuras, llegados hasta ella débilmente y que jamás quiso creer considerándolos obra de la envidia, se los repitió doña Bernarda con su autoridad de señora formal y buena cristiana, incapaz de mentir. Y a continuación, el escándalo con que conmovían a toda la ciudad su sobrina y su hijo; las entrevistas nocturnas, los paseos a través de los campos con una audacia del demonio, haciendo gala de su pecado; todos los atrevimientos y locuras que convertían su santa casa, la casa de doña Pepa, en un antro de vicios, en una mancebía del diablo.
Y la pobre vieja lloraba como una niña en presencia de su sobrina, se esforzaba en convencerla para que «abandonase la mala senda del pecado»; estremecíase de horror pensando en su inmensa responsabilidad ante Dios. «Toda una vida de devoción para tener limpia el alma, creerse casi en estado de gracia y despertar de repente en pleno pecado sin comerlo ni beberlo, por causa de su sobrina, que convertía su santa casa en una sucursal del infierno, haciéndola vivir rodeada del pecado». Y el miedo de la pobre señora, el escrúpulo y el terror de aquella alma sencilla, eran lo que más profundamente hería a Leonora.
—Me han robado mi única familia—murmuraba con desaliento.—Me han quitado el cariño del único ser que me quedaba. Ya no soy para ella la niña de antes; no hay más que ver cómo me mira, cómo se aparta temiendo mi contacto... Y todo por ti, por amarte, por no haber sido cruel. ¡Ay, aquella noche! ¡cómo la he de llorar!... ¡cómo presentía yo estas tristezas!...
Rafael estaba aterrado. Sentía vergüenza y remordimiento viendo lo que sufría aquella mujer por haberse entregado a él. ¿Cómo remediarlo? Se sentía humillado; quería ser hombre fuerte, la mano enérgica que protege en el peligro a la mujer amada. Pero ¿sobre quién había de caer para defenderla?...
Leonora abandonó el hombro de su amante, se desasió de sus brazos; limpiaba sus lágrimas y se erguía con la firmeza del que ha adoptado una resolución irrevocable.
—Estoy decidida a todo. Me hace mucho daño lo que voy a decirte, pero no retrocederé: será inútil que protestes. Ya no puedo estar bajo este techo; comprendo que he acabado para mi tía: ¡pobre vieja! Mi ilusión era verla morir entre mis brazos como una lucecita que se apaga; ser para ella lo que no fui para mi padre... Pero la venda ha caído de sus ojos; yo no soy más que una pecadora que con mi presencia turbo su vida... Me voy, pues. Ya he dicho a Beppa que mañana arregle los equipajes... Rafael, dueño mío, esta es la última noche... Pasado mañana ya no me verás.
El joven retrocedió asombrado, como si repentinamente acabasen de herirle en medio del pecho.
—¿Irte? ¿Y lo haces con esa frialdad?... ¿Irte tú, así, así, en plena dicha?
Se tranquilizaba a los pocos momentos. Aquello no era más que la resolución momentánea en un arranque de indignación. No se iría, ¿verdad? Debía reflexionar, ver con claridad las cosas. ¡Qué disparate! ¡partir abandonando a su Rafael! Nunca: era imposible.
Leonora sonreía con tristeza. Aguardaba aquellas protestas. También ella había sufrido mucho, mucho, antes de decidirse a adoptar tal resolución.
Sentía frío hasta en la raíz de los cabellos al pensar que antes de dos días se vería sola, vagabunda por Europa, cayendo de nuevo en aquella vida agitada y loca a través del arte y del amor. Después de haber gozado la dulzura de la pasión más fuerte de su existencia, lo que ella creía su primer amor, resultaba cruel lanzarse de nuevo en una navegación sin rumbo a través de las tempestades. Le quería más que nunca: le adoraba con nuevo ardor, ahora que iba perderle.
—¿Entonces por qué te vas?—pregunta el joven.—Si me amas ¿por qué me dejas?
—Porque te quiero, Rafael... Porque deseo tu tranquilidad.
Quedarse allí era perderle. Para defenderla a ella, para seguir a su lado, tendría que luchar con su madre, que era el más encarnizado enemigo, perder su cariño, atropellarla tal vez. ¡Oh, no! ¡qué horror! Ya había bastante con aquella crueldad filial que entenebrecía su pasado. ¿Era acaso un ser funesto, nacido para corromper con su nombre lo más santo, lo más puro?
—No, resígnate, corazón mío. Es preciso que parta; es imposible que sigamos amándonos aquí. Yo te escribiré, te daré cuenta exacta de mi vida... todos los días sabrás de mí aunque esté en el polo; pero quédate, no desesperes a tu madre, cierra los ojos ante sus injusticias, que al fin obedecen a lo mucho que te quiere... ¿Crees que yo no sufro al dejarte? ¿Te imaginas que es poco huir dejando aquí la mayor felicidad de mi existencia?...
Y para dar más fuerza a sus ruegos se abrazaba a Rafael, acariciaba su cabeza caída y pensativa, dentro de la cual se agitaban tempestuosas las ideas, removiendo profundamente su voluntad.
Instintivamente, las manos del joven recorrían la desnudez de su amante, marcando sus tesoros bajo la tela blanca y fina; sentía el suave calor, la palpitación misteriosa de aquella carne que había infiltrado en su cuerpo algo de su propia vida en los espasmos de la pasión, en el dulce arrobamiento de la comunión amorosa. Y los lazos que él creía eternos ¿iban a romperse? ¿tan fácilmente podía perder aquel cuerpo admirado por el mundo y cuya posesión le hacía considerarse el primero de los hombres? Ella le hablaba del amor a distancia, persistente a través de los viajes y los azares de una existencia errante, le prometía escribirle todos los días... ¡escribirle! tal vez al mismo tiempo que su cuerpo divino sentiría el contacto de otra mano que no fuese la suya... No; él no perdía aquello; estaba resuelto.
—No te irás, Leonora—afirmaba con energía.—Un amor como el nuestro no puede terminar de este modo. La fuga sería una ofensa para mí, huir como afrentada por la tristeza de haberme amado.
Sentía en su ánimo un afán de protesta caballeresco: se avergonzaba de pensar que ella huyese por haberle querido y que él quedase allí, triste e inerte como una doncella a la que abandona su amante convencido de que con su amor la causa grave daño. ¡Ira de Dios! El era un hombre y no podía tolerar que aquella mujer le abandonase en un arranque de abnegación, por devolverle la tranquilidad de la familia, la calma dentro de su casa, la sonrisa satisfecha de su madre. Huían muchas veces las muchachas, olvidando padres y hogar, cuando se sentían dominadas por el amor; y él, un hombre, un personaje ¿había de quedarse allí, viendo como se alejaba Leonora, triste y llorando, todo porque no perdiese él el respeto de aquella ciudad en la que se ahogaba, y el afecto de una madre que jamás había sabido bajar hasta su corazón con una sonrisa de cariño? Además, ¿qué amor era el suyo que retrocedía ante una resolución enérgica; siempre cobarde e indeciso cuando se trataba de conservar una mujer por la cual se habían muerto o arruinado hombres más ricos, más poderosos, ligados a la vida por atracciones que él jamás había gozado en su monótona existencia?...
—No te irás—repetía con sorda firmeza.—Yo no pierdo mi felicidad tan fácilmente... Y si te empeñas en irte, partiremos juntos.
Leonora se irguió estremecida. Esperaba aquello; se lo decía el corazón. ¿Escapar juntos los dos? ¿aparecer ella como una aventurera que se lleva tras si a Rafael después de enloquecerle de amor arrancándole de los brazos de su madre? ¡Oh, no! muchas gracias. Ella tenía conciencia; no quería cargar su vida con la execración de todo un pueblo. Le suplicaba a Rafael con calma; le rogaba que arrastrase valientemente la desgracia. Debía partir sola; después, más adelante ya vería; buscarían ocasión para verse; tal vez podría ser en Madrid, cuando abiertas las Cortes estuviera allá solo, ella cantaría en el Real gratuitamente si era preciso.
Pero Rafael se revolvía furioso contra su resistencia. ¡No verla! ¡transcurrir meses y meses en mortal espera! Una sola noche sin sentir su cuerpo confundido con el suyo, sería la desesperación. Acabaría por entregarse a la mortal tristeza de Maquia; se pegaría un tiro como el poeta italiano.
Y lo decía con convicción, mirando al suelo con ojos extraviados, como si se viera ya sobre el pavimento, inerte, ensangrentado, con el revólver en la crispada diestra.
—¡Oh, no! ¡qué horror! ¡Rafael! ¡Rafael mío!—gemía Leonora abrazándose a su cuello, colgándose de él, estremecida por la sangrienta visión.
El amante seguía protestando. Era libre. Si fuese casado, si dejara tras su fuga una mujer que llorase su traición, hijos que le llamaran en vano, aún comprendería aquella resistencia; la repugnancia de un corazón bueno que no quiere que su amor deje tras sí la maldición de una familia dispersa. Pero ¿a quién abandonaba en su fuga? A su madre nada más, que se consolaría al poco tiempo sabiendo que estaba sano y era feliz. A su madre, que se oponía con ese ciego cariño maternal que no quiere encontrar rivalidades en el amor al hijo y por celos estorba muchas veces su felicidad. El mal que causase siguiéndola a ella no sería irreparable. Huirían juntos; pasearían su amor por el mundo.
Y Leonora, cabizbaja, repetía débilmente:
—No; estoy resuelta. Partiré mañana sola. No tengo fuerzas para arrostrar el odio de una madre.
Rafael se indignaba.
—Entonces di que no me amas. Te has cansado de mí. Quieres levantar las alas; te impulsa la locura de otros tiempos; deseas volar de nuevo locamente por tu mundo.
La artista fijaba en él sus grandes ojos empañados por las lágrimas. Su mirada era de ternura y de lástima.
—¡Cansarme de ti!... ¡Cuando jamás me he sentido tan triste como esta noche!... Crees que ansío mi antigua vida, y al alejarme siento lo mismo que si entrase en un lugar de tormento... ¡Ay, dueño mío, mi alma!... Tú no comprenderás nunca hasta donde he llegado en mi amor.
—¿Pues entonces?
Y en su afán irresistible de decirlo todo, de no perdonar el relato de ninguno de los peligros que sobrevendrían tras la separación, Rafael habló de su madre, de lo que ocurriría al quedar solo con ella sumido en la monotonía de la ciudad. ¿Creía ella que todo era cariño en la indignada oposición de su madre? Le quería, sí; era su hijo único; pero en sus cálculos entraba por mucho la ambición, aquel afán por el engrandecimiento de la casa, que había ocupado toda su existencia. Le tenía destinado, sin consultar su voluntad, a servir de rehén en la alianza que meditaba con una gran fortuna. Quería casarle: y si ella partía, si se veía solo, abandonado, la tristeza y el tiempo que todo lo pueden, morderían su voluntad, hasta hacerle caer inerte, entregándose como una víctima que en su aturdimiento no abarca la importancia del sacrificio.
Ella le escuchaba estremecida; con los ojos desmesuradamente abiertos por el terror. Acudían en tropel a su memoria palabras sueltas que en días anteriores habían llegado hasta ella y la demostraban ahora la certeza de lo que decía su amante... ¡Rafael destinado por su madre a otra mujer!... ¡encadenándose para siempre si ella partía!...
—Y yo no quiero, ¿sabes Leonora?—continuó el amante con tranquila firmeza—Yo sólo soy tuyo, sólo te amo a ti. Prefiero seguirte por el mundo, aunque no quieras; ser tu criado, verte... hablarte, mejor que enterrar aquí mi desesperación bajo millones.
—¡Ah, niño! ¡niño mío!... ¡Cómo me quieres! ¡Cómo te adoro!
Y cayó sobre él frenética de pasión, impetuosa, loca, apresándole entre sus brazos como una fiera. Rafael se sintió acariciado con un ardor que casi le dio miedo; envuelto en una espiral de placer que no tenía fin. Estremeciose empujado, descoyuntado, arrollado por una ola tan voluptuosa, tan inmensa que le hacía daño. Creyó morir desmenuzado, hecho polvo sobre aquel cuerpo que le agarrotaba, absorbiéndole con la fiera voracidad de esas simas lóbregas donde desaparecen de un golpe los torrentes sin dejar una gota de su avalancha tumultuosa. Y desfalleciendo sus sentidos en aquel tembloroso ofuscamiento, cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos vio la habitación en la obscuridad, sintió en sus espaldas la blandura del lecho y bajo su nuca un brazo mórbido que le sostenía cariñosamente. Leonora le hablaba al oído con la lentitud del cansancio.
Convenidos. Huirían juntos, irían a continuar su dúo de amor donde nadie les conociera, donde la envidia y la vulgaridad no turbasen su dulce existencia. Leonora conocía todos los rincones del mundo. Nada de Niza ni de las otras ciudades de la Costa Azul, bonitas, coquetas, empolvadas y pintadas como una dama que sale del tocador. Encontrarían en ellas demasiada gente. Venecia les convenía más. Pasearían por los estrechos canales, solitarios y silenciosos, tendidos en la camareta de la góndola, acariciándose entre risas, compadeciendo a los que pasasen los puentes sin adivinar que por bajo de sus pies se deslizaba el amor...
Pero Venecia es triste; cuando la lluvia se decide a caer, no se cansa nunca. Mejor era Nápoles; sí, Nápoles. ¡Viva! Y Leonora agitaba las manos como queriendo aplaudir su idea. La vida al sol, la libertad, amarse con el mismo impudor sublime de los lazaronis que viven desnudos y se reproducen en la acera. Ella tenía allá en el Posilippo una pequeña casa, un villino de color de rosa, una bicoca con un jardín de higueras nopales y pinos parasoles, que bajaba en rápida pendiente desde el promontorio hasta el mar. Pescarían en el golfo terso y azul como un inmenso espejo, y a la caída de la tarde, mientras él volviese los remos, ella cantaría mirando el mar inflamado por el sol al hundirse en las aguas, el penacho del Vesubio de tonos morados, la inmensa ciudad blanca con sus infinitas vidrieras como placas de oro, reflejando el crepúsculo.
Corretear como dos bohemios por los innumerables pueblecillos blancos de la ribera del golfo; besarse en pleno mar entre las barcas pescadoras, de las que salen romanzas apasionadas; pasar la noche al aire libre, abrazados sobre la arena, oyendo a lo lejos la risa de perlas de las mandolinas como aquella noche escuchaban al ruiseñor... ¡Dios mío! ¡qué hermoso!
Y hasta el amanecer estuvieron fantaseando sobre el porvenir, arreglando todos los detalles de la fuga.
Ella partiría cuanto antes; él iría a su encuentro dos días después cuando hubiese renacido la confianza y todos la creyeran lejos, muy lejos. ¿Dónde se encontrarían? Primero pensaron en Marsella, pero era demasiado lejos. Después en Barcelona. Regateaban las horas y los minutos. Les parecía intolerable pasar varios días sin verse. Cuanto antes se reuniesen, mejor, lo importante era salir de la ciudad. Y acabaron por decidir que se reunirían lo más cerca posible: en Valencia. El amor gusta de la audacia.
VII
Acababan de almorzar entre las maletas y las cajas, que ocupaban una gran parte de la habitación de Leonora en el hotel de Roma.
Por primera vez se sentaban en la mesa juntos en familiar intimidad, sin otro testigo que Beppa, la fiel doncella, acostumbrada por la azarosa vida de su señora a toda clase de sorpresas, y que contemplaba a Rafael con respetuosa sonrisa, como un ídolo nuevo con el que debía compartir la devota sumisión que sentía por Leonora.
Era el primer momento de tranquilidad y alegría que había tenido el joven en algunos días. El antiguo hotel con sus habitaciones grandes, de alto techo; sus corredores en discreta penumbra y su calma conventual, le parecía un lugar de delicias, un ameno retiro en el que se consideraba libre ya de las murmuraciones y luchas que le habían oprimido como un círculo infernal. Además, sentía allí ese viento exótico que parece soplar en los puertos y las grandes estaciones de ferrocarril. Todo le hablaba de la fuga, de la incógnita y deliciosa ocultación en aquel país tan calurosamente descrito por Leonora, desde los macarrones del almuerzo y el Chianti en empajada y ventruda redoma, hasta el castellano defectuoso y musical de los dueños del hotel, carnosos hombretones con enormes bigotes que recordaban los tradicionales mostachos de la casa de Saboya.
Leonora le había citado allí, en el refugio predilecto de los artistas, que aislado de la circulación, ocupa todo un lado de una plaza solitaria, señorial y tranquila, sin más ruidos que los gritos de los cocheros de alquiler y las patadas de los caballos.
Había llegado en el primer tren de la mañana, sin equipaje alguno, como un colegial que se fuga con solo lo puesto. Los dos días transcurridos desde que Leonora abandonó la ciudad, habían sido de tormentos para él. La gente comentando la huida de la cantante; escandalizándose de su inmenso equipaje que, agrandado por la imaginación de los murmuradores, llenaba no se sabía cuántos carros.
Esto quien lo sabía bien era el barbero Cupido, que, cual de costumbre, había corrido con todo el servicio del equipaje. Sabía a dónde había dirigido su vuelo aquella mujer peligrosa, y lo decía a todos. Volvía a Italia. El mismo había facturado para la frontera todo el equipaje grueso, mundos enormes como casas, cajones donde podía ocultarse cómodamente él con sus pelados mancebos. Y las mujeres, oyéndole, celebraban aquella huida como si las librase de un gran peligro. ¡Vaya bendita de Dios!
Rafael, después de la partida de su amante, apenas salió a la calle. Le molestaba la curiosidad de la gente, la conmiseración burlona de los amigos que envidiaban su pasada felicidad y permaneció dos días en su casa, seguido por la mirada interrogante de su madre. Doña Bernarda mostrábase más tranquila al verle libre de la maléfica influencia de la artista, pero sin abandonar por esto su gesto ceñudo, como avisada por el instinto maternal que aún presentía el peligro.
El joven estaba agitado por la impaciencia de la fuga. Le parecía intolerable permanecer allí mientras ella estaba sola, aislada en un cuarto de hotel, aguardando con igual impaciencia el momento de la reunión.
¡Qué amanecer el de la partida! Rafael se avergonzaba viéndose descalzo; caminando de puntillas, como un ratero, por la sala donde su madre recibía a los hortelanos y ajustaba las cuentas del cultivo. Avanzaba a tientas, sin otro guía que los luminosos resquicios de las cerradas ventanas. Su madre dormía en una habitación inmediata: oía su respiración, el fatigado estertor de un sueño pesado, con el que se reponía de aquellas noches en vela espiando su regreso de las citas de amor. Creía aún sentir el estremecimiento que le producía el suave tintineo de las llaves, abandonadas con la confianza de una autoridad sin límites en la cerraja de un mueble antiguo donde guardaba Doña Bernarda sus ahorros. Así ocultó con mano trémula en sus bolsillos todos los billetes guardados en los pequeños cajones.
Temblaba de emoción al consumar el acto audaz. Se llevaba lo suyo; no había pedido nada de la herencia de su padre. Leonora era rica; con una delicadeza admirable había rehuido hablar de dinero al discutir los preparativos del viaje; pero él no iba a ser un entretenido, no quería vivir como aquel Salvatti que explotó la juventud de la artista. Estos pensamientos le dieron fuerzas para llevarse el dinero y abandonar la casa; pero en el tren aún duraba su inquietud, y el personaje, el diputado experimentaba un miedo instintivo al ver en las estaciones los tricornios de la guardia civil. Palidecía pensando en el despertar de su madre si casualmente se daba cuenta del despojo.
La confianza y la alegría renacieron al entrar en el hotel como si entrase en un lugar de asilo. La encontró en la cama, la cabellera esparcida sobre la almohada como una ola de oro, los ojos entornados, la boca sonriente como si la sorprendiera en mitad de un ensueño saboreando sus recuerdos de amor. A medio día se levantaron para almorzar en el cuarto, pálidos, fatigados, proponiéndose emprender su viaje cuanto antes. No más locuras; sensatez hasta que se viesen fuera de España. Al anochecer saldrían en el correo de Barcelona hacia la frontera. Y tranquilamente como un matrimonio que discute en la calma placentera del hogar los detalles de la vida material, pasaban revista de los objetos necesarios para el viaje.
Rafael no tenía nada. Había huido como quien escapa de un incendio, con el traje que primero encontró al saltar de la cama. Necesitaba muchas cosas indispensables y pensaba salir a comprarlas: asunto de un momento.
—¿Pero vas a ir tú?—preguntaba Leonora con cierta angustia, como si su instinto femenil adivinase en el peligro.—¿Vas a dejarme sola?...
—Un momento nada más. No te haré esperar mucho.
Se despidieron en el corredor con la ruidosa y descuidada alegría de su pasión; sin fijarse en los camareros que iban y venían al otro extremo del largo pasadizo.
—Adiós, Rafael... Uno; uno nada más.
Y cuando él salió a la plaza, con el sabor en los labios del último beso, todavía le saludó desde un balcón una mano cubierta de pedrería.
El joven andaba apresuradamente. Quería volver cuanto antes, y pasó con rapidez por entre la nube de cocheros que le ofrecían sus servicios frente al gran palacio de Dos Aguas, cerrado, silencioso, dormido como los dos gigantes que guardan su portada, desarrollando bajo la lluvia de oro del sol la suntuosidad recargada y graciosa del estilo rococó.
—Rafael, Rafael...
El diputado volviose al oír su nombre, y palideció como en presencia de una aparición. Era don Andrés quien le llamaba.
—¿Usted aquí?
—He llegado en el correo de Madrid. Hace dos horas que te busco por todas las fondas de Valencia. Ya sabía que estabas aquí... Pero vámonos, tenemos que hablar; este no es buen sitio.
Y lanzaba una intensa mirada de odio al hotel, como si quisiera aniquilar al enorme caserón con todos los seres que encerraba.
Se alejaron, caminando lentamente sin saber dónde iban, errando a la ventura, doblando esquinas, pasando varias veces por la misma calle, con el pensamiento concentrado, los nervios estremecidos, prontos a gritar y haciendo esfuerzos por que su voz fuese débil, apagada, y no llamase la atención de los transeúntes que pasaban rozándoles por las estrechas aceras.
Don Andrés comenzaba, como era de esperar.
—¿Te parece bien lo que has hecho?
Al ver que él, cobardemente intentaba mostrarse asombrado, asegurando que nada había hecho, que había venido a Valencia por un asunto insignificante, el viejo se indignó.
—No mientas: o somos hombres o no lo somos. Tú debes sostener lo hecho, si te figuras haber obrado bien. No creas que vas a engañarme para echar a correr con esa señora, Dios sabe dónde. Te he encontrado y no te dejo. Quiero que lo sepas todo: tu madre en cama; yo, avisado por ella de lo ocurrido, saliendo en el primer tren a encontrarte; toda la casa en revolución, creyendo en el primer instante en un robo, y la ciudad llevándote en lenguas tal vez a estas horas. Qué... ¿estás contento? ¿deseas matar a tu madre? Pues la matarás... ¡Dios mío! ¡y estos son los hombres de talento! ¡los señoritos con carrera! Cuánto mejor que fueses un bruto como yo o como tu padre; sin estudios, pero sabiendo vivir y divertirse sin compromiso.
Después relataba minuciosamente lo ocurrido. La madre teniendo que visitar su viejo mueble para hacer un pago a los jornaleros; el grito de horror y alarma que puso en conmoción la casa; la llegada de Don Andrés, avisado apresuradamente; la sospecha contra la fidelidad doméstica, pasando revista a todas las sirvientes, que lloraban protestando con indignación, hasta que doña Bernarda cayó en una silla, casi desmayada, murmurando al oído de su consejero: