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Entre naranjos

PRIMERA PARTE (continued 2)

Reading edition

—Sí; sé quien es; la conozco,—dijo Rafael.

—Pues esa señora extranjera—continuó don Andrés—es sobrina de doña Pepa. La hija de su hermano el médico, una muchacha que hasta ahora ha ido por el mundo cantando óperas. Tú no te acordarás del doctor Moreno, que tanto dio que hablar en sus tiempos...

¡Vaya si se acordaba! No necesitó poner en tortura su memoria. Aquel nombre aún se conservaba fresco entre los recuerdos de la niñez. Representaba muchas noches de sueño alterado por el miedo; de súbitas alarmas en las cuales ocultaba bajo las sábanas la cabeza temblorosa; de amenazas, cuando negándose a dormir porque le acostaban temprano, su madre le decía con voz imperiosa:

—Si no callas y duermes, llamaré al doctor Moreno.

¡Terrible y sombrío personaje! Rafael recordaba como si las hubiera visto al entrar en el casino, aquellas barbas enormes, negras y rizosas; los ojos grandes y ardientes, mirando siempre con exaltación, y el cuerpo alto, con una grandeza que aún parecía mayor al joven Brull, evocándola desde los recuerdos de su infancia. Tal vez era una buena persona; así lo creía Rafael cuando pensaba en aquel lejano período de su vida; pero aún tenía presente el susto que experimentó siendo niño, al encontrar en una calleja al terrible doctor, que le miró con sus ojos de brasa acariciándole las mejillas bondadosamente, con una mano que al arrapiezo le pareció de fuego. Huyó despavorido, como huían casi todos los chicuelos cuando les acariciaba el doctor.

¡Qué horrible fama la suya! Los curas de la población hablaban de él con terribles aspavientos. Era un impío, un excomulgado. Nadie sabía ciertamente qué alta autoridad había lanzado sobre él la excomunión; pero era indudable que estaba fuera del gremio de las personas decentes y cristianas. Bastaba para esto saber que todo el granero de su casa lo tenía lleno de libros misteriosos, en idiomas extranjeros, todos conteniendo horribles doctrinas contra las sanas creencias en Dios y en la autoridad de sus representantes. Era defensor de un tal Darwin, que sostenía que el hombre es pariente del mono, lo que regocijaba a la indignada doña Bernarda, haciéndola repetir todos los chistes que a costa de esta locura soltaban sus amigos los curas los domingos en el púlpito. Y lo peor era que con tales brujerías, no había enfermedad que se resistiera al doctor Moreno. Hacía prodigios en los arrabales, entre la tosca gente de los huertos que le adoraba con tanto afecto como temor. Devolvía la salud a los que habían declarado incurables los viejos médicos de larga levita y bastón con puño de oro, venerables sabios, más creyentes en Dios que en la ciencia, según decía en su elogio la madre de Rafael. Aquel exaltado se valía de nuevos medicamentos, de sistemas originales, aprendidos en las revistas y libracos que recibía de muy lejos. A los enemigos les desconcertaba en su murmuración la manía del doctor por curar gratuitamente a los pobres, añadiendo muchas veces una limosna; e indignábales la testarudez con que se negaba otras muchas a asistir a las personas acaudaladas y de sanos principios que habían tenido que solicitar el permiso de su confesor para ponerse en tales manos.

—¡Pillo! ¡Hereje!... ¡Descamisado!...—exclamaba doña Bernarda.

Pero lo decía en voz muy baja y con cierto miedo, pues aquellos tiempos eran malos para la casa de Brull. Rafael recordaba que su padre mostrábase por entonces más sombrío que nunca, y apenas salía del patio.

A no ser por el respeto que inspiraban sus garras vellosas y el entrecejo tempestuoso, se lo hubieran comido. Mandaban los otros... todos menos la casa de Brull.

La monarquía se la había llevado la mala trampa; legislaban en Madrid los hombres de la revolución de Septiembre. Los industrialillos de la ciudad, rebeldes siempre a la soberanía de don Ramón, tenían fusiles en las manos, formaban una milicia, y eran capaces de plantar un balazo a los que antes les habían tenido bajo el pie. Se daban en las calles vivas a la República, faltaba poco para que se encendieran cirios ante la estampa de Castelar; y entre este torbellino de discursos, aclamaciones, Marsellesa a todas horas y percalina tricolor, destacábase el fanático médico, predicando en las plazas, hablando en las eras de los pueblos vecinos, explicando los Derechos del Hombre en las veladas nocturnas del casino republicano de la ciudad; entusiasta hasta el lirismo, repetía con diversas palabras las mismas odas oratorias del tribuno portentoso que en aquella época corría España de una punta a otra, haciendo comulgar al pueblo en la democracia al son de sus estrofas, que sacaban de la tumba todas las grandezas de la historia.

La madre de Rafael, cerrando puertas y balcones, miraba irritada al cielo cada vez que la masa popular, a la vuelta de un meeting, pasaba por su calle con banderas al frente, para detenerse un poco más allá, ante la vivienda del doctor, al que aclamaba con entusiasmo.—«¿Hasta cuándo iba a consentir Dios que las personas honradas sufriesen?» Y aunque nadie la insultaba ni la pedía un alfiler, hablaba de la necesidad de trasladarse a otro punto. Aquellas gentes pedían la República, eran de la Repartidora, como ella decía; al paso que marchaban las cosas, no tardarían en triunfar, y entonces vendría el saqueo de la casa; tal vez el degüello de ella y su hijo.

—¡Déjalos, mujer!—decía el caído cacique con burlona sonrisa—No son tan malos como crees. Que sigan cantando su Marsellesa y dando vivas, ya que con tan poco se contentan. Este tiempo, otro traerá. Los carlistas se encargarán de hacer triunfar a los nuestros.

Para el padre de Rafael, el doctor era un buen hombre. «Un excelente chico, al que los libros habían trastornado». Le conocía mucho; habían ido juntos a la escuela, y jamás quiso unirse al coro de maldiciones contra Moreno. Lo único que pareció molestarle, fue que a raíz de la proclamación de la República, los entusiastas del doctor quisieran enviarle diputado a la Constituyente del 73. ¡Diputado aquel loco, cuando él, el amigo y agente de tantos ministros moderados, no había osado nunca pensar en el cargo por el respeto casi supersticioso que le inspiraba! ¡Aquello era el fin del mundo!...

Pero el doctor se opuso a tales deseos. Si iba a Madrid, ¿qué sería del triste rebaño que encontraba en él salud y protección? Además, él era un sedentario. Se sentía ligado a aquella vida de estudio y soledad, en la que cumplía sus gustos sin obstáculo alguno. Sus convicciones le arrastraban a mezclarse entre la masa, a hablar en los lugares públicos, provocando tempestades de entusiasmo; pero se negaba a tomar parte en las organizaciones de partido, y después de una reunión pública, pasaba días y días encerrado en casa entre sus libros y revistas, sin más compañía que la de su hermana, dócil devota que le adoraba, aunque lamentando su irreligiosidad, y la de su hija, una niña rubia que Rafael recordaba apenas, pues la antipatía que inspiraba el padre a las principales familias, obligaba a la pequeña a un forzoso aislamiento.

El doctor tenía una pasión: la música. Todos admiraban su habilidad. ¿Qué no sabría aquel hombre? Según doña Bernarda y sus amigas, aquel talento portentoso era adquirido con malas artes, fruto de su impiedad. Pero esto no impedía que por las noches, cuando hacía sonar el violoncello, acompañado por ciertos amigotes de Valencia que venían a pasar con él algunos días,—todos gente greñuda y estrambótica, que hablaban un lenguaje raro y nombraban a un tal Beethoven con tanta unción como si fuese San Bernardo, el patrón de Alcira,—la gente se agolpase en la calle, siseando para que caminasen más quedo los que poco a poco se aproximaban, y abríanse cautelosamente balcones y ventanas ante los prodigios del endemoniado doctor.

—Sí, don Andrés—dijo Rafael;—recuerdo perfectamente al doctor Moreno.

El miedo que le había inspirado en la niñez, y las diabólicas melodías que por la noche llegaban hasta su camita, estaban aún frescos en su memoria.

—Pues bien—continuó el viejo;—esa señora es la hija del doctor. ¡Qué hombre aquel! ¡Cómo nos hacía rabiar a tu padre y a mí en el 73! Ahora que todo aquello está tan lejos, te digo que era un buen sujeto. Algo sorbido de sesos por la lectura, como Don Quijote; chiflado completamente por la música. Tenía cosas graciosísimas. Se casó con una hortelana muy guapa, pero pobre. Decía que el casamiento era... para perpetuar la especie: éstas eran sus palabras; para echar al mundo gente fuerte y sana. Por esto lo de menos era preocuparse de la posición de la esposa, sino de su caudal de salud. Así se buscó él aquella Teresa, fuerte como un castillo y fresca como una manzana. Pero de poco le valió a la pobre. Tuvo la niña, y a consecuencia del parto murió a los pocos días, sin que sirvieran de nada los estudios y los desesperados esfuerzos del marido. No llegaron a vivir juntos un año.

Los compañeros de Rafael escuchaban con tanta atención como éste. Les agitaba la malsana curiosidad de las pequeñas poblaciones donde el ahondar de la vida ajena es el más vivo de los placeres.

—Y ahora viene lo bueno—continuó don Andrés,—El loco del doctor tenía dos santos: Castelar y Beethoven, cuyos retratos figuraban en todas las habitaciones de su casa, hasta en el granero. Ese Beethoven (por si no lo sabéis), es un italiano o inglés, no lo sé cierto, de esos que se sacan la música de la cabeza para que la toquen en los teatros o se diviertan a solas los locos como Moreno. Al tener una hija, anduvo preocupado con el nombre que había de ponerla. Quería llamarla Emilia para hacer así un homenaje a su ídolo Castelar; pero le gustaba más Leonora, (¡fijáos bien! no digo Leonor), Leonora, que según nos dijo él, era el título de la única función escrita por Beethoven, una ópera que leía él a ratos perdidos, como yo leo el periódico. El recuerdo del extranjero pudo más, y envió a su hermana a la iglesia con unas cuantas vecinas pobres a bautizar la niña, con el encargo de que le pusieran por nombre Leonora. Figuráos qué contestaría el cura después de buscar en vano en el santoral. Yo estaba entonces en las oficinas del ayuntamiento y tuve que intervenir. Era antes de la Revolución; mandaba González Bravo; los buenos tiempos; por poco que alzase el gallo un enemigo del orden y las sanas creencias, iba en cuerda camino de Fernando Póo. Y sin embargo, ¡floja zambra armó aquel hombre! se plantó en la iglesia, donde no había entrado nunca, empeñado en que bautizasen a la pequeña a su gusto. Después quiso llevársela sin bautizar, diciendo que le tenía sin cuidado este requisito y que sólo lo cumplía por dar gusto a su hermana. En la disputa llamaba con gran retintín a los curas y acólitos reunidos en la sacristía, cuadrilla de bramantes...

—Les llamaría brahamantes—interrumpió Rafael.

—Sí, eso es: y también bonzos; así, por chunga; de esto me acuerdo bien. Por fin, dejó que el cura la bautizase con el nombre de Leonor. Pero como si nada. Al marcharse le dijo al párroco:—«Será Leonora por razones que le placen al padre y que no comprendería usted aunque yo se las explicase». ¡Qué tremolina aquella! Tuvimos que intervenir tu padre y yo para amansar a los buenos curas: querían formarle un proceso por sacrilegio, ultrajes a la religión y qué se yo cuántas cosas más. Nos dio lástima. ¡Ay, hijo mío! en aquel tiempo una causa así era más de cuidado que hacer una muerte.

—¿Y cómo ha seguido llamándose?—preguntó un amigo de Rafael.

—Leonora, como quería su padre. Esa muchacha salió idéntica al doctor; tan chiflada como él: su mismo carácter. No la he visto aún; dicen que es muy guapa; se parecerá a su madre, que era una rubia, la más buena moza de estos contornos. Cuando el doctor vistió a su mujer de señora, no era gran cosa como finura, pero nos dejó asombrados a todos...

—Y Moreno ¿qué se hizo?—preguntó otro.—¿Es verdad, como se dijo hace años, que se había pegado un tiro?

—Sobre eso se cuentan muchas cosas; tal vez sea todo mentira. ¡Quién sabe! ¡se marchó tan lejos!... Cuando al caer la República volvió el tiempo de las personas decentes, el pobre Moreno se puso peor aún que al morir su Teresa. Vivía encerrado en su casa. Tu padre era respetado más que nunca; mandábamos que era un gusto. Don Antonio, desde Madrid, daba orden a los gobernadores de que abriesen la mano, dejándonos en completa libertad para barrer lo que quedaba de la revolución, y los que antes aclamaban al doctor, huían de él para que nosotros no les tomásemos entre ojos. Alguna tarde salía a pasear por las afueras; iba al huerto de su hermana, junto al río, llevando siempre al lado a Leonora, que ya tenía unos once años. En ella concentraba todo su afecto... ¡Pobre doctor! Ya estaban lejos aquellos tiempos en que toda su banda de amigotes se agarraba a tiros con la tropa en las calles de Alcira, dando vivas a la Federal... Su soledad y la tristeza de la derrota, le hicieron entregarse más que nunca a la música. Sólo tenía una alegría en medio de la desesperación que le causaba el fracaso de sus perversas ideas. Leonora amaba la música tanto como él. Aprendía rápidamente sus lecciones; acompañaba al piano el violoncello del papá, y así se pasaban los días toca que toca, revolviendo todo el inmenso montón de solfas que guardaban en el granero, junto con los libros malditos. Además, la pequeña mostraba cada día una voz más hermosa y sonora. «Será una artista, una gran artista», decía el padre entusiasmado. Y cuando algún arrendatario de sus tierras o uno de sus protegidos entraba en la casa y permanecía embobado ante la chicuela, que cantaba como un ángel, decía el doctor con entusiasmo: «¿Qué os parece la señorita?... Algún día estarán orgullosos en Alcira de que haya nacido aquí».

Se detuvo don Andrés para coordinar sus recuerdos y añadió tras larga pausa:

—La verdad es que no puedo deciros más. En aquella época, como ya mandábamos, apenas si me trataba con el doctor. Le perdimos de vista; no le hacíamos caso. La musiquilla oída al pasar frente a su casa, era lo único que nos le traía a la memoria. Supimos un día, por su hermana doña Pepa, que se había ido con la niña, lejos, muy lejos, a aquella ciudad donde estuviste tú, Rafael: a Milán, que, según me han contado, es el mercado de todos los que cantan. Quería que su Leonora fuese una gran tiple. Ya no le vimos más. ¡Pobre hombre!... La cosa debió marchar bien. Cada año escribía a su hermana para que vendiese un campo, y en unos cuantos voló toda la fortunita que el doctor había heredado de sus padres. La pobre doña Pepa, siempre tan buena, hasta vendió la casa que era de los dos hermanos, para enviarle el último dinero y se trasladó al huerto, desde donde viene con un sol horrible a misa y a las Cuarenta horas. Después... después ya no he sabido nada cierto. ¡Dicen tantas mentiras! Unos, que el pobre Moreno se pegó un tiro al verse abandonado por su hija, que ya cantaba en los teatros; otros que murió en un hospital solo como un perro. Lo único cierto es que murió el infeliz y que su hija se ha dado la gran vida por esos mundos. Se ha divertido la maldita. ¡Qué modo de correrla!... Hasta cuentan que se ha acostado con reyes. Y de dinero no digamos. ¡Qué modo de ganarlo y de tirarlo, hijos míos! Esto quien lo sabe es el barbero Cupido. Como se cree artista porque toca la guitarra, y además, figura entre los de la cáscara amarga y le tenía gran simpatía al padre, es el único de la ciudad que ha seguido leyendo en los papeles todas las idas y venidas de esa mujer. Dice que no canta con su apellido. Gasta otro nombre más sonoro y raro, un apellido extranjero. Como es tan métomeentodo ese Cupido y en su barbería se saben las cosas al minuto, ayer mismo estuvo en la alquería de doña Pepa a saludar a la eminente artista, como él dice. Cuenta que no acaba. Maletas por todos los rincones, mundos que pueden contener una casa; de trajes de seda... ¡la mar!; sombreros, no sé cuantos; estuches sobre todas las mesas con diamantes que quitan la vista; y todavía la maldita encargó a Cupido que avisara al jefe de estación para que envíe, así que llegue, lo que falta por venir; el equipaje gordo, un sinnúmero de bultos que llegan de muy lejos, del otro rincón del mundo, y cuestan un capital por su traslado... ¡Y, eche usted!... ¡Claro! ¡Para lo que le cuesta de ganar!

Guiñaba los ojos maliciosamente y reía como un fauno viejo, dándole con el codo a Rafael, que le escuchaba absorto.

—¿Pero se queda aquí?—preguntó el joven.—¿Acostumbrada a correr el mundo, le gusta este rincón?

—Nada se sabe de eso—contestó don Andrés;—ni el mismo Cupido pudo averiguarlo. Estará hasta que se canse. Y para aburrirse menos se ha traído la casa encima como el caracol.

—Pues es fácil que se aburra pronto—dijo un amigo de Rafael.—¡Si cree que aquí la van a admirar y mimar como en el extranjero!... ¡La hija del doctor Moreno! ¡del médico descamisado, como le llama mi padre! ¿Han visto ustedes qué personajes?... Y luego, ¡con una historia! Anoche se hablaba de su llegada en todas las casas decentes y no hubo señor que no prometiese abstenerse de todo trato con ella. Si cree que Alcira es como esas tierras donde se baila el can can y no hay vergüenza, se lleva chasco.

Don Andrés se reía con una expresión de perro viejo.

—Sí; ¡hijos míos! se lleva chasco. Aquí hay mucha moral, y sobre todo, mucho miedo al escándalo. Seremos tan pecadores como en otra parte, pero no queremos que nadie se entere. Me temo que esa Leonora se pase la vida sin más sociedad que la de su tía, que es tonta, y la de una criada franchuta que dicen ha traído... Aunque ella ya se lo recela. ¿Sabéis lo que le dijo ayer a Cupido? Que venía aquí únicamente por el deseo de vivir sola, de no ver gente, y cuando el barbero le habló del señorío de Alcira, hizo un gesto burlón como si se tratara de gente despreciable de poco más o menos. Esto es lo que más se comentaba anoche por las señoras. ¡Ya se ve: acostumbrada a ser la querida de grandes personajes!...

Por la arrugada frente de don Andrés pareció pasar una idea provocando su risa.

—¿Sabes lo que pienso, Rafael? Que tú que eres joven y guapo, y has estado en aquellos países, podías dedicarte a conquistarla, aunque sólo fuera por bajarle un poco los humos y demostrar que aquí también hay personas. Dicen que es muy guapa y ¡qué demonio! la cosa no será difícil. ¡Cuando sepa quién eres!...

Dijo esto el viejo con la certidumbre de la adulación, convencido de que el prestigio de su príncipe era tal, que forzosamente había de turbar a toda mujer. Pero a Rafael, estas palabras, después de la escena de la tarde anterior, le parecían una crueldad.

Don Andrés se puso serio de repente, como si ante sus ojos pasase una pavorosa visión y añadió con tono respetuoso:

—Pero no: fuera bromas. No hagas caso de lo que digo. Tu madre sufriría un gran disgusto.

El nombre de doña Bernarda, representación de la temible virtud, al caer en medio de la conversación puso serios a todos los del corro.

—Lo que más extraño—dijo Rafael que deseaba desviar la conversación—es que todos se acuerden ahora de la hija del doctor. Han pasado años y más años, sin que nadie pronunciase su nombre.

—Estas son cosas de aquí—contestó el viejo.—Los de vuestra edad no la habíais visto, y vuestros padres, que conocieron al doctor y a su hija, han tenido siempre buen cuidado de no sacar a conversación a esa mujer, que, como dice tu madre es la deshonra de Alcira. De vez en cuando se sabía algo; una noticia que Cupido pescaba en los periódicos y propagaba por ahí; una revelación de la tonta doña Pepa, que contaba a los curiosos las glorias de su sobrina en el extranjero; muchas mentiras que se inventaban no se sabe dónde ni por quien. Todo esto quedaba oculto como el fuego bajo la ceniza. Si a esa muchacha no se le hubiera ocurrido volver a Alcira... nada. Pero ha venido, y de pronto todos hablan de ella, y resulta que saben o creen saber su vida, desembuchando las noticias de muchos años. ¿Queréis creerme, hijos míos? Yo la he considerado siempre una pájara de cuenta, pero aquí se miente mucho... mucho; se le levanta un mal testimonio al mismo verbo divino; y no será tanto como dicen... ¡Si fuese uno a hacer caso! ¿No era el pobre don Ramón el más grande hombre de esta tierra? ¿Y qué cosas no decían de él?...

Ya no se habló más de la hija del doctor Moreno. Rafael sabía cuanto deseaba. Aquella mujer había nacido a corta distancia de donde él nació; sus infancias habían transcurrido casi juntas y, sin embargo, en el primer encuentro de su vida, se habían sentido separados por la frialdad de lo desconocido.

Esta separación sería cada vez mayor. Ella se burlaba de la ciudad, vivía fuera de su influencia, en pleno campo, despreciándola, y la ciudad no iría a ella.

¿Cómo aproximarse?... Rafael estuvo tentado aquella misma tarde, paseando sin rumbo por las calles de buscar en su tienda al barbero Cupido. El alegre bohemio era el único de Alcira que entraba en su casa. Pero lo detuvo el miedo a su lengua murmuradora.

A su respetabilidad de hombre de partido le repugnaba entrar en aquella barbería empapelada con láminas de El Motín y presidida por el retrato de Pí y Margall. ¿Cómo justificaría su presencia allí, donde jamás había entrado? ¿Cómo explicar a Cupido su interés por aquella mujer, sin exponerse a que en la misma noche lo supiera toda la ciudad?

Pasó por dos veces frente a los rayados cristales de la barbería, sin atreverse a poner la mano en el picaporte, y acabó por salir al campo, siguiendo la orilla del río, lentamente, con la vista fija en aquella alquería azul, que nunca había llamado su atención, y ahora le parecía la más hermosa del dilatado paraíso de naranjos.

Por entre la arboleda veía el balcón de la casa y con él una mujer desdoblando ropas brillantes, de finos colores; faldas que sacudía para borrar los pliegues de la opresión en las maletas.

Era la doncella italiana; aquella Beppa de pelo rojizo que había visto en la tarde anterior, acompañando a su señora.

Creyó que la muchacha le miraba, que le reconocía por entre el follaje, a pesar de la distancia, y sintiendo un repentino miedo de chiquillo que se ve sorprendido en plena travesura, volvió la espalda y se alejó rápidamente hacia la ciudad, experimentando después cierta satisfacción, como si hubiera adelantado algo en el conocimiento de Leonora, sólo con llegar a las inmediaciones de la casa azul.

V

Las primeras lluvias del invierno caían con insistencia sobre la comarca. El cielo gris, cargado de nubes, parecía tocar la copa de los árboles. La tierra rojiza de los campos obscurecíase bajo el continuo chaparrón; los caminos hondos y tortuosos, entre las tapias y setos de los huertos, convertíanse en barrancos; paralizábase la vida laboriosa del cultivo y los pobres naranjos, tristes y llorosos, encogíanse bajo el diluvio, como protestando de aquel cambio brusco en el país del sol.

El río crecía. Las aguas rojas y gelatinosas, como arcilla líquida, chocaban contra las pilastras de los puentes, hirviendo como montones removidos de hojas secas. Los habitantes de las casas inmediatas al Júcar seguían con mirada ansiosa el curso del río y plantaban en la orilla cañas y palos para convencerse de la subida de su nivel.

—¿Munta?...—preguntaban los que vivían en el interior.

—Sí que munta—contestaban los ribereños.

El agua subía con lentitud, amenazando a la ciudad que audazmente había echado raíces en medio de su curso.

Pero a pesar del peligro, los vecinos no iban más allá de una alarmada curiosidad. Nadie sentía miedo ni abandonaba su casa para pasar los puentes, buscando un refugio en tierra firme. ¿Para qué? Aquella inundación sería como todas. Era inevitable de vez en cuando la cólera del río: hasta había que agradecerla, pues constituía diversión inesperada; una agradable paralización de trabajo. La confianza moruna daba tranquilidad a la gente. Lo mismo había hecho en tiempo de sus padres, de sus abuelos y tatarabuelos, y nunca se llevó la población: algunas casas la vez que más. ¿Y había de sobrevenir ahora la catástrofe?... El río era el amigo de Alcira: se guardaban el afecto de un matrimonio que, entre besos y bofetadas, llevase seis o siete siglos de vida común. Además, para la gente menuda, estaba allí el padre San Bernardo, tan poderoso como Dios en todo lo que tocase a Alcira, y único capaz de domar aquel monstruo que desarrollaba sus ondulantes anillos de olas rojizas.

Llovía día y noche, y sin embargo, la ciudad, por su animación, parecía estar de fiesta. Los muchachos, emancipados de la escuela por el mal tiempo, iban a los puentes a arrojar ramas para apreciar la velocidad de la corriente, o descendían por las callejuelas vecinas al río para colocar señales, aguardando que la lámina de agua, ensanchándose, llegase hasta ellas.

La gente de los cafés se deslizaba por las calles al abrigo de los grandes aleros, cuyas canales rotas vomitaban chorros como brazos, y después de mirar al río, bajo el débil abrigo de sus paraguas, volvían muy ufanos, parándose en todas las casas, para dar su opinión sobre la crecida.

Era una de pareceres, discusiones ardorosas y diversas profecías, que agitaban la ciudad de un extremo a otro, con el calor y la vehemencia de la sangre meridional. Se disputaba, se enfriaban amistades, por si en media hora el río había subido cuatro dedos o uno solo; y faltaba poco para venir a las manos por si esta riada era más importante que la anterior.

Y mientras tanto el cielo, llorando incesantemente por sus innumerables ojos; el río hinchándose de rugiente cólera, lamiendo con sus lenguas rojas la entrada de las calles bajas, asomábase a los huertos de las orillas y penetraba por entre los naranjos, después de abrir agujeros en los setos y en las tapias.

La única preocupación era si llovería al mismo tiempo en las montañas de Cuenca. Si bajaba agua de allá, la inundación sería cosa seria. Y los curiosos hacían esfuerzos al anochecer por adivinar el color de las aguas, temiendo verlas negruzcas, señal cierta de que venían de la otra provincia.

Cerca de dos días duraba aquel diluvio. Cerró la noche y en la obscuridad sonaba lúgubre el mugido del río. Sobre su negra superficie reflejábanse, como inquietos pescados de fuego, las luces de las casas ribereñas y los farolillos de los curiosos que examinaban las orillas.

En las calles bajas, el agua, al extenderse, se colaba por debajo de las puertas. Las mujeres y los chicos refugiábanse en los graneros, y los hombres, arremangados de piernas, chapoteaban en el líquido fangoso, poniendo en salvo los aperos de labranza, o tirando de algún borriquillo que retrocedía asustado, metiéndose cada vez más en el agua.

Toda aquella gente de los arrabales, al verse en las tinieblas de la noche, con la casa inundada, perdió la calma burlona de que había hecho alarde durante el día. La dominaba el pavor de lo sobrenatural y buscaba con infantil ansiedad una protección, un poder fuerte que atajase el peligro. Tal vez esta riada era la definitiva. ¿Quién sabe si serían ellos los destinados a perecer con las últimas ruinas de la ciudad?... Las mujeres gritaban asustadas al ver las míseras callejuelas convertidas en acequias.

—¡El pare San Bernat!... ¡Que traguen al pare San Bernat!

Los hombres se miraban con inquietud. Nadie podía arreglar aquello como el glorioso patrón. Ya era hora de buscarle, cual otras veces, para que hiciese el milagro.

Había que ir al ayuntamiento: obligar a los señores de viso, gente algo descreída, a que sacasen el santo para consuelo de los pobres.

En un momento se formó un verdadero ejército. Salían de las lóbregas callejuelas, chapoteando en el agua como ranas, vociferando su grito de guerra: ¡San Bernat! ¡San Bernat! Los hombres, remangados de piernas y brazos, o desnudos, sin otra concesión al pudor que la faja, esa prenda que jamás se despega de la piel del labriego; las mujeres con las faldas a la cabeza, hundiendo en el barro sus tostadas y enjutas piernas de bestias de trabajo; todos mojados de cabeza a pies, con las ropas mustias y colgantes adheridas a la carne. Al frente del inmenso grupo, iban unos mocetones con hachas de viento, cuyas llamas se enroscaban crepitantes bajo la lluvia, paseando sus reflejos de incendio sobre la vociferante multitud.

—¡San Bernat! ¡San Bernat!... ¡Viva el pare San Bernat!

Pasaban por las calles con el estrépito y la violencia de un pueblo amotinado, bajo el continuo gotear del cielo y los chorros de los aleros. Abríanse puertas y ventanas, uniéndose nuevas voces a la delirante aclamación, y en cada bocacalle, un grupo de gente engrosaba la negra avalancha.

Iban todos al ayuntamiento, furiosos y amenazantes como si solicitaran algo que podían negarles, y entre la muchedumbre veíanse escopetas, viejos trabucos y antiguas pistolas de arzón enormes como arcabuces. Parecía que iban a matar al río.

El alcalde, con todos los del ayuntamiento, aguardaba a la puerta de la casa de la ciudad. Habían llegado corriendo, seguidos de alguaciles y gente de la ronda, para hacer frente al motín.

—¿Qué voleu?—preguntaba el alcalde a la muchedumbre.

¡Qué había de querer! El único remedio, la salvación; llevar al santo omnipotente a la orilla del río para que le metiera miedo con su presencia; lo que venían haciendo siglos y siglos sus ascendientes, gracias a lo cual aún existía la ciudad.

Algunos vecinos que eran mal mirados por la gente del campo, a causa de su incredulidad, sonreían. ¿No sería mejor desalojar las casas cercanas al río? Una tempestad de protestas seguía a esta proposición. ¡Fuera! ¡Querían que saliese el santo! ¡Que hiciera el milagro, como siempre!

Y acudía a la memoria de la gente sencilla el recuerdo de los prodigios, aprendidos en la niñez sobre las faldas de la madre; las veces que en otros siglos había bastado asomar a San Bernardo a un callejón de la orilla, para que inmediatamente el río se fuera hacia abajo, desapareciendo como el agua de un cántaro que se rompe.

El alcalde, fiel a la dinastía de los Brull, estaba perplejo. Le atemorizaba el populacho y quería acceder, como de costumbre, pero era grave falta no consultar al quefe. Por fortuna, cuando la gran masa negra comenzaba a revolverse indignada por su silencio y salían de ella silbidos y gritos hostiles, llegó Rafael.

Doña Bernarda le había hecho salir al primer asomo de la popular manifestación. En aquellas circunstancias era cuando se lucía su marido, dando disposiciones que de nada servían. Pero al volver el río a su normalidad y desaparecer el peligro, el popular rebaño admiraba sus sacrificios, llamándole el padre de los pobres. Si el milagroso santo había de salir, que fuese Rafael quien concediera el permiso. Las elecciones de diputados estaban próximas; la inundación no podía llegar con más oportunidad. Nada de imprudencias, ni de darla un susto; pero debía hacer algo, para que la gente hablase de él como hablaba de su padre en tales casos.

Por esto Rafael, después de hacerse explicar por los más exaltados el deseo de la manifestación ordenó con majestuoso ademán:

—Concedido: que saquen a San Bernat.

Entre un estrépito de aplausos y vivas a Brull, la negra avalancha se dirigió a la iglesia.

Había que hablar con el cura para sacar el santo, y el buen párroco, bondadoso, obeso y un tanto socarrón, se resistía siempre a acceder a lo que él llamaba una tradicional mojiganga. Le complacía poco salir en procesión, bajo un paraguas, con la sotana remangada, perdiendo a cada paso los zapatos en el barro. Además, cualquier día, después de sacar en rogativa a San Bernardo, el río se llevaba media ciudad, ¿y en qué postura,—como decía él—quedaba la religión por culpa de aquella turba de vociferadores?

Rafael y sus acólitos del ayuntamiento se esforzaban por convencer al cura, pero éste sólo contestaba a su petición preguntando si venía agua de Cuenca.

—Creo que sí—dijo el alcalde.—Ya ve usted que con esto aumenta el peligro y se hace más precisa la salida del santo.

—Pues si viene agua de allá—contestó el párroco,—lo mejor es dejarla pasar, y que San Bernardo se quede en su casa. Estas cosas de santos se han de tocar con mucha discreción, créanme ustedes... Y si no acuérdense de aquella riada en la que el agua iba por encima de los puentes. Sacamos el santo, y poco faltó para que el río se lo llevara agua abajo.

La muchedumbre inquieta por la tardanza, gritaba contra el cura. Era una escena extraña ver al hombre de iglesia protestando en nombre del buen sentido; pretendiendo luchar contra las preocupaciones amontonadas por varios siglos de fanatismo.

—Puesto que ustedes lo quieren, sea—dijo por fin.—Saquen el santo y que Dios se apiade de nosotros.

Una aclamación inmensa de la muchedumbre, que llenaba la plaza de la iglesia, saludó la noticia. Seguía cayendo la lluvia y sobre las apretadas filas de cabezas cubiertas con faldas, mantas y alguno que otro paraguas, pasaban las rojizas llamas de los hachones tiñendo de escarlata las mojadas caras.

Sonreía la gente bajo aquel temporal con la confianza del éxito; gozándose por adelantado con el terror del río apenas entrase en él la bendita imagen. ¿Qué no podría San Bernardo? Su historia portentosa, como un romance de moros y cristianos, inflamaba todas las imaginaciones. Era un santo de la tierra: el hijo segundo del rey moro de Carlet. Por su talento, su cortesía y su hermosura, obtuvo tanto éxito en la corte del rey de Valencia, que llegó a ser su primer ministro, y cuando su señor tuvo que andar en tratos con el rey de Aragón, envió a Barcelona a San Bernardo, que entonces se llamaba el príncipe Hamete.

En su viaje, llega una noche a las puertas del monasterio de Poblet. Los cánticos de los cistercienses, difundiéndose místicos y vagorosos en la calma de la noche al través de las ojivas, conmueven el alma del joven sarraceno, que se siente atraído a la religión de los enemigos por el encanto de la poesía. Se bautiza, toma el blanco hábito de San Bernardo de Clairveux y vuelve algún tiempo después al reino de Valencia para predicar el cristianismo. Le respeta la tolerancia con que los monarcas sarracenos acogían todas las doctrinas religiosas, y convierte a sus dos hermanas, dos hermosas moras que toman los nombres de Gracia y María, e inflamadas de santo entusiasmo quieren acompañar al hermano en sus predicaciones.

Pero el viejo rey de Carlet había muerto. En el mando del pequeño estado feudatario, especie de jefatura de kabila militar, le había sucedido su primogénito, el arrogante Almanzor, un moro brutal y orgulloso, que se afrenta de que individuos de su familia vayan por los caminos rotos y miserables, predicando una religión de mendigos, y con unos cuantos jinetes sale en persecución de sus hermanos. Los encuentra junto a Alcira ocultos en la orilla del río; con un revés de su espada, corta el cuello a las dos hermanas y San Bernardo es crucificado y le taladran la frente con un clavo enorme. Así pereció el santo patrón, adorado con fervor por los pequeños; el príncipe hermoso, convertido en vagabundo y pordiosero, sacrificio que halagaba a los más pobres de sus devotos.

La muchedumbre recordaba esta historia, repetida de generación en generación, sin más crédito que las tradiciones ni otros documentos justificantes que la fe popular, y daba vivas al padre San Bernardo, convencida de que era el primer ministro de Dios como lo había sido del rey moro de Valencia.

Se organizaba rápidamente la procesión. Por las estrechas calles de la isla corría la lluvia formando arroyos, y descalzos o hundiendo sus zapatos en el agua, llegaban hombres con hachones y trabucos; mujeres guardando sus pequeñuelos bajo la hinchada tienda que formaban las sayas subidas a la cabeza. Presentábanse los músicos con las piernas desnudas, levita de uniforme y emplumado chacó, semejantes a esos jefes indígenas que adornan su desnudez con casacas y tricornios de deshecho.

Frente a la iglesia brillaban como un incendio los grupos de hachones, y al través del gran hueco de la puerta veíanse, cual lejanas constelaciones, los cirios de los altares.

Casi todo el vecindario estaba en la plaza, a pesar de la lluvia cada vez más fuerte. Muchos miraban al negro espacio con expresión burlona. ¡Qué chasco iba a llevarse! Hacía bien en aprovechar la ocasión soltando tanto agua; ya cesaría de chorrear tan pronto como saliese San Bernardo.

La procesión comenzaba a extender su doble cadena de llamas entre el apretado gentío.

—¡Vítol el pare San Bernat!—gritaban a la vez un sinnúmero de voces roncas.

—¡Vítol les chermanetes!—añadían otros corrigiendo la falta de galantería de los más entusiastas.

Porque las hermanitas, las santas mártires Gracia y María, también figuraban en la procesión. San Bernardo no iba solo a ninguna parte. Era cosa sabida hasta por los niños, que no había fuerza en el mundo capaz de arrancar al santo de su altar si antes no salían las hermanas. Juntas todas las caballerías de los huertos, y tirando un año, no conseguirían moverle de su pedestal. Era éste uno de sus milagros acreditados por la tradición. Le inspiraban las mujeres poca confianza—según decían los comentadores alegres—y no queriendo perder de vista a sus hermanas, para salir él de su altar, habían de ir éstas por delante.

Asomaron a la puerta de la iglesia las santas hermanas, balanceándose en su peana sobre las cabezas de los devotos.

—¡Vítol les chermanetes!

Y las pobres chermanetes, goteando por todos los pliegues de sus vestiduras, avanzaban en aquella atmósfera casi líquida, obscura, tempestuosa, cortada a trechos por el crudo resplandor de los hachones.

Los músicos probaban los instrumentos preparándose a soplar la Marcha Real. En el hueco iluminado de la puerta se marcó algo que brillaba sobre las cabezas como un ídolo de oro. Avanzaba pesadamente, con fatigoso cabeceo, como movido por las olas de un mar irritado.

La multitud lanzó un rugido. La música rompió a tocar.

—¡Vítol el pare San Bernat!

Pero la música y las aclamaciones quedaron ahogadas por un estrépito horripilante, como si la isla se abriera en mil pedazos, arrastrando la ciudad al centro de la tierra. La plaza se llenó de relámpagos. Era una verdadera batalla, descargas cerradas, arcabuzazos sueltos, tiros que parecían cañonazos. Todas las armas del vecindario saludaban la salida del santo. Los viejos trabucos cargados hasta la boca, tronaban con fogonazos que quitaban la vista, chamuscando a los más cercanos; disparábanse los pistolones de arzón entre las piernas de los fieles; repetían sus secas detonaciones las escopetas de fabricación moderna, y la muchedumbre aficionada a correr la pólvora, arremolinábase gesticulante y ronca, enardecida por el excitante humo mezclado con la humedad de la lluvia y por la presencia de aquella imagen de bronce, cuya cara redonda y bondadosa de frailecillo sano, parecía adquirir palpitaciones de vida a la luz de las antorchas.

Ocho hombres forzudos y casi en cueros encorvábanse bajo el peso del santo. Las oleadas de gente estrellábanse contra ellos, haciendo vacilar las andas. Dos atletas despechugados, admiradores del santo, marchaban a ambos lados, conteniendo el gentío.

Las mujeres, sofocadas por la aglomeración, empujadas y golpeadas por el vaivén, rompían a llorar con la vista fija en el santo, agitadas por un sollozo histérico.

—¡Ay, pare San Bernat! ¡Pare San Bernat, salveumos!

Otras sacaban chiquillos de entre los pliegues de sus faldas, y levantándoles sobre sus cabezas, buscaban los brazos de los dos poderosos atletas.

—¡Agárralo! ¡Qu’ el bese!

Y el atleta, por encima de la gente, agarraba al chiquillo con una mano que parecía una garra. Le asía del primer sitio que encontraba; elevábale hasta el nivel del santo para que besase el bronce y lo devolvía como una pelota a los brazos de su madre. Todo con rapidez, automáticamente, dejando un chiquillo para coger otro, con la regularidad de una máquina en función. Muchas veces el impulso era demasiado rudo; chocaban las cabezas de los niños con sordo ruido, aplastábanse las tiernas narices contra los pliegues del metálico hábito, pero el fervor de la muchedumbre parecía contagiar a los pequeños; eran los futuros adoradores del fraile moro, y rascándose los chichones con las tiernas manecitas, se tragaban las lágrimas y volvían a adherirse a las faldas de sus madres.

Detrás del glorioso santo marchaban Rafael y los señores del ayuntamiento con gruesos blandones; el cura, bufando al sentir las primeras caricias de la lluvia, bajo el gran paraguas de seda roja con que le cubría el sacristán; y la muchedumbre de hortelanos confundidos con los músicos, que más atentos a mirar donde ponían los pies que a los instrumentos, entonaban una marcha desacorde y rara. Seguían los tiros, las aclamaciones delirantes a San Bernardo y sus hermanas, y rodeado de un nimbo rojo por el resplandor de las antorchas, saludada en cada esquina por una descarga cerrada, iba navegando la imagen sobre aquel oleaje de cabezas azotado por la lluvia que, a la luz de los cirios, tomaba la transparencia de hilos de cristal. Y en torno del santo, los brazos de los atletas siempre en movimiento, subiendo y bajando chiquillos que babeaban el mojado bronce del padre San Bernardo. En balcones y ventanas aglomerábanse las mujeres con la cabeza resguardada por las faldas. El paso del santo provocaba profundos suspiros, dolorosas exclamaciones de súplica. Era un coro de desesperación y de esperanza.

—¡Salveumos, pare San Bernat!... ¡Salveumos!...

La procesión llegó al río, pasando y repasando el puente del arrabal. Reflejáronse las inquietas llamas en las olas lóbregas del río, cada vez más mugientes y aterradoras. El agua todavía no llegaba al pretil como otras veces. ¡Milagro! Allí estaba San Bernardo que la pondría freno. Después la procesión se metió en las lenguas del río que inundaban los callejones.

Era un espectáculo extraño ver toda aquella gente empujada por la fe, descendiendo por las callejuelas convertidas en barrancos. Los devotos, levantando el hachón sobre sus cabezas, entraban sin vacilar agua adelante hasta que el espeso líquido les llegaba cerca de los hombros. Había que acompañar al santo.

Un viejo temblaba de fiebre. Había cogido unas tercianas en los arrozales, y sosteniendo el hachón con sus manos trémulas, vacilaba antes de meterse en el río.

—Entre, agüelo—gritaban con fe las mujeres.—El pare San Bernat el curará.

Había que aprovechar las ocasiones. Puesto el santo a hacer milagros se acordaría también de él.

Y el viejo, temblando bajo sus ropas mojadas, se metió resueltamente en el agua dando diente con diente.

La imagen iba entrando con lentitud en los callejones inundados. Los robustos gañanes, encorvados bajo el peso de las andas, se hundían en el agua; sólo podían avanzar ayudados por un grupo de fieles que se cogían a la peana por todos lados. Era una confusa maraña de brazos nervudos y desnudos saliendo del agua para sostener al santo; un pólipo humano que parecía flotar en la roja corriente sosteniendo la imagen sobre sus lomos.

Detrás iban el cura y los mandones a horcajadas sobre algunos entusiastas que para mayor lustre de la fiesta, se prestaban a hacer de caballerías, llevando ante las narices el cirio, de los jinetes.

El cura, asustado al sentir el frío del agua cerca de la espalda daba órdenes para que el santo volviera atrás. Ya estaba al final de la callejuela, en el mismo río; se notaban los esfuerzos desesperados, el recular forzado de aquellos entusiastas que comenzaban a sufrir el impulso de la corriente. Creían que cuando más entrase el santo en el río más pronto bajarían las aguas. Por fin el instinto de conservación les hizo retroceder y salieron de una callejuela para entrar en otra, repitiendo la misma ceremonia. De pronto cesó de llover.

Una aclamación inmensa, un grito de alegría y triunfo sacudió a la muchedumbre.

—¡Vítol el pare San Bernat!... ¿Y aún dudaban de su inmenso poder los vecinos de los pueblos inmediatos?... Allí estaba la prueba. Dos días de lluvia incesante, y de repente, no más agua; había bastado que el santo saliera a la calle.

E inflamadas por el agradecimiento las mujeres lloraban, abalanzándose a las andas del santo, besando en ellas lo primero que encontraban, los barrotes de los portadores o los adornos de la peana; y toda la fábrica de madera y bronce sacudíase como una barquilla entre el oleaje de cabezas vociferantes, de brazos extendidos y trémulos por el entusiasmo.

Aún anduvo la procesión más de una hora por las inmediaciones del río, hasta que el cura que chorreaba por todas las puntas de su sotana y llevaba cansados más de doce feligreses convertidos voluntariamente en cabalgaduras, se negó a pasar adelante. Por voluntad de aquella gente, el paseo de San Bernardo hubiese durado hasta el amanecer. Pero lo que respondía el cura:—«¡Lo que al santo le tocaba hacer ya lo ha hecho! ¡A casa!»

Rafael, dejando el cirial a uno de los suyos, se quedó en el puente entre un grupo de conocedores del país, que lamentaba los daños de la inundación. Llegaban a cada instante, no se sabía cómo noticias alarmantes de los daños causados por el río. Tal molino estaba aislado por las aguas, y sus habitantes refugiados en el tejado, disparaban las escopetas pidiendo auxilio. Muchos huertos habían desaparecido bajo las aguas. Las pocas barcas que había en la ciudad iban como podían por aquel inmenso lago salvando familias, expuestas a estrellarse contra los obstáculos sumergidos, teniendo que librarse con desesperados golpes de remo de la veloz corriente.

Y a pesar del peligro, la gente hablaba con una relativa tranquilidad. Estaban habituados a aquella catástrofe casi anual, la inundación era un mal inevitable de su vida y lo acogían con resignación. Además, hablaban de los telegramas recibidos por el alcalde con expresión de esperanza. Al amanecer tendrían auxilio. Llegaría el gobernador de Valencia con los marineros de guerra y se llenaría de barcas la laguna. No quedaban más que unas cuantas horas de espera. Lo importante era que no subiese el nivel del agua.

Y se consultaban las señales puestas en el río, promoviéndose terribles discusiones. Rafael vio que aún seguía subiendo, aunque con lentitud.

Los hortelanos no querían convencerse. ¿Cómo había de crecer el río después de entrar en él el pare San Bernat? No, señor; no subía: eran mentiras para desacreditar al santo. Y un mocetón de ojos feroces hablaba de vaciarle el vientre de una cuchillada a cierto burlón que aseguraba que el río subiría sólo por el gusto de dejar mal parado al milagroso fraile.

Rafael se acercó al grupo, y a la luz de una linterna reconoció al barbero Cupido, un maldito guasón de rizadas patillas y nariz aguileña, que tenía gusto en burlarse de la dura y salvaje fe de la gente sencilla.

Brull conocía mucho al barbero. Era una de sus admiraciones de adolescente. El miedo a su madre fue lo único que le impidió de muchacho el frecuentar aquella barbería, refugio de la gente más alegre de la ciudad, nido de murmuraciones y francachelas, escuela de guitarreos y romanzas amorosas que ponían en conmoción a toda la calle. Además, aquel Cupido era el excéntrico de la ciudad, el bohemio despreocupado y mordaz a quien todo se toleraba; el hombre que se permitía tener cosas y hablar mal de todo el mundo sin que la gente se indignase. Era el único que podía burlarse de la tiranía de los Brull, sin que esto le impidiese la entrada en el Casino del partido, donde los jóvenes admiraban sus chistes y sus trajes estrambóticos.

Rafael le quería, aunque su trato con él no fuese muy íntimo. Entre la gente solemne y conservadora que le rodeaba, aparecíasele el barbero como el único hombre con quien podía hablar. Casi era un artista. Iba a Valencia en invierno para oír las óperas que elogiaban los diarios, y en un rincón de su tienda tenía montones de novelas y periódicos ilustrados, reblandecidos por la humedad y con las hojas gastadas por el continuo roce de los parroquianos.

Trataba poco a Rafael, adivinando que su madre no había de ver con buenos ojos esta amistad, pero mostraba cierto aprecio por el joven; le tuteaba por haberle conocido niño, y decía de él en todas partes.

—Es el mejor de la familia; el único Brull que tiene más talento que malicia.

No ocurría suceso en Alcira que él ignorase; todas las debilidades y ridiculeces de los personajes de la ciudad, las hacía públicas en su barbería para regocijo de los de la cáscara amarga que se reunían allí a leer los órganos del partido. Los señores del ayuntamiento temían al barbero más que a diez periódicos, y cuando en alguno de los discursos que los grandes hombres del partido conservador pronunciaban en Madrid leían algo sobre la «hidra revolucionaria», o «el foco de la anarquía», se imaginaban una barbería como la de Cupido, pero mucho más grande, esparciendo por toda la nación una atmósfera venenosa de burlas crueles y perversas insolencias.

No ocurría en la ciudad suceso que no tuviese por indispensable testigo al barbero. Bien podía desarrollarse en lo último del arrabal o en algún huerto; era indispensable que a los pocos minutos apareciese allí Cupido para enterarse de todo, prestar socorro al que lo necesitara, intervenir entre los contendientes y relatar después con mil detalles todo lo ocurrido.

Gozaba de libertad para seguir llevando esta vida. A los parroquianos les servían dos mancebos, tan locos como su maestro: dos chicuelos a los que Cupido pagaba con lecciones de guitarra y una comida mejor o peor, según los ingresos repartidos entre los tres fraternalmente. Y si el maestro asombraba a la ciudad saliendo a paseo en pleno invierno con traje de hilo blanco, ellos, por no quedar a la zaga, afeitábanse la cabeza y las cejas y asomaban tras la vidriera sus testas como bolas de billar, con gran alborozo de la ciudad, que acudía a ver los «chinos de Cupido».

Una inundación era para el barbero un gran día. Cerraba la tienda y se establecía en el puente, sin cuidarse del mal tiempo, perorando ante un gran grupo, asustando a los pobres hortelanos con sus exageraciones y mentiras, dando noticias que, según él, acababa de remitirle el gobernador por telégrafo y con arreglo a las cuales, antes de dos horas no quedaría en la ciudad piedra sobre piedra y hasta el milagroso San Bernardo iría a parar al mar.

Cuando Rafael le encontró en el puente después de la procesión, estaba próximo a venir a las manos con unos cuantos rústicos, indignados por sus impiedades.

Separándose de los grupos hablaron los dos de los peligros de la inundación. Cupido se mostraba, como siempre, bien enterado. Le habían dicho que el río se llevaba agua abajo a un pobre viejo sorprendido en un huerto. No sería esta la única desgracia. Caballos y cerdos habían pasado muchos bajo el puente en plena tarde, flotando entre los rojos remolinos con el vientre hinchado como un odre y las patas tiesas.

EL barbero hablaba con gravedad, con cierto aire de tristeza. Rafael le oía, mirándole ansiosamente, como si deseara que hablase de algo que no se atrevía a indicar. Por fin se decidió:

—Y en la casa azul, en ese huerto de doña Pepita, donde tú vas algunas veces, ¿no ocurrirá algo?

—La casa es fuerte—contestó el barbero—y no es esta la primera inundación que aguanta... Pero está cerca del río y el huerto será un lago a estas horas; de seguro que el agua llega al primer piso. La pobre sobrina de doña Pepa tendrá un buen susto... ¡Mira que venir de tan lejos, de sitios tan hermosos, para ver estas cosas!...

Rafael pareció reflexionar un rato, como si acabara de ocurrírsele la proposición que danzaba en su cabeza desde mucho antes.

—Si fuéramos allá... ¿Qué te parece Cupido?

—¡Ir allá!... ¿Y cómo?

Pero la proposición, por su audacia, forzosamente había de agradar a un hombre como el barbero, el cual acabó riendo, como si la aventura fuese graciosísima.

—Es verdad; podríamos ir. Tendrá chiste que la célebre diva nos vea llegar como unos venecianos para darla una serenata en medio de su susto... Casi estoy por ir a casa y traerme la guitarra.

—No, Cupido del demonio: fuera guitarras. ¡Qué cosas se te ocurren! Lo que importa es prestar auxilio a esas señoras. Ya ves, ¡si ocurriera una desgracia!...

El barbero, atajado en su proyecto novelesco fijó sus ojos en Rafael.

—Tú te interesas también por la ilustre artista... ¡Ah pillo! También te ha dado golpe por guapa... Pero ya recuerdo; tú la has visto: me lo dijo ella.

—¡Ella!... ¿ella te ha hablado de mí?

—Algo sin importancia. Me dijo que te había visto en la ermita una tarde.

Y Cupido se calló lo demás. No dijo que Leonora, al nombrarle, había añadido que le parecía «un muchacho tonto».

Rafael mostrábase entusiasmado por la noticia. ¡Había hablado de él! ¡No olvidaba aquel encuentro de penoso recuerdo!... ¿Qué hacía aún allí, inmóvil, en el puente, cuando allá abajo estarían necesitando la presencia de un hombre?

—Oye, Cupido; ahí tengo mi barca; ya sabes; la que mi padre encargó a Valencia para regalármela. Costillaje de acero; madera magnífica; más segura que un navío. Tú entiendes el río... más de una vez te he visto remar; yo no soy manco... ¿Vamos?

—Andando—dijo el barbero con resolución.

Buscaron una antorcha, y ayudados por varios mocetones, trajeron la barca de Rafael hasta una escalerilla de la ribera.

El río mugía con sordo hervor en torno del bote, pugnando por arrebatarlo. Los robustos brazos tiraban con fuerza de la cuerda, manteniéndolo junto a la orilla.

Arriba en el puente, entre los grupos corría la noticia de la expedición, pero agrandada y desfigurada por los curiosos. Se trataba de salvar a una pobre familia refugiada en la techumbre de su casa, mísera gente que iba a perecer de un momento a otro. Lo había sabido Rafael y allá iba a salvarles exponiendo su vida; él tan rico, tan poderoso. ¡Qué hombres todos los de la familia de Brull!... ¿Y aún había quien hablaba contra ellos? ¡Qué corazón! Y los pobres huertanos seguían el movimiento de la antorcha encendida en la proa del bote, que arrojaba sobre las aguas una gran mancha sangrienta; contemplaban con adoración a Rafael, encorvado en la popa para sujetar bien el timón. De la obscuridad partían ruegos y proposiciones en voz suplicante. Eran fieles entusiastas que querían acompañar al quefe; ahogarse con él si era preciso.

Cupido protestaba. No; para aquella empresa cuanto menos gente mejor; la barca había de estar ligera: él se bastaba para los remos y don Rafael para el timón.

—¡Solteu! ¡solteu!—ordenó el hijo de doña Bernarda.

Y soltando la cuerda los mocetones, la barca, después de algunos cabeceos, partió como una flecha, arrastrada por la corriente.

Encajonado el brazo del río entre la ciudad vieja y la nueva, las aguas altas y veloces arrastraban el bote como una rama. El barbero sólo había de mover los remos para desviar la barca de la orilla. Los obstáculos sumergidos producían grandes remolinos que sacudían la embarcación, y a la luz de la antorcha que ensangrentaba las ondas gelatinosas, veíanse pasar troncos de árboles, cadáveres de animales, objetos informes que apenas si asomaban una punta negra en la superficie, y hacían pensar en ahogados, cubiertos de barro, flotando entre dos aguas. Arrastrados por la vertiginosa corriente, respirando el vaho fangoso del río como si mascasen tierra, sacudidos a cada momento por los remolinos, Rafael se creía en plena pesadilla; comenzaba a sentirse arrepentido de su audacia. De las casas inmediatas al río partían gritos. Se iluminaban las ventanas. En sus huecos algunas sombras saludaban con brazos que parecían aspas, aquella llama roja que resbalaba sobre el río, marcando la línea negra de la barca y las siluetas de los dos hombres encogidos en sus asientos. Había corrido la noticia de la expedición por toda la ciudad y la gente gritaba saludando el rápido paso de la barca: ¡Viva don Rafael! ¡viva Brull!

Y el héroe que causaba admiración exponiendo su vida por salvar una familia pobre, hundido en la obscuridad, en aquella atmósfera pegajosa y pesada de tumba, pensaba únicamente en la casa azul, donde iba a penetrar por fin, pero de un modo extraño y novelesco.

De vez en cuando un crujido, un salto de la barca, le volvían a la realidad.

—¡Ese timón!—gritaba Cupido, que no separaba sus ojos de las aguas.—¡Atención Rafaelito! Evita los choques.

Y en verdad que el bote era bueno, pues otro, sin sus sólidas maderas y su costillaje de acero, se hubiera abierto en uno de los encontronazos con los sumergidos obstáculos.

Daban rápidamente la vuelta a la ciudad. Ya no se veían casas con ventanas iluminadas. Altos ribazos coronados por tapias; inabordables riberas de barro y cañaverales sumergidos; un poco más allá el río libre, la confluencia de los dos brazos que abarcaban la antigua ciudad y unían sus corrientes extendiéndose como inmenso lago.

Los dos hombres iban a la ventura. Carecían, para guiarse, de las señales normales. Habían desaparecido las riberas, y en la obscuridad, más allá del círculo rojo de la antorcha, sólo se veía agua y más agua, una inmensa sábana que se desarrollaba en incesante movimiento, arrastrándoles en sus ondulaciones. De vez en cuando, a ras de la líquida superficie, surgía una mancha negra; las crestas de los cañaverales inundados; las copas de los árboles; vegetaciones extrañas y monstruosas que parecían enroscarse en la sombra.

El silencio era absoluto. El río, libre de la opresión de la ciudad, no mugía ya; se agitaba y arremolinaba en silencio, borrando todos los vestigios de la tierra. Los dos hombres se creían náufragos abandonados en un mar sin límites, en una noche eterna, sin otra compañía que la llama rojiza que serpenteaba en la proa y aquellas vegetaciones sumergidas que aparecían y desaparecían como los objetos vistos desde un tren a gran velocidad.

—Boga, Cupido—dijo Rafael.—La corriente es muy fuerte; aún estamos en el río. Vamos hacia la derecha; a ver si nos metemos en los huertos.

El barbero se encorvó sobre los remos, y la barca, siempre impelida por la corriente, comenzó a torcer su proa con lentitud, buscando aquella vegetación que asomaba a flor de agua como los sargazos del Océano.

La barca comenzó a tropezar con obstáculos invisibles. Eran capas crujientes que parecían aprisionarla por debajo; invisibles telarañas que se agarraban a la quilla y se abrían trabajosamente después de muchos golpes de remo. Continuaba el lago obscuro y sin límites; pero la corriente era menos ruda, más dulces las ondulaciones, y los dos tripulantes sentían la sensación del que navega en aguas muertas.

La luz de la antorcha marcaba sobre la superficie, aquí y allá, gigantescos hongos obscuros, grandes paraguas, cúpulas barnizadas que brillaban reflejando la roja llama. Eran naranjos sumergidos. Estaban en los huertos. ¿Pero en cuáles? ¿Cómo guiarse en la obscuridad? De vez en cuando chocaba la barca con algún árbol invisible; conmovíase el bote, como si fuese a estallar, y había que retroceder, dar un rodeo, buscando otro paso.

Deslizábanse lentamente por temor a los choques; iban de un lado a otro, evitando los obstáculos, y acabaron por desorientarse, no sabiendo ya a qué lado estaba el río. Por todas partes obscuridad y agua. Los naranjos sumergidos, todos iguales, formando sobre la corriente complicados callejones, un dédalo en el que se enredaban cada vez más, vagando sin dirección.

Cupido sudaba moviendo sin cesar los remos. La barca arrastrábase pesadamente en aquella agua fangosa, llena de marañas vegetales que se agarraban a la quilla.

—Esto es peor que el río—murmuraba.—Rafael, tú que vas de frente. ¿No ves ninguna luz?

—Nada.

El rojo reflejo de la antorcha chocaba en las enormes bolas de hojas que asomaban sobre el agua o se hundía en el espacio, ahogado por las húmedas y pesadas tinieblas.

Así vagaron algunas horas por la campiña inundada. El barbero no podía más; había entregado los remos a Rafael, que también desfallecía de fatiga.

¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Iban a quedarse allí para siempre? y embotado su pensamiento por la fatiga y el vértigo de la desorientación, creían que la noche no iba a terminar nunca, que se apagaría la antorcha y la barca se convertiría en negro ataúd, sobre el cual flotarían eternamente sus cadáveres.

Rafael, que iba de espaldas a la proa, vio una luz a su izquierda. La dejaban atrás, se alejaban de ella: tal vez estaba allí la casa tan penosamente buscada.

—Puede que sea—afirmó Cupido.—Tal vez hemos pasado cerca sin verla y vamos abajo, hacia el mar... Y aunque no sea la casa azul, ¿qué? Lo importante es que allí hay alguien y vale más eso que errar en la obscuridad. Dame los remos, Rafael. Si no es la casa de doña Pepita, al menos sabremos dónde estamos.

Viró la barca, y por entre el dédalo de árboles sumergidos, fue poco a poco deslizándose hacia la luz. Chocaron con varios obstáculos, cercas tal vez de huerto, tapias arruinadas y sumergidas, y la luz iba agrandándose; era ya un gran cuadro rojizo en el que se agitaban negras siluetas. Marcaba sobre las aguas una mancha dorada e inquieta.

La luz de la barca comenzó a trazar en la obscuridad el contorno de una casa ancha y de techo bajo que parecía flotar sobre las aguas. Era el piso superior de un edificio invadido por la inundación. El piso bajo estaba sumergido; faltaba poco para que el agua llegase a las habitaciones superiores. Los balcones y ventanas podían servir de embarcaderos en aquel lago inmenso.

—Me parece que hemos acertado—dijo el barbero.

Una voz sonora y ardiente, voz de mujer en la que vibraba una intensa dulzura, rasgó el silencio.

—¡Ah de la barca!... ¡Aquí, aquí!

Aquella voz no revelaba temor, no temblaba de emoción.

—¡No lo dije!...—Exclamó el barbero.—Ya tenemos lo que buscábamos. ¡Doña Leonor!... ¡Soy yo!

Una carcajada sonora animó con sus interminables ondas la tétrica obscuridad.

—¡Si es Cupido! ¡el amigo Cupido!...le conozco en la voz. Tía, tía; no llores más, ni te asustes ni reces; aquí viene el dios del Amor en una barquilla de nácar a prestarnos auxilio.

Rafael se sentía intimidado por aquella voz ligeramente burlona que parecía poblar la obscuridad de mariposas de brillantes colores.

Distinguía perfectamente su arrogante silueta en el cuadro luminoso del balcón, entre las otras figuras negras que iban y venían curiosas y alborozadas por el inesperado arribo.

Se aproximaron al balcón. Puestos de pie tocaban los hierros del antepecho, y el barbero, erguido en la proa, buscaba el punto más fuerte para amarrar la barca.

Leonora, apoyando en la balaustrada su pecho soberbio, inclinaba la cabeza, brillando a la luz de la antorcha el casco de oro de su opulenta cabellera. Buscaba conocer en la penumbra a aquel otro tripulante que permanecía sentado y encogido junto al timón.

—¡Pero qué buen amigo es este Cupido!... Gracias, muchas gracias. Esta es una atención de las que no se olvidan... ¿Pero quién viene con usted?...

El barbero ataba ya la barca a los hierros cuando Leonora le hizo esta pregunta.

—Es don Rafael Brull—contestó con lentitud.—Un señor al que creo ha visto usted otra vez. A él debe agradecerle la visita. La barca es suya, y él es quien me metió en la aventura.

—Gracias, caballero—dijo Leonora saludando con una mano que al moverse lanzó relámpagos azules y rojos de todos los dedos cubiertos de sortijas.—Repito lo mismo que dije a nuestro amigo. Pase usted adelante y perdone el modo extraño con que le hago entrar en la casa.

Rafael estaba en pie y saludaba con torpes movimientos de cabeza, agarrado a los hierros del balcón. Saltó Cupido dentro de la casa y le siguió el joven, esforzándose por mostrar una gallarda soltura.

Realmente no se dio cuenta de cómo entró. Eran demasiadas emociones en una noche; primero la vertiginosa marcha por el río a través de la ciudad, entre rápidas corrientes y remolinos, creyendo a cada momento verse tragado por aquel barro líquido sembrado de inmundicias; después la confusión, el esfuerzo desesperado, el bogar sin rumbo por las tortuosidades de la campiña inundada, y ahora, de repente, el piso firme bajo sus pies, un techo, luz, calor y la proximidad de aquella mujer que parecía embriagarle con su perfume y cuyos ojos no podía mirar de frente, dominado por una invencible timidez.

—Pase usted, caballero—le decía.—Necesitan reponerse después de esta locura. Están ustedes mojados... ¡pobres! ¡cómo van!... ¡Beppa!... ¡tía! Pero pase usted.

Y casi le empujaba, con cierta superioridad maternal; como una mujer bondadosa que cuida a su hijo después de una travesura que le llena de orgullo.

Las habitaciones estaban en desorden. Ropas por todas partes; montones de muebles rústicos que contrastaban con otros alineados junto a las paredes. Eran los objetos del piso bajo, el menaje de los hortelanos, subido al comenzar la inundación. Un labrador viejo, su mujer trémula de espanto y unos cuantos chicuelos que se ocultaban por los rincones, se habían refugiado arriba, con las señoras, al ver que el agua penetraba en su modesta casa.

Rafael entró en el comedor y allí vio a doña Pepita, la pobre vieja, apelotonada en una silla, con las arrugas de su cara mojadas de lágrimas y las dos manos en un rosario. En vano Cupido pretendía distraerla haciendo chistes sobre la inundación.

—Mira, tía, este caballero es el hijo de tu amiga doña Bernarda. Ha venido embarcado para prestarnos auxilio. Es muy bueno, ¿verdad?

La vieja parecía imbécil por el terror. Miraba con ojos sin expresión a los recién llegados, como si hubieran estado allí toda su vida. Por fin pareció enterarse de lo que le decían.

—¡Es Rafael!—exclamó admirada,—Rafaelito... ¿y has venido con este tiempo? ¿Y si te ahogas? ¿qué diría tu madre?... ¡Qué locura, Señor!

Pero no era locura, y si lo era resultaba muy dulce. Se lo decían a Rafael aquellos ojos claros, luminosos, con reflejos de oro, que le acariciaron con su contacto aterciopelado tantas veces como osó levantar la vista. Leonora se fijaba en él: le examinaba a la luz de la lámpara de la habitación, como si buscase la diferencia con aquel otro muchacho que había conocido en el paseo a la ermita.

La vieja, reanimada por la presencia de los dos hombres, se enteraba del peligro. Ya no subía el agua; hasta podía afirmarse que comenzaba a descender lentamente. Y la vieja, con su supremo esfuerzo de voluntad, se decidió a abandonar su silla para ver la inundación.

—¡Cuánta agua, Dios y señor nuestro!... ¡Qué de desgracias se contarán mañana! Esto debe ser castigo de Dios... un aviso por nuestros muchos pecados.

Mientras los dos hombres oían a la vieja, Leonora iba de una parte a otra dando prisas a su doncella y a la hortelana. Aquellos señores no podían estar así con las ropas impregnadas de humedad, cansados y desfallecidos por una noche de lucha. ¡Pobrecitos, bastaba verles! Y colocaba sobre la mesa galletas, pasteles, una botella de ron; todo lo que podía encontrar en la despensa, y hasta un paquete de cigarrillos rusos con boquilla dorada que la hortelana miraba con escándalo.

—Déjalos, tía—decía a la pobre vieja.—No les entretengas ahora. Que coman y beban un poco. Necesitan entrar en calor... Dispensen ustedes si les ofrezco tan poca cosa. ¿Qué les daré, Dios mío, qué les daré?

Y mientras los dos hombres se veían impulsados por un cariño un tanto despótico a sentarse a la mesa, Leonora, seguida de su doncella, entraba en la habitación inmediata, poniéndola en revolución con un retintín de llaves y ruidoso abrir de cofres.

Rafael, emocionado, apenas si pudo sorber unas cuantas gotas de ron, mientras el barbero mascaba a dos carrillos, bebía copa tras copa y con la cara cada vez más roja, hablaba y hablaba, la boca llena de pasta.

Apareció Leonora, seguida de la doncella, que llevaba en los brazos un lío de ropas.

—Ya comprenderán ustedes que aquí no hay trajes de hombre. Pero en la guerra se vive como se puede y aquí estamos sitiados.

Rafael admiraba los hoyuelos que una risa graciosa trazaba en aquellas mejillas; la luminosa dentadura, que parecía temblar en su estuche de rosa.

—A ver, Cupido; fuera pronto ese traje; no quiero que por mí pille usted una pulmonía que prive a la ciudad de su principal regocijo. Aquí tiene usted para cubrirse mientras secamos sus ropas.

Y ofrecía al barbero una bata magnífica de peluche azul, con grandes cascadas de encajes en el pecho y las mangas.

Cupido se retorcía de risa en su asiento. ¡Pero qué gracioso era aquello!... ¿Iba él a vestirse con tal preciosidad? ¿Y sus patillas?... ¡Cómo reirían los de Alcira si le viesen! Y halagado por la extravagancia del disfraz, se apresuró a meterse en la inmediata habitación para ponerse la bata.

—Para usted—dijo Leonora a Rafael con maternal sonrisa—sólo he encontrado esta capa de pieles. Vamos, quítese usted esa chaqueta que está chorreando.

El joven se resistió ruboroso y avergonzado como una doncella. Estaba bien así; no le ocurriría nada; otras veces se había mojado más.

Leonora, siempre sonriente, parecía impacientarse. Bien sabían en la casa que ella no admitía réplicas.

—Vamos, Rafael, no sea usted tonto. Habrá que tratarle como a un niño.

Y cogiéndole por una manga, como si se tratara de un chiquitín, comenzó a tirarle de la chaqueta.

El joven, en su turbación, no sabía lo que le pasaba. Le parecía marchar por un horizonte sin fin, con más velocidad que horas antes se deslizaba por el río. Oía su nombre en la boca de aquella mujer, se veía agasajado en una casa cuya entrada no sabía antes cómo franquear, y ella, Leonora, le llamaba niño y le trataba como a tal, cual si la intimidad datase desde el principio de su vida. ¿Qué mujer era aquella? Estaba en un mundo nuevo y las mujeres de la ciudad, aquellas que él trataba en las tertulias caseras, le parecían seres de otra raza, viviendo lejos, muy lejos, en otro extremo de la tierra, de la que le separaba la inmensa sábana de agua.

—Vamos, señor testarudo; habrá que tratarle a usted como a un bebé.

Le hablaba a poca distancia de su rostro; sentía en sus mejillas el aleteo de aquella boca, su respiración tibia, que le cosquilleaba con intensos estremecimientos. Y al mismo tiempo sus manos, finas y ágiles, le empujaban cariñosamente, quitándole con rapidez la chaqueta y el chaleco.

Sintió sobre sus hombros la caliente caricia de la capa de pieles. Una preciosidad; un manto suave como la seda, grueso, tupido y ligero, como fabricado con plumas de fantásticas aves. Era de pieles de zorro azul, y a pesar de la estatura de Rafael, sus bordes rozaban el suelo. El joven comprendió que le habían echado sobre los hombros unos cuantos miles de francos, y tímido, con temblorosa mano, recogía el borde, temeroso de pisarlo.

Leonora reía de su timidez.

—No se encoja usted; no importa que lo estropee. ¡Parece que lleva usted un velo sagrado por el respeto con que lo trata! No vale la pena. Yo sólo uso esta capa en los viajes. Me la regaló un gran duque en San Petersburgo.

Y para asegurar más su desprecio por el rico manto, embozó al joven en él, golpeando sus hombros para que amoldara más a su cuerpo.

Lentamente volvían a la sala donde estaba el balcón, mientras en el comedor sonaban carcajadas saludando la aparición del barbero, envuelto en su lujosa bata. Cupido sacaba partido de la situación para provocar la risa, y recogiéndose la cola y atusándose las patillas, braceaba cual una tiple en una romanza dramática cantando de falsete. Los hortelanos reían como locos, olvidando el agua que llenaba su casa; Beppa abría desmesuradamente sus ojos, admirada por la figura, las contorsiones de aquel señor y la gracia con que estropeaba los versos italianos, y hasta la pobre doña Pepa se retorcía en su silla, admirando al barbero, que según ella, era el más gracioso de todos los demonios.

Rafael estaba en el balcón, junto a Leonora, con la mirada perdida en la obscuridad, arrullado por la música de aquella voz, que con marcado interés le hacía preguntas sobre el desesperado viaje por el río.

La finura de aquella capa que le envolvía, dábale la sensación de una epidermis satinada y tibia. Parecíale que aún quedaba en aquella suavidad algo del calor de los hombros desnudos; creía estar envuelto en la piel de Leonora, y el perfume de su cuerpo, que sentía junto a él, aumentaba esta ilusión.

Rafael, con voz entrecortada, contestaba a sus preguntas.

—Lo que usted ha hecho—decía la artista—merece honda gratitud. Es un arranque caballeresco digno de otros tiempos. Lohengrín, llegando en su barquilla para salvar a Elsa. Sólo falta el cisne... a no ser que el barbero se contente con este papel... Hablando en serio, no creía que aquí hubiese un hombre capaz de portarse así.

—¡Y si usted hubiese muerto!...—exclamó el joven para justificar su aventura.

—¡Morir!... Le confieso a usted que al principio tuve algún miedo; no de morir, que yo le temo poco a la muerte. Estoy algo cansada de la vida; ya se convencerá usted de ello cuando me conozca más. Pero morir ahogada en el barro, sofocada por esa agua que huele tan mal, no me hacía gracia. ¡Si al menos fuese el agua verde y transparente de los lagos suizos!... Yo busco la belleza hasta en la muerte; me preocupo de la última postura como los romanos y temía perecer aquí como una rata sitiada en la alcantarilla... Y, sin embargo, ¡si supiera usted lo que he reído viendo el terror de mi tía y de esas pobres gentes que nos sirven!... Ahora el agua no sube ya, la casa es fuerte, no hay más molestia que la de verse sitiados y espero el día para ver. Debe ser muy hermoso el espectáculo de toda esa hermosa campiña convertida en un lago. ¿Verdad, Rafael?

—Usted habrá visto cosas más interesantes—dijo el joven.

—No digo que no; pero a mí, lo que más me impresiona es la sensación del momento.

Y calló, mostrando en su repentina seriedad la molestia que le causaba la ligera alusión al pasado.

Quedaron los dos en silencio un buen rato, hasta que Leonora reanudó la conversación.

—La verdad es que si el agua sigue subiendo, a usted le hubiéramos agradecido la vida... Vamos a ver, con franqueza; ¿por qué ha venido usted? ¿Qué buen espíritu le ha hecho acordarse de mí a quien apenas conoce?

Rafael enrojeció de rubor, tembló de cabeza a pies, como si le exigiera una confesión mortal. Iba a soltar la verdad, a volcar de un golpe su pensamiento, con todos los ensueños y las angustias de aquellos días, pero se contuvo y se asió a un pretexto.

—Mi entusiasmo por la artista—dijo con timidez.—Yo admiro mucho el talento de usted.

Leonora prorrumpió en una ruidosa carcajada.

—¡Pero si usted no me conoce! ¡Si usted no me ha oído nunca!... ¿Qué sabe usted de eso que llaman mi talento? A no ser por ese parlanchín de Cupido, hasta ignorarían en Alcira que yo canto y soy conocida fuera de aquí.

Rafael quedó aplastado por la réplica; no se atrevía a protestar.

—Vamos, Rafael—continuó cariñosamente la artista—no sea usted niño ni pretenda turbarme con esas mentirillas semejantes a las que se usan para engañar a la mamá. Yo sé por qué ha venido aquí. ¿Cree usted que no le han visto desde este mismo balcón rondando la casa todas las tardes, apostándose en el camino como un espía? Está usted descubierto, señor mío.

El tímido Rafael creía que el balcón iba a hundirse bajo sus pies. Temblaba de miedo, arrebujábase en el manto de pieles, sin saber lo que hacía y protestaba con enérgicas cabezadas, negando las afirmaciones de Leonora.

—¿Conque no es verdad, embusterillo?—dijo ésta con cómica indignación.—¿Conque niega usted que desde que nos vimos en la ermita, su paseo de todas las tardes son estos alrededores? ¡Dios mío! ¡qué monstruo de falsedad es este chico! ¡con qué aplomo miente!

Y Rafael, vencido por aquella alegría franca, acabó riéndose, confesando con una carcajada su delito.

—Usted se extrañará de mis actos y palabras—continuó Leonora aproximándose más a él, apoyando un hombro en el suyo, con un abandono fraternal, como si estuviera junto a una amiga.—Yo no soy como la mayoría de las mujeres. ¡Bueno fuera que con la vida que llevo me mostrara hipócrita!... Mi pobre tía me cree una loca, porque digo las cosas como las siento: en mi vida me han querido mucho o me han aborrecido, por esta manía de no ocultar la verdad... ¿Quiere usted que se la diga?... Pues bien, usted ha venido aquí porque me ama, o al menos cree amarme; el defecto de todos los muchachos de su edad apenas encuentran una mujer que no es igual a las otras que conocen.

Rafael estaba silencioso y cabizbajo; no osaba levantar la vista; sentía en su nuca la mirada de aquellos ojos verdes que parecían registrarle el alma.

—A ver; levante usted esa cabeza; proteste un poquito como antes. ¿Es verdad o no lo que digo?

—¿Y si fuera?...—se atrevió a suspirar Rafael, viéndose descubierto bruscamente.

—Como sé que es cierto he querido provocar esta explicación para que usted no viva en el engaño. Después de lo de esta noche deseo que seamos amigos; amigos nada más; dos camaradas unidos por el agradecimiento. Pero para evitar la confusión, había que marcar nuestras respectivas situaciones. Seremos amigos, ¿eh?... Esta es su casa, yo le consideraré como un camarada simpático; con lo de esta noche ha ganado usted en mi ánimo más que con un continuo trato; pero va usted a prometerme que no reincidirá en esas tonterías de admiración amorosa que han sido siempre el tormento de mi vida.

—¿Y si no puedo?...—murmuró Rafael.

—La cantinela de siempre—dijo riendo Leonora, remedando la voz y la expresión del joven.—¿Y si no puedo? ¿Por qué no ha de poder usted? ¿Por qué ha de ser verdad ese amor tan inmenso por una mujer que ve usted ahora por segunda vez? Esas pasiones repentinas se las inventan ustedes; no son verdad; las han aprendido en las novelas o las han oído cantadas por nosotras en las óperas. Invenciones de poeta que los muchachos se tragan como unos bobos y quieren trasplantar a la vida, no comprendiendo que los que estamos en el secreto nos reímos de su necedad. Con que ya lo sabe usted; a ser formal, a no ponerse pesado con miradas tiernas y frases entrecortadas. Así seremos amigos y esta será su casa.

Se detuvo Leonora, y amenazándole graciosamente con el índice, añadió:

—De lo contrario, seré todo lo ingrata y cruel que usted quiera; pero a pesar de la hermosa acción de esta noche, usted no entrará más aquí. No quiero adoradores: he venido buscando reposo, amigos, tranquilidad... ¡El amor! ¡hermosa y cruel patraña!...

Dijo estas últimas palabras con acento grave, y quedó inmóvil mucho rato, con la vista perdida en la inmensa sábana de agua.

Ahora la miraba Rafael. Había levantado la cabeza y contemplaba a Leonora pensativa. Su hermoso rostro se teñía de una luz azulada que parecía envolverla en un nimbo de idealidad. Comenzaba a amanecer y los plomizos velos del cielo se rasgaban por la parte del mar, transparentando una claridad lívida.

Leonora se estremeció, como si sintiera frío, apretándose instintivamente contra Rafael. Pareció sacudir con un movimiento de cabeza un tropel de penosos pensamientos, y dijo tendiéndole la mano:

—¿Qué resolvemos? ¿Amigos o indiferentes? ¿Promete usted no incurrir en niñerías y ser un camarada formal?

Rafael estrechó con avidez aquella mano suave y fuerte, sintiendo en sus dedos como cariñosa mordedura, el contacto de las sortijas.

—¡Amigo!... me resignaré ya que no hay otro remedio.

—Se resignará usted y encontrará dulce y tolerable eso que cree un sacrificio; usted no me conoce, pero créame a mí que me conozco bien. Aunque llegase a amarle (y esto no será nunca), saldría usted perdiendo. Yo valgo más como amiga que como amante. Hay en el mundo más de uno y de dos que lo saben bien.

—Seré un amigo dispuesto a hacer por usted mucho más que esta noche. También espero yo que usted llegará a conocerme.

—Déjese usted de promesas. ¿Qué más ha de hacer usted por mí? El río no se desborda todos los días, ni son posibles a cada momento estas hazañas novelescas. Me basta con lo de esta noche. No sabe usted cuánto se lo agradezco. Ha sido un paso decisivo en mi corazón de amiga... ¿Quiere usted que siga siendo franca? Pues cuando le encontré allá en la ermita, me pareció usted uno de esos señoritos lugareños que, acostumbrados a triunfar en el pueblo, miran como de su dominio cuantas mujeres encuentran. Después, al verle rondando esta casa, se aumentó mi desprecio y mi rabia. «¿Pero ese señoritín qué se habrá figurado?» ¡Lo que hemos reído a costa de usted Beppa y yo! Ni siquiera me había fijado en su cara y su figura: no me había dado cuenta de que es usted guapo...

Leonora reía recordando sus cóleras contra Rafael, y éste, anonadado por su franqueza, sonreía también para ocultar su turbación.

—Pero después de lo de esta noche, le quiero a usted... como un buen amigo. Estoy sola: la amistad de un muchacho bueno y noble como usted, capaz del sacrificio por una mujer a la que apenas conoce, resulta grata. Además, esto no compromete. Yo soy ave de paso: he venido porque estoy cansada, enferma no sé de qué, pero profundamente quebrantada en mi espíritu. Necesito reposo, vida animal, sumirme en una dulce imbecilidad, olvidarlo todo, y acepto con reconocimiento su mano amiga. Después, el día que menos lo piense usted, levantaré el vuelo; la primera mañana que despierte alegre y me cante dentro de la cabeza el pájaro travieso que tantas locuras me ha aconsejado, hago las maletas y ¡a mover las alas! Le escribiré; le enviaré periódicos que hablen de mí y usted verá como tiene una amiga que no le olvida y le saluda desde Londres, San Petersburgo, o Nueva York, cualquiera de los rincones de este mundo que muchos creen grande y en el cual no puedo revolverme sin tropezar con el fastidio.

—¡Que tarde ese momento!—dijo Rafael.—¡Que no llegue nunca!

—¡Loco!—exclamó Leonora.—Usted no sabe cómo soy. Si estuviera aquí mucho tiempo, acabaríamos por reñir y pegarnos. En el fondo odio a los hombres; he sido siempre su más terrible enemiga.

Oyeron a sus espaldas el roce de la bata que arrastraba Cupido con grotescos contoneos: se aproximaba al balcón con doña Pepita para contemplar el amanecer.

Comenzaba a desplomarse del cielo una luz gris, cernida por el denso celaje: la inmensa sábana de agua tomaba un color blancuzco de ajenjo. Flotaban en la corriente, como escobazos de miseria, los despojos de la inundación; árboles arrancados de cuajo, haces de cañas, techumbres de paja de las chozas; todo sucio, pringoso, nauseabundo. Estas almadías del desastre, se enredaban entre los naranjos y formaban barreras que, poco a poco iban engrosándose con nuevos despojos de la corriente.

Allá lejos, en el límite de la laguna, movíanse con regularidad algunos puntos negros, agitando sus patas como moscas acuáticas, en torno de las casas, que apenas asomaban sus techumbres sobre la inmensa lámina de agua. Eran los socorros que llegaban de Valencia; los botes de la Armada, traídos en ferrocarril hasta el límite de la inundación.

Iban a llegar a Alcira las autoridades; la presencia de Rafael era indispensable. El mismo Cupido, con repentina gravedad, le aconsejaba salir al encuentro de aquellas barcas.

Mientras el barbero recobraba su traje, Rafael se despojó con gran disgusto de su capa de pieles.

Le parecía que abandonándola, iba a perder el calor de aquella noche de dulce intimidad, el contacto del hombro suave y carnoso que había estado horas enteras apoyado en él.

Mientras se ajustaba al cuerpo las prendas de su traje ya secas, Leonora le miraba fijamente.

—Quedamos entendidos, ¿eh?—preguntó con lentitud.—Amigos, sin esperanza de más. Si rompe usted el pacto, no entrará aquí, ni aun por el balcón como esta noche.

—Sí; amigos y nada más—murmuró Rafael con sincero acento de tristeza que pareció conmover a Leonora.

Sus ojos verdes se iluminaron; brilló el polvo de oro que moteaba sus pupilas y avanzó hacia Rafael, tendiéndole la mano.

—Buen muchacho; así me gusta: resignado y obediente. Por esta vez y en premio a su cordura, habrá extraordinario. No nos despidamos así... Como en la escena. Bese usted.

Y puso su mano al nivel de la boca del joven. Rafael la agarró ávidamente y besó, besó, hasta que Leonora, desasiéndose con un brusco movimiento que demostraba su extraordinario vigor, le amenazó con su mano.

—¡Ah, tunante!... ¡Bebé travieso! ¡Qué manera de abusar! ¡Adiós! ¡adiós! Cupido llama... Hasta la vista.

—Y le empujó al balcón, a cuyos hierros estaba agarrado el barbero sosteniendo la barca.

—Salta, Rafael—dijo Cupido.—Apóyate en mí; el agua desciende y la barca está muy baja.

Rafael se deslizó en su bote blanco, manchado por el agua rojiza. El barbero movió los remos; comenzaron a alejarse.

—¡Adiós! ¡adiós! ¡muchas gracias!—gritaban desde el balcón la tía, la doncella y toda la familia del hortelano.

Rafael, abandonando el timón, con el rostro vuelto a la casa, sólo veía aquella arrogante figura, que agitaba un pañuelo saludándoles. La vio mucho tiempo, y cuando las copas de los árboles sumergidos le ocultaron el balcón, inclinó la cabeza, entregándose al silencioso placer de saborear la dulzura que aún sentía en sus labios.

VI

Las elecciones pusieron en movimiento a todo el distrito. Había llegado el momento solemne para la casa de Brull y todos sus fieles, no seguros aún de la omnipotencia del partido, como si temieran a ocultos enemigos que podían presentarse inesperadamente, se agitaban en la ciudad y los pueblos lanzando cual grito de victoria el nombre de Rafael.

Pocos se acordaban de la inundación. El sol bienhechor había secado los campos; los huertos se mostraban más hermosos que nunca, como si el río, al invadirlos, les hubiese fecundado con nueva vida; se anunciaba una cosecha magnífica, y sólo como recuerdo de la catástrofe quedaba algún seto aplastado, alguna cerca desmoronada, algún camino hondo con los ribazos destruidos.

Todo se reparaba con relativa rapidez y la gente mostrábase contenta hablando del pasado peligro con desprecio. ¡Hasta la otra!

Además, se había repartido mucho dinero. Llegaron socorros de la capital de la provincia, de Madrid, de toda España, gracias al trompeteo lastimoso de la prensa, y los hortelanos, con la credulidad del devoto que atribuye todos sus bienes a la protección del santo patrono, agradecían la limosna a Rafael y su madre, proponiéndose ser cada vez más fieles a la poderosa familia. ¡Viva el padre de los pobres!

Doña Bernarda, viendo próximos a realizarse sus ensueños de ambición, no se daba un momento de reposo. Indignábase ante la indiferencia y frialdad de su hijo. El distrito era suyo, pero no había que dormirse. ¿Quién sabe lo que a última hora podían hacer los enemigos del orden, que eran bastantes en la ciudad? Había que ir a tal pueblo para decir cuatro palabras a los electores ricos; visitar al alcalde del otro para que viera que se le hacía caso; moverse mucho, que toda la gente se preocupara de su persona.

Y Rafael obedecía, pero evitando que le acompañase don Andrés, pues a la ida o a la vuelta pasaba unas cuantas horas en la casa azul o suprimía por completo el viaje para quedarse allí temblando al volver a casa por si su madre se enteraba de tales distracciones.

Doña Bernarda conocía aquella nueva amistad. Sin otra preocupación que la salud y los actos de Rafael, y ayudada por el chismorreo de una ciudad curiosa, nada hacía su hijo que no lo supiera a las pocas horas. Hasta tenía noticias, por una indiscreción de Cupido, de aquel arriesgado viaje de noche y a través de los peligros de la inundación, para ir a presentarse a la cómica, como ella decía con rabioso acento de desprecio.

Entonces ocurrieron las tormentosas escenas que habían de dejar en Rafael una profunda impresión de amargura y miedo.

La dureza del carácter de doña Bernarda quebrantó al joven, haciéndole comprender con cuánta razón había temido siempre a su madre. La áspera devota, con su coraza de virtud y sanos principios, le aplastó desde las primeras palabras. ¿Se había propuesto deshonrar la casa? Ahora que tras muchos años de trabajos iba a alcanzar el fruto de tantos sacrificios ¿quería, por su afición a una cómica, ponerse en ridículo dando motivos de burla a los enemigos? E indignada, no vaciló en rasgar brutalmente el velo de prudencia tras el cual se habían desarrollado misteriosamente sus desventuras y sus rabias conyugales; no dudó en volcar sobre la cabeza del hijo todas las miserias ocultas de su matrimonio.

—Lo mismo que tu padre—exclamó iracunda doña Bernarda.—No puedes negar su sangre: mujeriego, amigo de las perdidas, capaz por una cualquiera de comprometer la suerte de la casa... ¡Y yo, grandísima tonta, trabajando por ellos! ¡olvidando la salvación de mi alma, para lograr que llegues donde no llegó tu padre!... ¡Y cómo me lo agradeces!... ¡Lo mismo que aquél! con un disgusto a cada momento.

Humanizándose después, sintiendo la necesidad de comunicar sus proyectos para lo porvenir, pasó de la ira a la amistosa confidencia, y comenzó a revelar a Rafael el estado de la casa. Ocupado él en hojear librotes y en las cosas del partido, no sabía cómo marchaban los asuntos. Ni necesitaba saberlo: para eso estaba ella. Pero quería que conociera las brechas que en su fortuna habían abierto a última hora las locuras de su padre.

Ella hacía milagros de economía. Muchas deudas estaban pagadas ya; llevaba levantadas algunas hipotecas; gracias a su buena administración, ayudada por el fiel don Andrés; pero la carga era grande y en muchos años no conseguiría librarse de ella.

Además (y al llegar aquí doña Bernarda se mostraba más tierna y con voz insinuante), ya que era el primer hombre del distrito, debía ser el más acaudalado; lograrlo no resultaba difícil. Todo consistía en ser buen hijo, en dejarse guiar por ella, la que mejor le quería en el mundo... Ahora diputado y después, cuando volviera de Madrid, a casarse. No faltarían buenas muchachas, educadas con el temor de Dios, y además millonarias que se darían por contentas siendo su mujer.

Rafael la atajó con una débil sonrisa. Ya sabía de quién hablaba su madre; de Remedios, la hija del más rico de la ciudad, un rústico de suerte loca que inundaba de naranja los mercados de Inglaterra, ganando por instinto, a despecho de todas las combinaciones comerciales.

Por esto le recomendaba su madre con tanto interés que visitase aquella casa, enviándole a ella con cualquier pretexto. Además, doña Bernarda llevaba a Remedios a la suya con frecuencia, y rara era la tarde que al entrar en su casa Rafael no encontraba a aquella muchacha tímida, torpe y de una belleza insignificante, vestida con trajes que aprisionaban cruelmente su soltura de chicuela criada en los huertos, transformada rápidamente en señorita por la buena suerte del padre.

—Pero mamá—dijo Rafael sonriendo—¡Si yo no pienso casarme!... ¡Si eso, cuando llegue, ha de ser a gusto mío!

La madre y el hijo quedaron moralmente separados después de la borrascosa entrevista. Era una situación que recordaba a Rafael su infancia, cuando después de una travesura encontraba la miraba fiera y el rostro ceñudo de su madre. Pero ahora, esta seriedad agresiva se prolongaba días y días.

Al entrar en casa por las noches se veía interrogado durante la cena en presencia de don Andrés, que no osaba levantar la cabeza ante la poderosa señora. ¿Dónde había estado? ¿A quién había visto?... Rafael sentía el espionaje, siguiéndole en sus paseos por la ciudad y el campo.

—Hoy has estado en casa de la cómica... ¡Cuidado, Rafael! ¡me vas a matar!

Y Rafael, para ir a casa de la cómica, se ocultaba como en su época de niño, cuando robaba fruta en los huertos; marchaba por sendas y ribazos al abrigo de los setos, y la vista de una hortelana o de un muchacho le obligaba a pesados rodeos. Y el hombre que hacía esto era el mismo que en aquel instante llenaba con su nombre todo el distrito; aquel de quien los alcaldes y prohombres decían con plena convicción.—«Aquí no hay más diputado que don Rafael. Ese procurará por nosotros».

Don Andrés se esforzaba por consolar a su ama. Todo aquello era un capricho de muchacho. Había que dejarle que se divirtiera. Al fin era un joven guapo y de buena casa. En su cinismo de viejo acostumbrado a las fáciles conquistas del arrabal, guiñaba sus ojos maliciosamente, creyendo que Rafael había conseguido un triunfo completo en la casa azul. Sólo así podía explicarse su asiduidad en las visitas, la mansa rebeldía a la autoridad maternal.

—Esas cosas, por dulces que sean, acaban por cansar, doña Bernarda—decía el viejo sentenciosamente.—La cómica levantará el vuelo cualquier día; además, deje usted que Rafael vaya como diputado a Madrid y vea aquel mundo; a la vuelta no se acordará de esa mujer.

El fiel lugarteniente de los Brull se hubiera asombrado al ver lo poco que conseguía Rafael.

Leonora no era la misma de la noche de la inundación. Pasado el encanto del peligro, la novedad de la aventura, lo extraordinario de aquella entrevista, trataba a Rafael con amistosa calma, como a uno de los muchos que en la vida habían girado en torno de ella. Le miraba como un mueble más de su casa que todas las tardes venía a colocarse ante su paso; un autómata que se presentaba para pasar horas y horas contemplándola, pálido y emocionado, con el encogimiento de la inferioridad, contestando sus palabras muchas veces con simplezas que la hacían reír. Su ironía y aquella franqueza de que hacía gala, le herían cruelmente.

—Hola, Rafaelillo—le decía muchas tardes al verle llegar.—¿Pero por qué viene usted con tanta frecuencia? Nos van a tomar por novios. ¿Qué dirá su mamá?

Y Rafael sufría cruelmente; se avergonzaba de sí mismo, pensando en lo que ocurría en su casa; en las iras que arrastraba para llegar allí. Pero le era imposible librarse de la atracción que sobre él ejercía Leonora.

Además, ¡qué tardes aquellas en que quería ser buena; cuando cansada de pasear por el huerto, fastidiada en su carácter ligero y voluble por la monotonía de los naranjos y las palmeras, se refugiaba en el salón poniendo sus manos en el piano! Rafael, con el recogimiento de un devoto, se sentaba en un rincón, y contemplando los soberbios hombros sobre los cuales ondeaban como plumas de oro los rizados bucles de la nuca, oía aquella voz hermosa que sonaba dulce y velada, mezclándose a los desmayados acordes del piano, mientras que por las abiertas ventanas entraba la respiración del huerto rumoroso bajo la dorada luz del otoño, el perfume sazonado de las naranjas maduras que asomaban sus caras de fuego entre los festones de hojas.

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