LIBRO PRIMERO.
Miguel Antonio Caro translation
I.
Canto asunto marcial; al héroe canto Que, de Troya lanzado, á Italia vino; Que ora en mar, ora en tierra, sufrió tanto De Juno rencorosa y del destino; Que en guerras luégo padeció quebranto, Conquistador en el país latino, Hasta fundar, en fin, con alto ejemplo, Muro á sus armas, y á sus dioses templo.
II.
De allá trajo su sér el trono albano, Su nombre el pueblo á quien el orbe admira Roma de allá su cetro soberano..... Mas tú á mi osado verso, Musa, inspira! Abre de estos sucesos el arcano; ¿Qué ofensa suscitó la excelsa ira Que á la errante virtud sigue y quebranta? ¿Cupo en celestes pechos furia tanta?
III.
En frente, aunque á distancia, de la riba Donde el Tibre en el mar su onda derrama, Tiria de orígen, opulenta, altiva, Alzóse la ciudad que Juno ama. Más que á Sámos la Diosa vengativa La amó: Cartago la ciudad se llama: En ella la armadura pavorosa, El carro en ella estuvo de la Diosa.
IV.
Y ya anhelaba Juno y pretendia Hacer del orbe á esta ciudad señora Si consintiese el hado. Oido habia Que, corriendo los tiempos, en mal hora Para alcázares tirios, se alzaría De troyana raíz, dominadora Nacion potente, en los combates fiera; Que así lo urdido por las Parcas era.
V.
Eso la Diosa recelaba; y luégo De irritantes recuerdos ocupada, Ella no olvida que á vengar al Griego Fué la primera en desnudar la espada: Del troyano pastor el fallo ciego; Su ofendida beldad, la raza odiada, El alto honor á Ganimédes hecho, Memorias son para afligir su pecho.
VI.
Por eso avienta á términos distantes Del ítalo confin, á los que á vida Dejó incendio voraz, salvados ántes Del acero de Aquíles homicida. Por largos años sobre el ponto errantes, Cerrando el paso á su virtud sufrida El hado vengador ¿dónde no asoma? ¡Fué empresa colosal fundar á Roma!
VII.
Haciendo nueva tentativa ahora, De la orilla zarpando siciliana, Ya á la vela se daban; ya la prora Cortando iba veloz la espuma cana. Mas la llaga cruel que la devora Guardaba fresca la deidad tirana En el fondo del alma; y sin testigo Así comienza á razonar consigo:
VIII.
«¿Y será que vencida retroceda En la intentada empresa? ¿y que al troyano Aborrecido príncipe no pueda Léjos tener del límite italiano? ¿Conque adverso el destino me lo veda? Pálas un dia, del insulto insano Tan sólo de Áyax ofendida, airada, ¿No hundió á los Griegos y abrasó su armada?
IX.
»Ella misma del cerco nebuloso Vibró de Jove la veloz centella, Y alteró de los mares el reposo Y dispersó los navegantes; ella En torbellino súbito, furioso, Arrebatando al infeliz, lo estrella, Cuando áun abierto el pecho llameaba, Contra un agrio peñon, y allí le clava.
X.
»Y yo, que entre los Númenes campeo De los Númenes todos soberana; Yo, que los altos títulos poseo De consorte de Júpiter y hermana, Ya tantos años há que en lid me empleo Con solo un pueblo, y mi insistencia es vana! ¿Y habrá de hoy más quien me venere? ¿alguno Que humilde ofrende en el altar de Juno?»
XI.
Tal medita la Diosa, y sus sollozos Ahogando en su furor, á Eolia vuela, Region nublada en lóbregos embozos, Region que aborta la hórrida procela: Eolo allí en inmensos calabozos Las roncas tempestades encarcela Y los batalladores aquilones, Y hace pesar su imperio en sus prisiones.
XII.
Ellos dentro la hueca pesadumbre Ruedan bramando, amenazando estrago; Él, cetro en mano, sobre la alta cumbre, Resuelve en aire el comprimido amago, Que si aquella legion de servidumbre Salir lograse, por el éter vago La tierra, el mar, el ámbito profundo Rauda barriera aniquilando el mundo.
XIII.
El alto Jove recelando eso, Al ejército aéreo abrió esta sima, Y ahí en tinieblas le envolvió, y el peso De altísimos collados le echó encima; Y un rey impuso al elemento opreso Que con tacto severo, ya reprima, Ya dé medida libertad. Ahora Juno ante él llega, y su favor implora:
XIV.
«Éolo, á quien el Rey de cielo y tierra Calmar concede y sublevar los mares, Oye: aquel pueblo á quien juré la guerra, Surca el Tirreno, y sus vencidos lares Lleva, y su imperio, á Italia. Desencierra, Éolo, tus alados auxiliares, Y envíalos con ímpetus violentos A romper naves y á esparcir fragmentos.
XV.
»Catorce Ninfas sírvenme doncellas, De hermosura dotadas milagrosa; La que en encantos sobresale entre ellas, Deyopeya gentil, será tu esposa: Eternas gozarás sus gracias bellas; Yo te la doy, porque de prole hermosa Afortunado fundador te haga; Y así el favor mi gratitud te paga.»
XVI.
Éolo reverente la responde: «Reina, escudriña cuanto ansiar pudieres, Dí cuanto oculta voluntad esconde, Pues son tus voluntades mis deberes. De ti no fuesen dádivas, ¿de dónde Mi cetro, mi privanza, mis poderes? Tú en las mesas olímpicas me sientas; Rey por ti soy de rayos y tormentas!»
XVII.
Dice; y la hueca mole con el cuento Hiere del cetro, y la voltea á un lado; Y al ver el ancha puerta, cada viento Quiere salir primero alborotado; Y Noto á un tiempo, y Euro, y turbulento Abrego con borrascas, monte y prado Corren, barren el suelo, al mar se entregan, Y ondas abultan que la playa anegan.
XVIII.
Y remueven el ponto, el ponto gime; Y silban cuerdas y la gente clama; Roba las formas y la luz suprime La oscuridad que en torno se derrama; Noche tremenda el horizonte oprime; El éter cruza intermitente llama; Truena el polo, y suspenso el navegante La pompa del terror tiene delante.
XIX.
En este instante de la muerte el hielo Siente Enéas que embarga sus sentidos, Y entrambas manos extendiendo al cielo, Clama con voz ahogada entre gemidos: «¡Dichosos, ay, los que en el patrio suelo, Al pié del alto muro, en liza heridos, A vista de sus padres espiraron, Y allí cual buenos su mision finaron!
XX.
»¡Oh tú entre aquivos héroes el primero, Diomédes esforzado! ¿qué impía suerte Me negó bajo el filo de tu acero En los campos de Troya hallar la muerte? Do al ímpetu de Aquíles Héctor fiero Cayó; do el grande Sarpedon; do inerte Tanto noble adalid, rota armadura, El Simois vuelca en su corriente oscura!»
XXI.
Cállale aquí borrasca bramadora Que hosca en las velas da, la onda agiganta; Quiébranse remos, tuércese la prora, La onda el costado del bajel quebranta: Álzase el agua en cimas, y á deshora Rómpese: quién en vago se levanta; Quién la ola henderse ve que lo encadena, Y ve el fondo mostrarse, hervir la arena.
XXII.
Noto tres buques á su cargo toma Y en adustos escollos los estrella (Cuya espalda á flor de agua inmensa asoma, Y ara el nauta la nombra, y huye de ella). Sobre otros tres rugiente se desploma Euro (¡escena de horror!), los atropella, Y dales, entre puntas destrozados, Tumba de arena en los hirvientes vados.
XXIII.
Al bajel que á los Licios aportaba, El mismo en que el leal Oróntes iba, Súbito hiere en popa una ola brava Descargada con ímpetu de arriba. Enéas el embate viendo estaba Que de un vuelco el piloto al mar derriba, Tres vueltas da el bajel, la angustia crece, Y el vórtice lo traga, y desaparece.
XXIV.
Vense dispersos que en lo inmenso nadan; Maderos y reliquias de combates, Y troyanas riquezas sobrenadan. De Ilioneo, aunque fuerte, á los embates La nave ya, y las de Abas se anonadan, Del viejo Alétes y el valiente Acátes; Que, hondas las grietas, desligado el brío, Abren su seno al elemento impío.
XXV.
En tanto los rumores, los bramidos, La inmensa agitacion Neptuno siente; Siente los hondos sótanos movidos, Y alza alarmado la serena frente Por cima de las ondas. Esparcidos Los buques ve de la troyana gente, Por todas partes maltratada y rota, Que el cielo la acribilla, el mar la azota.
XXVI.
Ni ya de Juno se ocultó al hermano, Industrioso el rencor que horrores trama; Y al punto con acento soberano Al Céfiro y al Euro á cuentas llama; «¿Y así,» les dice, «os ciega orgullo vano? Ya hundís los cielos sin mi vénia, y brama El agua en cerros que encrespais gigantes; ¡Guay!... Mas el mar apacigüemos ántes.
XXVII.
»¡Huid, vientos! ¡huid avergonzados; Ni espereis de piedad segunda muestra; Y á vuestro Rey decidle que los hados No el tridente pusieron en su diestra: Los reinos de la mar son mis estados! Riscos él tiene allá, guarida vuestra; Que respetoso á ajenos elementos, Reine guardian de encadenados vientos!»
XXVIII.
Dice; nubes disuelve, el sol desnuda, Y pone en paz las olas que batallan: Cimotoe y Triton de roca aguda Los míseros navíos desencallan; Con su tridente él mismo les ayuda, Las sirtes abre, y cielos y aguas callan; Y por cima del mar, que apénas riza, En levísimo carro se desliza.
XXIX.
¿Quién vió tal vez con la rabiosa ira Que la plebe en motin ruge y revienta? Teas, guijarros por el aire tira; La fuerza del enojo armas inventa: Mas si á un prócer piadoso alzarse mira, Se contiene, se acalla, escucha atenta; Sola esa voz los ánimos ablanda, Lleva la paz, y la obediencia manda.
XXX.
Neptuno así de una mirada enfrena Del piélago insolente los furores, Y gira por la atmósfera serena Dóciles sus caballos voladores. Entre tanto, de la áspera faena Cansados los troyanos viadores, A las vecinas, líbicas orillas Vuelven prudentes las cascadas quillas.
XXXI.
Vese allí en una cómoda ensenada Formando puerto, una isla: á sus costados Del piélago se rompe la oleada. Y rota, entra á morir por ambos lados. Guardando opuestos émulos la entrada, Dos peñones, remate de collados, Torvos se empinan: plácidas, á solas, Tiéndense al pié las sombreadas olas.
XXXII.
Luégo, al entrar, divísase eminente, Del sol quebrando el trémulo destello, Hórrido bosque, y negro, y grande; en frente Cóncava peña cierra un antro bello. Y allí hay bancos de piedra; allí una fuente De agua dulce; es de Ninfas gruta aquello! No aquí el cansado esquife ata la amarra; No del áncora el garfio el fondo agarra.
XXXIII.
Saca Enéas, en suma, á salvamento Siete naves. La gente, que desea De la tierra el materno acogimiento, Salta al césped que el céfiro recrea, Y allí á los miembros húmidos da asiento. Acátes hiere el pedernal; chispea; Hoja menuda allega, adusta rama, Y, el fómes atizando, arde la llama.
XXXIV.
Mojados sacan las cansadas manos El dón de Céres y su tren; y aprestan Piedras allí para moler los granos Que en seco extienden y que al fuego tuestan. Sube Enéas á un pico, y los lejanos Horizontes registra, por si enhiestan Las popas de Caïco allá su arreo, Ó bien sus velas el bajel de Anteo;
XXXV.
Ó ya á remo avanzando los navíos Frigios parecen, ó el de Cápis. Nada Por los ecuóreos límites vacíos Descubre á su esperanza su mirada. Mas tres ciervos divisa que baldíos Recorren la ribera: la manada, Al sabroso pacer vagando atenta, Por acá y por allá los sigue lenta.
XXXVI.
El arco y leves flechas, al instante, Armas del fiel Acátes, arrebata Enéas; y á los tres que van delante Con orgullosa cornamenta, mata; A tiros luégo el escuadron restante Entre el frondoso bosque desbarata; Ni desiste hasta ver de los venados Siete grandes por tierra derribados.
XXXVII.
Así el número iguala al de bajeles; Al puerto vuelve, do el botín divida Entre sus tristes compañeros fieles; Y con vino, de aquél que á su partida De las riberas sículas, toneles Bondoso Acéstes les hinchió, convida; Y cura consolar los corazones El obsequio apoyando con razones:
XXXVIII.
«¡Antiguos compañeros! sabedores Ántes de ahora de aventuras tales: Ya visteis acabar otros mayo es, Dios dará fin á los presentes males. De Scila atroz escollos ladradores: De impios Ciclopes playas funerales: ¿Qué no habeis arrastrado? Alzad la frente, Y ahogue su pena el corazon valiente!
XXXIX.
»Desgracias de hoy, mañana son memorias Que despiertan secretas simpatías: Senda de rudas pruebas transitorias Nos lleva al Lacio y sus riberas pias: Renacerán nuestras antiguas glorias; Sufrid, guardáos para mejores dias!» Dice; rie esperanzas, y hondamente Sella el fiero dolor que el alma siente.
XL.
Presta la gente á aderezar la caza Pieles arranca, entrañas desaloja; Quién la carne, que á miembros apedaza, Fija en el asador, tremente y roja; Quién da en la orilla á las calderas plaza, Y fuego allega; y ya en el musgo y hoja Cobran tendidos el vigor postrado Con vino añejo y nutridor bocado.
XLI.
Calla el hambre; y locuaz la fantasía Recuerda á los ausentes: teme; alienta; Y ya salvos, ya en la última agonía, Ya sordos al clamor los representa. Consigo Enéas, de la suerte impía Del animoso Oróntes se lamenta, Y de Amico, y de Licio, y de héroe tanto; Del grande Gias y del gran Cloanto.
XLII.
Tarde era ya, cuando del alto cielo Oteando el olímpico monarca, Tierras y costas, el tendido suelo, Y el mar de velas erizado, abarca De una mirada, que con vivo anhelo Fijó, en fin, en la líbica comarca; Y, los ojos brillando humedecidos, Vénus así le hablaba con gemidos:
XLIII.
«Padre y señor de dioses y mortales; Rey, cuyo brazo con el rayo aterra! ¡Oh! mira al hado, tras acerbos males, Cuál á mi Enéas y á los Teucros cierra, No del país que guarda, los umbrales, Mas los ángulos todos de la tierra! Para sufrir contrariedad tan fuerte, ¿Con qué crímen pudieron ofenderte?
XLIV.
»Tú prometiste que de aquí, algun dia— ¿Lo recuerdas?—de aquí, de la troyana Estirpe restaurada, se alzaria Reina del mundo la nacion romana. ¿Qué nuevo plan la ejecucion desvía? Yo usaba con las dichas del mañana, Del ayer y sus ruinas consolarme; Mas ¿vemos hoy que el hado se desarme?
XLV.
»No; que se ensaña cada vez más crudo! ¿Término á tanto mal darás al cabo, Grande y buen rey? Con invisible escudo, Del Adria entrando por el golfo bravo, Al riñon mismo de Liburnia pudo Anténor penetrar, y del Timavo Las cabezas venció; de argiva hueste Salvado en ántes por favor celeste.
XLVI.
»Y en aquella region donde desata, Los cerros atronando, mar rugiente Por siete bocas su raudal de plata, Y los campos inunda en su corriente, Allí á Padua fundó: morada grata En ella, y patrio nombre dió á su gente, Y de Troya las armas; y tranquilo Bajó á dormir en sepulcral asilo.
XLVII.
»¿Y á nosotros, tus hijos, á quien silla Previenes celestial, se nos traiciona? ¿Y anegadas las naves, ¡oh mancilla! Porque de álguien el odio lo ambiciona, Tocar nos vedas la latina orilla? ¿Así nos vuelves la imperial corona? ¿O premio es éste de virtudes digno?» Oyóla el Padre, y sonrió benigno;
XLVIII.
Y con la faz la besa con que el cielo Serenar suele en tempestad oscura; Y «Calma,» dice, «Citerea, el duelo; De los tuyos el hado eterno dura. Verás alzarse á coronar tu anhelo La ciudad de Lavinio: á etérea altura Tu heroico Enéas subirás un dia;— Ni nuevo plan la ejecucion desvía.
XLIX.
»Él (pues voy á tu pecho, áun mal seguro, A revelar recónditos arcanos) Él hará guerra larga; el cuello duro Domará de los pueblos italianos; Dará á los suyos circundante muro, Y fundará costumbres. Tres veranos Contará de los Rútulos triunfante; Y tres inviernos le verán reinante.
L.
»Y su hijo Ascanio, que festivo y tierno Con renombre de Yulo se engalana, (Ilo nombróse en el solar paterno Cuando alzaba Ilïon la frente ufana), Treinta años llenará con su gobierno Mes á mes; y la sede soberana Mudando de Lavinio, hará á Alba Longa Robusta en fuerzas que al asalto oponga.
LI.
»De manos de la hectórea dinastía No habrá en tres siglos quien el cetro aparte: Ilia, real sacerdotisa, un dia Hijos gemelos parirá de Marte: Con la piel de la loba que los cria Ya al mayor miro ufano; baluarte Alzará eterno, y porque al mundo asombre, Rómulo á su nacion dará su nombre.
LII.
»Y término, ni linde, ni parada Fijo al poder de Roma: eterno sea! Juno misma, que alarma exasperada Cuanto baña la mar y el sol rodea; Con nuevo acuerdo, á la nacion togada Que al mundo, acerca el hado, señorea, Vendrá por fin en proteger conmigo; Y así se cumplirá cual yo lo digo.
LIII.
»Y siglo traerá el tiempo en que cadenas Dé la casa de Asáraco á la argiva; A Ptia vencerá; verá á Micénas, Si ántes gloriosa, ya á sus piés cautiva. Tan noble sangre llevará en las venas Julio—por nombre que de atras deriva; César—con gloria que hasta el cielo alcanza Él, cuyo imperio sobre el mar se avanza.
LIV.
»Y tú, segura de contrario insulto, Cargado con despojos de Orïente Le cogerás en el Olimpo; y culto Le dará el hombre en votos afluente. Y, sosegado el militar tumulto, La férrea edad se tornará clemente: Fe anciana reinará y amor divino, Y en union fraternal Remo y Quirino.
LV.
»Y por fin con estrechas cerraduras Y de hierro cargadas, de la Guerra Cegadas quedarán las puertas duras: El malvado Furor, que allí se encierra, Sentado sobre rotas armaduras, Con las manos atras, que el bronce aferra De cien cadenas, lanzará bramidos, Los dientes rechinando enrojecidos.»
LVI.
Dice, y al punto del Olimpo envía Al alígero dios hijo de Maya, Que á allanar á los náufragos la via Y el muro de Cartago á abrirles vaya; Pues de Dido recela, que podria Alejarlos tal vez de aquella playa Si los altos designios ignorase. Oyele el nuncio, y por el éter vase.
LVII.
Y la pluma batiendo fugitiva En la region inmensa, por do hiende, Presto á las costas líbicas arriba, Y á cumplir el mandato sólo atiende: Y ya los Penos su rudez nativa, Por él, remiten; y ante todo enciende En Dido un vago y tierno sentimiento, Prenda de hospitalario acogimiento.
LVIII.
Enéas, que la noche pasó entera Cavilando, áun no bien la luz celeste Mira nacer al mundo placentera, Ya ansioso sale á ver qué clima es éste Do el viento le ha arrojado: si hombre ó fiera Habita en él, segun le ve de agreste: Todo saberlo, averiguarlo intenta, Y á los suyos tornar á darles cuenta.
LIX.
La flota deja so el peñon antiguo Que las aguas socavan sin estruendo, Y de las corvas selvas al abrigo Con sombra en torno de negror horrendo: Sólo á Acátes llevándose consigo, Cada cual ancha pica entra blandiendo: Ya en medio el bosque, Vénus de sorpresa Vestida de espartana se atraviesa.
LX.
Por su aire y armas lo parece; ó nueva Harpálice gentil, que de vencida A sus caballos en su esfuerzo lleva Y al Euro alado en su veloz corrida: Cual puesto al hombro á cazadores prueba, Cuelga el arco; el cabello al aura olvida; Y deja la rodilla ver desnuda Do undosos pliegues lazo breve anuda.
LXI.
«¡Hola! mancebos,» díceles la Diosa: «¿A una de mis hermanas por ventura Visto habeis por ahí, que vagarosa Lleva aljaba, y pintada vestidura De piel de lince? ó que tal vez acosa A un jabalí soberbio en la espesura Con agudo clamor?» Tal Vénus dijo; Y de Vénus así respondió el hijo:
LXII.
«En verdad no hemos visto aquella hermana Tuya, á quien buscas, ni sabemos de ella. Mas ¿cuál te nombraré? nos es cosa humana Lo que suena tu voz, tu faz destella. ¿Eres alguna Ninfa? ¿eres Dïana? Yo diosa te presumo, y fausta estrella, Quienquier fueres, mi labio te saluda: ¡Oh! da propicia á náufragos tu ayuda!
LXIII.
»Y por piedad, qué clima es éste, dínos, Ó qué zona del mundo, qué campaña; Que sin saber ni gentes ni caminos, Vamos perdidos en region extraña A donde, infortunados peregrinos, De olas y vientos nos lanzó la saña; Y, grata á recibidos beneficios, Mi mano hará en tus aras sacrificios.»
LXIV.
«No merezco ese honor,» Vénus contesta: «Siempre de Tirias fué, si os maravilla, De aljaba ornadas vaguear, cual ésta, Con borceguí purpúreo á la rodilla. Púnico imperio aquí se os manifiesta, Pueblos fenicios, de Agenor la villa; Empero, esta region parte fronteras Con las tribus del Africa altaneras.
LXV.
»De Tiro vino huyendo del hermano, La que reina hoy aquí, por nombre Dido.— El largo drama á desflorar me allano:— Esta tuvo á Siqueo por marido, Rico en tierras cual no otro comarcano; Con vivo amor de la infeliz querido; A quien, bella con gracias virginales, La unió el padre en primeros esponsales.
LXVI.
»Su hermano en Tiro entónces dominaba, Pigmalïon, el más feroz malvado: Enemistad entre los dos se traba, Y él á Siqueo, ante el altar sagrado, Sacrílego y traidor á hierro acaba, Y tambien de codicia estimulado; Y á la sencilla enamorada hermana Oculta el crímen de su diestra insana.
LXVII.
»Y con ficciones la entretiene en duda, Y su amor de esperanzas alimenta; Cuando en sueños por fin á la vïuda De Siqueo insepulto se presenta La sombra misma, alzando la faz muda Con tétrico misterio macilenta; Y el ara le señala enrojecida, El pecho abierto y la profunda herida.
LXVIII.
»Y el arcano espantoso que contrista Y un rincon recataba, muestra entero; Y la excita á buscar con planta lista Más humano país, clima extranjero: Para ayuda de viaje, abre á su vista En sótano ignorado, de dinero Antiguo y vasto acopio. Conmovida Dido despierta á apercibir la huida.
LXIX.
»Busca auxiliares; llegan á porfía Quiénes que temen del cruel tirano, Quiénes que odian la infame tiranía; Apañan, cargan de oro las que á mano Naves dispuestas por ventura habia; Y ya cruza los campos de Oceano De Pigmalion avaro la riqueza; Y una débil mujer va á la cabeza.
LXX.
»Y aquí al sitio pararon do ahora vese Muralla colosal; do se levanta La fortaleza de Cartago: en ese Sitio compraron tanta tierra cuanta La piel de un buey en derredor cogiese;— De Brisa el nombre la aventura canta.— Mas ¿quiénes sois? ¿de dónde vuestra flota, Ó á dónde encaminaba la derrota?»
LXXI.
Enéas respondiéndola, doliente La voz arranca, y con suspiro dice: «¡Diosa! si de su orígen al presente La serie de mis lances infelice Narro á tu corazon condescendiente, Primero que mi labio finalice, Su luz robando al mundo y su alegría Habrá su giro completado el dia.
LXXII.
»De Troya procedentes (si ya sabes Lo que fué un tiempo la ciudad que digo), Tras largas vueltas y fatigas graves Golpe de airados vientos enemigo Lanzó sobre estas costas nuestras naves. Yo soy el pio Enéas, que conmigo Voy llevando doquier, del mar por medio, Dioses salvados de voraz asedio.
LXXIII.
»Enéas, en las célicas esferas Famoso ya; que por el mundo ando De la Italia por patria, las riberas, Y el linaje de Júpiter buscando: Confié al frigio mar veinte galeras, El camino mi madre señalando, Yo su enseñanza celestial siguiendo; ¿Qué hallámos? bravo mar y Euro tremendo.
LXXIV.
»Y hé aquí con siete buques mal librados, Llego al cabo, ignorado, desvalido, Del África á correr los despoblados, Ya del Asia y Europa repelido!» ... Mas aquí, con afectos reavivados, Vénus interrumpióle en su gemido: «Tú, quienquier seas, que á Cartago vienes, Las simpatías de los Dioses tienes.
LXXV.
»Ellos dan que los hálitos vitales Respires para bien: feliz sendero De la reina te lleva á los umbrales: Vendrán á puerto nave y marinero, Vueltos en su favor los vendavales; Y si no falta el arte del agüero En que hubieron mis padres de instruirme, No dudes tú lo que mi labio afirme.
LXXVI.
»Vé esos cisnes, en número de doce, Del éter, donde Júpiter la asila, A darles caza el águila veloce Se lanzó por la atmósfera tranquila: De alegre libertad vueltos al goce, Míralos descender en larga fila; Ya del campo se adueñan los primeros, Ya á flor de tierra asoman los postreros.
LXXVII.
»Cual el cielo cubrieron en bandada, Y baten ora las festivas aves La ala ruidosa, y cantan su llegada; Tal la flor de los tuyos, tal tus naves O entran al puerto, ó llegan ya á la entrada Con vela abierta y céfiros süaves. Tú sigue en tanto; y por do aquesta via Conduciéndote va, los pasos guia.»
LXXVIII.
Tal Vénus dice; y vuélvese, y el cuello Con el matiz le brilla de la rosa; Y partiéndose en ondas, el cabello Mana esencia de cielo deliciosa: Cae la veste á los piés, sublime sello; Y, andando, ser mostró de véras diosa. El héroe, al descubrir su madre en ella, Clamando sigue la fugace huella:
LXXIX.
«¿Y así burlado una vez más me dejas, ¡Oh madre mia! con falaz semblanza, Tú tambien, tú cruel? ¿Y así te alejas Sin que hablemos con dulce confianza Ni estrechemos las manos?» Tal sus quejas Al aire da, y á la ciudad se avanza; Y ella, esparciendo opaca niebla en tanto, Los ciñe en torno de nubloso manto.
LXXX.
Y así los cubre porque nadie pueda Ni verlos ni ofenderlos en mal hora, Ni curioso se cruce en la vereda Con sus preguntas á tejer demora; Y por los aires se remonta, y leda Vuela al templo de Páfos, donde mora, Do aras ciento en su honor mezclan olores De arabio incienso ardiente y tiernas flores.
LXXXI.
Ellos con planta intríncanse ligera Por do advierte la senda, y la colina Coronan ya, que á la ciudad frontera, De lleno allá sus cúpulas domina. Enéas con asombro considera La fábrica estupenda y peregrina Do un tiempo fueron chozas; y suspenso, Puertas ve, y calles, y el bullicio inmenso.
LXXXII.
No descansan los Tirios: ó se empleen En alzar el alcázar y dirijan El giro á la muralla, y acarreen Gruesos cantos á empuje; ó puesto elijan Para casa, y con zanja le rodeen: Sobre traza soberbia sitio fijan Propio al legislador, al magistrado, Y al augusto recinto del Senado.
LXXXIII.
Quiénes, formando un muelle, cavan fosas; Quiénes, para un teatro, anchos solados Extienden, y columnas prodigiosas Cortan, adorno á escénicos tablados. Tales, en suma, suelen oficiosas Ir las abejas por floridos prados Cuando sacan al sol adultas crias De estacion bella en los primeros dias;
LXXXIV.
Tales la miel fabrican rica; y llena Las celdillas al cabo el néctar blando; Y ya salen de paz, la carga ajena A recibir ufanas; ya cerrando En trabado escuadron, de la colmena Los zánganos alejan, torpe bando: Con afan vario la labor se enciende, Y á tomillo vivaz la miel trasciende.
LXXXV.
«¡Qué gran dicha á unos hombres se depara Que alzarse ven el suspirado muro!» Dice Enéas á tiempo que repara En las altas techumbres; y seguro, Gracias, ¡oh maravilla! á que la ampara Contino en derredor celaje oscuro, Entra por la ciudad con paso listo; Anda entre todos, y de nadie es visto.
LXXXVI.
Antiguo bosque de frescor ameno Habia en medio á la imperial Cartago: Lanzados ya los Tirios á su seno De ondas y vientos por furioso amago, Hallaron en las capas del terreno De un corcel la cabeza, don presago Que allí Juno les puso de victoria, Prenda de salvacion, señal de gloria.
LXXXVII.
Grata la Reina á auxilios singulares, Alzaba allí á la Diosa un templo extenso, Que á la vez ilustraba sus altares Con favor sacro y con devoto incienso: Escalonado el atrio entre pilares Y trabes bronceadas, daba ascenso A la alta puerta de metal bruñido Que el quicio oprime, y gira con rüido.
LXXXVIII.
En este bosque el héroe al pecho laso Halló aliento, á sus penas lenitivo, Y alta leccion de que en adverso caso Hay siempre de esperanza algun motivo; Pues, ya en el templo suntuoso, al paso Que todo lo registra pensativo, Y aguardando á la Reina, allá en su mente Mide el poder de la ciudad naciente;
LXXXIX.
Miéntras nota á un plan mismo convertidas Manos de artistas y el primor del arte, Por órden halla en cuadros repartidas Leyendas de Ilïon, lances de Marte, Que al orbe ocupan ya. Ve á los Atridas, Ve á Príamo, é igual á cada parte Aquíles en los rayos de su ira; Párase aquí, y con lágrimas suspira;
XC.
«¡Acátes! ¿qué region, de nuestra fama No hay ya en el mundo, ó nuestros hechos, llena? Mira á Príamo: aquí la gloria llama Al que allá injusta adversidad condena: El sentimiento aquí llantos derrama, Y aquí se siente en la desgracia ajena! Animo, pues; nuestro renombre claro Presta esperanzas de feliz reparo.»
XCI.
Dice, y con mil recuerdos embebece En la inerte pintura los sentidos, Y mudo llanto el rostro le humedece; Que en ella, muro afuera, en lid tejidos, Ya la troyana juventud parece, Que á los Griegos acosa despavoridos; Ya á los Frigios, Aquíles, que bizarro Con plumaje gentil vuela en su carro.
XCII.
Reconoce con lágrimas, tras eso, Las tiendas, con sus lonas cual de nieve, Que Diomédes taló, vendido Reso Del primer sueño en el regazo aleve: Allí el cruel en sanguinario exceso Huelga; y medroso de que alguno pruebe Pastos de Troya ó en el Janto beba, Los caballos indómitos se lleva.
XCIII.
Tróilo en pos viene: juvenil locura Ha hecho que fuerzas inferiores mida Con Aquíles: perdida la armadura, Derribado de espaldas, de la brida Traba, que al vacuo carro le asegura: Tiran los potros en veloz corrida; Arrastra el cuello y cabellera suelta, Y el polvo fácil marca el asta vuelta.
XCIV.
Más allá al templo de Minerva, en tanto, Teucras matronas á ofrecerle llegan, Por vencer su rigor, un regio manto: El tendido cabello al aire entregan; Hieren el seno en muestra de quebranto Las palmas; los humildes ojos ruegan: Sorda la Diosa á la oracion prolija, Torvas miradas en el suelo fija.
XCV.
Enéas adelante á Aquíles halla Volviendo, á trueco de oro, el insepulto Cadáver que en redor de la muralla Tres veces arrastró con fiero insulto: Hondo gemido de su pecho estalla El muerto amigo viendo allí de bulto, Y el carro vencedor y los despojos, E inerme suplicando el Rey de hinojos.
XCVI.
Él mismo en noble puesto allá campea Par del negro Memnon, que con su banda De Oriente, cierra. Al fin Pentesilea Las huestes amazónicas comanda De corvo escudo: el cíngulo rodea Aureo so el pecho descubierto; y anda Furiosa entre los gruesos escuadrones, Y hembra y todo, armas hace con varones.
XCVII.
Miéntras con viva admiracion encuentra Tales cuadros el héroe, y cada asunto Le detiene, y la vista reconcentra Luégo y la admiracion toda en un punto; Dido, la hermosa Dido al templo entra, La cual doquiera penetrando, junto Con damas de copiosa comitiva, La labor colosal risueña activa.
XCVIII.
Tal del Eurótas por la vega umbría Ó ya del Cinto por el halda amena, Gentil Dïana leves coros guia Y la aljaba pendiente al hombro suena. Ninfas en torno agrúpanse á porfía, Y á todas ella en majestad serena Se aventaja al andar: delicia vaga El seno de Latona oculta halaga.
XCIX.
Ya á las puertas la Reina se presenta De do la Diosa estableció morada, Y en el trono magnífico se asienta Que el ámbito promedia de la arcada: Rodéanla sus guardias: ella, atenta, En dar la ley y hacer la paz se agrada; Y ya á cada uno igual la carga mide, Ya, echando suertes, la labor divide.
C.
Mas entre inmensa multitud, que en esto Ansiosa al paso acude, al templo santo Ha columbrado Enéas que Sergesto Y Anteo viene, con el gran Cloanto, Y otros que oscuro el Ábrego interpuesto Lanzó á playas distintas. Con espanto Entremezclado de alborozo vivo, Ven los dos del embozo el fausto arribo.
CI.
Y aunque las manos estrechar anhelan, Mas lo raro del caso los detiene, Y en la cóncava nube se cautelan, Do á los que llegan atender conviene, Que dó surgieron digan, ó qué apelan, Pues embajada forman en que viene De cada nave un noble personaje, Y audiencia al paso claman y hospedaje.
CII.
Como entraron, y el real asentimiento Logrado hubieron de que alguno hable, «¡Salve, oh Reina!» empezó con grave acento Ilioneo, entre todos venerable: «Tú, á quien fundar concede ilustre asiento Jove, y justa regir gente intratable, Hijos de Troya ves, ya há largos años Agitados en piélagos extraños.
CIII.
»Hoy de incendio amenaza gente osada Nuestros bajeles: tu poder lo impida! De un pueblo religioso te apïada Que con su historia tu amistad convida! No á hacer riza venimos por la espada En comarca á tu imperio sometida, No á la costa á volver con rica presa; Ni es de vencidos tan soberbia empresa.
CIV.
»Hay de antiguo un país, con apellido De Hesperia por los Griegos señalado, Pueblo en trances de guerra asaz temido, Tierra asaz grata á la labor de arado: Fué primero de Enotrios poseido; Y hora Italia se nombra, por dictado De famoso caudillo procedente, Si ya constante tradicion no miente.
CV.
»Bogaban para allá nuestros navíos Cuando Orïon, que cóleras desata, Surge infausto del mar, y entre bajíos Con subitáneo golpe nos maltrata; Y servido á placar de austros impíos, Entre espuma y fragor nos arrebata Por todo el mar. Muy pocos, cuasi á nado Habemos á tus costas arribado.
CVI.
»Mas ¿qué raza cruel, señora, es ésta? ¿No rige ley que su barbarie elida? Que áun no bien nos divisa, á lid dispuesta, Conjúrase á estorbarnos la acogida Que á náufrago infeliz la arena presta. Oh! si á hombre no temeis que cuenta os pida, Que hay Dioses recordad que nunca mueren, Y premian la virtud y al crímen hieren!
CVII.
»Rey nuestro fué, de príncipes modelo, Enéas, que otro igual no vió la tierra, Quier en la paz por su piadoso celo, Quier por su brazo poderoso en guerra. Que si áun aura vital le otorga el Cielo, Si hado adusto en tinieblas no le encierra, Acabóse el temor, y á ti en agrado Vendrá, fio, el favor anticipado.
CVIII.
»Mas oye: en la poblada, en la guerrera Comarca siciliana poseemos De Acéstes el favor, que en ella impera. Y troyana es su sangre. Que arrimemos Nuestros restos, consiente, á la ribera, Y en tus bosques cortar tablaje y remos, Y á Italia iremos, nuestro Rey al frente, Si salva el hado vuelve nuestra gente.
CIX.
»Mas si ya feneció nuestra ventura; Si ya, ¡oh amado Rey de los Troyanos! Te dan líbicas olas sepultura, Ni á Ascanio logran nuestros votos vanos; Buscaremos siquier mansion segura Navegando á los términos sicanos, De do ya nuestra flota el vuelo alzara, Que allí Acéstes bondoso nos ampara.»
CX.
Dice, y todos barbotan de consuno Oscura frase que el asenso explica; Y con modestia y dignidad en uno La culta Reina al orador replica: «¡Troyanos! desterrad el que importuno Vago recelo el alma os mortifica: Mis fronteras guardar por fuerza debo; Dura es mi situacion, y el reino es nuevo.
CXI.
»Mas ¿quién no sabe á Troya y sus varones? No de tantas virtudes el tesoro, Los nombres de tan nobles campeones, Ni ya esa guerra gigantesca ignoro: No solemos los Penos corazones Tan incultos llevar; ni al carro de oro Sus caballos el Sol tan léjos ata De una ciudad que vuestra gloria acata.
CXII.
»Quier vuestro anhelo la region prefiera De Hesperia, y campos que Saturno escuda; Quier la de Érice os llame lisonjera, A do el favor de Acéstes os acuda; Doquiera ir presumais, ireis doquiera Seguros con mi amparo y con mi ayuda. ¿O hacer mansion conmigo os acomoda? Esta ciudad que fundo, es vuestra toda.
CXIII.
»Meted la flota: un mismo tratamiento Tendrá el Teucro en Cartago y el de Tiro. Y ¡oh si arribase con el propio viento El héroe que nombró vuestro suspiro! Pues yo daré á emisarios mandamiento Que exploren la comarca en largo giro, Por si, náufrago Enéas, mueve acaso, Ó en selva ó en poblado, incierto el paso.»
CXIV.
De la arenga tocados, rato habia Los de la nube ansiaban salir fuera; Y, á Enéas vuelto, Acátes le decia: «Falta el que hundirse viste en la onda fiera; Cúmplese en lo demas la profecía, Hijo de Vénus, que tu madre hiciera: ¿Qué aguardas?» Suelta en esto se evapora La opaca nube en la aura brilladora.
CXV.
Y el héroe apareció, de luz cercado, A un Dios en aire y en miembros semejante; Pues le habia su madre aderezado La copia de cabellos arrogante; Bañó sus ojos de inefable agrado, Y dió luz rósea al juvenil semblante, Bien cual bruñe el marfil, ó mármol pario Ó argento engasta en oro el lapidario.
CXVI.
«Ved salvo al que buscais; yo soy Enéas!» Dice; y á Dido se convierte luégo: «Tú, sensible mujer, dichosa seas, Sensible á nuestra historia, á nuestro ruego; Que reino y casa á náufragos franqueas, De la espada reliquias y del fuego, Juguetes de la mar, de la fortuna, Ya sin arrimo ni esperanza alguna!
CXVII.
»Señora, á tu largueza, á tu hidalguía Corresponder nosotros mal podremos, Ni cuantos restos de la patria mia Errantes van del orbe en los extremos. Mas si hay Dioses que ven con simpatía La virtud; si áun justicia conocemos; Si el tribunal de la conciencia es algo, El Cielo premiará tu porte hidalgo!
CXVIII.
»¡Oh feliz hora en que la luz primera Viste del cielo! ¡oh ilustres genitores! Miéntras amen del monte la ladera Las sombras; miéntras corran bramadores Los rios á la mar; miéntras la esfera Alimente sus trémulos fulgores, Durará tu alabanza y tu memoria: Doquier yo aliente, vivirá tu gloria.»
CXIX.
Dice; y adelantándose del puesto Las manos da regocijado: en tanto Que una ofrece á Ilioneo, otra á Seresto, Y al gran Gias de ahí, y al gran Cloanto, Y á todos á la vez. Dido de presto Enmudeció de admiracion y encanto: Al presentarse el héroe, con su brillo; Luégo, al abrir los labios, con oillo.
CXX.
Recobrada, expresó razones tales: «¡Oh! ¿qué impía mano perseguirte osa Al traves de contrarios temporales? ¿Quién, ilustre mortal, hijo de Diosa, Á estas playas te impele inhospitales? ¿No eres tú á quien de Anquíses Cipria hermosa, Del frigio Símois en el valle ameno, Concibió grata en su amoroso seno?
CXXI.
»Recuerdo á Teucro, que en Sidon venido, Trocaba con destierro el patrio clima, Ya de mi padre Belo protegido, Que imperaba triunfante en Chipre opima. Troya y Grecia de entónces en mi oido Sonaron con tu nombre. En alta estima El tenía á los tuyos, si contrario, Y áun de Troya alabóse originario.
CXXII.
»¡Mas venid luégo á mi real morada, Mancebos! Cual vosotros combatida De ruda suerte y vária, al fin cansada, Donde agora os la doy, logré acogida De mis propias desgracias enseñada Miro por los que sufren condolida.» Dice; y honrando á la Piedad divina, Con el héroe á palacio se encamina.
CXXIII.
Y próvido tendiendo el pensamiento Á los que quedan en la playa, envía Veinte toros allá, por bastimento, Cien gruesos cuerpos de cerdosa cria, Y cien ovejas y corderos ciento; Y el dón de alegre Dios, por granjería; En tanto que el palacio se adereza Con vario alarde de imperial riqueza.
CXXIV.
Ya en el seno interior del edificio Previénese el opíparo convite: Lucen vestes, do el clásico artificio Con la soberbia púrpura compite; Brilla de plata sólido servicio, Y copas de oro, do el buril repite Desde era inmemorial las patrias glorias, Y los Reyes en serie, y sus historias.
CXXV.
En este medio Enéas (no tolera Amor, pecho de padre sosegado) A Acátes manda que en veloz carrera Lleve á Ascanio el obsequio, y á su lado Venga Ascanio;—que Ascanio cobra entera La ternura del padre y su cuidado,— Y traiga cuanta rica prenda y joya A los escombros se arrancó de Troya.
CXXVI.
Acuérdale la veste de oro llena, Con sólidas figuras y labores, Y el rico velo de la argiva Elena Que de amarillo acanto esmaltan flores; El mesmo que ella, de rubor ajena, Volando en pos de ilícitos amores, Dón de Leda su madre peregrino, Trujo de Grecia cuando á Troya vino.
CXXVII.
Reliquias con que á par venir dispone El noble cetro que regir solia, Hija mayor de Príamo, Ilione, Y el collar de menuda pedrería, Y el diadema do el oro se compone Con finas perlas en igual porfía. Acátes, que cumplir el cargo anhela, Camino de las naves corre, vuela.
CXXVIII.
Nuevas trazas en tanto Citerea, Nueva industria medita: que Cupido Tome de Ascanio la figura, idea, Y que, atenta al obsequio, obsequie á Dido; Con que tocada de un incendio sea Que el corazon le invada inadvertido; Ca ese mixto hospedaje bajo un techo Teme, y dos amistades en un pecho.
CXXIX.
Y, á su idea presente sin desvío Juno cruel que la robara el sueño, «Tú á quien debo mi fuerza y señorío,» Dice, humilde apelando á Amor risueño: «Tú, el único que ves, dulce hijo mio, Libre y seguro de mi Padre el ceño Que de Titanes quebrantó el arrojo! Merced vengo á pedir, y á tí me acojo.
CXXX.
»Enéas sabes tú cuánto ha sufrido; Cuál Juno en oprimirle atroz persiste, De todo viento en todo mar barrido; Que áun de él conmigo hermano te doliste: Huésped agora la sidonia Dido Con regio halago liberal le asiste; Mas temo que á inclinarse en contra empiece Hospedaje que á Juno á par se ofrece.
CXXXI.
»Que no su odiosidad terná arrendada En tan ardua ocasion. Y así primero Poner de Dido al corazon celada Y de mi llama rodealle quiero; Porque otra inspiracion no la disuada, Y, con afecto al cabo verdadero Asida á Enéas, de mi lado quede: Oye cuál finjo que lograrse puede.
CXXXII.
«El infante real la voz de Enéas Va á seguir, y de Acátes las pisadas, A Cartago llevando las preseas De Troya, al fuego y á la mar ganadas. Porque él nada presuma, y de él no seas Turbado de la Reina en las moradas, A Citera ó á Idalia llevaréle, Do sacra oscuridad su sueño cele.
CXXXIII.
»Toma esta noche su figura, y lazo, Niño en disfraz de niño, á armar vé á Dido: Que ella habrá de acogerte en su regazo Gozosa entre los bríndis y el rüido; Y tú á vueltas podrás del blando abrazo, En la miel de sus ósculos, Cupido, Depositar la punta que á su seno Oculto del amor lleve el veneno.»
CXXXIV.
Manso á la tierna madre Amor da oidos, Y marcha, á Ascanio igual, depuesta el ala; Miéntras de Ascanio Vénus los sentidos Con plácido sopor vence y regala; Y abrigado en su seno, á los erguidos Idalios bosques llévale, do exhala Su aroma, y con sus sombras le guarece El blando almoraduj que allí florece.
CXXXV.
En tanto de Cartago en seguimiento, Obediente de Vénus al mandado, Cupido va con dones opulento, Con el favor de Acátes bien hallado. Cuando llegado hubieron, fué el momento En que en el centro de grandioso estrado Dido en cojines recamados de oro Se reclinaba con gentil decoro.
CXXXVI.
Enéas, que tras ella se avecina, Entra, y con él la juventud troyana, Que en órden se desparte, y se reclina En muelles lechos de soberbia grana. Agua da para manos cristalina La servidumbre, y de suave lana Toallas brinda, y de la rubia Dea El dón en canastillos acarrea.
CXXXVII.
Cincuenta esclavas dentro, los manjares, Puestas en fila, en sazonar se emplean, Y con incienso en propiciar los Lares; Copas ministran, viandas acarrean Otras cien, y en la edad cien mozos pares. Entran, llamados, Tirios que pasean Densos en los alegres corredores, Y los lechos ocupan de colores.
CXXXVIII.
Admiran de los dones la hermosura, Admiran al garzon, su faz que brilla, Y de su falsa labia la dulzura; Ven la áurea veste, el oro que amarilla La flor de acanto con primor figura: Mas Dido en especial se maravilla, Y de gozar no acaba;—ella, ¡ay! no sueña Que á un abismo, gozando, se despeña!
CXXXIX.
Y en el niño y los dones se recrea, Los mira, y cuanto mira, eso se inflama. ¿Qué hace el rapaz? Al cuello se rodea Del héroe, que en su error hijo le llama; Mas luégo que feliz le lisonjea, Déjale en paz, y con su activa llama Va á Dido, que en su error, niño inocente Jovial le invita con risueña frente.
CXL.
¡Ay! ya al seno le estrecha dulce y blanda, ¡Y es un gran Dios lo que en su seno anida! De la Reina en el seno, lo que manda La gran Diosa, su madre, Amor no olvida: De Siqueo la imágen veneranda Sin sentir borra, y sin sentir convida Con nuevo halago á nueva lid á un alma Que retirada há tiempo vive en calma.
CXLI.
Hubo el primer banquete terminado, Y la mesa se sirve de licores, Y festejan el vino regalado Los hondos vasos adornando en flores. Cien arañas del áureo artesonado Penden: crecen sonando los clamores; Y las hachas con luces triunfadoras Quitan el campo á las nocturnas horas.
CXLII.
En este instante la sidonia Dido La copa demandó que usar solia Belo, y que en órden desde allá traido Cada progenitor usado habia: Copa del oro sustentada, unido Con finas piedras en igual porfía; Y de vino la llena, y al momento Calla el concurso á su palabra atento:
CXLIII.
«¡Júpiter! si ya diste á los humanos De la hospitalidad el sacro fuero, Haz este dia á Tirios y á Troyanos Grato por siempre y de felice agüero! Lo aplaudan nuestros nietos más lejanos: Benigna Juno y Baco placentero Lo honren presentes; y en gozoso grito, Tirios, á saludarlo ahora os invito.»
CXLIV.
Dice; y sobre la mesa el néctar liba Que generoso desbordaba, y luégo La taza al labio toca fugitiva: La alarga á Bícias con señal de ruego; Toma, empínala él con ánsia viva, Y el espumoso vino agota ciego: Alzan todos los próceres sus copas, Y el canto empieza del crinado Yópas.
CXLV.
El cual describe con laud divino Lo que Atlas le enseñó por gran fortuna: Cómo el sol desfallece en su camino; Por qué altera su faz la móvil luna; Deónde la bestia de los campos vino; Cuál fué del hombre la primera cuna; Qué fuente al mundo suministra el agua; Dó está de los relámpagos la fragua.
CXLVI.
Canta eso mismo á Arturo, las dos Osas, Y las Híadas tristes; el arcano Que las noches alarga perezosas; Por qué los soles del invierno cano Con ruedas se despeñan presurosas A bañarse en el líquido Oceano. Cesa; y acogen su cantar sonoro Tirios y Teucros aplaudiendo en coro.
CXLVII.
Y vuela el tiempo en pláticas sabrosas, Y Dido, platicando, amor apura; Mil cosas sobre Príamo, y mil cosas A preguntar sobre Héctor se apresura: Ya qué huestes trujera pavorosas El hijo de la Aurora, oir procura; Ya la historia saber de los gentiles Potros de Reso, ó el poder de Aquíles.
CXLVIII.
«¡Que en fin,» exclama, «por ventura mia Desde el principio en relatar vinieses Los pasos de la griega alevosía, Huésped, y vuestras glorias y reveses! Tambien tus viajes entender querria, Ya que contemplas los estivos meses Tornar séptima vez desde que yerras Mares cruzando y extranjeras tierras.»