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Eneida; v.1 de 2

LIBRO CUARTO

Miguel Antonio Caro translation

I.

Herida en breve de dolencia aciaga, Pábulo da la Reina en cada hora Al placer mismo de enconar la llaga, Y de fuego secreto se devora: Del héroe, su valor, su alcurnia, halaga El pensamiento, y de su voz sonora El eco, y de su faz guarda el trasunto; Y tregua el vivo afan no sufre un punto.

II.

Húmida el alba sonrió, y el dia Con luz roja entre nieblas despuntaba, Cuando á su amante hermana el paso guia Dido, y con ella así coloquio traba: «¿Qué sueño tentador, querida mia, El sueño fué que de agitarme acaba? Mas este huésped que tenemos, díme, ¿Cuál corazon habrá que no le estime?

III.

»¿Qué brío á su alma y brazo no acompaña? ¡Cuál se pinta en su frente su destino! Yo, si mis ojos la ilusion no engaña, Que desciende de Dioses adivino; Pues torpe miedo que el semblante empaña, Siempre delata al corazon mezquino; Y él, tras tanto conflicto y prueba tanta, ¡Qué de combates concluidos canta!

IV.

»Eterno, irrevocable es mi desvío De un nuevo enlace al criminal deseo; Que mi esperanza en flor y el amor mio Yacen con las cenizas de Siqueo. Mas si á mis ojos sin fulgor sombrío Pudiese arder la antorcha de Himeneo, Sólo de este héroe la gentil presencia Capaz fuera á vencer mi resistencia.

V.

»Confesártelo quiero: desde el dia Que el doméstico altar fué enrojecido Por la venganza del hermano impía Con la inocente sangre del marido, Sólo aqueste extranjero á simpatía Ha logrado moverme, y su latido Volver al corazon, que ya se inflama; El calor siento de la extinta llama.

VI.

»Mas hiéndase y sepúlteme en su seno La tierra; el padre del Olimpo santo Me precipite al retumbar del trueno En la mansion de noche eterna y llanto, Si es ¡oh pudor! que mi deber no lleno, Si tu sagrado código quebranto. Pues de todo mi amor hice á él promesa, Amar debo su sombra, honrar su huesa!»

VII.

Dice; y baña en sus lágrimas, vencida, El seno amigo. Respondióle Ana: «Tú, á quien más amo que mi propia vida, Qué, ¿pasarás la juventud lozana Sin coger flores con que amor convida, Sin lograr frutos de que amor se ufana? ¿Piensas que de los vivos los cuidados Van el sueño á inquietar de los finados?

VIII.

»Fuese así, ¿qué les debes? No hubo amante, Ni hoy en esta nacion, ni ántes en Tiro, Que tu pecho ablandase de diamante: Á Yárbas desdeñaste, y el suspiro De tantos de que al África arrogante, Claros guerreros, alabarse miro. ¿Mas á tu amor y utilidad te opones? Oye á ese amor y mira á estas regiones.

IX.

»Las gétulas ciudades aguerridas De una parte amenazan al Estado; Ves allá los indómitos Numidas, La Sirte inhospital: por otro lado Los Barceos errantes y homicidas, El árido desierto y abrasado; ¿Y lo que ha de venir de Tiro sabes? ¿Qué, si el airado hermano apresta naves?

X.

»Fué de los Dioses voluntad, no dudo, Favor de Juno, que en tu bien se esmera, Que frigios buques tras embate rudo Saludasen al fin nuestra ribera. ¿Qué no promete tan dichoso nudo? Con la troyana juventud guerrera ¡Cuánto en gloria y poder la patria gana! ¡Qué gran nacion la que verás mañana!

XI.

»En tanto á la Deidad en los altares Inclina en tu favor con sacrificios, Miéntras al extranjero en tus hogares Obligas con benévolos oficios. Causas proponle de aguardar: los mares Agitados de vientos impropicios, La flota inhábil para alzar el vuelo, El pluvioso Orïon y ambiguo el cielo.»

XII.

Ana habló así; y el reprimido fuego Torna de Dido en llamas encendidas, Y en esperanzas del amor más ciego Las timideces de pudor nacidas. Juntas, altares visitando, el ruego Cantan de paz, y ovejas escogidas Ofrecen, segun rito, á Febo, á Céres Que leyes da, y al Dios de los placeres

XIII.

Más que á todos á Juno, la que enlaza Cuellos de amantes con feliz cadena, La Reina acude, y si ofrecerle traza Blanca novilla, que inmolar ordena, Entre uno y otro cuerno ella la taza De sagrado licor derrama llena; Y si, ornado el altar, favores pide, La sacra ceremonia ella preside.

XIV.

Torna á iniciar con cada nueva aurora Nueva fiesta. Con labios anhelantes Su destino en las víctimas explora Consultando las fibras palpitantes. La ciencia del augur ¡oh cuánto ignora! Ni ¿cuál rito sanó pechos amantes? Consume fuego halagador la vida, Fresca recata el corazon su herida.

XV.

Tal la Reina abrasada incierta gira: Así tambien en la selvosa Creta Algun vago pastor de léjos tira A cierva incauta rápida saeta; El, que clavó el arpon tal vez no mira; Ella en bosques y valles huye inquieta, Y en vano huyendo de librarse trata, Que va con ella el dardo que la mata.

XVI.

Y ya á Enéas á ver los muros guia Y primores le enseña por do viene; Empezados proyectos le confía, Va á hablar tal vez, y al pronto se detiene; O ya en festines, en cayendo el dia, Con preguntas, cual ántes, le entretiene; Que lances torne á referir le agrada, Y torna á oirle, de su voz colgada.

XVII.

Tambien á veces la infeliz, hallando El semblante del héroe en su semblante, Estrecha á Ascanio contra el seno blando, Por si engañado Amor duerme un instante. Y cuando todos se retiran, cuando Su móvil faz, á trechos radïante, Con velo funeral cubre la luna Y se hunden las estrellas una á una;

XVIII.

Cuando todo á los vivos aconseja Tomar descanso, en la desierta sala Pasea sus congojas, y honda queja, Consigo á solas, de su pecho exhala; Ó en el lecho tal vez caer se deja Que ocupó en el festin, y se regala Con el amado, que al amado ausente Presente le ve allí; le oye, le siente.

XIX.

Suspensa en tanto la comun tarea, Ni en ejercicios de armas se solaza La juventud, ni en concluir se emplea Nadie ya el puerto, ni en murar la plaza: No se alza más la torre gigantea; Inconcluso, rüinas amenaza Todo el muro, y la máquina que osa Hasta el cielo empinarse, asombra ociosa.

XX.

La hija de Saturno, la que al lado Reina de Jove, ha visto á la infelice; Ve que al amor inmola ya el cuidado De su fama, y á Vénus llega, y dice: «Rica presa hijo y madre habeis logrado Que una mujer la planta en red deslice Que dos Dioses le armaron de concierto, ¡Es gran conquista y memorable, cierto!

XXI.

»Mal pudiera ignorar que sospechosas Tú de Cartago las mansiones hallas; Yo sé que en tus recelos no reposas Cuando ves de Cartago las murallas. Mas ¿no habrá fin á tan acerbas cosas? ¿Siempre hemos de reñir duras batallas? Justo es ya que finquemos, si te place, Eterna paz en venturoso enlace.

XXII.

»Cuanto pudo halagar tu fantasía, Todo lo tienes á sabor cumplido: Dido muere de amor: la llama impía Cala y consume el corazon de Dido. Que esta nacion rijamos tuya y mia Con igual potestad, es lo que pido: Dido al Troyano obedecer se vea; Dote fiada á ti Cartago sea.»

XXIII.

Vénus, cual si no hubiese en sus razones La mira penetrado traicionera De llevar á las líbicas regiones El reinado feliz que á Italia espera, «Acojo,» respondió «lo que propones; Que en vez de ello altercar, demencia fuera: Falta sólo que el vínculo que dices Efectos logre, cual prevés, felices.

XXIV.

»Yo, yo temo del Hado los arcanos; Ni decir sé si Júpiter se paga De que, uniéndose Tirios y Troyanos, Solo un pueblo la union de entrambos haga. Mas tú los pensamientos soberanos Del mismo Jove suplicante indaga; Que es derecho de esposa; y de consuno Obraremos despues.» Respondió Juno:

XXV.

«Fíalo á mi prudencia, que lo aplaza Para su tiempo. A lo que está primero Por el pronto atendamos: con qué traza Lograremos el fin, decirte quiero. Salir han concertado al monte á caza Dido y Enéas: que saldrán espero Cuando el sol tienda desde la alta cumbre Los primeros destellos de su lumbre.

XXVI.

»Yo, en viendo las garzotas de colores Agitarse, y que empiezan la espesura Con cuerdas á ceñir los cazadores, Recia borrasca moveré en la altura, El cielo en torno asordaré á rumores, Granizo lanzaré de nube oscura; Dispersos correrán, y á todos lados Con ciega sombra toparán cerrados.

XXVII.

»Dido y el Rey de la troyana gente En una gruta entónces á deseo Reparo buscarán: seré presente, Y haré, si tu favor cordial poseo, Que á consorcio se obliguen permanente, Y el juramento sellará Himeneo.» Tal su ardid Juno expone á Vénus; y ésta Sonrisa de adhesion dió por respuesta.

XXVIII.

Aurora en tanto de la mar salia Hermosa: y redes ya de claros hilos La alegre multitud trae á porfía, Y lonas, y venablos de anchos filos: A la vez llegan con sagaz jauría A caballo los ágiles Masilos; Y á Dido, que en la régia alcoba áun tarda, Region florida en el umbral aguarda.

XXIX.

Soberbio de oro y grana, el campo huella, Y espumoso un bridon tasca el bocado: Ya ella sale á montarle, y va con ella El juvenil cortejo alborozado. Su clámide purpúrea franja bella Pinta; es áureo el carcaj que lleva al lado; La veste ciñe en áureo broche; en oro Coge de sus cabellos el tesoro.

XXX.

Asoma ya la juventud troyana; Gozoso llega Ascanio, Enéas llega Radiante de hermosura soberana, Y las bandas, cual príncipe, congrega. No en gentileza ó majestad le gana Apolo, cuando hurtándose á la vega Del Janto, ó á la Licia envuelta en hielos, Fiestas instaura en la materna Délos:

XXXI.

Honran al Dios, su altar ciñendo santo, Y Cretenses y Dríopes en coro, Y abigarrados Agatirsos, canto Mezclando y danzas en tropel sonoro; El de Cinto en las cumbres vaga en tanto; Orna el suelto cabello, á par del oro, Con tiernas hojas de gentil guirnalda, Y los dardos retiemblan á la espalda.

XXXII.

Cuando al monte llegaron y al sagrado De hojosos laberintos, á deshora Del risco descolgándose empinado Ven la silvestre cabra trepadora. Mueve á los ciervos súbito cuidado, Y la manada al campo voladora Cruza; nube de polvo en torno crece, Y los montes dejando, desparece.

XXXIII.

Ascanio revolviendo va á doquiera Su brioso caballo por el llano, Y ya á los unos en veloz carrera, Ora á los otros se adelanta ufano. Entre inermes rebaños, aplaudiera Un jabalí espumoso haber á mano, Y ruega que del áspero boscaje Algun rojo leon al campo baje.

XXXIV.

Hé aquí el cielo amenaza, óyense truenos, Sigue granizo y tempestad oscura; Y, Tirios y Troyanos de afan llenos, Cada cual por su lado huir procura: Ni de Vénus al nieto acosa ménos El cielo: albergues van por la llanura Buscando: de las sierras eminentes Se despeñan las aguas á torrentes.

XXXV.

Iba el troyano capitan con Dido, Y á una gruta se acogen á deseo: Presagia la alma Tierra con rüido, Y Juno, al rito atenta, el himeneo: El cielo en los misterios instruido, Alumbró con siniestro centelleo; Las Ninfas á que el monte da moradas, Gimieron en las cumbres elevadas.

XXXVI.

¡Oh raíz de infortunio, hora funesta! No alimenta en su amor furtiva llama La Reina ya, ni miramiento presta A lo que honor ó la opinion reclama: Por velo da á su culpa manifiesta Nombre de matrimonio. Y ya la Fama Por cuantas villas Africa numera Canta con voz los hechos pregonera.

XXXVII.

Fama aquella malvada se apellida Que es veloz como igual no ha visto el cielo, En su movilidad está su vida, Y le crecen las fuerzas con el vuelo: En los primeros pasos va encogida; Luégo se alza ambiciosa: por el suelo Humildemente rateando empieza; Luégo esconde en las nubes la cabeza.

XXXVIII.

Llena de ardor contra los Dioses, creo, La Tierra hubo á la Fama hija postrera, Póstuma hermana á Encélado y á Ceo, Agil de miembros y de piés ligera. Cuantas plumas, enorme monstruo y feo, Ciñendo al cuerpo va, ¿quién tal creyera? Tantos debajo oculta ojos despiertos, Tantas bocas y oidos siempre abiertos.

XXXIX.

Estridente en la sombra mueve el ala De noche, y entre tierra y cielo vuela; Nunca el sueño sus párpados regala! De dia, misterioso centinela, En techo ó torre altísima se instala, Y asombro dando á las ciudades, vela, Y con ardor igual, doquier que gira, Divulga la verdad y la mentira.

XL.

Lo mismo ahora, ufana, diligente. Mezcla verdades y ficciones vanas, Y esparciéndolas vuela entre la gente Corriendo las provincias comarcanas: Que ha arribado, de Troya procedente, Enéas á las playas africanas; Que le acoge, y consiente en ser su esposa, La soberana de Cartago hermosa;

XLI.

Más: que olvidando públicos cuidados. En la red del placer entretenidos, Gozan los dias del invierno helados, Por amor, lo que duren, encendidos: La ímpia Diosa por campos y poblados Va esto poniendo en bocas y en oidos, Y al rey Yárbas torciendo, llega en breve, Le inflama el alma, y á furor le mueve.

XLII.

Robó á la ninfa Garamanta un dia Jove Amon; de éstos hijo Yárbas era; El cual cien templos dedicado habia, En los vastos dominios en que impera, A su padre, y cien aras, donde ardia Velador fuego que morir no espera: El suelo en sangre víctimas coloran; Tiernas guirnaldas el dintel decoran.

XLIII.

El rumor revolviendo que le aqueja Yárbas allí, entre estatuas tutelares, Gime alzando las palmas; ni se aleja Sin fatigar con ruegos los altares: «¡Oh Jove omnipotente, á quien festeja Con obsequios del Dios de los lagares La gente maura en recamados lechos! ¿Ves, dí, la iniquidad de humanos pechos?

XLIV.

»¿Ves? ¿Ó cuando á las nubes rompe el seno El fuego, y tiembla el hombre, asombro es vano? ¿No es voz de tu furor el ronco trueno? ¿Ciegos salen los rayos de tu mano? Vino aquí errante una mujer: terreno Compró para ciudad pequeña: un llano La dí que cultivado la abastase; A su dominacion yo eché la base.

XLV.

»Y ella ayer desechóme por marido; ¡Ah! ¡y ella un huésped hoy sienta á su lado! Y éste que unge el cabello y va servido De eunucos, nuevo Páris, y el tocado Meonio ciñe, en vergonzoso olvido, Gozando libre está de un bien robado; ¡Y yo, que en darte culto no reposo, Llevo infeliz renombre de dichoso!»

XLVI.

Tal, asido al altar, Yárbas gemia; Y oyendo el Padre su clamor prolijo Vió la copia de amantes que yacia En torpes lazos, y á Mercurio dijo: «Óyeme, y cruza la region vacía; Los céfiros te ayuden, vuela, hijo; Vé al Rey troyano que en Cartago olvida Mansiones do Fortuna le convida.

XLVII.

»¡Que no así, le dirás, su madre hermosa Me le ofreció; ni para fin tan triste, Cuando la muerte entre la lid le acosa, Una vez y otra á remediarle asiste; Mas para que su raza glorïosa Restaure, y éntre á Italia, y la conquiste Henchida de poder, hirviente en guerra, Y leyes dicte al orbe de la tierra!

XLVIII.

»Que si no le da impulsos la memoria De sus altos destinos, ni se afana Por ceñirse el laurel de la victoria, Débele á Ascanio la ciudad romana. ¿Y querrá á un hijo defraudar su gloria? ¿Ó qué entre gente á su mision profana Proyecta? ¿Por lo suyo no suspira? ¿Ni allá los campos de Lavinio mira?

XLIX.

»¡Tú vé; intímale, pues, mi mandamiento: Yo mando, en conclusion, se haga á la vela!» Dijo; á su voz el mensajero atento, Cumplir el cargo presuroso anhela; Y la sandalia calza en el momento, La áurea sandalia con que alado vuela Cual soplo de los céfiros, lo mismo Sobre la tierra y sobre undoso abismo.

L.

Cobra en seguida el Dios su caduceo: Con él las sombras pálidas evoca Que yacen en el Orco, y al Leteo Lleva tambien las ánimas: provoca Y disipa los sueños á deseo; Los mustios ojos abre si los toca: Con él nublados trata, auras domina; Y ya volando á Atlante se avecina.

LI.

El cual con pinos hórrida levanta, Y de hoscas nubes guarnecida ostenta Su anciana frente, estriba en firme planta, Y el alto cielo sobre sí sustenta: Nieve arropa sus hombros; se quebranta En sus flancos rugiendo la tormenta, Y á trechos en arroyos se desliza El bronco hielo que su barba eriza.

LII.

Allí el cilenio Dios descanso toma; Paz da á las alas que al igual batia, Y luego al mar con fuerza se desploma; Y cual ave que al pez la gruta espía Y en las playas, rasando el alga, asoma, Tal á las costas líbicas venía, Distante en breve del materno abuelo, Entre agua y tierra el Dios á salto y vuelo.

LIII.

No bien chozas tocó su planta alada Muros trazando y casas al caudillo Troyano ve, cuya ceñida espada Puntas de jaspe esmaltan de amarillo, Y á quien clámide en púrpura bañada Los hombros cubre con ardiente brillo: Obsequios de la rica soberana Que con oro sutil bordó la grana.

LIV.

Fué uno verle y ponérsele delante: «¿Tú á echar las bases de Cartago atento? ¿Tú ornando esta ciudad, postrado amante? ¿Tú de tus hados sordo al llamamiento: Pues díme—que de Olimpo radiante Me envía á ti por sobre el raudo viento El que el mundo gobierna y las esferas— ¿Qué es lo que en Libia descuidado esperas?

LV.

»Que si no te da impulsos la memoria De tus altos destinos, ni te afanas Por ceñirte el laurel de la victoria, Mira á Ascanio crecer: las italianas Comarcas son su herencia; allí su gloria ¿De un hijo harás las esperanzas vanas?... Calló, y la vista deslumbrada deja, Y cual sombra en el aire huye y se aleja.

LVI.

Quedó Enéas absorto, híspido el pelo, Hecha un nudo la voz en la garganta. Ya en dejar piensa aquel amado suelo, Que la divina inspiracion le espanta. Mas ¡duro trance! ¡amargo desconsuelo! ¡Ir á anunciar que el áncora levanta A aquella que por él de amor fallece!... Cómo, no sabe, ni por dónde empiece.

LVII.

Propónese mil cosas, y cuan presto Se fija en una, á esotra vuelve en tanto; Vacila: al fin resuelve, y á Sergesto Y á Mnesteo convoca, y á Cloanto: Que hagan, les manda, sin rumor apresto De embarcaciones; que su gente á canto Reunan de zarpar; armas prevengan, Y sus intentos bajo sello tengan.

LVIII.

Que él entre tanto con mesura y tiento— Pues la espléndida Dido nada sabe, Ni espera que en eterno alejamiento Aquel tan grande amor tan presto acabe— Para hablarle, buscando irá momento El más propicio, y modo el más süave: Esta es su voluntad. Todos aprueban, Y alegres el mandato á cabo llevan.

LIX.

¿Cómo engañar á un corazon que ama? Ella todo lo sabe, lo adivina; Fué quien primero descubrió la trama, Y, áun en horas serenas, de rüina Amagos presintió. ¿Qué más? La Fama Sus ocultos recelos amotina, Maligna susurrando que aparejan Naves los Teucros; que á Cartago dejan.

LX.

Fuera de tino la soberbia amante Corre por la ciudad, como se agita En las órgias solemnes la bacante Cuando oye en torno la vinosa grita. Y los tirsos descubre, y resonante A sus misterios Citeron la invita: Tal va la Reina, y tal sin más recato Vuela á afrentar al amador ingrato.

LXI.

«¿Disimular ¡oh pérfido! esperaste Tu malvada intencion, tu felonía? ¿Y tu nave en mi puerto imaginaste Que en silencio las velas soltaria? ¿Cosa no habrá que á disuadirte baste? ¿Ni mi amor, ni la fe jurada un dia? ¿Ni reparar en Dido sin ventura, Que por ti morirá de muerte dura?

LXII.

»¡Y que en lo crudo de hibernales meses Quieras de presto aderezar tu flota! ¡Que tanto en levar ferro te intereses Cuando más Aquilon la espuma azota! Díme, cruel, si en lejanía vieses No extraños campos, no ciudad ignota, Mas renaciente á Troya, ¿á tus hogares Cruzando irias procelosos mares?

LXIII.

»¡Huyes de mí! Mas nuestra union te pido Que recuerdes; y este único tesoro Que reservé, mi corazon herido, Mírale aquí, y las lágrimas que lloro! Si algo te merecí, si hallaste en Dido Algo de amable, tu clemencia imploro! ¿Mi trono hundirse ves sin sentimiento? ¡Ah! ¡si áun vale rogar, muda de intento!

LXIV.

»Nómades reyes, gentes confinantes Me odian por ti; mi pueblo me desama; Por ti inmolé el pudor, y la que ántes Me alzaba á las estrellas, limpia fama. ¡Oh huésped! en mis últimos instantes Me abandonas; y ¿á quién? Mi voz te llama Huésped; fuiste mi esposo. Mas ¿qué tardo? ¿Al extranjero ó al hermano aguardo?

LXV.

»¿Yárbas feroz, que mi persona aprese? ¿Pigmalïon, que mi nacion arrase? ¡Oh! ¡si ántes de esa fuga al ménos de ese Amor alguna prenda me quedase: Un tierno Enéas que en mi hogar corriese Que en su rostro infantil tu faz copiase! No tan desamparada me veria; No fuera tan cruel tu accion impía!»

LXVI.

Él, que de Jove, miéntras ella hablaba, Guarda en su mente el mandamiento impreso, Fijos los ojos en el suelo clava, Mudo resiste del dolor al peso. «Mi gratitud tu esplendidez alaba,» Esto al fin dijo apénas; «y confieso Que si arguyes ¡oh Reina! con mercedes, Muchas y grandes recordarme puedes.

LXVII.

»Yo llevaré al recuerdo de esos dones La imágen tuya dulcemente unida, Miéntras guarde mis propias tradiciones, Miéntras mi pecho aliente aura de vida. Mas oye, en la cuestion, breves razones: No pensaba ocultarte mi partida, Ni de union conyugal te hice promesa; No así te engañes: mi mision no es ésa.

LXVIII.

»¿No ves que si el destino me otorgara Guiar las cosas, reparando males, Ya hubiera visto por mi patria cara? ¡Podria de sus héroes los mortales Restos honrar; al golpe de mi vara Se alzaran sus alcázares reales, Y poderosa, como en ántes era, Troya de sus cenizas renaciera!

LXIX.

»Mas ¡ay! la voz de oráculo divino Fuerza mi voluntad, Febo me guia; Navegar para Italia es mi destino, Ya éste es mi amor, y esta es la patria mia! Cual hoy Troyano á Ausonia me encamino, Tiria á Cartago tú viniste un dia; Ya en paz la riges: en igual manera Buscarlos, do reinar, zona extranjera.

LXX.

»Mi padre Anquíses, cuando en alto vuelo La noche entolda el orbe de la tierra Y brillan las estrellas por el cielo, En sueños me habla, y su actitud me aterra: Mi hijo Ascanio me es causa de desvelo, Y en él mirando, el corazon se cierra; Que aquí, distante del confin hesperio, Yo le defraudo el prometido imperio.

LXXI.

»No há mucho el nuncio de los Dioses vino; Por vida de ambos que le vi te juro, Enviado por Júpiter, camino Por los aires abrir, y entrar el muro: Estoy mirando su esplendor divino; Oyendo estoy su mandamiento duro! No me des más, no más te des tormento; Llévanme á Italia, y con dolor me ausento!»

LXXII.

Miéntras hablaba, fiera y desdeñosa Con ardiente inquietud ella le mira; Mirándole en silencio, ira rebosa, Y luégo á voces se desata en ira: «No fué tu madre, ¡pérfido! una Diosa, Que desciendes de Dárdano es mentira; Cáucaso te engendró entre hórridos lechos, Hircana tigre te crió á sus pechos!

LXXIII.

»Ya ¿qué hay que disfrazar? ¿qué más espero? Ve llorando á su amante, ¿y se contrista? ¿Le merecí una lágrima, un ligero Signo de compasión? ¿volvió la vista? ¡Cielos! ¿Qué agravio acusaré primero? ¿Cuál Dios habrá que á vindicarme asista? Ni Juno ya, ni Jove, ¡oh desengaño! Con justa indignación miran mi daño.

LXXIV.

»¡Oh justicia! ¡oh lealtad! ¡nombres vacíos! ¡Yo náufrago, desnudo, falleciente Le recogí, le abrí los reinos mios, El imperio con él partí demente! Yo los restos salvé de sus navíos, Yo libré de morir su triste gente!... ¿A dónde me despeña el pensamiento? ¡Llevada de furor, arder me siento!

LXXV.

»¡Y ahora la voz de oráculo divino Fuerza su voluntad! ¡Febo le guia! Ni há mucho el nuncio de los Dioses vino, ¡Y es heraldo que Júpiter le envía! ¡Y en los aires abriéndose camino Le trae la órden fatal! ¡Quién pensaria Que hubiesen de alterar cuidados tales La alta paz de los Dioses inmortales!

LXXVI.

»Nada te objeto, ni partir te impido: Vé, y por medio del mar, en seguimiento Camina de ese imperio prometido; ¡Busca esa Italia con favor del viento! Mas si justas deidades, fementido, Algo pueden, te juro que el tormento Hallarás, entre escollos, que mereces, Y á Dido por su nombre allí mil veces

LXXVII.

»Invocarás; y Dido abandonada, Con tea humosa aterrará tu mente; Y cuando á manos de la muerte helada Salga del cuerpo esta ánima doliente, Yo, vengadora sombra, á tu mirada En todas partes estaré presente! Tu crímen pagarás; sabráse, oirélo: ¡Eso en el Orco irá á acallar mi duelo!»

LXXVIII.

Ella súbito aquí la voz detiene, Y huye la luz odiosa con gemido; El, que á oponer razones se previene, Queda atónito, absorto, atontecido. Y hé aquí un grupo de esclavas la sostiene En brazos; y la llevan sin sentido Al tálamo, de mármoles labrado, Y la reclinan sobre el regio estrado.

LXXIX.

Cierto que con palabras de dulzura El religioso príncipe quisiera Mitigar de la triste la amargura Y el dolor suavizar que la exaspera. Gime él de corazon su desventura, Que amor le oprime con angustia fiera; Todo, empero, lo vence, y determina Recto cumplir la voluntad divina.

LXXX.

Ya á revistar su armada acude al puerto, Y ya las altas popas de la orilla Los Troyanos alanzan de concierto; Flota liviana la embreada quilla. Remos y tablas da, de hoja cubierto, Tronco informe, áun no bien la hacha le humilla; Y en este afan por coronar la empresa, Salen de la ciudad todos de priesa.

LXXXI.

Tal las hormigas próvidas saquean Riquezas que en sus antros acumulan; Y, en la hierba cruzándose, negrean, Y en senda angosta, por do van, pululan: Unas á empuje granos acarrean, Otras, á la que tarda ora estimulan, Corrigen ora á la que pierde el tino; Con tanta agitacion hierve el camino.

LXXXII.

¡Tu pobre corazon qué sentiria! ¡Cuán grande hubo de ser, Dido, tu pena, Cuando hirviente la playa en lejanía Atalayabas desde la alta almena! ¡Qué, al sentir la confusa vocería Con que al mar asordaba la faena!... Tú ¿á qué un alma no obligas, amor ciego? Por ti ella al lloro vuelve, y vuelve al ruego.

LXXXIII.

Con interpuestas súplicas ensaya Ir á amansar rebeldes sentimientos; Que morir no es prudente sin que haya Esforzado los últimos intentos: «¡Ay, Ana! ¿ves bullir toda la playa? Míralos: corren, vuelan; ya contentos Las popas adornaron de coronas; Ya convidan al céfiro sus lonas.

LXXXIV.

»Yo que pude esperar dolor tan fiero Lo sabré soportar, hermana mia. Este único favor te pido, empero: Pues te preciaba en tanto, y ser solia El pérfido contigo verdadero, Y tú hallabas sazon de entrarle y via, Anda, y doblar con súplicas procura Esa cerviz cual de enemigo dura.

LXXXV.

»Que no con Griegos, le dirás, la guerra Juré en Áulide, naves á hacer riza No envié á Troya, no moví la tierra Que cubre de su padre la ceniza. ¿Pues por qué oidos á mi llanto cierra? ¿Qué huye azorado así? ¿Quién le hostiliza? Buen viento espere y que la mar se ablande: Es gracia, y la postrera que demande.

LXXXVI.

»No ya que vuelva por la fe de esposo Ni á ese Lacio renuncie tan querido, Que le costara asaz, pedirle oso, Tiempo (nada le cuesta) es cuanto pido! ¡Tregua al dolor, momentos de reposo Dé, en que el pecho á sufrir se avece herido! Esto ruego; sé, hermana, compasiva; Haz esto, y soy tu esclava miéntras viva.»

LXXXVII.

Tal la triste con lágrimas decia; Tal á Enéas con lágrimas la hermana Habla, y vuelve, y retorna, y su porfía (No hay con él argüir) fatiga es vana; Que ni por llantos su intencion varía, Ni á ruegos ya su voluntad se allana; Rigor del hado: al penetrar su oido Embota un Dios la fuerza del gemido.

LXXXVIII.

Cual recio, antiguo roble á quien trabada Legion de vientos en el Alpe embiste; Braman; cruje la rama atormentada Y de hoja el suelo en derredor se viste; Mas él, asido de peñascos, nada Teme, y á opuestos ímpetus resiste, Y el cielo con su copa hiriendo altiva, Con raíz honda en el Averno estriba;

LXXXIX.

Él así de querellas golpeado, Cuando su angustia divertir no pueda Tenaz resiste de constancia armado; Inútil llanto de los ojos rueda. Mas Dido, á quien temblar hace su hado, Morir quiere que el cielo la conceda; Ni la bóveda espléndida celeste Torna á mirar sin que pesar le cueste.

XC.

Fortuna, que en su daño se encruelece, Porque su infausto fin seguro sea Hace que á tiempo que devota ofrece Dones en la ara do el incienso humea, Note el agua lustral que se ennegrece Y en sangre el vino corromperse vea. ¡Oh vista horrible! Atónita, confusa, Áun á su hermana declararlo excusa.

XCI.

Dedicado á Siqueo un templo habia, Todo de mármol, al palacio adjunto: Ella le ama, ella le honra, y le atavía Con velos blancos como nieve, junto Con tiernas ramas. En la noche umbría Parecióle que el cónyuge difunto La llama, del oscuro monumento Con misteriosa voz, con hondo acento.

XCII.

Oyó á un buho tambien que se lamenta Solitario en los altos torreones Con lloroso clamor; su duelo aumenta El recuerdo de aciagas predicciones. Enéas mismo en sueños la atormenta; Y por largo camino, por regiones Aridas, siempre sola, peregrina, Ir buscando á los suyos se imagina.

XCIII.

Tal las huestes de Euménides Penteo Y dos soles, dos Tébas mira insano; Tal Oréstes con ciego devaneo Comparece en la escena huyendo en vano: Con fuego y sierpes tras el hijo reo Arma una sombra la terrible mano, Y vengadoras Furias las entradas Sitian del templo, en el umbral sentadas.

XCIV.

El dolor la ha vencido; la despeña El furor: el partido extremo abraza; Y en su mente los trámites diseña, Acuerda el modo, y el momento aplaza. Su intento oculta, y con la faz risueña Dice á la triste hermana: «Hallé la traza Como al ingrato á reducir acierte, Ó de él mi atado corazon liberte.

XCV.

»Me des la enhorabuena, hermana, espero; Mas oye el caso. En el país lejano Que ve del sol el resplandor postrero Y el límite final del Oceano, Allí demora el último lindero Que posee atezado el Africano; Allí el cielo con fuego rutilante Rueda en los hombros del eterno Atlante.

XCVI.

»Hija de esos incógnitos confines, Con fuerte encanto vindicarme fia Negra maga que el templo y los jardines Guardó de las Hespérides un dia: Ella daba sustento á los mastines, Y el árbol milagroso defendia, Y de amapola soporosa, y blanda Miel, esparcia la eficaz vïanda.

XCVII.

»Que ardores hiela con sus cantos jura, Y da al helado fuego en que se queme; Ataja los torrentes, y en la altura Suspenso el astro sus hechizos teme; Sombras evoca entre la noche oscura, Y oirás bajo sus piés cuál muje y treme La tierra; y cuál, verás, los fresnos bajan, Que al conjuro, del monte se descuajan.

XCVIII.

»Tú, en lo interior, si mi salud deseas, Alza al raso una hoguera sin testigo (Séalo el Cielo, y tú, mi bien, lo seas, Que á usar de esta arte á mi pesar me obligo). La espada que dejó pendiente Enéas, El lecho que en mi mal nos fuera amigo, Ponlo allá todo; la adivina aguarda Que no quede reliquia sin que arda.»

XCIX.

En sus labios aquí se heló la risa, Y ocupa el rostro palidez funesta; Mas ¡ay! en balde en su silencio avisa Que un nuevo estilo funerario apresta; Ana ciega áun no en Dido aquel divisa Mental furor; ni la imagina expuesta Á golpe más cruel, dolor más crudo Que en muerte del marido estarlo pudo.

C.

Y así ignorante la infeliz jornada Va á preparar. La Reina, en cuanto mira Al cielo descubierto levantada En el patio interior la triste pira, Con leños resinosos solidada Y con rajas de roble, en torno gira Tendiendo hojosa amenidad, y al muro Guirnaldas cuelga de verdor oscuro.

CI.

Y sobre el lecho, con fingido intento La efigie y armas del traidor coloca: En torno hay aras: con horrible acento La hechicera, en cabello, al Cielo toca; Y deidades allí tres veces ciento, Y al negro Caos y al Erebo invoca, Y, vírgen en tres fases conocida, En tres formas á Hécate apellida.

CII.

Con aguas ya que del Averno el cieno Mustias figuran, libacion se hizo; Y alléganse, cargados de veneno, La hierba pubescente, el tallo rizo Que de la luna al esplendor sereno Cortó segur de cobre; y el hechizo Que, hurtado á la cerviz de potro tierno, Falto dejóle del amor materno.

CIII.

Dido misma la sal ofrenda y trigo, Un pié descalzo, desceñido el manto, É invoca á las estrellas, por testigo Tomando de su fin al Cielo santo: Ellas su historia saben, y si amigo Hubo algun Dios á quien moviese el llanto De amantes mal pagados, ése pide Vea en su causa y de vengarla cuide.

CIV.

Era la noche: al medio del camino Iban los astros por el alto Cielo; Calla el bosque y el piélago marino; Yacen los brutos que sustenta el suelo: Ni en breñas ni por lago cristalino Se ve de ave esmaltada salto ó vuelo: Todo está en calma, y todo mal se olvida; Naturaleza yace adormecida.

CV.

Sólo Dido sus penas no adormece; No se hizo el sueño para angustia tanta Ni sus ojos ni su alma favorece Muda la noche con su sombra santa: Amor entre su pecho se embravece Y nuevas olas sin cesar levanta; Y de ellas combatida, de esta suerte Torna consigo á disputar su muerte:

CVI.

«¿Qué he de hacer? ¡Oh tormentos inhumanos! ¿Buscaré mis antiguos amadores? ¿Iré humilde á los reyes comarcanos? ¡Yo pisé su esperanza y sus amores! ¿Seguiré, triste sierva, á los Troyanos? ¡Harto gratos han sido á mis favores! ¿Ni á bordo su altivez me sufriria? Qué, ¿áun no he probado bien la alevosía

CVII.

»De esa de Laomedonte infame raza? ¿Sola iré tras su pompa? ¿Ó con los mios Volaré armada en pos á darles caza? Mas si á éstos de sus términos natío. Arranqué á viva fuerza, ¿con qué traza Los moveré á tornar á los navíos? No, no; mi salvacion la muerte sea; ¡Calle á hierro el dolor de una alma rea!

CVIII.

»¡Tú, hermana, tú á mis llantos indulgente, Márgen diste á tan grande pesadumbre, Tú doblaste al amor mi dócil frente!... ¡Yo que pude, ejerciendo la costumbre De la bestia del campo independiente, Libre vagar de acerba servidumbre!... Muere, infiel de tu esposo á la ceniza!...» Querellándose así, Dido agoniza.

CIX.

En tanto Enéas, todo ya dispuesto, Ajeno él mismo de temor, dormido Quedóse en la alta popa: al Dios en esto Torna á mirar, que en las murallas vido: Con la propia actitud, la voz, el gesto Viene, en todo á Mercurio parecido; Aureo cabello y juvenil belleza Ornan sus blandas formas, y así empieza:

CX.

«En mal punto en sus brazos te entretiene El sueño, hijo de Vénus! ¡Alza y mira, Torna el daño á mirar que sobreviene, Y oye á Favonio que oportuno espira! ¿Los lazos sabes tú que ella previene? Fragua es su pecho de furente ira; Y ya, de perecer determinada, Nada respeta, ni le espanta nada.

CXI.

»¿Y no será que por el ponto vueles Ganando estos momentos? ¡Guay si esperas Á la luz de la aurora! ¡Hachas crueles Arder verás, y levantarse hogueras, Y en la mar encontrarse los bajeles, Y ocupar el incendio las riberas! ¡Acude, iza la vela, corta el cable! Sér vario es la mujer siempre y mudable.»

CXII.

Dijo; y si ántes radioso, se incorpora En las lóbregas sombras. El durmiente Con la total oscuridad se azora, Abre los ojos y álzase impaciente. «¡Sús,» clama, «compañeros! ¡Á la hora Acorred á los bancos! ¡No consiente Tardanzas la ocasion: las velas pronto Dad á los vientos, y la flota al ponto!

CXIII.

»¡Otra vez de los reinos celestiales Esto nos manda santo mensajero: Quienquier seas ¡oh Númen! con triunfales Aplausos otra vez el fausto agüero Seguimos de tu voz. ¡Así señales El deseado rumbo al marinero! ¡Así hagas por el Cielo que nos rian Las lumbres bellas que al errante guian!»

CXIV.

Dice; y vuela, y la amarra del navío Corta de un tajo de fulmínea espada; A su ejemplo, á su impulso, el mismo brío A los pechos de todos se traslada. Ya arrancan, ya se llevan; ya vacío Quedó el playon: debajo de la armada La mar se oculta, y al batir contino Cubren de espuma el líquido camino.

CXV.

El áureo lecho de Titon la aurora Tímida deja, entre celajes raya, Y ya su lumbre, que horizontes dora, Ve la Reina infeliz de la atalaya; Ve la armada alejarse voladora Con las velas parejas; ve la playa Desamparada, y el desnudo puerto, Y todo siente estar mudo y desierto.

CXVI.

Y el tierno pecho ofende y los cabellos: «¿Y esos advenedizos mi esperanza Burlarán,» dice, «con erguidos cuellos? ¿Impune al ponto el pérfido se lanza? ¿No corre en armas mi ciudad á ellos? ¿Naves no parten á tomar venganza? ¡Id, hachas menead, asid los remos! ¡Soltad las velas! ¡por el mar volemos!

CXVII.

»¿Qué digo? ¿Dónde estoy? ¿Qué desvarío Trastorna mi razon? ¡Dido infelice! Ya el peso sientes de tu sino impío! Cuando partija de mi cetro hice, Convino este furor; ya, ya es tardío! ¡Traidor! ¡Y luégo de él que va se dice Con los patrios Penates; que de escombros Salvo al anciano padre sacó en hombros!

CXVIII.

»¡Ah! ¡sus cuerpos hacer trozos sin cuento Pude, y de ellos sembrar la onda bravía! Matar al hijo, y el manjar sangriento Pude al padre servir; ¿quién lo impedia? Peligro, ¿cuál? ¡Morir era mi intento! ¡Yo á sus tiendas llevara llama impía; Yo al padre, al hijo, á todos, muerte fiera! ¡Yo los matara allí; luégo, muriera!

CXIX.

»¡Sol, cuya luz los ámbitos visita, Tú que todo descubres, nada ignoras! Juno, que viste mi amorosa cuita Nacer, y hoy mides mis finales horas! ¡Hécate, á quien en calle tripartita Claman de noche! ¡Furias vengadoras! ¡Oh Dioses, cuantos veis mi afan postrero! ¡Yo imploro compasion, justicia espero!

CXX.

»Mi ruego oíd: si firme persevera El hado que á ese infame lleva á puerto; Si en esto Jove su querer no altera, Que el fijado confin le aguarde cierto; Mas tribu audaz contrástele siquiera, Y en peligro se mire y desconcierto, Y parta, el corazon vuelto pedazos, Del dulce nido y los filiales brazos.

CXXI.

»Y vague, auxilios mendigando; y vea Cómo á los suyos la fortuna humilla; Ni el reino goce y calma que desea Paz ajustando, á su valor mancilla. ¡Herido sin sazon de muerte sea! ¡Yazga insepulto en solitaria orilla! Esto, ¡oh Númenes! pido; ved en ello: Yo mi demanda con mi sangre sello.

CXXII.

»Vosotros, cual leales corazones, Tirios, haced de vuestros odios prueba Sobre esa raza en cien generaciones, Y honra tan grande mi ceniza os deba. Nunca amistad entre las dos naciones; No haya quien pactos de concordia mueva; Mas nacerá sobre mi tumba, fio, Quien aplaque la sed del furor mio.

CXXIII.

»Álzate, vengador amenazante, Acelera los tiempos; y ahora, y luégo, Tu sombra por do vayan los espante; Arróllalos feroz á sangre y fuego. Y muro contra muro se levante; Y un mar contra otro mar se ensañe ciego; Y pueblo contra pueblo alce la frente; Y guerra eterna mi rencor sustente!»

CXXIV.

Dice; y buscando al ánima salida, Á todas partes la atencion convierte; Y de Siqueo á la nutriz convida Al misterio, que encubre, de su muerte: (De Siqueo; la suya, reducida Yace há tiempo en la patria á polvo inerte) «Barce, mi fiel nodriza, vuela» exclama: «Vé, y al sacro festin mi hermana llama.

CXXV.

»Con agua rociándose primero, Que traiga, dí, las víctimas, y ofrenda Cual pide la expiacion: así la espero; Y tú ciñe á la sien piadosa venda. Ya celebrar la ceremonia quiero Que á Pluton ofrecí: mi pena horrenda Hoy debe de acabar; que de ese injusto Hoy tiro al fuego el ominoso busto.»

CXXVI.

Dice; y mover esotra el paso intenta Con senil priesa. Mas la audaz amante, Terrible con la idea que apacienta, Temblorosa la faz, la vista errante, Torva en el ceño, en el mirar sangrienta, Jaspeado de visos el semblante, Pálida de la muerte ya cercana Vuela al recinto funeral insana.

CXXVII.

La alta hoguera con fiero desenfado Monta; la espada desnudó con ira (Dón no á tal ministerio destinado); Mas cuando el lecho y los vestidos mira, Memorias, ¡ay! de tiempo fortunado, Repórtase y con lágrimas suspira; Y arranca así, postrándose en el lecho, Los últimos sollozos de su pecho:

CXXVIII.

«¡Oh dulces prendas con mejor fortuna! ¡Dulces por siempre cuando Dios queria! Mi espíritu os entrego, y mi importuna Memoria cese con la vida mia! La senda anduve que emprendí en la cuna; Viví las horas que vivir debia: Hoy, fin logrando á míseros afanes, Van á otro mundo mis augustos manes.

CXXIX.

»Fundé yo una ciudad, ciudad preclara, Murallas propias coronó mi mano; Vengué la sombra del esposo cara; Yo tomé enmienda del malvado hermano. ¡Feliz, harto feliz si no tocara Mis costas, nada más, bajel troyano!» Y aquí, á par que en el lecho el rostro imprime, «¿Moriré inulta? ¡mas muramos!» gime.

CXXX.

«¡Así á la eternidad partir me agrada! El Dárdano este fuego á ver acierte Volviendo de la mar una mirada, Y el triste agüero lleve de mi muerte!» Dijo; y, herida en esto, derribada, La mano en sangre tinta, el hierro fuerte Manando sangre las doncellas notan, Y el palacio á gemidos alborotan.

CXXXI.

Ya la Fama fatídicos rumores Va furiosa esparciendo en giro vago; Todo es lamento y llantos y clamores; Todo es alarma de espantoso estrago. Parece cual si entrasen vencedores La antigua Tiro ó la imperial Cartago, O que incendio voraz llamas crueles Tendiese por los altos capiteles.

CXXXII.

Oye el caso la hermana, y rostro y pecho Desesperada hiere en modo rudo; Al lúgubre lugar vuela derecho, Y á Dido llama con lamento agudo: «¡Y esto significaba el ara, el lecho! ¡Esto intentabas! ¡Y ofenderte pudo Que te hiciese en la muerte compañía! ¡Tú me engañabas, ah! ¡yo te creia!

CXXXIII.

»¿Por que no me invitaste, á ley de hermanos? ¡Contigo á un tiempo con placer muriera! No que hora abandonada ... ¡Y por mis manos Yo propia, ¡ay infeliz! alcé esta hoguera! ¡Yo invocaba á los Dioses soberanos Porque, espirando tú, yo léjos fuera! ¡Te perdí; me perdí: Pueblo, Senado, Patria, todo lo hundí! ¡Nada ha quedado!

CXXXIV.

»Agua traed y lavaré la herida; Yo sus heridas lavaré ... ¡Si errante Vaga en su labio un hálito de vida, Yo le recoja con mi labio amante!» Ya en el estrado fúnebre subida Tal dice, y á la hermana agonizante Ella al seno fomenta entre gemidos, Ella aplica á la sangre sus vestidos.

CXXXV.

Los mustios ojos con fatiga vana Trata de alzar la moribunda Dido: Fáltanle ya las fuerzas; sangre mana Del pecho abierto con cruel sonido. El codo apoya, y por alzar se afana Tres veces, y tres veces sin sentido Cae sobre el lecho. Con errante vista Busca la luz, y al verla se contrista.

CXXXVI.

La excelsa Juno de mirar se duele El largo padecer, la ardua agonía, Y porque á desatar vínculos vuele Que áun detienen el alma, á Íris envía. ¡Ah! loco amor á perecer te impele, No el hado; éste, infeliz, no era tu dia! Proserpina tu rubia cabellera Aun no ha cortado, ni Pluton te espera.

CXXXVII.

Vuela Íris vaporosa, y en su vuelo Brillan las plumas con el sol enfrente; Y posándose encima: «Manda el Cielo Que esta ofrenda á Pluton quite á tu frente; ¡Alma, sál fuera!» dice; el rizo pelo Corta aquí con la diestra, y juntamente El calor cesa que en el seno mora Y la vida en los aires se evapora.

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