TESORO MISTERIOSO (continued 4)
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—El lugar indicado es cerca de Lucca, en Toscana—observé.—Usted dice que el tal Poldo Pensi ha estado allí y ha hecho averiguaciones. ¿Qué fue lo que encontró?
—Lo que el Cardenal le había dicho que encontraría. Pero jamás me explicó lo que era. Todo lo que llegó a manifestarme era que el secreto convertiría a su dueño en un hombre muy rico, lo que ciertamente ha sucedido en el caso de Blair.
—La conexión que parece existir entre el difunto Cardenal Sannini y fray Antonio, el capuchino de Lucca, es extraña—observé.—¿Estará el monje en posesión del secreto? cavilo yo. No hay duda de que él tiene algo que ver con este asunto, como lo demuestran sus constantes consultas con Dawson.
—Es indudable—dijo Reginaldo, dando vuelta a las cartas sin objeto.—Ahora tenemos que descubrir la posición exacta de estos dos hombres, y, al mismo tiempo, impedir que el tal Dawson consiga tomar demasiada posesión de la fortuna de Mabel Blair.
—Eso déjemelo a mí—exclamé reservadamente.—Por ahora nuestra línea de conducta es bien clara. Debemos investigar el paraje que queda a orillas del Serchio y descubrir lo que está allí escondido.—Después, volviéndose a Hales, añadió:—En el registro he notado que ordena claramente: «Buscad primero al anciano que vive en la casa de las Encrucijadas.» ¿Qué significa esto? ¿Por qué se indica esa dirección?
—Porque creo que cuando el registro fue estampado en estas cartas—contestó,—yo era la única persona que sabía algo respecto al secreto del Cardenal; la única, fuera del interesado, que poseía la clave de la cifra.
—Pero al principio aparentó usted no conocerla—observé yo, mirando todavía con cierto recelo al anciano.
—Porque no estaba seguro de si procedían ustedes de buena fe—dijo riéndose con toda franqueza.—Me tomaron de sorpresa, y no tenía intención de expandirme prematuramente.
—¿Pero nos ha referido usted todo lo que sabe realmente?—exclamó Reginaldo.
—Sí, no sé nada más—replicó.—En cuanto a lo que hay en el punto que indica el registro, lo ignoro por completo. Recuerden que Blair me pagó lo justo, y aun más de lo estipulado; pero, como ustedes lo saben bien, era un hombre sumamente reservado en todo lo concerniente a sus asuntos, y me dejó sin saber nada.
—¿Y no puede darnos más informes sobre este tuerto que parece que ha sido socio de Blair en la extraordinaria empresa misteriosa?
—Nada más tengo que decir, salvo que es una relación muy poco apetecible. Fue Poldo quien le puso el apodo de «el Ceco».
—¿Y el monje que se llama fray Antonio?
—Jamás he oído hablar de esa persona; nada sé de él.
En la punta de la lengua tuve la pregunta de si tenía un hijo y si su nombre era Herberto, recordando aquella trágica escena nocturna en el parque de la mansión de Mayvill. Sin embargo, supe, por fortuna, contenerme y guardar silencio, prefiriendo ocultar lo que sabía y esperar el desenvolvimiento de los hechos y de aquella extraordinaria situación.
Sin embargo, mi corazón rebosaba de indignación y unos feroces y locos celos lo roían. Mabel, la dulce y bondadosa niña que yo tanto amaba, y cuyo porvenir había sido depositado en mis manos, había cometido el grave y triste error, como otras tantas niñas, de enamorarse de un hombre vulgar, torpe y muy inferior a ella. El amor en una cabaña, sobre el que tanto oímos, es muy bueno en teoría, como lo es el engaño de que se puede tener el corazón alegre aun cuando el bolsillo esté vacío; pero en estos tiempos modernos la mujer habituada a las comodidades y al lujo no puede nunca ser feliz en la modesta casa de cuatro piezas, así como no lo es el hombre que se casa valientemente por amor y renuncia a su herencia.
No. Cada vez que recordaba las amenazas y menosprecios de ese joven rufián, su arrogancia y su estallido final de pasión criminal, que tan cerca había estado de terminar con la vida de mi bien amada, mi sangre hervía de ira y se encendía mi cólera. El bribón había escapado, pero dentro de mi ser juraba que no quedaría impune.
Y, sin embargo, cuando rememoraba bien toda la escena, parecía que Mabel estaba completa e irresistiblemente bajo el poder de ese hombre, a pesar que había intentado desafiarlo.
Permanecimos con Hales y su esposa una hora más, aun cuando pocos datos nuevos obtuvimos, a excepción de algunas palabras que la anciana dejó escapar. Me cercioré de que tenían en efecto un hijo y que se llamaba Herberto, pero que no era de muy buena conducta.
—Estaba ocupado en las caballerizas de Belvoir—explicó su madre cuando yo la interrogué sobre él.—Pero hace como dos años que salió de allí, y desde entonces no lo hemos vuelto a ver. Algunas veces nos escribe de diferentes puntos y parece que prospera.
El tal individuo era, por lo tanto, como yo lo había supuesto por su aspecto, un cuidador de caballos, un caballerizo o algo por el estilo.
Eran casi las siete y media cuando llegamos de vuelta a King's Cross, y después de una ligera comida en un pequeño restaurant italiano que había enfrente de la estación, tomamos un coche y nos encaminamos a la plaza Grosvenor, con el objeto de comunicarle a Mabel nuestro éxito en la solución del enigma.
Carter, que fue quien nos hizo entrar, nos conocía tan bien, que no hizo más que conducirnos directamente arriba y hacernos pasar al salón, tan artísticamente iluminado con sus luces eléctricas sombreadas con la mayor delicadeza y hábilmente colocadas en todos los rincones imaginables. Sobre la mesa había una gran ponchera antigua, llena de espléndidas rosas Gloise de Dijón, que el jefe de los jardineros enviaba todos los días, junto con la fruta, de la posesión de Mayvill. Su arreglo se debía, como yo bien lo sabía, a las delicadas manos de la mujer que durante años había aprendido a admirar y a amar secretamente. Encima de una mesa lateral había una hermosa fotografía del pobre Burton Blair colocada en un pesado marco de plata, y en una esquina su hija había prendido un moñito de crespón como homenaje a la memoria del muerto. La gran casa estaba llena de esos delicados rasgos femeninos que revelaban la dulce simpatía de su carácter y la plácida tranquilidad de su vida.
De pronto la puerta se abrió, y ambos nos pusimos de pie; pero en vez de la linda joven chispeante y de corazón noble, con voz musical y semblante alegre y franco, entró el hombre barbudo, de anteojos, arcos de oro, que en un tiempo había sido contramaestre del buque Annie Curtis, de Liverpool, y después el socio secreto de Burton Blair.
—Buenas noches, caballeros—exclamó, saludando con ese aparente y forzado barniz de cortesía que adoptaba algunas veces.—Tengo mucho placer en agasajar a ustedes en la casa de mi difunto amigo. Como notarán ustedes, he establecido mi residencia aquí en conformidad a los términos del testamento del pobre Blair, y aprovecho con agrado esta nueva oportunidad que se me presenta, de volver a encontrarme con ustedes.
La fina impudencia de este hombre nos tomó de sorpresa. Parecía estar sumamente confiado y seguro de que su posición era inatacable e invencible.
—Hemos venido a ver a la señorita Blair—expliqué.—No sabíamos que iba usted a fijar tan pronto su residencia aquí.
—¡Oh! es mejor—afirmó.—Los grandes intereses de Blair requieren inmediata atención, pues hay muchos asuntos ligados estrechamente con ellos que no se pueden abandonar—y mientras hablaba, la puerta se abrió de nuevo y penetró una joven de unos veintiséis años, de cabellos obscuros y estatura regular, vestida con un traje negro escotado, algo ostentoso, pero cuyo rostro era más bien vulgar, aun cuando un tanto imponente.
—Mi hija Dolly—explicó el tuerto Dawson.—Permítanme ustedes que los presente,—y ambos le hicimos un saludo frío, porque nos chocaba sobremanera el modo de los dos, pues parecía que se habían establecido allí y tomado en sus manos el manejo de la casa.
—Supongo que la señora Percival todavía permanece aquí, ¿no es verdad?—inquirí después de un momento, al recuperar mi calma y tranquilizarme de la impresión que me había hecho el encontrar al aventurero y a su hija en posesión completa de esa espléndida mansión que medio Londres admiraba y la otra mitad envidiaba; la mansión que había aparecido tantas veces descripta y fotografiada en los magazines y periódicos de las damas.
—Sí, la señora Percival está en su gabinete privado. Hace cinco minutos que la dejó allí. Mabel, según parece, salió esta mañana a las once y aun no ha vuelto.
—¡No ha vuelto!—exclamé azorado.—¿Por qué?
—La señora Percival parece que está trastornada. Creo que abriga temores de que la haya sucedido alguna cosa.
Sin pronunciar ni escuchar una palabra más, bajé corriendo la ancha escalera con su balaustrada de cristal, llamé a la puerta de la pieza que había sido reservada para la señora Percival, dime a conocer, y en el acto fui recibido.
Apenas me vio la respetable y repulida viuda, se puso de pie y exclamó terriblemente angustiada:
—¡Oh, señor Greenwood, señor Greenwood! ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo vamos a tratar a esta gente detestable? La pobre Mabel salió esta mañana y se dirigió en el bróugham a la estación Euston. Allí le entregó esta carta a Peters, dirigida para usted, y luego despachó el carruaje. ¿Qué significará todo esto?
Tomé la misiva que me entregaba, y temblando la abrí, encontrando, escritas apresuradamente con lápiz sobre una hoja de papel de esquela, estas pocas líneas:
«Estimado señor Greenwood: Indudablemente le causará a usted inmensa sorpresa saber que he abandonado para siempre mi casa. Bien sé que usted abriga por mí tan alta consideración y estima como yo por usted; pero, como mi secreto al fin va a ser conocido, no puedo permanecer haciendo acto de presencia y verme obligada a enfrentarme con usted, que es de todos los hombres al que menos me atrevo a encarar.
»Esa gente me perseguirá hasta la muerte; por lo tanto, prefiero vivir oculta lejos del alcance de sus burlas y de su venganza, antes que quedarme para ser el blanco de sus desprecios y tengan así la oportunidad de señalarme con su dedo burlón y desdeñoso.
»El secreto de mi padre jamás podrá ser suyo, porque sus enemigos son demasiado ingeniosos y astutos. Han tomado toda clase de precauciones para tenerlo bien asegurado contra sus esfuerzos y empeños. De consiguiente, le aconsejo, como verdadera amiga, que es inútil trate de luchar contra la tempestad. ¡Todo es en vano!
»¡Exponerme a la situación es peor para mí que la muerte! Créame que sólo la desesperación ha podido arrastrarme a dar este paso, porque los cobardes enemigos de mi padre y míos han triunfado.
»Le pido al mismo tiempo olvide completamente que ha existido en el mundo una persona del nombre de la desesperada, afligida e infortunada—Mabel Blair».
Quedé parado, con la carta abierta en la mano, manchada en lágrimas, absolutamente mudo y desconsolado.
XXII
EL MISTERIO DE UNA AVENTURA NOCTURNA
—Exponerme a la situación es peor para mí que la muerte—decía en su carta.—¿Qué podría significar eso?
La señora Percival adivinó por la expresión de mi semblante la gravedad de aquella carta, y, poniéndose rápidamente de pie, acercose a mí, colocó su mano con cariño sobre mi hombro, y me preguntó:
—¿Qué sucede, señor Greenwood, no puedo saberlo?
En contestación le di la carta. La leyó velozmente, y después dejó escapar un grito de espanto, comprendiendo que la hija de Burton Blair había huido del hogar. Era evidente que ella le temía a Dawson, habiéndose dejado dominar por la creencia aterradora de que su secreto, sea lo que fuere, se haría público ahora, y había huido, según parece, por no volver a encontrarse frente a frente conmigo. ¿Pero por qué? ¿De qué naturaleza podría ser su secreto para que tanto la avergonzara y la obligara a esconderse?
La señora Percival hizo llamar a Crump, el cochero, que había llevado en el bróugham a su joven ama hasta la estación de Euston, y lo interrogó.
—La señorita Mabel ordenó el cupé, señora, unos momentos antes de las once—contestó el hombre, saludando.—Llevó su valija de cocodrilo, pero, anoche despachó por Carter Patterson un gran baúl lleno de ropa usada, así le dijo la señorita a su doncella. Yo la llevé a Euston, allí bajó y entró en la boletería. Me hizo esperar como cinco minutos, apareciendo después con un mozo de cordel que tomó su valija, y luego ella me entregó la carta dirigida al señor Greenwood para que se la diera a usted, ordenándome que me retirara. Entonces me volví a casa, señora.
—No hay duda, ha partido para el Norte—observé cuando Crump se retiró y la puerta se cerró detrás de él.—Casi parece que su huida hubiese sido premeditada. Anoche mandó su equipaje.
Pensaba en ese momento en el arrogante y atrevido caballerizo, en ese impudente joven Hales, y cavilaba si sus renovadas amenazas no habrían conseguido que ella accediera a tener otra entrevista con él. Si eso era así, entonces el peligro era terriblemente extraordinario.
—La debemos encontrar—dijo con toda resolución la señora Percival.—¡Ah!—suspiró,—no sé, realmente, lo que irá a suceder, porque la casa está ahora en poder de este hombre odioso y de su hija, y él es un tipo de lo más grosero y mal educado. Se dirige a los sirvientes con toda familiaridad, exactamente como si fuesen sus iguales; ¡y hace un momento que cumplimentó a una de las mucamas por su buena presencia! Esto es terrible, señor Greenwood, terrible—exclamó la viuda, inmensamente chocada.—¡Es la exhibición más vergonzosa de su mala educación! Yo no puedo permanecer más tiempo aquí, ciertamente, ahora que Mabel ha creído conveniente abandonar la casa sin siquiera consultarme. Esta tarde vino lady Rainham, pero yo tuve que aparentar que no estaba. ¿Qué puedo decirles a las gentes en estas circunstancias tan angustiosas?
Comprendí cuán escandalizada estaba la estimable compañera de Mabel, porque era una viuda sumamente estricta, cuya misma existencia dependía de la etiqueta rigurosa y de las tradiciones de su honorable familia. Cordial y afable con sus iguales, era, sin embargo, muy fría e inflexible con sus inferiores teniendo el hábito de mirarlos a través de sus anteojos cuadrados de arcos de oro, y examinarlos como si hubiesen sido extraños seres de diferente carne y sangre. Era esta última idiosincrasia lo que siempre molestaba a Mabel, la cual profesaba esa creencia, tan femenina, de que uno debe ser bondadoso con los inferiores y sólo frío y duro con los enemigos. Sin embargo, bajo el ala protectora y la altiva tutoría de la señora Percival, Mabel había penetrado en el mejor y más elegante círculo social, cuyas puertas están siempre abiertas para la hija del millonario, y había dejado bien sentada su reputación como una de las debutantes más encantadoras de su season.
¡Cómo ha cambiado la sociedad en estos últimos diez años! En la actualidad, la llave de oro es el ábrete sésamo de las puertas de la sangre más azul de Inglaterra.
Ya no existen los viejos círculos exclusivistas, o, si hay algunos, han quedado obscurecidos y no tienen importancia. Las damas asisten a los salones-conciertos y se jactan de concurrir a los clubs nocturnos. Las comidas en los restaurants, que antes eran consideradas como un motivo de rebajamiento, son hoy un gran atractivo. Hace una generación que una dama de alta alcurnia objetaba razonablemente diciendo que no sabía al lado de quién podía sentarse; pero, en la actualidad, como sucedía en el teatro antes de la época de Garrick, la fama poco honorable de una parte de los concurrentes constituye un incentivo. Cuanto más flagrante es el escándalo respecto a alguna «impropiedad» bien dorada, mayor es el aliciente de comer en su compañía, y, si es posible, a su lado. ¡Tal es hoy la tendencia y el modo de ser de la sociedad de Londres!
Por espacio de un cuarto de hora, mientras Reginaldo estaba ocupado con los Dawson, père et fille, permanecí en consulta con la viuda, tratando de ver si conseguía algún indicio sobre el paradero de Mabel. La señora Percival pensaba que, más pronto de lo que creíamos, nos haría saber dónde estaba oculta; pero yo, conociendo tan bien la firmeza de su carácter, no participaba de su opinión. Su carta era la de una mujer que había tomado una resolución y estaba dispuesta a sostenerla, costara lo que costara. Temía enfrentarse conmigo, y por esa razón, no hay duda, ocultaría su resistencia. En casa de Cottus tenía a su nombre cuenta separada, así es que por falta de fondos no se vería obligada a revelar su actual paradero.
Ford, el secretario del muerto, hombre joven, como de treinta años, alto, atlético, completamente afeitado, asomó la cabeza, pero como nos encontrara conversando, se retiró en el acto. La señora Percival ya lo había interrogado, pero ignoraba completamente para dónde había partido Mabel.
El tal Dawson había usurpado en la casa la posición de Ford, y este último, lleno de resentimiento, estaba en constante acecho de sus actos y movimientos y dominado de los mayores recelos, como todos lo estábamos.
Reginaldo vino por fin a reunirse conmigo, y entró exclamando: «Este hombre es un tipo de lo más original que puede darse, por no decir otra cosa. ¡Conque a mí me ha invitado a tomar whisky con soda... en la casa de Blair! Considera la huida de Mabel como una broma, habla de ella en tono de chanza, asegurando que pronto estará de vuelta, pues no puede permanecer mucho tiempo ausente, y que él la hará volver en el momento que lo quiera o que necesite su presencia aquí. En una palabra, habla ese tipo como si Mabel fuera de cera en sus manos, y él pudiera hacer lo que le plazca con ella.»
—Financieramente la puede arruinar, eso es cierto—observé suspirando.—Pero lee esto, viejo—y le di la extraña carta de Mabel.
—¡Buen Dios!—tartamudeó cuando la hubo leído,—tiene un terror mortal a esta gente, no puede dudarse. Para escapar de ellos y de ti, ha huido... a Liverpool, para luego embarcarse con rumbo a América, quizá. Recuerda que en su niñez ha viajado mucho, y, por lo tanto, conoce las rutas.
—La debemos encontrar, Reginaldo—declaré decisivamente.
—Pero lo peor es que ha resuelto dar este paso por escapar de ti—me contestó.—Parece que tiene alguna razón poderosa para proceder así.
—Razón que sólo ella conoce—observé con melancolía.—Es, ciertamente, un contratiempo que Mabel haya desaparecido, por su propia voluntad, de esta manera, justamente cuando habíamos conseguido conocer con exactitud el secreto del Cardenal, origen de la fortuna de Blair. Recuerda todo lo que tenemos en juego y arriesgamos. No conocemos quiénes son nuestros amigos o nuestros enemigos. Tenemos que ir los dos a Italia y descubrir el punto indicado en ese registro cifrado, porque, si no lo hacemos, otros se anticiparán, y puede ser que lleguemos demasiado tarde.
Convino conmigo en que, perteneciéndome el secreto por haberme sido legado, debía dar inmediatamente los pasos necesarios para hacer valer mis derechos. No pudimos dejar de comprender que Dawson, como socio de Blair y partícipe de su enorme riqueza, debía conocer muy bien el secreto y haber dado ya los pasos convenientes para ocultarme a mí, su legítimo dueño, la verdad. Había que tenerlo muy en cuenta, pues era un hombre siniestro, poseedor de la astucia más insidiosa y del ingenio más diabólico en el arte de los subterfugios. Los informes recogidos en todas partes sobre él, demostraban que éste era su carácter. Poseía esa manera tranquila y fría del hombre que ha vivido a fuerza de aguzar su ingenio, y en este asunto parecía que su ingeniosidad, aguzada aún más por su vida aventurera, iba a tener que enfrentarse y luchar con la mía.
La inesperada resolución y repentina desaparición de Mabel eran de enloquecer, y el misterio de su carta, inescrutable. Si, en realidad, temía que pudiera ser revelado algún hecho vergonzoso y desagradable, debía haber tenido suficiente confianza en mí y haberme hecho su confidente. Yo la amaba, aun cuando jamás le había declarado mi pasión; por consiguiente, ignorando la realidad, ella me había tratado como amigo sincero, según había sido mi deseo. Sin embargo, ¿por qué no había buscado mi ayuda? ¡Las mujeres son seres tan extraños, después de todo!—reflexionaba yo.—¡Tal vez amaba a ese rústico hombre!
Pasó una semana ansiosa, febril, y Mabel no daba señales de vida. Una noche dejé a Reginaldo en el Devonshire, a eso de las once y media, y me encaminé a través de las calles húmedas y nebulosas de Londres hasta que llegué adonde el bullicio del tráfico cesaba, los coches arrastrábanse lentamente y sólo pasaban de cuando en cuando, y las húmedas y fangosas calzadas y aceras quedaron a disposición del policía y del pobre y tembloroso vagabundo sin hogar.
En medio de la densa neblina anduve embargado en profunda meditación, y cada vez más y más preocupado por aquel notable encadenamiento de circunstancias que hora por hora parecía enredarse más.
Había caminado siempre adelante, sin parar ni ocuparme en qué dirección me llevaban mis pies, pasando a lo largo de Knightsbridge, orillando el Parque y los jardines de Kensington, y cruzaba en ese momento la esquina del camino de Earl's Court, cuando una feliz circunstancia me despertó de mi profundo sueño, y por la primera vez tuve conocimiento de que era seguido. Sí, sentía distintamente pasos detrás de mí, que se apresuraban cuando yo me apresuraba, y aflojaban cuando yo aflojaba. Crucé el camino, y delante de la elevada y larga muralla del Holland Park, me paré y di vuelta.
Mi perseguidor avanzó unos pocos pasos, pero se detuvo súbitamente, y sólo pude distinguir, a la luz del débil farol que penetraba a través de la neblina londinense, una figura alta y descompuesta por la niebla enceguecedora.
Sin embargo, no fue bastante densa para impedirme encontrar mi camino, porque conocía muy bien esa parte de Londres. No era muy agradable, ciertamente, verse seguido con tanta persistencia a semejante hora. Sospeché que algún vagabundo o ladrón que había pasado junto a mí, había notado mi distracción y olvido de lo que me rodeaba, y se había vuelto para seguirme con mala intención.
Seguí de nuevo adelante, sin retroceder, pero apenas lo hice, sentí los pasos ligeros y suaves, como un eco de los míos, que furtivamente resonaban detrás de mí. Había oído contar curiosas historias sobre locos que rondan de noche las calles de Londres y siguen, sin objeto, a los transeúntes, siendo ésta una de las diferentes clases de insanidad bien conocida por los alienistas.
De nuevo crucé el camino, pasé a través de la plaza Edwarde, volviendo así sobre mis pasos, y tomé en dirección a la calle High, pero el misterioso individuo me seguía con igual persistencia. Confieso que experimenté cierta inquietud, viéndome en medio de esa espesa neblina, que en esa parte habíase puesto tan densa hasta el grado de obscurecer completamente los faroles.
De pronto, al dar vuelta a la esquina para penetrar en los jardines de Lexham, en un punto donde la neblina había cubierto todo con su negro manto, sentí que alguien me asaltaba repentinamente, y, al mismo tiempo, una aguda sensación penetrante detrás del hombro derecho.
El ataque fue tan recio, que lancé un grito, dándome vuelta en el acto para enfrentarme con mi asaltante, pero tan ágil había sido éste, que antes que pudiera hacerlo, me esquivó el cuerpo y huyó.
Oí sus pasos al retroceder corriendo por el camino de Earl's Court, y entonces grité llamando a la policía. Pero nadie me respondió. El dolor de mi hombro se hacía a cada momento más incómodo y mortificante. El desconocido me había herido con un cuchillo, y la sangre brotaba, porque la sentía, húmeda y pegajosa, caer sobre mi mano.
Volví a gritar: ¡Policía, policía! hasta que, por fin, oí una voz que me respondió en medio de la neblina y me encaminé en su dirección. Después de algunos otros gritos descubrí al vigilante y le referí mi extraña aventura.
Acercó a mi espalda su linterna sorda y exclamó:
—¡Es indudable, señor; le han dado una puñalada! ¿Qué clase de hombre era?
—No lo pude ver bien ninguna vez—fue mi torpe contestación.—Se mantuvo siempre a buena distancia, y únicamente se aproximó en un punto demasiado obscuro para poder distinguir sus facciones.
—No he visto a nadie, a excepción de un clérigo que encontré hace un momento por el camino de Earl's Court; por lo menos, si no era clérigo, vi que llevaba un sombrero de anchas alas parecido a los que éstos usan. Pero no pude verle la cara.
—¡Un clérigo!—exclamé tartamudeando.—¿Cree usted que podrá haber sido algún sacerdote católico?—porque mis pensamientos se habían concentrado en ese instante en fray Antonio, que era, evidentemente, el guardián del secreto del Cardenal.
—¡Ah! no puedo afirmarlo. No pude ver sus facciones. Sólo noté su sombrero.
—Me siento muy débil—le dije, al apoderarse de mí un fuerte desvanecimiento y languidez.—Desearía que me trajera un coche. Piense que lo mejor que puedo hacer es irme directamente a mi casa, que está en la calle Great Russell.
—Es un viaje muy largo. ¿No sería más conveniente que fuera primero al Hospital West London?—indicó el vigilante.
—No—repliqué decidido.—Quiero irme a casa y llamar a mi médico.
Luego, me senté en el umbral de una puerta que quedaba al terminar los jardines de Lexham y esperé la llegada del vehículo, pues el vigilante había ido al camino Old Brompton en busca de un hanson.
—¿Había sido atacado por algún maniático homicida que me había seguido todo el trayecto andado, o difícilmente había escapado de ser víctima de un infame asesinato? Tales eran mis cavilaciones mientras permanecía allí sentado aguardando. La última suposición era, para mí, decididamente, la más factible. Existía una razón poderosa para que se deseara mi muerte. Blair me había legado el gran secreto y yo acababa de conseguir descifrar el enigma que encerraban las cartas.
Este hecho debía haber llegado, probablemente, a conocimiento de nuestros enemigos; de ahí este cobarde atentado contra mi vida.
Sin embargo, semejante contingencia era aterradora, porque, si realmente era sabido que había descifrado el registro, entonces nuestros enemigos darían, ciertamente, todos los pasos necesarios en Italia para impedir que descubriéramos el secreto que yacía en ese punto de las orillas del tortuoso, agreste y desierto río Serchio.
Al fin llegó el hanson, y, deslizando una buena propina en la mano del policía, entré en aquél y partimos, lentamente, a través de la niebla, casi al paso, tal era la dificultad de poder marchar. Había colocado sobre el lado derecho de la espalda mi bufanda de seda, para restañar la sangre que manaba de mi herida.
Tan pronto casi como penetré en el hanson sentí fuertes vahídos y una extraña sensación de entorpecimiento que me subía por las piernas. Al mismo tiempo se apoderó de mí una curiosa repugnancia, y, aun cuando felizmente pude detener el derrame de sangre, lo que tendía a demostrar que la herida no era, después de todo, tan seria, mis manos empezaron a encogerse de una manera extraña, a la vez que mis carrillos se vieron atacados de un dolor peculiar, muy semejante al que se sufre cuando empieza un ataque de neuralgia.
Me sentía terriblemente enfermo y sin fuerzas. El cochero, que había sido informado de mi herida por el vigilante, abrió la puertecita de la cubierta para preguntarme cómo estaba, pero yo apenas pude articular unas pocas palabras. Si la herida era sólo superficial, ciertamente el efecto que producía en mí era extraño.
De las muchas luces nebulosas que vi en la esquina de Hyde Park, tengo un recuerdo claro; pero después de eso mis sentidos parecieron quedar atontados por la neblina y por el dolor que sufría, y no recuerdo nada más de lo que sucedió, hasta que de nuevo abrí penosamente los ojos y me encontré en mi cama, brillando a través de la ventana la hermosa luz del día, y vi a mi lado a Reginaldo y a nuestro antiguo amigo Tomás Walker, cirujano de la calle Reina Ana, de pie, observándome con profunda gravedad, que en aquel momento me pareció humorística.
Sin embargo, debo confesar que había muy poca gracia en la situación.
XXIII
QUE ES EN MUCHOS CONCEPTOS ASOMBROSO
Walker estaba confundido, verdaderamente confundido. Mientras había estado yo inconsciente, él me había curado la herida, después de haberla examinado, supongo, e inyectado varios antisépticos. Había mandado llamar también, para consultar, a sir Carlos Hoare, el muy distinguido cirujano del Hospital de Charing Cross, y ambos habían estado grandemente confundidos en presencia de mis síntomas.
Cuando, una hora después, me sentí suficientemente fuerte para poder hablar, Walker me tomó la muñeca y me preguntó lo que me había sucedido.
Después que le hube explicado, todo lo mejor que pude, me dijo:
—Lo único que puedo decirle, mi querido amigo, es que ha estado tan cerca de la muerte como ninguna otra persona que yo haya asistido. Ha sido el suyo un caso de los más expuestos que pueden darse. Cuando Seton me llamó la primera vez y lo vi, creí que todo había terminado. Su herida es bien pequeña, más bien dicho, superficial, y, sin embargo, su estado de decaimiento y postración ha sido de los más extraordinarios; además, hay ciertos síntomas tan misteriosos, que a sir Carlos y a mí nos han llenado de confusión.
—¿Qué arma ha usado ese hombre? No ha sido un puñal común, ciertamente. Ha sido, no hay duda, una daga de hoja larga y delgada, un estilete, muy probablemente. He encontrado en la parte exterior de la herida, sobre la tela de su sobretodo, algo así como grasa, o, más bien dicho, gordura animal. Voy a hacer analizar un poco, ¿y sabe lo que espero encontrar en ella?
—No; ¿qué?
—Veneno—fue su contestación.—Sir Carlos está conforme con mi suposición de que usted ha sido herido con uno de esos pequeños y antiguos puñales con hojas perforadas, que tanto se usaron en Italia durante el siglo xv.
—¡En Italia!—grité, despertando en mí al solo nombre de ese país la sospecha de que el atentado debía haber sido cometido por Dawson o por su íntimo amigo, el monje de Lucca.
—Sí; sir Carlos, que, como probablemente usted lo sabe, posee una gran colección de armas antiguas, me ha dicho que en la Florencia medioeval acostumbraban impregnar la gordura animal con algún veneno muy poderoso y luego frotaban con esa mezcla la hoja perforada. Al herir a la víctima y retirar después el arma de la herida, quedaba en su seno una parte de la materia grasa envenenada, la cual producía un resultado fatal.
—Pero usted, ciertamente, no anticipa que estoy envenenado—exclamé tartamudeando.
—Está envenenado, no hay duda. Su herida no corresponde a su prolongada insensibilidad ni tampoco a esas extrañas y lívidas manchas que tiene en el cuerpo. ¡Mire el revés de sus manos!
Hice lo que me decía y me quedé horrorizado de encontrar en las dos unas manchas pequeñas, obscuras, color cobre, que se extendían también por las muñecas y los brazos.
—No se alarme mucho, Greenwood—rió el amable y buen doctor;—ya he conseguido dar vuelta a la peligrosa curva, y todavía no le ha llegado el tiempo de morirse. La escapada ha sido casi un milagro, porque el arma era de lo más mortífero que pueda imaginarse; pero, felizmente, llevaba usted puesto un grueso sobretodo, además de otras piezas de ropa pesadas, todas las cuales le chuparon la mayor parte de la sustancia venenosa antes de que pudiese penetrar a la carne. Y le aseguro que ha sido una suerte para usted, porque, si este ataque hubiese tenido lugar en verano, cuando las ropas son ligeras, no habría habido la menor esperanza de salvación.
—Pero ¿quién ha sido el autor de este atentado?—exclamé, enloquecido, con mis ojos clavados en esas feas manchas que cubrían mi piel, prueba evidente de que dentro de mi naturaleza se había introducido un veneno terrible.
—Alguien que le tendrá un odio implacable, me imagino—rió el cirujano, que era mi amigo desde hacía varios años y que tenía por costumbre asistir algunas veces a las partidas de caza con los Fitzwilliams.—Pero, vamos, viejo compañero, alégrese; uno o dos días tendrá que pasar con leche y caldo, dejar curarse la herida y permanecer muy tranquilo. Ya verá cómo pronto vuelve a recuperar su salud.
—Todo eso está muy bueno—respondí impacientemente,—pero yo tenía un mundo de cosas que hacer, y algunos asuntos privados que atender.
—Tendrá que dejarlos descansar por un día o dos, ciertamente.
—Sí—insistió Reginaldo;—debes estar tranquilo, Gilberto. Estoy demasiado contento de que no haya sido tan grave como al principio creímos. Cuando el cochero te trajo a casa y Glave corrió a buscar a Walker, yo me imaginé que morirías antes de que llegase. No sentía palpitar tu corazón, y estabas completamente helado.
—¡No adivino quién puede ser el infame que me ha herido!—grité.—¡Por Jacob! que si lo pillo, me parece que allí mismo le retuerzo su precioso cuello.
—¿Con qué fin te incomodas, cuando pronto vas a mejorar?—preguntó Reginaldo filosóficamente.
Pero yo permanecí callado, reflexionando en la opinión de sir Carlos Hoare, de que la daga empleada para el crimen frustrado, había sido una vieja arma florentina, envenenada. Este mismo hecho me hacía sospechar que el cobarde atentado llevado contra mi persona, había sido obra de mis enemigos.
Nosotros, por cierto, no le dijimos nada a Walker sobre nuestra curiosa investigación, porque considerábamos en ese momento que el asunto era estrictamente confidencial. El hablaba de mi herida de un modo jocoso, declarando que muy pronto recuperaría mi salud, si es que tenía un poco de paciencia.
Después que se retiró, poco antes de mediodía, Reginaldo se sentó al lado de mi cama, y gravemente nos pusimos a discutir la situación. Las dos cuestiones más apremiantes en ese momento eran, primero, descubrir el paradero de mi bien amada, y, segundo, ir a Italia a investigar el secreto del Cardenal.
Los días iban transcurriendo pesados, largos y cansados, días sombríos de principios de primavera, durante los cuales me revolvía en la cama, impaciente, desesperado e impotente. Ansiaba poderme levantar y actuar con actividad, pero Walker me lo prohibía. En cambio me traía libros y diarios, y ordenaba tranquilidad y absoluto descanso.
Aunque Reginaldo y yo teníamos siempre nuestro pequeño pabellón de caza en Helpstone, después de la muerte de Blair no habíamos ido ni una sola vez. Además, aquella estación había sido de extraordinario movimiento en el comercio de encajes, y Reginaldo parecía más esclavo que nunca de su casa de negocio.
Por consiguiente, permanecía solo la mayor parte del día, teniendo a Glave para que cuidase y supliese mis necesidades. De cuando en cuando venían a verme algunos amigos, conversando y fumando un rato conmigo.
Así pasó el mes de marzo, siendo mi convalecencia mucho más lenta de lo que Walker había pensado al principio. En el análisis se había descubierto un dañosísimo veneno irritante mezclado con la grasa, y parece que mi naturaleza había absorbido más de lo que en un principio se creyó, de aquí mi tardío restablecimiento.
La señora Percival, que, debido a nuestro insistente consejo, todavía residía en la mansión de la plaza Grosvenor, me visitaba algunas veces, trayéndome frutas y flores de los invernáculos de Mayvill, pero nada sabía sobre Mabel. Esta última había desaparecido tan completamente como si la tierra se hubiera abierto y tragádola. Deseaba con ansia abandonar la casa de Blair, ahora que estaba ocupada por los usurpadores, pero nosotros la habíamos llenado de halagos, con el fin de que permaneciese y pudiese moderar algo los actos de Dawson y su hija. A Ford le habían causado tanta exasperación las maneras de aquel hombre, que, al quinto día del nuevo régimen, había protestado, lo cual dio por resultado que Dawson, tranquilamente, colocara dentro de un sobre el importe de un año de sueldo, y en el acto lo dispensara de sus servicios para en adelante, cosa que había tenido intención de hacer desde un principio, no hay duda.
Sin embargo, el exsecretario privado nos ayudaba, y en ese momento estaba empeñado en hacer toda clase de averiguaciones para cerciorarse dónde estaba su joven ama.
—La casa está completamente al revés, todo en ella está trastornado—declaró un día la señora Percival, mientras me visitaba.—Los sirvientes se hallan rebelados, y la pobre Noble, el ama de llaves, pasa, le aseguro, por momentos terribles. Carter y ocho sirvientes más le han notificado ayer que se retiran de la casa. Este tal Dawson es el tipo más acabado de la mala educación y pésimos modales; sin embargo, le he alcanzado a oír que le decía a su hija, hace dos días, que estaba pensando seriamente en manifestarse a favor de la reforma y entrar en el Parlamento. ¡Ah! ¿qué diría la pobre Mabel si supiese semejante cosa? La hija, Dolly, como él la llama, esa muchacha vulgar, se ha establecido en el boudoir de Mabel, y está por hacerle renovar la decoración, pues quiere que sea de color amarillo, para que venga bien a su tez, según creo. Dado lo que dice el señor Leighton, parece que la fortuna del pobre señor Blair debe pasar enteramente a ser manejada por este individuo.
—¡Es una vergüenza, una abominable vergüenza!—grité encolerizado.—Sabemos que este hombre es un aventurero, y, sin embargo, somos completamente impotentes para poder proceder—añadí con amargura.
—¡Pobre Mabel!—suspiró la viuda, que realmente era muy apegada a ella.—Sabe, señor Greenwood—dijo, con un inesperado tono de confianza,—que más de una vez, después de la muerte de su padre, he pensado que ella está en posesión de la verdad; que conoce la razón de este extraño lazo de amistad que unía al señor Blair con este hombre sin conciencia, a quien tanto poder sobre ella y su fortuna le ha sido otorgado. Muchas confesiones reservadas me ha hecho, y creo que, si ahora quisiera manifestarnos la realidad, podríamos vernos libres de este demonio. ¿Por qué no lo hace... para salvarse?
—Porque actualmente le teme—contestó en voz dura, desesperado.—Posee cierto secreto que la hace vivir en constante terror. Ese es el motivo, creo yo, de su súbita desaparición y del abandono de su propio hogar. Ha dejado a ese hombre en posesión completa e incontestable de todo.
No había olvidado la arrogancia y la confianza en sí mismo, de que había hecho gala esa noche que por primera vez fue a vernos.
—Pero, señor Greenwood, ¿tendrá usted, ahora, la bondad de disculparme por lo que voy a decirle?—preguntó la señora Percival, después de una breve pausa y mirándome fijamente a la cara.—Tal vez no tenga derecho de mezclarme de este modo en sus asuntos más íntimos, pero confío que usted me perdonará cuando reflexione que si me atrevo a hacerlo, es por ella, por esa pobre niña.
—¡Y bien!—exclamé, algo sorprendido de su inesperado cambio. Generalmente era en extremo altiva y fría, crítica terrible que tenía en la punta de los dedos los nombres de las primas, tías y sobrinos de todo el mundo.
—La verdad es ésta—prosiguió.—Usted podría inducirla a que nos manifestase la realidad, tal es mi creencia, porque es la única persona que tiene alguna influencia sobre ella ahora que su padre no existe, y, permítame que se lo diga, tengo razones para saber que ella siente por usted una estimación muy grande.
—Sí—observé, no pudiendo contener un suspiro,—somos amigos... buenos amigos.
—Más que eso—declaró la señora Percival.—Mabel lo ama a usted.
—¡Me ama!—grité, dando un salto y sosteniéndome sobre un codo.—No, pienso que debe estar usted en error. Ella me considera más bien como un hermano que como un amante, y ha aprendido, según creo, desde el primer día que nos conocimos en tan románticas condiciones, a mirarme como una especie de protector.—No—añadí, moviendo la cabeza,—existen ciertos obstáculos que deben impedirle poder amarme, la diferencia de nuestras edades, de posición y todo lo demás.
—¡Ah! está usted completamente equivocado—exclamó la viuda, con toda franqueza.—Su padre le dejó a usted su secreto, según tuve ocasión de saber, para que sacase todo el mayor provecho posible, como él lo había hecho, y porque adivinaba la dirección que iba tomando el camino de Mabel.
—¿Cómo sabe usted esto, señora Percival?—la pregunté, medio inclinado a dudar de ella.
—Porque el señor Blair, antes de hacer su testamento, se confió en mí y me preguntó con franqueza si alguna vez su hija me había hablado de usted de alguna manera significativa que me hubiese hecho sospechar algo. Le confesé la verdad de lo que al respecto sabía, exactamente como acabo de referírselo a usted. Mabel lo ama... Lo ama tiernamente.
—Entonces le debo a usted en gran parte el que el pobre Blair me haya legado su secreto—observé, añadiendo algunas palabras de agradecimiento y embargándome luego en profunda meditación sobre lo que acababa de revelarme.
—No hice más que cumplir con mi deber para con ambos ustedes—fue su respuesta.—Ella lo ama, como ya se lo he dicho, y, por lo tanto, estoy convencida de que con poca persuasión usted podría conseguir que nos dijese la verdad respecto a Dawson. Ella ha huido, es cierto, pero más por temor de lo que pueda usted pensar de ella cuando su secreto se divulgue, que por horror a este hombre. Recuerde—añadió,—que Mabel lo ama apasionadamente, como muchas veces me lo ha confesado, pero por alguna razón extraordinaria, que permanece siendo un misterio, ella se esfuerza en reprimir su cariño. Teme, creo yo, que de su parte sólo haya amistad, que sea usted un soltero decidido, demasiado recalcitrante, para que pueda abrigar por ella ningún pensamiento de cariño.
—¡Oh, señora Percival!—exclamé, dominado por un súbito estallido de pasión—le aseguro... le confieso que siempre he amado a Mabel... que ahora la amo tierna, apasionadamente, con todo ese vehemente ardor que un hombre sólo siente una vez en su vida. Ella me ha juzgado mal. He sido yo el culpable, porque he estado ciego, he procedido neciamente y jamás he leído el secreto de su corazón.
—Entonces es preciso que ella sepa esto inmediatamente—contestó llena de simpatía la respetable señora.—Debemos, cueste lo que cueste, encontrarla, y decirle todo. Sí, hay que tener una reunión, y ella, por su parte, debe confesarle a usted sus sentimientos. Sé muy bien cuán profundamente lo ama—añadió,—sé cuánto lo admira y cómo, en la soledad de su habitación, ha llorado muchas veces amarga y largamente, porque creía que era usted indiferente y ciego a la ardiente pasión de su noble, sincero e inocente corazón.
—¿Pero cómo era posible hacer eso ahora? El paradero de mi bien amada era un misterio para todos nosotros, nadie lo conocía. Había desaparecido completamente, con el objeto de eludir la terrible revelación que tanto horror le causaba y que ella temía ver divulgada de un momento a otro.
Mientras yo seguía débil e imposibilitado, Ford y Reginaldo en los días subsiguientes se ocuparon con toda actividad de sus investigaciones, pero todo fue en vano. Apelé a Leighton, el abogado, y le pedí su opinión, pero lo único que se le ocurrió fue insertar avisos; sin embargo, ambos estuvimos conformes en que ese medio no era conveniente ni adaptable para ella.
Aun cuando pueda parecer extraña, Dorotea Dawson, o Dolly, como la llamaba su padre, la joven de cara morena, manifestaba también la más viva ansiedad por Mabel. Su madre había sido italiana, y ella hablaba el inglés con un leve acento extranjero, como que había vivido siempre en Italia, según decía. Vino a visitarme una vez, para expresarme su sentimiento por mi enfermedad. Su aparente aspecto vulgar se debía únicamente a su nacionalidad mixta, y aun cuando era una joven muy astuta, que poseía toda la sutil perspicacia del italiano, Reginaldo había descubierto que era una compañera viva y entretenida.
Sin embargo, todos mis pensamientos estaban concentrados en un dulce amor perdido, y en ese arrogante y vulgar individuo que, con sus amenazas y desprecios, la tenía sometida a su irresistible y oculto poder.
¿Por qué había huido aterrorizada de mí? ¿Por qué se había cometido ese cobarde e ingenioso atentado contra mi vida?
Había resuelto el secreto del enigma cifrado sólo para hundirme más profundamente todavía en un hondo abismo de dudas, desesperación y misterio, pues lo que me reservaba el libro cerrado del porvenir era, como lo verán ustedes, enloquecedor y pasmoso.
Cuando la luz se hizo, resultó la realidad de una manera terrible, dura e incontestable, pero, sin embargo, fue tan asombrosa y extraña, que la fe en ella vaciló y la duda pareció ocupar su lugar.
XXIV
TERRIBLE REVELACIÓN
Transcurrieron varias semanas tristes y pesadas antes que me sintiese suficientemente mejorado para salir, y al fin, acompañado por Reginaldo, hice mi primer paseo en coche.
Estábamos a mediados de abril, el tiempo era todavía bastante frío, y el brillante mundo londinense no había vuelto aún de pasar el invierno en Monte Carlo, Cairo o Roma.
Cada año la sociedad se convierte en golondrina, volando hacia el Sud en el primer día frío de otoño, para volver más tarde a la ciudad, y cada season de Londres parece más prolongada que la anterior.
Por Piccadilly nos encaminamos a la esquina de Hyde Park, y luego, dando vueltas a Constitution Hill, tomamos por la Pall Mall. Una vez aquí, apoderose de mí el vehemente deseo de descansar un rato y gozar del aire de St. James Park; por lo tanto bajamos del coche, pagamos el pasaje al conductor, y apoyado en el brazo de Reginaldo, lentamente emprendimos la marcha por las enarenadas sendas del paseo hasta que encontramos un asiento conveniente.
El esplendor y la belleza de St. James Park, aun en un día de abril, constituyen siempre un goce para los verdaderos londinenses. Muchas veces me he asombrado de ver qué poca gente aprovecha de sus ventajas. Los maravillosos árboles, el delicioso lago con su sábana de agua plateada, todos los encantos y bellezas de los paisajes rurales ingleses, y luego esa sensación que se experimenta al darse cuenta de que lo rodean los grandes palacios, departamentos y oficinas del gobierno de nuestro gran imperio; o, en otras palabras, ese silencio de que se goza en su seno entremezclado con la vida exterior febril y tumultuosa, hacen que el parque de St. James sea uno de los más encantadores retiros de Inglaterra.
Reginaldo y yo nos repetimos varias veces esto mismo, y después, bajo la deliciosa influencia de aquel medio ambiente, llegó el momento de las reflexiones y reminiscencias, hasta que por último se sucedieron esos grandes silencios que se producen entre los amigos, y que son los mejores símbolos de su completa armonía de sentimiento e ideas.
Mientras permanecíamos sentados meditando, advertí que estábamos justamente en el punto por donde es más seguro ver pasar, a esa hora, a las figuras políticas más prominentes del día, ya para sus diferentes oficinas, o ya en camino al parlamento, donde iba a abrirse la sesión. En rápida sucesión pasaron hacia la puerta Storey un ministro del gabinete, dos pares del partido liberal, un conservador y un subsecretario.
Reginaldo, que tanto interés tomaba en la política, y a menudo había ocupado un asiento en la galería de las cámaras, me mostraba los políticos que iban pasando; pero mis pensamientos estaban en otra parte, habían volado hacia donde se hallaba mi amor perdido. Ahora que la señora Percival me había revelado cuáles eran los verdaderos sentimientos de Mabel, comprendía qué necio había sido en tratar de fingir indiferencia hacia ella, aparentando todo lo contrario de lo que en realidad existía en mi corazón. Había sido un gran tonto, y lo estaba pagando cruelmente.
Durante las semanas que había estado confinado en mi dormitorio, había conseguido hacerme de un buen número de libros, y descubierto ciertos hechos y datos concernientes al difunto cardenal que en cambio de su libertad había tenido que revelar su secreto.
Andrea Sannini, según parece, era natural de Perugia, llegó a arzobispo de Bolonia, y luego se le otorgó el capelo cardenalicio. Pío IX, de quien era gran favorito, lo designó para varias misiones delicadas ante diferentes potencias, y como demostró en su calidad de diplomático poseer una notable penetración y viveza, el Papa lo hizo tesorero general, como también director de los museos y galerías de fama universal del Vaticano. Fue una de las figuras más distinguidas y poderosas del Colegio de cardenales, según parece, y con motivo de la entrada de las tropas italianas en la Ciudad eterna el año 1870, adquirió una extraordinaria prominencia por la parte que tomó en ella. A la muerte de Pío IX, ocho años después, se creyó que sería designado como su sucesor, pero la elección recayó en su colega, el cardenal Pecci, que pasó a ser el Papa León XIII.
Estaba preocupado en todos estos datos que había conseguido después de muchísimo trabajo y pesada lectura, cuando Reginaldo exclamó de pronto, en voz baja:
—¡Mira, allí viene la hija de Dawson acompañada por un hombre!
Miré rápidamente en la dirección indicada y vi, cruzando el puente que atraviesa el lago y aproximándose hacia donde nosotros estábamos, una figura de mujer bien vestida, con una chaqueta elegante de pieles y una preciosa cofia, y a su lado un hombre alto y delgado, de traje negro.
Dolly Dawson caminaba tranquilamente, conversando y riendo, mientras él de cuando en cuando se inclinaba a su oído y le hacía algunas observaciones. Al levantar la cabeza y extender la mirada a través del lago, vi asomar sobre su sobretodo un cuello clerical y un pedacito de tela púrpura. Aquel hombre era evidentemente algún canónigo u otra dignidad de la iglesia católica.
Sería como de unos cincuenta y cinco años, de cabellos grises, bien afeitado y llevaba puesto un sombrero de copa de una forma algo eclesiástica; era en conjunto un hombre de aspecto más bien agradable, a pesar de sus delgados labios sensitivos y de su cara de una palidez ascética.
En el acto se me ocurrió que debían haberse reunido clandestinamente y andaban por allí para evitar que en la calle los pudieran reconocer. El sacerdote parecía tratarla con estudiada cortesía, y noté sus ligeras gesticulaciones al hablar, lo cual me hizo creer que era extranjero.
Le transmití mi pensamiento a Reginaldo, y éste me contestó:
—Hay que vigilarlos, viejo. No nos deben ver aquí. Desearía que se dirigiesen por el lado contrario.
Los seguimos con la vista durante un momento, temerosos de que, habiendo cruzado el puente, se dieran vuelta hacia donde nosotros estábamos, pero felizmente no lo hicieron, pues tomaron a la derecha costeando la orilla del lago.
—Si ese sacerdote es italiano, entonces debe haber venido expresamente de Italia para entrevistarse con ella—observé.—Porque desde el momento que había hablado con fray Antonio, parecía existir una curiosa conexión entre el secreto del cardenal fallecido y la iglesia de Roma.
—Es preciso averigüemos y sepamos lo que hay de verdad—observó Reginaldo.—Pero tú no debes permanecer más tiempo aquí. Se está poniendo demasiado frío para ti—añadió, poniéndose de pie de un salto.—Mientras tú te vuelves a casa, yo los seguiré.
—No—le dije.—Caminaré un poco contigo. Estoy interesado en este juego,—y levantándome también, introduje mi brazo en el suyo y emprendí la marcha apoyado en mi bastón.
Caminaban muy juntos, embargados en una animada conversación. Por las rápidas gesticulaciones del sacerdote, la manera cómo sacudía, primero, sus dedos apretados, y luego alzaba su mano abierta y tocaba su antebrazo izquierdo, podría haber afirmado que estaba hablando de algún secreto, cuyo poseedor había desaparecido. Si uno conoce bien el italiano, puede seguir hasta cierto punto el tema de la conversación por los gestos, pues cada uno de éstos tiene su significado particular.
Andando con la mayor rapidez que me fue posible, conseguimos poco a poco acercarnos, porque habían acortado el paso e iban con relativa lentitud. El sacerdote llevaba la palabra y hablaba con vehemencia, como tratando de persuadir a la hija del contramaestre del «Annie Curtis», para que procediese en el sentido que le indicaba.
Ella parecía pensativa, silenciosa e indecisa. Una vez se encogió de hombros, y se retiró de él, dándose vuelta como en actitud de desafío, pero en el acto el astuto sacerdote fue todo sonrisas y disculpas. Hablaban, no había duda, en italiano, para que así los transeúntes no pudieran entender su conversación. Noté que sus ropas eran de corte marcadamente extranjero y que sus zapatos eran bajos, aun cuando les había quitado las brillantes hebillas de acero.
En el momento que aparecieron cruzando el puente, ella venía riéndose alegremente de alguna observación de su compañero, pero ahora toda su alegría parecía haber desaparecido por completo y haberse dado cuenta del verdadero objeto de la misión de aquel extranjero. La senda que habían seguido conducía a la Horse Guard's Parade, y comprendiendo un momento después que mi debilidad no me permitiría caminar más, me vi obligado a volverme hacia las gradas de la columna de York, dejando solo a Reginaldo para que observase todo cuanto pudiese.
Volví a casa completamente exhausto y helado, pues, a pesar de haber llevado puesto mi gran sobretodo de lana, que usaba para los paseos en coche cuando estaba en Helpstone, no había podido evitar que se colara el viento frío y cortante. Permanecí dos horas completas sentado junto al fuego para reparar lo perdido, hasta que al fin volvió mi amigo.
—Los he seguido por todas partes—explicó, dejándose caer en un sillón que había enfrente de mí.—Es evidente que él la ha amenazado, y ella le tiene miedo. Cuando llegaron a Horse Guard's Parade, doblaron otra vez por Birdcage Walk y luego cruzaron el parque Green. Después la ha acompañado en coche a una de las tiendas de Fuller en la calle Regent. Parece que el sacerdote tiene un terror pánico a ser conocido, y antes de abandonar el parque Green, levantó el cuello de su sobretodo, para ocultar ese pedacito de púrpura que asomaba.
—¿Has descubierto su nombre?
—Lo seguí hasta el Saboya, que es donde para. Allí ha registrado su nombre como monsignore Galli, de Rimini.
Nuestras informaciones al respecto acababan aquí. Bastaban, sin embargo, para demostrar que el sacerdote estaba en Londres con un propósito fijo, probablemente para persuadir a la hija de el Ceco de que le diera ciertos informes que deseaba conocer vehementemente, y que tenía la intención de obtener por medio de ciertos datos importantes que poseía.
Pasaron varios días lluviosos y sombríos, y Bloomsbury presentaba su aspecto más melancólico. No había podido descubrir la menor huella de mi amor desaparecido, ni conseguir ningún otro dato de monsignore, el sacerdote de blancos cabellos. Parece que éste había abandonado el Saboya a la tarde siguiente, retornando, no hay duda, al Continente, pero ignorábamos si había tenido o no éxito en su misión.
Dolly Dawson, con quien Reginaldo había entablado una especie de agradable amistad, más con el propósito de poderla observar e interrogar que por otra cosa, vino a vernos para informarse de mi salud y saber si habíamos conseguido alguna noticia sobre el paradero de Mabel. Su padre—nos dijo,—habíase ausentado por varios días de Londres, y ella iba a partir para Brighton, a visitar una tía.
¿Sería posible que Dawson, habiendo tenido conocimiento de mi buen resultado en la solución del enigma cifrado, hubiera partido para Italia con el fin de salvar el secreto del cardenal y arrebatárnoslo? Hora por hora anhelaba recuperar todas mis fuerzas para poder partir hacia el sitio señalado a orillas del Serchio, pero me encontraba detenido dentro de aquellas estrechas habitaciones por mi terrible debilidad.
Pasaron cuatro largas y espantosas semanas de martirio, hasta que llegó mediados de mayo, y pude tener suficientes fuerzas para salir solo a caminar y dar unos cortos paseos por la calle Oxford y sus alrededores. El testamento de Burton Blair había sido ya aprobado, y Leighton nos manifestó, en las varias veces que nos visitó, el descuido, e indiferencia con que el tal Dawson manejaba los bienes.
Que el aventurero estaba en comunicación secreta con Mabel lo probaba el hecho de que ciertos cheques firmados por ella habían pasado por sus manos para ir al Banco; sin embargo, aun cuando parezca muy extraño, aparentaba completa ignorancia al respecto y declaraba no saber dónde se encontraba.
Dawson estaba ya de vuelta en la mansión de la plaza Grosvenor, cuando un día, a eso de las doce, Glave hizo pasar a mi presencia a Carter.
Conocí por su semblante la agitación que lo dominaba, y apenas entró, después de saludarme respetuosamente, exclamó:
—¡He conseguido descubrir la dirección de la señorita Mabel, señor! Desde que ella abandonó la casa no he perdido de vista las cartas enviadas al correo, como el señor Ford me había indicado que lo hiciera; pero el señor Dawson no le ha escrito nunca hasta esta mañana, que por casualidad, creo yo, envió una carta al correo dirigida a ella, entre un número de otras que entregó al mensajero. Está en Mill House, Church Enstone, cerca de Chipping Norton.
Lleno de alegría, di un salto y me puse en pie; le agradecí la noticia, ordené a Glave que le diera de beber y partí de Londres para Owfordshire por el tren de la una y media.
Antes de las cinco hallé a Mill House, casa sombría y anticuada, que quedaba detrás de un alto seto de bojes que había en la calle de la aldea en Church Enstone, sobre el camino real de Aylesburg a Stratford. Delante de la casa se extendía un pequeño prado, alegre y brillante con sus canteras de tulipanes y fragantes narcisos.
Una criada de burdo lenguaje me abrió la puerta e hízome pasar a una pieza baja, pequeña y anticuada, donde sorprendí a mi amada sentada en una gran silla de brazos, en actitud triste, leyendo.
—¡Señor Greenwood!—tartamudeó, levantándose rápidamente, pálida y sin aliento—¡usted! ¡usted aquí!
—Sí—contesté, cuando la sirvienta hubo cerrado la puerta y quedamos solos.—¡Al fin la he encontrado, Mabel... al fin!—Y, avanzando, tomé tiernamente sus dos manecitas entre las mías. Después, dominado por el éxtasis de aquel momento de placer, la miré de fijo a los ojos, exclamando:—Ha tratado de huir de mí, pero hoy la he vuelto a encontrar. He venido, Mabel, a confesarle con franqueza, a decirle... a decirle, mi queridísima Mabel, que... que la amo!
—¡Que me ama!—gritó, espantada, dando un salto atrás, y apartándome de su lado con sus dos blancas y pequeñas manos.—¡No! ¡No!—gimió.—Usted no debe... no puede amarme. ¡Es imposible!
—¿Por qué?—le pregunté rápidamente.—La he amado desde aquella primera noche que nos conocimos. Ciertamente que usted debe haber descubierto hace mucho tiempo el secreto de mi corazón.
—Sí—tartamudeó,—lo he conocido. Pero ¡ay! ¡es demasiado tarde... demasiado tarde!
—¿Demasiado tarde?—exclamé.—¿Por qué?
Quedó callada. Su semblante cubriose de una repentina palidez mortal y hasta sus labios se pusieron blancos: luego la vi temblar de pies a cabeza.
Repetí mi pregunta gravemente, con mis ojos fijos en ella.
—Porque—contestó al fin lentamente, en una voz trémula y tan baja, que apenas pude oír las fatales palabras que pronunció—¡porque ya estoy casada!
—¡Casada!—exclamé tartamudeando y quedándome rígido.—¡Y su esposo! ¿Cómo se llama?
—¿No adivina usted?—me preguntó.—¿No lo sospecha? El hombre que ya ha tenido oportunidad de conocer: Herberto Hales.
Sus ojos estaban bajos como avergonzados, mientras su barba fina descansaba abatida sobre su pecho jadeante.
XXV
EL NOMBRE SAGRADO
¿Qué podía yo decir? ¿Qué habrían dicho ustedes?
Me quedé silencioso. No supe qué palabras emitir. ¡Ese joven caballerizo, ese bribón, hijo del respetable y anciano marino que pasaba las tardes de sus plácidos días sentado a la puerta de su casa de las Encrucijadas, era, en efecto, el esposo de la hija del millonario! Parecía completamente increíble, sin embargo, al recordar aquella escena de media noche en el parque de Mayvill; en el acto reconocí cuán impotente y desamparada se hallaba en las manos de ese vulgar y arrogante gañán, de ese infame campesino, que, en un momento de loco frenesí, había cometido aquel desesperado y furioso atentado contra la vida de Mabel.
Reconocí también que hacía mucho tiempo que el amor, si es que existió alguna vez, había desaparecido entre ellos, y que la única idea que dominaba en el pensamiento de ese hombre, era sacar provecho de su unión con ella, abusar y explotarla vilmente, como tantas mujeres ricas y de elevada posición son en este mismo momento víctimas de iguales infortunios en Inglaterra. Como un relámpago acudió a mi mente el recuerdo de su negativa de perseguir y castigar a este hombre infame por el cobarde atentado contra su vida, y la razón se manifestó entonces clara y concluyente.
¡Era su esposa!
El solo pensamiento me produjo un espasmo de celos, dolor y odio, porque la amaba con toda la pasión sincera y honrada de que es capaz un hombre de bien. Desde que la señora Percival me había revelado la realidad, sólo había vivido para ella, pensando en volverla a encontrar y declararle francamente mi amor.
—¿Es esto cierto?—le pregunté al fin en una voz cuya aspereza no pude reprimir. Tomé su mano fría e inerte entre las mías y contemplé su hermosa cabeza caída.
—¡Ay de mí! desgraciadamente lo es—fue su débil contestación.—Es mi esposo; por consiguiente, todo amor entre nosotros está excluido—añadió.—Ha sido usted siempre mi amigo, señor Greenwood, pero ahora que me ha obligado a confesarle la realidad, nuestra amistad ha terminado.
—¿Y su esposo está aquí con usted?
—Ha estado—respondió,—pero se ha ido.
—Supongo que abandonó usted Londres secretamente para reunirse a él, ¿no es así?—observé con amargura y acritud.
—Porque me lo pidió. Deseaba verme.
—¿Para obtener dinero a fuerza de amenazas, como intentó hacerlo esa noche memorable en Mayvill?
La pálida y abatida niña movió afirmativamente la cabeza.
—He venido a vivir en esta casa, pero pagando—explicó.—Isabel Wood, una antigua condiscípula, vive aquí con su madre. Las dos creen que he hecho un casamiento secreto, contrariando a los míos, para lo cual he tenido que fugarme del hogar, y en estos dos últimos años han sido extraordinariamente bondadosas conmigo.
—¡Entonces hace dos años que está usted casada!—exclamé lleno de sorpresa y confusión, verdaderamente asombrado de ver la manera cómo había sido engañado.
—Sí, hace casi dos años. Nos casamos en Wymondham, en el condado de Norfolk.
—Cuénteme toda la historia, Mabel—la insté, después de una pausa prolongada, esforzándome por conservar una fingida calma exterior, que no coincidía ciertamente con mis sentimientos más íntimos y profundos.
Su pecho se levantaba y bajaba jadeante debajo de sus encajes y chiffons, sus grandes ojos maravillosos brillaban llenos de lágrimas. Durante largos cinco minutos permaneció dominada por la emoción y sin poder articular una palabra. Al fin, en una voz baja, enronquecida, dijo:
—No sé lo que pensará usted de mí, señor Greenwood. Estoy avergonzada de mí misma, y de la manera cómo lo he engañado. Mi única disculpa puede concentrarse en estas dos palabras: era imperativo. Me casé obligada por una terrible cadena de circunstancias, que usted sólo comprenderá cuando la luz se haga, cuando conozca toda la verdad.—Y volvió a quedar callada.
—¿Pero no me la dirá usted ahora?—insistí.—Como su mejor amigo, como el hombre que la ha amado sinceramente, creo que tengo derecho a conocerla.
Movió la cabeza con amarga tristeza, y, mirándome a través de sus lágrimas, respondió brevemente:
—Ya se la he dicho. Estoy casada. Sólo puedo pedirle perdón por haberlo engañado y manifestarle que me he visto obligada a hacerlo.
—¿Quiere usted decir que se ha visto precisada a casarse con él? ¿obligada por quién?
—Por él—tartamudeó.—Hace dos años que una mañana salí sola de Londres y me reuní con él en Wymondham, donde previamente había estado parando por espacio de quince días, mientras mi padre estaba pescando. Herberto me recibió en la estación, y nos casamos secretamente, actuando como padrinos dos hombres desconocidos, elegidos a la ventura. Después de celebrada la ceremonia, nos separamos. Me saqué el anillo y volvime a casa. Esa noche dábamos una comida, y entre los comensales estaba usted, lord Newborough y lady Rainham; después concurrimos al Haymarket. ¿No lo recuerda? Cuando estábamos sentados en el palco, me preguntó por qué me encontraba tan triste y pensativa, y yo me disculpé diciéndole que tenía un fuerte dolor de cabeza. ¡Ah! ¡si hubiera usted sabido!
—Recuerdo esa noche perfectamente—le dije, compadeciéndola.—¿Fue aquélla entonces la noche de su casamiento? Pero ¿cómo la obligó a que se casara con él? Las razones que lo impulsaron, son demasiado claras, por cierto. Quería sacar ventaja, no hay duda, ya fuera por el hecho de que usted no podría consentir que se supiera que era la esposa de un hombre vulgar, de un cuidador de caballos, o ya porque tenía la intención de entrar en posesión de su dinero a la muerte de su padre. Ciertamente que no es el suyo el primer casamiento de esta clase que se ha celebrado—añadí, con un sentimiento de espanto y confusión.
En el mismo momento en que mis esperanzas habían llegado al más alto grado y parecían próximas a ver realizados sus ensueños, debido a la declaración de la señora Percival, había caído el golpe terrible sobre ellas, y comprendí en el acto que era imposible todo amor entre nosotros. Mabel, la mujer a quien había amado con tanta pasión y ternura, era la esposa de un rústico campesino bruto que con sus amenazas la martirizaba hasta la locura, y que, como ya lo había demostrado, no vacilaría ante nada con el fin de conseguir sus despreciables fines.
El estado de mi ánimo y sentimientos era indescriptible. No tengo palabras para poder dar una idea adecuada de las emociones encontradas que destrozaban mi corazón, ni cómo lo torturaban cruelmente. Hasta ese momento había estado bajo mi protección, pero, ahora que ya sabía que era la esposa de otro, no tenía derecho para ejercer contralor sobre sus actos, no tenía derecho para admirarla, ni tampoco lo tenía para amarla.
¡Ah! si alguna vez se ha sentido un hombre desesperado, abatido y desengañado; si ha comprendido cuán inútil y sin objeto ha sido su vida triste y solitaria, ese hombre he sido yo.
Intenté persuadirla de que me contara cómo ese rústico campesino la había obligado a que se casara con él, pero las palabras se anudaron en mi garganta y la emoción me ahogó. Las lágrimas debieron agolparse en mis ojos, supongo, porque con un impulso de súbita simpatía, una explosión de ternura femenina que vibraba tan fuertemente dentro de su noble ser, colocó su mano cariñosamente sobre mi hombro y dijo, en una voz tranquila, serena y baja:
—No podemos revocar lo pasado, ¿para qué entonces pensar en ello? Proceda como le pedí en mi carta que lo hiciera. Perdóneme y olvide. Déjeme con mis penas. Ahora sé que me ha amado, pero es...
No pudo terminar la frase, porque se bañó en lágrimas.
—Sé lo que quiere usted decir—le dije confundido.—Demasiado tarde... sí, demasiado tarde. Nuestras dos existencias han sido destruidas por mi necedad... porque le oculté lo que como hombre sincero y honrado debía habérselo dicho hace ya mucho tiempo.
—No, no, Gilberto—gritó, llamándome por mi nombre por la primera vez,—no digo eso. La culpa no es suya, sino mía... mía—y se cubrió la cara con las manos y sollozó fuerte y melancólicamente.
—¿Dónde está su marido... o más bien dicho, ese hombre que intentó matarla?—le pregunté fieramente pocos minutos después.
—En algún punto del Norte, según creo.
—¿Y cuándo estuvo aquí con usted?
—Hace una semana que vino y permaneció un par de horas.
—¡Pero no es posible que siga abusando de usted de este modo! ¡Si no puedo seguir siendo su amante, puedo, sin embargo, ser siempre su campeón, Mabel!—grité lleno de decisión.—En adelante tendrá que arreglárselas conmigo.
—¡Ah, no!—tartamudeó, volviéndose hacia mí con recelo y temor.—No debe usted hacer nada. De otra manera podría él...
—¿Qué podría él hacer?
Quedó callada, contemplando por la abierta ventana, sin objeto ni interés, los anchos prados que se extendían delante de su vista, nebulosos y silenciosos en medio de la obscuridad del crepúsculo.
—¡Puede—dijo en voz baja y cortada,—puede decir al mundo la verdad!
—¿Qué verdad?
—La que él sabe... por medio de la cual me obligó a ser su esposa,—y se llevó la mano al pecho, como para detener los terribles latidos de su tierno corazón.
Intenté persuadirla de que me revelara el secreto, que confiara en mí sus cuitas, dado que era su más fiel y sincero amigo, pero se negó.
—No—exclamó en voz cortada,—no me lo pregunte, Gilberto, ahora que puedo permitirme llamarle así, pues de todos los hombres es a usted al que no puedo decírselo. A mí sólo me resta callar... y sufrir.
Su cara estaba pálida, muy pálida, y por la expresión de ella conocí que su resolución era irrevocable.
A pesar de la confianza y estimación que me tenía, comprendí que no habría poder en el mundo que la indujera a revelarme esa terrible verdad.
—Pero usted sabe la razón que tuvo su padre para designar a su amigo Dawson administrador de su fortuna—le dije.—Tenía confianza en que con una palabra suya se conseguiría hacerle retirarse del puesto que hoy ocupa. No es posible que aparente usted ignorar el misterioso motivo que tuvo su padre para proceder así.
—Ya se lo he dicho. Mi pobre padre también procedió bajo presión. El señor Leighton lo sabe también.
—¿Y conoce usted la razón?
Movió la cabeza afirmativamente.
—¿Entonces puede usted contrarrestar los planes de ese hombre?
—Sí, podría—contestó lentamente,—si me atreviera a hacerlo.
—¿Qué teme?
—Temo lo que mi padre temía—respondió.
—¿Y qué era eso?
—Que cumpliera cierta amenaza que muchas veces había hecho a mi padre, y más tarde a mí. El día que abandoné mi hogar me amenazó también... desafiándome a que pronunciara una sola palabra.
Sí, ese tuerto tenía sobre ella un poder absoluto, como se había jactado delante de la señora Percival. También conocía ese hombre el secreto del cardenal, mientras yo lo ignoraba.
Permanecimos sentados en esa pequeña y anticuada habitación hasta que el crepúsculo se convirtió en noche profunda, y ella se levantó penosamente y encendió la lámpara. A la luz noté, sobresaltado, cómo había cambiado su dulce rostro. Sus mejillas estaban pálidas y marchitas, sus ojos hinchados y enrojecidos, y todo su semblante denotaba una ansiedad profunda, terrible, ardiente, un terror pánico de lo desconocido que el porvenir le reservaba.
Ciertamente, su posición era extraña, casi inconcebible: una linda joven, con una fortuna de más de dos millones de libras depositada en poder de sus banqueros, y sin embargo perseguida, rondada por sus crueles enemigos que buscaban su ruina, degradación y muerte.
La revelación de su casamiento me había dado un golpe terrible, como para hacerme tambalear. Ya no podía ser para ella más que un simple amigo como cualquier otro hombre; todos los pensamientos de amor estaban excluidos, toda esperanza de felicidad abandonada. Jamás la había yo pretendido por su fortuna, eso puedo confesarlo honradamente. La había amado sólo por lo que ella valía en sí, porque era dulce y pura, porque conocía que su corazón era leal y sincero; que en carácter, fuerza de voluntad, gracia y belleza, era incomparable.
Durante un largo rato retuve su mano entre las mías, sintiendo cierta satisfacción, supongo, en repetir de esta manera lo que tantas veces había hecho en otro tiempo, ahora que ya tenía que despedirme para siempre de todas mis esperanzas y aspiraciones.
Ella permanecía sentada en silencio, dejando escapar profundos suspiros de dolor mientras yo hablaba, refiriéndole esa extraña aventura nocturna de las calles de Kensington, y cuán cerca había estado de la muerte.
—Entonces, sabiendo que ha conseguido usted leer el secreto escrito en esas cartas, han intentado sellar sus labios para siempre—exclamó al fin, en una voz dura y mecánica, casi como si hubiera estado hablando consigo misma.—¡Ah! ¿no se lo previne en mi carta? ¿no le he dicho que el secreto está tan bien e ingeniosamente guardado, que no conseguirá nunca saberlo o sacar provecho de él?
—Pero tengo la intención de perseverar en la solución del misterio de la fortuna de su padre—declaré, siempre, con su mano entre las mías, dándole mi adiós triste y amargo.—El me dejó su secreto, y yo he decidido partir mañana para Italia, a buscar el punto indicado y conocer la verdad.
—Entonces, es mejor que se economice esa molestia, señor—exclamó una voz de hombre vulgar y sin ninguna educación, que al oírla me sobresaltó y, al darme vuelta rápidamente, vi que la puerta se había abierto sin ruido, y en el dintel, contemplándonos con aparente satisfacción, estaba de pie el hombre que se interponía entre mi bien amado y yo: ¡el campesino rústico y brutal que la reclamaba con el derecho de darle el nombre sagrado de esposa!
XXVI
FRENTE A FRENTE
—¿Me gustaría saber qué tiene usted que hacer aquí?—preguntome aquel vulgar individuo, de facciones groseras, cuyo chato sombrero gris y calzones cortos le daban un aspecto marcadamente de mozo de cuadra. Y se quedó de pie en el umbral de la puerta, cruzando los brazos desafiadoramente y mirándome a la cara.
—El asunto que me ha traído aquí, sólo a mí atañe—contesté, haciéndole frente con repugnancia.
—Si le incumbe a mi esposa, yo tengo derecho de saberlo—insistió.
—¡Su esposa!—grité, avanzando hacia él y dominando con dificultad el poderoso impulso que sentía de golpear y arrojar al suelo a ese joven rufián.—¡No la llame su esposa, hombre! ¡Llámela por su verdadero nombre: su víctima!
—¿Me dice usted eso como insulto?—dijo rápidamente, poniéndose blanca su cara de súbita ira. Mabel, al ver su actitud amenazadora, de un salto se interpuso entre nosotros y me suplicó que conservara mi calma.
—Hay algunos hombres para quienes no pueden ser insulto las palabras, por duras que sean—contesté violentándome,—y usted es uno de ellos.
—¿Qué quiere usted decir?—gritó.—¿Desea usted pelear?—y avanzó con los puños cerrados.
—No deseo pelear—fue mi rápida respuesta.—Lo único que le ordeno es que deje en paz a esta dama. Puede legalmente ser su esposa, pero yo asumiré el papel de su protector.
—¡Oh!—exclamó, encogiendo el labio con burla.—¿Querría saber con qué derecho interviene usted entre nosotros?
—Con el derecho que todo hombre tiene de proteger a una mujer desamparada y perseguida—contesté con toda firmeza.—Le conozco, y estoy bien al tanto de su ignominioso pasado. Ya que se atreve a desafiarme, ¿tendré acaso que recordarle un incidente que parece haber olvidado muy cómodamente? ¿No recuerda de cierta noche, no muy lejana, en el parque de Mayvill, cuando intentó usted cometer un crimen infame y brutal, no recuerda?
Dio un salto sobresaltado, luego me miró iracundo, brillando en sus ojos el fuego del odio criminal.
—¡Ella se lo ha dicho! ¡Maldita sea! ¡Me ha vendido!—exclamó lanzando a su temblorosa y aterrada mujer una mirada de profundo desdén.
—No, ella no me lo ha dicho—respondí.—Por casualidad me tocó ser testigo de su cobarde atentado. Yo fui quien la sacó con vida del río helado, adonde usted la arrojó criminalmente. Por ese acto que cometió entonces, va a responderme ahora.
—¿Qué es lo que quiere usted significar?—preguntó, y por las líneas de su semblante conocí que mi actitud y palabras le habían producido una inmensa inquietud.
—Quiero significar que no es a usted a quien le toca atreverse a desafiar, teniendo en vista el hecho de que, si no hubiera sido por la feliz circunstancia de haberme encontrado presente esa noche en el parque, hoy sería usted un asesino convicto.
Al oír las últimas palabras, se contrajo aterrado. Como todos los de su clase, era arrogante y tirano con el débil, pero tan fácil de dominar con firmeza como un perro que se somete a la voz de su amo.
—Y ahora—continué,—puedo añadir también que esa misma noche en que casi mató a esta pobre niña que es su víctima, oí sus exigencias. Es usted un vil explotador, el tipo más despreciable y ruin del criminal, y parece haber olvidado que para delitos como los suyos hay leyes severas que castigan.
Usted exige dinero valiéndose de amenaza, y en presencia de una negativa comete un atentado desesperado contra la vida de su esposa. Las pruebas que yo podría presentar contra usted en el tribunal de Asises, lo harían condenar a trabajos forzados por un término de años, ¿me comprende? Voy, por lo tanto, a hacer un convenio con usted: si me promete no molestar más a su esposa, yo guardaré silencio.
—¡Y me hace el favor de decirme quién demonios es usted para que me hable de esta manera... vamos, como un capellán de cárcel en su visita semanal a las celdas!
—Mejor es que sepa contener su lengua, hombre, y reflexione bien en mis palabras,—le dije.—No soy persona de entrar en argumentos. Procedo.
—Pues, proceda como mejor le plazca. Yo haré lo que crea más conveniente, ¿me oye?
—¿Y desafiará el peligro? ¿Se expondrá a todo? Muy bien—repliqué.—Usted conoce lo peor: el presidio.
—Y usted no—rió.—Si así no fuera, no hablaría como un verdadero idiota. Mabel es mi esposa, y nada tiene usted que hacer en el asunto, de manera que ya con esto es suficiente—añadió insolentemente.—En vez de tratar de amenazarme, soy yo quien tiene derecho de preguntarle por qué le encuentro a usted aquí... con ella.
—¡Voy a decírselo!—grité encolerizado, ardiéndome las manos de deseo de darle a ese imprudente bribón una buena y merecida lección.—Estoy aquí para protegerla, porque temo por su vida. Y permaneceré aquí hasta que usted se vaya.
—Pero yo soy su marido, y por consiguiente me quedaré—exclamó el individuo, completamente inalterable.
—Entonces ella se irá conmigo—exclamé con decisión.
—Yo no permitiré eso.
—Usted procederá como yo lo crea conveniente—le dije. Después, volviéndome a Mabel, que había permanecido callada, temblando y pálida, por temor de que nos fuéramos a las manos, añadí:—Póngase su saco y sombrero en el acto, porque se debe volver a Londres, conmigo.
—¡No lo hará!—gritó, sin ceder.—Si mis maldiciones y juramentos consiguen irritarla, los tendrá gruesos y en abundancia.
—Mabel—le dije, sin poner atención en las palabras del rufián, pero retrocediendo para permitirle que pasara,—póngase su saco, hágame el favor. Afuera me espera una volanta.
El bribón intentó hacer un movimiento para impedirle salir de la habitación, pero en el acto mi mano cayó pesadamente sobre su hombro, y en mi cara leyó mi determinación.
—¡Usted se arrepentirá de esto!—silbó amenazadoramente, pronunciando entre dientes una maldición.—Ya sé lo que anda usted buscando... pero—y se rió,—pero jamás obtendrá el secreto que le dio los millones a Blair. Usted cree tener en su mano el hilo que le descubrirá el misterio, pero pronto se dará cuenta de su error.
—¿Y cuál es mi error?
—No asociarse a mí, en vez de insultarme.
—No tengo necesidad de la ayuda de un hombre que atenta contra la vida de una pobre mujer desamparada—le respondí.—Tenga presente que en adelante debe permanecer alejado de ella, o ¡por Job! le aseguro que sin más acá ni más allá, pediré la cooperación de la policía, y su historia pasada demostrará la perversidad de su carácter.
—Haga lo que guste—rió de nuevo desafiadoramente.—Entregándome a la policía le hará a ella el peor de los males. Si duda de lo que digo, pregúnteselo. Tenga cuidado de cómo procede antes de ponerse en ridículo y hacerla víctima a ella.
Y con esta vana y áspera insolencia se dejó caer en el sillón y colocó sus pies sobre el enrejado de la chimenea, asumiendo una actitud indolente y encendiendo tranquilamente un cigarro ordinario y de desagradable olor.
—No tema, será uno solo el que saldrá perdiendo—respondí significativamente.—Y ese será usted.
—Está bien—exclamó,—ya veremos.
Salí de la pieza y me reuní a Mabel, que me esperaba vestida en el vestíbulo. Después de despedirse rápidamente de Isabel Wood, su antigua condiscípula, la saqué de allí, la hice subir a la volanta y con ella me volví a Chipping Norton.
Aun cuando, reflexionando con espíritu más sereno, no podía comprender la posición exacta que ocupaba este joven rufián que se llamaba Herberto Hales, o el significado verdadero de sus ominosas palabras finales de franco desafío, había conseguido, por lo pronto, arrebatar a mi amada de las garras de ese impudente, descorazonado y arrogante bruto y explotador, pero no me atrevía a prever por cuánto tiempo sería. Mi posición era insegura e incierta, como que no podía afrontar abiertamente la situación. Amaba a Mabel, pero no tenía derecho a hacerlo. Era, desgraciadamente, la esposa, ¡ay! la víctima, mejor dicho, de un hombre de tipo vulgar e instintos criminales.
Nuestro viaje hasta la estación de Paddington fue sin novedad, y en el más completo silencio casi. Nuestros corazones, que palpitaban tristemente, rebosaban de pena y dolor, sin alientos para poder pronunciar las más simples palabras. Una barrera insuperable se había interpuesto entre nosotros; ambos estábamos abatidos y enfermos de pesar. El pasado, lleno de esperanzas, había terminado; teníamos por delante el porvenir sombrío, melancólico y desesperante.
Cuando llegamos a Londres, me manifestó el deseo de ver a la señora Percival, y como se negara a volver a vivir bajo el mismo techo con Dawson, la conduje al York Hotel, en la calle Albemarle; después, en el mismo coche, me encaminé a la plaza Grosvenor, informando a la señora Percival dónde estaba mi amada.
La viuda no perdió un minuto en ir a su lado, y, a media noche, acompañado por Reginaldo, fui otra vez al hotel, porque quería darle ciertas instrucciones sobre su esposo, recomendándole que se negara a verlo, si llegaba a encontrarla, y también despedirme de ella, pues a las nueve de la mañana siguiente partíamos de Charing Cross, con rumbo a Italia.
Había resuelto, con Reginaldo, que no debíamos perder un momento más de tiempo, ahora que me sentía suficientemente mejorado y fuerte para viajar, y que era preciso marchar para Toscana, con el fin de averiguar la realidad de aquel misterioso registro cifrado.
Se despidió cariñosamente de los dos, e insistió en que no nos afligiéramos más por ella, a pesar de lo cual no pudimos dejar de notar cuán grande era su ansiedad respecto al resultado de mi desafío a su infame marido. Nos deseó buena suerte, rapidez en la peligrosa empresa que íbamos a emprender, éxito completo y pronto y feliz retorno a la patria.
XXVII
LAS INSTRUCCIONES DE SU EMINENCIA
El verde y tortuoso valle de Serchio presentaba su más alegre y bello aspecto en el mes de mayo, la época de las flores en la vieja Italia. Alejado, bien alejado, de las grandes rutas por donde en invierno cruzan los numerosos turistas ingleses, americanos y alemanes, solitario e inexplorado, visitado sólo por los sencillos contadini de las montañas, el rumoroso río serpentea formando tortuosas curvas y caprichosos recodos, alrededor de ángulos puntiagudos, y bajo inmensos árboles con sus copas inclinadas, en torno de grandes peñascos y piedras enormes, gastadas y suavizadas por la acción del agua a través de los siglos.
En estos parajes solitarios del río, cuando se lanza impetuosamente desde los gigantescos Apeninos hacia el mar, moran, tranquilos y contentos, sin que el ser humano perturbe su plácida existencia, el brillante martín pescador y la majestuosa garza, sintiéndose dueños absolutos de él.
Cuando echamos a andar, habiendo dejado el coche que nos había llevado de Lucca al extraño puente medioeval llamado Puente del Diablo, la pintoresca, serena y solitaria belleza campestre del paisaje nos impresionó. El silencio era profundo, no se oía el menor ruido, a excepción del zumbido de los millares de insectos que pululaban al sol, y el suave rumor musical del agua, que en ese paraje se desliza tranquila sobre su lecho rocalloso.
Mi primer impulso cuando llegamos al Universo, en Lucca, fue subir al Monasterio y visitar a fray Antonio. Sin embargo, me parecía tan íntima su relación con el socio de Blair, el excontramaestre Dawson, que resolvimos explorar primero el punto señalado y hacer algunas observaciones. Por lo tanto, a las ocho de esa mañana subimos a uno de esos viejos y polvorientos coches toscanos de camino, cuyos caballos llevan de adorno ruidosas campanillas, y cerca del mediodía nos encontramos en la orilla izquierda del río, contando los cuatrocientos cincuenta y seis pasos, como indicaba el registro secreto inscripto en las cartas.
Le ordenamos a nuestro conductor que se volviera a esperarnos en la pequeña posada, o bodegón, que había junto al camino y por delante del cual acabábamos de pasar; y para evitar que nos observara de lejos, porque sabíamos que trataría de espiar furtivamente nuestros movimientos, nos vimos obligados, en vista de no haber una senda, a dar una vuelta por el centro de un bosquecillo, saliendo de nuevo a la orilla del río un poco más arriba.
Cuando estuvimos junto al agua, de pie en medio de los altos matorrales que crecían sobre las márgenes, sólo pudimos volver la mirada hacia el puente y calcular que estábamos como a unos cien pasos de él.
Después, marchando adelante en fila, nos abrimos camino con dificultad a través de las altas malezas, pastizales, gigantes helechos y enmarañadas trepadoras, avanzando lentamente hacia el puente señalado. En ciertos parajes los árboles entrelazaban sus copas, y el brillante sol penetraba por entre el follaje, yendo a reflejarse sus rayos sobre las rumorosas y agitadas aguas, produciendo un lindo efecto.
Según el registro, el lugar debía quedar en campo abierto, puesto que el sol brillaba sobre él durante una hora del mediodía, el cinco de abril y dos horas el cinco de mayo. Estábamos en ese momento a diecinueve de mayo, y, por lo tanto, la duración del sol sería, calculando aproximadamente, como de un cuarto de hora más.
En ciertos sitios el río quedaba despejado y libre para recibir el sol, mientras en otros la luz no debía poder penetrar nunca allí, pues sus orillas eran tan altas y encajonadas que lo impedían. De las grietas de las rocas surgían pinos de montaña y otros árboles que habían echado raíces y crecido enormemente, doblándose sobre el río hasta casi tocar el agua con sus ramas; de consiguiente, nuestro avance era cada vez más lento y difícil, por las escabrosidades de la ribera, la enmarañada vegetación silvestre y los pastizales.
Un hecho estaba demostrado: hacía mucho que nadie se había aproximado al punto indicado, porque no encontramos la menor huella que diera a conocer que las plantas de algunos intrusos hubiesen hollado una hoja o destruido una sola varita.
Al fin, después que subimos a lo largo de un escarpado peñasco que descendía abruptamente al agua, y hubimos calculado que nos hallábamos a cuatrocientos veinte pasos del viejo puente, dimos vuelta de pronto a un recodo del río y salimos a un espacio en donde éste se ensanchaba, aun cuando siempre se deslizaba a cien pies o más de profundidad, de modo que corría despejado con un ancho de cuarenta yardas, por lo menos, mirando hacia el firmamento.
—¡Aquí debe ser!—grité con ansiosa anticipación, parándome e inspeccionando rápidamente el paraje.—En las instrucciones dice que hay que bajar veinticuatro escalones. Supongo que debe querer significar escalones hechos en la roca; es preciso que los encontremos.
Y ambos empezamos a buscarlos con todo interés, pero no pudimos descubrir ninguna huella en medio de aquella enmarañada vegetación.
—El registro dice que hay que descender hasta el punto detrás del cual un hombre puede defenderse de cuatrocientos—exclamó Reginaldo, leyendo una copia del original que sacó del bolsillo.—Esto parece indicar que la entrada está en alguna estrecha grieta entre dos rocas. ¿No ves tú algo parecido?
Miré con ansiedad en derredor, pero me vi obligado a confesar que no distinguía nada que coincidiera con la descripción.
Tan abrupto era el obscuro peñasco de piedra caliza que bajaba hasta el agua, que me aproximé a su borde con gran precaución, y después, echándome de bruces, me arrastré y miré por sobre su peligrosa orilla. Al hacerlo, se aflojó un enorme pedazo de roca y cayó al río con gran estrépito.
Observé todo con mucho cuidado, pero no pude ver nada, absolutamente nada, que estuviera en conformidad con lo que el antiguo bandido Poldo Pensi había dejado registrado.
Durante media hora larga anduvimos escudriñando en vano, hasta que comprendimos, alarmados, que, como no habíamos medido con exactitud los pasos señalados desde el Puente del Diablo, no estábamos en el punto preciso. Retrocedimos el camino andado, lenta y trabajosamente, volviendo a tener que pasar por entre las malezas casi impenetrables, desgarrando nuestras ropas e hiriéndonos, y una vez que llegamos al puente, que era el punto de partida, emprendimos de nuevo la marcha.
Tan equivocado había sido nuestro cálculo, que a los trescientos ochenta y siete pasos de la segunda exploración pasamos por el lugar que con tanta minuciosidad habíamos escudriñado momentos antes, y continuando nuestro camino, siempre adelante, nos paramos al llegar a los cuatrocientos cincuenta y seis pasos, sobre la cima de un alto campo muy similar al otro, aun cuando más agreste y todavía más inaccesible.
—Aquí no parece haber nada—observó Reginaldo, cuya cara estaba toda lastimada por las malezas espinosas y chorreaba sangre.
Miré en contorno y tuve, con disgusto, que ratificar sus palabras. Los árboles eran grandes y sombríos donde estábamos parados, inclinándose algunos de ellos sobre la profunda quebrada por donde el río serpenteaba. Cautelosamente nos arrastramos de bruces hasta el borde de la roca, usando esta precaución, porque no sabíamos si la orilla estaba podrida, e inspeccionamos el punto con mirada penetrante.
—¡Mira!—gritó mi amigo señalando un lugar que había hacia el fondo del peñasco, a mitad de camino del profundo río, después que daba la abrupta vuelta,—allí hay unos escalones y una senda estrecha que conduce más abajo. ¿Y qué es aquello?
XXVIII
DESCRIPCIÓN DE UN DESCUBRIMIENTO ASOMBROSO
Miré y vi, sobre una especie de plataforma natural hecha en la roca, una pequeña choza de piedra, cuyo obscuro techo de teja contemplábamos desde la altura.
—Sí—exclamé,—allí están los veinticuatro escalones de que habla el registro, no hay duda. ¿Vivirá alguien dentro de esa choza?
—Bajemos e investiguemos—indicó Reginaldo ansiosamente, y pocos minutos después descubríamos una estrecha huella que conducía del bosque de castaños directamente a los toscos escalones, los cuales bajaban hasta una angosta abertura entre dos rocas. Sobre la que quedaba a la derecha vimos, profundamente grabada en la piedra, una anticuada E mayúscula, como de un pie de largo, y pasando por junto de ella, nos encontramos con un cangilón peligroso y lleno de escabrosidades, que, haciendo ziszases, conducía a la pequeña choza. La puerta cerrada y la ventanita de hierro de aquella solitaria cabaña despertaron nuestra curiosidad.
Un momento después, sin embargo, el misterio quedó descubierto. El frente de la choza era ojival, y sobre la clave había una pequeña cruz de piedra.
Era una celda de ermitaño, como tantos otros sitios antiguos de retiro y contemplación que hay en la vieja Italia, y acto continuo, al pasar por delante de las rocas y descender cautelosamente por la senda, abriose la puerta, y salió de la ermita un monje, en el que reconocí, con gran sorpresa mía, al corpulento y barbudo capuchino, fray Antonio.
—Caballeros—exclamó en italiano, saludándonos,—éste es un inesperado encuentro, ciertamente.—y nos señaló el banco de piedra que había fuera de la pequeña y baja choza, el cual noté que estaba hábilmente oculto por los grandes árboles, cuyas copas se inclinaban sobre el río, de manera que quedaba invisible de ambas márgenes del Serchio.
Cuando nos sentamos aceptando su invitación, él recogió su desteñido hábito carmesí y se sentó a nuestro lado.
Le manifesté la sorpresa que me causaba encontrarlo allí, pero él se sonrió, y dijo:
—¿Está usted decepcionado por no haber descubierto otra cosa?
—Esperamos conocer el secreto del cardenal Sannini—fue mi franca respuesta, sabiendo bien que él estaba en posesión de la verdad, y sospechando que, junto con el inglés tuerto, había sido también socio de Blair.
Las facciones, toscas y tostadas por el sol, del monje asumieron una expresión enigmática y confusa, porque comprendió que algo habíamos conseguido saber, pero sin embargo vaciló interrogarnos por temor de descubrirse a sí mismo. Los capuchinos, como los jesuitas, son admirables diplomáticos. Indudablemente la fascinación personal que ejercía el monje, se debía en parte a su espléndida presencia. Su cara era hermosa, despejada, con facciones bien delineadas y enérgicas, dulcificadas por unos ojos en que parecía brillar la luz de la perpetua juventud, con una cándida expresión modesta.
—Entonces ha recuperado usted el registro—observó al fin, mirándome fijamente a la cara.
—Sí, y como lo he leído—contesté,—he venido aquí a investigarlo y reclamar el secreto que me ha sido legado.
Respiró con fuerza, nos miró un momento a los dos, y sus negras cejas cargadas se contrajeron. Hacía calor donde estábamos sentados, porque el brillante sol italiano caía de plano sobre nosotros; por lo tanto, sin responderme, se levantó y nos invitó a entrar en su pequeña celda fresca, pieza cuadrada y desnuda, con piso de tabla, cuyo mobiliario se componía de una cama de madera, baja y anticuada, con un pedazo de una vieja colcha obscura por cobertor, un priedieu Renacimiento, de roble antiguo tallado, ennegrecido por el uso y el tiempo, una silla, una lámpara de colgar, y en la pared un gran crucifijo.
—¿Y el señor Dawson?—preguntó al fin, cuando Reginaldo se hubo sentado en la orilla de la cama y yo en la silla.—¿Qué es lo que él dice?
—No tengo necesidad de pedirle su opinión—repliqué rápidamente.—Por la ley el secreto del cardenal es mío, y nadie puede disputármelo.
—Salvo su actual poseedor—fue su tranquila observación.
—Su actual poseedor no tiene derecho sobre él. Burton Blair me lo ha regalado, y por consiguiente es mío—declaré.
—Yo no disputo eso—contestó el monje.—Pero como guardián del secreto del cardenal, tengo derecho de saber cómo ha venido a sus manos el registro inscripto en las cartas, y cómo ha conseguido usted la clave de la cifra.
Le referí exactamente todo lo que deseaba saber, y cuando se hubo cerciorado, exclamó:
—Ha conseguido usted triunfar ciertamente en lo que yo le predije que fracasaría, y su presencia aquí me llena de sorpresa. Aparentemente ha vencido todos los obstáculos que se le han presentado, y hoy viene a reclamar de mí lo que por derecho es suyo, sin duda alguna.
Parecía hablar con sinceridad, pero debo confesar que yo no tenía confianza en él y que todavía abrigaba recelos.
—Antes de que pasemos adelante, sin embargo—continuó, de pie, con sus manos metidas dentro de las anchas mangas de su hábito,—voy a preguntarle si tiene usted la intención de observar los mismos métodos que puso en práctica el señor Blair, el cual adjudicaba una octava parte del dinero derivado del secreto a nuestra orden de capuchinos.
—Ciertamente que sí—repliqué, algo sorprendido.—Mi deseo es respetar en todos conceptos las obligaciones de mi difunto amigo.
—Esa es una promesa que hace usted—dijo con cierta ansiedad.—Es preciso que la haga solemnemente... vamos, que jure. ¿Quiere repetirla? ¡Levante su mano—Y señaló el gran crucifijo que había en la blanca pared.
Levanté mi mano y exclamé:
—Juro proceder como Burton Blair ha procedido.
—Muy bien—replicó el monje, al parecer satisfecho de que era un hombre de honor.—Supongo entonces que ha llegado el momento de revelarle el secreto, aunque no dudo que le causará indecible sorpresa. Piense, señor, que es usted todavía un hombre relativamente pobre, pero que dentro de media hora será más rico de lo que se ha forjado en sus más extravagantes sueños... que tendrá millones, como sucedió con Burton Blair.
Le atendía atónito, dando apenas crédito a lo que mis oídos escuchaban. Sin embargo, ¿para qué me servía poseer riquezas fabulosas, ahora que había perdido a mi amor?
De una pequeña alacena sacó una vieja linterna herrumbrosa, y la encendió cuidadosamente, mientras nosotros dos la mirábamos llenos de interés y faltos de aliento. Después echó llave a la puerta y la aseguró con una barra de hierro, cerró los postigos de la ventana, y quedamos en tinieblas.