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El tesoro misterioso

TESORO MISTERIOSO (continued 2)

Reading edition

Consumido por la mayor ansiedad, esperé día tras día, pasando horas enteras tratando de descifrar el enigma enloquecedor de la carta de juego que tenía en mi poder, hasta que, en la mañana del 6 de marzo, en presencia de que Carlini no tenía éxito en Florencia, me fui con él a la vieja ciudad de Lucca, adonde llegamos por la vía de Pistoya, a las dos de la tarde.

En el hotel Universo me dieron, para alojarme, ese inmenso dormitorio con esas maravillosas pinturas al fresco, que fue ocupado por Ruskin durante tanto tiempo, y antes que el Ave María resonara a través de las colinas y planicies, me separé de Babbo y encamineme, como turista, a la magnífica iglesia medioeval, cuya obscuridad sólo la atenuaban las velas que ardían en los altares laterales y delante de la imagen de Nuestra Señora.

Cuando entré, estaban en el momento de las vísperas, y el silencio de muerte que reinaba en el inmenso interior del templo, era sólo interrumpido por el murmullo bajo del reverente sacerdote.

Había una docena de personas en la iglesia, todas mujeres, salvo uno—un hombre que, de pie detrás de una de las columnas circulares, esperaba allí, pacientemente, mientras las demás estaban de rodillas.

Diose vuelta rápidamente luego que oyó resonar sobre el mármol mis pasos ligeros, y entonces pude verlo cara a cara.

Contuve la respiración, y luego quedé como clavado en el sitio, completamente azorado y pálido.

El misterio era enormemente más profundo de lo que yo me había imaginado. La realidad que se me presentaba ahora, era como para atontar y hacer vacilar.

VIII

EN EL QUE SE HABLA LA VERDAD

La hermosa iglesia antigua, con sus pesados dorados, sus altares relucientes y sus magníficas pinturas al fresco, estaba tan en tinieblas, que, al principio, recién entrado de la calle, no pude distinguir nada bien, pero así que mis ojos se fueron acostumbrando a la sombría luz, vi, a unas pocas yardas de donde yo estaba, un rostro que me era familiar, una cara que me hizo quedar con la respiración en suspenso y me llenó de inquietud.

De pie allí, detrás de esas pocas mujeres arrodilladas, con la débil luz oscilante de las velas de los altares iluminando suficientemente su rostro, estaba aquel hombre con su cabeza inclinada reverentemente, y, sin embargo, sus obscuros ojos como cuentas parecían lanzar miradas escudriñadoras a todos lados.

Por sus facciones, facciones duras, más bien siniestras, y su barba canosa y enmarañada que conocía por haberla visto una vez en Inglaterra, comprendí que ese era el hombre con quien Burton Blair debía haber celebrado la entrevista secreta; pero, contrario a lo que yo esperaba, me hallé que vestía el tosco hábito carmesí y el grueso cordón del monje capuchino, presentando una figura triste y silenciosa en su actitud de pie y con los brazos cruzados, mientras el sacerdote, en su espléndida vestidura, murmuraba las oraciones.

En medio de aquella silenciosa semiobscuridad sentí caer sobre mis hombros un frío helado, sepulcral. El suave perfume del incienso parecía aumentar, con ese ambiente de increíble magnificencia, de melancólica soledad encantada, de opulencia extrañamente desproporcionada con la pobreza y suciedad que reinaba en la plaza exterior. Más allá de donde estaba el silencioso monje, cuyos penetrantes ojos misteriosos estaban fijos en mí de una manera tan inquisitiva, se veían lejanos puntos obscuros, atravesados de trecho en trecho por rayos de luces multicolores que penetraban por alguna gran ventana, y mucho más allá colgaba del alto y abovedado techo la roja luz tenue de la lámpara del santuario.

Las columnas, junto de una de las cuales estaba yo de pie, se elevaban hasta arriba, apiñadas como altos árboles del bosque, dando pruebas del paciente trabajo de toda una generación de hombres; todas ellas talladas en la piedra viva, infinitamente durables, a pesar de la delicadeza de la obra, y transmitidas a nosotros a través de lejanos siglos de existencia.

El monje, ese hombre cuya cara barbuda había visto en Inglaterra una vez, se había arrodillado, y estaba murmurando sus oraciones y pasando las cuentas del enorme rosario que colgaba de su cintura.

Una mujer vestida de negro, con la cabeza cubierta con la santuzza negra que usan las mujeres de Lucca, había entrado sin hacer ruido, y estaba arrodillada a unos pocos pasos de mí. Oprimía contra su pecho a una miserable criatura de pocos meses, en cuya carita arrugada la muerte ya había impreso su marca. Rezaba con fervor por ella, mientras los cirios iban gastándose gradualmente, los pobres cirios que esta desgraciada mujer había colocado delante de la humilde imagen de San Antonio. El contraste entre la prodigiosa opulencia del templo y los harapos de la pobre suplicante; entre la persistente durabilidad de aquellos miles de santos con vestiduras de oro, y la fragilidad de ese pequeño ser sin esperanza, era cruel y aplastador.

La mujer seguía arrodillada, repitiendo en vano y obstinadamente sus oraciones. Me miró, con sus ojos llenos de aflicción, adivinando la compasión que había despertado en mí; luego volvió su mirada hacia el capuchino, hacia ese hombre de cara dura y barba canosa que poseía la clave del secreto de Burton Blair.

Yo permanecía de pie detrás de la pesada columna, inclinado reverentemente, pero alerta. La pobre mujer, después de una rápida mirada por todo aquel esplendor que la rodeaba, volvió, con mayor ansiedad que antes, sus ojos hacia mí... sí, hacia mí, que era un extranjero desconocido. Y pensé: ¿le escucharán sus plegarias esas magníficas imágenes divinas? ¡Ah! no lo sabía.

Yo, en su lugar, habría preferido llevar a la pobre criatura a uno de esos nichos que hay en los caminos, donde reina soberana la Virgen de los Contadini. Las madonnas y santos de Ghirlandago, Civitali y Della Quérica, que moran en esa espléndida iglesia antigua, parecen seres ceremoniosos, insensibilizados por la pompa secular. Por extraño que parezca, yo no podía creer que se ocuparían de esa pobre mujer, o de su hijo deforme y moribundo.

Las vísperas terminaron. Las figuras obscuras que habían estado en oración, se levantaron, atravesaron el piso de mármol hasta la puerta y desaparecieron, mientras las luces eran rápidamente apagadas. La mujer, con su hijo agonizante, quedó perdida en medio de las tinieblas.

Deseando que el capuchino pasase por junto a mí, con el objeto de poderlo ver mejor, me dejé estar en la iglesia. ¿Le hablaría, o permanecería silencioso y haría que Babbo lo vigilase?

Se aproximó lentamente hacia mí, con sus grandes manos metidas en sus anchas mangas de su hábito carmesí, vestidura que sólo una vez cada diez años la renuevan los de su orden, y que usan constantemente, estén en pie o en cama.

Me había parado delante de la antigua tumba de Santa Tita, la patrona de Lucca, a la cual menciona el Dante en su Infierno. En la pequeña capilla ardía una sola luz en una gran lámpara antigua de oro, puesta allí por los orgullosos hijos de la ciudad tres siglos atrás, cuando temieron la invasión de la peste negra. Al darme vuelta, vi que, aun cuando me observaba atentamente, parecía estar esperando todavía al hombre que ¡ay! ya no existía.

Ahora que con mejor luz podía ver bien sus facciones, no vacilé en confirmar mi anterior sospecha: era el mismo hombre que un año antes había conocido en la mesa de Burton Blair, en su mansión de la plaza Grosvenor.

Recordaba muy bien la ocasión. Era en junio, en el período álgido de la season londinense, y Blair me había invitado, en compañía de varios amigos solteros, a comer en su casa y después a ir al teatro Imperio. El hombre que había encontrado vestido de religioso, con sandalias usadas, se había presentado entonces de una manera muy diferente, como un verdadero hombre de mundo, en situación próspera, con un hermoso diamante en la pechera de su camisa y en traje de comida, de corte especialmente elegante. Burton nos lo había presentado como el señor Salvi, el renombrado ingeniero, y se había sentado en la mesa enfrente de mí, conversando en excelente inglés con todos.

Me impresionó como un hombre que había viajado mucho, especialmente por el Extremo Oriente, y, por ciertos conceptos que emitió, saqué la conclusión de que, como Burton Blair, había pasado varios años en el mar, y que era un amigo de los antiguos tiempos, anteriores al gran secreto que tan provechoso le había sido. Los demás convidados eran todos conocidos y de mi relación; dos de ellos financistas de la City, cuyos nombres eran bien familiares entre los habitués del Stock Exchange; el tercero, heredero de un condado, del cual ya está en posesión, y el cuarto, sir Carlos Webb, un elegante joven, de tipo moderno, perteneciente al Cuerpo de Guardias.

Después de gozar con la exquisita comida que se nos sirvió, preparada por el famoso chef francés de Burton Blair, partimos en coche al teatro Imperio, y después de pasar un par de horas en el Grosvenor Club, concluimos la noche en el de Bachelors (solteros), del cual era miembro sir Carlos.

Mientras estaba allí parado en la penumbra silenciosa de la majestuosa iglesia, mirando aquella obscura figura misteriosa que se paseaba pacientemente a lo largo de la nave, esperando al que no vendría nunca más, recordé lo que en esa lejana noche, había despertado en mí un extraño sentimiento de disgusto contra él. En breves palabras referiré el incidente.

Después de salir del Imperio, nos paramos en la plaza Leicester para subir a los coches que habíamos tomado, cuando oí al italiano que le decía a Blair en su idioma: «No me gusta ese amigo vuestro, ese que se llama Greenwood. Es demasiado curioso e inquisitivo.» Mi amigo se rió al oír esto, y le contestó: «Ah, caro mío, no lo conocéis. Es mi mejor amigo.» El italiano replicó gruñendo: «Me ha estado haciendo preguntas de importancia toda la noche, y le he tenido que mentir.» De nuevo Blair se rió, murmurando: «No es la primera vez que habéis tenido que cometer ese pecado.» «No, replicó el otro en voz baja, con la intención de que yo no lo oyera, pero, si me presentáis a vuestros amigos, tened cuidado de que no sean tan astutos o tan inquisitivos como este Greenwood. Podrá ser un buen sujeto, pero, aun cuando lo sea, no debe conocer, ciertamente, nuestro secreto. ¡Si lo llegase a saber, eso puede significar la ruina para nosotros, recordad!»

Y luego, antes de que Blair pudiera contestarle, subió a un hansom que en ese mismo momento habíase aproximado y detenido junto de la acera.

Desde entonces había alimentado una manifiesta antipatía contra ese hombre que me había sido presentado con el nombre de Salvi, no porque yo mire con recelo y prevención a todo extranjero, como lo hacen algunos ingleses que participan tan neciamente de ese prejuicio insular, sino porque se había esforzado en prevenir a Blair contra mí. Sin embargo, al cabo de una semana el incidente habíase borrado de mi memoria y no me había vuelto a acordar más de él, hasta que este inesperado y extraño encuentro lo había renovado.

¿Sería posible que este monje, de cara bronceada por el sol, fuera el mismo hombre que tenía alquilado ese pequeño departamento en Florencia, y cuyas apariciones eran tan misteriosas y subrepticias? Tal vez sí, porque todo ese secreto de que rodeaba su domicilio, podía atribuirse al hecho de que a un capuchino no le es permitido poseer casa alguna fuera de su convento.

Esas visitas a Florencia, de tarde en tarde, era probable que las hiciera cuando lo mandaban a recorrer la campiña para recoger las donaciones y limosnas de los contadini, que se destinan para los pobres de la ciudad.

En toda la provincia de Toscana, ya sea en la choza del pobre, ya en el palacio de un príncipe, el paciente, humilde y caritativo fraile capuchino es bien acogido; en la casa de todo contadino está siempre preparado para él un pedazo de pan y una botella de vino, y en las villas y palacios de los ricos encuentran siempre un lugar en la sala de los sirvientes. Sería imposible calcular cuántos italianos pobres se salvan anualmente de perecer de hambre por la sopa y el pan que todos los días reciben en la puerta de todo monasterio capuchino. Basta decir que esta orden de hábito carmesí y de casquete negro es la más grande y sincera amiga que tiene la clase más necesitada y pobre.

Indudablemente, Babbo Carlini me debía estar esperando afuera, sentado en las gradas de la iglesia. ¿Reconocería en este monje, reflexionaba yo, la descripción que había conseguido de Paolo Melandrini, el desconocido que debía ocupar el puesto de secretario y consejero de Mabel Blair?

Las últimas personas que habían quedado rezando en la antigua capilla del Santísimo Sacramento, se habían ido, resonando sus pisadas sobre las baldosas hasta que hubieron desaparecido, y yo me encontré solo con la figura silenciosa y casi extática del hombre a cuyo lado, un año antes, había estado de pie en el Grand Circle del teatro Imperio, mirando y criticando una danza.

¿Me dirigiría a él y le recordaría nuestro conocimiento? Su abierta manifestación contra mí me hacía vacilar. Era evidente que había abrigado dudas sobre mi persona aquella noche de la comida en la plaza Grosvenor; por lo tanto, en las actuales circunstancias sus sospechas aumentarían, no había duda. ¿Lo encararía audazmente y de este modo le demostraría mi intrepidez, como también le haría saber que estaba al tanto de sus subterfugios? ¿O me retiraría y vigilaría sus movimientos?

Decidí al fin hacer lo primero, por dos razones. En primer lugar, porque tenía confianza de que me hubiera reconocido como amigo de Burton; y en segundo lugar, porque, teniendo que habérselas con un hombre de esa clase, es siempre más ventajoso y da mejor resultado proceder de una manera franca y declarar el conocimiento de las cosas, que ocultar cuidadosamente hechos como los que yo sabía. Si le establecía vigilancia, sus sospechas serían mayores, mientras si procedía abiertamente, podía conseguir desarmarlo.

Girando sobre mis talones, me dirigí directamente adonde se había parado a esperar pacientemente la llegada de Blair, según parecía.

—Perdone, signore—exclamé en italiano,—pero creo, si no estoy en un error, que nos hemos conocido... en Londres, hace un año... ¿no es verdad?

—¡Ah!—replicó, dulcificando su cara con una sonrisa al tenderme su mano grande y endurecida,—he estado cavilando todo este tiempo, señor Greenwood, si me reconocería en este traje. Me alegro mucho, muy mucho, de poder renovar nuestra relación.

Y dio mayor énfasis a sus palabras, significativas o fingidas, con un fuerte y estrecho apretón de manos.

Le expresé la sorpresa que me causaba encontrar al hombre de mundo y viajero, convertido en un monje morador de un claustro, a lo que respetuosamente me respondió en voz baja, pues estábamos dentro de un recinto sagrado:

—Después le diré a usted todo. No es tan notable ni sorprendente como sin duda le parece a usted. Le aseguro, en mi condición de capuchino, que mi vida tranquila y meditativa es mucho más preferible que la del hombre de mundo que, como usted, se ve obligado a llevar la existencia febricitante de la época moderna, en que se aprecia como meritorio al afortunado sin conciencia ni escrúpulos y se consideran el más grande pecado las desgracias de la vida de uno cuando llegan a descubrirse.

—Sí, comprendo bien lo que usted me dice—repliqué, sorprendido sin embargo de su afirmación y cavilando si, después de todo, no estaría tratando simplemente de engañarme.—La vida del claustro debe ser de infinita calma y dulzura. Pero si no me equivoco—añadí,—está usted aquí en espera de nuestro común amigo, Burton Blair, con quien tenía concertada una entrevista.

Levantó ligeramente sus negras cejas, y podría haber jurado que mis palabras lo sobresaltaron; pero, sin embargo, ocultó con el mayor cuidado la sorpresa que le causaron, y me respondió en un tono natural y tranquilo:

—Así es. Estoy aquí para verlo.

—Entonces, siento tenerle que decir que no lo volverá a ver nunca más—le dije en voz baja y con toda gravedad.

—¿Por qué?—tartamudeó, abriendo desmesuradamente sus negros ojos llenos de estupor.

—Porque—contesté,—porque el pobre Burton Blair ha muerto... y su secreto ha sido robado.

—¡Qué!—gritó, con una mirada de terror y una voz tan fuerte, que su exclamación repercutió bajo el alto y abovedado techo.—¡Blair muerto... y el secreto robado! ¡Dios! ¡es imposible... imposible!

IX

LA CASA DEL SILENCIO

El efecto de mis palabras sobre el corpulento capuchino, cuya figura parecía casi gigantesca, debido al grosor de su poco artístico hábito, fue tan curioso como inesperado.

El anuncio de la muerte de Blair pareció dejarlo totalmente enervado. Parecía que había estado allí esperando, en cumplimiento al compromiso hecho, completamente ignorante del fin prematuro cabido en suerte al hombre con quien lo había ligado tan íntima y secreta amistad.

—Cuénteme... cuénteme cómo ha sido—tartamudeó en italiano,—y su metal de voz era casi un murmullo, como si hubiese temido que algún curioso pudiera estar escondido en aquella soledad tenebrosa.

En pocas palabras le expliqué lo sucedido, y él me escuchó en silencio. Luego que hube terminado, murmuró algo, se persignó, y, como nos despertaron los pasos que se aproximaban del sacristán, salimos afuera y nos dirigimos hacia la ancha plaza, que ya estaba envuelta en una semiobscuridad.

El viejo Carlini, que estaba sentado en un banco acabando de fumar un cigarro, nos vio en el acto que aparecimos, y yo noté que abrió los ojos llenos de asombro, pero, fuera de eso, no manifestó sospecha ni hizo el menor movimiento.

—¡Poverino! ¡Poverino!—repetía el monje al caminar lentamente costeando las viejas murallas de la en un tiempo orgullosa ciudad.—¡Pensar que nuestro pobre amigo Burton ha muerto tan repentinamente... y sin decir una palabra!

—No exactamente una palabra—le dije:—Antes de morir dio varias instrucciones y dejó algunos encargos, entre los cuales está el haber puesto a su hija Mabel bajo mi cuidado.

—Ah, la pequeña Mabel—suspiró.—Ya hace ciertamente diez años desde que la vi en Manchester. Era entonces una criatura como de once años, alta, de cabellos negros, bonita, muy parecida a su madre... ¡pobre mujer!

—¿Conoció usted a su madre?—le pregunté con cierta sorpresa.

Movió afirmativamente la cabeza, pero se negó a dar mayores informes.

Cuando nos encaminábamos hacia el Ponto Santa María, la puerta de la ciudad, donde los empleados de uniforme del dazio estaban sin hacer nada pero listos para cobrar el impuesto sobre todo artículo de consumo, aun cuando fuese bien insignificante, que entrara por allí, se volvió de pronto a mí y me inquirió:

—¿Cómo ha sabido que yo tenía combinada una cita para esta noche con nuestro amigo?

—Por la carta que le escribió usted, y que se encontró en su valija después de su muerte—respondí con franqueza.

Lanzó un gruñido de evidente satisfacción. Yo supuse, en verdad, que debía estar receloso de que Burton antes de morir me hubiera dado a conocer algunos detalles de su vida. Recordé en ese momento el curioso enigma cifrado que se encerraba en la carta de juego, pero no hice la menor alusión sobre ello.

—¡Ah! ¡ya veo!—exclamó al punto.

Pero si esa pequeña bolsita, o lo que fuera, que siempre llevaba consigo, oculta entre sus ropas o suspendida alrededor de su cuello, se ha perdido, ¿no significa que ha habido en esto una tragedia, es decir, un robo y un asesinato?

—Hay marcadas sospechas—contesté,—aun cuando, según los médicos, ha muerto debido a causas puramente naturales.

—¡Ah! ¡no creo!—exclamó el monje, cerrando los puños fieramente. Uno de ellos ha conseguido al fin robar esa bolsita que él guardó siempre con tanto cuidado, y estoy convencido de que se ha cometido el asesinato para ocultar el robo.

—¿Uno de cuáles?—pregunté ansiosamente.

—Uno de sus enemigos.

—¿Pero sabía usted lo que contenía esa bolsita?

—Jamás me lo quiso decir—fue la respuesta del capuchino, mirándome de lleno a la cara.—Sólo me dijo que su secreto estaba encerrado dentro de ella... y tengo motivos para creer que así era.

—¿Pero usted conocía su secreto?—le interrogué, con los ojos fijos en él.

Noté por el cambio que se produjo en su semblante, moreno, cuánto lo había alarmado mi pregunta.

Ya no podía negar completamente su ignorancia, pero, no había duda, estaba buscando algún medio de engañarme.

—Sólo sé lo que me explicó de suyo—respondió.—Y no fue mucho, porque, como usted lo sabe, era un hombre muy reticente. Me refirió, hace mucho tiempo, sin embargo, las circunstancias un tanto románticas en que lo conoció a usted, qué buen amigo fue con él antes que la suerte le sonriera, y cómo usted y su amigo (he olvidado su nombre) pusieron a Mabel en el colegio en Bournemouth, arrancándola de esa vida de fatiga y caminatas errantes que Burton había emprendido.

—Pero ¿por qué andaba vagando de esa manera por los caminos?—le pregunté.—Para mí ha sido siempre un enigma.

—Y para mí también. Creo que se ocupaba en buscar la clave del secreto que llevaba consigo, el secreto que le ha legado a usted, según me ha dicho.

—¿No le recordó a usted nada más?—inquirí, recordando que este hombre debía haber sido amigo antiguo de Blair, por las observaciones que había hecho sobre Mabel, cuando era niña.

—Nada más. Su secreto le perteneció siempre, y no lo reveló a nadie, pues temía ser traicionado.

—Pero ahora que está en otras manos, ¿qué es lo que usted presupone?—le dije, caminando siempre a su lado, porque ya habíamos salido de la ciudad e íbamos por ese ancho camino sucio que conduce al puente Mariano y continúa ascendiendo hacia las montañas, en una extensión de quince millas, hasta ese frondoso y bastante alegre punto de verano, bien conocido de todos los italianos y algunos ingleses, que se llama los Baños de Lucca.

—Por lo que supe en Londres cuando tuvimos ocasión de conocernos—contestó mi compañero, muy gravemente,—presupongo que el secreto del pobre Blair ha sido robado de una manera muy ingeniosa, y que la persona en cuyo poder está ahora, sabrá sacar buen provecho de él.

—¿En perjuicio de su hija Mabel?

—Ciertamente. Ella deberá ser la principal víctima, la que tenga más que perder—contestó, con una especie de suspiro.

—¡Ah, si él hubiera confiado a alguien sus asuntos, podría, conociendo la verdad, combatir esa astuta conspiración! Pero parece que todos, como en efecto sucede, estamos en la más completa obscuridad. ¡Aun sus abogados nada saben!

—¡Y usted, a quién el secreto ha sido legado, lo ha perdido!—añadió.—Sí, señor, la situación es, ciertamente, muy crítica.

—En este asunto señor Salvi—le dije,—como amigos del pobre Blair, debemos esforzarnos en hacer todo lo que podamos para descubrir y castigar a sus enemigos. Dígame, por lo tanto ¿conoce usted el origen de la vasta fortuna de nuestro desgraciado amigo?

—Aquí no soy el señor Salvi—fue la réplica tranquila del monje.—Me conocen como fray Antonio de Arezzó, o, más breve, fray Antonio. El nombre de Salvi me lo dio el pobre Blair, que no quiso introducir entre sus amigos mundanos a un monje capuchino. En cuanto al origen de su fortuna, creo que conozco la verdad.

—Entonces ¡dígamela, dígamela!—grité lleno de ansiedad.—Puede ser que nos dé el hilo para saber quiénes son esas personas que han conspirado con tanto éxito contra él.

De nuevo el monje volvió hacia mí sus penetrantes ojos obscuros, esos ojos que en las tenues tinieblas de San Frediano parecían tan llenos de fuego y también de misterio.

—No—contestó, en un tono duro y decisivo.—No tengo permiso para decir nada. El ha muerto, dejemos descansar su memoria.

—¿Pero por qué?—inquirí.—En estas circunstancias de graves sospechas, y en que el secreto, que por derecho me pertenece, ha sido robado, es deber de usted seguramente explicar lo que sabe, con el fin de que podamos obtener un hilo que nos guíe. Recuerde también que el porvenir de su hija depende del descubrimiento de la verdad.

—No puedo decirle nada—repitió.—Mis labios están sellados por mucho que lo sienta.

—¿Por qué?

—Por un juramento que hice hace años, antes de entrar en la orden de capuchinos—respondió. Luego, después de una pausa, añadió, con un suspiro:—Todo es muy extraño... mucho más extraño de lo que ningún hombre ha soñado, tal vez... pero no puedo decirle nada, señor Greenwood, absolutamente nada.

Me quedé silencioso. Sus palabras habían sido demasiado mortificantes y enigmáticas, como también decepcionantes. Todavía no había podido saber si en realidad era mi enemigo o amigo.

En ciertos momentos parecía sencillo, franco y sincero, como lo son todos los de su orden religiosa; pero en otros parecía haber dentro de él esa notable astucia, hábil diplomacia y penetrante doble vista del jesuita.

El hecho mismo de que Burton Blair, habiéndome ocultado su amistad—si es que existía amistad—con este vigoroso monje, de cara bronceada y arrugada, me hacía abrigar contra él una especie de vaga desconfianza. Y, sin embargo, cuando recordaba el tono de la carta que le había escrito a Blair, ¿cómo podía dudar de que su amistad, aun cuando secreta, no fuese real y sincera? No obstante, volvían a mi memoria aquellas palabras que le había alcanzado a oír en la plaza Leicester, las cuales renovaban en mí las dudas y cavilaciones.

Caminaba al lado de este hombre, sin preocuparme adonde nos dirigíamos. Estábamos ya en medio de la campiña. La inmovilidad de todo, el silencio que reinaba y el brillo luminoso de los últimos tintes de aquella puesta de sol de invierno, comunicaban cierta melancolía a los grises montes toscanos cubiertos de olivos. Esa tranquilidad, ese sosiego inmenso que se expandía sobre todo, esa inalterable calma de la atmósfera, esas luces inmóviles y esas grandes sombras, producían en uno la impresión de una pausa en el movimiento vertiginoso de siglos, de una espera intensa, de un momento de reflexión, o más bien quizá, una mirada de melancolía hacia el lejano pasado, cuando los astros, seres humanos, razas y religiones no existían.

Delante de nosotros, al dar vuelta una curva del camino, vi elevarse en alto sobre la ladera de una colina, medio oculto por los verdes y grises árboles, un enorme y blanco monasterio antiguo.

Era el Convento de los Capuchinos, su hogar, me dijo fray Antonio.

Me paré un momento, y contemplé el blanco edificio, casi sin ventanas, quemado por el calor y los rayos solares de trescientos veranos, levantándose como un baluarte—como en un tiempo lo fue—contra el fondo de los purpúreos Apeninos. Escuché el sonido de la vieja campana que emitía sus llamamientos con la misma nota antigua, con la misma voz vieja de los siglos pasados. Fue entonces, en ese momento, cuando el encanto de Lucca y sus hermosos alrededores se grabaron en mi espíritu. Sentí, por la primera vez, que brotaba de todas partes una atmósfera de soledad y separación del resto del mundo; un ambiente de misterio, esencia viviente de lo que es aquel lugar, fácil de destruir ¡ay! pero que todas las cosas la exhalan aún porque están impregnadas de él: ciertamente, es el alma agonizante de la en un tiempo brillante Toscana.

Y allí, a mi lado, aplastando todos mis pensamientos, como la sombra de una esfinge gigante se expande y alarga sobre las arenas del desierto, estaba de pie ese corpulento monje, de tez bronceada, pies descalzos, hábito de un carmesí desteñido, su cintura ajustada por un cordel de cáñamo, y con un semblante de misterio, mientras dentro de su corazón se encerraba el gran secreto que había sido legado a mí y que ocultaba el origen de la fortuna de Burton.

—¡El pobre Blair ha muerto!—repetía incesantemente, como si todavía hubiera dudado de que su amigo no existía ya y le fuera imposible creerlo. Sin embargo, yo tardaba en convencerme de su sinceridad, porque bien podía estarme engañando, después de todo.

Como me invitara, lo acompañé a subir el tortuoso y escarpado camino hasta que llegamos a la pesada puerta del monasterio, a la cual llamó. Resonó un fuerte y solemne campanazo, y unos segundos después se abrió la pequeña ventana de reja, apareciendo detrás la cara del hermano portero, de blanca barba, que nos hizo entrar en el acto.

Me condujo a lo largo del silencioso claustro, en medio del cual había un maravilloso pozo medioeval de hierro forjado, y después por interminables corredores de piedra, cada uno alumbrado por una sola lámpara de kerosene, lo que hacía parecer más sombría y melancólica la casa.

De la capilla, que estaba en el extremo del gran edificio, llegaba el murmullo del canto que en voz baja entonaban los monjes; pero más allá reinaba el silencio de una tumba. Figuras obscuras y espectrales pasaban sin hacer ruido por junto de nosotros y parecían desaparecer era la obscuridad; la puerta del refectorio estaba abierta, y a la luz opaca que proyectaban dos o tres lámparas, pude distinguir magníficas esculturas, espléndidas pinturas al fresco y las dos largas filas de bancos de roble, ennegrecidos por el tiempo, en que se sientan a comer los hermanos capuchinos.

De pronto mi guía se paró delante de una puerta, la que abrió con su llave, y me encontré dentro de una diminuta y desnuda celda, sin alfombra, cuyo mobiliario se componía de una cama de ruedas, una silla, una mesa-escritorio y un estante de libros bien provisto. En la pared había un gran crucifijo de madera, delante del cual se persignó al entrar.

—Esta es mi casa—explicó en inglés.—No muy lujosa, es cierto, pero no la cambiaría por ningún palacio del mundo. Aquí todos somos hermanos, y el superior es nuestro padre que provee a todas nuestras necesidades humanas, incluyendo el rapé que consumimos. Aquí no hay celos, no hay rivalidades, no hay calumnias ni disputas. Todos somos iguales, todos estamos perfectamente contentos, porque todos hemos aprendido esa dificilísima lección de amor fraternal.

Y acercó la única silla que había para que me sentara, pues estaba sudoroso y cansado después de esa larga caminata y escarpada ascensión desde la ciudad al convento.

—Es una vida muy dura, ciertamente—observé.

—Al principio, sí. Tiene uno que ser fuerte de mente y de cuerpo, para poder pasar con éxito el período de prueba—respondió.

Pero después la vida del capuchino es indudablemente una de las más deliciosas de la tierra, unidos como estamos para hacer el bien y ejercer la caridad en nombre de San Antonio. Pero—añadió, con una sonrisa,—yo no lo he traído aquí, señor, para tratar de convertirlo de su fe protestante a la nuestra. Le pedí que me acompañara, porque me ha comunicado usted un hecho que encierra un profundo y notable misterio. Me ha puesto en conocimiento de la muerte de Burton Blair, el hombre que fue mi amigo, y que por propio interés debía venir a verme esta noche en San Frediano. Existían razones particulares, las razones más poderosas que un hombre puede tener, para que hubiera cumplido su promesa y hubiese acudido a la cita. Pero no lo ha hecho. ¡Sus enemigos se lo han impedido, y le han robado su secreto!

Mientras hablaba, anduvo buscando algo en un cajoncito de la pequeña mesa-escritorio, y por fin sacó un objeto, añadiendo con profunda solemnidad:

—Usted conocía a Blair íntimamente, más íntimamente que yo, tal vez, en estos últimos años. Conocía a sus enemigos como también a sus amigos. Dígame, ¿ha tenido oportunidad de ver alguna vez el original de cada uno de estos hombres?

Y me puso ante los ojos dos retratos.

Uno de ellos me era completamente desconocido, pero el otro lo reconocí en el acto.

—Este es mi viejo amigo Reginaldo Seton—exclamé,—que también era amigo de Blair.

—No—declaró el monje, en un tono duro y significativo,—no su amigo, señor... su más terrible enemigo.

X

EL HOMBRE DE LOS SECRETOS

—No comprendo lo que quiere usted decir—le dije,—resentido de ver la acusación que hacía a mi más íntimo amigo.—Seton ha sido mejor amigo que yo para con el pobre Blair.

Fray Antonio se sonrió de un modo extraño y misterioso, como sólo el sutil italiano puede hacerlo. Pareció compadecerse de mi ignorancia, y tuvo deseos de burlarse de mi fe en la sinceridad de Seton.

—Yo sé—rió;—yo sé casi tanto como usted por una parte, mientras que por la otra mis conocimientos se extienden algo más allá que los suyos. Todo lo que puedo decirle, es que he observado, y, por lo tanto, he sacado mis conclusiones.

—¿De que Seton no era su amigo?

—Sí, de que Seton no era su amigo—repitió lenta y muy claramente.

—Pero por cierto que usted no le hace una acusación directa—exclamé.—Seguramente, usted no cree que él es el responsable de esta tragedia, si es que ha habido una tragedia en esta muerte, ¿no?

—Yo no formulo una acusación directa—fue su ambigua respuesta.

El tiempo revelará la verdad, no hay duda.

Ansiaba poderle preguntar abiertamente si algunas veces no se hacía pasar con el nombre de Paolo Melandrini; sin embargo, temía hacerlo, por recelo de despertar sus indebidas sospechas.

—El tiempo será el único que podrá revelar que Reginaldo Seton fue uno de los mejores amigos del muerto—dije pensativamente.

—Al parecer, sí—fue la dudosa contestación del capuchino.

—¿Un enemigo tan mortal como el Ceco?—le interrogué, mirándole a la cara mientras tanto.

—¡El Ceco!—tartamudeó, lleno de sorpresa por mi audaz pregunta.—¿Quién le ha hablado de él? ¿Qué sabe usted respecto a ese hombre?

El monje se había olvidado evidentemente de lo que le había escrito en la carta a Blair.

—Sé que está en Londres—repliqué, tomando por guía sus propias palabras.

La niña le acompaña—añadí,—a pesar de serme completamente desconocida la identidad de la persona a que me refería.

—¿Y bien?—preguntome.

—Y si están en Londres, no es seguramente con buenas intenciones.

—¡Ah!—exclamó.—¿Blair le ha dicho a usted algo... le ha manifestado sus recelos?

—Ahora, al último, se había apoderado de él el temor de que lo asesinaran secretamente el día menos pensado—contesté.—Sin duda alguna, le temía al Ceco.

—Y ciertamente que tenía razón de temerle—exclamó fray Antonio, con sus obscuros ojos brillantes, vueltos hacia los míos en medio de la semiobscuridad.—El Ceco no es un individuo fácil de manejar.

—Pero ¿con qué fin ha ido a Londres?—le pregunté.—¿Acaso ha ido con malas intenciones?

—El corpulento monje se encogió de hombros, y respondió:

—Dick Dawson no ha sido nunca hombre de muy buen genio. Evidentemente algo debe haber descubierto, y ha jurado vengarse.

Sus observaciones me habían dado a conocer un dato importantísimo: que el hombre conocido en Italia con el sobrenombre de «el ciego», era un inglés llamado Dick Dawson, un aventurero, muy probablemente.

—¿Entonces, sospecha usted que haya sido cómplice en el robo del secreto?—le indiqué.

—Como la pequeña bolsita de gamuza ha desaparecido, me inclino a pensar que debe haber pasado a sus manos.

—¿Y la niña?

—Dolly, su hija, lo ayudará en todo, eso es seguro. Es tan astuta como su padre, y posee una notable habilidad femenina; es una joven peligrosa, por no decir otra cosa. Yo previne a Blair de que tuviera cuidado de los dos—añadió,—recordando de pronto, según parece, su carta.—Pero me alegro que haya usted reconocido a uno de estos dos individuos cuyas fotografías le he mostrado. Ha dicho usted que se llama Seton, ¿no es así? Bien entonces, si es su amigo, le aconsejo que esté siempre alerta. ¿Está usted seguro de que no ha visto jamás a este otro hombre? ¿qué no conoce a este amigo de Seton?—me interrogó muy encarecidamente.

Tomé en mi mano el retrato y me acerqué adonde estaba la opaca lámpara de kerosene. Lo examiné muy atentamente y me fijé en todos sus detalles. Era un hombre de cara larga, calvo, barba entera, cuello muy alto, levita negra y un elegante moño de corbata. El adorno que tenía sobre la pechera de su camisa, era un tanto peculiar, pues parecía una pequeña cruz de alguna orden extranjera de caballería, y producía más bien un efecto delicado y novedoso. Los ojos eran los de un hombre astuto, vivo y penetrante, mientras las mejillas hundidas daban a su rostro un aspecto notable y ligeramente macilento.

Era una fisonomía que, según mis recuerdos, no la había visto nunca, pero, sin embargo, sus peculiaridades eran tales, que en el acto se grabó indeleblemente en mi memoria.

Le manifesté que me era imposible saber quién era, a lo cual replicó él, insistiendo:

—Cuando regrese, vigile los movimientos de su titulado amigo Seton, y entonces puede ser que tenga oportunidad de conocer a su amigo, cuyo retrato le he mostrado. Una vez que esto suceda, escríbame, y déjemelo a mi cargo.

Guardó de nuevo la fotografía en el cajoncito de su mesa, pero, al hacerlo, mis ojos alcanzaron a distinguir dentro una carta de juego, el siete de bastos, con algunas letras escritas en ella de la misma manera o muy similares a las que había en la carta que yo tenía guardada en mi bolsillo. Le hice alusión, pero se sonrió simplemente y cerró en el acto el cajón.

Sin embargo, el hecho de encontrarse el enigma cifrado en su poder, era ciertamente algo más que extraño.

—¿Suele usted ausentarse de su casa?—le pregunté al fin, recordando cómo lo había conocido en la mesa de Blair, con motivo de la comida en su casa de la plaza Grosvenor, pero no muy satisfecho del descubrimiento de la carta con las curiosas inscripciones enigmáticas.

—Rara vez... muy rara vez—respondió.—Es sumamente difícil conseguir permiso, y cuando se obtiene, es con el fin único de visitar a la familia.

Si hay algún monasterio cerca del lugar adonde nos trasladamos, debemos pedir que se nos conceda una cama en él, antes que permanecer en una casa particular. Las reglas le parecen duras—añadió sonriendo;—pero le aseguro que para nosotros no lo son, ni sufrimos absolutamente nada. Todas ellas son benéficas para la felicidad y el bienestar del hombre.

De nuevo traté de hacer recaer la conversación en lo que me interesaba, esforzándome en conseguir algunos datos sobre el secreto misterioso del muerto, que estaba convencido de que le era conocido. Pero fue inútil. No quería decirme nada.

Todo lo que me manifestó fue que la razón de esa entrevista que debía haber tenido lugar esa noche en Lucca, era muy poderosa, y que si el millonario no hubiera muerto, indudablemente habría acudido a ella.

—Tenía por costumbre verse conmigo de tiempo en tiempo, ya en la iglesia de San Frediano, o en otros puntos de Lucca, como también en Pescia o Pistoya—añadió el monje.—De cuando en cuando, variábamos el sitio de reunión.

—Y esto explica, por cierto, sus misteriosas ausencias—observé yo, recordando que sus movimientos habían sido con frecuencia muy errantes, de modo que hasta Mabel había ignorado su dirección. Se suponía generalmente que había partido a Escocia o al norte de Inglaterra; pues nadie se imaginó nunca que sus repentinos viajes fueran tan lejanos, y que se encontrara, cuando menos se pensaba, en la Italia central.

Los informes del monje demostraban también que Blair había tenido algún motivo muy poderoso para celebrar estas secretas entrevistas. Fray Antonio, su amigo ignorado, había sido indudablemente el más íntimo y de mayor confianza.

—¿Por qué razón nos había ocultado a todos, hasta a la misma Mabel, esta extraña y misteriosa amistad?

Miré fijamente la severa cara del monje italiano, tostada por el sol, y traté de penetrar el misterio escrito en ella, pero fue en vano. No hay hombre en el mundo que sepa guardar tan bien un secreto como el sacerdote confesor, o el humilde fraile, cuya morada es su pobre celda.

—¿Y cuál es su intención, después de lo que ha sucedido con el pobre Blair?—le pregunté al fin.

—Mi intención, como la suya, es descubrir la verdad—replicó.—Será una cosa difícil, no hay duda, pero tengo confianza de que al fin triunfaremos, y que usted recuperará el secreto perdido.

—Pero ¿no podrán utilizarlo mientras tanto los enemigos de Blair?—interrogué.

—¡Ah! eso no podremos impedirlo, por cierto—contestó fray Antonio.—Nosotros debemos preocuparnos del porvenir, y dejar que el presente se cuide solo. Usted, en Londres, hará todo lo que sea posible para descubrir si Blair fue víctima de una infamia y quiénes fueron los autores de ella, mientras yo, aquí en Italia, trataré de saber si ha existido, fuera del robo del secreto, algún otro móvil.

—Pero si la bolsita de gamuza hubiera sido robada, ¿no cree usted que Blair la habría extrañado? Estuvo completamente consciente durante varias horas antes de morir.

—Se podía haber olvidado de ella. La memoria de los hombres decae a menudo en las últimas horas que preceden a la muerte.

La noche había extendido su negro manto antes que la campana con su gran badajo de madera, la misma que servía para despertar a los monjes a las dos de la mañana, hora en que se levantan a orar, resonase a lo largo del claustro, como recordándome que debía retirarme de aquella silenciosa morada, donde era un extraño.

Fray Antonio se levantó, encendió una gran linterna vieja de bronce, y me guió a través de los solitarios y tranquilos corredores, de la pequeña plaza y de la ladera de la colina hasta el camino real, que en medio de la obscuridad resaltaba blanco y recto.

Luego, después de haberme encaminado, tomó mi mano entre sus grandes palmas ásperas y encallecidas, debido al duro trabajo en su pedazo de jardín, y me dijo:

—Confíe en mí, que yo haré todo lo que me sea posible. Yo conocía al pobre Blair; sí, lo conocía mejor que usted, señor Greenwood. También conocía algo de su notable secreto, sé cuan extraño es lo sucedido, y qué misteriosas son todas las circunstancias. Mientras usted vuelve a Londres y prosigue sus investigaciones, yo trabajaré aquí, haciendo las mías. Voy a hacerle una indicación, sin embargo, y es la siguiente: si llega a conocer a Dick Dawson, haga amistad con él y con Dolly. Son una pareja extraña, el padre y la hija, pero la amistad con ambos puede serle de provecho.

—¡Qué!—exclamé.—¿Amistad con el hombre que ha confesado usted que es uno de los más crueles enemigos que tuvo Blair?

—¿Y por qué no? ¿No es un rasgo de diplomacia ser bien recibido en el campo enemigo? Recuerde que es usted el que más arriesga en este asunto, pues en él se juega el secreto que le ha sido legado—¡el secreto de los millones de Burton Blair!

—Y tengo la intención de recuperarlo—declaré con firmeza.

—Yo espero que lo conseguirá, señor—exclamó en una voz que me pareció llena de doble significado.—Espero que lo conseguirá—replicó de nuevo.

Despidiéndose luego con un Adio, e buona fortuna, fray Antonio, el hombre de los secretos, se dio vuelta y se alejó, dejándome parado en el obscuro camino real.

No había avanzado unas cincuenta yardas, cuando de en medio de la sombra de algunos arbustos que había a un lado, apareció una pequeña figura negra, y por la voz que me saludó, conocí que era el viejo Babbo, a quien no esperaba, pues había creído que se hubiera cansado de aguardarme. Pero comprendí que nos había seguido y que al vernos entrar en el monasterio, se había puesto a esperar mi vuelta con toda paciencia.

—¿Ha descubierto el señor lo que deseaba?—me preguntó el viejo italiano, prontamente.

—Algo, no todo—fue mi réplica.—¿Ha visto a ese monje con quien he estado?

—Sí. Mientras usted estaba en el convento, yo he hecho algunas averiguaciones, y he sabido que el capuchino más popular de todo Lucca, es fray Antonio, y que sus actos de caridad son bien conocidos. Es él quien anda mendigando de puerta en puerta, por toda la ciudad, para conseguir los céntimos y las liras que hacen que los pobres tengan diariamente su ropa y pan. Es fama que era muy rico, y que al entrar en el convento de los capuchinos donó a la orden sus riquezas. También se sabe que tiene un amigo que quiere mucho, un inglés conocido por la gente de la ciudad, con el sobrenombre de el Ceco, porque tiene un ojo casi perdido.

—¡El Ceco!—grité.—¿Qué ha descubierto respecto de éste?

—La dueña de una pequeña quesería que hay junto de la puerta por donde salimos de la ciudad, es muy comunicativa. Como todas las de su clase, parece que admira grandemente a nuestro amigo el capuchino. Me ha hablado de las frecuentes visitas de este inglés tuerto, que ha residido tanto tiempo en Italia, que puede casi pasar por italiano. Parece que el Ceco, tiene la costumbre de parar en la vieja posada de la Croce di Malta, viniendo acompañado algunas veces de su hija, una joven muy linda.

—¿De dónde suelen venir?

—¡Oh! todavía no he podido averiguar eso—contestó Babbo.—Sin embargo, parece que las constantes visitas de el Ceco al monasterio capuchino, han despertado el interés público. La gente dice que ahora fray Antonio no es tan activo como antes para buscar dinero para los pobres, pues está demasiado ocupado con su amigo inglés.

—¿Y la niña?

—Debe ser de una belleza notable, porque tiene fama hasta en Lucca, que es una ciudad de niñas bonitas—contestó el viejo, haciendo una mueca.—Habla el toscano perfectamente, y puede hacerse pasar con facilidad por italiana, así dicen. Su espalda no es tiesa como la de esos otros ingleses que uno ve en la vía Tornabuoni, si el señor me perdona la crítica—añadió disculpándose.

Estos informes que probaban que Dick Dawson, contra quien el monje había puesto en guardia a Burton Blair, era en efecto el amigo del capuchino, hacían que la situación fuera más enigmática y complicada.

Reconocí que en esas frecuentes visitas y conferencias debía haberse tramado el complot secreto contra mi pobre amigo, conspiración que había sido llevada a cabo con éxito, según parecía.

La joven Dolly nunca había ido al monasterio, pero era evidente que había estado en Lucca, como cómplice de la trama para obtener el valioso secreto de Burton Blair, el secreto que hoy me pertenecía por la ley.

En vista de esto, resolvimos hacer algunas averiguaciones en la Croce di Malta, esa antigua y vieja posada situada en una estrecha calle lateral, peculiarmente italiana, y que prefiere que se la designe aún con el nombre de albergo, en vez del moderno de hotel.

Dick Dawson, conocido como el Ceco, se encontraba indudablemente en Londres, pero contando con la ayuda y connivencia del ingenioso y astuto hombre de los secretos, que tan hábilmente había tratado de entablar conmigo una falsa amistad.

—¿Sería, en efecto, este hombre, que bajo el pobrísimo hábito de religioso encubría sus malos actos, responsable de la muerte del desgraciado Blair y de la misteriosa desaparición de ese pequeño y extraño objeto, que era su más preciado tesoro?

No sé por qué, tenía el convencimiento de que esta sospecha era una realidad.

XI

EN EL QUE SE EXPLICA EL PELIGRO DE MABEL BLAIR

De las averiguaciones que a la mañana siguiente hizo el viejo Babbo en la Cruz de Malta, resultó evidente que el señor Ricardo Dawson, fuese quien fuese, venía a Lucca constantemente, y siempre con el fin de visitar y consultar al popular monje capuchino.

Algunas veces el inglés tuerto que hablaba el italiano tan bien, iba al monasterio y permanecía allí varias horas, y otras fray Antonio venía a la posada y se encerraba con el huésped en el mayor secreto.

El «ceco», así llamado por su ojo defectuoso, aparentemente era un hombre de recursos, porque sus propinas a los mozos y mucamas eran siempre generosas, y cuando estaban allí hospedados, tanto él como su hija, ordenaban lo mejor que podía procurarse. Venían de Florencia, pensaba el padrone, pero de esto no estaba seguro. Las cartas y telegramas que solía recibir, pidiéndole que les reservara habitaciones, llegaban fechadas en diferentes ciudades de Francia o Italia, lo cual parecía demostrar que constantemente viajaban.

Estos fueron todos los informes que pudimos obtener. La identidad del misterioso Paolo Melandrini permanecía aún sin descubrirse. El principal objeto que me había traído a Italia no había sido llenado, pero, sin embargo, estaba satisfecho de haber descubierto al fin a dos de los más íntimos y a la vez secretos amigos del pobre Blair.

Pero ¿por qué este misterio? Cuando recordaba cuán estrecha había sido nuestra amistad, me quedaba sorprendido, y hasta un poco disgustado, de ver que me había ocultado la existencia de estos dos hombres. Por mucho que sintiera tener que pensar mal de un amigo muerto, no podía evitar que me asaltara la sospecha de que su relación con estos individuos formaba parte de su secreto, y que este último era algo deshonroso.

Poco después de mediodía, guardé mis cosas dentro de mi valija, e impelido por un poderoso deseo de regresar para poder defender los intereses de Mabel Blair, abandoné Lucca, partiendo para Londres. Babbo me acompañó hasta Pisa, donde cambiamos de trenes; él para retornar a Florencia y yo para tomar el coche-dormitorio del expreso que corre de Roma a Calais.

Mientras estaba parado en la plataforma de la estación de Pisa, el viejo harapiento, que hacía más de media hora que se había puesto pensativo, exclamó de pronto:

—Se me ha ocurrido una idea extraña, señor. Usted recordará que supe en la vía San Cristófano que el señor Malandrini usaba anteojos con arcos de oro. ¿No será, acaso probable, que los use en Florencia para ocultar el defecto que tiene en la vista?

—¡Yo también creo lo mismo!—respondí.—¡Me parece que ha adivinado! Pero, por otro lado, ni su sirvienta ni sus vecinos sospechan que sea extranjero.

—Habla muy bien el italiano—convino el viejo,—pero dicen que tiene un leve acento.

—Vuelva en el acto a la vía San Cristófano—le dije, excitado por su última teoría—y haga mayores averiguaciones sobre la vista y los anteojos de este misterioso individuo. La anciana que está al cargo de sus habitaciones lo ha de haber visto sin anteojos, no hay duda, y le podrá decir lo que hay de verdad.

—Sí, señor—me contestó. Y luego yo le di escrita mi dirección en Londres, adonde debía despacharme un telegrama, si sus sospechas se confirmaban.

Diez minutos después, el ruidoso expreso de Calais a Roma, el limitado tren compuesto de tres vagones-cama, coche-restaurant y coche de equipajes, entraba en la gran estación abovedada, y, despidiéndome del ridículo viejo Babbo, subía al tren y me era señalado mi compartimiento hasta Calais.

Describir el largo y tedioso viaje de vuelta del Mediterráneo al Canal, oyendo siempre el crujido de las ruedas, y con la misma monotonía, interrumpida únicamente por el anuncio de que la comida estaba servida, es inútil. Todos aquellos que lean esta extraña historia del secreto de un hombre, que hayan viajado de ida y vuelta por ese camino de hierro que va a Roma, saben bien qué molesto y pesado se hace cuando uno se transforma en constante viajero entre Inglaterra e Italia.

Basta decir que treinta y seis horas después de haber subido al expreso en Pisa, atravesaba la plataforma de la estación Charing Cross, entraba en un hansom y partía para la calle Great Russell. Reginaldo no había vuelto aún de su negocio, pero, sobre mi mesa, entre una cantidad de cartas, encontré un telegrama de Babbo, en italiano, que decía:

«Melandrini tiene echado a perder el ojo izquierdo. Es el mismo hombre; no hay duda ninguna sobre eso.—Carlini.»

El individuo que estaba destinado a ser el secretario y consejero de Mabel Blair, era el enemigo más terrible de su difunto padre, el inglés, Dick Dawson.

Permanecí de pie mirando el telegrama, completamente azorado.

La extraña copla que el muerto había dejado escrita en su testamento, recomendándome que la recordase, latía incesantemente en mi cabeza:

King Henry the Eighth was a knave to his queens, He'd one short of seven—and nine or ten scenes!

¿Qué significado oculto podía encerrar? Los hechos históricos de los casamientos y divorcios del Rey Enrique VIII, eran tan conocidos para mí como lo son para todo niño inglés del Reino Unido que haya llegado al cuarto grado. Sin embargo, algún motivo debía haber tenido Blair, ciertamente, para haber puesto esta extraña rima en su testamento; tal vez era la clave de algo, ¿pero de qué sería?

Después de hacerme una rápida toilette y cepillarme bien, porque estaba muy sucio y fatigado por el largo viaje, tomé un coche y me dirigí a la plaza Grosvenor, donde encontré a Mabel vestida delicadamente de negro, sentada leyendo en su confortable y bonita habitación particular, que su padre, dos años antes, la había hecho decorar y amueblar lujosamente y con todo gusto como su boudoir.

Se puso de pie en el acto que me vio, y me saludó con apresuramiento cuando el sirviente anunció mi presencia.

—Otra vez está de vuelta, señor Greenwood—exclamó.—¡Oh, cuánto me alegro! He extrañado mucho no haber sabido nada de usted. ¿Dónde ha estado?

—En Italia—repliqué, sacándome el sobretodo por indicación de ella, y sentándome después a su lado en un silla baja.—He estado haciendo ciertas averiguaciones.

—¿Y qué ha descubierto?

—Varios datos que tienden más bien a aumentar que a aclarar el misterio que rodeaba a su pobre padre.

Noté que su rostro estaba más pálido que cuando me había ausentado de Londres, y que parecía enervada y extrañamente ansiosa. Le pregunté por qué no había ido a pasar una temporada en Brighton o en algún otro punto de la costa Sud, como le había indicado antes, pero me replicó que había preferido quedarse en su casa, y que, hablando francamente, había estado esperando con impaciencia mi llegada.

Le expliqué, en breves palabras, lo que había descubierto en Italia, refiriéndole mi encuentro con el monje capuchino y nuestra curiosa conversación.

—Jamás le oí hablar de él a mi padre—me dijo.—¿Qué clase de hombre es?

Se lo describí lo mejor que pude, y le conté cómo lo había conocido en una comida dada en su casa, durante su ausencia en Escocia con la señora Percival.

—Yo pensaba que un monje, una vez que entraba en una orden religiosa, no podía volver a usar el traje de la vida seglar—observó.

—No puede hacerlo, ciertamente—respondí.—Ese mismo hecho aumenta las sospechas que abrigo contra él, unido a las palabras que le alcancé a oír fuera del teatro Imperio.

Y entonces le referí el incidente, exactamente como lo he hecho en un capítulo anterior.

Permaneció un momento silenciosa, con su delicada barba fina apoyada sobre la palma de su mano, contemplando pensativamente el fuego. Luego, por fin, me preguntó:

—¿Y qué ha sabido respecto a este misterioso italiano en cuyas manos me ha dejado mi padre? ¿Lo ha conocido usted?

—No, no lo he visto, Mabel—contesté.—Pero he descubierto que es un inglés de regular edad y no italiano, como habíamos pensado. Creo que no me pondré celoso por las atenciones que tenga con usted, pues adolece de un defecto físico. Sólo tiene un ojo.

—¡Sólo tiene un ojo!—repitió tartamudeando, cubriéndose su rostro de una instantánea palidez mortal, al ponerse de un salto en pie:—¡Un hombre que sólo tiene un ojo... e inglés! ¿Usted no quiere referirse, ciertamente—gritó—a ese individuo que se llama Dawson, Dick Dawson?

—Paolo Melandrini y Dick Dawson son una misma y sola persona—respondí con franqueza, completamente azorado al ver el efecto aterrador que habían tenido sobre ella mis palabras.

—Pero no es posible que mi padre me haya dejado en las manos de ese demonio, de ese individuo cuyo solo nombre es sinónimo de todo lo que implica brutalidad, astucia y maldad. ¡No puede ser cierto... debe haber algún error, señor Greenwood... debe haberlo! ¡Ah! usted no conoce como yo la reputación de ese inglés tuerto, porque si la conociera, preferiría antes verme muerta que asociada a él. ¡Debe salvarme!—gritó aterrorizada, estallando en un torrente de lágrimas.—Usted ha prometido ser mi amigo. Debe salvarme, debe salvarme de ese hombre... sí, de ese hombre cuyo simple contacto esparce la muerte!

Apenas hubo pronunciado estas palabras, vaciló, tendió aturdidamente sus finas manos blancas, y hubiera caído al suelo sin sentido, si yo no hubiese dado un salto adelante y la hubiera tomado en mis brazos.

—¿Quién podía ser este Dick Dawson—cavilaba yo—para que tanto terror y odio le produjera; este hombre tuerto que evidentemente estaba ligado con el misterioso pasado de su padre?

XII

EL SEÑOR RICARDO DAWSON

Confieso que deseaba con ansias ver aparecer a este inglés tuerto, a quien Mabel Blair tenía un terror pánico, para poder juzgarlo.

Lo que hasta entonces había conseguido saber sobre él no era muy satisfactorio. Parecía evidente que, en combinación con el monje, poseía el secreto del pasado del muerto, y quizá Mabel temía alguna desagradable revelación que se relacionara con los actos de su padre y con el origen de su fortuna. Este fue el pensamiento que se me ocurrió cuando estaba ayudando a aplicar algunos remedios y reconfortantes a la insensible niña, pues había dado la voz de alarma al verla caer desmayada, acudiendo, en el acto, su fiel compañera, la señora Percival.

Mientras permaneció sin conocimiento, con su cabeza recostada sobre un almohadón de seda lila, la señora Percival estuvo arrodillada a su lado, y pienso que me miraba con considerable recelo, pues, ignorando lo sucedido, creía que yo era el causante. Me inquirió con cierta dureza por el motivo de aquel inesperado desmayo de Mabel, pero yo le contesté sencillamente que había sido una descomposición repentina, y que la atribuía al calor sofocante de la habitación. Cuando volvió en sí, le pidió a la señora Percival y a Bowers, su doncella, que nos dejaran solos, y, cuando la puerta se cerró, me preguntó, pálida y ansiosa:

—¿Cuándo va a venir aquí ese hombre?

—Cuando el señor Leighton ponga en su conocimiento la cláusula consignada en el testamento de su papá.

—El podrá venir—dijo con toda firmeza,—pero antes que cruce este umbral, yo habré abandonado la casa. El puede proceder como le parezca bien, pero yo no residiré bajo el mismo techo que él, ni tendré comunicación alguna con él, sea lo que fuere.

—Comprendo sus sentimientos, Mabel—exclamé,—¿pero cree usted que es prudente seguir esa línea de conducta? ¿No será mejor esperar a vigilar los movimientos del individuo?

—¡Ah! ¡pero usted no lo conoce!—gritó.—¡Usted no sospecha lo que yo sé que es la verdad fiel!

—¿Y qué es eso?

—No—respondió en una voz baja y ronca,—no puedo decírselo. No pasará mucho tiempo sin que la descubra, y entonces, no se sorprenderá de que yo aborrezca hasta el nombre de ese sujeto.

—¿Pero qué motivo ha podido tener su papá para insertar semejante cláusula en su testamento?

—Porque se ha visto obligado—replicó enronquecida.—No pudo evitarlo.

—Y si se hubiera negado... si se hubiera negado a dejarla en las manos de semejante persona... ¿qué habría sucedido entonces?

—Su ruina hubiese sido inevitable—contestó.—Todo lo sospeché en el momento que supe que un hombre misterioso y desconocido había sido designado secretario y administrador de todos mis asuntos.

Sus descubrimientos en Italia han venido a confirmar mis recelos.

—Pero usted va a seguir mí consejo, Mabel. Al principio, por lo menos, debe armarse de paciencia y sufrirlo—insistí, cavilando, entretanto, si su odio se debería a que tal vez sabía que era el asesino de su padre. Su antipatía contra él era violenta, pero no pude descubrir qué razón tenía para ello.

Sacudió la cabeza al oír mi argumento, y me dijo:

—Siento no ser suficientemente diplomática para poder ocultar de ese modo mi antipatía. Nosotras las mujeres somos hábiles en muchas cosas, pero siempre damos a conocer irremediablemente lo que nos disgusta.

—Será muy sensible—le observé—tratarlo con manifiesta hostilidad, porque puede hacer fracasar todas nuestras futuras oportunidades de éxito para descubrir la verdad respecto a la muerte de su papá y del robo de su secreto. El mejor consejo que puedo darle es que guarde absoluto silencio, aparente indiferencia, pero esté siempre en guardia y alerta. Más tarde o más temprano, este hombre, si, en efecto, es su enemigo, se descubrirá él mismo. Entonces será tiempo suficiente para que nosotros procedamos firmemente, y, al fin, usted triunfará. Por mi parte, considero que cuanto más pronto le avise Leighton a este individuo su nombramiento, será mejor.

—¿Pero no hay medio de poder evitar esto?—gritó, aterrada.—¡La muerte de mi pobre padre es, ciertamente, demasiado dolorosa sin necesidad de que venga esta segunda desgracia a aumentar la aflicción!

Me hablaba con la misma franqueza que lo hubiera hecho con un hermano, y comprendí, por su modo vehemente, ahora que sus sospechas se habían confirmado, cuán grande y completa era su desesperación. En medio de todo el lujo y esplendor de aquella regia mansión, ella surgía como una figura pálida y abandonada, con su tierno corazón juvenil destrozado por la pena de la muerte de su padre y por un terror que no se atrevía a declarar.

Un antiguo proverbio, repetido con harta frecuencia, dice que la fortuna no trae felicidad, y, ciertamente, que a menudo hay más tranquilidad de ánimo y goce puro de la vida en una cabaña que en un palacio. El pobre tiene inclinación a mirar con envidia al rico; sin embargo, debe recordarse que muchos hombres y mujeres que van cómodamente arrellanados en sus lujosos carruajes y servidos por sirvientes de librea, contemplan con anhelo a esos humildes trabajadores de las calles, bien convencidos de que esos millones de seres que ellos designan con el término de «las masas», son, en verdad, mucho más felices que ellos. Muchas mujeres de título, decepcionadas y cansadas del mundo, a menudo jóvenes y bellas, cambiarían contentas sus posiciones con las hijas del pueblo, cuya existencia, aun cuando de duro trabajo, está, sin embargo, llena de inocentes placeres y de tanta felicidad como es posible obtener en nuestro mundo de lucha. Esta afirmación podrá parecer extraña, pero declaro que es verdadera. La posición del oro puede dar lujo y fama; puede poner a los hombres y mujeres en condiciones de eclipsar a sus semejantes, como también puede conquistarles honores, estimación y hasta popularidad. ¿Pero de qué sirve todo esto? Pedidle la opinión al gran propietario, al rico y al millonario, y, si hablan con sinceridad, os dirán, en confianza, que no son tan felices como parecen, ni gozan tanto de la vida como el modesto hombre de recursos independientes, que se ve sometido a una diminución por el impuesto sobre la renta.

Mientras estaba allí sentado con la hija del muerto, esforzándome en convencerla de que recibiera sin marcada hostilidad al misterioso individuo, no podía dejar de notar el vívido contraste entre el lujo de todo lo que la rodeaba y la pesada carga de tribulaciones de su corazón.

Apuntó la idea de vender la casa, y retirarse a Mayvill, para vivir allí en el campo tranquilamente con la señora Percival, pero yo insistí en que esperara, al menos por ahora. Daba lástima pensar que las espléndidas colecciones de pinturas pertenecientes a Burton Blair, todas ellas obras notables de los maestros antiguos, las hermosas tapicerías que hacía pocos años había comprado en España y la incomparable colección de mayólicas, cayeran bajo el martillo de un rematador. Entre los diferentes tesoros que había en el comedor, se ostentaba el cuadro de la Sagrada Familia, de Andrea del Sarto, el cual había costado a Blair dieciséis mil quinientas libras esterlinas en casa de Christie, y que era considerado como uno de los más bellos originales de ese gran maestro. Además, el mobiliario estilo Renacimiento italiano, la vajilla de porcelana antigua de Montelupo y Sayona y de magnífica plata vieja inglesa, constituían una fortuna, y seguirían siendo propiedad de Mabel, con gran satisfacción para mí, como que todo le había sido legado a ella.

—Sí, ya sé—respondió al oír mis argumentos.—Todo es mío salvo esa bolsita que encierra el secreto, la cual es suya, y que, desgraciadamente, se ha perdido.

—Usted debe ayudarme a recuperarla—insistí.—Está en nuestros mutuos intereses hacerlo así.

—Por cierto que le ayudaré en todo lo que me sea posible, señor Greenwood—respondió.—Después que partió usted para Italia, yo hice registrar la casa de arriba abajo, y yo misma examiné los cajones donde guardaba mi padre su correspondencia, sus otras dos cajas de hierro y ciertos puntos donde algunas veces solía ocultar sus papeles privados, con el fin de descubrir si, temiendo alguna tentativa que pudieran haber efectuado para robar la bolsita, la había dejado en casa. Pero todo ha sido en vano. Ciertamente, en esta casa no está.

Le agradecí sus esfuerzos, sabiendo que había procedido con toda energía en beneficio mío; pero, convencido de que era inútil todo registro que se hiciera dentro de la casa, y que si el secreto se recuperaba alguna vez, sería descubriéndolo en las manos de uno u otro de los enemigos de Blair.

Permanecimos juntos largo rato discutiendo la situación. La razón de su odio a Dawson no quería decirla, pero esto no me causaba sorpresa alguna, porque en su actitud veía el deseo de ocultar algún secreto del pasado de su padre. Empero, después de mucha persuasión, conseguí que consintiera en que se le avisara al hombre misterioso el puesto que debía ocupar, y que lo recibiera sin dar a conocer el menor signo de disgusto o antipatía.

Esto lo consideré un triunfo de mi habilidad diplomática, porque, hasta cierto punto, poseía sobre ella una completa influencia, como que había sido su mejor amigo durante esos días tristes y penosos de sus años pasados. Pero cuando ya se trataba de un asunto que envolvía el honor de su padre, era enteramente impotente y nada conseguía. Era una niña de firme individualidad propia, y, como todas las que poseen esta cualidad, tenía el don de rápida penetración, y peculiarmente expuesta a los prejuicios, debido a su alto sentimiento del honor.

Halagó mi amor propio declarando que ella habría deseado que yo hubiera sido nombrado su secretario, a lo cual le contesté agradeciendo su cumplido, pero afirmando que semejante cosa no hubiese sido nunca posible.

—¿Por qué?—me interrogó.

—Porque usted me ha dicho que el tal Dawson viene aquí a ocupar ese puesto por derecho propio. Su padre se vio obligado, bajo coacción, a poner esa desgraciada cláusula en su testamento, lo cual significa que le temía.

—Si—suspiró en voz baja.—Usted tiene razón, señor Greenwood. Está absolutamente en lo justo. Ese hombre tenía en sus manos la vida de mi padre.

Esta última observación me pareció muy extraña. ¿Habría sido culpable Burton Blair de algún crimen desconocido, que le hacía tener miedo a este misterioso inglés tuerto? Tal vez sí. Quizá Dick Dawson, que durante años había residido en la Italia rural haciéndose pasar como italiano, era el único testigo sobreviviente de algún acto deshonroso que Blair había cometido, y que, en la época de su prosperidad, habría deseado borrar, con cuyo fin hubiera dado contento un millón de oro. Tal fue, en verdad, una de las muchas ideas que surgieron en mi mente, viendo el misterio que rodeaba ese terror que producía en Mabel el solo nombre de Dawson. Sin embargo, cuando recordaba la bondadosa y firme honestidad de Burton Blair, su sinceridad, sus elevados pensamientos y sus actos anónimos de beneficencia por puro amor a la caridad, hacía a un lado todas esas sospechas y resolvía respetar la memoria del muerto.

A la noche siguiente, antes de las nueve, mientras Reginaldo y yo estábamos tomando el café y conversando en nuestro confortable comedorcito de la calle Great Russell, Glave, nuestro sirviente llamó a la puerta, entró y me entregó una tarjeta.

Salté de mi asiento, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.

—Esto sí que es gracioso, viejo—grité, volviéndome a mi amigo.—Aquí tenemos a Dawson en persona.

—¡Dawson!—tartamudeó el hombre contra quien me había prevenido el monje.—Hagámosle entrar. Pero, ¡por Job! debemos tener cuidado de lo que digamos, porque, si todo lo que se dice de él es cierto, debe ser extraordinariamente perspicaz.

—Déjamele a mí—le dije. Y luego añadí, volviéndome a Glave:

—Haga pasar adelante a ese caballero.

Y ambos quedamos en anhelante expectativa aguardando la aparición del hombre que conocía la verdad del bien oculto pasado de Burton Blair, y el cual, por alguna razón misteriosa, se había encubierto durante largo tiempo bajo el disfraz de italiano.

Un momento después fue introducido a nuestra presencia, y, saludándonos, exclamó, con una sonrisa:

—Supongo, caballeros, que tengo que presentarme yo mismo. Me llamo Dawson, Ricardo Dawson.

—Y yo soy Gilberto Greenwood—dije con cierta frialdad.—Mi amigo, aquí presente, se llama Reginaldo Seton.

—De ambos oí hablar a nuestro mutuo amigo, Burton Blair, hoy, por desgracia, fallecido—exclamó; y lentamente se sentó en la gran silla de brazos de mi abuelo, mientras yo quedeme de pie sobre el tapiz de la chimenea, dando la espalda al fuego para poder verlo mejor.

Vestía un traje de tarde bien hecho y un sobretodo negro, pero en su tipo no había ningún rasgo que indicara que era un hombre de carácter. De mediana estatura, de una edad regular, como de cincuenta años, a mi juicio, con anteojos redondos, arcos de oro y grueso cristal de roca, a través de los cuales parecía guiñarnos como un profesor alemán, su aspecto general era el de un hombre serio y observador.

Bajo una masa de cabellos griscastaños aparecía su arrugada frente y un par de ojos azules hundidos, uno de los cuales contemplaba el mundo con especulativo asombro, mientras el otro era opaco, nebuloso y sin vista. Sus extrañas cejas venían a juntarse sobre su nariz algo carnosa, y su barba y bigote tenían ya un color gris. De las mangas de su sobretodo salían sus manos de dedos pequeños y morenos, que retorcían y golpeaban con nerviosa persistencia, y de un modo que indicaba la alta tensión de aquel hombre, los brazos tapizados de la silla en que estaba sentado delante de nosotros.

—La razón que he tenido para venir a molestarlos a esta hora—dijo como disculpándose, pero con una misteriosa sonrisa en sus gruesos labios,—es que he llegado a Londres esta misma noche, y acabo de saber que, por su testamento, mi amigo Burton Blair ha dejado en mis manos la administración de los asuntos de su hija.

—¡Oh!—exclamé fingiendo sorpresa, como si aquello hubiera sido nuevo para mí.—¿Y quién ha dicho eso?

—Tengo informaciones privadas—repuso evasivamente.—Pero antes de entrar a proceder, he pensado que era mejor que viniera a verme con ustedes, para que nos podamos entender bien desde el principio.

Sé que ustedes dos han sido amigos muy buenos e íntimos de Blair, mientras yo, debido a ciertas circunstancias curiosas, me he visto obligado, hasta hoy, a permanecer enteramente en el fondo del escenario, como su amigo secreto. También estoy bien al tanto de las circunstancias en que se conocieron y de la bondad y caridad de ustedes para con mi amigo muerto y su hija; en una palabra, él me lo contó todo, porque no tenía secretos para mí. Sin embargo, ustedes, por su parte—continuó, mirándonos con su solo ojo azul,—deben haber considerado su repentina fortuna como un completo misterio.

—Así ha sido, ciertamente—observé.

—¡Ah!—exclamó con rapidez en un tono de mal oculta satisfacción.—¡Entonces él no les ha revelado nada!

En el acto comprendí que, inadvertidamente, le había dicho a aquel hombre lo que justamente más deseaba saber.

XIII

SE REVELA EL SECRETO DE BURTON BLAIR

—Cualquier cosa que Burton Blair me haya dicho ha sido en la más estricta confianza—exclamé, ofendido por el entrometimiento de aquel individuo, pero, sin embargo, contento interiormente de haber tenido la oportunidad de conocerlo y poder tratar de cerciorarme de sus intenciones.

—Por cierto—respondió Dawson con una sonrisa, mientras su único ojo me miraba parpadeando a través de sus anteojos, arcos de oro.—Pero su amistad y gratitud nunca hicieron que llegase al grado de revelarle su secreto. No. Si usted me disculpa y permite, señor Greenwood, le diré que pienso que es inútil estemos combatiendo de esta manera, teniendo en vista que yo sé mucho más de Burton Blair y de su vida pasada, que lo que usted sabe.

—Aceptado—le dije.—Blair fue siempre muy reticente. Se consagró a resolver un misterio y consiguió su objeto.

—Y con eso ganó una fortuna de más de dos millones de libras esterlinas, que todavía las gentes consideran un misterio. Sin embargo, no hay misterio en esos montones de cauciones que están depositadas en sus Bancos, como no lo hubo en el dinero con que las compró—rió.—Fue en buenos billetes del Banco de Inglaterra y en sólidas monedas de oro del reino. Pero ya el pobre no existe; todo ha acabado—añadió con un aire algo pensativo.

—Pero su secreto existe aún—observó Reginaldo.—El lo ha legado a mi amigo.

—¡Qué!—estalló el tuerto, dándose vuelta hacia mí con verdadero espanto.—¿Le ha dejado a usted su secreto?

Parecía completamente trastornado por las palabras de Reginaldo, y noté el brillo perverso de su mirada.

—Me lo ha dejado. El secreto es mío ahora—repuse, aun cuando no le dije que la misteriosa bolsita de gamuza se había extraviado.

—¿Pero no sabe usted, hombre, lo que eso implica?—gritó, poniéndose de pie delante de mí y entrelazando y retorciendo sus delgados dedos nerviosa y agitadamente.

—No, no lo sé—contesté riendo, pues trataba de aparentar que tomaba sus palabras con ligereza.—Me ha dejado como legado la bolsita que llevaba siempre consigo, junto con ciertas instrucciones interesantes que me esforzaré en cumplir.

—Muy bien—gruñó.—Proceda como le parezca más conveniente; pero prefiero que haya usted quedado dueño del secreto y no yo, eso es todo.

Su disgusto y terror aparentemente no conocían límites. Luchó por ocultar sus sentimientos, pero todo esfuerzo fue en vano. Era evidente que existía alguna razón muy poderosa para tratar de impedir que el secreto viniera a mis manos; pero su creencia de que la bolsita ya estaba en mi poder destruía mi sospecha de que este misterioso hombre estaba ligado a la muerte extraña de Burton Blair.

—Créame, señor Dawson—le dije, con la mayor calma,—no abrigo temor alguno del resultado de la bondadosa generosidad de mi amigo. En verdad, no veo qué motivo pueda haber para abrigar ningún recelo. Blair descubrió un misterio que, a fuerza de paciencia y esfuerzos casi sobrehumanos, consiguió resolver, y presumo que, guiado, probablemente, por un sentimiento de gratitud por la pequeña ayuda que mi amigo y yo pudimos hacerle, ha dejado su secreto bajo mi custodia.

El hombre permaneció silencioso durante unos minutos con su único ojo fijo en mí, inmóvil e irritado.

—¡Ah!—exclamó al fin con impaciencia.—Veo que lo ignora usted todo completamente. Tal vez es mejor que siga así.—Luego añadió:—Hablemos ahora de otro asunto, del porvenir.

—¿Y qué tiene el porvenir?—le interrogué.

—He sido nombrado secretario de Mabel Blair y administrador de sus bienes.

—Y yo le prometí en su lecho de muerte a Burton Blair defender y proteger los intereses de su hija—le dije, en una voz tranquila y fría.

—¿Puedo, entonces, preguntarle, ya que tratamos el asunto, si abriga usted intenciones matrimoniales respecto a ella?

—No, no debe usted preguntarme nada de eso—grité enfurecido.—Su pregunta es una injuriosa impertinencia, señor.

—Vamos, vamos, Gilberto—interrumpió Reginaldo.—No hay necesidad de promover una disputa.

—No, por cierto—declaró con aire imperioso el señor Ricardo Dawson.—La pregunta es bien sencilla, y como futuro administrador de la fortuna de la joven, tengo perfecto derecho de hacerla. Entiendo—añadió,—que se ha convertido en una niña muy atrayente y amable.

—Me niego a responder a su pregunta—manifesté con vehemencia.—Yo también podría preguntarle por qué razón ha estado usted todos estos años pasados viviendo ocultamente en Italia o por qué recibía su correspondencia dirigida a una casa de una calle secundaria de Florencia.

Su rostro perdió sus bríos, sus cejas se contrajeron ligeramente, y noté que mi observación le había causado cierto recelo.

—¡Oh! ¿Y cómo sabe usted que he vivido en Italia?

Pero con el fin de extraviarlo y confundirlo, me sonreí misteriosamente y respondí:

—El hombre que posee el secreto de Burton Blair también conoce ciertos secretos concernientes a sus amigos.—Luego añadí intencionadamente:—El Ceco es bien conocido en Florencia y en Lucca.

Su cara se puso blanca, sus delgados dedos nervudos se agitaron de nuevo y la contorsión que estremeció las comisuras de su boca, demostraron cuán profunda e intensa había sido la impresión que le había producido la mención de su sobrenombre.

—¡Ah!—exclamó.—Blair me ha traicionado, entonces me ha jurado en falso, después de todo. ¿Eso les dijo a ustedes, eh? ¡Muy bien!—Y se rió con la extraña risa hueca del hombre que contempla la venganza.—Muy bien, caballeros. Veo que en este asunto, mi posición es la de un intruso.

—Hablándole con franqueza, señor, le diré que justamente es así—intervino Reginaldo.—Era usted desconocido hasta que se leyó el testamento del muerto, y no creo anticiparme en afirmar que la señorita Blair tendrá cierta inquietud de verse obligada a ocupar a un extraño.

—¡Un extraño!—rió con altanero sarcasmo.—¡Dick Dawson un extraño! No, señor, usted verá que para ella no soy un extraño. Por otra parte, pienso que también tendrá oportunidad de saber que la joven acogerá bien mi intención en vez de desagradarle. Esperen y verán—añadió, con un tono sumamente confiado.—Mañana tengo intención de ir a la oficina del señor Leighton, y hacerme cargo de mis obligaciones como secretario de la hija del difunto millonario Burton Blair—y acentuando las últimas palabras, se rió de nuevo en nuestras caras desafiadoramente.

No era un caballero. En el momento en que entró en la pieza lo conocí. Su aspecto externo era el de un hombre que ha tenido contacto con gente respetable, pero era sólo un barniz superficial, pues cuando perdía la calma y se agitaba, demostraba que era tan rudo como el tosco hombre de mar que tan repentinamente había expirado. Su acento era pronunciadamente londinense, a pesar de que se decía que, como había residido tantos años en Italia, se había convertido casi en un italiano. Un hijo verdaderamente de Londres no puede nunca ocultar sus enes nasales aun cuando haya pasado su vida en el más lejano confín del mundo. Ambos nos habíamos dado cuenta rápidamente de que el desconocido, aun cuando de contextura más bien delgada, era extraordinariamente muscular. Y este era el hombre que celebraba esas frecuentes entrevistas secretas con Fray Antonio, el grave monje capuchino.

Había demostrado que no nos tenía miedo, por la manera audaz con que había venido a vernos, y la franqueza con que nos había hablado. Se conoció que tenía plena confianza en su posición, y que interiormente se reía de nuestra ignorancia.

—Hablan ustedes de mí, caballeros, como de un extraño y desconocido—exclamó, abotonándose su sobretodo después de una corta pausa y tomando su bastón.—Supongo que lo seré esta noche... pero mañana no lo seré ya. Espero que muy pronto aprenderemos a conocernos mejor; entonces es posible que confíen en mí un poco más de lo que han hecho esta noche. Recuerden que durante muchos años he sido el amigo más íntimo del muerto.

En la punta de la lengua tuve la observación de que el motivo que había tenido el pobre Burton para poner en su testamento esa extraña cláusula, era el temor que él le inspiraba, y que la había insertado bajo coacción; pero felizmente me dominé, y con cierta cortesía le dije «buenas noches».

—Que me ahorquen, Gilberto—gritó Reginaldo, cuando el tuerto se hubo retirado.—La situación a cada momento se hace más interesante y complicada. Es evidente que Leighton va a tener que habérselas con un cliente duro.

—Sí—suspiré.—El tiene la mejor parte de todos nosotros, porque se ve claro que Blair lo tenía al tanto de todo, pues era de su completa confianza.

—¡Es mi opinión, Greenwood, que Blair nos ha tratado ruinmente!—estalló mi amigo, eligiendo un nuevo cigarro, y mordiéndole la punta con enojo.

—Recuerda que me ha dejado su secreto.

—Puede ser que lo haya destruido después de haber hecho el testamento—apuntó Reginaldo.

—No; o debe estar escondido, o ha sido robado, eso es lo que no ha podido aclararse. Por mi parte, considero que gradualmente va disipándose la idea que abrigamos de que se había cometido un asesinato. Si él hubiese sospechado que había sido víctima de una infamia, seguramente nos habría indicado algo antes de morir. De eso estoy completamente convencido.

—Es muy probable—observó con cierta duda, sin embargo.—Pero lo que tenemos ahora que descubrir es si existe aún esa bolsita que él siempre llevaba consigo.

—Es evidente que el tal Dawson se encontraba en Inglaterra antes de la muerte del pobre Blair. Puede ser que haya pasado a su poder—indiqué yo.

—De todos modos, es muy probable que trate de apoderarse de ella—convino Reginaldo.—Debemos saber con fijeza dónde estaba y qué hizo el día en que Blair perdió tan misteriosamente el conocimiento en el tren. No me gusta el individuo, aparte de su alias y secreta amistad con Blair. Su intención es mala, viejo, bien mala. La he visto brillar en el único ojo que tiene. Recuerda lo que dijo sobre que Blair lo había traicionado. Me parece que abriga la idea de vengarse en la pobre Mabel.

—Mejor es que no trate de ofenderla—exclamó ferozmente.—Tengo que cumplir la promesa que le hice al pobre Burton, y la cumpliré. ¡Sí, juro por Dios que lo haré! al pie de la letra. Buen cuidado tendré de que no caiga en las manos de ese aventurero.

—Ella le teme anticipadamente. ¿Por qué será?

—Por desgracia, no quiere decírmelo. Es posible que este hombre esté en posesión de algún secreto deshonroso del muerto, cuyo conocimiento, si se hiciera público, podría dar por resultado el descrédito de Mabel y su expulsión de la buena sociedad.

Seton gruñó, se recostó en el respaldo de su silla y quedó contemplando el fuego pensativamente.

—¡Por Job!—exclamó, después de una breve pausa.—¿Si será eso así?

A la mañana siguiente, mientras estábamos almorzando, llegó un muchacho mensajero con una tarjeta de Mabel, en la que me pedía que fuese en el acto a su casa. Sin perder un minuto, por lo tanto, tomé de un sorbo mi café, me puse apresuradamente el sobretodo y un cuarto de hora después entraba en la alegre sala de mañana de la mansión de la plaza Grosvenor, donde la hija del muerto, con su cara encendida por la agitación, me esperaba.

—¿Qué es lo que hay?—le pregunté al tomarle la mano, temeroso de que el hombre que ella detestaba hubiese venido ya a verla.

—Nada grave—me contestó riendo.—Es que tengo una nueva muy buena para usted.

—¿Para mí? ¿qué es?

Sin contestarme, colocó sobre la mesa una pequeña y lisa cigarrera de plata, que en un ángulo de la tapa tenía las iniciales B. B., monograma que se veía grabado en toda la vajilla de Blair, en sus carruajes, arneses y demás objetos propios.

—Vea lo que hay dentro de ella—exclamó, señalándome la caja que tenía por delante, y sonriendo dulcemente con profunda satisfacción.

La tomé ansiosamente, levanté la tapa y miré lo que había en su seno.

—¡Qué!—grité, casi fuera de mí de alegría.—¡No puede ser cierto!

—Sí—rió ella.—Lo es.

Y después con dedos temblorosos, saqué del interior de la caja el precioso objeto que me había sido legado, la pequeña bolsita usada de gamuza del tamaño de la palma de la mano de un hombre, a la cual estaba unida una delgada pero muy fuerte cadena de oro para poderla colgar del cuello.

—La encontré esta mañana por casualidad, exactamente como está, en un cajoncito secreto de un viejo escritorio que hay en la pieza de vestir de mi padre—explicó.—El que la debió colocar allí por precaución antes de partir para Escocia.

La conservaba en mi mano completamente atónito, pero, no obstante, con el más profundo deleite.

¿El hecho de que Blair se hubiera separado de ella, dejándola guardada en esa caja, antes que arriesgarse a llevarla consigo durante ese viaje al Norte, no probaba que había temido ser víctima de un ataque para conseguir su posesión? Sin embargo, el pequeño y curioso objeto, que en tan extrañas condiciones me había sido legado, estaba ahora en mi mano, y era una bolsita plana, cuidadosamente cosida, de piel de gamuza, ennegrecida por el uso y el tiempo, como de media pulgada de grueso, y que encerraba algo duro y liso.

Dentro de ella se ocultaba el gran secreto, cuyo conocimiento había transformado en millonario a Burton Blair, el pobre marino sin hogar. Lo que era, ni Mabel ni yo pudimos ni por un momento imaginarnos.

Ambos estábamos sin aliento, igualmente ansiosos de cerciorarnos de la realidad. No hay duda, jamás hombre alguno se vio en su vida delante de un problema más interesante o enigmático.

En silencio tomó un par de pequeñas tijeras de hacer ojales de encima de la mesita-escritorio que había junto de la ventana, y me las entregó.

Luego, temblándome la mano de agitación, introduje la punta en el extremo de la bolsita y la corté largo a largo, pero lo que cayó sobre la alfombra un momento después nos arrancó dos fuertes exclamaciones de sorpresa.

La posesión más valiosa de Burton Blair, el gran secreto que durante todos esos años pasados y en sus viajes errantes había llevado siempre consigo, al fin descubierto, resultó ser verdaderamente pasmoso.

XIV

LA OPINIÓN DE UN PERITO

Sobre la alfombra, a nuestros pies, yacía desparramado un paquete de muy pequeñas cartas de juego, más bien sucias, que había caído de la bolsita, y el cual contemplábamos los dos de pie con sorpresa y desengaño.

Por mi parte, yo había esperado encontrar dentro de esa bolsa-tesoro de gamuza algo de más valor que esos pedazos de cartón duro, manoseados y bastante gastados, pero nuestra curiosidad se despertó instantáneamente cuando me agaché, alcé una de ellas y descubrí ciertas letras escritas con tinta obscura medio borrada, similares a las que había en la carta que tenía ya en mi poder.

Resultó ser un diez de oros, y con el fin de que los lectores puedan darse una idea clara de cómo estaban arregladas las letras, reproduzco una copia de ella enfrente.

—¡Qué extraño!—exclamó Mabel, tomando la carta y examinándola atentamente.—Debe ser algún enigma cifrado, igual al otro que encontré dentro de un sobre sellado en la caja de hierro.

—No hay duda—dije yo, al notar, mientras estaba agachado, recogiendo el resto del paquete,—que todas ellas, tanto por el anverso como por el reverso, tenían catorce o quince letras escritas, en tres columnas, todas, por cierto, enteramente ininteligibles.

Las conté. Formaban un paquete de treinta y una cartas, faltando el as de copas, que habíamos encontrado antes. Debido a haberlas llevado siempre consigo, el roce constante y durante tanto tiempo, había gastado las puntas y los filos, mientras el lustre había desaparecido hacía ya mucho.

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Ayudado por Mabel, las extendí todas sobre la mesa, verdaderamente atontado por aquellas columnas de letras que demostraban que algún profundo secreto encerraban, pero que nos fue completamente imposible descifrar.

En el anverso del as de bastos había tres columnas paralelas, de cinco letras cada una, colocadas en esta forma:

E H N W E D T O L I E H W H R

Luego, di vuelta al rey de espadas, y en el reverso encontré sólo estas catorce letras:

Q W F T S W J H U O F E Y E

—¿Qué significará todo esto?—exclamé, examinando cuidadosamente, a la luz, los caracteres escritos. Las letras eran mayúsculas, y tan torpe e inseguramente trazadas como las del as de copas; no hay duda, debían haber sido hechas por una mano sin educación. Las A denotaban una forma de letra extranjera más que inglesa, y el hecho de que algunas cartas estaban escritas por el anverso y otras por el reverso, parecía indicar que había algún significado oculto. Fuese lo que fuese, aquello se presentaba como un problema enigmático e intrincado.

—Es muy curioso, ciertamente—observó Mabel, después de haber estado un rato tratando en vano de juntar algunas palabras inteligibles con las letras en columnas, valiéndose del método fácil de cálculo.—No tenía la menor idea de que mi padre hubiese llevado oculto de este modo su secreto.

—Sí—dije,—es verdaderamente asombroso. No hay duda, su secreto está escrito aquí, y lo sabríamos, si poseyéramos la clave. Pero es probable que sus enemigos conozcan su existencia, o si no, él no lo hubiese dejado guardado aquí al partir para Manchester. Puede ser que Dawson lo sepa.

—Es muy probable—contestó ella.—Era el hombre de relación más íntima de mi padre.

—Su amigo, dice él que era.

—¡Amigo!—gritó ofendida.—No, su enemigo.

—Y, por lo tanto, su papá le temía, ¿no es así? Fue esa razón la que lo indujo a insertar en su testamento esa imprudente cláusula.

Entonces le referí la visita que la noche anterior nos había hecho Dawson, todo lo que nos había dicho y la atrevida actitud desafiadora que había adoptado con nosotros.

Suspiró, pero no pronunció una sola palabra. Noté que mientras yo hablaba su semblante se había puesto algo más pálido, pero permaneció callada, como si hubiese temido hablar, por recelo de que inadvertidamente fuese a manifestar lo que tenía intención de que permaneciese siendo un secreto.

Mi pensamiento absorbente en aquel momento era, sin embargo, la aclaración del problema que se encontraba oculto dentro de esas treinta y dos cartas, bien manoseadas, que estaban delante de mí. El secreto de Burton Blair, cuyo conocimiento le había producido su fortuna de millones, se encerraba allí, y ahora que por legado me pertenecía, estaba en mis intereses hacer toda clase de esfuerzos para conseguir descubrir la verdad exacta. Recordé el inmenso cuidado que había tenido con esa bolsita que yacía vacía sobre la mesa, y la negligente confianza con que me la había mostrado esa noche en que no era más que un vagabundo sin hogar que andaba recorriendo los caminos en busca de los molinetes.

Mientras la tenía en su mano mostrándomela, había visto brillar sus ojos con una luz viva de esperanza y anticipación. Algún día sería un hombre rico, me había profetizado, y yo, en mi ignorancia, había creído entonces que era un soñador, un iluso. Pero al mirar en torno de esa pieza en que estaba ahora de pie y ver ostentándose obras de Murillo y del Tintoretto, que cada una de ellas constituía una pequeña fortuna, me vi obligado a confesar que había cometido un error y que mi desconfianza había sido injusta.

¡Y ahora el secreto escrito sobre ese pequeño paquete de cartas, de aspecto tan insignificante, era mío... con tal que pudiera descifrarlo!

Era imposible que pudiese haber una situación más enigmática y mortificante para un pobre hombre como yo. El hombre a quien en un tiempo había podido proteger, me había dejado, como prueba de reconocimiento, el secreto del origen de su enorme riqueza, pero tan bien oculto, que ni Mabel ni yo podíamos descifrarlo.

—¿Qué va a hacer?—me interrogó al fin, después de haber permanecido diez minutos en silencio examinando las cartas.—¿No habrá en Londres algún perito que pueda encontrar la clave? Es probable que esas personas que se dedican al arte de la criptografía puedan ayudarnos.

—No hay duda—respondí,—pero en ese caso, si consiguieran hacerlo, descubrirían el secreto para ellos.

—¡Ah, no había pensado en eso!

—Las instrucciones que ha dejado su papá en el testamento, son muy explícitas y terminantes, recomienda la mayor reserva en el asunto.

—Pero la posesión de estas cartas sin la clave no es, ciertamente, de mucho beneficio—arguyó.—¿No podría consultar a alguna persona experta, y cerciorarse por qué medios sería posible descifrar esta clave de enigmas?

—Podré hacer averiguaciones en un sentido general—repliqué,—pero colocar ciegamente el paquete de cartas en las manos de un perito, sería, me temo, entregar a otros la posesión más reservada de su papá. Puede ser que haya aquí escrito algún dato que no sea conveniente ni agradable que el mundo lo sepa.

—¡Ah!—exclamó, alzando rápidamente la vista y mirándome.—Algunos datos concernientes a su pasado, quiere usted decir. Sí. Tiene razón, señor Greenwood. Debemos ser muy prudentes y saber guardar bien el secreto de estas cartas, especialmente si, como usted lo ha indicado, Dawson conoce los medios de poder hacer inteligible este enigma.

—El secreto me ha sido legado, y, por lo tanto, voy a tomar posesión de ellas—le dije.—Haré, también, algunas averiguaciones, y me cercioraré por qué medios se pueden poner estas cifras en un inglés comprensible.

Pensé en ese momento en un señor Bayle, profesor de un colegio preparatorio situado en Leicester, que era un verdadero perito en estas cuestiones de cifras, claves y anagramas, y resolví no perder tiempo en ir allí y conocer su opinión.

A mediodía tomé el tren en St. Pancras, y a eso de las dos y media me encontraba sentado con él en su pieza particular del colegio. Era un hombre de regular edad, completamente afeitado y de rápida inteligencia, que con frecuencia había ganado premios en los varios certámenes de competencia ofrecidos por diferentes periódicos; hombre que parecía haber aprendido de memoria el Diccionario de citas familiares, de Bartlett, y cuyo ingenio y habilidad para descifrar enigmas era incomparable. Mientras fumábamos, le expliqué el punto sobre el cual deseaba me diese su opinión.

—¿Puedo ver las cartas?—me preguntó, sacando la pipa de su boca y mirándome con cierta sorpresa, según me pareció.

Mi primer impulso fue negarme a mostrárselas, pero después recordé que era uno de los más grandes peritos que había en estas materias, y, por consecuencia, saqué el pequeño paquete del sobre en que lo había puesto.

—¡Ah!—exclamó en el momento que las tuvo en su mano y las recorrió rápidamente.—Este es el más complicado y difícil de los enigmas cifrados, señor Greenwood. Estuvo en boga durante el siglo xvii en España e Italia, y después en Inglaterra, pero en los últimos cien años, o más, parece que ha caído en desuso, debido, probablemente, a su gran dificultad.

Con el mayor cuidado colocó en filas sobre la mesa todas las cartas, y se entregó a largos y complicados cálculos entre las pesadas bocanadas de humo que despedía su pipa.

—¡No!—exclamó al fin.—No es lo que yo esperaba. Por medio del sistema de deducciones no conseguirá nunca la solución. Podrá tratar de descifrarlo durante cien años, pero será en vano, sí no descubre la clave. Hay, en verdad, tanto ingenio en esta clase de cifra, que un escritor del siglo pasado calculó que en un paquete de cartas cifradas como éstas, existen, por lo menos, cincuenta y dos millones de posibles arreglos y combinaciones.

—¿Pero cómo está escrita la cifra?—pregunté muy interesado, aun cuando abatido al ver que no podía ayudarme.

—Del siguiente modo—replicó.—El autor del secreto decide lo que quiere dejar registrado, y entonces arregla las treinta y dos cartas en el orden que desea. Después escribe las primeras treinta y dos letras de su registro, recuerdo, o lo que sea, en el anverso o reverso de las treinta y dos cartas, una letra en cada una consecutivamente, empezando por la primera columna, y siguiendo luego por las columnas segunda y tercera, por su orden, hasta que pone la última letra de la cifra. Se suelen también colocar en el lugar de los espacios ciertas letras, y algunas veces el enigma se hace todavía más difícil de descifrar para el que por casualidad encuentra las cartas, cuando se las baraja de una manera especialmente arreglada al llegar a la mitad de lo que se está escribiendo.

—¡Muy ingenioso!—observé, completamente confundido por la extraordinaria complicación del secreto de Burton Blair.—¡Y, sin embargo, las letras están escritas con tanta claridad!

—Así es—rió el profesor.—A simple vista parece el más sencillo de todos los métodos de cifras, y, no obstante, es completamente ininteligible, salvo que se conozca la fórmula exacta en que está escrita. Cuando se consigue eso, la solución es fácil. Se arreglan las cartas en el orden que estuvieron cuando fueron escritas, y tomando una letra de cada carta sucesiva, se deletrea el enigma, leyendo hasta abajo una columna tras otra y pasando por alto las letras colocadas en el lugar de los espacios.

—¡Ah!—exclamé ansiosamente.—¡Cuánto deseo conocer la clave!

—¿Entonces es un secreto muy importante?—preguntó Bayle.

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