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El pecado y la noche

FICHAS ANTROPOMÉTRICAS

Reading edition

EL HOMBRE DE LA MUÑECA EXTRAÑA

—La fábula de Prometeo creando la estatua e infundiéndole vida. Pero esta vez animándola no con el fuego del cielo, sino con llamas robadas qué sé yo dónde, creo que al mismísimo infierno, a Satanás en persona; un fuego maldito de locura, de pecado, de horror; en fin, algo escalofriante, terrible, ultramoderno...

—¿Poe?

—No. Poe es demasiado metafísico y la historia de Guillermo Novelda es más pedestre; no hay nada que no sea explicable, fácil, comprensible; pero al mismo tiempo se unen de tal modo en ella la locura, el vicio y el miedo, que llegan a un paroxismo de horror alucinante.

—Vamos, como en Teresa Raquin.

—No, tampoco; Zola resulta excesivamente sucio y no tiene el instinto de la estética. La muerte de Guillermo es algo tan tremendo, tan trágico, que sin querer hace pensar en los poseídos del demonio. Justamente, eso fue él, un poseído del demonio de la lujuria. Quiso asomarse al abismo en que el monstruo de los cien tentáculos dormía, bajar al fondo del mar para contemplar la sepulta ciudad de Is y quedó prisionero para siempre. Tuvo una hora de supremo goce, y luego fue resbalando hasta caer en la muerte.

Nos habíamos reunido en el despacho de Gustavo Mondragón, a pretexto de tomar una taza de té y charlar, unas cuantas damas y algunos amigos, enfermos todos de literatura.

Anochecía. Fuera, entre hilos de lluvia que caían con monotonía abrumadora, finaba el crepúsculo de un día invernal, frío, gris y tristón, en que el cielo plomizo se reflejaba en los grandes charcos de la calle. Dentro, una penumbra temerosa iba invadiendo los rincones.

El despacho era el de un artista, el de un refinado, quizás el de un decadente, pero sobrio, sencillo, sin estrafalarias suntuosidades de novela. Nada de emular las magnificencias de Bizancio, ni los estéticos alardes de Corte de los Médicis, ni siquiera las, elegancias del XVIII francés; menos aún uno de esos rebuscados y artificiosos decorados del snobismo moderno; limitábase a ser grande, alto de techo, con amplio ventanal sobre un jardín vulgar. Damasco verde oscuro cubría los muros; los muebles eran ingleses, de cuero; en un rincón, un gran diván de damasco agobiado de almohadones, hechos con viejos brocados; dos bibliotecas de caoba y bronce encerraban libros de Poe, de Baudelaire, de Wilde, de Essebacc, de D'Anunzio, de Moreas, de Rollinat, Lorraine, Rodenbach, Verlaine, Rossetti, Ekheold, Rachilde—la flor y nata del decadentismo—, con raras encuadernaciones; sobre las librerías, por cima de la chimenea del escritorio y de las mesillas volantes que llenaban la habitación, veíanse retratos de aristocráticas damas, de actrices, de aventureras, de mujeres famosas en el mundo de la galantería, de tenores, de grandes artistas, de literatos, de toreros, de acróbatas, con pomposas dedicatorias o extrañas fórmulas; mezclados con ellos algunas armas antiguas—dagas de puño enjoyado y puñales cuya adamasquinada hoja triangular se hundía entre las páginas de un libro—y algunos barros y porcelanas antiguos, y, por fin, sobre el damasco de los muros y pendientes de largos cordones de seda, unas cuantas acuarelas y algunas aguafuertes. Nada de Moreau, ni de Goya, ni de Durero; por el contrario, eran obras de principiantes, obras ingenuas, demasiado brillantes de color o sombrías con exceso, pero en que la fantasía, exaltada por cierto perverso intelectualismo y sin el freno aún de la experiencia y del temor a los juicios del mundo, galopaba por campos de quimera. «Las tres ciudades del pecado», «Salomé, Belkis y Cleopatra», unos interiores de mancebía muy goyescos, algunos personajes mitológicos—Gaminedes, Narciso, Hermafrodita—interpretados de un modo ambiguo, y unas imágenes alucinantes de brevario medioeval.

Sobre aquel fondo propicio, destacábanse las figuras actuales. En primer lugar, Lidia Alcocer y Nieves Sigüenza, presidiendo la asamblea, sentadas en el diván; en torno a ellas las demás.

Lidia Alcocer era una belleza provocativa. Sin ser exuberante, más que moldeada podíasele decir repujada en el traje de terciopelo negro muy llamativo, muy cocotesco, con demasiadas pieles y demasiados encajes. El rostro absurdamente maquillado era excesivamente blanco, excesivamente rosa, tenía ojeras azules con exceso y labios que sangraban exageradamente embadurnados de pintura. El pelo teñido de rubio oro (blond d'or, goold watter) rizábase artificialmente bajo la toca empenachada de enormes plumas. Aunque frisaba en los cuarenta, en extravagante contraste con aquel rostro de cortesana de Alejandría vestida a la moda de París, poseía dos ojos de mirada cándida, luminosa y azul, que sabían mirar con ternura apasionada.

Nieves Sigüenza encarnaba otra modalidad femenina. Firme también de líneas, pero más mujer y menos muñeca, era mimosa, ondulante, gatuna. Tenía un rostro inquietante que destacábase a modo de careta de alabastro azulado, traslúcida, bajo una cabellera de ébano tallado en grandes bucles, y en contraste absurdo, como puestos en aquella máscara de Pierrot por el capricho de un artista atrabiliario, unos labios rojos, gruesos, golosos y sensuales, reían provocativos, y engarzados en dos levísimos trozos de azabache que fingían las pestañas, dos tostados topacios de cábala lucían a modo de pupilas. Por fin, completaban la extraña incongruencia, un lunar de terciopelo que se destacaba frívolo y galante sobre el libor de la trágica mascarilla. Más complicada y erudita, el amor era para ella un espejismo de sus secretos ensueños, y sabía hacer de cualquier coqueteo vulgar un idilio de Teócrito, y de la más prosaica aventura de encrucijada una historia de Poe o un cuento de Lorrain.

Frente a ellas, sentada en un sillón, las manos cerúleas cruzadas sobre el regazo y los ojos azules perdidos en la vaguedad de un ensueño, Nora Halm, una noruega de abombada frente y rubias trenzas de Gretchen de balada, que peinaba formando dos rodetes sobre las orejas, escuchaba con atención meditativa. Muy mujer, un poco sentimental, poseía, en contraposición con la exuberancia de las otras, una alegría serena, un callado arte de saborear la vida, aprendido en los interminables inviernos pasados en la mortuoria tristeza de los fiords.

Junto a ella, Beni Rosal fumaba cigarrillos turcos, y de vez en cuando reía con su risa seriecita de buen chico. Aquella muchacha con el pelo corto, peinado en raya, el rostro fino, un poco alargado, el atavío sastre y el alto cuello almidonado, tenía una allure muy varonil, que subrayaba con la brusquedad del gesto y cierta dejadez masculina.

Eran los demás contertulios, Pepito Montesa, un pintor adolescente que tenía el gesto rígido, de esas figuras etruscas que ilustran los vasos encontrados en las excavaciones; el conde de Medina la Vieja, el señor Heliogábalo, siempre con su inquietante apariencia de personaje de ultratumba invitado a una fiesta de espíritus; Julito Calabrés, abracadabrante en su atavío fasshionable, y Jaime Sigüenza y Gregorito Alsina.

Hablaban del caso de Guillermo Novelda. Lidia Alcocer fue la que sacara la conversación. Ella había amado mucho. En un tiempo, su frágil belleza de muñeca realzada con la estrepitosa elegancia, fue el ornato de los salones. Su gracia, su ingenio, su hermosura, la hizo ser deseada y, piadosa, no supo negarse. El Club entero pasó por sus brazos. No exigía de sus amantes sino una condición: la elegancia. Jóvenes o viejos, altos o bajos, rubios o morenos, chatos o narilargos, a todos sabía encontrarles una gracia especial, un oculto encanto, un chiste, un no sé qué... Con lo único que era inexorable era con el chic. Y los hombres se la disputaron entre el odio y la saña de las demás mujeres. Hubo desafíos, suicidios, broncas, escándalos. Pero envejeció y los amantes escasearon, fueron menos fieles, menos constantes; entonces la Alcocer entregose en alma y cuerpo al espiritismo. Las cosas misteriosas del más allá la atrajeron con su peligroso encanto y su escalofriante interés, que sacudía sus nervios de detraquée con nuevas emociones. Adoraba las historias de fantasmas y aparecidos y gustaba de contarlas y oírlas contar, sin perjuicio de luego, en la soledad del lecho (¡oh crueldad inexorable de los años!), estremecerse de miedo, y, tapándose la cabeza con las sábanas, santiguarse muy deprisa. Cada vez que moría un amante (cosa que, tratándose de una señora que tuvo tantos, forzosamente tenía que suceder con harta frecuencia), Lidia sufría un ataque de terror ante el miedo de su visita, ataque que sólo se extinguía cuando al correr de los días, el difunto, bien hallado de su nuevo estado, defraudaba las esperanzas de la dama. Pero cuando el espanto de ésta llegó al paroxismo fue cuando el suicidio de Pepe Madariaga. Aunque ella nada tenía que ver, pues las causas fueron el tapete verde, cierto Don Isaías Iscariote que practicaba la usura y una pájara francesa, metiósela en la cabeza ser la razón del drama. Pasó noches atroces en que a cada instante creyó ver la sombra del difunto, y hubo momento en que pensó en la conveniencia de implorar al sereno.

Ahora, como siempre, había sido ella la que en los azares de la charla evocó aquellas cosas. Rodando, rodando la conversación, había llegado a Guillermo Novelda, y Gustavo Mondragón, gran amigo suyo en vida, contaba el sucedido.

—Yo no sé si ustedes se acordarán bien de Guillermo...

—¡No habíamos de acordarnos!—habló Lidia—. Era un artista, músico, literato, pintor, escultor... y, al fin, moldeador de figuras de cera. Todavía recuerdo las palabras con que explicaba su amor a esos muñecos. «El mármol o el bronce—decía el pobre Noveldason demasiado inmutables, y, como tales, se alejan mucho de la naturaleza humana; en cambio, la cera es más dúctil, se transforma insensiblemente, palidece, envejece... Una estatua siempre es un trozo de mármol o de bronce, mientras que una figura de cera, una vez creada, tiene vida, nos acompaña, nos habla en el silencio de la noche, y, sobre todo, sabe escuchar...»

—Sí; Guillermo fue un gran dilettante de todas las artes.

Lidia protestó con vehemencia:

—Dilettante no; un artista, un verdadero artista. En sus obras hay chispazos, llamaradas de genio...

—Justamente—concedió Gustavo, razonando con las palabras de la dama—. Llamaradas, chispazos, pero nada más. Un contraste de color, la ejecución de un trozo al piano, la mueca de un rostro, la crispación de una mano, el detalle de un aguafuerte... Fue un genio fracasado; su obra maestra quedó por hacer. Dejó retazos, fragmentos, bocetos; pero todo incompleto, inacabado. Por eso digo que no fue sino un dilettante, genial si ustedes quieren, pero al fin y al cabo nada más que un dilettante.

—¿Y las figuras de cera?

—En eso, sí—asintió Mondragón—En las figuras de cera fue un artista único. Ese arte, pueril y complicado a un tiempo, le tentó siempre. Puso en él una inspiración enfermiza, malsana, que rimaba a maravilla con la materia prima.

Lidia Alcocer se estremeció al recuerdo. Casi temerosa, interrogó:

—¿Ustedes llegaron a ver el museo? Yo no le olvidaré nunca. Jamás he visto nada más atroz, más impresionante, que aquella colección de muñecos. Casi todos eran personajes de novela ¡pero con una vida! ¡con una expresión! Había caras monstruosas, deformadas; caras de idiotez, de lujuria, de gula; otras aviesas o amenazadoras; algunas con una expresión de angustia suprema. Cuando me las enseñó estuve mala tres días; luego, soñé con ellas mucho tiempo—. Y añadió a modo de conclusión:—¡Era un gran artista!

Gustavo sostuvo tercamente:

—Un gran dilettante.

Nieves terció en defensa del amigo muerto:

—Pues lo que es simpático lo era y de verdad.

—Eso no quiere decir nada. Ya sabe usted la teoría de Oscar Wilde: «El sólo hecho de publicar un libro de sonetos mediocre hace encantadora a una persona. Vive el poema que no supo escribir, así como otros escriben el poema que no supieron vivir». Guillermo vivió el arte que no supo crear.

—¡Qué agradable y qué divertido era!—insinuó la rubia Nora.

Beni adhiriose a la opinión de su amiga:

—Encantador.

Nieves, más psicóloga, dio una opinión complicada, en consonancia con su laberíntica espiritualidad:

—Era muy simpático, con aquella alegría ruidosa, comunicativa, en cuyo fondo había como un yacimiento de amargura, una tristeza un poco irónica, un desdén compasivo para las flaquezas de los demás y para sus propias flaquezas. Y era artista por naturaleza, artista del gesto, de la palabra, de la idea. Poseía el secreto de encontrar belleza en todo, una belleza refinada, quintaesenciada; una belleza de contraste que estaba en sus ojos de él y que sabía hacer sentir a los demás. Parecía superficial; pero lo íntimo de su espíritu...

—Yo, que he ambulado por ahí con él a las altas horas de la noche—interrumpió Gregorito Alsina—, podría hablar mejor que nadie. La verdad, creí que era posse, pero su muerte trágica fue la firma que selló la veracidad de todo ello. Guillermo tenía como nadie el arte de saborear la sensación. El analizaba, escrutaba, buscaba el por qué de las cosas, el origen de las ideas, de los deseos y hasta de los impulsos generosos. Era implacable con todos y con todo. Su alma misma complaciose en someterla a cruel autopsia y exponerla luego a la vergüenza. ¡Y en el fondo, qué cruel escepticismo!

Callaron todos un momento, y luego Gustavo reanudó:

—Pues ya se acordarán ustedes que primero le dio por frecuentar los salones, donde le acogieron en palmas. La vida fácil, alada, insustancial; la moral harto elástica y convencional, la frívola perversidad de todas aquellas gentes, le encantaron. Luego sintió la curiosidad de los viajes. Fueron unos viajes en que, según el mismo, no hizo más que buscar el escenario en que vivir sus novelas; viajes incongruentes, en que unas veces aparecía en las misteriosas ciudades del remoto Oriente y otras en las estaciones de moda. Yo casi llegué a creer que dábase esas caminatas por el gusto de epatarnos con una acuarela exuberante de color desde la India, una narración misteriosa desde el viejo Egipto, un cuadro de decadentismo ultramoderno desde la Costa Azul, o una de esas turbadoras aguafuertes de apaches y trotacalles desde París o Londres. Así recorrió la India, China, Persia, Egipto; rehizo el Calvario, buscó las huellas de las ciudades del Pentápolis, soñó con el Templo de Salomón y las magnificencias de Tadmor, y un día...

Y un día desapareció. Por lo menos desapareció para todo el mundo; pero yo, que estaba unido a él por antigua y sincera amistad, aún seguí recibiendo vagas noticias de él. Primero unas postales fantásticas desde Ceylán, unas postales en que me hablaba de triunfos misteriosos, en que decía haber encontrado el Paraíso terrenal; después unos renglones desde París, deslabazados, inconexos, que reflejaban un vencimiento absoluto, un descorazonamiento sin límites, y por fin nada. Cesó toda correspondencia e ignoré su paradero.

Un año después y otoñando en la capital de Francia, supe casualmente sus señas. Al día siguiente me encaminé a visitarle. Vivía al otro lado de los puentes, en una calle del viejo París, junto a la rue de l'Université, que viene a ser al bullicio de los bulevares, por su calma provinciana, su poco tránsito y lo vetusto de las edificaciones, lo que la Plaza del Conde de Aranda a la Puerta del Sol. Caminé un rato entre los altos edificios de piedras grises y uniformes, rasgados por grandes ventanas; en la calle silenciosa resonaban mis pisadas sobre el asfalto; los grandes portones con pesadas aldabas de bronce, permanecían cerrados, mudos y misteriosos, como si guardasen el secreto de otras vidas arcaicas, que permaneciesen estacionadas, y mi imaginación me ofrecía extrañas imágenes, cuadros de la vida que fue. Parecíame que al través de los vidrios de emplomados cuarterones, divisaba viejos estrados Regencia de raso amarillo o verde musgo, con grandes sillones de talla y panzudas consolas, que sostenían bajo fanal un reloj rematado por amorosa escena, y flanqueado por dos jarrones con flores de cera. En el salón había un clavicordio, y una damisela momificada, vestida con pomposas sedas, polvorientas y desvaídas, pasaba por el teclado amarillento sus manos de esqueleto, entonando una romanza sentimental; mientras, un galán, no menos acartonado, aguardaba inclinado hacia ella, para pasar las hojas del papel de música, y en una bergère, junto a la chimenea apagada, dormía un viejo caballero de blanca peluca y casaquín bordado.

Por fin tropecé con la casa de mi amigo. Era uno de esos amazacotados y sombríos hoteles, construidos a la moda del reinado de Luis XIV, entre patio y jardín, que sirvieron de morada, a fines del siglo XVIII y principios del XIX, a la aristocracia de la toga. Era pequeño, macizo, con ventanas estrechas, casi siniestro, sin adorno alguno en la fachada. A un lado y por encima de alto muro, divisábanse algunos árboles centenarios, que aumentaban aún el aire de tristeza de la casa. Vacilé un instante, sobrecogido por el aspecto lúgubre de la morada que había ido a elegir Guillermo, y al fin, con súbita decisión, llamé.

Pasó un rato, y cuando comenzaba a desesperar temiendo haberme equivocado, la puerta giró silenciosamente y en el dintel apareció un hombre:

—¡Tú!

—¡Tú!

Era Guillermo en persona. Vestía un pijama a rayas blancas y amarillas, y al primer golpe de vista me pareció demacrado y envejecido. Al verme había esquivado un gesto de sorpresa; pero ahora, dominándose, sonreía forzadamente. No cabía duda, mi presencia allí le sobresaltaba penosamente, como si acabasen de descubrir un secreto que desease tener oculto. Cortado ante la glaciedad de aquella recepción, balbuceé:

—Si te molesta mi visita...

Dueño de sí mismo, halló los tonos de su antigua cordialidad.

—¿Molestarme?... ¡Qué disparate! Ya sabes que te quise siempre... Es que al primer momento tu llegada me ha sorprendido, pues ni remotamente la esperaba.—Y luego animó:—Entra, entra...

Penetré en la morada misteriosa y los batientes de la puerta cochera cerráronse tras de mí. Guillermo explicó:

—Estoy solo, sabes, y por eso te he abierto yo mismo.

El zaguán era grande, lóbrego. Había allí un fuerte olor a humedad, a moho, característico de las viviendas abandonadas. Hacía frío, y mi amigo, tiritando, me propuso:

—Vamos arriba. Todo esto está helado.

La escalera que arrancaba del zaguán partíase al llegar al primer descansillo en dos ramales. Era una escalera señoril, con bóveda de cristales que la suciedad había empañado y oscurecido. Los muros agrietados tenían por todo adorno escudos de armas labrados en yeso, rotos y maltrechos, que alternaban con misteriosas ventanas de cerrados postigos. El pasamanos de terciopelo rojo caíase a pedazos, y sobre los escalones de madera pintados de blanco, que con los años había tomado un tinte crema, veíase la señal de una alfombra que debió de haber en otros tiempos.

A media escalera notó que mi amigo jadeaba; pero como al mirarle con el rabillo del ojo vi pintada en sus labios la misma forzada sonrisa que mostraba los dientes largos y amarillos, no me atreví a decirle nada y seguimos subiendo. Cruzamos dos o tres salones que parecían surgidos allí a la evocación de mis sueños callejeros. Eran los viejos estrados que mi imaginación colocara tras los cerrados postigos; muebles Luis Felipe, de ébano, tapizados de reps granate, verde o azul, grandes, amazacotados, exentos de toda gracia; cómodas de Boule, horarios de pesas, cuadros de campestres paisajes, muy mal pintados, muy relamidos, con sus riscos de mazapán y sus corderillos de cartón piedra, y pesados cortinajes, llenaban las estancias, cuadradas, vastas, altas de techo. Sobre todo ello habían caído inexorables los años; los sofaes, rotos, despanzurrados, mostraban el pelote y los desvencijados muelles; los muebles, descascarillados, arrancadas las incrustaciones, yacían rajados, con el mármol partido; los cronómetros, parados en horas misteriosas; los cuadros, cubiertos de polvo, y en el rígido abandono de las cortinas, no sé qué inquietante secreto. De las bóvedas, cubriendo los ángulos y enlazándose con las pesadas lámparas de cristal y bronce, pendían telas de araña. Por todas partes reinaba una semipenumbra temerosa y un acre, violentísimo, olor a humedad.

Guillermo se disculpó:

—Perdona, chico: pero no he tenido tiempo de arreglar la casa y está como la encontré al alquilarla.

Después, abriendo una puerta y dejándome paso murmuró:

—Mi estudio.

El cuarto era mayor que los anteriores. Al través de una vidriera entraba la luz tristona del patio; sólo un rincón parecía haber sido arreglado; allí habían colocado un amplio diván hecho con tapices de Smirna, pieles de oso y de cabra del Thibet, y almohadones de bordadas sedas orientales; junto a él una mesilla de ébano y marfil, y defendiéndolo todo, un biombo de tapicería, sobre el que caía al desgaire antigua capa pluvial de brocado. El resto de la estancia correspondía en decorado y adorno al de lo demás de la casa; pero por todas partes veíanse en revuelta confusión, tiradas, cubiertas de polvo, dejadas de cualquier modo, obras comenzadas en un momento de inspiración, abandonadas luego en el desaliento de una impotencia absoluta. Cuadros empezados y sin concluir; luego estatuas inacabadas, rotas, maltrechas, sin brazos ni cabeza; trozos de cera comenzados a modelar y abandonados luego en una monstruosa deformación, y por fin, sobre la mesa desordenada y polvorienta, cuartillas garrapateadas, libros deshojados... Respirábase allí una atmósfera enrarecida, cargada de humo, de aroma de opio, de perfumes violentos y de ese extraño olor a cera quemada y flores marchitas que se respira en las cámaras mortuorias.

Novelda dejose caer en el diván; parecía aniquilado por el esfuerzo; estaba lívido, jadeaba y sin dejar de tiritar, gruesas gotas de sudor resbalaban por su frente; sus cabellos se pegaban a las sienes y sus manos temblaban levemente. Con un gesto cansado me señaló una butaca. Luego suspiró, sonriendo con la sonrisa dolorosa que ahora parecía no abandonarle nunca:

—¡El amor cansa mucho!

Así el cable y deseoso de provocar una conversación que disipase la glaciedad que había en la atmósfera, echeme a reír bromeando:

—Por eso temí haber llegado en mal momento: que estuvieses con alguien o esperases alguna visita...

Movió la cabeza negativamente:

—Mi amor está siempre conmigo.

Extrañome la frase, pero deseando distraerle y sacudir a mi vez cierta inquietud indefinible que me azoraba, comencé a hablar de unas cosas y otras. Parecía como adormilado, dándome la sensación de que su pensamiento estaba muy lejos de allí. Mientras charlábamos le examinaba disimuladamente; ¡parecía imposible que aquel hombre fuese el mismo Guillermo Novelda que yo conociera antaño, alegre y dicharachero! Bajo la liviana seda del pijama marcábase la osamenta; el rostro demacrado tenía un color plomizo, y los ojos mortecinos brillaban en el fondo de dos profundos surcos amoratados.

Le interrogué a boca de jarro:

—¿Fumas opio? Aquí huele a él.

—A mi Lady le gusta el olor del opio.

¡Otra respuesta cabalística! Tras ella quedamos en silencio largo rato. Guillermo parecía nervioso, inquieto, como si fuese presa de una lucha interior. Al fin, en la resolución del gesto adiviné que acababa de decidirse a algo trascendental. Encarose conmigo:

—Te voy a contar la verdad, toda la verdad.

Sentí una sacudida eléctrica, frío en la raíz del pelo, un temblor que me corría por la espalda. ¿Qué atroz historia iba a escuchar? ¿Qué abismo del corazón humano iba a abrirse ante mis ojos?

—¡Ah, mi historia!—prosiguió Novelda—. Mi historia es algo extraordinario y vulgar, encantador y terrible. ¡Mi historia! Si yo hubiese vivido en la Edad Media puede que la Inquisición me hubiese quemado como poseído, como uno de esos brujos que hechizaban a las gentes clavando una aguja en el corazón de un muñeco de cera y bailando luego ante el Malo en las noches de aquelarre; si tuviese familia, quizás me encerrasen en una casa de salud... y sin embargo, en lo que me sucede no hay nada de extraordinario ni de inexplicable.

Hablaba ahora con calor. Sus ojos brillaban húmedos y pasábase nerviosamente las manos por los cabellos que debían erizársele.

Reanudó:

—¿Te acuerdas de mí en otros tiempos? Yo era el prototipo del hombre feliz: alegre, incansable, dispuesto siempre a divertirme... Todo el mundo (¿para qué falsas modestias?) me encontraba encantador, divertido, insustituible. Un poco poseur...

Hizo una pausa, durante la que pareció meditar. Al fin siguió:

—La pose... ¿Si yo te dijese mi creencia de que en realidad la pose no existe? La cultivamos más o menos, la combatimos con armas de vulgaridad o la exaltamos con venenos sabios, pero en realidad está en el fondo de nosotros. Es una enfermedad, un desequilibrio, algo trágico o ridículo, pero más fuerte que nuestra voluntad; algo que alienta pese a nosotros, que nos vence, nos arrastra, nos hace estrafalarios, locos o geniales a pesar nuestro.—Excitábase al hablar. Continuó—: Yo, por lo que a mí se refiere, sé decirte que lo que las gentes llamaban mi pose y que yo cultivaba cuidadosamente, era más fuerte que mi menguada voluntad. Siempre he sentido una atracción invencible por el misterio, por la vesania, por el dolor y la muerte. Las cosas inquietantes, los inexplicables fenómenos de que está llena la vida humana, esas escalofriantes coincidencias que nos hacen detenernos ante un hecho imprevisto como ante la puerta de un cuarto en que se guardan no sé qué misteriosos males, me inquietaron, despertaron en mí el anhelo de rasgar el velo de Isis. ¡Ah! ¡Si yo hubiera poseído la caja de Pandora, la hubiese abierto, y luego entre ansioso y aterrado me habría entretenido en contemplar el progreso de todos los males! Recuerdo que de chico la oscuridad me inspiraba infinito terror; pues bien, por un masoquismo moral, extraño en un niño, complacíame en pasar largo rato con los ojos fijos en ella, adivinando la mirada de unos ojos, esos ojos de color indefinido, luminosos e hipnóticos; esos ojos en que brilla la atracción terrible del misterio, la locura, el delirio, la muerte; ojos agoreros de no sé qué secretos horrores. Pues con las cortinas me sucedía igual. Cuando vivíamos en la calle del Sacramento, en el viejo caserón de mis abuelos, tan propicio con sus enormes salas y sus inacabables pasillos, con su cuarto azul y su galería de retratos, a todas las alucinaciones, llegué a sentir como una verdadera inquietud el miedo a los cortinajes. Mi imaginación enfermiza los plegaba en inquietantes formas, ceñialos a invisibles cuerpos, moldeaba absurdos torsos, les hacía temblar en imperceptibles estremecimientos, o los entreabría, mostrando al fondo de oscuras cavidades figuras borrosas imposibles de definir. De vez en cuando, veía surgir de ellos, en la penumbra crepuscular o en el aún más temeroso claroscuro de las lámparas de aceite, una mano negra y peluda o una mano blanca, traslúcida, de dedos largos y descarnados que, parecía llamarme...

—Pues ¿y las figuras de cera?...

Detúvose un momento. Gruesas gotas de sudor resbalaban por su frente. Al fin continuó—: ¡La obsesión de las figuras de cera! Esa la he sentido siempre; creo que de muy niño me perseguía ya con su inquietud, que se traducía en una opresión, en un malestar extraño ante esos muñecos, frívolos al parecer y que, sin embargo, tienen una vida tan misteriosa, tan honda y turbadora. En las ferias, en esos barracones donde exhiben fantoches, me gustaba ir estudiándoles uno a uno; tendía la mano para tocarles, entre asustado y curioso, como hacen otros chicos con los reptiles, y costaba trabajo arrancarme de allí. Luego, hombre ya, cuando descubrí mis disposiciones para la escultura en cera, sentí un gran alivio, algo así como si me quitasen un peso de encima. ¡Era el pretexto conque engañarme a mí mismo! Años después, en Viena, mi rara obsesión resurgió súbitamente. Habíamos recorrido las instalaciones de un parque de recreos establecido en el Pratter, cuando al penetrar en un Grevin admirable que había, sentí otra vez angustia anhelante que se tradujo en un deseo absurdo. ¡Era preciso que pasase una noche allí, entre todos aquellos mudos personajes, cuyas historias nos iba contando pomposamente el cicerone.—Hubo otra pausa.—Nunca—, prosiguió el pobre Guillermo con voz estragada—nunca, por mucho que sea el horror de tu situación, podrás imaginarte nada semejante! Sólo el que herido y tenido por muerto, haya pasado la noche rodeado de cadáveres en un campo de batalla, puede figurarse algo igual. ¡Y aun ése está al aire libre! Oculto por un empleado complaciente a fuerza de oro, vi llegar la noche. Los visitantes desfilaron, el director giró la última ronda y al fin sentí cerrarse las puertas, correrse los cerrojos ¡y me encontré solo, rodeado de los misteriosos personajes! Había luna, y al través de los altos ventanales penetraba una tenue claridad que, una vez acostumbrados los ojos a las relativas tinieblas, bastaba para distinguir los objetos. Entonces, alardeando de un valor que no sentía, giré mi visita de cumplido a mis compañeros de la noche. Allí estaban todos: rígidos, hieráticos, inmóviles, en posturas que durante el día se nos antojaban ridículas, afectadas, cómicas o prosopopéyicas, y que así, en el misterio de la noche, tenían no sé qué prestigio de una sinceridad casi dolorosa. Allí estaban, en el hall central, de pie o sentados en los bancos, parados o en actitud de romper a andar, espectadores todos de la ceremonia de ungir el Papa, Emperador a Napoleón, que las figuras centrales reproducían, damas y caballeros que en la fantasmagoría lunar eran herméticos e inquietantes; allí estaban el chasseur que tiende perpetuamente un programa a los visitantes, el caballero que se ha dormido, la enlutada triste...

Al principio anduve de un lado para otro, sacando fuerzas de mis flaquezas. El ir y venir de empleados que trajinaban por el jardín contribuía a infundirme valor, pero llegó un momento en que se hizo un silencio absoluto. Aún me dominé. Fui a sentarme en el banco entre la dama enlutada y el caballero. Ella gemía quedamente; por el rostro muy pálido resbalaban lágrimas. ¡Bah! ¡Qué tontería! La volví la espalda y entonces mis miradas cayeron sobre mi otro compañero de banco. ¡Era un loco!; su rostro grande y blanco plegábase en absurdas muecas; sus cabellos crespos, peinados con cepillo, se habían erizado, y sus ojos de cristal fosforecían siniestros. Horrorizado, me alcé de allí y caminé a la ventura. Pero el botones me hacía muecas burlonas; los paseantes que permanecían petrificados, como habitantes de una ciudad maldita sorprendida por el fuego, volvían la cabeza a mi paso o tendían la mano para detenerme. Si yo me paraba, volvían a la forzada inmovilidad, pero yo les sentía remover. Entonces me confesé por primera vez que tenía miedo. Desmoralizado por aquella confesión, empecé a vagar de un lado para otro, prisionero de la siniestra mascarada.

Y comenzó para mí espantosa pesadilla.

En mi fuga, y buscando tinieblas absolutas que borraran las figuras alucinantes, había dejado atrás la sala central, y descendiendo por una escalerilla, me encontraba en las cuevas. Allí estaban reproducidas escenas de la corte de Luis XVI y de la Revolución francesa. Primero los días felices, las pastoriles escenas del petit Trianón, el skating de Versalles, las recepciones de Corte. Y era Marie Antoniette, la archiduquesa austriaca, Delfina de Francia, rodeada de sus damas, jugando con corderillos lazados de azul y rosa; y era la misma archiduquesa, cubierta de pieles, los ojos entornados por una voluptuosidad que no se sabía si estribaba en el vértigo de la rapidez o en la apostura del galán, el vizconde de Charny, el infortunado caballero de Tavernay Maison Rouge, que empujaba el trineo.

Eran luego las horas terribles en que una fatalidad cruel llevaba por senderos de frivolidad la tragedia del desenlace. Y venían las extrañas escenas de la cubeta de Mesmer, los experimentos de Cagliostro, las nocturnas escapadas de Versalles, las entrevistas del cardenal de Rohan con Juana de la Motte Valois, las violencias del collar, las aventuras de Monseñor el Conde de Artois. Y eran, en fin, los bárbaros furores del pueblo, el asalto de Versalles, la Conserjería, el Temple... Toda aquella historia de Francia, muy Dumas, que con gente y luz me había parecido casi risible, así, a la débil claridad lunar que se filtraba trabajosamente hasta allí, tenía un espanto de evocación. Los decorados falsos, contrahechos por la falta de espacio, adquirían en la semipenumbra una realidad pasmosa, y los personajes hablaron y me contaron su historia. No eran las historias, picarescas o tristes, jocosas o sangrientas, pero siempre triviales, que narraba el empleado al explicar los grupos a los visitantes. Eran historias amargas, dolorosas; porque no eran la historia vista por el público, sino la historia verdad, la que sólo alentó en las almas, la historia del por qué de las cosas. Y la Reina me dijo de su amor por el caballero de Charny, de su alma de mujer, fiera y apasionada, que sentía latir el odio en derredor; Cagliostro me habló de su pasión por la infortunada Andrea de Tavernay, y Juana de la Motte de sus locos anhelos de ambición. Y todos me dijeron cómo entre corderos lazados de raso, embarques para Citerea, juegos de ecarté y sesiones de patines, prepararon el drama. Sólo la Lamballe, insustancial, graciosa, inconsciente, limitábase a mover la cabeza coronada de bucles y enguirnaldada de rosas.

Huyendo de los obsesionantes fantoches, bajé aún algunos escalones y me encontré en lo que representaba las cárceles: prisiones históricas, inquisitoriales, o simplemente modernas celdas, en ellas yacían grandes criminales o grandes mártires. Allí estaban la Máscara de hierro, Juana de Arco, Gilles de Rais, Señor de Thiffages, el Marqués de Sade, el Príncipe Don Carlos (hijo de Felipe II), la Voisín, la Marquesa de Brinvilliers, y junto a ellos unos cuantos feroces criminales de relativa actualidad. Yo no sé si la luz llegaba hasta allí o si eran mis ojos alucinados los que me fingían claridad en aquellas lóbregas catacumbas; pero yo veía, veía sobre la sórdida miseria de los calabozos las extrañas figuras, que la tristeza y el largo encierro habían demacrado y como traslúcido, cobrar vida para hablar conmigo. Y fue primero el rostro enjuto, los ojos negros, fosforescentes, dominadores, la boca cruel y el gesto elegante bajo la chupa de terciopelo negro, bordada de azabache, del Marqués de Sade; luego la bárbara y altiva brusquedad del señor de Thiffages; más tarde el alucinado fervor de la Pucelle, la amable elegancia de la Voisín o el ademán equívoco de la heroína de la rue de la Lune, y por fin la grosera torpeza de Salvarose, el feroz asesino. Y ellos también me dijeron su secreto. Sade, galante mundano, me habló de la voluptuosidad de ver correr la sangre como un ardiente lacre que sellase el placer, aquel placer más fuerte que su voluntad; Gilles gimió en uno de sus místicos arrebatos todo el horror y toda la delicia de aquellas carnes inocentes que temblaban entre sus manos, mientras en la capilla, de una fastuosidad salomónica, toda recargada de oro y pedrerías, el órgano entonaba el oficio de los Santos Inocentes; la libertadora de Orleans, con su voz de plegaria, narrome sus visiones, y Salvarose bramó aún bestial al recuerdo de sus víctimas. Y en el fondo de todas aquellas vidas, latía la cosa misteriosa y horrenda, el monstruo devorador que para la antigüedad remota fue la voluptuosidad, para la Edad media el pecado y para nosotros es el vicio, el huracán asolador de vidas, el extraño monstruo que yo sentía latir en mis entrañas! Fue una noche de locura, de vértigo; una noche en que a cada instante sentí vacilar mi razón; por la mañana me encontraron yerto, exánime. Llevado a mi hotel declaróseme intensa fiebre cerebral. Repuesto de ella, partí para la India.

—Calló un momento Guillermo. A mi pesar sentíame impresionado por tales historias. El ambiente del salón, el olor a opio y cera, aquel abandono de casa deshabitada, todo contribuía a acrecentar mi obsesión. El parecía fatigado por las evocaciones; al fin, con voz rota, desvalida, prosiguió;—dábase ya en mi vida un fenómeno horrible, capaz de erizar el cabello a cualquiera. Yo temeroso de hacer el vacío en derredor mío, jamás he confesado esto a nadie; pero ahora, seguro ya de saber vivir en la soledad cuando soy dueño del secreto de, en la soledad, poseer a la persona amada, no me importa revelártelo. Una misteriosa fatalidad parecía acompañarme, algo así como una jettatura que pesaba sobre cuantas personas se acercaban a mí. Yo era el manzanillo; mi sombra era fatal. Bastaba que pusiese mi amor, mi cariño o mi amistad en alguien; bastaba que entrase en una casa con una mayor intimidad, para que la desgracia se cerniese inmediatamente sobre ella. Y fueron los tiempos del suicidio de Illana Floriani, la gran actriz; aquel suicidio en el Rhin, que tuvo la magnífica teatralidad de la última escena de una tragedia antigua; de la fuga de Lady Georgina Greem; del asesinato por los terroristas del Gran Duque Sergio; de la ruina fraudulenta de Simeón Róssend, el gran banquero semita, y de la catástrofe automovilista que costó la vida al duque d'Arconville, y de la que yo salí milagrosamente ileso; la época de todos aquellos extraños escándalos mundiales en que yo me veía envuelto, según vosotros, por snobismo, en realidad por una fatalidad cruel. Huyendo de ella comencé mi éxodo, y en Ceylán conocí a Lady Judith Woodstons. Ya sabes lo que son esos centros de elegancia mundial donde entre tantas gentes que se curan, por hacer algo, de enfermedades imaginarias, hay algunos verdaderos moribundos que gozan ansiosamente de las postrimerías de la existencia—uno de los encantos de la muerte es dar todo su valor a lo que nos queda de vida, y que los mismos que se aburren cuando creen tener una vida ilimitada por delante, en cuanto ven la muerte a plazo fijo, descubren nuevas delicias al mundo—son verdaderas ferias de vanidades, en que se vive en una perpétua exhibición de joyas, de trajes, de honores y bellezas más o menos auténticas; pues, sin embargo, en cuanto entra en el hall del Indian-Palace, mis ojos se fijaron en Lady Judith y quedé deslumbrado. No es dable imaginar nada más bellamente frágil, más delicado, más sutil y espiritual que aquella criatura. Semicubierta por los toisones de un gran abrigo de raras pieles, aparecía envuelta en un traje de antiguos encajes de Venecia bordados en nácar; un fastuoso collar de perlas resbalaba en nacarado iris sobre el terciopelo del escote y caía hasta las rodillas rematado por gruesos borlones de esmeraldas y brillantes, y, surgiendo de aquellas magnificencias, bajo la cabellera de oro pálido—ese oro que en los cuentos de encantamientos hilan las princesas—, el rostro de fino perfil y óvalo perfecto, y en el rostro los ojos. ¡Los ojos! Eran dos zafiros pálidos que rebrillaban bajo la dorada sombra de las pestañas. Había en ellos algo misterioso y trágico: el dolor de morir. Desde entonces le amé; veíala todos los días, siempre sutil, frágil, quebradiza, cubierta de pieles, de perlas, y de encajes, con no sé qué de irreal, de imaginario. No parecía una criatura humana, sino una de esas evocaciones fantásticas de los ensueños de los paraísos artificiales, la abstracción de un pintor infiltrado por una mezcla de paganismo y misticismo, la tentación de un escultor asceta. En las promiscuidades de hotel no es difícil trabar conocimiento con las gentes, y además Lady Judith no se hacía inabordable; así que a los ocho días había conseguido conocerla, a los quince éramos amigos y algunos después hacíale la corte.

Una noche estábamos solos en la terraza del Indian. El cielo era como una inmensa bóveda de zafiro incrustada de brillantes; al través de un bosquecillo de palmeras, divisábase el mar como un encantado espejo que reflejase el cielo. Lady Judith reclinada en la chaisse longue, vestida de gruesos encajes de Irlanda sostenidos por lazos de seda azul, tiritaba bajo la amplia pelliza de renard argente, haciendo rebrillar el portentoso aderezo de zafiros que ostentaba. Yo la hablaba de amor. Ella parecía escucharme con arrobo, sin atenderme, atenta sólo a la armonía de la voz como atenta estaba a las notas de la orquesta de tzíganes, al rumor de los pájaros en el bosquecillo de palmeras o al lejano murmullo del mar. De improviso, se incorporó: «Le creo a usted sincero y voy a ser leal—habló con su voz cristalina en que vibraba sin embargo un extraño timbre de energía.—No sé si le quiero o no; sé únicamente que no seré nunca suya... suya, ni de nadie—añadió, al sorprender en mi un gesto de amargura.—Quizás le parezca raro en una mujer, mujer de mundo y gran señora por añadidura, esta crudeza. Lo lógico y lo corriente sería que yo flirtease, diese largas, me negara a tiempo... Pero hay una razón para borrar todos estos convencionalismos sociales: la muerte. Me muero y me muero a plazo fijo. Y esta seguridad de morir da un extraño, un imprevisto, valor al tiempo. Para una mujer cualquiera, perder una semana, un mes, un año, no importa nada. Para mí una hora, un minuto, un segundo, tienen un valor extraordinario. ¡Tres meses de vida! ¡Tengo tres meses de vida!...—Hizo la inglesa una pausa.—Si le dijese que no sentía morir, mentiría. Pero segura de que no hay remedio para mí, me he resignado, y entre manchar mi agonía con potingues, fealdades, terrores, o ennoblecerle con todo lo que es bello en el mundo, he preferido esto último. Ya sabe usted el verso

Un bel morire tutta una vida honora

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Una sonrisa triste vagaba por sus labios. Siguió:

—La muerte, sin embargo, es implacable usurera, y esta portentosa belleza mía (cuando le quedan a uno noventa días de vida la modestia es una estupidez) a la muerte se la debo. Así, viéndome sólo en las horas de respiro, en las treguas que la enfermedad me deja, únicamente puede apreciarse el lado bello de las cosas, la trasparencia de nácar de mi cutis, el fulgor de zafiro de mis ojos y estas dos pálidas rosas que se marchitan en mis mejillas. Pero si yo fuese suya, si entre nosotros existiese la intimidad de dos amantes, vería usted también el lado feo de mi mal, y serían los espasmos de amor cortados por golpes de tos, y los besos que sabrían a sangre y a creosota... Además, ¡quién sabe!, yo soy muy fuerte, pero mujer al fin y al cabo, y, quizás interesada en el juego, no tendría valor para acabarlo a tiempo, y asistiría usted al horror de una agonía, agravada aún por las ansias de vivir. Vería usted el desmoronamiento, la descomposición de mi hermosura, y en vez de un bello recuerdo, tendría la sensación de una pesadilla casi repulsiva.

—Comencé a formular un ruego—prosiguió Guillermo dificultosamente—pero ella no me dejó hablar.

—Usted es artista, un grande, único y admirable moldeador y le voy a dar a usted lo que un artista estima más: la belleza. Mi cuerpo será de los gusanos, pero mi belleza será de usted. Moldeeme una estatua; en estos tres meses de vida yo seré su modelo, y así, cuando yo muera, en vez de un recuerdo repulsivo, le quedará, hasta que a su vez le llegue la hora de morir, una imagen de belleza que ni años ni enfermedades podrán borrar. Como las heroínas antiguas, reinaré en su vida después de muerta.

—Y me tendió en señal de pacto una mano blanca y fina, enjoyada como la de un icono.

Guillermo enjugose la frente con el pañuelo y luego con trabajo continuó hablando:

—Tres días después, comenzaron aquellas extrañas sesiones de modelado. En la pesada atmósfera del invernadero convertido en estudio, siempre tendida sobre un lecho de pieles, Lady Judith se ofrecía a mis ojos toda desnuda, con un impudor de diosa, mejor, de marmórea escultura. Yo temblaba de deseo, con un ansia loca de poseerla, de acariciarla, contenido por su amenaza de que al primer gesto aquellas horas habrían acabado irremisiblemente para siempre. Exasperado, presa de una fiebre pasional rayana en el delirio, ensañábame en el trabajo, encontrando un acre placer en perpetuar la maravilla del modelo que nunca sería mío. ¡Y qué modelo! Jamás pintor ni escultor alguno pudo soñar nada más bello que aquella viviente estatua que modelaba la muerte. ¡Nada de mórbidas delgadeces ni de angulosas osamentas; nada de amarillentas palideces ni de agónica viscosidad. Una elegancia insuperable, una maravillosa armonía de línea y de contorno y una piel fina, blanca y aterciopelada...! ¡Su piel! Era tan lechosa y transparente, que algunas veces hacíale semejar una estatua de alabastro iluminada por interior y misteriosa claridad. Luchaba yo por fijar aquellas maravillas, pero como por obra de sortilegio, cada día acrecentábanse más. De hora en hora, parecía espiritualizarse, afinarse, hacerse más sutil y transparente, sin perder jamás la ecuanimidad de su hermosura. Al fin un día di mi obra por concluida. Ya no me faltaban más que los cabellos y los ojos, aquellos cabellos de princesa legendaria y la líquida transparencia que se filtraba por entre las pestañas de oro y que hacía pensar en la serena belleza del cielo reflejada en las aguas de un lago en calma. Lady Judith tuvo una de sus enigmáticas sonrisas.

—Es tarde—murmuró.—Esta es la última sesión.

—Y como yo, desesperado protestase de ver mi obra condenada a quedar sin concluir, añadió:—Me encuentro muy mal. Mi hora se acerca; sé que me muero...—Y como yo intentase atajarla, sin permitírmelo, con un vago tinte de ironía, aseguró:—Tan mal me encuentro, que ya he avisado a mi marido y mañana vendrá con un yacht a recogerme.

«Yo imploré aún:—¡Esos ojos!... ¡ese pelo!...—Sonrió.—Los tendrá usted.

—Pasó un mes. Yo no sabía nada de Lady Woodstons. El yacht seguía anclado en la bahía. Al fin, un día, al salir a la terraza, vi que el barco se hacía a la mar. ¡Lady Judith había muerto! Loco de dolor, me precipité al hall del hotel para informarme de la catástrofe. Allí un groom me entregó un paquete. ¡Su letra! Desfalleciendo de emoción subí a mi cuarto y lo abrí. Había dos cajas. Rompí las cintas que sujetaban la mayor. Allí estaba la maravillosa cabellera de Lady Judith! Un papel rezaba: «mi pelo». Tembloroso abrí la otra: «mis ojos», y vi en el fondo del estuche dos pálidos y admirables zafiros. Con todo ello completé mi estatua, y nuevo Prometeo, me enamoré de ella.

Hizo aún otra pausa nuestro pobre amigo. Estaba tan pálido que temí por un momento que fuera a desmayarse. Al fin, con un gesto enérgico se puso en pie.

—Voy a presentarte a mi Lady.

Les confieso a ustedes que sentí un vago malestar. Todas aquellas historias, agravadas por las tinieblas crepusculares y el fuerte olor a opio y cera, me turbaban. Hubiese querido irme, pero algo más fuerte que mi voluntad me retenía prisionero allí, y con los ojos fijos en la puerta por donde había salido Guillermo, esperé. Al fin apareció en el dintel el escultor, sosteniendo una mujer casi por completo cubierta por un enorme abrigo de chinchilla. Parecía enferma—una de esas irreales enfermas que van a morir a la corniche, entre sonrisas, rosas y naranjos en flor—, entregada por completo a su galán.

El gabán sólo dejaba ver la parte alta del rostro en que lucían los ojos admirables y la cabellera de hilado oro, y por debajo del abrigo salía la fastuosa cola de encajes. Lentamente acercose la extraña pareja al diván, y con cuidado exquisito depositó Guillermo su carga en él. Después, con un gesto rápido, nervioso, como si temiese quemarse, abrió la pelliza que cubría la muñeca.

Lancé un grito y me puse de pie. Ante mis ojos, en lugar de la figura admirable que la pureza de la frente, el oro de los cabellos y el luminoso azul de los ojos hacía presentir, acababa de ofrecerse a mi vista algo horrendo, abominable, alucinante. Las mejillas deformadas, los labios mordidos, el cuello destrozado, el escote hendido por las huellas de las uñas que se habían clavado en él; en vez de la admirable estatua que esperaba tenía ante mí una de esas figuras que los inquisidores hallaban en los antros de las brujas medioevales y que quemaban ante el Patriarca de Indias en las hogueras de la plaza Mayor.

Guillermo rió sarcástico y encarose con la estatua:

—¡Ah! ¡Parece que ya no gustáis tanto, Milady! ¡Parece que vuestra belleza está en el ocaso!

Después, dirigiéndose a mí, habló con voz estridente, en que vibraba un odio feroz:

—¿Comprendes? ¡La odio y la amo! Y veo llegar para ella la vejez y el olvido!... ¡Es la liberación!... ¡La batalla! ¿Comprendes? ¡Reinaré en su vida después de muerta! Si ahora me entregase a usted, vería el lado feo de las cosas, y día por día, hora por hora, enrojecería ante sus ojos; mientras que así... así mi belleza le sobrevivirá!... ¡Y ha envenenado mi vida para siempre! Si hubiese sido mía, mía una vez siquiera; si hubiese sido mujer, su memoria estaría para mí llena de dulzura; mientras que así, quimérica e impasible, reproduciendo su piel, que para mí no tiene otra realidad que la cera, y sus ojos, que son dos piedras yertas, y sus cabellos, que han adquirido la sequedad de los de las muñecas, la visión perpétua de su desnudo maravilloso me persigue, me obsesiona, aniquila mi vida... ¡Y es la batalla! ¡Ahora es mía! ¡Mía! Aquel amor que en vida le asustaba porque podía marchitar su hermosura, la destroza día por día. Y hora llegará en que, fea y repulsiva, la arroje a un braserillo, donde se derretirá como los endemoniados muñecos que quemaban en las noches de aquelarre. ¡Y ese día, por fin, seré libre y el maleficio estará roto para siempre!

Se había puesto de pie, el pelo erizado y los ojos fuera de las órbitas. En el diván, la figura abandonada parecía mirarle con sus pupilas azules de cristal y sonreír irónica con los labios destrozados a mordiscos.

Hubo una pausa. Nadie hablaba ni se movía. Todos escuchábamos anhelantes la extraña historia de Guillermo Novelda que Gustavo nos contaba. Al fin reanudó el hilo:

—Un año después volví a París. Durante el invierno, el recuerdo de nuestro infortunado amigo me persiguió como un remordimiento. ¡Había hecho mal en dejarle allí solo y abandonado a su extraña locura! Mi deber era haber avisado a su familia... El egoísta que todos llevamos en nosotros salía a mi encuentro con sus fríos razonamientos. ¿A qué familia? Guillermo no tenía sino parientes lejanos a quienes nada importaban sus cosas. Además, ¿con qué derecho iba yo a meterme en sus asuntos? ¿Quién era yo para inmiscuirme en el misterio de aquella vida, revelado a mí en un momento de confianza? Un amigo de azar, un conocido de los salones. Y me había cruzado de brazos. Ya en París, decidí volver a visitar a mi amigo; pero la pereza y una vaga inquietud de perturbar mis nervios con todas aquellas raras historias, me hacían retrasar de día en día mi visita. Además ¡hacía tanto calor! Esto sucedía el verano pasado, y ya recordará usted la temperatura senegalina de que disfrutamos en todas partes, pero sobre todo en París. Por fin, un día hice un esfuerzo, me armé de valor y me encaminé a la rue de l'Université. Desde que pisé la calle, un presentimiento me oprimió. Un grupo no muy numeroso de gente permanecía estacionado precisamente ante la casa de Guillermo. Acerqueme inquieto, e interrogando a unos y otros acabé por averiguar lo que sucedía: iba transcurrido más de un mes sin que el inquilino diese señal de vida. Como era harto misantrópico, al principio a nadie extrañó no verle, pero a la larga concluyeron por inquietarse. Fueron entonces al amo de la casa, el cual, a su vez, acudió allí, y como, pese a sus reiterados llamamientos, nadie abría la puerta, acudió a la Comisaría, y por fin iban a forzar la puerta. Inquieto por la suerte de mi amigo, presintiendo una desgracia, pedí hablar al comisario; presenteme a él, no como amigo, sino como pariente, que, inquieto ante un injustificado silencio, había hecho un viaje exclusivamente para saber a qué atenerse, exhibir documentos, y al fin fui autorizado a acompañar a la justicia en sus indagaciones. La puerta acababa de ser forzada y entramos todos en el zaguán. Un olor nauseabundo nos dio el alto. No era sólo el olor a humedad que percibí la primera vez que pisé aquella casa, era un olor a podredumbre, a carne muerta, agravado de emanaciones de opio y de cera quemada, lo que salía ahora a nuestro encuentro. Al fin, tras un momento de vacilaciones, seguimos avanzando y cruzamos los mismos salones de mi anterior visita, pero aún más lúgubres, más polvorientos, llenos de telas de araña y de cucarachas que corrían ante nuestros pasos. Y el olor hacíase cada vez más intenso y violento, tornando la atmósfera en irrespirable. Los agentes iban abriendo a nuestro paso puertas y ventanas. Al fin llegamos ante la entrada del estudio: el Comisario empujó la puerta y todos retrocedimos un paso helados de horror.

Sobre el diván, semidesnudo, yacía el cadáver de Guillermo, pero el cadáver devorado por ratas y gusanos, el cadáver sin labios ni nariz, con los ojos vacíos y las mejillas descarnadas; el cadáver negro, purulento, en plena fermentación, que estrechaba ferozmente, en una crispación sarcástica de las mandíbulas descarnadas, la figura atrozmente deformada de Lady Judith. El calor y la podredumbre habían fundido absurdamente cera y carne y en la confusa masa pululaban los gusanos. Una larva amarillenta salía de una de las vacías cuencas del cadáver y resbalaba sobre los labios destrozados de la muñeca. Sobre la escalofriante masa zumbaba una nube de moscones. Y desde el fondo de aquella miseria los ojos azules de Lady Judith me miraban burlones.

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Había concluido de anochecer. En el despacho no se oía más que el castañetear de los dientes de Lydia Alcocer, que temblaba. Después, un suspiro de descanso de Claudio Hernández de las Torres, que acababa de darse una inyección de morfina. Al fin Nieves Sigüenza, estirándose con voluptuosidad de gata perversa, murmuró, presa de delicioso terror:

—Me hubiese gustado ver a Guillermo; pero sobre todo conocer a Lady Judith.

Sonó la voz irónica de Gregorito Alsina:

—Lady Judith... ¿Te acuerdas, Claudio, de ella? La conocimos el otoño pasado, con sus perlas y sus encajes, en Venecia, en un té de la princesa Fornarina Pescari. Allí no moría tísica, moría del veneno de Venecia, de una rara fiebre que, embelleciéndola, la mataba poco a poco. Y para eternizar aquella agonía, había encendido el incendio de una pasión que devoraba los últimos chispazos del genio del pobre Gustavo Golderer, el gran pintor alemán.

UNA HORA DE AMOR

I

Donde la Sacerdotisa de Venus empieza a creer en la despoblación del Bosque Sagrado.

¡Tan!... ¡tan!... ¡tan!... El reloj de la cercana iglesia de Santa Cruz desgranó las campanadas de la tercera hora, que, entre el gemir del viento y el gotear del agua, sonaron lúgubres, fatídicas, agoreras.

Llovía a mares. Ni por la calle Mayor, ni por la cercana plaza, transitaba nadie; sólo en la esquina de la calle del Factor, brillaba, mortecino, el farol de un sereno. De tarde en tarde, el vigilante nocturno cambiaba de sitio, y entonces la lucecita corría, temblorosa, con inquietante apariencia de fuego fatuo.

Estrella sintió ganas de llorar. ¡Las tres de la mañana y no se había estrenado aún! ¡Y era el tercer día que regresaba con las manos vacías! ¡Y ama Dolores ya le había advertido que aquello no podía seguir; que su casa no era ningún asilo, sino excelso templo del Amor—a dos pesetas hora—; que no estaba para alimentar pánfilas, ni imágenes mandadas recoger; en una palabra: que aquello no podía continuar. Ahora, parada bajo los soportales, sentía inmenso desaliento, mientras miraba con aire estúpido caer la lluvia, y evocaba la alegre facilidad de los primeros días de galantería, sobre todo antes de su ida al Hospital. Entonces, no había sino mimos y halagos: ¡hasta bata de seda tuvo! Mientras que ahora no quedaba, de tanta belleza, más que escaseces, palabras agrias y malos tratos. En su sensibilidad enteramente animal, sólo apta para el dolor físico, más que las humillaciones y que el sentimiento de su abyección, dolíanla los quebrantos materiales. Ama Dolores había llegado hasta amenazarla, si las cosas seguían así, con echarla a la calle. La idea de perder de vista la mancebía, con su olor a almizcle, que disimulaba mal el hedor de miseria y podredumbre, su lujo de relumbrón, digno a sus ojos de los alcázares de Solimán, el Magnífico, y, sobre todo, aquel tener la comida segura, sin necesidad de preocuparse de buscarla con el trabajo, le aterraba. ¡Recomenzar la vida! Levantarse al amanecer para salir cargada como una bestia a ganar el pan con el sudor de su frente; pasar hambre, frío, sueño... ¡no, y mil veces no! Prefería la vida de animal de amor, acariciada unas veces, maltratada otras, brutalizada las más; pero, al fin y al cabo, sin necesidad de violentar su voluntad.

Su verdadero nombre no era Estrella. Aquel fue el apodo de guerra conque la bautizó ama Manola, cuando, después de cerrado el trato entre la Celestina y Juan Ramón, su hermano de ella, quedó definitivamente adscrita como vestal del Amor en aquel templo de la calle de Tudescos, su primera estancia en el calvario de la liviandad. Respondía la moza al feo, malsonante y nada poético nombre de Robustiana. Su vida había sido una de esas oscuras y tristes vidas, que empiezan en un chamizo, entre gemidos y maldiciones, y acaban en la cárcel o en el hospital. De origen campesino, fue en su casa primero burro de carga, luego lecho de concupiscencia, por donde, entre vahos de alcohol y estallidos de bestialidad, pasaron padre y hermanos; al fin, objeto de rapacidad. Ya en la villa y corte, llegaron los días buenos de tocados abracadabrantes y comidas pantagruélicas; tras ellos, como obligado cortejo, la miseria, la enfermedad y la vejez.

Sobre su fondo puebluno, estúpido, rapaz, temeroso y áspero, la vida canalla de la urbe populosa puso un barniz de procacidad y de descoco.

En otros tiempos, sino guapa, a lo menos tuvo la frescura de las manzanas maduras; después de su ida al hospital, de aquella belleza no quedó nada. Si bien en su cuerpo la gallardía no era, como en Maritornes, contrapeso de la fealdad del resto, pues ni contaba los siete palmos, ni la carga de las espaldas hacíale mirar al suelo, sino al contrario, podía decírsele alta y derecha; en cambio, como la asturiana, era ancha de cara, llena de cogote, y sino tuerta de un ojo y del otro no muy sana, faltábale poco, pues de los pasados males quedáronle ambos asaz turbios y pitañosos.

Se había, pues, detenido en la esquina de la calle de San Miguel. Tiritando de frío e intentando defenderse de él, apretando el raído mantón sobre los pechos, que pendían como dos odres vacías, apoyose en una de las columnas que sostienen los soportales, decidida a no moverse hasta encontrar algo. A la menguada luz de los reverberos de gas, destacábase toda la miseria de su figura lamentable. Los cabellos ralos, pegados por la lluvia, brillaban, grasientos, como los de acuática alimaña; en el rostro lívido, desposeído de pintura y afeites por la humedad, los ojos turbios, sin cejas ni pestañas, miraban asustados; el mantón, empapado en agua, ceñíase a las ruinosas formas del cuerpo, moldeando una figura contrahecha de mujer, como esos lienzos mojados en que los escultores envuelven a las estatuas a medio hacer; la falda de percal, llena de agua, pegábase a sus piernas.

Tenía los pies ateridos dentro de los zapatos encharcados, y sentía frío, un frío intenso que le subía a lo largo de las espaldas. Pero no se iría, no se iría por nada del mundo. Había recorrido ya los barrios bajos, los lugares sospechosos, llenos de ladrones y borrachos, expuesta a groserías y malos tratos, y ahora aventurábase por las calles céntricas, desafiando las iras de los policías. ¡Qué le importaba! El caso era no volver así, sola y con las manos vacías, a la presencia de ama Dolores.

Inmóvil, los ojos fijos en el suelo, miraba caer las gotas de agua que, al chocar en los charcos, rompían el quieto cristal en grandes círculos temblorosos. En el reloj sonó el cuarto de las cuatro.

Pasos...

II

En que hace su aparición un caballero, a quien personas duchas en letras tomarían, quizás, por el de la Triste Figura.

En dirección a la de Bailén, bajaba la calle Mayor un hombre. Si Estrella fuese mujer leída (una de esas hetairas que posan de artistas, hacen versos y se saben a Zorrilla—afinidades nominales—de memoria), hubiera tenido un movimiento de asombro al comprobar el gran parecido de aquel buen burgués con el ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha. Pero Estrella era una bestia, ni aun sabía leer, y no estableció concomitancias.

El individuo era alto, anguloso, tan pobre en carnes como rico en osamenta; sus piernas abríanse a modo de gigantesco compás, y sus brazos fingían aspas de molino. Enjuto de rostro, ancho de frente, prominente de mandíbula y terroso de color; sus labios, bajo los chinescos bigotes amarillentos, dibujábanse delgados y blanquecinos, y sus ojos, entre las cejas hirsutas, brillaban con matiz indefinido. Tenía el cabello escaso y cano, tirando a blanco. Un pantalón a cuadros, un gabán café con leche, de tan deficientes proporciones, que hacía pensar en la imposibilidad de encerrar aquel esqueleto en él. Y un pequeño sombrero hongo, ladeado sobre el lado izquierdo y muy echado a la cara, completaban su figura.

La pecadora murmuró, sin esperanza de éxito:

—¡Spch!, ¡spch!, buen mozo.

El no pareció haberla oído, y entonces ella repitió:

—Moreno, buen mozo, ¿vienes?

El hombre se detuvo a cuatro pasos de la prójima, y ella entonces apresurose a acercarse al desconocido cliente que le deparaba la fortuna. Buscó en su repertorio de cortesana callejera la más acariciadora de sus expresiones, y mostrando en una sonrisa la dentadura mellada y verdosa, musitó insinuante:

—¡Anda, moreno, buen mozo, que te voy a dar más gusto!...

El hombre flaco permaneció impertérrito. De sus labios exangües no salió ni una palabra. La tentadora redobló sus esfuerzos:

—¡Anda, bonito, saleroso! ¡Pa mí que nos vamos a dar la gran noche! ¿Quieres?... Anda.

Igual silencio; sólo entre las pestañas grises lució un momento una llamita azulada de alcohol, algo así como los gases que se desprenden en la noche de los cuerpos en estado de podredumbre.

Pero la vendedora de amor no vio nada. El mutismo de su conquista comenzaba a inquietarla. ¿Sería un mudo? ¿Un extranjero? ¿Un policía que se fingía cliente? Estrella habíase cogido de su brazo, y con el cuerpo entero ceñíase a él, tratando de encender el fuego del deseo. Sus vestiduras mojadas adheríanse a las mojadas vestiduras del silencioso individuo, y con voz que, pese a sus esfuerzos para que pareciese dulce, sonó bronca, redobló las ofertas:

—¡Verás! ¡Verás cómo lo vas a pasar! ¡En la vida te has echado a la cara una mujer como yo!

E insensiblemente tiraba de él, que, sin oponer resistencia, se dejaba llevar. Cruzaron la plaza del Conde de Aranda, la calle del Sacramento, y llegaron a la del Conde:

—Aquí es.

Y Estrella empujó a su amado dentro de un sucio y lóbrego portalillo. Luego alzó la cortina de percal de la sala en que, tiradas sobre los desvencijados divanes, dormitaban pesadamente tres o cuatro hembras más, pintarrajeadas y rotas, como abandonadas marionetas, y asomó la cabeza. Se oyó la voz áspera de ama Dolores:

—¡Grandísima cerda! ¿Te parece que?...

Pero al ver al cliente, su mal humor se dulcificó como por ensalmo, y melosamente trató de arreglar su pifia:

—¡Josús me valga! ¡Tú! Usted disimule; pero estaba con cuidao. ¡Con la nochecita perra que hace, esta alhaja andando por ahí! ¡Porque es una perla, caballero, una perlita de coral! ¡Se da una maña!...

Estrella descolgó una llave y, seguida de su compañero, encaramose por estrecha escalerilla de altos y crujientes peldaños de madera.

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III

Que cuenta cómo hace su aparición el divino marqués de Sade.

Después de cruzar la sala, pieza vulgar de mancebía pobre, con muebles de reps, cromos chillones en las paredes y cortinas de percal rameado tapando puertas y ventanas, penetraron en la alcoba y Estrella encendió la luz.

El cuarto era frío y triste; las paredes, enyesadas, hallábanse cubiertas de letreros indecentes y pinturas obscenas. Una cama de hierro pintada de negro, tapada por blanca colcha de percal, florida de azul, la ocupaba casi del todo; el resto del ajuar componíanlo un lavabo de latón, sin agua, y una silla, sobre la que descansaba la palmatoria con una vela.

Estrella aproximose a su adorador, y echándole los brazos al cuello le besó en la boca:

—¿Quién te va a querer a ti, saleroso?

A la menguada claridad le examinó. Parecía así, despojado del gabán, aún más flaco y huesudo. Los escasos cabellos, erizados sobre el cráneo color pergamino, partíanse, formando dos cuernecillos diabólicos; entreabríase la boca, negra y cavernosa; los ojos, hundidos en grandes círculos de arrugas, fosforecían con los extraños reflejos de las llamas de azufre, y en el centro del rostro consumido, la nariz inmensa, larguísima, penduliforme, aparecía lívida, teñida solamente en la punta de tenue pincelada de carmín.

Estrella, por primera vez sintió vaga sensación de temor. ¡Bah! ¡Qué más daba aquel u otro!...

—Echate—ordenó él.

La prójima comenzó a desnudarse.

—No hace falta; así estás bien—apresuró el viejo.

Las manos le temblaban y la voz surgía de la garganta ronca, opaca, con extrañas discordancias.

Ella, indiferente, obedeció con pasividad de bestia. Tan sólo desabrochó los botones de la blusa, dejando en libertad los senos, que pendían flácidos, gelatinosos.

El sátiro había saltado junto a ella. Sus manos, unas manos frías, húmedas, de largos dedos, curvos, huesudos, que tenían cierta semejanza con las garras de un ave de rapiña, la palpaban febriles, estrujaban sus pobres carnes, maceradas por el amor, la pellizcaban cruelmente; la boca mordía su cuello, sus senos, sus labios, con ansia furiosa. Al principio, Estrella, llevada de la costumbre, trató de reír; pero pronto la risa huyó de sus labios, y un hondo miedo enseñoreose de ella.

El dejola un momento en reposo, e irguiendo el busto junto a ella, interrogó ansioso:

—¿Me dejas, di, me dejas?

Las palabras sonaban rotas, destempladas, chirriantes, con algo de rugidos de bestia en celo. La cara estaba toda roja, congestionada, filigranada de venas negras; los ojos hinchados, inyectados de sangre, parecían próximos a salirse de las órbitas.

Temblorosa, presa de loca pavura, la infeliz musitó con voz débil:

—¿Qué? ¿Qué quiere? ¡Déjeme ya, por Dios!

Con un timbre extraño, destemplado, en que había gritos contenidos, brutalidades que trepidaban apenas enfrenadas por un resto de voluntad, propuso él:

—Aquí... un cortecito... en el pecho... nada ¡un poco de sangre!

—¡No! ¡No, por Dios!—clamó la prójima, próxima a prorrumpir en gritos de socorro.

—¡Qué te importa! ¡No te haré daño! Un cortecito, uno nada más... Te daré lo que quieras... cinco duros... diez...

Balbuceaba en un paroxismo de lujuria:

—¡No, no!—resistiose Estrella.

—¡Quince!... ¡Veinte duros! ¡Lo que quieras!

¡Veinte duros! ¡Sus deudas con ama Dolores saldadas! ¡Unos días de tranquilidad! Y al fin y al cabo, ¿qué importaba? Un rasguño. Si le hacía daño, pediría socorro. ¡Bah! ¡Más dolía una paliza! Desfalleciendo de terror, pero galvanizada por la codicia, murmuró:

—Bueno. Pero a ver el dinero.

De un brinco púsose él de pie y corrió a su ropa. De los profundos bolsillos extrajo un billete de cien pesetas y un cortaplumas.

La sacerdotisa le vio acercarse a ella espeluznante y grotesco, con su figura de Quijote, sus brazos de aspas y sus largas piernas cubiertas de pelos erizados. Cogió el billete que le tendía, guardole en una media y cerró los ojos.

Sentíale ahora a su lado jadear fatigosamente; después, la sensación de las manos glaciales, que manipulaban con uno de sus senos, y al fin un dolor agudo. Lanzó un grito y, alzando los párpados, fijó sus pupilas en el sitio donde experimentaba el dolor. Del pecho flácido, y por pequeña herida, manaba la sangre en abundancia. Estrella, aterrorizada, quiso levantarse, llamar; pero el monstruo, precipitándose sobre ella, impidiole todo movimiento. Forcejearon; en la lucha, la luz rodó por tierra. Prosiguieron la batalla en las tinieblas. Ella le sentía jadear, profiriendo sonidos guturales, inarticulados. Al fin, en un momento en que flaquearon sus fuerzas, la boca del vampiro adhiriose a la herida y comenzó a chupar la sangre. La vendedora de amor sentía que la sangre manaba en purpúreo surtidor, en chorros, en ríos, en cataratas; que la boca, húmeda y desdentada, le sorbía la vida, y, en un esfuerzo supremo, librose del monstruo, saltó al suelo, abrió la puerta, y descendiendo, presa de invencible pánico, las escaleras, se precipitó a la calle, e inconsciente, semidesnuda, corrió, corrió hasta caer al suelo, rendida de cansancio.

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LA SANTA

I

En la magia lunar, la gran Avenida cubierta de nieve tenía el prestigio de una escenografía teatral. Arriba, el cielo azul oscuro era como un viejo dosel florecido de lises de oro; abajo, los blancos copos tejían un tapiz sobre la tierra y posándose en las desnudas ramas de los árboles, trasformábales en extraños arbustos de alabastro. Otros copos pendían en cristalinas estalactitas de las torrecillas, filigranadas como encajes, de los vetustos palacios, o confundidos con las hojarascas de los ventanales y cresterías, mentían grandes brillantes, que, engastados en el granito, relucían heridos por la pálida claridad de la luna.

A un lado el río, aquel río de balada, ancho, hondo y azul, helado ahora, fingía un largo espejo de plata, cruzado de trecho en trecho por los audaces arcos de algunos puentes: unos, antiguos, con pináculos de peregrina arborescencia, estatuas de santos labradas en gigantescos bloques y barandales de pétrea pesadez, en que monstruos de la fauna imaginaria de los siglos de cruzada se perseguían por entre laberintos de una floración absurda; otros, monumentales puentes modernos con columnatas y pretiles de blanco mármol, que sustentaban famas, esfinges y pegasos de bronce.

Frente al río alzábanse los palacios, toda aquella serie de portentosos edificios que como un anillo de ensueño encerraba la antigua urbe de curtidores y tintoreros, capital antaño del heroico principado de la Corona de Hierro, hoy cabeza del Imperio. Dominaban las viejas residencias históricas, las moradas de los Electores, Madgraves, Burgomaestres y Condes Feudatarios, las Casas de los Gremios, los Monasterios de monjes guerreros—San Teodoredo, San Eurico, Santa Sisebuta—, antiguas habitaciones de la Edad Media, sustentadas por columnas, altas y finas como troncos de un bosque de piedra, con grandes balconajes labrados con minuciosidad y rematados por airosas ojivas, grandes vitrales emplomados, filigranados herrajes y gárgolas, florones, arbotantes y torrecillas de una aérea elegancia de ensueño, y flanqueando las ventanas, nobles escudos, historiados de lanzas, castillos, lises y turbantes, hablaban de las conquistas en Tierra Santa, de las guerras del Sarraceno y de las empresas contra el Turco. Al lado de las vetustas edificaciones, los modernos monumentos—Museos, Bibliotecas, Cámaras Consistoriales, Universidades, Institutos, Academias, Teatros—procuraban imitar en su exuberante decoración la esotérica espiritualidad de las construcciones góticas; pero faltábales la intensa emoción de fe traspuesta, el místico ardor, aquel no sé qué de sobrehumano que infundían los artistas de los siglos medios a su obra, sacrificando a ella su vida entera y dejando prisionera entre sus piedras su alma en pena.

Sin embargo, gracias al sortilegio lunar, todos aquellos edificios entrevistos al través de las trágicas arboledas, desnudas de follaje, de los jardines y del helado sudario de nieve, dormían envueltos en un gran encanto de poesía arcaica.

Caminaba yo rápidamente, gozándome en la soledad que aumentaba el aspecto de ciudad encantada de la gótica urbe. En aquel silencio, mis pasos resonaban crujientes sobre la nieve. Soledad y silencio ponían a veces un estremecimiento en mis espaldas, haciéndome temblar bajo la amplia pelliza que me defendía del frío. En el fondo estaba contento; contento con bienestar de burgués que ha vencido su neurastenia y que, bien abrigado, camina, tras suntuosa cena, en busca del mullido lecho. La verdad era que estaba satisfecho de mi jornada: primero, mi visita al fabuloso palacio de Fernando Augusto; luego, la velada de gala en el teatro Imperial, donde pude contemplar a mi gusto a la familia augusta, lívidos príncipes y a las altivas princesas, marcadas por el sello fatal de los Westfalias. Y evoqué el día entero.

Muy de mañana, y todavía tiritando por el frío y el madrugón, habíame acomodado en el tren que debía llevarme a Rosemburg. Había arrancado el convoy, y, tras de serpentear algunos minutos por nevados campos, habíase precipitado en los túneles que horadaban las enormes montañas, coronadas de eternos hielos. Tras una hora de negruras, de las que apenas si salíamos unos minutos para, en la loca carrera, contemplar cómo se perdía en las nubes la ciudad sagrada, el tren había penetrado en las sombrías selvas en que viven aún las consejas de lobos y de trasgos, de crueles guerreros y doncellas sin fortuna, selvas milenarias en que nunca penetra el sol, y en que las altas siluetas de los pinos fingen los pilares de una gigantesca catedral. Otra hora aún, y de nuevo el tren se lanzó a través de un túnel interminable. Y de pronto, como por arte de tramoya, la decoración cambió, y tras un bosquecillo de palmeras, rodeado de maravillosos jardines, destacose sobre la lámina azul que fingían mar y cielo, un palacete bizantino, flanqueado por escalinatas de mármol, con columnas de jaspe y alabastro, y coronado por doradas cúpulas, que brillaban heridas por el sol. ¡Rosemburg!

Aquel era el palacio de Fernando Augusto, el niño lunático, delicado y endeble como una damisela, que, en un momento de quimera, soñó con emular las magnificencias del Imperio de Oriente. Y, sin embargo, por capricho del destino, aquel príncipe pálido, exangüe y triste, con la irreal apariencia de una gran lis de muerte, había conquistado los vastos estados y había sido el primero en ceñir sus sienes con la corona Santa. Allí estaba su imagen tejida en los fabulosos tapices del castillo, a caballo sobre blanco corcel, prisionero el cuerpo en argentada coraza, en la mano la espada vencedora, ornada la cabeza de lacia guedeja rubia con el laurel y las rosas de la victoria; precedido de fastuosos heraldos, seguido de feroces hombres de guerra; con más apariencia de iluminada doncella libertadora que de joven héroe. El había construido aquel castillo, buscando sol, flores y alegría, incapaz de encerrarse en la ciudad legendaria, perdida en las brumas de las altas mesetas.

¡Rosemburg!

Recorriendo sus salas, ornadas de portentosos mosaicos, donde sobre el fondo de oro, héroes y monstruos, santos y demonios, cantaban la gloria de los Westfalia; visitando el panteón en que el orgullo intentó eternizar la muerte, evocaba yo la historia extraña de aquella familia, desde Wifredo, el fundador, que, nuevo azote de Dios, descendiera de la montaña, seguido de sus bárbaros, una honda en la mano y un puñal entre los dientes, hasta Claudio, el príncipe cruel, vicioso y sanguinario, que en sus incongruencias de loco y sus furores de epiléptico, quiso emular a Nerón, incendiando la ciudad; desde Federico, el Navegante, que murió al frente de sus galeras en batalla con el turco, hasta este otro príncipe nauta, Luis Augusto, que erraba por los mares en su yacht convertido en nuevo buque fantasma; desde Otton, el Monje, que, retirado en su monasterio de la Trapa, rigió, con mano de hierro, el Imperio, hasta la duquesa Eudoxia, histérica e iluminada, encerrada en una casa de salud a raíz de ciertas raras visiones.

Una fatalidad extraña pesaba sobre los Westfalias: era un raro sortilegio que les hacía héroes o locos, santos o criminales; algo anómalo, un desequilibrio que les llevaba a tambalearse entre las cumbres de la gloria y los abismos de la nada.

Aquella noche había yo podido contemplarles a mis anchas. Mi calidad de periodista extranjero habíame proporcionado un sitio para la función de gala, y sentado en mi butaca había visto el espectáculo, fastuoso sobre toda ponderación, de la corte de Nordlandia. Sobre la severa suntuosidad de la sala, severidad que acrecentaba la riqueza de los uniformes y los tocados recargados de piedras preciosas de las damas, destacábase en el palco regio la familia imperial. Allí, inmóviles, graves, con aposturas de retratos, estaban los príncipes; pálidos, de opacas pupilas y cansados labios, unos; demacrados, amarillentos, con ojos de brasa que ardían en el fondo de moradas cuencas, otros. Allí, las princesas de desvaída tez y lacios cabellos color de miel, tímidas, afectadas, con aspecto de rancias figuras de cera, las más jóvenes; acartonadas, tiesas, finchadas en las crujientes sedas, con sus pechos planos, sus labios llenos de desdenes, sus gestos banalmente ceremoniosos, las que ya habían salido de la juventud. Y destacándose entre todas ellas, la figura, llena de nobleza, del viejo soberano, con su amplia frente de pensador, su sonrisa bondadosa y su blanca barba de patriarca bíblico cayendo sobre el pecho, constelado de cruces de diamantes. Allí estaban todos: príncipes y princesas, grandes duques y grandes duquesas; todos, menos la princesa Elvira.

¡La princesa Elvira! ¡Cuántas veces había yo oído hablar de ella! ¡Cuántas veces tropezaron mis ojos con su retrato entre las páginas de una revista! Siempre modesta, humilde, vestida con pobreza, el cabello sencillamente recogido, era el ángel de la caridad que descendía de los palacios en busca de los humildes, de los desdichados y de los miserables. Aquel extraño estigma que hacía de los Westfalias héroes o locos, había hecho de la princesa Elvira una santa, pero no a la manera de la duquesa Eudoxia, histérica y visionaria, sino toda abnegación y heroísmo. Jamás se le veía en una fiesta mundana; jamás asistía a una de aquellas fastuosas ceremonias que hacían famosa la corte de Nordlandia; en cambio, no había catástrofe, ni guerra, ni epidemia, en que ella no estuviese predicando con su ejemplo las más puras máximas de la caridad cristiana. No había privación que ella no resistiese, ni sacrificio que no se impusiese en bien de sus semejantes, ni dolor, por horrendo que fuese, que no hallara en ella amparo y consuelo. Amigos y enemigos inclinábanse al espectáculo de sus virtudes, y desde el Emperador hasta el último socialista, descubríanse respetuosamente ante la princesa Elvira.

Otra vez la figura de la princesa santa se ofrecía a mí tal como la contemplaba cientos de veces en los grabados de los semanarios, destacándose sobre el trágico escenario de los campos de batalla, ataviada con el heroico uniforme de damas de la Cruz Roja, o en el cruento horror de las salas de los hospitales, junto a los cuerpos mutilados por horrendos males. Mentalmente detallaba yo su rostro de perfil prodigiosamente sereno, su frente alta y luminosa, sus ojos grandes, azules, llenos de dulzura, y me detenía en la boca, aquella boca que me inquietaba vagamente con su mueca enigmática, que me traía a la memoria, sin saber por qué, la de la Gioconda.

Recordé hechos memorables de su vida: la noche de la batalla de Orsova, cuando permaneció interminables horas en medio del horror de aquella carnicería, rodeada de cadáveres que devoraban las aves de rapiña, entre el aullar de los lobos y el lejano retumbar de los cañones, cuidando heridos, alentando enfermos... Rememoré también algunos espeluznantes lances, en que una extraña fatalidad parecía pesar cruel sobre ella: aquel hospital de sangre en la campaña de Oriente, donde la princesa Elvira, casi sola, en la nerviosa energía de su heroísmo, veía morir los soldados a cientos, asistiendo a la agonía, precipitada por una extraña fiebre de locura, de los pobres muchachos; recordé también las escenas de la peste en Salstracia, cuando en la ciudad, desierta por el terrible azote, ella sola recorría las calles asoladas, y sosteniendo entre sus brazos a los apestados, como bíblica heroína, les llamaba hermanos.

Me detuve. Había llegado a la Gran Plaza. En el centro, y rodeado de admirables jardines, poblados de fuentes y de estatuas, alzábase el monumento a Wifredo, el Fundador, en que el héroe, blandiendo la espada, lanzaba su bridón sobre una multitud, enloquecida de entusiasmo, que se doblaba a su paso. A un lado, la catedral—San Miguel Arcángel—, labrada en mármol, semejaba así, en el sortilegio sideral, un gótico relicario de marfil. Frente a ella, el palacio moderno, suntuoso, bien proporcionado, imitando, en su presuntuosa arquitectura, los palacios de los siglos medios, uníase, por cubierto puentecillo, con el antiguo alcázar, de enormes murallones, sombrío, rodeado de gruesas cadenas y almenado como una fortaleza. Llamábase el Palacio de los Suplicios, y tenía su leyenda cruel y trágica de los tiempos del Santo Oficio. Durante muchos años fue residencia real, hasta que, concluido el nuevo alcázar, trasladó el Emperador a él su habitación.

Entre la catedral y el palacio, abríase el laberinto de callejones de la ciudad vieja, aquella urbe medioeval de curtidores y tintoreros, en que las calles eran negros y hediondos arroyos, y las habitaciones sucios chamizos que se apoyaban unos en otros, rasgados de tarde en tarde por la maravilla de bizantino ventanal.

Permanecí un momento perplejo. Los sombríos laberintos me atraían con su malsano encanto. ¡Ah la escalofriante delicia de las nocturnas caminatas al través de las viejas ciudades en que aún viven la lujuria, la superstición y el miedo! Yo he amado siempre las viejas ciudades de grandes cuestas, de encrucijadas y de claroscuros, las ciudades en que la lujuria es una hembra flácida y marchita, la superstición una vieja ducha en artes de tercería y hechizos, y el miedo un truhán disfrazado de fantasma. En las ciudades modernas, en los grandes barrios, la civilización ha desterrado lo imprevisto; la luz eléctrica, los tranvías, los automóviles, han ahuyentado al miedo, y la lujuria se llama galantería; pero en algunas grandes ciudades, antiguas aún, hay barrios en que vive la inquietud, y en que en el cuadro de luz de una puerta vemos una mujer pintarrajeada que, con su peinado atrabiliario y su roja bata de percal, tiene una inquietante apariencia de muñeca de cera. ¡Sevilla, Venecia, Toledo, Amberes! ¡Viejas urbes de pecado y de gloria, cómo os he amado!

Al fin, mi deseo fue más fuerte que mi voluntad, y crucé la plaza. Ante palacio, dos centinelas, envueltos en amplios capotones grises, al hombro el fusil, paseaban lentamente; en el pórtico de la catedral, algunos mendicantes dormían indiferentes al frío. Con resolución penetré por bajo el puente que une los palacios, y, como por arte de magia, la decoración cambió por completo. A las amplias avenidas, teatralmente magníficas, sucedieron tortuosas callejuelas, sombrías y hediondas. Eran vías y pasadizos que bordeaban los muros del palacio real, tan estrechos, que apenas si podían avanzar dos personas de frente; tan altos, que la luna, que brillaba fantasmagórica en el cielo, no llegaba a iluminarlos con su luz espectral. A mi izquierda, macizos, misteriosos, alzábanse los muros de la regia residencia, hendidos por algunas ventanas de gruesos barrotes, y alguna misteriosa puertecilla, que debieron servir, en otros siglos de aventuras, para nocturnas escapadas; a mi derecha, los agrietados muros de algunos viejos caserones erguíanse mudos y tétricos. Sin embargo, en contraposición con la imponente soledad de los grandes bulevares, aquí sentíase próximo un pulular de vida, y cruzábame con algunos transeúntes. Eran tipos ambiguos, rufianes, lúbricos vejetes, a quienes la lujuria, como escoba de aquelarre, arrastraba por las calles, vetustas celestinas y pecadoras de ínfima condición, mas algunos soldados, lanceros reales, con blancos uniformes de flotante capa y casco de plata, rematado por negras alas de águila, que, retardados en los templos de Venus y Baco, volvían presurosos a sus cuarteles. De improviso surgió del muro, como una visión de ultratumba, una mujer, que comenzó a caminar algunos pasos delante de mí. Pasado el primer sobresalto, sonreí: ¡Bah! ¡Qué tontería! Una mendiga que iba a pedirme limosna. Pero no: la incógnita seguía tranquilamente su camino sin importunarme. Indudablemente, debía de ser una celestina en funciones, que, de un momento a otro, brindaríame con mahometanos paraísos. Tampoco. ¡Aquella vieja, menuda y vivaracha, con andares de ardilla, trabajaba por su cuenta! Cuando se tropezaba con un transeúnte, observábalo, y si era viejo, parecía despreciarlo; en cambio, si era joven, acudía solícita.

Púseme a examinarla curiosamente. Un manto o chal envolvía casi por completo la cabeza, dejando en la sombra el rostro, del que no se divisaba más que la punta de la nariz y el fulgor de los ojos. Una pelerina de lana, caída hasta más abajo de la cintura, y sencilla falda de paño, completaban su indumentaria. Su peregrino tejemaneje me interesó, y, sin darme casi cuenta, púseme a seguirla. Realmente, sus tretas eran curiosas: caminaba lentamente; hacíase la encontradiza con los rezagados caminantes, y concluía trabando conversación con ellos, que al cabo hacían un gesto de desdén y seguían su ruta. Pero sus preferencias eran por el ejército. Apenas veía un lancero real, precipitábase a su encuentro, cogíase a él, acariciadora, suplicante, hasta que los pobres chicos, aturdidos por el alcohol y el sueño, entorpecidos los movimientos por las vistosas capas y los cascos lohengrinescos, encontraban fuerzas en el temor de un próximo arresto para rechazar la vieja bacante y huir camino del cuartel.

Llevábamos un rato caminando a la ventura, sin que surgiesen nuevas presas para aquella infeliz poseída del demonio; en el reloj de la catedral sonaron las campanadas de la media noche, y yo pensé: «¡Bah! Se acabó. Los soldados están ya recogidos, y esta buena señora tendrá que acostarse con el amante de las patas de chivo...» Cuando gran estrépito de espuelas y sables, arrastrados sobre los guijarros de la calle, anunciaron la llegada de dos nuevos guerreros. Eran dos mocetones altos y fornidos; venían enteramente borrachos, los cascos ladeados y los blancos mantos barriendo las inmundicias del arroyo. No se amilanó la prójima, sino que, yendo a su encuentro, les abordó resueltamente. Primero, oí risotadas y juramentos, palabras soeces, burlas; luego, parecieron rechazarla; pero ella volvió a la carga; hubo algo como un conciliábulo, y sonó tintineo de dinero que contaba. ¡Dinero! ¡Le daban dinero! Y el asombro ahuyentó la prudencia, y, procurando ocultarme en la sombra, di algunos pasos hacia el grupo. ¡Era ella, ella, con su miserable pelaje, la que les mostraba monedas de oro! Desconcertado por el encuentro con aquella extraña compradora de amor, permanecí un instante perplejo. Cuando volví a mirar, uno de los soldados se inclinaba y la besaba en los labios. Después, parecía implorar algo; ella se negaba tercamente y él insistía, y, al parecer, en son de broma, intentaba apoderarse de su bolsa. Ella resistía, negándose con firme obstinación, y poco a poco las bromas se tornaron en veras, y a las risas sucedieron las amenazas. La vieja resistía siempre; exasperado el soldado, tiró la capa al suelo y forcejeó. Ella, no dándose por vencida, resistía con bravura. Súbitamente, en el silencio de la noche, resonó un juramento, y el ladrón, cogiéndola brutalmente, intentó arrancarle por fuerza su tesoro. Entonces ella, en gesto rápido de alimaña nocturna, mordió la mano que le oprimía. El agresor dio un grito, soltó su presa, retrocedió un paso, y luego, ciego de ira, embravecido por el castigo, cayó sobre ella y, arrojándola al suelo, comenzó a golpearla bárbaramente. Después, alzose lleno de sangre, y borracho de ira, pisoteó aún a la caída. Luego cogieron el dinero y, súbitamente despejados, huyeron los dos.

Petrificado de horror, incapaz de gritar ni de acudir en defensa de la infeliz, había yo sido mudo espectador de la terrible escena. Al fin, me aproximé a la víctima, que yacía inmóvil en el suelo. Sobre un charco de sangre descansaba la cabeza, convertida en informe montón de sanguinolentos despojos. Las espuelas habían desgarrado las carnes, arrancado los ojos, taladrado las mejillas, y las gruesas botas de montar habían machacado los huesos.

Erizado el cabello, la frente bañada en helado sudor, me alcé del suelo y pensé en llamar. Entonces la idea de mi responsabilidad se me presentó claramente. Y si me encontraban allí, junto al macerado cadáver, ¿qué explicación dar? ¿Cómo contar la extraña aventura? ¿Me creerían?

Sonaron los pasos de una ronda nocturna, y maquinalmente eché a correr.

I

Cuando despierto por la mañana, después de un sueño agitadísimo, entreverado de horrorosas pesadillas, y sentado en la cama, la bandeja del desayuno al lado, pasé los ojos por los periódicos matinales, tuve un momento de estupor. ¡La princesa Elvira había muerto! Una angina de pecho había matado a la santa princesa, gloria de la casa imperial, consuelo de desvalidos, espejo de cristianas virtudes. Los periódicos, todos los periódicos, imperialistas o republicanos, liberales o moderados, lloraban aquella desgracia, y volcaban sobre el cadáver la avalancha de sus convencionales flores de trapo. Y otra vez surgían los retratos, los fantásticos retratos, hechos en las salas de los hospitales de epidemias y en los campos de batalla. ¿Artificiosos? ¿Teatrales? No. Había en el rostro de la santa una tensión tan dolorosa, tanta dulzura en sus ojos de Madona, que era imposible que no fuese sino afectación. ¡Y, sin embargo, aquella sonrisa, o mejor, aquella equívoca mueca de Gioconda! ¡Ah, el inquietante misterio de aquella sonrisa! Volví a examinar los retratos. En una fotografía, la princesa Elvira, sentada junto al lecho de un colérico, le oprimía la mano, mientras, los ojos en alto, parecía rezar; en otra, arrodillada en los campos de Orsova, sin importarle las balas que silbaban en derredor suyo, sostenía a un pobre soldado moribundo, mientras le envolvía en una mirada llena de maternal dulzura; en otra aún, curaba con sus manos, manos admirables, manos de Santa y de Reina, manos de Santa Isabel de Hungría, a un pobre leproso. ¡Y la sonrisa estaba allí, en el campo de batalla y en la cabecera del lecho de los agonizantes; allí siempre, misteriosa e inquietante!

Por tercera o cuarta vez llamé al timbre. Al fin abriose la puerta y, todo azorado, se presentó el criado del hotel. Era preciso que perdonase. El Exelsior estaba en revolución. Habían expuesto al público el cadáver de la princesa Elvira en la catedral, y todo el mundo quería verlo.

Yo también sentí la comezón de contemplar a la mujer cuyo enigma me inquietaba, sin saber por qué, y saltando del lecho, comencé a vestirme.

III

Hacía mucho frío. Un cielo muy bajo, plomizo, en que se apelotonaban grandes nubarrones parduzcos, pesaba como un sudario sobre la ciudad. Una neblina, húmeda y glacial, envolvía las cosas; la nieve, mancillada por millares de pisadas, se desleía sucia, negruzca, y sobre aquella escenografía melancólica, inmensa avalancha de gentes caminaba presurosa hacia la Gran Plaza, llevando en la mano flores, guirnaldas, coronas, lazos, homenajes del humano dolor a la santa muerta. Todos caminaban enlutados, con aspecto de profunda tristeza; en algunos ojos había lágrimas, y en todos los labios una palabra de sentimiento. Las campanas de todas las iglesias tocaban a muerto, y en la tristeza inmensa del ambiente su son era aún más angustioso.

Dejeme arrastrar por la corriente humana, y al fin me hallé ante la catedral. Allí, organizada por los agentes, formábase larga cola de curiosos, que iba penetrando lentamente en el templo. En ella hube de tomar puesto. Una hora de espera. Al fin me tocó el turno, y penetré en el sagrado recinto.

Cuatro hileras de columnas, de una elegancia insuperable, sostenían las góticas ojivas; altos sepulcros de mármol flanqueaban los dos lados de la iglesia, con sus orantes estatuas de héroes y prelados, que semejaban fantasmagóricas en el claroscuro del recinto, extraña teoría de ultratumba, una de esas espectrales procesiones que surgen en las leyendas de la Edad Media. Sobre los muros, tapices de terciopelo negro, con las armas imperiales bordadas en plata, cubrían cuadros y altares, unidos por cordonajes rematados por argentados borlones. El altar mayor había desaparecido, cubierto por otro enorme paño de terciopelo, sobre el que se destacaba una gran cruz de ébano, en que agonizaba un Cristo de marfil. En el centro del recinto, ocho candelabros sosteniendo hachones, y ocho soldados de la guardia real, vestidos de blanco, inmóviles como estatuas, daban guardia de honor al cadáver de la princesa Elvira, que, tendida en humilde féretro, dormía en el suelo sobre negros paños cubiertos de flores.

El órgano salmodiaba las graves notas de los oficios de difuntos, y, mezclados con sus voces, oíanse los cantos de los sacerdotes y los gemidos de las mujeres.

Lentamente fuime acercando al lugar donde yacía la muerta, y al fin me hallé ante ella.

Jamás he visto un rostro de una dulzura, de una serenidad y una placidez igual. Sólo la muerte, consagrando la santidad, era capaz de cincelar un rostro así. Destacándose de las sombrías tocas de religiosa, el perfil de una perfección asombrosa tenía, sin embargo, una gran bondad de expresión. La frente era estrecha y ligeramente abombada, la nariz recta y fina, la mejilla enjuta y la boca pálida, de una casta suavidad de líneas. Parecía dormir, y los párpados cerrados tendían sobre la cara la azulada sombra de las largas pestañas. Nada de la equívoca sonrisa de Gioconda, nada de la mueca mitad cruel y mitad burlona, del tenue y apenas perceptible rictus que me obsesionara en los retratos. Por el contrario, una calma tal, una tan bienaventurada paz, que de verla a la luz de la luna en alguna olvidada capilla, con su corrección de perfil y su azulada transparencia, las manos cerúleas cruzadas sobre el pecho, y sus ocho guerreros blancos dándole guardia de honor, tomárala por la yacente estatua de alabastro de una princesa santa.

¡Santa! ¡Era santa! Sólo la santidad era capaz de una tal serenidad de expresión en la muerte. Seguramente, siglos más tarde, en una vitrina de cristal y plata, mostraríase, para edificación de devotos y confusión de incrédulos, el cuerpo incorrupto de la santa princesa Elvira.

Alguien me empujó; una voz me advirtió que era hora de marchar, y, confundido entre la multitud que sollozaba, salí.

IV

Otra vez me vi en el tren. No sé cómo fue; desde el momento en que me arrancaron a mi extática contemplación, viví una vida tan intensa de horror, de alucinación y de locura, lo sobrenatural, lo absurdo, lo quimérico, instalose de tal modo en mi vida, que aun ahora, que han pasado muchos años, recuerdo todo, como al través de un espeso velo, con esa vaguedad escalofriante con que evocamos unos meses pasados en una casa de locos, o las horrendas pesadillas que nos acarrearon las frecuentaciones de los venenos sabios, y mis cabellos se erizan.

Vime, pues, en el tren camino de Rosemburg. Era el departamento una berlina, colocada junto al furgón de equipajes. Al otro extremo del convoy, al lado de la máquina, iba el furgón mortuorio en que, rodeada de luces y flores, dormía la princesa Elvira. En dos coches del tren regio iban el Emperador, rodeado de los príncipes, grandes duques, prelados y altos dignatarios de la Corte. En el resto de los vagones, el Estado Mayor del soberano, los caballeros de San Teodorico, a quienes, según el ceremonial, correspondía llevar el féretro, y más dignatarios, empleados, sacerdotes y militares. El convoy mortuorio caminaba rápido; sólo al pasar por las estaciones refrenaba el paso, para, entre los nobles acordes de las marchas guerreras, tocadas en sordina, desfilar magestuosamente entre las multitudes, que permanecían en pie, aguantando la lluvia, descubiertas las cabezas e inclinados los rostros en un dolor mudo y respetuoso. Al fin llegamos a Rosemburg. Hacía un tiempo de invierno, frío y triste; llovía sin tregua, y el cielo gris, sucio, reflejábase en un mar de zinc. Una gran multitud invadía el andén, presa de inmenso dolor, pero no del silencioso dolor de las otras poblaciones, sino de un dolor ruidoso, violento, agitado por ráfagas de intensa desesperación. Rosemburg adoraba a la santa princesa, y la amargura desconsolada de aquel pueblo decía mejor que nada el historial de sus virtudes.

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