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El pecado y la noche

FICHAS ANTROPOMÉTRICAS (continued 2)

Reading edition

Habíase organizado el fúnebre cortejo. Cuatro caballeros de San Teodorico, graves, impasibles, con quimérico aspecto de animadas estatuas, avanzaban, tocada la cabeza venerable con el birrete azul, y dejando arrastrar en el barro los largos mantos de lana blanca, caminaban delante, llevando en hombros el féretro, envuelto en un paño de terciopelo negro, bordado con las armas imperiales. Tras ellos, rodeado del alto clero, venía el patriarca de Oriente, revestido de atavíos de una magnificencia insólita, cubierto de bordados de oro y pedrerías. Seguíales un escuadrón de soldados de la Guardia Real, con albos uniformes y argentados cascos, coronados por las sombrías alas de águila. Tocaba el turno luego al viejo Emperador, con uniforme rojo y gris, sobre el que caía patriarcal la nieve de la barba, cercándole los príncipes y los grandes duques, y formando el séquito generales, ministros, magnates. Toda aquella brillante procesión desfilaba lentamente a los heroicos acordes de las marchas guerreras por entre una muchedumbre que sollozaba amargamente.

Seguía lloviendo, y bajo el velo de agua que implacable caía del cielo, la multitud permanecía quieta, inmóvil, rendida de pesar. Eran mujerucas campesinas, flacas y acartonadas, vestidas con los aldeanos atavíos de colorines, y toscos labradores rígidos, dentro de los bastos trajes de fiesta, que contemplaban, entre tristes y embobados, la fastuosa procesión, presidida por los cuatro fantasmagóricos caballeros conduciendo la urna cineraria con los restos de la princesa Elvira. De vez en cuando, sobre la quietud poblada de sollozos, alzábase una voz que gemía:

—¡Ha muerto nuestra madre! ¡Ha muerto la madre de los pobres!

Y un coro de plañideras hacía eco:

—¡Ha muerto la madre de los miserables!

Otras veces era una campesina que se arrojaba al paso del entierro, y arrodillada en el agua y el lodo, intentaba besar los enlutados paños que cubrían la caja mortuoria. Entonces la multitud contagiada, prorrumpía en lamentos:

—¡Ha muerto el amparo de los menesterosos! ¡La paloma blanca ha volado al cielo!

Algunas mujeres se desmayaban; otras, caídas en el suelo, mesábanse los cabellos; algunas, trágicas, alzaban en brazos a sus hijos, y les mostraban el féretro como el destino inexorable. El coro clamaba siempre:

—¡Ha muerto la madre de los desvalidos! ¡La estrella de plata se apagó en los cielos!

Y los himnos heroicos resonaban confundidos con los cantos litúrgicos.

Al fin, llegamos a la capilla del palacio; las puertas abriéronse, dando paso al cortejo. El pueblo esperó con paciencia a que se le franquease la entrada para contemplar una vez más a la que fue su amparo y consuelo. En todos los labios había una palabra de loa, y en todos los ojos una lágrima. Al fin, la gran puerta de bronce tornó a descorrerse, y la gente penetró en el templo. Al pisar el umbral, quedé deslumbrado. Jamás en correrías de viajero, ofreciose a mis ojos espectáculo de mayor magnificencia ni de arte más refinado y suntuoso. Admirables mosaicos, en que sobre el fondo de oro, de cegadora luminosidad, destacábanse con brillante colorido; las figuras, llenas de hierática nobleza, cubrían los muros. Representaban la ceremonia de ungir el papa Silvestre V Emperador a Fernando Augusto, y de ceñirle la corona de hierro de los Reyes Santos. Las figuras, cubiertas de extrañas vestiduras, recamadas de piedras preciosas, tenían esa ingenuidad que prestaban los artífices de la Edad Media a sus creaciones, y agrupadas, en posturas inverosímiles, rendían pleitesía al joven soberano, que, más que la belleza de las deidades paganas, tenía la elegancia un poco melancólica de los héroes de la leyenda cristiana. El viejo pontífice sostenía en sus manos la saya sagrada, y coronando la apoteosis, la Santa Virgen, apareciendo entre nubes pobladas de ángeles concertantes, bendecía al nuevo Rey. Monstruos quiméricos, dragones de lengua de fuego, alados grifos, unicornios y otras alimañas de la fauna fantástica, mezclábanse con los personajes reales.

A la entrada de la iglesia alzábanse dos altos pilares de mármol negro, soportando, el uno, espantable basilisco de dorado bronce; el otro, la imagen de San Miguel Arcángel pisando a Lucifer. Y por fin, en el centro del templo, cuatro columnas de lapizlázuli sustentaban un baptisterio de oro enriquecido de esmaltes y diamantes.

Avancé con el gentío enloquecido en ruidosas manifestaciones de duelo, y otra vez me hallé la santa muerta. Mis ojos irreverentes buscaron instintivamente la sonrisa de Gioconda, la enigmática mueca que me obsesionara siempre. Nada. El rostro conservaba su admirable serenidad de yacente estatua. Una palidez cerúlea cubría la mascarilla, encuadrada en las blancas tocas, y la paz de los bienaventurados había descendido sobre su frente.

V

Temblé. Aquello era peor que una impiedad o una profanación; aquello era un sacrilegio. Hacía siglos que ningún viviente (excepción hecha de los frailes), ni aun los mismos Emperadores, entraba allí. ¡El pudridero! Para penetrar en la trágica cripta, en que se descomponían los cuerpos de los Westfalias, era preciso haber traspuesto antes ese misterioso umbral que se llama la muerte. Habitante ninguno de este mundo tenía derecho a visitar aquel recinto, que, como ciertos trágicos jardines de conseja, formaba parte del más allá. Sólo los religiosos de la sombría Orden del Descendimiento poseían el privilegio de entrar en los reinos de la muerte. ¿Y acaso ellos pertenecían al mundo? Sus votos de silencio, de castidad, oscuridad y ayuno, hacían de ellos fantasmas que habitaban un mundo imaginario de renunciamiento.

Sentí el frío de ultratumba y mis dientes castañeteaban. Miré en derredor. La pieza era una sala pequeña, alta de techo, con el suelo y los muros revestidos de basalto. En la bóveda, una alegoría egipcia de la muerte; en el centro de la estancia, un lecho bajo de mármol negro; a la derecha, abierta en el muro, una puerta de ébano y plata. En el dintel, una estatua del Dolor, labrada en alabastro, doblada la cabeza, oculta por el largo velo; al otro lado, un ángel, con las alas plegadas, llevábase un dedo a los labios ordenando silencio.

¿Cómo estaba yo allí? El dinero es una gran arma que esgrimen hoy las poderosas empresas periodísticas; pero yo, algunas veces creo que dinero e influencia no son sino armas de la Fatalidad, que, agazapada en la sombra, juega con los humanos. ¿Por qué estaba yo allí? Fuera de las suntuosidades externas y del dolor popular, ¿qué interés podía ofrecerme el sepelio de aquella princesa? Y, sin embargo, aquella mujer a quien no conocía, a quien ni siquiera había visto más que en las páginas de los semanarios gráficos, a quien unas veces creyera hábil política, otras fanática, y algunas tocada de diletantismo de abnegación teatral, me atraía con fuerza superior a mi menguada voluntad.

Resonaron los cantos funerales que salmodiaban los frailes; a lo lejos, las charangas militares repicaban las bélicas notas del himno guerrero de Nordlandia; los cañones hacían las salvas de ordenanza, y las campanas tocaban a muerto. Los batientes de la puerta se abrieron y apareció el féretro, llevado por cuatro hermanos, con el negro hábito, bordados sobre el pecho la calavera y las tibias, la capucha caída sobre los rostros, de los que sólo se divisaban las barbas blancas, y de improviso hízose un silencio absoluto.

Desde mi escondite, vi al viejo Emperador inclinarse, y luego, rodeado de su séquito, desaparecer. Los monjes colocaron el féretro sobre el marmóreo lecho, rociaron el cuerpo con agua bendita y salieron, dejándome solo con el enigma de aquel cadáver. Entonces, haciendo acopio de valor, salí de mi encierro y me acerqué.

Apesar de los cinco días transcurridos desde la muerte, no se notaba en la muerta síntoma alguno de descomposición. El perfil correcto, los labios pálidos, los ojos cerrados, todo el conjunto del rostro conservaba la misma beatífica dulzura. Ni una alteración de color, ni una mancha que denunciara la intensa fermentación; nada. La princesa dormía su apacible sueño, como esas bienaventuradas milenarias que duermen en los pétreos sepulcros de las viejas catedrales. ¡Era una santa!... Y, sin embargo, la imagen de la sonrisa equívoca volvía inquietadora. Para ver mejor me arrodillé, y púseme a examinar el rostro, sin hallar vestigios de putrefacción. Ni una mancha, ni una de esas azuladas vetas que anuncian que vuelve el polvo al polvo cuando el alma, libre de su cárcel, vuela; ni esa sombra negruzca que sombrea los labios y las aberturas de la nariz; nada, nada, nada. Súbitamente, me eché hacia atrás con un gesto instintivo de repulsión: un violentísimo olor a podredumbre, un hedor insoportable a cuerpo en descomposición, un perfume acre y macabro de tumba removida, acababa de herirme. ¡Y el rostro seguía inmutable, sereno, dulcísimo! Mi mano sacrílega tendíase hacia la cara de la santa, y mis dedos, en vez del helado horror de la muerte, tropezaron con una sensación tibia. Resbalé; mi mano apoyose en el rostro de la difunta princesa, y entonces una careta de cera rodó por tierra. Y mudo de espanto, alucinado, tembloroso, meciéndome sobre un abismo de locura, vi el rostro sanguinolento, deshecho, machacado, que contemplara la noche trágica. Pero ahora, en la informe masa pululaba el negro hervir de los gusanos.

LA CAJA DE PANDORA

I

Entró resueltamente en el cuarto, encendió luces, muchas luces, todas las que encontró a mano; desposeyose, con un gesto amplio, teatral, del enorme abrigo de chinchilla, que arrojó desdeñosamente sobre una butaquita; dejó caer al suelo el capuchón de raso negro que le envolvía de pies a cabeza, y en pie, ante el gran espejo de tres lunas, arreglose nerviosamente el peinado.

Tras ella, pesado, vacilante, el rostro pálido, los ojos turbios, despeinado el cabello, el sombrero caído a la nuca y la pechera sucia y arrugada, venía Esteban. Al penetrar en la estancia habíase desplomado en una bergère, y allí, despatarrado, innoble, sin tomarse el trabajo de quitarse el gabán ni el sombrero, parecía próximo a dormirse.

Filomena, siempre en pie ante el espejo, trepidaba de impaciencia. Era una mujercita deliciosa, una figura frágil y quebradiza, llena de una gracia efímera de bibelot. Muy Luis XV, hacía pensar involuntaria en las pastorelas de Watteau, en las escenas de Boucher y en los grabados libertinos del XVIII francés. Sus gestos de gracia alocada tenían, sobre todo, una elegancia innata, que reflejábase hasta en sus menores movimientos, aun en las ocasiones en que desterraba la euritmia de sus ademanes, el enfado, la pasión o la alegría. Era una de esas mujeres que, sin saberse por qué, recuerdan una época; una de esas mujeres que a cuanto tocan, imprimen el sello de un arte o de una moda, y que nos llevan a exclamar: ¡Así debió ser Teodora, o Margarita de Valois, o la Pompadour, o la condesa de Dubacry, o Madame de Recamier!

Baja, menuda, aunque de firmes y apetitosas curvas; pie breve, mano fina, con uñas sonrosadas como pétalos de flor; el rostro blanco y rosa, tenía los ojos de porcelana azul, de ese azul cielo cuyo secreto guardaba la fábrica de Sèvres; la boca de coral, en forma de corazón (una boca perversa e irónica, hecha a los besos furtivos y a los epigramas de Beaumarchais); y poseía también una cabellera sedosa y rizada, de un rubio miel tan pálido, que parecía empolvada. Al andar, tenía unas veces el ritmo ceremonioso de las pavanas; otras, la gracia alocada de las ninfas del Trianón (ninfas de pomposas sayas y altos tacones rojos) jugando a las pastoras, con los corderillos lanados de azul.

El traje de gasa blanca, vaporoso, de una gracia casi irreal, prendido en paniers por anchas bandas de seda celeste, salpicada de pálidas flores y sostenidas por diamantinas hebillas, contribuía a marcar la originalidad de la figura; y el cuarto, con su suntuosa elegancia muy Versalles, sirviéndole de fondo, hacíale resaltar aún.

Era aquella una habitación amplísima, alta de techo, con dos grandes balcones, uno al jardín, otro a un antiguo callejón del viejo Madrid. Situado en el ángulo del palacio de los Quintalvo, habíale elegido Filomena, a raíz de su boda con Florencio, como más independiente para hacer su habitación. Un damasco de color rosa muy pálido, cubría los muros, encerrado en molduras blancas recargadas de conchas y hojarascas doradas. Mofletudos amorcillos jugaban entre las nubes del techo, y aun rodaban al azar de sus retazos en las sobrepuertas, entre guirnaldas de frutas y flores. Algunos retratos de empolvadas damas y unos cuadros de maestros franceses, un tanto amanerados en su mitología convencional, pendían de largos cordones de seda sobre los muros. Muebles de boule, de moquetería y de dorada talla, llenaban la estancia, y por todas partes, sobre las cómodas, tras los cristales de las vitrinas y sobre las minúsculas mesas, puestas al alcance de divanes y butacas, antiguos grupos de Sajonia y Capo di Monti, en que dioses y diosas se perseguían, y marquesas y abates danzaban pastorelas; admirables miniaturas y abanicos de prodigioso varillaje y chinescos países, lucían su belleza quebradiza. Al través de amplia arcada, sostenida por columnas, y a medias defendida por antiguas cortinas de brocado, divisábase la alcoba, con su lecho muy bajo, muy ancho, de talla y seda, cubierto por bordada colcha china, como un barco ideal próximo a bogar con rumbo a Citerea.

De pie siempre ante el espejo de tres lunas, sobre cuyo dorado marco dos palomas de talla se arrullaban, Filomena corregía nerviosamente la imaginaria rebeldía de un rizo. De vez en cuando, como chispazos que anunciasen la tempestad próxima, rumiaba algunas palabras en que rugía una ira sorda y concentrada:

—¡Es una porquería!... ¡Una vergüenza!... ¡Indigno de un caballero!

Esteban, derrengado en la butaca, no parecía prestar valor a las palabras de su querida. Ni aún removía siquiera, y hasta parecía haberse dormido.

Filomena seguía:

—¡Qué asco!... ¡Dios los cría!...

Extrañada por la silenciosa indiferencia que oponía el muchacho a sus apóstrofes, miró disimuladamente con el rabillo del ojo. ¡No faltaba más! ¡Estaba bonito aquello! ¡Se había dormido! ¡Ella desgañitándose, y el señor tan fresco!

Furiosa, abandonó sus cuidados capilares, y dando algunos pasos, plantose ante su amigo, y allí permaneció en actitud expectante, entre asombrada y rabiosa.

Esteban dormía con el pesado sueño de los beodos. El rostro desvastado, terroso; los ojos hundidos en anchos cercos plomizos; los labios secos y la frente cubierta de sudor, era aquello, más que descanso reparador, plúmbea modorra.

Filomena no pudo contenerse más, y con el pie, como se hace para despertar a un bichejo que nos repugna, empujó al durmiente. El abrió los ojos, fijando en ella unas pupilas turbias, que permanecían lejanas, estúpidas, ayunas de toda luz de inteligencia, como si no se diesen cuenta del lugar donde estaban ni de la personalidad de su interlocutor.

Le apostrofó vehemente:

—¿Te parece bien esto? ¿Tú crees que es decente?... ¡Ja ja,—rió sarcástica.—¡Qué cara de idiota!—Y bajando el tono y hablando con reconcentrado furor:—¿Pero tú te has creído que yo soy una de esas pirujas amigas tuyas, una de esas tiorras que estaban en el Real contigo?—Y siguió con creciente saña:—¿Tú te has figurado que voy a aguantarte esto, yo, yo, Filomena Roldán de Undaneta; yo, la condesa de Quintalvo? ¡Ja, ja!—tornó a reír. Luego, cruel, segura de herir en lo vivo, añadió:—¡Tú te has creído que todas somos ese pendoncillo de Constantina Gil!

Un relámpago de ira y con él un fulgor de inteligencia, pasó por los ojos del borracho al oír aquel nombre; pero pronto apagose, y una inexpresión de imbecilidad absoluta enseñoreose nuevamente del rostro. Había vuelto a cerrar los párpados y sumiose otra vez en el sopor de que por breves instantes arrancáranle los furiosos apóstrofes de la irritada dama.

La ira ahogaba a Filomena con tal intensidad, que por un instante privola del habla. Sus ojos echaban chispas, y en el cuadrado descote, orlado de encajes, los senos, duros, redondos, procaces, palpitaban. ¡Aquello era demasiado! ¡Dormirse otra vez! Al fin halló tonos épicos en que manifestar su justa indignación:

—¡Eres un canalla! ¡Ningún caballero, ninguno, ¿oyes?, ninguno hubiese hecho lo que tú has hecho esta noche! ¡Eso no tiene nombre! ¡Es una canallada; peor, una grosería, algo innoble, repugnante, estúpido! ¡Si no me querías, hubiese preferido la franqueza; pero esos engaños son bajunos, indignos de ti y de mí!... ¡Ja, ja, ja!—rió epiléptica:—Me parece estar viendo tu cara de pobrecito que en la vida ha roto un plato! «¡Qué fastidio! Esta noche no podré llevarte al Real, porque mi madre no está buena y me quedo en casa...» ¡Ja, ja! ¡Y yo, bestia de mí, que me cuelgo, loca de contenta, del teléfono, para darte la noticia! «Florencio se va de caza y, como me quedo sin marido, me puedes pasear por el baile». ¡Burra, burra de mí! ¡Te juro que no me vuelve a suceder! ¡Tú no sabes de lo que yo soy capaz!

Era verdad. Nadie sabía, bajo su aire frágil y delicado de figurita de Sajonia, de lo que ella era capaz, ni la suma de energía que se ocultaba bajo el picudo corpiño y la falda con pompones Luis XV. Apesar de la inexperiencia de hallarse en el segundo amante (no llevaba sino dos años de casada), no había dudado en jugarse el todo por el todo. En vez de la escena de lágrimas y reproches que otra mujer cualquiera hubiese hecho en su caso, supo callar y disimular, para luego, sola, tener el valor de ir al baile y allí sorprenderle. ¡De ella no se reía nadie! Y no había parado aquí la cosa, sino que, a fuerza de audacia, habíale arrancado a sus rivales, y así, borracho y todo, aprovechando la ausencia de su marido, habíalo llevado a su casa. ¡Ah, nadie la conocía, ni podía adivinar la voluntad que dormía en el fondo de su cuerpo gracioso y liviano de muñeca bonita! Siempre había sido así. Famosa era de soltera, por arrostrar impertérrita lances que a otras mujeres más maduras amilanarían. Gustábale de hablar con gentes que pasaban por osadas, empujarles, lanzarles por despeñaderos peligrosos, y luego contenerles con una mirada. Adoraba los ejercicios violentos; jugaba al tennis medio desnuda, con un impudor inconsciente que desconcertaba a todo el mundo; nadaba como una sirena y arrastraba a sus adoradores mar adentro, para dejarles luego vencidos, casi en peligro de ahogarse; bailaba, entregada en un pecaminoso abandono de voluptuosidad, hasta que sentía desfallecer a su pareja; pero, sobre todo, gustaba de galopar en un loco vértigo de velocidad. Quien la hubiese visto una vez, no podría olvidar aquella figulina airosa, llena de chic, con la elegancia exquisita de las estampas cinegéticas del siglo galante, que, de improviso, a lomos del ardiente potro, seguida de su jauría de galgos, convertíase en un centauro, que galopaba enloquecido a través de bosques y viñedos, saltaba obstáculos, salvaba ríos, en una loca carrera de pesadilla. Y había más, lo que sólo ella, el cielo, los árboles y las flores conocían: las tardes de Las Chumberas, aquellas tardes andaluzas de un bochorno imposible, cuando, tras inverosímiles galopadas, deteníase en un campo de labor, y entablando conversación con algún tosco campesino, iba poco a poco encendiendo en él la llama de todos los deseos. ¡Ah! ¡La salvaje, la bárbara voluptuosidad de sentirse deseada así! ¡El acre encanto de ir viendo alumbrarse en los ojos negros de abismo el fulgor de todos los malos deseos! ¡El placer feroz de sentir rugir la bestia que despertaba, se desperazaba e intentaba herir! ¡Cuántas veces en aquel juego peligroso, el látigo frío y cruel abatió una mano audaz! Pero lo que no olvidaría nunca fue su lucha con José Manuel, el vaquero. Uno de los mayores placeres de Filomena era bajar a la dehesa, y allí, a caballo en su jaca, bien empuñada la garrocha, torear a los feroces brutos. Pronto a aquel gusto unió otro. José Manuel, el garrochista, el hombre casi salvaje, le amaba. Desde entonces, la muñequilla comenzó a jugar con aquel amor. Los toros parecíanle inofensivos junto al bruto negro, velludo, sudoroso, que temblaba de deseo en su presencia. Ella le irritaba, le desafiaba, le exasperaba con sabias coqueterías, con amicales caricias llenas de ternura protectora, con una impudicia cándida e indiferente que mostraba a los inyectados ojos del galán prodigiosas desnudeces, turgencias de nardo, curvas suavísimas, como si se tratase de un viejo servidor o de una bestezuela familiar. Y un día sucedió lo que fatalmente tenía que suceder, lo que era ley que sucediese: el bárbaro saltó sobre ella. Fue una lucha feroz en que la ninfa se defendió del fauno a golpes, a puntapies, a arañazos, a mordiscos; él, jadeante, enloquecido, creciéndose al dolor como un animal feroz, pugnaba por dominarla sin poderlo lograr. Cien veces sintió Filomena deseos de dejarse tomar, y otras tantas se rehizo. Al fin consiguió desasirse, y su látigo azotó muchas veces el rostro del salvaje. Luego comenzó la retirada. ¡Ah! ¡La emoción tremenda y deliciosa de aquella retirada entre los toros desmandados, teniendo que dar cara a la fiera vencida! ¡El escalofrío único, supremo, de aquella marcha!

Ante su amante, ahora, dio una tregua a su ira para tomar respiro. Luego reanudó:

—¿Pero es que tú te has creído que yo voy a tolerar esto? ¿Es que te figuras que yo soy una pánfila, buena para todo? ¡No, hijo mío, no!—prosiguió, mientras su ira iba en crescendo—. ¡De mí no te ríes tú, ni nadie! Prefiero la lealtad, aunque sea cruel (¡en este caso no lo hubiese sido, porque me importas tú y todos los hombres habidos y por haber, un comino!). Pero las mentiras son innobles!—Y como el indiferente parecía adormilarse, alzó el diapasón:—¡Esos líos y esos engaños no son dignos de personas bien nacidas! ¡Son tretas de chulo!

Detúvose de improviso. Una extraña semejanza acababa de herirle, y una idea rara cruzaba su cerebro como la sombra de un pájaro extravagante.

Carlos permanecía siempre despatarrado, la camisa manchada de vino, arrugada y entreabierta, y la cabeza tronchada sobre el hombro; en el rostro, de amarillez enfermiza, las noches de crápula habían puesto un sello de cansancio, y los cabellos, despeinados, cayendo en un gran mechón sobre los ojos, estrechaban la frente. ¡Un chulo! La extraña semejanza que hallaba por primera vez en el elegante, causábale indefinible turbación. Era verdad; así parecía un chulo. La rigidez de persona comme il faut huía con la borrachera y, en cambio, el cuerpo adquiría una elasticidad fofa de felino en reposo, esa extraña distensión muscular que se observa en los golfos y en los gatos dormidos al sol. La cara hacíase más dura bajo la lividez malsana (una lividez de hombre que vive del amor y para el amor) que la cubría; la mandíbula destacábase cuadrada, dura, cruel; un gesto cansado, malo, dañino, arrastraba la comisura de los labios avejentándole, y bajo la frente pequeña, terca, inexpresiva, frente de esclavo, de gladiador o de torero, que, deshecho el británico planchado del pelo, aparecía más estrecha, oculta por lacios mechones, los ojos, cerrados, dormían en el cansancio infinito de las ojeras parduzcas. ¡Un chulo! Carlos así no era el hombre elegante, el tipo chic, el moderno Brummel: era, lisa y llanamente, el macho, el chulo, el hombre de placer, como dicen las francesas, el amante. En el sutil espíritu lleno de análisis de Filomena surgió una pregunta inquietadora: ¿Le amaría por eso? La idea aumentó su rabia. Apostrofole.

—¿Sabes lo que me das? ¡Asco!—Pero como viese que él sin indignarse tornaba a dormilar plácidamente, buscó algo que le hiriese mucho:—¡Eso sí que no! Para dormir te vas a casa del pendón de Constantina.

El golpe dio en el blanco. Carlos abrió los ojos, y con voz bronca tartamudeó:

—¡Deja a Constantina en paz!

Pero la otra acababa de ver deslizarse por las pupilas, tras los vahos de alcohol, una llamarada de ira, y sintió la necesidad perversa de azuzar a la fiera:

—¡Jesús! ¡Que no toquen a Constantina, que se rompe! ¡Haces bien, hijo, haces bien, porque la verdad que es una santa de mírame y no me toques!—Y como él, despejado a medias por la indignación, la mirase casi amenazador, insistió:—¡No sé por qué me miras así! ¡Ni que fuese alguna novedad! ¡Todo el mundo está harto de saber que Constantina Gil es una perdida!

Libre como por ensalmo de la torpeza, púsose en pie y, cogiéndola por un brazo, conminola a callar:

—¡Cállate!

Forcejeó ella:

—¡Ja, ja! ¡Pégame, anda! ¡Era lo único que te faltaba! ¡Aunque me mates, no me cansaré de decir que tú eres un chulo y ella una golfa!

Sombrío, amenazador, murmuró:

—¡Te prohíbo que la nombres! Sólo con nombrarla la manchas.

—¡Ja, ja!—rió otra vez, procaz, Filomena—. ¡Si sois el uno para el otro! ¡Un chulo y una golfa!

La ira le cegó, quitándole toda noción de decoro y delicadeza. Como un villano cayó sobre ella, y comenzó a vapulearla. Fue una escena bárbara, cruel y repugnante: la hembra, caída en el suelo, mordía, arañaba, pateaba, repelía la agresión con las uñas y con los dientes; él, golpeaba cruel, despiadado, borracho ahora de bestialidad. Al fin dominose y, desplomándose en una butaquita, ocultó la cabeza entre las manos con desesperada saña.

Filomena, caída en el suelo, medio desnuda, gemía quedamente.

II

—¡Ya no me quieres!

—¡Calla!

Puso Filomena en sus palabras un dejo de impaciencia, y sus ojos azules clavaron una mirada rencorosa en el muchacho. Estaban acodados al gran balcón que se abría sobre el jardín. La noche de junio bañaba la tierra en una paz llena de poesía. El cielo tenía la serenidad demasiado luminosa y demasiado azul de los firmamentos que pintaron los cándidos astrónomos de los siglos medios. Sobre la bóveda de zafiro, la luna, como un ópalo gigantesco, brillaba pálida. Bajo la plateada luz del satélite, los árboles del viejo jardín de los Quintalvo formaban oscuras masas pobladas de rumores. Entre las frondas albeaban algunas estatuas, y al fondo de una calle blanca, bordeada de arrayanes, una fuente, como un espejo roto, reflejaba, temblorosa, la faz de la luna.

Sobre los altos muros que cerraban el jardín, divisábase un trozo de calle, una callejuela de los barrios bajos, sórdida, llena de burdeles y cafetines, por donde transitaban los chulos y las vendedoras de amor. Tras la encantada barrera del jardín, el cuadro innoble de la calleja era más violento, más detonante, más agrio e inarmónico. Las manchas de luz y sombra tenían una violencia hórrida, exenta de matices, y las figuras rotundas, lamentables y grotescas, figuras de mendigos, de golfos, de hampones, de prostitutas y celestinas, destacábanse con una crudeza repulsiva.

Filomena y Carlos hallábanse hacía rato en el balcón. Vestido él de frac, correcto, impecable, como correspondía a un hombre de mundo que había venido a comer al palacio de la condesa de Quintalvo; ella, envuelta ya en los pliegues de amplio ropón de seda, blanco, adornado de viejos encajes de Malinas, en el abandono de un deshabillé de mujer elegante, asomáronse a la ventana, buscando tal vez, con un vago anhelo irrazonado, la sombra de la ilusión que había huido para siempre.

Desde la noche carnavalesca en que, en la ceguera del alcohol, comportárase como un jayán, el encanto de su amor habíase quebrado. Al día siguiente de la escena canallesca, Carlos, al volver a ser el hombre correcto, el gentleman de siempre, sintió vergüenza y amargura. Un canastillo inmenso de orquídeas y una carta devota, humilde, ferviente y apasionada, fue el primer paso. Filomena perdonó fácilmente, y las cosas volvieron a su cauce. Pero, sin saber por qué, el encanto estaba destruido. La Quintalvo sentía que le faltaba algo. No es que le guardase rencor por las brutalidades; pero... Trató de analizar el origen de su inquietud, y no acertó a encontrar la causa. Decididamente, rencor no era. Pero anhelaba algo extraño, desconocido; una sensación inexplicable le invadía; la tristeza de un vacío inmenso gravitaba sobre su vida, dándole la impresión de tedio invencible, de monotonía, de una neblina gris y uniforme que lo envolvía todo. Algunas veces sorprendiose a sí misma espiando los menores gestos de su amante, buscando en ellos la huella o el conato de una brutalidad; nada. Carlos, impecable, caballeresco, galante, rendido, mostrábase cada vez más enamorado, más entusiasta, más fervoroso. Cada nuevo día despertaba en él una delicadeza; hacía vibrar una nueva fibra espiritual, como si esperase, a fuerza de bondad y dulzura, hacer olvidar la hora cruel. Y, sin embargo, Filomena no era feliz. Según él, se entregaba haciéndose romántico y quintaesenciado; el abismo abierto en la vida de la condesa de Quintalvo se agrandaba. Involuntariamente le zahería; involuntariamente en injustificadas crisis de mal humor; llevábale constantemente la contraria; trataba de irritarle, de soliviantarle, procurando, malévola, provocar la explosión de brutalidad.

—¡Ya no me quieres!—repitió Carlos tristemente—¡Ya no soy para ti lo que era antes! ¡Yo no me engaño y sé leer en tu corazón!—Hablaba con reprochadora melancolía. Sus ojos soñadores de niño grande mirábanle con una imploración suprema de piedad.—Yo te quiero más que nunca—prosiguió.—Tu frialdad me hiere, me entristece, me hace daño. Casi te preferiría...

—¡Calla!—interrumpió ella—¡Qué inoportuno eres! ¡No sientes el encanto de la noche!

Sorda ira hervía en ella contra el indiscreto que, por dos veces, rompía la inefable sensación de melancólica dulzura que la embriagaba como el aroma demasiado intenso de una flor venenosa. Por vez primera, desde hacía muchos días, hallábase bien así: no deseaba nada ni esperaba nada, en un nirvana voluptuoso y triste. Doblada sobre el barandal, con abandono casi absoluto, dejaba colgar sus manos de marfil, largas y finas, raramente enjoyadas, a la caricia de la brisa nocturna, y entregábase en cuerpo y alma a la sensual dulzura que subía de la tierra húmeda:

—¿Ves cómo ya no me quieres?—gimió él.

—¡Calla!—Ahora fue brusca e imperativa. Habíase incorporado súbitamente, y sus ojos azules, en que brillaba una claridad perversa, hecha de lascivia y de crueldad, la luz que debió de fosforecer en los ojos de las emperatrices ante los cristianos arrojados a las fieras, seguían un drama lejano.

En la callejuela lóbrega, situada al otro lado de los muros del jardín, desarrollábase una escena de barbarie callejera. Una mujer de las que hacen profesión de sus encantos, hablaba con un chulo, un tipo fuerte y arrogante de macho. Poco a poco, los gestos, en un comienzo untuosos, tiernos, acariciadores, fueron tornándose sobrios primero, bruscos luego, amenazadores después, violentos al fin. Estalló la bronca. El, violento, airado, había cogido a la infeliz por el mantón y zarandeábala. Luego siguió una pausa, en que tornaron a hablar unos instantes. Pero ella debía haberse negado a algo muy transcendental, por cuanto el galán comenzó a darla golpes. Eran unos golpes crueles, dirigidos a la parte más delicada de la infeliz: al rostro, al pecho, al vientre; eran unos golpes violentísimos, mal intencionados, feroces. En el claroscuro que formaban los cuadros reflejados por las puertas de las buñolerías en las sombras del callejón, la escena tenía una ferocidad cruel, que ponía un escalofrío en las espaldas.

Filomena, inclinada sobre el barandal, las manos crispadas, los labios secos, jadeante el pecho y los ojos dilatados, seguía la escena con un interés de pesadilla.

La mujer, por fin, cayó al suelo, y allí el bárbaro coceola a mansalva. Al fin la abandonó y, lentamente, comenzó a alejarse. Sucedió entonces algo extraño, absurdo; la hembra alzose trabajosamente y corrió tras él. Colgose suplicante, mimosa, de su brazo, y como él la rechazase aún, siguiole humildemente como un can.

Un velo se rasgó en el espíritu de la Quintalvo, y a la luz lívida de los cafetines, bajo el maleficio de la luna, sintió el terror de la revelación: ¡Ella, Filomena Roldán de Undaneta, condesa de Quintalvo, tenía un alma de prostituta!

III

Temblando de frío y de miedo, detúvose junto a la puertecilla del jardín. ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué en vez de permanecer en el suave abrigo de la alcoba, cálida y blanda como un nido de amor, disponíase a correr las callejuelas de los suburbios bajo el velo glacial de la lluvia, como una ramera? ¿Por qué ella, tan frágil, tan delicada, tan quebradiza, lanzábase así en la noche cómplice al encuentro de lo ignorado? Todos sus esfuerzos eran inútiles; algo más fuerte que su voluntad le arrastraba hacia aquella cosa misteriosa y terrible que vivía en el fondo del misterio. Desde que una noche nefasta la trágica revelación se hizo en su vida, sentíase arrastrada por la resaca a no sé qué ignorados abismos. Era inútil que ella, lectora de Platón y de Descartes, familiarizada con Schopenhauer y Nietzche; ella, tortuosa y erudita como una de aquellas marquesas de Versalles que representaban farsas ante el Rey, flirteaban con Monseñor el Cardenal de Rohan y eran amigas de Juan Jacobo y de Voltaire, tratara de sonreír y fuese escéptica hasta en la liviandad. Algo terrible, monstruoso, fatal, alzábase en su vida, y toda la amable frivolidad, hecha de amor y de filosofía, descorríase como bambalinas de un teatro, y quedaba la aridez horrible de yermo, de una vida desvastada por la lujuria, en cuyo fondo brillaba, como único faro, el misticismo. A él había vuelto los ojos angustiados, pero también fue estéril. ¡Era pronto aún! Ante la cruz, el macho cabrío danzaba lúbrico y burlón, y el signo redentor no era sino un ensueño remoto, mientras los pecados, como enfurecidas avispas, clavaban los aguijones en su carne. Todos los días el hambre insaciable de los poseídos le arrancaba del lecho y le arrojaba al través de la noche.

Abrió la puerta y, recatándose en la sombra, salió a la calle. Después comenzó a caminar en busca de lo desconocido.

LOS COMPLICES

I

Cuando Narciso Alvear penetró en su despacho, desplomose en un sofá, y dejando caer, con un gesto de supremo cansancio, la máscara de altiva satisfacción, reflejó en su semblante todo el enorme desaliento que anonadaba su espíritu.

Todavía resonaban en sus oídos los aplausos entusiastas, fervorosos, inacabables; todavía cegaba sus ojos el intenso fulgor de las luces, el relumbrar de las joyas y el chisporroteo de las pupilas femeninas incendiadas en llamaradas de entusiasmo; todavía las auras del triunfo le envolvían, y, sin embargo, sentíase hundir en el abismo de vergüenzas y miserias.

Allí, en el cajón, al alcance de su mano, estaban las cartas, en que Petra (aquel nombre sin apellido habíale hecho el extraño efecto del número de una ficha antropométrica), averiguada, sin que él pudiese sospechar cómo, la personalidad del grande hombre, le imploraba, le exigía, le imponía, amenazadora, una nueva cita. Y aquel contacto súbitamente establecido, en la hora de la apoteosis, entre su pública vida de glorias y su misteriosa vida de abyecciones, hacíale temblar como un azote de la fatalidad que era impotente a vencer.

Petra, Rosa, Catalina... Aspasias de una hora, Thais de mancebía barata, Margaritas de encrucijada, Magdalenas de cafetín, eran para él engendros de pesadilla, que vivían unos momentos y luego se evaporaban. ¡Petra! ¿Quién podía ser aquella mujer que le conminaba, con rebuscados términos, en una carta, que de puro remilgada transcendía a falsedad, a acudir a una cita? ¡Bah! Sería instrumento de cualquier tentativa de chantage.

Con amargura pensó en el desnivel inmenso que hay entre la inmortalidad y las pasiones. Sus ojos, irónicos, pasearon por el despacho, lleno de trofeos de las victorias. Recordó cómo entraban allí sus discípulos, sus admiradores, sus amigos, con unción casi religiosa. Aquel era el templo donde la luz divina descendía sobre la frente del genio; el laboratorio donde se elaboraban aquellas obras admirables. Irónico, sonrió. ¡Si supiesen! Apenas si en aquel recinto ponía en limpio cuartillas nerviosamente garrapateadas en horas de fiebre. Su inspiración no estaba allí, ante los sombríos retratos de santos y guerreros, o ante las cándidas vírgenes boticellescas; su inspiración vivía muy lejos: en los suburbios de las ciudades populosas, en los oscuros rincones de las tabernas, en los sombríos callejones donde pululan las sacerdotisas de Venus, guardadas por sus fieles galanes los barateros; en los misérrimos lechos de las casas de lenocinio. Su musa no era ninguna de las nueve hermanas: era una musa canalla que peinaba negros bucles con bandolina, y los aprisionaba con vistosas peinetas, en los callejones del Lavapiés madrileño; ataba rojos pañolillos a su cuello en los impassés del Sebasto de París; tocábase con ligeros sombrerillos en el Graben vienés, y paseaba envuelta en el tschaffs por las calles de Constantinopla. Su jardín interior no era el vergel de las Hespérides, sino un museo patibulario, en que absurdas criaturas, de rostros atrozmente embadurnados de pintura, se retorcían en muecas trágicogrotescas de lascivia demoníaca.

Volvió al asunto que le preocupaba. ¿Iría? Sentíase arrastrado por una oculta fuerza y, al mismo tiempo, temía. ¡Qué más le daba! ¡Una vez más!

II

Con precauciones de ladrón, miró con azoramiento a un lado y otro, para cerciorarse que no había más testigos de sus nocturnas correrías que la luna, serena como el rostro de un aparecido, y las estrellas, que parpadeaban en la azul magnificencia de la noche. Como efectivamente nadie transitaba por el callejón a tales horas, franqueó la puertecilla del jardín, y a buen paso se alejó del hotel. Por la calle de Alfonso XII salió al paseo de Atocha, y cruzándole rápidamente se internó por las Rondas. Ya allí, bajose el cuello del gabán y comenzó a caminar más despacio.

Sin querer, volvía a su memoria, con la obsesionante pesadez conque nos atormenta, en una noche de insomnio, el estribillo de cualquier tribial canción, una frase de su comedia. Moderno Nabucodonosor, entre el fulgor de luces y el resonar de aplausos de la apoteosis triunfal, veía destacarse ígneas las palabras amenazadoras: «En la vida, tarde o temprano, la hora del balance llega siempre. Los hombres, al destruir los dioses, han creído libertarse de sus jueces, sin pensar que la vida es el supremo juez».

Todo el horror de su existencia se alzaba ante él. ¡Su existencia! ¡Aquella extraña cosa que, bajo los armónicos pliegues de la clásica clámide del arte, como cuerpo impuro, roído por los gusanos, el deseo, se contorsionaba trágico o grotesco! ¡Ah! ¡Cuando, después de las cálidas horas de un día de gloria, lanzábase en las sombras temerosas de la noche, preso en el verde maleficio de la luna! El, el grande hombre, como los extraños engendros de quimera, como las brujas y los trasgos, como las poseídas y los ajusticiados, vivía una vida misteriosa y escalofriante, al amparo de las tinieblas nocherniegas. Mientras los demás le creían en el santuario, recibiendo la visita de la diosa inspiración, corría los suburbios en busca de aventuras, deslizábase por tenebrosos callejones, penetraba en pestilentes chamizos o asomábase a extrañas fiestas en que el hambre, el frío y la miseria, danzaban en brazos de la lujuria, la embriaguez y el crimen, y algunas veces huía, al través de los campos, perseguido por un arma homicida, entre el aullar de perros vagabundos y el gemir del viento.

Rememoró las palabras de Dante-Gabriel-Rosetti: «Hay almas débiles, altivas y apasionadas, que no pueden sacrificar sus deseos ni renegar de su ideal. Y así su vida sentimental es una extraña mezcla de caídas y redenciones, de indulgencias vergonzosas y de abnegaciones heroicas».

Según avanzaba, el cuadro hacíase más típico, más temeroso e inquietante. Quedaron atrás las calles bien empedradas, iluminadas con arcos voltáicos o luces incandescentes; los altos edificios de ladrillo y piedra; los coches y tranvías. Las casas, bajas, deformes, absurdas, apoyábanse las unas en las otras para no desplomarse, mostrando el cinismo de sus fachadas llenas de grietas y desconchaduras, rasgadas de vez en cuando por la roja ventana de una taberna o el lóbrego portalón de una posada. Por las aceras sin empedrar, en el espacio que quedaba libre entre las construcciones y la menguada hilera de árboles raquíticos, torcidos, que alzaban sus ramas esqueléticas al cielo, transitaban tipos sospechosos—chulos, golfos, rufianes—con bizarros atavíos de gavilanes de amor; gentes patibularias—hombres sucios, desgarrados, con trajes de pana, revueltas pelambreras que se salían de la mugrienta boina, y rostros de siniestra catadura a que la barba de ocho días aumentaba aún el torvo pelaje—, o esos extraños mendicantes que parecen escapados de una novela de Quevedo. Por el centro del arroyo, convertido en barrizal, pasaba de tarde en tarde un carro rezagado, que se bamboleaba, se hundía, salía dificultosamente de un bache para caer en otro, entre furiosos juramentos y el restrallar del látigo carreteril. En las esquinas, a la menguada luz de los temblorosos mecheros de gas, veíanse grupos de mujeres que llamaban a los transeúntes con absurdas promesas de amor formuladas en voz aguardentosa. Unas, viejas, sucias, desgreñadas, acometedoras y procaces, hacían pensar en los aquelarres reunidos a la luz de la luna; las otras, miserablemente ataviadas, parodiando con guiñapos las soñadas galas, y embadurnados los rostros, cómicos y dolorosos, de afeites, remedaban máscaras trágicas.

Narciso siguió avanzando; la visión de la miseria canalla, la percepción de aquel vicio truculento en que había hedores de sangre, de podredumbre y calentura, ponía un escalofrío de terror delicioso en su medula. Sus narices se dilataban, venteando el heterogéneo perfume—perfume de miseria, de guisotes, de alcoba y de suciedad—que flotaba en el aire. Y sus ojos escudriñaban las tinieblas, tratando de precisar las inciertas formas que temblaban, desbaratándose en la semipenumbra con apariencias de goyesco capricho.

Llegó a la Ronda de Valencia. Por allí estaba el lugar de la cita. A mano izquierda, abríase, entre rotas vallas y ruinosos muros, un callejón, especie de pasadizo, que debía dar al campo. A la entrada, un montón de escombros obstruía el paso casi por completo. Allí debía de ser. Sus ojos, acostumbrados, como los de los felinos, a tales exploraciones, escudriñaron las tinieblas; entre las sombras temerosas de los muros, en que el miedo fingía espantables figuras, creyó discernir una silueta de mujer, y oyó que le llamaban:

—¡Spch! ¡Spch!

Resueltamente internose en el callejón; sus pies se hundían en el barro, que parecía querer retenerle prisionero, y de vez en cuando, en las estrecheces del camino, enganchábasele el gabán en un clavo y se desgarraba; un perro, tras la empalizada de un solar, lanzó un aullido lúgubre, agudo, penetrante; otro perro contestó de lejos, y luego otro y otro. Un silbido rasgó los aires, y Narciso se detuvo para mirar hacía atrás. Nadie. Delante de él, a treinta pasos, el fantasma femenil se había detenido también, y parecía esperarle. Como Alvear no se moviese, tornó a llamarle:

—¡Spch! ¡Spch!

Reanudó la marcha. El camino hacíase cada vez más angosto; el barro más espeso y pegajoso; más altos los muros y valladares.

El buscador de lances comenzó a sentir miedo. ¿Sería, en vez de la sempiterna aventura, un lazo que le habían tendido? Miró otra vez hacia atrás; ahora, en el cuadro de claridad que proyectaba la calle en el comienzo del sendero, veía destacarse una figura de hombre. Vaciló Narciso un momento; el hombre avanzaba rápido, con firmes pasos, como persona conocedora del terreno que pisa; la mujer alejábase, sendero adelante, cada vez más a prisa.

Narciso Alvear sintiose presa del pánico. Tanteose febrilmente los bolsillos: nada. Ni revólver, ni arma ninguna. Entonces, vencido de terror, echó a correr tras la desconocida.

III

Corría, corría, ciego de miedo. Tras él resonaban los pasos de su perseguidor, cada vez más firmes y cercanos. El camino hacíase interminable; los muros, más elevados, acercábanse hasta casi imposibilitar el paso, y el barro, espesándose por momentos, no le dejaba correr. Sudoroso, jadeante, agonizando de horror, el fugitivo sentía flaquear sus piernas; tropezó con una piedra, y cayó de rodillas en el fango. Alzose trabajosamente y recomenzó su carrera de pesadilla. Los perros aullaban en macabro concierto; tras una nube asomó la luna.

¡No podía más! Ahora oía distintamente los pasos del incógnito que le daba caza y casi sentía su respiración. ¡Allí estaba! Su mano se tendía hacia él; el frío de la hoja de un cuchillo le desgarraba las espaldas...

Tropezó y rodó por el suelo. Intentó levantarse y un golpe seco le hizo caer por tierra nuevamente. Trató de luchar, de defenderse aún; pero una lluvia de palos descargando sobre su cabeza le hizo rodar por tierra con el cráneo partido y la cara bañada en sangre.

IV

El asesinato de Narciso Alvear, del gran escritor, del poeta insigne, justamente al día siguiente del triunfo, alzó enorme polvoreda. Los periódicos hicieron de ello un crimen sensacional, lleno de folletinesco misterio. ¿Cómo el cadáver del dramaturgo había ido a parar allí desde el hotel en que, amigos y admiradores, le habían dejado? ¿Qué robo, qué venganza personal, había sido el móvil del crimen? Y se habló de novelas extrañas, de represalias femeniles, de misteriosos artes de hipnotismo, de... ¡qué sé yo cuántas cosas!

Sólo la verdad no se dijo. ¿Para qué empañar la fama de aquel hombre que a nadie estorbaría ya, y cuya memoria a muchos podría servir? La muerte es el Jordán en que los grandes hombres dejan vicios, debilidades y cobardías, para entrar limpios de mácula en la inmortalidad.

Poco a poco el crimen, como tantas otras cosas, cayó en el olvido. Sólo los jueces siguieron buscando. Aquella Petra de la carta era una pista. Había que buscar los cómplices. Si ella podía desaparecer entre la infinidad de mujeres que pululan en los suburbios, ellos, los asesinos, habían de ser forzosamente pájaros de cuenta en el hampa madrileña. ¡Los cómplices!

Y buscaron inútilmente, porque de aquel crimen, como de tantos otros crímenes impunes, los cómplices habían sido la lujuria y la noche.

LA DOMADORA

I

En la glacial serenidad de la atmósfera, resonó un alarido de dolor; luego, otro alarido más angustioso, más violento, hendió los aires, y luego otro y otro. El látigo fino, nervioso, vibrante, silbó para caer sobre las desnudas espaldas del marinero; tornó a serpentear, para tornar a caer, y luego recomenzar aún una vez más.

Era la víctima un mocetón fornido, cuadrado, de enormes espaldas y ancho cuello. Desnudo de medio cuerpo para arriba, sus carnes se amorataban con el frió espantoso del crepúsculo ártico, y el látigo, al caer, dejaba hondos surcos azules. Tenía las manos atadas a un palo del buque, y la cabeza, pequeña y bien hecha, doblada sobre el pecho. Su rostro estaba cubierto de mortal palidez; los dientes, blancos y fuertes, clavábanse en los labios, tratando de contener los gritos de dolor, y en sus ojos, claros y azules, de niño grande, había una angustia infinita.

Vanda Orloff, tendida en el seudolecho de almohadones y pieles, contemplaba impasible el martirio de su víctima. Era una mujercita menuda y frágil, toda nervios. Tenía pupilas grises, vagas, borrosas, con extraños reflejos verdes; el pelo rubio muy claro; la nariz recta; el mentón enérgico, voluntarioso, y la boca, de labios muy pálidos y delgados, cruel. Un gorro de chinchilla cubría su cabeza casi por completo, y amplia pelliza de la misma piel envolvíala toda. A cada golpe del látigo, que repercutía en un aullido desgarrador, angustioso, del mártir, sus ojos fulguraban, en sus labios vagaba una sonrisa de sádica voluptuosidad, y su mano, fina y menuda, crispábase sobre la noble cabeza de Azor, el danés favorito. A su lado, Georgette Lebrune, la lectora, esperaba, el libro caído en el regazo, la orden para proseguir la lectura de La Agonía, de Lombard, aquel libro lleno de magnífica crueldad con que recreábase el espíritu cansado de la millonaria. En el rostro vulgar de la asalariada reflejábase también crueldad, pero una crueldad innoble, vulgar, lejana de la refinada crueldad de la Orloff.

La princesa Vanda Orloff era rusa. Si en vez de en estos tiempos de prosa hubiese vivido en los siglos remotos, fuera seguramente una de aquellas princesas legendarias que asombraron al mundo con la magnificencia de sus crímenes. Tal vez con la tiara de oro y pedrería aprisionando la cabellera pálida, y los senos desnudos bajo los collares de perlas, de ópalos, de topacios, de peridotos, de turquesas y esmeraldas, hubiese pedido la cabeza del Bautista para beber en sus labios el veneno de la voluptuosidad y de la muerte, o tendida en la tienda de púrpura y oro, cubierta de extraños tejidos de seda, de vagorosos velos y de cabalísticas joyas, como Soemias, hubiérase estremecido al cálido contacto de la sangre de las víctimas. Pero vivía en días de prosa y había de contentarse con su efímero imperio de millonaria caprichosa y cruel.

Ya de niña, su mayor placer era martirizar a los pájaros, a los perros, a todas las bestezuelas familiares; luego, adolescente, asistía, estremecida de voluptuosidad, a los castigos que su padre, borracho, despótico, violento, acometido de feroces ataques de ira blanca, hacía infringir a los siervos por la menor falta; mujer al fin, sintiose presa de una lascivia taciturna y cruel, que la poseyó como un maleficio diabólico. Obligada, por no sé qué sombrías historias, a abandonar Rusia, aquel maravilloso yacht fue el misterioso alcázar de Is, en que la hija del Rey vivía aprisionada por el demonio de la lujuria. Como fantasmagórico barco de maldición, el flotante palacio, en una pesadilla de sangre, de lascivia y de muerte, vagaba por los mares polares, o mecíase sobre las azules ondas de las aguas del trópico, entre atroces aullidos de dolor que se perdían en la inmensidad de la noche, sangrientas voluptuosidades y horas de tedio anonadante.

Unos cuantos mujiks bestiales, serviles por naturaleza y por hábito, rodeaban a la dama, siendo sus defensores y sus sayones, y el resto de la tripulación componíanlo marineros rusos, españoles, italianos u holandeses, unos pobres muchachos ignorantes y aventureros, que asistían, mudos de estupor, a los dramas de que eran protagonistas, incapaces de otra protesta que la de su resistencia física, vencida por el número, y la de la huida en la primera ocasión que se ofrecía. Cuando uno de ellos, más avisado, sabedor de que en el mundo había jueces y tribunales de justicia y de que, desaparecido para siempre el viejo despotismo feudal, la sociedad defendía a los débiles contra los caprichos de los poderosos, llenábanle las manos de oro, con oro sanaban sus heridas, y luego, como a un testigo peligroso, abandonábanle en la primera ocasión que se ofrecía.

La tarde tenía una yerta serenidad de maravilla. El mar era azul, muy claro; en el cielo, casi blanco, el sol, un sol pálido y amarillento, se apagaba lentamente. Al horizonte, grandes montañas de hielo se perfilaban extrañas en las postreras reverberaciones solares, con la apariencia de quimérico alcázar de diamante.

El Afrodita, sereno, majestuoso, navegaba sobre las quietas aguas del mar del Norte. En la proa, Venus victoriosa surgía de las espumas, y su gracia frágil, alada, pedía el mar de peridotos, y la lluvia de flores de una evocación boticellesca. El yacht era todo blanco, un soberbio navío creado por la moderna industria para recreo de soberanos y plutócratas. En la proa, una a modo de tienda de campaña, formada por tapices de Smirna, chinescos bordados y estofas indias, defendía del aire helado el diván donde Vanda reposaba, menuda, vibrante, perversa y cruel como una bestezuela sanguinaria y lasciva.

Proseguía el suplicio. El látigo sutil, insaciable, pintaba un enrejado azul sobre las espaldas del desdichado; los músculos, crispados de dolor, se anudaban, formando gruesos bultos bajo la piel macerada. Los gritos resonaban, unas veces violentos, estridentes, desesperados; otras, tenues, apagados, temblorosos como gemidos de agonía. Al fin, saltó la sangre; por las espaldas rodaron gruesas gotas rojas. La víctima, no pudiendo resistir más, desplomose al suelo, y allí quedó retorcido, los brazos en alto sujetos al palo, la cabeza caída hacia atrás, los ojos cerrados y entreabiertos los labios.

Vanda sonreía.

II

Despertó sobresaltada. Su primer pensamiento fue el de un motín, una súbita rebeldía conque la tripulación sacudía su yugo, y su primer gesto fue echar mano del minúsculo revólver que dejaba siempre a la cabecera del lecho. Pero la presencia de Georgette y de sus mujiks hízole comprender su error, y aturdida aún por el sueño interrogó:

—¿Qué pasa?

—¡Que nos hundimos!

Saltó del lecho y, rápidamente, sin hacer caso de sus siervos—¿no ha sido Cleopatra la que dijo que un esclavo no es un hombre?—, comenzó a vestirse.

No había concluido aún, cuando bajó un marinero, mandado por el capitán. Había que darse prisa; el barco hundíase rápidamente, y antes de media hora se iría a pique. De vez en cuando escuchábanse sordos ruidos, y en el silencio sonaba siniestro el gluglu del agua al invadir las bodegas.

Envuelta en amplia bata, por los hombros una gran capa de pieles, Vanda subió a cubierta. La noche era serena, glacial. En la frialdad azul del cielo rutilaban las constelaciones árticas y la luna brillaba blanca y yerta. Al horizonte, las montañas de hielo, heridas por la claridad lunar, subrayaban fantástica apariencia de aladinesco alcázar. Arriba, sobre cubierta, todo en confusión; el capitán daba sin cesar órdenes, y los marineros, aturdidos, corrían de un lado a otro. Misteriosas sacudidas agitaban el barco con estremecimientos rápidos, secos, violentos, y crugidos agoreros sonaban con extrañas y escalofriantes intermitencias de silencio. Las hélices enmudecieron, y el barco, inmóvil, cabeceaba de tarde en tarde.

La rusa encarose con el capitán, que salía a su encuentro. Con voz dura, metálica, en que vibraba concentrada ira, interrogó:

—¿Qué sucede?

—Que hemos chocado contra un banco de hielo y nos hundimos.

Ella aseguró, con ese impulso dominador de los que no están hechos a encontrar obstáculos:

—¡No puede ser! Tiene que salvarnos.

Con serenidad afirmó el marino:

—Es imposible. He hecho cuanto había que hacer, y todo ha sido inútil.

—¡Tiene usted que salvarnos, tiene usted que salvarnos!—repitió Vanda tercamente.

El se encogió de hombros, y sonrió entre compasivo e irónico.

Irritada, enloquecida por aquella fuerza mayor que su voluntad, apostrofole:

—¡Usted tiene la culpa! ¡Todo esto es un complot, una traición para perderme!

Tornó él a sonreír. Más enfurecida amenazó:

—¡Cuando lleguemos a tierra, sabré castigar las traiciones...

—Dudo que llegue nadie—interrumpió su interlocutor—. Yo por lo menos no llegaré.

Como para subrayar la trágica verdad de sus palabras, las luces del barco apagáronse súbitamente.

—El agua ha entrado en las máquinas—afirmó sin perder su serenidad—. Dentro de diez minutos, nos iremos a fondo. Si quiere salvarse, es preciso que se embarque enseguida en un bote.

Vanda bajó la cabeza, vencida, y encaminose a la escalerilla. Cuatro marineros, empuñados los remos, esperaban ya en una barca. La Orloff descendió seguida de Georgette. Azor saltó tras ella.

Los remos hendieron el agua, y el barco comenzó a alejarse. El agua estaba quieta, tranquila; veíanse flotar en la argentada superficie grandes pedazos de hielo, semejantes a cristalinos sillares que espantable tormenta hubiese arrancado a los palacios de la sumergida ciudad de Is. Una calma impasible pesaba sobre el mundo; una calma de muerte, impregnada de trágica desolación; y así, bajo la luz blanca de la luna, había en la noche un horror de planeta muerto, una sensación abrumadora de cesación, de acabamiento. De improviso, viose a lo lejos la fantasmagórica silueta del yacht que se alzaba un instante, y luego, rápido, hundíase en el mar. Formose un remolino horrendo, las aguas rugieron con hervor de catarata, la barca corrió hacia el sombrío abismo abierto para tragar al buque. Vanda, caída en el suelo, sintió una sacudida espantosa; luego, violentos cabeceos; oyó un grito de angustia suprema, y al fin, nada. El Afrodita había desaparecido, y el bote flotaba quieto sobre el mar de hielo. En la catástrofe habíanse perdido los remos, los víveres y el timón. En sus sitios, los cuatro marineros yacían aturdidos por el golpe. Georgette Lebrun había desaparecido tragada por las aguas. Azor nadaba junto al barco.

III

Amanecía. Por tercera vez, en el cielo blanquecino elevábase el sol, un sol anaranjado, frío, sin rayos ni reverberaciones, que parecía próximo a apagarse de un momento a otro. El barco, perdidos remos y timón, permanecía quieto, con la rara apariencia de una nave de juguete sobre la luna de un espejo. Las aguas yacían inmóviles, grisosas; grandes masas de hielo flotaban a flor de agua; entre ellas veíanse sobrenadar trozos de maderamen del sumergido buque, y al horizonte alzábase, roto en prodigiosas estalactitas, como gótica catedral de embrujamiento, el murallón de hielos. Tirados en el suelo, envueltos en trozos de manta y en sus recios capotones, dormían tres marineros; en la proa uno solo, sentado, los codos en las rodillas y el rostro en la palma de las manos, contemplaba desesperadamente la solitaria lejanía. Era el mismo mocetón que Vanda hiciera azotar días antes; pero ahora en su rostro juvenil, demacrado por el hambre, la boca se crispaba en una mueca de ansiedad y de deseo, mientras los ojos de niño grande, redondos, dilatados de horror, tenían una mirada cruel de carnívoro, de hiena desenterradora de cadáveres. Aquellas pupilas, antes tan claras y luminosas, parecían arder en un fuego malsano de vesania, mientras la boca se estiraba voraz, insaciable.

La rusa, que, sentada en la proa, dormitaba extenuada por el largo ayuno, tiritando bajo sus pieles, abrió lentamente los ojos, y sus miradas mortecinas tropezaron con las pupilas fosforescentes del hombre. Sintió miedo, el oscuro presentimiento de no sé qué nuevo y horrendo peligro, y rápidamente abatió los párpados fingiendo dormir. Su rostro estaba muy pálido, como traslúcido, con tonos amarillentos de marfil antiguo; sus labios de coral, descoloridos, se fruncían amargos, y dos círculos cárdenos cercaban sus ojos, que se apagaban en la atroz maceración de sus mejillas.

Mientras, un fuego maldito ardía en las entrañas del marinero; el hambre de pan y la sed atroz, rabiosa, exasperada por algunos sorbos de agua salada que en su ansiedad había bebido, transformábanse en un hambre de amor furiosa, vesánica, en una lujuria ardiente, monstruosa, una lujuria macabra de bestia agonizante en un largo suplicio de ardores.

Cautelosamente deslizose hacia la hembra, con gestos perezosos, sordos y lánguidamente elásticos de fiera próxima a caer sobre su presa.

Vanda sintió una respiración quemante, que le abrasaba el rostro en un aliento seco, febril, con emanaciones violentas de animal feroz. Dio un grito e intentó incorporarse; pero era ya tarde. El marinero, caído sobre ella, forcejeaba por poseerla. La víctima defendíase furiosamente en un esfuerzo supremo de ira, con los dientes y con las uñas, mientras él, enloquecido, indiferente para el dolor, luchaba por adueñarse de su presa. En la yerta paz de la mañana, el grupo bárbaro y trágico, debatíase con violentas sacudidas, que hacían oscilar la barca como si fuese a volcar. Azor, a los pies de su ama, gruñía amenazador y enseñaba los dientes. Al fin, Vanda, sintiéndose desfallecer, pidió auxilio:

—¡Aquí, Azor!

El perro, de un salto, cayó sobre el forzador. Entonces sucedió algo horrible, inhumano; hombre y bestia formaron confusa masa; agitábanse en tremendas palpitaciones de dolor; los dientes fuertes y blancos del animal, hicieron presa en una mano de su enemigo, que lanzó un alarido de dolor, pero no renunció a la batalla, sino que, por el contrario, enardecido, batallaba por estrangular al perro.

Los otros tres marineros se habían despertado, y estúpidos, embrutecidos, contemplaban, con los ojos agrandados de estupor, la salvaje refriega. La heroína, perdidas las fuerzas, medio desnuda, permanecía rota, tronchada, incapaz de moverse. Y hombre y perro forcejeaban caídos en el suelo, mientras el barquichuelo, en los furiosos vaivenes, se inclinaba hasta tocar con sus bordes el agua que se deslizaba en él helada y cortante. Al fin consiguió el hombre sacar un cuchillo y de un tajo abrir el vientre al perro, que cayó pesadamente al mar. Entonces, echose sobre la mujer, y ensangrentado, jadeante, chorreando agua, la poseyó.

IV

Borrachos de aguardiente, presas de un ataque de delirio, chillaban, aullaban, cantaban y trataban de danzar unos danzones absurdos que hacían tambalearse la barca como si fuera a hundirse. Eran como fantasmas trágicos, como esos monstruosos fantasmas que contemplamos en las láminas de los libros que anuncian el fin del mundo por la locura universal. En las caras lívidas, consumidas, llenas de oquedades, las bocas se deformaban en muecas de agonía, en muecas de una ansiedad plena de angustia, mientras las pupilas, dilatadas de espanto, tenían una fijeza de obsesión. Al través de los trajes desgarrados, aparecían los cuerpos esqueléticos, las carnes amoratadas por el frío...

Ni un soplo de aire, ni un barco en lejanía, ni una ola, nada. Una paz suprema, una paz de mundo muerto, una paz de cataclismo que dormía en las aguas quietas, en el cielo blanco, en el sol que se extinguía y en el muro infranqueable de hielos.

¡Cinco días más! ¡Cinco días de frío, de hambre, de soledad y de calma, sobre todo de calma, de aquella calma yerta, abrumadora, lapidaria, calma de panteón, de cementerio, de nada, peor que todas las borrascas!

Vanda, acurrucada en un rincón, sentíase morir. La habían robado sus pieles, sus mantas, sus abrigos, y, aterida, agonizaba de frío, de hambre y sed. Desde la mañana de su derrota, había perdido todo prestigio, aquella superioridad que le daba fuerzas para imponerse y vencer, y convirtiose en una bestezuela humilde y castigada, en que saciaban todos sus apetitos, sus crueldades, su brutalidad, la ferocidad inconsciente que dormía en sus almas primitivas, todas aquellas cosas exacerbadas hasta el paroxismo por el hambre.

Como una cohorte de endemoniados chillaban y brincaban con gestos violentos, inacordes, rotos, bruscos; sus voces roncas se apagaban o se agudizaban extrañamente. John, el más joven, cayó al suelo y siguió retorciéndose. Sus gestos siguieron siendo los mismos, pero haciéndose más violentos; sus risas trocáronse en aullidos, y palpitante de dolor comenzó a llorar, apretándose el estómago con las manos. Nino, el italiano, el más viejo de los cuatro, un esqueleto apergaminado, con dos fuegos fatuos por pupilas, propuso:

—¡La ley del mar!

Todos asintieron, resignados de antemano con su suerte:

—¡La ley del mar!

De improviso, una voz opaca propuso:

—¡Ella primero!

—¡Es la más blanca!

—¡Será la más tierna!

—¡La más sabrosa!

—¡Ella tiene la culpa de todo!

El coro de voces alzábase amenazador en el silencio de la naturaleza, como la fatídica condenación de la asamblea de una tribu primitiva.

Avanzaron hacia ella. Loca de terror, Vanda les vio llegar. Un grito supremo se escapó de su pecho, y desmayose, mientras el cuchillo se alzaba sobre su cuello y unos dientes impacientes se clavaban en su brazo.

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