VIII El telar de sus desdichas
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La primera parte de Martín Fierro cuenta las desgracias que determinaron la vida errante del héroe.
Es éste un gaucho cualquiera, que vive trabajando en su rancho con sus hijos y su mujer. Cierta vez que se halla en la pulpería, donde un gringo habilidoso divierte al auditorio con un organillo y una mona amaestrada, preséntase la partida policial que anda recogiendo gente para el servicio de los fortines de frontera. Aquellas levas temidas como un azote, eran una especie de conscripción ilegal, que servía ante todo para ejercer venganzas políticas contra los renitentes de las elecciones oficializadas. El protagonista tiene tranquila la conciencia y no resiste. Así lo envían con otros al fortín o cantón cuyo objeto es defender la frontera contra las incursiones de los indios.
Allá en el aislamiento, impera a su guisa el militarismo de una oficialidad corrompida por ese destierro en plena barbarie, donde la falta de control autoriza todos los abusos. Los sueldos escasos e inseguros, sugiérenles la idea de compensarse enriqueciéndose con los ganados que llegan a rescatar y con los míseros haberes de la tropa. No hay más diversiones que el juego y la limeta cuya influencia traduce las cóleras inherentes, en una disciplina bárbara, con la cual es menester reprimir, por otra parte, el ansia constante de la deserción. La vigilancia es insuficiente con tales elementos; aquella misma frontera dentro del país, resulta una capitulación con la barbarie. Ésta influye sobre los propios defensores así desmoralizados. Y sin embargo, dicha oficialidad de frontera, está realizando un trabajo heroico. Los fortines son verdaderas cartujas en el desierto, como aquéllas de los templarios en Palestina. La existencia bravía, lejos de toda comunicación, la aventura anónima con los salvajes, tiene por desenlace la muerte obscura apenas citada como una trivialidad en las órdenes del día. Los hombres vuélvense malos en semejante aislamiento. La intemperie parece curtir en adusto cuero de indio sus almas y sus rostros. Bajo la greña inculta que desborda de los kepís estrafalarios, ladeados sobre la ceja con aire temerón, germinan ideas de bandolero. El sable choca amenazador contra las botas destalonadas. Algunos le han puesto por dragona, la manea. La baraja es su breviario y el pichel su vinajera. En torno, una soldadesca de salteo, obedece a palos, con la malhumorada sumisión de las jaurías entecas. Cuando aprieta el hambre, le dan ración de lombrices para que vaya a pescar en el cercano arroyo. Los más hábiles bolean avestruces por los campos, si no hay peligro de indios. El jefe es socio de la cantina que los explota. No llega un eco de la vida civilizada hasta aquel desamparo, donde aun los pájaros, rarísimos, son mudos. No oyen sino la voz desolada del clarín, el rebuzno de la mula ética, el alarido siniestro de las tribus que invaden. Su palabra toma una aspereza brutal, todavía herrumbrada de borrachera. El coraje es la única dignidad humana que no han perdido. El coraje y la tristeza, deshilada en monótonas lágrimas de música sobre la guitarra de la cantina. La muerte forma parte de sus juegos de azar: es el culo de la taba que se da vuelta. A falta de entorchados, llevan cada galón Si el cuero, bordado a punta de lanza. El degüello es su crátera festival. Al toque de calacuerda que lo entabla, con qué profundo espolazo se han ido a fondo, de estampía. Dilatadas por el olor de la sangre, sus narices parecen hundirse ya en aquella ardiente rosa de la muerte. Diríase que sus corazones empujan la pelea como una puerta de bronce. Embellecidos de peligro, andrajos y jamelgos, vicios y mugres, desaparecen en el mismo remonte de coraje como las basuras en la punta del remolino, y ya no hay más que los soberbios jinetes con su hazaña firmada en púrpura a estilo de emperador.
A los tres años de padecer en ese presidio semisalvaje, hecho un mendigo, harto de iniquidad, el gaucho deserta. Era la historia de todos los enérgicos, el comienzo de las vidas trágicas que Martín Fierro sintetiza en la suya. Cuando llega a su antiguo rancho, todo ha desaparecido. La cabaña está en ruinas. La mujer y los hijos se han ido quién sabe dónde. Él mismo es un desertor, obligado a la fuga. Entonces se echa a vagar, solitario y rencoroso por los campos, evitando las casas para no comprometer, durmiendo entre los matorrales como una fiera. Esto descompone su carácter manso y tórnale provocativo. En las fiestas y pulperías donde busca a ratos un poco de arrimo, el trago de alcohol convival inspírale ideas de muerte. Una noche, la partida policial que le persigue, llega a las inmediaciones de su guarida. Siéntela acercarse, pero no quiere huir. Él también tiene cuentas que cobrarle. Solo contra todos, pelea magnífico. De pronto, en el instante de mayor premura, entre las sombras que empiezan a disiparse, el sargento, gaucho perseguido como él en otra ocasión, siéntese conquistado por su coraje y le presta ayuda. Pronto derrotan entre los dos a los acobardados gendarmes, y dejando allá el tendal de muertos, marchan a campo traviesa, contándose sus mutuas desgracias. Cruz, el compañero, es también una víctima de la autoridad. El comandante de campaña sedújole la mujer, intentó matarle, una vez descubierto en adulterio, y desde entonces el gaucho tuvo que emprender la vida errante con sus habituales episodios. Un amigo bienquístale después con la autoridad, nómbranle sargento, y así anda a disgusto de aquella función poco honrosa, hasta que la actitud de Fierro en la pelea contra la partida, provoca su bello arranque. Esto no es raro, como fácilmente se recordará, en las leyendas caballerescas. Después de combatirse tres días, Oliveros y Roldán, mutuamente admirados, conviértense en amigos; y para sellar la fraternidad de las armas, el primero ofrece su hermana en matrimonio al segundo.
Los dos gauchos deciden emigrar a tierra de indios, puesto que no tienen cabida en la propia; y así desaparecen en el desierto, empujados por la suerte adversa, al azar de la barbarie desconocida. Este desenlace era también habitual. Aliados como aquéllos, tenían muchos los indios.
No puede darse, como se vé, argumento más sencillo, más dramático y más rigurosamente natural en su desarrollo psicológico. La poesía gaucha producía un fruto completo.
Es evidente, y ello confirma la espontaneidad del poema, que Hernández propúsose, tan sólo, relatar un episodio. La idea habíale venido como un esparcimiento natural a la vida forastera de la posada donde se hallaba en Buenos Aires, reuniendo elementos para la próxima rebelión entrerriana de López Jordán, la última, precisamente, de nuestras guerras gauchas.
La civilización hostil al gaucho, representada por el gobierno de Sarmiento contra el cual se alzó el caudillo entrerriano, actualizaba la crítica que Hernández propúsose realizar. Así el poema asumía caracteres de panfleto político, tal como sucedió con la Comedia del Dante y el Paraíso de Milton. Pero el hombre tenía, además, el genio que se ignoraba, y la enseñanza de la vida, que es la ciencia suprema. Los episodios fueron encadenándose, el raudal, una vez alumbrado, no pudo ya dejar de correr:
Yo no soy cantor letrao, Mas si me pongo a cantar, No tengo cuando acabar Y me envejezco cantando: Las coplas me van brotando Como agua de manantial.
Así fué también una improvisación el Facundo, congénere, aunque antagonista.
Dice Hernández en una carta-prólogo a la primera parte del poema (su destinatario es el señor don Zoilo Miguens) que Martín Fierro le ha "ayudado algunos momentos a alejar el fastidio de la vida del hotel"; porque, en efecto, allá entre sus bártulos de conspirador, lo improvisó en ocho días[58].
Don Antonio Lussich, que acababa de escribir un libro felicitado por Hernández, Los Tres Gauchos Orientales y el Matrero Luciano Santos poniendo en escena tipos gauchos de la revolución uruguaya llamada campaña de Aparicio, dióle, a lo que parece, el oportuno estímulo. De haberle enviado esa obra, resultó que Hernández tuviera la feliz ocurrencia.
La obra del señor Lussich, apareció editada en Buenos Aires por la imprenta de la Tribuna el 14 de Junio de 1872. La carta con que Hernández felicitó a Lussich, agradeciéndole el envío del libro, es del 20 del mismo mes y año. Martín Fierro apareció en Diciembre.
Gallardos y generalmente apropiados al lenguaje y peculiaridades del campesino, los versos del señor Lussich formaban cuartetas, redondillas, décimas y también aquellas sextinas de payador que Hernández debía adoptar como las más típicas. El señor Lussich, testigo presencial de la producción, refiere, lo cual es por otra parte visible con la simple lectura, que aquélla salió de un tirón, sin enmiendas y sin esfuerzo. De ahí provienen los defectos, entre otros el habitual de la redundancia, que ha producido varias docenas de versos inútiles. Hernández resulta a su vez un payador, y hasta el primero de los payadores:
Aquí me pongo a cantar Al compás de la vigüela, Que al hombre que lo desvela Una pena estrordinaria, Como l'ave solitaria Con el cantar se consuela.
Éste es el objeto de la composición. El gaucho va a contarnos sus penas extraordinarias (sin esta advertencia, su pretensión fuera baladí) y la estrofa en su sencilla fluidez, de un tirón, nos abre desde luego su alma.
La invocación a los númenes propicios, que es una costumbre épica, está en las dos siguientes:
Vengan santos milagrosos, Vengan todos en mi ayuda, Que la lengua se me añuda Y se me turba la vista. Pido a mi Dios que me asista En una ocasión tan ruda.
Después, la condición de payador se precisa como en los prólogos de los trovadores. A semejanza del ave mencionada, el don del canto es la fuente de su lenguaje:
Cantando me he de morir, Cantando me han de enterrar.
Es lo mismo que la copla popular dice de Santos Vega:
Santos Vega el payador, Aquel de la larga fama, Murió cantando su amor Como el pájaro en la rama.
Luego, en la octava estrofa, la situación del cantor, la intensidad de su poesía, la divagación musical con que introduce el tema como en ciertas composiciones beethovenianas, surgen de estos seis octosílabos que bastan para anunciarnos un gran poeta:
Me siento en el plan de un bajo A cantar un argumento. Como si soplara un viento Hago tiritar los pastos. Con oros, copas y bastos Juega allí mi pensamiento.
Examinemos al detalle esta estrofa, pues ello nos revelará de una vez por todas el secreto de aquella poesía, en la cual la música y la sugestión, la fuerza y la originalidad, hállanse refundidas en síntesis perfecta, con maestría pocas veces alcanzada por los mejores poetas de nuestra lengua. La estrofa, musicalmente hablando, presenta la misma forma de los recitados gauchos.
Una rotunda combinación de enes y de tes, recuerda en los dos primeros versos el bordoneo inicial. El tercero, acelera el compás. En el cuarto, entra ya la prima con la estridencia, y la sequedad restallante de los vocablos tiritar y pastos; el silabeo claro y corrido del quinto, indica que ya se está punteando la frase culminante, en estrecha simultaneidad con el concepto de las palabras; por último, el sexto verso resume en el bordoneo, al cual vuelve, la entonación sentimental característica de las cuerdas gruesas.
Las palabras siento, plan, cantar, argumento, viento, pensamiento, son pulsaciones de bordona. Bajo y juega, sonidos mates de la misma cuerda. Tiritar, pastos, oros, bastos, trinos y pellizcos de los nervios menores.
Ahora bien, seis versos tiene la estrofa en cuestión, y seis cuerdas la guitarra. En los acompañamientos criollos, una de ellas, generalmente la sexta, suena libre como el primer octosílabo sin rima en aquélla. Esto es un verdadero hallazgo que revela el producto genuino de una inspiración naturalmente acorde con sus medios expresivos. Inventada por los payadores, aquella estrofa no existe en la poética oficial. Su instinto de poetas, hubo de sugerirles como a los trovadores del ciclo provenzal, grandes inventores de ritmos, por idéntica razón, esa simetría en cuya virtud cada cuerda habla en cada verso como acabamos de advertirlo.
A este ajuste musical, reúne la estrofa una consumada eficacia sugestiva y psicológica. Dos versos bastan al poeta para caracterizar la adecuación del protagonista al paisaje:
Me siento en el plan de un bajo A cantar un argumento.
El plan del bajo, o cañada, es el sitio poético de la pampa, pues asegura al caminante la sombra benéfica, y mantiene, con su mayor humedad, las hierbas más lozanas. Por su frescura y su agradable vista, es como un pequeño vergel que llama al descanso, y por esto lo prefieren los pasajeros. Allá en el silencio murmurado de brisa, al buen olor del trébol que la cabalgadura ramonea con pausa, es dulce platicar y cantar.
Parece que el corazón pusiérase acorde con el grato silencio, que la hierba humilde entendiera la copla sencilla del hijo de la tierra:
Como si soplara un viento Hago tiritar los pastos.
Imposible expresar con mayor elocuencia la intensidad de aquel dolor. Cuando en el desamparo de nuestra pena, olvidados de los hombres, experimentamos la simpatía de la naturaleza, parece que la tierra natal nos ayuda a padecer.
Y la estrofa concluye con este rasgo de completa originalidad, acaso sin precedentes en la literatura, tanto por el símil gaucho de la baraja habitual, cuanto por lo inesperado de la aproximación metafórica,—aun cuando ella sea tan natural a la vez, dado el protagonista,—y lo exacto de la divagación psicológica así expresada:
Con oros, copas y bastos Juega allí mi pensamiento.
Así comienza, en efecto, la actividad intelectual de producir. Despiertas como los pájaros en el bosque, las potencias de la mente van ordenándose con la propia sensibilidad de su armonía. El gaucho quiere decir, la cual es una promesa de máximo esfuerzo, que va a jugar con todas sus cartas; pero la imagen, llena de correspondencias como siempre que es exacta, evoca con los colores de la baraja sobre el césped, una brillante materialización de las ideas numerosas.
Oportuno es recordar, por último, que en la miseria semisalvaje de aquellas campañas, los naipes eran casi la única pintura al alcance del paisano. Éste inclinábase, naturalmente, a ilustrar con dichas láminas sus narraciones; que por ello, no por pasión de tahur, lo hacía. En más de un rancho ví, siendo niño, usar como adornos para decorar la pared, sotas y reyes de baraja.
Claro es que el poeta no realizó esas operaciones críticas para producir los dichos efectos musicales y psicológicos, del propio modo que el manantial no necesita la fórmula química del agua ni el estudio de la hidráulica para existir y correr. Aquello estaba en él, era su ser mismo así exteriorizado, y por esto el don de la poesía es una fuerza de la naturaleza.
La facultad de evocar paisajes y estados de alma por medio de dos versos, o sea el misterio de la sugestión verbal, que es el alma de la poesía así como el lenguaje musical es su materia, manifiéstase en Hernández con singular amplitud. He aquí otra estrofa cuya riqueza de rima corre parejas, a la vez, con la gallardía del verso. Martín Fierro enumera a Cruz las probabilidades con que cuentan, como experimentados gauchos que son, para la cruzada del desierto:
No hemos de perder el rumbo, Los dos somos güena yunta; El que es gaucho va ande apunta, Aunque inore ande se encuentra. Pa el lao en que el sol se dentra Dueblan los pastos la punta.
Lo incierto del rumbo, sugiere ya la inmensidad vaga de la llanura; pero el detalle de las hierbas inclinadas hacia el sol poniente, precisa la emoción crepuscular en todo su desamparo silencioso y quieto. Nada más exacto como sugestión y como fenómeno. En aquella soledad absoluta, dicha impresión caracteriza efectivamente todo el paisaje.
Y aquí una observación respecto a esos rasgos de maestría: su fuerza sugestiva dimana, principalmente, de que todos son verdaderos. La fidelidad es la virtud por excelencia de ese cantor de la llanura, en quien resulta sobre todo elocuente la sinonimia latina entre las expresiones cuerda y fe que los antiguos expresaban con la misma palabra: fides. Es que su escuela fué el dolor, padre de la verdad:
Ninguno me hable de penas Porque yo penando vivo...
Así prosigue su canto, enderezado, por lógica natural, al recuerdo del bien perdido.
Yo he conocido esta tierra En que el paisano vivía Y su ranchito tenía Y sus hijos y mujer... Era una delicia el ver Cómo pasaba sus días.
Entonces, cuando el lucero Brillaba en el cielo santo, Y los gallos con su canto Decían que el día llegaba. A la cocina rumbiaba El gaucho, que era un encanto.
Y sentao junto al jogón A esperar que venga el día, Al cimarrón le prendía Hasta ponerse rechoncho, Mientras su china dormía Tapadita con su poncho.
Y apenas la madrugada Empezaba a coloriar, Los pájaros a cantar Y las gallinas a apiarse, Era cosa de largarse Cada cual a trabajar.
La tercera estrofa es todo un cuadro familiar. El hombre laborioso toma su mate (el cimarrón, así denominado cuando era amargo) satisfecho del nuevo día cuyo sol le anticipan las llamas del fogón alegre, mientras al abrigo de la choza su mujer está todavía adormilada por gurrumina bajo el poncho conyugal. Ese rasgo de ternura viril, es sencillamente homérico. Héctor y Ulises, los mejores héroes de la epopeya antigua, son también los mejores esposos; y precisamente, la evocación del lecho conyugal, formado como el catre de nuestros gauchos, con correas tendidas sobre un bastidor, constituye el más bello trozo de la Odisea.
Una sola estrofa sintética, según el método característico de nuestro autor, presenta, en seguida, todo el movimiento de los trabajos rurales:
Éste se ata las espuelas, Se sale el otro cantando, Uno busca un pellón blando, Éste un lazo, otro un rebenque, Y los pingos, relinchando, Los llaman desde el palenque.
Otra nos da, con expresión no menos breve, el movimiento y la brutalidad intensa de la doma:
El que era pion domador Enderezaba al corral, Ande estaba el animal Bufidos que se las pela... Y más malo que su agüela Se hacía astillas el bagual.
Y luego, el incidente más grave de la operación, pues nada olvida:
Ah tiempo!...si era un orgullo Ver jinetear un paisano. Cuando era gaucho baquiano, Aunque el potro se boliase, No había uno que no parase Con el cabresto en la mano.
Bolearse, era caer como si tuviese las manos trabadas por las bolas, es decir, volteándose sobre aquéllas, en golpe tremendo, para aplastar al jinete.
El gaucho más infeliz Tenía tropilla de un pelo. No le faltaba un consuelo, Y andaba la gente lista. Tendiendo al campo la vista, Sólo vía hacienda y cielo.
Cuando llegaban las yerras, ¡Cosa que daba calor! Tanto gaucho pialador Y tironiador sin yel! ¡Ah tiempo... pero sin él Se ha visto tanto primor!
Aquello no era trabajo. Más bien era una junción; Y después de un güen tirón En que uno se daba maña, Pa darle un trago de caña Solía llamarlo el patrón.
La sencillez democrática de aquellas costumbres y aquellos trabajos agradables, expresa en la sentida naturalidad de estos versos, el sano vigor de las repúblicas agrícolas y pastoras. La abundancia respectiva, acentúa esa impresión, y los cuatro primeros versos (treinta y dos sílabas tan sólo) de la siguiente estrofa, describen completamente el fundamental almuerzo criollo.
Venía la carne con cuero, La sabrosa carbonada, Mazamorra bien pisada, Los pasteles y el güen vino... Pero ha querido el destino, Que todo aquello acabara.
Este cuadro de la vida feliz, antecede a la narración de las desgracias consabidas:
Cantando estaba una vez En una gran diversión, Y aprovechó la ocasión Como quiso, el Juez de Paz. Se presentó, y ahí no más Hizo una arriada en montón.
Juyeron los más matreros Y lograron escapar. Yo no quise disparar, Soy manso y no había por qué. Muy tranquilo me quedé, Y ansí me dejé agarrar.
Allí un gringo con un órgano Y una mona que bailaba, Haciéndonos rair estaba Cuando le tocó el arreo. ¡Tan grande el gringo y tan feo, Lo viera como lloraba!
Hasta un inglés zanjiador Que decía en la última guerra, Que él era de Inca-la-Perra Y que no quería servir, Tuvo también que juir A guarecerse en la sierra.
Ni los mirones salvaron De esa arriada de mi flor. Jué acoyarao el cantor Con el gringo de la mona. A uno solo, por favor, Logró salvar la patrona.
La patrona era influyente, como persona rica, y solía salvar, así, algún ahijado o peón de estima. Pues aquellos atentados para ajorar gente, revestían una violencia implacable. Ni los extranjeros de cierta importancia, como el inglés, cuyo oficio de abridor de zanjas comportaba, seguramente, algunos conocimientos de agrimensura, escapaban de la leva. Tenía, pues, razón para llorar el gringo organista, aunque con ello pusiérase en ridículo ante la bravura socarrona y estoica de los gauchos.
Para éstos, el atentado era en gran parte una venganza política:
A mí el juez me tomó entre ojos En la última votación; Me le había hecho el remolón Y no me arrimé ese día, Y él dijo que yo servía A los de la esposición.
Y ansí sufrí ese castigo Tal vez por culpas agenas. Que sean malas o sean güenas Las listas, siempre me escondo. Yo soy un gaucho redondo Y esas cosas no me enllenan.
¡La política! He aquí el azote nacional. Todo lo que en el país representa atraso, miseria, iniquidad, proviene de ella o ella lo explota, salvando su responsabilidad con la falacia del sufragio. La situación del gaucho ante esa libertad de pura forma cuyo fruto es la opresión legalizada del que la ejerce, Martín Fierro va a formularla:
Él nada gana en la paz Y es el primero en la guerra. No le perdonan si yerra, Que no saben perdonar. Porque el gaucho en esta tierra Sólo sirve pa votar.
En ésta y en todas las tierras del mundo, para eso sirve el pueblo engañado por la política. Pobre siervo, a quien como al dormido despierto de las Mil y Una Noches, le dan por algunas horas la ilusión de la soberanía: ésta no le representa en el mejor caso, sino la libertad de forjar sus cadenas; y una vez encadenado, ya se encargan los amos de probarle lo que vale ante ellos. En todos los casos, el resultado es siempre idéntico; que el gobierno, al tener como función específica la imposición de reglas de conducta por medio de la fuerza, niega a la razón humana su única cualidad positiva, o sea la dirección de esa misma conducta. La ley que formula aquellas reglas, es siempre un acto de opresión, así provenga de un monarca absoluto o de una mayoría; pues el origen de la opresión poco importa, cuando lo esencial es no estar oprimido. Siempre es la fuerza lo que obliga a obedecer; y mientras ello subsista, basado en la ignorancia y en el miedo, que son los fundamentos del principio de autoridad, la libertad seguirá constituyendo un fenómeno puramente privado de la conciencia individual, o una empresa de salteadores. Si no nos abstenemos, si realizamos la actividad posible, porque el deber primordial consiste en que cada hombre viva su vida tal como le ha tocado, esto no debe comportar una aceptación de semejante destino; antes ha de estimularnos a la lucha por la libertad, que constituye de suyo la vida heroica. La democracia no es un fin, sino un medio transitorio de llegar a la libertad. Su utilidad consiste en que es un sistema absurdo ante el dogma de obediencia, fundamento de todo gobierno; y esto nos interesa esclarecerlo sin cesar, dadas las consecuencias que comporta. Tal es el sentido recto de la filosofía, que desde los estoicos hasta los enciclopedistas, nos enseñan los amigos de la humanidad.
Ya veremos cómo en el poeta, vidente y sabio aun a pesar suyo, puesto que encarnaba la vida superior de su raza, la misma lógica determina la vida de su héroe. Sigamos observando el desarrollo de este fenómeno.
Martín Fierro marcha a la frontera con sus compañeros de infortunio. Decidido a tomar las cosas por el buen lado, pues goza el optimismo de la salud, lleva su mejor caballo y sus prendas más valiosas.
Yo llevé un moro de número, [59] ¡Sobresaliente el matucho! Con él gané en Ayacucho [60] Más plata que agua bendita. Siempre el gaucho necesita Un pingo pa fiarle un pucho.
La enumeración de las prendas de ensillar, ofrece el habitual resumen sintético. Todo en una estrofa:
No me faltaba una guasca, Esa ocasión eché el resto: Bozal, maniador, cabresto, Lazo, bolas y manea... El que hoy tan pobre me vea Tal vez no crerá todo esto.
Ansí en mi moro, escarciando, Enderecé a la frontera. Aparcero, si usté viera Lo que se llama cantón... Ni envidia tengo al ratón En aquella ratonera.
De los pobres que allí había A ninguno lo largaron; Los más viejos resongaron, Pero a uno que se quejó, En seguida lo estaquiaron Y la cosa se acabó.
En la lista de la tarde El Jefe nos cantó el punto, Diciendo "quinientos juntos [61] Llevará el que se resierte; Lo haremos pitar del juerte, Más bien dése por dijunto".
La vida no puede ser peor, dados la miseria y los duros trabajos en que los superiores emplean a la soldadesca para su beneficio personal. Las tribus encorajadas por la incapacidad de semejante tropa, invadían a su gusto, con saña feroz, cabalgando a vigor desde sus aduares aquellos guerreros cuyo tipo revive en dos estrofas con épica grandeza:
Tiemblan las carnes al verlo, Volando al viento la cerda; La rienda en la mano izquierda Y la lanza en la derecha; Ande enderieza abre brecha Pues no hay lanzaso que pierda.
Hace trotiadas tremendas Dende el fondo del disierto; Ansí llega medio muerto De hambre, de sé y de fatiga; Pero el indio es una hormiga Que día y noche está dispierto.
El miedo al indio, era el demonio de la pampa. Osamentas y ruinas formaban su siniestro cuadro, señalando con toda suerte de horrores el paso de la horda. Untados con enjundia de ñandú o de potro, para mejor resistir la intemperie y el hambre, venían clamoreando su alarido aterrador, fétidos y cerdudos los guerreros salvajes. No llevaban más provisiones que la raíz sialagoga del Nim-Nim [62] para templar la sed de sus marchas forzadas y colgado por ahí, algún hueso rico en tuétano. Los más valerosos tatuábanse para hacerse cara feroz o blasonar linaje, con listas rojas, negras y azules, a veces ribeteadas de blanco. Aunque el taparrabo solía ser su único traje de guerra, algunos llevaban casco y chaquetón de cuero crudo: procedían de Chile, siendo los más renombrados para herir de lanza. Ésta, larga hasta de seis varas como la pica de Ayax; la bola perdida, terrible proyectil despedido al revoleo, y el facón o el machete, constituían su armamento. Su olor y su grito, espantaban a los caballos del cristiano. Los suyos dejábanse montar por la derecha solamente; pues a semejanza de la tropa romana, así subían aquellos indios, obligados por la lanza en la cual apoyábanse para saltar. De ahí procedía la leyenda en cuya virtud dichos animales sólo al indio obedecían. Famosos eran esos corceles del desierto, con sus narices sajadas para que absorbiesen más aire en la carrera, sus corvejones hechos al fatigoso desmenuzamiento del médano, su docilidad al grito y a la pernada. En el regreso triunfal, sus ancas lucían por gualdrapa la casulla del cura o el mantón de espumilla de las mozas reservadas para los serrallos, donde imperaba, lascivo y brutal, el cacique de la lanza formidable. La arandela de plumas que esta arma solía tener, hallábase substituída en ocasiones por rizos de pelo rubio...
¿Y qué hacía el bárbaro, por último, con las cautivas cuya escapatoria recelaba, sino descarnarles las plantas de los pies, tornando la llaga en cepo? Durante la paz, vivía borracho con el aguardiente de las pulperías saqueadas. Todo su trabajo reducíase a ejercitar el caballo de combate, bolear por esparcimiento tal cual guanaco o ñandú, y ejecutar al amanecer, ante la puerta del toldo, su dura esgrima de lanza. Después, mandaba degollar una yegua; y en la misma herida caudal, desayunábase con largo trago de sangre.
Un episodio de guerra anima aquellos recuerdos en página magnífica. Toda ella, así como el lance singular que la termina, está llena de naturalidad, de viveza, de movimiento, revelando con desusado interés, la verdadera estructura del combate, que el individuo sólo percibe en conjunto, al comienzo, para no recordar, después, más que su propio caso. Como todos los valientes, nuestro gaucho experimenta la impresión del miedo y no la oculta, pues sabe que esto es inaceptable fanfarronada. Así el Héctor homérico, prototipo de bravos. El enemigo es, por otra parte, digno de él, y no le ahorra alabanzas.
Una vez entre otras muchas, Tanto salir al botón, Nos pegaron un malón Los indios, y una lanciada, Que la gente acobardada Quedó dende esa ocasión.
Habían estao escondidos, Aguaitando atrás de un cerro. ¡Lo viera a su amigo Fierro Aflojar como un blandito! Salieron como maiz frito En cuanto sonó un cencerro.
Al punto nos dispusimos, Aunque ellos eran bastantes; La formamos al instante Nuestra gente que era poca, Y golpiándose en la boca Hicieron fila adelante.
Se vinieron en tropel, Haciendo temblar la tierra. No soy manco pa la guerra, Pero tuve mi jabón, Pues iba en un redomón Que había boliao en la sierra.
¡Qué vocerío, qué barullo, Qué apurar esa carrera! La indiada todita entera Dando alaridos cargó. Jué pucha!... y ya nos sacó Como yeguada matrera.
Es de almirar la baquía Con que la lanza manejan; De perseguir nunca dejan Y nos traiban apretaos. Si queríamos de apuraos Salimos por las orejas.
Y para mejor de la fiesta, En esa aflición tan suma, Vino un indio echando espuma Y con la lanza en la mano, Gritando "Acabau cristiano, Metau el lanza hasta el pluma".
Tendido en el costillar, Cimbrando por sobre el brazo Una lanza como un lazo, Me atropelló dando gritos; Si me descuido... el maldito Me levanta de un lanzazo.
Si me atribulo o me encojo, Siguro que no me escapo; Siempre he sido medio guapo, Pero en aquella ocasión, Me hacía bulla el corazón Como la garganta al sapo.
Dios le perdone al salvaje Las ganas que me tenía... Desaté las tres marías Y lo engatusé a cabriolas. Pucha!... si no traigo bolas, Me achura el indio ese día.
Era el hijo de un cacique Sigun yo lo avirigüé; La verdá del caso jué Que me tuvo apuradazo, Hasta que al fin de un bolazo Del caballo lo bajé.
Ahi no más me tiré al suelo Y lo pisé en las paletas; Empezó a hacer morisquetas Y a mezquinar la garganta... Pero yo hice la obra santa De hacerlo estirar la jeta.
Allí quedó de mojón Y en su caballo salté; De la indiada disparé, Pues si me alcanza me mata, Y al fin me les escapé Con el hilo de una pata.
La miseria continúa haciendo estragos, hasta que un doble episodio de iniquidad, decide la fuga del protagonista. El cantinero del fortín, asociado con el coronel, explotaba vilmente a la soldadesca. Véase con qué malicia socarrona, con qué viril menosprecio de la trapacería, refiere el gaucho su percance. Reir de la mala suerte, vengándose de los enemigos despreciables con la ironía, es también una condición de los bravos.
Nos tenía apuntaos a todos, Con más cuentas que un rosario, Cuando se anunció un salario Que iban a dar, o un socorro; Pero sabe Dios qué zorro Se lo comió al comisario.
Pues nunca lo ví llegar; Y al cabo de muchos días, En la mesma pulpería Dieron una buena cuenta, Que la gente muy contenta, De tan pobre recebía.
Sacaron unos sus prendas Que las tenían empeñadas; Por sus diudas atrasadas Dieron otros el dinero; Al fin de fiesta el pulpero Se quedó con la mascada.
Yo me arrecosté a un horcón, Dando tiempo a que pagaran; Y poniendo güeña cara Estuve haciéndome el pollo, A esperar que me llamaran Para recebir mi bollo.
Pero ahí me pude quedar Pegao pa siempre al horcón; Ya era casi la oración Y ninguno me llamaba; La cosa se me ñublaba Y me dentró comezón.
Pa sacarme el entripao, Ví al Mayor y lo fí a hablar; Yo me le empecé a atracar, Y como con poca gana, Le dije—Tal vez mañana Acabarán de pagar...
—Qué mañana ni otro día, Al punto me contestó; La paga ya se acabó, Siempre has de ser animal. Me raí, y le dije—Yo... No hi recebido ni un rial.
Se le pusieron los ojos Que se le querían salir; Y ahí no más volvió a decir Comiendomé con la vista: —Y que querés recebir Si no has dentrao en la lista?
Después de un sumario perfectamente inútil, las cosas quedan así.
Yo andaba desesperao, Aguardando una ocasión Que los indios un malón Nos dieran, y entre el estrago, Hacermelés cimarrón Y volverme pa mi pago.
Y pa mejor, una noche Qué estaquiada me pegaron; Casi me descoyuntaron Por motivo de una gresca; Ahijuna!...si me estiraron Lo mesmo que guasca fresca!
Jamás me puedo olvidar Lo que esa vez me pasó; Dentrando una noche yo Al fortín, un enganchao Que estaba medio mamao, Allí me desconoció.
Era un gringo tan bozal, Que nada se le entendía; ¡Quién sabe de ande sería! Tal vez no juera cristiano; Pues lo único que decía Es que era pa-po-litano.
Estaba de centinela, Y por causa del peludo, Verme más claro no pudo Y esa jué la culpa toda; El bruto se asustó al ñudo, Y fí el pavo de la boda.
Cuando me vido acercar, "¡Quen vívore..." preguntó. "Qué vívoras"dije yo; "¡Haga arto!" me pegó el grito: Y yo dije despacito "Más lagarto serás vos".
Ahi no más, Cristo me valga, Rastrillar el jusil siento; Me agaché, y en el momento El bruto me largó un chumbo; Mamao, me tiró sin rumbo, Que si no, no cuento el cuento.
Por de contao, con el tiro Se alborotó el avispero; Los oficiales salieron Y se empezó la junción; Quedó en su puesto el nación Y yo fí al estaquiadero.
Entre cuatro bayonetas Me tendieron en el suelo; Vino el Mayor medio en pedo. Y allí se puso a gritar: —Pícaro, te he de enseñar A andar reclamando sueldos.
De las manos y las patas Me ataron cuatro cinchones; Les aguanté los tirones, Sin que ni un ay se me oyera, Y al gringo, la noche entera Lo harté con mis maldiciones.
Yo no sé pa qué el gobierno Nos manda aquí a la frontera, Gringada que ni siquiera Se sabe atracar a un pingo; ¡Si crerá al mandar un gringo Que nos manda alguna fiera!
No hacen más que dar trabajo, Pues no saben ni ensillar; No sirven ni pa carniar, Y yo he visto muchas veces, Que ni voltiadas las reses Se les querían arrimar.
Y lo pasan sus mercedes Lengüetiando pico a pico, Hasta que viene un milico A servirles el asao; Y, eso sí, en lo delicaos Parecen hijos de rico.
La caricatura es de mano maestra; y así en este desahogo natural del resentimiento, como en la alusión a los sueldos que constituye el réspice del Mayor, la sorna gauchesca caracteriza sus tipos con estupenda eficacia. Son ellos mismos quienes se ponen en ridículo, según el procedimiento cómico que el cuento picarezco enseñó con verdadera gracia artística a la novela y a la comedia de costumbres.
Hemos visto alternar hasta ahora la lírica con la sátira, el drama con el sainete. La tragedia va a presentarse, pues este cuadro de la vida integral resume todos los aspectos de la naturaleza y del espíritu:
Una noche que riunidos Estaban en la carpeta, Empinando una limeta El Jefe y el Juez de Paz, Yo no quise aguardar más, Y me hice humo en un sotreta.
Volvía al cabo de tres años De tanto sufrir al ñudo, Resertor, pobre y desnudo, A procurar suerte nueva, Y lo mesmo que el peludo Enderecé pa mi cueva.
No hallé ni rastro del rancho, Sólo estaba la tapera; Por Cristo, si aquello era Pa enlutar el corazón: Yo juré en esa ocasión Ser más malo que una fiera.
¡Quién no sentirá lo mesmo Cuando ansí padece tanto! Puedo asigurar que el llanto Como una mujer largué. Ay mi Dios, si me quedé Más triste que Jueves Santo!
Sólo se oiban los aullidos De un gato que se salvó; El pobre se guareció Cerca, en una viscachera; Venía como si supiera Que estaba de güelta yo.
No tiene el dolor acentos más sinceros. Aquel valiente que llora como una mujer ante las ruinas de su rancho, mientras silba el viento entre el pajonal que invadió los caballones de la chacra abandonada; aquel gato, el animal fiel a la casa, que viene maullando bajito, como todos lo hemos oído en la tristeza de las taperas, son otros tantos rasgos supremos de artista. Y cuánta verdad al mismo tiempo! El gato es el animal casero por excelencia. Cuando la gente abandona el hogar, él se queda. Para no separarse de las ruinas, comparte con las alimañas del campo la cueva o el matorral. No bien siente que alguno llegó, acude quejumbroso y macilento, como a pedir limosna. Y así representa la desolación del hogar perdido, la aproximación de miserias que el dolor humano busca como una humilde fraternidad. Pero ningún poeta habíalo cantado hasta entonces, y éste es el mérito absolutamente original del nuestro.
Poeta más que nunca, él, tan sobrio en sus expresiones, dedica una estrofa entera a ese pobre gato. Es que éste debe sugerir al abandonado todas las dichas del hogar destruído: el chico que solía mimarlo; tal vez la madrina que se lo regaló; la esposa que se fastidiaba cuando revolvía, jugando, los ovillos del telar; el rescoldo casero ante el cual ronroneaba a compás con la olla...
El don de la poesía consiste en descubrir la relación de belleza que constituye la armonía de las cosas. Así nos da la comprensión del mundo; y tal como la ciencia infiere por una vértebra petrificada las especies extintas y el medio donde se desarrollaron, ella descubre las relaciones trascendentales de nuestro ser, que son estados de belleza y de verdad, en el encanto de una flor o en el apego del animal desvalido. Éste es otro procedimiento de Hernández que me precisaba describir. Como gran poeta que es, él no sabe de recursos literarios ni de lenguaje preceptivo. Su originalidad proviene de la sinceridad con que siente y comunica la belleza.
Véase, para continuar con nuestro asunto, esta expresión tan genuina del dolor paterno, que, naturalmente, nada sabe de literatura:
Los pobrecitos muchachos,
Entre tantas afliciones,
Se conchabaron de piones;
Mas que iban a trabajar,
Si eran como los pichones
Sin acabar de emplumar.
Así lamentamos, en efecto, la suerte de los hijos, tendiendo a considerarlos en nuestro afecto, criaturas siempre incapaces de vivir sin nosotros.
El símil de los pichones implumes, es la expresión más tierna y delicada de aquel corazón, ablandado por el dolor, como un nido.
Y la pobre mi mujer Dios sabe cuánto sufrió. Me dicen que se voló Con no sé qué gavilán, Sin duda a buscar el pan Que no podía darle yo.
De tal modo es clara su noción de justicia. El mismo golpe rudísimo de aquel adulterio que ni la deshonra le merma, no alcanza a suprimirla. Hombre ante todo, y por ello héroe más perfecto, no se le ocurre exigir, como a los apasionados de la tragedia preceptista, una fidelidad atroz. Compadece, por el contrario, a la infeliz, y ni siquiera le perdona, porque, en su miseria, no ha podido ofenderlo.
Qué más iba a hacer la pobre Para no morirse de hambre
añade luego en ese lenguaje vulgar del dolor, que salido directamente del corazón, constituye la suprema elocuencia. Eskilo en Los Persas, tiene dos soliloquios formados de puros ayes [63]. El estribillo del baile criollo denominado El Llanto, canta a su vez:
¡Ay, ay, ay, ay, ay! Dejame llorar, Que sólo llorando Remedio mi mal.
Entonces, cuando ese hombre tan generoso, tan bueno, tan valiente, tan justo que ni el máximo dolor altera su juicio, ni las peores miserias su buen humor, jura la venganza de tamaña iniquidad, comprendemos que tiene razón. La venganza confúndese con la justicia, y el protagonista, así engrandecido, va a ser el héroe que puesto de cara al destino, emprenderá por cuenta propia la tarea de asegurarse aquel bien, tomando por palestra el vasto mundo:
Más tamién en este juego Voy a pedir mi bolada; A naides le debo nada, Ni pido cuartel ni doy; Y ninguno dende hoy Ha de llevarme en la armada. [64]
Vamos suerte, vamos juntos Dende que juntos nacimos; Y ya que juntos vivimos Sin podernos dividir, Yo abriré con mi cuchillo El camino pa seguir.
La vagancia, a solas con el dolor, descompone su carácter. Una noche que ha caído a cierta diversión campestre, la embriaguez resultante de los muchos brindis, le da, "como nunca," por la provocación y la gresca. Las frases chocarreras viénenle una tras otra con la insistencia característica del ebrio. Pero oigamos de sus propios labios la relación de aquel duelo criollo:
Supe una vez por desgracia Que había un baile por allí, Y medio desesperao A ver la milonga juí.
Riunidos al pericón Tantos amigos hallé, Que alegre de verme entre ellos Esa noche me apedé.
Como nunca en la ocasión, Por peliar me dió la tranca, Y la emprendí con un negro Que trujo una negra en ancas.
Al ver llegar la morena Que no hacía caso de naides, Le dije con la mamúa —Vaca... yendo gente al baile.
La negra entendió la cosa, Y no tardó en contestarme Mirandomé como a perro, Más vaca será su madre.
Y dentró al baile muy tiesa, Con más cola que una zorra, Haciendo blanquiar los dientes Lo mesmo que mazamorra.
—Negra linda, dije yo. Me gusta... pa la carona. Y me puse a champurriar Esta coplita fregona:
A los blancos hizo Dios, A los mulatos San Pedro, Y a los negros hizo el diablo Para tizón del infierno.
Había estao juntando rabia El moreno dende ajuera; En lo escuro le brillaban Los ojos como linterna.
Lo conocí retobao, Me acerqué y le dije presto: Po...r...rudo que un hombre sea. Nunca se enoja por esto.
Corcobió el de los tamangos, Y creyendosé muy fijo, —Más porrudo serás vos, Gaucho rotoso, me dijo.
Y ya se me vino al humo, Como a buscarme la hebra, Y un golpe le acomodé Con el porrón de giñebra.
Ahi no más pegó el de hollín Más gruñidos que un chanchito, Y pelando un envenao Me atropelló dando gritos.
Pegué un brinco y abrí cancha Diciendolés: Caballeros Dejen venir ese toro, Sólo nací... sólo muero.
El negro, después del golpe, Se había el poncho refalao, Y dijo: Vas a saber Si es solo o acompañao.
Y mientras se arremangó, Yo me saqué las espuelas, Pues malicié que aquel tío No era de arriar con las riendas.
No hay cosa como el peligro Pa refrescar un mamao; Hasta la vista se aclara Por mucho que haiga chupao.
El negro me atropelló Como a quererme comer; Me hizo dos tiros seguidos, Y los dos le abarajé.
Yo tenía un facón con S [65] Que era de lima de acero; Le hice un tiro, lo quitó, Y vino ciego el moreno.
Y en el medio de las aspas [66] Un planazo le asenté, Que lo largué culebriando Lo mesmo que buscapié.
Le coloriaron las motas Con la sangre de la herida, Y volvió a venir jurioso Como una tigra parida.
Y ya me hizo relumbrar Por los ojos el cuchillo, Alcanzando con la punta A cortarme en un carrillo.
Me hirvió la sangre en las venas, Y me le afirmé al moreno, Dandolé de punta y hacha Pa dejar un diablo menos.
Por fin, en una topada, En el cuchillo lo alcé, Y como un saco de güesos Contra un cerco lo largué.
Tiró unas cuantas patadas Y ya cantó pa el carnero. Nunca me puedo olvidar De la agonía de aquel negro.
En esto la negra vino, Con los ojos como ají, Y empezó la pobre, allí, A bramar como una loba;
Yo quise darle una soba A ver si la hacía callar; Mas pude reflesionar Que era malo en aquel punto, Y por respeto al dijunto No la quise castigar.
Limpié el facón en los pastos, Desaté mi redomón, Monté despacio, y salí Al tranco pa el cañadón.
Después supe que al finao Ni siquiera lo velaron, Y retobao en un cuero, Sin resarle lo enterraron.
Y dicen que dende entonces, Cuando es la noche serena, Suele verse una luz mala Como de alma que anda en pena.
Yo tengo intención a veces, Para que no pene tanto, De sacar de allí los güesos Y echarlos al campo santo.
El cuadro es completo, sin una sola vacilación, a pesar de que ciertas expresiones parecen, desde luego, trivialidades de la impotencia o groserías procaces.
Negra linda, dije yo, Me gusta pa la carona.
Este voto comenta la preferencia que los gauchos daban al cuero negro de vaca o de caballo, para hacer caronas; resultando, así, una ocurrencia tan graciosa como pintoresca en su género.
Ahi no más pegó el de hollín Más gruñidos que un chanchito.
Los negros son gritones en la pelea, y su voz estridente parece guañir cuando se irritan; por esto, no por cargazón inútil, está citado el detalle; pues insisto en que todas las menciones del poema son exactas.
Corcobió el de los tamangos.
Este calzado rústico, hecho con los retales y sobras de los cueros, usábanlo, sobre todo, los negros, que eran los más pobres entre la gente de campaña.
He dicho ya que la caracterización por el pié es bien conocida de los elegantes. El conde Berenguer en el Romancero, califica de "mal calzados" a sus enemigos:
Pues que tales malcalzados me vencieron, etc. [67]
Verdad es que nuestro poeta no lo había dicho antes; pero él escribe para hombres enterados de las cosas, a quienes una simple mención—el negro—ha evocado la figura habitual.
Y con cuánta viveza de acción, con cuánta verdad de colorido, con qué abundancia de rasgos típicos, el lector acaba de verlo.
Yo tenía un facón con S, Que era de lima de acero; Le hice un tiro, lo quitó, Y vino ciego el moreno.
Parece que se viera la finta, y se oyera el breve choque del quite que hizo chispear los recazos. El tercer verso, o sea el que describe la acción, es instantáneo como un pestañeo.
La brutalidad del ebrio, está patente, porque es verdad, aun cuando resulte desfavorable al héroe, en ese intento de azotar a la negra para que dejase de llorar. Refrescado ya, es decir, cuando narra, él mismo la compadece, llamándola "la pobre". En aquel momento de rabia sanguinaria, predominaba el salvaje ancestral, para quien la mujer es solamente una hembra inferior.
El inmediato lance con un provocador entonado por la protección oficial, revela con qué arte se halla esto escrito en su aparente desgaire.
La descripción anterior, había adoptado la cuarteta, más breve y vivaz, a la vez que oportuna para evitar la monotonía [68]. Ahora, el poeta vuelve a su estrofa; mas, para no repetirse en un cuadro forzosamente análogo, sólo empleará dieciocho versos:
Se tiró al suelo al dentrar, Le dió un empellón a un vasco [69] Y me alargó un medio frasco Diciendo—Beba, cuñao. —Por su hermana, contesté, Que por la mía no hay cuidao.
—Ah, gaucho, me respondió, De qué pago será criollo! Lo andará buscando el hoyo? Deberá tener güen cuero? Pero ande bala este toro No bala ningún ternero.
Y ya salimos trensaos, Porque el hombre no era lerdo; Mas, como el tino no pierdo, Y soy medio ligerón, Lo dejé mostrando el sebo [70] De un revés con el facón.
Hemos presenciado el peculiar combate con los indios y el duelo campestre. La pelea decisiva con los gendarmes de campaña, ofrece mayor interés, quizá; pues lo curioso es que las situaciones semejantes, en vez de agotarlo, enriquecen el ingenio de este hombre. La vida del paladín es una sucesión de combates, y aquí está su enorme dificultad descriptiva. No conozco sino Cervantes que la haya vencido con desembarazo igual.
Con aquel nuevo delito, el gaucho aíslase más todavía. Sólo de tarde en tarde llega a las casas de su amistad. Durante la noche, duerme a medias en pleno campo, buscando las viscacheras para abrigarse los pies en su hueco, mientras con el resto del cuerpo afuera, la playita circundante, despejada por los roedores, da campo a su visión y tabla sonora a su oído.
Me encontraba, como digo, En aquella soledá, Entre tanta escuridá, Echando al viento mis quejas, Cuando el grito del chajá Me hizo parar las orejas.
Obsérvese la sugestión de noche en el desierto, de congoja insomne y de triste desamparo que inspiran los cuatro primeros versos:
Me encontraba......... En aquella soledá, Entre tanta escuridá, Echando al viento mis quejas...
Esos momentos de purificación al rigor de la propia amargura, son, como la música triste, predisponentes de heroísmo.
Así atento, como el caballo con las orejas empinadas, según su exacto símil, el gaucho pronto conoce que vienen en su busca. El apronte para combatir, está narrado en una sola estrofa que describe con admirable precisión todos los movimientos del caso. Su vivacidad es tal, que recuerda la expresión de una pantomima:
Me refalé las espuelas Para no peliar con grillos; Me arremangué el calzoncillo Y me ajusté bien la faja, Y en una mata de paja Probé el filo del cuchillo.
Y luego, la lucha, de cuya descripción tomaré estos episodios:
Me juí reculando en falso Y el poncho adelante eché, Y cuanto le puso el pié Uno medio chapetón, De pronto le dí el tirón Y de espaldas lo largué.
Pegué un brinco y entre todos Sin miedo me entreveré; Hecho ovillo me quedé Y ya me cargó una yunta, Y por el suelo la punta De mi facón les jugué.
El más engolosinao Se me apió con un hachazo; Se lo quité con el brazo, De no, me mata los piojos; Y antes de que diera un paso Le eché tierra en los dos ojos.
Y mientras se sacudía Refregandosé la vista, Yo me le juí como lista Y ahí no más me le afirmé, Diciendolé ¡Dios te asista! Y de un revés lo voltié.
Por lo mismo que es valeroso, no oculta su miedo:
Por suerte, en aquel momento Venía coloriando l'alba; Y yo dije, si me salva La Virgen en este apuro, En adelante le juro Ser más güeno que una malva.
Entonces interviene Cruz, como dije más arriba. La amistad que sellan con numerosos tragos al porrón confortante, inspira a aquél la narración de su vida. La introducción de esta historia es un soberbio reto al destino:
Amigazo, pa sufrir Han nacido los varones: Estas son las ocasiones De mostrarse el hombre juerte, Hasta que venga la muerte Y lo agarre a coscorrones.
A mí no me matan penas, Mientras tenga el cuero sano; Venga el sol en el verano, Y la escarcha en el invierno. Si este mundo es un infierno ¿Por qué aflijirse el cristiano?
La narración de la pelea, ha concluído, entretanto, con un rasgo épico que podríamos llamar de familia, tan característico es él en la epopeya caballeresca.
Yo junté las osamentas, Me hinqué y les recé un Bendito, Hice una cruz de un palito Y pedí a mi Dios clemente, Me perdonara el delito De haber muerto tanta gente.
En el antiquísimo poema Gualterio de Aquitania, que remonta probablemente al siglo IX, el héroe procede lo mismo con los cadáveres de diez campeones que lo atacaron. Después de reunirlos y llorar sobre su triste suerte, agradece a Dios la protección que le ha prestado, y le ruega que un día le haga encontrar aquellos héroes en el cielo.
Ignoro si Hernández conocía este poema, aunque supongo que nó. No eran éstas sus lecturas habituales, ni solían ellas figurar en la erudición de sus contemporáneos; pero, aunque así hubiera sucedido, el hecho de cuadrar tan bien aquel rasgo a su protagonista, demuestra la naturaleza épica de la composición, así como el espíritu caballeresco del gaucho. Éste era, como he dicho, un paladín, hasta en sus detalles más típicos. Así, el ya mencionado relato de Cruz, formula los habituales conceptos caballerescos, en aquél su altivo menosprecio a la adversidad.
El estoicismo de ese otro empecatado, anima todo el poema. Tal vemos en la segunda parte:
La junción de los abrazos, De los llantos y los besos, Se deja pa las mujeres Como que entienden el juego. Pero el hombre que compriende Que todos hacen lo mesmo, En público canta y baila, Abraza y llora en secreto.
He aquí el fundamento heroico de la urbanidad, que el bushido japonés, el más perfecto código del honor, ha corporificado en esa discreta florecida de la sonrisa, ante la cual retraen sus garras todas las fieras interiores: supremo resultado de aquel arte de la vida que los griegos practicaron a su vez, y que impone a todos los actos el deber de belleza, como una delicada consideración hacia nuestros semejantes.
Al mismo tiempo, el buen humor inagotable de aquella poesía que nunca deja prolongarse las miserias y los dolores, como en natural reacción de salud, anima todo el relato salpicándolo de incidentes cómicos. Su naturalidad es tal, que el narrador se contradice en sus apreciaciones, según la diversa índole de sus recuerdos, exactamente como pasa en la conversación habitual.
Comentando su felicidad perdida, al lado de la mujer que amaba, hace Cruz estas reflexiones:
Quién es de una alma tan dura Que no quiera una mujer! Lo alivia en su padecer Si no sale calavera; Es la mejor compañera Que el hombre puede tener.
Si es güena, no lo abandona Cuando lo vé disgraciao; Lo asiste con su cuidao Y con afán cariñoso, Y usté tal vez ni un rebozo Ni una pollera le ha dao.
Y cien versos más allá, cuando ha concluído de narrar su infiel desvío:
Cuando la mula recula, Señal que quiere cociar; Ansí se suele portar, Aunque ella lo disimula: Recula como la mula La mujer para olvidar.
Las mujeres, dende entonces, Conocí a todas en una. Ya no he de probar fortuna Con carta tan conocida: Mujer y perra parida, No se me atraca ninguna.
El proyecto de emigrar a tierra de indios y la ejecución consiguiente, cierra esta primera parte del poema con rasgos épicos de la mejor ley. Las penurias que pasarán ambos gauchos en el desierto, son, para sus almas decididas, pretexto de viriles jactancias.
Si hemos de salvar o nó, De esto naide nos responde. Derecho ande el sol se esconde, Tierra adentro hay que tirar;
Algún día hemos de llegar... Después sabremos a donde.
Cuando se anda en el disierto Se come uno hasta las colas. [71] Lo han cruzao mujeres solas Llegando al fin con salú, Y ha de ser gaucho el ñandú Que se escape de mis bolas.
Y cuando sin trapo alguno Nos haiga el tiempo dejao, Yo le pediré emprestao El cuero a cualquiera lobo, Y hago un poncho, si lo sobo, Mejor que poncho engomao.
Estas gallardas estrofas cuya desembarazada entereza conforta como un trago de vino, no excluyen la desolación inherente a tan desesperada aventura. La despedida a la civilización que esos dos perseguidos abandonan, está impregnada de tristeza viril.
Cruz y Fierro, de una estancia Una tropilla se arriaron; Por delante se la echaron Como criollos entendidos, Y pronto, sin ser sentidos, Por la frontera cruzaron.
Y cuando la habían pasao, Una madrugada clara, Le dijo Cruz que mirara Las últimas poblaciones, Y a Fierro dos lagrimones Le rodaron por la cara.
Un literato, habría elegido la hora crepuscular de la tarde; pero como se trataba de prófugos que iban arreando caballos ajenos, el viaje debía ser nocturno, determinando esto su entrada matinal a las tierras libres. Por otra parte, nada más triste y más poético a la vez que esas albas claras en el desierto; así como nada más acertado que ese adjetivo de apariencia trivial. El fenómeno de la claridad en la llanura solitaria, es, sin duda, lo único preciso; y dada la estrofa, resulta naturalmente el contraste necesario y sugestivo con aquel llanto que la abruma como una fárfara titilante sobre los ojos del cantor. Si en esa madrugada serena, cuando todavía no hay un alma viviente en los ranchos que así sugieren ausencia y abandono, encapuchados de paja como mendigos bajo su poncho viejo; si entonces, digo, cantó, como es seguro, el gallo matinal, fácilmente se infiere la desolación del cuadro. Quién no lo ha experimentado durante alguna trágica noche de vela, en la calma como submarina de la luna, o en esas albas donde parece suspirar aún la agonía de la sombra. El canto del gallo es, entonces, la expresión misma de la angustia y de la soledad.
Pero el desdén del efectismo, siquiera aprovechado cuando se presenta con naturalidad, está patente en la terminación del poema. Éste pudo concluir con mayor eficacia artística, en la estrofa citada; pero nó. El poeta no olvida su móvil benéfico; y prefiere rematarlo con tres sextinas más, que lo recuerdan sin mayor eficacia.
Este detalle, que subordina el éxito de la obra poética a su efecto útil, y la ausencia del amor, que sólo figura como elemento secundario, constituyen al poema en un vínculo actual con los primeros romances del ciclo caballeresco, o sean sus composiciones épicas por excelencia; determinando, además, la filiación directa de la nuestra con las análogas que florecieron en España.
La poesía castellana prefirió siempre, entre los diversos géneros de los trovadores, el romance religioso y guerrero, o sea la forma primitiva de las leyendas caballerescas, destinadas a exaltar las hazañas de los paladines. Aquellos hijos del Hércules progenitor, que en tiempo del paganismo, precisamente, fué un paladín de España, hallábanse todavía guerreando contra los infieles, cuando ya la amenaza que éstos comportaban, había desaparecido en el resto de la Europa meridional, dejando, así, el campo libre a una civilización más amable, en la cual predominó, naturalmente, la poesía del amor. Los temas heroicos siguieron, pues, siéndoles habituales; y sólo cuando el triunfo dióles la necesaria quietud, la poesía amatoria inspiró sus cantos. Pero, entonces, fué una importación italiana que únicamente los poetas eruditos cultivaron, y que no tuvo influencia alguna sobre el espíritu popular. Nuestro poema siguió el mismo camino. Su urdimbre fundamental, es también la guerra contra infieles. El amor, repito, comporta en él un detalle de expresión austera y trágica, como que no resulta sino una fuente de dolor. El encanto de la vida consiste para el paladín nacional, como para el Campeador de España, en el goce de la libertad.
Paladín, afirmo, porque este gaucho, a semejanza de las viejas espadas laboriosas, Belmung, Tizona y Durandal, lleva relumbrando bajo el rudo cuero que lo envuelve, aquel acero de su alma, donde lucen el aseo y la integridad, el temple y la firmeza, la intrepidez y la lealtad, alegremente relampagueados por el reflejo de su desnudez viril; pues con tales prendas formado, su carácter dió a la raza aquella perfecta encarnación de la poesía y de la equidad, que sobreponiéndose al destino en sublime paradoja, es decir, realizando otra hazaña romancesca, nos proporciona el encanto de vivir en la familiaridad del postrer caballero andante.
NOTAS: