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El Payador, Vol. I

IX La vuelta de Martín Fierro

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En su prólogo a la segunda parte del poema, dice Hernández que ella se llama La vuelta de Martín Fierro, porque este nombre le dió el público mucho antes de haber él pensado en escribirla. Es la historia de muchas segundas partes en los libros de aventuras que alcanzan la gran popularidad. Y la de Martín Fierro había sido enorme: once ediciones en seis años, con cuarenta y ocho mil ejemplares. Ningún libro argentino obtuvo antes ni después un éxito parecido; y ya he dicho que, al presente, sólo pueden comparársele las grandes tiradas de Europa donde se cuenta con millones de lectores.

Semejante revelación, a buen seguro inesperada, influyó por suerte nuestra en el ánimo del autor, y La vuelta de Martín Fierro completó de una manera definitiva su empresa.

La verdad es que él mismo no se había conformado con las despedidas eternas, diciendo al final de la primera parte:

Y siguiendo el fiel del rumbo Se entraron en el disierto; No sé si los habrán muerto, En alguna correría; Mas espero que algún día Sabré de ellos algo cierto.

Y Martín Fierro volvió, pero ya viejo y aleccionado por aventuras terribles. El poema iba a ser, ahora, una descripción en grandes cuadros, efectuada por diversos protagonistas, bien que con la misma vivacidad pintoresca y abundancia de poesía natural. Esto requería, desde luego, mayor extensión; pero como el interés y la variedad de dichos relatos son mucho mayores, apenas se nota aquella circunstancia.

Entretanto, el favor del público ha robustecido en el poeta la conciencia de su genio. El preludio revela, con estrofas que son vaticinios, este nuevo estado de ánimo:

Lo que pinta este pincel Ni el tiempo lo ha de borrar; Ninguno se ha de animar A corregirme la plana; No pinta quien tiene gana Sino quien sabe pintar.

Pero voy en mi camino Y nada me ladiará; He de decir la verdá, De naides soy adulón; Aquí no hay inmitación, Esto es pura realidá.

Y el que me quiera enmendar Mucho tiene que saber. Tiene mucho que aprender El que me sepa escuchar. Tiene mucho que rumiar El que me quiera entender.

Más que yo y cuantos me oigan, Más que las cosas que tratan, Más que lo que ellos relatan, Mis cantos han de durar. Mucho ha habido que mascar Para echar esta bravata.

Sabe que el dolor es la suprema garantía de eternidad en el corazón de los hombres, porque el hilo de lágrimas con el cual fecundamos para la vida superior nuestro mísero polvo, jamás se corta:

Brotan quejas de mi pecho, Brota un lamento sentido; Y es tanto lo que he sufrido Y males de tal tamaño, Que reto a todos los años A que traigan el olvido.

Esta solidaridad cordial, es la fuente de su poesía, y así lo resume diciendo con original ocurrencia poética:

Y empriestenmé su atención Si ansí me quieren honrar, De nó, tendré que callar, Pues el pájaro cantor Jamás se para a cantar En árbol que no da flor.

La nota picaresca termina el preludio con estos otros versos, en los cuales reconocemos aquel lenguaje que tan bien sabe aparejar la belleza del sentimiento a la intencionada burla del filósofo amable. Así, en la guitarra, la profundidad sorda de las cuerdas viriles, con el numeroso trino de los nervios delgados:

Dejenmé tomar un trago, Estas son otras cuarenta; [72] Mi garganta está sedienta, Y de esto no me abochorno, Pues el viejo, como el horno, Por la boca se calienta.

El argumento es, como siempre, sencillo: la lógica natural de la vida narrada.

Cruz ha muerto entre los indios, de una peste que los diezmó, encomendando a su amigo un hijo cuyo paradero ignora; pero, aun con esto, y no obstante la existencia horrible que la barbarie y la desconfianza de las tribus impuso a ambos gauchos, empezando por tenerlos separados durante dos años, la inercia del desierto, verdadera parálisis moral conocida de todos cuantos en él vivieron, retiene al protagonista. Sólo tres años después, obligado a matar un indio para salvar una cautiva, el peligro lo impulsa a huir con ésta. Así vuelve a su pago, donde en unas carreras a las que acudió por tomar lenguas, encuentra sus hijos. Éstos cuentan sus vidas de padecimiento y de miseria, y cuando han concluído, un mozo guitarrero que anda por ahí, pide a su vez autorización para narrar la suya. Resulta ser el hijo de Cruz, Picardía por sobrenombre. En esto, un negro payador interviene para lanzar el desafío característico. Martín Fierro acepta, y vence a su contricante; pero éste no ha buscado aquel lance, sino como una ocasión. Es el hermano menor de aquel negro a quien el gaucho mató en un jolgorio, y anda buscando venganza. Prontos ya para el combate ambos cantores, los demás consiguen separarlos. Entonces Fierro con sus dos hijos y Picardía, dirígense a la costa de un arroyo, donde pasarán la noche. Allá deciden mudar de nombre para borrar el pasado, y el poema concluye con una serie de consejos cantados a la luz de las estrellas por el gaucho ya anciano.

Hay más variedad de estructura en esta parte, conforme lo requería su mayor extensión; los episodios son también más abundantes, y ya he dicho que la verba poética conserva todo su encanto; pero los defectos son también más notables. La lección directa de moral, agrega su trivialidad inherente, al fastidio de largas series de estrofas sin colorido ni sabor. Así todo el canto XII destinado a narrar las penas del hijo mayor en la cárcel; así los ya citados consejos de Martín Fierro. Además de esto, Picardía repite con demasiada minuciosidad la descripción del fortín, que nada agrega al trozo análogo de la primera parte. Por el contrario, los detalles de la malversación de raciones que efectuaba la oficialidad, son excesivos y cargosos.

Después, los reparos literarios de la crítica, habían causado su habitual efecto. Hernández tuvo a ratos la preocupación de la belleza reglamentada que le predicaron. Hizo literatura de precepto y de epíteto, falseando la propiedad de expresión que es el mérito fundamental de sus personajes. Inútil agregar que ésos resultan siempre sus peores versos. Afortunadamente, aquellas lástimas no abundan; y el manantial genuino es tan abundoso, que arrebata todos los ripios en su corriente.

La tranquilidad de situación, la dicha del encuentro que es causa del cuádruple relato, dan predominio a la alegría. El elemento picaresco forma dos terceras partes de la narración.

Ello no quita que, al comienzo, la nota patética, alcanzando por momentos el tono de la más noble expresión, inspire el resumen prologal de las tristezas sufridas:

En la orilla de un arroyo, Solitario lo pasaba; En mil cosas cavilaba, Y a una güelta repentina, Se me hacía ver a mi china O escuchar que me llamaba.

Y las aguas serenitas Bebe el pingo trago a trago; Mientras sin ningún halago, Pasa uno hasta sin comer, Por pensar en su mujer, En sus hijos y en su pago.

Hay, efectivamente, una sugestión melancólica en ese curso del agua serena que parece ir deshilando nuestros pensamientos; en tanto el caballo acompasa con sus orejas los sorbos que vemos pasar uno a uno por el cuello tendido. Al lado suyo, con una pierna cruzada por descanso, el brazo izquierdo apoyado en la montura, las riendas flojas en la diestra, el caminante medita sus cosas tristes. En el claro silencio, algún pájaro que se detuvo a la brusca, blandeando el junco próximo, parece romperse en un grito, como si fuera de cristal. Y las improntas de los rastros, al ir llenándose de agua, recuerdan las copas inútiles que uno dejó sin apurar en el camino de la vida...

El poeta ha cantado así aquellas cosas de la tristeza:

Y al que le toca la herencia Donde quiera halla su ruina; Lo que la suerte destina No puede el hombre evitar, Porque el cardo ha de pinchar: Es que nace con espina.

Mas quien manda los pesares Manda también el consuelo. La luz que baja del cielo Alumbra al más encumbrao, Y hasta el pelo más delgao Hace su sombra en el suelo.

Pero por más que uno sufra Un rigor que lo atormente, No debe bajar la frente Nunca, por ningún motivo: El álamo es más altivo Y gime constantemente.

Dos cuadros de salvaje grandeza componen la narración del protagonista, resumiendo la vida de los bárbaros. El primero es la proclama que termina el parlamento donde se ha decidido una invasión:

Volvieron al parlamento A tratar de sus alianzas, O tal vez de las matanzas, Y conforme les detallo, Hicieron cerco a caballo Rescostandosé en las lanzas.

Dentra al centro un indio viejo Y allí a lengüetiar se larga; Quién sabe qué les encarga, Pero toda la riunión Lo escuchó con atención Lo menos tres horas largas.

Pegó al fin tres alaridos Y ya principia otra danza; Para mostrar su pujanza Y dar pruebas de jinete, Da riendas rayando el flete Y revoliando la lanza.

Recorre luego la fila, Frente a cada indio se para, Lo amenaza cara a cara, Y en su juria aquel maldito, Acompaña con su grito El cimbrar de la tacuara. [73]

Siguen luego los preparativos del malón:

Primero entierran las prendas En cuevas, como peludos; Y aquellos indios cerdudos Siempre llenos de recelos, En los caballos en pelos Se vienen medio desnudos.

Para pegar el malón El mejor flete procuran; Y como es su arma segura Vienen con la lanza sola, Y varios pares de bolas Atados a la centura.

De ese modo anda liviano, No fatiga el mancarrón; Es su espuela en el malón, Después de bien afilao, Un cuernito de venao Que se amarra en el garrón.

Caminan entre tiñeblas Con un cerco bien formao; Lo estrechan con gran cuidao, Y agarran, al aclarar, Ñanduces, gamas, venaos, Cuánto ha podido dentrar.

El baile de las chinas con que se festeja el regreso de la expedición, el relato de la peste, son también cosas épicas; pero veamos el episodio que motiva la fuga del protagonista.

Un día que se halla meditando como era su costumbre ante la tumba de Cruz, oye lamentos de mujer a lo lejos. Era una cautiva a quien maltrataba el amo feroz, atribuyéndole el hechizo de una cuñada. Ennoblecido por su propio dolor, el paladín no podía vacilar. Ante la mujer azotada y cubierta con la sangre de su hijito degollado por el salvaje para mayor tortura, el corazón del bravo recobra todo su brío. La narración de esta pelea, es sencillamente magnífica. Por su movimiento, sus incidentes, su grandeza trágica, las tres figuras de la mártir, del gaucho y del salvaje lacertoso y astuto, puede figurar entre los más bellos episodios de la épica. Aunque es el tercer combate singular del poema, resulta completamente distinto de los otros. Es también el más duro, dada la ferocidad del adversario:

Porque el indio era valiente: Usaba un collar de dientes De cristianos que él mató.

Obsérvese esta variante que evita la monotonía del episodio: en el combate análogo de la primera parte, Fierro se defiende con las bolas. Ahora es el indio quien maneja aquella arma cuya esgrima conocía, pues, el gaucho, hijo del desierto a su vez. Así, la descripción del tipo es completa hasta en sus menores detalles, sin que éstos resulten nunca excesivos. El ingenio del poeta corre parejas con su gallardía.

Se debe ser precavido Cuando el indio se agazape. En esa postura el tape [74] Vale por cuatro o por cinco. Como tigre es para el brinco. Y fácil que a uno lo atrape.

Peligro era atropellar Y era peligro juir; Y más peligro seguir Esperando de este modo, Pues otros podían venir Y carniarme allí entre todos.

Y como el tiempo pasaba Y aquel asunto me urgía, Viendo que él no se movía, Me juí medio de soslayo Como a agarrarle el caballo A ver si se me venía.

A la primer puñalada El pampa se hizo un ovillo; Era el salvaje más pillo Que he visto en mis correrías Y a más de las picardías Arisco para el cuchillo.

Me sucedió una desgracia En aquel percance amargo: En momentos que lo cargo Y que él reculando vá, Me enredé en el chiripá Y cai tirao largo a largo.

Ni por respeto al cuchillo Dejó el indio de apretarme; Allí pretende ultimarme Sin dejarme levantar, Y no me daba lugar Ni siquiera a enderezarme.

Bendito Dios poderoso, Quién te puede comprender, Cuando a una débil mujer Le diste en esa ocasión La juerza que en un varón Tal vez no pudiera haber.

Esa infeliz tan llorosa, Viendo el peligro se anima, Como una flecha se arrima Y olvidando su aflición, Le pegó al indio un tirón Que me lo sacó de encima.

Semejante episodio era común en las peleas campesinas. La intervención de la mujer acentuaba la índole caballeresca del combate. Éste continúa con mayor encarnizamiento cada vez. Mas, ahora, llega su turno al indio avieso:

Me hizo sonar las costillas De un bolazo aquel maldito; Y al tiempo que le dí un grito Y le dentro como bala, Pisa el indio y se refala En el cuerpo del chiquito.

En cuanto trastabilló, Más de firme lo cargué; Y aunque de nuevo hizo pié, Lo perdió aquella pisada, Pues en esa atropellada En dos partes lo corté.

Aquella esgrima de las bolas era desconcertante y terrible. Las tres piedras y las tres sogas servían a la vez, cubriendo ventajosamente la guardia. La bola más pequeña, o manija, asíala el guerrero con los dedos de su pié izquierdo desnudo. Una de las dos mayores, tensa en su cordel, manteníala con la mano izquierda a la altura de la cabeza. La tercera quedaba floja y colgando en la mano derecha, con lo que venía a ser el elemento activo del combate. Obligado a retreparse para aumentar la tensión de aquella cuerda, el indio acentuaba en su fiero talante la impresión del peligro. Ambas las manos combinaban sus movimientos para disparar el doble proyectil; y todavía, si se descuidaba el adversario, bastábale aflojar de golpe la manija, que, con la tensión, iba a dar en la pierna de aquél, descomponiendo su firmeza. Así, era difícil entrarle con el cuchillo, mientras no se lograra cortarle una de las sogas.

Era, precisamente, lo que había pasado antes del oportuno resbalón.

Y el desenlace de la lucha se precipita en estas estrofas cruzadas ya por el soplo de la agonía sangrienta y de la fatiga mortal, expresadas con vigor tremendo:

Lastimao en la cabeza La sangre lo enceguecía; De otra herida le salía Haciendo un charco ande estaba; Con los pies la chapaliaba Sin aflojar todavía.

Tres figuras imponentes Formábamos aquel terno: Ella en su dolor materno, Yo con la lengua de juera, Y el salvaje como fiera Disparada del infierno.

Iba conociendo el indio Que tocaban a degüello; Se le erizaba el cabello Y los ojos revolvía, Los labios se le perdían Cuando iba a tomar resuello.

Esa respiración anhelosa, que absorbe los labios como en un rictus de agonía, era el detalle más imponente de semejantes luchas. Quien ha presenciado el fenómeno, difícilmente lo olvidará: la expresión de la boca determina toda la fisonomía de la fiera.

Muerto el salvaje, era forzoso evitar con la fuga la venganza inexorable. El gaucho ofrece a la cautiva su cabalgadura; él se acomoda en la del enemigo, y entonces, como un himno de victoria, el elogio del caballo levanta el ánimo con soberbia digresión. A semejanza del árabe antepasado, la libertad que recobra parece corporificarse en un canto al primero de sus bienes y al mejor de sus cariños:

Yo me le senté al del pampa, Era un escuro tapao; Cuando me veo bien montao, De mis casillas me salgo, Y era un pingo como galgo Que sabía correr boliao.

Para correr en el campo No hallaba ningún tropiezo; Los ejercitan en eso, Y los ponen como luz: De dentrarle a un avestruz Y boliar bajo el pescuezo.

El pampa educa el caballo Como para un entrevero. Como rayo es de ligero En cuanto el indio lo toca, Y como trompo en la boca, Dá güeltas sobre de un cuero [75]

Lo varea en la madrugada, Jamás falta a este deber; Luego lo enseña a correr Entre fangos y guadales; Ansina esos animales Es cuánto se puede ver.

En el caballo de un pampa No hay peligro de rodar; Jué pucha... y pa disparar Es pingo que no se cansa; Con proligidá lo amansa Sin dejarlo corcobiar.

Pa quitarle las cosquillas, Con cuidao lo manosea; Horas enteras emplea, Y por fin, solo lo deja, Cuando agacha las orejas Y ya el potro ni cocea.

El animal yeguarizo, Perdonenmé esta alvertencia, Es de mucha conocencia Y tiene mucho sentido: Es animal consentido, Lo cautiva la pacencia.

Atraviesan el desierto, entre mil penurias, hasta alcanzar la seguridad en tierra de cristianos. Y aquí, bajo la trivialidad aparente de la narración, despunta uno de los rasgos más nobles de aquella poesía tan llena de puro sentimiento y de salud moral:

Ahi mesmo me despedí De mi infeliz compañera: "Me voy, le dije, ande quiera, "Aunque me agarre el gobierno, "Pues infierno por infierno, "Prefiero el de la frontera."

Cualquier romántico vulgar habría aprovechado el percance para una aventura amorosa, después de todo natural en aquel hombre afligido por un celibato de cinco años. Por pasividad gaucha y por gratitud, la mujer tampoco habría resistido. Pero la generosidad del paladín, ignora estas complicaciones pasionales. Ni una sombra de egoísmo empañará su buena acción. Ni siquiera en ósculos dolorosos sabría cobrar al débil el precio de su hazaña. Modelo de varón, su castidad, como el aseo de la espada, es la belleza de su fuerza.

Pasemos el canto XI, mero eslabón narrativo del encuentro con los hijos, así como el XII que narra los dolores del primero de aquéllos en la cárcel, para llegar cuanto antes a los siete siguientes, obra maestra de picardía gaucha en la cual es difícil decidir lo mejor, tal resulta de completa.

Pero, aun cuando el citado canto XII sea tan débil, ofrece una vez más la prueba, que no quiero desdeñar, de la propiedad perfecta, casi digo de la moralidad con la cual Hernández trató su tema. Obsérvase, efectivamente, mayor corrección, o mejor dicho, cultura que la habitual, así en el lenguaje como en las reflexiones del narrador. A primera vista, eso parece falso y desagrada. Después se nota que es una influencia del ambiente urbano, aun cuando haya sido en el presidio. Así puede comprobarlo cualquiera con los gauchos que salen de la cárcel: son, a no dudarlo, más ladinos. Sin contar lo que debe contribuir al indicado efecto, la concentración del alma en su triste soledad.

Volvamos al chisporroteo de la verba picaresca, en lo que sigue.

Trátase ante todo, de la tutela ejercida sobre el segundo hijo de Martín Fierro por el famoso viejo Viscacha, nuestro tipo proverbial por excelencia.

No es el caso de transcribir su retrato y sus consejos que todos sabemos de memoria, su enfermedad y su acción corruptora sobre el joven pupilo, a quien un juez bribón ha colocado bajo la férula de semejante zorrocloco, para usurpar a mansalva su mezquino haber.

Insistiré, apenas, sobre un detalle que demuestra la veracidad del poema, como resultado de una observación genial, equivalente, en el caso, a la más exacta conclusión científica.

La enfermedad del viejo empezó por un tubérculo axilar, para transformarse luego en la fiebre delirante que ocasionó su muerte. Ahora bien, el doctor don Arturo Ameghino, tuvo la bondad de precisar el diagnóstico que yo me sospechaba.

Es evidente que se trata de un tumor golondrino cuya infección hubo de convertirse en septicemia, propagada por el desaseo del sujeto y por el alcoholismo predisponente. Esta última circunstancia es la que determina el delirio típico, caracterizado por el acto de arañar las paredes y por las visiones terroríficas.

Mi fe inquebrantable en que todo cuanto dice el poema es verdad, habíame indicado el buen camino; pues el poeta verdaderamente digno de este nombre, todo lo sabe, desde que nace poseyendo el secreto de la vida. Una observación, para otros insignificante, enséñale las recónditas analogías que forman la trama oculta de los fenómenos; y así es como se adelanta a los resultados idénticos del análisis, más allá de su propia conciencia. Mientras los demás saben porque han estudiado, él siente, como un resultado de armonía, la ley trascendental en cuya virtud la vida obra.

La divertida descripción del inventario que practica el alcalde, patentiza una vez más el poder asombroso de aquel verbo, capaz de producir el más alto interés cómico con la enumeración de semejante congerie. Están todos los rasgos típicos del paisano ratero que corta las argollas de las cinchas y entierra las cabezas de los carneros robados, para ocultar, así, las señales denunciadoras de las orejas. El consabido episodio de vida rural anima aquella descripción, no bien puede resultar monótona. Véase cómo sobreviene esta disgresión, tan oportuna entre los comentarios sobre las trapacerías del viejo:

Se llevaba mal con todos, Era su costumbre vieja El mesturar las ovejas; Pues al hacer el aparte, Sacaba la mejor parte Y después venía con quejas.

Dios lo ampare al pobrecito, Dijo en seguida un tercero; Siempre robaba carneros, En eso tenía destreza: Enterraba las cabezas, Y después vendía los cueros.

Y qué costumbre tenía Cuando en el jogón estaba; Con el mate se agarraba Estando los piones juntos: Yo tallo, decía, y apunto, [76] Y a ninguno convidaba.

Si ensartaba algún asao, [77] Pobre, como si lo viese: Poco antes de que estuviese, Primero lo maldecía, Luego después lo escupía Para que naides comiese.

Quien le quitó esa costumbre De escupir el asador, Jué un mulato resertor Que andaba de amigo suyo; Un diablo muy peliador Que le llamaban Barullo.

Una noche que les hizo Como estaba acostumbrao, Se alzó el mulato, enojao, Y le gritó, viejo indino, Yo te he de enseñar, cochino, A echar saliva al asao.

Lo saltó por sobre el juego Con el cuchillo en la mano. ¡La pucha el pardo liviano! En la mesma atropellada Le largó una puñalada Que la quitó otro paisano.

Y ya caliente, Barullo, Quiso seguir la chacota; Se le había erizao la mota Lo que empezó la reyerta. El viejo ganó la puerta Y apeló a las de gaviota. [78]

Los tres versos finales de la penúltima estrofa, describen el movimiento vivísimo de tres personajes. La propia mímica de esa acción, sería menos expresiva. Por esto, la lectura del poema en los fogones rurales, causa el efecto de una representación teatral. Es de oir las interjecciones, las carcajadas que lo comentan. Y este sólo efecto de la lectura sobre aquellos iletrados, es ya una obra de civilización. Así, por medio de la filosofía y del arte, enseñó la lira antigua a los pastores bravíos el encanto del hogar y, consecutivamente, el bien de la patria.

Aquella verba cómica encuentra acto continuo nuevo pretexto en las penas de amor del muchacho abandonado que se prenda de una viuda desdeñosa, para entretenernos con inagotable gracia.

Es común en nuestras campañas que los gauchos jóvenes se casen con viudas ya provectas. El hijo de Martín Fierro adolece de la misma inclinación, y para libertarse de la ingrata, recurre a las brujerías de un adivino. La consabida farmacopea que ha de curar el cojijo amoroso, es otra obra maestra de ironía gaucha. Trátase de un verdadero esbozo de comedia moral, enderezada contra las supersticiones populares; pues los más grandes épicos jamás desdeñaron la oportunidad de criticar malas costumbres, si ella les salía al paso, al ser sus poemas síntesis prácticas de los tres principios cardinales: belleza, bien y verdad. Así el Dante, entre muchos pasajes análogos:

Tempo futuro...................

Nel qual sará in pergamo interdetto Alle sfacciate donne fiorentine L'andar mostrando con le poppe il petto.

Con profunda lógica de conjunto, que a la vez completa el esbozo cómico, el cura, uno de esos divertidos clérigos de campaña para quienes son diezmo pascual las gallinas gordas y las viudas de buen pellizcadero, interviene con decisiva eficacia:

Ansí me dejaba andar, Hasta que en una ocasión, El cura me echó un sermón Para curarme sin duda, Diciendo que aquella viuda Era hija de confisión.

Y me dijo estas palabras Que nunca las he olvidao: Has de saber que el finao Ordenó en su testamento Que naides de casamiento Le hablara en lo sucesivo, Y ella prestó juramento Mientras él estaba vivo.

Y es preciso que lo cumpla Porque ansí lo manda Dios; Es necesario que vos No la vuelvas a buscar, Porque si llega a faltar Se condenarán los dos.

Con semejante alvertencia Se completó mi redota; Le ví los pies a la sota, Y me le alejé a la viuda, Más curao que con la ruda Con los grillos y las motas.

Después me contó un amigo, Que al Juez le había dicho el cura Que yo era un cabeza dura Y que era un mozo perdido; Que me echara del partido Que no tenía compostura.

Y así anduvo vagando el infeliz, hasta que la casualidad le ocasionó el encuentro con su padre.

Análoga es la historia de Picardía, el hijo huérfano de Cruz.

Explotado por un patrón sin conciencia, fúgase con una compañía de volatines; en Santa Fe, encuentra unas tías que lo protejen; mas son tan beatas, que no tardan en acobardarlo con sus rezos; entonces vuélvese jugador, despoja de su pacotilla a cierto napolitano chamarilero y la intervención policial ocasionada por este episodio, inicia sus desventuras. Persíguenlo, mándanlo a la frontera, y de allá ha vuelto más desvalido que nunca.

Esta narración es, sobre todo, abundante en personajes típicos. Primero, el protagonista, muchachón despejado y crápula que conoce al dedillo todas las malas artes de vivir, desde la maroma hasta el naipe floreado, sin bien conserva un fondo intacto de moral en la salud de su propia alegría. De este modo, apenas la existencia le ofrece coyuntura favorable, arrepiéntese para hacer honor al nombre que sin saberlo llevaba. Después, la habitual caracterización en dos rasgos:

Un nápoles mercachifle, Que andaba con un arpista, Cayó también en la lista Sin dificultá ninguna: Lo agarré a la treinta y una Y le daba bola vista.

Los gringos buhoneros, solían acompañarse con uno de esos músicos ambulantes, para atraer clientela y jugar a medias en las pulperías. Ya dije, al tratar de la poesía gaucha, que ambos personajes, adecuados naturalmente a nuestro medio y nuestras costumbres, reproducían la clásica pareja provenzal y arábiga del trovador con su juglar. El arpista, generalmente santiagueño, era también un poco brujo: condición de juglar a su vez; soliendo contribuir no poco al prestigio de su profesión, la lengua quichua que en sus ensalmos usaba. El despojo del malaventurado comerciante, chispea de malicia gaucha:

Lo hubieran visto afligido Llorar por las chucherías: "Ma gañao con picardía", Decía el gringo y lagrimiaba, Mientras yo en un poncho alzaba Todita su merchería.

Ahí se presenta la policía, y esto forma un trozo que es necesario citar completo para gozar debidamente su refocilo:

Pero poco aproveché De fatura tan lucida: El diablo no se descuida, Y a mí me seguía la pista Un ñato muy enredista Que era oficial de partida.

Se me presentó a esigir La multa en que había incurrido: Que el juego estaba prohibido, Que iba a llevarme al cuartel... Tuve que partir con él Todo lo que había alquirido.

Empecé a tomarlo entre ojos Por esa albitrariedá. Yo había ganao, es verdá, Con recursos, eso sí; Pero él me ganaba a mí Fundao en su autoridá.

Decían que por un delito Mucho tiempo anduvo mal; Un amigo servicial Lo compuso con el juez, Y poco tiempo después Lo pusieron de oficial.

En recorrer el partido Continuamente se empleaba; Ningún malevo agarraba, Pero traiba en un carguero, Gallinas, pavos, corderos. Que por ahi recoletaba.

No se debía permitir El abuso a tal extremo. Mes a mes hacía lo mesmo, Y ansí decía el vecinario, "Este ñato perdulario Ha resucitao el diezmo".

La echaba de guitarrero Y hasta de concertador; Sentao en el mostrador Lo hallé una noche cantando, Y le dije, co...mo quiando Con ganas de oir un cantor...

Me echó el ñato una mirada Que me quiso devorar; Mas no dejó de cantar Y se hizo el desentendido, Pero ya había conocido Que no lo podía pasar.

Una tarde que me hallaba De visita, vino el ñato, Y para darle un mal rato Dije juerte:—Ñato...ribia No cebe con la agua tibia... Y me la entendió el mulato.

Era el todo en el jujao, Y como que se achocó, Ahi no más me contestó: —Cuando el caso se presiente, Te he de hacer tomar caliente, Y has de saber quen soy yo.

Por causa de una mujer Se enredó más la cuestión; Le tenía el ñato afición, Ella era mujer de ley, Moza con cuerpo de güey Muy blanda de corazón.

La hallé una vez de amasijo, Estaba hecha un embeleso; Y le dije—Me intereso En aliviar sus quehaceres, Y ansí, señora, si quiere, Yo le arrimaré los güesos [79].

Estaba el ñato presente Sentado como de adorno. Por evitar un trastorno Ella, al ver que se dijusta, Me contestó—Si usté gusta Arrímelos junto al horno.

Ahi se enredó la madeja Y su enemistó conmigo; Se declaró mi enemigo, Y por aquel cumplimiento, Ya solo buscó el momento De hacerme dar un castigo.

Me le escapé con trabajo En diversas ocasiones; Era de los adulones, Me puso mal con el juez, Hasta que, al fin, una vez Me agarró en las eleciones.

Ricuerdo que esa ocasión Andaban listas diversas; Las opiniones dispersas No se podían arreglar; Decían que el juez, por triunfar, Hacía cosas muy perversas.

Cuando se riunió la gente, Vino a proclamarla el ñato, Diciendo con aparato Que todo andaría muy mal, Si pretendía cada cual Votar por un candidato.

Y quiso al punto quitarme La lista que yo llevé; Mas yo se la mezquiné, Y ya me gritó—¡Anarquista! Has de votar por la lista Que ha mandao el Comiqué.

Me dió vergüenza de verme Tratado de esa manera; Y como si uno se altera, Ya no es fácil de que ablande, Le dije—Mande el que mande, Yo he de votar por quien quiera.

—En las carpetas de juego Y en la mesa eletoral, A todo hombre soy igual, Respeto al que me respeta; Pero el naipe y la boleta Naides me lo ha de tocar.

Ahi no más ya me cayó A sable la polecía; Aunque era una picardía, Me decidí a soportar, Y no los quise peliar Por no perderme ese día.

Esos ñatos representan todo un sistema en nuestra política rural. Mulatos leguleyos, con cuatro cerdas alazanas por bigote, pringado de cacarañas sudorosas el rostro donde la avería nasal estampa por definición el sello repugnante del calavera, quién no los ha visto pasar hamacándose en sus tordillos de paso, o con un gallo de pelea bajo la manga del guardapolvo, mientras la oreja baya provoca deslices con el señuelo de su clavel querendón.

Así también se pinta sólo el comandante que va encontrando en la renitencia política de los gauchos prendidos por su malandrín, pretexto para mandarlos a la frontera. Oficialote brutal, peludo, con los ojos abotagados de siesta borracha, su voz aguardentosa parece resoplar el calor de la mala entraña.

—Cuadrate, le dijo a un negro, Te estás haciendo el chiquito, Cuando sos el más maldito Que se encuentra en todo el pago. Un servicio es el que te hago Y por eso te remito.

A OTRO

Vos no cuidás tu familia Ni le das los menesteres; Visitás otras mujeres, Y es preciso, calavera, Que aprendás en la frontera A cumplir con tus deberes.

A OTRO

Vos también sos trabajoso; Cuando es preciso votar Hay que mandarte llamar Y siempre andás medio alzao; Sos un desubordinao Y yo te voy a filiar.

A OTRO

¿Cuánto tiempo hace que vos Andás en este partido? ¿Cuántas veces has venido A la citación del juez? No te he visto ni una vez, Has de ser algún perdido.

A OTRO

Éste es otro barullero Que pasa en la pulpería Predicando noche y día Y anarquizando a la gente. Irás en el contingente Por tamaña picardía.

A OTRO

Dende la anterior remesa Vos andás medio perdido; La autoridá no ha podido Jamás hacerte votar. Cuando te mandan llamar Te pasás a otro partido.

A OTRO

Vos siempre andás de florcita, No tenés renta ni oficio; No has hecho ningún servicio, No has votao ninguna vez, Marchá... para que dejés De andar haciendo perjuicio.

A OTRO

Dame vos tu papeleta [80] Yo te la voy a tener; Ésta queda en mi poder, Después la recogerás, Y ansí si te resertás Todos te pueden prender.

A OTRO

Vos porque sos ecetuao Ya te querés sulevar; No vinistes a votar Cuando hubieron eleciones, No te valdrán eseciones, Yo te voy a enderezar.

He dicho ya que la descripción del fortín donde fué a dar Picardía, es una mera redundancia; no obstante, hay en ella una silueta de oficial bribón que merece los honores de la cita:

De entonces en adelante, Algo logré mejorar, Pues supe hacerme lugar Al lado del ayudante.

El se daba muchos aires, Pasaba siempre leyendo, Decían que estaba aprendiendo Pa recebirse de flaire.

Aunque lo pifiaban tanto, Jamás lo ví dijustao. Tenía los ojos paraos Como los ojos de un santo.

Muy delicao, dormía en cuja [81] Y no sé porqué sería, La gente lo aborrecía Y le llamaban LA BRUJA.

Jamás hizo otro servicio Ni tuvo otras comisiones, Que recebir las raciones De víveres y de vicios.

Parientes del coronel o de algún personaje notorio, aquellos favoritos, temporalmente sustraídos a la protesta social por alguna sonada trapacería, eran los regalones del cuerpo donde procuraban restaurar, con la fama perdida, su agotamiento de calaveras. Mezcla de truhán y de seminarista, el tipo aquél parece salirse, literalmente, de las escasas redondillas donde la mano maestra lo ha clavado como un insecto, sin necesitar más que esos cuatro alfileres para revelarnos completa su anatomía.

Un breve romance sirve luego de introducción a la payada entre Martín Fierro y el negro. Obsérvese cómo sin perder nada de su estructura local, el idioma adquiere, naturalmente, la manera narrativa del antepasado español:

Esto cantó Picardía Y después guardó silencio. Mientras todos celebraban Con placer aquel encuentro. Mas una casualidá, Como que nunca anda lejos, Entre tanta gente blanca Llevó también a un moreno, Presumido de cantor Y que se tenía por güeno. Y como quien no hace nada, O se descuida de intento, Pues siempre es muy conocido Todo aquel que busca pleito, Se sentó con toda calma,

Echó mano al estrumento, Y ya le pegó un rajido [82] —Era fantástico el negro— Y para no dejar dudas Medio se compuso el pecho. Todo el mundo conoció La intención de aquel moreno: Era claro el desafío Dirigido a Martín Fierro, Hecho con toda arrogancia, De un modo muy altanero. Tomó Fierro la guitarra, Pues siempre se halla dispuesto, Y ansí cantaron los dos En medio de un gran silencio.

La payada es una composición muy desigual: dijérasela un resumen de todas las buenas y malas cualidades de nuestro poeta. Como lance filosófico, resulta en muchas partes forzado y lleno de violentas pretensiones literarias. Aunque el negro afirma que fué educado por un fraile, como suele, efectivamente, suceder, pues el servicio del cura es ocupación de negritos, su sabiduría nos resulta desplazada. En cambio, cuando los payadores hacen gala de sus conocimientos campestres, el asunto recobra todo su interés; las réplicas son oportunas y originales. Así el negro en su exordio:

Mi madre tuvo diez hijos, Los nueve muy rigulares; Tal vez por eso me ampare La Providencia divina: En los güevos de gallina El décimo es el más grande.

Y Fierro en su réplica final:

La madre echó diez al mundo, Lo que cualquiera no hace, Y tal vez de los diez pase Con iguales condiciones: La mulita pare nones Todos de la mesma clase.

O en otra parte:

Moreno, alvierto que tráis Bien dispuesta la garganta; Sos varón, y no me espanta Verte hacer esos primores: En los pájaros cantores Sólo el macho es el que canta.

A lo cual el negro contesta:

A los pájaros cantores Ninguno imitar pretiende; De un don que de otro depende Naides se debe alabar, Pues la urraca apriende a hablar, Pero sólo la hembra apriende.

Los temas propuestos, hállanse asimismo, llenos de grandeza épica; el canto del cielo, el canto de la tierra, el canto del mar. Adviértese que el poeta se ha engrandecido con su propio asunto; y aunque, dados los protagonistas, era sumamente difícil no incurrir en vulgaridad o amaneramiento, ideas y expresiones alcanzan con frecuencia el tono debido, sin dejar de ser enteramente gauchas. Para salvar esta dificultad, quizá la más grande en todo el poema, le basta con ser natural y veraz como de costumbre. Así evidencia, lo cual es un timbre de honor para nuestra raza, que el alma gaucha era capaz de concebir en los grandes fenómenos naturales una trascendencia filosófica, y conserva al género, directamente derivado de los trovadores, su inclinación característica.

Mas el estilo va desmayando a la par del asunto, como sucede en casi todas las composiciones análogas. Los consejos finales del cantor, recuerdan con desventaja aquellos otros del viejo Viscacha, tan llenos de observación pintoresca y de gracia proverbial. La moraleja es la debilidad de la fábula; y cuando nuestro poeta hace moral con palabras, no con actos, renuncia a la eficacia práctica del ejemplo que constituye todo el sistema docente en la materia, así como al don más característico de su estética. Pero este mismo defecto revela su sinceridad. Es que no se trata de una obra preceptuada, sino de un manantial que ha corrido a despecho de su propio creador. Sus sinuosidades, sus estancamientos, sus vueltas sobre sí mismo, su lodo y sus guijarros, su turbulencia y su claridad, hay que apreciarlos en conjunto, puesto que así constituyen su ser. La vida heroica de la raza, sintetizada en una grande empresa de justicia y de libertad, constituye su mérito y determina su excelsa clasificación. Pero ella no transcurre, naturalmente, sin dolores y sin miserias; es decir, sin los episodios ingratos que constituyen las piedras brutas sobre las cuales, arrastrándose, talla el arroyo su cristal. La limpieza del establo famoso, es también uno de los trabajos de Hércules. Los mismos númenes creadores coronan su obra primordial, construyendo un hombre de barro. Y nosotros somos ese limo, y nuestras lágrimas son aquella agua que se le escapa por los poros en divina clarificación. No achaquemos al arquitecto la vileza del material con que está obligado a construir. Él es, por el contrario, quien lo exalta, amoldándolo a la belleza prototípica que está en él, como están en el seno maternal la forma y el destino de la primera copa; ordenándolo con su ciencia nativa, elevándolo con el ímpetu de sus alas, del propio modo que la golondrina lleva un poco del barrizal a la cornisa de la torre.

NOTAS:

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