EL MOLINO SILENCIOSO
Reading edition
I
¿Desde cuándo lleva su nombre el «Molino silencioso»? No lo sé. Desde que lo conozco es un viejo edificio medio derruido, resto lastimoso de una época ya desaparecida.
Descascarados y sin techo, sus muros, que los años desmoronan, se alzan hacia el cielo dejando paso libre a todos los vientos. Dos grandes muelas redondas, que sin duda trabajaron valientemente en otro tiempo, han roto el armazón carcomido que las sostenía, y, arrastradas por su propio peso, se han hundido profundamente en el suelo.
La rueda grande permanece suspendida de través entre los dos soportes podridos. Las paletas han desaparecido; sólo los rayos se alzan todavía en el aire, como brazos que se tienden hacia el cielo para implorar el golpe de gracia.
El musgo y las algas lo han cubierto todo con un manto de verdor a través del cual el berro muestra sus hojas redondas, de palidez enfermiza. Un canal medio arruinado vierte dulcemente el agua, que cae gota a gota con un ruido cuya monotonía adormece, sobre los rayos de la rueda, que salta hecha polvo y que llena el aire de vapor húmedo.
Oculto bajo una capa de leños grises, el arroyo esparce un olor de agua corrompida. Todo lleno de algas y de hierbas, ha sido invadido por los pinos acuáticos y los juncos; en el medio solamente resalta un hilo de agua cenagosa y negra, en el que se columpia perezosamente la lenteja acuática, con sus hojas delicadas de color verde claro.
En otro tiempo, el arroyo del molino corría alegremente, la espuma brillaba blanca como la nieve a lo largo del dique, las ruedas enviaban hasta la aldea el ruido alegre de su tictac; y, en el patio, los carros iban y venían en largas filas, mientras resonaba a lo lejos la voz potente del viejo molinero.
Este se llamaba Felshammer; y bastaba verlo para comprender que merecía ese nombre[*]. Era todo un hombre. Tenía fuerzas de sobra para hacer saltar las rocas. Había que evitar con cuidado burlarse de él o contrariarlo, porque entonces montaba en ira, apretaba los puños, las venas de las sienes se le hinchaban como cuerdas; y, cuando se ponía a jurar, todo el mundo temblaba y hasta los perros huían.
[*] Fels, roca; Hammer, martillo; Felshammer, martillo para romper rocas, maza.—N. del T.
Su esposa era una mujer dulce, tranquila y sumisa. ¿Habría podido ser acaso de otro modo? Una criatura dotada de más vigor, que hubiera querido conservar nada más que un destello de voluntad personal, era algo que Felshammer no habría tolerado junto a él ni por veinticuatro horas. En condiciones tales hacían una vida soportable, casi feliz podría decirse, sólo turbada por aquella cólera fatal, que se encendía y arrojaba llamas por el menor motivo, y que daba a la pacífica mujer muchas horas de pesar.
Pero jamás vertió ella tantas lágrimas como el día que la desgracia se cernió sobre sus hijos. Habían nacido de esa unión tres vástagos, tres varones lindos y robustos. Los tres tenían los ojos azules y los cabellos rubios, y sobre todo «un par de puños que prometían mucho», como decía el padre con orgullo, aunque el más pequeño, que estaba todavía en la cuna, sólo podía aprovechar los suyos chupándolos.
Los dos mayores eran ya unos mocetones soberbios. ¡Qué altivez en la mirada cuando se plantaban, con las piernas abiertas, la cabeza echada para atrás, y las manos en los bolsillos de los calzones! Uno y otro parecían decir: «Soy el hijo de mi padre. ¡Venid, pues, a verlo!»
Todo el santo día estaban peleándose entre ellos, y el padre mismo era quien los excitaba. La madre, llena de inquietud, intervenía para restablecer la paz, pero se burlaban de ella.
La pobre temblaba sin cesar por sus terribles hijos, pues veía con espanto que los dos habían heredado el carácter irascible de su padre. Ya una vez había acudido en momentos en que Fritz, que tenía ocho años, se abalanzaba con un gran cuchillo de cocina en la mano, sobre su hermano, dos años mayor que él. Seis meses después llegó, en efecto, el día en que se justificaron sus tristes presentimientos.
Los dos muchachos se habían peleado en el patio, y Martín, el mayor, furioso al ver que Fritz era más fuerte, le tiró una piedra, hiriéndolo tan desgraciadamente en la parte posterior de la cabeza que lo hizo caer ensangrentado y sin habla.
Púdose sin gran trabajo restañar la sangre, y se cicatrizó la herida, pero el niño, nunca más recobró la palabra. Siguió inerte, indiferente para todo, tomando como un animal el alimento que le daban. Se había vuelto idiota.
Este fue un golpe terrible para la familia del molinero. La madre pasó noches enteras llorando; él también, el hombre activo y enérgico, anduvo vagando mucho tiempo, como perdido en un sueño. Pero el que recibió la impresión más profunda fue el autor del accidente. Ese muchacho tan altivo, tan turbulento, era casi otro, porque su arrogancia había desaparecido; se había hecho taciturno, reconcentrado en sí mismo, obedecía al pie de la letra las órdenes de su padre, evitaba toda vez que podía las miradas de sus condiscípulos. El cariño que profesaba a su desgraciado hermano era verdaderamente conmovedor. Estando en la casa, no lo abandonaba ni un instante. Se plegaba con una paciencia angelical a los hábitos del idiota, caído en la condición de bestia; aprendía a comprender los sonidos inarticulados que el enfermo dejaba oír, y lo miraba sonriendo cuando le rompía el juguete más preciado.
El idiota se acostumbró tanto a esa compañía que no quería pasarlo sin ella. Cuando Martín estaba en la escuela, gritaba sin descanso y habría preferido morir de hambre antes de aceptar el alimento de una mano que no fuese la de su compañero.
Durante tres años, el enfermo arrastró una existencia miserable: después cayó en cama y murió.
II
Su muerte habría debido parecer una liberación a todos los de la casa; sin embargo, hizo derramar lágrimas ardientes. Martín, sobre todo, parecía inconsolable. En los primeros tiempos, iba todos los días al cementerio; y a menudo era preciso alejarlo a la fuerza de la tumba. Pero poco a poco fue calmándose, y esta calma la debió ante todo a la compañía de Juan, su hermano menor, en el cual pareció querer depositar desde aquel día el amor infinito que había profesado a su víctima.
Mientras Fritz había vivido, Martín se había ocupado muy poco de Juan; parecía casi que consideraba entonces un crimen dar a otro la más pequeña parte de su corazón. Pero cuando la muerte arrebató al desgraciado, una necesidad irresistible lo inclinó hacia el más pequeño. Esperaba que su afecto a Juan llenaría quizás el hueco atroz que había dejado en él la muerte del otro; era preciso reparar beneficiando al hermano que quedaba, el mal que había hecho al que ya no existía.
Juan era entonces un lindo muchachito de cinco años, sabía ponerse ya los calzones, e iban a comprarle en la próxima feria el primer par de zapatos. Parecía no haber heredado nada de la rudeza y de la arrogancia paternales; participaba más bien de la dulzura y calma de su madre; se apegaba a ésta en su calidad de benjamín y era el ídolo de ella. Pero la madre no era la única persona que lo adoraba; todo el mundo lo mimaba... era la luz y la alegría de la casa.
Bastaba verle para amarlo. Sus largos cabellos de color rubio claro brillaban como rayos de sol, y en sus ojos límpidos y francos, que se iluminaban con una llama jovial para tomar en seguida una expresión soñadora y tranquila, había un mundo entero de ternura y de bondad.
Se unió desde entonces con verdadera pasión, al hermano que durante tanto tiempo lo había descuidado. Pero la diferencia de edad, pues se llevaban cerca de nueve años, no permitía que se estableciese entre ambos una amistad puramente fraternal. Martín estaba ya a punto de salir de la infancia; su expresión grave y reflexiva y su lenguaje precozmente serio lo acercaban ya al hombre hecho. Además, al año siguiente iba a hacer su entrada en la vida activa. ¿No era natural, pues, que emplease a veces en sus relaciones con su hermano un tono paternal? No se avergonzaba, sin embargo, de tomar parte en sus juegos infantiles; a menudo hacía pacientemente el caballo, y se dejaba conducir a través de los patios y de los campos. Pero siempre había en su conducta más indulgencia sonriente de maestro que alegría sencilla de camarada consciente de su superioridad.
El niño cariñoso y tierno se entregó con toda su alma a su hermano mayor. Le reconocía una autoridad absoluta, quizás en mayor medida que a su padre y a su madre, que no estaban tan cerca de su corazón infantil.
Cuando llegó el momento de ir a la escuela, encontró en Martín un guía cuya paciencia no se desmentía nunca, siempre dispuesto, cuando la tarea era demasiado pesada, a ayudarle con consejos y hasta de más eficaz manera. Entonces la veneración del pequeño a su hermano no conoció límites.
El viejo Felshammer era el único a quien esta amistad profunda no causaba gran alegría. «Eran demasiado empalagosos, se besuqueaban demasiado, habría sido mejor que pelearan como gatos; hubiera estado seguro entonces de que tenían su sangre y su carne.» En cambio, la dulce, la pacífica madre se sentía muy feliz. Todas las mañanas y todas las noches rogaba a Dios que protegiese a sus hijos y que no dejase despertar en Martín el fuego de la cólera. Al parecer, su súplica fue escuchada favorablemente. Martín no tuvo más que un acceso de furor; pero es cierto que salió del fondo mismo de su alma.
Juan tenía entonces nueve años. Un día estaba jugando con un látigo cerca de uno de los carros que estaban en el patio, adonde habían ido a cargar harina. Uno de los caballos se asustó de pronto, y el carretero, un borracho brutal, arrancó el látigo de las manos del niño y con él le cruzó a éste la cabeza y el cuello.
En el mismo instante, Martín, saltando fuera del molino, con las venas de la frente hinchadas y los puños apretados, cogió a su hermano por la garganta y se la apretó con tanta fuerza que la criatura se puso lívida. La madre, acudió entonces lanzando un horrible grito:
—¡Acuérdate de Fritz!—exclamó alzando las manos con un ademán de loca angustia.
Y el enfurecido muchacho, dejando caer sus brazos como si los hubiera atacado la parálisis, se retiró tambaleándose y se tumbó deshecho en lágrimas a la entrada del molino.
Desde ese día la cólera pareció extinguirse completamente en él; una vez lo insultaron en la calle, le pegaron, y sin embargo dejó quieto en el fondo de su bolsillo el cuchillo que los aldeanos de aquel lugar emplean de ordinario con gran facilidad.
III
Pasaron años... Martín acababa de llegar a la mayor edad cuando murió el molinero. Su mujer no tardó en seguirlo. No tenía consuelo desde la muerte de su esposo y se extinguió apaciblemente, sin una queja. Se hubiera dicho que no podía vivir sin las injurias con que su marido la había colmado diariamente durante veintitrés años.
Desde entonces los dos hermanos se quedaron solos en el molino. Nada extraño era que se uniesen más estrechamente aún, que tratasen de confundir sus existencias.
Sin embargo, se diferenciaban mucho en cuerpo y en alma. Martín era un mozo robusto, de espaldas cuadradas y cuello corto, que se deslizaba taciturno por entre las personas extrañas. Las cejas espesas que le caían sobre los ojos daban a su rostro un aspecto sombrío; las palabras salían penosamente de sus labios, como si el hecho solo de hablar hubiera sido para él una tortura; sin la franqueza y la profundidad de su mirada, sin la sonrisa bonachona que iluminaba a veces como un rayo de sol sus facciones duras y toscamente modeladas, se le habría tomado por un hombre odioso.
Juan era muy diferente. Dirigía con atrevimiento a todo el mundo sus miradas alegres; sobre sus labios se leía, en una risa perpetua, la indiferencia y la malicia. Su figura esbelta tenía todo el encanto de la juventud. No dejaban de notar esto las muchachas que le lanzaban al pasar miradas ardientes; y más de un confuso rubor, más de un apretón de manos expresivo, le decían: «Yo te amaría fácilmente». Juan no se cuidaba de esas cosas. No estaba aún maduro para el amor; prefería al salón de baile el ruido y movimiento del juego de bolos, a la amistad de Rosa o de Margarita la de su hermano, taciturno junto al parapeto de la esclusa.
Ambos, en una hora solemne, en medio de la paz de la noche se habían hecho la promesa de no separarse nunca y de no admitir junto a sí a una tercera persona, que llevaría el amor o el odio entre ellos.
No habían contado con el consejo real de revisión. Llegó el día en que Juan se vio obligado a hacer su servicio militar; tenía que ir muy lejos, a Berlín con los hulanos de la guardia. Ese fue para los dos un rudo golpe. Martín, como de costumbre, ocultó su pesar sin decir nada; Juan de naturaleza más animada manifestó un dolor inconsolable, hasta el punto de tener que sufrir, en el momento de la marcha, mil burlas de sus camaradas.
Pero su dolor no fue de larga duración. Las fatigas de los primeros ejercicios, el movimiento confuso de la capital, tan nuevo para él, no le dejaban lugar para abandonarse a sus ideas; solamente cuando estaba tendido sobre su catre, a la hora tranquila del crepúsculo, la melancolía y los recuerdos lo asaltaban con una violencia extraordinaria. Veía brillar entonces en la obscuridad, como un paraíso perdido, el molino en que había transcurrido su infancia y el tictac de las ruedas resonaba en su oído como un canto divino. Al sonar la diana se deshacía el encanto.
Martín era mucho más desgraciado en el molino, donde se había quedado completamente solo, pues no había que considerar compañeros suyos a los jornaleros y al viejo David, que su padre le había dejado al morir. Jamás había tenido amigos, ni en la aldea, ni en ninguna otra parte; Juan compendiaba para él todas las amistades. Silencioso y concentrado en sí mismo, vagaba al azar; su espíritu se obscureció cada vez más, se sumió en ideas tristes, y la melancolía acabó por rodearlo de tales sombras que el espectáculo de su víctima empezó a asediarlo. Tuvo bastante juicio para comprender que no podía seguir haciendo esa vida. Buscó entonces distracciones a toda costa; los domingos frecuentaba los bailes, iba a las aldeas vecinas, sobre todo para visitar a las gentes del oficio.
Resultó de esto que un buen día, al comienzo de su segundo año de servicio, Juan recibió de su hermano una carta concebida en estos términos:
«Mi querido hermano: Es preciso que te escriba aunque te incomodes conmigo. Me es imposible soportar por más tiempo la soledad, y he resuelto casarme. Mi prometida se llama Gertrudis Berling; es hija del propietario de un molino de viento de Lehnort, a dos leguas de nuestra casa. Es muy joven todavía y yo la quiero mucho. La boda se efectuará dentro de seis semanas. Si puedes, pide permiso para venir. Querido hermano, te suplico que no me guardes rencor. Sabes perfectamente que el molino será siempre tu hogar, haya o no en él, una mujer. La herencia de nuestro padre nos pertenece en común. Gertrudis te envía sus saludos. Una vez os encontrasteis los dos en la fiesta de los cazadores. Tú le gustaste mucho entonces, pero no te fijaste en ella absolutamente; y me ruega te diga que eso la contrarió bastante. Adiós. Tu fiel hermano.»
Juan era un niño mimado; para él, puesto que se casaba, Martín hacía traición al amor fraternal. A Juan le parecía que su hermano lo engañaba y cometía un atentado contra sus derechos inalienables. En el mismo lugar donde él había reinado hasta entonces como señor iba a instalarse una extraña, y su situación, en su propia casa, iba a depender de la generosidad y de la condescendencia de aquella mujer.
Las muestras de cariño que por adelantado le daba tan familiarmente la hija del molinero no lograron calmarlo ni hacerle olvidar su despecho. Cuando llegó el día de la boda no pidió permiso, y se contentó con enviar un saludo por medio de su antiguo condiscípulo Franz Maas, que justamente terminaba entonces su servicio.
IV
Seis meses más tarde, él también lo había terminado.
Bueno... ¿qué hizo Juan? Lleno de terquedad, no volvió a su pueblo; se fue primero a probar fortuna en tierras extrañas, viajando a diestro y siniestro por montes y por valles. Y después, al cabo de tres semanas, reconociendo que, a pesar de la presencia de la hija del molinero de Lehnort, la vida era mil veces más bella en el molino de Felshammer que en cualquier otra parte, emprendió alegremente el camino a su pueblo.
En un espléndido día de mayo, Juan hace su entrada en la aldea de Marienfeld.
El honrado Franz Maas, que durante el otoño último se ha establecido como panadero, está plantado delante de su tienda, con las piernas abiertas, mirando con complacencia como se balancean dulcemente las rosquillas de hojalata, arriba de su puerta, a impulsos de la brisa del mediodía. De pronto, ve un hulano que avanza cantando por el camino; lleva la gorra de cuartel echada atrás y sus espuelas resuenan. El panadero siente palpitar su corazón de reservista bajo su delantal blanco; se quita la pipa de la boca y, haciendo una bocina con la mano, exclama:
—¡Juan! ¡Es Juan, no hay duda!...
—¡Eh! ¡Camarada!
Y caen uno en brazos de otro.
—¿De dónde vienes en esta época del año? ¿Has desertado?
—¡Vaya!... ¡Qué ocurrencia!
Después empiezan las preguntas y las confidencias. El capitán, el cabo, el cantinero, la muchacha rubia de la panadería, a la derecha del cuartel, a quien llamaban «Magdalena panecillo»; no se olvida a nadie.
—¿Y tú? ¿Te han reconocido en la aldea?—pregunta Franz, cuya insaciable curiosidad se dirige entonces al suelo natal.
—¡Nadie!—dice Juan echándose a reír y retorciendo el bigote, cuyas puntas insolentes amenazan al cielo.
—¿Y en casa?
Juan toma entonces una expresión seria y tiende la mano a su camarada.
—¡Ah sí!... todavía tienes que ir allá. Eso debe hacerte tictac ahí dentro.
Y le da un golpecito en el pecho para cerciorarse. Una risa fugitiva pasa por los labios de Juan, que reprime en seguida un suspiro, como esforzándose por dominar una emoción.
Franz le pone la mano en el hombro:
—Vas a encontrar una linda cuñada...—dice haciendo un chasquido a la lengua y guiñando el ojo.
Juan, al oír estas palabras, siente despertar en él el despecho y la cólera. Se encoge de hombros con expresión desdeñosa, tiende otra vez la mano a su amigo y se aleja haciendo sonar las espuelas.
Tres minutos más de camino y llega al extremo de la aldea. Allá abajo está la iglesia, un poco desmoronada la pobre vieja. Pero las campanas hacen oír todavía la querida música que acarició sus tímpanos el día de la confirmación, como una promesa de ventura... A la izquierda, la posada... ¡mil truenos!... tiene una puerta cochera nueva tallada de piedra y en la ventana se ven enormes botellas llenas de líquidos de color rojo brillante y verde de arsénico. ¡Ha prosperado el posadero de «La Corona»!
Ese camino baja hacia el río... Y allá, en el fondo, aparece el molino, el objeto de sus sueños. ¡Cómo brilla el viejo techo de paja por arriba de los grupos de árboles! ¡cómo hacen resaltar los cerezos en flor su blancura de nieve en el jardín! ¡Cuán alegremente le grita el tictac de las ruedas! «¡Bien venido seas, bien venido seas!» ¡Qué dulce canción murmura la vieja y querida presa, cubierta de musgos verdes!
Echa más atrás aún su gorra de hulano y toma una actitud resuelta, pues quiere dominar su emoción a todo trance.
Los campos que se extienden a derecha e izquierda del camino pertenecen todos al molino. A la derecha hay centeno de invierno, como de costumbre; pero a la izquierda, donde se plantaban en otro tiempo las patatas, hay entonces una huerta en la que se alinean gravemente, en filas regulares, los espárragos y los tallos de remolacha.
A unos cinco pasos próximamente del seto aparece una figura femenina, de talle esbelto y formas juveniles, que, encorvada hacia la tierra, trabaja con ardor.
¿Quién será? ¿Pertenecerá al molino? Una nueva criada quizás. Pero no; tiene una figura demasiado elegante; sus zapatos son demasiado delicados, su delantal demasiado lujoso, y el pañuelo blanco que le cubre de un modo tan pintoresco es de tela demasiado fina para una criada. ¡Si no ocultase tanto el rostro!
¡Ah! levanta los ojos... ¡Mil truenos! ¡qué encantadora muchacha!... ¡Qué vivo color el de sus redondas mejillas! ¡qué brillo el de sus ojos negros! ¡cómo piden besos sus labios finamente dibujados!
Al verlo a su vez, ella deja caer la azada; después lo mira fijamente.
—Buenos días—dice el joven llevando la mano a su gorra con ademán un poco cohibido.—¿Sabe usted si el molinero está en casa?
—Sí, está en casa;—dice ella sin dejar de mirarlo.
«¿Qué diablos querrá contigo?» piensa el soldado tratando de vencer su timidez. Después de su estancia en Berlín, Juan tiene algunos motivos para considerarse un poco conquistador, y es para él una cuestión de honor aproximarse al seto y trabar conversación con la joven.
—¿Se trabaja?—pregunta, por decir algo.
Y, para disimular su turbación, se lleva la mano al bigote.
—Sí, se trabaja—repite ella maquinalmente, mirándolo siempre.
Después, de pronto tendiendo hacia él la mano y apartando los cinco dedos como si quisiera señalarlo con todos a la vez, dice en medio de una explosión de risa:
—Pero ¿no es usted Juan?
El balbucea:
—Sí... soy yo... ¿Y usted?
—Yo soy su mujer.
—¿Qué? ¿usted?... ¿la mujer de Martín?
Ella hace con la cabeza un signo afirmativo, adoptando una expresión de dignidad, mientras sus ojos se llenan de malicia.
—¡Pero si parece usted una muchacha soltera!
—No hace tanto tiempo que no lo soy—dice ella riendo.
Los dos, uno a cada lado del seto, se contemplan con curiosidad. Pero la joven reflexionando, se limpia ceremoniosamente en el delantal las sucias manos de tierra y las tiende a través del cercado.
—¡Bien venido sea usted, cuñado!
El coge las manos que le ofrecen, pero guarda silencio.
—¿Está usted acaso incomodado conmigo?—pregunta ella lanzándole una mirada maliciosa.
Juan se siente completamente desarmado frente a la joven y lo único que puede hacer es sonreír con expresión cohibida, diciendo:
—¿Yo... incomodado? ¿Por qué?
—¡Me parecía!
Y alzando el dedo con ademán de amenaza, la joven agrega:
—¡Oh! ¡Tendría que ver!...
Después, con la barbilla hundida en el cuello, deja oír una leve risa.
—Es usted muy graciosa—dice el militar un poco más sereno.
—¿Yo graciosa?... ¡de ningún modo! Continúe usted su camino; entretanto yo voy a atravesar rápidamente el huerto para avisar a Martín.
Iba a marcharse; de improviso se detiene pero se pone el índice sobre la nariz y dice:
—Espere; voy a pasar al otro lado para ir con usted.
Antes que el joven tenga tiempo de tenderle la mano para ayudarla, ella pasa, rápida como un lagarto, por entre las piedras del cerco.
—Ya estoy aquí—dice arreglando con la mano los pliegues de su falda.
Colócase en el cuello el pañuelo que tenía anudado en la cabeza, y sus cabellos rizados y en desorden, que caen sobre la frente y la nuca, se ponen a flotar al viento, felices por haber recobrado la libertad.
La mirada de Juan se detiene admirada sobre la belleza fresca y virginal de aquella joven, que tiene las maneras de una niña sencilla y traviesa. Ella sorprende esa mirada, y ruborizándose un poco echa para atrás los indomables bucles.
Caminan un instante en silencio, uno al lado del otro. La joven baja los ojos y sonríe, como si de pronto se hubiera apoderado de ella la timidez.
Franquean los dos la gran puerta cochera sin haber reanudado la conversación.
Juan mira a su alrededor y suelta un grito de admiración. No quiere creer en sus sentidos. Todo ha cambiado, todo está embellecido. El patio, que la lluvia en otro tiempo convertía en un horrible pantano y que durante el verano era un hoyo lleno de polvo, luce entonces un verde césped y parece una pradera cubierta de flores. Las puertas del granero y de las cuadras brillan con un hermoso color obscuro y tienen números pintados de blanco. En medio del patio se alza sobre la hierba un palomar artísticamente construido, que recuerda los chalets de la Suiza. Delante de la vivienda sube un emparrado nuevo, cubierto de pámpanos, que se entrelazan alrededor de las ventanas, brillando al sol, y que prometen un abundante follaje.
El molino aparece a sus ojos deslumbrados como un asilo donde reina la paz y la inocencia.
Impresionado cruza las manos y pregunta:
—¿Quién ha hecho esto?
Ella pasea su mirada por el contorno y guarda silencio.
—¿Usted?—pregunta el militar sorprendido.
—He contribuido un poco—responde la joven modestamente.
—¿Pero es usted la que ha tomado la iniciativa?
Ella sonríe. Esta sonrisa le da más años, esparce sobre su rostro de niña la gracia de la mujer.
—Benditas sean sus manos—dice el joven en voz baja y tímida, y con más gravedad que de costumbre.
No puede menos de acordarse de su madre muerta, que continuamente estaba quejándose del polvo insoportable y de que no hubiera en todo el patio el más pequeño sitio para descansar.
—¡Qué lástima que no pueda ver esto!—dice a media voz, siguiendo su pensamiento.
—¿La madre?—pregunta ella.
El, sorprendido, la mira. No ha dicho: «su madre»; esto le sorprende al principio y luego le causa una sensación de bienestar, como no la ha experimentado nunca en su vida. Se siente penetrado de un dulce calor que le invade el corazón y no quiere disiparse. Hay, pues, en el mundo, fuera de la familia, una mujer joven y bella que habla de la madre de él como de la suya propia, como si ella fuese una hermana, aquella hermana tan deseada en los años infantiles, cuando sus ojos se fijaban con admiración secreta en las muchachas de la aldea.
La joven repite dulcemente la pregunta.
—Sí... la madre—responde él dirigiéndole una mirada de reconocimiento.
Durante un segundo la joven sostiene esa mirada; después baja los párpados y dice, un poco turbada:
—¿Dónde estará Martín?
—En el molino, seguramente.
—¡Ah! sí en el molino;—confirma ella en seguida.
Y añade alejándose prestamente:
—Voy a buscarlo.
Maquinalmente casi, el militar sigue con los ojos la figura de la muchacha que atraviesa el patio con paso leve. Todo en ella flota y se agita: sus faldas, las cintas de su delantal, el pañuelo que rodea su cuello, la masa en desorden de sus rebeldes bucles.
Permanece así un instante, inmóvil, como fascinado, siguiéndola con los ojos; después menea la cabeza y se dirige hacia el emparrado. La primera cosa que le llama la atención es una mesita sobre la cual se ve una canastilla de paja para la labor. De esa canastilla sale un bordado comenzado, una larga tira blanca donde están trazadas hojas y flores como las que las mujeres emplean para adornar la ropa blanca. Sin saber lo que hace, coge la tira y sigue el trabajo complicado de los puntos, hasta el momento en que resuena en sus oídos la voz jovial de su cuñada. Bruscamente, como un niño cogido en falta, deja caer el bordado; la joven aparece en la esquina de la casa conduciendo alegremente a un hombre de aspecto rollizo, cubierto de harina, que trata de librarse con ademán torpe de las manitas que lo sujetan, y esparce a su alrededor densas nubes de polvo blanco. Ese hombre es... no cabe duda es...
—¡Martín! ¡querido Martín!
Y Juan se precipita para caer en sus brazos.
Los torpes miembros del otro se detienen en su movimiento, se arquean las espesas cejas y una sonrisa tranquila y bondadosa aparece en sus labios; nuestro hombre siente que recorre su cuerpo un estremecimiento, y da un paso atrás, tambaleándose, para lanzarse luego al encuentro del niño querido a quien, al fin, vuelve a ver.
Sin decir una palabra, los dos hermanos se abrazan tiernamente. Después, al cabo de un momento, Martín toma entre sus manos la cabeza del hijo pródigo; y, frunciendo las cejas con aire sombrío, mordiéndose el labio inferior, por largo tiempo clava en silencio sus miradas en los ojos brillantes y alegres del hermano.
Luego se sienta en el banco del emparrado; y, apoyando los codos sobre las rodillas, se pone a contemplar el suelo.
—¿Qué piensas Martín?—pregunta Juan con voz cariñosa colocando una mano en el hombro de su hermano.
—¡Eh! ¿por qué no he de pensar?—replica el molinero con el sordo gruñido que le es peculiar y que acompaña siempre a sus lacónicos discursos. ¡Eh pilluelo!—continúa—y la bonachona sonrisa que lo caracteriza en las horas de buen humor se extiende sobre sus facciones toscamente trazadas, y las ilumina.—¿Te has incomodado, eh?
Entonces se levanta, y, cogiendo a su mujer de la mano, agrega:
—Míralo, Gertrudis, se ha incomodado... ¡Ven acá, pilluelo!... Es ella... mírala bien... ¿Es con ella con quien has pretendido incomodarte?
Se deja caer sobre el banco tan pesadamente, que una nueva nube de polvo blanco se alza a su alrededor; levanta los ojos hacia Juan, se sonríe, y acaba por decir a Gertrudis:
—Ve a buscar un cepillo.
Gertrudis lanza una risotada y se va cantando. Cuando vuelve, blandiendo en el aire el objeto pedido, el molinero le dice en tono de mando:
—¡Cepíllalo!
—Cuando los molineros y los deshollinadores quieren ser buenos, sucede siempre una desgracia;—dice Juan bromeando con expresión cohibida.
Y pretende sacar a la joven el cepillo de las manos.
—Por favor, déjeme usted—dice ella defendiéndose y ocultando vivamente el cepillo debajo del delantal.
Martín golpea en el banco con el puño.
—¿Déjeme usted?... ¡Cómo! ¿No os tuteáis todavía?
Juan guarda silencio, y Gertrudis le pasa fuertemente el cepillo por la espalda.
—Apuesto cualquier cosa a que todavía no os habéis besado.
Gertrudis deja caer de pronto el cepillo. Juan dice: «¡hum!» y se entrega afanosamente a la tarea de hacer girar a lo largo del cepillo de hierro que hay delante de la puerta una de las rosetas de sus espuelas.
—¡Es preciso! ¡Vamos!
Juan da media vuelta rápidamente y se pone a retorcerse el mostacho; espera salir de tan comprometida situación adoptando aires de conquistador, pero ni siquiera tiene valor para inclinarse hacia la joven. Se deja estar tieso como una estaca y espera que ella le presente la boca y adelante los labios; entonces, por un instante, posa en ellos los suyos temblorosos y siente un leve estremecimiento en todo el cuerpo.
Los dos se quedan uno al lado del otro, sonriendo tímidamente, con las mejillas encendidas.
Martín se golpea las rodillas con los puños y dice que acaba de asistir a una escena cómica capaz de hacer morir de risa. Después se levanta bruscamente, y se va a disfrutar de su dicha en la soledad.
V
Por la tarde, los dos hermanos se dirigen juntos al molino. Gertrudis los sigue con los ojos, desde la ventana; Juan se vuelve, ella sonríe y oculta su cabeza detrás de la cortina.
Juan se detiene en el umbral; se apoya contra una de las hojas de la puerta y lanza una mirada de profunda emoción a la penumbra de la vieja y querida sala, mientras el ruido de las ruedas llega ensordecedor a su oído, y nubes grises de harina y vapor de agua, llevadas por la corriente de aire, le azotan el rostro.
Delante de él se alinean en su puesto las diferentes ruedas del molino. A la izquierda, cerca del muro, el viejo tamiz para la harina; después el triturador y la muela donde se mezcla el salvado a la harina; después la muela mondadora, que separa la cebada de su cáscara, y finalmente un cilindro de sistema completamente nuevo, que durante su ausencia se ha agregado a los otros. Hay también un tornillo sin fin y un tubo ascensor, como lo requiere la moda.
Martín, con las dos manos en los bolsillos del pantalón, tranquilo, satisfecho, mueve su corta pipa en la boca. Después, coge a Juan por la mano para explicarle los mecanismos nuevos; le muestra la harina fina, molida por el tornillo sin fin, pasando por el tubo ascensor, donde pequeños depósitos que suben a lo largo de una correa circular la elevan a través de dos pisos, casi hasta el techo, para volcarla luego en los tubos de seda cilíndricos, porque es preciso que pase en polvo fino a través de esa estrecha trama antes que pueda servir.
Respirando apenas, Juan escucha; caza al vuelo las frases raras, que su hermano sólo pronuncia en fragmentos, y se admira mucho al ver hasta qué punto se embrutece uno en el regimiento, pues todo eso es griego para él.
Los negocios florecen. Todas las ruedas trabajan, y los mozos del molino tienen bastante que hacer allá arriba, en la galería, echando el grano en los vertederos, y abajo, vigilando la caída de la harina y del salvado.
—Ahora tengo tres—dice Martín, señalando a los compañeros, blancos como la nieve, que tan pronto suben como bajan por la escalera.
—¿Y tienes todavía a David?—pregunta Juan.
—Naturalmente—responde Martín haciendo una mueca.
Se diría que la sola idea de que David pudiese faltar del molino lo ha llenado de terror. Juan se echa a reír:
—¿Dónde está, pues, ese pícaro viejo?
—¡David! ¡David!
Y la voz potente de Martín resuena a través de la sala, dominando el ruido de las ruedas.
Entonces, del rincón obscuro de las máquinas, cuya masa gigantesca surge del suelo detrás del armazón de las ruedas, se adelanta pausadamente una larga figura vacilante, cubierta de harina de pies a cabeza; aparece un rostro pálido, en el cual sólo se lee esa especie de estupidez que producen los años; una nariz ligeramente colorada que baja hasta la barbilla, unos ojos enfurruñados que se ocultan bajo gruesas cejas, y una boca que parece agitada por un movimiento eterno de masticación.
—¿Qué me quiere mi amo?—pregunta el viejo colocándose delante de los dos hermanos, sin soltar la pipa de barro que pende y se balancea entre sus labios.
—¡Ahí lo tienes!—dice Martín golpeando en el hombro al viejo, mientras asoma a su rostro una sonrisa de tierno respeto.
—¿No me reconoces, David?—pregunta Juan tendiéndole amigablemente la mano.
El viejo lanza por entre sus dientes un salivazo negruzco, medita un instante y murmura:
—¿Por qué no lo he de reconocer?
—¿Y qué tal te encuentras?
El viejo vuelve a meditar, se rasca la cabeza y dice:
—¿Cómo me he de encontrar?
Y comienza a atar y a desatar entre sus dedos nudosos el hilo de un saco de harina; después, cuando está bien convencido de que no lo necesitan, vuelve a hundirse en su rincón obscuro.
El rostro de Martín está radiante.
—Tiene un gran corazón. ¡Veintiocho años a nuestro servicio, y siempre laborioso, siempre fiel a sus deberes!
—¿Qué hace ahora?
Martín no sabe qué contestar.
—Difícil es decirlo... Ocupa un puesto de confianza. ¡Ah! tiene un gran corazón... un gran corazón...
—¿Ese gran corazón roba todavía un poco de harina de los sacos?—pregunta Juan riéndose.
Martín se encoge de hombros con disgusto y murmura algo como: «Veintiocho años de servicios» y «hay que cerrar los ojos.»
—Parece que todavía me guarda algún rencor porque me permití descubrir el escondrijo donde amontonaba, como la marmota, lo que iba robando.
—Estás prevenido contra él—gruñe Martín;—lo mismo que Gertrudis... Sois injustos, cruelmente injustos con él.
Juan mueve alegremente la cabeza; y, señalando con el dedo una puerta que conduce a una habitación de madera, recién construida, pregunta.
—¿Qué es eso?
Martín, un poco cortado, menea dulcemente la cabeza.
—Mi despacho—balbucea al fin.
Y como Juan da un paso para abrir la puerta, lo detiene por el faldón de la chaqueta.
—Te ruego—refunfuña—que no franquees ese umbral; ni hoy, ni nunca... tengo mis razones.
Juan lo mira disgustado y está a punto de preguntarle: «¿Desde cuándo tienes secretos para mí?» Pero la súplica que lee en los ojos de su hermano le cierra la boca, y los dos salen juntos del molino cogidos del brazo.
VI
Ha llegado la noche... La rueda grande se ha detenido, condenando a la inmovilidad a todo el engranaje de las pequeñas. El silencio reina en el molino; sólo a lo lejos, en la esclusa abierta, las aguas en movimiento cantan su monótona melodía.
Delante de la casa, el arroyuelo está tranquilo como si no tuviese más que hacer que columpiar los nenúfares, y el sol poniente se refleja en sus aguas profundas. Como una cinta de oro serpentea a través de los arbustos, donde un ejército de ruiseñores, ignorando su mérito, afinan sus gargantas para entrar en lucha con las ranas instaladas abajo.
Los tres seres hermanos destinados a vivir juntos desde entonces en aquella soledad florida, donde todo inspira canciones, están reunidos en círculo íntimo. Sentados en el emparrado, alrededor de la mesa cubierta por un mantel blanco, no han hecho gran honor a la cena esa tarde, y sus miradas fijas en el suelo expresan un profundo sentimiento de bienestar. Martín, con la cara apoyada en las dos manos, saca de su pipa densas nubes de humo, lanzando de vez en cuando un sonido que participa de la risa y del gruñido.
Juan está completamente hundido en el tupido follaje, y deja que los pámpanos, que tiemblan y se agitan al soplo de su aliento le acaricien el rostro.
Gertrudis lanza de tiempo en tiempo una mirada furtiva a los dos hermanos; se la podría tomar por una criatura indisciplinada que quiere hacer alguna travesura, pero cerciorándose antes de que nadie la vigila. Evidentemente, el silencio no es de su gusto; pero está demasiado bien educada para romperlo. Sin embargo, se divierte sola en hacer a escondidas bolitas de pan para lanzarlas en medio de una banda de gorriones glotones que picotean alrededor del emparrado. Hay uno, sobre todo, un sucio granujilla, que con su destreza y rapidez vence a todos los demás. Desde el momento que llega rodando una pelotilla, abre las dos alas y se pone a gritar como un poseído después, disputando a derecha e izquierda con los otros, procura hacer salir a aletazos la bolita del campo de batalla para tomar posesión de ella, con toda comodidad, mientras sus camaradas cambian todavía entre ellos furiosos picotazos.
Esta maniobra se repite cuatro o cinco veces y le da siempre la victoria; pero al fin otro, que no carece de valor, descubre su táctica y la aplica mejor todavía.
Ante ese espectáculo, Gertrudis siente grandes ganas de reír; quiere reprimirlas a la fuerza, se mete el pañuelo en la boca y contiene la respiración hasta que el rostro se le pone morado. Después, renunciando a la esperanza de poder dominarse por más tiempo, se levanta para huir; pero no ha llegado aún a la puerta cuando estalla la risa. Desaparece, entonces en la sombra del vestíbulo, lanzando gritos de alegría.
Los dos hermanos, sacados de su ensueño, se incorporan.
—¿Qué pasa?—pregunta Juan asustado.
Martín menea la cabeza, dirigiendo su mirada a la joven, cuyas locuras y niñerías conoce perfectamente. Al cabo de un instante, coge la mano a Juan y dice, señalando la puerta con el dedo:
—Responde, ¿te parece que ella quiera hacerte partir?
—¡De ningún modo!—dice Juan con risa un poco forzada.
—¡Ah, muchacho!—exclama Martín rascándose la cabeza desgreñada;—¡por cuántas desazones he pasado! ¡Cuántas veces me he agitado en el lecho pensando en ti y en la falta que había cometido tal vez contigo!...
Después de una pausa continuó:
—Y sin embargo al verla tan dulce, tan inocente, dime, muchacho ¿me habría sido posible no amarla? Desde que la vi, no fui dueño de mi persona. Me recordaba a mi Juan de tantas maneras... era jovial y tenía los ojos brillantes, donde se leía una loca alegría, exactamente como en ti. Era una criatura, es verdad, y sigue siéndolo hasta hoy... descuidada, turbulenta, traviesa como un niño. Y, cuando no se le tiene la rienda un poco corta, amenaza trastornarlo todo. Pero me gusta así—y un resplandor de ternura ilumina sus rasgos—y pensándolo bien, yo no podría pasarlo sin sus locuras. Ya lo sabes, siempre tengo necesidad de hacer el padre con alguno; en otro tiempo te tenía a ti, y ahora la tengo a ella.
Después de haber desahogado su corazón, Martín se sume en un profundo silencio.
—¿Y eres feliz?—pregunta Juan.
Martín lanza densas bocanadas de su pipa; en medio de la nube en que se ha envuelto, murmura después de una nueva pausa:
—¡Hum! eso depende...
—¿De qué?
—De que tú no le guardes rencor.
—¿Yo, guardarle rencor?
—Vaya, vaya, no te defiendas.
Juan no responde. No le costará mucho trabajo convencer a su hermano; y, cerrando los ojos, hunde de nuevo la cabeza en los pámpanos que agita el aire.
Un rayo de luz le hace alzar los ojos.
Es Gertrudis que, de pie en el umbral de la puerta, con una lámpara en la mano, aparece toda confusa. Su gracioso rostro está cubierto de vivo color y sus pestañas bajas lanzan sobre sus mejillas dos sombras semicirculares.
—¡Qué loquilla eres!—dice Martín acariciando tiernamente sus cabellos en desorden.
—¿No quieres ir a acostarte, Juan?—pregunta ella con gran seriedad.
Pero su voz hace traición todavía a una leve risa que trata de reprimir.
—¡Buenas noches, hermano!
—Espera, que subo contigo.
Juan tiende la mano a su cuñada, que vuelve la cabeza para disimular su sonrisa.
Martín le coge la lámpara y sube la escalera precediendo a su hermano. Una vez en lo alto, se apodera de la mano de Juan, y, sin decir nada, fija un instante su mirada franca y bondadosa sobre el rostro de su hermano, como si no pudiese dominar aún su felicidad, se dirige a la puerta y sale.
Juan suspira y se despereza, con las dos manos apoyadas en el pecho. Le ahoga la alegría que invade su alma. Quiere alcanzar a su hermano para consolar su corazón con algunas palabras de ternura y de reconocimiento, pero oye los pasos de Martín repercutiendo ya abajo, en el vestíbulo. Es demasiado tarde. Antes de meterse en cama necesita calmarse. Apaga la lámpara y abre una de las hojas de la ventana. El aire fresco de la noche, que le acaricia el rostro, le produce bienestar y lo apacigua.
Se inclina sobre el alféizar y silba un aria hundiendo sus miradas en la sombra.
Debajo de él, el manzano en plena florescencia balancea la masa blanca de sus flores. ¡Cuántas veces, siendo niño, ha trepado por sus ramas! ¡Cuántas veces, cansado de jugar, se ha apoyado en el tronco, perdido en un sueño, mientras las hojas le susurraban lindas historias! Y después, en otoño, cuando una ráfaga pasaba sobre el árbol, caía casi entre sus brazos una lluvia de manzanas doradas. ¡Era una delicia aquello!
¡Qué de pensamientos acuden a la mente cuando se silba de ese modo! Cada nota despierta una nueva canción, cada tonada resucita nuevos recuerdos. Con las canciones de otro tiempo despiertan también los antiguos sueños, que vuelan con sus alas de mariposa y recorren su vasto imperio, desde que aparece la luna hasta que asoma la aurora...
Y, mientras contempla la tierra, donde todo se sumerge en las tinieblas, ve que se abre suavemente una ventana debajo de él, y aparece una cabeza con el rostro vuelto hacia arriba. En el óvalo pálido, que resalta sobre la sombra de los cabellos, ve brillar dos ojos negros picarescos que le miran con malicia de gata joven.
De pronto deja de silbar; entonces suena en su oído una risa burlona, y la voz alegre de su cuñada le dice:
—Vamos, Juan, continúa.
Y, como él no quiere acceder a esa petición, la joven frunce los labios y se pone a silbar imperfectamente algunas notas.
Entonces se oye gruñir, en el interior de la casa la voz profunda de Martín, que dice paternalmente, en tono de reproche:
—No hagas tonterías, Gertrudis; déjalo dormir.
—¡Pero si no duerme!—responde ella en el tono enfurruñado del niño a quien reprenden.
Después la ventana se cierra y las voces se apagan.
Juan menea la cabeza riendo y se mete en la cama; pero no puede dormirse a causa de las flores que Gertrudis ha puesto a la cabecera y cuyas hojas llegan hasta el borde del lecho. Con los manojos de lilas violáceas se mezclan los narcisos de cáliz estrellado de suave blancura. Se vuelve, después de arrodillarse en la cama, y hunde su rostro en las flores. Los pétalos delicados lo acarician y besan sus párpados y sus labios.
De pronto presta oído. Del suelo sube el rumor de una risa apenas perceptible, como si llegase del centro de la tierra; una risa leve como el ala del viento rozando la hierba... ¡pero tan alegre, de tan loca alegría!...
Escucha un instante y espera oírla por segunda vez; pero todo queda en silencio.
—¡Qué loquilla!—dice alegremente.
Vuelve a caer sobre la almohada, y se duerme con la sonrisa en los labios.
VII
A la mañana siguiente, Juan busca en el cuarto sus ropas de trabajo. Le aprietan un poco en los hombros. ¡Cristo! ¡cómo ha engrosado!
Ya está alto el sol. Le parece que pone menos luz y calor en cualquier parte que no sea en aquella soledad florida. Es una cosa particular el sol del país natal. Dora todo lo que toca, y brotan canciones de los labios que acaricia. ¡Qué hermosa es la vida en la casa paterna! ¡Viva la alegría!
—Tengo ahora en casa todo un nido de alegres pájaros;—dice riendo Martín, que va a darle los buenos días. Sigue cantando, muchacho... Estoy acostumbrado desde que vive aquí Gertrudis... Pero ¿qué vas a hacer con esa blusa blanca?
—¿Crees acaso que voy a estar aquí de brazos cruzados?
—Descansa un día más.
—¡Ni una hora! Mis ropas de holgazán están colgadas ya de un clavo.
Martín ha visto las flores que están a la cabecera del lecho, y dice riendo de mala gana.
—¡Habrase visto! Le he prohibido que haga eso conmigo y te da a ti esa mala broma. Por eso estás hoy tan pálido.
—¿Pálido, yo? No lo creo.
—No le digas nada. Yo le prohibiré que haga estas tonterías.
Y bajan los dos juntos.
No se ve a Gertrudis en ninguna parte de la casa.
—Está en el jardín desde las cinco—dice Martín sonriendo con complacencia.—Todo marcha aquí al vapor desde que ella tiene la dirección de la casa... Es viva como una ardilla, y está en pie desde el alba; y siempre contenta... siempre entonando canciones y soltando gritos de alegría.
Al dirigirse al molino, los dos hermanos ven pasar por arriba de ellos, rozando sus cabezas, un tronco de zanahoria.
Martín se vuelve riendo, y hace con el dedo un ademán de amenaza.
—¿Quién es?—pregunta Juan, recorriendo con la mirada el patio, donde no se ve alma viviente.
—¿Quién quieres que sea, sino ella?
—¿Y no ves nada que indique dónde está?
—Nada absolutamente... Es un verdadero diablillo, se hace invisible cuando quiere.
Y, con el rostro radiante, sigue a su hermano al molino.
Pasan las horas. Juan quiere demostrar lo que puede hacer, y trabaja con gran energía. Mientras está vigilando en la galería el trituramiento del grano en la tolva, siente que le tiran de la blusa.
Mira hacia abajo. Gertrudis, de pie en la escalera, con las mejillas tostadas por el sol y los ojos brillantes, le hace una seña con el dedo:
—Ven a almorzar.
—Al instante.
Termina su trabajo y se coloca a su lado.
—¡Brrr!—exclama la joven sacudiéndolo;—¡cómo te has vestido!
—¿Y qué?
—Ayer me gustabas más.
Dicho esto, le tiende la mano para darle los buenos días, y baja apresuradamente la escalera, divirtiéndose en esparcir delante de ella una lluvia de harina.
Al pasar por delante de la habitación que Martín llama su despacho, su rostro toma una expresión misteriosa, y deteniéndose, levanta las dos manos en el aire, como para conjurar un espíritu.
Al cabo de un instante, pregunta en voz baja:
—Di, ¿qué hay ahí dentro?
—No sé.
—Yo tampoco. ¿No tienes permiso para entrar ahí?
—No.
—¡Alabado sea Dios! Entonces no soy yo sola la tonta... Cuando tengo que decirle algo, es preciso que llame a la puerta... Vamos, di la verdad, ¿te parece que eso está bien? Yo no soy una chiquilla para que... Pero me callo; no hay que hablar mal del marido. Sin embargo, tú eres su hermano; intercede por mí junto a él, ruégale que me diga qué hay dentro. ¡Si vieras cuan intrigada estoy!
—¿Te figuras que me lo dirá?
—Entonces tendremos que consolarnos juntos... Ven.
Y, de un salto, transpone los tres peldaños que conducen al umbral de la puerta.
Durante el almuerzo, adopta de improviso una fisonomía seria, y habla con importancia de los cuidados que le da el manejo de la casa. Había adquirido, es cierto, en su familia, la costumbre de salir de apuros sola, porque su pobre madre había muerto hacía muchos años, y antes de la confirmación, había tenido que dirigir la casa de su padre; pero la tarea no era muy pesada: su padre no tenía a su servicio más que un criado para el molino y los trabajos del campo... ¡se extenuaba de trabajo el pobre padre!
Sus ojos se llenan de lágrimas. Confusa, vuelve la cabeza. Después se levanta vivamente y pregunta:
—¿No tienes ganas?
—No.
Luego continúa.
—Ven conmigo al jardín. Conozco una espesura donde se está muy bien para hablar.
—Allá, en el extremo de la alameda. Es también mi lugar favorito.
VIII
Penetran juntos en el jardín que el sol inunda con sus rayos ardientes, y respiran más libremente bajo la bóveda de verdor que los envuelve en su fresca sombra.
Gertrudis se echa negligentemente sobre el banco de césped y coloca bajo su cabeza, a guisa de almohada, sus brazos, bruñidos por el sol.
A través del tupido follaje se deslizan aquí y allá algunos rayos que adornan sus vestidos con manchas de oro, ruedan sobre su cuello y sus mejillas, y rozan su frente, poniendo un claro fulgor en su cabellera obscura y rizada.
Juan se sienta frente de ella y la contempla con una admiración que no procura disimular.
Está persuadido de que en su vida ha visto tanta gracia. ¡Qué encanto en la actitud de esa joven cuñada medio tendida! Las palabras de su hermano le vuelven a la memoria: «¿Me habría sido posible no amarla?»
—No sé, pero hoy siento ganas de charlar—dice Gertrudis con sonrisa confiada;—y coloca más cómodamente su cabeza.—¿Y tú, estás dispuesto a escuchar?
Él hace un signo afirmativo.
—Entonces... el pan no era abundante en casa y los pedazos estaban contados. En cuanto a la manteca para poner en él, inútil es hablar de ella. Si yo no hubiese cuidado el huerto, cuyos productos se vendían en la ciudad, nos habría sido imposible vivir. ¿Por qué la gente lleva toda su harina al molino de agua de los Felshammer, sin pensar que en los molinos de viento los pobres molineros necesitan vivir también? Esto es lo que nos decíamos a menudo; y mirábamos con odio vuestra casa... Pero he aquí que, de repente, llega Martín. Quiere, dice, vivir en buenas relaciones con sus vecinos. Se muestra amable y cariñoso con el padre, amable y cariñoso conmigo. Lleva a los muchachos pasteles y azúcar cande, y todos nos enamoramos de él. Y al fin declara al padre que me quiere por mujer... «¡Pero si no tiene nada!—dice mi padre.—«Tampoco quiero yo nada» responde él. Y figúrate... ¡me toma sin un céntimo de dote!... Ya puedes comprender mi alegría, pues el padre me había repetido con frecuencia: «Hoy todos los hombres van detrás del dinero; tú eres pobre, Gertrudis; prepárate para quedar soltera». Y, sin embargo, me he casado antes de los diez y siete años... Por lo demás, yo profesaba desde hacía mucho profundo afecto a Martín; porque, aunque era un poco tímido y avaro de sus palabras yo había leído en sus ojos su buen corazón. No puede franquearse tanto como quisiera, y eso es todo. Yo sé cuán bueno es; y a pesar de su talante gruñón, a pesar de las reprimendas que me echa, no dejaré de amarlo toda mi vida.
Guarda silencio un instante y se pasa la mano por el rostro como para echar al rayo de sol que le dora las pestañas y hace brillar sus ojos con colores vivos y tornasolados.
—Mira si es bueno para los míos—continúa con apresuramiento, como si creyera no poder encontrar bastante afecto para acumularlo sobre la cabeza de Martín.—Quería darles cada año una pensión, no sé de cuánto; pero yo no lo he consentido, porque no podía conciliarme con la idea de que mi padre estuviera reducido a aceptar una limosna en sus últimos días, aunque se la diese su yerno. Pero me he reservado una cosa: continuar aquí el cultivo del huerto, al que estaba acostumbrada en nuestra casa, y quedarme con lo que produzca.
El empleo de ese dinero es cuenta mía.
Se sonríe mirándolo con aire triste, y continúa:
—Tienen verdadera necesidad de él en casa; porque, ya lo ves, hay tres chicos todavía, que alimentar y vestir sin contar que, desde que yo partí, tienen que valerse de una criada.
—¿No tienes hermanas?—pregunta Juan.
Ella menea la cabeza y dice, lanzando de improviso una risotada:
—¡Es escandaloso! Ni siquiera una, de la cual pudieras hacer tu mujer.
El ríe con ella y dice:
—No es una mujer lo que necesito ahora.
—¿Entonces, qué?
—Una hermana.
—Pues bien, ya tienes una—dice ella levantándose de un salto y acercándose a él.
Después, avergonzada sin duda de su vivacidad, se deja caer ruborosa sobre el banco de césped.
—¿De veras?—dice con los ojos brillantes.
Ella hace un leve mohín y dice vivamente:
—¿Hay que hacer tanto esfuerzo acaso? La mujer de un hermano es casi una hermana ya.
Y, midiéndolo de pies a cabeza con una sonrisa, añade:
—Creo que, con un hermano como tú, se podría ir a cualquier parte.
—Cinco pies y diez pulgadas, ex hulano de la guardia... ¡si basta eso!...
—Y en último término, tú serías también un buen compañero de juegos.
—¿Necesitas uno?
—¡Oh sí!—responde ella con un suspiro;—la vida es aquí tan tranquila, tan seria... No hay nadie con quien pueda uno correr como hacía yo en otro tiempo con mis hermanos. Con frecuencia he estado a punto de tomar por el cuello a un mozo del molino; pero ¡la dignidad!... ¡el respeto!...
—Bueno, pues ahora estoy yo—dice él, riendo.
—Por eso fundo en ti grandes esperanzas.
—Entonces, tómame por el cuello.
—Tienes demasiada harina encima.
—¡Vaya una mujer de molinero, que tiene miedo a la harina!—dice Juan en tono burlón.
—Deja—concluye ella,—que ya llegará la hora en que ponga a prueba tus habilidades de jugador.
IX
Mientras los tres descansan en el emparrado, a la hora del crepúsculo, Juan, que con la cabeza oculta entre los pámpanos sueña en silencio como su hermano, siente de pronto una cosa redonda, que no acierta a definir, chocar contra su frente y caer al suelo. «Quizás sea una cochinilla» se dice; pero el ataque se repite por segunda y tercera vez.
Entonces lanza una mirada recelosa a Gertrudis, que estatua viva de la inocencia, canturrea melancólicamente la tonada: En un fresco valle. Sin embargo, entretanto fabrica a hurtadillas las bolitas de pan que le sirven de proyectiles.
Juan reprime un acceso de risa y coge disimuladamente una rama de viña, de la que penden todavía algunos racimos secos del año anterior. Ella le lanza un nuevo proyectil; y él le dispara, pronto para la respuesta, un grano a la nariz. Ella se estremece, lo mira un momento toda desconcertada; y, al inclinarse el joven hacia ella, con el rostro más serio del mundo, lanza una ruidosa y alegre carcajada.
—¿Qué pasa?—dice Martín, arrancado violentamente a su somnolencia.
—¡Ha pasado por la prueba!—responde Gertrudis lanzándose a su cuello.
—¿Qué prueba?
—Si te lo digo vas a reñirnos; prefiero callarme.
Martín interroga con una mirada a su hermano.
—¡Oh, nada!—dice éste con tímida sonrisa.—Era una broma... Nos bombardeábamos.
—Está bien, hijos míos, bombardeaos;—dice Martín, que continúa fumando en silencio.
Juan está muy avergonzado, y Gertrudis contempla a su nuevo camarada de juegos con una mirada maliciosa y provocativa.
«Revoltosa». Sí; ese era el nombre que había dado Martín Felshammer a su mujer...
X
Desde aquel día, se repiten las bromas en las horas tranquilas y silenciosas del crepúsculo, que Martín ama tanto.
En las apacibles alamedas del huerto suenan gorgeos y risas; sobre el césped pasan como una tromba dos figuras humanas que se persiguen; se bromea, se suelta a los perros para que hagan ruido; se caza a los gatos de la vecindad que se dan las citas amorosas en el molino; se juega al escondite detrás de los montones de heno y de los setos.
Martín los deja en plena libertad, y contempla esas locuras con la mirada benévola e indulgente de un padre. En el fondo, preferiría la calma de antes; pero son tan felices ellos, en su juventud y su inocencia, con los ojos brillantes y las mejillas encendidas, que sería un crimen turbar su alegría con observaciones molestas. Después de todo son unos niños.
Además ¿no hay también horas menos ruidosas? Cuando Gertrudis dice: «Juan, ven a cantar», se sientan juiciosamente uno al lado del otro en el emparrado, o cuando se pasean lentamente a la orilla del riachuelo; y cuando Martín ha encendido su pipa y está dispuesto a escucharlos, sus voces resuenan claras y vibrantes en la sombra de la noche.
Bien pronto llegan instantes de solemne encanto. Los pájaros, que van a entregarse al sueño, gorjean en las ramas, una leve brisa sopla en los pámpanos y el sordo murmullo de la presa sirve de acompañamiento... ¡Cómo ha cambiado su humor de repente! Estaban alegres al empezar; pero las tonadas que cantan son cada vez más tristes, y el acento de sus voces cada vez más quejumbroso. Hace apenas unos minutos, sus cabezas se tocaban; entonces están serios, con las manos juntas y los ojos puestos en el cielo arrebolado. Sus voces suenan admirablemente unidas. Juan tiene una voz de tenor clara y suave, que concierta muy bien con las notas de contralto, llenas y graves, de Gertrudis, y nunca le falta oído cuando se trata de acompañar de improviso una canción nueva.
Lo extraño es que nunca puedan cantar cuando están solos. Si, mientras están cantando, tiene Martín que alejarse, llamado por algún asunto, en seguida sus voces pierden la seguridad y los jóvenes se miran sonriendo; uno u otro, por lo regular, deja escapar una nota falsa, y la canción queda inconclusa.
Cuando Martín está ausente de la casa o se encierra en su despacho, lo que sucede una vez o dos por semana, los dos guardan silencio, como de común acuerdo; ninguno de ellos se atrevería a invitar al otro a cantar.
En cambio, tienen otras ocupaciones más interesantes, a las que sólo pueden dedicarse cuando no hay que temer la indiscreción de un tercero.
Mientras estaba en el servicio, Juan se ha hecho un lindo cuaderno de música, en el que ha compilado las canciones alegres y sentimentales que más le gustaban. El género sentimental es el que lo entusiasma. Las desesperaciones de amor, los cantos fúnebres, se alternan allí con las consideraciones poéticas sobre la vanidad de la existencia, y lo corona todo el estallido de desesperación de Kotzebue, desbordamiento de sentimentalismo que ha sido durante medio siglo la más popular de las poesías alemanas.
Ese cuaderno responde perfectamente al gusto poético de Gertrudis. En cuanto se ve sola con Juan, le murmura en tono de súplica:
—Ve a buscar las canciones.
Entonces se sientan en un rincón retirado, y juntan sus cabezas; durante la lectura sienten con delicia que un estremecimiento de voluptuosidad les recorre el cuerpo.
He aquí, en primer lugar, esa poesía extraña:
El conde Orsinski a su amada
En señal de adiós, recibe las quejas de mi corazón, Transformadas en dulce armonía, Pero no trates nunca de adivinar lo que estos acentos dicen.
Y esta antigua romanza popular:
Enrique descansaba junto a su reciente esposa, Rica heredera de las orillas del Rin... Suena la media-noche, y a través de la cortina, Pasa de pronto una mano blanca y delicada: ¿A quién vio? A su Guillermina, Que se erguía ante él envuelta en un sudario.
Al llegar a eso, Gertrudis se estremece; y, llena de angustia, con sus grandes ojos azorados, mira fijamente delante de ella, a través de la sombra del crepúsculo... pero su sonrisa pone de manifiesto, al mismo tiempo, un delicioso éxtasis.
Pero lo maravilloso en ese cuaderno es una composición titulada: La bella molinera.
—¿Dónde has encontrado esto?—pregunta Gertrudis, impresionada por el título.
—Un camarada, que era músico, tenía estas canciones en un gran cuaderno. De allí las copié yo. El que las ha hecho se llamaba Molinero de apellido y creo que ejercía además ese oficio.
—¡Lee, lee, pronto!—exclama Gertrudis.
Pero Juan se niega.
—Es demasiado triste—dice cerrando el libro.—Será otra vez.
Pero Gertrudis le suplica tanto, que tiene que acceder a sus deseos.
—Ven esta tarde conmigo a la presa—dice;—tengo que hacer allá. Nadie nos incomodará entonces, y te lo leeré siempre que... naturalmente...
Y guiña el ojo en dirección al despacho. Gertrudis hace una señal con la cabeza. Se entienden a maravilla.
XI
Después de comer, Martín se retira a su escritorio, seguido por las miradas impacientes de Gertrudis, que espera el momento en que va a conocer los secretos de «la bella molinera.»
Atraviesan de bracete la pradera, para ir a la presa. La hierba está húmeda de rocío. El cielo, surcado de bandas rojizas. Sobre el fondo luminoso resalta, perfectamente recortada, la figura negra del bosque de abetos, que, triste y silencioso, rodea el llano. A medida que se aproximan, los mugidos del agua llegan cada vez con más fuerza a sus oídos... Los rayos del sol poniente se reflejan en los torbellinos de las ondas, y las gotas de espuma que saltan son otras tantas chispas. Del otro lado de la presa, el río tranquilo parece un espejo; los árboles lanzan su sombra y reflejan su imagen en las aguas, demasiado profundas para ser transparentes.
Se acercan en silencio a la presa.
En esa época, durante los calores del mes de junio, la presa no da gran trabajo; pero, en los primeros días de la primavera, y en el otoño, durante las grandes avenidas, cuando es preciso alzar las compuertas para dar paso a las aguas y a los carámbanos, sin que encuentren obstáculos, hay que poner un poco de atención y hay que apelar a todas las fuerzas para no verse arrastrado con las piezas de madera por el torbellino de las aguas.
Juan alza dos esclusas. Eso basta por el momento. Después suelta la palanca y apoya el codo en el pretil del puente levadizo. Gertrudis, que durante todo ese tiempo ha estado contemplándolo sin decir nada, se lanza por sobre la gran viga que atraviesa la corriente de agua de una orilla a otra, a algunos pasos de ella.
—Vas a sentir vértigo, Gertrudis—dice Juan echando una mirada inquieta a la esclusa, por la que las aguas pasan con rapidez espantosa, sobre el fondo de tablones inclinados, para precipitarse en seguida espumosas en la corriente.
Gertrudis suelta una risotada y dice que muchas veces ha estado sentada allí horas enteras, mirando las aguas, sin sentir vértigo alguno. Además, ¿no está allí entonces por necesidad? Su mirada, en la que se lee una curiosidad impaciente, está fija en el bolsillo de Juan; y cuando éste saca su cuaderno de música, la joven exhala un gran suspiro, encantada ante la idea de los esplendores que presiente, y junta las manos como una criatura a quien su abuela va a contar una historia. Juan comienza.
Las palabras conmovedoras del poeta brotan de sus labios como un canto.
Los viajes son la pasión del molinero...
Gertrudis deja oír una alegre exclamación y marca el ritmo dando con el pie en los montantes de la esclusa.
He oído murmurar un riachuelo...
Gertrudis contiene la respiración, esperando lo que sigue:
He visto brillar el techo de un molino...
En su alegría, Gertrudis palmotea y muestra la granja al otro lado.
¿Es eso lo que quiere decir tu murmullo?
En este pasaje, la bella molinera entra en escena y Gertrudis se pone seria.
¡Que no tenga mil brazos para golpear!
Gertrudis hace leves signos de impaciencia.
No interrogo a las flores, no interrogo a los astros...
Una sonrisa de satisfacción vaga por los labios de Gertrudis.
Me placía dibujarla en la corteza de los árboles...
Gertrudis lanza un profundo suspiro y cierra los ojos. Y sigue la lectura, con los sueños del joven molinero ebrio de amor, hasta este grito de alegría, que domina el canto de los pájaros, el murmullo del arroyo, el ruido de las ruedas.
¡La hermosa molinera es mía!
Gertrudis abre los brazos, una sonrisa de dulce beatitud pasa por su rostro, y se mueve su cabeza como diciendo: «¡Dios mío! ¿qué más puede suceder?»
Entonces la molinera siente de pronto una pasión misteriosa por el color verde, se oye resonar el coro en la floresta, aparece el fiero cazador. Gertrudis experimenta inquietud.
—¿Qué viene a hacer ese aquí?—murmura dando con el puño en la viga.
El pobre molinero lo comprende en seguida. Su triste canción dice:
Quisiera partir, perderme en la inmensidad del mundo, Si todo no estuviera tan verde, tan verde en el bosque y en los campos...
Gertrudis, agitada por el temor y la esperanza, hace en el aire un ademán. ¡Eso no es posible! ¡es preciso absolutamente que todo concluya bien!
Y después:
Florecillas que me dio ella, Que os pongan a todas en mi tumba.
Los ojos de Gertrudis están húmedos de lágrimas, pero la joven sigue confiando en la desaparición del cazador y en la conversación de la molinera. No puede, no debe ser de otro modo. El molinero y el arroyo comienzan su diálogo melancólico; el arroyo quiere consolar al molinero, pero éste no conoce más que una sola quietud, un solo reposo:
¡Ay! querido arroyuelo; tu intención es buena... Pero ¡ay! ¿sabes tú acaso el mal que el amor hace?
Gertrudis aprueba vivamente con la cabeza. ¿Qué quiere decir ese estúpido arroyuelo?... ¿Qué sabe él de amor ni de penas?... En seguida viene la misteriosa barcarola que cantan las ondas. Sin duda, el joven molinero se ha dormido a la orilla del arroyo; un beso va a despertarlo, y, cuando abra los ojos, la molinera se inclinará sobre él para decirle: «¡Perdóname! ¡siempre te he amado!» Pero no... ¿qué significan esas extrañas palabras de cámara de cristal azul? ¿Por qué es preciso que duerma allí hasta que el mar haya absorbido la última gota de los riachuelos? Y puesto que para cerrarle los ojos la mala muchacha tiene que tirar su pañuelo al agua, eso prueba que el dormido no reposa en la orilla, sino en el fondo.
Gertrudis oculta su rostro entre las manos y estalla en sollozos convulsivos; y, como Juan quiere continuar la lectura, le dice:
—¡Basta! ¡basta!
—Gertrudis, ¿qué tienes?
Ella le hace la seña de que la deje. Sus lágrimas son cada vez más abundantes y su cuerpo tiembla todo; busca un apoyo y se inclina hacia atrás.
Juan lanza un grito de angustia, y, de un salto, se precipita para recibirla en sus brazos.
—¡Por el amor de Dios, Gertrudis!—dice con la voz trémula, respirando con esfuerzo.
Un sudor frío cubre su frente. La joven inclina su cabeza sobre el pecho de Juan, le echa los brazos al cuello y llora.
Al día siguiente dice Gertrudis:
—Ayer me porté como una chiquilla, Juan, y creo que, a poco más, caigo al agua.
—Ya habías perdido el equilibrio—dice él.
Y se estremece al recordar el terrible instante.
Una sonrisa sentimental pasa por los labios de Gertrudis.
—Entonces habría concluido para siempre—dice la joven con un profundo suspiro.
Pero, un instante después, se ríe ella misma de su locura.
XII
Pasan los días. Juan, como camarada de juegos, ha sobrepujado todas las esperanzas de Gertrudis. Los dos son inseparables; y Martín se ve reducido al papel de espectador... no puede, con una sonrisa gruñona, hacer más que decir amén a todas sus locuras.
Es un encanto verlos atravesar el patio, persiguiéndose uno al otro, como si tuviesen alas en los talones. Gertrudis corre tan ligera que sus pies apenas tocan el suelo. Sin embargo, Juan es más ágil; por mucho que dure la carrera, siempre la alcanza. Viendo que no hay posibilidad de escapar, la joven se agazapa como un polluelo, asustado; y cuando él, triunfante, la toma en brazos, su cuerpo esbelto se yergue como si, al contacto de Juan, la sacudiese una conmoción eléctrica.
David, el viejo criado, observa sus juegos con gran atención, por la claraboya del granero, donde ha establecido su residencia; rasca su cabeza gris, y murmura entre dientes toda clase de cosas incomprensibles.
Gertrudis lo ve un día y se lo muestra a Juan.
—Habrá que hacer una broma a ese viejo cazurro—murmura la joven.
Juan le refiere la mala pasada que jugó a David en otro tiempo, al descubrir el escondite en que el viejo guardaba la harina que robaba.
—¿Si pudiéramos conseguir hacer hoy lo mismo?—dice Juan riendo.
—Lo buscaremos.
Dicho y hecho, o casi hecho. El domingo siguiente, el molino está parado; los criados y los molineros han salido. Juan coge el manojo de llaves colgado de la pared y hace una seña a Gertrudis para que le siga.
—¿Adónde vais?—pregunta Martín alzando los ojos del libro.
—Una gallina está poniendo fuera del gallinero;—dice vivamente Gertrudis.—Vamos a buscar el nido.
Y ni siquiera se pone colorada.
Hacen entonces una investigación escrupulosa en los establos, en la granja, en el granero y en el pajar; pero registran sobre todo el molino, suben y bajan las escaleras, y revuelven el cuarto de los trastos viejos.
Escudriñan sin ningún resultado, durante dos horas, por lo menos, y de repente, Gertrudis, que no tiene miedo de meterse en el rincón más recóndito del granero, anuncia que ha encontrado lo que buscaba. Entre los haces de leña que se deshacen en polvo, las ruedas de engranaje inservibles y los restos de los diez últimos años, aparecen varios sacos de harina y de avena; al lado se ve un buen número de utensilios pequeños: martillos, tenazas, cepillos, cuchillos de mesa. Con los ojos brillantes, el rostro lleno de tierra y los cabellos cubiertos de telarañas, Gertrudis sale del escondrijo lanzando gritos de alegría; cuando Juan se ha cerciorado de que no hay error, el consejo de guerra se reúne y delibera.
¿Conviene enterar a Martín del secreto? No; se incomodaría y acabaría por echarles a perder la broma. Juan tiene una idea. Vierte el contenido de los sacos en una medida igual, después llena esos sacos de tierra y de arena, y esparce encima una capa de negro de humo, como el que usan los cocheros para teñir los arneses. Sumerge por un momento los instrumentos en el tonel de alquitrán; y, cuando ha vuelto a poner todas las cosas en su orden primitivo, considera terminada su tarea.
Abandonan el molino penetrados de una alegría profunda; se trasladan a la balsa para lavarse la cara y las manos, se ayudan mutuamente a limpiarse las ropas, y entran en la casa esforzándose por adoptar la expresión más inocente posible. Sin embargo, Martín no tarda en notar en sus labios leves movimientos que les hacen traición; los amenaza sonriendo, pero no les dirige la menor pregunta.
Pasan tres días en la más viva impaciencia; después, una mañana, Juan, sin aliento, corre al jardín en busca de Gertrudis, con el semblante enrojecido a fuerza de contener las ganas de reír. Al instante, ella suelta la azada y se precipita con él al patio. Delante de la balsa está el viejo David furioso y desfigurado, medio blanco, medio transformado en deshollinador. Tiene el rostro y las manos negras como el carbón, y sobre sus ropas aparecen enormes manchas de alquitrán. En las ventanas del molino se ven las caras de los molineros que ríen a carcajadas, y Martín se pasea delante de la casa vivamente sobreexcitado.
La escena es en extremo cómica, y Juan y Gertrudis creen que van a morir de risa. David, que sabe muy bien de qué lado debe buscar a sus enemigos, les lanza una mirada llena de odio. Procura limpiarse, pero el terrible negro de humo, mezclado con el alquitrán se pega de tal modo, que parece ser el color natural de su piel. Al fin, Martín, lleno de lástima por el pobre diablo, lo hace entrar en el cuarto de los criados y dice a Gertrudis, que de tanto reír tiene los ojos llenos de lágrimas, que vaya a buscarle un traje viejo de trabajo.
Al mediodía, durante la comida, los jóvenes cuentan a Martín la broma que tan bien les ha salido. El menea la cabeza desaprobando, y dice que hubiera sido mejor comunicarle el descubrimiento que habían hecho. Después al abandonar la sala, se le oye murmurar palabras como «veintiocho años de servicios» y «bromas de chiquillos».
Gertrudis y Juan cambian una mirada de inteligencia que quiere decir: «¡Qué aguafiestas!»
Durante tres días más, el suceso es para los jóvenes un manantial de alegría, que saborean en secreto.
XIII
El domingo, Martín va al pueblo a cobrar deudas viejas; no volverá antes de la noche. Los molineros se han ido a la taberna. El molino está desierto.
—Voy a despedir también a las criadas—dice Gertrudis a Juan.—Estaremos entonces completamente solos y podremos hacer alguna cosa.
—¿Qué cosa?
—Ya encontraremos—dice ella riendo; se dirige a la cocina.
Al cabo de media hora reaparece:
—Ya se han marchado. Ahora estamos libres.
Se sientan uno frente al otro y buscan en su imaginación.
—Nunca volveremos a encontrar una diversión como la del domingo pasado—dijo Gertrudis suspirando.
Y, después de un momento:
—Escucha, Juan.
—¿Qué?
—¿Sabes que tú eres para mí un verdadero don del cielo?
—¿Por qué?
—Desde que tú estás aquí, soy tres veces más feliz. Ya ves... él es bueno... y tú sabes que lo quiero mucho, mucho, pero... ¡está siempre tan serio! ¡me trata con tanta altura! Cualquiera diría que yo soy una criatura estúpida, sin sombra de inteligencia. Sin embargo, soy laboriosa y manejo la casa como una mujer madura. Si Dios me ha hecho alegre como un pájaro, yo no tengo la culpa; y, después de todo, eso no es un crimen. Pero cuando estoy delante de él y él me mira con su cara grave y enfurruñada, se me pasan las ganas de hacer locuras... y de estar sentada e inmóvil una se aburre a menudo, una...
Se detiene y reflexiona. Querría quejarse pero no sabe de qué.
—Contigo, es otra cosa—continúa.—Tú eres un buen muchacho, que no dice nunca que no. ¡Contigo se puede hacer lo que una quiera!... Tú no tienes la sonrisa desdeñosa que aparece siempre en sus labios, cuando se le refiere algo, y que quiere decir: «Te escucho, pero no estás contando más que tonterías.» Entonces se me ahogan las palabras en la garganta... Mientras que a ti... sí, a ti se te puede confiar todo lo que le pasa a una por la cabeza.
Apoya pensativa su rostro en las dos manos, mientras que con un movimiento de vaivén balancea sus codos sobre las rodillas.
—¿Y qué te pasa por la cabeza en este momento?—pregunta Juan.
Ella se pone colorada y se levanta vivamente.
—¿A que no me pillas?—grita parapetándose detrás de la mesa.
Pero, cuando él va a perseguirla, ella se adelanta tranquilamente.
—¡Deja!... vamos a hacer algo. Ahí están las llaves... quizás se nos ocurra alguna idea.
Juan descuelga el manojo de llaves y la sigue al patio, donde el sol del mediodía lanza sus rayos ardientes.
—Abre el molino—dice Gertrudis.—Allí hace fresco.
El obedece; y ella sube de un salto los escalones y entra en la penumbra de la sala, donde reina el silencio del domingo.
—Sola, tendría miedo aquí—dice, volviéndose hacia él y mostrando con el dedo la puerta del despacho, cuya madera reluce con brillo misterioso en medio de la semiobscuridad.
La joven aparta los dedos y tiembla.
—¿Nunca te ha dicho nada?—susurra al cabo de un instante inclinándose hacia su oído.
El menea la cabeza. Se siente intranquilo en la sala húmeda y sombría; respira penosamente, tiene necesidad de aire y de luz.
Pero Gertrudis se encuentra muy bien en aquella atmósfera cargada de vapores, en aquel mediodía misterioso; el sol, filtrándose por las claraboyas, arroja sobre el suelo sus rayos oblicuos, como cintas de oro, donde miriadas de partículas de polvo danzan una zarabanda.
El estremecimiento que se apodera de ella le causa una sensación agradable; baja la cabeza y trepa con precaución la escalera, como si quisiese cazar un fantasma. En lo alto, en la galería, lanza un grito; Juan, lleno de inquietud, le pregunta qué tiene; ella responde que ha querido simplemente dilatar el pecho. Sube a una tolva, transpone la balaustrada y vuelve a bajar deslizándose por la escalera. Después desaparece en la sombra de las máquinas, en el sitio en que las ruedas poderosas alzan sus masas gigantescas. Juan la deja hacer; entonces no hay peligro, entonces todo está inmóvil.
Algunos segundos después, la joven reaparece. Se aprieta contra Juan, y, echando a su alrededor una mirada temerosa, saca del bolsillo una llavecita atada a un cordón de negro.
—¿Qué es esto?—pregunta en voz baja.
Juan lanza una ojeada hacia la puerta y mira a Gertrudis como interrogándola.
Ella hace un signo con la cabeza.
—¡Colócala en su sitio!—exclama él asustado.
La joven balancea la llave en la mano, acariciando con los ojos el metal que brilla.
—Un día, por casualidad, se la vi ocultar allí—murmura.
—¡Colócala en su sitio!—exclama él, una vez más.
La joven frunce las cejas; después, con una leve risa.
—¡Esto es lo que podíamos hacer!...
Y, al mismo tiempo que habla, le echa de soslayo una mirada inquieta y trata de leer en su rostro lo que piensa.
El corazón de Juan late violentamente. Surge del fondo de su alma el presentimiento de que van a cometer una falta.
—La cosa quedará entre nosotros, Juan, dice Gertrudis en tono zalamero.
El cierra los ojos. ¡Qué hermoso sería tener un secreto con ella!
—Y además, ¿qué mal hay en eso?—continúa la joven.—¿Por qué es él tan misterioso, sobre todo con nosotros, que somos sus más cercanos parientes, en el mundo?
—Por eso precisamente no deberíamos engañarle.
La joven golpea la tierra con el pie.
—¡Engañarle! ¡qué expresiones usas!
Y en tono enfurruñado añade:
—Vaya, no hablemos más.
Se dispone a llevar la llave a su escondite. Pero le hace dar dos o tres vueltas entre los dedos, y finalmente, con una alegre explosión de risa:
—¡Qué diablo! no es la misma.
Se acerca a la puerta y compara, meneando la cabeza, el agujero de la cerradura con el tamaño de la llave; después, con movimiento rápido, mete la llave en el ojo.
—¡Pues entra!...
Y, fingiendo sorpresa, mira por encima del hombro a Juan, que, de pie detrás de ella, sigue con ansiedad los movimientos de su mano.
—Hazla girar—dice ella en tono de broma y retrocediendo un paso.
Juan tiembla. ¡Oh, Eva tentadora!
—Hazla girar y déjame asomar la cabeza por la abertura—dice la joven riendo.—Tú no tienes necesidad de ver nada.
Entonces, cediendo a un violento impulso, Juan hace girar la llave; por la puerta, abierta de par en par, les llega de la ventana un rayo de luz ofuscadora.
En el rostro de Gertrudis se pinta el desencanto. Tiene delante de ellos una pieza muy sencilla, amueblada como el despacho de un comerciante, con las paredes peladas y blancas. En el centro se ve una gran mesa de trabajo, toscamente pintada y llena de muestras de granos y de libros de contabilidad; en una de las paredes están colgadas ropas usadas; en la otra, hay un estante cargado de cuadernos azules y le libros de encuadernación modesta. Juan echa a su alrededor una mirada tímida; después se acerca a los libros y se pone a leer los títulos.
¡Qué biblioteca tan lúgubre! Son obras de medicina, que tratan de las enfermedades del cerebro, de las lesiones del cráneo y de otros asuntos del mismo género; disertaciones filosóficas sobre la herencia de las pasiones: una Historia de los accesos de cólera y de sus terribles consecuencias, un Tratado del dominio sobre sí mismo, y una obra de Kant, El Arte de dominar por la voluntad los sentimientos mórbidos. Hay también libros de literatura, casi todos sobre el fratricidio. Al lado de novelas lúgubres, como El fin trágico de toda una familia en Elsterwerda, se encuentran: La novia de Messina, de Schiller, y Julio de Tarento, de Leisewitz.
También la teología está representada por cierto número de pequeños tratados sobre el pecado mortal y su perdón. Al lado, en los cuadernos azules, están compilados cuidadosamente algunos extractos, diferentes estudios, mezclados con consideraciones melancólicas sobre las experiencias y los pensamientos personales de Martín.
Juan deja caer las manos.
—¡Pobre, pobre hermano!—murmura, suspirando, con el corazón entristecido.
Entonces la mano de Gertrudis se posa sobre su hombro. La joven señala con el dedo un rótulo colocado arriba de la puerta y pregunta en voz baja y ansiosa:
—¿Qué significa eso?
En el rótulo se lee, en gruesas letras de oro, estas tres palabras: ¡Piensa en Fritz!
Juan no contesta. Se deja caer en una silla, oculta el rostro entre las manos y llora amargamente.
Gertrudis tiembla de pies a cabeza. Lo llama por su nombre, le echa los brazos al cuello y trata de apartarle las manos del rostro; y, como todo es inútil, se deshace también en lágrimas.
Al ruido de sus sollozos se levanta Juan lentamente y mira a su alrededor, con mirada terrible. Ve unas ropas colgadas de la pared; ropas de niño de una época muy antigua. Las conoce perfectamente.
Su madre las conservaba como reliquias en el fondo del armario; se las había enseñado un día, diciéndole: «son los vestidos de tu hermanito muerto.» Desde el día que ella había abandonado el mundo, los vestidos habían desaparecido. Por lo demás, él no había vuelto a pensar en ellos.
Un frío estremecimiento le recorre todo el cuerpo.
—Ven—dice a Gertrudis, que no ha cesado de llorar.
Abandonan el despacho. Gertrudis quiere salir en seguida del molino.
—Guarda primero la llave—dice él.
Bajan juntos los escalones que conducen a las máquinas; y, cuando han colgado la llave, se precipitan fuera, como si las Furias los persiguiesen.
XIV
Desde entonces ya no hay en sus relaciones la inocente alegría de otros tiempos.
Se han convertido en cómplices.
¡Con qué alegría hubieran confesado a Martín la tontería que han hecho! Pero comparecer juntos ante él y decirle: «¡Perdónanos, hemos pecado!...» no es posible; sería un espectáculo demasiado teatral; y el que se encargase de hacer esa confesión tendría sobre su cómplice una gran ventaja; estando igualmente unidos a Martín, el primero que rompiese el silencio pasaría necesariamente por el más sincero y el menos culpable. Además, se han prometido una discreción absoluta; y están tanto más dispuestos a cumplir su promesa cuanto que temen tocar el asunto: ni siquiera se atreverían a hablar de eso entre ellos abiertamente.
Desde entonces comienzan a contraer la costumbre de las reservas y los misterios; toda palabra pronunciada en la mesa, por inocente que sea, tiene para ellos un sentido particular más grave; toda mirada que cambian es para ellos la señal de una inteligencia secreta.
Martín no ve nada de eso; una o dos veces ha notado que «sus dos niños» han perdido mucho de su antigua serenidad, que las canciones no brotan ya tan alegres de sus gargantas. Pero no dice nada; sospecha que han tenido alguna disputa y que están todavía incomodados.
A la semana siguiente, un día que Martín se ha encerrado en su despacho Gertrudis se arma de valor y dice:
—Mira, Juan; es una locura que estemos atormentándonos de este modo. Dejemos dormir esa tonta historia.
—¡Si fuera tan fácil hacer como decir!—exclama él con expresión melancólica.
Ella lanza una alegre carcajada, y él ríe también.
—En realidad es muy fácil.
Pero han tomado gusto al misterio y no pueden perder el hábito. La menor broma tiene un encanto más, porque es preciso «a toda costa» que Martín no sepa nada; y, si por casualidad juntan sus cabezas parloteando, se separan asustados al menor ruido, como si estuvieran tramando complots criminales.
No han cambiado una palabra, una mirada, un pensamiento que pueda temer la luz del día; pero sus almas han perdido la flor de la inocencia.
Llega la víspera de San Juan. Sopla un viento caliginoso. La tierra está como embriagada; desaparece bajo las flores.
Las plantas de jazmines parecen cubiertas de blanca espuma, las rosas primaverales abren sus cálices, y los botones de los tilos empiezan a abrirse.
Gertrudis, sentada en el emparrado, ha dejado caer su labor sobre las rodillas y se abandona al ensueño. El perfume de las flores, el calor del sol le han turbado la cabeza; pero poco importa eso. Querría bañar sus miembros en ese soplo abrasado, querría vaciar todos los cálices si hubiera dentro de ellos algo que pudiera beberse.
En el molino ha cesado el trabajo un poco antes de lo acostumbrado; los mozos quieren ir a la aldea a festejar San Juan. Van a bailar, a quemar toneles de alquitrán, a hacer los locos mientras tengan fuerzas.
Gertrudis suspira. ¡Quién pudiera ir también! Martín querrá quedarse en casa; pero Juan, Juan debería ir...
Precisamente está a la entrada, haciéndole una seña con la cabeza. Después se sienta en el banco, a su lado... Está cansado, tiene mucho calor; ha trabajado rudamente.
Algunos minutos después se levanta:
—Yo no me quedo aquí. Hace un calor sofocante.
—¿Adónde vas?
—Voy al río. ¿Vienes?
—Sí.
Y ella deja la labor y se apoya en su brazo.
—Hoy van a bailar allá, en la aldea—dice.
—¿Querrías ir tú también, gatita?
Ella se tuerce las manos gimiendo, para expresar mejor su deseo.
—«Pero, como no puedo, me quedo en casa»—murmura él.
—¡No he bailado nunca contigo, y querría bailar!... Tú bailas muy bien.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Y tienes la desfachatez de preguntarlo?—dice ella afectando cierto despecho;—acuérdate de la fiesta de los cazadores, hace tres años. Las muchachas contaban de ti cosas maravillosas; decían que eras encantador, que las llevabas muy bien bailando, ni muy sueltas ni muy apretadas; que eras un mozo arrogante. Esto bien lo veía yo ¿pero para qué me servía? Tus miradas desdeñosas pasaban por encima de mí como si yo no hubiera existido.
—¿Qué edad tenías entonces?
Ella vacila un instante, y responde a media voz:
—Catorce años y medio.
—¡Ah! entonces...—dice él riendo.
—Pero estaba muy crecida... completamente desarrollada en aquella época—replica ella vivamente.—No habrías comprometido tu dignidad haciéndome dar una vuelta o dos por la sala.
—¡Bueno! Las daremos dentro de quince días en la fiesta de los tiradores.
—¿De veras?—pregunta ella con los ojos brillantes.
—Martín es uno de los jefes de la corporación de los tiradores; necesariamente ha de ir allá.
Gertrudis lanza un grito de alegría; después, de repente, exclama:
—Pero no tengo zapatos de baile.
—Mándalos hacer.
—¡Ah! ¡Son tan pesados los que hace el zapatero de la aldea!
—Entonces, voy a escribir encargando para ti unos a la ciudad. Bastará que me des la medida.
—Sí... ¿quieres? ¡mi querido, mi buen Juan!...
Y de pronto, soltando su brazo, se adelanta algunos pasos y grita:
—¡Atrápame!
Y huye como el viento.
Juan se pone a perseguirla; pero está fatigado y no puede alcanzarla. Atraviesan el puente levadizo y continúan su carrera por el prado inmenso, que termina allá, en el bosque de abetos. Gertrudis da un regate hábil, pasa como una flecha junto a Juan, y antes que él haya podido seguirla está al otro lado del río. Sin aliento, toma la cadena con que se hace mover el puente levadizo y tira con todas sus fuerzas: la pieza de madera chirría girando sobre sus goznes, y se levanta en el aire en el momento mismo en que Juan va a precipitarse sobre el puente. Sorprendido, lanza un grito, y con violento esfuerzo, agarrándose a la viga, consigue detener su impulso al borde del abismo.
Gertrudis se ha puesto lívida; toda desconcertada, lo mira fijamente. El, tratando de recobrar el aliento, hunde sus miradas en la sombría corriente.
—¡No había pensado en ello, Juan!—balbucea la joven implorando su perdón con los ojos.
Juan se echa a reír. Una alegría feroz, que le hace olvidar todo peligro, se apodera de él.
—¡Espera! ¡espera!—exclama, abriendo los brazos;—te pillaré de todos modos.
Y, de un salto temerario, se lanza sobre la estrecha viga que atraviesa el río como un puente.
—¡Juan!... ¡por el amor de Dios!... ¡Juan!
El joven no oye. Debajo de él las aguas hierven en el abismo; se esfuerza por conservar el equilibrio; avanza, tiembla, vacila; da un paso, dos, tres, un salto atrevido... Ha pasado.
—¡Corre!—dice, lanzando un grito de alegría salvaje.
Pero Gertrudis permanece inmóvil. Paralizada por el espanto, lo mira fijamente. Con un salto de tigre, el joven se abalanza sobre ella, la toma en sus brazos, la aprieta contra él; ella cierra los ojos, respirando con dificultad. El la abraza y posa su boca ardiente y alterada sobre los labios trémulos de la joven; ella lanza un grito de dolor, y su cuerpo, sacudido por la fiebre, se estremece en los brazos de Juan. Entonces, él la deja en el suelo, y con mirada temerosa observa a su alrededor. ¿Los ha visto alguien?... No, nadie... ¿Y después de todo?... ¿Qué importa?... El hermano de Martín puede besar muy bien a la mujer de Martín. ¿No exigió eso él mismo, un día?
La joven abre los ojos; parece salir de un sueño. Su mirada evita la de Juan.
—No está bien lo que has hecho, Juan. Te prohíbo que vuelvas a hacerlo en adelante.
Sin responder, él se inclina para recoger la rosa que se ha caído de su pecho.
—Quiero volver a casa—dice Gertrudis, paseando su vista en derredor, con expresión inquieta.
Marchan un momento en silencio, uno al lado de otro.
Ella fija sus ojos en el horizonte, mientras él respira ávidamente la rosa que ha recogido.
—Huele bien—dice en tono inocente.
Ella dice que sí.
—¿Te gustan las rosas?—continúa él.
La joven vuelve los ojos hacia él. «¡Como si no lo supieras!» dice su mirada.
—Oye—agrega él vivamente.—¿Por qué no pones ya flores en mi cuarto?
Ella no responde.
—¿Porque no las merezco?
—Me lo ha prohibido él—balbucea Gertrudis.
—¡Ah! eso es otra cosa—dice Juan, desconcertado.
La conversación termina de pronto.
XV
En el emparrado, Martín recibe a Gertrudis con reproches afectuosos: tiene un hambre de lobo y la cena no está servida todavía. Gertrudis se dirige apresuradamente a la cocina.
Cenan en silencio. Los dos jóvenes no alzan los ojos del plato.
Un calor sofocante, intolerable, pesa sobre la tierra. Un viento caliginoso levanta pequeñas nubes de polvo; velos de vapor azulado descienden lentamente sobre el suelo.
Juan apoya la cabeza en los vidrios de la galería; pero están calientes como si hubiesen permanecido todo el día en un horno.
De pronto, Gertrudis se levanta.
—¿Adónde vas?—pregunta Martín.
—Al huerto—responde ella.
Un momento después se oyen sus pasos en la escalera que conduce a la buhardilla.
Cuando vuelve a entrar, echa tímidamente una mirada a Juan; después se sienta otra vez en su sitio, con los ojos bajos.
De la aldea llegan gritos de alegría, aclamaciones con las cuales se mezclan las notas agudas del violín y los sonidos graves del contrabajo.
—¿Iríais de buena gana, eh?
Los jóvenes no responden, y Martín toma su silencio por una aquiescencia.
—Bueno, vamos.
Se levanta. Gertrudis se despereza con semblante aburrido, mira a Juan con vacilación; después dice meneando la cabeza.
—No tengo ganas.
—¿Qué es eso?—exclama Martín completamente atónito.—¿Desde cuándo no tienes ganas de bailar? ¿Todavía estáis reñidos, eh?
Juan se ríe levemente, y Gertrudis vuelve la cabeza. De pronto, la joven se levanta, dice buenas noches y desaparece.
Un momento después los dos hermanos se separan.
Juan sube pesadamente la escalera, abre la puerta de su cuarto; un embriagador perfume de flores flota en el aire. Respira profundamente y exhala un suspiro de satisfacción. Por eso, sin duda, ha vuelto ella tan tarde del jardín. Al lado de su almohada hay un gran ramo de rosas y jazmines. Se tiende en la cama como si quisiera hundirse en aquella masa de flores. Por un instante, da rienda suelta a su fantasía; pero su respiración se hace cada vez más penosa, sus pensamientos se obscurecen; a cada pulsación, un dolor, penetrante como una aguja, le atraviesa las sienes; le parece que va a ahogarse bajo la intensidad de los perfumes.
Reuniendo todas sus fuerzas, se levanta y abre una de las hojas de la ventana. Pero tampoco encuentra allí reposo ni frescura. Una verdadera oleada de perfumes sube del jardín hasta él, un soplo ardiente le azota el rostro, y gotas de lluvia tibia le acarician las mejillas. Por momentos, los toneles de alquitrán que arden en la aldea lanzan llamaradas a través de las masas de vapor obscuro que velan el horizonte.
Juan fija sus miradas abajo. Espera. El corazón salta en su pecho. Su deseo le parece todopoderoso; va a forzar la ventana de abajo, a abrirla y... Oye un leve chirrido de goznes... después se abre una de las hojas; y, atrevidamente inclinado hacia fuera, envuelto en sus cabellos destrenzados que flotan, el rostro de Gertrudis se levanta hacia él, mudo y apasionado.
Permanece así un segundo... y desaparece.
¿Debe gritar de alegría, debe llorar? No lo sabe.
Entonces puede entregarse a un embotamiento delicioso... ¿qué efecto ejercerán sobre él los perfumes?
Se desnuda y se mete en la cama; pero, antes de disponerse a dormir, se levanta otra vez, coge el vaso con mano temblorosa y hunde su rostro en las flores.
¡Qué semejanza con la primera noche y, sin embargo, qué diferencia! Aquella vez tranquilo y alegre; y entonces...
De pronto lo asalta un recuerdo que le hiela el rostro; sus dedos aprietan violentamente el vaso; presta oído... Le parece que la música tan franca de aquella noche, cuyo sonido subió hasta él a través del suelo, va a sonar otra vez. Escucha con una angustia creciente, hasta que su cabeza se llena de un zumbido que murmura, que estalla como una risa aguda... Un horrible sentimiento de odio y de envidia se despierta en él de repente; con una risa feroz, arroja lejos el vaso, que se rompe en medio del cuarto.
A la mañana siguiente, Juan está lleno de vergüenza. Todo eso le parece un mal sueño. Recoge los fragmentos del vaso, los ajusta y piensa en ir a comprar con qué pegarlos. Reflexiona y no alcanza a ver claramente el sentimiento que le ha hecho cometer ese acto estúpido; todo lo que sabe es que era un sentimiento muy bajo, execrable. Aprieta la mano de su hermano más cordialmente que nunca, y lo mira en silencio en el fondo de los ojos, como si tuviera que hacerse perdonar una falta grave.