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El molino silencioso; Las bodas de Yolanda

EL MOLINO SILENCIOSO (continued 2)

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Gertrudis tiene la palidez que causa una noche de insomnio. Su mirada evita la de Juan, y la taza de café que le ofrece suena en sus manos temblorosas.

No encontrando nada mejor, se pone a hablar de los zapatos de baile, para sondear al mismo tiempo las intenciones de Martín. Este no opone objeción alguna; es preciso que Gertrudis se haga tomar las medidas inmediatamente; y, como la joven se niega a quitarse el zapato en presencia de Juan, éste la llama «remilgada.»

La joven se ofende, se pone a llorar y sale. Por la tarde aparece toda confusa con la medida, y Juan puede enviar su carta.

Pero el recuerdo del vaso que ha roto le pesa sobre el corazón; y, cuando se encuentra solo con ella, se lo confiesa penosamente:

—Escucha, he hecho una mala acción.

—¿Cuál?

—He roto tu vaso.

—¡Ah!... ¿Y eso es una mala acción?

—¿Qué quieres que sea?

—Creía que lo habías hecho a propósito—replica ella, muy indiferente en apariencia.

El no responde nada y Gertrudis menea dulcemente la cabeza como diciendo: ¡Tenía razón, pues!

XVI

Pasan los días. Entre Juan y Gertrudis, las relaciones son más frías que antes. No se evitan, charlan juntos; pero no pueden emplear el tono alegre, de franca y libre amistad, de otros tiempos.

«Ha tomado a mal que la besase», se dice Juan, sin darse cuenta que él también ha cambiado.

—¿Qué es lo que tenéis, muchachos?—dice una tarde Martín, gruñendo.—¿Os duele acaso la garganta, que ya no cantáis?

Los dos guardan silencio por un instante; después, Gertrudis, medio vuelta hacia Juan, le pregunta:

—¿Quieres?

El hace una seña afirmativa, pero, como ella no lo ha mirado, cree que no responde.

—Ya lo ves, no quiere—dice, dirigiéndose a Martín.

—¿Que no quiero?—exclama el otro riendo.

—¿Por qué no lo dices, entonces, en seguida?—replica ella, tratando de ponerse en armonía con su alegre tono.

Entonces toma la actitud que le es habitual cuando canta; cruza las manos sobre las rodillas y fija la vista a lo lejos, en dirección al palomar.

—¡Qué vamos a cantar?—pregunta.

—«¡Ay! ¿cómo es posible eso?...»—propone Juan.

Ella menea la cabeza.

—Nada que hable de amor—dice con sequedad.—¡Es siempre tan estúpido!

El le dirige una mirada sorprendida.

Después de un instante de reflexión, entona un aire de caza. Ataca vigorosamente su parte, y las dos voces se funden en una, como dos olas en el mar. Sorprendidos por esa armonía, se miran; nunca han cantado tan bien.

Pero concluyen en seguida; los alemanes tenemos pocos cantos populares que no sean de amor.

Al fin, ella se decide:

Bello rosal florido, Cuando veo a mi amor...

comienza con una especie de grito de alegría.

El la mira sonriendo, y Gertrudis, sonrojada, vuelve la cabeza.

Sus voces se animan con vida extraordinaria; parece que los latidos de sus corazones acompañan sus acentos. Esas voces crecen y se elevan llevadas por la ola de su sangre, y después vuelven a apagarse, como si un dolor íntimo y profundo secara en ellos la fuente de la vida.

Puesto que no se puede expresar todo, Puesto que el amor es infinito, Puedes preguntar a mis ojos Cuánto te quiere mi corazón...

¿Por qué se cruzan de pronto sus miradas?

¿Por qué tiemblan los dos como si una descarga eléctrica les sacudiese los miembros?

No pasa una sola hora de la noche Que no se despierte mi corazón; Que no piense en ti, Que no piense que me has dado mil veces tu corazón...

¡Qué embriaguez de pasión en su acento febril! ¡Cómo se buscan sus voces! ¡parece que quisieran besarse!

En la orilla del torrente crecen los sauces, En los valles se extiende la nieve; Querida niña, tenemos que separarnos... Parto para la guerra, voy a afrontar la muerte... La separación, amada mía, es cruel...

Sus voces se pierden en un murmullo trémulo. El deseo y la esperanza, las tristezas de la separación y el dolor de la muerte, todo esto se adivina en los sonidos que se escapan de sus labios.

El rostro de Gertrudis se crispa como para contener las lágrimas; pero sus ojos brillan. Irguiéndose de repente, entona la vieja y melancólica canción del molinero, la canción de la casa dorada que se alza «en lo alto de la montaña». Juan se estremece, y su voz tiembla. Acaban la primera estrofa y comienzan la segunda:

Abajo, en aquel valle, El agua hace girar una rueda Que no muele más que el amor, Toda la noche y todo el día. La rueda del molino se ha roto...

En eso... un grito... una caída... Gertrudis se ha desplomado, y con la frente apoyada en la pared solloza desesperadamente.

Los dos hermanos se levantan. Martín le toma la cabeza entre las manos y murmura palabras entrecortadas y confusas; pero ella solloza cada vez con más violencia.

Y él, desolado, golpea el suelo con el pie; se vuelve hacia Juan, que está pálido como un muerto, y le dice:

—¿Qué tienes?

Entonces Gertrudis le echa los brazos al cuello, se levanta hacia él y, como buscando su protección, oculta en su hombro el rostro bañado en lágrimas. El acaricia dulcemente sus cabellos en desorden y trata de calmarla; pero el pobre Martín entiende poco de consuelos, y cada palabra que dice a media voz parece un juramento ahogado.

La joven deja caer su cabeza contra las hojas; sus labios se mueven, y, como si quisiese continuar su canto, murmura todavía medio sofocada por los sollozos:

La rueda del molino se ha roto...

—No, hija mía, no se ha roto—dice Martín, cuyos ojos se llenan de lágrimas.—No se romperá... la nuestra. Seguirá girando mientras nosotros vivamos.

Ella menea violentamente la cabeza y cierra los ojos como aterrada ante una visión.

—¿De dónde has sacado esa idea?—continúa el marido.—¿Acaso no estás tan contenta como creíamos? ¿No está aquí Juan, con nosotros? ¿No vivimos todos felices y satisfechos... trabajando desde la mañana hasta la noche? ¿Por dónde ha de venir la desgracia? ¿por qué ha de venir? ¿Acaso no velamos también para que tu padre tenga lo necesario?...

Suspira y enjuga el sudor que cubre su frente.

No encuentra nada que decir, y, dirigiéndose a Juan, que está vuelto de espaldas, con la cabeza apoyada en el montante de la puerta, de pie a la entrada del emparrado:

—¿Por qué cantabais cosas tan tristes?—le dice en tono rudo.—Yo mismo me sentía... no sé cómo, cuando empezasteis; y ella... ella no es más que una mujer.

Gertrudis menea la cabeza como diciendo: «No regañes...» Después se levanta, murmura casi sin mover los labios un «buenas noches» apenas perceptible, y entra en la casa.

Martín la sigue.

Juan, con la cabeza entre los brazos, se pone a pensar. La ve todavía levantarse delante de él con los ojos brillantes, y después desplomarse de pronto, como herida del rayo. Y entonces se reprocha no haberse precipitado más pronto hacia ella para impedir que cayese.

De repente brilla en su cerebro una luz siniestra y sangrienta. Comprende entonces lo que ha pasado en él la víspera de San Juan, por qué ha tirado el vaso al suelo... y hace un movimiento como para romperlo por segunda vez... No es más que un impulso de tortura infernal; después, esa luz se apaga, y se hace la noche a su alrededor, una noche sombría y llena de angustias. Se pasa la mano por la frente, como si tratase de encender de nuevo esa luz, pero todo permanece obscuro; sombra y misterio es para él lo que acaba de experimentar. Le parece que va a gritar, que va a confiar a la noche la angustia indefinible en que se agita. Se pone de rodillas en el mismo sitio donde ha caído Gertrudis, y, con la frente apoyada en el ángulo del banco, gime dulcemente.

De pronto suena una puerta en la casa. Los pasos de su hermano repercuten en el vestíbulo.

Se pone en pie de un salto, y se sienta.

La figura de Martín aparece en el emparrado.

—¡Hermano! ¡hermano!—exclama Juan.

—¿Estás ahí, muchacho?—y se deja caer sobre el banco con un suspiro ruidoso.—Ya está mejor; ha acabado por dormirse a fuerza de llorar; ahora descansa muy tranquila, y su respiración es profunda. Me he dejado estar un momento junto a la cama contemplándola. ¡Estoy muy desconcertado! Hasta ahora siempre he visto claro en su alma infantil, como en un espejo... y de repente... ¿Qué será esto? Por más que reflexiono, no encuentro explicación alguna. ¿Estará triste porque no tiene... ninguna esperanza de ser madre? Sí, quizás sea eso. Sin embargo, siempre había guardado para mí mi ardiente deseo... no quería causarle un pesar. Pero, si se piensa bien, todavía no es más que una chiquilla, está lejos aún de la madurez necesaria para llenar bien los deberes de madre. ¡Sí, hay que tener paciencia!

Y así consuela Martín su alma del pesar secreto que lo atormenta. Juan guarda silencio. ¡Tiene el corazón tan lleno, tan lleno! Querría demostrar su afecto a su hermano, pero no sabe cómo. Querría librarse de su propio martirio, y, cogiendo la mano de Martín, le dice desde el fondo del corazón:

—¡Oh! sí ¡todo marchará bien, todo se arreglará!

—¿Por qué no?—balbucea el otro.

Menea la cabeza, fija un instante sus miradas delante de él, con la frente pensativa, y después, con expresión contrariada:

—Vete a dormir, Juan. La rueda rota está dando vueltas en tu cabeza.

XVII

Al día siguiente, Gertrudis se queda en cama, enferma. No quiere ver a nadie, y a Martín lo menos posible.

Juan está sobresaltado. Las horas de la comida pasan tristes y silenciosas... Se extienden las sombras, cada vez más densas, alrededor del molino de Felshammer.

El sol se pone una vez más. El cuarto día, Gertrudis está casi restablecida; Juan puede entrar en su cuarto y hablar con ella.

La encuentra sentada a la ventana, con una tela blanca sobre las faldas. Está pálida y fatigada, pero ilumina sus facciones la melancolía apacible que es propia de los convalecientes.

Tiende la mano a Juan con una sonrisa.

—¿Cómo estás?—pregunta él dulcemente.

—Bien, como ves—responde ella mostrando la tela blanca.—Ya estoy pensando en el baile.

—¿Qué baile?—pregunta él con admiración.

—¡Qué poca memoria tienes!—dice ella tratando de bromear.—El domingo próximo es la fiesta de los tiradores.

—¡Ah!... sí, es verdad.

—¿No te alegra la idea de bailar conmigo?

—Sí.

—¿Mucho?... Di, ¿mucho?

—Mucho.

Una sonrisa infantil anima su rostro pálido y abatido; sus dedos arrugan los encajes y los pedazos de tul; se deleita tocando ese tejido blanco y tenue.

Su extenuación física parece haber devuelto a su ánimo el antiguo candor infantil; y, cuando se informa con ansiedad de sus zapatos de baile, evidentemente vuelve a ser en todo la criatura virginal que en otro tiempo tendía la mano a Juan con una cordialidad sencilla, para darle la bienvenida.

El joven se sienta frente a ella en un taburete; haciendo deslizar entre sus dedos la tela del vestido de baile, escucha con una sonrisa indulgente el parloteo de Gertrudis.

Lo que ella le cuenta está lleno de sol, y respira la alegría de vivir. Aquel vestido ha sido su vestido de novia; lo ha cosido y guarnecido ella misma, porque sabe cortar como pocas... Se habría puesto un vestido de seda, como convenía a la prometida del rico Felshammer, pero no había podido reunir la suma necesaria; y su orgullo no le había permitido dejarse ofrecer el traje de novia por su futuro esposo. Entonces siente casi pesar al deshacer las costuras... ¡Cuántos proyectos y cuántos locos sueños había cosido por decirlo así, con su aguja! Pero ¿qué remedio? ¡había engordado tanto después de su casamiento!

Luego la conversación pasa a la próxima fiesta de los tiradores, versa sobre las nuevas relaciones hechas en la aldea, se pierde un momento en la ciudad, en la tienda del zapatero; pero Gertrudis la vuelve a traer siempre a la época de sus bodas explayándose sobre los sentimientos y sobre los sucesos de esa época feliz.

Le parece haberse vuelto soltera. La sonrisa un poco soñadora, la sonrisa de presentimiento que se dibuja en sus labios, se asemeja a la de una novia, como si la fiesta para la cual se prepara fuese la de sus bodas.

Todos sus pensamientos pertenecen desde entonces a ese baile. En tanto que acaba de restablecerse, que sus ojos recobran su brillo, que en sus mejillas vuelven a florecer las rosas de otros tiempos, canta noche y día, viéndose en el momento de adornarse soñando con el deleite que, como una embriaguez desconocida, inconcebible, va a invadirla por completo en esas horas de fiesta.

XVIII

Suenan las trompetas; con las notas agudas de los clarinetes, los címbalos mezclan sus gruñidos sordos.

La corporación, en cortejo solemne, se extiende a lo largo de la calle; a la cabeza, dos heraldos a caballo; Franz Maas y Juan Felshammer, los dos hulanos de la guardia. ¡No se habrían dejado arrebatar ese honor aunque la corporación hubiera tenido que disolverse!

El rostro de Franz está radiante, pero Juan no tiene más que miradas serias, casi indiferentes. ¿Qué le importan los hombres? Entonces no son para él sino extraños. No saluda a nadie, su mirada no se detiene en nadie; pero busca algo en las filas de la multitud, y un relámpago de alegría y de orgullo ilumina sus facciones. Se inclina, saluda con la espada; allá, en el extremo de la calle, con las mejillas arreboladas y los ojos brillantes, agitando su pañuelo, está lo que busca, la mujer de su hermano.

La joven ríe, hace señas, se empina; quiere seguirlo con los ojos hasta que desaparezca en el torbellino de polvo. Olvida casi a Martín, que camina a su lado. ¿Por qué marcha él tan silencioso y tan tieso, por qué mete tanto la cabeza en los hombros? Desde lejos, Juan saluda todavía con la espada.

El campo del tiro, donde se detiene el cortejo, se encuentra en la linde del bosque de pinos, que, visto desde la presa, rodea las praderas. A vuelo de pájaro, está a mil pasos apenas del molino de Felshammer, que parece hacer señas por arriba de los álamos del río. Si la multitud de tiradores no hiciera ese ruido ensordecedor, se oiría claramente el mugido del agua.

—¡Si acabasen de una vez todas estas tonterías!—dice Juan.

Y echa una mirada de envidia a la sala de baile, una vasta tienda cuadrada, cuyo techo se eleva muy alto, dominando el hormigueo de barracas y de tiendas más pequeñas que se agrupan alrededor.

Los parientes de los tiradores sólo pueden penetrar en ese sitio a la tarde, después de haber sido proclamado el rey de la fiesta.

Las horas, pasan y las detonaciones resuenan monótonas en la linde del bosque. Como a mediodía le llega el turno a Juan. Tira... y marra el blanco, a pesar de las flores que Gertrudis le ha puesto en la carabina... «Flores que dan la suerte», había dicho ella; y Martín, que estaba presente, se había sonreído como se sonríe uno ante una tontería.

Una vez que ha cumplido su deber, Juan vuelve la espalda al tiro; entra en el bosque, donde no se oyen gritos ni conversaciones, donde sólo el eco de los disparos rueda dulcemente por el aire.

Se deja caer sobre el césped y dirige sus miradas a los pinos, cuyas finas agujas, bajo el sol del mediodía, lanzan reflejos como cuchillitos aguzados.

Entonces cierra los ojos y sueña. ¡El mundo entero le es indiferente!... ¡Qué lejos está su vida pasada! No ha sido esa vida gran cosa; la mujer y la pasión no han hecho en ella ningún papel, y, sin embargo, ¡qué rica y brillante de colores le ha parecido! Entonces se lo ha tragado todo un abismo, y sobre ese abismo flotan brumas rosadas.

Han pasado unas dos horas; oye un ruido de trompetas lejanas que anuncia la elección del nuevo rey. Se pone de pie. Dentro de media hora llegará Gertrudis...

Le dicen que la dignidad real ha recaído en su amigo Franz. Escucha eso como en un sueño... ¿Qué le importa? Sus miradas se dirigen sin cesar hacia el camino, por donde, entre el polvo y el sol, las mujeres, vestidas con trajes claros, llegan a pie o en carruaje.

—¿Buscas a Gertrudis?—pregunta de improviso detrás de él la voz de Martín.

Se estremece, violentamente sacado de su ensueño.

—¿Pero qué tienes, muchacho? ¿Acaso te duele haber marrado el tiro, a estás durmiendo en pleno día?...

Ese es un hermoso día para Martín. La compañía de toda aquella gente, porque él es uno de los más altos dignatarios de la asociación, lo ha sacado de su somnolencia; sus ojos brillan, una sonrisa jovial se dibuja en su boca. ¡Si llevase con un poco más de soltura su traje de fiesta! El sombrero profundamente hundido en su frente, deja ver detrás de la cabeza un mechón de cabellos hirsutos.

—¡Mírala! ¡mírala!—exclama de repente agitando su sombrero.

Ese brillante carruaje tirado por dos caballos es la carroza de gala de los Felshammer, que Martín se hizo fabricar expresamente para sus bodas. En el fondo de él, la figura blanca que se apoya en uno de los lados con indolencia, mirando a su alrededor con seriedad, es ella, «la mujer del rico Felshammer», como se susurra al verla pasar.

—¡Mírala que guapa está!—dice Martín tirando a Juan de la manga.

En el mismo momento descubre ella a los dos hermanos y ¡al diablo los modales estudiados! se levanta en el carruaje, agita la sombrilla con una mano y el pañuelo con la otra, ríe con abandono, y con la punta de su sombrilla da en la espalda al cochero para que ande más de prisa.

Y, cuando el carruaje se detiene, no espera que la portezuela se abra, sino que salta por encima de ella, a los brazos de Martín.

Está febril, agitada, jadeante, sus labios se mueven como si fuera a hablar, pero la voz le falta.

—¡Calma, muchacha, calma!—dice Martín, acariciando sus cabellos que caen entonces en bucles sobre su cuello desnudo.

Juan permanece inmóvil, sumido en su contemplación.

¡Qué hermosa es!

Como un velo tenue, su vestido blanco y diáfano flota en torno de su cuerpo encantador. ¡Y su cuello blanco! ¡Y aquellos hoyuelos en el nacimiento de los pechos! ¡Y aquellos brazos llenos y soberbios, sobre los cuales se estremece un leve vello de plata! ¡Y aquel pecho redondo y firme que sube y baja como las olas! La joven parece de belleza inaccesible... mujer y reina a la vez. Y esas dos ideas, de mujer y de reina, se confunden en algo que lo llena a un tiempo de deleite y de melancolía. Sus ojos se han abierto de repente, y vacilan todavía, deslumbrados al contemplar en toda su majestad real a la mujer por delante de la cual ha pasado como un ciego durante toda su juventud.

¡Qué hermosa es! ¿Cómo la mujer puede ser tan hermosa?

Y Gertrudis deja escapar entonces de sus labios un torrente de palabras confusas; está casi muerta de impaciencia, y habla mal del reloj, que parece retardar la hora de la comida, y de los absurdos zapatos de baile en los que sus pies no querían entrar...

—Están demasiado ajustados, me aprietan mucho; pero son bonitos ¿no es verdad?

Y, para mostrar sus pies, levanta un poco el vestido; son unos zapatitos de seda celeste, de altos tacones, atados con cintas también de seda y celestes.

—Parecen muy estrechos—dice Martín meneando la cabeza con expresión inquieta.

—Lo son, en efecto—responde ella con una sonrisa.—Las puntas de los pies me queman como si fueran fuego. Pero de esta manera bailaré mejor, ¿no es verdad, Juan?

Y cierra los ojos un momento, como para despertar de nuevo sus ensueños desvanecidos. Después se apoya en el brazo de Martín y quiere que la lleven a su tienda.

Las principales familias del contorno se han hecho levantar allí tiendas especiales, leves cabañas o carpas de lona que les aseguren un abrigo para la noche, porque la fiesta se prolonga de ordinario hasta la mañana siguiente. Gertrudis ha ido la víspera a vigilar ella misma la construcción de la suya. Ha hecho llevar muebles y ha adornado la puerta con guirnaldas de hojas. Puede enorgullecerse de su obra; la tienda de Felshammer es la más bella de todas.

Mientras Martín trata de abrirse paso por entre la multitud, ella se vuelve presurosa hacia Juan y le pregunta en voz baja:

—¿Estás contento, Juan? ¿Te gusto así?

El hace una seña.

—¿Mucho?... Di, ¿mucho?

—¡Mucho!

Ella respira profundamente; después ríe, ríe satisfecha.

La bella molinera causa sensación en la multitud. Los propietarios forasteros se detienen a contemplarla; los burgueses se dan con el codo a hurtadillas; los jóvenes de la aldea la saludan con cortedad. A su aparición se oye un prolongado murmullo en los grupos. Seria, con una importancia un poco afectada, avanza del brazo de Martín, retirando de cuando en cuando los bucles que flotan sobre sus hombros; y cuando echa la cabeza para atrás, toma el talante de una reina, o, más bien, de una muchacha loca de alegría, que va a hacer la reina y que no está muy segura de su papel.

XIX

Cuando, una hora más tarde, suenan los primeros acordes, la joven exclama con un estremecimiento de alegría:

—¡Ahora soy tuya, Juan!

Martín le recomienda que tenga cuidado con el frío para no caer enferma; pero antes que haya concluido de hablar, los jóvenes han desaparecido. Entonces se resigna, toma un buen vaso de vino de Hungría y se echa sobre el sofá para descansar.

Pensamientos agradables acuden a su mente. ¿No son completamente felices desde que ha venido Juan? ¿No se han hecho ya raras las horas tristes, llenas de presentimientos siniestros, turbadas por el miedo a los fantasmas? ¿No estaba reviviendo él a ojos vistas, vencido por la alegría de esos dos inocentes? ¿No era el día que acababan de pasar la mejor prueba de que su horror a los extraños ha desaparecido y de que sabe asociarse ya a la alegría de los otros? ¡Y Gertrudis cuán feliz es también!... La otra noche, es verdad... ¡Pero qué! ¡Las mujeres son seres débiles, sujetos a muchos caprichos. Todo se arregló en seguida.

La frase que Juan le dijo esa noche vuelve a su memoria: «Todo irá bien, todo se arreglará...» Hace chocar su vaso con los dos vasos vacíos que han dejado los jóvenes.

—¡A la salud de ellos dos! ¡A la feliz unión de los tres hasta el fin de nuestros días!...

Entretanto Gertrudis y Juan se han abierto paso a través de la multitud compacta, y llegan a la puerta de la sala de baile. La ola ruidosa de la música se oye delante de ellos; el aire del interior les da en el rostro, como el hálito ardiente de un pecho humano. En lo claroobscuro de la tienda, las parejas que se agitan, estrechamente enlazadas, pasan frente a ellos; parecen sombras.

Juan anda como en un sueño. Apenas se atreve a fijar sus miradas en Gertrudis; un miedo misterioso lo y le aprieta el pecho como un cinto de hierro.

—Estás muy serio hoy—murmura ella acercando su rostro al brazo de su caballero.

El no responde.

—¿He hecho algo que te haya disgustado?

—Nada, nada—balbucea Juan.

—Bailemos entonces.

En el momento en que el joven le pasa el brazo por el talle, ella se estremece, abandonándose después con un profundo suspiro. Se ponen a bailar. Aspirando con fuerza el aire, ella ladea su rostro contra el pecho de Juan. En la gorra de éste brilla la escarapela, insignia de los tiradores, que lleva ese día; la cinta de seda blanca tiembla sobre su frente. Gertrudis inclina un poco la cabeza y, alzando los ojos hacia él, murmura:

—¿Sabes lo que siento?

—¿Qué cosa?

—¡Me parece que me llevas al cielo!

Y cuando termina esa danza:

—Ven ligero, salgamos—dice;—no quiero tener que bailar con otro.

Le aprieta fuertemente la mano, mientras él se abre paso por entre la multitud. Feliz y orgullosa, con las mejillas encendidas y los ojos brillantes, se pasea de su brazo fuera de la tienda. Ríe, charla y bromea, y él la imita lo mejor que puede. En el ardor del baile ha perdido la timidez por completo... Una alegría terrible arde en sus venas. Entonces, Gertrudis le pertenece en cuerpo y alma, a él solo; lo siente en el temblor de su brazo, que, con ternura y como a escondidas, aprieta con fuerza al suyo; lo adivina en el brillo húmedo de sus ojos, que se alzan furtivamente hacia su rostro. Al cabo de un momento, dice ella un poco contrariada.

—Oye, es preciso ver qué hace Martín.

—Sí—responde él apresuradamente.

Pero se contentan con esa buena intención. Cada vez que se dirigen hacia la tienda ocurre en la parte opuesta algún incidente extraordinario que les hace olvidar su resolución.

De pronto, Martín mismo sale al encuentro de ellos, en medio de un grupo de aldeanos a quienes lleva consigo para obsequiarlos.

—¡Hola, muchachos! Voy a establecer mi cuartel general en el hotel de la Corona; si queréis beber, venid con nosotros.

Gertrudis y Juan cambian una rápida ojeada de inteligencia; después dan las gracias, de común acuerdo.

—Entonces, adiós, hijos míos; y divertíos mucho.

Y se aleja.

—Jamás lo he visto tan contento—dice Gertrudis riendo.

—¡Buena falta le hace!—dice Juan con voz tierna, siguiendo a su hermano con una mirada afectuosa.

Querría ahogar el sentimiento que lo atormenta y que se despierta en él a la vista de Martín.

XX

Ha llegado la tarde... La multitud está bañada por un resplandor purpurino. Un rosado crepúsculo envuelve la llanura y el bosque.

En un rincón solitario de la pradera, Gertrudis, inmóvil, lanza miradas melancólicas al sol que se extingue.

—¡Ah! ¡si no se ocultase hoy para nosotros!—exclama abriendo los brazos.

—¡Bueno! ¡ordénaselo!—dice Juan.

—¡Sol, te mando que te quedes con nosotros!

Y, mientras el globo de fuego se hunde cada vez más, ella se pone a temblar de pronto y dice:

—¿Sabes qué idea acaba de ocurrírseme? Que ya no lo veremos salir más.

Después, lanzando una risa clara:

—¡Sí, ya sé, es pura locura! ¡Vamos a bailar!

Una nueva danza acaba de empezar. Cruzan apresuradamente la sala de baile, trémulos de alegría y embriagándose uno al otro, y desaparecen en un rinconcito obscuro que han elegido cerca del tablado de los músicos para substraerse a las miradas indiscretas de las otras parejas, porque todas quieren conocer a la bella molinera.

Los cabellos de Gertrudis se han desprendido y flotan libremente; brilla en sus ojos una llama que sólo se ve en las personas ebrias de felicidad; todo su ser parece sumido en el deleite de esos momentos.

—Si no me ardiese el pie como fuego del infierno...—dice cuando Juan la lleva a su sitio.

—¡Descansa un poco!

Ella se echa a reír. En ese instante Franz Maas se adelanta para invitarla, en su calidad de rey de la fiesta, a la danza de honor; ella acepta su brazo y se aleja en un torbellino.

Juan pasa la mano por su frente ardorosa y mira a la pareja; pero las luces y las personas se confunden en sus ojos en un caos tumultuoso; le parece que todo gira a su alrededor. Vacila y tiene que apoyarse en una columna para no caer; y ruega a Franz Maas, que vuelve en ese momento con Gertrudis, que sirva de caballero a su cuñada por media hora porque tiene necesidad de salir, de respirar el aire puro...

Sale a la noche clara y fresca, en contraste con ese local cálido, cargado de vapores, donde un par de arañas llenas de bujías esparcen un humo intolerable. Pero hasta allí lo persiguen el bullicio y la música. En las barracas de tiro chocan las flechas de las ballestas; delante de las rifas suena la voz ronca de los rifadores anunciando la jugada; y los caballitos de madera, que giran con ruido ensordecedor, iluminan la obscuridad con su brillo fugitivo. Y, por entre todo eso, ruedan las sombras de la multitud.

Detrás del bosque de pinos, cuya corona sombría y silenciosa domina todo ese movimiento, se enciende un resplandor de oro; dentro de media hora la luna verterá sobre aquella escena su luz sonriente.

Juan avanza a pasos lentos entre las tiendas; se detiene delante de la posada de la Corona y mira por la ventana. Pero, al ver a Martín allí sentado, con el rostro abrasado, en medio de un grupo de bebedores alegres, se precipita en la sombra como si temiera encontrarse con él. De la casa vecina salen cantos ruidosos; vacila un momento, y al fin entra, porque la lengua se le pega al paladar. Lo acogen con gritos de alegría. Ante una larga mesa cargada de cerveza están sentados una porción de antiguos condiscípulos, pilluelos la mayor parte, a los que evitaba en otro tiempo.

Se le rodea, se le invita a beber y se le obliga a tomar asiento.

—¿Por qué te dejas ver tan poco, Juan?—le grita uno desde el extremo de la mesa.—¿Dónde te metes de noche?

—Está cosido a las faldas de su bella cuñada;—responde otro con aire burlón.

—¡Deja en paz a mi cuñada!—le dice Juan frunciendo el entrecejo.

El tumulto lo disgusta, los gritos roncos lo ensordecen, las bromas torpes le hacen mal. Bebe apresuradamente dos vasos de cerveza fresca, y sale, librándose con gran trabajo de las instancias importunas de sus camaradas.

Se dirige pausadamente hacia la linde del bosque y hunde sus miradas en la obscuridad, que se anima entonces con los pálidos reflejos de la luna; después se interna un poco bajo los árboles aspirando la atmósfera dulce y aromática de los pinos. Quiere dominar a toda costa la embriaguez inexplicable que le penetra hasta los tuétanos. Pero cuanto más se aleja del lugar de la fiesta, tanto más aumenta su turbación...

Al punto de entrar en la sala de baile ve a Franz Maas, que se lanza hacia él presa de una agitación manifiesta. Una vaga sospecha de desgracia comienza a torturar su alma.

—¿Qué ha sucedido?—exclama.

—¡Al fin te encuentro! Tu cuñada se ha indispuesto.

—¡En nombre de Cristo!... ¿Y adónde la has llevado?

—Martín la ha llevado a vuestra tienda.

—¿Cómo ha sucedido eso? ¿cómo ha sucedido?

—Desde hacía un momento notaba yo que se había puesto pálida y silenciosa; y, al preguntarle qué tenía, me dijo que le dolía el pie. A pesar de eso, no quiso sentarse, y de repente se desmayó en medio de la sala.

—¿Y entonces, entonces, qué?

—La levanté y la llevé en seguida a su sitio mientras mandaba buscar a Martín.

—¿Por qué no me mandaste buscar a mí, animal?

—En primer lugar, porque no sabía dónde estabas; después, porque era justo que fuese primero el marido...

Juan suelta una risa estridente:

—Claro, muy justo... ¿y después?

—Abrió los ojos antes que Martín llegase. Su primer cuidado fue alejar a las mujeres que la rodeaban; después me dijo: «No le hable de mi desmayo.» Y cuando él se lanzó hacia ella con el rostro pálido, Gertrudis se mostró muy alegre en apariencia y le dijo: «Me hace daño el zapato; nada más.»

—¿Y entonces?

—Entonces se la llevó. Pero alcancé a ver que se ponía a sollozar escondiendo la cara en el hombro de su marido. Y me dije: «¡Dios sabe dónde le aprieta el zapato!»

Juan no quiere escuchar más; sin una palabra de agradecimiento se lanza fuera.

La cortina que cubre la entrada de la tienda de los Felshammer está completamente corrida. Juan escucha un instante. Un ligero rumor de llanto, mezclado con la voz de Martín que trata de apaciguar a su mujer, llega hasta él del interior. Quiere levantar la cortina, pero ésta no cede; parece sólidamente sujeta al marco de la puerta.

—¿Quién es?—grita la voz de Martín.

—¡Yo, Juan!

—¡No entres!

Juan se estremece. Aquel «no entres» le ha atravesado el pecho como una puñalada.

Cuando se trata de estar junto a la que sufre, de llevarle el consuelo y la paz, le gritan: «¡no entres!»

Aprieta los dientes y fija sus miradas ardorosas en la cortina, atravesada por un débil resplandor rojizo.

—¡Juan!—grita de nuevo la voz de su hermano.

—¿Qué hay?

—Anda a ver si nuestro carruaje está ahí cerca.

Cumple lo que le ordenan. ¡Sólo sirve para hacer recados! Recorre la fila de carruajes y, no encontrando lo que busca, vuelve a la tienda.

La cortina aparece levantada ya. Ella está allí, con un chal claro en los hombros... ¡tan pálida y tan bella!

—¡Estoy soñando! Di orden para que no viniese el carruaje sino mañana al amanecer.

—¿Quiere marcharse Gertrudis?—pregunta Juan impresionado.

—Gertrudis tiene que irse—dice la joven.

Y con los ojos llenos de lágrimas le dirige una mirada, en la que se esfuerza por poner una sonrisa.

—¡Tranquilízate, hija mía!—dice Martín acariciándole los cabellos.—Si no se tratase más que de tu pie no sería un gran mal. Pero tus lágrimas, tu agitación... Creo que la enfermedad te dura todavía y el reposo te hará bien. ¡Si no se necesitara tanto tiempo para ir a buscar el carruaje! Me parece que lo mejor será que hagas a pie el corto camino a través de la pradera... si no sientes ningún dolor, se entiende.

Gertrudis lanza una mirada a Juan, y se apresura a decir que sí.

—El aire es tibio, la hierba está seca—continúa Martín, y Juan podrá acompañarte.

Gertrudis se estremece y la sangre sube a sus abrasadas mejillas. Los ojos de Juan buscan los suyos, pero ella los evita.

—Tú puedes estar de vuelta en media hora—añade Martín, que toma el silencio de Juan por mal humor.

Juan menea la cabeza y responde, lanzando una mirada a Gertrudis, que él también está cansado.

—¡Entonces, Dios os acompañe, hijos míos!—dice Martín.—Y cuando me haya librado de mis amigos iré a buscaros.

Juan pasea su vista a lo lejos; la llanura que se extiende delante de él, plateada por la luz de la luna, le hace el efecto de un golfo sobre el cual flotaran brumas; le parece que el brazo que en aquel instante se desliza bajo el suyo de modo tan dulce, tan acariciador, lo arrastra allá abajo, al fondo de ese abismo.

—Buenas noches—murmura sin mirar a su hermano.

—¿No me das la mano?—dice Martín en tono de amistoso reproche.

Y, al tendérsela Juan vacilando, se la aprieta cordialmente... ¡Ah! ¡cuánto daño puede hacer un apretón de manos!

XXI

El tumulto de la fiesta se extingue a lo lejos. El ruido de las mil voces no es más que un débil zumbido, sobre el cual descuella solamente, con notas agudas, la algazara de los caballitos de madera; y cuando la orquesta del baile, que se ha callado por un tiempo, empieza a tocar otra vez, ahoga los demás ruidos con el estallido penetrante de sus cornetines.

Pero sus notas van debilitándose también; el bombo, que hasta entonces había hecho discretamente su parte, suena más fuerte, en cambio, porque sus sordos golpes llegan más lejos que los otros sones.

Caminan juntos en silencio; ni uno ni otro se atreve a hablar. El brazo de Gertrudis tiembla bajo el de Juan; éste contempla las brumas de reflejos verdosos que se alzan de las praderas. Ella camina valerosamente, aunque no puede menos de cojear un poco; y de cuando en cuando exhala un débil quejido.

De pronto, la joven se vuelve y muestra, tendiendo la mano, el hormigueo de las luces en el lugar de la fiesta, que brillan sobre el fondo obscuro del pinar.

—Mira qué bonito—murmura tímidamente.

El responde con un ademán.

—¡Juan!

—¿Qué, Gertrudis?

—¿No me guardas rencor?

—¿De qué?

—¿Por qué abandonaste el baile?

—Porque hacía demasiado calor para mí en la sala.

—¿No es porque bailaba yo con otro?

—¡Oh! de ningún modo.

—Mira, cuando te marchaste, me sentí tan sola, tan abandonada, que tuve necesidad de todo mi valor para no estallar en sollozos. «Hubiera podido prohibirte que bailases con otro», me decía yo... «¿Por quién he venido a la fiesta sino por él? ¿por quién me he puesto tan guapa sino por él?...» Y el pie me ardía mil veces más que antes sufrí un desmayo, y después... de repente... ya sabes lo que me sucedió.

Juan aprieta los dientes, un estremecimiento sacude sus brazos como si a pesar de él, fuesen a abrazar a Gertrudis. Ella inclina lentamente su cabeza sobre el hombro del joven y su mirada clara y brillante se alza hacia él; pero de pronto lanza un grito agudo... su pie dolorido, que se arrastra penosamente por el suelo, acaba de tropezar con una piedra. Extenuada por el dolor, se deja caer sobre la hierba.

—Querría quedarme tendida aquí un momento—dice enjugándose el sudor frío que cubre su frente.

Después esconde su rostro entre el césped y permanece así algunos segundos, sin movimiento. El se inquieta.

—Ven—dice;—te vas a resfriar.

Ella le tiende la mano derecha, volviendo el rostro.

—Levántame.

Pero, cuando quiere caminar, sus rodillas se doblan bajo su peso.

—Ya ves, no puedo—dice con triste sonrisa.

—Bueno, te llevaré yo—dice él abriendo los brazos.

Se escapa un murmullo de los labios de Gertrudis, mitad de júbilo, mitad de queja; un momento después, su cuerpo, levantado del suelo, está en los brazos de Juan.

Ella lanza un profundo suspiro, y, cerrando los ojos, apoya la cabeza contra su mejilla.

Pecho contra pecho, sus cabellos ruedan como una onda sobre el cuello de Juan, y su respiración tibia le acaricia el rostro. ¡Adelante, adelante, cada vez más lejos, aunque las fuerzas le falten, hasta el fin del mundo!... Siente palpitaciones violentas, un velo rojizo se extiende delante de sus ojos, le parece que va a caerse y a entregar el alma. ¡No importa!... ¡más lejos, más lejos siempre!

Allá abajo, el río lo llama, la cascada muge sordamente a través de la noche silenciosa, y las gotas que saltan brillan a los rayos de la luna.

Ella deja caer su cabeza hacia atrás, sobre el brazo de Juan; una sonrisa dolorosa vaga por su boca entreabierta; sus párpados se han alzado, y en su pupila obscura se refleja la luna.

—¿Dónde estamos?—murmura.

—A la orilla del agua—dice él jadeante.

—Déjame en el suelo.

—No quiero... no puedo...

Al fin, cerca de la orilla, la pone en el suelo; después se tira sobre la hierba, apoya la mano sobre el corazón y hace un esfuerzo para tomar aliento. Le laten las sienes y está a punto de perder el conocimiento... Pero se incorpora con esfuerzo vigoroso, inclina el busto sobre la corriente y coge agua en las palmas de las manos para bañarse la frente.

Esto lo ayuda a serenarse. Se vuelve hacia Gertrudis. Ella se oculta el rostro en las manos y gime dulcemente.

—¿Sufres mucho?—le pregunta él.

—Esto me escuece.

—Mete el pie en el agua; se te refrescará.

Ella deja caer sus manos y lo mira con sorpresa.

—Eso me ha hecho bien a mí—dice él mostrando su frente, por donde corren todavía las gotas de agua.

Gertrudis se inclina hacia adelante para quitarse el zapato; pero su mano tiembla, y se detiene fatigada.

—Deja que te ayude—dice él.

Un movimiento brusco, y el zapato salta al lado de ella, le sigue la media, y, arrastrándose hasta la orilla del río, la joven sumerge hasta el tobillo el pie desnudo en la frescura de la corriente.

—¡Oh! ¡qué bien hace esto!—murmura aspirando el aire profundamente.

Después, volviéndose a derecha e izquierda, busca un apoyo para su cuerpo.

—Apóyate contra mí—dice él.

Y ella deja caer su cabeza sobre el hombro de Juan. Un estremecimiento corre por los brazos del joven pero no se atreve a enlazarle el talle; respira con dificultad; mira con fijeza el agua transparente a través de la cual resplandece el pie blanco de Gertrudis como una concha de nácar que hubiera en el fondo.

Uno al lado de otro, permanecen sentados, en silencio. Delante de ellos, en la presa, las aguas mugen formando torbellinos. La espuma tiende una especie de puente de plata a través del río, y la corriente se desliza tranquila a sus pies. De vez en cuando, el dulce viento de la noche les trae sonidos amortiguados de la música; al gruñido monótono del timbal se mezcla el grito sordo del alcaraván.

De pronto, Gertrudis se estremece.

—¿Qué tienes?

—Tengo frío.

—Retira inmediatamente el pie del agua.

Ella hace lo que él le dice, y después saca del bolsillo el fino pañuelo de batista que ha llevado al baile.

—No puede servir de mucho—dice Juan, y con mano temblorosa coge su grueso pañuelo.—Déjame secarte el pie.

Muda, con una mirada tímida y suplicante, Gertrudis deja hacer; y cuando él siente entre sus manos ese pie suave y fresco, lo asalta un vértigo, lo invade un deseo ardiente y loco; se agacha y posa sobre él su frente ardiente.

—¿Qué haces?—exclama ella.

El se incorpora... Sus miradas se cruzan llenas de embriaguez, y, lanzando un grito furioso, caen en brazos uno del otro.

Sus besos ardientes se posan sobre la boca de Gertrudis. Ella ríe y llora a la vez, le coge la cabeza entre las manos, le acaricia los cabellos, apoya la mejilla del joven contra la suya, y lo besa en la frente y en los ojos.

—¡Oh! ¡cuánto, cuánto te amo!

—¿Eres mía?

—Sí, sí.

—¿Me amarás siempre?

—¡Siempre! ¡siempre! Y tú... no me dejarás nunca sola, como hoy... para que Martín...

Se calla de golpe. El silencio pesa sobre ellos. ¡Y qué silencio!... A lo lejos suena el timbal... El agua muge...

Los dos se miran entonces pálidos como la muerte. Y ella se pone a lanzar gritos penetrantes:

—¡Jesús! ¡Jesús!

Su voz suena en medio de la noche.

Con un gemido violento él se oculta el rostro entre las manos. Un sollozo sin lágrimas sacude todo su cuerpo. Una llama se enciende delante de sus ojos, llama sangrienta que se alza como si fuese a abrasar al mundo entero. Ha visto claro de repente. El resplandor que la víspera de San Juan empezó a parecerle siniestro, y que la noche en que Gertrudis estalló en sollozos en medio de su canto, cruzó su frente como un relámpago para extinguirse un instante después, ese resplandor sube ahora ante sus ojos como el disco chispeante del sol. Y cada una de sus llamas lo incita al odio, cada chispa hace estremecer su alma con las torturas de los celos, cada rayo le atraviesa el corazón con un sentimiento de terror y de remordimiento... Gertrudis se ha echado de bruces en el suelo, y llora, llora amargamente... Con la frente inclinada y las manos juntas, él contempla fijamente el cuerpo encantador que yace delante de él, sumido en la desesperación.

—Entremos—dice con voz sorda.

Ella alza la cabeza y apoya los brazos en el suelo; pero, cuando él quiere levantarla, lanza un grito agudo.

—¡No me toques!

Por dos o tres veces trata de ponerse en pie; sus piernas se doblan. Entonces tiende los brazos sin decir palabra, y se deja levantar por él, que sostiene sus pasos vacilantes a través del patio del molino. Se secan sus lágrimas; el estupor de la desesperación se lee en sus facciones rígidas y pálidas; ella vuelve el rostro y se deja arrastrar por él como si no tuviera ya voluntad. En el umbral del emparrado, retira su brazo del de Juan y, reuniendo sus últimas fuerzas, se precipita sola hacia la puerta. Luego, desaparece en la sombra espesa del follaje.

Los aldabonazos suenan sordamente, una vez, dos veces. Después se oyen pasos en el interior; la llave gira, y una luz amarillenta se esparce fuera, en la claridad de la luna.

—¡En nombre del cielo! ¡qué cara trae usted!—exclama asustada la criada.

Y la puerta se cierra.

El se deja estar allí largo tiempo, con los ojos fijos en el sitio por donde ella ha desaparecido.

Una sensación de frío que lo hace temblar de la cabeza a los pies lo despierta de su ensimismamiento. Maquinalmente se desliza a través del patio, iluminado por la luz de la luna; acaricia a los perros que, con ladridos alegres, lo saludan; echa una mirada estúpida a la rueda inmóvil, sobre la cual se desliza el agua sin ruido, como una brillante serpiente. Una fuerza misteriosa lo arroja de allí; el suelo del patio le quema los pies.

Se dirige a través de la pradera hacia la presa, hasta el sitio donde ha estado sentado con Gertrudis. Sobre el césped brilla el zapato azul, y a poca distancia la larga media, tan fina... ¡Gertrudis ha entrado cojeando, con un pie desnudo, sin notarlo!

Lanza una risotada estridente, toma los objetos y los lanza lejos, a las aguas espumosas.

¿Adónde ir entonces? El molino ha cerrado su puerta detrás de él, para siempre. ¿Adónde ir? ¿Se tenderá, para descansar, sobre un montón de heno? ¡No podrá dormir!... ¡He ahí un grupo de muchachos alegres! Poco antes los ha desdeñado, pero entonces llegan en buen momento.

XXII

Cuando, como a las dos de la mañana, Martín Felshammer ha conseguido desasirse de sus compañeros, bebedores sempiternos, se acerca de buen humor al lugar de la fiesta, donde la claridad insegura del día gris que nace ilumina las idas y venidas de los retrasados. Ve acercarse entonces un grupo de mozos ebrios, que aullando cantos obscenos pasan en fila a través de la gente; a la cabeza de ellos marcha el cerrajero Farmann, bribón famoso, y detrás de él van otros perdidos.

Resuelto a echarlos de allí, va directamente hacia el grupo; pero de repente se detiene petrificado, con los brazos caídos... En medio del grupo, con los ojos terribles, avanza tambaleándose su hermano Juan.

—¡Juan!—exclama estupefacto.

Este se estremece; su rostro enrojecido se pone lívido; en sus ojos brilla un resplandor de espanto; tiembla, extiende los brazos como para defenderse, y retrocede, vacilando, dos o tres pasos.

Martín siente que se apacigua su cólera. El deplorable espectáculo despierta su compasión. Sigue a Juan, y, reteniéndole por el brazo, le dice con voz llena de ternura:

—Ven, hermano; es tarde; vamos a casa.

Pero Juan, haciendo un ademán de horror, retrocede más ante la mano que lo roza; y dirigiendo a Martín una mirada llena de angustia mortal, le dice con voz ronca:

—¡Déjame!... ¡no quiero, no quiero tener nada que ver contigo! ¡ya no soy tu hermano!

Martín, sobrecogido, se agarra con las dos manos a la mesa que está junto a él, y se deja caer, como herido de una puñalada, sobre el banco inmediato!

Juan se aleja apresuradamente y desaparece en el bosque.

XXIII

Desde aquel día, la tristeza se cierne sobre la casa de los Felshammer.

Cuando Martín entró en su casa por la mañana, todo estaba tranquilo, en una calma profunda. Descolgó de la pared la llave del molino y se deslizó hasta la triste habitación de que había hecho una especie de templo de su falta. Allí lo encontraron sus gentes a la hora del almuerzo, tan blanco como la cal de los muros, con la frente entre las manos y murmurando sin cesar:

—¡Fritz, Fritz! ¡ésta es la expiación! ¡ésta es la expiación!

El espectro, el antiguo, el temible espectro, al que creía desterrado para siempre, se ha echado de nuevo sobre él, y sus garras le aprietan la garganta hasta estrangularlo.

Ha sido casi necesario emplear la fuerza para sacarlo de su retiro. Con paso torpe ha salido tambaleándose del molino. Ha encontrado a su mujer acurrucada en un rincón, con las mejillas pálidas y la mirada temerosa. Entonces le ha cogido la cabeza con las dos manos, fijando un instante sobre la infeliz, toda trémula, sus ojos sombríos, y después ha murmurado esas palabras melancólicas:

—¡La expiación! ¡la expiación!

Al oír esta frase siniestra, un escalofrío recorre el cuerpo de Gertrudis. «¿Sabe algo? ¿Se lo ha confesado todo Juan? ¿Ha descubierto por casualidad el secreto?... ¿O no tiene más que sospechas?...»

Y desde entonces se llena de terror delante de ese hombre; y se consume de pasión por el otro, a quien ha despedido para siempre. Palidece y adelgaza; anda vagando de un lado a otro como una sonámbula. Alrededor de sus ojos se dibujan surcos azules que se ensanchan cada vez más alrededor de su boca se forma un pliegue que se contrae sin cesar.

Martín no ve nada de eso. Todo su ser está embargado por el dolor de haber perdido su hermano. Durante los primeros días ha estado esperando hora tras hora verlo llegar; quizá no se ha dado cuenta de lo que decía en su embriaguez... ¡y él, Martín, será ciertamente el último en recordárselo!

Pero pasan los días, unos después de otros, sin que Juan reaparezca; su angustia crece entonces. Comienza a informarse del desaparecido, con poco fruto al principio porque las relaciones de aldea a aldea son muy escasas. Sin embargo, poco a poco van llegando noticias al molino; lo han visto hoy aquí y ayer allí, como un vagabundo, pero rodeado siempre de alegres compañeros. En cuanto «el diablo de Juan», como le llaman, se presenta en alguna parte, se llena la taberna, saltan los tapones y chocan los vasos; y, cuando la fiesta está en todo su apogeo, a través de los cristales hechos añicos salen las botellas a la calle. Pero «el diablo de Juan» paga todo lo que rompe. Convida a todos los que encuentra por el camino... ¡Ah sí! es un gran compañero y un bebedor insigne «el diablo de Juan.»

Poco a poco van apareciendo a la puerta del molino toda clase de personajes tenebrosos como Löb Levi, de Beelitzhof, el acaparador de granos, y Hoffmann, de Grünhalde, el corredor de fincas; presentan papeles amarillos y grasientos sobre los cuales la mano de Juan ha firmado cantidades a tanto por ciento y a tantos días... Martín contempla largo rato las letras inciertas que se precipitan, como ebrias, unas sobre otras; después, va a su caja de caudales y paga, sin decir palabras, la deuda y los intereses exorbitantes. ¡De buena gana daría la mitad de su riqueza por conseguir la vuelta de su hermano!

Al fin, manda enganchar el carruaje y él mismo va a buscarlo. Anda leguas y leguas, pasa en vela noches enteras, sin conseguir nunca atrapar a su hermano. Las noticias que obtiene de los taberneros son incompletas y confusas; unos le responden de un modo incierto y cohibido, otros con aparato de misterio y en tono socarrón; todos parecen temer que tan pronto como el dueño del molino de Felshammer haya encontrado al borracho de su hermano desaparecerán sus pingües beneficios.

Cuando Martín empieza a notar que lo engañan, se apodera de él el desaliento. Regresa al molino y se encierra por dos días en su despacho. Durante ese tiempo, se pregunta si no sería conveniente pedir ayuda a los gendarmes de Marienfeld. Con su autoridad, sería fácil arrancar la verdad a la gentes. Pero no... hacer buscar a su hermano con la policía es cosa que no permite el honor del nombre de los Felshammer; su padre se estremecería en la tumba.

Un constipado adquirido en sus viajes nocturnos, lo obliga a guardar cama. Y, durante dos mortales semanas, en las que Gertrudis permanece sentada a la cabecera del lecho, noche y día, vive torturado por las alucinaciones de su delirio, en el que sus dos hermanos, el muerto y el vivo, van a rondar alrededor de él, ora distintos ora confundidos en un sólo ser monstruoso, especie de espectro de dos cabezas.

Tan pronto está casi restablecido hace preparar su carruaje. Es fuerza que acabe por encontrarlo.

XXIV

Al fin lo encuentra.

Una noche, muy tarde, a principios de septiembre, sus investigaciones lo llevan a B... aldea situada dos leguas al norte de Marienfeld. A través de las ventanas cerradas de la taberna, se oye un ruido confuso, pataleos, gritos y cánticos avinados.

Baja pesadamente del carruaje y ata el caballo a la puerta del patio. La llama turbia de la linterna vacila al soplo del viento de la noche. Grandes gotas de lluvia golpetean el suelo.

Levanta el cerrojo y empuja la puerta, que se abre de par en par. Una densa humareda azul, de tabaco, le da en el rostro, mezclada con el olor de la cerveza agria.

Y allí, en el extremo de una larga mesa, con las mejillas abotagadas, los ojos ribeteados de rojo y afectados por el brillo vidrioso propio de los borrachos, los cabellos revueltos, la camisa sucia y las ropas en desorden, cubiertas de aristas de paja, restos sin duda del último lecho, estaba su hermano adorado, aquel que lo era todo para él y al que veía convertido entonces en un vicioso precoz, condenado a irremediable desgracia.

—¡Juan!—exclama, y la fusta que tiene en la mano cae al suelo con ruido.

Un silencio de muerte se esparce por la sala llena de gente, y los bebedores contemplan con la boca abierta al intruso.

El desgraciado se ha levantado de su banco, con el rostro rígido por una angustia indecible; de su pecho sale silbando una especie de estertor; da un salto desesperado y trepa a la mesa, y haciendo otro esfuerzo trata de huir por sobre las cabezas de sus vecinos.

Es inútil; la mano de Martín lo sujeta.

—Quédate—gruñe a su oído una voz sorda.

Y al mismo tiempo se siente empujado con fuerza prodigiosa.

Martín abre la puerta; y, mostrando con el puño de la fusta la obscuridad de la noche, se planta en medio de la sala.

—¡Vamos! ¡fuera!—grita con una voz que hace temblar los vasos sobre la mesa.

Los bebedores, jóvenes calaveras en su mayor parte toman sus sombreros y se retiran intimidados; apenas se oye un murmullo ahogado.

—¡Vamos! ¡fuera!—repite Martín haciendo un gesto como para saltar a la garganta del primero que proteste.

Dos minutos después han salido todos... Sólo el tabernero está allí todavía, paralizado por el miedo, detrás del mostrador. Al volverse Martín hacia él, con una mirada amenazadora, comienza a quejarse en tono llorón del transtorno causado en su tienda.

Martín mete la mano en el bolsillo, le tira un puñado de monedas de plata y le dice:

—¡Quiero quedarme solo con él!

Y cuando ha cerrado la puerta, detrás del tabernero, que sale inclinándose, se aproxima lentamente a su hermano, que, con el rostro entre las manos, permanece inmóvil, agazapado en un rincón. Coloca suavemente la mano sobre su hombro; y, con una voz trémula de dulzura infinita y de inmensa tristeza:

—Levántate, hijo mío, y hablemos.

Juan no hace un solo movimiento.

—¿No quieres decirme qué tienes contra mí? El desahogo consuela... Alivia tu corazón contándome tus penas.

—¡Consolar mi corazón!... ¡Ay!...

La angustia que contraía sus facciones se ha cambiado en una arrogancia sorda, reprimida.

Martín, lleno de disgusto y de lástima contempla aquel rostro, cuyas arrugas profundas apenas dejan conocer al Juan de otros tiempos, tan franco de corazón, tan tierno. Es fuerza que las pasiones más viles se hayan apoderado de ese hombre para desfigurarlo de un modo tan terrible en seis cortas semanas.

Se incorpora entonces y lanza una mirada del lado de la puerta.

—Me has encerrado, ¿no es verdad?—dice con una nueva explosión de risa, que penetra a Martín hasta los tuétanos.

—Sí.

—¿Quieres, pues arrastrarme contigo como un criminal?

—¡Juan!

—Eres, en efecto, el más fuerte. Pero te declaro una cosa; que no soy tan débil que no pueda defenderme. Me tiraré carruaje abajo y me romperé la cabeza contra una piedra antes que ir contigo.

—¡Piedad, Dios mío!—exclama Martín.—¿Qué han hecho de ti?

Juan se pasea a lo largo, y hace sonar a su paso las tapaderas de los frascos de cerveza.

—¡Acabemos!—dice al fin, deteniéndose.—¿Qué quieres de mí para venir a encerrarme de este modo?

Martín, sin decir nada, va a la puerta y corre el cerrojo; después vuelve a colocarse delante de su hermano. Su pecho jadea, como si quisiera sacar las palabras de lo más profundo de su alma. ¿Pero de qué le sirve eso? Su voz se queda en la garganta. Nunca ha sido elocuente el pobre rústico; ¿cómo encontrar de pronto conceptos expresivos para arrancar aquel extraviado a su locura? No puede articular más que estas palabras:

—¿Qué te he hecho? ¿Qué te he hecho?

Las repite dos veces, tres veces; las repite infinitamente. ¿Qué más puede decir? Toda su ternura y todo su dolor están ahí.

Juan no responde nada. Se sienta en el banco y hunde las dos manos en sus cabellos incultos. Por su rostro vaga una sonrisa, una sonrisa horrible que no admite consuelo ni esperanza... Al fin interrumpe a su desgraciado hermano, que repite interminablemente su frase, como si esperara verla causar un efecto mágico.

—Basta; no sabes qué decirme y no puedes decirme nada. He acabado conmigo mismo, contigo y con el mundo entero. ¡Si supieras por lo que he pasado en estas seis últimas semanas!... Desde que salí del molino no he dormido bajo techo, porque estaba convencido de que el techo me aplastaría...

—¿Pero, en nombre del cielo, qué tienes?

—No me preguntes nada; no conseguirás saberlo... Deja las palabras; son inútiles... y aunque me jurases por la memoria de nuestros padres...

—Sí; por nuestros padres...—balbucea Martín con alegría.

¿Por qué no he pensado en ello más pronto?

—¡Déjalos tranquilos en su tumba!—replica Juan con su sonrisa odiosa.—Eso no reza conmigo. ¡Ellos no pueden impedir que esté perdido; no pueden impedir que te odie!

Martín lanza un gemido violento y vuelve a caer, como aniquilado, sobre el banco.

—Siempre he pensado en ellos; siempre me he acordado de que Martín Felshammer es mi hermano. Y por eso he llegado adonde estoy... ¡Me ha costado un duro sacrificio, puedes creerlo!... Por lo tanto, no te quejes... Créeme... me he portado muy bien contigo... ¡ay, hermano!... muy bien.

Martín no tiene necesidad de averiguar más; ve claramente ya la solución del enigma: la víctima de otro tiempo sale de su tumba para pedir venganza. Entonces, con las manos juntas murmura dulcemente:

—¡La expiación! ¡La expiación!...

El otro continúa:

—Pero haces bien en recordarme a nuestros padres; no tengo derecho a arrojar una mancha sobre su nombre, sobre el nombre de los Felshammer... Esa es una idea que me atormenta desde hace un tiempo... Y, a decir verdad, me alegro de haberte encontrado... Podemos hablar de ello tranquilamente... me voy a América.

Martín contempla por un instante su rostro abotagado; después murmura dulcemente:

—¡Que Dios te acompañe!

Y deja caer pesadamente su frente sobre la mesa.

—Muy pronto—continúa el hermano.—Ya me he informado; el primero de octubre parte un buque de Brema; es preciso que salga yo de aquí la semana próxima... Tú sabrás qué es lo que me corresponde por mi herencia... Debo haber derrochado una buena parte... Dame a cuenta de ella lo que tengas en dinero; envía los fondos a Franz Maas, que yo iré a casa de él a buscarlos...

—¿Y no vendrás siquiera una vez al... al?...

—¿Al molino? ¡Jamás!—exclama el joven, levantándose con un resplandor inquieto, de deseo y de angustia, en los ojos.

—¿Y te he de decir adiós aquí... aquí... en este lugar inmundo?... ¡adiós para toda la vida!...

—No puede menos de ser así—dice Juan, bajando la cabeza.

Y Martín vuelve a su idea y murmura:

—¡Es la expiación!

Juan fija una mirada ardiente en su hermano, que, con el alma y el cuerpo quebrantados, permanece agobiado delante de él... Está firmemente resuelto a no volverlo a ver... Pero es preciso que le tienda la mano... en el momento de la separación.

—Adiós, hermano—dice aproximándose a Martín, que se deja estar sentado, inmóvil.—Sé feliz y consérvate bueno.

Pero, de repente, siente como un chorro de calor dulce... Por su cerebro pasan en un mismo instante, un sinnúmero de imágenes. Se vuelve a ver niño, protegido, mimado por su hermano mayor; se vuelve a ver mozo, andando orgulloso del brazo de él; se vuelve a ver, de pie con él, junto al lecho de muerte de los viejos padres; se vuelve a ver con él, en el momento solemne en que, con las manos enlazadas, se prometieron no separarse nunca y no dejar que nadie se introdujese nunca entre ellos...

¡Y entonces!... ¡entonces!...

—¡Hermano!—exclama.

Y con ruidosos sollozos cae a sus pies.

—¡Mi nene! ¡mi querido nene!

Y Martín, en medio de sus lágrimas, lanza gritos de alegría y lo besa, lo aprieta contra él, como si quisiera no dejarlo marchar.

Al fin te encuentro... ¡Oh Dios! Ahora todo irá bien... ¿no es verdad? Di... todo esto no era más que pura fantasía, pura locura. ¿Tú no sabes lo que has hecho, eh? Ya no te acuerdas. Apostaría a que ya no tienes la menor idea de eso ¿eh? Despiertas, ¿no es verdad que despiertas?

Juan, triste, aprieta los dientes y apoya su rostro en el pecho de su hermano. Pero, de pronto, se le ocurre una idea que le pesa sobre el corazón y le zumba en los oídos, una idea semejante a un vampiro frío y viscoso que bate las alas a su alrededor; en ese brazo, en ese, Gertrudis se ha abandonado... ¡ese mismo día!

Y se pone en pie violentamente. ¡Tiene que salir de aquella sala, tiene que dejar de respirar aquella atmósfera, o va a volverse loco!

Da un salto hacia la puerta... Descorre el cerrojo y... desaparece.

Rígido de estupor, Martín lo sigue con los ojos un momento; después se dice, como para librarse de la inquietud que se apodera de él.

—Está demasiado impresionado y necesita respirar el aire fresco; volverá.

Su mirada se fija en la percha que hay en el muro; sonríe completamente tranquilo:

—Juan ha dejado su gorra... afuera está lloviendo... el viento es fresco... volverá.

Después, Martín llama al tabernero; hace llevar su caballo a la cuadra y manda preparar para su hermano un grog caliente y una cama: «porque, dice con una sonrisa, volverá...»

Y cuando todo queda preparado, se sienta y se absorbe en sus meditaciones. De vez en cuando murmura, como para reanimar su valor que se extingue:

—¡Volverá!

Afuera, la lluvia golpetea las ventanas, el viento de otoño silba sobre la taberna; y cada gota de lluvia, cada silbido anuncia:

—¡Volverá! ¡volverá!

Pasan las horas, la lámpara se apaga, Martín se ha quedado dormido en su espera y sueña con la vuelta de su hermano...

Al día siguiente por la mañana, lo despiertan. Asustado y tembloroso, mira a su alrededor. Sus ojos se posan sobre la cama vacía, en la que su hermano debía acostarse, su primer lecho después de seis semanas. Se deja estar allí tristemente, de pie, con la mirada fija.

Después manda enganchar el carruaje y se va.

XXV

Ese año, el otoño ha llegado muy pronto. Desde hace ocho días sopla un viento nordeste, agudo y penetrante, como si se estuviera en noviembre. Los aguaceros azotan en los vidrios, y ya se extiende sobre el suelo una capa de hojas de tilo, de color amarillo obscuro que la humedad convierte en barro.

¡Qué pronto llega la noche! En la tienda del panadero, la lámpara se enciende antes de la hora de comer. Franz Maas está sentado bajo la claraboya, muy ocupado en hacer sus cuentas. Delante de él, sobre la mesa, donde se ven casi siempre en orden, blancos y redondos, pequeños montones de harina de flor, brillan entonces pequeños montones de monedas de plata; y en lugar de los bretzel miserables se oye el crujido de los billetes de banco.

Es el tesoro que Martín le confió el último domingo con el encargo de entregarlo a Juan.

Ha entregado igualmente una nota en la cual la cuenta de la herencia está detallada hasta el último céntimo. Después se ha presentado todas las mañanas a hacer la misma pregunta: ¿«Ha venido?» y, al ver la seña negativa de Franz, se ha vuelto sin decir nada. Ese tesoro embaraza al joven panadero. Todas las noches cuenta la suma sobre la mesa, para cerciorarse de que nada ha desaparecido durante el día.

En esos momentos está entregado precisamente a esa ocupación. Es viernes; por fuerza Juan tiene que estar allí entonces si quiere llegar a tiempo de alcanzar el vapor que sale de Brema.

Juan ha abierto la puerta sin ruido y se detiene detrás del panadero, cuando éste se dispone a guardar bajo llave los cartuchos de monedas.

—¿Todo eso es para mí?—pregunta poniéndole la mano sobre el hombro.

—¡Alabado sea Dios! ¡Al fin has venido!—exclama Franz alegremente.

Después de una ojeada examina a su amigo, de la cabeza a los pies. Martín había exagerado cuando le anunciaba, con lágrimas en los ojos, la aparición de un ser miserable y abatido. Juan Felshammer lleva un traje muy limpio y cuidado: tiene una linda capa nueva, un poco entreabierta, que deja ver un flamante traje gris; sus cabellos, bien peinados, caen sobre el cuello; hasta se ha afeitado... Pero, a decir verdad, su mirada turbia, por la que pasan resplandores inquietantes, las bolsas bajo los ojos, el horrible color de las mejillas, son tristes síntomas en ese rostro, fresco y juvenil hasta hace poco.

Y Franz le toma entonces las dos manos.

—Juan, Juan, ¿qué te ha sucedido?

—Paciencia, ya lo sabrás todo—responde Juan.—Será preciso que lo confiese todo a un ser humano, a uno solo... o eso acabará por ahogarme.

—¿Es cierto entonces? ¿Quieres?...

—Esta noche me voy en la diligencia. Ya tengo billete... Antes de venir a verte he atravesado la aldea por última vez. Había obscurecido; podía aventurarme a eso; y me he despedido de todo. He ido hasta la tumba de mis padres, delante de la puerta de la iglesia... y también a la Corona, porque debía aún una miseria al dueño...

—¿Y has olvidado el molino?

Juan se muerde los labios, se retuerce el bigote y murmura:

—Ya iré.

—¡Oh! ¡qué alegría tendrá Martín!—exclama Franz Maas, rojo también por la emoción.

—¿He dicho acaso que iré a ver a Martín?—pregunta Juan entre dientes.

Y su pecho se levanta como para librarse del peso formidable que lo oprime.

—¿Qué? ¿acaso vas a introducirte furtivamente en la casa de tu padre como un ladrón, sin dejarte ver de nadie?

—¡No! Iré a despedirme... pero no de Martín.

—¿De quién, entonces?... ¡Desgraciado!... ¿De quién, entonces?—exclama Franz Maas en el cual se despierta una terrible sospecha.

—Cierra la puerta y siéntate—dice Juan.—Voy a contártelo todo.

Pasan las horas. La tempestad sacude las hojas de las ventanas. El aceite crepita en la lámpara que humea. Los dos amigos están sentados, con las miradas fijas uno en el otro. Juan hace su confesión; no oculta nada, desde su primer encuentro con Gertrudis hasta el instante en que un estremecimiento de horror lo arrancó de los brazos de Martín para arrojarlo a la noche lluviosa.

—Lo que ha pasado después—termina,—puede decirse en dos palabras. Corrí sin saber adónde, hasta que el agua y el frío me volvieron a la realidad. El correo de Marienfeld llegaba en ese momento; subí a él y por lo menos me encontré a cubierto. De ese modo llegué a la ciudad, donde he permanecido hasta hoy. Löb Lévi me ha dado cien táleres, y con eso me he comprado ropa; no quería presentarme harapiento delante de Gertrudis.

—¡Desgraciado!... ¿quieres?...

—¡Nada de sermones!—protesta el joven en tono huraño.—Todo está ya convenido. Le he enviado un billete con un muchacho que encontré en la calle y cuya vuelta he esperado. La halló sola en la cocina, y nadie lo ha visto. A las once estará ella en la presa... y yo ¡ay!... yo también.

—Juan, no hagas eso... ¡te lo suplico!—exclama Franz con angustia;—¡te va a suceder una desgracia!

Juan responde con una carcajada; y con los ojos brillantes, la boca pegada a la oreja de Franz, murmura:

—¿Crees tú, pues, mi pobre amigo, que yo sería capaz de ir a vivir y a morir al extranjero sin haberla visto antes una sola vez? ¿Crees tú que tendría yo valor para contemplar el mar durante cuatro semanas, sin precipitarme en él, si no la hubiese visto otra vez?... ¡Me faltaría la respiración, el alimento se me quedaría en la garganta, me consumiría vivo, si no la hubiese visto una vez más!

Entonces, Franz renunció a disuadirlo.

La mirada inquieta de Juan se alza a cada instante hacia el reloj.

—Ya es hora—dice, tomando su gorra.—A las doce pasa la diligencia. Espérame en la posta y llévame dos billetes de cien táleres; eso me bastará para la travesía. Lo restante puedes devolvérselo a él; no lo necesito... Hasta luego.

Cerca de la puerta, se vuelve para preguntar:

—Dime, ¿me huele el aliento a aguardiente?

—Sí.

El joven lanza una risotada:

—Dame dos o tres granos de café para mascarlos. No quiero causar repugnancia a Gertrudis en el último momento.

Y cuando Juan ha satisfecho su deseo, desaparece en la obscuridad.

XXVI

Hay crecida.

Sibilantes y rumorosas, las aguas salen precipitadamente de la presa para ir a perderse con un gruñido sordo y quejumbroso en el golfo de espuma, encima del cual parece levantar una bóveda brillante el polvo de las olas que se estrellan.

Al rumor de la caída se mezcla el rugido de la tormenta. Los viejos álamos que bordan el río se inclinan unos hacia otros, como fantasmas gigantes que bailan a media noche, en largas filas, una danza mágica.

El cielo está velado por nubes sombrías, todo es negro en los alrededores; sólo la espuma, de color de nieve, esparce un resplandor incierto, que, como la bruma, difuma los contornos de las cosas. Arriba resalta la balaustrada del pequeño pasadizo.

En medio de éste es donde los dos se encuentran.

Gertrudis, con la cabeza envuelta en un pañuelo obscuro, estaba desde hacía bastante tiempo debajo de los árboles, abrigándose de la lluvia; y, al ver surgir la alta figura de Juan al otro lado de la presa, se ha lanzado a su encuentro.

—¿Eres tú, Gertrudis?—pregunta él apresuradamente tratando de ver su rostro.

Ella guarda silencio y se ase a la balaustrada.

La espuma baila delante de sus ojos y se tiñe de mil colores.

—Gertrudis—dice el joven tratando de tomarle la mano;—he venido a decirte adiós para siempre. ¿Vas a dejarme partir sin una palabra?

—Y yo, yo he venido para dar reposo a mi alma;—dice ella, retrocediendo ante la mano que la toca.—Juan, he sufrido mucho por causa tuya... he envejecido veinte años lo menos... Estoy débil y enferma... ten piedad de mí... no me toques... no quiero volver a entrar en la casa de tu hermano manchada con una falta.

—Gertrudis ¿has venido aquí para torturarme?

—¡Silencio, Juan, silencio!... ¡No me hagas daño!... Vamos a separarnos puros y honrados... y a llevar con nosotros paz y valor para toda la vida. No nos dejemos arrastrar... ni por el amor ni por el resentimiento.

Se detiene aniquilada. Su respiración es fatigosa.

Después, reuniendo con trabajo todas sus fuerzas, continúa:

—Yo sabía que vendrías... hace mucho tiempo, antes de recibir tu billete... y he reflexionado mil veces hasta sobre la menor palabra... que tenía que decirte. Pero es preciso que no me hagas perder la calma.

Los ojos de Juan brillan en las tinieblas, su respiración es ardiente; con una risa estrepitosa dice:

—No nos rodea de una aureola este bien inútil; estamos condenados en la tierra y en los cielos. Por lo tanto, aprovechemos al menos...

Se interrumpe, prestando atención.

—¡Calla!... He creído oír... en la pradera...

Escucha conteniendo la respiración... No se siente nada... no se ve nada... Fuera lo que fuese, se lo ha llevado la noche y la tormenta.

—Bajemos a la orilla—dice.—Nuestras figuras se dibujan aquí contra el cielo.

Ella marcha delante, y él la sigue. Pero el suelo está húmedo y la joven resbala; entonces él la toma entre sus brazos y la lleva hasta abajo, a la orilla del río. Sin defensa, ella se aferra a su cuello.

—¡Qué poco pesas desde aquel día!...—dice él en voz baja, dejándola bajar al suelo.

—¡Oh! apenas me reconocerías, si pudieras verme;—replica ella en voz también muy baja.

—¡Oh! ¡cuánto daría por verte!

Y trata de apartarle el pañuelo que le cubre el rostro. Un óvalo pálido, dos círculos de sombra negra, en el lugar donde están los ojos, es todo lo que la obscuridad permite distinguir.

—Me parece que estoy ciego—dice él.

Y su mano trémula baja de la frente de Gertrudis hasta sus mejillas, como para reconocer, tocándolas, esas facciones queridas. Ella no retrocede ya y deja caer su cabeza sobre el hombro de Juan.

—¡Cuántas cosas tenía que decirte!—murmura la infeliz.—Y ahora no se me ocurre nada, absolutamente nada.

El la aprieta entre sus brazos más estrechamente; y los dos permanecen silenciosos e inmóviles, mientras la tormenta los sacude y la lluvia los azota.

Entonces, desde la aldea, llegan de tiempo en tiempo los sonidos de la trompa del conductor de la diligencia, medio apagados por el ruido del viento y de la lluvia.

—¡Ha concluido!—dice él temblando.—Tengo que irme!

—¿Ya?... ¿esta noche?—balbucea ella con voz sorda.

El dice que sí con un ademán.

—¿Y no te veré ya nunca?

Un grito domina el ruido del huracán.

—¡Juan!... ¡por piedad, no me abandones!... ¡no puedo... vivir sin ti!

Sus dedos se hunden en los hombros de Juan.

—No partirás... no lo quiero.

El trata de apartarse a la fuerza.

—¡Ah!... te vas... ¡cruel!... Me moriré si me abandonas... No puedo... Llévame contigo... ¡Llévame contigo!

—¿Has perdido la razón, desgraciada?

Y se oculta el rostro en las manos gimiendo.

—¡Ah! Llamas a esto perder la razón... Acaso el cordero no se rebela cuando lo llevan a... ¿Y tú querrías? ¿Así es como me amas?...

—¿No piensas en Martín?

—¡Es tu hermano! ¡lo sé!... Pero sé también que moriré si sigo por más tiempo al lado de él. Me pongo a temblar sólo al pensarlo... ¡Llévame contigo, Juan! ¡Llévame contigo!

El la toma por las dos muñecas, y sacudiéndola le dice con voz ahogada:

—¿Pero sabes también que yo no soy más que un miserable, un ser vil y perdido, un borracho, que no sirve para nada? ¡Si me pudieses ver, te daría asco!... Las personas honradas se apartan de mí; me he convertido para ellas en un objeto de repulsión... ¿Y te figuras que yo podría amarte? Jamás te perdonaría haber venido a meterte entre Martín y yo; jamás te perdonaría el crimen que he cometido con él por culpa tuya. Ese crimen se alzará entre nosotros dos mientras vivamos. Te colmaría de injurias y de golpes cuando estuviera ebrio. Tu vida sería un infierno conmigo... ¿Qué dices ahora?

Ella baja la cabeza como para someterse, y con las manos juntas exclama:

—¡Llévame contigo!

Un grito de alegría feroz se escapa de los labios de Juan.

—Entonces, ven... pero ven corriendo... La diligencia se detiene sólo un cuarto de hora. Nadie nos verá más que Franz Maas... pero él no nos hará traición. Cuando llegues a la ciudad te comprarás vestidos... ¿Eh? ¿qué es eso?

El molino se anima. Por la puerta completamente abierta sale una claridad que se esparce en las tinieblas... Una linterna pasa a través del patio, desaparece, vuelve a aparecer, y de repente, lanzada al aire, atraviesa la atmósfera describiendo una curva como un meteoro...

XXVII

Martín dormía en su lecho. Llaman a la puerta.

—¿Quién está ahí?

—Yo... David.

—¿Qué quieres?

—Abra, mi amo... Tengo que decirle una cosa urgente.

Martín salta del lecho, enciende una vela y se viste de prisa. Lanza una mirada a la cama de Gertrudis: está vacía... Seguramente ella está en la sala, dormida sobre su labor, porque, desde hace tiempo, el sueño no le llega con regularidad.

—¿Qué hay?—pregunta Martín al viejo David, que ha entrado en el vestíbulo, calado hasta los huesos.

—¡Mi amo!—dice el otro, mirándolo con el rabillo del ojo por debajo de la visera de su gorra...—Llevo veintiocho años a vuestro servicio... y vuestro difunto padre ha sido siempre bueno conmigo...

—¿Para contarme eso has venido a despertarme a media noche?...

—Sí; pero sucede que esta noche, cuando me desperté al oír el ruido de la lluvia, me dije con inquietud que las esclusas no estaban levantadas... que eso acabaría por retener las aguas y que mañana no podríamos moler...

—¿No te he dicho quinientas veces, animal—exclama Martín,—que no hay que levantar las esclusas más que en caso de extrema necesidad?

—No las he levantado—responde David.

—¡Ah!... ¿Entonces?

—Pues, al llegar a la presa, veo, dos enamorados en el puentecillo...

—¿Y para eso?...

—Y entonces me dije que era una vergüenza y un escándalo, y que eso no podía durar...

—¡Déjalos que se amen, por todos los diablos!

—Y que yo debía hacer saber a mi amo... que el señor Juan y la señora...

No puede continuar; la mano de su amo lo ha cogido por la garganta.

¿Qué le sucede a Martín?... ¡Infeliz! El rostro se le pone amoratado y se congestiona, las venas de la frente se hinchan, los ojos parecen querer saltar de sus órbitas, una espuma blanquecina aparece en los labios.

Exhala una queja, semejante al aullido de un chacal; y, dejando a David, se rompe el cuello de la camisa... aspira el aire profundamente, dos o tres veces, como si se ahogara; después ruge, con una violencia desencadenada de repente:

—¿Dónde están?... ¡Ah! ¡me las pagarán!... Han representado una comedia... Se han burlado de mí... ¿Dónde están?... voy a aplastarlos inmediatamente!...

Arrebata la linterna de las manos de David, lleno de estupor, y se lanza fuera. Desaparece bajo el cobertizo y reaparece un momento después; encima de su cabeza brilla un hacha... Hace girar tres o cuatro veces la linterna y la arroja lejos de él, en medio del agua; después, se precipita hacia la presa...

—¡Viene alguien!—murmura Gertrudis apretándose estrechamente contra Juan.

—Sin duda van a hacer algo en las esclusas—responde él en el mismo tono.—No te muevas y no tengas miedo.

La sombra avanza rápidamente... Un grito, una especie de rugido animal, atraviesa la noche, dominando el ruido de la tempestad.

—¡Es Martín!—dice Juan, retirándose algunos pasos.

Pero en breve se serena, aprieta a Gertrudis entre sus brazos y la arrastra consigo hacia la presa, donde se ocultan en la sombra más espesa.

Cerca de ellos, al nivel de su cabeza, pasa Martín ciego de furor. El hacha que lleva brilla al débil resplandor de la espuma blanca.

Se detiene al otro lado de la presa. Parece interrogar con la mirada la vasta llanura que se extiende, sin un árbol, sin un arbusto, sumida en una obscuridad uniforme.

—¡Vigila la esclusa del molino, David!—grita hacia la casa con voz de trueno.—Están en la pradera; voy a buscarlos.

Juan deja escapar una exclamación de horror. Ha comprendido la intención de su hermano; va a alzar el puente levadizo para encerrarlos en la isla... ¡Y justamente detrás de Gertrudis pende la cadena que hay que tirar para levantar el puente!

Su primer pensamiento es: «Defiende a la mujer.» Se arranca de los brazos de Gertrudis y transpone de un salto el talud de la orilla, para ofrecerse como víctima al furor de su hermano.

Gertrudis lanza un grito estridente. Juan de este lado, en peligro de muerte... al otro lado, Martín fuera de sí... El hacha brilla... Pero detrás de ella está la cadena, la anilla de hierro que le toca la cabeza... La toma con sus manos temblorosas, se cuelga de ella con todas sus fuerzas; y, en el momento mismo en que Martín va a poner el pie en el puentecillo, éste se levanta crujiendo.

Juan no ve nada de eso; no ve más que la sombra allá arriba, y el brillo del hacha. Unos pasos más, y la muerte caerá sobre él. Entonces, ante lo inminente del peligro, acude a su memoria el recuerdo de su madre y lo que ella dijo un día a Martín furioso:

—¡Piensa en Fritz!—grita a su hermano que avanza.

Entonces a éste se le escapa el hacha, vacila y cae... Un choque... un remolino de agua... Ha desaparecido.

Juan se lanza hacia adelante, su pie tropieza con el puente levantado; delante de él hay un negro agujero.

—¡Hermano! ¡hermano!—exclama con loca angustia.

No piensa ya en nada, no siente nada. Sólo una idea: «¡Salva a tu hermano!» le zumba en la cabeza.

Con ademán violento suelta su capa; da un salto, y se oye el golpe sordo de una caída contra la roca viva.

Gertrudis, medio desvanecida, se agarra a la cadena; en el agua transparente ve pasar un bulto obscuro que desaparece en el torbellino de espuma. Un segundo después pasa otro bulto... Pasan como dos sombras delante de ella.

Alza los ojos. Allá arriba todo está tranquilo... todo está vacío... La tempestad aúlla... las aguas mugen... La joven cae en la orilla, sin conocimiento.

Al día siguiente, por la mañana, retiraron del río los cadáveres de los dos hermanos. Se balanceaban uno al lado del otro en las olas, y los enterraron juntos...

XXVIII

Gertrudis estaba como paralizada por el dolor.

Atontada, sin lágrimas, con los ojos inmóviles, alejaba a todos sus parientes, incluso a su padre, y sólo permitía que estuviese a su lado Franz Maas. Este le demostró una amistad leal, alejando a los extraños de la casa, y encargándose de arreglar el asunto con las autoridades. Poco faltó para que, a causa de las insinuaciones ambiguas de David, se entablase un juicio contra ella.

Pero, aunque las declaraciones del viejo criado eran demasiado incompletas y confusas para que pudieran servir de base a una acusación, bastaron para herir a Gertrudis presentándola a los ojos del mundo como una criminal.

Cuanto más prescindía ella de toda sociedad, cuanto más decididamente cerraba la puerta del molino a los extraños, más extravagantes eran los rumores que corrían sobre ella. Llamáronla desde entonces «la bruja del molino;» y las historias que de ella se referían pasaron de una generación a otra.

El molino era conocido en el pueblo con el nombre de «el molino silencioso.» Los muros se descascararon, las ruedas se pudrieron, las limpias aguas fueron invadidas por las hierbas; y cuando el Estado hizo un canal que desvió la corriente principal arriba de Marienfeld, el arroyuelo se convirtió en un foso fangoso.

¿Y Gertrudis? Se aisló completamente; muy pronto ni siquiera quiso tolerar junto a ella a su amigo, y le cerró la puerta. Se consideraba criminal. Sus angustias la llevaron a un confesor, la arrojaron en los brazos de la iglesia católica. Desde entonces se la ve prosternada delante de un crucifijo, arrodillada a la puerta de las iglesias, desgranando su rosario, con la frente sobre las piedras...

Expía el gran crimen que se llama juventud.

FIN

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