LIBRO PRIMERO (continued 2)
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Y, sin embargo, ese faro es la única luz que resplandece en aquel mar: todo el que se desvíe de Cordouan empujado por el viento Norte, corre peligro; también es fácil se aparte de Arcachón. Ese mar es tan terrible como tenebroso; de noche, no se divisa una sola señal que guíe al navegante, ni hay un solo punto de abrigo.
Durante los seis meses que permanecí en aquellas playas, mi contemplación ordinaria, mejor diré, mi sociedad habitual, era Cordouan. Perfectamente comprendía que su posición de guardián de los mares, de vigilante constante del estrecho, constituían aquella mole en una especie de personaje. De pie sobre el vasto horizonte de Poniente, se ofrecía á mis ojos bajo cien aspectos distintos. A veces, en una zona de gloria triunfaba el sol; en otras ocasiones, pálido y apenas visible, flotaba entre la niebla presagiando desdichas; y al tender su negro manto la noche, cuando aparecía bruscamente su luz roja y lanzaba sus miradas de fuego, parecía un inspector celoso que vigilaba las aguas, penetrado é inquieto de su responsabilidad. No importa lo que en el mar sucediese, él siempre era el culpado: alumbrando la tormenta, solía arrancar alguna víctima de sus brazos, y no obstante él tenía la culpa de la furia de los elementos. Así es cómo la ignorancia acostumbra á tratar al genio, acusándole de los males que descubre. Me acuso en este sitio de haberle tratado yo mismo con injusticia. Si no se encendía á la hora acostumbrada, si sobrevenía el mal tiempo, le acusaba, le reprendía. «¡Ah! ¡Cordouan! ¡Cordouan! ¿No puedes traernos, blanco fantasma, más que huracanes?»
Y, sin embargo, creo que debimos á él, en la tempestad de octubre, la salvación de nuestros treinta hombres. La embarcación se hizo trizas, mas se salvaron los que la tripulaban.
Gran cosa es ver do se naufraga, irse á pique en plena luz, con conocimiento del sitio, de las circunstancias y de los recursos de que se puede echar mano. «¡Dios todopoderoso! ¡Si es nuestro destino perecer, que á lo menos perezcamos de día!»
Cuando la embarcación, arrastrada desde alta mar por el furioso oleaje, llegó de noche cerca de las costas, había mil probabilidades contra una de no entrar en Gironde. A la derecha, la luminosa punta de Grave le advertía que evitase el Medoc; á la izquierda, el pequeño faro de Saint-Palais le mostraba la peligrosa roca de la Grand'Caute del lado de la Saintonge. Entre esos fuegos blancos y fijos, se destacaba sobre el escollo central la claridad rojiza de Cordouan que, cada minuto, indica el paso.
Por un esfuerzo desesperado logró pasar la embarcación, pero fué todo. El viento, las olas, la corriente, la asaltaron en Saint-Palais: la benéfica trinidad de los tres fuegos reflejaba en aquel sitio. Los treinta vieron do estaban, que iban á encallar en la arena y que tal vez podrían salvar sus vidas si abandonaban á tiempo el frágil leño. Puesto en práctica su pensamiento, confiáronse á la tormenta, al furor del viento; y, efectivamente, los trató éste como á esas olas que arrastra hacia la tierra sin permitirlas retroceder. Topándose unos con otros, magullados, fueron arrojados no sé dónde, pero es lo cierto que salieron del peligro con vida.
¿Quién es capaz de contar el número de hombres y de barcos que salvan los faros? Vista la luz en esas horribles noches de confusión en que los más animosos se turban, no sólo indica el camino, sino que presta valor, impidiendo al ánimo extraviarse. Es un gran apoyo moral decirse en el trance supremo: «¡Persiste! ¡un esfuerzo más!... Si el viento y el mar son tus contrarios, no estás solo, la Humanidad vela por ti.»
Los antiguos, que seguían las costas y las tenían á la vista incesantemente, necesitaban más que nosotros alumbrarlas. Dícese que los etruscos fueron los que empezaron á entretener los fuegos nocturnos sobre las piedras sagradas. El faro era un altar, un templo; una columna, una torre. Los celtas también fabricaron, existiendo todavía importantes dolmens precisamente en los puntos favorables de donde pueden divisarse mejor los fuegos. El Imperio Romano había iluminado, de promontorio en promontorio, todo el Mediterráneo.
El gran terror de los piratas del Norte, la vida temblorosa de la sombría Edad Media, apagan todo eso, cuidándose de auxiliar los desembarcos. El mar hase convertido en objeto de terror: todo barco es un enemigo, y si se estrella, una presa. El pillaje del náufrago constituye una de las rentas del señor: es el noble derecho de fractura. Conocido es el Conde de León enriquecido por su escollo, «piedra preciosa—decía,—más que cuantas causan la admiración del vulgo en las coronas de los reyes.»
En los tiempos modernos, si bien inocentemente, los pescadores han causado no pocos naufragios encendiendo hogueras en la playa que se veían desde el mar; y aun los mismos faros han ocasionado alguna catástrofe cuando se han confundido entre sí. Una luz tomada por otra inmediata, á veces dió motivo á terribles equivocaciones.
Después de sus grandes guerras, la Francia tomó la iniciativa del nuevo arte de luces y de su aplicación en beneficio del género humano. Armada con el rayo de Fresnel (una lámpara de la potencia de cuatro mil y que se distingue á doce leguas de distancia), erigió una cintura de esas poderosas llamas que entrecruzan sus luces y se penetran unas á otras. Así desaparecieron las tinieblas de la faz de nuestros mares.
Para el marino que se guía por las constelaciones, este invento fué como un nuevo cielo que se le ofreció, creando á la vez los planetas, estrellas fijas y satélites, y dando á esos astros de invención, los matices y caracteres diversos de los de arriba. Asimismo varió el color, la duración, la intensidad de su centelleo. A los unos, dió la luz tranquila que basta para las noches serenas; á los otros, una luz movible giratoria, una mirada de fuego que atraviesa los cuatro lados del horizonte: éstos, como los misteriosos animales que alumbran el mar, tienen la viviente palpitación de una llama que relumbra y palidece, que brota y muere. En las sombrías noches de tormenta, se conmueven, parecen tomar parte en las convulsiones del Océano, y, sin sorprenderse, devuelven fuego por fuego á los resplandores celestes.
Es preciso recordar que en aquella época (1826), y hasta 1830, todo el mar estaba en tinieblas. Contados eran los faros en Europa; en Africa sólo existía el del Cabo; en Asia había tres: los de Bombay, Calcuta y Madrás, y ni uno solo en el espacio inmenso de la América del Sur. Desde entonces acá, todas las naciones han seguido imitando á la Francia. Poco á poco se hace la luz.
Quisiera llevar á cabo con el lector en una sola noche, y sin movernos de este sitio, la circunnavegación de nuestro Océano, entre Dunkerque y Biarritz, y la revista de los grandes faros. Empero sería esto tarea muy larga.
Calais hace señales hospitalarias á la Inglaterra, á la muchedumbre que pasa por aquel país, con sus cuatro faros de colores diversos, que deben verse desde el mismo Douvres. El magnífico golfo del Sena, entre la Hève y Barfleur, alumbrado por faros amigos, abre el Havre á la América, recibiéndola directamente en el hogar, en el corazón de la Francia.
El mismo Sena se adelanta hacia el mar para recoger las embarcaciones, iluminando con gran esmero todas las puntas de la Bretaña. En la vanguardia de Brest, en Saint-Mattbieu, en Penmark, en la isla de Sen, se ostentan luces distintas que resplandecen por minutos y aun por segundos, gritando al navegante: «¡Atención! Observa esa roca... Huye de ese escollo... Vira hacia aquí... ¡Perfectamente!... ya estás en el puerto.»
Notad que todas esas torres levantadas en sitios peligrosos, edificadas á menudo sobre las rompientes y en medio de las tempestades, establecían al arte el problema de la absoluta solidez. Muchos faros se levantan á alturas inmensas. La tan decantada arquitectura de la Edad Media no se aventuraba á edificar tan alto si no daba al edificio apoyos exteriores, contrafuertes, botareles, y hacia la cima de las torres ya no se fiaba de la piedra, sino que recurría al auxilio no muy artístico de los grapones de hierro que enlazaban entre sí las piedras, como puede verse todavía en la aguja de la catedral de Strasburgo. Nuestros arquitectos desprecian tales medios. El faro de los Héaux, construido últimamente por M. Reynaud sobre el peligroso escollo de las Espadas de Tréguier, tiene la sencillez sublime de una gigantesca planta marina. Poco se cura de los contrafuertes: hunde en la roca viva sus cimientos tallados al cincel, y sobre una base de sesenta pies de anchura, se yergue su columna de veinticuatro pies de diámetro. Sus anchas piedras de granito están embutidas la una en la otra; además, en la parte inferior, las hiladas se encuentran unidas por medio de dados (también de granito) que penetran á la vez en otras piedras superpuestas. Toda la obra está tan bien ajustada que el cimiento fué cosa superflua. De abajo arriba, mordiendo cada piedra á su inmediata, según se ha dicho, el faro constituye una sola mole, más compacta que la roca sobre que se asienta. La ola no sabe qué lado atacar: azota, rabia, pero resbala. Todo lo que consigue ganar con sus prolongados truenos es que el faro oscile y se incline un tanto. Empero no hay que alarmarse por esto; la misma ondulación presentan las más antiguas y sólidas torres.
Así, pues, en lugar de los tristes bastiones que antiguamente amenazaban al mar, como los que todavía he visto en la costa de Berbería, la civilización moderna edifica las torres de la paz, de la hospitalidad benévola. Preciosos y nobles monumentos, á veces sublimes á los ojos del arte y que siempre conmueven el ánimo. Sus luces de colores distintos, donde se representan el oro, la plata de las estrellas, ofrecen el seguro firmamento que una providencia humana ha organizado sobre la tierra. Cuando están velados todos los astros, es dado al marino contemplar éstos y recobrar el perdido ánimo, reconociendo en ellos su estrella, la estrella de la Fraternidad universal.
¡Cuánto agrada sentarse junto á uno de esos faros, bajo esas luces amigas, verdadero hogar de la vida marítima! El más moderno de entre ellos es ya venerable por las preciosas vidas que ha salvado. Su vista produce más de un recuerdo; rodéalo la tradición y es objeto de sabrosas leyendas, pero leyendas verdad. Dos generaciones bastan para que un faro tome carta de antigüedad y se convierta en sagrada su memoria. Frecuentemente dirá la madre á la joven: «Este salvó á tu abuelo, y sin él no hubieras venido al mundo.»
¡Cuántas visitas le hace la intranquila esposa que aguarda la vuelta de su marido! Al anochecer, y también á media noche, la hallaréis allí sentada, aguardando y pidiendo que la bienhechora luz que brilla en lo alto traiga al ausente, lo conduzca á puerto con seguridad.
Con justicia, los antiguos honraban el altar de los dioses salvadores del hombre en sus piedras sagradas. Para el corazón atribulado que tiembla y espera, los tiempos no han variado, y en medio de la obscuridad de la noche, la que llora y ruega ve en el faro el altar y el mismo Dios.