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El Mar

LIBRO CUARTO (continued 2)

Reading edition

La notable frase de Elías de Beaumont (cap iv, p. 26) se encuentra á la cabeza de un artículo que constituye un gran libro, su artículo Terrenos, en el Diccionario de M. d'Orbigny.

Cap. vii, p. 51. Lo que digo de Royan y Saint-Georges, encontraráse más elegantemente expresado en los eruditos libros de Pelletan, Nacimiento de una población y el Pastor del Desierto. Sábese que ese pastor es el abuelo de Pelletan, el ministro Jarousseau, admirable y heroico para salvar á sus enemigos. La casita que aun existe es un templo de la humanidad.

NOTAS DEL LIBRO SEGUNDO. Génesis del mar.—Cap. i.—Fecundidad.—Sobre el arenque, véanse el anónimo holandés traducido por De Resto, tomo i; Noël de la Morinière, en sus excelentes obras, impresas é inéditas: Valenciennes, Peces; etc.

Cap. ii. Mar de leche.—Bory de Saint-Vincent. Dic. clásico, artículos Mar y Materia; Zimmermann, el Mundo antes de la creación del hombre. Este precioso libro popular corre en manos de todos.—En la pág. 87 sigo la obra de M. Bronn, premiada por la Academia de Ciencias.—Sobre la innocuidad de las plantas del mar, véase la Botánica de Pouchet, libro de primer orden. Para las plantas metamorfoseadas en animales, Vaucher, Confervas, 1803; Decaisne y Thuret, Anales de las ciencias naturales, 1845, tomos iii, xiv, xvi y Cómputos de la Academia, 1853, tomo xxxvi; artículos de Montagne, Dic. d'Orbigny.—Sobre los volcanes, véanse Humboldt, Cosmos, parte iv, y Ritter, traducción de Elíseo Reclus, Revista germánica, 30 noviembre 1859.

Cap. iii. El Atomo.—He citado en el texto los maestros, Ehrenberg, Dujardin, Pouchet (Heterogenia). A la larga, vencerá la generación espontánea.

Caps, iv, v, vi, etc. Para remontarme en todo este libro á la vida superior, he tomado por hilo conductor la hipótesis de la metamorfosis, sin intentar construir seriamente una cadena de seres. La idea de metamorfosis ascendente es natural al ánimo, siéndonos impuesta en algún modo por la fatalidad. El mismo Cuvier confiesa (fin de su introducción á los Peces), que si esta teoría carece de valor histórico, á lo menos «es lógica.»—Sobre la esponja, véanse Pablo Gervais. Dic. d'Orbigny, V, 325; Grant. en Chenu, 307, etc.—Sobre los pólipos, corales, madréporas (capítulos iv y v), además de Forster, Perón, Darwin, consúltense asimismo Quoy y Gaimard; Lamouroux, Pólipos flexibles; Milne Edwards, Pólipos y ascidias de la Mancha, etc. Véase también sobre el calizo las dos geologías de Lyell.

Cap. vi. Medusas, fisalios, etc.—Léanse Ehrenberg, Lesson, Dujardin, etc. Forbes demuestra por medio de las analogías vegetales que esas metamorfosis animales son un fenómeno muy sencillo; Anales de Historia natural (en inglés), diciembre de 1844. Véanse asimismo sus excelentes disertaciones: Medusæ, en 4.º, 1848.

Cap. vii. El Esquino.—Véanse en primer término las curiosas disertaciones donde M. Caillaud ha consignado su descubrimiento.

Cap. viii. Conchas, nácar, perla (Moluscos).—La obra capital es la Malacología de Blainville. Sobre la perla, Moebius de Hamburgo, Revista germánica, 31 julio 1858. He consultado con gran provecho en esta materia á nuestro célebre platero M. Froment Deurice. Si he hablado de la perla como adorno especial de la mujer, es por haberse descubierto la manera de fabricarlas artificialmente. No me cabe duda que dentro de poco, no habrá mujer, por pobre que sea, que no pueda comprarlas.

Cap. ix. El Pulpo.—Cuvier, Blainville, Dujardin, Anales de las ciencias naturales, primera serie, tomo v, p. 214, y segunda serie tomos iii, xiv, y xviii; Robín y Second, Locomoción de los cefalópodos, Revista de zoología, 1849, p. 333.

Cap. x. Crustáceos.—Además de la grande obra capital y clásica de M. Milne Edwards, he consultado á d'Orbigny y á diversos viajeros. Véase el precioso Atlas de Dumont d'Urville.

Cap. xi. Peces.—La Introducción de Cubier, Valenciennes, artículo Peces (Dic. d'Orbigny), que constituye un libro completo, lleno de erudición y excelente. Sobre la anatomía véase la célebre disertación de Geoffroy. Lo que referí sobre los nidos de los peces, lo debo á los señores Coste y Gerbe.

Caps. xii y xiii. Ballenas, anfibios, sirenas.—Lacépède es muy elocuente é instructivo en esta parte. Nada mejor que los artículos de Boitard (Dic. d'Orbigny).

NOTAS DEL LIBRO TERCERO. Conquistas del mar.—Todo este libro ha brotado de mi pluma gracias á la lectura de los viajeros, desde la primitiva historia de Dieppe (Vitet, Estancelin), hasta los descubrimientos más recientes. Véanse sobre todo, Kerguelen, John Ross, Parry, Weddell, Dumont d'Urville, James Ross y Kane; Biot, Gaceta de los Sabios, y el juicioso á la par que luminoso compendio que de sus viajes ha publicado M. Laugel en la Revue des Deux Mondes.—Sobre la pesca, además del gran trabajo de Duhamel, véase Tiphaigne, Historia económica de los mares occidentales de Francia, 1760.

Cap. iii. Ley de las tempestades.—Añadid á los libros citados en el texto el excelente resumen de M. F. Julien (Corrientes, etc.), y el curioso sistema de M. Adhémar, sobre una mutación del mar que sobrevendría cada diez mil años.

NOTAS DEL LIBRO CUARTO. Renacimiento por el mar.—Desde 1725, Marsigli parece haber sospechado la presencia del yodo. En 1730 publicóse una obra de autor anónimo, Comes domesticus, en la que se recomiendan los baños del mar.

La bibliografía del mar no tendría fin. Todas las bibliotecas me han procurado datos. Complázcome en citar entre otros libros excelentes, los Manuales y Guías de los señores Guadet, Roccas, Cochet, Erns, etc. Helos encontrado rarísimos (por ejemplo Russell) en la Escuela de Medicina; muchos especiales, en lengua extranjera, en el Depósito de la Marina (tales como el Mediterráneo, de Smith, 1854). Nunca me cansaré de elogiar las atenciones que me prodigaron tanto el director coco el bibliotecario, quien me señaló varias veces obras poco conocidas.

Sobre la degeneración de las razas, véanse Morel (1857); Magnus Huss, Alcoholismus (1852), etc.

A mi ilustro amigo Montanelli y á los preciosos artículos de M. dall'Ongaro debo el tener noticia del folleto del doctor Barrellay (Ospizi marini).

Mi sabio amigo el doctor Lortet, de Lyon, al acusarme recibo de un ejemplar de la primera edición de mi libro, me escribe: «En los niños lánguidos y descoloridos he obtenido buenos resultados por medio de una exposición prolongada á la luz (luz viva, excitante), Convendría una playa mediterránea, donde el niño pudiera vivir desnudo, sin otra cosa abrigada que la cabeza, y unos calzoncillos, y que rodara por el mar y sobre la cálida arena. Junto á la orilla un sotechado, una especie de invernadero que, con ventanas para cerrarse los días fríos, recibiese el sol por todos costados.»

P. S. Acabo de saber con alegría que la administración parisiense de la Asistencia pública ocúpase en este momento en crear un establecimiento de la clase antedicha. Séame permitido, pues, explanar mis súplicas.

La primera es, que no se centralice á los niños en un mismo sitio; que no se haga un Versalles, una fundación ostentosa, sino varios pequeños establecimientos en estaciones distintas, donde puedan repartirse los jóvenes enfermos según sus diversas enfermedades y temperamentos.

Mi segunda súplica se reduce á que esa instalación, para ser duradera, aproveche al Estado en vez de serle onerosa; que los niños expósitos que en ella se asilaran, los convalecientes válidos, los enfermos restablecidos, sean ocupados, según los lugares, en los trabajos menos penosos de los puertos y de la navegación, en los oficios que de ellos dependen, tomando los hábitos y el gusto á la vida del mar. Cuando míseras poblaciones, asaz pobladas de pescadores y marineros, apartan los ojos del mar, hácense industriales, necesario es reemplazar á los desertores. Débense criar hombres nuevos, que no hayan oído discutir en la choza paterna el provecho y ventajas de la vida prudente, abrigada del interior.

Preciso es que la adopción de la Francia cree un pueblo de marinos que, adicto anticipadamente á su heroico oficio, lo profiera á otro cualquiera; y el cual, desde los primeros años, mecido por el Mar, no ame más que á esa gran nodriza, y no sepa diferenciarla ni aun de la misma Patria.

FIN DE LAS NOTAS

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