EL MANUSCRITO DE MI MADRE (continued 3)
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No he de repetir aquí todos los acontecimientos surgidos durante estos últimos ocho meses; demasiado escritos quedarán en todas partes. Solamente diré que a los primeros rumores de la vuelta de Bonaparte, Alfonso corrió a París, adonde le llamaban sus aficiones y su deber; que acompañó al rey hasta Bethune en medio de las mayores penas y fatigas; que una vez allí, después de recibir la licencia y las gracias de los príncipes, volvió a reunírseles, rodeado también de grandes peligros; y que algún tiempo después, volvió a salir para Suiza. Pero ocurrió la batalla de Mont-Saint-Jean, regresaron nuestros príncipes y regresó también Alfonso a la patria, dirigiéndose a París, donde actualmente se encuentra, haciendo las diligencias necesarias para obtener un empleo diplomático. Abrigamos muchas esperanzas de conseguirlo.
¡Qué horribles angustias hemos pasado! Basta decir que Mâcón ha sido tomado a mitad de la noche, que yo desperté a las dos de la madrugada entre el espantoso estruendo de los cañones, obuses y fusilería, vivísimo en todas las calles, y los más siniestros gritos de desesperación y de dolor. Nos creíamos todos perdidos. Me levanté de la cama e hice levantar a Cesarina, la única de mis hijas que se encontraba conmigo a la sazón, y una y otra, puestas de rodillas ante un Santo Cristo, esperábamos el momento del sacrificio ofreciendo nuestras almas a Dios.
Luego pareció irse calmando todo. Los austriacos quedaron triunfantes, pero no abusaron de la victoria; hubo algunas casas saqueadas pero fueron aquellas en que se defendió el enemigo. Nosotros no recibimos el menor daño personal, gracias a Dios, pero materiales, ¡tenemos ya sufridos tantos!
He aquí lo que me ocupó después del día 17 de septiembre: Cecilia, hace como cinco semanas, tuvo una niña que cría ella misma y se llama Celenia. Todo marcha muy bien. Alfonso sigue en París aún. Tanto como deseamos las mujeres ser madres, y ¡ay! el serlo en estos tiempos hace temblar al espíritu más fuerte.
XCIV
Nuevamente sonríe a mi madre la dicha, y sólo satisfacción y contento rebosan sus escritos. El día 13 de octubre de 1815 se publicaron los esponsales de su segunda hija Eugenia, con M. Coppens de Hondschoote, joven oficial, teniente coronel del regimiento que guarnece Mâcón, hijo del antiguo señor de la villa de Hondschoote en Flandes. Una simpatía mutua condujo el asunto rápidamente a su desenlace. Celebrose la boda en Mâcón en el mismo día en que se inauguró una iglesia nueva. En la descripción de esta ceremonia de familia se adivina una alegría maternal inexplicable.
* * *
Acordose que la boda se celebraría en la iglesia nueva que debía bendecirse en igual día; pertenecíamos a esta parroquia y estaba muy cerca de nuestra casa. Luego, después de la bendición nupcial, que atrajo mucha gente a la iglesia, nos retiramos. Todos mis hijos venían junto a mí; Cecilia y Alfonso habían llegado hacía poco; mi pequeñita Alicia estaba también; el tiempo era precioso: nos acompañaba toda la oficialidad con su música tocando alegres aires. Eugenia estaba encantadora: llevaba un vestido de tul bordado, un velo de raso blanco, una guirnalda de lirios y rosas blancas y un ramo de las mismas flores; estaba verdaderamente hermosa. Su marido, que tiene una arrogante figura, iba radiante de satisfacción. Las calles estaban atestadas de gente, así como la iglesia y sus alrededores; al volver, tuve muchísimo miedo de que hubiese alguna desgracia, pero se tomaron muchas precauciones para evitar los accidentes que la aglomeración de gentes pudiera ocasionar.
Casi todo el pueblo estaba invitado a pasar la velada en nuestra casa. Como es natural, hube de trabajar mucho para preparar el recibimiento a tan numerosa concurrencia. Había dispuesto la sala comedor, que es muy grande, para salón de baile; la hice tapizar de un tejido verde, e iluminar muy bien. El coronel nos mandó la música del regimiento, que fue colocada en una habitación contigua, produciendo muy buen efecto, combinada con el salón; mandé quitar la cama de mi cuarto que es muy espacioso, e hice colocar una mesa para setenta cubiertos aproximadamente, y otras dos en las que podían acomodarse otros tantos entre una y otra. En un gran gabinete situado junto a mi dormitorio, había igualmente otra mesa para que los caballeros pudieran cenar a media noche con toda libertad. Todo esto me dio mucho trabajo ciertamente, pero yo lo hice con mucho gusto y todo salió perfectamente. Todo el mundo se retiró a la hora conveniente; estuve bastante agitada y no fui yo seguramente la única. Cesó la algazara, acompañamos a los novios al dormitorio y yo me retiré igualmente, después de rogar a Dios por mis hijos y por mí.
Al día siguiente, asistí a la misa mayor, en que oí un buen sermón pronunciado con motivo de la inauguración de la nueva iglesia.
XCV
19 de junio de 1817.
Mi hijo Alfonso se encuentra en este momento viajando en la Saboya, acompañado de la familia Maistre, cuyo sobrino, M. Luis de Vignet, persona distinguidísima, es muy amigo de él. Este joven, de grande ingenio y mucho talento, como el que yo supongo en mi hijo, tiene como él también un carácter algo melancólico. Me recuerda la figura que yo atribuí en mi juventud a Werther, de Goethe; pero él es, como su familia, muy cristiano.
Esta amistad, bajo esta correspondencia, me satisface por mi hijo, que tiene necesidad de buenos ejemplos de fe positiva, porque su religión, demasiado libre y demasiado vaga al mismo tiempo, me parece producida por el sentimiento y no por la fe.
* * *
Como ya tengo indicado, mi hijo solicita un empleo diplomático; mi hermano mayor y yo hemos despertado en él este deseo que le cuesta buenos disgustos. Como quiera que en París no tenemos una protección directa para abrir las puertas de las personas influyentes, y nuestro nombre, aunque digno, no es de gran resonancia para llamar la atención de los ministros, perdemos el tiempo. Alfonso se cansa e impacienta, no pudiendo obtener una ocupación activa para su espíritu; y sus disgustos recaen sobre mí y me afligen mucho.
XCVI
20 de junio de 1817.
Hoy me han hecho una proposición de matrimonio para mi hija tercera, Cesarina. El joven que ha pedido su mano, creo yo que le conviene bajo todos conceptos; a mí me agrada mucho. Se llama M. de***, y pertenece a una conocida familia parisiense, ligada ya de antiguo con la mía. Cesarina posee una belleza deslumbradora, completamente italiana; muchos dicen que los rasgos de su fisonomía son los de una creación del pintor Rafael de Urbino, que se conoce por la Fornarina. Yo no sé lo que en esto habrá de cierto, pero sí sabré decir, que es una hermosa criatura físicamente considerada, y lo que es algo mejor, muy franca, sencilla, y altamente simpática a todo el mundo.
Mi cuarta hija, Susana, será más hermosa aún, pero el género de su belleza será completamente distinto; es la estatua del candor y la virginidad.
Sofía, menos seductora a primera vista, promete, sin embargo, atesorar también grandes atractivos y ciertas cualidades de alma por complemento superiores a todos los hechizos. ¡Oh! ¡qué hijas me ha concedido Dios! ¡Parece que la Providencia y la Naturaleza se hayan puesto de acuerdo para favorecerme con sus dones! ¡Qué cuentas deberá rendir esta madre al Señor de cielo y tierra!
XCVII
Junio de 1818.
Mucho trabajo me cuesta el favorecer las inclinaciones hacia el apreciable joven M. de***, a quien estimo en mucho a causa de sus excelentes cualidades y lo quisiera para esposo de mi hermosa Cesarina.
La familia de mi marido se opone a este matrimonio por razones sociales de bien poca monta por cierto, pero yo tengo la seguridad de que habrían de ser felices uno y otro. El no tiene fortuna, es verdad, pero yo les tendría en mi casa. Estoy obligada a esconder a la familia de mi esposo la inclinación que siento por esta alianza, pero si yo hiciese, al parecer, cierta violencia, no podría llegar jamás a conseguir la unión de estas pobres criaturas. Entretanto me está ello pesando en la conciencia; tal vez he cometido un error dejando entrever a estos tiernos corazones que al fin se unirán. He consultado sobre este particular con un hombre que merece toda mi confianza y me lo ha aprobado. ¡Dios mío! haced que resplandezcan mis intenciones: Vos sabéis que son buenas.
El joven de***, se muestra más cariñoso y solícito que antes; son sus visitas tan frecuentes que temo despierten recelos en la familia; no obstante, cuando creo que sus visitas pueden llamar la atención, le recibo con alguna frialdad; y él, comprendiendo mis indicaciones perfectamente, obra como hombre discreto que es y de virtud irreprochable. ¿Qué es lo que sucederá? ¡cuántos tormentos ocasiona eso de haber dos espíritus distintos en una misma familia, sobre motivos de trascendencia! Encuentro que no se consulta lo suficiente al corazón en nuestra sociedad francesa, cuando se trata de un acto tan importante como es el del matrimonio. Por suerte para mí, mis parientes dejaron que hablase el mío; y gracias a la condescendencia de mis buenos padres, soy feliz actualmente.
XCVIII
18 de julio de 1818.
M. de Vignet, el amigo de mi hijo, ha estado aquí unos días, acaba de ser llamado a París por el embajador de Cerdeña, marqués de Alfieri, a quien Alfonso conoce muchísimo. Esto es buen augurio para el porvenir diplomático de este joven, quien empezaba ya a descorazonarse. ¡Ah! ¡cómo quisiera yo ver a mi hijo entrar pronto en una carrera tan digna de él! Observo que mi salud va languideciendo de algún tiempo a esta parte; yo creo que la causa de ello son los sufrimientos del corazón y del espíritu, ocasionados por los contratiempos que mis hijos están sufriendo. Es preciso que sobre esto reflexione detenidamente. Pronto cumpliré cincuenta y dos años, y como quiera que no he sido de complexión fuerte, necesito de mayores cuidados que muchas otras; eso debería aumentar mi piedad y hacer que me ocupase solamente de Dios. En lugar de esto, parece que mi alma participa de las debilidades de mi cuerpo, porque encuentro que me faltan o se debilitan en mí aquellos sentimientos vivos que penetran el alma y la elevan al cielo, haciéndonos felices en todas las situaciones de la vida; me siento fría, e insensiblemente arrastrándome sobre la tierra. ¡Oh! no es esta la vejez que se necesita para preparar el alma. Entretanto, ¡Dios mío! mi voluntad se dirige todavía hacia Vos, sostenedme y haced que pueda daros todo lo que me resta... ¡Ay! ¡qué pobres e indignas de Vos son mis ofrendas!
XCIX
25 de julio de 1818.
Nos hallamos en la casa de mi buen cuñado el abate Lamartine, que se encuentra enfermo. Continuamente está haciendo regalos a mis hijas, y para después de su muerte ha legado a Alfonso esta propiedad de Montculot, que aun con un gravamen de doscientos mil francos, le servirá acaso de ayuda el día que necesite casarse.
C
4 de agosto.—En el parque de Montculot, al lado de la fuente Fayard.
Esta fuente, pintoresca y apacible como una de la Arcadia, fue celebrada en mis composiciones tituladas Armonías con el nombre de
LA FUENTE DEL BOSQUE
¡Oh! fuente cristalina—Que saliendo de la roca—Formando hermosa cascada—Bañas el florido prado—Y en el mármol de Carrara—Murmuras con impaciencia—Por salir a la pedrera.—El delfín que oculto entre la hiedra—Arrojaba por la nariz la blanca espuma, ha desaparecido. Centenarias hayas que prestan su sombra—Al lecho por donde juegas en ondas—Te sirven de templo—Y de corona, las hojas secas de otoño y el verde musgo.—La vieja pila de mármol ha sido destrozada—Pero tú, siempre generosa—Devuelves bien por mal a los que te ofendieron—Ofreciéndoles la frescura de tus aguas, limpias como el cristal.—Cuando veo filtrarse cual rocío entre los guijarros—Las gotas cristalinas formando mil colores—Las ideas de mi niñez vuelven a mi imaginación—Y los recuerdos del pasado, me llenan de tristeza.—¿Cómo quieres que no busque a tu lado alegrías y tristezas?—Mudo testigo que recuerdas hechos y edades pasadas—¡Cuántos lances has mezclado en tus murmullos!—¡Cómo han corrido mis pensamientos tras de tus ondas!—Aquí me tienes otra vez, fuente deliciosa.—Yo soy aquél que en otro tiempo turbaba tu tranquilidad, con regocijo infantil. Yo soy quien a la sombra de los árboles que te rodean, soñé con la gloria cuya senda veo hoy oculta por negros nubarrones.—Mientras lloro ausencias y muertes—Reclina la cabeza sobre las piedras que te circundan.—Yo soy aquél, que rendido de cansancio—Llegó a ti, con el rostro oculto entre las manos—Derramando lágrimas que empañan tu pureza cristalina—A confiarte tu pesares; porque tú sola contestas a tus lamentos.—A escuchar las armonías que producen tus cascadas.—Pero ¡ah! que no pueden tus olas seguir a mis ideas—Rápidas como el viento que arrebata la hojarasca que se extiende a tus pies.—Algunas veces, trepando por la escarpada pendiente—Llego al punto donde tienes tu nacimiento—Y te contemplo cual hija de las nubes, flotando entre vapores.—Fuera imposible sin ti, la vida en estas soledades.—Calmas la sed del césped que, al besarte, bebe tus cristales gota a gota.—Y aunque el duro pedernal intente devorarte en su seno—Te alejas juguetona, y corres a llevar tus virginales perlas—A los más profundos huecos de las montañas.—Reflejando en el camino el hermoso transparente del cielo—El desierto se anima con tu presencia—Y a un aliento de tus aguas—Se inclina el árbol añoso—Cobijándote en sus ramas.—A tu lado, los alegres pajarillos cantan sus amores—Y los hombres han de arrodillarse para beber de tus aguas.—«Aquí beberá el caminante», dijo una voz. Y tú, fiel a esta consigna—Avisas al hombre cuando por tu lado pasa—Con el sordo murmullo que produce el líquido, al caer en el recipiente.—Y al que se detiene a contemplarte—Le dices satisfecha:—Este prodigio que admiras, obra de Dios es.—Mis murmullos son el himno que constantemente elevo al autor de la Naturaleza. Yo siento en el corazón, ¡oh, fresca fuentecilla!—Tantas ideas como ondas tiene tu pilón.—Y al aproximar mis labios a tus aguas—Brotar de mi pecho el amor, y escaparse el ruego de mi boca con acento rápido—Y exclamo: Señor, te adoro, acepta mi triste llanto.—Hoy contemplo tus riberas—Bien distintas por cierto de ayer.—El viento se ha llevado las hojas, y hasta el cisne ha cambiado su blanco plumaje.—No tardará mucho tiempo en ver caer mis blancos cabellos sobre ti—Cuando vengas a visitarme, apoyándote en los troncos de las hayas tus eternas compañeras.—Entonces, contemplándote de nuevo, reflexionaré todo lo pasajero de esta vida.—Comparándola con tus gotas que convertidas en olas—Mueren en el mar después de haber corrido alegres el camino—Cubierto de flores unas veces, de espinas otras.—Y así es la vida, ¡Dios mío!—Tras de la noche la aurora.—Y las olas corren siempre—Cual la vida seductora.
* * *
Posteriormente he visto que mi pobre madre también meditaba sobre la fuente del Bosque y por cierto, más cuerdamente que yo.
Continuemos el diario.
4 de agosto de 1818.
Es la una de la tarde, y vengo de dar un paseo por la fuente Fayard: es un sitio delicioso en extremo: me gusta ir allí a reflexionar y rezar al mismo tiempo porque lo uno es consecuencia de lo otro. Doy gracias a Dios por los beneficios que me hace, que son muchísimos. Al fin vuelvo a encontrar los mismos sentimientos de otros tiempos. Tengo observado que cuanta mayor es mi soledad y mi retraimiento del mundo, soy más piadosa y feliz. Pero no hay remedio; debo alejarme de aquí: debo volver a mis tareas ordinarias, a mis deberes, a mis incertidumbres.
Tened piedad de mí, Dios mío; tiemblo por lo que he de sufrir yo y por lo que habrán también de sufrir mis hijos Alfonso y Cesarina y mi buena amiga madame Paradis que necesita de mí en estos momentos. Valor y prudencia.
Esta mañana, durante el paseo, recordaba las veces que he estado aquí, y son seis, y he pensado que mi diario me es de mayor utilidad que a otras muchas personas, porque tengo poquísima memoria, y al mismo tiempo, porque gusto de ir recordando todo lo que me ocurre en diferentes circunstancias en que me voy encontrando; veo también, que no es de menor utilidad para mi alma.
Estoy leyendo los sermones de Massillón y la Odisea; mis hijas leen la historia antigua.
¡Pobres hijas mías! Se están portando como quienes son: alegres y buenas por todo extremo.
Mas, ¡ay! ¿las dirijo yo como debo? ¿No tengo que echarme algo por ello en cara? ¿Tendré la culpa de las dificultades en que me encuentro por causa de Cesarina? ¡Oh, Dios mío, Dios mío! Vos sois mi única esperanza; no me abandonéis en manera alguna; reparad mis faltas; apiadaos de mis hijos y de mí.
CI
15 de agosto de 1818.
Los disgustos que he sufrido por causa de mis hijos, acortarán mi existencia y acabaré por sucumbir bajo el peso de tanto sufrimiento. Yo he sentido sus penas con mayor fuerza que ellos mismos. La ociosidad de Alfonso me consume. ¿Por ventura ha nacido para esto? Me lo he encontrado solo en Milly donde se quedó antes, tranquilo, pero triste, y tanto o más que nunca viviendo entre sus libros, y de cuando en cuando escribiendo versos que no enseña jamás. Algunas veces, sus amigos, M. de Vignet y M. Virieu, me hablan de él con especial entusiasmo; pero ¿de qué le sirven sus talentos así encerrados, en el supuesto de que verdaderamente lo sean? Por otra parte, ¿qué ha de ser esta poesía que reconcentra sus ecos en un joven devorado por el deseo de actividad?
La causa de mi excesiva alegría por la vuelta de los Borbones, fue porque esperaba que la familia no se opondría entonces a esta necesidad de obrar, y que estos príncipes, a quienes habíamos servido en la desgracia, emplearían a mi hijo en alguno de los muchos cargos de que ha de ser capaz; ¡pero después de tres años no hemos tenido de ellos ni una sola mirada!
No dejo de comprender que, así los príncipes como los ministros, están abrumados de solicitudes a su alrededor, y que no pueden dirigir sus miradas hasta el fondo de las provincias para ir escogiendo y clasificando los talentos jóvenes y desconocidos. Es preciso resignarse al olvido. Al fin y al cabo esto no vale la pena de disgustarse; pero ¡ah! que mi hijo está en la edad de las ilusiones, que son para él lo que para mí las realidades. Acaso el sentimiento secreto que en él adivino procede de este desengaño sufrido. Porque no es natural ni corriente que un joven de su imaginación y de sus años, se abandone y encierre en la soledad más absoluta; aparece como que haya perdido por la muerte o por otra causa cualquiera, algún objeto querido, cuya falta ocasiona en él tristeza tan profunda.
CII
12 de septiembre de 1818.
Alfonso recibió ayer un paquete de cartas de su mejor y más íntimo amigo, M. de Virieu, quien le llama a París inmediatamente. El ha vendido su caballo para hacerse con cien pesos; yo le he dado además todas las economías que poseo. Ya ha partido. M. Virieu, quien ha ingresado en la carrera diplomática y se interesa por Alfonso tanto como él mismo, le decía en sus cartas que el conde de Lagarde, nuestro embajador en España, estaba decidido a llevarle consigo a Madrid. ¡Quiera Dios que este proyecto se realice!
* * *
Todo ha fracasado. Alfonso acaba de volver más descorazonado que nunca por los acontecimientos que le vuelven a sepultar nuevamente en la inacción y la oscuridad. M. de Lagarde, que le conoce, y que hubiera deseado llevarle consigo, no le ha sido posible, y ha partido, para Madrid, dejando a mi pobre hijo en el mayor desconsuelo.
¡Si yo pudiera obtener para mi hijo la resignación que yo poseo! Pero el es joven y es natural que sus pensamientos sean distintos a los míos.
El proyectado casamiento de mi Cesarina, resulta decididamente irrealizable, me he visto obligada a decírselo así a este pobre joven. La familia se ha obstinado en la negativa más absoluta; estoy desesperada y he llorado mucho; el pobre joven parece resuelto a esperar aún contra toda esperanza. También Cesarina está muy triste, pero bien penetrada de su deber; teme, dice, que si fuerza por sí misma las repugnancias, el descontento de aquellos de quienes nosotros dependemos recaiga sobre mí. ¡Lástima grande que así se rompan las esperanzas de dos almas puras que sentían una hacia la otra cierta inclinación natural, por cierto bien inocente! Afortunadamente, el tal efecto no constituía para Cesarina una pasión absoluta, y si únicamente una simple disposición amorosa, y el reconocimiento natural en quien se ve amada con vehemencia. ¡Pobre muchacho!
Me han hablado de otro matrimonio para mi hija con un hombre de mucho mérito que ha pedido su mano; he conferenciado con ella sobre el particular, y parece que se presta a la realización de dicho proyecto; creo que ha reflexionado y está resuelta. No he podido comprender si ella se ha manifestado condescendiente por sacarme de apuros o si ve alguna razón de conveniencia particular: yo procuraré estudiar este asunto con detenimiento. Alfonso me dice (y tiene mucha razón), que no haga violencia alguna contra los sentimientos y afecciones que pueda profesar a otra persona.
Me dice también mi hijo, que si es necesario él me apoyará contra todas las oposiciones de la familia, hasta el momento en que sea completamente libre de seguir sus inclinaciones naturales; Cesarina, al oír esto ha contestado que no había experimentado más que el natural sentimiento en toda persona reconocida a otra a quien ha inspirado una pasión, y que seguiría sin pesar alguno la voluntad de la familia, que se uniría sin repugnancia al hombre apreciable que se le destinaba; parece, por lo tanto, que hay en ello tanta reflexión como simpatía. ¡Feliz el marido a quien la Providencia le depare tan angelical criatura!
* * *
Al poco tiempo, o sea el 21 de febrero de 1819, se ve que la obediencia de Cesarina se trocó en verdadera felicidad, al menos en apariencia.
CIII
Domingo, 21 de febrero de 1819.
El día 17 hemos llegado a Chambery; están los caminos intransitables y hemos hecho el viaje en largas jornadas. La mayor parte de la familia nos esperaba con impaciencia; hemos sido recibidos como príncipes. Cesarina parece estar en su elemento, simpatizando con las gentes de este país, que son buenas y sencillas; nos colman de atenciones, que verdaderamente puedo calificar de amistosas.
Felicítome mucho todos los días por este casamiento, que tantos disgustos me ha costado figurándome que había dificultades de verdadera monta para realizarlo.
La figura de M. de Vignet no es muy notable; su fortuna es mediana; temí muchas veces cometer un disparate; ¡y he sido yo quien lo ha hecho todo! Rogué muchísimo a Dios que me diera acierto y que aclarase mis dudas, y veo ahora con satisfacción que todo lo que pueda llamarse verdaderamente cuerdo y razonable, se encuentra en este matrimonio. He podido comprender que Cesarina no ha encontrado la menor repugnancia en la figura de M. de Vignet; estoy segura de que le amará... Tengo la satisfacción de ver que no me he equivocado; Cesarina le ama en efecto.
La reputación de M. de Vignet está bien cimentada y es hombre de grande ingenio, muchos conocimientos y méritos de toda especie; su familia es de las principales de este país, y es seguro que llegará a ocupar los puestos más eminentes a que pueda aspirar, dada la carrera que tiene, así por propios méritos como por el apoyo de su tío el conde de Maistre, actual canciller. Tiene una hermana, buena y amable, que vive con él, y un hermano, antiguo amigo de Alfonso, el cual ha resultado ser la principal causa de este matrimonio.
Soy, por lo tanto, muy dichosa en haber encontrado una salida tan honrosa para reparar todas las imprudencias que a causa de mi debilidad, había cometido. ¡Cuántas veces yo misma me he reprochado aquella conducta!
Pero en medio de la satisfacción que siento, recuerdo con honda pena al joven que tan enamorado estaba de Cesarina y al cual apoyaba en sus pretensiones. ¡Pobre joven! ¡Cuánto habrá sufrido!... Puesto que no queda ya ninguna esperanza, es preciso, pues, romper del todo, lo antes posible; Dios me ayudará como me ayuda siempre, y yo no me cansaré de repetirle millones de veces mi reconocimiento por los beneficios que me concede.
Con gran lucimiento hemos celebrado la boda aquí y en Mâcón.
CIV
Martes, 9 de marzo 1819, en Saint-Amour en el Franco Condado.
Al salir de Chambery el jueves, día 4, he realizado mi proyecto de atravesar el monte Chat para venir aquí, en donde me encuentro desde el viernes, día 6, a la caída de la tarde: ha sido una larga jornada por aquellos espantosos caminos y ásperas pendientes. M. de Costa, que posee un castillo al pie del monte, nos ha proporcionado dos caballos para la subida; a pesar de ello me he visto precisada a caminar a pie en varias de las numerosas y casi inaccesibles revueltas de la carretera, donde era preciso contener las cabalgaduras; yo estaba llena de miedo viendo, a una profundidad enorme y espantosa, grandes precipicios y el lago Bourguet, en el cual podíamos sepultarnos al más pequeño descuido.
El descenso a la otra parte de la montaña, es al principio más suave, pero, en Yenne, la pendiente vuelve a empezar de nuevo; viene a ser una limitadísima cornisa sin parapeto, pegada por una parte a las elevadísimas rocas de la montaña y teniendo en la otra, sin el menor amparo, el caudaloso Ródano a tres o cuatrocientos pies de profundidad. A la otra parte del río existen aún las enormes rocas donde estuvieron las célebres prisiones de Pierre-Chatel, cuyo edificio pertenecía al Estado. El paisaje es allí magnífico e incomparable: entre dos rocas enormes hay un desfiladero: después de los días transcurridos, aún temo que aquellas masas de prodigiosa altura se desprendan y nos sepulten entre sus peñascos.
En todo se admira la inmensa pequeñez de los hombres y el poder de Dios. Si reflexionáramos detenidamente lo poco que somos y valemos, siempre estaríamos prevenidos para recibir la muerte, porque cualquier accidente puede ocasionarla: no es así, sin embargo... ¡Oh! el orgullo humano es grande. El hombre no advierte lo que la Naturaleza le muestra constantemente; esto es, la realidad de lo eterno.
¡Cuánto orgullo hay en este bajo mundo!
¡Cuánta demencia!
* * *
Me encuentro en casa de mi hija Cecilia, descansando de mis fatigas cotidianas; ella vive completamente dichosa; es adorada de todo el mundo por su dulce carácter, y se ve rodeada de hermosísimos hijos cuyo número aumenta cada año. Este pueblecito de Saint-Amour es delicioso. He tenido ocasión de entregarme a mis reflexiones; tuve un gran disgusto al separarme de mi Cesarina, y ella, por su parte, lo tuvo también al verme partir. Siempre que estoy turbada y abrumada, despejo mi cabeza reflexionando. Pero jamás sabemos de cierto en este mundo cuándo obramos bien o mal: Dios lo quiere así para tenernos humillados siempre en nuestra propia desconfianza. A él recomiendo continuamente aquella hija querida, que dejé rodeada de una familia llena de virtudes de todo género, y particularmente de piedad, dispuesta, al parecer, a amarla más cada día.
Goza su esposo de mucha consideración, y aunque tiene más edad que ella, se aman entrañablemente. Ella alternará con lo mejor de la sociedad del país. Sus haberes, dado el cargo que desempeña su marido, son suficientes a sus necesidades, porque aun cuando en el fondo no sea su fortuna muy considerable, es seguro que la irá aumentando rápidamente. En Chambery abunda poco el lujo, todas las fortunas son limitadas: tengo, pues, motivos para creer que ha de vivir con desahogo y tranquilidad.
La que hoy empieza a ocuparme es mi Susana, belleza de otro género, pero belleza incomparable que llamo la atención de toda la sociedad de Chambery y de la juventud de Piamonte, donde me la llevé cuando fuimos a acompañar a su hermana para el casamiento. No se oían más que elogios para ella, pero es tan cándida y sencilla, que no se preocupa lo más mínimo de su belleza. Se me habló ya de un buen partido para colocarla. ¡Ah! ¡Si yo pudiese casarla más cerca de mí, y casar también a Alfonso! Quién sabe, Dios mío, si de esta suerte olvidaría esta dichosa carrera que le tiene preocupado y que acaso no conseguirá jamás.
CV
Mâcón, 18 de marzo de 1819.
Otra vez me hallo en Mâcón, pero muy intranquila, porque el encono de los partidos políticos se halla en Francia muy excitado. A mi marido y a mí se nos critica porque no participamos de la cólera de nuestros correligionarios los realistas; esto, a mi entender, no es religioso ni realista; que los hombres no creo hayan sido llamados al mundo para injuriarse. Tanto mi marido como yo, nos hemos visto obligados a separarnos de nuestras más íntimas relaciones sociales, encerrándonos en nosotros mismos: nosotros nos contentamos siendo fieles a los Borbones, sin perder por esto nuestra sangre fría, nuestro espíritu de justicia ni nuestras almas. ¿No existen acaso bastantes pasiones a que hacer frente dentro de nosotros mismos, sin necesidad de encender los odios políticos en que arden en este momento los espíritus? Dice mi marido que él dio su sangre a los Borbones el 10 de Agosto y que está dispuesto a derramarla nuevamente: pero que él no abandonará jamás su buen sentido a los furores de sus partidarios. Sin embargo, está triste y sufre mucho. Así, dice él, es como se fomentan las guerras civiles. Los enemigos de los realistas también están excitadísimos, de suerte que nos encontramos en medio de dos partidos y en nuestro propio país proscritos y sospechosos a unos y a otros. ¡Dios mío, derrama sobre todos el espíritu de paz y de justicia! Alfonso ha partido otra vez para París. ¿Qué objeto tendrá su viaje?
CVI
11 de junio de 1819.
He hablado con la señora de ***; es la italiana más bella y simpática que he tenido jamás ante mis ojos; posee una especie de irradiación dulce y viva a la vez, que subyuga el corazón al mismo tiempo que deslumbra la vista: el sonido de su voz, unido a cierto acento extranjero, despiden una emoción y una ternura que atraen y encantan a la vez. Me ha traído noticias de mi Alfonso, a quien dice que ha visto muchas veces en París; me ha recitado versos de mi hijo que yo desconocía por completo; son una especie de cadencias entre religiosas y melancólicas, dentro de las cuales se observa una pasión juvenil que no me atrevo a definir.
CVII
Milly, 4 de junio de 1819.
Ha llegado Alfonso y está muy bien de salud. Encuentro en él algo nuevo que le preocupa mucho. Parece que ha adquirido en Chambery relaciones con una joven inglesa, con quien tiene deseos de contraer matrimonio, y según cuenta, ella también le quiere; y ambos están resueltos, mediante el permiso de sus padres, a seguir adelante con sus relaciones. ¡Cómo se complace la Providencia en realizar mis más puros deseos! Cuando yo me impacientaba y desesperaba viendo a mi hijo sin ocupación, y sin objeto, vagando de un país a otro para distraerse en vanas inutilidades o en devaneos perjudiciales, he aquí cómo esta misma Providencia nos presenta de pronto y como de la mano, a esa extranjera que parece ser una mujer perfecta, y capaz de contener su alma dentro de la felicidad que proporciona una vida honrada. ¿Qué resultará de todo esto? Sea lo que Dios quiera.
La joven inglesa es conocida de Cesarina: esto me ha causado mucha alegría. Sin ser una belleza, muchas veces más perjudicial que útil a quien la atesora, es agradable y graciosa, tiene una figura admirable, y una cabellera como hay pocas; de educación esmerada, mucho talento e ingenio superior; pertenece a una familia notable de Inglaterra muy bien relacionada y emparentada; sin ser rica, su madre, que es viuda, tiene una posición desahogada; la joven es hija única; su padre fue coronel de las milicias inglesas durante las amenazas de la invasión bonapartista.
Habiendo recibido muy bien a los emigrados franceses en su casa de Londres, acogió muy particularmente a una gran dama emigrada de Saboya, conocida por la señora marquesa de la Pierre, a quien tuve el honor de conocer en casa del gobernador de Saboya con motivo del casamiento de Cesarina. Es una persona que ha debido ser de una belleza extraordinaria.
Esta dama pasó todo el tiempo del destierro de los reyes de Cerdeña en Inglaterra, hasta el 1818; tuvo algunas hijas nacidas y educadas en Londres; estas niñas han vivido después de su infancia, como hermanas, con la joven inglesa, su amiguita. A su vuelta a Saboya, hicieron que la amiga viniese con ellas para prodigarle a su vez la hospitalidad que de ella habían recibido; estaban, como es natural, satisfechas de poderle ofrecer su patria, su castillo, cuantas consideraciones gozaban en su provincia y en los dominios que les habían sido restituidos en parte. Actualmente habitan una magnífica quinta con un gran jardín al extremo de uno de los arrabales, situados a poca distancia de Chambery; esta quinta es el centro de reunión de la sociedad más distinguida e ilustrada de aquella deliciosa población. Allí se dibuja, se pinta, se dan conciertos, se monta a caballo; es una especie de cantón inglés transplantado a Saboya. Cesarina va allí muchas veces, y su cuñado, Luis de Vignet, el amigo de Alfonso, está casi siempre; hace versos y se los lee a las señoritas de la reunión; les ha leído también algunos, escritos por Alfonso, que han sido celebrados por la concurrencia: cuando se le interroga sobre su amigo, hace de él un elogio exagerado, le compara a cierto joven poeta inglés, cuyo nombre no recuerdo en este momento: únicamente sé que ha escrito poemas fantásticos que hoy gustan mucho, y les ha prometido presentar a su amigo cuando pasara por Chambery de regreso de Suiza: Alfonso se encontraba entonces en aquel país solo, y habitaba en la cabaña de un pescador a la orilla de un lago.
He aquí cómo ocurrió el caso, que viene a ser por cierto algo novelesco.
La fama adquirida por Alfonso, gracias a las exageraciones de su amigo, hizo que hubiera de presentarse en Bissy, quinta de recreo del coronel de Maistre en Chambery.
Tenían todos grandes deseos de conocer al hermano de Cesarina, y creían que su aspecto había de ser elegante, como sus composiciones poéticas, y simpático como su hermana. No pudo ocultar la joven inglesa su pasión por las poesías del joven francés, y su madre, que hace siempre lo que su hija quiere, sonrió sin disgusto a esta inclinación. Alfonso ha sido por unas semanas el favorito de la casa; y aprovechando esta circunstancia, hizo hablar a Cesarina con madame de la Pierre, para que esta señora lo hiciera a su vez con la madre de la joven inglesa. Pero la gran dificultad que me tiene intranquila ha de venir de nuestra parte, sobre todo de mis cuñadas de aquí; porque la joven de que se trata es protestante. Sin embargo, Cesarina (que tiene también muchas ganas de casar a su hermano), me asegura que la amiga de las señoritas de la Pierre, se ha aficionado a la religión católica, diciendo que ya hubiera abjurado del protestantismo, si no hubiese temido disgustar a su madre. Si ella ha prometido sinceramente a Cesarina entrar en nuestra religión, y educar sus hijos en nuestra fe, creo que habrán terminado con esto los obstáculos.
¡Qué de disgustos me cuesta el ir venciendo las dificultades que se oponen al bienestar de la familia y sobre todo la tranquilidad de mis hijos!
¿Y qué puede haber más antipático a los ojos de los tíos y tías de Alfonso, tan severamente razonadores, que este casamiento tan novelesco con una extranjera? Apenas me atrevo a hablar a mi marido y a sus hermanos, y de no ser así, no puede llevarse adelante el matrimonio. Toda la fortuna de la familia está en sus manos; Alfonso no tiene más que la corta pensión que le asignó su padre, y unos cincuenta mil francos sobre la propiedad de Saint-Point, cuando faltemos nosotros. Todas las heredades de mi padre político son de mis cuñados y cuñadas; si ellos no lo aseguran en el contrato, ¿cómo presentar así un joven sin carrera y sin fortuna a una familia más rica que nosotros? El amor lo compensa e iguala todo para los jóvenes, pero ellos no son los que cierran los contratos.
Estoy tan preocupada que no puedo conciliar el sueño.
CVIII
9 de noviembre de 1819.
Todo ha terminado. Alfonso está de vuelta. La madre de la joven inglesa se ha llevado su hija a Turín para alejarla de él, pero tengo la seguridad de que ellos se escriben de cuando en cuando. Estoy muy triste. Mi marido, disgustado por nuestra pena, por la pérdida de las cosechas, y por las deudas de su hijo que es preciso pagar antes de que se case, para que la familia a quien se una no resulte engañada; mi marido, digo, desea vender la casa de Mâcón y retirarse al campo; quiere vivir completamente aislado de las gentes. Si lo hace así, ¿cómo voy a colocar las dos hijas solteras que me quedan? ¿Quién vendrá por ellas al fondo de una pobre aldea? Semejante conversación con mi esposo y el temor de que venda la casa, me ha hecho derramar muchas lágrimas esta noche. Mis dos hijas pequeñas me han visto llorar, y en seguida han corrido ambas a encerrarse sin ruido en el gabinete de las Musas, junto a mi alcoba (en este gabinete están esculpidas en la madera de los arrimaderos, las nueve Musas). Al entrar yo en el referido gabinete, he sorprendido a las dos arrodilladas, rogando y llorando ante Dios para que me consuele. ¡Qué dichosa me he considerado al ver la ternura y la sensibilidad de mis piadosas hijas! Pero ¡ay! ello no hace sino disgustarme más al ver que no puedo ocuparme como debo del porvenir a que son acreedoras, por las virtudes que atesora su corazón.
CIX
25 de diciembre de 1819.
Esta mañana ha marchado Alfonso: he notado que estaba muy triste. El señor barón de Mounier, que le aprecia mucho, le ha escrito que vaya inmediatamente a París, porque tiene alguna esperanza de hacerle entrar.
CX
6 de enero 1820
Nada de nuevo, si no es que me ha escrito diciéndome que Alfonso ha sido bien recibido con mucha distinción entre personas de la mayor concurrencia, donde su personalidad y sus talentos produce, según la expresión de Mme. Vaux, mi hermana, un tipo de entusiasmo. Ella me cita los nombres de una multitud de personas entre las cuales he conocido sus madres en mi juventud: la princesa de Talmont, la princesa de la Tréouille, Mme. Raignecourt, la amiga de Mme. Elisabeth, Mme. de Saint-Aulaire, la duquesa de Broglie, hija de Mme. de Staël, Mme. de Montcalm, hermana del duque de Richelieu, Mme. Dolomieu a que conocí en la casa de la duquesa d'Orléans; y muchos hombres eminentes que se apresuraron a ofrecerle su amistad, a él antes tan oscuro; el joven duque de Rohan, el virtuoso M. de Montmorency, M. de Molé, M. Lainé, de quien se dice ser un gran orador, M. Villemain, discípulo de M. de Fontanes, que conoció en casa de M. Decazes, el favorito del rey, y otros más que no recuerdo. Puede decirse que es ya conocido de todo el mundo; empieza a sentirse una especie de rumor sordo precursor de la gloria. ¡Qué satisfacción para una madre ver a su hijo en el pináculo de la fama!... Estoy satisfecha de la inesperada acogida de que ha sido objeto mi hijo, pero pido a Dios antes que la gloria y los honores, que sea un hombre digno, y buen cristiano, como lo es su padre. Todo lo demás, ya lo he dicho otras veces, no es más que vanidad.
CXI
Hay aquí una interrupción: el manuscrito no continúa. Aquella pobre madre ha hecho un viaje a París. He aquí la causa. Habíanla escrito de allá, que su hijo estaba enfermo de una afección al pecho; púsose en camino la noche del 12 de febrero en compañía de su hija Susana, joven de dieciséis años, más parecida por su belleza a un ángel que a una criatura humana. En sus notas de viaje se observa ligeramente que en Chalón-sur-Saona tuvo el disgusto de encontrarse con una mascarada grotesca, en la cual todos los objetos de su devoción, esto es, la piedad, la religión, la monarquía y el pudor, estaban groseramente ridiculizados; su alma se contrajo dolorosamente bajo este que le pareció funesto augurio, presintiendo alguna catástrofe; al pasar por Auxerre, una voz salida del fondo de un coche público, gritaba con voz de trueno: «El duque de Berry ha sido asesinado». Aquella buena madre llegó a París tristemente emocionada, pero sin ver cumplidos los fatales augurios. Su hijo había entrado en el primer período de convalecencia y había sido asistido cuidadosamente por sus amigos, los cuales se hallaban a su lado en la pequeña bohardilla que le servía de habitación. Su alegría fue inmensa y pronto olvidó las malas impresiones recibidas durante el viaje, al saber que las primeras poesías de su hijo debían aparecer luego impresas en un pequeño volumen. Esas poesías le habían conquistado en poquísimo tiempo las simpatías generales y un buen nombre. M. de Talleyrand mismo, este juez desdeñoso e infalible, acababa de dar la señal de admiración. La dichosa madre recibió una carta al día siguiente de la publicación del tomo de su hijo. El diplomático decía a la princesa*** que le había proporcionado el volumen: He pasado la mayor parte de la noche leyendo. Mi insomnio es una sentencia. No soy profeta, no puedo deciros cuál será el efecto que produzca en el público, pero el público mío, que lo componen mis impresiones, y que se oculta bajo mis blancos cabellos, oigo que dice: «Aquí hay un genio». Ya tendremos ocasión de hablar más despacio.
No es esto todo; los amigos de su hijo, confirmándose en la benevolencia del aplauso público, hombres y mujeres, aprovecharon este momento de calor para abrumar a solicitudes al ministro de Negocios Extranjeros. M. Pasquier, literato también al mismo tiempo, nombró inmediatamente al joven poeta secretario de la embajada de Nápoles. M. Simeón, ministro del Interior e Instrucción pública, le remitió de parte del rey Luis XVIII una colección de los clásicos latinos de Lemaire con el lisonjero testimonio de la satisfacción de S. M., quien le concedía espontáneamente una pensión literaria, con cargo al presupuesto del fomento de la literatura; cuya pensión venía destinada a suplir en parte el pequeño sueldo que disfrutaba en la diplomacia.
La vida, la fortuna, la ambición, la gloria, y, sobre todo, el favor general, estallaron al mismo tiempo sobre aquella existencia por tanto tiempo retraída y desesperanzada. El corazón de la madre se inundó de alegría. La celebridad de su hijo, la admiración que causó en París la extraordinaria belleza de Susana, su hija idolatrada: las presentes alegrías, las halagüeñas esperanzas del porvenir y sobre todo la esperanza de que su hijo podía más adelante enlazarse con la joven inglesa, de tal manera excitaron la mano temblorosa de la madre, que durante tres meses, se observa en las páginas del diario un embriagador entusiasmo.
Estas páginas son demasiado íntimas; permita el lector que sobre ellas guarde secreto. Existe una, sin embargo, que debo hacerla pública por la extraña coincidencia profética de sus leyes, y de los sentimientos entre el destino de la madre y el del hijo.
La noche del día de Pascua de 1820, escribe ella, se sintió «como ahogada por su propia dicha y por la de sus hijos», y tuvo necesidad de ir, a la caída de la tarde, a reponer su corazón demasiado lleno de gracia y de lágrimas, a la iglesia de San Roque, donde ella iba a orar frecuentemente en los primeros años de su juventud. Entra en el templo acompañada de su hija Susana, y se arrodilla al lado de uno de los pilares de la iglesia para dar gracias a Dios por los inmensos favores que acaba de recibir. Aquellas oraciones, o mejor dicho, aquel himno que dejó escrito, surge de su diario envuelto en las últimas lágrimas de júbilo y de piedad que derramó sin duda en medio de aquel éxtasis de concentración ante Dios. ¡Todos los hijos deberían poder leer líneas parecidas, para que, observándolas, como depende de ellos, casi siempre, no amargar con desdichas, y sí llenar de felicidades, los corazones de sus madres!
CXII
De nuevo vuelve mi madre a abrir su diario, interrumpido por algunas semanas, transcurridas entre viajes y ocurrencias de géneros diversos.
* * *
Mâcón, 3 de julio de 1820.
Desde el día 31 de mayo han sido tales mis ocupaciones, que no me ha sido posible consignar en este diario, un hecho altamente interesante y que es de los más importantes de mi vida.
El casamiento de mi hijo Alfonso ha tenido lugar el 6 de junio en la iglesia propiedad del gobernador de Chambery. Mi hija política pasó en el retiro más completo los días que precedieron al de la boda. La ceremonia tuvo lugar a las ocho de la mañana, habiendo asistido a ella el gobernador y su esposa, el ayudante de campo del gobernador, la marquesa de la Pierre y sus cuatro hijas, el señor conde de Maistre, M. de Vignet y la señorita Olimpia, su hermana, y monseñor el obispo de Annecy; celebró la misa y consagró el matrimonio el abate de Etioles. Mi nueva hija vestía con toda la seriedad y elegancia imaginables; llevaba un magnífico vestido de muselina bordada, y un riquísimo velo de encaje que la cubría casi por completo; imposible imaginar otra presencia tan llena de dignidad, de gracia y de modestia. ¡Qué modales tan elegantes y tan llenos de naturalidad!... Yo estaba afectadísima y no me es posible referir todo lo que pasó por mí al ver llegado para mi hijo el momento más solemne e importante de su existencia; he rogado a Dios con mucho ardor, pero debo reprocharme, como me reprocho todavía, el no haber rogado lo bastante; ¿cómo puede una madre dar gracias suficientes por las alegrías de su corazón, cuando llega a tocar para su hijo el colmo de cuanto podía desear? La misión de las madres sobre la tierra, termina con el día en que ven asegurada la dicha de aquellos que son sangre de su sangre.
Espero rezar al pie de estos mismos altares, por iguales ceremonias, alguna vez más, porque hoy me han hablado de un buen partido para mi hermosa Susana; ¡dichoso, dichoso aquél a quien Dios tenga destinada la posesión de semejante ángel!
Alfonso, su esposa y su madre política, han partido para Italia después de la ceremonia, yendo a ocupar en Nápoles su puesto junto al duque de Narbona.
Me he llevado conmigo a mi pobre Cesarina hasta. Mâcón, a fin de consultar por su salud con los médicos de Lyón; se encuentra algo enferma: Dios parece que quiere mandarme algunas penas proporcionadas a mi felicidad. He encontrado igualmente a mi buena amiga, Mme. Paradis, mi segunda hermana en todo conceptos, muy enferma también. ¡Ah! he estado junto a ella más de quince días, cuidándola día y noche; la pobre no tenía tranquilidad, aparente a lo menos, sino al verme a su lado: ¡ha muerto en mis brazos! ¡Qué amiga tan santa he perdido en ella! Yo tuve la fortuna de inspirarle una fe y una resignación que ella no sentía como yo, al nacer la amistad que nos ha unido; pero ha muerto en la esperanza y, creo poder asegurarlo, en gracia de Dios. ¡Qué vacío ha dejado junto a mí semejante pérdida! Vivía en Mâcón, frente a mi casa, y al ver la menor señal de turbación o de dolor en mi semblante, corría a mi lado a consolarme y compartir conmigo las penas. Al morir quería legarme toda su fortuna, pero yo no lo he consentido: únicamente, y como recuerdo de amistad, he consentido en admitir algo de lo que constituía su fortuna, que no era escasa. Consiste este recuerdo en una pequeña propiedad que poseía en Saint-Clement, al lado de la puerta de Mâcón, hoy en mi dominio.
Sin esta incomparable amiga, que buscaba mis tristezas y mis necesidades cuando yo las sufría por mis hijos, en el fondo de mi corazón; que se olvidaba de sí propia para venir en mi socorro y que hacía frecuentemente más de lo que podía, no sé muchas veces lo que hubiera sido de mí.
¡Ah! ¡que nuestro afecto dure y se eternice allá en el cielo como yo deseo! No dejaré pasar ni una noche ni una mañana sin rogar por ella, y cuando vea delante de mis ventanas, a la otra parte de la calle, aquella ventana cerrada para siempre, o encuadrando otras caras, ¡cómo se partirá mi corazón de tristeza y de pesar, sino la entreveo a ella... allá en el cielo!...
¡Cuánto debo yo a mis buenas amigas! Creo verdaderamente que la amistad es la forma visible de Dios. El mismo corazón divino parece entendernos, hablarnos, comprendernos y abrirse, en el corazón de nuestros amigos. No he tenido privilegiados en ningún lance de mi vida; cuando me han sido arrebatados, no he creído jamás haberlos perdido, ¡tan presentes los tengo! Poseo ahora un cariño extraordinario a la joven y bellísima Mme. Delahante, sobre todo, y a pesar de la diferencia de edades, ella me ha tomado como a su segunda madre; la quiero como si fuera mi hija.
CXIII
Domingo, 16 de julio de 1820.
Hoy he sufrido mucho: unas mujeres del pueblo dicen que han oído decir, que los periódicos hablan del asesinato de Alfonso, en la carretera de Roma a Florencia. Estas buenas gentes han tenido la inocente crueldad de venir a repetir llorando esta noticia. Ignoro quién se ha cuidado de esconder a mis ojos los periódicos que explicaban esta especie de trágica aventura, cuyo origen ignoraba. Por suerte, he recibido esta mañana una carta del mismo Alfonso con fecha posterior al día en que se cuenta que el suceso tuvo lugar; esto me ha consolado un tanto, pero la sola idea de que el hecho haya podido ocurrir, me causa horror. ¿Qué hubiera sido de mí a no haber recibido la carta? ¿y cuántos rumores semejantes, impresos por los periodistas, afanosos de dar noticias sin calcular la trascendencia, habrán matado a otras madres? Espero, llena de ansiedad, otra carta, porque creo de continuo que debiendo reconocer este rumor algún fundamento, puede haber querido Alfonso ocultarme lo ocurrido.
Sé por su amigo, M. de Virieu, que él temía volver a ver en Italia a cierta persona que no le perdonaba el haberse casado; ¿tendrá esto relación con el lance que dicen haber ocurrido?
¡Que Dios le bendiga y proteja como yo deseo! ¡Cuánto tiempo hace que a El le tengo encomendada su existencia!
CXIV
Otra vez en su retiro de Milly se encuentra la pobre madre, después de tantas agitaciones personales, triste y lamentándose continuamente del vacío que se va haciendo a su alrededor con los casamientos de sus hijas y el de su hijo. Luego siente haber de afligirse por esta causa, ya que semejantes ausencias son condiciones naturales que la misma felicidad impone.
Su hijo, le da serias inquietudes porque se encuentra en medio de la revolución de Nápoles. Las agitaciones políticas de Francia, los odios de los partidos que se disputan o arrancan el poder, la devuelven a sus consideraciones políticas. Estas agitaciones apasionadas, la hacen partidaria de la unidad, del poder y la disciplina silenciosa de una monarquía patriarcal, en la cual sueña. Damos aquí sus reflexiones sin juzgarlas. Un hijo, en religión y en política, podrá tener los sentimientos de su madre, pero no sus dogmas. El hijo, al crecer, no se alimenta como el niño, de la leche del ama o de la madre, y sí del pan de los hombres ya formados.
Es imposible, sin embargo, reconocer que la unificación del poder, sea ésta conferida al pueblo en el sistema republicano, o al rey en el monárquico, aparece más lógicamente útil a la sociedad, que estos odios originados por el régimen constitucional, como ahora se llama.
Esta clase de gobierno siempre tiene en guerra los partidos, y la guerra no se concibe sin el odio, ese odio recíproco que es el elemento más funesto para una sociedad: este es en su fondo, el pensamiento de aquella buena mujer, y madre cariñosa.
El odio es el extremo opuesto de la caridad; la caridad es Dios; entonces los gobiernos que constituyen los ciudadanos en estado de guerra permanente, dejan de ser gobiernos, según y conforme quiere Dios. A un instinto verdaderamente piadoso sólo esto se le puede contestar: es que la humanidad está tan mal organizada, que no hay que dar a escoger a los pueblos entre la paz y la libertad, porque es tan de origen divino la una como la otra; la libertad es tan divina como la paz.
* * *
Continuemos:
¿Qué clase de gobierno es éste bajo el cual nos hallamos, y al que es preciso respetar, ya que es la voluntad del rey que así sea? Se me figura completamente opuesto a la paz y caridad que debe reinar entre los cristianos; pues no se ocupan sino de juzgarse unos a otros y de revelar todo lo que de malo pueden saber éstos de aquéllos, todos con el mayor ensañamiento. Bajo el pretexto del bien público, parece lícito todo esto y así se forja una conciencia, como se falsifica y se gasta el corazón más noble; ¡cómo son los hombres! por su desdichada naturaleza, atraídos a la malevolencia, lanzándose desenfrenados por el fatal precipicio y la sociedad resulta de esta manera desconcertada; cualquiera se considera capaz, cualquiera se elige a sí mismo, levantándose los unos contra los otros, porque éstos les tienen miedo a aquéllos y aquéllos a éstos; cubiertos con la máscara de la dignidad hablan muchos en contra de lo mismo que sienten, y nadie se atreve a defender los ausentes torpemente ultrajados, por miedo a ser luego tratados como aquéllos, y así van introduciéndose en la sociedad las injusticias.
Yo, que siento viva y dolorosamente todo esto, también me he gastado, y siento debilitado mi afecto; creo que es únicamente contra los malos, pero aquellos a quienes yo condeno se justifican igualmente por la misma creencia. ¡Dios mío! devolvedme mi paz, haced que yo no me mezcle en nada de lo que no deba, y que me separe, en cuanto dependa de mí, de las iniquidades de este siglo que han de ser necesariamente odiosas a vuestros ojos. Mi ideal político tiende únicamente a lo que quepa en mi religión; ésta me hace creer que el gobierno puramente monárquico es el mejor, porque es en él en el que Vos, Dios mío, habéis dado el modelo al mundo; pues aquellos a quienes bien quisisteis, como a los israelitas, de Vos recibieron el encargo de formar un gobierno, cuando después de tantos sufrimientos os pidieron un rey que los gobernara.
Un rey concedido por Vos es absolutamente vuestra imagen, y debe, por lo tanto, conservar todo su prestigio y toda su autoridad: si este rey se asocia con su pueblo y se mezcla en las luchas que lo dividen, formando parte de ésta o de la otra fracción, las pasiones se exaltan más y no cumplirá la misión que de Vos ha recibido, porque la monarquía es una gran familia de la que el rey es el padre, y no es un padre sabio el que hace a cada uno de sus hijos juez de su propia conducta y de todas las razones causadas por todas y por cada una de sus obras; ¿quién le ha dado el derecho de condenarlo todo, de decirlo todo, escribirlo todo, ya sea contra su gobierno, ya contra cada uno de sus hermanos, salvo, empero, el ser castigado, si se equivoca? Lo repito: semejante padre no será nunca un hombre sabio y su conducta no estará en relación con las obras de Dios y con el dogma de la caridad. Ved en esto, poco más o menos, la imagen de un gobierno constitucional. Pero, lo repito, nosotros debemos callar, respetar y rogar; porque lo que existe de peor y más censurable, es el hablar y obrar contra un gobierno constituido; porque al fin, el hombre puede conseguir su salvación en todas partes donde la mano de Dios le destine.
Mis reflexiones no deben tener, por lo tanto, otro objeto para mí, que el de no participar en un solo punto del mucho mal que se está haciendo en este momento. La política consiste en reflexionar mucho, y hoy se reflexiona tan poco como se puede.
Alfonso pasa el verano en una isla llamada Ischia, del golfo de Gaeta, de la que se hacen descripciones deliciosas. Estoy muy inquieta por la salud de Cesarina, y por el casamiento de Susana, que cuenta ya cerca de veintiún años. En este momento, bien pocas riquezas podemos ofrecer a sus pretendientes. ¿Qué mayor riqueza que las virtudes que atesora su corazón y la belleza incomparable de su rostro? Estas gracias naturales, emanadas de Dios, son, a mi entender, lo suficiente para hacer feliz al hombre digno que la tome por esposa.
Tengo la costumbre de ir a la iglesia a oír misa todas las mañanas antes de apuntar el día; me parece que hago bien empezando con la aurora a sacrificar algo al barullo y los placeres del mundo, dando primero a Dios lo que es de Dios, sin dejar de dar luego al César lo que es del César. No ha dejado de ser para mí una mortificación el dejar así, en todos tiempos, la molicie del lecho y de la dulce temperatura de mi cuarto, para ir a oír la que aquí llaman la misa de los pobres y de las criadas; pero, ¿no somos todos por ventura pobres en la gracia de Dios y servidores todos de nuestros padres primero, de nuestros maridos y de nuestros hijos después? Yo, por mi parte, me encuentro después de la misa altamente recompensada por el recogimiento que experimento entre aquellas casi tinieblas, por el mayor fervor en mis oraciones, por la calma y por las fuerzas que me infunde para todo el día el sentimiento de la presencia de Dios y del cumplimiento de mis deberes principales.
Mi gusto sería vivir en el retiro más absoluto, pero cuando pienso en que aún me quedan dos hijas solteras y en la conveniencia de tener que mezclarme por ellas en el mundo, lo suficiente, cuando menos, para que puedan encontrar un partido conveniente, se me figura que cumplo un sagrado deber, cual es el de mirar por el bien de mis hijas, y esto me proporciona la conformidad y la resignación que necesito.
CXV
27 de enero de 1821.
He recibido carta de Alfonso: me escribe desde Roma y me dice que es completamente dichoso. El ser éste un lenguaje al que no me tenía acostumbrada por su parte, me hace creer que ello es verdad. Me manda al propio tiempo una cantidad para su pobre amigo el abate Dumont, cura de Bussieres, a quien ha querido él siempre mucho, y que está continuamente enfermo y pobre. Esta prueba de amistad, venida de tan lejos, y tratándose de un amigo que hubiera podido olvidar fácilmente desde las alturas de su actual bienestar y de sus distracciones, me ha causado una profunda alegría.
CXVI
11 de marzo de 1821.
¡Albricias! Creo poder casar muy cerca de aquí, convenientemente y casi en familia, a mi bella Susana. M. de Montherot, uno de nuestros parientes, hombre de treinta y seis años, persona distinguidísima y de bella presencia, se ha enamorado de sus gracias durante una entrevista que indirectamente él mismo se ha procurado. No dudo que este casamiento nos hará dichosos a todos, tanto por las bellas cualidades del marido como por ser vecino nuestro y ser probable que siempre estemos juntos; sus propiedades están repartidas entre la Borgoña y el Lyonesado; es muy posible que esto salga bien. Mi marido se muestra también muy favorable a ello; Susana ignora aún ser el objeto de estas entrevistas y cuchicheos, pero es tan sencilla, tan pura y obediente, que no dudo bajo ningún concepto de su conformidad tan luego yo le hable del caso.
CXVII
11 de marzo.
Las buenas noticias se aglomeran. Dios concede y da por una parta lo que por otra quita; démosle gracias por sus dones y sometámonos a sus negativas; acaba de nacerme un nietezuelo; la esposa de Alfonso ha dado a luz en Roma, con toda felicidad, un niño, hermoso como un ángel, lo cual acaba de escribirme su padre, añadiendo que se llama como él, Alfonso, que ha sido bautizado en San Pedro de Roma, que fueron sus padrinos un caballero napolitano, llamado el marqués de Gagliati, y la princesa Oginska, polonesa, y que nació el día 8. Esta noticia me ha proporcionado una grande alegría. Dicen que este niño se parece mucho a mí, así es que yo me lo represento como era su padre. Su madre ha empezado a criárselo; hace muy bien, y ojalá pueda, como yo deseo, seguir adelante. Parece que están resueltos a venirse a pasar unos días en nuestra compañía, tan luego la madre se encuentre completamente restablecida.
CXVIII
12 de mayo de 1821.
Susana lo sabe todo: yo se lo he contado, pero ella, que tiene una penetración grande, ya se lo había presumido; ¡pobre hija mía! yo espero que Dios le enviará aquello que puede y debe darle la felicidad, teniendo en cuenta que su imaginación no está desbordada y posee un corazón angelical; ella se dedica a sus deberes sin la menor turbación ni inquietud, con una tranquilidad y una alegría, que me tienen embelesada.
* * *
El diario queda interrumpido por espacio de tres años. ¿Será que los cuadernos se habrán extraviado o que los disgustos que han pasado por ella durante estos tres años de amargura por la muerte de Cesarina, fallecida a consecuencia de una anemia ocasionada por el nacimiento de su tercer hijo, o que la enfermedad mortal, al mismo tiempo, de su querida y bella Susana, no le hayan dejado el espacio ni la fuerza moral para registrar sus desventuras?
Durante este tiempo, su hijo y su hija política hicieron un viaje a Francia y otro a Inglaterra, perdiendo también su querido nietezuelo. Nacioles una niña que es el ídolo de su madre y de su abuela, la cual parece renovar en todo su imagen, aquella imagen venerable de la anciana madre, que, a pesar de su edad, conserva en el corazón el fuego santo del amor a sus hijos, a sus semejantes y a Dios.
Hasta el 29 de junio de 1824 no hay en su manuscrito ni una sola línea, y sus páginas primeras no son más que sollozos, trazados a la cabecera del lecho del dolor de su querida Susana, reflejando todas las peripecias de la enfermedad y la esperanza; es una prolongada agonía registrada hora por hora, minuto por minuto, abriendo en la última el cielo a un ángel para dejar entre las sombras de la tierra a una desconsolada madre.
No hago más que extractar unas pocas de estas notas monótonas si se quiere, por el repetido acento del dolor. ¡Pobre madre mía!
CXIX
29 de junio de 1824.
Bien tristemente doy principio a este nuevo libro; mi corazón está destilando sangre por el cruel estado de mi pobre Susana; parecíame que había una pequeña tregua de algunos días, creía que la enfermedad se había detenido en sus progresos; pero ayer, mi desolación llegó a su colmo, al fijarme en la debilidad, en la flaqueza y descomposición de aquella figura, ahora terriblemente transformada hasta el horror... ¡Hija de mi alma! ¡a pesar de todo, se la ve tan dulce, tan tranquila y esperanzada! Su marido está completamente trastornado, porque él es como yo y no puede renunciar a toda esperanza, aunque ya debiéramos haberla perdido hace tiempo, porque los signos son mortales.
Ayer nos visitaron muchos parientes y amigos; yo les agradezco muchísimo el interés y solicitud que demuestran por nosotros, pero confieso que aumentan mis penas con su presencia. Cuando quedo libre de visitas, suspiro como si jamás en este mundo me hubiese sido permitido este desahogo del corazón.
Olvido con harta frecuencia que es ésta un época de prueba. ¡Oh! yo debería ver, por la de mi Susana, cuán necesaria es la purificación de las menores faltas para ganar el cielo. Creo a veces que esta enfermedad es el purgatorio de esta pobre criatura, y si tan inocente ella me parece, y le hace falta sufrir como sufre, ¿qué será de mí? Todo es para ella mortificación y pesar; hasta el tomar alimento la molesta.
Sólo esperamos un milagro; este consuelo siempre lo tienen los que como yo creen en Dios. El día 1.º del mes próximo, celebrará el príncipe de Hohenloe el santo sacrificio de la misa a su intención y todos uniremos nuestros ruegos al suyo, que me parece ha de ser muy eficaz. ¿Conseguiremos de Dios la gracia que con fervor le pedimos?
Alfonso y su esposa están en Suiza; les he escrito que se vengan, para no estar sola y sin apoyo contra esta muerte que yo no puedo creer sin desesperarme, por más que la vea todos los días retratada en las facciones de mi querida y santa hija.
CXX
1.º de julio de 1824.
Hemos dejado ayer la casa de campo de Perrieres, que nuestros buenos amigos los Cortembert nos habían facilitado: está situada sobre la colina que domina Mâcón y el Saona.
La traslación ha sido muy penosa; sin embargo, he creído recuperar a mi hija cuando la he vuelto a ver en nuestra casa de Mâcón; la he colocado, en mi cuarto, está allí muy bien; la temperatura es agradable y por la tarde salimos un ratito al jardín. No recibo visitas, así es que, vivimos igualmente retiradas como en los Perrieres.
Nuestra misa, a la misma hora que la del príncipe de Hohenloe, ha sido edificante, pero todo me dice que no hay nada que esperar, ni de la oración misma. ¡No me atrevo a pensar cómo ha de salir de aquí este ángel, ni por qué lecho ha de trocar el que ahora ocupa!
Alfonso, su esposa y su hijita Julia acaban de llegar; me encuentro perfectamente retratada en la cara de Julia. ¡Qué dicha tan grande es la de vernos revivir y florecer de nuevo, cuando nos sentimos decrecer y perder la flor de la juventud! Es verdaderamente lo que era yo a su edad, ¡yo misma, en mi inocencia y en la apacible edad primera!
Mi Susana, que ya no es más que un ángel, ha recibido a Dios, este último lunes, con el aparato ordinario de esta santa y terrible ceremonia; yo creí que se hubiera trastornado algo, pero, por la gracia de Dios, ni se asustó, ni sufrió su semblante la menor alteración; al contrario, ha redoblado su tranquilidad y su alegría; todo el día pareció transparentarse en su mirada cierto fondo de dicha: la noche antes nos dijo: «Hablemos de mi tranquilidad; yo he hecho cuanto he podido por mi conciencia, y todo lo que he podido por mi salud. Dios hará ahora todo lo que él querrá: yo me abandono a El.»
A pesar de esto, ella no ha perdido la esperanza, y nosotros procuraremos alimentarla, porque fuera muy cruel el hacérsela perder: líbreme Dios de intentarlo siquiera. El tiempo que habrá de vivir, que sea con la mayor tranquilidad posible... Dios, que en la forma del santo viático habita en ella, dispondrá como le plazca de esta tierna planta agostada en flor.
* * *
En medio del dolor que el estado de mi hija me proporciona, he tenido una alegría por la visita de Alfonso y su esposa, los cuales se encuentran muy bien: llegaron el jueves 29 volviendo a salir el sábado para Saint-Point. La estancia en la casa de nuevas personas, fatiga siempre a la pobre Susana, a pesar de cuantas precauciones se tomen para evitarlo.
Alfonso volvió el martes, estando con nosotros hasta ayer, y volverá el lunes nuevamente, dejándonos lo menos posible durante estos tristes instantes: su buen corazón me consuela y anima mucho.
CXXI
14 de julio de 1824.
Todo ha concluido: mi hija Susana descansa en el seno de Dios desde anteayer, jueves, a las diez de la noche; quiero, mientras me sea posible, recordar todas las circunstancias de esta muerte edificante, dulce y consoladora para los verdaderos cristianos, y terrible siempre para una pobre madre. En medio de mi acerbo dolor, de mis crueles angustias y de las escenas más tristes, Dios me concedió la gracia de una fuerza, de una resistencia y de una confianza en mí misma, que era, a buen seguro, el fruto de las oraciones que se le han hecho para nosotros, y en las que reconocí particularmente su eficacia, viendo el admirable estado de espíritu de mi pobre hija durante sus últimos momentos.
A pesar del tristísimo estado a que su cuerpo estaba reducido (de que ya hablé el otro día, aunque algo a la ligera), y a pesar de que se agravaba por momentos en su terrible enfermedad, ni una queja, ni una demostración de tristeza; nada, en fin, que pudiera causarnos pesadumbre. El domingo por la mañana, viéndola muy acabada, mandé un recado al señor cura para que se sirviese venir por la noche a visitarla, como cosa suya. Ella se alegró mucho de la visita, y viendo que yo no me movía de su lado, me dijo: «Mamá, ¿quieres que lo diga todo delante de ti? Si es que esto puede causarte pena, no estoy tan enferma que lo crea indispensable, pero me parece a mí que el sacramento de la Extremaunción es una gracia que no debemos descuidar, y que yo desearía recibir.»
Había ya ella, durante el tiempo que estuvimos en Perrieres, y sin que yo lo supiese, pedido al señor cura que no la dejase morir sin darle todos los sacramentos; el buen sacerdote aprovechose entonces de lo que ella volvía a repetirle, y después de haberle hecho entender todas las virtudes que contiene el último sacramento, fuese a buscar lo necesario para el caso y le administró la Extremaunción que ella recibió con gran fe y angelical piedad; pidió que no se dijese una palabra a su marido, que afortunadamente se encontraba fuera en aquel momento. La señorita de Lamartine y Sofía estuvieron presentes y yo escondida en un gabinete junto a la alcoba, llena de dolor y resignación. Muchas veces había pensado en este terrible momento, que creía no poder soportar; pero me encontró completamente transformada después que el sacerdote cumplió su divina misión.
Mi pobre hija estaba sonriente; yo he rogado por ella, la he exhortado, con la misma calma y tranquilidad que si se hubiese tratado de cualquier otro acto natural de la vida; ella ha preguntado por diversas personas:—¿Están enteradas?—decía. A la mañana siguiente pidió una cruz, a pesar de que había en el cuarto un crucifijo de relieve y tenía otro junto a su cama; quería tener otro en sus manos para besarlo continuamente. Encontré por fortuna un pequeño crucifijo de plata, tal como ella deseaba, y desde este momento, hasta el de su muerte, lo tuvo entre sus manos, besándolo a cada paso y elevando sus ojos al cielo; antes de tomar alguna medicina hacía la señal de la cruz y a cada instante me pedía que rogara por ella; yo decía cuantas frases piadosas Dios me inspiraba, leyendo las oraciones que me parecían más consoladoras. Tuvo grandes y continuados accesos de sofocación y fatiga, hasta el punto de que creíamos a cada paso que entraba en la agonía, pero luego transcurrían algunos intervalos en que parecía calmada y consolada por la oración. Los tres últimos días los pasamos en continuo sobresalto, y por la noche descansábamos un poco, porque yo la dejaba entre ocho y nueve con una asistenta que se acostaba en su propio cuarto, y una criada que quiero como una hija; hace ya más de veinte años que está en la casa y duerme en un cuartito junto a la alcoba; tanto Sofía como yo, nos levantábamos varias veces cada noche para ver cómo estaba y cómo seguía; siempre la encontrábamos esperanzada y jamás hablaba de su hijo; estoy segurísima de que ha obrado así sacrificándose. La víspera de su muerte dijo a su marido: «¡Ay, esposo mío! ¡qué felices son los que se encuentran como yo me encuentro, habiendo hecho todo lo que se puede hacer para la paz del alma! ¿Harás tú lo mismo, si tienes que sufrir una larga enfermedad como yo?» Y luego ha dicho con mayor fuerza: «Me lo prometes, ¿no es cierto?»
La víspera de su muerte recibió las últimas oraciones que la iglesia da a los moribundos. ¡Ay! yo le he dado las mías todas las noches desde el lunes al jueves. Me figuraba yo que cada hora que se iba pasando era la última, y cuando llegaba la noche, que había ganado todas las transcurridas creyendo que podía amenguar mi inquietud para una noche más. El jueves por la mañana, había aumentado notablemente la opresión, fue necesario cambiarle la cama; era esto una cosa que se hacía lo menos posible, por el peligro del cansancio que forzosamente le había de producir y por evitarle los desmayos.
Mi pobre Sofía dirigía la operación con una paciencia, una destreza y una dulzura que conservó siempre igual durante toda la enfermedad de su hermana. ¡Oh! Dios la bendecirá indudablemente por todos los cuidados que le ha prodigado. Durante este día, le daban a la pobre enferma frecuentes desmayos; me había dicho por la mañana: «He soñado cosas harto dolorosas para vos, ¿estabais bien?» Le contesté que sí y le apregunté qué era lo que había soñado: «Cosas bastante desagradables...» y no pudo decir otra cosa.
Vino el señor cura y le dijo ella en voz baja: «Comprendo que deseo la muerte más de lo que debiera, porque me siento perfectamente preparada y llena de fe, como no creo poder estarlo nunca más; si mi vida se prolonga, tendré que volver a empezar estos preparativos y temo... ¿Será pereza, señor cura? ¿me perdonará Dios estos deseos?»
Alfonso estuvo solo con ella unos instantes, después que nosotras, y procuraba disimular sus lágrimas y la emoción de su voz; ella le dijo algunas palabras, y le tendió la mano; luego bendijo desde su lecho, pero sin verle, a su tierno hijo. ¡Ah! que se le eduque—dijo la pobre,—en la fe que me ha de volver todos los seres de quienes, sin ella, no podría separarme tranquila.
No puedo expresar el efecto que producían en mis ojos, los de la pobre enferma cuando nuestras miradas se encontraban; parecíame que veía aclararse de súbito aquella figura, antes radiante de vida, y ahora completamente cambiada.
Algunos ratos, los pasaba yo rogando en alta voz junto a su lecho: su hermano, arrodillado en el umbral de la puerta, parecía escuchar el rezo. ¡Qué espectáculo más triste el que presentaba aquella habitación!
A eso de las siete, empezaron a prolongarse los desvanecimientos, luego pareció como que quisiera descansar; yo me acosté para aprovechar algunos momentos de reposo, que bien lo necesitaba después de tan continuos desvelos; a los pocos minutos me desperté al ruido de una violenta tempestad; corrí a escuchar junto a la puerta de la alcoba, no atreviéndome a abrir, por miedo de turbar el sueño a Susana; feliciteme de que la tempestad no la hubiese despertado; a las cuatro de la madrugada volví a escuchar otra vez; el mismo silencio e igual tranquilidad; hice entonces un poco de ruido para que alguien notara mi presencia y me preguntaran alguna cosa; así sucedió en efecto; una de las sirvientas se acercó a mí diciéndome: «Susana ha pasado la noche con la mayor tranquilidad, en este momento descansa y no necesita nada...» ¡Ah! triste de mí: ¡efectivamente que descansaba y no necesitaba de cuidados! Yo interpreté literalmente las palabras de la sirvienta y me acosté relativamente tranquila.
A las cinco de la mañana, no pude permanecer en el lecho y me levanté a impulsos de un fúnebre presentimiento; entré en el cuarto sin que se apercibieran, y vi a la pobre muchacha de que antes hablé (Filiberta), de rodillas al pie del lecho de muerte. Sin poder convencerme de la verdad llegué a creer que estaba orando por habérselo así pedido la enferma; pero Sofía y Alfonso me arrancaron amorosamente de la estancia, y desvaneciéndose mi estupor, comprendí entonces que todo había concluido.
Se llevaron de allí a su desconsolado esposo, incapaz de sobrellevar el peso del dolor. Yo corrí a abrazar, en su cuna, a su pobre hijo Carlos, que estaba durmiendo apaciblemente, bien ajeno de comprender que acababa de experimentar una pérdida que algún día sentirá de todo corazón.
Alfonso quedó solo en la casa, para cuidar de que se cumpliesen los últimos deberes para con su hermana.
La sirvienta Filiberta me contó después lo sucedido en aquella noche fatal. Los últimos momentos, decía, fueron tan dulces como apacibles; no sufrió un solo minuto de agonía; algunos instantes después de haberme yo retirado, dijo a la asistenta: «¿Por qué no os acostáis?» Ella entonces hizo ver que la complacía, ocultándose detrás de la cama; desde allí pudo observar perfectamente cómo besaba Susana el pequeño crucifijo; luego oyó algunos suspiros, más profundos que los anteriores; fueron los últimos... Serían como las diez, pero las sirvientas acordaron no decir nada en toda la noche, puesto que la pobre Susana ya para nada necesitaba nuestros consuelos, estando, como debía estar, en la mansión de los justos.
Más de un año hacía que esperaba un fatal desenlace, y por eso mi dolor no ha resultado tan acerbo. Ahora ya no lloro; es verdad que me encuentro bajo el atontamiento de los primeros momentos, en los cuales no se siente el golpe, por lo fuerte que resulta. ¡Dios mío! ¡Llevadme también a vuestro seno, yo no quiero vivir sino para este cielo que yo enseñé a mis hijas, desde el cual me están llamando, y en que me introducirán cuando llegue mi hora! ¡Ay! ¡las familias, acá en el suelo, se forman y deshacen, pero se reúnen después para siempre en el centro común donde mora Dios!
Guardo el pequeño crucifijo que tuvo en sus manos últimamente y recibió sus postreros besos; yo venero y beso de continuo esta santa reliquia, que llevaré conmigo hasta la huesa.
Estoy en Saint-Point, en casa de mi hijo; leemos en familia, a Fenelón: dado el estado de nuestros espíritus, no pueden leerse otros libros que los que hablan de lo divino; todos los demás resultan vanos e insuficientes... ¿Qué haría yo sin mi Sofía? (su última hija). Ella se afana para llenar el vacío que han dejado las que se fueron.
Efecto de las separaciones de algunos miembros de la familia y por la quebrantada salud de mi padre, hay una larga interrupción en el diario.
CXXII
Martes, 4 de diciembre de 1824.
Alfonso ha vuelto de París, sin haber conseguido ser nombrado miembro de la Academia Francesa; ha sido elegido en su lugar M. Droz. Estoy disgustada conmigo misma por haber animado a mi hijo a que se presentase, y lo estoy aún mucho más por mi marido, quien daba grandísima importancia a este suceso; en fin, Dios y los hombres no lo han querido; es preciso aceptar ese desencanto sin acritud ni murmuraciones; por más sensible que ello sea, no puede compararse a otras desgracias que se incrustan en el corazón para no separarse jamás.
CXXIII
Martes, 4 de enero de 1825.
Los cambios de tarjetas, las visitas, las felicitaciones, las alegrías, el movimiento, en fin, de primero de año me han hecho mucho daño; yo no puedo hacer más que llorar cuando alguien me dirige sus recuerdos; ¡mis recuerdos están en lo pasado! ¿Y qué es lo que el pasado me recuerda? Tuve un momento de esperanza al ver un segundo a Alfonso, el hijo del mío, y desapareció esta esperanza; ahora tengo una satisfacción con lo que de él poseo, es decir, por el cariño que me tiene, no por eso que llaman la fama, el renombre, la gloria; él me ama, y eso es lo que deseo, y eso es para mí su gloria mejor; ¡ojalá pudiese amar lo que amo yo, las creencias que me dan la paz acá en la tierra, y la verdadera inmortalidad en perspectiva! Estoy muy contenta de tener a su esposa y a él en mi compañía todo este invierno, y me aflijo ya con la idea de la inevitable separación, pero su destino le lleva a vivir lejos de Francia; respetemos los altos designios de Dios.
Los últimos momentos de Bonaparte en Santa Elena, me han hecho reflexionar mucho sobre el camino que Dios ha trazado, y que conduce de las glorias mundanales al panteón de la nada. Algo más cerca ha herido mi corazón la muerte del célebre poeta inglés lord Byron. Llorosa y conmovida he notificado a mi hijo la muerte de este joven poeta, lo mismo que si se tratara de una desgracia ocurrida en la familia. ¿No es, por ventura, la humanidad una misma familia? ¡Tal vez otro día, una madre temblando como yo, llorosa, anunciará a su hijo la muerte del mío!
Alfonso ha escrito un poema titulado «Childe Harold» en el cual se refiere la heroica muerte de lord Byron defendiendo la independencia de los helenos; hay en él estrofas que me llenan de dolor, porque temo mucho que sienta un entusiasmo peligroso por las ideas de la moderna filosofía y de la Revolución, contrarias al trono y al altar, estos guías que yo he encontrado siempre en mi camino y fuera de los cuales sólo veo confusión y peligro, y sobre todo, el abismo sin fondo de la incredulidad.
Yo he conocido estos famosos filósofos nuevos durante mi juventud; haced, ¡Dios mío! que mi hijo no se les parezca en nada; no dejo yo de hacerle ciertas consideraciones sobre el peligro de las ideas nuevas, pero el «espíritu surge donde él quiere», como dice la Sagrada Escritura. En cuanto una madre ha puesto en el mundo un hijo, y le ha inculcado su propia fe, ¿qué le resta hacer ya? ¡Como no sea poner todos los días su débil mano entre la llama de esta fe y el viento del siglo que pretende apagarla! ¡Ah! yo me he sentido algunas veces orgullosa de ser madre de hijo semejante pero su independencia de espíritu me ha hecho sufrir mucho. Yo opino que toda la ciencia se encierra o debe encerrarse en esto: «Obedecer y creer»; tal vez se me dirá que esto es poco poético, pero tengo para mí que existe tanta poesía en la sumisión del espíritu como en la rebelión.
¿Son, por ventura, los ángeles fieles, menos poéticos que los ángeles que se rebelaron contra Dios? Yo preferiría que mi hijo no tuviese ninguno de esos vanos talentos mundanos, a que se rebelara contra los dogmas que han sido fuerza, luz y consuelo de mi existencia, y por los cuales he sufrido resignada todas las adversidades de este mundo.
CXXIV
20 de febrero de 1825.
Hago la misma solitaria vida bajo el mismo techo, envuelta en mi propia tristeza y leyendo en compañía de Alfonso, su esposa y mi Sofía, cuya educación no me da cuidado porque parece ya haber salido instruida y piadosa de la cuna. Leemos por las noches en compañía de mi esposo y mis hijos, junto al hogar, cuantos libros pueden alimentar sanamente el alma y el espíritu. Mi marido parece aficionarse mucho a esta vida retirada, cuyas principales emociones están en los libros. Ha llegado a la edad en que los hombres se retiran del sitio grande o pequeño que hayan ocupado, y se convierten en simples espectadores que observan con indiferencia la comedia que en el mundo se representa; entonces, son los libros su distracción, su recreo; constituyen, en fin, parte de su existencia. En los libros de historia se aprecia la vida real; en la novela el mundo imaginario. Vienen los libros a ser, irremisiblemente, la vida de aquellos seres, que, prontos a dejar de vivir, desean vivir en otras edades.
CXXV
Domingo, 26 de junio de 1825.
¡Qué largo tiempo transcurrido sin escribir una sola línea en este libro! Es que a causa de mis sufrimientos llegué a dudar de mi vuelta al camino de la virtud; luego, entreveo con horror la muerte, porque aún no me creo bien preparada... ¿Llegaré a estarlo? No pido la prolongación de mi vida más que el tiempo necesario a prepararme y purificarme: y nada más. Dios me ha hecho esta gracia. Pero al llegar a la convalecencia me mandó un nuevo dolor, y luego me lo ha quitado de nuevo y sin preparación.
En un pequeño poema que ha escrito Alfonso sobre la consagración del rey, no decía una palabra del duque de Orleans, de quien no es partidario, porque tiene sobre este príncipe las prevenciones de su padre y de toda la familia de los Lamartine: encuentra algunos puntos oscuros e inconvenientes en la conducta de un príncipe de la familia real, cuyo padre cometió la fatalidad de condenar a muerte a su pariente y a su rey, al desgraciado Luis XVI, y que después de esto ha sido colmado de honores y perdonado por los Borbones, dando en lugar de un testimonio de agradecimiento, pruebas de deslealtad para halagar a sus partidarios. Alfonso habla con cierta amargura contra lo que llama su deslealtad, y esto me mortifica, porque yo creo bueno a este príncipe e inocente del crimen de su desventurado padre. Hubiera yo preferido, sin embargo, que el tal hubiese hecho una oposición menos abierta que los demás, sin que para ello se hubiese rodeado de todos los ambiciosos y descontentos, revolucionarios o bonapartistas, que han formado eso que llama él un partido; pero es preciso atacar o conjurar las intenciones, antes que acusar temerariamente a nadie.
Cuando me leyó Alfonso los versos de su poema, donde ensalza todos los guerreros y todos los príncipes de la familia real, y observé que ni una sola palabra decía del duque de Orleans, tuve un disgusto tan grave que me hizo derramar lágrimas; entonces le supliqué que no dejara desairado con semejante silencio a un príncipe en cuya casa pasé yo mi niñez, y cuya madre y hermana nos habían colmado de bondades. Resistiose obstinadamente, y me dijo que todo lo más que podía hacer por el duque de Orleans, era no pronunciar su nombre, mientras que se honraba nombrando a los reyes Luis XVIII y Carlos X, a quienes había tenido el honor de servir en el ejército y en la diplomacia, y que él había heredado de su padre el cariño a estos príncipes desgraciados, y para sus enemigos, la repugnancia y el desprecio. A pesar de esto, conseguí a fuerza de lágrimas, que recogió con respeto, el que pronunciara de una manera conveniente el nombre del duque de Orleans, en aquel homenaje a los Borbones. Hízolo, pero resultó desgraciado al querer expresar un sentimiento que su corazón no sentía. Los párrafos que aludían al 21 de Enero y a la muerte de Luis XVI, parecieron un insulto al duque de Orleans, y no sé cómo, pero es el caso que este príncipe tuvo conocimiento de lo sucedido por el librero, sin duda, antes de que fuesen publicados, e hizo escribir una carta a mi hijo por nuestro pariente M. Henrion de Pansey, presidente de su consejo. M. de Pansey, en nombre del príncipe, pedía a mi hijo, en términos corteses, la supresión de los versos en que era aludido.
Alfonso contestó en seguida, con mucha cortesía por cierto, que él no había tenido la menor intención de mortificar la personalidad de un príncipe, de cuya casa tantos beneficios había alcanzado su madre, y que en aquel momento escribía al impresor para que se suprimiesen los versos que pudiesen molestar al señor duque de Orleans. El escribió, efectivamente, al editor, para que fuesen retirados los párrafos en cuestión.
Todo parecía haber terminado aquí; pero el duque de Orleans, ignorando que Alfonso hubiese condescendido a sus deseos, y más impaciente de lo que convenía por semejante supresión, mandó escribir una segunda carta, en la cual se hacían amenazas contra el crédito de que mi hijo gozaba en la corte, advirtiéndole, que en el caso de no acceder a sus deseos, tenía un príncipe real sobrados medios para hacer sentir a quien intentara solamente ofenderle, el peso terrible de sus resentimientos y de su indignación. Cuando Alfonso recibió esta segunda carta, su natural dignidad ofendiose de tal suerte, que no quiso en manera alguna acceder a los deseos de Orleans y escribió inmediatamente a su editor que no retirara una sola palabra del original. Sin embargo, por no hacer una ofensa, sin previa explicación, al duque de Orleans, le escribió el mismo día en que habían ya los periódicos publicado esta carta de intimidación que no podía ser conocida más que por una indiscreción palaciega, diciéndole que la supresión del párrafo por los periódicos adictos a su corte, no podía atribuirse más que a una ligereza de su carácter, y se veía él obligado a dejarlo en suspenso; decíale también al príncipe que, apreciando debidamente esta necesidad de honor, confiaba no lo atribuiría a la intención de ofenderle. El príncipe fue justo, y contestó inmediatamente haciéndose cargo de esta exigencia de honor, desde el momento en que la publicidad hecha en los periódicos liberales, había colocado a mi hijo en una situación tan especial. El párrafo apareció según Alfonso lo escribiera al principio.
Pero, eso fue para mi corazón una flecha que lo atravesó de parte a parte, tanto más, cuanto no me atreví a decírselo jamás a mi esposo ni a mi hijo; porque yo había sido colmada, durante mi infancia, de todas las bondades de aquella augusta casa, cuyo nombre habíame mi madre enseñado a venerar desde mi niñez. En las circunstancias dolorosas para mi madre y para otros varios miembros de la familia, la señorita de Orleans nos había favorecido con cariñosa solicitud y con una generosidad sin límites: yo no podía ni puedo olvidar los bienes recibidos de esta augusta familia, y mi marido y mi hijo ignoraban estos transportes íntimos que yo no podía tampoco confiarles. ¡Júzguese de mi asombro y de mi aflicción, al considerar que esta excelente princesa pudiese atribuir mejor que a un error, a ingratitud u olvido, una ofensa al nombre de su casa salida de la mano de mi hijo! Pasé muchas noches derramando lágrimas. Escribí a la señorita de Orleans para desengañarla y manifestarle todo mi pesar; ella me contestó mejor como amiga que como princesa, comprendiendo perfectamente la situación en que me encontraba. A Dios gracias, todo ha terminado; temo solamente que lo ocurrido ocasione entre la princesa y mi hijo una frialdad y una irritación secreta que vaya alejando poco a poco su amistad de aquella casa, en la cual hubiera tenido unos protectores desinteresados. Las prevenciones de los nobles realistas contra el nombre de los Orleans, son injustas, extremadas y, como si dijéramos, han sido infiltradas en la sangre de padres a hijos. Tuve todavía un gran pesar, que de tan vivo y doloroso, no puedo confiárselo a nadie; la susceptible altivez de mi esposo no le dejaba comprender que existiera correspondencia entre la señorita de Orleans y yo, ni las gracias que mi familia recibió de ella, en muchas y determinadas ocasiones.
* * *
Dice Alfonso que cree habrá de partir para Alemania, y por lo tanto, que estará ausente de nosotros por mucho tiempo. Cuando pienso en su separación no hago otra cosa que llorar. ¡Ah, Dios mío! ¡Cuán solitaria va quedando esta casa, antes tan alegre y tan llena de vida! Cuantas veces reflexiono en nuestra soledad, recuerdo los muchos nidos que tantas veces he visto durante el otoño bajo los álamos del patio de Saint-Point; en lugar de los pequeñuelos hay nieve, y el viento se va llevando sus pajas, ¡una a una! Así es nuestra casa en la actualidad.
CXXVI
18 septiembre de 1825.
Hoy han salido mis hijos para Italia, donde fijarán su residencia. ¡Ay! ¡cuán sola he quedado en este retiro de Saint-Point! No puedo adivinar cuánto tiempo durará esta situación.
* * *
Ya estamos en la ciudad; no pudiendo dedicarse a la caza, mi marido no está bien en el campo. Estoy muy disgustada, pero en medio de mi tristeza me encuentro aquí mejor; Nicole me acompaña por la mañana; sus «Ensayos de moral» me llegan directamente al alma, y por las noches leo a Mme. de Sevigné, mi confidente favorita; después... pienso mucho en los ausentes. ¡Ay! ¡y en los muertos que no volverán!
Ayer recibí una visita del excelente, amable y resignado M. de X... Aquél que tanto hubiera deseado casarse con Cesarina. No hemos hablado de nada, puede decirse, pero su sola presencia y su ternura expresaban muchísimo; he llorado mucho; todas aquellas personas, todos aquellos objetos que amaron o fueron amados por mis hijos, despiertan en mi corazón recuerdos de tristeza. ¡Triste de mí!... esta época tan lúgubre de mi vida la lloraré siempre, ¿no habrá para mí consuelo? creo que sí; y hasta tengo la certeza absoluta de volver a ver a los seres queridos que murieron para este mundo. ¡Qué dicha la de poseer una fe como la mía! Aun cuando la religión no nos diera más que esta fe en el renacimiento del pasado, deberíamos bendecir a ella y a su fundador. ¡Y quién no tiene en este mundo seres queridos que espera ver en el otro!
CXXVII
24 octubre de 1825.
Me encuentro sola en la casa, arreglándolo todo y disponiendo su cierre. Ayer salieron todos para la ciudad acompañando a mi esposo. He ido a Saint-Point, montada en una mula, y acompañada del jardinero, al objeto de arreglar y ordenar los libros, los naranjos y las macetas de flores que mi nuera Mariana me recomendó muy especialmente al partir para Italia. He estado detenida por las lluvias en este viejo, querido y desierto castillo, y admirablemente servida por María Litaud, una santa mujer que está encargada de gobernar la casa durante la ausencia de sus dueños. Creo que hice su felicidad cediéndola a mi hijo. Aquí me encuentro, junto a la iglesia que tanto adoro por los muchos recuerdos de las oraciones que he dirigido a Dios bajo su bóveda, en compañía de mis pequeñitas (que están en el cielo), cuando veníamos a rogar en ella todas las noches; estoy también rodeada de libros, demasiado tal vez. Gozo en este silencio y en esta soledad junto a la gran chimenea del salón, y allí me recojo, abstraída en los dulces pensamientos de la eternidad, antes de sumergirme de nuevo en el movimiento y las vanidades del mundo. He tenido muy buenas noticias de Florencia, en donde se ha establecido mi hijo con su esposa. Cuantas reformas hicieron aquí me parecen muy bien; han convertido esto en una especie de casa de retiro para su vejez, donde vivirán recordando nuestra existencia en estos lugares. En un artículo escrito por Mme. de Genlis, he visto que esta escritora atacaba vivamente las poesías de mi hijo: es esto una guerra hereditaria de familia a familia; Mme. de Genlis y mi madre representaban dos tendencias opuestas en el Palacio de Orleans. Estas heridas a la fama de mi hijo me han sido bastante dolorosas; yo hubiera querido que él replicara; esto era natural en la vanidad materna, pero prefirió aceptar el ataque sin manifestarse resentido. ¿De qué serviría entonces la caridad si no se perdonaran siquiera semejantes ofensas? ¿para quién deseará ella la superioridad en todo? ¿para sí o para sus hijos? Si uno la tiene, el deber está en no darle importancia, y si no se tiene, está el deber en no envidiársela a los demás; los dones de Dios son gracias, pero no méritos. Habré de acostumbrarme a los denigrantes ataques que ciertos periódicos, especialmente los orleanistas y bonapartistas, dirigen a Alfonso. Creo que tengo demasiado amor propio colocado sobre su cabeza, que puede no ser sino un disfraz del mío; pero soy su madre, y justo será que me lo perdone.