EL MANCO DE LEPANTO (continued 3)
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Triste quedeme, desamparada, y lo que fue peor, en peligro; que apenas cubrió la tierra de la fosa el cuerpo del sin ventura esposo mío, pareció que de otra fosa ignorada salía, para poner en mi corazón ira y espanto, el eterno perturbador de mi sosiego, a quien yo no conocía más que por la relación que de él me había hecho mi esposo; digo que apenas, después de los primeros meses del luto, a la calle salí, y en mi casa empecé a recibir como antes a mis amigas, y a los amigos de mi marido, hizo le presentasen en ella sin mirar en nada, y como si hubiese ignorado que yo ignoraba su nombre, conociéndole por el mortal enemigo de mi familia, el capitán don Baltasar de Peralta. Perturbeme al oír su nombre, pero tuve valor, o Dios me lo dio, para disimular; y cuando todos se fueron y con él me quedé sola, que él de intento para procurar la ocasión se había hecho reacio (cosa que fue reparada por todos, y a todos les hizo creer que eran ciertas las calumnias que de mí se decían, y que Gaspar de Valcárcel, alférez de alabarderos del virey, había propalado), túvoseme por liviana muy más que antes, y por mujer que, olvidada de todo pudor, libre ya por la muerte del marido, en nada reparaba ni se detenía, y que no era ya el alférez Valcárcel el único y sólo favorecido por mí, sino que también de mis favores gozaba el capitán don Baltasar de Peralta, que por muerte del capitán de los alabarderos del virey, de España para sucederle había ido.
Nadie pudo oír lo que yo, encolerizada y embravecida, dije a don Baltasar de Peralta en cuanto, como lo ansiaba, con él me vi a solas; que después de manifestarle que al oír su nombre le había conocido como el matador de mi padre, de mi casa arrojele, amenazándole con mi venganza. Oyome inalterable don Baltasar de Peralta, sonriose como hubiera podido sonreírse un demonio, y díjome saliendo de mi estrado:
—¡Vive Dios, que o habéis de ser mía, o tanto haré, que habéis de soñar conmigo como si soñarais con el diablo!
Dieron a este punto en la iglesia del Salvador las Ave-Marías de las doce, y como un paje apareciese y dijese que ya la mesa estaba servida y esperaba a los señores, doña Guiomar dijo:
—Pongamos por ahora punto redondo a la relación de los negros sucesos de mi vida, que de ellos no ha de hablarse delante de los criados, y déjese la prosecución para después de la siesta, que en el jardín nos juntaremos.
Y con esto levantose la hermosísima viuda, y tras ella, Margarita y Cervantes a comer con ella se fueron.
XII
De como se iban, cruzando los amores y apercibiéndose a una ruda batalla los celos.
Tal era la mesa de doña Guiomar, y tan alhajada de ramilletes y vajilla de oro y plata, que no la mesa de una dama particular parecía, sino la del opulento Lúculo.
Sentáronse a la mesa con doña Guiomar y sus dos convidados, doña Agueda, ya anciana, que aún junto a ella vivía, y su capellán, docto licenciado, ya de edad provecta y de muy buenas maneras y gracia, que la mesa bendijo, después de lo cual, y de haber servido lindas doncellas los aguamaniles, empezó la comida, tan variada y tan suculenta, que más que comida ordinaria, banquete de Estado parecía.
Asomaba en todo clara y manifiesta la gran riqueza de la bella indiana, y era de ver el lujo de las libreas de los pajes, que solícitos y diestros, y seis u ocho en número, las viandas servían, yendo sin cesar de los bufetes a la mesa y de la mesa a los bufetes.
Duró la comida no menos de dos horas, y no se acordaba Cervantes de haber comido en su vida de una tan egregia manera, no embargante lo cual, inapetente mostrose; que harto le ocupaban el cuerpo los pensamientos que le combatían, aunque en el semblante sus efectos disimulase; y disimulaba doña Guiomar, pero mostrábase taciturna; y en cuanto a Margarita, no podía pasar bocado, porque su triste madre se la representaba muerta a las crueles manos de la miseria, y recién enterrada, y la desnudez de la mezquina casa que para siempre había abandonado se la ponía en comparación con aquella ostentosísima sala, ennoblecida por tablas y lienzos de los más estimados pintores sevillanos, y con aquella riquísima mesa, cargada de oro y plata, de flores y frutas, en cuyas botellas de rico cristal de Alemania aparecían los dorados vinos de Montilla, y los pardos del Rhin, y los tintos de la Mancha, pareciendo los unos topacios, y carbunclos negros los otros. Amargábala todo esto su ya grande amargura a Margarita, y por no mostrarse desagradecida, fuerza se hacía para comer, y comiendo se martirizaba; y considerando que con lo que en aquella mesa sobraba a lo necesario, y aun a lo noble y rico, hubiera podido salvarse su madre, las lágrimas se la subían a los ojos, y el mayor tormento que sufría era contenerlas. Aumentaba su martirio el ver cuánto la aventajaba en hermosura y riqueza doña Guiomar, y que ni aún esperar por soñación la era dado que aquel su generoso protector dudase ni un solo punto entre ella y doña Guiomar.
Entretuvo como pudo la conversación el capellán con las noticias que por Sevilla corrían, siendo gran parte para ello lo que se contaba de la liga del rey Católico con los venecianos para su guerra contra el Gran Turco.
Terciado había en la conversación Cervantes, y puesto en cuidado a sus dos enamoradas, porque decir le oyeron que él sentía mucho que su compañía de infantería no era de las que habían de embarcarse para ir contra el Turco, sino que se embarcaría para Nápoles; y temían que, según encarecía su deseo de hallarse en aquella grande empresa, al fin no se pasase a una de las compañías que muy presto habían de embarcarse en las galeras que debían zarpar para Mesina.
La comida, de suyo triste, más triste se hizo para ellas con la noticia de que, si no contra el Turco, para Nápoles había de embarcarse Cervantes; y levantados que fueron de la mesa, fuéronse todos a dormir la siesta, que así era uso, aunque nuestro Cervantes y nuestras dos enamoradas no pudiesen conciliar el sueño, combatidos como estaban por sus graves, celosos y tristes pensamientos.
Pero cuando sonaron las Ave-Marías de las tres, levantáronse todos, aliñáronse, y habiendo avisado doña Guiomar que los esperaba en un sombroso cenador del jardín, allá se fueron, y a doña Guiomar encontraron sentada en unos cogines, bajo la sombra de las tupidas enredaderas, de las zarzas rosas y de los jazmines que el cenador cerraban, dejándole en aquella hora, que era la del gran calor, en una media luz y con tal frescura, que allí no se conocía que fuese verano y en el punto más caloroso.
Servida había en una mesa una limonada para el refresco, y tomádole que hubieron, Cervantes y Margarita pusiéronse el uno a un lado y el otro al otro de doña Guiomar, que con voz ya un tanto caneada y lánguida, continuó su relación de esta manera.
XIII
En que se ve que doña Guiomar hubiera hecho muy bien en no contar tan presto su historia a Cervantes y en no amparar a Margarita.
—Decía yo,—dijo doña Guiomar—cuando la hora del comer llegando, suspendió mi historia, que el capitán don Baltasar de Peralta, apareciendo como si le hubiera abortado la tierra, en el punto en que murió mi buen esposo, requiriome de amores, y con tal empeño, y una al parecer tan grande seguridad de la victoria, que yo hube de arrojarle de mi casa con la prohibición de no volver a ella; y aquí empieza la tragedia del alférez Gaspar de Valcárcel, que desesperado y codicioso don Baltasar de mostrarme cuánto me amaba y cuánto por mi honra miraba, aunque él hubiese sido quien, a socapa y permaneciendo oculto en Méjico, hubiese ayudado con dinero y malos consejos a Valcárcel, que no lo necesitaba mucho, para que contra mí la viperina lengua soltase, ya trocadas las cosas por la inopinada muerte de mi marido, y pensando en hacerme su mujer, por aquello de que quien porfía consigue, y de que no hay fortaleza que no se rinda si bien se la asedia, y doliéndole que de la qué, según él creía, había de ser su mujer se dijesen cosas bajas, deshonestas y vergonzosas, por todo esto, un día que encontró a Gaspar de Valcárcel entre otros caballeros extremando contra mí sus calumnias, díjole:
—Cosa seria es, y con la cual los que se precian de hidalgos no se atreven, publicar las debilidades o las liviandades de una señora, puesto que sean ciertas; que hay cosas tales y tan infames, que aun los labios por donde se manifiestan queman; y señal de buen estómago, aparejado para todo, da el que de cosas corrompidas hace pasto, y luego le arroja por la boca en inmundicia, apestando a todo el que a su lado tiene, para lo cual se necesita ser mal nacido y villano; pero cuando no se vomitan podredumbres ajenas, sino de la propia alma de quien las arroja, quiero decir, cuando aquello con que se escandaliza al mundo es ficción traidora, villanía intencionada, puñalada dada a traición, ponzoña administrada a trasmano, como es todo lo que vos decís, alférez, de esa señora, (para hablar, de la qué debíais bañaros la boca con agua rosada, y quitaros el sombrero y arrojar de vuestra boca perlas, que no difamaciones), no es ser ya villano y mal nacido, sino infame y traidor y asesino cobarde, que por la espalda en el corazón hiere a quien debiera honrar y reverenciar; y adviértoos que a lo que digo no admito réplica; y que si no os rompo a bofetones la malvada boca que tales nunca oídas vilezas pronuncia, es por no contaminarme la mano con el veneno asqueroso que de vuestra boca mana.—A lo cual no contestó el alférez, sino que dijo a uno de sus amigos dijese a don Baltasar que tales cosas no podían decírsele a él, no ya públicamente, sino que ni aun en secreto, sin que él cortase, quemase la lengua y arrancase el corazón al que a tanto se había atrevido. Y con esto, aquella noche el alférez, con un su amigo, y don Baltasar con otro, a un lugar apartado se fueron, y allí don Baltasar, con más fortuna, o más valor, o más destreza que Valcárcel, matole, dándole a los primeros embites de la pelea una estocada tal, que el corazón partiole; y el mísero a quien su mala lengua, o más bien la desgracia de encontrarse en el mismo empeño que don Baltasar, había matado, no pudo ni aun decir ¡Dios me valga!
Contomelo al otro día uno que de todo había sido testigo, o por servirme, o tal vez por servir a don Baltasar, que quiso que yo supiese cuánto por mí había hecho, y en qué trance por mi honra se había puesto. Ya sabéis, pues, doña Margarita, a qué mal fin llegó, por sus malos pasos, aquel vuestro amante, y desde ahora, si queréis, podéis continuar vuestra historia, que yo no interrumpí sino para deciros lo que del alférez Valcárcel había sido.
—Ignoraba yo,—dijo Margarita,—que tal fuese el hombre con quien mis padres mi casamiento trataron, y al que no sé si amé; porque ahora conozco que el amor es muy distinto de lo que yo había creído. Y como al decir estas palabras, por más que quisiese disimularlo, se la fuesen los dulces ojos a Margarita hacia Cervantes, mucho tuvo que hacer doña Guiomar para no dar indicios de la enemistad y aun del odio que en aquel mismo punto nació en ella contra Margarita.
Disimuló, no obstante, y dijo:
—Pues que del relato de vuestra historia estamos pendientes, seguidla, que ya veis con cuánta atención y buen deseo os escuchamos.
—No ha de ser sin que vos acabéis vuestro relato,—señora,—dijo Margarita, que lo que del mío queda, aunque sea bien doloroso, es harto breve.
—Pues no falta gran cosa a mi historia,—dijo doña Guiomar,—y sigo en ella por complaceros y porque se acabe la porfía. Y habéis de saber que matando don Baltasar a aquel villano difamador de mi honra, no me favoreció por esto, sino que a peor punto llevó mi fama; que todos dijeron, no que yo era una dama honesta, sino que don Baltasar había cegado de amores por mí, propuéstose había casarse conmigo, y pretendido atajar una maledicencia, que cuando él fuese mi esposo había de alcanzarle; y si antes era el difunto Valcárcel el solo que contra mí vomitaba maledicencias, una vez él muerto, avivado el incendio de la calumnia por el móvil de la envidia, dieron en decir de mí tales cosas a propósito de las músicas y de las rondaduras con que don Baltasar me afligía, que ya abandonada en Méjico de todos, que de mí huían como si hubiese estado apestada, me propuse escapar de aquel no merecido infierno en que me encontraba; y vendidos los cuantiosos bienes de mi marido, que montaron a muchos cuentos de escudos, amen del oro y plata labrada que en nuestra casa había, embarqueme para España y llegue a Sevilla, donde en manos de genoveses puse mi dinero a ganancia, y en la casa de la Contratación las barras de oro y plata que de las Indias truje, y al mesón de la Cabeza del Rey don Pedro acogime, en tanto que casa hallaba en donde morar con la decencia que a mi linaje y a la memoria de mi marido correspondía; y no siempre en el mesón de la Cabeza del Rey don Pedro he estado, que largas temporadas he pasado en una granja que de mis padres era; y así se han pasado bien dos años, y hubiérame quedado en la granja con mi viudez y mi desgano del mundo, lejos del ruido de la populosa Sevilla, a no ser porgue, descubierto mi retiro por el eterno enemigo de mi familia y mío, de tales asechanzas me vi rodeada, que de vivir en despoblado tuve miedo; que aunque mis criados eran muchos y valientes, y fieles, capaz hubiera sido don Baltasar de juntar un ejército de salteadores, y combatir la granja y robarme, cosa que en Sevilla no es fácil, donde hay tanta gente de guerra y de justicia, y toda al servicio del rey, para seguridad de sus buenos vasallos. Víneme, pues, otra vez al mesón de la Cabeza del Rey don Pedro, y sin dejarlo de la mano, casa mandé buscar, y hallaron esta, y visítela y agradome y comprela, y reparada y alhajada que fue, a ella víneme, harto ajena de creer que duende en la casa había, y que por ello la Inquisición había de visitarme, y aparecérseme duende que me perturbara y me pusiera en ocasión en que yo hasta ahora no me he visto, ni pensado verme; y si no fuera por esta bendita medalla que me dejó el familiar que a verme vino, ni aun a pensar me atrevo en lo que de mí hubiera podido ser.
Y como al acabar su relato doña Guiomar sacara del hermosísimo seno la medalla que la noche anterior la había dado el señor Ginés de Sepúlveda, sintió Cervantes un no sé qué de desabrimiento y de celosa rabia, que hubo menester un gran esfuerzo para que de ello al semblante no le salieran los indicios; que antojósele (antojo ocioso y aun calumnioso de enamorado) que doña Guiomar no era una tal y tan honesta dama, ya que no inmaculada doncella, como él había creído, sino que se agradaba de parecer tan rara en lo tocante a la condición en que se hallaba, como era rara en hermosura; y que tal vez todo aquello que de ella se había dicho en Méjico, y que había costado la vida al alférez Gaspar de Valcárcel, y que ella no había tenido empacho en referir, no era sino muy cierto; y que tal vez en él no buscaba marido amante, sino marido pobre y sufrido, que a trueque de sus grandes riquezas y aun de los abandonos de su hermosura, todo se lo sufriese y callase, y su reparo y el nombre de sus hijos ante el mundo fuese.
Y esto lo pensaba Miguel de Cervantes, aunque tenía el alma noble, porque no hay recelos que de una mujer se tengan sin pruebas, que villanos no den; y en este pecado dan los que bien aman, por buenos que sean, y por la misma fuerza de su amor, que a los tristes y desesperados recelos los lleva.
Inocente había sido en contar con tal lisura su historia doña Guiomar, y claras muestras había dado de no conocer el mundo; que el calumniado que de la calumnia de que es víctima habla, es uno más que a la calumnia que le sacrifica ayuda. Y esperárase a lo menos doña Guiomar a que, por ser mujer de Cervantes, este dudar no pudiera de la hasta entonces entera castidad suya, y mejor hiciera, y sobre seguro y sin peligro pudiera contarle lo qué, no habiendo llegado a aquellos términos, era ocasionado a los recelos, que como no podía menos de ser, a nuestro Miguel, que era hombre de una grande experiencia, acometieron.
Imprudente había sido doña Guiomar confiando en su inocencia, y más aún en el amor de su soldado; y si hubiera su corazón visto cuando ella sacó de su seno la medalla del señor Ginés de Sepúlveda, arrepentídose hubiera de su imprudencia; que Cervantes creyó, que si el familiar no la había preso, a causa había sido de algún inapreciable favor con que la rectitud del enviado de la Inquisición doña Guiomar había torcido; y no tuvo la medalla que de su hermosísimo seno doña Guiomar había sacado, sino como recuerdo y prenda de amor por el familiar a ella dejados. Y no había sido otra la intención de doña Guiomar que la de espantar a Margarita, a la que una vez recibida no se atrevía a echar a la calle, para que ella de su motu proprio se fuese, atemorizada al saber que la casa tenía duende, y que para defenderse del mal era necesaria una medalla de la Santa Inquisición, que ella no tenía. Celosa andaba doña Guiomar, porque poco recatado Cervantes, atraído por aquellos dos opuestos polos entre los cuales se encontraba, y aunque más cerca de doña Guiomar, no muy distante de Margarita, había mirado más de una vez a esta con encendido ahínco, y hartas señales había dado Margarita, aunque sin pensarlo, del amor que por Cervantes se había encendido en su pecho; todo lo cual había nublado y ennegrecido los inquietos espíritus de doña Guiomar, y por esto, como se ha dicho, de duendes había hablado y había sacado la medalla, para que de ella, y por su propia voluntad, se apartase aquella su negra enemiga. Y estando en esto, entró en el cenador Florela, ya repuesta en su natural y propio traje de doncella, y arrimose a doña Guiomar y quiso hablarla en secreto, pero ella le dijo:
—Dime alto lo que tuvieres que decirme, que no hay necesidad de que estos, mis buenos amigos, crean que yo tengo algo oculto, y a más que es descortesía.
—Pues, señora,—dijo Florela,—ahí está, y por vos pide, aquel señor familiar que anoche vino, y dice que de graves asuntos tiene necesidad de hablaros.
—Pues que allá voy dile,—respondió doña Guiomar.
Y como Florela se fuese, continuó:
—Cosa es la Inquisición a que no puede cerrarse la puerta ni obligar a espera. Y así vosotros, amigos míos, me perdonaréis si os dejo para ir a ver lo que la Inquisición de mí quiere.
Y doña Guiomar, levantándose con no pequeñas muestras de sobresalto, del cenador saliose llena de celosos cuidados, porque a solas dejaba con Miguel a Margarita; y más cuidosa hubiérase sentido doña Guiomar si en el alma de Cervantes pudiera haber leído; que éste creyó que doña Guiomar se encontraba en la mezquina y dura ocasión de una dama de poco más o menos, que estando al lado de un su enamorado, la visita de otro enamorado con quien tiene grandes respetos, y dejar de asistir a la cual no puede, la anuncian.
XIV
De como hubiera hecho muy bien doña Guiomar en no acudir a la visita que le hizo el señor Ginés de Sepúlveda.
Como Margarita, libre de testigos, a solas con Cervantes se encontrase en aquel cenador sombrío, donde la belleza, el silencio y la frescura al amor convidaban, sin reparar en que los que están rodeados de tupido ramaje no pueden tener la seguridad de no ser acechados, como lo eran ellos, y de cerca, porque la celosa doña Guiomar había diputado a su fiel Florela para que observase, los ojos alzó ella sin miedo y los fijó en Cervantes de una manera tan clara, que él se sintió amado hasta las entrañas, y dolorido por doña Guiomar y contra ella irritado, sus ojos fijó en Margarita con no menos vehemencia y fuego que ella en él fijaba los suyos; y fuésele a ella un suspiro, y él con otro suspiro contestó, y así permanecieron algún tiempo, indecisos, sin hablarse, y mirándose tiernamente, y requebrándose con los ojos, que el diablo andaba por allí suelto y tejía ya una maraña que sin desdichas no habría de desenredarse, y cuando fuese peor el remedio que la enfermedad.
—En verdad, en verdad, señora mía,—dijo Cervantes,—que ni yo sé lo que me pasa, ni dónde estoy, ni a qué atiendo, ni qué deseo, ni de qué hilo he de valerme para salir del laberinto en que perdido me hallo.
Oíalo todo Florela, que a poca distancia estaba, entre el follaje de un bello jazmín escondida, y oyó asimismo que Margarita dijo, con la voz apenada y débil, y tan apasionada, aunque quería ocultarlo, como si su voz hubiera salido de en medio de sus doloridas entrañas:
—¡Ay, señor mío, que yo también estoy espantada de mí misma, porque no debiendo tener ni corazón ni alma más que para la desgracia, que nunca lloraré bastantemente, del fallecimiento de la desventurada madre mía, en cosas pienso que tan lejos están de mi madre como de mi ventura! Y en cuanto a lo que decís del hilo que necesitáis para salir del laberinto en que os encontráis perdido, dígoos que bien podéis valeros del hilo de oro que tenéis en las manos, y él os sacará a buen puerto.
—¿Pero no sabéis, hermosa señora mía,—contestó Cervantes,—que el hilo de oro, cuanto más rico es, por no tener mezcla de ningún otro metal, es más quebradizo? Oro no me deis a mí para que de guía me sirva, que nunca ha sido el oro el imán de la aguja de mis deseos; que si lo fuera, no hubiera yo dado en poeta, que es lo mismo que hacer voto de pobreza perpetua e incurable, y de perpetuo afán e irremediable locura.
—De poetas es,—dijo Margarita,—volverse a lo que más brilla y adorar el sol que deslumbra.
—Pero a veces, señora, cuando más luce el poeta, es cuando la fragancia aspira del humilde lirio que entre la yerba se esconde, y con plácida voz y acordada armonía le canta.
Coloráronse súbitamente las mejillas de Margarita, y un súbito temblor acometió a Cervantes, que en los ojos de Margarita vio algo que, yendo más allá de lo humano, divino parecía, y que le atraía con una no conocida fuerza, y de tal manera, que el uno dio en los brazos del otro, y sus labios se unieron, y ella, desfallecida sobre el hombro de Cervantes, reclinó su hermosa cabeza, y suspirando le dijo:
—Mi esposo sois, que ya de ello con vuestros labios y con vuestro abrazo me habéis dado testimonio; y ved lo que hacéis, señor mío, de mi alma, que aquí de celos fallezco y de espanto me muero; que de vos doña Guiomar está enamorada, y duendes hay en esta casa, y yo no tengo como ella medalla de la Inquisición que de los duendes me defienda.
Selló una y otra vez Cervantes los labios de Margarita, libando la ambrosia de su aliento, y reparándose al cabo y pensando en que de aquel su olvido y arrebato podía haber ocultado cuidadosos testigos la espesura, de sus brazos dulcemente separó a Margarita, y la dijo:
—Vuestro esposo soy; de ello no podéis tener duda, si no es que en duda ponéis mi hidalguía y mis cristianos pensamientos; y puesto que esto no tiene ya remedio, ni yo deseo que lo tenga, ni arrepentido estoy de haber llegado al punto a que me ha convidado mi por vos próspera fortuna, disimulemos, que a vuestra honra y a la mía el disimulo conviene; que no hay para qué de vos se hable ni de mí se diga que no he tenido valor para contener los impulsos de este violento corazón mío, que tan presto, de tal manera y para siempre, habéis hecho vuestro.
—¡Dios sea bendito!—exclamó Margarita, levantando los hermosos ojos, llenos de lágrimas, al cielo,—que en el amargo y negro día en que para mí juzgaba ya cerradas todas las puertas de la esperanza, la felicidad encuentro, no embargante el dolor que siento porque mi desdichada madre no vive, y es testigo y partícipe de mi ventura.
—Cesemos en esto, señora de mi alma,—dijo Cervantes,—y procuremos recobrar la serenidad del rostro, no sea que doña Guiomar vuelva y sospeche, y celosa os injurie, y en trance me ponga de hacer lo que no quisiera ni cumpliría a mi honra; y habladme de los sucesos de vuestra vida que relatar os falta, y más que esposos enamorados, parezcamos buenos amigos hasta que de esta casa salgamos, y habiendo pasado por la iglesia, a la pobre mía os lleve.
Y como aconteciese que Cervantes fuese volviendo en sí de aquel trastorno de sus sentidos, de lo a que él, si no hubiese estado celoso y perturbado, no hubiera llegado, espantose; porque conoció claro que no por haber empeñado él su honra, tomando la de ella, había menguado en un ápice su adoración por doña Guiomar, sino que antes bien, con la nueva dificultad había acrecido; y aquejábale hasta criar dentro de su pecho una rabiosa tormenta, el ver que la visita del familiar con la hermosa viuda continuaba, y que ella no volvía; y mientras esto ponía a Cervantes en una borrasca de confusiones, Florela atisbaba, demudada y pálida, porque a su señora amaba, oculta entre los jazmines, y proponíase todo relatarlo como ella lo había visto y oído a doña Guiomar, para que no fuese más tiempo burlada y engañada, y por la burla y el engaño se vengase.
XV
De como Cervantes oyó el fin de la historia de Margarita entre las cabilaciones que le causaba el no saber adónde le llevaría la historia de sus amores.
Receloso estaba Cervantes, sospechando lo que acontecía, esto es, que testigos había habido de su repentino e inevitable delirio; y no sospechando nada de esto por su inocencia Margarita, y dominando cuanto pudo las huellas que en su semblante quedaban del frenesí de amor que por ella había pasado, con voz dulce y enamorada dijo:
—Pues lo que contar de mis desdichas queda es tan breve, señor de mi alma, que muy presto habré terminado; mucho antes quizá de que doña Guiomar venga; que Dios sabe cuán largos pueden ser los asuntos por los que la Inquisición la busca.
Con estas palabras avivado había Margarita el fuego de la celosa rabia de Cervantes, que se arrepentía más y más de su pasada, pero irreparable debilidad y ligereza.
Mantúvose, sin embargo, sereno, y Margarita continuó:
—Por curarme de las tristezas en que la ausencia de Gaspar de Valcárcel me había puesto, aunque yo, por lo que siento ahora conozca, ¡ay de mí! harto bien no era amor lo que por mi ausente enamorado sentía, ni viso, ni aun sombra de ello, trajéronme mis padres, como ya he dicho, a la populosa Sevilla, ansiosos porque mis melancolías tuviesen término en un nuevo amor; que yo era muchacha, y a la juventud no hay que pedirla reflexión ni firmeza; que no hay firmeza sin reflexión, y las jóvenes plantas que cuando dejan de ser halagadas por el dulce céfiro se doblegan mustias, otras céfiros las alientan y reviven; y céfiro es para la mujer el primer amor que apenas si su inocente alma conmueve; amor de la inocencia, que en nada se parece a este otro amor de la vida, que por vos, señor de mi alma, me abrasa y me devora, y de tal manera, que me parece que no es mía la vida que vivo, sino que en vuestra vida aliento, y en medio de vuestras propias entrañas, y que en mis entrañas os siento; pues, como decía, aunque mis padres tenían una tal cual hacienda, por la que en el pueblo por ricos eran tenidos y respetados, y como ricos vivían, no era esta hacienda cosa bastante para sufragar los dispendios a que les obligaban las galas y las joyas con que para llevarme a las principales casas, de Sevilla necesitaban ataviarme y prenderme; y como mis melancolías y pesadumbres no cesaban, y llamaban hermosura al pobre parecer mío los galanes de la populosa y regocijada Sevilla, y con pretensiones me asediaban, sin que yo de mis melancolías y negro humor me curase, esforzábanse mis padres, y acrecían sus dispendios, y hasta llegaron a poner gran casa donde pudiesen tener lugar saraos y representaciones de pasos y comedias; que así los tristes, que por no tener más hija que yo, en mí sus ojos y su alma y todo el amor de su corazón habían puesto, creían dar alegría a mis tristezas, alivio a mis pesares, y ponerme más y más en ocasión de que algún gentil y joven caballero de mí se enamorase, y fuese tal que yo no pudiese menos de amarle; pero esto no acontecía; que para mí los hombres eran como si no los hubiese, y en vez de agradarme me martirizaban con sus solicitudes, y mis tristezas y mi desabrimiento aumentaban; y en balde dábanme música, y en balde escribíanme versos en que me comparaban con el sol, con la luna y con las estrellas, con el cielo y con la tierra, con las praderas y las selvas, con las flores y los céfiros; yo no leía estas composiciones, sino que, desdeñándolas, las rompía o las quemaba; y si yo las guardara, bien hubieran podido hacerse con ellas dos o tres gruesos libros infolio. Vendido había mi padre su hacienda para sufragar los diparatados gastos en que por amor mío se había metido, y puesto el dinero a ganancia casa de genoveses; pero la ganancia del dinero no alcanzaba ni con mucho a aquel loco y continuo gastar de mi padre, y fue necesario al propio dinero recurrir quitándole de la ganancia; tal era la ceguedad de mi padre, tal la vehemencia de su amor por mí, que en aquel camino de perdición no se detuvo, esperando siempre que algún poderoso magnate de mí se prendase, y yo le correspondiese y nos casásemos, y todo viniese por último a un fin próspero; que tal era la idolatría que mi padre tenía por mí, que no se le figuraba menos que yo era la única mujer hermosa que en la tierra había, en cuya creencia le ayudaba el ver que las gentes que a mi casa iban y que en paseo nos encontraban, y en las comedias, y en las iglesias, se desojaban mirándome, y tras mí se iban y ansiosamente me pretendían.
Llegó al fin un punto en que, no habiendo habido hombre que en él reparar me hiciese, y por el que en nada mi malaventura del alma se aliviase, mi padre llegó al fin y remate de su hacienda, y no rindiéndose aún y esperando siempre el ave-fénix que conmigo había de casarse, pidió dinero prestado, que cuando los plazos se cumplieron no pudo pagar; de modo que, conocida la pobreza de mi padre, nadie fue osado a prestarle un solo maravedí; más bien los acreedores embargáronle cuanto en la casa había: muebles, tapices, carroza, y aun la misma ropa y alhajas de mi madre y mías; y como mi padre se viese en medio de la calle con mi madre y conmigo, sin poder volver a nuestro pueblo, porque en él nada nos quedaba, y sin tener otro refugio que la pobre casa de un fiel criado que de nuestras bien merecidas desdichas condoliose, enfermó, y de tal y tan grave manera, que al hospital de San Juan de Dios fue necesario conducirle; que el criado que nos amparaba no tenía fuerzas para otra cosa; y allí el desgraciado, perdida ya toda esperanza, comido del remordimiento de la miseria en que a mi madre y a mí nos había puesto, muriose, y de caridad le enterraron no lejos del sitio en que esta mañana fue sepultada mi desventurada madre, en ese cementerio del Salvador, adonde vos, movido a compasión por mi desgracia y mi soledad, me seguisteis. No aprovechábamos mi madre ni yo para sustentarnos con nuestro trabajo, que trabajar no sabíamos, como no fuese el soportar por amor de Dios nuestras nunca oídas y agudísimas desgracias.
Trabajaba para nosotras, que se quitaba la vida, él bueno de Francisco; pero viejo, también adoleció, y al hospital se lo llevaron, y otro día fuimos acompañando su cadáver como habíamos acompañado el de mi padre.
Cerrábase todo para nosotras, y de tal manera, que el cielo que todos veían azul y sereno, nosotras le veíamos nublado y siniestro, preñado de tempestades, y entre sus neblinas caliginosas parecíanos ver la muerte que cruzaba y sobre nosotras descendía, amenazándonos con su horrible guadaña.
Algunos de los amigos que tuvimos en aquellos tiempos que la locura de mi padre (¡Dios le perdone!) hizo que pata nosotras pareciesen prósperos, nos socorrieron; pero no hay quien socorra una necesidad continua: la amistad se cansa pronto; que para la miseria no hay amigos, y si la caridad subsiste algún tiempo más, acaba al fin por entibiarse y por convertir su ardiente fuego en duro hielo. Hace cuatro meses desto, y ya mi madre, por amor mío, había pretendido salir a mendigar de noche, yéndose a las puertas de las iglesias donde había ejercicios; y yo por mí no se lo hubiera consentido, pero por ella consentilo y acompañela, y ambas a dos, en cuanto la noche cerraba, a la iglesia más próxima donde había ejercicios nos íbamos, y a su puerta nos poníamos rebozadas, y aun a pesar del rebozo avergonzadas, y trémulas, y poco menos que agonizando.
Caían algunos maravedís en nuestras heladas manos, y para el pan sacamos la primera noche; pero la segunda, los mendigos de oficio que allí acudan, y que la noche anterior de nosotras se habían apercibido, nos echaron, llenándonos de improperios, diciéndonos que les hacíamos perjuicio, y que como éramos pobres nuevos, si habíamos de seguir pidiendo, habíamos de ganarlo, y no había de ser esto menos que repelándonos contra toda aquella falanje de ciegos, cojos, mancos, tullidos y muchachuelas de mal vivir; y no nos lo decían esto de buena manera, sino rodeándonos y empujándonos, y poniéndonos los puños a dos dedos de la cara, y amenazándonos con garrotes y vihuelas, y gritando y chillando y aullando todos y todas a una, ni más ni menos que si hubiesen sido una legión de demonios voraces, contra nosotras conjurados. Y no sabemos lo que de nosotras hubiera sido, porque aquella mala gente se iba embraveciendo con su propia cólera, si de improviso sobre aquel torbellino de rabiosos no lloviera de repente una tal tempestad de cintarazos, que todos, sanos y lisiados, escaparon, quedándonos solas en el atrio de la iglesia, asustadas y poco menos que agonizando, mi madre y yo, y de tal manera amedrentadas, que no acertábamos a movernos, estrechadas la una contra la otra, y temblando.
Estando en esto, vino a nosotras un caballero, ya no joven, pero al que tampoco podía llamársele viejo, que era el que en aquel apretado trance nos había socorrido, y en él para nuestra desdicha, porque nos impidió aceptar de él más socorro, reconocimos a un señor capitán, persona muy noble y muy rica, y de mucho respeto en Sevilla, y como poeta no mal reputado; en una palabra, el capitán don Baltasar de Peralta, del que tan acerbas e impías memorias tiene la hermosa doña Guiomar, vuestra amiga, y tan perseguida de él se encuentra.
—¿Y os persiguió también ese hombre?—dijo con la voz alterada y demudado el semblante Miguel.
—Su concupiscencia no encuentra respeto que le ataje, ni su soberbia dificultad, en vencer la cual no se empeñe,—dijo Margarita;—cuatro meses hacía que a Sevilla había llegado y conocídome, cuando todavía nos encontrábamos con las apariencias de una riqueza mentida, y requerídome había de amores, y como yo le resistiese, habíame dicho:—«O mía habéis de ser, señora, o hemos de ver los dos para qué hemos nacido.»
—Desde Adam acá,—dijo Cervantes,—al mundo no ha venido criatura sino para morir; sólo que a unas las mata Dios y a otras las matan los hombres, sino es ya que ellas a sí mismas, porque no se puedan resistir, se destruyan; y antójaseme que para el capitán don Baltasar de Peralta las tres sangrientas parcas miden ya con muy breve término su vida; y la más tremenda de ellas, la despiadada Atropos, sus inexorables tijeras prepara; y tengo para mí que lo que ha de ser esas tijeras lo es la buena hoja de Toledo que a la cinta llevo.
—No por Dios, señor mío,—exclamó Margarita, poniéndose como la cera amarilla,—que hartas desventuras he sufrido ya y el valor me falta, y si yo os perdiese, no podría resistir ni un punto, y ahogaríame la pena; que mirad que ese hombre es tal que no hay valiente ni diestro con quien se mida a quien no hiera o mate; y ved no hagáis que la despiadada punta que a vos os corte la vida a mí al corazón me llegue, y en la tumba me arroje desesperada.
Sonreía Cervantes oyendo a Margarita, como quien sonríe cuando escucha las raras quimeras de un sueño que se relatan, y asiéndola dulcemente una mano y mirándola amoroso, la dijo:
—Aunque yo no tuviera más valor que el que el encanto de vuestra hermosura y el amor que me mostráis me infunden, dígoos que no ya ese capitán, que de tal modo os espanta, sino el mismísimo Orlando con toda una cohorte de encantadores y vestiglos, no bastaría para contrarestar el poder de mi brazo, que vengada ha de haceros, mal que le pese al brío y a la fama de vuestro enemigo; y tened más confianza en el aliento de quien bien os ama, y no tembléis ni empalidezcáis, mi dulce señora, que en verdad os digo que para vos y para mí han empezado ya días más bonancibles de amor, de ventura y de esperanza. Y en esto no porfiemos, porque ved que yo no he de dejaros por todos los hombres del mundo, así sean gigantones de los que por los libros de caballería se encuentran, y que si no os dejo, él sobre mí vendrá y provocarame, y en trance me pondrá de que yo le ponga de manera que más mal que el que ha hecho no pueda hacer a nadie en este mundo; y otrosí, señora mía, que a doña Guiomar tengo prometido castigar a ese su contumaz y peligroso contrario.
Y a Cervantes se le iba el pensamiento sin poderlo remediar a doña Guiomar, o, por decirlo mejor, se le estaba en ella; porque ni un punto de ella se había olvidado, como no fuese en aquellos momentos en que otra cosa no vio, ni para más vivió que para Margarita; y ahogábase ya, aunque lo disimulaba Cervantes, porque la ausencia de doña Guiomar se hacía tan larga, que ocasión daba a toda suposición de los recelosos y abultadores celos, y la ira y el espanto le cogían el corazón, e inquieto se hallaba, y a no mediar miramientos, a buscar hubiérase ido a la hermosísima indiana; que entonces, a causa de sus celos y de las emponzoñadas imaginaciones que por ellos en la turbada mente revolvía, parecíale más y más hermosa, y espantábase, porque veía que, si en vez de estar ausente doña Guiomar, lo hubiese estado Margarita, conturbádose hubiera de igual modo y de igual manera enojado e irritado, y no sabía explicarse por qué extraña, y para él no conocida razón, enamorado y en igual o casi igual término de empeño por dos mujeres sé encontraba; y no sabía cómo de aquella dificultad había de salir; que él con las dos no podía casarse, ni hacer desmerecer en su alma a la una por la otra, con la una casándose y teniendo a la otra por amiga; que ambas eran altivas y honradas, y si la virtud había faltado un punto a Margarita, culpa del amor que enloquece había sido, y a punto doña Guiomar había estado de olvidarse de su virtud por su amor, lo que nada implicaba para que ellas estimasen su honra de una igual manera; que la mujer que ama y, por el amor, de su honra se olvida, no cree que su honra ha perdido, sino que en depósito la ha dado al señor de su alma, y en obligación le considera de restaurarla en su honra, haciéndola suya, su esposa y compañera.
Disimulaba Cervantes aquel sufrimiento en que los sucesos de su amor tan inopinadamente le habían puesto, y a Margarita sonreía, y no parecía sino que teniéndola a ella, toda cuanta felicidad había ansiado tener tenía; y como ella, por las razones que Cervantes la había dicho, hubiese conocido que el venir a las manos el capitán don Baltasar y Cervantes inminente era, en cuanto el capitán supiese que ella a Cervantes amaba, y que a mayor abundamiento, en la casa de la hermosísima viuda indiana estaba, y ella le amaba, no porfió, sino que disimulando también su angustia, dijo:
—Si cuando yo me veía rica, porque mi padre me cubría con flores el abismo que cerca de los pies teníamos, atención no presté a las solicitudes y a los encarecimientos del amor de don Baltasar, menos podía admitirle cuando por la miseria en que me encontraba, él podía creer que, no esposa amante en mí tenía, sino mujer desesperada, que por no morir a los rigores del hambre, a él se había unido esclava de su desventura; y si altiva me había mostrado con él antes, más altiva con él fui luego; y de tal manera irritado y desesperado, y con el alma torcida apartose de nosotras, dejándome ver claro en una mirada, que no parecía sino que de los ojos de un demonio salía, que creía que la miseria, y la desesperación, y el amor a mi madre haríanme someterme a sus deseos; y no fue ya sólo la dura y horrenda pobreza, los días sin pan, el cuerpo sin abrigo, la soledad y la tristeza lo que sufrir tuvimos, sino asechanzas y humillaciones, y visitas de viejas olvidado todo temor de Dios, que a proponernos cosas venían, que no eran ni aun para oídas; y rondadas nos veíamos por bravas y malas gentes, y asustadas nos encerrábamos de noche, y mientras la una dormía velaba la otra, siempre dispuesta a clamar socorro a los vecinos al primer asomo de peligro, y sin atrevernos a salir ni aun de día a la calle. En fin, mi desdichada madre resistir no pudo a tanta miseria, a tanto dolor, a tal quebranto, y ya lo habéis visto, vos me habéis acompañado cuando la conducía al lugar de su reposo; junto a mí habéis estado cuando la horrenda y negra tierra de la fosa de ella me ha separado, y en vuestros brazos me habéis sostenido cuando, arrebatada por el insoportable desconsuelo de mi alma, creí también para mí llegada la última hora. Dios junto a mí os ha puesto; Dios ha querido que, habiendo mi corazón repugnado siempre el amor, en él por vos haya caído en breves horas, y de tal manera, que a la locura del amor llegada, vuestra esposa me hayáis hecho y héchoos mi esposo ante Dios, que el juramento de nuestras almas ha oído; y Dios ha debido quererlo, porque yo no sé cómo, dolorida y desesperada por la eterna separación de la adorada madre mía, esto ha sido, o más bien ha sido por esto; que la yedra que pierde el árbol que la sostenía, si otro árbol encuentra próximo, a él vase y a él se estrecha con más fuerza que con la que al otro que perdió se asía; y pues yo soy la yedra y vos el árbol, y por el amor la yedra al árbol se une, no me hagáis temer, único apoyo y sustento mío, que en peligro me veo de que otra hacha enemiga el dulce arrimo a que llena de esperanza me he enlazado, me robe.
—Dígoos,—exclamó Cervantes,—que mi esposa sois, que de otra manera ser no puede, porque ni yo puedo olvidarme de los buenos padres de que vengo, de la honra que de ellos he recibido, ni de la religión ni de la crianza que me han dado, ni de mi propio honor, ni de mi corazón propio, que vuestros son tanto como míos; y porque yo tenía ciertos empeños, aunque no de honra, con doña Guiomar, y en su casa estamos, y en ella os tiene amparándoos, y amparándoos a vos a mí me ampara, y por ello, no sólo respeto, sino agradecimiento la debemos, dejadme hacer, y nada de lo que hacer me viereis os extrañe, os ponga en cuidado, ni os enoje; que todo será buscando el camino para salir a buen lugar y honrado; y en esto cesemos, que ya por entre aquellas espesuras me parece haber visto a doña Guiomar que se acerca.
Y así era la verdad, que la hermosa indiana venía por entre las verdes frondosidades del jardín, y en paso lento, hacia el sombroso cenador donde los dos amantes se encontraban; y era el paso lento de doña Guiomar la vacilación de su alma, en la que tal tumulto habían levantado su amor y sus celos, su indignación contra Cervantes, su odio contra Margarita, y la obligación en que se encontraba, por su propio decoro, de vencer aquella tempestad que en su alma se revolvía, y aparecer ante los dos amantes tal y de igual manera que como estaba cuando se separó de ellos, que no sabía qué hacerse, y temía que en el semblante se le conociesen la turbación, y el despecho, y la ira, y los celos, y la venganza, y el infierno, en una palabra, que a su alma daban cruda guerra; porque Florela no había andado con rodeos, y todo lo que había visto y oído habíala contado en el momento en que se partió el familiar que a visitarla había ido. Y porque importa saber lo que el familiar y doña Guiomar hablaron, y lo que hablaron doña Guiomar y su doncella, de ello se va a dar cuenta en el capítulo siguiente.
XVI
En que se ve cuán dura tenía la Inquisición la mano, aun para sus familiares, y cuánta fuerza, cuánta virtud y cuánta prudencia doña Guiomar para encubrir sus amarguras.
Había acudido doña Guiomar desasosegada y con disgusto a la visita del señor Ginés de Sepúlveda, al que encontró todo mezquino y encogido, y tan espantado como quien se cree en un gravísimo peligro.
Miraba a doña Guiomar cual si hubiera sido cosa del otro mundo, y con tal avaricia y tal miedo, en que la misma ansia con que la miraba le ponía, que tanto movía a lástima como a risa su extraña catadura.
Hízole una profunda reverencia en entrando doña Guiomar, y luego fue a sentarse en el canapé.
Saludole, y le convidó a que se sentase.
Hízolo el menguado, quedándose tan encogido y tan temeroso como cuando estaba de pie, y continuó mirándola de la misma manera absorta, codiciosa y espantada.
—En mal hora para mí y para castigo de mis culpas,—dijo con la voz balbuciente,—fui yo a esta casa venido anoche; y no os digo por qué, aunque bien podéis figuraros la causa; que prohibido me está severísimamente, y bajo pena de grave censura, el que más de la cuita en que estoy agonizando hable, ni con vos ni con nadie, ni aun conmigo mismo: quejas hanse dado hoy a la Inquisición, porque en vez de prenderos a vos, señora, al rapista Viváis-mil-años prendí; y yo no sé quién pudo dar esta queja; pero es lo cierto, que puesto que el rapista haya dado en otras ocasiones motivos o sospechas para que la Inquisición le prenda o le aperciba, por lo de ahora limpio está de acusaciones y sospechas, y le han soltado, y en su casa se halla, insolente y ufano y satisfecho, diciendo que a un tal católico apostólico romano como él, no hay quien en materias de fe le meta el diente, y que si hay malos ministros que, por servir a hermosas damas, a los buenos católicos llevan a la Inquisición a encerrarlos, este tribunal, en su justicia y en su sabiduría, al atropellado suelta y le satisface, y a sus temerarios o tal vez malévolos familiares, que a tanto osan, reprende, apercibe y penitencia. Y la Inquisición hame obligado, después de haberme enderezado una severa y dura amonestación, a que a buscar venga al tal rapista, y ante él me ponga, y perdón por el desaguisado que dicen que contra él he hecho, y que sin duda he debido de hacer, porque la Inquisición no se engaña ni puede engañarse, le pida. Mucha mano ha debido de haber en todo esto; que la Inquisición no suelta tan aínas al que una vez en sus prisiones coge, aunque luego resulte inocente. A un mes de convento y de ayuno y de penitencia me han sentenciado, a más de a la demanda del perdón del rapista, que ya he solicitado, y en cuyo acto de humildad, que la Santa Inquisición se ha dignado imponerme, he sufrido cuantas insolencias pueden decirse y son imaginables, de la boca del rapista. Y otrosí, como la Inquisición haya notado que yo no tenía al pecho su medalla, y por ella me haya pedido, y yo, no atreviéndome ni debiéndome atrever a engañar a la Santa Inquisición, la verdad haya respondido, por esto se me ha castigado con suspensión del oficio y de las preeminencias que en la Inquisición tengo, por un año; se me ha impuesto una multa de cien ducados para obras pías, y se me ha mandado que a vos venga y la medalla os pida, y os aperciba para que de ahora en adelante, y en toda vuestra vida no volváis a solicitar su posesión, que por ser vos persona extraña al Santo Oficio, y sobre todo hembra, no podéis poseerla ni aun tocarla, sin incurrir en una especie de pecado, que no es verdaderamente sacrilegio, ni deja de serlo; y que cuando os haya reprendido bien sobre esto, y apercibídoos y anunciádoos que tiene puesto la Inquisición sobre vos su ojo perspicaz y escudriñador, que todo lo ve y lo descubre, y lo juzga y lo castiga, la medalla os pida y a entregarla al Santo Oficio vaya, después de lo cual me llevarán a los capuchinos de la Paciencia, bien recomendado para que a severos ejercicios se me someta, y en rigoroso ayuno y encierro se me ponga. Conque así, señora, cumplido ya lo de la reprensión y el advertimiento, que bien a mi pesar os he hecho, la medalla dadme, y con ella la licencia de que vuestras manos bese, y a cumplir la penitencia que se me ha impuesto vaya.
Dijo todo esto el familiar con voz desfallecida y con ansias, y de tal manera, que para no perder algunas palabras, doña Guiomar tuvo que aguzar el oído.
Y no se rió, porque no era para que riese el saber que estaba vigilada y acechada por la Inquisición, y porque hubiera sido además poca caridad, según aparecía de acabado y casi moribundo el señor Ginés de Sepúlveda.
Apresurose la hermosa indiana a sacarse la medalla del pecho y su cordón por la cabeza, y dándosela al familiar, le dijo:
—Tomad, que más valiera que no vinierais nunca, si tal había de costaros el haber venido y en tal cuidado había de poneros.
Y aquí cortara la visita doña Guiomar, y al señor Ginés de Sepúlveda dejara irse, por volver cuanto antes al jardín, impulsada por el ansia en que la tenía el haber dejado a solas y en lugar apartado y espeso a Miguel de Cervantes y a Margarita; que sobresaltada estaba la hermosísima viuda, y celosa y con toda el alma puesta en el jardín, antojándosela que oía ternezas y veía rendimientos que Cervantes prodigaba a Margarita.
Pero aquello de haber soltado la Inquisición tan presto al maleante rapista, y lo que el asendereado familiar había dicho de que en aquello debía de haber habido mucha mano, y lo del apercibimiento, y la reprensión, habíanla puesto muy en cuidado y en la necesidad de averiguar acerca de esto lo más que pudiese.
Así es, que habiéndose puesto de pie el señor Ginés de Sepúlveda para despedirse en el punto en que tuvo pendiente otra vez de su cuello aquella malhadada medalla, que si no la tuviera en su vida en aquellos aprietos de amor no se hallara, ni penitenciado ni castigado por el Santo Oficio se viera, díjole:
—No tan pronto, señor mío; sentaos otra vez, yo os lo ruego, que puesto que haya persona que mida el tiempo que en mi casa permaneciereis, aunque este tiempo se alargue, bien podrá creer que en la larga y severa reprensión que os mandaron me hicierais vos le empleasteis; y yo tengo que preguntaros algunas cosas, que para mí son de mucho momento, y no dejéis de decírmelas si las sabéis, aunque no sea más que por esa entrañable afición que decís tenerme.
—En esto no hablemos,—dijo desfalleciendo el familiar,—que prohibido me está, como os he dicho, de esto hablaros, ni aun pensar en ello, so pena de gravísimos castigos; pero no tratándose de esto, y siendo verdad que por la dura comisión que he traído entretener un tanto puedo el tiempo sin que a mala parte se eche, preguntadme lo que de mí saber queréis, que yo os responderé en verdad, porque yo nunca he mentido.
—Habeisme dicho,—dijo doña Guiomar, en tanto que el señor Ginés de Sepúlveda otra vez se sentaba, quedando tan encogido como antes,—que la libertad del rapista tan presto como ha sido, no ha podido ser sin que en ello haya habido mucha mano.
—Eso he dicho, señora,—contestó el familiar,—porque tengo la larga experiencia de que las cosas del Santo Oficio de la General Inquisición nunca fueron tan de prisa; pero no sabré deciros cuya sea la grande influencia que tal y tan extraña cosa he causado; y que no ha habido influjos de tal monta, que a ellos el Santo Oficio no haya podido negarse, no me lo digan a mi, que el mismo rapista en su insolencia me lo ha dado a entender, diciéndome:
»—Pues qué, familiarcillo mezquino y simplote que tú eres, ¿creías tú que yo era un gusano así tan desamparado, que podías echar mano de él a tu placer y a horro, sin que el gato te se viniera a las barbas? Anda, anda, y buena pro te haga, que por el año de mi abuela, que yo no la conocí, ni sé quién fuese, que las has de pagar a ayunos y vahídos y hasta con las setenas: pues qué, ¿soy yo ahí una nonada, y no tengo yo aldabas a que agarrarme, y tales, que no digo yo de ti, sino de la mismísima Gorgona que de mí hiciera presa me librara? Anda, anda, menguadillo, bobalicón y mentecato, y atrévete otra vez a personas que, como yo, tanto valen.»
—Hinchádole hubiera yo la cara a mogicones al tal rapista, y aun siendo mujer, si tal a decirme se atreviera,—exclamó doña Guiomar irritada;—que yo no sé para qué os ha hecho Dios hombre, señor Ginés de Sepúlveda; y cosas son estas más para vistas que para oídas, porque no viéndolas parecen imposibles.
—Atado enviome a ese barbero el Santo Tribunal, por su mandato de ir a demandarle perdón de mi culpa; y el que perdón humilde pide, al tanto se está de la reprensión que le endilguen, y no puede hacer otra cosa que sufrirla, y sufrirla con paciencia, si el acto de humildad que se le manda ha de ser provechoso para su alma.
—¿De manera,—dijo con impaciencia doña Guiomar, dando con el breve pie sobre la estera,—que vos no sabéis, ni aun sospecháis, quién sea el que su mucha mano ha interpuesto en favor del rapista, para con el Santo Oficio?
—Ignorolo, señora, y aunque averiguarlo pudiese, guardaríame bien de ello; que cuando de esa persona que yo supongo tanto caso ha hecho el Santo Tribunal de la Fe, gran persona y respetabilísima debe ser ella.
—Vaya,—dijo doña Guiomar de todo punto disgustada y mohína,—pues que de nada podéis servirme, señor Ginés de Sepúlveda, y estáis ahí inquieto y desasosegado como si asentareis sobre alfileres, idos en buen hora, y no os digo que cuando escapéis de vuestra penitencia podéis venir a visitarme como un buen amigo, porque se me antoja que mi casa ha de causaros espanto, por creerla lugar de perdición para vuestra alma.
—En ella se queda la desventurada,—exclamó poniéndose de pie y dando un hipido el señor Ginés de Sepúlveda,—y ya, señora, que veis que de vos tan mal aventurado me aparto, y tan castigado y doliente, acordaos de mí en vuestras oraciones, que puede ser que Dios os oiga, y por vuestro ruego la paz del alma me vuelva que he perdido.
Y haciendo un puchero, miró a través de sus lágrimas tan ansiosa y miserablemente a doña Guiomar, que ésta, no embargante los amargos cuidados en que estaba, sintió por él lástima.
Fuese el familiar, y doña Guiomar quedose toda confusiones, toda temores, toda celos, toda amargura. Y así, ensimismada en sus pensamientos, y la bella color trocada, y el semblante grave y apenado, estúvose inmóvil una gran pieza, hasta que de improviso alzose, y sus ojos ardieron, y hacia el jardín se volvieron, que a él daban las ventanas de la sala, como si a través de las paredes ver hubiera querido lo que en el sombroso cenador del jardín pasaba, y hacia la puerta fuese rápida; y antes de que a ella llegara, abriose la mampara y apareció Florela, la fiel doncella, toda descompuesta y airada, y tan pálida, que un viviente cadáver parecía.
—Malas noticias me traes, Florela,—dijo doña Guiomar;—en tu semblante las leo: habla, no tardes; ¿qué desdicha tan grande me sucede, que así, por la mucha lealtad que me tienes, te ha puesto?
—Echáralos yo a palos de lacayos, si señora y no criada fuese, a esos desvergonzados, ingratos y mal nacidos; y poco castigo sería, que su bajeza y su atrevimiento bien merecen la muerte.
De ella fueron las agonías que, en oyendo esto a Florela, sintió doña Guiomar, y tales, que por algún tiempo, aunque quiso hablar no pudo; que harto claro vio su desdicha en las razones de Florela; pero como el alma, cuando prueba la amargura, de ella parece hambrienta y más busca desesperada, doña Guiomar hizo que Florela la contase punto por punto cuanto había visto y oído; y ella no fue escasa, que a su señora dijo mucho más de lo que hubiera querido saber, y de una manera tan clara, que no pudo caberla duda de que Miguel de Cervantes a Margarita había empeñado su corazón y su honra.
Reprimiose, sin embargo, doña Guiomar, dominó su corazón, contuvo las lágrimas que a los ojos se la salían, serenose, y dijo a Florela:
—Y bien mirado, ¿qué es de todo esto lo que a mí me importa? A tiempo he sido desengañada; de ello me alegro; allá ellos; con su pan se lo coman, que no ha de faltarme a mí marido, y bueno, si alguna vez lo quisiese; y encárgote, Florela, que acerca de esto guardes un grande secreto, o que más bien lo que sabes olvides; esta es la mejor manera de que el secreto se guarde.
Callose en diciendo esto doña Guiomar, y quedose tan tranquila y tan conforme en la apariencia, que Florela, aunque no era lerda, se engañó y creyó que a su ama la iba muy poco en la infidelidad de su amante, y alegrose, porque la fiel muchacha amaba grandemente a su señora.
Enviola esta a sus quehaceres, y acabando de componer su semblante, y resuelta a no dar ni el más leve indicio de saber lo que sucedía, encaminose al jardín, en el que apareció, y poco después en el cenador, sombroso teatro de su mala fortuna, de tal manera tranquila y al parecer contenta, que Cervantes se alegró y Margarita perdió el miedo que la había acometido al sentir los pasos de doña Guiomar.
XVII
De como Miguel de Cervantes supo lo que le bastó para meterse en una aventura de más empeño que la más atrevida en que osó meterse cualquiera de los Doce Pares.
—Ruegoos, amigos míos,—dijo doña Guiomar,—me perdonéis si tan largo rato he estado apartada de vosotros, que gran causa ha habido para ello.
Y refirioles a seguida lo que el familiar de la Inquisición había ido a decirla.
Alborotose Cervantes, y juró que él había de desollar al rapista y poner de claro en claro quien el que por él con la Inquisición había intercedido fuese, aunque él lo sospechaba ya; y para salir de sospechas pidió a doña Guiomar licencia para salir, prometiendo que con la noticia de lo que averiguase volvería; con lo qué por el postigo del jardín, que la misma doña Guiomar abrió, saliose, y doña Guiomar quedose con Margarita, mostrándose para ella tan buena y cariñosa, como negras y envenenadas tenía contra ella las entrañas; y con el dolor que Margarita decía sentir por la reciente muerte de su madre, disimulaba las ansias y las congojas que por aquel su amor, que ya esposa de Miguel de Cervantes la hacía, la atormentaban; espantábanla los recelos, y viendo tan enamorada de Cervantes, y de tanto valer a doña Guiomar, temía que una vez poseedor de ella Cervantes, la posesión de la hermosísima viuda no perdonase, y que siendo ella pobre y la otra rica, y desventurada ella y dichosa la otra, con la otra se casase, dejándola a ella para que muriese desesperada.
Encubría su negro odio a Margarita doña Guiomar, y consolábala y acariciábala, como si hubiera creído que sólo por la muerte de su madre era el dolor y la congoja, cuyas muestras no podía ocultar Margarita.
En tanto, Cervantes encaminábase al próximo bodegón de la tía Zarandaja. El sol se había puesto, caía la tarde; paseaban por las calles galanes y soldados, haciendo señuelos a sus enamoradas; los menestrales dejaban sus trabajos, y se iban cerrando comercios y tiendas. En aquellos tiempos se trabajaba de día y se descansaba y se dormía de noche, salvos los rondadores y la gente maleante, que lo hacían al revés.
Encontró Cervantes a la ilustre tía Zarandaja apercibiéndose a cerrar su bodegón, que según las ordenanzas, estos tales a la oración se cerraban. Dio entrada con mil amores la vieja al gallardo soldado, y cerrando la puerta, díjole:
—Ya me temía que no vinierais, y sentíalo, porque en verdad, que muchas y muy importantes cosas que decir a vuestra merced tengo.
—Pues desembuche, buena madre,—dijo Cervantes,—que aquí hay lugar donde quepa todo lo que en él entre; y no os abro el apetito regalándoos alguna cosilla que os dé contento, porque pobre ando, y tal, que por Dios que me dejaría ahorcar por dos reales.
—El que a buen árbol se arrima,—contestó la tía Zarandaja,—buena sombra le cobija, y de manzanas de oro, y aun con aditamentos de diamantes, es aquel bajo cuyas frondosas y frescas ramas os habéis puesto.
—Ya me tarda el oíros, buena madre,—dijo Cervantes;—que grandes cosas y de mucho provecho han de ser, a lo que me parece, las que tenéis que decirme.
Púsose en esto la vieja en los labios un dedo como imponiendo silencio a Cervantes, que a la puerta habían llamado, y con prisa; y llevole a aquel cuartucho que a lo último del bodegón estaba, como se dijo, y encerrole, y fuese a abrir la puerta de la calle, y hallose con que era el señor Viváis-mil-años, que venía a su casa.
Entró el rapista tan mudado de la fisonomía que otras veces tenía, que no le conoció la tía Zarandaja.
Venía entre satisfecho y soberbio, y descontento y mohíno.
—¿Y dónde habéis estado, señor Viváis-mil-años,—le preguntó la vieja,—que hoy no se os ha visto el pelo?
—En ayunas vengo, y en ayunas desde anoche, tía Zarandaja,—dijo el rapista,—salvo dos onzas de queso y un panecillo que compré esta mañana en una tienda, cuando salía de allí, adonde picardías de un mal familiar, que ya está bien castigado, me llevaron; y venga, venga, tía Zarandaja, la uña de vaca con habas y morcilla, que voy a comerla con el mismo gusto que si no hubiera comido en mil años.
—Dejadme primero que cierre, que con la alegría de veros, de cerrar la puerta me he olvidado; y con que pase un alguacil y lo vea, multa tendremos, y no estamos para esos lujos, que los tiempos andan muy magros.
Y la tía Zarandaja cerró, y fuese luego a su marmita con una escudilla de cobre, ancha y honda, que llenó de gazofia, yendo a ponerla, con un buen pan blanco, a lo que añadió un mediano jarro lleno de vino, delante del señor Viváis-mil-años.
Aplicose éste a la uña y a las habas como si hiciera un siglo que no había comido, y la tía Zarandaja, que estaba sentada de media anqueta a un extremo de la mesa, esperó en vano a que el rapista la hablase..
Comía, bebía y callaba Viváis-mil-años; pero gesticulaba y guiñaba los ojos alternativamente como hablando consigo mismo, todo lo cual metía mucho más en curiosidad a la tía Zarandaja, que como había visto lo que doña Guiomar favorecía y lo mucho que amaba a aquel soldado que tenía encerrado, por favorecer sus amores esperaba mucha cosa.
Tenía la tía Zarandaja sus motivos para que la importase en gran manera por doña Guiomar y por Cervantes lo que el señor Viváis-mil-años la dijese, porque el rapista y ella habían hablado mucho de un cierto señor que andaba sin seso y casi convertido en alma en pena por la hermosísima viuda.
Miguel de Cervantes escuchaba ávido, con el oído pegado al ojo de la cerradura; que habíale puesto en cuidado lo que le había prevenido, haciéndole callar, cuando llamaron a la puerta, y escondiéndole después, la tía Zarandaja.
Pero no oía otra cosa más que el recio mascar del rapista, que era tal como el de un cerdo, con perdón sea dicho.
No se sabe si el señor Viváis-mil-años había guardado silencio a causa de su apetito, y por aquello de que oveja que bala bocado pierde, o si había dudado en lo que tenía que decir a la tía Zarandaja, porque cuando ya la escudilla, o más bien lo que contenía, que no era poco, había quedado reducido a la mitad, y bebido el primer jarro de vino, limpiándose la boca con el revés de la mano, dijo:
—En un aprieto me hallo, y tal, mi buena tía Zarandaja, que de él no puedo salir, porque si no hago lo que de mí se quiere, en peligro me hallo de que me tornen allí de donde me han sacado; y os aseguro que no ha sido sitio de gusto; que en una mazmorra de la Inquisición me han tenido, y aunque de hierros no me han cargado, con el recelo de lo que pudiera sobrevenirme la mitad de las carnes he perdido. Sacome de allí, horro y sin costas, un bienhechor; pero diciéndome antes de sacarme, que si no le servia en lo que él había menester, volvería a meterme, y mía sería la culpa de lo que me sucediese. Prometí yo, que el prometer no cuesta, y tanto como me pidieron; que cuando en tales aprietos se encuentra un cristiano, para salir de ellos no mira en pelillos, ni aun en cabelleras, aunque sean más grandes que aquella del filisteo Samson.
—Mirad, señor Viváis-mil-años, que el Divino Nazareno Samson no fue filisteo, sino el destruidor de ellos por la voluntad de Dios.
—Dios me destruya si sé lo que me digo, tía Zarandaja,—contestó el señor Viváis-mil-años;—que este oficio nuestro que traemos tiene tales quiebras, que a veces nos vemos quebrados por el espinazo; y si yo hago lo que ese señor quiere, en tratos y comercio, que no me tienen cuenta puedo verme con la justicia ordinaria; y si no lo hago, es tal ese señor y tan poderoso, que como de la Inquisición me sacó, puede meterme otra vez en ella, donde yo me pierda y no vuelva a saberse de mí; que tal vez me empareden o me entierren vivo. De suerte que, entre la Inquisición y la horca, no sé qué haga, ni qué deje de hacer, ni por dónde tire.
—¿Y quién es ese tal y tan poderoso señor que en tales preñeces sin salida os mete, señor Viváis-mil-años?
—¿Pues quién ha de ser, tía Zarandaja, más que el capitán don Baltasar de Peralta, que Dios confunda, que cada vez más empeñado por esa doña Guiomar de mis culpas, y celoso, y con más furia que una rabiosa pantera hircana por lo de la música anoche, y porque doña Guiomar salió a sus miradores a oírla, empeñado está en acabar de una vez, y en meterle todo a barato, y a salga lo que saliere, aunque lo que hubiera de salir fuese la destrucción y acabamiento del mundo? Y habéis de saber, que lo que ese caballero, (maldígale Dios) quiere, no es menos que meterse esta noche, cuando sea de ella la mitad por filo, en el jardín de doña Guiomar por las tapias de mi corralejo.
Se le volvió el alma de arriba abajo a Miguel de Cervantes, y temblaba de cólera, y al mismo tiempo se le alegraba el corazón, porque oyendo estaba que se le venía a las manos la mejor manera que podía haber deseado de castigar a don Baltasar de Peralta y libertar de él a su adorada y ya imposible doña Guiomar.
Continuado había con su plática entretanto Viváis-mil-años, y había dicho:
—Que yo he de servir, mal que me pese, a don Baltasar de Peralta, veislo harto claro, tía Zarandaja; que en casa de la maldita viuda quiere meterse a la media noche, ya os lo he dicho; y aun pudiera sufrirse si en entrar solo y por mí guiado, consintiese, que todo ello sería que, o empeñaría la honra de doña Guiomar, por la violencia de su pasión atropellada, o ella se defendería y gritaría, y acudirían sus criados, lo cual, habiéndome yo escurrido a tiempo, nada me importaría, y él vería cómo salía del empeño en que se había metido. Pero es el caso que don Baltasar se ha puesto en todo, y con gente dura y resuelta en casa de doña Guiomar meterse quiere, cosa que puede salir de tal manera y con una tal tormenta, que el agua llegue a las nubes.
—¿Y a cuento de qué me habéis manifestado todas esas cosas, señor Viváis-mil-años?—dijo la tía Zarandaja.
—A cuento de que vos podéis sacarme del aprieto en que me hallo.
—¿Y cómo, si os place, de tal aprieto he de sacaros yo?—dijo, poniendo muy mal gesto al rapista, la tía Zarandaja.—Ya que vos estáis perdido, ¿queréis que yo me pierda también? ¿Y estas son las buenas correspondencias de nuestra amistad? Pues de amigos como vos, Dios me libre, y que yo no los vea jamás sino descuartizados.
—Dios os lo pague por la buena voluntad, que me tenéis, que cuando a vos vengo a ampararme, porque ya me considero ahorcado, vos me tiráis de los pies. Y no a que perdáis vengo yo, tía Zarandaja, sino a que ganéis la mitad de mil ducados, que porque le sirva me ha dado don Baltasar de Peralta. Y vedlos aquí en buenos doblones de a ocho de los del cuño del emperador.
Y el señor Viváis-mil-años sacó una bolsa de malla de seda verde, con ricos pasadores de oro, y tan repleta, que casi reventaba.
—La mitad voy a contaros,—continuó Viváis-mil-años, corriendo los pasadores de la bolsa y echando fuera con tiento los doblones para que no sonaran,—y así no podréis decirme, si os perdéis, que os perdéis por mi provecho y no por el vuestro. Y sabed, tía Zarandaja, que esta buena hacienda que tomáis, nada tiene que ver con lo que haya de pagarse a los bravos que con don Baltasar de Peralta, para resguardarle y asegurarle el golpe, hayan de entrar casa de la hermosa viuda; ni tampoco lo que haya de darse a los que con una silla de mano esperarán en mi corral para meter en ella a doña Guiomar, tapada la boca y atada; y porque vos busquéis a esa buena gente, que vos tenéis más conocimientos que yo, que no conozco más que pelones y personas de nonada, muy buenos para bravear de lengua y sin valor alguno para llegar a los hechos, estas riquezas os doy; que bien sé yo que una docena de hombres de alma y puños que se necesitan, los encontraréis vos a medio rodeo; y contando ya con que los buscaréis, porque veo que os vais guardando estos bendecidos doblones, os digo que no andéis escasa en prometerles, y con lo que pidieren por su pena y el peligro en que van a ponerse, a mi casa andad y se os dará lo que fuere menester; y no reposemos, que las noches son cortas, y las doce se echan encima en seguida. Así pues, decidme lo que os parezca, y si os pareciere no hacer lo que se os pide, tornadme esos doblones e ireme yo a otra parte en donde mejor dispuestos estén a ayudarme.
El alma hubiera dado antes la tía Zarandaja que los doblones, que ya había sepultado en la honda faltriquera que llevaba debajo de la saya.
Así es que dijo:
—Hablando, las gentes se entienden; y cuanto más honradas son, mejor. Id y en paz y contento, señor Viváis-mil-años, que dentro de media hora en vuestra casa me tendréis con la razón de lo que sea, y que será tal, que bien descontentadizo habréis de ser para no contentaros.
Acabose de beber su vino el señor Viváis-mil-años, despidiose de la tía Zarandaja, echole esta afuera, cerró la puerta de la calle y fuese a abrir la del aposentillo en que Cervantes toda la conversación que acababa de pasar había escuchado.
Estaba nuestro mozo pálido de cólera, y a duras penas se contenía.
Y tan feroz miraba, que de miedo, se echó a temblar la tía Zarandaja, y por satisfacerle, y temiendo no empezase por ella con algo que no muy del gusto de ella fuese, se apresuró a decirle:
—Pues que yo no puse punto en boca al señor Viváis-mil-años cuando en tales honduras se metía, claro os he dado, señor mío, a entender, que mi intento era que todo lo supieseis; y si todo lo habéis oído, vos diréis lo que haya de hacerse, que a vuestro mandato me pongo, y estos dineros que el señor Viváis-mil-años me ha dejado, dispuesta estoy a entregaros.
—Guardadlos, tía Zarandaja, que pocos son, y una mínima parte comparados con lo que doña Guiomar os dará cuando sepa de qué manera la habéis servido.
—Venga ahora el mandato de lo que quisiereis,—dijo la tía Zarandaja.
—Pues dígoos,—respondió Cervantes,—que hagáis como si yo nada supiera y como si quisierais servir a ese don Baltasar de Peralta.
—Ved lo que hacéis, o más bien lo que pensáis hacer, señor soldado,—dijo la tía Zarandaja, mirando con asombro a Cervantes;—que en una temeridad tal podíais dar, que os cueste cara; que no querría yo que a un mozo tal como vos, que sois un pino de oro, y tan amado por una tal y tan rica hembra de la hermosura como doña Guiomar, le aconteciese una desgracia; que no me consolaría de ella en todos los días de mi vida.
—Nada se os dé por eso,—dijo Cervantes,—y dejad a cada cual que allá vaya adonde le parezca bien ir, y haced vos lo que os he dicho, que así conviene que sea. Y sin más, quedaos con Dios y hasta la vista, que no será sino para premiaros largamente por lo bien que nos habréis servido.
Y como la tía Zarandaja quisiese replicar, impúsola Cervantes silencio, mandola abriese la puerta, saliose, y de allí a gran paso fuese a casa de doña Guiomar, y allegándose al postigo del jardín llamó, y abrió Florela, que harto cuidadosa por la gravedad de los sucesos que habían sobrevenido, por allí andaba esperando.
XVIII
De como puede enamorarse una mujer hasta el punto de morir de amor.
—¡Ay, señor mío de mi alma!—dijo Florela,—¡que no sabéis lo que sucede!
El alma tenía en un hilo Miguel de Cervantes, y sobresaltado por las palabras que acababa de decirle Florela, preguntola con la voz no muy firme:
—¿Pues qué puede suceder en esta casa que sea una desgracia, como parece manifestármelo las palabras que me habéis dicho y vuestro espantado acento?
Echósele de rodillas a los pies Florela, y díjole:
—Vuestro perdón os pido, que yo, por la lealtad que a mi señora tengo, y por el mucho amor que veo que mi señora os tiene, que aunque no lo confiesa, harto claro con las acciones exteriores muestra, he sido la causa de la desdicha que acontece.
—Hablad presto, Florela,—exclamó Cervantes levantándola,—que oyendo lo que me decís, estoy suspenso y sin vida.
—¡Ay señor!—dijo Florela,—que yo, cuando mi ama se fue a la visita de ese familiar, que Dios confunda, que a buscarla vino, entre la espesura del cenador acechando quedeme, y oí lo que con doña Margarita hablasteis, y vi que vuestra la hicisteis; y como tanta es, ya os lo dije, la lealtad que a mi señora tengo y el agradecimiento a que ella me obliga por el amor que me tiene, sabedora de todo la hice.
Alegrádose hubiera Cervantes si en aquel momento hubiérase abierto bajo sus pies la tierra.
—Buena y valiente es mi señora,—dijo Florela gimiendo;—que su dolor ha vencido, su semblante ha compuesto, con vos y con doña Margarita ha hablado como si no la hubiese aguijado el impío dolor que la mordía las entrañas; solícita y amiga con doña Margarita se ha mostrado después de que vos os partisteis, y ella misma en su mismo aposento y en su mismo lecho la ha recogido, y luego se ha ido a aquella cámara donde vos a ella anoche os aparecisteis, y no pudiendo más, allí una congoja tras otra la ha acometido. Y como yo quisiese salir a enviar por médico,—«no llames a nadie, Florela, me ha dicho, que no quiero que nadie vea el triste espectáculo del dolor que en mí causa la no esperada y tirana desventura mía; y llévame a tu lecho, amiga Florela, mientras que pasa esta cruel fuerza del dolor que me acaba.»
—¡Oh! ¡en mal hora nacido yo,—exclamó Miguel de Cervantes,—que por donde quiera que voy, siguiéndome va como inseparable compañera la desventura! ¡Oh dichas entrevistas y con alegría de amor en esperanzas gozadas, y antes de ser tocadas, desvanecidas e imposibles!
—Por imposible debéis tenerla,—dijo llorando y acongojada Florela;—y no es vuestra la desventura, que así os hiere a vos como a mi señora, sino de mi señora, que para ser desventurada ha nacido, y tan sin merecerlo, que en ella la hermosura, con ser tan grande, es lo menos, y más la hermosura es de su alma; que Dios ha hecho para la nobleza, para la honestidad y para la virtud. Y no hay que pensar en el remedio de lo que ha sucedido, que no le tiene; que mi señora no cesará hasta que casado os vea con doña Margarita, y veros casado con ella, para ella será la muerte; que no podrá resistir al desesperado dolor de sus amores malogrados; que aunque yo no entienda cómo tan presto han llegado a pasión mortal estos amores malhadados, tales son para mi señora, que mataranla perdidos y sin esperanza de ser logrados.
—Sea lo que Dios quisiere,—dijo Cervantes,—y si con mi vida rescatar yo pudiera el corazón de vuestra señora, que sin tan yo merecerlo ni esperarlo, por mis amores está cautivo, con gusto la daría y mil que tuviera.
—Dos desgracias serían, que no creáis que mi desventurada señora pueda sobrevivir mucho a lo cruel de su desengaño: ella creía viendo lo que en vos veía, y cómo en sus ojos de amor agonizabais, que otra mujer que ella para vos no había en el mundo, ni otra gloria que la de Dios que sobrepujar pudiera en bienandanza a la gloria que vos gozabais enamorado por ella; y es tal y de tal manera la agonía que a mi señora atormenta y mata, que llamar ha mandado a un escribano, que hacer testamento quiere.
Perplejo más y más se encontraba Cervantes, que en aquella ocasión no imaginada, ni él se atrevía a ponerse ante doña Guiomar, ni podía hacerlo, ni había para qué hacerlo; que lo hecho hecho estaba, ni otro medio encontraba que casarse con Margarita, y por esto su vista con doña Guiomar no sólo no podía ser, sino que ni aun debía pensarse en ello.
Salirse de la casa en aquel punto y enviar al otro día un su amigo, o más bien un sacerdote, que su casamiento con Margarita tratase, ser no podía, porque de esta manera quedaría abandonada a los malos intentos de su tenaz perseguidor doña Guiomar.
Y advertir de lo que pasaba a Florela, era llevar más el espanto y la perturbación a aquella casa, y mostrarse cobarde huyendo el bulto al peligro, después de haberse mostrado veleidoso, cuando no libertino, mal apreciador y temerario de la valía de doña Guiomar; pues permanecer en aquella casa a cuya dueña había entregado al dolor y a la desesperación, también era cosa recia.
Amparose, pues, de Florela, y la dijo:
—De todo lo que puede hacerse después de hecho el mal que me obliga a descontentarme de haber nacido, lo mejor que puede hacerse es dejar venir el tiempo; que puede ser que milagrosamente Dios nos abra camino por donde salir podamos a un punto no tan desesperado como en el que ahora nos vemos. Y así pues, llevadme a un aposento donde yo quede, hasta que mañana veamos dónde esta desesperada aventura nos lleva; que bien podrá ser que durante la noche doña Guiomar se aconseje con su alma, y a algo muy diferente de lo que hoy piensa se determine, o tal vez se desengañe y se cure, quedando yo el solo enfermo y el solo desesperado. Y pluguiera a Dios que así aviniera y que para mí solo fuese la desgracia.
—¡Ay, señor mío!—dijo Florela,—que muerta estoy de espanto; que tal está mi señora, que aunque ello parezca increíble, a mañana no llega; que bien conocéis vos el corazón que tiene, y cuánto y con cuánto amor de vos se ha llenado, y tal es así, que, al quedarse vacío, con la muerte se llenará. Pero sea lo que vos decís. Venid, que en un aposento que hay entre el de mi señora y el mío voy a colocaros, sin que ella lo sepa; y así, si algo sobreviniere por lo que sea necesario acudáis a ayudarme, estaréis a punto.
Y con esto la fiel doncella condujo a un aposento del piso alto a Miguel de Cervantes, y allí dejole más muerto que vivo, con el alma turbada, y de tal manera, que a veces le parecía un sueño la realidad que tan dura y cruel se le mostraba.
XIX
De como enloquecido Cervantes por el amor, creyó que la mano de Dios le apartaba de los efectos de su locura.
Por algún tiempo estuvo Cervantes sin poder darse cuenta de si era persona de este mundo o alma del otro, abatido por la misma grandeza y pesadumbre de lo que le acontecía.
Acometíale a veces el torcido propósito de salirse de aquel aposento y entrarse en el de doña Guiomar, y abandonando a Margarita, prometerse a doña Guiomar, empujándola con el encanto de la palabra y la fuerza del amor y de las lágrimas, a que a sus amores cediese, y en ellos se perdiese y enloqueciese, y su esposa fuese; que ampararse podía a Margarita y hacerla rica, y por la pingüe dote encontrarla marido.
Pero si el bueno puede caer en la tentación del mal, su misma bondad de ella le obliga a apartarse avergonzado; que si bien la fuerza del amor puede enloquecer a las mujeres, y en efecto, con suma frecuencia las enloquece, nunca el crimen cometido deja de volver sobre la conciencia, y morderla y despedazarla, haciendo imposible toda felicidad y contento, que si Cervantes pensaba que en algunas horas no podía Margarita haberse empeñado por él en un amor tal, que por él la vida se le hiciese odiosa, pensaba también que no hacía mucho más tiempo que sus amores con doña Guiomar duraban, y atendiendo a la realidad, ningún empeño de honra con doña Guiomar tenía, en tanto que en la mayor deuda de honra en que un hombre puede hallarse con una mujer, lo estaba por Margarita. Otrosí, abogaban a voces por Margarita su miserable fortuna, su orfandad y su abandono, en tanto que la riquísima doña Guiomar otra desgracia más que la del amor no tenía, y podría suceder muy bien que de ella se consolase, y todo al fin se redujese a contrariedad y despecho, que el tiempo iría gastando, hasta que al fin aquello no fuese para ella más que un enojoso recuerdo.
Pensando en que esto podría suceder muy bien, sacaba en claro Cervantes, que él quedaría el único dolorido y el único desesperado; que al perder la esperanza de gozar a doña Guiomar, y cuanto para él doña Guiomar valía, había conocido cuánto la amaba, y cuán con exclusión de toda otra mujer.
Y esta misma certidumbre de lo imposible de su amor, de tal manera sublimaba el alma y el cuerpo de doña Guiomar para Cervantes, que le parecía que si Dios para consolarle hiciera bajar un ángel del cielo, no había de parecerle tan hermoso en cuerpo y en alma como doña Guiomar; que hermosa era de cuerpo y de alma Margarita, ¿cómo dudarlo? pero con ser ya suya, y sin el encanto de lo imposible, puesta como un impedimento entre Cervantes y doña Guiomar, hacíase para Cervantes enojosa y casi aborrecible, y aborrecía la hora en que con aquel miserable entierro se encontró, y aun con más ahínco maldecía la compasión que a irse tras el entierro moviole, llevándole a punto en que conoció a Margarita.
Todo era confusiones y vacilaciones, y tentaciones y arrepentimientos Cervantes, y dar en una idea, y dejarla para dar en otra, y de aquella otra volver a la misma idea.
Y como, aunque era noble y altivo, no era santo, y de tal manera le apretaban el amor y el deseo por doña Guiomar, y hasta tal punto doña Guiomar iba acreciendo para él en lo preciosa e incomparable, ganándole la fiebre, apoderándose de su pensamiento la locura, atormentado ya de tal manera por las ansias que le acongojaban que resistirlas no pudo, como si una potencia invencible de él hubiese tirado y atraídole a doña Guiomar, con las vascas casi mortales de su pasión, determinose; y diciéndose que su vida era doña Guiomar y que Dios hiciese lo que fuese servido de Margarita, levantose del sillón en que había permanecido inmóvil desde que en aquel aposento le había dejado Florela; y acercándose quedo a la puerta, abriola silenciosamente, y en un corredor oscuro se encontró, y sin saber adónde había de dirigirse para dar con el aposento de Florela, en que doña Guiomar estaba; que aunque Florela le había dicho que entre el suyo y el de su señora estaba el aposento a que le había llevado, no sabía a cuál lado estuviese el de doña Guiomar o el de Florela, si a la derecha o a la izquierda.
Pero como Cervantes se había decidido a satisfacer los gustos de su amor, y cuando tomaba una resolución se mantenía firme en ella, y una vez resuelto el encanto de doña Guiomar para él crecía, determinose a reconocer las dos puertas de la derecha y de la izquierda, escuchar, y ver si por algún indicio sacaba cuál el aposento en que doña Guiomar estaba fuese.
Así es, que estando a la puerta misma de su aposento, a la izquierda volviose, y palpando la pared, adelantó hasta tocar una mampara de seda, y tan rica, que ella le demostró que no al aposento de la doncella debía dar entrada una tal manpara, sino al de doña Guiomar.
Y turbose, y pareciole que Dios, viéndole en aquel mal paso en que, olvidado de su obligación y de la grande y sagrada deuda que con Margarita le había empeñado, le llevaba a aquella habitación de doña Guiomar, en que él sabía que Margarita estaba, como diciéndole: «Este es tu camino; no el de tus gustos, que tan desatentadamente buscabas para perderte.»
Y como este pensamiento agobiase a Cervantes, y le turbase y le aniquilase, como si hubiese sentido sobre sí la justiciera y al par misericordiosa mano de Dios, vaciló, y con la mampara dio, y causó ruido; y a aquel ruido sucedió inmediatamente el ladrar de un perro dentro de la estancia, y el ladrar con toda la fuerza y la saña que su vejez le permitían, porque aquel perro era el triste compañero que a Margarita había seguido.
Aturdiose más y más Cervantes, más y más se acongojó, más y más el miedo de la justicia de Dios acometiole, y trémulo, y cobarde, hacia el aposento que había dejado tornose.
En aquel punto oyose una puerta que violentamente se abría.
El perro continuaba ladrando, y de improviso una mano helada asió una mano de Cervantes, y llevósele.
Pero lo que aconteció requiere capítulo aparte.
XX
De la horrenda tragedia con que se encontró sorprendido y espantado Miguel de Cervantes.
Cuando los nublados ojos de Cervantes recobraron su claridad, hallose en un aposento, no muy grande, teniendo ante sí a doña Guiomar, que pálido el bello semblante, ardiendo los celestes ojos, demudada toda, descompuesto el traje, le miraba con una tan no vista pasión y sentimiento, que no una mujer creyó tener delante de sí Cervantes, sino algo sobrenatural y nunca imaginado.
Tal parecía doña Guiomar, que todo encarecimiento sería poco para decir de qué manera ardían sus ojos amenazando muerte, manifestando congojas, diciendo desesperados cuanto la rabia, y el despecho, y el dolor, y la agonía, todo junto, y la soberbia, y el espanto, pueden decirse con el lenguaje de la mirada.
Afeábase su hermosura por lo desencajado y lo amarillo del semblante, y estaba, en fin, tal, que todo había que temerlo de ella, ya contra sí se volviese, ya contra los que eran la causa de aquella desventura horrible en que se encontraba.
Por algún tiempo, doña Guiomar estuvo mirando con todo este dolor, con toda esta rabia, con toda esta amenaza, con toda esta descomposición, con toda esta desesperación, con toda esta pasión que se ha dicho, a Cervantes, que al verla de tal modo, encontrándose ante ella abrumado por la culpa, habría querido que la tierra se hubiese abierto bajo sus pies y le hubiese ocultado.
Y ella continuaba asiéndole, trémula, ansiosa, fuera de sí, mortal; y Cervantes sentía el temblor y la fuerza de la delicada mano de doña Guiomar, mano fría, helada, que comunicaba su hielo a la sangre de Cervantes.
—Pues, enemigo cruel de mi sosiego y de mi alma,—dijo doña Guiomar,—que más rudo enemigo que tú ni le he tenido, ni le tengo, ni tenerle puedo, ni hay criatura que en las impiedades de tal enemistad como la tuya caiga, ¿en qué te detienes? ¿qué aguardas? ¿qué miras? ¿qué dudas, que ya tu tiranía no ejercitas y a todo te atreves, y no mirando más que a tus gustos, por todo no atropellas? Sea lo que Dios quisiere de esta desventurada, que no sabía hasta qué punto de nadie conocido podía llegar su desventura. Pues qué, ¿no te basta haber envuelto en las malas redes de tus palabras traidoras, de tus engaños homicidas, a una triste que has encontrado en el mayor de los desconsuelos y en la más miserable de las orfandades? Continúa tu obra, lobo carnicero y sin entrañas; hiere, mata, devora, cébate en tu presa, y no te acuerdes de que hay un Dios que ha puesto en las criaturas eso que tú no conoces; pero que un día traerá sobre ti el remordimiento, tu infierno en la vida, el castigo de Dios antes que mueras, y que se llama conciencia.
Y de tal manera se había acongojado doña Guiomar, expresando, arrastrada por la fuerza increíble de su pasión, sus atropellados razonamientos, que no pudo decir ni una palabra más, porque la sobrevino una tal congoja, que la enmudeció.
Y no sabía Cervantes qué decir, que ella lo sabía todo.
Y si la decía, como era cierto, que él, desesperado, conocía que las obligaciones en que se había puesto con Margarita no habían sido parte para vencer en su alma aquel entrañable y violento amor que ya era dueño de su alma cuando a Margarita conoció, y que sólo la locura de sus turbulentos deseos había podido ponerle en obligaciones de honra paca con ella, ocasión daría a doña Guiomar para que le despreciase y se sintiese avergonzada por aquel su amor, tan mal empleado en un indigno sujeto.
Ni podía decirla que por Florela sabía que Margarita estaba aposentada en la misma alcoba de doña Guiomar, porque no sabía cómo disculpar su ida secreta, amparándose del silencio de la noche y de la soledad de la casa, para ir a buscar a la que ya debía tener como su esposa.
Esto hubiera sido la confesión de su menosprecio a la casa de la que, tan generosamente, primero le había amparado a él, y luego a Margarita.
En malos pasos habíase metido en aquella ocasión Cervantes. Por agria, torcida y difícil senda había tomado.
En empeño gravísimo se encontraba, y en la falta en que últimamente le había encontrado doña Guiomar no había disculpa, y aunque una falsa disculpa hubiese podido encontrar, su turbación y su espanto no le permitían hallarla.
Pero como todo el amor que en él había era de doña Guiomar, y este amor, al ser combatido tan duramente y tan sin remedio por la desatentada conducta suya para con Margarita, hubiese llegado a la pasión que en nada se para, que a todo se arroja, cuando se hubo calmado aquel primer espanto y sorpresa, y el anonadamiento y vergüenza que le habían cogido, Cervantes se determinó a manifestar lo que en él pasaba a doña Guiomar, y viéndola toda entregada a aquel amor tan grande, que parecía no consentir igual sobre la tierra, prevalerse de él imaginó y lanzarla en el desvarío de la pasión, haciéndola olvidarse de toda virtud, de todo deber, de todo decoro, y compelerla a que con él se casase y a Margarita satisfaciese con dinero; y si esto no bastase, fuese lo que Dios quisiese de ella.