EL MANCO DE LEPANTO (continued 2)
Reading edition
—Por la ventana descolgose sin duda, señora, que abierta la he hallado, y sobre la mesa este papel escrito que os traigo.
—Dame acá,—dijo ansiosa doña Guiomar.
Y vio que el papel decía lo siguiente:
«Hermosa señora de esta enamorada alma mía, y digo mal, porque debiera decir vuestra; y ni aun así digo bien, porque no puedo llamarla vuestra, si vos no queréis admitirla en vuestra alma, que es el único asiento donde puede estar sin condenarse, esta que ya no sé si en vuestra alma es mi alma, o fuera de ella fuego fatua y perdido, de acá para allá por el helado viento de la desventura arrebatado.»
Llevose la mano sobre el corazón doña Guiomar, ya acabada de perder de amores por el enrevesado comienzo del papel en que los turbados ojos ponía, y cuando estos al fin volvieron a aclararse, continuó leyendo, pálida ahora, encendida luego, y toda anhelante y turbada, lo que sigue:
«Sea de esto lo que Dios fuere servido, y lo que queráis vos, que, después de Dios, sois lo que más yo amo, si es que puede llamarse bastantemente lo que yo por vos siento amor, que yo creo que es más bien agonía y quebranto, y fuego irresistible, y gloria en un infierno, y infierno delicioso, y muerte que vale cien vidas, y vida que no se resiste, y cosa, en fin, tan no conocida de mí, que al verme a ella sujeto, yo mismo me desconozco y de mí dudo, y parece que siendo no soy, y que, no siendo, soy más que nunca he sido. Y como deciros no puedo lo que en mí es y no es, ni lo que yo soy por el efecto de vos que en mí se hace, quiero deciros, que acordándome del papel y del tintero que conmigo siempre traigo para coger al vuelo las mercedes que mi pobre musa me concede alguna vez, especialmente cuando entre las verdes alamedas del Guadalquivir la tristeza de mis pensamientos paseo, he querido escribiros por que sepáis que cuando yo vuelva a veros, más que por lo de anoche, de la justicia habréis de ampararme; y quedad con Dios, puede ser que hasta la noche, que cumplido ya mi propósito bajo vuestros miradores venga a ponerme, o si lo queréis mejor, señora mía, por la reja que a la vuelta de vuestra casa en la callejuela se halla, podéis a la media noche tener noticias del suceso de las aventuras en que por vos voy a meterme. Y no os digo más, que bien creo yo que con lo dicho me habéis comprendido, y a Dios os quedad y en mí pensad, pagándome en buena moneda el pensamiento enamorado y perdurable, que de vos en esta encendida alma vuestra me llevo.»
—¡Ay, Florela!—dijo la hermosa indiana,—que no sé qué piense, ni qué tema, ni qué espere, ni qué haga, ni qué deje de hacer. Este hombre que así se nos entró anoche, por la justicia perseguido, a ampararle obligándome, de tal manera se me ha entrado en el alma, que en él vivo y en él muero, y ansio lo que no sé a qué violento término, ni nunca vista ni oída pasión puede llevarme. ¡Ay, cielos tiranos, que habéis hecho que cuando yo ame, ame de tal manera, que sobresaltos de muerte sean los comienzos de mi amor!... Escucha, oye, atiende, Florela; mira lo que en este papel me dice, y cuán preñado está de peligros y temores; que él sabe, porque yo en mal hora se lo he dicho, el crudo enemigo que sedienta me tiene de desagravio; y yo me acongojo viendo en estas casi desembozadas razones del papel que el alma mía me ha escrito, que él se ha puesto en términos de darme cumplida venganza, si pudiere, de ese mi impío perseguidor; y sabe, Florela, que ese enemigo de mi reposo puede tanto y a tanto llega, que posible hallo que con una nueva desgracia aumente la saña que en mi desventurado corazón en contra de él, y en vano hasta ahora, se alienta. Oye, pues, Florela amiga, y dime lo que de esta carta juzgas, y ayúdame con tu ingenio, que yo estoy tan turbada, tan confusa y tan cobarde, que, como ya te he dicho, no sé qué haga, ni qué deje de hacer, ni qué espere, ni qué tema.
Leyó el papel que en tales confusiones y en tal pelea con su razón la ponía, doña Guiomar a su doncella, y esta, sonriendo a lo picaresco, empero con el gracejo de sus pocos años y de su doncellil belleza, la dijo:
—¿Pues hay más, sino que yo arremeta al rodrigón García, y le tome prestado un traje, y me pinte, y en blanca nieve convierta lo negro de mis cabellos, y de García acompañada, y de muchacha trocada en rodrigón viejo, a esas calles de Sevilla me eche, y busque, y averigüe, y con vuestro enamorado me tope, y le arme una trampa en la que caiga antes de que en el empeño, que a él pudiera costarle caro y a vos, se meta?
—¿Conocerasle tú, Florela?—dijo doña Guiomar con la voz un tanto cuanto sonando a celos.
—Cien años pasaran, y entre mil le viera, y conociérale,—respondió Florela.
—¿Pues cómo le has visto tú, o cómo te ha mirado él,—exclamó, ya con la voz y la mirada enemigas, doña Guiomar,—que así, no habiéndole visto más que por breves momentos, no puede despintársete?
—Con vuestro deseo, señora,—contestó Florela,—que a mí se ha pasado por la mucha lealtad y amor que os tengo.
—No entiendo yo ese pasamiento y trasiego del deseo de una mujer a otra, ni que por lealtad esto suceda,—dijo doña Guiomar.—Y paréceme a mí que no en sosegado y tranquilo sueño ese hidalgo ha pasado el tiempo desde que de aquí se partió, sino en plática contigo, traidora, que puede ser, y bien se me representa, que un hombre mozo de los que hoy se usan, haga una sola aventura amorosa del ama y de la doncella.
—Cosas son esas, señora,—respondió Florela,—que vuestro grande amor por ese caballero os pinta con el falaz color de los celos, que hace que parezcan ciertas cosas que ni aun en sueños verdad han sido, ni pudieran serlo; que mi alma tengo yo en mi almario, y aunque yo conozca bien cuánta es la primacía que sobre mí os han dado naturaleza y fortuna, aun todavía no he quedado yo para segundo servicio, o relieve de sobremesa, que en Dios y en mi ánima, que cada cual tiene en este mundo lo que le hace falta, a más de aquello, que nunca falta un roto para un descosido; y sosegaos, señora, y en la lealtad fiad de vuestra Florela, y vamos a lo que importa, y dejadme hacer, que Dios será servido que todo llegue a felice término.
Y con esto Florela se fue a buscar al rodrigón García para disfrazarse, y acompañada de él ir a lo que el curioso lector verá más adelante, si continuare leyendo.
VII
En que se suspende la historia para decir algo de Miguel de Cervantes.
Cortemos aquí el relato de la amorosa aventura de doña Guiomar y de nuestro Miguel de Cervantes, porque es conveniente, benigno lector, manifestarte varias cosas que son necesarias a la claridad del cuento.
Sábese por todo el mundo, desde ha luengos años, quién Miguel de Cervantes era, y cuál su ingenio, que a revelar y enaltecer el suyo ha bastado el libro inmortal que se intitula El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, patrimonio de gloria el más rico y excelso que ha podido ni podría soñar la ambición de renombre de poetas y escritores. Pero lo que todo el mundo no sabe, son las noticias de la vida y fortuna de nuestro héroe, que es lo que a renglón seguido va a manifestársete en la proporción de la pequeñez del trabajo que el que esto escribe tiene entre manos.
Corría por los tiempos en que pasaban los sucesos que se narran, el año de gracia de 1571, y tenía Miguel de Cervantes veinticuatro, aún no cumplidos.
Era un mozo de buena y gentil apariencia, de noble compostura, aliñado en su traje cuanto lo permitía su pobreza, vivo de genio, alegre de condición, profundo de pensamiento, inquieto en sus deseos, descontento de su suerte, y comunicador, porque así lo pedía su naturaleza avara de sensaciones.
Veíasele tratar indistintamente con altos y bajos, con pobres y ricos, con pícaros y honrados; pero nunca con necios, de los cuales, como todos los hombres de ingenio, era enemigo.
Tenía además el carácter quisquilloso, y altivo y atraviliario, y era la cosa más fácil del mundo hacerle poner mano a la espada y meterle en un empeño de monta y honra.
Dejábase llevar de los impulsos de su corazón o de su apetito, y de la misma manera enamoraba a la moza de partido, que a la buscona y a la sencilla menestrala, y a la soberbia dama, sin que ninguna de ellas lograse saciar aquella su sed de amor que su soberano ingenio había menester, y que no era menos que el imposible trasunto de un arcángel de Dios en una criatura mortal y perecedera.
El que haya leído con reflexión ese libro sin par que se llama Don Quijote, ha podido conocer cuál era la idea que del amor tenía Cervantes. Burla burlando, él manifestó a las gentes el sueño de su amor, en la locura de amor por Dulcinea de don Quijote.
A compasión mueve, no aquel desdichado loco, sino Cervantes, que en él se reflejó harto de veras, con apariencias de donaire y burla; lágrimas que no sonrisas arrancara a los que tienen alma don Quijote, y en él se advierte que Cervantes arrojaba entre sus gracejos al mundo, que no le comprendía, pedazos de sus míseras entrañas.
De un sueño de amor deshecho por la fea y severa verdad, pasaba nuestro ingenio a otro sueño de amor, que cual los anteriores, se desvanecía como el humo, como la niebla, como esas figuras que fingen las nubes y deshace el viento, como esas sombras que miente la noche y desvanece la luz del día.
Almas hay tan grandes, que en el mezquino suelo no encuentran empleo digno de ellas, y de sí mismas se alimentan y en sí mismas buscan el engaño a su certidumbre y el consuelo a sus pesares.
Entretenía Cervantes su tiempo antes de que conociese, por desgracia o ventura suya, a doña Guiomar, con los divertimientos y el humor alegre que por todas partes brindaba Sevilla a los que moraban en ella, y especialmente, con las juntas de poetas que se hacían, casa de un tal Arquijo, hombre muy dado a las buenas letras, y donde todos los que concurrían se esforzaban por lucir su buen ingenio. Cuna de ellos y madre, y fecunda, ha sido siempre Sevilla, no escaseando tampoco los pintores y los escultores, y llegando a poseer glorias tan esclarecidas como Herrera, que en tiempos de Cervantes vivía, y Velázquez y Murillo, que después vinieron, con otros muchos, que de sí han dejado imperecedera fama.
Las salas de los tenientes de armas, y las palestrillas que en Tablada y en el Pópulo, fuera de muros, y dentro de ellos en las plazas y lugares más públicos se mantenían, eran frecuentemente visitadas por Cervantes y sus amigos, donde nuestro ingenio lucía su gran destreza, ya con espada prieta, ya con espada y daga; allí donde había mozas de empeño, gente alegre, decidora y maleante, música y alegre bullicio, era cosa fácil encontrar a nuestro Miguel, siempre dispuesto al lucimiento del ingenio, a las locuras de la mocedad y a los percances de la riña.
Pasaba así los días tranquilo y contento, sin que nada le conturbase el alma, nuestro mozo, hasta que una mañana entre dos luces, volviendo con otros amigos de inquietar el sueño a un canónigo, no por él, sino por una muy hermosa sobrina suya, a la que habían dado música, Cervantes, que solo hacia su posada se iba, que estaba junto al postigo del Carbón, entre este y el del Aceite, en una mala calleja y con vecindad no muy limpia, al llegar a la puerta del patio de los Naranjos de la Catedral, que al pie de la Giralda aparece, topose con una rica silla de manos que conducían lacayos y resguardaban criados, y que no era otra que aquella en que iba nuestra doña Guiomar de Céspedes y Alvarado, la llamada la hermosa indiana, no embargante fuese hija de Sevilla.
Diole en la nariz cierto husmillo a gloria a Miguel de Cervantes, porque de una pequeña parte que vio, sacó un todo de perfecciones; y fue aquella pequeña parte una mano blanquísima, enriquecida con hermosos cintillos, que descansando iba, y por debajo de las cortinas, en la portezuela de la silla de manos; mano de alabastro, torneada; mano que hablaba en favor del brazo, y que, siguiendo por él, hacía soñar en un cuerpo humano poco menos que divino.
Apoderose de Miguel un pensamiento de tal manera tentador, aunque él no hubiese podido juzgar más que de aquella mano, que le trasportó a sus ensueños amorosos, y a aquella su ansia de encontrar, una mujer en la cual pudiesen hallar buen empleo sus aficiones de cuerpo y alma; en resumen, aquel ángel humano que su alma había fingido y compuesto, y que hasta entonces había buscado en vano.
Dio nuestro mozo en el claustro o patio de los Naranjos tras la silla, pero recatadamente y sin dejarse sentir de los que la conducían y resguardaban, y vio que, llegada la silla a la puerta del Perdón, allí se detenía, y se abría la portezuela, y salía la dama, toda rebozada, pero tan gallarda, que si empeñado iba ya por la mano Miguel, arrebatósele el alma a los espacios imaginarios a la vista de todo el cuerpo, aunque le encubriese y un tanto le dificultase el cumplidísimo manto de raja de Florencia.
Entrose en el templo doña Guiomar, sus criados con ella, y tras ellos Cervantes, que amparándose de los altos pilares que las soberbias naves de aquella sin par catedral sustentan, fue adelantando del uno en el otro hasta que llegó a un punto donde pudo ver sin ser visto a doña Guiomar, que en la capilla de San Fernando habíase metido y arrodilládose sobre la alfombrilla y el cojín que la habían puesto sus pajes.
Crecía en tanto la luz de la mañana, que por las pintadas vidrieras en el templo penetraba, y como doña Guiomar, sofocada por el calor, que le hacía, y bueno, aquella mañana, sin que a templarle bastase el fresco ambiente de la catedral, se levantase el velo, Miguel de Cervantes acabó de perderse, ganado por la peregrina y casi sobrenatural hermosura de la hermosísima indiana; y tanta codicia fue en los ojos de Miguel, que adelantó para ponerse más cerca, y como si el alma, que se le salía por los ojos e iba a buscar su deleite en aquella grandísima hermosura, hubiese tenido algo de hechizo y encantamiento, doña Guiomar volvió la cabeza, ni más ni menos que si la hubieran llamado, y sus lucientes ojos negros, con todo su esplendor, fueron a dar en los ya turbados ojos de Cervantes, que se sintió en el corazón herido, y sintió miedo y escapó, huyendo por la primera vez de un enemigo; que bien puede llamarse enemigo a aquel que, apenas visto, la voluntad nos roba y a la suya nos somete, y nuestra libertad cambia en esclavitud ansiosa, llena de dudas y sobresaltos; que ver lo que para nosotros es un tesoro largo tiempo codiciado, sin tener a la par la certeza de su posesión, en espanto nos pone, y nuestro cuidado afanoso y nuestro sobresalto causa.
Lo que por Miguel de Cervantes pasaba, pasado había al verle, o dígase mejor, al entreverle, y en un punto, por doña Guiomar; si la ponzoñosa saeta del amor había herido el corazón de Cervantes, traspasado había el de doña Guiomar; si él había sentido las bascas de una dulce muerte, no menos poderosas sentíalas ella, y si él ansiaba llegar a la resolución de aquellas sus dolorosas dudas, no menos lo ansiaba ella.
Aconteció lo mismo en tres días consecutivos: acechando Cervantes a doña Guiomar, entreviéndole ella un momento, y enamorándose ambos más y más a cada vez que se entrevían, hasta que al fin Miguel, no pudiendo ya guardar en su pecho el volcán amoroso que en él, abrasándole, se alimentaba, juntó a sus amigos, pidió le acompañasen con sus guitarras, compuso el soneto que ya se conoce, y aquella noche se fue a cantarle bajo los balcones de doña Guiomar, sobreviniendo por esto lo que ya se ha relatado.
Acaso fue venturoso de la fortuna para Cervantes el que, necesitado de salvarse de los alguaciles que le perseguían, saltase la tapia del jardín de la casa de doña Guiomar.
Entreclara era la noche, y por lo bien cuidado del jardín, por las estatuas que acá y allá se encontraban para su adorno, y por sus bancos y asientos de labradas, aunque en apariencia rústicas maderas los unos, y de blandos céspedes, como formados por la naturaleza, los otros, que al descanso y al regalo por todas partes convidaban; y por la hermosa fuente de alabastro que en el centro se veía, con su taza que a una gran concha se asemejaba, sostenida por delfines, en los que cabalgaban amorcillos, y de la cual caía en claras cintas el agua, causando un dulce ruido, que al sueño convidaba, no pudo menos de apercibirse de que en el jardín de una casa principalísima había entrado, y de que aquella casa no podía ser otra que la de la nobilísima, y, sobre todo encarecimiento, bella indiana, cuya parte principal daba a la calle de las Sierpes.
No había tomado medidas sobre aquella casa, ni reconocido sus linderos Cervantes, que esta es cosa de ladrones o de alguaciles, o tal vez de amantes desdeñados que de malas trazas se amparan para el mal logro de sus deshonestos deseos, y hacen y obran como si ladrones o alguaciles fuesen; pero fuese que nuestro Miguel, por enamorado, por un secreto instinto y por algunas señales, no dudosas, de favor que doña Guiomar le había dejado ver las pocas veces que por un momento se habían visto, y además, por la buena fortuna que con las mujeres hasta entonces había alcanzado, no hubiese temido desdenes, y en reconocimientos de lugares flacos por donde entrar, como por asalto y sorpresa, en la casa de la señora de su alma, ni aun había pensado.
Alegrósele, empero, el alma cuando, tan sin traición y tan obligado, dentro se vio de aquel jardín, por el cual, y por alguna comunicación que acaso encontraría fácil, podría llegar hasta las plantas de aquella que tan sin alma le tenía, y sorprenderla tal vez melancólica y pensativa a impulsos del encendido amor en que él anhelaba ardiese; y sin más detenerse, hollando silenciosamente la blanca y menuda arena, que entre flores y plantas formaba calles y laberintos, fue a dar en un corredor cubierto de enredaderas, y como allí hiciese oscuro, prosiguió a tientas, y a poco halló a diestra mano una escalera, al cabo de la cual, y no a mucha altura, dio en un corredor, que le llevó derechamente a una mampara, y abriéndola hallose más a oscuras que antes; pero por la luz que se dejaba ver en unos como resquicios de puerta, yendo a ella abriola recatadamente, y quedose como extasiado y suspenso, que en un rico camarín, sentada, de espaldas a él, delante, de un espejo de Venecia, descubrió a doña Guiomar, que, con el tesoro de sus dorados cabellos se entretenía.
Batíale el corazón a nuestro mancebo, y no sabía si paraíso de su ventura era aquel a cuya puerta se encontraba, o triste lugar donde del vuelo de sus amorosas ilusiones cayese en el negro abismo de un mortal desengaño; y como la blanca estera de palma, ricamente labrada y matizada con vivos y bien contrapuestos colores, le convidase a llegar sin ruido adonde ella estaba, llegose hasta tocarla casi, y viola, copiada por el espejo, con la mirada absorta, y triste y melancólica, y tan pensativa de amor, y de un tal amor y tan del alma, y tan encendido, que él no pudo dudar de que a efectos de la poco antes pasada música nacían aquellas imaginaciones amorosas que en los lucientes ojos de doña Guiomar tan al vivo se representaban, y pareciéndole a Miguel, o más bien sintiendo que no una criatura mortal y perecedera contemplaba, cuya beldad había de perderse en la edad o en la muerte, sino una divinidad inmortal, trasunto de todas las bellezas que el alma puede fingir en lo no conocido, aunque esperado, ardiósele el alma, desmayósele el cuerpo, y como quien adora arrodillose, y sin ser poderoso a otra cosa, convidándole la una mano de doña Guiomar, asiola como se dijo y besola, siendo este el principio de lo que ya se ha relatado, hasta el punto en que nuestro Miguel escribió la carta que Florela encontró en el aposento, donde no a reposar, sino a que soñase locuras por su venturoso amor, le había llevado.
Y en efecto, para perder el juicio era lo que a Cervantes le acontecía; que por más que él hubiese confiado en su hasta entonces buena fortuna con las mujeres; por más que grato asombro y anhelo hubiese visto en las miradas y en el semblante de doña Guiomar, cuando pasajeramente se la había aparecido, habíale puesto en grandes cuidados y confusiones el considerar que una dama tan principal y tan rica, como doña Guiomar lo parecía, y tan celestialmente hermosa, y tan en el tiempo, por su lozana juventud, de los amorosos y soñados deseos, tener debía quien la sirviese y enamorase, y tal vez tratado de casar con ella estuviese, máxime viviendo en la populosa y opulenta Sevilla, patria y asiento de tanto rico, noble y galán caballero; allí donde todo, el cielo y la tierra, el sol ardiente y la hermosura y la frondosidad de los árboles, y las limpias aguas, a amar convidan.
Estos pensamientos habíanle entristecido el alma, y hecho de su amor, más que una pasión de los sentidos, un deliquio celeste que le trasportaba y le hacía sentir la gloria, vislumbrada en la tierra antes que el fenecimiento de su cuerpo hubiese permitido a su alma volar a los espacios empíreos.
Asombrábase Miguel de esta trasmutación que en sí sentía, que él hasta entonces de tal manera no había amado, ni aun creído pudiese ser el amor.
Y aconteciole que creyó que con la vida de doña Guiomar vivía, que con sus alegrías se alegraba, que se entristecía con sus tristezas, que suyos eran sus anhelos y sus cuidados, y que, en resumen, de sus dos almas una sola alma habíase hecho, unido y juntado, de tal manera, que ni aun la muerte podía partirla; y odio sintió hacia aquel eterno perseguidor y siniestro enemigo que en don Baltasar de Peralta doña Guiomar tenía, y que de tal manera había sido la sentencia y el destino de su vida, obligándola a encerrarse y a no mostrarse fuera de su casa sino bajo el amparo de la santidad del templo; y aun así acompañada y guardada por bravos a sueldo, armados hasta los dientes; y como Cervantes era mal sufridor de amenazas, y necesitaba muy pequeña causa para poner mano a la espada y cerrar a cuchilladas, siquiera fuese con una legión de diablos, punzole más de lo que era menester para llevarle a una determinación aquel perseguimiento que doña Guiomar sufría, y aquel perpetuo peligro que la amenazaba; y como yendo y viniendo en estos pensamientos la blanca aurora se hubiese anunciado ya en las vidrieras de la cámara donde Florela le había encerrado, fue a la ventana y abriola, y hallose con que daba sobre una plazoleja por la que nadie pasaba, y reconociendo más, halló que bajo la ventana había una reja de cuerpo entero, que podía servirle de escala; visto lo cual, y no queriendo desaparecer sin saladar a doña Guiomar, y sin empeñar con ella una cita para la siguiente noche, sacó de debajo de su coleto de ámbar de soldado, un cañuto de hojalata, donde un tintero de cuerno (con perdón sea dicho) con un enrollado papel en blanco guardaba, y sacándolos, escribió la carta que Florela halló, y que doña Guiomar leyó toda congoja y sobresaltos; hecho lo cual, y guardado el tintero en el cañuto, y este en la parte de adentro del coleto, ciñose su espada y sus pistoletes, que para buscar un reposo que no había hallado habíase desceñido, calose el chapeo al soslayo, que así, sin ser matón, le llevaba por hábito, terciose la capa, fuese a la ventana, echose fuera, puso en el coronamiento de la reja los pies, y deslizose al suelo y alejose, volviendo antes de doblar la esquina la cabeza, para mirar a la abierta ventana por donde, dejándose dentro la mitad del alma, había sacado la otra mitad doliente con el dolorido cuerpo; y exhalando hondísimos suspiros, tomó la marcha a gran paso y sin saber adónde; pero acordose a poco de que ir podía a buscar a un bachiller su amigo, que en la pasada ronda le había acompañado, y al que, si no había sido preso por lo de las cuchilladas con la justicia, hallaría en casa de una su amiga buscona con ribetes de dama, y que no muy lejos junto a la iglesia y plaza del Salvador vivía.
VIII
En que se relata una aventura que le salió al pavo a Cervantes, cuando a las aventuras de sus amores iba.
Era este bachiller un valiente sujeto, con atrevimientos de poeta y realidades de bravo, y lo que mejor tenía y le hacía en ocasiones útil y necesario, era que se sabía de memoria la vida y milagros, y la habitación y las costumbres, y hasta lo mínimo de los que en Sevilla y en sus alrededores vivían y algo valían. A este bachiller Carrascosa, que así se llamaba, iba a agarrarse nuestro Miguel, si era, se repite, que no le había agarrado la justicia, a fin de que dónde iba y dónde vivía le dijese, aquel irreconciliable enemigo de amor de su bella indiana; y ya apretaba los dientes y crispaba el puño Cervantes, ante él creyéndose en algún apartado sitio donde le llevase, y a sus pies le viese ensangrentado y muerto de alguna buena estocada, y a su doña Guiomar alegre y tranquila al verse libre de aquella su pavorosa y eterna pesadilla; y con estas imaginaciones, y sin pensar en las cuentas en que con la justicia iba a meterse tan sin vacilación ni empacho, íbase embraveciendo Miguel, y crecía tanto en su pecho su amorosa llama, que harto claros indicios de ello daban la brava y siniestra mirada de sus ojos, y el ardoroso aliento que de su pecho salía.
Y al mismo tiempo versos improvisaba, de los cuales el sujeto era ¿ni cómo podía ser otro? aquella adorada hermosa; y tal vez por un enternecimiento de amor expresado en un concepto poético que en su imaginación nacía y moría, asomaba una lágrima a sus ojos, que de bravos se tornaban en enamorados.
Yendo así por las desiertas calles, desiertas a causa de lo temprano de la hora, en que los rondadores han dejado ya la reja o la esquina, donde su amor han libado, o donde el rigor de su mala ventura han sufrido; cuando aún el perezoso sueño en el lecho retiene sabrosamente a todo el mondo antes de la tarea cotidiana, de repente le sorprendieron unos tristes ayes que al doblar una calleja le alcanzaron, y mirando al lugar de donde aquellos venían, vio que hacia él delantaban cuatro hermanos de la cofradía de la Paz y Caridad, que sobre sus hombros, en un medio ataúd, llevaban el cuerpo difunto de una mujer, que para sus desposorios con la muerte había sido vestida con el humilde hábito de San Francisco, y detrás venía, abatida la cabeza, mal cubierta con un manto de usada sarga y humildemente vestida, una mujer, que era la que los inarticulados ayes daba.
Deshacíase en lágrimas la triste, y Cervantes no podía ver si era joven o vieja, porque a más del manto que su cabeza cubría, caíanla sueltas sobre el semblante dos grandes y pesadas crenchas de negrísimos cabellos; pero reparando bien, y Cervantes reparó, porque tenía el alma viva y potente, y aunque la embargase un cuidado, perspicacia hallaba y reflexión y fijeza para lo que ante él de súbito aparecía, sacábase en claro, que joven y hermosa debía ser, porque unos tales, tan ricos y tan sedosos cabellos, parte eran de una hermosura, y demostración de juventud, y Dios no da comúnmente de una hermosura una parte, sin dar también las otras partes que a un hermoso todo contribuyen.
Un perro viejo y lanudo, cabizbajo y triste, torpe y cansado, de los que se llamaban ingleses de muestra, y que para la caza son muy estimados, a la doliente mujer seguía, mostrando, cuanto en un irracional puede mostrarse, un dolor que tenía mucho de humano.
El acompasado andar de los cofrades, el gesto de la dolorosa agonía que aún en el rostro de la muerta se mostraba, vislumbres de belleza que, a pesar de los años y de la muerte, aún en ella aparecían, el desconsuelo de la mujer que tras la difunta iba, su mísera apariencia, y el perro que lentamente y con el hocico pegado al suelo en pos e inmediatamente iba, todo esto, cayendo como un chubasco de dolores sobre el alma compasiva de Miguel de Cervantes, hicieron que el paso tuviese, y que al pasar el lúgubre cortejo, con la una mano derribase el chapeo y con la otra se persignase; y aún no había acabado el padre nuestro, ni llegado a la mitad, cuando volviendo a calarse el sombrero, dejó el camino que llevaba y tras el pobre entierro fuese, acabando de rezar su oración y el alma entristecida por un doloroso presentimiento; que no era para él buen augurio, cuando iba pensando en sus amores y en los medios de librar a su doña Guiomar de sus congojas, con una desgracia tal haberse encontrado; y así, los cuatro hermanos conduciendo en paso lento el cuerpo muerto, y la mujer sin cesar en sus dolientes ayes detrás, y luego el perro, y a buena distancia Cervantes, siguieron hasta llegar a la puerta de la iglesia de San Salvador, cuya campana tañía a misa de alba, y en la cancela del templo detuviéronse los cofrades, dejando el medio ataúd en tierra, y la mujer doliente se arrodilló en las gradas del pórtico, y el perro se allegó a la difunta y la lamió el semblante; en tanto uno de los cofrades entrose por uno de los lados de la cancela, y a poco se abrieron las dos hojas de en medio, y el cofrade que las había abierto volvió a su sitio y a los pies del ataúd, y él y los otros tres le alzaron de nuevo, y ellos y la mujer y el perro en la iglesia entraron, y Cervantes también, pero quedose bajo el coro, a la sombra de un pilar, sumido más que nunca en sus amorosos y lúgubres pensamientos, ya mezclados y entristecidos por aquella mala aventura con que se había tropezado, y cuidadoso por la influencia que sobre él y sus cosas podía tener aquel encuentro; y ocurriósele que tal vez Dios le había puesto delante la muerte para advertirle y retraerle de los malos propósitos con que iba a tomar lenguas de un hombre para matarle; y poníasele por delante, que por mucha razón que él encontrase en su amor, y en la persecución y en la desgracia que doña Guiomar sufría por don Baltasar de Peralta, aquella razón no era bastante, ni teníala jamás un hombre, para destruir una criatura que él no había criado ni podía criar; y acometíale un tumulto de dudas y confusiones, que de una parte le embraveía la airada y pertinaz malevolencia contra la diosa de su amor, de su enemigo, y de otra se le venía poderosa a la memoria, y conmovía su alma cristiana, la divina palabra de nuestro Redentor Jesucristo, que había predicado el perdón al enemigo y el amor al prójimo.
En tanto, los cofrades habían sacado un tapiz negro, que habían extendido en el crucero, y sobre él habían puesto a la difunta, y a las esquinas del tapiz cuatro candeleros deslustrados, con unos trozos desiguales de amarillo cirio; y a un lado se había arrodillado la mujer, y junto a ella habíase echado el perro con el hocico entre las patas, y entrádose habían los hermanos de la Caridad en la sacristía.
Algunos fieles madrugadores habían entrado en la iglesia y arrodilládose acá y allá; había sonado el tercer toque de misa, y a poco salió al altar un celebrante con casulla de réquiem; y rezada que fue la misa y cantado el responso, el celebrante entrose en la sacristía, y salieron otra vez los hermanos de la Paz y Caridad, con la difunta cargaron, y seguidos de la mujer y el perro salieron de la iglesia.
Siguiolos Cervantes, y con él algunos de los piadosos fieles, y vio que el entierro se entraba por las puertas del cementerio, y entrándose él también, pasando por entre las tumbas sobre el césped sembrado de blancos huesos, que gran descuido había entonces en los cementerios, llegó con las otras personas caritativas a un negro rincón en la umbría, donde una profunda sepultura se veía abierta; y allí pareció de nuevo el sacerdote, y asistían los sepultureros, y se cantó el último responso, y quitada la difunta del medio ataúd, lo que decía harto claro la gran pobreza de la mujer superviviente, que hasta el borde de la hoya había llegado, en ella fue puesta por los cofrades; y acreciendo entonces los ayes dolorosos de la mujer, dio a los hermanos un pañizuelo para que sobre el rostro de la finada le pusiesen, y habiéndola dado la pala con algo de tierra, un sepulturero, la arrojó sobre el cadáver temblorosa, y en el mismo punto de las desfallecidas manos fuésele la pala, y dando una gran voz de dolor desmayose, y por tierra cayera, si Cervantes, que como a impulso de un poder incontrastable se había llegado, en sus brazos no la sostuviera.
Acudieron las personas caritativas que al enterramiento habían venido a una fuente que en el cementerio había, y trajeron agua, y para rociar con ella el semblante a la desmayada se lo descubrieron, y entonces apareció la más peregrina hermosura que podía imaginarse; pero flaca, como si largo tiempo hubiese sido maltratada por la dura e impía mano de la miseria, y tan pálida, que no parecía sino otro cuerpo difunto al que hubiese de darse sepultura.
Abriéronsele a Cervantes las entrañas, alborotósele el corazón, espanto le cogió el alma, porque pareciole que algo que no podía comprender, a aquella desmayada beldad le atraía.
Y aquello no era amor, que resplandeciente y soberana, sin dejar lugar a otros amores, su alma llenaba la divina imagen de doña Guiomar; ni era compasión tampoco, por más que de ella estuviese lleno lo que por la desmayada hermosura sentía; y en fin, no podía explicarse aquella nueva pasión, tan no conocida de él, que de él se apoderaba.
Dio, en fin, muestra de que en sí volvía la desmayada con un dolorosísimo suspiro; abrió los ojos, y como por acaso al abrirlos encontrase los ojos de Miguel en ella fijos, con un compasivo y tierno espanto, y sintiéndose en sus brazos, estremeciose, y esforzándose llegó a ponerse de pie, pero tan débil, que en el brazo de Cervantes hubo de apoyarse, quedando abatida y doblegada.
Gente pobre era, que los pobres son los que más madrugan, la que al entierro había acudido, y viendo que la hermosa joven necesitada de socorro, y aun de alguna caritativa limosna parecía, fuéronse esquivando, que la pobreza tiene aún este dolor, que no puede seguir los impulsos de su caridad; y habíanse ido cura y monaguillo, y con ellos los cofrades, y cubierta ya la huesa, ídose habían también los sepultureros, y solos en su solo cabo, con su dolor y su conmiseración, habíanse quedado la desconocida joven y Cervantes, y junto a ellos el perro con el hocico siempre pegado a la tierra.
—Decirme habéis, señora,—exclamó Cervantes con la voz trémula,—en qué puedo yo ampararos y serviros; que bien creo, a lo que parece, que niña y pobre, sola y sin amparo en el mundo os habéis quedado.
—Dios me concederá en su gran misericordia,—contestó ella,—la merced de no tenerme mucho tiempo apartada de la adorada madre mía; y Dios oiga mi perdón al de endurecidas entrañas, y mal cristiano y mal caballero, que a tal desesperado punto de extrema desventura nos ha traído; que ella a su duro rigor resistir no pudo, y yo en la más desdichada de las orfandades me encuentro.
—No ha de decirse,—exclamó Cervantes,—que habiéndoos yo en un tan duro trance hallado, sola y huérfana quedáis en el mundo; en mí tenéis un hermano, señora, y muy recia cosa será, que siendo yo quien soy, y con el aliento que Dios ha querido darme, no encuentre modo, si no de consolaros, de ampararos al menos; y asíos bien a mi brazo y teneos firme, que a, vuestra casa vamos.
—Soledad, y negrura, y miseria, que no otra cosa en mi casa hallaríamos; y a más que como en ella no queda más para mi que la memoria de mis acerbas desventuras, cuando con mi madre dejela, la llave dejé al casero.
Requirió su bolsa Cervantes, y hallose con que sólo tenía en ella tres reales sencillos y cinco cuartos con tres maravedises segovianos, que la pobreza era en él cosa continua, y las pagas del ejército no andaban tan prestas como hubiera sido menester.
Lo ruin de su hacienda puso en confusiones a nuestro mozo, que no sabía qué hacer con aquella criatura que la desgracia le había deparado y que por su buen corazón había acogido; llevarla a una posada ser no podía, que las posadas estaban de ordinario llenas de gente mala y licenciosa, y más entonces, que por la empresa que se preparaba contra el turco, había en Sevilla cuatro banderas de infantería, a las que alistados los unos por su amor a las armas y por lo grande del propósito, otros por su necesidad, y muchos por tener la inmunidad de bandera para escapar de las garras de la justicia por desaguisados que habían cometido, acudían a centenares soldados, que se desbandaban por la ciudad y llenaban los mesones y las hospederías, gastando alegremente el dinero que se les daba de enganche; hervía, otrosí, Sevilla de marinería y gente de leva de las galeras que en el Guadalquivir estaban para embarcar la gente que se reclutase, y no podía llevarse a cualquier parte, y dejarla sola, a una doncella tal como Margarita, cuya hermosura era bastante, no ya para excitar a soldado aventurero o galeote dejado de la mano de Dios, sino al mismo anacoreta San Antonio el del yermo.
Pues llevarla a su casa Cervantes, no podía ser, que él vivía con tres camaradas, el mejor de los cuales no le hubiera querido el diablo por empeño, y hubiera sido como meter una paloma en un nido de gavilanes.
Urgía además antes que todo, acudir al desfallecimiento en que Margarita se encontraba, y que era tal, que apenas si la pobre joven podía dar un paso, y colgada iba del brazo de Miguel, y arrastrada y llevada por él, que no andando.
Hambre parecía tener la triste de días, y tal vez hambre había sido la enfermedad de su madre.
IX
De como lo que no podía amparar Cervantes vino a ampararlo doña Guiomar.
Tropezábase por entonces en Sevilla a cada paso con una opulenta hostería, lugar de morada, de pasatiempo y placeres de la gente alegre, noble y rica, pero olíales el resuello a las más a una legua a carestía, y no era la menguada bolsa de Miguel la que podía atreverse con ninguna de ellas, ni aun con la más humilde; no había que pasar de bodegón, y aun así, cuidando no fuera de aquellos que se daban tufos de hostería, y acordándose del de la tía Zarandaja, que en una revuelta de la calle de las Sierpes estaba, y al que podía llegarse sin pasar por delante de la casa de la bella indiana, a él se fue, y en ella dio al fin a punto que el sol asomaba por el Oriente, y la tía Zarandaja, que ya para el despacho había, abierto, a la puerta se encontraba departiendo con algunas vecinas de los sucesos de la noche, que a la vecindad habían alborotado, y que habían tenido por remate el que la Inquisición prendiese al señor Viváis-mil-años, cosa que ponía espanto en aquellas buenas comadres, la que más y la que menos parienta próxima, y hermana en el diablo, por brujas, del preso; y por aquello de que cuando las barbas de tu vecino veas pelar echa las tuyas en remojo, todas aquellas valientes hembras andaban desasosegadas y en corrillos por las puertas, que no era sola la del bodegón de la tía Zarandaja la en que se las veía.
—Algo que sea bueno y confortativo, buena madre,—dijo Cervantes entrándose por el bodegón,—habéis de darme para esta pobre joven, que harto doliente se encuentra; y sea esto pronto, y empiece por una buena taza de caldo que tenga por mitad del generoso trasañejo de Montilla.
—Medio muerta tráela vuesa merced, señor soldado,—dijo la tía Zarandaja, mirando con el rabo del un ojo a Margarita, y guiñando con el rabo del otro a las vecinas que con ella estaban a la puerta;—y con sólo haberla metido en mi casa, a la vida la ha tornado; y ya se verá cuando saliere, si es la misma que cuando entró.
Y entrose la tía Zarandaja, y fuese a las hornillas, y sentáronse a un lado, y en el cabo de una larga mesa, Miguel y Margarita, él pensativo, ella triste y abatida; cuando hete aquí que se presentó, a la puerta, y en ella se detuvo, y adentro miró con curiosidad y atención, y su mirada se detuvo, penetrante y grave en nuestro Miguel, una extraña persona.
Reparola Cervantes, y en ella con curiosidad y aun con cuidado se fijaron sus ojos. Era la tal persona ni alta ni baja, airosa, aunque parecía pretender apariencias de desgarbo y desmayo, y más años de los que pesaban sobre sus huesos; era su traje negro de tercianela, con botones dorados en la ropilla, gorguera larga de puntas lacias, peluca rubia de guedejas desmadejadas, pañizuelo blanco y rosario con medallas pendientes de la pretina, medias calzas negras, zapatos con grandes lazos, y gorra asimismo de tercianela; un rodrigón, en fin, en el traje, pero sólo en la apariencia, que quería ser de viejo, sin conseguirlo; que el vigor de la juventud se patentiza a sí mismo, por mucho que quiera encubrírsele, y no eran aquellas redondas, carnosas, finas y bien contornadas piernas de sexagenario, ni aquellos pies diminutos, a despecho de los gruesos zapatones; ni casaban bien con aquella frente despejada, serena y tersa, las descomunales narices bermejas y ásperas que bajo ella nacían: a disfraz trascendía todo el pergeño del rodrigón, y por mujer bella y joven, que para algo que la importaba habíase disfrazado, túvola Cervantes; y como ella creciese en la atención con que le miraba, pasando sus ojos de él a Margarita y de Margarita a él, en más cuidado se puso, y acabó por convencerse de que el fingido rodrigón no era otra cosa que una muy apuesta y gentil moza, que en vano con todos aquellos trebejos y nariz postiza había cargado, y antojósele que tal vez aquello tenía que ver algo, y aun mucho, con su adorada doña Guiomar; y no se engañaba, porque el rodrigón fingido no era sino Florela, que con las ropas del rodrigón García había procurado encubrirse, añadiendo unas narices de pasta que en otro tiempo había usado ella para una mogiganga, y que había guardado.
Era el caso que, como ya se dijo, doña Guiomar, toda cuidadosa por la extraña partida de Cervantes y por la carta que la había dejado, había encargado a Florela se disfrazase y le buscase, para impedir una desgracia que doña Guiomar recelaba, si su enamorado buscaba a don Baltasar de Peralta y le encontraba; y Florela no había podido disfrazarse tan pronto, y repasar y adovar las narices y la peluca, para que al efecto la sirviesen, sin que pasase tiempo bastante para que sucediese lo que ya se ha relatado, desde que Cervantes escapó, hasta que con Margarita entró en el bodegón de la tía Zarandaja; acasos hay que parecen providencias, y a veces providencias no son, sino artimañas del diablo para enredar más las cosas; y así sucedió en esta ocasión, porque habiéndose ido Florela a casa de la tía Zarandaja a tomar lenguas, por si podía descubrir algo (que ella conocía a la tía Zarandaja, porque la había vendido no sé qué brevajes, medicinas y hechizos, contra un mozo de cuadra, o dígase palafrenero, de la misma servidumbre de la indiana, para meterle en amores, y por este conocimiento a buscarla iba; que ella tal vez podría darle indicios, y buscarle quien la aconsejara, acompañara y guiara), como vio a Cervantes con Margarita casa de la tía Zarandaja, conociole, y alterose toda, y no supo qué hacerse; y cuando Cervantes sospechó, poniéndose en lo cierto, que aquella mujer disfrazada que tan atentamente le miraba, podía ser muy bien una criada de doña Guiomar, a quien ésta hubiera mandado le buscase, levantose y se encaminó a ella para preguntarla. Florela, que por haber hallado con otra mujer joven y bella a Cervantes, no sabía qué hacerse, poseída de un miedo súbito, echose fuera de la puerta del bodegón al ver que Cervantes se levantaba y para ella se iba, y diose a correr, y doblando una próxima esquina, metiose por la callejuela a que daban las tapias del jardín de la casa de su señora, y llegó al postigo por donde había salido, y del cual tenía llave, y entró, y no se creyó segura hasta que tornó a cerrar, poniendo aquel reparo entre ella y Cervantes, que la había perseguido.
Creerla no quería doña Guiomar, cuando la oyó decir que a Cervantes había encontrado en un tan no decente lugar como el bodegón de la tía Zarandaja, y en compañía de una hermosísima joven en hábito de miseria y de enfermedad; pero como Florela lo afirmase y la dijese que ella misma por sus propios ojos podría convencerse si la siguiese, perdida toda prudencia y todo miramiento la hermosa indiana, arrebatada por la locura de sus celos, que no lo serían si hasta la locura no llegasen, amontonose, y a salga lo que saliere, y sin importársele nada de otra cosa que no fuese su amor, que en tan dolorosos cuidados y tan mortales ansias la ponía, hizo que sin dilación Florela la prendiese un manto, y en el momento con ella saliose por el jardín y el postigo, y se fue a dar con toda su nobleza, toda su altivez, toda su riqueza y toda su hermosura, en el bodegón de la tía Zarandaja, en donde se entró de rondón y como si hubiese ido a buscar allí lo que más que la vida y la honra la importase.
Olor de gloria diole en los vientos (que ella tenía algo de podenca, y aun pudiera decirse que de vulpeja) a la tía Zarandaja, al ver entrar tan reciamente en su casa a una tan principalísima dama; y reconociola, aunque no la había visto sino una sola vez y de refilón, desde las ventanas del tinglado o casa del rapista, en su jardín; alegrósela el alma toda, porque olió aventura, y vio celos, y conoció que de quien la enamorada indiana estaba celosa era de aquel gentil soldado que en su casa estaba con la hermosa y doliente joven.
Perseguido había Cervantes a Florela sin poder cogerla, por la rapidez de su fuga y la delantera que le llevaba, y habíase vuelto cuando Florela se había puesto a salvo por el postigo, entrándose por el cual, había certificado a Cervantes de que no se había engañado cuando había supuesto que aquella mujer disfrazada era una criada de doña Guiomar, que la había enviado para que le buscase; lo cual había sido para nuestro mozo un gran contentamiento y una ardorosísima esperanza de su amor; que cuando ella a tales cosas se arrojaba por él, no podía ser menos sino que le adoraba; y cuando ya al lado de Margarita, que tomaba la escudilla de caldo con vino generoso que la tía Zarandaja la había llevado, vio que doña Guiomar se metía por el bodegón como fuera de sí, y en él reparaba, y se detenía sobresaltada, tuvo por cierta su ventura, y levantose y hacia doña Guiomar se fue todo cortesanía y rendimiento.
Pero ella, antes que él llegase, con voz airada y trémula le dijo:
—¿Qué queréis? ¿A dó venís? ¿Qué buscáis? ¿En dónde nos hemos visto, ni qué empeños tenemos, ni qué palabras entre nosotros han mediado, ni cómo ni cuándo, en fin, y esto basta, nos hemos conocido, para que así os acerquéis a mí, como si para ello tuvieseis autoridad y razón bastante? Volveos al lado de quien estábais, y dejad a los demás que a sus negocios vayan, que otra cosa no os importa, ni yo he de permitirlo.
Oyendo estuvo Cervantes estas palabras en silencio, el sombrero en la mano, el amor en los ojos y la sonrisa en los labios; y atentas estuvieron también a aquellas palabras, Margarita asombrada y la tía Zarandaja alegre.
—Ingrato sería yo para con Dios,—dijo Cervantes,—si no le bendijese por haberme traído al mundo para este momento de suprema ventura, señora mía; y ruégoos que os soseguéis y me escuchéis, que cuando me hubiereis oído, bien sé yo que razones hayaréis en lo que veis y os enoja, más para estimarme que para reprenderme y despreciarme; y porque este no es lugar decente para vos, dejadme os ruego que a algún aposento de esta casa pasemos, donde en compañía de esta doncella, con la cual me habéis encontrado, me oigáis, y la oigáis a ella, y sepáis que no traidor para con vos he sido, sino compasivo y cristiano para con una gran desventura, con la cual, para ventura mía a lo que presumo, me he encontrado.
—No ha de ser aquí donde yo os oiga,—dijo doña Guiomar,—y donde a esa sinventura deje; que ya que vos decís, y yo quiero creerlo, que como hidalgo y cristiano la habéis amparado, ampararla quiero yo, que mejor podré hacerlo y más honestamente, dado que mujer soy y viuda. Y no se hable más de esto, y véngase conmigo esa doncella y con mi rodrigón, y vos id luego, que ya sabéis dónde está la puerta principal de mi casa.
Con asombro había visto todo lo que había sucedido desde que en el bodegón entró la hermosa indiana, la no menos hermosa Margarita, y con un mayor asombro oyó aquellas palabras; y como con la cólera se le hubiese descompuesto el manto a doña Guiomar, y dejádola al descubierto la incomparable cabeza con aquella su dorada corona de riquísimos cabellos, al ver tanta beldad, y el rubor que por hallarse allí, y hasta tal punto haber llegado, la encendía el purísimo semblante, aficionose a ella, y túvola por buena, y a más por gran señora, que no mostraba menos por su continente y su atavío doña Guiomar, y levantándose a ella fuese, y asiéndola una mano, con voz desfallecida por la enfermedad y por el sentimiento, la dijo:
—Amparada he sido, y tan generosa y noblemente como pudiera serlo, por este caballero con el cual me habéis hallado; y pues también le conocéis, señora, como se muestra por lo que con él hablado habéis, sin duda habéis también conocido cuánta debe haber sido y ser la desventura en que me ha encontrado; y porque acepto el amparo que me ofrecéis y porque sepáis mis desdichas, a vos me acojo y a vuestra casa os sigo.
Y con esto, dándola el brazo doña Guiomar, para que en él se sostuviese, salieron seguidas de Florela, y al postigo del jardín se encaminaron, y por él entraron en la casa.
X
De como Cervantes encontró casa de la tía Zarandaja más de lo que había querido buscar.
Suspenso quedose Miguel de Cervantes, cuando hubieron desaparecido doña Guiomar, Margarita y Florela.
Amor, celos y rendimiento, hasta tocar en los límites de la locura, había visto en su bella indiana; que si ella no hubiese estado enamorada hasta volverse loca por él, ni en su busca hubiera enviado disfrazada a su doncella, ni a buscarle hubiera ido a un lugar tan indigno de ella como el bodegón de la tía Zarandaja, ni con tan celoso ahínco allí le hubiera hablado, ni con tan cuidadoso recelo se hubiera llevado consigo a la hermosa Margarita; que para nuestro mancebo era cosa manifiesta, que más por separarla de él se la había llevado que por caridad, puesto que ella fuese de condición tierna y caritativa. Contento estaba Cervantes con su buena aventura, que tan en claro le había puesto el encendido amor en que por él ardía doña Guiomar, y parecíale que ya su vida y su alma habían encontrado buen empleo, y la codicia de ver de nuevo a doña Guiomar le aquejaba, y de gozar otra vez de sus ardientes miradas, de las que para él se la salían del alma; pero temía, si iba, no le obligase ella con juramento a que nada intentase contra aquel enemigo de sus padres y suyo, que de tal modo había perseguido a su madre y a ella la perseguía. Aborrecía ya a aquel hombre Cervantes, y por nada del mundo hubiera querido obligarse a no pedirle razón cumplida, espada contra espada, de todas las desgracias que había causado a la madre de doña Guiomar y a ella misma; y por esto, y aunque ardía en deseos de tener cuanto antes presentes las perfecciones y los encantos de su bien amada, deteníase, y pensaba en que tal vez sería mejor ir a buscar a aquel bachiller Carrascosa, su amigo, porque conocía a todo el mundo en Sevilla, y debía conocer a don Baltasar de Peralta, y preguntarle cuál fuese su morada, e ir a buscarle y provocarle de tal manera, que no pudiese dejar de ponerle en la ocasión de matarle. Y estando en estas vacilaciones Cervantes, entre si acudiría en el momento a la casa de la hermosa indiana, o iría, para lo que se ha dicho, a buscar a su amigo el bachiller Carrascosa, entrose en el figón un hombre alto, con el sombrero de alas gachas echado sobre los ojos, subido hasta el sombrero el embozo de su larga capa, con botas altas de gamuza y larga espada, que bajo la capa se mostraba.
Pareciole a Cervantes que, además de lo abatido del sombrero y lo subido del embozo, llevaba aquel hombre antifaz; y prevínole contra él, el ver que, cuando junto a él pasó le miró como con recelo, y yéndose a una puertecilla que allá en lo último del bodegón se veía, hizo seña a la tía Zarandaja de que fuese, y entrose por la puertecilla, y a ella se fue la tía Zarandaja, y cuando se hubo entrado por ella cerrola, quedándose solo en la primera parte, o dígase en la parte pública del figón, Cervantes con una moza como hasta de veinticinco años, cariredonda, rubicunda y sucia, que a la tía Zarandaja servia.
Llamola Cervantes, diola un real sencillo para que hiciese boca (su pobreza no le consentía ser más largo en la dádiva), y teniéndola ya por suya (que ella era tal, que con un real sencillo se conocía bien apreciada), preguntola quién fuese aquel, que, aunque encubierto, por su soberbia y su talante parecía caballero, y de los principales.
Díjole ella que aquel señor era uno de los a quien su ama servía; y preguntándola Cervantes cuáles fueran estos servicios, ella le nombró una cáfila de ellos tal, que sin más información quedaron hechas todas las alabanzas, y representados todos los méritos de la tía Zarandaja, y que eran tales, que si la Inquisición o la justicia ordinaria los hubieran sabido, no los hubieran premiado con menos que con quemarla viva, o enrodarla y descuartizarla; en lo tocante al señor que acababa con la tía Zarandaja de encerrarse, dijo la moza que su ama le traía engañado, chupándole los dineros con la promesa de embrujar y hechizar, para que le amase, a aquella misma señora que vivía en la vecindad, y que poco antes había estado allí. Con estas noticias creyó conveniente Cervantes dejar por el momento el campo, y volver cuando el encubierto del figón hubiese salido, y para saber cuándo esto sucediese, fue a esconderse detrás de un poste de un soportal que en una rinconada frente del figón había. Pasó bien media hora antes de que el embozado saliese, y cuando Cervantes le hubo visto, metiose por una callejuela inmediata, volviose al figón, y púsose delante de la tía Zarandaja, que se turbó, y por encubrir su turbación le dijo:
—Bien se os conoce que sois honrado, y que tenéis conciencia, y que no habéis querido dejar de pagarme la buena taza de caldo con vino trasañejo de Montilla, que se tomó aquella desventurada doncella con quien primero vinisteis.
—Pues si de conciencia entendéis,—dijo Cervantes,—llevadme adonde a solas podáis decirme lo que con vos habló, buena madre, ese caballero embozado con quien os encerrasteis no ha mucho.
—¡Ah, señor soldado!—dijo la tía Zarandaja, más conforme que antes,—que ese caballero es un menesteroso que me busca para que yo le remedie; como si yo fuese una santa que pudiese hacer milagros.
—¿Y un milagro es lo que ese señor ha menester?—dijo Cervantes.
—Y tan milagro, que sería más fácil resucitar a un muerto. Pero ya, señor hidalgo, que yo he visto que sois tan amigo de la señora doña Guiomar, hablaros quiero, y de tal cosa, que importa grandemente a esa vuestra amiga y a vos; y venid donde nadie pueda oírnos, que más de lo que pensáis el secreto importa.
Y fuese a la misma puerta que ya se ha dicho, y entrose por ella, y siguiéndola Cervantes, hallose en un aposentillo desguarnecido y lóbrego, en el que no entraba más luz que la que venía de un altísimo patio estrecho, y por una raja de la pared, a manera de saetera, pasaba, y allí, sentándose la tía Zarandaja en una estera y Cervantes en un taburete cojo, ella le dijo que aquel caballero amaba de una manera desesperada, desde hacía mucho tiempo, a doña Guiomar, y que con ella quería casarse; pero que ella ni aun de él dejaba verse, porque para que no la viese se mantenía encerrada en su casa, y no salía sino entre dos luces para ir a misa a la iglesia mayor, y que cuando iba no era sino en silla de manos, cerrada y guardada por cuatro lacayos armados, que eran cuatro fieras, y de tan probada lealtad, que no había habido medios bastantes para obligarlos a que a su señora desirviesen, dejándola arrebatar por otros que de buena gana el caballero de quien se trataba hubiera enviado para apoderarse de ella: añadió la vieja que aquel día aquel caballero había ido a pedirla noticias de quién fuese el que la noche anterior había dado música a la hermosa viuda, y si no lo sabía, que lo averiguase, como asimismo de la causa por qué la Inquisición había estado, antes de la música, en casa de la viuda, y en vez de prenderla a ella, había preso al rapista Viváis-mil-años; y que ella le había dicho que no sabía nada, pero que procuraría averiguarlo.
Escuchando estuvo atentamente Cervantes a la tía Zarandaja, y cuando hubo ésta acabado, la dijo:
—¿Y nada os preguntó ese hombre acerca de mí, que cuando junto a mí pasó, pareciome que me miraba con recelo?
—Sí que me preguntó, y con encarecimiento,—contestó la tía Zarandaja;—pero yo, que pude decirle mucho, nada le dije, porque me importa mucho más servir a la buena señora, mi vecina, que al otro.
—¿Y qué os parece, madre, si yo me casara con doña Guiomar?—dijo Cervantes.
A lo que respondió la vieja:
—Si no os casaseis con ella, o casado seríais, o estaríais dejado de la mano de Dios; porque un tal bocado de cardenal, y aun si me apretáis de papa, ¿dónde le podríais encontrar mejor? Y que ella está enamorada, y celosa, y rabiando por que vos la pidáis la mano, no me lo digáis a mí, que en esto de amores soy yo maestra. Y si doña Guiomar no os quisiere, y para nada menos que para marido, que me lleven por esas calles hasta las cuatro estatuas de la Tablada con coroza y sambenito, y que allí me quemen viva.
—Pues dándome ya por casado con doña Guiomar,—dijo Cervantes,—mirad si yo os recompensaré bien por lo que ahora me sirváis; antes ha de faltaros talego, que escudos para llenarle.
—Pues diga vuesa merced, señor soldado,—dijo relumbrándole los ojos la tía Zarandaja.
—Quédese aquí por ahora,—dijo Cervantes,—que yo vendré más tarde y hablaremos.
Y con esto saliose, y ya más resuelto, fuese a la casa de doña Guiomar, a la que halló en su retrete con Margarita.
XI
En que doña Guiomar prosigue el relato de su historia.
—Tan a tiempo venís, señor Miguel de Cervantes,—le dijo doña Guiomar apenas hubo entrado,—que esta señora iba a empezar a relatarme sus desventuras.
Margarita, con los hermosos ojos fijos en el suelo, parecía ruborosa y como con miedo; pero no embargante esto, cuando oyó los pasos de Cervantes y las palabras que doña Guiomar, con la voz no muy segura, le había dirigido, alzó la vista y en él la fijó, y de tal manera, que él se encontró entre dos fuegos; que de una parte le miraban los lucientes y enamorados ojos de doña Guiomar, y de otra los más tímidos, aunque no más castos, de Margarita, que aunque triste y apenada por la muerte de su madre y por la tristísima orfandad en que se veía, no se defendía del amor que por Cervantes en el alma se le había entrado, y le mostraba claramente en su mirar ansioso. Reparó en esto doña Guiomar, y apretósele el corazón, y empezó a nacer en ella la enemistad amarga de los celos contra Margarita; que a ella le parecía que Cervantes no miraba de una manera tan indiferente como ella hubiera querido a la hermosa huérfana; y con competidora se encontraba, y tal en cuanto a las bellezas corporales y en cuanto a las del alma, que por sus lucientes ojos mostraba, que era para que doña Guiomar temiese, y mucho, por el buen suceso de sus amores.
Alegrose de esto, en que no pudo menos de reparar, Cervantes; que él creía, y no sin razón, que por más que doña Guiomar hubiese dado muestras, enviando primero a Florela en busca suya, y lanzándose después, sin algún miramiento, en un lugar tan indigno de ella como el bodegón de la tía Zarandaja, del encendido amor que le tenía, que este amor era de dificilísimo logro; que podía ser muy bien que, estando aun en los principios de aquel amor, por grande que él fuese, de los principios no pasase; antes bien, con la reflexión se amenguase y desapareciese; sobre todo, que cuando en mucho se aprecia una cosa, viene a parecer imposible, y tanto cuanto más imposible se la cree, tanto más empeño en ella se pone, y tanto más se estima aquello que puede ayudarnos al logro de la victoria; y que los celos de una parte, y la vanidad femenil de otra, son los mejores amigos de un enamorado para ayudarle a vencer su hermoso y anhelado imposible, sábelo todo el mundo; y sabíalo mejor que otros Cervantes, que en esto de conocer las cosas del mundo era graduado in utroque, como lo muestra claramente la gran perspicacia que acerca de la vida y de sus sentimientos ha patentizado en sus inmortales escritos: por lo mismo, y para estimular más los ansiosos celos de doña Guiomar, miró tiernamente, y como con codicia, a Margarita, puesto que por ella no sintiese otra cosa que una caritativa voluntad y una afición honesta, que podía muy bien compararse con el amor de un hermano; que muy reciente estaba la herida que en su pecho habían abierto las grandes perfecciones de la hermosa indiana, y harto encendido el volcán de sus amorosas ansias por ella, para que otra mujer, siquiera fuese un trasunto de belleza, pudiese curarla ni apagarle.
Sentose entre las dos Cervantes en el canapé; procuró apagar doña Guiomar con el disimulo el fuego de su celoso cuidado, posó Margarita su mirada en el suelo, y habiéndola rogado la bellísima, enamorada y celosa viuda comenzase el cuento de sus desdichas, ella empezó de esta manera:
—Mi nombre es Margarita de Ledesma; el lugar de mi cuna la villa de Vitigudino, en Castilla, donde tenían alguna hacienda mía honrados padres. Llamábase él don Diego de Ledesma, y ella doña Isabel Ampuero; nobles eran, aunque no ricos, y me criaron en la comodidad, el temor de Dios y el ejemplo de honestísimas costumbres, y crecía yo contenta y feliz, sin sospechar siquiera que hubiese penas en el mundo.
Venturosos conocía a mis padres, venturosos a los que me rodeaban; hermoso era cuanto veía, la tierra, las aguas, las flores, el cielo, y yo no podía creer otra cosa sino que todo en el mundo era ventura, contento y hermosura. Llegué a mis quince años, y requiriome de amores el hijo de un rico ganadero vecino nuestro; y digo mal que me requirió, porque aunque él por mí de amores se abrasase, como después pareció, nunca, ni con sus ojos, ni con su lengua, osó decirme el cuidado en que por mí se encontraba; ni aun fue él quien a mis padres lo dijo, sino los suyos, que cuidadosos por la salud de Gaspar, que así se llamaba este mi primer enamorado, viendo que cada día estaba más melancólico y más y más se tornaba amarillo, inquirieron la causa de su dolencia, y sabiendo por él que yo lo era, a mis padres me pidieron, y dijéronmelo mis padres, y yo, que no sabía qué cosa fuese amor, ni necesidad alguna de él sentía, ni cosa encontraba en Gaspar que a él me llevase, dije a mis padres que los obedecería, sin saber a lo que me obligaba mi obediencia; y sin pensar mis padres en otra cosa que en el buen casamiento que yo haría, por lo rico que Gaspar era, mi casamiento con él concertaron, esperando que con el trato y comunicación vendría el amor, de que entonces yo no daba ni aun remota señal. Como yo era niña, tratose que el casamiento no se haría sino de allí a dos años, cuando yo cumpliese los diez y siete; y entre tanto, Gaspar, no teniendo valor, según lo que en su carta me dijo, para conllevar a mi lado una tan larga espera, fuese del pueblo a Sevilla, y de allí partió en una galeota para las Indias Occidentales. Por algún tiempo yo recibí cartas suyas, que mi madre me leía y yo no entendía, porque felizmente mi corazón dormía tranquilo sin que le despertasen amorosos cuidados; pero al año no vino de las Indias carta de Gaspar, y se esperó en vano que viniese, y tanto tiempo pasó, que se dio a Gaspar por muerto; y aconteció entonces que, pensando yo que por mí solamente se había partido a las Indias, y que yo, sin quererlo, había sido la causa de su desventura, empezó a labrarse en mí por él una primera afición y congoja; que se me representaba en sueños triste y enamorado, y tan macilento y pálido, que no parecía sino cosa del otro mundo. Desasosegueme, y acabé al fin por sentir un amor tan extraño, que yo no podía darme cuenta de lo que sentía; y acometiome una dolencia que no entendían los médicos, pero que, harto de prisa iba desmejorándome y acabándome. Pensaron mis padres que trayéndome entre el tumulto y las grandezas de la opulenta Sevilla me distraería, y a ella me trajeron, y me engalanaron, y me llevaron a saraos y a divertimientos, adonde concurría la gente más garrida y más noble de Sevilla. Gastábase en esto mi padre, llevado del entrañable amor que me tenía, la mejor parte de su hacienda; y aunque por ser yo muchacha, y no mal parecida, y en las apariencias rica, me galanteaba gran número de jóvenes y hermosos caballeros, no se me iba a mí de la memoria aquel pobre Gaspar que por mí a las Indias se había ido, y por mí sin duda había muerto; y aparecíaseme con mucha más frecuencia en sueños, y más melancólico, y a cada aparición con más semejanza de un alma en pena. Así es que los galanteos de los jóvenes señores que me buscaban enojábanme, y de tal manera mostrábame yo con ellos impía e incapaz de amores, que acabaron por llamarme la niña de diamante: yo tenía en el alma al sin ventura Gaspar, y él la llenaba de tal manera, que no quedaba para otra pasión ni aun el lugar más mínimo; yo creía que esto era amor, y bien veo que amor no es, sino una pasión que yo no puedo decir cómo fuese, sino que tal como era, me quitaba el gusto y el deseo para cualquier otro afecto.
Suspiró Margarita, y callose como tomando descanso, aunque tan al principio de su historia se encontraba. Oídola había atentamente doña Guiomar, y cuando hizo pausa en su relato, aprovechando la ocasión, la dijo:
—¿Y Gaspar decís que se llamaba ese vuestro primer enamorado, amiga mía, y que de Castilla era y de Vitigudino?
—Si que así es,—respondió Margarita.
—¿Y sabéis si, por ventura, ese Gaspar tomó bandera en Sevilla para los tercios de Méjico?
—De Méjico nos escribía,—respondió Margarita;—pero él nunca nos dijo en sus cartas hubiese entrado en la milicia; y si entró callolo, sin duda por no dar pesadumbre a sus padres.
—Un alférez he conocido yo,—dijo doña Guiomar,—que Gaspar se llamaba, y castellano y de Vitigudino era, y joven, y de no mal semblante y apostura.
—¿Llamábase por acaso Gaspar de Valcárcel, señora mía?
—Sacado hemos al fin en claro que era el mismo que yo me pensaba el sin ventura,—dijo doña Guiomar.
—Pues sin ventura le llamáis,—contestó con la voz triste Margarita, mirando con sus ojos serenos a doña Guiomar,—noticias debéis tener seguras de sus desdichas.
—Prendose el señor Gaspar de Valcárcel,—dijo doña Guiomar,—de una señora, que ni a su amorosa pasión ni a la de nadie podía corresponder honradamente, ni hacer cosa que contra su honra fuese, porque casada estaba con un oidor de aquella real chancillería.
Aguzó el oído Cervantes, porque sabía él bien que doña Guiomar era viuda de un oidor de la real chancillería de Méjico, y no dudó de que doña Guiomar era aquella por quien el alférez Gaspar de Valcárcel había olvidado en Méjico los amores que había dejado en España, y disculpole; porque aunque Margarita era bella como la flor de la qué el nombre tenía, y niña y pura, comparada con doña Guiomar, era lo que la violeta comparada con la azucena, o con el sol la luna; y díjose para sí, que a él, en el coleto del malaventurado alférez, hubiérale acontecido lo mismo; y disimuló sus imaginaciones, y continuó escuchando atento.
—Pues que vos le conocisteis, señora,—dijo Margarita,—y a la dama que sin pretenderlo y sin menoscabo de su decoro, que bien lo creo, fue causa de que de mí se olvidase, decidme os ruego cuáles fueron sus aventuras, que sin duda a un desastrado fin le llevaron.
—Combatido había como bueno contra los indios bravos,—dijo doña Guiomar,—el señor Gaspar de Valcárcel; merecido había, por tanto, que el virey le hiciese alférez, y, más aún, que le diese este empleo en los alabarderos de su guardia, con lo que Gaspar de Valcárcel vino a residir de asiento en Méjico, y a tratarse con las personas más calificadas que en aquella rica ciudad, gloria de Hernán Cortés y joya de España en las Indias, moraban. Conoció a la dama que os he dicho, y aunque ella no le diese causa ni razón alguna para que a su honra se atreviese solicitándola, que el que solicita a una mujer casada, por serlo, la desprecia, que si no la creyera capaz de una vileza, no la solicitara; solicitola, y ella, que calzaba muy altos los puntos de la honra, indignose, y por no afligir e indignar al viejo marido, que a más de ser únicamente hombre de leyes, no estaba en edad de mantener espada en la mano contra mozos, y aun mozos bravucones, no queriendo dejar sin castigo aquel de todo punto sin disculpa atrevimiento, confiose a un alguacil de los más agrios de la cámara de su esposo, hombre de puños y de alientos, y díjole:
—Cedacillo, tan leal eres a tu amo y a mí, que hacerte quiero una confianza, esperando que harás lo que te cumple, en agradecimiento a lo que a tu señor y a mi nos debes, y es que si te atreves des una apretada vuelta, como tuya, a cierto bravo mancebo, alférez de los alabarderos del virey, que se llama Gaspar de Valcárcel, y que cuando le apretares los puños, le digas: «Ahí va eso de parte de mi señora.»
Y aconteció, que a la otra mañana encontraron sin sentido en la plaza, molido y casi descoyuntado, rota la espada, rasgado el traje y entre si se va si se viene, al señor Gaspar de Valcárcel, sin que nadie supiese, ni él lo dijo, quién de tal manera ni por qué causa le había malparado.
Convaleció nuestro hombre, no sin que se temiese por su vida, y tan escarmentado quedó, que ni osó volver a poner sus ojos en aquella dama, ni a buscar a Cedacillo para tomar venganza del rapapelo que había sufrido.
—Tan al por menor estáis, señora mía,—dijo a este punto Margarita,—que no es dable que no seáis vos aquella dama, que con tanta justicia mandó castigar al ciego y enloquecido, más bien que culpable, enamorado mío. Y no le culpo, porque vuestra hermosura es tal, que bien se alcanza que de todo otro amor aparte a un hombre, y le vuelva loco.
—Yo soy en efecto,—dijo doña Guiomar,—y dígoos a lo de la disculpa que en el que fue vuestro enamorado encontráis, que no la merecía; que no una locura de amor le llevó a punto de ofenderme, sino un apetito desordenado y asqueroso; y no pasión tuvo por mí, sino empeño tenaz por el que olvidó hasta el último vislumbre de su honra; que no atreviéndose a insistir en sus solicitudes, temeroso de un nuevo y más grave castigo, tiró a vengarse, y como no tenía de qué, porque la justicia que se sufre no da ni puede dar lugar a la venganza, quiso deshonrarme propalando contra mí inauditas calumnias, que por fortuna mía acabaron donde empezaron. Y aquí, para que sepáis lo que sucedió, empieza esta historia, que es la prosecución de la que yo os he contado ya, señor Miguel de Cervantes, hasta el punto en que, engañado mi padre por la traición que a mi madre hacía su doncella Lisarda haciendo creer a don Baltasar de Peralta, como ya os dije, que con mi madre, y no con una doncella suya, tenía amores, mi padre, llamado por un su pariente, acudió a sorprender, engañado, a la que creía su esposa adúltera. Dejamos mi relato, señor Miguel de Cervantes, en el lugar en que, habiendo abierto Lisarda el postigo, entrose por él don Baltasar de Peralta, y en aquel mismo momento, y antes de que el postigo se cerrase, metiéronse por él espada en mano mi padre y su primo Francisco de Rivalta, que este era el nombre de mi difunto marido.
Y como este pariente mío llegó a ser, andando el tiempo, mi marido, lo sabréis cuando llegue la hora. Decía yo que por el postigo, aun entreabierto, entráronse empujándole, y espada en mano, mi padre y su primo Francisco de Rivalta; y como el aposento estuviese oscuro, Rivalta abrió una linterna que a prevención llevaba, y encontráronse con que, hecha una estatua a causa del espanto, estaba a poca distancia del postigo Lisarda, y junto a ella, con la espada en la mano, y mirando a aquella mala mujer, todo asombro, a don Baltasar de Peralta. Arrojose Lisarda a los pies de mi padre y confesó su delito, pidiéndole con lágrimas y desmayos la perdonase, y viese que el amor que la había cogido por don Baltasar de Peralta, al engaño la había llevado de hacerle creer, recibiéndole siempre a oscuras, que no era ella, sino su señora quien le recibía. A lo cual, ciego de furor mi padre, contestó atravesando con su espada a aquella criada traidora, y volviéndose luego a don Baltasar de Peralta, que deshonrado le había, aunque no hubiese sido sino engañándose, con él cerró, y a poco cayó mi padre sin vida, que menos diestro era que don Baltasar de Peralta y le furor le cegaba. Huyó espantado del suceso don Baltasar de Peralta, y mi pariente Francisco Rivalta salió tras él, siguiéndole sañudo y loco, y sin poder alcanzarle, que no hay quien alcance al que huye llevando el pavor en el alma. Hallose Francisco de Rivalta, cuando se perdió en las oscuras y revueltas callejuelas don Baltasar de Peralta, a mucha distancia del lugar de la tragedia, y vino sobre sí, y pensó en lo que le acontecía, y vio que si a la justicia daba parte, y por ello pruebas de haberse hallado en el lance, le prenderían, y prendiéndole le impedirían el tomar venganza y justicia, como el quería tomarla por su mano, de don Baltasar de Peralta; y fuese para su casa, entrando en ella recatadamente, como había salido con mi padre, por un postigo. Y sucedió, que cuando aquella inaudita desgracia sobrevenía, mi madre me daba a luz a esta vida desventurada, que he sufrido y sufro. Al ruido de las espadas acudieron algunos criados; pero cuando llegaron sólo hallaron los dos cuerpos sin vida de mi padre y de Lisarda, y el postigo abierto, por donde claramente, a lo que parecía, el autor o los autores de aquellas muertes habían escapado.
Sobrevino la justicia; ocultose el suceso a mi madre, que fuera impío decirla recién parida que se había quedado viuda y con aquellas apariencias; el mundo no juzga más allá de lo que se ve en la superficie, y todos echaron a la peor parte lo que había acontecido, y díjose, porque así lo creyeron, que mi padre, enamorado de la hermosura de Lisarda, secretamente se había venido de Nápoles, y con Lisarda se veía en secreto, y que tal vez algún otro enamorado, celoso de Lisarda, las dos muertes había hecho.
Callose don Francisco de Rivalta, que bien pudiera haber patentizado la verdad; pero como la honra, de mi madre quedaba a salvo, y venganza quería tomar por su mano de don Baltasar de Peralta, guardó el secreto. Buscó la justicia a los homicidas, diose por vencida no hallándolos, y mediando los ruegos y las dádivas de Francisco de Rivalta, se echó tierra sobre los muertos, y con ellos se enterró para mi madre el secreto de la muerte de su esposo, a quien en Nápoles creía. Pero no recibiendo cartas suyas en respuesta a las que le escribió anunciándole mi nacimiento, y como el tiempo pasase y carta de mi padre no viniese, puesta en un angustiosísimo cuidado, escribió al mayor de los tercios de Nápoles pidiéndole noticias de su esposo. Entretúvola aquel caritativo caballero con escusas y vaguedades, hasta que al fin la dijo, no pudiendo más defenderse, lo que él en verdad sabía, esto es, que mi padre había pedido licencia y partido para España, sin que hubiese vuelto a saberse lo que de él había sido. Y como Lisarda hubiese desaparecido también, dio mi madre en imaginar que enamorado de ella su esposo, por ella secretamente a Sevilla había venido, llevádosela, y con ella desaparecido. Callábase todavía Francisco de Rivalta, porque tenía, y con razón, por más cruel para mi madre la verdad que la duda; y asistíala, que adolecido había mi madre gravísimamente de tristeza, y agravábase y amenazaba irse por la posta, acabada por el insoportable dolor de su desventura. Desaparecido había también don Baltasar de Peralta, como gota de agua que cayó en la mar, y Francisco de Rivalta no le buscaba, porque le obligaba la asistencia a mi doliente madre, que al fin halló el remedio a su desventura en la muerte.
Detúvose al llegar aquí doña Guiomar; el corazón se la había oprimido, y las lágrimas, que en vano quiso contener, rompieron por sus hermosos ojos.
Oídola había Cervantes grave y triste, y estremecida y tomada por una melancólica pena Margarita. Desahogó con sus lágrimas el dolor de aquellos sus tristísimos recuerdos doña Guiomar, y enjugándose los ojos, continuó con voz desfallecida.
—Huérfana quedé cuando aún no contaba un año, con mucha hacienda y mucha nobleza; pero sola y sin más arrimo que aquel mi lejano pariente, que fue después el buen esposo mío. Un labrador que tenía en arrendamiento una de mis haciendas, y cuya mujer estaba criando, a su cargo tomome; y libre ya del cuidado mío, mi pariente, Francisco de Rivalta, por el mundo se fue a buscar, ardiendo en saña, al causador de tanta desdicha. Era él joven aún, graduado en letras humanas, en leyes y en sagrada teología y cánones, y como he dicho, alcalde del crimen en Sevilla. Por mí a su vara renunció, que pareciole cosa imposible atender a las graves obligaciones de su oficio y al mismo tiempo a las de padre mío, en que mi orfandad le había puesto. Atrasose en su carrera por buscar al causador de nuestras desdichas y tomar sobre él, en el nombre de mis padres, justicia y venganza; y por el mundo andúvose tres años, gastando su hacienda, inquiriendo y buscando a aquel hombre, vislumbrándole a veces, sin encontrarle nunca, y perdiéndole de nuevo cuando más esperanza tenía de ponerse a una distancia de él del largo de las espadas. Pero Dios no quería que aquel irreconciliable enemigo de mi familia fuese castigado, sin duda porque le guardaba para que le castigaseis vos, señor Miguel de Cervantes.
—Gran merced es esta que a los cielos debo, y por la que les estoy agradecido,—dijo Cervantes;—y justo es que una tan grande hermosura como la vuestra, y una tan gran suma de perfecciones como en vos se hallan, con grandes merecimientos conseguida sea y lograda; y dígoos, que mucho me pesa de que lo a que por vos obligado estoy, de tan liviano momento sea, en vez de ser comparable a los trabajos de Hércules o a los peligros de la encantada Puente Mantible, que si así fuera, mayor sería mi contento, porque exponiendo por vos cien veces mi vida, y poniéndola en cuestión con lo imposible, más estimaríais y a mayor amor por mí os llevaría, el encendido amor que os tengo.
—No creo yo que sea posible ir más allá de donde, no sé si por mi ventura o mi desdicha, reconocida; obligada y enamorada me siento; y no extrañéis que esto delante de esta doncella aquí presente os diga, que ella es mujer, y sabe, o si no lo sabe lo barrunta, los rendimientos de amor a que puede llegar una mujer enamorada, no embargante la honestidad y la honra, que prendas preciosas son estas del alma, y no pueden perderse sin que antes se pierda el temor de Dios. Y no hablemos más de esto, y con mis desventuras sigo. Desesperado ya Francisco de Rivalta, mi pariente, al ver que por cerca que hubiese tenido a don Baltasar de Peralta, nunca ponerse delante de él había logrado, volviose a su casa de Sevilla, y encomendó a la Providencia de Dios el castigo de nuestro contrario; y pasó él tiempo cuidando él mi hacienda, y yo criándome, y habiendo yo cumplido seis años y él treinta, vínose al pueblo, sacome del poder de los honrados labradores que me habían criado, y púsome en las monjas de Santa Clara, y al cuidado de dos tías, hermanas de mi padre, que allí eran señoras de piso. Vendió la hacienda que le quedaba para comprar otra vara de alcalde, y alcalde fue algunos años, y por sus merecimientos, luego, oidor en la real chancillería de Valladolid, y por último nombráronle presidente de sala de la real chancillería de Méjico. Larga era la distancia a que de mi iba a ponerse, y o renunciaba el honorífico y encumbrado oficio que se le había dado, o descuidada me dejaba, estando entre ambos los mares. Había yo cumplido ya mis diez y ocho años, y enseñádome habían las buenas madres todo lo que enseñarme podían.
Mis dos ancianas tías habían muerto la una tras la otra. A tomar el velo habíase querido inclinarme; pero Dios no me llamaba a la perfección de la vida monástica; antes bien, ansiaba yo ver lo que fuera del convento había, que aunque decían que el mundo estaba gobernado por Satanás, y que en él la perdición acechaba a las criaturas, decíame a mí la luz natural de mi entendimiento que cuando tantas gentes vivían en el mundo, no debían ser tan grandes sus peligros, dado que el mundo no se había acabado ya, y todas las cosas que contra el mundo me decían, metíanme más en apetito de conocerle.
En fin, que yo no tenía vocación para la clausura, y así lo dije a mi buen padre y pariente cuando me preguntó sobre ello. Visto por él lo cual, y que yo estaba ya crecida y hecha una mujer, y que en el monasterio estaba de ojos, luego de él sacome y llevome a una casa noblemente alhajada, en que para servirme había una respetable dueña, o más bien aya, señora viuda, de grande virtud, honestidad y entendimiento, con otras doncellas y criados; y carrozas y sillas de mano, todo como había de ser, teniendo en cuenta mi grande hacienda y la clara nobleza de mi linaje; y él, para evitar murmuraciones, fuese a otra casa, y no me veía más que al día breves momentos, y aun así, tratándome con un tal respeto y encogimiento, y de una manera tan avarienta mirándome, aunque lo disimulaba, que puesto que yo no entendía de amores, por barrunto conocí que él de mí estaba enamorado, y que por su edad y sus achaques, que le hacían parecer más viejo que lo que en realidad lo era, a declararme sus amorosos sentimientos no se atrevía; muy por el contrario, mandaba a doña Agueda me llevase a cuantos divertimientos podía yo concurrir honestamente, y en esto veía yo que él buscaba que, conociendo el mundo y tratándome con él, de algún caballero que de mí fuese digno me enamorase, para con él casarme. Pero era el caso, que aunque muchos me solicitaban, y me escribían versos, y me daban música, y por mí con otros se enemistaban y reñían, haciendo de mi calle palenque nocturno, donde más de alguno dejó entre rabiosas y celosas ansias la vida, yo no me agradaba de nadie ni quería agradarme, y no había rendimiento que me incitase ni merecimiento que me rindiese; visto lo cual por don Francisco de Rivalta, y creyendo, acaso, por el cariñoso modo de mi trato con él, que a pesar de sus años y sus dolencias yo le amaba, y que si yo no se lo mostraba, a causa era de mi recato, propúsome un día, todo tembloroso, como aquel que teme encontrar la muerte en su propio atrevimiento, si quería con él casarme.
Díjele que sí, sin saber lo que me decía, que era yo tan inocente como cuando entré en el convento; y el casamiento se hizo con gran pompa y regocijo, como a nuestra riqueza y nobleza convenía; y antes de que el festín de las bodas se terminase, díjome mi aya doña Agueda no sé cuántas cosas, que yo no pude entender; y luego, cuando acabada la fiesta se fueron saliendo de casa los convidados, la madrina me dijo otras cosas que tampoco entendí; y rodeada de las doncellas, de honor, lleváronme a lo que mi madrina llamaba el tálamo, y que yo no sabía qué cosa fuese, y metiéronme en una habitación o cámara lujosamente ornada, en la que había un gran lecho todo guarnecido de blanco, y adornado con flores, y allí me dejaron sola y suspensa, cuando a poco he aquí que entró mi esposo pálido y convulso, y alentando apenas, y a mí se vino a abrazarme; visto lo cual, yo me hice atrás tres pasos, y espanteme y extendí hacia él los brazos, como para impedir que me tocase.
—¿Pues qué, señora de mi alma,-dijo don Francisco, quedando inmóvil y como si le hubiese herido un rayo,—no sabéis que sois mi esposa y que ante el altar de Dios nos hemos juntado en uno?
Siguiose a esto una conversación, por la que el desdichado don Francisco de Rivalta vino a convencerse de que yo con él sin amor me había casado, y aun sin saber Lo que el amor y el casamiento fuesen, y de esto provino que, dando un profundo suspiro, me dijo:
—Siéntolo, porque si mañana os prendareis de alguno, amarle no podréis, sin ofensa a Dios y sin menoscabo de la vuestra y de mi honra; pero yo juro, que si alguna vez solamente inclinada a prendaros de alguien os conociere, con mi muerte os dejaré libre, para que podáis ser dichosa. Entre tanto, por padre tenedme.
Y sin decir más, saliose, pálido como un muerto, y preñados de lágrimas los ojos, sin que yo llegase a comprender todavía la causa de aquello, que era para mí lo que la luz para el ciego, que no sabe que hay otra cosa que las tinieblas en que su ceguera le tiene.
Llevome mi esposo a Méjico, y digo mal mi esposo, mi padre, adonde le llevaba el cumplido plazo de la licencia que para el cuidado de sus asuntos propios en España habíanle concedido. Gente es la de Méjico rica y ociosa, dada al galanteo e inclinada a las malas costumbres; y como si don Francisco hubiese querido remediar el yerro en que, casándose conmigo, había dado, abierto había nuestra casa a los saraos y a los festines, y no parecía sino que para convidarlos a ellos buscaba a los caballeros más jóvenes, y más galanes, y más ricos; y de tentaciones me rodeaba, sin apartar de mí la vista, y aguzando la experiencia que le habían dado sus largos años de judicatura, todo por ver si yo a alguno me inclinaba, que pudiese, libre ya y viuda, amándome, por su amor venturosa hacerme. Perdido había yo, en fuerza de las solicitudes y galanteos que me rodeaban por todas partes, aquella mi primera inocencia, o más bien ignorancia, de las cosas de la vida. Conocía harto bien el grande sacrificio en que por amor mío mi buen esposo se empeñaba, y gran parte hubiera sido esto para que yo me enamorase de él, que Dios me ha dado buena alma y agradecida; pero no es el amor cosa que cuando se quiere se tiene, ni hay tienda donde se compre, ni lugar donde se le busque; que él viene cuando menos se le espera y en el alma se nos entra, y la avasalla, y prenda nos hace, no de aquel a quien hemos buscado, sino del que Dios ha querido que venga para hacerse dueño de nuestra vida y de nuestra alma en un solo punto; que el amor viene del cielo cuando menos se le espera, y porque es aliento de Dios, es coma Dios divino, y logrado cuanta gloria puede haber en la tierra.
Suspiró doña Guiomar, partiósele de los ojos, aunque involuntariamente, una mirada, que como si hubiera sido fuego del cielo, en su dulce fuego abrasó el corazón de Cervantes, y luego, bajando los ojos ruborosa la bellísima doncella viuda, quedose en silencio como si la grandeza de lo que sentía la vedara el uso de la palabra.
No menos confusa y turbada parecía Margarita, y agitábasela el seno, como si una potente fuerza dentro de él se hubiera conmovido inquieta. Conocíase adorado Cervantes por la hermosísima doña Guiomar y por la bellísima Margarita amado, y dolíale, y no sabía qué hacerse, y acometíanle un tumulto de tentaciones que consigo mismo le enemistaban; porque si bien él era mozo galanteador que no reparaba en inconvenientes, hasta entonces, como ya se ha dicho, con amor no había dado que le obligase y en tristezas y cuidados le pusiese; y encontrábase entre dos mujeres, ambas merecedoras de todo respeto y homenaje; y puesto que Margarita le pareciese hermosa a maravilla, y dulce y enamorada, parecíale doña Guiomar una divinidad; y no había lugar a que dudase; que tratándose de que perdiese su libertad bajo el yugo, tal vez durísimo, del himeneo, doña Guiomar era sin contradicción y sin sombra de duda su escogida y su bien amada; y como él no pudiera partirse en dos, o no hubieran de llegar a hechos las tentaciones que por Margarita sentía, o había de tenerla por amiga, cosa que los hidalgos y cristianos pensamientos de Cervantes repugnaban; que tratándose de una doncella tal, y tan mal aventurada, y tan cuitada como Margarita, infamia hubiera sido, prevaleciéndose de sus inocentes amores y de sus desdichas, perderla en la deshonra como una hembra de poca valía, en malos pañales criada y a todo puesta; así es que Cervantes no sabía qué hacerse; que si los amores de Margarita, que ya se mostraban harto claros, no aceptaba, heríala a un tiempo en su vanidad y en su amor, y aceptándolos la perdía y a doña Guiomar ofendía, y él mismo se ofendía en sí mismo en las dos; que no se puede ir por un mal camino sin exponerse a caer en los despeñaderos que en él se encuentran, y tanto más, que estos caminos malos son resvaladizos, y una vez entrados en ellos, atrás no podemos volvernos y nuestra perdición es segura, y quien en el peligro se mete conociéndole, las desventuras que le sobrevengan merece. Conocíalo todo esto Cervantes, y en ello pensaba, y pensando en ello aparecía confuso y turbado, tanto casi como las dos de él enamoradas doncellas. Al fin doña Guiomar, rompiendo su silencio, continuó de esta suerte:
—Yo, conociendo ya el mundo, hubiera querido premiar el amor de mi esposo, si no con el amor de mi alma, dándole la posesión de esta mi persona que tan hermosa le parecía, y, aunque procurelo, ser no pudo, que él tenía mucha experiencia y mi intento conocía, y que aquello por lo que yo me brindaba a arrojarme en sus brazos, no era amor, sino compasión y agradecimiento; y evitolo, y sufrió su martirio en silencio, y como estaba achacoso y más viejo que por sus años debía serlo, agraváronse sus dolencias y con él al fin acabaron; que murió el desdichado casi loco de amor entre mis brazos, y sin que yo evitarlo pudiera. Dejome su hacienda, que puesto que hubiese vendido para comprar su primer oficio la primera que sus padres le dejaron, por los grandes provechos que los oidores gozan en las Indias, habíala hecho, y buena: ¿pero qué era su hacienda comparada con la opulenta hacienda mía? ¿ni de qué podía servirme más que de amargura, siendo así que la tenía por su muerte?