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El maestrante

D. ARMANDO PALACIO VALDÉS (continued 5)

Reading edition

Pronto quedó la cabecita rubia mondada como un melocotón. Las domésticas prorrumpieron en carcajadas.

—¡Hija de mi alma, que retefeísima te han puesto!—exclamó María la planchadora con acento de duelo, pero sin poder reprimir la risa.

—No digas eso, mujer—repuso Concha con dejillo amargo.—¡Si está preciosa!

Era una mujer de veinticinco años o más, extremadamente pequeña, casi tan pequeña como Josefina, de ojos hundidos y ariscos, a quien todos los criados de la casa temían.

Paula reía también pasando y repasando sus manos por la cabeza de la criatura.

—Cuando haga falta un perulero para el aceite, ya sabéis dónde lo habéis de hallar—prosiguió Concha.

Disipada la lástima, adivinando que la chiquita había caído en desgracia, las criadas se entregaban a la alegría cambiando bromas sin gracia, pero que las hacían reír perdidamente. Josefina había permanecido quieta, silenciosa, con la cabeza baja. Las burlas lograron al fin hacer su efecto. Dos lágrimas asomaron rezumando por sus largas pestañas. Concha se incomodó:

—¿Lloras por el pelito?.. ¡Qué lástima de azotes!... No tienes tú la culpa, sino los que te crían como una princesita siendo tanto como nosotras... digo, menos que nosotras—añadió por lo bajo,—que al fin tenemos padres.

—¡Vamos, Concha, déjala!... No hagas caso, monina, que pronto tendrás pelo otra vez—dijo María con acento maternal.

La niña, impresionada por la caricia, comenzó a sollozar y salió de la estancia.

Cuando por la noche se presentó en el salón, de aquella forma, el conde no pudo reprimir un gesto de cólera y clavó una mirada interrogante en Amalia. Ésta contestó a aquel gesto y a aquella mirada con sonrisa provocativa. Y en alta voz dijo que le había mandado cortar el pelo porque había notado que la niña empezaba a presumir.

—¡Claro! ¡Tanto la adulan ustedes que se ha puesto inaguantable!

El conde, irritado, buscó al instante ocasión de acercarse a Fernanda y anudaron la plática de la noche anterior. Estuvieron locuaces, afectuosos. Fernanda contó con pormenores su vida de París. Luis se mostró singularmente expansivo, no ocultando la alegría de su corazón, hablando animadamente bajo la mirada iracunda de Amalia posada sobre él. En una pausa Fernanda alzó los ojos sonrientes hacia su ex-novio y le preguntó, no sin ruborizarse un poco:

—¿A que no sabes por qué le han cortado el pelo a la niña?

El conde la miró sin contestar.

—Ayer lo elogié yo mucho y me permití besarlo.

Era la primera vez que Fernanda se daba por enterada de su secreto. Experimentó una fuerte sacudida. Sus mejillas se enrojecieron. Las de ella también. En largo rato no hallaron palabras que decirse.

En los días siguientes, el conde comenzó a dar repetidos paseos por la calle de Altavilla y a pasar largos ratos en el café de Marañón. La sociedad laciense se sintió conmovida hasta sus cimientos ante tamaño acontecimiento. Desde entonces más de trescientos pares de ojos le espiaron sin cesar. Dejó de ir todos los días a casa de Quiñones y asistió una que otra vez a la tertulia exigua de las de Meré, como se seguía diciendo en Lancia, aunque en realidad ya no hubiese en el mundo más que una. Carmelita había muerto hacía lo menos tres años. No quedaba más que Nuncia, la menor, y ésa casi totalmente paralítica. Del sillón a la cama y de la cama al sillón: era todo lo que andaba con trabajo. Moralmente también se hallaba privada de movimiento, falta del impulso protector que le prestaba su hermana. Desde que ésta bajara al sepulcro, no tenía ya quien la sujetase. Esto, lejos de alegrarla, la sumía en una melancolía profunda. Al pasar repentinamente a la categoría de persona sui juris, la pobre Niña había experimentado desazón increíble: todo le asustaba, todo era conflictos de los cuales le parecía imposible salir; echaba menos aquellas ásperas reprensiones que, si la hacían derramar abundantes lágrimas, habían reprimido saludablemente sus juveniles arranques y cortado los funestos resultados que pudiera acarrear su inexperiencia.

Eran sus tertulios asiduos algunos pollastres nuevos, varios gallos conocidos y un número bastante mayor de lindas y feas damiselas que acudían a la casa sedientas de marido. Porque la Niña, en esto como en todo, mantenía religiosamente las tradiciones legadas por su hermana. Era la protectora decidida de todos los noviazgos que se iniciaban en Lancia, por desatinados que fuesen. La pequeña casa de la calle del Carpio continuaba siendo la fragua donde se forjaba la dicha conyugal de los honrados vecinos de Lancia.

El que acudía con más constancia era Paco Gómez. La razón, que le habían arrojado de casa de Quiñones a consecuencia de una frase de las suyas. Preguntaba cierto forastero en un corro de Altavilla cómo había quedado paralítico el maestrante. «En realidad no está paralítico—repuso Paco,—porque no tiene lesión alguna; sólo que las piernas no pueden con la heráldica que se le ha subido a la cabeza, y se le doblan en cuanto da un paso.» Lo supo Quiñones por un traidor y dio orden de que no se le recibiese.

Era el alma y el regocijo de la tertulia de la Niña. La vaya incesante con que mortificaba a ésta los tenía a todos en continuo espasmo de risa.

—Vamos, Nuncia, ¡mucho ojo! No hables demasiado, porque ya sabes que te he visto las pantorrillas y... y... y...

La pobre octogenaria se ruborizaba como una niña de quince. Nada la sofocaba tanto como este recuerdo importuno de la tarde del columpio.

Luis y Fernanda comenzaron a verse aquí una o dos veces por semana. Lejos de la mirada fulgurante de Amalia, aquél se encontraba a gusto, recobraba su serenidad. Hablaban larguísimos ratos en voz baja, sin que nadie les molestase; al contrario, la Niña tenía buen cuidado de proporcionarles ocasión y espacio suficientes. Asistía, no obstante, a casa de Quiñones; veía a Amalia en secreto cuando se lo exigía, pero iba apareciendo más frío, más esquivo. Ella, advirtiéndolo perfectamente, no daba su brazo a torcer, no le hablaba palabra de su ex-novia. Sin embargo, un día no pudo contenerse:

—Sé que te entretienes largos ratos en casa de las de Meré hablando con Fernanda.

Lo negó cobardemente.

—Ten cuidado con lo que haces—prosiguió, clavando en él sus ojos siniestros,—porque una traición pudiera salirte cara.

Estaba tan acostumbrado al dominio de aquella terrible mujer, que sintió un estremecimiento de frío, como si algo aciago se cerniese ya sobre su cabeza. Pero en cuanto salió a la calle, fuera de la influencia magnética de aquellos ojos que le turbaban, sintiose invadido por una sorda irritación: «Después de todo, ¿por qué me amenaza? ¿Es mi esposa? ¿Qué derechos tiene sobre mí? Lo que estamos haciendo es un pecado grave, es un crimen. ¿Quién puede privarme del arrepentimiento, de reconciliarme con Dios y ser bueno?» El arrepentimiento había sido en los últimos tiempos un vago deseo, gracias a la fatiga de su amor y aún más al miedo desapoderado que el infierno le inspiraba. Ahora se convirtió en verdadero anhelo. Verdad que ofrecía mayores atractivos. Rechazar el pecado valerosamente, purificarse, librarse del fuego eterno... y además poseer a Fernanda.

Hacía tiempo que sus relaciones criminales no tenían más que un punto luminoso, Josefina. Si no fuese por ella, se hubiera marchado de Lancia. Esta criatura, blanca y silenciosa como un copo de nieve, que poseía la fragancia de los lirios, la inocencia de las palomas, la dulzura melancólica de una noche de luna, esparcía sobre su alma, atormentada por el remordimiento, un bálsamo que la refrescaba deliciosamente. ¡Cuántas veces, teniéndola entre sus brazos, se preguntaba sorprendido cómo un ser tan inocente, tan puro, tan divino, pudiera ser hijo del pecado! Pero aun aquella misma niña era ocasión de nuevos y crueles tormentos. No verla a solas sino de tarde en tarde; hallarse obligado a disimular sus sentimientos, a besarla fríamente como los demás, más fríamente que los demás; no poder llamarla hija del corazón, no sentirla gorjear el tierno nombre de padre, le entristecía y en ciertos momentos le desesperaba. Desquitábase cuando una que otra vez, muy rara, le consentían llevarla a la Granja. Allí se pasaba las horas en éxtasis, teniéndola sobre sus rodillas, acariciándola frenéticamente.

La niña se había acostumbrado a estas violentas expresiones de cariño y las agradecía. A veces sentía su cabecita blonda mojada por las lágrimas de su amigo. Alzaba los ojos sorprendida, pero viéndole sonreír, sonreía también y alargaba sus labios de coral para darle un beso.

—¿Por qué lloras, Luis? ¿Tienes pupa?

Josefina no entendía que hubiese motivo más grave en el mundo para llorar. Amaba a Luis tiernamente, y eso que le chocaba y entristecía la frialdad que con ella usaba ordinariamente. Poco a poco había ido adivinando, con precoz instinto, que el conde la quería más que los otros y que disimulaba. Ella también adoptaba, siguiendo el ejemplo, una actitud indiferente cuando se acercaba a él en público. Pero cuando estaban solos, entregábase con el mismo entusiasmo a las expansiones del cariño, y esto sin saber por qué, sin darse cuenta de lo que hacía.

Desde el día en que su madrina ordenó que le cortasen el pelo, Josefina pudo notar que había caído en desgracia. Ya no la besaban con trasporte, ya no satisfacían sus mínimos antojos, ya no era la preocupación constante de la casa. Amalia comenzó a contrariarla, a usar con ella un tono frío y displicente; y las criadas siguieron el ejemplo de su señora. La pobre niña, sin comprender qué significaba aquel cambio, sintió su pequeño corazón apretarse; exploraba con sus bellos ojos profundos los semblantes y trataba de descifrar el enigma que guardaban. Se hizo más grave, más recelosa, más tímida. Y como viera que le negaban los juguetes o las golosinas que antes le otorgaban a manos llenas, se abstuvo de pedirlos.

Amalia, en vez de gozar como antes con sus gracias infantiles, parecía huirlas. Dio orden de que no se la llevasen por la mañana a la cama, según costumbre. Cuando la tropezaba casualmente en los pasillos, pasaba de largo evitando mirarla. A todo más se acercaba preguntándole con acento displicente:

—¿No te has lavado todavía? Anda, ve a que te arreglen. O bien: «Me han dicho que no has sabido la lección de catecismo. Te vas haciendo muy holgazana. Cuidado que seas buena, porque si no, te encierro en la cueva de los ratones.»

Antes se ocupaba ella en tomarle las lecciones, en ponerle la aguja en la mano y guiar sus diminutos dedos. Ahora abandonaba casi siempre esta tarea a las doncellas. Vivía en un estado de preocupación sombría que no pasaba desadvertida a los criados. Josefina también la adivinaba; veía que su madrina estaba cambiada, no sólo con respecto a ella, sino en todo su modo de ser. Y allá, vagamente, en los limbos oscuros de su pensamiento se engendraba la idea de que estaba triste, que padecía y que ésta era la causa de su mal humor.

Un día estaba la dama sola en su gabinete. Se había dejado caer en una butaca. Inmóvil, con la cabeza echada hacia atrás y las manos pendientes, parecía dormida. Sin embargo, Josefina, que rondaba el gabinete, se atrevió a mirar por la rendija de la puerta y observó que tenía los ojos abiertos, muy abiertos, y que su frente estaba temerosamente fruncida. Sin saber lo que se hacía, con esa ciega confianza que los niños tienen en sí mismos, empujó la puerta y penetró en la estancia. Acercose silenciosamente a la señora, y echándose repentinamente sobre su regazo, le dijo, clavando en ella una mirada de tímido afecto:

—Dame un beso, madrina.

La dama se estremeció.

—¿Cómo estás aquí? ¿Quién te ha dado permiso para entrar? ¿No te han dicho que no subas sin que te llamen?—preguntó frunciendo aún más el ceño.

—Quería darte un beso—dijo con voz apagada Josefina.

—Déjame de besos. Anda, y cuidado con subir otra vez sin mi permiso.

Pero la niña, embargada por la emoción, no sabiendo a qué atribuir aquel despego y queriendo vencerlo a toda costa, próxima a llorar, se echó aún más sobre el regazo y trató de subirse para alcanzar su rostro.

—Dame un beso, madrina.

—¡Quita! ¡Déjame!—replicó la dama impidiéndola alzarse.

La niña se obstinó.

—¿No me quieres? Dame un beso.

—¡Que te quites, chicuela!—gritó enfurecida.—¡Lárgate ahora mismo!

Al mismo tiempo le dio un fuerte empujón. Josefina, después de tambalearse, rodó por el suelo, dando con la cabeza en el pie de una silla.

Alzose llevando la mano al sitio dolorido, pero no lloró. Un sentimiento de dignidad, que muchas veces se aloja con fuerza en los corazones infantiles, le prestó fortaleza para resistir el llanto que brotaba a los ojos. Dirigió a su madrina una mirada de indefinible tristeza y salió corriendo de la estancia. Cuando llegó a la escalera se dejó caer sobre un peldaño y rompió a sollozar.

Las espinas de la vida comenzaron a clavarse cruelmente en las carnes delicadas de aquella niña, que hasta entonces sólo flores había hallado en su camino. El despego de Amalia fue creciendo de día en día. A la par crecía también la reserva y la timidez de su hija. Pero como al fin era niña, esta tristeza disipábase a veces al impulso de un capricho. Entonces era cuando realmente se mostraba la frialdad y ojeriza de la dama.

—Señora, Josefina no quiere ponerse el vestido verde.

—¿Pues?

—Dice que está sucio.

Amalia se levantó, fue al cuarto de la niña y, cogiéndola por un brazo y sacudiéndola rudamente, le dijo:

—¿Qué orgullo es ése? ¿No sabes, muñeca, que en esta casa no eres nadie? ¿Que estás aquí por misericordia? Ten cuidado no enfadarme, porque el día menos pensado te planto en la calle, de donde te he recogido.

Las criadas escucharon estas palabras y las tuvieron bien presentes. Josefina hasta entonces había sido tratada como hija de los señores: en adelante se la consideró como una hija postiza: más tarde, como advenediza. La servidumbre se vengaba con placer de los minuciosos cuidados que antes se veía obligada a prodigarle, de aquellas ásperas reprensiones que recibían por su causa. En particular Concha, la microscópica doncella, experimentaba una alegría indecible, propia de su carácter maligno y rencoroso, cada vez que la señora mostraba de algún modo su desdén por la niña recogida.

Ésta ocupaba una habitación que daba al jardín, alegre y espaciosa. Concha, aunque primera doncella y costurera de la casa, alojábase en un cuartucho lóbrego, con ventana al patio, que compartía con María. El gabinete de Josefina había sido siempre para ella objeto de envidia. Más de una vez la había expresado con palabras bien pesadas para aquélla. Aprovechándose de la disposición de su ama, obtuvo permiso para dormir también en este gabinete, a pretexto de que Paula, que ocupaba una alcoba contigua, tenía el sueño pesado. Instalose cómodamente, hizo uso del tocador y de los enseres de la niña. Pocos días después la mandó a dormir con María en su antiguo cuarto, sin decir una palabra a su ama. Cuando ésta lo supo, ya había pasado algún tiempo: la reprendió sin aspereza por no haberle dado parte, pero no modificó los hechos consumados.

Más adelante se le ocurrió degradarla de otra manera. Josefina comía a la mesa con los señores. El alto y poderoso maestrante no había consentido en ello al principio: importunado por su esposa, cedió al fin, no sin repugnancia. Concha, penetrada de la ojeriza de su señora, comenzó a intrigar para privar de este honor a la recogida. Exagerando lo que daba que hacer, lo mucho que se manchaba y lo que perturbaba el servicio de la mesa, logró a la postre que no se sentase a ella y sí en una pequeñita que se le puso en el cuarto de la plancha, próximo a la cocina. A los pocos días la misma Amalia, en un acceso de mal humor, dijo que aquel doble servicio no podía ser tolerado y que se la llevasen a la cocina a comer con los criados.

Concha la sentó en un taburete, le puso un plato de barro y una cuchara de madera en la mano y le dijo:

—Come.

La niña levantó la cabeza estupefacta; pero al ver la sonrisa maligna que brillaba en los ojos de la doncella, bajola de nuevo y se puso a comer sin protesta alguna. Concha no quedó satisfecha; deseaba que se rebelase; verla llorar.

—¿Qué es eso? ¿No te gusta la cuchara?... Pues, hija, come con ella, que también cómo yo y soy tan buena como tú... ¡Qué te creías, bobalicona! ¿Pensabas que porque te ponían el sombrerito y la camisa de batista eras una señorita... Las señoritas no vienen metidas en un cesto entre trapos sucios...

Y por ahí continuó soltando a chorros sarcasmos e insultos, hasta que al fin la pobre Josefina rompió a llorar. Las demás criadas, menos malévolas, se veían, no obstante, lisonjeadas por aquella humillación. Al fin se pusieron de su parte, trataron de consolarla, mientras Concha, despiadada, más dura y más fría que el mármol, siguió persiguiéndola largo rato con rechifla sangrienta.

Pocos días después, al cruzar Josefina por el cuarto de la plancha para ir al comedor, oyó a Concha decir dirigiéndose a María:

—Di, chica, ¿has planchado ya la ropa de la hospiciana?

Se detuvo, sin saber a quién se refería, y paseó su mirada recelosa de una a otra doméstica, hasta que una carcajada, que ambas soltaron a la vez, le hizo comprender que se trataba de ella.

—¿Por qué me llamáis hospiciana?—exclamó la inocente pugnando para no llorar.—Lo voy a decir a mi madrina.

—¡Alza; corre a decírselo!—replicó Concha empujándola a la puerta.

Desde entonces no se le dio otro nombre entre la servidumbre.

Amalia prohibió que la llevasen por la noche al salón. El conde, que ya no veía a su hija mas que este momento, pidió explicaciones. La dama manifestó que, debiendo levantarse temprano para estudiar sus lecciones, necesitaba más sueño. No se dio aquél por convencido. Comprendía que se trataba de una ruin venganza; pero tuvo la prudencia de callar, temiendo mayor daño.

A Amalia se le ocurrió entonces herirle de modo más directo. La niña, a quien había privado no sólo de sus caricias, sino de todas sus preeminencias en la casa, iba camino de ser una criadita más. En un instante quedó trasformada por completo. La señora dio orden de que se le guardasen todos los sombreros y vestidos y se le pusiese el más pobre y más viejo del guardarropa; que se le hiciesen delantales como a las demás criadas y se la emplease en los menesteres de la cocina que pudiese ejecutar.

Los amores del conde y Fernanda eran cada día más notorios. Aunque en casa de Quiñones se guardaban de hablarse con intimidad, a la celosa valenciana no se le ocultaba lo que entre ellos existía. Sus ojos traspasaban como dos rayos de luz el cerebro de su amante y leían con claridad dentro de él. Luis estaba enamorado de su antigua novia. Las relaciones adúlteras le pesaban en el alma como una losa de piedra. Ella, la amada, la preferida de otros días, le parecía ahora vieja y marchita frente aquella espléndida rosa que acababa de abrirse por completo. Si no la había abandonado ya, era por debilidad de carácter, por el ascendiente poderoso que en siete años de relaciones había logrado adquirir sobre él. Pero no apetecía otra cosa. Lo leía perfectamente en sus miradas huidas; en la preocupación sombría que pesaba sobre él, rota algunas veces por súbita y extravagante alegría; en el temor y en el servilismo, cada vez mayores, con que se acercaba a ella.

Una noche el conde pidió un vaso de agua. Los ojos de Amalia brillaron repentinamente. Había llegado el momento ansiado. Tiró de la campanilla y dijo con singular inflexión a la doncella que acudió:

—Paula, que traigan un vaso de agua.

Pocos instantes después se presentó Josefina, pobremente vestida, con un mandilito de tela burda, calzados los pies con toscos zapatos, soportando trabajosamente entre sus pequeñas manos una bandeja con vaso de agua y azucarillo. Los tertulios quedaron estupefactos. Luis empalideció. Avanzó la niña hasta el medio del salón, mirando tímidamente a su madrina. Esta le hizo seña de que se acercase al conde.

Vaciló el caballero como si estuviese distraído; pero viendo a la criatura plantada delante de él, se apresuró a tomar el vaso y se lo llevó con mano temblorosa a los labios. Los ojos de Amalia se mostraban en tanto fríos, indiferentes; pero en sus labios había imperceptibles estremecimientos que revelaban el gozo cruel que sentía. En la tertulia reinó, mientras se efectuaba esta escena, un significativo silencio.

Luego que Josefina hubo salido, la señora de Quiñones explicó a sus tertulios con naturalidad aquella mudanza. Se trataba de un castigo necesario al orgullo que la niña empezaba a mostrar con los criados. No duraría mucho. Sin embargo, necesitaba vencer a todas horas la voluntad de Quiñones, que se oponía a que fuese educada con tanto mimo.

—La verdad es—concluyó diciendo con acento tan natural, que ninguna actriz lo hallaría más adecuado a la ocasión,—la verdad es que algunas veces no puedo menos de darle la razón en mi interior. ¿Qué bien le hacemos a esta pobre niña colocándola en una situación donde no ha de poder sostenerse? Mañana, que nosotros nos muramos, la pobre necesitará buscarse el sustento trabajando, si antes no encuentra un marido... ¿Y qué marido le vamos a dar a una muchacha con necesidades y sin dinero?

Los tertulios no cayeron en la trampa. En realidad tampoco ella lo pretendía. Todo aquello venía a reducirse a puro convencionalismo, pues a nadie se le ocultaba lo que había debajo. Poco después, no pudiendo dominar la molestia que sentía, el conde se despidió.

—Este negocio de Luis no se presenta nada bien—decía a última hora Manuel Antonio en un grupo que se retiraba por la calle de Altavilla, donde iban María Josefa, el Jubilado y su hija Jovita.—El matrimonio con Fernanda, si es que lo llega a realizar, le ha de costar muchos disgustos.

—¿Crees tú?...—preguntó María Josefa para tirarle de la lengua.

—¡Madre!... ¿Eres tonta, mujer? ¿No conoces a Amalia como yo?

—¿Y qué tiene que partir Amalia en el matrimonio de Luis?—preguntó Jovita, que en su calidad de soltera, aunque hubiese cumplido los treinta y dos, le convenía hacer patente su candor.

—¡Ay! Es verdad que teníamos aquí esta fanciullina—exclamó, haciendo cómicos ademanes de susto, el marica.—¡No me hacía cargo!... Nada, monina, nada; sigue adelante, que son cosas de los grandes...

La hija del Jubilado se volvió iracunda al sentir el alfilerazo y replicó con una frase insolente. Pagole Manuel Antonio con otra, y se entabló animada disputa rebosando de palabras amargas e intencionadas que se prolongó hasta casa del Jubilado, no sin que éste hubiese hecho algunos vanos esfuerzos para poner paz entre ellos. La mejor parte la llevó, como siempre, el marica, que poseía para lanzar sus frases el vigor de los hombres y la sutil intención de las hembras.

Al día siguiente el conde logró una entrevista con Amalia y le dio sus quejas por la escena de la noche anterior. La dama se manifestó amable, condescendiente, justificó su conducta por el bien de la niña. Luis observó, sin embargo, que hablaba de un modo particular: creyó percibir en la miel de sus palabras un dejo de amargura e ironía que le sobresaltó. Salió preocupado, inquieto: en algunos días no pudo quitar de sí el malestar de aquella entrevista.

Pero el amor prendía fuego rápidamente en todos los aposentos de su alma y consumió al fin aquel último resto de preocupación. Estaba profundamente enamorado. Y como siempre acaece, a la par que crecía su amor aumentaba también su timidez. Al principio, en sus largas conversaciones con Fernanda, aparecía sereno, galante, no perdonaba medio de demostrar a su ex-novia su admiración y rendimiento. De repente comenzó a perder el aplomo, a huir todo asunto relacionado con sus propios sentimientos, a evitar las frases galantes. Fernanda no se equivocó. Ahora es cuando había llegado aquel amor, tras del cual tanto tiempo había corrido, que tantas lágrimas le había costado.

Sus pláticas, aunque fuesen de asuntos indiferentes, tenían un sabor delicado, exquisito. Hablaban horas y horas, sin cansarse, de las cosas más insignificantes, por el placer de verse tan cerca, de escucharse.

Fernanda charlaba con toda la alegría de su corazón, sin curarse de la timidez de su adorador, al contrario, gozando al ver el empeño pueril con que evitaba el confesar su amor, sabiendo que en cuanto ella diese la señal se entregaría atado de pies y manos.

El momento llegó al fin. Un día la hermosa viuda se resolvió a declararse ella. Hablaban del matrimonio; de las segundas nupcias. Luis comenzó a sobresaltarse, a emitir sus opiniones con voz temblorosa, a tratar de huir la conversación. Fernanda dijo de repente con perfecta calma y en tono resuelto:

—Yo no volveré a casarme segunda vez.

Se puso pálido. La cara se le entristeció de tal manera que la joven, reprimiendo a duras penas una sonrisa, repitió con más resolución aún:

—No volveré a casarme segunda vez... a no ser contigo.

El conde la contempló desencajado.

—¿Es de veras eso?—preguntó al fin con voz temblorosa.

—¡Y tan de veras!—repuso ella mirándole sonriente.

—Dame esa mano, Fernanda.

—Tómala, Luis.

Se las estrecharon fuertemente por unos momentos. El conde se levantó sin decir otra palabra. Cuando llegó a casa, le escribió una larga carta de seis pliegos pintándole con los más vivos colores su pasión, dándole fervorosas gracias, llamándose indigno gusano tres o cuatro veces.

El matrimonio quedó concertado para cuando terminase el año de luto. Faltaban dos meses. Decidieron guardar el secreto y que la ceremonia no se celebrase tampoco en Lancia. Unos días antes del prefijado saldría ella para Madrid; poco después se le juntaría él, y en la corte quedarían unidos para siempre.

En los pueblos es muy difícil ocultar cualquier cosa: un proyecto de boda, imposible. Por la intensidad de la mirada cada par de ojos se convierte en cien pares; por su virtud acústica, cada oído en cien oídos. En sus pasos, en sus miradas, en el modo de saludarse y despedirse los ingeniosos lacienses adivinaban como verdaderos magos lo que pensaban, medían exactamente el progreso de aquellas relaciones que les tocaba en lo más vivo del corazón.

Una tarde, al pasar Manuel Antonio por delante de la tétrica morada del conde, vio salir a la doncella con una caja de cartón en las manos. El marica sintió en la nariz olor de caza, tomó vientos un instante, y la siguió.

—Adiós, Laura—dijo pasando delante de ella.

Y volviéndose de repente le preguntó en tono indiferente:

—¿Cómo sigue tu amo?

—El señor conde no está malo.

—¡Ah! Pues me dijeron... Como no le veo hace dos días... ¿Vas de compras para la señora?

—Son camisetas para el señor conde.

—¿De casa de Ramiro?... Déjame verlas, yo también tengo que comprar.

La doncella abrió la caja y el marica se puso a examinar el contenido.

—Son muy finas. Esto es demasiado caro para mí, hija.

—Sí, señor, son caras. Pues el señor conde todavía no las encuentra buenas. Quiere a toda costa que sean de seda, y por más que anduve todos los comercios, no las hay. No tiene más remedio que encargarlas.

—¿De seda? ¡Madre! Entonces se nos va a casar.

—Yo no sé nada de eso, señorito—se apresuró a replicar la criada con señales de turbación.

—¡Quita allá, hipocritona!—exclamó riendo.—Tú lo sabes como yo y como todo el mundo... ¿Y para cuando?

—Le digo que no sé nada.

Pero el marica insistió tanto, se mostró tan expresivo y familiar que al cabo de un rato la criada desembuchó lo que tenía dentro.

—Pues mire, yo no puedo decirle a punto fijo lo que hay, pero creo que se casa y pronto. El otro día oí unas palabras a la señora condesa...

—¿Qué palabras?

—Decía al ama de llaves que, en cuanto su hijo se fuese, iría a pasar una temporada a la Granja. Después, mirando por el agujero de la llave, la vi llorar. Además, Fray Diego estuvo anteayer en casa... pero no sé si debo decirle...

—Vamos, mujer, ¿qué importa? ¿Te figuras que yo soy una gaceta?

—Pues le oí decir al tiempo de despedirse: «Nada, nada; tienen mucha razón; es mucho mejor que lo hagan en Madrid. Éste es un pueblo muy envidioso...»

El gozo que sintió Colón al descubrir la tierra del Nuevo Mundo no fue nada en comparación con el de nuestro marica. No sólo sabía sin género de duda que se casaban, sino dónde había de efectuarse la ceremonia. Embarazado por noticia tan capital y queriendo aliviarse enseguida de aquel peso, se puso a imaginar sobre quién haría más efecto. Su pensamiento fue derecho a Amalia. Hacia el palacio de Quiñones enderezó, pues, sus menudos y graciosos pasos.

Era la hora del oscurecer. Halló a la señora sentada en su gabinete, sin luz, entregada sin duda a una de esas intensas y dolorosas meditaciones que desde hacía algún tiempo la embargaban. Manuel Antonio se mostró jovial y decidor, trató de alegrarla cuanto pudo, atrayendo de nuevo la sangre a aquel corazón ulcerado para que la puñalada fuese más dolorosa. Pidió chocolate, lo tomaron jaraneando lindamente: Amalia llegó a olvidarse de sus preocupaciones. Y cuándo más olvidada estaba ¡zas! la bomba. Pero dejada caer suavemente, con arte infinito, el arte que sólo posee una mujer, reforzado por el ingenio masculino.

Lo único que sintió fue no poder verle la cara. El gabinete estaba ya casi en tinieblas. Pero advirtió bien claramente el destrozo de la explosión en el sonido de la voz, en la frialdad de la mano al despedirse.

Amalia quedó en pie, rígida, inmóvil, largo rato. Apoyose en la cortina de crespón para mirar a la calle y la destrozó. Trató de abrir su escritorio para tomar el pomo de esencia, pero dio demasiada vuelta a la llave y estropeó la cerradura.

Salió de la estancia y vagó, por los pasillos oscuros y escaleras, con incierta planta, como un fantasma. Allá a lo lejos vio un punto luminoso y se dirigió hacia él involuntariamente como una mariposa. Era el comedor, que ya estaba alumbrado. Sentada a la mesa, armando unos pastorcitos de barro, restos de su pasada riqueza, estaba Josefina. La pantalla de la lámpara proyectaba viva luz sobre su cabecita monda y dorada como una naranja. Amalia se detuvo un instante y la contempló con ardiente mirada, devorando con los ojos aquel semblante grave y melancólico que tan fielmente reflejaba el de Luis. Dio un paso y la niña volvió la cabeza. La mirada de sus ojos azules era igualmente dulce y triste; el movimiento de las pestañas, idéntico. La esposa del maestrante salvó de dos pasos la distancia que la separaba y cayó sobre ella como un tigre hambriento. Golpeó, mordió, desgarró. Sus uñas dejaron al instante surcos morados en aquel rostro cándido. La sangre comenzó a brotar. La niña, loca de terror, lanzaba chillidos penetrantes. Apenas tuvo tiempo a ver a su madrina. No sabía qué era aquello. Amalia, insaciable, golpeaba, hería sin cesar. Los gritos de la víctima hacían crecer su furor. Se detuvo rendida al fin.

—Madrina, ¿qué hice?—exclamó la pobre niña huyendo hacia un rincón.

Esta pregunta, la mirada de angustia con que la acompañó, enfurecieron de nuevo a la dama. Volvió a golpearla despiadadamente. La criatura se tapaba el rostro con las manos. Entonces le cogía las orejas, las estrujaba hasta arrancarlas. No satisfecha todavía, irritada de no poder herirla en la cara, tomó un plumero que había sobre la mesa, y con el mango comenzó a sacudirle sobre las manos, dejándolas cubiertas de cardenales.

Al fin consiguió salvarse. Las criadas, que habían acudido y presenciaban atónitas la escena, dejáronla paso y huyó por los pasillos y tomó por la escalera. La puerta de la calle estaba abierta. El cochero, al llevar los caballos al agua, la había dejado así. Josefina salió de la casa y corrió desalada por la calle de Santa Lucía, penetró en la travesía de Santa Bárbara, atravesó la plazuela del Obispo y, bajando por la calle de la Sastrería, salió por la puerta de San Joaquín a la carretera de Sarrió.

Había cerrado ya la noche. Caía suavemente una lluvia menuda, pero espesísima, que en poco tiempo la caló hasta los huesos. La desgraciada criatura corrió todavía algún tiempo y al fin se detuvo jadeante. El pretil de la carretera estaba bajo en aquel sitio y se sentó. Entonces fue cuando sintió el dolor de los golpes. Llevose las manos a la cabeza, después a la cara, por donde sentía correrle un líquido caliente, que al principió pensó sería la lluvia.

Pronto se convenció de que era sangre. ¡Sangre! ¡La cosa en el mundo a que ella tenía más terror! Dominada aún por el susto, no se quejó. Levantó la falda de su vestidito y se secó, o por mejor decir, se lavó la cara, porque el vestido estaba mojado.

Pero lo que más sentía, lo que le dolía de un modo horrible eran las manos. No sabiendo qué hacer para aliviarse, comenzó a soplarlas. Luego las chupó. Pero el dolor era tan recio que exclamó al fin sollozando:

—¡Ay mis manos!

En aquel momento se alzaron ante ella entre las sombras de la noche dos enormes figuras que la dejaron helada de espanto. Una de ellas se abalanzó y la cogió por un brazo.

—¿Qué haces ahí?—dijo con voz bronca.

XII

La justicia del barón.

En una gran sala de la casa solariega de los Oscos, amueblada con cuatro trastos viejos, tapizada con dos dedos de polvo, se encuentran sentados a una antigua mesa de roble dos conocidos personajes de esta historia. Uno es el propio barón, dueño de la casa. El otro, su amigo Fray Diego. Tienen delante un tarro de ginebra vacío, otro a medio vaciar y sendas copas. Ni mantel, ni tapete, ni bandeja; el único adorno de la mesa son las manchas caprichosas que el vino y la ginebra en feliz consorcio con el polvo han ido dejando con el trascurso de los meses y los años. La estancia es lóbrega, porque la calle del Pozo lo es y porque los cristales emplomados, hace años ya que no se han limpiado, y porque la tarde está declinando.

A la poca luz que allí consigue penetrar puede verse la faz de ambos excesivamente roja, tan roja que parece imposible no brote la sangre de sus ojos encarnizados. La del barón ha llegado al límite de su fiera y espantable fealdad. Aquella cicatriz sangrienta que le surca el rostro se destaca ahora con todas sus rugosidades, tan áspera y negra que da grima verla. Sus bigotes cerdosos, unidos a las patillas, son ya más blancos que negros. Viste zamarra negra y cubre su cabeza una gran boina roja cuya borla cae arremolinada, unas veces sobre las orejas, otras sobre las narices, según los movimientos que imprime a su torso de ogro.

Hace largo rato que guardan silencio. Fray Diego de vez en cuando lleva la mano al tarro de la ginebra, llena la copa de su amigo, luego la suya, y gravemente la apura de un trago. El barón no es tan expedito: toma su copa, la sube a la altura de los ojos y hace frente ella una serie de muecas a cual más horrorosa; después la toca con el borde de los labios, vuelve a las muecas, vuelve a tocarla; por fin, después de largos ensayos y vacilaciones, se decide a apurarla.

De esta manera grave y prudente se solazan los dos antiguos soldados de D. Carlos casi todas las tardes del año. El pueblo lo sabe, y hay entre sus jocosos habitantes entabladas varias apuestas sobre cuál de los dos moriría primero de apoplejía.

Fray Diego había servido también en las filas del Pretendiente. Luego se había ordenado, se hizo fraile, estuvo en Filipinas; finalmente, se secularizó y vivía en Lancia como capellán suelto. Mientras la guerra no se habían conocido. Cuando se encontraron en Lancia quedaron unidos con indisoluble amistad por la identidad de ideas, por el recuerdo de las gloriosas batallas a que asistieron... y por la ginebra.

—¡Viva el papa soberano de todos los reyes de la tierra!—exclamó después de largo silencio, en que ambos parecían dormitar, Fray Diego. Al mismo tiempo dio un tremendo puñetazo sobre la mesa que hizo bailar los tarros y las copas.

El barón no se conmovió poco ni mucho. Siguió haciendo guiños a la copa que tenía delante y, después de apurarla muy reposadamente y chasquear tres o cuatro veces la lengua, dijo:

—Despacio, despacio, Fray Diego; usted no sabe todavía lo que son los papas.

—¡Viva el papa soberano de todos los reyes de la tierra!—volvió a exclamar el cura, dando otro puñetazo más fuerte.

—Cuidado, Fray Diego, que los papas han sido siempre muy ambiciosos.

—¡Señor barón!—exclamó el clérigo con voz enfática de cómico de la legua.—¡Tiene usted el alma tan fea como el rostro!

El barón quedó tan sosegado ante aquel insulto. Después de un rato dijo con perfecta tranquilidad:

—No sea usted botarate. ¿Qué tiene que ver mi cara en estos asuntos? Yo soy católico, apostólico, romano; pero si mañana el rey, nuestro señor (llevose la mano a la boina al decir esto), me manda con un destacamento a Roma, voy a allá como el condestable de Borbón, la saqueo y prendo al pontífice.

—Y yo digo que si Su Santidad me mandase meter una cuarta de bayoneta por el ombligo a ese condestable, tenga usted por seguro que le metía dos.

—No.

—¿Cómo no?—rugió el capellán poniéndose carmesí.

—Porque el condestable ha muerto hace tres siglos.

—Me alegro. Tres siglos hace que arde en los infiernos.

—Todo eso está muy bien, pater, pero el rey siempre arriba, ¿estamos? y los demás a callar y obedecer.

—¡El papa no calla nunca, señor barón!

—Pues se le pone una mordaza.

—¡Quisiera yo ver ¡porra! ¡reporra! ¡cien veces porra! quién se la ponía estando cerca Fray Diego de Areces!—gritó el clérigo alzándose convulso y echando fuego por los ojos.

—Siéntese, pater, y cálmese y escancie otra copita, que Fray Diego de Areces no es más que un cazuela.

El capellán se serenó repentinamente, vertió delicadamente el licor en las dos copas y apuró la suya con deleite, después de lo cual dejó caer la cabeza sobre el pecho, los párpados se le bajaron y se puso a dormitar. El barón, radiante de alegría, le contemplaba fijamente con ojos socarrones, aprovechándose de su ausencia temporal para escanciarse otra copita, «de nones,» como él decía.

Era constante particularidad de aquellas dulces sesiones el que la ginebra trocase el carácter de ambos. El genio irascible, impetuoso del barón se dulcificaba de modo inverosímil. Hacíase, mientras duraba la benéfica influencia del alcohol, alegre, comunicativo, conciliador; ninguna palabra le molestaba, nada le parecía suficiente motivo para encolerizarse. En cambio, Fray Diego, que en estado normal era un bendito, siempre jovial y chancero, tornábase un diablo disputador y quisquilloso, adquiría de pronto humor guerrero que nadie sospecharía bajo su rostro redondo y plácido de beata ajamonada.

Despabilose al cabo de pocos minutos, miró al barón algunos momentos fijamente con extraña ferocidad y profirió estropajosamente:

—Quisiera, señor barón, que me explicase usted qué entiende por cazuela.

—¡Anda, salero! ¿Ahora salimos con eso? ¿A usted qué le importa que signifique uno u otro?

—Es que yo quisiera... ¡entendámonos!

—Ya nos hemos entendido. Usted tiene dos cuartillos de ginebra entre pecho y espalda y yo otros dos... o algo más—añadió haciendo un número prodigioso de guiños.

—¡No es eso, señor barón, no es eso! ¡Entendámonos de una vez, porra!

—Aquí ya no hay barones ni frailes—exclamó el noble en un arrebato de buen humor alzándose de la silla.—Aquí sólo quedan el tío Francisco, que soy yo, y el tío Diego; que eres tú, ¿estamos?... Vengan esos cinco...

Al avanzar con la mano extendida dio algunos traspiés, pero se mantuvo firme.

—¡Vengan esos cinco, valiente!

El cura se dulcificó. Se estrecharon las manos.

—Ahora un abrazo por el rey legítimo de las Españas.

—¡No me hable usted de abrazos!...—gritó el clérigo enfoscándose de nuevo.—Me acuerdo del abrazo de Vergara, y ¡porra!...

—No te apures, compadre, que ya nos la pagarán.

¡Ay, ay, ay! mutilá Chapelen gorriá.

Y se puso a cantar roncamente el himno carlista; pero interrumpiéndose de pronto:

—¡Eh, tío Diego, a cantar! Dejémonos ahora de lágrimas...

En efecto, su amigo lloraba en aquel momento lágrimas como avellanas, recordando la traición de Vergara.

—¡Arriba, coracero! ¿A que no te pesaría de que bebiésemos una copita por el exterminio de todos los negros?

Fray Diego se declaró, con un movimiento de cabeza, partidario en principio de este brindis consolador, pero no se movió de la silla.

Bebieron otra copa, y su efecto fue tan prodigioso en el alma tradicional del barón, que se puso inmediatamente a bailar el zapateado inglés sobre la mesa, sin que Fray Diego dejase por ello de verter abundantes lágrimas.

—¡Hum! No me gusta este baile de extranjis—manifestó al fin bajándose de un salto;—prefiero la danza prima. Ven acá, tío Diego...

Y a la fuerza, cogiéndole por las manos, lo alzó de la silla y se puso a dar vueltas con él, entonando uno de los cantos largos y monótonos del país. Fray Diego se sintió rejuvenecido. Recordaba sus tiempos de mastuerzo allá en la aldea, cuando su tío el cura de Areces le molía a palos porque saltaba de noche por la ventana para ir a cortejar las mozas de los pueblos vecinos.

—Oye, Diego—dijo el barón parándose repentinamente.—¿No te parece que antes de seguir bebamos una copita por el alma de nuestros mayores?

Asintió el fraile de buen grado; pero las copas yacían rotas por el suelo y los tarros vacíos. El barón abrió un armario y sacó de él nuevos elementos de vida espiritual. Esta copa funeraria le inspiró una idea felicísima; la de cubrir la cabeza del capellán con su boina y adornarse él con el canalón de éste, que descansaba sobre una silla. Así vestidos volvieron a la danza, haciendo dos figuras realmente interesantes.

El barón dio un traspié y cayó.

—Alza, tío Diego.

El fraile le cogió de nuevo las manos que había soltado y tiró con fuerza hacia arriba. Pero el peso del noble le doblegó y rodaron los dos por el suelo.

—¡Alza, tío Diego!

—¡Alza, tío Francisco!

Ambos se revolcaban soltando bárbaras carcajadas. El barón logró al fin ponerse en pie. El capellán le imitó al cabo de un rato. Pero su alma, iluminada un momento por los recuerdos de la juventud, cayó otra vez repentinamente en la sangre y el exterminio. Se dirigió ferozmente a su amigo.

—Sepámoslo de una vez, ¡porra! ¿Por qué me ha llamado usted cazuela hace poco? ¿eh? ¿eh? ¿por qué?

—Te lo explicaré enseguida, hombre—repuso el barón con calma;—pero antes beberemos una copa por la congregación de todos los fieles cristianos, cuya cabeza visible es el papa... digo, si te parece.

El capellán no puso obstáculo.

—Pues te he llamado cazuela—prosiguió chasqueando la lengua—porque una cazuela, ¿sabes tú? una cazuela sirve para que la llenen de patatas guisadas.

Dicho esto, el barón cayó en un espasmo de alegría tan violento que por poco se ahoga. Mientras tanto, los ojos saltones de su camarada le miraban con tal expresión amenazadora que parecía que iban a brincar de las órbitas y lanzarse sobre él; crecían por momentos como los de una langosta.

—¿Y por qué de patatas guisadas? Yo tengo tantos hígados como usted, ¡porra! y lo he probado en la acción de Orduña y en la de Unzá, y por algo tengo en mi casa seis cruces.

—¿Tú? ¿tú?—dijo el caballero sin poder sosegar la risa.—Tú nunca has servido más que para hacer el rancho al escuadrón.

El furor del fraile no tuvo límites al escuchar esto. Gritó, pateó, dio espantosos puñetazos sobre la mesa. Por último, lanzose hacia la puerta y desde su marco comenzó con descompuestos ademanes a apostrofarle.

—¡Eso lo dice usted porque está usted en su casa! ¡Salga usted fuera a decirlo! ¡Salga usted conmigo!

El barón le miraba con risueña curiosidad.

—Calma, calma, tío Diego.

—¡Salga usted a matarse conmigo!... Con sable, con pistola, con lo que usted quiera...

—Bien, hombre, bien; saldremos a matarnos... pero sólo por darle a usted gusto...

Fue con paso vacilante hacia la alcoba y a tientas, porque ya la oscuridad era completa, metió las manos en el armero y sacó dos grandes sables de caballería.

—Toma—dijo alargando uno al capellán.

Éste lo sacó de la vaina y se puso a esgrimirlo. Mientras llevaba a cabo la prueba, D. Francisco le contemplaba rebosando de satisfacción.

—Bueno, vamos ya—dijo el fraile envainando.—En marcha.

Y tomando el canalón, que andaba por el suelo, y ocultando el sable debajo de los manteos, salió por la puerta. El barón cogió la boina, se puso un grueso montecristo de abrigo y le siguió.

—¡Alto!—exclamó antes de que hubiera dado cuatro pasos.—¿No te parece que echemos la espuela?

Fray Diego dejó escapar un gruñido afirmativo.

Entraron otra vez en la sala y, tentando el suelo, tropezaron con el tarro de la ginebra, que no estaba agotado por completo. Dieron con las copas y se escanciaron todo lo que había. Acto continuo salieron a la calle.

El pavimento de gruesos guijarros estaba mojado. Caía una lluvia menudísima, tan espesa que en poco tiempo calaba la ropa como el más fuerte aguacero. La noche había cerrado casi por completo. Y como, según las prácticas municipales, faltaba todavía un buen cuarto de hora para encender los famosos reverberos de aceite, las tinieblas envolvían a la empapada ciudad.

Los dos héroes, animados por el espíritu de la guerra, caminaron con decisión por la calle del Pozo, el clérigo delante, el noble detrás, ambos embozados hasta los ojos y apretando bajo el brazo el instrumento de muerte que cada cual llevaba. Entraron en la calle de las Hogueras, pasaron por bajo los muros de la Fortaleza y salieron a la vía que ciñe la antigua muralla de la población. A medida que el agua, filtrándose al través de los abrigos, refrescaba sus carnes, se iban paulatinamente equilibrando sus humores. El de Fray Diego tendía visiblemente a serenarse, arrojaba uno a uno los negros velos que le oprimían. Pero estos velos los recogía todos el barón y envolvía con ellos su espíritu altivo y cruel. Ambos avanzaban impávidos al través de la noche y la lluvia, presagiando la muerte.

Siguieron un buen trecho a lo largo de la muralla y al llegar a la carretera de Sarrió tomaron por ella. No habían andado cinco minutos cuando oyeron cerca un gemido. Pararon en firme, y acercándose al pretil distinguieron un bulto; se aproximaron un poco más y vieron sentada una niña.

—¿Qué haces ahí?—dijo el barón, agarrándola por un brazo.

—¡Perdón!—exclamó Josefina en el colmo del terror.—¡Por Dios, no me pegue usted, señor! Ya me pegaron mucho.

La mano del caballero se aflojó repentinamente y, cambiando de voz y de tono, dijo:

—No, hija mía, no; nadie te pegará. ¿Cómo estás aquí a estas horas?

—Me ha pegado mucho mi madrina y me escapé de casa.

—¿No tienes padres?

—No, señor.

—¿Vives en Lancia?

—Sí, señor.

—¿Quién es tu madrina?

—Una señora.

—¿Cómo se llama?

—Amalia.

—¡Porra!—exclamó Fray Diego, dándose una palmada en la frente.—Es la niña recogida por D. Pedro Quiñones.

—¿Es verdad que se llama D. Pedro el marido de tu madrina?

—Sí, señor.

—Vamos, levántate, hija mía. Ahí no estás bien. Vente con nosotros.

—¡Oh, no, por Dios! ¡No me lleven a mi madrina!

—No, no iremos allí. ¡Estás mojada, criatura!—añadió palpando su ropa.—Anda, anda.

Los dos héroes habían depositado los sables sobre el pretil. Cuando echaron a andar hacia Lancia, llevando a la niña en el medio, allí los dejaron olvidados sin reparar en que la humedad desluce y enmohece el acero.

—¿Y por qué te ha pegado tu madrina?—preguntaba Fray Diego mientras caminaban despacito para acomodarse al paso de la niña.

—Porque estaba jugando con los pastores.

—¡Los pastores!... ¿Pero los pastores de don Pedro vienen a dormir a casa?

—Sí, señor; duermen en la caja de cartón.

—A ver, a ver, chica, ¿qué estas diciendo ahí?—profirió el capellán deteniéndose.

De la investigación entablada inmediatamente resultó que los pastores eran de barro. Fray Diego emprendió nuevamente la marcha, resguardando con sus manteos el frágil cuerpo de la criatura.

Pero al ponerle una de las veces la mano en la cara observó, con sorpresa, que la humedad que le mojó los dedos era caliente. Comunicada esta observación con su antagonista, y como quiera que ya habían llegado a las primeras casas de la ciudad, metieron a la niña en un portal, encendió el barón un fósforo y la reconocieron. Tenía todo el rostro bañado de sangre, que manaba de algunos profundos arañazos, las manos cubiertas de cardenales. Los dos héroes se miraron aterrados, y la misma ola de indignación encendió sus mejillas. El barón dejó escapar una serie de imprecaciones fulminantes. Éstas y su feo rostro espantable hicieron tal impresión en Josefina, que huyó gritando a un rincón. Consiguieron, no sin trabajo, tranquilizarla, y después de secarle el rostro con un pañuelo, Fray Diego la cogió en brazos (el barón lo había intentado en vano), tapola bien con sus manteos y emprendieron la marcha hacia la casa solariega de los Oscos.

Allí le hicieron la primera cura. El barón, que en la campaña había adquirido algunos conocimientos de cirugía, le lavó cuidadosamente las heridas, las cerró con aglutinante y curó las contusiones con cierto ungüento eficaz que poseía. Las manos rudas de aquellos veteranos parecían de seda al tocar la piel de la niña. Una mujer no la hubiera curado con más delicadeza, con tal atención y esmero.

Josefina iba perdiendo el miedo. Aquel señor tan feo no era malo. Se atrevió a pedir agua. El barón respondió que no se estilaba en aquella casa, y que lo mejor que le vendría ahora para quitar el susto era una copita de Jerez. Hízola traer, y luego que la niña la hubo bebido, los dos campeones del rey legítimo se retiraron a un rincón de la sala a deliberar.

Resolvieron que lo práctico en aquel momento era llevar la niña a casa de Quiñones. El barón se encargaba de entregarla. Antes calentaría muy bien las orejas a su madrina; le diría que era una indigna mujerzuela, una criatura vil y perversa, y que si otra vez osaba maltratar a aquella pobre niña desvalida, iría a su casa a cortarle las orejas y atarla después por el moño a la cola de su caballo y arrastrarla así por toda la ciudad. Fray Diego no estaba conforme con tanta crueldad, pero el barón ni por Dios vivo quiso alterar poco ni mucho aquel plan siniestro de terrible ejemplaridad.

Costó trabajo persuadir a Josefina a que viniese con ellos. Consiguiéronlo después de prometerle que su madrina no volvería a pegarla y que sería para ella muy buena de allí en adelante. ¡No faltaba más! Como se atreviera a tocarla siquiera en un pelo, ¡rayo de Dios! le retorcía el pescuezo como a una gallina, la desollaba viva a correazos con el freno de su caballo. El rostro de aquel señor era tan espantoso al proferir tales amenazas, que la niña no dudó un instante de su cumplimiento.

Mientras caminaban hacia la mansión de los Quiñones, el barón no cesó de vomitar injurias y amenazas de muerte contra la esposa del maestrante. Fray Diego procuraba inútilmente calmarle. Sus instintos sanguinarios se iban exacerbando de tal modo, que el ex-fraile, temiendo una catástrofe, se despidió al llegar a la puerta del palacio.

El barón tiró de la campana. Como no sabía la costumbre feudal de la casa, no tiró más que una vez. Tardaron en abrirle juzgándole plebeyo. La sorpresa del criado fue grande al ver a aquel terrible señor, que tanto respeto infundía en la ciudad, y se apresuró a pedir perdón de no haber acudido más a tiempo a abrirle. El barón preguntó por don Pedro Quiñones. Le hicieron pasar y el criado subió delante por la gran escalera de piedra. Al llegar al piso principal le rogó que aguardase mientras le anunciaba.

Pocos momentos después se presentó Amalia. Dirigió una penetrante mirada de rencor a la niña, que el barón tenía de la mano, y dijo dirigiéndose a éste con frialdad y altivez:

—¿Qué deseaba usted?

—Venía a entregar esta niña que he recogido en la calle... y al mismo tiempo a hablar con don Pedro o con usted cuatro palabras.

Al proferir esta última, la voz del barón se alteró de un modo perceptible.

—¿No me conoce usted?—añadió, viendo que la dama le miraba fijamente sin contestar.

En los pueblos casi todos se conocen, sobre todo las personas de viso, aunque no se traten. Sin embargo, Amalia replicó descaradamente:

—No tengo ese honor.

—Soy el barón de los Oscos.

La dama hizo una inclinación de cabeza.

—Paula—dijo dirigiéndose a una criada que había acudido,—llévate esa chica. Tú, Pepe, enciende las lámparas del gabinete azul.

Cuando estuvieron solos, la señora se sentó, invitó con majestuoso ademán al barón para que hiciese lo mismo, y esperó mirándole con extremada curiosidad, pero sin asomo de temor.

—Señora—comenzó el barón,—he hallado a esa niña en la carretera de Sarrió cubierta de sangre y llena de cardenales. Le he preguntado quién la había puesto así, y me respondió que su madrina. Yo no puedo creer...

—Puede usted creerlo, porque es exacto—dijo Amalia interrumpiéndole.

El barón quedó parado y confuso. Al cabo prosiguió:

—Es posible que usted tuviera razón para castigarla, pero me duele en el alma...

Amalia volvió a interrumpirle:

—Y a mí me duele mucho ese dolor que usted siente.

—Mi objeto al venir aquí—manifestó el barón, que por momentos iba perdiendo su aplomo,—era prevenir a usted...

—¿Cómo?

—Era rogarle que, ya que ha tenido la caridad, según me han manifestado, de recoger esa desgraciada criatura expósita, continuase su buena obra protegiéndola, amparándola, educándola... y cuando tuviese necesidad de castigarla lo hiciese con clemencia, pues la pobre es una criaturita tierna y débil, y los golpes pudieran concluir con su vida...

—¿Es eso todo lo que usted tenía que decirme?—preguntó fríamente la dama.

La faz temerosa del barón se congestionó súbito al escuchar esta pregunta, inyectáronse sus ojos, la sinuosa cicatriz se alzó con gran relieve sobre la superficie del rostro en virtud sin duda de algunos movimientos volcánicos de lo interior. Escucháronse allá en la garganta ruidos formidables, sordos estampidos, presagio de violenta erupción. Pero al cabo aquellos ruidos se apagaron, cesaron los movimientos de trepidación, y el cráter, en vez de despedir una corriente de lava fundida, como era de temer, rocas, cenizas y otras materias volcánicas en ebullición, dejó escapar débilmente estas dos palabras:

—Sí, señora.

—Bien, pues agradezco a usted mucho el interés que se toma en este asunto, y aprovecho la ocasión para decirle en nombre de Quiñones y en el mío que tiene usted aquí su casa.

Al mismo tiempo tiró del cordón de la campanilla y se levantó. Alzose también el barón mascullando las gracias y ofreciéndose.

—Pepe, acompañe usted al señor barón.

Hizo éste una profunda reverencia. Contestó Amalia con otra más leve. El caballero giró sobre los talones y salió.

Al bajar por la escalera con las orejas gachas, el semblante encendido y los ojos extraviados, otra vez se presentaron ante su imaginación con vigoroso relieve el descuartizamiento, la pérdida de los ojos, la cola del caballo y otros fieros suplicios de la época visigótica, a la cual pertenecía por su bárbara traza y corazón indomable y crudelísimo.

XIII

El martirio.

Apenas se había cerrado la puerta tras el barón, Amalia hizo traer la niña a su presencia.

—¡Venga usted acá, señorita, venga usted acá! ¡Cuánto tiempo ya que no nos hemos visto! ¿Cómo lo ha pasado usted? ¿Le ha ido a usted bien? El barón es muy galante con las damas, ¿verdad?

La niña lanzó un grito penetrante.

—¡Ay mi oreja!

—¡De rodillas, sabandija! ¡Ah! ¿Conque no vale nada lo que he hecho por ti! ¿Ya me enseñas los dientes antes de concluir de mamar? De rodillas, picaruela, ¡malvada!

Josefina fue a caer acurrucada en un rincón del gabinete. Amalia mantuvo sobre ella largo rato su mirada fulgurante. Separándola al fin, preguntó a Concha y a Paula, que habían traído a la delincuente, en qué forma se había escapado. La culpa era del cochero. Improperios contra el cochero, que era un borracho, y amenazas de despedirle si volvía a caer en descuido semejante. Luego comentarios infinitos sobre el encuentro del barón. ¿Qué hacía aquel bruto a tales horas por la carretera de Sarrió? ¿Quién era el cura que le acompañaba? Después consideraciones tristísimas sobre la ingratitud y maldad de aquella niña que huía de la casa donde se la había dado albergue y ponía en ridículo a su protectora. Las domésticas convinieron en que merecía un castigo ejemplar.

Despidiolas al cabo la dama, deteniéndolas con ademán imperioso cuando trataban de llevarse a la expósita. Una vez solas, Amalia tomó un libro y se puso a leer tranquilamente a la luz de un quinqué, mientras su hija, de rodillas en el ángulo más oscuro, sollozaba apagadamente. Tres o cuatro veces levantó aquélla la cabeza, dirigiendo su mirada colérica a las tinieblas del rincón, esperando que la chica gimiese más fuerte para lanzarse sobre ella. Trascurrió una hora, hora y media. Cerró al fin el libro: salió y volvió a los pocos momentos. Comenzó a desnudarse lentamente: cuando estaba medio desnuda tomó el quinqué, y acercándolo a la niña la obligó a levantarse, la llevó hasta la alcoba y le dijo mostrándole el suelo:

—Esta es tu cama. Ahí dormirás vestida.

Cuando terminó de desnudarse, la niña le dijo con voz débil:

—Perdóname, madrina; no volveré a hacerlo.

Pero ella no quiso oír estas palabras. Se metió en la cama y apagó la luz. Sus ojos quedaron abiertos en la oscuridad. Las horas, sonando con sus cuartos y medias melancólicamente en el reloj de la catedral vecina, no consiguieron cerrarlos. Eran dos lámparas misteriosas que sólo daban luz hacia dentro, alumbrando mil cosas siniestras y punzantes. Bajo aquella pequeña frente se atropellaban, se estrujaban las ideas sombrías, los deseos feroces. El matrimonio de Luis era una abominable traición. Sin recordar la suya hacia el pobre viejo paralítico que Dios le había dado por esposo, ni pensar en que su falta había truncado la vida del conde, amenazado de morir en la soledad, sin familia que endulzara sus últimos días, hacía pesar sobre él toda la responsabilidad del delito y toda la amargura que ahora sentía al desprenderse del único placer que la acariciaba en aquella lúgubre y monótona existencia. ¡El único placer! No merecía otro nombre su amor. En aquel espíritu ardiente, despótico, atormentado, no había entrado jamás la ternura; ignoraba por completo las cosas deliciosas y poéticas que ennoblecen la pasión y la hacen perdonable. Su vida se había deslizado en una agitación insana, atormentada por el deseo de ser feliz a toda costa. En los últimos siete años vivió bajo el imperio de su torpe apetito insaciable. Jamás un pensamiento melancólico de remordimiento vino a acusar en aquella ruin naturaleza la presencia del sentido moral. Cada vez más exacerbada su ansia de goces la arrastraba últimamente a mil pasos extravagantes y peligrosos. Ya no se contentaba con reunir en su casa a la juventud laciense y bailar de vez en cuando por condescendencia. Era menester, para alegrarla, que todos los días hubiese jarana, giras de campo, mascaradas, etc., y que ella bailase sin cesar hasta caer rendida como una zagala de quince años: necesitaba menudear las entrevistas secretas con su amante a las horas más extraordinarias y en las ocasiones más impensadas. Sus anhelos enfermizos la impulsaban a desafiar la opinión pública, despreciando por gusto toda precaución. Si el conde le hacía alguna advertencia irritábase, se revolvía como una fiera. Más perdía ella que él; las murmuraciones no se cebarían en el hombre seguramente, sino en la mujer. La deshonra era para ésta. Pero ella se reía a más no poder de estas murmuraciones y de la deshonra. Si la apuraban un poco era capaz de pregonar su falta en Altavilla cuando hubiese más gente. El conde se sentía cada vez más desligado de esta mujer, que turbaba todas sus ideas morales, teológicas y sociales. Llegaba a inspirarle miedo.

Éste se convirtió en terror, en malestar insufrible, que le hizo apetecer con ansia la libertad, desde cierta revelación que, sonriendo, le hizo Amalia.

—¿No sabes, querido? Esta mañana estuve a punto de hacer una locura, una locura muy grande. Quiñones me mandó ponerle las gotas de arsénico que toma hace tiempo. Cogí el frasco y de repente, como si una mano invisible me levantase el codo, vertí en el vaso la mitad del contenido... ¡No tiembles, cobarde, que no hay motivo!... Jamás me había pasado nada semejante. Te juro que mi voluntad no tenía arte ni parte en ello. Obraba por una fuerza superior que me arrastraba a pesar mío. Dejé el vaso sobre la mesa, lo contemplé un instante con sorpresa, lo levanté para mirarlo al trasluz... Nada, ni el más mínimo signo que denotase que allí estaba la muerte. Lo puse sobre la bandeja y me encaminé con él hacia el gabinete sin darme cuenta de lo que hacía. Pero enmedio del pasillo me estremecí como si saliese de una pesadilla, vi repentinamente el disparate que iba a hacer, y dejé caer el vaso al suelo.

—No era un disparate, era un crimen horrible el que ibas a cometer—dijo sordamente el conde, que sudaba de congoja.

—Bueno, crimen o disparate... o lo que sea, era una estupidez de todos modos, ¿sabes? porque enseguida se comprendería, por los síntomas, que se trataba de un envenenamiento.

Aquellas palabras, pronunciadas con afectada ligereza, impresionaron aún más al conde que las anteriores. Desde entonces no podía acercarse a ella sin experimentar una extraña sensación de repugnancia.

Su juventud pasó. Hasta la llegada de Fernanda, Amalia no había pensado en ello. No teniendo rivales en Lancia, había puesto menos diligencia cada día en el cuidado de su persona, dejó del todo aquella plausible coquetería que sirve a la mujer para perpetuar el encanto de su persona. Sólo al ver la espléndida hermosura de la hija de Estrada-Rosa se dignó echar una mirada a sí misma. Comenzó a preocuparse del aliño de su cuerpo, se procuró toda clase de afeites, envió por vestidos a Madrid, aprovechó todos los recursos de la elegancia. Era tarde. Aquel mísero cuerpo abandonado, marchito por los años y la anemia, no recobró frescura ni gracia.

Esta idea fija le roía el cerebro en su larga y dolorosa vigilia. ¡No volver a inspirar amor, ser vieja, causar repugnancia! Mil garfios le arrancaban las entrañas. Luis se casaba. ¿Por qué? ¿No le había sacrificado su juventud, su honor, su salvación, si después de esta vida había más que tinieblas? ¡Qué valía esto! La primera señal de ruina que había aparecido en su rostro desvaneció como un sueño todos los juramentos; los siete años de amor se habían hundido en el abismo del tiempo sin dejar la más insignificante huella... Pero ella no tenía arrugas todavía; no era tan vieja; treinta y cinco años nada más. Bruscamente llevó la mano a la mesa de noche, encendió la bujía y saltó de la cama: acercose al espejo y se contempló largamente, repasando con el dedo todos los rincones del rostro para cerciorarse de que no existían las temidas arrugas.

Un gemido que sonó detrás le hizo volver la cabeza. Levantó la bujía y clavó una mirada recelosa en su hija, tendida en el suelo y tiritando. La niña no dormía. Sus ojos febriles se posaron con angustia en ella, sus labios murmuraron otra vez «¡Perdón!» Sin hacer caso alguno, la esposa de D. Pedro se metió de nuevo en la cama y apagó la luz.

Los rayos del sol matinal, penetrando por las rendijas del balcón, alumbraron aquellos dos insomnios. Con la luz de Dios comenzó el bárbaro suplicio de una criatura inocente. La fecunda, diabólica fantasía de Amalia se puso a inventar tormentos con que saciar el odio que la devoraba. Necesitaba ver sufrir. Josefina fue enviada descalza abajo con una misiva escrita en lápiz para Concha. El papel decía: «Concha, ahí te envío a esa picaruela. Castígala como mejor te parezca.»

Amalia había adivinado, en su doncella, al verdugo. Y en efecto, al recibir ésta el papelito experimentó satisfacción, lisonjeada en su vanidad y en sus instintos.

—¿Sabes lo que dice este papel?—le preguntó relamiéndose.

Josefina hizo un signo negativo. Leía todavía mal el manuscrito, sobre todo escribiendo tan descuidadamente como lo había hecho la señora. La costurera le obligó a deletrear aquellas palabras hasta que se enteró bien de ellas.

—Ya ves que me manda castigarte por lo que has hecho ayer.

Al decir esto sonreía dulcemente, como si le noticiase que le iba a regalar alguna golosina. Josefina la miró sorprendida.

—¿Castigarme? Madrina ya me ha hecho dormir en el suelo.

—No importa, eso es poco para maldad tan grande como escaparse de casa. Habrá que darte algunos azotes. Lo siento, hija mía, porque nunca has recibido este castigo y te va a doler mucho. Las señoritas tenéis la carne delicada, no sois como nosotras, que estamos acostumbradas desde muy chiquitinas a la intemperie y a los golpes. ¡Ven acá!...

Al mismo tiempo sacó del corsé una de las formidables ballenas, que entonces solían usarse. La niña retrocedió asustada, pero la costurera la atrapó por el brazo.

—No intentes escapar, porque entonces será doble la ración.

Josefina se cogió a su mano llorando angustiosamente.

—¡No me pegues, por Dios, Concha! Ya sabes que me ha pegado mucho madrina ayer... Mira, mira cómo tengo las manos... Me duele también la cabeza... ¡El suelo estaba tan duro!... Yo te quiero mucho... no te he acusado nunca a madrina...:

—¡Suelta, suelta!—repuso la costurera tratando de desasirse suavemente de sus pequeñas manos.—No tengo más remedio que obedecer. La señora lo manda.

—¡No, por Dios! ¡Concha, no, por Dios!—respondía entre sollozos la criatura.—Te quiero mucho... y a madrina también... Si no me pegas te he de dar mi caja de muñecas...

—¿De veras?—dijo dulcificándose.

—Sí, ahora mismo si la quieres.

—¿Y el estuche de costura?

—También.

—¿Y el armarito de espejo?

—Sí, el armarito también.

Concha hizo ademán de vacilar. La niña la miraba con ojos ansiosos.

—¿Y me prometes ser buena siempre?

Sí, le prometía ser buena siempre.

—¿Nunca más escaparte?

—Nunca.

—Bueno—dijo con tono cariñoso y condescendiente;—pues si prometes ser buena y formal, y no se lo dices a la señorita, y me das además todo eso que dices, entonces... entonces... ¡arrea, chico!

En un instante le alzó la ropa y comenzó a azotarla despiadadamente, riendo como una loca del engaño.

Los alaridos de la niña subieron hasta el piso segundo. La esposa del maestrante estaba frente al espejo, arreglándose provisionalmente el pelo. Se detuvo. Un estremecimiento singular corrió por su carne, cierta emoción indefinible y vaga, semejante a un cosquilleo, que no podría decir con seguridad si era de placer o de dolor. De todos modos, algo que refrescaba aquel ardor insufrible que los vapores de la ira habían levantado en su pecho. Permaneció inmóvil hasta que los gritos cesaron. Los ojos brillaban, el pulso latía con más celeridad. Así se dice que el corazón de la fiera palpita a la vista de su víctima.

Fue el comienzo de los martirios de la niña. Con los pretextos más fútiles comenzó a infligirle castigos crudelísimos, demostrando tan rica fantasía que para sí la hubieran querido los sayones del Santo Oficio. No sólo la golpeaba bárbaramente por los motivos más inocentes, y la pellizcaba y la mordía, sino que se gozaba en tenerla en continuo sobresalto bajo el temor de espantosos suplicios, en hacerle padecer de día y de noche. Obligábala a salir descalza por el jardín en las mañanas más crudas para buscarle una flor, o bien la tenía con la cabeza al sol horas enteras, haciendo la guardia, para que los pájaros no picasen una planta de grosella. Hacíala dormir en el suelo al lado de su cama, y varias veces durante la noche le mandaba levantarse y bajar a la cocina por agua. Reducíala a comer los manjares que sabía no le gustaban y la privaba de los que apetecía.

A medida que corrían los días su saña y crueldad iban en aumento. Al principio tomaba pretexto de cualquier descuido de la niña para atormentarla. Luego no se fijó en esto: lo hacía cuando tropezaba con ella o cuando el cuerpo se lo pedía. Uno de los martirios de su exclusiva invención fue pincharla las manos con un alfiler, y tanto le gustó que en pocos días las tuvo llenas de picaduras: apenas había sitio donde poner otra. Esta tarea ferocísima solía encargarla a su verdugo de órdenes, Concha, quien la desempeñaba a conciencia. Obligábala a estudiar de memoria largos trozos del catecismo a sabiendas de que era superior a sus fuerzas. En cuanto tropezaba tres veces le decía:

—Ve a pedir un beso a Concha.

Ésta era la frase que por irrisión había inventado para que la criatura fuese a recibir el castigo del alfiler.

No la consentía mudarse la ropa interior. Al poco tiempo la miseria comenzó a roer la piel delicada de la niña. Viéndola rascarse, Concha se enfurecía, la apellidaba sucia, piojosa y la arrojaba a empellones de la estancia. Todavía más. La microscópica doncella, con anuencia de su ama, le obligaba a ponerse zapatos antiguos que le estaban chicos y que le producían llagas y vivos dolores.

Uno de los más terribles martirios que la niña padecía era cuando Amalia se encaprichaba en que no llorase. Unas veces la dejaba gritar y gemir bajo los golpes: parecía que se gozaba en las lágrimas de la criatura, en oír sus ardientes súplicas repetidas entre sollozos; pero en ocasiones se empeñaba en que sufriese en silencio. Como esto no podía ser, se exasperaba, se ponía loca como una fiera hambrienta.

—¡Calla!

La niña no podía; dejaba escapar un gemido.

—¡Calla!—repetía, acompañando la orden de algunos golpes.

Josefina trataba de callar, hacía esfuerzos desesperados por conseguirlo; pero la respiración ansiosa se escapaba a su pesar, produciendo un gemido. Más golpes.

—¡Calla o te mato!

La criatura apretaba con toda su fuerza la boca, suspendía el aliento, se ponía lívida, y algunas veces caía privada de sentido. Aquel tierno corazón se rompía falto de desahogo.

En estos momentos Amalia experimentaba una sensación diabólica, mezcla de placer y de dolor, algo semejante a lo que sentimos cuando nos sajan una postema. Su postema era aquella desalmada pasión, mezcla de amor, de lubricidad, de soberbia y de rabiosos celos. No pudiendo devolver a su ex-querido tanta cruel mordedura como desgarraba su pecho, saciaba el apetito de venganza en el fruto de sus amores. Cuando tenía la niña a sus pies ensangrentada y temblorosa, en sus miradas de angustia, en sus gestos, en el timbre de su voz creía ver al amante humillado y suplicante, y sentía un áspero goce que hacía brillar sus ojos y dilataba las ventanas de su nariz. Josefina era un retrato en miniatura de Luis. Mientras fue dichosa, su fisonomía movible y risueña, el alegre brillo de sus ojos hacía que no se pareciese tanto; pero ahora la desgracia y el dolor habían impreso en su mirada una melancolía profunda y en los rasgos de su rostro cierta expresión de fatiga, que eran las dos cosas que caracterizaban principalmente el semblante del conde de Onís. Cuando aquellos hermosos ojos azules se volvían hacia ella dulces y resignados, cuando aquellos labios rojos se plegaban demandando perdón, la valenciana sentía correr por su cuerpo marchito un estremecimiento de voluptuosidad, algo que le recordaba los goces que su amor adúltero le había hecho experimentar.

Después de todo, en ella no había envejecido nada, nada más que aquel rostro que se empeñaba en ajarse y aquella cabeza que producía con horrible feracidad cabellos blancos. La carne de su cuerpo, su pecho, sus brazos, sus espaldas, conservaban la misma tersura de alabastro, el mismo brillo adorable, sello de una raza fina y hermosa. Palpábase, buscando consuelo, con sus manos secas y hallaba la misma suavidad y frescura. Aquella carne no se había marchitado. Bajo ella palpitaba la juventud, circulaba una sangre ardiente, ávida de goces, devorada por la creciente necesidad de las embriagueces del amor.

Y sin embargo, todas aquellas cosas deliciosas se habían huido para siempre; la novela de su vida, la que había embellecido su existencia sombría en los últimos años, había llegado al último capítulo. ¡Era una vieja! Asunto concluido. A este pensamiento, que se le introducía en el cerebro como un hierro candente, sentíase acometida por una necesidad animal de gritar, de rugir, de destrozar. Era en tales momentos cuando la niña padecía los más crueles castigos, cuando su frágil existencia corría verdadero peligro.

El miedo fue otro de los padecimientos que le infligía a menudo. En las altas horas de la noche hacíala levantarse y la enviaba a las habitaciones extremas de la casa en busca de cualquier objeto. La niña tornaba pálida, temblorosa, sudando de angustia. A veces era tanto su temor, que dejaba caer la palmatoria y volvía corriendo arrojando gritos. Amalia se enfurecía entonces, la pellizcaba, la golpeaba, pretendiendo que fuese otra vez al sitio designado. La criatura se dejaba martirizar y se hubiera dejado matar antes de hacerlo. En una de estas ocasiones le dijo sonriendo ferozmente:

—¡Ah! ¿Conque la señorita es tan medrosa? Está bien, yo me encargo de curarte la enfermedad.

Se acordaba de la impresionabilidad extraordinaria, de los terrores nocturnos que avergonzado le había confesado Luis en momentos de expansión. Principió a darle sustos terribles. Tan pronto se escondía detrás de una puerta y le gritaba fuertemente al pasar, como la cogía descuidadamente y la apretaba el cuello. Otras veces tomaba un cuchillo y le decía que iba a morir, le ordenaba que se bajase la camisa para degollarla mejor. Esto último no producía tanto efecto como pensaba. Josefina inconscientemente apetecía la muerte, que la libertaría de tanto martirio. Para mejor «quitarla el miedo,» entre Concha y ella inventaron una siniestra farsa capaz de aterrar a un hombre valeroso, cuanto más a una niña de seis años. Vistiéronse ambas con sábanas, dejaron la habitación a media luz mientras la niña dormía, pusiéronse unas caretas de calavera, y a media noche entraron dando gritos lastimeros como almas del otro mundo. Al despertarse la criatura y ver aquellos fantasmas, quedó paralizada por el terror, tapose luego los ojos con las manos y un sudor copioso y frío bañó su cuerpo. Su corazón comenzó a dar tan fuertes golpes que se oían a distancia, dejó escapar algunos gritos ahogados y roncos; por último, llevándose las manos al pecho, se revolcó por el suelo sin sentido, presa de espantosas convulsiones.

No se le curó el miedo; en cambio le quedó desde entonces una propensión fatal a los síncopes y a los terrores nocturnos. Despertábase de improviso con señales de gran espanto, mirando fijamente a un punto del espacio, como si tuviera delante algún fantasma. El corazón le palpitaba vivamente, la frente se le cubría de sudor. En tales momentos perdía por completo la conciencia. Amalia la llamaba en vano. Sólo cuando ponía las manos sobre ella la niña lanzaba un grito de terror y metía la cabeza por el pecho.

Entre Concha y María la planchadora habían estallado, a propósito de estos castigos, serias reyertas. María era de natural compasivo y le dolían los martirios de la niña, aunque no los conocía todos, porque Amalia procuraba guardarse de los criados, exceptuando Concha. Si no era suelta de lengua, no se la mordía tampoco para censurar en la cocina la conducta de su señora.

—Querida, esto es peor que la Inquisición. No parece que estamos entre cristianos, sino entre perros judíos. Antes, tanto mimo que corrompía, y ahora, de súpito, tratan a este angelito peor que a una bestia. ¡Dígote que la cosa pasa de la raya! ¡No hay corazón para ver tanta maldad!

—Cállate, tontona, entrometida—saltó Concha.—¿Quién te da vela a ti en este entierro? Si la señora quiere enseñar a esa niña como es justo, ¿va a consultarte a ti el cómo lo ha de hacer? ¿Sabes tú tan siquiera lo que es educar niños? ¡Si la castiga allá lo tendrá de premio, que así la hará una mujer trabajadora y honrada! Algún día le dará las gracias.

—¡Sí, las gracias! Desde el cementerio se las dará. De un mes a esta parte la niña está desconocida.

—Bueno; ¿y a tí qué te va ni qué te viene en esto? ¿Eres tú su madre?

Tres o cuatro veces riñeron de esta suerte, llevando siempre la ventaja por su desvergüenza y mala intención la microscópica costurera. Al cabo, María, no pudiendo sufrir con paciencia aquel espectáculo, tomó la resolución de marcharse. Se presentó un día a la señora, y con la disculpa de que la plancha le hacía daño pidió la cuenta. No se le ocultó a Amalia la verdadera razón, pues tenía conocimiento de sus murmuraciones. Disimuló, sin embargo.

—Sí, hija, comprendo que el planchado te aburra. Tú no gozas de mucha salud. También yo ando malucha hace días. Tengo el sistema nervioso alterado. ¡Pelear toda la vida con un enfermo, y ahora, para rematar la fiesta, salirme esa chicuela, en quien tenía fundadas mis esperanzas, tan ingrata y perversa! No sé cómo tengo paciencia.

María vaciló un instante.

—Ya ve usted, señora... los niños son niños.

La esposa del maestrante comprendió que, si proseguía en el tema, la planchadora iba a decir algo desagradable y se apresuró a cortar la plática, pagándole su cuenta y despidiéndola con afabilidad.

No impidió esto para que la doméstica dijese en confianza, en cierta casa donde fue a servir, lo que pasaba en la de Quiñones. La noticia se fue trasmitiendo en confianza, igualmente, de unos a otros. Al poco tiempo fueron bastantes las personas que tenían conocimiento de las crueldades que con la niña se cometían.

El conde de Onís, para huir la curiosidad del público, que le molestaba sobremanera, y aún más para librarse de Amalia, se había trasladado, sin decir nada a ésta, hacía ya cerca de un mes a la Granja. Su madre le había acompañado. No había escrito a su ex-querida, aunque todos los días pensaba hacerlo, para darle cuenta de su resolución. Tanto era el temor que la valenciana había llegado a inspirarle, que la pluma caía de sus manos cada vez que la tomaba para noticiarle su matrimonio. Y dejaba pasar los días en continua vacilación, pensando con inquietud en la ira que de ella se apoderaría, esperando, como todos los débiles, en que algún acontecimiento imprevisto le sacase del compromiso. Aquel modo de romper las relaciones, sin riña, sin convenio, sin explicación alguna, era realmente original, pero muy propio de su carácter. Nada sabía de los martirios de su hija. No obstante, cuando pensaba en ella sentía repentino desasosiego, alterábanse sus nervios, y se ponía a dar vueltas por la estancia con visible agitación. Un vago y triste presentimiento le oprimía el corazón. El amor frenético que consiguió inspirarle Fernanda le había hecho olvidarse un poco de Josefina. En ciertos momentos se reprendía a sí mismo con amargura; pensaba que aun casado con Fernanda no alcanzaría la felicidad si no podía ver a su hija todos los días. Bien entendía que era esto imposible continuando en poder de Amalia. Por eso soñaba con arrebatársela: imaginaba con placer desatinados proyectos de rapto: huir con ella y con Fernanda a cualquier rincón del mundo tranquilo y ameno.

Acaeció que en uno de estos días de vacilaciones para el conde, fue por la mañana a casa de Quiñones Micaela, la más nerviosa y violenta de las cuatro ondinas del Jubilado. Fue con objeto de pedir consejo a Amalia acerca de un vestido que tenía en proyecto para el próximo baile del casino. Apesar de sus treinta y pico, aún seguía tendiendo redes al sexo masculino. Las visitas a estas horas eran raras; pero como la noble familia del Jubilado mantenía tan íntima relación con la señora, no vaciló la criada en pasarla al gabinete de arriba, donde aquélla se hallaba.

—Qué importuna, ¿verdad? Querida, es la hora en que se la puede a usted pillar sola—entró diciendo con la graciosa volubilidad que caracterizaba a los juveniles vástagos de Mateo.

Amalia la recibió cordialmente, pero mostrando cierta sorpresa e inquietud que Micaela no observó. Entraron en materia enseguida. La cuestión de trapos embargó por completo sus espíritus. Amalia llevó a su amiguita hacia el balcón. Pero no habían hablado muchas palabras, cuando ésta creyó percibir un débil gemido en la misma estancia. Volvió la cabeza y vio allá en un rincón a Josefina de rodillas y amarrada codo con codo al tocador, de tal suerte que le sería imposible levantarse sin alzar el pesado mueble, cosa muy superior a sus fuerzas.

Amalia se apresuró a dar una explicación.

—Esta chiquilla se está haciendo tan mala, que me veo precisada a atarla para que se esté quieta. Ayer ha mordido un dedo a la costurera; ahora acaba de romper un espejo. ¡No hay paciencia para sufrirla!

Micaela, a quien aquel castigo repugnaba, calló. Siguió la esposa de Quiñones hablándole con afectada indiferencia de su vestido; mas apesar de lo mucho que el tema debía de interesarla, la joven se mostraba bastante distraída y lanzaba frecuentes ojeadas a la niña.

Dejó ésta escapar otro gemido. Su madrina se volvió con mal reprimida cólera.

—¿Quieres callar, eh? ¿quieres callarte?

Y la miró un buen rato con extraordinaria fijeza.

Volvió a anudar la plática, pero en su voz se notaba leve alteración. Micaela estaba más y más distraída. La indignación le iba subiendo hacia la garganta, y hubiera concluido por hacer alguna desagradable advertencia a su amiga si la chica no se hubiera quejado de nuevo.

—Vaya, está visto que no nos has de dejar en paz—dijo la dama haciendo esfuerzos por sonreír.—Habrá que darte suelta.

Fue allá y la desató, empleando en ello bastante tiempo; la cuerda daba tantas vueltas alrededor de su pequeño cuerpo como si fuese un baúl liado. Mas al tiempo de levantarse la niña, no pudo. Sin duda hacía algunas horas que estaba en aquella dolorosa postura; los músculos, se habían anquilosado.

—¡Arriba zancas!—dijo bromeando, mientras la ayudaba a levantarse.

Micaela observaba la escena con estupor; relámpagos de ira cruzaban por sus ojos.

—No te gustaba la posturita, ¿eh? Pues, hija mía, si quieres no volver a ella hay que ser buena y obediente, ¿verdad, Micaela?

Ésta no despegó los labios, cada vez más fosca, apesar de la sonrisa melosa que contraía el semblante de la valenciana.

—Bueno—prosiguió, acariciando la rubia cabeza de la niña,—ya estás perdonada, pero ¡cuidado con hacer maldades! Vete abajo y pídele un beso a Concha.

La niña, al oír estas palabras, se puso densamente pálida, permaneció inmóvil algunos momentos, y al fin se dirigió a la puerta con paso vacilante. Antes de llegar a ella, Micaela, que la seguía atentamente con la vista, observó que llevaba los ojos cubiertos de lágrimas. Amalia reanudó la conversación de trapos.

No se habían pasado tres minutos cuando llegaron al gabinete, lejanos y apagados, los gritos de la niña. Micaela se estremeció; inclinó la cabeza hacia la puerta para escuchar mejor. Amalia alzose vivamente de la silla y fue a cerrar la puerta. Los gritos dejaron de oírse, pero la nerviosa joven tampoco oyó ya las palabras de Amalia. Un gran desasosiego se apoderó de ella; subíanle vapores a la cara y al pensamiento atroces deseos de desvergonzarse con aquella malvada, de llamarla judía, bribona, infame. Todo lo que pasaba en aquella casa se le representó de golpe. Los celos primero, después la noticia del matrimonio de Luis cayendo como una bomba, luego la venganza miserable, en la hija, del abandono del padre. Conocía bien el carácter rencoroso de la valenciana. Pero ¿qué adelantaría con injuriarla en aquel momento? Producir un grave escándalo y que la arrojasen de la casa. Micaela, apesar de su temperamento violento, tenía un corazón compasivo. Lo que más la preocupó fue el hacer algo en favor de la infeliz criatura. Y tuvo serenidad suficiente para disimular un poco y pensar que el mejor partido era decírselo todo inmediatamente al conde, quien seguramente ignoraría tan ruin venganza. Procuró terminar cuanto más pronto y se despidió sin poder ocultar enteramente su turbación.

Cuando se vio en la calle sintió la necesidad de desahogar su pecho. Pensó en María Josefa, que vivía allí cerca y que profesaba a la niña expósita tierno cariño. Entró en su casa agitada, trémula, y antes de pronunciar palabra dejose caer en un sofá, dándose aire con la punta de la mantilla.

—¡Uf! Me ahogo... ¡No sabes lo que me acaba de pasar! ¡Es una infame, una malvada que tiene que arder en los infiernos! Siempre lo he dicho y las tontas de mis hermanas no quieren creerme. ¡Es muy perversa esa tísica! Tiene el corazón de una hiena.

—¿Pero qué hay?—preguntó con asombro, muerta de curiosidad, la sagaz jamona.

Entonces la nerviosísima hija del Jubilado le relató, tartamudeando por la ira, la situación en que había hallado a Josefina, la palidez de la niña después de la extraña invitación de su madrina, los gritos que había escuchado como si la estuvieran dando tormento. María Josefa unió inmediatamente sus imprecaciones a las de la joven. Sacaron a relucir todos los testimonios de maldad que conocían de la esposa del maestrante y resolvieron dar parte de lo que ocurría al conde, aunque averiguándolo antes con más pormenores. Para ello, aquella misma tarde, se pusieron al habla con María la planchadora, que hacía algunos días había salido de casa de Quiñones. Al principio ésta, por temor a las consecuencias, se manifestó reservada. Concluyó, no obstante, por dar suelta a la lengua y referirles las mil iniquidades que la señora de Quiñones cometía con la niña recogida. Quedaron horrorizadas. Pensaron en dar parte al juzgado, pero sobre enemistarse por completo con la fiera valenciana (lo que, dicho sea en honor suyo, no les preocupaba gran cosa en tales momentos), comprendían que sería de escaso o ningún resultado. Los Quiñones eran la gente más poderosa de la población; D. Pedro, jefe del partido gobernante, en la provincia; las autoridades, hechura suya o sometidas a su influencia. Todo se taparía enseguida y quedaría como antes. Lo mejor era dirigirse al conde. Pero éste se hallaba a la sazón en la Granja. Además, aunque todos, o casi todos, supiesen el secreto de la niña, no era posible darse por enterados. Después de algunos debates decidieron escribirle la siguiente carta, firmada solamente por María Josefa: «Sr. Conde de Onís. Mi estimado amigo: Con la debida reserva le comunico que la niña recogida por nuestros amigos los señores de Quiñones, y por quien tanto nos interesamos todos, es objeto en aquella casa de crueles tratamientos. Creo que tenemos el deber de intervenir para que cesen. Usted me dirá lo que debe hacerse y que a mí como mujer no se me alcanza. Si quiere conocer los pormenores del martirio de la criatura diríjase a la criada María que hace algunos días dejó de servir en casa de D. Pedro. Suya afectísima amiga, María Josefa Hevia.»

Luis arrugó la carta entre sus manos crispadas. Toda la sangre se le agolpó a la cara. Sin darse cuenta de lo que hacía salió de casa y casi a la carrera tomó la carretera de Lancia, llegando a ésta en pocos minutos. Aquel vago y terrible presentimiento que sentía realizábase al fin. Amalia se vengaba ferozmente. El sentido oculto de la carta era ése: se dirigían a él como padre de Josefina y causa de su desdicha. No sabiendo qué partido tomar, fue a su casa para reflexionar. Sólo había en ella una criada vieja cuidándola. De ésta se valió para averiguar dónde estaba María y pasarle un recado a fin de que viniese a verle. No se equivocó la planchadora sobre el objeto de tal llamamiento. En cuanto le fue posible acudió a la cita, y después de hacerle prometer que no haría uso de su nombre para nada, le dio cuenta circunstanciada de los trabajos que estaba pasando la inocente niña. Escuchábala pálido, desencajado, sin poder reprimir los violentos y frecuentes golpes de su corazón. Cuando llegó a narrarle ciertos odiosos y terribles pormenores, el conde principió a dar vueltas por la estancia como fiera enjaulada, a mesarse los cabellos, a arañarse la cara, lanzando rugidos de coraje.

Al quedarse solo, mil ideas, todas desatinadas, se le atropellaron en la mente. Quería entrar a viva fuerza en casa de Quiñones y llevarse a su hija; quería retorcer el cuello a aquella vil mujer; quería decírselo todo a D. Pedro; quería dar parte al juez y meter en un calabozo a la infame. Afortunadamente sus accesos eran tan violentos como cortos. Vino el abatimiento, el llanto. Corrió a casa de su prometida y le contó sollozando lo que ocurría; se confesó con ella por vez primera. La buena Fernanda unió sus lágrimas a las de él, enternecida por la suerte de la infeliz criatura y por el dolor de su amado. Larguísimo rato pasaron comentando los terribles sucesos y buscando medios de conjurar aquella ruin venganza. Fernanda logró, al fin, persuadirle a que apelara a medios suaves. Pensar en conseguir algo por la fuerza era insensato. El conde, ni aun confesando su falta, tenía derecho alguno sobre la niña. Provocar un escándalo era inútil. Acudir a los tribunales, lo mismo. Ningún criado se atrevería a declarar contra su ama, y las cosas quedarían peor que antes. Al fin el conde se decidió a escribir una carta a su antigua amante.

«En este momento acaban de decirme que nuestra Josefina, nuestra adorada Josefina, está padeciendo martirios increíbles de tu mano. Creo que es una vil calumnia. Conozco tu genio, que es vivo y fogoso, pero noble. No puedo atribuirte semejante cobardía. Te escribo solamente para cerciorarme de que esta angelical criatura sigue siendo el encanto de tu vida. Si no fuese así, dímelo y buscaremos un medio de que pase a mi poder. Te supongo enterada del paso que voy a dar. No quiero decirte nada. Era inevitable más tarde o más temprano. De todos modos puedes estar segura de que mi remordimiento está endulzado por el recuerdo dulcísimo de los años que te he amado. Adiós. Escríbeme alguna palabra amable.»

XIV

La capitulación.

Josefina se demacraba. Sus mejillas tenían la palidez de la cera. En sus ojos, de mirar suave y apacible, se notaba constantemente el extravío del terror; en torno de ellos el sufrimiento había trazado un círculo violáceo. Hablaba muy poco, no reía jamás. Cuando la dejaban en paz, sentábase en cualquier rincón y permanecía inmóvil mirando a un punto fijo, o bien se acercaba al balcón y escribía en los cristales con el dedo.

A veces, a despecho de tanto dolor, la naturaleza infantil revindicaba sus derechos. Veía al gato acercarse lentamente a ella con el rabo derecho, el espinazo arqueado, solicitando sus caricias con débil ronquido. Dejábase caer en el suelo, le llamaba, le traía hacia sí y principiaba a pasearle las manos por el lomo, a rascarle la cabeza y hacerle cosquillas debajo del cuello, murmurándole al mismo tiempo en el oído palabras de cariño, un gorjeo mimoso que el animal acogía con espasmos de voluptuosidad. «Te quiero, te quiero. Tú eres muy bueno. ¿Verdad que eres bueno? Ya no me arañas como antes. ¿A quién quieres más en la casa? ¿Di, rico? ¿Quién te ha dado una sardina ayer? ¿Quién te pone el platito con leche todos los días? Y si pudiese darte siempre pescado también te lo daría, porque sé que es lo que más te gusta, ¿verdad, rico mío? Pero no has de robar nada; ya sabes que te pegan. No orines más en la cama de Manín. Mira que te va a matar; lo ha dicho el otro día en la cocina. Y coge muchos ratones para que madrina te quiera y no te echen de casa.»

El gato, extasiado, susurraba allá en el fondo de la garganta mil síes complacientes, y se frotaba contra ella cada vez más acaramelado y pegajoso. Tendíase la niña boca arriba llevándole abrazado, le apretaba contra su pecho, le besaba, y a veces, olvidada de sus martirios, derramaba lágrimas de ternura. Pero cualquier rumor en la habitación contigua le hacía levantarse sobresaltada con el espanto en los ojos, arrojaba el gato lejos de sí y esperaba inmóvil lo que viniera. Casi siempre algún castigo cruel.

—¡Pícara, así ensucias los vestidos arrastrándote por el suelo! ¡Aguarda aguarda!

Por efecto de los continuos miedos que experimentaba contraíase con fuertes movimientos irregulares su vejiga y hacía que involuntariamente se le escapase en muchas ocasiones la orina. Esto era lo que ponía fuera de sí a la irascible Concha. Si notaba en el suelo (porque la ropa sólo muy rara vez se la veía) signos de aquella debilidad, encrespábase como una hiena.

—¡Gorrina, indecente! Parece mentira que la señora mantenga en su casa este bicho asqueroso. Si fueses cosa mía, te desollaba viva.

Pero aunque no era cosa suya, procedía como si lo fuese: la desollaba a azotes. Una vez su furor fue tan grande que, cogiéndola por las orejas, le higo lamer el suelo mojado.

La hora más terrible para la criatura era la de las lecciones. Amalia se las señalaba por la mañana temprano; grandes trozos de la historia sagrada y de la gramática. Josefina se retiraba a un rincón y hacía esfuerzos desesperados por retenerlos en la memoria. Un poco antes de comer, Concha, que era la encargada de tomárselas, se sentaba en una silla, sacaba la famosa ballena y, con ella en una mano y el libro en la otra, daba comienzo a sus funciones pedagógicas. Cada tropiezo, cada palabra que la niña olvidaba costábale un ballenazo en la cara, en el cuello o en las manos. Y como su memoria no era bastante fuerte, y por otra parte el miedo se la obstruía, aquello era un incesante machaqueo.

Aún peor si se las tomaba su madrina. Concha era fríamente cruel; no levantaba la mano sino cuando cometía la falta, como una máquina de castigar. Pero Amalia a los pocos momentos se ponía nerviosa, el llanto de la niña excitaba sus sentidos, entraba en furor como una pantera hambrienta, y concluía por golpear frenéticamente hasta que la dejaba trémula y ensangrentada a sus pies.

Desde la carta del conde había aumentado, si era posible, su odio a la criatura; la trataba aún más despiadadamente. Herida en lo más vivo de su orgullo por aquella diplomacia fría, protectora, insultante que en su sentir respiraban las palabras de su antiguo amante, vomitaba la rabia de su corazón sobre la hija. Además, la idea de que Luis tenía noticia de aquellos martirios, y le dolían vivamente era aliciente mayor para prodigarlos. ¡Que sufriese ella, que sufriese él, el vil, el pérfido, que había gozado de su juventud, y cuando la halló vieja la arrojó como un trapo sucio a la barredura!

En uno de estos días de profunda y rugiente cólera la vida de Josefina corrió inminente peligro. A la hora de costumbre fue llamada al comedor para dar sus lecciones. Concha se acomodó en su silla y con no disimulado regodeo sacó del pecho la fatal ballena. Aquel día le pedía el cuerpo un razonable desahogo de golpes. La niña se acercó a ella temblando como siempre y le entregó los libros. Y ya comenzaba a recitar con labio balbuciente un capítulo de la historia sagrada cuando vino a interrumpirlas Manín. Entró con su eterna chaqueta verde, calzones cortos, su gran calañés mugriento, haciendo temblar el piso con los zapatones claveteados. A esta indumentaria, arcaica ya en la provincia, debía gran parte de su notoriedad y la fama de terrible cazador de osos que había tenido. Entró con la cabeza gacha como siempre y, espatarrándose bajo el dintel de la puerta, preguntó:

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