D. ARMANDO PALACIO VALDÉS (continued 2)
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—¡Adiós! ¡ya se nos va Manuel Antonio al folletín!—exclamó la dama con una risita nerviosa.—Las personas pudientes no dejan a sus hijos envueltos en estos andrajos.
En efecto, la niña venía cubierta por unos trapos miserables y una manta raída y sucia.
—Despacio, Amalia, despacio—apuntó Saleta con su voz clara, tranquila.—Yo he recogido en el portal de mi casa, hace ya muchos años, hallándome en Madrid, un niño que venía envuelto en muy toscos pañales. Al cabo de algún tiempo averiguamos que era hijo de una elevadísima persona que no puedo nombrar.
Todos los ojos se volvieron con sorpresa hacia el magistrado gallego.
—Una elevadísima persona; eso es—prosiguió después de una pausa, con el mismo sosiego impertinente.—Bien fácil era, por cierto, adivinarlo fijando un poco la atención en los rasgos de su fisonomía, enteramente borbónicos.
El estupor de los circunstantes fue profundo. Se miraron unos a otros con una leve sonrisa burlona que, como de costumbre, Saleta pareció no advertir.
—¡Atiza!—exclamó Valero.—¡Abra uzté el paragua, D. Zanto!
—El niño se murió a los dos meses—prosiguió imperturbable Saleta.—Por cierto que cuando lo llevamos al cementerio se unió a la comitiva un coche que nadie supo a quién pertenecía. Yo lo conocí porque lo había visto en las Caballerizas reales, pero me callé.
—¡Ya ezcampa!—murmuró Valero.
—Bien, Saleta, ya nos contará usted de día eso. Por la noche tales cosas espeluznan—manifestó el marica de Sierra guiñando el ojo a los otros.—Lo que hay que pensar ahora, Amalia, es lo que se va a hacer con esta niña.
La dama se encogió de hombros con indiferencia.
—Phs... no sé... La dejaremos esta noche aquí. Mañana le buscaremos una nodriza que quiera tenerla en su casa... porque en ésta, a la verdad, es un trastorno.
—Si usted no quiere tenerla en casa, yo me encargo con mucho gusto de ella, Amalia—dijo María Josefa, que estaba un poco apartada paseando a la niña y arrullándola para hacerla callar.
—No he dicho que no quería—manifestó con viveza la dama.—Recogeré esa niña, porque tengo más obligación que nadie, ya que me la confían... Pero, como usted comprende, para hacerlo necesito contar con mi marido.
Los tertulios aprobaron estas palabras con un murmullo.
Justamente se presentaba Manín preguntando de parte de D. Pedro qué significaba aquel ruido. Se le explicó. El señor de Quiñones se hizo trasladar de nuevo en su sillón con ruedas a la sala; vio a la niña y se interesó extremadamente por ella. Inmediatamente declaró que no saldría de su casa, ordenando a un criado que al amanecer fuese en busca de nodriza.
Por lo pronto se trajo a la criatura leche y té en un frasco con pezón de goma; se la abrigó con más y mejor ropa. Los tertulios presenciaron con cariñoso interés estas operaciones. Las señoras lanzaban gritos de entusiasmo; se les arrasaban los ojos de lágrimas al ver el ansia con que la mamosa niña chupaba el pezón del frasco. Así que se hartó, despidiéronse todos de nuevo, no sin depositar antes cada uno un beso en las mejillas de la pobrecita expósita.
El conde de Onís no había desplegado los labios en todo este tiempo. Se hallaba retraído en tercera o cuarta fila, siguiendo con ojos de susto los cuidados que a la criatura se prodigaban. Y trató de irse con disimulo sin nueva despedida; pero Amalia le detuvo con alarde de audacia que le dejó petrificado.
—¿Qué es eso, conde, no quiere usted dar un beso a mi pupila?
—¡Yo!... Sí, señora... no faltaba más.
Y pálido y trémulo, se aproximó y puso sus labios en la frente de la criatura, mientras la dama le contemplaba con sonrisa provocativa y triunfal.
III
La cita.
Esta fue la tercera noche en que el conde de Onís apenas pudo cerrar los ojos. Nada más natural que en las dos anteriores estuviese agitado, calenturiento; pero ahora, ¿por qué? Todo se había resuelto como apetecía. La empresa se había llevado a cabo con felicidad. No le restaba más que dormir tranquilo sobre su triunfo. Sin embargo, no era así. Apesar de su figura robusta y gallarda, poseía el conde un sistema nervioso excesivamente impresionable. La más ligera emoción turbaba su espíritu, le inquietaba hasta un grado indecible. Tal exquisita sensibilidad le venía por herencia y también por educación. Su padre, el coronel Campo, había sido un hombre concentrado, sensible, de una susceptibilidad tan delicada que le hizo mártir en los últimos años de su vida. Todo el mundo recordaba en Lancia el interesante y conmovedor episodio que cerró aquella vida caballeresca.
El coronel mandaba las fuerzas de defensa de una plaza en el Perú cuando la insurrección de las colonias americanas. La plaza fue tomada por los insurrectos de un modo insidioso y por sorpresa. Un malvado denunció al coronel ante el gobierno de Madrid como culpable de traición, aseverando que se hallaba en connivencia y sobornado por el enemigo. Con harta precipitación, sin examen imparcial de los hechos y sin tener presente la brillante hoja de servicios del conde de Onís, el rey le privó de su empleo en el ejército y de todas las cruces y condecoraciones que poseía. Bajo el peso de aquella horrible injusticia, el pundonoroso militar quedó anonadado. Sus compañeros le arrancaron la pistola en el momento de atentar a su vida. Acompañado de su fiel asistente y de un primo se trasladó desde Madrid, adonde había venido a defenderse, a Lancia, donde le esperaba su esposa y su hijo de corta edad. La vida de familia fue un sedante para la terrible llaga abierta en el corazón del soldado. Pero aquel bravo, que tantas veces había desafiado la muerte, no tuvo valor para soportar las miradas y la curiosidad de sus convecinos. En vez de rebelarse contra la injusticia que se le había hecho, en vez de tratar de convencer a sus paisanos de su inocencia, lo que no le hubiera costado gran trabajo, porque todos estimaban su carácter y conocían su valor, lleno de vergüenza, como si realmente fuese criminal, huyó las miradas de la gente, se retrajo a su casa, y solo paseaba por la huerta que detrás de ella se extendía, cercada de alta y deteriorada tapia.
El palacio de los condes de Onís merece especial mención en esta historia. Era un edificio antiquísimo, el más antiguo de la ciudad en unión de algunos restos de la primitiva basílica que aún quedaban en pie. No se había salvado otra cosa del horroroso incendio que en el siglo XIV había destruido la población. Su aspecto más era de fortaleza que de mansión. Pocas y estrechas ventanas cortadas por columnas de piedra, distribuidas caprichosamente por la fachada; una pared lisa de piedra, ennegrecida por los años; algunos agujeros cuadrados cerca del techo, a guisa de aspilleras; una gran puerta de medio punto reforzada con grandes clavos de acero. Por dentro era inmensa y tenía más alegría. El patio ancho, más ancho que la calle. Por la parte trasera la luz del mediodía bañaba sus ventanas. Los árboles de la huerta metían las ramas por ellas, sirviendo de fresca cortina para templar sus rayos. El conjunto de aquel vetusto caserón ofrecía misterio y encanto singulares para los lacienses dotados de imaginación, en especial para los niños, únicos seres que conservan, en nuestra edad prosaica, la fantasía despierta. Su fachada, si es que tal nombre puede darse a aquella lisa pared con pequeños huecos tirados a granel, daba a la calle de la Misericordia, una de las más céntricas de la ciudad. Una de las ventanas, quizá la más ancha, enfilaba la calle de Cerrajerías, y por ella se veía la catedral a lo lejos.
Aquí se encerró o se sepultó el ex-coronel Campo, sin que bastasen los ruegos de su esposa y de los pocos parientes que frecuentaban su trato para hacerle desistir de tal resolución. Su ociosidad fue de provecho para la casa. Hizo arreglar la huerta, puso algunos miradores en la parte trasera, amuebló varias habitaciones, enlosó el patio, etc. El oscuro caserón, sin perder su aspecto vetusto y misterioso, se trasformó por dentro en agradable morada. Pero el deshonorado militar se consumía, se secaba dentro de ella como un árbol sin luz y sin agua. Una melancolía profunda minaba su organismo, le arrugaba la piel, blanqueaba sus cabellos, debilitaba sus piernas y ponía trémulas sus manos. A los cincuenta y ocho años de edad representaba tener setenta. Dentro de la casa no se le sentía. Paseaba por los corredores como un fantasma. Trascurrían los días sin que nadie le oyese el metal de la voz. Pero no se mostraba adusto con nadie. Una sonrisa dulce y triste vagaba constantemente por sus labios. No buscaba las caricias de su hijo, pero cuando le tropezaba casualmente por los pasillos le cogía la cabeza, se la besaba amorosamente, murmuraba algunas palabras tiernas en su oído y repentina y precipitadamente se alejaba, algunas veces con lágrimas en los ojos. Pensaba que era una gran desgracia para aquel pequeñuelo, rubio y hermoso como un querubín, el haber nacido hijo de un padre deshonrado. El infeliz le pedía perdón, con la mirada, de haberle engendrado.
Hacia el año 1829, cuatro después de haber llegado de América, el coronel era un verdadero espectro. Dormía bien, comía bien, no le dolía nada; pero aquella vida se escapaba en efluvios invisibles y constantes, en lenta y pavorosa consunción. Su esposa hizo venir un médico, luego otro y otro. Todos dijeron lo mismo. Era necesario salir, distraerse, cultivar el trato de la gente. Precisamente las únicas medicinas que el conde estaba resuelto a no tomar. Poco a poco fue permaneciendo más horas en la cama; se levantaba tarde; se acostaba temprano. Perdió el gusto para trabajar en la huerta. No salía de las cuatro paredes de la casa. Dentro de ella dejó de ocuparse en las cosas que antes le entretenían; hacer estuches, cuidar la pajarera y otras obras manuales. Las pocas horas que permanecía fuera de la cama pasábalas, bien sentado en una butaca, ya paseando por los corredores en silencio. Al cabo dejó de levantarse. Todo esto lo recordaba Luis perfectamente. Entraba en su cuarto, le veía tendido mirando al techo con extraña y terrible tristeza pintada en el rostro. Al entrar su hijo volvía la cabeza, sonreía, le llamaba por señas y, después de darle un beso, le empujaba para que se fuese.
Un día el niño percibió mucho ir y venir por casa; los criados corrían azorados, cambiaban entre sí palabras rápidas; los pocos parientes y amigos que visitaban la casa estaban todos allí y tenían unas caras largas, largas, que le aterrorizaban. Acercándose al gabinete de su padre, vio que levantaban un altar. Preguntó sencillamente lo que aquello significaba, y una criada, llevándole a un rincón, le dijo que no se asustase, que su papá había deseado confesarse y recibir la Comunión, y que su Divina Majestad vendría pronto a visitarle. Esta recomendación de no asustarse, hecha repetidas veces, produjo el efecto contrario. Comprendió que algo grave pasaba. En efecto, el conde de Onís se moría, se iba por la posta, según decían sus deudos. El médico ordenó que le dispusiesen.
A las seis de la tarde, cuando ya había oscurecido, las puertas del palacio de Onís se abrieron para recibir al sacerdote portador de la Sagrada Hostia, que venía en el carruaje de la casa. Los criados y parientes esperaban en el portal con hachas encendidas. Una larga fila de personas de todas clases venía detrás, también alumbrando. Muchas de ellas acudían por verdadera devoción y por la estima que les inspiraba el enfermo. Las más, sólo por satisfacer la curiosidad de verle después de tanto tiempo, aprovechando aquellas críticas y solemnes circunstancias. Penetró hasta la habitación del moribundo todo el que quiso. A nadie se puso obstáculo. Pero no pudieron todos cumplir su gusto, porque no cabían. Llenose enseguida el gabinete del conde de una muchedumbre abigarrada, personas decentes, menestrales, niños, todos empinándose para contemplar al prócer caído en la desgracia, y que ahora iba a caer en el oscuro seno de la muerte, en el eterno olvido. El deán de la catedral, su amigo y confesor, avanzó con la Hostia levantada. Los presentes se hincaron de rodillas. Reinó un silencio lúgubre. En aquel momento el enfermo, a quien habían incorporado dijo en voz alta, dirigiéndose a los circunstantes arrodillados:
—Juro por el Dios Sacramentado, que va a entrar en mi cuerpo, que no he sido traidor a mi patria, y que en la guerra de América me he portado siempre como un militar honrado y leal.
Su voz, que parecía salir de un cadáver, resonó clara y estridente en la cámara. Hubo un murmullo reprimido entre la gente. El deán, con lágrimas en los ojos, respondió:
—¡Bienaventurados los que padecen hambre y sed de la justicia!
Y le puso la sagrada partícula en la boca.
La noticia voló por la ciudad. Aquel extraño y terrible juramento, que se repetían unos a otros, causó impresión profunda en el público. Los parientes y amigos del conde peroraban con exaltación en todos los grupos. A uno de aquéllos se le ocurrió dirigir una exposición al rey, firmada por todos los vecinos, pidiendo que se revisase de nuevo el proceso del coronel. Pero ya se le había adelantado el deán, hombre fogoso y elocuente, que logró que el obispo y el cabildo le diesen su representación para ir a Madrid a gestionar la rehabilitación de su amigo de la infancia. Éste había mejorado un poco: por lo menos, la enfermedad se había estacionado. La consunción seguiría, pero al exterior no se notaba. No se le dijo nada de lo que se tramaba. El deán tuvo tiempo a ir a Madrid, lograr una audiencia del rey, hablarle al alma pintándole con elocuencia el solemne juramento que había escuchado, recabar de S. M. un real despacho reintegrando al conde en todos sus honores, cruces y condecoraciones, y volverse a Lancia loco de ansiedad. ¡Qué alegría cuando supo que su amigo no había expirado! Desde la galera acelerada en que hizo el viaje corrió al palacio de Onís y con las debidas precauciones para no impresionarle demasiado le comunicó la fausta nueva.
El coronel quedó algunos momentos ensimismado con la cara metida entre las manos.
—¿Qué hora es?—preguntó al cabo.
—Las doce acaban de dar.
—¡A ver, pronto, mi uniforme!—exclamó con extraña energía incorporándose sin ayuda de nadie.
—¡Rayo de Dios! ¡Enseguida, mi uniforme!—volvió a proferir con más violencia, viendo que nadie se movía.
La condesa fue al armario y lo trajo al fin. Se hizo vestir rápidamente, se puso sobre el pecho la banda de Carlos III y todas las cruces que había ganado. Eran tantas que, no cabiendo en el costado izquierdo, tenían que ir algunas al derecho. En esta forma se hizo conducir a la ventana que enfilaba la calle de Cerrajerías, y allí se colocó en pie. No tardaron en salir los fieles de misa de doce, la más concurrida de las que se celebraban los domingos. Todos pudieron contemplar ya desde lejos aquella figura extraña, aquel cadáver vestido de gran uniforme. Y con un sentimiento de asombro, de respeto y de compasión, todos desfilaron en silencio por debajo de la ventana, sin poder separar los ojos de ella. Durante tres domingos consecutivos el coronel tuvo fuerzas para levantarse y colocarse en el mismo sitio. Allí permanecía media hora inmóvil ostentando sus insignias con los ojos extáticos en el vacío, sin ver ni oír a la muchedumbre que se agrupaba delante del palacio y se lo mostraban unos a otros poseídos de grave y dolorosa emoción. Al cuarto quiso hacer lo mismo, se incorporó con violencia para que le vistieran, pero volvió a caer al instante sobre las almohadas para no levantarse más. Por la noche entregó el alma a Dios aquel bravo y pundonoroso soldado.
¡Pobre padre! El conde no podía recordar aquella escena, que había quedado profundamente grabada en su cerebro, sin que las lágrimas se le agolparan a los ojos. De él había heredado la exquisita delicadeza en el sentir, una susceptibilidad que llegaba a ser enfermiza, no la serenidad, la iniciativa, la firmeza inquebrantable que realzaban el alma del coronel Campo. El actual conde tenía un temperamento excesivamente sensible y tierno, un fondo de honradez y de vergüenza que era el patrimonio moral de los Campo. Mas estas cualidades se contrarrestaban por un carácter débil, fantástico, sombrío, el cual le venía, sin duda, de la familia de su madre.
D.ª María Gayoso, condesa viuda de Onís, hija del barón de los Oscos, era un ser original, tan excepcionalmente original que rayaba en lo inverosímil. En toda su familia, desde tres o cuatro generaciones hasta ella por lo menos, había apuntado algo estrambótico que en algunos de sus miembros tocaba en las lindes de la locura y en otros entraba de lleno dentro. Su abuelo había sido un empedernido ateo partidario de Voltaire y la Enciclopedia que a última hora se había entregado a la embriaguez, y según la conseja del pueblo fue arrastrado un día por los demonios al infierno. En realidad murió de combustión espontánea, lo que pudo dar pábulo a semejante fábula. Su padre fue un mentecato a quien su madre, mujer de rara energía, tuvo siempre esclavizado hasta la degradación. De sus tíos, uno paró en el manicomio, otro fue notabilísimo matemático, pero tan excéntrico que sus rarezas se guardaban en Lancia como manantial de anécdotas chistosas; otro se metió en la aldea, se casó con una labradora y se mató a fuerza de aguardiente. No tenía más que un hermano, el actual barón de los Oscos. También era un ser original y excéntrico. Al comenzar la guerra civil se pasó al bando del Pretendiente e ingresó en su ejército, pero a condición de servir como soldado raso. Toda la campaña hizo de esta suerte. No fue posible, por más empeño que en ello pusieron los magnates que rodeaban a D. Carlos y el mismo rey, obligarle a aceptar el despacho de oficial. Fue herido varias veces y una de ellas de tan mala manera, en la cara, que le quedó una profunda cicatriz. Como su rostro era ya de lo más desgraciado que pudiera verse, aquel surco sinuoso y colorado acabó de prestarle una apariencia monstruosa y hasta temible.
Era más joven que su hermana María. No llegaba aún a los cincuenta años. Vivía célibe y solo en la casa solariega que los Oscos tenían en la calle del Pozo, nada magnífica por cierto. Iba rara vez por casa de su hermana, no por antipatía, sino por lo retraído y áspero de su genio. Salía poco de casa, sobre todo de día. Tenía contadísimos amigos. El más íntimo de todos, el único puede decirse que gozaba de su intimidad, un fraile exclaustrado, que antes de ordenarse había servido en las filas del ejército como oficial. Fray Diego era su perpetuo camarada. El barón, por su carácter sombrío, por sus excentricidades, y sobre todo por lo espantable de su rostro, inspiraba general temor en la población. Los niños sentían en su presencia un terror pánico. Los padres y las niñeras, para reducirlos a la obediencia, les amenazaban con él:—¡Se lo voy a decir al barón!—¡Que viene el barón!—Hoy he visto al barón y me preguntó si eras obediente, etc. Y el barón, por su gesto, constantemente desabrido, por lo bronco y recio de la voz y por la brusquedad con que acostumbraba a hablarles, era para las inocentes criaturas un verdadero ogro. Iba constantemente armado de un par de pistolas; el estoque de su bastón era un verdadero sable. Se decía que había disparado sobre un criado sólo porque le había abierto una carta, y que en varias ocasiones había cogido a los niños que se atrevían a hacerle muecas en la calle, los metía en la cuadra, los desnudaba y los azotaba cruelmente con las correas del freno de su caballo. Verdaderos o inventados estos cuentos, contribuían a acreditarle entre el elemento infantil de Lancia como un monstruo de ferocidad del cual había que huir, si el temblor de las piernas lo consentía.
Una de las cosas que más coadyuvaban a infundir el terror en los pequeños y cierto respeto, no exento de miedo, en los grandes, era el caballo que el barón poseía; un caballo de ojo ardiente y feroz y de genio tan furioso que nadie osaba montarle más que él y su amigo Fray Diego, que había servido en caballería. Para sacarlo a beber lo llevaban siempre del diestro, y aun así el indómito bruto iba tirando saltos y coces, poniendo en conmoción a los transeúntes. Cuando el barón lo montaba, y dando corcovos y alzándose de brazos salía de casa, la calle se estremecía, los vecinos se asomaban a las ventanas, los niños se refugiaban en las faldas de sus madres, todos contemplaban atónitos aquel centauro temeroso. Realmente el barón de los Oscos en tal momento, con su rostro desfigurado, los ojos encarnizados, los grandes bigotes empalmados con las patillas, cerdosos y erizados, y el formidable torso pegado al caballo, era una figura que infundía espanto. Había que remontarse con la fantasía a la irrupción de los bárbaros para hallar algo semejante. Ni Alarico, ni Atila, ni Odoacro debían de tener aspecto más feo y siniestro ni producir más grima. Júzguese del efecto que causaría entre los vecinos tímidos cuando una temporada le dio por salir a caballo pasada la medianoche y recorrer las calles de la ciudad acompañado de un criado, caballero asimismo en otro corcel.
La condesa de Onís era dentro de su sexo un tipo tan estrafalario, por lo menos, como su hermano. Bajita, rechoncha, cara redonda y pálida con ojos negros y muertos, el cabello pegado a las sienes con goma de membrillo, vestida constantemente con el hábito morado del Nazareno. Vivía recluida en su palacio como una monja en el convento. Vivía entregada en absoluto a la devoción, pero a una devoción caprichosa, fantástica, en nada parecida a la que practican las almas verdaderamente místicas. Toda su vida había dado señales de un humor excéntrico, mas desde la muerte del conde se había pronunciado tanto que bien podían tomarse sus excentricidades como manías, y no de las más leves. Cuando joven había mostrado una naturaleza tan púdica que rayaba por su exageración en lo ridículo. Sus amigas la embromaban no pocas veces afectando cierta libertad en el hablar. Tan castísimos eran los oídos de la doncella de los Oscos, que los de una miss inglesa parecerían los de un sargento a su lado. No podía sufrir que la ropa interior de su hermano fuese en unión con la suya cuando la lavandera la llevaba o la traía. Si aquél le entregaba unos pantalones para que le cosiera un botón, cumplido el encargo corría a su cuarto y se lavaba bien las manos, y aun dicen que se echaba en ellas algunas gotas de agua bendita. Apretábase el seno hasta hacerse daño; subía el cuello de los vestidos contra las prescripciones de la moda; no se mudaba la camisa sino a oscuras, y cuando no tenía los guantes puestos jamás daba la mano a un hombre. La historia de su casamiento fue verdaderamente curiosa, llena de incidentes cómicos que se repitieron durante mucho tiempo por la ciudad. Sobre todo lo que acaeció en la primera noche de novios, verdadero o inventado, era muy gracioso y digno de figurar en una novela de Paul de Kok.
Durante el matrimonio esta virtud de la castidad templose un poco. Casi parece excusado decirlo. Mas luego que quedó viuda volvió a exacerbarse de modo notable. Sobre todo, en los últimos años adquirió aspecto de locura. Cuando se rezaba el rosario, que era dos veces al día, mandaba previamente una criada al gallinero para apartar, mientras durase, al gallo de las gallinas; luego la ordenaba separar las cucharas de los tenedores y los corchetes machos de las hembras. Por último, la hacía situarse en una ventana de la fachada lateral de la casa para impedir que ninguno orinara en el rincón donde los transeúntes solían hacerlo. Un día vino el cochero a decirle que una de las yeguas estaba en el celo. Tanto se indignó que, después de haber reñido ásperamente por la osadía de notificarle tal asquerosidad, mandó inmediatamente venderla. Una vez que sorprendió al mozo de cuadra dando un beso a la cocinera se puso enferma del disgusto. Ambos salieron inmediatamente de la casa.
Le gustaba, no obstante, tener tertulia a primera hora de la noche, pero de clérigos solamente. Acostumbraba a sentarse en una butaca, delante de la cual, con intención o sin ella, probablemente con intención, colocaba dos sillas de suerte que parecía estar detrás de una valla. Poco después de entrar los presbíteros y animarse la conversación, la condesa se dormía profundamente, y así estaba hasta las nueve en que las sotanas se despedían, por supuesto sin darle la mano. Como la casa tenía capilla, salía poquísimas veces, y esas en coche. Guardaba todo el oro, que llegaba a sus manos, en los parajes más ocultos del desván o de la huerta. Algunas veces por esta avaricia, o más propiamente por esta manía de urraca, la casa se vio en verdaderos aprietos: consintió en que su hijo pidiera a préstamo algunas cantidades antes que desenterrar las peluconas. Era además golosa, muy golosa, capaz de comerse una fuente de confites sin asomos de indigestión. Pero no habían de ser fabricados por las monjas: por extraña contradicción con sus piadosas inclinaciones, odiaba todo lo que olía a convento.
Pues por esta mujer estrambótica, bien podemos decir loca, fue educado el actual conde de Onís. Su carácter se resintió muchísimo. Para contrarrestar aquella excesiva sensibilidad, aquel temperamento débil y vacilante y el humor fantástico y sombrío de que daba en ocasiones tristes muestras, se hubiera necesitado una educación viril al aire libre, un maestro inteligente y enérgico que supiera despertar en su organismo el brío y la resolución de los Campo. Sucedió lo contrario desgraciadamente. La condesa se empeñó en que no siguiese carrera que le apartase de Lancia. Estudió, pues, en la universidad del pueblo la carrera de jurisprudencia, que es la capa con que los jóvenes ricos tapan su propósito de holgar toda la vida. Mientras duró, y mucho tiempo después de terminada, la condesa le tuvo sujeto a su autoridad de un modo que resultaba ridículo. Jamás salía de casa sin pedirle permiso, no fumaba en su presencia, se recogía al oscurecer, rezaba el rosario, confesábase cuando ella lo ordenaba. Mientras su cuerpo se desarrollaba prodigiosamente, se trasformaba en un mancebo bizarro y atlético, su espíritu continuaba tan infantil y sumiso como si nunca pasara de diez años. En esta vida retraída y afeminada agravose la nativa timidez de su carácter, su sensibilidad delicada se hizo enfermiza, su genio sombrío y receloso. Y lo más lamentable era que, sin ser una lumbrera, estaba dotado de clara inteligencia y poseía una penetración frecuente en los hombres reservados y tímidos. Carecía de ilustración y de experiencia; pero sabía mantener discretamente una conversación y no se le escapaban los defectos del prójimo. Como casi todos los seres débiles, gozaba a veces malignamente a costa de ellos. Es la venganza que la gente sin carácter toma de quienes lo poseen demasiado vigoroso y espontáneo. No obstante, estas ráfagas de ironía y malignidad no eran en él frecuentes. Aparecía más bien como un joven prudente, reservado, melancólico, de trato cortés y caballeroso, de corazón sensible, lleno de cariño y de respeto hacia su madre.
Después que concluyó la carrera tuvo sus anhelos y aun proyectos de salir de Lancia, de ir a la corte, de viajar durante algún tiempo. Bastó, sin embargo, la negativa de la condesa para contenerle y hacerle desistir. Prosiguió, pues, su vida de holganza, mayor aún desde que no tenía siquiera la obligación de mirar de vez en cuando los libros de jurisprudencia.
Sólo la entretenía dedicándose a temporadas al cultivo de ciertos oficios manuales, y con la lectura de las obras románticas entonces muy en boga. Se hizo hábil ebanista, no tanto como su padre; luego le dio por la relojería. Últimamente tomó afición a una finca de labor y recreo que poseía en las inmediaciones de la población y comenzó a mejorarla notablemente. Denominábase la Granja: distaba poco más de dos kilómetros de Lancia: tenía una casa grande y vieja y destartalada: a espaldas de ella un hermoso bosque de robles y delante grandes y feraces praderas. Comenzó a ir todas las tardes después de comer; crió ganado vacuno y también algunos caballos, plantó árboles, abrió canales y levantó cercas. En la casa apenas tocó. En esta nueva afición ganó su cuerpo, que se hizo más duro y más ágil, y también su carácter. La melancolía, que tanto le atormentaba, se fue templando, serenose su espíritu, fue adquiriendo más firmeza en el trato de la gente y más seguridad de sí mismo, y ciertos accesos de humor negro, de rabia y desesperación que sin causa alguna le acometían de raro en raro y le hacían aparecer ante los criados como un epiléptico, desaparecieron por completo. De esta suerte llegó hasta los veintiocho años, en que comenzó a frecuentar la casa de Quiñones, y su vida experimentó profunda trasformación.
Eran las nueve de la mañana cuando el criado le despertó de un sueño agitado, incompleto, para entregarle una carta. La dejó caer con afectada indiferencia sobre la mesa de noche; mas luego que el criado se fue apresurose a cogerla y la abrió con visible agitación. Aunque hacía ya cerca de dos años que duraban sus relaciones con Amalia, nunca abría carta de ésta sin que le temblasen las manos. Verdad que se escribían poquísimas veces. Pero más que la rareza de las cartas contribuía sin duda a turbarle el profundo amor que en su naturaleza sensible y tímida había arraigado.
«Esta tarde a las tres. Por la tribuna,» decía la carta únicamente. Su turbación no se disipó por completo. Las citas como aquélla eran extremadamente peligrosas; le causaban, enmedio de su felicidad, una impresión de miedo que no podía vencer. Había rogado a Amalia que las suprimiese; pero no le hizo caso alguno. Y él se consideraba absolutamente incapaz de oponerse a su voluntad. Pasó la mañana nervioso, alterado. Para calmarse dio un paseo a caballo; llegó hasta la Granja; pero volvió al cabo con la misma intranquilidad que había salido.
Cuando llegó la hora señalada salió de casa y tomó la calle de Cerrajerías. Era la hora en que apenas se ve un transeúnte. Los vecinos de Lancia comen generalmente a las dos. A las tres están, pues, de sobremesa o reposando. Al final de Cerrajerías, en la esquina de la calle de Santa Lucía, está la iglesia de San Rafael, que tiene su entrada principal por aquélla. El conde penetró en el templo, después de tomar agua bendita, como el que va a hacer sus oraciones. Estaba enteramente solitario, o al menos así le pareció a la primera ojeada. A los pocos minutos, acostumbrados ya sus ojos a la oscuridad, percibió dos o tres bultos diseminados por él y postrados en oración. Arrodillose él también en el fondo oscuro, cerca de la puertecita de la escalera que conducía a la tribuna de los Quiñones, y fingió orar unos momentos. Aquello le repugnaba profundamente. Era un creyente sincero, y la piadosa y severa educación que había tenido le hacía horrorizarse de tal sacrilegio. Se le había pegado el fanatismo de su madre: tenía un miedo espantoso al infierno. También Amalia era creyente y aun pasaba en la población por piadosa; pertenecía a varias cofradías; era protectora de algunos asilos; hacía frecuentes regalos a las imágenes y se la veía acompañada de clérigos. Pero miraba aquella profanación con la mayor indiferencia. La religión era para ella cosa muy respetable, pero más respetables aún su voluntad y sus placeres.
Al cabo de unos minutos el conde se levantó cautelosamente y tiró de la puertecita, que una mano previsora había ya abierto de antemano. Tornó a llegarla y subió por la estrechísima escalera de caracol. La pequeña tribuna de la casa Quiñones estaba aún más oscura que la iglesia. Buscó a tientas la puerta del pasadizo y la empujó; mas como tenía cierre de cristales y podían verle desde la calle, se echó a gatas para atravesarlo. En la puerta que comunicaba con la casa estaba Jacoba esperándole. Era ésta una mujer de más de cincuenta años, obesa, con un vientre colosal, que se movía con trabajo, la respiración anhelante, embotada por la grasa y hablando siempre en voz de falsete. La suma discreción, la encarnación verdadera del sigilo. Nunca habían tenido otro confidente; nadie en el mundo más que ella estaba enterada de sus amores, y en el curso de ellos les había servido prodigiosamente; fue su centinela, su salvador en muchas ocasiones, su ángel tutelar siempre. No era sirviente de la casa, sino protegida de la señora. Dedicábase a correr los géneros de las tiendas, a traerlos a las casas, ganando por ello pequeñísima comisión. Esto no le bastaba para vivir aunque era ella sola y una sobrina. Pero en varias casas le hacían encargos de distinta índole y la ayudaban de mil maneras. Sobre todo en la señora de Quiñones había encontrado una protectora decidida. Cuando llegó a ser su confidente puede decirse que halló una verdadera mina. Amalia pagaba con largueza sus servicios que, en realidad, bien merecían recompensa extraordinaria.
La medianera se llevó el dedo a los labios recomendando silencio al conde, así que éste franqueó la puerta. Recomendación bien excusada por cierto, porque hasta la respiración iba conteniendo por no hacer ruido. Luego, adelantándose un poco para explorar el terreno, le hizo seña para qué la siguiese. Atravesaron un corredor, pasaron por delante de la escalera principal sin ascender por ella de miedo a encontrarse con algún criado, y fueron a buscar a la biblioteca una escalerita excusada que allí había para subir al segundo. El conde avanzaba de puntillas con el corazón palpipante. Aunque ya había penetrado otras veces en casa de Quiñones de aquella manera, le parecía siempre el colmo de la temeridad y maldecía en su interior del atrevimiento y despreocupación de su amante. Llegaron al fin al gabinete de la señora. La puerta se abrió sin que se viese a nadie. Jacoba empujó suavemente al conde, quedando ella fuera. La mano de Amalia, que se presentó de improviso, volvió a cerrar, y súbito, con arrebatado ademán, echó los brazos al cuello de su querido y le besó con apasionada ternura. Él, cohibido, agitado aún por la ascensión y trémulo, permaneció quieto, sin corresponder a tales manifestaciones de cariño. La dama le dio un golpecito maternal con la palma de la mano en la mejilla.
—Serénate, poltrón, que nadie te come aquí.
Luis hizo un esfuerzo por sonreír y se dejó caer en una marquesita forrada de raso azul.
El gabinete de Amalia contrastaba por su lujo coquetón con el abandono que reinaba en el resto de la casa. Las paredes cubiertas de tapices soberbios, los mejores de la colección que la familia poseía; los muebles flamantes, estilo Luis XV, traídos de Madrid con la magnífica cama de ébano incrustada de marfil que se veía en la alcoba, en los primeros meses del matrimonio, cuando D. Pedro se esforzaba inútilmente en ganar el corazón de su joven esposa. Respirábase allí una atmósfera perfumada, sensual, que denunciaba los gustos refinados que la dama forastera había traído allá de otras tierras a la severa mansión de los Quiñones.
Sentose sobre las rodillas del conde, y tirándole de la barba, exclamó conteniendo a duras penas los gritos, con una alegría reprimida que le brillaba en los ojos, que estallaba por todos los poros:
—¿Lo ves? ¿Lo ves como hemos vencido? ¿Lo ves como se han salvado todos esos obstáculos que se te amontonaban en la cabeza y no te dejaban ver claro? No ha sido necesario más que un poco de audacia y que Dios nos ayudase.
—¡Dios!—murmuró estremeciéndose el conde.
Ella sintió que había hecho mal en apelar a la divinidad, y se apresuró a decir con desenfado:
—Quise decir la suerte... Vamos, no empieces a ponerte cargante y tristón... Éste es un momento de felicidad para nosotros... Lo estoy tocando y me parece mentira... Mi hija, la hija de mis amores, viviendo conmigo, pudiendo verla y besarla a todas horas... ¡Qué hermosa es!... No pude contemplarla a mi gusto hasta esta mañana; pero hoy me he saciado bien... Se parece a tí... sobre todo esta parte de aquí arriba, del entrecejo. Jacoba dice que la boca es mía... No me pesa—añadió sonriendo con coquetería.—Otra cosa peor pudiera sacar de mí, ¿verdad?
—Para mí todo es igualmente hermoso.
—¡Vamos!—exclamó la dama echándose hacia atrás y clavándole una mirada de burla cariñosa.—Al fin has recobrado el uso de la palabra... Pues bien—añadió en tono serio,—tú no sabes las vueltas que hemos tenido que dar esta mañana para buscarle nodriza. Me han traído tres. Ninguna me ha gustado. Al fin la cuarta se quedó. ¡Y qué lindamente comenzó a chupar el ángel mío! Me costaba trabajo no saltar de alegría... ¡como me cuesta ahora!... Pero seamos graves... seamos graves y cargantes como el señor conde... Dime, fastidioso, ¿cómo te has arreglado para traerla? Cuéntame. ¡Qué cara tenías ayer noche al abrir la puerta del salón!
—La cosa no era para menos. A las nueve fui a buscarla a casa de Jacoba. Ya te lo habrá dicho ella. Me pasé allí cerca de dos horas. Y como si el diablo quisiera mortificarnos, la criatura chillaba sin cesar...
—Sí, sí, ya sé todo eso... ¿Y luego?
—¡Qué noche! Los chubascos se repetían sin cesar. Las calles estaban perdidas, sobre todo por aquellos barrios extraviados. Me remangué los pantalones casi hasta la rodilla, porque ¿cómo iba a entrar manchado de barro en tu salón? Quise sostener el canastillo en un brazo y llevar el paraguas abierto en la otra mano. Fue imposible. A los pocos pasos me volví y le dejé el paraguas a Jacoba. ¡Qué peregrinación, cielo santo! ¡Qué angustia! El viento me bajaba a cada instante el embozo de la capa, la lluvia me azotaba la cara y me entraba por el cuello. Tenía miedo que me mojase la niña. Además iba temiendo resbalar. ¡Figúrate si caigo en aquel momento! El viento soplaba a veces tan recio que me impedía dar un paso. Bien puedes creerme que estuve tentado a dar la vuelta y dejarlo para otro día.
—Lo creo sin que me lo jures. Demasiado sé que te ahogas en un plato de agua.
Él le dirigió una larga y triste mirada de reconvención. Amalia soltó a reír y, abrazándole y besándole con efusión, exclamó:
—No hagas caso, pobrecito. ¿Piensas que no te compadezco? El trance ha sido bien duro. Te has portado como un héroe.
El conde, bajo el peso de aquellos elogios, se ruborizó. La conciencia le gritaba que no los merecía. Se acordó de la terrible prueba por que acababa de pasar Amalia, y dijo:
—¡Tú sí, tú sí que has debido de padecer! ¿Cómo te encuentras? Ha sido una imprudencia bajar tan pronto la escalera.
—¡Oh! Yo, aunque parezco débil, soy una roca.
—Bien lo has demostrado. ¡Padecer esos tremendos dolores sin exhalar ni una queja!
—¿Qué sabes tú de esos dolores, tonto?—dijo poniéndole una mano en la boca.—¿Has parido alguna vez?
—Luego cuatro días solamente en la cama—prosiguió el joven separando dulcemente aquella mano y besándola al mismo tiempo,—y al quinto bajar al salón.
—Pues ya estás viendo que no me ha pasado nada. ¡Oh, si no llego a bajar ayer, de fijo Quiñones me manda al médico! Ya desde el segundo día estaba empeñado en que subiese... Pero ¿no sabes? Está enamorado, loco por la chiquilla. Toda la mañana ha tenido a la nodriza en su cuarto. ¡Y se le ocurren unas cosas tan peregrinas! Dice que esta niña nos la envía Dios para consolarnos de no tener familia...
El conde volvió a ponerse serio, taciturno, mientras en los labios de la dama se dibujaba una sonrisa de cruel ironía.
—A todo esto no has preguntado por ella, padre desnaturalizado—dijo metiendo sus dedos finos y blancos por la gran barba rizosa y bermeja de su amante.—Porque eres su padre, sí, su padre. ¿A que no lo niegas?—añadió acercando con mimo su rostro al de él y poniéndole los labios en el oído.—Voy a traértela.
—Pero ¿va a venir el ama?—preguntó él con terror.
—No, hombre, no—replicó riendo.—Vendrá ella solita. Verás qué bien camina ya.
El conde abrió los ojos con una expresión estúpida que la hizo reír aún más. Se puso en pie y abriendo la puerta cuchicheó un instante con Jacoba, que estaba fuera de centinela. Al cabo de pocos minutos la obesa medianera abrió otra vez la puerta cautelosamente y les entregó la niña dormida. Amalia se sentó, haciéndola descansar en su regazo. Ambos la contemplaron largo rato en silencio con éxtasis, pendientes del levísimo soplo que hinchaba y deshinchaba aquel tierno cuerpecito. Fue un instante feliz. El conde, olvidado de sus temores, se calmó: una sonrisa de vivo placer se esparció por su fisonomía dulce y melancólica. Trascurrían los minutos, y ni uno ni otro rompían aquel silencio dichoso ni se distraían un punto de la atención intensa en que sus espíritus se confundían. Aquel ser diminuto, inconsciente, aquel pedacito de carne rosada se reflejaba igualmente en sus ojos y ataba con hilos invisibles sus almas y sus vidas.
—¡Qué hermosa es! Se parece a tí—murmuró el conde con tan blando acento que apenas si llegó a los oídos de su amante.
—Aún más a tí—respondió ésta en la misma voz apagada.
Luego, por un movimiento simultáneo, ambos volvieron la cabeza y se miraron larga, intensamente, con amor.
—Te adoro, Amalia—dijo él.
—Te quiero, Luis—respondió ella. Sus manos se buscaron y se apretaron tiernamente: sus cabezas se inclinaron para cambiar un beso casto.
IV
Historia de aquellos amores.
Casto, sí. Quizá el primero en sus ya largos amores. Todo lo que de tierno y poético se desprendía de ellos, como un perfume, vino de pronto a embriagarlos, a hacerlos dichosos. Se desvaneció el remordimiento, que pesaba sin cesar en el alma delicada del conde, la agitación insana que a ambos atormentaba, el ardor, la violencia, la amargura qué iba oculta en el fondo de sus deliquios amorosos como el gusano en el cáliz de la rosa. No quedó más que el amor puro, el amor satisfecho, el amor consagrado por la santa y misteriosa fuerza de renovación que habita en el seno de la naturaleza.
¡Si se hubieran conocido antes! ¡Cuántas veces se habían repetido esta frase de los adúlteros! Si se hubieran conocido antes, probablemente se hubieran separado sin sentir el más insignificante movimiento de atracción. El amor se alimenta principalmente de dificultades, le placen los terrenos movedizos batidos por la borrasca. El de ellos no pudo hallar tierra más adecuada ni circunstancias más favorables para su germinación.
Como se sospechaba en Lancia, el matrimonio de Amalia con D. Pedro fue impuesto a aquélla por su familia, que agonizaba de hambre. D. Antonio Sanchiz, padre de la dama, era un mayorazgo valenciano que había consumido con el juego y las mujeres las tres cuartas partes de su hacienda. La cuarta que restaba se encargó de consumirla por los mismos medios su hijo primogénito, que había heredado idénticos gustos. Amalia era la última de los cinco hermanos, cuatro hembras y un varón. Su hermana primera, a quien habían tocado aún algunos rayos débiles del esplendor de la casa, logró casar ventajosamente con el hijo de un banquero rico. Nada aprovechó a su familia. Ni D. Antonio ni su hijo Antoñito pudieron ver el color de las monedas de su yerno y cuñado respectivamente. Las otras dos también casaron con jóvenes distinguidos, pero sin dinero. Amalia floreció enmedio de la total ruina de su casa. Ni su figura graciosa y delicada, ni su clara estirpe le valieron para llamar la atención de los hombres. El conocido desastre de la casa y la deplorable reputación de su padre y hermano pusieron en torno de ella una valla que ninguno se atrevía a saltar. Bien lo echó de ver enseguida y rehuyó enamorarse de los que, por pasatiempo o galantería, la festejaban. No era tipo acabado de belleza; faltábale gallardía en la figura, amplitud de formas, color en las mejillas. Mas apesar de su cuerpecito menudo y no del todo bien conformado, y de la palidez constante de su rostro, poseía especial atractivo, que cuantos la veían, y aún más los que la trataban, se complacían en afirmar. Provenía éste principalmente de sus grandes ojos negros expresivos: el alma se asomaba a ellos reflejando las más leves y fugaces emociones; ora ardían con fuego malicioso revelando la pasión recóndita, insaciable, ora se aquietaban extáticos, límpidos, en arrobo místico; ahora brillaban alegres y bulliciosos, enseguida melancólicos, tan pronto secos como húmedos, tan pronto tiernos como iracundos. Provenía también de su movilidad, de la agudeza de su ingenio y del metal de su voz simpático e insinuante. Era, en suma, una mujer graciosa e interesante.
No se sabe si por orgullo o porque realmente su temperamento ardiente y borrascoso le solicitase a ello, mostrose desdeñosa con los jóvenes ricos que galantemente la requebraban sin decidirse a pedir su mano, y entregó el corazón a un muchacho humilde, a un escribientillo del gobierno político con cuatro mil reales de sueldo, hijo de un maestro de escuela. La sangre azul de los Sanchiz brincó de cólera en las venas de D. Antonio, de Antoñito, de sus hermanas y hasta en las del banquero, su cuñado, que no la tenía. Hubo de sufrir activa y feroz persecución. Pero como no le faltaban ánimos y estaba dotada además de un espíritu ingenioso y travieso, fértil en toda clase de diabluras, es lo cierto que se burló de ellos largo tiempo, que de nada valieron los ruegos, las amenazas, ni la temporada que la tuvieron recluida en un convento. Si el escribiente no llega a morirse de una tisis que le concluyó en pocos meses, es casi seguro que la muy noble y necesitada casa de los Sanchiz sufriera el baldón de emparentar con el hijo de un maestro de escuela.
Después de esta aventura, Amalia quedó bastante desprestigiada en la población. Pero ella bien sabía que, aunque hubiera mantenido incólume su prestigio, sería lo mismo. Los hombres no se casan por el prestigio, sino por el dinero. No se le ocurrió, pues, sentir remordimientos por lo pasado. Vivió triste y resignada dos años más, mostrándose indiferente a los placeres propios de su edad, sin hacer nada para granjearse la voluntad de los jóvenes y ganar un marido. Cuando ya iba cerca de los veinticuatro abriles, y podía darse por perdida la esperanza de matrimonio, fue cuando a D. Pedro Quiñones, su tío tercero o cuarto, se le ocurrió acordarse de ella. Resistió el casarse con aquel señor, que sólo había visto de niña dos o tres veces, viudo hacía poco tiempo, y cuyas extravagancias conocía por oírselas narrar entre carcajadas a su padre y hermano, ¡los mismos que ahora la apretaban para que le aceptase por marido! No fue muy tenaz, sin embargo, en su resistencia. Estaba tan desengañada, vivía enmedio de un aburrimiento tan plomizo, de una indiferencia tan soñolienta, que así que vio a su padre colérico, después de haberla suplicado con vivas instancias, se dejó arrancar el sí. Decían todos que aquel matrimonio era la salvación de la familia. No se metió a averiguar si era verdad o pura ilusión. Después de casada supo que todo lo que su padre pudo sacar de D. Pedro fue una exigua pensión, con la cual a duras penas podía comer.
El noble vástago de los Quiñones de León se enamoró perdidamente de aquella estatua de hielo. En el viaje que hicieron desde Valencia a Lancia, la esposa se mostró tan fría, tan circunspecta y tan cortés al mismo tiempo, que D. Pedro no osó reclamar ninguno de sus derechos. En Lancia, ya sabemos por la voz pública, digna de creerse en este caso, lo que pasó.
La negativa persistente, los desprecios infinitos con que le regaló por mucho tiempo, lejos de enfriarle, encendieron más su pasión. Era Quiñones, como ya sabemos, hombre fogoso, terco, de voluntad indomable. Los obstáculos le irritaban, llegaban a enloquecerle. Quiso vencer el corazón de su esposa y no perdonó medio para ello: la colmó de atenciones, mimó sus gustos más insignificantes, viviendo por varios meses en perpetua congoja, en una verdadera fiebre de esperanzas, tan pronto vivas como muertas. Nada hubiera logrado, sin embargo, sin la astucia de su amigo el canónigo. Aquel aconsejado viaje por las montañas, lleno de sustos y peripecias, le conquistó, si no el amor de su esposa, por lo menos sus favores.
En los dos primeros años de matrimonio Amalia hizo una vida retraída, sin salir apenas del churrigueresco palacio de la calle de Santa Lucía. Vivía a solas con su aburrimiento, complaciéndose en hacerlo más insoportable, agitada por una cólera sorda que amenazaba estallar a cada instante: en la apariencia tranquila, aceptando gustosa su papel, tratando con superioridad cortés a los que se la acercaban. El desgraciado accidente sobrevenido a su esposo distrajo un poco su hastío e infundió en su corazón momentáneo sentimiento de piedad. Durante algún tiempo se creyó llamada a desempeñar cerca de él los oficios de hermana de la caridad, a cuidarle con afectado cariño para hacerle menos insoportable aquel terrible castigo. No tardó mucho en fatigarse. Poco a poco se fue aficionando a la tertulia que por las noches se formaba en torno de su esposo, comenzó a interesarse en las conversaciones de política local y a intervenir en ella más o menos directamente. D. Pedro era el arbitro de la provincia mientras se hallaba en el poder el partido moderado. Ahora, que estaba debajo, conservaba no obstante muy alto prestigio y no poca influencia, en el temor de que no tardaría en ponerse encima. Para aumentar este prestigio y esta influencia y dar mayor realce a la riqueza y poderío de la casa, Amalia, que halló aquí medio de distraerse, abrió sus salones a la sociedad laciense, que hasta entonces había tenido siempre alejada; algunas visitas de cumplido y nada más. Dio conciertos, menudeó las reuniones de confianza, y de vez en cuando, en ciertas solemnidades, organizó grandes bailes de etiqueta. Con esto recobró su perdida energía, aquella graciosa y simpática movilidad que la caracterizaba; volvió la sonrisa a sus ojos, la frase aguda a sus labios. Nadie supo jamás honrar con más amabilidad y más gracia a sus tertulianos. Fue modelo de gentileza y cortesanía. Se hizo adorar de la juventud, a quien proporcionó gratísimo recurso para matar las interminables noches del invierno.
Fernanda Estrada-Rosa fue uno de los más bellos ornamentos de sus conciertos y saraos. En pos de ella vino el conde de Onís, su novio. El conde era visita de la casa de Quiñones, pero sólo iba de tarde en tarde, con motivo de algún cumpleaños, entrada de año, etc. Sin embargo, Quiñones alimentaba por él profunda simpatía. Bastaba que perteneciese a la nobleza para que el linajudo hidalgo le juzgara superior en todos conceptos a los demás seres de la población. Amalia, que apenas le conocía, comenzó a observarle con viva curiosidad. Tanto se le había hablado de él, del cariño y respeto que profesaba a su madre, de su humor melancólico, de sus habilidades, de su piedad exagerada, que deseaba tratarle con intimidad; quería penetrar en el alma de aquel mancebo tan apuesto y tan inocente. No tardó en convencerse de que el amor aún no había prendido en ella. Observando con atención sus relaciones con Fernanda, percibió en ellas un dejo de frialdad que no venía ciertamente de la rica heredera. Conoció que el conde se engañaba a sí mismo haciendo esfuerzos por quedar enamorado, y aún más por aparecerlo. Tomaba sus amores como una obligación honrosa que le exigían sus años y posición. El joven más principal de Lancia debía amar a la niña más rica y más bella. Por otra parte, parecía como si quisiera demostrar a la población que no era un extravagante o un maniaco, como alguna vez había oído insinuar. Por eso se le veía cumpliendo estrictamente los deberes del perfecto galán, paseando un par de horas por la mañana en la calle de Altavilla, donde vivía su novia, acompañándola los domingos en el paseo, sentándose a su lado en la tertulia de las señoritas de Meré o en la de Quiñones, y bailando con ella todos los rigodones en los saraos del Casino. Pero al mismo tiempo Amalia echaba de ver que sus pláticas eran frías, que el conde estaba taciturno y distraído muchas veces, mientras ella, con visible interés, hacía el gasto de la conversación y procuraba mantenerla viva.
Aquellos amores le fueron interesando cada vez más: buscó las confidencias de ella y también las de él. Al poco tiempo su alma ardiente, sagaz, voluntariosa, simpatizó con la de Luis, tímida, infantil, llena de piedad y ternura. Más maestra en el arte de hacerse amar que la niña de Estrada-Rosa, logró pronto inspirar al conde confianza y afecto; le envolvió en una malla espesa de confidencias, no sólo referentes a sus amores, sino de toda la vida. Le confesó tan bien como el más hábil jesuita. Luis, seducido por tanto interés, le fue abriendo su pecho dándole cuenta primero de sus costumbres, luego de los actos de su vida pasada, por último de sus sentimientos más recónditos, de aquellos que sólo se confiesan a un hermano. A Amalia no le sorprendían en la apariencia tales originales y morbosas psicologías; las aceptaba como cosas naturales, daba su opinión acerca de ellas y se autorizaba cariñosamente el aconsejarle, reprenderle a veces, guiarle en ciertos asuntos de la vida, cuyo complicado mecanismo ignoraba el conde por Completo. Alentado por este juego habilísimo, se iba confiando cada vez más, se entregaba por completo, feliz con desembarazarse de tanto pensamiento ridículo, con confesar aquella extraña y dolorosa timidez que le atormentaba.
Amalia supo ahuyentar la suspicacia de Fernanda haciéndose confidente y protectora decidida de sus amores. Si mantenía ratos larguísimos de conversación particular y animada con el conde, no menos largos y animados los gastaba con la chica. Ésta le agradecía profundamente aquella protección, que se traducía en ocasiones buscadas por la dama para que los novios pudieran verse y hablarse, para reconciliarlos cuando estaban reñidos, etc., etc. Mas sin que la inocente niña lo sospechase, sin que el mismo conde se diese cuenta de ello, la dama valenciana iba ganando a paso de carga el corazón de éste. Si en juventud, en hermosura y gallardía era, sin disputa, inferior a la rica heredera, la aventajaba mucho en la gracia expresiva del rostro, en el atractivo de su conversación y en la finura de su inteligencia. De confidencia en confidencia, Luis llegó a mostrarle cuál era el verdadero estado de su corazón respecto a Fernanda. La astuta señora supo sacar partido de tales confesiones para hacerle ver que lo que sentía era sólo admiración de aficionado a las obras bellas de la naturaleza, un deseo vanidoso de hacerse amar por la joven más linda y más rica de la ciudad, necesidad de distraer el aburrimiento, cualquier cosa, en suma, menos el verdadero amor. Éste se alimenta de tristezas negras, de alegrías inefables, de insomnios, de zozobras, de una agitación dulce y amarga a la vez que constantemente llevamos dentro del pecho. Luis se convenció pronto. Pero ella encontraba su frialdad injustificada, no comprendía cómo un hombre de tan buen gusto no había logrado enamorarse perdidamente, le reñía, le embromaba, subiendo hasta las nubes las cualidades de la gentil heredera.
Mientras esto decía con los labios, sus ojos pregonaban otra cosa. Aquellas pupilas negras llenas de fuego e inteligencia se clavaban en él con expresión unas veces lánguida, otras maliciosa, concluyendo por fascinarle. Al mismo tiempo sus manos breves, delicadas, de aristócrata aprovechaban cualquier coyuntura para rozar las suyas; al despedirse le apretaban con tenacidad nerviosa. Si alguna vez se inclinaban ambos para contemplar cualquier objeto y sus cabezas se tocaban, Amalia no separaba la suya, dejaba que el conde aspirase la fragancia de ella largo rato cual si tratase de envenenarle. Se preocupaba de sus trajes y le imponía sus gustos. No debía ponerse levita; el frac azul le sentaba admirablemente. ¿Por qué gastaba guantes oscuros? Le prohibió, riendo, que se los pusiera más. Para las corbatas confesaba que tenía mucho gusto, pero le sentaban mejor las de lazo que las chalinas. ¿Por qué no se encargaba a Madrid los sombreros? Los que llegaban a Lancia eran todos rancios y ridículos. Y el conde obedecía gustoso sus insinuaciones, se iba dejando dominar por el ascendiente de aquella mujer tan débil de cuerpo como fuerte de voluntad.
Una noche en que llegó a casa de Quiñones cuando aún no había nadie, le dijo la dama bruscamente:
—¿Quién le ha puesto a usted ese clavel en el ojal, Fernanda?
El conde, sonriendo ruborizado, hizo signo afirmativo.
—Pues que me dispense, pero tiene un color muy feo... Verá usted, voy a ponerle otro más bonito.
Y diciendo y haciendo, fue derecha a uno de los floreros del salón y, después de escoger algún tiempo, sacó un magnífico clavel rojo. Volvió adonde estaba el conde y con gran desenvoltura, con cierta afectación aún, propia del que pretende mostrar su dominio, le arrancó el clavel que traía y le puso el nuevo. Sufrió él esta sustitución en silencio, inquieto y sorprendido. Ella, fingiendo no advertir esta sorpresa, se echó un poco hacia atrás y exclamó con intención:
—¡Ya lo creo que está mejor!
Hubo después algunos instantes de silencio embarazoso. Ella se puso a jugar con el clavel de Fernanda, azotándose las rodillas, mientras lanzaba frecuentes miradas al conde, que permanecía confuso sin saber qué decir ni dónde poner los ojos. Por último, los de uno y otro se encontraron y sonrieron. En los de ella ardió una chispa maliciosa, y con ademán súbito y desdeñoso arrojó el clavel que tenía en la mano debajo de las sillas. El conde se puso repentinamente serio; sus mejillas se colorearon. En aquel momento entró Manuel Antonio. La conversación se entabló alegre, indiferente. El conde guardaba, sin embargo, un resto de turbación. Cuando llegó Fernanda y con visible disgusto, le preguntó por su clavel, se vio en grave aprieto, perdiose en un laberinto de explicaciones. El chico de su jardinero, a quien fue a dar un beso, se lo había arrancado, luego en una maceta que había hallado en el gabinete de su madre había tomado otro. Pero Amalia, implacable, le puso poco después en un conflicto preguntándole en voz alta con sonrisa maliciosa:
—¿Quién le ha dado a usted ese clavel tan lindo, Fernanda?
—No, yo no—se apresuró a responder ésta.
Y el conde, otra vez turbado y rojo, volvió en voz alta a la explicación que acababa de dar en secreto. Aquella pequeña traición los ató con nudo más fuerte, estableció entre ellos una relación singular que el conde no se atrevía a definir en su pensamiento, medroso de resbalar en un abismo. Siguió festejando con la misma asiduidad, quizá con alguna más, a la heredera de Estrada-Rosa, pero no podía hablar a la señora de Quiñones sin sentirse turbado; las miradas que se dirigían eran largas, intencionadas; sus apretones de manos vivos, impregnados de cariño. Ambos disimulaban delante de Fernanda como si fuese ya la esposa ultrajada. ¡Y aún no se habían dicho una palabra de amor! Pero Luis estaba convencido de que faltaba a su novia, de que era un criminal hacia D. Pedro, su amigo; no sabía por qué ni cómo, pero lo sentía allá dentro en el fondo de la conciencia. Sin embargo, reflexionaba algunas veces que por su parte no había dado un solo paso hacia el crimen, que se veía enredado en aquellas extrañas relaciones, en las cuales existía amor; inteligencia, traición, todo tácito, sin saber cómo había sido.
Trascurrió más de un mes de esta suerte. Amalia no sólo le hablaba de amor con los ojos, pero le imponía su voluntad, le hacía ejecutar todos sus caprichos, a veces le reprendía ásperamente. Anunciaba, por ejemplo, que se iba a marchar: al volver los ojos se encontraba con los de Amalia que le decían que se quedase, y se quedaba. Trataba de bailar con Fernanda, y una mirada severa bastaba para retenerle. Un día anunció que iba a pasar seis u ocho en sus posesiones de Onís: Amalia le hizo signo negativo con la cabeza, y desistió de su viaje. ¿Por qué? ¿Con qué derecho contrariaba sus determinaciones, se introducía en su vida y la gobernaba? No lo sabía, pero experimentaba sensación gratísima al obedecerla. Vivía en una inquietud dulce, anhelante, esperando algo hermoso, algo inefable que no quería formularse en su cerebro. Mientras, ella con su eterna sonrisa misteriosa le observaba tranquilamente, segura de conocer ese algo y de llegar a él cuando le viniera en apetencia.
Una tarde del mes de Junio se hallaba el conde en la Granja inspeccionando el trabajo de algunos obreros, que tenía ocupados en abrir una acequia más ancha para el molino. El mozo encargado del ganado vino a decirle que una señora preguntaba por él.
—¿Una señora?—exclamó sorprendido.—¿No la conoces?
El criado le miró estúpidamente, sin contestar. ¿Cómo la había de conocer, él, que había pasado la vida detrás del ganado, y sólo iba a Lancia algún día de mercado a comprar o vender una vaca? El conde se hizo cargo de esto y preguntó enseguida:
—¿Es bajita?
—No es muy alta, no, señor.
—¿Ojos muy negros y vivos? ¿color bajo? ¿el andar muy suelto y elegante?
Y antes de que el criado pudiera contestar a estas preguntas, que no había entendido, echó a correr en dirección a la casa con el corazón palpitante, henchido de emoción por el presentimiento de que era ella.
—¿Dónde está?—gritó sin dejar de correr.
—En la corrada, a la puerta del jardín—le contestó también a gritos.
Llegó a la corrada sin respiración. Antes de abrirla se detuvo un instante, avergonzándose de su presunción. ¿Cómo había llegado a suponer... ¿Pero por qué diablo se le había metido en la cabeza?... Y, sin embargo, no podía desecharla. Era ella, era ella; no le cabía duda alguna. Levantó el pestillo de la gran puerta de madera pintada de verde, y entró. La corrada era grande. Veíanse arrimados a la pared varios enseres de labranza. Debajo de un tendejón yacían algunos carros. En una caseta de madera, toscamente labrada, estaba amarrado un enorme mastín que quiso romper la cadena dando furiosos saltos por venir a acariciarle. Allá en el otro extremo, cerca de la puerta enrejada que comunicaba con el jardín, la vio, en efecto, con la frente pegada a las rejas, contemplando las flores. Estaba de espalda. Traía vestido claro de rayas blancas y rojas y llevaba en la cabeza sombrerito de paja con flores rojas también. Con la mano izquierda se apoyaba en una sombrilla que hacía juego con el traje y en la derecha apretaba unos guantes de seda, ¡Qué bien impresos le quedaron estos pormenores! Jamás en la vida se le borraron de la memoria.
—¿Usted por aquí?—le preguntó afectando una serenidad que estaba muy lejos de sentir.—¿Quién había de presumir que fuese usted la señora que el criado me acaba de anunciar?
—¿De veras no lo ha presumido usted?—preguntó ella mirándole fijamente.
—No, no, señora.
Y se puso colorado al decirlo. La dama sonrió con benevolencia.
—Bien, enséñeme usted esas rosas de malmaison de que me ha hablado.
El conde abrió la puerta del jardín y ambos pasaron adentro. Era muy grande, y estaba bastante descuidado. Desde que la condesa había dejado de venir a la Granja casi en absoluto, los criados apenas tocaban en él. Luis era más dado a hacer ensayos de nuevos cultivos, a criar ganado, a desecar terrenos, que a las flores. Así y todo, del tiempo en que su madre venía todas las tardes y le atendía, existían allí muchas plantas de flores, grandes arbustos que con el tiempo y con aquel suelo feraz se iban trasformando en árboles frondosos.
Mientras recorrían caminos arenosos, de los cuales el césped se iba apoderando por falta de limpieza, la condesa explicaba en voz alta cómo había llegado hasta allí. Se le había antojado dar un paseo hasta Bellavista; pero al pasar por delante de la carreterita que conducía a la Granja se acordó de las dichosas rosas, y dio orden al cochero de que siguiese por ella. No había visto nunca la posesión. Aquella frondosidad, aquel verde tan intenso la entusiasmaban. En su país la vegetación era más pálida.
—Pero más fragante... como las mujeres—dijo el conde con galantería.
La dama se volvió para dirigirle una sonrisa de gracias, y siguió loando la belleza de los rododendros, de las azaleas, de las camelias gigantescas que encontraban al paso.
Luego que vieron los rosales y que el conde le hizo elegir algunos para mandárselos al día siguiente, tornaron por senderos distintos hacia la puerta de entrada.
—¿Usted está seguro de que yo he venido únicamente a ver estos rosales?—dijo Amalia parándose súbito y mirándole con fijeza.
Al conde le dio un vuelco el corazón y comenzó a balbucir lamentablemente:
—Yo no sé... La verdad que esta visita... Me alegraría que los rosales...
Pero la dama, compadecida, no le dejó terminar.
—Pues, además de los rosales, vengo a ver toda la finca, y particularmente el bosque. Conque ya puede usted ir enseñándomelo—dijo agarrándose resueltamente a su brazo.
El conde volvió a experimentar nueva y violenta emoción, primero de pena, después, al sentir la mano de la dama en su brazo, de vivísimo gozo. Y, turbado hasta lo profundo de su ser, fue mostrándole lo digno de verse que tenía la finca, las grandes y hermosas praderas, las cuadras, la nueva maquinaria del molino, el bosque por último. Ella le observaba con el rabillo del ojo. A veces se dibujaba en su rostro una levísima sonrisa burlona. Se enteraba de todo con interés, loaba los trabajos que se habían llevado a cabo, proponía otros nuevos. Y al ir y venir soltaba el brazo unas veces, otras lo tomaba, despertando en el alma del conde sensaciones diversas, pero todas vivas y anhelantes. Cuando observaba que iba adquiriendo aplomo le disparaba repentinamente alguna maliciosa insinuación que de nuevo lo atortolaba, lo dejaba confundido y ruborizado.
—Vamos, conde, a que cuando usted me vio dijo para dentro: «Amalia está enamorada de mí: no pudo resistir al deseo de venir a visitarme.»
—¡Amalia, por Dios!... ¿Qué disparate está usted diciendo?... ¿Cómo me había de atrever...
Pero la dama, como si no advirtiera su turbación ni concediera importancia a sus propias palabras, saltaba inmediatamente a otro asunto. Parecía que tenía gusto en sofocarle, en mantenerle agitado y trémulo. Y en las miradas fugaces que de vez en cuando le lanzaba reflejábase un sentimiento de superioridad, la benévola ironía del que está jugando a otro una burla que ha de terminar en bien. El conde presentía algo grave debajo de aquella sonrisa enigmática, comprendía que estaba haciendo un papel desairado, que se estaban riendo de él y hacía esfuerzos heroicos para recobrar su sangre fría, sin conseguirlo.
El bosque admiró y entusiasmó a la dama por encima de todo. Era una masa de robles añosos donde no penetraba jamás un rayo de sol. El suelo estaba limpio de abrojos, tapizado de césped que convidaba a reposar. Ninguna otra finca de recreo de la provincia poseía aquel regalo, procedente quizá de la primitiva selva donde se había fundado el monasterio que dio origen a Lancia. Quiso descansar un instante debajo de aquella bóveda verde por donde la luz se cernía trabajosamente. Reinaba una paz, un amable sosiego que impresionaba como el silencio y la luz dormida de una, catedral gótica, pero con emoción más dulce. Apoyó la espalda en un árbol y paseó largo rato su mirada asombrada por la espesura. El conde estaba en pie algo más lejos. Ambos permanecieron mudos largo rato. Por fin el caballero sintió, sin verlo, que los ojos de la dama estaban posados sobre él. Resistió algunos momentos la atracción magnética de aquella mirada. Cuando al cabo volvió la suya vio que en efecto le contemplaba de hito en hito con expresión risueña y audaz que le hizo bajar la vista. Amalia soltó una alegre carcajada. Él, sorprendido, confuso, algo irritado sintiéndose en ridículo, viendo que las carcajadas no cesaban, le preguntó con sonrisa forzada:
—¿De qué se ríe usted, amiga mía?
—De nada, de nada—respondió llevándose el pañuelo a la boca.—Lléveme usted a ver la casa.
Y se colgó nuevamente de su brazo.
La casa era un grande y vetusto edificio de piedra amarillenta carcomida por los años, con dos torrecillas cuadradas a los lados. Todo en ella estaba podrido o deteriorado. En la escalera faltaban rejas, lo mismo que en los balcones, la bóveda de las habitaciones descascarillada, los tabiques resquebrajados, el tillado con agujeros, los cristales, emplomados a la antigua usanza, tan llenos de polvo que apenas consentían el ver al través de ellos; las paredes sucias también y de ellas colgados algunos cuadros oscuros, tan oscuros que no se conocía lo que el pintor había querido representar; las habitaciones, con pocos y antiquísimos muebles maltratados por el uso de las generaciones anteriores. Fueron recorriéndolas todas. A Amalia le placía aquel aspecto de remota antigüedad. ¡Cuántos seres habrían habitado aquella casa! ¡Cuánto se habría reído y llorado en aquellas vastísimas estancias! Cada una tenía su nombre. La una se llamaba el cuarto del cardenal, porque en siglos pasados un cardenal de la familia se alojaba allí cuando venía a pasar una temporada a la Granja; otra, el salón de los retratos, porque había unos cuantos colgados; otra, la sala nueva, aunque parecía tanto y aún más vieja que las demás. Todo aquello representaba la vida íntima de una familia al través de los siglos.
—Éste es el cuarto de la condesa—dijo Luis al entrar con su amiga en una pieza no muy grande, donde por debajo del polvo y los estragos del tiempo se advertía mayor lujo en el decorado.
Era una estancia coquetona donde las generaciones habían ido dejando testimonios más o menos plausibles de su amor a la ornamentación. Un escritorio pompadour, algunas sillas regencia, varios retratos al pastel; en el techo, pintados al óleo, algunos amorcillos nadando en una atmósfera, azul en otro tiempo.
—¿Es el cuarto de su mamá?—preguntó Amalia.
—No—replicó el conde riendo,—mamá dormía en otro lado. Se llama así desde tiempo inmemorial. Quizá alguna de mis abuelas lo había elegido para sí. Aquí es donde yo duermo la siesta cuando me canso de andar por el campo.
En uno de los ángulos había una soberbia cama de roble tallado y enteramente negro por los años. Era una de esas camas del siglo XV que vuelven locos a los anticuarios. Las colgaduras antiquísimas también. Sobre los colchones estaba extendido un tapiz moderno de damasco.
—Aquí es donde usted se recoge para pensar más libremente en mí, ¿no es cierto?
El conde quedó aturdido como si le hubiesen dado un golpe en la cabeza.
—¡Yo!... ¡Amalia!... ¿Cómo?
Pero súbito, haciendo un gesto de resolución, exclamó:
—¡Sí, sí, Amalia, dice usted bien! Aquí pienso en usted como pienso en todos los sitios adonde voy desde hace algún tiempo... Yo no sé lo que me pasa; vivo en un estado de constante zozobra, y esto, como usted me decía hace pocos días, es una señal de amor verdadero. Estoy enamorado de usted como un loco. Comprendo que es una atrocidad, que es un crimen, pero no puedo remediarlo... Perdóneme usted.
Y el caballero se dejó caer de rodillas, como uno de sus nobles antepasados de la Edad Media, a los pies de la dama.
Ésta se indignó, al oírle, terriblemente. ¿Cómo? ¿No se avergonzaba de semejante confesión? ¿No comprendía que dirigirle aquellas palabras dentro de su casa era un insulto? ¿Cómo podía suponer que ella las había de escuchar con paciencia? ¡Mentira parecía que el conde de Onís, un caballero tan cumplido, faltase de aquel modo a lo que debía a una dama y a lo que se debía a sí mismo!
El conde permaneció aterrado y de rodillas bajo tal granizada de denuestos. Consideraba graves sus palabras; pero el enojo que producían en la dama era mayor de lo que había sospechado.
Amalia guardó al fin silencio. Le contempló con ojos irritadísimos unos instantes. Mas una sonrisa feliz y burlona comenzó a dilatar su rostro expresivo. Se acercó lenta y majestuosamente a él, le puso la mano en el hombro e inclinándose para acercar la boca a su oído le dijo en voz baja:
—Hace usted bien en no avergonzarse de nada de eso, porque yo, señor conde, le quiero a usted tanto por lo menos como usted a mí.
Quiso volverse loco. Pasado el susto, se abrazó a sus rodillas besándolas con frenesí, se desbordó en un mar de palabras apasionadas, incoherentes, llenas de fuego y de verdad, mientras ella, tan breve, tan diminuta, contemplaba aquel coloso rendido, con sus ojos misteriosos de valenciana lucientes de amor y pasión.
Con este inmenso trabajo conquistó el conde de Onís a la gentil señora de D. Pedro Quiñones de León.
Los primeros tiempos de sus relaciones fueron agitadísimos para él, llenos de punzantes remordimientos y de goces embriagadores. Amalia iba de vez en cuando a la Granja. Por la noche en la tertulia daba cuenta de su visita en voz alta. Él se estremecía, se turbaba, sudaba de congoja mientras con perfecta sangre fría narraba ella todo lo que se podía narrar, hablaba del jardín, censuraba el abandono en que estaba y lo que se divertía trayendo a cada visita algunas plantas con la intención de dejarlo arrasado, ya que a su dueño no le interesaba. Llevaba su audacia hasta burlarse.
—Por supuesto que a este señor no hay quien le sufra desde que las damas le visitan. ¿No advierten ustedes qué impertinente se ha puesto? Temiendo estoy que el primer día que vaya a la Granja me obligue a hacer antesala.
Los tertulios reían. Sí, sí, se le notaba más serio. Fernanda sonreía clavándole una mirada, cariñosa; el mismo D. Pedro dulcificaba sus ojos, altivos, feroces y dejaba escapar de su garganta un amago de carcajada. ¡Qué esfuerzo prodigioso le costaba al conde aparecer sereno en estos, momentos! Le parecía que tenía un abismo abierto a sus pies. Y cuando se encontraba a solas con Amalia quejábase de su audacia, le rogaba con palabras fervorosas que fuese más precavida, mientras ella, impasible, gozándose en sus temeridades, sonreía desdeñosamente con su fina sonrisa enigmática.
No pudiendo verse sino rara vez en la Granja, Amalia halló medio de hacer más frecuentes las entrevistas confiándose a Jacoba. En casa de ésta se encontraban una o dos veces a la semana. El conde entraba por una puertecita trasera que daba a cierta calleja, a primera hora de la tarde, cuando los vecinos estaban comiendo. Esperaba lo menos dos o tres horas. Amalia llegaba por fin con pretexto de dar alguna orden a su favorecida. Pero no bastándole esto, todavía ideó la entrada por la tribuna de la iglesia de San Rafael. Al conde le horrorizaba tal medio; todos sus escrúpulos religiosos se sublevaban a la vez; además tenía miedo de que un accidente casual descubriese aquellos amores y aquella profanación. ¡Qué escándalo! Amalia se reía de sus temores como si las consecuencias terribles no hubiera de pagarlas ella. Era una mujer que tenía confianza absoluta en su estrella. Como los buenos toreros se juzgan más seguros ciñéndose a los cuernos del toro si no pierden la sangre fría, así ella desafiaba el peligro, iba al encuentro de él confiando en que sabría salir de cualquier atolladero. Y, en efecto, su perfecta serenidad, su increíble audacia la salvaron más de una vez.
El conde de Onís, el coloso de luengas barbas fue un verdadero juguete en las manos de aquella mujercita temeraria y maligna. Una pasión loca se apoderó de ambos, sobre todo de ella. Poco a poco se fue acostumbrando a no vivir sin él, a no pasarse un día sin verle a solas. Hacía esfuerzos increíbles de ingenio y habilidad para conseguirlo. Y si las circunstancias rodaban de tal suerte que fuese imposible en tres o cuatro días gozar una hora de soledad, su espíritu voluntarioso se exaltaba, botaba dentro del cuerpo como un corcel impaciente, y estaba dispuesta a arrojarse a la mayor imprudencia. Le apretaba las manos, le daba pellizcos en plena tertulia, le abrazaba detrás de las puertas cuando con cualquier pretexto le hacía pasar a otra habitación, y más de una vez y más de dos en las barbas del mismo maestrante, al volver éste la cabeza, le estampó un beso en los labios. Luis temblaba, empalidecía, siempre en espera de una catástrofe.
Al cabo de pocos meses, sus relaciones con Fernanda, que habían ido enfriándose paulatinamente, se rompieron por completo. Fue exigencia ineludible de Amalia. Desde el principio lo venía preparando con soberano arte, marcándole el tiempo que había de estar al lado de su novia, las veces que la había de sacar al baile y hasta lo que le había de decir. Y como lo tenía previsto, la heredera de Estrada-Rosa, que era orgullosa, no pudiendo soportar la frialdad de su novio, le dejó en libertad y le devolvió su palabra. La pobre chica desahogaba su pena con Amalia, la única que sabía a qué atenerse respecto a aquel rompimiento tan comentado. Mostró ésta gran enojo por la conducta del conde y se expresó en términos bastante vivos contra él; tomó parte por la joven, deshaciéndose en elogios de ella; no se hartaba de ponderar sus ojos, su talle, su discreción y bondad. Hasta dio ostensiblemente algunos pasos para reconciliarlos. Y en el seno de la confianza, particularmente entre los amigos de D. Juan Estrada-Rosa, no se contentaba con decir que Fernanda valía en todos sentidos más que su ex-novio, sino que apellidaba a éste con mil epítetos pesados; jayanote, pavo, santurrón, hipócrita, etc. Y cuando al día siguiente le veía en casa de Jacoba, decíale abrazándole muerta de risa:
—¡Cómo te he puesto ayer, querido mío, delante de varios amigos de D. Juan! ¡Tú no sabes!... Saliste de mis labios que ni con pinzas se te podía recoger.
Vivía el conde, por todo esto, y por los remordimientos que sin cesar le mordían, en un estado de perpetua agitación. ¡Cuán lejos se hallaba de ser feliz! Pero todo era flores comparado con lo que le esperaba. Cinco meses después de comenzadas sus relaciones, un día le anunció Amalia que creía hallarse en cinta. Se lo dijo con la sonrisa en los labios, como si le noticiase que le había tocado la lotería. Luis sintió un vértigo de terror, quedó pálido, la vista se le turbó como si fuese a caer.
—¡Dios mío, qué desgracia!—exclamó llevándose las manos al rostro.
—¿Desgracia?—preguntó ella con asombro.—¿Por qué? Yo estoy muy contenta.
Y viendo sus ojazos dilatados, estupefactos, le explicó riendo que era feliz con esperar una prenda de sus amores; que no tuviese miedo alguno porque ella sabría arreglarse para que nada se descubriera. Y, en efecto, tal maña se dio para apretarse que nadie pudo presumir que aquella mujer tuviese una criatura en sus entrañas. ¡Qué sustos, qué congojas las del conde mientras duró el embarazo! Si alguien la miraba con insistencia, ya estaba temblando; si en el curso de la conversación un tertulio hacía alusión a algún parto disimulado, se ponía pálido, pensando que podía ser una indirecta. En todos los rostros creía ver sonrisas y miradas significativas; en las palabras más inocentes, profundas y aviesas insinuaciones.
Mientras tanto ella comía y dormía tranquilamente con una alegría constante que aterraba y admiraba al mismo tiempo al conde. El tiempo corría: llegaron los siete meses; los ocho. Por mucho que lo disimulase, el conde observaba que la cintura de su querida se ensanchaba. Cuando, lleno de congoja, comunicó con ella esta observación, se echó a reír:
—Calla, tonto, lo notas tú porque ya lo sabes. ¿Quién va a sospechar porque esté un poquito más abultada? Muchas veces le gusta a una llevar flojo el corsé.
Cuando llegó el momento crítico mostró una bravura que rayaba en heroísmo. Luis quería confiarse a un médico: ella se opuso. ¿Para qué? Con la asistencia de Jacoba le bastaba. El confiar tal secreto a otra persona era peligroso. Le acometieron los primeros síntomas al amanecer, hallándose en la cama; pero hasta las ocho no mandó llamar a Jacoba, que con el pretexto de hacer unos colchones dormía desde hacía algunos días en casa. Se encerraron en el gabinete, donde ya tenían preparadas las ropas necesarias, y sin un grito, sin un movimiento descompasado, sin la más leve queja, salió aquella valiente mujer de su cuidado. Jacoba sacó la criatura con el lío de la ropa, después de haber mandado fuera con adecuados pretextos a los criados.
El conde lloró de gozo y admiración al saber este feliz desenlace. Luego, cuando recibió por Jacoba la orden de llevar la niña al portal de Quiñones, volvió a sentirse acongojado. El plan de su amante le llenaba de estupor; pero como estaba acostumbrado a obedecer, hizo lo que le mandaba. El resultado coronó la audacia de la dama; fue tal como ella había previsto.
Y ahora, al contemplar a la criatura segura para siempre, no sólo se fortalecía su amor y se depuraba, sino que sentían el gozo de la victoria, del que después de haber corrido fuertes temporales llega por fin a puerto de salvación.
En voz muy baja, con las manos enlazadas, inclinando de vez en cuando la cabeza para rozar con los labios la frente de la niña, hablaron largo rato, mejor dicho, soñaron despiertos, queriendo penetrar en los abismos insondables del tiempo. ¿Cuál sería la suerte de aquella hermosa criatura? ¿Cómo se la educaría? Amalia decía que conseguiría educarla como hija suya, hacerla una verdadera señorita; estaba segura de que D. Pedro no se opondría a ello. Y como quiera que no tenía hijos, nada más natural que habiéndola tomado cariño la dejase a su muerte algún legado importante. El conde hizo un gesto de desdén. La niña no necesitaba de la hacienda de D. Pedro. Él le dejaría toda la suya.
—Pero tú puedes casarte y tener hijos—dijo la dama mirándole maliciosamente.
Él la tapó la boca.
—¡Calla, calla! Ya sabes que no quiero oír eso siquiera. Estoy definitivamente unido a tí.
Ella le besó con efusión.
—Sellados, ¿verdad?
—Sellados—repuso él con firmeza.
—¿Pero no te haces cargo de que si le dejas tus bienes en testamento, enseguida nacería la sospecha de que era hija tuya?
Esta dificultad le abatió por unos instantes. Ambos se ocuparon en arbitrar algún medio para eludirla. El conde quería dejarlos en fideicomiso a alguna persona de confianza. Pero esto ofrecía también sus inconvenientes. Mejor sería ir colocando dinero a su nombre en algún banco, y al llegar a la mayor edad, fingir una herencia, inventar algún padre llovido del cielo...
—En fin, ya hablaremos de eso... Déjalo a mi cuidado—concluyó diciendo ella.
Y él se lo dejaba de muy buena gana, fiando de su imaginación inagotable, de su voluntad y su audacia.
Cuando se cansaron de hablar de lo porvenir volvieron los ojos al presente. Era necesario bautizar la niña. Habían resuelto que fuese al día siguiente.
—Ya hemos convenido en que la madrina fuese yo y el padrino tú.
—¿Cómo? ¿yo?—exclamó asustado.—Pero, mujer, ¿no comprendes que eso puede engendrar sospechas?
La dama se obstinó. Que sí, que había de ser padrino. Si sospechaban, buen provecho. A ella le tenía sin cuidado. Pero viéndole realmente afligido cambió de idea.
—No te apures, hombre, no te apures—dijo dándole un tironcito a la barba.—Ha sido una broma. ¡Buena cara ibas a poner cuando la tuvieses en la pila! No te faltaría más que gritar: ¡Señores, aquí! ¡Vengan aquí todos a ver al padre de esta criatura!
El padrino sería Quiñones, y en su representación D. Enrique Valero. La madrina ella, representada por María Josefa. El conde se mostró muy satisfecho. Todo aquello era hábil y prudente y adecuado para asegurar la suerte de su hija. Pero cuando se manifestaba más contento, un rumor que vino del pasillo le hizo saltar en la butaca, ponerse lívido.
—¿Qué tienes, hombre?
—¡Ese ruido!...
—Es Jacoba...
Pero viéndole dudoso, con los ojos espantados aún, se levantó, teniendo la niña en los brazos, abrió la puerta y cambió algunas palabras con Jacoba que, en efecto, estaba allí. Después de entregarle la criatura y cerrar, volvió de nuevo a sentarse.
—¿Cómo eres tan cobarde, di?
—No es cobardía—repuso él ruborizado.—Es que estoy siempre sobresaltado... No sé lo que me pasa... La conciencia quizá...
—¡Bah! Es que eres un cobarde. Como tienes el cuerpo tan grande se te pasea el alma dentro de él.
Y acto continuo, observando la expresión de enojo y tristeza que se reflejaba en su semblante, tornó a abrazarle con trasportes de entusiasmo.
—No, no eres cobarde; pero inocente sí... Por eso te quiero, te quiero más que a mi vida. ¿No es verdad que te quiere tu filleta? Soy tuya... Tú eres mi único amor. Yo no soy casada...
Y con caricias de gata mimosa le paseaba sus manos finas y pálidas por el rostro, estampaba en él menudos, infinitos besos, le anudaba los brazos al cuello, se lo mordía con leves y fugaces mordiscos de ratón. Y al mismo tiempo, ella, tan grave y silenciosa en visita, hacía fluir de sus labios un chorro constante de palabritas melosas que le adormecían y embriagaban. El fuego, que se adivinaba al través de sus grandes ojos misteriosos y traidores, brotaba ahora con vivas llamaradas. Era el goce de la sensualidad el que se desprendía de su ser; pero era también el deleite maligno del capricho cumplido, de la venganza y la traición.
El conde de Onís se sentía cada día más subyugado. Las caricias de su amada eran abrasadoras; pero los ojos guardaban siempre, en lo más hondo, un reflejo cruel de fiera domesticada. Sentía amor y miedo al mismo tiempo. Alguna vez su espíritu supersticioso llegaba a imaginar si un demonio tentador habría venido a alojar en el cuerpecito endeble de aquella valenciana.
Después de anunciar tres o cuatro veces que se marchaba, sin llevarlo a cabo por impedírselo ella, viéndose al cabo libre de sus brazos, se levantó de la butaca. La despedida fue larga como siempre. Amalia no le soltaba hasta que le veía ebrio, intoxicado por la violencia de sus caricias. Jacoba le esperaba en el corredor. Después de conducirle por éste y otros varios hasta la estancia donde se hallaba la escalerita excusada que iba a la biblioteca, le hizo seña de que aguardase y bajó sola para cerciorarse de que no había nadie en los pasillos. Tornó a subir para avisarle; el conde descendió, apagando cuanto podía el ruido de sus botas. A la puerta del pasadizo la medianera le dejó, después de abrirle la puerta. Bajose otra vez hasta tocar con las manos en el suelo para no ser advertido de la gente que pasase por la calle, y en esta forma atravesó el pasadizo de la tribuna. Abrió la puerta y entró. La oscuridad le cegó. En cuanto dio algunos pasos sintió un golpe en la espalda y oyó una voz ronca que decía al mismo tiempo:
—¡Muere, infame!
Se heló en sus venas la sangre y dio un salto hacia atrás. Entre las sombras espesas pudo distinguir un bulto más negro aún. Veloz como un rayo se precipitó sobre él, y lo hubiera aniquilado bajo su enorme cuerpo si no sintiera una carcajada reprimida y al mismo tiempo la voz de Amalia.
—¡Cuidado, Luis, que me vas a hacer daño!
La sorpresa le dejó mudo unos instantes.
—¿Pero por dónde has venido?—dijo al cabo.
—Pues por la escalera principal. Me he echado este capuchón negro encima y he bajado corriendo.
Y viéndole frío y disgustado por aquella broma de mal gusto, se empinó sobre la punta de los pies, colgose rápidamente a su cuello y, después de apretar los labios larga y apasionadamente contra los suyos, le dijo con acento zalamero:
—Ya sabía que no eras cobarde... pero quería comprobarlo.
V
Las bromas de Paco Gómez.
Ahora bien, Granate no acababa de persuadirse a que Paco Gómez procediese de buena fe. Su carácter jocoso, los terribles bromazos que se le atribuían perjudicábanle en el ánimo del indiano. No bastaba que adoptase continente grave y mantuviese con él pláticas largas acerca de la alza o baja de las acciones del Banco, ni que le loase la casa por encima de todas las fábricas modernas y le diese útiles consejos en el juego del chapó. De todos modos el gracioso de Lancia observaba allá, en el fondo de sus ojazos encarnizados de jabalí, una nube de recelo que no podía disipar. En este aprieto pidió auxilio a Manuel Antonio. Se le había metido en la cabeza una broma chistosa, y antes de renunciar a ella consentiría en cualquier alianza.
—Desengáñate, Santos—decía el marica, de acuerdo con Paco, paseando cierta tarde por el Bombé con Granate,—tú, como te has pasado más de la mitad de la vida detrás de un mostrador, no entiendes nada de estos lances. No te diré que Fernanda esté chalada por tí, pero que anda en camino de ello lo digo y lo sostengo aquí y en todas partes. Hace ya tiempo que lo vengo notando. Las mujeres son caprichosas, incomprensibles; hoy rechazan una cosa y mañana la apetecen y están dispuestas a hacer cualquier disparate por lograrla. Fernanda comenzó rechazándote...
—¡Entodavía! ¡entodavía!—manifestó sordamente el indiano.
—Pura apariencia. Es una chica muy orgullosa y que no dará jamás su brazo a torcer. Pero por lo mismo que tiene mucho orgullo no se casará más que con el conde de Onís o contigo, los dos únicos partidos que hay en Lancia para ella; el conde por la nobleza y tú por el dinero. Luis es un hombre muy raro; yo lo creo incapaz de casarse. Ella está convencida ya de esto mismo. No le queda más que tú, y tú serás al cabo el que se coma la breva... Además, por más que otra cosa digan, a las mujeres les gustan los hombres como tú, robustos... porque tú eres un roble, chico—añadió volviendo hacia él la cabeza con admiración.
Granate dejó escapar un mugido corroborante. El marica le pasó las manos por el torso, como profundo conocedor de las formas masculinas.
—¡Qué musculatura, chico! ¡Qué hombros!
—Con estos hombros que aquí ves—dijo el indiano con orgullo—se han ganado muchos miles de pesos.
—¿Cómo? ¿Cargando sacos?
—¡Sacos!—exclamó Granate sonriendo con desprecio.—Eso es pa la canalla. ¡Cajas de azúcar como vagones!
El Bombé estaba desierto en aquella hora. Era un paseo amplio en forma de salón, recién construido en lo alto del famoso bosque de San Francisco, desde donde se señoreaba todo. Este bosque de robles corpulentos, añosos, retorcidos, algunos de los cuales pertenecían a la selva primitiva donde se fundó el monasterio que dio origen a Lancia, servía de sitio de recreo y esparcimiento a la población, hasta cuyas primeras casas llegaba. Permaneció siempre en lamentable abandono; pero la última corporación municipal había llevado a cabo en él magnas reformas que le habían valido los aplausos de los espíritus innovadores: un paseo, algunos jardinillos alrededor y una calle enarenada entre los árboles, que le ponía en fácil comunicación con la ciudad. Los días de labor no paseaban por él más que algunos clérigos con sus largos manteos negros y enorme sombrero de teja, llevando algún seglar enmedio, dos o tres pandillas de indianos disputando en voz alta sobre el precio de los cambios o el valor de los solares de la calle de Mauregato, recién abierta, y tal cual valetudinario, que venía a primera hora a tomar el sol, y se retiraba tosiendo en cuanto sentía la humedad de la tarde. ¿Y las damas?... ¡Ah! Las damas lacienses sabían perfectamente lo que se debían a sí mismas y estaban dotadas de un sentimiento harto delicado de las leyes del buen tono para exhibirse en días que no fuesen feriados. Y aun en éstos no lo hacían sino tomando las debidas precauciones. Ninguna dama de Lancia cometía la bajeza de presentarse en el Bombé los domingos mientras no estuviesen paseando en él algunas otras de su categoría. Pero esto era de una dificultad insuperable, dada la unanimidad de pareceres. De aquí que, aderezadas ya desde las tres de la tarde, con el sombrero y los guantes puestos, aguardasen al pie de los balcones, espiándose las unas a las otras por detrás de los visillos. «Ya pasan las de Zamora.» «Ahora vienen las de Mateo.» Sólo entonces se aventuraban a lanzarse a la calle y subir poco a poco y con la debida majestad hasta el paseo, donde hacía ya dos horas la banda municipal ejecutaba diversas fantasías sobre motivos de Ernani o Nabuco para recreo de las niñeras y algunos apreciables albañiles. Ni se crea, sin embargo, que la sociedad distinguida de Lancia entraba así de golpe y porrazo en el arenoso salón. Nada de eso. Antes de poner el pie en él subían a otro paseíto suplementario que había poco más arriba. Desde allí exploraban el terreno, observaban «si alguna se había atrevido.» Por fin, cuando las sombras comenzaban a espesarse ya en las copas de los añosos robles, a la hora en que la niebla descendía de las montañas apercibida a fijarse en las narices, en la garganta y en los bronquios del honrado vecindario, todas las bellezas indígenas acudían casi en tropel al espacioso paseo. ¡Qué importaba un catarro, un reuma, ni siquiera una pulmonía, ante la deshonra de presentarse las primeras en el Bombé! ¡Ejemplo notable de fortaleza! ¡Caso portentoso del poder que en los pechos elevados ejerce el respeto de sí mismo!
Esta exquisita conciencia de los deberes, que la naturaleza ha escrito con caracteres indelebles en los corazones dignos, se revelaba aún de modo más claro y conmovedor con ocasión de los bailes de confianza que el Casino de Lancia daba cada quince días durante el invierno. Fácil es de comprender que las dignísimas señoritas que con tal admirable constancia luchaban un día y otro para no entrar en el paseo mientras estuviese solitario, no irían a cometer la vileza de presentarse «primero que las otras» en el salón del Casino. Mas como aquí no había paseo suplementario desde donde espiarse, ni era fácil por la noche estar de espera en los balcones, aquellas ingeniosísimas damas, tan dignas como ingeniosas, hallaron un medio de dejar siempre a salvo su honra. Poco después de sonar las diez, hora en que daba comienzo el baile, enviaban hacia allá de descubierta, como caballería ligera, a sus papas o hermanos. Entraban haciéndose los distraídos, se sentaban un momento en las butacas, gastaban cuatro bromas con los pollos que allí aguardaban correctos, impacientes, con la luenga levita cerrada, abrochándose los guantes los unos a los otros, y al poco rato se retiraban disimuladamente para ir a noticiar a sus familias que aún no había llegado nadie. ¡Ah! ¡Cuántas veces los pollos impacientes de la levita cerrada aguardaron vanamente toda la noche la llegada de sus hermosas parejas! Las bujías se iban gastando; la orquesta, que había tocado sin éxito alguno dos o tres bailables, se desmoralizaba; los músicos charlaban en voz alta o paseaban por el salón y hasta fumaban; los hujieres y mozos bostezaban, tirándose unos a otros indirectas referentes a las dulzuras del lecho. Por fin el presidente daba la orden de apagar, y los pollos se retiraban a sus domicilios respectivos tan mustios como correctos. ¡Espectáculo consolador el de aquellas heroicas jóvenes que, apesar de sus vivos deseos de ir al baile, preferían permanecer en casa a quebrantar los principios fundamentales en que descansa la dicha y el sosiego de la sociedad!