Vicente Blasco Ibáñez (continued 5)
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—¡Ay, el amor, Luis!—exclamaba.—¡Cuán pequeños nos hace! ¡Cómo nos envilece cuando llega tarde, á una edad en que queremos, sin la certeza de que nos quieran!... Ahora me avergüenzo, pensando en las cosas á que he tenido que descender. ¡Y si no fuese más que esto!...
Al llegar el verano, Judith había ido, como de costumbre, á una casita que el millonario le había comprado en Biarritz. Así la tenía más cerca de Bilbao. Allí se había convencido de que no le engañaban los misteriosos avisos.
Hablábanle éstos de cierto individuo de existencia cosmopolita, un monsieur Jules, joven, hermoso y elegante, de problemática vida; un aventurero que invernaba en la Costa Azul, sirviendo de croupier en los casinos de Niza, Menton y Monte Carlo, y en verano pasaba á las estaciones elegantes de los Pirineos. Judith parecía conocerle mucho tiempo. Era más joven que ella, y con el furor de una hembra que se da cuenta de su próximo ocaso, se agarraba á aquel profesional de la hermosura viril que, satisfecho de su persona, dejaba que las aventureras de las estaciones de placer se disputasen el honor de acapararlo, con toda clase de concesiones y sacrificios.
Sánchez Morueta, después de la lectura de los anónimos, recordaba haber oído su nombre de labios de Judith en los momentos de abandono, hablando de él como de un amigo antiguo. Sabía, además, que el aventurero había pasado largas temporadas en Madrid ocupando su sitio, todavía caliente, apenas emprendía el regreso á Bilbao. Ahora se daba cuenta de las peticiones de Judith, cada vez mayores: de aquel afán de riquezas, de «asegurar su posición», como ella decía, con una voracidad creciente, como si la guiase un oculto consejero.
El millonario no lamentaba su generosidad. ¡Qué podía importarle este chorreo de riqueza que no marcaba la más leve desnivelación en su fortuna y le proporcionaba la dicha! Lo que le enfurecía haciéndole abandonar su asiento con nervioso salto, era el recordar lo ridículo de su situación. Él, Sánchez Morueta, un hombre en pleno vigor, y que á tantos causaba miedo, ¡convertido en ese tipo grotesco del anciano verde, engañado y pagano, eterno personaje de todos los cuentos y las comedias parisienses! Él había sido le vieux del que se ríe la pareja joven, enamorada y feliz, mientras devora alegremente sus billetes de Banco. ¡Dios de Dios! ¡Y por respeto al nombre que llevaba, por miedo á la familia y á las malditas conveniencias sociales, había salido de la triste aventura sin matar á ninguno de los dos!...
—¡Pero, hombre, siéntate!—decía el doctor asustado al verle ir y venir por el despacho como un loco.—No golpees los muebles. Ya sé que de un puñetazo eres capaz de romper esa mesa. No los has matado y has hecho muy bien. ¿Acaso eres tú el primero, ni serás el último, de quien se burle una pájara de esas? Sigue contando... sigue.
Tardó el millonario algún tiempo en recobrar su calma, y al reanudar el relato pasó de un salto á la escena final de su novela amorosa, á la última entrevista con Judith dos noches antes, en aquel hotelito de Biarritz donde había pasado los mejores veranos de su vida.
Sánchez Morueta había llegado sin avisarla, sorprendiendo al monsieur Jules casi ocupando su sitio. Realmente la sorpresa no había sido completa. No le había visto: sólo había adivinado su presencia en el desorden de la habitación, en los detalles que revelaban una fuga rápida, mientras la doncella de Judith le entretenía ante la puerta cerrada.
Después, la escena había sido horrible entre él y su amante. ¡Ay, la mala hembra! ¡Qué franqueza tan cruel la suya! ¡Qué deseo de acabar de una vez, de plantearle descarnadamente lo anormal y repugnante de la situación! Podía haber seguido engañándole; negar una vez más; mantenerlo en la dulce ceguera que le adormecía, sin fuerzas para buscar la verdad. «Vivimos de mentiras: sólo el engaño es dulce», decía ella en las horas de abandono, cuando en brazos de Sánchez Morueta recordaba su pasado de aventuras. Pero ahora ya no quería mentir; estaba enamorada de su Jules, enamorada frenética, con celos de fiera al ver que se lo disputaban otras más jóvenes; y para atraérselo para siempre, legalizando su situación, no vacilaba en atropellar al amante rico, en destrozarle el alma con su cínica franqueza.
¡Ay, cómo adoraba á aquel bergante, sólo porque era joven y guapo! ¡Con qué insolencia había proclamado su pasión!... El millonario revolvíase con furia al recordar la escena. Veía los ojos de ella, de una provocación insolente, unos ojos de loba en celo y aún creía oír sus desgarradoras palabras, en la jerga internacional que tanto le regocijaba en los primeros tiempos de su amor.
—Sí, mon vieux. Lo estimo, lo amo. Con el amor no se badina pas. Si tú me quieres, sea; pero no has de atormentarme con celos; has de ser amigo del pobre Jules. Y si no, la puerta está abierta. Será lo mejor. Voilà.
La cínica proposición había hecho rugir al gigante, levantando sus zarpas con furor homicida. Pero ella ¡la maldita! tenía la tenacidad glacial, la audacia insolente de las malas hembras que nacen para ser asesinadas. Le miraba insultante, con la boca apretada y un gesto de desafío.
—Sí, pégame; eso es muy español. Mátame, como matan en tu tierra á las mujeres, cuando no quieren amar. Anda, don José; ya estamos en el final de Carmen. ¿Dónde guardas la navaja?...
Él había sentido desplomarse de un golpe todo su furor. Se dió cuenta de su debilidad, de su insignificancia ante aquella hembra curtida en los peligros de la existencia errante. Y lloró como un miserable, suplicó vilmente para que no lo abandonase. Hasta creía recordar que se había arrodillado, agarrándose á sus piernas, sintiendo la desesperación de perder aquella carne adorada, cuyo tibio perfume parecía despedirse de él al través de la batista que la cubría.
Sánchez Morueta, hablaba á su primo con la cabeza baja, como un criminal, que, con voz sorda confiesa su crimen, y únicamente cerrando los ojos adquiere la fuerza necesaria para seguir mostrando su conciencia.
Había sido un miserable. Le repugnaba el recuerdo de su debilidad, las lágrimas con que había mojado durante toda la noche el cuello insensible de aquella mujer.
Ella se había apiadado del dolor del gigante, de la mueca desesperada del pobre patriarca, y con la conmiseración maternal que siente toda mujer por un hombre que llora, lo había tomado en sus brazos, apoyándole la cabeza en uno de sus hombros desnudos, acariciándole las barbas encanecidas.
La gratitud y la lástima la hacían ser bondadosa, con palabras de triste consuelo. ¡Ah, gros coco! Había que tomar la vida tal como se presenta; aceptar las cosas buenamente, sin empeñarse en pedir imposibles. Cada uno se enamoraba á su hora. Él la quería, siendo casi un viejo: ¿por qué se extrañaba de que ella, siendo joven, tuviese también su momento de debilidad, enamorándose de aquel Jules que poseía para las mujeres un encanto malsano y dominador?
Se luchaba por la vida, por librarse de la pobreza, y cada cual trabajaba á su modo, sin acordarse del corazón, para asegurar su porvenir. Pero después, con el bienestar llegaba la dulce tontería del amor. Esto había hecho él, pasando la juventud absorbido en la caza de la riqueza, para enamorarse como un muchachuelo, en la época en que otros no tienen ilusiones. Lo mismo le ocurría á ella al ver asegurado su bienestar, y convencerse de que su juventud marchaba hacia el ocaso. ¿Por qué no había de conocer su verdadero amor con sus penas y alegrías después de haberse rozado insensiblemente con tantos hombres?... ¡Ah mon vieux! Había que tomar la vida con serenidad filosófica. A cada cual su turno.
Después intentaba consolarle hablando del pasado. No debía desesperarse el enorme bebé que se adormecía llorando sobre su hombro. Podía afirmar que había sido amado más que muchos otros. Primeramente, le había querido con una simpatía pálida y pasiva, porque era bueno con ella, porque la había sacado de su antigua vida de artista errante, dándola la respetabilidad y el bienestar de una mundana que se retira. Después le había admirado, con una admiración rayana en el amor, al apreciar su poder para los negocios, su fuerza creadora que hacía nacer nuevas industrias, el poder mágico, que esclavizaba el dinero, la inteligencia que hacía danzar los millones, sin que ninguno se saliera de línea. Ella adoraba á los fuertes, y le hubiera amado siempre, de no presentarse el otro, con algo que no podía explicar. Tal vez era el encanto de la corrupción y de la juventud, que la enardecía, haciéndola cometer locuras; pero aun así confesaba que no podía compararse aquel hombre con su viejo tan bueno y tan generoso... ¿Por qué no había de aceptar el obstáculo como lo hacían otros? Aún podían ser felices: los tres vivirían en santa calma sabiendo respetarse. Ella no olvidaba que poseía una fortuna, gracias á él: era buena muchacha y haría lo necesario para que su protector no sufriese. Pero el millonario contestaba con voz quejumbrosa, impotente ya para revolverse.—«Yo solo, yo solo.» Judith se indignaba. ¡Grosse bête, va! Lo que él pedía era imposible. Ella no podía separarse del que amaba, y tampoco quería mentir: ella tenía corazón.
El doctor interrumpió á su primo, que se complacía con doloroso deleite en detallar los recuerdos de aquella noche.
—¿Pero, y el niño? ¿Y el hijo del amor?—preguntó con cierta ironía.
Sánchez Morueta miró al médico con unos ojos que pedían piedad. Recordaba el entusiasmo con que había hablado á Aresti del pequeñín: renacían en su memoria las palabras al describir su belleza delicada: «un verdadero hijo del amor, tan hermoso que en nada se me parece.»
—No te burles, Luis, es una crueldad. Tú lo adivinaste, sin duda, cuando te hablé de él. También esta ilusión ha desaparecido. No queda nada... nada. Esa mujer no deja el menor rastro de su paso por mi vida. Se lo ha llevado todo... todo.
Y recordaba, cómo por segunda vez sintió el instinto homicida al ver la sonrisa burlona con que acogió ella el recuerdo del pequeñuelo. ¡Ah, la cruel! ¡Con qué sencillez le había arrebatado la última ilusión, diciéndole que no era hijo suyo, comparando su belleza delicada con la de aquel tunante que llenaba su pensamiento! ¡Qué tirón tan doloroso en su alma!... Esta vez, Judith, á pesar de su insolencia, había sentido miedo ante el gesto desesperado de su viejo. Pero ¡ay! aquella mujer de carácter doble é inexplicable era invencible. De sus crueldades, hacía un mérito. Manteniendo en el millonario la ilusión de la paternidad, podía seguir explotándolo. Así se lo había aconsejado su amante. Pero ella era una buena muchacha y no quería mentir cuando llegaba la hora de las explicaciones. Aun pretendía que su antiguo protector le agradeciese la cruel confesión. No: el niño no era su hijo. Y lo repetía satisfecha, como si de este modo afirmase más sus derechos sobre el hombre amado, colocando el pequeñuelo como un compromiso eterno entre ella y el amante de corazón.
Sánchez Morueta salió de aquella casa con el alma rendida por los crueles descubrimientos. ¡Ni amor, ni hijo! Sólo la convicción del fracaso; la tristeza de haber creído en una dicha que él mismo se forjaba engañándose, y un profundo desgarrón en su dignidad, el arañazo del ridículo en que había vivido durante varios años, que él creía los mejores de su existencia.
Vagó todo el día por Biarritz como un sonámbulo. Por la noche, el deseo amoroso fué más fuerte que su voluntad, y sin darse cuenta de á dónde se dirigía, se vió de pronto llamando á la puerta de Judith.
Fué en vano. Ella temía, sin duda, la repetición de otra noche como la anterior: sentía miedo, y tal vez cansancio de luchar con la pegajosidad de un amor desesperado. Nadie le respondió. Judith había huido con su amante y el pequeñuelo. Adiós, para siempre. La ilusión de varios años desaparecería sin dejar rastro.
—Más vale así—dijo el doctor.
—Sí: mejor es que haya huido.
Sánchez Morueta se avergonzaba al pensar en su cobardía de la segunda noche. Se tenía miedo á sí mismo. Adivinaba que, viendo de nuevo á Judith, hubiese pasado por todo, se habría sometido á una situación envilecedora, á cambio de conservar algo de la antigua ilusión, una sombra de felicidad á la que agarrarse.
Se hizo un largo silencio. El millonario, después de terminado el relato, se hundió en el sillón, anonadado, sin fuerzas, como si al echar fuera de sí el peso doloroso de los recuerdos, cayese sobre él, de un golpe, el cansancio de la noche anterior pasada en vela, el desfallecimiento del hambre.
—Y ahora, ¿qué piensas hacer?—preguntó Aresti.
—¿Y tú me lo preguntas?—dijo con desaliento el millonario.—¡Qué sé yo! No puedo pensar. Dímelo tú, que sabes más de la vida. Desde anoche que no tengo otro deseo que verte: me faltaba el tiempo para llegar aquí y llamarte. Tú eres lo único que me resta...
Y miraba al doctor con ojos suplicantes, mientras éste se encogía de hombros, dudando de la eficacia de sus remedios para salvar á su primo.
—Me siento mal, Luis—dijo quejumbrosamente Sánchez Morueta.—Yo me conozco. Este disgusto no quedará aquí: sentiré sus consecuencias más adelante... ¿Qué voy á hacer? ¿Qué me aconsejas? ¡Por tu vida, dímelo!
Y suplicaba con acento desesperado, tendiendo sus manos, como un ciego que no osase moverse é implorase un guía.
—¿Qué quieres que te aconseje?—dijo el médico.—Lo que yo te puedo decir, te lo diría cualquiera. ¿Piensas buscar á esa mujer?...
El millonario hizo un gesto negativo. No, ¿para qué? Aquello había terminado. No podía olvidarla; eso nunca: le dolía la decepción, pero el mismo odio con que pensaba en ella, era un signo de que no tan fácilmente iba á librarse de su recuerdo. Sufría en silencio, intentando curarse: sería un hombre y, en los momentos de desaliento, el recuerdo del ridículo en que había vivido bastaría para darle fuerza. Pero, ¡ay! ¡cómo le aterraba la soledad de aquella existencia que aún le quedaba por delante! ¡Qué miedo le causaba la monotonía de una vida sin ilusiones!
—Vaya, Pepe: no hay que ser niño—dijo el doctor con autoridad.—Ni estás solo, ni te hallas tan falto de afectos. ¿No deseas mi consejo? Pues ahí lo tienes. Vuelve los ojos á tu casa: procura unirte á tu familia. Invéntate una felicidad para tu uso, como esa que te forjaste al lado de una desconocida. Imagínate que tu mujer te adora, y aunque no sea cierto, esa mentira resultará menos dolorosa que la otra, pues no conocerás la infidelidad, ni los celos.
El millonario movió tristemente la cabeza. ¡La familia! ¡Su mujer! También esta retirada era imposible por culpa de aquella mala hembra.
Entre él y Cristina se habían agrandado las distancias; no podía esperar una reconciliación. Él, en su enardecimiento amoroso, no había negado los hechos la tarde en que su esposa le sorprendió en su despacho. Y con la falta de escrúpulos del dolor, relataba á Aresti su escena con Cristina, la frialdad con que había acogido sus caricias, y después, la explicación tempestuosa entre los dos: ella echándole en cara su infidelidad: él aceptándola con altivez, como una consecuencia de la separación moral en que vivían.
El doctor le escuchaba pensativo.
—¿Cristina fué en busca tuya?—preguntó con cierto asombro.—Pues vuelve á ella y la encontrarás. No te asustes por lo ocurrido entre vosotros. O te buscó porque en ella ha despertado un repentino afecto por tí (y permite que te diga que esto es extraordinario) ó porque alguien se lo ha mandado. De un modo ú otro, vuelve: ella te aceptará.
Sánchez Morueta le miraba con incertidumbre.
—Vuelve, hombre—continuó el doctor:—es la única solución que puedo ofrecerte. Ya sé que esto no es gran cosa para tí, con esa necesidad de amor que sientes cerca de la vejez; pero siempre será un remedio para llenar ese vacío de tu vida que tanto te asusta. Si yo estuviera dentro de tu piel encontraría otros medios para emplear mi actividad, fabricándome ilusiones. ¡Ah, si yo tuviese tus riquezas y tu poder!...
El millonario adivinaba el pensamiento de su primo, acogiéndolo con un gesto desdeñoso. ¡Dedicar su vida á los de abajo: ser una especie de santo laico que empleara su fortuna, no en limosnas infecundas, sino en emancipar moralmente á los parias del trabajo, proporcionándoles el pan de la instrucción! ¡Fundar grandes escuelas, universidades, etc., como aquellos ricachones de que hablaba el médico!... ¡Bah! ¿Y qué placer podía proporcionarle esto?... Su egoísmo profundo de hombre de presa, sin otros ideales que la vanidad y el goce de su persona, se reía del doctor. En el mundo sólo tenía importancia lo que se relacionase con él. ¡A ver cómo no reventaban todas las gentes por cuya triste situación se preocupaba su primo! Si él era infeliz con toda su fortuna, ¿por qué habían de ser dichosas semejantes garrapatas?...
Otra vez volvió á hacerse un largo silencio entre los dos. Terminaba la tarde; á lo lejos sonaba la sirena de un vapor. El buque en marcha hizo acordarse á Aresti del ingeniero que esperaba afuera, en las oficinas, más de una hora.
—Pepe... ese muchacho. Te advierto, para que no te coja de sorpresa, que viene á despedirse de tí. Se marcha de Bilbao. Hemos venido hablando de esto todo el camino. Ha tardado algunos días á decidirse, pero ahora esperaba con impaciencia tu regreso, para manifestártelo.
—¡Se va!... ¿Y por qué?...
—¡Qué sé yo! Cosas de muchachos. Creerá que ya no puede vivir aquí. Tal vez sufra como tú el mal de amores. En él no resulta extraño: es cosa de la juventud.
Sánchez Morueta no preguntó más. Adivinaba en la sonrisa del doctor algo que no quería conocer. Al mismo tiempo le causaba alegría la posibilidad de que el joven sufriera como él. Era un consuelo egoísta y feroz ver que á todos llegaba la desgracia, sin reparar en años ni en gallardías... Por esto accedió al ruego de su primo, haciendo llamar al ingeniero. ¡A ver, que pasase aquel compañero de desgracia!...
Fernando no quiso sentarse; tenía prisa por volver á los altos hornos después del tiempo perdido; deseaba cumplir sus deberes hasta el último momento.
Venía para manifestar su deseo de marcharse, de abandonar el puesto tan pronto como el jefe le designase un sucesor. Y hablaba con la vista baja, como si temiese que el millonario pudiera leerle su secreto en los ojos.
Sánchez Morueta se deleitaba apreciando el trastorno de aquella cara juvenil. ¡Oh! A este también le había mordido la mala bestia; llevaba la señal en su palidez, en la tristeza de sus ojos.
De pronto, sintió por él la fraternidad dolorosa de los penados, unidos eternamente por la misma cadena.
—¡Te vas, hijo mío!... ¿Es algún disgusto allá en la fundición?... ¿Acaso quieres ganar más?... Si es por dinero, habla.
El ingeniero contestó con gestos negativos. Ni disgusto ni ambición de dinero. Era que se había cansado de vivir allí; sentía la nostalgia de ver países nuevos: le arrastraba la movilidad de carácter de los de su tierra. Iría á Asturias ó á Cataluña; tal vez se embarcase para América; aún no se había buscado un nuevo puesto, pero acariciaba la ilusión de llevar con él á su madre á un clima que fuese mejor. Por esto sólo se marchaba.
El millonario, ante la sonrisa de Aresti y la indecisión de las palabras del joven, se convenció de que éste mentía.
Sanabre siguió hablando. No olvidaba la bondad con que le había distinguido su jefe: sentía alejarse de su lado, pero estaba resuelto á la separación y tardaría en irse lo que tardase en encargarse de los altos hornos otro ingeniero. Mientras tanto, allí estaría á sus órdenes.
—¡Te vas, hijo mío!—exclamó el millonario con repentino enternecimiento.—Ya sabes que te he querido casi como un hijo. Allí donde estés, si necesitas algo de mí, habla; si quieres volver, vuelve. No nos despidamos ahora. Iré á verte: vendrás á...
El ingeniero, levantando la cabeza con repentina vivacidad, le interrumpió. Cuando quisiera algo de él, mientras estuviese en la fundición, podía darle sus órdenes por teléfono. Ya se verían, si Sánchez Morueta visitaba los altos hornos; y si su principal no iba por allá, pasaría él por el escritorio antes de marcharse. Sánchez Morueta nada dijo ante un deseo tan claro de evitar toda visita al palacio de Las Arenas.
—Adiós, hijo mío... Hasta la vista.
Y estrechó con efusión la mano del joven.
Al quedar solos Morueta y su primo, el millonario, trastornado por tantas emociones, se dejó caer en el sillón.
—Todos se van, Luis. Ese muchacho era otro de mis afectos. Se hace el vacío alrededor de mí... Y ahora, al volver á mi hogar, la frialdad de la casa de huéspedes, la ausencia del cariño.
—No, Pepe—dijo al doctor.—Tengo la certeza de que ahora encontrarás allí lo que en otro tiempo deseaste. Tu mujer de seguro que te espera.
—¿Y tú? ¿Me abandonarás también tú?...
—Yo nunca—dijo Aresti.—Pero de poco puedo servirte. Soy un hombre, y lo que tú necesitas, no está á mi alcance el dártelo. La alegría de tu vida sólo puedes encontrarla en tu casa... Ahora... lo que yo no sé aún es á qué precio vas á pagarla.
VIII
El grande hombre estaba enfermo. Había transcurrido cerca de un mes sin que Aresti fuese á verle, pues no quería despertar con su presencia los recuerdos del millonario.
De vez en cuando, llegaban á él vagas noticias del estado de Sánchez Morueta por los contratistas de las minas. Don José no iba al escritorio; don José estaba enfermo en su palacio de Las Arenas. No era caso de gravedad: inapetencia, cansancio. Quería abarcar demasiado y los negocios minaban su salud.
—Es la crisis que él temía—pensó el médico.—Pero cuando no me llama sus razones tendrá... Debe haber cambiado mucho aquella casa.
Y seguía en Gallarta, con el propósito de no visitar á su primo hasta que éste le llamase.
Un día, en Bilbao, se encontró en el Arenal con el capitán Iriondo. El marino se extrañaba de que Aresti no hubiese visitado á su primo.
—No es que yo crea que va á morir—dijo el capitán—pero muchacho, anda muy malucho. No sé qué mala mosca le ha picado de algún tiempo á esta parte. No come, está tristón, pasa el día sentado, dejándose cuidar por su mujer y su hija como si fuese un niño. En fin, que no es ni sombra de lo que fué. Y eso que aquella casa ha cambiado mucho. Doña Cristina parece otra; nunca la he visto tan alegre.
Y describía á la esposa de su amigo hermoseada por una nueva juventud, yendo por la casa con aire altivo, como si hasta entonces no se hubiera considerado con verdadera autoridad para dirigirla; vistiendo con tanta elegancia como su hija; olvidada ya de aquellos trajes obscuros que la daban el aspecto de una beata.
Cuidaba y mimaba á su marido con gran cariño y él la seguía en sus idas y venidas por las habitaciones, con unos ojazos que revelaban la ternura del agradecimiento.
En fin, querido planeta—continuó el capitán—que parecen unos novios. No sé qué diablos habrán andado en esto, pero los dos son otros, completamente.
Aresti sonreía.
—¿Entonces—preguntó—la casa de mi primo será un nido de amor?
—Hombre, yo te diré—repuso el capitán con cierta vacilación.—Me gusta que estén así, tan amartelados, pero no me place todo lo que allí veo. Por ejemplo, tienes á todas horas metido en el hotel al fantasmón de Urquiola, que se pavonea por los salones como si ya fuese el amo. Doña Cristina no hace nada sin consultárselo. Además, ¿te acuerdas de Nicanora, el aña? Pues la han enviado á su pueblo con todo lo necesario para comprarse unos terruños y un par de vacas. Me han dicho que la echó doña Cristina, después de una escena algo fuerte... Pepita parece embobada ante Urquiola. Tal vez no le tenga gran voluntad, pero la mamá los aproxima, y ya verás como esto acaba en boda. Ese cachorro de Deusto tal vez sea mi jefe. ¡Cristo! ¡Y para esto me expuse á que me rompieran la cabeza cuando al sitio!...
—Y Pepe ¿qué dice?...
—Pepe no tiene voluntad. Habla menos que nunca, y á todo lo que ordena su mujer contesta que sí con la cabeza. Por dentro tal vez pensará otras cosas, pero no se atreve á contradecir á su Cristina, á darla un disgusto, metiendo en cintura á ese atrevidillo... Yo creo que debías ir á verle.
—¿Yo?... No me ha llamado. Además, no me tienta ese cuadro de familia: allí no hago yo falta.
—Sí, hombre, debes ir. Pepe desea verte: siempre que voy me pregunta por tí. No te llama... ¿qué sé yo por qué? Tal vez por no contrariar á su mujer. Puede que algunas veces haya tenido el llamamiento en la punta de la lengua y no se atreva... Ya sabes que el Capi es muy franco. Allí no te quieren: te tienen miedo. Hasta creo que el oficioso Urquiola ha metido en la casa á un médico de su cuerda. Pero el pobre Pepe piensa en tí. Ve á verlo y le darás un alegrón. ¡Valiente cosa te importa la mala cara que pueda hacerte tu parienta!...
Aresti pareció encabritarse oyendo esto. ¿Conque tenían á su primo en una especie de secuestro manso, para que no le viera, y llamaban á otro médico como si él hubiese muerto?... Pues allá se iba al instante. Sentía curiosidad por ver de cerca la nueva dicha del millonario. Al mismo tiempo le regocijaba pensar en el mal gesto que pondrían aquellas gentes ante su presencia inesperada. ¡Caería en Las Arenas como una bomba. ¡Je, je, je! Y riendo se despidió del capitán, para subir en el tranvía.
Cuando á media tarde entró en el hotel de Sánchez Morueta, encontró en un salón á su prima y su sobrina con el imprescindible Urquiola.
Antes de entrar, mientras le anunciaba una doncella, oyó un rumor de voces, hablando con apresuramiento, y después un ruido de pasos y de faldas en fuga.
—¡No quiero verle!—gritó una voz sofocada que el médico creyó reconocer.
Al entrar en la habitación notó algo que denunciaba aquella fuga misteriosa. El gesto con que le recibió su prima, le dió á entender lo inoportuno de su llegada.
El doctor pensó que las que habían huido para evitarse su presencia eran las de Lizamendi. Aquella voz que protestaba era, sin duda, la de su mujer.
La entrevista fué glacial, sin que la esposa del millonario hiciese el menor esfuerzo por disimular la antipatía que le inspiraba el médico. Sus ojos azules le miraban con fijeza desdeñosa. ¿A qué se presentaba allí? ¿Quién le había llamado? Doña Cristina se sentía ahora dueña absoluta del suelo que pisaba. Ella á un lado con los suyos, y el médico á otro. Era un extraño odioso: la sangre de nada valía cuando las almas se separaban para siempre.
Pero el doctor despreció esta hostilidad. Hablaba como si no se diera cuenta de la sonrisilla insolente del abogado de Deusto; del gesto asombrado y medroso con que le contemplaba su sobrina como si fuese un aparecido.
Aresti quiso ver á Morueta, y doña Cristina miró con inquietud á una puerta inmediata, como temiendo que el doctor llegase á pasarla.
—No sé si podrás verle—dijo con los labios apretados.—Está delicado: no gusta de recibir visitas.
—¡Bah! Los médicos entramos donde hay enfermos...
Y sin esperar el permiso de la señora, púsose de pie y se dirigió á la puerta que comunicaba el salón con el despacho del millonario.
Al levantarse el tapiz, Sánchez Morueta dió un grito de alegría, reconociendo á su primo.
—¡Luis! ¡Luisito!...
Y le tendió las manos sin abandonar el sillón. Aresti le abrazó. Realmente, el grande hombre no gozaba de buena salud. Había adelgazado mucho, su barba era casi blanca, los ojos los tenía hundidos, y en su rostro enjuto se marcaban los pómulos con agudas aristas, pareciendo la nariz más grande y pesada.
Estaba leyendo un pequeño libro, y pasado el primer momento de expansión se apresuró á ocultarlo en uno de sus bolsillos, como si temiese que Aresti leyera la cubierta del volumen.
Doña Cristina siguió al médico, quedando de pie cerca de los dos hombres, con ceño imponente, vigilando sus expansiones fraternales.
Aresti se hacía explicar todos los síntomas de la enfermedad. Conocía aquello: no era más que un trastorno moral que se reflejaba en el organismo. Calma y dulzura era lo que necesitaba.
—¡Un trastorno moral! Eso es—dijo la señora con voz áspera.—Siempre que hablases con tanta verdad. Pepe vivía demasiado... agitado. Por fortuna, está en buenas manos y curará. La calma y la dulzura ya sabe él cómo se adquieren.
Y á continuación, para cortar la entrevista, recordó á su marido la conveniencia de hablar poco, de no cansarse, de estar solo.
—¡Pero, si es Luis!—dijo el gigantón sin atreverse á mirar á su esposa.—¡Si con este tengo el mayor gusto en hablar! ¡Si deseaba mucho que viniese!... Ya ves, es el último que queda de mi familia. Somos como hermanos.
Y su acento humilde parecía excusarse de este cariño, pedir perdón á la esposa por un afecto superior á su voluntad. Se notaba en él la abdicación del marido que vuelve hacia su mujer con el peso de una falta y teme á cada momento que le recuerde su pasado.
Apareció Pepita en la puerta haciendo señas misteriosas á su madre y ésta la siguió fuera del despacho. Indudablemente, se marchaban las de Lizamendi, aprovechando la ausencia de Aresti y querían despedirse de las señoras.
Al quedar solos los dos hombres, el medicó se aproximo á su primo. Les dejarían solos muy poco tiempo y deseaba enterarse de la verdadera situación del millonario. ¿Cómo vivía en su casa? ¿Era feliz?...
Sánchez Morueta sólo supo hablar de su mujer.
—Es un ángel... un verdadero ángel. Debías ver cómo me cuida, de qué cariño me rodea. Conserva su geniecillo dominador; pero no es más que deseo de aislarme, de tenerme siempre cerca de sus faldas. Soy otro hombre, Luis. Esta tranquilidad no tiene precio. Estoy como el que descansa después de una marcha forzada; no me atrevo á moverme.
Pero, á pesar de su dicha, mostraba gran timidez, como si adivinase la fragilidad de aquella paz que le envolvía, y temiese romperla con el más leve movimiento.
—¿Y aquello?—preguntó misteriosamente el doctor.—¿Se olvidó ya por completo?...
El hombrón palideció como si despertase junto á un peligro é hizo un movimiento con sus manazas pretendiendo apartar en el espacio las palabras de su primo. No debía recordarle aquello: le causaba vergüenza y repugnancia.
Ya no pudieron hablar más. Entró doña Cristina, pero esta vez seguida de su hija y Urquiola. Después de despedir á las amigas, se trasladaban al despacho para sentarse en torno de Sánchez Morueta, interponiéndose entre él y el doctor, como si quisieran evitar todo contacto entre ambos primos.
Debía ser esta irrupción obra de doña Cristina, dispuesta á hacer comprender rudamente al médico su deseo de cerrarle para siempre las puertas de la casa. Aresti veía los ojos de los tres, fijos en él, como si le dijeran: «¿Qué haces aquí? Vete: tú no eres de los nuestros.»
El millonario acogía con una sonrisa la solicitud con que se aproximaban á él, y le rodeaban como si temieran que escapase. Miraba á su primo con satisfacción. ¡Cómo le querían! ¿eh? ¡Cómo sentían la necesidad de no dejarlo solo, resarciéndole de la antigua frialdad! ¡Oh, la familia!...
Hasta á Urquiola alcanzaba su gratitud. No podía permanecer indiferente con aquel muchachón que le llamaba tío á boca llena, extendiendo á él su lejano parentesco con la señora. Además le protegía en sus deseos de enfermo. Cuando doña Cristina, atendiendo las indicaciones del médico, le ocultaba los cigarros, Urquiola buscábalos, y, echando á broma la prohibición, obsequiaba al tío.
Aresti sonreía ante la solicitud de acólito respetuoso con que mimaba á Sánchez Morueta, adivinando sus antojos de enfermo; la rapidez con que le ofrecía una cerilla, apenas se apagaba entre sus débiles dedos el cigarro con que le había alegrado poco antes.
Doña Cristina miraba al joven, que parecía indeciso, no sabiendo cómo iniciar la realización de algo que había prometido. Al fijarse Urquiola en el libro que asomaba á un bolsillo del millonario, habló del mérito de la obra.
—¿Le gusta á usted, tío? ¿Verdad que es muy profunda? Pues el segundo tomo todavía es mejor.
Y antes de que el tío pudiera contestar, Urquiola se dirigió á Aresti, como si sólo por él hubiese hablado del libro. Era una de las obras más notables que se habían publicado en el siglo: las «Respuestas á las objeciones más comunes contra la religión» del Padre Segundo Franco, un jesuíta italiano, de inmenso talento. En este libro se echaban por tierra todas las mentiras de los enemigos del catolicismo; su falsa ciencia, que no es más que soberbia, sus embustes contra la Inquisición y contra todos los grandes hechos de la Fe, que se presentan como crímenes. Al que lo leía no le quedaba otro remedio que convertirse. Todo lo de la Iglesia quedaba justificado claramente en sus páginas, con esa fuerza de razonamiento que sólo poseen los Padres de la Compañía. El que aún estaba en el error era porque no conocía el libro.
—Usted debía leerlo, doctor—dijo con impertinencia el abogado de Deusto.
Aresti conocía la obra. Recordaba haber hojeado, cuando vivía en casa de las de Lizamendi, aquel solemne monumento de la estolidez, en el que se probaban los mayores absurdos con argumentos al alcance de cualquier vieja devota. El importuno consejo de Urquiola le irritó:
—Joven—dijo con gravedad desdeñosa,—hace muchos años que leo lo que mejor me parece, sin necesidad de consejero.
Sánchez Morueta bajaba la cabeza para no encontrar la mirada de su primo, como si le avergonzase el descubrimiento del libro.
Pasaron en silencio un largo rato. Doña Cristina y su sobrino seguían mirándose. Parecían dispuestos á hostilizar al doctor, á exasperarle, buscando un rompimiento para que no volviese más a la casa. La señora animaba al joven con sus ojos para que entablase una discusión con el médico.
Urquiola habló de la gran peregrinación á la Virgen de Begoña, que preparaban todas las personas decentes de Bilbao para el mes de Septiembre. Mucho había costado de organizar, pero sería una fiesta tan hermosa como la de la Coronación; un alarde de la Vizcaya religiosa y honrada que quería ser libre y volver á sus antiguos tiempos de grandeza.
Aresti se había impuesto la prudencia, adivinando las intenciones de sus enemigos; pero sentía agitarse su carácter batallador y rebelde ante el abogado, cuyas palabras le irritaban.
—¿Y qué tiempos fueron esos?—preguntó irónicamente.
Urquiola, dichoso por poder mostrar ante Pepita y su madre aquella oratoria ruidosa que tantos éxitos le había valido en los ejercicios literarios de Deusto, acometió impetuosamente. ¡Parecía imposible que un vizcaíno hiciese tal pregunta! ¿Qué tiempos habían de ser? Los del Señorío; cuando Vizcaya era independiente y estaba gobernada por los Jaunes prudentes y valerosos; cuando la mala peste del maketismo no había aún invadido la santa tierra del árbol de Guernica; cuando los vascos en Padura, en Gordexola y en Otxandino hacían morder el polvo á los españoles, del mismo modo que siglos después, en nuestra época, sus descendientes habían derrotado á los guiris y los ches de pantalones rojos que enviaba España para acabar con los últimos restos de sus libertades.
Aresti sonrió con desprecio. ¡Ya habían salido Padura y las otras dos batallas contra los castellanos! Dichoso país aquel, tan falto de historia que tenía que inventarla, dando la importancia de glorias nacionales á tres miserables combates de horda, allá en los tiempos de Mari-Castaña; tres contiendas á peñazos, golpes de cachiporra y de hacha, un poco mayores nada más que cualquier riña de romería.
—No: Vizcaya no tiene apenas historia—continuó el doctor,—y por esto posee la energía de los pueblos jóvenes. Su grandeza empieza ahora; sólo que los enemigos de lo moderno no lo ven. Su gloria es reciente y está en la ría, en el puerto, en las ruinas y las fábricas, en los buques que pasean por todos los mares la bandera de su matrícula, en el esfuerzo colosal de dos generaciones que han trastornado la naturaleza para explotarla. Los vizcaínos que en otros tiempos iban en sus barquitos á la pesca de la ballena, valen más, para mí, que todos esos héroes cabelludos y zafios que en Padura gritaban ¡sabelian, sabelian sarrtu! avisándose que debían herir con sus chuzos á los españoles en el vientre. Este es un país que no ha dado en los tiempos pasados más que obispos y marinos. Ahora despuntan los únicos hombres notables que puede producir esta raza con sus especiales condiciones. ¿Ve usted ahí á mi primo que no sueña con la gloria histórica, ni se preocupa de lo que pensarán de él en el porvenir? Pues es el verdadero héroe, el paladín moderno. Ha hecho él más por la gloria de Vizcaya con sus empresas industriales, que todos aquellos Jaunes, sucios, barbudos y llenos de costras.
Urquiola calló, desconcertado ante este elogio á su querido tío, temiendo que el millonario tomase la menor respuesta como un atentado á la gloria de su nombre. Pero doña Cristina vino en su auxilio para que la discusión no quedase ahogada.
—No te esfuerces, Fermín. Al doctor le importan poco las santas tradiciones de Vizcaya. Lo que á él le molesta es ver á todo un pueblo rendir homenaje á nuestra santa Patrona, en la que él no cree.
Aresti se encogió de hombros. No le molestaba ninguna de aquellas fiestas: eran para él espectáculos curiosos, en los que estudiaba el afán por lo extraordinario, por las protecciones ocultas que experimentan la debilidad y la ignorancia. Él daba su verdadero valor á la manifestación del próximo mes de Septiembre. Lo religioso era en ella lo de menos. La gran masa inconsciente subiría al monte Artagán, con el deseo egoísta de ganarse el agradecimiento de la Virgen: pero la dirección la llevarían los que soñaban con la independencia vasca, y los jesuítas, que insistían en sus alardes, temiendo la propaganda social de las minas y el espíritu antirreligioso de los trabajadores de la villa.
Al oír mentar á los jesuítas, Urquiola dió un respingo en su asiento. Ahora se sentía en terreno fuerte: era como si atacasen á su familia. Y miró á las dos mujeres, como invitándolas á que presenciasen el gran vapuleo que iba á dar al impío... ¿Qué tenía que decir de los jesuítas? Eran unos sacerdotes sabios, prudentes y buenos, que se sacrificaban por dirigir á las gentes hacia la virtud. Ellos, siguiendo al glorioso San Ignacio, habían contenido la infernal propaganda de Lutero, atajando la revolución religiosa, prestando á los pueblos latinos la gran merced de evitarles este contagio. Eran el brazo derecho del Papa; los que mantenían en toda su pureza el catolicismo. ¿Y sabios?... Él mismo conocía en Deusto á un Padre que hablaba cinco idiomas...
Aresti le interrumpió:
—Yo conozco empleados de hoteles que poseen más lenguas y sin embargo, el mundo ingrato no ensalza su sabiduría.
Urquiola, herido por este sarcasmo, hizo un movimiento como si fuese á caer sobre el doctor, pero se repuso inmediatamente. Él estaba allí como apóstol: quería aplastar al impío, de cuya ciencia hablaban con respeto muchos tontos. Y continuó su apología del jesuitismo, hablando de su fundación, como si fuese un punto de partida para la humanidad. Ya conocía él todas las calumnias lanzadas contra la orden. ¡Mentiras de la masonería, que temblaba de cólera y miedo ante los hijos de San Ignacio! Se hablaba de la rapacidad de los jesuítas, de su codicia, de su afán por atesorar dinero. Embustes de los impíos y de ciertas órdenes religiosas, roídas por la envidia, que no reparaban que al herir á los ignacianos socavaban el más fuerte cimiento del catolicismo. ¡A ver! ¿dónde estaban esos tesoros? ¿Quién los había visto?... Y aunque los tuvieran, ¿qué? Como decía muy bien un Padre de la Compañía en uno de sus libros, el mundo nada perdía con que fuesen ricos, pues dedicaban su dinero á la instrucción levantando Colegios y Universidades. También les echaban en cara el que sólo buscasen el trato con los ricos y los poderosos, educando únicamente á los jóvenes de nacimiento distinguido. ¿Y qué se probaba con esto?... La igualdad es un mito de los impíos; hasta en el cielo hay jerarquías y los Padres se dedicaban al cultivo de los de arriba, de los que por su nacimiento ó su fortuna estaban destinados á ser pastores de hombres, dejando la gran masa que ellos no podían evangelizar, al cuidado de los sacerdotes del clero bajo. Agarrándose al tronco estaban seguros de poseer las ramas: educando á los privilegiados en el santo temor de Dios, mantenían el espíritu religioso en las instituciones directoras, en los legisladores, los magistrados, los militares, afirmando el porvenir más sólidamente que si buscaban al populacho ignorante y tornadizo, siempre dispuesto á dejarse engañar por absurdas propagandas...
¡Ah, el populacho! ¡Con qué asco hablaba Urquiola de la masa sin voluntad que se dejaba arrastrar por falsos sabios, de pretendida ciencia! Se indignaba pensando en la ceguera de aquel rebaño, que en los conflictos de la miseria se revolvía contra los sacerdotes y especialmente contra los jesuítas. Si surgía una huelga, apedreaban los conventos de la Orden; si al ir en manifestación por la calle veían á un cura, lo silbaban y lo perseguían; en sus mitins, cuando querían insultar á uno de sus opresores, le llamaban jesuíta. ¿Qué daño podían hacer los Padres á toda aquella gente que pedía aumento de jornal ó menos horas de trabajo? No tenían minas ni fábricas, no eran dueños de empresas industriales, no explotaban al trabajador, ¿por qué, pues, iban contra ellos? ¿No era natural que dejasen en paz á los sacerdotes y se lanzaran únicamente contra los ricos? ¿A qué mezclar la religión en las cuestiones del trabajo?...
Y el abogado miraba á Aresti con superioridad, seguro de haberle aplastado con estos argumentos aprendidos en Deusto, sin reparar en que, por defender á sus maestros, atacaba á Sánchez Morueta.
El doctor sentíase irritado por el aire de triunfador que tomaba el joven ante las dos mujeres, las cuales parecían admiradas de sus palabras. Arrojó de su ánimo todo escrúpulo de prudencia, sintió el deseo de escandalizar á su devota prima, de exponer sus ideas sin consideración alguna, cerrándose para siempre las puertas de aquella casa. ¡Le querían echar, pero él se iría antes!... Y habló con una calma, con una suavidad en la voz, que contrastaba con la audacia de su pensamiento.
A él no le extrañaba que el ejército de la miseria, en sus protestas y rebeldías, se dirigiese contra los sacerdotes ignacianos, á pesar de que éstos no tomaban parte directa en las empresas industriales. Eran los directores y los educadores de los ricos. Ellos daban forma á la clase superior; la moldeaban á su gusto. Los tiros de los desesperados, no iban, pues, mal dirigidos. Parecían en el primer momento caprichosos y locos, errando á la ventura, pero en realidad herían al verdadero enemigo. Los desheredados, los infelices adivinaban con el instinto de la desesperación dónde estaba la causa de sus males. La sociedad tenía por base la moral cristiana, una moral que en tiempos remotos podía ser oportuna, pero que había fracasado al contacto de la vida moderna.
El hombre de hoy debe ocuparse de hacer su trabajo sobre la tierra, de modificar incesantemente el ambiente natural y social en que vive; y el cristiano no da importancia á una sociedad por la que pasa transitoriamente y cuyos intereses no deben preocuparle, pues su verdadera vida está más allá de la muerte. Veinte siglos lleva de experiencia la moral cristiana y ha dado de sí todo lo que tiene dentro. Su fracaso es visible por todas partes. Desconoce la justicia en la tierra, dejándola para el cielo; pasa indiferente ante el derecho de los oprimidos, queriendo consolarlos con la esperanza de que en otra vida que nadie ha visto, encontrarán satisfacción á sus dolores. Su única fórmula clara es la de la fraternidad universal; «ama á tu prójimo como á tí mismo», y sin embargo, transige con la guerra, bendice al fuerte, declara que el hombre es por naturaleza malo y corrompido, que únicamente se purifica cuando Dios le concede su gracia, y si no la tiene, si vive fuera de la comunidad santa, es el hijo del pecado, el ser diabólico al que hay que perseguir y exterminar.
Urquiola y doña Cristina se miraban escandalizados.
—¿Y la caridad?—gritó el abogado. ¿Y la sublime caridad de la moral cristiana?
—¡La caridad!—contestó el médico sonriendo con sarcasmo.—Es el medio de sostener la pobreza, de fomentarla, haciéndola eterna. Los desgraciados la odian por instinto, al recibir sus limosnas: evitan el buscarla mientras pueden, viendo en ella una institución degradante, que perpetúa su esclavitud. Ese es otro de los grandes fracasos de la moral cristiana.
Recordaba la maldición de Jesús á los ricos, su promesa de que les sería más difícil entrar en los cielos «que un camello por el agujero de una aguja». Y, sin embargo, todos los humanos, desoyendo á Jesús, reclamaban el peligro de ser ricos: todos se exponían sin miedo alguno á las llamas del infierno, por acaparar los bienes de la tierra. Los hombres, sin excepción, deseaban ejercer la caridad, tomándolo todo para sí, y no dando más que aquello que juzgaban innecesario ó que no podían guardar. La caridad no influía para nada en el progreso de los humanos: antes bien, era un obstáculo. No suprimía la esclavitud, no trocaba las formas de la propiedad, y en cambio justificaba y santificaba la división de los ricos y pobres. Los desdichados, en sus rebeliones, no se equivocaban al odiar una religión que exige al miserable que se resigne con su suerte y no reclama de los ricos más que una caridad de la que ellos son los únicos jueces, pudiendo graduarla conforme á su egoísmo. Los desesperados veían que, así como amenguaba la fe abajo, era arriba, entre los ricos, donde la religión encontraba sus defensores, á pesar de que su Dios los había maldecido.
Los privilegiados empleaban la religión como un escudo. «Nada de esperar en la tierra la justicia para todos. Estaba en manos de Dios y había que ir á la otra vida para encontrarla. Mientras tanto, el pueblo podía ser feliz en su miseria con la esperanza del paraíso después de la muerte; dulce ilusión, supremo consuelo, que los revolucionarios sin conciencia le quieren arrebatar...»
Así se expresaban los que tenían interés en que continuase en la tierra todo lo mismo, á la sombra protectora de las creencias. ¿Cómo no habían de indignarse los infelices contra una religión que les cerraba el camino de la justicia y el bienestar aquí abajo, para no darles más que la quimérica esperanza de una justicia divina que los ricos pueden sobornar con dádivas á los sacerdotes?
El cristianismo había engañado al pobre, manteniéndolo en su triste estado con la esperanza del cielo y la amenaza del infierno. Era el carcelero espiritual que sostenía durante veinte siglos el extremo de su cadena. Ya que había llegado el instante de la revuelta ¡sus y á él!... Era el enemigo secular; los demás habían crecido á su amparo... El odio á toda religión era instintivo allí donde las masas obreras despertaban. Dios era para los trabajadores el primero de los gendarmes, una especie de funcionario invisible de la burguesía, al que retribuían los ricos sus buenos servicios, levantándole viviendas, derramando el dinero á manos llenas entre los que se llamaban sus representantes...
Doña Cristina abanicábase furiosamente las mejillas enrojecidas. ¿Qué horrores iba soltando aquella voz suave é irónica que parecía acariciarla con profundos arañazos?... Ahora se arrepentía de haber provocado al impío y hacía señas á Urquiola para que no le contestase. Deseaba que se hiciera un silencio penoso, que se fuera de allí empujado por la sorda y desdeñosa hostilidad de todos. Pero el discípulo de Deusto temía aparecer vencido á los ojos de Pepita, é interrumpía al doctor con exclamaciones burlonas ó con gestos escandalizados. «Está loco: este hombre está loco.» Aprovechando una pausa de Aresti, colocó la objeción que tenía preparada. Criticar era fácil. Pero ya que el doctor encontraba tan defectuosa la moral cristiana, debía decir cuál era la suya.
Aresti sonrió, mirando con lástima al joven. Era posible que no lo entendiese: aquellas cosas no las enseñaban en Deusto. Además, una moral con todos sus preceptos, no se fabrica de la noche á la mañana como un sermón de los padres de la Compañía. Bastante había hecho el pensamiento moderno en menos de un siglo; y aún estaba en la primera etapa de su marcha hacia el infinito. Pero aun así, su moral, una moral para la tierra, sin sanciones celestes, encaminada al bienestar positivo de los humanos, tenía forma.
—Yo—dijo Aresti con sencillez—adoro la Justicia Social como fin y creo en la Ciencia como medio.
Urquiola rompió á reír con una carcajada insolente. ¡La ciencia! ¡La moderna ciencia de los revolucionarios y los impíos! Ya sabía él lo que era aquello. Y la definía con arreglo al libro de un Padre famoso de la Compañía. «Cogiendo un catecismo del Padre Ripalda y escribiendo no donde el catecismo dice sí y sí donde dice no, se tiene hecha y derecha toda la pretendida ciencia moderna.» Urquiola se pavoneaba con esta definición que convertía el catecismo en centro de todos los pensamientos humanos, colocando al Padre Ripalda por encima de todos los grandes hombres de la historia. Doña Cristina, creyendo que esta definición tan clara era obra de su sobrino, admiraba su talento.
Pero el abogado no se fijó en esta admiración, enardecido por la proximidad de su triunfo. Allí quería él al doctor, ¿Conque la ciencia podía servir de medio é instrumento á la moral?... En Deusto, aunque Aresti no lo creyera, también les enseñaban algo de la ciencia moderna. Levantaban nada más que una punta del velo que ocultaba este cúmulo de impiedades, para aplastarlas con el santo peso de las buenas doctrinas. Él conocía un poquito de la ciencia moderna, para apreciar su grosero materialismo, incompatible con todo ideal, é instrumento de toda desmoralización.
El hombre era una bestia para aquella ciencia. El instinto reemplazaba al alma: nada del Dios omnipotente que había formado el mundo: nada de existencia espiritual después de perecer la materia. Esta vida sólo tenía por escenario la tierra. Luego de la muerte un poco de podredumbre: polvo: nada. Como no existía otra vida, no existían castigos y todos podían hacer lo que mejor placiera á sus instintos, sin miedo á la cólera de Dios. ¡La bestia libre y sin sanción alguna! Ya que no había que temer á los castigos, ¿para qué renunciar á la satisfacción de los apetitos? ¿Por qué imponerse privaciones respetando á los semejantes?... ¡A burlarse de nuestros antecesores, unos tontos que contenían sus pasiones por la esperanza del cielo ó el miedo al infierno! Los fuertes deben aplastar á los débiles: los débiles deben apelar á la astucia y la maldad para salvarse de los fuertes. A nadie hemos pedido venir al mundo, y nadie nos exigirá cuentas cuando volvamos á confundirnos con la tierra. El vicio es lo mismo que la virtud: el crimen y la bondad valen igual: vivamos y gocemos todo lo que nos sea posible, sin escrúpulo alguno, ya que nadie nos ha de pedir cuentas.
—¿Es esta su moral, doctor—preguntaba irónicamente el abogado.—¿No es esto lo que se desprende de la ciencia moderna?...
Las dos mujeres mostraban su admiración por Urquiola con miradas de lástima al médico. Hasta Sánchez Morueta, que permanecía con la cabeza baja, como molestado por una polémica cuya intención adivinaba, levantó los ojos fijándolos con cierta extrañeza en el abogado. Aquel muchacho no se expresaba mal. Ya no le creía tan necio, y pensaba si su mujer tendría razón al elogiar sus cualidades.
Aresti acogió la sarcástica descripción de aquella sociedad sin Dios, con rostro impasible. Si la religión era un freno para los apetitos y las violencias ¿por qué la criminalidad era más frecuente en los pueblos atrasados y devotos que en aquellos otros de mayor cultura? ¿Cómo era que los mayores crímenes de la historia habían coincidido con los períodos en que el entusiasmo religioso era más ardiente?
El médico hablaba en nombre de la ciencia, para la cual la falta de moralidad y el crimen sólo son resultados de la incultura ó de una regresión parcial del cerebro. Además, ¿de dónde sacaba Urquiola que porque no existiese una sanción divina para la moral, porque el hombre no sintiera el temor á los castigos eternos, se había de entregar á la violencia atropellando á sus semejantes? El hombre de mentalidad desarrollada, sabía que aunque condenado por la naturaleza á desaparecer, no por esto desaparecería la humanidad de la que forma parte. Sólo el ser inculto y brutal, con el egoísmo de la ignorancia podía incurrir en tales crímenes. Sólo podían pensar así los pobres de inteligencia que forman la principal masa de todas las religiones; los que no ven en el mundo nada más allá de su propia individualidad egoísta; los que sólo aman la virtud como un pasaporte para entrar en la vida eterna, y sí hacen algún bien es con la idea de que giran una letra sobre el porvenir para que se la paguen con un puesto en el cielo.
Quedaban aún muchos seres de una mentalidad limitada, semejante á la de los hombres primitivos, que sólo se preocupaban de sus personas ó, cuando más, de sus familias. Cada uno de ellos concibe la vida como si su individualidad fuese el centro del universo, no interesándole más que lo que ve y lo que toca. Esos, en su egoísmo, tienen tal concepto de la importancia de su persona, que necesitan que ésta se perpetúe después de la muerte, admitiendo como indispensables los cielos y los castigos inventados por las religiones.
El hombre emancipado por la ciencia, se preocupa de la suerte de la humanidad tanto ó más que de la de su individuo. Sabe que es un componente de una familia infinita, siente la solidaridad que le liga á su especie, está seguro de que su pensamiento vivirá aún después de haberse corrompido su cerebro y no se satisface con la saciedad de sus sentidos. Tiene la inteligencia más desarrollada que los órganos animales, y sus mayores placeres residen en ella. Por lo mismo que no duda de que su organismo material ha de morir para siempre, siente la necesidad de dejar rastro de su paso por el mundo con una buena acción. En vez de querer inmortalizarse como los devotos en un bienestar celeste (deseo egoísta que ningún beneficio proporciona á los demás), desea sobre vivirse en la especie, que es eterna, procurando á ésta la parte de bienestar ó felicidad á que puede contribuir con el trabajo de su vida. ¿Qué moral más generosa?... El ensueño individual y egoísta de un cielo falso é inútil, lo sustituye el hombre moderno con el ideal colectivo, que está de acuerdo con su razón y le procura las más altas satisfacciones morales.
—Hacer el bien á los semejantes—continuó Aresti—sin esperanza de recompensa ni miedo al castigo, como lo hacemos los impíos modernos, los hombres del materialismo, es ser más idealista que el devoto que compra su parte de paraíso con oraciones que no remedian ningún mal de la tierra.
El doctor se exaltaba, elevando su voz, al comparar la moral de las religiones y aquella moral de los pensamientos elevados y nobles que se desarrollaba al tranquilo amparo de la ciencia. ¡Cómo poner al mismo nivel al egoísta crédulo que con unos cuantos sacrificios y mortificaciones cree comprarse una eternidad de alegría en el cielo, y al hombre moderno, que hace el bien sin creer en futuras recompensas, ni en el agradecimiento de divinos fantasmas, únicamente por la alegría de socorrer al semejante, por la solidaridad que debe existir entre todos los que tripulan el barco errante de la Tierra!... Así habían procedido siempre los grandes mártires y los genios. Era la moral de los héroes de la humanidad: en otros siglos se había mostrado aislada, pero ahora iba generalizándose, conforme agonizaban los dogmas, como una afirmación de la conciencia colectiva.
Doña Cristina y su hija miraban con extrañeza al doctor sin hacer el menor esfuerzo por comprender sus palabras. Estaba loco: todo aquello eran filosofías alemanas, monsergas confusas que habían inventado los impíos para ocultar su maldad, cuando tan claro y sencillo era creer en Dios y seguir lo que la Iglesia enseña. ¡Ay, si estuviera presente el Padre Paulí, que tan soberanas palizas soltaba desde el púlpito á los filósofos!...
Urquiola ocultó con una sonrisa de superioridad desdeñosa la turbación y desconcierto de su pensamiento ante las palabras del doctor. De aquello no le habían hablado en Deusto ni una palabra, y colérico por lo que consideraba una derrota, deseoso de salir del paso como en sus trabajos electorales, con arrogancias de valiente, lamentaba la presencia de Sánchez Morueta. De no estar el millonario, hubiera hecho la cuestión personal y en nombre de la inmortalidad del alma y de la moral cristiana, hubiese atizado unos cuantos puñetazos al impío, luciendo ante las señoras sus energías de apóstol.
Aresti, arrastrado por el entusiasmo, no podía callarse. El sofisma religioso, tolerando en la tierra la injusticia sin más consuelo que la esperanza en un mundo mejor, era demasiado grosero para las inteligencias modernas. La moral no consistía, como la proclamaba el cristianismo, en achicarse, en recogerse en sí mismo, en amputar los naturales instintos, en hacerse pequeño para pasar por el camino estrecho de la gloria celeste, sino en aceptar la vida tal como es, en amarla en toda su plenitud. La vida espiritual no era el egoísmo de un individuo, sino la comunión con las aspiraciones colectivas de la humanidad. El hombre moderno no debía perder el tiempo preguntándose sobre el origen del mal ó si la naturaleza está corrompida por el pecado: las dos grandes preocupaciones de la moral cristiana. Bastábale saber que la naturaleza, buena ó mala, se modifica ó transforma por el trabajo. Poco importaba el origen del mal: lo interesante era combatirlo y vencerlo, sin optimismos ni pesimismos, llevando como único guía el esfuerzo continuo hacia el mejoramiento.
El hombre estaba condenado á hacerlo todo por sí mismo, sin la esperanza de fantásticas protecciones. El trabajo es su ley. El oficio de ser hombre era glorioso y duro. Sólo podía contar con un apoyo: la Ciencia. El progreso de los conocimientos positivos, la industria y la evolución incesante de las sociedades, modificaban la concepción de la vida y de sus fines. El hombre moderno, valiéndose de la crítica, tenía una idea justa de los límites de sus conocimientos. Ni soberbias, ni desmayos de humildad. No pretendía conocer lo absoluto ni el origen de las cosas. ¿Pero es que las religiones las conocían tampoco? ¿Eran racionales las explicaciones de los que creían en una Providencia amparadora de la injusticia, y en un plan de creación ideado por unos hebreos nómadas é ignorantes?
En cambio, el hombre conocía mejor, gracias á la ciencia, el mundo que le rodeaba. Si no sabía la causa primera de muchos fenómenos, había descubierto y utilizado las relaciones que los ligan, y en vez de ser siervo de la naturaleza, como en los tiempos de barbarie religiosa, la tenía á sus órdenes, haciéndola trabajar para su comodidad y sustento. Ante él se abatían obstáculos que parecían eternos: la mecánica aprovechaba las fuerzas naturales; modificábase la faz de la Tierra: suprimíase el espacio al acortar las distancias, y el planeta parecía empequeñecerse, haciéndose cada vez más confortable, como una habitación dentro de la cual la humanidad encontraba satisfechas todas sus necesidades.
El hombre ya no quería fundar su moral sobre lo desconocido, sobre Dios, el fantasma bondadoso ó terrible de la infancia de la humanidad. Tampoco podía tolerar la moral cristiana, basada en la resignación y en la abstención. Esta moral no era más que un arte de mutilar la vida bajo el pretexto de guardar sus formas más altas, ó sea las espirituales.
—Hay que aceptar la vida tal como es, y vivirla toda entera—decía el médico con entusiasmo.—Nuestra moral es simple y valiente: se resigna á la compañía de los hombres, sabiendo que no existen los ángeles, y los acepta tales como son. No pasa la vida orando y contemplando lo perfecto y lo eterno, sino que arrostra el encuentro de lo malo y de lo feo y hasta los busca ya que existen, para combatirlo; y triunfar de ellos. No mira al cielo, pues sabe que no lo hay: examina la tierra que es la realidad, y en vez de tener las manos siempre juntas en el rezo, que salva el alma, empuña los rudos instrumentos de trabajo, labora, lucha, suda en su eterna batalla con el sueño por transformarlo y embellecerlo, pensando que las fatigas del presente serán buenas obras para la humanidad del porvenir. Nuestra moral tiene callos en las manos. No son, como las de la monja, blancas, suaves, con palidez de nácar, cruzadas sobre el pecho, mientras, los ojos en alto buscan á Dios.
Sánchez Morueta contemplaba con admiración á su primo. ¡Ah; su Luis! ¡Que hombre!... Su pensamiento tímido y fluctuante sentíase arrastrado por las palabras del médico. Le entusiasmaba aquella apología de la actividad universal. Él era un sacerdote privilegiado y feliz del trabajo. Explotaba su estado embrionario, y aunque los fieles clamaban contra él, queriendo arrojarlo de la iglesia obrara, le satisfacía que la ensalzasen.
La esposa apretaba los labios, palideciendo ante el desconcierto de su sobrino, el cual no podía asir muchas de las ideas del doctor. Con su instinto agresivo de mujer devota intervino en la conversación, queriendo auxiliar á Urquiola.
—No entiendo esa moral—dijo á Aresti con voz ruda.—Nada me importa: esa queda para... sabios como tú. Nosotros, los brutos, nos contentamos con el Catecismo. Pero ya que tanto te ocupas de hacer feliz á la humanidad, ¿por qué no te acuerdas de la pobre de tu mujer?...
Y hablaba con sorda cólera de la de Lizamendi, que muchas veces lloraba al visitarla, recordando el pasado. Se veía en una situación difícil, ni soltera, ni viuda; eludiendo hablar de su estado, ocultándolo casi, para que nadie pudiese creer que era ella la culpable de la separación. Y doña Cristina se indignaba al decir esto. ¡Qué había de ser ella! Tan buena, la pobrecita; tan religiosa; una alma pura de ángel...
—A eso conduce vuestra moral—añadió con dureza.—A hacer infeliz á una pobre criatura, buena como una santa.
Aresti calló. Parecía atolondrado por la injusticia del ataque. ¡Él, convertido en verdugo de un ángel! ¡Y aquel ángel era su mujer, y Cristina le echaba en cara su crimen después de haber visto la aspereza humillante con que le trataban las de Lizamendi!... Prefirió acoger en silencio el ataque, sin más protesta que un encogimiento de hombros.
Pero la de Sánchez Morueta no quería verle así. Una voz lanzada, sentía un deseo nervioso de insultarlo, de dar pretexto para un rompimiento ruidoso y que no volviese.
—Ya que no crees en nada de la religión—dijo tras una larga pausa, con una sonrisa dulce que daba miedo,—tampoco creerás en Jesús... ¿Qué es para tí nuestro divino redentor?
¡Con qué alegría habló Aresti, lentamente, con voz suave é incisiva, como si quisiera que cada palabra suya fuese una bofetada sobre aquellos ojos azules que le miraban con desprecio!...
—¿Jesús?... Fué un gran poeta de la poesía moral. Yo amo su recuerdo con la ternura de la compasión, viendo la inutilidad y el sarcasmo de su sacrificio. Sus sucesores han trastornado sus doctrinas, explicándolas y practicándolas al revés. Su asesinato fué una conspiración de las autoridades constituidas, gobernantes, ricos y sacerdotes, los mismos que hoy son sus devotos y explotan su recuerdo.
Doña Cristina púsose de pie con nervioso impulso. Había escuchado las explicaciones sobre la moral, para ella confusas, guardando cierta calma, á pesar de que adivinaba ataques al cielo y á Dios. Pero esto de ahora iba contra Jesús; y la indignaba, más aún que si hubiesen negado su existencia, aquello de llamarle poeta. ¡El hijo de Dios un poeta! Para una millonaria era este el más refinado de los insultos.
—¿Has oído, Pepe?—gritó mirando á su esposo.—¿Y tú consientes estas atrocidades en tu casa?
Los ojos tímidos de Sánchez Morueta iban de su mujer á su primo, como asustado en su interna somnolencia por el inesperado choque.
—Me voy—siguió gritando doña Cristina al ver la indecisión de su esposo.—No quiero escuchar más á este hombre.
Y dirigiéndose á Pepita, añadió:
—Niña, vámonos. Bastantes atrocidades has oído. Dale gracias á tu padre, que te permite aprender en casa cosas tan horribles.
Las dos mujeres salieron del despacho. Urquiola se levantó, dudando un momento entre seguirlas ó acometer al doctor. Aquel era el momento de presentarse como un paladín de la fe, de hacer la cuestión personal en nombre de Jesús y que se tragara el médico á puñetazos aquello de «poeta», que no le indignaba á él menos que á doña Cristina. Pero le inspiraba gran respeto la presencia del millonario, temía disgustar al tío y acabó por marcharse en busca de las señoras.
Quedaron largo rato Aresti y Sánchez Morueta, con la cabeza baja, como anonadados por el incidente. El doctor fué el primero en romper el silencio.
—Pepe, adiós—dijo con voz triste, abandonando su asiento, y tendiendo una mano á su primo.—Yo no te pregunto como tu mujer «¿y tú consientes eso?» Al fin es tu esposa y con ella has de vivir.
—¡No te vayas así!—exclamó el millonario con ansiedad.—De seguro que estás enfadado; adivino que no vas á volver. No riñas conmigo: Cristina es así, ¿y qué voy yo á hacerla? Tú mismo lo has dicho. La familia... la paz de la casa... Ella es buena y me quiere: pero tiene esas ideas y á las mujeres hay que respetárselas. La verdad es que tú también has estado fuertecito...
—Adiós, Pepe—volvió á repetir el médico, abandonando aquella manaza que ahora caía débil y sin voluntad.—Que seas muy feliz.
—Pero nos veremos, ¿eh? ¿Vendrás á verme al escritorio?... Esto pasará: ya sabes que otras veces también habéis regañado...
—Adiós, adiós.
Y el doctor Aresti, sin escuchar á su primo, que le seguía formulando excusas, salió de allí, con la convicción de que dejaba muerto á sus espaldas todo su pasado; de que acababa de romperse aquel parentesco fraternal y perdía lo último que le restaba de su familia.
IX
A mediados de Agosto se inició una agitación de protesta entre los obreros de las minas.
Los contratistas de Gallarta, al reunirse por las noches con el doctor Aresti, hablaban de los síntomas de rebelión en las aldeas de la cuenca minera. En la Arboleda los peones clamaban contra las cantinas, afirmando que los capataces eran los verdaderos dueños, y que el obrero que no se surtía de víveres en ellas era despedido del trabajo. En Pucheta, que era donde vivían los más levantiscos, habían ido á navajazos un día de paga, por negarse dos trabajadores á satisfacer su deuda en la tienda de un protegido de los contratistas. Se hablaba de un gran mitin en la plaza mayor de Gallarta, al que asistirían todos los mineros para acordar la huelga, en vista de que no era admitida su petición en favor del pago semanal. Desde el kiosco que ocupaba la música los domingos, hablarían los amigos del pueblo, aquellos obreros de Bilbao emancipados del yugo de los patronos, que se dedicaban á la propaganda de las doctrinas socialistas y á la organización de las fuerzas obreras. Y mientras llegaba el momento de la rebeldía, los representantes del partido en la cuenca minera, que eran en su mayoría taberneros, derramaban en la irritada masa el consuelo del alcohol y de las teorías revolucionarias.
El Milord, en la tertulia de los contratistas, hablaba, con alarma, de los pinches de las minas. Aquellos diablejos que llevaban el cuchillo en la faja, y á los que no se atrevían á maltratar los peones por miedo á sus venganzas de gato, le infundían mucho miedo. Ellos eran la vanguardia ruidosa de todas las huelgas, comprometiendo á los hombres con sus audacias, haciéndolos ir más allá de lo que se proponían. Algunas veces habían osado apedrear de lejos á la guardia civil, cuando en vísperas de revuelta paseaba sus tricornios por los caminos de la montaña. Ahora, el Milord hablaba con terror de frecuentes robos de dinamita en los depósitos de las canteras. Los cartuchos debían ocultarlos los pinches en previsión de lo que ocurriera. ¡Buena se iba á armar!...
Al atrevimiento de los muchachos había que añadir la cólera estrepitosa de las mujeres, que hablaban de arrojarse en fila sobre los rieles de los planos inclinados y de los ferrocarriles, impidiendo toda circulación de mineral para que se generalizase la huelga hasta la ría, y se cerrasen las fundiciones, y el puerto se llenara de buques inactivos esperando una carga que no llegaría nunca.
—Esto se pone feo, don Luis—suspiraba el admirador de Inglaterra.—Esto va á ser la muerte de las minas.
Para darse cuenta de lo crítico de la situación, bastaba ver que los peones gallegos tomaban el tren y se iban á su país. Aquellos hombres eran capaces de rebelarse por su interés personal, pero apenas presentían protestas colectivas, escapaban asustados hacia su país. Las huelgas les olían á política, á algo peligroso en que no debían mezclarse los pobres. Y avisados de la bronca que preparaban los compañeros, deslizábanse prudentemente hacia su tierra, con el propósito de volver cuando todo pasase, aprovechándose entonces de las ventajas que los otros pudieran conseguir.
—¡Pero, malditos!—exclamaba el doctor, oyendo al Milord y á otros contratistas.—¿No es justo lo que piden? ¿Qué menos pueden reclamar que el cobro semanal y comprar su alimento donde mejor les convenga?...
Los contratistas torcían el gesto, excusándose en la inercia de las costumbres. Eran los señores de la villa, los mineros ricos, las empresas extranjeras, los que debían dar el ejemplo. Ellos á lo antiguo se atenían. Además, el miedo á la huelga no causaba gran impresión en el fondo de su ánimo. Por grande que fuese el paro en el trabajo, poco perderían; el mineral no iba á desaparecer en las canteras; aguardaría á que fuesen á arrancarlo, si no en un mes, al siguiente, y si no al otro. Tenían para vivir, y se rendirían antes que ellos los que necesitaban el jornal para no morirse de hambre.
El cura don Facundo se indignaba, no como contratista, sino como pastor del rebaño rebelde. No había religión, cada vez se entibiaba más la fe, y así andaba todo de perdido. La propaganda diabólica de los obreros de Bilbao había llegado hasta la gente sencilla y sufrida de la montaña.
—Ya mueren aquí las gentes sin llamarme, tan tranquilas, como si fuesen perros—exclamaba indignado.—Cada vez hay menos entierros. Ya van al cementerio sin acordarse de don Facundo, escoltados por centenares de badulaques que se pirran por molestar á la Iglesia asistiendo á eso que llaman actos civiles. Señores... ¡entierros civiles en las Encartaciones! ¿Quién podía figurarse que veríamos esto?...
Y el cura insistía en lo de los entierros, como si de todos los actos de hostilidad ó indiferencia para la religión, fuese este el más escandaloso y que más profundamente hería su pudor de sacerdote.
A pesar de la agitación obrera, los amigos de Aresti sentíanse atraídos por otro asunto, del que hablaban con gran interés en sus francachelas nocturnas.
Existía pendiente una apuesta ruidosa, en la que se interesaban todos los notables de Gallarta. El Chiquito de Ciérvana, el barrenador famoso, había recibido una especie de reto de un desconocido de Guipúzcoa, para que midiese sus fuerzas con él. El encuentro debía verificarse en Azpeitia, el centro de las fiestas vascas. Los ricos de allá hablaban con desprecio de las gentes de las minas, como si no fuesen capaces de tomar parte en la apuesta, presentándose en Azpeitia al lado de su barrenador.
Los contratistas de Gallarta gritaban enardecidos. ¡Vaya si irían! ¡Y menuda paliza les aguardaba á los guipuzcoanos pretenciosos! ¡Atreverse con el Chiquito de Ciérvana, que era la gloria más grande de las Encartaciones! Miles de duros apostarían ellos contra las pesetas que pudieran ofrecer aquellos rurales de Guipúzcoa, que vivían del miserable cultivo de la tierra. Y en sus reuniones nocturnas acordaban los detalles de la apuesta, con arreglo á lo convenido por cartas y hasta por mensajeros, con los lejanos enemigos. El próximo domingo sería la lucha en la plaza mayor de Azpeitia. Marcaban el número de perforaciones que los dos barrenadores harían en la piedra y la duración de la apuesta.
Olvidaban las minas y el malestar de los obreros, para no pensar más que en este desafío de destreza y vigor. Era la apuesta más famosa de cuantas habían concertado aquellos hombres, en su afán de arriesgar al dinero que con tanta facilidad llegaba á sus manos.
En esta lucha se interesaba el espíritu de clase y el patriotismo. Vizcaínos contra guipuzcoanos: la gente de las Encartaciones contra aquellos patanes que intentaban comparar sus burdos barrenadores de las canteras de caliza con los de las minas de hierro, que eran casi unos artistas.
Al aproximarse el día de la lucha, mostraban los contratistas los fajos de billetes de Banco, con los que habían de anonadar á los pobres cuitados de Guipúzcoa. El Chiquito de Ciérvana era vigilado y mimado como si fuese una tiple hermosa. No iba á las minas, y acompañaba por las noches á los contratistas, preocupándose todos ellos de lo que comía y bebía.
—¿Cómo va ese valor?—le preguntaban tentándole los brazos duros y elásticos, que parecían de acero, pasándole las manos por el pecho con una suavidad casi femenil, golpeándole el tórax y complaciéndose en su resonancia, que revelaba salud y vigor. Y el Chiquito se dejaba agasajar con sonrisa de ídolo, irguiendo su pequeño cuerpo de músculos recogidos y apretados, mientras los admiradores aspiraban al examinarle el olor agrio de sus sobacos sudorosos como si fuese un grato perfume.
Ganaría, como siempre. Y mientras llegaba el domingo, con su estruendosa victoria, lo atiborraban de alimentos y le hacían beber champagne, mucho Cordón Rouge, como si el vino de los ricos afirmase de antemano su superioridad sobre aquel rival que sólo conocería la dulzona sangardúa de sus montañas.
Los contratistas obligaron al doctor Aresti á que les acompañase á Azpeitia. Ellos no gozarían la victoria por completo de no presenciarla su ilustre amigo. Y el doctor, que habituado al afecto de aquellos admiradores rudos y entusiastas, no podía separarse de ellos, acabó por ser de la partida. En fuerza de oírles hablar de la apuesta sentía interés por ella.
Era el único que dudaba del triunfo. La gente de Azpeitia debía conocer el trabajo del Chiquito. Los de Gallarta, en cambio, no sabían quién era aquel contendiente desconocido. Cuando la gente de Azpeitia iniciaba el reto, estaba segura indudablemente de la superioridad de su barrenador.
Aquello parecía una encerrona: había que ser prudentes. Pero los amigos del doctor le contestaban con risas. ¿Dejarse vencer el Chiquito?... Y como prueba de su confianza, enseñaban de nuevo los fajos de billetes. Más de cincuenta mil duros iban á apostar entre todos, si es que los de Azpeitia tenían redaños para hacerles cara. Había que correrles, echándoles el dinero á las narices; así aprenderían á no ir otra vez con retos á los bilbaínos de las minas.
La partida, el domingo al amanecer, fué casi una espedición triunfal. El Chiquito había salido el día antes con varios de sus admiradores para estar bien descansado en el momento de la apuesta. Los que llegaron después con el doctor eran los más respetables, y llevaban con ellos el convoy de la expedición, enormes cestos de fiambres encargados á los mejores restaurante de la villa, cajones de champagne, cajas de cigarros. Ellos mismos, al repasar las vituallas alababan su previsión. Sólo en Bilbao se sabía comer: lo demás era tierra de salvajes, país de pobreza donde moría uno de hambre ó de asco, aunque fuese persona de las que tienen cartera.
Los mineros ricos hicieron en Azpeitia una entrada de invasores. Había comenzado ya la fiesta con las apuestas de bueyes, y una muchedumbre de caseros y de gentes del pueblo se agolpaba y estrujaba en la plaza y las calles inmediatas. Aquellos hombres de largas blusas y boinas mugrientas, apoyados en fuertes garrotes, miraban con asombro, como si fuesen de una raza distinta, á los arrogantes mineros, que se llamaban á gritos y se abrían paso reclamando el auxilio del alguacil, única autoridad que guardaba el orden del inmenso concurso, sin más arma que un mimbre blanco. La gente sobria y humilde, habituada á los cultivos de escaso rendimiento de la montaña, admiraba los ternos nuevos y lustrosos de los contratistas, sus boinas flamantes, las gruesas cadenas de oro sobre el vientre y sus manos de antiguos obreros con dedos gruesos de uñas chatas, abrumados por enormes sortijas.
Eran los forasteros, los ricachos que llegaban á la fiesta llevando una verdadera fortuna en sus bolsillos. Para conocer su importancia bastaba con fijarse en las miradas que lanzaban á las gentes y las casas, con altivez de magnates que descienden á mezclarse en una diversión campestre. ¿Y entre aquellas míseras gentes estaban los que habían osado desafiarles?... ¡Pobres cuitados!
Precedidos por el alguacil, subieron algunos de ellos á los balcones de la plaza, ocupados en su mayor parte por mujeres. Otros tomaron sitio en primera línea, junto á la cuerda que marcaba un gran rectángulo limpio de gente en medio de la plaza, como liza donde se verificaban los juegos. Allí se hacían las apuestas de última hora entre los empujones de la gente. Los caseros, apoyando sus manos en las espaldas que tenían delante, se empinaban para ver mejor. De vez en cuando un empujón formidable; una avalancha que amenazaba romper la cuerda. Pero bastaba que se levantase en alto el mimbre alguacilesco ó que se movieran las boinas rojas de la pareja de migueletes guipuzcoanos, para que al momento se iniciase un retroceso, quedando inmóvil el gentío.
Aresti, desde un balcón, veía cuatro masas obscuras de boinas, encuadrando el espacio libre, en el cual dos parejas de toros arrastraban penosamente unas piedras más grandes que las muelas de un molino, bloques enormes que al moverse dejaban detrás de ellos la tierra profundamente aplastada.
La alegría de los ejercicios físicos, el enardecimiento ruidoso de las fiestas de la tuerza, agitaba al gentío. Tiraban los bueyes penosamente, como si fuese á estallar la testuz bajo el yugo, esforzándose entre los gritos y los pinchazos de los conductores que los azuzaban coreados por sus partidarios, y cada vez que una piedra, con nervioso tirón, avanzaba algunos pasos, sonaba un clamoreo de los espectadores. Los pechos se hinchaban con angustia, como si quisieran comunicar su fuerza á las abrumadas bestias.
Era una diversión de raza primitiva, de pueblo en la infancia que aún no ha llegado á la vida del pensamiento y admira la fuerza como la más gloriosa manifestación del hombre. La dura necesidad de ganarse el pan con el trabajo físico, hacía del vigor un culto, convertía en diversión los alardes de resistencia de los más fuertes, admiraba como héroes á los grandes partidores de leña ó á los expertos barrenadores, y para dar carácter de fiesta á todos los esfuerzos del músculo en el diario trabajo, asociaba á sus juegos al buey, manso y sufrido compañero de la miseria campestre.
El doctor, ante estos placeres rudos y violentos del pueblo primitivo, recordaba las fiestas griegas, embellecidas al través de los siglos por el encanto del arte. Aquellos juegos al aire libre, sencillos y burdos, de una inmediata utilidad, recordaban involuntariamente los Juegos Olímpicos.
—Sí; se parecen—pensaba Aresti.—Pero como se asemejan el ave de corral y el águila, porque las dos se cubren de plumas.
Cansado del monótono espectáculo que ofrecían los bueyes, tirando entre el clamoreo del gentío que no se fatigaba del largo plantón, el doctor se distrajo examinando el aspecto de las casas y las personas.
Veía Azpeitia por primera vez, aquel hermoso rincón del territorio vasco, que sólo de lejos rozaba la vía férrea, y en el cual parecían haberse refugiado el espíritu y las tradiciones de la raza. Aquella tierra era la de San Ignacio. A pocos minutos, en el centro del valle, estaba Loyola con su convento inmenso, cuya fealdad de caserón-palacio tentaba la curiosidad del doctor. La sombra de la Residencia madre, de aquel edificio semejante a un cuartel, en el que se reunían los comisionados del jesuitismo, llegando de todos los puntos de la tierra, cuando había que elegir un nuevo General de la Orden, parecía proyectar su sombra sobre el valle y las montañas, formando los pobladores á su imagen.
Aresti veía en la muchedumbre muchas caras que le recordaban la faz de San Ignacio. Aquellos rasgos duros, impasibles, de helada firmeza, que se consideraban como signos característicos de una personalidad famosa, resultaban comunes á toda una raza.
El médico se fijaba igualmente en las mujeres de los balcones. Tenían las formas más pronunciadas que las hembras vizcaínas, con algo de voluptuoso y mórbido que hacía recordar el título de «Andalucía vasca», que muchos daban á Guipúzcoa; pero en su mirada había una expresión varonil y enérgica que hacía pensar en las fanáticas heroínas de la Vendée. El odio al guiri, al español de pantalones rojos llegado de las más lejanas provincias para expulsar al rey legítimo, pasaba como una herencia de generación en generación. Todos los hombres de edad madura que ocupaban la plaza habían vestido, seguramente, el capote de los tercios guipuzcoanos y se acordaban del monarca de las montañas, con su gran barba negra y la boina blanca sobre los ojos.
Eibar, con la muchedumbre obrera de sus fábricas de armas, liberal y poco religiosa, estaba próxima, y, sin embargo, parecía al otro extremo del mundo, como si los montes que separaban ambas poblaciones fuesen infranqueables.
Las casas de Azpeitia ostentaban en todas las puertas grandes placas del Corazón de Jesús. Era el único signo exterior de religiosidad: ni alardes de fe ni entusiasmos provocadores. Eso quedaba para los pueblos donde flaquea la devoción y la verdad divina tropieza con enemigos. En todo el valle parecía sobrevivir el espíritu religioso, tranquilo y confiado, de la Edad Media, la época que menos se preocupó de la fe, por lo mismo que aún no habían levantado la cabeza la duda y la impiedad. Mostrarse el espíritu de rebelión en una tierra que había pisado el bendito San Ignacio, era tan absurdo, tan inconcebible, que sólo el suponerlo hubiera hecho reír a aquella gente taciturna, orgullosa de haber dado al mundo un santo de fama universal.
Pasado medio día, terminaron las pruebas de los bueyes y se desparramó el gentío por la población. Lo más interesante de la fiesta, las luchas de los aizkoralaris ó partidores de leña y la apuesta de los barrenadores, quedaba para la tarde.
Aresti y sus amigos comieron en el casino del pueblo, alarmando á los del país con los taponazos del champagne y la exhibición de las carteras repletas de billetes que arrojaban sobro las mesas con afectado desprecio. Llegaban nuevas gentes por todos los caminos, atraídas por la fama de la gran apuesta de la tarde. Aresti había salido a la calle huyendo de la atmósfera pesada del casino, cargada de gritos y nubes de tabaco. Veía llegar los coches llenos de gente: las carretas ocupadas por familias mientras el aldeano marchaba a la cabeza de la yunta, guiándola con su larga vara; grupos de caseros en mangas de camisa, con la chaqueta y la boina al extremo del garrote que llevaban al hombre como un fusil.
Cerca de la plaza, vió el médico que la gente se detenía ante una taberna, formando compacto grupo y mirando á lo alto. En un balcón cantaba un viejo, de tan elevada estatura, que su boina parecía tocar el alero. En la calle se había hecho espontáneamente un gran silencio, y el viejo, inmóvil y grave, seguía su canturria con cierta seriedad sacerdotal. Cuando terminó su última estrofa en vascuence, con una entonación aguda, todo el concurso prorrumpió en risotadas, que contrastaban con la gravedad del cantor. Pero aún no se había extinguido la carcajada del público, cuando sonó una nueva voz más aguda y estridente desde el balcón de otra taberna, y Aresti vió á un jayán que cantaba como si contestase al viejo, mientras éste le escuchaba sin pestañear, preparando mentalmente la contrarréplica.
El doctor conocía á aquellas gentes. Eran los versolaris, los trovadores éuscaros que se mostraban en todas las fiestas. La poesía florecía en las tabernas con el bullicio de la embriaguez. Eran rudos campesinos que no sabían leer, pero que mostraban cierto ingenio y una gran facilidad de improvisación. Sus versos sólo tenían de tales las rimas, con una completa ausencia de sentimiento poético. Lo que la muchedumbre admiraba en ellos era el ingenio satírico, lo grotesco del chiste y, sobre todo, la facilidad en la respuesta. En estas batallas de viva voz, un versolari iniciaba el tema, seguro de que al momento surgiría la contestación de sus rivales; y así, prolongándose el razonamiento de unos á otros, agarrando cada cual el hilo de la interminable canturria donde lo abandonaba el enemigo, hacían pasar al público embobado horas enteras. Estos vagabundos se mantenían de sus versos, y en plena vida rural, llevaban la existencia independiente de fiera miseria y alegre parasitismo de los artistas de la bohemia en las grandes ciudades.
Aresti admiraba la sencilla fe de aquel pueblo niño que reía las gracias de los versolaris y admiraba sus chistes inocentes, incapaces de producir la más leve impresión en un hombre de la ciudad. En esta sana alegría encontraba el médico la gravedad del hombre del campo, su alma sobria á la que basta la más insignificante broma para alegrarse. Eran espíritus nuevos, eternamente infantiles que al ponerse en movimiento divertíanse con cualquier cosa. Sabían que los versolaris eran graciosos por tradición y esto bastaba para que todos rieran aun antes de comprender sus palabras.
El doctor observaba una vez más el carácter de la poesía entre los hombres del campo. La naturaleza estaba ausente casi siempre de los versos populares. Las estrofas campesinas, cantan guerras y amores, la tristeza de la partida y la alegría del retorno, celos y desesperación, ó se ejercen en la burla de los convecinos: pero nunca describen la belleza de los campos, ó la majestuosa serenidad que desciende del cielo. Viviendo en la eterna monotonía de las bellezas naturales, no ven en ellas nada de extraordinario, sintiendo con más intensidad los sucesos que tocan de cerca á sus personas. Tal vez son ciegos para la hermosura de la tierra, condenados á luchar con ella eternamente, á vencerla y violarla para sacar de sus entrañas el sustento.
Más de una hora llevaban los versolaris lanzándose razonamientos de balcón á balcón. Ahora eran cuatro los contendientes y la muchedumbre volvía sus cabezas á un lado ó á otro, según el sitio de donde partía la voz. Todos los trovadores recibían como popular homenaje las carcajadas del público, pero el que parecía triunfar era un viejo desdentado y de cara maliciosa, sacristán de una anteiglesia de Vizcaya que tenía gran renombre por el atrevimiento de sus chistes. De vez en cuando algún admirador salía al balcón ofreciendo el jarro á su poeta, y éste, después de largo trago, acometía con nueva fuerza sus canturrias.
A media tarde, cuando gran parte de la plaza estaba en la sombra, corrió á ella la gente, oyendo el silbido del chistu, que hacía locas escalas, acompañado por el monótono baqueteo del tamboril. Los versolaris se ocultaron. Iba á comenzar la parte más interesante de la fiesta.
Los mineros bilbaínos, rojos y sudorosos en su digestión de ogros, fumando como chimeneas y eructando el champagne, ocuparon los mejores sitios desafiando á todos con sus retos. ¡A ver! ¿quién quería apostar? No había que tener miedo por cantidad más ó menos: había cartera de sobra para todos. Y exhibían ante la mirada atónita de los caseros, habituados á la vida sobria y humilde de la montaña, aquellas riquezas en fajos de papel mugriento. Los más acomodados del país se acercaban á ellos, aceptando sus apuestas con una sonrisa que parecía implorar perdón.
La fiesta comenzó por la lucha de los aizkoralaris. Habían colocado en el centro de la plaza varios troncos enormes, sujetos por palos hincados en la tierra, para que no rodasen. Sonó de nuevo el chistu y el dambolin, y salieron los partidores de leña, llevando al hombro sus hachas relucientes. Arrojaron á un lado las boinas y alpargatas, y subiéndose sobre los troncos, comenzaron su trabajo.
Un rugido que equivalía á un aplauso, acogió sus primeros golpes. Los mineros aplaudieron con las manos, como si estuvieran en las corridas de toros de Bilbao. Protegían con su benevolencia á aquellos partidores de leña, como gente humilde que en nada podía interesarles. En las minas de Bilbao no se partían troncos: podía, pues, concederse algún mérito como leñadores á aquellos rústicos.
Las hachas subían y bajaban, abriendo profundo surco, en las muescas marcadas en los troncos. Volaban las astillas y cada vez que sonaba un golpe más fuerte, más certero, extendíase por la plaza un rumor de aprobación. El inmenso público adivinaba la marcha de los cortes sin necesidad de verlos. Habituados todos á hacer leña en el monte, conocían los diversos ruidos de las hachas como si éstas hablasen. Sabían, por el crujido de la madera, lo que faltaba á cada tronco para partirse. Alguno de los aizkoralaris iba delante de los otros; les avanzaba por momentos; su corte se aproximaba rápidamente al fin: hasta que de pronto, un crujido especial, que no podía confundirse, hizo estremecer el gentío hasta los últimos límites de la plaza. Acababa de partirse un tronco. Y todos rugieron de entusiasmo, empinándose sobre la punta de los pies, queriendo pasar sobre los hombros del vecino, para saber quién era el vencedor.
Salieron los leñadores con el hacha al hombro, saltando la cuerda, confundiéndose con el gentío que comentaba los incidentes de la lucha, y otra vez sonó el pito y el tamboril, mientras las yuntas de bueyes arrastraban al centro de la plaza dos enormes piedras. Llegaba el momento emocionante, la hora del suceso que había atraído á Azpeitia tanta gente. Iba á comenzar la lucha de los barrenadores.
La muchedumbre callaba como los grandes públicos de las plazas de toros, cuando se aproxima la suerte decisiva. El tamborilero hacía sonar sus instrumentos como en un valle desierto. La gran masa hizo un paso adelante, y casi rompió la cuerda, cuando los dos barrenadores salieron al espacio libre.
Todos querían ver á los contendientes y se empujaban, ansiando pasar su mirada por encima de los hombros que tenían delante.
El barrenador guipuzcoano era un mocetón mofletudo, de ojos abobados, ruboroso y con cierto miedo, al verse objeto de todas las miradas. El Chiquito de Ciérvana se pavoneaba con la palanca al hombro, presuntuoso como un torero en el redondel, como un pelotari célebre en la cancha, mirando á las mujeres que ocupaban los balcones.
—¡Olé, mi niño!—gritaban los mineros. ¡Ené el Chiquito!... Ahora se va á ver lo bueno de las minas. ¡Aquí hay cartera para él!
Y mezclando los gritos del país con los que habían aprendido en las plazas de toros, arrojaban más allá de la cuerda sus boinas y sus carteras, pero llamando en seguida á los chicuelos para que las recogiesen. El Chiquito sonreía bajo la ovación tumultuosa de sus protectores, viendo al mismo tiempo una señal de su triunfo en el gesto taciturno y miedoso de su contrincante y en la ansiedad silenciosa de todos los del país, que apostaban por el guipuzcoano. Los dos se despojaron de boinas y alpargatas y con los pies desnudos subieron sobre las piedras, en las cuales estaban marcados los redondeles que debían perforar. El trabajo duraría dos horas: el que antes lo terminase ó llegase más adelante sería el vencedor.
Colocáronse ambos barrenadores, cada uno sobre su piedra, con las piernas juntas y los talones tocándose. Entre los pies desnudos que formaban un ángulo, subía y bajaba la barra de acero abriendo el orificio. La más leve desviación, podía herirles, destrozarles un pie, con aquel hierro movido por hercúlea fuerza. Pero no había que temer: sus brazos mostraban la regularidad de una máquina.
Cada uno de los contendientes iba escoltado por una pareja de amigos. Eran los padrinos que les asistían en la lucha. Se inclinaban y levantaban al mismo tiempo que ellos, doblándose al compás de los movimientos del perforador, sirviendo de péndulo que regulaba el vaivén del trabajo. Al mismo tiempo, excitaban al compañero con sus gritos: rugían ¡haup! ¡haup! al doblarse por la cintura, señalando cada golpe con esta exclamación. Los padrinos, con los brazos inactivos, pero con los pulmones cruelmente dilatados por la angustia, se cansaban más aún que el barrenador.
Los dos esperaban con las barras levantadas por encima de la cabeza. Dieron la señal los directores de la apuesta y en la plaza estalló una aclamación semejante á la que acoge la partida de los caballos en una carrera. Después se hizo el silencio. Sonaban los golpes del acero y el ¡haup! ¡haup! de los acompañantes con una regularidad mecánica, interrumpidos algunas veces por el ¡brrr! de los barrenadores, que al respirar jadeantes, parecían escupir su cólera sobre la piedra enemiga.
Aresti sintió deseos de reír, viendo cómo se doblaban aquellos monigotes humanos que seguían con sus cuerpos el esfuerzo de los contendientes, fatigándose en un trabajo inútil, para transmitirles su energía.
Transcurrieron algunos minutos. El Chiquito trabajaba más aprisa que su rival. Subía y bajaba la palanca con tanta rapidez que apenas se la veía. Su cuerpo era una mancha indecisa y borrosa por el continuo movimiento; sus acompañantes no podían seguirle. Detúvose un instante y cambió de sitio, continuando su trabajo. Los mineros adivinaron que pasaba á la segunda perforación, dando por terminado el primer agujero. ¡Y su contrincante aún estaba en el mismo sitio!...
—¡Olé, Chiquito!—gritaron agitando sus manos cargadas de pedrería.—¡Haup!... ¡haup!
Y en discordante coro juntaban sus voces á las de los dos vizcaínos que servían de auxiliares á su barrenador.
La lucha se desarrollaba con la lenta y aplastante monotonía de todos los espectáculos de fuerza. Aresti, interesado por el final del combate, entretenía el aburrimiento de la espera comparando á los dos contendientes. Eran el arranque impetuoso y la destreza inteligente del nervio, luchando con la calma tenaz y la serena fuerza del músculo. El hombre-caballo frente al hombre-buey. El Chiquito de Ciérvana, vehemente en su trabajo, dejaba atrás al enemigo con sólo el primer arranque: el otro seguía su marcha sin darse cuenta de lo que le rodeaba, sin apresuramientos ni desmayos, como si no escuchase á los que mugían junto á su oído ¡haup! ¡haup! Él era quien reglamentaba los movimientos de sus padrinos, sin apresurarse ni dejarse arrastrar por ellos como lo hacía su contrincante.