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El intruso

Vicente Blasco Ibáñez (continued 2)

Reading edition

Al concentrar la atención en su primo, volvía á admirar sus manos; aquellas manos únicas, que parecían dotadas de vida y pensamiento aparte; que iban instintivamente, entre el montón de papeles, en línea recta y sin vacilación hacia aquello que deseaba la voluntad. Eran como animales independientes puestos al servicio del cuerpo, pero con fuerza propia para vivir por sí solas. Aresti las admiraba con cierto respeto supersticioso. Donde ellas estuvieran, el dinero y el poder se entregarían vencidos, anonadados. Nada podía resistir á aquellas hermosas garras de bestia luchadora é inteligente. El movimiento de la sangre en sus venas de grueso relieve, parecía el latido de un pensamiento oculto.

Las poderosas zarpas acabaron por amontonar con sólo un movimiento todos los papeles, dando la tarea por terminada, y los ojos grises del grande hombre indicaron al secretario con fría mirada que podía retirarse á la habitación inmediata donde tenía su despacho: una pieza con grandes estantes cargados de carpetas verdes y algunos ejemplares raros de mineral bajo campanas de vidrio.

—Don José, un momento,—dijo el hombrecillo;—me permito recordar á usted el encargo de doña Cristina, ya que está aquí el señor doctor.

Y como Sánchez Morueta pareciera no acordarse, el secretario se inclinó hacia él, murmurando algunas palabras.

El millonario dudó algunos momentos mirando á su primo.

—Es un favor que te pide Cristina—dijo con alguna vacilación.—Al saber que venías hoy, me encargó que subieses un momento á Begoña para ver á don Tomás, ese cura viejo que algunas veces nos visita.

Y como creyese ver en la cara del doctor un gesto de disgusto, se apresuró á añadir.

—Anda, Luis; hazme ese favor. Piensa que son mis días y que hay que tener contentas á las señoras. Mi mujer y mi hija se alegrarán mucho. Es una visita corta: el pobre, según parece, está desahuciado de todos. ¿Qué te cuesta darlas gusto?...

En su mirada y su acento había tal tono de súplica, que Aresti aceptó mudamente, adivinando que con ello aliviaba de un gran peso á su poderoso primo. Aquel hombre envidiado por todos, el «hijo favorito de la fortuna», como él lo llamaba, tenía sus disgustos dentro del hogar.

—Goicochea te acompañará—dijo señalando á su secretario.—Toma abajo mi carruaje, y, mientras vuelves, terminaré mi tarea. Hasta luego, Luis.

Y cogiendo una pluma, comenzó á escribir, como si una repentina preocupación le hiciese olvidar por completo á su pariente.

Aresti, llevando al lado á Goicochea en el mullido carruaje del millonario, pasó por varias calles de la Bilbao tradicional, admirando sus tiendas antiguas, adornadas lo mismo que en los tiempos de su niñez. Era igual el olor de zapatos nuevos y telas multicolores fuertemente teñidas. El carruaje comenzó á ascender penosamente por la áspera cuesta de Begoña. Terminaba el desfile de casas. Ensanchábase el horizonte, extendiéndose entre las montañas los campos verdes, y los robledales de tono bronceado, interrumpidos á trechos por las blancas manchas de las caserías. El sol asomaba por primera vez en la mañana al través de un desgarrón de las nubes, y el humo que se extendía sobre la villa tomaba una transparencia luminosa, como si fuese oro gaseoso. Al borde del camino levantábanse casas aisladas, ostentando en su puerta el tradicional branque, el ramo verde que indica la buena bebida del país. Eran los famosos chacolines con sus rótulos: «Se venden voladores», para que el estruendo fuese completo en días de romería.

Goicochea, que no era hombre silencioso y creía faltar al respeto al primo de su principal permaneciendo callado, hablaba de aquellos lugares con cierto entusiasmo.

—Me gusta pasar por aquí, señor doctor, porque recuerdo mi juventud... los famosos días del sitio. Usted sería muy niño entonces, y ya no se acordará.

Animado por la mirada interrogante del doctor, siguió hablando:

—¿Ve usted dónde hemos dejado la cárcel? Pues poco más ó menos ahí estaba la línea entre sitiados y sitiadores. Nos fusilábamos de cerca, viéndonos las caras, y por las noches charlaban amigablemente los centinelas de una y otra parte: cambiaban cigarros y se ofrecían lumbre... para matarse si era preciso al amanecer.

—Usted sería de los auxiliares, como mi primo Pepe,—dijo Aresti;—de los que defendían la villa.

Goicochea dió un respingo en su asiento, pero en seguida recobró su aspecto plácido y contestó con humilde sonrisa:

—¡Quia, no señor! Yo estaba con los otros: era sargento en un tercio vizcaíno y llevaba la contabilidad... Cosas de muchachos, don Luis: calaveradas. Entonces tenía uno la cabeza ligera y aún no habían llegado los ocho hijos que ahora me devoran.

Y como si tuviera interés en que el doctor conociese exactamente sus creencias, siguió hablando:

—Por supuesto, que ahora me río de aquellas locuras. ¡Y pensar que en Somorrostro casi me entierran por culpa de una bala perdida!... Ahora ya no soy carlista, y como yo, la mayoría de los que entonces expusimos la pelleja.

—¿Pues qué son ustedes?...

—¿Qué hemos de ser, don Luis? ¿No lo sabe usted?... Nacionalistas; bizkaitarras; partidarios de que el Señorío de Vizcaya vuelva á ser lo que fué, con sus fueros benditos y mucha religión, pero mucha. ¿Quiénes han traído á este país la mala peste de la libertad y todas sus impiedades? La gente del otro lado del Ebro, los maketos: y don Carlos no es más que un maketo, tan liberal como los que hoy reinan, y además tiene los escándalos de su vida impropia de un católico.... Lo que yo digo, don Luis. Quédese la Maketania con su gente sin religión y sin virtud y deje libre á la honrada y noble Bizkaya.... con B alta ¿eh? con B alta, y con K, pues la gente de España para robarnos en todo, hasta mete mano en nuestro nombre escribiéndolo de distinta manera.

Y con el índice trazaba en el espacio grandes bes para que constase una vez más su protesta ortográfica.

El carruaje rodaba por los altos de Begoña. Dormía el camino en medio de una paz monacal. A un lado y á otro alzábanse grandes edificios de reciente construcción. Eran conventos ocupados por frailes de órdenes antiguas y religiosas de modernas fundaciones. La piedad de las señoras ricas de la villa había levantado aquellos palacios. Allí iba á parar una parte no pequeña de las ganancias de las minas. La limosna cuantiosa, y los legados testamentarios cubrían de conventos ó iglesias aquella parte del monte Artagán. El silencio monacal, que parecía extenderse por el paisaje, contrastaba con el zumbido de vida que exhalaba abajo la población, dominada á aquella hora por la fiebre de los negocios. De vez en cuando sonaba perezosamente una campana en las torrecillas de ladrillo rojo, llamando á gentes invisibles: se entreabría un portón con agudo chirrido, dejando ver una cofia monjil, blanca y almidonada y un rincón de huerto frondoso. Aresti, influenciado por este ambiente, pensaba en los místicos retiros de la Flandes católica, en sus conventos modernos de escrupulosa limpieza y sus beguinas cubiertas por tocas nítidas, de movibles alas, como mariposas de nieve.

Goicochea seguía hablando. Ahora relataba al doctor la enfermedad de don Tomás, el cura que iban á visitar; «un santo varón» que en otros tiempos confesaba á la de Sánchez Morueta y que pronto moriría como un justo si la Virgen no le salvaba con un milagro. El carruaje paró ante la iglesia de la imagen famosa, atravesando la Plaza de la República; la República de Begoña, que aún conservaba esta denominación de los tiempos forales.

Aresti, guiado por su acompañante, entró en la casa del cura para ver á éste, inmóvil en un sillón, desalentado y tembloroso ante la proximidad de la muerte. Al reconocer al doctor, con el que había disputado más de una vez en casa de Sánchez Morueta, el viejo mostró en sus gestos cierta esperanza. ¡A ver si podía salvarlo con aquella ciencia que había ensalzado tantas veces al discutir con él! No podía dormir, no podía acostarse; se ahogaba. Aresti conoció á primera vista la gravedad de su dolencia. Tenía enfermo el corazón, el órgano rebelde á todo reparo. Por más que intentó animar al enfermo con palabras alegres, el viejo, con su astucia aguzada por el miedo, adivinó la ineficacia del remedio, entre aquellos planes de curación que Aresti le proponía por decir algo.

—¡Lo mismo que los otros!—gimió.—¡Ay Virgen de Begoña!... ¡Virgen de Begoñaaa!

El acento desesperado con que llamaba á la Virgen, revelaba el egoísmo de la vida, agarrándose á la última esperanza, implorando un milagro, con la ilusión de que, en favor suyo, se rompiesen y transtornasen todas las leyes de la existencia.

Al verse de nuevo en la plaza, Goicochea miró al templo y se descubrió como si le pesara volver á la villa sin saludar á la imagen.

—Podíamos entrar un momento, ¿no le parece, don Luis? Nos queda tiempo de sobra. ¿Usted, indudablemente, no habrá visto á la Virgen desde que le coronaron como Señora de Vizcaya? Pues está muy bonita. Entremos y yo pediré un poco por el desgraciado don Tomás.

Aresti se dejó conducir. No había estado allí desde que era niño, y le interesaba ver las grandes reformas que la devoción de los ricos de abajo había realizado en aquel edificio, convertido en fortaleza durante las guerras y al que afluían ahora todos los sentimientos del país hostiles á la nacionalidad española y á sus progresos.

Pasaron bajo unas arcadas adosadas al templo; el paseo cubierto de todas las iglesias vascas, donde en otros tiempos se reunía el vecindario, amparado de la lluvia, para tratar los asuntos públicos después de la misa. Por algo, la mayoría de los pueblos vizcaínos tomaron el título de anteiglesias, en época de fueros.

Entraron por una puerta lateral, y mientras Goicochea marchaba hacia el altar mayor, dejándose caer de rodillas ante la Virgen con devoción compungida, Aresti paseó por el templo, examinándolo. Los reclinatorios, los bancos y los altares, llamaron inmediatamente su atención. Eran piezas de esa ebanistería parisién del barrio de San Sulpicio, puesta al servicio de los fieles, que arregla oratorios para las señoras elegantes con el mismo refinamiento con que sus compañeros de oficio adornan un dormitorio ó un budoir. El gusto artístico del jesuitismo contrastaba con la arquitectura del templo, de un gótico sobrio, con grandes sillares sin adorno alguno. De las pilastras pendían, como banderas de victoria, los estandartes de las diversas peregrinaciones, y cubrían las paredes lápidas conmemorativas en vascuence y algunos cuadros horribles, inmortalizando la coronación de la Virgen.

Al médico le interesaban más los votos que se extendían por la pared, á la altura de sus ojos, cuadritos de una pintura cándida y grosera, representando olas alborotadas, barcos próximos á zozobrar con los palos rotos, y descendiendo de entre los nubarrones sobre el casco desmantelado, un rayo semejante á una lombriz roja. Provocaban la risa como obras de arte, pero Aresti los miraba con respeto, viendo en ellos el recuerdo de un drama vivido por muchos centenares de hombres. Eran votos de la gente de mar, muestras de agradecimiento de tripulaciones vizcaínas, por haberlas salvado la imagen de Begoña de espantosas tempestades. Los cuadros más antiguos y borrosos representaban bergantines y fragatas con las velas rotas, encabritándose sobre las olas, flotando entre estas algún mástil roto: los más modernos eran vapores espantosamente ladeados por el empuje del mar, con la cubierta barrida por el agua. Y Aresti pensaba en la pobreza humana que resurge siempre ante las catástrofes ciegas de la naturaleza; en la fe que siente el hombre por lo maravilloso apenas ve en peligro su existencia.

Goicochea había cesado de rezar y, acercándose al doctor, hablábale al oído con la satisfacción del que muestra las bellezas de su propia casa.

—Mírela usted—decía señalando á la imagen.—¡Qué hermosa es! ¡Y qué bien le sienta la corona!...

Aresti miraba la imagen, el «fetiche bizkaitarra», como decía él en sus cenas con los amigos de Gallarta, y la encontraba grotescamente fea, como todas las imágenes españolas que son famosas y hacen milagros. La cabecita de bebé parecía abrumada por una alta corona, inflada como un globo; hasta sus pies descendía, como un miriñaque, el manto cubierto de toda clase de piedras preciosas. Los diamantes, perlas y esmeraldas arrojadas á manos llenas por la devoción, como si el brillo pudiese aumentar la hermosura de la imagen, esparcíanse también sobre el pequeñuelo que la Virgen mostraba entre sus manos.

—Cuántas joyas ¿eh?—murmuraba con entusiasmo Goicochea.—Esto sólo se ve en este país. Aquí hay religión y riqueza.

El doctor pensaba involuntariamente en el sucio y doliente rebaño de las minas, calculando en cuánto habría contribuido su miseria á aquellos regalos inútiles, colocados por la fe y la ostentación de unos pocos, sobre un madero tallado.

—¡Si usted hubiese visto el acto de la coronación!—continuó la voz de Goicochea con sordina.—Aún me estremezco de entusiasmo recordándolo. Fué cosa de llorar. Catorce obispos asistieron y hubo quince días de peregrinación de Bilbao y los pueblos. Vizcaya entera pasó por aquí: peregrinación de señoras, peregrinación de criadas de servir, peregrinación de obreros; las anteiglesias en masa con sus párrocos al frente, y sermones al aire libre de religiosos de todas las órdenes, y de padres jesuítas: pero sermones buenos de veras, en vascuence: diciendo lo que significaba la coronación de la Virgen como Señora de Vizcaya. Fíjese usted bien.... ¡Señora! Vizcaya sólo ha tenido Señores. Hasta Dios es para nosotros Jaungoicoa ó sea «Señor de arriba.» Eso de reyes y reinas es cosa de los maketos. Desde el día de la coronación de la Señora, que moralmente hemos arreglado nuestras cuentas con los que viven del Ebro para allá, separándonos para siempre. La cosa fué conmovedora: como organizada por los principales del partido.... Pero vámonos, que aquí molestamos hablando.

Goicochea salió del templo huyendo de las miradas que le lanzaban dos aldeanas viejas arrodilladas ante la Virgen.

En el porche de la iglesia continuó dando expansión á su entusiasmo.

—¿Y ha visto usted cuántos milagros? ¿No le enternece eso?...

—Sí—dijo Aresti con gravedad.—A mí me conmueve la piedad de los hombres de mar que vienen aquí descalzos, trayendo su recuerdo á la Virgen, por haber estado próximos á naufragar y no haber naufragado. Gran cosa es la fe. Lo mismo que á ellos, les ocurre casi todos los días á marineros ingleses, suecos ó americanos que son protestantes ó no son nada, y se salvan á pesar de no tener una Virgen de Begoña á quien recomendarse. Además, vaya usted á saber los vizcaínos que se habrán ahogado después de implorar á la Virgen. Esos no han podido venir aquí á contarlo.

El secretario hizo un movimiento de extrañeza, mirando escandalizado al médico.

—Don Luis—dijo con acento dulzón.—No empiece usted á soltar de las suyas. Mire que no estamos en las minas, sino en la puerta de la casa de la Virgen, y que ésta le castigará.

—No; yo no me burlo de la fe—dijo Aresti.—El hombre es naturalmente cobarde ante el dolor, ante un peligro que supera á sus fuerzas; basta que se considere perdido para creer y esperar en lo maravilloso. Me acuerdo de mister Peterson, un ingeniero inglés empleado en las minas, un protestante muy ilustrado y fervoroso que no perdía ocasión de burlarse de la idolatría de los católicos y de su culto á las imágenes. Un día, un peón despedido por él del trabajo, le dió una puñalada de muerte. Cuando se convenció de que no podíamos salvarle, rompió en lloros y aclamaciones á la Virgen, lo mismo que don Tomás. Se agarró á la misma fe de las mujeres más ignorantes del pueblo. Llamaba á la Virgen de Begoña con un vozarrón que se oía desde la calle.

—¿Y llegó á salvarse?—dijo Goicochea anhelante, con la esperanza de un milagro.

—No; murió á las pocas horas lo mismo que si no hubiera llamado á nadie.

Goicochea, temiendo nuevas impiedades del doctor, desvió el curso de la conversación.

—¡Qué hermosa vista!—dijo señalando la parte de la villa que se alcanzaba desde el porche, junta con un trozo de la ría y las montañas de las Encartaciones con sus cumbres rojas, de tierra removida.—Esto es el más hermoso balcón de Vizcaya. ¡Cuánto trabajo se abarca desde aquí! ¡Cuánta riqueza!...

Luego, añadió en tono confidencial.

—Cuando veo lo mucho que ha prosperado nuestra tierra, comprendo que es imposible volver á nuevas aventuras. Hoy, una tercera guerra civil, otro sitio como el último, mataría á Vizcaya. ¿Qué sería de los altos hornos, de tanta fábrica y tanta vía férrea?... Por esto hemos abandonado, quien más quien menos, nuestra antigua bandera. Para servir á Dios no se necesita de política. Nosotros somos cada vez más intransigentes en lo tocante á la sacrosanta religión; ¿pero pelearse por reyes? Aquí no hay más que Vizcaya y su Señora santísima. Pregunte usted si quieren volver á las andadas, á muchos de los contratistas de Gallarta. Yo los he conocido de aduaneros carlistas, descalzos y muertos de hambre, y ahora van camino de millonarios. Vea usted á muchos dueños de las minas que en su juventud cogieron el fusil. Necuacuam, ninguno sueña remotamente con una nueva guerra. Si en tiempos del sitio hubiera existido tanto negocio como hoy, y tanta riqueza, no habrían llegado las cosas á mayores. Los que comulgamos en los sanos principios, ya sabemos el buen camino. Lo mismo nos da que reine Juan que Pedro: lo que nos importa es Vizcaya y Dios... Y Dios, ya sabe usted, que está por encima de la Patria y del Rey.

Como Aresti sonreía socarronamente, el hombrecillo pareció intimidarse ante su gesto.

—A ver: siga usted, señor Goicochea,—dijo el doctor.—Me interesa eso, pues, al fin, vizcaíno soy, aunque no tenga el honor de ser nacionalista. ¿Y cómo vamos á conseguir que Bizkaya (con B alta) se emancipe de la odiosa Maketania? Piense usted que ella tiene sus guiris, sus ches de pantalones rojos, prontos á disparar el fusil como en otros tiempos.

Y Aresti, al decir estos motes, remedaba el tono de desprecio con que había oído á algunos como Goicochea, designar á los soldados españoles, llamados ches en Bilbao, por ser valencianos muchos de los que componían la guarnición durante el sitio.

—Se hará sin guerra. Es asunto de tiempo don Luis: de tiempo y de buena dirección. Poco á poco se hace camino. O nosotros impondremos á España las sanas costumbres y creencias de los antepasados, ó nos aislaremos como ciertos pueblos de América, que viven felices, gobernados por el Sagrado Corazón de Jesús. Allí están los que dirigen y son gente que lo entiende: allí se prepara el porvenir.

Y señalaba en dirección á la ría, como si al través de las inmediatas alturas viese con la imaginación la Universidad de Deusto, santuario, para él, de la sabiduría humana.

—Pues hay para rato, señor Goicochea—dijo el médico saliendo del porche en busca del carruaje.

—No diré que no, don Luis. Nuestra redención es algo difícil por la continua inmigración de gentes que traen con ellas las malas costumbres de España. Lo peorcito de cada casa, que viene aquí á trabajar y á hacer fortuna. Son intrusos que toman por asalto el noble solar de Vizcaya. Cada vez son más: en Bilbao, hay que buscar casi con candil los apellidos vascongados. Todos son Martínez ó García, y se habla menos el vascuence que en Madrid. Esto es uno de los grandes males que nos ha traído la prosperidad. Pero todo se andará. Yo pienso lo que García Moreno, aquel gobernante del Ecuador, que, según cuentan los padres de Deusto, fué el estadista más grande del siglo. ¿Sabe usted lo que dijo al recibir la puñalada que lo mató? «Dios no muere nunca».... Pues eso digo yo. Dios no muere y no morirá Vizcaya que, por el amor que siente hacia su santísima madre, es su hija predilecta.

Ya no dijo más en todo el camino. Al fin, pareció amoscarse por la mirada irónica del doctor y los socarrones movimientos de cabeza con que acogía sus palabras. Reconocía en él un digno primo de Sánchez Morueta; pues el secretario, á pesar de su servilismo exterior, sentía cierta repugnancia por su principal, un hombre silencioso que, sin alardes de impiedad, vivía separado de la religión, pasando meses enteros sin oír una misa. Él conocía los hondos disgustos que esta conducta proporcionaba á la buena doña Cristina, la cual, sólo valiéndose de la influencia que ejercía su hija sobre el padre, podía conseguir que éste las acompañase alguna vez á la iglesia. ¡Que hombres los dos! ¡Imposible parecía que fuesen de la tierra vasca, patria de tantos santos!...

A las dos de la tarde se vió Aresti de nuevo en el coche, camino de Las Arenas con su primo y el capitán Iriondo. Goicochea, invitado también á la comida de familia, había salido antes en el tranvía.

—Tú no descansas—decía el médico á su primo,—¡todos los días Las Arenas á Bilbao!

—Todos los días. Cuando edifiqué el hotel, creí que me quedaría meses enteros mirando el mar sin ocuparme de los negocios. Pero por las mañanas voy de un lado á otro, sin saber qué hacer y acabo por mandar que enganchen. Por las tardes es diferente. Paso tranquilo las horas en el jardín, oyendo á Pepita que toca el piano.

—¡La vida de familia!... ¡Tú eres feliz—exclamó el médico.

Su primo le miró con ojos interrogantes, como si encontrase en sus palabras cierta ironía.

—Sí: la vida de familia—dijo.—Es la que más me gusta. Lástima que en este Bilbao no pueda uno gozarla á sus anchas, libre de influencias extrañas. Tú bien lo sabes, Luis.

Y calló, mientras el médico quedaba también silencioso y cabizbajo, como sumido en penosas reflexiones. Pasaban ante la ventanilla del carruaje los hoteles vistosos del Campo del Volantín, donde se albergaba la aristocracia de la villa; después las verjas y escalinatas de la Universidad de Deusto; mientras por el lado opuesto desarrollaba la ría sus revueltas entre los descargaderos y los barcos anclados. Aresti veía ahora en sentido inverso y desde la orilla opuesta el paisaje que había admirado por la mañana en el tren.

Al pasar el carruaje por Olaveaga, los tres hombres rompieron su mutismo, animándose con repentina alegría. Aquella era su patria: allí habían nacido los tres.

Y Aresti, evocando de un golpe todo el pasado, hacía preguntas á sus compañeros, recordándoles los incidentes de la juventud.

Aún veía, como si lo tuviera ante sus ojos, al señor Juan Sánchez, el padre de Sánchez Morueta, el patriarca de la familia, el iniciador obscuro de la presente prosperidad, el que de un tirón los despegó á todos del bajo fondo social en que habían nacido. No era del país: había llegado de un pueblecillo de la costa de Santander, estableciéndose en Olaveaga como gabarrero, y casándose con una joven del pueblo, que tenía varios campos en aquella vega de Deusto, que surte de hortalizas y flores á Bilbao. Fué una vida de trabajo: la mujer á la huerta y él á la ría, que era entonces tan peligrosa como el mar, con sus aguaduchos ó avenidas que la convertían en torrente y sus revueltas y bajos que hacían zozobrar las embarcaciones. Los buques se quedaban en el abra y las gabarras subían hasta la villa los cargamentos de bacalao y de maderas, necesitando, para esta conducción, de hombres expertos. Ir de Bilbao á Portugalete era entonces un viaje que sólo osaban emprender los atrevidos, tomando pasaje en las barcas que se llamaban carrozas. La góndola del Consulado, del famoso tribunal de comercio, era la única embarcación que surcaba la ría con frecuencia. Los gabarreros, intermediarios obligados de todo comercio, prosperaban rápidamente, y Olaveaga era el pueblo más rico del Nervión. El señor Juan servía á las casas más importantes, por la confianza que inspiraba su pericia. Jamás había averiado los géneros con un mal tropiezo en los innumerables bajos de la ría ó en la vuelta de la Salve; conocía las aguas palmo á palmo, y siempre que había que hacer el salvamento de alguna gabarra perdida, le llamaban á él. Así fué reuniendo una fortuna para su hijo único, que andando el tiempo había de ser el famoso Sánchez Morueta. En aquella época, el futuro millonario iba todas las mañanas al instituto de Bilbao, á estudiar Náutica, pues su padre le quería marino, pero de los de altura, para navegar y comerciar en grande, á través de todos los mares, como él lo hacía en la ría. El honrado gabarrero, satisfecho de su suerte, dueño de muchos de los lanchones que surcaban el Nervión, seguro ya del porvenir con lo que llevaba ahorrado, compartía su cariño entre su hijo Pepe y un sobrino mucho menor, que no era otro que Aresti, hijo de una hermana de su mujer. Las dos hembras de aquella familia de hortelanos, se habían unido con hombres de mar; pero la casada con el gabarrero, tuvo más suerte que su hermana menor, que se enamoró de Chomín Aresti, un mocetón de la matrícula de Bermeo, que navegaba por el Cantábrico como patrón de balandros de cabotaje, siempre expuesto á perecer en un día de galerna. A los ocho años de casados, ocurrió la catástrofe. Chomín se ahogó en un naufragio, y la viuda, llevando en brazos al futuro doctor Aresti, que entonces tenía seis años y se miraba con asombro el negro trajecito, lloró desesperadamente por todos los rincones de la casa de su hermana.

—No te apures, mujer—decía el señor Juan.—Otras están peor que tú, que tienes á tu hermana y me tienes á mí. No morirás de hambre, ya que según parece, voy para rico. Si el rapaz no tiene padre, aquí estoy yo, que rabio, porque la mía sólo me ha dado un chico.

Y así era. El gabarrero hubiera deseado que su mujer fuese dándole hijos, conforme prosperaba la casa. Sentíase cohibido al no poder llevar en sus brazos á aquel mocetón que estudiaba en Bilbao y era tan alto como él y mucho más serio. Por esto agarró con un entusiasmo paternal á su sobrino Luis, y los vecinos de Olaveaga le vieron á todas horas en la gabarra ó por las orillas de la ría, con el pequeño cogido de la mano, acariciándolo como si fuese un nuevo hijo.

Aresti no conoció otro padre que el señor Juan, y Sánchez Morueta fué para él un hermano. El mocetón grave, de carácter áspero, tuvo para el pequeño dulzuras y atenciones que sorprendían á la familia.

Cuando el gabarrero iba á Bilbao, llevábase á Luis, dejándolo en las banquetas de los escritorios mientras ajustaba con los señores la cuenta de sus viajes. Por las noches lo dormía sobre sus rodillas, cantándole los viejos zortzicos de los barqueros del Nervión ó relatándole patrañas que el pobre hombre apreciaba como lo más indiscutible de la sabiduría histórica. Gustábale especialmente relatar el origen de Bilbao. Lo habían fundado unos pescadores á orillas de la ría, entre las repúblicas de Begoña y Abando, y andaban tristes y preocupados no sabiendo qué nombre dar á su aglomeración de chozas. Un día, por divertirse, arrojaron al Nervión un botijo vacío. Bil, bil, bil cantaba el agua al penetrar en él y cuando casi lleno se fué á fondo, lanza un sonoro bao. Los pescadores gritaron «Bilbao será su nombre». Y el gabarrero miraba al pequeño y á las dos mujeres que le escuchaban atónitas, admirando su sabiduría del pasado.

El tiempo trajo grandes modificaciones en la familia. Pepe, que había terminado su carrera en compañía de Matías Iriondo, hijo de un vecino, se embarcó en un vapor que hacía viajes á Inglaterra. Al poco tiempo, no satisfecho de la vida del mar ó deseoso de mayor medro, se quedó en Londres, entrando como empleado en una casa vizcaína.

Su madre murió de repente. La encontraron tendida de bruces, sobre un surco de aquella tierra gredosa que cultivaba desde la niñez, y que su marido no podía hacerla abandonar. Había querido, al irse del mundo, morir abrazada á aquellas hortalizas que todas las mañanas llevaba al mercado de Bilbao, con avaricia de aldeana. El señor Juan se sintió más unido á su cuñada y su sobrino. El hijo escribía de tarde en tarde: la ría ofrecía cada vez menos alicientes para él.

Comenzaba á despertar la explotación de las minas y se hablaba de limpiar el Nervión, convirtiéndolo en un puerto para que los vapores llegasen hasta el mismo paseo del Arenal. ¡Adiós las gabarras! Y descuidando un negocio cuya muerte veía próxima, tranquilo ante el porvenir, pues poseía una fortuna de la que se hablaba con asombro en el pueblo, no tuvo otra ocupación que cuidarse de Luisillo y admirar sus progresos.

—¡Diablo de rapaz!—decía hablando de él con los viejos camaradas de la ría.—¡De dónde habrá sacado tanto talento! ¡Nadie hubiera dicho que de aquel pobre patrón de Bermeo pudiera salir un hijo así!...

Y el gabarrero temblaba de emoción, saltándole las lágrimas, cuando le hablaban en la villa de su sobrino y de lo satisfechos que tenía á los señores del Instituto. Llegó el momento de que Aresti, á los catorce años, escogiera una carrera y el viejo consultó su voluntad. A ver ¿qué quería ser? ¡con franqueza! Allí estaba el tío Juan con la bolsa abierta para costearle la carrera que más le gustase... aunque quisiera ser Sumo Pontífice. Marino no: ya había bastante con uno en la familia. ¿Médico? ¿quería ser médico? Algo más grande y de mayor brillo había soñado el gabarrero, sin saber ciertamente lo que era.... Pero, en fin ¡vaya por la medicina! Y como puesto á hacer las cosas había que hacerlas bien, le enviaría á estudiar á Madrid. No reparaba en gasto más ó menos. Para eso había trabajado él, y algo le cosquilleaba la vanidad, la idea de que, con el tiempo, toda Olaveaga, los descendientes de los que le habían conocido descalzo y despechugado, remando en la ría, entregarían las vidas á su sobrino, viéndolo llegar como una esperanza y llamándolo á todas horas «señor doctor».

Mientras Luis estudiaba su carrera, ocurrió la gran transformación de la familia, el tirón loco de la suerte que sacó de la obscuridad á Sánchez Morueta. Su primo se presentó inesperadamente en Olaveaga. Venía á la conquista de la Fortuna; sabía dónde estaba oculta y llegaba antes que los demás, aprovechando sus estudios y observaciones en país extranjero. El invento de Bessemer, que acababa de revolucionar la metalurgia abaratando la fabricación, hacía necesarios los hierros sin fósforo y ningunos como los de las minas de Bilbao. Iba á comenzar en aquellas montañas un período de explotación loca, de rápidas fortunas: el que primero se apoderase del mineral sería rico como un príncipe. Dinero... necesitaba dinero, para centuplicarlo en poco tiempo. Su padre apenas lo entendió; pero tenía fe en su hijo, le inspiraba respeto su gravedad, aquel pensamiento siempre reconcentrado y en función: y le entregó sus ahorros, vendió las gabarras y hasta la casa nueva que había construido imitando á las mejores de la villa y que era el asombro de Olaveaga.

Entonces comenzó la historia del poderoso Sánchez Morueta, aquella transformación de cuento mágico, atropellándose los negocios fabulosos, las caricias de la buena suerte, como si les faltase tiempo para enriquecer á aquel hombrón que veía llegar los millones sin el más leve estremecimiento en su rostro impasible. Se apoderó rápidamente de la montaña. Allí donde asomaba el mineral de hierro, especialmente el llamado campanil, que era el más rico, allí ponía sus manos de vencedor, diciendo: «Esto es mío». Compraba minas para venderlas al mes siguiente á los ingleses que llegaban detrás de él. Tenía en el abra los vapores á docenas, cargándolos de aquellos terrones rojos que eran como oro. Bilbao hablaba de Sánchez Morueta con admiración: sonaba su nombre á todas horas. Mientras los demás dormían, él había visto claro; cuando la gente comenzaba á despertar, ya era él millonario. Tras sus espaldas de luchador victorioso marchaba una corte de ingenieros, contratistas y tardíos buscadores de la fortuna.

«Tu primo está loco—escribía el señor Juan á su sobrino.—Esto es un escándalo; los millones entran en casa como una inundación. Ahora habla de construir una flota de barcos propia para que transporten el mineral á Inglaterra: quiere establecer fundiciones en la orilla del Nervión, que fabriquen carriles, puentes enteros, cañones, navíos de guerra ¡qué sé yo cuántas locuras más! Créeme, Luisillo; esto es demasiado: no puede durar».

Y hablaba con asombro de su nueva existencia. Él y la madre de Luis vivían con el grande hombre, en una casa muy hermosa de Bilbao, con un batallón de empleados, sirvientes y parásitos. Una vida de abundancia y de movimiento que hacía pensar melancólicamente á los dos viejos en sus huertecitas de Olaveaga, tan tranquilas y risueñas, al abrigo de los montes, con la ría enfrente como un espejo en los días de sol. Además, el poderoso príncipe de la industria se había casado para hacer dignamente los honores á la fortuna que llegaba. Su mujer era una señorita de Durango: (y el antiguo gabarrero, recalcaba con respeto y temor la calidad social de su nuera) una parienta de los principales que Sánchez Morueta había tenido en Londres. Su familia de hidalgos vivía estrechamente de las flacas rentas de algunas caserías: nobleza agrícola que hacía remontar sus blasones á los tiempos casi fabulosos de Vizcaya, á Jaun Zuria el Cid vascongado, y que, aturdida por la escandalosa fortuna del hijo del gabarrero, había accedido á emparentar con él. Sánchez Morueta, casi al día siguiente de la boda, había continuado su vida de agitación, de viajes y de encierros en el escritorio. La mujer, de una belleza rubia, áspera y dura, fruncía el entrecejo ante los dos ancianos que vejetaban tímidamente en la casa, como si fuesen unos criados distinguidos, y vivía sola, repartiendo su tiempo entre las iglesias y las visitas á las principales familias de Bilbao. La satisfacción de anonadarlas con su lujo, el goce de provocar la envidia de las amigas con su riqueza, eran las únicas dulzuras que encontraba en el matrimonio.

Después, cuando Aresti estaba próximo á terminar su carrera, ocurrió la muerte del señor Juan. El viejo se fué del mundo asustado de la fortuna de su hijo, creyéndole loco, presagiando un desquite terrible de la mala suerte, repitiendo tenazmente que «aquello no podía durar». Al presentarse Luis en Bilbao vió á su primo en plena gloria, con su gravedad de hombre fuerte y silencioso, insensible á las desgracias como á los triunfos. Sus párpados ligeramente enrojecidos y la vehemencia con que le apretó sobre su pecho, fueron las únicas muestras de emoción por la muerte de su padre.

—Luis—dijo con brevedad, como si sus palabras fuesen oro,—sigue tu carrera: después irás al extranjero. Estudia... no vaciles ante los gastos. El viejo no ha muerto: si antes era yo tu hermano, ahora soy tu padre.

Y Aresti vivió tres años en París, hizo la vida de estudiante en el Barrio Latino, fué interno en los hospitales, al lado de los más célebres cirujanos, y la fama de sus estudios llegó hasta Bilbao antes que él regresase. Cuando volvió, su carrera estaba hecha, entrando en su prestigio lo mismo el éxito de sus operaciones que la calidad de pariente de Sánchez Morueta.

Su primo había realizado todos sus deseos: una flota en el mar, altos hornos de fundición junto á la ría, casi todo el mineral de Vizcaya monopolizado por él, y el dinero acudiendo á sus manos, embriagándolo con la borrachera de la fortuna.

La madre de Aresti había muerto mientras él estaba en París: había languidecido, como su cuñado, en aquel ambiente de grandeza que la asustaba. El joven doctor no tenía otra familia que la de su primo y se instaló en su casa. Cristina, que había tenido una hija y por los cuidados de la maternidad salía poco de casa, acogió bien al doctor. La acompañaba tardes enteras hablándola de París, la famosa ciudad del pecado, contra la cual se exaltaban los predicadores y que ella solo había entrevisto en un rápido viaje de bodas. De toda la familia del marido, Aresti era el único que lograba despertar en ella cierta simpatía. Además, Sánchez Morueta siempre estaba ausente; sólo le veía por la noche, y aunque la escuchaba con los ojos puestos en ella, su pensamiento estaba lejos, muy lejos. El doctor la entretenía, se enteraba pacientemente de sus murmuraciones sobre las amigas, la daba consejos acerca de vestidos y joyas, recordando in mente sus tratos con ciertas amigas de París, encargaba para ella periódicos de modas, y halagaba su vanidad, afirmando que era la señora mejor vestida de Bilbao.

Cristina sólo torcía el gesto y parecía enfadarse con el doctor cuando á éste se le escapaba alguna afirmación impía, ó cuando, sin darse cuenta de ello, se burlaba de la devoción de las señoras y de los predicadores que el entusiasmo de todas ellas ponía en boga. Eran resabios, según Cristina, de su permanencia en un país de vicios, donde se piensa poco en Dios. ¿No podía estudiar y ser un sabio, como muchos padres jesuítas, sin separarse por eso de la religión? Debía sentar la cabeza, y para esto nada como casarse. Ella se encargaba de su matrimonio. Y con la tenacidad de una mujer hastiada de su bienestar y falta de ocupaciones, se dedicó á proponer á Luis todas las jóvenes casaderas que conocía, enumerando sus méritos entre las risas y protestas del doctor.

Un día, le habló con gran decisión. Ninguna le convenía como la pequeña de Lizamendi. La mamá era viuda, con dos hijas; familia muy cristiana, emparentada con Cristina y de lo mejorcito de Vizcaya. Eran ricas, aunque mejor se habían visto en otros tiempos; el padre había gastado mucho en la guerra, arruinándose por la buena causa, como todas las familias decentes del país. Y Cristina daba á entender en su gesto la diferencia inabordable que aún existía para ella, entre la aristocracia antigua, defensora de la tradición, y aquella otra recién formada é hija de la fortuna, á la cual se había dignado descender.

Aresti se vió asediado por su parienta. La pequeña de Lizamendi no le parecía mal. La mamá aceptaba, sonriendo, el plan de Cristina, y el doctor encontraba á las de Lizamendi con una frecuencia alarmante en el salón de su casa. Al fin acabó por ceder á los reiterados consejos de su prima, que parecían apoyados por el silencio y la mirada tranquila de Sánchez Morueta. Si había de casarse, no era mala proporción la de Lizamendi. Él había soñado algunas veces con la tranquila existencia de familia, con una vida dedicada al estudio y al ejercicio de la profesión, encontrando, al volver á casa una boca sonriente que le besase, unos brazos que vinieran á sorprenderle con repentina caricia, mientras reflexionaba inclinado sobre un libro. Bien veía él que Antonieta Lizamendi era una joven insignificante, educada, como la mayoría de las niñas de su clase, con una instrucción de monja, sin más horizonte que el chismorreo de las tertulias y las visitas diarias á la iglesia. Pero él despertaría aquella alma; él la formaría á su imagen y semejanza. ¡Infeliz doctor!...

Al recordar este período de su pasado, Aresti sonreía amargamente, burlándose de su optimismo. ¡Cambiar él á su mujer! ¡Transformarla!.... Él era quien había estado próximo á anularse, á desaparecer aplastado en el engranaje lento y monótono de esa vida gris de las almas muertas. Se casaron, y Aresti se trasladó á la casa de su mujer. La madre no quería separarse de la hija; además, la familia, como ella decía, necesitaba un hombre para mayor respeto. El joven médico creyó de buena fe que estaba enamorado de su esposa. Rompiendo la costumbre bilbaína, la acompañaba á todas partes, hacía esfuerzos por avivar el cariño conyugal, por fundirse moralmente con aquella muñeca que se le había entregado, y que una vez cumplidos los deberes conyugales, quería seguir su vida de visitas, novenas y comuniones como en tiempos de soltera. La madre y la otra hermana eran un perpetuo obstáculo, tras el cual se ocultaba la esposa. Lentamente se veía Aresti empujado á un mundo nuevo que no era de su gusto. La fama de sus operaciones era cada vez mayor, y la familia disponía de él como de un objeto de lujo que la daba cierta distinción. Si en un convento había una monja enferma de gravedad, si un padre jesuíta se quejaba del estado de su salud, las de Lizamendi enviaban á Luis, con indicaciones que eran órdenes, contentas de poder servir gratuitamente á los elegidos del Señor. El médico racionalista se veía convertido por su familia en un trotaconventos, curando á gentes que insultaban su ciencia después de aprovecharla y no perdían ocasión de darle las gracias echándole en cara su falta de religiosidad. ¿Dónde estaban sus ilusiones de dedicarse al estudio y ser un sabio? ¿Dónde aquella mujer enamorada y entusiasta que le había de ayudar con su dulzura en las ásperas investigaciones de la ciencia?...

Aresti, á los dos años de casado, adquirió la convicción de que su esposa no le amaba. Es más: le sirvió de consuelo la certidumbre de que ella no podía amar á nadie. La iglesia, la confesión con el padre de moda, un buen vestido para dar envidia á las amigas y el visiteo entre mujeres, lejos del hombre que no era más que el macho destinado á los negocios y á traer dinero á casa; estas eran todas las aspiraciones de su vida. Además, Aresti adivinaba en las palabras y en los ojos de su mujer extrañas influencias que venían de fuera. En su casa, á solas con Antonieta, presentía la existencia de invisibles fantasmas que le espiaban, que tomaban nota de sus acciones, que á cada arranque de pasión parecían interponerse entre su mujer y él.

—¿Por qué estás siempre leyendo?—preguntaba á veces la joven.—¡Ay, esos libros! ¡Con qué gusto los quemaría!

Con frecuencia, echábale en cara su falta de religiosidad; le oía con sonrisa de lástima, hablar de sus entusiasmos científicos, pensando en los fragmentos de sermón que había escuchado contra aquella ciencia malvada y perturbadora. Las otras dos mujeres de la familia no le herían menos en sus ilusiones. ¡Estaba solo! Más solo que cuando vivía en París, en su cuartucho de estudiante. La diferencia de origen, se acentuaba entre él y su nueva familia. Era en su casa como los esclavos de Roma, famosos y apreciados por su habilidad en las ciencias ó las artes, pero que en presencia de los señores recobraban su humilde condición, y seguían siendo esclavos.

Al intentar una débil protesta, se aterraba apreciando la separación moral que existía entre él y su mujer.

—Nosotras somos así—decía con altivez.—Cada uno es como se ha educado. Bastante se sufre viviendo con gentes que son de otra clase.

La madre y la hermana iban más lejos.

—Nosotras somos las de Lizamendi—le decían con arrogancia.—¿Y quién eres tú? Un chico de Olaveaga, criado en las gabarras de la ría.

Y con un gesto de soberbia, parecían abrir entre ellas y el médico un abismo que nunca había de llenarse, que le condenaba á eterna separación de lo que él consideraba su familia.

¡Cuántas veces, creyendo acariciar á una mujer, besaba á una estatua fría que se entregaba á él con rigidez de autómata! Las preocupaciones religiosas, llegaban hasta su dormitorio. «Déjame, Luis—decía su esposa—mañana tengo comunión en las Hijas de María, y necesito hacer examen de conciencia». Otras veces era Cuaresma y el ayuno se extendía hasta la vida conyugal. Aresti se decía amargamente que su mujer no era suya, que disponía de ella menos que á medias, compartiéndola en una especie de adulterio moral con directores de conciencia que apenas conocía. A veces, Antonieta, en sus momentos de cólera, tenía franquezas que asustaban al doctor. «Soy tu mujer y he de serte fiel, como manda la Santa Madre Iglesia: pero te quiero poco, lo confieso.... ¡Ay, Luis! ¡Cómo te amaría si echases á rodar todos esos libros y fueses á la Iglesia como van las personas decentes!».... Con gran frecuencia notaba en su despacho la desaparición de revistas y libros, que tal vez estarían en manos de cualquier confesor curioso que desde lejos espiaba sus acciones.

Lo que le hacía perder la calma era la insolencia con que la suegra y la cuñada le increpaban apenas osaba resistirse, apoyadas por el silencio hostil de su mujer.

—¿Pero quién eres tú?—le dijeron un día.—Un pobretón que, aunque ganas algo, casi estás mantenido por nosotras. Cuando matabas el hambre en casa del gabarrero nosotras éramos más ricas que hoy. No sirves para otra cosa que para tragarte libros impíos y repetir sandeces de filósofos contra Dios y la religión. ¡Si al menos supieras ganar dinero como tu primo Sánchez Morueta!...

Aresti no quiso sufrir más. ¿Qué hacía entre aquella gente? Por más tiempo que transcurriera, por más que se mantuviese en resignada sumisión nunca llegaría á fundirse con su nueva familia.

Entonces fué cuando pidió á su primo que le enviara de médico á las minas, y, empaquetando los libros que constituían su única fortuna, salió de aquella casa lo mismo que había entrado. ¡Ay, lo mismo no! Había sacrificado su porvenir; había sufrido dos años de amargas humillaciones; ya no podía dignamente unir su destino al de otra mujer dentro de una sociedad gobernada por las leyes más que por los efectos. Además, dejaba á sus espaldas á las tres señoras de Lizamendi, que, para justificar la fuga del doctor, hablaban á todos de la grosería de su carácter y de su perversidad moral, fruto de las doctrinas impías.

Después de esta fuga, la esposa de Sánchez Morueta, casi rompió toda relación con el doctor. Hablaba indignada de él á su marido. ¡Dejar así á la pobre Antonieta, que era un ángel, un modelo de virtud y devoción como todas las mujeres de la familia!... Fué preciso que Sánchez Morueta, con su grave autoridad que no admitía réplicas, manifestase su propósito de seguir recibiendo á Aresti en su casa, para que la esposa se contuviera ante el doctor. Pero terminó entre los dos la antigua amistad. Aresti, aislado en las minas, evitaba el bajar á Bilbao, sabiendo que su mujer visitaba con frecuencia la casa de su primo.

Cuando Sánchez Morueta abandonó la villa para habitar su hotel de Las Arenas, Aresti fué á verle con más frecuencia. Le interesaba su sobrina Pepita, que acababa de salir del colegio y casi era una mujer. Pero en estas entrevistas tropezaba siempre con la frialdad, cortés en apariencia, pero implacablemente hostil de la señora, que así como avanzaba en edad, adquiría fama en Bilbao por sus entusiasmos religiosos. La maternidad y los años, la hacían retirarse de la ostentación elegante, abdicar de la supremacía que ejercía en las tertulias, con sus trajes y sus joyas. Ahora la llamaban irónicamente «la gran cristiana», y era la primera en todas las juntas de las asociaciones religiosas y pías fundaciones, sembrando á manos llenas, en cofradías y conventos, el dinero de Sánchez Morueta.

Aresti, al llegar á este punto de sus recuerdos, fijaba la mirada en su primo, sentado junto á él en el carruaje. ¡Ay! Aquel tampoco era dichoso. La suerte le esperaba todos los días á la puerta de su casa, para acompañarlo por el mundo, pero no le seguía hasta el interior de su hogar. No se veía obligado á romper como él con la familia, porque el dinero le daba una superioridad irresistible, poniéndolo á cubierto de humillaciones; porque con un puñado de su riqueza, esparcida sin regatear, lograba entretener diariamente al enemigo, con el que estaba obligado á hacer vida común. Pero se sentía solo: se notaba la amargura del aislamiento en su gesto ensimismado y triste, en la alegría momentánea que experimentaba al ver á su primo, el único que lograba ablandar su carácter huraño, excitando sus confidencias.

El carruaje había dejado atrás la dársena de Axpe, llena de vapores que esperaban turno para la carga; de buques sin flete que dormían en las aguas muertas. Era el hospital de los barcos, según palabras de Iriondo. En medio de aquel pueblo flotante, estaban los yates de los ricos de Bilbao, blancos y ligeros como juguetes, con la cubierta entoldada para resguardar los dorados y las maderas preciosas de las cámaras. El millonario lanzó al pasar una mirada melancólica sobre su yate enorme y gallardo, una mirada en la que vió Aresti la nostalgia de la vida del mar, de los amplios horizontes, de la existencia libre, sin las miserias y preocupaciones terrestres.

Se aproximaban á Las Arenas. El puente de Vizcaya cortaba el horizonte con su red de cables movibles. En la ribera de enfrente, los altos hornos de Sánchez Morueta elevaban sus torreones de fundición, sus numerosas chimeneas coronadas por las nubes de humo multicolor. Bajo los extensos cobertizos notábase el hormigueo de varios miles de obreros. Llegaban arrollados por el viento los estrépitos de la industria, el martilleo poderoso, los resoplidos de las máquinas, el mugido de los convertidores del acero que lanzaban por encima de las techumbres su chorro de chispas y escorias.

Aresti admiraba esta grandeza industrial. ¡Todo era obra de su primo!

—¡Qué hermoso!—exclamó dando con el codo al millonario y mostrándole sus fundiciones.—¡Y pensar que de pequeño has correteado entre los chicos de Olaveaga! Debes estar satisfecho de tu obra. ¿Hay alguien más feliz que tú?...

Sánchez Morueta miró un instante á su primo, con inquietud, como si temiera que se burlase. Después añadió con voz lenta:

—Sí, no estoy descontento de la suerte. Todos hemos prosperado, Luis. A mí me rodea la felicidad: pero es por fuera: en todo lo que se ve.... Ahora, por dentro... por dentro cada uno sabe lo que lleva.

III

Fué una «comida íntima» la que dió Sánchez Morueta por ser sus días. No estaban en el comedor otras señoras que la esposa del millonario y su hija. Los convidados eran todos de la casa, empleados como el capitán Iriondo, el secretario Goicochea y Fernando Sanabre, el ingeniero director de los altos hornos, ó parientes de la familia como el doctor Aresti y Fermín Urquiola.

Este Urquiola visitaba con frecuencia la casa, por ser sobrino lejano de la señora, aunque Sánchez Morueta no mostraba por él gran simpatía. Era un antiguo discípulo de Deusto, que, después de abandonar la Universidad, seguía á las órdenes de los Padres de la Compañía lo mismo que cuando estudiaba en sus aulas. La juventud de Bilbao, que se llamaba á sí misma distinguida, admirábale por su fuerza muscular y el entusiasmo con que sustentaba las sanas ideas de los buenos padres. Era el organizador y el hombre de acción de todas las asociaciones piadosas. Su ideal consistía en tener á los liberalitos en un puño y no dejar que las gentes de la Maketania se apoderasen del país. Pasaba en Bilbao por ser uno de los jóvenes más elegantes, pero cuando llegaban luchas electorales, se le veía con la boina sobre los ojos, empuñando un enorme garrote, al frente de los aldeanos de los pueblecillos inmediatos. La rizosa y poblada barba, la nariz aguileña y pesada y sus ojos negros de bohemio, dábanle gran prestigio entre las gentes del campo, porque las hacía recordar la cara adorada de su ídolo.

—¡Se le parece al señor!...—murmuraban.—Tiene toda la cara de don Carlos.

Y á Urquiola, impulsivo y brutal, que hablaba de beber sangre por la más leve ofensa, le satisfacía que los partidarios, por exceso de entusiasmo, relacionasen su nacimiento con los veleidosos amoríos del fugitivo rey de las montañas. Su familia, arruinada por la guerra, apenas si le había dejado una renta exigua para vivir, y Urquiola se ayudaba buscando la protección de las familias más linajudas de Bilbao, que veían en él un acabado ejemplar de la juventud sana educada en Deusto. Alborotaba en las luchas políticas, llevando á ellas la misma violencia de su partido cuando se batía en los montes. Por las noches mezclábase en los escándalos de ciertas casas del barrio de San Francisco, donde ejercía alguna superioridad sobre las infelices mercenarias de sus cuerpos, por el prestigio de su nombre y la leyenda sobre su nacimiento que le convertía casi en un príncipe. Los amigos tenían fe en su porvenir. Los padres de Deusto le protegían, sonriendo benévolamente ante lo que llamaban sus calaveradas. Era exceso de vida: ya le casarían ventajosamente y sería un modelo de caballeros cristinos.

Sánchez Morueta le veía en su casa con disgusto, pero no osaba manifestarlo claramente por consideración á doña Cristina, que parecía orgullosa de su sobrino.

—Este animal viene indudablemente por Pepita—decía Aresti, á quien interesaba Urquiola como un ejemplar raro de egoísmo y brutalidad.

Y se fijaba en su sobrina, la cual, á pesar de las insinuaciones de la madre, mostraba más inclinación por Sanabre, el ingeniero de los altos hornos, que por aquel pariente cuya petulancia y descaro parecían intimidarla. Gustaba la joven de saber por él todo cuanto pudiera molestar á sus amigas. Urquiola la enteraba de todas las fiestas que proyectaban los padres de la Compañía para entretener y conservar bajo su dominio á una sociedad ociosa y opulenta; pero una vez agotados estos temas, la joven se alejaba de él y permanecía silenciosa, como abroquelada por la instintiva repulsión que parecía inspirarle el famoso discípulo de Deusto.

Aresti veía en su sobrina la niña rica de las familias de su tierra; educada primero por las monjas y dirigida después por el confesor hasta en los hechos más pequeños de su existencia; con la voluntad adormecida, y considerando como un pecado, el más leve intento de iniciativa propia.

El doctor reconocía que no era gran cosa como mujer: la alegría de la juventud en los ojos, los cabellos rubios de su madre, y una esbeltez de muchacha sana en la que todos los encantos femeniles están aún recogidos, como en capullo, sin la majestad exuberante de la forma definitiva. A través de su belleza en agraz, adivinábase el esqueleto fuerte y anguloso del padre. En sus manos largas, algo grandes para sus brazos delicados, había mucho de Sánchez Morueta. Era la primera evolución de la estirpe hacia el afinamiento de la ociosidad y el bienestar, guardando aún los signos de su origen.

Iba cargada de joyas, con la suntuosidad de una aristocracia recién creada que se consume en medio de su lujo, falta de fiestas para lucirlo y siente el ansia de adornarse para pregonar su riqueza y herir la envidia ajena. La hija de Sánchez Morueta era tan admirada como su padre, cuando iba á Bilbao á oír misa en la iglesia de los jesuítas ó asistía por las tardes á las conferencias de las Hijas de María. Los jóvenes salidos de Deusto hablaban con fruición de ella y de los millones del padre. «¡Qué magnífico bocado!» Y cada uno acariciaba la posibilidad de que le tocase la lotería del matrimonio, en un país donde casi nadie se casa por amor y las uniones entre ricos son negocios vulgares convenidos por las familias con la ayuda y buen consejo de algún padre jesuíta.

La comida deslizábase placenteramente. Todos sentían la dulzura del bienestar, la satisfacción de la vida, en aquel comedor, al que daban, el roble tallado y el cuero obscuro de las paredes, una impresión de suntuosidad discreta y señorial. Las grandes piezas del servicio lucían su brillo mate de plata vieja y sólida, trabajada á martillo. Por las vidrieras de las ventanas pasaban y repasaban, mecidas por el viento, las verdes copas de los árboles del jardín. La mesa era servida por criadas jóvenes, de rizados y blancos delantales. Sus caras, sanas y rojas como melocotones, daban una impresión de perfume primaveral semejante al de las flores que adornaban la mesa.

Aresti estaba sentado al lado de su prima. Hacía mucho tiempo que no la había visto tan amable. Ni la más leve alusión á las de Lizamendi; ni una frase amarga para su impiedad. Sin duda, le agradecía la visita que por la mañana había hecho á Begoña. El doctor, examinándola, encontraba en ella algo de monacal, á pesar de que en honor al día se había cubierto de joyas. Su traje era negro y elegante, pero había en él cierto abandono que no pasaba inadvertido para el doctor, el cual recordaba sus pretensiones elegantes de otros tiempos. Notaba en ella los estragos de la edad, la gordura que borraba bajo el almohadillado de la grasa su antigua belleza de rubia altiva y dura.

—Esta se entrega—pensaba Aresti.—Huele á incienso como las otras.

El médico atraía las miradas y las preguntas de todos los convidados. Era un original que despertaba interés, viviendo como un solitario en la montaña, en medio de la gente de las minas, de la que se hablaba con cierto miedo en aquel interior elegante y rico. Miraban todos á Aresti como si fuese un viajero de vuelta de una exploración por países salvajes y misteriosos, donde la vida era ruda y peligrosa. Las minas se presentaban ante muchos de ellos como un país lejano, que servía para enriquecer á los potentados de la villa, pero al cual sólo se asomaban alguna vez, regresando apresuradamente. Al recordar las canteras de trabajo rudo y aquellas chabolas, donde dormían amontonados los hombres, digiriendo con tragos de agua roja las cucharadas de alubias con tocino, sentían la voluptuosidad del egoísmo. El comedor les parecía más hermoso, y sonreían al desfile de manjares, á las angulas del país, enrolladas como lombrices en la tartera de plata, á los platos extranjeros que nunca faltaban en la cocina de Sánchez Morueta y á la fila de copas de diversas formas y colores que cada uno tenía delante, y en las cuales iban cayendo los vinos más diversos, desde el Tokay y el Chablis del principio de la comida, hasta el Cordón Rouge y el Pomery, que servirían al final.

Urquiola hablaba al doctor con el mismo aplomo que si estuviera en el café ó en la sociedad de San Luis Gonzaga, rodeado de aquella juventud piadosa y elegante que le tenía por capitán. Él no era enemigo del pueblo; la Iglesia estaba siempre con los de abajo y el Santo Padre escribía encíclica sobre encíclica en favor de los obreros. Pero el pueblo era para él, la gente de los campos, los aldeanos respetuosos con el cura y el señor, guardadores de las santas tradiciones. Que le diesen á él las buenas gentes de las anteiglesias vascas, religiosas y de sanas costumbres, sin más diversión que bailar el aurrescu los domingos y la espata danza en las fiestas del patrón, ni otros vicios que empinar un poco el codo en las romerías. Aquella gente vivía feliz en su estado, sin soñar en repartos ni en revoluciones; antes bien, dispuesta á dar su sangre por Dios y las sanas costumbres. Que no le hablasen á él del populacho de las minas; corrompido y sin fe; hombres de todas las provincias, maketos llegados en invasión, trayendo con ellos lo peor de España, contaminando con sus vicios la pureza del país; siempre descontentos y amenazando con huelgas, deseando el exterminio de los ricos y comparando su miseria con el bienestar de los demás, como si hasta en el cielo no existiesen categorías y clases.

Y ante la mirada acariciadora de su tía, que admiraba sus ardorosas palabras, continuó el fuerte discípulo de Deusto:

—Los míos no saben leer; no saben nada de libertad, derechos y demás zarandajas, y por esto son felices. Esa gentuza de las minas, que casi todos los domingos tiene sus mitins, vive desesperada y ansía bajar un día á Bilbao para robarnos, sin saber que la recibiremos á tiros.

Aresti volvióse hacia su primo, que comía silencioso, lanzando alguna que otra mirada al sobrino de su mujer.

—¿Qué te parece, Pepe, cómo piensan estos jóvenes?

Y encarándose con Urquiola, le dijo con una timidez irónica, dando á entender su deseo de rehuir discusiones con él.

—Pues esa pillería venida de... España; ese rebaño maketo y pecador, es el que trabaja y da prosperidad á Bilbao. Ellos destrozan su cuerpo en las minas, ellos dan el mineral, y sin mineral ¿qué sería de esta tierra? Los buenos, los del país, no hacemos más que vigilar su trabajo y aprovecharnos del privilegio de haber nacido aquí antes que ellos llegasen. Son como los negros que en otros tiempos eran llevados á América para mantener á los blancos. Vienen empujados por la miseria, y ya que no podemos agradecer su sacrificio con el látigo, les pagamos con malas palabras.

Urquiola encabritábase ante las palabras desdeñosas del doctor. Abominaba de aquella gente perdida, incapaz de regeneración: la prueba era que no ahorraban, que no hacían el menor esfuerzo por salir de su estado.

—¡El ahorro!—exclamó Aresti.—¡Ahorrar y enriquecerse, teniendo unos cuantos reales de jornal, y viviendo rodeados de gentes de su misma clase que les explotan en el alimento y en la casa!...

—Eso no—intervino Sánchez Morueta, con autoridad.—Ya sabes, Luis, que no estoy conforme con tus ideas. El obrero español es víctima de la imprevisión. En otros países es distinto: el trabajador se forma un pequeño capital para la vejez...

—¡Bah! En otros países ocurre lo que aquí. Y lo que hace que el obrero moderno sea rebelde y se entregue á la lucha de clase, es la convicción de que, por más que ahorre sacrificando sus necesidades, no saldrá de su miseria. Los progresos le han cerrado el camino. En los tiempos de trabajo rudimentario, de industria doméstica, aún podía soñar con hacerse patrono; podía con sus ahorros adquirir los útiles necesarios y convertir su casa en un pequeño taller. Pero ahora, Pepe, por mucho que ayune un obrero tuyo, amasando céntimo sobre céntimo, ¿llegará á ser accionista de tus fundiciones? ¿podrá adquirir un pedazo de las minas, con todo el material necesario para la explotación?

—Eso está bien—arguyó Urquiola con acento triunfante.—Este doctor dice á veces cosas muy oportunas. Lo que demuestra que los antiguos tiempos eran los buenos y que, para tranquilidad de todos, hay que volver á la época en que no había progreso y los hombres vivían tranquilos.

Sánchez Morueta miró al joven con unos ojos que alarmaron á doña Cristina, haciéndola temer por su sobrino.

—Eso es una majadería—dijo con calmosa gravedad.—Eso sólo puede decirse á la salida de Deusto. ¡Suprimir el progreso porque trae algunas complicaciones!...

Y aquel hombre siempre silencioso, habló lentamente, pero con gran energía. Era un admirador religioso del capital. Aresti conocía su entusiasmo frío y firme por el dinero, que, puesto en movimiento por los descubrimientos industriales, había revolucionado el mundo. El millonario era á modo de un poeta del capital, y sacudiendo su ensimismamiento, rompió en un himno á aquella fuerza casi sagrada, puesta en manos de contadísimos iniciados. Cierto, que el trabajo, que era un auxiliar indispensable, sufría crisis y miserias, ¿pero por esto había que renegar del progreso, legítimo hijo del capitalismo industrial? La gran revolución moderna era obra de la religión del dinero, en la cual figuraba Sánchez Morueta como el más ferviente devoto. Utilizando los descubrimientos de la ciencia, había multiplicado los productos, y disminuido su valor, poniéndolos así al alcance de la mayoría, y facilitando su bienestar. El trabajador del presente gozaba de comodidades que no habían conocido los ricos de otros tiempos. El capital al servicio de la industria había civilizado territorios salvajes, había destruido fronteras históricas, estableciendo mercados en todo el globo: él era quien surcaba las tierras vírgenes con los rails de los ferrocarriles, quien removía los mares para tender los cables telegráficos, quien ponía en comunicación los productos de uno y otro hemisferio, venciendo los rigores de la naturaleza y evitando las grandes hambres que habían hecho rugir á la humanidad en otros siglos. Los poderes históricos se achicaban y humillaban ante el capital. Los reyes de los pueblos, soberbios como semidioses sobre sus caballos de guerra, cubiertos de plumas y bordados y llevando tras ellos grandes ejércitos, tenían que mendigar en sus apuros á los capitalistas ocultos en sus escritorios. Detrás de los imperios victoriosos estaban ocultos los verdaderos amos, los que cambiaban la faz de la tierra, venciendo á la naturaleza para arrancarla sus tesoros; la gran república de los capitalistas, silenciosa, humilde en apariencia, y sin embargo, dueña de la suerte del mundo. Y lo que más entusiasmaba á Sánchez Morueta, en esta secta oculta de universal poderío, era que sólo á la capacidad le estaba reservado entrar en ella. La jerarquía industrial no era como las dominaciones sacerdotales ó guerreras del pasado, en las que se figuraba sin otro derecho que el nacimiento. El hijo del capitalista, falto de capacidad, era expulsado por los malos negocios, y un nuevo individuo, aprovechando los residuos de su desgracia, venía á iniciarse en la poderosa secta. ¿Dónde encontrar una institución tan grande y poderosa y á la par tan democrática y modesta? ¿Y había locos que pedían la muerte ó la modificación de una fuerza que había transformado la Tierra?...

Aresti protestó. Él reconocía las grandezas del régimen capitalista, las ventajas sociales que había reportado á la humanidad con el auxilio del trabajo. El capital encontraba remunerados con creces sus servicios. Pero el trabajo ¿veía recompensados igualmente sus esfuerzos? ¿No se encontraba hoy en el mismo estado de miseria que al iniciarse á principios del siglo XIX la gran revolución industrial?

—Eso es un error, Luis—dijo el millonario.—El trabajo está mejor que nunca. La prueba es que en todo el mundo baja considerablemente el interés del capital, mientras sube con las huelgas y las reclamaciones obreras el tipo de los jornales.

—¡Bah!—dijo el doctor con gesto de desprecio.—¡El aumento de unos reales en el jornal! Remedios del momento; cataplasmas que de nada sirven al enfermo, pues al poco tiempo se restablece el fatal equilibrio, aumentándose el precio de los productos, y el trabajador, con más dinero en la mano, se ve tan necesitado como antes. Son cambios de postura, creyendo engañar con ellos á la enfermedad. Al trabajador de nada le sirve la limosna de un aumento en el jornal: ya sabes que en esto no nos entenderemos nunca. Lo que necesita es justicia, ocupar el sitio que le corresponde, ser dueño de lo que produce.

Las palabras de los dos hombres resonaban en el silencio del comedor. Todos callaban, no osando interrumpirles. Urquiola era el único que sonreía con aire de suficiencia, como si poseyera el secreto de aquella cuestión.

Doña Cristina, temiendo que la polémica acabase por turbar la placidez de la comida, intervino, preguntando á Aresti por sus amigos de Gallarta. Pepita apoyó á su madre. La gustaba conocer las excentricidades de aquellos contratistas que no sabían en qué emplear su riqueza. Reía con alegría de niña educada aristocráticamente, al enterarse de las vulgares diversiones de aquellos ricos de la víspera, que, no hacían más que seguirlas huellas de su padre.

Todos escuchaban al doctor, el cual, con suave ironía, describió los banquetes pantagruélicos de las minas, con sus lluvias de Cordón Rouge. Dentro de sus nuevos y elegantes chalets no eran menos originales aquellos ricos, que aún guardaban la boina y los zapatones del obrero. Bajaban á la villa con sus esposas, ganosos de hacer alardes de riqueza para deslumbrar al vecino, y compraban lo más extravagante y chillón, todo lo que en almacenes y tiendas no sabían á quién colocar; muebles complicados y bizarros que se cubrían de polvo de mineral, sin que sus dueños osasen acercarse á ellos, por miedo á deslucirlos. Cada vez que el doctor, después de una visita, quería lavarse las manos, quedaba asombrado ante las toallas con más colores que el iris, y las pastillas de jabón en forma de tigre ó de lagarto que parecían fabricadas para reyezuelos del África. Todos se extasiaban ante el asombro del médico, aceptándolo como una admiración muda. Algunos, como recuerdo de su pasado, guardaban bajo la cama un pellejo de vino, cual si fuese un tesoro. Realizaban la ilusión acariciada tantas veces en su época de pobreza. «Pruébelo, doctor: es de lo más selecto de la Rioja: á tantos duros la arroba.» Otros se cubrían de brillantes las manos y el pecho, pero cuidaban de ellos con meticulosidad supersticiosa, como si fuesen animalillos delicados y frágiles que al menor roce se podían desvanecer. No osaban rascarse porque, según ellos, el pelo rayaba y deslucía las joyas.

Y en su vida monótona, de continuas ganancias y placeres vulgares, sin otras diversiones que la caza, la mesa y las apuestas, encontraban un nuevo toma para sus alardes de riqueza en la educación de los hijos. Los enviaban al extranjero con la esperanza de que sobrepujasen á los señores de la villa. Los padres los querían ingenieros, como los ingleses que venían á explotar las minas: las madres los soñaban elegantes, y de cuerpo delicado, como los señoritos que hacían la parada en la acera del boulevard del Arenal. Unos enviaban sus hijos á Francia; otros á Suiza; el vecino de más allá, guiado por el deseo de excitar la envidia del compañero, empaquetaba su descendiente para Inglaterra: alguno llegaba hasta Alemania, y todos volvían de allá revolucionando las minas con sus cuellos y corbatas, haciéndose admirar por los trajes, y asombrando á sus madres con la costumbre del tub, del baño diario, del duchazo á cada momento, lo que escandalizaba á unas gentes que en su juventud dormían vestidas. Pero los instintos hereditarios reaccionaban en todos aquellos retoños de la montaña: resucitaba en ellos el gusto á la antigua vida y poco á poco abandonaban los trajes exóticos, agarraban la escopeta y volvían, como sus padres, á las comilonas, á la caza y hablar de ganancias de miles de duros, acordándose de su educación extranjera como de un sueño.

La apuesta era la pasión más vehemente, el placer más vivo de los ricos encerrados en la montaña. Las pruebas de bueyes y los desafíos de barrenadores hacían que se cruzasen enormes cantidades. Era el culto á la fuerza, la adoración á la brutalidad, con todos los encantos del juego de azar. Tenían en las minas mozos hábiles en el manejo del barreno que gozaban entre ellos el mismo prestigio que un gran torero ó un pelotari famoso. En Gallarta había un jayán, vencedor en todas las apuestas, que los contratistas llevaban á sus cenas, cuidándolo como si fuese una mujer amada, tentándole los músculos para apreciar si su vigor decrecía, engordándolo á todas horas con champagne y fiambres, con igual mimo y cuidado que si fuese un gallo de pelea. Lanzaban retos á las gentes de otros pueblos de Vizcaya y aun de Guipúzcoa, llevando en triunfo á su barrenador favorito, para que luchase con los más fuertes de otras comarcas. Ofreciendo los billetes á puñados, seguían durante horas enteras el jadear de su ídolo, atacando con el hierro la piedra, hasta que al quedar triunfante, lanzaban sus boinas al aire, gritando victoria más por el orgullo de la clase que por las ganancias de la apuesta.

Todo les servía para arriesgar el dinero que la fortuna les arrojaba á manos llenas. Se valían para sus porfías lo mismo de la voracidad de los perros de caza, que del vigor de los hombres. Algunas semanas antes habíanse cruzado muchos miles de duros en una apuesta que aún hacía reír al doctor. Tratábase de saber quién sería capaz de tragarse más sopas de leche, si los galgos enjutos é insaciables de uno de los contratistas ó los barrenadores de otro, muchachotes fornidos de Castilla, de estómago sin fondo, que nunca creían llegado el momento de levantarse de la mesa. Toda la gente desocupada del distrito acudió á presenciar el espectáculo. Se depositaban á puñados los billetes de Banco, como si fuesen retazos de papel sin ningún valor; unos por los perros, otros por los hombres, mientras arriba, en las canteras, estallaban los barrenos y el rebaño miserable de los peones se encorvaba, con el pico en alto, ante las rojas trincheras.

—Las sopas de leche se servían en cubos—continuó Aresti.—Los galgos, en un momento, ¡zás, zás!, se las tragaban sin pestañear; lo mismo que si le echasen cartas á un buzón. Los jayanes comían lentamente, sin mostrar prisa. Así estuvieron varias horas....

—¿Y quién ganó?—preguntaron varios al mismo tiempo, interesados por la estúpida apuesta.

—¿Quién había de ganar? Los hombres. El que apostaba por ellos me dijo después con su filosofía de palurdo: «Estaba seguro de mis muchachos: el animal, cuando ve satisfecho su apetito, ya no quiere más, y el hombre, como tiene amor propio, puede seguir comiendo hasta que reviente». Y no se equivocaba: dos de ellos me dieron mucho que hacer, y á los pocos días, el cura de Gallarta montado en su burra blanca, los acompañó cantando hasta el cementerio.

A pesar de este final triste, los convidados de Sánchez Morueta reían, encontrando muy interesantes las diversiones de los opulentos patanes.

Era bien entrada la tarde cuando terminó la comida. El capitán Iriondo después de brindar por su principal y amigo se despidió, alegando que tenía á la carga un buque de la casa. El secretario Goicochea se fué con él para dar el último vistazo al escritorio. Las señoras pasaron á una habitación inmediata con Urquiola y el ingeniero Sanabre.

Esperaban á algunas amigas de Bilbao y mientras tanto, harían música. Los dos jóvenes rogaron á Pepita que cantase alguna canción vascongada de las antiguas, tan melancólicas y dulces, distintas completamente del ritmo americano de los modernos zortzicos. Comenzaron á llegar hasta el comedor las escalas y arpegios del piano.

Sánchez Morueta, con las mejillas enrojecidas por la digestión, mordiendo un magnífico cigarro, habló á Aresti de bajar al jardín. La tarde se había serenado y quería gozar de los últimos rayos de sol en las avenidas que rodeaban su hotel. Los dos primos pasearon por el jardín. Llegaba hasta ellos el movimiento invisible de la ría, el ruido de los tranvías al otro lado de las planchas de hierro que cubrían las verjas.

El millonario mostraba su satisfacción al verse solo con el médico, el único amigo que le inspiraba confianza, y como prueba de cariño le echó sobre un hombro una de sus manazas. Era la primera vez en todo el día, que estaba á sus anchas, lejos de los negocios, terminado aquel banquete con gentes ante las cuales se mostraba abstraído y silencioso. El cariño á su Luis, á quien veía de tarde en tarde, y la placidez de una buena digestión, inclinábanle á las confidencias; y miraba á Aresti con ojos bondadosos é interrogantes, como si sólo esperase una indicación suya para romper á hablar.

—Vamos, desembucha—dijo el médico alegremente.—Ya sé que soy tu confesor y que si callas ante los otros, es porque haces provisión de palabras para mí. ¿Qué te pasa? Aquí tienes el médico de tu alma, como diría uno de esos curas, amigos de tu mujer.

Sánchez Morueta hizo un gesto de indiferencia. Nada le ocurría de extraordinario. Se fastidiaba en su aislamiento: sólo tenía un momento alegre cuando se encontraba con él. ¡Cuántas veces sentía el impulso de coger el tren é ir á buscarle en las minas! ¡Pero tenía tantas ocupaciones! ¡Sentía tanto miedo á presentarse en aquel feudo de la montaña, donde todos le pedían algo!... Sólo en Bilbao, condenado á la servidumbre de la riqueza, á vigilar y ordenar la llegada de aquel chorro de dinero que se metía por sus puertas sin desviar su curso, se aburría, falto de deseos y aspiraciones, con el bostezo del que nada espera, que es el más triste de los fastidios.

Había amado y había sufrido como todos los que batallan por un ideal. Sabía lo que era forcejear á zarpazos con la Suerte, para hacerla suya y fecundarla con ardorosa violación. Había llegado como los políticos célebres ó los grandes artistas, que empiezan su carrera desde abajo, conociendo la miseria y bordeando continuamente el peligro. Pero estos, aunque se considerasen llegados, siempre esperaban algo nuevo, siempre tenían la ilusión puesta en el mañana; pensaban con inquietud en la combinación política del día siguiente, en la obra artística, que les bullía en la imaginación, temblando, con el vago temor de la torpeza, al ir á darla forma. Pero él... él, todo lo tenía hecho: las ambiciones de su vida se habían realizado, cristalizándose para siempre. Había querido ser dueño de las minas, y suyas eran en su mayor parte, dándole un rendimiento fabuloso, con la regularidad de una fuente tranquila y perenne. ¿Para qué quería más? Establecía nuevas fabricaciones, y, al poco tiempo marchaban por sí solas con una exactitud desesperante. Construía barcos, y no naufragaba uno, para alterar con una catástrofe la monotonía de su existencia. La desgracia era impotente para él; estaba abroquelado y aunque ella corriese á estrecharle entre sus brazos, la caricia mortal sería un roce insignificante.

Si sus barcos se perdían, estaban asegurados; si las huelgas cerraban momentáneamente sus fábricas, no por esto sufriría su capital grandes mermas: si se agotaban las minas de Bilbao, él tenía otras y otras en distintos puntos de España, que aguardaban la explotación. Era el prisionero de su buena suerte: se movía entre rejas de oro, en un aislamiento de ave bien cebada, que ve el espacio libre por donde revolotean libres los pájaros hambrientos sin poder ir con ellos. Amaba el mar, y tenía casi á la puerta de su casa un palacio flotante, el yate, cuya fotografía publicaban los periódicos ilustrados para envidia de los infelices: pero apenas emprendía un viaje, tenía que volver llamado por sus negocios. Además, él era un hombre de familia; se aburría en la soledad del océano ó en los puertos ruidosos, haciendo vida de célibe, fumando y leyendo. Su mujer odiaba los viajes: su hija no conocía mundo mejor que el de sus amigas de Bilbao, y tras cortas estancias en Londres, volvía presurosa á su país, donde era la primera, guardando una instintiva aversión á las grandes ciudades de gente huraña y atareada, entre la cual, ella y su padre pasaban inadvertidos.

El millonario era el esclavo de su propia obra. Había levantado con brazos de titán, en torno de él, la alta torre de su fortuna, y ahora se debatía encerrado en ella, sin encontrar espacio para tenderse y descansar.

No esperaba nada. Aunque descuidase sus negocios, el dinero seguiría viniendo á él, como si fuese incapaz de aprender otro camino. Si la fortuna quería volverle la espalda, sería ya tarde para hacerle sufrir la amargura de su infidelidad. Era tan rico, había llegado tan alto, que estaba á cubierto de toda inquietud. Por un instante había creído encontrar remedio á su aburrimiento, entregándose á la borrachera de la construcción; sacando de la nada la nueva Bilbao; levantando barriadas de palacios sobre los campos yermos, con la misma facilidad que en los cuentos de hadas. Pero aquello también había pasado; encontraba pueril levantar colmenas y más colmenas para gentes que no conocía; fabricar avisperos en que se cobijarían otros tan tristes como él, pero animados siquiera por el amargo placer de envidiarle.

—Me aburro, Luis—decía el millonario.—Siento una tristeza sin esperanza, sin ilusiones; la tristeza de la buena fortuna, más terrible que todas, pues pocos hombres la conocen.

Y mirando en torno de él, abarcaba en sus ojos el magnífico edificio y las avenidas del jardín, con sus altas arboledas, sus arriates en los que comenzaban á asomar las primeras flores, y allá en el fondo, el invernadero, cuyos cristales, bañados por el sol poniente, relucían como placas de oro.

Aresti pensaba en la gente mísera y doliente de las minas. ¡Ay, si aquellos hombres que engañaban su estómago con agua sucia, no teniendo bastantes alubias para llenarlo, escuchasen al poderoso Sánchez Morueta lamentarse en medio de la opulencia de su vida!

—Entonces,—dijo el doctor—eres infeliz porque nada te falta, porque posees todo lo que los hombres creen que les puede hacer dichosos.

El millonario movió melancólicamente la cabeza. Sí; poseía todo lo que da la felicidad aparentemente; por esto á nadie comunicaba su tristeza, para que no le creyesen loco. Únicamente á su primo, que conocía por sus estudios las rarezas de la vida, se atrevía á hablarle.

Interiormente le faltaba todo: deseaba descansar después de aquella marcha ruidosa por la vida, en la cual había hecho, en pocos años, el mismo camino que otras familias de potentados sólo recorren después de varias generaciones. Había conquistado la riqueza, pero era semejante á uno de aquellos forasteros infelices que, al volver á su país, satisfecho de sus ahorros en las minas, se encontrase con la casa destruida y la familia ausente.

Aresti le escuchaba moviendo la cabeza, como si lo que su primo le relataba lo hubiese adivinado desde mucho tiempo antes. Pero al oír su lamento contra la soledad moral en que vivía, le señaló con expresión de protesta una ventana abierta del hotel, por donde se escapaban los sonidos del piano y el rumor de varias voces juveniles. «¿Y aquello?»

Sánchez Morueta levantó los hombros con expresión de indiferencia.

—Lo que llaman mi palacio—murmuró—no es para mí más que una casa de huéspedes. Vivo mejor que en la mísera pensión de Londres, donde pasé mi juventud de empleado; eso es todo.

—¿Y tu mujer? ¿Y Cristina?

—¡Mi mujer!—dijo el millonario con amargura:—yo no tengo mujer: sólo tengo una patrona, muy santa, muy virtuosa, que cuida de mi vida material, y hasta se inquieta algo cuando me ve enfermo. Soy el huésped que trae dinero á casa y al que se le corresponde con un poco de respeto. No finjas ignorancia, Luis.... Hace tiempo que adivinas cómo vivimos. Tú, en tu pobreza, no has sido más afortunado que yo con mis millones. Tú lo has dicho varias veces; en esta tierra hemos oído hablar de alguien que se llama Amor, pero por aquí no ha pasado nunca.

Y el millonario revelaba el secreto de su vida conyugal, sin rubor alguno, con la confianza que le inspiraba aquel hombre que casi era su hermano. Se había unido con Cristina en los albores de su fortuna. ¿La amaba entonces? No estaba muy seguro de ello. En aquellos tiempos, sus amores eran con la buena suerte, y no le quedaba tiempo para otros. Se había casado por unir una gloria más á sus satisfacciones de triunfador; porque le halagaba emparentar con los que habían sido sus amos en Londres, y aquella señorita, de una aristocracia tradicional y rancia completaba la respetabilidad de su riqueza. Pero algo de amor había indudablemente en ello. Las ocupaciones de su vida vertiginosa, los continuos viajes, no le permitían con su mujer más que pasajeras y rápidas intimidades. Pero para él no existía otra mujer en el mundo, y era ciego y sordo ante muchas seducciones que le asediaban, atraídas por su opulencia. Sí: él reconocía ahora que había amado á Cristina con una pasión, en que se mezclaba el deseo á la mujer y el respeto instintivo del hijo del gabarrero á la señorita que había tenido entre sus ascendientes, casi fabulosos, á los señores de Vizcaya. Ahora se daba exacta cuenta de su amor, que en aquella época no hallaba tiempo ni ocasión para exteriorizarse en la intimidad de la vida doméstica. ¡Ah! ¡cuando descansase—se decía entonces—cuando viera asegurada su fortuna, qué feliz sería con aquella mujer, digna compañera de su opulencia, que parecía reinar sobre la gente más encopetada de Bilbao!... Pero llegó el ansiado descanso, y al buscar á su mujer, en vano se esforzó por encontrarla. Tenía ante él una buena madre, una excelente dueña de casa, algo manirrota en sus gastos, pero muy interesada en que los negocios prosperasen: una meticulosa administradora del hogar, que tomaba las cuentas de la servidumbre con la misma minuciosidad que cuando vivía en el arruinado caserón de Durango, y al mismo tiempo sacaba miles de duros de la caja de su marido para restaurar una capilla que fuese más suntuosa que la costeada por alguna de las señoras que se codeaban con ella, en las Hijas de María ó en el salón de visitas de los padres de la Compañía.

Sánchez Morueta, resucitado á la juventud después de su triunfo en los negocios, sufría un desencanto cada vez que se aproximaba á su mujer con delicadezas ó arrebatos de enamorado. Cristina le miraba con enojo, como si este cariño extremado la ofendiera, colocándola al nivel de las vendedoras de amor. Para ella, la pasión matrimonial no había de ir más allá de la intimidad, fría y casi mecánica, de sus primeros tiempos de vida común. El matrimonio era para que el hombre y la mujer viviesen sin dar escándalo, procreando hijos para servir á Dios y que no se perdiera la fortuna de la familia. Lo que llamaban amor las gentes corrompidas era un pecado repugnante, propio de gentes sin religión. Tratar un marido á su mujer con melifluidades de esas que sólo se ven en los amantes de comedia, era envilecerla, igualarla con las que viven del pecado. La esposa cristiana había de ser casta en el pensamiento; cuidar de la salud material y moral del esposo, aconsejarle el bien y dirigir el hogar. Más allá sólo iban las mujeres perdidas. Y Sánchez Morueta tropezaba con una estatua impasible, estrellándose en todos sus intentos por darla vida.

Nada malo podía decir de ella. Era virtuosa y era fiel. Bien es verdad, que aunque quisiera faltar á sus deberes le hubiese sido imposible. Su carne y su pensamiento estaban muertos para el amor. Jamás recordaba el millonario haber notado en su compañera un momento de abandono, un arrebato de pasión. Cuando él se doblegaba bajo el estremecimiento de la carne, encontraba los ojos de ella impasibles y serenos, como si estuviera cumpliendo un deber penoso. Los espasmos de la materia no turbaban su voluntad.

Sánchez Morueta llegó á pensar si Cristina amaría á otro, si al casarse con él por interés, habría dejado en su pasado alguna ilusión que aún la perseguía. Pero después de examinar sus predilecciones é intimidades en la sociedad elegante y devota que la rodeaba, desechó sus sospechas. Ella sólo quería á su esposo, si es que aquello era querer. En su cariño, no había fuerzas para más. Y convencido de que nunca había de triunfar sobre una voluntad rebelde al amor, fué alejándose, sin que la esposa se mostrase triste y ofendida. Ella misma ayudó con no oculta satisfacción á este divorcio. Transcurrió el tiempo y al abandonar el lujo de sus primeros años de matrimonio, para tomar sitio entre las madres de severa respetabilidad, comenzó á seguir dentro de su casa ciertas prácticas austeras y casi conventuales. ¡Cuántas veces Sánchez Morueta se había visto rechazado con ira, porque era Cuaresma ó estaba ella en vísperas de una comunión aparatosa!...

Al establecerse definitivamente la separación, al alejarse él para siempre, la mujer pareció agradecérselo con sus miradas, con una mayor dulzura en el trato. Era, sin duda, más feliz, libre de la asiduidad ardorosa del macho; de aquellas caricias que le repugnaban como una servidumbre cruel de su sexo.

—Es muy honrada, muy virtuosa—dijo con amargura el millonario,—pero, para mí, como si no existiera. ¡Ay, Luis; estoy solo! Yo creo que la vida debe ser otra cosa: tanta honradez es inaguantable.

Llegaba hasta el jardín la vocecita de la hija de Sánchez Morueta, cantando al piano el Goizeko izarra, la invocación melancólica á la estrella de la mañana. La tristeza poética de las montañas vascas esparcíase por el jardín inglés, dorado por el último llamear del sol de la tarde.

—¿Y esa?—preguntó el médico.—¿No tienes á tu hija?...

El potentado se expresó con apasionamiento. Amaba á su hija: era carne de su carne: el único recuerdo de la pasión que había sentido por su esposa. El cariño á Pepita era lo que mantenía las apariencias de paz de su casa: lo único que le ayudaba á sobrellevar la tristeza doméstica. Era como un puente que mantenía la comunicación entre él y su esposa. Por ella continuaba Sánchez Morueta su existencia febril de hombre de negocios. Tenía la obligación de defender lo que la pertenecía por su nacimiento. Su porvenir le causaba á veces gran inquietud. Podía casarla con el hijo de otro potentado: un matrimonio de millonarios en el que no entrase para nada el amor. ¿Pero no era esto perpetuar en la hija la infelicidad del padre? Observaba á Pepita, y se entristecía, adivinando en ella una reproducción de su madre. Quería casarla por amor, con un hombre al que se sintiera inclinada, pero no veía en ella la menor señal de apasionamiento. Se casaría, sin ardor y sin protesta, con el que le indicaran sus padres, para continuar con más libertad la vida insípida de ostentaciones y de devoción elegante. Ella, como las otras jóvenes de su clase, veía en la unión con el hombre un medio de independencia, sin que el corazón llegara á interesarse. Iría á administrar otro hogar, como su madre dirigía el suyo: á cuidar á un marido que trajese dinero á casa, y alguna vez, abandonando los negocios, entrara un momento en su salón. De su padre sólo tenía algo en lo físico: la educación y el alma eran de su madre. Si Sánchez Morueta, al escoger el yerno, se colocaba frente á su mujer, era casi seguro que Pepita no le seguiría á él.

—La amo—decía el millonario,—la amo á pesar de todo. Pepita me quiere á su manera; es cariñosa conmigo, me mima y me adora, especialmente cuando su madre la encarga que me pida algo. Pero también junto á ella me siento solo. Parece que no seamos de la misma familia, que pertenezcamos á distinta raza. No sé explicarme, Luis: tal vez estoy loco; pero jamás siento con ellas, que son mi familia, esta confianza, este dulce abandono que tú me inspiras. Y es que tú eres de mi sangre; el único pariente verdadero.

Aresti seguía moviendo la cabeza, como quien oye una canción harto conocida. No le extrañaba la situación de Sánchez Morueta: era la de muchos poderosos de aquella tierra. Vivían rodeados de todos los goces del bienestar, pero en una pobreza triste de afectos. Los matrimonios eran vulgares asociaciones para crear hijos y que la fortuna no se perdiera. Marido y mujer vivían en aislamiento moral: él buscando consuelo fuera de casa, en amores vergonzosamente ocultados; ella dedicándose á la devoción.

Sánchez Morueta interrumpió estas consideraciones de su primo, como si ansiase decirle toda la verdad. Así era él también: necesitaba amor y amaba. Ya que la alegría de la vida no entraba en su casa, la había buscado fuera de ella. No era un enredo vulgar para satisfacción del sexo: era una pasión que endulzaba el ocaso de su madurez y le hacía soñar y sentir á los cincuenta años, con una intensidad que le retrogradaba á la juventud. Y con arrobamientos de adolescente, recreándose en el relato, recordó toda la novela de su amor.

Había comenzado por una aventura vulgarísima: un encuentro en Biarritz con Judith, una vendedora de amor, de nacionalidad indeterminada, nacida en Francia, pero hija de judíos: una mujer que en plena juventud había corrido medio mundo y conocía casi todos los idiomas europeos. Las relaciones habían ido estrechándose. Apenas se separaba de ella jurando no volver á verla, avergonzado de su vileza y acordándose de su hija con remordimiento, sentía la necesidad de buscarla de nuevo, se proponía á sí mismo un negocio que hacía necesaria su presencia en París, ó en Madrid, allí donde se encontraba ella, siguiendo su existencia errante de aventurera del amor, tan pronto viviendo casi maritalmente y retirada del mundo, como exhibiendo su belleza y su voz de falsete sobre los tablados de los music-hall. ¿Qué tenía aquella mujer que le trastornaba con el mareo de la embriaguez? Era el encanto del pecado, el sabor agridulce de lo prohibido, el perfume canallesco, que entraba como una ráfaga de vendaval en el aburrimiento de su vida, volcando todas las preocupaciones y los escrúpulos. Sánchez Morueta, al considerarse culpable, se sentía más hombre. El remordimiento era una manifestación de vida que le sacaba del letargo de su existencia.

Paladeaba las nimiedades del amor, que turbaban dulcemente la vulgaridad monótona de su vida. Las cartas de sobra prolongado y escritura femenil le salían al encuentro en la mesa de su despacho, entre la correspondencia comercial, con un perfume de alcoba pecadora que estremecía su carne y parecía traerle una ráfaga cargada de taponazos de champagne y música chillona de café concierto. La expansión, dulcemente truhanesca, que le llamaba con los vulgares nombres de petit coco ó mon gros cheri, hacíale sonreír juvenilmente bajo su barba venerable. Era una pasión que alegraba el ocaso de su vida, que resucitaba su alma casi en las puertas de la vejez. Amaba como un patriarca de la Biblia, sorprendido en el ambiente tranquilo de su tienda por las gracias felinas de una bayadera asiática.

Había acabado por arrancar á Judith de su vida de aventuras, por instalarla definitivamente en Madrid, como una señora tranquila que vive de sus rentas. Pensó por un momento traerla á Bilbao, pero había desistido de ello, no por miedo á la familia, sino por temor á la villa hipócrita y triste, que toleraba el amancebamiento con criadas y costureras, que cerraba los ojos ó sonreía bondadosa ante el capricho del rico con mujerzuelas que no abandonasen su condición de pobres, pero se escandalizaba y enfurecía ante la cocotte, la hembra que pusiera en sus sonrisas algo de distinción, y rodeara de una sombra de amor las necesidades de la carne. Otros más valientes que él habían intentado aclimatar aquellas aves pasajeras en ciertos hotelitos del ensanche, y todo el vecindario se amotinó contra las extranjeras. Hasta habían cortado las cañerías del agua y la luz de sus casas, para obligarlas á levantar el campo.

El millonario iba con frecuencia á Madrid por dos ó tres días, pretextando juntas de accionistas ó gestiones cerca del gobierno. Todos le encontraban rejuvenecido; veían en él algo nuevo é inexplicable, que animaba sus ojos con el brillo dulce de la adolescencia, que parecía dar más soltura á su cuerpo de hombre de lucha, y le hacía cuidar con mayor esmero del adorno de su persona.

—Tú mismo—decía al médico,—te has extrañado de este cambio muchas veces. Es el amor, Luis. Nada como él alegra á los hombres.

Y como si temiera alguna burla del doctor, hablaba de Judith con entusiasmo, queriendo convencer á su primo de que su madurez no hacía mal papel al lado de aquella juventud un poco gastada por el exceso de placeres. Estaba seguro de que le quería. No era que él pudiese inspirar una gran pasión: pero cansada de la antigua vida, se había refugiado en sus brazos para siempre y le amaba con un amor en el que entraba por mucho el agradecimiento. Esto le bastaba. No había más que ver cómo le sonreía, cómo salían á su encuentro los brazos blancos y suaves cuando se presentaba inesperadamente en el hotelito de las afueras de Madrid. Aquella era su verdadera casa: allí pasaba los mejores días, y á no ser por su hija y por la respetabilidad que exigen los negocios, allí iría á terminar su existencia.

Además, un suceso inesperado los había unido más estrechamente: había afirmado aquel idilio oculto que llevaba cinco años de duración. Sólo á un hombre como su primo podía hacerle tal confidencia... ¡Tenía un hijo! Y como el doctor Aresti no pudiese contener su asombro, el millonario se apresuró á añadir:

—Tú eres el único que lo sabe: un hijo... ¡mío! ¡bien mío! Un niño de tres años que empieza á hablar, y al verme me llama: «¡El papá de Bilbao!» El amor me da lo que tantas veces deseé en mi casa sin conseguirlo. ¡Un hijo!... No lleva mi apellido, no puedo confesar que soy su padre, pero pienso en él, espero que crezca y ¡ya vendrá á mi lado! ¡ya haré por él cuanto pueda, que será mucho!

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