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El idilio de un enfermo

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Al cabo empezó a rondarle un pensamiento que podía concluir de una vez con sus penas, sacarle triunfante y llevarle de pronto a la dicha: el de casarse con Rosa. Era muy duro, sin embargo, renunciar a sus ambiciones señoriales y quedar ligado para siempre a una zafia aldeana y a una familia que había de pesar eternamente sobre sus espaldas. Así que, tan pronto como le acudió a la mente, se apresuró a rechazarlo. Pero la endiablada idea volvió de nuevo a presentársele con más alegres colores. Tornó a rechazarla por medio de un sin número de juiciosas reflexiones. A los pocos días volvió a colársele en el magín más risueña y deslumbradora que antes. Trabose entonces una verdadera batalla en el ánimo de nuestro indiano, de cuyas resultas andaba inquieto, silencioso y desvelado, sin ganas de comer, vagando por los caminos hasta bien entrada la noche. No se cansaba de pesar los inconvenientes de la unión con su sobrina, que no eran pocos ni leves. Pero como al mismo tiempo la pasión le espoleaba y los celos tanto le roían, a veces aquéllos le parecían nada, y decidía en un punto su matrimonio. En una misma hora se casaba y se descasaba varias veces.

En tan congojoso estado de indecisión se hallaba el americano cuando sucedió lo que hemos visto en el capítulo anterior: el encuentro con los amartelados jóvenes y la conversación con Andrés, a quien quiso sonsacar. Aquella noche le picaron los celos crudelísimamente y el demonio de la voluptuosidad le presentó a su sobrina más hermosa y apetecible que nunca. Tanto que, dando al traste con todas sus ambiciones y temores, se resolvió a salir de aquel miserable estado haciéndola suya. Tomada esta resolución, descansó como si le quitasen un gran peso de encima, y logró dormir tranquilamente.

Al otro día, aunque no era domingo, se afeitó como si lo fuese, se puso otro pantalón, metió en los dedos todas sus sortijas, y después de tomar el chocolate en compañía del excusador y de ofrecerle un cigarro puro, generosidad que sorprendió mucho al clérigo, fue a su cuarto a arreglar un poco el cabello, y al instante salió de casa y tomó el camino del Molino con los ojuelos chispeando, seco el gaznate y los labios trémulos. Nunca salvó la distancia que mediaba entre el pueblo y la casa de su hermano tan rápidamente. Cuando llegó, Tomás estaba partiendo leña delante de la puerta.

—¿De dónde diablos vienes tan temprano?—le preguntó levantando la cabeza con sorpresa.

—Oye, Tomás, necesito hablar contigo de un asunto importante... Vámonos arriba.

El molinero se inmutó visiblemente al escuchar estas palabras. Pensó que su hermano le iba a reclamar de golpe el préstamo.

—Vamos—contestó en voz baja, dejando caer el hacha de las manos.

Y ambos entraron en la casa y subieron, uno en pos de otro, la escalera ahumada que conducía a la sala. D. Jaime se sentó: Tomás quedó en pie.

—Pues, Tomás—comenzó aquél echándose hacia atrás en la silla y jugando con la cadena del reloj, gorda como una maroma,—voy a decirte una cosa con toda reserva... Siempre he tenido confianza en ti, y ya sabes que te he dado bastantes pruebas de aprecio... Las circunstancias hacen que uno... vamos... uno no haga las cosas cuando quiere hacerlas, sino cuando puede... ya lo sabes... Sabes también que te aprecio, ¿no es verdad?

Tomás, con la faz despavorida y los ojos en el suelo, hizo señal de afirmación.

—Ya sabes que te he dado bastantes pruebas de apreciarte, y de apreciar a tu familia... Creo que tú me aprecias lo mismo que yo a ti, y la familia lo mismo... Pues, Tomás, tengo que decirte una cosa... A mí me parece que no estoy bien solo... Un hombre no está bien solo, ¿no te parece?

Señal afirmativa de Tomás, que empezaba a dudar y confundirse.

—Yo soy, como tú sabes, muy cariñoso... No lo puedo remediar... Cuando aprecio a una persona, soy capaz de darle la sangre del brazo, ¿estamos?... Pues con la familia siempre he sido muy franco..., ya lo sabes... Lo que yo tuve, siempre ha sido tuyo... Te he tratado siempre como lo que eres... porque a mí nunca me ha dolido gastar uno, dos o tres, estando la familia por medio... Pues, Tomás, yo me voy haciendo ya viejo... Tengo dos años más que tú... ¿No te parece que debo casarme?

Tomás estaba ya menos asustado, pero al oír estas palabras recibió un fuerte desengaño: siempre había pensado heredar a su hermano. Procuró, sin embargo, no dejarlo traslucir, y contestó vagamente, siempre con la vista fija en el suelo:

—Sí... sí... si te parece...

—Estoy decidido... A mí me encanta la familia... Después de trabajar tantos años lejos de su pueblo, necesita uno descanso... No se puede vivir tranquilamente sino casado... rodeado de la familia... cuidando de sus intereses... Yo los tengo muy descuidados, bien lo sabes... A mí me roba cualquiera, y es porque no tengo ningún apego al dinero... ¿Para qué lo he de tener? Si fuese casado, ya sería otra cosa..., miraría más por él y cuidaría de no soltarlo como lo suelto... Tomás, tú bien sabes que puedo casarme con una señorita... Aunque no soy un jovencito, a ninguna de la villa le diría envido que no me dijese quiero... Hoy, entre las muchachas, oros son triunfos... Pero yo soy muy considerado... A mí me tira mucho la familia... y eso de que mañana, u otro día, si el marqués os echa de la casería, tengan tus hijas que ir a servir a un amo, me duele mucho... Puedes creerlo.

Hubo una pausa larga, durante la cual Tomás ardía en curiosidad de saber en qué pararía aquello, aunque lo disimulaba perfectamente. El americano siguió:

—Tú tienes unas hijas trabajadoras y hacendosas... muy bien educadas... Sería lástima que se viesen obligadas a servir las pobrecillas, o que se casaran con un paisano sin recursos que las matase de hambre... En el tiempo que aquí estuve me he encariñado mucho con ellas... Y, francamente... vamos... entre una... que al fin y al cabo es mi sobrina... y otra cualquiera, prefiero que sea una de ellas la que me lleve...

Los ojos de Tomás brillaron de alegría; pero con el dominio que ejercen los paisanos sobre sus emociones, comenzó a santiguarse con cierta sorpresa burlona.

—¡Mal año para tí, demonio!... ¡mal año para tí!... ¡Nunca pensara!... ¿Qué diablo de mosca te ha picado?

—Pues me ha picado tu hija Rosa.

—¡Ya me lo olía yo! Es el mismo diablo esa chica... Más artera que ella no la hay en toda la ría... ¡Mira tú que para atrapar a un pez tan largo como tú, que ha corrido las siete partidas, ya se habrá dado maña la indina!

Tomás halagaba de este modo la vanidad de su hermano, quien reía beatíficamente, a pesar de saber a qué atenerse en cuanto a sus dotes de seductor.

—En fin, Jaime—siguió el aldeano encogiéndose de hombros,—si me la había de llevar otro bribón, más vale que seas tú.

D. Jaime rió también la gracia: estaba para reírlo todo.

—Ella es lista como una anguila y saltarina como una cabra... pero tiene el corazón igual que una manteca fresca... Es muy noble... muy noble... y al mismo tiempo muy amorosa... Teniendo cuidado de sujetarla un poco por la pierna será como una cordera... Después, nada melindrosa para comer... lo mismo se pasa con carne que con unas pocas de judías... En habiendo pan en la masera, ya está satisfecha... No te malgastará un cuarto, Jaime...

Esto llegó al corazón del indiano, que expresó su contento con un silbido especial, dándose al mismo tiempo fuertes palmadas en las rodillas.

—Voy a llamarla para darle la noticia... No andará muy lejos la muy pícara... De seguro que ya sabe lo que estamos hablando... ¡Las coge al vuelo!

El aldeano se asomó a la caja de la escalera y gritó:

—Ángela, di a Rosa que venga en seguida... Está en la huerta escogiendo avellana...

La fisonomía del indiano se nubló al pensar que iba a encontrarse frente a la joven. Por primera vez se le ocurrió que podía ser desairado. No tardó en presentarse Rosa.

—¿Qué me quería, padre?

—Saluda a tu tío, mujer... no te hagas la disimulada—profirió Tomás en tono de zumba, que rebosaba de alegría.

La joven quedó inmóvil y sorprendida.

—¡Vamos, picarona—dijo el padre sacudiéndola rudamente por el hombro,—que buen pájaro has atrapado!

-¡Yo!

—¡Sí, tú!... Ahí tienes a tu tío, que ya se entregó como un borrego... ¿Qué mil diablos le has dado a comer para sujetarle así por las orejas?

Y viendo que la chica le miraba cada vez con más sorpresa:

—¡Abre los ojos, tunanta... abre los ojos!... Acaba de decirme que quiere ser tu marido.

Rosa frunció repentinamente el entrecejo, y después de un instante de vacilación, en que temblaron sus labios, como para decir muchas cosas a la vez, dejó escapar estas palabras secamente:

—Falta que yo quiera ser su mujer.

Tomás soltó una carcajada estrepitosa. Acostumbrado a la salidas originales de su hija, pensó que ésta era una de ellas y la encontró muy chistosa.

—No se ría, padre, no se ría, que lo digo como hay Dios en los cielos; que no quiero.

El aldeano cortó repentinamente el hilo de su risa y se quedó extático mirándola.

—Vaya, vaya, chica... ¡qué me estás ahí cantando!

—Que no quiero.

—¿Que no quieres casarte con tu tío?—dijo clavándola una mirada aguda.

—No, señor, no quiero—dijo Rosa con firmeza.

Padre e hija se miraron un instante a los ojos. Tomás se puso extremadamente pálido. Un relámpago siniestro cruzó por su fisonomía. Después avanzó lentamente y, sacudiéndola por el brazo, le preguntó con ira mal reprimida:

—¿Por qué no quieres, di, por qué no quieres?

Rosa, atemorizada, bajó la cabeza; pero aún dijo con firmeza:

—Porque no me gusta para marido.

Apenas había pronunciado la última palabra, cuando su padre cayó sobre ella como una fiera; la volcó en tierra y se puso a darle coces con increíble ferocidad. Parecía golpear sobre una vaca.

—¡Ah, maldita! ¿Conque no te gusta?... ¿Y esto, di, te gusta?... ¿eh, te gusta?... ¿eh, te gusta?... ¡Toma, toma, recondenada, maldita sea tu estampa!

No se sabe cómo la hubiera dejado a no mediar D. Jaime y no subir Ángela de la cocina. Entre ambos le apartaron. Desde lejos, sujeto por los brazos, le preguntaba con rabiosa sorna:

—¿Conque no quieres, eh?

Rosa, hecha un ovillo en el suelo, sangrando por el rostro, contestaba con el valor pasivo y salvaje de las aldeanas avezadas a los golpes:

—No, no quiero; ¡no quiero!

—¡Ya querrás, remaldita!... ¡yo te haré querer!... ¿Estás orgullosa porque te canta al oído el sobrino del señor cura, verdad?... ¿No sabes para qué te quiere a ti el sobrino del señor cura, verdad? Yo te lo enseñaré, grandísima yegua... yo te lo enseñaré.

D. Jaime, viéndole algo más sosegado, fue a coger el sombrero que tenía sobre una silla, y se dispuso a irse. Tomás, mirándole con inquietud, le dijo:

—Pierde cuidado, Jaime... A ésta ya la curaré yo de su enfermedad... ¡Mira, tengo allí las medicinas!

Y apuntaba a un rincón de la sala, donde estaban arrimados unos cuantos garrotes.

D. Jaime, sin responder palabra, bajó la escalera y salió de casa con traza de ir muy desabrido.

XII

Aquella tarde, reparando Andrés en una herida reciente que Rosa tenía en la mejilla, le preguntó con interés:

—¿Qué es eso, Rosita?

—Que me he lastimado con una rama al coger manzanas.

—¿Por qué te subes a los pomares?... Un día vas a matarte.

—Porque me gustan las manzanas verdes—repuso encogiéndose de hombros.

A los tres días se le presentó con una nueva herida en la frente.

—Pero, chica, ¿te has lastimado otra vez?

—Sí.

—¿Cómo ha sido eso?

—Pues estaba mi padre partiendo leña, saltó una astilla y me dio en la frente.

—¡Qué atrocidad! ¡A riesgo de saltarte un ojo!... Ten cuidado, chica, con tus ojos, que me gustan mucho.

Rosa sonrió tristemente.

Por último, otro día la halló con un brazo en cabestrillo sobre un pañuelo anudado a la garganta. Aquella vez se había caído viniendo de la fuente con una herrada en la cabeza. Andrés quedó preocupado. No acertaba a explicarse tantas coincidencias; pero como no tenía dato alguno que pudiese suministrarle explicación más verosímil, pronto se disiparon sus cavilaciones. Rosa estaba risueña y jovial, tan viva de lengua y de ademanes como siempre. Tomás, cuando le veía, que eran pocas veces, le acogía con el mismo tono entre respetuoso y zumbón que tan mal le sabía en el fondo.

Al cabo supo lo que pasaba, de un modo casual. Se hallaba cierta tarde, contra su costumbre, leyendo en el corredor de casa, resguardado de los rayos del sol por la parra, cuyos sarmientos pendían del alero, formando fresca y tupida cortina. La luz se quebraba entre sus pámpanos, los doraba, los hacía transparentes, y llegaba hasta él suave y dormida. Aunque abstraído en la lectura, percibió claramente los pasos del ama, que entraba en la sala y daba vueltas poniendo en orden los muebles. El cura, que había ido a la iglesia, llegó poco después, y entró en la casa sin ver a su sobrino, y subió a la sala quejándose del calor. Entablose un diálogo, y al instante comprendió que ignoraban su presencia en el corredor.

—¿No le han dicho nada de lo que pasa en el Molino, señor cura?—preguntaba D.ª Rita con su voz nasal, quejumbrosa.

—¿Qué me habían de decir, mujer?... ¿Que Andrés bromea un poco más de la cuenta con Rosa?... Ya estoy cansado de saberlo... Por cierto que hace algunos días le he hablado de ello, aconsejándole que dejase esas tonterías...

—¡Buen caso hace él de sus consejos!... Vamos, veo que usted no está enterado... ¿No sabe que D. Jaime quiere casarse ahora con ella?

—¿Qué dices, mujer?...

—Lo que oye. Hace ya más de ocho días que la pidió a su hermano, que, por supuesto, ¡abrió un ojo!... Pero la chica, pásmese usted, se niega a casarse con su tío, y todos dicen que tiene la culpa el sobrino del cura, que la ha levantado de cascos... El padre, con esto, dicen que la pega cada pie de paliza que la pone como una breva. Pero ella se empeña en que no, y que no, y no hay quien la saque de ahí...

—¡Me dejas tonto!... No sabía una palabra de todo eso...

—¡Claro! usted nunca quiere saber nada de lo que perjudica a su sobrino.

—¿Y qué barajas tiene que ver mi sobrino con que D. Jaime quiera casarse con Rosa, y con que ésta no le quiera a él?

—Porque si su sobrinito no anduviese haciéndole la rosca, la chica se daría con un canto en los pechos por atrapar a su tío... Pero ya se ve, a usted no hay que tocarle el sobrinito, porque en seguida se pone hecho una víbora... Pues sépalo usted, que todo el mundo lo dice, que ha sido y es un calavera perdido... y que si vino tan malo a este pueblo, no ha sido por enfermedad que Dios le haya dado, sino por los excesos de comer y beber, y de otras cosas...

—Vamos, Rita, déjame en paz y no digas simplezas... Demasiado sé lo que es mi sobrino.

—¡No, si yo no digo nada! ¡Ya me libraría yo de decirle nada!... ¡Pues bueno es usted para que le diga nada malo de su familia!... Y eso que bien poco se han acordado de usted siempre, y con bastante despego le han tratado... No parece más que tenían a mengua alternar con usted...

—¡Vaya, la canción de siempre!... O te callas, o me voy...

—Váyase, váyase... Yo no puedo menos de decir la verdad, porque si no, reviento... Y la verdad es que, cuanto mejor es uno en este mundo, peor le pagan. Desvívase usted por dar gusto en todo a una persona, por tenerle las cosas a punto, por cuidarla cuando está enferma... Tuéstese usted la cara al lado del fuego todo el día... Métase en el río hasta media pierna para lavar la ropa, y coja un reumatismo... Pase las noches en claro, cuidando de la lejía... Y mañana u otro día, si falta esa persona, irá una, si a mano viene, a pedir una limosna... mientras la familia, que en la vida se ha acordado del santo de su nombre, se divertirá y triunfará en grande con el dinero que le quede...

Se oyó el ruido de la silla del cura al levantarse con violencia.

—No; no se vaya... yo me iré... ¡si yo soy el último mono! ¡si ya sé que quien priva aquí es el sobrinito!... Pero algún día le abrirá Dios los ojos... Al fin se ha de saber quiénes son los que sirven desinteresadamente, y quiénes los que vienen solamente a pescar una herencia.

Doña Rita salió de la sala disparando este último y envenenado flechazo, y dio un fuerte golpe a la puerta para hacerlo aún más profundo. El cura se quedó solo, desahogando su enojo con un sin fin de ¡porras! y ¡barajas! proferidas en el tono más cavernoso que halló en las concavidades de sus registros vocales.

Fácil es de presumir, conociendo el temperamento vivo y exaltado de Andrés, la triste impresión que esta plática, escuchada por fuerza, le causaría. De las dos noticias desagradables que por ella averiguó, las zurras que su padre daba a Rosa y la hostilidad de D.ª Rita, la que más le disgustó, como era natural, fue la primera. En cuanto a la segunda, tenía demasiado orgullo para no despreciar el odio de una sirviente envidiosa, por más que no lo sospechase.

Pero su situación en aquel instante era crítica. No podía entrar en la sala sin dar a conocer a su tío que había oído la conversación: esto le avergonzaba y avergonzaría aún más al cura. Por otra parte, éste podía salir de un momento a otro al corredor y encontrarse con él, lo cual era peor. ¿Qué hacer? No vio medio más adecuado de salir del apuro que, montar cautelosamente sobre la baranda y descender al suelo por la parra, agarrándose con pies y manos, como había hecho otras veces para probar el progreso de sus fuerzas y agilidad.

Una vez en la calle, corrió a casa de Rosa. Al verse junto a la puerta, vaciló un instante por el temor de hallarse con el molinero, a quien no hubiera podido ocultar en aquella sazón la cólera de que estaba poseído. Por fortuna había salido: sólo Rosa se hallaba en la cocina.

—Oyes... ¿conque tu padre te pega de palos para que te cases con tu tío?—le preguntó con voz alterada, sin darle siquiera las buenas tardes.

La chica quedó sorprendida al verle tan agitado y descompuesto.

—¿Es verdad que te mata a golpes, di?—profirió de nuevo, viendo que no le contestaba.

—Algunos me da... ¿Pero por qué se apura tanto D. Andrés?

—Porque es una infamia que te pegue por ese gaznápiro asqueroso...

Aquí, se desató en improperios contra D. Jaime. Dijo que le iba a romper la cabeza: que él era quien inducía a su hermano para que la maltratara; que buena boda iba a hacer si se casaba con aquel avaro que la mataría de hambre: que más le valía casarse con un aldeano y cuidar cabras en el monte, etc., etc.; un montón de razones proferidas con extraordinaria violencia. Contra Tomás no se atrevió a revolverse por no herir los sentimientos de Rosa, aunque buenas ganas se le pasaron de hacerlo.

Ésta le escuchaba con el asombro pintado en los ojos. Allá, a lo último, soltó la carcajada.

—¿Qué mala yerba pisó hoy D. Andrés, que tan furioso viene?

—Ninguna; lo que hay es que me irrita que te hagan daño... ¡y más por ese tío viejo!

—Pues no se apure tanto... A mí no se me hacen novedad los golpes... Además, es mi padre y puede pegarme cuanto quiera.

Andrés calló un instante; después apuntó tímidamente:

—Tanto te puede maltratar, que al fin no tengas más remedio que hacer lo que él te manda.

—¿Casarme con mi tío? ¡Eso sí que no!... ¡Que pegue, que pegue lo que quiera, ya verá lo que saca en limpio!

Al joven se le ensanchó el corazón al observar el tono resuelto de estas palabras y dirigió a la aldeana una mirada cariñosa.

Desde aquel día no puso más los pies en su casa por no tropezar con Tomás, cuya enemistad ya no ignoraba; pero la vio todas las tardes en el molino. Pasaba tres o cuatro horas y a veces más cerca de ella en aquel rincón, donde únicamente les turbaba de vez en cuando la visita de algún paisano que traía a moler su fuelle de maíz. El molino estaba adosado a la peña, medio oculto entre el follaje. Tan sólo se vislumbraba el color rojo del techo. Las paredes, vencidas, resquebrajadas en muchas partes, vestidas todas de musgo, se confundían con el césped y los árboles. La acequia que le daba movimiento caía partida en tres, de ocho a diez pies de altura, por unas canales de madera toscamente labradas, negras por la humedad y apuntando a las aspas, que al girar levantaban remolinos de espuma y tapaban casi por entero las aberturas en medio punto por donde el agua penetraba. Dentro todo era tosco también como fuera. Una sola estancia rectangular con piso de madera, manchado de harina, lleno de agujeros y rendijas, por las cuales se veía a las ruedas revolver furiosamente con sus brazos de roble el haz del agua. A un lado, y metidas en sendos cajones bruñidos por el uso, estaban las tres piedras moledoras que daban vueltas triturando el maíz o el centeno y arrojando por intervalos iguales un copo de harina en el cajón.

Andrés pasaba dulcemente las horas en aquel recinto. Sentado sobre una medida al lado de Rosa se placía refiriéndole cuentos y aventuras maravillosas entresacadas de las muchas novelas que había leído. Ella escuchaba atenta y ansiosa, interesándose por los personajes lo mismo que si los tuviera a la vista, sonriendo cuando eran felices y derramando alguna lágrima cuando les soplaba demasiado la desgracia. Andrés era implacable al narrar las penalidades de sus héroes. Describíalas con todos los pormenores de que era capaz y no se cansaba nunca de amontonar sobre ellos desdichas. Quizá le estimulase el gusto de ver a Rosa enternecida.

Cuando se cansaba de estar sentado, solía levantarse y trajinar por el molino arreglando lo que le parecía estar desarreglado, estudiando con atención su rudimentario mecanismo, entreteniéndose en pararlo y en echarlo a andar de nuevo. Rosa solía alzar la cabeza y gritarle:

—No enrede, D. Andrés... ¡Madre mía, qué revoltoso es!

El joven volvía a su sitio.

—Bien, pues ahora cuéntame tú un cuento, si deseas que me esté quieto.

—Ya le he contado todos los que sé.

—Rebusca en la memoria.

—¿Quiere que le cuente el cuento de La buena pipa?

—No; ése no—contestaba riendo.

—¿Entonces quiere que le cuente el de aquel pastor que tenía la pierna hinchada, tan pronto se le hinchaba como se le deshinchaba?

—Tampoco.

—Pues no sé otro... Aguárdese un poquito... voy a contarle el de La peña encantada... Vamos, no se acerque tanto a mí, que no puedo coser.

«Una vez era un rey y tenía tres hijas muy hermosas, muy hermosas, muy hermosas. La primera se llamaba Clara, la segunda Ana, la tercera María. Este rey se fue a la guerra, y dejó el reino encargado a un hermano que era muy malo, muy malo, muy malo...»

Andrés parecía escuchar atentamente, pegado a las faldas de la zagala. Lo que hacía en realidad era contemplar con deleite sus labios, que semejaban hechos de carne de cereza, sus mejillas, que tenían el lustre de la manzana, sus ojos negros, donde brillaba el sol de la primavera. Sentía, al cabo de un rato, el mismo adormecimiento suave y feliz que le embargaba, cuando niño, escuchando los cuentos que le refería la costurera de su casa. Ahora se mezclaba con una embriaguez voluptuosa, que suspendía su pensamiento, le columpiaba en los espacios y le disponía a las efusiones tiernas, a los goces inefables, a los sueños de color de rosa. El monótono rumor de la acequia y el traqueteo suave y constante del piso trabajaban también por arrobarle. Rosa concluía su cuento. Él despertaba con pena y, embelesado aún, preguntaba:

—¿No sabes otro?

No, Rosa no sabía otro, o no quería contarlo: gustaba más de oír los suyos, llenos de enredo y movimiento.

Como la alegría de la joven era constante, y ninguna sombra alteraba la serenidad de su rostro ni la paz de aquellos largos y sabrosos coloquios, Andrés había llegado casi a olvidar, en su egoísmo, la triste situación en que se hallaba la pobre niña dentro de casa. Una vez, sin embargo, vino con señales en la cara de los malos tratos de su padre. La fisonomía de Andrés se nubló repentinamente, y con voz conmovida le preguntó:

—¿Te sigue pegando tu padre?

La chica se encogió de hombros y sonrió de modo expresivo.

Él bajó la cabeza y se mantuvo callado unos minutos. De pronto rompió a hablar con violencia.

—Pero ¿no hay un tiro que mate al pillo de tu tío?... ¡Ese bribón cree que te va a entrar el amor con los palos!... Estoy viéndole azuzar a tu padre... «Pégale, pégale, que ya cederá»... Si no fuese por ti, ya le hubiera roto el bautismo... y aun si le tropiezo, no sé si podré contenerme.

—¡Madre mía, cómo se apura D. Andrés!—exclamó riendo la aldeana.—Cualquiera pensaría, al verle tan enfadado, que me quería de veras.

Andrés sonrió también enternecido.

—¡Vaya si te quiero, Rosita!—contestó acariciándole la mejilla.

Pero aquellas palabras le hicieron considerar más tarde, cuando se retiró a su casa, que estaba causando mucho mal a Rosa: se echó justamente la culpa de lo que la pasaba: convino consigo mismo en que su comportamiento dejaba mucho que desear en la ocasión presente: consideró que sería más noble apartarse de ella pronto, antes que sintiese un verdadero y fuerte interés por él; y, por último, falló que a los quince días justos, a contar del de la fecha, se despediría de aquellas altas montañas, verdes praderas y río cristalino, para la villa y corte de Madrid. Mientras llegaba la hora de partir seguiría visitando a Rosa, haciendo lo posible por ser cauto en las palabras y reprimir los ímpetus de su corazón.

Mas al día siguiente de tomada esta resolución, sobrevino un acontecimiento que la modificó bastante. Se hallaba por la tarde, como de costumbre, en el molino sentado al par de Rosa en grata y amorosa plática, cuando repentinamente se apareció por allí Tomás. Como nunca se le había ocurrido ir a aquella hora desde que Andrés frecuentaba el sitio, Rosa se inmutó muchísimo y el mismo joven se sintió también no poco turbado, aunque procuró disimularlo, acogiendo con sonrisa amistosa al molinero.

—Hola, D. Andrés, ¿también viene usted al molino a comerme la harina, como los ratones?—dijo el paisano riendo campechanamente.

—¿No ve usted qué gordo me voy poniendo con ella?—repuso Andrés aceptando la broma.

—Pues tenga cuidado, que he echado por los rincones bolitas de fósforos.

—Soy un ratón muy fino y los huelo de lejos.

—¡Ya! Usted es un ratón madrileño, más tuno que los ratones de la aldea, ¿verdad?

Y al decir esto, sin cesar de reír con malicia burda, entró en el molino, dejó en el suelo un gran cesto que traía sobre los hombros, y se puso a trastear por la estancia. Sacó maíz de un fuelle, lo midió, lo vertió en el cesto, anduvo con el mecanismo de las ruedas y ejecutó otras maniobras. Mientras tanto, Andrés y él seguían tiroteándose como dos grandes amigos. Rosa, que conocía bien a su padre, guardaba silencio obstinado, aplicándose a coser.

Al cabo de un rato Tomás la llamó.

—Rosa.

—¿Qué quería?

—Ven acá.

La chica se levantó y fue hacia su padre. Éste se plantó frente a ella, mirándola severamente.

—Oyes, ¿por qué no has puesto a moler el maíz del tío Ángel, como te mandé?

—Porque vino Telva, la de la Cuesta, con un celemín, diciendo que no tenían qué comer en casa hoy... Tanto me rogó que se lo eché... Esta noche se puede moler el del tío Ángel.

—¿Y a ti quién te mete a hacer favores a Telva sin permiso mío?

—Como otras veces lo hice y no me dijo nada, yo pensé...

—¡Pensaste! ¡pensaste!... Pues para que no pienses otra vez, toma...

Y sin más aviso, le descargó un tremendo bofetón. Tan tremendo, que la chica cayó al suelo como privada de sentido.

Al ver aquel acto de barbarie Andrés, se puso en pie vivamente. La sangre le subió al rostro y no pudo menos de exclamar:

—¡Qué brutalidad!... ¿Por qué le pega usted de ese modo tan bárbaro?

—Porque quiero enseñarla a obedecer.

—Ahora no había motivo.

—¡Ta, ta, ta!... ¿Y a usted quién le mete en esto, D. Andrés?... Soy su padre y hago lo que quiero.

—¡Vergüenza debía darle ensañarse así con una pobre chica!

—Pues si no le gusta, D. Andrés, tómelo en dos veces. En mi casa mando yo. Váyase a la suya si no quiere verlo.

—Ahora mismo—dijo; y echándole una mirada iracunda y despreciativa, salió furioso del molino.

No otra cosa se había propuesto el astuto aldeano. Quedaron las cosas a medida de su deseo. Andrés no fue más al molino por las tardes ni menos visitó la casa. Con esto parecían desatadas aquellas relaciones que juzgaba, no sin razón, como un obstáculo para el logro de sus fines.

Pero como es la contrariedad en los amores cebo apetitoso y señuelo el más eficaz, el amor de Rosa hacia Andrés vago hasta entonces, lleno de vacilaciones y dudas, tomó cuerpo de pronto y se transformó en verdadera pasión. El del joven subió también algunos palmos. Y como natural consecuencia de esto, aunque no se hablaron con la libertad de antes, no por eso dejaron de verse y hablarse con frecuencia, ora en la fuente, ora en los prados, ora en algún camino donde se tropezaban adrede.

Andrés espiaba con afán las salidas de Rosa, se emboscaba detrás de los árboles, y en cuanto la veía sola, ¡allá voy! corría a emparejarse con ella. Y estas entrevistas al aire libre, que el temor de ser observados hacía breves y melancólicas, eran, sin embargo, para ambos más gratas todavía que las tardes serenas del molino. Nunca se cruzaron entre ellos palabras tan cariñosas ni miradas tan suaves y tiernas como entonces. Rosa, que acogía siempre los requiebros del joven cortesano con risa y desconfianza, poco a poco se fue haciendo más grave y sosegada; se ponía encendida al verle; le miraba fijamente mientras él tenía los ojos en otra parte, y cuando llegaba el momento de separarse, en la inflexión temblorosa y enternecida de la voz se adivinaba la emoción que embargaba su alma.

XIII

Transcurrieron algunos días. El enojo de D. Jaime por el desaire recibido fue creciendo. En su interior no daba toda la culpa a Rosa; hacia partícipe a su hermano por haber tolerado el galanteo de Andrés una porción de meses con señales de no disgustarle. Después, pensaba que Tomás no había hecho lo bastante por complacerle, no había obrado con suficiente energía para rendir a Rosa a recibirle por esposo. Porque si bien era verdad que la castigaba, y a veces cruelmente, estos castigos quedaban desvirtuados por el efecto de consentirla pasar tardes enteras con su amante en el molino; y aunque últimamente habían cesado estas visitas, todavía no usaba con ella de la debida vigilancia, porque en todas partes y a todas horas se veían y se hablaban, de lo cual era testigo el pueblo. Él mismo los sorprendió más de una vez en las encrucijadas de los caminos o a la orilla del río, y se había vuelto por no tropezar con ellos.

De todo esto formaba el indiano un capítulo de agravios contra su hermano. Empezó a mirarle de mal ojo, y a bullir en su cabeza la idea de que aquél, so capa de protegerle, tenía la mira puesta en el señorito de Madrid, trabajaba astutamente por encenderle con la contrariedad y hacerle caer en una trampa de donde saliese comprometido y obligado por las leyes divinas y humanas a casarse con su hija.

Con esto dejó de ir al Molino, se mostró seco con Tomás cuando le hablaba; por último, un día le negó el saludo. Al mismo tiempo no se ocultó para decir en confianza por el pueblo lo que en el Molino ocurría: las entrevistas de Andrés con su sobrina, de las cuales sacaba partido para calificar a aquel de disoluto y a su hermano de necio; la presunción de la chica desde que un señorito la requebraba; la fingida oposición del padre, etc., todo adobado con la baba del odio y el despecho.

No pararon aquí las cosas. Resolvió vengarse de las supuestas ingratitudes y ofensas de su hermano. El mejor medio era reclamarle al punto los catorce mil reales que le debía y sacarle a subasta pública los bienes, en el caso seguro de que no pudiese devolverlos. Esta idea le produjo vivo deleite. Mas, después de meditar un poco sobre ella, comprendió que había de causar malísimo efecto en el pueblo, porque al cabo era su familia. Arrojarse él en persona a perseguirla judicialmente y arruinarla iba a parecer un acto de crueldad inusitado, y le haría desmerecer en el concepto de los vecinos.

Entonces imaginó una gran bellaquería. Fue cierta tarde a ver a D. Félix el escribano, y pretextando que necesitaba fondos con urgencia para remitir a América, le propuso el traspaso de la deuda, mediante un razonable descuento. Aceptó D. Félix el negocio, porque era bueno: Tomás poseía bastante ganado, y además una finquita adquirida tiempo atrás de la subasta de los mansos de la parroquia, que bien valía ella sola los catorce mil reales.

No se pasaron veinticuatro horas sin que el escribano le requiriese verbalmente al pago. Tomás quedó sorprendido y aterrado. Nunca había pensado que su hermano pudiera hacerle tal ruindad. Desde luego contestó que no disponía de ese dinero, y pidió prórroga. D. Félix, con reparos y palabras ambiguas, llegó a prometérsela, o tal creyó el desgraciado al menos. Mas, a los dos días, se vio citado de conciliación ante el juez municipal. Se le presentó el recibo, reconoció la firma y volvió a declarar que por el momento no le era posible pagar aquella deuda; que pagaría los réditos vencidos y firmaría nueva obligación, comprometiéndose a saldarla en el término de seis meses. Don Félix no admitió este arreglo, quedó disuelto el acto, y a instancia suya fue expedido por el juzgado de primera instancia de Lada despacho de ejecución contra el molinero, por valor de los catorce mil reales.

Y una mañana, cuando la familia se disponía a comer, entró por la puerta el escribano (D. Félix, no, que era parte; otro) acompañado de dos alguaciles, para ejecutar el embargo. Detrás de ellos, algunos curiosos que les habían visto cruzar por el pueblo, los cuales se mantuvieron un trecho separados de la casa esperando ver en lo que paraba aquello.

Tomás los recibió extrañamente inmutado, como si le viniesen a notificar su sentencia de muerte.

—¡No hay que apurarse, hombre, no hay que apurarse!—le dijo el escribano con semblante risueño.—Las cosas hay que tomarlas como vienen; cachaza y mucho pecho.

Después le preguntaron dónde tenía el ganado. Parte estaba en los prados y parte en el establo. Era necesario juntarlo todo. El infeliz se vio obligado a acompañarles hasta el prado, para traer al establo lo que le faltaba. Iba más muerto que vivo, pálido, silencioso; se le había concluido la vena jocosa de que tanto abusaba. A la vuelta no pudo resistir; se metió en la huerta de casa y se arrojó de bruces debajo de un árbol, mesándose los cabellos sin articular palabra.

Sacaron el ganado del establo y lo juntaron todo delante de casa. Ángela y Rosa, en el corredor, sollozaban fuertemente. Rafael daba vueltas en torno de los alguaciles, agitado y tembloroso, con la faz demudada y reventando por llorar. Cuando aquéllos sacaron las cuerdas que traían enrolladas y se dispusieron a amarrar las vacas, estalló en gemidos lastimeros.

—¡Agapito... Agapito... por Dios, no me las lleve!... ¡Agapito!... ¡señor escribano!... por Dios no me las lleve... por su madre... no me las lleve... ¡por Dios no me las lleve! Y deshecho en llanto, corría de uno a otro lado con las manos plegadas pidiéndoles misericordia.

Los alguaciles ataban en silencio, con la cabeza baja, sin atreverse a mirarle. El escribano, con la misma cara de risa, le dijo:

—Eh, tonto, no grites: ya te las volveremos.

Cuando terminaron y se prepararon a marchar, los alaridos del chico fueron terribles. Los curiosos allí congregados trataban de consolarle en vano. Según pasaban por delante de sus ojos las vacas, llamábalas a gritos por sus nombres.

—¡Parda!... ¡Garbosa!... ¡Salia!... ¡No me llevéis la Salia!... Agapito, por tu madre... ¡no me lleves la Salia!

Pero cuando vio marchar una hermosa novilla, que era su favorita, no pudo contenerse. Corrió a ella y se agarró con todas sus fuerzas a los cuernos.

Los alguaciles quisieron en vano separarle; cuanto más tiraban de él, con más rabioso esfuerzo asía de los cuernos y del cuello del animal, que a su vez se arremolinaba y sacudía la cabeza para zafarse de unos y otros. Algunos de los que presenciaban la escena reían; otros la contemplaban con lástima.

Al fin consiguieron arrancarle la presa. El chico volvió a gritar:

—¡Cereza! ¡Cereza!... Por Dios, me dejéis la Cereza... Señor escribano, déjeme la Cereza...

Pero viendo que se alejaban sin hacer caso, dejó de suplicar. Se puso a recoger piedras del suelo y a arrojárselas lleno de ira.

—¡Ladrones! ¡ladrones!... ladrones de vacas... ¡Déjame la Cereza, ladrón!... ¡Deja esa vaca, ladrón!

Y tanto menudeaba las pedradas y con tal furia, que un alguacil se vio obligado a volverse para castigarle. El muchacho se puso en salvo corriendo. A los dos minutos ya estaba allí otra vez apedreándoles y gritando:

—¡Deja esa vaca, ladrón!... ¡deja esa vaca, ladrón!

Y de esta suerte, huyendo cuando venían a cogerle y tornando en seguida a tirarles piedras, les fue dando por más de media legua una muy pesada escolta.

Los curiosos se habían diseminado. Reinaba completo silencio en el Molino. Ángela y Rosa permanecían en el corredor, cada cual en un rincón, con la cabeza entre las manos.

De pronto oyeron en la escalera los pasos de su padre, torpes y vacilantes, como los de un beodo. Rosa se estremeció. Quiso ocultarse en su cuarto; pero antes de que pudiese hacerlo, ya el bárbaro molinero había caído sobre ella, mudo y rabioso como un tigre. La arrojó al suelo y empezó a darle tremendos golpes con una gruesa vara de fresno. A los pocos segundos la desdichada sangraba por todas partes, pero no exhalaba una queja. En cambio, Ángela gemía pidiendo compasión, sin atreverse a intervenir para defenderla.

La vara se quebró al medio. Con los cachos aún estuvo aporreándola buen espacio. Cuando se cansó, asiola por los cabellos y la arrastró hasta el cuarto, donde la dejó exánime y ensangrentada. Después, volviéndose hacia Ángela, le dijo con voz temblorosa aún por la cólera:

—Ve a abajo y trae un pedazo de borona y un jarro de agua.

Ángela se apresuró a cumplir la orden. El padre fue otra vez al cuarto y colocó uno y otro en el suelo, exclamando:

—¡Ahí tienes lo que has de comer y beber mientras seas tan perra!... ¡Yo te bajaré los humos!...

Después cerró la puerta y se guardó la llave, y, encarándose con Ángela, le dijo con acento amenazador:

—¡Si tratas de darle una migaja más por la rendija, cuenta conmigo!

Bajó de nuevo la escalera. Ángela se fue a un rincón a llorar. El Molino volvió a quedar en silencio.

XIV

Por la noche supo Andrés en la taberna lo acaecido en el Molino. Celesto le refirió la escena con pelos y señales. Tan triste y abatido le dejó el relato, que para confortarse un poco bebió contra su costumbre, y le hizo daño. Entre el excusador y Celesto le llevaron a casa. Por la mañana al despertarse no recordaba nada de lo que había pasado en la taberna. Pero sí recordó con terrible claridad la situación en que sus imprudentes galanteos habían colocado a la pobre Rosa. Después de recapacitar un poco entre sábanas acerca del mejor partido que podía tomar para redimir a la chica de tanto cuidado y dolor, no vio más adecuada salida que partirse cuanto antes de Riofrío: lo mismo que venía pensando hacía ya bastante tiempo sin ponerlo por obra. Su partida restablecería la calma en aquella familia. Tomás y su hermano, no viendo cerca el obstáculo capital para el logro de sus propósitos, apelarían a medios más suaves. La misma Rosa, pasado algún tiempo (y esto era lo que más trabajo costaba imaginar a su amor propio) le iría echando en olvido y se acomodaría a la postre a ser la esposa rica y sumisa de su tío el indiano. Y sin poner los pies fuera del lecho quedó resuelto de modo irrevocable que al día siguiente muy tempranito montaría a caballo para tomar en Lada el tren de la mañana.

Lo primero que hizo después de levantarse fue buscar a su tío para comunicarle aquel designio. Hallolo en la huerta totalmente abstraído en la contemplación melancólica de un pie de berza en que las orugas se habían ensañado. Andrés no anduvo con rodeos. Se lo anunció de golpe y porrazo.

—Tío, mañana me voy.

El pie de berza se sintió abandonado súbitamente.

—¿Cómo... cómo... cómo?

—Que mañana me marcho.

—¡Pero así, tan de repente! ¿Qué mosca te ha picado, chico?

—Demasiado sabe usted, tío, cuál es la mosca que me pica—profirió Andrés con acento triste.—Por mi culpa están padeciendo algunos... No quiero ser más tiempo causa de disgustos...

El pie de berza volvió a ser instantáneamente objeto de la más profunda atención. Un buen rato se estuvo el cura devorándole con los ojos en silencio. Al cabo, sin dejar de examinarle con particular cuidado, articuló por lo bajo:

—Tienes razón, Andrés... En conciencia no puedo retenerte aquí...

Andrés guardó silencio y concentró también lúgubremente su atención sobre la maltrecha planta. El cura fue el primero en levantar la cabeza.

—¿Pero cómo diablo te has metido en esos enredijos?... Mucho me sorprende...

No encontrando explicación que pudiese dejar satisfecho a su tío, Andrés prefirió no dar ninguna. Ambos, pues, se mantuvieron callados. Al cabo, nuestro joven se fue otra vez tristemente hacia la casa y se puso a arreglar el baúl.

Mientras las manos trabajaban poniendo en orden los bártulos, el cerebro tampoco descansaba, saltando por encima de los sucesos del verano, o lo que es igual, por los varios y poéticos lances de su amoroso devaneo. Y observó con cierta sorpresa que su corazón estaba más ligado de lo que presumía a la hermosa y sencilla aldeana. ¡Cosa más rara! No podía pensar en que iba a dejar de verla para siempre sin sentir un frío particular hacia la región izquierda del pecho... ¡Pobre Rosa, tan sencilla, tan buena! ¡dejarla en poder de aquellos bárbaros! (Al meditar esto, volvía unos pantalones del revés y los doblaba con cuidado.) La verdad era que Dios había sido injusto con él: le daba la salud en pago de haber robado la paz y la dicha a una inocente niña. ¿No se cansaría a la postre de sus mercedes y le castigaría de algún modo, que le doliese mucho? (Envolvía unas botas en papeles y las metía en un rincón del cofre.) El que tenía la culpa de todo era aquel asqueroso indiano que se había interpuesto tan inoportunamente entre ellos... No, no; quien tenía la culpa de todo era él; no debía forjarse ilusiones. ¿Quién le había metido a decir amores a una chica con la que sabía de cierto que no había de casarse?... ¿Pero en qué había de pasar el tiempo de otra suerte? La conversación de su tío le cansaba; la de los paisanos más; Celesto le hacía recalar siempre a la taberna. Luego, ¡Rosa era tan linda! ¡tenía tantísima gracia! Era digna por todo de ser una señorita... (Colocaba cuidadosamente una camisa con el cuello hacia abajo para que no se arrugara.) ¿Qué pensaría de él luego que supiese su partida? Por todas partes que se mirase era acción innoble el irse sin decirle siquiera una palabra de consuelo; algo que justificase su conducta. Le causaba fuerte pesadumbre aparecer a los ojos de Rosa como un ser odioso, sin entrañas. Si pudiese tener una entrevista con ella antes de marchar, quizá lograse convencerla de que la separación era el mejor partido que podían tomar: acaso con algunas vivas protestas de cariño y ciertas vagas esperanzas de volverse a ver con el tiempo endulzaría la amarga píldora que le iba a propinar. Pero ¿cómo arreglarse para ello, estando encerrada por el cafre de su padre? (Aprensaba la ropa con ambas manos porque el baúl no quería cerrar.) En vano dio vueltas a la imaginación larguísimo rato para buscar un medio. No parecía.

Mucho tiempo después de haber arreglado el equipaje, todavía seguía la pista de alguna traza que le pusiera en comunicación con Rosa, aunque no fuese más que por breves instantes. Después de comer, saliose a dar un paseo solitario, a ver si el fresco de los campos despertaba en su cerebro alguna buena idea. Nada; no veía ningún punto luminoso. Allá, hacia la tarde, acordose de que comenzaba en la iglesia la novena de San Rafael, patrono del pueblo. Su tío le había anunciado que predicaría D. José, el excusador:—«el mejor orador del concejo, un pico de oro»—tales habían sido las palabras del párroco para encarecer las dotes de su coadjutor. Paso entre paso, deshizo lo andado y se encaminó hacia la iglesia, triste siempre y caviloso.

Había comenzado ya la novena. El pico de oro estaba en el púlpito diciéndola por un libro. El monaguillo le alumbraba con un trozo de cirio, porque la iglesia empezaba a quedarse oscura. Buen número de mujerucas repetían, arrodilladas sobre el pavimento de tierra apisonada, las palabras del exiguo eclesiástico, que salían arrastradas y gangosas de su boca, como es de rigor en casos tales. Un enjambre de chicos rodeaba el altar portátil de San Rafael, que parecía un ascua de oro; otros se mantenían derechos por los contornos del presbiterio, bajo la vigilancia del cura, que no cesaba de dar vueltas, administrando equitativas correcciones con su muleta al que no se estaba quieto. A la puerta de la sacristía tropezó nuestro joven con Celesto, de rodillas, con las manos plegadas, los ojos en blanco, en éxtasis completo; tan arrobado que no le vio. Conservaba todavía en la mejilla izquierda señales de una reyerta que había tenido en la taberna la tarde anterior.

Arrimose Andrés al arca de la vestimenta, debajo del Cristo ensangrentado, y sin atender poco ni mucho a lo que se celebraba, siguió dando rienda a su pensamiento. Según se iba aproximando la hora de partir, el recuerdo de Rosa le hacía más cosquillas en el alma. Fue a la puerta otra vez y echó una intensa mirada a la iglesia, a ver si por casualidad la veía entre las mujeres; pero fue en vano. Ni a Rosa ni a Ángela logró echar la vista encima. A quien vio únicamente entre la gente menuda fue a Rafael, el cual, sin saber por qué, le pareció más simpático que otras veces. La remota semejanza con Rosa quizá fuese parte a ello.

Después que D. José y todos los fieles a coro dijeron buena porción de oraciones, que a nuestro joven le parecieron una misma, o por lo abstraído que estaba, o porque en realidad no discrepasen mucho unas de otras, rompió el excusador a cantar alto y tendido un villancico a la Virgen sin acompañamiento de órgano, porque no lo había, ni de instrumento musical alguno. Así la voz del clérigo, engolada y espesa y muy celebrada en la comarca, se ostentaba más pura. Casi todas las mujerucas contestaron entonando un estribillo, que por cantarse en todas las festividades religiosas de la parroquia sabían de memoria hasta los más duros de oído. Volvió el excusador a cantar otra letra y tornaron las mujerucas a responderle con el mismo estribillo: y así por varias veces. Terminado el canto, bajó D. José del púlpito y se hincó de rodillas ante el altar de San Rafael para pedirle que le inspirase el sermón que tenía escrito y aprendido hacía más de quince días.

Reinó grave silencio en la iglesia. Nadie osaba turbar, ni aun los mismos chicos, la edificante oración del coadjutor. En aquel momento fue cuando a Andrés le acudió la idea de servirse de Rafael para hablar con Rosa por última vez. ¡Si el muchacho se aviniese a llevarle un recado!... Lo intentaría. Y con la esperanza de dar una tierna despedida a la joven aldeana y justificar su proceder, le bailó el corazón de alegría. Cuando el excusador subió al púlpito, terminada su plegaria, no pudo reprimir un gesto de impaciencia.

Mientras D. José, en lo alto de la sagrada cátedra, se sonaba con un pañuelo de yerbas y se limpiaba las narices repetidas veces de un modo mesurado e imponente, propio para ejercer saludable fascinación en el ánimo de aquellos sencillos campesinos, el cura de Riofrío, transformado en hostiario, ordenaba el concurso de suerte que todos pudiesen oír cómodamente al orador. Y para vigilar toda la iglesia y tener cuenta que ningún muchacho se excediese, abrió con la muleta un pasillo por el centro y comenzó a pasear por él gravemente desde la puerta hasta el altar mayor y viceversa, apercibido a moler los cascos al primero que se desmandase.

El excusador principió en tono muy bajito, muy bajito, para mayor solemnidad. Después fue gradualmente levantando el gallo hasta retumbar en la iglesia como un trueno. Parecía obra de milagro que tal estentórea voz saliese de aquel corpúsculo liliputiense. Aunque es verdad que el calor de sus convicciones teológicas debía ser parte muy principal a fortalecerlo. A Andrés, que se dispuso a escucharle por recurso, le pareció muy bien el exordio del sermón, elegante, atildado. Los párrafos que le siguieron desdecían muchísimo de él. Más adelante volvió a soltar otro período majestuoso y grandilocuente, que a nuestro joven le agradó sobremanera; pero luego se despeñó en un fárrago de vulgaridades y chocarrerías, de las que no menos quedó asombrado, «¡Vaya un hombre original!» dijo para sí. Otro período de superior calidad; otro en seguida necio y arrastrado. Finalmente, Andrés, por medio de cierta sentencia original que le pareció haber leído, se puso sobre la pista y vino a comprender lo que aquel revoltijo de cosas buenas y malas significaba. D. José estaba triturando un precioso sermón de Bordalue. El paño era superior, pero el zurcido detestable.

No le parecía así al párroco, que seguía paseando sosegadamente por el centro de la iglesia, puestos sus ojos terribles en todos los rincones, dispuesto a reprimir cualquier irreverencia. No pasaba una vez por delante del púlpito que no asintiese con la cabeza a lo que su coadjutor estaba pregonando. Alguna vez llegaba hasta decir en voz alta: «Muy bien, don José, muy bien.» Con esto el excusador se animaba hasta querer echar las entrañas por la boca a puros gritos. Pero cuando la aprobación del cura se convirtió en entusiasmo y se manifestó más ostensiblemente fue cuando D. José comenzó a trazar la pintura de un animal monstruoso y hediendo: el rostro peludo como el de un mico, el hocico apuntado como la hiena, los ojos hundidos y atravesados, los labios colgantes, las garras como los ogros... El cura no comprendió al pronto. En pie, delante del púlpito, seguía con gran curiosidad las palabras del excusador, haciendo inútiles esfuerzos por adivinar a quién se refería. Al cabo vino a averiguarlo, cuando el excusador puso a su monstruo un gorro frigio sobre la cabeza.

—¡Ah, sí, Garibaldi—exclamó lleno de alegría!...—Muy bien, muy bien... ¡Duro en él, D. José, duro en él; duro en ese pillo!...

Y emprendió de nuevo su paseo murmurando injurias contra el enemigo del Papa. D. José siguió también dándole duro, como le aconsejaban, por un buen rato. Después pasó a otro asunto y por fin terminó deseando la gloria eterna a todos los presentes.

Cuando la gente salió de la iglesia era ya anochecido. Andrés se emboscó por las cercanías, y cuando atisbó a Rafael abocole con las debidas precauciones para no ser notado. El chico se mostró acortado y como descontento de aquella conferencia. Hacía ya tiempo que no oía a su padre más que maldecir del señorito madrileño. Además, él había sido la causa de que le subastasen las vacas. Así que cuando Andrés le propuso llevar un recado a su hermana, dijo resueltamente que no se encargaba de nada y trató de apartarse.

—Espera un poco, Rafael... Yo me voy mañana para Madrid y no volveré más por esta tierra... Pero antes de marcharme quisiera decir adiós a tu hermana... ¿A tí que te perjudica eso ni a tu padre tampoco?... Yo lo hago, porque la pobre no crea que la desprecio... En cuanto me vaya quedaréis en paz. Tu tío se desenfadará y os dará dinero otra vez para comprar las vacas y se casará con tu hermana...

El chico guardó silencio. Andrés comprendió que dudaba de su partida.

—Si piensas que no me marcho puedes preguntárselo al criado de mi tío, que bajó hoy el caballo del monte...

Y como viese que vacilaba sacó del bolsillo una moneda de plata y se la puso en la mano.

—¿Qué quiere que le diga a Rosa?

—Que cuando oiga silbar esta noche en la calle, baje a la cocina y me abra la puerta.

—¿Pero no ve que duerme Ángela con ella?

—Ya lo sé... puede salir del cuarto cuando todos estén durmiendo, sin hacer ruido... Ángela tiene el sueño pesado...

—Bien; yo se lo diré... y luego ella que haga lo que le parezca.

—Eso es: muchas gracias, Rafael.

El chico se alejó sin contestar.

Andrés entró en la rectoral, dio la última mano a su equipaje, fue a la cuadra a ver cómo había bajado el caballo, y cuando llegó la hora se puso a cenar con su tío. Mientras duró la cena hablaron poco. Andrés estaba preocupado e impaciente; su tío mostrábase triste, y viendo que el sobrino lo estaba también, callaba, agradeciéndole esta tristeza, que creía originada por la marcha. Poco después ambos se retiraron a sus cuartos. El cura le dijo:

—Puedes dormir a pierna suelta, Andrés. Yo me encargo de llamarte a la hora.

En vez de hacer lo que su tío le encargaba, salió sigilosamente de casa cuando presumió que todos estaban dormidos, y enderezó los pasos hacia el Molino.

La noche estaba fresca, como todas las de otoño en aquel país; el cielo despejado y cubierto de estrellas; la luna aún no había salido. Al poner el pie fuera de casa, el sosiego del campo le refrescó como un baño y calmó su febril impaciencia. Bajó lentamente la calzada de la rectoral, atravesó el pueblo dormido y entró en la oscura cañada. Allí, a pesar de lo diáfano del ambiente, caminó casi en tinieblas. El ruido monótono del arroyo que corría a su lado y la oscuridad le infundieron melancolía. No pudo menos de pensar que era la última vez que atravesaba aquel camino, tantas veces trillado y con tal alegría durante algunos meses. Al ver entre el follaje marchito de los árboles blanquear la casa de Rosa, se sintió aún peor impresionado. Acercose cautelosamente a ella, se escondió detrás de un árbol, y metiendo los dedos en la boca lanzó un silbido agudo y prolongado. A silbar de este modo le había enseñado su amigo Celesto en las correrías nocturnas que hicieran allá en la primavera. Esperó buen rato, fija la vista en la puerta y el oído atento; pero nada vio ni oyó. Lanzó segundo silbido y tornó a esperar. El alma se le desmayó viendo que la casa guardaba su paz de sepulcro. Tornó a silbar con más fuerza. Entonces imaginó que oía un leve y vago rumor dentro del edificio. Todo fue ilusión; la puerta siguió cerrada. «Vaya, murmuró con ira, abrochándose el gabán, ese granuja no ha dado el recado;» y luego, con tristeza: «Adiós, Rosita, ya no volveré a verte.» Y muy a su pesar, después de aguardar todavía un rato, comenzó a alejarse lentamente de aquellos sitios, caviloso y con el corazón apretado.

Al dar otra vez sobre el pueblo, fue cuando salió de su meditación. En vez de continuar hasta la rectoral, se sentó sobre un madero que había delante de las primeras casas. Sacó el reloj y vio que no eran más de las diez; y no encontrándose aún con deseos de acostarse, determinó de gozar un rato de la hermosura y serenidad de la noche. El fresco era demasiado vivo para estar quieto mucho tiempo. Se puso a dar vueltas por los contornos del lugar.

No supo cómo fue; pero a las once menos cuarto estaba de nuevo delante de la casa de Rosa, con los dedos en la boca y lanzando un silbido que vibró agudo y penetrante en la estrecha cañada. Esperemos. No se oye nada. Nada. ¡Qué fastidio! Me parece... Sí; un rumor casi imperceptible. Algo mayor. ¡Oh dicha, abren la puerta!

—¿Eres tú, Rosa?

—Chiiiis, no hable alto, D. Andrés...

—¿Puedo entrar?—dijo de suerte que no lo oyó más que ella y el cuello de la camisa.

—Sí; muy despacito... ¡cuidado con hacer ruido!... Aguarde; déjeme cerrar la puerta... Va a tropezar con algo. Deme usted la mano; yo le llevaré hasta el escaño.

Quedaron efectivamente en completas tinieblas. Rosa hablaba en falsete, tan bajito que sus palabras salían de la boca como levísimo soplo. Cogió de la mano a Andrés y le guió suavemente hasta el escaño que había delante del hogar, donde tantas veces habían formado tertulia en las tardes de lluvia. Se sentó, y tirando de la mano al joven le obligó a sentarse también.

—Pensé que Rafael no te había dado mi recado. Hace una hora estuve silbando ahí delante—dijo él en falsete y sin soltar la mano de su amiga.

—Bien le oí, bien le oí; pero estaba Ángela despierta y no podía bajar... Por cierto que me hizo reír cuando me dijo: «¿Oyes, Rosa? Ahí está Juan el de la tía María silbando. Querrá que le abra... Pues ya puede aguardar sentado...—Sí, si, dije yo para mí, no está mal Juan de la tía María el que silba.» Me hacía la dormida sin chistar, a ver si ella se dormía también; pero nada; ese pecado parecía tener ortigas debajo hoy. No cesaba de dar vueltas y vueltas...

—Pues por un poco me marcho sin despedirme.

—¿Cómo sin despedirse?—preguntó ella vivamente, dejando el falsete.

—¿Pero no te dijo nada Rafael?

—No me dijo más que usted vendría esta noche a hablar conmigo, y que silbaría para que yo bajase... Nada más.

—Pues yo le dije bien claro que me iba mañana para Madrid y que...

Advirtió un estremecimiento en la mano que tenía cogida y se detuvo. Rosa no dijo una palabra. Él guardó silencio también, y se arrepintió de haberle dado la noticia así tan de repente. El temblor súbito de aquella mano halagó su amor propio y le enterneció. Después de largo rato de silencio dijo ella con voz apagada, como si le faltase el aliento:

—Siento haberle conocido, D. Andrés.

Este, pensando que era una recriminación, se apresuró a contestar:

—Yo no pensé que tu padre llevase las cosas a tal extremo... Me han dicho que por poco te mata ayer...

—No haga caso: me pegó algo más que otras veces.—Y después de una pausa añadió con amargura:—¡Ojalá me hubiese matado!

—¿Quisieras morir?—preguntó él conmovido.

—Sí—repuso ella firmemente.

—¡Pobre Rosa!—exclamó acariciando la mano de la aldeana.—Te he causado mucho daño... perdóname...

—¿Por qué?... Usted no ha tenido ninguna culpa, D. Andrés: he sido yo. ¿Quién me mandaba hacer caso de usted? ¿No sabía demasiado que usted no podía ser para mí? Yo soy una pobre aldeana y usted un señorito... Bien sabe que yo no le escuché al principio; pero usted siguió tan humildito y tan bueno que necesitaba ser de piedra para no quererle... cuanto más—añadió bajando la voz—que usted siempre me gustó mucho.

—No creas que me voy para siempre: el año que viene, Dios mediante, he de volver.

Una voz que sonó arriba los dejó helados de espanto. Era la voz de Ángela que llamaba a Rosa:

—¡Rosa, Rosa, Rosaaa!

Iba gradualmente alzando el tono. Después, como la casa era muy chica y había gran silencio, la oyeron decir por lo bajo:

—¡Madre mía, si no está en la cama!

Y después gritar con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Padre, padre! Levántese, padre; Rosa no esta aquí, Rosa no está aquí, padre...

Oyeron en seguida el golpe de los talones del aldeano al echarse fuera de la cama. Rosa, que apretaba convulsivamente la mano de Andrés conteniendo el aliento, al sentirlo se estremeció fuertemente y exclamó con angustiada voz:

—¡Madre del alma, que va a ser de mí!

Y ambos por un movimiento súbito se levantaron del escaño y dieron algunos pasos hacia la puerta. Al mismo tiempo escucharon arriba rumor de pasos y una voz áspera que dejaba escapar terribles interjecciones y amenazas. Cuando los pasos tomaron la dirección de la escalera, Rosa exclamó acongojada:

—¡Que me mata mi padre, D. Andrés; que me mata mi padre!

Y con rápido movimiento se echó fuera de casa, arrastrando consigo al joven.

No tuvieron tiempo más que para salvar corriendo la distancia que les separaba de un recodo que el camino hacía. Tomás apareció en seguida con el candil en la mano vomitando injurias.

—¡Ah perra, perra! ¿Te has escapado con tu señorito, eh? ¡Ya volverás y nos veremos las caras!

Y se entró otra vez en la cocina, sin hacer caso de Ángela que le instaba con muchas lágrimas y gemidos para que fuesen en busca de su hermana.

XV

Corrieron buen espacio desalados, creyendo que los seguían. El que primero se cansó fue Andrés.

—Es inútil correr—dijo poniendo una mano en el hombro de Rosa para detenerla.—Nadie nos sigue.

Volvió la aldeana hacia atrás el rostro, donde aún se pintaban el terror y la zozobra, escuchó con atención un rato, y cerciorándose de que su padre no la perseguía, respiró libremente y se fue serenando. Mas al tropezar sus ojos con los de Andrés, turbose de nuevo y se llevó rápidamente las manos al pecho para subir el pañolón que se había echado al bajar a la cocina. No traía más que la camisa y una enagua. Al verse en aquella figura delante del joven sintió gran vergüenza. Ambos quedaron confusos un instante, sin saber qué hacer ni decir. Ella fue la que primero rompió el silencio con voz temblorosa.

—Yo me vuelvo a casa, D. Andrés... aunque mi padre me mate.

—¡Eso sí que no!—contestó él reteniéndola por el brazo.—Ahora no puedes volver de ningún modo. Es necesario que antes se temple tu padre un poco... Si esta noche pudieras dormir en otra casa, mañana le echaríamos algunos amigos... y tal vez le calmaríamos...

—Pero ¿dónde voy a dormir?

—¿No tienes ningún pariente en el pueblo?

—A mi tío Jaime nada más.

—¡Bribón!—murmuró el joven con rabia.

Volvieron a quedar meditabundos. Rosa levantó la cabeza con alegría: tenía una idea.

—Mi tía Eugenia vive en Marín. Hace tiempo que no nos hablamos. Mi padre ha reñido con ella... pero ¿qué importa?

—¿Y dónde está Marín?

—A una legua de aquí, camino de Lada.

—Vamos a allá—repuso el joven resueltamente.

Y echaron a andar a buen paso por el angosto camino de la cañada.

La noche estaba más clara. El disco de la luna asomaba grande, rojo, inflamado, por encima de las montañas. El ambiente era diáfano. Corría una brisa fina y helada, encajonada entre las paredes de la garganta.

Los fugitivos marcharon un rato en silencio. Andrés, aturdido por la situación singularísima en que se había puesto, no estaba, sin embargo, disgustado. De vez en cuando miraba con el rabillo del ojo a su amiga, admirando la bravura de aquella chica, que en lance tan apurado marchaba serena, confiándose en él, y segura de sí misma.

No se oía más ruido que el que ellos hacían al pisar las hojas secas sembradas por el camino y el murmullo lánguido del riachuelo. A veces un soplo más fuerte de la brisa levantaba sordo rumor entre las ramas medio desnudas de los árboles. El arroyo estaba cubierto de una bruma blanca y espesa, por encima de la cual asomaban sus puntas los juncos y arbustos que crecían en las orillas. A la luz de la luna este manto de bruma resplandecía tan blanco como la nieve.

Andrés observó, en una de sus frecuentes ojeadas, que Rosa iba descalza, y detuvo el paso.

—No había reparado en que vas descalza, Rosa.

—Tampoco yo—repuso ella mirándose tranquilamente a los pies.—Cuando chica andaba mucho así: no se me hace novedad.

—No, no puedes seguir de ese modo: te vas a hacer daño. ¿Quieres ponerte mis zapatos?

La joven soltó una carcajada.

—¿Sabe que tendría gracia, D. Andrés, que usted fuese descalzo?

—No será más que hasta la rectoral. Cuando pasemos por allí entraré y sacare mis borceguíes de caza... Vaya, póntelos, que me das gusto en ello...

La aldeana se resistió mucho tiempo, en broma primero, en serió después: le parecía un absurdo. Andrés insistía con afán, acometido de impulso caballeroso y galante: mas no pudo vencer su obstinación. Entonces se detuvo y dijo resueltamente:

—No doy un paso más si no aceptas.

Ella le miró sorprendida; pero viendo que, en efecto, no se movía, tomó el partido de aceptar. El joven cortesano se despojó rápidamente de sus zapatos, la hizo sentarse sobre la paredilla del camino, arrodillose delante y la calzó delicadamente, gozoso de dar una prueba de estimación a aquella gentil criatura, que tantas le había dado de constante afecto. Ella la recibió sonriendo, ruborizada y enternecida. Como Andrés tenía el pie chico, los zapatos le ajustaron regularmente.

Se pusieron en marcha de nuevo. Rosa protestaba a cada paso de aquel cambio tan extravagante; se dolía, con frases que revelaban sincera pena, de que Andrés fuese de aquel modo indecoroso, exponiéndose a coger una enfermedad. Pero éste reía y marchaba dando brincos para convencerla de la fortaleza de sus pies, vestidos solamente de un fino calcetín. Al fin ella calló. En vez de proferir palabras, miraba a su amigo de vez en cuando con ternura y admiración. Andrés, que sentía sobre sí estas miradas, las evitaba. Llegaron al pueblo, y en vez de cruzar por él, lo rodearon; no fuese que algún vecino anduviera todavía por la calle. Subieron después el camino de la rectoral. Al llegar a ella, el joven se entró con cautela, sacó sus borceguíes y dejó otra vez la puerta entornada, sin echar la llave. Algo más lejos se sentó sobre una piedra y se calzó.

—Ahora ya te puedo decir, Rosita, que me iba haciendo un daño terrible.

—¡Si es más testarudo!—repuso ella con una mueca de enfado.

Emprendieron otra vez el camino con brío. Subieron otro poco más, traspusieron la colina que cerraba por aquella parte el vallecito de Riofrío, y bajaron la cuesta hasta que dieron sobre el río. El camino, que era el mismo por donde meses antes Andrés había venido de Lada, fue llano desde entonces. El joven cortesano preguntó a su compañera dónde estaba Marín.

—Allá, después de un trecho, dejaremos el camino y tomaremos la cuesta. Marín está detrás de aquel monte que ve a mano izquierda—dijo apuntando con el dedo.

El paisaje estaba bañado de luz. Los árboles resaltaban como en pleno día. Como aquel valle era más abierto, la brisa de la noche no había dejado reposar la bruma sobre el río: manteníala en las orillas formando dos blancas murallas gaseosas, por medio de las cuales el agua se deslizaba suavemente, despidiendo reflejos plateados. Por encima se extendían los pardos castañares, arraigados en las faldas de las colinas. Allá, a lo lejos, cerca de la luna, alzábanse las cimas dentadas de las montañas, envueltas en finísimo cendal blanquecino. El sosiego y la hermosura de tal espectáculo despertaron en el alma de Andrés emoción suave. El mágico atractivo de aquella noche poética le produjo una sacudida de gozo: cruzó por su ser un soplo blando y voluptuoso, que le embargó algunos instantes, y en su corazón palpitaron ansias inefables, indefinibles. Volvió los ojos a Rosa y la halló hermosa y serena como el paisaje que tenía delante. Y acometido de súbita ternura hacia ella, la tomó una mano y la estrechó delicadamente. La joven volvió también el rostro. Sus ojos se encontraron y sonrieron. Después, cogidos por los dedos, caminaron en silencio.

Poco a poco iban acortando el paso. Al cruzar por delante de un caserío, les salió al encuentro un perro ladrando. Bastó que Andrés se bajara a coger una piedra para que el can se alejase. Este suceso les sirvió de tema para charlar algunos momentos. Andrés habló de un perro de caza muy hermoso que le habían robado en Madrid. A Rosa le gustaban mucho los perros, pero no los quería en casa porque su padre, cuando eran viejos y no servían, los colgaba de una cuerda y los mataba a palos.

—¿Y por qué los mata de ese modo?—preguntaba Andrés.

—Para aprovechar el pellejo: todos hacen lo mismo—respondió ella.—¡Qué corazón tienen los hombres!

Algo más lejos oyeron pisadas de caballos, y se detuvieron. Venían hacia ellos. Apartáronse un poco del camino y se escondieron entre los arbustos de las márgenes del río. No tardó en aparecer una recua de mulos: el arriero montado sobre uno de ellos.

—Es el tío Pedro, el mantequero—dijo Rosa al oído de Andrés.—¡Fortuna que no nos haya visto!

Cuando la recua se alejó, salieron de su escondite y siguieron la marcha. Andrés quiso informarse de la familia que Rosa tenía en Marín. Ésta le contó mil pormenores referentes a ella. La tía Eugenia era hermana de su difunta madre: estaba casada, pero el marido andaba por Sevilla ganándose la vida: tenía una hija de la edad de Ángela, llamada Máxima, y un hijo ya mozo también, que era quien llevaba el peso de la labranza: estaban bien de intereses; pero eran muy avaros todos, particularmente su tía: decían que el marido se había marchado por no sufrir su miseria: por cosa de pocos reales en una cuenta de maíz, había reñido para siempre con su padre. Ni a nosotros siquiera nos saluda cuando nos ve en el mercado... Así que tengo miedo que no me admita en su casa—terminó diciendo tristemente. Andrés la tranquilizó acerca de este punto. Si eran tan avaros, con dinero se arreglaría.

Llegaron al paraje en que era forzoso dejar el camino llano y tomar el de la montaña. Dejáronlo, en efecto, y comenzaron a subir por un sendero trazado en zig-zag entre los castaños. Dentro del castañar la sombra era espesa. Como llegaban del camino alumbrado por la luna, apenas veían. La oscuridad les infundió respeto, y guardaron silencio.

Rosa comenzó a marchar más de prisa, dejando atrás a su amigo. Éste a su vez, impresionado dulcemente por el misterio profundo del bosque y la agitación silenciosa de los pájaros e insectos que pululaban por el suelo y el follaje, aflojó el paso.

Al levantar la cabeza se encontró solo.

—Rosa, Rosa, aguarda.

—Vamos, D. Andrés, camine un poco más.

La voz de la aldeana hizo correr de repente por su cuerpo un estremecimiento amoroso. Cuando se juntó a ella y le dio otra vez la mano, Rosa la sintió tan ardiente y temblorosa que separó bruscamente la suya. No intentó de nuevo tomarla, y procuró refrenar el tierno y vago deseo que comenzaba a embargarle. Desde este momento hubo menos confianza entre ellos.

Salieron al cabo de los castañares, y se dispusieron a doblar la colina que les separaba de Marín. Hacia la cumbre estaba desembarazada de árboles. El terreno era más árido. La luna les alumbró nuevamente.

Rosa tornó a ser comunicativa y se aproximó a su protector risueña y confiada. Pero un rumor que creyó advertir detrás la hizo ponerse seria de pronto y detener el paso.

—¿No oyó usted, D. Andrés? Parece que viene gente...

—No oí nada.

Ambos quedaron atentos, silenciosos, sin pestañear siquiera. Después de un rato, los dos percibieron, en efecto, confuso rumor de voces allá abajo, entre los castañares.

—Vienen a buscarnos—dijo la joven empalideciendo.

—Lo peor es—repuso Andrés, echando una mirada ansiosa a todas partes—que aquí no hay donde esconderse. ¡Está tan desnudo esto!

—A la mano de allá, en cuanto se baja un poco, hay un establo...

—Pues vamos a la carrera, a ver si logramos doblar el monte antes de que nos vean.

Corrieron briosamente hasta quedar embazados. Al fin consiguieron trasponer la colina, y deteniéndose un punto a tomar aliento, bajaron otra vez de corrida hacia el establo, que no distaba mucho de la cumbre.

La puerta estaba cerrada con llave. Los fugitivos se miraron acongojados, sin saber qué hacer. En mucho trecho a la redonda no había nada donde guarecerse. Oíase ya formidable rumor de voces hacia la cumbre que acababan de doblar. Rosa señaló con mano trémula al pajar. Andrés escaló la pared prontamente, apoyándose en las estacas que para subir había clavadas: tiró de la portilla enrejada de madera que lo cerraba, y la abrió sin dificultad. Desde adentro extendió las manos a Rosa, que ya subía, y haciendo un gran esfuerzo consiguió suspenderla y colocarla junto a sí.

El pajar estaba mediado de yerba. Subieron por ella ayudándose con pies y manos hasta ponerse en lo más alto, y se dejaron caer exánimes de fatiga sobre el rústico diván, que crujió y se hundió suavemente bajo su peso. Andrés apartó las yerbas que le cubrían la cara y miró por la ventana. Rosa hizo lo mismo. Esperaron.

Al través de las toscas rejas veíase la vasta pradera, en declive, que habían recorrido, iluminada por la luz nocturna. Abajo estaba limitada por algunos árboles, cuyas copas oscuras contrastaban con el césped bañado de resplandor. Allá, a lo lejos, blanqueaba la cima de una montaña en el vapor luminoso. Desde lo alto del cielo, la luna inmóvil dejaba caer sosegadamente sobre el paisaje la onda tibia de su luz.

Fuéronse acercando las voces. El corazón de los jóvenes palpitaba fuertemente. Grande fue su pasmo y alegría cuando vieron cruzar por delante de la ventana un tropel de hombres riendo y gritando. Rosa los reconoció en seguida: era una partida de mozos de Riofrío: entre ellos iba Celesto, gesticulando alegremente, con el descomunal sombrero de fieltro en el cogote.

Los amantes dejaron escapar un suspiro de placer y se miraron risueños.

—Ya no me acordaba—dijo Rosa—de que mañana es la fiesta de Santa Teresa en Marín. Estos mozos van a la hoguera. ¿No vio qué alborotado iba Celesto, don Andrés?

Y al recordar la grotesca figura del seminarista rió con toda su alma. Andrés, por contagio, también se dejó arrastrar hacia la risa. Cuando los ímpetus se iban calmando, Rosa tornaba a despertarlos contrahaciendo los ademanes ridículos del aprendiz de cura; y para mejor fingirlos quitó el sombrero a su amigo y se lo encasquetó en la parte posterior de la cabeza. Así estuvieron algunos momentos, entregados a una alegría infantil, completamente olvidados de la singular y comprometida situación en que se hallaban. Sosegadas al cabo aquellas avenidas, quedaron silenciosos y embarazados, no sabiendo qué decirse. Andrés fue el primero que habló.

—Si hay hoguera en Marín, no puedes bajar en esa traza, Rosa...

Ella no contestó. Ambos meditaron. El joven tornó a decir:

—¿Sabes lo mejor que podíamos hacer?... Pasar aquí la noche... Mañana temprano, yo bajaría al pueblo y avisaría a tu tía para que te subiesen ropa...

Tampoco respondió la aldeana. Sentada sobre la yerba, con la cabeza baja, los ojos extáticos y mordiendo una brizna de paja, parecía abstraída en grave meditación.

Andrés se aventuró al fin a preguntar tímidamente:

—¿Qué dices, Rosa?

La zagala alzó los hombros, y con los labios hizo una mueca expresiva que significaba indiferencia y dolor al mismo tiempo. Andrés la comprendió, y apoderándose de una de sus manos, dijo cariñosamente.

—No te pongas triste... Verás cómo mañana lo arreglo yo todo.

La joven siguió muda. Al cabo de un instante, Andrés observó que por sus mejillas resbalaban algunas lágrimas.

—¡No llores, Rosa, no llores!—profirió con acento conmovido; y rozando con los labios su oído, le preguntó:—¿Es verdad que me quieres?

—¿Pues si no le quisiera—repuso ella, apartándole dulcemente—estaría aquí a estas horas?

Al escuchar su voz, volvió a sentir el joven cortesano el mismo estremecimiento amoroso que le había acometido algunos minutos antes en el castañar. Una emoción deliciosa, una esperanza tentadora de placer sacudió su cuerpo de los pies a la cabeza, arrollando y confundiendo como ola poderosa todos los restantes sentimientos. No quedó más que un deseo. Y sin acertar a reprimirse, estrechó a la joven entre sus brazos brutalmente, aplicó los labios ardorosos a su mejilla y con voz trémula le dijo:

—Dame una prueba de que me quieres... dame una prueba.

Rosa hizo esfuerzos desesperados para desasirse. Al cabo lo consiguió arrojándole, con un empellón, de espaldas sobre la yerba, inerte, sin aliento. Después le miró fijamente, con expresión tan triste y dolorida que el joven se sintió conmovido. Alzose en cuanto pudo, y de nuevo se sentó a su lado con semblante risueño, aunque un poco avergonzado.

Dejó los medios de fuerza, que con una aldeana son inútiles; pero inquieto, febril, espoleado por un deseo omnipotente, comenzó a ensayar con ella todos los recursos de su experiencia amorosa, los mil artificios delicados que había aprendido en el comercio de las damas cortesanas. La tributó, uno tras otro, los homenajes y acatamientos que saben rendir los amantes finos, las caricias apasionadas, el testimonio de un amor respetuoso en la apariencia, en realidad libre y desvergonzado.

La pobre Rosa, que había rechazado con denuedo las acometidas bruscas y groseras, no tuvo fuerzas para resistir este género de ataque tan diferente, tan nuevo para ella. Su naturaleza rústica y perezosa fue despertando, y al cabo se rindió. Se rindió, aturdida por aquella huida de la casa paterna, conmovida por las súplicas y los halagos tiernos del joven cortesano, embriagada por el aroma fresco del heno y el vaho espeso y caliente que subía del establo por los agujeros abiertos sobre el pesebre. Los copos de yerba crujientes y delicados, que rodeaban el nido abierto por sus cuerpos, fueron los cortinajes de su lecho nupcial. La luna, inmóvil en el espacio, que se veía por la ventana, su lámpara veladora.

XVI

El sol había sucedido a la luna en el firmamento cuando los fugitivos despertaron. La luz entraba a torrentes por la ventana del pajar.

Andrés se incorporó el primero sobre su mullido lecho. Rosa, al abrir los ojos, se encontró con los del joven fijos en ella, y por un movimiento instintivo de vergüenza se tapó la cara con las manos. Él se las apartó suavemente, y le dio un tierno y prolongado beso de gratitud en los labios.

Ella se incorporó a su vez, y con semblante asustado dijo:

—Vámonos, vámonos... puede venir de un momento a otro José...

—¿Qué José?

—El hijo del tío Indalecio... el amo del establo.

—¿Y a qué ha de venir ahora?

—A ordeñar las vacas y echarlas fuera.

Andrés quedó un instante pensativo.

—¿Sabes, Rosa—dijo al fin sonriendo—que tengo hambre?... Con lo que me has dicho, me viene deseo de tomar leche... ¿Quieres que le ganemos por la mano a José?

La aldeana manifestó escrúpulos antes de cometer el hurto; pero Andrés prometió dejar algún dinero en pago, y quedó resuelto. Descolgáronse hasta el pesebre por uno de los agujeros que había sobre él. Las vacas, al ver aquellos intrusos bajar apoyando los pies cerca de sus cuernos, sacudieron con susto las cadenas que las sujetaban. El establo se hallaba bastante oscuro; sólo por las grietas de la puerta y por un ventanillo que la pared tenía penetraban algunos delgados hilos de luz, en los cuales bailaba el polvo.

Andrés no sabía ordeñar; Rosa sí, y desde luego se dispuso a hacerlo. Mas se ofreció una dificultad: no tenían vasija. Buscaron y rebuscaron por todos los rincones del establo, y al fin dieron, allá sobre la viga, con una muy tosca de madera. Rosa soltó una de las crías, que fue derechamente a meterse entre las patas de la madre, y comenzó a mamar con ansia, dándole frecuentes cabezadas para que la leche bajase. Los jóvenes contempláronla risueños. Al cabo de un rato, Rosa la arrancó a viva fuerza de allí, y volvió a sujetarla al pesebre: después se puso a ordeñar, dándose muy buena traza. Cuando hubo mediado el jarro de madera, se lo ofreció a Andrés, pero éste negose a aceptarlo galantemente si antes ella no bebía. La leche caliente y espumosa dejó en los labios de Rosa un cerco blanco a modo de bigote. Andrés se lo quitó, riendo, con un beso. En seguida bebió lo que restaba. Aquel desayuno campestre les infundió alegría: sin saber por qué, reían al mirarse. El joven cortesano sacó una moneda de plata y la echó en la vasija. A la aldeana le pareció un despilfarro escandaloso: la leche que habían tomado valía muy poco; quiso metérsela de nuevo en el bolsillo; pero Andrés persistió en dejarla, y la dejó. Después subieron nuevamente al pajar, y convinieron en que Rosa permaneciese inmóvil y bien oculta entre la yerba por si José venía, mientras el joven bajaba al pueblo y avisaba a la prima Máxima para que le subiese ropa.

Saltó desde la ventana al suelo sin apoyarse en nada, y se dispuso a descender a la aldea, que estaba a poco trecho de allí, asentada en la falda de la colina. La mañana era espléndida y fresca. El sol, que relucía vivo y hermoso en el azul del cielo, no bastaba a templar la brisa fina que llegaba de las montañas, donde algún día que otro comenzaba ya a cuajar la nieve. El valle de Marín era más estrecho que el de Riofrío, pero no menos risueño y ameno. Ofrecía, por la estación en que nos hallamos, un tono amarillo que los rayos del sol tornaban brillante y dorado. Los castañares y los bosques de hayas, con su follaje gualdo y verde, semejaban grandes telas de brocado extendidas sobre los collados y las montañas. Los blancos caseríos colgados aquí y allá, unos enfrente de otros, se enviaban un saludo matinal. En torno de la aldea había un círculo de árboles que apenas le daban sombra ya. Allá en el fondo brillaba como un cristal el río, entre el follaje marchito de las plantas acuáticas.

Andrés se sintió alegre y satisfecho, a pesar de los cuidados que le imponía la situación original en que se había colocado. Con la salud le había venido la fuerza para afrontar los reveses de la vida. El sosiego del campo, obrando como un calmante sobre su excitado organismo, había logrado darle confianza en sí mismo y aplomo. En aquel instante gozaba como nunca de la plenitud de la vida: su corazón latía firme y acompasado: la alegría que rebosaba del cielo y de la tierra penetraba en su ser como un bálsamo fortificante. Bajó a paso vivo por la húmeda pradera, después saltó a un camino que iba en dirección a la aldea. La tierra, cubierta de escarcha dura y seca, sonaba bajo sus pies. Llegó a la vista del pueblo y lo atravesó por el medio. Era más chico que Riofrío, y no llano como éste, sino pendiente: las casas pequeñas y desiguales, con toscos corredores de madera, de los cuales pendían largas ristras de mazorcas de maíz que amarilleaban al sol como preciosos tapices de tisú de oro. En aquel instante todo era animación y bullicio por las calles. No sólo los vecinos, sino mucha gente llegada la víspera, discurría por ellas alegremente, hablando en alta voz, riendo y llamándose a gritos. Debajo de los hórreos, descansando sobre tableros improvisados, había grandes zaques de vino bien repletos que no tardarían en deshincharse. Atados a las rejas de las ventanas estaban muchos rocines enjaezados de los romeros que acababan de llegar. Los chicos, aspados dentro de los trajes nuevos que estrenaban, formaban numeroso grupo que giraba anhelante y respetuoso en torno del cohetero. Por encima de las doradas mazorcas asomaban la cabeza, adornada ya con pañuelos de colores chillones, las jóvenes aldeanas. Algunos galanes, de calzón corto de pana y chaqueta verde o amarilla, platicaban con ellas desde abajo, con la montera terciada sobre una oreja para más presumir. Algún que otro borracho matutino excitaba la risa de la gente que andaba cerca con sus groseras ocurrencias.

Andrés pasó por el pueblo despertando curiosidad, no sorpresa, porque solían acudir a la fiesta, muy celebrada en los contornos, algunos señoritos de Lada. Rosa le había dicho que la casa de la tía Eugenia estaba hacia la salida. Cuando se vio cerca preguntó por Máxima a una joven que se peinaba a la puerta de casa, delante de un espejillo roto.

—Allí la tiene usted... ¿No ve aquella moza del pañuelo blanco que limpia la ropa a un chico?... Esa es.

El joven se dirigió a ella, y un poco avergonzado le contó cómo su prima Rosa había huido de casa, a consecuencia de una paliza que el padre la había dado, y que se hallaba escondida en el establo del tío Indalecio esperando que la subiesen alguna ropa, pues estaba medio desnuda. La prima mostrose complaciente y dispuesta a llevarle lo que le hiciese falta en seguida. Andrés le suplicó que guardase el secreto y lo prometió. Quedaron convenidos en que mientras ella subía al establo en busca de Rosa, él se quedaría en el pueblo para disimular. Y, en efecto, comenzó a pasear por la calle, al intento de que le viesen. Al cabo tropezó con dos paisanos de Riofrío, y entró debajo de un hórreo con ellos a beber una copa. Cuando le pareció que Rosa y Máxima tenían ya tiempo para estar de vuelta, despidiose y se dirigió a casa de la tía Eugenia. Recibiole ésta, que ya estaba en el secreto, con la satisfacción hipócrita y el servilismo que despliega la gente del campo ante los señores. Rosa se estaba arreglando en el cuarto de su prima. La vieja se dolió de los malos tratos que el padre la daba, y refirió al joven la historia de todos los disgustos que con su cuñado había tenido, achacándolos al carácter díscolo y egoísta de éste: habló con enternecimiento de su difunta hermana, que había sido muy desgraciada: no se dio por entendida de la escapatoria ni de la clase de interés que su sobrina podía inspirar al joven cortesano. Al fin, presentose Rosa. Llegaba vestida de nuevo con saya negra de estameña que dejaba ver medias blancas y finas, delantal bordado de flores, dengue de pana, corales a la garganta, y ceñida la cabeza con un pañuelo colorado de seda cuyos flecos le caían graciosamente sobre las sienes. Máxima había sacado, por vanidad, el fondo del baúl para vestirla. Presentose sonriente y roja como una amapola. Nunca le pareció tan linda a Andrés. El pañuelo bermejo, por debajo del cual asomaban los rizos de un cabello negro y brillante como el ébano, hacía resaltar su rostro trigueño, iluminado ahora por una sonrisa y encendido por el rubor. Clavó sus ojos en ella con expresión de gozo y de sincero afecto, como si hallase a una prenda del corazón a quien no hubiese visto en mucho tiempo, como si Rosa fuera ya un ser que le perteneciese. Esta mirada llegó hasta el fondo del alma de la aldeana. No supieron qué decirse. Por fin, Andrés pronunció algunas palabras incoherentes sobre lo bien que le sentaba el traje de su prima. La tía Eugenia y Máxima los contemplaban sonriendo maliciosamente.

A las once se celebraba la misa solemne de la parroquia, y como ya habían repicado la segunda vez, todos en la casa se dispusieron a salir para oírla. La tía Eugenia, Andrés, Rosa, Máxima y un sobrinito que tenían consigo se echaron fuera de casa, dejándola cerrada. La gente que circulaba por la calle comenzó a moverse también en dirección a la iglesia. Andrés marchaba delante, con Rosa y Máxima. La tía Eugenia los escoltaba dando la mano al pequeño. Por el camino, que era quebrado y ameno y muy sombreado de árboles, como casi todos los de la montaña, Rosa y Andrés no cesaron de hablarse con los ojos tiernamente, mientras los labios articulaban palabras insignificantes acerca de la fiesta, del tiempo o de la hoguera de la noche anterior. Cuando Máxima sorprendía entre ellos alguna mirada cariñosa, bajaba la vista, sonriendo con malicia: mostrábase complaciente con exceso; les tiraba de la lengua para que se dijesen amores en su presencia; daba leves empujones a Rosa para que se aproximase más al joven; les hacía preguntas un tantico impertinentes que los ruborizaba; adoptaba, en fin, una actitud protectora, que Andrés encontraba muy chistosa. En aquel momento, el joven cortesano lo encontraba todo bello. Sus labios iban constantemente plegados con una sonrisa feliz.

La iglesia era más gallarda que la de Riofrío, muy bien enjalbegadita. Estaba asentada sobre un descanso que hacía la falda de la montaña: detrás tenía por escolta un vasto y hermoso castañar en declive. Como era tanta la gente que acudía a oír la misa solemne, ésta se celebraba al aire libre en un altar erigido en la trasera de la iglesia. Los fieles la oían esparcidos debajo de los castaños. Debajo de los castaños había también una tribuna para los cantores formada con cuatro bancos. El altar estaba protegido por un dosel o toldo formado con colchas: a la izquierda habían colocado un púlpito para el predicador.

Andrés, Rosa, la tía Eugenia y Máxima se sentaron a la sombra de un castaño, aguardando la misa. Los contornos de la iglesia ofrecían grata perspectiva. Los romeros hormigueaban por todas partes con mucha algazara. Algunos clérigos, con sobrepelliz, se movían aceleradamente entre el concurso, arreglando los preparativos. El gaitero y tamborilero ocupaban su sitio de honor en la tribuna, y el cohetero, rodeado siempre de un enjambre de chicos, se mantenía en lugar apartado con un haz de cohetes en la una mano y una mecha encendida en la otra, grave, inmóvil, silencioso, bien persuadido de su alto y principalísimo destino.

Salió por fin el clérigo oficiante, seguido del diácono y subdiácano. La casulla y las capas pluviales brillaron al sol despidiendo vivos reflejos. La muchedumbre se acomodó para asistir al oficio divino con grave y prolongado rumor, que fue poco a poco apagándose. Soltaron la voz los clérigos y aficionados de la tribuna. Detrás de los clérigos que celebraban, a guisa de ayudante, vestido también con sobrepelliz, manejando un enorme incensario, vio Andrés a Celesto. Su nariz relucía a la luz del sol como una guindilla.

La misa era larga y pesada. Andrés no lo advirtió. Mientras el sacerdote oficiaba y la muchedumbre atendía prosternada, sus ojos apenas se apartaban de los de Rosa, que muy a menudo los volvía también hacia él, húmedos y extáticos. El sitio que ocupaban era muy agradable. Descubríase desde allí todo el hermoso valle de Marín. Corría un fresquecillo ligero y sano que agitaba los árboles. Las hojas marchitas se desprendían, giraban un momento y caían después como lluvia sobre el césped. Cuando el sacerdote elevó la Hostia, la gaita y el tambor tocaron con brío la marcha real, el hombre de los cohetes disparó profusión de ellos en un instante; la muchedumbre se inclinó aún más, hasta tocar casi con la frente en el suelo. Andrés sintió un enternecimiento singular, y antes de levantarse, buscó a tientas la mano de Rosa y la apretó suavemente.

Cerca de terminarse la misa, Celesto comenzó a hender trabajosamente la muchedumbre arrodillada, dando a besar un escapulario. Cuando tropezó con Andrés y le vio al lado de Rosa, no pudo reprimir un movimiento de sorpresa; pero al instante se recobró y les tendió el escapulario, que ellos besaron devotamente.

Cuando todo hubo concluido, Andrés, que conocía la avaricia de los paisanos en general y de los parientes de Rosa en particular, en vez de aceptar los ofrecimientos de la tía Eugenia, la invitó a comer en alguna taberna, juntamente con Máxima, Celesto y D. José el excusador, que había cantado en la misa. Por indicación del seminarista, muy versado en estos asuntos, bajaron al lagar de don Pedro, situado en el fondo del valle, a unos trescientos pasos del pueblo. Era un edificio rústico, que por un lado miraba a la pomarada y por otro a un vasto campo de regadío, en el cual, por ser el único sitio llano y despejado que había cerca, celebrábase la romería, con permiso de su propietario. Como había ya alguna gente dentro del lagar, Andrés preguntó a la tabernera si les podían servir la comida en la pomarada. Respondió que sí, y acto continuo se colaron de rondón en ella. Mientras la recorrían de un cabo a otro para hacer tiempo, Celesto, llamando aparte a Andrés, quiso sonsacarle y enterarse del motivo de estar allí Rosa. El joven replicó que, no pudiendo marcharse aquel día por estar descalzo el caballo de su tío, había venido a la fiesta de Marín, donde se había tropezado casualmente con Rosa. Mirole el seminarista como diciéndole: ¡a mí con esas! pero se calló respetuosamente.

Sentáronse para comer debajo de un manzano, cuyas ramas, pendientes hasta tocar con las puntas en el suelo, formaban una glorieta natural. Andrés se tendió al lado de Rosa como amante rendido, aprovechando todas las coyunturas para decirle al oído palabras azucaradas. La joven escuchábalas aturdida, embelesada, los ojos húmedos, las mejillas encendidas: gustaba con delicia aquella miel, percibiendo, no obstante, un dejo amargo en el fondo, por el vago presentimiento de las desgracias que la amenazaban.

La tabernera les sirvió una fuente enorme de jamón con tomate. Todos la atacaron ardorosamente. Andrés, después de hacer plato a Rosa, se sirvió también con mano larga.

—¿Se acuerda usted, amigo Celesto—dijo metiendo un buen pedazo en la boca,—de cuando usted me compadecía por no poder comerme un plato de jamón con tomate?

—Hombre, es verdad—repuso el seminarista levantando los ojos con admiración.—¡Parece mentira lo que usted ha cambiado, D. Andrés!

Todos le felicitaron. Comieron alegremente; corrió bastante el jarro del vino; Andrés bebía sidra embotellada: cambiáronse muchas pullas entre Celesto, Máxima, Andrés y el excusador. El follaje amarillento del pomar quebraba los rayos del sol. La brisa de la montaña los templaba. Respirábase un ambiente embalsamado por el aroma de la yerba y de las manzanas apiladas. La alegría se apoderó de todos. Rosa, que había sonreído melancólicamente hasta entonces, recobró su carácter bullicioso. Cuando terminaron, ella, Máxima y Andrés se pusieron a retozar entre los árboles, persiguiéndose con gritos. Sentábanse a descansar breves instantes formando grupo debajo de algún árbol y en seguida tornaban al juego con más ardor.

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