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El idilio de un enfermo

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—Me alegraré, D. Félix, me alegraré; mis perales de Marco han echado un carro de flor este año... No quisiera, por algo de bueno, que se me perdiera la cosecha... ¿Y usted, D. Félix, cómo tiene su pomarada?

El cura, mientras hablaba, se había despojado del bonete y empezaba a meterse el alba de lienzo ayudado por el maestro y el sacristán. D. Félix hizo una descripción detallada del estado de su finca: algunos pomares habían cargado mucho; otros, en cambio, no tenían una sola manzana.—Algo raro está pasando con la sidra—terminó diciendo mientras arreglaba un pliegue del alba, que el maestro y el sacristán habían dejado mal.—Antes los pomares producían un año y descansaban al otro. Ahora se contentan con dar un puñado de manzanas todos los años.

—Merear, Domine, portare manipulum fletus et doloris—murmuró el cura, poniéndose el manípulo en el brazo izquierdo.—Vamos, D. Félix, no ofenda usted a Dios con esas quejas. Un hombre, señores (volviéndose a los circunstantes), que ha recogido el año pasado treinta y siete pipas...

—¿Y eso qué tiene que ver? Yo he recogido treinta y siete pipas de sidra y tengo quince días de bueyes de pomarada; y D. Pedro de Marín no tiene más de nueve, y hace dos años metió en el lagar muy cerca de cincuenta pipas.

—Redde mihi, Domine stolam inmortalitatis quam perdidi, etc.—murmuró el cura poniéndose la estola.—Pero dígame a cómo le han pagado a usted las pipas y a cómo se las han pagado a don Pedro.

—¡Hum, hum!—gruñó el escribano, cogido en el garlito.

—¡Eh!... ¿qué tal? Que se lo diga a ustedes, señores, que se lo diga—exclamó el cura con aire triunfal; y sin querer aguardar la réplica que el escribano estaba meditando, se metió con un solo movimiento la casulla por la cabeza, tomó el bonete, hizo una profunda reverencia al Cristo ensangrentado, y salió de la sacristía dirigiéndose al altar mayor.

Gran rumor en la iglesia a la aparición del sacerdote: las mujeres se arrodillan, la mayor parte de los hombres también. En la sacristía se opera un movimiento de concentración hacia la puerta. Don Fermín, dentro del presbiterio, inclinado profundamente, comienza a recitar con voz hueca y oscura las preces de la misa; un niño que tiene al lado le contesta. El maestro, el escribano y Celesto abren un enorme misal de letras coloradas, lo colocan sobre el arca de la vestimenta, y con voz destemplada principian a cantar. Imposible que se diera algo más inarmónico y endiablado. Andrés, después de haberlos contemplado un rato con espanto, se refugió en la puerta y desde allí comenzó a explorar los rincones de la iglesia. Estaba enteramente ocupada por la gente de la aldea, todos labradores; las mujeres delante, vestidas la mayor parte de tela de estameña negra, pañuelos de color a la garganta y la cabeza cubierta con mantilla de franela; los hombres detrás, con chaqueta de bayeta verde o amarilla, calzón corto de pana, medias blancas de lana sujetas por ligas de color. Todos asistían con profunda devoción y recogimiento a la misa.

El joven cortesano, no muy fervoroso, paseó una y otra vez su mirada distraída por el concurso, ahora fijándose en una mujer que pellizcaba a su hijo para que se estuviese atento, después en un anciano que rezaba con los brazos en cruz, más tarde en unos niños que se entretenían en meter la cabeza por el enrejado del altar. Había algunos rostros bastante agradables entre las mujeres, frescos y sonrosados, los cuales, por más que aparentasen mucha atención y recogimiento, no dejaban de volverse a menudo, y con visible curiosidad, hacia el forastero pálido que se apoyaba en el quicio de la puerta de la sacristía. Había, particularmente, uno moreno, gracioso, de nariz levemente aguileña, boca chiquita y fresca, ojos no muy grandes tampoco, pero negros y vivos, frente estrecha y adornada con rizos de pelo negro, que consiguió llamarle la atención.—¡Vaya una chica salada!—pensó, devorándola al mismo tiempo con los ojos. A la joven aldeana también debió de extrañarle Andrés, porque le miró larga y fijamente un buen espacio, sin importarle nada de la insistente curiosidad de éste. Después que le hubo examinado a su sabor, hizo una levísima mueca con los labios y entornó de nuevo los ojos al altar. El forastero, con la percepción clara y fina del hombre culto, adivinó por esta mueca que no había gustado. El rostro trigueño no volvió a inclinarse hacia su lado en todo el tiempo que duró la misa. En cambio, Andrés, por una especie de atracción magnética, apenas pudo quitarle ojo. Al mudar el misal para leer el Evangelio, la joven se levantó, tomó un hacha de cera que tenía delante, colocada sobre unos palitroques, y fue a encenderla en uno de los dos cirios que ardían al pie de la verja del altar. Entonces nuestro héroe pudo contemplar una figura más alta que baja, esbelta y airosa, un pecho subido y pronunciado que, digámoslo en menoscabo de su pureza, no fue lo que menos impresión le causó desde el principio.

Al llegar al Ofertorio, el cura se dispuso a predicar a sus feligreses. Algunos de éstos, los más próximos a la puerta, se salieron; las mujeres se sentaron; en la sacristía, el escribano también se sentó en un banco, sacó el bote de plata con tabaco y se puso a liar un cigarro: no tardaron en acompañarle algunos otros. Andrés, el maestro y D. Jaime permanecieron en la puerta.

—«Tengo que deciros una cosa—comenzó el cura en el tono más cavernoso que pudo adoptar.—Tengo que deciros que sois unos verdaderos fariseos, porque aparentáis cumplir con los preceptos de Nuestro Señor Jesucristo y de Nuestra Santa Madre la Iglesia, y hacéis, me entiende usted, befa de ellos en secreto. Venís a misa, rezáis el rosario, asistís a las procesiones; pero es porque no os cuesta ningún trabajo. En cambio, si a mano viene, no os importa trabajar en día festivo, faltando a uno de los primeros mandamientos de la ley de Dios, que dice «santificar las fiestas...» Lo que hacen mis feligreses en tiempo de yerba, como ahora, es un verdadero escándalo, y está dando que decir, me entiende usted, a todas las personas piadosas del concejo. Con la mayor frescura levantan la yerba los domingos, la cargan y marchan con su carro chillando por el medio del pueblo, como si Dios no los mirase, como si no clavasen con su pecado una espina más en la cabeza de nuestro Redentor. Esto no está bien, no está bien, y espero que os corrijáis, si no queréis ser los sepulcros blanqueados de que nos habla el Evangelio, llenos de podredumbre, me entiende usted, y de inmundicia por dentro, y limpios por fuera... eso es...

»Pero alguno me dirá: ¿De modo que, bajo ningún pretexto, se puede trabajar los domingos?... Yo le contestaré: Distingo... Si Juan, Pedro o Diego, pongo por caso, tienen la yerba tendida en la heredad y temen que se les pierda de no meterla cuanto antes en la tinada, bien porque el día amenaza nublado y amanece a llover, o bien, me entiende usted, porque ya esté seca de algunos días o por cualquier otra causa; si aprovechan la mañana del domingo para meterla, y efectivamente la meten, procurando no dar escándalo... no pecan... Pero si Juan, Pedro o Diego se ponen a revolver la yerba o a meterla un domingo por estar más desocupados el lunes, o porque, me entiende usted, quieren concluir cuanto más antes esta labor para comenzar otra, o por decir que la tienen en la tinada antes que los demás vecinos, o por cualquier otra causa que no sea legítima... entonces pecan mortalmente.

»Por consiguiente, ya lo sabéis... No se puede trabajar los días festivos sin causa; que lo oigan bien esos que están a la puerta... ¡sin causa legítima!... Los que trabajen pecan mortalmente y están condenados, si no se limpian en el sagrado tribunal de la Penitencia, a las penas eternas del infierno.

»Por consiguiente, ya lo sabéis... El tercer mandamiento de la ley de Dios es «santificar las fiestas.» Todos estamos obligados, me entiende usted, a guardar los días de precepto, no sólo para bien de nuestra alma, sino por el ejemplo que con nuestra buena conducta damos a los otros. Los que falten a este sagrado precepto sin necesidad, cometen un grave pecado. Dios ha descansado el séptimo día cuando hizo el Universo, y quiere que nosotros descansemos también...

»Por consiguiente, ya lo sabéis...»

Todavía siguió el cura buen rato arrastrando con esfuerzo el carro de la palabra, repitiendo los mismos conceptos, a veces con las mismas palabras, buscando en los nudillos de los dedos, que frotaba suavemente, nuevas ideas y argumentos. La voz era profunda, particularmente al terminar los períodos: al principiarlos, más gangosa que profunda.

Los rostros de los feligreses expresaban aburrimiento resignado. Las mujeres, sentadas en el suelo, miraban cara a cara al cura con ojos distraídos. Los hombres de la puerta bostezaban, abriendo la boca hasta descoyuntarse las mandíbulas. Andrés, el maestro y D. Jaime, fatigados de escuchar, se replegaron también hacia el banco donde estaba el escribano. Se empeñó una conversación animada acerca de lo que podía recaudarse entre los vecinos para la fiesta parroquial, que no estaba muy lejos. El escribano, D. Jaime y otro de los que allí se hallaban sostenían la causa de los vecinos y se oponían a que se les gravase, alegando que la fábrica aún tenía algunos fondos: el maestro y Celesto defendían la del cura.

Al fin terminó éste su plática, y prosiguió la misa. Todos volvieron a sus primitivos puestos. Los cantantes apenas tuvieron ya que decir en adelante más que amén y et cum spiritu tuo, respondiendo al cura. Cuando éste, después de cantar solemnemente el ite misa est, echó la bendición al pueblo, los circunstantes se volvieron unos a otros, diciendo un «buenos días» amical y apresurándose a recoger los sombreros. Algunos se marcharon; otros, entre ellos Andrés, esperaron al cura, que entró en la sacristía mascullando latines, los ojos bajos y las manos juntas. Después que se despojó de la casulla, saludó con expansión a sus amigos.

Cuando nuestro joven salió de la iglesia, las campanas repicaban alegremente. El sol bañaba ya enteramente el valle. Mozos y mozas formaban pintorescos grupos dentro y fuera del pórtico, que empezaban a moverse en dirección al pueblo. En uno de ellos atisbó a la morenita que le había llamado la atención.

—Oiga usted, Celesto, ¿quién es aquella chica morena que está a la izquierda del hombre de la boina?

—¿Cuál, la del pañuelo azul?

—No, la del pañuelo negro y corales en la garganta... la que ahora se despide, mire usted.

—¡Ah, sí!... la hija de Tomás el molinero... No piense usted en ella, D. Andrés... (bajando la voz y en tono confidencial). Yo le daré a conocer otras mucho más amables en cuanto usted se mejore un poco... Ésa es una yegua.

VIII

Al mes de hallarse en las Brañas, Andrés había mejorado notablemente. Sin otras medicinas que el andar constantemente al aire libre, montar a veces el caballejo de su tío, salir otras con Celesto a cazar (en realidad a espantar pájaros), jugar a los bolos, acostarse y levantarse temprano, acudió el apetito y desapareció la extremada debilidad que le inquietaba. El color siempre pálido, pero se iba tostando un poco. Bajaba a menudo al pueblo, compuesto de unas cuantas docenas de casas, blancas unas, pardas otras, todas pequeñas y de un solo piso, diseminadas sin orden por el espacio de tierra llana que el río dejaba en su margen derecha. Las grandes huertas, que algunas de ellas tenían detrás o a los lados, ensanchaban bastante el perímetro de la aldea. En el centro, o hacia el centro, estaba lo que pudiera llamarse plaza, o sea un pedazo de tierra cercado a trozos por casas, a trozos por árboles, surcado por la acequia de un molino, que se salvaba por medio de un pontón de madera. Tal pedazo de tierra sin cultivar servía de desahogo al pueblo. En el medio había una columna de madera, carcomida por la intemperie, a cuyo extremo se hallaba sujeta una campana que se hacía sonar con cadena. Servía para convocar a los vecinos en caso de necesidad, y también la utilizaba el cura para rezar el Angelus cuando las horas del mediodía o el oscurecer le sorprendían entre sus feligreses. Los que anduviesen cerca se agrupaban en torno, la cabeza descubierta, los ojos bajos: el cura, de pie en la escalerilla que servía de pedestal, dominándolos a todos, rezaba en alta voz, dando con lentitud tres campanadas antes de cada Ave María. En una cierta mañana en que Andrés bajó al pueblo, halló gran número de hombres reunidos al pie de la columna. Se introdujo en el grupo para saber de lo que se trataba. Un vecino sostenía con calor (con el calor relativo que emplean los paisanos hasta en los negocios más importantes de la vida) que el toro del concejo no servía, que era demasiado corpulento y que había causado graves daños a sus vacas y a las de otros. Los perjudicados apoyaron los argumentos del preopinante, y después de breve discusión, en que sólo sostuvo la causa del toro el vecino encargado de mantenerlo (por haberse encariñado con él, según se aseguraba por lo bajo), decretose, de acuerdo general, que fuese vendido en el primer mercado, y se comprase otro de menor tamaño.

Solía por las tardes ir a dormir la siesta a la Mata, debajo de una gran acacia, y se placía extremadamente en escuchar horas enteras los gorjeos de los pájaros, los rumores de los árboles, el canto de los insectos. Tendido boca arriba en el césped, contemplaba sin pestañear el firmamento, sumergiendo la mirada en sus profundos senos azules, pensando algunas veces descubrir detrás de ellos algún inefable misterio. Aquella posición le mareaba al cabo. Entonces solía ver el cielo como inmenso mar de cuyas aguas salían formando bosques de algas las copas de los árboles: los pájaros eran las naves que lo surcaban. Cuando el viento azotaba las hojas y removía la tenue gasa azul que las envolvía, corría gozo extraño por todo su cuerpo, acometíanle locos deseos de volar por aquellas diáfanas regiones, imaginábase en medio de ellas solo, perdido, árbitro de surcar la inmensidad en todas direcciones, sentíase envuelto y acariciado por las olas sutiles del éter; la vista entonces se le ofuscaba; el vértigo se apoderaba de su cabeza. Quedaba algunos instantes con los ojos abiertos sin ver, con el pensamiento despierto sin pensar. Era, no obstante, un mareo tan delicioso, un bienestar tan grande, que hubiera querido que durase eternamente.

En la aldea comenzaban a tratarle con familiaridad: le llamaban D. Andrés el sobrino del señor cura, y le instaban para que entrase en las casas, y le agasajaban mucho cuando le tenían dentro. Se había corrido la voz de que era rico y que «escribía en los papeles.» No había necesidad de más para que el pueblo entero le respetase y se interesase por su salud. Ningún vecino había que, al tropezarle por los caminos, no le preguntase si tenía más ganas de comer. El apetito de Andrés fue por una temporada la cuestión palpitante en Riofrío.

Cuando se hubo repuesto un poco, Celesto se atrevió a proponerle una salida nocturna a caza de aventuras galantes por los caseríos comarcanos: el cura no se enteraría de nada: tampoco D.ª Rita: después que todos se hubiesen retirado, él colocaría una escalera de mano debajo de la ventana, y por ella bajaría y subiría sin que alma alguna lo advirtiese. Pero no aceptó la proposición. Se encontraba en uno de esos períodos de la vida en que las mujeres interesan poco, en que lo femenino no basta a llenar el alma embargada por otra clase de sentimientos. De un lado, la admiración y las sorpresas que diariamente le proporcionaba aquella rica naturaleza; de otro, la necesidad imprescindible de restaurar su organismo, de renovarse, de asegurar su vida expirante.

Sin embargo, en este sosiego físico y espiritual que disfrutaba todavía su temperamento, excesivamente impresionable, se alarmaba alguna vez. Eran leves y periódicas sacudidas que, por fortuna, duraban poco. Los domingos, cuando iba a misa, solía contemplar a aquella muchacha morena del primer día arrodillada en el mismo sitio y ejecutando a la lectura del Evangelio la misma operación de levantarse y encender su hacha. Desde la puerta de la sacristía se la veía admirablemente. Y como no hubiese por allí cerca otro objeto más interesante en que fijarse (salvo la misa), la verdad es que Andrés se fijaba en ella más de la cuenta. Esto se iba murmurando, por lo menos, en un grupo de mujeres cierto domingo al salir de la iglesia. Mas no se crea que a nuestro joven se le daba un ardite de la morenita. La prueba de ello es que en toda la semana volvía a acordarse de su figura ni del santo de su nombre. Creía estar a demasiada altura en achaques de amor para ir a enamorarse en un dos por tres de una muchacha morena que enciende un hacha de cera en misa. Pero lo que es mirarla, no hay más remedio que confesarlo, la miraba con profunda y escrupulosa atención. Y ¡quién sabe! si no hubiera sido por aquella malhadada mueca de desagrado que hizo la chica el primer día, no hubiera sido imposible que nuestro héroe procurase ponerse al habla con ella. Pero era tan susceptible como impresionable; tenía aquella mueca siempre delante de los ojos como barrera insuperable. Por otra parte, después que salía de la iglesia, ya no hallaba ocasión de verla en toda la semana. Según le habían dicho, no habitaba en el mismo pueblo, sino algo más lejos; cosa de un tiro de bala hacia la montaña. No había, pues, modo de verla sino haciéndole una visita. Andrés no pensaba en ello.

Cierto suceso, puramente casual, vino, sin embargo, a modificar un tanto sus planes y sentimientos en este punto. Celebrábase en los términos del concejo, pero a distancia respetable, la romería de Nuestra Señora de la Peña, en el corazón mismo de la sierra. Aunque para llegar al santuario la ascensión fuese penosa, era siempre de las más concurridas. En las aldeas acaece a menudo que no son las más próximas y asequibles las romerías animadas; quizá por el deseo que nos arrastra a todos a vencer dificultades, aunque sea para divertirnos. Celesto vino a proponerle el sábado por la tarde la excursión a ella; se la pintó con tan hermosos colores que, aun a riesgo de fatigarse, consintió en ir, con tal que la vuelta no fuese de noche.

—Vendremos antes de ponerse el sol, D. Andrés... y le aseguro que vendremos bien acompañados.

Esto dijo el seminarista guiñando un ojo. Y, en efecto, al día siguiente de madrugada, cuando aún no se veía del todo claro, llamó a grandes golpes a la puerta de la rectoral. Despertaron a Andrés de su profundo sueño, y después de mucho sacudirle, consiguieron ponerle en pie y que se aderezase.

El viaje, aunque largo y difícil, no dejó de ser alegre. El tiempo estaba sereno; el sol todavía no molestaba gran cosa. Celesto iba armado de gaita. Andrés llevaba las provisiones. Cuando pasaban por delante de algún caserío, se detenían a instancia del seminarista; descolgaba éste la gaita de los hombros y comenzaba a soplar con furia. El toque de alborada, risueño y bullicioso, estremecía de júbilo la silenciosa aldea; las gallinas batían las alas despertándose, ladraban los perros, los puercos gruñían en su pocilga, las vacas sacudían la cadena que las sujetaba en el establo, dentro de las casas oíase rumor de pasos y conversaciones. No tardaba en abrirse algún ventanillo y aparecer por él un rostro fresco y sonrosado que al ver a Celesto sonreía mostrando unos dientes admirables.

—¿Eres tú, capellán?

—Soy yo, Josefina.

—¿Qué vientos te traen por aquí?... ¡Ah! sí, la romería de la Peña; ya no me acordaba.

—¿Te vienes con nosotros?

—No; iré hacia la tarde.

—Vente ahora, y te llevaremos en brazos.

—Soy muy pesada.

—¡Aunque fueses de plomo!

—¿De veras? Ya sé que no te falta voluntad; pero esta última vez has venido muy flojo del seminario.

—Ven a probarlo.

—No tengo gana.

—¿Lo ve usted, D. Andrés? Me tiene miedo. Adiós, Josefina, hasta la tarde. ¡Cuidado que faltes!

—¡Ya! Porque sin mí no hay romería.

—¡Mucho que sí! Adiós, resalada.

Tornaba Celesto a inflar los carrillos, y tornaba la gaita a exhalar sus notas penetrantes alegrando la campiña. Cuando salía de la aldea, se echaba otra vez el instrumento a la espalda.

De caserío en caserío fueron subiendo hasta el paraje donde se celebraba la romería. Era una pradera en declive, cerca ya de la cima de una de las más altas montañas. Formaba pequeña hondonada verde entre dos escuetos picachos blancos: la capilla de la Virgen en el centro completamente aislada. No había por allí ningún otro edificio. Desde las primeras horas de la mañana acudió la gente de los contornos y mucha también de sitios lejanos. Al mediodía estaba la romería en todo su esplendor. La muchedumbre se derramaba por los alrededores de la capilla en pintoresca y agradable confusión. Los vivos colores de los pañuelos y delantales resaltaban prodigiosamente sobre el terciopelo negro de los dengues y faldas de estameña, lo mismo que las chaquetas verdes y amarillas de los hombres lucían sobre los calzones negros de pana. El constante movimiento de aquella multitud abigarrada producía una especie de titilación que deslumbraba. Todo era ruido y algazara. Aquí en un grupo bailaban al son de la gaita y el tambor unas cuantas parejas: allá en otro hacían lo mismo otras al toque destemplado de una zanfonia. Las mesas de confites, más duros que el pedernal, y las cestas de fruta estaban rodeadas de mujeres y niños: los puestos de vino y sidra, atestados de hombres.

Andrés había tropezado a primera hora con Rosa; pero ésta pasó tan seria a su lado, que no le entraron deseos de requebrarla. Celesto le llevó de un lado a otro, haciéndole beber contra su voluntad algunos sorbos de sidra en los corros de los hombres (los que el seminarista se propinaba eran tragos horrendos) y tomar avellanas de mano de las mozas que le iba presentando. Las tales mozas, amigas de Celesto, eran excesivamente amables, enseñaban mucho los dientes al reír y bromeaban con harta desenvoltura. De uno en otro grupo iban rodando, parándose a saludar a éste y al otro paisano, casi todos ebrios ya, que les entretenían larguísimo rato con charla impertinente y grosera. Andrés se aburría soberanamente. Por el contrario, Celesto parecía cada vez más alegre, y seguía con marcado interés todas las conversaciones, por necias y disparatadas que fuesen.

A la tarde dieron con su cuerpo cerca de un grupo de muchachas que bailaban la giraldilla un poco apartadas del grueso de la gente. Detuviéronse a contemplarlas. Rosa estaba entre ellas, moviéndose con más ligereza y garbo que ninguna, luciendo su talle flexible, que aprisionaba un pañuelo de Manila, regalo de su señor tío el americano D. Jaime, y adornada la cabeza con otro colorado de seda, por debajo del cual asomaban los rizos de su negro cabello. Un collar de gruesos corales le ceñía la garganta, y pendientes largos de perlas colgaban de sus orejas. Tenía la hija del molinero de Riofrío figura arrogante y esbelta, y en sus movimientos había gracia inexplicable. Su rostro trigueño y sonrosado ofrecía ordinariamente expresión dura y hasta desdeñosa; pero era tan vivo, tan fresco, tan salado, que causaba en los hombres impresión placentera y picante al mismo tiempo.

En pie, a cierta distancia del corro, Andrés la contempló sin pestañear buen rato, siguiendo con atención sus movimientos. Celesto se había colado dentro de la giraldilla, y estaba causando entre las mozas mucha risa y algazara con sus dicharachos y muecas: las abrazaba, les pasaba la mano por el rostro cuando bien le venía, les pegaba fuertes empujones, sin que ninguna se diese por ofendida.

—Vamos, D. Andrés, véngase a menear un poco las piernas, que estas chicas lo desean.

Las mozas, avergonzadas, protestaron. Andrés sonrió, sin atreverse a aceptar. Al fin, atraído por el deseo irresistible de aproximarse a Rosa y por la necesidad de sacudir el aburrimiento, se introdujo también en el corro.

La primera a quien sacó a bailar fue a Rosa. Creía con esto rendirle un homenaje; trataba de captarse su simpatía. Mas, contra lo que esperaba, la joven aldeana, al verle frente a ella en actitud de invitarla al baile, le volvió rápidamente la espalda y se puso a bailar con la compañera que tenía al lado. Andrés quedó un instante suspenso y corrido. Luego, fingiendo indiferencia, sacó a otra muchacha y siguió bailando. Pero el desaire, siquiera fuese el de una zafia aldeana, le roía el alma. Por más que aparentase alegría, y brincase y cantase como un estudiante crapuloso, lo cierto es que tenia los nervios excitados y prestos a dispararse. Después de bromear largo rato, sin dignarse mirar a su linda enemiga, pero con el pensamiento fijo en ella, atraído por el desaire pasado como por un imán, y buscando el desquite como el jugador que ha perdido, se puso de improviso otra vez frente a ella y la invitó de nuevo. El mismo resultado. Rosa dio la vuelta y se puso a bailar con otra amiga. Entonces los nervios de Andrés no pudieron sufrir más. Soltose bruscamente de la rueda, y murmurando algunas palabras coléricas, se alejó del corro. Celesto le siguió inmediatamente, muy apurado.

—¿No se lo decía yo a usted, D. Andrés?—le dijo cuando le hubo alcanzado.—¿Por qué no ha querido usted hacer caso de mí? ¡Al fin le ha dado la coz!

En tanto, las mozas rodeaban a Rosa y le afeaban su conducta. A cuantas advertencias le hacían contestaba con acento irritado y un gesto altivo de reina salvaje:

—Yo soy una aldeana. No quiero bailar con los señores.

Tal resultado obtuvo el primer paso de Andrés para acercarse a su morenita de la iglesia. Cuando al meterse en la cama aquella noche recordaba el lance, se le encendía la sangre y disparaba injurias mentales contra la rústica chicuela. Por la mañana, al vestirse, todavía las seguía disparando, porque todavía seguía recordando el desaire. Al mediodía lo mismo. Allá en el pensamiento, y aun entre dientes, la apellidaba tonta, soez, presumida y hasta fea. Pero, contra su voluntad y sus esfuerzos para distraerse, no podía apartarla de la imaginación.

Después del mediodía, en vez de irse a dormir la siesta a la Mata, como tenía por costumbre, se bajó pian, pianito, al pueblo, sin objeto determinado. Estaba casi desierto. La gente se había marchado al trabajo: la mayoría de las casas cerradas. El sol de Junio alumbraba y quemaba en la plaza a unos cuantos niños medio desnudos que jugaban arrastrándose por el suelo. Andrés la atravesó lentamente, como quien marcha a la ventura, y fue a salir por el extremo opuesto de la aldea. Allí se abría una cañada que iba a la montaña, por donde bajaba un arroyo tributario del río de las Brañas.

La cañada era frondosa y amena, y tenía el atractivo de lo desconocido para nuestro joven, quien, al dar los primeros pasos en ella, de ningún modo se hubiera confesado que le impulsaba otro móvil que el puro amor a los paisajes. Si se lo hubiera confesado, seguro que hubiese dado la vuelta.

Para mejor recrearse, no quiso seguir el camino que ceñía la ladera: prefirió caminar por el álveo mismo del arroyo, que en el verano estaba casi enjuto. Formaban sobre él los avellanos que salían de las fincas lindantes una espesísima bóveda, tan baja que a veces no permitía el paso de un hombre sin doblarse: en ocasiones llegaba hasta interponerse como una barrera, como una muralla de verdura: entonces nuestro joven se veía obligado a buscar un agujero por donde colarse, sosteniendo con las manos el ramaje mientras pasaba. A un lado y a otro veía, por entre las hojas, la alfombra verde de las praderas que el sol matizaba de oro. En el cauce del arroyo no penetraban sus rayos. Era un túnel fresco y oscuro; tan fresco que, a pesar de lo elevado de la temperatura, sentía de vez en cuando leves escalofríos. Si las ramas de los avellanos no le permitían caminar derecho, la naturaleza del suelo tampoco le dejaba afirmar el pie con desembarazo. El lecho del arroyo era pedregoso y desigual. Además, aunque no trajese mucha agua, todavía era la bastante para formar menudos charcos, que se veía obligado a salvar saltando de piedra en piedra. Éstas alguna vez falseaban y se mojaba la punta de las botas. Entonces soltaba alguna violenta interjección y se detenía a tomar aliento; porque el tránsito, aunque no vivo, era fatigoso. Paseaba la vista en torno, y en todas partes tropezaba a corta distancia con una tupida cortina verde. Estaba como perdido, anegado en un mar de verdura. La monotonía del color empezaba a marearle. Sólo el hilo de agua que corría por el suelo despedía hermosa vislumbre de plata, que alegraba la oscura galería.

A punto estaba ya de suspender la excursión por ella, pues le iba enfriando y fatigando un poco, y saltar a los prados y luego al camino, cuando acertó a oír detrás del follaje rumor de voces. El corazón le dio un salto; él sabría por qué; y sin vacilar, apoyó los pies en la paredilla de guijarros, cubierta de musgo, que separaba el prado del arroyo, apartó las ramas, se agarró fuertemente a una más gruesa que las otras, y dando un brinco, cayó sobre el césped mullido de una muy hermosa pradera.

El paisano, que encorvándose liaba un hacecillo de varas, levantó la cabeza sorprendido. La muchacha, que algo más lejos, sentada en el suelo, miraba pastar a unas vacas, también se volvió instantáneamente.

—¡Diablo de señorito!—exclamó el paisano tranquilizándose inmediatamente.—Me ha asustado... Salta como un contrabandista.

La muchacha le miró fijamente sin despegar los labios.

—Dispensen ustedes—dijo Andrés un poco acortado.—Venía siguiendo el cauce del arroyo, y no sabía ya dónde estaba... Oí voces y salté...

—¿Y qué caza venía usted siguiendo, señorito?—preguntó el paisano con acento socarrón.

—No traigo carabina... ya lo ve usted... Venía tan sólo por conocer estos lugares, que todavía no he visto.

—Y también por ver a esta reitana, ¿verdad?—dijo el aldeano soltando una grosera carcajada.

La reitana se puso encendida como una cereza. Andrés también se ruborizó y no supo qué contestar.

—Vaya, estoy viendo—continuó el paisano—que voy a tener que armar garduñas alrededor de casa para los señoritos que me quieren comer las uvas.

—¡Padre!—exclamó la muchacha sofocada.

Andrés sonreía estúpidamente.

—¿Que no se las quieren comer?—repuso el paisano.—¡Anda, anda! ¡Pues si tú no las guardases bien, ya darían buena cuenta de ellas! ¿verdad, D. Andrés?

—Tiene usted unas hijas muy guapas—dijo éste, ya sereno.

—Pero la que más le gusta a usted es Rosa.

—¡Padre!—volvió a exclamar la chica con voz angustiada.

—Verdad que sí... Pero como yo no le gusto a ella, no tendrá usted necesidad de poner garduñas.

—¡Quiá!—exclamó el aldeano, soltando otra vez la carcajada.—No crea usted eso, D. Andrés... Las muchachas están rabiando porque alguno les diga algo, y si es un señorito, mejor que mejor... Mire usted, yo tengo dos hijas; pues no sé cuál de ellas tiene más ganas de salir de casa... Yo les digo: ¿cuándo diablos me atrapáis un señorón rico que os mantenga para que me dejéis en paz?... Pero nada... se pasa el tiempo... van al mercado los jueves, van a las romerías, y nada... no acaban de dejarme solo a mis anchas.

—Pues yo me atrevo a desembarazarle de una—dijo Andrés adoptando el mismo tono zumbón del paisano.—De las dos no me comprometo.

—No me lo jure, que lo creo... Pero en estos asuntos me gusta mucho que intervenga también el cura... Y ustedes no lo pueden ver más que al demonio, ¿verdad, señorito, verdad?

Y el paisano no cesaba de reír con socarronería.

—Según—repuso Andrés, otra vez acortado.—Algunas veces también nos gusta...

—Cuando tropiezan una moza guapa y rica. ¡Ya!... Aquí viene usted equivocado... Ni lo uno ni lo otro... Aquí no podemos ofrecerle más que miseria y compañía... Vaya—concluyó, echándose a la espalda el haz que acababa de liar,—hasta luego, que me voy... Rosa, a ver si te das arte para atrapar a este señorito... Quede con Dios, D. Andrés...

Y se alejó riendo, con paso perezoso, hacia la casa, que estaba situada en la parte superior de la finca, al borde del camino.

Andrés le estuvo mirando hasta que desapareció, por no atreverse a convertir los ojos hacia Rosa. Mas al fin tuvo que hacerlo. Entonces vio que lloraba, ocultando el rostro con las manos. Acercose a ella y se sentó silenciosamente a su lado.

—¿Por qué llora usted, Rosa?... ¿Tengo yo la culpa?

—No, señor—contestó en tono colérico.

—¿Entonces?

—¡Este padre, que no tiene más gusto que avergonzarme!

IX

Desde aquel día Andrés acudió a casa de Rosa. Iba de ordinario por las tardes, después de comer, y se volvía a la rectoral al toque de oración. A veces también por la mañana le guiaban a ella el deseo y los pies. La casa era como la de todos los paisanos, aun los mejor acomodados, pobre y fea: en el piso bajo estaba la cocina, con pavimento de piedra y escaño de madera ahumada: arriba había una salita con dos cuartos: en uno dormían Rosa y Ángela; en el otro, su padre; abajo, en un cuartucho, Rafael y el criado. Estaba aislada, cerca del camino, y tenía delante una corralada; por detrás, miraba a la finca donde Andrés había penetrado de improviso, y tenía puerta para el servicio de ella. Llamaban a aquel sitio el Molino, por más que no estuviese allí, sino un poco más lejos. Tomás y su familia no eran conocidos más que por «los del Molino:» Tomás el molinero, Rosa del molino, Rafael el del molinero, etc. En el pueblo, «ir al Molino,» lo mismo significaba ir efectivamente a tal sitio que a la casa de Tomás. Las tierras que éste cultivaba, el molino, la casa misma que habitaba, no le pertenecían: todo lo llevaba en arriendo, como su padre y su abuelo. Su hermano Jaime, al llegar, haría cosa de un año, de la isla de Cuba, quiso comprar la casería; mas aunque daba por ella lo que no valía realmente, su propietario, un marqués residente en Madrid, no se la quiso vender. Tomás vivía con bastante desahogo, dada su condición, pero sin economizar un ochavo, y a veces un tantico apurado.

Su hija Ángela era una muchachota fresca y robusta, de diez y ocho años, uno más que Rosa, que tenía poco de particular, lo mismo en lo físico que en lo moral. Rafael, un chicuelo de catorce, de pocas carnes y mucha malicia. A Rosa ya la conocemos. Poco más de dos años hacía que estos chicos habían quedado huérfanos de madre, muerta, según decían en la aldea, «de punta de costado y pulmonía.» Desde entonces, Ángela y Rosa quedaron al frente del manejo interior de la casa, lo cual no les excusaba de asistir al trabajo en tiempo de labores, para ayudar a su padre, a Rafael y al criado.

Andrés, con buen acuerdo para sus planes, trató de captarse la amistad de estas personas, y lo consiguió al cabo de pocos días. Escuchaba riendo las chanzonetas pesadas y groseras de Tomás; bromeaba con Ángela, dejando deslizar siempre que podía alguna lisonja, que en el campo, como en la ciudad, producen admirables efectos; contaba anécdotas picantes a Rafael, y le proveía de tabaco; hablaba del tiempo y las labores al criado, una especie de animal tardo y perezoso como el buey y con la testa casi tan dura. En cuanto a Rosa, su conducta era distinta: adoptaba la reserva diplomática y fría de que hacen uso los hombres refinados para vencer a los seres inocentes, y que suele ser de feliz resultado.

Todos le trataban con familiaridad, y hasta parecían haberse olvidado del motivo que le había traído a la casa: tanto cuidado ponía en mostrarse llano y amable. Las tardes lluviosas las pasaba sentado en el escaño de la cocina charlando con la familia, interesándose por las intrigas de la aldea, tan complicadas o más que las de la corte, y dando su parecer acerca de ellas con toda seriedad. D. Félix había prestado 14.000 reales a Juan el tabernero. Todos se mostraban sorprendidos de esta liberalidad, porque Juan no tenía un palmo de tierra donde caerse muerto. El tío Tomás, sin embargo, meneando el fuego con un tizón, decía sentenciosamente: «El hombre que engañe a D. Félix no ha nacido todavía: de alguna parte saldrá ese dinero, aunque sea de las tiras del pellejo del pobre Juan.» Algunas veces se vertían consideraciones filosóficas sobre el mundo y la sociedad: el problema de los intereses materiales era el único digno de atención. El tío Tomás parecía más escéptico y pesimista que Schopenhauer: el pobre siempre debajo, el rico siempre encima; para el pobre los palos, para el rico los gustos: lo único que debía procurarse en este mundo era el hacerse rico. Burlábase zafiamente de los curas; contaba acerca de ellos mil chascarrillos obscenos: no obstante, como todos los aldeanos, era supersticioso, por más que lo ocultaba. Su donaire burdo y soez hería a veces en lo vivo de las ridiculeces humanas: tenía un temperamento observador cargado de malicia: bajo su exterior calmoso y frío se adivinaba un espíritu sagaz y travieso que había carecido de medios para desenvolverse. A Andrés no le era nada simpático; pero tenía sus razones para sufrirle y aun para bailarle el agua.

Cuando estaba bueno el tiempo, solía ir directamente a las fincas donde trabajaban, sin pasar por casa. Allí se sentaba sobre el césped, a la sombra de un árbol, dándoles conversación cuando el trabajo era en los prados, o bien sobre una cesta con la sombrilla abierta, si en los maizales. A veces ponía empeño en ayudarles, tomando el azadón, la pala o la guadaña que le prestaba por algunos momentos el criado o Rafael: acometía con ardor la tarea bajo la mirada burlona de Tomás y sus hijos, que hacían alto para contemplarle: golpeaba con todas sus fuerzas y sin compás alguno la tierra, sudaba, se inflamaba y al poco rato soltaba el instrumento, rendido y jadeante, pálido de fatiga. Hombres y mujeres reían al verle en aquel estado y le aseguraban, bromeando, que no servía para aldeano. Él sostenía que esta fatiga le venía bien; y así era, en efecto; cada vez se encontraba con más fuerza y apetito.

Su reserva y disimulo con Rosa produjeron al fin el resultado propuesto. Aquella fierecilla, cuando vio que no la hacían caso, empezó a domesticarse. Ya no huía cuando él llegaba, ni ponía la cara seria, ni se fingía distraída cuando hablaba. Pasado algún tiempo, concluyó por acogerle con la sonrisa benévola y respetuosa que los demás, y dirigirle la palabra, aunque pocas veces. Hasta se le figuró a Andrés que las preferencias calculadas que otorgaba a Ángela no le hacían mucha gracia. Observando siempre con el rabillo del ojo, advirtió que, cuando se acercaba a aquélla y le hablaba en tono confidencial, Rosa se alejaba con cualquier pretexto. Una vez que llegó hallándose ésta sola en la cocina, al cabo de un instante le dijo en tono indiferente, pero donde se adivinaba algo que a nuestro joven le agradó mucho: «Ángela está arriba.»

Entonces comprendió que era preciso variar de táctica. No le pesó nada, en verdad: al contrario, se imponía extremada molestia para representar su papel de displicente. O Rosa se iba haciendo cada día más graciosa, o a él le iba haciendo cada día más gracia. No podía ver su figura, aunque fuese de espaldas, sin sentir extraordinario deleite; no podía escuchar su voz sonora y cristalina sin conmoverse. Si Rosa hubiera tenido algunas nociones de coquetería, no la hubiera engañado aquel señorito con su cara seria y sus modales diplomáticos: muy pronto advertiría que le temblaban las manos cuando iba a entregarle algún objeto, y se le escapaban de los ojos miradas relampagueantes y codiciosas. La pobre no entendía jota del «arte amatorio,» ni era capaz de ver el doble fondo de las acciones humanas. Tenía diez y siete años; el alma, como si no hubiese cumplido los catorce. La ignorancia, la falta de trato y la vida constante de trabajo habían cubierto los gérmenes de delicadeza artística, de admirable penetración que en toda mujer existen, y les habían impedido brotar. Poseía, sin embargo, una cierta altivez que podía confundirse con la rusticidad, un orgullo salvaje que a veces coloca Dios en las almas inocentes como ángel custodio; arma que el pudor tiene cuando la naturaleza no le ha otorgado el don de la perspicacia. La aspereza de su carácter le había valido la opinión de necia y mal criada, pero la había salvado de un gravísimo peligro; y esto era lo que nadie sabía en la aldea.

Ya que nuestro joven la encontró mejor dispuesta, comenzó a dirigirle a menudo la palabra, tuteándola, por supuesto, como hacen los señores de la ciudad con las chicas campesinas, inventando algunas bromas para hacerla reír, y procurando por todos los medios imaginables captarse su simpatía, aunque dejando aparecer lo contrario. Nada de requiebros, ni mucho menos frases amorosas: comprendía que era espantar la caza, que la fruta estaba muy verde, y que era mejor tener paciencia y sacudir el árbol cuando sazonase. La embromaba con algún mozo que no le pareciese rival temible, improvisaba contra ella de vez en cuando algunas redondillas burlescas, que dejaban sorprendidos y extasiados a todos, muy particularmente a Rafael, que no se hartaba de reír y repetirlas, y contemplar con admiración a Andrés, como si el hacer versos fuese cosa de milagro, y la engañaba siempre que podía contándole alguna estupenda patraña, en medio de la algazara general. En cambio, Rosa, que poseía singular aptitud para remedar los gestos y ademanes de cuantas personas veía, una vez que entró en confianza, se puso a imitar los de Andrés con tal gracia y perfección, que pudiera competir con el mejor cómico de Madrid. Se atusaba el bigote y abría los ojos desmesuradamente lo mismo que él cuando estaba distraído; hacía ademán de meterse las manos en los bolsillos, y se encogía de hombros para remedarle cuando iba paseando; contrahacía su risa, su modo de andar y sentarse, la forma de llevarse el cigarro a la boca. Cuando esto no bastaba para hacerle callar, se burlaba de su extremada delgadez; ponía un palito derecho sobre el escaño y lo tiraba de un soplo, parodiando la poca consistencia del joven; al salir, le abría el ventanillo superior de la puerta, invitándole a pasar por él. Ángela, a veces, la reprendía por su falta de respeto.

De broma en broma llegaron a venir a las manos, esto es, a retozar alegremente donde quiera que se encontraban, generalmente en los prados. Claro es que Andrés en este juego llevaba la peor parte. Si trataba de sujetar a Rosa por las muñecas, ésta de una sacudida se zafaba, dejándole tambaleando; cuando quería pellizcarla, ella a su vez le tenía tan bien sujeto, que le era imposible moverse. No hallaba modo de causarla la menor molestia. En cambio ella, cuando se lo proponía, jugaba con él como el gato con un ratoncillo, le hacía dar vueltas para marearle, levantábale en peso, sentábale siempre que quería y obligábale a ponerse de rodillas pidiendo perdón; todo esto con gran risa y regocijo de los presentes, que animaban a Andrés y le ayudaban de vez en cuando. Rafael se perecía por ver a D. Andrés jugando con su hermana. Ésta mostraba también hallarse en sus glorias retozando; gozaba en correr y brincar como una cervatilla, y en desplegar su prodigiosa agilidad; la rica sangre que corría por sus venas ansiaba el movimiento, y así que lo conseguía, salpicaba de vivo carmín las rosas frescas de sus mejillas. En cuanto se ponía a jugar se embriagaba: más que para vencer a su contrario, atacaba y se movía con vertiginosa rapidez por el placer que esto le proporcionaba. En ocasiones, Andrés se estaba quieto, dejándose atormentar por ella sin compasión por contemplar a su sabor aquel hermoso modelo de mujer, mórbido, exuberante y vigoroso como una Venus del Septentrión, ágil y nervioso como las hijas del Mediodía. Aquella naturaleza virginal como la de un niño, espléndida como una rosa de Alejandría, tan pródiga de lo que a él hacía falta, le fascinaba y le atraía. Era la salud y la belleza confundidas. La primera impresión de agrado que había sentido al verla se dilató con el tiempo, fuese infiltrando, por decirlo así, en su carne lentamente, y concluyó por sojuzgar su temperamento. El contacto frecuente de los juegos y bromas había contribuido a sobresaltarlo. No apreciaba como debía su alma candorosa, ni su innato y vivo sentimiento del pudor, ni su imaginación pintoresca; pero, en cambio, ningún cuerpo mortal fue admirado y deseado con tanta intensidad como el de Rosa, a las pocas semanas de relacionarse con el joven cortesano.

Nada de esto sospechaba ella, porque Andrés tenía buen cuidado de ocultarlo bajo exterior indiferente y jocoso. Para Rosa no era más que un señorito llano y amable que gustaba de jugar con ella y embromarla. Hasta entonces había tenido muy mala idea de los señores. Una vez que había ido a Lada, varios jóvenes que salían de un café le dijeron algunas frases obscenas: otra vez, unos señores que habían venido de caza a Riofrío, hallándola sola en un camino, le dijeron también palabrotas groseras, y uno de ellos se propasó a vías de hecho. Además, en su vida existía cierto acontecimiento, del que hablaremos más adelante, que le daba razón para odiarlos y temerlos. «¡Los señores! Unos puercos todos, sin vergüenza y sin religión,» decía a sus amigas. Andrés, con su proceder comedido, le obligó a rectificar un tanto esta opinión.

Pero aunque se mostrase más delicado que los otros, hay que confesarlo, era de la misma pasta. No había formado plan para seducirla, pero aspiraba a hacerse amar de ella, incitado a la vez de su belleza, que sentía y apreciaba vivamente, ya lo sabemos, y de los obstáculos que su carácter arisco y desdeñoso le oponía. Alguna vez, retozando, la admiración y el deseo que rebosaban del alma habían salido a los ojos; se detenía, quedaba inerte; la contemplaba con mirada húmeda y anhelante, y estaba a punto de flaquear y rendirse a pedirle humildemente un beso de su fresca boca; mas al instante, el temor muy fundado de asustarla y perder su confianza le obligaba a seguir representando el papel de joven aturdido y bromista. Adivinaba que Rosa, colocadas las cosas en el terreno serio, no se dejaría tocar la punta de los dedos.

En una ocasión, sin embargo, no pudo resistir más y se entregó. Fue en las postrimerías de Julio... Estaba Rosa apacentando el ganado de casa, cinco o seis vacas y dos o tres becerros, en un prado de las cercanías. Andrés, que la husmeaba, apareció por allí con la carabina colgada del hombro (la caza era el pretexto que adoptaba para vagar por los contornos siempre que le convenía). Rosa, sentada sobre el césped, miraba con ojos extáticos cómo pastaban las vacas.

—¿A que sé en qué estás pensando, Rosa?

—¡Jesús, qué diablo de hombre, me ha asustado!—exclamó la chica volviendo la cabeza.

—Dejémonos de sustos... ¿A que sé en qué estabas pensando?

—¿En qué?

—Pensabas en Jacinto, el de la tía Colasa.

—Lo mismo que en usted.

—¡Eso quisiera yo!... Pues mira, me lo he encontrado ayer y le he sacado del cuerpo que te quería. Aconsejele que te lo dijese cuanto más antes y, sobre todo, que hablase a tu padre... Ha quedado en ello.

Rosa, al observar el tono serio en que hablaba, le miró sorprendida. Después, viendo señales de burla en su rostro, hizo una mueca desdeñosa y guardó silencio. A nuestro joven le pareció tan linda en aquel momento, sin saber por qué, que, después de contemplarla extasiado un rato y sentir cierto cosquilleo tentador por el cuerpo, se arrojó a decir en tono de burla, pero con voz temblorosa:

—Tú no quieres a nadie más que a mí, ¿verdad, Rosa?

—¡Ya lo creo!... Lo mismo que usted a mí.

—¿De veras?

—¡Vaya!

El tono de la joven era irónico. Andrés lo advertía con disgusto, porque deseaba tomase sus palabras en serio.

—Yo te quiero mucho, Rosa; más de lo que tú piensas...

—Y ¿para qué me quiere usted?—preguntó volviendo hacia él su rostro y mirándole fijamente.

Andrés quedó un instante suspenso.

—Te quiero... yo no sé por qué te quiero... No lo puedo remediar.

—¡Ya, ya! ¡Buen truchimán va usted saliendo!... ¡Qué condenada vaca, siempre empeñada en meterse por el prado del tío Fernando!... ¡Garbosa, eh! ¡Garbosa, fuera! ¡Garbosa, aquí!

Viendo que la vaca no obedecía, se levantó y fue a ella corriendo, y la obligó a separarse de la linde. Cuando tornaba, Andrés, que había vuelto un poco en su acuerdo, se levantó y, saliéndola al encuentro y tomándola por las manos, le dijo en broma:

—¿Conque no me quieres, eh?... Pues ahora vas a quererme a la fuerza.

Y se trabó con ella a brazo partido, queriendo besarla. Rosa se defendió bizarramente, aunque la risa le impedía a veces desplegar todas sus fuerzas. Un buen rato lucharon y retozaron como dos cachorros por el campo. Andrés, no pudiendo de ningún modo acercar los labios al rostro de la zagala, por primera vez perdió el respeto que la tenía y trató de hacer uso brutal de las manos. Rosa se formalizó de repente y le rechazó con violencia. Pero él, sin hacer caso de esta vigorosa advertencia, se obstinó en el primer intento. Ella entonces, encolerizada, le arrojó al suelo, y echándole las manos al cuello y apretándoselo más de la cuenta, le preguntó severamente:

—¿Volverá usted a hacerlo? ¿volverá usted?

Andrés dijo que no, y pudo levantarse. Pero estaba tan irritado, que fue a buscar en silencio el sombrero que se le había caído, recogió también la carabina y se marchó sin despedirse.

Ni al día siguiente ni en otros tres pareció por el molino. Su desabrimiento en parte era verdadero, en parte fingido. Conveníale saber si Rosa sentía por él algún interés o simpatía, y ningún medio mejor para averiguarlo. Ocho días determinó pasar sin visitarla; pero al quinto ya no pudo contener su impaciencia: así que comió, lanzose al campo con la escopeta al hombro, resuelto a ver a Rosa. Por disimular no fue directamente al sitio donde aquellos días solía estar apacentando el ganado. Tomó el camino del monte y ascendió por él buen rato. Cuando juzgó el momento oportuno, comenzó a descender lentamente hacia el prado consabido, que estaba en la falda de la montaña. No tardó en columbrarlo desde lo alto. Era un campo de figura irregular, más verde que los contiguos por tener riego, todo él circuido por dos filas de avellanos, cuyas ramas, saliendo de la tierra en apretado haz, tomaban la forma de enormes ramilletes. La figura de Rosa sentada en medio y la de las vacas que, diseminadas, mordían tranquilamente la yerba, resaltaban como puntos negros sobre el verde claro del césped. Buen trecho antes de llegar disparó un tiro, como si en efecto anduviese de caza, mas en vez de preparar con esto el encuentro y hacerlo más casual, lo echó a perder. Rosa, advertida de su presencia, fuese corriendo a ocultar entre los avellanos de las lindes. Cuando bajó hasta tocar en ellas y echó una mirada al prado, no vio más que a las vacas. Su dignidad no le permitía ponerse a buscar a Rosa. Así que, después de descansar breve rato con la carabina apoyada en la sebe, afectando distracción y fatiga, tuvo mal de su grado que alejarse, sin conseguir lo que se había propuesto, el paso tardo, el ánimo caído.

Ya se hallaba a regular distancia, y cerca de perder de vista el venturoso prado, cuando la voz de Rosa rompió el silencio de la campiña, entonando una de las melodías largas y melancólicas del país. Detuvo el paso, y sonrió maliciosamente. Después, poquito a poco, deshizo el camino andado y se acercó de nuevo a la sebe. Pero en vano se estuvo allí plantado otro buen rato, apoyándose en la carabina, en actitud meditabunda. Rosa no tuvo a bien presentarse. Otra vez se vio precisado a marcharse, ahora más descontento y cabizbajo.

Al llegar al sitio de antes, Rosa volvió a cantar. Entonces el joven cortesano entendió, con deleite, que se trataba de un juego: la coquetería no podía adoptar forma más inocente y sencilla. Y sin vacilar tornó a paso vivo, saltó al prado y comenzó a registrarlo escrupulosamente.

—Rosa... Rosa... ¿Te escondes de mí, pícara?... Ya parecerás, a no ser que te hayas metido en un agujero, como los grillos.

Al cabo la halló agazapada al lado de un avellano. Al verse descubierta, hizo una graciosa mueca de enfado.

—¡Déjeme usted, D. Andrés... déjeme usted!

Y corrió de nuevo a ocultarse en otro sitio. Andrés la siguió.

—Eso no vale... ya estás descubierta.

Tornó a hallarla en la misma posición que antes, metida dentro del canastillo de ramas de otro avellano. La mueca que entonces hizo fue más expresiva, ejecutando visibles esfuerzos para enfadarse.

—¡Vamos, D. Andrés, déjeme usted!... ¡déjeme usted!

Y viendo que el joven se acercaba a cogerla:

—¡Déjeme usted, caramba!... ¡Qué pesadez!... ¡No quiero bromas con usted!

—¿Y por qué no quieres bromas conmigo, Rosa?—repuso él, avanzando en actitud humilde.

—Porque no... Márchese usted.

—¿Me despides?

—Sí.

—Esa es una falta de cortesía.

—¡Bien... mejor!...

—Y tú, que eres una chica amable y bien educada, no serás capaz de cometerla; estoy seguro de ello.

—¡Qué pez me ha salido usted!—dijo ella clavándole una mirada entre respetuosa y burlona.

—No sé por qué dices eso—repuso él con fatuidad.

—Vamos, déjeme en paz y váyase a cazar.

Y al decir esto, fuese a sentar un poco más lejos. Andrés la siguió, y se sentó silenciosamente a su lado. Los dos se miraron un rato, pugnando para no reír.

—Las manos quietas, ¿eh?—preguntó ella.

Andrés contestó afirmativamente con la cabeza.

—¡Vaya, vaya con D. Andrés! ¡Tan bueno y encogido como parecía! ¡Pues no va sacando poco los pies de las alforjas!

—Querrás decir las manos.

—Eso es, las manos... ¡cierto!—repuso soltando a reír.

—Pues bien, las volveré a meter si tú me lo mandas. Yo no puedo hacer nada que te disguste... Te quiero demasiado para ello...

—Poco se conoce.

—¿Pues?

—Cuando se quiere a las personas, se las viene a ver...

—No ha sido por falta de voluntad... Estos días he tenido muchísimo que hacer—dijo él, relamiéndose interiormente por el triunfo que empezaba a vislumbrar.

—No crea usted que a mí se me importaba nada... Solamente que mi padre me decía: «¿Cómo no viene D. Andrés ahora?» y todos los de casa lo mismo. ¡Como si yo tuviese obligación de saber porqué viene usted o deja de venir!

—Pues bien sencillo es saber por qué vengo...

No se dio por entendida, y siguió mirando fijamente al suelo. Después de esperar en vano la pregunta, Andrés dijo en voz más baja, donde se traslucía la fuerza del capricho:

—Si vengo es por ti, exclusivamente por ti.

La pastora soltó una carcajada de burla para disimular la emoción placentera que estas palabras le causaron. El rubor subió a sus mejillas.

—Y cuando no viene usted, ¿por qué es?

—También por ti.

—¿Sabe usted que tiene gracia eso? Cuando viene es por mí, y cuando no viene también...

Andrés le explicó, riendo, esta contradicción. El día pasado había creído que, lejos de serle simpático, ella le odiaba: por eso se había estado tanto tiempo sin venir a visitarla: no le gustaba relacionarse sino con las personas que le querían. Después se puso a recordar las circunstancias con que la había conocido, las misas que había oído sin atención por mirarla...

—Sí, sí, ya me acuerdo... Yo decía: ¿Pero qué mirará ese señorito?

—Y del desaire que me hiciste en la romería, ¿te acuerdas, pícara?

—¡Vaya si me acuerdo! ¡Me dio una rabia cuando usted vino a sacarme!

—¿Por qué?

—Por las demás, que me llamarían tonta viendo que un señorito me prefería.

—La verdad es que entonces no me tenías muy buena voluntad, ¿eh, Rosa?

—Verdad que no.

—¿Y ahora?

—Ahora... ahora... ahora... ¿qué sé yo? ¡Qué preguntas tiene usted, D. Andrés!

La zagala hizo un gesto de impaciencia. No estaba en su naturaleza, arisca y desdeñosa, el confesar sus sentimientos. Por algo sus hermanos, cuando reñían con ella, la apellidaban «cardo» y «puerco-espín.» Andrés, que la iba entendiendo, no insistió, y mudando de conversación, procuró hacerla reír recordando las simplezas del criado o algún dicho malicioso de Rafael. La charla entonces se animó. Rosa contaba con gracia mil pequeños episodios de la vida de la aldea, describiendo con pintoresca, ya que no correcta, expresión los tipos y las actitudes. Andrés, la mayor parte del tiempo, no atendía al argumento del discurso por contemplar más a su placer el juego expresivo y gracioso de su fisonomía, sus ojos brillantes, su boca virginal, los movimientos vivos, resueltos, de su cuerpo, mórbido y exuberante de vida.

Pero esta charla interminable de una parte y esta contemplación extática de la otra, cesaron súbitamente. Detrás de ellos, una voz irritada de hombre profirió terribles blasfemias, que les hizo volver la cabeza con espanto. En pie, cerca de ellos, con una hoz en las manos, vieron a un paisano viejo, la faz demudada, los ojos inyectados en sangre por la cólera, el cual, encarándose con Rosa, vociferó más que dijo:

—Oye, grandísima pendona, ¿no te he dicho ya que si la vaca volvía a saltar a la tierra te iba a cortar las orejas?... ¿Sabes que me están dando intenciones de hacerlo para que aprendas de una vez a tener más cuidado, mala cabra?

Andrés, repuesto de la sorpresa, se puso en pie vivamente, y con palabra y actitud enérgicas se dirigió al aldeano:

—Lo primero que usted va a hacer es hablar como se debe, ¿lo oye usted?

El paisano quedó sorprendido a su vez de este exabrupto, se puso más pálido y, mirándole con extraña fijeza, balbució humildemente:

—Yo... hablo... como debo.

—No habla usted tal.

—Yo no me meto con usted... no se meta usted conmigo... La vaca me está causando todos los días perjuicios...

—Pues quéjese usted al juez.

—Antes de quejarme al juez, he de arreglar a esa grandísima...

—Ya se librará usted de hacerlo.

—Lo veremos.

Y el aldeano se alejó lentamente, murmurando amenazas salpicadas de groseras interjecciones. Cuando ya estaba a alguna distancia, se volvió y dijo en tono más alto:

—Si esa desvergonzada no estuviese haciendo porquerías con los señoritos, las vacas no saltarían del prado.

Andrés se enfureció al oír esto, y recogiendo velozmente la escopeta del suelo, hizo ademán de apuntarle. En las aldeas, las armas de fuego inspiran un terror supersticioso. El aldeano, al ver el cañón frente a sí, se asustó mucho y comenzó a gritar, extendiendo las manos hacia Andrés:

—¡No tire usted, señorito! ¡no tire usted, señorito!

El joven bajó el arma y le dejó marcharse.

Cuando se volvió hacia Rosa, la encontró riendo por el terror del paisano. Sin embargo, no tardó en ponerse seria y en decirle gravemente:

—Ya lo acaba usted de oír, D. Andrés. Lo que ha dicho el tío Fernando no crea usted que sea cosa de él solamente. En el pueblo lo habrá oído... Me está usted causando mucho daño... Hágame el favor de marcharse...

Andrés trató de persuadirla a que despreciase el dicho del aldeano, inspirado sin duda por la cólera; pero fue en vano. Ella sabía mejor lo que pasaba en el pueblo; no quería verse en lenguas de la gente. El joven se vio obligado a despedirse.

X

Algunos días después de este suceso, a la hora de salir Andrés de casa por la tarde, su tío le retuvo, diciéndole con solemnidad inusitada:

—Andrés, necesito hablar contigo.

El joven dejó otra vez el sombrero encima de la mesa, y mirando con sorpresa al cura se sentó.

—No, no, mejor es que salgamos de paseo; el asunto es delicado, y por esos andurriales podremos hablar a nuestras anchas.

—Como usted quiera.

Cogió el párroco su bonete, echose el balandrán sobre la sotana con peligro inminente de asarse vivo, y sacando de un rincón de la sala el tremendo cayado en que solía apoyarse, fue a avisar a la señora Rita de que salía.

—¿Adónde?—preguntó ésta, malhumorada.

—Voy de paseo un rato con Andrés.

—De paseo... de paseo... ¡dichoso paseo!... Y yo aquí espera que te espera, a que le dé gana de tomar el chocolate.

—No te apures, mujer... Procuraré venir a tiempo.

—No, por mí puede quedarse por allá... Haré el chocolate a la seis, y lo dejaré quemarse al rescoldo...

El cura de Riofrío quedó anonadado. La perspectiva de un chocolate con tela por encima y requemado le aterró.

—No hagas tal, mujer, no hagas tal... Vendré a tiempo.

—Ya le digo que a mí no me importa, que se quede por allí si gusta...

—Pero, mujer, no te sulfures por tan poco... Has de ser razonable.

—Yo soy como Dios me crió... y usted también... Pero no he de estar hecha una esclava todo el santo día al pie del fogón, sin poder disponer de un minuto...

—Bueno... bueno... bueno: entonces me quedaré en casa... no hay nada perdido, mujer.

—No, señor, no; váyase con el sobrino de paseo, que aquí queda la esclava tostándose la piel, hasta que al señor se le antoje sacarla del fuego.

—Vamos, mujer, no te incomodes... me quedaré...

—¡Si no me incomodo! ¡Incomodarme yo!... ¡Anda, anda, pues buena soy para incomodarme!... Váyase, váyase cuanto antes con el sobrino...

El párroco, viendo que la tormenta arreciaba y que no había esperanza de conjurarla de ningún modo, después de vacilar algunos instantes, giró sobre los talones y salió de la cocina con el semblante encendido. Andrés le esperaba a la puerta de casa. Cuando estuvieron a algunos pasos de ella, el cura dijo con terrible entonación «que las mujeres eran todas unas bestias.» Andrés no se atrevió a preguntar el motivo que tenía para pronunciar este dictamen tan desfavorable al bello sexo, aunque lo sospechaba. Algunos pasos más lejos, dijo «que era mejor tratar con las vacas que con ellas.» El mismo silencio por parte de Andrés. Por último, el cura declaró «que había hecho muy bien un filósofo, no sabía cuál, en llamar a la mujer ánima imperfecta, porque, en efecto, ninguna tenía las facultades cabales.» Ya que se hubo desahogado un poco de esta suerte, quedó más tranquilo. Y el paseo continuó sin nuevas interrupciones.

Estaba la tarde serena. El sol molestaba todavía bastante, por lo cual, después de bajar al pueblo, eligieron el camino sombrío que conducía a la montaña por una cañada paralela a la del Molino. Marchaban pareados, a no ser cuando el camino era demasiado estrecho, que iban uno en pos de otro. Andrés, que abrigaba vehementes sospechas, muy próximas a la certeza, de lo que su tío quería decirle, trataba, por cuantos medios hallaba, de divertirle de su propósito. Preguntábale a cada paso a quién pertenecían las fincas que dejaban a los lados; se enteraba menudamente de la riqueza de cada vecino, de la forma del cultivo, de las vicisitudes agrícolas de los años anteriores. El cura respondía de buen grado a la granizada de preguntas que el sobrino le disparaba: hasta parecía complacido de mostrar sus conocimientos en el cultivo y valor de las tierras. Cuando la conversación aflojaba, Andrés hacía supremos esfuerzos para reanimarla.

Mas llegó un momento en que fue preciso hacer alto. La montaña estaba delante, y el camino comenzaba a ser harto pendiente y agrio para un paseo higiénico. D. Fermín propuso descansar en un bosquecillo de robles que señoreaba el camino: subieron a él y se sentaron. «Ya estoy cogido; preparémonos,» pensó Andrés. El cura se limpió el sudor del rostro y del cuello con un desmesurado pañuelo de yerbas, se sonó después con horrísono trompeteo, dijo tres o cuatro frases insignificantes a propósito del calor y la humedad, y por último, encarándose con su sobrino y clavándole sus ojos grandes, redondos y saltones como los de los cíclopes, y tan fogosos, le dijo pausadamente, dejando caer las palabras graves y solemnes como las campanadas de un reloj de torre:

—Tengo entendido, Andrés, que visitas con harta frecuencia la casa de Tomás el molinero; que te pasas allí las horas muertas... Me han dicho además que el motivo de estas visitas es una de las muchachas, la más joven, a quien al parecer haces cocos... Esto me disgusta, Andrés; mucho me disgusta. Tú no has venido aquí a hacer cocos a las muchachas, me entiende usted, sino a robustecerte... Yo no te digo que hagas vida de fraile; cada edad pide lo suyo. Los jóvenes deben divertirse y gozar y hasta hacer diabluras... perooo (aquí una pausa) pero con su cuenta y razón... En esta aldea no tienes, me entiende usted, muchachas que puedan emparejar contigo... Yo no quisiera por nada en el mundo que pasases entre mis feligreses plaza de calavera, ni mucho menos que te metieses en algún belén que acarrease disgustos a todos... El ponerte a cortejar a una pobre aldeana podrá parecer mal a muchos... Acaso alguno creerá que llevas intención perversa... En fin, que no está bien. La muchacha con quien hablas es una criatura inocente, me entiende usted, y cándida como una paloma... Yo la estimo a ella y a toda la familia... La he confesado desde chiquita... Sentiría que con tu labia de madrileño turbases el alma de esa pobre niña...

—¡Pero, tío, si no hay nada de eso que usted piensa!... Son chismes de lugar... Entro en casa de Tomás como en otras muchas del pueblo... Es verdad que bromeo algunas veces con Ángela y Rosa, pero sin dirigirme en particular a ninguna...

—Bien, bien... celebraré que así sea... A mí no me consta; me lo han dicho... Pero, de todos modos, te aconsejo que obres con prudencia y procures, me entiende usted, no dar motivo a que la gente murmure... Habla con todas las muchachas y bromea cuanto quieras, pero no te particularices... ¡Nada de particularizarse!...

Siguió D. Fermín dándole consejos otro ratico. El joven los escuchó pacientemente, puesto que una vez que otra le interrumpía para deshacer algún error o disculpar su proceder. Cuando el tema ya no dio más de sí, se levantaron, cambió la conversación, y paso tras paso llegaron hasta la rectoral. El cura subió a tomar el chocolate y Andrés se volvió al pueblo, por no querer meterse tan temprano en casa.

No dejaron de hacer mella en el joven las palabras de su tío. Allá en el fondo ya hacía algún tiempo que pensaba lo mismo y se dirigía idénticas recriminaciones. Los devaneos que traía con Rosa, por más que no fuesen guiados de una intención malévola, de sobra comprendía que no podían acarrear a la chica más que disgustos. Cuando menos la colocaban en mal lugar a los ojos de los vecinos, la estorbaban para hallar otro novio más adecuado y conforme a su clase. Los mozos en las aldeas se alejan, con razón, de las muchachas festejadas de los señoritos.

Por otra parte, sentíase cada vez más aprisionado en las redes de aquel capricho, que podía muy bien transformarse en pasión verdadera.

Las gracias corporales de Rosa le habían dado golpe desde que la vio; mas ahora, la viveza de su genio, su natural tímido y bondadoso con apariencias de desenfadado y huraño, la frescura de su misma ignorancia, le iban cautivando en demasía. Cuanto más tiempo pasase, más dificultoso le sería romper el encanto. «Nada, nada, es necesario cortar esto de una vez. Ya me encuentro bastante fuerte: dentro de algunos días tomo el camino de Madrid,» se dijo mientras bajaba con lento paso, la cabeza baja, los ojos en el suelo, hacia el lugar. Pero al poco trecho se hizo otra reflexión, que vino a modificar la primera algún tanto. «En Madrid aún debe de hacer mucho calor: mejor será que aguarde hasta entrado el otoño; mientras tanto, haré lo que mi tío me ha dicho; frecuentaré menos la casa, y procuraré distraerme de otro modo. Por de pronto, hoy no voy allá.» Caminó con esta resolución en la mente un espacio de cien varas lo menos. Parecía irrevocable. A las cien varas, no obstante, se dijo, levantando la cabeza: «Y al cabo, ¿qué importa que vaya o deje de ir unos cuantos días más? De todos modos, poco después de marcharme, nadie se acordará de tales tonterías, y Rosa seguirá siendo la misma para todos. Lo que interesa es tener fuerza de voluntad para no enamorarse realmente... Y la tendré.»

Bien pertrechado de esta fuerza de voluntad, que procuraba administrarse a grandes dosis por medio de oportunas reflexiones, caminó con paso rápido la vuelta del Molino, cruzando el pueblo y entrando en la cañada. Después de marchar algún trecho por ella, vio a lo lejos, no muy apartada de la casa de Tomás, a una mujer que iba en la misma dirección con una herrada sobre la cabeza. Por la figura y el modo de andar, más que por el traje, pues las aldeanas se visten generalmente de la misma manera, imaginó que era Rosa. Aceleró el paso y, acercándose más, pudo cerciorarse de que no se había equivocado. Entonces corrió sobre la punta de los pies, para no hacer ruido, hasta colocarse detrás de ella, y la sujetó suavemente por los hombros.

—¡Vamos, vamos, poca broma, D. Andrés!—exclamó ella riendo.

Aquél persistió en sujetarla.

—¡Que voy a tirar la herrada, déjeme usted!

No obedeció.

—¡Que la dejo caer sobre usted!

En los movimientos que hizo para desasirse, la herrada se tambaleó y soltó buena parte de agua, que vino a dar sobre el rostro y cuello de la joven. Al sentir la frialdad, dejó escapar un grito.

—¡Pobrecilla! ¿Te has mojado? Perdóname—dijo Andrés realmente compadecido.

Y sin poder resistir la tentación, sujetola un instante por los brazos y la dio un fuerte beso en la mejilla húmeda y brillante.

—¡Eso es peor!... Vamos, déjeme usted... ¡Cómo se conoce que traigo la herrada!... Déjeme usted llevarla a casa, y veremos si después hace burla de mí.

—¿Prometes volver?

—Tengo que ir a la fuente por el jarro de agua para la cena.

—¿Y ésta que traes?

—Es del río.

—Bien; entonces, ¿para qué he de entrar en casa? Te aguardo; ven pronto.

Sentose el cortesano sobre una de las paredillas del camino a esperar. No tardó mucho en aparecer de nuevo Rosa con un jarrito de barro negro en la mano. Y, sin acordarse del desafío, se emparejaron, enderezando el paso hacia la fuente.

Por el camino le fue contando Andrés cómo su tío le había impedido venir primero, aunque sin dar cuenta de la conversación que con él había tenido. Rosa le explicó lo que había hecho en el día. Por la mañana había ido con Rafael a un castañar en busca de hoja para lecho del ganado; después había estado en el molino limpiando centeno; así que comió tuvo que ir a la Formiga, lugar bastante alto de la misma parroquia, por un celemín de maíz para molerlo.

—¡Qué lástima que yo no lo hubiese sabido!

—¿Para qué?

—Para acompañarte.

—No me gustan los acompañamientos... y más por esos sitios... ¿No ve usted que todo el mundo me conoce, y se reirían al verme con un señorito?

Andrés dijo que al primero que se riese le rompería la cabeza. Rosa sostuvo que no había motivo, que cada cual podía reírse cuando bien le antojara.

La fuente estaba un poco apartada del camino, en una hondonada sombreada de arbustos y zarzas. Bajábase a ella por un sendero empinado y resbaladizo. Mientras el jarro se atracaba de agua lentamente con el hilito que caía de la canal, los jóvenes se sentaron en un banco tosco de piedras, y continuaron su charla, entreverada de risa. Andrés sostenía con formalidad que iban aumentando mucho sus fuerzas con el ejercicio, que levantaba ya una porción de libras más a pulso. Rosa se burlaba de este aumento: cada cual tenía las fuerzas que Dios le había dado: no quería creer en la eficacia de la gimnasia, que el joven trataba de explicarle con calor. Quiso que ella le apretase la mano, a ver quién resistía más. El orgullo le impidió chillar, aunque buenas ganas se le pasaron de hacerlo. En cambio, ella no aguantó el apretón sin decir «¡basta!», lo cual llenó de regocijo al joven, a quien hacía sufrir la superioridad muscular de una mujer, por más que fuese aldeana.

Al tiempo de recoger el jarro, jugaron con el agua. Ella le salpicó la cara para vengarse de lo que antes le había hecho. Él arrojó desde lejos una piedra al charco, y consiguió mojarla bastante. Entonces ella corrió a él velozmente, y le paseó repetidas veces las manos mojadas por el rostro. Andrés luchó débilmente por desasirse. El contacto de aquellas manos, un poco deformadas por el trabajo, morenitas y regordetas, le causó exquisito deleite. Cansado de jugar, se sentó y atrajo suavemente hacia sí a la joven por la punta de los dedos. Rosa tenía arremangada la camisa y lucía unos brazos redondos y tersos que, si no eran modelo acabado de perfección escultórica, no dejaban por eso de ser bellos. Andrés sacó el pañuelo, los secó esmeradamente, y después de acariciarlos algún tiempo con la vista, se resolvió a besarlos. La aldeana le dejó hacer, sonriente y sorprendida de que un señorito se humillase a posar los labios en sus rudos brazos de labradora.

—Vamos—dijo al fin,—voy a recoger el jarro, que ya está oscureciendo.

Subieron de nuevo por el senderito al camino real, y tornaron a emparejarse. Andrés le propuso que fuesen de bracero, como los señores en la ciudad, y viéndola suspensa, sin saber en qué consistía, se lo explicó prácticamente. La zagala lo encontró muy gracioso. Se dejó conducir de este modo, soltando a cada instante frescas carcajadas, y haciéndole mil preguntas acerca de las costumbres cortesanas.

El camino estaba solitario. Mas al doblar uno de sus recodos, tropezaron de frente con un hombre, vestido de modo singular en aquel país, con levita negra de alpaca, pantalón y chaleco blancos y sombrero de jipijapa. Era D. Jaime, el tío de Rosa. Ésta, al divisarlo, se apartó bruscamente de Andrés, con señales de grande turbación. D. Jaime, que tuvo tiempo para verlos perfectamente, los saludó con voz melosa y dejo americano.

—Buenas tardes, señores... ¿Vienen de dar un paseíto, verdad? Está bien... la tarde convida.

—No, señor; no venimos de paseo—dijo Andrés.—Encontré a Rosa en la fuente, y la venía acompañando hasta su casa.

—Está bien, señor, está bien. Las jóvenes andan mal solas a estas horas por los caminos... Vengo de tu casa, Rosita: estuve un momentico charlando con Ángela y con Rafael...

Rosa se contentó con sonreír, toda ruborizada aún.

—Vaya, no les quiero interrumpir... Sigan, sigan adelante... Hasta otro ratico.

Y D. Jaime se alejó en dirección al pueblo, mientras su sobrina y Andrés siguieron hacia casa. Después de este encuentro, cesó por completo la alegría de aquélla: quedó pensativa, inquieta. Fueron vanos todos los esfuerzos de Andrés por hacerla reír. Hasta se le figuró que estaba un poco trémula.

—Vamos, chica, no te apures tanto porque tu tío nos haya visto de bracero... Después de todo, aunque se lo dijese a tu padre, no es ningún delito.

Rosa negaba estar apurada, pero su silencio obstinado y la prisa por llegar a casa decían bien claro lo contrario. Al llegar a casa, se despidieron. Andrés la instó de nuevo para que desechase todo temor. Ella repitió lo mismo: que no tenía ningún miedo, pero que era ya casi noche y de seguro la esperaban para cenar. Y después de prometer Andrés volver al día siguiente, se separaron, dándose un largo y afectuoso apretón de manos.

Era la hora del crepúsculo, tan suave y melancólica en el campo. Las montañas que cerraban el valle perdían su relieve, ofreciéndose a la vista como informes y monstruosos bultos. El pedazo de cielo que dejaban ver reflejaba débilmente la luz moribunda del sol, puesto ya hacía bastante tiempo, y rompiendo a duras penas esta cárdena luz, comenzaban a brillar algunos tímidos luceros. Extinguíanse los rumores que las faenas agrícolas despiertan en semejante hora. Ya no chillaban los carros de regreso de las tierras: ya no se oían los gritos de los paisanos azuzando al ganado al meterlo en el establo: ya no sonaban las esquilas de las vacas, ni mugían alegremente los becerros al sentir cerca a sus madres. Sólo las notas prolongadas, tristes, del canto de un aldeano se dejaban oír suavemente, apagadas por la distancia. El rumor creciente, avasallador, de los insectos se había apoderado de la atmósfera enardecida. El grito suave, límpido, aflautado, del sapo rompía una que otra vez la monotonía de este rumor confuso y mareante.

Andrés caminaba hacia la rectoral, lentamente, con el sombrero en la mano para mejor refrescarse, gozando una vez más la poesía encerrada en aquel estrecho valle, el amable sosiego que reinaba en la campiña, la exquisita dulzura de aquella hora plácida y serena. Al principio, cuando tornaba de la casa de Rosa, sentía algún miedo y caminaba con más presteza; mas ahora con la salud le había entrado también confianza en sí mismo; creíase bastante fuerte para tumbar a cualquiera de un garrotazo, y de vez en cuando, para cerciorarse de ello, hacía furiosos molinetes con su bastón de acebo. En los intermedios marchaba tranquilamente, dejando vagar su mirada por los contornos indecisos de los montes y los árboles, y el pensamiento correr libremente por los recuerdos placenteros del día o de otros anteriores. No pocas veces le tiene arrancado a este dulcísimo embeleso el repique lento, argentino, melancólico, de las campanas de la iglesia, doblando a la oración. Sus ecos vibrantes y armoniosos despertaban un instante la campiña dormida y se perdían después como blando suspiro en los senos oscuros de los castañares y en las quebraduras de las rocas.

Iba, pues, el joven cortesano emboscado en sus meditaciones, cuando delante de él, de uno de los lados del camino, se alzó una sombra que al instante tomó la forma humana. Y de esta forma salió poco después una voz que dijo prosaicamente:

—Buenas noches.

El joven había echado un paso atrás y apretado con fuerza su bastón. Al escuchar el saludo se tranquilizó de un modo y se inmutó de otro; porque al momento logró reconocer el que tan inopinadamente le cortaba el paso; el cual no era otro que el americano D. Jaime, a quien había saludado no muchos minutos antes cerca de la casa de Rosa.

D. Jaime se apresuró a explicar el encuentro.

—Me había sentado un momentico a descansar... La tarde está tan grata que no apetece meterse en casa, ¿verdad, señor?

Andrés, que había vuelto en sí perfectamente, puso en duda esta explicación en el fuero interno; pero se limitó a contestar:

—Sí que está muy hermosa... la noche, no la tarde. Pero a mí me espera mi tío para cenar, y no puedo disfrutar de ella... Conque hasta la vista, don Jaime.

—Aguárdese un instante, señor, que caminaremos juntos... Yo también me voy hacia la posada, porque al fin la cena es lo primero, ¿verdad?

Andrés contestó no muy satisfecho:

—¡Claro!

Y se emparejaron, marchando por el sombrío y desigual camino de la cañada en dirección al pueblo.

—Usted, señor, estará encantado de este país, ¿verdad?

—Mucho.

—¡Tan pintoresco, tan verde, tan frondoso!... Y luego con estos aires tan saludables que aquí se respiran... Usted se ha puesto muy bueno, señor... parece otro.

—He mejorado bastante; es cierto.

—No hay como la buena vida y no acordarse de los negocios... Los trabajos de cabeza concluyen con la persona... A mí me han hecho mucho daño también.

«¿Qué trabajos de cabeza habrá tenido este mercachifle estólido?» dijo Andrés para sí, y en voz alta:

—Tiene usted razón, los trabajos intelectuales debilitan: en cambio el ejercicio corporal y la vida del campo obran milagros.

—Así es, señor, así es. Pero a los jóvenes les cuesta trabajo llevar esta vida sencilla. A mí, que ya soy viejo, no me importa... Pero usted no sé cómo puede vivir sin sus teatros y sus cafés y sus círculos de personas instruidas con quien poder hablar de ciencias... y saber lo que pasa en la política.

—¡Oh, perfectamente! Crea usted que lo paso a maravilla.

—Eso consiste en que sabe buscarse distracciones agradables, aunque sea entre estas breñas...

Andrés se puso en guardia observando el tonillo zalamero de estas palabras y la risita falsa que las acompañó.

—Nada de eso. Mis distracciones son idénticas a las de usted y a las de todo el mundo.

—Vamos, señor, no diga eso por Dios. Ya sabemos que trae a todas las chicas del lugar revueltas con sus palabritas de miel. En particular mi sobrinita Rosa no puede ocultar que está chaladita la pobre.

«Este tío me quiere tirar de la lengua; ya comprendo por qué me esperaba,» pensó Andrés.

—¡Bah! el bromear y reírse con las chicas, lo hago yo y lo hace usted y lo hacen todos. Es una distracción que en ninguna parte deja de haber.

—Mucho que sí, señor, mucho que sí; pero las bromitas de un joven tan bien parecido, tan elegante y chistoso como usted suelen traer otro resultado que las nuestras.

—Mil gracias, D. Jaime, es favor. Yo pienso que cuando las bromas son inocentes, ni las de unos ni las de otros producen resultado alguno.

—Eso lo dice, pero no lo piensa. Ningún mozo del pueblo ni de los contornos ha conseguido amansar a mi sobrinita Rosa más que usted... Era una cabra montés, y usted la ha puesto blanda y amorosa como una gatita...

—¡Qué tontería! Ni yo hablo con Rosa de otro modo que con las demás jóvenes del pueblo, ni ella se habrá fijado en mí más que en cualquier otro hombre.

—La verdad es que ha tenido muy buen gusto, señor... Rosa es un pimpollito muy fresco y muy apetitoso—dijo don Jaime, como si no hubiese oído las palabras de Andrés.

—En efecto, es una muchacha muy linda y graciosa... pero yo nunca la he hablado más que como un buen amigo... lo mismo que a su hermana Ángela...

—¡Qué raticos tan agradables habrá pasado cerca de ella después que la ha puesto mansita!

—¿Pero no le digo a usted, hombre de Dios, que no tengo con Rosa más relaciones que las de pura amistad?—dijo Andrés bastante picado.

—No se incomode, señor, no se incomode... Ustedes los jóvenes de la corte son aficionados a divertirse cuando se les presenta ocasión. Nada tiene de particular que juegue y se divierta un poquito con Rosita...

—Yo no me divierto ni juego con Rosa: la trato como a una niña muy decente, hija de una familia a quien estimo... Para jugar y divertirme en el sentido que usted parece indicar, busco otra clase de mujeres.

—¡Vamos, señor—replicó el indiano con acento insinuante y meloso,—que ya se le escapará de vez en cuando un abracico... y algo más!

—Señor D. Jaime, me está usted ofendiendo. Repito a usted que no se me ha pasado por la imaginación nada semejante a eso... Y me sorprende que usted haga a su sobrina también la ofensa de creer que pueda sufrirlo...

—Es una broma, señor, no se ofenda... Como no teníamos de qué platicar, se me ocurrieron estas niñerías por pasar el rato. Ya sé yo que usted es incapaz... y que Rosita, aunque un poco viva de genio, está bien educada por su padre...

—Me alegro de que usted no piense tales disparates... y si los piensa, peor para usted que se equivoca.

El indiano pidió perdón de nuevo. Andrés disertó otro poco contra la chismografía del pueblo; y en estos dimes y diretes dieron sobre él, con lo cual nuestro joven cortó repentinamente y muy a su placer la conversación.

—Vaya, D. Jaime, yo sigo a la rectoral; hasta la vista.

—Vaya con Dios, señor; páselo bien.

Subió el joven madrileño malhumorado y cabizbajo el repechito que le quedaba hasta la casa de su tío, y mientras se iba acercando lentamente a ella, no dejaba de preguntarse con alguna inquietud: «—¿Por qué habrá querido sonsacarme ese bergante?»

XI

La idea que Andrés había formado, por rumores y conjeturas más que por experiencia, del meloso D. Jaime, era la adecuada. El entendimiento escaso, la conciencia turbia, los apetitos despiertos, la condición mansa y peligrosa como la del agua detenida. Su padre le había embarcado a los catorce años entre otros cuantos millares de ovejas humanas que la metrópoli enviaba anualmente a las colonias ultramarinas. A los cincuenta había vuelto, sin instrucción, sin creencias religiosas y sin salud, pero con treinta o cuarenta mil duros, ganados en el fondo de una bodega vendiendo arroz y tasajo para los negros. La vida de bestia enjaulada que observó por espacio de treinta y seis años no era a propósito para desenvolver los gérmenes de inteligencia y bondad que la providencia de Dios no niega a ninguna criatura humana. Sus pensamientos, sus sentimientos y los actos todos de su voluntad eran vulgares y sórdidos. En cambio, el encierro enardeció y sobresaltó su temperamento y lo inclinó a los goces sensuales, buscando en ellos la compensación de los que la libertad, la instrucción y el trato social ofrecen. Bien se declaraban las torpes aficiones en el mirar opaco de sus ojos, hundidos y extraviados, y en la palidez cadavérica de las mejillas, a la cual también contribuía la dolencia crónica que le aquejaba hacía algunos años.

Al llegar en el verano anterior a su pueblo natal habíase alojado en casa de su hermano Tomás, quien pensó que se le entraba con él la fortuna por la puerta. Pronto vino en cuenta de su error. El indiano, aunque tuviese dinero, ni lo mostraba. Largos seis meses lo tuvo de huésped en casa, haciendo por obsequiarle no pocos sacrificios, sin obtener más recompensa que algunos livianos regalos a las chicas y a Rafael. Cuando le pidió dinero para comprar más ganado y pagar algunos picos que debía, D. Jaime puso muy mala cara, pero se lo otorgó en préstamo al diez por ciento: le hacía gracia especial, porque la mayor parte lo tenía colocado al doce. Desde entonces, el indiano estuvo en casa de su hermano como en ascuas: temía a cada instante nuevas demandas y temía además que le faltase el rédito de lo que le había prestado. Si no fuese porque las gracias de Rosa obraban ya sobre su ser vivo y ardoroso influjo, se hubiera ido inmediatamente. Este influjo, de índole grosera, fue el que le retuvo y fue también el que le obligó más tarde a separarse. Veamos cómo.

No el carácter alegre y desenvuelto de su sobrina, ni la gracia singular que imprimía a sus palabras y actitudes, ni la rara altivez que custodiaba su inocencia, fueron las que cautivaron a D. Jaime. De esta suerte, su pasión, aunque senil, hallaría disculpa. Lo único que vio y apreció en Rosa fue la forma, o por aproximarnos más a la verdad, la carne. No era apto para sentir ni aun comprender otras pasiones más subidas. Pareciole, así que la vio, un bocado apetitoso. Al cabo de algunos días de vivir cerca y contemplarla largamente en todas las posturas, concibió por ella una torpe y desenfrenada afición. Guardose de mostrarla, porque detrás de sus vicios, y aun sobreponiéndose a ellos, estaba el hombre práctico, el aldeano egoísta y receloso. Temía que, conocida su flaqueza, la familia se aprovechase para saquearle. Además, no quería verse comprometido. A imitación de otros muchos paisanos que habían llegado con dinero de Cuba antes que él, aspiraba a ennoblecer su sangre y adquirir mayor prestigio uniéndose a alguna señorita pobre de la villa, abandonada por esto y por vieja de los jóvenes. Pero aunque no la mostrase, la procuraba alguna salida. En su calidad de tío carnal, estaba autorizado para usar con la muchacha ciertas familiaridades que no les serían permitidas a otros hombres D. Jaime usaba y abusaba. Como vivía bajo el mismo techo y estaba en continuo contacto con ella para todos los menesteres de la vida, se aprovechaba lindamente de sus facultades muy más de lo que haría otro tío menos sucio. «Rosita, tráeme esto.—Rosita, ve por lo otro.—Rosita, sube sobre este banco y alcánzame aquellos zapatos.—Rosita, átame esta cinta.—Rosita, pégame el botón de la camisa.» Y cuando iba y cuando venía y cuando subía y cuando bajaba, las manos amarillentas y velludas de D. Jaime la pellizcaban, la sobaban, la mimaban y la estrujaban.

Rosa, aunque avergonzada algunas veces, cuando las caricias subían de punto, y mostrando también cierta vaga inquietud que ella misma no se explicaba, las acogía con agradecimiento, creyéndose simplemente la preferida de su tío, o la que más había simpatizado con él. No observaba la infeliz que no se las prodigaba tan frecuentes y vivas a la vista de los demás como al hallarse solos. Y a medida que el tiempo se deslizaba, el requemado indiano se iba derritiendo más y más en halagos, entreteniendo su vergonzosa sensualidad.

Pero llegó un instante en que la hoguera creció de tal modo que fue preciso alimentarla arrojándola combustible o apagarla de pronto, so pena de abrasarse vivo en ella. Y optó por lo primero. No había que pensar en matrimonio: esto lo juzgaba solemne dislate, no solamente por las ventajas que otra unión podía reportarle, sino porque se echaba para siempre sobre los hombros la carga de toda la familia. Y sin considerar que era la hija de su hermano, una pobre niña ignorante que le respetaba en calidad de tío y de caballero, pensó en otra cosa. Y no sólo pensó, sino que puso en vías de obra su pensamiento. Comenzó por preparar el terreno. Al efecto fue desnaturalizando poco a poco la índole de sus caricias paternales; mas la joven, advertida por la voz salvadora del pudor, sin pensar nada malo de su tío, las evitó instintivamente, no acercándose a él cuando podía pasar sin hacerlo y escapándosele de las manos cuando era forzoso colocarse a su alcance. D. Jaime entonces varió de táctica: ya que no podía seducirla con los halagos, intentó corromperla con las palabras. Principió con los cuentos verdes, que Rosa escuchaba sin comprender la mayor parte de las veces, bien que él entonces cuidaba de explicárselos. Siguió más tarde con los dichos groseros y de doble sentido, y concluyó por las frases obscenas vertidas en todos los instantes del día en los oídos de la niña. Tampoco logró el resultado propuesto. Rosa, al oír aquel cúmulo de asquerosidades, pensó que su tío se había vuelto loco o que tenía algún diablo metido en el cuerpo, como había oído muchas veces referir en los ejemplos de las novenas, y huía de él cuidadosamente, y andaba por la casa sobresaltada, inquieta, aterrada, aunque sin atreverse a contar lo que sucedía a su padre ni a Ángela. El americano, desesperado, y desesperando de conseguir nada por estos medios, se arrojó entonces a una intentona criminal.

Largo tiempo anduvo acechando el momento oportuno y buscando ocasión de encontrarse a solas con Rosa y en circunstancias en que pudiera llevar a cabo su propósito con alguna esperanza de buen éxito. Al fin creyó hallarla. La hora mejor era la de misa, los domingos, cuando a la chica le tocase quedar guardando la casa, porque la aldea entonces estaba solitaria y la mayor parte de las casas cerradas. En la de Tomás, por hallarse un poco apartada, siempre quedaba alguno teniendo cuidado de ella, un domingo uno y otro domingo otro. D. Jaime esperó el turno de Rosa con impaciencia y disimulando sus intenciones. Cuando las campanas tocaron a misa se fue a la iglesia con la demás familia. Aquel día, en vez de subir hasta la sacristía, como siempre, se quedó a la puerta, y al poco rato de ponerse el cura en el altar, se alejó sin ruido de la iglesia y tomó precipitadamente el camino del Molino.

Cuando llegó, Rosa estaba al lado del fuego arreglando la comida. Al ver a su tío delante, le dio un vuelco el corazón, se puso pálida, como a la vista de un grave peligro. Mediaron pocas palabras. Don Jaime se quejó de un fuerte dolor de estómago y Rosa se dispuso a hacerle una taza de té. Pero antes de que hubiese terminado, el americano la abrazó de improviso. Ella, que presentía este ataque repentino, no dio un grito ni pronunció siquiera una palabra; pero lo rechazó con fuerza y decisión. Hubo una lucha sorda y rabiosa que duró bastante. La chica se defendía gallardamente y consiguió por tres o cuatro veces zafarse de las manos del viejo; pero éste la perseguía por los rincones de la cocina y volvía a sujetarla. Al principio, ella le guardaba aún cierto respeto y procuraba desasirse sin hacerle daño. Poco a poco, vista la tenacidad brutal de su tío, se fue encolerizando, subiósele la sangre toda a la cara, y al verse nuevamente a punto de ser cogida, alzó la mano, y con ella cerrada le dio en plena faz un tremendo golpe, que le hizo caer hacia atrás, sangrando por la nariz. Al caer se lastimó también en la cabeza con uno de los cortes del escaño. Rosa abrió azorada la puerta y salió corriendo, sin saber adónde.

Cuando volvió, al cabo de una hora de vagar por los caminos, halló a la familia ocupada en prodigar cuidados al descalabrado indiano: Tomás aplicándole paños de vino y romero; Ángela haciendo tila para quitarle el susto. Contra lo que esperaba, nadie se dio por enterado de lo acaecido, ni le dijeron una palabra sospechosa. D. Jaime había arreglado ya el asunto, contando que se había caído por alcanzar un jarro de leche de lo alto de la alacena, mientras Rosa se había ido a ver una vecina. Al cabo de algunos días, y después de curarse la herida de la cabeza, determinó dejar la casa de su hermano y trasladarse al pueblo, donde el tabernero se acomodó a mantenerle, lo mismo que a su otro huésped, el excusador de la parroquia, por un módico estipendio. Varias razones tenía para cambiar de domicilio. La primera y más importante era el temor de que Rosa descubriese su atentado, pues desde aquel día ni le dirigió la palabra ni siquiera le miraba, lo cual podía llamar la atención de su padre, y por ahí venir en conocimiento de lo sucedido. Otro temor era, como ya hemos dicho, el de perder el dinero prestado o el de verse obligado a abrir la bolsa de nuevo.

Tomás lo sintió mucho, pues comprendió al fin que poco o nada podía esperar ya de su hermano. En cambio Rosa tuvo una verdadera alegría. El indiano continuó visitándolos de vez en cuando, siempre para llorar alguna pérdida o quiebra de su caudal, con el objeto de que no se les pasase por la imaginación demandarle auxilios pecuniarios. La pasión hacia Rosa, aunque mezclada ahora de rencor, no mermaba; antes parecía crecer con el alejamiento y el recuerdo del vigoroso mojicón recibido. Particularmente, cuando Andrés llegó en el mes de Abril a Riofrío y comenzó a requebrar a su sobrina, se encendió de modo notable con el combustible de los celos. No se le ocultaba al mísero que Rosa le despreciaba más a medida que iba gustando el trato del jovencito madrileño. Con esto la figura de la chica fue creciendo en su recalentado cerebro, y la que antes le parecía una caprichosa rapazuela buena tan sólo para un fugaz devaneo, al verla ahora festejada y perseguida por un joven distinguido de la corte, adquirió grandes proporciones a sus ojos y la juzgó ¡oh poder de la vanidad! digna de ser amada por lo fino. En esta disposición de ánimo, fácil será comprender cuánto le atormentaría el buen éxito que, al decir de la gente y a lo que él observaba, obtenía Andrés en sus amores. Aparentando absoluta indiferencia, no dejaba de espiar sus progresos, inquiriendo aquí y allá cuando la propia observación no bastaba. Ni perdía uno solo de los pormenores que denotaban la aparición del amor en el pecho de la doncella, padeciendo en cada uno de ellos mil torturas y desviviéndose, no obstante, por averiguarlos.

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