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El deseo

H. SUDERMANN (continued 4)

Reading edition

¡Insensata de mí! No sabía que en lo sucesivo el mundo entero no sería para mí sino el espejo de mi crimen.

¡Pero quizá no muera! Ese pensamiento, que se despertó de pronto en mi cerebro, esparció en él una oleada de luz tal, que cerré los ojos como cegada.

Y luego oí de nuevo gritar en mí: «¡Marta morirá y será tu deseo lo que la habrá muerto!» Apreté los dientes y apoyándome en la pared me arrastré hasta el cuarto de la enferma.

Llegué a la puerta y al no oír el menor ruido en el interior, me dije: «Ya no encontrarás sino un cadáver.»

No, todavía vivía, pero la muerte había puesto ya en ese rostro la marca de sus garras.

El cartílago de la nariz se destacaba más, los labios, entreabiertos, dejaban ver los dientes inclinados, los ojos casi desaparecían en el fondo de sus azuladas cavidades.

A sus pies estaban Roberto y el anciano médico. Roberto se ocultaba el rostro entre las manos; los sollozos sacudían su cuerpo. El anciano fijó en mí su mirada penetrante; por un instante creí otra vez que leía hasta el fondo de mi alma y que mi falta se exhibía abiertamente ante él. Pero, cuando al verme tambalear, acudió para sostenerme en sus brazos, vi que era sólo la mirada del médico la que había fijado en mí.

—¿Cuánto tiempo vivirá todavía?—pregunté, cerrando los ojos.

—¡Está en agonía!

En ese momento sentí que algo se helaba en mí y tomaba la rigidez de una piedra; en ese momento, la esperanza murió en mí, y con ella la fe en mí misma, la creencia en la dicha y en el bien. Una gran calma reinó en todo mi ser. La muerte, que se cernía sobre la cama, había tocado también mi cuerpo con sus negras alas. Con la lucidez de una vidente, vi desarrollarse, sin velo, ante mis ojos, lo que me quedaba de existencia. En lo sucesivo iba a pasar por esta tierra como una muerta, como una muerta iba a tomarle apego a la vida, y como una muerta iba a ver acercarse a mí la felicidad que, sin embargo, había perdido para siempre.

Roberto se adelantó y me besó; le dejé hacer tranquilamente, estaba insensible.

Luego me senté muy cerca de la cama de mi hermana y la miré, esperando la muerte.

Seguía con atención todos los síntomas de aquella lenta agonía. Me parecía que mi conciencia estaba fuera de mí y que me veía a mí misma sentada como una estatua de piedra, con los ojos fijos en el rostro de la moribunda.

No tuve el menor alucinamiento, no me hice el menor reproche bajo la acción de la fiebre, y nada vino desde entonces a perturbar el curso de mis pensamientos. Veía claramente que mi deseo no podía en realidad darle la muerte, y sin embargo, para mí, para mi conciencia, era sólo mi deseo lo que la había muerto.

Así, pues, yo estaba sentada junto a la cama de mi víctima, esperando su muerte, que era también la mía.

Aquello duró mucho. Pasaron las horas del día; Marta vivía todavía. Su pulso no latía ya desde hacía rato, su corazón parecía paralizado, pero su respiración continuaba siempre ligera y rápida. Mientras yo dormía, bajo el efecto de la morfina, le había hecho, como último recurso de salvación, una inyección de almizcle para reanimar una vez más sus fuerzas: aquello era lo que la sostenía en ese momento. Pero el olor de almizcle mezclado con los vapores de fenol que llenaba la habitación como un cuerpo ponderable y palpable, me pesaba sobre la nuca y me aplastaba las sienes. A cada aspiración me parecía absorber unos cuerpos pesados que me hinchaban.

Por la tarde, los padres de Roberto vinieron. Yo, que todavía la víspera no había demostrado a la tía más que orgullo y desprecio, le besé humildemente la mano. Aquello era el principio de la expiación que me había impuesto en el lecho de muerte de Marta, y que no debía concluir sino con mi vida.

Llegó la noche: Marta seguía respirando. Con la boca muy abierta, los ojos empañados cubiertos de una capa de mucosidades, me miraba fijamente. Su cuerpo parecía achicarse cada vez más, yacía todo encogida: casi parecía que no se atrevía a ocupar en la muerte el lugar, muy modesto sin embargo, que ocupaba en vida.

La tía llenaba la casa con sus intolerables sollozos, los demás también lloraban; yo sola no tenía lágrimas.

Cuando a eso de las once, Marta exhaló el último suspiro, me acometió un acceso de locura furiosa.

XXIII

En este instante llego de casa de Roberto.

Este se ha mostrado afectuoso y bueno para conmigo; he visto brillar en sus ojos una tímida ternura, medio velada, que mi corazón ha bebido con avidez. Me parece que una nueva primavera se acerca: la risa y la alegría se despiertan en mi corazón, y, cuando cierro los ojos, veo bailar en torno mío dorados rayos de sol.

Pero ¡basta de pensamientos de felicidad, basta de cobardía! Si llega a amarme, ¡tanto peor para él! No me he prestado a ello; ¡no por cierto! Sería tan despreciable como una mujer perdida si hubiera hecho eso. Desde mi curación, durante más de un año, he dirigido su casa con lealtad y probidad, sin pretender agradarle, sin desear serle indispensable. Y, sin embargo, he llegado a serlo. Mi señora tía ha tenido que reconocerlo ella misma, ella que casi me impone su hospitalidad, no obstante el odio que profesa a mi persona. Es demasiado buena ama de casa, para no saber que, sin mí, el hogar de su hijo se habría arruinado durante esos días de duelo, en que Roberto, absorbido por su inmenso dolor, permanecía inerte, indiferente a todo, aun al niño. Sin mí el pobre pequeñuelo estaría desde hace tiempo bajo tierra. No enumeraré todo lo que he hecho durante ese tiempo, todo lo que ha producido mi trabajo: en verdad no me conviene desempeñar el papel de farisea.

Tampoco hablaré de expiación; esta es una palabra demasiado pomposa, detrás de la cual no se oculta ordinariamente sino una miserable mentira, una vana ilusión. ¿Cómo borrar la mancha que me ha mancillado? Se expía una falta trágica, se expía hasta un gran crimen; pero una infamia como la que yo he cometido, es un borrón del cual el alma no puede lavarse.

¡Si por lo menos pudiera ignorar qué secreto vela en el fondo de mi corazón!

¿Por qué quería en otros tiempos permanecer pura ante mi conciencia, si no era para poder pertenecerle un día? Como si el eterno destino no hubiera alzado él mismo entre nosotros una muralla que, desde el fondo de la tumba de Marta, se eleva hasta los astros.

Y, si alguna vez un demonio le soplara en el oído el consejo de extender la mano hacia mí, ¿podría hacer de otro modo que rechazarlo como a un loco temerario? Pero eso no sucederá: he sabido tenerlo a distancia. Que crea que lo desdeño, que crea que estoy encerrada dentro de mi orgullo y de mi egoísmo: sabré guardar el secreto de mi corazón.

¡Si tan sólo no existiera!

Más de una vez, sobre todo durante la noche, mientras mis miradas se pierden en la obscuridad, un deseo se apodera de mí con una violencia tan extravagante, que me parece que va a aniquilarme. Me invade como la embriaguez de la fiebre, ofusca mis sentidos y me hace hervir la sangre en las venas: es el deseo de descansar, una vez tan siquiera, entre sus brazos para llorar en ellos a mis anchas, porque desde aquellas noches las lágrimas se han secado en mí. Me ha sido imposible llorar desde ese día en que encontré a Marta tendida en su lecho de dolor.

XXIV

Quince días después.

Es un hecho, Roberto me ama. Ha venido a pedir mi mano. Ahora sé que hay una expiación. ¡Ah, si estas torturas no purificaran!

Jesús; ya no tengo en vos la ingenua fe de la infancia, pero habéis sido hombre, habéis sufrido como yo; os imploro... pero no, esto es locura, vuelve en ti, mujer, cálmate. ¿Acaso no hay un descanso eterno en el cual puedes refugiarte libremente, si te faltan las fuerzas para sobrellevar los dolores de esta existencia? ¿Quién te lo impide?

Me ama; lo he conseguido. Pero, para que me amara, ha sido necesario que Marta pereciera y que yo me perdiera en un abismo de crimen y de vergüenza, del cual ningún poder del Cielo ni de la tierra podría arrancarme.

Estoy muerta; muertos también deben estar mis deseos y mis esperanzas; y a mi sangre que se rebela, hierve y se agita cuando pienso en él, sabré calmarla por fuerza, si no...

¡Oh, qué actitud tenía delante de mí! Las palabras salían lentas y tímidamente de sus labios; sus miradas plañideras, que parecían implorar socorro, buscaban las mías y sin embargo apenas osaban desprenderse del suelo; en su embarazo, enroscaba entre sus dedos la extremidad de su barba y golpeaba con el pie cuando no podía encontrar la palabra justa. ¡Oh, pobre niño grande, amado mío! ¿No viste que todo mi ser me precipitaba a tus brazos y ardía por permanecer en ellos eternamente? ¿No viste que mis labios temblaban de deseo de posarse en los tuyos y de quedarse suspendidos de ellos hasta mi último suspiro?

¿No viste nada de eso?

Debiste, pues, dar fe a las palabras que te dije, casi sin tener conciencia de ello. Mi corazón las ignora completamente; te lo juro. Te amo y te amaré hasta mi último pensamiento, y el último aliento que se escapará de mis labios será tu nombre.

Y ¿cómo has podido creer en el pretexto que te di? ¡Dejarte a una mujer rica! ¡A ti para quién querría mendigar por los caminos, por quién querría gastarme los ojos, hacerme sangrar los dedos cosiendo si lo necesitaras!

¿Te acuerdas de aquella noche, en casa de mis padres, cuando aspirabas a la mano de Marta? ¡Cómo puedes, si la recuerdas, hacerme la injuria de aceptar mi miserable excusa!

Y cuando me diste la mano al decirme adiós, ¿por qué me dirigiste una mirada tan triste, tan humilde? ¿No sabías que esa mirada me torturaría sin cesar, noche y día, como el reproche de una grave falta que he cometido para contigo?

No, amigo mío, eres el único ser en el mundo que nada tenga que reprocharme. He procedido lealmente contigo, y hoy más que nunca, ¡aunque jamás hayas sido más indignamente engañado que hoy!

¡Si tan sólo pudiera decirte cuánto te amo! ¡Con qué placer moriría en el acto! ¡Colgarme una sola vez de tu cuello, ocultar una vez mi cabeza en tu hombro y llorar lágrimas de sangre!

No me vuelvas a mirar así, mi querido niño grande, como para hacer creer que te he desdeñado con razón, que te he encontrado demasiado simple y demasiado indigno de mí, pues, ¡mira, no sé lo que haría!

¡Que Dios te preserve de mí y de mi amor!

XXV

Ocho días después.

¡Al fin se ha realizado mi deseo! Me he arrojado en sus brazos, me he embriagado con sus besos, he llorado hasta la saciedad sobre su hombro.

Estoy serena, enteramente serena, he probado todo lo que la vida podía todavía ofrecer de felicidad a una pecadora como yo.

¿Y ahora?

Desde hace horas, me encuentro frente a esta última y grave cuestión: ¡huir o morir!

Es necesario que me decida esta misma noche por una u otra de estas alternativas, pues Roberto vendrá mañana para llevarme a la tumba de Marta.

Antes que seguirlo allí, prefiero morir. Aun admito que lleve la hipocresía hasta no caer de rodillas sobre esa tumba para confesarle todo; admito que el horror que me inspiraría a mí misma, no me ahogue, que encuentre el miserable valor de casarme con él; ¿qué existencia llevaría a su lado?

¿Para qué aferrarse a una dicha que uno mismo ha hecho imposible desde mucho tiempo atrás? Pasaría por esta tierra semejante a una pobre criminal a quien se lleva a la muerte, eternamente torturada por el temor de descubrirme a sus ojos y, a pesar de eso, llena del deseo de gritar mi falta al mundo entero. ¡Cómo podría dormir en ese lecho que he deseado ver que mi hermana abandonara para bajar a la tumba! ¡Cómo vivir entre esas paredes en que todavía están inscritas en letras de fuego esas palabras: «Oh, si ella muere!»

Voy a razonar fríamente conmigo misma, como conviene a una persona que hace el balance de su vida.

¿Ser su esposa? Eso es imposible, bien lo sé.

¿Huir? ¿Qué haría en medio de extraños? Los conozco; conozco a los hombres y los desprecio. Ellos me han hecho daño, seguirán haciéndome sufrir. Todo lo que me queda de fe, de amor y de esperanza, no descansa ya más que en él.

Pues bien, ¿morir? Los frascos de morfina están ahí, en salvo en el fondo de mi gaveta; un presentimiento me decía que algún día los necesitaría, cuando los reservaba secretamente, a despecho de las órdenes de mi anciano tío el doctor. Las pocas horas de sueño que he perdido me serán devueltas así al céntuplo.

Escribiré todavía una carta a mi tío; él será mi heredero y mi confidente. Quizá podrá disimular mi suicidio y hacer que Roberto no lo sospeche.

A él, ni una palabra de despedida. Esto es doloroso; pero es necesario que sea así.

* * *

He salido furtivamente y he corrido a poner la carta en el buzón. El sereno anunciaba la media noche. ¡Qué desierto y obscuro está el mundo! El viento pasa estremeciéndose por los tilos; aquí y allí brilla tristemente una luz que parece alumbrar secretos dolores.

Por el camino avanza un hombre ebrio que exhala sordos gruñidos y quiere atacarme. En torno mío las tinieblas, la miseria y la rudeza; en mi alma el remordimiento y una pasión que jamás se saciará, he ahí lo que me reservaba el porvenir. En verdad, nada tiene ya que ofrecerme esta vida.

Mucho se habla y se escribe sobre las angustias de la muerte: yo no siento indicios de ellas. Me encuentro bien ahora, después de haber llorado a mi gusto. Las lágrimas que no podían darse libre curso, me ponían en el pecho un peso aplastador.—Y dicen que llorar da sueño. ¡Buenas noches!

FIN

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