H. SUDERMANN (continued 2)
Reading edition
Ella juntó las manos mirándome con sorpresa.
—¿Qué te pasa, querida? Ya no te reconozco... Ven, ven, voy a acostarte—repitió.
—Es inútil, puedo ir sola—dije.
Entonces ella vio que era necesario acordar a la niña una palabra de explicación.
—Mira, Olga—dijo atrayéndome hacia sí,—tienes razón. Tengo muchas penas, y si tuvieras más edad y pudieras comprenderlas, seguramente serías la primera a quien se las confiaría. Pero antes es necesario que aprendas también a conocer la vida.
—¿Y en qué conoces la vida mejor que yo?—exclamé, siempre con altanería.
Ella se contentó con sonreír, y esa sonrisa de una tristeza tan dulce, me dio un golpe en el corazón. Tuve un vago presentimiento, apenas perceptible, como el que se podría experimentar al ver un templo cerrado o islas lejanas rodeadas de palmeras. Y Marta continuó:
—Pero de aquí allá, y para eso falta mucho todavía, debo llevar sola el peso que me oprime. Te agradezco mucho, hermanita, tu buena voluntad, y te amaré aún más por ello si esto es posible. Ahora, vete, y duerme bien, tenemos mucho que estudiar mañana...
Y dicho esto, me empujó afuera.
Me quedé en el corredor, como una réproba, contemplando la puerta que acababa de cerrarse tan duramente tras de mí. Después apoyé la cabeza en la pared y lloré silenciosa y amargamente. A partir de ese día, Marta redobló su cariño y su bondad hacia mí, pero yo no quería verlo; permanecía impenetrable para ella como ella lo había sido para mí, y en mi alma se arraigó, cada vez más profundamente, el sentimiento penoso de que el mundo no necesitaba de mi amor.
Es evidente que un incidente como éste, por sí solo, no podía tener una influencia decisiva sobre mi carácter. Una niña tan joven como yo lo era entonces, se deja arrastrar con demasiada facilidad por la corriente de impresiones nuevas para que unos minutos de este género puedan producir sobre ella un efecto durable, y el hecho es que no necesité mucho tiempo para olvidar aquella noche. Pero lo que no olvidaba, era la idea de que nadie había en la tierra que estuviera dispuesto a compartir sus penas conmigo y que estaba reducida a mí misma y a mis libros, hasta el día en que se me encontrara bastante madura para participar de la existencia de los vivos.
Y más y más, me sumergía en los tesoros de los poetas, ninguno de los cuales me rechazaba de su más íntimo santuario. Aprendía con Tasso a sentirme miserable y sublime; sabía lo que Manfredo iba a buscar a las heladas cimas de los Alpes; me lamentaba con Tecla de la felicidad terrestre de la cual yo había gozado, de la vida y del amor, que habían concluido para mí. Pero, por sobre todo, Ifigenia era mi heroína y mi ideal.
Con ella llenaba mi joven alma solitaria de toda la poesía que hay en no ser comprendida; pasar por el mundo como ella, como sacerdotisa bienhechora y en un renunciamiento sublime, me parecía la vocación claramente designada para mi existencia. Si para realizarla hubiera podido llevar, yo también, los blancos velos de la virgen griega, cuyos pliegues noblemente dispuestos habrían convenido tan bien a mi cuerpo de niña desarrollada antes de tiempo, mi felicidad habría sido completa.
A juzgar por las apariencias, yo era en aquellos años una criatura intratable e imperiosa, que sin el menor empacho contestaba con impertinencia y que gustaba levantarse de la mesa en plena comida cuando algo me desagradaba.
A pesar de todo eso, o quizá a causa de eso mismo, todos me mimaban, y mi voluntad, si esta palabra tiene un valor aplicable a un niño, tenía fuerza de ley en toda la casa.
A los quince años era tan grande y tan fuerte como ahora, y no faltaba de vez en cuando algún joven campesino galante que me dijera que yo era muy bonita, mucho más bonita que todas las otras, y que Marta en particular.
Eso me chocaba, pues todavía la vanidad no tenía cabida en mí.
En esa época soñé una noche que Marta había muerto. Cuando me desperté, mi almohada estaba inundada de lágrimas; en todo el día no hice más que ir y venir en torno de mi hermana como una criminal: me parecía que tenía sobre la conciencia una falta grave cometida contra ella.
Después de la comida Marta se había recostado por un rato en el canapé, otra vez con su dolor de cabeza. Cuando entré en la habitación en ese momento, y vi sobre el brazo del sofá su rostro, pálido como la cera, con los ojos cerrados, quedé como si me hubiera herido un rayo.
Creí ver en realidad su cadáver ante mis ojos.
Caí de rodillas delante del canapé y le cubrí de besos la boca y la frente. Su rostro se transfiguró, abrió los ojos y me contempló como si viera una visión; pero luego que volvió en sí, sus facciones readquirieron su expresión de gravedad y de tristeza.
—¡Vaya, vaya! ¿Qué tienes, hijita?—dijo.—Estas no son cosas que haces todos los días.
Me rechazó suavemente, y también esta vez permanecí parada, abandonada a mí misma, con el corazón desbordante. Sin embargo, cuando ya me iba, me llamó y murmuró:
—Te quiero mucho, hermanita.
La noche de ese mismo día noté en cierto momento que parecía sonreírse interiormente. Papá también lo notó, porque aquello no era usual, y, tomándole la cabeza con las manos, le dijo:
—¿Qué te ha ocurrido, Martita? ¡Estás hoy fresca como una flor!
Marta se ruborizó hasta la raíz de los cabellos, pero yo le tomé la mano a hurtadillas por debajo de la mesa, diciéndome:
—¡Ya sabemos lo que nos hace tan felices!
Al día siguiente por la mañana, cuando tomábamos nuestro café, papá entró con una carta abierta en la mano.
—Una ave forastera viene a albergarse en nuestro nido—dijo riéndose.—¡Adivinen cómo se llama!
Y dicho esto, miró a Marta de reojo con expresión un tanto cómica. Me pareció que ella se ponía más pálida que de costumbre y la taza que tenía en la mano tembló perceptiblemente.
—¿Esa ave ha venido ya alguna vez?—preguntó lentamente y en voz baja, sin alzar los ojos.
—¡Vaya si ha venido!—dijo papá sin dejar de reírse.
—Entonces, es... Roberto Hellinger—dijo.
Y exhaló un profundo suspiro como si le hubiera costado mucho decir aquello.
—¡Mil truenos! ¡Adivinas bien, chicuela!—dijo papá amenazándola con el dedo.
Ella nada contestó, y con su paso lento y cansado se dirigió hacia la puerta; en toda la tarde nadie la volvió a ver.
Por mi parte, la visita del primo me dejaba bastante indiferente. Su imagen de otros tiempos, tal cual se me presentaba confusamente, no era como para llenar de ensueños ardientes una romántica cabeza de quince años.
Pero la actitud de Marta me había llamado la atención.
Al día siguiente, desde muy temprano, la oí ir y venir a pasos precipitados, en el piso superior, por los cuartos de huéspedes.
Fui a buscarla, pues tenía curiosidad de ver lo que la ocupaba en esas habitaciones habitualmente cerradas.
Había abierto todas las ventanas, sacado las sobrecamas y las cortinas, y en chanclas, corría en medio del desorden, de un cuarto al otro. Se cogía el rostro con ambas manos y se reía sola con una risa tan extraña, que no se sabía si era llanto.
Cuando le pregunté: «¿Qué haces ahí, Marta?» se estremeció, me miró muy confusa y sólo entonces pareció darse cuenta del lugar en que se encontraba.
—Ya lo ves: preparo las camas—balbució al cabo de un instante.
—¿Para quién?—pregunté.
—¿Acaso no sabes que esperamos una visita?
—¿Y eso es lo que te regocija tan terriblemente?—repliqué, encogiéndome ligeramente de hombros.
—¿Y por qué no había de regocijarme? Es nuestro primo.
—¿Y nada más?—dije yo amenazándola con el dedo, como lo había visto hacer la víspera a papá.
Entonces, de improviso, ella se puso muy grave y me dirigió con sus grandes ojos tristes una mirada tan llena de reproche, que sentí que la sangre me afluía, ardiente, al rostro. Volví la cara a un lado, y como ya no podía seguir representando el papel de mujer superior, me dirigí a la puerta.
A partir de ese instante, el primo Roberto me dio mucho qué pensar. Me parecía evidente que él y Marta se amaban, y sobrecogida por la vibración misteriosa con que la idea del gran desconocido llena a los seminiños de mi edad, comencé a representarme la manera cómo había podido nacer ese amor.
Corría a través de los bosquecillos silvestres del parque y me decía:
—Aquí es donde se han paseado secretamente.
Me deslizaba en la sombra de los follajes y me decía:
—Aquí es donde se han dado cita.
Me dejaba caer en los bancos de césped húmedo y me decía:
—Aquí es donde han cambiado dulces palabras.
El jardín entero, la casa, el patio y todo lo que conocía desde que había venido al mundo, se iluminaba de repente con una nueva luz que se difundía por todas partes con un reflejo purpúreo. Una vida maravillosa parecía haber surgido allí. Me había sumergido de tal modo en esas imaginaciones, que concluía por creer que era yo quien había vivido ese amor. Cuando volví a ver a Marta, no osaba alzar los ojos a ella, como si yo hubiera llevado el secreto oculto en mi seno y ella fuera quien no debiera adivinarlo.
Pero, cuando, a la mañana siguiente, me di exacta cuenta de que Marta había realmente vivido todo lo que yo no hacía más que soñar, eso me turbó por completo, y desde un rincón obscuro, la examiné sin interrupción, con mirada temerosa y escrutadora, como a un ser que perteneciera a otro mundo.
Me fijé en que cada cinco minutos salía al terrado, desde donde se podía ver la puerta de entrada, pero entonces me guardé muy bien de dirigirle preguntas indiscretas. Me imaginaba ser ya una confidente, una cómplice.
Era un día claro de septiembre, de una hermosura maravillosa. Sobre el llano y en el bosque flotaban como velos rosados; hilos plateados temblaban silenciosos en el aire; el río llevaba un manto de vapor, una paz religiosa se cernía sobre todo el paisaje. Me fui al bosque, pues jamás podía encontrar suficiente soledad para soñar a mis anchas. En las ramas de los álamos se oía ya el roce de las hojas amarillentas, y los helechos dejaban caer sus tallos como criaturas heridas que apenas pueden tenerse en pie.
—Me entristecí: «La Naturaleza entera va a morir—dije;—¡Ah! ¡Si se pudiera morir con ella!»
Entonces me acordé de todas las burlas que había leído u oído sobre las impresiones sentimentales del otoño.
—Qué odiosas son esas bromas—me dije.—Pero de mí nadie se burlará; sabré esconderme y sabré ocultar lo que siento. A nadie interesa lo que pasa dentro de mí; y bien se me puede considerar como una muchacha fría y sin corazón, con tal de que sepa yo que este corazón palpita lleno de ardor y de amor por la humanidad.
—Sí, aquel fue un día henchido de encanto, día admirable; y daría con gusto todo lo que me queda de vida, si pudiera volver a él.
Y la noche... la veo todavía como si fuera hoy. Las ventanas estaban abiertas, los tallos flexibles de la viña virgen se mecían con el viento, y, desde muy lejos, un trote de caballos, un chasquido de lanzas y de sables llegaban hasta mis oídos. Nada podía ver, pues la obscuridad lo cubría todo, pero yo sabía que era una tropa de cosacos que recorría la frontera.
Entonces cerré los ojos y soñé: un grupo de jinetes avanza; a su cabeza viene el hijo del Rey, rubio y magnífico, sobre su blanco palafrén. Yo soy la Princesa y estoy sentada en la torrecilla de la antigua mansión; el renombre de mi hermosura se ha extendido de tal modo en la comarca, que el hijo del Rey se ha decidido a venir, escoltado por lo más selecto de sus cortesanos, para verme y pedir mi mano al viejo caballero, mi padre.
Y en eso me acuerdo de Marta, y me pregunto si a ella, en su calidad de primogénita, no le corresponde la primacía. Pero, para consolarme, me digo que, como ella ama a su Roberto, no necesita de ningún Príncipe.
Y me figuro entonces lo que daré a todos los míos cuando haya subido al trono: a Marta, un espléndido aderezo; a papá, un cofre de hierro lleno de oro; a mamá, una gran caja de piñas azucaradas.
El chasquido de lanzas desaparece a lo lejos, y con él mi sueño.
Roberto llegó al día siguiente.
En el momento en que el carruaje que lo conducía, rodó bajo el portón, Marta estaba al lado del fogón. Corrí a buscarla y le susurré en el oído:
—Marta, creo que ahí está.
Pero ella me demostró en seguida que yo no era su confidente: me miró un instante fijamente y me preguntó, como si su espíritu estuviera lejos:
—¿De quién quieres hablar?
—¿De quién? Pues del primo, naturalmente.
—¿Y por qué me dices eso tan misteriosamente?
Y como al oír eso me encogí de hombros, ella tomó la espumadera que había dejado caer y volvió a su tarea.
—¿Y esa es toda la alegría que sientes?—continué, encogiendo el labio con expresión despreciativa.
Pero ella me apartó con la mano izquierda, con una brusquedad inacostumbrada.
—¡Vete, chiquilla, te lo ruego!
Y he ahí cómo yo recibí al primo Roberto en su lugar.
En el instante en que salí al terrado, él bajaba del carruaje.
«No es mucho mejor que papá,» fue mi primer pensamiento. Era alto, de estatura gigantesca, el pecho y las espaldas anchas, el rostro moreno, con dos ojillos azules, y encuadrado por una barba rubia, erizada, una de aquellas barbas que llevaban los antiguos lasquenetes.
—«No falta más que la yugular,»—pensé para mis adentros.
De un salto salvó varios escalones y riéndose vino a mí:
—¡Hola! ¡Buenos días, Marta!—gritó.
Luego, de improviso, se estremeció, me miró de los pies a la cabeza y se quedó como petrificado en medio de la escalera.
—¡Yo no me llamo Marta, sino Olga!—dije un poco humillada.
—¡Ya me lo decía yo!...—exclamó sacudiéndose, y, adelantándose hacia mí, me alargó una mano roja y tosca de trabajador, toda encallecida y agrietada.
—«¡Qué palurdo!»—me dije mentalmente.
Cuando ya estuvimos dentro de la casa, me examinó nuevamente.
—Todavía eras una pequeñuela, cuando salí de aquí, y me parece verdaderamente extraordinario que te asemejes tanto a Marta.
—«¿Yo, parecerme a Marta?—pensé—¿Cuándo me habré parecido a Marta?»
—Pero no—continuó,—ella no era tan alta, sus cabellos eran más claros, no tenía esa expresión tan altiva, y... no miraba con ojos tan severos.
—¡Ah, Dios del Cielo!—me dije.—¿Acaso nunca has visto los ojos de Marta?
En ese instante se abrió muy suavemente la puerta de la cocina, y por la abertura, no más ancha que la mano, ella se escurrió en la habitación. No se había quitado el delantal; su rostro estaba tan blanco como él, y los labios le temblaban.
—Bienvenido seas, Roberto—le dijo tímidamente por detrás, pues él se había vuelto hacia mí.
Al primer sonido de esa voz, Roberto se dio media vuelta bruscamente, y entonces se quedaron un rato frente a frente sin hacer un movimiento, sin articular una sílaba.
Yo temblaba; hacía dos días que acechaba ese momento, y he ahí que el resultado burlaba lastimosamente mi espera.
Al fin se acercaron lentamente el uno al otro y se besaron. Pero ese mismo beso no me gustó; a mí no me habría besado de otra manera.
—Sí, pero ni siquiera lo ha hecho—agregué para mis adentros.
Después permanecieron nuevamente inmóviles y silenciosos. Mi corazón latía con tanta violencia, que tuve que apretarme el pecho con las dos manos.
Al fin, Marta le dijo:
—¿No quieres sentarte, Roberto?
Él hizo un ademán de asentimiento y se dejó caer en un rincón del sofá que crujió bajo su peso. Continuaba mirándola incesantemente; al cabo de un largo rato, dijo:
—¡Mucho has cambiado, Marta!
Al oír esto me pareció que me daban una bofetada.
Una sonrisa de una tristeza indecible rozó los labios de Marta:
—Sí—dijo.—¡Mucho debo haber cambiado!
Nuevo silencio. Se habría dicho que Roberto necesitaba mucho tiempo para encontrar palabras capaces de expresar su pensamiento.
—¿Cómo es que jamás he sabido que estabas enferma?—concluyó por decir.
—No lo sé—replicó ella con una dulzura en que se descubría un poco de amargura.
—¿No podías escribírmelo?
—Pero, ¿acaso nos escribimos?
Roberto empujó con irritación el pie de la mesa.
—Pero cuando uno no está bien... entonces... entonces...
No supo decir más.
Yo apreté los puños: ¡habría sabido concluir tan bien la frase por él!
—Tú sabes—dijo Marta,—que el enfermo es siempre el último en saber que no está bien.
—Yo creía que él debía saberlo mejor que nadie.
—¿Y si uno juzga que no vale la pena hacerle caso?
Esta vez Marta habló sin amargura, en el tono tranquilo y moderado que le era habitual, y, sin embargo, cada palabra me partía el corazón.
—¡Oh, Marta!—gritaba una voz dentro de mí.—¿Por qué me has rechazado?
En eso ella soltó una risa breve y preguntó a Roberto cómo estaban en su casa, y lo que hacían mi tío y mi tía.
—Pero primero, quisiera saber lo que hacen mi tío y mi tía—dijo mirando en su derredor hasta en los rincones.
Yo estaba tan contenta de ver disiparse el embarazo que los oprimía, que al verlos buscar por el cuarto tan cómicamente, prorrumpí en una risa estrepitosa.
Ambos se volvieron hacia mí, sorprendidos, como si sólo entonces notaran mi presencia.
—¿Y qué dices de nuestra Olguita?—preguntó Marta, tomándome por la mano con ademán maternal.—¿Te gusta?
—Ahora un poco más—dijo examinándome.—Antes me pareció demasiado enseñorada.
—Sin embargo, no podía saltarte al cuello en seguida—repliqué.
—¿Y por qué no?—repuso con una sonrisa.—¿Crees que no habría habido bastante lugar para ti?
—No—dije, para que supiera de una vez cómo había que tratarme.—Ese no es mi lugar.
Entonces me miró muy azorado, y dijo meneando la cabeza:
—¡Cáspita! La chiquilla es mordaz.
Yo iba a replicar, pero papá entró.
En la mesa no los perdí de vista, pero nada sospechoso hubo que observar; apenas si cambiaron algunas miradas.
—Más tarde, cuando nuestros padres duerman—me dije,—tratarán de escaparse.—Pero me equivoqué. Se quedaron tranquilamente en la sala y ni una sola vez trataron de alejarme. Él fumaba, sentado en un rincón del canapé; ella estaba sentada cinco pasos más allá, junto a la ventana, con su bordado.
—Quizá son demasiado tímidos—me dije,—y esperan que la ocasión se presente sola.—Hice dos o tres observaciones, para ver si cambiaban de lugar, y salí de la habitación. Luego, con el corazón palpitante, esperé media hora, encerrada en mi cuarto y contando los minutos antes de atreverme a volver.
—Ahora—me dije,—él se le acercará, le tomará la mano y la mirará por largo rato en los ojos. ¿Me amas siempre?—le preguntará,—y ella, ruborizándose, con una mirada húmeda, se dejará caer sobre su pecho.
Cerré los ojos y suspiré. Las sienes me palpitaban, me sentía cada vez más embriagada por las imágenes que me representaba y me figuraba su continuación; lo veía caer de rodillas delante de ella, y, con miradas ardientes, balbucir juramentos apasionados de amor y de fidelidad.
Me sabía de memoria lo que él le decía en ese momento, y no menos bien lo que ella le contestaba: habría podido soplarle las palabras.
Cuando pasó la media hora, me consulté para saber si les otorgaría todavía algunos instantes: yo era entonces su providencia, y, en esta calidad, les acordé graciosamente mi protección, con una sonrisa.
—¡Ojalá puedan vaciar hasta el fondo la copa del deleite!—pensé, y resolví ir todavía a dar una vuelta por el jardín. Pero la curiosidad me dominaba a tal extremo, que a la mitad del camino volví sobre mis pasos.
Me acerqué sin ruido hasta la puerta, pero apenas hallé el valor necesario para dar vuelta al botón: la idea de lo que iba a presenciar me oprimía el pecho hasta ahogarme.
¿Y qué fue lo que vi?
Roberto estaba todavía sentado, como yo lo había dejado, en una esquina del canapé; había fumado su cigarro, del que no le quedaba ya más que la punta entre los dedos, y el bordado de Marta contenía una flor que antes no existía.
—¿Por qué te encoges de hombros con ademán tan despreciativo?—me preguntó Marta.
Y Roberto agregó:
—Parece que no tengo la aprobación de la señorita.
—Así, pues, siempre mis buenas intenciones son objeto de insultos—me dije, y salí golpeando violentamente la puerta detrás de mí.
Toda esa noche, loca de mí, me la pasé despierta hasta el amanecer, representándome la manera cómo yo, Olga Bremer, habría procedido en el lugar de uno y otro. Unas veces era Roberto y otras Marta; sentía, hablaba, obraba por ellos, y en el silencio de mi dormitorio resonaba el murmullo apasionado de un amor ardiente, desdeñoso del mundo entero.
Como para mi gusto, las cosas se presentaban demasiado simples, inventé un montón de dificultades: negativa de los padres, cita nocturna en la frontera y sorpresa por los cosacos, encarcelamiento, maldición paternal, fuga, y, por fin, muerte común en las aguas, pues un verdadero amor no me parecía dignamente sellado y concluido sino por la muerte.
Cuando me levanté, al día siguiente por la mañana, tenía zumbidos en la cabeza, y ante mis ojos bailaban manchas de luz verdes y amarillas.
Al ver mi semblante, Marta juntó las manos por encima de su cabeza, y Roberto, que otra vez estaba sentado en la esquina del sofá, envuelto nuevamente en nubes de humo, exclamó:
—¿Has pasado la noche llorando o bailando?
—Bailando—repliqué,—en el Brocken con otras brujas.
—No se puede sacar una palabra racional de esta chiquilla,—dijo moviendo la cabeza.
—A preguntas necias...—repliqué.
—¡Vaya! no volveré a abrir la boca—dijo riéndose;—de lo contrario se me serviría desde por la mañana un plato de necedades como en mi vida he comido.
Marta me dirigió una mirada de reproche. Yo huí al fondo del parque, al lugar más sombreado, y oculté mi encendida cara entre el fresco follaje.
Poco me faltaba para llorar.
—He ahí, pues, mi destino—me decía:—desconocida por todo el mundo, aislada y desdeñada con mi corazón ardiente de amor, marchitándome en mi rincón sin que nadie me solicite, mientras que en torno mío todo se entrelaza y satisface su pasión en ardientes besos.
Sí, en sueño, había substituido tan bien a Marta en su amor, que había llegado a tomarme por la heroína: el desencanto no podía hacerse esperar.
¡Si por lo menos a ellos dos se les hubiera ocurrido, más tarde, seguir los vuelos de mi imaginación! pero mientras más tiempo Roberto permanecía entre nosotros, más observaba las relaciones de Marta con él, y más me convencía de que el interés que yo les prodigaba, se perdía totalmente.
Ella, encarnación de la ama de casa, fría y tímida, sometida a todas las fatalidades de la existencia cuotidiana; él, encarnación del propietario, pesado y obtuso, incapaz de toda pasión. Discurría en esta forma, mientras mi corazón estuvo lleno del sentimiento amargo de que yo pasaba inadvertida y era inútil. Entonces ocurrió un incidente que no sólo suavizó mi humor, sino que hasta modificó sensiblemente mi juicio sobre nuestro primo.
VII
Hacía cuatro días que Roberto estaba en casa, cuando vino a buscarme de improviso y me dijo:
—Olguita, quisiera pedirte algo; ¿no vendrías a hacer un paseo a caballo conmigo?
—¡Qué honor!—repliqué.
—No, no hay que volver a empezar en ese tono—dijo con una risa en la cual se notaba algo de enfado.—Tratemos de ser buenos camaradas por media hora, ¿quieres?
Su ingenua franqueza me agradó: dije que sí.
Cuando nuestros caballos pasaron el portón, Marta estaba en la ventana de la cocina y nos hizo señas con su delantal blanco.
—Ves, Marta—dije para mis adentros,—así es cómo me iría con él a través del vasto mundo, si fuera su querida.
Yo no tenía entonces más que una noción bastante confusa de lo que es una «querida» y no vacilaba en elevar a Marta a esa dignidad.
—Monta bien—pensé en seguida;—mi «hijo del rey» no sería mejor jinete.
Y entonces me sorprendí al ver que me había erguido, orgullosa y alegre, en mi silla, invadida por un indefinible sentimiento de bienestar que me hacía correr un estremecimiento por todo el cuerpo.
Roberto nada decía, pero con frecuencia se inclinaba hacia mí y me hacía una seña amistosa, como si juzgase prudente consolidar nuestro pacto cada cinco minutos: trabajo inútil, pues nada estaba más lejos de mi imaginación que la idea de romperlo. Cuando hubimos trotado una media hora a un paso bastante vivo, detuvo su caballo y me dijo:
—¿Bueno, chiquilla?
—¿Qué hay, «grande»?
—¿Regresamos?
—¡Oh, no!
No estaba dispuesta a renunciar tan fácilmente a lo que me llenaba de una satisfacción tan completa.
—Entonces, ¡al bosque de Illowo!—dijo él señalando la mancha azulada que cerraba el horizonte a lo lejos.
Hice un signo afirmativo, y di tal latigazo a mi caballo, que éste se irguió y partió dando saltos.
—¡Bravo, por la chica de quince años!—gritó él detrás de mí.
—¡Dispense, dieciséis!—repliqué, volviéndome a medias hacia él.—Por otra parte, si me vuelves a echar en cara mi juventud, ¡se acabó nuestra camaradería!
—¡En nombre del Cielo!—dijo él riéndose.
Y continuamos nuestra carrera sin decir palabra.
El bosque de Illowo está dividido por una pequeña corriente de agua, cuyas orillas se hallan tan cerca la una de la otra, que las ramas de los álamos que las pueblan a cada lado, se entrelazan y forman por encima del espejo obscuro de las aguas una alta bóveda de verdura que, a cada desvío del riachuelo, termina en un muro de follaje, para volver a formarse inmediatamente después.
Bajo esa bóveda, junto al borde del agua, conocía desde mi infancia más de un escondrijo, donde me pasaba las horas enteras, leyendo o soñando, mientras mi caballo, un poco más arriba, pacía tranquilamente en el bosque.
Y como esta vez íbamos lentamente, por entre los troncos de árbol, se me ocurrió hacerle conocer uno de mis retiros.
—Quiero bajar—le grité,—ven a ayudarme a echar pie a tierra.
De un salto bajó de su caballo e hizo lo que yo le pedía.
—¿Qué quieres hacer?—me preguntó.
—Vas a verlo—dije,—pero primero suelta los caballos...
—¡No faltaba más!—dijo Roberto riéndose.—Me haces el efecto de quien quiere coger las liebres poniéndoles un grano de sal bajo la cola.
E hizo ademán de atar las riendas a un tronco de árbol.
—¡Suéltalos!—ordené.
Y como él no obedecía castigué a los caballos con mi varilla: antes que él hubiera pensado en sostener más fuertemente las bridas, los caballos galopaban ya libremente en el bosque.
—¿Y ahora?—dijo mi primo poniéndose las manos en los bolsillos.—¿Te imaginas que van a dejarse coger otra vez?
—Por ti, no—respondí riéndome, pues estaba segura de mis favoritos.
Y cuando al oír un ligero silbido de mis labios, ambos acudieron desde lejos dando brincos y vinieron a rozar suavemente mi cuello con sus hocicos, esperando una caricia, mi corazón se dilató: me sentía orgullosa de que hubiera en la tierra criaturas, aunque privadas de razón, que se inclinaban ante mi poder y me eran sumisas por afecto, y alcé hacia Roberto una mirada triunfante: ahora él debía saber quién era yo y qué pretendía.
Pero vi muy bien que todavía yo no le imponía.
—¡Maravilloso, chica!—dijo él, y nada más.
En seguida me dio un golpecito paternal en el hombro y se recostó perezosamente en el césped. Los rayos de sol que pasaban a través de las ramas, relucían en su barba: me pareció un gigante en reposo, semejante a los que nos pintan las leyendas del Norte.
Pero en el momento en que, al contemplarlo, iba a sumergirme en mis visiones románticas, se puso a bostezar terriblemente, de tal modo que volví a caer repentina y bruscamente en la prosa.
—¡Pero no nos vamos a quedar aquí, mi señor primo!
—No seas loca, chiquilla—dijo él cerrando los ojos.—Haz como yo, vamos a dormir.
Tuve un impulso de alegría, y, acercándomele, lo cogí por el cuello y lo sacudí fuertemente.
Quiso asir mi vestido, pero yo me escapé, lo que le hizo levantarse vivamente para correr tras de mí.
Entonces, tranquilamente me adelanté hacia él y le dije:
—Bueno, ahora, ven.
Por entre espesos matorrales, lo conduje a la base de la pendiente escarpada, al pie de la cual reposaba el agua profunda semejante a un espejo obscuro. Allí, los árboles de anchas hojas y toda clase de plantas trepadoras formaban, al engancharse a una salida de la roca, una cuna natural, donde había sombra aun en pleno mediodía.
Allí fue donde le hice entrar.
—¡Mil truenos! He aquí un lindo rincón, chica—dijo él al mismo tiempo que se extendía cómodamente sobre la piedra, tanto que sus pies caían casi al nivel del agua.
—Ven, ponte a mi lado; hay sitio para los dos.
Lo obedecí, pero me senté de manera que mi mirada pudiera dominarlo.
Él fingía dormir, y de cuando en cuando, por entre sus párpados medio cerrados, alzaba los ojos hacia mí.
De repente se me ocurrió esta idea:
«¿Si fueras Marta, qué harías en este momento?»
Y un pavor tal se apoderó de mí, que la sangre me subió hirviente a la cara.
—¿Eres miedosa, chiquilla?—me preguntó.
Yo sacudí la cabeza.
—Entonces, ven.
—Ya estoy a tu lado.
—Ponte allí, delante de mí.
Hice lo que me pedía: mis pies tocaban casi el borde de la piedra.
De pronto, se levantó, me asió, rápido como el rayo, por la cintura, y en el mismo instante me sentí suspendida sobre el agua.
Lo miré riéndome.
—¡Cómo!... ¡Cómo!...—dijo.—¡No hay de qué reírse! Si te dejara caer...
—Me ahogaría... Pues bien, ¡déjame caer!
—No. Antes quiero que me confieses algo.
—¿Qué?
—¿Por qué no puedes sufrirme?
Respiré profundamente. Al mismo tiempo sentí que las suelas de mis botines tocaban ya la superficie del agua: él no podía dejarme caer más. Una deliciosa sensación de desfallecimiento me invadió.
—Pero yo puedo sufrirte—le dije.
—¿Por qué entonces me contestas siempre de tan mala manera?
—Porque soy una muchacha mal criada.
—¡Enhorabuena!—dijo él, riéndose.
Y, con un movimiento brusco, me alzó como una pluma: yo me volví a encontrar de pie sobre la piedra.
—Bueno, ahora siéntate; vamos a conversar seriamente.
Me tomó la mano y continuó:
Mira, soy un hombre sencillo, he trabajado mucho y pensado poco en ejercitar mi espíritu. Tú, con tu vivacidad, me ganas fácilmente; por eso es que siempre me cuesta trabajo hablarte. Tú no lo haces con mala intención, bien lo sé, pues en nuestra familia no se conoce la maldad; pero de todos modos eso no conviene. Tengo casi doce años más que tú, tú eres todavía una chiquilla, o poco menos... ¿Tengo razón?
—Tienes razón...—respondí humildemente.
Y me preguntaba aparte lo que se había hecho mi altivez.
—¿Por qué, pues, procedías así?
—Porque quería agradarte.
Y exhalé un profundo suspiro.
Él me miró en los ojos con asombro.
—Porque quería mostrarte que no soy una tontuela, que tengo la cabeza muy a plomo, que yo...
Me detuve muy confusa. Roberto se mordía la barba y miraba frente a él, pensativo.
—¡Miren eso!—dijo.—Pues bien, creo que yo te estaba tomando por el mal lado. ¡Qué suerte que haya seguido el consejo de Marta!
—¿De Marta? ¿Qué consejo te ha dado?
—Tómala aparte, uno de estos días—me ha dicho,—y explícate con ella. Cuando Olga no quiere a alguién, lo aborrece, y me daría mucha pena que no te tuviera cariño.
—¿Marta ha dicho eso?—exclamé, y las lágrimas me asomaron a los ojos.—¡Qué corazón, qué corazón de oro!
—Sí, ha dicho eso y muchas otras cosas más para explicar tu temperamento y excusarte. Y como amo a Marta...
—¿La amas?—dije, interrumpiéndolo, ávida de saber más.
—Sí, profundamente—respondió él pensativo, con los ojos fijos en el agua que corría a sus pies.
Mi corazón latía tan precipitadamente, que apenas podía respirar. ¡Así, pues, él me tomaba por confidente, me convertía en su aliada! Habría querido saltarle al cuello, inmediatamente, tan agradecida me sentía hacia él.
—Y... ¿ella lo sabe?
—Debe saberlo... es una cosa que no se puede ocultar...
—¿Cómo?...—balbucí.—¿Tú no... no... se lo has dicho?
Roberto sacudió tristemente la cabeza.
Yo caí desde lo alto de las nubes. ¡De modo que los bosquecillos de nuestro jardín nunca habían prestado su abrigo a dos enamorados; la luna, que brillaba por entre las ramas, nunca había sido testigo de besos clandestinos! ¡Puras quimeras todas mis imaginaciones!
Pero, en medio de mi desilusión, sentía una profunda compasión por ese gigante, que, sin más fuerzas que un niño, buscaba amparo en mí. Me juré que su confianza en mí no sería vana.
—¿Y por qué has guardado silencio?—insistí.
Pareció que consideraba mi extrema juventud con un poco de desconfianza; sin embargo, dijo con un profundo suspiro:
—En aquel tiempo, yo era un muchacho tímido y no encontraba el valor necesario para hablar. ¡En esos primeros años de locura se siente uno tan transportado, si obtiene siquiera un apretón de manos a hurtadillas! Se figura uno que el mismo matrimonio no podrá ofrecer un deleite mayor. Pero en realidad tú no puedes comprender eso.
—¿Quién sabe?—repliqué en mi inocencia.—Mucho he leído ya sobre eso.
—En resumen—prosiguió él,—yo era entonces más o menos tan ingenuo como tú ahora. Y hoy, ¿sabes? hoy, si hablo, la menor palabra me vincula a ella, con cadena indisoluble, y para siempre.
—¿Entonces, no quieres vincularte?—le pregunté con sorpresa.
—No tengo derecho para ello—gritó,—no tengo derecho. No sé si podré hacerla feliz.
—¡Oh! ¡Francamente... si no lo sabes!...
Encogí el labio con desprecio y dentro de mí, llegué a esta conclusión: «¡Entonces, no la ama!»
Pero él, con los ojos chispeantes, se animó más:
—Compréndeme, niña. Si eso dependiera de mí, no pediría más que llevarla toda mi vida en mis brazos, para que su pie nunca tropezara con las piedras del camino. Pero... ¡oh! ¡esta miseria, esta miseria!
Y se mesaba los cabellos de tal modo, que yo me sentía realmente turbada. Nunca habría creído posible que ese hombre tan tranquilo y grave pudiera volverse tan apasionado.
—Confíame tus tormentos, Roberto—dije, poniéndole la mano en el hombro.—No soy más que una chica, muy sencilla, pero eso desahogará tu corazón.
—¡No puedo!—gimió,—¡no puedo!
—¿Y por qué?
—Porque sería mortificante... hasta para ti. No puedo decirte más que una cosa: Marta es una criatura delicada, tierna e impresionable; jamás podría resistir al torrente de penas y de tormentos que caería sobre ella: se doblaría como una frágil caña al primer soplo de la tormenta. ¿De qué me serviría tener que llevarla al cementerio pocos años después de nuestro matrimonio?
Un helado calofrío me pasa por todo el cuerpo cuando pienso en la horrible manera en que debía realizarse esa frase, llena de presentimiento, pero en aquel momento nada vino a advertírmelo: sólo experimentaba un vivo deseo de dar a ese amor, por demás prosaico para mi gusto, un giro tan romántico como fuera posible. Desgraciadamente no había gran cosa que hacer. Por lo menos asumí una expresión capaz y busqué en mi memoria algunas de las frases que las venerables sibilas o los confesores dan ordinariamente como viático a los amantes desgraciados.
Y él, como un gran niño que era, bebió esas tontas palabras de consuelo con la avidez de un hombre que se muere de sed.
—¿Pero tendrá paciencia ella también?—me preguntó, y parecía perder nuevamente el valor.
—¡Sí, la tendrá! ¡Confía plenamente!—grité con arrebato.—Puesto que espera desde hace tanto tiempo, podrá muy bien tener paciencia uno o dos años más. Ya verás cómo se somete de buen grado.
—¡Y si, aun más tarde, ese casamiento no pudiera realizarse!—objetó Roberto.—¡Si yo defraudara su esperanza, si hubiera jugado con su corazón! ¡No, no hablaré; antes me arrancarán la lengua, no hablaré!
—Si no querías hablar, ¿para qué viniste entonces?
Dios sabe cómo ese pensamiento de doble filo vino a mi espíritu de joven aturdida. Sentí confusamente que al pronunciar esas palabras cometía un acto de crueldad, pero... ya era tarde.
Vi palidecer su rostro, sentí que su respiración ardiente se exhalaba en un suspiro.
—Soy un hombre de honor, Olga—murmuró entre dientes;—¿para qué atormentarme? Pero, ya que has hecho la pregunta, tendrás una respuesta. He venido porque ya no podía vivir sin ella, porque quería beber en sus ojos el consuelo y la fuerza necesarios para las tristezas venideras, y porque... porque, en el fondo, acariciaba siempre la secreta esperanza de que las cosas aquí pudieran tomar otro giro, que todo pudiera arreglarse para que yo me la llevara conmigo.
—¿Y las cosas no se arreglan?
—¡No!... No preguntes por qué. Conténtate con esta respuesta: ¡no!
De repente se inclinó hacia mí, se apoderó de mis manos y me dijo desde el fondo del corazón:
—Ves, Olga, cómo nuestro compañerismo ha tenido mejor resultado que el que podíamos esperar uno y otro hace media hora. ¿Querrías asistirme fielmente, y ayudarme en cuanto estuviera en tu poder?
—Sí, te ayudaré—respondí, y al decir esto me sentí penetrada de la solemnidad de mi promesa.
—Veo que ya no eres una niña—continuó él,—eres una joven enérgica e inteligente, y si emprendes algo, no flaquearás. ¿Quieres velar por ella, para que no se desaliente, si todavía esta vez me voy sin haber hablado? ¿Lo quieres?
—Sí, velaré—repetí.
—¿Y quieres escribirme de cuando en cuando para decirme cómo está, si se siente bien, si sigue animosa? ¿Quieres?
—Te escribiré—volví a contestar.
—Entonces, ven, dame un beso, y seamos buenos amigos en lo sucesivo y para siempre.
Y me besó en los labios...
Cinco minutos después estábamos a caballo, y trotábamos rápidamente hacia la casa, pues ya comenzaba a obscurecer.
—¡Cuánto han tardado!—dijo Marta que estaba en el terrado, con su delantal blanco, y nos sonreía desde lejos.
Cuando la vi, experimenté el sentimiento de que toda la ternura que yo pudiera prodigarle, sería poca. Me precipité hacia ella y la besé impetuosamente. Pero, al mismo tiempo tuve pena, pues me parecía que así borraba de mis labios el beso de Roberto. Me desprendí de sus brazos, con el corazón oprimido, y me alejé. En la mesa, esa misma noche, no cesé de mirar a mi primo, pues me imaginaba que me recordaría con una seña nuestro convenio secreto. Pero él no pensó en ello; sólo cuando todos se levantaron deseándose «buena digestión,» me estrechó la mano de un modo muy particular, como nunca lo había hecho antes.
Esto me hizo tan feliz como si hubiera recibido un magnífico presente.
Esa noche, me costó mucho trabajo esperar el momento en que me encontraría en mi cama, con la vela apagada. Me gustaba quedarme así, una hora por lo menos, con los ojos bien abiertos en la obscuridad, y soñando: tenía la facultad de poder quedarme despierta todo el tiempo que quería, y de dormirme tan pronto como me parecía conveniente; para ello no tenía más que hundir la nariz en la almohada, y era cosa hecha. Esta vez me estiré en mi cama con un sentimiento de bienestar que nunca había conocido en mi vida. Todos los deseos de mi existencia me parecían colmados. Mis mejillas ardían y en mis labios tenía, todavía sensible, la picazón ligera del primer beso con que un hombre—papá, naturalmente, no contaba,—los hubiera rozado.
Y si, contemplándolo de cerca, ese beso se dirigía también a otra, ¿qué me importaba? Era tan joven todavía, que no podía pretender semejante cosa para mí sola.
Volví una vez más a mi idea predilecta: ¿Qué haría yo si estuviera en el lugar de Marta? De esta suerte, no necesitaba desgarrar el tejido de imaginaciones, que no eran más que puras quimeras—ese día me lo había probado bien,—pero podía trabajar en él con toda tranquilidad, y fue lo que hice en mi desvelo o en mis sueños, hasta la mañana siguiente.
Dos días después, Roberto partió. Algunas horas antes de marcharse tuvo una larga conversación con Marta en el jardín.
Los vi internarse en él sin sentir celos, y fue para mí un placer indecible el guardar la puerta para que nadie los sorprendiera.
Cuando reaparecieron, estaban silenciosos y fijaban en el suelo sus miradas serias y tristes.
No, no se había declarado, bien lo vi a la primera ojeada, pero había hablado del porvenir e insinuado sin duda algunas palabritas de tímida esperanza.
En el momento en que iba a subir al carruaje se encontró por casualidad solo conmigo algunos segundos. Me tomó la mano y murmuró:
—¿No revelarás una sola palabra? ¿Puedo contar con ello?
Hice un signo de afirmación enérgica.
—¿Y me escribirás pronto?
—Seguramente.
—¿Adónde debo dirigirte la respuesta?
Me quedé azorada: no había pensado en ello. Pero, como los minutos eran contados, nombré al azar a un viejo mayordomo que me había demostrado siempre más afecto que nadie.
VIII
El tiempo transcurría. Lo mismo que antes, los días sucedían a los días, y sin embargo, ¡cuán nuevo y particular se había vuelto el mundo para mí!
Ya no necesitaba estudiar el amor en los libros, ni mirarlo de lejos; había penetrado en persona en todo mi ser, sus dulces enigmas me envolvían por todas partes y podía—¡oh deleite!—divertirme con ellos: estaba sumergida hasta la cabeza en la intriga que debía asegurar la felicidad de mi hermana.
Era maravilla ver, después de esa visita de Roberto, cómo Marta volvía a la vida y recuperaba a la vez fuerzas, colores y salud. Esos pocos días de existencia en común con él habían obrado sobre ella como un baño fortificante, y más aun la milagrosa fuente de la esperanza, de la cual había bebido furtivamente a grandes tragos.
Sin duda, no había recobrado su brillante alegría de otros tiempos, que esos siete años de ansiosa espera parecían haberse llevado irrevocablemente; ni cantos ni risas se escapaban ya de sus labios, pero un brillo suave y cálido animaba sus facciones como si una luz salida del alma, las iluminara. Ya no se arrastraba por la casa a pasos lentos y cansados, y cuando alguien se le acercaba, ella lo acogía con una sonrisa amistosa.
Como su dicha necesitaba desahogarse en afecto, se me acercaba más y más y procuraba penetrar en mi pensamiento taciturno y solitario. Eso no hacía más que aumentar mi cariño e impulsarme a rogar a Dios para que derramara sus bendiciones sobre ella, pero no le daba mi confianza.
Mientras no me abriera su corazón ella misma, no podía ni quería confesarle cuán profundamente mis ojos habían penetrado ya en él.
Más de una vez me sorprendí contemplándola con un sentimiento maternal, si puedo decirlo, pues desde que estaba en correspondencia seguida con Roberto, me figuraba que verdaderamente tenía la felicidad de ambos en mis manos.
En mi presunción, me consideraba fácilmente como un buen genio, vestido de blanco, con una palma en la mano, y cuya sonrisa vertía bendiciones. Mientras tanto, contaba los días hasta la llegada de una carta de Roberto, y corría de acá para allá, con las mejillas encendidas, cuando, al fin, la llevaba sobre mi corazón.
Esas cartas se me habían hecho tan necesarias, que me era difícil concebir cómo había podido vivir antes sin ellas. So pretexto de contarle los hechos y dichos de Marta, sabía muy bien ahuyentar las penas de su corazón con mi charla, infantil y loca como gusta a los hombres, para poder sentirse superiores a nosotras, o seria y llena de madurez, como se había vuelto mi corazón. Le agradaba mi cháchara, cualquiera que fuera su tono, como se escucha con gusto el gorjeo de un pájaro cantor, y yo no pedía más. ¡Le estaba tan agradecida porque me había asociado a su grande y sincera pasión, a mí, a la chicuela a quien todavía hacían salir de la habitación cuando la gente grande quería hablar de cosas serias! Toda mi dignidad, toda la importancia que yo tenía a mis propios ojos, me venían de ese papel de protectora.
Así crecía yo con ese amor, me alimentaba con esa pasión, de la que nunca la menor migaja debía caer para mí de la mesa.
Cuando llegó el otoño, noté que Marta manifestaba una agitación extraordinaria. Andaba con paso febril por su cuarto, permanecía a veces la mitad de la noche en la ventana, hablaba en voz alta haciendo ademanes cuando creía estar sola, y se estremecía violentamente cuando se veía sorprendida.
Informé fielmente a Roberto de lo que había observado y le pregunté además si no había hecho quizá esperar su visita para aquella época, pues toda la manera de ser de Marta me parecía provocada por una sobreexcitación enfermiza de la espera.
Tuve ocasión de estar satisfecha de los conocimientos psicológicos de mis diecisiete años, pues mis previsiones eran justas.
Profundamente abatido, me escribió que efectivamente, al separarse de ella, había expresado la esperanza de poder volver en el otoño siguiente con cara más alegre; pero se había equivocado: estaba, más que nunca, sumergido en las penas y en las deudas, y trabajaba como un esclavo sin ver brillar el menor fulgor de esperanza.
«Por lo menos—le contesté,—líbrala del tormento de la espera e informa a nuestros padres, con miramientos, de tu situación.»
Así lo hizo: dos días después, papá, muy apenado, trajo la carta que a causa de mi juventud, todavía demasiado irracional, yo no debía leer.
Esa carta tuvo sobre el ánimo de Marta una influencia que me asustó y me conmovió. La sobreexcitación de las últimas semanas desapareció repentinamente, como barrida de golpe, y dejó el lugar a ese abatimiento desesperado que, ya una vez antes de la venida de Roberto, la había convertido en una sombra: nuevamente se enflaqueció, y dos surcos profundos se abrieron en torno de sus ojos, otra vez tuvo que recurrir a las gotas de valeriana en los momentos frecuentes en que se retorcía en crisis dolorosas, otra vez también le había vuelto ese perpetuo deseo de llorar que, a la menor ocasión, se daba curso en torrentes de lágrimas.
Esta vez, papá no mandó buscar al médico: podía fijar el dianóstico él mismo. Hasta mamá se compadeció de los sufrimientos de la desdichada, tanto como se lo permitía su apatía, y ésta no consentía que se alejase de la estufa para atender a su hija enferma.
En cuanto a mí, encontré entonces por primera vez la ocasión de mostrar a los míos que ya no era una criatura y que mi voluntad tenía algún valor, aun cuando se tratara de cosas serias.
Asumí toda la dirección de la casa, y por más que todos sonrieron maliciosamente y protestaron, y Marta me explicó repetidas veces que jamás consentiría que yo, la más joven, la suplantase, me las compuse tan bien que al cabo de quince días yo era quien manejaba toda la casa.
Fue aquella la única época en que tuviéramos todos que disputar con Marta; pero poco a poco fuerza le fue reconocer que lo que yo hacía era por amor a ella, y finalmente concluyó por ser la primera en agradecérmelo. Por otra parte, se acostumbró a cederme en más de un punto, aunque tratando de disimularse a sí misma mi influencia y dando a entender que había que dejar hacer su voluntad a los niños.
En mi correspondencia con Roberto, aprendí por primera vez que se puede mentir por amor. Le disimulé el triste efecto que había producido su carta; sí, no me ruborizaba de escribirle que todo marchaba perfectamente. Procedía así porque estaba persuadida de que la verdad lo habría sumido en una multitud de nuevos cuidados y pesares, que no dejarían de abatirlo, puesto que nada podía remediar. Pero entonces se me hacía terriblemente difícil conservar el tono de charla ligera, y muy a menudo las bromas se helaban en la punta de mi pluma.
Y todo se ensombrecía de día en día en torno nuestro. Papá estaba cabizbajo, porque las malas cosechas habían defraudado sus más bellas esperanzas; mamá murmuraba, porque nadie iba a distraerla, y Marta se marchitaba cada vez más.
Las fiestas de Navidad llegaron, tan tristes como nunca hasta entonces nuestro apacible interior había visto otras.
En torno del flamante árbol de Navidad, que esta vez yo había adornado e iluminado en lugar de Marta, permanecíamos inmóviles sin saber qué decirnos, tan oprimido teníamos el corazón. Y, como nadie se decidía a hacerlo, tuve que esforzarme en reír y hacer lo posible para borrar las arrugas de inquietud que surcaban todas las frentes. Pero casi no encontré eco y por último nos dimos la mano deseándonos buenas noches para retirarnos cada uno a nuestro cuarto, puesto que no sabíamos cómo entrar en materia los unos con los otros.
Cuando llegué al lado de Marta, que estaba sentada en un rincón, con los ojos fijos en las velas que comenzaban a apagarse, sentí que un doloroso estremecimiento me atravesó el pecho, como si le hubiera hecho un agravio que debiera reparar; pero ignoraba cuál podía ser ese agravio.
Ella me dijo al besarme en la frente;
—¡Que Dios te conserve tu valiente corazón, Olguita! Te agradezco mucho las bromas que te has esforzado en decir hoy.
No supe qué contestar, pues ese sentimiento de culpabilidad que no podía definir, me desgarraba el corazón.
Cuando me encontré sola en mi cuarto, me dije: «¡Bueno, ahora vas a festejar la Navidad!» Saqué las cartas de Roberto de la gaveta en que las tenía cuidadosamente escondidas y resolví leerlas hasta una hora avanzada de la noche.
La tempestad sacudía los postigos, la nieve, empujada por las ráfagas del viento, barría los vidrios con un roce ligero y la lámpara de pantalla verde suspendida del cielo raso, esparcía sobre mí su fulgor apacible.
En el momento en que colocaba cómodamente delante de mí el paquetito de cartas, oí junto a mí, en el dormitorio de Marta, el ruido sordo de una caída, y luego un murmullo indistinto que me pareció el de una oración mezclada con sollozos.
«¡He ahí cómo celebra la noche de Navidad!»—pensé juntando involuntariamente las manos. Sentí otra vez un dolor en el corazón, como si mi conducta hacia mi hermana fuera falsa y cruel. Y continué devanándome los sesos hasta que vi claramente que sólo las cartas eran culpables.
«¿No es por su bien por lo que escribo y por lo que guardo silencio?»—me pregunté.
Pero mi conciencia no se dejó seducir. No. Aquello fue como si un rayo me hiriera en la cara, pues sentí con qué delicias mi corazón acariciaba esas cartas.
«¿Qué no daría ella por una de estas hojas?»—me dije en seguida.—«Ella que comienza a dudar del amor de Roberto, que lucha con la angustiosa idea de que, si no ha venido, es únicamente porque quiere arrancarla de su corazón.»
«Y tú oyes sus sollozos—continuaba una voz dentro de mí,—y la dejas presa de sus torturas mientras que tú te deleitas pensando en que tienes un secreto con él, con él, que pertenece sólo a ella.»
Me escondí la cara entre las manos: la vergüenza se apoderaba de mí tan violentamente, que tuve miedo de la luz que me alumbraba. «¡Dale esas cartas!»—me gritó repentinamente una voz, y me lo gritó tan alto y con tanta claridad, que me pareció que era la tempestad la que me había lanzado esas palabras al oído.
Entonces tuve que sostener una lucha terrible. Sin embargo, cada vez que mi buena voluntad cedía, instada por el temor de faltar a la palabra que había dado a Roberto, y por el deseo de seguir todavía en correspondencia secreta con él, el ruido de los sollozos y de la oración de Marta llegaba hasta mí más claro, y me trastornaba a tal punto los sentidos, que me parecía que iba a verme obligada a huir hasta el fin del mundo, para no oírlo más.
Y concluí por cumplir conmigo misma. Tomé las cartas, las reuní en un elegante paquete que até con una cinta y me dispuse a llevárselas a su cuarto.
«¡Este será su regalo de Navidad!»—dije pensando en que ese año no había podido hacerle, como de costumbre, un bordado o un tejido; y, como siempre agrada, cuando se hace un regalo, cierto aparato para ocultar la alegría que desborda del corazón, resolví representar todavía un poco la comedia, antes de entregárselas.
Bajé a medio vestir, tal como estaba, a la sala del piso inferior, donde se encontraban nuestros regalos, bajo el árbol de Navidad. Tanteando en la obscuridad, busqué su plato, recogí los objetos que estaban al lado de éste, y por encima de todo coloqué el paquete de cartas.
Cargada de esta manera, me acerqué a su puerta y toqué.
Oí un roce, el ruido que hace una persona que se levanta bruscamente, y, al cabo de un intervalo bastante largo—sin duda el tiempo necesario para enjugarse los ojos,—su voz resonó muy cerca de la puerta, preguntando quién estaba allí y qué querían.
—Soy yo, Marta—dije.—Te traigo tu plato; lo habías dejado abajo.
—Llévalo a tu cuarto, iré a buscarlo mañana—respondió ella.
Y en la voz tenía sollozos que se esforzaba en disimular.
—Pero un nuevo regalo ha venido a agregarse a los demás—dije.
Y también mis palabras estaban medio ahogadas por las lágrimas.
—¡Bien! Me lo darás mañana—replicó,—ya estoy desvestida.
—Pero ese regalo es mío—dije.
Y, como en la bondad de su corazón, temió ofenderme, no obstante su inmenso dolor, me abrió la puerta.
Me lancé hacia ella y lloré sobre su hombro, apretando convulsivamente el plato con la mano izquierda.
—¿Qué tienes, querida?—me preguntó acariciándome.—En toda la casa eras la única que conservabas tu buen humor, y ahora...
Me armé de valor y, acercándola a la luz, le mostré el plato. A la primera ojeada reconoció la letra; se puso blanca como el yeso que cubría las paredes, y, con sus ojos enrojecidos por las lágrimas, me miró fijamente como si hubiera perdido la razón.
—Tómalo, pues—dije,—tómalo.
Ella extendió la mano, pero la retiró con un ademán brusco: se hubiera dicho que había tocado un hierro candente.
—Ves, Marta—dije, deseando vengarme de su silencio y para darme cierta importancia,—no has querido tener confianza en mí, me has tratado siempre como a una criatura, pero todo lo he adivinado, y, mientras tú te desesperabas, yo he obrado.
Ella continuaba mirándome fijamente, desconcertada, sin comprender.
—Crees que Roberto no se inquieta por ti—continué.—Sin embargo, he tenido que darle cuenta de tu vida, de tu salud, cada semana regularmente.
Marta retrocedió tambaleándose, se llevó las manos a la cabeza, y, de improviso, una especie de calofrío la sacudió. Se adelantó hacia mí, me tomó las manos y con voz singularmente velada, dijo:
—¡Mírame de frente, Olga! ¿Quién de los dos ha escrito la primera carta?
—¡Yo!—dije asombrada, no sabiendo todavía adónde quería ir a parar.
—¿Y tú le has... le has revelado mi estado, me has... ofrecido... Olga?
—¿Qué idea es esa?—dije.—El mismo fue quien me confesó todo, cuando estaba aquí... ¡Oh! Me conocía mejor que tú—agregué, no queriendo dejar escapar de mi juego ese ligero triunfo,—no se avergonzó de tomarme de confidente.
—¡Alabado sea Dios!—murmuró ella con un profundo suspiro, juntando las manos.
—Pero ven, Marta—dije llevándola a la mesa.—Vamos a festejar la Navidad.
Entonces leímos juntas las cartas, una tras otra, y, en cada una de ellas, en cada una de las frases sencillas y desmañadas, aparecía el corazón afectuoso de Roberto, su corazón de oro; arrojaba en nuestras almas abrumadas por el dolor una llamarada ardiente que nos consolaba y nos devolvía la alegría. Reíamos y llorábamos, con las mejillas apoyadas una contra otra, y nos estrechábamos con fuerza las manos, como para procurarnos recíprocamente la sensación de esas vivas y vigorosas presiones, que prodigaba su tosca mano roja.
Y de pronto, estábamos en uno de esos párrafos en que él me rogaba encarecidamente que cuidara a Marta, que velara sobre ella, ésta se sintió abrumada bajo el peso de su felicidad, y, me ruborizo al decirlo, se dejó caer delante de mí y apoyó sus labios en mi mano.
Pero, por violenta que fuera mi emoción, ya no sentía trazas de ese dolor punzante que, hacía poco todavía, junto al árbol de Navidad, me oprimía el corazón. Había cancelado mi deuda y fue en completa libertad, con el corazón aligerado, como me juré velar en lo sucesivo como un ángel tutelar sobre mi hermana que, mucho más que yo, niña simple y sin experiencia, necesitaba apoyo y protección.
Y ella lo sintió también, pues, aunque hasta entonces me hubiera tratado como a una criatura, se abandonó a mi dirección sin resistencia.
Al fin había conseguido lo que deseaba mi corazón. Existía un ser humano a quien podía mimar y acariciar a mi gusto, y como entonces nada nos separaba ya, dediqué a mi hermana toda la ternura que durante tanto tiempo había dormido inactiva en el fondo de mi alma.
No fue poca la sorpresa de mi padre y de mi madre al ver en nuestras relaciones, que en los últimos tiempos sobre todo dejaban mucho que desear, esa intimidad, esa cordialidad nuevas, y a la misma Marta le era difícil acostumbrarse a ello.
Me miraba siempre con extrañeza y decía a menudo:
—¡Cómo habría podido adivinar nunca que había en ti tanto afecto!
Si hubiera sabido qué sacrificio había hecho revelando mi secreto, habría dado aún más valor a mi cariño.
En verdad, mis presentimientos no me habían engañado: desde el momento en que Marta tuvo las cartas en sus manos, se acabó para siempre la dicha que me causaba ese convenio secreto con Roberto.
Ya no era para mí más que un extraño y, cuando me sentaba a escribirle, me parecía ser una simple máquina encargada de copiar los pensamientos de otros: así me sucedía a menudo entregar a Marta una carta sin haberla leído, tal como acababa de recibirla de manos del mayordomo.
A veces sentía remordimientos al pensar que abusaba de la confianza de Roberto, pues él no sospechaba que Marta estuviera en el secreto; pero, cuando la miraba, cuando veía desplegarse su sonrisa, y brillar en sus ojos soñadores la paz y la felicidad, me decía que era imposible que hubiera procedido mal, y mis escrúpulos se acallaban.
Hasta entonces no había engañado más que a él; muy pronto mi traición debía alcanzar también a Marta.
IX
El invierno y la primavera pasaron velozmente y llegó el momento en que las gavillas comenzaron a amontonarse en los trojes.
Roberto debía venir tan pronto como la cosecha hubiera terminado; «pero hasta entonces—escribía,—habrá que vencer más de una grave dificultad.»
Un día, papá entró en la cocina donde estábamos, y tomando una expresión indiferente, se paseó un instante por entre los calderos, resoplando y golpeando con su varilla las largas cañas de sus botas.
—¿Te has vuelto inspector de cocinas hoy, papá?—dije.
Él soltó una risa breve y dijo:
—Sí, me he vuelto inspector de cocinas.
Y después de haber andado todavía algunos minutos en silencio, se detuvo de improviso delante de Marta y dijo:
—Si tuvieras tiempo, hija mía, ¿podrías quizá venir un momento? Tu madre y yo tenemos que hablarte.
—¡Vaya, vaya, ahora comprendo esos largos preliminares! ¿Puedo asistir yo también a la entrevista?
—No—respondió él,—tú te quedarás en la cocina.
Durante un instante el silencio reinó en la casa; en torno mío el vapor silbaba, las cacerolas cantaban, la sirvienta hacía gran ruido al limpiar los cuchillos, pero de repente se oyó, dominando todo ese ruido, un grito breve y estridente que no podía provenir más que de Marta.
Temblorosa agucé el oído, y en el mismo instante papá se precipitó en la cocina gritando:
—¡Agua!
Pasé a su lado como una exhalación, y encontré a mi hermana tendida en el suelo, sin conocimiento, con la cabeza sobre las rodillas de mamá.
—¿Qué le han hecho ustedes a Marta?—grité dejándome caer de rodillas junto a ésta.
Nadie me contestó. Mamá, desatinada, se retorcía las manos, y papá se mordía el bigote, sin duda para retener las lágrimas.
Entonces, al inclinarme hacia mi hermana, vi en el suelo, junto a ella, una hoja de papel de carta rayado de azul; me apoderé de él tan vivamente como pude, sin que nadie notara ese movimiento. Después me apresuré a hacer lo más urgente, que era hacer volver en sí a Marta y acompañé a su cuarto a la desdichada, que dirigía en su derredor miradas atontadas.
Una vez allí la acosté. Con los ojos fijos en el cielo raso, me pedía de cuando en cuando de beber; parecía no haber recuperado sus sentidos todavía.
Pero yo saqué en secreto la carta de mi bolsillo y leí lo que transcribo aquí literalmente, pues he conservado cuidadosamente ese monumento del amor de una madre y de una hermana:
«¡Mi hermano muy querido, mi muy querida cuñada!
»Una circunstancia muy triste para mí me obliga a escribiros hoy. Estáis persuadidos, no lo dudo, de que os quiero mucho y de que mi corazón no tiene deseo más vivo que el de conservar con vosotros y vuestros hijos las relaciones más cordiales. Desde que estoy en el mundo, no os he hecho más que bien, no os he atestiguado otra cosa que afecto y vosotros me habéis correspondido siempre. En nombre de ese afecto os dirijo hoy una súplica, dictada por mi corazón de madre torturado por la angustia. Esta mañana mi hijo Roberto vino a casa y nos declaró, a mi marido y a mí, que tenía la intención de pediros la mano de vuestra hija Marta; al mismo tiempo solicitaba nuestro consentimiento, del cual no podía abstenerse, como buen hijo y buen amo de casa, pues, ¡ay de mí! todavía necesitará más de una vez nuestra ayuda.
»Si hubiera escuchado la voz de mi corazón, le habría saltado al cuello con lágrimas de gozo, pero me fue necesario conservar toda mi sangre fría, por mi marido y por mi hijo, que no son uno y otro más que dos niños, y me vi obligada a decirle que ese casamiento no podía hacerse.
»Mi querido hermano, no quiero reprocharte el que no hayas sabido conservar tu fortuna: lejos de mí el pensamiento de mezclarme en cosas que no me importan; pero, en el punto en que estamos, me permitiréis os diga que vuestra propiedad está gravada de deudas y que vuestras hijas, fuera de un ajuar que, quiero creerlo, será rico, no podrán contar con un centavo de dote.
»Por otra parte, los bienes de mi hijo Roberto están también cargados de deudas; efectivamente, ha tenido que pagar fuertes sumas para desinteresar a sus hermanos y hermanas, y además nosotros hemos conservado sobre la propiedad una hipoteca cuyos intereses nos hacen vivir, lo mismo que a mis otros hijos. En estas condiciones un casamiento con una joven pobre lo llevaría infaliblemente a la ruina.
»No hablo de la salud de vuestra hija Marta, que, a juzgar por vuestras cartas, debe ser una persona débil y enfermiza, incapaz por consiguiente de llevar con vigor el peso de una labor tan grande y de hacer la felicidad de Roberto; tan sólo el pensamiento de verla entrar en casa de mi hijo con las manos vacías basta para convencerme de que sería desgraciada y no podría menos que hacerlo desgraciado a él mismo.
»Si vuestra hija Marta ama realmente a mi hijo, no le será difícil, en el interés mismo de la felicidad de su primo, renunciar a él, esto en el caso de que Roberto tuviera el valor de pedir su mano, no obstante la prohibición de sus padres; pero no preveo, ni siquiera puedo concebir, en un hijo, semejante desobediencia a la voluntad paternal.
»Conozco demasiado, mis queridos amigos, el afecto que profesáis a vuestra hermana, para no estar persuadida de que negaréis como yo, desde hoy, y para siempre, vuestro consentimiento a esa unión funesta e irracional.
»Vuestra hermana que os querrá siempre,
»Juana Hellinger.
»P. S.—¿La cosecha es buena por allá? Aquí el centeno de invierno ha dado, pero las patatas sufren mucho de la enfermedad.»
Al leer esa prosa vulgar e hipócrita, me acometió un furor tal, que solté una violenta carcajada, y tirando la carta al suelo me puse a pisotearla.
Un ligero suspiro de Marta, a quien, sin duda, mi risa había hecho mal, me volvió a la razón.
Allí yacía ella, desesperada, como quebrantada por el golpe que habría debido, por el contrario, retemplar su valor y darle nuevas fuerzas para la resistencia. Y, mientras yo la miraba, torturada por el pensamiento de estar condenada al papel de espectadora impotente, mi corazón dejó escapar una vez más, con un suspiro, ese lamento de otras veces: «¡Que no esté yo en su lugar!» ¡Pero cuántas cosas nuevas encerraba hoy! Lo que antes no había sido más que una locura, una niñada, había hecho lugar a sentimientos serios: el valor del sacrificio y la confianza en mi fuerza.
Entonces resolví obrar, si acaso era todavía tiempo. Quise primero ir a buscar a mis padres, decirles lo que había hecho, que estaba desde hacía mucho tiempo al corriente de la situación, y finalmente exigir de ellos que me diesen en el consejo de familia el lugar al cual tenía derecho, a pesar de mi juventud.
Pero deseché en seguida esta idea. Tan pronto como hubiera tomado parte en las deliberaciones de familia, mi deber sería no proceder en contra de sus designios. Y no podía contribuir a la salvación de mi pobre hermana, como lo entendía y siguiendo el plan que había concebido, sino a condición de fingir una ignorancia absoluta.
Muy pronto vi en qué estado estaban las cosas. Cada uno había guardado de la carta lo que respondía mejor a su temperamento.
Papá, herido en su orgullo de hombre pobre, habría en lo sucesivo considerado como una vergüenza el dejar entrar a su hija en una familia en que se la miraría con malos ojos. Mamá, por su parte, se había dejado enternecer por los testimonios de afecto de que la carta estaba sembrada, y estimaba que no se debía burlar la confianza de su cuñada.
¿Y Marta?
Aquella noche, mientras yo velaba junto a su cama, sentí que su mano ardiente se posaba sobre la mía y su débil brazo me atraía suavemente hacia ella.
—Tengo que hablarte, Olga—murmuró, con la mirada siempre tristemente fija en el cielo raso.
—¿Si esperáramos hasta mañana?—respondí.
—No—dijo ella,—en el intervalo podrían suceder cosas que no deben producirse. A partir de hoy, todo ha concluido entre él y yo.
—Entonces conoces muy mal a Roberto—dije.
—Pero yo me conozco bien—dijo ella.—Yo soy quien rompe.
—¡Marta!—grité espantada.
—Bien sé que esto me matará—dijo ella.—¿Pero qué importa? Mi vida poco vale. Eso es mejor que hacerlo desgraciado.
—La fiebre es la que te hace hablar así, Marta—exclamé,—pues no te creo tan tonta como para dejarte hechizar por los melindres de esa vieja bruja.
—Siento demasiado que dice la verdad—dijo ella.
Un helado calofrío recorrió todo mi cuerpo al oírla proferir, con el tono tranquilo de un colegial que recita una lección, esas palabras de una tristeza desesperante.
—No protestes—continuó,—no es sólo de hoy que lo sé; siempre tuve ese presentimiento, y verdaderamente no necesitaba asustarme tanto hoy. Pero, qué quieres, causa siempre impresión el ver de repente escrita con todas sus letras la sentencia que hasta entonces uno no se atrevía a confesar a su propia conciencia.
Traté de consolarla con toda la elocuencia de que era capaz, hundí a la tía en el abismo más negro del infierno, y demostré a Marta menudamente que ella había nacido para desempeñar en la casa de Roberto el papel de ángel bienhechor. Pero todo fue inútil, no conseguí hacer revivir su fe en sí misma; el golpe la había herido demasiado profundamente. Por último me pidió que no escribiera una sola carta más a Roberto y que rompiera para siempre toda relación con él.
Me sentí espantada hasta el fondo del alma por mí misma quizá tanto como por ella; me negué con toda la energía que pude encontrar en mí; pero ella insistió, y, ante la amenaza que me hizo de revelar a la familia mi correspondencia con Roberto, tuve que consentir de grado o por fuerza.
Entonces vinieron días tristes; Marta vagaba, semejante a un fantasma. Papá, siempre a caballo, recorría como un montaraz los campos y los bosques, no asistía regularmente a las comidas y para ninguna de nosotras tenía una buena palabra. Mamá, nuestra bonachona mamá, tejía sentada en su rincón y de cuando en cuando enjugaba sus lágrimas, echando en su derredor miradas inquietas para ver si nadie lo había notado. ¡Ah, sí, aquella fue una época bien triste!
Yo había recibido de Roberto dos cartas apremiantes. Me decía que la inquietud lo devoraba y me suplicaba que le enviara noticias a vuelta de correo. No se lo dije a Marta, pero cumplí mi promesa.
Ocho días pasaron; entonces noté que mis padres deliberaban acerca de la respuesta que debían enviar a la tía. Papá era de opinión, para que no se pudiera siquiera sospecharlo de querer obtener ese casamiento por medios desleales, de comprometerse definitivamente por una promesa, y mamá decía: «sí,» como decía «sí» a todo lo que no tenía relación con las jaleas o las confituras.
Ese día Marta declaró que le era imposible levantarse de la cama; no sentía vivos dolores—decía,—pero sus piernas se negaban a llevarla.
Así veía yo adelantar el desastre, cada vez más amenazador. No podía esperar más: «Ven a cumplir tu compromiso mientras todavía es tiempo»—escribí a Roberto. Y, para mayor seguridad, bajé yo misma a la ciudad y entregué la carta al postillón que justamente se preparaba a partir para Prusia.
En el momento en que el sobre se escapó de mis manos, sentí como una puñalada en el corazón; se habría dicho que con esa carta entregaba mi alma a potencias desconocidas.
Tres veces quise volver sobre mis pasos para recoger la carta, pero cuando ya estuve decidida a hacerlo, el postillón estaba lejos.
A mi vez, cuando ascendí la colina que conduce a la casa, me oculté entre las malezas y lloré amargamente.
A partir de ese momento, fui presa de una agitación como nunca la he sentido en mi vida. Me parecía que una fiebre abrasadora me consumía; durante la noche, iba y venía en mi cuarto sin poder encontrar descanso; de día, estaba continuamente en acecho y cada vez que oía el ruido de un carruaje, toda mi sangre se retiraba de mi corazón.
A mis padres les contestaba disparatadamente y las criadas, en la cocina, comenzaban a sacudir la cabeza con expresión inquieta.
Una joven que espera a su prometido no habría estado más loca.
Esa fiebre duró cuatro días, y fue una felicidad que los míos estuvieran absortos en sus propios pensamientos, sin lo cual mis modales no habrían dejado de despertar sospechas.
X
Esta vez no fui yo quien recibió a Roberto. Cuando reconocí su silueta en el carruaje tirado por cuatro caballos que, cubierto de lodo, pasaba con estrépito la puerta del patio, huí al granero y me escondí en el rincón más apartado.
Tenía la cara encendida, temblaba de pies a cabeza y nubes rojas bailaban por delante de mis ojos.
Oí que, abajo, las puertas se abrían y se cerraban, oí pasos que subían y bajaban precipitadamente la escalera, oí las voces de las criadas que gritaban mi nombre; no me moví.
Y cuando todo volvió a quedar en silencio, bajé sin hacer ruido por las escaleras de atrás, que eran bastante obscuras, y fui a sentarme en el lugar más desierto del parque. Mi alma era presa de un extraño sentimiento de amargura y de vergüenza. Me parecía que debía levantarme y huir para no volver a encontrar la mirada de esos ojos que había esperado, sin embargo, con tan loca impaciencia.
Luego me representé lo que podía ocurrir en ese momento en la casa.
Papá se había encontrado sin duda algo desconcertado al ver a Roberto, pues, seguramente, tenía todavía sobre sí el peso de la pérfida carta de la tía; había hecho un ademán de negativa al oírle formular su petición; pero, en el mismo instante, Marta se había presentado. ¡Cuán pronto había vuelto a encontrar sus fuerzas, la pobre enferma, que, pocos minutos antes, yacía agotada en el sofá; cuán pronto había olvidado las penas, los dolores que sufrió durante años! Y ahora, están en brazos uno de otro y no tienen siquiera un pensamiento para mí.
Entonces, de improviso, se despertó en mí un orgullo fiero. «¿Por qué te escondes?—gritaba una voz en el fondo de mí misma.—¿No has hecho tu deber? ¿Todo esto no es obra tuya?»
Con un movimiento brusco me paré, eché hacia atrás mis cabellos en desorden y, con paso firme, apretando los dientes, me dirigí a la casa.
Al acercarme no oí ningún grito de alegría. Todo estaba silencioso, todo estaba como muerto...
En el comedor encontré a mamá sola. Tenía las manos juntas y exhalaba profundos suspiros, mientras gruesas lágrimas rodaban hasta su blanca papada.
—Es el efecto de la emoción—pensé al sentarme frente a ella.
—¿Dónde estabas, Olga?—dijo, enjugándose esta vez tranquilamente los ojos.—Es necesario que hagas matar algunos pollos para la comida y que pongas a refrescar el moselle. El primo Roberto ha llegado.
—¡Ah!—dije con mucha calma.—¿Dónde está?
—En el gabinete de tu padre conversando con él.
—¿Y dónde está Marta?—pregunté con una sonrisa.
Ella me dirigió una mirada de censura como para reprocharme mi demasiada sagacidad; después dijo:
—Está con ellos.
—Entonces puedo ir a felicitarlos ahora mismo—dije.
—Tontuela—dijo ella.
Pero antes de que pudiera poner mi proyecto en ejecución, vi que la puerta del cuarto contiguo se abría, y por ella salir lentamente, como si saliera de un ataúd, a Roberto, al primo Roberto, con el rostro terroso, la frente cubierta por gruesas gotas de sudor. Yo también sentí al verlo que la sangre se retiraba de mi cara. Un siniestro presentimiento me asaltó.
—¿Dónde está Marta?—exclamé adelantándome hacia él.
—No lo sé.
Se hubiera dicho que cada una de las palabras que pronunciaba iban a ahogarlo. Ni siquiera me dio la mano.
Papá salió detrás de él. Mamá se había levantado y los tres se quedaron allí parados, estrechándose las manos como en un entierro.
—¿Dónde está Marta?—grité otra vez.
—Ve a ver lo que hace—dijo papá;—sin duda te ha de necesitar.
Salí de un brinco y a saltos subí la escalera que conducía a su habitación. Esta estaba cerrada.
—¡Marta, abre! Soy yo.
Nadie se movió. Rogué, supliqué, prometí repararlo todo, le prodigué mil nombres cariñosos: todo fue inútil. Nada se oía, a no ser de vez en cuando un hálito, parecido a la respiración silbante que se escapa de una garganta medio sofocada. Entonces me encolericé al verme rechazada de todas partes.
—Sin duda seré bastante buena para preparar esta fúnebre comida—dije soltando una carcajada.
Y fui en busca de las criadas, hice matar seis tiernos pollos y me quedé mirando tranquilamente a esas pobres aves, mientras la sangre brotaba de sus pescuezos abiertos.
Daba lástima ver cómo uno de ellos, un gallito, batía las alas mientras la angustia de la muerte le arrancaba gritos y trataba de herir con sus espolones los dedos de la criada.
Hasta este pobre animalito, débil como es, se defiende cuando quieren degollarlo—pensé,—mientras mi señorita hermana besa humildemente la mano que la amenaza con el cuchillo.
La muerte de esos inocentes animales fue casi un alegre espectáculo comparado con la comida en que fueron servidos. La última comida de un condenado no habría sido más lúgubre. Cada cinco minutos alguien tomaba bruscamente la palabra y hablaba como quien cumple una faena obligatoria. Los demás asentían con la cabeza misteriosamente, pero bien veía yo que los que escuchaban no sabían lo que oían, lo mismo que el que hablaba no sabía lo que decía.
Marta no se había presentado.
En el momento de separarnos para retirarnos cada uno a nuestro cuarto, Roberto me tomó las dos manos y me llevó a un rincón.
—Te agradezco, Olga—dijo, y sus labios temblaban,—te agradezco tu exactitud y tu cariño. Ahora se acabó nuestra correspondencia...
—¡Por amor de Dios, Roberto!—balbucí.—¿Qué ha pasado?
Él se encogió de hombros.
—Quizá la he hecho esperar demasiado. Ha concluido por cansarse de mí.
—¡Eso no es verdad! ¡eso no es verdad!
Pero papá estaba detrás de nosotros e informaba a Roberto que, según su deseo, el carruaje estaría listo al día siguiente al amanecer.
—Entonces no te volveré a ver—exclamé espantada.
Él sacudió la cabeza.
—Despidámonos desde ahora—dijo estrechándome la mano.
Una voz me gritaba que no podía, marcharse así, que yo debía hablarle a toda costa. Pero ahogué valerosamente las palabras que me oprimían la garganta.
Entonces nos dimos un último apretón de manos y nos separamos.
Todavía tenía yo que hacer en la casa, y, mientras sacaba el café de la despensa y pesaba la harina y el tocino para la sopa de la mañana, oía siempre la misma voz que me gritaba en el oído:
—Es necesario que le hables.
Después, cuando me dirigí a mi cuarto con mi luz en la mano, di una vuelta para pasar por delante de su puerta, con la esperanza de encontrarlo en el corredor, pero todo estaba desierto y la puerta cerrada con llave. Sólo el ruido de sus pasos que sacudían la casa, resonaba en el interior.
En el cuarto de Marta reinaba un silencio de muerte. Apliqué el oído al agujero de la cerradura: nada se oía. Se habría podido creer que había muerto o bien que se había fugado.
Una inquietud me asaltó, me puse de rodillas delante del ojo de la llave, y rogué, supliqué, hasta amenacé con llamar a nuestros padres si ella persistía en no dar signos de vida.
Entonces se decidió a contestarme. Oí una voz: «¡Apiádate de mí, querida, apiádate de mí sólo por hoy!» Y esa voz estaba tan cambiada, que no la reconocía.
Me alejé, pero sentía crecer en mí el temor de que Roberto se fuera desengañado, con el rencor en el corazón, sin una palabra de explicación, sin haber sospechado siquiera todo el alcance del amor de Marta.
El fuego de la fiebre me subió a la cabeza y cada pulsación de mis arterias me gritaba: «¡Es necesario que le hables! ¡Es necesario que le hables!»
Me desvestí a medias y me recosté en el sofá. El reloj tocó las once; tocó las once y media. Todavía se oía resonar en la casa el ruido de sus pasos, pero mientras más tarde se hacía, menos posible me era poner en ejecución mi proyecto.
¡Si una criada me sorprendiera, si me viera penetrar en la habitación de un huésped! Al pensarlo, la sangre se paralizó en mis venas.
El reloj tocó las doce. Abrí la ventana y miré a lo lejos frente a mí. Todo parecía dormir; hasta en el cuarto de Roberto, lo mismo que en el de Marta, ninguna luz brillaba. Ambos sepultaban su dolor y su pena en el seno de la obscuridad.
El viento de la noche, que golpeaba las hojas de la ventana, me murmuraba: «¡Es necesario! ¡es necesario!» Al mismo tiempo una voz ligera, suave y acariciadora como una melodía, me decía: «Lo verás otra vez, sentirás su mano en la tuya, oirás el sonido de su voz, quizá oirás hasta su risa; ¿no es la felicidad lo que vas a llevarle, la felicidad de su vida?»
De repente tomé una resolución, cerré bruscamente la ventana, me puse precipitadamente una bata, y con mis zapatos en la mano me aventuré en el obscuro corredor.
¡Oh! ¡Cómo me latía el corazón, cómo me ardía la sangre en las sienes! Me tambaleaba, tuve que apoyarme en la pared.
Por fin llegué a su puerta. Los pasos continuaban haciendo temblar el piso, pero el ruido sordo había desaparecido. Seguramente se había quitado las botas.
—No hay que tocar—pensé de pronto,—Marta oiría.
Así el botón. Me estremecí.
¿Cómo abrí la puerta? No lo sé. Me pareció que otro lo había hecho por mí.
Oí alzarse delante de mí su alta y vigorosa silueta.
Un leve grito se escapó de sus labios; de un salto estuvo a mi lado. Luego sentí mis manos entrelazadas, y sobre mi frente el hálito de una respiración ardiente.
En el primer momento, la loca idea de que Marta se había acordado bruscamente de su antiguo amor, le pasó quizá por el cerebro; pero un minuto después, me había reconocido.
—¡Por amor de Dios, criatura!—exclamó.—¿Qué ocurre? ¿Qué es lo que te trae? ¿Nadie te ha visto? Di, ¿nadie te ha visto?
Sacudí la cabeza. «Te considera todavía muy tonta,» pensé, volviendo a recobrar el aliento, pues sentía desaparecer de mi alma los terrores que me había causado mi peligrosa empresa.
Se apartó de mí para encender la luz. Yo busqué con la mano el sofá y me dejé caer en una de sus esquinas.
Las velas esparcieron un vivo fulgor que me deslumbró. Me volví hacia la pared y oculté mi cara.
Un sentimiento de debilidad, un ardiente deseo de estrecharme contra él, se había apoderado de mí. Me sentía tan feliz de estar a su lado que me olvidaba de todo lo demás.
—Olga, mi querida, mi buena Olguita—dijo,—habla, ¿qué quieres de mí?
Alcé los ojos hacia él. Vi su rostro tostado y serio, en el que los sufrimientos de ese día habían labrado arrugas profundas y me quedé sumida en una muda contemplación.
—¿Qué quieres? ¿Me traes noticias de Marta?
—¡Sí, eso es, Marta!
Me levanté vivamente. ¡Basta de debilidades! Había recuperado esa fuerza indomable que era mi orgullo.
—Escucha, Roberto—dije,—no te marcharás mañana por la mañana.
—¿Por qué?—dijo, apretando los dientes.
—¡No quiero!
—Tu voluntad es muy respetable, querida niña—respondió él con risa mordaz,—pero no cambiará en nada mi resolución.
—¿Entonces quieres perder a Marta para siempre?
En ese instante me sentí otra vez tan fuerte y tan feliz en mi papel de protectora que, para unirlos, habría aceptado la lucha con el mundo entero.
¡Qué loca y cuán poco perspicaz era!
—¿Acaso no está ya definitivamente perdida para mí?—replicó él, con la mirada fija hacia adelante.
—¿Qué te dijo hoy?
—¿Para qué repetirlo? Sus palabras eran sabias, sensatas; tan sabias, tan sensatas, que no podía ser sino el lenguaje de una persona que ya no ama.
—¿Y lo crees realmente?—pregunté.
—¿No estoy obligado a creerlo? Y luego, en fin, ¡qué importa! Aun suponiendo que ella me hubiera guardado un resto de cariño, ha hecho bien en aprovechar la ocasión para deshacerse de él completamente. Más vale así, para ella como para mí. Nada tengo que ofrecerle, ni felicidad, ni alegría, ni siquiera la sombra de un placer, nada más que trabajo, penas y miseria, de un extremo del año al otro. Y por sobre todo esto, una suegra que le es hostil y le haría sentir duramente que se había presentado con las manos vacías.
Sentí que una oleada de sangre me subía a la cara. Me ruborizaba, no por Marta ni por mí, pues yo era tan pobre como ella; me ruborizaba por él al oírle hablar así de su propia madre.
—Y ahora, confiésalo tú misma, niña—continuó,—¿no te parece que hace bien, ante esta perspectiva, en quedarse a cubierto en el fondo de su nido calentito y en dejarme partir, puesto que no puedo traerle más que la desgracia?
Se pasaba la mano por los cabellos yendo de un lado para otro en el cuarto como un animal perseguido.
—Roberto—dije,—te engañas a ti mismo.
Él se detuvo, y me miró de frente soltando una carcajada:
—¿Qué quieres, por fin? ¿Debo exigir antes de marcharme que se me confirme esa negativa por escrito?
—Roberto—continué sin dejarme desconcertar,—con toda sinceridad, ¿amas a Marta?
—No seas niña—respondió él.—Si no la amara, ¿estaría aquí en este momento?
Estaba delante de mí y abría sus brazos de gigante. Me parecía que al cerrarse iban a aplastarme—sentí un deslumbramiento—me arrinconé más profundamente en el sofá.
Entonces me vinieron a la memoria los pensamientos que acariciaba desde hacía varios años: me representé cómo lo habría amado si yo hubiera sido Marta y cómo habría querido que él me correspondiera.
—Mira, Roberto—dije,—en resumidas cuentas, no soy más que una tontuela; pero sé muy bien lo que es el amor, y no son sólo los poetas los que me lo han enseñado. Hace tiempo que lo siento en el fondo de mi corazón.
—¿Amas a alguien?—me preguntó.
Yo me ruboricé y sacudí la cabeza.
—¿Cómo puedes entonces sentirlo en el fondo de tu corazón?
—Sin duda eso me ha caído del Cielo—respondí bajando los ojos hacia el suelo.—Pero, en todo caso, amaría de diferente manera que vosotros. No me sumiría en el desaliento, no huiría vergonzosamente como lo haces tú, diciendo: «¡Más vale así!» Pondría para vencerla, todo el ardor de mi alma, para conquistarla, toda la fuerza de mis brazos. La atraería hacia mi pecho y me la llevaría, ¡poco importa adónde! en la noche, al fondo del desierto, si el sol se negaba a alumbrarnos, si ninguna casa quería darnos el abrigo de techo. Preferiría morir de hambre con ella a la orilla del camino, a implorar al mundo que quiere separarme de ella. Eso es lo que haría, Roberto, si me hallara en tu lugar, y, si estuviera en el lugar de Marta, me echaría a tu cuello riéndome y te diría: «Ven, mendigaré para ti si no tienes pan, te daré mi seno para reposar tu cabeza si no tienes cama, y bañaré tus heridas con mis lágrimas, sufriré mil muertes por ti, dando gracias a Dios, al Señor, de poder hacerlo. ¿Ves, Roberto? ¡así es cómo me represento el amor y no como no sé qué sentimiento mezclado, en el que entra el temor de una suegra y el horror de los intereses atrasados!»
Había hablado con pasión. Sentía fuego en mis mejillas y de repente me avergoncé al pensar que había descubierto así delante de él el fondo de mi corazón. Me oculté la cara entre las manos, luchando contra las lágrimas.
Cuando me atreví a levantar la cabeza, él estaba delante de mí, mirándome fijamente, con ojos chispeantes.
—Criatura—dijo,—¿de dónde te vienen esas ideas?—Me parecía oír el cántico de los cánticos.
Apreté los dientes y guardé silencio. ¿Sabía yo misma de dónde me venían?
Pero él se sentó junto a mí y me tomó las manos.
—Olga—continuó,—lo que acabas de decir no era precisamente muy práctico, pero era hermoso, era sincero, y me ha conmovido hasta el hondo del alma. Me parecía oír una voz de otro mundo y casi tengo vergüenza de haber sido débil y cobarde. Pero, aun cuando levantara la cabeza, aun cuando pensara como tú, ¿de qué me serviría puesto que ya ella no me ama?
—¡Ella, no amarte!—exclamé. ¡Si la abandonas, Roberto, se morirá!
—¡Olga!
Vi que la alegría iluminaba su rostro y yo tuve en ese momento como la sensación de una mano extraña que me oprimía el pecho; pero no me desconcerté, y recurriendo a todo mi orgullo, continué:
—Roberto, sé que me despreciarás cuando sepas lo que voy a decirte; pero es necesario que te lo diga, para que te convenzas de que no debes partir. No he sido franca contigo, Roberto; he burlado tu confianza.
Y con la respiración jadeante, arrancando penosamente las palabras de mi garganta, le conté lo que había hecho con sus cartas.
Estaba lejos de haber concluido, cuando de pronto me tomó en sus brazos y me atrajo hacia él.
—Olga, ¿es verdad?—exclamó fuera de sí en su gozo.—¿Puedes jurarme que es la verdad?
Hice un signo afirmativo, pues el miedo, que hacía pasar por todo mi cuerpo un calofrío delicioso, me había quitado el uso de la palabra.
—¡Que Dios te lo pague, buena e inteligente niña!—exclamó estrechándome contra su pecho.
Y mi respiración se cortó en una deliciosa angustia. Dejé caer mi cabeza sobre su hombro y cerré los ojos. Entonces me estremecí al sentir que su boca se posaba en mis labios. Me pareció que una llama me había quemado. Y me besó otra vez, otra y otra: el gozo y el agradecimiento le habían hecho perder la razón.
Pero yo pensaba: «¡Ojalá nunca concluya este instante!» Y los calofríos me sacudían sin interrupción mientras mi cuerpo yacía inerte y sin fuerzas entre sus brazos. Una sola vez me pasó por la cabeza este pensamiento: «¿Puedo devolverle sus besos?» Pero no me atreví.
¿Cuánto tiempo me tuvo así? No lo sé: de repente sentí que mi cabeza chocaba rudamente con el borde del sofá. El dolor me hizo salir como de las profundidades de un sueño.
Me quedé allí sin movimiento, tratando de recobrar aliento.
Roberto lo notó y exclamó muy asustado:
—Estás muy pálida, niña, ¿te has hecho daño?
Dije que sí por señas, y agregué que aquello no era nada, que pronto pasaría. Pero bien sabía que no había de pasar, que esa impresión se grabaría en mis sentidos y en mi corazón con letras de fuego, que la llama de ese instante retemplaría mi corazón durante más de una larga y fría noche de invierno, esa llama que no era sin embargo sino el reflejo de su amor por otra. Sabía todo eso y me parecía que me iba a ahogar bajo el peso de ese pensamiento. Pero pronto me repuse, pues había aprendido a dominar mis nervios.
—Roberto—dije,—voy a darte un consejo, y después dejarás que me vaya, porque estoy algo cansada.
—¡Habla, habla—exclamó,—haré ciegamente lo que quieras!
Y cuando lo miré, no pude impedir exhalar un profundo suspiro de dolor y de júbilo, pues pensaba: «¡Te ha tenido en sus brazos!»
Habría querido dejarme caer nuevamente con los ojos cerrados en la esquina del sofá y fingir todavía un poco el desvanecimiento, pero me levanté vivamente y dije:
—Creo que Marta no cerrará los ojos esta noche; esperará el momento en que salgas de la casa. Querrá verte partir; como su habitación da al jardín, vendrá a la tuya o a la que está al lado. Cuando estés al pie de la escalera, espera un poco y luego haz como si hubieras olvidado algo, y entonces... entonces...
No pude decir más, pues oía resonar en mí con demasiada violencia, ya como un sollozo, ya como un grito de alegría, estas palabras: «¡Te ha tenido en sus brazos!»
Tuve miedo de no poder dominar mi emoción por más tiempo y quise huir precipitadamente, sin una palabra de despedida.
Cuando abrí la puerta, vi delante de mí a Marta.
Allí estaba ella, descalza, a medio vestir, pálida como una muerta y temblorosa. No pudo hacer un movimiento; sin duda le faltaron las fuerzas.
Y en el mismo instante oí detrás de mí un grito de gozo; vi que Roberto se lanzaba, pasaba a mi lado y recibía en sus brazos a la desdichada que se tambaleaba.
—¡A Dios gracias, ahora eres mía!
Estas fueron las últimas palabras que oí; huí a mi cuarto como si las furias me hubieran perseguido, me encerré y derramé lágrimas, lágrimas amargas.
XI
Salvaré rápidamente los años que siguieron con sus desgracias fulminantes y su largo cortejo de sufrimientos. Ellos me dieron la madurez y me hicieron mujer.
Ocho meses después de aquella noche, trajeron a papá a la casa en un adral; se había caído del caballo y sufría de graves lesiones internas.
A los tres días murió. En medio de las calamidades que cayeron entonces sobre la casa, fui la única que conservó toda su sangre fría. Marta, aniquilada, se abismó en su dolor y mamá—¡la pobre y querida mamá!—había permanecido durante tantos años sentada cómodamente y en paz al lado de la estufa tejiendo medias y mascando frutas azucaradas, que no quería ni podía concebir que aquella existencia cambiara. No dijo una palabra, apenas derramó una lágrima, pero el mal que la roía interiormente, hizo rápidos progresos y, aun cuando hubiera salvado de la fiebre tifoidea que la acometió cuatro semanas más tarde, el pesar se la habría llevado seguramente.
Ambos reposaban entonces en el cementerio, Marta y yo, huérfanas, abandonadas, nos quedamos en la granja desierta, esperando el momento en que se nos expulsaría. Por mi parte sabía el camino que tenía que seguir, sabía que el porvenir no me ofrecía otra perspectiva que la de ganar duramente mi pan al servicio de otros. No vacilaba y no discutía con mi destino: tenía suficiente energía, suficiente orgullo para vivir sola aun en el extranjero. Pero temblaba por Marta, que, menos que nunca, podía vivir sin consuelo ni afecto.
El día de su casamiento parecía todavía muy lejano. Roberto no podía hacerla esperar mucho más sin exponerse a verla extinguirse un día agotada por la pena, como una lámpara que ya no tiene aceite.
No me equivocaba en mis cálculos. Él no había podido asistir a los entierros, sin embargo, cada vez había mandado una palabra de consuelo a Marta para ayudarla a pasar las horas más penosas. De vez en cuando caían de sus cartas algunas migajas para mí, de las cuales me apoderaba con avidez, como quien se siente morir de hambre.
Un día, él mismo se presentó.
—¡Esta vez vengo a buscarte!—le gritó a Marta.
Ella se dejó caer sobre el pecho de Roberto y lloró. ¡Cuán feliz era! Pero yo me retiré al emparrado más sombreado del jardín y, abandonándome a mis reflexiones, me pregunté si mi corazón no tendría también algún día un hogar en que pudiera refugiarse tanto en las horas felices como en las horas de angustia. Bien sentía que esos eran vanos sueños, pues el único lugar en el mundo... en fin, sentí nacer en mí un orgullo y una amargura tales, que todo mi ser se llenó de hiel, y me desprendí con sombría aspereza de los brazos de los míos para encerrarme sola en mi dolor.
Querían llevarme con ellos, hacerme compartir lo poco de felicidad que les quedaba todavía: me crearía un interior en la casa de mi cuñado; pero rechacé su ofrecimiento con fiera obstinación.
Ambos trataron en vano de resolver el enigma de mi conducta, y Marta, que se desesperaba al pensar que no me tocaría la menor partícula de su dicha, venía a menudo por la noche junto a mi cama y lloraba sobre mi hombro. Entonces me ruborizaba de mi obstinación, le dirigía mil palabras afectuosas como a una criatura, y no la dejaba irse sino cuando había visto brillar por entre sus lágrimas una sonrisa de esperanza.
Durante ocho días, Roberto trabajó sin descanso en poner orden en nuestros negocios y en buscar un comprador. No nos quedó sino muy poca cosa; pero tampoco necesitábamos nada.
En seguida, se realizó sin ruido la ceremonia del casamiento. El viejo mayordomo principal y yo fuimos los testigos, y a guisa de comida de bodas hicimos una visita al cementerio, para despedirnos de las tumbas recientemente cerradas, cuya arena amarilla comenzaba a desaparecer bajo débiles tallos de yedra.
Durante las últimas semanas, había buscado en secreto una situación que me conviniera. Se me habían hecho diversos ofrecimientos; no tenía más que elegir. Cuando Roberto vino a buscarme y, con una arruga de inquietud en la frente, me hizo esta pregunta: «¿Qué vas a hacer ahora, Olguita?» le expuse con una sonrisa tranquila mis proyectos para el porvenir. Sobrecogido de admiración juntó las manos y exclamó:
—¡Verdaderamente, te envidio! ¡Harás camino, tú!
Y la misma Marta me envidiaba, bien lo veía en los ojos tristes que fijaba en él y en mí; habría deseado, para sacrificarlas a Roberto, toda la fuerza, toda la energía que me daba la juventud. La besé, traté de alentarla, y en la mirada suplicante que dirigió a su marido, leí este pensamiento: «Te doy todo lo que soy; perdona que sea tan poca cosa.»