CUARTA PARTE LOS PEONES DEL JUEGO
Reading edition
EN BASILEA
He vuelto de Saint-Moritz a Basilea. Voy ideando proyectos y dejándolos sin realizar. Tenía el pensamiento de seguir la ruta de Aviraneta y de mi suegro Arteaga, por el Rhin, hasta salir al mar; pero, al comenzar el camino en tren, estas enormes estaciones de los pueblos de Alemania, la gente atareada, que marcha de prisa, tanta fábrica y tanta chimenea, me han entristecido, y he vuelto atrás.
Nunca me había fijado como hasta ahora en la melancolía de los crepúsculos de estos pueblos del centro de Europa. ¡Qué cosa más lamentable! La vida es también en estas ciudades bastante triste. Para la mayoría de esta gente, el ideal es bien pobre: comer mucha grasa, beber mucha cerveza, y por toda diversión ir al cinematógrafo, al kino, como dicen ellos.
Estoy en Basilea, que es pueblo que me atrae. Vivo en un hotel modesto, muy agradable, que da sobre un jardín, con árboles y una fuente, y que no tiene nada de ese lujo insolente y aparatoso de los grandes hoteles, tan grato a los americanos y a los judíos.
Por las mañanas paseo por los alrededores de la catedral, ando por el claustro y me siento en la terraza a contemplar el Rhin, con sus olas verdes. Veo también el caserío del otro lado del río, los montes próximos y las chimeneas de las fábricas del barrio industrial de Basilea.
Miro el puente, reconstruído, por donde Aviraneta y mi suegro vieron pasar hace cerca de un siglo las tropas aliadas del príncipe de Schwarzenberg. Ahora pasan tranvías verdes y gente en bicicleta. Por la tarde voy al Jardín Botánico, a ver a las marmotas, y me gusta pasear por el Pequeño Basilea a orilla del río y contemplar las dos torres rojas del Munster, que se levantan al cielo y tienen en su base arboledas, terrazas y jardines, que se reflejan en las aguas del Rhin.
Los domingos, por la mañana, ¡qué melancolía en todo el pueblo! Una niebla suave invade las calles, desiertas; las casas góticas y las casas barrocas, con sus tejados apuntados, muestran sus ventanales, como unos ojos lánguidos y sin brillo. En la plaza de la Catedral y en la terraza que da sobre el Rhin no hay un alma. Alguna lancha marcha de lado, llevada por la gran corriente del río, y el barquero hace esfuerzos titánicos para dirigirla.
A las nueve comienzan a sonar todas las campanas del pueblo, y luego se oye el rumor del órgano y de los cantos de los oficios en la Munsterplatz. Por la tarde suelo estar en mi cuarto, con la ventana abierta, que da al parque.
Al anochecer cruzan empleados y empleadas de tiendas, montados en bicicletas. El cielo toma un color de ópalo, y pasan las golondrinas rápidamente, revoloteando y chillando.
Un orquestón de un circo de lona que han puesto delante de la estación del tren toca valses, polcas, la donna é mobile y la marcha de Tanhauser. Se enciende una luz de arco voltaico en el aire, y comienza a chirriar un grillo.
Hoy, sábado, después de cenar, oía una orquesta desde mi ventana, y he salido al parque próximo al hotel. Tocaba la música en un quiosco. La noche estaba tibia; los relámpagos iluminaban el cielo, haciendo destacarse en el horizonte esclarecido las ramas de los árboles.
La música ha tocado unos aires populares, entre los cuales he reconocido uno o dos de Haydn.
Unas muchachas cantaban al mismo tiempo la letra de estas canciones, y sus acentos guturales tenían un acento de juventud y de energía para mí encantador.
Algunos hombres se habían tendido en la hierba a escuchar; las muchachas paseaban en grupos, con sus trajes claros; había un olor de flores, y a veces resonaban las gotas de lluvia en las hojas de los árboles. Luego ha empezado a llover torrencialmente, y he corrido a refugiarme en el hotel.
Hoy, domingo, llueve también. He sacado mis papeles y me he puesto a escribir. Ya vivo sólo con mis recuerdos. Todo lo que uno ha vivido está bien muerto. ¿Quién se acuerda de ello? Nadie. Cierto que lo que vive ahora morirá también; pero esto no es un consuelo.
El cielo está gris y triste, como yo; para mí no hay sol mas que en los días transcurridos, y me refugio en mis recuerdos, como el animal se mete en su cueva.
I. LOS RIVALES
Por aquella época, verano y otoño de 1838, todas las conversaciones comenzaron a girar alrededor de Espartero y de Maroto.
Durante el mando del general Guergué, el desorden y la disciplina habían cundido en las filas carlistas. Los políticos amigos de Don Carlos vieron el peligro, y el Real decidió destituír al general navarro y llamar a Maroto, que estaba entonces viviendo en Burdeos.
El grupo carlista moderado, con el padre Cirilo a la cabeza, patrocinó la idea, y el partido fanático, a cuyo frente se había puesto un joven gallego, Arias Teijeiro, se opuso con energía.
MAROTO
Triunfó la tendencia moderada, y en junio de 1838 se encargó Maroto del ejército, restableció la disciplina, organizó las tropas y la administración militar, e hizo que sus fuerzas ascendieran a más de veinticinco mil hombres.
Esto no pudo llevar la concordia a las filas carlistas. Maroto no tenía ninguna simpatía por Don Carlos; Don Carlos sentía una gran desconfianza y un gran temor por Maroto.
Maroto estaba reñido con la mayoría de los generales carlistas afiliados al partido fanático. Además de esto, despreciaba a González Moreno, que a su vez miraba a Maroto como a un hombre voluntarioso y arbitrario; consideraba a Uranga y a Eguía como generales ineptos y sin talento, y odiaba con todo su corazón al grupo de los fanáticos capitaneados por Arias Teijeiro, sobre todo al cura Echeverría y a los generales García, Sanz y Guergué.
Mil resentimientos y rivalidades corroían el campo carlista; verdad es que en el liberal ocurría lo propio.
A principios de septiembre, Maroto consiguió derrotar en el Perdón al general cristino Alaix, y con la victoria el prestigio suyo aumentó entre las tropas.
Los soldados eran grandes entusiastas de Maroto. Se decía que cuando no había dinero para pagarles, Maroto lo buscaba, y que cuando no llegaba a encontrarlo lo daba de su bolsillo.
Por entonces el nuevo jefe hizo que se comenzaran a formar sumarios para encontrar a los promotores de los motines militares y a los autores de los complots que se fraguaron contra la vida de los hojalateros y de los castellanos, como el que produjo la muerte del brigadier Cabañas.
Resultaban cómplices varios sargentos y oficiales, pertenecientes a los batallones navarros, mandados por los generales Guergué, Sanz, García y Carmona, que eran los representantes del fanatismo clerical y del navarrismo.
Estos generales tenían mucho apoyo en la corte de Don Carlos, y Maroto, al notarlo, no sólo no siguió en su campaña con los Tribunales militares, sino que ni aun siquiera se atrevió a procesar a los oficiales complicados en este asunto, y mandó que, hasta nueva orden, se suspendieran las causas, de miedo de que el elemento fanático y clerical se le echara encima.
No por eso dejaba de pensar en el castigo, buscando la ocasión oportuna, porque el nuevo general era rencoroso y tenaz.
ESPARTERO
Así como Maroto aparecía a la cabeza de una fracción carlista, Espartero, por entonces, era jefe adicto a la Reina Gobernadora, y, dentro de las filas liberales, no estaba afiliado ni a los moderados ni a los progresistas.
Los dos partidos cristinos se hallaban sin jefe militar: el moderado, por la emigración del general Córdova; el progresista, porque no lo tenía desde la muerte del general Mina.
Los progresistas pensaron un momento en hacer su jefe militar a Narváez, y le favorecieron escandalosamente cuando la expedición de Gómez, postergando, sin motivo, a Alaix y a Rodil, que eran amigos de Espartero.
Narváez no correspondió al favor de los progresistas, y después del movimiento de Sevilla se alió con los moderados y tuvo que escapar de España.
Mientrastanto los progresistas veían la elevación de Espartero recelosos; creían que este general se inclinaba a una tendencia conservadora, cosa muy lógica en un militar, y la Prensa le reprochaba, justa o injustamente, la lentitud en las operaciones.
Aviraneta afirmaba que los motines militares que estallaron en esta época fueron dirigidos por los progresistas y por la masonería escocesa, que querían desacreditar a Espartero, porque temían que un general, al parecer moderado, acabara la guerra con éxito y pudiera erigirse en dictador.
Según Aviraneta, el general Seoane, progresista y afiliado a la masonería escocesa, entonces enemigo acérrimo de Espartero, había sido el promotor del motín de Hernani.
De permanecer Espartero alejado de los dos partidos liberales, hubiera podido ser, después de su éxito en Vergara, el árbitro de España; pero la ambición y la prisa le impulsaron a tomar partido entre los progresistas, que le conquistaron y lo pusieron a su cabeza.
El que hizo en este caso de sirena fué el cónsul de Bayona, Gamboa, a pesar de su mediocridad, quizá por ella misma.
Horas después de haber abandonado el Pretendiente el suelo de España, y de refugiarse en Francia, Gamboa pasó a Urdax, tuvo una larga conferencia con Espartero, e hizo su conquista.
Gamboa llevaba plenos poderes de la masonería y del partido progresista para pactar con el general victorioso. Aviraneta que lo supo, no sé por qué conducto, mandó inmediatamente por el Consulado inglés de Bayona un parte a la Reina, advirtiéndola lo que pasaba, y aconsejándola que empleara todos los medios posibles para impedir que los progresistas aceptaran la jefatura de Espartero, pues la jefatura de un militar en uno de los partidos del Gobierno podía producir grandes daños al país, llevándolo al militarismo.
Don Eugenio era de los que veían un peligro en la preponderancia militar.
La mujer de Espartero se enteró de este aviso en Madrid, y se lo comunicó a su marido, y Espartero no se lo perdonó nunca a Aviraneta.
Por más de que luego dijo el general que su encono contra Aviraneta dependía de tenerlo por un conspirador y por un intrigante, la causa verdadera fué este parte que don Eugenio envió a la Reina.
II. EL MURCIÉLAGO
Un día que estaba en el cuarto del hotel buscando unos papeles en mi cartera salí rápidamente al pasillo, y me encontré con un hombre que se hallaba al lado de la puerta.
—¿Qué hace usted aquí?—le dije.
El hombre, al principio, no supo qué contestar.
—Nada..., nada...—balbuceó—; me había equivocado de piso.
Me chocó mucho esto. Supe que aquel hombre, a quien había sorprendido espiándome, vivía en mi hotel, que salía poco, y que no venía nadie a visitarle.
Hice por verle. Era un hombre pálido, delgado, marchito, con los ojos grandes, obscuros, y el bigote negro. Vestía un tanto raído. Salía del hotel casi siempre al anochecer, entre dos luces; así que no se le notaba apenas. Comía en la segunda mesa. En el hotel pasaba por llamarse Manuel González y ser carlista.
Como tenía bastante confianza con Vidaurreta, el canciller del Consulado español, le pedí se enterara de la vida de aquel pájaro crepuscular, pero no averiguó nada. Había varios González inscritos en el Consulado español: el uno, comerciante; el otro, obrero; pero ninguno de ellos era mi espía.
A este hombre le llamaba yo el Murciélago. El Murciélago y yo teníamos el uno por el otro una manifiesta antipatía de perro a gato y de gato a perro. Cuando nos encontrábamos en la escalera no nos saludábamos; él me miraba con una indiferencia desdeñosa, y yo hacía al verle, deliberadamente, un gesto de molestia y de desprecio. Como por instinto, nos sentíamos hostiles.
El debía ser del grupo carlista exaltado; lo vi alguna vez hablando con el inglés Mitchel, que era el jefe en Bayona del partido antimarotista, como el marqués de Lalande era el director del marotista. Otra vez, de noche, vi al Murciélago que charlaba con la Condesa, una de las corredoras de la Falcón.
LA CAJA SOSPECHOSA
Un día me mandaron una cajita de dulces a casa. Era una caja muy bonita, con unas cintas azules.
El mozo del hotel me dijo que venía de parte de una señora que no había querido dar su nombre. Al principio pensé si sería de madama D'Aubignac, pero me chocó. ¿Quién podía enviarme aquello?
Abrí la caja, e iba a comer uno de los bombones, cuando me asaltó la idea del envenenamiento.
Miré la caja: no tenía etiqueta ni indicación alguna de dónde venía.
Pensé en llevar los dulces a una botica, para que los analizaran, pero no me convenía llamar la atención, y me decidí por echar los dulces y la caja al río.
EL ANÓNIMO
Algún tiempo después encontré una carta debajo de la puerta, dirigida a mí. La carta decía lo siguiente:
«Señor Leguía: Sabemos a qué se dedica usted en Bayona. Le seguimos los pasos. Tenga usted cuidado. Huya usted. Si no, le vendrán consecuencias graves.
El Angel Exterminador.»
Pensé que la caja de dulces y la carta procedían las dos de mi vecino de hotel, el Murciélago.
III. LAS LETRAS S, T, U, V
Las primeras conferencias que celebré con nuestros agentes secretos tuvieron poca novedad. Las contaría en detalles, pero ya todo su interés político pasó. Los datos que me dieron los fuí enviando a Aviraneta, conforme a sus instrucciones.
LA LETRA S
Era Iturri el comerciante y fondista de la calle de los Vascos. Me dijo que se iban acentuando por días las diferencias entre Maroto y Arias Teijeiro y sus partidarios respectivos.
—Maroto—añadió—es un hombre muy vengativo, despótico, altanero y rencoroso. Tiene gran odio a los demás generales carlistas, y muy poca simpatía por los vascos y por el fuerismo. Cualquier contrariedad le pone frenético. Arias Teijeiro es también hombre de cuidado, muy intrigante y muy tenaz. La mayoría del ejército está por Maroto, excepto los navarros, que prefieren a Guergué y a García. Don Carlos y la corte están por Arias, y algunos ambiciosos como Corpas y el padre Cirilo, andan buscando fórmulas de transacción que sirvan para ponerlos a ellos a flote.
Iturri agregó que Aviraneta debía presentarse en Bayona cuanto antes.
LA LETRA T
La letra T, Luci Belz, se presentó en casa de la Falcón a verme, y me contó mil chismes de los carlistas.
Era esta Luci Belz una mujer pequeña, fea, negra, con una cara de enana que tenía algo de la Mari Barbola de Velázquez. Era la curiosidad, la malicia y la mala intención reunidas.
—Se asegura—me dijo—que la princesa de Beira hace buenas migas con el padre Cirilo. A doña Jacinta Pérez de Soñañes, esposa de don Luis de Velasco, hombre de gran cabeza, le llaman la Obispa, porque se entiende muy bien con el obispo de León; Maroto sigue indignado con Don Carlos. Maroto visitaba con frecuencia, en Elorrio, a una muchacha, hija de un oficial postergado y enfermo. Maroto ascendió al padre, y dijeron en seguida que lo hacía porque la muchacha era su querida. Don Carlos, considerándose el árbitro de la moral, hizo la estupidez de llamar al padre de la chica y decirle que su ascenso se debía a que su hija era la querida de Maroto, con lo cual el pobre hombre se agravó y murió. Se asegura que la camarista Pilar Arce tiene amores con el infante don Sebastián, y que, como él es un poco bisojo y de mirada extraviada, le han cantado a ella esta copla el otro día:
Ojos de presidente tiene mi amante: uno mira al poniente y otro al levante.
Se dice que la mujer del infante don Sebastián, la princesa María Amalia, que vive en Salzburgo, está tan gorda que parece un cerdo, por lo cual algunos consideran muy lógico el que su marido no le sea fiel.
Añadió Luci que había una gran corrupción entre los carlistas de Bayona, a pesar de los rezos y los golpes de pecho; que algunas señoritas iban a casas sospechosas para vivir, porque no tenían medios; que unas cuantas habían ido a ver una vieja de Ciburu, que les había dado pociones para abortar, y que, por último, se decía que entre Don Carlos y Arias Teijeiro había relaciones parecidas a las de Enrique III de Francia y sus mignones.
Luci Belz sacaba a flote, con su malicia de enana, todo el cieno que encontraba a su alrededor.
LA LETRA U
La letra U era la Falcón, y ella misma escribió su informe.
Hay muchos rencores—decía—entre unos y otros, y todo el mundo está cansado. El papel de Maroto y el de Arias Teijeiro sube por días, y tiene que venir, tarde o temprano, entre los dos, un rompimiento. Los marotistas dicen que Teijeiro es un vanidoso, ridículo, ignorante y corrompido; los teijeristas afirman que Maroto es un baratero y un hombre que está preparando la traición. Arias favorece descaradamente a los amigos y los asciende, y persigue con saña a los enemigos. El padre Cirilo y los demás cortesanos no están ni con Maroto ni con Arias, y Corpas, que ha intentado entablar varias veces negociaciones con los cristinos, sin éxito, y que ve que ni con Maroto ni con Teijeiro tiene porvenir, ha mandado a su compinche, Fernando Freire, con una bolsa de dinero y de alhajas a depositarla en un banco de París. Se afirma que Teijeiro ha puesto en juego todas las intrigas bajas que le son familiares; que ha hecho circular las mayores calumnias contra el infante don Sebastián, entre ellas la de que es gran maestro de la masonería, acusándole de tener malas costumbres, en un folleto publicado últimamente en Bayona.
Se dice que el malagueño don Diego Miguel García, el instrumento, el alma negra de González Moreno, cuando el fusilamiento de Torrijos, ha realizado su fortuna adquirida por depredaciones, y que la ha colocado en Francia. Muchos otros, según se asegura, han hecho lo mismo. La gente desea la paz; se espera con ansia una solución, sea la que sea, pero que acabe la guerra.
LA LETRA V
La letra V era Martínez López, el folletista, que había escrito contra María Cristina.
Me citó en el Café de la Nive, del muelle de la Galupèrie, un cafetín obscuro y triste.
Martínez López era un hombre gordo, pesado, sucio, física y moralmente, que había puesto su turbina en las aguas infectas de la política, y que vivía muy ordenadamente y se ocupaba de cuestiones filológicas y agrícolas.
Martínez López era el amigo de la Hidalgo; tenían los dos una casa con jardín y con ciertas comodidades.
Su informe no tenía gran interés:
Don Vicente González Arnao y su secretario Pagés—dijo—se gastan alegremente el dinero de la empresa de Muñagorri. El abate Miñano sigue intrigando y cobrando de carlistas y liberales. Bayona es una jaula de grillos, y hay una tal cantidad de odios y de mentiras en el ambiente, que nadie puede distinguir ya lo que es cierto de lo que es falso. Todo el mundo está deseando que se acabe la guerra de la manera que sea, y el que dé una solución satisfactoria será recibido con los brazos abiertos. La vida de los emigrados aquí es cada vez más difícil. Hay mucha moneda falsa española, que dicen hacen los carlistas; se juega mucho en las tertulias, y las tiendas ya no fían. El cónsul, Gamboa, que es un hombre inepto, no se ocupa mas que de negocios mercantiles, contratos, suministros y equipos para el Ejército, y trabaja para las casas de Collado y de Lasala, de San Sebastián, que se están haciendo millonarias.
Estos fueron los primeros informes que recibí y que envié a Aviraneta.
IV. VALDÉS DE LOS GATOS
Unos días más tarde recibí una carta, fechada en París, de Manuel Valdés, citándome para cenar el domingo siguiente en el Café de Burdeos, café poco frecuentado, adonde iban, principalmente, militares franceses.
Llegué a la hora de la cita al café indicado; el dueño me dijo que me esperaban en el piso entresuelo; subí por una escalera de caracol y entré en un comedor pequeño, empapelado de rojo, en donde había un caballero. Era Valdés de los gatos.
—¿El señor Valdés?
—El mismo. ¿Usted es el señor Leguía?
—Para servirle.
Nos dimos la mano.
—¡Qué puntual!—me dijo Valdés.
—Es mi costumbre.
—No es una costumbre de español.
—Si no es costumbre de español hay que adoptarla.
—Siéntese usted. ¡Pero usted es muy joven!
—Sí; no soy viejo.
—Le felicito a usted.
—¿Por qué?
—Porque al darle la misión que le dan se ve que tienen confianza en usted.
—No pienso ser mas que un amanuense. Contar lo que usted me diga.
Nos sentamos a la mesa.
—Vea usted el menú, a ver si le gusta—me dijo Valdés.
—Sí, seguramente; no soy un gourmet.
—¿No? ¡Qué error, mi querido! La cocina es el mayor manantial de nuestros placeres.
—Por ahora tengo bastante apetito para contentarme con comer—le dije yo.
Teníamos de cena langosta, pechugas de perdiz rellenas y foie-gras. De vino, una botella de Sauterne y otra de Burdeos. Nos pusimos a cenar.
Valdés era un tipo alto, esbelto, afeitado, muy peripuesto. Tenía la cara larga, delgada, fina, la nariz recta, la frente despejada, el pelo blanco, pegado y planchado, los ojos cansados y sin brillo.
Era un elegante un tanto arruinado por la vida. Vestía levita azul entallada, chaleco de terciopelo negro y pantalón con trabillas.
Un observador de minucias hubiera quizá notado, en pequeños detalles, que nuestro dandy no estaba en la opulencia.
El cuello, alto, limpio; la corbata, que le agarrotaba la garganta, impecable; los puños, inmaculados, denotaban su pulcritud; pero la levita y los pantalones, seguramente de buen sastre, se hallaban rozados, y las polainas, a la inglesa, disimulaban que las botas no eran nuevas.
Valdés tenía una ingenuidad de aventurero confinante con la del pillo, muy graciosa. Era hombre acostumbrado a dar a entender que, si se quería, se podía muy bien no darle a él importancia, pero que él tenía sus ideas, que le parecían tan buenas como las de otro cualquiera.
—Yo siempre he sido liberal—me dijo—; pero, ¿qué quiere usted?; la suerte y el haber consumido mi escasa fortuna me han obligado a adoptar una actitud que, íntimamente, no es la mía. He tomado, hace poco, parte en la expedición del conde de Negrí y he andado entre balas. ¿Usted ha presenciado alguna batalla?
—Sí.
—¿No le ha dado a usted la impresión de una cosa ridícula?
—En absoluto.
Valdés me contó, concisamente, algunos detalles de las acciones en que había intervenido.
Después de cenar y tomar café comenzamos a pensar en el informe.
—No creo que le pueda decir a usted nada nuevo, pero en fin, le daré mi opinión—me dijo Valdés—. Don Carlos, aunque probablemente no es hermano de Fernando VII mas que de madre, tiene condiciones muy parecidas a él: es astuto, desagradecido, egoísta; se puede decir de él lo que de Fernando dijo un escritor francés: «Corazón de tigre y cabeza de mula». Don Carlos, como casi todos los Borbones, tiene la inclinación por la intriga, el favoritismo y la bajeza. Es verdad que ha odiado a Zumalacárregui, como odia a Maroto, a Cabrera y a todos los hombres fuertes, exaltados y valientes.
—Es decir, que es un miserable.
—Si a mí me gustaran los epítetos fuertes, no me parecería mal llamarle así.
EQUILIBRIO CARLISTA
—Para mí, al menos—siguió diciendo Valdés, después de contarme algunas anécdotas que ya conocía—hoy, los elementos importantes en el carlismo son Maroto, Arias Teijeiro, el padre Cirilo y el cura Echeverría. Cada cual tira por su lado; la fuerza de un grupo balancea la del otro, y así se establece el equilibrio. El día que uno de estos soportes del carlismo se quiebre, el equilibrio se perderá y todo el tinglado se vendrá abajo. Maroto tiene la fuerza material, pero no cuenta con la confianza del rey ni con los fanáticos; Arias Teijeiro cuenta con el rey, pero no con el ejército; el padre Cirilo es inteligente, intrigante, capaz de todo, pero su fuerza está en una sacristía, en un palacio o en un salón, pero no en el campo; el cura Echeverría tiene partidarios entusiastas en el pueblo, pero es tosco y con él están solamente los brutos, como se ha llamado a sí mismo el general Guergué.
LOS SOBORNABLES Y LOS INSOBORNABLES
—De estos cuatro elementos—siguió diciendo Valdés—, Maroto es, indudablemente, sobornable, no por dinero, el general es rico, sino por orgullo y por rencor. Maroto es un matón y un soberbio, pero al mismo tiempo es hábil y tenaz. Se la ha jugado a Cecilio Corpas, que es flexible y viscoso como una anguila, y al padre Cirilo, que es de la misma especie de animal de sangre fría. Maroto es muy cuco, y si puede pasar al ejército cristino de capitán general, pasará, si es que el cambio le parece suficientemente satisfactorio para su ambición.
—¿Usted tiene la seguridad de esto?—le pregunté yo.
—Toda la seguridad que se puede tener en una cuestión así.
—Porque la cosa es muy importante para el Gobierno.
—Importantísima. Sigo adelante. El padre Cirilo es más sobornable todavía que Maroto. El señor arzobispo de Cuba no es hombre de descampados y de breñales; es hombre de salón, de damas elegantes; un Talleyrand de sacristía. A la primera ocasión, el padre Cirilo se pasará a la monarquía liberal. Siempre muy católico, muy realista, sin abjurar de sus ideas, hará el honor de cobrar al Estado constitucional cincuenta o sesenta mil duros al año en cuanto le nombre arzobispo de Sevilla o de Toledo. Respecto a Arias Teijeiro, aunque dicen que es un danzante, no lo es tanto. Arias Teijeiro es el tipo del galleguito listo: mucha memoria, mucha viveza, mucho desparpajo. Arias no es sobornable, no es hombre que pueda ir, hoy al menos, a Madrid a alternar con un Mendizábal, con un Argüelles o con un Alcalá Galiano. Al cura Echeverría le pasa algo de lo mismo. Es un fanático, y un fanático que, fuera de sus navarros, a quienes exalta con sus discursos truculentos, no puede ser nada.
—De esto se deduce—le dije yo—que, según usted, hay dos grupos sobornables y dos insobornables. El de Maroto y el del padre Cirilo, sobornables; el de Teijeiro y el del cura Echeverría, insobornables.
—Eso es. Así que si el Gobierno de Madrid tiene fuerza y medios y buen sentido para influír en el campo carlista, su política será bien clara; consistirá en ayudar todo lo que pueda a Maroto y al padre Cirilo, y en reventar con toda su fuerza a Arias Teijeiro y a Echeverría.
Después de escribir la minuta y de leérsela a Valdés, nos despedimos los dos, muy amigos, y Valdés me invitó repetidas veces a que fuera a París, donde me presentaría a sus relaciones del faubourg Saint-Germain. El viejo dandy me dió sus señas: en la rue Saint-Honoré, donde vivía.
V. BERTACHE
Bertache, la letra Y, me citó con tres días de anticipación en una taberna del puerto de Socoa, de San Juan de Luz, la taberna de la Bella Marinera. Se presentaría vestido con blusa azul, boina, pañuelo rojo al cuello y un bastón de tratante de ganado.
Fuí a San Juan de Luz, encontré la taberna, que tenía un ancla en la puerta, y entré en ella y pedí de cenar.
Me trajeron unas sopas de ajo con huevos y una cazuela de merluza con salsa verde, muy suculenta.
Siempre que como en una taberna platos regionales me parece encontrar una relación estrecha entre el gusto y el color del guiso con el paisaje material y espiritual. Un guisote de esos de marineros del Mediterráneo con sus pimientos, sus tomates y su azafrán, está tan en consonancia con el clima por su sabor, su color y su olor, como un guiso con perejil con el Cantábrico; un plato de salchichería fría nos recuerda la mitología germánica de Wagner, y el queso de Gruyère, con sus agujeros, nos trae a la imaginación los abismos alpinos de Suiza.
No hablo ya de los productos naturales, porque esos no hay duda que representan admirablemente el clima; los melocotones, las peras, las uvas, las naranjas, los plátanos, dicen por su aspecto el paisaje de donde vienen; pero aun los productos elaborados parece que saben algo del clima de donde proceden. El aceite habla latín, y la manteca, germano. El vino tiene todos los acentos: es ciceroniano en el Jerez y en el Málaga, recuerda al Espíritu de las leyes en el Burdeos, y se parece a una canción chispeante de café concierto parisiense en el Champaña, por su espuma y su picor...
Estando en estas profundas reflexiones apareció Bertache, y le conocí en seguida por su blusa azul, su boina, su pañuelo rojo y el bastón de tratante. Venía con él su novia.
Me levanté para saludarles, y se sentaron a la mesa.
—¿Quieren ustedes cenar?—les pregunté.
—Hemos cenado ya—contestaron.
Bertache pidió una botella de Champaña. Dentro de mis ideas anteriores, el pedir una botella de Champaña en la Bella Marinera era un absurdo; debía de haber pedido una botella de sidra o de chacolí.
Mientras bebía, contemplé a Bertache. Era tipo de estatura mediana, bien plantado, moreno, esbelto, de ojos claros, facciones serias y tristes, y labios delgados. Usaba patilla corta y bigote pequeño.
Según las teorías frenológicas del abate Girovanna debía ser muy valiente y tener grandes condiciones para la música y las matemáticas, porque sus sienes eran muy abultadas.
Llevaba el pelo largo, y una boina grande de medio lado dejaba parte de la cabellera rizada al descubierto. Tenía las manos finas y con anillos. Por entre la abertura de la blusa se veía un chaleco bordado y una gruesa cadena de plata, y colgando de ella, un sello con las armas de los Arreches: un árbol con dos osos. Contemplando a aquel hombre, se imponía la idea de que lo que decían de él era verdad: que era audaz, atrevido, sanguinario, egoísta, rapaz, dispuesto a todo. Se sentía en él al hombre felino, sin conciencia, para quien los deseos son los amos absolutos de su espíritu.
Pedro Luis Arreche, alias Bertache, era oficial del 5.º de Navarra. Procedía de Almandoz, un pueblo del valle del Baztán, en la subida de la carretera de Irún a Pamplona, por el alto de Velate.
La casa de Bertache era casa importante en el pueblo: entonces vivían la madre y tres hijos, dos varones y una hembra. Los dos Arreches varones eran de la piel del diablo, malos, rencorosos y vengativos.
El subteniente Bertache, por los datos que adquirí de él, era un Don Juan de aldea, ambicioso, cínico, atrevido, que había matado ya varios hombres, entre ellos al brigadier Cabañas, por odio, por venganza y por rabia.
Bertache, según la opinión de todos los que le conocían, era un tipo sanguinario, para quien asesinar o robar no tenía gran importancia.
GABRIELA LA RONCALESA
La muchacha que le acompañaba se llamaba Gabriela Sarriés, y la decían Gabriela la Roncalesa. Era alta, huesuda, rubia, de un rubio de color de panocha, con los ojos claros, las facciones un poco duras, el aire enérgico e inteligente.
Gabriela era contrabandista; tenía una mula, que cargaba de género en Francia, y que introducía en Guipúzcoa y en Navarra.
Gabriela solía hacer sus compras en casa de Iturri; y por Iturri, Aviraneta se entendió con Gabriela, y luego, con Bertache.
Mientras bebimos, estuve yo contemplando a esta pareja, y Bertache estudiándome a mí. Gabriela no separaba los ojos de su amante. Se veía que estaba locamente enamorada de él.
Comprendí que Bertache sentía una gran antipatía por mí. Sin duda, me consideraba como un joven rico, mimado por la fortuna.
Bertache era el mozo guapo del pueblo, acostumbrado a romerías y a fiestas, a quien las mujeres adoran, y que va por la pendiente del donjuanismo haciéndose cada vez más violento, más orgulloso y más canalla. Un rival para él debía ser algo muy odioso.
Bertache era un hombre despistado, de poca penetración psicológica. Se veía que le costaba trabajo el comprender la manera de pensar de los demás. Yo le sorprendía. Sin duda, daba vueltas en su cabeza a la idea de quién sería yo y qué importancia tendría.
¡DINERO! ¡DINERO!
Bertache me dijo desde el principio, ásperamente, que lo que se necesitaba era dinero. Con dinero él era capaz de todo.
Me contó fríamente cómo habían asesinado al brigadier Cabañas, hijo del ministro de la Guerra de Don Carlos, en un caserío llamado Saracoíz, hacia Cirauqui, por órdenes del comandante Aguirre y del general García.
Lo habían matado entre el subteniente Urcáiz, los soldados Salaverri, Santacilia, Nuin y él. Explicó cómo le dieron tres bayonetazos, le tuvieron dos horas herido, le cortaron una mano y, por último, lo tiraron a un arroyo próximo. Uno de los soldados se había quedado con el reloj de Cabañas.
Me chocó que Bertache no intentara exculparse. Contaba el crimen como si tal cosa. Después me explicó los antecedentes de la asonada que habían conseguido provocar entre el teniente del 2.º de Guipúzcoa, José Zabala, y otros sargentos y subtenientes, por la falta de pagas, en la que gritaron las tropas: ¡Muera la Junta! ¡Mueran los hojalateros! ¡Abajo los castellanos!, y ¡Vengan nuestras pagas!
Don Carlos y su corte estuvieron a punto de caer en las garras de la tropa amotinada, y si no ocurrió esto fué por haberse acobardado algunos sargentos en el momento del conflicto.
—Y si le cogen ustedes a Don Carlos—le pregunté yo—, ¿qué hacen ustedes con él?
—Le hubiéramos pegado cuatro tiros.
Bertache tenía odio por Don Carlos. En su naturaleza de felino, parecía que el único sentimiento espontáneo era el odio.
A consecuencia del motín de las pagas de Estella y de la muerte del brigadier Cabañas, Bertache y sus amigos estaban en entredicho, y Maroto había mandado que se comenzase un proceso para aclarar estos motines y muertes, aunque luego dispuso que se suspendieran las causas.
Bertache aparecía entre los intransigentes carlistas, y estaba entonces en Almandoz con unos días de licencia.
LA TRAICIÓN Y EL VALOR
Bertache era como un gato montés, como una alimaña.
Hay el lugar común general de identificar el tipo del traidor con el del cobarde. La retórica corriente, que llama cobarde atentado al atentado de un anarquista fiero y de un terrible valor, quiere que traidor y cobarde sean sinónimos.
Estas son ilusiones del buen burgués, tranquilo, apacible, a quien inciensa cotidianamente el periodista con sus adulaciones. Claro, es lógico que haya algunos espías y traidores, cobardes y pusilánimes; pero la mayoría son valientes y atrevidos. En cambio, en el buen burgués, honrado, hasta cierto punto, y patriota, se da el caso del tipo cobarde con muchísima más frecuencia.
El valor no es un resultado intelectual, ni moral, sino un caso de fuerza nerviosa.
Bertache era de una fiereza y de un valor de tigre, de estos hombres de cieno y de sangre que no tienen ninguna idea política, ni religiosa, ni social, y que marchan dejando a su paso un rastro de violencia y de crímenes.
A las diez de la noche, Bertache se levantó dispuesto a marcharse.
—¿Adónde va usted ahora?—le dije.
—Voy a Vera, donde dormiré un par de horas, y para el mediodía estaré en Almandoz.
—¿Quiere usted que le lea lo que he escrito?
—No, ¿para qué? Mi última palabra es ésta: ¡dinero, dinero y dinero!
—¿Lo necesita usted inmediatamente?
—Sí.
Le di dos mil pesetas que llevaba en el bolsillo, y me firmó un recibo con la inicial Y.
—Tendrán ustedes pronto noticias mías. Diga usted al Gobierno de Madrid que si quiere emplear dinero, se hará todo..., si no, esto seguirá no sabemos hasta cuándo.
Gabriela me indicó que antes de un mes estaría en Bayona de nuevo para sus negocios, y que me avisaría por Iturri.
Bertache pagó la botella de Champaña y salió con su novia de la taberna contoneándose, golpeando el suelo con el bastón.
Yo me marché a dormir a San Juan de Luz, y al día siguiente estaba en Bayona.
VI. LA LETRA Z
Poco después de mi entrevista con Bertache me avisaron, por la casa Artigues de Saint-Esprit, que el domingo me presentara en Ezpeleta, en la taberna del Compás de Oro, donde podría verme a las seis de la tarde con García Orejón, la letra Z. Me indicaban que preguntara al amo de la taberna por el Picador.
Salí en el tílburi de Iturri, el domingo por la mañana, camino de Ezpeleta. Estuve un momento en Cambo, a saludar a Stratford. Hacía un día espléndido. Se veían los montes próximos muy azules; la peña de Aya, Larrun, Mondarrain y, más a lo lejos, el pico de Ossau, todavía con la cima nevada.
Stratford me convidó a almorzar con él; acepté, y después salí de Cambo con el caballo al paso, camino de Ezpeleta, adonde llegué a eso de las tres o tres y media.
La posada del Compás de Oro estaba en la calle principal de Ezpeleta, a la salida, marchando de Bayona a San Juan Pie de Puerto. Tenía en el piso bajo una taberna, con sus bancos y su mostrador de cinc, y a un lado, el comedor, con una mesa larga, un armario y un reloj en la pared.
Dejé el coche en un patio y el caballo en la cuadra, y me senté.
Pedí una botella de sidra y llamé al tabernero, que se presentó en seguida. Otharre, el amo del Compás de Oro, era un hombre grueso, pesado, de nariz abultada y roja, boca de labios finos y ojos pequeños, negros, llenos de malicia. Era un tipo que tenía una mirada burlona y una sonrisa llena de ironía. Vestía como de domingo: camisa muy blanca, blusa negra nueva, boina y alpargatas.
—¿Usted le conoce al Picador?—le pregunté.
—Sí.
—Pues va a venir aquí esta tarde a hablar conmigo. Así que, cuando venga, diga usted que me avisen.
—Muy bien.
Mientras bebía mi botella de sidra estuve oyendo a dos aldeanos que tenían un papel con una canción en diálogo, en vascuence, titulada el Amo y el criado, y que se refería a la guerra carlista. La cantaban, mientras otros campesinos que les oían se reían a carcajadas. En la canción, el amo recibía en Burdeos a Fraschcu, su criado, y le preguntaba noticias de Oyarzun, su pueblo. El criado le contestaba contando miserias de la época, y el amo decía que los hombres que habían desencadenado la guerra debían tener los demonios en el cuerpo, fueran curas o frailes, y que era bastante mejor seguir la ley del turco que no la fe que predicaban aquellas gentes.
Duc ascoz obia Turcuen leguía, Ez oyec predicatzen Duten fedia.
Me hizo gracia la energía de la afirmación.
Cansado de estar quieto salí a la calle y estuve contemplando las viejas casas vascas de Ezpeleta, con sus ventanas rojas y su entramado de maderas, que trazan figuras de H y de V en las paredes blancas.
Me chocó que hubiese tanta gente en la calle, y luego me fijé en que había colgaduras en los balcones.
—¿Qué pasa?—pregunté a unos aldeanos.
—Que viene el obispo de Bayona en visita pastoral.
—¿Cuándo?
—Ahora mismo acaba de llegar el coche.
LLEGA EL OBISPO
Esperé una media hora, y comenzó a pasar la comitiva que precedía al obispo. Venían primero cuatro zapadores con morriones inmensos, adornados con estampitas, delantales de cuero y hachas de cartón al hombro; luego, cuatro trompetas y cuatro tambores; después, varios jóvenes con boinas rojas, chaquetillas también rojas, pantalón blanco y sable, y otros muchachos, jinetes en caballos pequeños, enarbolando banderas blancas. Me pareció una manifestación realista.
Después venía el obispo, rodeado por la gente del pueblo, saludando y echando bendiciones y dando a besar la mano, sobre todo a las señoras.
En el tropel vi a una mujer guapa, morena, que me llamó la atención.
—Yo conozco a esta señora—me dije—, pero ¿de qué? No recordaba.
Pensé que quizá la habría visto en Bayona. Fué toda la comitiva al Ayuntamiento, una casa torre antigua colocada en un cerro y separada del caserío del pueblo. El párroco leyó un discurso, y el obispo contestó con una plática. Le estuve observando mientras hablaba. Le conocía de casa de madama D'Aubignac, donde se manifestaba burlón y mundano. Allí, en Ezpeleta, tomaba un aire místico, pero su actitud, indudablemente, era una comedia.
Cuando concluyó su plática, la gente gritó: ¡Viva monseñor!; y el público comenzó a agitarse y a dispersarse.
FERMINA LA NAVARRA
En aquel momento vi, de frente, a la señora morena que me llamó la atención. Era la misma que había visto salir de Laguardia con Aviraneta y que Zurbano hizo comparecer ante su presencia. Era Fermina la Navarra, casada con Vargas.
Ella me reconoció también en seguida y me mostró disimuladamente a un grupo de hombres que, por su aspecto, me parecieron españoles y carlistas. Efectivamente; poco después advertí, entre ellos, a mi vecino de hotel, el Murciélago. Como veía que me espiaban, me retiré a la posada. Le pregunté al tabernero Otharre.
—¿Oiga usted: una señora morena española, de negro, vive aquí?
—Una guapa. ¿La señora de Vargas?
—Sí.
—Suele venir con frecuencia, pero no creo que vive en el pueblo. Es carlista y conoce en Ezpeleta mucha gente.
—¿Por aquí habrá mucho carlista?
—Naturalmente. Van y vienen como usted.
El tabernero, sin duda, me había tomado por carlista.
EL PICADOR
A media tarde apareció García Orejón en la taberna del Compás de Oro, en compañía de Otharre. Era un hombre alto, grueso, fornido, de unos cuarenta años. Había sido picador de caballos; tenía la cara curtida, amarillenta y marcada por las viruelas; las piernas, arqueadas. Usaba bigote largo, negro y caído. Era un poco calvo; tenía los ojos brillantes, la mirada obscura, de través, y los labios gruesos.
—Hablaremos por el camino—me dijo el Picador.
—Aparejaré el cochecillo que he traído e iremos en él.
—No; no me conviene que nos vean juntos. Yo iré por esta carretera, a pie, y usted me recoge al paso. Si no tiene usted prisa, me lleva usted hasta Añoa.
—Muy bien.
Lo hice así, y salí del pueblo por el otro extremo de donde había entrado. Encontré a poco a Orejón, que montó en el tílburi, y fuimos despacio.
El Picador no me dijo, naturalmente, nada nuevo; pero me dió más detalles de las cuestiones. Me habló de la lucha envenenada entre Maroto y Arias Teijeiro, del odio de Guergué y de García contra Maroto, que ya no se velaba, y de la actitud levantisca de muchos oficiales y sargentos partidarios de los presos de Arciniega. El fusilamiento del capitán don Felipe de Urra, amigo de los presos, ordenado por Don Carlos, después del primer motín de Estella, había exasperado a muchos carlistas.
Orejón me aseguró que el ejército estaba inquieto, hambriento, sin cobrar una paga.
—Con poco dinero—dijo—sería fácil provocar disturbios e insurrecciones: siempre pidiendo las pagas.
—¿Qué dinero necesita usted para empezar?
—Unos tres mil duros.
—Se le girarán cuanto antes.
—No sé—añadió—si podré ir inmediatamente a Estella, porque me han denunciado a Maroto como uno de los cómplices del último motín militar y como partidario de la abdicación de Don Carlos y de la proclamación de su primogénito. He estado unos días escondido en una casa del Roncal. Me enteraré. Si no puedo ir yo en seguida, mandaré a una mujer.
—Yo conozco a una roncalesa de mucho brío.
—Será la misma, Gabriela.
—Sí.
—Me entenderé con Bertache, Zabala y con otros. Le escribiré a usted lo que haga con tinta simpática.
—Muy bien.
—Diga usted que me sigan mandando el dinero por conducto del cura de Sara.
—Lo diré.
Luego hablamos de otras cosas.
García Orejón estaba enredado con una mujerona de Burdeos que había sido cocinera. Orejón era hombre de gustos pacíficos. Su ideal consistía en construír una casita en Francia, en una aldea; en España tenía miedo de la venganza de algún carlista; soñaba con hacer una vida tranquila, comer bien e ir a pasear por el campo y a pescar en el río, como un buen burgués retirado.
VII. LAS BACANTES VASCAS DE AÑOA
Llegamos a Añoa, entramos en un café, titulado A la Cita de los Cazadores; saqué yo papel y pluma y me puse a escribir el informe. Cuando lo concluí entregué la minuta a Orejón, quien se puso unos anteojos y la leyó muy atentamente. Hizo algunas observaciones y dió su beneplácito. Inmediatamente se levantó; dijo que tenía prisa. Antes de salir del café miró a derecha e izquierda, y cerciorado de que nadie le seguía, se marchó a la carrera, y desapareció en la penumbra del crepúsculo.
Me dejó la impresión de hombre obscuro, misterioso, hundido en el fango: un hombre de pesadilla.
Iba a montar en el cochecito para volver a Bayona, cuando vi venir por la calle del pueblo una cabalgata de diez a doce hombres vestidos de mujer, montados en burros, adornados de vejigas y de cencerros, al son de un tambor y de un pito.
—¿Qué pasa?—le pregunté al mozo del café.
—Nada; una tontería. Que van a hacer una cencerrada, un charivari, dedicado a un español.
—A un español, ¿y por qué?
—Ha habido aquí un ex oficial carlista que se casó con una muchacha del pueblo y se llevó la cuñada a su casa, y al cabo del año ha resultado que la cuñada ha quedado embarazada, y la mujer, dicen que, de rabia, le ha pegado al marido. Para celebrar esto han inventado este charivari.
—¿Y está aquí el español?
—No; se ha ido. Estas cosas están prohibidas por la policía, pero como los gendarmes se han marchado a Ezpeleta, los del pueblo se aprovechan.
LAS BASA-ANDRIAC
La función se celebró en un escenario improvisado en un gran portal. En medio, en unos bancos, se colocaron los hombres vestidos de mujer, que representaban las Basa-andriac (mujeres del bosque) que tenían que juzgar el caso.
Estas Basa-andriac eran tipos grotescos, tipos de borrachos del pueblo, con caras maliciosas y ojos burlones. Llevaban faldas, enaguas, pañuelos en la cabeza, y estaban armados de escobas.
Al lado de estas damas estaban sus maridos, vestidos de pieles y con sus correspondientes cuernos.
El mozo del café me indicó, entre las Basa-andriac, el barbero del pueblo, el alpargatero, el sacristán, el que hacía las chisteras para jugar a la pelota, y el zapatero. La obra que se iba a tener el honor de representar era del sacristán Dominique Elissalde de Elissagaray, en colaboración con el barbero Juan Pedro de Irumberry.
Irumberry tenía fama de ingenioso desde que mandó pintar la muestra de su barbería. Esta muestra representaba un hombre a punto de ahogarse, a quien otro socorría y sujetaba por el pelo; pero el salvador agarraba de unos pelos falsos al que estaba a punto de ahogarse, y no le salvaba, porque el hombre llevaba peluca. Debajo de esta pintura estaba escrita la leyenda: «Al inconveniente de las pelucas». Algunos decían que Irumberry no era original y que había copiado su muestra.
El presidente de las Basa-andriac hizo sonar un cencerro, y gritó:
—Se abre la sesión; que entre el procesado.
Entonces pasaron al escenario dos abogadas, con togas de percal negro; dos gendarmes, el español, su mujer y su cuñada, todos terriblemente caricaturizados. El español, que se llamaba nada menos que el señor Garbanzón, tenía una cara estilo Zumalacárregui: patillas negras, entrecejo sombrío, un tricornio de papel en la cabeza y una espada de madera.
El señor Garbanzón miraba a derecha e izquierda de una manera siniestra, apoyándose en la espada, y decía a cada paso:
—¡Mil rayos! ¡Mil bombas! ¡Mil truenos! ¡Por el vientre del Papa! ¡Le voy a comer a uno los hígados!
El que hacía de esposa del señor Garbanzón era un hombre muy alto, muy flaco, con una peluca y un lazo de color de rosa en la cabeza; y la que hacía de su cuñada era un hombre bajito, vestido con falda corta, con el pecho lleno de trapos, y el trasero lo mismo, y un muñeco, al que cantaba y hacía como que daba de mamar. Comenzó el juicio con el interrogatorio del acusado. El señor Garbanzón contestaba a las preguntas con aire de malhumor.
—¡Levántese el procesado! ¿Cómo se llama usted?—le preguntó la presidenta.
—¡Mil rayos! ¡Mil bombas! ¡Mil truenos! ¡Por Satanás! Me llamo don Pepito Garbanzón de los Prados.
—¿Qué profesión tiene usted?
—¡Rayos y centellas! ¡Por los cuernos de Lucifer! Soy oficial del ejército de Su Majestad Católica Don Carlos de Borbón (aquí saludó con el sombrero de papel), rey legítimo de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén...
—Bueno, bueno.
—De Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia...
—Ya, ya, comprendido.
—De Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba...
—Bien. Bien.
—De Córcega, de Murcia, de los Algarbes, de Algeciras...
—¡Basta! ¡Basta!
—De Gibraltar, duque de Atenas y de Neopatria; conde de Barcelona, señor de Vizcaya...
—¡Socorro! ¡Socorro!—gritó la presidenta—. Ponedle, como a las barricas de sidra, un tapón de barro.
Le taparon la boca, y el señor Garbanzón siguió mascullando su retahíla hasta que la acabó.
—Está bien, don Pepito—le preguntó la presidenta—; y ahora, aquí, en confianza, ¿usted por qué abandonaba a su mujer e iba a la cama de su cuñada?
—¡Mil rayos! ¡Mil terremotos! ¡Por el ombligo de Buda! Mi cuñada es más gordita; en cambio, mi mujer no tiene nada.
—¡Que no tengo nada!—gritó el que hacía de mujer propia—. ¡Cochino! ¡Cerdo! ¡Que no tengo nada!—y mostró un pecho negro y peludo—. ¿Qué es esto entonces?
—Eso es una piel de oso.
—En cambio, ésta está más gordita—dijo don Pepito.
La cuñada se levantó del banco con su muñeco en brazos y mostró su pecho, enorme, lleno de trapos, y su trasero, igualmente enorme, y dió una vuelta de bailarina.
—¡Mil rayos! ¡Sangre y centellas! ¡Por las barbas de Lutero! Esto ya es otra cosa—dijo el señor Garbanzón pellizcando en el trasero a la supuesta cuñada.
—¡Me va a dar algo! ¡Me va a dar algo!—gritó la mujer propia agitándose de una manera violenta, abanicándose y rugiendo, y tirando el lazo de la cabeza al suelo, y pateándolo con unas botas como dos gabarras.
La cuñada del señor Garbanzón comenzó a mecer y a cantar al muñeco la canción Lo, lo, lo; pero la mujer legítima le quitaba el niño iracunda, y decía que era suyo. Le quería dar de mamar, le ponía cabeza abajo y terminaba por ponerle el dedo en la boca para que chupara.
Después de una porción de disparates y de absurdos se dilucidó el punto de si la mujer de don Pepito le había pegado a su marido con un palo o con una caña, y si le había dado en la cabeza o en la espalda.
—¿Cómo le ha pegado usted?—le preguntó la presidenta a la mujer propia.
—Pues le he pegado así—y le dió cuatro o cinco cañazos al señor Garbanzón.
—¡Rayos y centellas! ¡Por los hígados de Mahoma! No ha sido así—dijo don Pepito.
—Pues, ¿cómo ha sido?
—Así—y don Pepito cogió la caña y arreó una tanda de cañazos a su mujer.
Luego se mezclaron los gendarmes en la contienda y éstos recibieron los golpes de don Pepito, de su mujer y de su cuñada.
LA SENTENCIA DE DON PEPITO
Después de aclarado este punto, la fiscala y la defensora soltaron dos discursos grotescos, y la presidenta preguntó a las Basa-andriac.
—El señor Garbanzón de los Prados, ¿es culpable de haberse acostado con su cuñada y haberle hecho un pequeño Garbanzón?
—¡Sí, sí!—aullaron todas las Basa-andriac.
—Madama Garbanzón de los Prados, ¿es culpable de haber dado con una caña o palo u otro objeto contundente uno o varios golpes a su marido al saber lo que ocurría en su casa?
—¡Sí, sí!—volvieron a aullar las bacantes.
Después de esta deliberación la presidenta leyó la sentencia:
Artículo 1.º Que supuesto que la mujer de don Pepito Garbanzón de los Prados no tiene gracia para tener críos, se le encarga de esta tarea a la cuñada, que cuenta con más facultades.
Artículo 2.º Que la mujer propia de dicho señor Garbanzón puede seguir en la casa haciendo la comida, barriendo la escalera, cepillando las botas, fregando los platos y demás adminículos, como ahora.
Artículo 3.º Que como no está demostrado que madama Garbanzón no pueda tener críos, el señor Garbanzón, don Pepito, estará obligado a acostarse con ella una vez al año, o antes, si está en peligro de muerte.
Artículo 4.º Que en casa del señor Garbanzón desaparecerá todo lo que tenga carácter de instrumento contundente, sea de caña, de palo o de otra substancia, para que el hecho de autos no se repita.
Después de leída la sentencia, las Basa-andriac se levantaron, enarbolaron las escobas, agarraron a don Pepito y se pusieron a dar gritos terribles y a agitar los cencerros. Los maridos cornudos se unieron a la algazara mugiendo sonoramente.
Tras del juicio se preparó la farándula y salieron todos, agarrados de la mano, al son del pito y del tamboril, hasta la plaza, donde se bailó un fandango desenfrenado.
Yo me reí mucho con aquella farsa. Encontré a la gente de Añoa de muy buen humor, y el sacristán, Dominique Elissalde de Elissagaray, y su colaborador, Juan Pedro de Irumberry, me parecieron dos Plautos campesinos.
VIII. EMBOSCADA
Era ya bastante tarde cuando aparejé el caballo y el coche y me preparé para volver a casa.
Al entrar en Ezpeleta vacilé en seguir adelante o en quedarme allí. No adelantaba gran cosa en encontrarme en Bayona a las altas horas de la noche, y el recordar al Murciélago en aquel grupo de carlistas que había visto a la llegada del obispo, en compañía de Fermina la Navarra, me infundía algunas sospechas.
Pensé en las precauciones que tomaba el Picador para entrar y salir de cualquier parte.
—Entre hacer y no hacer, es mejor hacer, ¡qué diablo! Vamos adelante.
La noche estaba con alternativas, clara y obscura; había luna en el cielo y pasaban de cuando en cuando nubarrones espesos que dejaban el campo negro.
A los cinco minutos de salir de Ezpeleta se me apagó la luz del coche.
—¡Qué fastidio!—pensé—. El caballo se va a espantar con las sombras del camino y me va a dar la gran jaqueca.
TIROS
Poco después, un nubarrón cubrió la luna, y quedó la carretera tan negra que no se veía a cuatro pasos. Se me encogió el corazón y pensé que había hecho un gran disparate en salir. Iba con el caballo al trote corto, cuando brillaron dos fogonazos en los setos del camino, y silbaron unas balas cerca de mí.
Azoté al caballo, que echó a correr al galope, y al poco rato sonaron, ya detrás, otros dos estampidos.
Yo me agaché en el pescante, por si disparaban de nuevo, y seguí azotando al caballo.
Poco después volvió a salir la luna.
A la hora llegué a Cambo y llamé en casa de Stratford. Me abrieron. Mi amigo estaba aún levantado y le conté, riendo, lo que me había ocurrido.
—El farol apagado a tiempo y el nubarrón le han salvado a usted la vida.
—Sí, es verdad.
Tomé unos bizcochos y una copa de Jerez y me fuí a acostar.
Al pensar en lo que me había ocurrido sentí una mezcla de terror y de placer al mismo tiempo.
—Tengo que tener confianza en mi estrella—me dije, y me restregué las manos con gusto.
IX. AVIRANETA, DE NUEVO
En los primeros días de enero de 1839 se presentó Aviraneta en Bayona. Estuvo unas horas en una fonda y se trasladó después a una casa de huéspedes modesta de cerca de la Catedral, en la calle de la Moneda, o calle Nueva.
Me avisó para que fuera a verle, y lo encontré en la cama.
—Vengo acatarrado—me dijo—; he hecho un viaje malísimo.
—¿Pues qué le ha pasado a usted?
—He venido por Zaragoza, Jaca y el puerto de Canfrac, que estaba cerrado por las nieves. He andado perdido, durmiendo en mesones infames, calado hasta los huesos.
—¿Y por qué no ha venido usted por Santander?
—Parece que sospechaba alguien que yo iba a volver a Bayona y se me esperaba, no con muy buenas intenciones. ¿Y cómo va esto?
Le conté lo que había hecho con toda clase de detalles.
—Has trabajado muy bien, Pello—me dijo—; tú vas a llegar más lejos que yo.
—¡Ca! No crea usted.
—Sí, sí. Le he leído tus informes a la Reina y ha quedado entusiasmada.—A ese joven le tengo que ayudar—me ha dicho.
—Sí; no digo que no me ayude, pero yo no tengo gran ambición. No siento, como usted, el deseo de mando. Por ahora, me divierte el peligro, la aventura, pero nada más; dentro de poco me gustará la vida tranquila y la buena mesa.
—Hombres de poca fe.
—Mejor sería decir hombres de poco nervio.
—Sin embargo, para tu edad has hecho cosas. Eres casi un diplomático, cuando otros con tus años son unos niños zangolotinos.
—Y ahora, ¿qué vamos a hacer? ¿Qué tiene usted en proyecto?
—He estudiado un plan para prender al Pretendiente. Yo creo que está bien concebido, pero lo discutiremos en detalles. No digas nada a nadie.
—Esté usted sin cuidado.
—Respecto a nuestros trabajos para la escisión del carlismo, convendría enviar al Real un agente que nos comunicara las últimas noticias.
Haremos lo posible para encontrarlo. ¿Cuándo nos veremos?
—Ya te avisaré.
EL VALOR DE LA HISTORIA
A los tres días de la llegada de don Eugenio, el periódico de Bayona El Centinela de los Pirineos publicaba este suelto, para la mayoría enigmático:
«Se sabe positivamente que ha llegado a Bayona un antiguo y conocido agente de revoluciones y desórdenes, cuya presencia precedió a los sangrientos sucesos de Hernani en julio de 1837.»
—Así se escribe la historia—me decía Aviraneta unos días después, con ironía—; yo he hecho algunas cosas buenas y malas, pero ninguna de ellas me caracteriza. En cambio, me caracteriza el haber precedido a un acontecimiento en el cual no he tomado parte.
—Tiene gracia.
—Si es mentira lo que se cuenta del año pasado, ¿qué será lo que se dice de hace dos mil años?
EL GRABADOR
Se le había ocurrido a Aviraneta, basándose en la lucha de los marotistas contra los teijeristas, hacer creer a los exaltados que Maroto estaba afiliado a la masonería. Para esto había traído dos diplomas masónicos, y pensaba borrar los nombres que constaban en ellos y sustituírlos por el del general y por el del conde de Negrí.
La cosa resultó más difícil de lo que parecía.
Se emplearon varios procedimientos químicos para borrar la tinta, y no dieron resultado. Entonces se le ocurrió a don Eugenio mandar grabar un diploma igual que el masónico y utilizarlo poniendo el nombre de Maroto.
Esta idea fué el germen de un legajo de documentos falsos, que luego, más tarde, Aviraneta pasó al Real de Don Carlos, y que produjo un gran revuelo. A este legajo llamó el Simancas.
Barbanegre, el corrector de pruebas de la imprenta de Lamaignere, nos dirigió a un grabador, Meyer, que vivía en el Rempart Lachepaillet. Este grabador era novio de una de las chicas del andaluz Julio Díaz.
La casa del grabador era una casa antigua, pequeña; el primer piso, saliente sobre el bajo, y el segundo, sobre el primero.
Estaba pintada de un color verdoso sucio, ya descascarillado, y tenía un entramado de maderas negras al descubierto. Cada piso era de muy poca altura, y los techos no tendrían más de dos metros.
La puerta de la casa era gótica, con un llamador de metal, y en una de las dos jambas había una placa pequeña de cobre con este letrero: «Meyer, grabador cincelador».
Pasando la puerta se encontraba un pasillo húmedo y negro, y al final, un patio, y antes del patio, a mano izquierda, el rincón donde trabajaba el grabador.
Era un taller que tenía todo el aspecto de un taller medieval. Lo iluminaba una ventana grande, a poco más de un metro de altura, que daba hacia la muralla, y otra pequeña, que recibía la luz de un patio.
Cerca de la ventana grande tenía su mesa de trabajo el grabador, con sus planchas, sus buriles y sus piedras de esmeril. En la pared, en unos estantes, se veían frascos de ácido nítrico con agua, mezcla ya empleada en morder el cobre, a juzgar por el color azul que tenía.
Delante de la ventana pequeña y alta estaba el tórculo, un tórculo de madera, antiguo, donde sacaba las pruebas el grabador. Todo el pequeño taller, negro, se hallaba como barnizado de tinta, y los papeles blancos parecían allí de nieve.
Encontramos al grabador, que estaba recubriendo de barniz una plancha de cobre con un pincel.
Era un joven alto, rubio barbudo, encorvado, con anteojos, de cara indiferente.
—Yo venía a encargarle a usted un trabajo—le dijo Aviraneta.
—Usted dirá.
—¿Podría usted hacerme una lámina igual a ésta?
El grabador tomó la lámina que le presentó don Eugenio e hizo un ligero movimiento de sorpresa. Al instante, Aviraneta llevó la mano al hombro, y el grabador, poco después, hizo lo mismo.
Aunque me chocó el movimiento, no le di importancia.
—Esta lámina la puedo hacer—dijo el grabador—, pero tiene mucho trabajo. Tardaré bastante en concluírla.
—No me urge. ¿Cuándo podrá estar?
El grabador midió la lámina a lo largo y a lo ancho, y dijo que llevaría por grabarla quinientos francos, pero que tardaría algún tiempo en hacerla, porque no tenía plancha de aquel tamaño y le sería necesario encargarla a París.
—¿Quiere usted que le de, por adelantado, algún dinero?—le preguntó Aviraneta.
—Sí; no estaría mal.
Aviraneta le dió trescientos francos, y nos fuimos a la calle.
—Te habrás fijado que el grabador y yo nos hemos hecho el signo de reconocimiento de la masonería.
—¡Ah! ¡Qué bruto he sido! Lo he visto y no me he figurado lo que era.
Marchamos Aviraneta y yo a casa, separados.
DE NUEVO EL MURCIÉLAGO
Un par de semanas después volvimos al taller del grabador, y al salir para tomar la calle de España, don Eugenio y yo, cada uno por su lado, le vi al vecino del hotel, que me espiaba, al Murciélago. Esperé en el escaparate de una tienda a que se me acercara don Eugenio y le dije.
—¿Ve usted ése que va por la acera de enfrente?; es un hombre que me espía.
—Hay que saber quién es—dijo Aviraneta, que iba embozado hasta los ojos—. Ve tú a casa de la Falcón, parándote en las tiendas. Si él te sigue, yo le iré siguiendo.
Lo hicimos así, y yo fuí, como hombre desocupado, parándome en los escaparates, como si no hubiera notado la persecución, hasta la tienda de antigüedades.
Al día siguiente me avisó don Eugenio para que fuese a casa de Iturri.
—¿Sabes quién era el que te seguía?—me dijo.
—¿Quién?
—Un tal Salvador que nos hizo traición en la Isabelina. Está aquí ese granuja.
Me contó la historia de Salvador, que había sido uno de los mayores intrigantes de la época.
Salvador era un tipo de aquellos como Regato, que había vivido en plena intriga, con un fin de lucro.
Yo le hablé a don Eugenio de la caja de dulces que me enviaron al hotel; de la carta anónima que me habían dirigido después, y de los tiros del camino de Ezpeleta, cosas que yo suponía provenían de Salvador.
Aviraneta dijo que era muy probable mi suposición.
Aviraneta le tenía odio y miedo a aquel hombre.
Para espantarle, le escribió una carta amenazadora, que decía así:
«Miserable espía: Sabemos que estás intrigando y vendiendo a los liberales y a los carlistas. Si no abandonas inmediatamente tu espionaje y te marchas de Bayona, pagarás caras tus maniobras. Conocemos tu abominable historia de traiciones y de crímenes.
Demóstenes, Espartaco, Mirabeau
de la logia Irradiación.»
Salvador no se marchó de Bayona; se mudó a una casa de huéspedes del barrio de Saint-Esprit.
X. APUROS DE VINUESA
Pocos días después de esto salía del hotel, cuando me encontré con mi compañero de viaje de Madrid a Bayona, que venía demudado y tembloroso.
—¿Qué le pasa a usted?—le dije.
—Estoy muy apurado.
—¿Quiere usted subir a mi cuarto?
—Bueno, sí.
Subió, se sentó y me dijo:
—Estoy temiendo que me van a internar en Francia.
—Pues, ¿por qué? ¿Qué ha hecho usted?
—Verá usted. He estado estos meses en Pau, resistiéndome a entrar en el campo carlista, cuando hace tres días recibí una carta del mismo Don Carlos llamándome a su Real con toda urgencia, y diciéndome que si no voy me considerará separado de su partido. Me he puesto en camino y he venido aquí con mi mujer, al hotel de Francia. Me he visto con varios carlistas para que me indiquen el medio mejor de trasladarme al campo de Don Carlos, y alguno de ellos sin duda lo ha dicho por ahí; se ha enterado el subprefecto y me ha llamado, me ha pedido los papeles y luego, con violencia y mal gesto, me ha ordenado que vuelva a Pau, de donde seré internado. Y aquí me tiene usted que no sé qué hacer. El Señor me espera, y si ahora ya no voy pierdo para siempre la gracia de Su Majestad.
—No se apure usted—le dije yo—. Quédese usted esperando en mi cuarto; yo iré y le preguntaré al canciller del consulado de España qué hay en la subprefectura contra usted.
Salí del hotel y me encontré a Vidaurreta en el momento en que iba a visitar al subprefecto. Le expliqué el caso de Sánchez Vinuesa, diciéndole que era una buena persona, un excelente sujeto, nada peligroso.
Le esperé en el café, enfrente del teatro. Al poco tiempo volvió Vidaurreta; me dijo que en la subprefectura había la delación de un individuo llamado Manuel González contra un diplomático carlista, residente en Pau, que había ido a Bayona con la intención de pasar al campo del Pretendiente, y a quien se le había intimado la orden de que retornara a Pau.
Volví al cuarto del hotel y le dije a Vinuesa:
—No hay nada grave contra usted. Si quiere usted se vuelve a Pau, donde nadie le molestará; si prefiere usted entrar en España, yo mismo le prepararé la marcha.
—Prefiero entrar en España, porque si no, el Señor va a pensar que no quiero obedecerle.
—Bueno; pues como usted quiera. Vamos ahora a una posada de un amigo mío. Allí encontraremos un guía para España.
—Vamos.
Fuimos a casa de Iturri. Le pregunté en el camino a Vinuesa con qué carlistas había hablado, y quedé convencido que el Manuel González que le había denunciado era el vecino de mi hotel, el Murciélago, Manuel Salvador. ¿Trabajaría éste por los liberales y por los carlistas? ¿Tendría algún motivo de odio contra Vinuesa? No lo pude averiguar.
Llegamos a la posada de Iturri, y le expliqué a éste los deseos de mi amigo.
—Un guía—dijo Iturri a Vinuesa—le costará veinte o treinta francos.
—Le daré cien con gusto.
—No, no. Es demasiado. ¡Eh!—gritó a su mujer el fondista.
—¿Qué quieres?
—¿Está ahí Pinterdi?
—Sí.
—Que suba.
Subió Pinterdi, un muchacho fuerte y rubio, de Ascaín, a quien Iturri explicó lo que tenía que hacer.
—¿Necesitará usted un caballo—preguntó Iturri a Vinuesa—, o prefiere usted una mula?
—Un caballo.
—¿Quiere usted ir de una tirada hasta Vera, o prefiere usted dormir en el camino?
—¿Qué distancia habrá?
—Unas siete u ocho leguas.
—Es bastante.
—Si se cansa usted, duerme usted en San Juan de Luz, o en Urruña.
—Bueno; ya veré.
—¿Tiene usted la maleta hecha?—le pregunté yo.
—Sí.
—Bueno. Entonces, nosotros dos vamos a ir a almorzar fuera de puertas, a un merendero que se llama el Buen Rincón, del barrio de Onzac; este chico, Pinterdi, cogerá su maleta en su hotel, y con la maleta y el caballo irá al merendero.
Vinuesa me preguntó varias veces por Aviraneta y por lo que hacía. Yo le contesté con prudencia.
Llegamos al merendero, y almorzamos muy bien. Al final del almuerzo se presentó Pinterdi, ató la maleta al caballo e invitó a subir a Vinuesa. Este me recomendó que fuera a ver a su mujer con frecuencia, para tranquilizarla.
LA DAMA ALEMANA
Dos días después, por la noche, fuí a ver a la señora de Vinuesa y a decirle que su marido había llegado bien a España. Me encontré a la dama indignada, furiosa, contra su marido.
—Mi marido es un imbécil, un mentecato—me dijo—; me ha traído aquí engañada diciéndome que volvíamos a España, y se va porque le ha llamado Don Carlos. ¿Ha visto usted nada más estúpido? Un hombre viejo, como él, me separa de los hijos, que he dejado en Madrid, y me deja aquí sola para ir a ver a Don Carlos. No se lo perdono. Hasta ahora no le he engañado, pero de ahora en adelante, sí. Pienso tener amantes.
—¡Señora!
—Sí, sí; estoy decidida. Vea usted lo que tengo aquí—y me enseñó una botella de Champaña y unas pastas—. Es para animarme. Abra usted.
Abrí la botella y bebimos dos copas.
—A ese viejo imbécil de mi marido le tengo que engañar. Eche usted más vino, y beba usted.
Bebimos más. Ella empezó a reírse a carcajadas.
—Usted será mi primer amante—dijo luego.
Al principio, la cosa me pareció un poco absurda.
Luego, por el contrario, me pareció muy alegre.
La alemana llevó hasta el final su venganza.
XI. UN PROYECTO ATREVIDO
Un día de invierno me citó Aviraneta para que fuera a su casa después de comer. Fuí, pasé a un despachito pequeño que tenía don Eugenio en la casa de huéspedes, y me encontré allí con don Lorenzo Alzate y don Domingo Orbegozo, a quienes conocía de San Sebastián.
Hablamos de la guerra, y después Aviraneta nos explicó el proyecto que había madurado.
—Cuando Don Carlos entró en España por Urdax, en 1834—nos dijo—, y dió principio el general Rodil a una persecución activa, andaba el Pretendiente a salto de mata ocultándose entre los breñales para librarse de ser hecho prisionero por las tropas de la Reina. Al organizar Zumalacárregui sus fuerzas, Don Carlos pudo abandonar en parte su vida trashumante; entonces eligió pueblos grandes para su residencia, nombrando ministros, secretarios y empleados. Esta pequeña corte, que entre los carlistas se llama el Real, ha andado siempre trasladándose de un punto a otro, y ha estado, como saben ustedes, en Estella, Durango, Oñate, Azcoitia y Villafranca.
Zumalacárregui tenía sus fuerzas siempre en movimiento, y al Pretendiente le era necesario seguirle, cosa que no le agradaba.
Este estado ambulante del Real duró mientras mandaron los ejércitos de la Reina los generales Rodil, Quesada, Mina, Valdés y Córdova, que hacían una guerra irregular con alternativas de éxito y de fracaso. Al ser nombrado general en jefe Espartero, se abandonó el sistema de guerra irregular, y se adoptó el de la guerra de líneas, cesando las operaciones militares cuando venía con el invierno el mal tiempo.
Este sistema de guerra regular y la muerte de Zumalacárregui, por quien Don Carlos no tenía el menor afecto, y que le inquietaba con sus andanzas, ha permitido al Pretendiente habitar los pueblos largo tiempo, y hasta poner su Gaceta Oficial en Oñate.
Por otra parte, el matrimonio de Don Carlos con la duquesa de Beira, celebrado en Azcoitia, ha hecho que el hombre que pasó la luna de miel en el palacio del duque de Granada de Ega se estabilice más. El Pretendiente ha querido tener una corte, aunque pequeña; el Real ha progresado en camaristas, caballerizos y mayordomos, y los frailes y el obispo de León han dado con el botafumeiro en las reales narices de Don Carlos, y éste, que nunca ha sido listo, se ha hecho más endiosado y más tonto de lo que es por naturaleza.
Yo, que he leído cuantos folletos y artículos hablan de la vida de Don Carlos y que conozco Guipúzcoa, he visto con asombro que el Pretendiente se queda casi solo en Azcoitia cuando sus tropas se alejan para luchar con las liberales.
Azcoitia está relativamente cerca del mar, a una distancia de un par de horas de marcha para un buen andarín; un golpe de mano rápido me parece posible. Yo creo que es fácil apoderarse del Pretendiente. ¿Qué les parece a ustedes?
Alzate, Orbegozo y yo nos callamos un momento.
—La verdad es que, en principio, no parece difícil el proyecto—dijo Alzate.
—Una empresa como ésta, a la mayoría, que es gente ramplona, le parece muy natural cuando se ha realizado; pero antes de hacerse se le figura imposible—dijo Aviraneta—. Este proyecto que les expongo se lo he expuesto también al ministro Pita Pizarro, a quien le ha parecido muy atrevido, pero de una ejecución factible.
—Veamos los detalles—dijo Orbegozo.
—Quizá primero lo mejor sería—repuso Aviraneta—que alguno de ustedes se pusiera al habla con el comodoro inglés lord John Hay y que le preguntara si podría prestar alguno de sus barcos para una empresa de este género. Al mismo tiempo sería conveniente que otro le viera a don Gaspar de Jáuregui, el Pastor, y primero le consultara sobre el plan, y si lo encontraba bien, indicara un oficial para que al frente de un cierto número de soldados fuera a Azcoitia a realizar la empresa. Contando con estos factores estudiaremos el proyecto en sus detalles más pequeños, como quien estudia un aparato de relojería.
Quedamos todos de acuerdo, contemplamos un plano de la costa, del Depósito Hidrográfico de Madrid, que sacó Aviraneta, y cada vez nos pareció que la tentativa era más lógica y más factible.
Alzate y Orbegozo se fueron a San Sebastián dispuestos a trabajar en el proyecto.
EL SARGENTO ELORRIO
Orbegozo habló con el coronel inglés Colquhoun, quien le dijo que lord John Hay examinaría el proyecto que le expusieran, y que si le parecía bueno colaboraría con él; Alzate conferenció con el general Jáuregui, y éste indicó para realizar la empresa al sargento de chapelgorris Ramón Elorrio.
Cuando lo supo Aviraneta avisó a Alzate que le enviaran inmediatamente a Elorrio, y éste apareció en Bayona.
Elorrio tenía entonces unos veintiséis o veintisiete años; era de poca estatura, moreno, de ojos negros, de aire atrevido y sagaz. Llevaba bigote pequeño y tenía un tic nervioso en la cara.
El sargento Elorrio vino a mi hotel, y allí esperamos a Aviraneta.
Elorrio se bebió dos o tres copas de coñac mientras aguardaba; lo que me hizo pensar que era muy aficionado al alcohol.
Cuando llegó Aviraneta, éste explicó al sargento en pocas palabras de qué se trataba; le leyó su plan de prender a Don Carlos en Azcoitia, y le mostró el mapa de la costa de Zumaya y del terreno que recorre el río Urola.
—¿Qué le parece a usted mi plan?—le preguntó Aviraneta después.
—Está muy bien pensado—dijo Elorrio—. ¿Quién lo va a realizar?
—Usted mismo.
—¿Me permitirán? Ya sabe usted que hay muchas envidias en el Ejército.
—Sí; he hablado con el general Jáuregui y él le ha designado a usted. El comodoro John Hay espera conocer el proyecto para dar su aceptación. Si los dos aceptan, la empresa se realiza.
—Muy bien—dijo Elorrio—. Yo, dentro del plan de usted, me encargo de todo. La cuestión es que no haya obstáculos y que no se hable demasiado de ello. Yo conozco la provincia bien y además tengo en la compañía chicos de Zumaya, Cestona y Azcoitia que conocen el terreno palmo a palmo. Yendo por los senderos a primera hora de la noche, en dos horas podríamos ponernos desde Zumaya en Azcoitia.
PREGUNTAS
—Bueno—dijo Aviraneta—; puesto que usted asume la dirección y la responsabilidad del proyecto en bloque, pongámonos de acuerdo en los detalles. Supongamos que llega usted a Azcoitia, a la casa del duque de Granada de Ega, ¿qué haría usted allí?
—Creo que no encontraríamos resistencia; todas las fuerzas carlistas están en Vizcaya, Alava y Navarra. En Guipúzcoa tienen las de Andoaín. Por esa parte de Azcoitia no hay mas que unos cuantos cadetes, guardias de Corps, y unos cuantos hojalateros que no valen nada. A patadas los echaríamos.
—¿Y si ofrecían resistencia?
—Entraríamos a la fuerza; y si alguno se oponía le pegaríamos un tiro.
—Muy bien.
—Allí, naturalmente, no había de ser cosa de dar oídos a ruegos y lágrimas.
—¿Y usted no cree que alguno de los chapelgorris, al ver que se trataba de prender a Don Carlos, no se echaría atrás?—preguntó Aviraneta.
—¡Ca! Nuestros chapelgorris—exclamó Elorrio—le tienen un odio a Don Carlos terrible. Si se defendiera, le aplastarían como a una rata.
—Bueno; supongamos que ya han entrado ustedes en la casa del duque de Granada y han preso a Don Carlos y a su hijo, ¿qué haría usted después?
—Los montaría en unos caballos.
—¿Los habrá?
—Sí, los hay en casa del duque de Granada; y en dos o tres horas, por la carretera, de noche, llegaríamos a Zumaya. Cuando se enteraran los carlistas del suceso, estaríamos embarcados.
—Hay que pensar todas las eventualidades. Si, por ejemplo, mientras ustedes se encontraban en Azcoitia venía una galerna que impedía que las lanchas de desembarco de los ingleses estuvieran a punto para recogerles, o aparecieran, por casualidad, tropas carlistas que les cortaran el paso a Zumaya, ¿qué harían ustedes?, ¿se verían perdidos?
—No, ¡ca! Iríamos hacia el monte Gárate y nos refugiaríamos en el castillo de Guetaria. Si nos cerraban el paso para Guetaria, nos dispersaríamos, deshaciéndonos de las caballerías, e iríamos a Zarauz.
—Y con los prisioneros, ¿qué harían ustedes?
—Lo que nos mandaran: soltarlos o pegarles un tiro.
Aviraneta contempló atentamente a Elorrio.
—Yo creo que sería mejor pegarles un tiro.
—Yo, también—dijo Elorrio.
—Así, que en la parte de empresa que a usted le corresponde, y que es la más importante, ¿estamos de acuerdo?
—Completamente.
—Ahora nos falta que el comodoro inglés dé su visto bueno al plan. Se le avisará a usted.
Elorrio se despidió de nosotros dos, y se marchó.
Ahora, al cabo de más de medio siglo, lo recuerdo como si lo estuviera viendo, y, al recordarlo, pienso también en el pobre Muñagorri.
Cuando en 1841 se sublevó en Pamplona el general O'Donnell contra la Regencia de Espartero, Muñagorri salió de Bayona para Pamplona a reunirse con el general sublevado, siempre con su plan favorito de Paz y Fueros.
Elorrio, que por entonces era teniente y esparterista rabioso, cogió a Muñagorri el 14 de octubre en la ferrería de Zumarrista y lo fusiló inmediatamente.
Elorrio tampoco acabó bien; después de la guerra le nombraron oficial de carabineros, y como era un impulsivo y un alcohólico, hizo mil absurdos; le echaron del Cuerpo por meter contrabando, fué después jefe de una partida de contrabandistas, y un compañero le dió una puñalada.
XII. EL PLAN ESCRITO
A los tres días de la visita del sargento Elorrio me escribió Aviraneta dándome noticias. Alzate había enviado unos confidentes sagaces a Azcoitia.
En la villa guipuzcoana no había alrededor del Pretendiente, de su mujer y de su hijo mas que una corte de ministros y empleados, frailes y oficiales hojalateros de poco cuidado. Añadía que Alzate le indicaba que fuera a San Sebastián a ponerse de acuerdo con ellos y a visitar a lord John Hay. Don Eugenio no podía ir. Vidaurreta le había dicho que si entraba en España le prenderían.
No tenía más remedio que delegar la misión en mí. Fuí al día siguiente a ver a Aviraneta, y me dió unas cuartillas con el plan, y me hizo algunas observaciones.
—Si el comodoro dice que sí, avísame en seguida. Temo un poco de Elorrio y de sus chapelgorris. No sé si serán lo suficientemente violentos. El guipuzcoano no es cruel y se deja convencer con facilidad.
—Primero, veamos si el comodoro acepta—dije yo.
—Tienes razón.
Marché a casa y leí el plan; decía así:
«Teniendo yo, como tengo, la convicción de que es fácil apoderarse del Pretendiente mientras se encuentra en Azcoitia, pues no dispone allí de tropas que le defiendan, he ideado este proyecto.
Se pondrán de acuerdo lord John Hay, el general don Gaspar de Jáuregui y el jefe político de la provincia, don Eustasio Amilibia, para concertar el mejor modo de poner en ejecución el plan.
Estará listo un cuerpo de chapelgorris de doscientos hombres en Rentería o Lezo, dispuesto a embarcar a la primera orden, y cincuenta soldados escogidos entre los chapelgorris por el sargento Elorrio.
Lord John Hay tendrá preparados dos vapores y un aviso en el puerto de Pasages.
Se escogerá una noche obscura, a ser posible lluviosa; se embarcarán los doscientos cincuenta hombres a bordo de los vapores. De antemano se llevarán, en cajones cerrados y en los mismos vapores, cincuenta y una levitas cortas, iguales a las que usan los chapelchuris, o sean los soldados carlistas del quinto batallón de Guipúzcoa; cincuenta y una boinas blancas, ciento dos pistolas y cincuenta y un puñales.
Levadas anclas, de cinco a seis de la tarde, tomarán los vapores rumbo a alta mar para despistar a los curiosos, si los hay; y después se dirigirán a Zumaya. A la misma hora de zarpar los vapores saldrán tres o cuatro trincaduras, al mando de uno de los comandantes del general Jáuregui, con destino a Guetaria. El comandante será portador de un pliego cerrado para el jefe de la fortaleza, y en el pliego se le recomendará a éste que se halle preparado, por si los expedicionarios tuvieran que acogerse a Guetaria.
Ya en el mar la expedición, los cincuenta soldados y el sargento Elorrio abrirán los cajones y sacarán las levitas iguales a las de los chapelchuris, y las boinas blancas, y se pondrán los nuevos trajes, y se armarán. Llevarán en el morral una cantimplora con aguardiente, media libra de salchichón y un pan de dos libras.
Los vapores deberán estar hacia las ocho de la noche delante de la punta de Izustarri, entre Guetaria y Zumaya. Desembarcarán, primero, el sargento Elorrio con sus cincuenta hombres, y al momento marcharán camino de Azcoitia, sin pasar por ningún pueblo ni tocar en ningún caserío. Después desembarcarán los doscientos hombres y vigilarán la costa, la punta de Izustarri, la de Arrauna y la playa de Santiago, hasta la desembocadura del Urola, prendiendo a todo el que pueda darse cuenta de la novedad.
Las lanchas permanecerán a poca distancia de tierra.
El sargento Elorrio y sus compañeros estarán en Azcoitia de diez y media a once de la noche, lo más tarde; no preguntarán nada a nadie. Deben emplear, lo más, una hora en la prisión del Pretendiente y su hijo. A las dos o dos y media de la mañana estarán de regreso. Cuando se encuentren a media legua del sitio del desembarco echarán tres cohetes en dirección a la playa de Santiago, con tres minutos de intervalo. Al cuarto de legua, otros tres.
Los chapelgorris contestarán a esta señal con cinco cohetes, para indicar que la playa está franca.
Los expedicionarios llevarán con ellos dos paquetes de cohetes: uno para el sargento Elorrio, que lo esconderá en el camino, para recogerlo a su regreso, y al aproximarse a Zumaya, de vuelta de la expedición, servirse de los cohetes anunciando su llegada; el otro lo guardarán los otros chapelgorris para contestar a sus compañeros indicándoles que pueden avanzar hacia la punta de Izustarri y la playa de Santiago, sin temor.
En seguida empezará el embarque en los vapores.
El general Jáuregui, para entonces, tendrá extendidos dos partes: uno para el ministro de la Guerra, el otro para el general en jefe del ejército de la Reina, contando el hecho y notificándoles que el Pretendiente se halla a bordo de un barco inglés y que va a ser conducido a San Sebastián.
Los vapores regresarán con rumbo a Pasages. Al cruzar por las aguas de Guetaria, el general Jáuregui avisará al jefe de las trincaduras el haberse realizado la expedición.
Llegado a la vista de San Sebastián se desembarcará al Pretendiente y a su hijo, con la escolta correspondiente.
En el inesperado caso de que el sargento Elorrio y sus compañeros de expedición no pudieran regresar a Zumaya a la hora convenida, y que para las cinco de la mañana no se hubiesen presentado, los doscientos chapelgorris se apoderarán del pueblo, sin permitir que ningún vecino salga de la villa, ni por tierra ni por mar, y vigilarán todas las embarcaciones del puerto, como quechemarines, lanchas y botes.
Permanecerán en el puerto hasta las diez de la mañana, en espera del sargento Elorrio y sus compañeros, y si no hubiesen llegado para esta hora, se embarcarán en los vapores ingleses e irán por cerca de la costa, despacio, por las aguas de Guetaria y Zarauz, para ver si pueden distinguir a sus compañeros. De ser posible, lord John Hay y el general Jáuregui dirigirán personalmente la expedición.—Bayona, enero de 1839.—Eugenio de Aviraneta.»
El proyecto me pareció muy bien; únicamente encontré que era un poco demasiado seco al hablar del comodoro inglés y del general Jáuregui, y que ordenaba de una manera un tanto napoleónica. Así que añadí algunas fórmulas de cortesía y metí, por aquí y por allá, algunos excelentísimo señor.
Al día siguiente salí de Bayona y llegué a San Sebastián. Me presenté a don Lorenzo Alzate, y éste avisó al jefe político y al general Jáuregui. Les leí el plan de Aviraneta, y se decidió que Jáuregui, Amilibia y yo fuéramos a Pasages a visitar al comodoro.
LORD JOHN HAY
Marchamos los tres, en coche, a Pasages, y nos embarcamos en una lancha, conducida por una batelera, una chica joven y fuerte. Jáuregui le hizo algunas preguntas en broma, y ella contestó con gracia y desgarro.
La batelera nos llevó al costado de una hermosa fragata inglesa; subimos la escala del barco y llegamos sobre cubierta.
Se nos presentó el oficial de guardia, al que expliqué, en inglés, quiénes éramos y a lo que íbamos; el oficial nos pasó a un camarote muy elegante, y hubo allí grandes saludos y ceremoniosas presentaciones.
En esto llegó un tal Queille, comerciante de San Sebastián, que era el intérprete de lord John. Queille quiso enterarse del asunto que traíamos; pero yo le dije que sólo a lord John Hay le hablaríamos, y que si el comodoro consideraba necesario que estuviera su intérprete delante, que entonces sería otra cosa.
Queille dijo que lord John no tenía secretos para él.
—No digo que no, pero nuestro encargo se limita a hablar al comandante, y sólo a él hablaremos—le dije.
Vino lord John y le saludamos. El comodoro conocía a Jáuregui. Yo le expliqué, en mi mal inglés, que el proyecto que traíamos era muy reservado y que preferíamos leérselo a él solo.
—Bueno, muy bien. El castellano hablado no lo entiendo siempre, pero escrito, sí.
Le leí el proyecto, y luego le di las cuartillas; me hizo varias preguntas en inglés, que yo contesté, y añadí algunas explicaciones sobre lo que había dicho Elorrio acerca de la posibilidad de llevar a cabo el plan pensado por Aviraneta.
Lord John Hay era hombre de buena pasta, un tanto vanidoso, y a quien le había entrado la obsesión de hacer un papel trascendental en la historia de España.
Era un hombre sin tipo y sin carácter, un inglés de los muchos que produce el troquel de la Gran Bretaña, correctos, tranquilos e insignificantes. Lord John Hay hablaba demasiado, porque creía que hablaba bien; quería ser maquiavélico y le gustaba provocar la expectación rodeándose de misterio; pero, en general, se engañaba, y entendía las cosas despacio, cuando no las entendía al revés.
Era hombre, en el fondo, cándido y de buena fe.
Se había engañado con Muñagorri, creyéndole capaz de grandes cosas, y le molestaba su fracaso como algo propio.
Después de pensar algún rato el comodoro, dijo:
—Estoy convencido, como ustedes, de que este plan está muy bien pensado y de que su realización es relativamente fácil, pero tengo que estudiarlo detenidamente. Así que creo que lo mejor que podemos hacer es que ustedes vuelvan por la tarde, después de comer, a hablar conmigo. Yo les convidaría a comer en el barco; pero ahora tenemos un cocinero muy malo y no quiero desacreditarme.
NEGATIVA
Bajamos del barco inglés y fuimos en la lancha a Pasages de San Pedro, donde comimos.
La dilación del lord me dió a mí mala espina, y dije a mis compañeros que no creía que el marino inglés aceptara el proyecto.
Desde la fonda, que tenía una galería que daba al mar, vi con los gemelos a Queille, el intérprete, que bajó del barco y tomó un bote, y una hora después advertimos que volvía con el coronel Colquhoun y con otro, para mí desconocido, a la fragata inglesa. Todas estas idas y venidas me daban poca confianza.
Volvimos a las cuatro al barco y pasamos a la cámara del lord.
—Sigo—nos dijo el comodoro—pensando que el proyecto que ustedes me han traído está muy bien pensado y es factible, pero yo no voy a poder patrocinarlo.
—¿Podemos saber por qué?—le pregunté yo.
—Porque yo no puedo ser más español que los españoles, ni más cristino que los cristinos. He favorecido la empresa de Muñagorri pensando que hacía un beneficio a la causa de la Reina, y el general O'Donnell y el cónsul de Bayona se han quejado, y han hecho todo lo posible para que la empresa de Paz y Fueros no tenga el menor éxito. Los generales españoles son como el perro del hortelano.
Les traduje a Jáuregui y a Amilibia lo que decía el lord.
—Hay que reconocer—dijo Jáuregui—que el pensamiento de Muñagorri era más obscuro y más vago que lo que le proponemos a usted.
—¡Si el proyecto me parece magnífico!—exclamó el lord—. Si usted, Jáuregui, fuera el comandante general de la provincia, no tendría usted mas que fijar el día para que las fuerzas navales de su Graciosa Majestad saliesen para Zumaya; pero el comandante es el brigadier Araoz, y mi Gobierno me ha mandado varias veces que no obre mas que en colaboración con las autoridades españolas. Si ustedes traen el consentimiento de Araoz, inmediatamente salimos.
Se pensó en visitar al brigadier Araoz, pero no teníamos atribuciones de Aviraneta, y decidimos, primero, consultar con éste.
Lord John me ofreció una escampavía de la marina real inglesa para ir a San Juan de Luz, y fuí, hecho un personaje, acompañado de un oficial, a desembarcar en Socoa.
De allí mandé una carta a Aviraneta contándole lo ocurrido y diciéndole que esperaba sus órdenes.
Al día siguiente recibí la contestación:
«El proyecto hay que darlo por muerto—me decía—. Con la burocracia del Ejército sería un fracaso ridículo. Los militares quieren acabar la guerra con batallas, y no pueden; pero, a pesar de ello, el pensar en otro sistema para traer la paz les irrita. Consideran que es el reconocimiento de su impotencia. Hoy mismo le he escrito al ministro lo que pasa, y por qué no se ha podido realizar mi plan. Otra cosa, aunque no tiene gran importancia: si no te viene mal, vete a ver el campamento de Muñagorri, próximo a Endarlaza, a ver qué es eso.»
XIII. DE BIRIATU A ERLAIZ
Volví a Hendaya, y me dijeron allá que la gente de Muñagorri estaba acampada en un grupo de casas llamado Lastaola, del camino de Irún a Vera, y que los carlistas vigilaban de cerca a los muñagorrianos.
Me aseguraron que para comunicarse con ellos lo mejor era ir por la orilla del Bidasoa, hasta enfrente de Lastaola.
LASTAOLA
Conocía yo el camino perfectamente; fuí de Hendaya a Behovia francesa, y de Behovia, por la orilla del río, pasando por debajo de Biriatu, hasta llegar frente por frente de la vieja casa de Lastaola.
Al acercarme a este sitio vi unas barcas en el río y un cable fijo que iba de un lado a otro del Bidasoa.
Me encontré allí con una muchacha joven que discutía con el barquero porque quería cruzar a la otra orilla.
—¿Es que no se puede pasar?—le pregunté yo al barquero.
—No.
—¿Por qué? ¿No está Muñagorri?
—No.
—¿Está Altuna?
—Tampoco.
—¿Quién está?
—El capitán Jauariz.
—Bueno. No le conozco; pero le hablaré.
Le di dos pesetas al barquero y entré en la barca. La muchacha entró conmigo. Entonces la reconocí. Era Pepita Haramboure, la chica de la tienda de Sara, a quien había conocido por Cazalet.
—¿Usted también viene al campamento de Muñagorri?—le pregunté.
—Sí.
La chica me dijo que era novia de uno de los soldados de Muñagorri, un muchacho francés, de Biriatu, a quien había conocido en Sara.
Era Pepita una chica bonita, de ojos negros; hablaba vascuence, con gracia, y tenía, al hablar, como un sobrealiento muy característico de su pueblo. Me dijo que llevaba ropa para su novio.
Pasamos la chica y yo a la orilla española, y saltamos a tierra. Había entre el río y el fuerte de los muñagorrianos una distancia de trescientos o cuatrocientos metros de campos de maíz, con cañaverales, que servían para esconderse los contrabandistas, pues el sitio era estratégico para el contrabando.
Fuimos andando hasta llegar a Lastaola. Esta era una casa vieja, probablemente una antigua ferrería, con muy pocas ventanas.
Tenía en los alrededores una explanada fortificada, con una muralla de palos y tierra; ocho tiendas de campaña y dos piezas de artillería.
El centinela nos dió el alto e hizo llamar al oficial de guardia, el capitán Jauariz, a quien expliqué yo el objeto de mi visita y el de la muchacha. El oficial nos recibió de malhumor y me dijo que nos iba a detener.
—Bueno; haga usted lo que quiera.
—Aquí están viniendo a cada paso agentes para provocar la deserción de nuestros soldados.
Yo le dije que era amigo de Muñagorri y de Altuna y partidario de la empresa de Paz y Fueros. El hombre no se convencía, cuando vino el capitán Brunet, que mandaba los muñagorrianos que estaban acampados en las inmediaciones de Lastaola, y me dió la razón.
—¿Qué quería usted?—me preguntó.
—Quería visitar las obras de la defensa y dar informe al Gobierno.
—Pues vea usted lo que se ha hecho aquí, y luego pide usted un caballo y sube usted al fuerte de Pago-gaña.
Curioseé por los alrededores de Lastaola, y me chocó que el campamento estuviera tan abandonado. Aquello no tenía aire militar ninguno. Los soldados charlaban y jugaban a las cartas; los centinelas fumaban.
PAGO-GAÑA
Tomé algunas notas, y al soldado que me había indicado el capitán Brunet le pedí el caballo. Lo trajo.
—¿Por dónde se sube a ese fuerte de Pago-gaña?—le pregunté.
—Por ahí, por esa regata que se llama de Charodi.
—¿No me puede acompañar nadie?
—Yo, por lo menos, no.
La chica de Sara se enteró de que su novio estaba en el alto de Pago-gaña, y vino conmigo.
Montamos a caballo; ella, a la grupa; comenzamos a subir el monte por un sendero estrecho, hasta llegar, a la media hora, a una explanada con un caserío. Vimos a una mujer y a un muchacho, que al vernos echaron a correr.
—¿Cómo se llama este sitio?—les pregunté.
—Erlaiz.
—¿Dónde está ese fuerte Pago-gaña?
—Ahí arriba.
Nos habíamos desviado un poco, y teníamos el fuerte encima. Hablamos la mujer y yo de los muñagorrianos, a quien ella tenía por unos holgazanes, y nos mostró cerca del caserío, como la única curiosidad del lugar, una piedra antigua, llena de musgo, con este letrero:
DESDE AQUÍ, LA DESERCIÓN TIENE PENA DE LA VIDA
Le di al muchacho unas monedas para que nos acompañara al fuerte.