CUARTA PARTE LOS PEONES DEL JUEGO (continued 2)
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El fuerte era muy sólido; tenía la figura de un polígono de muchos lados, y dentro de su perímetro había un almacén de pólvora, un gran barracón de madera y varias tiendas de campaña.
Habían trabajado en esta obra los zapadores ingleses, bajo la dirección del coronel Colquhoun y del comandante Vicars, de los Ingenieros Reales. En las paredes se veían escritos muchos nombres ingleses.
La pequeña guarnición del fuerte tenía el mismo aire de indisciplina que la de Lastaola. Había muchos visitantes, que andaban por el fuerte mirándolo todo. Llegaban, sin duda, del lado de Irún mujeres y hombres a ver a sus hijos, maridos y hermanos, que estaban allí acampados, y hablaban y revolvían como si estuvieran en su casa. Se veía claramente que la empresa de Muñagorri marchaba mal. Pepita la de Sara encontró a su novio, que era un jovencito con aire de niño, y estuvo hablando con él.
Yo, cuando me cansé de andar arriba y abajo, le avisé a la muchacha que iba a bajar, y se reunieron conmigo la Pepita y su novio.
Como me pareció que bajar a caballo desde el fuerte a la orilla del río sería difícil y peligroso, marchamos a pie.
El novio de la Pepita nos acompañó un rato.
Pepita me contó que su novio era hijo del sacristán de Biriatu, y había sido seminarista. Sus hermanos eran contrabandistas y atrevidos, pero a su novio le gustaban más los libros, cosa que le parecía absurda a Pepita.
Al ir descendiendo sonó un tiro a lo lejos, entre las ramas; no sé si de algún carlista o de algún cazador.
Llegamos a Lastaola, pasamos a la orilla francesa, y Pepita se fué a Biriatu, y yo marché a Hendaya, donde comí en el hotel del Comercio.
Unos días después supimos que el Bidasoa había subido repentinamente y que se llevó las tiendas del campamento de Muñagorri, dejándolo todo inundado, los cañones en el fango y sin comunicaciones con Francia.
Un par de semanas después el capitán Jauariz, que tanto miedo tenía a los que fomentaban la deserción, desertaba del campo de Muñagorri con sus soldados y se pasaba a los carlistas de Vera, y éstos incendiaban el campamento muñagorriano.
El antiguo escribano de Berastegui tenía mala suerte.
XIV. ROMPIMIENTO
Al pasar por San Juan de Luz fuí a visitar a doña Mercedes, la madre de Corito, que me recibió muy secamente. Me dijo que Corito estaba en Laguardia, que no salía porque no había seguridad en los caminos, ocupados por los carlistas.
La muchacha deseaba venir a San Juan de Luz, pero ella, su madre, había pensado trasladarse definitivamente a Madrid.
Doña Mercedes añadió con cierta energía que pensaba casar a su hija con una persona seria, religiosa y de buenas costumbres.
—¿Y ella está de acuerdo con usted?—la dije yo emocionado.
—Completamente de acuerdo.
—Creo que tengo derecho a una explicación.
—¡Usted! ¡Derecho!
—¿Por qué no? Aunque yo tenga una posición modesta...
—Aquí no se trata de la modestia de su posición. Se trata de la vida que está usted haciendo—me dijo doña Mercedes.
—¡Yo!
—Sí, tengo informes ciertos y fidedignos. Hace usted la vida de un hombre vicioso, sin fe y sin conciencia. No quiero hablar.
—Es que me he metido en una clase de asuntos... Su amigo de usted, don Eugenio...
—No sea usted mentiroso. No creo que Eugenio le haya aconsejado el seducir muchachas y abandonarlas, ni el desunir matrimonios.
—¿Yo he hecho eso?
—Sí, y no me tiente usted la boca. Eugenio siempre ha sido un hombre honrado. Habrá tenido ideas falsas en política y en religión, pero ha sido un caballero.
—¿Y yo, no?
—Usted, no.
—Señora...
—Qué, ¿me va usted a desafiar; me va usted a mandar los padrinos?
—Me atropella usted.
—No; usted es el atropellador.
—No creo que haya que juzgar los hechos sin aclararlos.
—Los hechos están suficientemente aclarados, y, en su consecuencia, le tengo que decir que no se acuerde usted para nada de mi hija, ni la escriba usted tampoco, porque ella está enterada de todo y no le contestará.
—Bueno. Está bien. Está bien—y me marché a la calle sin saber qué decir.
ME VOY
Cuando vi a Aviraneta en Bayona le conté lo que me había pasado, y le dije que para matar la pena iba a ir a París.
—¿Cuánto tiempo vas a estar allá?
—Un mes, si no hay algún asunto importante que me obligue a volver.
—¿Tanto?
—Sí.
—¿Qué presupuesto vas a hacer?
—Unos treinta francos al día; con el viaje, unos mil doscientos francos. Llevaré dos mil; creo que tendré de sobra. Llevaba, por si acaso, mil más.
—¿Adónde vas a ir a vivir?
—No sé. Veremos Valdés adónde me lleva.
—¿Vas con Valdés?
—Sí.
—Este te meterá en algún lío.
—¡Bah! No soy ningún niño.
—Bueno. Un consejo: reserva el dinero para la vuelta. Gástate el resto del dinero en una semana o en un día, pero resérvate siempre el dinero para la vuelta, porque es un poco ridículo tener que pedir para volver.
—¡Qué desconfianza tiene usted en mí!
—Es un consejo; tú síguelo, si quieres.
XV. EN EL "FAUBOURG" SAINT-GERMAIN
Tomé la diligencia, llegué a París y fuí a parar a una fonda bastante cómoda de la calle Tournon, enfrente del antiguo palacio del mariscal de l'Ancre, convertido en cuartel de gendarmería.
Inmediatamente me arreglé y marché a la casa de Valdés, en la calle de Saint-Honoré. Lo encontré, al antiguo dandy, en la cama; esperé a que se vistiera, y fuimos a almorzar al Rocher de Cancale, restaurante que entonces tenía mucha fama.
—¿Tiene usted algo que hacer?—me preguntó Valdés.
—No.
—Pues entonces venga usted esta tarde a buscarme e iremos a algunas casas del faubourg Saint-Germain, donde le presentaré a usted.
GRANDEZAS
Después de dar un paseo por los bulevares tomé un coche, le recogí a Valdés y fuimos a la calle de Babilonia, a casa del marqués de Fronsac. Como Valdés era un cínico y sabía que un título venía muy bien en aquel medio, me presentó como el barón de Leguía.
Según me dijo luego Valdés, tuve un éxito entre las damas; me habían encontrado muy gentil; les había chocado que un joven español hablara el francés tan correctamente.
Una de las mujeres que me produjo un gran entusiasmo fué una marquesa austriaca, la marquesa Radensky. Era una mujer encantadora. Tenía unos ojos azules brillantes y una dentadura que mostraba, al sonreír, como una ráfaga de nieve.
Esta marquesa me dijo que fuera a visitarla, aunque no tenía una buena casa.
Valdés, luego, me indicó que estaba separada del marido y sostenida por un banquero de Viena, que vivía en París.
Salimos Valdés y yo del hotel y fuimos a un pequeño restaurante de la calle del Bac, donde comimos muy bien.
—¿Usted piensa ir al teatro?—me dijo Valdés.
—Yo, no. No tengo dinero para grandes gastos.
—Sí, vale más reservarse. ¿Me puede usted prestar dos luises?
—Sí.
Se los presté, y hablamos de la marquesa Radensky. Valdés me dijo que si quería hacerla la corte le enviara un ramo de flores con mi tarjeta.
Nos despedimos Valdés y yo y nos citamos para el día siguiente, a la hora de comer, en el restaurante de la calle del Bac.
Cuando me encontré en mi cuarto y se me fué un poco la sensación de las grandezas y pensé en si el primer día habría sobrepasado mi presupuesto de treinta francos diarios, vi que había gastado entre las comidas, el coche y el préstamo a Valdés, más de cien francos, sin contar el hotel.
Me quedé un tanto asombrado.
—Tenía razón don Eugenio: hay que separar el dinero para el viaje y cien francos más, y darlo como si no existiera.
Efectivamente; envolví unos billetes en un papel, los metí en el bolsillo interior de una chaqueta y cerré el bolsillo con dos alfileres.
Al día siguiente envié un ramo de flores a la marquesa austriaca y fuí con Valdés a otras casas del faubourg Saint-Germain.
Pasado el primer momento de entusiasmo, empecé a pensar que este barrio aristocrático no me parecía tan admirable como yo había supuesto. Yo me lo había figurado más suntuoso, más rico. Además creía que iba a encontrar en aquellos palacios los tipos de Balzac, que, naturalmente, no han existido mas que en la imaginación del novelista.
—Oiga usted—le dije a Valdés—, ¿Balzac no ha tomado datos en el faubourg para escribir sus novelas?
—No. Aquí nadie le conoce. El, como todos los grandes escritores, inventa su mundo. Se ha hablado mucho de Balzac en el faubourg, tiene grandes entusiastas y algunos detractores, pero nadie le conoce; parece que vive encerrado, trabajando febrilmente.
—¡Qué extraño!
—Extraño, no. Si quisiera escribir la realidad, no podría; haría una cosa vulgar, pedestre.
—Me desilusiona usted. Allí, en nuestras tertulias de Bayona, suponíamos que el gran escritor estaría siempre en los salones de la alta sociedad.
—Entonces no escribiría nada.
—¿Pero no tiene carácter esta gente?
—¡Pse! ¡Qué sé yo! En estos pueblos viejos, grandes, de una cultura antigua, que ha penetrado hasta las últimas capas sociales, es muy difícil diferenciarse. Yo suelo ir, cuando ando mal de dinero, lo que es más frecuente de lo que yo desearía, a comer a un fonducho pobre, y la dueña de la casa, que es de Orléans, habla un francés tan puro, tan académico, que la llevaría usted a un salón y parecería una duquesa.
—¿Así que usted cree que este barrio no tiene un espíritu distinto del resto al pueblo, un carácter especial?
—Hay mucho de literatura en eso. Aquí, como en todas partes, lo esencial es igual. Si es usted joven y rico le harán más caso que si es usted viejo y pobre. Lo único que varía es la política. Aquí hacemos política realista, como en otros barrios se hace republicanismo o justo medio. Las damas de la burguesía se citan con sus amantes en las soirées, en el bosque de Boulogne y en el teatro; nuestras damas tienen, además de esto, como punto de cita, las iglesias y las sacristías. Ahora, si quiere usted seguir un consejo mío, se lo daré gratis: Si tiene usted amores con una gran dama de éstas, piense usted que no se diferencia en nada de una costurera o de una peinadora, y en novecientos noventa y nueve casos sobre mil acertará usted.
LA AUSTRIACA
El consejo de Valdés lo puse en práctica con mi marquesa austriaca, que se encontró encantada de que yo la tratara sin el menor respeto.
Era una mujer admirable, graciosa, imprevisora, capaz de cualquier cosa buena y de cualquier cosa mala, con un espíritu de alegría y de bohemia verdaderamente loco. Aceptó mis cenas, fué varias veces a mi casa, hizo extravagancias, y a los quince días me encontré yo, con sorpresa, que no tenía más dinero que doscientos francos y lo que había guardado en el bolsillo de la chaqueta.
—Haciendo la vida que hago—me dije—, este dinero no me llega para dos días. Voy a exponerme. Voy a jugar mis doscientos francos.
Había oído que en la plaza del Palais Royal había casas de juego. Fuí allí y encontré una ruleta. Dividí mi dinero en diez puestas de un luis cada una y fuí poniéndolas a un entero. En diez vueltas, casi seguidas, perdí los doscientos francos.
Fuí a ver a Valdés, a pedirle los cuatro o cinco luises que le había dado; pero me dijo su ama de llaves que no estaba en casa, y le escribí. Pensé luego qué podía hacer, y comprendí que lo mejor era marcharme.
Le escribí una carta a la austriaca diciéndola que mi familia me llamaba urgentemente y que no tenía más remedio que volver a mi país.
Ella me contestó alegremente diciéndome que arreglara pronto mis asuntos, y que volviera. Añadía que me sería fiel si no tardaba mucho tiempo.
Me avergonzaba un poco la vuelta prematura a Bayona, porque Aviraneta se reiría de mí, y pensé en irme a Burdeos y pasar allí unos días.
Estaba en esto, cuando vino Valdés a verme. Me dijo que no tenía un cuarto, que no podía devolverme lo que le había prestado, pero que me llevaría a comer a un restaurante donde a él le fiaban y, probablemente, me fiarían a mí.
XVI. LOS CHAPUZONES DE VALDÉS
Valdés vivía ordenadamente en su casa de la calle Saint-Honoré. Tenía una criada vieja, que le cuidaba y le consideraba como a un joven doncel. Le arreglaba la casa, le hacía la comida, le componía la ropa, le zurcía las medias y le cepillaba las botas.
Este interior respetable y burgués del solterón naufragado y perdido, era gracioso. Allí, en su casa, Valdés era un hombre serio, reposado, de ideas sensatas, que tenía que luchar con la inmoralidad del ambiente de París.
Valdés tenía épocas de penuria que se repetían periódicamente, al año, dos o tres veces.
Entonces avisaba en su casa de la calle de Saint-Honoré que tenía que marchar a España, y se iba a un hotel miserable de la calle del Dragón, diciendo allí que venía de Madrid.
Cuando se marchaba el señorito, la vieja ama de llaves se arreglaba para vivir en la casa con un franco al día.
Estuve en el hotel del Dragón para ver la nueva vivienda de Valdés. El hotel tenía una entrada sórdida, negra, maloliente, en la que olía a caldo de berza y a queso fermentado. El amo de este hotel, antiguo afiliado al carbonarismo, reservaba un cuarto a Valdés porque le creía un gran revolucionario.
Valdés, en estas épocas de penuria, comía en el Restaurant des Gourmets, de la calle de la Barouillère.
Así, durante una temporada, desaparecía en esta vida miserable, hasta que cobraba, y volvía a salir a la superficie y al fausto. Gracias a esto conservaba su prestigio de hombre rico y elegante de la calle de Saint-Honoré y del faubourg Saint-Germain.
CAMBIO DE ROPA Y CAMBIO DE ESPÍRITU
En estas malas épocas Valdés utilizaba los trajes viejos que ya no le servían en su avatar brillante, y tomaba un aire de miseria perfecto. El redingote raído, los pantalones deshilachados, las botas deformadas, el sombrero de copa con las alas caídas; todo le servía. Para darse un aire más miserable, llevaba en el ojal una condecoración española, probablemente falsa.
Durante estas etapas de miseria, Valdés era capaz de hacer enormes caminatas, de no leer periódicos, de no desayunar, para economizar medio franco. En las épocas buenas daba una propina de cuatro o cinco francos por la cosa más pequeña: por una cerilla, porque le abrieran la portezuela del coche; sobre todo, si alguien podía verle.
—Así es la vida—decía él filosóficamente—. Esta gente del faubourg, que me invita a una comida de cincuenta o sesenta francos, porque me cree harto, si me viera hambriento y con el cuello de la camisa sucio no me daría dos reales.
Efectivamente, era cierto.
—¿Y no le ha visto a usted alguna vez por aquí algún conocido del mundo brillante?—le pregunté yo.
—Nunca. Son dos mundos opuestos. La calle de la Barouillère y la calle del Dragón, a dos pasos del faubourg, están socialmente tan lejos como los dos polos.
Una combinación como la de Valdés no podía darse mas que en un pueblo grande.
Llegaba el bohemio, en su doble personalidad, a hablar mal de la aristocracia cuando vivía en la miseria. Entonces contaba historias revelando el origen verdadero o supuesto de las familias ricas y les acusaba de vicios y de irregularidades.
—Yo creí que tenía usted gran entusiasmo por esa gente—le dije una vez.
—Sí, a veces, por lo que me conviene; pero crea usted que si tocaran a saquear el faubourg, no sería yo de los últimos.
En estas épocas de penuria, Valdés se sentía liberal exaltado, y solía visitar a republicanos franceses que conocía. Iba una o dos veces al año a ver al convencional Barère, que vivía aún en París, ya muy viejo.
MISERIAS
Siguiendo el ejemplo del machucho dandy, alquilé un cuarto en una calle próxima a la de Sevres, por doce francos al mes. El cuarto era pequeño y poco confortable, y tenía una ventana a un patio de un hospital, patio triste, con un pabellón negruzco en medio. Iba a comer al Restaurant des Gourmets, sitio obscuro y lastimoso, frecuentado por una gente raída, de una pobreza vergonzante.
Valdés comía en aquella sala miserable con la misma elegancia que en los palacios.
Llevaba por todas partes su estoicismo resignado y jovial.
Tenía allí su guitarra, y a veces amenizaba los postres tocando y cantando canciones españolas, con poca voz, pero con mucho estilo.
Como en el Restaurant des Gourmets no se avinieron a fiarme y no representaba para mí ventaja ninguna el ir allá, frecuenté la taberna del «Perro que Fuma», la de la «Espada de Madera», la de la «Cita de los Cocheros», y otros figones de nombres pintorescos.
EXAMEN DE CONCIENCIA
Aquellos días que estuve en París por amor propio me hicieron ver el reverso de la vida elegante de una manera descarnada y fuerte.
No pensaba que estos crepúsculos del invierno de París fueran tan tristes, tan largos, tan inhospitalarios. Estaba, además, acatarrado, y tenía siempre frío.
Miraba todo con un espíritu acre. Aquellos hoteles del faubourg me parecían feos y sin carácter.
Ya en la latitud de París—me decía—la piedra no tiene color de piedra. La piedra aquí es una cosa agrisada, cuando no es negra.
En estos paseos, no sé si por la influencia de los crepúsculos de París, del catarro o de las dos cosas, se me impuso la idea de que era un hombre vulgar, bien vulgar, que no tenía una idea grande en la cabeza, ni un plan en la vida, ni un amigo. Todo mi dandysmo era vanidad, humo. Era un pobre majadero presuntuoso.
¡Qué examen de conciencia hice por estas calles húmedas y nebulosas de París, entre toses y estornudos! También me servía como motivo de ejercicios espirituales el ver mi cuarto mísero y la niebla que dominaba en el patio negruzco del hospital vecino.
En el hotel casi todos los tipos eran como yo: gente que parecía no tener ninguna gana de que se les viera, que entraban y salían de sus cuartos furtiva y rápidamente, como los fantasmas.
La portera, una vieja gorda, chata, roja, con una cofia blanca, anteojos y una cara satírica, que me recordaba los retratos de las damas del siglo xviii, me miraba burlonamente mientras leía el periódico al lado de su gato.
Muchas veces no tenía ninguna gana de ir a ver a Valdés, a quien tontamente achacaba mi mala suerte.
Una vez, al entrar en el Restaurant des Gourmets, me dijo:
—Querido amigo; entra usted aquí como si los demás tuviéramos la culpa de que usted se haya quedado sin un cuarto.
—Tiene usted razón; perdone usted.
Esta conversación nos volvió a la cordialidad.
Como la miseria aguza indudablemente el sentido crítico, tuvimos largas discusiones acerca de España y de sus hombres, de París, de sus políticos, de sus escritores, de sus artistas y, sobre todo, de Balzac y Gavarni.
También hablamos de la influencia de las grandes capitales. Valdés, como vivía en París, quería pensar que sólo en las ciudades grandes se discurre y se vive; que en las pequeñas no se hace mas que vegetar; yo le llevaba la contraria, naturalmente, porque vivía en Bayona.
XVII. ENCUENTRO
Un día, en la calle de Babilonia, vi a un hombre raído, triste, derrotado, cabizbajo, vestido de negro, que pasó cerca de mí como una sombra: como una de esas estampas de la miseria que se ven en las grandes ciudades.
Al fijarme en él le reconocí. Era el abate Girovanna. Al principio vacilé en acercarme a él, porque tenía un aire tan derrotado y tan siniestro, que lo mejor que podía suponerse, viendo aquella fantasma humana, era que salía de un presidio.
Venciendo el primer momento de repulsión, me decidí y le llamé. Girovanna me estrechó la mano, conmovido.
—¿Y la duquesa?—le pregunté yo.
—No sé dónde está. Era una loca.
—¿Y qué hace usted aquí?
—Estoy de químico en una perfumería. ¿Y usted?
—Yo he venido con algún dinero y lo he gastado demasiado de prisa, y ahora ando mal; estoy esperando a que me envíen de casa.
—La juventud loca imprevisora—dijo el abate.
—Yo suelo comer en un restaurante muy malo. Si quiere usted venir, le convido.
—Sí, vamos.
Fuimos al Restaurant des Gourmets, donde presenté el abate Girovanna a Valdés.
Girovanna habló con la facundia que le caracterizaba, y dejó perplejo a Valdés.
Yo le fuí sometiendo en preguntas, al abate, las cuestiones que constituían el fondo de las diferencias entre Valdés y yo, que versaban acerca de Francia, de España, de literatura y de política.
SOBRE FRANCIA
—Francia lo tiene todo—dijo el abate—; es el país privilegiado por excelencia, los dos mares principales de Europa...
—Como España—salté yo.
—Ríos como no tiene España, campos como no tiene España—replicó él—, ciudades que no ha soñado nunca tener España... Los franceses tienen de todo, material y espiritualmente... Sabios, artistas, militares, pensadores, escritores... Lo único que no tienen, aunque ellos hacen esfuerzos para creer que sí, es ese tipo de genio espontáneo que hay en otros países... Va usted al museo del Louvre: hay buenos pintores franceses, pero un Ticiano, un Tintoreto, un Velázquez o un Goya no hay entre ellos; hay buenos poetas, pero no un Dante; hay buenos dramaturgos, pero no hay un Shakespeare. Son, ante todo, gente fuerte y de buen sentido, pero el genio espontáneo irregular que adoran ellos eso es precisamente lo que les falta.
OPINIONES DE ESTOS DÍAS
Recordaba hoy las palabras del abate, viendo en un periódico suizo una comparación de un sabio profesor entre Baudelaire y Dostoievski. ¡Qué incomprensión! ¿Cómo se puede comparar el poeta francés en el fondo perfectamente normal, que se violenta para ser anómalo, retórico consumado, que trabaja todos los días, que estudia su idioma, que quiere asombrar a su público con el loco genial de Rusia, que se cree un hombre bien equilibrado y que levanta construcciones absurdas y alucinadas con la mejor buena fe del mundo?
Sí; creo que tenía razón el abate: el genio espontáneo no es cosa de Francia.
BALZAC Y GAVARNI
—¿Usted ha leído a Balzac, abate?—le pregunté yo.
—¿A Balzac, el novelista moderno?
—Sí.
—¿Qué opinión tiene usted de él?
—Es un hombre indudablemente extraordinario. Está fijando la vida de su tiempo de una manera un poco desmedida y absurda, pero con cierta grandiosidad. Es un espíritu ávido de todo, que recoge lo que ve, lo que sueña y lo que piensa, y lo va enlazando en la época. Sus héroes serán siempre menos universales que los de los creadores de los grandes tipos, como Shakespeare, Cervantes, Goethe. Don Juan y Fausto, Hamlet y Don Quijote no tienen tiempo: son sombras que se proyectan en todas las épocas, ayer como hoy; hoy, probablemente, como mañana. Los héroes balzaquianos son de hoy; mañana parecerán figuras de cera vestidas; los otros, los eternos, seguirán siendo como estatuas.
—¿Cree usted?—le pregunté yo.
—Sí. ¿Usted no cree lo mismo?
—Yo, no. A mí, sin duda, me gustan más las figuras de cera que las estatuas.
—Es usted un cínico—dijo el abate, riendo.
—¿Y Gavarni? ¿Qué le parece a usted?—preguntó Valdés.
—¿Quién es Gavarni?
—Ese dibujante del Charivari y de la Moda.
—¡Bah! Eso no vale nada.
—¿No?
—Nada. Es un dibujante mediano y amanerado, que tiene algún talento literario.
Valdés, a pesar de que era partidario de Gavarni, no se atrevió a decir lo contrario.
LAS GRANDES CIUDADES
—¿Y usted cree en la influencia de la gran ciudad para producir monstruos humanos en el bien y en el mal?—le volví a preguntar yo.
—Esa es una idea romántica de la época—contestó Girovanna—. Yo no creo en ella. La ciudad, con uno o dos millones de habitantes, no le añade ni le quita a uno nada; ni al inteligente le hace más inteligente, ni al cretino le disipa su estupidez. Es verdad que, al menos por ahora, es necesario un cierto número de habitantes para que una ciudad tenga un espíritu de libertad y de transigencia; pero ese resultado se consigue en las ciudades italianas y alemanas que no llegan a tener medio millón. El romanticismo de las grandes ciudades pasará. Cuando París sea una ciudad limpia y clara, ya no habrá romanticismo. El romanticismo es una enfermedad, una cosa forzada, recalentada, que no produce mas que fantasmas monstruosos. La salud no puede venir mas que de pequeñas ciudades cultas e inteligentes.
GUITARREO
Habíamos comido; el abate se despidió de mí diciéndome que al anochecer iría a mi casa, pero, en vez de marcharse, se quedó al ver a Valdés que traía la guitarra. Tocó Valdés unas sevillanas y un fandango; luego, en burla, le dijo al abate:
—¿Usted no sabe tocar algo?
El abate cogió la guitarra y tocó una tarantela napolitana, en tres tiempos, con verdadera gracia y maestría.
—¡Muy bien! ¡Muy bien!
—Eso no vale nada. En mi pueblo cualquier pescador lo hace mejor que yo.
Luego cantó una canción rusa del Volga, muy melancólica, y después, una jota española, con mucho brío.
—¡Bravo! ¡Bravo!—dijimos todos.
—Hasta luego, hijo mío—murmuró el abate dirigiéndose a mí; y salió a la calle.
—¿Qué le parece a usted este hombre?—le pregunté a Valdés.
—Este es un bandido, éste es un monstruo. Un hombre como éste, que con lo que sabe y con su talento vive tan miserable y tan derrotado, tiene que tener algún vicio muy fuerte y muy innoble.
—No sé; es posible.
—¿Y usted lo va a recibir en su casa?
—Sí.
—Yo, como usted, cuando viniera, tendría la pistola en la mano.
XVIII. UN HOMBRE DE MALA SUERTE
Efectivamente, al anochecer, el abate se presentó en mi casa. Había encendido yo la chimenea de leña y tenía sobre la mesa una merienda con pan, queso y café con leche.
El abate, después de merendar, se sentó en el único sillón del cuarto, y hablamos largamente. Me contó cómo vivía y cómo le habían engañado comerciantes honrados, robándole a él, pobre hombre sin recursos, sus fórmulas y descubrimientos.
—Soy un loco, hablo demasiado—me dijo—; expongo mis ideas, mis conocimientos, y esto produce en unos desconfianza y en otros la idea de explotarme. Y así vivo.
Le hablé yo de la curiosidad que había producido en Bayona su paso y de las mil versiones que se habían hecho acerca de la duquesa y de él.
Girovanna sonrió.
—Dígame usted, ¿qué era la duquesa de Catalfano?
—Era una loca.
—¿Y qué pretendía de usted?
—Pretendía que yo le hiciera un elixir, para rejuvenecer, con sangre de niño.
—¿Y usted, qué hizo?
—Yo le di largas al asunto, hasta que tuvimos que reñir, y nos separamos.
—Pero usted en Bayona hablaba como si creyera en esos elixires.
—¡Hablaba! Claro es. Cuando se está representando una comedia, vale más representarla siempre en todos los momentos para no olvidar el papel.
—¿Sabe usted lo que me decía este español con quien hemos comido?
—¿Qué le decía a usted?
—Que un hombre del talento y de la cultura de usted, que anda tan derrotado, debe tener algún vicio muy fuerte y muy innoble.
—¡Vicio yo! El único vicio que creo que he tenido ha sido el de dejarme arrastrar por la imaginación.
El abate tomó un aspecto triste y pensativo.
EN NÁPOLES
—Ha debido usted de llevar una vida bien azarosa—le dije yo.
—Sí, es verdad; todo el mundo me dice lo mismo viéndome tan decrépito, tan usado.
—¿Y no es verdad?
—En parte, sí. He sido principalmente un hombre de mala suerte... ¿Conoce usted Nápoles?
—No.
—¿Pero habrá usted oído hablar de la Strada de Santa Lucía?
—Sí.
—Pues cerca he nacido yo. Mi padre era herbolario. A pesar de su condición humilde era hombre culto y conocía la literatura, la historia y, sobre todo, la botánica. Eramos varios hermanos; yo, el más pequeño. Mi padre, un buen hombre, había hecho grandes esfuerzos para colocar a sus hijos, y a mí, creyéndome chico listo, me hizo estudiar para cura. Mi padre tenía un hermano frutero en la misma Strada de Santa Lucía, rico, sin hijos, que le ayudaba.
Entré en el Seminario, donde aprendía todo con gran facilidad. Mi ilusión era la carrera eclesiástica; todas mis esperanzas estaban en ella. Era un buen latinista y comenzaba a estudiar el griego. En esto traen al Seminario un profesor de Palermo, un sabio, pero un hombre de costumbres depravadas, y me empieza a perseguir.
¡Oh, era un sucio personaje, desagradable, repugnante! El abate puso una cara de sátiro que contempla a una ninfa.
Una noche lo encuentro en mi cuarto y armamos un escándalo.
Me quejo al director del Seminario; no me hacen caso, y me escapo.
Esto era precisamente cuando entraron los franceses y establecieron en Nápoles la República Partenopea. El pueblo estaba entusiasmado.
El arzobispo Zurlo Capaze anunció desde el púlpito que, días antes, la sangre de San Jenaro se había liquidado. El pueblo se entusiasmó con el milagro y consideró que San Jenaro veía la República con benevolencia.
—¿Usted había oído hablar del milagro de la sangre de San Gennaro?
—No.
—Pero, hombre, ¿dónde ha vivido usted? Pues la sangre de San Gennaro todos los años se liquida...
El abate tomó una expresión alegre e irónica al decir esto.
—Le diré a usted que la supuesta sangre de San Gennaro, que se guarda en dos vasos en la Catedral, es una mezcla de una solución etérea de la ancusa, la Alkanna tinctoria y la Radix alkannæ en sperma ceti, y que se liquida fácilmente al calor de la mano o de un cirio.
Mi padre fué de los entusiastas de la República. A nuestra tienda iba un militar francés, y me convenció de que debía alistarme en el Ejército. Yo estaba dispuesto a ello cuando llegó mayo; entró el cardenal Ruffo en Nápoles; los franceses tuvieron que marcharse y comenzaron las venganzas de los realistas.
Aunque yo era sospechoso, no tenía importancia y me dejaron en paz. Por este tiempo entro en una farmacia y me dedico a estudiar Botánica y Química. La hija del farmacéutico, una chiquilla entonces, fué mi novia.
¡Era una bambina, más bonita, más simpática!
Al hablar de la muchacha, la cara del abate se iluminó, tomó una expresión de entusiasmo, de admiración y de candor.
—El padre era un bruto—siguió diciendo Girovanna—, un estúpido animal, un mascalzone, y la casó a disgusto con un viejo rico. La pobrecilla murió dos años después.
El abate tomó una expresión como si algo muy desagradable y repugnante tuviera delante de los ojos.
—Entristecido con ese matrimonio, estaba decidido a no enamorarme. Por entonces logro entrar de preceptor en una casa rica de Nápoles. Había en la casa una gran biblioteca que me venía muy bien, y una solterona que me perturbaba.
Esta solterona, sabiendo que yo era químico, me pide pomadas y aguas para rejuvenecer. Luego me propone que me escape con ella. Le digo que no. ¿Y qué hace la vieja loca? Dice a su hermano que yo la he querido violentar. El hermano se indigna, y me pega unos cuantos bastonazos, y me echa de su casa.
A Girovanna le brillaron los ojos como si le fueran a echar chispas.
Yo le espero una noche, y le doy una tanda de palos que me pareció suficiente. Tomo un vetturino, voy al puerto y me escapo a Argel.
RODANDO POR EL MUNDO
En Argel me anuncio como médico y botánico, y vivo dos años bien; aprendo el árabe. Uno de los bajás me llama un día, me dice que le dé algo para la frialdad. Le doy una poción sencilla de pimienta, jengibre y nuez vómica, cosa inofensiva; al día siguiente, horas después de tomarla, el bajá tiene una congestión cerebral, y se muere.
Me acusan de envenenador, y echo a correr al puerto sin bagaje ni nada; me meto en un místico, y llego a Génova.
De Génova voy a Suiza; y en Basilea me encuentro con un intrigante, que se hacía llamar el conde de Montgaillard. El conde de Montgaillard me protege y me envía con una carta de recomendación para el general Moreau, a París. Allí le conozco al abate Marchena, que era secretario de Moreau.
En casa de Moreau me dedican a escribir cartas; y un día, al llegar a la oficina, me prenden y me llevan a la prisión del Temple. Estoy tres años encerrado con un bávaro y un fanariota, a los que acusaban de espías y con quienes aprendí el alemán y el griego moderno.
Pensé que quizá no volvería a salir nunca de la prisión, porque los presos políticos durante el Imperio se eternizaban en las cárceles, tuvieran o no culpabilidad, y cuando salían era por el capricho de la policía o porque necesitaban sitio para otros presos.
Al fin nos dejan libres, y voy a Alemania. Estoy en Berlín y en Viena dando lecciones, hasta que se me ofrece una plaza de preceptor en Rusia, en una ciudad cerca de Moscú, en una casa católica. Tenía que decir misa todos los días. Era una obligación para mí desagradable; creía que había dado en el puerto; pero vienen los franceses, saquean la aldea y voy yo huyendo a la buena aventura a Constantinopla; de Constantinopla, a Egipto, y de Egipto, a Italia.
Cambio de nombre, voy a Roma y entro de secretario en casa de un príncipe. Ganaba poco y cumplía mi misión y, al mismo tiempo, estudiaba. Mis estudios despiertan la envidia de un abate rival, y éste me denuncia a la Inquisición, y tengo que escaparme de Roma y marcharme a Nápoles.
Era la época del carbonarismo. Me afilio a una venta carbonaria y me envían a España con el general Pepe. Vivo en Barcelona y en Madrid, me relaciono con el Gobierno liberal y llego a pensar si España será mi patria adoptiva, cuando entran los Cien Mil Hijos de San Luis, y tengo que huír con mis amigos a refugiarme a Gibraltar.
Un absolutista me ofrece su protección si quiero volver a Madrid; pero yo considero que no debo abandonar a mis amigos.
De Gibraltar voy a Londres. Allí vivo con los españoles, y le conozco y trato a Hugo Foscolo, aunque era hombre intratable.
En Londres me encargan varios diccionarios y un atlas de botánica. Paso seis años estudiando y amontonando datos, y, al cabo de este tiempo, se muere el editor, interviene la justicia, y se apoderan de mis manuscritos y de mis estampas.
DE CHARLATÁN
Entonces ya perdí la moral: me entregué a la mala suerte. Todos los emigrados se habían marchado a Francia; yo hice lo mismo. Me recogió un charlatán y me hice, como él, charlatán de plazuela y algo saltimbanqui.
Había perdido mis esperanzas; había llegado a creer que el único ideal del filósofo es tener un rincón donde dormir, protegido de la intemperie, y algo caliente y sustancioso que meter en el estómago.
Eché mi primer discurso en París, en la plaza del Instituto.
Me decidí, pensando que había que ponerse el mundo por montera. Le daré a usted una muestra de mi elocuencia.
Girovanna se engalló y miró a derecha e izquierda.
—Señores—dijo—: muchos de vosotros, por lo menos algunos de vosotros, porque nos ven en la vía pública dirigiéndonos a un concurso popular modesto, aunque culto e ilustrado, nos motejarán de impostores y charlatanes.
Si nos vieran en la sala de este viejo edificio, adornados con medallas y con cintajos, nos tomarían por sabios. Es achaque muy viejo juzgar a la gente por su indumentaria y por sus condecoraciones. No debéis juzgarnos por nuestros trajes, sino por nuestros conocimientos; no antes de oírnos sino después de oírnos.
Un charlatán decía: Mi bálsamo se compone de simples, y mientras haya simples en este pueblo no me iré de él. Aceptemos que haya muchos simples en la vía pública. ¿Pero es que vosotros creéis que son menos simples los que forman el auditorio de las Academias e Institutos? ¿Es que creéis que son menos charlatanes los de los salones que los de las plazuelas? ¿Qué quiere decir charlatán? ¿Me queréis decir? ¿Qué significa esto, sino una palabra despreciativa que se puede emplear contra todos los espíritus originales y de talento?
Charlatán se puede llamar al hombre que marcha a la plaza, al ágora, a convencer a sus semejantes de la verdad que se ha encendido en su alma.
Charlatán se le llamó a Sócrates cuando hablaba de su demonio familiar; charlatán, a Alejandro el Magno cuando se decía hijo de un rayo; charlatán, a Scipión el Africano cuando se tenía inspirado por los dioses; charlatanes, a Pitágoras, a Empédocles, a Mahoma, a Polonio de Tyana, a Alberto el Magno, que hablaban de sombras y de diablos; charlatán, a Bacon, que afirmaba tener una cabeza de acero que hablaba; charlatán, a Miguel Scott, que desde su caverna de Escocia hacía sonar, con una varita mágica, las campanas de Nuestra Señora de París.
Y entre los innovadores, ¿a quién no se le ha motejado de charlatán? Charlatán se le ha llamado a Copérnico, a Paracelso, a Miguel Servet, a Colón, a Watt, a Stephenson...
Y, en fin, señores; si llegara a tanto vuestra obcecación, podríais llamar charlatán, impunemente, a Nuestro Señor Jesucristo...
La cara de Girovanna tomó de pronto un aire de desagrado, y dijo:
—Ya en la pendiente del charlatanismo tuve éxito: aguas maravillosas, elixires de amor y de juventud, filtros de belleza. Mi destino ha sido éste: estudiar... aprender seriamente... no poder llegar a ser nada mas que un histrión.
—Ya ve usted cómo el amigo de usted, que cree que yo debo de tener algún vicio muy grande y muy fuerte, que me empuja a la miseria, se engaña. No se quiere creer ciego al destino; se supone que es, a lo más, tuerto; conmigo ha sido ciego de los dos ojos.
—¿Y nadie le ha querido a usted, abate?
—Nadie... nadie... Sólo aquella pobre bambina...
OFRECIMIENTO
Girovanna me explicó después sus sufrimientos y me habló de lo solo que estaba en París. Luego me dijo que le gustaría vivir conmigo y que me cedería sus trabajos gramaticales y sus procedimientos y recetas químicas, para que yo los explotara.
—Sí, pero yo tengo que volver a España—le dije.
—Lo comprendo. Usted es un hombre de mundo, tiene usted otros planes. Además, ¿quién se amarra a un barco viejo como yo que va al fondo?
Le miré al abate con tristeza. Realmente no era mas que un pobre hombre con una imaginación exaltada.
Antes de marcharse, Girovanna me dió dos frascos: uno de un narcótico y otro de un perfume. Al día siguiente tomé yo el camino para Bayona, donde llegué con cinco francos.