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Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 4]

COMO GUSTÉIS. (continued 2)

José Arnaldo Márquez translation

Orlando.—No desearía que mi verdadera Rosalinda fuese de ese modo de pensar; pues protesto que su enojo podría matarme.

Rosalinda.—Por esta mano protesto que no podría matar un mosquito. Pero vamos; seré vuestra Rosalinda en más accesible temperamento y pedidme lo que queráis que os lo concederé.

Orlando.—Pues amadme, Rosalinda.

Rosalinda.—Sí, á fe mía que sí, los viernes y los sábados y todo lo demás.

Illustration from Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 4]

Orlando.—¿Y quieres que sea tuyo?

Rosalinda.—Por cierto, y veinte por el estilo.

Orlando.—¿Qué dices?

Rosalinda.—¿No eres bueno?

Orlando.—Deseo serlo.

Rosalinda.—Pues entonces, ¿no se puede desear de lo bueno lo más? Ea! hermana! Vos seréis el sacerdote y nos casaréis. Orlando, dadme vuestra mano. ¿Qué decís, hermana?

Orlando.—Casadnos, os ruego.

Celia.—No puedo decir las palabras.

Orlando.—Debéis principiar así: «¿Queréis, Orlando.....

Celia.—Ya estoy. «¿Queréis, Orlando, tomar por esposa á Rosalinda?

Orlando.—Sí, quiero.

Rosalinda.—Sí, pero ¿cuándo?

Orlando.—Por supuesto, ahora mismo, y tan aprisa como pueda ella casarnos.

Rosalinda.—Entonces debéis decir: «Rosalinda, te tomo por esposa.»

Orlando.—Rosalinda, te tomo por esposa.

Rosalinda.—Podría yo pediros que me mostréis vuestra credencial; pero, «Orlando, te tomo por esposo.» He aquí una jovencita que se anticipa al sacerdote: y ciertamente, el pensamiento de la mujer se anticipa á sus actos.

Orlando.—Así es con todo pensamiento; tienen alas.

Rosalinda.—Decidme ahora, ¿cuánto tiempo querréis guardarla después de haberla poseído?

Orlando.—Para siempre y un día más.

Rosalinda.—Decid un día sin el siempre. No, no, Orlando. Los hombres son Abril cuando pretenden y Diciembre cuando se casan. Las doncellas son Mayo cuando solteras, pero casadas, cambia la atmósfera. Tendré más celos de ti, que un palomo berberisco de su paloma; seré más bullanguera que un loro cuando asoma la lluvia; más antojadiza que una mona; más voluble en mis deseos, que un mico. Romperé en llanto por nada, como Diana en la fuente, y he de hacerlo cuando estés dispuesto á la alegría; y me reiré como una hiena, y esto cuando te sientas más inclinado á dormir.

Orlando.—Pero ¿haría tal mi Rosalinda?

Rosalinda.—Por vida mía, que hará lo mismo que yo.

Orlando.—¡Oh! Pero ella es sensata.

Rosalinda.—Y de no serlo le faltaría el talento de hacer esto; pues cuanto más sensata, más excéntrica. Cerrad las puertas al ingenio de la mujer y se saldrá por la ventana, cerrad ésta y se escapará por el ojo de la cerradura; obstruíd este agujero y volará con el humo por la chimenea.

Orlando.—El hombre que tenga una mujer de tal ingenio, podrá decir: «Ingenio, ¿adónde te quieres ir?»

Rosalinda.—No podéis usar de este freno para con él, hasta que lo encontréis llevando á vuestra mujer al lecho de vuestro vecino.

Orlando.—¿Y de dónde sacaría ese talento el talento de disculpar eso?

Rosalinda.—Nada más fácil, iba allí en busca vuestra. Jamás podréis tomar á la mujer sin la réplica, á menos que la toméis sin su lengua. ¡Oh! La que no pueda echar siempre á su marido la culpa de cuanto malo ella hace, que no amamante jamás á su hijo, porque lo criará como un idiota!

Orlando.—Rosalinda, me separo de ti por dos horas.

Rosalinda.—¡Ay, amor mío! No puedo pasar dos horas sin ti.

Orlando.—He de asistir al duque en la mesa. Á las dos estaré otra vez contigo.

Rosalinda.—Bien está, idos, idos. Ya me lo había yo presumido. Me lo habían dicho mis amigos y yo no pensaba menos que ellos. Me habéis alucinado con vuestras zalamerías. Todo se reduce á que haya una mujer echada en olvido. Quisiera morir ahora. ¿Vuestra hora es las dos?

Orlando.—Sí, amada Rosalinda.

Rosalinda.—Por mi palabra y de todas veras, así Dios me valga, y por todos los juramentos que no sean ruines ni peligrosos, si faltáis en una tilde á vuestra promesa, si venís un solo minuto después de la hora, os tendré en concepto del más patético embustero y del amante más superficial y del más indigno de la que llamáis Rosalinda, aun escogiendo entre la vasta caterva de desleales. Por tanto, tened cuidado de mi reprimenda y cumplid vuestra promesa.

Orlando.—No menos religiosamente que si fuéseis Rosalinda en persona. Así, hasta luégo.

Rosalinda.—Bueno. El tiempo es el viejo juez que examina á tales delincuentes. Dejemos que el tiempo juzgue. Adios.

(Sale Orlando.)

Celia.—En tu charla amorosa, no has hecho más que maltratar nuestro sexo. Es menester que te pongamos sobre la cabeza tus calzas y tu chaqueta, y hagamos ver al mundo lo que ha hecho el ave á su propio nido.

Rosalinda.—¡Oh, prima, prima hermosa, primita mía, si supieras á cuántos brazos de profundidad estoy sumergida en el amor! Pero es imposible sondear esto. Mi afecto, como la bahía de Portugal, tiene un fondo desconocido.

Celia.—Ó más bien, no tiene fondo; pues cuanto más afecto derramas sobre él, más se sale.

Rosalinda.—Que juzgue cuán profundamente enamorada estoy el mismo bastardo maligno de Venus, engendrado por el pensamiento, concebido por la hipocondria y nacido de la locura; aquel bellaco ceguezuelo que engaña los ojos de cada cual, porque él no tiene los suyos propios. Te aseguro, Aliena, que no puedo estar sin Orlando ante mis ojos. Voy á buscar la sombra y á suspirar hasta que él vuelva.

ESCENA II.

Otra parte del bosque.

Entran JAQUES y señores en traje de monteros.

Jaques.—¿Quién mató al ciervo?

Lord 1.º—Yo, señor.

Jaques.—Presentémosle al duque como un conquistador romano; y no vendría mal el ponerle los cuernos del ciervo sobre la cabeza, como lauro de victoria. ¿No tenéis, montero, alguna canción adecuada al asunto?

Lord 2.º—Sí, señor.

Jaques.—Cantadla, y no importa que desafinéis, con tal que metáis bastante ruido.

Canción. ¿Qué dar al montero que mató al venado? Brindémosle el cuero; los cuernos también, para que con estos adorne su sién, y llevémosle en triunfo á su casa y entonémosle así el parabién. Coro. No te avergüence llevar un cuerno: naciste mucho más tarde que él. De padre en hijo fué adorno eterno; de suegro en yerno, no hay más segura luna de miel. ¡Pues viva el cuerno! ¡Fuerte y lozano! No lo desprecies, llévalo, hermano!

(Salen.)

ESCENA III.

El bosque.

Entran ROSALINDA y CELIA.

Rosalinda.—Y ahora ¿qué decís? ¿No han dado ya las dos? Pues de Orlando, nada.

Celia.—Te aseguro que, convertido todo él en amor y turbado el cerebro, ha tomado su arco y sus flechas y se ha ido á dormir. Pero mira quien viene.

(Entra Silvio.)

Silvio.—Hermoso joven, para vos es mi recado. Mi gentil Febe me pidió entregaros esto. (Dándole una carta.) Ignoro su contenido; pero á lo que presumo por el adusto ceño y vehemente acción que mostraba al escribirla, debe ser de tenor colérico. Perdonadme: no soy más que mensajero sin culpa.

Rosalinda.—La paciencia misma se violentaría y saldría de juicio con esta carta. Soportad esto, y lo soportaréis todo. Dice que no tengo ni gallardía ni buenos modales; me llama orgulloso y asegura que no me amaría así fueran los hombres tan raros como el fénix. Pues tan singular es mi voluntad, que no es el amor de ella el blanco de mis tiros. ¿De qué le viene el escribirme tales cosas? Vamos, pastor, vamos: eres tú quien le ha sugerido esta carta.

Silvio.—No, no. Protesto ignorar el contenido. Es Febe quien la escribió.

Rosalinda.—Vamos, sois un tonto y enamorado de remate. Ví su mano, una mano de cuero, color de piedra, que me hizo pensar realmente que se había puesto sus guantes viejos. Pero no, eran sus propias manos: tiene manos de fregona. Mas no importa. Digo que ella jamás ha inventado tal carta. Esto es invención y escritura de hombre.

Silvio.—De seguro es de ella.

Rosalinda.—Cómo! Este es un estilo fanfarrón y cruel, estilo de perdonavidas. ¿Pues no me desafía, como un moro á un cristiano? El benigno cerebro de la mujer no podría destilar una invención tan enormemente grosera, ni tales palabras etiopes, más negras en su alcance que en su apariencia. ¿Queréis oir la carta?

Silvio.—Si lo tenéis á bien; pues nunca la he oído, aunque sí he oído mucho de la crueldad de Febe.

Rosalinda.—Hace de las suyas conmigo. Fijaos en el modo como escribe la tirana.

(Leyendo.) «¿Eres algún dios convertido en pastor, que así has abrasado el corazón de una doncella?»

¿Puede una mujer regañar así?

Silvio.—¿Llamáis á eso regañar?

Rosalinda.—«¿Por qué, olvidando lo que tienes de divino, te ensañas contra el corazón de una mujer?»

¿Habéis oído nunca semejante regaño?

«Muchas veces la mirada suplicante del hombre me habló de un amor que no podía conmoverme.»

Lo cual quiere decir que soy una bestia.

«Si el desdén de tus ojos basta para encender tanto amor en los míos, ¡ay! ¿qué no me harían sentir si me miraran cariñosos? Os amé mientras me ofendíais. ¿Á que no me moverían, pues, vuestros ruegos? El mensajero de esta queja amorosa, no sospecha que tal amor existe en mí. Confíale tu respuesta en pliego sellado, y dime en ella si tu juventud y tu condición aceptarán la leal oferta de mi persona y de cuanto soy y valgo; ó desecha mi amor y buscaré el modo de morir.»

Silvio.—¿Y esto también es regaño?

Celia.—¡Ay, pobre pastor!

Rosalinda.—¿Le compadecéis? No, no merece compasión. ¿Amarás á semejante mujer? ¡Qué! Servirse de ti como de un instrumento para burlarte mejor! Eso es intolerable. Bien: torna á su lado, pues veo que el amor te ha convertido en una serpiente mansa, y dile esto: que si ella me ama, le exijo que te ame; y si no, no la tomaré nunca, á menos que tú mismo ruegues por ella. Si sois un verdadero amante, id y no repliquéis palabra, porque viene gente.

(Sale Silvio.)

Oliverio.—Salud, hermosas. ¿Podéis decirme, os ruego, en qué parte del circuíto de este bosque se encuentra un ejido circundado de olivos?

Celia.—Al oeste de este sitio, en la hondonada vecina, dejando á vuestra derecha la fila de mimbreras que está á orillas del arroyo, os encontraréis en el redil. Mas en este momento no hay persona alguna en la casa, ni aun para cuidar de ella.

Oliverio.—Si puede el ojo aprovechar de la lengua, debería yo conoceros por descripción. Tales trajes y tal edad. «El joven es de complexión clara, femenil de aspecto, y se presenta como una hermana experta; pero la joven es de baja estatura y más morena, que su hermano.» ¿No sois dueño de la casa por la cual preguntaba?

Celia.—Pues lo preguntáis, no es jactancia deciros que es nuestra.

Oliverio.—Orlando me encarga saludaros á una y otro, y envía al joven á quien llama su Rosalinda, esta servilleta ensangrentada. ¿Sois acaso vos?

Rosalinda.—Sí; pero ¿qué significa esto?

Oliverio.—Algo de lo que me avergüenza, si queréis saber qué hombre soy, y cómo y por qué y cuándo fué manchado de sangre este pañuelo.

Celia.—Referidlo, os ruego.

Oliverio.—Cuando el joven Orlando se alejó de vos, hace poco, empeñó su palabra de volver dentro de una hora; y caminaba por el bosque, engolfada su fantasía en visiones ya tristes, ya risueñas, cuando ¡extraño suceso! al mirar á un lado observó ¿qué diréis? Un infeliz hombre cubierto de harapos, que yacía de espaldas dormido bajo un roble cuyo ramaje musgoso y encumbrada copa desnuda, dan testimonio de su antigüedad. Una sierpe color verde y oro se había enroscado á su cuello, y acercaba á sus labios entreabiertos la presta y amenazadora cabeza; pero de súbito al ver á Orlando se desenrolló y se deslizó sinuosamente á un matorral, á cuya sombra yacía agazapada con la cabeza en el suelo y en acecho como un gato, una leona con las ubres secas, aguardando que el hombre dormido se moviese. Porque es regio instinto de este animal no hacer presa en lo que parece muerto. Al ver esto, Orlando se acercó al hombre y halló que era su hermano, su hermano mayor.

Illustration from Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 4]

Celia.—Le he oído hablar de ese mismo hermano, y lo describía como al más desnaturalizado que había entre los hombres.

Oliverio.—Y con justicia podía decirlo, porque bien sé que era desnaturalizado.

Rosalinda.—Pero Orlando, ¿lo dejó allí para ser devorado por la exhausta y hambrienta leona?

Oliverio.—Dos veces volvió la espalda con ese propósito; pero la bondad, más noble que la venganza, y la naturaleza más fuerte que la ocasión oportuna, le hicieron luchar contra la leona, que no tardó en sucumbir. El ruido de la lucha me despertó de mi miserable sueño.

Celia.—¿Sois su hermano?

Rosalinda.—¿Sois aquel á quien salvó?

Celia.—¿Sois el que tantas veces atentó contra su vida?

Oliverio.—Era yo tal como fuí, no como soy. No me avergüenza confesaros lo que he sido, desde que la conversión es tan dulce para mí, siendo el infeliz que soy.

Rosalinda.—¿Pero qué del pañuelo ensangrentado?

Oliverio.—En un momento. Cuando las lágrimas de uno y otro hubieron corrido por la narración de todo lo que había pasado, hasta decir la manera como vine á este desierto; llevóme donde el buen duque, quien me dió vestidos y asistencia y me encomendó al afecto de mi hermano, que me condujo al punto á su cueva. Allí se desnudó y en esta parte del brazo la leona había desgarrado algo de la carne, que desde entonces había estado desangrando todo el tiempo; al fin se desmayó, y al desmayarse llamó á Rosalinda. En una palabra: le hice volver en sí, vendé su herida, y recobradas á poco rato sus fuerzas, me envió aquí, á pesar de ser yo extraño, á referiros el suceso para que podáis disculparlo de no haber cumplido su promesa, y á entregar el pañuelo mojado con su sangre al joven zagal á quien por juego llama su Rosalinda.

Celia.—¡Ay! ¿Qué tienes, Ganimedes? ¡Ganimedes mío! (Rosalinda se desmaya.)

Oliverio.—Muchos hay á quienes la vista de la sangre ocasiona un vértigo.

Celia.—Algo más hay en esto.—¡Primo! ¡Ganimedes!

Oliverio.—Ya lo véis; vuelve en sí.

Rosalinda.—Quisiera estar en casa.

Celia.—Te conduciremos allí.—¿Queréis, os lo suplico, sostenerlo por un brazo?

Oliverio.—¡Ea! ánimo, jovencito.—¿Y sois un hombre?—No tenéis varonil el corazón.

Rosalinda.—Es verdad: lo confieso. ¡Ah, señor! cualquiera pensaría que esto estuvo bien fingido. Os ruego decir á vuestro hermano lo bien que lo fingí.

Oliverio.—Esto no ha sido ficción. Demasiado testimonio da vuestro aspecto de que ello era un acceso verdadero.

Rosalinda.—Os aseguro que fué imitación.

Oliverio.—Pues bien, entonces cobrad ánimo y tratad de pasar por hombre.

Rosalinda.—Es lo que hago; pero por cierto que debería haber sido mujer.

Celia.—Vamos, palideces cada vez más.—Os ruego que os pongáis en camino.—Buen hidalgo, acompañadnos.

Oliverio.—Así lo haré, pues debo volver llevando á mi hermano la respuesta sobre el modo cómo disculpáis á mi hermano, Rosalinda.

Rosalinda.—Ya discurriré algo. Pero os suplico que le hagáis presente mi pantomima. ¿Queréis venir?

(Salen.)

ACTO V.

Illustration from Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 4]

ESCENA I.

La misma.

Entran PIEDRA-DE-TOQUE y TOMASA.

PIEDRA.

a encontraremos ocasión, Tomasa: paciencia, gentil Tomasa.

Y
Y

Tomasa.—Por vida! que el clérigo era harto bueno, á pesar de cuanto decía el caballero viejo.

Piedra.—Un perverso don Oliverio, Tomasa; un vil Dañatextos. Pero, Tomasa, aquí en el bosque hay un mancebo que te reclama.

Tomasa.—Sí, ya sé quién es. No tiene en mí ni el menor interés del mundo. Aquí viene el que decís.

(Entra Guillermo.)

Piedra.—La vista de un patán es cosa que me llena y satisface más que un banquete. Á fe mía que los hombres de ingenio tenemos mucho de qué responder. Siempre hemos de hacer burla: no podemos evitarlo.

Guillermo.—Buenas tardes, Tomasa.

Tomasa.—Buenas os las dé Dios, Guillermo.

Guillermo.—Y buenas tardes á vos, caballero.

Piedra.—Buenas tardes, buen amigo. Cubre tu cabeza, cubre tu cabeza: te ruego que la cubras. ¿Qué edad tienes, amigo?

Guillermo.—Veinticinco, señor.

Piedra.—Madura edad. ¿Es Guillermo tu nombre?

Guillermo.—Guillermo, señor.

Piedra.—Bonito nombre. ¿Es este bosque el lugar de tu nacimiento?

Guillermo.—Sí, señor, á Dios gracias.

Piedra.—«¡Á Dios gracias!» Galana respuesta. ¿Eres rico?

Guillermo.—Á fe mía, señor, así... así.

Piedra.—«Así, así;» está bien, muy bien, desmesuradamente bien; y sin embargo, no lo es; no es más que así, así. ¿Eres discreto?

Guillermo.—Sí, señor: tengo un ingenio regular.

Piedra.—Pues dices bien. Recuerdo ahora un dicho: «el necio se cree discreto y el discreto se tiene á sí propio en concepto de necio.» El filósofo pagano cada vez que tenía deseo de comer un racimo de uvas abría los labios al ponerlo en la boca; significando con ello que las uvas han sido hechas para comerlas y los labios para abrirse. ¿Amas á esta muchacha?

Guillermo.—Sí, señor, la amo.

Piedra.—Dame tu mano. ¿Eres instruído?

Guillermo.—No, señor.

Piedra.—Entonces aprende de mí esto: tener es tener; porque es una figura retórica que la bebida vertida de una taza á un vaso, mientras llena al uno deja vacía á la otra; pues todos vuestros autores convienen en que ipse es él. Ahora bien; vos no sois ipse, porque ese soy yo.

Guillermo.—¿Cuál es ese?

Piedra.—El que se ha de casar con esta mujer. Por lo cual vos, patán, abandonad—ó en lenguaje vulgar—dejad la sociedad, que en rústico es la compañía, de esta hembra—que en el trato común es esta mujer—y todo junto quiere decir, abandona la sociedad de esta hembra ó pereces ¡oh patán!; ó para que lo entiendas mejor, mueres: á saber: te mato, te hago desaparecer, cambio tu vida en muerte, tu libertad en servidumbre. Te administraré veneno, paliza ó cuchillada. Haré asonadas para pelotearte, te abrumaré con mi política, te mataré de ciento cincuenta modos. Tiembla, pues, y vete.

Tomasa.—Hazlo, buen Guillermo.

Guillermo.—Que Dios os conserve el humor, caballero.

(Sale.—Entra Corino.)

Corino.—Nuestros amos os buscan: venid, venid.

Piedra.—Lista, Tomasa, lista, Tomasa. Ya sigo, ya sigo.

(Sale.)

ESCENA II.

La misma.

Entran ORLANDO y OLIVERIO.

Orlando.—¿Es posible que conociéndola apenas os hayáis prendado de ella? ¿Que la améis sólo con haberla visto? ¿Y amándola la pretendáis? ¿Y pretendiéndola haya ella consentido? ¿Y tendréis perseverancia en gozarla?

Oliverio.—No os preocupe lo súbito de mi afecto, ni la pobreza de ella, ni el corto trato y repentino galanteo que me ganaron su consentimiento; sino antes bien, decid conmigo: amo á Aliena; con ella, que me ama; y con los dos, que consentís para que gocemos cada uno del otro. Y ello será en beneficio vuestro; porque transferiré á vuestro favor la casa de mi padre, junto con todas las rentas que fueron del anciano sir Rowland, y yo viviré y moriré aquí como pastor.

(Entra Rosalinda.)

Orlando.—Tenéis mi consentimiento. Que sean mañana las nupcias. Á ellas invitaré al duque y á todos sus joviales secuaces. Id á preparar á Aliena, pues he aquí que llega Rosalinda.

Rosalinda.—Dios os guarde, hermano.

Oliverio.—Y á vos, hermosa hermana.

Rosalinda.—¡Oh mi querido Orlando! ¡Cuánto me duele verte llevar vendado el corazón!

Orlando.—Es mi brazo.

Rosalinda.—Pensé que las garras de la leona te habían herido el corazón.

Orlando.—Muy herido está; pena por los ojos de una dama.

Rosalinda.—¿Díjote tu hermano cómo fingí desmayarme cuando me mostró tu pañuelo?

Orlando.—Sí, y aun prodigios mayores que ese.

Rosalinda.—Ya sé lo que queréis decir. Y en verdad que jamás hubo cosa tan repentina, á no ser el choque de dos carneros, y la famosa baladronada de César: «vine, ví, vencí.» Porque todo fué encontrarse vuestro hermano con mi hermana, cuando se vieron; apenas se vieron se amaron; no bien nació este amor, se dieron á suspirar; al primer suspiro se preguntaron el por qué; y en el instante de saberlo, buscaron el remedio; de modo que escalón por escalón han subido así un par de escaleras hacia el piso del matrimonio. Y lo escalarán incontinenti, so pena de ser incontinentes antes de entrar en él. Están en una verdadera furia de amor y quieren unirse. No los apartarán ni á garrotazos.

Orlando.—Se casarán mañana, é invitaré al duque á la boda. Pero ¡ay! ¡qué dura cosa es mirar la felicidad por la vista de otros hombres! Tanto mas sentiré mañana en mi corazón el colmo del abatimiento, cuanto más piense en la felicidad de mi hermano al obtener lo que desea!

Rosalinda.—Pues entonces, ¿por qué no podré mañana hacer el papel de Rosalinda?

Orlando.—No puedo vivir más tiempo de ilusiones.

Rosalinda.—Ya no os fatigaré mas con palabras ociosas. Dejadme deciros, pues (y hablo ahora con algún propósito), que os conozco por caballero bien educado. Y no lo digo por inspiraros buena opinión de mi discernimiento al expresar que os conozco así; ni tengo por objeto ganar vuestro aprecio más allá de lo necesario para que creáis aquello que podrá adquiriros algún bien más que á mí una gracia. Creed, pues, si os place, que puedo hacer cosas extrañas. Desde que tuve tres años de edad, he tratado á un mágico, eximio en su arte, y, sin embargo, no condenable. Si tan de corazón amáis á Rosalinda como parece declararlo vuestra actitud, os casaréis con ella al mismo tiempo que vuestro hermano con Aliena. Conozco bien las adversidades de fortuna en que se encuentra; y no es imposible para mí, si no os parece objecionable, hacerla aparecer en vuestra presencia mañana, en toda su humana realidad y sin peligro alguno.

Orlando.—¿Hablas seriamente?

Rosalinda.—Te lo aseguro por mi vida, á la cual tengo un afecto muy tierno, aunque diga que soy mágico. Así, pues, vístete de gala, é invita á tus amigos; porque si quieres casarte mañana, te casarás; y con Rosalinda, si quieres. (Entran Silvio y Febe.) Mira, aquí vienen una que se ha enamorado de mí, y uno que se ha enamorado de ella.

Febe.—Me habéis tratado con demasiada dureza, joven, mostrando la carta que os había escrito.

Rosalinda.—Si lo he hecho, no me importa. Pongo especial cuidado en parecer adverso y rudo hacia vos. Un fiel pastor os solicita: miradle bien y amadle. Os adora.

Febe.—Buen zagal, decid á este joven lo que es amar.

Silvio.—Es volverse uno todo suspiros y lágrimas; como yo por Febe.

Febe.—Y yo por Ganimedes.

Orlando.—Y yo por Rosalinda.

Rosalinda.—Y yo por ninguna mujer.

Silvio.—Tiene que ser todo fe y sumisión, como yo para Febe.

Febe.—Y yo para Ganimedes.

Orlando.—Y yo para Rosalinda.

Rosalinda.—Y yo para ninguna mujer.

Silvio.—Tiene que ser todo fantasía, todo pasión, todo deseos, todo adoración, deber y observancia, todo humildad, todo paciencia é impaciencia, todo pulcritud, contradicción y obediencia, como yo por Febe.

Febe.—Y yo por Ganimedes.

Orlando.—Y yo por Rosalinda.

Rosalinda.—Y yo por ninguna mujer.

Febe.—(A Rosalinda.) Y si es así ¿por qué tenéis á mal el que yo os ame?

Silvio.—(A Febe.) Y si es así ¿por qué tenéis á mal el que yo os ame?

Orlando.—Y si es así ¿por qué tenéis á mal el que yo os ame?

Rosalinda.—¿De quién habláis al decir «tenéis a mal que os ame?»

Orlando.—De aquella que no está aquí ni me oye.

Rosalinda.—Basta de esto, basta, os lo ruego. Se parece al aullido de los lobos irlandeses á la luna. (A Silvio.) Os ayudaré, si puedo. (A Febe.) Os amaría, si pudiera. Venid juntos á verme mañana. (A Febe.) Me casaré con vos, si he de casarme con alguna mujer, y me casaré mañana. (A Orlando.) Os daré satisfacción, si alguna vez he de haber podido darla á un hombre, y os casaréis mañana. (A Silvio.) Os dejaré contento, si os contenta lo que os agrada, y os casaréis mañana. (A Orlando.) Pues amáis á Rosalinda, venid á la cita. (A Silvio.) Pues amáis á Febe, venid á la cita. Y pues no amo á ninguna, vendré á la cita. Así, quedad con Dios. Ya os daré mis órdenes.

Silvio.—No faltaré, si vivo.

Febe.—Ni yo.

Orlando.—Ni yo.

(Salen.)

ESCENA III.

La misma.

Entran PIEDRA-DE-TOQUE y TOMASA.

Piedra.—Mañana es el día de júbilo, Tomasa: mañana nos casaremos.

Tomasa.—Con todo mi corazón lo deseo, y espero que no sea malhonesto el desear ser mujer de mundo. He aquí á dos pajes del desterrado duque.

(Entran dos pajes.)

Paje 1.º—Buen encuentro, honrado caballero.

Piedra.—Buen encuentro, por vida mía. Vamos, asiento, asiento, y una canción.

Paje 2.º—Estamos á vuestras órdenes: sentaos entre los dos.

Paje 1.º—¿Entraremos en ello de rondón, sin limpiar el pecho, ni escupir, ni decir que estamos roncos, que es el prólogo obligado de toda mala voz?

Paje 2.º—Por cierto, por cierto; y ambos en un solo tono, como dos gitanos en un mismo caballo.

CANCIÓN. Iba un amante con su doncella, con el ¡eh! con el ¡oh! y el ¡qué gusto me da!, por los maizales dejando huella, cuando florece la estación bella, la primavera dulce y feráz. Las aves cantan de dos en dos, y los amantes se echan por esos trigos á la buena de Dios. Entre los surcos de los maices, con el ¡eh! con el ¡oh! y el ¡qué gusto me da!, sobre los verdes blandos tapices se recostaron los dos felices bajo la sombra de aquel maizal. Las aves cantan de dos en dos, etc., etc. Y principiaron una tonada, con el ¡eh! con el ¡oh! y el ¡qué gusto me da!, de que la vida no dura nada, como una rosa que á la alborada se abre, y de noche marchita está. Las aves cantan de dos en dos, etc., etc. Disfruta la hora cuando es propicia, con el ¡eh! con el ¡oh! y el ¡qué gusto me da!; porque en amores es la delicia ser coronado con la primicia que en primavera más bella está. Las aves cantan de dos en dos, etc., etc.

Piedra.—En verdad, caballeritos, que aunque la letra no valía gran cosa, la entonación era insoportable.

Paje 1.º—Os equivocáis, señor. Hemos guardado el tiempo; no hemos perdido el tiempo.

Piedra.—Á fe mía que sí; pues el tiempo pasado en oir tan necia canción no es más que tiempo perdido. Que Dios os guarde y remiende vuestras voces. Ven, Tomasa.

(Salen.)

ESCENA IV.

Otra parte del bosque.

Entran el DUQUE (MAYOR), AMIENS, JAQUES, ORLANDO, OLIVERIO Y CELIA.

Duque (M.)—¿Crees, Orlando, que el mancebo podrá cumplir todo lo que ha prometido?

Orlando.—Á veces lo creo y á veces no, como aquellos que temen esperar y saben que temen.

(Entran Rosalinda, Silvio y Febe.)

Rosalinda.—Paciencia una vez más, mientras llega el momento de cumplir nuestro pacto. (Al Duque.) ¿Decís, señor, que si os traigo á vuestra Rosalinda la daréis aquí por esposa á Orlando?

Duque (M.)—Así lo haría, aunque tuviera que dar reinos con ella.

Rosalinda.—(A Orlando.) ¿Y vos decís que la tomaréis por esposa en el momento en que la traiga?

Orlando.—Así lo haría, aunque fuese soberano de todos los reinos.

Rosalinda.—(A Febe.) ¿Decís que os casaréis conmigo si lo deseo?

Febe.—Así lo haría aunque tuviera que morir una hora después.

Rosalinda.—Pero si rehusáis el casaros conmigo, ¿seréis la esposa de este fidelísimo pastor?

Febe.—Es lo convenido.

Rosalinda.—(A Silvio.) ¿Decís que tomaréis por esposa á Febe, si consiente?

Silvio.—Aunque tomarla y morir fuese todo uno.

Rosalinda.—He prometido allanar todo esto. Cumplid vuestra palabra ¡oh duque! de dar vuestra hija; vos, Orlando, la vuestra de recibir su hija; cumplid vuestra palabra, Febe, de desposaros conmigo; ó si lo rehusáis, de ser la esposa de este pastor. Cumplid vuestra palabra, Silvio, de casaros con ella, si me rehusa; y yo me aparto de aquí para que todas estas perplejidades se aclaren.

(Salen Rosalinda y Celia.)

Duque (M.)—Este joven zagal me trae vivamente á la memoria ciertos rasgos de la fisonomía de mi hija.

Orlando.—Señor, la primera vez que le ví me pareció hermano de vuestra hija; pero, benévolo señor, este joven es nativo de este bosque, y ha sido educado en los rudimentos de muchos aventurados estudios por un tío suyo, de quien dice que era gran mágico y que vivía oscuramente en el recinto de este bosque.

(Entran Piedra-de-toque y Tomasa.)

Jaques.—De seguro que se aproxima algún nuevo diluvio y estas parejas vienen en busca del arca. He aquí que llega un par de las más extrañas bestias, que en todos los idiomas se conocen con el nombre de imbéciles.

Piedra.—Salud y buenaventura á todos.

Jaques.—Acogedle benignamente, señor. Éste es el caballero de estrambótica imaginación, que tantas veces he encontrado en el bosque, y jura que ha sido cortesano.

Piedra.—Y si hay quien lo dude, á la prueba me remito. He bailado una contradanza: he adulado á una señora: he sido político con mi amigo y suave con mi enemigo: he estafado á tres sastres: he tenido cuatro desafíos, y uno de ellos casi acaba á estocadas.

Jaques.—¿Pues cómo vino á acabar?

Piedra.—Llegando al terreno, y descubriendo que la disputa versaba sobre la séptima causa.

Jaques.—¿Qué séptima causa es esa? Duque mío, vale la pena de gustar de este perillán.

Duque.—No me desagrada en manera alguna.

Piedra.—Dios os premie, y otro tanto deseo para vos. Vengo aquí, señor, entre la muchedumbre de paisanos copulativos, á jurar y perjurar, según como liga el matrimonio y como la sangre quebranta. Una pobre doncella, señor, nada agraciada, pero mía. Con ella cargo, señor, por un humilde capricho mío, de tener lo que nadie querría. La honestidad oculta su riqueza, como los avaros, señor, en un pobre alojamiento; así como la perla dentro de una fea ostra.

Duque.—Á fe mía que es agudo y sentencioso.

Piedra.—Conforme á la coyunda de los necios, señor, y á tales dulzainas dolencias.

Jaques.—Pero vamos á la séptima causa. ¿Cómo descubristeis que la querella era sobre la séptima causa?

Piedra.—Por una mentira contradecida siete veces.—No te pongas en tan mala postura, Tomasa.—Y es como sigue, señor. No me gustaba el corte de la barba de cierto cortesano, y él hizo que me dijeran de su parte que si yo decía que su barba no estaba bien cortada, él era de parecer que sí lo estaba: esto se llama la réplica cortés. Si yo le enviaba á decir que no estaba bien cortada, él replicaría que la cortaba á su gusto: y esto se llama el sarcasmo modesto. Si todavía, que no estaba bien cortada, me calificaría de juez incapaz; y esto es la réplica grosera. Si una vez aún, que no estaba bien cortada, me respondería que yo faltaba á la verdad; y esto se llama la repulsa valiente. Y si tornase á decir que no estaba bien cortada, me diría que miento; y esto es el rechazo turbulento. Y así sucesivamente se llega al mentís condicional y al mentís directo.

Jaques.—¿Y cuántas veces dijisteis que su barba no estaba bien cortada?

Piedra.—No me animé á pasar del mentís condicional, ni él se atrevió á darme el mentís directo. Así, medimos las armas y nos despedimos.

Jaques.—¿Podríais enumerar ahora por su orden los grados de la mentira?

Piedra.—¡Oh señor! Así como tenéis libros para los buenos modales, tenemos también las querellas en letra de molde, en libro. Os enumeraré los grados. Primero, la réplica cortés; segundo, el sarcasmo modesto; tercero, la réplica grosera; cuarto, la repulsa valiente; quinto, el rechazo turbulento; sexto, el mentís condicional; séptimo, el mentís directo. Podéis evadir todos estos, excepto el mentís directo; y aun este se puede evadir por medio de un si hipotético. Supe de una querella que siete jueces no habían podido arreglar; pero cuando los contendientes se encontraron uno frente á otro en el terreno, ocurriósele á uno de ellos aquel si, como por ejemplo: «Si dijisteis tal cosa, entonces dije tal otra;» y se dieron la mano y se juraron amistad eterna. Es increíble lo que puede el si hipotético.

Jaques.—Alteza: ¿no es éste un curioso sujeto? Lo mismo sirve para todo; y, sin embargo, es un bufón.

Duque.—De esa calidad se sirve como de una emboscada, y escondido desde ella dispara sus agudezas. (Entran Himeneo, conduciendo á Rosalinda en traje de mujer, y Celia.)

Himeneo. Hay regocijo en el cielo cuando las cosas del suelo acordes y unidas son. Recibe á tu hija querida ¡oh duque! y une su vida al que está en su corazón. Para cumplir tal deseo te la ha traído Himeneo de la celeste región.

Rosalinda (al duque.)—Á vos me entrego, pues soy vuestra.—(A Orlando.) Á vos me entrego, pues soy vuestra.

Duque.—Si no engaña la vista, sois mi hija.

Orlando.—Si no engaña la vista, sois mi Rosalinda.

Febe.—Si la vista y la forma no engañan, ¡adios mi amor!

Rosalinda (al duque.)—No tendré padre, si no lo sois vos. (A Orlando.) No tendré esposo, si no lo sois vos. (A Febe.) Ni me casaré con mujer, si no es con vos.

Himeneo. ¡Silencio! No haya algazara. Yo de esta historia tan rara deduzco una conclusión. Aquí veo cuatro pares que juntar en mis altares, de mano y de corazón. (A Rosalinda y Orlando.) Seréis felices unidos. (A Oliverio y Celia.) Dos en uno confundidos como ellos, habréis de ser. (A Febe.) Al zagal tu amor escoja, si tener no se te antoja por marido una mujer. (A Piedra y Tomasa.) Vosotros en firme nudo seréis el invierno rudo y el granizar y el llover. Entre nupciales canciones, averiguad las razones del suceso singular que aquí nos ha reunido, y veréis cómo ha nacido y cómo pudo acabar.

CANTO. La diadema de Juno fueron las bodas, que en mesa y lecho junta las almas todas. Honremos á Himeneo que puebla al mundo y es en todas las zonas el dios fecundo.

Duque.—Bienvenida eres ¡oh amada sobrina! No menos bienvenida que propia hija.

Febe (á Silvio).—No faltaré á mi palabra, ahora que eres mío. Tu constancia te ha conciliado mi afecto.

(Entra Jaques de Bois.)

Jaques de B.—Concededme audiencia para unas pocas palabras. Soy el hijo segundo de sir Rowland de Bois, y traigo á la digna Asamblea estas nuevas: El duque Federico, informado del considerable número de hombres de valer que diariamente afluyen á este bosque, se puso á la cabeza de un grande ejército para apoderarse aquí de su hermano y darle muerte. Había llegado ya á los linderos de este bosque, cuando se encontró con un anciano religioso, y después de una conferencia con él, quedó resuelto á abandonar su empresa y á retirarse del mundo. La corona queda devuelta á su hermano, y restituídos a sus compañeros de destierro todas las propiedades que poseían. De la verdad de estas noticias respondo con mi vida.

Duque.—Sed bienvenido, joven. Traes hermosos presentes á las bodas de tu hermano. Al uno, sus tierras confiscadas, y al otro todo un territorio, un poderoso ducado. Ante todo, acabemos en este bosque lo que fué tan felizmente comenzado; y en seguida, todos los que han compartido con nosotros acerbos días, participen de la vuelta de nuestra buena fortuna, conforme á su jerarquía. Y al mismo tiempo, olvidemos por un momento esta nueva dignidad, y volvamos á nuestros regocijos campestres. Suene la música, y vosotros, novios y novias, medid por nuestra alegría los compases de la danza.

Jaques.—Con vuestra venia, señor. Si no os he oído mal, el joven duque ha abrazado la vida religiosa, renunciando á las pompas de la corte?

Jaques de B.—Así es.

Jaques.—Pues me marcho á donde él. Hay mucho que oir y aprender oyendo á estos nuevos convertidos. (Al duque.) Os lego vuestros antiguos honores. Bien los merecen vuestra virtud y paciencia. (A Orlando.) Á vos, el amor que con verdadera fe habéis conquistado. (A Oliverio.) Á vos vuestras tierras, vuestro amor y vuestros poderosos aliados. (A Silvio.) Á vos larga duración en un lecho bien merecido. (A Piedra.) Y á ti el eterno disputar: porque el viaje de tu amor no lleva víveres ni para dos meses.—Y con esto, entregaos á vuestros placeres. Yo, no estoy para fiestas.

Duque.—Quedaos, Jaques, quedaos.

Jaques.—No para ver pasatiempos. Para saber lo que os acontezca, permaneceré en la cueva que abandonáis.

(Sale.)

Duque.—Adelante, pues, y principiaremos las ceremonias, que confío terminarán en la ventura de todos.

(Baile.)

EPÍLOGO.

Rosalinda.—No es costumbre ver á la dama en el epílogo; pero no es mejor ver al galán en el prólogo. Si es verdad que «el buen vino no necesita enseñas,» también lo es que una buena comedia no ha menester epílogo. Sin embargo, en buenas enseñas se anuncian buenos vinos, y los buenos epílogos mejoran las buenas comedias. ¿Cuál es, pues, mi situación, no siendo yo un buen epílogo, ni pudiendo insinuar cosa alguna para que toméis por buena esta comedia? No estoy aparejada como los mendigos, y por lo tanto no me cumple mendigar. No me queda otro camino que el de conjuraros; y principiaré por las mujeres. Os recomiendo ¡oh mujeres! por el amor que tenéis á los hombres, que os guste de esta comedia todo lo que á ellos agradare; y de igual modo os recomiendo ¡oh varones! por el amor que tenéis á las mujeres (y creo percibir que ninguno de vosotros las tiene aversión) que entre vosotros y ellas, encontréis que la comedia os agrada. Á ser yo mujer, besaría á todos aquellos de vosotros que tengan barbas que me gusten, caras que me plazcan y alientos que no me repugnen: y estoy segura de que todos cuantos tienen buenas barbas, ó hermosas caras ó aliento puro, querrán en pago de mi oferta despedirme afectuosamente cuando les haga mi reverencia.

(Sale.)

Illustration from Dramas de Guillermo Shakspeare [vol. 4]
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