Ruy Blas (continued 2)
A. Blanco Prieto translation
Ruy Blas.—Á esta hora no puedo verle. (El hujier se inclina y sale. Hace pocos momentos ha entrado un paje, que viste ropilla roja con galones de plata. Se acerca á Ruy Blas, y éste, que acaba de verle, dice:) Paje, no estoy visible para nadie absolutamente.
El paje (en voz baja).—El conde Guritán acaba de llegar de Neuburgo...
Ruy Blas (con ademán de sorpresa).—¡Ah! pues dile que vaya á verme mañana á mi casa, si lo tiene á bien; y tú enséñale dónde es. (Sale el paje. Á los consejeros.) Tendremos que trabajar luego; volved de aquí á dos horas, señores.
(Todos salen, saludando profundamente á Ruy Blas.)
(Ruy Blas, solo, da algunos pasos, sumido en profunda meditación. De repente se entreabre la tapicería en el ángulo del salón y la Reina aparece. Viste de blanco, lleva la corona, y radiante de alegría al parecer, fija en Ruy Blas una mirada de admiración y respeto. Á su espalda se ve una especie de gabinete oscuro, en el cual se distingue una puertecilla. Al volver la cabeza, Ruy Blas ve á la Reina y queda como petrificado ante aquella aparición.)
ESCENA III
RUY BLAS, LA REINA
La Reina (en el fondo).—¡Oh! ¡gracias!
Ruy Blas.—¡Cielos!
La Reina.—Bien habéis hecho en hablarles así, y no puedo reprimir el deseo de estrechar la mano de un hombre tan firme y leal.
(Se dirige hacia él, le coge la mano y estréchala antes que pueda impedirlo.)
Ruy Blas (aparte).—¡Evitar su presencia hace seis meses, y verla de improviso! (En voz alta.) ¿Estabais ahí, señora?
La Reina.—Sí, duque, lo escuchaba todo... y con mucho interés.
Ruy Blas (mostrando el gabinete).—No sospechaba... la existencia de ese gabinete, señora...
La Reina.—Nadie le conoce. Es un gabinetito oscuro que Felipe III mandó abrir en esa pared. Desde ahí, el monarca, invisible, oía todo cuanto en el consejo se trataba; y también he visto con frecuencia á Carlos II, triste y cabizbajo, asistiendo al consejo en que se le despojaba de sus bienes y se vendía el Estado.
Ruy Blas.—¿Y qué decía?
La Reina.—Nada.
Ruy Blas.—¿Nada? ¿Y qué hacía?
La Reina.—Iba á cazar. ¡Pero vos!... aún me parece oir vuestro acento amenazador. ¡Con qué brío y energía los habéis tratado, y con cuánta razón! Levantando un poco el tapiz podía veros bien. Vuestras miradas, sin cólera, pero severas, humillaban á todos al decirles tan tristes verdades; y entre los consejeros cabizbajos sólo vuestra figura descollaba. Pero ¿dónde habéis aprendido todas esas cosas? ¿Cómo es que conocéis los efectos y las causas? Veo que nada ignoráis. Vuestra voz hablaba cual debería hablar la de los reyes; y me parecíais majestuoso y severo como un Dios. ¿Por qué es así?
Ruy Blas.—¡Porque os amo! Porque conozco que esos hombres me odian, y que al labrar mi ruina labrarán la vuestra; porque mi abnegación, señora, es tan profunda, que por salvaros, salvaría al mundo. Soy un infeliz que por vos delira de amor, y en vos piensa, señora, como el ciego en el día. Escuchadme: en mis sueños sin fin os amo desde lejos, desde abajo, desde el fondo de la sombra: y no osaría alzar la vista hasta vos, porque vuestra mirada me deslumbra. ¡Si supiérais, señora, cuánto he sufrido durante los seis meses en que siempre evité vuestra presencia!... No me ocupo de esos hombres, porque sólo vivo con mi amor. ¡Oh, Dios mío! ¡Y aún me atrevo á decir esto frente á frente á Vuestra Majestad! No sé lo que hago... Perdonadme... tengo miedo en el corazón;... pero moriría por vos...
La Reina.—¡Oh! prosigue, tus palabras me encantan; jamás me han dicho esas cosas, y te escucho con inefable placer; necesito verte y oirte. ¡Si supieras cuánto he sufrido también en los seis meses en que con tanto afán has evitado mi presencia!... Pero no, no debo decirte esto tan pronto... ¡Soy muy desgraciada! ¡Oh! ¡debo callar; tengo miedo!
Ruy Blas (que la escucha con pasión).—¡Oh! ¡señora, concluíd, porque vuestras palabras me llenan el corazón!
La Reina.—¡Pues bien, escucha! (Alzando los ojos al cielo.) Sí, voy á decírtelo todo. ¡No sé si cometo un crimen; pero si lo es, tanto peor! Cuando el corazón se abre, forzoso es dejar ver cuanto en él se oculta. ¿Tú huías de la reina? ¡Pues bien, la reina te buscaba! Todos los días estaba allí, en aquel gabinete, escuchándote, recogiendo la menor palabra que decías, admirando tu espíritu, que quiere, juzga y resuelve, y seducida por tu voz y tu ardimiento. Tú me pareces el verdadero rey, el verdadero señor. Yo soy la que hace seis meses, debiste sospecharlo, te eleva paso á paso hasta la cumbre del poder. Dios debió haberte colocado donde una mujer te ha puesto. Tú velas solícito por mí, y yo te admiro; en otro tiempo me diste una flor, y ahora un imperio; primero has sido bueno, y después grande. Esto es lo que apasiona á una mujer. ¡Dios mío! si obro mal ¿por qué en esta tumba me encierras, como se aprisiona la paloma en una jaula, sin esperanza, sin amor y sin ilusiones? Otro día, cuando tengamos tiempo, te contaré todo cuanto he sufrido, siempre sola y olvidada. Á cada instante siento mi orgullo humillado; juzga tú mismo: ayer, sin ir más lejos... mi cámara me disgusta; ya sabes que unas son más tristes que otras, y quise abandonar la que ocupo; pero no me lo permitieron. Ya ves hasta qué punto soy esclava y arrastro mis cadenas. ¡Duque, preciso es que el cielo te haya enviado aquí para salvar al Estado, para apartar del borde del abismo á ese pobre pueblo que sin cesar trabaja, y para amarme á mí, que tanto sufro en silencio!
Ruy Blas (cayendo de rodillas).—Señora...
La Reina (gravemente).—Don César, mi alma os entrego; reina para todos, sólo seré para vos una mujer; por el amor y por el corazón os pertenezco, duque; tengo bastante fe en vuestro honor para confiar en que respetaréis el mío, y cuando me llaméis estaré á vuestro lado. ¡Oh, César! tú eres un espíritu sublime, porque el genio es tu corona. (Da un beso á Ruy Blas en la frente.) ¡Adiós!
(Levanta la tapicería y desaparece.)
ESCENA IV
RUY BLAS, solo, y como absorto en un éxtasis
¡Ante mis ojos veo abrirse el cielo esplendoroso, y en la carrera de mi vida esta es la hora primera! Todo un mundo de luz, semejante á esos paraísos que entre sueños nos parece ver á veces, me inunda con sus brillantes rayos. Por doquiera alegría, éxtasis y misterio, embriaguez y orgullo, y sobre todo el amor, que es lo que en la tierra se acerca más á la divinidad. ¡La Reina me ama! ¡Oh Dios mío! ¿es verdad que á mí mismo es á quien ama? Entonces soy más que el rey, y esto solo me deslumbra. ¡Feliz, amado, duque de Olmedo!... ¡La España á mis pies; y en mis manos el corazón de ese ángel á quien de rodillas contemplo! Sus palabras me transfiguran y hacen de mí más que un hombre. Sí, mis sueños dorados se realizan; y estas no son ilusiones de mi loca fantasía. ¡Sí, sí, me ha hablado; era ella; llevaba una diadema de encaje de plata, y no dejé de mirarla mientras me habló! Paréceme estar viéndola aún con su aspecto noble y majestuoso. Dice que confía en mí... ¡Pobre ángel! ¡Oh! Si es cierto que Dios, por un extraño prodigio, nos dió el amor para que fuéramos más grandes y benignos, yo, que no temo cosa alguna mientras que ella me ame; yo, poderoso ya por su elección suprema; yo, á quien los reyes envidiarían, juro ante Dios, sin temor y con voz segura, que podéis confiar en mí, señora, en mi brazo como reina, en mi corazón como mujer. ¡La abnegación se oculta en el fondo de mi alma confundida con mi amor puro y leal! ¡Nada temáis, reina mía!
(Desde hace algunos momentos un hombre ha entrado por la puerta del fondo, embozado en una ancha capa, y cubierta la cabeza con un sombrero galoneado de plata. Avanza lentamente hacia Ruy Blas sin ser visto, y en el momento en que éste, ebrio de dicha, levanta los ojos al cielo, le pone bruscamente la mano en el hombro. Ruy Blas se vuelve con viveza: el hombre deja caer el embozo: es D. Salustio, vestido de librea color de fuego, con galones de plata, semejante á la del paje de Ruy Blas.)
ESCENA V
RUY BLAS, D. SALUSTIO
D. Salustio.—Buenos días.
Ruy Blas (aterrado, aparte).—¡Gran Dios, estoy perdido! ¡El marqués!
D. Salustio (sonriendo).—Apostaría á que no pensabais en mí.
Ruy Blas.—En efecto, vuestra presencia me sorprende. (Aparte.) ¡Oh! ya renace mi desgracia; yo miraba el ángel, mientras que el demonio venía.
(Corre hacia el tapiz que oculta el gabinete secreto, cierra la puertecilla con cerrojo, y vuelve temblando hacia don Salustio.)
D. Salustio.—Y bien, ¿cómo va por aquí?
Ruy Blas (con la mirada fija en D. Salustio impasible, apenas puede coordinar sus ideas).—¡Esa librea!...
D. Salustio (sonriendo siempre).—Érame preciso entrar en palacio, y como con esta librea se puede llegar á todas partes, he tomado la vuestra, que no deja de agradarme. (Se cubre; Ruy Blas permanece descubierto.)
Ruy Blas.—Es que yo temo por vos.
D. Salustio.—¡Temor risible!
Ruy Blas.—¡Estáis desterrado!
D. Salustio.—¿Lo creéis así? Es posible.
Ruy Blas.—Si os reconociesen en el palacio en pleno día...
D. Salustio.—¡Bah! los cortesanos felices que viven descuidados no irán á perder el tiempo en examinar el rostro de un caído para recordar quién es; y además, ¿quién repara en un lacayo? (Se sienta en un sillón; Ruy Blas permanece en pie.) ¿Y qué se cuenta en Madrid, amigo mío? ¿Es cierto que, poseído de un celo hiperbólico en favor del tesoro público, desterráis á ese buen Priego, uno de nuestros nobles? ¿Habéis olvidado que sois parientes? Su madre es Sandoval, como la vuestra ¡qué diablo! y en su escudo lleva oro en campo de gules. Mirad vuestros blasones, don César; esto es muy claro; entre parientes no se hacen tales cosas. ¿Pensáis que los lobos se hacen daño entre sí, fingiéndose corderos? Abrid los ojos para vos mismo, pero cerradlos para los demás. Cada cual para sí.
Ruy Blas (tranquilizándose un poco).—Sin embargo, señor, permitidme observar que el marqués de Priego, como noble, gravaba los ingresos del tesoro, precisamente cuando será necesario poner un ejército en campaña. No tenemos dinero, y se necesita. El heredero bávaro se muere, según me decía ayer el conde de Harrach, embajador de Austria, á quien debéis conocer. Si el archiduque quiere sostener su derecho, la guerra estallará...
D. Salustio.—El aire me parece un poco frío; hacedme el favor de cerrar la ventana.
(Ruy Blas, pálido de vergüenza y desesperación, vacila un instante; después hace un esfuerzo y se dirige lentamente á la ventana, ciérrala y vuelve hacia D. Salustio, que sentado en el sillón, le mira con expresión de indiferencia.)
Ruy Blas (continúa, tratando de convencer á D. Salustio).—Dignaos reflexionar hasta qué punto es inoportuna la guerra, no teniendo dinero. La salvación de España depende de nuestra probidad más que de otra cosa; y yo, como si nuestro ejército estuviese ya preparado, he mandado decir al emperador que le haré frente...
D. Salustio (interrumpiendo á Ruy Blas, y mostrándole un pañuelo, que ha dejado caer al entrar).—Tened la bondad de recogerme el pañuelo. (Ruy Blas, apurada la paciencia, vacila otra vez, pero al fin recoge el pañuelo y preséntale á D. Salustio, quien añade, guardándole en el bolsillo:) ¿Decíais?...
Ruy Blas (haciendo un esfuerzo).—La salvación de España y el interés público exigen un sacrificio. Toda nación bendice á quien la salva, y para ello debemos atrevernos á ser grandes, á despejar las sombras de la intriga y á desenmascarar á los bribones.
D. Salustio (con indolencia).—En efecto, esa es mala compañía; mas no creo que se deba hacer tanto ruido por un pobre millón que han devorado, ni tampoco es cosa de poner el grito en el cielo. Amigo mío, nuestros grandes señores no son ganapanes como los vuestros, y gústales vivir holgadamente. Os digo con franqueza que eso de hacer el Quijote para corregir abusos, siempre henchido de orgullo y rojo de cólera, me parece una ridiculez; pero ¡bah! os habéis empeñado en ser popular y en que os adoren los plebeyos; queréis ser famoso en tiendas y plazuelas. ¡Qué rareza! Tened otros caprichos menos vanos. ¡El interés público! Pensad antes en el vuestro; y en cuanto á la salvación de España, esta es una frase hueca que otros harán resonar mejor que vos. ¿La popularidad? es pobre gloria; y eso de convertiros en dogo que ladra siempre alrededor de las gabelas, paréceme triste oficio. ¡La virtud, la fe, la probidad, palabras vanas! Todo esto estaba gastado ya en tiempos de Carlos V. Duéleme que parezcáis un necio, siendo hombre inteligente. Romped á puntapiés vuestro globo ridículo é hinchado, para que salga el viento de tantas necedades.
Ruy Blas.—Sin embargo, señor...
D. Salustio (con helada sonrisa).—¡Qué raro sois! Ocupémonos ahora en cosas más serias. (Con tono breve é imperioso.) Me esperaréis mañana todo el día en vuestra casa, es decir, en la que yo os he dado, pues ya se acerca el desenlace de mis planes. Quedaos tan sólo con los mudos para vuestro servicio, y tened en el jardín oculta una carroza preparada para emprender un viaje. Yo me cuidaré del cambio de mulas. Hacedlo todo tal como os digo; y si necesitáis dinero os lo enviaré.
Ruy Blas.—Señor, obedeceré; consiento en todo; pero juradme antes que en este asunto nada tendrá que ver la Reina.
D. Salustio (que juega con un cuchillo de marfil sobre la mesa, se vuelve á medias).—¿Y qué os importa?
Ruy Blas (vacilando y mirándole con espanto).—¡Oh! ¡sois un hombre temible! Mis rodillas tiemblan... Me arrastráis á un abismo insondable, y sospecho que proyectáis planes monstruosos. Entreveo algo espantoso... Compadeceos de mí. Es preciso que os lo diga todo para que podáis juzgar, pues no lo sabíais. ¡Yo amo á esa mujer!
D. Salustio (fríamente).—Ya lo sabía.
Ruy Blas.—¡Lo sabíais!
D. Salustio.—¡Pardiez! ¿Qué importa esto?
Ruy Blas (apoyándose en la pared para no caer, y como hablando consigo mismo).—¡Soy pues juguete de ese cobarde, que así me atormenta! ¡Oh! ¡qué horrible aventura! (Levantando la vista al cielo.) ¡Perdonadme, señor, Dios poderoso!
D. Salustio.—¡Pardiez, veo que de veras estáis soñando y que tomáis por lo serio vuestro papel! Esto es ridículo. Mis proyectos tienen un fin determinado que yo solo debo conocer; y el objeto es haceros más feliz de lo que podéis pensar. Obedeced, callad y no tengáis cuidado, que vuestra recompensa será la fortuna. Los pesares de amor valen bien poco, y todos sabemos que son muy pasajeros. Habéis de saber que se trata del destino de un imperio, y comparado con esto nada significan vuestros asuntos. Quiero deciros todo; pero tened el buen sentido de manteneros en vuestra esfera. Yo soy muy bueno y benigno; pero ¡qué diantre! un lacayo no es al fin más que humilde vaso donde puedo verter mis fantasías. El amo puede hacer de vosotros lo que le plazca, disfrazaros y descubriros á su antojo. Yo os hice gran señor por un momento dejándoos después libre; pero no olvidéis, que sois mi lacayo. Cortejáis á la reina, como también podríais colocaros detrás de mi carroza. Sed razonable, amigo mío.
Ruy Blas (que ha escuchado aturdido, y como no pudiendo dar crédito á lo que oye).—¡Oh Dios mío, Dios clemente, Dios justo! ¿De qué crimen será este el castigo? ¿Qué he podido hacer yo? ¡Señor! tú que eres el padre de todos ¿quieres verme morir desesperado? De mi parte no hay falta, y no debo ser víctima. Señor marqués, me habéis lanzado en un abismo, y es una crueldad martirizar un pobre corazón, lleno de amor y de fe, para llevar á cabo una venganza. (Hablando consigo mismo.) ¡Oh! sí, es una venganza, no hay duda alguna, y bien adivino que es contra la Reina. ¿Qué hacer? ¿Iré á decirle todo? ¡Cielos, ser un objeto de disgusto y de horror para ella, ser un bribón, un pillo de dos caras, á quien se expulsa á palos! ¡Jamás! ¡Me vuelvo loco! (Pausa.) ¡Dios mío! he aquí cómo se hacen las cosas. En la sombra se construye una máquina terrible, armada de rodajes sin número; después se arroja en ella, como para probarla, una cosa, un lacayo; y por debajo de las ruedas, puestas ya en movimiento, se ve salir una masa de carne palpitante, una cabeza rota, un corazón ensangrentado. ¡Y nadie se espanta entonces al reconocer que aquel lacayo era un hombre! (Volviéndose hacia D. Salustio.) Pero aún es tiempo, señor, pues todavía no está la horrible rueda en movimiento. (Se arroja á sus pies.) ¡Compadeceos de mí, apiadaos de ella! Ya sabéis que soy un servidor fiel, y con frecuencia lo habéis dicho; ya veis que me someto. ¡Gracia!
D. Salustio.—Este hombre no comprenderá jamás, y á fe que me impaciento.
Ruy Blas (arrastrándose á sus pies).—¡Gracia!
D. Salustio.—¡Abreviemos! (Se vuelve hacia la ventana.) Habéis cerrado mal esa ventana, y por ahí entra el frío.
(La cierra.)
Ruy Blas (levantándose).—¡Oh! ¡esto es ya demasiado! Ahora soy duque de Olmedo, ministro poderoso, y levanto la frente bajo el pie que me pisa.
D. Salustio.—¿Cómo decís eso? Repetid la frase: ¡Ruy Blas, duque de Olmedo! ¿No veis que sólo un Bazán puede ser Olmedo?
Ruy Blas.—¡Ordenaré que os prendan!
D. Salustio.—Diré quién sois.
Ruy Blas (exasperado).—Pero...
D. Salustio.—Acusadme; vuestra cabeza arriesgo con la mía. Todo está previsto. No toméis tan pronto ese aire triunfante.
Ruy Blas.—¡Lo negaré todo!
D. Salustio.—¡Vamos, sois un niño!
Ruy Blas.—¡No tenéis pruebas!
D. Salustio.—Ni vos memoria. Yo hago siempre lo que digo, y os demostraré que no sois más que el guante, y yo la mano. (Acercándose á Ruy Blas.) Si no obedeces, si no estás mañana en tu casa para preparar lo que necesito, si dices una sola palabra de lo que ocurre, si tus miradas ó tu ademán infunden la menor sospecha, aquella por quien temes quedará públicamente difamada y perdida; y después recibirá, bajo sobre, un papel que conservo en sitio seguro, escrito, ya recordarás por qué mano, y firmado por quien sabes. Ese papel dice lo siguiente: «Yo, Ruy Blas, lacayo de Su Excelencia el marqués de Finlas, me obligo á servirle, como buen criado, en toda ocasión pública ó secreta.»
Ruy Blas (con voz desfallecida).—Basta, señor; haré lo que os plazca.
(Se abre la puerta del fondo y entran los consejeros. Don Salustio se emboza rápidamente en su capa.)
D. Salustio (en voz baja).—Alguien viene. (Saluda profundamente á Ruy Blas.) Señor duque, soy vuestro criado.
(Vase.)

ACTO IV
D. CÉSAR
Gabinete lujoso, de aspecto sombrío. Ornamentación y muebles usados y de antigua forma. Las paredes están cubiertas de tapices de terciopelo carmesí, desgastados por la acción del tiempo y formando cuadros cortados por franjas de oro que los separan en tiras verticales. En el fondo una puerta de dos hojas. Á la izquierda, en un bastidor, gran chimenea del tiempo de Felipe II con escudo de hierro forjado en el interior. De la parte opuesta, en otro bastidor, una puerta pequeña que da á una habitación oscura. Á la izquierda una sola ventana con barrotes, como los de una prisión. En las paredes algunos retratos antiguos y medio borrados. Un guardarropa con espejo de Venecia. Grandes butacas del tiempo de Felipe III. Un lujoso armario colocado junto á la pared. Una mesa cuadrada con recado de escribir. Un pequeño velador con pies dorados en un rincón. Es de día. Al levantarse el telón, Ruy Blas, vestido de negro, sin capa, sin el toisón y vivamente agitado, recorre á largos pasos la habitación. En el fondo, un paje permanece inmóvil, esperando sus órdenes.
ESCENA I
RUY BLAS, EL PAJE
Ruy Blas (hablando consigo mismo).—¿Qué hacer?... Ella es primero que todo; sólo en ella debo pensar. Aunque hubiese de perder la vida, aunque hubiera de dar mi alma al infierno, es preciso que yo la salve. Mas ¿de qué modo lo conseguiré?... Dar por ella mi sangre, mi corazón, mi vida, es cosa fácil; pero ¿cómo destruir la inicua trama? Hay que adivinar lo que ese hombre maquina, lo que se propone. Ese hombre surge de repente de entre las tinieblas y luego desaparece... ¿Qué hace en la oscuridad?... ¡Cuando reflexiono que, en el primer momento de sorpresa, le he rogado sólo por mí, me acuso de estúpido y de cobarde!... Está visto que ese hombre es un malvado, y me parece ahora imposible que yo haya tenido esperanza de que, al juzgarse dueño de la presa, se contentara con la mitad y dejase en paz á la reina por conmiseración á su criado... Sin embargo, ¡miserable de mí! es forzoso salvarla, ya que la he perdido, es indispensable á toda costa... si no, se acabó todo... ¡Y caer tan abajo después de subir á tanta altura!... ¿Acaso habré soñado?... ¡Oh! quiero salvarla... Quiero salvarla y todavía ignoro cómo y por dónde vendrá el traidor... Él es tan dueño de mi vida como de esta casa, de la cual conoce todos los secretos y tiene todas las llaves. Puede entrar y salir, penetrar alevosamente y pisotear mi corazón como este mismo suelo... Sí, yo soñaba... La fortuna improvisada había perturbado mi cabeza... Estoy loco, no puedo coordinar ni una sola idea... Mi razón, de la cual estaba tan orgulloso, no es más que un débil junco que se dobla al soplo del huracán... ¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué haré?... Ante todo es necesario impedir que salga de palacio... Ahí está el lazo sin duda alguna... Todo es oscuro en torno mío... Presiento la trama, pero no puedo verla... ¡Cuánto sufro!... Ya está dicho. Impediré que salga, la avisaré inmediatamente... ¿Y por quién, si no tengo ninguna persona de confianza?... (Reflexiona, dando muestras de abatimiento. De pronto, como herido por una súbita inspiración, que le infunde una esperanza, levanta la cabeza.) Sí, Guritán la ama... Es hombre leal... ¡Oh! sí, sí, eso es. (Llama con un signo al paje, y le dice en voz baja:) Véte inmediatamente á casa de don Guritán y preséntale mis excusas; dile luego que vaya sin perder momento á ver á la Reina y que en nombre suyo y mío la conjure á que, suceda lo que quiera, no salga de palacio en tres días; ¿lo oyes bien? que en tres días no salga... Corre... (Llamando de nuevo al paje.) ¡Ah! espera. (Saca de su cartera una hoja de papel y un lápiz.) Dile que entregue esto á la Reina y que esté alerta. (Escribe con rapidez sobre una rodilla.) «Dad crédito á don Guritán y haced lo que os aconseje.» (Dobla el papel y se lo entrega al paje.) Añade que, en cuanto á nuestro desafío, estaba yo en un error, que me pongo á sus órdenes, que me compadezca porque sufro mucho, y que públicamente le daré una satisfacción... Manifiéstale también que ella corre un gran peligro, que es preciso que no salga á lo menos en tres días, suceda lo que quiera. Hazlo todo puntualmente; sé discreto; no dejes traslucir nada...
El paje.—Confiad en mí; os quiero porque sois un buen amo.
Ruy Blas.—Pues corre, pajecillo, corre. ¿Estás ya enterado?
El paje.—Sí, quedad tranquilo.
(Sale.)
Ruy Blas (que al quedar solo cae desplomado en un sillón).—Voy tranquilizándome, y sin embargo, experimento aún síntomas de locura... Concibo confusamente multitud de ideas que muy luego se me olvidan... El medio de acudir á don Guritán es seguro... Pero yo ¿habré de esperar aquí á don Salustio?... ¿Y para qué?... No, no quiero esperarle; esto le inutilizará por todo un día... Voy á orar á cualquier iglesia... Necesito inspiración y Dios me la concederá. (Toma el sombrero y agita una campanilla colocada sobre la mesa. Aparecen en la puerta del fondo dos negros vestidos de terciopelo verde claro y brocado de oro.) Voy á salir. Dentro de poco vendrá un hombre que acaso penetre por una puerta reservada. Si veis que procede aquí como si fuera el amo, dejadle; y si viniesen otros... (Después de vacilar un momento.) ¡qué diablo! dejadlos entrar. (Despide con un ademán á los negros, que se inclinan en señal de obediencia y se van.) Vámonos.
(Sale.)
(En el momento de cerrarse la puerta se oye un gran estrépito en la chimenea, por la cual se ve caer á un hombre embozado en una capa hecha girones y que se precipita en la habitación. Es D. César.)

D. César.—Esta capa me parece más decente que la mía.
ESCENA II
D. CÉSAR
D. César (azorado, anhelante, despeinado, aturdido y con expresión alegre é inquieta al mismo tiempo).—Lo siento, pero soy yo. (Se levanta frotándose la pierna sobre la cual ha caído y adelántase por la habitación con el sombrero en la mano y haciendo saludos.) Dispensad, no me hagáis caso, ya me voy... Podéis seguir hablando... Continuad, por favor... No podéis figuraros cuánto siento haberos interrumpido... (Se detiene en medio de la habitación y se apercibe de que está solo.) ¡Nadie! Y sin embargo, hace un momento que, desde el tejado, creí haber oído rumor de voces... ¡Nadie! (Sentándose en una butaca.) ¡Perfectamente! Descansemos: ¡qué hermosa es la soledad!... ¡Uf!... ¡Cuántas peripecias!... ¡Estoy asombrado de mí mismo!... Y todas tan inesperadas como la lluvia que, al sacudirse, nos arroja un perro que se acaba de bañar. En primer lugar, los alguaciles que me cogieron entre sus garras; luego mi ridículo embarque; después los corsarios; aquella gran ciudad donde tanto me han maltratado; las tentaciones contra mi virtud por aquella mujer amarilla; mi salida de la prisión, mis viajes, y por último, mi regreso á España. ¡Vaya una novela! El mismo día de mi llegada vuelvo á ver á los malditos alguaciles; me persiguen encarnizadamente y huyo á la desesperada; salto un muro, diviso una casa escondida entre los árboles, corro á ella sin que nadie me vea, gano el tejado y me introduzco en el interior por una chimenea donde queda hecha trizas mi mejor capa... La verdad, el caballero Salustio es un bandido... (Mirándose en un pequeño espejo colocado sobre el guardarropa, que tiene cajones esculpidos.) Mi jubón me ha acompañado en todas mis desdichas y resiste valerosamente las injurias del tiempo. (Se quita la capa y se mira en el espejo el jubón de seda usado, roto y con remiendos; luego se lleva con rapidez la mano á la pierna, á la vez que fija la vista en la chimenea.) Pero mi pierna ha sufrido horriblemente con la caída. (Abre los cajones del guardarropa, y en uno de ellos encuentra una capa de terciopelo verde claro bordada de oro: la misma que D. Salustio dió á Ruy Blas. La examina y la compara con la suya.) Esta capa me parece más decente que la mía. (Se la pone y coloca en su lugar la suya después de haberla doblado cuidadosamente; luego, abollando de un puñetazo su sombrero, colócale encima de la capa vieja, vuelve á cerrar el cajón y se pasea con orgullo embozado, luciendo la capa nueva.) Sea como fuere, ya estoy de vuelta en España y todo va bien... ¡Ah, querido primo! ¿deseas que emigre á esos países de África, donde el hombre hace el papel de ratón del tigre? Pues bien, me vengaré de ti de un modo espantoso... en cuanto almuerce... Iré á tu casa con mi verdadero nombre, llevando tras de mí la innumerable caterva de mis acreedores, seguidos de sus hijos, y te entregaré á su voraz apetito. (Ve en un rincón un magnífico par de botinas con encañonados de encaje.—Arroja con viveza sus zapatos viejos y se pone aquellas.) Ahora veamos dónde me han traído mis desventuras. (Examina la habitación por todos lados.) Casa misteriosa y á propósito para tragedias. Puertas cerradas, ventanas con barrotes, un verdadero calabozo... En esta deliciosa mansión se ha de entrar por arriba, como el vino entra en las botellas... ¡El vino! ¡Qué bueno es el vino, cuando es bueno! (Se apercibe de la pequeña puerta de la derecha, la abre, entra precipitadamente en el gabinete con que comunica y vuelve á salir demostrando admiración.) ¡Maravilla de maravillas! ¡Un gabinete sin salida y donde todo está cerrado también! (Va á la puerta del fondo, la entreabre y mira hacia fuera; luego la vuelve á cerrar y se dirige al proscenio.) ¡Nadie!... ¿Dónde diablos me he metido?... El caso es que he conseguido huir de los alguaciles; lo demás importa poco. Y luego que no es cosa de asustarse ni de tomar un aire lúgubre, porque nunca haya visto una casa que esté así dispuesta. (Vuelve á sentarse en la butaca, bosteza y casi inmediatamente se levanta.) El caso es que me aburro sobremanera. (Distinguiendo un pequeño armario adosado á la pared, en el rincón de la izquierda.) Veamos, esto tiene aspecto de ser una biblioteca. (Se dirige al mueble y le abre, resultando ser un repostero bien provisto.) Justo y cabal. Una empanada, vino, una torta, seis botellas, correctamente alineadas... Me convenzo de que he calumniado á esta casa. (Examina las botellas una por una.) Esto es exquisito... ¡Oh respetable armario, yo te saludo! Veamos primero esto. (Llena el vaso y bebe de un trago todo el líquido.) ¡Es una obra admirable de ese famoso poeta que se llama el Sol! Jerez de los Caballeros no ha producido nada mejor. (Se sienta, llena otro vaso y bebe.) ¿Qué libro vale lo que esto? No hay nada que tenga más espíritu. (Bebe.) ¡Ah! ¡Cómo conforta! Ahora comamos. (Corta un pedazo de empanada.) Esos bribones de alguaciles han quedado vencidos... No darán con mi pista. (Come.) ¡Oh! Reina de las empanadas... Pero si viniese el dueño de la casa... (Se dirige al armario, saca otro vaso y un cubierto y los coloca sobre la mesa.) ¡Bah! Le convidaría... ¿Y si me hiciera arrojar de aquí?... Por si acaso comamos aprisa. (Come á dos carrillos.) Cuando haya concluído examinaré la casa. ¿Quién vivirá en ella? Tal vez sea un buen muchacho, y todo este misterio no sirva más que para ocultar una intriga amorosa. Después de todo, ¿qué mal causo yo aquí? Nada busco sino la hospitalidad de ese digno mortal y quiero pedirla á la manera antigua, abrazando el altar. (Se inclina y rodea la mesa con sus brazos. Luego bebe.) Reflexionemos: el hombre que tiene este vino, no puede ser un malvado; y además, si viene, le diré quién soy. ¡Ah, va á darse al diablo mi maldito primo!... ¡Cómo!... se dirá, ¿ese cualquiera, ese andrajoso, ese mendigo, ese bandido es don César de Bazán? Ni más ni menos, y primo de don Salustio por añadidura... ¡Oh, qué sorpresa y qué escándalo habrá en Madrid! ¿Cuándo ha venido? ¿Anoche? ¿Esta mañana? ¡Qué tumulto se formará al estallar la bomba, al volverse á oir mi olvidado é ilustre nombre! Pues sí, señores, es don César de Bazán: nadie pensaba en él, nadie hablaba de él, pero vivía, vive, no ha muerto... Los hombres dirán: ¡Diablo!... Y las mujeres: ¡Me alegro! Y á estas dulces exclamaciones, se mezclarán los ladridos de mis trescientos acreedores. ¡Qué hermoso papel voy á hacer!... ¡Lástima que no tenga dinero! (Se oye ruido en la puerta.) Alguien viene... Sin duda me arrojarán de aquí como un saltimbanqui... Sea lo que fuere... No hagas nada á medias, César.
(Se emboza hasta los ojos en la capa. Ábrese la puerta del fondo y aparece un lacayo con librea, llevando á la espalda voluminoso saco.)
ESCENA III
D. CÉSAR, UN LACAYO
D. César (mirando al lacayo de pies á cabeza).—¿Á quién venís á buscar? (Aparte.) En situaciones apuradas se necesita mucho aplomo.
El lacayo.—¿Don César de Bazán?
D. César (desembozándose).—Yo soy. (Aparte.) Esto es asombroso.
El lacayo.—¿Conque sois el señor don César de Bazán?
D. César.—Ya he dicho que sí. Yo soy César, el verdadero César, el único César, el conde de Garo...
El lacayo (colocando el saco en una butaca).—Dignaos ver si está justa la cuenta.
D. César (aturdido y aparte).—¡Dinero! Esto es inexplicable. (Alto.) Amigo mío...
El lacayo.—Dignaos contarlo. Aquí está la cantidad que me han mandado traeros.
D. César (con cómica gravedad).—Ya comprendo. (Aparte.) Lléveme el diablo si sé una palabra; pero no lo echemos á perder; el socorro no puede ser más oportuno (Alto.) ¿He de hacer recibo?
El lacayo.—No, señor.
D. César (señalando la mesa).—Coloca ahí ese dinero. (El lacayo obedece.) ¿De parte de quién viene?
El lacayo.—Vuecencia lo sabe perfectamente.
D. César.—¡Ya lo creo! Pero...
El lacayo.—Me olvidaba repetir lo que me han dicho: este dinero viene de parte de quien vos sabéis, para lo que sabéis perfectamente.
D. César (satisfecho de la explicación).—¡Ya!
El lacayo.—Ambos debemos ser muy reservados... ¡Chist!
D. César.—¡¡Chist!! Este dinero viene... ¡La frase es magnífica! Repítela.
El lacayo.—Este dinero...
D. César.—Todo es muy claro: viene de parte de quien yo sé...
El lacayo.—Para lo que vos sabéis. Debemos...
D. César.—Ambos...
El lacayo.—Ser muy reservados.
D. César.—Pues no puede ser más claro.
El lacayo.—Para vos. Yo obedezco y no sé nada.
D. César.—¡Bah!
El lacayo.—Pero vos sí.
D. César.—¡No faltaba más!
El lacayo.—Con eso basta.
D. César.—Lo sé todo... y me quedo con el dinero. La cosa es tan clara que...
El lacayo.—¡Chist!
D. César.—¡Chist!... Es verdad, ya iba á ser indiscreto.
El lacayo.—Contad, señor.
D. César.—¿Por quién me tomas? (Admirando el volumen del saco.) ¡Qué hermosa pieza!
El lacayo (insistiendo).—Pero...
D. César.—Me inspiras confianza.
El lacayo.—Gracias. La cuenta está justa y en saquillos de oro y plata.
(D. César abre el saco y extrae muchos saquillos de oro y plata que vacía sobre la mesa; luego coge á puñados las monedas y se llena los bolsillos.)
D. César (interrumpiendo majestuosamente la operación).—He aquí que mi extravagante novela termina con felicidad en... ¡un millón! (Vuelve á llenarse los bolsillos.) ¡Oh! ¡Delicia! ¡Parezco un galeón!
(Cuando ha llenado un bolsillo, procede á igual operación en otro. Búscase bolsillos por todas partes y parece haber olvidado al lacayo.)
El lacayo (que le mira con impasibilidad).—Ahora espero vuestras órdenes.
D. César (volviéndose hacia él).—¿Para qué?
El lacayo.—Para ejecutar inmediatamente lo que yo no sé, pero vos sí. Parece que hay comprometidos grandes intereses...
D. César (interrumpiéndole con aire de inteligencia).—Sí, ¡públicos y privados!
El lacayo.—Y quieren que en seguida haga lo que me ordenéis. Repito lo que me han dicho.
D. César (dándole un amistoso golpe en la espalda).—Y yo te alabo, fiel servidor.
El lacayo.—Para que no haya retraso alguno, mi amo me ha encargado que me ponga á vuestras órdenes.
D. César.—Eso es hacer bien las cosas. Complazcamos á tu amo. (Aparte.) Que me cuelguen si sé qué decir. (Alto.) Acércate inmediatamente. (Llena de vino el otro vaso.) ¡Bebe!
El lacayo.—¡Cómo! Señor...
D. César.—¡Bebe! (Obedece el lacayo, y D. César vuelve á llenar el vaso.) ¡Es vino de Oropesa! (Hace sentar al lacayo, le obliga á beber otra vez y de nuevo le llena el vaso.) Ahora hablemos. (Aparte.) Ya está medio alumbrado. (Alto y estirándose en la silla que ocupa.) El hombre, amigo mío, no es más que humo, humo negro, producto del fuego de sus pasiones. Toma. (Le escancia nuevamente.) Esto que te digo no puede ser más tonto. Y además, el humo de una chimenea ya es otra cosa: se dirige al cielo azul y sube alegremente mientras nosotros bajamos. (Se frota la pierna.) El hombre no es más que vil materia. (Llena los dos vasos.) Bebamos. Todos tus doblones no valen lo que la alegría de cualquier borracho. (Aproximándose al lacayo y con aire misterioso.) Seamos prudentes: no es cuestión de cargar más de lo que se puede sostener: el edificio levantado sin cimientos, se derrumba en seguida... Mira, abróchame el cuello de la capa.
El Lacayo (con orgullo).—Yo no soy ayuda de cámara.
(Antes que D. César pueda impedírselo, toca la campanilla que está colocada encima de la mesa.)
D. César (aparte y aterrado).—Ha llamado; sin duda vendrá el amo en persona y estoy perdido.
(Entra uno de los negros. D. César, presa de la más viva ansiedad, se dirige al lado opuesto de aquel en que está el negro, como no sabiendo qué hacer.)
El Lacayo (al negro).—Abrocha al señor.
(El negro se aproxima gravemente á D. César que le mira estupefacto, le abrocha el cuello de la capa, saluda y sale.)
D. César (levantándose: aparte).—Estoy en casa de Belcebú, no hay duda. (Pasa al proscenio y se pasea á largos pasos.) En fin, dejemos rodar la bola y aprovechémonos de la ocasión. Voy á dar aire al dinero; ya que le poseo, ¿qué puedo hacer de él? (Se vuelve al lacayo que sigue sentado junto á la mesa, bebiendo y que comienza á tambalearse en su silla.) Escucha. (Aparte.) Veamos: con este dinero podría pagar á mis acreedores... ¡Ca! no... Siquiera les daré alguna cantidad á cuenta... ¿Pero por qué les he de proporcionar esa satisfacción? ¿Cómo diablos se me ocurren semejantes ideas? Está visto que nada pervierte al hombre como el dinero. Aun cuando se descienda de Aníbal, el oro le hace á uno tener sentimientos de menestral. ¿Qué se diría de mí al saber que había pagado mis deudas?... ¡Ah!
El Lacayo (bebiendo).—¿Qué queréis?
D. César.—Déjame, estoy meditando. Mientras tanto, bebe. (El Lacayo obedece. D. César sigue meditando y de pronto se da un golpe en la frente como si le hubiese acometido alguna idea súbita.) Sí, eso es. (Al lacayo.) Levántate en seguida y oye lo que tienes que hacer. Ante todo llénate de oro los bolsillos. (El lacayo se levanta tambaleándose y obedece. D. César le ayuda y continúa hablando.) Vé al extremo de la plaza Mayor y entra en el número nueve; es una casa pequeña, pero que sería de hermoso aspecto si uno de los cristales no estuviese roto y tapada la rotura con un pedazo de papel.
El lacayo.—Entiendo.
D. César.—Me alegro... ¡Ah! te advierto que la escalera es estrecha y puede uno romperse el alma al subir. Ten cuidado.
El lacayo.—Bien.
D. César.—En el último piso vive una hermosa á quien reconocerás fácilmente: es baja, rubia, su cabello rizado circunda con profusión su cabeza... una mujer encantadora, en una palabra... Se llama Lucinda; sé con ella muy atento, porque es mi amante, y entrégala de mi parte cien ducados. En un tabuco de al lado hallarás un prójimo que tiene la nariz como un pimiento por el abuso del vino, y que lleva puesto siempre un grasiento sombrero de fieltro con la pluma muy lacia. Á ese le darás seis piastras... Luego, algo más lejos, en la esquina de la calle, encontrarás una taberna, y en ella, bebiendo y fumando, un hombre de aire pacífico y de elegante aspecto, que bebe y fuma pero que no jura nunca, y á quien acompaña un íntimo amigo mío, llamado Tormentas... Dales treinta escudos, y diles por toda explicación que se los beban juntos, y que no les faltarán otros cuando esos se acaben... ¡Ah! y no te admires si ves que abren mucho los ojos...
El lacayo.—¿Qué más?
D. César.—Guárdate el resto. Y luego...
El lacayo.—Decid.
D. César.—Te vas á divertir. Gastas y triunfas y haces lo que quieras, con tal que no vuelvas á tu casa hasta mañana por la noche.
El lacayo.—Seréis obedecido, príncipe.
(Se dirige hacia la puerta tambaleándose.)
D. César (aparte, mirándole).—Está completamente borracho. (Le llama y el lacayo vuelve.) ¡Ah! Se me olvidaba. Cuando salgas, seguramente te seguirán los desocupados. Haz honor con tu conducta á lo que has bebido. Pórtate con nobleza. Si de tus bolsillos caen algunos escudos, déjalos; y si algunos menesterosos ó necesitados los recogen, déjalos hacer.—No te incomodes tampoco si alguien busca más dinero en tus bolsillos; sé indulgente; piensa que todos somos hombres y que en este valle de lágrimas se ha de conceder de vez en cuando algunas alegrías á las criaturas. (Con melancolía.) Los que tal hagan, serán ahorcados un día ú otro... Justo es guardarles toda clase de consideraciones... Puedes irte. (El lacayo sale. D. César, al quedar solo, se sienta, apoya los codos sobre la mesa y medita.) Un hombre cuerdo y cristiano, cuando posee dinero, debe hacer buen uso de él... Tengo para vivir por lo menos ocho días y los viviré... Si me quedase algo, lo emplearía en fundaciones piadosas. Pero no me atrevo á confiar mucho en ello, porque sin duda me quedaré sin nada muy pronto. Esto debe ser una equivocación. Ese torpe habrá dado mal el recado ó yo he pronunciado mal mi nombre...
(Se abre la puerta del fondo y entra una dueña vieja, con el pelo canoso, basquiña y mantilla negras y abanico.)
ESCENA IV
D. CÉSAR, UNA DUEÑA
La dueña (en el dintel de la puerta).—¿Don César de Bazán?
(D. César, que estaba pensativo, levanta bruscamente la cabeza.)
D. César.—¿Otro más? (Aparte.) Es una mujer. (Mientras que la dueña, sin moverse del fondo, hace una profunda reverencia, él se adelanta estupefacto hacia el proscenio.) ¡Preciso es que el diablo ó Salustio anden mezclados en todo esto! Apostaría á que voy á ver á mi primo. ¡Una dueña! (Alto.) Yo soy don César. ¿Qué queréis? (Aparte.) Por lo general una vieja anuncia una joven.
La dueña (haciendo otra reverencia y la señal de la cruz).—Señor mío, os saludo hoy, día de ayuno, en el nombre del Dios hijo, todopoderoso y su excelso Padre.
D. César (aparte).—Ya se sabe: á principio devoto, amoroso final. (Alto.) Amén. Buenos días.
La dueña.—Dios os tenga en su santa guarda. (Con misterio.) ¿Habéis dado á quien me envía á vos una cita reservada para esta noche?
D. César.—Soy capaz de eso y de mucho más.
La dueña (sacando de su guarda-infante una esquela cerrada que presenta á D. César, pero sin entregársela).—Entonces, señor discreto, vos sois quien habéis dirigido esta carta á alguien que os ama y á quien conocéis perfectamente.
D. César.—Sin duda debo ser yo.
La dueña.—Está bien. La dama, casada probablemente con algún viejo celoso, tiene que guardar ciertos miramientos, pues ha encargado que me enterase bien antes de... Yo no la conozco, pero vos sí... La criada me ha dicho lo que había de hacer... y por consiguiente no es preciso saber los nombres...
D. César.—Excepto el mío, según parece.
La dueña.—¡Oh! La cosa es clara. Una dama recibe una cita de su amante, pero teme caer en algún lazo, y como las precauciones nunca están de más... En suma, me envían aquí para recibir de vuestra boca la confirmación.
D. César (aparte).—¡Oh, qué vieja más cargante! ¡Cuánta broza rodea á ese dulce billete!... (Alto.) Ya te he dicho que yo soy don César.
La dueña (colocando sobre la mesa un billete cerrado que D. César mira con curiosidad).—Entonces debéis escribir al dorso de esta carta una sola palabra: Venid, pero no de vuestra mano, pues eso sería comprometido.
D. César.—Es claro, si fuese de mi mano... (Aparte.) He aquí un encargo bien dado.
(Extiende la mano para apoderarse de la carta, pero la dueña se lo impide.)
La dueña.—No la abráis; sin duda debéis reconocer el pliego.
D. César.—Sí que lo conozco. (Aparte.) ¡Y yo que ardía en deseos de saber lo que dice!... En fin sigamos la comedia. (Toca la campanilla y entra uno de los negros.) ¿Sabes escribir? (El negro mueve la cabeza afirmativamente. D. César se admira y dice aparte:) ¡Habla por señas! (Alto.) ¿Eres mudo? (El negro hace otra señal afirmativa que asombra nuevamente á D. César. Aparte:) ¡Muy bien! Ya tengo que habérmelas con un mudo. (Señala al negro la carta que la dueña tiene sujeta sobre la mesa.) Escribe ahí: Venid. (El mudo escribe. D. César hace señas al negro para que se vaya y á la dueña para que recoja la carta. Sale el mudo. Aparte:) No se puede negar que es obediente.
La dueña (comenzando á guardar el billete y acercándose á D. César).—Esta noche la veréis... Debe ser muy hermosa.
D. César.—Encantadora.
La dueña.—Yo sólo puedo decir que la criada es lindísima. Cuando me llamó aparte en medio del sermón quedé admirada: tiene un perfil de ángel y unos ojos de demonio... Y además parece muy experta en asuntos amorosos.
D. César (aparte).—Pues me contentaría con la criada.
La dueña.—Esto es ya para formar juicio, pues siempre lo bello aborrece lo feo, y por la esclava se puede conocer lo que será la sultana, así como por el criado lo que es el amo. Seguramente la mujer que esperáis es hermosísima.
D. César.—Estoy orgulloso de ello.
La dueña (haciendo una reverencia y en ademán de retirarse).—Bésoos la mano.
D. César (dándole un puñado de monedas).—Y yo te lleno la pata. Toma, estantigua.
La dueña (guardándose el dinero).—¡Qué alegre es la juventud del día!
D. César (despidiéndola).—Véte.
La dueña (repitiendo las reverencias).—Si me necesitáis alguna vez, me llamo la señora Oliva, y en el convento de San Isidro... (Sale, y vuelve á abrir la puerta.) Estoy siempre sentada á la derecha, entrando en la iglesia, junto al tercer pilar. (D. César se vuelve hacia ella con impaciencia. Ciérrase la puerta, se vuelve á abrir y reaparece la dueña.) ¡Vais á verla esta noche!... Acordaos de mí en vuestras oraciones.
D. César (despidiéndola colérico).—¡Véte! (La dueña se va y la puerta vuelve á cerrarse.—Solo:) Ya estoy resuelto á no admirarme de nada. Sin duda vivo en la Luna. Y lo cierto es que no puedo quejarme de mi suerte: después de haber satisfecho el hambre, voy á contentar mi corazón... Todo esto es muy hermoso. Ya veremos el final.
(Vuelve á abrirse la puerta del fondo y aparece D. Guritán con dos largas espadas desnudas debajo del brazo.)
ESCENA V
D. CÉSAR, D. GURITÁN
D. Guritán (desde el fondo del teatro).—¡Don César de Bazán!
D. César (se vuelve y ve á D. Guritán con las dos espadas).—¡Al fin; qué suerte! ¡Buena es la aventura y ahora se completa! ¡Comida excelente, dinero, una cita de amor y un desafío! Vuelvo á ser don César. (Acércase alegremente á D. Guritán, haciendo muchos saludos, y fija en él una mirada inquieta, adelantándose con lento paso hasta el proscenio.) Aquí es, caballero; podéis entrar y tomar asiento, cual si estuviérais en vuestra casa. Me alegro mucho veros. Hablemos un rato. ¿Qué se dice en Madrid? ¡Oh! es una residencia deliciosa. Yo no sé lo que allí pasa; pero imagínome que se admira siempre á Matalobos y á Lindamira. En cuanto á mí, temería más que al ladrón de dinero á la que roba los corazones. ¡Oh! las mujeres son endiabladas; pero yo me vuelvo loco por ellas. ¡Vamos, decidme algo!, porque yo soy un ente inverosímil, absurdo, un muerto que resucita, un hidalgo que llega de los más extravagantes países.
D. Guritán.—Pues yo llego desde más lejos, amigo mío.
D. César (con expresión alegre).—¿De qué ilustre playa?
D. Guritán.—De allá del Norte.
D. César.—Y yo del Sur.
D. Guritán.—¡Estoy furioso!
D. César.—Y yo rabio.
D. Guritán.—¡He andado seiscientas leguas!
D. César.—¡Y yo dos mil! He visto mujeres amarillas, azules, negras y verdes; he visto tierras bendecidas del cielo; Argel, la ciudad feliz, y la agradable Túnez. ¡Oh! allí hay muchos turcos, de extraños modales, y muchas personas colgadas de las puertas.
D. Guritán.—¡Á mí me han burlado, caballero!
D. César.—¡Á mí me han vendido!
D. Guritán.—Á mí me desterraron casi.
D. César.—Y á mí por poco me ahorcan.
D. Guritán.—Me envían á Neuburgo artificiosamente, para llevar una caja con cuatro palabras escritas, que decían: «Detened el más largo tiempo que sea posible á ese viejo loco.»
D. César (soltando la carcajada).—¡Muy bien! ¿Y quién ha hecho eso?
D. Guritán.—¡He de retorcer el cuello á don César de Bazán!
D. César (gravemente).—¡Ah!
D. Guritán.—Para colmo de audacia me envía un lacayo en su lugar para excusarle, según dijo; pero no he querido verle. Muy por el contrario, he dado orden de encerrarle, y ahora vengo en busca del amo, ese César de Bazán, ese traidor. ¡Quiero matarle! ¡Vamos! ¿dónde está?
D. César (siempre con gravedad).—Pues yo soy.
D. Guritán.—¡Vos! Sin duda os burláis...
D. César.—¡Yo soy don César!
D. Guritán.—¡Cómo!
D. César.—Lo dicho.
D. Guritán.—Señor mío, renunciad á ese papel, porque me enojáis mucho.
D. César.—Y vos me estáis divirtiendo, porque parecéis un celoso. Os compadezco mucho, amigo mío, pues el mal que nos viene de nuestros vicios es peor que el que los demás nos hacen. Os digo con franqueza que más vale ser cornudo que celoso, y más bien pobre que avaro. Vos sois una cosa y otra. Debo advertiros que aún espero esta noche á vuestra esposa.
D. Guritán.—¡Á mi esposa!
D. César.—Sí, á ella misma.
D. Guritán.—¡Pero si yo no soy casado!
D. César.—Pues ¿por qué tenéis, desde hace un cuarto de hora, el aspecto de un marido que rabia, ó de un tigre que llora? Como os creía casado, os daba buenos consejos; pero si no lo sois, decid por qué os hacéis tan ridículo.
D. Guritán.—¿Sabéis que me estáis exasperando?
D. César.—¡Bah!
D. Guritán.—¿Y que esto es ya demasiado?
D. César.—¿De veras?
D. Guritán.—Me las vais á pagar...
D. César (examinando con aire burlón los zapatos de D. Guritán, ocultos por una ola de cintajos, según la nueva moda).—En otro tiempo usábanse las cintas para adornar la cabeza; pero hoy, según veo, han bajado hasta las botas. ¡Habrá que peinarse los pies! ¡Magnífico!
D. Guritán.—¡Vamos á batirnos!
D. César (impasible).—¿Lo queréis así?
D. Guritán.—Si no sois don César, comenzaré por vos.
D. César.—Bueno; tened cuidado de no terminar por mí.
D. Guritán (presentándole una de las dos espadas).—¡Será en el acto!
D. César (tomando la espada).—Vamos allá; cuando se me presenta un buen desafío no lo dejo escapar.
D. Guritán.—¡Oh!
D. César.—Detrás del muro hay un callejón desierto.
D. Guritán (probando la punta de la espada en el suelo).—Como á César de Bazán os mataré.
D. César.—¿Lo creéis así?
D. Guritán.—Es posible.
D. César (doblando también la punta de la espada).—¡Bah! muerto uno de los dos, os desafío á que matéis á don César.
D. Guritán.—¡Salgamos!
(Salen, y se oye el ruido de sus pasos que se alejan. Por una puertecilla oculta, practicada en el muro, se ve salir á D. Salustio.)
ESCENA VI
D. SALUSTIO
D. Salustio (con traje verde oscuro, casi negro).—¡Ningún preparativo! (Reparando en la mesa cubierta de manjares.) ¿Qué quiere decir esto? (Escuchando el ruido de los pasos de D. César y de D. Guritán.) ¿Qué rumor es ese? (Se pasea meditabundo.) Gudiel vió salir esta mañana al paje y le siguió... iba á casa de Guritán... y no veo á Ruy Blas... ¡Condenación! aquí hay alguna contramina. Tal vez Guritán se haya encargado de algún mensaje para ella... Nada se puede averiguar por los mudos. No había previsto este caso.
(Entra D. César con la espada desnuda en la mano y déjala en un sillón.)
ESCENA VII
D. SALUSTIO, D. CÉSAR
D. César (desde el umbral de la puerta).—¡Ah! seguro estaba de que andaríais mezclado en el asunto.
D. Salustio (volviéndose estupefacto).—¡Don César!
D. César (cruzándose de brazos y soltando una carcajada).—Sin duda estáis urdiendo alguna trama espantosa; pero yo lo desarreglo todo. ¿No es cierto? Paréceme que vengo á caer de golpe en medio de la masa.
D. Salustio (aparte).—¡Todo se ha perdido!
D. César (riendo).—Desde esta mañana he andado entre vuestras telas de araña, revolviéndome en ellas; y así es que ninguno de vuestros proyectos dará el resultado apetecido. Todos vuestros planes caerán por tierra. Verdaderamente me regocijo mucho de ello.
D. Salustio (aparte).—¡Demonio! ¿Qué habrá hecho?
D. César (riendo cada vez con más fuerza).—Aquel hombre del saco de dinero... que venía para el negocio... para aquello que sabéis...
(Se ríe.)
D. Salustio.—¿Y bien, qué?
D. César.—Lo he embriagado.
D. Salustio.—Pero ¿y el dinero que llevaba?
D. César (majestuosamente).—He hecho varios regalos á ciertas personas. ¡Pardiez, siempre se tienen amigos!
D. Salustio.—De mí sospechas injustamente... Yo...
D. César (haciendo sonar sus gregüescos).—Por lo pronto he llenado mis bolsillos, como podréis comprender. (Vuelve á reirse.) Ya sabéis... aquella dama...
D. Salustio.—¡Oh!
D. César (observando su inquietud).—Aquella conocida vuestra... (D. Salustio escucha con la mayor ansiedad; D. César prosigue riendo.) Que me envía una dueña vieja y espantosa, con más barbas que un ermitaño...
D. Salustio.—¿Para qué?
D. César.—Para preguntarme, con prudencia y sin ruido, si es don César quien la espera esta noche...
D. Salustio (aparte).—¡Cielos! (En voz alta.) ¿Qué has contestado?
D. César.—He dicho que sí; que la esperaba.
D. Salustio (aparte).—¡Tal vez no se haya perdido todo!
D. César.—En fin, vuestro matón, llamado Guritán, según me dijo en el terreno... (Movimiento de D. Salustio.) y que esta mañana no quiso recibir un lacayo de don César, portador de un mensaje, viniendo después á pedirme no sé qué satisfacción...
D. Salustio.—¿Y bien? ¿qué has hecho?
D. César.—He dado muerte á ese pajarraco.
D. Salustio.—¿De veras?
D. César.—Temo que sí.
D. Salustio (aparte).—¡Respiro! ¡Bondad divina, nada se ha perdido! Sin embargo, convendrá desembarazarme por el pronto de este rudo auxiliar. En cuanto al dinero, importa poco. (En voz alta.) El lance es singular. ¿Y no habéis visto á otras personas?
D. César.—No; pero las veré. Por lo pronto quiero publicar mi nombre en todas partes, y voy á dar un escándalo terrible. No tengáis cuidado.
D. Salustio (aparte).—¡Diablo! (Aproximándose vivamente á D. César.) Guárdate el dinero, pero véte.
D. César.—¡Ya! ¡Daríais orden de que me siguieran! Harto sé vuestra manera de proceder; y muy pronto volvería á ver las azules aguas del Mediterráneo. ¡Nada de eso!
D. Salustio.—Créeme.
D. César.—No. Sospecho que en este palacio-prisión alguno será víctima de vuestros manejos. Toda intriga cortesana es una escalera doble; por una parte el paciente, con los brazos ligados y la mirada triste; y por otra, el verdugo. Vos sois el ejecutor, y necesariamente...
D. Salustio.—¡Oh!
D. César.—Pero yo llego á tiempo, tiro de la escalera, y cataplum.
D. Salustio.—Te juro...
D. César.—Quiero desbaratarlo todo, y para ello debo quedarme hasta el fin de la intriga. Sé que sois muy astuto, primo mío, y que no os costaría mucho matar dos pájaros de una pedrada. Yo sería uno de ellos, y por lo mismo me quedo.
D. Salustio.—Escucha...
D. César.—¡No me vengáis con retóricas! ¡Ah! ¡Conque hacéis que me vendan á los piratas de África, y entre tanto fabricáis aquí un falso César, comprometiendo mi nombre!
D. Salustio.—¡Casualidad!
D. César.—¿Casualidad? Manjar es ese que los bribones dan á los tontos. Mucho sentiré que vuestros planes se desbaraten; mas pretendo salvar á los que aquí perdéis. Voy á publicar mi nombre desde los tejados á voz en cuello. (Se sube en el poyo de la ventana y mira por fuera.) ¡Esperad! Precisamente pasan unos alguaciles por aquí. (Pasa el brazo á través de los barrotes y agítale gritando): ¡Hola! venid aquí.
D. Salustio (asustado, en el proscenio: aparte).—¡Todo se ha perdido si le reconocen!
(Entran los alguaciles precedidos de un alcalde. D. Salustio parece presa de una viva ansiedad. D. César se dirige al alcalde con aire de triunfo.)
ESCENA VIII
Los mismos, ALCALDE, ALGUACILES
D. César (al alcalde).—Consignaréis en vuestro informe...
D. Salustio (señalando á D. César).—Que ese es el famoso ladrón Matalobos.
D. César (estupefacto).—¡Cómo!
D. Salustio (aparte).—Todo se salva si puedo ganar veinticuatro horas. (Al alcalde.) Ese hombre ha osado penetrar en estas habitaciones en pleno día. ¡Prended al ladrón!
(Los alguaciles cogen á D. César por el cuello.)
D. César (furioso, á D. Salustio).—¡Mentís como un bellaco!
El alcalde.—¿Quién nos llamaba?
D. Salustio.—Yo.
D. César.—¡Esto es demasiado!
El alcalde.—¡Vamos, callad!
D. César.—¡Yo soy don César de Bazán!
D. Salustio.—¿Don César? Mirad su capa, si os place, y hallaréis el nombre de Salustio en el cuello; esa capa es la que me acaba de robar.
(Los alguaciles se apoderan de la capa, el alcalde la examina.)
El alcalde.—Es verdad.
D. Salustio.—Y el jubón que lleva...

D. Salustio.—¡Prended al ladrón!
D. César (aparte).—¡Ah traidor!
D. Salustio (continuando).—Es del duque de Alba, á quien se lo robó.
(Mostrando un escudo bordado en la manga izquierda.)
D. César (aparte).—¡Ese hombre es un demonio!
El alcalde (examinando el blasón).—Sí, los dos castillos de oro...
D. Salustio.—Y las dos calderas. (En la lucha por desasirse, D. César deja caer algunos doblones de sus bolsillos; D. Salustio indica al alcalde el volumen de estos últimos.) ¿Es así cómo se lleva el dinero que no es robado?
El alcalde (moviendo la cabeza).—¡Hum!
D. César (aparte).—¡Estoy perdido!
(Los alguaciles le registran y apodéranse de todo el dinero.)
Un alguacil (rebuscando).—Aquí hay papeles.
D. César (aparte).—¡Pobres billetes de amor, que tan cuidadosamente conservaba!
El alcalde (examinando los papeles).—¡Cartas!... ¿Qué es esto?... escrituras diversas...
D. Salustio (haciendo notar los sobres).—Todos del duque de Alba.
El alcalde.—Sí.
D. César.—Pero...
Los alguaciles (atándole las manos).—¡Qué suerte ha sido cogerle!
Un alguacil (entrando, al alcalde).—Aquí cerca se acaba de encontrar un hombre asesinado.
El alcalde.—¿Quién es el asesino?
D. Salustio (mostrando á D. César).—¡Ese hombre!
D. César (aparte).—¡Ese duelo! he sido un torpe.
D. Salustio.—Al entrar, llevaba en la diestra una espada; vedla ahí.
El alcalde (examinando el acero).—¡Sangre! Está bien. (Á D. César.) ¡Vamos, en marcha!
D. Salustio (á D. César, conducido por los alguaciles).—Buenas noches, Matalobos.
D. César (dando un paso hacia él y mirándole fijamente).—¡Sois un miserable!


ACTO V
EL TIGRE Y EL LEÓN
La misma estancia. Es de noche. En la mesa hay una lámpara. Al levantarse el telón, Ruy Blas está solo, y una especie de toga negra cubre su traje.
ESCENA I
RUY BLAS, solo
¡Todo acabó! ¡Sueños extinguidos, visiones desvanecidas! Hasta que cerró la noche he andado por las calles, y ahora espero tranquilo. Á estas horas se piensa mejor, porque la cabeza está más despejada. Nada hay pavoroso en estas negras paredes; los muebles se hallan en su sitio, las llaves en los armarios, y los mudos duermen abajo. La casa está verdaderamente tranquila; no hay motivo alguno de alarma; todo va bien, y mi paje es muy fiel: don Guritán sabe que se trata de ella; y yo os bendigo, Dios mío, por haber permitido que el mensaje llegue á sus manos, para que yo pueda proteger á ese ángel, burlando los planes de don Salustio. Nada tendrá que temer ni que sufrir, y una vez salvada... moriré tranquilo. (Saca del pecho un frasquito y le pone sobre la mesa.) ¡Sí, muere ahora, cobarde, y cae en el abismo; muere como se debe morir cuando se expía un crimen; muere en esta casa, vil, mísero y solo! (Entreabre la toga, bajo la cual se ve la librea que llevaba en el primer acto.) ¡Sí, muere con tu librea al fin, y sea ella tu sudario! ¡Dios mío! si ese demonio viene á contemplar su víctima... (Coloca un mueble como para atrancar la puerta.) ¡Que no éntre al menos por esa horrible puerta! (Vuelve hacia la mesa.) ¡Oh! seguro es que el paje ha encontrado á Guritán, pues aún no eran las ocho de la mañana. (Fija sus miradas en el frasquito.) En cuanto á mí, ya he pronunciado mi sentencia, preparo mi suplicio, y yo mismo voy á dejar caer sobre mi cuerpo la losa de la tumba. Por lo menos me queda el consuelo de pensar que nadie puede evitarlo, y que mi caída es irremediable. (Se sienta en el sillón.) ¡Y sin embargo, me amaba!... ¡Que Dios me auxilie! Me falta valor... (Llora.) ¡Oh! ¡bien hubieran podido dejarnos tranquilos! (Oculta la cabeza entre las manos y solloza.) ¡Dios mío! (Levanta la cabeza y fija en el frasquito una mirada vaga.) El hombre que me ha vendido esto me preguntó en qué día del mes estábamos... yo no lo sé. Los hombres son malos y ninguno se conmueve al ver morir á uno de sus semejantes. ¡Cuánto sufro!... ¡Ella me amaba! ¡Y pensar que nada se puede retener de aquello que pasó! ¡No volveré á contemplarla más!... no estrecharé su mano... ¡Ángel mío!... ¡Aún me parece ver los graciosos pliegues de su traje, sus dulces ojos, cuyas miradas me embriagaban; aún me parece oir su voz armoniosa y su ligero paso, que hacía latir mi corazón! ¡Mujer adorada... ya no la veré jamás, ni oiré tampoco su dulce acento! ¡Morir sin verla! ¿Es posible? ¡Nunca!
(Alarga con ansiedad su mano hacia el frasquito, y en el momento de cogerle convulsivamente, ábrese la puerta del fondo y aparece la Reina; va vestida de blanco; un mantón oscuro y el capuchón, caído sobre la espalda, hacen resaltar más la palidez de su rostro; lleva una linterna sorda en la mano, la deja en el suelo y adelántase rápidamente hacia Ruy Blas.)
ESCENA II
RUY BLAS, LA REINA
La Reina (entrando).—¡Don César!
Ruy Blas (volviéndose con un movimiento de espanto, y tapando presuroso su librea).—¡Dios mío! ¡Es ella! ¡En horrible lazo ha caído! (En voz alta.) ¡Señora!...
La Reina.—¿Qué significa ese grito de espanto, César?...
Ruy Blas.—¿Quién os dijo que viniérais aquí?
La Reina.—Tú.
Ruy Blas.—¡Yo!... ¿Cómo?
La Reina.—He recibido de vos...
Ruy Blas (ansioso).—¡Decid pronto!
La Reina.—Una carta.
Ruy Blas.—¿De mí?
La Reina.—De vuestro puño y letra.
Ruy Blas.—¡Esto es para volverse loco! Pero ¡si yo no he escrito; estoy seguro de ello!
La Reina (sacando del seno un billete y mostrándolo).—Leed, pues.
(Ruy Blas toma el billete con viveza y acércase á la luz.)
Ruy Blas (leyendo).—«Un peligro terrible me amenaza, y sólo mi reina puede conjurar la tempestad...»
(Mira la letra con estupor, cual si no pudiera proseguir.)
La Reina (continúa, mostrando con el dedo la carta que lee).—«viniendo á mi casa esta noche. De lo contrario, estoy perdido.»
Ruy Blas (con voz apagada).—¡Oh qué traición! Este billete...
La Reina (continúa la lectura).—«Junto á la puerta principal hay una entrada por donde podéis penetrar de noche sin ser reconocida. Una persona de confianza os abrirá.»
Ruy Blas (aparte).—¡Había olvidado este billete! (Á la Reina con voz terrible.) ¡Salid al punto!
La Reina.—Me marcharé, don César. ¡Oh Dios mío, qué duro sois! ¿Qué os he hecho?
Ruy Blas.—¡Cielos! ¡aquí os perdéis, señora!
La Reina.—¿Cómo?
Ruy Blas.—No puedo explicarlo. ¡Huíd pronto!
La Reina.—Para cumplir mejor, hasta tuve la precaución de enviar esta mañana una dueña...
Ruy Blas.—¡Dios mío! me parece que vuestra existencia se extingue por momentos como la vida de un corazón que se desangra. ¡Partid pronto!
La Reina (como herida de una idea súbita).—La abnegación que mi amor soñó, me inspira: os halláis en algún momento de peligro y queréis alejarme de él... ¡Pues me quedo!
Ruy Blas.—¡Qué loca idea, Dios mío! ¡Permanecer á tal hora en semejante sitio!
La Reina.—La carta es de vos, y por lo tanto...
Ruy Blas (elevando los brazos al cielo con desesperación).—¡Bondad divina!
La Reina.—Queréis alejarme...
Ruy Blas (tomándole la mano).—Comprended...
La Reina.—Adivino: en el primer momento me escribisteis, y después...
Ruy Blas.—¡Nada os he escrito! ¡Huíd de aquí, pobre ángel, porque os han tendido un lazo! Por todas partes os rodean los peligros. ¿Cómo podré convenceros? ¡Escuchad, comprended; yo os amo, ya lo sabéis, y sólo para desechar de vuestro espíritu lo que ahora imagina, me arrancaría el corazón del pecho! ¡Oh! ¡yo te amo, pero véte!
La Reina.—¡Don César!...
Ruy Blas.—¡Véte! Pero ahora se me ocurre... alguien debió abrirte la puerta...
La Reina.—Es claro.
Ruy Blas.—¿Quién?
La Reina.—Un hombre enmascarado, oculto por la pared.
Ruy Blas.—¡Enmascarado! ¿Y qué ha dicho ese hombre? ¿Quién puede ser? ¿Era alto? ¡Vamos, hablad!...
(En la puerta del fondo aparece un hombre vestido de negro.)
El enmascarado.—¡Era yo!
(Se quita el antifaz: la Reina y Ruy Blas reconocen con terror á D. Salustio.)
ESCENA III
Los mismos, D. SALUSTIO
Ruy Blas.—¡Gran Dios!... ¡Huíd, señora!
D. Salustio.—Ya no es tiempo; la señora de Neuburgo ha dejado de ser reina de España.
La Reina (con terror).—¡Don Salustio!
D. Salustio (mostrando á Ruy Blas).—Para siempre seréis la compañera de ese hombre.
La Reina.—¡Gran Dios, era un lazo en efecto! Y don César...
Ruy Blas (desesperado).—¡Ah, señora! ¿Qué habéis hecho?
D. Salustio (adelantándose lentamente hacia la Reina).—Estáis en mi poder; mas quiero hablaros sin excitar el enojo de Vuestra Majestad, porque no me domina la cólera. Escuchadme tranquilamente, y no hagamos ruido. Os encuentro sola con don César en su casa á media noche, y tratándose de una reina, este hecho basta, una vez público, para anular el matrimonio en Roma. El Santo Padre lo sabría muy pronto; pero examinada detenidamente vuestra situación, todo puede arreglarse dentro. (Saca de su bolsillo un pergamino, desarróllale y le presenta á la Reina.) Firmad esta carta, dirigida al Rey Nuestro Señor; yo haré que llegue en breve á sus manos; y en cuanto á vos, abajo os espera un coche que he mandado llenar de oro, y en el cual partiréis con don César al punto. Yo os presto mi auxilio, y sin que nadie os inquiete, podréis llegar á Portugal. Desde aquí, dirigíos á donde os plazca, pues á mí me es igual: nosotros cerraremos los ojos. Obedecedme. En este momento, nadie sabe la aventura más que yo; pero si rehusáis, todo Madrid conocerá el hecho mañana. Y nada de arrebatos, porque estáis en mi poder. (Señalando la mesa, en la que hay recado de escribir.) Podéis tomar asiento, señora.
La Reina (se deja caer aterrada en un sillón).—¡Estoy en su poder!
D. Salustio.—Sólo exijo de vos el consentimiento para llevar el escrito al Rey. (En voz baja á Ruy Blas, que escucha inmóvil, poseído de estupor.) ¡Déjame hacer, amigo, que para ti trabajo! (Á la Reina.) ¡Firmad!
La Reina (temblando y aparte).—¿Qué hacer?
D. Salustio (inclinándose á su oído y presentándole la pluma).—¡Vamos! ¿Qué vale una corona? Si perdéis el trono, en cambio se os ofrece la felicidad. Por lo demás, no tengáis cuidado; nadie sabrá nada de esto, porque tengo toda mi gente fuera. (Tratando de ponerle la pluma entre los dedos, sin que ella la rechace ni la tome.) ¡Vamos! (La reina, indecisa y aterrada, le mira con expresión angustiosa.) ¡Si no firmáis, os espera el escándalo y el claustro!
La Reina (agobiada).—¡Oh Dios mío!
D. Salustio (mostrando á Ruy Blas).—César os ama; le creo digno de vos; es de noble alcurnia, duque de Olmedo, Bazán y grande de España...
(Empuja hacia el pergamino la mano de la Reina, que temblorosa y fuera de sí parece dispuesta á firmar.)
Ruy Blas (como volviendo en sí de improviso).—¡Yo me llamo Ruy Blas, y soy un lacayo! (Arrancando de manos de la Reina la pluma y el pergamino, y rasgando este último.) ¡Al fin!... ¡Me sofocaba!... ¡No firméis, señora!
La Reina.—¿Qué decís, don César?...
Ruy Blas (dejando caer su toga y mostrándose con la librea sin espada).—Digo que ya basta de traiciones; que no quiero la felicidad á este precio. ¡Ah! es inútil que me habléis al oído, don Salustio; tiempo era ya de despertarme y de romper los lazos que me ligaban en vuestros odiosos planes. No pasaremos de aquí. ¡Si yo tengo el traje de lacayo, vos tenéis de lacayo el alma!
D. Salustio (á la Reina, con frialdad).—Ese hombre es efectivamente mi lacayo. (Á Ruy Blas con autoridad.) ¡Ni una palabra más!
La Reina (dejando escapar al fin un grito de desesperación y retorciéndose los brazos).—¡Santo cielo!
D. Salustio (continuando).—Sólo que ha hablado demasiado pronto. (Crúzase de brazos; irguiéndose y con voz tonante.) ¡Pues bien, sí; ahora digámoslo todo; poco importa, porque así será mi venganza más completa! (Á la Reina.) ¿Qué pensáis de esto, señora? Á fe mía que la corte se reirá bien. ¡Ah! ¡vos me arruinasteis, y yo os destrono! ¡Vos tuvisteis á bien desterrarme, y yo os expulso! ¡Vos me ofrecisteis para esposa vuestra criada; yo os doy por amante mi lacayo! También podéis uniros con él, puesto que el rey se va; y así su corazón será vuestra riqueza. (Riendo.) ¡Y le habréis hecho duque á fin de ser duquesa! (Rechinando los dientes.) ¡Ah, me habéis hundido, arruinado, y entre tanto vos dormíais tranquila y confiada! ¡Qué locura!
(Mientras que habla, Ruy Blas se acerca á la puerta del fondo, la cierra con llave, y después se acerca á don Salustio por detrás, sin que éste lo note. En el momento en que acaba de hablar, fijando en la Reina una mirada de odio y de triunfo, Ruy Blas coge la espada de D. Salustio por la empuñadura y la desenvaina vivamente.)
Ruy Blas (con aspecto terrible y la espada en la mano).—¡Paréceme que acabáis de insultar á vuestra Reina! (D. Salustio se precipita hacia la puerta; Ruy Blas le cierra el paso.) ¡Oh! no vayáis por ahí que está cerrado. Marqués, hasta este día Satanás te ha protegido; mas ahora no escaparás de mis manos; si de mi poder quiere arrancarte, que se presente. ¡Ahora llegó mi vez, y aplasto á la serpiente que encuentro en mi camino! ¡Nadie entrará aquí, ni el diablo ni tu gente, y te sujetaré bajo mi pie de acero! Señora, este hombre os hablaba con insolencia, y yo voy á explicarme... Ante todo os diré que es un desalmado, un monstruo, y que ayer me martirizó á su antojo cruelmente. No podríais imaginar hasta qué punto lloré y supliqué. (Al marqués.) Me explicabais vuestras quejas, hablándome de agravios recibidos; pero yo no comprendí. ¡Ah, miserable! ¡osáis ultrajar á vuestra Reina estando yo aquí! Me asombra que podáis ser hombre de ingenio. ¿Creíais que yo permanecería impasible? Escuchad, sea cual fuere su esfera, cuando un hombre, un traidor, ultraja á una mujer, ó comete algún delito monstruoso, todos tenemos derecho para escupirle á la cara y aplicarle el castigo. ¡Pardiez, si he sido lacayo, también podré ser verdugo!...
La Reina.—¡No matéis á ese hombre!
Ruy Blas.—Con sentimiento debo ejercer ante vos mis funciones, señora, porque es forzoso acabar con el asunto en este sitio. (Empuja á D. Salustio hacia el gabinete.) ¡Está dicho; id á poneros bien con Dios ahí dentro!
D. Salustio.—¡Es un asesinato!
Ruy Blas.—¿Te parece así?
D. Salustio (desarmado y paseando una mirada de cólera á su alrededor).—¡Ni un arma en esas paredes! (Á Ruy Blas.) ¡Una espada al menos!
Ruy Blas.—¡Marqués, tú te burlas! ¿Soy yo caballero acaso para cruzar contigo el acero? Yo no soy más que un vil lacayo, que viste librea galoneada, un bergante á quien se castiga y se azota. ¡Pero ahora te voy á matar, como á un infame cobarde, como á un perro!
La Reina.—¡Gracia para él!
Ruy Blas (á la Reina, cogiendo al marqués).—Señora, aquí cada cual se venga; el demonio no puede ser salvado por el ángel.
La Reina (de rodillas).—¡Gracia!
D. Salustio (gritando).—¡Al asesino! ¡Socorro!
Ruy Blas (levantando la espada).—¿Has acabado ya?
D. Salustio (arrojándose sobre él y gritando).—¡Muero asesinado!
Ruy Blas (empujándole en el gabinete).—¡No, mueres castigado!
(Desaparecen en el gabinete, cuya puerta se cierra.)
La Reina (sola, cae desvanecida en el sillón).—¡Cielos!
(Sigue una pausa; Ruy Blas vuelve á entrar, pálido y sin espada.)
ESCENA IV
LA REINA, RUY BLAS
(Ruy Blas da algunos pasos vacilando hacia la Reina, inmóvil y helada, y después cae de rodillas, con la vista fija en el suelo, cual si no se atreviese á levantarla.)
Ruy Blas (con voz grave y baja).—Ahora, señora, es preciso que os hable... pero no me acercaré. Os juro que no soy tan culpable como me creéis. Reconozco mi traición, que debe pareceros horrible..., quisiera referíroslo todo, mas no es fácil. Sólo puedo decir que no tengo el alma vil, y que soy honrado en el fondo... Mi amor me ha perdido, y harto conozco que debí buscar algún otro medio. En fin, el mal está hecho... perdonadme, señora, por haberos amado.
La Reina.—¡Caballero!...

La Reina.—¡Ruy Blas!
Ruy Blas (siempre de rodillas).—No temáis; no me acercaré á Vuestra Majestad; pero voy á decirlo todo, punto por punto. ¡Oh! creedme, no soy un vil; hoy he corrido por la ciudad como un loco, y la gente me miraba; cerca del hospital que habéis fundado, sentí vagamente que una mujer del pueblo enjugaba compasiva el sudor que brotaba de mi frente. ¡Compadeceos de mí, Dios mío, mi corazón se rompe!
La Reina.—¿Qué deseáis?
Ruy Blas (uniendo las manos).—Que me perdonéis, señora.
La Reina.—¡Nunca!
Ruy Blas.—¡Nunca! (Se levanta y adelántase hacia la mesa.) ¿Es esa vuestra resolución?
La Reina.—¡Sí!
Ruy Blas (coge el frasco que está sobre la mesa, acércale á sus labios y apura el contenido).—¡Triste llama, extínguete de una vez!
La Reina (corriendo hacia él).—¿Qué hace?
Ruy Blas (dejando el frasco).—¡Nada! Mis males han terminado; me maldecís, y yo os bendigo; esto es todo.
La Reina (aterrada).—¡Don César!
Ruy Blas.—¡Cuando pienso, pobre ángel, que me habéis amado!
La Reina.—¿Qué filtro es ese? ¿Qué habéis hecho? ¡Decídmelo, contestadme, hablad! ¡César, yo te perdono, te amo y te creo!
Ruy Blas.—Me llamo Ruy Blas.
La Reina (rodeándole con sus brazos).—Ruy Blas, os perdono; pero ¿qué habéis hecho? ¡Hablad, yo os lo mando! ¿Es veneno ese horrible licor?
Ruy Blas.—Sí; pero siento alegría en el corazón. (Abrazando á la Reina y levantando los ojos al cielo.) ¡Permitid, oh Dios mío, que este pobre lacayo bendiga á su Reina, porque ella consoló su triste corazón; permitid que por su piedad muera ya que por su amor vivió!
La Reina.—¡Dios mío!¡Un veneno! ¡Y yo soy la causa de su muerte! ¡Yo te amo, y te había perdonado!
Ruy Blas (desfallecido).—Lo mismo hubiera hecho. (Su voz se apaga; la Reina le sostiene en sus brazos.) Ya no podía vivir. ¡Adiós! (Mostrando la puerta.) ¡Huíd de aquí! Todo quedará en secreto... ¡Yo muero!
(Cae.)
La Reina (arrojándose sobre su cuerpo).—¡Ruy Blas!
Ruy Blas (á punto de morir, vuelve en sí al oir su nombre pronunciado por la Reina).—¡Gracias!
