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Dramas (2 de 2)

María Tudor (continued 2)

A. Blanco Prieto translation

Simón Renard.—Me retiro, señora. Toda la nobleza os ha hablado por mi voz.

La Reina.—¡Qué me importa la nobleza!

Simón Renard (aparte).—Probemos con el pueblo.

(Sale haciendo una profunda reverencia.)

La Reina (sola).—Ha salido con un aire singular. Ese hombre es capaz de promover algún motín. Será preciso que vaya al Ayuntamiento... ¡Hola, aquí alguno!

(Preséntanse maese Eneas y Joshua.)

ESCENA V

Los mismos menos SIMÓN RENARD; MAESE ENEAS, JOSHUA

La Reina.—¿Sois vos, maese Eneas? Es preciso que vos y ese hombre os encarguéis de facilitar la fuga del conde de Clanbrassil.

Maese Eneas.—Señora...

La Reina.—¡Vamos! no quiero fiarme de vos, pues recuerdo que sois uno de sus enemigos. ¡Dios mío! todos cuantos me rodean aborrecen al hombre que amo. Apostaría á que ese llavero, á quien no conozco, le aborrece también.

Joshua.—Es verdad, señora.

La Reina.—¡Dios mío! ese Simón Renard es más rey que yo reina. ¡Cómo! ¿no podré fiarme de nadie aquí? ¿no podré dar á persona alguna plenos poderes para que se encargue de la evasión de Fabiani?

Juana (saliendo de su escondite).—¡Sí, señora, á mí!

Joshua (aparte).—¡Juana!

La Reina.—¡Tú, eres tú, Juana Talbot! ¿Cómo es que te hallas aquí? ¡Ah! es igual; si vienes á salvar á Fabiani, gracias. Debería aborreceros, Juana, y estar celosa de vos, pues tengo mis razones para ello; pero no, os amo porque le amáis. Ante el cadalso no puede haber ya envidia ni celos, y sí sólo amor. Sois como yo; le perdonáis; ya lo veo; los hombres no comprenden eso; pero nosotras nos entenderemos. ¿No es cierto que ambas somos muy desgraciadas? Es preciso conseguir la evasión de Fabiani, y sólo puedo contar con vos; de modo que debo aceptar vuestros servicios, porque lo tomaréis con interés. Encargaos de todo. Vosotros dos, obedeced á Juana Talbot en todo cuanto os ordene, y advertid que me respondéis con vuestras cabezas de la ejecución de sus órdenes. ¡Abrázame, Juana!

Juana.—El Támesis baña el pie de la Torre por aquel lado, y he visto que hay una salida secreta. Si hubiese un barco allí, la evasión se efectuaría por el río; es lo más seguro.

Maese Eneas.—Es imposible conducir hasta ahí un barco en menos de una hora.

Juana.—Es mucho tiempo.

Maese Eneas.—Pronto pasará, y además, habrá cerrado la noche, que será favorable, si Su Majestad se empeña en que se lleve á cabo la evasión.

La Reina.—En efecto, tal vez sea más conveniente; queda convenido, pues, para dentro de una hora. Yo me retiro, Juana, y sólo os encargo que salvéis á Fabiani.

Juana.—Estad tranquila, señora.

(La reina sale, siguiéndola Juana con la vista.)

Joshua (en el proscenio).—¡Gilberto tenía razón, todo es para Fabiani!

ESCENA VI

Los mismos, menos LA REINA

Juana (á Maese Eneas).—Ya habéis oído cuál es la voluntad de la reina: una barca al pie de la Torre, las llaves de los pasadizos secretos, un sombrero y una capa.

Maese Eneas.—No es posible tener todo eso antes de la noche; dentro de una hora, señora.

Juana.—Está bien; retiraos y dejadme con este hombre.

(Maese Eneas sale; Juana le sigue con la vista.)

Joshua (aparte, en el proscenio).—¡Ese hombre! Es muy sencillo; quien ha olvidado á Gilberto no reconoce á Joshua.

(Se dirige hacia la puerta del calabozo de Fabiani, y prepárase á abrir.)

Juana.—¿Qué hacéis ahí?

Joshua.—Me anticipo á vuestros deseos, señora; abro esta puerta.

Juana.—¿Quién está ahí?

Joshua.—Es la puerta del calabozo de milord Fabiani.

Juana.—¿Y esa?

Joshua.—Es la del calabozo de otro.

Juana.—¿De quién?

Joshua.—De otro condenado á muerte, de uno que sin duda no conocéis. Es un obrero llamado Gilberto.

Juana.—¡Abrid esa puerta!

Joshua (después de abrir la puerta).—¡Gilberto!

ESCENA VII

JUANA, GILBERTO, JOSHUA

Gilberto (en el interior del calabozo).—¿Qué me quieren? (Aparece en el umbral, ve á Juana, y apóyase vacilante contra la pared.) ¡Juana!... ¡Juana Talbot!

Juana (de rodillas, sin levantar la vista).—¡Gilberto, vengo á salvaros!

Gilberto.—¡Á salvarme!

Juana.—Escuchad: compadeceos de mí, y no me agobiéis con vuestras quejas, pues sé todo lo que vais á decirme. Es preciso que yo os salve; todo está preparado, y la evasión es segura; dejadme hacer á mí lo que permitiríais á otra; sólo os pido esto; después, sea yo desconocida para vos; ya no sabréis quién soy; no me perdonéis; pero dejadme salvaros.

Gilberto.—¡Gracias! es inútil. ¿Para qué quiero salvar mi vida, Juana, si ya no me amáis?

Juana (con alegría).—¡Oh, Gilberto! ¿Os dignáis aún ocuparos de lo que siente el corazón de la pobre muchacha? ¿Es posible que el amor que pueda profesar á otro os interese hasta el punto de pareceros que vale la pena informaros sobre él? Yo creía que ya os era igual, y que me despreciabais demasiado para cuidaros de mí. ¿Si supiérais, Gilberto, qué impresión me producen las palabras que acabáis de dirigirme? ¡Es un rayo de sol inesperado en una noche oscura! Escuchad: si yo me atreviese aún á acercarme á vos, á tocar vuestra ropa, á estrecharos la mano; si osase levantar la vista para miraros, como en otro tiempo, ¿sabéis lo que os diría, prosternada, llorando á vuestros pies, con sollozos en la boca y la alegría en el corazón? Os diría: ¡Gilberto, yo te amo!

Gilberto (estrechándola entre sus brazos con arrebato).—¡Tú me amas!

Juana.—¡Sí, te amo!

Gilberto.—¡Tú me amas! ¡Dios mío, será verdad! ¿Es ella la que me lo dice, es su boca la que habla?

Juana.—¡Gilberto mío!

Gilberto.—¿Dices que lo has preparado todo para mi evasión? ¡Pronto, pronto, la vida! ¡Quiero vivir, porque Juana me ama! Parece que esa bóveda se apoya en mi cabeza y me aplasta. ¡Necesito aire... aquí me muero; huyamos pronto, Juana! ¡Quiero vivir, porque soy amado!

Juana.—Aún no; es preciso tener un barco, y para ello se ha de esperar la noche; pero puedes estar tranquilo, porque te salvarás. Antes de una hora saldremos de aquí; la reina no volverá por lo pronto, y entre tanto yo soy quien manda. Más tarde te explicaré esto.

Gilberto.—¡Una hora de espera! ¡Qué larga me parecerá! Ya ansío recobrar la vida y la dicha. ¡Juana, Juana, yo viviré y tú me amarás; reiré y cantaré; detenme para que no cometa alguna locura!

Juana.—¡Sí, te amo, Gilberto, y esto es tan verdad como si te lo dijera en mi lecho de muerte; jamás amé sino á ti, ni aun cuando te faltaba, pues entonces te quería en el fondo de mi corazón! ¡Apenas caída en brazos del demonio que me ha perdido, he llorado á mi ángel!

Gilberto.—¡Olvidar, perdonar! No hables de eso, Juana. ¡Oh! ¿qué me importa á mí el pasado, ni quién resiste á tu acento? ¡Sí, todo te lo perdono, niña adorada! Los celos y la desesperación han abrasado las lágrimas en mis ojos, pero te perdono y te doy gracias, porque para mí eres la única cosa que brilla en este mundo; cada una de tus palabras amortigua más mi dolor, y la alegría renace en mi alma. ¡Juana, levanta la cabeza y mírame!

Juana.—¡Siempre generoso, amado Gilberto!

Gilberto.—¡Oh! ya quisiera estar fuera, muy lejos de aquí, libre contigo. ¡Cuánto tarda en llegar la noche!... Juana, saldremos sin detenernos de Londres, y después, de Inglaterra: iremos á Venecia, porque los de mi oficio ganan allí mucho dinero... ¡Pero Dios mío, estoy loco... olvidaba el nombre que llevas! ¡Es demasiado noble, Juana!

Juana.—¿Qué quieres decir?

Gilberto.—Eres hija de lord Talbot.

Juana.—Conozco otro nombre más hermoso.

Gilberto.—¿Cuál?

Juana.—Esposa del obrero Gilberto.

Gilberto.—¡Juana!...

Juana.—¡Oh! no creas que yo te pido esto, porque sé muy bien que soy indigna de ti, y no me atreveré á levantar mi vista tan alta, ni abusaré del perdón hasta ese punto. El pobre cincelador Gilberto no se unirá desventajosamente con la Condesa de Waterford; no, yo te seguiré y te amaré, sin abandonarte jamás; durante el día me echaré á tus pies, y por la noche á tu puerta; veré cómo trabajas, te ayudaré y te daré cuanto necesites. Quiero ser para ti, algo menos que una hermana y algo más que un perro fiel; y si te casas, Gilberto, pues Dios permitirá que acabes por encontrar una mujer pura y sin mancha, digna de ti, entonces, si ella es buena, y si quiere, seré la sirvienta de tu esposa; si no le place, iré á morir donde pueda. Sólo en este caso me separaré de ti. Si no te casas, permaneceré á tu lado, mostrándome siempre afable y resignada; y si se piensa mal porque viva contigo, nada me importa. Ya no tengo de qué ruborizarme; soy una pobre joven abandonada.

Gilberto (cayendo á sus pies).—¡Eres un ángel; eres mi esposa!

Juana.—¡Tu esposa! ¿Perdonas solo como Dios, purificando? ¡Ah! ¡bendito seas, Gilberto, por ceñirme con esa corona la frente!

(Gilberto se levanta y la estrecha en sus brazos; mientras que se hallan en esta actitud, Joshua coge de la mano á Juana.)

Joshua.—Es Joshua, señora Juana.

Gilberto.—¡Mi buen Joshua!

Joshua.—Antes no me habíais reconocido.

Juana.—¡Ah! es que debí haber comenzado por él.

(Joshua le besa la mano.)

Gilberto (estrechándole en sus brazos).—¡Qué felicidad! ¿Puede ser cierta tanta dicha?

(Desde hace algunos instantes se oye fuera un ruido lejano, gritos confusos y tumulto: el día comienza á declinar.)

Joshua.—¿Qué ruido es ese?

(Se acerca á la ventana que da á la calle.)

Juana.—¡Dios mío! con tal que no suceda nada...

Joshua.—La multitud se agolpa en la calle; se ven picas y hachas; los pensionarios de la Reina están á caballo y en orden de batalla; todos vienen por aquí... ¡Qué gritos! ¡Ah diablo! diríase que es un motín popular.

Juana.—¡Con tal que no sea contra Gilberto!

Gritos lejanos.—¡Muera Fabiani!

Juana.—¿Oís?

Joshua.—Sí.

Juana.—¿Qué dicen?

Joshua.—No lo entiendo bien.

Juana.—¡Dios mío! ¿qué será?

(Entran precipitadamente por la puerta secreta maese Eneas y un barquero.)

ESCENA VIII

Los mismos, MAESE ENEAS, un barquero

Maese Eneas.—¡Milord Fabiani, no hay que perder un instante! Se ha sabido que la Reina quería salvaros, y el pueblo de Londres se ha sublevado contra vos; dentro de un cuarto de hora os habrían hecho pedazos. Salvaos, Milord; he aquí una capa y un sombrero; tomad las llaves; ese hombre conducirá la barca, y tened presente que á mí es á quien debéis todo esto. Daos prisa. (En voz baja al barquero.) No te apresures.

Juana.—(Cubre la cabeza de Gilberto y le pone la capa.) (En voz baja á Joshua.) ¡Cielos! con tal que ese hombre no reconozca...

Maese Eneas (mirando á Gilberto con fijeza).—¡Cómo! ¡ese no es lord Clanbrassil! No ejecutáis las órdenes de la Reina, señorita; facilitáis la fuga de otro.

Juana.—¡Todo se ha perdido!... ¡Debí preverlo! ¡Por Dios, amigo mío, tened compasión; ya sé que es verdad!...

Maese Eneas (en voz baja á Juana).—¡Silencio! Haced lo que deseáis; yo no he dicho nada ni visto nada.

(Se retira al fondo del teatro con aire indiferente.)

Juana.—¿Qué dice?... ¡Ah! la Providencia está por nosotros. ¡Todo el mundo quiere salvar á Gilberto!

Joshua.—No, señorita Juana, todo el mundo quiere perder á Fabiani.

(Durante esta escena redoblan fuera los gritos.)

Juana.—¡Apresurémonos, Gilberto! ¡Pronto, pronto!

Joshua.—Dejadle salir solo.

Juana.—¡Abandonarle!

Joshua.—Sólo por un instante: no debe ir una mujer en la barca si queréis que llegue á buen puerto, porque aún es de día y vais vestida de blanco. Una vez pasado el peligro, volveréis á veros. Venid conmigo por aquí, y dejadle salir por allá.

Juana.—Joshua tiene razón. ¿Dónde te encontraré, Gilberto?

Gilberto.—Debajo del primer arco del puente de Londres.

Juana.—¡Bien; véte pronto; el ruido redobla, y quisiera que ya estuvieses lejos!

Joshua.—He aquí las llaves: se han de abrir doce puertas antes de llegar á la orilla del agua; de modo que tardaréis un cuarto de hora largo.

Juana.—¡Un cuarto de hora! ¡Doce puertas! ¡Esto es horrible!

Gilberto (abrazándola).—Adiós, Juana; algunos instantes más de separación y nos uniremos para toda la vida.

Juana.—¡Por toda la eternidad! (Al barquero.) Buen hombre, os lo recomiendo.

Maese Eneas (en voz baja al barquero).—Por si ocurre un accidente, no te apresures.

(Gilberto sale con el barquero.)

Joshua.—¡Está salvado! Ahora, nosotros; es preciso cerrar ese calabozo. (Cierra el calabozo de Gilberto.) Ya está hecho. Venid pronto por aquí.

(Sale con Juana por la otra puerta oculta.)

Maese Eneas (solo).—Fabiani ha quedado en la ratonera. He ahí una jovencilla muy diestra, que maese Simón Renard hubiera pagado á peso de oro. Pero ¿cómo tomará esto la Reina? Con tal que no recaiga la culpa sobre mí...

(Entran lentamente por la galería Simón Renard y la Reina. El tumulto exterior ha ido en aumento; la noche acaba de cerrar; óyense gritos de muerte, el rumor de las oleadas de la multitud, crugido de armas, detonaciones y pisadas de caballos. Varios caballeros, daga en mano, acompañan á la Reina; entre ellos va el Heraldo de Inglaterra Clarence, llevando el estandarte real, y el Heraldo de la Orden de la Jarretera con la banda de la misma.)

ESCENA IX

LA REINA, SIMÓN RENARD, MAESE ENEAS, LORD CLINTON, los dos HERALDOS, Caballeros, pajes, etc.

La Reina (en voz baja á Maese Eneas).—¿Se ha evadido Fabiani?

Maese Eneas.—Aún no.

La Reina.—¡Aún no!

(Le mira fijamente con expresión amenazadora.)

Maese Eneas (aparte).—¡Diablo!

Gritos del pueblo (fuera).—¡Muera Fabiani!

Simón Renard.—Es preciso que Vuestra Majestad tome un partido al punto, pues el pueblo quiere la muerte de ese hombre, y en todo Londres reina la mayor efervescencia; la Torre está bloqueada; el motín es formidable, y varios nobles han sido arrastrados en el puente. Los guardias de Vuestra Majestad se sostienen aún; mas no por eso habéis sido menos acosada de calle en calle, desde la casa Ayuntamiento hasta la Torre. Los partidarios de Isabel se han mezclado con el pueblo, y esto se comprende por la malignidad del motín. Lo veo todo muy oscuro. ¿Qué ordena Vuestra Majestad?

Gritos del pueblo.—¡Fabiani! ¡Muera Fabiani!

(Van en aumento y acércanse cada vez más.)

La Reina.—¡Muera Fabiani! Señores, ¿oís ese pueblo que grita? Es preciso darle un hombre; el populacho quiere comer.

Simón Renard.—¿Qué ordena Vuestra Majestad?

La Reina.—Señores, paréceme que todos tembláis alrededor de mí. ¡Por el cielo! ¿será necesario que una mujer os enseñe á ser caballeros? ¡Á caballo, señores, á caballo! ¿Os intimida la canalla por ventura? ¿Temerán las espadas á los palos?

Simón Renard.—No permitáis que las cosas vayan más lejos, señora; ceded mientras sea tiempo; ahora podéis decir «la canalla»; de aquí á una hora diréis «el pueblo».

(Los gritos redoblan; el ruido se acerca.)

La Reina.—¡Dentro de una hora!

Simón Renard (se dirige á la galería y vuelve).—Dentro de un cuarto de hora, señora. Han forzado ya el primer recinto de la Torre; un paso más y el pueblo estará dentro.

El pueblo.—¡Á la Torre, á la Torre! ¡Muera Fabiani, muera Fabiani!

La Reina.—¡Qué verdad es que el pueblo es una cosa horrible! ¡Fabiani!

Simón Renard.—¿Queréis ver cómo le despedazan á vuestra vista en pocos momentos?

La Reina.—¡Verdaderamente es una infamia que ninguno de vosotros se mueva, señores! Pero ¡en nombre del cielo, defendedme!

Lord Clinton.—Á vos sí, señora; á Fabiani, no.

La Reina.—¡Dios mío, será forzoso confesarlo; pero no importa, tanto peor! Fabiano es inocente, Fabiano no ha cometido el crimen por el cual se le condena. Yo y el cincelador Gilberto lo hemos inventado y combinado. ¡Todo es pura comedia! ¿Osaríais desmentirme, señor embajador? ¿Y no le defenderéis ahora, señores, puesto que os digo que es inocente? ¡Por mi Dios, por mi corona y por el alma de mi madre, juro que es inocente del crimen de que se le acusa! ¡Defendedle, mi bravo Clinton; exterminad á estos como lo hicisteis con Tomás Wyat! Os juro que es falso que Fabiani haya querido asesinar á la reina.

Lord Clinton.—Á otra reina ha querido asesinar, que es la Inglaterra.

(Los gritos continúan fuera.)

La Reina.—¡El balcón, abrid el balcón! ¡Quiero probar yo misma al pueblo que no es culpable!

Simón Renard.—¡Probad al pueblo que no es italiano!

La Reina.—¡Cuando pienso que un Simón Renard, una hechura del cardenal de Granvelle, es quien osa hablarme así! ¡Pues bien, abrid esa puerta, abrid el calabozo; Fabiano está ahí y quiero verle, quiero hablarle!

Simón Renard.—¿Qué hacéis? Por su propio interés sería inútil dar á conocer á todo el mundo dónde se halla.

El pueblo.—¡Muera Fabiani! ¡Viva Isabel!

Simón Renard.—¿Oís lo que gritan?

La Reina.—¡Dios mío, Dios mío!

Simón Renard.—Elegid, señora: (Señala con una mano la puerta del calabozo.) Ó esa cabeza al pueblo, (Señala con la otra mano la corona de la reina.) ó esa corona á la princesa Isabel.

El pueblo.—¡Muera Fabiani! ¡Viva Isabel!

(Una piedra rompe un vidrio junto á la Reina.)

Simón Renard.—Vuestra Majestad se pierde sin salvarle; ya han forzado el segundo patio. ¿Qué dispone la reina?

La Reina.—Todos sois unos cobardes, y Clinton el primero. ¡Ah, Clinton, ya me acordaré de esto, amigo mío!

Simón Renard.—¿Qué dispone la reina?

La Reina.—¡Oh, verme abandonada así, haberlo confesado todo y no poder conseguir nada! ¿Qué son, y para qué sirven esos caballeros? El pueblo es infame; yo quisiera hollarle bajo mis pies. ¿Hay, pues, casos en que la reina no es sino una mujer? ¡Todas me las pagaréis juntas, señores!

Simón Renard.—¿Qué dispone la reina?

La Reina (agobiada).—Lo que vos queráis; haced lo que os plazca. ¡Sois un asesino! (Aparte.) ¡Oh Fabiani!

Simón Renard.—¡Heraldos, á mí! Maese Eneas, abrid el balcón grande de la galería.

(El balcón del fondo se abre; Simón Renard se asoma, con un heraldo á la izquierda y otro á la derecha; se oye inmenso rumor.)

El pueblo.—¡Fabiani, Fabiani!

Simón Renard (en el balcón, de cara al pueblo).—¡En nombre de la Reina!

Los heraldos.—¡En nombre de la Reina!

(Profundo silencio fuera.)

Simón Renard.—¡Plebeyos, escuchad la voluntad de la Reina! Hoy, esta misma noche, una hora después de la queda, Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil, cubierto con un velo negro desde la cabeza á los pies, amordazado con mordaza de hierro, con un hacha de cera amarilla de tres libras de peso en la mano, será conducido desde la Torre de Londres, por Charing-Cross, al Mercado Viejo de la Cité, para ser decapitado públicamente, en castigo de sus crímenes de alta traición, y por su conato de regicidio en la sagrada persona de Su Majestad.

(Óyense fuera ruidosos aplausos.)

Illustration from Dramas (2 de 2): Lucrecia Borgia; María Tudor; La Esmeralda; Ruy Blas

Simón Renard.—¡Plebeyos, escuchad la voluntad de la Reina!

El pueblo.—¡Viva la Reina! ¡Muera Fabiani!

Simón Renard (continuando).—Y para que nadie lo ignore en esta ciudad, oíd lo que la Reina ordena: durante todo el trayecto que el condenado debe recorrer desde la Torre de Londres al lugar de la ejecución, se hará tocar la gran campana de la Torre, disparándose tres cañonazos, el primero cuando el reo suba al cadalso, el segundo cuando se arrodille sobre el paño negro, y el tercero cuando caiga su cabeza.

(Aplausos.)

El pueblo.—¡Luces, luces!

Simón Renard.—Esta noche, la Torre y la Cité de Londres se iluminarán con hogueras y hachas en señal de regocijo. He dicho. (Aplausos.) ¡Dios guarde la antigua Carta de Inglaterra!

Los dos heraldos.—¡Dios guarde la antigua Carta de Inglaterra!

El pueblo.—¡Muera Fabiani! ¡Viva María! ¡Viva la Reina!

(Ciérrase el balcón; Simón Renard se acerca á la Reina.)

Simón Renard.—Jamás me perdonará la princesa Isabel lo que acabo de hacer ahora.

La Reina.—¡Ni tampoco la reina María!... ¡Dejadme ahora, caballero!

(Despide con un ademán á todos los presentes.)

Simón Renard (en voz baja á Maese Eneas).—Cuidaos de la ejecución.

Maese Eneas.—Confiad en mí.

(Simón Renard sale; en el momento en que maese Eneas se dispone á seguirle, la Reina corre hacia él, cógele por un brazo y le conduce vivamente al proscenio.)

ESCENA X

LA REINA, MAESE ENEAS

Gritos fuera.—¡Muera Fabiani!

La Reina.—¿Cuál de las dos cabezas crees tú que vale más en este momento, la de Fabiani ó la tuya?

Maese Eneas.—Señora...

La Reina.—¡Eres un traidor!

Maese Eneas.—Señora... (aparte).—¡Diablo!

La Reina.—Pocas explicaciones. Juro por mi madre que si Fabiano muere, tú morirás también.

Maese Eneas.—Pero, señora...

La Reina.—Salva á Fabiano y te salvarás; de lo contrario, has de morir.

Gritos.—¡Muera Fabiani!

Maese Eneas.—¡Salvar á lord Clanbrassil! El pueblo está ahí... es imposible. ¿Por qué medio?...

La Reina.—Busca.

Maese Eneas.—¿Cómo hacerlo, Dios mío?

La Reina.—Como si fuera para ti.

Maese Eneas.—Pero, ved que el pueblo permanecerá armado hasta después de la ejecución; para apaciguarle es preciso decapitar á uno ú otro.

La Reina.—Á quien tú quieras.

Maese Eneas.—¿Á quien yo quiera? Esperad, señora... La ejecución se efectuará de noche, á la luz de las hachas, y el reo irá cubierto con un velo negro y amordazado; el pueblo debe mantenerse á cierta distancia, según costumbre, y basta que vea caer una cabeza. La cosa es posible... Con tal que el barquero esté todavía ahí... ya le dije que no se apresurase. (Se dirige á la ventana que da al Támesis.) ¡Aún está ahí; pero ya era tiempo! (Se inclina hacia fuera, con un hacha en la mano, agitando su pañuelo, y después se dirige á la reina.) Está bien; os respondo de milord Fabiani, señora.

La Reina.—¿Por tu cabeza?

Maese Eneas.—Por mi cabeza.

Illustration from Dramas (2 de 2): Lucrecia Borgia; María Tudor; La Esmeralda; Ruy Blas
Ilustración ornamental
Ilustración ornamental

PARTE SEGUNDA

Una especie de sala, en la cual desembocan dos escaleras, una para subir y otra para bajar; la entrada de cada una ocupa parte del fondo del escenario; la primera se pierde en los frisos y la segunda en el foso: no se ve de dónde parten ni á dónde conducen.

La sala está tendida de negro de una manera particular: la pared de la derecha, la de la izquierda y el techo, revestidos con un paño negro cortado por una cruz blanca; el que da frente al espectador es blanco con cruz negra; y uno y otro se prolongan hasta perderse de vista en las dos escaleras. Á derecha é izquierda hay un altar tendido de negro y blanco, como para unos funerales: grandes cirios, sin ningún sacerdote; de las bóvedas penden algunas lámparas funerarias, que alumbran débilmente la sala y las escaleras; lo que las ilumina en realidad es el paño blanco del fondo, á través del cual se distingue un resplandor rojizo, cual si hubiese detrás una inmensa hoguera. Las baldosas de la sala son tumulares. Al levantarse el telón se ve dibujarse en negro sobre el paño transparente la sombra inmóvil de la Reina.

ESCENA I

JUANA y JOSHUA entran con precaución, levantando una de las colgaduras negras, por una puertecilla disimulada

Juana.—¿Dónde estamos, Joshua?

Joshua.—En el descanso de la escalera por donde bajan los condenados que van al suplicio.

Juana.—¿No hay medio de escapar de la Torre?

Joshua.—El pueblo guarda todas las salidas; quiere estar seguro esta vez de que no se le escapará su condenado, y nadie podrá franquear las puertas antes de la ejecución.

Juana.—La arenga que se ha pronunciado desde ese balcón resuena aún en mis oídos. Todo esto es horrible, Joshua.

Joshua.—¡Otras muchas escenas he visto como ésta!

Juana.—¡Con tal que Gilberto haya conseguido evadirse! ¿Le crees salvado, Joshua?

Joshua.—Estoy seguro de ello.

Juana.—¿Bien seguro?

Joshua.—La Torre no estaba guardada por la parte del río, y además, cuando debió salir, el motín no era lo que fué después. ¿Sabéis que es imponente?

Juana.—¿Estáis seguro de que se habrá salvado?

Joshua.—Ahora os espera seguramente en el primer arco del puente de Londres, donde os reuniréis con él á media noche.

Juana.—¡Dios mío! ¡qué inquieto estará! (Divisando la sombra de la Reina.) ¡Cielos! ¿Qué es eso, Joshua?

Joshua (en voz baja, cogiéndole la mano).—¡Silencio!... Es la leona que acecha.

(Mientras que Juana contempla aquella silueta negra con terror, óyese una voz lejana que parece proceder de arriba, y la cual pronuncia distintamente estas palabras:)

Voz.—El que me sigue, cubierto con un velo negro, es el muy alto y poderoso señor Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil, barón de Dinasmonddy, barón de Darmouth en Devonshire, que será decapitado en el mercado de Londres por crimen de regicidio y de alta traición. ¡Dios tenga misericordia de su alma!

Otra voz.—¡Rogad por él!

Juana (temblando).—¡Joshua! ¿Oís?

Joshua.—Sí; yo oigo esas cosas todos los días.

(En lo alto de la escalera aparece un cortejo fúnebre que se desarrolla lentamente á medida que baja. Á la cabeza va un hombre vestido de negro, que lleva una bandera blanca con cruz negra; sigue maese Eneas Dulverton, revestido de manto negro, con su bastón de condestable en la mano; un grupo de soldados con partesanas y traje rojo, y el verdugo con su hacha al hombro y el filo vuelto hacia el que va detrás, que es un hombre cubierto completamente con un gran velo negro, cuyas puntas se arrastran bajo sus pies. De este hombre no se ve sino un brazo que pasa por una abertura del velo, empuñando la mano un blandón de cera amarilla. Á su lado va un sacerdote, y detrás otro grupo de soldados con partesanas, un hombre vestido de blanco, que lleva bandera negra con cruz blanca; y á derecha é izquierda dos filas de alabarderos, alumbrando con hachas.)

Juana.—¡Joshua! ¿No veis?

Joshua.—Todos los días veo esas cosas.

(En el momento de desembocar en el escenario, el cortejo se detiene.)

Illustration from Dramas (2 de 2): Lucrecia Borgia; María Tudor; La Esmeralda; Ruy Blas

Juana.—¡Joshua! ¿No veis?

Maese Eneas.—El que va detrás de mí, cubierto con un velo negro, es el muy alto y muy poderoso señor Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil, barón de Dinasmonddy, barón de Darmouth, en Devonshire, que será decapitado en el mercado de Londres, por crimen de regicidio y alta traición. ¡Dios tenga misericordia de su alma!

Los dos heraldos.—¡Rogad por él!

(El cortejo cruza lentamente por el fondo del teatro.)

Juana.—Lo que vemos es una cosa terrible. Joshua, esto me hiela la sangre.

Joshua.—¡Ese miserable Fabiani!

Juana.—¡Paz, Joshua! Bien miserable, pero muy desgraciado.

(El cortejo llega á la otra escalera. Simón Renard, que desde hace algunos instantes se ha presentado en la entrada de aquella, observándolo todo, se aparta para dejar el paso libre; el cortejo penetra bajo la bóveda de la escalera, donde desaparece poco á poco. Juana le sigue con la vista, poseída de terror.)

Simón Renard (después de haber desaparecido el cortejo).—¿Qué significa eso? ¿Es ese Fabiani? Yo le creía más bajo. ¿Será que maese Eneas?... Paréceme que la Reina ha hablado con él un momento... Veamos lo que hay.

(Desaparece en la escalera en pos del cortejo.)

Joshua.—La campana grande anunciará muy pronto su salida de la Torre, y entonces será tal vez posible que escapéis; voy á buscar los medios; esperadme hasta que vuelva.

Juana.—¿Me dejáis sola, Joshua? ¡Dios mío, yo tengo miedo!

Joshua.—No podríais recorrer toda la Torre conmigo sin riesgo, y es preciso que salgáis de ella. Pensad que Gilberto os espera.

Juana.—¡Gilberto, todo por Gilberto! ¡Id! (Joshua sale.) ¡Oh! ¡qué espectáculo tan espantoso! ¡Cuando pienso que lo mismo habría sido para Gilberto! (Se arrodilla al pie de uno de los altares.) ¡Oh! ¡gracias; sois el Dios salvador! (El paño del fondo se entreabre, apareciendo la Reina, que avanza lentamente hasta el proscenio, sin ver á Juana.) ¡Dios mío, la Reina!

ESCENA II

JUANA, LA REINA

(Juana se oprime contra el altar, y fija en la Reina una mirada de estupor y de espanto.)

La Reina (permanece algunos instantes silenciosa en el proscenio, con la mirada fija, pálido el rostro, y como absorta en sombría meditación; al fin deja escapar un profundo suspiro).—¡Oh, el pueblo! (Pasea á su alrededor una inquieta mirada y ve á Juana.) ¿Quién está ahí? ¡Ah, eres tú, Juana! Te inspiro pavor sin duda... pero no temas nada. Ya sabrás que maese Eneas nos ha hecho traición. Te digo, niña, que no has de temer nada de mí, pues lo que te perdía hace un mes te salva hoy. Tú amas á Fabiano. Entre todas las mujeres, sólo nosotras dos tenemos el corazón así; ambas le amamos; somos hermanas.

Juana.—Señora...

La Reina.—Sí, tú y yo, dos mujeres solas tiene á su favor; todo lo demás se declara en contra suya; la ciudad entera, un pueblo en masa, todo el mundo. ¡Lucha desigual del amor contra el odio! Fabiano está triste, espantado, aturdido; tiene tu frente pálida, y mis ojos llenos de lágrimas; ocúltase junto á un altar fúnebre, y ora por tu boca, mientras que maldice por la mía. El odio contra Fabiani triunfa; armado y victorioso, manifiéstase por la corte, por el pueblo, por esas turbas de hombres que llenan las calles, profiriendo gritos de muerte y de alegría: soberbio y todopoderoso, ese odio ilumina toda una ciudad alrededor de un cadalso. ¡El amor está aquí, representado por dos mujeres vestidas de luto en una tumba; el odio está allí! (Separa violentamente el paño blanco del fondo, que al desviarse deja ver un balcón, por el cual se divisa, en una noche oscura, toda la ciudad de Londres espléndidamente iluminada, como también lo está lo que se ve de la Torre. Juana fija una mirada de asombro en aquel espectáculo deslumbrador, cuya reverberación ilumina el escenario.) ¡Oh ciudad infame, rebelde y maldita; ciudad monstruosa que empapa su traje de fiesta en la sangre, y que alumbra con sus hachones al verdugo! Eso te infunde pavor ¿no es verdad, Juana? ¿No te parece, como á mí, que esa multitud se burla cobardemente de nosotras, y que nos mira con sus cien mil ojos de fuego, á nosotras, débiles mujeres abandonadas, perdidas y solas en este sepulcro? ¿No la oyes, Juana, reirse y gritar? ¡Oh, daría la Inglaterra á quien pudiese destruir á Londres! ¡Cuánto daría por trocar esas luces en llamas, y esa ciudad iluminada en un mar de fuego!

(Se oye fuera inmenso rumor, seguido de aplausos y gritos confusos que dicen: ¡Ya viene, ya viene; muera Fabiani!—La gran campana de la Torre de Londres produce fúnebres tañidos. Al oir este rumor, la Reina profiere una carcajada terrible.)

Juana.—¡Gran Dios, ya sale ese infeliz!... ¿Os reís, señora?

La Reina.—Sí, me río; y tú vas á reirte también; pero antes será preciso bajar ese tapiz, pues siempre me parece que no estamos solas, y que esa espantosa ciudad nos ve y nos oye. (Corre la cortina blanca y vuelve.) Ahora que ya ha salido, y que no hay peligro alguno, puedo decírtelo todo; pero riámonos las dos de ese execrable pueblo que bebe sangre. ¡Oh! ¡es delicioso, Juana! Tú tiemblas por Fabiani, pero puedes reirte conmigo y estar tranquila. El hombre que se llevan, el hombre que morirá, el que toman por Fabiano, no es él.

(Se ríe.)

Juana.—¡Que no es Fabiano!

La Reina.—¡No!

Juana.—¿Pues quién es?

La Reina.—Es el otro.

Juana.—¿Qué otro?

La Reina.—Ya le conoces, es aquel obrero, aquel hombre... Pero ¿qué importa?

Juana (temblando).—¿Gilberto?

La Reina.—Sí; ese es su nombre.

Juana.—¡Señora, oh, no puede ser! ¡Decidme que no es cierto! ¡Esto sería demasiado horrible! Gilberto huyó.

La Reina.—Sí, huía cuando le cogieron, y le han puesto en lugar de Fabiano, bajo el velo negro; es una ejecución nocturna y el pueblo no verá nada; no tengas cuidado.

Juana (profiriendo un grito espantoso).—¡Ah, señora, aquel que yo amo es Gilberto!

La Reina.—¿Qué dices? ¿has perdido la razón? ¿Me engañabas tú también? ¡Ah! ¿Conque es á Gilberto á quien tú amas? ¡Pues bien, qué me importa!

Juana.—(Desfallecida, á los pies de la Reina, solloza y se arrastra de rodillas, con las manos en actitud de súplica. La gran campana no ha dejado de tocar durante esta escena.) ¡Señora, por compasión... en nombre del cielo! ¡Por vuestra corona, por vuestra madre y por los ángeles! ¡Gilberto, Gilberto, salvadle, señora, porque ese hombre es mi vida, es mi esposo; y todo se lo debo á él desde la cuna! Señora; bien veis, sólo soy una pobre infeliz, y que no debéis mostraros severa conmigo. Lo que acabáis de decirme es para mí un golpe tan terrible, que apenas sé cómo me queda fuerza para hablar. Es preciso que mandéis suspender la ejecución al punto, aplazándola hasta mañana, el tiempo necesario para que se reconozca el error. Ese pueblo podrá esperar hasta mañana, y después veremos lo que se ha de hacer. No, no mováis la cabeza; no hay peligro para vuestro Fabiano; yo me pondré en su lugar. Oculta por el velo negro, nadie lo echará de ver por la noche; pero salvad á Gilberto. ¿Qué os importa que sea yo ó él, tanto más cuanto que deseo morir?... ¡Oh Dios mío!... ¡esa campana, esa espantosa campana... cada uno de sus tañidos es un paso más hacia el cadalso, y parece que me hieren el corazón! Haced lo que os pido, señora, pues no hay peligro alguno para vuestro Fabiani. Yo os amo, señora, aunque no os lo había dicho, porque sois una gran reina; ved cómo beso vuestras hermosas manos. ¡Oh! dadme la orden para suspender la ejecución, pues aún es tiempo, porque van muy despacio y hay mucho camino desde la Torre al Mercado Viejo. El hombre del balcón me dijo que pasarían por Charing-Cross, y como hay un camino más corto, un mensajero llegaría á tiempo. ¡En nombre del cielo, señora, compadeceos! Suponed que yo soy la reina y vos la pobre joven; lloraríais como yo, y yo perdonaría. ¡Hacedlo, señora! He temido que las lágrimas no me permitirían hablar. Suspended la ejecución, señora, que en eso no hay inconveniente, ni peligro para Fabiani. ¿No os parece, señora, que se debe hacer lo que yo digo?

La Reina (enternecida y levantando á Juana).—Bien lo quisiera, infeliz, porque tú lloras, como yo lloraba, y sientes lo que yo sentía; mis angustias me hacen compadecer las tuyas. ¡Mira, también yo lloro! Es una desgracia, pobre niña, pues me parece que hubieran podido tomar otro para víctima, como por ejemplo Tyrconnel; pero es demasiado conocido; se necesitaba un hombre oscuro, y no teníamos más que ese á mano. Te explico esto para que comprendas bien. ¡Dios mío, verdaderamente hay fatalidades que no se pueden evitar!

Juana.—Os escucho, señora; yo también tendría muchas cosas que deciros; pero antes quisiera la orden de suspender la ejecución, para que el mensajero la llevase. Hecho esto, podríamos hablar mejor. ¡Oh, esa campana, siempre esa campana!

La Reina.—Lo que tú quieres no es posible, Juana.

Juana.—Sí, es posible. Un mensajero montado puede llegar á tiempo por el muelle, y sino, iré yo. Esto es posible y fácil; ya veis que os hablo con dulzura.

La Reina.—Pero el pueblo rehusaría, y volviendo á la Torre, destruiría cuanto encontrase, dando muerte á Fabiano, que aún se halla aquí. Tú tiemblas, pobre niña, y yo también; á tu vez, ponte en mi lugar, y comprende que no puedo hacer más de lo que hago. ¡No pienses más en Gilberto, Juana, resígnate! ¡Todo ha concluído!

Juana.—¡No, mientras esa campana resuene, no habrá concluído! ¡Resignarme á la muerte de Gilberto! ¿Creéis que le dejaré morir así? ¡Ah! ya veo que no me escucháis. ¡Pues bien, si la Reina no me escucha, el pueblo me atenderá! El patio está ocupado todavía por una parte de él, y aunque después me cueste la vida, voy á gritar que se le engaña, y que aquel á quien conducen al patíbulo no es Fabiani, sino un obrero.

La Reina.—¡Detente, miserable! (La coge de un brazo y mírala fijamente con aire amenazador.) ¡Ah, conque lo tomas así! ¡Soy buena, lloro contigo y te vuelves loca furiosa! ¡Ah! mi amor es tan grande como el tuyo, y mi mano más fuerte. No te moverás. ¿Qué me importa á mí tu amante? ¿Será cosa de que todas las jóvenes de Inglaterra vengan á pedirme cuenta de los suyos? Yo salvo al mío como puedo, y á costa de cualquiera. ¡Cuidad de los vuestros!

Juana.—¡Dejadme!... ¡Yo os maldigo, mujer indigna!

La Reina.—¡Silencio!

Juana.—No, no callaré. ¡Ah! me ocurre ahora la idea de que no es Gilberto quien va á morir.

La Reina.—¿Qué dices?

Juana.—No lo sé; pero le he visto pasar con el velo negro, y paréceme que si hubiera sido Gilberto habría sentido algo en el corazón; creo que este me hubiera gritado: ¡ese es Gilberto! pero no ha sido así.

La Reina.—¡Dios mío! eso que dices no deja de ser un absurdo, y sin embargo, me espanta, porque has despertado una de las más secretas inquietudes de mi corazón. Ese motín me ha impedido vigilarlo todo por mí misma. ¿Por qué habré confiado á otros la salvación de Fabiano? Maese Eneas es un traidor, y tal vez andaba allí cerca Simón Renard. ¡Dios quiera que no me hayan hecho una segunda traición los enemigos de Fabiano! ¡Venga aquí alguno, pronto! (Preséntanse dos carceleros.) (Al primero.) ¡Corred, y decid que se suspenda la ejecución: he aquí mi anillo real! Se ha de ir al Mercado Viejo... ¿No dices que hay un camino más corto, Juana?

Juana.—Por el muelle.

La Reina (al carcelero).—Por el muelle. ¡Toma un caballo, y á escape! (El carcelero sale.) (Al segundo carcelero.) Corred á la torre de Eduardo el Confesor; allí hay dos calabozos de los condenados á muerte, y en uno de ellos, un hombre. Conducidle aquí al punto. (Sale el carcelero.) ¡Ah, tiemblo de pies á cabeza, y no tendría fuerza para ir yo misma! ¡Ah! ¡miserable mujer, me haces tan desgraciada como tú, y te maldigo á mi vez! ¡Dios mío! ¿tendrá el hombre tiempo de llegar? ¡Qué ansiedad tan horrible! Ya no veo nada; todo se perturba en mi espíritu... ¿Por quién tocará esa campana? ¿Será por Gilberto ó por Fabiani?

Juana.—La campana ha dejado de tocar.

La Reina.—Porque el cortejo estará en el sitio de la ejecución; el hombre no habrá tenido tiempo de llegar.

(Óyese un cañonazo lejano.)

Juana.—¡Cielos!

La Reina.—Ahora sube al patíbulo. (Segundo cañonazo.) Se arrodilla.

Juana.—¡Esto es horrible!

(Tercer cañonazo.)

Las dos.—¡Ah!...

La Reina.—¡Ya no hay más que uno vivo! Dentro de un instante sabremos cuál. ¡Dios mío, permitid que sea Fabiano el que vuelva!

Juana.—¡Dios mío, haced que sea Gilberto! (Se corre la cortina del fondo, y Simón Renard aparece, conduciendo á Gilberto de la mano.) ¡Gilberto!

(Se precipita en sus brazos.)

La Reina.—¿Y Fabiano?

Simón Renard.—Muerto.

La Reina.—¡Muerto! ¿Quién ha osado?...

Simón Renard.—Yo; he salvado á la reina y á Inglaterra.

Illustration from Dramas (2 de 2): Lucrecia Borgia; María Tudor; La Esmeralda; Ruy Blas
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